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- "Uno para el camino", cuento de Stephen King
Uno para el camino Stephen King Eran las diez y cuarto y Herb Tooklander estaba pensando en cerrar cuando el hombre del abrigo caro y el rostro muy pálido entró en el bar de Tookey, que se encuentra en la parte norte de Falmouth. Era el diez de enero, la época en que la mayoría de la gente está aprendiendo a vivir con todas las resoluciones de Año Nuevo que no han tenido la fuerza de cumplir, y fuera soplaba una terrible tormenta del noroeste. Antes de que oscureciera ya habían caído quince centímetros de nieve y desde entonces había seguido nevando con entusiasmo. Habíamos visto pasar dos veces a Billy Larribee encaramado a la máquina quitanieves del pueblo, y en la segunda ocasión Tookey salió corriendo para llevarle una cerveza: mi madre habría dicho que eso era un acto de auténtica caridad cristiana, y bien sabe Dios que en sus tiempos se había tragado sus buenos litros de la cerveza de Tookey. Billy le dijo que habían logrado mantener abierta la carretera, pero que los caminos secundarios estaban cerrados y que probablemente seguirían así hasta que amaneciera. La radio de Portland pronosticaba que caerían treinta centímetros más de nieve, y habría un viento de sesenta kilómetros por hora para irla amontonando en cunetas y recodos. En el bar sólo estábamos Tookey y yo, escuchando cómo el viento aullaba en los aleros y viendo cómo hacía bailar el fuego en la chimenea. —Tómate uno para el camino, Booth —dijo Tookey—. Voy a cerrar. Me sirvió un trago, se sirvió uno para él y entonces vimos abrirse la puerta y el desconocido entró tambaleándose en el bar con nieve en los hombros y en el pelo, tan blanco como si hubiera estado revolcándose en un saco de azúcar. El viento hizo que una capa de nieve tan fina que parecía arena entrara detrás de él. —¡Cierre la puerta! —rugió Tookey—. ¿Ha nacido en un granero o qué? Nunca había visto a un hombre más asustado. Me hizo pensar en un caballo que se hubiera pasado la tarde comiendo hierba de fuego. Sus ojos saltones se volvieron hacia Tookey. —Mi esposa…, mi hija… —dijo, y rodó por el suelo, desmayado. —¡Jesús bendito! —dijo Tookey—. Booth, ¿quieres cerrar la puerta? Fui hasta la puerta y la cerré, y tuve que luchar con el viento que quería mantenerla abierta. Tookey había puesto una rodilla en el suelo, sostenía la cabeza del desconocido en sus manos y estaba dándole palmaditas en las mejillas. Me incliné sobre él y enseguida me di cuenta de que lo había pasado bastante mal. Tenía la cara muy enrojecida, pero aquí y allá se veían manchones grisáceos, y cuando has vivido los inviernos de Maine desde que Woodrow Wilson era presidente, como he hecho yo, sabes que esos manchones grisáceos quieren decir congelación. —Ha perdido el conocimiento —dijo Tookey—. Tráeme el coñac, ¿quieres? Fui a buscarlo y volví con él. Tookey le había desabrochado el abrigo. El desconocido parecía encontrarse un poco mejor; tenía los ojos entreabiertos y murmuraba algo en voz tan baja que no había forma de entenderle. —Echa un poco de coñac en el tapón —dijo Tookey. —¿Sólo vas a darle un tapón de coñac? —le pregunté. —Eso es dinamita —dijo Tookey—. No quiero sobrecargar su carburador. Llené el tapón de coñac y miré a Tookey, quien asintió con la cabeza. —Adentro. Se lo eché en la boca. El resultado fue digno de verse. El desconocido se estremeció y empezó a toser. La cara se le puso todavía más roja. Los párpados que habían estado a medio abrir salieron disparados hacia arriba como si fueran un par de persianas. Me alarmé un poco, pero Tookey se limitó a sentarle en el suelo como si fuera un bebé enorme y le dio varias palmadas en la espalda. El desconocido puso cara de querer vomitar y Tookey le dio más palmadas en la espalda. —No lo desperdicie —le dijo—. Ese coñac es carísimo. El desconocido volvió a toser, pero con menos fuerza que antes. Aproveché para echarle una buena mirada. Sí, no cabía duda de que era un tipo de ciudad, y seguramente de algún lugar situado al sur de Boston. Llevaba unos guantes de piel, caros pero delgados. Probablemente en sus manos también habría unas cuantas manchas entre grises y blancas, y tendría suerte si no perdía un dedo o dos. En cuanto a su abrigo, no cabía duda de que era de buena calidad: por lo menos trescientos dólares, si es que entiendo algo de eso. Calzaba unas botitas que apenas si le llegaban a los tobillos; y empecé a preguntarme qué tal les habría ido a los dedos de sus pies. —Me encuentro mejor —dijo. —Estupendo —dijo Tookey—. ¿Puede acercarse al fuego? —Mi esposa y mi hija —dijo el desconocido—. Están ahí fuera…, en la tormenta. —Por su forma de entrar ya me imaginé que no estarían en casita viendo la televisión —dijo Tookey—. Oiga, no hace falta que se quede sentado en el suelo: puede contárnoslo junto al fuego. Venga, Booth, ayúdame. El desconocido logró ponerse en pie, pero dejó escapar un leve gemido y sus labios se retorcieron en una mueca de dolor. Volví a pensar en los dedos de sus pies, y me pregunté qué razón tenía Dios para hacer que los idiotas de Nueva York intentaran conducir por el sur de Maine en pleno apogeo de una ventisca del noroeste. Y también me pregunté si su esposa y su hija irían tan poco protegidas como él… Le llevamos hasta la chimenea y le hicimos sentarse en una mecedora que solía ser la favorita de la señora Tookey hasta que nos dejó en el 74. La señora Tookey se había encargado de casi toda la decoración del local, y habían escrito artículos sobre él en Down East y en el Sunday Telegram , y en una ocasión hasta le dedicaron unas páginas en el suplemento dominical del Globe de Boston. La verdad es que más parece un albergue que un bar: suelo de madera con los tablones cuidadosamente encajados entre sí, nada de clavos; mostrador de arce, techo sostenido por unas enormes y viejas vigas de establo, una chimenea de tamaño realmente monstruoso… Después del artículo aparecido en Down East la señora Tookey empezó a padecer delirios de grandeza y dijo que había que cambiarle el nombre al local, que quería llamarle «La Posada de Tookey» o «El Reposo de Tookey», y debo admitir que el sitio posee una cierta atmósfera colonial, no cabe duda, pero yo prefiero que siga siendo lo que siempre ha sido: el bar de Tookey, y punto. Hacerse el fino durante el verano cuando el estado se encuentra abarrotado de turistas es una cosa, pero en invierno has de ganarte la vida gracias a tus vecinos, y eso es algo muy distinto. Había montones de noches invernales como ésta, noches de bar vacío que Tookey y yo pasábamos a solas bebiendo escocés con agua o unas cuantas cervezas. Mi Victoria se fue en el año 73 y el bar de Tookey era un sitio al que ir, un lugar con las voces suficientes para ahogar el implacable tic-tac del reloj que va contando lo que te falta para morir. Aunque sólo estuviéramos Tookey y yo era suficiente. Si se llamara «El Reposo de Tookey» ya no me habría gustado tanto. Puede que parezca una locura, pero es la verdad. Le instalamos delante del fuego y empezó a temblar todavía más fuerte que antes. Se pasó los brazos alrededor de las rodillas, le castañetearon los dientes y unas cuantas gotitas de un moco muy claro brotaron de la punta de su nariz. Creo que estaba empezando a comprender que quince minutos más ahí fuera podrían haber bastado para matarle. No es la nieve, es la frialdad del viento: te roba el calor. —¿Dónde dejó la carretera? —le preguntó Tookey. —N-nueve kilómetros al s-sur de aquí —dijo él. Tookey y yo nos miramos el uno al otro y de repente sentí frío. Mucho frío. —¿Esta seguro? —le preguntó Tookey—. ¿Ha recorrido nueve kilómetros por entre la nieve? Asintió. —Le eché una mirada al cuentakilómetros cuando atravesamos el p-pueblo. Seguía las instrucciones que me habían dado…, íbamos a ver a la hermana de mi e-esposa…, en Cumberland…, nunca he estado allí antes…, somos de Nueva Jersey… Nueva Jersey. Si hay alguien más idiota que un tipo de Nueva York es un tipo de Nueva Jersey. —¿Nueve kilómetros? ¿Está seguro? —volvió a preguntarle Tookey. —Sí, estoy seguro. Encontré el desvío pero estaba cubierto de nieve…, estaba… Tookey le cogió por los hombros. La claridad cambiante del fuego iluminó su rostro tenso y pálido, y vi que parecía tener diez años más de los sesenta y cinco que tiene realmente. —¿Torció a la derecha? —Sí, a la derecha. Mi esposa… —¿Vio un letrero? —¿Un letrero? —Alzó los ojos hacia Tookey, le miró con cara de no entender nada y se limpió la nariz—. Pues claro que vi el letrero. Estaba en mis instrucciones. Tomar por la Avenida Jointner a través de Jerusalem’s Lot hasta llegar a la rampa de entrada número 295. —Sus ojos fueron de Tookey a mí y volvieron a posarse en Tookey. Fuera el viento aullaba, gemía y silbaba en los aleros—. ¿Qué le pasa? ¿No tendría que haber ido por allí? —Jerusalem’s Lot —dijo Tookey en voz tan baja que apenas si resultó audible—. Oh, Dios mío. —¿Qué pasa? —preguntó el hombre subiendo el tono de voz—. ¿No hice bien? Quiero decir que el camino estaba cubierto de nieve, pero pensé que si había un pueblo las máquinas quitanieves estarían funcionando y…, y después yo… Acabó quedándose callado sin completar la frase. —Booth —me dijo Tookey en voz baja—, coge el teléfono y llama al sheriff. —Claro, llámele —dijo el idiota de Nueva Jersey—. Oigan, ¿qué les pasa? ¡Parece como si acabaran de ver un fantasma! —En Jerusalem’s Lot no hay fantasmas, señor. ¿Les dijo que se quedaran dentro del coche? —Naturalmente —respondió con tono ofendido—. No estoy loco. Bueno, yo no estaba tan seguro pero… —¿Cómo se llama? —le pregunté—. El sheriff querrá saberlo. —Lumley —dijo—. Gerard Lumley. Se volvió hacia Tookey y fui hacia el teléfono. Cogí el auricular y no oí nada, sólo el silencio de una línea muerta. Les di a los botones de desconexión un par de veces. Nada. Volví con ellos. Tookey le había servido un poco más de coñac a Gerard Lumley, y por lo que parecía esta nueva ración bajaba mucho mejor que la de antes. —¿Qué pasa, no estaba allí? —me preguntó Tookey. —No hay línea. —Maldición —dijo Tookey, y nos miramos el uno al otro. Una ráfaga de viento arrojó más nieve contra las ventanas. Los ojos de Lumley fueron de Tookey a mí y volvieron a Tookey. —Bueno, ¿ninguno de ustedes dos tiene coche? —preguntó. La ansiedad había vuelto a su voz—. Tienen que mantener el motor en marcha para que la calefacción siga funcionando. El depósito ya estaba tres cuartas partes vacío, y necesité una hora y media para… Oiga, ¿quiere responderme ? Se puso en pie y agarró a Tookey por la camisa. —Eh, amigo, creo que a su cerebro se le acaba de escapar una mano —dijo Tookey. Lumley se miró la mano, miró a Tookey y acabó soltándole la camisa. —Maine —siseó, consiguiendo que sonara como un insulto dirigido a tu madre—. Está bien —dijo—. ¿Dónde está la gasolinera más cercana? Deben tener una grúa… —La gasolinera más cercana está en el Centro Falmouth —dije yo—. Eso queda a cinco kilómetros siguiendo la carretera. —Gracias —me dijo Lumley con un cierto sarcasmo, y fue hacia la puerta abrochándose el abrigo. —Pero no estará abierta —añadí. Se dio la vuelta lentamente y nos miró. —¿De qué estás hablando, viejo? —Está intentando explicarle que la gasolinera del centro es propiedad de Billy Larribee y Billy está conduciendo la máquina quitanieves, maldito imbécil —dijo Tookey con mucha paciencia—. Y ahora, ¿por qué no vuelve aquí y se sienta antes de que se le reviente una vena? Volvió hacia nosotros con una mezcla de incomprensión y miedo en la cara. —¿Está diciéndome que no puede…, que no hay…? —No le estoy diciendo nada —replicó Tookey—. Usted es el que se lo dice todo y si se callara un minuto quizá consiguiéramos pensar en lo que podemos hacer. —¿Qué ocurre en ese pueblo…, Jerusalem’s Lot? —preguntó—. ¿Por qué no habían despejado el camino? ¿Por qué no había luces en ningún sitio? —Jerusalem’s Lot ardió hace dos años —dije yo. —¿Y no lo reconstruyeron? Puso cara de no creérselo. —Eso parece —dije, y miré a Tookey—. Bueno, ¿qué vamos a hacer? —No podemos dejarlas allí —dijo Tookey. Di un par de pasos hacia él. Lumley estaba junto a la ventana, contemplando la noche y la nieve. —¿Y si las han pillado? —le pregunté. —Es posible —dijo Tookey—, pero no podemos estar seguros. Tengo mi Biblia en el estante. ¿Sigues llevando encima tu medalla del Papa? Saqué el crucifijo de mi camisa y se lo enseñé. Nací y me criaron en el seno de una familia de congregacionistas, pero casi todos los que vivimos cerca de Jerusalem’s Lot llevamos algo encima…, un crucifijo, una medalla de san Cristóbal, un rosario… Todos llevamos algo porque hace dos años, en el lapso de un oscuro mes de octubre, a Jerusalem’s Lot le ocurrió algo horrible. A veces, a altas horas de la noche, cuando el bar está vacío y sólo quedamos unos cuantos habituales pegados a la chimenea, hablamos