"El último taxista de la calle del Olvido", cuento de Aslhey Ximena Fernandez Lagunes
- Irlanda Tena Lúa
- 1 mar
- 2 Min. de lectura

El motor temblaba bajo el capó del coche amarillo, como si intentara contener un suspiro viejo. El hombre de la corbata arrugada subió sin decir palabra, depositando una maleta de cuero desgastado en el suelo del pasajero. Las calles de la ciudad se desvanecían en niebla, y los faroles proyectaban círculos de luz que parecían flotar en el aire.
Al frente, el taxista mantenía las manos en el volante con una firmeza que contrastaba con la lentitud de su mirada. No preguntó por la dirección; simplemente puso en marcha el vehículo, y los edificios altos comenzaron a pasar como sombras gigantes. El pasajero observó por la ventanilla: en algunas esquinas, parecía ver figuras pequeñas que se agazapaban detrás de los postes, pero cuando intentaba fijarse, ya no estaban allí.
—No creía que aún existieran taxis como este —murmuró el hombre, tocando el respaldo de cuero del asiento.
El taxista asintió sin girar la cabeza. Había llevado miles de personas por esos caminos, pero esta vez algo era distinto: la maleta del pasajero emitía un leve zumbido, y en el espejo retrovisor, veía reflejos que no correspondían a la calle que transitaban.
A medida que avanzaban, los nombres de las calles iban cambiando en los letreros: primero Calle de la Memoria, luego Calle de los Susurros, hasta llegar a una vía que no aparecía en ningún mapa: Calle del Olvido. Allí, los edificios eran más antiguos, con ventanas tapiadas y puertas que parecían esperar a alguien desde hace siglos. El pasajero se estremeció; notó que su corbata ya no estaba arrugada, sino como nueva, y que en su bolsillo había un billete con una fecha que no reconocía.
El coche se detuvo frente a una casa de fachada azul. La maleta se abrió sola, y de dentro salieron fotografías, documentos y objetos pequeños que comenzaron a flotar en el aire, formando una especie de telaraña luminosa. El pasajero se levantó, pero su cuerpo era translúcido, y cuando miró hacia el taxista, vio que este también lo era.
—Todos llegamos aquí tarde o temprano —dijo el taxista, finalmente girándose. Su rostro era el de un hombre joven, pero sus ojos tenían la edad de los siglos—. La ciudad no borra nada; solo guarda las historias que nadie quiere recordar.
Las figuras que el pasajero había visto en las esquinas comenzaron a acercarse: eran otras personas, con maletas en la mano, esperando su turno para subir al taxi amarillo. El hombre entendió entonces: nunca había bajado de ese coche. Había muerto en un accidente años atrás, y su alma había estado vagando, buscando el lugar donde pertenecía.
La maleta se cerró, y los objetos volvieron a su interior. El taxista puso en marcha el vehículo de nuevo, y la casa azul se desvaneció en la niebla. Ahora era el turno de los otros, de llevar sus historias al lugar donde el tiempo no existía. El coche se alejó por la Calle del Olvido, hasta desaparecer en la penumbra, dejando solo el eco de su motor en un mundo que ya no era el de los vivos.
FIN
Autor: Aslhey Ximena Fernandez Lagunes
Título: El último taxista de la calle del Olvido
Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II
Año:2026



Comentarios