"Entre estrellas y cenizas", cuento de Daira García López.
- Irlanda Tena Lúa
- 11 mar
- 34 Min. de lectura

¿Cuándo comienza una vida? en el momento en el que naces o cuando tomas conciencia de que estás vivo?, cuándo empiezas a tener recuerdos a elegir a dónde te mueves, que te gusta, que no.
Se siente como si hubieras estado dormido todo ese tiempo, y todo lo anterior, fuera sueño, que no recuerdas pero intuyes. Yo creo, que en ese momento, cuando sientes despertar tu conciencia, es cuando empiezas una vida de verdad.
Capitulo 1. Donde el cielo tocó la tierra;
El espacio no es aburrido, menos para alguien como yo, que lleva desde el inicio de la existencia aquí, solo es muy, bueno, silencioso y muy extenso.
Como tal, no es posible caminar en el espacio. Así que suelo impulsarme para moverme con algunas estrellas, tampoco tengo piernas de todos modos.
-Y este?, que tal?- Pregunté, claro que en el espacio no es posible hablar o hacer ruido como todos los terrestres, pero no necesitaba eso para que ella me escuchara. -Vez algo interesante ahí?- Continúe rodeando el pequeño planeta para que pudiéramos verlo más de cerca.
Mi única respuesta fue el brillo que emanaba. Fue suficiente para entender que tal vez esa esfera imperfecta sería nuestro hogar durante un tiempo
Así con lo que es un empujón de las estrellas me dispuse a atravesar lo que yo llamo la invisible difícil. Cada lugar en el espacio es diferente así como en cada esfera hay una invisibilidad diferente.
Capitulo 2. Humanos / Tribu
Cazar, siempre cazar, para conseguir con pieles comida, ahuyentar animales peligrosos, para sobrevivir. No es fácil en muchos sentidos, tener que acabar con una vida para seguir con la tuya. Por otro lado, es interesante la de adrenalina que se siente al seguir las huellas de un animal grande, el orgullo que te da cuando con una flecha en cesa directo al ojo de algún conejo, un ave, o incluso un pez.
La caza también te define, cuando una mujer, que normalmente se dedica a la recolección, al tejido o a cuidar a los ancianos, caza algo, lo que sea, una ardilla, viejo conejo, incluso si simplemente coloca bien una trampa. Todos lo consideran alguien fuerte, inteligente, y deseada por los hombres.
Con los hombres no pasa lo mismo, ya que su deber, y aprenden desde muy jóvenes, si para los 12 no sales a ayudarle a tu padre a cazar, ya estás retrasada. Y si a los 14 ya no casas para ti mismo, eres una deshonra, el raro, el atrasado.
Yo vivía con mis padres a los 16, no sabía casar bien del todo, así que a veces mi padre casaba para mí. No me fui de con ellos hasta que había cumplido mis 19 inviernos.
Akari, mi mejor amiga, por otro lado ya era considerada una mujer hecha y derecha. Se había casado a los 16, con Apolo, un joven de 19 en ese entonces, qué había evitado casarse, por esperarla a ella.
Akari es fuerte, excelente cazadora, la mejor, que incluso está por encima de muchos hombres, y también es muy hermosa.
Cuando éramos niños, solíamos fantasear con casaros y formar una familia, a pesar de que ese sueño se rompió en el momento en que ella decidió casarse con alguien que si supiera cazar, con alguien que a sus 16 no viviera con sus padres. Ahora tenemos 20, ya no vivo con mis padres, Y acaso mejor, pero ella tiene dos hijos y lleva 4 años con Apolo.
-Nanteck muévete!- Espetó Alonk, mientras me miraba con impaciencia, sacándome de mis pensamientos.
Si, ya voy- Respondí entre dientes mientras recogía mi arco, quitándome de la entrada y dejando pasar a los cazadores.
Ya era hora de salir a cazar, normalmente van en grupo, yo no, porque antes nunca estaba bien Y aunque ahora caso mejor eso es algo que piensan todos cuando me ven, el atrasado.
-Conejos...- Murmuré para mí mismo mientras seguía el sonido entre los arbustos, suave, pequeño, y confiado, como el de un conejo.
Lo seguí hasta la orilla de un río agachado flexionando el arco y justo en el momento exacto..
-¡Agh!..- Exclamé, soltando la flecha descuidadamente cayendo hacia atrás, con el corazón a mil, viéndola a ella, una niña, no, se ve demasiado grande. Una joven, desnuda, qué había aparecido de la nada, asustándome y ahuyentando al conejo.
La mire un momento, nunca había visto una mujer desnuda, menos a una que solo se quedara ahí parada, mirándome como si yo fuera alguna especie de exposición rara
Yo..yo lo siento!- Exclamé demasiado alto, apartando la mirada con la cara roja de vergüenza - No sabía que había alguien aquí!- Me disculpé, tratando de no tatamudea.
El sonido del río siguió corriendo como si nada hubiera pasado.
Como si no hubiera una joven desconocida, completamente desnuda, de pie frente a mí, mirándome con la misma curiosidad con la que un niño observa un insecto extraño.
Yo, en cambio, sentía que el corazón me golpeaba las costillas. Ella no dijo nada,
no gritó, no intentó cubrirse. Solo inclinó ligeramente la cabeza, como si me estuviera, bueno,nanalizando.
Tragué saliva antes de continuar —De verdad lo siento… —murmuré otra vez, sin atreverme a mirarla directamente.
Silencio, un silencio pesado, denso incómodo. Levanté la vista apenas lo suficiente para comprobar si seguía ahí.
Seguía ahí, y ahora me estaba mirando más de cerca
Sus ojos, parpadeé no eran verdes, ni cafés, ni negros. Eran… azules. Pero no el azul del río. Eran brillantes, y dentro de ese azul había vetas doradas que parecían moverse lentamente, como si tuvieran vida propia.
Mi mirada subió, cabello azul.
Con mechones amarillos que parecían atrapar la luz del sol. Un escalofrío me recorrió la espalda, eso no era normal, nada de eso era normal.
—¿E-estás… perdida? —pregunté despacio, señalando a mi alrededor.
Ella siguió mirándome, sin responder, ni una palabra, ni un gesto, solo observando sentí una incomodidad extraña. No era miedo exactamente, era la sensación de estar frente a algo que no entendía.
Intenté otra cosa
—¿Tribu? —dije señalándome el pecho— Yo… tribu.
Luego señalé hacia el bosque ella miró mi dedo, después miró mi cara y volvió a inclinar la cabeza, silencio otra vez.
—…bien —susurré para mí.
Esto era malo. Muy malo. No hablaba, no reaccionaba, no parecía entender. Y estaba sola, completamente sola. Miré alrededor. No había huellas, no había ropa, no había herramientas, no había señales de otra persona. Solo ella. Y el río.
Ella dio un paso hacia mí y mi cuerpo se tensó. No parecía agresiva, pero tampoco parecía… humana del todo. Se acercó lo suficiente para quedar a unos pasos. Me observó la cara, luego el arco, luego mis manos, luego mi ropa. Sus dedos se extendieron lentamente hacia mi hombro, e quedé rígido. Su mano tocó la piel de mi brazo. Fría. No como la piel de alguien que viene del agua. Fría como la sombra. Sus dedos apretaron ligeramente. Y sonrió. No una sonrisa social.
No una sonrisa tímida. Una sonrisa fascinada, como si acabara de descubrir algo nuevo. Y en cierto modo… supongo que sí. Respiré profundo.