de ello, aunque quizá sería mejor decir que le damos vueltas al tema sin llegar a abordar directamente lo que ocurrió. Verán, la gente de allí empezó a desaparecer. Primero fueron unos cuantos, después unos cuantos más y después montones y montones de gente. Las escuelas cerraron. El pueblo estuvo vacío durante casi un año. Oh, sí, hubo algunos que se fueron a vivir allí —casi todos imbéciles de fuera del estado, como este soberbio espécimen que teníamos aquí—, supongo que atraídos por lo bajos que estaban los precios de las propiedades inmobiliarias. Pero no duraron mucho. La mayoría se largaron un mes o dos después de haberse instalado en el pueblo. Los otros…, bueno, desaparecieron. Y el pueblo acabó ardiendo. Ocurrió al final de una larga temporada de sequía. Creemos que el fuego se originó en la casa Marsten, la que está sobre la colina que domina la Avenida Jointner, pero hasta la fecha de hoy nadie está seguro de cómo ocurrió. Las llamas ardieron durante tres días sin que hubiera forma de controlarlas. Después de eso las cosas mejoraron durante un tiempo. Y luego todo volvió a empezar. Sólo oí mencionar la palabra «vampiros» en una ocasión. Fue una noche en el bar de Tookey y salió de los labios de un camionero medio loco llamado Richie Messina que venía de Freeport y había bebido lo suyo. —¡Jesús! —rugió irguiendo lo que parecían dos metros de pantalones de lana, camisa a cuadros y botas con puntera metálica—. ¿Qué pasa, estáis tan jodidamente asustados que no os atrevéis a decirlo en voz alta? ¡Vampiros! Eso es lo que estáis pensando todos, ¿verdad? ¡Por los clavos de la motocicleta de Cristo! ¡Igual que un montón de críos asustados por lo que han visto en una película! ¿Sabéis lo que hay en Salem’s Lot? ¿Queréis que os lo cuente? ¿Queréis que os lo cuente? —Sí, Richie, cuéntanoslo —dijo Tookey. Todo se había quedado muy silencioso. Podías oír el crujir del fuego y el suave golpeteo de la lluvia de noviembre cayendo en la oscuridad—. Anda, tú tienes la palabra. —Lo que tenéis allí no es más que una manada de perros salvajes —dijo Richie Messina—. Eso es lo que tenéis, y nada más; eso y un montón de viejas a las que les encanta oír una buena historia de miedo. Oh, vamos, si alguien me ofreciera ochenta pavos iría allí y pasaría la noche en lo que queda de esa casa encantada que tanto os preocupa a todos… Bueno, ¿qué me decís? ¿Nadie quiere ofrecerme esa suma? Nadie dijo nada. Richie era un bocazas, no sabía aguantar la bebida y nadie lloraría por él en cuanto muriera, pero ninguno de nosotros estaba dispuesto a ver cómo se iba a Salem’s Lot después de que hubiese anochecido. —Que os jodan a todos —dijo Richie—. Tengo la escopeta en el maletero de mi Chevy y eso detendrá a cualquier cosa que haya en Falmouth, Cumberland o Jerusalem’s Lot, y allí es donde pienso ir. Salió del bar dando un portazo y durante un rato ninguno de los presentes dijo una palabra. —Nadie volverá a ver a Richie Messina —dijo Lamont Henry por fin en voz muy baja—. Santo Dios… Y Lamont, que se había criado siendo metodista desde que su madre le sentó sobre sus rodillas, se persignó. —En cuanto se le pase un poco la borrachera cambiará de opinión —dijo Tookey, pero no parecía muy convencido—. Volverá a la hora de cerrar diciendo que todo era broma. Pero fue Lamont quien acabó teniendo razón, porque nadie volvió a ver a Richie. Su mujer le dijo a la policía del estado que creía que se había largado a Florida para escapar a una agencia especializada en el cobro de morosos, pero podías ver la verdad en sus ojos: estaba aterrorizada. Poco después se mudó a Rhode Island. Quizá pensaba que Richie vendría por ella alguna noche oscura, y no seré yo quien diga que no podría haber acabado haciéndolo. Tookey estaba mirándome y le devolví la mirada mientras me guardaba el crucifijo dentro de la camisa. En toda mi vida jamás me había sentido tan viejo o asustado como ahora. —No podemos dejarlas ahí fuera, Booth —repitió Tookey. —Sí, ya lo sé. Nos miramos el uno al otro durante unos instantes más y Tookey acabó alargando el brazo y me puso la mano en el hombro, dándome un apretón. —Eres un buen hombre, Booth. Eso bastó para darme un poco de coraje. No sé a qué se debe, pero cuando rebasas los setenta la gente empieza a olvidarse de que eres un hombre, o de que lo fuiste alguna vez. Tookey fue hacia Lumley y le dijo: —Tengo un Scout con tracción en las cuatro ruedas. Voy por él. —Por el amor de Dios, ¿por qué no lo ha dicho antes? —Lumley giró en redondo apartándose de la ventana y clavó los ojos en Tookey, muy irritado—. ¿Por qué se ha pasado diez minutos mascullando y perdiendo el tiempo en tonterías? —Cierre el pico, amigo —dijo Tookey en voz muy baja y suave—. Y si vuelve a sentir el impulso de abrirlo, recuerde quién hizo ese giro para meterse por un camino cubierto de nieve en mitad de una condenada ventisca. Lumley abrió la boca para decir algo, pero la cerró sin que ningún sonido saliera de ella. Tenía las mejillas muy rojas. Tookey salió del bar para sacar su Scout del garaje. Hurgué por debajo del mostrador hasta encontrar su petaca niquelada y la llené de coñac. Pensé que antes de que la noche hubiera terminado quizá llegaríamos a necesitarlo. Las ventiscas de Maine…, ¿han estado alguna vez metido en una? La nieve es tan fina y hay tanta que parece arena, y cuando golpea los flancos de tu coche o de tu camioneta hace el mismo ruido que si lo fuera. No puedes usar las luces largas porque los haces se reflejan en la nieve, y no te dejan ver nada a más de tres metros. Si usas los otros faros quizá consigas ver hasta unos cuatro o cinco metros de distancia. Pero la nieve no es lo peor: puedo aguantarla. Lo que no me gusta es el viento que va cobrando potencia y empieza a aullar, empujando la nieve y haciéndole adoptar cien siluetas extrañas que vuelan por los aires, armando un estrépito en el que parece haber encerrado todo el odio, el dolor y el miedo del mundo. La garganta de un viento cargado de nieve está llena de muerte, muerte blanca…, y quizá de algo que se encuentra más allá de la muerte. Cuando estás cómodamente instalado en tu cama con las mantas hasta la nariz, los postigos asegurados y las puertas cerradas ese sonido no te impresiona. Cuando estás conduciendo es mucho peor. Y nosotros íbamos hacia Salem’s Lot. —Vaya un poco más deprisa, ¿quiere? —dijo Lumley. —Para ser un hombre que entró en el bar medio congelado parece tener muchas ganas de acabar otra vez a pie —dije yo. Me lanzó una mirada en la que se mezclaban la perplejidad y la furia y no dijo nada más. Avanzábamos por la carretera a unos cincuenta kilómetros por hora. Resultaba difícil creer que Billy Larribee había despejado esta zona hacía sólo una hora; cinco centímetros más de nieve habían caído sobre ella y la capa blanca seguía creciendo. Las ráfagas de viento más fuertes hacían que el Scout se bamboleara sobre los ejes. Los faros mostraban un torbellino de nada blanca que giraba ante nosotros. No habíamos visto ni un solo vehículo. —¡Eh! —jadeó Lumley unos diez minutos después—. ¿Qué es eso? Estaba señalando hacia mi lado del coche; yo llevaba bastante rato con los ojos clavados en el parabrisas. Me volví, pero lo hice una fracción de segundo tarde. Me pareció ver una especie de silueta borrosa y encorvada que se desvanecía volviendo a confundirse con la nieve, pero pudo ser mi imaginación. —¿Qué era? ¿Un ciervo? —le pregunté. —Supongo —dijo con voz algo temblorosa—. Pero sus ojos…, me pareció que tenía los ojos de color rojo. —Me miró—. ¿Es así como se ven los ojos de un ciervo de noche? Por el tono de su voz casi parecía estar suplicando una respuesta afirmativa. —Oh, pueden tener cualquier aspecto —repliqué, pensando que quizá fuera cierto, pero había visto montones de ciervos de noche en un montón de coches diferentes y jamás vi ningún par de ojos que devolvieran un reflejo rojizo. Tookey no dijo nada. Unos quince minutos después llegamos a un punto donde el montón de nieve apilado a la derecha de la carretera no era tan alto, porque se supone que los quitanieves deben levantar la pala un poco cuando pasan por un cruce. —Creo que aquí es donde nos desviamos —dijo Lumley, aunque no parecía demasiado seguro—. No veo el letrero… —Está ahí delante —dijo Tookey con una voz muy rara que no recordaba en nada a la suya de siempre—. Se puede ver la parte de arriba. —Oh. Claro. —Lumley pareció muy aliviado—. Oiga, señor Tooklander, siento haber perdido los nervios en el bar. Tenía frío, estaba muy preocupado y ya no se me ocurrían más insultos que aplicarme a mí mismo. Quiero agradecerles el que… —No nos dé las gracias por nada hasta que tengamos a su mujer y a su hija aquí dentro —dijo Tookey. Conectó la tracción en las cuatro ruedas y se abrió paso por entre el montón de nieve hasta llegar a la Avenida Jointner, que atraviesa Salem’s Lot y sale a la 295. La nieve salió disparada hacia arriba por los guardafangos. La parte trasera del Scout intentó patinar, pero Tookey llevaba montones de años conduciendo sobre la nieve. Manejó el volante con delicadeza, convenció al Scout de que continuara adelante y logramos pasar. De vez en cuando los faros iluminaban las huellas de neumáticos dejadas por el coche de Lumley: las huellas aparecían y desaparecían a intervalos. Lumley se había inclinado hacia adelante en el asiento, buscando su coche. —Señor Lumley… —dijo Tookey de repente. —¿Qué? Lumley se volvió hacia él. —La gente de esta comarca siente un cierto temor supersticioso hacia Salem’s Lot —dijo Tookey. Habló con voz bastante tranquila pero pude ver las profundas arrugas de tensión que había alrededor de su boca, y la forma en que movía continuamente los ojos de un lado para otro—. Si su familia está dentro del coche…, bueno, será estupendo. Les recogeremos, volveremos a mi local y mañana, cuando la tormenta haya terminado, Billy sacará su coche de la nieve. Pero si no están dentro del coche… —¿Si no están dentro del coche? —le interrumpió Lumley con voz seca—. ¿Y por qué no iban a estar dentro del coche? —Si no están dentro del coche —siguió diciendo Tookey sin responderle—, daremos la vuelta, iremos hasta el Centro de Falmouth y llamaremos al sheriff. De todas formas, deambular de noche en plena tormenta no tiene sentido, ¿verdad? —Estarán en el coche. ¿En qué otro sitio podrían estar? —Una cosa más, señor Lumley —dije yo—. Si vemos a alguien, a quien sea…, no vamos a hablar con esa persona. Ni aunque nos dirija la palabra. ¿Lo ha comprendido? —Oiga, ¿en qué consisten exactamente esas supersticiones? —preguntó Lumley hablando muy despacio. Tookey se me adelantó antes de que pudiera responderle, y sólo Dios sabe qué podría haberle respondido. —Ya hemos llegado —dijo. Vimos la parte posterior de un gran Mercedes. La capota del coche estaba cubierta de nieve, así como todo el lado izquierdo. Pero las luces de atrás seguían encendidas y había humo saliendo del tubo de escape. —Bueno, al menos no se han quedado sin gasolina —dijo Lumley. Tookey recorrió los últimos metros y puso el freno de emergencia del Scout. —¿Recuerda lo que le ha dicho Booth, Lumley? —Claro, claro. Pero no estaba pensando en nada que no fuese su mujer y su hija, y no creo que haya nadie capaz de culparle por ello. —¿Listo, Booth? —me preguntó Tookey. Sus ojos se clavaron en los míos: dos pupilas severas y grises iluminadas por los reflejos del salpicadero. —Supongo que sí —dije. Salimos del Scout y el viento tiró de nosotros arrojándonos nieve a la cara. Lumley nos tomó la delantera inclinando el cuerpo contra la ventisca, con su elegante abrigo ondulando a su espalda como si fuera una vela. Proyectaba dos sombras, una originada por los faros de Tookey y la otra por las luces traseras de su coche. Yo iba detrás y Tookey me seguía a un paso de distancia. Cuando llegué al maletero del Mercedes Tookey me cogió del brazo. —Deja que se adelante —me dijo. —¡Janey! ¡Francie! —gritó Lumley—. ¿Va todo bien? —Abrió la portezuela del volante y metió la cabeza en el coche—. ¿Va todo…? Se quedó inmóvil, como paralizado. El viento le arrancó la pesada portezuela de entre los dedos y la abrió del todo. —Dios santo, Booth —dijo Tookey y el aullido del viento hizo que apenas si pudiera oírle—. Creo que ha vuelto a ocurrir. Lumley vino hacia nosotros. Estaba asustado y confuso, y tenía los ojos casi fuera de las órbitas. Echó a correr, resbaló en la nieve y estuvo a punto de caerse. Me apartó de un manotazo como si fuera una brizna de paja y agarró a Tookey por la pechera. —¿Cómo ha podido saberlo? —rugió—. ¿Dónde están? ¿Qué diablos pasa aquí? Tookey se lo quitó de encima y fue hacia el coche. Inspeccionamos el interior del Mercedes: estaba tan caliente como una tostada, pero no seguiría así durante mucho tiempo. La lucecita color ámbar de la reserva del combustible estaba encendida. Dentro de aquel gran coche no había nadie. Una muñeca Barbie