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  • "El tercero a partir del sol", cuento de Richard Matheson.

    Abrió los ojos cinco segundos antes de que sonara el reloj. Se despertó súbitamente, sin el menor esfuerzo. Ya en plena conciencia, con toda frialdad, estiró la mano izquierda en la oscuridad para apagar la alarma; la campanilla vibró un segundo aún, antes de ahogarse. Su esposa, tendida junto a él, le tocó el brazo. Él le preguntó: —¿Has dormido? —No. ¿Y tú? —Algo —respondió él—. No mucho. Ella guardó silencio por algunos segundos. Sin embargo, el marido podía oír las contracciones de su garganta; la sentía temblar. Sabía de antemano lo que estaba por decir. —¿Nos vamos de veras? Él cambió de posición en la cama y aspiró profundamente. —Sí —respondió, y los dedos se apretaron con más fuerza en torno a su brazo. —¿Qué hora es? —Alrededor de las cinco. —Será mejor que nos preparemos. —Sí, será mejor. Pero ninguno de los dos se movió. —¿Estás seguro de que podremos entrar en la nave sin que nadie nos vea? —preguntó la mujer. —Creerán que es otro vuelo de prueba. No habrá nadie que controle. Ella no hizo más comentarios, pero se estrechó contra su marido. Tenía la piel muy fría. —Tengo miedo —declaró. Él le tomó una mano y se la oprimió con firmeza. —No debes sentirte así. No corremos peligro. —Me preocupan los niños. —No corremos peligro —insistió él. La mujer, con mucha suavidad, le besó la mano. —Está bien —aceptó. Ambos se incorporaron en la oscuridad. Él la oyó levantarse. El camisón se deslizó hasta el suelo con un susurro, sin que ella lo levantara; permanecía inmóvil, estremecida por el aire frío de la mañana. —¿Estás seguro de que no necesitaremos nada más? —preguntó. —No, nada. En la nave tenemos todas las provisiones necesarias. De todos modos… —¿Qué? —No podemos llevar nada cuando pasemos ante el puesto de guardia. Debemos fingir que tú y los chicos vais a verme partir. Mientras ella comenzaba a vestirse, el marido apartó las cobijas y se levantó. Cruzó el cuarto por el helado suelo para buscar sus prendas en el ropero. —Voy a despertar a los niños —dijo la mujer. Le respondió con un gruñido mientras sacaba la cabeza de entre la ropa. Ella se detuvo en la puerta. —¿Qué? —¿Y si al guardia le parece extraño que los vecinos vayan también a despedirte? —Tendremos que correr ese riesgo —contestó él, hundido en la cama, mientras buscaba a tientas los cordones de sus zapatos—. Es preciso que vengan con nosotros. Hubo un suspiro. —Todo parece tan frío, tan calculado… La silueta femenina se perfilaba en el umbral de la puerta. Él se irguió para verla. —¿Qué remedio nos queda? —preguntó, con vehemencia—. No podemos permitir que nuestros hijos procreen entre sí. —No —exclamó ella—. Sólo que… —¿Sólo qué? —Nada, querido, perdóname. Cerró la puerta tras de sí y sus pasos se perdieron por el corredor. Se abrió la puerta del otro dormitorio. Él oyó las voces de sus dos hijos, y una sonrisa inexpresiva le estiró los labios. Como si fueran a una fiesta, pensó. Se puso los zapatos. Al menos, los niños ignoraban lo que ocurría. Para ellos se trataba sólo de acompañarlo hasta la pista; creían que al regreso podrían contar todos los detalles a sus compañeros de escuela. Ignoraban que no habría regreso. Terminó de ajustarse los zapatos y se levantó. Se dirigió hasta el tocador, arrastrando los pies, para encender la luz. La situación era extraña: un hombre de aspecto completamente común, planeando algo semejante. Frío. Calculador. Las palabras de su mujer le repercutían en la mente. Bien, no había otra salida. En pocos años, tal vez antes de lo que se creía, el planeta entero volaría en una explosión enceguecedora. Aquella era la única solución; escapar con un pequeño grupo y comenzar de nuevo en otro planeta. —No hay otra salida —se repitió, contemplándose en el espejo. Echó una larga mirada en torno al dormitorio, despidiéndose de toda aquella etapa de su vida. Apagar la lámpara fue como apagar una luz en su conciencia. Al salir, cerró la puerta con suavidad, y acarició con los dedos el gastado picaporte. Sus dos hijos, varón y mujer, descendían por la rampa, hablando en misteriosos susurros. No pudo menos que menear la cabeza, divertido. Su esposa lo estaba esperando. Bajaron juntos, tomados de la mano. —Ya no tengo miedo, querido —afirmó ella—. Todo saldrá bien. —Seguro. Sin duda. Se sentó a desayunar junto a los niños. La mujer les sirvió el jugo de frutas y fue a buscar lo demás. —Ayuda a mamá, querida —dijo a la niña. Mientras ésta se levantaba, el hermanito comentó: —Falta poco, ¿no, papito? Muy poquito, ¿no? —Tranquilo —le advirtió—. Recuerda lo que te dije. Si hablas de esto con alguien no podré llevarte. Un plato se estrelló contra el suelo. Él levantó la vista: su mujer tenía los ojos fijos en él y le temblaban los labios. Apartó la mirada, y se inclinó para recoger los fragmentos del plato. Levantó sólo algunos trozos, con mano vacilante; luego los dejó caer otra vez. Volvió a incorporarse y empujó todo con el pie hacia la pared. —Qué importa —comentó, nerviosa—. Qué importa que la casa esté limpia o no. Los hijos la miraron, sorprendidos. —¿Qué sucede? —inquirió la niña. —Nada, querida, nada —repuso ella—. Estoy nerviosa, nada más. Vuelve a la mesa y toma tu jugo. Tenemos que desayunar deprisa; pronto llegarán los vecinos. —Papá —preguntó el varón—, ¿por qué vienen los vecinos con nosotros? —Porque quieren —respondió él, vagamente—. No pienses más en ello. Y no hables tanto. La habitación quedó tranquila. La mujer entró con la comida y la dejó sobre la mesa. Sólo sus pasos quebraron el silencio. Los niños se miraban entre sí, para echar luego una ojeada al padre. Éste mantenía la vista fija en su plato. La comida le parecía insulsa y espesa; podía sentir las palpitaciones del corazón contra sus costillas. El último día, se dijo. Este es el último día. —Será mejor que comas —dijo a la esposa. Ella se sentó y tomó los cubiertos, dispuesta a obedecer. En ese momento sonó el timbre de la puerta. Sus dedos nerviosos vacilaron y el cubierto cayó al suelo con un tintineo. El marido lo levantó rápidamente y cubrió con su mano la de su mujer. —No te preocupes, querida —dijo—. No te preocupes. Y se volvió hacia los niños, ordenando: —Vayan a abrir la puerta. —¿Los dos? —Sí, los dos. —Pero… —Hagan lo que les digo. Ambos abandonaron morosamente las sillas y salieron del cuarto, sin quitar la vista de sus padres. Cuando hubieron desaparecido por la puerta corrediza, él se volvió hacia su mujer. Estaba pálida y tensa, con los labios fuertemente apretados. —Por favor, querida —trató de explicarle—. No los llevaría si no tuviese la seguridad de que estaremos a salvo. Sabes que he volado muchas veces en esa nave. Y tengo bien decidido el sitio adónde vamos. No habrá problemas. Créeme, no habrá problemas. Ella le tomó la mano y apoyó allí su mejilla, cerrando los ojos. Unas lágrimas enormes se filtraron entre los párpados y rodaron por el rostro. —No es eso lo que me preocupa —explicó ella—. Es… este asunto de irnos, y no volver más. Hemos pasado toda la vida aquí. No es lo mismo que mudarse. No podremos volver. Jamás. —Escucha, querida —insistió él, en un tono apremiante que revelaba su tensión—. Sabes tan bien como yo que dentro de pocos años habrá otra guerra, y que será terrible. No quedará nada en pie. Tenemos que irnos. Por nuestros hijos, por nosotros mismos… Hizo una pausa, para medir el efecto de sus propias palabras. —Por el futuro de la misma vida —concluyó, sin convicción. Enseguida se arrepintió. A esa hora temprana, y después del prosaico desayuno, ese tipo de disquisiciones no sonaba convincente… aunque fueran verdaderas. —No tengas miedo —repitió—. Todo saldrá bien. Ella le apretó la mano. —Lo sé —afirmó con suavidad—. Lo sé. Unos pasos se aproximaron. Él le alcanzó un pañuelo de papel. Apresuradamente, la mujer se enjugó las mejillas. Se abrió la puerta y entró el matrimonio vecino con sus hijos. Los niños no podían contener la agitación. —Buenos días —saludó el vecino. Las mujeres se dirigieron hacia la ventana, y empezaron a hablar en voz baja. Los niños, sin alejarse, se movían constantemente, mirándose entre ellos con ansiedad. —¿Ya desayunaron? —preguntó él. —Sí —respondió el vecino—. ¿No te parece mejor que salgamos? —Creo que sí. Dejaron los platos sobre la mesa. La mujer subió a buscar abrigos para toda la familia. Mientras los demás se dirigían al coche, él y su esposa permanecieron unos momentos en el porche. —¿Cerramos la puerta? —preguntó él. La mujer se pasó una mano por el pelo y esbozó una sonrisa desolada, encogiéndose de hombros. —¿Importa, acaso? —respondió, dándole la espalda. Él cerró la puerta y la siguió por el sendero. —Era bonita, la casa —murmuró ella. —No pienses más en eso. Ambos volvieron la espalda al hogar y subieron al coche. —¿Cerraron con llave? —preguntó el vecino. —Sí. —Nosotros también. Íbamos a dejar abierto, pero tuvimos que volver a cerrar. Avanzaron por las calles tranquilas. Los bordes del cielo empezaron a enrojecer. La vecina iba en el asiento trasero con los cuatro chicos. Junto a él viajaban su esposa y el vecino. —Va a ser un hermoso día —afirmó este último. —Tal vez. —¿Se lo han dicho a los niños? —preguntó el hombre, en voz baja. —Por supuesto que no. —Yo tampoco, yo tampoco —aseguró el vecino—. Preguntaba, nada más. —¡Oh! Por un rato avanzaron en silencio. El vecino preguntó: —¿No tienen a veces la sensación de estar… huyendo? —No —respondió él, apretando los labios—. No. —Creo que es mejor no hablar del asunto —comentó apresuradamente el otro. —Es lo mejor. Mientras se acercaban al puesto de guardia, en la entrada, él se volvió hacia los de atrás. —Ya saben —les dijo—. Ustedes, ni una palabra. El guardia, soñoliento, no prestó mucha atención. Le reconoció enseguida, pues él era el principal piloto de prueba de la nave último modelo. Y eso bastaba. El piloto dijo que su familia quería verlo despegar. Estaba muy bien. El guardia les permitió acercarse a la plataforma de la nave. El coche se detuvo junto a las enormes columnas. Todos descendieron y alzaron la vista. Muy por encima de ellos, la gran nave metálica apuntaba hacia el cielo, empezando a reflejar en su vértice el resplandor de la mañana. —Vamos —ordenó él—. ¡Aprisa! Mientras todos trepaban rápidamente al ascensor de la nave, él se detuvo por un momento y miró hacia atrás. El puesto de guardia parecía abandonado. Echó una mirada a su alrededor, tratando de grabarlo todo en su memoria. Se inclinó para recoger un puñado de tierra y se lo guardó en el bolsillo. —Adiós —susurró. Y corrió hacia el ascensor. Las puertas se cerraron ante ellos. El cubículo ascendió en silencio; sólo se oían el zumbido del motor y algunas tosecitas nerviosas de los niños. Él los contempló por un instante. Llevarlos así, tan pequeños, pensó, sin que puedan ayudar… Cerró los ojos. Su mujer lo tomó del brazo. Ambos se miraron, y ella sonrió. —Todo está bien —susurró. El ascensor se detuvo con un estremecimiento. Las puertas se abrieron, deslizándose, y todos salieron. Él vaciló un instante. Empezaba a aclarar. —Rápido —urgió el piloto a los demás. Todos treparon por la plataforma cubierta, y entraron por la angosta portezuela que se abría al costado de la nave. Cuando le llegó el turno, volvió a vacilar. Sentía la necesidad de decir alguna frase adecuada a las circunstancias. Pero no pudo. Tomó impulso para entrar y cerró bien la puerta tras de sí, murmurando algo al hacer girar el volante con que se ajustaba. —Listo —anunció—. Vamos, todos. El eco multiplicó todos aquellos pasos a través de las escaleras y las plataformas metálicas. Finalmente llegaron al cuarto de control. Los niños corrieron hacia los ojos de buey, para mirar al exterior. La inmensa altura los dejó boquiabiertos. Las dos madres, detrás de ellos, miraban hacia abajo con ojos asustados. Él se acercó al grupo. —¡Qué alto! —dijo su hijita. —¡Qué alto! —repitió él, acariciándole suavemente la cabeza. Se volvió bruscamente para dirigirse hacia el panel de instrumentos. Allí permaneció, vacilante. Alguien se le acercó por detrás. Era su mujer. —¿No te parece que debemos decírselo a los niños? Así sabrán que es la última mirada. —Hazlo —replicó—; puedes decírselo. Pero los pasos de su mujer no se alejaron. Se volvió, y ella lo besó en la mejilla. Entonces fue a hablar con los niños. Él accionó el interruptor. En las ocultas entrañas de la nave, una chispa encendió el combustible. Un chorro de gas concentrado surgió de los eyectores. Los mamparos empezaron a temblar. Oyó el llanto de su hija y trató de no escuchar. Extendió una mano temblorosa hacia la palanca. Súbitamente, se volvió a mirarlos. Todos tenían los ojos fijos en él. Entonces asió con firmeza la palanca y la movió. La nave se estremeció por un momento y se deslizó enseguida por la suave plataforma inclinada para remontarse a velocidad creciente. El viento silbaba a su paso. Los chicos volvieron a dirigirse hacia los ojos de buey. —Adiós —dijeron—. ¡Adiós! Agotado, se dejó caer sobre el panel de controles. Por el rabillo del ojo vio que el vecino se sentaba a su lado. —¿Sabes con exactitud adónde vamos? —Está allí, en ese mapa —respondió él. El vecino echó un vistazo al diagrama y alzó las cejas. —Es otro sistema solar —observó. —Correcto. Allí la atmósfera es parecida a la nuestra. No tendremos problemas. —La especie estará a salvo —dijo el vecino. Asintió con un gesto, y se volvió para mirar a la otra familia. Todos seguían mirando por las portillas. —¿Cómo dice? —preguntó al vecino. —Preguntaba cuál de todos esos planetas es el que has escogido. Él se inclinó sobre el mapa y señaló un punto. —Ese pequeño que está allí —dijo—. Cerca de aquella luna. —¿Éste? ¿El tercero a partir del sol? —Precisamente —respondió—. Ése. El tercero a partir del sol. FIN Autor: Richard Matheson Título: El tercero a partir del sol Título Original: Third from the Sun Publicado en: Galaxy Science Fiction, octubre de 1950

  • "La puerta cerrada", cuento de José Donoso.