—Está bien… —murmuré— Está bien…
Me quité la capa de piel lentamente. Ella observó cada movimiento como si fuera un ritual sagrado. Se la extendí, dudó, miró la piel, me miró, volvió a mirar la piel. Finalmente la tomó, no se la puso, la sostuvo, la olfateó, luego la presionó contra su mejilla. Y cuando volvió a sonreír, me quedé sin palabras.
conejo se había ido, la caza se había perdido, pero yo no podía irme, no podía dejarla ahí. Así que el día transcurrió… extraño. La seguí, o más bien caminamos juntos sin acordarlo, ella tocaba todo: hojas, agua, piedras, insectos. En un momento intentó meter una piedra en su boca.
—¡NO! —dije, sobresaltado.
Se detuvo, me miró, miró la piedra y lentamente la dejó caer. Después me sonrió otra vez, como si hubiera aprendido algo.
A ratos se alejaba, a ratos volvía. No parecía temerme, pero tampoco parecía depender de mí.
Solo… estaba, existiendo, observando, aprendiendo.
Cuando el sol comenzó a caer, el miedo real llegó: la noche. El bosque nocturno no perdona a quien está solo, y ella estaba sola.
Suspire —…vamos.
Señalé el camino, no sabía si entendería, pero di un paso, luego otro. Escuché hojas detrás, giré, y ella venía, sosteniendo aún la capa contra su pecho.
La oscuridad creció entre los árboles y las luces de la tribu aún no eran visibles. Ella caminaba a mi lado en silencio; a veces se detenía, a veces miraba el cielo, a veces miraba mi cara, como si comparara cosas.
Cuando finalmente las fogatas lejanas se insinuaron entre los troncos, me detuve. Ella también. Miré la aldea, luego a ella, luego otra vez la aldea. Un nudo se formó en mi estómago. No sabía qué iba a pasar, no sabía qué era ella, no sabía si debía llevarla, pero tampoco podía dejarla.
Respiré profundo.
—Ven.
Di el primer paso y, por primera vez en todo el día, ella dudó. Sus ojos se alzaron hacia la aldea iluminada, luego a mí, luego otra vez a la aldea. Finalmente, avanzó.
Y en ese momento, sin saberlo, una estrella cruzó el límite invisible del bosque y entró por primera vez al mundo humano.
Capitulo tres. Dónde nadie debería ver;
La tribu estaba viva incluso de noche, no como en el día, donde los niños corren y los cazadores discuten, sino viva de esa manera silenciosa y peligrosa: brasas encendidas, susurros bajos, sombras moviéndose detrás de pieles que hacen de puertas. Y mi cabaña… mi cabaña estaba en el centro, en el maldito centro. Respiré hondo.
Ella estaba detrás de mí, envuelta torpemente en la capa que le había dado, aunque no parecía entender muy bien cómo sostenerla, a cada paso que daba un mechón azul escapaba, luego uno amarillo, luego el viento levantaba la piel lo suficiente para que casi me diera un infarto.
—No te detengas —susurré sin mirarla.
Ella se detuvo, claro que se detuvo, miraba el fuego más cercano con fascinación absoluta, sus ojos reflejaban las llamas como si las llamas la reconocieran.
—No… eso no —murmuré, regresando dos pasos para tomarle la muñeca.
Su piel estaba fría otra vez, la jalé suavemente y ella me siguió, tres pasos, cuatro. Un niño salió corriendo entre dos cabañas, me quedé helado, la empujé contra mi espalda intentando cubrirla con mi cuerpo, el niño ni siquiera nos miró, se perdió entre las sombras.
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Por favor… —susurré, más para mí que para ella.
Avanzamos de nuevo, mi cabaña estaba a unos veinte pasos, solo veinte, y parecían cien.
Alonk estaba sentado frente a su cabaña, afilando una punta de lanza, por supuesto que estaba despierto, siempre estaba despierto. Sentí que el sudor me corría por la espalda, ella en cambio asomó la cabeza desde detrás de mí para mirar mejor.
No. No, no, no.
Le bajé la cabeza con la mano.
—Quiet… —susurré.
No sabía si entendía las palabras, pero parecía reconocer el tono, se quedó inmóvil, milagro. Caminé con naturalidad forzada, como si no estuviera ocultando a una mujer desnuda de cabello imposible bajo una capa mal acomodada.
—¿Cazaste algo? —preguntó Alonk sin levantar la vista.
Mi garganta se secó.
—No.
Silencio, sentí su mirada subir lentamente, recorrer mi rostro, bajar por mi cuerpo, detenerse un segundo de más.
—Hueles raro.
Mi corazón dejó de latir, ella decidió moverse justo en ese instante, la capa se abrió un poco, un destello azul y amarillo brilló bajo la luz del fuego.
Tosí, demasiado fuerte.
—Río —dije rápido— Me caí al río.
Alonk frunció el ceño, luego bufó.
—Siempre distraído.
Y volvió a su lanza.
Caminé, no corrí, no podía correr, pero cada paso era una batalla contra el impulso de huir.
Al fin frente a mi cabaña, levanté la piel que cubría la entrada y la empujé suavemente hacia adentro. Ella se detuvo en el umbral, miró la tribu, las fogatas, el cielo, luego me miró, sus ojos brillaron de una manera extraña, como si estuviera cruzando algo importante.
—Entra —susurré.
No entendía la palabra, pero entendió el gesto, cruzó. Entré detrás y dejé caer la piel de la puerta, oscuridad, silencio. Mis piernas casi cedieron y apoyé la espalda contra la pared.
Ella ya estaba caminando por la cabaña, tocando una vasija, una piel doblada, una herramienta, como si todo le perteneciera, como si siempre hubiera estado ahí. Me llevé las manos al rostro, había metido a una desconocida, desnuda, de cabello azul y amarillo, con ojos que no eran humanos, al centro mismo de la tribu.
Si alguien la veía… no sabía qué harían, no sabía qué era ella, pero sabía algo con certeza inquietante: cuando cruzó el umbral de mi cabaña no fue solo una mujer la que entró, fue algo más, algo que no pertenecía a este lugar, y ahora estaba bajo mi techo.
Apenas cerré la entrada, el silencio se volvió más pesado que afuera. Pensé que, al menos dentro, podría respirar, pero me equivoqué. Ella ya estaba moviéndose, explorando como si la cabaña fuera territorio recién descubierto. Primero tocó una vasija, luego levantó una piel doblada, después pasó los dedos por mi arco como si fuera una criatura viva que pudiera responderle.
—No… eso no —murmuré, quitándoselo con cuidado.
Me miró, inclinó la cabeza, y sin discutir caminó hacia la puerta. La puerta. Mi corazón volvió a acelerarse.
—No.
Di un paso rápido y me interpuse. Intentó asomarse por un costado, moví el cuerpo para cubrirla; probó por el otro lado, la bloqueé otra vez. Desde afuera habría parecido un juego silencioso, casi infantil, pero yo no estaba jugando. Se inclinó por debajo de mi brazo para mirar hacia la rendija, le tomé los hombros y la detuve con firmeza.
—No puedes salir.
No entendía mis palabras, pero sí entendía que la estaba frenando. Frunció ligeramente el ceño, no en enojo sino en curiosidad, como si estuviera estudiando una regla nueva. Volvió a intentar, y otra vez, y otra, cada vez más decidida, no por rebeldía sino porque afuera había luces, sonidos, voces, y ella quería verlo todo.
