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  • “El hombre del chocolate”, cuento de Ana María Matute

    Yo no le conocí. Existió mucho antes de que yo naciera, cuando mi madre era niña, y los monjes de Valvanera, en su montaña, aún fabricaban el chocolate "a mano". Era un hombre viejo, afable, de barba y ojos azules. Mi madre y sus hermanos oían el cascabeleo de su mulita, cuando llegaba por el sendero nevado. Salían corriendo, tras las criadas, pisando el hielo, saltando alrededor del animal. El hombre que vendía chocolate sólo llegaba en invierno, cerca de la Navidad. Entre la nieve, dicen, resaltaba la negrura de Morita, la mula, y el rojo, verde y amarillo de las alforjas. Cuando se abrían éstas, un cálido aroma llenaba el quieto ámbito de la nieve. Las criadas compraban por docenas las tabletas de chocolate, grandes y pesadas como ladrillos, que abastecían a la casa durante todo el año. El hombre del chocolate transportaba su caliente mercancía cuando el tiempo era más helado, pero él parecía como estimulado, como confortado, por su dulce carga. Todo él emanaba aquel aroma a cacao y canela, y llevaba siempre caramelos y libros de cuentos para los niños que salían a recibirle. Unos cuentos-miniatura, que también olían tórridamente a chocolate. Tenía algo de mago, de Papá Noel, de duende y de santón a un tiempo. De su boca, y del belfo de Morita, salían pequeñas nubes blancas, en el frío aire de la Sierra. El hombre del chocolate no tenía familia: ni hermanos, ni hijos, ni mujer. Podría ser abuelo, por la edad, pero tampoco se sabía que tuviera nietos. Era querido por todo el mundo, y le llamaban «Chocolate». Un día, parece ser, en varios pueblos lo echaron en falta. En casa de mi madre, las criadas se quejaron: -¿Cómo no viene este año el hombre del chocolate? ¡Ya le vamos a gritar cuando aparezca! Pasó la Navidad, y ni el viejo Chocolate», ni su Morita, aparecieron por la casa. Nevó mucho aquel invierno. Después del Año Nuevo, un pastor trajo la noticia. El pobre «Chocolate» había caído con su Morita en un barranco. Quizá le dio un vahído, quizá resbaló por la pendiente. El pastor halló las alforjas y un reguero de paquetes de Chocolate de los Padres de Valvanera, que esparcía sobre la blancura helada un aroma de tibio hogar, de niños junto al hogar, que, tal vez, él nunca conoció. Al fondo del barranco, el pastor encontró al hombre del chocolate, medio devorado por los lobos. En sus bolsillos, manchados de sangre, había un fajo de cuentos-miniatura: Caperucita roja, La princesa durmiente, Los once príncipes cisnes... Mi madre y sus hermanos le lloraron durante mucho tiempo. En el Real de Valvanera se cantó una solemne misa por su alma, y dicen que acudieron todos los niños de los contornos; como si se tratase del abuelo, mago, duende o maravilla de cada uno de ellos. Fin • Título del cuento: El hombre del chocolate • Autor: Ana María Matute • Libro en que se incluye:  El río • Editorial: Ediciones Destino • Lugar de publicación: Barcelona, España • Año de publicación (primera edición): 1963

  • "El amor y la locura", fábula de autor anónimo

    Cuentan que una vez se reunieron en un lugar de la tierra todos los sentimientos y cualidades de los hombres. Cuando el ABURRIMIENTO había bostezado por tercera vez, LA LOCURA, como siempre tan loca, les propuso: -¿Vamos a jugar al escondite? LA INTRIGA levantó la ceja intrigada y LA CURIOSIDAD, sin poder contenerse preguntó: -¿Al escondite? ¿Y cómo es eso? -Es un juego -explicó LA LOCURA, en que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta un millón mientras ustedes se esconden y cuando yo haya terminado de contar, el primero de ustedes que encuentre, ocupará mi lugar para continuar el juego. EL ENTUSIASMO bailó secundado por LA EUFORIA, LA ALEGRÍA dio tantos saltos que terminó por convencer a LA DUDA, e incluso a LA APATÍA, a la que nunca le interesaba nada. Pero no todos quisieron participar, LA VERDAD prefirió no esconderse. ¿Para qué? si al final siempre la hallaban, LA SOBERBIA opinó que era un juego tonto (en el fondo lo que le molestó era que la idea no se le haya ocurrido a ella y LA COBARDÍA prefirió no arriesgarse... - Uno, dos, tres... comenzó a contar LA LOCURA. La primera en esconderse fue LA PEREZA, que como siempre se dejó caer tras la primera piedra del camino. LA ENVIDIA se escondió tras las sombras del TRIUNFO, que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto. LA GENEROSIDAD casi no alcanzaba a esconderse,cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos... ¿un lago cristalino? Ideal para LA BELLEZA; ¿La hendija de un árbol? Perfecto para LA TIMIDEZ; ¿El vuelo de una mariposa? Lo mejor para la VOLUPTUOSIDAD; ¿Una ráfaga de viento? Magnífico para LA LIBERTAD. Así terminó por ocultarse en un rayito de sol. EL EGOÍSMO, en cambio encontró un sitio muy bueno desde el principio, ventilado, cómodo... pero solo para él. LA MENTIRA se escondió en el fondo de los océanos (mentira, en realidad se escondió detrás del arco iris) y LA PASIÓN y EL DESEO en el centro de los volcanes. EL OLVIDO... se me olvidó donde se escondió... pero no es lo importante. Cuando LA LOCURA contaba 999,999 EL AMOR aún no había encontrado sitio para esconderse, pues todo se encontraba ocupado... hasta que divisó un rosal y enternecido decidió esconderse entre sus flores. - Un millón- contó LA LOCURA y comenzó a buscar. La primera que encontró fue la PEREZA solo a tres pasos de una piedra. Después se escuchó a LA FE discutiendo con Dios en el cielo sobre teología y a LA PASIÓN y EL DESEO los sintió en el vibrar de los volcanes. En un descuido encontró a LA ENVIDIA y claro, así pudo deducir donde estaba EL TRIUNFO. EL EGOÍSMO no tuvo ni que buscarlo. Él solito disparado de su escondite que había resultado ser un nido de avispas. De tanto caminar sintió sed y al acercarse al lago descubrió a LA BELLEZA y con la DUDA resultó más fácil, pues la encontró sentada sobre una cerca sin decidir aún de qué lado esconderse. Así fue encontrando a todos, EL TALENTO entre las hierbas frescas, a LA ANGUSTIA en una cueva oscura, a LA MENTIRA detrás del arco iris... (Mentira, si ella se había escondido en el fondo del océano) y hasta el OLVIDO... que ya se había olvidado que estaba jugando al escondite, pero sólo el AMOR no aparecía por ningún sitio. LA LOCURA buscó detrás de cada árbol bajo, cada arroyuelo del planeta, en la cima de las montañas y cuando estaba por darse por vencida divisó un rosal y sus rosas... y tomó una horquilla y comenzó a mover las ramas, cuando de pronto un doloroso grito se escuchó. Las espinas habían herido los ojos al AMOR; LA LOCURA no sabía qué hacer para disculparse, lloró, rogó, pidió perdón, imploró y hasta prometió ser su lazarillo. Desde entonces; desde que por primera vez se jugó al escondite en la tierra: EL AMOR ES CIEGO Y LA LOCURA SIEMPRE LO ACOMPAÑA. Título:   El amor y la locura Autor:   Anónimo  (frecuentemente mal atribuido a Mario Benedetti, pero no pertenece a su obra literaria) Género:  Fábula / Cuento breve / Relato con personificación Idioma original:  Español Fecha de publicación:  Desconocida (difundido por internet desde inicios de los 2000) Primera publicación conocida:  Circulación digital (correos electrónicos, blogs, redes sociales); no se conoce una primera edición oficial impresa No forma parte de:  Ninguno de los libros oficiales de Mario Benedetti ( La tregua , Montevideanos , Cuentos completos , etc.) Estilo:  Narración breve, simbólica, moralizante Contexto de difusión:  Cultura popular / Fábulas modernas con moraleja Tema central:  El origen simbólico del amor ciego y su relación con la locura Moraleja:  El amor es ciego porque la locura le hirió los ojos, y desde entonces lo acompaña siempre

  • "Kafka y la muñeca viajera", cuento de Jordi Sierra i Fabra

    En 1923, Franz Kafka encuentra a una niña llorando por su muñeca perdida en un parque. Para consolarla, inventa una historia en la que la muñeca se ha ido de viaje y le ha dejado una carta. Kafka promete traerla al día siguiente, creando un vínculo entre ellos basado en la fantasía y la esperanza. Adaptación de Clàudia Sabater Baudet Primer sueño: La muñeca perdida Berlín, 1923 Una mañana de verano, Franz Kafka paseaba, como de costumbre, por el parque Steglitz. Era un lugar lleno de vida: había parejas, ancianos y ancianas, soldados, guardias, vendedores, niños y niñas bien vestidos...A Franz le encantaba observar a la gente y disfrutar del silencio. El aire, los árboles, el calor del sol...Todo era muy agradable, como un regalo. De pronto, oyó un fuerte llanto, que le hizo detenerse.Era una niña que estaba cerca de él, de pie, sola.Nadie se fijaba en ella.Franz no sabía qué hacer. Los niños eran un misterio para él. La niña debía tener pocos años e iba bien vestida: camisa con cuello de puntas, una falda de volantes, chaqueta y botas.Tenía el cabello largo y oscuro, peinado en dos trenzas. Era bonita, como todas las niñas pequeñas. «¿Qué puedo hacer? —pensaba Franz—. ¿Se ha perdido?¿La acompaño a buscar a un guardia para que la ayude?¿Se asustará de mí?No puedo marcharme y dejarla aquí, sola, en medio del parque.» La niña seguía llorando sin consuelo.Franz no había visto llorar a nadie de aquella manera. Resignado, se quitó el sombrero, probó a sonreír y dijo: —Hola. Ella le miró sin miedo, con inocencia.Las lágrimas le resbalaban mejillas abajo hasta la barbilla. Sollozaba. —¿Qué te pasa? ¿Te has perdido? —preguntó Franz. —Yo no —dijo la niña.«Qué respuesta más extraña», pensó él.—¿Dónde vives? —continuó. La niña señaló hacia las casas que había detrás de los árboles.Era evidente que ella no se había perdido. —¿Quién se ha perdido, entonces? —preguntó Franz. —Mi muñeca. La niña, recordando a su muñeca, volvía a llorar. Franz quería evitarlo: —¿Tu muñeca? —repitió Franz. —Sí. Seguía sin saber qué hacer. No sabía cómo hablarle a una niña.Y menos a una niña tan triste porque acababa de perder a su muñeca. —¿Dónde la has visto por última vez? —En aquel banco.—¿Y tú qué hacías?—Jugaba allí. —¿Y te has estado mucho rato? —No lo sé. Parecía un policía, haciendo tantas preguntas. Se quería ir, pero no podía. Aquella niña y sus ojos llorosos le retenían.Entonces, de repente, a Franz se le ocurrió la solución. Él era escritor.Y su imaginación de escritor comenzaba a trabajar. —¡Espera, espera! ¡Qué tonto que soy!¿Cómo se llama tu muñeca? —preguntó a la niña. —Brígida —contestó ella. —¡Brígida, claro! ¡Es ella!¡Perdona, a veces soy muy despistado! ¡Es que tengo mucho trabajo! La niña abrió los ojos. —Tu muñeca no se ha perdido —dijo Franz Kafka alegremente—. ¡Se ha ido de viaje! La niña miró a Franz con sorpresa. No creía lo que le había dicho, pero era una niña, y su mundo aún estaba lleno de confianza, paz y amor. —¿De viaje? ¿A dónde? —preguntó. —¡Sí! ¡De viaje! Ven, sentémonos aquí —respondió Franz, pensando rápidamente. Sabía que tenía que mostrarse convencido de lo que decía. La inocencia de la niña no era suficiente. Se sentaron en un banco cercano, a la sombra de unos árboles. Franz necesitaba descansar. Solo tenía 40 años, pero parecía un viejo.Estaba muy enfermo: tenía tuberculosis y ya no podía trabajar. —¿Tú te llamas...? —preguntó a la niña, haciéndose el despistado. —Elsi. —¡Elsi, claro! ¡Y tanto que era tu muñeca, porque la carta es para ti! —¿Qué carta? —preguntó la niña, sorprendida. —La que te ha escrito la muñeca, para explicarte por qué se ha ido.Pero con las prisas, me la he dejado en casa. Mañana te la traeré y podrás leerla. ¿De acuerdo? Aquel momento era decisivo. La niña podría tomarle por un loco o creer lo que le explicaba. —¿Por qué Brígida se ha ido de viaje sin mí? —preguntó Elsi, con cara de disgusto. Franz se esperaba esta pregunta. Se sintió orgulloso de avanzarse, aunque solo fuese por un segundo, a la reacción de la niña. —¿Desde cuándo era tu muñeca?—Toda la vida. Siempre ha sido mi muñeca. —Entonces esa es la razón, Elsi. Brígida ya tiene la edad de marcharse de casa.A todos nos llega el momento de irnos de casa de los padres, viajar, conocer mundo... —Pues no me lo dijo —contestó la niña, a punto de volver a llorar. —Quizá se olvidó, o quizá tú no la entendiste. Y por eso te ha escrito la carta. —¿Y cómo es que usted tiene la carta? —quiso saber Elsi. Franz había estado muy convincente.Había explicado una idea absurda, pero con mucha sinceridad. Ya tenía la respuesta preparada y la dijo sin parpadear. —¡Porque soy cartero de muñecas! —¿Pero los carteros no llevan las cartas a las casas? —preguntó Elsi. —Los carteros normales sí, pero los carteros de muñecas no. Las cartas de las muñecas se deben dar personalmente a las destinatarias, porque, si no, los padres las leerían antes. Además, las niñas que reciben las cartas todavía no saben leer bien.Y entonces las leo yo, en voz alta. Es un trabajo importantísimo. Elsi se secó los últimos restos de lágrimas. —¿Por qué no va a buscar la carta? —Ya se ha hecho tarde, me sabe mal.Mi horario de trabajo se ha acabado. Mañana, cuando vuelvas al parque, te la traeré. Confía en mí. Elsi se levantó del banco y se quedó de pie delante de él. Parecía que no sabía qué hacer.Finalmente, se acercó a Franz y le dio un beso en la mejilla. Un beso tan suave como el toque de una mariposa. —Hasta mañana, entonces —se despidió la niña. —De acuerdo —dijo Franz, emocionado. Elsi comenzó a alejarse, poco a poco, hasta que desapareció entre la gente. Entonces, Franz reaccionó: —¡Madre mía! —exclamó, tapándose la cara con las manos—. ¡Me he metido en un lío espantoso! No tenía miedo de nada ni de nadie, pero sí de una niña, una mujercita capaz de llorar con aquella tristezay de mirarle con aquella intensidad.También temía cómo podía afectarle lo que había pasado: si mañana no volvía con la carta que le había prometido, Elsi crecería pensando que su muñeca la había abandonado. La esperanza de una niña dependía de él. Una esperanza sagrada. Franz Kafka sintió el hormigueo en las manos, la tensión nerviosa que le impulsaba a inventarse las historias más extraordinarias.Era escritor, pero nunca había escrito ninguna carta de una muñeca. Se levantó del banco muy nervioso. ¿Cómo sería la muñeca Brígida?¿Dónde habría ido? ¿Cómo se lo explicaría a Elsi? Llegó a casa febril. Tenía la cabeza hirviendo. Pensaba en el misterio que había creado: la muñeca viajera. FIN Autor:   Jordi Sierra i Fabra Título:   "Kafka y la muñeca viajera " Adaptación: de Clàudia Sabater Baudet Publicado en:   SIRUELA INFANTIL; Edición 1ª ed., 7ª imp. (1 mayo 2019)