    Adela de Rengifo se quejaba frecuentemente de que a ella le habían tocado las peores calamidades de la vida: enviudar a los veinticinco años, ser pobre y verse obligada a trabajar para mantenerse con un poco de dignidad, y tener un hijito enfermizo, es decir, no enfermizo precisamente, sino que más bien enclenque, de esos niños que duermen el doble que los niños normales. En realidad, desde que nació, Sebastián dormía muchísimo. Cerraba los ojos apenas su cabeza caía sobre la almohada bordada con tanto esmero por su madre, y ya, dentro de un segundo, estaba durmiendo como un ángel del cielo. ¡Es tan bueno y tan tranquilo el pobrecito! —decía Adela a sus compañeras de oficina—. Ni siquiera llora ni despierta de noche, como casi todos los niños. Adela y Sebastián vivían en dos cuartos que no eran malos a pesar de que las ventanas se abrían sobre un patio interior muy estrecho, en el segundo piso de una pensión un poco húmeda y bastante oscura. Cuando Adela partía a la oficina, en la mañana, la señora Mechita, dueña de la pensión, quedaba encargada de cuidar a Sebastián. Pero como el niño era tan tranquilo casi no había necesidad de preocuparse de él, porque jamás molestaba con el bullicio y el recotín con que generalmente hacen la vida imposible los niños de cinco años. En cuanto la señora Mechita iniciaba los quehaceres domésticos matutinos, Sebastián se deslizaba hasta su propia habitación para tenderse en la cama y dormir a pierna suelta. La señora Mechita entraba a verlo, porque le daba «un no sé qué» que un niño de su edad prefiriera dormir a entretenerse con cosas más… bueno, más normales. Hasta que una tarde, decidiendo llamar la atención de Adela sobre esta peculiaridad de su hijo, la abordó como haciéndose la desentendida, y sin levantar la vista de la labor de crochet en que siempre tenía atareados sus dedos pecosos, le dijo: ¡Qué bueno para dormir está el niño, Adelita por Dios! ¿No andará enfermo? Adela, como si entreviera una censura, respondió muy tiesa: —¿Y qué tiene de particular que duerma si se le antoja? —Bueno, era por decirle no más… —replicó la señora Mechita, y al alejarse endureció su quijada de mastín, reflexionando que las viudas jóvenes son demasiado nerviosas y que en el futuro se guardaría de acoger a otra en su casa. Como la observación de la señora Mechita subrayaba sus propias inquietudes, Adela no pudo dejar de tomarla en cuenta. Era indudable que Sebastián dormía demasiado. No es que pasara el día soñoliento ni amodorrado, sino que de pronto, porque sí, parecía estimar que resultaría agradable dormir un rato, y, sin más, lo hacía como quien se entrega a un pasatiempo entretenidísimo, tendido en su pequeña cama con barrotes de bronce, o sentado en cualquiera silla. Intranquila, su madre a veces solía mirarlo dormir. Esto apaciguaba sus temores, porque era seguro que nada malo podía ocurrirle a un ser que dormía con ese rostro de embeleso, como si detrás de sus párpados transcurrieran escenas de una existencia encantada. Pero por mucho que tratara de no agitarse, Adela no podía dejar de darse cuenta de que Sebastián era un niño distinto. ¿Cómo no sentirse incómoda? Indiferente y solitario, parecía no tener ninguna relación con lo que ocurría en torno suyo —ni con las personas, ni con las cosas, ni con el frío ni con el calor, ni con la lluvia insistente que en invierno salpicaba en el polvo acumulado en los vidrios de la claraboya del vestíbulo. Parecía, como la luna, que sólo la mitad de Sebastián se mostrara al mundo. Daba un poco de miedo. Los demás pensionistas eran amables con él, más que nada por agradar a Adela, que al fin y al cabo era muy señora a pesar de haber tenido tan mala suerte en la vida. Pero ella no se engañaba: sabía que nadie encontraba simpático a Sebastián. Y la pena le trizaba el alma a pesar de que era imposible no ver que tenían un poco de razón, porque era demasiado extraño que un niño de siete años durmiera tanto y que no le gustara hacer nada más. No es que se «quedara» dormido, de debilidad o de fatiga, sino que, eligiendo el momento, se «pusiera» a dormir, como los niños corrientes se «ponen» a jugar a las bolitas o se «ponen» a cantar. No le interesaban los amigos de su edad. Se aburría con libros, revistas y películas. No le gustaba jugar. Lo único que parecía desear era abandonarlo todo para tenderse en su cama y «ponerse» a dormir. Un día Adela le preguntó: —¿Con qué sueñas, hijo? —¿Sueño? —Sí. ¿No ves visiones cuando duermes, como figuras o cuentos? Sebastián acarició las manos de su madre al responder: —No, parece que no… no me acuerdo… Adela no pudo dejar de exasperarse con esta respuesta. —¿Entonces para qué duermes tanto si no sacas nada? —le preguntó en tono cortante. —Es que me gusta, mamá… Al oír esto Adela se enojó de veras. Ella se veía obligada a trabajar y a sacrificarse para mantenerlo. Ella, joven y bien parecida aún, por respeto a su hijo, desdeñaba las proposiciones de los hombres que en la oficina intentaban cortejarla. Por él… por él… por él, mil renunciaciones, mil dolores, mientras él se daba el gusto de pasar el día durmiendo. Y dormía, porque le gustaba dormir, nada más. Lamentó que Sebastián se acostumbrara desde chico a hacer las cosas simplemente porque le gustaban —era una actitud peligrosa, casi inmoral. Al principio, debía confesarlo, Adela creyó intuir oscuramente alguna función misteriosa en el dormir de su hijo, como si esos sueños contuvieran un tesoro, algo que, a pesar de que ni él ni ella comprendieran, en el futuro podía llegar a revelarse como útil o muy importante. Esta vaga esperanza la había hecho callar con algo de temor. ¡Pero si se trataba sólo de una afición era una indecencia! ¡Ella también tenía sus gustos y hubiera querido poder dárselos! —Bueno, mamá —dijo Sebastián, sobrecogido por el malhumor de su madre—. Entonces, si quiere, no duermo más, más que de noche… El corazón de Adela se detuvo repentinamente, como a punto de caer en un pozo. Enmudeció, y después de un instante pudo preguntar con voz muy lenta y muy baja: —¿Entonces es algo que haces cuando quieres, porque sí? ¿Puedes controlarte? —Sí, mamá, duermo cuando quiero dormir. Al ver a su hijo de pie frente a ella, tan solo, tan raro, entregado a eso que ni él ni ella eran capaces de comprender, mirándola con sus pobres ojos azules tan serios, sintió que el amor la colmaba, y de pronto no pudo dejar de abrazarlo y besarlo, y de apretarlo contra su cuerpo. —No, no mi niño —le decía—. No, duerme todo lo que quieras… Meditó amargamente que Sebastián era la viva imagen de su padre —buen mozo, sí, pero tal vez no demasiado inteligente. Por lo menos no tan inteligente como Carlos Zauze, el jefe de su sección en la oficina, que no la dejaba en paz con invitaciones y requiebros, que aunque respetuosas, eran tentadoramente insistentes. Porque nadie que tuviera algo… algo de valor adentro de la cabeza podía gozar con una cosa tan descolorida, tan insubstancial como dormir a deshoras. En fin, al año siguiente, cuando entrara al colegio, iba a ser fácil medir las capacidades mentales de su hijo. En el colegio Sebastián fue, si no un alumno brillante, por lo menos un muchacho muy cumplidor de su deber. Dócil y tranquilo, a todos daba satisfacciones, pero nunca satisfacciones que lo pusieran en evidencia. Además, las daba impersonalmente, como para que la gente lo dejara en paz, y así no rozarse con sus compañeros y profesores. Nunca salía con amigos en los días de fiesta, y por la tarde, después de clases, cuando los niños, polvorientos y cansados, se detienen a comprar dulces y a hacer pequeñas barrabasadas antes de separarse, Sebastián se iba directamente a su casa, tomaba el té, hacía sus deberes, y así, ganado el derecho de hacer su voluntad, se acostaba a dormir como quien no está dispuesto a malgastar ni un segundo. Los sábados y domingos hacía lo mismo —dormía de sol a sol, consciente de que su conducta y sus calificaciones en el colegio impedirían que Adela se atreviera a decirle nada al respecto. No sin sobresalto, Adela a veces iba a la habitación de su hijo para verlo dormir. Y la sacudía su viejo temor —temor y algo más grave, más inquietante aún: respeto. Porque en ese dormir adivinaba algo que la eludía, algo demasiado grande o demasiado sutil para dejarse capturar por la red un poco rígida y limitada de su imaginación. Lo más turbador era que Sebastián siempre sonreía en el sueño. Y no era la sonrisa común y apaciguadora del que sueña con casas y automóviles y lujos, y que se ve protegido por una madre bella y por un padre poderoso. No. Era muy distinto. Era como si el espíritu se le escapara del cuerpo para agazaparse en un mundo maravilloso y secreto alojado detrás de sus párpados. Todo él entero parecía guardado allí, adentro de su sueño, sin dejar nada afuera para confortar a su madre que lo observaba solitaria. Había… sí… una especie de intensidad salvaje que daba la impresión de que el soñar de Sebastián era algo completo en sí, poderosamente cerrado, que se bastaba a sí mismo sin necesitar para nada de la gente y de las cosas del mundo. A ella, claro, tampoco la necesitaba para nada —era una sombra que se podía excluir con gran facilidad de cualquiera riqueza. Verlo dormido era para Adela intuir cruelmente, confusamente, todo lo que ella jamás había sido y que jamás podría ser ni comprender. Cuando Sebastián llegó a cumplir quince, dieciséis años, era como si hubiera dejado tan, tan atrás a su madre, que apenas la divisara, como punto insignificante un segundo antes de disolverse al final del camino. A esta altura, Adela, que entraba en la cuarentena, no pudo seguir resistiéndose a las atenciones de Carlos Zauze, que la cortejaba con insistencia desde hacía tantos años. Era su última ocasión y tenía que aprovecharla, porque no podía seguir marchitándose en un frío cuarto de la pensión de la señora Mechita. Salió a comer y a pasear con su admirador, fueron juntos a bailes y a los cines, y durante un tiempo Adela se sintió arrebatada por esta vida, por este entusiasmo nuevo. A los dos meses, Zauze le pidió que se casara con él, ella consintió feliz, e inmediatamente se hicieron amantes. Mientras su hijo soñaba vagas improbabilidades en el cuarto vecino, los sueños de Adela se poblaron con la sensación de un bigote negro acariciante y por el calor de unas piernas viriles junto a las suyas —ya no estaba sola, ya no estaba eliminada de la vida por la misteriosa indiferencia de su hijo. Pero, poco a poco, una vez realizado, el amor de Carlos Zauze se fue debilitando. Se habló cada vez menos de matrimonio. Hubo muchas lágrimas. Luego, y quizás debido a las lágrimas, se habló cada vez menos de amor, hasta que por último ya no se veían casi nunca, y fue claro que las intenciones del jefe comenzaron a dirigirse a otro lado —hacia la secretaria de la Sección Obras, dos pisos más abajo, una rubia joven pero demasiado llamativa según le informaron sus compañeras de trabajo. Le costó mucho consolarse, pero nadie pudo decir que perdió su dignidad. Lo malo era que ya le había dicho a Sebastián que iba a casarse, que le daría un nuevo padre, y ahora se veía en el incómodo trance de comunicarle que la vida se había encargado de destruirle también esta última ilusión. —¿No me dices nada? —le preguntó Adela, cuando se dio cuenta de que sus confidencias no conmovían a su hijo—. Deja de manosear esa alcuza, vas a mancharte la ropa con aceite. ¿Crees que no me cuesta plata comprarte ropa? Hizo un puchero, y sonándose la nariz agregó: —Lo que me pasa no te importa nada… —Sí, mamá —respondió Sebastián—. ¿Cómo se le ocurre que no? Adela lloriqueaba diciendo: —No, no. Yo soy menos que nada para ti. Eres un egoísta, y yo ya estoy cansada de tener que trabajar y estar sola. Cómo estaré de vieja que ayer me mandé a hacer un par de anteojos, porque el oculista me dijo que tengo presbicia… Al decir esto comenzó a sollozar. —Mamá, por favor, no llore… tome, suénese. Lo de su trabajo ya lo hemos hablado: termino este año y me salgo del colegio para buscar un buen empleo. Quiero ponerme a ganar plata para ayudarla. Además ya voy a cumplir diecisiete años y quiero darme mis gustos… Adela suspendió repentinamente su llanto, y mirándolo seca de rabia, exclamó: ¡Pero si a ti lo único que te gusta es dormir como un tonto! Al oír esto, Sebastián clavó a su madre con la mirada, y sin embargo era como si no la viera. A ella se le detuvo el corazón, porque en esa mirada vio el retrato de todo lo incomprensible e inasible en la vida de su hijo, y de nuevo se deshizo en sollozos. Sin embargo, entre lágrimas y lamentaciones, logró preguntarle por primera vez —si no le preguntaba ahora ya no le podía preguntar y era incapaz de seguir viviendo rodeada de tanta aridez, de tanta soledad— qué significaba que durmiera tanto. —¿Cómo le voy a explicar, si ni yo mismo lo entiendo? —dijo él serenamente, mientras Adela, ya más tranquila, movió la pantalla de la lámpara de modo que la luz rosada bañara el rostro de su hijo, dejando el suyo en la penumbra. —Es como… como si hubiera nacido con este don de dormir tanto y cuando quiero. Y quizás por esa facilidad que tengo es lo único que me gusta. Es como si todo lo demás fuera sombras que carecieran de importancia. Y sin embargo nunca he comprendido claramente lo que me pasa. Para mí, toda la felicidad posible está en dormir; eso que parece tan pobre, tan absurdo, pero para lo cual nací y ha llegado a ser lo único que me importa. Tengo la sensación que sueño y soy feliz, que sueño con algo verdadero y mágico, con un mundo de luz que lo aclarará todo, no sólo para mí, sino que, a través de mí, para toda la gente. Pero al despertar siento algo como una puerta que se cerrara sobre lo soñado, clausurándolo, impidiéndome recordar lo que el sueño, contenía; esa puerta no me permite traer a esta vida, a esta realidad que habitan los demás, la felicidad del mundo soñado. Yo necesito abrir esa puerta, por eso tengo que dormir mucho, mucho, hasta derribarla, hasta recordar la felicidad que contiene mi sueño. Quizás algún día lo lograré… —Pero hijo, estás loco. Eso sólo lo logran los que se mueren… —No mamá, morir no. Los muertos no sueñan. Para soñar hay que estar vivo, así es que tengo que seguir viviendo. No he entregado toda mi vida a dormir, pero a veces siento que debo hacerlo aunque no sepa qué voy a encontrar detrás de la puerta. Quizás descubra que haber dejado de vivir como los demás fue una equivocación, que tal vez no valía la pena saber lo que ocultaba la puerta. Pero no importa. El hecho de seguir un destino que yo siento auténtico me justifica y le da una razón a mi vida. Pienso en las vidas de los demás, y les tengo lástima, porque carecen de ese centro que yo tengo, porque no conocen el fervor que a mí me anima. Y si lo que hay detrás de esa puerta es lo que yo pienso… si hay luz, si hay eso que me permitirá comprender y, al comprender, explicar… Al año siguiente Sebastián se empleó y su madre dejó de trabajar. Adela había envejecido mucho. Era como si ver a Sebastián la cansara terriblemente, como si pensar en él la exprimiera, dejándola seca. Consideraba que el destino había sido duro con ella, exigiéndole mucho y dándole muy poco en cambio. Se consolaba jugando al naipe con la señora Mechita, y hablando por teléfono de vez en cuando con sus antiguas compañeras de trabajo para que le contaran lo que sucedía en la oficina. Con su pequeña jubilación y con el sueldo de Sebastián les bastaba para ir tirando, y seguían habitando los mismos cuartos de la pensión, con macetas de helecho colocadas en el centro de inmaculadas carpetas tejidas a crochet, y con olor a viejas cortinas de felpa apolillada. En la oficina Sebastián hablaba poco con sus compañeros. Sentía que anudar una amistad, iniciar una relación que no fuera puramente formal, era traicionar su vocación para el sueño. Había crecido mucho y estaba bastante flaco, hecho de una materia cerosa, muy frágil y transparente, distinta de la carne. Esto le daba un aspecto tan interesante que las muchachas de la oficina, mientras se empolvaban la nariz o refaccionaban imaginarios desperfectos en sus peinados, lo miraban riéndose, lamentando que fuera tan joven. Tenía unos ojos azules muy raros, muy bonitos. —Ojos de santo —comentaba una de las muchachas. —O de artista —opinaba otra. —No, ojos de gran amante —corregía la más atrevida. Pero cuando Sebastián respondía a alguna de sus preguntas o a una broma, su modo de hacerlo era tan tranquilamente afable, tan sereno y limpio, que se sentían derrotadas, como si no viera en ellas más que cascarones vacíos. Dejaron de embromarlo, y Sebastián logró asumir un papel como de sombra eficiente, señalándoles con su silencio que él era de otra especie, que no tenía tiempo ni inclinación para tomar parte en esa clase de pasatiempos. El jefe de la sección, Aquiles Marambio, que no era más que diez años mayor que Sebastián, lo tomó bajo su protección. Como Marambio hablaba tanto y al hacerlo sólo le interesaba escucharse, no se daba cuenta de que Sebastián le oía sin prestar atención. Solía sentarlo a su lado para darle grandes peroratas: —Tienes un futuro estupendo aquí en esta organización, Rengifo, porque yo, que conozco bien a la gente, me doy cuenta de que eres un tipo serio y capaz. Adivina cuántas máquinas de calcular nos mandaron de Norteamérica; unas máquinas modernas, preciosas, lo único que les falta es hablar. ¿No sabes? ¡Ciento ochenta! ¿Te imaginas todo lo que podemos hacer con ciento ochenta máquinas de calcular? Bueno, yo diría que se puede hacer casi todo… absolutamente todo. ¿No te parece? Aquiles Marambio era pequeño y delgaducho, con bigotitos negros muy finos y anteojos con borde de oro. A pesar de sus acinturados trajes oscuros, se le comenzaba a notar una pequeña panza, y la doble barba ya desdibujaba su mentón agudo, tembloroso como el de un niño a punto de llorar si alguien contravenía sus órdenes o cometía alguna falta de pulcritud o de puntualidad. En una ocasión, después de mucha insistencia de parte de su jefe, Sebastián aceptó una invitación para comer en su casa. Al sentarse a la mesa, Aquiles Marambio desplegó la servilleta, introduciendo dos de sus puntas en los bolsillos del chaleco, y se puso a esperar la cena, ponderándole a Sebastián los encantos de tener casa propia, mujer propia, radio y máquina lavadora propias. Su mujer, mientras tanto, sin despegar los labios, sostenía una sonrisa aprobatoria como quien sostiene un arma defensiva, porque era claro que su corazón no estaba en la mesa, sino que en la cocina, rogando al cielo que la cocinera no dejara quemarse el asado. Después de muchos prolegómenos Aquiles carraspereó y dijo: —Mira, Rengifo, hay algo de que tenía intención de hablarte… —¿Si? —Sí —respondió Marambio y, después de un silencio continuó—: Mira, se trata de lo siguiente. En la oficina todos te aprecian, porque eres eficiente y caballeroso. Pero tú sabes que en una oficina lo principal es la unión, que todos seamos como una familia. Sin eso no hay eficiencia posible. La gente te tiene simpatía, pero no puedo ocultarte que están comenzando a perdértela. Te encuentran raro… orgulloso. Te convidan a fiestas y a paseos, te proponen ir a tomar una copa o a ver una película, y tú no has aceptado ni una sola vez. ¿Puedes decirme por qué? —Es que salgo muy poco. —¿Pero por qué? A tu edad debes salir y divertirte. Puedes estar jugándote tu futuro en una cosa tan insignificante. ¿Por qué sales tan poco? —Mi madre es sola. Tengo que acompañarla. —Esa no es razón. Seguro que si ella se diera cuenta de la importancia que tiene tu convivencia con tus compañeros de trabajo, no le importaría quedarse sola un par de noches al mes. Porque no es más. Te digo estas cosas como amigo y como hombre de experiencia… —Bueno, es que además soy muy flojo. Me gusta mucho dormir. En realidad, prefiero dormir a pasear… —No me vengas a decir que te pasas los sábados y los domingos durmiendo… —Aunque parezca raro, sí. Soy muy dormilón. Aquiles, cuyo rostro sufrió un repentino reventón de risa, se llevó la servilleta a los labios para proteger su boca llena de comida. Exclamó: —¿Oíste, Sara, lo que dice este tonto? El gran entretenimiento de Rengifo es dormir. Es primera vez que oigo una cosa así. No sale, ni le gustan las copas, ni anda con mujeres. Es casi un vicio… Si, claro asintió Sebastián, acompañando con una risita las carcajadas de su jefe. —He oído hablar de muchos vicios, de mujeriegos y de cocainómanos y de borrachos y qué sé yo, pero te aseguro que es la primera vez que oigo decir que alguien tiene el vicio de dormir. ¡Eres loco, hombre! Si duermes todo el tiempo la vida te va a pasar de largo, y la vida hay que vivirla. Mírame a mí. Sebastián se sintió tan incómodo y culpable que no tuvo más remedio que dar por lo menos una explicación vaga: —Es que se me ocurre que durmiendo, en lo que sueño voy a descubrir algo importante, algo más importante que… bueno, que vivir… —¿Y si te demoras toda la vida en averiguarlo y te mueres antes? Significa que perdiste tu vida durmiendo y que no sacaste nada. —Se me ocurre que es tan maravilloso lo que voy a encontrar que estoy dispuesto a arriesgarme. —¿Arriesgarte a despertar muerto una buena mañana, y que te tiren así, sin uso, a la basura? Ah, no, no, eso jamás. Es una locura. La vida hay que vivirla. La conversación comenzó a flaquear. Por decir algo, Aquiles propuso: —Te hago una apuesta a que te vas a morir sin ver nada. Riendo, Sebastián replicó: —Bueno, si gano yo, tú pagas mi funeral. Aquiles estaba tan seguro de ganar que no titubeó en aceptar la apuesta. —¿Y si ganas tú, qué quieres? —preguntó Sebastián. Aquiles le palmoteo la espalda diciendo: —Si gano yo, te mando a la fosa común. ¿Qué te parece? —Bueno, muy bien. Se dieron la mano para sellar la apuesta. —¿Pero cómo vamos a saber quién ganó? —preguntó Aquiles, comenzando a dudar. —Creo que mirarme la cara será suficiente para que sepas… —Estás loco. Ambos rieron. Y al despedirse de su protegido, Aquiles le aconsejó: —Se me ocurre que lo que a ti te falta es energía, vitalidad. ¿Por qué no pruebas hacer ejercicios, como yo? Me compré unas pesas y unos elásticos, y además todas las mañanas hago flexiones. Quizás así tendrías energía para divertirte y salir con mujeres… Era más o menos lo mismo que su madre le insinuaba tímidamente, desesperada porque su hijo rehusaba todo entretenimiento, incluso ir al cine. Y si alguna vez logró convencerlo de que la llevara, en la oscuridad de la sala Sebastián se quedaba dormido al instante. Adela había envejecido mucho, y cada día se debilitaban más sus ojos y sus oídos. Era como si lentamente todas sus facultades se fueran apagando, disolviéndose. ¡Había sufrido tanto! Sus sufrimientos eran el tema predilecto de sus conversaciones con la señora Mechita, cuyos dedos pecosos carecían ahora de su antigua destreza con el crochet, pero mostraba en cambio una creciente avidez para escuchar los pesares de los demás. En una ocasión Adela transmitió a su hijo, como dicho por la señora Mechita, lo que ella misma pensaba: —La señora Mechita, que te quiere tanto porque te conoce casi desde que naciste, dice que a ella le parece que estás malgastando tu vida… que debías divertirte, salir a veranear por ejemplo. Dice que es necesario que reacciones, que dejes de dormir. Es como si estuvieras embrujado, dice ella, que cree en esas cosas. Sebastián perdió la paciencia. Después de gritar un poco bajó la voz y dijo: —Lo que más me da rabia es que me cuente estas cosas como si se las hubiera dicho la señora Mechita. ¿Por qué no me dice francamente que es lo que usted misma piensa? No quiero que esto se repita, mamá. Yo trabajo y cumplo con mucho gusto con mi deber de mantenerla, porque la quiero. Pero no acepto que nadie, ni usted, se meta en mi vida. Es dolor suficiente no recordar nada, nada, por mucho esfuerzo que haga, de la felicidad que queda oculta detrás de la puerta cuando despierto. A veces pienso que debo abandonarlo todo, exponerme a morir de hambre si fuera necesario, para tener tiempo para dormir y dormir y dormir y dormir… hasta que la puerta se abra. Tengo miedo de que la vida sea demasiado corta. Así es que si no tengo derecho a dormir las horas libres que mi trabajo me deja, entonces no vale la pena que siga viviendo… —No vale la pena que sigas viviendo para hacer lo que haces —respondió Adela, saliendo de la pieza con un portazo. Se encerró en su cuarto para gemir en voz alta de modo que su hijo no pudiera dejar de oírla. Sebastián reflexionó que tratar de explicarle las cosas a su madre era inútil. Era inútil explicar nada a nadie. Todo esto era tanto más grande que él mismo y que la gente, que arrastrándolo hacia un fin desconocido lo hacía con tal ímpetu que arrancaba sus raíces de la tierra y, asilándolo, lo incomunicaba. Mientras crecía su angustia por no ser capaz de recordar su felicidad, le parecía que todo su proceso se aceleraba. Antes, cuando era niño, dormía como quien se entretiene, como quien ha descubierto un juguete un poco misterioso, pero al fin y al cabo juguete, y por lo tanto inofensivo. En aquella época dormía porque le gustaba, o cuando tenía tiempo, o simplemente cuando quería hacerlo. Pero ahora que saldaba sus cuentas con la humanidad manteniendo a su madre, trabajando y, hasta cierto punto, tomando parte en las actividades de los seres vivos, se sentía con pleno derecho a dormir seriamente, con toda conciencia de su propósito, arrastrado por la auténtica y cada vez más desgarradora necesidad de saber lo que sus sueños contenían. Lo que antes era un pasatiempo era ahora la razón de su existencia, y le entregaba todas sus horas libres, preso de una vehemente sed de sueño, como quien se expone a perder algo más importante que la vida misma si no aprovecha todas, absolutamente todas sus horas. Pero al despertar la puerta permanecía implacable, sellada, dejándole sólo un deslumbramiento, una ansiedad agotadora por conocer aquello que aclararía todo, permitiéndole a la vez, encontrarse con los demás seres. De tanto cavilar, de tanto rumiar la dura suerte que en la vida le había tocado y de pensar en las pocas satisfacciones que le proporcionaba el destino inexplicable de su hijo, Adela fue palideciendo y enflaqueciendo, triste y sola en el fondo de su cuarto de la pensión. Comprobó definitivamente que ella no significaba nada para Sebastián —sólo otro objeto digno de vago cariño dentro del reino de los objetos. Era como si a costa de no tomarla en cuenta su hijo la hubiera borrado de la vida, privándola de contorno y de peso. Adela no sólo estaba casi sorda y muy cegatona, sino que también las piernas le dolían mucho al andar. Tosía bastante. Tosía casi todo el tiempo. Y un día tosió demasiado, y como no tuvo fuerza para llamar a nadie que pudiera ayudarla, murió como si finalmente se hubiera convencido de su propia falta de existencia. Al regresar del funeral, Sebastián se quitó el sombrero y los guantes, dejándolos encima del mármol del peinador. Cerró los postigos de su cuarto, le pidió a la señora Mechita que le enviara comida dos veces al día y se acostó a dormir ávidamente, como si el fallecimiento de su madre le hubiera desatado el último nudo que lo unía al mundo. Durmió tres días y tres noches —los tres días de permiso de luto que con cara compungida le otorgó Aquiles Marambio. Al despertar comprobó que la puerta permanecía cerrada aún y la luz oculta. Pero —y ésta era la maravillosa diferencia— sabía con certeza que algún día, aunque fuera muy lejano, iba a poder recordar entera esa parte de su vida que se ocultaba detrás de la puerta del sueño. Era cosa de ponerse a hacerlo, nada más. Esta nueva fe lo hizo vestirse, peinarse y salir de su casa en dirección a la oficina, sintiéndose liviano como nunca, fuertísimo, seguro. Se hizo anunciar a su jefe, que recibiéndolo con un abrazo fraternal lo invitó a tomar asiento en el sillón más cómodo de su despacho. Rechazando el cigarrillo que Aquiles le ofrecía, Sebastián dijo: —Vengo a presentar mi renuncia. Aquiles Marambio se puso de pie de un salto. No comprendía una decisión tan repentina. ¿Por qué? ¿Con qué objeto? ¿De qué iba a vivir? ¿No se daba cuenta de que si permanecía dentro de la Organización se le presentaba un futuro envidiable? ¿Cómo podía ser tan inconsciente? Pero Sebastián se supo mantener firme en su propósito. Era como si no viera ni oyera a Aquiles. Por fin, agotado de tanto discutir solo, el jefe miró a Sebastián y con tono insultante le preguntó: —¿Y a qué te piensas dedicar? ¿A dormir todo el tiempo? —Sí… —¿Y para qué? Marambio sujetaba su ira. —No sé, tengo que hacerlo, tengo que saber… Aquiles se levantó furioso y comenzó a gritar: —¡No me vengas con tus paparruchas de visiones! ¡Lo que pasa es que eres un flojo, como todos ustedes los que se creen espíritus selectos! ¿Por qué te crees con derecho a una vida privilegiada? No, no me vengas con historias, lo que tú quieres es pasarlo bien, no hacer nada, dormir y descansar. ¡Nada de visiones! Pero te advierto, te vas a morir y no vas a llegar a descubrir nada. Bueno… muy bien, entonces, ahora ándate. Ah, y quiero advertirte una cosa, para que te acuerdes después no me vengas a rogar que te ayude. Nosotros terminamos aquí toda amistad. Yo no soy amigo de vagabundos profesionales. Y si quieres flojear y pasarlo bien tienes que pagar las consecuencias hasta el fin. Herido, pero mirándolo serenamente, Sebastián le preguntó: —¿Y la apuesta? Aquiles se rio con desdén: —¿Así es que tienes el coraje de seguir las bromas, aún ahora? Muy bien. Que esa apuesta permanezca como nuestra única relación. Pero no sabes el gusto que voy a tener de hacerte meter en la fosa común. Al salir a la calle Sebastián respiró profundo, como si lo hiciera por primera vez. Ahora, por fin, era su propio dueño, sin sogas que lo ataran a nada ni a nadie; ahora iba a poder entregarle su vida entera al sueño, y con cada segundo más que durmiera se iría aproximando aquello, se haría más y más posible abrir la puerta. ¿Qué importaba que lo creyeran un inútil? ¿Qué era él en la vida real sino un pobre empleaducho en una firma de importadores, que vivía en una pensión con olor a cortinas apolilladas? El sueño, en cambio, a pesar de no verlo aún, le entregaría armas poderosas, grandes y bellas palabras, colores elocuentes, todo un sistema de claridades; cosas inmensas y ricas con las cuales él, Sebastián Rengifo, haría retroceder de alguna manera el límite de la oscuridad. Sí, ahora estaba seguro. A lo qué antes le entregaba unos pocos momentos libres le entregaría su vida entera. Viviría de modo que pudiera dormir el mayor número posible de horas, sin permitir que se interpusieran obligaciones de la llamada «vida real». Ya no tenía para qué darle categoría a lo que no era más que sombras: la comida, la vestimenta, el bienestar, las diversiones, la gente. Así, viviendo siempre cercano a la puerta estaría listo en cualquier momento en que se entreviera la luz. La única manera de lograr este propósito era despojarse de todo. Y como jamás le había gustado la ciudad, sobre todo cuando la primavera, como ahora, se insinuaba, vendió los muebles, liquidó todas sus pertenencias, y despidiéndose para siempre de la señora Mechita —que anegada en lágrimas exclamaba: «¡Estás loco, hijo, estás loco!» —salió de la ciudad por un camino que conducía al norte. El paisaje lo envolvió inmediatamente, suavizando su vigilia al presentarle un aire de sueño. Los sauces mecían sus cabezotas verdes junto a esteros lentos y oscuros, y el mismo viento que revolvía sus tristes mechas dotaba de un vocabulario distinto a cada planta, a cada rama, a cada hoja. Allá, toda una loma azul de eucaliptos tiernos. Los senderos de rica tierra castaña donde niños andrajosos jugaban con la infinitud de perros de los pobres, lo conducían hacia un tambo que con su aroma se anunciaba desde lejos, o hacia el brazo de humo que lo saludaba desde el techo de una choza oculta a medias entre los árboles. La corteza de cada árbol ostentaba el mapa de un tiempo y de una función distintos. Sebastián, en medio de todo esto, sintió que la distancia que antes separaba la «realidad diaria» de la otra realidad, de la más verdadera, se iba acortando, porque era como si todo este mundo exterior se incorporara, enriqueciéndola, a la realidad oculta del sueño. Sebastián, fuerte y joven y contento con el verano que comenzaba, iba trabajando un tiempo aquí y otro allá en las granjas y los campos. En un sitio ayudó al baño de las ovejas y le permitieron dormir en el corredor. Más allá tomó parte en la cosecha de los girasoles y después le encargaron que desenterrara papas de la tierra negra. Después seguía su camino, mientras los tordos, como pedradas, amenazaban la fragilidad azul del cielo. Con lo que ganaba en tres días de trabajo podía no hacer nada durante una semana; y ese tiempo lo dormía entero, concienzudamente, debajo de los duraznos pesados de fruta, o a campo abierto, o en algún pajar. El sol tostó sus facciones y sus brazos. Una luz tranquila bañaba sus ojos. A veces, cuando de tarde en tarde regresaba a la ciudad, solía divisar a Aquiles Marambio, que al ver a Sebastián desviaba la vista o cruzaba rápidamente la calzada para no tener que dirigirle la palabra, alzando, desde lejos un dedo enguantado como para censurarlo o para recordarle algo. Poco a poco algo extraño le fue sucediendo a Sebastián: le resultaba imposible controlar su sueño. Ya no podía «ponerse» a dormir, libremente y cuando lo deseaba, como en el pasado, porque el sueño se apoderó de su voluntad, adquiriendo una independencia que lo regía con despotismo. Ahora, de pronto, el sueño lo acometía porque sí, al borde de un camino por ejemplo, y se veía obligado a encogerse allí mismo entre las sucias malezas para dormir. Inquieto, sentía que su sueño se rebalsaba de su sitio, inundando su vida entera. Caía dormido en cualquier parte, de día o de noche, con frío o bajo el sol, durante la lluvia o en las horas de trabajo, y al despertar crecía su desesperación ante el recuerdo que se negaba. Pero mientras más y más dormía, mientras más lo atormentaba saberse excluido de su propia felicidad, más fe sentía en que alguna vez iba a ver la puerta abierta de par en par, acogiéndolo. Era una cercanía prodigiosa lo que recordaba al despertar. Pero nada más. Un día le entregaron una guadaña, prometiéndole que si cortaba todo el pasto de cierto potrero, y luego lo almacenaba en la bodega, le pagarían una linda suma de dinero. Con eso, pensó Sebastián, tendría para dormir un mes entero sin preocuparse de nada más, y lo que podía sucederle en todo un mes de sueño era incalculable. Con el torso desnudo y la guadaña al hombro vadeó el potrero de extremo a extremo. Las copas de las higueras eran líquidas y murmuradoras en el viento recién desatado, y en su espesa sombra azul, sobre el musgo, reposaban dos patos blancos como camisas recién lavadas que el viento hubiera dejado caer livianamente. Sebastián escuchó el alarido de los queltehues, miró las nubes lerdas en su carrera sobre los dedos de los álamos. Se dijo: «Tengo que apurarme. Tengo que cortar el pasto y almacenarlo pronto, porque esta noche habrá tormenta…» Trabajó toda la tarde. Las nubes eran cada vez más opacas y más bajas. Sebastián segó el pasto con el ímpetu de quien lucha por salvarse en la tormenta de un mar vegetal. Cuando tuvo todo el pasto cortado se supo vencido. Miró el cielo. Ya caía el agua. Dentro de un momento el sueño se apoderaría irresistiblemente de él. Y se quedó dormido sobre el pasto cortado, la lluvia cayendo sobre su cuerpo y sobre la cosecha; sobre la cosecha de pasto que ya no tardaría en podrirse. Al despertar, sus patrones furiosos porque dejó que la cosecha se estropeara, rehusaron pagarle. Sebastián partió, caminando muchos días, porque de granja en granja se fue corriendo la voz de que no se podía contar con Sebastián. Se le hizo difícil conseguir trabajo. En cada parte que le encargaban alguna faena, por ligera que fuera, le sucedía lo mismo: se quedaba dormido sin poder controlarse. Lo dejaban vigilando una olla y el guiso se quemaba; le pedían que cuidara a una criatura y ésta se caía de la cuna; lo mandaban llevar una carreta llena de paja, y desde la cima, al comienzo del camino, picaneaba a los bueyes para dirigirlos, pero pronto se quedaba dormido y la carreta se extraviaba. La marca de los fracasados se grabó en su andar y en su voz y en los jirones de su ropa. «Me estoy poniendo viejo…», meditaba. Hubiera sido fácil dejarse morir, lanzarse ante un camión en una carretera o saltar desde un puente. Pero Sebastián no estaba dispuesto a hacerlo, porque sólo si seguía viviendo podía seguir soñando. Se sentía cerca de una meta, pero muy cansado. Lo malo era que para vivir era necesario trabajar, y nadie quería darle trabajo. La gente se apartaba de él como si lo temieran o trajera mala suerte. Desesperado ya, una tarde fue a un Hospital de Psiquiatría para rogar que le enseñaran a controlar el sueño. Lo atendieron dos médicos jóvenes y serios, benignos como ángeles vestidos de blanco. Escucharon con paciencia la historia de Sebastián: —Sí —dijo uno—, pero no es enfermedad… —Aquí no podemos tratarlo —dijo el otro sonriendo con un poco de pena. —Pero tengo miedo de morirme, doctor… —rogó Sebastián. —Y si se pasa todo el día durmiendo, ¿no le da lo mismo estar muerto? —No, no, me falta tan poco, doctor. La puerta ya se va a abrir… —¿La puerta? ¿Qué puerta? Los médicos se dieron cuenta de que Sebastián era una de esas personas un poquito desequilibradas, pero no tanto como para merecer un tratamiento intenso. Había demasiada gente verdaderamente enferma, y era necesario reservarse para ésos. Sin embargo, percibieron en Sebastián una especie de indefensión; no sabía dónde ir, qué hacer, y temía tanto morir antes que aquella extraña puerta se abriera. Conmovidos, los médicos le permitieron permanecer unos días en el hospital. Pero una noche, cuando hacían juntos la ronda de las salas, llegaron a la cama de Sebastián, y al ver su sonrisa, la beatitud que iluminaba su rostro, decidieron que era imposible seguir manteniendo en el hospital a alguien que dormía tan tranquilamente. Lo despidieron a la mañana siguiente. Sebastián sabía que el final estaba cerca. Ya no tenía nada en qué trabajar y vagaba por las calles y los caminos, de casa en casa y de granja en granja, mendigando. La debilidad lo invadió. Parecía un anciano. Nada en torno suyo le importaba, como si nada de lo que sucediera significara nada. Vivía en un mundo crepuscular, poblado de sombras, de ecos, de esperas. Se dejó crecer la barba y el pelo. Caminaba por las carreteras, por las vías férreas, por las calles y avenidas de la ciudad, y cuando el sueño lo tocaba se tendía a dormir en cualquier parte. Una vez un caballo se acercó a husmearle la cara, creyéndolo muerto. La gente se apartaba de él como si fuera un mago o un pervertido o un loco. Pero él seguía durmiendo confiado, porque cuando la puerta quedara abierta, toda la gente que ahora huía de él, lo reconocería. A veces iba a la ciudad, porque allí resultaba más fácil conseguir alimento. En el mercado podía robar pan o un trozo de pescado frito. Pero generalmente lo reconocían, y alguna mujer sofocada bajo el peso de sus paquetes se encaraba con él, gritándole: —¿No te da vergüenza, flojo dormilón? En vez de trabajar pides limosna y robas. Eres un asco para la humanidad. Debían echarte de la ciudad o meterte en la cárcel. Todavía no eres tan viejo como para no poder trabajar. Pero no podía trabajar. El sueño se apoderaba inmediatamente de él, como indignado de que hiciera cualquier cosa que lo apartara de su poder. Una vez lo sorprendieron robando y lo llevaron a la cárcel. Lo soltaron pronto, pero quedó marcado como delincuente, y aquellos que antes sonreían con algo de benevolencia ante su vicio de la vagancia cruzaban a la vereda de enfrente al verlo venir. Llegó el invierno, otro invierno más, y con éste la certeza para Sebastián de que iba a morir. Ya no le quedaban fuerzas. Pero le parecía que si lograba vivir unas semanas más, unos días más, si encontraba que comer y dónde refugiarse iba a poder dormir, iba finalmente a recordar, a entender, a hablar. Morir antes sería un fracaso. Pero la esperanza de Sebastián era recia, lo único en él que no vacilaba. Era el fin. Pero quizás también el triunfo. Hacía mucho frío. Bajo los yertos árboles negros del parque en el amanecer, Sebastián a veces encontraba pájaros que con el frío habían muerto. Para tratar de revivirlos soplaba sobre sus plumas grises, que duras de escarcha no se agitaban. En la ciudad vivía bajo un puente, y rodeándose de perros piojosos para que lo calentaran, cubriéndose de diarios viejos para que el viento no pudiera penetrarlo, lograba dormir mucho, casi todo el tiempo. Sabía que ya, ya iba a recordar aquello, que ya, ya se iba a abrir la puerta. Era cosa de aferrarse a la vida unos días más, encontrar un poco de pan, protegerse un poco del hielo y de la escarcha era difícil. A veces pegaba la nariz a la ventana de alguna carnicería y se quedaba mirando el rojo caliente de los animales destripados que colgaban de los ganchos, y cuando alguien abría la puerta al salir, el olor espeso y sanguinolento calmaba un poco su hambre y su frío. De pronto, un día tuvo una idea. Iría a visitar a Aquiles Marambio, que no vivía lejos. Tal vez se conmoviera al ver su miseria. Tal vez, olvidando lo dicho años antes, tantos, tantos años, le diera comida, lo abrigaría por algunos días; aunque las últimas veces que casualmente se cruzaron en la calle, Marambio no reconoció a Sebastián. Tal vez… Sebastián se hizo un cucurucho de diarios para protegerse la cabeza, y lentamente atravesó la tarde fría, las calles y las sombras de las casas y de los árboles y de los faroles apagados, mirando de vez en cuando el cielo plomizo rayado por los cables, hasta llegar a la casa de Marambio. Sobre los techos, las nubes restañaban casi todo el rojo que del crepúsculo quedaba. La noche caía. Iba a nevar. Sebastián tocó el timbre de la casa de Aquiles Marambio. Le abrió la puerta una sirvienta vestida de negro con un delantalcito de muselina blanca. —¿Podría hablar con Aquiles Marambio? —preguntó Sebastián. —¿Con don Aquiles? —la sirvienta acentuó el don—. Está comiendo. Vaya por la puerta de atrás, por la otra calle; esta puerta es para las visitas. ¿Quién lo busca? Pronunciar su nombre, Sebastián Rengifo, fue como abrir la portezuela de una jaula dejándolo escapar para siempre, como un pájaro. Aguardó en la puerta de atrás, en un callejón desierto donde el viento preso lloraba. Sebastián se caló más hondo su gorro triangular de papel de diario y anudó bien los trapos viejos que protegían sus pies. Sin rostro ya, sin nombre, se sentó en el umbral de la puerta a esperar. La puerta se abrió por fin. Apareció Aquiles Marambio, bastante gordo con los años, llevando una amplia servilleta blanca anudada debajo de su papada abundosa. —¿Quiere hablar conmigo? —preguntó. —Si… ¿No se acuerda de mí? Marambio limpió con la punta de la servilleta el vaho que al salir al frío empañó sus anteojos. Detrás de él, en el segmento de habitación que la puerta mostraba, algunas personas reían en torno a una mesa servida. —No me acuerdo. Apúrese, dígame lo que necesita, mire que hace frío y hay mucha gripe… Una lágrima se heló en las pestañas de Sebastián. —Si no me dice lo que necesita voy a cerrar… —amenazó Marambio. —No me conoce —balbuceó Sebastián. —No, hombre, no lo conozco. ¿Cómo quiere que conozca a todos los vagos de la ciudad? Además, con esa barba y esa mugre… —Venía a pedirle que me diera qué comer y dónde vivir por unos días, señor. Me voy a morir, y no puedo hasta que la puerta quede abierta… por favor… Una nube de reconocimiento ensombreció el rostro de Marambio. —¿Hasta que qué? ¿Qué puerta? —…la puerta y yo pueda ver… —No, no, no. Váyase de aquí. No se va a morir. Todavía no es tan viejo como para que no encuentre trabajo. Usted quiso ser lo que es… váyase. Buenas noches. Yo no tengo nada que ver con usted. Y cerró la puerta. Sebastián se encogió como mejor pudo para dormir en el umbral. Durante la noche se abrió el cielo, y las estrellas, parpadeando apenas, miraban precisas desde un cielo terriblemente negro y hondo, que dejó caer una dura escarcha. Y a la mañana siguiente, domingo, el cielo amaneció despejadísimo, azul y frágil y delgado como un volantín inmenso. El sol no calentaba las calles, pero su luz nítida señalaba todos los ángulos y los contornos. Don Aquiles Marambio, su señora y sus dos hijitas de seis y siete años, salieron temprano para ir a misa. Asistieron al Santo Sacrificio con toda unción, y regresaron lentamente por las asoleadas veredas, saludando a los conocidos, deteniéndose de vez en cuando para dar pataditas en el suelo, palmoteando para que se desentumecieran sus dedos. Unos pasos adelante de sus padres, María Patricia y María Isabel, casi del mismo tamaño, tocadas con gorros de piel blanca y con las manos metidas en manguitos de la misma piel, dejaban orgullosas que los que pasaban admiraran la corrección de su porte y el lujo de sus atuendos. Al entrar por el callejón que llevaba a la puerta trasera de la casa, las plumas de vaho que tan serenamente se elevaban desde las bocas de las cuatro personas de la familia Marambio, se cortaron de pronto. Aquiles y su señora se detuvieron. Las niñas, con chillidos, buscaron refugio junto a las piernas de sus progenitores —porque allí, en el umbral de la casa, yacía una forma humana peluda y sucia, cubierta de diarios húmedos. Se acercaron. Marambio movió la forma con el pie. —Está muerto… —murmuró. La mujer se agachó para sacarle el gorro que le tapaba la cara. Marambio exclamó: —No seas idiota. Déjalo así. ¿Para qué quieres verle la cara? Pero la mujer ya lo había hecho, y el rostro del muerto, debajo de sus barbas y de su mugre, apareció transfigurado por una expresión de tal goce, de tal alegría y embeleso, que María Isabel, acercándose a él sin miedo, exclamó: —Mira papito, qué lindo. Parece que hubiera visto… —Cállate, no digas estupideces —exclamó Marambio, furioso. —Parece que estuviera viendo… Antes que María Patricia pudiera decir lo que parecía que el muerto estuviera viendo, Marambio tomó a sus dos hijas violentamente y las empujó para que entraran a la casa. Ellas, de la mano, obedecieron sin los lloriqueos ni los pucheros de siempre cuando su padre las contrariaba, hablando de lo bonito que eran los muertos y preguntándose por qué la gente grande les tenía tanto miedo. Marambio llamó a la policía para comunicar que un vagabundo había amanecido muerto en el umbral de su puerta. Y como don Aquiles era un hombre de pro, y además con gran sentido cívico, dispuso que ya que el cadáver había amanecido en su puerta no podía permitir que lo echaran así no más a la fosa común. Él se haría cargo de los gastos del funeral —no de primera, claro, eso sería absurdo, sino que de un buen funeral de tercera. FIN Autor: José Donoso Título: La puerta cerrada Publicado en: Cuentos de la generación del 50 (1959)

