"El reflejo en la ventana", cuento de: Iker Caleb Granados Jaime
- Irlanda Tena Lúa
- 1 mar
- 4 Min. de lectura

Desde la ventana de mi cuarto se ve el estacionamiento del edificio, un rectángulo de concreto iluminado por un foco amarillento que parpadea cada tanto. No es una gran vista, pero de noche tiene algo hipnótico: los autos quietos, las sombras largas, el silencio que parece más profundo de lo normal.
Fue en una de esas noches cuando noté el coche.
No porque fuera raro, sino porque no estaba ahí cuando me dormí.
Era un sedán oscuro, estacionado justo bajo la luz intermitente. Tenía el motor apagado, pero las luces interiores encendidas. Pensé que alguien habría llegado tarde y se habría quedado buscando algo en la guantera o enviando un mensaje.
Lo extraño fue que, al mirar unos minutos después, nadie salió.
Ni una puerta abrió. Ni una silueta se movió.
Al día siguiente, el coche seguía ahí. Mismo lugar. Mismas luces encendidas.
Por la tarde ya no estaba.
No le di importancia hasta que volvió a aparecer dos noches después, exactamente a la misma hora en que yo solía asomarme: poco después de las dos de la madrugada. Otra vez con la luz interior encendida, como si alguien estuviera sentado dentro, aunque desde mi ventana no podía ver a nadie.
Empezó a volverse un hábito. Cada vez que no podía dormir, miraba. Y muchas veces ahí estaba: el sedán oscuro, inmóvil, esperando bajo el foco que zumbaba.
Una noche tomé mi celular para acercar la imagen con la cámara. La calidad era mala, granulada, pero suficiente para notar algo que me erizó la piel: el asiento del conductor parecía hundido, como si hubiera peso sobre él.
Pero no se distinguía ninguna figura.
Cerré la cortina esa noche, con una incomodidad difícil de explicar. No era exactamente miedo, más bien la sensación de estar observando algo que no debía.
Pasaron varios días sin que apareciera y pensé que todo había sido coincidencia. Hasta que regresó.
Esta vez, además de las luces, el parabrisas estaba empañado por dentro.
No hacía frío suficiente para eso.
Me quedé mirando más tiempo del que debería. El foco parpadeó y, por un segundo, la luz interior del coche pareció apagarse… y encenderse otra vez.
Fue entonces cuando lo vi.
No una persona, no una cara. Solo una marca en el vaho del vidrio, como si algo hubiera apoyado la palma desde dentro. La forma no era nítida, pero el gesto sí: una mano extendida, presionando suavemente contra el cristal.
Sentí un impulso absurdo de devolver el gesto, como si la distancia no importara.
No lo hice. Cerré la cortina de golpe.
Esa noche casi no dormí. Cada sonido del edificio —tuberías, pasos lejanos, el ascensor— me parecía demasiado fuerte. En algún momento reuní valor y volví a mirar.
El coche ya no estaba.
La noche siguiente decidí no asomarme. Me repetí que no ganaba nada alimentando esa obsesión. Me metí en la cama, apagué la luz y traté de ignorar la curiosidad.
No funcionó.
A las 2:07, antes de la hora habitual, escuché un sonido suave que venía de la calle. No era un motor ni una puerta. Era más bien un clic, como el de un seguro abriéndose.
No quería mirar.
Pero lo hice.
El sedán estaba ahí otra vez. Solo que ahora no estaba estacionado bajo el foco. Estaba más cerca del edificio, en un lugar donde nunca se permitía aparcar.
Y las luces interiores estaban apagadas.
Me incliné un poco más hacia la ventana, intentando distinguir algo dentro. El parabrisas ya no estaba empañado. Era un rectángulo negro que reflejaba la luz lejana de la calle.
Entonces ocurrió algo casi imperceptible: la luz del tablero se encendió por un segundo, apenas un destello tenue.
Y en ese reflejo, vi claramente que el asiento del conductor estaba ocupado.
No pude ver rasgos ni forma exacta, solo la certeza de que había algo ahí, sentado, mirando hacia el edificio.
Hacia arriba.
Hacia mi ventana.
Sentí el impulso de apartarme, pero me quedé congelado, como si moverme confirmara que yo también podía ser visto.
La luz del tablero se apagó.
Y el coche permaneció inmóvil.
No sé cuánto tiempo pasó. Quizá minutos, quizá más. Parpadeé, y en ese instante breve en que mis ojos se cerraron, escuché algo en mi cuarto.
Un sonido mínimo, casi nada.
Como tela rozando el piso.
Me giré de inmediato.
La habitación estaba oscura y quieta, pero la sensación era inequívoca: no estaba solo. No porque viera algo, sino porque el espacio se sentía ocupado, como si el aire tuviera más peso del normal.
Volví la mirada hacia la ventana.
El estacionamiento estaba vacío.
El coche había desaparecido.
Me levanté para encender la luz, intentando convencerme de que todo era sugestión, que la falta de sueño me estaba jugando una broma. El cuarto parecía normal: escritorio, silla, la puerta cerrada, la ropa sobre la mochila.
Pero algo no encajaba.
La cortina.
Estaba ligeramente abierta, unos centímetros más de lo que la había dejado.
Me acerqué despacio y miré hacia afuera.
El foco seguía parpadeando sobre el concreto vacío.
Y entonces noté el reflejo en el vidrio.
No venía de la calle.
Venía de detrás de mí.
Una luz suave, como la de un tablero encendido por un instante, iluminando tenuemente la habitación. No quise girarme. No de inmediato. Me quedé mirando el reflejo, viendo cómo esa claridad débil dibujaba la silueta de algo a mi espalda, justo fuera de foco, sentado… quieto.
La luz se apagó.
El reflejo desapareció.
Cuando finalmente me atreví a voltear, el cuarto estaba vacío otra vez.
Desde entonces ya no miro el estacionamiento por las noches. Mantengo la cortina cerrada y la luz apagada. Aun así, a veces despierto con la certeza de haber visto un destello tenue antes de abrir los ojos, como si algo comprobara si sigo ahí.
Y en esas madrugadas, cuando el edificio está completamente en silencio, hay un momento en que me parece escuchar, muy cerca, el clic suave de un seguro liberándose.
Como si una puerta que no puedo ver acabara de abrirse.
FIN
Autor: Iker Caleb Granados Jaime
Título: El reflejo en la ventana
Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II
Año:2026



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