  • "Máscaras mexicanas", ensayo de Octavio Paz

    Este ensayo explora la identidad del mexicano a través de la metáfora de la máscara y el hermetismo. Se describe al mexicano como un ser cerrado, receloso y distante, que protege su intimidad mediante el silencio, la ironía, la resignación y la simulación. El texto analiza cómo estas actitudes se reflejan en el lenguaje, en la concepción de la hombría y en el papel asignado a la mujer, mostrando una sociedad marcada por la desconfianza, el pudor y el apego a la forma. Asimismo, aborda fenómenos como la mentira, el disimulo y el ninguneo como rasgos característicos de las relaciones humanas en México, revelando una tensión constante entre lo oculto y lo que se muestra, entre la autenticidad y la apariencia. Corazón apasionado disimula tu tristeza. Canción popular Viejo o adolescente, criollo o mestizo, general, obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro, máscara la sonrisa. Plantado en su arisca soledad, espinoso y cortés a un tiempo, todo le sirve para defenderse: el silencio y la palabra, la cortesía y el desprecio, la ironía y la resignación. Tan celoso de su intimidad como de la ajena, ni siquiera se atreve a rozar con los ojos al vecino: una mirada puede desencadenar la cólera de esas almas cargadas de electricidad. Atraviesa la vida como desollado; todo puede herirle, palabras y sospecha de palabras. Su lenguaje está lleno de reticencias, de figuras y alusiones, de puntos suspensivos; en su silencio hay repliegues, matices, nubarrones, arco iris súbitos, amenazas indescifrables. Aun en la disputa prefiere la expresión velada a la injuria: "al buen entendedor pocas palabras". En suma, entre la realidad y su persona se establece una muralla, no por invisible menos infranqueable, de impasibilidad y lejanía. El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo y de los demás. Lejos, también, de sí mismo. El lenguaje popular refleja hasta qué punto nos defendemos del exterior: el ideal de la "hombría" consiste en no "rajarse" nunca. Los que se "abren" son cobardes. Para nosotros, contrariamente a lo que ocurre con otros pueblos, abrirse es una debilidad o una traición. El mexicano puede doblarse, humillarse, "agacharse", pero no "rajarse", esto es, permitir que el mundo exterior penetre en su intimidad. El "rajado" es de poco fiar, un traidor o un hombre de dudosa fidelidad, que cuenta los secretos y es incapaz de afrontar los peligros como se debe. Las mujeres son seres inferiores porque, al entregarse, se abren. Su inferioridad es constitucional y radica en su sexo, en su "rajada", herida que jamás cicatriza. El hermetismo es un recurso de nuestro recelo y desconfianza. Muestra que instintivamente consideramos peligroso al medio que nos rodea. Esta reacción se justifica si se piensa en lo que ha sido nuestra historia y en el carácter de la sociedad que hemos creado. La dureza y la hostilidad del ambiente —y esa amenaza, escondida e indefinible, que siempre flota en el aire— nos obligan a cerrarnos al exterior, como esas plantas de la meseta que acumulan sus jugos tras una cáscara espinosa. Pero esta conducta, legítima en su origen, se ha convertido en un mecanismo que funciona solo, automáticamente. Ante la simpatía y la dulzura nuestra respuesta es la reserva, pues no sabemos si esos sentimientos son verdaderos o simulados. Y además, nuestra integridad masculina corre tanto peligro ante la benevolencia como ante la hostilidad. Toda abertura de nuestro ser entraña una disminución de nuestra hombría. Nuestras relaciones con los otros hombres también están teñidas de recelo. Cada vez que el mexicano se confía a un amigo o a un conocido, cada vez que se "abre", abdica. Y teme que el desprecio del confidente siga a su entrega. Por eso la confidencia deshonra y es tan peligrosa para el que la hace como para el que la escucha; no nos ahogamos en la fuente que nos refleja, como Narciso, sino que la cegamos. Nuestra cólera no se nutre nada más del temor de ser utilizados por nuestros confidentes —temor general a todos los hombres— sino de la vergüenza de haber renunciado a nuestra soledad. El que se confía, se enajena; "me he vendido con Fulano", decimos cuando nos confiamos a alguien que no lo merece. Esto es, nos hemos "rajado", alguien ha penetrado en el castillo fuerte. La distancia entre hombre y hombre, creadora del mutuo respeto y la mutua seguridad, ha desaparecido. No solamente estamos a merced del intruso, sino que hemos abdicado. Todas esas expresiones revelan que el mexicano considera la vida como lucha, concepción que no lo distingue del resto de los hombres modernos. El ideal de hombría para los otros pueblos consiste en una abierta y agresiva disposición al combate; nosotros acentuamos el carácter defensivo, listos a repeler el ataque. El "macho" es un ser hermético, encerrado en sí mismo, capaz de guardarse y guardar lo que se le confía. La hombría se mide por la invulnerabilidad ante las armas enemigas o ante los impactos del mundo exterior. El estoicismo es la más alta de nuestras virtudes guerreras y políticas. Nuestra historia está llena de frases y episodios que revelan la indiferencia de nuestros héroes ante el dolor o el peligro. Desde niños nos enseñan a sufrir con dignidad las derrotas, concepción que no carece de grandeza. Y si no todos somos estoicos e impasibles —como Juárez y Cuauhtémoc— al menos procuramos ser resignados, pacientes y sufridos. La resignación es una de nuestras virtudes populares. Más que el brillo de la victoria nos conmueve la entereza ante la adversidad. La preeminencia de lo cerrado frente a lo abierto no se manifiesta sólo como impasibilidad y desconfianza, ironía y recelo, sino como el amor a la forma. Ésta contiene y encierra a la intimidad, impide sus excesos, reprime sus explosiones, la separa y aísla, la preserva. La doble influencia indígena y española se conjugan en nuestra predilección por la ceremonia, las fórmulas y el orden. EL mexicano, contra lo que supone una superficial interpretación de nuestra historia, aspira a crear un mundo ordenado conforme a principios claros. La agitación y encono de nuestras luchas políticas prueba hasta que punto las nociones jurídicas juegan un papel importante en nuestra vida pública. Y en la de todos los días el mexicano es un hombre que se esfuerza por ser formal y que muy fácilmente se convierte en formulista. Y es explicable. El orden —jurídico, social, religioso o artístico— constituye una esfera segura y estable. En su ámbito basta con ajustarse a los modelos y principios que regulan la vida; nadie, para manifestarse, necesita recurrir a la continua invención que exige una sociedad libre. Quizá nuestro tradicionalismo —que es una de las constantes de nuestro ser y lo que le da coherencia y antigüedad a nuestro pueblo— parte del amor que profesamos a la forma. Las complicaciones rituales de la cortesía, la persistencia del humanismo clásico, el gusto por las formas cerradas en la poesía (el soneto y la décima por ejemplo), nuestro amor por la geometría en las artes decorativas, por el dibujo y la composición en la pintura, la pobreza de nuestro romanticismo frente a la excelencia de nuestro arte barroco, el formalismo de nuestras instituciones políticas y, en fin, la peligrosa inclinación que mostramos por la fórmulas —sociales, morales y burocráticas—, son otras tantas excepciones de esta tendencia de nuestro carácter. El mexicano no sólo no se abre; tampoco se derrama. A veces las formas nos ahogan. Durante el siglo pasado los liberales vanamente intentaron someter la realidad del país a la camisa de fuerza de la Constitución de 1857. Los resultados fueron la Dictadura de Porfirio Díaz y la Revolución de 1857. En cierto sentido la historia de México, como la de cada mexicano, consiste en una lucha entre las formas y fórmulas en que se pretende encerrar a nuestro ser y las explosiones con que nuestra espontaneidad se venga. Poca veces la forma ha sido una creación original, un equilibrio alcanzado no a expensas sino gracias a la expresión de nuestros instintos y quereres. Nuestras formas jurídicas y morales, por el contrario, mutilan con frecuencia a nuestro ser, nos impiden expresarnos y niegan satisfacción a nuestros apetitos vitales. La preferencia por la forma, inclusive vacía de su contenido, se manifiesta a lo largo de la historia de nuestro arte, desde la época precortesiana hasta nuestros días. Antonio Castro Leal, en su excelente estudio sobre Juan Ruiz de Alarcón, muestra cómo la reserva frente al romanticismo —que es, por definición, expansivo y abierto— se expresa ya en el siglo XVIII, esto es, antes de que siquiera tuviésemos conciencia de nacionalidad. Tenían razón los contemporáneos de Juan Ruiz de Alarcón al acusarlo de entrometido, aunque más bien hablasen de la deformidad de su cuerpo que de la singularidad de su obra. En efecto, la porción más característica de su teatro niega al de sus contemporáneos españoles. Y su negación contiene, en cifra, la que México ha opuesto siempre a España. El teatro de Alarcón es una respuesta a la vitalidad española, afirmativa y deslumbrante en esa época, y que se expresa a través de un gran Sí a la historia y a las pasiones. Lope exalta el amor, lo heroico, lo sobrehumano, lo increíble; Alarcón opone a estas virtudes desmesuradas otras más sutiles y burguesas: la dignidad, la cortesía, el estoicismo melancólico, un pudor sonriente. Los problemas morales interesan poco a Lope, que ama la acción, como todos sus contemporáneos. Más tarde Calderón mostrará el mismo desdén por la psicología; los conflictos morales y las oscilaciones, caídas y cambios del alma humana sólo son metáforas que transparentan un drama teológico cuyos dos personajes son el pecado original y la Gracia divina. En las comedias más representativas de Alarcón, en cambio, el cielo cuenta poco, tan poco como el viento pasional que arrebata a los personajes lopescos. El hombre, nos dice el mexicano, es un compuesto y el mal y el bien se mezclan sutilmente en su alma. En lugar de proceder por síntesis, utiliza el análisis: el héroe se vuelve problema, En varias comedias se plantea la cuestión de la mentira; ¿hasta qué punto el mentiroso de veras miente, de veras se propone engañar?; ¿no es él la primera víctima de sus engaños y no es a sí mismo a quien engaña? El mentiroso se miente a sí mismo: tiene miedo de sí. Al plantearse el problema de la autenticidad, Alarcón anticipa uno de los temas constantes de reflexión del mexicano, que más tarde recogerá Rodolfo Usigli en El gesticulador . En el mundo de Alarcón no triunfan la pasión ni la Gracia; todo se subordina a lo razonable; sus arquetipos son los de la moral que sonríe y perdona. Al substituir los valores vitales y románticos de Lope por los abstractos de una moral universal y razonable, ¿no se evade, no nos escamotea su propio ser? Su negación, como la de México, no afirma nuestra singularidad frente a la de los españoles. Los valores que postula Alarcón pertenecen a todos los hombres y son una herencia grecorromana tanto como una profecía de la moral que impondrá el mundo burgués. No expresan nuestra espontaneidad, ni resuelven nuestros conflictos; son formas que no hemos creado ni sufrido, máscaras. Sólo hasta nuestros días hemos sido capaces de enfrentar al Sí español un Sí mexicano y no una afirmación intelectual, vacía de nuestras peculiaridades. La Revolución mexicana, al descubrir las artes populares, dio origen a la pintura moderna; al descubrir el lenguaje de los mexicanos, creó la nueva poesía. Si en la política y el arte el mexicano aspira a crear mundos cerrados, en la esfera de las relaciones cotidianas procura que imperen el pudor, el recato y la reserva ceremoniosa. El pudor, que nace de la vergüenza ante la desnudez propia o ajena, es un reflejo casi físico entre nosotros. Nada más alejado de esta actitud que el miedo al cuerpo, característico de la vida norteamericana. No nos da miedo ni vergüenza nuestro cuerpo; lo afrontamos con naturalidad y lo vivimos con cierta plenitud —a la inversa de lo que ocurre con los puritanos. Para nosotros el cuerpo existe; da gravedad y límites a nuestro ser. Lo sufrimos y gozamos; no es un traje que estamos acostumbrados a habitar, ni algo ajeno a nosotros: somos nuestro cuerpo. Pero las miradas extrañas nos sobresaltan, porque el cuerpo no vela la intimidad, sino la descubre. El pudor, así, tiene un carácter defensivo, como la muralla china de la cortesía o las cercas de los órganos y cactus que separan en el campo a los jacales de los campesinos. Y por eso la virtud que más estimamos en las mujeres es el recato, como en los hombres la reserva. Ellas también deben defender su intimidad. Sin duda en nuestra concepción del recato femenino interviene la vanidad masculina del señor —que hemos heredado de indios y españoles. Como casi todos los pueblos, los mexicanos consideran a la mujer como un instrumento, ya de los deseos del hombre, ya de los fines que le asignan la ley, la sociedad o la moral. Fines, hay que decirlo, sobre los que nunca se le ha pedido su consentimiento y en cuya realización participa sólo pasivamente, en tanto que "depositaria" de ciertos valores. Prostituta, diosa, gran señora, amante, la mujer transmite o conserva, pero no crea, los valores y energías que le confían la naturaleza o la sociedad. En un mundo hecho a la imagen de los hombres, la mujer es sólo un reflejo de la voluntad y querer masculinos. Pasiva, se convierte en diosa, amada, ser que encarna los elementos estables y antiguos del universo: la tierra, madre y virgen; activa, es siempre función, medio, canal. La feminidad nunca es un fin en sí mismo, como lo es la hombría. En otros países estas funciones se realizan a la luz pública y con brillo. En algunos se reverencia a las prostitutas o a las vírgenes; en otros, se premia a las madres; en casi todos, se adula y respeta a la gran señora. Nosotros preferimos ocultar esas gracias y virtudes. El secreto debe acompañar a la mujer. Pero la mujer no sólo debe ocultarse sino que, además, debe ofrecer cierta impasibilidad sonriente al mundo exterior. Ante el escarceo erótico, debe ser "decente"; ante la adversidad, "sufrida". En ambos casos su respuesta no es instintiva ni personal, sino conforme a un modelo genérico. Y ese modelo, como en el caso del "macho", tiende a subrayar los aspectos defensivos y pasivos, en una gama que va desde el pudor y la "decencia" hasta el estoicismo, la resignación y la impasibilidad. La herencia hispanoárabe no explica completamente esta conducta. La actitud de los españoles frente a las mujeres es muy simple y se expresa, con brutalidad y concisión, en dos refranes: "la mujer en la casa y con la pata rota" y "entre santa y santo, pared de cal y canto". La mujer es una fiera doméstica, lujuriosa y pecadora de nacimiento, a quien hay que someter con el palo y conducir con el "freno de la religión". De ahí que muchos españoles consideren a las extranjeras —y especialmente a las que pertenecen a países de raza o religión diversas a las suyas— como presa fácil. Para los mexicanos la mujer es un ser obscuro, secreto y pasivo. No se le atribuyen malos instintos: se pretende que ni siquiera los tiene. Mejor dicho, no son suyos sino de la especie; la mujer encarna la voluntad de la vida, que es por esencia impersonal. Ser ella misma, dueña de su deseo, su pasión o su capricho, es ser infiel a sí misma. Bastante más libre y pagano que el español —como heredero de las grandes religiones naturalistas precolombinas— el mexicano no condena al mundo natural. Tampoco el amor sexual está teñido de luto y horror, como en España. La peligrosidad no radica en el instinto sino en asumirlo personalmente. Reaparece así la idea de pasividad: tendida o erguida, vestida o desnuda, la mujer nunca es ella misma. Manifestación indiferenciada de la vida, es el canal del apetito cósmico. En ese sentido, no tiene deseos propios. Las norteamericanas proclaman también la ausencia de instintos y deseos, pero la raíz de su pretensión es distinta y hasta contraria. La norteamericana oculta o niega ciertas partes de su cuerpo —y, con más frecuencia, de su psiquis: son inmorales y, por lo tanto, no existen. Al negarse, se reprime su espontaneidad. La mexicana simplemente no tiene voluntad. Su cuerpo duerme y sólo se enciende si alguien lo despierta. Nunca es pregunta, sino respuesta, materia fácil y vibrante que la imaginación y la sensualidad masculina esculpen. Frente a la actividad que despliegan las otras mujeres, que desean cautivar a los hombres a través de la agilidad de su espíritu o del movimiento de su cuerpo, la mexicana opone un cierto hieratismo, un reposo hecho al mismo tiempo de espera y desdén. El hombre revolotea a su alrededor, la festeja, la canta, hace caracolear su caballo o su imaginación. Ella se vela en el recato y la inmovilidad. Es un ídolo. Como todos los ídolos, es dueña de fuerzas magnéticas, cuya efectividad y poder crecen a medida que el foco emisor es más pasivo y secreto. Analogía cósmica: la mujer no busca, atrae. Y el centro de su atracción es su sexo, oculto, pasivo. Inmóvil sol secreto. Esta concepción —bastante falsa si se piensa que la mexicana es muy sensible e inquieta— no la convierte en mero objeto, en cosa. La mujer mexicana, como todas las otras, es un símbolo que representa la estabilidad y continuidad de la raza. A su significación cósmica se alía la social: en la vida diaria su función consiste en hacer imperar la ley y el orden, la piedad y la dulzura. Todos cuidamos que nadie "falte al respeto a las señoras", noción universal, sin duda, pero que en México se lleva hasta sus últimas consecuencias. Gracias a ella se suavizan muchas de las asperezas de nuestras relaciones de "hombre a hombre". Naturalmente habría que preguntar a las mexicanas su opinión; ese "respeto" es a veces una hipócrita manera de sujetarlas e impedirles que se expresen. Quizá muchas preferirían ser tratadas con menos "respeto" (que, por lo demás, se les concede solamente en público) y con más libertad y autenticidad. Esto es, como seres humanos y no como símbolos o funciones. Pero, ¿cómo vamos a consentir que ellas se expresen, si toda nuestra vida tiende a paralizarse en una máscara que oculte nuestra identidad? Ni la modestia propia, ni la vigilancia social, hacen invulnerable a la mujer. Tanto por la fatalidad de su anatomía "abierta" como por su situación social —depositaria de la honra, a la española— está expuesta a toda clase de peligros, contra los que nada pueden la moral personal ni la protección masculina. El mal radica en ella misma; por naturaleza es un ser "rajado", abierto. Más, en virtud de un mecanismo de compensación fácilmente explicable, se hace virtud de su flaqueza original y se crea el mito de la "sufrida mujer mexicana". El ídolo —siempre vulnerable, siempre en trance de convertirse en ser humano— se transforma en víctima endurecida e insensible al sufrimiento, encallecida a fuerza de sufrir. (Una persona "sufrida" es menos sensible al dolor que las que apenas si han sido tocadas por la adversidad.) Por obra del sufrimiento, las mujeres se vuelven como los hombres: invulnerables, impasibles y estoicas. Se dirá que al transformar en virtud algo que debería ser motivo de vergüenza, sólo pretendemos descargar nuestra conciencia y encubrir con una imagen una realidad atroz. Es cierto, pero también lo es que al atribuir a la mujer la misma invulnerabilidad a que aspiramos, recubrimos con una inmunidad moral su fatalidad anatómica, abierta al exterior. Gracias al sufrimiento, y a su capacidad para resistirlo sin protesta, la mujer trasciende su condición y adquiere los mismos atributos del hombre. Es curioso advertir que la imagen de la "mala mujer" casi siempre se presenta acompañada de la idea de actividad. A la inversa de la "abnegada madre", de la "novia que espera" y del ídolo hermético, seres estáticos, la "mala" va y viene, busca a los hombres, los abandona. Por un mecanismo análogo al descrito más arriba, su extrema movilidad la vuelve invulnerable. Actividad e impudicia se alían en ella y acaban por petrificar su alma. La "mala" es dura, impía, independiente, como el "macho". Por caminos distintos, ella también transciende su fisiología y se cierra al mundo. Es significativo, por otra parte, que el homosexualismo masculino sea considerado con cierta indulgencia, por lo que toca al agente activo. El pasivo, al contrario, es un ser degrado y abyecto. El juego de los "albures" —esto es, el combate verbal hecho de alusiones obscenas y de doble sentido, que tanto se practica en la ciudad de México— transparenta esta ambigua concepción. Cada uno de los interlocutores, a través de trampas verbales y de ingeniosas combinaciones lingüísticas, procura anonadar a su adversario; el vencido es el que no puede contestar, el que se traga las palabras de su enemigo. Y esas palabras están teñidas de alusiones sexualmente agresivas: el perdidoso (sic) es poseído, violado, por el otro. Sobre él caen las burlas y escarnios de los espectadores. Así pues, el homosexualismo masculino es tolerado, a condición de que se trate de una violación del agente pasivo. Como en el caso de las relaciones heterosexuales, lo importante es "no abrirse" y, simultáneamente, rajar, herir al contrario. Me parece que todas estas actitudes, por diversas que sean sus raíces, confirman el carácter "cerrado" de nuestras reacciones frente al mundo o frente a nuestros semejantes. Pero no nos bastan los mecanismos de preservación y defensa. La simulación, que no acude a nuestra pasividad sino que exige una invención activa y que se recrea a sí misma a cada instante, es una de nuestras formas de conducta habituales. Mentimos por placer y fantasía, sí, como todos los pueblos imaginativos, pero también para ocultarnos y ponernos al abrigo de intrusos. La mentira posee una importancia decisiva en nuestra vida cotidiana, en la política, el amor, la amistad. Con ella no pretendemos nada más engañar a los demás, sino a nosotros mismos. De ahí su fertilidad y lo que distingue a nuestras mentiras de las groseras invenciones de otros pueblos, La mentira es un juego trágico, en el que arriesgamos parte de nuestro ser. Por eso es estéril su denuncia. El simulador pretende ser lo que no es. Su actividad reclama una constante improvisación, un ir hacia adelante siempre, entre arenas movedizas. A cada minuto hay que rehacer, recrear, modificar el personaje que fingimos, hasta que llega el momento en que realidad y apariencia, mentira y verdad, se confunden. De tejido de invenciones para deslumbrar al prójimo, la simulación se trueca en una forma superior, por artística, de la realidad. Nuestras mentiras reflejan, simultáneamente, nuestras carencias y nuestros apetitos, lo que no somos y lo que deseamos ser. Simulando, nos acercamos a nuestro modelo y a veces el gesticulador, como ha visto con hondura Usigli, se funde con sus gestos, los hace auténticos. La muerte del profesor Rubio lo convierte en lo que deseaba ser: el general Rubio, un revolucionario sincero y un hombre capaz de impulsar y purificar a la Revolución estancada. En la obra de Usigli el profesor Rubio se inventa a sí mismo y se transforma en general; su mentira es tan verdadera que Navarro, el corrompido, no tiene más remedio que volver a matar en él a su antiguo jefe, el general Rubio. Mata en él la verdad de la Revolución. Si por el camino de la mentira podemos llegar a la autenticidad, un exceso de sinceridad puede conducirnos a formas más refinadas de la mentira. Cuando nos enamoramos nos "abrimos", mostramos nuestra intimidad, ya que una vieja tradición quiere que el que sufre de amor exhiba sus heridas ante la que ama. Pero al descubrir sus llagas de amor, el enamorado transforma su ser en una imagen, en un objeto que entrega a la contemplación de la mujer —y de sí mismo. Al mostrarse, invita a que lo contemplen con los mismos ojos piadosos con que él se contempla. La mirada ajena ya no lo desnuda: lo recubre de piedad. Y al presentarse como espectáculo y pretender que se le mire con los mismos ojos con que él se ve, se evade del juego erótico, pone a salvo su verdadero ser, lo substituye por una imagen. Substrae su intimidad, que se refugia en sus ojos, esos ojos que son nada más contemplación y piedad de sí mismo. Se vuelve su imagen y la mirada que lo contempla. En todos los tiempos y en todos los climas, las relaciones humanas —y especialmente las amorosas— corren el riesgo de volverse equívocas. Narcisismo y masoquismo no son tendencias exclusivas del mexicano. Pero es notable la frecuencia con que canciones populares, refranes y conductas cotidianas aluden al amor como falsedad y mentira. Casi siempre eludimos los riesgos de una relación desnuda a través de una exageración, en su origen sincera, de nuestros sentimientos. Asimismo, es revelador cómo el carácter combativo del erotismo se acentúa entre nosotros y se encona. El amor es una tentativa de penetrar en otro ser, pero sólo puede realizarse a condición de que la entrega sea mutua. En todas partes es difícil este abandono de sí mismo; pocos coinciden en la entrega y más pocos aún logran trascender esa etapa posesiva y gozar del amor como lo que realmente es: un perpetuo descubrimiento, una inmersión en las aguas de la realidad y una recreación constante. Nosotros concebimos el amor como conquista y como lucha. No se trata tanto de penetrar la realidad, a través de un cuerpo, como de violarla. De ahí que la imagen del amante afortunado —herencia, acaso, del Don Juan español— se confunda con la del hombre que se vale de sus sentimientos —reales o inventados— para obtener a la mujer. La simulación es una actividad parecida a la de los actores y puede expresarse en tantas formas como personajes fingimos. Pero el actor, si lo es de veras, se entrega a su personaje y lo encarna plenamente, aunque después, terminada la representación, lo abandone como su piel la serpiente. El simulador jamás se entrega y se olvida de sí, pues dejaría de simular si se fundiera con su imagen. Al mismo tiempo, esa ficción se convierte en una parte inseparable —y espuria— de su ser: está condenado a representar toda su vida, porque entre su personaje y él se ha establecido una complicidad que nada puede romper, excepto la muerte o el sacrificio. La mentira se instala en su ser y se convierte en el fondo último de su personalidad. Simular es inventar o, mejor, aparentar y así eludir nuestra condición. La disimulación exige mayor sutileza: el que disimula no representa, sino que quiere hacerse invisible, pasar desapercibido, sin renunciar a su ser. El mexicano excede en el disimulo de sus pasiones y de sí mismo. Temeroso de la mirada ajena, se contrae, se reduce, se vuelve sombra y fantasma, eco. No camina, se desliza; no propone, insinúa; no replica, rezonga; no se queja, sonríe; hasta cuando canta —si no estalla y se abre el pecho— lo hace entre dientes y a media voz, disimulando su cantar: Y es tanta la tiranía de esta disimulación que aunque de raros anhelos se me hincha el corazón, tengo miradas de reto y voz de resignación. Quizá el disimulo nació durante la Colonia. Indios y mestizos tenían, como en el poema de Reyes, que cantar quedo, pues "entre dientes mal se oyen las palabras de rebelión". El mundo colonial ha desaparecido, pero no el temor, la desconfianza y el recelo. Y ahora no solamente disimulamos nuestra cólera sino nuestra ternura. Cuando pide disculpas, la gente del campo suele decir: "Disimule usted, señor". Y disimulamos. Nos disimulamos con tal ahínco que casi no existimos. En sus formas radicales el disimulo llega al mimetismo. El indio se funde con el paisaje, se confunde con la barda blanca en que se apoya por la tarde, con la tierra obscura en que se tiende a mediodía, con el silencio que lo rodea. Se disimula tanto su humana singularidad que acaba por abolirla y se vuelve piedra, pirú, muro, silencio: espacio. No quiero decir que comulgue con el Todo, a la manera panteísta, ni que en un árbol aprehenda todos los árboles, sino que efectivamente, esto es, de una manera concreta y particular, se confunde con un objeto determinado. Roger Caillois observa que el mimetismo no implica siempre una tentativa de protección contra las amenazas virtuales que pululan en el mundo externo. A veces los insectos "se hacen los muertos" o imitan las formas de la materia en descomposición, fascinados por la muerte, por la inercia del espacio. Esta fascinación —fuerza de gravedad, diría yo, de la vida— es común a todos los seres y el hecho de que se exprese como mimetismo confirma que no debemos considerar a éste exclusivamente como un recurso del instinto vital para escapar del peligro y la muerte. Defensa frente al exterior o fascinación ante la muerte, el mimetismo no consiste tanto en cambiar de naturaleza como de apariencia. Es revelador que la apariencia escogida sea la muerte o la del espacio inerte, en reposo. Extenderse, confundirse con el espacio, ser espacio, es una manera de rehusarse a las apariencias, pero también es una manera de ser sólo Apariencia. El mexicano tiene tanto horror a las apariencias, como amor le profesan sus demagogos y dirigentes. Por eso se disimula su propio existir hasta confundirse con los objetos que lo rodean. Y así, por medio de las apariencias, se vuelve sólo Apariencia. Aparenta ser otra cosa e incluso prefiere la apariencia de la muerte o del no ser antes que abrir su intimidad y cambiar. La disimulación mimética, en fin, es una de tantas manifestaciones de nuestro hermetismo. Si el gesticulador acude al disfraz, los demás queremos pasar desapercibidos. En ambos casos ocultamos nuestro ser. Y a veces lo negamos. Recuerdo que una tarde, como oyera un leve ruido en el cuarto vecino al mío, pregunté en voz alta: "¿Quién anda por ahí?". Y la voz de una criada recién llegada de su pueblo contestó: "No es nadie señor, soy yo". No sólo nos disimulamos a nosotros mismos y nos hacemos transparentes y fantasmales; también disimulamos la existencia de nuestros semejantes. No quiero decir que los ignoremos o los hagamos menos, actos deliberados y soberbios. Los disimulamos de manera más definitiva y radical: los ninguneamos. El ninguneo es una operación que consiste en hacer de Alguien, Ninguno. La nada de pronto se individualiza, se hace cuerpo y ojos, se hace Ninguno. Don Nadie, padre español de Ninguno, posee don, vientre, honra, cuenta en el banco y habla con voz fuerte y segura. Don Nadie llena al mundo con su vacía y vocinglera presencia. Está en todas partes y en todos los sitios tiene amigos. Es banquero, embajador, hombre de empresa. Se pasea por todos los salones, lo condecoran en Jamaica, en Estocolmo y en Londres. Don Nadie es funcionario o influyente y tiene una agresiva y engreída manera de no ser. Ninguno es silencioso y tímido, resignado. Es sensible e inteligente. Sonríe siempre, Espera siempre. Y cada vez que quiere hablar, tropieza con un muro de silencio; si saluda encuentra una espalda glacial; si suplica, llora o grita, sus gestos y gritos se pierden en el vacío que don Nadie crea con su vozarrón. Ninguno no se atreve a no ser: oscila, intenta una vez y otra vez ser Alguien. Al fin, entre vanos gestos, se pierde en el limbo de donde surgió. Sería un error pensar que los demás le impiden existir. Simplemente disimulan su existencia, obran como si no existiera. Lo nulifican, lo anulan, lo ningunean. Es inútil que Ninguno hable, publique libros, pinte cuadros, se ponga de cabeza. Ninguno es la ausencia de nuestras miradas, la pausa de nuestra conversación, la reticencia de nuestro silencio. Es el nombre que olvidamos siempre por una extraña fatalidad. el eterno ausente, el invitado que no invitamos, el hueco que no llenamos. Es una omisión. Y sin embargo, Ninguno está presente siempre. Es nuestro secreto, nuestro crimen y nuestro remordimiento. Por eso el Ninguneador también se ningunea; él es la omisión de Alguien. Y si todos somos Ninguno, no existe ninguno de nosotros. El círculo se cierra y la sombra de Ninguno se extiende sobre México, asfixia al Gesticulador y lo cubre todo. En nuestro territorio, más fuerte que las pirámides y los sacrificios, que las iglesias, los motines y los campos populares, vuelve a imperar el silencio, anterior a la historia. "Máscaras mexicanas", forma parte del libro El laberinto de la soledad , cuya primera publicación la realizó la editorial Cuadernos Americanos, en 1950. La ficha bibliográfica de esa primera edición es: Paz, Octavio. El laberinto de la soledad . Ediciones Cuadernos Americanos, México, 1950. Dicha edición se término de imprimir el día 15 de febrero de 1950, en los talleres de la Editorial Cultura, en la ciudad de México. La transcripción actual se realizó del volumen III de las Obras completas , editadas por el Fondo de Cultura Económica en México. La ficha bibliográfica de esta edición es: Paz, Octavio. El laberinto de la soledad . ( El peregrino en su patria. Historia y política de México ), en OC , v. III, (segunda reimpresión de la segunda edición), Círculo de Lectores/Fondo de Cultura Económica, México, 1996, p. 61-72.

  • "Boda negra", Poema de Julio Flórez

    Un enterrador narra la historia de un hombre que, tras la muerte de su amada, no logra resignarse a la pérdida. Cada noche visita su tumba con un amor tan intenso como perturbador, hasta que decide desafiar los límites entre la vida y la muerte en un gesto de pasión desesperada. Oye la historia que contome un día el viejo enterrador de la comarca: era un amante a quien por suerte impía su dulce bien le arrebató la parca. Todas las noches iba al cementerio a visitar la tumba de la hermosa; la gente murmuraba con misterio: es un muerto escapado de la fosa. En una horrenda noche hizo pedazos el mármol de la tumba abandonada, cavó la tierra… y se llevó en los brazos el rígido esqueleto de la amada. Y allá en la oscura habitación sombría, de un cirio fúnebre a la llama incierta, dejó a su lado la osamenta fría y celebró sus bodas con la muerta. Ató con cintas los desnudos huesos, el yerto cráneo coronó de flores, la horrible boca le cubrió de besos y le contó sonriendo sus amores. Llevó a la novia al tálamo mullido, se acostó junto a ella enamorado, y para siempre se quedó dormido al esqueleto rígido abrazado.