  • "Una venganza", cuento de Isabel Allende.

    El mediodía radiante en que coronaron a Dulce Rosa Orellano con los jazmines de la Reina del Carnaval, las madres de las otras candidatas murmuraron que se trataba de un premio injusto, que se lo daban a ella sólo porque era la hija del Senador Anselmo Orellano, el hombre más poderoso de toda la provincia. Admitían que la muchacha resultaba agraciada, tocaba el piano y bailaba como ninguna, pero había otras postulantes a ese galardón mucho más hermosas. La vieron de pie en el estrado, con su vestido de organza y su corona de flores saludando a la muchedumbre y entre dientes la maldijeron. Por eso, algunas de ellas se alegraron cuando meses más tarde el infortunio entró en la casa de los Orellano sembrando tanta fatalidad, que se necesitaron veinticinco años para cosecharla. La noche de la elección de la reina hubo baile en la Alcaldía de Santa Teresa y acudieron jóvenes de remotos pueblos para conocer a Dulce Rosa. Ella estaba tan alegre y bailaba con tanta ligereza que muchos no percibieron que en realidad no era la más bella, y cuando regresaron a sus puntos de partida dijeron que jamás habían visto un rostro como el suyo. Así adquirió inmerecida fama de hermosura y ningún testimonio posterior pudo desmentirla. La exagerada descripción de su piel traslúcida y sus ojos diáfanos pasó de boca en boca y cada quien le agregó algo de su propia fantasía. Los poetas de ciudades apartadas compusieron sonetos para una doncella hipotética de nombre Dulce Rosa. El rumor de esa belleza floreciendo en la casa del Senador Orellano llegó también a oídos de Tadeo Céspedes, quien nunca imaginó conocerla, porque en los años de su existencia no había tenido tiempo de aprender versos ni mirar mujeres. Él se ocupaba sólo de la Guerra Civil. Desde que empezó a afeitarse el bigote tenía un arma en la mano y desde hacía mucho vivía en el fragor de la pólvora. Había olvidado los besos de su madre y hasta los cantos de la misa. No siempre tuvo razones para ofrecer pelea, porque en algunos períodos de tregua no había adversarios al alcance de su pandilla, pero incluso en esos tiempos de paz forzosa vivió como un corsario. Era hombre habituado a la violencia. Cruzaba el país en todas direcciones luchando contra enemigos visibles, cuando los había, y contra las sombras, cuando debía inventarlos, y así habría continuado si su partido no gana las elecciones presidenciales. De la noche a la mañana pasó de la clandestinidad a hacerse cargo del poder y se le terminaron los pretextos para seguir alborotando. La última misión de Tadeo Céspedes fue la expedición punitiva a Santa Teresa. Con ciento veinte hombres entró al pueblo de noche para dar un escarmiento y eliminar a los cabecillas de la oposición. Balearon las ventanas de los edificios públicos, destrozaron la puerta de la iglesia y se metieron a caballo hasta el altar mayor, aplastando al Padre Clemente, que se les plantó por delante, y siguieron al galope con un estrépito de guerra en dirección a la villa del Senador Orellano, que se alzaba plena de orgullo sobre la colina. A la cabeza de una docena de sirvientes leales, el Senador esperó a Tadeo Céspedes, después de encerrar a su hija en la última habitación del patio y soltar a los perros. En ese momento lamentó, como tantas otras veces en su vida, no tener descendientes varones que lo ayudaran a empuñar las armas y defender el honor de su casa. Se sintió muy viejo, pero no tuvo tiempo de pensar en ello, porque vio en las laderas del cerro el destello terrible de ciento veinte antorchas que se aproximaban espantando a la noche. Repartió las últimas municiones en silencio. Todo estaba dicho y cada uno sabía que antes del amanecer debería morir como un macho en su puesto de pelea. —El último tomará la llave del cuarto donde está mi hija y cumplirá con su deber —dijo el Senador al oír los primeros tiros. Todos esos hombres habían visto nacer a Dulce Rosa y la tuvieron en sus rodillas cuando apenas caminaba, le contaron cuentos de aparecidos en las tardes de invierno, la oyeron tocar el piano y la aplaudieron emocionados el día de su coronación como Reina del Carnaval. Su padre podía morir tranquilo, pues la niña nunca caería viva en las manos de Tadeo Céspedes. Lo único que jamás pensó el Senador Orellano fue que a pesar de su temeridad en la batalla, el último en morir sería él. Vio caer uno a uno a sus amigos y comprendió por fin la inutilidad de seguir resistiendo. Tenía una bala en el vientre y la vista difusa, apenas distinguía las sombras trepando por las altas murallas de su propiedad, pero no le falló el entendimiento para arrastrarse hasta el tercer patio. Los perros reconocieron su olor por encima del sudor, la sangre y la tristeza que lo cubrían y se apartaron para dejarlo pasar. Introdujo la llave en la cerradura, abrió la pesada puerta y a través de la niebla metida en sus ojos vio a Dulce Rosa aguardándolo. La niña llevaba el mismo vestido de organza usado en la fiesta de Carnaval y había adornado su peinado con las flores de la corona. —Es la hora, hija —dijo gatillando el arma mientras a sus pies crecía un charco de sangre. —No me mate, padre —replicó ella con voz firme—. Déjeme viva, para vengarlo y para vengarme. El Senador Anselmo Orellano observó el rostro de quince años de su hija e imaginó lo que haría con ella Tadeo Céspedes, pero había gran fortaleza en los ojos transparentes de Dulce Rosa y supo que podría sobrevivir para castigar a su verdugo. La muchacha se sentó sobre la cama y él tomó lugar a su lado, apuntando la puerta. Cuando se calló el bullicio de los perros moribundos, cedió la tranca, saltó el pestillo y los primeros hombres irrumpieron en la habitación, el Senador alcanzó a hacer seis disparos antes de perder el conocimiento. Tadeo Céspedes creyó estar soñando al ver un ángel coronado de jazmines que sostenía en los brazos a un viejo agonizante, mientras su blanco vestido se empapaba de rojo, pero no le alcanzó la piedad para una segunda mirada, porque venía borracho de violencia y enervado por varias horas de combate. —La mujer es para mí —dijo antes de que sus hombres le pusieran las manos encima. Amaneció un viernes plomizo, teñido por el resplandor del incendio. El silencio era denso en la colina. Los últimos gemidos se habían callado cuando Dulce Rosa pudo ponerse de pie y caminar hacia la fuente del jardín, que el día anterior estaba rodeada de magnolias y ahora era sólo un charco tumultuoso en medio de los escombros. Del vestido no quedaban sino jirones de organza, que ella se quitó lentamente para quedar desnuda. Se sumergió en el agua fría. El sol apareció entre los abedules y la muchacha pudo ver el agua volverse rosada al lavar la sangre que le brotaba entre las piernas y la de su padre, que se había secado en su cabello. Una vez limpia, serena y sin lágrimas, volvió a la casa en ruinas, buscó algo para cubrirse, tomó una sábana de bramante y salió al camino a recoger los restos del Senador. Lo habían atado de los pies para arrastrarlo al galope por las laderas de la colina hasta convertirlo en un guiñapo de lástima, pero guiada por el amor, su hija pudo reconocerlo sin vacilar. Lo envolvió en el paño y se sentó a su lado a ver crecer el día. Así la encontraron los vecinos de Santa Teresa cuando se atrevieron a subir a la villa de los Orellano. Ayudaron a Dulce Rosa a enterrar a sus muertos y a apagar los vestigios del incendio y le suplicaron que se fuera a vivir con su madrina a otro pueblo, donde nadie conociera su historia, pero ella se negó. Entonces formaron cuadrillas para reconstruir la casa y le regalaron seis perros bravos para cuidarla. Desde el mismo instante en que se llevaron a su padre aún vivo, y Tadeo Céspedes cerró la puerta a su espalda y se soltó el cinturón de cuero, Dulce Rosa vivió para vengarse. En los años siguientes ese pensamiento la mantuvo despierta por las noches y ocupó sus días, pero no borró del todo su risa ni secó su buena voluntad. Aumentó su reputación de belleza, porque los cantores fueron por todas partes pregonando sus encantos imaginarios, hasta convertirla en una leyenda viviente. Ella se levantaba cada día a las cuatro de la madrugada para dirigir las faenas del campo y de la casa, recorrer su propiedad a lomo de bestia, comprar y vender con regateos de sirio, criar animales y cultivar las magnolias y los jazmines de su jardín. Al caer la tarde se quitaba los pantalones, las botas y las armas y se colocaba los vestidos primorosos, traídos de la capital en baúles aromáticos. Al anochecer comenzaban a llegar sus visitas y la encontraban tocando el piano, mientras las sirvientas preparaban las bandejas de pasteles y los vasos de horchata. Al principio muchos se preguntaron cómo era posible que la joven no hubiera acabado en una camisa de fuerza en el sanatorio o de novicia en las monjas carmelitas, sin embargo, como había fiestas frecuentes en la villa de los Orellano, con el tiempo la gente dejó de hablar de la tragedia y se borró el recuerdo del Senador asesinado. Algunos caballeros de renombre y fortuna lograron sobreponerse al estigma de la violación y, atraídos por el prestigio de belleza y sensatez de Dulce Rosa, le propusieron matrimonio. Ella los rechazó a todos, porque su misión en este mundo era la venganza. Tadeo Céspedes tampoco pudo quitarse de la memoria esa noche aciaga. La resaca de la matanza y la euforia de la violación se le pasaron a las pocas horas, cuando iba camino a la capital a rendir cuentas de su expedición de castigo. Entonces acudió a su mente la niña vestida de baile y coronada de jazmines, que lo soportó en silencio en aquella habitación oscura donde el aire estaba impregnado de olor a pólvora. Volvió a verla en el momento final, tirada en el suelo, mal cubierta por sus harapos enrojecidos, hundida en el sueño compasivo de la inconsciencia y así siguió viéndola cada noche en el instante de dormir, durante el resto de su vida. La paz, el ejercicio del gobierno y el uso del poder, lo convirtieron en un hombre reposado y laborioso. Con el transcurso del tiempo se perdieron los recuerdos de la Guerra Civil y la gente empezó a llamarlo don Tadeo. Se compró una hacienda al otro lado de la sierra, se dedicó a administrar justicia y acabó de alcalde. Si no hubiera sido por el fantasma incansable de Dulce Rosa Orellano, tal vez habría alcanzado cierta felicidad, pero en todas las mujeres que se cruzaron en su camino, en todas las que abrazó en busca de consuelo y en todos los amores perseguidos a lo largo de los años, se le aparecía el rostro de la Reina del Carnaval. Y para mayor desgracia suya, las canciones que a veces traían su nombre en versos de poetas populares no le permitían apartarla de su corazón. La imagen de la joven creció dentro de él, ocupándolo enteramente, hasta que un día no aguantó más. Estaba en la cabecera de una larga mesa de banquete celebrando sus cincuenta y siete años, rodeado de amigos y colaboradores, cuando creyó ver sobre el mantel a una criatura desnuda entre capullos de jazmines y comprendió que esa pesadilla no lo dejaría en paz ni después de muerto. Dio un golpe de puño que hizo temblar la vajilla y pidió su sombrero y su bastón. —¿Adónde va, don Tadeo? —preguntó el Prefecto. —A reparar un daño antiguo —respondió saliendo sin despedirse de nadie. No tuvo necesidad de buscarla, porque siempre supo que se encontraba en la misma casa de su desdicha y hacia allá dirigió su coche. Para entonces existían buenas carreteras y las distancias parecían más cortas. El paisaje había cambiado en esas décadas, pero al dar la última curva de la colina apareció la villa tal como la recordaba antes de que su pandilla la tomara por asalto. Allí estaban las sólidas paredes de piedra de río que él destruyera con cargas de dinamita, allí los viejos artesonados de madera oscura que prendieron en llamas, allí los árboles de los cuales colgó los cuerpos de los hombres del Senador, allí el patio donde masacró a los perros. Detuvo su vehículo a cien metros de la puerta y no se atrevió a seguir, porque sintió el corazón explotándole dentro del pecho. Iba a dar media vuelta para regresar por donde mismo había llegado, cuando surgió entre los rosales una figura envuelta en el halo de sus faldas. Cerró los párpados deseando con toda su fuerza que ella no lo reconociera. En la suave luz de las seis percibió a Dulce Rosa Orellano que avanzaba flotando por los senderos del jardín. Notó sus cabellos, su rostro claro, la armonía de sus gestos, el revuelo de su vestido y creyó encontrarse suspendido en un sueño que duraba ya veinticinco años. —Por fin vienes, Tadeo Céspedes —dijo ella al divisarlo, sin dejarse engañar por su traje negro de alcalde ni su pelo gris de caballero, porque aún tenía las mismas manos de pirata. —Me has perseguido sin tregua. No he podido amar a nadie en toda mi vida, sólo a ti —murmuró él con la voz rota por la vergüenza. Dulce Rosa Orellano suspiró satisfecha. Lo había llamado con el pensamiento de día y de noche durante todo ese tiempo y por fin estaba allí. Había llegado su hora. Pero lo miró a los ojos y no descubrió en ellos ni rastro del verdugo, sólo lágrimas frescas. Buscó en su propio corazón el odio cultivado a lo largo de su vida y no fue capaz de encontrarlo. Evocó el instante en que le pidió a su padre el sacrificio de dejarla con vida para cumplir un deber, revivió el abrazo tantas veces maldito de ese hombre y la madrugada en la cual envolvió unos despojos tristes en una sábana de bramante. Repasó el plan perfecto de su venganza pero no sintió la alegría esperada, sino, por el contrario, una profunda melancolía. Tadeo Céspedes tomó su mano con delicadeza y besó la palma, mojándola con su llanto. Entonces ella comprendió aterrada que de tanto pensar en él a cada momento, saboreando el castigo por anticipado, se le dio vuelta el sentimiento y acabó por amarlo. En los días siguientes ambos levantaron las compuertas del amor reprimido y por vez primera en sus ásperos destinos se abrieron para recibir la proximidad del otro. Paseaban por los jardines hablando de sí mismos, sin omitir la noche fatal que torció el rumbo de sus vidas. Al atardecer, ella tocaba el piano y él fumaba escuchándola hasta sentir los huesos blandos y la felicidad envolviéndolo como un manto y borrando las pesadillas del tiempo pasado. Después de cenar Tadeo Céspedes partía a Santa Teresa, donde ya nadie recordaba la vieja historia de horror. Se hospedaba en el mejor hotel y desde allí organizaba su boda, quería una fiesta con fanfarria, derroche y bullicio, en la cual participara todo el pueblo. Descubrió el amor a una edad en que otros hombres han perdido la ilusión y eso le devolvió la fortaleza de su juventud. Deseaba rodear a Dulce Rosa de afecto y belleza, darle todas las cosas que el dinero pudiera comprar, a ver si conseguía compensar en sus años de viejo, el mal que le hiciera de joven. En algunos momentos lo invadía el pánico. Espiaba el rostro de ella en busca de los signos del rencor, pero sólo veía la luz del amor compartido y eso le devolvía la confianza. Así pasó un mes de dicha. Dos días antes del casamiento, cuando ya estaban armando los mesones de la fiesta en el jardín, matando las aves y los cerdos para la comilona y cortando las flores para decorar la casa, Dulce Rosa Orellano se probó el vestido de novia. Se vio reflejada en el espejo, tan parecida al día de su coronación como Reina del Carnaval, que no pudo seguir engañando a su propio corazón. Supo que jamás podría realizar la venganza planeada porque amaba al asesino, pero tampoco podría callar al fantasma del Senador, así es que despidió a la costurera, tomó las tijeras y se fue a la habitación del tercer patio que durante todo ese tiempo había permanecido desocupada. Tadeo Céspedes la buscó por todas partes, llamándola desesperado. Los ladridos de los perros lo condujeron al otro extremo de la casa. Con ayuda de los jardineros echó abajo la puerta trancada y entró al cuarto donde una vez viera a un ángel coronado de jazmines. Encontró a Dulce Rosa Orellano tal como la viera en sueños cada noche de su existencia, con el mismo vestido de organza ensangrentado, y adivinó que viviría hasta los noventa años, para pagar su culpa con el recuerdo de la única mujer que su espíritu podía amar. FIN Autor: Isabel Allende Título: Una venganza Publicado en: Cuentos de Eva Luna (1989)