En un descuido mío levantó la piel de la entrada apenas un dedo; un hilo de luz se filtró y voces lejanas se colaron con él. La bajé de golpe.
—¡No!
Sus ojos se abrieron un poco más grandes, sorprendida por el tono. Respiré hondo. No podía vigilarla toda la noche, no podía arriesgarme a que saliera mientras yo dormía. Miré alrededor y vi las telas, las tiras resistentes que usábamos para asegurar cargas. No quería hacerlo, pero tampoco tenía otra opción.
Tomé una tira larga. Ella observó cada movimiento con atención, sin retroceder, sin miedo, solo interesada. Me acerqué despacio.
—No es para hacerte daño —murmuré, aunque sabía que no comprendía.
Le rodeé la cintura con la tela, ella miró hacia abajo, luego mis manos, luego mi rostro. No opuso resistencia. Até el otro extremo a uno de los postes internos, lo suficientemente largo para que pudiera moverse dentro de la cabaña pero no llegar a la entrada. Me alejé un paso. Ella dio uno hacia la puerta; la tela se tensó y la regresó suavemente. Se detuvo, miró la tela, tiró un poco más fuerte, volvió a sentir el límite. Parpadeó, levantó la vista hacia mí y, para mi sorpresa, sonrió como si acabara de descubrir una nueva ley del mundo.
Me dejé caer junto a la entrada, apoyando la espalda contra la pared. Ella comenzó a caminar en pequeños círculos, probando la distancia, tocando cosas, sentándose, levantándose, midiendo el espacio como si fuera un experimento. Cada vez que la tela se tensaba inclinaba la cabeza, analizando algo invisible. No parecía ofendida ni humillada, no parecía entender el concepto de estar atada; solo estaba aprendiendo.
El cansancio me cayó encima de golpe. El día había sido demasiado largo, demasiado extraño. La vi sentarse finalmente cerca del centro de la cabaña, con las piernas cruzadas, mirando la pequeña fogata reducida a brasas. La luz rojiza danzaba en sus ojos azules y amarillos, y por un segundo juraría que el brillo venía más de ella que del fuego. Parpadeé, quizá era el agotamiento.
Apoyé la cabeza contra el poste.
—Mañana… veré qué hacer…
Ella giró la mirada hacia mí, silenciosa, atenta, completamente despierta. Mis ojos se cerraron sin permiso. Lo último que recuerdo antes de dormir fue verla inclinarse hacia adelante, queriendo acercarse más, detenida por la tela que la sujetaba, y aun así sin apartar los ojos de mí.
Cuando el sueño finalmente me venció, estaba sentado junto a la entrada, custodiando algo que no entendía, con una estrella atada suavemente dentro de mi cabaña, sin saber que aquella noche sería la última en la que mi vida sería simple.
Capitulo 4, Con o sin tiempo;
El tiempo no hizo ruido cuando pasó. No hubo anuncio. No hubo un instante exacto en que todo dejara de sentirse extraño. Solo una mañana, mientras tensaba el arco con el primer frío del amanecer, me di cuenta de que ya no miraba la puerta cada segundo con miedo. Llevaba semanas ahí. Semanas con ella.
Al tercer día entendí que no podía tenerla desnuda para siempre. No por vergüenza, sino porque alguien terminaría viéndola. Con paciencia —y demasiados intentos fallidos— logré ponerle ropa sencilla: una túnica ligera y una cuerda a la cintura. La primera vez intentó meter el brazo por el cuello. Luego la cabeza por la manga. Después se quedó completamente quieta mientras yo trataba de acomodarla, observando cada movimiento como si estuviera aprendiendo una técnica de caza.
Cuando por fin quedó vestida, se miró las manos. Luego la tela. Luego me miró a mí. No parecía entender por qué ahora tenía una segunda piel, pero tampoco intentó quitársela. Eso, para mí, fue una victoria.
No sabía cómo llamarla. No hablaba. Ni una palabra. Ni siquiera sonidos claros. Solo silencio. Pero no podía seguir refiriéndome a ella como “ella”.
Una noche, mientras el río sonaba afuera y ella observaba las brasas como si recordara algo lejano, la palabra vino sola.
—Yoserin.
En mi lengua significa cielo. También puede significar río.
Ella levantó la mirada. Sus ojos reflejaron el fuego.
—Yoserin —repetí, señalándola.
Se tocó el pecho. Luego me miró. No dijo nada. Pero no apartó la mirada. Y desde entonces, para mí, fue Yoserin.
Tardé más de lo que me gustaría admitir en notarlo: no comía. Yo traía carne, raíces, frutos. Los dejaba frente a ella. Ella los tocaba, los olía, los observaba como si fueran herramientas curiosas, pero nunca los llevaba a la boca. Nunca.
Al principio pensé que esperaba que yo lo hiciera primero. Así que lo hice. Mordí frente a ella. Exageré el gesto. Nada. Solo miraba. Día tras día no comía, y no parecía debilitarse, no parecía cansarse, no parecía necesitar nada. Eso me inquietaba más que si hubiera comido demasiado.
Una tarde, mientras regresaba con dos conejos al hombro, Akari se cruzó frente a mí. El sol caía sobre su cabello oscuro y su postura era firme, como siempre.
—Estás cazando más.
—¿Y? —respondí, encogiéndome de hombros.
—Antes volvías con uno. A veces con ninguno. Ahora vuelves con dos. A veces tres.
No supe qué decir. Era verdad. Cazaba más porque necesitaba distraerme, porque necesitaba pensar, porque no sabía qué estaba alimentando en mi cabaña.
Akari entrecerró los ojos.
—Hueles diferente.
Mi estómago se tensó.
—Es el río —mentí.
Ella no respondió. Solo me sostuvo la mirada un segundo más de lo normal. Akari siempre notaba cosas. Demasiadas cosas.
Yoserin tocaba todo. Siempre. Mi arco, las puntas de flecha, las pieles secándose, las herramientas. Si le decía:
—No.
Lo hacía más lento. Más evidente.
Si repetía:
—No.
Lo hacía mirándome fijamente, como si quisiera comprobar algo. Descubrí, con frustración creciente, que entre más firme fuera mi tono, más insistía.
Una tarde la encontré desarmando una trampa que me había costado horas preparar.
—¡No toques eso!
Se detuvo. Me miró. Esperó. Y volvió a tocarla. Más despacio. Como si estuviera desafiando una ley invisible, no por maldad, sino por pura curiosidad, como si necesitara entender por qué existía el “no”.
A veces la encontraba de pie, mirando el cielo nocturno por la pequeña abertura de la cabaña. Inmóvil durante largos minutos. Sus ojos brillaban distinto bajo la luna. Había algo en esa mirada que no era de aquí, algo que parecía extrañar algo que yo no podía ver.
Y entonces, por un instante breve y frío, me preguntaba si la había traído yo a este mundo o si había sido ella quien me eligió a mí.
Capitulo 5, Antes de la tormenta;
El lenguaje no llegó de golpe. No fue un milagro. Fue lento. Torpe. Casi doloroso.
Al principio solo repetía sonidos, como si cada palabra fuera una piedra nueva que debía aprender a sostener sin que se le cayera.
—Agua —decía yo, señalando el cuenco.
Ella miraba el cuenco. Luego mi boca.
—A… gua —intentaba.
La “g” se le quedaba atorada, áspera. La “a” salía más suave de lo normal, casi como un suspiro. Cuando por fin logró decirlo claro, no sonrió. No era de sonreír por cosas pequeñas. Pero sus ojos brillaron. Como si hubiera conquistado algo invisible.