  • "El padre-cosa", cuento de Philip K. Dick

    El padre-cosa Philip K. Dick —La cena está preparada —dijo la señora Walton—. Ve a buscar a tu padre y dile que se lave las manos. Aplícate el mismo cuento, jovencito. —Trasladó una cacerola humeante a la mesa—. Le encontrarás en el garaje. Charles vaciló. Sólo tenía ocho años y el problema que le atormentaba habría confundido a Hillel. —Yo… —empezó, titubeando. —¿Qué pasa? June Walton percibió el tono inquieto de la voz de su hijo y su busto maternal se agitó de alarma. —¿No está Ted en el garaje? Por el amor de Dios, estaba afilando las tijeras de podar hace unos minutos. No habrá ido a casa de los Anderson, ¿verdad? Le dije que la cena ya estaba en la mesa. —Está en el garaje —contestó Charles—, pero está…, está hablando consigo mismo. —¡Hablando consigo mismo! —La señora Walton se quitó el delantal de plástico y lo colgó en el pomo de la puerta—. ¿Ted? Nunca habla solo. Ve a decirle que ya puede venir. —Vertió café humeante en las tazas de porcelana azul y blanca, y procedió a servir el maíz cubierto de crema—. ¿Qué mosca te ha picado? ¡Ve a avisarle! —No sé a cuál de ellos decírselo —farfulló Charles, desesperado—. Los dos son iguales. June Walton estuvo a punto de soltar la cacerola de aluminio; por un momento, el maíz cubierto de crema se tambaleó peligrosamente. —Jovencito —empezó, en tono de irritación, pero Ted Walton entró en la cocina. Aspiró el aroma de la cena y se frotó las manos. —¡Ajá! —exclamó—. Estofado de cordero. —Estofado de buey —murmuró June—. Ted, ¿qué estabas haciendo ahí fuera? Ted ocupó su puesto y desdobló la servilleta. —He afilado las tijeras de podar como una hoja de afeitar. Engrasadas y afiladas. Será mejor que no las toques, o podrías quedarte sin mano. Era un hombre atractivo, de treinta y pocos años, abundante cabello rubio, brazos fuertes, manos grandes, rostro cuadrado y brillantes ojos castaños. —Caramba, qué buen aspecto tiene este estofado. Menudo día he tenido en la oficina. Como todos los viernes, ya sabes. El trabajo se amontona y las cuentas deben estar terminadas a las cinco. Al McKinley afirma que el departamento podría encargarse de un veinte por ciento más de trabajo si organizáramos la hora de comer, haciendo turnos para que siempre se quedara alguien. —Se dirigió a Charles—. Siéntate y empecemos. La señora Walton sirvió los guisantes congelados. —Ted —dijo, mientras se sentaba—, ¿tienes algo en mente? —¿En mente? —Parpadeó—. No, nada fuera de lo normal. ¿Por qué? June Walton miró a su hijo, inquieta. Charles estaba sentado muy tieso, inexpresivo, blanco como la tiza. No se había movido ni desdoblado la servilleta; ni siquiera había tocado su leche. La tensión se palpaba en el aire. Charles había apartado la silla de la que ocupaba su padre; se había encogido en un menudo bulto, lo más lejos posible de su padre. Movió los labios, pero la mujer no pudo leer lo que estaba diciendo. —¿Qué dices? —preguntó, inclinándose hacia él. —El otro —murmuró Charles—. Es el otro quien ha entrado. —¿A qué te refieres, cariño? —preguntó June Walton en voz alta—. ¿Qué otro? Ted dio una brusca sacudida. Una extraña expresión cruzó su cara. Desapareció al instante, pero fue suficiente para que el rostro de Ted Walton perdiera toda familiaridad. Algo frío y extraño asomó, una masa retorcida y serpenteante. Los ojos se empañaron y encogieron, proyectaron un brillo arcaico. El aspecto normal de un marido cansado había desaparecido. Y en seguida reapareció, o casi. Ted sonrió y comenzó a devorar el estofado, los guisantes congelados y el maíz cubierto de crema. Rio, revolvió su café, bromeó y comió. Pero algo iba terriblemente mal. —El otro —murmuró Charles, pálido, y sus manos empezaron a temblar. De pronto, se levantó de un salto y se apartó de la mesa—. ¡Vete! —gritó—. ¡Largo de aquí! —Oye, ¿qué demonios te pasa? —rugió Ted, en tono amenazador. Indicó con severidad la silla—. Siéntate y acaba tu cena, jovencito. Tu madre no la ha preparado porque sí. Charles salió corriendo de la cocina y subió la escalera. June Walton lanzó una exclamación ahogada y se removió en la silla, afligida. —¿Qué le… ? Ted siguió comiendo, con expresión ominosa y ojos sombríos. —Ese chico necesita una lección —dijo con voz ronca—. Quizá tengamos que hablar en privado, de hombre a hombre. Charles se acuclilló y escuchó. El padre-cosa subía la escalera, se acercaba cada vez más. —¡Charles! —gritó, encolerizado—. ¿Estás ahí? No contestó. Caminó de puntillas hacia su habitación y cerró la puerta sin hacer ruido. Su corazón latía locamente. El padre-cosa había llegado al rellano; dentro de un momento estaría en su cuarto. Se precipitó hacia la ventana. Estaba aterrorizado. El impostor ya buscaba a tientas el pomo en el pasillo a oscuras. Levantó la ventana y salió al tejado. Saltó al jardín situado frente a la puerta principal, se tambaleó y cayó, se puso en pie y huyó de la luz que surgía a chorros por la ventana, un parche amarillo en la negrura de la noche. Distinguió el garaje, un cuadrado negro que se recortaba contra el horizonte. Buscó en su bolsillo la linterna, abrió la puerta con cautela y entró. El garaje estaba vacío. El coche estaba estacionado frente a la casa. A la izquierda tenía el banco de trabajo de su padre. Martillos y sierras en las paredes de madera. En la parte trasera guardaba el cortacésped, el rastrillo, la pala y el azadón. Un bidón de queroseno. Matrículas clavadas por todas partes. El sucio suelo era de hormigón. Una gran mancha de aceite destacaba en el centro; el haz de la linterna reveló manojos de hierba grasienta y ennegrecida. Nada más cruzar la puerta había un gran barril de basura. Sobre el barril se amontonaban periódicos y revistas antiguos, cubiertos de moho y humedad. Un intenso olor a podrido se desprendió de ellos cuando Charles los apartó. Cayeron arañas al cemento y se escurrieron; el niño las aplastó con el pie y siguió explorando. La visión le arrancó un grito. Soltó la linterna y retrocedió de un salto. El garaje se sumió al instante en una oscuridad total. Se puso de rodillas con un gran esfuerzo de voluntad y tanteó el suelo en busca de la linterna, entre las arañas y la hierba grasienta. Por fin, la encontró. Apuntó el haz al interior del barril, al hueco que había hecho al apartar los montones de revistas. El padre-cosa lo había ocultado en el fondo del barril, entre hojas caducas, cartones rotos, los restos podridos de revistas y cortinas, toda la basura del desván que su madre había amontonado en el barril con la intención de quemarla algún día. Él lo había encontrado, y al verlo se le revolvió el estómago. Se inclinó sobre el barril y cerró los ojos hasta que fue capaz de volver a mirar. En el barril se hallaban los restos de su padre, su auténtico padre. Pedazos que el padre-cosa no necesitaba. Pedazos que había descartado. Tomó el rastrillo y agitó los restos. Estaban secos. Crujieron y se quebraron en cuanto el rastrillo los tocó. Eran como una piel de serpiente desechada, escamosa y crujiente al tacto. Una piel vacía. Lo que contenía, lo realmente importante, había desaparecido. Esto era todo cuanto quedaba, la piel frágil y crujiente, tirada en el fondo del barril de basura. Esto era todo cuanto había dejado el padre-cosa; había devorado el resto. Se había apoderado de lo que contenía, usurpando el lugar de su padre. Un ruido. Tiró el rastrillo y corrió hacia la puerta. El padre-cosa se acercaba por el sendero, en dirección al garaje. Sus zapatos aplastaban la gravilla. Avanzaba con cierta vacilación. —¡Charles! ¿Estás ahí? ¡Ya verás cuando te ponga la mano encima, jovencito! La forma llena y nerviosa de su madre se recortó en la puerta de la casa. —Ted, no le hagas daño, por favor. Está preocupado por algo. —No voy a hacerle daño —graznó el padre-cosa. Se detuvo para encender una cerilla—. Sólo voy a charlar un momento con él. Necesita aprender mejores modales. Dejar la mesa así y salir corriendo en plena noche, bajando por el tejado… Charles salió del garaje. El resplandor de la cerilla iluminó su forma. El padre-cosa lanzó un berrido y corrió tras él. —¡Ven aquí! Charles corrió. Conocía el terreno mejor que el replicante de su padre; éste también sabía muchas cosas, obtenidas del padre verdadero, pero nadie conocía el terreno mejor que Charles. Alcanzó la valla, trepó, saltó al patio de los Anderson, dejó atrás la ropa tendida, bajó por el sendero que rodeaba la casa y desembocó en la calle Maple. Escuchó, agachado y sin respirar. El replicante no le había seguido. Había regresado. O tal vez se acercaba por la acera. Respiró hondo. Tenía que marcharse. Tarde o temprano le encontraría. Miró a izquierda y derecha, no vio a nadie, y se alejó a toda la velocidad que le permitían sus piernas. —¿Qué quieres? —preguntó Tony Peretti, en tono beligerante. Tony tenía catorce años. Estaba sentado a la mesa del comedor, chapado en roble, rodeado de libros y lápices, con medio bocadillo de jamón con manteca de cacahuete y una Coca-Cola a su lado. —Eres Walton, ¿verdad? Tony Peretti desembalaba cocinas y neveras después del colegio en la tienda de Johnson, en el centro de la ciudad. Era grandote y de cara ruda. Cabello negro, piel olivácea, dientes blancos. Le había dado palizas un par de veces a Charles; se las había dado a todos los chicos del vecindario. Charles se encogió. —Oye, Peretti, ¿puedes hacerme un favor? —¿Qué quieres? —se irritó Peretti—. ¿Un moretón? Charles, con la cabeza gacha y los puños apretados, explicó lo ocurrido con breves y entrecortadas palabras. Cuando terminó, Peretti silbó por lo bajo. —No me estarás tomando el pelo… —Es verdad —se apresuró a insistir—. Te lo enseñaré. Acompáñame y te lo enseñaré. Peretti se puso en pie con parsimonia. —Sí, enséñamelo. Quiero verlo. Fue a buscar su pistola de bajo calibre a la habitación, y los dos avanzaron en silencio por la oscura calle, en dirección a la casa de Charles. Ninguno habló mucho. Peretti estaba absorto en sus pensamientos, con expresión seria y solemne. Charles continuaba aturdido; su mente estaba en blanco por completo. Entraron en el camino particular de los Anderson, atajaron por el patio posterior, saltaron la valla y se deslizaron con cautela hacia el patio trasero de Charles. No se movía nada. El silencio reinaba en el patio. La puerta principal de la casa estaba cerrada. Miraron por la ventana de la sala de estar. Habían bajado las persianas, pero quedaba una estrecha rendija de luz amarillenta. La señora Walton, sentada en el sofá, cosía una camiseta de algodón. Su rostro expresaba tristeza y preocupación. Frente a ella estaba el replicante. Reclinado en la butaca de su padre, sin zapatos, leía la prensa vespertina. El televisor estaba encendido, pero nadie le hacía caso. Una lata de cerveza descansaba sobre el brazo de la butaca. El replicante se sentaba exactamente como su padre. Había aprendido mucho. —Se parece a él —susurró Peretti, suspicaz—. ¿Estás seguro que no me tomas el pelo? Charles le condujo al garaje y le enseñó el barril de basura. Peretti hundió en el interior sus largos brazos bronceados y sacó con mucho cuidado los restos secos y quebradizos. Los desdoblaron hasta que se dibujó la silueta de su padre. Peretti depositó los restos en el suelo y colocó en su sitio las partes rotas. Los restos carecían de color. Eran casi transparentes. Un amarillo ámbar, fino como el papel. Seco y sin vida. —Eso es todo —dijo Charles. Las lágrimas anegaron sus ojos—. Eso es todo lo que queda de mi padre. La cosa se ha quedado con el contenido. Peretti había palidecido. Tiró de nuevo los restos en el barril, tembloroso. —Esto es muy fuerte —murmuró—. ¿Dices que viste a los dos juntos? —Estaban hablando. Eran exactos. Me metí dentro. —Charles secó sus lágrimas y lloró sin control; no podía continuar callándolo—. Le devoró mientras yo estaba dentro. Luego, entró en casa. Fingió que era él, pero no. Le mató y devoró su contenido. Peretti guardó silencio un instante. —Voy a decirte algo. He oído hablar de cosas parecidas. Es un asunto feo. Debes utilizar la cabeza y no asustarte. No estarás asustado, ¿verdad? —No —consiguió murmurar Charles. —Lo primero que hay que hacer es pensar en una forma de matarlo. —Agitó la pistola—. No sé si todavía funciona. Será difícil capturar a tu padre. Era un hombre muy grande. —Peretti reflexionó unos momentos—. Larguémonos de aquí. Podría volver. Es lo que suelen hacer los asesinos, según dicen. Salieron del garaje. Peretti volvió a mirar por la ventana. La señora Walton se había levantado. Hablaba con nerviosismo. Se oían vagos sonidos. El replicante cerró el periódico. Estaban discutiendo. —¡Por el amor de Dios! —gritó el padre-cosa—. No cometas una estupidez semejante. —Algo ha ocurrido —gimió la señora Walton—. Algo terrible. Deja que llame al hospital y pregunte. —No llames a nadie. Se encuentra bien. Jugando en la calle, probablemente. —Nunca sale a estas horas. Nunca desobedece. Estaba terriblemente preocupado… ¡Te tenía miedo! No le culpo. —Su voz se quebró de aflicción—. ¿Qué te ha pasado? Estás muy raro. —Salió al vestíbulo—. Voy a llamar a los vecinos. El replicante la fulminó con la mirada hasta que desapareció. Entonces, sucedió algo horrible. Charles lanzó una exclamación ahogada; incluso Peretti gruñó para sí. —Mira —murmuró Charles—. ¿Qué…? —Demonios —masculló Peretti, los ojos abiertos como platos. En cuanto la señora Walton salió de la sala, el replicante se hundió en la butaca, como si todos sus músculos hubieran perdido la tensión. Su boca se abrió. Sus ojos tenían una mirada vaga. Su cabeza cayó hacia adelante, como una muñeca de trapo desechada. Peretti se apartó de la ventana. —Eso es —susurró—. Ésa es la explicación. —¿Cuál? —preguntó Charles. Estaba perplejo, asustado—. Ha sido como si alguien le hubiera cortado la energía. —Exactamente —asintió Peretti, sombrío y estremecido—. Lo controlan desde fuera. El horror sobrecogió a Charles. —¿Desde fuera de nuestro planeta, quieres decir? Peretti sacudió la cabeza. —¡Desde fuera de la casa! Desde el patio. ¿Sabes rastrear? —No mucho. —Charles se devanó los sesos—. Conozco a alguien que es muy bueno. —Logró recordar el nombre—. Bobby Daniels. —¿Ese negrito? ¿Es un buen rastreador? —El mejor. —Muy bien. Vamos a buscarle. Debemos encontrar lo que acecha fuera. Lo que puso esa cosa ahí, y todavía continúa… —Es cerca del garaje —dijo Peretti al menudo negro acuclillado a su lado en la oscuridad—. Cuando le mató, estaba en el garaje. Mira por ahí. —¿En el garaje? —preguntó Daniels. —Alrededor del garaje. Walton ya está dentro. Explora los alrededores. Las cercanías. Un pequeño macizo de flores crecía junto al garaje, y entre éste y la parte posterior de la casa había una gran confusión de bambúes y restos desechados. La luna había salido; una luz brumosa y fría lo bañaba todo. —Si no lo encontramos pronto —dijo Daniels—, tendré que volver a casa. No puedo estar levantado hasta muy tarde. Apenas era un poco mayor que Charles. Tenía nueve años. —Muy bien —contestó Peretti—. Empieza a rastrear. Los tres se desplegaron y exploraron el suelo con cuidado. Daniels trabajaba a una velocidad increíble; su cuerpo menudo se movía como una exhalación entre las flores. Miró debajo de las rocas, bajo la casa, separó tallos de plantas, recorrió las hojas y las hierbas con mano experta. No pasó nada por alto. Peretti se detuvo al poco rato. —Yo vigilaré. Podría ser peligroso. Podría aparecer el padre-cosa y tratar de detenernos. Se rezagó con la pistola preparada, mientras Charles y Bobby Daniels investigaban. Charles procedía con lentitud. Estaba cansado y tenía el cuerpo entumecido y aterido de frío. Todo se le antojaba imposible, el padre replicante y lo sucedido con su padre, el auténtico. Sin embargo, el terror le espoleaba. ¿Y si pasaba igual con su madre, o con él? ¿O con todo el mundo? Quizá el mundo entero. —¡Lo he encontrado! —gritó Daniels con voz aguda—. ¡Vengan, de prisa! Peretti levantó la pistola y se incorporó con cautela. Charles dirigió el haz de su linterna hacia Daniels. El negro había levantado una placa de hormigón. Un cuerpo metálico brillaba en el suelo húmedo. Algo articulado y delgado, de innumerables patas torcidas, que cavaba frenéticamente. Satinado como una hormiga, un bicho pardo rojizo que desapareció de repente ante sus propias narices. Sus filas de patas excavaban y arañaban. La tierra cedió en seguida. Su cola de aspecto mortífero se agitó con furia mientras se abría paso por el túnel que excavaba. Peretti volvió corriendo al garaje y tomó el rastrillo. Atrapó la cola del bicho con la herramienta. —¡De prisa! ¡Dispárale con la pistola! Daniels se apoderó del arma y apuntó. El primer disparo arrancó la cola del bicho. Se retorció frenéticamente; la cola se arrastró en vano y algunas patas se rompieron. Medía unos treinta centímetros de largo, como un gran ciempiés. Se esforzó con desesperación en escapar por su agujero. —Dispara otra vez —ordenó Peretti. Daniels volvió a utilizar la pistola. El bicho se escurrió y siseó. Su cabeza se agitaba de un lado a otro. Mordió el rastrillo. Sus perversos ojos diminutos brillaban de odio. Atacó unos momentos al rastrillo, sin conseguir nada. Luego, de repente, se revolvió en una convulsión frenética que aterrorizó a los muchachos. Algo zumbó en el cerebro de Charles, un sonido áspero y metálico, como un millón de alambres metálicos que vibraran a la vez. La fuerza le tiró al suelo; el estruendo metálico le aturdió y ensordeció. Se puso en pie, tambaleante, y retrocedió. Los demás le imitaron, pálidos y temblorosos. —Si no podemos matarlo con la pistola —dijo Daniels—, podemos ahogarlo, quemarlo o hundirle un alfiler en el cráneo. Se esforzó en mantener inmóvil al bicho con el rastrillo. —Tengo un frasco con formaldehído —murmuró Daniels. Sus dedos juguetearon con la pistola—. ¿Cómo funciona esto? Creo que no me… Charles le arrebató la pistola. —Yo lo mataré. Se agachó, apuntó y cerró el dedo sobre el gatillo. El bicho se debatió. El campo de fuerza martilleaba en sus oídos, pero no soltó la pistola. Su dedo se fue cerrando… —Muy bien, Charles —dijo el padre-cosa. Unos dedos poderosos paralizaron sus muñecas. El arma cayó al suelo, mientras luchaba en vano. El replicante se precipitó sobre Peretti. El muchacho saltó y el bicho, liberado del rastrillo, desapareció por el túnel. —Te espera una buena zurra, Charles —tronó el padre-cosa—. ¿Qué mosca te ha picado? Tu pobre madre está loca de preocupación. * Estaba al acecho, oculto entre las sombras. Agazapado en la oscuridad, vigilándoles. Su voz serena y desprovista de emoción, una parodia espantosa de la de su padre, retumbó en sus oídos mientras le arrastraba hacia el garaje. Su frío aliento, de olor dulzón, como tierra putrefacta, bañó su rostro. Su fuerza era inmensa; no podía hacer nada. —No opongas resistencia —dijo el ser con calma—. Entra en el garaje. Es por tu bien. Lo sé mejor que tú, Charles. —¿Le has encontrado? —preguntó su madre con voz nerviosa, mientras abría la puerta trasera. —Sí, le he encontrado. —¿Qué vas a hacer? —Darle una pequeña azotaina. —El replicante abrió la puerta del garaje—. En el garaje. —Una leve sonrisa, desprovista de humor y emoción, dilató sus labios en la semipenumbra—. Vuelve a la sala de estar, June. Yo me ocuparé de este asunto. Soy el más adecuado. A ti nunca te gustó castigarle. La puerta se cerró de mala gana. Cuando la luz se apagó, Peretti se agachó y tomó la pistola. El replicante se quedó inmóvil al instante. —Vuelvan a casa, chicos —dijo con voz rasposa. Peretti no parecía muy decidido. —Lárguense —repitió el replicante—. Tira ese juguete y lárgate. Avanzó poco a poco hacia Peretti, aferrando a Charles con una mano y extendiendo la otra hacia Peretti. —En esta ciudad están prohibidas las pistolas de bajo calibre, hijo. ¿Tu padre sabe que la tienes? Lo dice una ordenanza municipal. Será mejor que me la des antes que… Peretti le disparó en el ojo. El replicante gimió y se llevó la mano a su ojo destrozado. De repente, se abalanzó sobre Peretti. Éste se alejó hacia el camino particular, mientras intentaba amartillar la pistola. El replicante saltó. Sus fuertes dedos se apoderaron de la pistola. En silencio, la rompió contra la pared de la casa. Charles salió del trance y huyó. ¿Dónde podía ocultarse? El padre-cosa se interponía entre él y la casa. Ya corría hacia él, una forma negra que avanzaba con cautela, escudriñaba la oscuridad, intentaba localizarle. Charles retrocedió. Si tuviera algún sitio donde esconderse… Los bambúes. Se deslizó en silencio entre los bambúes. Los tallos eran gruesos, viejos. Se cerraron tras él con un leve crujido. El replicante buscó algo en el bolsillo. Encendió una cerilla, y después ardió toda la caja. —Charles —dijo—. Sé que estás por aquí. Es inútil que te escondas. Lo único que lograrás será crearte más dificultades. Charles se acuclilló entre los bambúes. Su corazón latía con violencia. Era como un vertedero, rebosante de malas hierbas, basura, papeles, cajas, ropa vieja, tablas, latas, botellas. Arañas y salamandras se arrastraban a su alrededor. El viento nocturno movía los bambúes. Insectos y podredumbre. Y algo más. Una forma, una forma silenciosa e inmóvil que se alzaba entre los desperdicios como un champiñón nocturno. Una columna blanca, una masa pulposa que brillaba a la luz de la luna. Estaba cubierta de telarañas, como un capullo mohoso. Poseía vagos brazos y piernas. Una cabeza a medio formar. Las facciones aún no se distinguían. Pero sabía lo que era. Una madre-cosa. Crecía en el terreno húmedo y podrido, entre el garaje y la casa. Detrás de los altos bambúes. Casi estaba terminada. En unos cuantos días alcanzaría la madurez. Aún era una larva, blanca, blanda y pulposa. Pero el sol la secaría y calentaría. Endurecería su concha. Le proporcionaría fuerza y un tono más oscuro. Surgiría del capullo y un día, cuando su madre pasara junto al garaje… Detrás de la madre-cosa había otra larva blanca y pulposa, expulsada por el bicho hacía poco. Pequeña. Acababa de nacer. Comprendió de dónde había surgido el padre-cosa, dónde había crecido. Había madurado aquí. Y su padre se había topado con él en el garaje. Charles se alejó poco a poco de las tablas podridas, de los desperdicios, de la larva en forma de champiñón. Extendió la mano para agarrarse a la valla…, y retrocedió. Otra. Otra larva. No la había visto. No era blanca. Ya era de color oscuro. La telaraña, la blandura pulposa, la humedad, habían desaparecido. Estaba preparada. Se movió un poco, agitó los brazos débilmente. El replicante de Charles. Los tallos de bambú se separaron y el padre-cosa agarró con fuerza la muñeca del niño. —Quédate aquí. Es el lugar perfecto. No te muevas. —Con la otra mano arrancó los restos del capullo que rodeaba al replicante de Charles—. Le echaré una mano. Aún está un poco débil. Cayó la última brizna grisácea y el replicante de Charles salió; tambaleante. Avanzó con torpeza, mientras el padre-cosa despejaba de obstáculos el camino que le conducía a Charles. —Por aquí —gruñó—. Yo lo sujetaré. Cuando hayas comido, serás más fuerte. El replicante de Charles abrió y cerró la boca. Extendió los brazos hacia Charles. El chico se debatió, pero la inmensa mano del padre-cosa le inmovilizó. —Basta ya, jovencito —ordenó—. Te resultará mucho más fácil si… Chilló y se retorció. Soltó a Charles y retrocedió. Su cuerpo se agitó con violencia. Se golpeó contra el garaje. Todos sus miembros temblaban. Rodó y sufrió convulsiones durante un rato, presa del dolor. Lloriqueó, gimió, intentó alejarse. Poco a poco, sus movimientos se aplacaron, hasta convertirse en un bulto silencioso. Quedó tendido entre los bambúes y los restos podridos, el cuerpo fláccido, la cara desprovista de la menor expresión. Por fin, el padre-cosa cesó de moverse. Sólo se oía el leve susurro de las cañas, mecidas por el viento. Charles se puso en pie con movimientos torpes. Salió al camino particular. Peretti y Daniels se acercaron con cautela, los ojos abiertos como platos. —No te acerques —ordenó Daniels—. Aún no está muerto. Tardan un poco. —¿Cómo lo hiciste? —murmuró Charles. Daniels depositó el bidón de queroseno en el suelo con un gruñido de alivio. —Lo encontré en el garaje. En Virginia, los Daniels siempre utilizábamos queroseno para matar los mosquitos. —Daniels vertió queroseno en el túnel del bicho —explicó Peretti todavía aturdido—. Fue idea suya. Daniels propinó una patada al cuerpo retorcido del padre-cosa. —Ya ha muerto. Murió al mismo tiempo que el bicho. —Imagino que los demás también morirán —dijo Peretti. Apartó las cañas para examinar las larvas que crecían entre los desperdicios. Cuando Peretti hundió el extremo de un palo en el pecho del replicante de Charles, éste no se movió. —Está muerto. —Será mejor que nos aseguremos —dijo Daniels, ceñudo. Tomó el pesado bidón de queroseno y lo arrastró hacia el borde del cañaveral. —Dejó caer unas cerillas en el camino particular. Ve a recogerlas, Peretti. Intercambiaron una mirada. —Claro —dijo Peretti en voz baja. —Sugiero que cerremos la tapa para evitar que se derrame —dijo Charles. —Démonos prisa —replicó Peretti, impaciente. Se puso a andar sin esperarles. Charles le siguió a toda prisa y empezó a buscar las cerillas bajo la luz de la luna. FIN Autor: Philip K. Dick Título: El padre-cosa Título Original: The Father-Thing Publicado en: The Magazine of Fantasy and Science Fiction, diciembre de 1954 Traducción: Eduardo García Murillo

  • "VS79-9257", cuento de Gabriel Alfonso Rodríguez Páez

    VS79-9257 Gabriel Alfonso Rodriguez Páez “No encendéis una pira, encendéis un laberinto de fuego. Si aquí se hicieran todas las hogueras que he sido, no cabrían en la tierra y quedarían ciegos los ángeles. Esto lo dije ya muchas veces” Jorge Luis Borges La importancia que tenía ese premio literario no estaba en el monto pecuniario que se ofrecía al ganador ni en el reconocimiento que ante los medios y la opinión pública se pudiera lograr: se debía a la consagración obtenida al ser considerado el estandarte del momento cultural actual. La gloria temprana para cualquier artista que quisiera perdurar, esa que no la compra ni el dinero ni los aplausos. El certamen se celebraba cada cinco años por una escuela de carácter pseudosecreto fundada por un literato consagrado en el pasado y continuada por sus discípulos. Gracias a la autoridad adquirida por años y éxitos rotundos de ventas controlaba como marionetas escritores emergentes de los países que estaban bajo su tutelar custodia al imponer la vertiente artística que debía estar en boga. En literatura, eran olímpicos. Fue así como el cuento logró conmover sus bases fundacionales y preocuparlos. En uno de sus habituales concursos, al revisar los textos calcados y sin carácter que recibían, se toparon con uno que no se acomodaba a los rígidos patrones de sus estatutos. A su parecer la estructura era inverosímil, el argumento rayaba en lo absurdo y los personajes no eran otra cosa que ecos falseados de una voz que se esconde en distintos nombres. Al ser una selección programada y predecible, lo desecharon sin prestarle mayor atención y premiaron al que debía ganar por razones comerciales. El suceso les pareció trivial, algo bochornoso: se consolaron con pensar que acaso un escrito de semejante corte pudo haber sido producto de un azar quimérico enviado por alguien sin instrucción en las letras o poco informado sobre las tendencias modernas. Sin embargo, las alarmas volvieron a prenderse en cinco años: se presentó otro texto con trazos similares. El hecho, como era de esperarse, no pasó inadvertido. Algunos se indignaron; otros decidieron no condenarlo y estudiarlo para conocer la razón de su singularidad. Se necesitaba un detective literario para la engorrosa tarea, un gusto sibarita alejado de la moda que pudiera llegar al fondo del asunto sin sentir el vértigo del asombro. Lo tenían, claro está, prisionero en los vetustos muros de la academia: el fundador de la Escuela. Un anciano de actitud talmúdica aceptó la tarea. Aplazaron la premiación, le fijaron un plazo prudencial y le remitieron el escrito. Así como una obra requiere para su composición del talento y la templanza que permita a los sentidos ir tras lo movedizo para capturar su esencia y moldear esa sustancia en letras, frases y oraciones; así también él, para analizar esa obra, necesitaba concentrarse para sintonizarse con el escribiente en una comunión espiritual. Así fue como se encerró en el salón amplio de la biblioteca. Gustaba fumar tabaco porque, según creía, su vaho toma formas extrañas que remiten a un intelecto despierto las figuras y las palabras que los demiurgos desean en una obra maestra. No siempre acertó en su superstición, pero en sus años de gloria lo alentó. Recluso de la biblioteca, se enfrentaba al escrito. Como perito en Letras, sabía que una lectura espontánea y libre le daría los elementos de juicio sobre el cual recayera su veredicto. Concordaba con Cortázar en que un cuento debe ganar la pelea en el primer asalto, porque lo pierde en los siguientes. Deseaba darle esa oportunidad (ante él, que empleó toda su vida peregrinando libro a libro la literatura universal; que había formado escritores con la tenacidad suficiente para continuar con su legado, que lo había presenciado todo y ya nada podría sorprenderlo) y dejarse impresionar. Dejó su tabaco en el cenicero y se dedicó a leer desprevenido. Lo terminó pronto, pero la sensación de no haber leído nada o de no haberlo entendido, lo indignó profundamente. El papel que tenía enfrente desafiaba. Reanudó la lectura sin tantas componendas generosas, pero el resultado fue el mismo. Rechupó el tabaco con ligereza y notó que su pulso no era el mismo: los nervios comenzaban a fastidiarlo. Un escrito sin importancia de un autor desconocido con facilidad lo había vencido, segundos antes del primer asalto, lo cual le pareció inadmisible. Se obligó a tomarlo en serio. Se apartó por completo de la Escuela, postergó las necesidades básicas del alimento y para contender con el escrito se enterró en su augusta soledad. Por primera vez, en años de estancamiento intelectual, algo lo inquietaba. ¿Cuántas veces lo había leído sin lograr apoderarse del secreto que entrañaba? La lectura lo atrapaba, lo envolvía; su trama lo rozaba y sin lograr aprehenderla huía de él. No supo qué día se apartó ni cuántas noches pasaron antes de lograr el éxito de su objetivo: sólo notó que ya cansado y desbaratados sus paradigmas artísticos, en una lectura inocente lo logró. Y así se liberó. Las gruesas veladoras de sacristía, ubicadas a lo largo de la mesa de lectura sobre candelabros de cobre sin pulir, alumbraban débilmente la biblioteca apestando el aire a parafina. El encargo de ese cuento resultó ser un hallazgo tan valioso como un sarcófago faraónico o la piedra Rosetta. El contraste entre dos mundos —el suyo, el de la Escuela, el que urdió con manos desnudas desde sus cimientos, y el propuesto por el escrito, ignoto y nebuloso— le brindó valiosas comparaciones. En primer lugar, valoró la narrativa: mientras los escritos habituales que concursaban se mantenían en las plantillas tradicionales, ese escrito intentaba una exploración audaz al hacer una apuesta por lo inusual. Se arriesgaba en la espontaneidad, en los retruécanos astutos de los juegos de palabras y la lírica sutil de lo imprevisto. “Estos niños —susurró para sí mientras caminaba de un extremo a otro— no saben que la literatura no acepta más improvisaciones”. Le llamó la atención su gramática: su Escuela declaraba que un texto debía acercarse a la usual conversación con el propósito pedagógico de acercar los menos ilustrados a las grandes historias; por tanto, el escritor se aferraba a la consabida estructura de inicio, nudo y desenlace. Ese escrito, por el contrario, estaba atravesado por una trama dramática capaz de generar la tensión que ofrecen los textos que no se pueden dejar sino hasta el punto final, desligándose del tránsito suave y seguro del camino convencional. Comenzaba en el nudo, saltaba hacia atrás y hablaba en pasado. Y luego evocaba el futuro como reminiscencia del porvenir. Con las hojas en una mano y el tabaco en la otra, disertaba para sí lo que creía y lo que encontraba: en las lecturas creadas en su Escuela, la lírica descriptiva y las reflexiones estaban presentes en todo momento del relato. Analizó el tema: había estatuido en el manifiesto riguroso de su Escuela que el amor debía ser el protagonista, siempre luchado por dos amantes a los cuales se les pone varios obstáculos para lograr estar juntos; en el escrito que lo interesaba, era indeterminado: el lector se renunciaba a seguir la historia y sólo al final advertía que los protagonistas eran tan despreciables como mezquinos. Como lo comprobó en noches indecisas, todo pudo haber sucedido y el final no lo determinó ni la virtud ni el heroísmo. Al recorrer los tomos de la biblioteca, comprendió a regañadientes que los herrajes que sujetaban la estructura estaban engarzados de tal manera que, si acaso se les cambiara, el final sería otro y éste, a su vez, sería legitimado por el texto mismo. “El postulado es—pensó con exasperación— para usar un eufemismo, absurdo”. Esa fue la razón que tantas veces lo extravió en ese laberinto de palabras. Por último, examinó el género. Ese cuento no podía fijarse, como el entomólogo con una mariposa, a una especie específica. Había drama y humor, heroísmo tejido con todos los defectos de un personaje que duda de sí mismo y logra expiarse por el ridículo. Todo lo que contravenía su canon más alto: el arquetipo inmaculado del héroe que triunfa por el bien. Les recalcaba a sus discípulos con ahínco que los géneros son categorías estrictas sin otra función más que indicar lo que se desea producir en el lector. Una promesa de venta, finalmente. O se ríe o se llora, o se entusiasma o se conmueve. Pero no hay vacilaciones y mucho menos puntos suspensivos. El tabaco aún humeaba. Lo chupó con placer, a la vez que descubría por qué el escrito no fue aceptado: lo que sus discípulos vieron como insensateces, no eran más que elaboradas premisas para inteligencias preclaras, como los jeroglíficos de las pirámides. Un día de muchos, salió. Caminaba abismado en sus reflexiones amargas, mientras que la gente a su paso lo evitaba con pudor. Su misión fue instruir a las nuevas generaciones en el temor reverente de la creación: para ello, recurrió a la Escuela. Ese fue su logro más grande. Se detuvo frente a la vitrina de una librería y leyó los títulos de las obras más vendidas. Fue allí donde comprendió que el homenaje que le debían las generaciones posteriores no estaría en el mudo mármol de un busto ni en el bautizo de mil bibliotecas estatales con su nombre; estaba, por el contrario, tras ese vidrio empañado en filas de libros que profesaran las doctrinas artísticas inspiradas por su genio inquisitorial. Y era su deber preservar a cualquier costo ese legado. Su deuda no era con la sociedad, sino con la humanidad entera. Una brisa ligera lo refrescó al tanto que anunciaba la noche. Sintió que tenía una última tarea antes de volver a la academia, donde sus discípulos lo encarcelarían de nuevo para deshojar libros y escribir densos tratados de literatura: tranquilizar al comité evaluador y descalificar con argumentos contundentes el cuento estudiado. Las calles se le hicieron extrañas, desconocidas. Se dedicó a vagar mientras las reconocía y hallaba el camino de vuelta. Llegó a una calle sin salida donde una tienda ofrecía cachivaches, telas descoloridas y baratijas de muchos años. Esa calle alimentaba su tranquilidad perturbada: le decía que él también era una antigüedad olvidada. Distraído, se topó con una carreta llena de libros. La atendía un hombre aindiado de ojos oscuros, cabello mugriento y labios gruesos, quien leía un periódico ajeno a la brisa que mojaba sus hojas. Revisó autómata los tomos en oferta. Ajados, con tapas dañadas y hojas manchadas por el moho, le parecieron piezas más dignas de la basura que para la lectura. Sin embargo, en medio de esa podredumbre impresa, había uno que se encontraba en buen estado. Lo tomó con curiosidad necia, notó que su título, grabado en caracteres negros de letra medieval, delataba una antigüedad mayor a todo lo que había visto hasta ahora. — “ Literatura críptica: aproximaciones ” leyó trémulo. La frialdad de su portada roja le caló hasta los tuétanos, le hizo doler los huesos de sus dedos atacados por una artritis temprana. La sensación lo atravesó de pies a cabeza llevándolo a esclarecer su genio confuso. Tras una negociación simple, donde el librero mostró un desprecio especial por el ejemplar que nunca pudo vender y todos se negaban a llevar, el anciano se dirigió a su casa trastornado por el frío incomprensible que gobernaba sus vísceras. Sentía el ejemplar pesado como un lingote de plomo, pero palpitante y vivo. Temió perderlo y pensó con terror en la posibilidad de un atraco callejero. Sus pasos enredados le hacían parecer ebrio, lo que aumentó la desconfianza de la gente que lo veía y pasaba a la otra acera para evitarlo. Al llegar a su mausoleo de libros trancó la puerta y en un hondo suspiro descargó su alma desgraciada por un cuento y un libro. Se dirigió a la sala iluminada todavía por las gruesas velas que apestaban a parafina y duró largo rato contemplando el libro. Mientras conquistaba de nuevo su paz, imaginó qué clase de gracia traerían sus hojas o que designio misterioso las habían inspirado. Quiso intuirlo, entenderlo sin abordar las primeras líneas, criticar y desbaratar sus teorías y justificar las de su Escuela… en ese delirio personal su juicio litigaba y el libro de lomo acre permanecía indiferente a sus reclamaciones, majestuoso a sus pretensiones. Luego de secar el sudor de su rostro, fue a la primera hoja: el nombre del libro con la misma curiosa letra medieval y una mancha de tinta que deliberadamente tachaba el nombre del autor. No figuraba un índice, así que se dirigió a las páginas siguientes resuelto a contender. Un título: “ Del autor y su obra ” y el texto: Es inútil la división que los académicos proponen. Indicar a dos hombres, (ambos escribientes) y decir que uno es bueno y otro malo, es una sofisticación poco importante para los juicios empobrecidos que se alzan como jueces. En realidad, no hay ni buenos ni malos escritores: uno que sea malo no es escritor. La inspiración es indiferente al calificativo. Entonces, ¿dónde tiene lugar el juicio? En el hecho de algunos mercenarios con habilidad en las palabras que se prestan para escribir a jornal al escasear los escritores. En todos los tiempos el escritor mediocre es un fenómeno normal: a nadie debe sorprender. Lo lamentable es cuando constituyen Legión y en manada se atreven a invertir los términos: los escribidores llaman malos a los escritores y la gente les cree. Es como lo llamó José Ingenieros: El clima de la mediocridad. Ante esa situación —donde los verdaderos talentos se ven perseguidos por la caterva de escribientes que en muchedumbre detentan el poder— es necesario preservar la oriflama del arte y esperar tiempos mejores. Se opta, en consecuencia, por la literatura subterránea. Escritura subterránea. La historia le presentó algunos ejemplos: en los albores del pueblo elegido se levantaron escuelas hermenéuticas que enseñaban a sus alumnos el arte de copiar textos sagrados para la divulgación de la masora en tiempos de persecución. Su oficio divino no admitía errores: si se equivocaban en la transcripción, tomaban el texto íntegro y lo entregaban a la purificación por las llamas. Algunos heresiarcas de los primeros siglos adulteraron rollos enteros para fundar sectas divergentes de la ortodoxia, lo que provocó un baño de sangre en nombre de Dios. Incluso el cristianismo tuvo interpretaciones opuestas y contradictorias sobre la figura de Cristo. Al no dejar escritos, los padres de la iglesia agruparon los dogmas que mejor lo explicaban para preservar la fe. Y fue una secta —los prolijos de Esmirna— quienes confesaron que la escritura del mesías en la arena, en el pasaje donde salvó a la mujer de la lapidación, consignaba todos los evangelios y los dogmas que los hombres deben observar para ser salvos y, para conocerlos, se debía acudir al misticismo y la ascesis. De esta manera todo les sería revelado, sin la intervención eclesial. Un suspiro abisal lo sacó de sus disquisiciones teóricas. No hay literatura buena ni mala: hay literatura y papeles agrafados con la anuencia de una pervertida masa que se llama a sí misma “clase lectora” ¿Cuál es la diferencia entre un escribidor y un escritor en términos de existencia? Su obra. Antes de continuar la lectura, a su mucama le pidió café. Pasó mucho tiempo sin recibir respuesta: entonces concluyó que estaba solo. Recordaba que los llamados a la cena, un día no se escucharon más. Temió que sus obstinadas vigilias, empeñado en el estudio del cuento y ahora en la lectura minuciosa del libro, lo hubieran apartado de las regiones de los vivos. Fue a la cocina y supervisó con escrúpulo la preparación del café. Un muerto —pensó— no puede saborear los manjares del reino de los vivientes. El aroma hilarante de su infusión confirmó su vitalidad. Retomó: El buen gusto lo confirma: en el primero la obra es despersonalizada: el autor acaso la reconocería si lo pusieran a buscarla entre otras semejantes. Su estructura interna se refiere a un universo contrahecho que cobra importancia al entrar en conflicto con el protagonista. Así, el autor se sirve de su obra. En consecuencia, es común encontrar argumentos amañados y volubles sujetos a leyes de oferta-demanda, digeribles en la pantalla y que no ofrecen ninguna construcción de personaje. Un ejemplo son las telenovelas, donde se agregan personajes o se suprimen según la audiencia que se agregue o se retire. Sin que hasta ese momento pudiera explicárselo, por años su carrera como escritor se estancó. Muerto el Ideal, no hay más remedio que velar en su tumba y llorar la añoranza. Había perdido el motivo de su inspiración tras discusiones tétricas de eruditos. No hay nada tan nocivo para las artes que las escuelas de arte. Más que presidir una, la había fundado. Ese hombre cenizo, entrado en años y recuerdos, fue el escritor más venerado por los lectores, aclamado por la crítica y celebrado por las editoriales que enriqueció. Sus escritos llevaron a las lágrimas a una generación durmiente que se interesó por las letras en un avivamiento literario sin precedentes hasta ese momento. Y al querer aleccionarlos, vino la Escuela y, con ella, su ocaso. Las lágrimas de un pasado colmado de gloria asomaron a sus ojos fatigados y sintió por última vez el desconcierto del paraíso perdido. A la tenue luz de las velas continuó: Por el contrario, la obra de un escritor es un espejo oscuro por medio del cual el autor nos deja entrever su interior, inexorable y extraño, del cual lo externo se origina. El autor es su obra, en el sentido pleno de ese verbo; es una extensión de su ser individual, un legado, un registro vital de su tránsito por la existencia, cuanto menos un drama donde los personajes son diversas facetas de su personalidad, un hombre múltiple donde escenifica en otras voces sus conflictos vitales. El autor es testamentario de su obra. Por esta razón las piezas literarias son escasas y en su elaboración el tiempo no es importante. Puede tomar días, meses, años o toda una vida. Se trata, primero, de la exploración sin brújula en un universo individuado y, después, de su elucidación por medio de palabras y frases familiares a la estructura mítica del humano colectivo. Y esa elaboración es dispendiosa. Los escribidores trabajan, lo hacen si quieren; el escritor oficia, lo hace si debe. Prueba de tal contraste son las librerías abarrotadas de ejemplares de poco o nulo interés y cuyo tratado bien se puede exponer en contados renglones. Su vuelo angélico por los recuerdos duró poco. Pensó con desconcierto en el advenimiento de una revolución literaria. El mundo —discutía consigo mismo mientras terminaba la taza de café— está cansado de las revoluciones y sus utopías. Él mismo fue artífice de la última, y hasta esa noche advirtió cuánto le abochornaba sus consecuencias. Concluyó con agria nostalgia que era viejo, que el tiempo de las cruzadas había pasado hace mucho y, a las puertas del sepulcro, lo único que le restaba por hacer sería custodiar su Ideal logrado con celosía para salvaguardar una cultura desarrollada por él hasta que la muerte se apiadara de su alma y le librara de su genio. Saltó las hojas para terminar de un soplo el tratado. Llegó al final y las palabras le indignaron: Toda revolución literaria es baladí. En ella se derrochan energías y voluntades que, a la postre, no saben qué hacer. Es inútil ser el faro de su tiempo si se lideran borregos que se aferran a una causa cuyo fin quizá sea ilusorio y el resultado determinado en gran parte por el azar y una circunstancia feliz. De igual manera, es arriesgado predecir si será nuestra la ocasión o si la fortuna nos será propicia. En literatura, la pretensión apenas hace sonreír: basta con una obra aparecida de la nada, de cuyo autor poco o nada se sepa y acaso cause curiosidad para que su genialidad conmueva los fundamentos y origine el caos irreparable en la Escuela. Al ser prisionero el arte, se sirve de tales tretas para escapar de la lámpara maravillosa. Oí decir alguna vez a Darien Leblanc que las artes —y entre ellas la literatura— se desarrollan en los límites de los centros de atención, alejadas de las conversaciones pedestres y de los convencionalismos académicos. Y vos, que me sigues, ¿qué harás? En las desdichas de mi relato, el inquisidor gramatical echó al fuego cuento y libro porque adivinó que ambas piezas eran de un mismo autor y su destino consistía en justificarlo, claro está, por el fuego. Se decidió a buscar al sujeto. Su perspicacia de detective le indicó que el título del cuento tenía alguna pista: “VS79-9257”. Desechó las consonantes por considerarlas distractores y se centró en los números. Indagó en los archivos de la biblioteca sin encontrar nada. Deambuló en centros de registro, en oficinas de patentes, pero fue inútil. Al agotar las probabilidades, entendió que la cifra correspondía a un número de identificación, y fue a las notarías. En cierta forma —pensó con malicia— el autor desea ser encontrado. No tardó en juntar semejanzas. Sus pesquisas lo condujeron a un suburbio olvidado del sur. Llegó a una casa maltrecha y encontró, para su sorpresa, la puerta abierta. Debía bajar por una escalera que terminaba en un foso oscuro. Se aventuró ciego al descenso, pero con la valentía propia del que no tiene nada que perder. Llegó al final del socavón, donde todavía tuvo que caminar por una especie de caverna primitiva. El techo era de piedra sin pulimento, el piso de tierra polvorienta, pero las paredes estaban forradas por un anaquel de madera que contenía una infinidad de carpetas legajadas. En el fondo, iluminado por una lámpara de aceite, un hombre hincado sobre una mesa parecía escribir incesante. Miró la vasta biblioteca de carpetas legajadas. Pensó con pavor que tal vez cuento y libro no eran más que un ínfimo sustrato de un conglomerado de escritos que esperaban el momento de hacer su aparición en el medio literario y destruir la Escuela. Entendió que acaso no fuera sólo un autor, sino una orden oculta la que se preparaba a salir de aquellas cavernas, dispersas por el orbe, y renovar las doctrinas literarias que tantos años y esfuerzos le habían costado. — ¿Eres Darien Leblanc? El hombrecillo, vestido con una túnica con capucha que no le dejaba el rostro, le respondía mientras se levantaba. — Aún no. Piensa que soy un amanuense de su arte. Y los que guardamos su nombre somos Legión. El énfasis de ultratumba que imprimió a las palabras finales crispó los ánimos del anciano, pero estaba lejos de acobardarse con la aparición. — Ahora escribo estas líneas —señaló la mesa con un dedo huesudo— y tú esperas el verso que desencadenará tu ira apocalíptica; el mismo que inició todo y lo sigue iniciando en un ciclo interminable: En la noche creo dragonesEn el día hago mamuts Sin mayores dilaciones el anciano tomó los papeles de la mesa y los rasgó ante la presencia arcánica del escritor de sombras. Airado en su soberbia feudal, tomó la lámpara de aceite y la estrelló contra la biblioteca de carpetas que tapizaba los muros. En su delirio, recordó el desastre de Alejandría y una sonrisa agria le marchitó el rostro. No habrá una revolución literaria —le declaró impasible a la sombra, que pese al desastre continuaba inmóvil— estoy cansado de las revoluciones. Estamos cansados y abrumados de las revoluciones. La conflagración se extendió por el lugar y las últimas palabras que el anciano escuchó en su huida, las había leído de una pieza de Borges sobre laberintos de fuego. La Escuela de Artes del porvenir deliberó por semanas para emitir el fallo. Como se esperaba, el título lo mereció un escritor reconocido que tenía, por casualidad, un jugoso contrato editorial que sólo esperaba el fallo para iniciar la publicación. La lectura del acta debía hacerla el fundador, para acreditar dicho fallo. La defensa que presentó de la decisión y la elegante exposición, argumentada y contundente, que hizo acerca del escrito, convenció a la opinión pública que la clase lectora estaba a salvo de mercachifles escriturales. Oficialmente se anunció su retiro de la academia, pero las habladurías por mucho tiempo incomodaron la labor de la Escuela. De él poco se sabe y mucho se especula: algunos dicen que se encerró en su biblioteca reconstruyendo las cenizas de un papel que se chamuscó entre sus dedos; otros afirman haberlo visto en las librerías y calles del orbe por los bazares buscando algún libro de portada roja con letras negras medievales; otros —los más prudentes en sus versiones— aseguran que lo han escuchado en sus noches plutónicas alegando en sueños sobre dragones y mamuts y que su alma no tiene sosiego al pronunciar un nombre oculto. FIN Autor: Gabriel Alfonso Rodríguez Páez Título: VS79 – 9257 Publicado en: Que te hizo apagar la luz y quedarte adentro y otros cuentos (2022)