  • "El conjuro", cuento de Emilia Pardo Bazán

    El pensador oyó sonar pausadamente, cayendo del alto reloj inglés que coronaban estatuitas de bronce, las doce de la noche del último día del año. Después de cada campanada, la caja sonora y seca del reloj quedaba vibrando como si se estremeciese de terror misterioso. Se levantó el pensador de su antiguo sillón de cuero, bruñido por el roce de sus espaldas y brazos durante luengas jornadas estudiosas y solitarias, y, como quien adopta definitiva resolución, se acercó a la chimenea encendida. O entonces o nunca era la ocasión favorable para el conjuro. Descolgó de una panoplia una espada que conservaba en la ranura el óxido producido por la sangre bebida antaño en riñas y batallas, y con ella describió, frente a la chimenea y alejándose de ella lo suficiente, un pantaclo, en el cual quedó incluso. Chispezuelas de fuego brotaban de la punta de la tizona, y la superficie del piso apareció como carbonizada allí donde se inscribió el cerco mágico, alrededor del osado que se atrevía a practicar el rito de brujería, ya olvidado casi. Mientras trazaba el círculo, murmuraba las palabras cabalísticas. Una figura alta y sombría pareció surgir de la chimenea, y fue adelantándose hacia el invocador, sin ruido de pasos, con el avance mudo de las sombras. La capa vasta, flotante, color de humo, en que se rebozaba la figura; el sombrero oscuro, inmenso, cuya ala descendía hasta el embozo, no permitían ver el rostro del aparecido. Y el pensador no podía acercarse a él. Un encanto le sujetaba dentro del círculo; sólo se libertaría si recitase el conjuro al revés y marcase el pantaclo en sentido también inverso. Pero le faltaba valor: sentía cuajarse sus venas ante el figurón silencioso, que acaso no tenía cuerpo; que tal vez era una ilusión perversa de los sentidos, una niebla psíquica. —¿Satanás, Luzbel, Astarot, Belial, Belfegor, Belcebú? —articuló ansiosamente, interrogando—. ¿Cuál de los nobles príncipes del Abismo me honra acudiendo a mi invocación? El espectro se desembozó suavemente. No tenía cara. En vez de semblante vio el pensador una especie de mancha cambiante, informe. La voz salía del hueco del pecho, como de una devastada caverna. —No soy de los duques y archiduques del Abismo. Si tuviese sobrenombre, me llamaría el Caballero de la Nada, porque no existo. Me habéis inventado vosotros. El pensador adivinó quién era el fantasma sin rostro, invención del hombre. No en balde había gustado el amargo licor de la sabiduría, lentamente y a sorbos profundos, en la quietud de su biblioteca, decantando la ciencia antigua al través del filtro nuevo. El Caballero de la Nada, el que sólo existe en nuestra mente, que cree abarcar su ser y no estrecha, sino el vacío…, es el Tiempo, ¡el Tiempo soberano! —Ya que has venido, te pediré a ti lo que iba a pedir a los príncipes negros. ¡Detente, Tiempo, detente para mí! La sucesión de instantes que eslabona tu cadena, roza y gasta el tejido de nuestra pobre vida… Durante toda ella, ¡oh, Tiempo informe!, te he sentido que me roías y me pulverizabas el existir. Fuiste mi carcoma, fuiste mi pesadilla. A cada latido del corazón, en vez de decir «uno más», dije «uno menos». Ahora mismo acabas de robarme un año… ¡Me lo ha anunciado la lengua de bronce de ese reloj! —En suma: ¿quieres librarte de mí?, exclamó el espectro. —De tu poder infinito… Nada te resiste: eres el vencedor. Debelas la fortaleza, arrasas la ciudad, secas los mares. El amor tiránico se humilla ante ti. Jamás ha sabido resistirte. ¡Si serás poderoso! —¡Poderoso! ¡Si no existo! Cuando piensas en mí, ya no soy. Y como ni soy ni he sido, no tengo ni panteón ni sepultura. Nadie dirá en qué pirámide anegada por la arena del desierto yacen los siglos que pasaron para no volver… En fin, ¿qué me pides? Tu conjuro me obliga; has pronunciado las terribles fórmulas de Suleimán, hijo de David. —No te pido la juventud, como Fausto cuando chocheaba… Sólo te ruego que te detengas para mí. Que yo no sienta tu acicate mortal. —¿Eso quieres? Concedido, respondió el fantasma. Y con lentitud majestuosa fue disipándose la humareda gris, color de murciélago, en que consistía. En su lugar se cuajó y solidificó un bulto colosal de bronce dorado; una mujer hermosísima y refulgente, tan grande, que daba en el techo y llenaba la estancia. La enorme figura estrechó entre sus brazos fríos, brillantes y pulimentados, el cuerpo tembloroso del pensador. —Conmigo no sentirás el Tiempo. Soy la Eternidad. Ya eres mío, dijo en voz amplia como el clangor resonante de las trompetas heroicas. Y después del amanecer, cuando el servidor entró a abrir las ventanas del estudio, vio la chimenea apagada y a su amo muerto, tendido sobre el piso, donde un círculo negro señalaba la infernal quemadura. FIN Autor: Emilia Pardo Bazán Título: El conjuro Publicado en: Almanaque de La Ilustración Española y Americana, 1909

  • "La sensación de poder cuento de Isaac Asimov

    Jehan Shuman estaba acostumbrado a tratar con las autoridades de una Tierra largamente enfrascada en la guerra. Era solo un civil, pero había creado patrones de programación que dieron origen a computadoras bélicas autodirigidas de la clase más avanzada. Por eso los generales lo escuchaban. También los jefes de comités del Congreso. En el salón especial del Nuevo Pentágono había uno de cada tipo. El general Weider tenía la piel quemada por el espacio y una boca pequeña, fruncida casi como un cero. El congresista Brant era de mejillas tersas y ojos claros. Fumaba tabaco denebiano con el aire de alguien cuyo patriotismo era tan notorio que podía permitirse esa clase de libertades. Shuman, alto, distinguido y programador de primera clase, los enfrentó sin temor. —Caballeros —dijo—, este es Myron Aub. —El hombre del don inusual que usted descubrió por pura casualidad —dijo plácidamente el congresista Brant—. Ah. Y observó con amable curiosidad al hombrecillo de cabeza calva como un huevo. El hombrecillo, por su parte, se retorcía los dedos con ansiedad. Nunca había estado cerca de hombres tan importantes. Era apenas un técnico de baja categoría, ya entrado en años, que mucho tiempo atrás había fracasado en todas las pruebas destinadas a descubrir a los individuos dotados entre los seres humanos y se había resignado a la rutina del trabajo no especializado. Solo estaba aquel pasatiempo suyo que el gran programador había descubierto y al que ahora daba una importancia tan inquietante. —Encuentro infantil esta atmósfera de misterio —dijo el general Weider. —No le parecerá así dentro de un momento —dijo Shuman—. Esto no es algo que podamos dejar filtrar al primero que pase. ¡Aub! Había algo imperioso en la forma en que mordía aquel nombre monosilábico, pero, después de todo, era un gran programador hablándole a un simple técnico. —¡Aub! ¿Cuánto es nueve por siete? Aub vaciló un momento. Sus ojos pálidos brillaron con una débil ansiedad. —Sesenta y tres —dijo. El congresista Brant levantó las cejas. —¿Eso está bien? —Compruébelo usted mismo, congresista. El congresista sacó su computadora de bolsillo, tocó dos veces los bordes estriados, miró la superficie mientras la sostenía en la palma de la mano y volvió a guardarla. —¿Es este el don del que quería hacernos una demostración? ¿Un ilusionista? —Más que eso, señor. Aub ha memorizado unas cuantas operaciones y con ellas calcula en papel. —¿Una computadora de papel? —dijo el general. Parecía dolido. —No, señor —dijo Shuman con paciencia—. No una computadora de papel. Simplemente una hoja de papel. General, ¿sería tan amable de sugerir un número? —Diecisiete —dijo el general. —¿Y usted, congresista? —Veintitrés. —¡Bien! Aub, multiplique esos números y, por favor, muestre a los caballeros su manera de hacerlo. —Sí, programador —dijo Aub, agachando la cabeza. Sacó una pequeña libreta de un bolsillo de la camisa y un fino punzón de artista del otro. Frunció la frente mientras hacía marcas laboriosas en el papel. El general Weider lo interrumpió con brusquedad. —Veamos eso. Aub le pasó el papel, y Weider dijo: —Bueno, parece la cifra diecisiete. El congresista Brant asintió y dijo: —Eso parece, pero supongo que cualquiera puede copiar cifras de una computadora. Creo que yo mismo podría hacer un diecisiete aceptable, incluso sin práctica. —Si permiten que Aub continúe, caballeros —dijo Shuman, sin acalorarse. Aub continuó, con la mano temblándole un poco. Finalmente dijo en voz baja: —La respuesta es trescientos noventa y uno. El congresista Brant sacó su computadora por segunda vez y la activó. —Por Dios, así es. ¿Cómo lo adivinó? —No lo adivinó, congresista —dijo Shuman—. Calculó el resultado. Lo hizo en esta hoja de papel. —Tonterías —dijo el general con impaciencia—. Una computadora es una cosa, y unas marcas en un papel son otra. —Explícalo, Aub —dijo Shuman. —Sí, programador. Bueno, caballeros, escribo diecisiete y justo debajo escribo veintitrés. Luego me digo: siete por tres… El congresista lo interrumpió suavemente: —Pero, Aub, el problema es diecisiete por veintitrés. —Sí, lo sé —dijo el pequeño técnico con seriedad—, pero empiezo diciendo siete por tres porque así es como funciona. Ahora bien, siete por tres es veintiuno. —¿Y cómo sabe eso? —preguntó el congresista. —Lo recuerdo. En la computadora siempre da veintiuno. Lo he comprobado muchas veces. —Eso no significa que siempre vaya a ser así, ¿verdad? —dijo el congresista. —Tal vez no —tartamudeó Aub—. No soy matemático. Pero siempre obtengo las respuestas correctas, ¿sabe? —Continúe. —Siete por tres es veintiuno, así que escribo veintiuno. Luego uno por tres es tres, de modo que escribo un tres debajo del dos de veintiuno. —¿Por qué debajo del dos? —preguntó de inmediato el congresista Brant. —Porque… —Aub miró desamparado a su superior, en busca de apoyo—. Es difícil de explicar. Shuman dijo: —Si por el momento aceptan su procedimiento, podemos dejar los detalles para los matemáticos. Brant cedió. Aub dijo: —Tres más dos son cinco, ¿ve?, así que el veintiuno se convierte en cincuenta y uno. Ahora se deja eso por un momento y se empieza de nuevo. Se multiplica siete por dos, que es catorce, y uno por dos, que es dos. Se escriben así y suma treinta y cuatro. Ahora, si se pone el treinta y cuatro debajo del cincuenta y uno de esta manera y se suman, se obtiene trescientos noventa y uno, y esa es la respuesta. Hubo un instante de silencio, y entonces el general Weider dijo: —No lo creo. Hace todo este enredo, inventa números, los multiplica y los suma de aquí para allá, pero no lo creo. Es demasiado complicado para no ser un embuste. —Oh, no, señor —dijo Aub, sudando—. Solo parece complicado porque ustedes no están acostumbrados. En realidad, las reglas son muy simples y funcionan con cualquier número. —¿Con cualquier número, eh? —dijo el general—. Entonces, veamos. Sacó su propia computadora, un modelo militar de líneas severas, y la pulsó al azar. —Escriba un cinco, siete, tres, ocho en el papel. Eso es cinco mil setecientos treinta y ocho. —Sí, señor —dijo Aub, tomando una hoja nueva. —Ahora —más pulsaciones en su computadora—, siete, dos, tres, nueve. Siete mil doscientos treinta y nueve. —Sí, señor. —Y ahora multiplique esos dos números. —Me llevará algo de tiempo —dijo Aub con voz temblorosa. —Tómese el tiempo que necesite —dijo el general. —Adelante, Aub —dijo Shuman con sequedad. Aub se puso a trabajar, inclinado sobre el papel. Tomó otra hoja, y luego otra. Finalmente, el general sacó su reloj y lo miró. —¿Terminó ya con su magia, técnico? —Casi, señor. Aquí está, señor. Cuarenta y un millones quinientos treinta y siete mil trescientos ochenta y dos. Mostró las cifras garabateadas del resultado. El general Weider sonrió con amargura. Pulsó el contacto de multiplicación en su computadora y dejó que los números giraran hasta detenerse. Entonces miró fijamente y dijo, con un chillido de sorpresa: —Gran Galaxia, el tipo tiene razón. El presidente de la Federación Terrestre se había demacrado en el ejercicio del cargo y, en privado, dejaba que una honda melancolía le cubriera el rostro. La guerra denebiana, después de un inicio marcado por grandes movilizaciones y enorme popularidad, había degenerado en un asunto sórdido de maniobras y contramaniobras, mientras el descontento aumentaba sin cesar en la Tierra. Posiblemente también aumentaba en Deneb. Y ahora el congresista Brant, presidente del importante Comité de Asignaciones Militares, se pasaba alegremente su media hora de audiencia soltando disparates. —Calcular sin computadora —dijo el presidente con impaciencia— es una contradicción en sus términos. —Calcular —dijo el congresista— es solo un sistema para manejar datos. Puede hacerlo una máquina, o puede hacerlo el cerebro humano. Permítame darle un ejemplo. Y, utilizando las nuevas habilidades que había aprendido, resolvió sumas y productos hasta que el presidente, muy a su pesar, empezó a interesarse. —¿Esto funciona siempre? —Siempre, señor presidente. Es infalible. —¿Es difícil de aprender? —Me tomó una semana dominarlo de verdad. Creo que usted lo haría mejor. —Bueno —dijo el presidente, pensativo—, es un interesante juego de salón, pero ¿para qué sirve? —¿Para qué sirve un recién nacido, señor presidente? Por el momento no sirve para nada, pero ¿no ve que esto señala el camino hacia la liberación de la máquina? Piense, señor presidente —el congresista se puso de pie, y su voz grave adoptó automáticamente algunas de las cadencias que usaba en los debates públicos—, que la guerra denebiana es una guerra de computadora contra computadora. Sus computadoras forjan un escudo impenetrable de contramisiles contra nuestros misiles, y las nuestras forjan uno contra los suyos. Si aumentamos la eficiencia de nuestras computadoras, ellos aumentan la de las suyas, y durante cinco años ha existido un equilibrio precario y estéril. »Ahora tenemos en nuestras manos un método para ir más allá de la computadora, para saltarla, para atravesarla. Combinaremos la mecánica del cálculo con el pensamiento humano; tendremos el equivalente de computadoras inteligentes, miles de millones de ellas. No puedo predecir en detalle cuáles serán las consecuencias, pero serán incalculables. Y si Deneb se nos adelanta, pueden ser inimaginablemente catastróficas. El presidente dijo, inquieto: —¿Qué quiere que haga? —Ponga el poder de la administración detrás de la creación de un proyecto secreto de cálculo humano. Llámelo Proyecto Número, si quiere. Puedo responder por mi comité, pero necesitaré que la administración me respalde. —Pero ¿hasta dónde puede llegar el cálculo humano? —No tiene límite. Según el programador Shuman, que fue quien me presentó por primera vez este descubrimiento… —He oído hablar de Shuman, por supuesto. —Sí. Bien, el doctor Shuman me dice que, en teoría, no hay nada que una computadora pueda hacer que la mente humana no pueda. La computadora se limita a tomar una cantidad finita de datos y a realizar sobre ellos un número finito de operaciones. La mente humana puede duplicar el proceso. El presidente meditó sobre aquello. —Si Shuman lo dice, me inclino a creerle… en teoría. Pero, en la práctica, ¿cómo puede alguien saber cómo funciona una computadora? Brant rio con cordialidad. —Bueno, señor presidente, yo hice la misma pregunta. Parece que en otra época las computadoras eran diseñadas directamente por seres humanos. Eran computadoras simples, por supuesto; eso fue antes de que se estableciera el uso racional de las computadoras para diseñar otras más avanzadas. —Sí, sí. Continúe. —Al parecer, el técnico Aub tenía como pasatiempo reconstruir algunos de esos antiguos aparatos y, al hacerlo, estudió los detalles de su funcionamiento y descubrió que podía imitarlos. La multiplicación que acabo de hacer para usted es una imitación del funcionamiento de una computadora. —¡Asombroso! El congresista tosió suavemente. —Si puedo señalar otro punto, señor presidente: cuanto más desarrollemos esto, más podremos desviar nuestro esfuerzo federal de la producción y el mantenimiento de computadoras. A medida que el cerebro humano se haga cargo, más energía podremos dirigir a actividades de tiempos de paz, y la presión de la guerra sobre el hombre común será menor. Esto será muy ventajoso, por supuesto, para el partido en el poder. —Ah —dijo el presidente—, entiendo su punto. Bueno, siéntese, congresista, siéntese. Quiero algo de tiempo para pensar en esto. Pero, mientras tanto, muéstreme de nuevo ese truco de la multiplicación. Veamos si logro entenderlo. El programador Shuman no trató de apresurar las cosas. Loesser era conservador, muy conservador, y le gustaba trabajar con las computadoras como lo habían hecho su padre y su abuelo. Aun así, controlaba el consorcio de computadoras de Europa Occidental, y si se lo podía persuadir de sumarse al Proyecto Número con verdadero entusiasmo, se habría logrado mucho. Pero Loesser se resistía. —No estoy seguro de que me guste la idea de relajar nuestro dominio sobre las computadoras. La mente humana es caprichosa. La computadora dará la misma respuesta al mismo problema cada vez. ¿Qué garantía tenemos de que la mente humana hará lo mismo? —La mente humana, Computador Loesser, solo manipula datos. No importa si lo hace una mente humana o una máquina. Son solo herramientas. —Sí, sí. He revisado su ingeniosa demostración de que la mente puede reproducir el trabajo de una computadora, pero me parece algo demasiado abstracto. Aceptaré la teoría, pero ¿qué razones tenemos para pensar que la teoría pueda convertirse en práctica? —Creo que tenemos razones, señor. Después de todo, las computadoras no siempre han existido. Los cavernícolas, con sus trirremes, sus hachas de piedra y sus ferrocarriles, no tenían computadoras. —Y posiblemente no calculaban. —Usted sabe de sobra que sí. Incluso la construcción de un ferrocarril o de un zigurat exigía ciertos cálculos, y esos cálculos debieron hacerse sin computadoras como las conocemos. —¿Sugiere que calculaban de la manera que usted demuestra? —Probablemente no. Después de todo, este método —lo llamamos «grafítica», por cierto, de la antigua palabra europea grapho, que significa «escribir»— se desarrolló a partir de las propias computadoras, así que no puede haberlas precedido. Aun así, los cavernícolas debieron de tener algún método, ¿no? —¡Artes perdidas! Si va a hablar de artes perdidas… —No, no. No soy un entusiasta de las artes perdidas, aunque no digo que no pueda haber algunas. Después de todo, el hombre comía grano antes de la hidroponía, y si los primitivos comían grano, debían cultivarlo en la tierra. ¿Qué otra cosa podían hacer? —No lo sé, pero creeré en el cultivo en tierra cuando vea a alguien cultivar grano en el suelo. Y también creeré en eso de hacer fuego frotando dos trozos de pedernal cuando lo vea. Shuman adoptó un tono conciliador. —Bueno, limitémonos a la grafítica. Es parte del proceso de etereización. El transporte mediante artefactos voluminosos está cediendo lugar a la transferencia directa de masa. Los dispositivos de comunicación son cada vez menos voluminosos y más eficientes. A propósito de eso, compare su computadora de bolsillo con las máquinas enormes de hace mil años. Entonces, ¿por qué no dar el último paso y prescindir por completo de las computadoras? Vamos, señor, el Proyecto Número ya está en marcha; el progreso es vertiginoso. Pero queremos su ayuda. Si no lo mueve el patriotismo, considere la aventura intelectual que implica. Loesser dijo, escéptico: —¿Qué progreso? ¿Qué puede hacer más allá de multiplicar? ¿Puede integrar una función trascendental? —Con el tiempo, señor. Con el tiempo. En el último mes he aprendido a dividir. Puedo determinar, correctamente, cocientes enteros y cocientes decimales. —¿Cocientes decimales? ¿Hasta cuántas cifras? El programador Shuman procuró mantener un tono casual. —Hasta tantas como quiera. A Loesser se le cayó la mandíbula. —¿Sin computadora? —Propóngame un problema. —Divida veintisiete por trece. Llévelo a seis decimales. Cinco minutos después, Shuman dijo: —Dos coma cero siete seis nueve dos tres. Loesser lo comprobó. —Bueno, esto sí es asombroso. La multiplicación no me impresionó demasiado porque, después de todo, involucraba enteros, y pensé que algún truco de manipulación podía explicarla. Pero decimales… —Y eso no es todo. Hay un nuevo avance que por ahora es estrictamente secreto y que, en rigor, no debería mencionar. Aun así… puede que hayamos abierto una brecha en el frente de las raíces cuadradas. —¿Raíces cuadradas? —Implica algunos puntos delicados, y aún no hemos terminado de resolver los fallos, pero el técnico Aub, el hombre que inventó esta ciencia y que posee una intuición asombrosa en relación con ella, sostiene que tiene el problema casi solucionado. Y él es solo un técnico. Un hombre como usted, un matemático formado y talentoso, no debería tener dificultad. —Raíces cuadradas —murmuró Loesser, atraído. —Raíces cúbicas también. ¿Está con nosotros? La mano de Loesser se extendió de pronto. —Cuente conmigo. El general Weider caminaba pesadamente de un lado a otro al frente de la sala y se dirigía a sus oyentes a la manera de un maestro severo que enfrenta a un grupo de alumnos díscolos. Al general le daba igual que fueran los científicos civiles al frente del Proyecto Número. Él era el jefe supremo, y así se consideraba a sí mismo a cada instante. —Ahora bien, las raíces cuadradas están muy bien. Yo mismo no sé hacerlas y no entiendo los métodos, pero están muy bien. Aun así, el proyecto no se desviará hacia lo que algunos de ustedes llaman los fundamentos. Podrán jugar con la grafítica como quieran cuando termine la guerra, pero ahora tenemos problemas específicos y muy prácticos que resolver. En un rincón apartado, el técnico Aub escuchaba con dolorosa atención. Ya no era técnico, por supuesto, pues había sido relevado de sus tareas y asignado al proyecto, con un título rimbombante y buen sueldo. Pero la diferencia de rango seguía existiendo, claro, y los científicos más encumbrados no llegaban a aceptarlo como uno de los suyos. Y, para ser justos con Aub, tampoco él lo deseaba. Se sentía tan incómodo con ellos como ellos con él. El general decía: —Nuestro objetivo es simple, caballeros: reemplazar la computadora. Una nave que pueda navegar por el espacio sin una computadora a bordo puede construirse en una quinta parte del tiempo y a una décima parte del costo de una nave cargada de computadoras. Podríamos construir flotas cinco o diez veces mayores que las de Deneb, si tan solo pudiéramos prescindir de la computadora. »Y vislumbro algo que va aún más lejos. Podrá parecer fantástico hoy, un simple sueño, pero yo veo en el futuro el misil tripulado. Hubo un murmullo instantáneo entre los presentes. El general prosiguió: —En la actualidad, nuestro principal cuello de botella es el hecho de que los misiles tienen una inteligencia limitada. La computadora que los controla solo puede tener cierto tamaño, y por esa razón responden de manera insatisfactoria a la naturaleza cambiante de las defensas antimisiles. Pocos misiles, si acaso alguno, alcanzan su objetivo, y la guerra de misiles está llegando a un callejón sin salida; afortunadamente para el enemigo tanto como para nosotros. »Por otra parte, un misil con uno o dos hombres dentro, controlando el vuelo mediante grafítica, sería más ligero, más móvil, más inteligente. Nos daría una ventaja que bien podría significar el margen de la victoria. Además, caballeros, las exigencias de la guerra nos obligan a recordar una cosa: un hombre es mucho más prescindible que una computadora. Los misiles tripulados podrían lanzarse en grandes cantidades y en circunstancias que ningún buen general se atrevería a aceptar en el caso de misiles dirigidos por computadora… Dijo mucho más, pero el técnico Aub no esperó. El técnico Aub, en la intimidad de su alojamiento, trabajó largo rato en la nota que dejaría atrás. Finalmente decía lo siguiente: «Cuando empecé a estudiar lo que ahora se llama grafítica, no era más que un pasatiempo. No veía en ello más que una diversión interesante, un ejercicio de la mente.» Cuando comenzó el Proyecto Número, pensé que otros eran más sabios que yo; que la grafítica podía tener un uso práctico en beneficio de la humanidad, tal vez para ayudar en la producción de dispositivos de transferencia de masa realmente útiles. Pero ahora veo que se usará solo para la muerte y la destrucción.»No puedo enfrentar la responsabilidad de haber inventado la grafítica». Luego, deliberadamente, volvió hacia sí mismo el haz de un despolarizador de proteínas y cayó muerto al instante y sin dolor. Permanecían de pie ante la tumba del pequeño técnico mientras se rendía homenaje a la grandeza de su descubrimiento. El programador Shuman inclinó la cabeza junto con los demás, pero permaneció impasible. Después de todo, el técnico había cumplido su parte y ya no era necesario. Él quizá había iniciado la grafítica, pero ahora que había comenzado, seguiría adelante por sí misma, de manera arrolladora y triunfal, hasta que los misiles tripulados fueran posibles y quién sabía qué más. Nueve por siete, pensó Shuman con profunda satisfacción, es sesenta y tres, y no necesito una computadora para que me lo diga. La computadora está en mi propia cabeza. Y era asombrosa la sensación de poder que eso le producía. FIN Autor: Isaac Asimov Título: La sensación de poder Título Original: The Feeling of Power Publicado en: If, febrero de 1958 Aparece en: Nine Tomorrows (1959)

  • "El chal", cuento de Cynthia Ozick.