Después vinieron más.
—Fuego.
—Arco.
—Río.
A veces confundía las palabras. A veces las decía al revés. A veces las unía en un murmullo extraño que solo ella entendía. Pero comprendía cada vez más. Ya no necesitaba jalarla de la muñeca para que no saliera. Bastaba un:
—No.
Y aunque fruncía el ceño… se detenía. La mayoría de las veces. Porque seguía teniendo esa cosa dentro, esa voluntad que no se doblegaba fácil, esa mirada que parecía preguntar siempre “¿por qué?”.
Una noche, mientras la luna se filtraba por la abertura del techo, señaló el cielo.
—Casa —susurró.
Me quedé quieto.
—No —respondí despacio—. Eso no es casa.
Ella me miró. Luego volvió a mirar las estrellas.
—Casa —repitió, pero más bajo.
No discutí. No supe cómo discutir contra algo que no entendía.
Akari empezó a aparecer más. Demasiado. Primero con excusas.
—Te traje hierbas.
—Apolo no necesita esto.
—Pasaba por aquí.
Sus ojos recorrían mi cabaña cada vez que entraba, demasiado atentos, demasiado calculadores. Una tarde se quedó más tiempo del habitual, observando las pieles, el suelo, el rincón donde Yoserin solía sentarse.
—¿Vives solo? —preguntó de pronto.
—Sí.
Mentí.
Ella sostuvo mi mirada un segundo más de lo necesario. No parecía convencida.
No golpeó la entrada al día siguiente. No anunció su presencia. Solo levantó la piel de la puerta y entró.
Yo estaba de espaldas. Yoserin estaba sentada en el suelo, jugando con una tira de tela, murmurando palabras sueltas.
—Rí… o… fue… go…
El silencio que siguió fue distinto. Pesado.
Giré.
Akari estaba ahí. Inmóvil. Mirando. Primero a mí. Luego a Yoserin.
Y entonces lo vio.
No solo la ropa. No solo el cabello azul con mechones dorados. Sino el brillo. Ese brillo tenue que parecía moverse bajo la piel, como polvo de estrellas desplazándose lentamente en los brazos, en el cuello, en los pómulos, en los ojos.
Akari dio un paso atrás.
—¿Qué es eso…? —susurró.
Yoserin la miró. Sin miedo. Pero con algo nuevo en la expresión. Seria. Tensa. Casi protectora.
Me puse delante de ella sin pensarlo.
—No es asunto tuyo.
Akari me miró con rabia… y algo más.
—Me mentiste.
—No te debo nada.
—Dijiste que vivías solo.
—Y tú estás casada.
El golpe fue directo. Su mandíbula se tensó.
—Eso no tiene nada que ver.
—Tiene todo que ver.
El aire se volvió espeso, difícil de respirar. Akari dio un paso hacia mí.
—¿Desde cuándo está aquí?
No respondí.
—¿La escondías?
—No te metas en lo que no te importa.
Su mirada se quebró apenas un instante. Ahí estaba lo que siempre había estado. No quería estar conmigo. Pero tampoco quería que dejara de quererla.
—Le diré a todos —espetó finalmente.
El corazón me golpeó el pecho.
—No lo harás.
—¿Y por qué no?
Silencio. No tenía respuesta.
Ella volvió a mirar a Yoserin. Y ahí sí hubo miedo. Verdadero miedo. Porque Yoserin ya no estaba sentada tranquila. Estaba de pie, detrás de mí. Con los ojos brillando más intensamente, el dorado dentro del azul moviéndose como si estuviera vivo. Las pequeñas luces bajo su piel parecían latir con su respiración.
No avanzó. No habló. Pero su expresión era clara.
Akari tragó saliva y retrocedió otro paso.
—Eso no es humano —murmuró.
Nadie respondió. El silencio fue suficiente.
Finalmente bajó la entrada de golpe y salió. Sus pasos se alejaron rápido, demasiado rápido para alguien que intentaba parecer firme.
La cabaña quedó en silencio. Mi respiración era pesada. Yoserin dio un paso a mi lado.
—Ir —dijo de pronto.
La miré.
—No.
Ella frunció el ceño.
—Ir… ella.
—No.
Su mirada volvió a endurecerse, pero no insistió. Solo observó la entrada, como si estuviera calculando algo nuevo. Como si hubiera entendido algo sobre los humanos: sobre celos, sobre posesión, sobre amenaza.
Yo, en cambio, entendí algo más frío.
El cielo puede ser inmenso.
Pero la tribu es pequeña.
Y los secretos no sobreviven mucho tiempo en lugares pequeños.
Capitulo 6, Los 14 soles más tensos;
Dicen que cuando alguien sabe tu secreto, aunque no lo diga… el mundo cambia. Las fogatas eran las mismas, las voces eran las mismas, la tribu seguía respirando igual. Pero yo no. Yo vivía con el pecho apretado. Akari no había dicho nada, nadie me señalaba, nadie murmuraba cuando pasaba, y eso era peor, porque el silencio no significa olvido, significa espera.
Cada vez que alguien levantaba la voz en la plaza pensaba: ya lo dijo. Cada vez que veía a Akari caminar entre las cabañas sentía el estómago caerme hasta los pies. Pero ella no hablaba, solo me miraba a veces, una mirada distinta, más dura, más herida, más orgullosa. Y yo cazaba más, porque si estaba en el bosque no pensaba, si estaba en movimiento no imaginaba, si tensaba el arco el miedo tenía menos espacio.
Una tarde;
Lo descubrí por accidente. Regresé antes de lo previsto una tarde, entré en silencio y me quedé inmóvil. Mis cosas estaban apiladas, no desordenadas, no tiradas, apiladas en columnas perfectamente alineadas. Las vasijas una sobre otra, las pieles dobladas con una precisión imposible, las herramientas agrupadas por tamaño. Y ella… de pie en medio, con las manos ligeramente levantadas, sin tocarlas. Las cosas flotaban, no alto, no exagerado, pero lo suficiente para no tocar el suelo, un dedo de distancia, tal vez dos, girando lentamente como si obedecieran una música que yo no escuchaba.
Tragué saliva.
—Yoserin.
Todo cayó de golpe, las vasijas golpearon el suelo, una se rompió. Ella me miró sin culpa, sin vergüenza.
—Orden —dijo con naturalidad.
Ya hablaba, bien, demasiado bien.
—Eso no es… orden —respondí intentando mantener la voz firme.
Frunció el ceño.
—Sí es.
—No puedes hacer eso.
—¿Por qué?
No tenía respuesta que no sonara débil.
—Porque no.
Y ahí estaba otra vez, entre más firme mi “no”… más brillante su mirada.
Otra cosa que tardé demasiado en aceptar era que no dormía. Yo caía rendido, y cada vez que despertaba en mitad de la noche ahí estaba, mirándome, no de forma inquietante, no como una amenaza, solo observando. A veces tocaba mi cabello, a veces seguía con el dedo el contorno de mi mano, a veces susurraba palabras nuevas para practicar.
—Nanteck.
—Río.
—Fuego.
—No.
Esa última la decía con especial claridad. Se acostaba conmigo siempre, no importaba dónde me acomodara, si me giraba ella se acomodaba, si me apartaba se acercaba. Su cuerpo estaba frío al inicio, pero no desagradable, solo distinto.
Aprendió rápido, demasiado rápido.
