"Agua verde", cuento de
- Irlanda Tena Lúa
- 16 ago 2025
- 4 Min. de lectura

Carlos E. H. García se sumerge en un mundo literario intrigante y oscuro a través de sus relatos y microrrelatos. Su pluma abraza la cruda realidad con su realismo sucio, su tinta es la sangre y sus letras los gritos de los no escuchados. Siempre buscando acariciar los sentimientos más incomodos. Sus escritos son una invitación a explorar los rincones que nadie quiere explorar, lo que nadie quiere hablar, y de lo que nadie quiere ver en realidad.
Agua verde
Para mis temores
Gonzalo el pato se preguntaba todas las mañanas, ¿Cuál era el motivo de nadar en aquel estanque de agua verde? Se lo preguntaba tanto que en ocasiones se le caían de dos a tres plumas por día, lo pensaba cuando despertaba, en la tarde cuando comía, y de noche antes de dormir. No le gustaba aquella idea. El sentía que lo mejor que podía hacer era buscar un estanque de aguas diáfanas. Sin turbulencia. Con tranquilidad, con comida limpia y dónde pueda mirar las estrellas.
Pero para los demás patos del estanque Gonzalo no era más que un pato raro. Mucho más raro que los grandes señores gansos. Lo evitaban, no le compartían de sus migajas de pan, y siempre se decían de pico en pico que cuando llegara la hora de invernar lo mejor que podrían hacer por el bien de la parvada seria no dormir apretado a su lado, no invitarlo a sus madrigueras, para que se congelara.
Pero a Gonzalo eso no le importaba, él lo que mas quería era ser feliz, encontrar su gran sueño de nadar en un estanque de aguas claras. Si moría congelado pensaba que seria lo mejor, ya no tendría más que nadar en su propia popo y en la de los demás. Le daba asco el nadar en círculos, el tener que zambullir la cabeza y en ocasiones hacer gárgaras con ella. Odiaba la vida en aquel estanque, estaba seguro de que algo mejor se encontraba por ahí, perdido, esperando que lo encontrara.
Aquella mañana quiso disipar todas sus dudas, y decidió ir a platicar con el gran ganso. Que dormitaba a todas horas en la loma del ala blanca, al este del estanque de aguas verdes. Camino con miedo. Los demás patos y gansos que se encontraban cerca de la loma a la entrada del gran ganso lo miraban con recelo, diciéndole con los ojos: “¿Qué diablos haces aquí?, solo vas a molestar al gran señor, ¿Por qué diablos no te has ido y nos dejas en paz?” pero Gonzalo iba decidido a aclarar su preguntas.
Sus pisadas crujieron bajo las hojas secas. Nunca había entrado a aquella madriguera, pero nunca era tarde para aclarar la mente, perder los miedos y olvidar por un segundo que solo eran patos en un estanque verdoso.
—Hola, Gran ganso.
El gran ganso abrió uno de sus ojos y observo al pequeño pato parado ahí, sin querer hacer ruido, respirando bocanadas de aire para alejar los nervios. Héctor, cómo se llamaba el ganso, ya lo conocía, había escuchado hablar de él. Sabía que los otros patos lo odiaban, decían que él no merecía caminar, nada y comer a su lado. Héctor siempre se preguntaba cuándo sería el día en que aquel pato se le presentaría.
—Dime, Gonzalo, ¿Qué necesitas?
—Oh gran ganso —estaba por hacer su pregunta, pero le nació otra más inquietante—. ¿Cómo sabe mi nombre gran ganso?
—No sería el gran ganso si no conociera a mis patos o no —pero antes de que Gonzalo contestara agregó—. Cuando evitas tantos cazadores te vuelves sabio.
—Señor.
—Llámame Héctor.
—Héctor, ¿Por qué nadamos en aguas verdes?
Aquel ganso se quedo meditando su respuesta. Gonzalo creyó que su pregunta lo había molestado como a los demás patos, pero no. No por nada era el gran señor de los patos y gansos.
—Sabes, cuando yo era un joven como tú, siempre me pregunte lo mismo. Porque comemos en nuestro mismo baño, porque nadamos, nos zambullimos y hacemos el amor. Y siempre creí que es porque tenemos miedo a lo que existe más allá de lo que conocemos.
—¿Y por que nadie busca salir de esas aguas verdes?
—Porque el agua sigue ahí, la comida, los amigos, las parejas. No quieren perder aquello que tienen al alcance de un ala. A eso se le llama comodidad. Y crea una falsa felicidad, que no alimenta el alma, solo existe para que la carga existencial no se vuelva cada vez más y más pesada.
—¿Y la comodidad mata?
—No, claro que no mata. Pero si envejece, amarga, y destruye aquellos sueños que tenemos desde que estábamos en el huevo, sintiendo el calor de nuestra madre.
—¿Pero por qué yo no puedo ser feliz como los demás patos en aquella agua mohosa?
—¿Y quien te asegura que los son, Gonzalo? La mayoría tuvo sueños, metas, anhelos, todos los tenemos, pero no todos nos arriesgamos a conseguirlos. Quizá no te odian, y solo tienen envidia de lo que eres. Un pato libre que busca lo que tanto desea.
—¿Qué debo hacer gran gan… digo Héctor?
—Volar, irte de aquí. Buscar lo que realmente te hace feliz. Busca aquellas aguas claras. Como puede que las encuentres a la primera como puede que no y encuentres unas mucho peor. Pero no te quedes aquí, se libre, vuela muy lejos, persigue tus sueños. No seas como yo que aquí envejeció sin saber que hay más allá de lo que mis ojos pueden observar, descubre, conoce, regresa y platícame que es lo que me he perdido en mi vida.
—Pero señor.
—Nada de señor y nada de peros, esos son los que nos detienen y nos mantienen con miedos. Arriesga y gana, o arriesga y pierde. Eso jamás lo sabrás si no das el siguiente paso. Eres joven y tienes mucha vida por delante. Tu curiosidad te hará grande y sabio Gonzalo.
Gonzalo se despidió del gran ganso, salió de su madriguera y viro hacia el cielo, unas nubes negras y relampagueantes se miraban por el horizonte. Observo que todos lo veían. Su corazón latía de miedo pero su cabeza le decía que lo hiciera. Estiro las alas, comenzó a correr, escucho murmullos, los miedos lo querían vencer, algunos se reían, otros no lo creían, algunos pocos lo apoyaban, pero Gonzalo sabia que debía vencer aquellas nubes y todo lo que se avecinaba y elevo el vuelo, en busca de aquellas aguas con las que tanto a soñado.
Fin
Autor: Carlos E. H. García
Título: Agua verde
Publicado en: Cd. Juárez, Chihuahua, 2025



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