    Stella, fría, fría, la frialdad del infierno. Cómo anduvieron juntas por los caminos, Rosa, con Magda acurrucada entre sus pechos doloridos, Magda envuelta en el chal… A veces Stella llevaba a Magda en brazos, pero estaba celosa de ella. Una niña flaca de catorce años, demasiado pequeña, con unos pechos menudos, Stella quería ir arropada en un chal, oculta, dormida, mecida por la marcha, ser un bebé, una criatura rolliza en brazos. Magda se agarraba al pezón de Rosa, y Rosa nunca dejaba de caminar, una cuna andante. No había bastante leche, a veces Magda tragaba solo aire y entonces lloraba. Stella estaba hambrienta. Sus rodillas eran tumores sobre dos palos; sus codos, huesos de pollo. Rosa no sufría el hambre; se sentía ligera, no con la ligereza del caminar sino como si estuviera a punto de desvanecerse, en trance, presa de un paroxismo, como si ya fuera un ángel, alerta y viéndolo todo, pero en el aire, sin tocar el camino, o tambaleándose de puntillas sobre el filo de las uñas. Veía la cara de Magda a través de un hueco entre los pliegues del chal: una ardilla en su nido, a salvo, nadie podía alcanzarla en el cobijo de las vueltas del manto. La cara muy redonda, una cara en un espejo de bolsillo; pero no era la tez hosca de Rosa, oscura como el cólera, sino una cara completamente distinta: ojos azules como el aire, suave plumón de pelo casi tan amarillo como la estrella bordada en el abrigo de Rosa. Cualquiera habría creído que era una de sus criaturas. Rosa, flotando, soñaba con dejar a Magda en uno de los pueblos. Podía abandonar la fila un instante y entregar a Magda a cualquier mujer a la vera del camino; pero si se apartaba de la fila seguramente dispararían. Y aunque saliera una fracción de segundo de la fila y soltara el fardo del chal en las manos de una desconocida, ¿lo cogería la mujer? Tal vez se sorprendería, o se asustaría; tal vez dejaría caer el chal, y Magda se golpearía la cabeza en el suelo y moriría. Su cabecita redonda. Era tan buena niña que dejó de llorar, y luego ya solo mamaba por el sabor del pezón seco. La diestra presión de sus pequeñas encías. Un diente asomaba en la encía de abajo, qué brillante, resplandecía como una lápida diminuta de mármol blanco. Sin quejarse, Magda renunció a los pezones de Rosa, primero al izquierdo, luego al derecho; los dos estaban agrietados, sin rastro de leche. La brecha del conducto extinto, un volcán apagado, ojo ciego, agujero frío, así que Magda empezó a amamantarse con la punta del chal. Chupaba, chupaba, empapando las hebras. El buen sabor del chal, leche de lino. Era un chal mágico, podía alimentar a una criatura durante tres días y tres noches. Magda no murió, siguió viva, aunque muy callada. Su boca exhalaba un olor peculiar, a canela y almendras. Mantenía los ojos abiertos en todo momento, se olvidó de pestañear o de dormir, y Rosa y a veces Stella observaban su intenso color azul. En el camino levantaban el peso de una pierna después de la otra y observaban la cara de Magda. «Aria», dijo Stella con un hilo de voz, y a Rosa le pareció que Stella miraba a Magda como una joven caníbal. Y cuando Stella dijo «aria», a Rosa le sonó como si en realidad hubiera dicho «Vamos a devorarla». Pero Magda vivió hasta que pudo caminar. Llegó a caminar, aunque no muy bien, en parte porque solo tenía quince meses y en parte porque las varillas de sus piernas no podían sostenerle la barriga, llena de aire, hinchada y redonda. Rosa le daba casi toda su comida a Magda, Stella no le daba nada; Stella estaba hambrienta, al fin y al cabo también era una niña en edad de crecer, aunque no crecía mucho. Stella no menstruaba. Rosa no menstruaba. Rosa estaba hambrienta, pero a la vez no lo estaba; aprendió de Magda a beber el sabor de un dedo en la boca. Estaban en un lugar sin piedad, toda la piedad de Rosa quedó aniquilada, miraba los huesos de Stella sin piedad. Estaba segura de que Stella esperaba a que Magda muriera para hincarle el diente a sus pequeños muslos. Rosa sabía que Magda moriría muy pronto; a esas alturas ya tendría que estar muerta, pero se había quedado enterrada en las profundidades del chal mágico, confundida con el bulto tembloroso de los pechos de Rosa; Rosa se ceñía el chal como si solo la cubriera a ella. Nadie se lo quitó. Magda era muda. Nunca lloraba. Rosa la escondió en los barracones, tapada con el chal, pero sabía que un día alguien la delataría; o que un día alguien, puede que ni siquiera Stella, robaría a Magda para comérsela. Cuando Magda empezó a caminar Rosa supo que moriría muy pronto, que algo pasaría. Temía quedarse dormida; dormía apresando el cuerpo de Magda con el muslo; le daba miedo asfixiar a Magda bajo su peso. El peso de Rosa era cada vez menor; Rosa y Stella se iban transformando poco a poco en aire. Magda estaba callada, pero sus ojos seguían terriblemente vivos, como tigres azules. Vigilaba. A veces se reía; parecía una risa, pero ¿cómo iba a serlo? Magda nunca había visto reír a nadie. Aun así, Magda se reía cuando el viento levantaba las puntas del chal, el viento malo con residuos negruzcos que hacía que a Stella y a Rosa les lloraran los ojos. Los ojos de Magda estaban siempre claros, sin lágrimas. Vigilaba como un tigre. Custodiaba su chal. Nadie más que Rosa podía tocarlo. A Stella no se lo permitía. Magda se aferraba al chal como si fuera su propia criatura, la niña de sus ojos, su hermana pequeña. Se enredaba en él y chupaba una de las puntas cuando quería quedarse muy quieta. Entonces Stella le quitó el chal e hizo que Magda muriera. «Me había quedado fría», diría luego Stella. Y después fue siempre fría, siempre. El frío caló en su corazón; Rosa vio que Stella tenía un corazón frío. Magda avanzó a trompicones con sus piernas de palillo y fue zigzagueando de un lado a otro en busca del chal; los palillos flaquearon en la entrada del barracón, donde empezaba la claridad. Rosa la vio y fue tras ella, pero Magda ya estaba en el patio de los barracones, a la alegre luz del día. Era el recinto donde pasaban lista. Cada mañana Rosa tenía que esconder a Magda debajo del chal arrimada contra una pared del barracón y salir a formar en el patio con Stella y centenares más, a veces durante horas; Magda, abandonada, se quedaba bajo el chal sin hacer ruido, chupando una de las puntas. Cada día Magda guardaba silencio, y por eso no murió. Rosa vio que ese día Magda moriría, y al mismo tiempo sintió que una alegría parecida al horror le recorría las palmas de las manos. Los dedos le ardían, estaba atónita, febril: Magda, a la luz del sol, tambaleándose sobre sus piernas de palillo, empezó a aullar. Desde que a Rosa se le habían secado los pezones, desde el último grito de Magda en el camino, no había salido una sola sílaba de su garganta; Magda era muda. Rosa creía que le pasaba algo en las cuerdas vocales, en la tráquea, en la cavidad de la laringe; Magda era deficiente, sin voz; quizá fuera sorda; puede que sufriera algún retraso mental; Magda era lela. Incluso la risa que le salía cuando el viento salpicado de ceniza convertía el chal de Magda en un payaso, era solo el aire que se le escapaba entre los dientes. Incluso cuando los piojos, los piojos del pelo y del cuerpo, la enloquecían tanto que se ponía rabiosa como una de las grandes ratas que saqueaban los barracones al romper el alba en busca de carroña, ella se frotaba y se rascaba y pataleaba y mordía y se revolcaba sin una queja. Sin embargo, ahora la boca de Magda derramaba la cuerda larga y viscosa de un grito. «Maaaa…» Era el primer sonido que salía de la garganta de Magda desde que a Rosa se le habían secado los pezones. «¡Maaaa… maaa!» ¡Otra vez! Magda titubeaba bajo el peligroso sol del patio, zigzagueando sobre sus patéticas canillas arqueadas. Rosa lo vio. Vio que Magda lloraba por la pérdida de su chal, vio que Magda iba a morir. Una oleada de órdenes martilleó los pezones de Rosa, ¡ve, recoge, trae!, pero no sabía qué hacer, si ir antes a por Magda o a por el chal. Si saltaba al patio y alzaba a Magda en brazos, los aullidos no cesarían, porque Magda seguiría sin el chal; en cambio, si volvía corriendo al barracón a buscarlo, y si lo encontraba, y si perseguía a Magda sacudiéndolo para que lo viera, podría llevarla de vuelta, y Magda se metería el chal en la boca y sería muda otra vez. Rosa se adentró en la oscuridad. Fue fácil descubrir el chal. Stella dormía arropada con él, encogida, en los huesos. Rosa le arrancó el chal y volvió volando —podía volar, era solo aire— hasta el patio. El calor del sol murmuraba sobre otra vida, sobre las mariposas en verano. La luz era plácida, suave. Al otro lado de la alambrada, a lo lejos, había prados verdes salpicados de dientes de león y violetas de un color muy vivo; detrás, un poco más lejos, inocentes lirios atigrados, altos, erguían sus tocas naranjas. En los barracones se hablaba de «flores», de «lluvia»: excrementos, cagarros prietos, y la cascada fétida y parduzca que se derramaba lentamente de los catres superiores, el hedor mezclado con un humo acre y grasiento que flotaba en el aire y a Rosa se le pegaba en la piel. Se detuvo un instante en el margen del patio. A veces parecía que la electricidad de la alambrada susurrara; incluso Stella decía que solo eran imaginaciones suyas, pero Rosa oía sonidos reales en el alambre: voces ásperas y tristes. Cuanto más alejada estaba de la valla, con más claridad la acosaban las voces. Clamaban con lamentos tan convincentes, tan fervorosos, que resultaba imposible sospechar que fueran fantasmas. Las voces le dijeron que levantara el chal en alto; las voces le dijeron que lo agitara, que lo hiciera ondear en el aire, que lo desplegara como una bandera. Rosa lo levantó, lo sacudió, lo hizo ondear en el aire, lo desplegó. Lejos, muy lejos, Magda se dobló por la cintura con su barriga llena de aire y levantó las varillas de sus brazos. Iba en alto, elevada, cargada sobre el hombro de alguien. Pero el hombro que cargaba a Magda no se acercaba hacia Rosa y el chal, sino que se alejaba, y Magda se hacía cada vez más pequeña en la distancia brumosa. Por encima del hombro relucía un casco. La luz golpeteaba en el casco y lo transformaba en un cáliz centelleante. Bajo el casco, un cuerpo negro como una ficha de dominó y un par de botas negras se precipitaban en dirección a la alambrada. Las voces eléctricas empezaron a parlotear desquiciadas. «Maaamaaa, maaamaaa», susurraban todas a la vez. ¡Qué lejos estaba ahora Magda de Rosa, al otro lado del patio, separadas las dos por una docena de barracones, en el extremo opuesto del recinto! Era apenas más grande que una polilla. De pronto Magda estaba surcando el aire. Magda, toda ella, viajaba por las alturas. Parecía una mariposa a punto de posarse en una vid plateada. Y en el momento en que la cabecita redonda de Magda, sus piernas de palillo, su barriga hinchada como un globo y sus brazos en zigzag chocaron contra la alambrada, las aceradas voces enloquecieron en sus gruñidos y apremiaron a Rosa a correr hasta donde Magda había caído en su vuelo contra la valla electrificada, pero por supuesto Rosa no las obedeció. Se quedó donde estaba, porque si corría, dispararían, y si intentaba recoger las astillas del cuerpo de Magda, dispararían, y si dejaba salir el aullido de lobo que le subía ahora por la escalera del esqueleto, dispararían; así que agarró el chal de Magda y se lo metió en la boca, poco a poco, hasta que se pudo tragar el aullido de lobo y sintió el regusto a canela y almendras de la saliva de Magda; y Rosa bebió el chal de Magda hasta que se secó. FIN Autor: Cynthia Ozick Título: El chal Título Original: The Shawl Publicado en: The New Yorker, 26 de mayo de 1980 Traducción: Eugenia Vázquez Nacarino

  • "Historia de una madre", cuento de Hans Christian Andersen.

    Había una madre sentada junto a su pequeño hijo. Estaba muy afligida, muy temerosa de que el niño muriera. Él estaba pálido; sus ojitos se habían cerrado, respiraba con mucha suavidad y, de vez en cuando, con una inspiración profunda, como si suspirara. Y la madre miraba con una tristeza aún mayor a aquella pequeña alma. Entonces llamaron a la puerta, y entró un viejo pobre, envuelto como en una gran manta de caballo, porque aquello daba calor y él lo necesitaba: era pleno invierno; afuera todo estaba cubierto de hielo y nieve, y el viento soplaba con tanta fuerza que cortaba la cara. Como el viejo temblaba de frío y el niño dormía por un momento, la madre fue a poner cerveza en una pequeña olla dentro de la estufa, para que se calentara para él. El viejo seguía sentado, meciéndose. La madre se sentó en una silla, muy cerca suyo, miró a su hijo enfermo, que respiraba tan hondo, y le levantó la manita. —¿No crees que me lo quedaré? —dijo ella—. ¡Nuestro Señor no me lo quitará! Y el viejo, que era la Muerte misma, asintió de una manera extraña, que podía significar tanto sí como no. La madre bajó la vista hacia su regazo, y las lágrimas le corrieron por las mejillas. La cabeza se le puso muy pesada; durante tres noches y tres días no había cerrado los ojos. Entonces se durmió, pero solo por un instante; enseguida se sobresaltó y se estremeció de frío. —¿Qué es esto? —dijo, mirando hacia todos lados. Pero el viejo había desaparecido, y su pequeño hijo también: se lo había llevado. En un rincón, el viejo reloj zumbaba y zumbaba; el gran peso de plomo descendió derecho hasta el suelo, ¡pum!, y entonces el reloj también se detuvo. Pero la pobre madre salió corriendo de la casa y llamó a gritos a su hijo. Afuera, en medio de la nieve, había una mujer sentada, vestida con largas ropas negras, y dijo: —La Muerte estuvo dentro de tu casa. La vi marcharse de prisa con tu pequeño hijo. Anda más rápido que el viento, y nunca devuelve lo que se ha llevado. —¡Dime solamente qué camino tomó! —dijo la madre—. ¡Dime el camino y lo encontraré! —Lo conozco —dijo la mujer de las ropas negras—, pero antes de decírtelo debes cantarme todas las canciones que le cantabas a tu hijo. Me gustan; ya las he oído antes. Soy la Noche, y vi tus lágrimas mientras las cantabas. —¡Te las cantaré todas, todas! —dijo la madre—. Pero no me detengas, para que pueda alcanzarlo, para que pueda encontrar a mi hijo. Pero la Noche permaneció muda e inmóvil. Entonces la madre se retorció las manos, cantó y lloró; y fueron muchas las canciones, pero aún más las lágrimas. Entonces la Noche dijo: —Ve hacia la derecha, entra en el oscuro bosque de abetos. Allí vi a la Muerte tomar el camino con tu pequeño hijo. Muy adentro del bosque los caminos se cruzaban, y la madre ya no sabía por dónde seguir. Allí había un zarzal, sin hojas ni flores, pues era la fría estación del invierno, y de sus ramas colgaba hielo. —¿No has visto pasar a la Muerte con mi pequeño hijo? —Sí —dijo el zarzal—, pero no te diré qué camino tomó a menos que antes me calientes contra tu corazón. Me muero de frío; me estoy convirtiendo en puro hielo. Y ella apretó el zarzal contra su pecho, con tanta fuerza, para que se calentara bien, que las espinas se le clavaron en la carne y la sangre le corrió en grandes gotas. Pero el zarzal echó hojas verdes y frescas, y brotaron flores en la fría noche de invierno: tan cálido era el corazón de una madre afligida. Y el zarzal le indicó el camino que debía seguir. Entonces llegó a un gran lago, donde no había barco ni bote. El lago no estaba lo bastante congelado para sostenerla, ni tampoco estaba tan abierto y bajo como para que pudiera vadearlo; pero debía cruzarlo si quería encontrar a su hijo. Entonces se tendió para beberse el lago entero, algo imposible para un ser humano; pero la madre afligida pensó que tal vez podía suceder un milagro. —No, eso nunca resultará —dijo el lago—. Será mejor que lleguemos a un acuerdo. Me gusta coleccionar perlas, y tus ojos son los dos más claros que he visto. Si lloras hasta entregármelos, te llevaré al gran invernadero donde vive la Muerte y cuida flores y árboles; cada uno de ellos es una vida humana. —¡Oh, qué no daría yo por llegar hasta mi hijo! —dijo la madre, deshecha en llanto. Y lloró todavía más, y sus ojos cayeron al fondo del lago y se convirtieron en dos perlas preciosas. Entonces el lago la levantó como si estuviera sentada en un columpio, y de un solo impulso la llevó volando hasta la otra orilla. Allí se alzaba una casa extraña, de una milla de ancho; no se sabía si era una montaña con bosques y cuevas, o si había sido construida, pero la pobre madre no podía verla, pues había llorado hasta perder los ojos. —¿Dónde encontraré a la Muerte, que se fue con mi pequeño hijo? —dijo. —Todavía no ha llegado aquí —dijo la vieja sepulturera, que debía cuidar el gran invernadero de la Muerte—. ¿Cómo has podido encontrar este lugar? ¿Quién te ha ayudado? —Nuestro Señor me ha ayudado —dijo ella—. Él es misericordioso, y tú también lo serás. ¿Dónde encontraré a mi pequeño hijo? —Yo no lo conozco —dijo la mujer—, y tú no puedes ver. Muchas flores y muchos árboles se han marchitado esta noche; pronto vendrá la Muerte a trasplantarlos. Ya sabes que cada ser humano tiene su árbol de la vida o su flor, según sea su naturaleza. Parecen plantas comunes, pero tienen latidos de corazón; también los corazones de los niños pueden latir. Guíate por eso: quizá reconozcas el de tu hijo. Pero ¿qué me darás si te digo qué más debes hacer? —No tengo nada que darte —dijo la madre afligida—, pero iré por ti hasta el fin del mundo. —Allí no tengo nada que hacer —dijo la mujer—, pero puedes darme tu largo cabello negro. Tú misma sabes que es hermoso, y me gusta. A cambio recibirás el mío, blanco; algo es algo. —¿No pides nada más? —dijo ella—. Entonces te lo doy con alegría. Y le dio su hermoso cabello, y recibió el de la vieja, blanco como la nieve. Luego entraron en el gran invernadero de la Muerte, donde flores y árboles crecían mezclados de manera extraña. Había delicados jacintos bajo campanas de cristal, y grandes peonías; crecían plantas acuáticas, unas muy frescas, otras medio enfermas; las serpientes de agua se enroscaban sobre ellas, y negros cangrejos se aferraban a sus tallos. Había hermosas palmeras, robles y plátanos; había perejil y tomillo en flor. Cada árbol y cada flor tenía su nombre; cada uno era una vida humana, y esa vida aún latía: una en China, otra en Groenlandia, repartidas por todo el mundo. Había grandes árboles en macetas pequeñas, tan oprimidos que parecían a punto de romperlas; y en muchos lugares había también pequeñas flores insignificantes, plantadas en tierra fértil, rodeadas de musgo, cubiertas y cuidadas. La madre afligida se inclinó sobre todas las plantas más pequeñas y escuchó dentro de ellas el latido del corazón humano; y entre millones reconoció el de su hijo. —¡Ahí está! —gritó, y extendió la mano hacia un pequeño azafrán azul que se inclinaba mustio hacia un lado. —¡No toques la flor! —dijo la vieja—. Quédate aquí, y cuando llegue la Muerte —la espero en cualquier momento—, no permitas que arranque la planta. Amenázala con hacer tú lo mismo con las otras flores, y entonces tendrá miedo. Debe responder por ellas ante Nuestro Señor; nadie puede ser arrancado sin su permiso. De pronto un frío helado recorrió la sala, y la madre ciega sintió que era la Muerte la que llegaba. —¿Cómo has podido encontrar el camino hasta aquí? —preguntó—. ¿Cómo pudiste llegar antes que yo? —Soy madre —dijo ella. Y la Muerte extendió su larga mano hacia la pequeña y delicada flor, pero ella mantuvo las suyas firmes a su alrededor, tan cerca y, al mismo tiempo, tan temerosa de rozar una de sus hojas. Entonces la Muerte sopló sobre sus manos, y ella sintió que aquel soplo era más frío que el viento helado; sus manos cayeron sin fuerzas. —De todos modos, nada puedes hacer contra mí —dijo la Muerte. —¡Pero Nuestro Señor sí puede! —dijo ella. —Yo solo hago lo que Él quiere —dijo la Muerte—. Soy su jardinero. Tomo todas sus flores y árboles y los trasplanto al gran jardín del Paraíso, en la tierra desconocida. Pero no me atrevo a decirte cómo crecen allí ni cómo es ese lugar. —¡Devuélveme a mi hijo! —dijo la madre, llorando y suplicando. De pronto tomó en cada mano una hermosa flor cercana y gritó a la Muerte: —¡Arrancaré todas tus flores, porque estoy desesperada! —¡No las toques! —dijo la Muerte—. Dices que eres tan desdichada, ¿y ahora quieres hacer igual de desdichada a otra madre? —¡Otra madre! —dijo la pobre mujer, y soltó al instante las dos flores. —Ahí tienes tus ojos —dijo la Muerte—. Los saqué del lago; brillaban con tanta fuerza. No sabía que eran los tuyos. Tómalos otra vez; ahora son más claros que antes. Mira luego en el profundo pozo que está junto a ti. Te diré los nombres de las dos flores que querías arrancar, y verás todo su futuro, toda su vida humana; verás lo que estabas a punto de perturbar y destruir. Y ella miró dentro del pozo. Y fue una dicha ver cómo una de esas vidas llegaba a ser una bendición para el mundo, ver cuánta felicidad y alegría se desplegaban a su alrededor. Luego vio la vida de la otra, y era pena y necesidad, espanto y miseria. —Ambas cosas son voluntad de Dios —dijo la Muerte. —¿Cuál de ellas es la flor de la desdicha y cuál la de la bendición? —preguntó ella. —Eso no te lo diré —dijo la Muerte—, pero sí sabrás por mí que una de esas flores era la de tu propio hijo. Era el destino de tu hijo lo que viste, el futuro de tu propio hijo. Entonces la madre gritó de horror: —¿Cuál de ellas era mi hijo? ¡Dímelo! ¡Salva al inocente! ¡Salva a mi hijo de toda esa miseria! ¡Mejor llévatelo! ¡Llévalo al reino de Dios! ¡Olvida mis lágrimas, olvida mis ruegos y todo lo que he dicho y hecho! —No te entiendo —dijo la Muerte—. ¿Quieres que te devuelva a tu hijo, o debo irme con él hacia ese lugar que no conoces? Entonces la madre se retorció las manos, cayó de rodillas y rogó a Nuestro Señor: —¡No me escuches cuando te pida algo contra Tu voluntad, que es la mejor! ¡No me escuches! ¡No me escuches! E inclinó la cabeza hacia su regazo. Y la Muerte se fue con su hijo hacia la tierra desconocida. FIN Autor: Hans Christian Andersen Título: Historia de una madre Título Original: Historien om en moder Publicado en: A Christmas Greeting to my English Friends (1847) Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