estaba tirada sobre la alfombrilla del asiento derecho, y un anorak de esquí de talla infantil estaba hecho una bola encima del respaldo. Tookey se tapó la cara con las manos…, y un instante después ya no estaba allí. Lumley le había cogido y le había empujado hacia el montón de nieve. Tenía el rostro muy pálido y parecía haberse vuelto loco. Sus labios se movían convulsivamente, como si hubiera masticado algo muy amargo y no lograra reunir la saliva suficiente para escupirlo. Metió el brazo en el coche y cogió el anorak. —¿El anorak de Francie? —medio dijo y medio murmuró, y después gritó esas mismas palabras—. ¡El anorak de Francie! —Se dio la vuelta sosteniéndolo ante él por la capuchita forrada de piel. Me miró con la expresión de quien no cree lo que está viendo—. No puede andar por ahí sin su anorak, señor Booth. ¿Por qué…, por qué…? Se morirá de frío, se congelará. —Señor Lumley… Pasó tambaleándose junto a mí sin soltar el anorak, gritando: — ¡Francie! ¡Janey! ¿Dónde estáis? ¿Dónde estáiiiiis? Le ofrecí la mano a Tookey y le ayudé a levantarse. —¿Te encuentras…? —Olvídate de mí —dijo—. Booth, tenemos que detenerle. Le seguimos lo más deprisa posible, lo cual no era gran cosa teniendo en cuenta que había sitios donde la nieve nos llegaba a la altura de la rodilla, pero acabó deteniéndose y logramos alcanzarle. —Señor Lumley… —dijo Tookey poniéndole una mano en el hombro. —Por aquí —dijo Lumley—. Se fueron por aquí. ¡Mire! Miramos hacia abajo. Estábamos en una especie de hondonada y casi todas las ráfagas de viento pasaban por encima de nuestras cabezas. Y ahí estaban: dos juegos de huellas distintas, unas grandes y unas pequeñas, que empezaban a llenarse de nieve. Si hubiéramos llegado cinco minutos después ya habrían desaparecido. Lumley empezó a alejarse de nosotros con la cabeza inclinada y Took le cogió por el brazo, reteniéndole. —¡No! ¡No, Lumley! Lumley volvió su rostro enloquecido hacia Tookey y apretó el puño. Lo alzó para golpear…, pero en la expresión de Tookey había algo que le detuvo. Sus ojos fueron de Tookey a mí y volvieron a Tookey. —Se congelará —dijo como si fuéramos un par de niños estúpidos—. ¿Es que no lo entienden? No lleva puesto el anorak y sólo tiene siete años… —Podrían estar en cualquier sitio —dijo Tookey—. No conseguirá seguir esas huellas. Desaparecerán en el siguiente montón de nieve. —¿Qué me sugiere? —gritó Lumley con la voz convertida en un aullido histérico—. ¡Si volvemos para avisar a la policía morirá congelada! ¡Francie y mi esposa morirán! —Puede que ya estén congeladas —dijo Tookey y la expresión de sus ojos hizo que Lumley le mirara fijamente—. Congeladas o algo peor. —¿Qué quiere decir? —murmuró Lumley—. ¡Hable claro, maldita sea! ¡Explíquese! —Señor Lumley, en Salem’s Lot hay algo que… —dijo Tookey. Pero fui yo quien acabó explicándoselo, quien pronunció esa palabra que nunca hubiese creído llegaría a pronunciar. —Vampiros, señor Lumley. Jerusalem’s Lot está lleno de vampiros. Supongo que le resultará difícil de creer… Estaba mirándome como si me hubiese vuelto verde de repente. —Chalados —murmuró—. Son un par de chalados… —Se dio la vuelta, formó bocina poniendo las manos ante su boca y gritó—: ¡FRANCIE! ¡JANEY! Empezó a alejarse de nosotros, igual que antes. La nieve llegaba hasta el final de su elegante abrigo. Miré a Tookey. —¿Qué hacemos ahora? —Seguirle —dijo Tookey. Tenía el cabello cubierto de nieve y la verdad es que su aspecto recordaba un poco al de un chalado—. No puedo dejarle aquí, Booth. ¿Y tú? ¿Serías capaz? —No —dije—, supongo que no. Así que empezamos a abrirnos paso por entre la nieve siguiendo a Lumley y esforzándonos por alcanzarle, pero cada vez nos llevaba más ventaja. Era joven y fuerte, ¿comprenden? Avanzaba por entre la nieve como si fuera un toro. Mi artritis empezó a torturarme con unas punzadas horribles y no tardé en echarle miradas a mis piernas, diciéndome: un poquito más, solo un poquito más, sigue adelante, maldita sea, sigue adelante… Tropecé con Tookey, caído sobre un montón de nieve. Tenía la cabeza inclinada y se apretaba el pecho con las dos manos. —Tookey, ¿te encuentras bien? —le pregunté. —Estoy bien —dijo apartando las manos del pecho—. Tenemos que seguirle, Booth. Cuando caiga reventado recobrará la cordura y verá que no se puede hacer nada. Llegamos a lo alto de una pequeña loma y vimos a Lumley al final de la pendiente buscando desesperadamente más huellas. Pobre hombre… No había ni una sola posibilidad de que lograra encontrarlas. En aquella zona el viento soplaba con todas sus fuerzas, y cualquier huella existente habría quedado borrada tres minutos después de que la hicieran, así que en un par de horas… Alzó la cabeza para gritarle a la noche. ¡FRANCIE! ¡JANEY! ¡POR EL AMOR DE DIOS! Podías sentir la desesperación y el terror que había en su voz, y le compadecí por ello. La única respuesta que obtuvo fue el gemido del viento, tan agudo y potente como el de un tren de mercancías. El viento parecía estar riéndose de él, diciéndole: Me las he llevado, señor Nueva Jersey de coche caro y abrigo de pelo de camello. Me las he llevado, he borrado sus huellas y por la mañana, estarán tan frías y bien conservadas como un par de fresas metidas en el congelador … —¡Lumley! —gritó Tookey intentando hacerse oír por encima del viento—. ¡Oiga, ya sé que no cree en los vampiros, los espectros y todas esas tonterías, pero tiene que escucharme! ¡Lo que está haciendo no va a ayudarlas! ¡Tenemos que llegar a…! Y entonces hubo una respuesta, una voz que brotó de la oscuridad con el suave tintineo de unas campanillas de plata, y el corazón se me quedó tan frío como un pedazo de hielo metido en el pozo durante el invierno. — Jerry…, Jerry, ¿eres tú? Aquel sonido hizo que Lumley girara en redondo y entonces la vimos salir de entre las oscuras sombras de un bosquecillo, como un fantasma. Era una mujer de ciudad no cabe duda, y en aquel instante me pareció que jamás había visto a una mujer más hermosa. Sentí que deseaba ir hacia ella y decirle cómo me alegraba que estuviera bien. Vestía una gruesa prenda verde que se parecía un poco a un pullover, creo que las llaman ponchos. La tela flotaba a su alrededor y su oscuro cabello bailaba en aquel vendaval salvaje como el agua en un arroyo de diciembre, cuando falta poco para que el invierno la congele y la deje prisionera del cauce. Quizá di un paso hacia ella, porque sentí la mano de Tookey sobre mi hombro, áspera y cálida. Y aun así…, ¿cómo puedo expresarlo? Sí, seguí anhelando ir hacia ella, tan oscura y hermosa con el poncho verde flotando alrededor de su cuello y sus hombros, tan exótica y extraña que te hacía pensar en alguna magnífica mujer surgida de un poema de Walter de la Mare. —¡Janey! —gritó Lumley—. ¡Janey! Se abrió paso por entre la nieve, yendo hacia ella con los brazos extendidos. —¡No! —gritó Tookey—. ¡No, Lumley! Lumley ni tan siquiera se volvió a mirarle…, pero ella sí le miró. Alzó la cabeza hacia nosotros y sonrió. Y cuando lo hizo sentí que mi anhelo y mi pasión se convertían en un horror tan frío como la tumba, tan blanco y silencioso como un montón de huesos envueltos en un sudario. Incluso estando en lo alto de la loma pudimos ver el súbito destello rojizo que iluminó aquellos ojos. Eran menos humanos que los ojos de un lobo. Y cuando sonrió pudimos ver qué largos se habían vuelto sus dientes. Ya no era humana. Era una cosa muerta que había logrado volver a la vida en el seno de esta negra tormenta aullante. Tookey hizo la señal de la cruz. Vimos cómo se encogía…, y luego volvió a sonreímos. Estábamos demasiado lejos, y quizá estuviéramos demasiado asustados. —¡Hay que detenerla! —murmuré—. ¿Es que no podemos detenerla? —¡Es demasiado tarde, Booth! —dijo Tookey con un hilo de voz. Lumley había llegado hasta ella. Se encontraba tan cubierto de nieve que él mismo parecía un fantasma. Alargó los brazos hacia ella… y empezó a gritar. Oiré ese sonido en mis sueños, el sonido de un hombre que grita como un niño cuando tiene una pesadilla. Lumley intentó retroceder, pero los largos brazos desnudos de la mujer fueron hacia él ondulando como serpientes, más blancos que la nieve, y le atrajeron hacia su cuerpo. Pude ver cómo ladeaba la cabeza y después la movió hacia adelante… —¡Booth! —dijo Tookey con voz enronquecida—. ¡Tenemos que salir de aquí! Y echamos a correr. Supongo que algunos dirían que huimos como ratas, pero quienes dirían eso no estaban allí aquella noche. Seguimos el camino que habíamos abierto al venir, cayendo, incorporándonos, resbalando y patinando. Yo no paraba de mirar por encima de mi hombro para ver si aquella mujer venía detrás de nosotros sonriendo con esa mueca horrible y observándonos con aquellos ojos rojos. Llegamos al Scout y Tookey se dobló sobre sí mismo llevándose las manos al pecho. —¡Tookey! —exclamé, muy asustado—. ¿Qué…? —El reloj, Booth… —dijo—. Llevo cinco o seis años teniendo problemas con él. Ayúdame a subir y sácanos de aquí lo más deprisa que puedas. Pasé un brazo por debajo de su chaquetón, le hice caminar alrededor del Scout y me las arreglé para subirle al asiento, aunque no sé muy bien cómo. Tookey apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos. Tenía la piel amarillenta, con un aspecto cerúleo. Volví corriendo al otro lado del Scout y casi me di de narices con la niña. Estaba inmóvil junto a la portezuela del conductor: tenía el pelo recogido en un par de coletas y sólo llevaba un vestidito amarillo. —Señor —dijo con una voz clara y límpida, tan dulce como la niebla del amanecer—, ¿querría ayudarme a encontrar a mi madre? Se ha marchado y tengo tanto frío… —Cariño —le dije—, cariño, será mejor que entres en el coche. Tu madre… No llegué a terminar la frase y si ha habido algún momento de mi vida en el que estuviera cerca de desmayarme estoy seguro de que fue ése. La niña estaba inmóvil junto a la portezuela, ¿comprenden?, pero estaba encima de la nieve y no había huellas, no había huellas en ninguna dirección… Y entonces Francie, la hija de Lumley, alzó los ojos hacia mí. Sólo tenía siete años y seguiría teniendo siete años durante toda una eternidad de noches. Su carita estaba espantosamente blanca, como la de un cadáver, y sus ojos eran un abismo rojo y plata en el que podías caer para siempre. Y bajo su mandíbula pude ver dos heriditas tan pequeñas como alfilerazos, con la carne horriblemente amoratada a su alrededor. Extendió los brazos hacia mí y sonrió. —Cójame, señor —dijo en voz baja—. Quiero darle un beso. Después podrá llevarme con mi mamá. No quería hacerlo, pero no pude impedirlo. Empecé a inclinarme hacia adelante alargando los brazos. Pude ver cómo abría la boca, pude ver los pequeños colmillos ocultos tras el anillo rosado de sus labios. Algo se deslizó por su mentón, algo plateado y brillante, y con un horror tan leve como distante comprendí que estaba babeando. Sus manecitas rodearon mi cuello y pensé: Bueno, quizá no sea tan malo, no, quizá no lo sea, puede que pasado un tiempo ya no resulte tan horrible. Entonces algo salió volando del Scout e hizo impacto en su pecho. Vi una nubecilla de un humo anaranjado que tenía un olor muy extraño, un resplandor que se esfumó un instante después y la niña retrocedió emitiendo un siseo ahogado. Su rostro se había convertido en una máscara vulpina de rabia, odio y dolor. Se dio la vuelta y… desapareció. Estaba allí y un segundo después ya no había nada, sólo un torbellino de nieve que se parecía un poco a una silueta humana. El viento enseguida lo dispersó llevándoselo a través de los campos. —¡Booth! —murmuró Tookey—. ¡Date prisa! Y eso hice. Pero no tanta como para no tener tiempo de recoger lo que le había arrojado a esa niñita salida del infierno: era la Biblia de su madre. Esto ocurrió hace ya cierto tiempo. Ahora soy un poco más viejo, y entonces no era ningún polluelo recién salido del cascarón. Herb Tooklander nos dejó hace dos años. Murió tranquilamente, durante la noche. El bar sigue ahí: una pareja bastante agradable de Waterville lo compró y el local apenas ha cambiado. Pero ahora no voy mucho por allí. Con Tookey muerto ya no sería lo mismo que antes. En Salem’s Lot todo continúa más o menos como siempre. Al día siguiente el sheriff fue hasta allí y encontró el coche de Lumley: la gasolina se había acabado y la batería estaba descargada. Ni Tookey ni yo dijimos nada al respecto. ¿De qué habría servido? Y de vez en cuando un autoestopista o alguien que iba de excursión va por esa zona y desaparece en Schoolyard Hill o cerca del cementerio de Harmony Hill. Las partidas de búsqueda acaban encontrando su mochila o un cuaderno hinchado y descolorido por la lluvia y la nieve, o algún objeto semejante. Pero nunca encuentran sus cuerpos. Sigo teniendo pesadillas en las que revivo esa noche de tormenta y lo que nos ocurrió allí. No suelo soñar con la mujer sino con la niña, y con su sonrisa cuando me ofreció los brazos para que pudiera cogerla. Para que pudiera darme un beso… Pero soy viejo y pronto dejaré de soñar. Puede que algún día tengan ocasión de viajar por la parte sur de Maine. Es una comarca muy bonita. Quizá hasta hagan una parada en el bar de Tookey para tomarse una copa. El local es muy acogedor y los nuevos propietarios no le han cambiado el nombre. Bébanse su copa y luego les aconsejo que sigan viaje hacia el norte. Hagan lo que hagan, no tomen el camino que lleva a Jerusalem’s Lot. Especialmente no después de que haya oscurecido. Hay una niña que ronda por ahí. Y creo que sigue esperando su beso de buenas noches. FIN Autor: Stephen King Título: Uno para el camino Título Original: One for the Road Publicado en: Maine, marzo-abril de 1977 Aparece en: Night Shift (1978) Traducción: Albert Solé