  • "Los chicos del maíz", cuento de Stephen King

    Los chicos del maíz Stephen King Burt elevó demasiado el volumen de la radio y no volvió a bajarlo porque estaban al borde de otra discusión y no quería que eso ocurriera. Se resistía desesperadamente a que ocurriera. Vicky dijo algo. —¿Cómo? —grito él. —¡Baja el volumen! ¿Quieres romperme los tímpanos? Mordió con fuerza lo que podría haber brotado de sus labios y bajó el volumen. Vicky se abanicaba con el pañuelo de cabeza a pesar de que el «Thunderbird» tenía aire acondicionado. —¿Dónde estamos, al fin y al cabo? —En Nebraska. Ella le clavó una mirada fría y neutral. —Sí. Burt. Sé que estamos en Nebraska, Burt. ¿Pero dónde demonios  estamos ? —Tú tienes el mapa de carreteras. Míralo. ¿O acaso no sabes leer? —Muy ingenioso. Para esto abandonamos la autopista. Para poder contemplar quinientos kilómetros de plantaciones de maíz. Y para poder disfrutar de la chispa y la sabiduría de Burt Robeson. Él apretaba el volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. Resolvió que lo apretaba así porque si aflojaba la presión, caray, era posible que una de esas manos saliera disparada y se estrellara contra los morros de la ex Reina de la Promoción. «Estamos salvando nuestro matrimonio —pensó—. Sí. Empleamos el mismo método que nuestros soldados utilizaban para salvar aldeas durante la guerra». —Vicky —dijo cautelosamente—. Desde que salimos de Boston he conducido más de dos mil kilómetros por autopistas. Durante todo ese trayecto tú te has negado a conducir. Después… —¡Yo no me he negado! —exclamó Vicky vehementemente—. Sólo ocurre que me atacan las jaquecas cuando conduzco durante demasiado tiempo… —Entonces, cuando te pedí que me orientaras por algunas de las carreteras comarcales tú dijiste claro que sí, Burt. Ésas fueron textualmente tus palabras. Claro que sí, Burt. Entonces… —A veces me pregunto cómo llegué a casarme contigo. —Lo que hiciste fue pronunciar dos palabritas. Ella lo miró un momento, con los labios exangües, y después cogió el mapa de carreteras y pasó las páginas con gesto iracundo. «Había sido  un error  dejar la autopista», pensó Burt morosamente. Y además era una lástima, porque hasta entonces se habían entendido bastante bien, y se habían tratado el uno al otro casi como seres humanos. A veces había tenido la impresión de que ese viaje a la costa, emprendido con el pretexto de visitar al hermano y el cuñado de Vicky, pero que en verdad era una tentativa desesperada de salvar su propio matrimonio, iba a culminar con éxito. Pero desde el momento en que abandonaron la autopista todo había vuelto a empeorar. ¿Hasta qué punto? Bien, en verdad, hasta un punto límite. —Dejamos la autopista en Hamburg, ¿no es cierto? —Sí. —No hay ninguna otra población hasta Gatlin —anunció ella—. Faltan treinta kilómetros. Un pueblo atravesado sobre la carretera. ¿Crees que podremos detenernos allí para comer algo? ¿O tu soberano programa estipula que hemos de seguir viajando hasta las dos, como ayer? Apartó los ojos de la carretera para mirarla. —Estoy harto, Vicky. Por lo que a mí concierne, podemos dar media vuelta aquí y volver a casa e ir a entrevistarnos con ese abogado con el que querías hablar. Porque esto ya no funciona… Ella había vuelto a mirar hacia delante, impasiblemente. De pronto apareció en su rostro una expresión de sorpresa y de miedo. — Cuidado, Burt, vas a … Él dirigió nuevamente su atención hacia la carretera justo a tiempo para ver que algo desaparecía debajo del parachoques del «Thunderbird». Un instante después, cuando sólo estaba empezando a pasar la presión del acelerador al freno, sintió que algo se aplastaba tétricamente, primero bajo las ruedas delanteras y después bajo las traseras. Fueron despedidos hacia delante cuando el automóvil frenó sobre la línea de separación central, pasando de setenta y cinco a cero kilómetros por hora a lo largo de las huellas negras de los neumáticos. —Un perro —exclamó él—. Dime que ha sido un perro. Las facciones de ella estaban pálidas, del color del requesón. —Un niño. Un crío pequeño. Salió corriendo del maizal y… te felicito, campeón. Vicky abrió dificultosamente la portezuela, se encorvó hacia fuera y vomitó. Burt estaba muy erguido detrás del volante del «T-Bird», sujetándolo sin fuerza. Durante un largo rato sólo tuvo conciencia del olor exuberante del abono. Entonces descubrió que Vicky había desaparecido y cuando miró por el espejo exterior vio que se acercaba tambaleándose torpemente hacia un bulto que parecía un montón de harapos. Por lo general, era una mujer garbosa, pero ahora su apostura se había esfumado. Es un caso de homicidio. Así es como lo llaman. Aparté los ojos de la carretera. Cortó el contacto y se apeó. El viento susurraba suavemente entre el maíz que había alcanzado la estatura de un hombre y seguía creciendo, y al susurrar producía un soplo extraño, como el de una respiración. Ahora Vicky estaba junto al bulto de harapos, y él la oyó sollozar. Se hallaba a mitad de trayecto entre el coche y el lugar donde se hallaba Vicky, cuando vislumbró algo a la izquierda, un manchón llamativo de color rojo, muy brillante, en medio del verde. Se detuvo y miró fijamente hacia el maizal. Pensó (cualquier cosa con tal de desentenderse de esos harapos que no eran harapos) que ésa debía de haber sido una excelente temporada de cultivo para el maíz. Crecía muy apretado, casi a punto de dar fruto. Si uno se internaba entre esas pulcras hileras umbrías, podría pasar todo un día buscando nuevamente la salida. Pero ahí mismo se quebraba la pulcritud. Varios tallos altos estaban rotos y ladeados. ¿Y qué era eso que se ocultaba en el fondo de las sombras? —¡Burt! —le gritó Vicky—. ¿No quieres venir a mirar? ¡Así puedes contarles a tus compañeros de póquer lo que cazaste en Nebraska! No… —Pero el resto de la frase se ahogó entre nuevos sollozos. Su sombra formaba un charco nítido alrededor de sus pies. Era casi mediodía. La sombra se cerró sobre él cuando entró en el maizal. La pintura roja para paredes de granero era sangre. Se oía un zumbido bajo, somnoliento, a medida que las moscas se posaban, saboreaban, y volvían a remontarse bordoneando…, quizá para ir a alertar a sus compañeras. Más adentro, las hojas también estaban salpicadas de sangre. Seguramente no podía haber saltado tan lejos. Y entonces vio a sus pies el objeto que había divisado desde la carretera. Lo alzó. Allí era donde se truncaba el orden de las hileras. Varios tallos se ladeaban como si estuvieran borrachos, y dos de ellos estaban netamente cercenados. La tierra había sido hendida. Había sangre. El maíz susurraba. Con un ligero estremecimiento, volvió a la carretera. Vicky era presa de un ataque de histeria y le gritaba palabras ininteligibles, llorando, riendo. ¿A quién se le habría ocurrido pensar que el final sería tan melodramático? La miró y comprendió que él no tenía una crisis de identidad ni pasaba por una etapa difícil de transición. No se trataba de ninguna de esas contingencias que estaban tan de moda. La aborrecía. Le pegó una fuerte bofetada. Ella se calló bruscamente y apoyó una mano sobre la marca cada vez más roja de sus dedos. —Irás a la cárcel, Burt —dictaminó solemnemente. —No lo creo —respondió él, y depositó a sus pies la maleta que había encontrado en el maizal. —¿Qué…? —No lo sé. Supongo que era de él. —Señaló el cuerpo despatarrado que yacía boca abajo sobre la carretera. A juzgar por su aspecto no tenía más de trece años. La maleta era vieja. El cuero marrón estaba maltratado y desgastado. Dos trozos de cuerda para tender la ropa habían sido enroscados alrededor de ella y asegurados con grandes y grotescos nudos marineros. Vicky se inclinó para desatarlos, vio la sangre apelmazada y retrocedió. Burt se arrodilló y volteó cuidadosamente el cuerpo. —No quiero mirar —dijo Vicky, mirando a su pesar con expresión impotente. Y cuando el rostro de desorbitados ojos ciegos se torció hacia ellos, Vicky volvió a chillar. La cara del chico estaba sucia, convulsionada por una mueca de terror. Lo habían degollado. Burt se levantó y rodeó a Vicky con los brazos cuando ella empezó a oscilar. —No te desmayes —murmuró quedamente—. ¿Me oyes, Vicky? No te desmayes. Lo repitió una y otra vez y por fin ella se recuperó un poco y lo abrazó con fuerza. Parecían estar bailando en la carretera bañada por el sol de mediodía, con el cadáver del niño a sus pies. —¿Vicky? —¿Qué? —Su voz estaba sofocada por la camisa de Burt. —Vuelve al coche y métete las llaves en el bolsillo. Quita la manta del asiento posterior y coge mi escopeta. Tráelas aquí. —¡La escopeta! —Alguien lo degolló. Quizá nos está vigilando. Ella alzó violentamente la cabeza y sus ojos desencajados escudriñaron el maizal. Éste se extendía hasta donde alcanzaba la vista, ondulando a lo largo de pequeñas depresiones y protuberancias del terreno. —Sospecho que se ha ido. Pero no debemos arriesgamos. Vete y haz lo que te digo. Vicky caminó en silencio hasta el coche, seguida por su sombra, una mascota oscura que no se separaba de ella a esa hora del día. Cuando Vicky se inclinó sobre el asiento posterior, Burt se acuclilló junto al cadáver. Un varón de tez blanca, sin marcas distintivas. Arrollado, sí, pero el «T-Bird» no le había cercenado el cuello. El tajo era mellado e ineficiente —ningún sargento del Ejército le había enseñado al homicida los detalles más sutiles de la lucha cuerpo a cuerpo— pero el efecto había sido letal. Había corrido o lo habían empujado a través de los diez metros del maizal, muerto o mortalmente herido. Y Burt Robeson lo había embestido. Si el muchacho estaba vivo cuando le había atropellado el coche, el accidente le había restado, a lo sumo, treinta segundos de vida. Respingó cuando Vicky le dio un golpecito en el hombro. Ella tenía doblada sobre el brazo izquierdo la manta militar marrón, y sostenía con la mano derecha la escopeta enfundada. Miraba en otra dirección. Burt cogió la manta y la desplegó sobre la carretera. Hizo rodar el cuerpo hasta depositarlo sobre el rectángulo de tela. Vicky emitió un gemido de desesperación. —¿Estás bien? —La observó—. ¿Vicky? —Estoy bien —asintió con voz estrangulada. Burt plegó los bordes de la manta sobre el cadáver y lo alzó, aborreciendo su peso muerto. El cuerpo intentó doblarse en U entre sus brazos y resbalar al suelo. Burt lo apretó con más fuerza y se encaminaron hacia el «Thunderbird». —Abre el baúl —gruñó él. El baúl estaba lleno de artículos de viaje: maletas y recuerdos. Vicky transportó casi todo al asiento posterior y Burt deslizó el cuerpo en el espacio desalojado y cerró enérgicamente. Dejó escapar un suspiro de alivio. Vicky lo esperaba junto a la portezuela del lado del conductor, sin soltar el arma enfundada. —Colócala atrás y sube. Consultó el reloj y comprobó que sólo habían transcurrido quince minutos. Hubiera dicho que habían pasado varias horas. —¿Y la maleta? —preguntó ella. Burt trotó por la carretera hasta donde la maleta descansaba sobre la línea blanca de separación de la calzada, como el punto focal de un cuadro impresionista. La levantó por el asa destartalada y se detuvo un momento. Tenía la acuciante sensación de que los estaban vigilando. Era una sensación de la que se hablaba en los libros, sobre todo en las novelas baratas, y siempre había puesto en duda su existencia. Ahora no. Era como si en el maizal hubiera gente, quizá muchas personas, que se preguntaban fríamente si la mujer podría sacar el arma de la funda y utilizarla antes de que pudieran cogerlo a él, arrastrarlo hasta las hileras sombrías, degollarlo… Corrió de vuelta, con el corazón palpitante, arrancó las llaves de la cerradura del maletero, y se montó en el coche. Vicky estaba llorando nuevamente. Burt arrancó, y antes de que hubiera pasado un minuto ya no pudo localizar en el espejo retrovisor el tramo donde había sucedido. —¿Cómo dijiste que se llamaba la próxima ciudad? —preguntó. —Oh. —Ella volvió a inclinarse sobre el mapa de carreteras—. Gatlin. Llegaremos dentro de diez minutos. —¿Parece suficientemente grande para tener un destacamento de Policía? —No. Es sólo un punto. —Quizás hay un gendarme. Viajaron un rato en silencio. Pasaron frente a un silo que se levantaba a la izquierda. Nada más que maíz. No se cruzaron con ningún vehículo que fuera en dirección contraria. Ni siquiera con el camión de una granja. —¿Nos cruzamos con algo desde que salimos de la autopista, Vicky? —preguntó él. Vicky reflexionó un momento. —Con un coche y un tractor. En la intersección. —No, digo desde que entramos en esta carretera. La carretera 17. —No, creo que no. Probablemente antes éste habría sido el prefacio de algún comentario cáustico. Ahora Vicky se limitó a mirar, por su mitad del parabrisas, la carretera que se desplegaba ante ellos y la interminable línea de separación de los dos carriles. —Vicky, ¿puedes abrir la maleta? —¿Crees que eso importa? —No lo sé. Quizá sí. Mientras ella aflojaba los nudos (con un talante especial, inexpresivo pero de labios apretados, tal como el que Burt recordaba que tenía su madre cuando vaciaba las vísceras del pollo de los domingos), él encendió la radio. La emisora de música pop que habían estado escuchando quedó casi eclipsada por la estática y Burt hizo correr lentamente la aguja roja a lo largo de la banda. Informaciones agrícolas. Buck Owens. Tammy Wynette. Todo lejano, deformado y casi reducido a jerigonza. Hasta que, cerca del final, el altavoz rugió una sola palabra, tan potente y clara como si los labios que la habían pronunciado se hallaran directamente detrás de la radio, en el tablero de instrumentos. —¡EXPIACIÓN! —bramó la voz. Burt lanzó un gruñido de sorpresa. Vicky respingó. —¡SÓLO NOS SALVARÁ LA SANGRE DEL CORDERO! —tronó la voz, y Burt bajó apresuradamente el volumen. Sin duda la emisora se hallaba cerca. Tan cerca que… sí, ahí estaba. Un trípode aracnoideo rojo, asomando del maizal en el horizonte y recortándose contra el cielo azul. La torre de la radio. —La palabra es expiación, hermanos y hermanas —proclamó la voz, con un tono más coloquial. En el fondo, fuera del alcance del micrófono, otras voces murmuraron amén—. Están aquellos que piensan que es honesto internarse en el mundo, como si pudieras trabajar en él y marchar por él sin que te contamine. ¿Pero es esto lo que nos enseña el verbo divino? Lejos del micrófono, pero siempre con fuerza. —¡No! —¡JESÚS BENDITO! —vociferó el predicador, y ahora sus palabras adquirieron una poderosa cadencia acompasada, casi tan compulsiva como la de un ritmo frenético de rock-and-roll—. ¿Cuándo aprenderán que ese camino conduce a la muerte? ¿Cuándo se convencerán de que el salario de este mundo se paga en el otro? ¿Eh? ¿Eh? El Señor ha dicho que hay muchas moradas en Su casa. Pero no hay lugar para el fornicador. No hay lugar para el codicioso. No hay lugar para el profanador del maíz. No hay lugar para el homosexual. No hay lugar… Vicky apagó la radio. —Esos desvaríos me enferman. —¿Qué dijo? —le preguntó Burt—. ¿Qué dijo del maíz? —No lo oí. —Vicky estaba tirando del nudo de la segunda cuerda para tender ropa. —Dijo algo acerca del maíz. Lo sé. —¡Ya está! —exclamó Vicky, y la maleta se abrió sobre su regazo. Pasaban frente a un cartel que decía: GATLIN 7 KM.CONDUZCA CON CUIDADOPROTEJA A NUESTROS NIÑOS El cartel había sido colocado por el Rotary. Estaba agujereado por proyectiles calibre 22. —Calcetines —dijo Vicky—. Dos pantalones… una camisa… un cinturón… una corbata con un… —se interrumpió, mostrándole el sujetador de corbata de metal descascarado—. ¿Quién es éste? Burt lo miró de reojo. —Supongo que Hopalong Cassidy. —Oh —murmuró ella. Volvió a guardar el chisme. Estaba llorando nuevamente. Al cabo de un momento, Burt dijo: —¿Hubo algo que te llamó la atención en ese sermón radiofónico? —No. Con las filípicas de esa naturaleza que escuché cuando era niña ya tengo suficiente hasta el fin de mis días. Ya te he hablado de eso. —¿No te pareció que parecía una persona muy joven? Me refiero al predicador. Vicky lanzó una risita desprovista de humor. —Quizás era un adolescente. ¿Y qué? Es lo que más me horroriza en toda esta pantomima. Les gusta pillarlos cuando todavía tienen el cerebro maleable. Saben cómo implantarles toda clase de controles emocionales. Deberías haber estado en algunas de las asambleas religiosas a las que me arrastraron mis padres…, esas mismas donde me «salvaban». Se celebraban en grandes tiendas. Deja que recuerde. Una de las estrellas era Baby Hortense, la Maravilla Cantora. Tenía ocho años. Aparecía en escena y cantaba  Leaning on the Everlastíng Anns  mientras su padre pasaba el cepillo, diciéndoles a todos que fueran generosos, «para no decepcionar a esta criatura». Otra estrella era Norman Staunton. Éste prometía el fuego y el azufre del infierno vestido con su trajecito de pantalones cortos. Tenía apenas siete años. Vicky hizo un ademán de asentimiento al ver que él la miraba con expresión incrédula. —Y tampoco eran los únicos. Había muchos otros. Eran buenos  señuelos . —Pronunció esta última palabra como si la hubiera escupido—. Ruby Stampnell. Era una curadora por la fe, de diez años de edad. Las hermanas Grace. Salían a escena con unos pequeños halos de papel de aluminio sobre las cabezas y…  ¡oh! —¿Qué sucede? Él se volvió bruscamente para mirar a Vicky y lo que sostenía en la mano. Vicky contemplaba absorta el objeto. Sus manos lo habían palpado, al hurgar el fondo de la maleta, y lo habían extraído mientras hablaba. Burt detuvo el coche para inspeccionarlo mejor. Ella se lo entregó en silencio. Era un crucifijo confeccionado con vainas de maíz retorcidas, en otra época verdes y ahora secas. Una mazorca de maíz enano estaba atada a ellas con barbas de maíz entretejidas. La mayoría de los granos habían sido cuidadosamente extirpados, probablemente de uno en uno, con un cortaplumas. Los granos restantes formaban una tosca figura cruciforme en un altorrelieve amarillento. Ojos de granos de maíz, con sendos cortes transversales que sugerían las pupilas. Brazos estirados de granos de maíz, las piernas juntas, terminando en un grosero simulacro de pies desnudos. Arriba, cuatro letras también talladas en el zuro blanco como un hueso: I. N. R. I. —Es una fantástica obra de artesanía —comentó él. —Es abominable —respondió Vicky, con voz apagada y tensa—. Tíralo. —Vicky, es posible que la Policía quiera verlo. —¿Por qué? —Bien, no sé por qué. Quizá… —Tíralo. ¿Quieres tener la gentileza de hacerme ese favor? No lo soporto en el coche. —Lo dejaré atrás. Y apenas hayamos hablado con la Policía, nos libraremos de él, de una manera u otra. Te lo prometo. ¿De acuerdo? —¡Oh, haz lo que se te antoje! —le gritó Vicky—. ¡Al fin y al cabo eso es lo que harás, de todas maneras! Ofuscado, él arrojó el crucifijo al asiento trasero, donde aterrizó sobre una pila de ropa. Los ojos de granos de maíz miraban extáticamente la luz del techo del «Thunderbird». Él volvió a arrancar, y los neumáticos despidieron una andanada de grava. —Entregaremos a la Policía el cadáver y todo lo que había en la maleta —prometió Burt—. Después nos desentenderemos de este asunto. Vicky no contestó. Se miraba las manos. Un kilómetro y medio más adelante, a los interminables maizales los sustituyeron una serie de granjas y cobertizos junto a la carretera. En un solar vieron unas gallinas sucias que picoteaban distraídamente la tierra. Sobre los techos de los graneros se veían desteñidos anuncios de gaseosas y de tabaco para mascar. Pasaron frente a un alto cartel que decía: SÓLO JESÚS SALVA. También pasaron frente a una cafetería con unos surtidores de gasolina «Conoco», pero Burt resolvió entrar en el centro de la ciudad, si la había. En caso contrario, podrían volver a la cafetería. Sólo después de dejarla atrás se le ocurrió pensar que el aparcamiento estaba vacío, exceptuando una vieja camioneta mugrienta que parecía descansar sobre dos neumáticos pinchados. De pronto Vicky se echó a reír, con una risa aguda y sofocada que a Burt le pareció peligrosamente próxima a la histeria. —¿Qué es lo que te parece tan gracioso? —Los carteles —respondió ella, resollando e hipando—. ¿No los has leído? Verdaderamente, no bromeaban cuando designaron a esta zona con el nombre de Cinturón Bíblico. Cielos, ahí hay más. —Tuvo un nuevo estallido de risa histérica, y se cubrió la boca con ambas manos. Cada cartel ostentaba una sola palabra. Descansaban sobre estacas blanqueadas que habían sido implantadas en la banquina arenosa. De eso hacía mucho tiempo, a juzgar por su aspecto. Se acercaban a trechos de veinte o treinta metros y Burt leyó: UNA… NUBE… DE… DÍA… UNA… COLUMNA… DE… FUEGO… POR… LA… NOCHE. —Sólo se olvidaron un detalle —dijo Vicky, sin poder contener su risita. —¿Cuál? —preguntó Burt, frunciendo el ceño. —La loción Burma. —Vicky apretó los nudillos contra la boca abierta para ahogar la risa, pero los sonidos semihistéricos siguieron fluyendo como burbujas de  ginger-ale  efervescente. —¿Te sientes bien, Vicky? —Se me pasará. Apenas estemos a mil quinientos kilómetros de aquí, en la soleada y pecaminosa California, separados de Nebraska por las Montañas Rocosas. Apareció otra serie de carteles y los leyeron en silencio. TOMA… ESTO… Y… CÓMELO… DICE… EL… SEÑOR. «¿Por qué he de asociar inmediatamente ese pronombre indefinido con el maíz?», pensó Burt. ¿No es lo que dicen cuando te dan la comunión? Hacía tanto tiempo que no iba a la iglesia que en verdad no lo recordaba. No le sorprendería que en ese lugar usaran pan de maíz a manera de hostias consagradas. Abrió la boca para comentarlo con Vicky, pero después lo pensó mejor. Llegaron a la cresta de una ligera pendiente y Gatlin apareció a sus pies, con sus tres manzanas de casas, semejante al decorado de una película sobre la época de la depresión. —Debe de haber un gendarme —dijo Burt, y se preguntó por qué la aparición de ese pueblo campesino que dormitaba al sol le había obturado la garganta con un mazacote de miedo. Dejaron atrás un cartel que advertía la prohibición de transitar a más de cuarenta y cinco kilómetros por hora, y otro letrero, carcomido por la herrumbre, que decía: ESTÁ ENTRANDO EN GATLINEL PUEBLO MAS BELLO DE NEBRASKA…¡Y DEL MUNDO!POBLACIÓN: 5431 HABITANTES. A ambos lados de la carretera se levantaban unos olmos polvorientos, secos en su mayor parte. Pasaron frente al aserradero Gatlin y frente a una gasolinera donde los carteles de los precios se mecían lentamente a merced de la tibia brisa del mediodía: NORMAL 35,9 SUPER 38,9 y otro que decía: GASÓLEO PARA CAMIONES AL FONDO. Cruzaron Elm Street, y después Birch Street, y divisaron la plaza del pueblo. Las casas que flanqueaban las calles eran de madera común, y tenían galenas protegidas por mamparas. Angulosas y funcionales. El césped era amarillo y apático. Delante de ellos un perro mestizo se adelantó lentamente hasta la mitad de Maple Street, los miró un momento, y después se tumbó sobre la calzada con el hocico entre las patas. —Detente —ordenó Vicky—. Detente aquí mismo. Burt aparcó obedientemente junto a la acera. —Da la vuelta. Vámonos a Grand Island. No está muy lejos, ¿verdad? Salgamos de aquí. —¿Qué sucede, Vicky? —¿Cómo me lo preguntas? —exclamó ella, elevando la voz atiplada—. Este pueblo está vacío, Burt. Aquí no hay nadie, excepto nosotros. ¿No te das cuenta? Él había intuido algo, y seguía intuyéndolo. Pero… —Eso es sólo lo que parece —respondió—. Claro que es una ciudad con una sola boca de riego. Probablemente están todos en una fiesta de beneficencia o jugando al bingo. — Aquí no hay nadie . —Repitió las palabras con un énfasis extraño, tenso—. ¿No te has fijado en la gasolinera que dejamos atrás? —Sí, junto al aserradero. Burt tenía la cabeza en otra parte, mientras escuchaba el monótono bordoneo de una cigarra que chirriaba en uno de los olmos próximos. Olía el maíz, las rosas polvorientas, y el abono…, por supuesto. Por primera vez estaban fuera de la autopista y en un pueblo. Un pueblo de un Estado que nunca había visitado (aunque lo había sobrevolado de cuando en cuando en los «747» de «United Airlines») y que le producía una sensación desagradable y cautivante a un tiempo. Más adelante encontrarían un  drugstore  con una fuente de gaseosas, un cine llamado «Bijou» y una escuela llamada John Fitzgerald Kennedy. —Burt, los carteles indicaban que la gasolina normal costaba 35,9 céntimos y la super 38,9. ¿Cuánto tiempo hace que no se pagan esos precios en este país? —Por lo menos cuatro años —confesó él—. Pero, Vicky… —¡Estamos en el centro del pueblo, Burt, y no hay ni un coche!  ¡Ni un coche! —Grand Island está a más de cien kilómetros de aquí. Llamaríamos la atención si lo lleváramos allí. —No me importa. —Escucha, iremos hasta el edificio de los tribunales. — ¡No! Eso es, maldita sea, eso es. Ahí está, bien sintetizada, la razón por la cual nuestro matrimonio se va al diablo. No quiero. No señor. Y además, si no me dejas hacer lo que se me antoja aguantaré la respiración hasta ponerme morada. —Vicky —dijo él. —Quiero irme de aquí, Burt. —Escúchame, Vicky. —Da la vuelta. Vámonos. —Vicky, ¿quieres callarte un momento? —Me callaré cuando enderecemos en la dirección contraria. Vámonos. — ¡Llevamos un muchacho muerto en el maletero del coche!  —vociferó él, y se regocijó al ver cómo respingaba, cómo sus facciones se descomponían. Continuó con voz más baja—: Lo degollaron y lo arrojaron a la carretera y yo lo arrollé. Ahora iré hasta el edificio de los tribunales o lo que tengan aquí, y comunicaré lo que ha sucedido. Si quieres empezar a caminar hacia la autopista, hazlo. Te recogeré en el trayecto. Pero no me pidas que dé la vuelta y enderece hacia Grand Island, que está a más de cien kilómetros de aquí, como si sólo transportáramos un saco de basura y no un cadáver. Ese niño tiene madre, y denunciaré lo ocurrido antes de que quien lo mató se haya ocultado en las montañas. —Hijo de puta —murmuró ella, llorando—. ¿Qué hago aquí contigo? —No lo sé —dijo él—. Ya no lo sé. Pero la situación tiene remedio, Vicky. Burt arrancó y se alejó de la acera. El perro levantó la cabeza al oír el breve chirrido de los neumáticos y después volvió a apoyarla sobre las patas. Recorrieron la manzana que los separaba de la plaza. En la esquina de Main y Pleasent, la primera se bifurcaba. Había realmente una plaza urbana, una parcela de césped con un pabellón de música en el centro. En el otro extremo, donde Main Street constituía de nuevo una sola calle, se levantaban dos edificios de aspecto oficial. Burt alcanzó a distinguir el letrero de uno de ellos: AYUNTAMIENTO DE GATLIN. —Ahí es —exclamó. Vicky no contestó. Al llegar al medio de la plaza, Burt volvió a detener el coche. Estaban frente al «Gatlin Bar and Grill». —¿A dónde vas? —le preguntó Vicky, alarmada, cuando él abrió la portezuela de su lado. —A preguntar dónde está la gente. En el escaparate hay un cartel que dice «Abierto». —No quiero quedarme sola. —Pues entonces ven conmigo. ¿Quién te lo impide? Vicky también abrió su portezuela y se apeó mientras Burt pasaba frente al coche. Él vio que estaba muy pálida y experimentó un fugaz sentimiento de compasión. De compasión, irremediable. —¿Lo oyes? —inquirió Vicky, al reunirse con él. —¿Si oigo qué? —El silencio. Ni coches, ni gente, ni tractores. Nada. Y entonces, una manzana más adelante, estallaron unas fuertes y alegres risas infantiles. —Oigo a los niños —manifestó él—. ¿Tú no? Ella lo miró, inquieta. Burt abrió la puerta del restaurante y se introdujo en un calor seco, antiséptico. El piso estaba cubierto de polvo. Las superficies cromadas estaban empañadas. Las paletas de los ventiladores del techo estaban inmóviles. Mesas vacías. Taburetes vacíos. Pero el espejo de detrás de la barra había sido trizado y había algo más… Todos los grifos de la cerveza habían sido rotos. Descansaban sobre la barra como extravagantes ornamentos. La voz de Vicky sonó burlona y próxima a quebrarse. —Claro. Pregúntaselo a cualquiera. Disculpe, señor, ¿puede decirme…? —Oh, cállate. —Pero habló en un tono opaco y débil. Estaban en medio de un rayo de sol polvoriento que entraba por el gran ventanal del restaurante y él volvió a experimentar la sensación de que los vigilaban y pensó en el chico que llevaban en el maletero y en las estridentes risas infantiles. Inexplicablemente se le ocurrió una frase, una frase de connotación legal, y empezó a repetirla místicamente para sus adentros:  Algo nunca visto. Algo nunca visto. Algo nunca visto . Sus ojos recorrieron las tarjetas clavadas con chinchetas detrás de la barra y amarilleadas por el paso del tiempo: HAMBURGUESA CON QUESO – 35 céntimos PASTEL DE FRESA Y RUIBARBO – 25 céntimos HOY ESPECIAL JAMÓN Y SALSA RED EYE CON PURÉ DE PATATAS – 80 céntimos ¿Cuánto tiempo hacía que no veía tales precios? Vicky encontró la respuesta. —Mira esto —exclamó con voz chillona. Señalaba un almanaque colgado de la pared—. Supongo que están en la fiesta de beneficencia desde hace doce años. —Lanzó una risita crepitante. Burt se acercó. La ilustración mostraba a dos niños que nadaban en un estanque mientras un simpático perrito se llevaba sus ropas. Debajo de la ilustración se leía: GENTILEZA DE CARPINTERÍA Y FERRETERÍA GATLIN. Usted lo rompe, nosotros lo reparamos. El mes a la vista era el de agosto de 1964. —No entiendo, —balbuceó Burt—, pero estoy seguro… —¡Estás seguro! —aulló Vicky histéricamente—. ¡Seguro que estás seguro! Eso forma parte de tu problema, Burt. ¡Has pasado toda tu vida estando  seguro ! Él se volvió hacia la puerta y Vicky lo siguió. —¿A dónde piensas ir? —Al Ayuntamiento. —¿Burt, por qué tienes que ser tan terco? Sabes que aquí pasa algo malo. ¿No puedes admitirlo, sencillamente? —No soy terco. Sólo quiero librarme de lo que llevo en el maletero. Pisaron la acera y Burt volvió a sentirse azotado por el silencio del pueblo y por el olor del abono. Quién sabe por qué, nunca pensabas en ese olor cuando untabas el maíz con mantequilla y le echabas sal y le hincabas el diente. Obsequio del sol, de la lluvia, de toda clase de fosfatos de factura humana y de una buena y saludable dosis de estiércol de vaca. Pero ese olor era curiosamente distinto del que él se había acostumbrado a respirar en la zona rural de Nueva York. Podías despotricar cuanto quisieras contra el abono orgánico, pero tenía una cualidad casi fragrante cuando el labriego lo esparcía por los campos. No era uno de los más deliciosos perfumes, claro que no, pero cuando la brisa primaveral de la tarde lo recogía y lo diseminaba sobre la tierra recientemente roturada, se convertía en un olor con asociaciones agradables. Significaba que el invierno había terminado de una vez por todas. Significaba que las puertas de la escuela se cerrarían al cabo de seis semanas y que los críos se zambullirían en el verano. Era un olor que estaba irrevocablemente unido en su sensibilidad a otros aromas que  sí  eran perfumados: el de la hierba forrajera, el del trébol, el del humus fresco, el de la malva, el del cornejo. «Pero allí debían de emplear otro sistema», pensó. El olor era parecido, pero no el mismo. Tenía un substrato morbosamente dulzón. Casi cadavérico. Él había sido enfermero en Vietnam y estaba muy familiarizado con ese olor. Vicky estaba callada en el coche, y miraba con una expresión fascinada, que a Burt no le gustó, el crucifijo de maíz que sostenía sobre el regazo. —Deja eso —ordenó. —No —contestó ella, sin levantar la vista—. Tú jugarás tus juegos y yo jugaré los míos. Arrancó y siguió hasta la esquina. Un semáforo apagado colgaba sobre sus cabezas, mecido por la suave brisa. A la izquierda había una pulcra iglesia blanca. El césped estaba recortado. Junto al camino de losas que conducía hasta la puerta crecían flores bien cuidadas. Burt aparcó. —¿Qué haces? —Entraré y echaré una mirada —anunció Burt—. Es el único edificio del pueblo donde no parece haberse acumulado el polvo de los últimos diez años. Y mira la vitrina de los sermones. Vicky miró. Las letras blancas, cuidadosamente insertadas debajo del cristal, anunciaban: EL PODER Y LA GRACIA DEL QUE MARCHA DETRÁS DE LAS HILERAS. La fecha era la del 24 de julio de 1976. Una semana atrás. —«El que marcha detrás de las hileras» —dijo Burt, apagando el motor—. Uno de los nueve mil nombres de Dios que sólo se emplea en Nebraska, supongo. ¿Vienes? Ella no sonrió. —No entraré contigo. —Excelente. Haz lo que quieras. —No he pisado una iglesia desde que me fui de casa y no quiero estar en  esta  iglesia y no quiero estar en  esta  ciudad, Burt. Me siento aterrorizada. ¿Es que no podemos  irnos , sencillamente? —Sólo tardaré un minuto. —Tengo mis llaves, Burt. Si no has vuelto dentro de cinco minutos, me iré y te dejaré aquí. —¡Eh, un momento! —Eso es lo que esperaré. Un momento. A menos que estés dispuesto a atacarme como un vulgar asaltante para quitarme las llaves. Supongo que podrías hacerlo. —Pero no crees que lo haga. —No. El bolso de ella descansaba sobre el asiento, entre los dos. Él lo cogió. Vicky gritó y manoteó la correa. Burt lo puso fuera de su alcance. Sin molestarse en hurgar, se limitó a dar vuelta al bolso y a volcar todo su contenido. El llavero refulgió en medio de los Kleenex, los cosméticos, las monedas y las viejas listas de compras. Vicky se arrojó sobre las llaves pero él se le adelantó nuevamente y se las metió en el bolsillo. —No debiste hacer eso —sollozó Vicky—. Devuélvemelas. —No —contestó Burt, y le sonrió cruel e inexpresivamente—. Ni en sueños. — ¡Por favor, Burt! ¡Tengo miedo!  —Ella tendió la mano, suplicante. —Esperarías dos minutos y resolverías que ya habías esperado lo suficiente. —No podría… —Y después te irías riéndote y diciendo para tus adentros: «Así Burt aprenderá a no contrariarme cuando deseo algo». ¿No ha sido ése tu lema durante nuestra vida de casados? Así Burt aprenderá a no contrariarme. Se apeó del coche. —¡Por favor, Burt! —gritó ella, deslizándose por el asiento—. Escucha… lo sé… saldremos de la ciudad y telefonearemos desde una cabina pública, ¿te parece bien? Tengo  montones de monedas. Sólo que… podemos … ¡no me dejes sola, Burt, no me dejes sola aquí! Él le cortó el grito con un portazo y se recostó un momento contra la carrocería del «T-Bird», apretándose los ojos cerrados con los pulgares. Ella apretaba la ventanilla del lado del conductor y gritaba el nombre de él. Produciría una excelente impresión cuando finalmente encontrara una autoridad para entregarle el cadáver del chico. Oh, sí. Se volvió y empezó a caminar por el camino de losas que conducía a la puerta de la iglesia. Dos o tres minutos, sólo una mirada en torno, y volvería a salir. Probablemente ni siquiera encontraría la puerta abierta. Pero cuando la empujó, cedió silenciosamente sobre los goznes bien aceitados («reverentemente aceitados», pensó, y esto le pareció gracioso sin ningún motivo concreto) y entró en un vestíbulo tan fresco que casi resultaba glacial. Sus ojos tardaron un momento en acostumbrarse a la penumbra. Lo primero que vio fue un montón de letras de madera acumuladas en el rincón más alejado, cubiertas de polvo y revueltas al azar. Se acercó a ellas, impulsado por la curiosidad. Parecían tan viejas y olvidadas como el almanaque del restaurante, a diferencia del resto del vestíbulo, que estaba barrido y ordenado. Las letras medían un poco más de medio metro de altura y obviamente formaban parte de una secuencia. Las desparramó sobre la alfombra —eran veintitrés— y las cambió de lugar como si estuviera armando un anagrama. AUTA GILES AIDE… No. TÍA RATA LESBIA… Esto tampoco tenía ningún sentido. Luego construyó rápidamente la palabra IGLESIA. Eso era absurdo. Estaba acuclillado jugando como un idiota con un montón de letras mientras Vicky enloquecía en el coche. Empezó a levantarse, y entonces lo vio claramente. Compuso la palabra BAUTISTA y alterando el orden de las letras restantes resultó DE GRACIA. IGLESIA BAUTISTA DE GRACIA. Esas letras debían de haber estado en la fachada. Las habían quitado y las habían arrojado indiferentemente en el rincón, y entretanto habían pintado la iglesia de modo que ya no se veían sus marcas. ¿Por qué? Porque ésa ya no era la Iglesia Bautista de Gracia. ¿Y entonces qué clase de iglesia era? Por algún motivo esta pregunta le produjo un cosquilleo de miedo y se levantó rápidamente, limpiándose el polvo de los dedos. ¿Qué importaba que hubieran desmontado un montón de letras? Quizás ésa se había convertido en la Iglesia Flip Wilson de lo Que Está Ocurriendo Ahora. ¿Pero qué había ocurrido antes? Apartó impacientemente la idea y atravesó las puertas interiores. Ahora estaba en el fondo de la iglesia propiamente dicha, y cuando miró hacia la nave sintió que el terror se ceñía sobre su corazón y lo estrujaba fuertemente. Aspiró profunda y ruidosamente, en medio del silencio que impregnaba el recinto. El espacio situado detrás del púlpito estaba dominado por un gigantesco retrato de Cristo, y Burt pensó: «Si el resto de la ciudad no hubiera impresionado a Vicky, esto le habría puesto sin duda los pelos de punta». Era un Cristo sonriente, vulpino. Sus ojos desorbitados, de mirada fija, le recordaron desagradablemente a los de Lon Chaney en  El fantasma de la Opera . Dentro de cada una de las grandes pupilas negras alguien (presumiblemente un pecador) se ahogaba en un lago de fuego. Pero lo más extraño era que ese Cristo tenía una cabellera verde…, que según revelaba un estudio más minucioso estaba confeccionada con una masa enroscada de maíz estival. El retrato era tosco pero impresionante. Parecía un  cómic  mural dibujado por un niño talentoso…, un Cristo del Antiguo Testamento o un Cristo pagano capaz de masacrar a sus ovejas a manera de sacrificio en lugar de guiarlas. Al pie de la hilera de bancos de la izquierda había un órgano, y al principio Burt no entendió qué era lo que hacía aparecer extraño al instrumento. Caminó por la nave de la izquierda y vio con creciente espanto que las teclas habían sido arrancadas, que los registros habían sido extirpados… Y que los tubos habían sido obturados con mazorcas de maíz. Sobre el órgano había un letrero cuidadosamente escrito que decía: NO HABRÁ MÁS MÚSICA QUE LA DE LA LENGUA HUMANA ORDENA EL SEÑOR. Vicky tenía razón. Allí pasaba algo espantoso. Contempló la posibilidad de suspender la exploración y de volver junto a Vicky, montar en el coche y abandonar la ciudad inmediatamente, sin hacer caso del Ayuntamiento. Pero la idea lo irritó. «Sé sincero —pensó—. Quieres poner a prueba su Prohibición número 5000 antes de volver y confesarle que ella estaba en lo cierto desde el principio». Se iría más o menos dentro de un minuto. Se encaminó hacia el púlpito, pensando: Constantemente debe pasar gente por Gatlin. En los pueblos vecinos debe haber personas que tienen amigos y parientes aquí. La Policía del Estado de Nebraska debe patrullar de vez en cuando. ¿Y la compañía de electricidad? El semáforo estaba apagado. Si la corriente estaba cortada desde hacía doce largos años, seguramente lo sabían. Corolario: lo que parecía haber sucedido en Gatlin era imposible. Pese a todo, sentía escalofríos. Subió los cuatro escalones alfombrados que conducían al púlpito y miró los bancos vacíos, que brillaban en la penumbra. Le pareció sentir el peso de esos ojos macabros y resueltamente paganos que le perforaban la espalda. Sobre el atril descansaba una gran Biblia, abierta en el capítulo 38 de Job. Burt bajó la vista y leyó: «“Entonces respondió el Señor a Job desde un torbellino, y dijo: ¿Quién es ese que oscurece el consejo con palabras sin sabiduría…? ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?”. El Señor. El Que Marcha Detrás De Las Hileras. Házmelo saber si tienes inteligencia. Y por favor pásame el maíz». Volvió las páginas de la Biblia y éstas produjeron un seco susurro en medio del silencio: el ruido que probablemente harían los fantasmas si existieran de verdad. Y en semejante lugar casi podías creer en ellos. Algunos fragmentos de la Biblia habían sido cercenados. Sobre todo del Nuevo Testamento. Alguien había resuelto enmendarle la plana al buen rey Jacobo con un par de tijeras. Pero el Antiguo Testamento estaba intacto. Se disponía a abandonar el púlpito cuando vio otro libro sobre un estante más bajo y lo cogió, pensando que podía ser un registro de bodas y confirmaciones y entierros. Hizo una mueca al leer palabras estampadas en la cubierta, torpemente recamadas con láminas de oro: ARRASAD A LOS INICUOS PARA QUE LA TIERRA VUELVA A SER FÉRTIL DICE EL SEÑOR DE LOS EJÉRCITOS. Allí parecía imperar una idea obsesiva, y a Burt no le gustaban mucho sus connotaciones. Abrió el libro en la primera página ancha, rayada. Enseguida se dio cuenta de que eso había sido escrito por un niño. En algunos lugares había usado escrupulosamente una goma de borrar, y si bien no había errores de ortografía, las letras eran grandes y habían sido trazadas por una mano infantil que las había dibujado en lugar de escribirlas. La primera columna decía: Amos Deigan (Richard), n. 4-9-1945 4-9-1964Isaac Renfrew (William), n. 19-9-1945 19-9-1964Zepeniah Kirk (George), n. 14-10-1945 14-10-1964Mary Wells (Roberta), n. 12-11-1945 12-11-1964Yemen Hollis (Edward), n. 5-1-1946 5-1-1965 Burt frunció el ceño y siguió volviendo las páginas. Cuando faltaba una cuarta parte de las hojas para completar el libro, las dobles columnas se interrumpían bruscamente: Rachel Stigman (Donna), n. 21-6-1957 / 21-6-1976Moses Richardson (Henry), n. 29-7-1957Malachi Boardman (Craig), n. 15-8-1957 El último asiento del libro correspondía a Ruth Clawson (Sandra), n. 30-4-1961. Burt inspeccionó el estante donde había encontrado ese libro y descubrió otros dos. El primero tenía la misma leyenda de ARRASAD A LOS INICUOS y continuaba la misma lista, registrando fechas de nacimiento y nombres en la única columna. A comienzos de setiembre de 1964 encontró a Job Gilman (Clayton), n. el 6 de setiembre, y el siguiente asiento correspondía a Eve Tobin, n. el 16 de junio de 1965. Sin un segundo nombre entre paréntesis. El tercer libro estaba en blanco. Detrás del púlpito, Burt reflexionó. Algo había sucedido en 1964. Algo asociado con la religión, el maíz… y los niños. Dios amado te suplicamos que bendigas el maíz. En nombre de Jesús, amén. Y el cuchillo en alto para inmolar el cordero…  ¿pero había sido un cordero?  Quizá se había apoderado de ellos una manía religiosa. Solos, aislados del mundo exterior por centenares de kilómetros cuadrados de secretos maizales susurrantes. Solos bajo treinta y cinco millones de hectáreas de cielo azul. Solos bajo el ojo vigilante de Dios, que ahora era un extraño Dios verde, un Dios de maíz, envejecido, extravagante y hambriento. El Que Marcha Detrás De Las Hileras. Burt sintió que le recorría un escalofrío. Vicky, deja que te cuente una historia. Es la historia de Amos Deigan, que nació el 4 de setiembre de 1945 y se llamaba Richard Deigan. En 1964 optó por el nombre de Amos, un bello nombre del Antiguo Testamento, Amos, uno de los profetas menores. Bien, Vicky, lo que sucedió —no te rías— es que Dick Deigan y sus amigos —Bill Renfrew, George Kirk, Roberta Wells y Eddie Hollis, entre otros— se hicieron religiosos y mataron a sus padres. A todos. ¿No te parece alucinante? Los acribillaron en la cama, los apuñalaron en la bañera, les envenenaron la comida, los ahorcaron o tal vez los destriparon. ¿Por qué? Por el maíz. Quizá se estaba secando. Quizá se les ocurrió la idea de que se secaba porque la gente pecaba demasiado. Porque no había suficientes sacrificios. Y los hubo. En el maizal, en las hileras. Y de alguna manera, de esto estoy seguro, Vicky, de alguna manera decidieron que nadie debía vivir más de diecinueve años. Richard «Amos» Deigan, el protagonista de nuestra historia, cumplió diecinueve años el 4 de setiembre de 1964…, la fecha que figura en el libro. Pienso que tal vez lo mataron. Lo sacrificaron en el maizal. ¿No te parece una historia tonta? Pero ahora veamos qué le sucedió a Rachel Stigman, que hasta 1964 se llamó Donna Stigman. Cumplió diecinueve años el 21 de junio, hace más o menos un mes. Moses Richardson nació el 29 de julio… y dentro de sólo tres días cumplirá diecinueve años. ¿Sospechas lo que le ocurrirá el 29 al viejo Mose? Yo lo imagino. Burt se humedeció los labios. Los sentía muy secos. Hay algo más, Vicky. Observa esto. Tenemos a Job Gilman (Clayton) que nació el 6 de setiembre de 1964. No hubo más nacimientos hasta el 16 de junio de 1965. Un vacío de diez meses. ¿Sabes lo que pienso? Mataron a todos los padres, incluyendo las madres embarazadas. Eso es lo que pienso. Y una de  ellas  quedó embarazada en octubre de 1964 y alumbró a Eve. Una muchacha de dieciséis o diecisiete años.  Eve. La primera mujer . Hojeó febrilmente el libro en sentido inverso y encontró el asiento de Eve Tobin. Debajo: «Adam Greenlaw, n. 11 de julio de 1965». «Ahora sólo debían tener once años», pensó, y se le empezó a poner la carne de gallina. Y quizás están ahí fuera. En alguna parte. ¿Pero cómo podían haber ocultado eso? ¿Cómo era posible que continuara? ¿Cómo, a menos que el Dios implicado lo aprobara? —Jesús —murmuró Burt en medio del silencio, y fue entonces cuando el claxon del «T-Bird» empezó a sonar en la tarde, con un largo toque continuo. Burt saltó del púlpito y corrió por la nave central. Abrió la puerta exterior del vestíbulo, dejando que el sol caluroso, cegador, entrara a raudales. Vicky estaba erguida detrás del volante, con ambas manos apoyadas sobre el aro del claxon, sacudiendo frenéticamente la cabeza. Los niños se acercaban desde todas las direcciones. Algunos reían alegremente. Blandían cuchillos, hachas, tubos de hierro, piedras, martillos. Una niña, de unos ocho años, con una larga y hermosa cabellera rubia, empuñaba una manivela. Instrumentos rurales. Ni una sola arma de fuego. Burt sintió un incontenible deseo de gritar:  ¿Cuáles de vosotros sois Adam y Eve? ¿Cuáles son las madres? ¿Cuáles las hijas? ¿Los padres? ¿Los hijos? Házmelo saber, si tienes inteligencia. Salían de las calles laterales, de los jardines del pueblo, por el portón del cerco de cadenas que rodeaba el campo de juegos de la escuela, situado una manzana más al Este. Algunos de ellos miraron con aire indiferente a Burt, que estaba petrificado en la escalera de la iglesia, y otros intercambiaron codazos y señalaron y sonrieron…, las dulces sonrisas de los niños. Las niñas usaban largos vestidos de lana marrón y cofias desteñidas. Los niños vestían trajes totalmente negros, como los párrocos cuáqueros, y sombreros de copa redonda y ala lisa. Avanzaban hacia el coche por la plaza, por los canteros, y unos pocos atravesaron el césped de lo que había sido la Iglesia Bautista de Gracia hasta 1964. Uno o dos pasaron tan cerca que podría haberlos tocado. —¡La escopeta! —vociferó Burt—. ¡Vicky, coge la escopeta! Pero desde la escalinata vio que ella estaba paralizada por el pánico. Incluso dudaba que lo oyera a través de las ventanillas cerradas. Convergieron sobre el «Thunderbird». Las hachas y hachuelas empezaron a subir y bajar rítmicamente. «¿Dios mío, es que veo realmente esto?», pensó, alelado. Una flecha de cromo se desprendió de la carrocería del coche. El ornamento del capó salió volando. Los cuchillos dibujaron espirales a través de las bandas laterales de los neumáticos y el coche se sentó sobre el pavimento. El claxon seguía sonando y sonando. El parabrisas y las ventanillas laterales quedaron hechos trizas por efecto de la embestida… y entonces el cristal de seguridad cayó pulverizado hacia dentro y pudo ver nuevamente. Vicky estaba acurrucada, con una sola mano sobre el aro del claxon, y la otra levantada para protegerse la cara. Unas ansiosas manos infantiles tantearon en el interior, buscando el dispositivo de seguridad de la portezuela. Ella las golpeó vehementemente. El toque de bocina se hizo intermitente y después enmudeció por completo. La portezuela maltratada y abollada del lado del conductor se abrió bruscamente. Intentaban sacarla a rastras pero ella estaba aferrada al volante. Entonces uno de los niños se inclinó, empuñando un cuchillo, y… Su parálisis se disipó y se precipitó escaleras abajo, a punto de caerse, y corrió hacia ellos por el camino de losas. Un muchacho de unos dieciséis años, cuyos largos cabellos rojos caían en cascada de debajo del sombrero, se volvió hacia él, casi displicentemente, y algo cruzó por el aire. El brazo izquierdo de Burt se convulsionó hacia atrás y por un momento se le ocurrió la absurda idea de que lo habían golpeado a larga distancia. Después sintió el dolor, tan agudo y súbito que el mundo se tornó gris. Examinó su brazo con un asombro estúpido. Un cortaplumas «Pensy» de un dólar y medio asomaba de él como un raro tumor. La manga de su camisa deportiva «J. C. Penney» se estaba poniendo de rojo. Miró el cortaplumas durante lo que pareció una eternidad, tratando de entender cómo podía estar allí…, ¿era posible? Cuando levantó la vista, el muchacho pelirrojo estaba casi encima de él. Tenía una expresión sonriente, confiada. —¡Cerdo! —le espetó Burt, con voz quebrada, atónita. —Encomienda tu alma a Dios, porque enseguida comparecerás ante Su trono —dijo el pelirrojo, y estiró las garras hacia los ojos de Burt. Burt retrocedió, arrancó el cortaplumas «Pensy» de su brazo, y lo clavó en el cuello del pelirrojo. La sangre saltó inmediatamente, a borbotones. Salpicó a Burt. El pelirrojo empezó a gorgotear y a caminar en círculo. Manoteó el cortaplumas, tratando de desprenderlo, pero no lo logró. Burt lo observaba, con la mandíbula desencajada. Nada de eso sucedía realmente. Era un sueño. El muchacho pelirrojo gorgoteaba y caminaba. Ahora ese ruido era el único que se oía en la tarde calurosa. Los otros lo miraban pasmados. «Esta parte no figuraba en el guión —pensó Burt, aturdido—. Vicky y yo sí figurábamos. Y el niño del maizal, que trataba de huir. Pero no uno de ellos». Los miró ferozmente, con ganas de gritar: ¿Os  gusta ? El muchacho pelirrojo lanzó un último y débil graznido y se desplomó sobre las rodillas. Miró un momento a Burt y después apartó las manos del mango del cortaplumas y se tumbó hacia delante. Los niños congregados en torno del «Thunderbird» dejaron escapar un suspiro. Miraron a Burt. Éste les devolvió la mirada, fascinado… y fue entonces cuando se dio cuenta de que Vicky había desaparecido. —¿Dónde está? —preguntó—. ¿A dónde la habéis llevado? Uno de los muchachos alzó hasta su propio cuello un cuchillo de caza salpicado de sangre e hizo un rápido movimiento transversal. Sonrió. Ésa fue la única respuesta. —A él —ordenó la voz de una chica mayor, desde atrás. Los niños empezaron a avanzar. Burt retrocedió. Ellos avanzaron más de prisa. Burt retrocedió más de prisa. La escopeta, ¡la condenada escopeta! Fuera del alcance de sus manos. El sol recortó oscuramente sus sombras sobre el césped verde de la iglesia… y entonces él bajó a la acera. Se volvió y corrió. —¡Matadlo! —rugió alguien, y emprendieron la persecución. Corrió, pero no al azar. Rodeó el Ayuntamiento —allí no encontraría ayuda, y lo acorralarían como una rata— y enderezó por Main Street, que dos manzanas más adelante se ensanchaba y se convertía nuevamente en la carretera. Si hubiera hecho caso, él y Vicky se hallarían ahora en esa carretera y lejos. Sus mocasines golpeaban rítmicamente la calzada. Delante de él vio algunos otros edificios comerciales, incluyendo la heladería «Gatlin» y, por supuesto, el «Bijou Theater». Las letras polvorientas de la marquesina anunciaban HOY STRENO OR POC S DÍAS ELI A TH TAYLOR CLEOPA RA. Después de la intersección siguiente existía una gasolinera que marcaba el límite del pueblo. Y más allá el maizal, que se cerraba a ambos lados de la carretera. Una marea verde de maíz. Burt corría. Ya le faltaba el aliento y le dolía la herida del brazo. Y dejaba su rastro de sangre. Sin dejar de correr extrajo el pañuelo del bolsillo trasero y lo metió bajo la camisa. Corría. Sus mocasines repiqueteaban sobre el cemento resquebrajado de la acera y el aliento cada vez más caliente le raspaba la garganta. El brazo empezaba a palpitarle fuertemente. Un tramo cáustico de su cerebro intentó preguntarle si pensaba que podía correr hasta la próxima ciudad, si podía resistir treinta kilómetros de carretera de dos carriles. Corría. Los oía a sus espaldas, quince años más jóvenes y más veloces que él, ganando terreno. Sus pisadas restallaban sobre el pavimento. Intercambiaban alaridos y gritos. Burt pensó amargamente que se divertían más que con una alarma general de incendio. Hablarían de eso durante años. Burt corría. Pasó frente a la gasolinera que marcaba el límite del pueblo. El aire siseaba y rugía en su pecho. La acera desapareció bajo sus pies. Y ahora sólo le quedaba un recurso, una sola alternativa para librarse de ellos y escapar con vida. Ya no había casas ni ciudad. El maíz había vuelto a cerrarse como una plácida onda verde sobre los bordes de la carretera. Las hojas verdes, afiladas, susurraban suavemente. Allí el maizal debía de ser profundo, profundo y fresco, umbrío entre las hileras de tallos altos como hombres. Pasó frente a un cartel que proclamaba: ESTÁ SALIENDO DE GATLINEL PUEBLO MÁS BELLO DE NEBRASKA…¡Y DEL MUNDO!¡VUELVA CUANDO QUIERA! «No faltaba más», pensó Burt con la mente embotada. Pasó frente al cartel como un corredor a punto de llegar a la meta, y después viró hacia la izquierda, cruzó la carretera y se desprendió de los mocasines. Enseguida estuvo entre el maíz y éste se cerró detrás y encima de él como las olas de un mar verde, absorbiéndolo. Ocultándolo. Experimentó una inesperada sensación de alivio, y al mismo tiempo recuperó el aliento. Sus pulmones, que se habían estado comprimiendo, parecieron dilatarse y aumentar su capacidad respiratoria. Puso rumbo hacia el fondo de la primera hilera por la que se había introducido, con la cabeza gacha, apartando las hojas con los hombros y haciéndolas temblar. Después de internarse veinte metros viró hacia la derecha, nuevamente en sentido paralelo a la carretera, y siguió corriendo, encorvado para que no vieran su cabellera negra asomando entre las mazorcas amarillas. Por fin se dejó caer sobre las rodillas y apoyó la frente contra el suelo. Sólo oía su propia respiración jadeante, y el pensamiento que daba vueltas y vueltas por su cabeza era siempre el mismo:  Gracias a Dios que dejé de fumar, gracias a Dios que dejé de fumar, gracias a Dios … Entonces los oyó, intercambiando gritos, tropezando a veces entre sí («¡Eh, ésta es mi hilera!»), y el ruido lo estimuló. Estaban muy lejos, a su izquierda, y parecían estar muy mal organizados. Sacó el pañuelo de debajo de la camisa, lo dobló y volvió a introducirlo en el bolsillo trasero después de examinar la herida. La hemorragia parecía haberse detenido a pesar de que él la había maltratado mucho. Descansó un poco más, y se dio cuenta de que se sentía  bien , mejor, físicamente, que en muchos años…, si se exceptuaban las palpitaciones de su brazo. Su cuerpo estaba bien ejercitado, y de pronto debía abordar un problema claro (aunque demencial) después de dos años en los que sólo había tenido que lidiar con los demonios que succionaban la savia vital de su matrimonio. «No era correcto que se sintiera así», pensó. Corría peligro de muerte y habían secuestrado a su esposa. Era posible que ella ya estuviera muerta. Trató de recordar el rostro de Vicky y de disipar así, en parte, la estrafalaria sensación de placer que lo embargaba, pero no consiguió evocar sus facciones. En cambio, acudió a su mente la imagen del muchacho pelirrojo con el cortaplumas clavado en el cuello. En ese momento tomó conciencia de la fragancia del maíz que lo rodeaba, impregnando su olfato. El viento que soplaba entre los penachos de las plantas sonaba como voces. Voces sedantes. Poco importaba lo que se hubiera hecho antes en nombre del maíz: ahora éste era su protector. Pero se acercaban. Corrió agazapado por la hilera donde se hallaba, cruzó a otra, retrocedió, y atravesó más hileras. Procuró que las voces quedaran siempre a su izquierda, pero a medida que avanzaba la tarde esto era cada vez más difícil de lograr. Las voces se habían debilitado, y a menudo el crujido de los tallos las eclipsaba por completo. Corría, escuchaba, volvía a correr. La tierra era dura, y sus pies descalzos, tan sólo cubiertos por los calcetines, dejaban pocas huellas o ninguna. Cuando se detuvo mucho más tarde el sol se cernía sobre los campos, a su derecha, rojo e inflamado, y cuando consultó el reloj vio que eran las siete y cuarto. El sol había salpicado los penachos del maíz con un dorado rojizo, pero allí las sombras eran oscuras y espesas. Inclinó la cabeza, y escuchó. Al caer el crepúsculo el viento había amainado totalmente y los tallos estaban inmóviles, exhalando el aroma de su maduración en la atmósfera cálida. Si estaban aún en el maizal se hallaban lejos o agazapados y con el oído alerta. Pero Burt no creía que una pandilla de chicos, aunque estuvieran locos como ésos, pudieran permanecer tanto tiempo callados. Sospechaba que habían optado por la conducta más infantil, sin pensar en las consecuencias que ésta podría tener para ellos: se habían dado por vencidos y habían regresado a casa. Se volvió hacia el sol poniente, que se había sumergido entre las nubes alineadas sobre el horizonte, y echó a andar. Si avanzaba en diagonal entre las hileras, cuidando que el sol poniente permaneciera siempre delante de él, llegaría tarde o temprano a la Carretera 17. El dolor de su brazo se había reducido a una palpitación sorda que era casi placentera, y aún lo acompañaba la sensación agradable. Resolvió que mientras estuviera allí podría disfrutar sin remordimientos de esa sensación agradable. Los remordimientos volverían a aflorar cuando tuviera que enfrentarse con las autoridades para comunicarles lo que había sucedido en Gatlin. Pero aún faltaba mucho para eso. Avanzaba entre el maíz, pensando que nunca se había sentido tan alerta. Quince minutos más tarde el sol fue sólo un hemisferio que asomaba sobre el horizonte, y se detuvo otra vez, con su flamante sensibilidad encuadrada en un esquema que no le gustó. Era vagamente… bien, vagamente alarmante. Inclinó la cabeza. El maíz susurraba. Hacía un rato que Burt había tomado conciencia de esto, pero había asociado el hecho con alguna otra cosa. No corría viento. ¿Cómo era posible que el maíz susurrara? Miró cautelosamente en torno, casi preparado para ver cómo los muchachos sonrientes vestidos con sus ropas de cuáqueros salían sigilosamente del maizal, empuñando cuchillos. Nada de eso. Sólo se oía el susurro. Hacia la izquierda. Empezó a caminar en esa dirección, sin tener que abrirse paso ya entre los tallos. La hilera lo llevaba hacia donde él quería ir, con la mayor naturalidad. La hilera terminaba más adelante. ¿Terminaba? No, se vaciaba en una especie de claro. El susurro provenía de allí. Se detuvo, súbitamente asustado. El aroma del maíz era tan intenso que se hacía pegajoso. Las hileras conservaban el calor del sol y Burt descubrió de pronto que estaba embadurnado de sudor y paja y barbas de maíz finas como telas de araña. Los insectos tendrían que haber pululado sobre él…, pero no había ninguno. Se quedó inmóvil, mirando hacia el lugar donde el maizal se abría en lo que parecía ser  un  vasto círculo de tierra desnuda. Allí no había jejenes ni mosquitos, ni moscardones ni niguas…, aquellos que, durante su noviazgo, él y Vicky llamaban «insectos de autocine», pensó con una súbita e inesperada nostalgia afligida. Y no había visto ni un cuervo. Qué cosa tan insólita: ¿un maizal sin cuervos? Paseó los ojos atentamente sobre la hilera de maíz de su izquierda, iluminada por los rayos postreros del sol. Y tan sólo vio tallos y hojas perfectos, lo cual era sencillamente imposible. Ni añublo amarillo. Ni hojas roídas, ni huevos de oruga, ni madrigueras, ni… Sus ojos se dilataron. — ¡Dios mío, no hay malezas! Ni un solo rastrojo. Las plantas de maíz brotaban del suelo a intervalos regulares de cuarenta y cinco centímetros. Ni una mata salvaje. Nada. Burt miró el terreno, con los ojos desencajados. La luminosidad del Oeste se disipaba. Las nubes se habían cohesionado. Debajo de ellas el resplandor dorado se había tornado en rosa y ocre. Muy pronto estaría oscuro. Era hora de adelantarse hasta el claro del maizal para investigar lo que había en él. ¿Y no sería eso lo que ellos habían planeado desde el principio? Mientras él creía avanzar hacia la carretera, ¿no lo habrían estado impulsando hacia ese lugar? Con el estómago crispado por el miedo, avanzó a lo largo de la hilera y se detuvo en el borde del claro. La escasa luz bastó para mostrarle lo que había allí. No pudo gritar. No parecía quedarle suficiente aire en los pulmones. Se tambaleó sobre unas piernas débiles como estacas de madera astillada. Sus ojos estaban desorbitados en la cara sudorosa. —Vicky —susurró—. Oh, Vicky, Dios mío… La habían colgado de una barra horizontal como si fuera un vil trofeo, sujetándole los brazos a la altura de las muñecas y las piernas de los tobillos con alambre de espino, de ese que se compra a setenta céntimos el metro en cualquier ferretería de Nebraska. Le habían arrancado los ojos, y habían llenado las cavidades con barbas de maíz. Sus maxilares estaban desencajados en un alarido silencioso y tenía la boca llena de mazorcas. A la izquierda de Vicky había un esqueleto vestido con una sobrepelliz cubierta de moho. La mandíbula desnuda sonreía. Las cuencas oculares parecían mirar jocosamente a Burt, como si el otrora pastor de la Iglesia Bautista de Gracia le estuviera diciendo:  No está tan mal, no está tan mal que unos demoníacos niños paganos te sacrifiquen en el maizal, no está tan mal que te arranquen los ojos del cráneo como lo estipulan las Leyes de Moisés … A la izquierda del esqueleto de la sobrepelliz había otro, vestido con un uniforme azul corroído por la podredumbre. Sobre su calavera descansaba una gorra que le ocultaba los ojos, en la parte superior de la gorra había una placa manchada de verde donde se leía JEFE DE POLICÍA. Fue entonces cuando Burt oyó que se acercaba. No eran los niños sino algo mucho más grande, que se desplazaba entre el maíz en dirección al claro. No, no eran los niños. Los niños no se habrían aventurado en el maizal durante la noche. Ése era el lugar sagrado, la morada de El Que Marcha Detrás De Las Hileras. Burt se volvió bruscamente para huir. La hilera por donde había entrado en el claro había desaparecido. Estaba cerrada. Todas las hileras se habían cerrado. Ahora estaba más cerca y Burt lo oía abrirse paso entre el maíz. Lo oía respirar. Un éxtasis de terror supersticioso se apoderó de él. Se acercaba. El maíz del otro extremo del calvero se había oscurecido, como si lo hubiera cubierto una sombra gigantesca. Se acercaba. El Que Marcha Detrás De Las Hileras. Empezó a entrar en el claro. Burt vio algo descomunal, que se empinaba hacia el cielo…, algo verde con espantosos ojos rojos del tamaño de balones de fútbol. Algo que olía como mazorcas de maíz secas conservadas durante años en un granero oscuro. Empezó a gritar. Pero su grito no duró mucho. Poco después, se levantó una tumefacta luna anaranjada de tiempos de cosecha. Los niños del maíz estaban congregados en el claro a mediodía, contemplando los dos esqueletos crucificados y los dos cadáveres…, los dos cadáveres que aún no eran esqueletos pero que lo serían. A su tiempo. Y allí, en el corazón de Nebraska, en el maizal, no había más que tiempo. —He aquí que un sueño se me apareció en la noche, y el Señor me enseñó todo esto. Todos, incluso Malachi, se volvieron para mirar a Isaac, sobrecogidos y maravillados. Isaac tenía sólo nueve años, pero era su vidente desde que el maíz se había llevado a David hacía un año. David tenía diecinueve años y se había internado en el maizal en el día de su cumpleaños, en el momento justo en que la penumbra caía sobre las hileras estivales. Ahora, con una expresión circunspecta en su pequeño rostro rematado por el sombrero de copa redonda, Isaac continuó: —Y en mi sueño el Señor era una sombra que marchaba detrás de las hileras, y me habló con las palabras que empleó para dirigirse a nuestros hermanos mayores hace muchos años. Está muy disgustado con este sacrificio. Todos dejaron escapar algo que era una mezcla de suspiro y sollozo, y pasearon la vista sobre la muralla verde que los circundaba. —Y el Señor dijo en verdad: ¿Acaso no os he dado pruebas de benevolencia? Pero este hombre ha incurrido en blasfemia dentro de mí, y yo mismo he completado su sacrificio. Como los del Hombre Azul y el falso pastor que huyeron hace muchos años. —El Hombre Azul… el falso pastor —susurraron todos, e intercambiaron miradas inquietas. —De modo que ahora la Edad del Favor se reduce de diecinueve siembras y cosechas a dieciocho —continuó Isaac implacablemente—. Mas en verdad os digo que fructifiquéis y os multipliquéis como se multiplica el maíz, para que mi gracia os sea concedida y se derrame sobre vosotros. Isaac calló. Los ojos se volvieron hacia Malachi y Joseph, los dos únicos miembros del grupo que tenían dieciocho años. Los otros estaban en la ciudad, y quizás eran en total veinte. Esperaban la respuesta de Malachi. Malachi, el mismo que había encabezado la cacería de Japheth, al que en el futuro conocerían por el nombre de Ahaz, el abominado de Dios. Malachi había degollado a Ahaz y había arrojado su cuerpo fuera del maizal para que sus carnes corrompidas no lo contaminaran ni lo apestaran. —Obedezco la palabra de Dios —susurró Malachi. El maizal pareció lanzar un suspiro de aprobación. En las semanas por venir las niñas confeccionarían muchos crucifijos con mazorcas para alejar todo nuevo maleficio. Y esa noche todos aquellos que ahora habían pasado la Edad del Favor se internaron silenciosamente en el maizal, para hacerse acreedores a la eterna benevolencia de El Que Marcha Detrás De Las Hileras. —Adiós, Malachi —gritó Ruth. La niña agitó la mano en un gesto de desconsuelo. Su vientre estaba dilatado por el hijo de Malachi y las lágrimas rodaban silenciosamente por sus mejillas. Malachi no se volvió. Marchaba con la espalda erguida. El maizal lo devoró. Ruth dio media vuelta, sin dejar de llorar. Dentro de ella había germinado un odio secreto contra el maíz, y a veces soñaba que caminaba por las hileras con una antorcha en cada mano, cuando empezaba la sequía de setiembre y los tallos estaban muertos y eran más combustibles. Pero también le temía al maíz. Allí en el campo, algo marchaba por la noche y veía todo…, incluso los secretos ocultos en los corazones humanos. La penumbra se espesó para transformarse en noche. El maíz crujía y susurraba furtivamente alrededor de Gatlin. Estaba muy satisfecho. Autor: Stephen King Título: Los chicos del maíz Título Original: Children of the Corn Publicado en: Penthouse, marzo de 1977 Traducción: Gregorio Vlastilica – Eduardo Goligorsky