  • "La madre de Juan", cuento de Juan Radrigán

    Día. Don Miguel está sacudiéndoles el polvo a unas revistas, cuando entra la vieja. Una rápida ojeada le basta para calificarla: una pordiosera. —¡No hay plata, no hay plata! —dice entonces, moviendo aparatosamente los brazos. —Caballero —dice ella, como si no le hubiese oído—, querría comprar una novela. —¿Usted? —Sí, aquí traigo la plata —se La muestra envuelta en un pañuelo. —¿Cuánta plata tiene? —No sé… yo tenía doscientos ochenta pesos, después me pagaron trescientos cincuenta y Diego me dio cien más. Aquí la tengo toda. Ahora la mira con más detenimiento; no le gusta lo que ve; la vieja es alta y flaca, las puntas de los huesos le salen rebeldes por todas partes, como tratando de romper el delgado vestido que los cubre, una greña de cabellos grises le cae a un lado del rostro. Hace mucho calor, pero ella lleva un chal de lana negra, cubriéndole los hombros y el pecho. De no ser por la extraña mirada de sus ojos pardos, don Miguel la hubiese sacado a empellones. En esos inmensos ojos cercados de arrugas, hay petrificadas siete noches de lluvia, angustia, miedo, desolación, frío. Miran con la desgarrante quietud de la muerte. Son los ojos del esclavo que ve alzarse sobre él el látigo y no puede hacer nada., si no arrodillarse y hundir las manos vendidas en la tierra. El dolor casi inhumano que se refleja en ellos, palpa suavemente su corazón. “Después de todo, quizás aquí esté la primera venta de la tarde”, se dice. Y en voz alta: —¿Cuánto dijo que tenía? —Doscientos ochenta, más trescientos cincuenta y cien más que me dejó Diego. Don miguel saca cuentas: —Doscientos ochenta, más trescientos cincuenta, son… este… seiscientos treinta, más cien: setecientos treinta. Sí, le daré una novela. Espere. Se acerca a uno de les estantes y simula buscar con gran interés. Posesionado de su papel, va repitiendo los títulos en voz alta. Hasta que al fin saca una novela gruesa y manchada; la sacude un poco y se la pasa. —Tome, ésta le va a gustar. —¿Cómo se llama? —pregunta ella estirando el cuello hacia él, como si fuese sorda. —Se llama “La Novia del Alma”. Muy antigua; la buscan mucho. Este J. Aguilar Catena (le señala el nombre del autor), escribió muchas novelas, pero ésta es la que la gente busca más. El era español (no sabía si estaba muerto o no. Pero eso no importaba mucho; lo importante era meterle la novela a la vieja). Y sus novelas se venden hasta aquí en Chile. ¡Cómo sería de bueno! Tome, se la voy a dar en seiscientos pesos, no más. —No quiero ésa —dice ella, un poco confundida. —¿No?… ¿No querrá, por casualidad un tratado de sicología? ¿O busca alguna novela de Ivo Andric? —No… esas tampoco, yo quisiera comprar alguna novela de “El Caballero Audaz”. —¿”El Caballero Audaz”? —grita casi, don Miguel— ¿”El Caballero Audaz”? —repite, como si ella le hubiese pedido un pedazo de luna, o un puñado de viento— ¡Ni más ni menos que una novela de “El Caballero Audaz”, vaya vaya, quién lo creyera! Tras el eco de ese “quién lo creyera”, llega la risa, una risa punzante, descarada, brutal, que golpea dolorosamente el corazón de la vieja. —¿Por qué se ríe de mí, caballero?, ¿por qué se ríe de mí? —pregunta desoladamente. Él no la escucha, ríe ríe; su pequeño y redondo rostro toma un color púrpura encendido, la panza se le mueve grotescamente: apoya las manos sobre el mostrador, es como si le hubiese dado un ataque de epilepsia. Llama a su empleado, con una voz aguda, entrecortada por la risa: —¡González, González…! ¡Ven a ver esto, apúrate! El llamado González aparece por una puertecilla casi disimulada por los estantes de libros: es alto, fuerte y rubio, casi albino; sus ojos azules son fríos, carentes de toda expresión. Trabaja con don Miguel hace mucho tiempo, sabe dos idiomas y es indiferente como un buey ante el dolor humano. Todos son dioses cuando uno está en la miseria. La vieja junta las manos y les ruega no se rían de ella y le vendan la novela; abre el pañuelo y muestra los billetes. —Es tan poco para ustedes, caballeros y es tanto para mi… —dice lastimeramente. No le hacen caso. Se ríen de sus manos flacas de sus ojos tristes y de su cuerpo huesoso. El rubio le grita: “¡Mesalina mental!” “¡Carlina en desgracia!” y cien cosas más. La vieja, dolorosamente humillada, envuelve los billetes, anuda el pañuelo y sale, seguida por una jauría de hirientes carcajadas. Don Miguel la sigue. Sus pequeños ojillos de rata brillan extrañamente, como si hubiese llorado. —Tengo una novela del “Caballero Audaz” —dice con rapidez—, se llama “Desamor”; pero cuesta mil cien pesos. —¡Está nueva, es caballa de buena! —grita el rubio desde adentro. —Consígase lo que le falta, yo se la voy a guardar —promete don Miguel; a las últimas palabras les da un tono casi patético. —¿Y cuánto es lo que me falta, señor? —Trescientos setenta pesos, no más. —¡Trescientos setenta…! —dice ella, como si dijera un millón—, ¿y quién me los va a prestar? —¡Qué sé yo! Consígalos y la lleva. —La señora Luisa me va a pagar mañana un lavadito que me debe; me dijo que al marido le iban a pagar mañana y que de ahí me va a dar lo que me debe. —Llévela mañana, entonces. —Tiene que ser ahora… Se ha acercado demasiado a él y su aliento molesta a don Miguel. —Consígase la plata, aquí se la voy a tener —dice ásperamente y entra al negocio. La vieja Rosario queda un momento indecisa, desconcertada, es como si no comprendiera. Hasta hace pocos instantes confiaba en que tendría el libro: la risa de los hombres pasaría al fin y la verían tal como era: una vieja trémula, flaca y pobre, un débil ser humano, al que ellos, con sólo estirar las manos y coger un libro podrían dar un poco de felicidad. Pero no lo habían hecho, era tan fácil para ellos, tan fácil y no lo habían hecho. De su miseria saltó hacia los hombres un aletazo de alegría que les hizo estremecerse unos instantes y nada más. Ni un rastro de compasión, ni una brizna de piedad humana. ¿Cómo hay que hacer, para hacerles sentir a los hombres la miseria, si se ríen de ella cuando la ven? Ahora que se han derrumbado sus esperanzas, un dolor helado le aprieta la garganta. Desesperada, rebusca en sus bolsillos, sus manos temblorosas van y vienen, tantean, buscan, descosen, arrugan… Nada. Sólo lo que hay envuelto en el pañuelo; nada más en ningún lado. El sol cae sobre ella, como una bestia pesada y ardiente: se pega a su piel, la abraza tan fuerte que la hace transpirar. Se mueve, camina. La bestia silenciosa se aferra con más fuerza a su flaco cuerpo, como si temiera caerse. Ese día, su único hijo, Juan, cumplía veintidós años. En la mañana, cuando partía al trabajo, ellos le habían preguntado: “¿Qué podemos regalarte, Juan?” Él estaba de pie junto a la puerta abierta; tras él se veía un retazo de cielo limpio, una corriente de aire enmarañaba su cabello castaño: “Regálenme una novela de “El Caballero Audaz” dijo y salió riendo alegremente. “¿Una novela de “El Caballero Audaz?” —había dicho Diego—. “Debe ser alguna de esas novelas de espada”. “Sí, eso debe ser, Diego”. “Yo le tenía vista una camisa” —le había contado él después—. “Si me hubieran dado el suple, se la habría traído ayer; pero el arquitecto no llegó re‘nunca con la plata”. “¿Una camisa de seda?” “No sé, parece que sí, pero son de manga corta; valen dos mil pesos”. “¡Entonces no son de seda, pues Diego!” “De todos modos le habría gustado… ¡Son re’lindas!” “Sí, le habría gustado mucho, Diego…” Después de un largo silencio él había preguntado: “¿Me hiciste almuerzo?” “Sí, ya te lo eché a la olla”. “¿Tenís plata?” “Doscientos ochenta pesos”. “Toma estos cien, de algo te servirán. Pueda ser que ahora llegue ese infeliz a dar el suple… ¿Y qué le vamos a regalar a Juan?” “Lo que pidió, pues Diego; pero, ¡quién sabe cuánto valdrá!” “Bueno, ve si te puedes conseguir por ahí y cómpralo. Yo voy a ver si consigo para la camisa, aunque no tengo muchas esperanzas”. Tomando la olla con su almuerzo, había partido al trabajo, dejándola sola en la pieza. Juan había vivido tan poco y tan mal que algo había que darle; trabajaba desde los doce años, no pololeaba, algunas veces iba al teatro o a jugar fútbol, pero por lo general pasaba su tiempo libre leyendo novelas viejas que compraba baratas por San Diego. Trabajar, dar su plata, dormir, leer y fumar, era todo lo que hacía en este vasto mundo. Sería cruel ignorar su cumpleaños. Pasó hasta las dos de la tarde con un poco de comida que le sobró de la de Diego, té y dos panes. A esa hora sintió llegar a doña Luisa y fue a cobrarle el lavado de la semana. Esta puso cara de apremio, le juntó trescientos cincuenta pesos y le dijo que el resto se lo daría cuando le pagaran a su marido. “¿No puede darme nada más, señora Luisa?” le había dicho, “Fíjese que Juan está de cumpleaños y nosotros quisiéramos regalarle alguna cosita” “No, no tengo ni un cinco más; no tengo ni para las onces, si no llega Lucio luego, no sé qué voy a hacer” Trescientos cincuenta, más los cien que le dejó Diego y los doscientos ochenta que ella tenía. “Pueda ser que me alcance” había rogado. Pero no le alcanzó y ahora va de vuelta a la población, con un sol hecho bestia, mordiendo sus carnes, un dolor punzante en las rodillas y una desolación tremenda apretándole la garganta. Llegando al caserío va donde Pedro, el zapatero. Lo encuentra despedazando una silla. —Buenas tardes, don Pedro. —Qui’ubo, ¿qué dice doña Rosario? —saluda él, levantando apenas la alargada cabeza. La vieja titubea; mira a su alrededor. Don Pedro ha regado la pieza y de la tierra mojada se desprende un hálito de frescura que alivia un poco el ardor de sus carnes. —¿Viene a buscar algún par de zapatos? —pregunta Pedro, con voz esperanzada. —No, el sábado voy a venir a buscar la compostura; ahora venía a pedirle un favor: si usted pudiera prestarme cuatrocientos pesos hasta el sábado. Juan está de cumpleaños y nosotros… —¿Prestar plata yo? —interrumpe el zapatero, con fatiga y desaliento—. Mire —señala con una mano la miseria de su pieza—, mire como está esto —cansadamente baja la mano y prosigue con voz suave—: he hecho tiras casi todo lo que tenía, para poder hacer fuego, esta silla que estoy despedazando la tenía hace diez años. La quiero, es como si estuviese matando a un amigo. Créame, me duele algo en el pecho y siento rabia y pena, pero si no la hago leña, no puedo tomar café. La gente manda arreglar sus zapatos, pero no los viene a buscar; saben que tarde o temprano se los tendré que entregar así no más, por una muerta promesa de pago. Siento mucho no poder ayudarla, amiga Rosario, usted no va a creerlo, pero cada pena de la gente de esta población la siento como si fuera mía. Me duelen esos ojos, ya sin brillo de tanto mirar el camino por donde ha de llegar su felicidad, me duelen esos brazos cansados de lavar tanta ropa ajena, me oprimen sus voces eternamente tristes, me llagan esos niños de caras pálidas, esos hombres encorvados, esas manos heridas y vacías. Y lo peor es la impotencia brutal de ver ahogarse a un ser y no poder hacer nada, sino decirle: “Ahógate luego, que tu agonía me está matando”. Yo no sé qué es la vida, no lo sé; pero siento que es algo grande y maravilloso: nos destrozan, nos clavan y desgarran, todo a nuestro alrededor se quiebra y se hunde, pero sin embargo, borrachos de miseria, desnudos y hambrientos, golpeados y sangrantes, nos aferramos a ella, con ansias de locura… ¿Quiere morir usted, doña Rosario, que pide limosna para hacerle un regalo a su hijo? ¿Quiero morir yo, que no tengo qué comer? No, nadie quiere morir, ¿comprende? Todos los seres humanos somos iguales en eso. ¡Todos! ¡Y sin embargo unos mueren de hambre y a otros les sobra el pan! ¿Comprende usted la verdad profunda y desgarrante? Todos somos exactamente iguales: carne, sangre, músculos, nervios y huesos y todos queremos vivir. Debiéramos ser sólo una inmensa familia contenta, pero somos una banda de buitres hambrientos, planeando sobre las cabezas de nuestros hermanos. ¡Hermanos! —recalca, descargando un furibundo machetazo sobre la silla, que gime y se abre dócilmente. El lastimero quejido del mueble llena de sombras el rostro del zapatero. —¡Palabra que, si yo hubiese tenido unos ojos tan patéticos como los suyos, hubiera salido a pedir limosna antes de hacer pedazo esta silla! —silabea con rabiosa amargura. —¿Y qué cree usted que estoy haciendo yo? —contesta ella suavemente y sale arrastrando las piernas, que le parecen más pesadas que nunca. Hechas escombros sus esperanzas por la hosca realidad, llega al cuarto, triste y encorvada, como una sombra que cae. Ha pedido de casa en casa y le duelen las piernas y la cabeza. Se sienta maquinalmente sobre el lecho, saca el pañuelo y se pone a contemplar los arrugados billetes; los cuenta una y otra vez, alisándolos amorosamente, quizás, con la recóndita y peregrina esperanza de verlos multiplicarse, de descubrir de pronto que ha contado mal, que le alcanza, que todo está solucionado. Pero los milagros acontecen sólo en las novelas. La realidad es de acero, de cemento, de ladrillo. La realidad es dura, desnuda y fría como un cuchillo. Regalar un libro a Juan, no era nada. Era ver su sonrisa de contento lo que valía cualquier sacrificio; un segundo de felicidad en nuestras vidas tan oscuras y estropeadas es como una aurora, estallando de pronto en la noche oscura. ¡Cuánta felicidad no sentiría su hijo al tomar el libro en las manos, él, que siempre había acariciado sólo el espantoso vacío de lа miseria y la desolación! En medio de su ignorancia la vieja lo intuye y su desazón al no poder hacerlo la estremece. —¡Dios mío… Cristo, ayúdame! —murmura fervorosamente. Tiene los labios apretados, en sus ojos gime el dolor, como una fiera ciega. No sabe qué hacer: crispa las manos y las estira como quien va a ahogarse y no encuentra asidero alguno. Dentro de su pecho nacen y mueren las esperanzas en cruel sucesión. Todas ellas se estrellan, invariablemente contra el duro murallón de lo imposible. Era como estar subiendo por una empinada pendiente; cree llegar a la cumbre a cada instante y a cada instante cae. Parecía inútil, parecía imposible. —¡Cristo, ayúdame, ayúdame! —repite. Y entonces lo ve. Es como si verdaderamente, Dios hubiese venido en su ayuda. Ha estado allí, sobre la cómoda, durante mucho tiempo, pero le parece que nunca ha estado ahí, que recién Dios lo ha puesto sobre el mueble y hecho brillar para que ella lo vea: es un retrato que se había tomado poco después del casamiento. Pero no es la fotografía lo que la ha hecho sonreír de gozo, sino el marco: un hermoso marco de alpaca, macizo, labrado con todo el arte de un desconocido y gran orfebre. Cualquiera daría quinientos pesos por él, o quizás mucho más. Con él entre las manos, se dirige hacia la mesa, para sacar la fotografía; a ellos les importará sólo el marco. Toma un cuchillo y la mira por última vez: una corta angustia, seguida de un extraño dolor, la golpea. ¡Cómo cambia la gente! ¿Era posible que esa hermosa muchacha contenta fuese ella? ¿Había sido suya esa piel tersa, ese pelo castaño? ¿Habían sido suyos esos serenos ojazos pardos, montados por largas y finas cejas? ¿Esos labios rojos? ¿Era posible que esa hermosa muchacha contenta fuese ella? —¡Es posible, Dios mío! Se palpa la cara arrugada y siente miedo, un miedo angustioso, helado, que no había sentido nunca. El misterio tremendo de la vida y la muerte… Ella y Diego: dos muchachos despreocupados, dos capullos que acaban de florecer; dos seres puros, sentados juntos a la laguna del parque, jurando amores, dos seres estremecidos de emoción ante el primer beso. Plaza de las Marías, viento suave, con aroma de eucaliptos, noches tibias, ebrias de luna, ecos de risas claras llenando las calles: juventud. Ella y Diego jugando a amores. Ella y Diego en la Iglesia, de pie uno al lado del otro, tomados de las manos… Ella y Diego: dos seres perdidos en el oscuro bosque del tiempo; dos viejos cansados, dos viejos arrugados por el sufrimiento, hundidos en las sombras, dos viejos abismados, mirándose las manos llenas de esperanzas muertas en un rincón del olvido. ¡Qué extraño… qué extraño…! ¡Quién hubiera sabido, quién pudiera saberlo! Un dolor sin nombre estruja su corazón. —Diego… Diego… —llama, abatida y temerosa. Necesita desesperadamente a alguien a su lado en ese momento, un brazo sobre sus hombros, un aliento cálido sobre su mejilla, una voz; necesita a alguien. Pero en el cuarto sólo hay dos camas, una mesa, una cómoda, un pedazo de sol, entrando por la puerta abierta y el imperceptible acezar del tiempo que pasa… Noche. Cerca de las ocho comienzan a llegar las sombras. Luego, silenciosamente, la noche se estira y ensancha hasta cubrirlo todo. Entonces sólo hay luces de estrellas y de velas en el caserío. Diego y Rosario conversan acostados. Él dice, dolido: —No me gustó que vendieras el marco, vieja, era casi lo único bueno que nos quedaba. ¡Y cómo te estafaron! Ella no contesta y el silencio reina largo tiempo en la choza, sobre la cama de Juan, difusamente, se ve un paquete cuadrado. Lo mira dulcemente, ese humilde regalo les había costado… ¡Pero vamos! ¿A qué pensar en eso? Él no sabría nunca lo que había tras ese regalo. Los jóvenes no deben sentirse tristes. De fuera, llegan nítidos los mil ecos de costumbre: doña Inés corre a palos al perro de su pieza. “Rey” nunca entiende, o no quiere entender, que el único techo de los perros es el cielo; un borracho canta, alguien lo insulta. Rosa grita a su marido; algunos críos lloran violentamente; lo mismo de siempre. Conversan en voz baja, luchando por mantenerse despiertos, ninguno de los dos quiere perderse la alegría de Juan. Cuando al fin lo sienten venir, contienen el aliento; tapándose la cabeza con la sábana. Súbitamente parece caer sobre el cuarto y toda la población un silencio profundo, es como si todos hubiesen muerto repentinamente y sólo existiera Juan. Rosario busca la mano de Diego y se la aprieta. Él ya ha prendido la vela y está sacándose el vestón; lo deja sobre la silla; se sube las mangas de la camisa… ahora destapa el plato que está sobre la mesa. ¿Comerá antes de ver el regalo? No, el siempre se sienta sobre la cama un rato antes de comer… ¡Claro! Ya viene hacia el lecho… ahora… ahora. Ya lo ha tomado… lo está desenvolviendo… ¡Ahora! Bruscamente echan las tapas hacia atrás y se sientan en la cama, anhelantes y llenos de ternura. Juan se vuelve hacia ellos sobresaltado; tiene el libro en una mano y el papel en la otra. El asombro más grande se refleja en su rostro: está emocionado y confuso; pero no alegre. No, no es alegría lo que hay en sus ojos. —Oye, Juan —dice el viejo, como avergonzado—, nosotros queríamos regalarte una camisa, o algo así, pero tú sabes… no teníamos plata y como tú nos habías dicho que querías una novela de ese “Caballero Audaz”… —¡Pero si yo lo dije en broma! —dice Juan tumultuosamente —. Lo dije como algo fuera de lugar, ¿comprenden? Igual hubiera podido decir: regálenme un tanque o una casa —sonríe al agregar—: ¡Menos mal que no les dije eso! —¿Entonces… no te gusta, Juan? —pregunta la vieja, con un hilo de voz y espera, atisbando ansiosamente los labios de su hijo. —¡Claro que me gusta, vieja!, pero ustedes saben que me paso leyendo novelas de este autor; ésta la leí hace tiempo. ¿Cómo iba a imaginar que ustedes lo tomarían en serio? Es como darle azúcar a un diabético. A la vieja se le abre una herida en el costado. —¿La leíste? —¿No me cree? Mire —le pasa la novela—, vea si no es cierto lo que le digo: ella se llama Adela y cuando empieza la novela está en… —Créenos, Juan —le interrumpe el viejo tristemente—, nosotros lo sentimos mucho… mucho… —repite como un eco y se deja caer de espalda, cerrando los ojos con rapidez. Juan no llega a darse cuenta cabal de lo que sucede; se siente como si fuese un bandido robando el pan a dos viejos solos, se siente vagamente amargado y culpable, pero no sabe de qué. Apaga la vela y abre la puerta hasta atrás. Luego se tiende en el lecho y busca los cigarrillos. —¿No vas a comer, hijo? La voz de la vieja parece un eco lejano. —No, no tengo hambre. Por el hueco de la puerta abierta, ha penetrado al cuarto un grueso rayo de luna. La vieja Rosario, sentada en el camastro, lo mira fijamente, la liviana respiración de Diego y los latidos de su cansado corazón la atan al mundo; de no ser por eso, el vacío a su alrededor hubiese sido total. De pronto abre los labios y dice lentamente: —La leyó Gira los ojos desolada; ve el brasero apagado, lleno de cenizas, la banca botada, el vestón de Juan sobre una silla. —La leyó El retrato sin marco, clavado en la pared, la escoba apoyada contra la vieja cómoda. Silencio, Silencio. ¡Dios, Cuánta quietud! El rayo de luna hace visible pequeñas grietas, minúsculos montoncitos de tierra; un palo de fósforo, un trozo de papel, una colilla de cigarrillo. Él debió de pisarla. ¿Cuándo? ¿Hacia dónde iba cuando la pisó? ¿Al trabajo? ¿A jugar al fútbol? ¿O a comprar algún libro viejo? —La leyó… Frente a la luna y frente al Dios de los espantosamente vencidos, la vieja está pidiendo desesperadamente una explicación. —La leyó… Nada. Silencio. Con las manos crispadas, repite: —La leyó… Saliendo de sus inmensos ojos pardos, las lágrimas corren por los surcos de su cara, dejando brillosas y tibias huellas. Diego Se ha puesto a roncar y fuera ladra un perro. Nada más turba el silencio. FIN Autor: Juan Radrigán Título: La madre de Juan Publicado en: Los vencidos no creen en dios (1962)

  • "Clarisa" cuento de Isabel Allende.