- "La noche del tigre", cuento de Stephen King
La noche del tigre Stephen King Vi por primera vez al señor Legere cuando el circo pasó por Steubenville, pero yo sólo llevaba dos semanas en el espectáculo, y tal vez él hubiera hecho indefinidamente sus visitas irregulares. Nadie quería hablar gran cosa del señor Legere, ni siquiera aquella última noche, cuando parecía que el fin del mundo estaba al caer…, la noche que desapareció el señor Indrasil. Pero si he de explicárselo desde el principio, debería empezar diciendo que me llamo Eddie Johnston, y que nací y me crie en Sauk City. Allí fui a la escuela, tuve mi primer amor y trabajé durante algún tiempo en el almacén del señor Lillie, una vez terminados mis estudios en la escuela superior. Eso fue hace algunos años…, a veces más de los que quisiera contar. No es que Sauk City sea un lugar tan malo. Algunas personas se contentan con sentarse en el porche de sus casas en las cálidas y perezosas noches de verano, pero a mí eso me producía una cierta comezón, como cuando te pasas demasiado tiempo sentado en la misma silla. Así que dejé el almacén y me enrolé en el Circo Americano de Farnum y Williams, con sus tres pistas y sus exhibiciones secundarias. Supongo que lo hice en un momento de aturdimiento, cuando la musiquilla del circo me nubló el juicio. Me convertí entonces en un peón nómada. Ayudaba a levantar y desmontar las carpas, limpiar las jaulas y, a veces, vender algodón de azúcar cuando el vendedor regular tenía que ausentarse, y vociferar para Chips Baily, el cual padecía malaria, y en ocasiones tenía que ir a algún sitio muy lejano. En general eran cosas que hacen los muchachos para que les regales localidades…, cosas que solía hacer yo mismo de niño. Pero los tiempos cambian, y ya no parecen presentarse como antes. Aquel tórrido verano pasamos por Illinois e Indiana, el público era bueno y todo el mundo se sentía feliz. Todos excepto el señor Indrasil, el cual nunca era feliz. Era el domador de leones, y su aspecto me recordaba al Rodolfo Valentino que había visto en viejas fotografías. Un hombre alto, de rasgos apuestos y arrogantes y una agreste cabellera negra. La expresión de sus ojos era extraña, furiosa…, la más furiosa que he visto jamás. Casi siempre estaba callado; un par de sílabas del señor Indrasil eran todo un sermón. Todos los miembros del circo mantenían con él una distancia tanto mental como física, porque sus accesos de cólera eran legendarios. Se rumoreaba, siempre en susurros, que en una ocasión, después de una actuación especialmente difícil, uno de los peones derramó café sobre las manos del señor Indrasil, y éste estuvo a punto de matarle antes de que lograran separarle del muchacho. No sé si será cierto. Lo que sí sé es que llegué a temerle más que al frío señor Edmont, el director de mi escuela, al señor Lillie e incluso a mi padre, el cual era capaz de frías reprimendas que te dejaban temblando de vergüenza y desaliento. Cuando limpiaba las jaulas de los grandes felinos, las dejaba siempre impecables. El recuerdo de las pocas ocasiones en que fui objeto de las iras del señor Indrasil todavía me hace flaquear las rodillas. Eran sus ojos, sobre todo…, grandes, oscuros y totalmente inexpresivos. Los ojos y la sensación de que un hombre capaz de dominar a siete gatazos ojo avizor en un pequeña jaula, por fuerza tenía que ser también un salvaje. Y las dos únicas cosas a las que él temía eran el señor Legere y el único tigre del circo, una bestia enorme llamada Terror Verde . Como he dicho, vi por primera vez al señor Legere en Steubenville, cuando él contemplaba la jaula de Terror Verde como si el tigre conociera todos los secretos de la vida y de la muerte. Era enjuto, moreno, sosegado. Sus ojos profundos, muy hundidos en las cuencas, tenían una expresión de dolor y cavilosa violencia en sus honduras con reflejos verdes, y siempre cruzaba las manos a la espalda mientras contemplaba taciturno al tigre. Terror Verde era una fiera digna de verse, un enorme y hermoso espécimen con un impecable pelaje rayado, ojos verde esmeralda y grandes colmillos como escarpias de marfil. Sus rugidos solían oírse en todo el recinto del circo…, fieros, airados y absolutamente salvajes. Parecía gritar su desafío y su frustración al mundo entero. Chips Baily, que llevaba en el circo Farnum y Williams desde Dios sabe cuándo, me dijo que el señor Indrasil solía utilizar a Terror Verde en sus actuaciones, hasta que una noche el tigre saltó de repente desde su plataforma elevada y casi le arrancó la cabeza antes de que el señor Indrasil pudiera salir de la jaula. Observé que el señor Indrasil siempre llevaba el cabello largo, cubriéndole la nuca. Todavía puedo recordar la escena aquel día en Steubenville. Hacía calor, un calor sofocante, y el público iba en mangas de camisa. Por ello destacaban los señores Legere e Indrasil. El señor Legere, que estaba de pie en silencio junto a la jaula del tigre, vestía traje y chaleco, y no tenía el rostro húmedo de sudor. El señor Indrasil llevaba una de sus bonitas camisas de seda y calzones de gruesa tela blanca, y los miraba a ambos, pálido como un muerto, con una expresión de cólera lunática, odio y temor en sus ojos saltones. Sostenía una almohaza y un cepillo, y las manos le temblaban espasmódicamente, aferradas a aquellos objetos. De repente me vio y dio rienda suelta a su ira. —¡Tú! —gritó—. ¡Johnston! —Sí, señor. Sentí un hormigueo en la boca del estómago. Sabía que la ira de Indrasil estaba a punto de volcarse sobre mí, y el temor que me inspiraba aquella idea me hizo sentir débil. Me gusta pensar que soy tan valiente como cualquier hijo de vecino, y si se hubiese tratado de alguien más, creo que hubiera estado plenamente decidido a defenderme. Pero no era nadie más. Era el señor Indrasil, y tenía ojos de loco. —Estas jaulas, Johnston. ¿Crees que están limpias? Señaló con un dedo, cuya dirección seguí. Vi cuatro trocitos dispersos de paja y un acusador charco de agua de la manguera al fondo de una de las jaulas. —S… sí, señor —le respondí, y lo que pretendía que fuera firmeza se convirtió en una débil bravata. Se hizo un silencio, como la pausa eléctrica que antecede a un aguacero. La gente empezaba a mirar, y yo tenía la vaga conciencia de que el señor Legere nos observaba con sus ojos insondables. —¿Sí, señor? —atronó de repente el señor Indrasil—. ¿Sí, señor? ¿Sí, señor? ¡No te burles de mi inteligencia, muchacho! ¿Crees que no veo, que no puedo oler? ¿Pusiste el desinfectante? —Ayer puse el desinfec… —¡No me repliques! —gritó, y entonces bajó súbitamente la voz, lo que me hizo sentir un hormigueo en la piel—. No te atrevas a replicarme. —Ahora todo el mundo nos miraba. Yo quería vomitar, morirme—. Ahora mismo vas a ir al cobertizo de las herramientas, vas a coger el desinfectante y fregar estas jaulas —susurró, midiendo cada palabra. De repente, tendió una mano y me agarró de un hombro—. Y nunca, nunca, vuelvas a replicarme. No sé de dónde salieron mis palabras, pero de pronto estaban allí, brotando de mis labios. —No le he replicado, señor Indrasil, y no me gusta que diga eso. Yo… me ofendo si dice una cosa así. Ahora déjeme ir. Su rostro se puso repentinamente rojo, luego blanco y finalmente casi azafranado de ira. Sus ojos eran llameantes umbrales del infierno. En aquel momento pensé que iba a morir. El señor Indrasil emitió un sonido gutural inarticulado, y la presión de su mano en mi hombro se hizo insoportable. Su mano derecha subió alto, muy alto…, y entonces descendió con increíble velocidad. Si aquella mano hubiera alcanzado mi rostro, como mínimo me habría derribado al suelo sin sentido y, en el peor de los casos, me habría roto el cuello. Pero no me alcanzó. Otra mano surgió como por ensalmo en el espacio, directamente delante de mí. Ambos miembros en tensión colisionaron con un ruido sordo. Era el señor Legere. —Deja en paz al muchacho —le dijo fríamente. El señor Indrasil se lo quedó mirando durante un largo momento, y creo que no había nada tan desagradable en todo el asunto como observar el temor del señor Legere y la loca avidez de herir (¡o matar!) mezclados con aquella mirada terrible. Entonces dio media vuelta y se alejó. Me volví hacia el señor Legere. —No me des las gracias. Y no era un «no me des las gracias», sino un « no me des las gracias», no un gesto de modestia, sino una orden literal. Con su súbito relámpago de intuición —de concordancia afectiva, si usted quiere— comprendí exactamente qué quería decir con aquel comentario. Yo era un peón en lo que debía de ser un largo combate entre los dos hombres. Había sido capturado por el señor Legere más que por el señor Indrasil. Había detenido al domador de leones no para protegerme, sino porque ello le daba una ventaja, por pequeña que fuera, en su guerra privada. —¿Cómo se llama? —le pregunté, en absoluto ofendido por lo que había deducido. Después de todo, había sido sincero conmigo. —Legere —dijo rápidamente, y se volvió para marcharse. —¿Está usted en el circo? —le pregunté, pues no quería que se fuera tan fácilmente—. Parecía… conocerle. Una leve sonrisa apareció en sus labios delgados, y una llamita de afecto brilló fugazmente en sus ojos. —No. Podríamos decir que soy un policía. Y antes de que pudiera replicarle, desapareció entre la gente que pasaba por allí. Al día siguiente desmontamos las carpas y nos marchamos. Volví a ver al señor Legere en Danville y, dos semanas después, en Chicago. En los intervalos procuré evitar al señor Indrasil tanto como me fue posible, y mantuve impecablemente limpias las jaulas de los felinos. La víspera de nuestra partida para Saint Louis, les pregunté a Chips Baily y Sally O’Hara, la pelirroja funámbula, si los señores Legere e Indrasil se conocían. Estaba bastante seguro de que así era, porque el señor Legere difícilmente seguía al circo para saborear nuestro estupendo helado de lima. Sally y Chips intercambiaron miradas por encima de sus tazas de café. —Nadie sabe gran cosa de lo que hay entre esos dos —dijo Sally—. Pero es algo que dura desde hace mucho tiempo…, quizá veinte años, desde que llegó aquí el señor Indrasil, tras dejar el circo Ringling Brothers, y tal vez incluso antes de eso. Chips asintió. —Ese tipo, Legere, llega al circo casi todos los años, cuando pasamos por el Medio Oeste, y se queda con nosotros hasta que cogemos el tren hacia Florida, en Little Rock. Vuelve tan irritable al viejo domador de felinos como si fuera uno de sus gatos. —Me dijo que era policía —comenté—. ¿Qué creéis que busca por aquí? ¿No suponéis que el señor Indrasil…? Chips y Sally intercambiaron una mirada extraña, y ambos se levantaron tan bruscamente que estuvieron a punto de romperse la espalda. —He de ver si esos pesos y contrapesos están bien almacenados —dijo Sally, y Chips musitó algo no muy convincente acerca de la necesidad de revisar el eje trasero de su remolque. Y así es como solía terminar toda conversación acerca de los señores Indrasil o Legere…, apresuradamente, con muchas excusas forzadas. Nos despedimos de Illinois y de la comodidad al mismo tiempo. Se produjo una abrumadora oleada de calor, al parecer en el mismo instante en que cruzamos el límite del Estado, y aquel calor nos acompañó durante mes y medio, mientras avanzábamos lentamente por Missouri y entrábamos en Kansas. Todo el mundo estaba nervioso, incluidos los animales. Y entre ellos, naturalmente, los felinos, que eran responsabilidad del señor Indrasil. Éste trataba a los peones en general, y a mí en particular, sin la menor consideración. Yo sonreía y procuraba aguantarlo, aunque el calor me ponía también muy irascible. No se puede discutir con un loco, y había llegado a la conclusión de que eso era sin lugar a dudas el señor Indrasil. Nadie dormía muy bien, y ésa es la maldición de los artistas de circo. La falta de sueño hace que los reflejos sean más lentos, lo cual aumenta el peligro. En Independence, Sally O’Hara cayó a la red de nylon desde veinte metros de altura y se fracturó el hombro. Andrea Solienni, nuestra amazona