—No salgas —le decía.
—Quiero salir.
—No puedes.
—¿Por qué?
—Porque te verán.
—Que miren.
—No entiendes.
—Explícame.
Y ahí me dejaba sin palabras. A veces cruzaba los brazos, a veces me miraba con los ojos entrecerrados, a veces se acercaba tanto que olvidaba qué estaba diciendo.
—No soy cosa tuya —dijo una vez.
Me quedé helado.
—No dije eso.
—Actúas como si sí.
Silencio, maldito silencio, porque tenía razón. La había atado la primera noche, la escondía, le decía que no, le ponía límites que ella no entendía.
—Es para protegerte —murmuré.
Ella inclinó la cabeza.
—No necesito.
Esa frase me dio más miedo que cualquier cosa que hubiera hecho flotar.
Entre el miedo, la tensión, el secreto y las discusiones, había algo creciendo, algo que no quería nombrar. La forma en que pronunciaba mi nombre, la manera en que me buscaba cuando entraba, cómo se sentaba demasiado cerca, cómo su ceño se fruncía si hablaba de Akari, cómo aprendía mis gestos, mis silencios, mis costumbres.
Una noche, mientras discutíamos porque quería salir a ver la luna, se quedó callada de pronto. Me miró fijo, muy fijo.
—Corazón rápido —dijo.
—¿Qué?
Apoyó la mano en mi pecho.
—Aquí.
Tragué saliva.
—Es normal.
—No lo es.
Su pulgar presionó ligeramente.
—Cuando me miras, es diferente.
No supe qué responder, porque era verdad.
Lo peor de esas dos semanas no fue el miedo a que la descubrieran, no fue Akari, no fue el secreto. Fue darme cuenta de que ya no podía imaginar la cabaña sin ella, que el silencio sería demasiado grande, que el bosque sería demasiado vacío, y que si la tribu descubría que había algo del cielo bajo mi techo… no sabría si estaba más asustado por perder mi lugar entre los humanos o por perderla a ella.
Capitulo 7, El vaso;
Fue una pelea estúpida, absolutamente estúpida. Había más vasos, tres más, exactamente iguales, mismo barro, mismo tamaño, misma forma. Pero no. Ella quería ese. Y yo también.
Entré con el agua recién traída del río, la dejé sobre la mesa baja y tomé mi vaso, el de siempre, el que uso desde hace años, el que reconozco por la pequeña grieta casi invisible en el borde. Justo cuando iba a llevarlo a mis labios, una mano fría lo tomó primero. Me quedé congelado.
Yoserin lo sostuvo con total naturalidad.
—Ese es mío —dije.
Ella lo observó, luego a mí.
—No.
—Sí.
—Yo primero.
—Pero es mío.
Parpadeó, miró el vaso otra vez.
—No tiene nombre.
La miré fijo.
—No necesita.
Intenté recuperarlo y ella lo jaló hacia su pecho.
—Yo primero —repitió con firmeza.
—Yoserin…
—Nanteck.
—Devuélvelo.
—No.
—Hay más.
—Quiero este.
—¿Por qué?
Se encogió de hombros.
—Porque sí.
Eso fue, ese fue todo su argumento. Intenté tomarlo otra vez, ella giró el cuerpo y el vaso quedó atrapado entre los dos.
—Vas a romperlo.
—Entonces suelta.
—Suelta tú.
—No.
La escena era ridícula. Yo, un cazador de veinte inviernos, peleando por un vaso. Ella, una criatura que puede hacer flotar cosas, negándose a perder. Tiré un poco más fuerte, ella también.
—¡Yoserin!
—¡Nanteck!
Nos quedamos mirándonos, desafiantes, como dos niños de seis años.
—Soy el adulto aquí —murmuré.
—¿Eso qué significa?
—Que yo—
Tiró más fuerte y casi pierdo el equilibrio.
—¡Oye!
—Yo primero.
—¡Pero es mío!
—No lo dice.
—¡Lo digo yo!
Entrecerró los ojos, ese brillo azul con dorado se intensificó apenas.
—¿Quieres pelear?
—¡No estamos peleando!
—Sí estamos.
Y jaló otra vez.
Había más vasos, podía haber soltado, podía haber tomado otro, podía haber terminado con eso en un segundo, pero no quería perder, y ella tampoco. Era absurdo y, sin embargo, ahí estábamos, forcejeando, resbalando un poco, el vaso atrapado entre manos tercas.
—Suéltalo.
—No.
—Yoserin.
—Nanteck.
—Voy a contar hasta tres.
—¿Qué es contar?
—Uno…
—Eso no me asusta.
—Dos…
Ella sonrió.
—Tres—
Tiré, ella tiró, el vaso se inclinó peligrosamente. Nos quedamos quietos al mismo tiempo, mirándolo. Si se rompía, perdíamos los dos. Lentamente, muy lentamente, ella aflojó apenas, apenas, no suficiente para perder, suficiente para negociar.
—Mitad —dijo.
—¿Mitad qué?
—Tú primero. Luego yo.
La miré.
—Lo tenía primero.
—Lo estaba mirando primero.
—Eso no cuenta.
—Cuenta para mí.
Suspiré.
—Bien. Yo tomo primero.
—No. Yo.
—¡Pero dijiste mitad!
—Sí. Yo primero. Luego tú.
La miré con incredulidad.
—Eso no es mitad.
—Lo es si empiezo yo.
Silencio. Me estaba agotando, me estaba ganando, y lo sabía. Finalmente solté. Ella casi pierde el equilibrio hacia atrás, pero sostuvo el vaso victoriosa. Sonrió, pequeña, satisfecha. Bebió muy despacio, sin apartar los ojos de mí. Luego me extendió el vaso.
—Mitad.
Lo tomé. El borde aún estaba frío donde habían estado sus labios. Bebí.
—Ridícula —murmuré.
Ella inclinó la cabeza.
—Aprendí de ti.
Me quedé callado, porque no sabía si sentirme ofendido o orgulloso, probablemente ambas cosas.
Y ahí estábamos, dos semanas de tensión, un secreto del cielo, una amenaza latente, y nosotros peleando por un vaso como si fuera lo más importante del mundo.
Lo peor no fue la pelea. Fue darme cuenta de que, cuando sonrió al ganar, sentí algo tibio en el pecho, y no era enojo… era algo mucho más peligroso.
Capitulo 8, La caza, los hombres, y lo que debería ser
El bosque siempre huele distinto al amanecer, húmedo, frío, honesto, como si no supiera mentir, como si no necesitara hacerlo. Los hombres no, los hombres se ríen, murmuran, esconden cosas detrás de los dientes. Esa mañana íbamos en grupo, Alonk delante marcando el paso, Tarek inclinado revisando huellas en la tierra blanda, dos más detrás murmurando cosas que fingían no ser sobre mí, y yo tensaba el arco en silencio, respirando despacio para no tensar también la paciencia.
—Veinte inviernos —dijo Tarek sin mirarme— y todavía duerme solo.
Las risas no tardaron, bajas, pesadas, como piedras cayendo al agua.
—Tal vez espera que le caiga una del cielo —añadió otro.
Si supieran.
—Déjenlo —dijo Alonk, aunque su tono no era precisamente amable—, algunos nacen para cazar, no para casarse.
—O tal vez nadie lo quiere —insistió Tarek.
—Ni siquiera Akari lo quiso.