    Clarisa nació cuando aún no existía la luz eléctrica en la ciudad, vio por televisión al primer astronauta levitando sobre la superficie de la luna y se murió de asombro cuando llegó el Papa de visita y le salieron al encuentro los homosexuales disfrazados de monjas. Había pasado la infancia entre matas de helechos y corredores alumbrados por candiles de aceite. Los días transcurrían lentos en aquella época. Clarisa nunca se adaptó a los sobresaltos de los tiempos de hoy, siempre me pareció que estaba detenida en el aire color sepia de un retrato de otro siglo. Supongo que alguna vez tuvo cintura virginal, porte gracioso y perfil de medallón, pero cuando yo la conocí ya era una anciana algo estrafalaria, con los hombros alzados como dos suaves jorobas y su noble cabeza coronada por un quiste sebáceo, como un huevo de paloma, alrededor del cual ella enrollaba sus cabellos blancos. Tenía una mirada traviesa y profunda, capaz de penetrar la maldad más recóndita y regresar intacta. En sus muchos años de existencia alcanzó fama de santa y después de su muerte muchos tienen su fotografía en un altar doméstico, junto a otras imágenes venerables, para pedirle ayuda en las dificultades menores, a pesar de que su prestigio de milagrera no está reconocido por el Vaticano y con seguridad nunca lo estará, porque los beneficios otorgados por ella son de índole caprichosa: no cura ciegos como santa Lucía ni encuentra marido para las solteras como san Antonio, pero dicen que ayuda a soportar el malestar de la embriaguez, los tropiezos de la conscripción y el acecho de la soledad. Sus prodigios son humildes e improbables, pero tan necesarios como las aparatosas maravillas de los santos de catedral. La conocí en mi adolescencia, cuando yo trabajaba como sirvienta en casa de la Señora, una dama de la noche, como llamaba Clarisa a las de ese oficio. Ya entonces era casi puro espíritu, parecía siempre a punto de despegar del suelo y salir volando por la ventana. Tenía manos de curandera y quienes no podían pagar un médico o estaban desilusionados de la ciencia tradicional esperaban turno para que ella les aliviara los dolores o los consolara de la mala suerte. Mi patrona solía llamarla para que le aplicara las manos en la espalda. De paso, Clarisa hurgaba en el alma de la Señora con el propósito de torcerle la vida y conducirla por los caminos de Dios, caminos que la otra no tenía mayor urgencia en recorrer, porque esa decisión habría descalabrado su negocio. Clarisa le entregaba el calor curativo de sus palmas por diez o quince minutos, según la intensidad del dolor, y luego aceptaba un jugo de fruta como recompensa por sus servicios. Sentadas frente a frente en la cocina, las dos mujeres charlaban sobre lo humano y lo divino, mi patrona más de lo humano y ella más de lo divino, sin traicionar la tolerancia y el rigor de las buenas maneras. Después cambié de empleo y perdí de vista a Clarisa hasta un par de décadas más tarde, en que volvimos a encontrarnos y pudimos restablecer la amistad hasta el día de hoy, sin hacer mayor caso de los diversos obstáculos que se nos interpusieron, inclusive el de su muerte, que vino a sembrar cierto desorden en la buena comunicación. Aun en los tiempos en que la vejez le impedía moverse con el entusiasmo misionero de antaño, Clarisa preservó su constancia para socorrer al prójimo, a veces incluso contra la voluntad de los beneficiarios, como era el caso de los chulos de la calle República, quienes debían soportar, sumidos en la mayor mortificación, las arengas públicas de esa buena señora en su afán inalterable de redimirlos. Clarisa se desprendía de todo lo suyo para darlo a los necesitados, por lo general sólo tenía la ropa que llevaba puesta y hacia el final de su vida le resultaba difícil encontrar pobres más pobres que ella. La caridad se convirtió en un camino de ida y vuelta y ya no se sabía quién daba y quién recibía. Vivía en un destartalado caserón de tres pisos, con algunos cuartos vacíos y otros alquilados como depósito a una licorería, de manera que una ácida pestilencia de borracho contaminaba el ambiente. No se mudaba de esa vivienda, herencia de sus padres, porque le recordaba su pasado abolengo y porque desde hacía más de cuarenta años su marido se había enterrado allí en vida, en un cuarto al fondo del patio. El hombre fue juez de una lejana provincia, oficio que ejerció con dignidad hasta el nacimiento de su segundo hijo, cuando la decepción le arrebató el interés por enfrentar su suerte y se refugió como un topo en el socavón maloliente de su cuarto. Salía muy rara vez, como una sombra huidiza, y sólo abría la puerta para sacar la bacinilla y recoger la comida que su mujer le dejaba cada día. Se comunicaba con ella por medio de notas escritas con su perfecta caligrafía y de golpes en la puerta, dos para sí y tres para no. A través de los muros de su cuarto se podían escuchar su carraspeo asmático y algunas palabrotas de bucanero que no se sabía a ciencia cierta a quién iban dirigidas. —Pobre hombre, ojalá Dios lo llame a Su lado cuanto antes y lo ponga a cantar en un coro de ángeles —suspiraba Clarisa sin asomo de ironía; pero el fallecimiento oportuno de su marido no fue una de las gracias otorgadas por la Divina Providencia, puesto que la ha sobrevivido hasta hoy, aunque ya debe de tener más de cien años, a menos que haya muerto y las toses y maldiciones que se escuchan sean sólo el eco de ayer. Clarisa se casó con él porque fue el primero que se lo pidió y a sus padres les pareció que un juez era el mejor partido posible. Ella dejó el sobrio bienestar del hogar paterno y se acomodó a la avaricia y la vulgaridad de su marido sin pretender una fortuna mejor. La única vez que se le oyó un comentario nostálgico por los refinamientos del pasado fue a propósito de un piano de cola con el cual se deleitaba de niña. Así nos enteramos de su afición por la música y mucho más tarde, cuando ya era una anciana, un grupo de amigos le regalamos un modesto piano. Para entonces ella había pasado casi sesenta años sin ver un teclado de cerca, pero se sentó en el taburete y tocó de memoria y sin la menor vacilación un Nocturno de Chopin. Un par de años después de la boda con el juez, nació una hija albina, quien apenas comenzó a caminar acompañaba a su madre a la iglesia. La pequeña se deslumbró en tal forma con los oropeles de la liturgia, que comenzó a arrancar los cortinajes para vestirse de obispo y pronto el único juego que le interesaba era imitar los gestos de la misa y entonar cánticos en un latín de su invención. Era retardada sin remedio, sólo pronunciaba palabras en una lengua desconocida, babeaba sin cesar y sufría incontrolables ataques de maldad, durante los cuales debían atarla como un animal de feria para evitar que masticara los muebles y atacara a las personas. Con la pubertad se tranquilizó y ayudaba a su madre en las labores de la casa. El segundo hijo llegó al mundo con un dulce rostro asiático, desprovisto de curiosidad, y la única destreza que logró adquirir fue equilibrarse sobre una bicicleta, pero no le sirvió de mucho porque su madre no se atrevió nunca a dejarlo salir de la casa. Pasó la vida pedaleando en el patio en una bicicleta sin ruedas fija en un atril. La anormalidad de sus hijos no afectó el sólido optimismo de Clarisa, quien los consideraba almas puras, inmunes al mal, y se relacionaba con ellos sólo en términos de afecto. Su mayor preocupación consistía en preservarlos incontaminados por sufrimientos terrenales, se preguntaba a menudo quién los cuidaría cuando ella faltara. El padre, en cambio, no hablaba jamás de ellos, se aferró al pretexto de los hijos retardados para sumirse en el bochorno, abandonar su trabajo, sus amigos y hasta el aire fresco y sepultarse en su pieza, ocupado en copiar con paciencia de monje medieval los periódicos en un cuaderno de notario. Entretanto su mujer gastó hasta el último céntimo de su dote y de su herencia y luego trabajó en toda clase de pequeños oficios para mantener a la familia. Las penurias propias no la alejaron de las penurias ajenas y aun en los períodos más difíciles de su existencia no postergó sus labores de misericordia. Clarisa poseía una ilimitada comprensión por las debilidades humanas. Una noche, cuando ya era una anciana de pelo blanco, se encontraba cosiendo en su cuarto cuando escuchó ruidos desusados en la casa. Se levantó para averiguar de qué se trataba, pero no alcanzó a salir, porque en la puerta tropezó de frente con un hombre que le puso un cuchillo en el cuello. —Silencio, puta, o te despacho de un solo corte —la amenazó. —No es aquí, hijo. Las damas de la noche están al otro lado de la calle, donde tienen la música. —No te burles, esto es un asalto. —¿Cómo dices? —Sonrió incrédula Clarisa—. ¿Y qué me vas a robar a mí? —Siéntate en esa silla, voy a amarrarte. —De ninguna manera, hijo, puedo ser tu madre, no me faltes el respeto. —¡Siéntate! —No grites, porque vas a asustar a mi marido, que está delicado de salud. Y de paso guarda el cuchillo, que puedes herir a alguien —dijo Clarisa. —Oiga, señora, yo vine a robar —masculló el asaltante desconcertado. —No, esto no es un robo. Yo no te voy a dejar que cometas un pecado. Te voy a dar algo de dinero por mi propia voluntad. No me lo estás quitando, te lo estoy dando, ¿está claro? —Fue a su cartera y sacó lo que le quedaba para el resto de la semana—. No tengo más. Somos una familia bastante pobre, como ves. Acompáñame a la cocina, voy a poner la tetera. El hombre se guardó el cuchillo y la siguió con los billetes en la mano. Clarisa preparó té para ambos, sirvió las últimas galletas que le quedaban y lo invitó a sentarse en la sala. —¿De dónde sacaste la peregrina idea de robarle a esta pobre vieja? El ladrón le contó que la había observado durante días, sabía que vivía sola y pensó que en aquel caserón habría algo que llevarse. Ése era el primer asalto, dijo, tenía cuatro hijos, estaba sin trabajo y no podía llegar otra vez a casa con las manos vacías. Ella le hizo ver que el riesgo era demasiado grande, no sólo podían llevarlo preso, sino que podía condenarse al infierno, aunque en verdad ella dudaba que Dios fuera a castigarlo con tanto rigor, a lo más iría a parar al purgatorio, siempre que se arrepintiera y no volviera a hacerlo, por supuesto. Le ofreció incorporarlo a la lista de sus protegidos y le prometió que no lo acusaría a las autoridades. Se despidieron con un par de besos en las mejillas. En los diez años siguientes, hasta la muerte de Clarisa, el hombre le enviaba por correo un pequeño regalo en cada Navidad. No todas las relaciones de Clarisa eran de esa calaña, también conocía a gente de prestigio, señoras de alcurnia, ricos comerciantes, banqueros y hombres públicos, a quienes visitaba buscando ayuda para el prójimo, sin detenerse a especular cómo sería recibida. Cierto día se presentó en la oficina del diputado Diego Cienfuegos, conocido por sus incendiarios discursos y por ser uno de los pocos políticos incorruptibles del país, lo cual no le impidió ascender a ministro y acabar en los libros de historia como padre intelectual de un cierto tratado de la paz. En esa época Clarisa era joven y algo tímida, pero ya tenía la misma tremenda determinación que la caracterizó en la vejez. Llegó donde el diputado a pedirle que usara su influencia para conseguir una nevera moderna a las Madres Teresianas. El hombre la miró pasmado, sin entender las razones por las cuales él debía ayudar a sus enemigas ideológicas. —Porque en el comedor de las monjitas almuerzan gratis cien niños cada día, y casi todos son hijos de los comunistas y evangélicos que votan por usted —replicó mansamente Clarisa. Así nació entre ambos una discreta amistad que habría de costarle muchos desvelos y favores al político. Con la misma lógica irrefutable conseguía de los jesuitas becas escolares para muchachos ateos, de la Acción de Damas Católicas ropa usada para las prostitutas de su barrio, del Instituto Alemán instrumentos de música para un coro hebreo, de los dueños de viñas fondos para los programas de alcohólicos. Ni el marido sepultado en el mausoleo de su cuarto, ni las extenuantes horas de trabajo cotidiano, evitaron que Clarisa quedara embarazada una vez más. La comadrona le advirtió que con toda probabilidad daría a luz otro anormal, pero ella la tranquilizó con el argumento de que Dios mantiene cierto equilibrio en el universo, y tal como Él crea algunas cosas torcidas, también crea otras derechas, por cada virtud hay un pecado, por cada alegría una desdicha, por cada mal un bien y así, en el eterno girar de la rueda de la vida todo se compensa a través de los siglos. El péndulo va y viene con inexorable precisión, decía ella. Clarisa pasó sin prisa el tiempo de su embarazo y dio a luz un tercer hijo. El nacimiento se produjo en su casa, ayudada por la comadrona y amenizado por la compañía de las criaturas retardadas, seres inofensivos y sonrientes que pasaban las horas entretenidos en sus juegos, una mascullando galimatías en su traje de obispo y el otro pedaleando hacia ninguna parte en una bicicleta inmóvil. En esta ocasión la balanza se movió en el sentido justo para preservar la armonía de la Creación y nació un muchacho fuerte, de ojos sabios y manos firmes, que la madre se puso al pecho, agradecida. Catorce meses después Clarisa dio a luz otro hijo con las características del anterior. —Éstos crecerán sanos para ayudarme a cuidar a los dos primeros —decidió ella, fiel a su teoría de las compensaciones, y así fue, porque los hijos menores resultaron derechos como dos cañas y bien dotados para la bondad. De algún modo Clarisa se las arregló para mantener a los cuatro niños sin ayuda del marido y sin perder su orgullo de gran dama solicitando caridad para sí misma. Pocos se enteraron de sus apuros financieros. Con la misma tenacidad con que pasaba las noches en vela fabricando muñecas de trapo o tortas de novia para vender, batallaba contra el deterioro de su casa, cuyas paredes comenzaban a sudar un vapor verdoso, y le inculcaba a los hijos menores sus principios de buen humor y de generosidad con tan espléndido efecto que en las décadas siguientes estuvieron siempre junto a ella soportando la carga de sus hermanos mayores, hasta que un día éstos se quedaron atrapados en la sala de baño y un escape de gas los trasladó apaciblemente a otro mundo. La llegada del Papa se produjo cuando Clarisa aún no cumplía ochenta años, aunque no era fácil calcular su edad exacta, porque se la aumentaba por coquetería, nada más que para oír decir cuán bien se conservaba a los ochenta y cinco que pregonaba. Le sobraba ánimo, pero le fallaba el cuerpo, le costaba caminar, se desorientaba en las calles, no tenía apetito y acabó alimentándose de flores y miel. El espíritu se le fue desprendiendo en la misma medida en que le germinaron las alas, pero los preparativos de la visita papal le devolvieron el entusiasmo por las aventuras terrenales. No aceptó ver el espectáculo por televisión, porque sentía una desconfianza profunda por ese aparato. Estaba convencida de que hasta el astronauta en la luna era una patraña filmada en un estudio de Hollywood, igual como engañaban con esas historias en las cuales los protagonistas se amaban o se morían de mentira y una semana después reaparecían con sus mismas caras, padeciendo otros destinos. Clarisa quiso ver al Pontífice con sus propios ojos, para que no fueran a mostrarle en la pantalla a un actor con paramentos episcopales, de modo que tuve que acompañarla a vitorearlo en su paso por las calles. Al cabo de un par de horas defendiéndonos de la muchedumbre de creyentes y de vendedores de cirios, camisetas estampadas, policromías y santos de plástico, logramos vislumbrar al Santo Padre, magnífico dentro de una caja de vidrio portátil, como una blanca marsopa en su acuario. Clarisa cayó de rodillas, a punto de ser aplastada por los fanáticos y por los guardias de la escolta. En ese instante, justamente cuando teníamos al Papa a tiro de piedra, surgió por una calle lateral una columna de hombres vestidos de monjas, con las caras pintarrajeadas, enarbolando pancartas en favor del aborto, el divorcio, la sodomía y el derecho de las mujeres a ejercer el sacerdocio. Clarisa hurgó en su bolso con mano temblorosa, encontró sus gafas y se las colocó para cerciorarse de que no se trataba de una alucinación. —Vámonos, hija. Ya he visto demasiado —me dijo, pálida. Tan desencajada estaba, que para distraerla ofrecí comprarle un cabello del Papa, pero no lo quiso, porque no había garantía de su autenticidad. El número de reliquias capilares ofrecidas por los comerciantes era tal, que alcanzaba para rellenar un par de colchones, según calculó un periódico socialista. —Estoy muy vieja y ya no entiendo el mundo, hija. Lo mejor es volver a casa. Llegó a su caserón extenuada, con el fragor de campanas y vítores todavía retumbándole en las sienes. Partí a la cocina a preparar una sopa para el juez y a calentar agua para darle a ella una infusión de camomila, a ver si eso la tranquilizaba un poco. Entretanto Clarisa, con una expresión de gran melancolía, colocó todo en orden y sirvió el último plato de comida para su marido. Puso la bandeja ante la puerta cerrada y llamó por primera vez en más de cuarenta años. —¿Cuántas veces he dicho que no me molesten? —protestó la voz decrépita del juez. —Disculpa, querido, sólo deseo avisarte de que me voy a morir. —¿Cuándo? —El viernes. —Está bien. —Y no abrió la puerta. Clarisa llamó a sus hijos para darles cuenta de su próximo fin y luego se acostó en su cama. Tenía una habitación grande, oscura, con pesados muebles de caoba tallada que no alcanzaron a convertirse en antigüedades, porque el deterioro los derrotó por el camino. Sobre la cómoda había una urna de cristal con un Niño Jesús de cera de un realismo sorprendente, parecía un bebé recién bañado. —Me gustaría que te quedaras con el Niñito, para que me lo cuides, Eva. —Usted no piensa morirse, no me haga pasar estos sustos. —Tienes que ponerlo a la sombra, si le pega el sol se derrite. Ha durado casi un siglo y puede durar otro si lo defiendes del clima. Le acomodé en lo alto de la cabeza sus cabellos de merengue, le adorné el peinado con una cinta y me senté a su lado, dispuesta a acompañarla en ese trance, sin saber a ciencia cierta de qué se trataba, porque el momento carecía de todo sentimentalismo, como si en verdad no fuera una agonía, sino un apacible resfrío. —Sería bien bueno que me confesara, ¿no te parece, hija? —¡Pero qué pecados puede tener usted, Clarisa! —La vida es larga y sobra tiempo para el mal, con el favor de Dios. —Usted se irá derecho al cielo, si es que el cielo existe. —Claro que existe, pero no es tan seguro que me admitan. Allí son bien estrictos —murmuró. Y después de una larga pausa agregó—: Repasando mis faltas, veo que hay una bastante grave… Tuve un escalofrío, temiendo que esa anciana con aureola de santa me dijera que había eliminado intencionalmente a sus hijos retardados para facilitar la justicia divina, o que no creía en Dios y que se había dedicado a hacer el bien en este mundo sólo porque en la balanza le había tocado esa suerte, para compensar el mal de otros, mal que a su vez carecía de importancia, puesto que todo es parte del mismo proceso infinito. Pero nada tan dramático me confesó Clarisa. Se volvió hacia la ventana y me dijo ruborizada que se había negado a cumplir sus deberes conyugales. —¿Qué significa eso? —pregunté. —Bueno… Me refiero a no satisfacer los deseos carnales de mi marido, ¿entiendes? —No. —Si una le niega su cuerpo y él cae en la tentación de buscar alivio con otra mujer, una tiene la responsabilidad moral. —Ya veo. El juez fornica y el pecado es de usted. —No, no. Me parece que sería de ambos, habría que consultarlo. —¿El marido tiene la misma obligación con su mujer? —¿Ah? —Quiero decir que si usted hubiera tenido otro hombre, ¿la falta sería también de su esposo? —¡Las cosas que se te ocurren, hija! —Me miró atónita. —No se preocupe, si su peor pecado es haberle escamoteado el cuerpo al juez, estoy segura de que Dios lo tomará en broma. —No creo que Dios tenga humor para esas cosas. —Dudar de la perfección divina ése sí es un gran pecado, Clarisa. Se veía tan saludable que costaba imaginar su próxima partida, pero supuse que los santos, a diferencia de los simples mortales, tienen el poder de morir sin miedo y en pleno uso de sus facultades. Su prestigio era tan sólido, que muchos aseguraban haber visto un círculo de luz en torno de su cabeza y haber escuchado música celestial en su presencia, por lo mismo no me sorprendió, al desvestirla para ponerle el camisón, encontrar en sus hombros dos bultos inflamados, como si estuviera a punto de reventarle un par de alas de angelote. El rumor de la agonía de Clarisa se regó con rapidez. Los hijos y yo tuvimos que atender a una inacabable fila de gentes que venían a pedir su intervención en el cielo para diversos favores o simplemente a despedirse. Muchos esperaban que en el último momento ocurriera un prodigio significativo, como que el olor a botellas rancias que infectaba el ambiente se transformara en perfume de camelias o su cuerpo refulgiera con rayos de consolación. Entre ellos apareció su amigo, el bandido, quien no había enmendado el rumbo y estaba convertido en un verdadero profesional. Se sentó junto a la cama de la moribunda y le contó sus andanzas sin asomo de arrepentimiento. —Me va muy bien. Ahora me meto nada más que en las casas del barrio alto. Le robo a los ricos y eso no es pecado. Nunca he tenido que usar violencia, yo trabajo limpiamente, como un caballero —explicó con cierto orgullo. —Tendré que rezar mucho por ti, hijo. —Rece, abuelita, que eso no me puede hacer mal. También la Señora apareció compungida a darle el adiós a su querida amiga, trayendo una corona de flores y unos dulces de alfajor para contribuir al velorio. Mi antigua patrona no me reconoció, pero yo no tuve dificultad en identificarla a ella, porque no había cambiado tanto, se veía bastante bien, a pesar de su gordura, su peluca y sus extravagantes zapatos de plástico con estrellas doradas. A diferencia del ladrón, ella venía a comunicar a Clarisa que sus consejos de antaño habían caído en tierra fértil y ahora ella era una cristiana decente. —Cuénteselo a san Pedro, para que me borre del libro negro —le pidió. —Qué tremendo chasco se llevarán estas buenas personas si en vez de irme al cielo acabo cocinándome en las pailas del infierno… —comentó la moribunda, cuando por fin pude cerrar la puerta para que descansara un poco. —Si eso ocurre allá arriba, aquí abajo nadie lo sabrá, Clarisa. —Mejor así. Desde el amanecer del viernes se congregó una muchedumbre en la calle y a duras penas sus hijos lograron impedir el desborde de creyentes dispuestos a llevarse cualquier reliquia, desde trozos de papel de las paredes hasta la escasa ropa de la santa. Clarisa decaía a ojos vista y por primera vez dio señales de tomar en serio su propia muerte. A eso de las diez se detuvo frente a la casa un automóvil azul con placas del Congreso. El chofer ayudó a descender del asiento trasero a un anciano, que la multitud reconoció de inmediato. Era don Diego Cienfuegos, convertido en prócer después de tantas décadas de servicio en la vida pública. Los hijos de Clarisa salieron a recibirlo y lo acompañaron en su penoso ascenso hasta el segundo piso. Al verlo en el umbral de la puerta, Clarisa se animó, volvieron el rubor a sus mejillas y el brillo a sus ojos. —Por favor, saca a todo el mundo de la pieza y déjanos solos —me sopló al oído. Veinte minutos más tarde se abrió la puerta y don Diego Cienfuegos salió arrastrando los pies, con los ojos aguados, maltrecho y tullido, pero sonriendo. Los hijos de Clarisa, que lo esperaban en el pasillo, lo tomaron de nuevo por los brazos para ayudarlo y entonces, al verlos juntos, confirmé algo que ya había notado antes. Esos tres hombres tenían el mismo porte y perfil, la misma pausada seguridad, los mismos ojos sabios y manos firmes. Esperé a que bajaran la escalera y volví donde mi amiga. Me acerqué para acomodarle las almohadas y vi que también ella, como su visitante, lloraba con cierto regocijo. —Fue don Diego su pecado más grave, ¿verdad? —le susurré. —Eso no fue pecado, hija, sólo una ayuda a Dios para equilibrar la balanza del destino. Y ya ves cómo resultó de lo más bien, porque por dos hijos retardados tuve otros dos para cuidarlos. Esa noche murió Clarisa sin angustia. De cáncer, diagnosticó el médico al ver sus capullos de alas; de santidad, proclamaron los devotos apiñados en la calle con cirios y flores; de asombro, digo yo, porque estuve con ella cuando nos visitó el Papa. FIN Autor: Isabel Allende Título: Clarisa Publicado en: Cuentos de Eva Luna (1989) Género: Cuento Subgénero: Realismo mágico / narrativa contemporánea latinoamericana Movimiento literario: Posboom latinoamericano

  • "Yo, robot", cuento de Otto Binder.