a pelo, se cayó de uno de sus caballos durante un ensayo, y un casco la golpeó y la dejó inconsciente. Chips Baily sufría en silencio con su fiebre crónica, el rostro como una máscara de cera y las sienes bañadas en un sudor frío. Y en muchas ocasiones las cosas tenían peor cariz para el señor Indrasil. Los leones estaban nerviosos e irritables, y cada vez que entraba en la Jaula de los Gatos Endiablados, como la llamábamos, ponía en peligro su vida. Alimentaba a los leones con excesiva cantidad de carne antes de entrar, algo que hacen raramente los domadores de leones, contrariamente a la creencia popular. Tenía el rostro cada vez más fatigado y ojeroso, y la mirada frenética. El señor Legere casi siempre estaba allí, junto a la jaula de Terror Verde , mirándole. Y eso, claro, aumentaba la presión del señor Indrasil. Todo el circo empezó a ponerse nervioso cuando veía pasar a aquel personaje con camisa de seda, y supe que todos pensaban lo mismo: «Va a reventar, y cuando lo hace…». Cuando lo hiciera, sólo Dios sabía lo que ocurriría. La oleada de calor continuó, y las temperaturas rebasaban los treinta grados todos los días. Parecía como si los dioses de la lluvia se burlaran de nosotros. En cuanto abandonábamos una ciudad, ésta recibía la bendición de los aguaceros, y cada ciudad en la que entrábamos estaba reseca y ardiente. Y una noche, en la carretera entre Kansas City y Green Bluff, vi algo que me trastornó más que ninguna otra cosa. Hacía calor…, un calor abominable. Ni siquiera merecía la pena tratar de dormir. Me revolvía en mi litera como un hombre que sufre fiebre delirante sin poder conciliar nunca el sueño. Finalmente me levanté, me puse los pantalones y salí. Nos habíamos detenido en un pequeño campo, formando un círculo. Otros dos peones y yo habíamos descargado las jaulas de los felinos, a fin de que pudieran beneficiarse del menor soplo de brisa. Allí estaban ahora las jaulas, pintadas de color plata apagado por la hinchada luna de Kansas, y una persona de elevada estatura que llevaba unos calzones de basta tela blanca se hallaba junto a la mayor de ellas. Era el señor Indrasil. Azuzaba a Terror Verde con una pica larga y puntiaguda. El gatazo se movía en silencio en la jaula, tratando de evitar la aguda punta. Y lo aterrador era que cuando el palo punzaba la carne del tigre, éste no rugía de dolor y cólera, como debería hacer, sino que mantenía un silencio ominoso, más aterrador para quien conoce a los felinos que el rugido más intenso. Aquello también había surtido efecto en el señor Indrasil. —Estás tranquilo, ¿verdad, maldito? —gruñía; con los potentes brazos flexionados, empujó la pica. Terror Verde retrocedió, abriendo horriblemente los ojos, pero no emitió ningún sonido—. ¡Ruge! —dijo entre dientes—. ¡Vamos, monstruo, ruge! ¡Ruge! Y hundía más el palo en el flanco del tigre. Entonces vi algo extraño. Pareció que una sombra se movía en la oscuridad bajo uno de los remolques más distantes, y la luz de la luna pareció incidir en unos ojos que miraban…, unos ojos verdes. Un viento frío pasó silenciosamente por el claro, levantando polvo y revolviéndome el pelo. El señor Indrasil alzó la vista y escuchó, con una curiosa expresión en el rostro. De repente, dejó caer el palo, se volvió y regresó a su remolque. Miré de nuevo el lejano remolque, pero la sombra había desaparecido. Terror Verde permanecía inmóvil entre los barrotes de su jaula, mirando el remolque del señor Indrasil. Y entonces se me ocurrió pensar que odiaba al señor Indrasil no porque fuera cruel o arisco, pues el tigre respeta estas cualidades a su propia manera animal, sino más bien porque se apartaba incluso de la norma salvaje del tigre. Era un bribón. Ésa es la única forma en que puedo decirlo. El señor Indrasil no era sólo un tigre humano, sino también un tigre bribón. La idea cristalizó en mi interior, turbadora y un tanto temible. Volví adentro, pero seguí sin poder dormir. El calor continuó. Por el día nos freíamos, por la noche dábamos vueltas, inquietos, sudorosos, insomnes. Todos teníamos la piel enrojecida por el sol, y había peleas por las cosas más triviales. Todo el mundo estaba llegando al punto de explosión. El señor Legere seguía con nosotros, observando en silencio, superficialmente impasible, pero yo percibía que en lo más profundo de su ser fluían corrientes de… ¿de qué? ¿De odio? ¿De miedo? ¿De venganza? No podía saber qué era, pero no me cabía ninguna duda de que aquel hombre era potencialmente peligroso, tal vez más de lo que lo era el señor Indrasil, si alguien encendía alguna vez su mecha particular. Vestido siempre con su impecable traje marrón a pesar de las elevadas temperaturas, no se perdía ninguna función del circo. Permanecía en silencio junto a la jaula de Terror Verde , al parecer en profunda comunicación con el tigre, que siempre estaba sosegado cuando aquel hombre se hallaba cerca. De Kansas fuimos a Oklahoma, y la temperatura no se suavizaba. Era raro que pasara un día sin que tuviéramos un caso de postración debido al calor. El público empezaba a reducirse. ¿Quién quería sentarse bajo una asfixiante carpa de lona cuando había un cine con aire acondicionado a la vuelta de la esquina? Todos estábamos tan nerviosos como los gatos, por usar una frase especialmente apropiada a la situación. Y cuando plantamos las carpas en Wildwood Green, Oklahoma, creo que todos sabíamos que estábamos a punto de llegar a alguna clase de clímax. Y la mayoría sabíamos que tendría que ver con el señor Indrasil. Había sucedido algo extraño antes de nuestra primera función en Wildwood. El señor Indrasil estaba en la Jaula de los Gatos Endiablados, adiestrando a sus irascibles leones. Uno de ellos perdió el equilibrio en su pedestal, se tambaleó y casi lo recobró. Entonces, en aquel preciso momento, Terror Verde soltó un terrible rugido que amenazaba con rompernos los tímpanos. El león cayó, aterrizó pesadamente y, de repente, se lanzó con la precisión de una bala contra el señor Indrasil. Éste, asustado, soltó una maldición y levantó su silla para protegerse de los zarpazos. Logró salir de la jaula en el mismo instante en que el león se estrellaba contra los barrotes. Mientras el domador se recobraba y se preparaba para entrar de nuevo en la jaula, Terror Verde lanzó otro rugido…, pero éste se parecía monstruosamente a una inmensa y desdeñosa risotada. El señor Indrasil miró a la bestia, pálido, y luego dio media vuelta y se alejó. No salió de su remolque en toda la tarde. Aquella tarde se alargó interminablemente. Pero a medida que subía la temperatura, todos empezamos a mirar con esperanza hacia el oeste, donde se estaban formando enormes cúmulos de nubes. —A lo mejor llueve —le dije a Chips, deteniéndome junto a la plataforma desde la que vociferaba, ante la pista de exhibiciones secundarias. Pero él no respondió a mi sonrisa esperanzada. —Eso no me gusta —replicó—. No hay viento y hace demasiado calor. Es señal de granizo o de tornados. —Su expresión se volvió más sombría—. Mira, Eddie, salir de un tornado llevando a remolque un montón de animales salvajes enloquecidos no es una excursión de placer. Más de una vez, al cruzar la región de los tornados, he agradecido a Dios que no lleváramos elefantes. Sí —añadió tristemente—, es mejor confiar en que las nubes se queden en el horizonte. Pero las nubes no se quedaron en el horizonte, sino que avanzaron lentamente hacia nosotros, como ciclópeas columnas celestes de base purpúrea y un temible negro azulado en los cumulonimbos. Cesó todo movimiento del aire, y el calor cayó sobre nosotros como una mortaja de lana. De vez en cuando, la tormenta se aclaraba la garganta en la lejanía del oeste. Hacia las cuatro, el señor Farnum en persona, maestro de ceremonias y medio propietario del circo, se presentó y nos dijo que se suspendería la función de la noche. Sólo teníamos que asegurar las instalaciones y buscar un agujero conveniente para refugiarnos en caso de que hubiera problemas. Se habían divisado trombas en varios lugares entre Wildwood y Oklahoma City, algunas a sesenta kilómetros de nosotros. Cuando se hizo el anuncio, había muy poco público, y la gente paseaba apáticamente por la zona de exhibiciones secundarias, o curioseaba entre las jaulas de los animales. Pero el señor Legere no había estado presente en todo el día. La única persona junto a la jaula de Terror Verde era un sudoroso escolar con un montón de libros bajo el brazo. Cuando el señor Farnum anunció que el Servicio Meteorológico había advertido la proximidad de un tornado, el muchacho se escabulló rápidamente. Yo y los otros dos peones pasamos el resto de la tarde deslomándonos, asegurando los cables de las carpas, cargando los animales en los remolques y asegurándonos de que todo estaba bien atado. Al final sólo quedaron las jaulas de los felinos, y para éstas había una disposición especial. Cada jaula tenía un «pasadizo» especial de tela metálica que se plegaba como un acordeón y que, cuando se extendía del todo, conectaba con la Jaula de los Gatos Endiablados. Cuando era preciso mover las jaulas más pequeñas, se podía reunir a los felinos en la jaula grande mientras se cargaban las otras. La jaula grande rodaba sobre un gigantesco juego de ruedas que podía girar en todas direcciones, y era posible moverla a mano, colocándola en una posición que permitiera a cada felino regresar a su jaula propia. Parece complicado, y lo era, desde luego, pero ésa era la única forma en que se hacía. Primero trasladamos a los leones y luego a Terciopelo Ébano , la dócil pantera negra que casi le había costado al circo los ingresos de toda una temporada. Era bastante difícil convencer a los animales para que se levantaran y caminaran por los pasadizos, pero todos preferíamos ese trabajo a pedirle ayuda al señor Indrasil. Cuando llegó el momento de trasladar a Terror Verde había oscurecido…, un fantasmagórico y húmedo crepúsculo amarillento se cernía sobre nosotros. El cielo había adquirido un resplandor uniforme que nunca había visto hasta entonces, y no me gustaba lo más mínimo. —Será mejor que nos demos prisa —dijo el señor Farnum, mientras hacíamos rodar trabajosamente la Jaula de los Gatos Endiablados para conectarla con la parte trasera de la jaula de exhibición de Terror Verde —. El barómetro está bajando rápidamente. —Meneó la cabeza, preocupado—. Esto tiene mala pinta, chicos, mala pinta. Se escabulló a toda prisa, todavía meneando la cabeza. Conectamos el pasadizo metálico en la jaula de Terror Verde y abrimos la parte trasera. —Hala, pasa —le dije alentadoramente. Terror Verde me dirigió una mirada amenazante y no se movió. Atronó de nuevo, con más intensidad y más cerca. El cielo se había vuelto ictérico, el color más feo que he visto jamás. Los demonios del viento empezaron a tirar bruscamente de nuestras ropas y arremolinar las envolturas de caramelos y los conos de algodón de azúcar que ensuciaban el suelo. —Vamos, vamos —le urgí, empujándole con las varillas de punta roma que nos daban para obligarles a moverse. Terror Verde lanzó un horrible rugido y agitó una pata con cegadora velocidad. Me arrebató de las manos el palo de dura madera y lo astilló como si fuera una ramita tierna. Ahora el tigre se había levantado, y sus ojos tenían una expresión asesina. —Mirad —dije con voz temblorosa—, uno de vosotros tendrá que ir en busca del señor Indrasil. No podemos esperar aquí. Como para subrayar mis palabras, estalló un trueno más potente, que parecía el palmoteo de unas gigantescas manos cósmicas. Kelly Nixon y Mike McGregor se apresuraron a hacerlo. Yo quedé excluido debido a mi anterior enfrentamiento con el señor Indrasil. Se lo jugaron a cara o cruz y le tocó a Kelly, el cual nos dirigió una silente mirada en la que leímos que preferiría enfrentarse a la tormenta, y fue en busca del domador. Tardó casi diez minutos en volver. El viento estaba adquiriendo velocidad y el crepúsculo se fundía en la noche. Estaba asustado, y no temo admitirlo. Aquel extraño cielo, los terrenos desiertos del circo, los agudos y bruscos vórtices del viento…, todo eso conforma un recuerdo que permanecerá vívido en mi memoria para siempre. Y Terror Verde no hacía el menor ademán de moverse por el pasadizo. Kelly Nixon volvió corriendo, con los ojos muy abiertos. —¡He llamado a su puerta durante casi cinco minutos! —jadeó—. ¡No he podido levantarle! Nos miramos sin saber qué hacer. Terror Verde era una fuerte inversión para el circo. No podíamos dejarlo a la intemperie. Perplejo, me volví en busca de Chips, el señor Farnum o cualquiera que pudiera decirme qué hacer. Pero todos se habían ido. Éramos responsables del tigre. Consideré la posibilidad de intentar cargar la jaula a pulso en el remolque, pero yo no iba a poner mis dedos en aquella jaula. —Bueno, no tenemos más remedio que ir a buscarle… los tres. Vamos. Y corrimos hacia el remolque del señor