  • "La dote", cuento de Guy de Maupassant

    La dote Guy de Maupassant A nadie sorprendió el matrimonio de Simón Lebrumet, notario, con Juanita Cordier. El señor Lebrumet estaba en tratos con el señor Papillon para que le traspasara la notaría. Claro que necesitaba dinero; y la señorita Cordier tenía una dote de trescientos mil francos, disponibles, en billetes de Banco y en títulos al portador. Lebrumet era bien parecido, agradable, gracioso; todo lo gracioso que puede ser un notario, pero gracioso a su manera, cosa extraña en Boutigny-le-Revours. La señorita Cordier tenía la frescura y el atractivo de los pocos años; frescura un poco basta, campesina, y atractivo provinciano; pero, en conjunto, era una bonita muchacha, bastante apetecible. La ceremonia del casamiento puso en conmoción a todo Boutigny. Fueron muy admirados los novios cuando al salir de la iglesia iban a ocultar su dicha bajo el techo conyugal, decididos a irse luego algunos días a París, después de saborear las dulzuras del matrimonio en el retiro de su casa. Y los primeros aleteos de su amor fueron verdaderamente seductores, porque Lebrumet supo tratar a su esposa con una delicadeza, una ternura y un acierto incomparables. Era su divisa: «Todo llega para quien sabe aguardar.» Supo, al mismo tiempo, ser prudente y decidido. Así triunfó en toda la línea, consiguiendo en menos de una semana que su esposa le adorase. Juana ya no sabía vivir sin él; no se apartaba de su lado un solo instante, agradeciéndole sus caricias. Él se la hubiera comido a besos; le sobaba las manos, la barba, la nariz… Ella, sentada sobre sus rodillas, le cogía por las orejas, diciéndole: —Abre la boca y cierra los ojos. Simón abría la boca, satisfecho, entornaba los párpados y recibía un beso dulce, sabroso, largo, que le cosquilleaba en todo el cuerpo. Les faltaban ojos, manos, boca, tiempo; les faltaba todo para realizar las múltiples caricias que imaginaban. A los pocos días, el notario dijo a su mujer: —¿Quieres que vayamos a París mañana? Como dos amantes, recorremos los teatros, los restaurantes, los cafés cantantes, los merenderos con gabinetes reservados al amor clandestino… Ella estallaba de gozo. —Sí, sí, sí; vayamos lo más pronto posible. Él prosiguió: —Como es necesario atender a todas las cosas, le dirás a tu padre que hoy mismo te haga entrega de tu dote. La llevaremos para pagarle al señor Papillon, el traspaso de la notaría. Ella, convencida, respondió: —No tengas cuidado; ahora mismo, si quieres. El beso que los unió estrechamente no acababa nunca. Y al otro día, el padre y la madre de la novia los despidieron en la estación del ferrocarril. El viejo razonaba: —Me parece una imprudencia llevar tanto dinero en el bolsillo. Se os puede perder la cartera, os pueden robar… Y el joven yerno sonreía. —Tranquilícese usted. Estoy muy acostumbrado a llevar sobre mí valores de importancia. Ya sabe que los notarios nos vemos obligados a manejar las fortunas de los clientes, y con frecuencia viajamos con un millón en los bolsillos. Vale más hacerlo así; cuesta menos tiempo, menos molestia y se ahorran los giros. Tranquilícese usted. Un mozo de la estación gritaba: —¡Señores viajeros, al tren! El matrimonio subió a un vagón en el cual había dos viejas. Simón Lebrumet murmuró al oído de Juana: —¡Qué aburrimiento! No podré fumar. Ella respondió: —Tampoco me divierte la compañía; ya comprenderás el motivo… Silbó la locomotora, y el tren se puso en marcha. El trayecto era corto, y los novios apenas hablaron, aburridos de ver a las dos viejas con los ojos muy abiertos. No podían permitirse ninguna libertad. Llegados a la estación, el notario dijo a su mujer: —Si te parece, almorzaremos ahora en el bulevar, y luego volveremos tranquilamente a recoger el equipaje para dejarlo en el hotel. A ella le pareció magnífico el proyecto. —Sí, sí; almorzaremos en un restaurante. ¿Está muy lejos? Él respondió: —Sí, está un poco lejos. Pero el ómnibus lleva descansadamente a todas partes. Juana se permitió advertirle: —¿No sería más cómodo un coche? Y él gruñía, sonriendo: —¡Un coche! ¡Lo más caro! Por cinco minutos, ¡un coche! Hay que hacer economías. —Tienes razón —contestó la mujer, un poco avergonzada. Avanzaba un ómnibus, al trote de los caballos, Lebrumet, al verlo, gritó: —¡Conductor! ¡Eh, conductor! El pesado vehículo se detuvo, y el joven notario, empujando a su mujer, le dijo rápidamente: —Anda, entra en el interior; yo iré arriba para fumar siquiera un cigarrillo antes que almorcemos. Juana hubiera querido responderle pero no pudo; el conductor, cogiéndola de un brazo, la embutió en el coche, y ella se vio de pronto sentada, mirando con asombro, por la ventanilla de atrás, los pies de su marido que se encaramaba en la imperial. Quedose inmóvil, sobrecogida, entre un señor gordo que olía desagradablemente a pipa sucia y una vieja que apestaba también. Los demás viajeros, alineados y silenciosos, eran: un dependiente de ultramarinos, un sargento de Infantería, un caballero con lentes de oro y sombrero de alas enormes abarquilladas como canales, dos señoras cuya expresión altanera y arisca parecía decir: «Estamos aquí, pero valemos infinitamente más que ustedes»; tres hermanas de la Caridad, una mocita y un enterrador; todos parecían caricaturas de un museo grotesco, de una serie de reproducciones irónicas del rostro humano, semejantes a las filas de muñecos en los «pim-pam-pum» de las ferias. La trepidación del coche sacudía sus cabezas haciendo retemblar sus lacias mejillas, y el ruido de las ruedas, aturdiéndolos, hacíalos parecer idiotizados o adormecidos. Juana, inmóvil, decía para sí: «¿Por qué no ha entrado conmigo? ¿Tanto le apremiaba el deseo de fumar?» Y una tristeza vaga la invadía. Las hermanas de la Caridad hicieron al conductor una seña para que mandase parar el ómnibus. «Es más lejos de lo que yo supuse», pensaba la señora Lebrumet. Bajó el enterrador y ocupó su asiento un mozo de cuadra, que olía —y no a rosas—. Al irse la mozuela, entró un mozo de cordel apestando a sudor agrio. Juana sentía cansancio, inquietud, disgusto, ganas de llorar, sin saber por qué. Se apearon más viajeros y subieron otros; el ómnibus recorría calles y calles, deteniéndose de cuando en cuando en una estación. «¡Qué lejos vamos! —pensaba la novia—. ¿Se habrá distraído Simón? ¿Se habrá dormido? ¡Estaba hoy tan fatigado!» Poco a poco fuése quedando sola. El conductor dijo: —¡Vaugirard! Y como la viajera no se movía, repitió: —¡Vaugirard! Entonces Juana comprendió que a ella se dirigía el empleado, quien, al verla inmóvil, dijo por tercera vez: — ¡Vaugirard! La novia no pudo contener esta pregunta: —¿En dónde estamos? Y el conductor, malhumorado, contestó: —Estamos en Vaugirard; lo he dicho veinte veces. —¿Falta mucho para el bulevar? —¿Qué bulevar? —Él de los Italianos. —¡Apenas hace tiempo que pasamos por él! —¡Oh! ¿Tiene usted la bondad de avisar a mi marido? —¿Su marido? ¿Cómo? —Está en la imperial. —En la imperial no hay nadie. Juana tembló, espantada. —¿Es posible? Yo lo vi subir. Mire usted, por favor. Está, sin duda. El empleado contestó groseramente: —Basta de músicas; por cada hombre que pierdas encontrarás diez. Al avío. Se acabó; en la calle hay muchos hombres; no te será difícil agarrarte a otro. Con lágrimas en los ojos, la novia insistía: —Le aseguro a usted que se equivoca; no puede haberse ido; es mi esposo; llevaba una cartera debajo del brazo. El conductor se puso a reír. —Un caballero con una cartera, sí; en la Magdalena se apeó. Bien te ha plantado. Ja…, ja…, ja… Juana bajó del coche, y no pudiendo convencerse de lo sucedido, dirigió los ojos instintivamente a la imperial. No había nadie. Rompió a llorar, y sin tener presente que la miraban, que la oían, dijo en voz alta: —¿Qué será de mí ahora? El inspector del despacho se acercó preguntando: —¿Qué sucede? Y el conductor le dijo con mucha guasa: Que se le ha escapado a esta señora… su marido en el trayecto. —Está bien. Andando. Y volvió la espalda. Entonces la novia se alejó de allí, demasiado despavorida y demasiado desesperada para comprender lo que le ocurría. ¿Adónde ir? ¿Qué hacer? ¿Cómo fue posible aquel error, aquel olvido, aquel desprecio, aquella inverosímil distracción? Sólo llevaba dos francos en el bolsillo. ¿A quién dirigirse? De pronto recordó a su primo Barral, jefe de sección en el Ministerio de Marina. Tenía lo suficiente para una carrera de coche; tomó el primero que pasaba desalquilado, y se hizo conducir a casa de su primo. Cuando ella entraba, él salía, encaminándose al Ministerio. Llevaba, como Lebrumet, una cartera debajo del brazo. Juana se apeó, gritando: —¡Enrique! Él se detuvo, asombrado. —¡Juana! ¿Tú aquí? ¿Sola? ¿Qué haces? ¿Qué ocurre? ¿Cómo vienes? Ella balbució, llorando: —Acabo de perder a mi marido. —¿Perderlo? ¿En dónde? —En la imperial de un ómnibus. —¿En un ómnibus? ¡Oh! Entre sollozos, Juana refirió su aventura. El primo escuchaba, reflexivo, y preguntó: —¿Estaba sereno esta mañana? —Sí. —¿Llevaba mucho dinero en el bolsillo? —En una cartera, mi dote. —¡Ah! ¿Tu dote? —Sí; veníamos a pagar el traspaso de la notaría. —Pues bien: tu marido, a estas horas, ya está camino de Bélgica. Ella no comprendía por qué, y sollozó: —¿Mi marido?… ¿Camino de Bélgica? —Te ha estafado la dote. Ha huido con todo tu dinero. La cosa es clara. Ella quedó en silencio, sofocada y aturdida; luego murmuró: —¡Es…, es…, es un miserable! Desfallecida, cayó en los brazos de su primo. Como llamaban la atención de los transeúntes, que ya se detenían para observarlos, él, suavemente, la condujo hacia su casa, y la hizo subir la escalera. La criada que les abrió la puerta, muy sorprendida, recibió este recado: —Corre al restaurante y di que traigan pronto dos cubiertos. Hoy no iré a la oficina. FIN Autor: Guy de Maupassant Título: La dote Título Original: La dot Publicado en: Gil Blas, 9 septiembre de 1884 Traducción: Luis Ruiz Contreras