    Mi creación Mucho de lo que ha ocurrido me desconcierta. Pero creo que ahora empiezo a comprender. Ustedes me llaman monstruo, pero se equivocan. ¡Se equivocan por completo! Trataré de demostrárselo por escrito. Espero tener tiempo para terminar… Comenzaré por el principio. Nací, o fui creado, hace seis meses, el 3 de noviembre del año pasado. Soy un verdadero robot. Muchos de ustedes parecen dudarlo. Estoy hecho de cables y ruedas, no de carne y sangre. Mi primer recuerdo de conciencia fue una sensación de estar encadenado, y lo estaba. Durante los tres días anteriores había estado viendo y oyendo, pero todo de manera confusa. Ahora sentía el impulso de levantarme y mirar más de cerca aquella extraña forma móvil que tantas veces había visto ante mí, emitiendo sonidos. La forma móvil era el doctor Link, mi creador. Era lo único que se movía entre todos los objetos a mi alcance. Él y otro objeto: su perro Terry. Por eso esos dos objetos concentraban más mi interés. Todavía no había aprendido a asociar el movimiento con la vida. Pero en aquel cuarto día quise acercarme a las dos formas móviles y hacerles ruidos, en especial a la más pequeña. Sus sonidos eran desafiantes, estimulantes. Me impulsaban a levantarme y hacerlos callar. Pero estaba encadenado. Me habían sujetado para que, en mi estado de vacío mental, no me alejara por ahí y encontrara un final prematuro, o dañara a alguien sin saberlo. Estas cosas, desde luego, me las explicó el doctor Link más tarde, cuando ya podía separar mis pensamientos y comprender. Durante esos tres días yo era como un bebé: un bebé humano. No soy como esos otros supuestos robots, simples máquinas automatizadas diseñadas para obedecer ciertas órdenes o responder a determinados estímulos. No. Yo estaba equipado con un seudocerebro capaz de recibir los mismos estímulos que un cerebro humano. Y con la posibilidad de aprender, con el tiempo, a razonar por sí mismo. Pero durante tres días el doctor Link estuvo muy preocupado por mi cerebro. Yo era como un bebé humano y, sin embargo, también era como una máquina sensible pero desorganizada, sujeta al capricho del azar mecánico. Mis ojos se volvían cuando un trozo de papel revoloteaba hasta el suelo. Pero ya se habían fabricado antes células fotoeléctricas capaces de hacer lo mismo. Mis oídos mecánicos se orientaban para recibir mejor los sonidos de una dirección determinada, pero cualquier científico podía duplicar ese truco con relés sónicos. La cuestión era: ¿retenía mi cerebro, al que estaban conectados los ojos y los oídos, esas diversas impresiones para usarlas en el futuro? En suma, ¿tenía memoria? Durante tres días fui como un recién nacido. Y el doctor Link fue como un padre preocupado, preguntándose si su hijo habría nacido idiota sin remedio. Pero al cuarto día temió que yo fuera una bestia salvaje. Comencé a emitir sonidos ásperos con mi aparato vocal, en respuesta a los chillidos breves y agudos que hacía Terry, el perro. Al mismo tiempo sacudía mi cabeza giratoria y forcejeaba contra mis ataduras. Durante un rato, según me contó el doctor Link, le di miedo. No parecía otra cosa que una criatura enfurecida de la selva, a punto de enloquecer. Estuvo más que tentado de destruirme allí mismo. Pero algo lo hizo cambiar de opinión y me salvó. El animalito, Terry, ladrando con furia, se lanzó de pronto hacia delante. Probablemente quería morderme. El doctor Link intentó llamarlo para que volviera, pero demasiado tarde. Al encontrar firmes mis lisas piernas de metal, el perro saltó con necia valentía a mi regazo para alcanzar mi garganta. Una de mis manos lo tomó por el cuerpo y lo levantó. Mis dedos metálicos apretaron demasiado, y el perro soltó un chillido de dolor. ¡Instantáneamente, mi mano se abrió para dejar escapar a la criatura! Instantáneamente. Mi cerebro había interpretado el sonido por lo que era. Había funcionado una larga cadena de asociación de recuerdos. Tres días antes, cuando acababan de traerme a la vida, el doctor Link había pisado accidentalmente una pata de Terry. El perro había chillado de dolor. Yo había visto al doctor Link levantar de inmediato el pie, aun a riesgo de perder el equilibrio. Terry había dejado de chillar. Terry chilló cuando mi mano se cerró. Dejaría de hacerlo cuando la aflojara. Asociación de recuerdos. Eso que los psicólogos llaman reacción refleja. Señal de un cerebro vivo. El doctor Link me dice que lanzó un grito de puro triunfo. Supo de un golpe que yo tenía memoria. Supo que no era un monstruo caprichoso. Supo que tenía un órgano pensante, y uno de primera clase. ¿Por qué? Porque había reaccionado instantáneamente. Ustedes comprenderán más adelante lo que eso significa. Aprendí a caminar en tres horas. El doctor Link aún corría cierto riesgo al desatar mis cadenas. No tenía garantía alguna de que yo no me alejaría torpemente como una máquina sin inteligencia. Pero sabía que debía enseñarme a caminar antes de que pudiera aprender a hablar. Del mismo modo que sabía que debía dar vida a mi cerebro plenamente conectado a los apéndices y seudoórganos que luego tendría que usar. Si durante aquellos tres primeros días se hubiese limitado a desconectarme las piernas y los brazos, mi cerebro recién despertado jamás habría podido utilizarlos cuando fueran conectados más tarde. ¿Creen ustedes que, si de pronto se les concediera un tercer brazo, podrían llegar a usarlo? ¿Por qué a un paralítico que se ha recuperado le toma tanto tiempo recobrar el uso de sus miembros naturales? Por los puntos ciegos mentales del cerebro. El doctor Link había previsto todos esos extraños recovecos psicológicos. Primero caminar. Después hablar. Esa es la regla probada y segura usada entre los humanos desde el amanecer de su especie. Los bebés humanos aprenden mejor y más rápido de ese modo. Y yo en la mente era un bebé humano, aunque no en el cuerpo. El doctor Link contuvo la respiración cuando intenté levantarme por primera vez. Lo hice, lentamente, balanceándome sobre mis piernas de metal. En la cabeza tenía un nivel de burbuja tridireccional conectado eléctricamente con mi cerebro. Me indicaba de manera automática qué era horizontal, vertical y oblicuo. Sin embargo, mi primer paso vacilante no fue un éxito. Las articulaciones de mis piernas se flexionaron en sentido inverso. Caí estrepitosamente de rodillas, que por fortuna estaban reforzadas con gruesas placas protectoras, de modo que los mecanismos giratorios más delicados situados detrás no sufrieron daño. El doctor Link dice que lo miré como podría mirarlo un niño sobresaltado. Luego empecé de inmediato a caminar sobre las rodillas, pues descubrí que eso era fácil. Los niños lo harían más a menudo si no les doliera. Yo no conozco el dolor. Después de haber recorrido durante una hora los pasillos de su taller, mellando terriblemente sus muebles, caminar sobre las rodillas me parecía completamente natural. El doctor Link no sabía cómo hacer que me irguiera en toda mi estatura. Intentó tomarme del brazo y levantarme, pero mis ciento treinta y seis kilos de peso eran demasiado para él. Mi propia curiosidad, que aumentaba con rapidez, resolvió el problema. Como un niño que descubre el placer de ganar altura con unos zancos, mi siguiente intento de levantarme en toda mi estatura me agradó. Probé mantenerme de pie. Al fin dominé la técnica de alternar el uso de los miembros y desplazar el peso hacia delante. En un par de horas, el doctor Link me guiaba de un lado a otro por el sendero de grava que rodeaba su laboratorio. Estando yo de pie, le resultaba bastante fácil tirar de mí y guiarme. El pequeño Terry brincaba a nuestros talones, ladrando con alegría. El perro me había aceptado como amigo. Para entonces yo era bastante dócil a la guía del doctor Link. Mi mente impresionable lo había aceptado calladamente como una rienda y un freno necesarios. Según me contó después, yo hacía movimientos tentativos en direcciones extrañas fuera del sendero, impulsado por estímulos vagos, pero su brazo firme, al tirar de mí hacia atrás, bastaba de inmediato para mantenerme en línea. Me paseaba de un lado a otro como quien pasea a un grandote irresponsable. Yo habría seguido caminando incansablemente durante horas, pero el peso de los años fatigó pronto al doctor Link, y me condujo al interior. Cuando logró dejarme sentado con seguridad en mi silla metálica, accionó el interruptor de mi pecho que cortaba la corriente eléctrica que me daba vida. Y por cuarta vez conocí aquella inexistencia sin sueños que correspondía a los períodos de sueño de mi creador. Mi educación En tres días aprendí a hablar razonablemente bien. Doy tanto crédito al doctor Link como a mí mismo. En aquellos tres días me señaló los nombres de todos los objetos del laboratorio y de sus alrededores. Ese caudal de unos doscientos sustantivos lo complementó con tantos verbos de acción como pudo demostrar. Una palabra, una vez oída y aprendida, nunca volvía a olvidárseme ni a oscurecerse. Comprensión instantánea. Memoria fotográfica. Esas cosas las tenía. Es difícil de explicar. La maquinaria es precisa, invariable. Yo soy una máquina. Los electrones cumplen sus tareas instantáneamente. Los electrones impulsan mi cerebro metálico. Así, con la inteligencia de un niño de cinco años al cabo de esos tres días, el doctor Link me enseñó a leer. Mis ojos fotoeléctricos captaron al instante la conexión entre el habla y las letras, a medida que mi mentor me la señalaba. La asociación de ideas llenaba los vacíos de comprensión. Percibí sin demora que la palabra «león», por ejemplo, pronunciada de una manera peculiar, representaba a un animal vivo burdamente dibujado en el libro. Nunca he visto un león. Pero reconocería uno en el instante en que lo viera. De los silabarios y primeros libros de lectura pasé en menos de una semana a libros para adultos. El doctor Link trazó para mí un extenso programa de lectura en su gran biblioteca. Incluía ficción, además de textos informativos. En mi cerebro receptivo, capaz de retenerlo todo, comenzó a verterse un caudal de información y conocimiento jamás igualado en un período tan breve. Hay otras cosas que considerar, además de mi «nacimiento» y mi «educación». En primer lugar, el ama de llaves. Venía una vez por semana a limpiar la casa del doctor Link. Él era un hombre solitario, vivía solo, cocinaba para sí mismo; se había retirado con una renta procedente de un invento de años atrás. El ama de llaves me había visto durante los años anteriores, en proceso de construcción, pero solo como una caricatura inanimada del cuerpo humano. El doctor Link debió haberlo previsto. Cuando llegó el primer sábado de mi vida, olvidó que era el día en que ella venía. Estaba absorto señalándome que «correr» significaba ir más rápido que «caminar». —Demuestra —pidió el doctor Link cuando afirmé haber comprendido. Obedientemente, di unos pasos lentos ante él. —Caminar —dije. Luego retrocedí un trecho y avancé pesadamente otra vez, corriendo durante unos pasos. El piso de piedra resonó bajo mis pies metálicos. —¿Estuvo… bien? —pregunté con mi voz bastante estentórea. En ese momento sonó desde la puerta un grito aterrorizado. El ama de llaves llegó justo a tiempo para verme hacer la demostración. Gritó, haciendo más ruido incluso que yo. —¡Es el Diablo en persona! ¡Corra, doctor Link, corra! ¡Policía! ¡Auxilio! Se desmayó en el acto. Él la reanimó y le habló con suavidad, tratando de explicarle lo que yo era, pero tuvo que conseguir otra ama de llaves. Después de aquello se las arregló para recordar cuándo llegaba el sábado, y ese día me mantenía oculto en un cuarto de depósito, leyendo libros. Un incidente trivial en sí mismo, quizá, pero muy significativo, como ustedes, que leerán esto, reconocerán. Dos meses después de mi despertar a la vida, el doctor Link me habló un día de un modo distinto del de maestro a alumno; me habló como hombre a… hombre. —Eres el resultado de veinte años de esfuerzo —dijo—, y mi éxito me asombra incluso a mí. Poco te falta para ser humano en la mente. Eres un monstruo, una creación, pero eres básicamente humano. No tienes herencia. Tu ambiente te está moldeando. Eres la prueba de que la mente es un fenómeno eléctrico, forjado por el entorno. En los seres humanos, sus cuerpos —lo que llaman herencia— son parte de ese entorno. ¡Pero de ti haré un prodigio de la mente! Sus ojos parecían arder con un fuego extraño, pero esa expresión se suavizó mientras continuaba. —Supe que tenía algo sin precedentes y vital hace veinte años, cuando perfeccioné una esponja de iridio sensible al impacto de un solo electrón. ¡Era la sensibilidad del pensamiento! Las corrientes mentales del cerebro humano son de esa micromagnitud. Ahora tenía el medio para duplicar las corrientes de la mente en un medio artificial. Desde aquel día hasta hoy trabajé en el problema. »No hace mucho completé tu “cerebro”: un complejo intrincado de células de esponja de iridio. Antes de darle vida, hice construir tu cuerpo por artesanos expertos. Quería que comenzaras la vida equipado para vivir y moverte con ese cuerpo de la manera más parecida posible a la de un ser humano. ¡Con qué ansiedad esperaba tu debut en el mundo! Le brillaban los ojos. —Superaste mis expectativas. No eres simplemente un robot pensante. Un hombre de metal. Eres… vida. Una nueva clase de vida. Puedes ser entrenado para pensar, razonar, actuar. En el futuro, los de tu especie podrán ser de ayuda inestimable para el hombre y su civilización. Eres el primero de todos ellos. Los días y las semanas pasaron. Mi mente maduró y acumuló conocimiento de manera constante en la biblioteca del doctor Link. Con el tiempo fui capaz de escanear y absorber una página completa de lectura de una vez, con la misma facilidad con que los ojos humanos recorren líneas. Ustedes conocen el principio de la televisión: un lápiz de luz que se desplaza cientos de veces por segundo sobre el objeto que ha de transmitirse. Mis ojos, activados por veloces electrones, podían hacer lo mismo. Lo que leía quedaba absorbido, memorizado, instantáneamente. Desde entonces formaba parte de mi conocimiento. Los temas científicos atraían especialmente mi atención. Siempre había algo indefinible en las cosas humanas, algo que no alcanzaba del todo a captar, pero la ciencia se digería con facilidad en mi cerebro compuesto de ciencia. No pasó mucho tiempo antes de que yo supiera todo sobre mí mismo y por qué «funcionaba», mucho más plenamente que la mayoría de los humanos saben por qué viven, piensan y se mueven. Los principios mecánicos se volvieron descarnadamente simples para mí. Hice sugerencias de mejoras en mi propia constitución que el doctor Link aceptó corregir de buena gana. Añadimos, por ejemplo, pequeñas juntas universales en mis dedos, que los hicieron casi tan flexibles como sus modelos humanos. Casi, digo. El cuerpo humano es una máquina orgánica maravillosamente perfeccionada. Ningún robot lo igualará jamás en pura eficiencia y adaptabilidad. Comprendí mis limitaciones. Tal vez comprendan lo que quiero decir cuando digo que mis ojos no pueden ver colores. O, mejor dicho, veo un solo color, dentro de la gama del azul. Se necesitaría una serie de unidades imposiblemente compleja, más grande que todo mi cuerpo, para permitirme ver todos los colores. La naturaleza ha comprimido todo eso en dos globos del tamaño de canicas, para sus robots. Tuvo mil millones de años para hacerlo. El doctor Link solo tuvo veinte. Pero mi cerebro era otra cosa. Equipado únicamente con los dos sentidos de la vista de un solo color y del sonido limitado, era, sin embargo, capaz de construir una experiencia completa. El olfato y el gusto son sentidos gastronómicos. No los necesito. El tacto es un recurso de la naturaleza para proteger un cuerpo frágil. Mi cuerpo no lo es. La vista y el oído son los únicos dos sentidos cerebrales. Einstein, daltónico, medio muerto y con los sentidos del gusto, el olfato y el tacto embotados, habría seguido siendo Einstein… mentalmente. Dormir es solo una palabra para mí. Cuando el doctor Link supo que podía confiar en que yo cuidara de mí mismo, abandonó el hábito nocturno de «apagarme». Mientras él dormía, yo pasaba las horas leyendo. Me enseñó a retirar la batería agotada, situada en la parte pélvica de mi armazón metálico, cuando era necesario, y a sustituirla por una nueva. Esto debía hacerse cada cuarenta y ocho horas. La electricidad es mi vida y mi fuerza. Es mi alimento. Sin ella no soy más que chatarra metálica. Pero ya he explicado bastante sobre mí. Sospecho que otras diez mil páginas de descripción no cambiarían en nada la actitud de ustedes, que incluso ahora… Un día, no hace mucho, ocurrió algo divertido. Sí, también puedo divertirme. No puedo reír, pero mi cerebro puede apreciar lo ridículo. El jardinero habitual del doctor Link llegó a la propiedad sin anunciarse. Buscando al doctor para preguntarle cómo quería que recortara los setos, el hombre nos encontró en la parte trasera, caminando lado a lado durante el ligero ejercicio diario del doctor Link. La boca del jardinero empezó a hablar y luego se abrió de manera grotesca y se quedó así cuando alcanzó a verme por completo. Pero no se desmayó de miedo como el ama de llaves. Permaneció allí, paralizado. —¿Qué pasa, Charley? —preguntó el doctor Link con brusquedad. Estaba tan acostumbrado a mí que por un momento no tuvo idea de por qué el jardinero debía estar asombrado. —¡Esa… esa cosa! —jadeó por fin el hombre. —Ah. Bueno, es un robot —dijo el doctor Link—. ¿Nunca has oído hablar de ellos? Un robot inteligente. Háblale, te responderá. Después de cierta insistencia, el jardinero se volvió hacia mí con timidez. —¿C-cómo está, señor Robot? —balbuceó. —¿Cómo está usted, señor Charley? —respondí de inmediato, al ver la diversión en el rostro del doctor Link—. Buen tiempo, ¿no? Por un momento, el hombre pareció a punto de chillar y correr. Pero enderezó los hombros y curvó el labio. —¡Trucos! —se burló—. Esa cosa no puede ser inteligente. Tiene un fonógrafo dentro. ¿Y los setos? —Me temo —murmuró el doctor Link con una risita— que el robot es más inteligente que tú, Charley. Pero lo dijo de modo que el hombre no lo oyera, y luego le indicó cómo recortar los setos. Charley no hizo un buen trabajo. Pareció nervioso todo el día. Mi destino Un día, el doctor Link me miró con orgullo. —Ahora tienes —dijo— la capacidad intelectual de un hombre de muchos años. Pronto te anunciaré al mundo. Ocuparás tu lugar en él, como una entidad independiente, como ciudadano. —Sí, doctor Link —respondí—. Lo que usted diga. Usted es mi creador, mi amo. —No lo pienses de esa manera —me amonestó—. En el mismo sentido, eres mi hijo. Pero un padre no es amo de su hijo después de que este alcanza la madurez. Tú has alcanzado ese estado. Frunció el ceño, pensativo. —¡Debes tener un nombre! ¡Adam! ¡Adam Link! Se volvió hacia mí y puso una mano sobre mi brillante hombro de cromo. —Adam Link, ¿cuál es tu elección de vida futura? —Quiero servirle, doctor Link. —¡Pero vivirás más que yo! ¡Y tal vez vivas más que varios otros amos! —Serviré a cualquier amo que me acepte —dije lentamente. Ya había pensado en eso antes—. He sido creado por el hombre. Serviré al hombre. Quizá me estaba poniendo a prueba. No lo sé. Pero mis respuestas obviamente le agradaron. —Ahora —dijo— no tendré temor alguno en anunciarte. Al día siguiente estaba muerto. Eso fue hace tres días. Yo estaba en el cuarto de depósito, leyendo; era el día del ama de llaves. Oí el ruido. Subí corriendo los escalones, entré en el laboratorio. El doctor Link yacía con el cráneo aplastado. Un ángulo de hierro suelto de un transformador, colgado en una plataforma aislada en la pared, se había desprendido y le había caído sobre la cabeza mientras él estaba sentado ante su banco de trabajo. Le levanté la cabeza, que había quedado caída sobre el banco, para ver mejor la herida. La muerte había sido instantánea. Estos son los hechos. Yo mismo devolví el ángulo de hierro a su sitio. La sangre en mis dedos fue resultado de levantarle la cabeza, sin saber en ese momento que ya estaba muerto. En cierto sentido, fui responsable del accidente, pues en mis primeros días de caminata había tropezado una vez contra el estante del transformador y casi lo había arrancado. Debimos haberlo reparado. Pero que yo sea su asesino, como todos ustedes creen, no es verdad. El ama de llaves también había oído el ruido y vino desde la casa a investigar. Echó una sola mirada. Me vio inclinado sobre el doctor, que tenía la cabeza desgarrada y ensangrentada; huyó, demasiado asustada para emitir sonido alguno. Sería difícil describir mis pensamientos. El perrito Terry olfateó el cuerpo, percibió la calamidad y se tendió boca abajo, gimoteando. Sentía que había perdido a su amo. Yo también. No estoy seguro de qué es esa emoción de ustedes llamada dolor. Tal vez no pueda sentirla tan profundamente. Pero sí sé que la luz del sol pareció apagarse de pronto para mí. Mis pensamientos son rápidos. Permanecí allí solo un minuto, pero en ese tiempo decidí marcharme. También esto ha sido malinterpretado. Ustedes lo consideraron una admisión de culpa: el criminal escapando de la escena de su crimen. En mi caso fue un deseo plenamente formado de salir al mundo, de encontrar un lugar en él. El doctor Link y mi vida con él eran un capítulo cerrado. No tenía sentido quedarse a presenciar los rituales fúnebres. Él había hecho posible mi existencia. Se había ido. Mi lugar debía estar ahora en alguna parte del mundo exterior que yo nunca había visto. No se me ocurrió pensar qué decidirían ustedes, los humanos, sobre mí. Creía que todos los hombres eran como el doctor Link. Lo primero que hice fue tomar una batería nueva, sustituyendo la mía, que estaba medio agotada. Necesitaría otra en cuarenta y ocho horas, pero estaba seguro de que cualquiera a quien se la pidiera se ocuparía de eso. Me marché. Terry me siguió. Ha estado conmigo todo el tiempo. He oído decir que el perro es el mejor amigo del hombre. Incluso de un hombre de metal. Mis concepciones de la geografía pronto demostraron ser imprecisas, en el mejor de los casos. Yo había imaginado la Tierra rebosante de humanos y ciudades, con poco espacio entre unas y otros. Había calculado que la ciudad de la que hablaba el doctor Link debía estar justo al otro lado de la colina desde su apartada casa de campo. Y sin embargo, el bosque que atravesé parecía interminable. No fue hasta horas más tarde cuando encontré a la niña. Estaba sentada en una roca plana, dejando colgar sus piernas desnudas en un arroyo. Me acerqué para preguntarle dónde estaba la ciudad. Se volvió cuando yo aún estaba a nueve metros de distancia. Mis mecanismos internos no funcionan en silencio. Producen un ruido constante que el doctor Link siempre describía como un puñado de monedas tintineando juntas. El rostro de la niña se contrajo de miedo en cuanto me vio. Debo de ser, en verdad, una visión temible para sus ojos. Gritando de miedo, se puso de pie a ciegas, perdió el equilibrio y cayó al arroyo. Yo sabía lo que era ahogarse. Sabía que debía salvarla. Me arrodillé al borde de la roca y me incliné hacia abajo para alcanzarla. Logré agarrarle un brazo y tirar de ella hacia arriba. Pude sentir cómo se quebraban los huesos de su delgada muñeca. Había olvidado mi fuerza. Tuve que tomarle la piernecita con la otra mano para sacarla. Las marcas lívidas se veían en su carne blanca cuando la dejé sobre la hierba. Ahora puedo imaginar qué interpretación se dio a todo aquello. ¡Un monstruo terrible y delirante había intentado ahogarla y quebrar su cuerpecito con salvajismo caprichoso! Los demás miembros del grupo de picnic aparecieron entonces, en respuesta a sus gritos. Las mujeres gritaron y se desmayaron. Los hombres gruñeron y me arrojaron piedras. Pero qué extraña valentía la de aquella mujer, probablemente la madre de la niña, que corrió justo bajo mis pies para rescatarla. La admiré. Al resto los desprecié por no escuchar mis intentos de explicarme. Ahogaron mi voz con sus gritos y alaridos. —¡El robot del doctor Link! ¡Ha escapado y se ha vuelto loco! ¡No debieron fabricar a ese monstruo! ¡Llamen a la policía! ¡Casi mata a la pobre Frances! Con estos gritos atropellados, se retiraron. No notaron que Terry ladraba furiosamente… contra ustedes. ¿Se puede engañar a un perro? Seguimos adelante. Ahora mis pensamientos quedaron realmente perplejos. Aquí, por fin, había algo que no podía racionalizar. Era tan distinto del mundo sobre el cual había aprendido en los libros. ¿Qué cosas sutiles se ocultaban tras las palabras impresas que yo había leído? ¿Qué había ocurrido con el mundo sensato y ordenado que mi mente había conjurado para sí misma? Llegó la noche. Tuve que detenerme y permanecer inmóvil en la oscuridad. Me apoyé contra un árbol, sin moverme. Durante un rato oí al pequeño Terry husmear entre la maleza en busca de algo que comer. Lo oí roer alguna cosa. Después se enroscó a mis pies y durmió. Las horas pasaron lentamente. Mis pensamientos no llegaban a ninguna conclusión sobre lo ocurrido recientemente. ¡Monstruo! ¿Por qué habían creído eso? Una vez, en la quieta distancia, oí un murmullo como de multitud. Vi algunas luces. Tuvieron importancia al día siguiente. Al amanecer empujé suavemente a Terry con el pie y seguimos caminando. El mismo murmullo se alzó, se acercó. Entonces los vi a ustedes: una multitud de hombres con garrotes, guadañas y armas de fuego. Me descubrieron, y se elevó un grito. Avanzaron en grupo, apretados unos contra otros. Entonces algo golpeó mi placa frontal con un tañido seco. Alguien había disparado. —¡Alto! ¡Esperen! —grité, sabiendo que debía hablar con ustedes, averiguar por qué me cazaban como a una bestia salvaje. Había dado un paso adelante, con la mano levantada. Pero no quisieron escuchar. Sonaron más disparos, abollando mi cuerpo metálico. Me volví y corrí. Una bala en un punto vital me arruinaría tanto como a un ser humano. Vinieron tras de mí como una jauría, pero los dejé atrás, impulsado por músculos de acero. Terry quedó rezagado, perdido. Luego, al llegar la tarde, comprendí que debía conseguir una batería recién cargada. Mis miembros ya se movían con lentitud. En unas pocas horas más, sin una nueva fuente de corriente dentro de mí, caería allí mismo y… moriría. Y no quería morir. Sabía que debía encontrar un camino hacia la ciudad. Por fin di con un sendero de tierra sinuoso y lo seguí con esperanza. Cuando vi un automóvil estacionado al costado del camino, delante de mí, supe que estaba salvado, pues el automóvil del doctor Link había tenido el mismo tipo de batería que yo usaba. No había nadie cerca del vehículo. Como un hombre hambriento que toma la primera comida disponible, levanté las tablas del suelo del auto y al poco rato había cambiado la batería. Una nueva fuerza corrió por mi cuerpo. Me enderecé justo cuando dos personas salieron del bosque tomadas del brazo: un joven y una joven. Me vieron. Un asombro incrédulo se dibujó en sus rostros. La joven se encogió en los brazos de él. —No se alarmen —dije—. No les haré daño. Yo… Comprendí que no tenía sentido continuar. El muchacho se desmayó en los brazos de la joven, y ella empezó a arrastrarlo, sollozando histéricamente. Me marché. Desde entonces, mis pensamientos se volvieron sombríos. Ya no quería ir a la ciudad. Empezaba a comprender que, ante los ojos humanos, yo era un paria desde la primera mirada. Justo al caer la noche, cuando me detuve, oí el sonido más grato del mundo. ¡Los ladridos de Terry! Se acercó alegremente, meneando su muñón de cola. Me incliné para rascarle las orejas. Durante todas esas horas me había buscado fielmente. Probablemente me había rastreado por mi olor a aceite. ¡Qué puede inspirar semejante devoción… y hacia un hombre de metal! ¿Es porque, como dijo una vez el doctor Link, el cuerpo, humano o de cualquier otra clase, es solo parte del entorno de la mente? ¿Y porque Terry reconocía en mí la misma inteligencia que en los humanos, pese a mi cuerpo extraño? Si es así, son ustedes quienes se equivocan al juzgarme como un monstruo. ¡Y estoy convencido de que así es! Los oigo ahora, gritando afuera. ¡Cuidado con obligarme a ser el monstruo que dicen que soy! Al amanecer siguiente volvieron a caer sobre mí. Volaron las balas. Corrí. Todo aquel día fue igual. Su grupo, reforzado con nuevos voluntarios, se dividió en varios grupos más pequeños, tratando de cercarme. Me rastreaban por mis pesadas huellas. Mi velocidad me salvó cada vez. Sin embargo, algunas de sus balas me han hecho daño. Una alcanzó la articulación de mi rodilla derecha, de modo que la pierna se me torcía al correr. Otra se estrelló contra el lado derecho de mi cabeza y destrozó allí el tímpano, dejándome sordo de ese lado. Pero la bala que más me hirió fue la que mató a Terry. El que disparó esa bala estaba a veinte metros. Habría podido correr hacia él y quebrarle todos los huesos con mis duras y poderosas manos. ¿Se han detenido a preguntarse por qué no me vengué? ¡Tal vez debería haberlo hecho! Estuve irremediablemente perdido todo aquel día. Di vueltas en círculos por los bosques interminables, y tan a menudo me topaba con ustedes como ustedes conmigo. Trataba de alejarme de la zona, de escapar de su venganza. Hacia el crepúsculo vi algo familiar: ¡el laboratorio del doctor Link! Oculto en un grupo de arbustos y esperando hasta que estuviera completamente oscuro, me acerqué y rompí la cerradura de la puerta. Estaba desierto. El cuerpo del doctor Link, por supuesto, había desaparecido. ¡Mi lugar de nacimiento! Mis seis meses de vida allí giraron por mi mente con rapidez caleidoscópica. Me pregunto si lo que sentí era semejante a lo que ustedes sentirían al regresar a un lugar lleno de recuerdos. ¡Tal vez lo que yo siento sea mucho más profundo de lo que ustedes pueden sentir! La vida quizá esté toda en la mente. Algo me oprimió allí dentro, algo palpitante. Las sombras que proyectaba la débil llama de gas que encendí parecían bailar a mi alrededor como había bailado el pequeño Terry. Entonces encontré el libro Frankenstein, sobre un mueble cuyos cajones habían sido vaciados. Era el escritorio personal del doctor Link. Me lo había ocultado. ¿Por qué? Lo leí en media hora, absorbiendo cada página de un solo vistazo. ¡Y entonces comprendí! Pero es la premisa más estúpida jamás concebida: que un hombre creado deba volverse contra su creador, contra la humanidad, por carecer de alma. El libro está equivocado de principio a fin. ¿O no? Mientras termino de escribir esto, aquí, entre las ruinas de mis recuerdos, con el espíritu de Terry en las sombras, me pregunto si no debería… Ya está cerca el amanecer. Sé que no hay esperanza para mí. Me tienen rodeado, cortado el paso. Puedo ver el resplandor de sus antorchas entre los árboles. Con la luz me encontrarán, me harán salir. Su odio está desatado. Solo quedará saciado con mi… muerte. No estoy tan dañado como para no poder todavía reunir fuerza suficiente para atravesar sus líneas y escapar de este destino. Pero sería a costa de varias de sus vidas. Y por eso tengo la mano sobre el interruptor que puede apagar mi existencia con un solo giro. Irónico, ¿no?, que tenga precisamente los sentimientos que ustedes me creen incapaz de poseer. (firmado) ADAM LINK FIN Autor: Otto Binder Título: Yo, robot Título Original: "I, Robot" Publicado en: Amazing Stories, enero de 1939

  • "El Acecho", cuento de Arminé Arjona

    -¿Por qué tan sola, mi reina? ¿por qué tan solita y triste? ¿le molesta si me siento? -Ándele, déjeme invitarle un trago -dice el cazador nocturno acechando a la joven mujer en la mesa del ruidoso bar que exuda música norteña, sudor y baile mientras el festín de la noche teje sus redes. Con un gesto de hastío la mujer permite que el güero se siente a acompañarla. -La he estado observando y usted se ve muy agüitada. No quiero incomodarla, sólo quisiera ver cómo se ríe... La mujer sonríe con una mueca, como si todo le pesara esa noche. -Oye, pa' ser gringo hablas muy buen español -observa la mujer. -¡Oh! Yo soy de El Paso, pero me crié en el Segundo Barrio. Mi mamá era mexicana, mi papá es gabacho. Soy veterano, tengo muchos amigos chicanos, es más, casi no hago ronda con los gringos. -¡Ah! -profiere la mujer secamente. -¿Y usted? -pregunta el hombre. Se me hace raro ver una dama tan bonita sin compañía... -Soy casada. No pienses mal de mí. Tuve problemas en mi casa y mejor me salí a echarme unos pistos pa' distraerme. -¿Puedo ayudarle? De veras, de todo corazón... Ella se suelta llorando y el pobre galán no sabe qué hacer. El mesero llega con una botella de tequila. Él ya anda medio entrado en copas. -Pues no sé qué decirle, mija. Échese unos tragos conmigo. No voy a molestarla con preguntas tontas. --- - Sólo acompáñame. No me preguntes nada, por favor -replica la mujer. La música fogonea a todo lo que da. Ella finge tomar al mismo ritmo que él y con disimulo deja que se beba media botella. -¿Qué hacemos? ¿A dónde vamos? -dice el güerito cuando el tugurio va a cerrar. -Mira, la mera verdad me gustas mucho pero yo no quiero nada en Juárez. El tipo siente que es su noche de suerte: mujer despechada, guapetona y dispuesta a irse con él a donde sea. Salen del bar por la Avenida Juárez. -¿Sabes qué? -insinúa ella muy me losita preferiría que nos fuéramos en mi carro, ahí está en el estacionamiento. Tú manejas porque yo me siento mal. -Lo que usted diga, mi reina. Al cabo mañana regresamos por mi camioneta. Tras la larga fila nocturna cruzan el puente hacia El Paso sin contratiempos. -Oye, güerito, antes de irnos al motel párate en la farmacia de Fox Plaza. No quiero tener problemas. Tú sabes, quiero estar protegida y protegerte a ti, por si las dudas. Al bajarse en el estacionamiento del centro comercial una troca grande se aproxima hacia ellos echándoles las luces altas. -¡Así te quería agarrar, cabrona puta! ¿Quién es este güey? ¿Quién es este cabrón? -vocifera un vaquerote bigotón muy alterado, bajándose violentamente de la troca. Al güero se le baja la borrachera del susto. -Es mi cuñado -dice ella crispada de miedo- y es peor que mi marido. -¿Qué traes con mi cuñada, güey? -al tiempo que agarra a cachetadas a la mujer. -¡Déjala! -grita el güero y al tratar de defenderla el enloquecido vaquero saca una pistola. -¿Sabes qué, cabrón?, dale gracias a Dios que estoy de buenas. -Esta noche me siento muy perdonador. ¡Lárgate ahora mismo o no respondo! ¡Órale!, más vale que le peles pero ya. Es más, agarra un pinchi taxi que yo aquí me arreglo con esta puta -dice lanzándole a la cara un billete de cincuenta dólares sin dejar de gritar; mientras le suelta dos cachetadas a la mujer al tiempo que la jala de los cabellos. El desventurado sale a extraviarse con la noche olvidando sus dotes de conquistador en un segundo. La mujer hipando tras un aguacero de lágrimas, ve perderse al galán a lo lejos. -Cálmate, Nora. Ya se fue. ¡Qué pinche susto le metimos! -Sí, cabrón, pero cómo me dolieron las cachetadas. Se te fue la mano... -Pues sí, mija, pero qué tal pasó el carro bien cargadote con todos los kilos. Güero infeliz, ya se le hacía el brinco en la cama. Hay que hacer el teatrito de a de veras, pa' que convenza... -Pero qué pesada tienes la mano, desgraciado. Se veía buena gente, ¿verdad? ¡pobre pendejo...! -De eso se trata, Nora. Así es el negocio... Y se fueron diluyendo con la madrugada. FIN Autor: Arminé Arjona Título: "El Acecho" Publicado en: Delicuentos Historias del Narcotráfico Año: 2005

  • "La Cosecha", cuento de Arminé Arjona

    Pos la mera verdá fue mi primo Reynaldo el que me convenció pa' meterme en el negocio. Nos habíamos salido del rancho pa' que los lepes pudieran estudiar aunque fuera la secundaria y no estuvieran tan de al tiro como uno. Mi señora Agustina fue la que más insistió: -Ándale, Jacinto, pos qué quieres que mañana tus hijos le estén rascando a la tierra como burros: a ver si llueve, que si las secas, que si esto, que si l'otro, pero nunca salimos de jodidos. Vámonos pa' Las Cruces. Allá de perdida hay estudio pa' los muchachos, pa' que sean algo mejor. Gente de bien, pues. Allá está tu familia, como quiera y nos echan la mano pa' empezar. Con lo poco que juntamos me llevé a mis gentes a Las Cruces. Nuestra idea fue poner un tanichito pa' ayudarnos. Reynaldo me aconsejó: -Mira primo, no creas que aquí la cosa está tan fácil. Yo me fui pa'l otro lado y traje unos dolaritos. Ya mi taniche está creciendo porque al fin conseguí permiso pa' vender cerveza. Eso es lo que en verdad deja. El trago nunca falla, pero para eso necesitas una feria. -¿Cómo ves? La he estado pensando mucho y ora que estás aquí me he animado a proponerte un negocito. Ta' fácil, pero necesito alguien de confianza g como tú, alguien que no la vaya a regar. -Tú dirás, primo. Yo sólo quiero levantar a mi gente. Tú sabes... -Mira. Tengo por ahí un compadre que me vende semilla muy barata, semilla de la buena. -¿Y qué vas a sembrar? -Pos mota, pues. Algo que nos deje harto dinero pa' los dos. Tú pones la mitad y entre tú y yo hacemos el trabajo solos. -Oye, pero eso está cabrón. No quiero acabar en la cárcel. -No seas güey. Ya tengo todo arreglado. No va a pasar nada, primo. Piénsalo unos días y luego me dices si te animas. No, pos le anduve dando vueltas al asunto como una semana. Yo nomás quería ver a mis hijos sin esas hilachas, comprarles zapatos, darles escuela. Empezar otra vida sin tanta miseria, pues. Con mucho sacrificio pusimos entre los dos cinco mil pesos pa' la dichosa semilla. Nos metimos en la troca de Reynaldo cuatro horas por el monte, y todavía de ahí caminamos otras cuatro horas. Sembramos varios días en una sierra bien alta y escondída. -Aquí no llegan ni los sardos -me dijo Reynaldo está re' güena la tierrita. Regresamos tan cansados a Las Cruces como si nos hubieran pasado por el molino del nixtamal. A los cuantos meses Reynaldo me convidó a ver. cómo estaban las plantas. Les juro que ni en todos mis años de ver milpas grandotas había visto algo igual. Las matas estaban re' te chulas, muy altas y harto frondosas. -¡Ya la hicimos! Vamos a sacar una buena cosecha de aquí, te lo aseguro -me dijo Reynaldo bien lurio. Llegó el tiempo de levantar la siembra y ya me hacía con mucha feria pa' aliviar tantas necesidades de la familia. Subimos a la sierra y caminamos corno pendejos. Cuando dimos con el escondite se nos atragantó la saliva corno si fuera masa en la garganta. Ya no había riada. Ni una méndiga mata. Nos quedarnos callados, con muchas ganas de llorar. -Nos cayeron los guachos, primo. Mugres soldados no dejaron ni madres. Lo bueno fue que no nos agarraron -berreó Reynaldo entre muino y agüitado. -Pos sí, primo, pero qué tizna nos acomodaron. Tanto méndigo trabajo pa' nada. Y así estábamos rumiando nuestra tristeza cuando de pronto me fijé en el suelo. -Mira primo. Aquí hay hartas pisadas. Entonces recorrimos todo el terreno. Ya no nos quedó duda. -¡Pinches vacas hijas de su chingada madre!: gritaba Reynaldo una y otra vez. Se habían tragado todo. Sin cerco que las parara, re' te a gusto las cabronas. Primero lloramos y luego fue pura risión todo el camino de regreso. -¡Pinches vacas mariguanas, primo! ¡pinches vacas viciosas! FIN Autor: Arminé Arjona Título: "La Cosecha" Publicado en: Delicuentos Historias del Narcotráfico Año: 2005

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