Indrasil, a través de la oscuridad que aumentaba a pasos agigantados. Aporreamos su puerta hasta que debió pensar que todos los demonios del infierno iban a por él. Por fortuna, finalmente la puerta se abrió y apareció el señor Indrasil, tambaleándose y mirándonos, con ojos de loco abrillantados por el alcohol. Olía como una destilería. —Dejadme en paz —gruñó—, malditos seáis. —Señor Indrasil… —tuve que gritar para hacer oír mi voz sobre el estruendo del viento. Aquella tormenta no se parecía a nada de lo que había oído o leído jamás. Era como el fin del mundo. —Tú —dijo entre sus dientes apretados. Alargó una mano y me cogió por la pechera de la camisa—. Voy a enseñarte una lección que nunca olvidarás. —Lanzó una mirada furibunda a Kelly y Mike, agazapados en las sombras movedizas de la tormenta—. ¡Marchaos! Los dos echaron a correr, y no los culpé. Ya he dicho que el señor Indrasil… estaba loco. Y no era la suya una locura ordinaria… Era como un animal loco, como uno de sus propios felinos que se hubiera vuelto majareta. —De acuerdo —musitó, sus ojos como dos quinqués prendidos—. No hay ningún amuleto que te proteja ahora, ningún talismán. —Sus labios se contorsionaron en una sonrisa demencial, horrible—. Él no está aquí ahora, ¿verdad? Somos de la misma clase, él y yo. Quizá los dos únicos que quedamos. Mi dios de la venganza…, y yo soy el suyo. Desbarraba, y no traté de detenerle. Al menos no centraba su mente en mí. —Volvió aquel felino contra mí, allá por el año cincuenta y ocho. ¡Siempre tuvo más poder que yo! El muy estúpido pudo ganar un millón…, los dos pudimos ganarlo, si no hubiera sido tan altanero y poderoso… ¿Qué ha sido eso? Era Terror Verde , que había empezado a rugir aterradoramente. —¿No has encerrado a ese maldito tigre? —gritó, casi con voz de falsete, y me sacudió como si fuera un muñeco de trapo. —¡No quiere moverse! —me oí replicar también a gritos—. Tiene usted que… Pero él me dio un empujón. Tropecé con los escalones plegados bajo la puerta de su remolque y caí al suelo. Con algo entre un sollozo y una maldición, el señor Indrasil pasó por mi lado, el rostro lleno de ira y temor. Me levanté y fui tras él como hipnotizado. Alguna intuición dentro de mí me decía que estaba a punto de presenciar la representación del último acto. Fuera del refugio que proporcionaba el remolque del señor Indrasil, la fuerza del viento era tremenda. Rugía como un tren de carga a toda velocidad. Me sentía como una hormiga, una mota, una molécula desprotegida ante aquella atronadora fuerza cósmica. Y el señor Legere estaba en pie junto a la jaula de Terror Verde . Era como una escena de Dante. El espacio casi vacío de jaulas dentro del círculo formado por los remolques; los dos hombres enfrentados y silenciosos, con las ropas y el cabello agitados por el viento aullador; la hirviente bóveda del cielo; los ondulantes trigales al fondo, como almas condenadas dobladas por el látigo de Lucifer. —Ha llegado la hora, Jason —dijo el señor Legere, con una voz cortante que el viento llevó al otro lado del claro. El cabello frenéticamente agitado del señor Indrasil se alzó alrededor de la lívida cicatriz que le cruzaba la nuca. Apretó los puños, pero no dijo nada. Yo casi podía percibir que hacía acopio de su voluntad, de su fuerza vital, de su verdadero inconsciente, se rodeaba con todo aquello como una corona profana. Y entonces vi con horror que el señor Legere desenganchaba el pasadizo de Terror Verde … ¡y el fondo de la jaula estaba abierto! Grité, pero el viento ahogó mis palabras. El gran tigre saltó y pasó como una flecha por el lado del señor Legere. El señor Indrasil se tambaleó, pero no echó a correr. Bajó la cabeza y miró fijamente al tigre. Y Terror Verde se detuvo. Volvió su enorme cabeza hacia el señor Legere, casi dio media vuelta y luego, lentamente, se enfrentó de nuevo al señor Indrasil. Había en el aire una sensación aterradoramente palpable de una fuerza dirigida, un revoltijo de voluntades en conflicto centradas alrededor del tigre. Y las voluntades eran parejas. Creo que al final fue la propia voluntad de Terror Verde —su odio al señor Indrasil— lo que inclinó la balanza. El felino empezó a avanzar, sus ojos como ardientes faros infernales. Y algo extraño comenzó a sucederle al señor Indrasil. Parecía plegarse sobre sí mismo, encogerse como un acordeón. La camisa de seda se deformó, el cabello negro y ondulante se transformó en un asqueroso hongo alrededor de su cuello. El señor Legere gritó algo y, simultáneamente, Terror Verde saltó. No vi lo que siguió. Un instante después, una fuerza tremenda me derribó y caí al suelo de espaldas. Tuve la sensación de que extraían todo el aire de mi cuerpo. Desde un ángulo absurdamente inclinado tuve un atisbo de una inmensa tromba ciclónica, y entonces descendió la oscuridad. Cuando desperté me vi en mi camastro, detrás de los arcones para guardar el grano en el remolque que servía como almacén general. Me sentía como si me hubiera aporreado el cuerpo con mazas de gimnasia acolchadas. Apareció Chips Baily, con el rostro cejijunto y pálido. Vio que tenía los ojos abiertos y sonrió aliviado. —No sabía si ibas a despertar alguna vez. ¿Cómo estás? —Dislocado —le dije—. ¿Qué ocurrió? ¿Cómo llegué aquí? —Te encontramos al lado del remolque del señor Indrasil. El tornado casi se te llevó de recuerdo, muchacho. Al oír el nombre del señor Indrasil, huyeron mis espantosos recuerdos. —¿Dónde está el señor Indrasil? ¿Y el señor Legere? Su mirada se volvió sombría y empezó a responder con evasivas. —Habla sin tapujos —le dije, irguiéndome penosamente sobre un codo—. Tengo que saberlo, Chips. Necesito saberlo. Algo en mi rostro debió decidirle. —De acuerdo, pero esto no es exactamente lo que les dijimos a los policías… De hecho, apenas les contamos nada. Sería estúpido hacer creer que estamos locos. En cualquier caso, Indrasil se ha ido. Ni siquiera sabía que ese Legere estaba por aquí. —¿Y Terror Verde ? La mirada de Chips volvió a oscurecerse. —Él y otro tigre lucharon a muerte. —¿Otro tigre? No hay otro… —Sí, pero encontraron a dos, tendidos en la sangre de ambos. Ha sido un endiablado estropicio. Se desgarraron la garganta mutuamente. —¿Qué…, dónde…? —¿Quién sabe? Les dijimos a los policías que teníamos dos tigres. Así es más sencillo todo. Y antes de que pudiera decir otra palabra, Chips me dejó. Así termina mi relato…, aunque he de añadir un par de cosas. Recordé las palabras que gritó el señor Legere antes de que llegara el tornado: «¡Cuando un hombre y un animal viven en la misma concha, Indrasil, los instintos determinan el molde!». La otra cosa es lo que me mantiene despierto por las noches. Más tarde Chips me lo dijo, sin darle mayor importancia. Lo que me dijo fue que el extraño tigre tenía una larga cicatriz en la nuca. FIN Autor: Stephen King Título: La noche del tigre Título Original: The Night of the Tiger Publicado en: The Magazine of Fantasy and Science Fiction, febrero de 1978 Traducción: Jordi Fibla Feito
- "El vampiro", cuento de John William Polidori
El vampiro John William Polidori Por aquel tiempo, en medio de la disipación habitual del invierno londinense y entre las numerosas reuniones a que la moda obligaba en la época, apareció un Lord aún más notable por sus particularidades que por su rango. Su mirada se cernía sobre la alegría general que se desataba a su alrededor, con esa indiferencia propia de quienes no participarán de ella en el futuro. Podría decirse que sólo la graciosa sonrisa de la belleza era capaz de llamar su atención, y aun así únicamente para destruirla con una mirada sobre los labios encantadores que la dibujaran, provocando un escalofrío en el corazón allí donde sólo había reinado el afán de placer. Las mujeres que sentían esta terrible sensación no hubieran podido decir de dónde provenía. Algunas, sin embargo, la atribuían a sus ojos, de un gris apagado, que, cuando se detenían sobre los rasgos de una persona, parecían no penetrar hasta e’ último recodo del corazón y antes bien dijérase que se desplomaba sobre la tez como un pesado rayo que se arrastrara sin poderla atravesar. Su originalidad le hizo ser invitado por todos: cada quién deseaba conocerlo, y todos aquellos que tiempo atrás fueron partidarios de las emociones fuertes se felicitaban por haber encontrado al fin algo capaz de avivar su ánimo apelmazado. Su rostro era regularmente bello, a pesar del tinte sepulcral que dominaba sus rasgos, jamás animados por ese amable rubor fruto de la modestia o de las emociones provocadas por la pasión. Las mujeres que, siguiendo la moda, se sentían ávidas de cualquier deshonrosa celebridad, se disputaban su conquista o, al menos, la obtención de alguna muestra de lo que ellas llamaban inclinación. Lady Mercer, que, tras la muerte de su esposo había alcanzado la vergonzosa gloria de eclipsar, en los círculos sociales, la desordenada conducta de sus competidoras, se lanzó a su conquista e hizo cuanto pudo, aunque en vano, por llamar su atención. El impudor de Lady Mercer viose coronado por el fracaso y optó por renunciar a su empresa. Sin embargo, aunque no se dignaba dirigir una mirada siquiera a las mujeres perdidas que diariamente encontraba, la belleza no le era indiferente; aun así, pese a que jamás se dirigía sino a la mujer virtuosa o a la joven inocente, lo hacía con tanto misterio que pocas personas sabían que solía charlar algunas veces con el bello sexo. Sus palabras tenían un encanto irresistible: bien porque lograran hacer olvidar el temor que inspiraba al principio, bien a causa de su repulsa aparente por el vicio, el caso era que lo deseaban tanto las mujeres cuyas virtudes son el ornamento de su sexo como aquéllas que lo deshonran. Por aquel entonces llegó a Londres un joven caballero llamado Aubrey: era huérfano, tenía una sola hermana y poseía grandes riquezas heredadas por la prematura muerte de sus padres, apenas cuando él era niño. Sus tutores, ocupados excesivamente en el cuidado de su fortuna, lo abandonaron a sí mismo o, cuando menos, remitieron la importante carga de su educación a mercenarios subalternos. El joven Aubrey se preocupó más de cultivar su imaginación que su juicio. Ésta era la causa de que poseyera ese exaltado sentimiento romántico del honor y la pureza, que arruina a tantos jóvenes alocados. Creía que todo el mundo amaba la virtud y que el vicio no había sido concedido por la Providencia más que para obtener un efecto pintoresco: pensaba que la miseria de una choza no era sino puramente ideal y que la vestimenta del campesino no era tan cálida como la del hombre voluptuoso sino para deleitar el ojo del pintor, a causa de sus pliegues irregulares y sus abundantes remiendos de diversos colores, que representan los sufrimientos del pobre tan a la perfección. Pensaba, en definitiva, que los sueños de los poetas constituyen las realidades de la vida. Era buen mozo, sincero y rico: por estos motivos, al incorporarse a los círculos del gran mundo, se vio rodeado por multitud de madres que pugnaban por quién le describiría con menos veracidad las cualidades que mínimamente se exigen para el placer; mientras tanto, las hijas, con el semblante trastocado al advertir su presencia y la mirada chisporroteante cuando se les acercaba, pronto lo indujeron a falsas nociones respecto a sus méritos y talento; y aunque nada en el mundo viniera a confirmar la veracidad del folletín que había creado en su soledad, su vanidad satisfecha fue como una especie de compensación por este desajuste. Estaba a punto de abandonar sus ensueños, cuando el ser extraordinario que hemos descrito más arriba vino a cruzarse en su camino. Se dedicó a estudiarlo y la misma imposibilidad de formarse una idea del carácter de un hombre totalmente encerrado en sí mismo y que no daba muchas muestras de su observación de los objetos exteriores fuera de un tácito asentimiento ante su existencia, esta misma imposibilidad, repetimos, permitió a Aubrey dar libre curso a su imaginación para forjarse un retrato de todo cuanto halagaba su propensión por las ideas extravagantes, y en poco tiempo convirtió a tan singular personaje en un héroe novelesco, viendo más en él la criatura de su imaginación que la realidad que se mostraba a sus ojos. Se relacionó con el extraño y poco a poco tuvo muchas atenciones para con él, e hizo tantos progresos en sus contactos que su presencia era siempre reconocida. No tardó mucho en saber que los asuntos de Lord Ruthwen estaban en apuros y, a tenor de los preparativos que vio en su hotel, advirtió que se disponía a viajar. Deseoso de obtener alguna información más precisa sobre este extraño personaje que hasta el presente se había limitado a espolear la curiosidad del joven sin satisfacerla, Aubrey hizo saber a sus tutores que ya era tiempo de comenzar su gira por Europa, costumbre ésta adoptada años atrás por nuestros jóvenes y que no