  • "El mendigo de almas", cuento de Giovanni Papini

    El mendigo de almas Giovanni Papini Había gastado en un café, a primeras horas de la noche, los últimos céntimos que me quedaban sin que la acostumbrada bebida me hubiese dado la inspiración que buscaba y de la que tenía inmediata necesidad. En esos tiempos pasaba casi siempre hambre, hambre de pan y de gloria, y no tenía padres ni hermanos en el mundo. El director de una revista —un hombrecillo pálido y taciturno— aceptaba mis cuentos cuando no tenía nada mejor para publicar, y me daba cada vez cincuenta liras, ni más ni menos, fuera el que fuese el valor y la extensión de lo que le llevaba. En aquella noche de enero el aire estaba saturado de viento y de campanadas —de viento nervioso y chirriante y de campanas horriblemente monótonas—. Había entrado en el gran café (luz blanca, rostros soñolientos) y había vaciado lentamente mi taza, esforzándome en despertar en mi cerebro alguna reminiscencia de curiosas aventuras, obstinándome en aguijonear mi imaginación para que crease cualquier historia que me permitiese vivir por algunos días. Tenía necesidad, aquella misma noche, de escribir un cuento para ir por la mañana a ver al acostumbrado director, el cual me habría anticipado lo suficiente para poder comer hasta la saciedad. Estaba, por eso, dolorosamente atento al río de mis pensamientos, dispuesto a lanzarme sobre la primera visión que se prestase a llenar el montoncito de hojas blancas ya numeradas, dispuestas delante de mí. Pasaron así cuatro horas y cuarto de inútil espera. Mi alma estaba vacía, mi espíritu tardo y mi cerebro cansado. Renuncié, puse sobre la mesa los últimos céntimos y salí. Apenas me hallé fuera, una frase, al azar, se apoderó de mi espíritu, una frase que había oído repetir muchas veces y cuyo autor no recordaba: « Si un hombre cualquiera, incluso vulgar, supiese narrar su propia vida, escribiría una de las más grandes novelas que se hayan escrito jamás .» Durante unos diez minutos, esta frase se apoderó de mí y dominó mi mente sin que yo fuese capaz de sacar ninguna consecuencia. Pero cuando me hallé cerca de mi casa, me detuve y me pregunté: «¿Por qué no he de hacer eso? ¿Por qué no contar la vida de algún hombre, de algún hombre de verdad, del primer hombre vulgar que me venga delante? Yo no soy un hombre vulgar y, por otra parte, me he contado tantas veces en mis cuentos que no sabría ya qué decir. Es preciso que encuentre ahora, en seguida, un hombre cualquiera, un hombre que no conozca, un hombre ordinario, y que le obligue a decirme quién es y qué hace. ¡Esta noche tengo absoluta necesidad de una vida humana! Yo no quiero pedir a nadie limosna en dinero pero exigiré y pediré a la fuerza limosna en biografía.» Este proyecto era tan sencillo y singular que decidí seguirlo inmediatamente. Di la vuelta y me dirigí al centro de la ciudad, donde a aquella hora avanzada podría encontrar todavía algunos hombres. Y así me convertí en nuevo y extraño mendigo en busca de la víctima. Marché rápidamente, mirando hacia delante, clavando los ojos en el rostro de los transeúntes; procurando elegir bien el que debía saciar mi hambre. Como un ladrón nocturno o un atracador, me puse al acecho en el hueco de una puerta y esperé que pasase un hombre cualquiera, el hombre vulgar de quien implorar la caridad de una confesión. El primero que pasó bajo el farol —iba solo y me pareció de mediana edad— no quise detenerlo porque su rostro, surcado de extrañas arrugas, era demasiado interesante, y yo quería realizar la prueba en las condiciones menos favorables. Pasó luego un jovencito embozado en una capa, pero sus cabellos desgreñados y sus ojos de gustador de haxix me retuvieron porque adiviné en él a un fantaseador, un alma no suficientemente usual y común. El tercero que pasó, viejo y completamente desbarbado, iba canturreando, con triste cadencia, un motivo popular español, que debía de recordarle toda una vida llena de sol y de amor, una vida dorada, báquica, meridional. Tampoco me convenía y no le detuve. Yo mismo no sé recordar con exactitud la rabia que sentía en aquel momento. Imaginaos a ese singular ladrón mendigo, hambriento, excitado, que espera en una esquina a un hombre que no conoce, que desea oír una vida que no sabe, que arde en deseos de lanzarse sobre una presa ignorada. Y por una absurda y molesta casualidad, los hombres que pasan no son los que busca; son hombres que llevan en el rostro la marca de su distinción y de su vida nada ordinaria. ¡Lo que habría dado en aquel momento por ver ante mí a uno de esos innumerables filisteos, con la cara roja y tranquila como la de los cerdos jóvenes, que me habían dado asco y divertido tantas veces! En aquellos tiempos era obstinado y valiente, y esperé todavía bajo el farol, que unos momentos palidecía y otros resplandecía, según las rachas de viento. Las calles estaban ya desiertas a aquella hora y el viento había dispersado a los noctámbulos. Únicamente algunas sombras apresuradas animaban la ciudad. Una de esas sombras pasó, finalmente, bajo el farol donde me hallaba operando y vi, de pronto, que me convenía. Era un hombre ni joven ni viejo, ni demasiado bello ni desagradable de cara, con los ojos tranquilos, dos bigotes bien rizados, envuelto en un pesado abrigo, en buen estado. Apenas me hubo rebasado algunos pasos, le seguí y le detuve. El hombre retrocedió a causa del susto y alzó un brazo para defenderse, pero inmediatamente le tranquilicé. —No tema nada señor —le dije con mi voz más melodiosa—; no soy ni un asesino ni un ladrón, y ni siquiera un mendigo. Un mendigo, verdaderamente, sí, pero no pido dinero. No he de pedirle más que una sola cosa, y una cosa que no le cuesta nada: el relato de su vida. El hombre abrió mucho los ojos y nuevamente se hizo atrás. Me di cuenta de que creía que yo estaba loco, y por eso continué con la mayor calma: —No soy lo que usted se cree, señor; no soy un loco. Soy únicamente algo semejante: soy un escritor. Debo escribir para mañana un cuento y este cuento me salvará del hambre, y quiero que me diga quién es usted y cuál ha sido su vida, a fin de que pueda hacer el argumento de mi cuento. Tengo necesidad absoluta de usted, de su confesión, de su vida. No me niegue este favor; no rehúse a un miserable esta ayuda. ¡Usted es el que yo buscaba, y con la materia que me proporcionará escribiré, tal vez, mi obra maestra! Al oír estas palabras, el hombre pareció conmoverse y ya no me miró con terror, sino más bien con piedad. —Si mi vida le es tan necesaria —dijo— no tengo ningún inconveniente en contársela, tanto más que ella es de una perfecta sencillez. Nací hace treinta y cinco años, de padres acomodados, honrados y cuerdos. Mi padre era empleado, mi madre tenía una pequeña renta. Fui el único hijo, y a los seis años comencé a ir a la escuela. A los once años acabé los estudios elementales sin que hubiese estudiado mucho ni poco. A los once años entré en el gimnasio, a los dieciséis en el Liceo, a los diecinueve en la Universidad. A los veinticuatro obtuve el título, sin haber dado nunca muestras de una inteligencia muy brillante ni de una estupidez irremediable. Cuando hube obtenido el título, mi madre me procuró un empleo en ferrocarriles y me presentó a mi novia. Mi empleo me ocupa ocho horas del día y no requiere más que un poco de memoria y de paciencia. Cada seis años mí sueldo aumenta automáticamente en doscientas liras. Sé que a los sesenta y cuatro años obtendré una pensión de tres mil cuatrocientas cincuenta y tres liras y sesenta y dos céntimos. Mi novia me convenía y me casé con ella al año. No ha habido nunca entre nosotros inútiles sentimentalismos. Iba a visitarla tres veces a la semana, y dos veces al año —por su santo y por Navidad— le llevé dos regalos y le di dos besos. He tenido de ella dos hijos, un varón y una hembra. El varón tiene diez años y estudia para ingeniero; la mujer tiene nueve años y será maestra. Yo vivo tranquilo, sin zozobras ni deseos. Me levanto todas las mañanas a las ocho, y a las nueve de la noche voy a un café, donde hablo de la lluvia y de la nieve, de la guerra y del Ministerio con cuatro colegas del oficio. Y ahora que ya le he contado lo que quería, déjeme marchar, porque han pasado ya diez minutos de la hora en que debo volver a casa. Y dicho todo esto con gran tranquilidad, el hombre se dispuso a marcharse. Permanecí un momento como agobiado por el terror. Aquella vida monótona, común, regular, prevista, medida, vacía me llenó de una tristeza tan aguda, de un espanto tan intenso que estuve a punto de echarme a llorar y huir. Sin embargo, pude dominarme. «He aquí —me dije— el famoso hombre normal y vulgar en nombre del cual los médicos austeros nos desprecian y condenan como dementes y degenerados. He aquí el hombre modelo, el hombre tipo, el verdadero héroe de nuestros días, la pequeña rueda de la gran máquina, la pequeña piedra de la gran muralla; el hombre que no se nutre de sueños malsanos y de locas fantasías. Este hombre, que yo creía imposible, inexistente, imaginario, está ante mí, pavoroso y terrible en la inconciencia de su incolora felicidad.» Sin embargo, el hombre no esperó el final de mis pensamientos y se dispuso a marcharse. Aterrorizado todavía, pero obstinado, me puse delante de él y le pregunté: —¿Verdaderamente no ha habido nada más en su vida? ¿No le ha pasado nunca nada? ¿Nadie ha intentado matarle? ¿No le ha engañado su mujer? ¿No le han perseguido sus superiores? —Nada de todo eso me ha ocurrido —contestó con una cortesía un poco molesta—; nada de todo lo que me dice. Mi vida ha transcurrido tranquila, igual, regular, sin muchas alegrías, sin grandes dolores, sin aventuras… —¿Ninguna aventura, señor —le interrumpí—, ninguna? Procure recordar bien, busque por su memoria; no puedo creer que no le haya ocurrido nunca nada, ni una sola vez. ¡Su vida sería demasiado horrible! —Le aseguro que no he tenido ninguna aventura —contestó el Hombre Vulgar haciendo un gran esfuerzo de amabilidad—; al menos hasta esta noche. El encuentro con usted, señor novelista, ha sido mi primera aventura. Si le conviene, puede contarla. Y sin darme tiempo para contestarle se marchó, tocándose ligeramente el ala del sombrero. Yo permanecí aún algunos momentos parado en el mismo sitio, como bajo la impresión de una cosa terrible. Llegué por la mañana a mi cuarto y no escribí el cuento. Desde aquella noche ya no me atrevo a reírme de los hombres vulgares. FIN Autor: Giovanni Papini Título: El mendigo de almas Título Original: Il mendicante di anime Publicado en: Il tragico quotidiano. Favole e colloqui, 1906 Traducción: Sin datos

  • "Un habitante de Carcosa", cuento de Ambrose Bierce

    Un habitante de Carcosa Ambrose Bierce «Existen diversas clases de muerte. En algunas, el cuerpo perdura, en otras se desvanece por completo con el espíritu. Esto solamente sucede, por lo general, en la soledad (tal es la voluntad de Dios), y, no habiendo visto nadie ese final, decimos que el hombre se ha perdido para siempre o que ha partido para un largo viaje, lo que es de hecho verdad. Pero, a veces, este hecho se produce en presencia de muchos, cuyo testimonio es la prueba. En una clase de muerte el espíritu muere también, y se ha comprobado que puede suceder que el cuerpo continúe vigoroso durante muchos años. Y a veces, como se ha testificado de forma irrefutable, el espíritu muere al mismo tiempo que el cuerpo, pero, según algunos, resucita en el mismo lugar en que el cuerpo se corrompió.» Meditando estas palabras de Hali (¡Dios le conceda la paz eterna!), y preguntándome cuál sería su sentido pleno, como aquel que posee ciertos indicios, pero duda si no habrá algo más detrás de lo que él ha discernido, no presté atención al lugar donde me había extraviado, hasta que sentí en la cara un viento helado que revivió en mí la conciencia del paraje en que me hallaba. Observé con asombro que todo me resultaba ajeno. A mi alrededor se extendía una desolada y yerma llanura, cubierta de yerbas altas y marchitas que se agitaban y silbaban bajo la brisa del otoño, portadora de Dios sabe qué misterios e inquietudes. A largos intervalos, se erigían unas rocas de formas extrañas y sombríos colores que parecían tener un mutuo entendimiento e intercambiar miradas significativas, como si hubieran asomado la cabeza para observar la realización de un acontecimiento previsto. Aquí y allá, algunos árboles secos parecían ser los jefes de esta malévola conspiración de silenciosa expectativa. A pesar de la ausencia del sol, me pareció que el día debía estar muy avanzado, y aunque me di cuenta que el aire era frío y húmedo, mi conciencia del hecho era más mental que física; no experimentaba ninguna sensación de molestia. Por encima del lúgubre paisaje se cernía una bóveda de nubes bajas y plomizas, suspendidas como una maldición visible. En todo había una amenaza y un presagio, un destello de maldad, un indicio de fatalidad. No había ni un pájaro, ni un animal, ni un insecto. El viento suspiraba en las ramas desnudas de los árboles muertos, y la yerba gris se curvaba para susurrar a la tierra secretos espantosos. Pero ningún otro ruido, ningún otro movimiento rompía la calma terrible de aquel funesto lugar. Observé en la yerba cierto número de piedras gastadas por la intemperie evidentemente trabajadas con herramientas. Estaban rotas, cubiertas de musgo, y medio hundidas en la tierra. Algunas estaban derribadas, otras se inclinaban en ángulos diversos, pero ninguna estaba vertical. Sin duda alguna eran lápidas funerarias, aunque las tumbas propiamente dichas no existían ya en forma de túmulos ni depresiones en el suelo. Los años lo habían nivelado todo. Diseminados aquí y allá, los bloques más grandes marcaban el sitio donde algún sepulcro pomposo o soberbio había lanzado su frágil desafío al olvido. Estas reliquias, estos vestigios de la vanidad humana, estos monumentos de piedad y afecto me parecían tan antiguos, tan deteriorados, tan gastados, tan manchados, y el lugar tan descuidado y abandonado, que no pude más que creerme el descubridor del cementerio de una raza prehistórica de hombres cuyo nombre se había extinguido hacía muchísimos siglos. Sumido en estas reflexiones, permanecí un tiempo sin prestar atención al encadenamiento de mis propias experiencias, pero después de poco pensé: «¿Cómo llegué aquí?». Un momento de reflexión pareció proporcionarme la respuesta y explicarme, aunque de forma inquietante, el extraordinario carácter con que mi imaginación había revertido todo cuanto veía y oía. Estaba enfermo. Recordaba ahora que un ataque de fiebre repentina me había postrado en cama, que mi familia me había contado cómo, en mis crisis de delirio, había pedido aire y libertad, y cómo me habían mantenido a la fuerza en la cama para impedir que huyese. Eludí la vigilancia de mis cuidadores, y vagué hasta aquí para ir… ¿adónde? No tenía idea. Sin duda me encontraba a una distancia considerable de la ciudad donde vivía, la antigua y célebre ciudad de Carcosa. En ninguna parte se oía ni se veía signo alguno de vida humana. No se veía ascender ninguna columna de humo, ni se escuchaba el ladrido de ningún perro guardián, ni el mugido de ningún ganado, ni gritos de niños jugando; nada más que ese cementerio lúgubre, con su atmósfera de misterio y de terror debida a mi cerebro trastornado. ¿No estaría acaso delirando nuevamente, aquí, lejos de todo auxilio humano? ¿No sería todo eso una ilusión engendrada por mi locura? Llamé a mis mujeres y a mis hijos, tendí mis manos en busca de las suyas, incluso caminé entre las piedras ruinosas y la yerba marchita. Un ruido detrás de mí me hizo volver la cabeza. Un animal salvaje —un lince— se acercaba. Me vino un pensamiento: «Si caigo aquí, en el desierto, si vuelve la fiebre y desfallezco, esta bestia me destrozará la garganta». Salté hacia él, gritando. Pasó a un palmo de mí, trotando tranquilamente, y desapareció tras una roca. Un instante después, la cabeza de un hombre pareció brotar de la tierra un poco más lejos. Ascendía por la pendiente más lejana de una colina baja, cuya cresta apenas se distinguía de la llanura. Pronto vi toda su silueta recortada sobre el fondo de nubes grises. Estaba medio desnudo, medio vestido con pieles de animales; tenía los cabellos en desorden y una larga y andrajosa barba. En una mano llevaba un arco y flechas; en la otra, una antorcha llameante con un largo rastro de humo. Caminaba lentamente y con precaución, como si temiera caer en un sepulcro abierto, oculto por la alta yerba. Esta extraña aparición me sorprendió, pero no me causó alarma. Me dirigí hacia él para interceptarlo hasta que lo tuve de frente; lo abordé con el familiar saludo: —¡Que Dios te guarde! No me prestó la menor atención, ni disminuyó su ritmo. —Buen extranjero —proseguí—, estoy enfermo y perdido. Te ruego me indiques el camino a Carcosa. El hombre entonó un bárbaro canto en una lengua desconocida, siguió caminando y desapareció. Sobre la rama de un árbol seco un búho lanzó un siniestro aullido y otro le contestó a lo lejos. Al levantar los ojos vi a través de una brusca fisura en las nubes a Aldebarán y las Híadas. Todo sugería la noche: el lince, el hombre portando la antorcha, el búho. Y sin embargo, yo veía… veía incluso las estrellas en ausencia de la oscuridad. Veía, pero evidentemente no podía ser visto ni escuchado. ¿Qué espantoso sortilegio dominaba mi existencia? Me senté al pie de un gran árbol para reflexionar seriamente sobre lo que más convendría hacer. Ya no tuve dudas de mi locura, pero aún guardaba cierto resquemor acerca de esta convicción. No tenía ya rastro alguno de fiebre. Más aún, experimentaba una sensación de alegría y de fuerza que me eran totalmente desconocidas, una especie de exaltación física y mental. Todos mis sentidos estaban alerta: el aire me parecía una sustancia pesada, y podía oír el silencio. La gruesa raíz del árbol gigante contra el cual me apoyaba, abrazaba y oprimía una losa de piedra que emergía parcialmente por el hueco que dejaba otra raíz. Así, la piedra se encontraba al abrigo de las inclemencias del tiempo, aunque estaba muy deteriorada. Sus aristas estaban desgastadas; sus ángulos, roídos; su superficie, completamente desconchada. En la tierra brillaban partículas de mica, vestigios de su desintegración. Indudablemente, esta piedra señalaba una sepultura de la cual el árbol había brotado varios siglos antes. Las raíces hambrientas habían saqueado la tumba y aprisionado su lápida. Un brusco soplo de viento barrió las hojas secas y las ramas acumuladas sobre la lápida. Distinguí entonces las letras del bajorrelieve de su inscripción, y me incliné a leerlas. ¡Dios del cielo! ¡Mi propio nombre…! ¡La fecha de mi nacimiento…! ¡Y la fecha de mi muerte! Un rayo de sol iluminó completamente el costado del árbol, mientras me ponía en pie de un salto, lleno de terror. El sol nacía en el rosado oriente. Yo estaba en pie, entre su enorme disco rojo y el árbol, pero ¡no proyectaba sombra alguna sobre el tronco! Un coro de lobos aulladores saludó al alba. Los vi sentados sobre sus cuartos traseros, solos y en grupos, en la cima de los montículos y de los túmulos irregulares que llenaban a medias el desierto panorama que se prolongaba hasta el horizonte. Entonces me di cuenta que eran las ruinas de la antigua y célebre ciudad de Carcosa. * Tales son los hechos que comunicó el espíritu de Hoseib Alar Robardin al médium Bayrolles. FIN Autor: Ambrose Bierce Título: Un habitante de Carcosa Título Original: An Inhabitant of Carcosa Publicado en: San Francisco Newsletter, 25 de diciembre de 1886 Traducción: Francisco Torres Oliver