Ese nombre me tensó el brazo más que cualquier cuerda, la flecha salió antes de que pudiera pensar, directa al cuello de un ave entre los árboles, cayó limpia, rápida, definitiva. Hubo un silencio breve, de esos que duran lo suficiente para medir algo.
—Al menos caza mejor ahora —murmuró alguien.
—Claro —dijo Tarek—, tiene que compensar algo.
Otra vez las risas. No respondí, no porque no tuviera qué decir, sino porque si abría la boca algo más iba a salir, algo menos controlado que palabras.
Cuando regresamos con las presas colgando de los hombros, el tema volvió como siempre vuelve lo que no se suelta.
—Mi mujer me espera con sopa caliente —dijo uno.
—La mía me espera con quejas —contestó otro, riendo.
—¿Y tú, Nanteck?, ¿quién te espera? —preguntó Tarek.
Sentí el peso de la pregunta más que el de cualquier animal sobre mis hombros, y la imagen apareció sola, cabello azul y amarillo bajo la luz del fuego, ojos brillando como si ocultaran constelaciones enteras, una discusión absurda por un vaso, una voz diciendo mi nombre con demasiada claridad.
—Nadie —respondí.
Mentí con facilidad, las carcajadas fueron inmediatas.
—Tal vez deberíamos buscarte una.
—Antes de que envejezcas y te vuelvas raro.
—Ya es raro.
—Siempre lo fue.
No sabían nada, nada en absoluto, mientras se burlaban del único cazador de veinte inviernos sin mujer, yo tenía algo del cielo escondido bajo mi techo, algo que no era exactamente mujer, pero que tampoco era cualquier cosa.
Esa noche, al volver a la cabaña, ella estaba sentada junto al fuego, la luz danzando sobre su cabello imposible.
—Tardaste —dijo.
Ya no tartamudeaba, ya no dudaba, hablaba como si siempre hubiera sabido hacerlo.
—Estaba cazando.
—Siempre estás cazando.
—Es lo que hago.
Me miró con esa expresión que empezaba a conocer demasiado bien, entre curiosidad y algo más difícil de nombrar.
—Ellos hablan de ti.
Me detuve.
—¿Qué?
—Escuché hoy.
Fruncí el ceño.
—¿Escuchaste?
Sonrió apenas.
—No necesito estar cerca para oír.
Claro, eso también.
—¿Qué dijeron? —pregunté, aunque sabía.
—Que no tienes mujer.
La miré esperando burla, pero no había burla, solo observación, como si estuviera estudiando una herida que no entendía.
—¿Eso te molesta?
—No.
Mentí otra vez.
Se acercó un paso.
—Tienes.
Mi corazón hizo algo extraño, incómodo, evidente.
—No.
—Sí.
—No cuenta.
—¿Por qué?
Porque estás escondida, porque no puedes salir, porque si alguien te ve todo se acaba, pero no dije nada de eso, solo la sostuve con la mirada.
—Si dicen que no tienes, es porque no me ven —dijo.
—Exacto.
—Entonces el problema es que no me ven.
—El problema es que no deben verte.
Su ceño se frunció.
—No me gusta esconderme.
—No me gusta que te vean.
El silencio se estiró entre nosotros como una cuerda demasiado tensa.
—Eres contradictorio —murmuró.
No supe qué responder, porque lo era.
Se sentó cerca, demasiado cerca, el calor del fuego mezclándose con el frío sutil de su piel.
—¿Te importa que se burlen?
Negué con la cabeza.
—No.
Mintiendo por tercera vez en un solo día.
Apoyó la frente contra mi hombro.
—Corazón rápido —susurró.
Maldita sea. Sí me importaba, no por lo que decían, sino porque si supieran la verdad dejarían de reír y empezarían a temer, y no sabía qué sería peor, seguir siendo el único cazador sin mujer, o convertirme en el hombre que escondía algo del cielo.
Y lo más peligroso de todo era que ya no sabía cuál de las dos cosas me dolería más perder.
Capitulo 9, El cielo atado y juzgado
El aire en la explanada no era como el del bosque, no era limpio ni libre, era denso, pesado, lleno de miradas que no necesitaban palabras para acusar. Me dijeron que el jefe quería verme antes de que pudiera volver a mi cabaña, no explicaron más porque no hacía falta, algo en el tono me apretó el estómago y caminé directo hacia el centro del poblado sin pasar por mi puerta, sin verla, sin saber, y entonces la vi.
Atada. En medio de la explanada. Las manos sujetas con cuerdas gruesas, ásperas, no como aquella primera noche en que la até por miedo y desconocimiento, esto era distinto, esto era juicio. Los ancianos estaban sentados en círculo, las mujeres murmuraban detrás de sus manos, los niños eran sostenidos lejos como si el aire mismo pudiera contaminarse, y ella… ella estaba tranquila, demasiado tranquila, de pie, mirando a todos como si observara un fenómeno interesante, sin miedo, sin súplica, sin vergüenza, solo curiosidad.
—¡Yoserin! —di un paso hacia ella y dos hombres me sujetaron de los brazos.
—¡Suéltenme!
Forcejeé, la cuerda en sus muñecas parecía absurda, ridícula, como intentar atar el viento, como creer que el cielo se deja contener con fibras secas.
—¡Déjenla!
Los ancianos golpearon el suelo con sus bastones.
—¡Silencio!
Mi mirada no se apartaba de ella.
—Estoy aquí —murmuré.
Giró la cabeza apenas, nuestros ojos se encontraron y por primera vez desde que la conocí no estaba discutiendo, no estaba sonriendo, no estaba desafiando, solo miraba, como si intentara entender algo que no encajaba en lo que había aprendido de nosotros.
Apolo avanzó desde el círculo, alto, seguro, con esa autoridad que siempre cargaba como si fuera parte de su piel, pero sus ojos no estaban en Yoserin, estaban en mí.
—Nos mentiste.
No respondí.
—Trajiste un demonio a nuestra tribu.
—No es un demonio.
No grité, pero mi voz tembló igual.
—¿Entonces qué es?
Silencio, porque no sabía, porque nunca supe ponerle nombre a algo que parecía cielo atrapado en forma humana.
Apolo dio un paso más.
—Desde que llegó cazas más, te comportas extraño, la escondías.
—No la escondía.
—¿Ah no?
Señaló a Yoserin con desprecio.
—¿La presentaste?, ¿la trajiste ante los ancianos?
No, no lo hice, porque sabía, sabía que esto pasaría, que el brillo en su piel no sería visto como milagro sino como amenaza.
—Es mía —dije sin pensar.
Un murmullo recorrió la explanada como viento entre hojas secas, los ancianos fruncieron el ceño, Yoserin me miró al oír esa palabra, mía, como si la estuviera pesando en silencio.
Apolo sonrió sin humor.
—¿Tuya?, ¿esa cosa?
Y antes de que pudiera reaccionar llegó el golpe, directo al rostro, el mundo giró, la sangre me llenó la boca con sabor a hierro y tierra, caí de rodillas sintiendo el peso de todas las miradas encima.
—¡Es un demonio! —gritó Apolo— ¡Mírenla, brilla como maldición!
Los murmullos crecieron y entonces lo noté, el brillo bajo su piel ya no era discreto, pequeñas luces se movían más intensas que nunca, como estrellas inquietas buscando posición.