les ofrece más beneficio que el precipitarse rápidamente en la carrera de la depravación, a fin de situarse en condiciones de igualdad con sus mayores, en espera de parecer de vuelta de todo ante las intrigas escandalosas y los eternos temas de burla y alabanza tan frecuentes en los salones. Los tutores dieron su consentimiento e inmediatamente participó a Lord Ruthwen de sus propósitos, sorprendiéndose agradablemente al recibir invitación de viajar con él. Aubrey, halagado por tal muestra de aprecio por parte de un hombre que parecía no tener nada en común con la especie humana, aceptó con alegría la propuesta y a los pocos días nuestros dos viajeros habían cruzado las aguas. Hasta aquí, Aubrey no había tenido ocasión de estudiar a fondo el carácter de Lord Ruthwen y ahora se percataba de que, si bien muchas de sus acciones ocurrían ante sus ojos, los resultados ofrecían conclusiones que diferían de los motivos aparentes de su comportamiento: su compañero de viaje llevaba su liberalidad hasta lo exhaustivo: el ocioso, el vagabundo y el mendigo recibían de sus manos socorros más que suficientes para satisfacer sus necesidades inmediatas; pero Aubrey comprobaba con dolor que no eran las gentes virtuosas reducidas a la indigencia, por la desgracia más que por el vicio, las favorecidas por su misericordia: rechazando a estos desdichados de su puerta, apenas podía él reprimir una leve sonrisa de sarcasmo; y cuando el hombre intemperante venía hasta él, no para recibir alivio de sus necesidades sino para aumentar sus medios de prolongar su molicie y su depravación, se le hacía partir con generosas dádivas. Aubrey, sin embargo, creía su deber atribuir esta discriminación exagerada en las limosnas a la mayor importunidad de los viciosos que, la mayoría de las veces, obtienen preferencia ante la modesta timidez de los virtuosos indigentes. Empero, había una característica en la caridad de Lord Ruthwen que impresionaba todavía más al joven Aubrey: todos los favorecidos por tal generosidad acababan convencidos invariablemente de que semejante ejercicio iba acompañado de una maldición inevitable; todos acababan pronto por ser conducidos al patíbulo o a la más abyecta miseria: en Bruselas y otras ciudades que atravesaron, Aubrey contempló con sorpresa la especie de avidez con que su compañero investigaba los centros de la depravación: en las casas de juego, se lanzaba rápidamente a la mesa de faraón; apostaba y jugaba siempre con éxito, excepto en aquellas ocasiones en que tropezaba con un tahúr conocido, circunstancia que le hacía perder más de lo que había ganado; todo sucedía sin la menor alteración de su rostro y con aquel aire indiferente que adoptaba frente a cualquier vicisitud, salvo cuando se enfrentaba al joven sin experiencia o al infortunado padre de familia numerosa; en tales casos el destino parecía barajarse entre sus manos: dejaba de lado su tradicional impasibilidad y su mirada chispeaba con mayor fuego que la del gato que contempla entre sus patas al agonizante ratón. Al partir de las ciudades, el joven inexperto, rico antes de su llegada, quedaba arrancado del círculo del que fuera ornato, maldiciendo en la soledad de algún calabozo el hado implacable que le había puesto al alcance de tal demonio; en tanto que el padre, desolado, deploraba entre sus hambrientos hijos no haber sabido conservar, de entre toda su inmensa fortuna, el menor óbolo con que aplacar sus imperiosas necesidades. Lord Ruthwen, sin embargo, abandonaba la mesa de juego sin un céntimo, pues se dedicaba inmediatamente a perder, ante el destructor de la fortuna de una mayoría de desdichados, hasta la última moneda que acababa de arrancar a la inexperiencia, pues aunque poseía un cierto grado de habilidad, era incapaz de enfrentarse, casi siempre, a la astucia de los tahúres experimentados. A menudo Aubrey deseó reprochar a su amigo tamaño comportamiento, rogándole que renunciara a la caridad y al ejercicio de un pasatiempo que comportaban la ruina de todos y no redundaba en su beneficio propio; pero día a día retardaba sus reconvenciones, aguardando el momento en que su amigo propiciara una charla franca y sincera; sin embargo, esta ocasión no se presentó jamás. Lord Ruthwen, en su coche o en medio de los exuberantes escenarios de la naturaleza silvestre, era siempre el mismo; sus ojos no manifestaban más palabras que sus labios; y si bien convivía con quien de tal manera excitaba su curiosidad, Aubrey no recibía a cambio sino la constante punzada de su impaciencia, ávida de solucionar el misterio que envolvía a aquel personaje que su imaginación exaltada se representaba de más a mayor como sobrenatural. Pronto llegaron a Roma y Aubrey perdió de vista a su compañero por algún tiempo; lo dejaba todos los días en la tertulia matutina de una condesa italiana, en tanto que él prefería abandonarse al itinerario escultórico y arquitectónico de la ciudad. Mientras esto ocurría le llegaron algunas cartas de Inglaterra, que procedió a abrir con impaciencia. Una de ellas estaba firmada por su hermana y no contenía sino la expresión de su gran afecto; las otras eran de sus tutores y lo que en ellas se leía no dejó de sorprenderle; si ya antes había penetrado en su imaginación la sospecha de que su compañero de viaje estaba dotado de alguna maléfica influencia, estas cartas vinieron a proporcionarle una garantía de la veracidad de sus presentimientos. Sus tutores insistían en que debía separarse inmediatamente de su amigo y hacían hincapié en la especial depravación de su carácter, unida a ciertos irresistibles poderes de seducción que convertían cualquier trato con él en tanto más peligroso. Sabíase, luego de su partida, que su desprecio por las mujeres perdidas no tenía origen en la execración del vicio; antes bien, para que sus deseos fueran plenamente satisfechos, era necesario que su víctima, partícipe de su crimen, fuera precipitada desde el pináculo de una intacta virtud hasta el fondo del abismo de la infamia y la degradación. Se había observado, asimismo, que todas aquellas mujeres a las que se había dirigido en apariencia a causa de su casta conducta, habían abandonado su máscara después de su partida y expuesto sin escrúpulo a todo el mundo la total deformidad de sus costumbres. Aubrey se decidió a abandonar a un personaje cuyo carácter no había mostrado hasta el momento el menor punto brillante sobre el que detenerse. Determinó inventarse algún plausible pretexto que le permitiera alejarse de él para siempre, proponiéndose mientras tanto observarlo más de cerca y prestar atención a sus menores detalles. Frecuentó el mismo círculo de amistades que Lord Ruthwen y no pasó mucho tiempo sin que llegara a advertir que su compañero tendía a abusar de la inexperiencia de la hija de la dama cuya casa visitaba con mayor asiduidad. En Italia es raro encontrar en sociedad una muchacha todavía por casar. Lord Ruthwen estaba, pues, obligado a llevar sus planes en secreto; pero la mirada de Aubrey siguió todas sus vueltas y descubrió que había concertado una cita, previendo que la total ruina de la joven imprudente sería el implacable resultado. Sin perder un instante, penetró en el gabinete de su compañero y le preguntó bruscamente sobre sus intenciones a propósito de la joven, previniéndole al mismo tiempo que sabía con certeza la existencia de una cita para aquella misma noche. Lord Ruthwen replicó que sus intenciones eran las naturales que suelen acontecer en casos semejantes; y, viéndose presionado a confesar si sus miradas eran legítimas, su única respuesta fue una maligna sonrisa. Aubrey se retiró y, luego de dirigirle una nota en la que renunciaba desde entonces a ser su compañero de viaje, ordenó a su criado que le proporcionase otro alojamiento, y se presentó sin perder un instante en casa de la madre de la muchacha para comunicarle no solamente lo que había descubierto sobre su hija sino también cuanto sabía desfavorablemente de las costumbres de Lord Ruthwen. El aviso llegó a tiempo para hacer fracasar la proyectada cita. Al día siguiente, Lord Ruthwen escribió a Aubrey notificándole que daba su asentimiento a la separación, pero sin dar a entender que sospechaba su intervención en el fracaso de su intriga. Tras salir de Roma, Aubrey orientó sus pasos hacia Grecia y, atravesando el golfo, pronto se vio en Atenas. Fijó entonces su residencia en la casa de un griego y no se ocupó más que de buscar los restos de pasadas glorias en monumentos que, al parecer avergonzados ahora de exhibir ante un pueblo yugado los gloriosos testimonios de las hazañas de los hombres libres, parecían querer hundirse en las entrañas de la tierra o esconderse de las miradas bajo un espeso musgo. Bajo su mismo techo moraba una joven de formas tan bellas y delicadas que habría podido servir de modelo a cualquier pintor ávido de plasmar sobre la tela la hurí prometida por Mahoma en su paraíso; ¡imposible, no obstante!: sus ojos poseían una expresión que jamás pertenecería a esas bellezas que el Profeta representa como carentes de alma. Cuando Ianthe danzaba en la llanura o correteaba por la ladera de las montañas, dijérase que la gacela no era sino la torpe imitación de sus gráciles movimientos. ¿Y quién, sino el discípulo de Epicuro, habría preferido la mirada animada y celeste de la una a los ojos voluptuosos aunque terrestres de la otra? Esta amable ninfa acompañaba siempre a Aubrey en sus recorridos de anticuario. ¡Y cuántas veces, ignorando sus propios encantos, lanzada a la persecución de alguna brillante mariposa, desplegaba toda la belleza de su talle encantador, flotaba de tal manera a los suaves embates del céfiro y a las ávidas miradas del joven extranjero, que éste se olvidaba al instante de las letras casi borradas por el tiempo que con tanto esfuerzo había logrado extraer del mármol, no contemplando sino sus formas hechiceras! ¡Cuántas veces, mientras Ianthe revoloteaba a su alrededor, su larga cabellera articulada en trenzas onduladas de brillante oro flotando sobre la espalda, ofrecía al joven la excusa necesaria para abandonar sus búsquedas científicas y dejar escapar de su mente el texto de una inscripción que acababa de descubrir y que un instante antes su importancia para la interpretación de un pasaje de Pausanias había relampagueado ante sus ojos! Mas, ¿por qué intentar describir unos encantos más fáciles de sentir que de apreciar? Inocencia, juventud, belleza, todo en ella respiraba ese frescor casi perdido de la Naturaleza, tan extraño a la afectación de nuestros salones de moda. Mientras Aubrey dibujaba las ruinas de las que deseaba conservar un recuerdo para el futuro, la muchacha se mantenía a su lado y contemplaba los mágicos efectos del lápiz que iba perfilando los escenarios de su país natal. Ella entonces le describía, con todo el fuego de una memoria todavía fresca, la ligera danza que había ejecutado con sus compañeras sobre el verde césped de los alrededores o la pompa de las fiestas nupciales que en su infancia presenciara. En otras ocasiones, cuando sus recuerdos regresaban sobre los puntos que más hondamente la habían impresionado, le explicaba las leyendas sobrenaturales que su nodriza cercara en torno a su desvalida infancia. La solemnidad de su tono, la sinceridad de su aspecto, espolearon el corazón del muchacho conduciéndolo hasta una tierna compasión; y, a menudo, cuando le contaba la historia del vampiro viviente que había cernido su maldición sobre sus amigos y parientes más queridos, alimentándose con la vida de una hermosa mujer para prolongar su existencia durante cada año implacablemente, la sangre helábase en sus venas y trataba de apartarla de tan vanas fantasías con sus alegres carcajadas; pero Ianthe respondía, a modo de prueba, citando el nombre de algunos ancianos que lograron descubrir la presencia del vampiro, sin poder evitar a cambio la pérdida de varias de sus hijas, sacrificadas al horrible apetito del monstruo; y, obligada por el aparente escepticismo de Aubrey, le suplicaba encarecidamente que tuviera fe en sus relatos, pues habíase observado que justamente aquellos que osaban poner en duda la existencia de los vampiros no pudieron evitar el derrumbe de su incredulidad en virtud de alguna mortal experiencia. Ianthe comenzó a describirle el aspecto exterior que convencionalmente se atribuía a tales monstruos y la impresión de horror que tanto había marcado el ánimo de Aubrey viose aún más fortalecida por la identificación que, de una manera incontenible, estaba realizando con Lord Ruthwen. Aubrey sentía aumentar más y más la atracción que experimentaba por Ianthe; su inocencia, tan opuesta a las fingidas virtudes de las mujeres entre las que buscara antes su romántico ideal, seducía incesantemente sus sentidos; y al tiempo que imaginaba lo ridículo que resultaría el matrimonio entre un joven educado a la inglesa y una campesina griega