  • "Soñar es un asunto privado", cuento de Isaac Asimov

    Soñar es un asunto privado Isaac Asimov publicado Jesse Weill levantó la vista de su escritorio. Su cuerpo viejo y descarnado, la nariz de prominente caballete, los ojos hundidos y sombríos y las sorprendentes greñas canosas habían definido su aspecto durante los años que Sueños, Inc. se había hecho mundialmente famosa. —¿Ya está aquí el chico, Joe? —preguntó. Joe Dooley era un hombre corpulento y de baja estatura. Un puro acariciaba su húmedo labio inferior. Se quitó el cigarro de la boca por un instante e hizo un gesto afirmativo con la cabeza. —Ha venido con sus padres. Todos están asustados. —¿Está seguro de que no se trata de una falsa alarma, Joe? No dispongo de mucho tiempo. —Consultó su reloj—. Asuntos gubernamentales a las dos. —Es una cosa segura, señor Weill. —El rostro de Dooley era todo seriedad. Sus carrillos temblaban con persuasiva intensidad—. Tal como le conté, lo encontré en el patio de la escuela jugando a algo parecido al baloncesto. Tenía que haber visto al chico. Era malísimo. Cuando tenía la pelota en sus manos, su propio equipo debía ir a cogérsela, y deprisa, pero al mismo tiempo tenía la actitud de una estrella del deporte. ¿Comprende? Para mí fue una revelación involuntaria. —¿Habló con él? —Sí, claro. A la hora de comer. Usted ya me conoce. —Dooley hizo un amplío gesto con su puro y cogió la ceniza con su otra mano—. Chico, le dije… —¿Y cree que servirá para soñador? —Le dije: «Mira, chico, acabo de llegar de África y…» —Muy bien. —Weill alzó una mano para interrumpirle—. Siempre me fiaré de su palabra. No sé cómo se las arregla, pero cuando usted dice que un chico es un soñador potencial, no me queda más remedio que aceptarlo. Hágalo pasar. El chico entró en el despacho con sus padres. Dooley ofreció asiento, y Weill se levantó para estrechar las manos de los recién llegados. Sonrió al niño de una manera tan especial que hasta las arrugas de su rostro reflejaron benevolencia. —¿Eres Tommy Slutsky? Tommy asintió silenciosamente con la cabeza. Aparentaba unos diez años y no estaba demasiado desarrollado para su edad. Su cabello negro estaba peinado de forma poco convincente, y su cara increíblemente limpia. —¿Te portas bien? —preguntó Weill. La madre del niño sonrió al momento y acarició maternalmente la cabeza de Tommy (un gesto que no suavizó la expresión de ansiedad del rostro de éste). —Es muy buen chico —dijo la madre. —Dime, Tommy —prosiguió Weill, haciendo caso omiso de la última y dudosa afirmación. Ofreció un caramelo y el chico lo aceptó tras una ligera vacilación—. ¿Conoces los cilindros de sueños? —Un poco —respondió Tommy, con una voz aguda e insegura. El señor Slutsky se aclaró la garganta. Era un hombre ancho de hombros y de dedos gruesos, el tipo de trabajador que, de vez en cuando y para confusión de la eugenesia, procreaba un soñador. —Alquilamos algunos para el chico —dijo—. Sueños muy viejos. —¿Te gustaron, Tommy? —inquirió Weill. —Eran un poco tontos. —¿Te inventas sueños mejores para ti? ¿Sí? La sonrisa que se extendió por las facciones infantiles produjo el efecto de mitigar en parte la irrealidad de aquel pelo tan bien peinado y aquella cara tan limpia. —¿Te gustaría inventar un sueño para mí? —continuó Weill, en un tono muy amable. —Creo que no. —Tommy se había puesto muy nervioso. —No será difícil. Ya verás… Joe. Dooley apartó un biombo y acercó la mesita de ruedas sobre la que estaba la grabadora de sueños. El chico fijó la vista en el aparato. Weill cogió el casco y lo aproximó al muchacho. —¿Sabes qué es esto? —preguntó. —No —repuso Tommy echándose hacia atrás. —Es un pensador. Lo llamamos así porque la gente piensa dentro del casco. Póntelo en la cabeza y piensa en cualquier cosa. —¿Y luego qué pasa? —Nada. Te sentirás muy bien. —No. Creo que no me lo pondré. La madre del joven se inclinó precipitadamente hacia él. —No te hará daño, Tommy —dijo. Había un inconfundible rasgo de irritación en su voz—. Haz lo que este señor te diga. Tommy se puso rígido y pareció estar a punto de llorar, pero no lo hizo. Weill le colocó el pensador, cuidadosa y lentamente, y dejó pasar treinta segundos antes de seguir hablando, de modo que el chico comprobara que no debía temer nada y se acostumbrara al suave contacto de las fibrillas (que penetraban en la piel sin que el sujeto pudiera percibirlas apenas) con las suturas de su cerebro. Además, Tommy debía familiarizarse con el tenue zumbido de los vórtices del campo alternador. —¿Quieres pensar algo para nosotros? —preguntó finalmente. —¿El qué? —Del casco sólo asomaban la nariz y la boca de Tommy. —Lo que tú quieras. ¿Qué es lo que más te gustaría hacer cuando salgas del colegio? Tommy pensó un instante. —¿Ir en un estratojet? —¿Por qué no? Estás en un jet. Está despegando ahora mismo. Hizo una seña a Dooley y éste conectó la grabadora. La prueba duró cinco minutos. A continuación, Tommy y su madre salieron del despacho acompañados por Joe Dooley. El muchacho parecía confundido, pero la experiencia no le había afectado lo más mínimo. —Bien, señor Slutsky. Si su hijo pasa esta prueba, le pagaremos quinientos dólares anuales hasta que el chico termine sus estudios superiores. Después sólo le pediremos una cosa: que Tommy pase una hora semanal en nuestra escuela especial. —¿Debo firmar algún papel? —La voz de Slutsky era un poco ronca. —Sí, desde luego. Es un negocio, señor Slutsky. —Bueno, no sé. He oído decir que los soñadores son difíciles de encontrar. —Lo son, lo son. Pero su hijo, señor Slutsky, todavía no es un soñador. Quizá no lo sea nunca. Quinientos dólares anuales es un riesgo para nosotros. Pero no para usted. Cuando Tommy tenga dieciocho años, podríamos encontrarnos con que no es un soñador. Pero usted no habrá perdido nada. Al contrarío, habrá ganado un total aproximado de cuatro mil dólares. Y si es un soñador, él se ganará muy bien la vida y usted seguirá sin haber perdido nada. —Necesitará un entrenamiento especial, ¿no? —Oh, sí. Y muy duro. Pero no tenemos que preocuparnos por eso hasta que Tommy termine sus estudios. Luego pasará dos años con nosotros y después se someterá al entrenamiento. Confíe en mí, señor Slutsky. —¿Me garantizará ese entrenamiento especial? Weill, que había aproximado un documento a su interlocutor y estaba tendiéndole una pluma al revés, puso ésta correctamente y procuró contener la risa. —¿Garantizar? No. ¿Cómo voy a hacer tal cosa, cuando todavía no sabemos con certeza si es o no un talento real? No obstante, los quinientos dólares anuales no son nada despreciables. Slutsky meditó un instante y agitó su cabeza. —Se lo diré claramente, señor Weill —dijo por fin—. Después de acordar con su empleado que vendríamos aquí, telefoneé a Luster-Think. Dijeron que garantizarían el entrenamiento. —Señor Slutsky —suspiró Weill—, no me gusta hablar mal de la competencia. Si le dijeron que garantizarían el entrenamiento, lo harán. Pero es imposible hacer un soñador de un muchacho si él carece de tal cualidad. Si cogen a un chico que no tiene el talento adecuado y lo someten a un curso de preparación, lo destrozarán. No será un soñador, eso por descontado, pero tampoco será un ser humano normal. No se arriesgue a hacerle eso a su hijo. »Sueños, Inc. será honesta con usted. Si es posible, haremos de él un soñador. Si no, se lo devolveremos tal cual y le diremos: «Déjele aprender un oficio.» Será mejor para el chico. Créame, señor Slutsky, tengo hijos, hijas y nietos, y sé lo que le digo: no permitiría que un hijo mío pasara la experiencia sin estar preparado para ella. Ni aunque me ofrecieran un millón de dólares. Slutsky se limpió la boca con el dorso de la mano y cogió la pluma estilográfica. —¿Qué dice aquí? —preguntó. —Se trata simplemente de una opción. Le pagamos ahora mismo cien dólares en efectivo. Sin condiciones. Estudiaremos el sueño del muchacho. Si creemos que el caso vale la pena, volveremos a llamarle y cerraremos el trato de los quinientos dólares anuales. Déjelo todo en mis manos, señor Slutsky, y no se preocupe. No se arrepentirá. Slutsky firmó. Weill introdujo el documento en la ranura del archivador y entregó un sobre a Slutsky. Cinco minutos más tarde, solo en el despacho, Weill se colocó el casco y revivió el sueño de Tommy. Era el típico sueño infantil. El protagonista estaba ante los controles del avión, un aparato que parecía una mezcla de imágenes de las películas, el consuelo de los que carecían de tiempo, ganas o dinero para comprar cilindros de sueños. Al quitarse el casco, descubrió que Dooley le estaba mirando. —¿Y bien, señor Weill? ¿Qué le parece? —preguntó ansiosamente Dooley. —Tal vez, Joe, tal vez. Tratándose de un chico de diez años y sin un ápice de entrenamiento, el caso es prometedor. El muchacho capta muy bien los detalles. Cuando el avión se metió entre las nubes, hubo una clara sensación de almohadones. Y también olor a sábanas limpias, un detalle muy divertido. Podemos ocuparnos de él, Joe. —Excelente. —La aprobación de Weill satisfizo plenamente a Joe. —Pero le diré una cosa, Joe: necesitamos descubrirlos más pronto todavía. ¿Y por qué no? Algún día, Joe, todos los niños pasarán la prueba al nacer. Debe de existir una diferencia evidente en el cerebro y habría que encontrarla. De ese modo podríamos seleccionar a los soñadores ya desde el principio. —Vaya, señor Weill —dijo Joe con aspecto ofendido—. ¿Y qué sucedería entonces con mi empleo? Weill se rio de buena gana. —Aún es pronto para que se preocupe, Joe. Eso no sucederá durante nuestras vidas. O al menos, no durante la mía. Seguiremos dependiendo muchos años de talentos exploradores como el suyo. Observe en los parques y las calles… —La rugosa mano de Weill apretó suave y aprobadoramente el hombro de Dooley—, y encuéntrenos unos cuantos Hillary y Janow para que Luster-Think no nos pisen los talones… Ahora puede irse. Quiero comer y estar preparado para mi cita de las dos. El gobierno, Joe, el gobierno. —Y dicho esto, parpadeó nerviosamente. La cita que Jesse Weill tenía a las dos era con un hombre joven, mofletes de manzana, gafas, cabellos claros y resplandecientes, con la intensidad de una persona que debe cumplir una misión. Mostró sus credenciales a Weill y se presentó como John J. Byrne, agente del Departamento de Artes y Ciencias. —Buenas tardes, señor Byrne —saludó Weill—. ¿En qué puedo servirle? —¿Hay alguien que pueda escucharnos? —preguntó el agente. Tenía una sorprendente voz de barítono. —Nadie en absoluto. —Entonces, si no le importa, voy a pedirle que asimile esto. —Byrne sacó un pequeño cilindro de aspecto deforme y lo sostuvo entre sus dedos pulgar e índice. Weill lo cogió, sopesó y observó. Finalizado su examen, exhibió ampliamente su dentadura mientras sonreía. —No es un producto de Sueños, Inc., señor Byrne —dijo. —No pensaba que lo fuera. Insisto en que lo asimile. Aunque le recomiendo que ajuste el interruptor automático para que actúe al cabo de un minuto. —¿Ese es todo el tiempo que se puede resistir? Weill acercó el receptor a su escritorio y colocó el cilindro en la parte reproductora. Después lo sacó, limpió ambos extremos del cilindro con su pañuelo y efectuó un segundo intento. —No hace buen contacto —explicó—. Un trabajo de aficionados. Se colocó en la cabeza el casco de reproducción y ajustó los contactos de las sienes y el interruptor automático. Se recostó en la silla con los brazos cruzados e inició la asimilación. Sus dedos fueron adquiriendo rigidez y se aferraron a la chaqueta. Una vez interrumpida la emisión, Weill se quitó el casco. Estaba ligeramente enojado. —¡Qué vulgaridad! —exclamó—. Me alegro de ser viejo y que estas cosas hayan dejado de preocuparme. —Y sin embargo —dijo Byrne, muy serio—, no es lo peor que hemos encontrado. Además, esta moda está extendiéndose. —Sueños pornográficos. —Weill hizo un gesto de indiferencia—. Supongo que es un fenómeno lógico. —Lógico o no, representa un peligro mortal para la moralidad de la nación. —La moralidad es capazde resistir muchos golpes. El erotismo ha sido una constante de nuestra historia, de un modo o de otro. —Pero no como éste, señor. Una estimulación directa de mente a mente es mucho más efectiva que las novelas subidas de tono o las películas obscenas. En esos casos, la imagen debe filtrarse hasta los sentidos, perdiendo así parte de su efecto. —¿Qué desea que haga? —preguntó Weill, ya que difícilmente podía discutir el punto de vista del representante gubernamental. —¿Se le ocurre una posible procedencia de este cilindro? —Señor Byrne, no soy policía. —No, no. No le estoy pidiendo que haga nuestro trabajo. El departamento tiene toda la capacidad necesaria para dirigir sus propias investigaciones. Lo que le pregunto es si puede colaborar con su experiencia en este campo. Usted afirmó que su compañía no fabricó ese cilindro. ¿Quién lo hizo? —No puede tratarse de un distribuidor conocido. De eso estoy seguro. Es un trabajo muy burdo. —Quizá lo hayan hecho así a propósito. —Y ningún soñador profesional ha intervenido en esto. —¿Está seguro, señor Weill? ¿No es posible que los soñadores hagan este tipo de trabajo por pequeñas e ilegales cantidades de dinero…? ¿O por simple diversión? —Sí, es posible, pero no en este caso concreto. No hay relieves, son imágenes bidimensionales. Aunque debo reconocer que tampoco hacen falta relieves en este tipo de sueños. —¿Qué entiende por relieves? —¿No es usted aficionado a los sueños? —preguntó Weill con una amable sonrisa. —Prefiero la música. —Byrne había tratado de no mostrarse demasiado virtuoso, pero no lo logró por entero. —Bueno, eso también está bien. Pero hace un poco difícil explicar el concepto de relieves. Incluso la gente que asimila sueños podría ser incapaz de responder su pregunta. No obstante, si un sueño careciera de relieves, no les gustaría, aunque no supieran explicar el porqué. Mire, cuando un soñador experto inicia su trabajo, sus imágenes no tienen nada que ver con las de la anticuada televisión o las películas. Se trata de una serie de visiones, y cada una de ellas posee diversos significados. Si las analizara con sumo cuidado, descubriría cinco o seis. Cuando se asimilan de forma ordinaria, jamás se advierte la combinación, pero un estudio concienzudo lo demuestra. Créame, mi sección de psicología dedica a ello mucho tiempo. Todos los relieves, distintos significados, se mezclan en un conjunto emocional orientado. Sin ellos, el resultado sería vulgar, insulso. »Esta mañana hice una prueba a un niño de diez años y que tiene ciertas aptitudes. Para él, una nube no es simplemente una nube sino también un almohadón. La combinación de las dos sensaciones supera la particular de cada una de ellas. El chico es muy primitivo, desde luego; pero cuando termine sus estudios será entrenado y sometido a una disciplina mental. Captará todo tipo de sensaciones y acumulará experiencia. Analizará sueños clásicos del pasado. Aprenderá a controlar y dirigir sus pensamientos, aunque, fíjese bien, siempre he opinado que cuando un soñador improvisa… Weill se interrumpió bruscamente. Después prosiguió en tono menos apasionado: —No debería excitarme. Todo lo que trato de explicarle es que todo soñador profesional posee su tipo particular de relieves, una característica que no puede ocultar y que para los expertos tiene el valor de una firma. Y yo, señor Byrne, conozco todas las firmas. Esa obscenidad que ha traído carece por completo de relieves. Un talento de segunda, quizá, pero al igual que usted o yo, no puede pensar. Byrne enrojeció ligeramente. —No todo el mundo es incapaz de pensar, señor Weill, aun cuando no elaboren sueños. —¡Oh, vamos! —Weill agitó su mano—. No se enfade por lo que dice un viejo. No estoy hablando de pensar en el sentido de razonar, sino de soñar. Todos podemos soñar hasta cierto punto, del mismo modo que podemos correr. ¿Pero nos atreveríamos usted y yo a correr la milla en menos de cuatro minutos? Todos podemos hablar, ¿pero acaso como Daniel Webster? Cuando pienso en un bistec, pienso en la palabra bistec. Quizá tengo una imagen fugaz de un filete servido en un plato. Quizá usted sea más imaginativo y vea la grasa, la cebolla frita y las patatas asadas, no lo sé. Pero un soñador… El soñador ve el bistec, lo huele y lo saborea, percibe la satisfacción en el estómago, el cuchillo cortando la carne y muchas cosas más… en un solo instante. Es muy sensitivo. Muy sensitivo. Usted y yo no podemos imitarle. —De modo que ningún profesional ha hecho esto —dijo Byrne—. Algo es algo. —Guardó el cilindro en el bolsillo interior de su americana—. Confío en que contaremos con su colaboración para poner fin a esta situación. —Naturalmente, señor Byrne. Se la ofrezco de todo corazón. —Confío en ello —dijo Byrne, ahora hablando en tono autoritario—. Señor Weill, no me corresponde a mí decidir qué se hará y qué no se hará, pero esto… —Dio una palmada sobre el cilindro—. Esto va a ser una tentación terrible para imponer una censura muy estricta sobre los sueños. —Se incorporó—. Buenas tardes, señor Weill. —Buenas tardes, señor Byrne. Yo siempre confío en lo mejor. Francis Belanger irrumpió en el despacho de Jesse Weill con su acostumbrada excitación, cabello pelirrojo en desorden y rostro preocupado y sudoroso. Le sorprendió ver a Weill con los brazos cruzados sobre el escritorio y la cabeza reposando en ellos, de modo que sólo sus canas eran visibles. Belanger tragó saliva. —¿Jefe? —¿Eres tú, Frank? —dijo Weill alzando la cabeza. —¿Qué ocurre, jefe? ¿Está enfermo? —Soy lo bastante viejo para estar enfermo, pero sigo al pie del cañón. Tambaleándome, pero al pie del cañón. Un funcionario del gobierno estuvo aquí. —¿Qué quería? —Nos amenaza con la censura. Trajo una muestra de lo que se está vendiendo por ahí. Sueños baratos para noches de orgía. —¡Maldita sea! —exclamó Belanger con auténtica irritación. —El único problema es que la moralidad es un buen pretexto para una campaña. Van a moverse por todas partes. Y si quieres que te diga la verdad, somos vulnerables, Frank. — ¿Nosotros? Nuestro material es limpio. Sólo tratamos aventuras y romances. Weill frunció el entrecejo. Su labio inferior sobresalió por un instante. —Entre nosotros, Frank. No hay que fingir. ¿Material limpio? Depende del punto de vista. No es un detalle divulgable, pero tú sabes tan bien como yo que todo sueño tiene sus connotaciones freudianas. Es algo que no se puede negar. —Claro que no. Pero no se ven a simple vista. Si eres un psiquiatra… —Y también si eres una persona ordinaria. El observador normal no sabe que el detalle está ahí. Incluso es posible que no sepa diferenciar un símbolo fálico de una imagen materna, aunque alguien lo indicara. Pero su subconsciente capta tales detalles. Y son estas connotaciones las que ejercen más influencia. —De acuerdo, pero ¿qué piensa hacer el gobierno? ¿Limpiar los subconscientes de la gente? —Primer problema. No sé qué piensan hacer. Lo que tenemos de nuestro lado, y en eso confío, es el hecho de que el público ama sus sueños y no estará dispuesto a renunciar a ellos… Mientras tanto, ¿a qué has venido? ¿Querías verme? Belanger dejó un objeto sobre el escritorio y se arregló la parte inferior de su camisa, que asomaba por encima de los pantalones. Weill abrió la reluciente cubierta de plástico y sacó el cilindro que había dentro. En uno de los extremos estaba grabado el título, en color azul pastel y letra caprichosa: Excursión al Himalaya. Llevaba la marca comercial de Luster-Think. —Un producto de la competencia —dijo Weill con tono solemne. Después, su boca se crispó en una mueca—. Todavía no ha salido al mercado. ¿Dónde lo has obtenido, Frank? —No importa. Sólo quería que lo asimilara. Weill suspiró. —Al parecer, hoy todos queréis que asimile sueños. Frank, ¿no será nada obsceno? —Tiene sus símbolos freudianos —contestó el enojado Belanger—. Estrechas hendeduras entre los picos de las montañas. Espero que eso no le moleste. —Soy un viejo. Hace años que dejé de molestarme… pero aquel cilindro estaba tan defectuosamente elaborado que… resultaba ofensivo. Bien, veamos eso que has traído. Otra vez la grabadora. De nuevo el casco reproductor sobre su cráneo y sienes. En esta ocasión, Weill se recostó en su silla durante quince minutos o más. Entretanto, Francis Belanger fumó apresuradamente dos cigarrillos. Cuando Weill se quitó el casco y se restregó los ojos, Belanger preguntó: —¿Qué opina, jefe? —No es para mí. —Weill arrugó la frente—. Era repetitivo. Con una competencia así, Sueños, Inc. no tiene motivo para preocuparse. Al menos, de momento. —Ese es su error, jefe. Luster-Think ganará con este tipo de material. Debemos reaccionar. —Mira, Frank… —No, escúcheme. Este es el producto del futuro. — ¿Este? —Weill contempló el cilindro con expresión incierta y bastante humorística—. Es obra de aficionados. Repetitivo. Sus relieves apenas tienen vida. La nieve tenía un claro sabor a helado de limón. ¿Es que hay alguien actualmente que le encuentre a la nieve sabor a helado de limón, Frank? En los viejos tiempos, sí. Hace veinte años, como mucho. Cuando Lyman Harrison hizo por primera vez sus Sinfonías en la Nieve, se vendió muy bien en el sur. Cimas con franjas de helado y caramelo y resbalosos riscos cubiertos de chocolate. Esto es una payasada, Frank, no sirve para nuestra época. —Porque usted está atrasado, jefe, se lo digo sinceramente. Cuando usted empezó el negocio de los sueños, cuando obtuvo las patentes y se puso manos a la obra, los sueños eran un artículo de lujo. El mercado era pequeño y no había competencia. Usted podía invertir cualquier cantidad en sueños especializados y venderlos muy caros. —Lo sé, y nos hemos mantenido firmes en eso. Pero también hemos abierto un negocio de alquiler para las masas. —Sí, pero no basta. Nuestros sueños son muy sutiles, de acuerdo. Pueden usarse una y otra vez. Sigues encontrando nuevos detalles a la décima ocasión que reproduces el cilindro, sigues descubriendo motivos de diversión. Pero ¿cuántas personas son expertas en la materia? Y otra cosa. Nuestros productos están muy individualizados. Siempre con un protagonista. —¿Y bien? —Luster-Think está inaugurando palacios del sueño. Han abierto uno de trescientas plazas de Nashville. Entras, te sientas, te pones el casco y tienes tu sueño. Todo el público asimila el mismo sueño. —Había oído hablar de ello, Frank, y no es nada nuevo. No resultó la primera vez y tampoco resultará ahora. ¿Quieres saber por qué? Porque en primer lugar, soñar es un asunto privado. ¿Te gustaría que tu vecino supiera lo que estás soñando? En segundo lugar, en uno de esos palacios del sueño la sesión es única, ¿no es así? De modo que el cliente no puede soñar cuando quiere, sino cuando el encargado dice: «¡Ahora!» Y para terminar, hay sueños que gustan a determinadas personas, pero no a todas. Puedo asegurarte que de las trescientas plazas que me has dicho, ciento cincuenta las ocupará gente que no quedará satisfecha. Y si no les ha gustado la sesión, no volverán. Belanger se subió lentamente las mangas de la camisa y aflojó la corbata. —Jefe, está diciendo disparates. ¿Qué utilidad tiene demostrar que esos palacios no resultarán rentables? Ya lo están siendo ahora. Hoy ha corrido el rumor de que Luster-Think está preparando un palacio de mil localidades en San Luis. Las personas pueden acostumbrarse al sueño público, aunque toda la gente de la misma sala tenga idéntico sueño. Y pueden aceptar que el sueño se inicie en un momento dado porque resulta una diversión barata y apropiada. »¡Maldita sea, jefe, es un asunto social! Un chico y una chica van a un palacio del sueño y asimilan un tema romántico de relieves vulgares y situaciones triviales, pero salen de allí con estrellas centelleando en su cabeza. Han tenido juntos el mismo sueño. Han pasado por idénticas emociones. Están en armonía, jefe. Le apuesto lo que quiera a que volverán al palacio y llevarán a todas sus amistades. —¿Y si no les gusta el sueño? —Ahí está el secreto, la esencia del asunto. El sueño les gustará, es forzoso que sea así. »Si preparamos especiales de Hillary con un engranaje conectado a otro engranaje que está conectado a un tercero, con giros sorprendentes en colores amortiguados, con inteligentes cambios de significado y el resto de características de las que tanto nos enorgullecemos… Bueno, es obvio: no todo el mundo se sentirá atraído. Los sueños especializados requieren gustos especializados. Pero Luster-Think se limita a producir sueños sencillos en tercera persona, de forma que ambos sexos encuentren satisfacción. Un material como el que usted acaba de asimilar. Simple, repetitivo, vulgar… Una especie de mínimo común denominador. Quizá no todo el mundo se sienta muy satisfecho, pero nadie rechazará estos productos. Weill meditó durante un buen rato, y Belanger no pudo hacer otra cosa más que mirarle. —Frank —dijo Weill al cabo de varios minutos—, empecé basándome en la calidad, y seguiré así. Es posible que tengas razón, quizá los palacios del sueño sean la idea con más futuro. Y si eso es cierto, también nosotros inauguraremos nuestros palacios. Pero con sueños de calidad. Tal vez Luster-Think subestima a la gente normal. No hay que apresurarse ni dejarse llevar por el pánico. Siempre me he basado en la teoría de que la calidad jamás dejará de encontrar un mercado. Muchacho, a veces es un mercado tan enorme que supera todas tus previsiones. —Jefe… El zumbido del intercomunicador interrumpió a Belanger. —¿Qué hay, Ruth? —dijo Weill. —Es el señor Hillary, señor —anunció su secretaria—. Quiere hablar con usted inmediatamente. Dice que es muy importante. —¿Hillary? —La voz de Weill denotó sorpresa—. Ruth, que espere un poco. Hágale pasar dentro de cinco minutos. Weill volvió a encararse con Belanger. —Frank —dijo—, hoy no es definitivamente uno de mis mejores días. Un soñador debería estar en su casa, al lado de su pensador. Y Hillary es nuestro mejor soñador. Él, más que ningún otro, debería estar en su casa. ¿Cuál supones que será su problema, Frank? —Cuando hable con él, lo averiguará —respondió simplemente Belanger, todavía pensando en Luster-Think y los palacios del sueño. —Enseguida lo haré. Dime… ¿Cómo fue su último sueño? No he asimilado el que llegó la semana pasada. Belanger bajó de las nubes y arrugó la nariz. —No demasiado bueno —contestó. —¿Por qué no? —Era desigual, demasiado vacilante. Usted sabe que no me importan las transiciones bruscas, siempre y cuando el sueño gane en vivacidad. Pero necesariamente debe existir algún tipo de conexión, aunque sólo sea a un nivel profundo. —¿No sirve para nada? —Ningún sueño de Hillary es una pérdida total. Pero costó muchos esfuerzos montarlo. Hicimos bastantes recortes e intercalamos algunos fragmentos extraños que Hillary nos había enviado ocasionalmente. Son escenas independientes, ¿comprende? No es un sueño de primera categoría, pero puede pasar. —¿Hablaste con él al respecto, Frank? —¿Piensa que estoy loco, jefe? ¿Cree que soy capaz de mostrarme duro con un soñador? En aquel momento se abrió la puerta. La joven secretaria de Weill exhibió la correspondiente sonrisa y Sherman Hillary entró al despacho. Sherman Hillary, un hombre de treinta y un años, habría sido reconocido como soñador por cualquier persona. No usaba gafas, pero sus ojos poseían la mirada brumosa de una persona que, o bien necesita llevarlas, o bien no suele fijar su atención en nada mundano. Era de mediana estatura, más bien delgado, pelo negro que pedía un peluquero, mentón prominente, piel pálida y expresión preocupada. —Hola, señor Weill —saludó en voz baja, e hizo una levísima reverencia en dirección a Belanger, sin atreverse a mirarle. —Sherman, muchacho —dijo cariñosamente Weill—, tienes muy buen aspecto. ¿Qué ocurre? ¿Un sueño que no te está quedando muy bien? ¿Estás preocupado por eso? Siéntate, siéntate. El soñador obedeció, ocupando tan sólo el borde de una silla, como preparado para levantarse inmediatamente en cuanto se lo ordenaran. —He venido para decirle que dejo el trabajo, señor Weill —explicó. —¿Dejar el trabajo? —No quiero soñar más, señor Weill. En aquel instante, el rostro de Weill pareció envejecer diez años más. El soñador se mordió los labios. —¿Por qué, Sherman? —inquirió Weill. — Porque esto no es vida, señor Weill. Es como si todo pasara de largo con respecto a mí. Al principio no era tan malo. Incluso era un trabajo tranquilizante. Soñaba por las noches, los fines de semana, cuando no me encontraba bien o cuando fuera. Y dejaba de trabajar siempre que no me apetecía hacerlo. Pero ahora soy un profesional experto. Usted me dijo que soy uno de los mejores soñadores y que toda la competencia está pendiente de mí para idear nuevas sutilezas y cambios en los sueños acreditados, como los de vuelos y las fantasías de gusanos que cambian de forma. —¿Y existe alguien mejor que tú, Sherman? —preguntó Weill—. Tu secuencia dirigiendo una orquesta sigue vendiéndose al cabo de diez años. —De acuerdo, señor Weill. He cumplido mi parte. No voy a ningún sitio. Tengo olvidada a mi mujer. Mi hija no me conoce. La semana pasada Sarah me obligó a ir a una comida… No recuerdo nada en absoluto. Sarah dice que estuve sentado toda la tarde en el sofá, murmurando y con la mirada perdida. Dice que todo el mundo me observaba. Se pasó toda la noche llorando. Estoy harto de estas situaciones, señor Weill. Quiero ser una persona normal y vivir en este mundo. Prometí a mi mujer que dejaría este trabajo y así lo haré. Me despido, señor Weill. Hillary se puso en pie y extendió torpemente la mano derecha. Weill hizo un gesto para que volviera a sentarse. —Si quieres irte, adelante, Sherman. Pero haz un favor a un anciano y déjame que te explique alguna cosa. —No voy a cambiar de opinión. —No voy a tratar de convencerte. Sólo quiero explicarte una cosa. Soy viejo y ya estaba en este negocio antes de que nacieras, así que me gustaría hablarte de ello. ¿Me darás ese gusto, Sherman? Te lo suplico. Hillary tomó asiento de nuevo. Tenía los dientes clavados en su labio inferior y contemplaba sombríamente sus uñas. —¿Sabes qué es un soñador, Sherman? —prosiguió Weill—. ¿Sabes qué significa para la gente normal? ¿Sabes qué se siente cuando se es como yo, como Frank Belanger, o como tu esposa Sarah? ¿Tener mentes limitadas incapaces de imaginar, de elaborar pensamientos visuales? A la gente normal, como yo mismo, le gustaría evadirse de esta vida aunque sólo fuera por una vez. Pero no podemos hacer tal cosa. Necesitamos ayuda. »En los viejos tiempos había libros, teatro, cine, radio, televisión… Eran artificios, pero eso no nos importaba. Lo importante era que se estimulaba nuestra imaginación durante algunos minutos. Podíamos concebir apuestos caballeros y bellísimas princesas. Podíamos ser atractivos, ocurrentes, fuertes, inteligentes… todo lo que no éramos. »Pero el tránsito del sueño entre soñador y receptor siempre era imperfecto. El sueño debía ser transformado en palabras, de un modo o de otro. El mejor soñador del mundo quizá fuera incapaz de traducir sus sueños en palabras. Y el mejor escritor del mundo sólo podía describir con palabras una ínfima parte de sus sueños. ¿Comprendes? «Pero ahora, con las grabadoras de sueños, todo el mundo puede soñar. Tú, Sherman, y un puñado de hombres como tú, creáis esos sueños de una forma directa y exacta, de vuestra mente a la nuestra y sin que se pierda un ápice de vivacidad. Soñáis para cien millones de personas. Vuestro sueño es el de cien millones de seres humanos. Y eso es muy importante, muchacho. Proporcionáis a toda esa gente una visión fugaz de algo que ellos no podrían vislumbrar por sí mismos. —He cumplido con mi parte —murmuró Hillary. Estaba desesperado cuando, por segunda vez, se puso en pie—. Todo ha terminado. No me importa lo que me está diciendo. Y si quiere demandarme por incumplimiento de contrato, hágalo. —¿Demandarte? —Weill se levantó a su vez y apretó un botón del intercomunicador—. Ruth, quiero la copia del contrato del señor Hillary. Aguardó. Igual que Hillary y Belanger. Weill esbozó una leve sonrisa y sus dedos amarillentos tamborilearon suavemente sobre el escritorio. Ruth trajo el contrato. Weill lo cogió, miró a Hillary y dijo: —Sherman, muchacho. No está bien que te quedes aquí, a menos que desees permanecer conmigo. Belanger empezó a levantar la mano para detener a su jefe, pero ya era demasiado tarde. Boquiabierto, contempló cómo Weill rompía el contrato en cuatro trozos y los arrojaba a la papelera-trituradora. —Eso es todo —dijo Weill. La mano derecha de Hillary se extendió automáticamente para estrechar la de Weill —Gracias, señor Weill —dijo roncamente y muy emocionado—. Siempre se portó muy bien conmigo y se lo agradezco. Siento que las cosas hayan llegado a este punto. —No te preocupes, muchacho, no te preocupes. Sherman Hillary salió del despacho a punto de llorar y sin cesar de dar las gracias. —¡Por el amor de Dios, jefe! —exclamó Belanger-—. ¿Por qué ha permitido que se fuera? ¿Es que no comprende la jugada? Hillary se irá directamente a Luster-Think. Le han pagado para que hiciera esto. —Te equivocas. Estás totalmente equivocado. Conozco muy bien al muchacho y esas jugadas sucias no van con él. Además, Ruth es una magnífica secretaria y sabe qué debe traerme cuando pido el contrato de un soñador. El documento auténtico sigue a salvo, créeme. »¡Vaya día que he tenido! Tuve que discutir con un padre de familia para que me permitiera aprovechar un nuevo talento, con un funcionario del gobierno para evitar la censura, contigo para que no te dejaras llevar por planes funestos, y ahora con mi mejor soñador para que no abandone su trabajo. Al padre es posible que lo convenciera. Al funcionario y a ti… no lo sé. Quizá sí, quizá no. Pero en cuanto a Sherman Hillary, no hay duda alguna: el soñador volverá. —¿Cómo lo sabe? Weill sonrió. Las arrugas de sus mejillas formaron una red de minúsculas líneas. —Frank, muchacho —dijo—. Tú sabes recortar sueños y eso te lleva a creer que conoces todos los engranajes del negocio. Pero permite que te diga algo. El engranaje más importante en el negocio de los sueños es el soñador mismo. Es el engranaje que mejor hay que comprender, y yo lo conozco perfectamente. «Escucha. Cuando era joven… Entonces no había sueños, claro. Cuando era joven conocí a un tipo que escribía guiones para la televisión. Cuando alguien le conocía, averiguaba su profesión y le preguntaba: ¿De dónde sacas esas ideas tan alocadas?, siempre recurría a mí para quejarse amargamente. »Pero la gente que le hacía esa pregunta desconocía la respuesta. Les parecía imposible inventar uno solo de aquellos guiones. ¿Qué responderles mi amigo? Solía hablar conmigo de este tema y me decía: «No puedo contestar que no lo sé. Por la noche me es imposible dormir porque las ideas bullen en mi cabeza. Me corto cuando me afeito. Cuando hablo, llega un momento en que pierdo el hilo de lo que estoy diciendo. Cuando me pongo al volante del coche, me juego la vida. Y el motivo siempre es el mismo: ideas, situaciones, diálogos… todo se arremolina en mi mente. No puedo explicarte de dónde saco mis ideas. ¿Podrías explicarme cuál es tu truco para no tener ideas? Si pudieras hacerlo, también yo podría gozar de un poco de paz. »¿Te das cuenta, Frank? Aquí puedes dejar de trabajar cuando quieras. Igual que yo. Es nuestro trabajo, no nuestra vida. Pero ése no es el caso de Sherman Hillary. Vaya donde vaya, haga lo que haga… siempre soñará. Mientras viva, tendrá que pensar, y mientras piense, tendrá que soñar. No le mantenemos prisionero en esta empresa, nuestro contrato no representa una cárcel para él. La auténtica prisión es su propio cráneo. Sherman volverá. ¿Qué otra cosa puede hacer? —Si está en lo cierto, lo siento por el muchacho. —Yo lo siento por todos ellos —dijo tristemente Weill—. Con el paso de los años he descubierto una cosa: el trabajo de los soñadores consiste en hacer felices a las personas. A otras personas. FIN Autor: Isaac Asimov Título: Soñar es un asunto privado Título Original: Dreaming Is a Private Thing Publicado en: The Magazine of Fantasy and Science Fiction, Diciembre de 1955 Traducción: César Terrón

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