"El cuaderno de las decisiones", cuento de Joanna Díaz González
- Irlanda Tena Lúa
- 11 mar
- 4 Min. de lectura

Leilany era una chica de 15 años que cursaba tercer grado de secundaria. Tenía el cabello negro y largo que le caía hasta la cintura, y siempre llevaba pantalones y tenis blancos. Era tranquila, inteligente y algo reservada.
Un día, en la biblioteca de la escuela, encontró un cuaderno antiguo escondido entre libros viejos. Al abrirlo, descubrió algo imposible: todo lo que escribía en él comenzaba a hacerse realidad.
Semanas después llegó un alumno nuevo al salón: Iván. Era callado, atractivo y llevaba brackets. Al principio parecía amable, pero en realidad era observador y manipulador.
Era jueves. Última hora.
El salón estaba casi vacío.
Leilany estaba nerviosa porque había escrito algo en el cuaderno esa mañana:
“Que no me llamen a exponer.”
Cuando sonó el timbre, guardó todo rápido. Pero al levantarse, su mochila mal cerrada se abrió.
El cuaderno negro cayó al suelo.
No hizo ruido fuerte… pero se abrió justo en la página donde había escrito.
Iván, que estaba dos filas atrás, lo vio.
Se acercó y lo recogió.
Y antes de cerrarlo… leyó.
“Que no me llamen a exponer.”
Sonrió levemente.
—Se te cayó —dijo tranquilo.
Leilany se puso pálida.
—Gracias…
Minutos después, la maestra dijo:
—Hoy no habrá exposiciones, se me olvidó la lista en la dirección.
Iván miró a Leilany.
Y Leilany bajó la mirada.
Ahí fue cuando algo no encajó.
No fue inmediato.
Iván no dijo nada.
Pero empezó a observar.
Notó que Leilany escribía siempre antes de que ocurrieran cosas “casuales”.
Un día escribió algo y al rato pasó.
Otro día lo mismo.
No era coincidencia.
Era patrón.
Y él era muy bueno detectando patrones.
Una tarde, en la biblioteca, Leilany dejó el cuaderno sobre la mesa mientras iba por un libro.
Iván lo abrió con cuidado.
En la primera página decía:
“Escribe con intención. Cada deseo tiene un precio.”
Y más abajo, páginas llenas de frases que luego se habían cumplido.
Iván no sintió miedo.
Sintió emoción.
Ambición.
Y decidió que no lo arrebataría.
Lo ganaría.
Después de confirmar que el cuaderno funcionaba, Iván cambió su estrategia.
No lo pidió.
No lo robó.
No lo amenazó.
La conquistó.
Comenzó con pequeños detalles:
— Le guardaba asiento.
— Le ayudaba en matemáticas.
— La defendía cuando alguien se burlaba.
Leilany empezó a sentirse protegida.
Victoria lo notó desde el principio.
— No me gusta cómo te mira —le dijo un día en el recreo.
— Estás exagerando.
Pero Victoria no exageraba.
Iván no miraba a Leilany como alguien enamorado.
La miraba como alguien que quiere poseer algo
Un día, Iván habló con suavidad:
— ¿Y si escribes algo pequeño? Solo para probar… conmigo.
Leilany dudó.
— ¿Qué cosa?
— Algo que nos beneficie a los dos.
Ella escribió:
“Que Iván y yo saquemos 10 en el examen de historia.”
Al día siguiente, el examen fue sorprendentemente fácil.
Ambos sacaron 10.
Iván confirmó lo que ya sabía.
El poder era real.
Y ahora… también era suyo.
La ambición empezó a crecer.
Iván quería más.
Leilany empezó a sentirse incómoda. Cada deseo parecía sentirse más pesado.
Hasta que pasó.
En la escuela hubo un accidente extraño en las escaleras. Un empujón que nadie vio bien. Un alumno terminó lastimado.
Días antes, Iván había insinuado:
— A veces los obstáculos desaparecen solos…
Leilany sintió frío.
¿Él había escrito algo?
¿O la había convencido de escribir algo sin recordar bien?
El cuaderno ya no estaba siempre con ella.
Iván pedía verlo “solo un momento”.
Iván cambió.
Ya no era dulce.
Era intenso.
Controlador.
— No le cuentes nada a Victoria.
— Solo nosotros entendemos esto.
— Confía en mí.
Leilany empezó a depender emocionalmente de él.
Si dudaba, él la hacía sentir culpable.
— Después de todo lo que hice por ti…
Victoria intentó abrirle los ojos.
— Te está manipulando.
— No entiendes nada —respondía Leilany.
Pero en el fondo… empezaba a entender.
Una tarde, Leilany encontró el cuaderno abierto en manos de Iván.
Y leyó una frase que no era su letra.
“Que Leilany nunca se aleje de mí.”
Sintió que el aire se le iba.
— ¿Qué hiciste…?
Iván sonrió.
— Solo aseguré lo que es mío.
Ahí lo vio claro.
Nunca fue amor.
Fue obsesión.
Intentó quitarle el cuaderno, pero Iván ya no era el chico tranquilo del principio.
La ambición lo había consumido.
El poder lo había vuelto dependienteVictoria llegó justo cuando todo explotó emocionalmente.
Gritos.
Lágrimas.
El cuaderno cayó al suelo una vez más.
Leilany, temblando, escribió con lo último que le quedaba de voluntad:
“Que este poder termine aquí.”
El cuaderno comenzó a deshacerse hoja por hoja.
Iván gritó que no.
Pero ya no había nada que hacer.
Sin el poder, solo quedó la verdad.
Iván no tenía control.
No tenía magia.
No tenía a Leilany.
Solo tenía su obsesión.
Y cuando todo terminó, la escuela volvió a la normalidad…
Pero Leilany no volvió a ser la misma.
Aprendió que el amor sin libertad no es amor.
Y que el mayor peligro no era el cuaderno.
Era confiar en alguien que solo veía poder donde debía ver corazón.
FIN
Autor: Joanna Díaz González
Título: El cuaderno de las decisiones
Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II
Año: 2026



Comentarios