Hasta ese momento Yoserin había estado observando, aprendiendo, absorbiendo cada gesto humano como si fuera nuevo, pero cuando Apolo me golpeó algo cambió, no fue inmediato ni dramático, fue lento, casi imperceptible, su ceño se frunció apenas, sus ojos dejaron de moverse curiosos y se fijaron, firmes, en Apolo. La cuerda en sus muñecas comenzó a tensarse no porque ella tirara sino porque el aire alrededor vibraba, las pequeñas luces bajo su piel se movían más rápido, más densas, como si el cielo entero se hubiera inquietado bajo carne prestada.
Los ancianos retrocedieron un paso.
—¿Ven?, ¡es brujería! —dijo uno.
Intenté levantarme y Apolo me empujó otra vez contra la tierra.
—¡La trajiste aquí, condenaste a la tribu!
—No la toquen —murmuré, y no era amenaza, era súplica.
Yoserin inclinó la cabeza ligeramente, pero esta vez no era curiosidad lo que habitaba en su gesto, era algo más frío, más distante, como si la estuviera perdiendo, como si algo antiguo estuviera despertando detrás de sus ojos.
—Nanteck —dijo, claro, firme, sin titubeo.
La multitud se quedó en silencio un segundo, ella nunca había hablado frente a todos.
—No es demonio —continué, aunque mi voz sonaba pequeña— no es…
Las palabras murieron porque el aire se volvió más pesado, porque el brillo bajo su piel ya no era tenue sino visible, constelaciones desplazándose lentamente bajo carne humana, y su mirada ya no era la de alguien que estaba aprendiendo a ser humana, era la de alguien que estaba recordando que no lo era.
Y en ese instante, de rodillas en la tierra, con sangre en la boca y el corazón golpeándome las costillas, entendí que el mayor error no fue traer algo del cielo a la tribu, fue hacerla sentir humana el tiempo suficiente para que ahora doliera, para que el vínculo pesara, para que la elección fuera real.
Y lo que fuera a pasar después no iba a ser pequeño, no iba a ser silencioso, no iba a ser algo que pudiera resolverse con palabras, porque el cielo ya no estaba escondido, y la tierra estaba a punto de darse cuenta.
Capitulo 10, Viento
Siempre pensé que Yoserin no entendía del todo a los humanos, que miraba todo como si fuera un juego extraño, que discutía por vasos y hacía flotar cosas por aburrimiento, como una niña curiosa atrapada en reglas que no terminaba de comprender. Pero ese día entendí algo peor, sí entendía, y estaba mirando.
Al principio estaba tranquila, observando, absorbiendo cada gesto como hacía siempre. Luego me golpearon. El primer puñetazo me hizo doblarme, el segundo me tiró al suelo. Escuché murmullos, escuché “demonio”, escuché “maldición”, y cuando levanté la vista hacia ella ya no estaba tranquila. Estaba confundida, mirándome a mí, luego miró a Apolo con el ceño apenas fruncido, como si intentara entender una regla nueva. ¿Por qué golpean?, ¿por qué gritan?, ¿por qué él?
Apolo volvió a empujarme, mi rodilla chocó contra la tierra y escupí sangre. Entonces algo cambió. No fue un grito ni una explosión, fue un ajuste silencioso en su mirada. Sus ojos dejaron de ser curiosos y se volvieron fijos, la luz bajo su piel comenzó a moverse más rápido, no brillante como fuego sino como estrellas agitadas bajo la superficie.
Las cuerdas en sus muñecas eran gruesas, hechas para animales grandes, tensas, firmes. Y sin embargo no las rompió. No hubo fuerza ni esfuerzo. Simplemente cayeron, como si hubieran decidido dejar de ser cuerdas, como si nunca hubieran sido nada. Un murmullo recorrió la explanada y algunos retrocedieron. Yo intenté levantarme.
—Yoserin… —murmuré.
Ella no miraba a nadie más, solo a mí, y caminó paso tras paso hasta donde yo estaba arrodillado. No corría, no temblaba, no parecía peligrosa, solo decidida. Se detuvo frente a mí, observó mi boca ensangrentada y su ceño se frunció más. Levantó la mano y tocó mi mejilla con esa frialdad suave que siempre me desconcierta.
—Dolor —dijo.
Asentí apenas.
Apolo avanzó.
—¡Aléjate de él, cosa!
La empujó, no fuerte pero suficiente. Ella dio un paso atrás y se dejó, sin resistencia. Miró su propia mano, luego lo miró a él. No había odio en su expresión ni rabia descontrolada, solo una conclusión simple, casi infantil en su lógica: me empujó, entonces yo empujo.
Dio un paso al frente. Apolo levantó el mentón, desafiante.
—¿Vas a atacarme, demonio?
Yoserin extendió la mano, la apoyó en su pecho y empujó. No fue violento, no gritó ni mostró los dientes, fue el mismo gesto con el que pelea por un vaso, el mismo con el que insiste cuando cree que algo es injusto. El resultado, sin embargo, fue distinto. Apolo salió despedido hacia atrás como si el viento lo hubiera golpeado, cayó varios pasos lejos, de espaldas, el impacto seco contra la tierra rompió el aire. El silencio después fue peor que cualquier grito.
Nadie se movió. Nadie respiró.
Ella bajó la mano, miró a Apolo en el suelo y luego me miró a mí.
—Empujó —dijo, como si eso explicara todo.
Quise reír, quise llorar, quise gritarles que no entendían, que no era un demonio, que era así de directa, que si la empujas te empuja, sin maldad, sin cálculo, sin miedo. Pero alrededor ya no había curiosidad, había terror. Y yo, todavía arrodillado con la sangre secándose en mi boca, entendí algo frío y claro: el cielo no odia, pero tampoco acepta ser tratado como cosa. Y si seguían empujando, la próxima vez tal vez no sería solo un empujón.
Capitulo 11, De rodillas;
La tierra estaba fría contra mis rodillas, no dolía tanto como el golpe, dolía más la mirada de todos, esa distancia que se abre cuando dejan de verte como uno de los suyos. Sentí algo húmedo en el rostro, no sabía si era sangre o lágrimas, tal vez ambas. Siempre me burlé de los hombres que lloraban en público, y ahí estaba yo, de rodillas frente a toda la tribu.
Ella no miraba a los ancianos ni a Apolo en el suelo, me miraba a mí. Se arrodilló frente a mí lentamente, como si el resto del mundo no existiera. Su mano fría volvió a mi rostro y esta vez no dijo “dolor”, solo limpió con el pulgar, la sangre primero, luego el rastro húmedo bajo mis ojos, con cuidado, como si yo fuera lo frágil.
—Nanteck —dijo.
No había desafío en su voz, solo algo firme, algo nuevo. Preocupación.
—¡Apolo!
La voz de Akari rompió el silencio. Corrió hacia él, lo ayudó a sentarse.
—¿Estás bien?
Apolo respiraba con dificultad, pero estaba consciente.
—Es un demonio —escupió.
Akari levantó la vista hacia los ancianos y luego hacia Yoserin. Su rostro estaba pálido.
—¿No lo ven? Esos colores no son humanos. Eso es impuro, es una maldición.
Los murmullos volvieron, más nerviosos, algunos retrocedieron, otros apretaron amuletos contra el pecho. Los ancianos no gritaban ni se movían, pero sus ojos estaban demasiado abiertos. Uno golpeó el suelo con su bastón.
—Silencio.
Pero el silencio ya no era obediencia, era miedo. Miraban a Yoserin como si fuera tormenta, como si fuera fuego, como si fuera algo que no podían controlar. Y los humanos toleran muchas cosas, menos lo que no entienden.
