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"Latencia", cuento de Geovani Alexander Méndez Vázquez




Despiertas sin recordar cuándo cerraste los ojos.

No hay transición entre sueño y vigilia. Solo conciencia repentina, como si alguien hubiera encendido la luz dentro de tu mente.

El aire está tibio. Demasiado tibio.

Respiras y algo huele… vivo.

Parpadeas.

La pared frente a ti se mueve.

No es imaginación. No es sombra. No es un truco de luz. La superficie se contrae y se expande con un ritmo lento, húmedo, casi orgánico. La textura parece blanda, irregular, como si estuviera hecha de capas superpuestas que laten.

Entonces notas a las personas.

Dos están frente a la pared.

Uno está atrapado en ella hasta el pecho.

El otro está sobre una escalera, sujetándolo de los brazos.

—Resiste —dice el de arriba.

Su voz no suena desesperada.

Suena obligada.

Como si no pudiera decir otra cosa.

A tu derecha hay dos niños. No se mueven. No parpadean. Sus ojos no están en la pared.

Están en ti.

Esperan algo.

No sabes qué.

El hombre de la escalera tira. Sus manos resbalan. La pared parece hundirse alrededor del cuerpo atrapado, como si lo abrazara lentamente. No lo aprieta. No lo devora. Solo… lo integra.

—No te duermas —insiste.

El atrapado no responde.

La pared palpita.

Sientes el latido en el suelo, en el aire, en tu pecho.

Por un instante crees que es tu propio corazón… hasta que notas que tu pulso no coincide con el ritmo de la habitación.

Entonces entiendes algo que no debería poder entenderse:

Ese lugar tiene vida propia.

El hombre de la escalera vuelve a jalar.

—¡Despierta!

Silencio.

El cuerpo atrapado se vuelve más pesado, más inerte, más ajeno. No hace falta tocarlo para saber que ya no está ahí.

Pero el hombre sigue tirando.

Sigue hablándole.

Sigue negándolo.

La pared se abre apenas.

No como una boca.

Como una herida.

Y lo absorbe.

No rápido. No violento. Solo inevitable.

La escalera cae al suelo con un golpe seco que resuena demasiado fuerte para un cuarto tan pequeño.

Los niños se estremecen.

Uno susurra:

—Papá…

No sabes a cuál se refiere.

Dentro de la pared ahora hay dos siluetas.

Una quieta.

Otra moviéndose cada vez menos.

Quieres moverte. Tu mente lo ordena. Tu cuerpo no obedece. Es como si el suelo te sostuviera con más fuerza de la necesaria.

La pared vuelve a latir.

Algo oscuro empieza a deslizarse por su superficie. No gotea todavía. Solo se forma. Se acumula. Se espesa.

El hombre atrapado, que aún vive, gira apenas la cabeza.

Te mira.

No parece asustado.

Parece… consciente.

—Ellos… —murmura.

Su voz suena como si viniera desde el fondo de un pasillo largo.

Miras a los niños.

Siguen viéndote.

No lloran.

Eso es lo peor.

La pared deja caer la primera gota.

Cuando toca el suelo, el material se oscurece y se hunde un poco, como si se hubiera cansado de existir.

El metal de la escalera cruje suavemente al contacto con otra gota.

No necesitas pruebas para saber que no debes tocar eso.

El hombre respira con dificultad.

—Sácalos…

No te pide que lo salves.

Te pide que los salves a ellos.

Tu mente empieza a llenarse de ideas que no son tuyas:

Si te acercas, te atrapará.Si corres, te seguirá.Si dudas, te elegirá.

Parpadeas fuerte.

Las voces se detienen.

El hombre atrapado sigue mirándote.

No suplica.

No exige.

Solo espera.

La pared sube un poco más sobre su torso.

Los niños se acercan a ti sin tocarte.

Buscan refugio.

No en tus brazos.

En tu decisión.

El cuarto late más rápido.

Late como si algo dentro de él se impacientara.

Entonces lo entiendes.

No es una trampa.

Es una prueba.

No quiere cuerpos.

Quiere elecciones.

Respiras hondo. El aire sabe a hierro y a sueño viejo.

Tomas las manos de los niños.

Son pequeñas. Tibias. Reales.

Das un paso hacia la única puerta.

La pared se contrae de golpe.

Un sonido profundo recorre la habitación, como un gruñido contenido.

No volteas.

El hombre atrapado exhala.

No suena triste.

Suena aliviado.

Abres la puerta.

Luz blanca.

Silencio absoluto.

Sales.

Los niños, contigo.

La puerta se cierra sola.

El latido desaparece.

El aire ya no está tibio.

Pasan unos segundos.

Tal vez minutos.

Tal vez nada.

Miras atrás.

No hay puerta.

Solo una pared lisa.

Fría.

Inmóvil.

Normal.

Los niños aprietan tus manos.

Y entonces sientes algo que te congela por dentro:

tu corazón…

late con el mismo ritmo que la habitación.

FIN


  • Autor: Geovani Alexander Méndez Vázquez

  • Título: Latencia

  • Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II

  • Año:2026



 
 
 

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