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"La Luz que no se roba", cuento de Jailyn Alaisha Morales Castro


El Reino de Luminara era conocido por algo especial.


No era su oro.

No eran sus ejércitos.


Era su luz.


Cada persona nacía con un pequeño resplandor en el pecho, invisible para la mayoría, pero perceptible en la alegría, el talento y la bondad. Hasta que la luz comenzó a apagarse.


Primero en aldeas lejanas.


Luego en la capital.


Las personas despertaban cansadas, sin sueños, sin esperanza.


La princesa Emilia fue la primera en notar que el cielo ya no amanecía tan brillante.


—No es el sol —susurró Renata, mirando los árboles marchitarse—. Es algo más.


Tomás investigó antiguos pergaminos en el castillo. Encontró un nombre prohibido:


Armand Vélez.


Antiguo consejero real.

Desterrado años atrás por practicar magia oscura.


La leyenda decía que deseaba dominar la luz interior de las personas.


Durante la segunda noche, bajo rumores de una luna que pronto se teñiría de rojo, Emilia decidió salir del castillo.


No como princesa, sino como guerrera.


Tomás la acompañó con espada en mano.

Renata llevaba un amuleto de cristal que vibraba cuando la oscuridad estaba cerca.


El Bosque de los Susurros parecía respirar.


Sombras se movían entre los árboles.


Y en el centro del bosque encontraron la torre abandonada.


De sus ventanas escapaba una luz extraña… pálida, artificial.


Dentro de la torre, cientos de pequeñas esferas flotaban en el aire.


Eran luces.


Pequeñas, doradas, vivas.


La luz robada del pueblo.


Y en el centro, Armand Vélez.


Ya no parecía completamente humano. Su piel era casi translúcida, y en sus ojos ardía una claridad antinatural.


—La luz es poder —dijo con voz suave—. Y el poder no debe desperdiciarse en manos débiles.


Confesó su plan: absorber toda la luz de Luminara para convertirse en un ser eterno.


No era un malentendido.


No era confusión.


Era ambición pura.


La luna roja apareció en el cielo.


Armand extendió las manos hacia Emilia.


—Tú tienes la luz más intensa de todas.


Intentó arrebatársela.


Pero Emilia no retrocedió.


En lugar de proteger su luz, la compartió.


Tomás se colocó frente a ella, resistiendo la energía oscura.

Renata elevó el amuleto, que comenzó a brillar con fuerza.


La luz de Emilia no se debilitó al compartirse.


Se multiplicó.


Las esferas robadas comenzaron a vibrar.


Armand gritó mientras la luz escapaba de su control.


No podía dominar algo que nacía de la voluntad y la unión.


La torre comenzó a derrumbarse.


La oscuridad se fragmentó.


Y el hechicero fue consumido por la misma sombra que había creado.


Cuando el sol volvió a salir, Luminara brillaba más que antes.


Las personas despertaron con fuerza renovada.


El cielo volvió a teñirse de dorado.


Emilia regresó al castillo no solo como princesa, sino como líder verdadera.

Tomás ya no dudaba del poder del corazón sobre la lógica.

Renata comprendió que la magia más fuerte no es la que se roba… sino la que se comparte.


Y desde entonces, en Luminara, se cuenta una historia:


La luz no pertenece a quien intenta guardarla.


Pertenece a quien decide protegerla.


FIN


  • Autor: Jailyn Alaisha Morales Castro.

  • Título: La Luz que no se roba

  • Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II

  • Año:2026



 
 
 

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