Yoserin giró el rostro hacia Akari, no con odio sino con esa expresión más seria y distante.
—Impuro —repitió, probando la palabra.
Miró sus propias manos, las pequeñas luces bajo su piel seguían moviéndose, no parecían malignas, parecían vivas. Volvió a mirarme.
—¿Soy impuro?
Mi pecho se apretó.
—No —dije sin dudar—, no lo eres.
Sostuvo mi mirada un segundo más y luego observó a los ancianos. El aire alrededor vibraba apenas, no violento, solo atento, como si algo estuviera esperando una decisión.
Akari abrazaba a Apolo, los cazadores murmuraban, las mujeres sostenían a los niños, y yo seguía de rodillas con el cielo arrodillado frente a mí, limpiándome el rostro como si eso fuera lo único que importara.
Y en medio de todo ese miedo entendí algo que me dio más vértigo que cualquier amenaza: si decidían atacarla, yo me pondría de pie, aunque me costara la tribu, aunque me costara el nombre, aunque me costara todo. Porque verla ahí, con esa pregunta en los ojos, preguntándome si era impura, dolía más que cualquier golpe.
Los ancianos aún no hablaban. Aún no decidían.
Y el silencio que precede a una decisión siempre es el más peligroso.
Capitulo 12, Tregua;
El suelo ya no estaba bajo mis rodillas, pero seguía sintiéndome igual de expuesto. Me obligaron a ponerme de pie, no por respeto sino por procedimiento, como si mi postura cambiara algo. Los ancianos se reunieron en un círculo más cerrado que antes, Apolo estaba sentado a un lado con el orgullo más herido que el cuerpo, Akari no apartaba la mirada de Yoserin, y Yoserin… estaba detrás de mí, en silencio, con esa expresión ambigua entre curiosidad y una media sonrisa leve, como si estuviera viendo una obra que aún no decide si es tragedia o comedia.
—Nanteck —dijo el anciano mayor—. Explica.
No supe por dónde empezar. No podía decir que cayó del cielo, no podía decir que no comía, no podía decir que hacía flotar cosas, así que dije lo único que era verdad sin ser imposible.
—No es un demonio.
Silencio.
—No ha hecho daño a nadie.
Apolo soltó una risa seca.
—Me lanzó como si fuera una hoja.
—La empujaste primero —respondí, firme.
Hubo un murmullo incómodo hasta que el anciano levantó la mano y el silencio regresó.
—¿Puede controlar lo que es? —preguntó otro.
Miré hacia atrás. Yoserin me miraba a mí, no parecía preocupada ni nerviosa, solo atenta, aprendiendo incluso ahí.
—Sí —mentí.
No estaba seguro, pero lo dije igual.
—¿Volverá a atacar?
Tragué saliva.
—No.
Desde atrás, su voz tranquila cortó el aire.
—No si no empujan.
Algunos se sobresaltaron. El anciano la observó con cautela.
—Habla —murmuró uno.
—Aprendo —respondió ella, con esa naturalidad inquietante, como si aquello fuera un detalle interesante y no el centro de un juicio.
Los ancianos hablaron entre ellos en voz baja, largo, tenso, mientras la tribu entera esperaba. Yo apenas respiraba. Finalmente, el mayor golpeó el suelo con el bastón.
—Se le dará el beneficio de la duda.
Un murmullo recorrió el círculo.
—Pero escucha bien, Nanteck. Si vuelve a ocurrir algo así, si vuelve a haber un ataque… no dudaremos. La sacrificaremos.
La palabra cayó pesada. Sacrificio. Como si fuera ganado, como si fuera ofrenda, como si fuera reemplazable. Sentí la sangre hervir, pero asentí, porque no tenía opción.
—Entiendo.
Mentí otra vez.
Sentí su presencia acercarse, no invadía ni se imponía, solo estaba.
—Sacrificar —repitió, probando la palabra—. ¿Eso significa matar?
Un murmullo incómodo volvió a levantarse.
—Sí —respondí en voz baja.
Me miró, inclinó la cabeza.
—No quiero.
Como si fuera así de simple.
—Entonces no empujes a nadie —murmuré.
Sus labios se curvaron apenas.
—Que no me empujen.
No supe si reír o desesperarme.
Nos dejaron ir, pero no era libertad, era vigilancia. Las miradas nos siguieron hasta salir de la explanada. Apolo no dijo nada más, Akari tampoco, pero sus ojos hablaban suficiente. Mientras caminábamos hacia la cabaña el aire se sentía más estrecho, más pequeño, más frágil.
—¿Estás triste? —preguntó ella.
—No.
Mentira número cuatro del día.
—Corazón rápido —murmuró.
Siempre lo nota.
—No puedes volver a hacer eso —dije.
—Él te golpeó.
—Lo sé.
—No me gustó.
La sinceridad en su voz fue peor que cualquier desafío.
—Si vuelves a hacerlo, te matarán.
Parpadeó, no asustada, solo evaluando.
—Intentarán.
La miré con dureza.
—No es un juego.
Su expresión se suavizó apenas.
—Lo sé.
Y por primera vez desde que la encontré no parecía curiosa, parecía consciente, y eso era mucho más peligroso, porque ahora sabía lo que estaba en juego y aun así seguía caminando a mi lado como si el mundo entero no acabara de decidir que su vida pendía de un hilo.
Capitulo 12, Por ahora, todo está bien;
La cabaña volvió a cerrarse y el murmullo de la tribu quedó lejos, lo suficiente para no oír palabras, lo bastante cerca para no olvidar que existían. Encendí el fuego sin decir nada, las manos todavía me dolían, el pómulo también, pero lo que más pesaba no era el cuerpo sino la advertencia. Sacrificio. La palabra seguía flotando en el aire como humo que no se disipa.
Ella se sentó frente al fuego y observó las llamas. No discutió, no hizo preguntas, no hizo flotar nada, solo miraba. De vez en cuando levantaba la vista hacia mí, como asegurándose de que seguía ahí.
—¿Sigues? —preguntó de pronto.
—Sí.
—Bien.
Como si bastara.
Me recosté finalmente y el cansancio cayó de golpe. El techo de piel parecía más bajo que antes, más frágil. Sentí el movimiento leve a mi lado y, sin pedir permiso ni anunciarlo, Yoserin se acomodó sobre mí, no con peso sino con presencia, la cabeza apoyada en mi pecho, los brazos rodeándome como si yo fuera el que necesitara protección.
—Corazón —murmuró.
—¿Qué pasa con él?
—Rápido.
—Es normal.
—Siempre dices eso.
Su voz ya no era infantil, era clara, segura, demasiado adaptada. Cerré los ojos. Su cabello rozó mi mentón y las pequeñas luces bajo su piel estaban tranquilas ahora, no vibraban ni se agitaban, solo existían, como estrellas en una noche serena.
—No empujaré —dijo después de un rato.
—Bien.
—Pero si te golpean otra vez…
Suspiré.
—Yoserin.
Guardó silencio.
—Está bien —cedió al fin.
Apoyó un poco más su presencia sobre mí. No dormía, nunca dormía, pero se quedaba. Y por un instante breve, casi peligroso, la tribu no importaba, Apolo no importaba, los ancianos no importaban, la amenaza no importaba. Solo el calor del fuego, el sonido suave del viento afuera, y el cielo acostado sobre mi pecho, decidiendo quedarse.
Y por ahora, eso era suficiente.
FIN
Autor: Daira García López
Título: Entre estrellas y cenizas
Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II
Año: 2026



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