analfabeta, no podía evitar sentirse cada vez más atraído por la encantadora joven con quien pasaba momentos tan deliciosos. A veces conseguía alejarse de ella, y, trazándose un plan para el estudio de las antigüedades, marchábase decidido a no regresar hasta haber alcanzado su objetivo; pero resultábale imposible prestar atención a las ruinas de los alrededores, en tanto la imagen de Ianthe siguiera dueña de sus pensamientos. Ignorando el amor que le había inspirado, ella mantenía siempre con él la misma infantil franqueza que había mostrado desde el primer encuentro. Parecía no querer separarse de él sino con gran desazón, y ello únicamente porque no disponía de ningún otro compañero con el que vagar por sus lugares favoritos, en tanto que Aubrey, no muy lejos de ella, se ocupaba en descubrir algún fragmento escapado a la guadaña destructora del tiempo. Como testimonio de lo que había dicho a Aubrey sobre los vampiros, apeló a su padre y a su madre, quienes, así como algunas otras personas que estaban presentes, palidecieron de horror ante la sola mención del nombre infernal. Poco tiempo después, Aubrey decidió emprender una excursión que debía tenerle ocupado por varias horas: cuando sus huéspedes le oyeron mencionar el lugar, de común acuerdo se lanzaron a suplicarle que regresara a Atenas antes de la caída de la noche; pues en su trayecto, dijéronle, debía cruzar un bosque por el que nadie, en toda Grecia, osaría pasar después del ocaso. Se lo describieron como punto de reunión de los vampiros para sus orgías nocturnas y le afirmaron que cualquiera que acertara a cruzarse en su camino sería víctima de los peores peligros. Aubrey contestó con ligereza a sus admoniciones y aun intentó hacerles notar el absurdo de semejantes creencias; sin embargo, cuando los vio estremecerse de terror ante su audaz desprecio por un poder infernal e irresistible, ante cuyo solo nombre había que temblar, optó por callarse. A la mañana siguiente, Aubrey se puso en camino sin ninguna compañía; al partir, observó con pena y sorpresa el aire melancólico de sus anfitriones y la impresión de terror que sus bromas sobre la existencia de los vampiros había producido en sus facciones. Ya sobre su caballo, pronto a marcharse, Ianthe se llegó hasta él y le rogó angustiada que volviera antes que la caída de la noche permitiera entrar en acción el poder de los monstruos. Aubrey prometió hacerle caso; pero sus búsquedas científicas absorbieron de tal manera su atención que ni advirtió la próxima muerte del día ni la presencia en el horizonte de una de esas nubes que en los climas tórridos se vuelven precipitadamente portentosa masa de nubarrones que derraman su furor sobre los campos desolados. Finalmente, se decidió a montar a caballo, decidido empero a compensar su demora con la urgencia de la velocidad. Pero pronto advirtió que ya era demasiado tarde. El crepúsculo es algo desconocido en los climas meridionales y la noche comienza en el mismo momento de ponerse el sol. Antes de que Aubrey recorriera algún trecho apreciable, la tormenta estalló sobre los árboles del bosque en que se encontraba. Los truenos estallaban repetidas veces y su estampido se rompía en numerosos ecos sin apenas conceder un segundo al silencio. La lluvia caía a torrentes sobre el joven en tanto los relámpagos inundaban el paisaje de cárdenos destellos; el mismo rayo venía a caer a sus pies. El caballo, espantado, lo arrastró hacia lo más espeso del bosque hasta que, agotado, se detuvo, y Aubrey, a la luz de los relámpagos, pudo descubrir una choza en las cercanías, casi cubierta por las hojas secas y la maleza. Desmontó y se acercó, esperando encontrar a alguien que pudiera conducirle hasta el pueblo o, al menos, darle refugio contra la tormenta. Mientras se aproximaba, en un intervalo entre dos truenos, alcanzó a escuchar los desesperados alaridos de una mujer acompañados de una sofocada pero triunfante carcajada, que parecía prolongarse indefinidamente; asustado, Aubrey dudó si debía entrar o no; pero un trueno que descargó su violencia sobre su cabeza logró sacarle de dudas y, armándose de valor, franqueó el umbral de la cabaña. Se encontró en medio de las tinieblas: el ruido, sin embargo, lo orientó. Aparentemente, su presencia había pasado inadvertida y por muchas llamadas que hizo no obtuvo la menor respuesta. Se encontró de pronto con que estaba tocando un cuerpo, lo aferró bruscamente y entonces estalló junto a él una espeluznante carcajada, al tiempo que una voz horrible dejaba escapar estas palabras: —Nuevamente burlado… Repentinamente se sintió aferrado por una fuerza que parecía sobrenatural. Decidido a vender cara su vida, luchó aunque en vano: fue alzado en vilo y arrojado con enorme brío contra el suelo. Su enemigo cayó sobre él y, poniéndole una rodilla sobre el pecho, llevaba ya sus manos a la garganta del muchacho cuando un violento resplandor de antorchas vino a interrumpirle; se levantó al instante y, abandonando su presa, lanzóse a través de la puerta: el ruido producido al abrirse paso por entre la espesa maleza cesó de oírse en pocos momentos. La tormenta habíase apaciguado y los recién llegados alcanzaron a oír desde el exterior los lamentos de Aubrey, incapaz de moverse. Penetraron en la choza: las luces de sus antorchas iluminaron la musgosa techumbre y pronto se vieron todos cubiertos de copos enhollinados. A petición de Aubrey fueron en busca de la mujer cuyos gritos habíanle atraído; y a medida que los hombres se alejaban, las tinieblas regresaron progresivamente a su alrededor: pero, pronto, ¡con qué horror pudo contemplar el cuerpo inanimado de la encantadora Ianthe, transportado a la luz de las antorchas! Inútilmente intentó cerrar los ojos ante semejante pesadilla, creyéndola fruto de su trastornada imaginación; pero cuando volvió a abrirlos, vio de nuevo los restos de su amada, tendida en tierra junto a él: las delicadas mejillas y los inocentes labios que antaño hubieran avergonzado a las rosas hallábanse ahora sepulcralmente pálidos: y sin embargo aún podía verse una admirable calma sobre los rasgos encantadores de Ianthe, casi tan atractiva ahora como lo fuera en otro tiempo. Manchas de sangre aparecían por cuello y pecho y en su garganta podían verse los pérfidos estigmas de los dientes que habían abierto sus venas: los aldeanos que habían traído el cuerpo, señalando las funestas señales, aturdidos repentinamente por un atávico terror, exclamaron: —¡Un vampiro! ¡Un vampiro! Construyeron unas parihuelas y en ellas colocaron a Aubrey junto a la que otrora había sabido constituirse para él en objeto de sueños felices y pletóricos de delicias insospechadas, cuya vida acababa ahora de ser truncada en flor. El espíritu de Aubrey quedó turbado e incapaz de ordenar sus pensamientos, prefiriendo más bien refugiarse contra la desesperación en una total ausencia de sensaciones. En una mano, casi inconscientemente, sostenía una daga desnuda, de curioso diseño, que había encontrado en la choza sin saber cómo; pronto el triste cortejo se encontró con otros aldeanos que una madre alarmada había instado al rastreo de su querida hija; pero los llantos que acompañaban la desolada tropa, en aumento a medida que se acercaba a la aldea, fueron para esta madre y su marido infortunado la avanzadilla de alguna terrible catástrofe. Sería imposible describir su pesar y su angustia; cuando descubrieron el cuerpo de su adorada hija, miraron a Aubrey, le hicieron observar los indicios espantosos de la causa de su muerte y ambos expiraron de desesperación. Aubrey, tendido sobre su lecho, fue presa de violenta fiebre y a menudo de delirio, en medio del cual llamaba a Lord Ruthwen tanto como a Ianthe. Unas veces suplicaba a su antiguo compañero que se compadeciera de aquella que amaba; otras lo llenaba de imprecaciones y lo acusaba de ser el destructor de su felicidad. Lord Ruthwen se encontraba por aquel tiempo justamente en Atenas; y, habiendo tenido conocimiento de la triste situación de Aubrey, por algún motivo ignorado vino a albergarse bajo su mismo techo, deviniendo su asiduo compañero. Cuando el joven salió de su delirio, estremeciose de horror ante la presencia de aquel cuya imagen permanecía ahora confundida, en el fondo de su ser, con la del vampiro; pero Lord Ruthwen, mediante su tono persuasivo y en virtud de su semilamentación sobre el incidente que había provocado su ruptura, y, más aún, por las atenciones prodigadas a Aubrey, consiguió restablecer de alguna manera su prestigio. Lord Ruthwen parecía totalmente cambiado; ya no daba la impresión de ser el individuo apático que conociera Aubrey; pero tan pronto la convalecencia de éste comenzó a tomar visos de desaparición, advirtió que su compañero regresaba a sus antiguos hábitos y volvió a encontrarse con el hombre de su relación primera, tanto que Aubrey advirtió con sorpresa que Lord Ruthwen parecía lanzar sobre él una mirada penetrante mezclada con una cruel sonrisa que jugueteaba entre sus labios. No sabía la causa, pero aquella sonrisa lo obsesionaba. Se perdía en razones sobre la intención de tan espantosa mueca, tan a menudo reiterada. Cuando Aubrey alcanzó el último estadio de su recuperación, Lord Ruthwen, separado poco a poco de él, se entregaba aparentemente a la tarea de observar las olas levantadas por la refrescante brisa, o bien en seguir el progreso de esas órbitas que, al igual que nuestro mundo, giran alrededor de un sol inmóvil; pero, a decir verdad, más bien daba la impresión de querer alejarse de los ojos ajenos. La conmoción había debilitado sobremanera la cabeza de Aubrey; aquella agilidad de espíritu, que tanto había brillado en él en otro tiempo, parecía ahora haberse desvanecido para siempre. Habíase convertido en un ser tan amante del silencio y la soledad como el mismo Lord Ruthwen. Pero en vano perseguía esa soledad: ¿podía acaso existir para él en el paisaje ateniense? La buscaba entre las ruinas que antes había frecuentado y la imagen de Ianthe lo acompañaba como tantas veces; la buscaba en lo más profundo de los bosques e imaginaba ver todavía el leve paso de la ligera Ianthe, perdida entre flores, en busca de la modesta violeta; y repentinamente su ensombrecida memoria se la devolvía con el rostro pálido, la garganta ensangrentada y los labios descoloridos, aunque una sonrisa siempre amable venía a socorrerla a pesar de todo. Por fin determinose a huir de los parajes a cuyo contacto fluía un torrente de dolorosos recuerdos. Propuso a Lord Ruthwen, con quien sentíase en deuda por la tierna atención que le dispensara durante su enfermedad, el proyecto de seguir recorriendo juntos aquellos lugares de Grecia que aún no conocían. Partieron, pues, y marcharon en busca de aquellos parajes capaces de suscitar un recuerdo antiguo; pero, aunque corrían incansablemente de un lugar a otro, parecía que ninguno de los dos se sentía con ánimo de prestar verdadera atención a los variados objetos que caían bajo sus ojos. Oyeron hablar con frecuencia de los salteadores que infestaban el país; pero, poco a poco, acabaron por desoír semejantes informes, atribuyéndolos a la imaginación de las gentes interesadas en excitar la generosidad de aquellos a quienes pretendían defender de los supuestos peligros. En una ocasión, como consecuencia de haber pasado por alto las advertencias de los aldeanos, se atrevieron a viajar con una escolta bien poco numerosa, inhábil para cualquier defensa. En el momento de penetrar por un estrecho desfiladero, en cuyo fondo corría un torrente confundido entre las masas de rocas, se arrepintieron de su imprudente confianza; apenas había entrado toda la partida por tan angosto paso, una granizada de proyectiles comenzó a silbarles los oídos, en tanto miles de ecos devolvían el tronar de los disparos. Pronto una bala fue a incrustarse en la espalda de Lord Ruthwen, que cayó abatido. Aubrey corrió a socorrerlo; y ya sin prestar la menor atención al altercado o a su propia temeridad, se encontró de repente rodeado por los asaltantes. La escolta, tan pronto vio caer a Lord Ruthwen, había depuesto las armas y pedido cuartel. Con la promesa de una fuerte recompensa, Aubrey convenció a los bandoleros para que ayudaran al traslado del cuerpo de su amigo a una cabaña vecina; y, en tanto convino con ellos el precio del rescate, dejó de ser importunado por su presencia; los bandidos se turnaron en la vigilancia de la choza hasta que regresara uno de ellos, mensajero enviado a una ciudad próxima con una nota firmada por Aubrey para su banquero. Las fuerzas de Lord Ruthwen se agotaron rápidamente; al cabo de dos días apareció la gangrena y el momento de su extinción parecía avanzar a pasos agigantados. Su manera de ser y sus rasgos eran, sin embargo, siempre los mismos. Podría decirse que era tan indiferente al dolor como antes lo había sido a cuanto pasaba en su entorno; sin embargo, hacia el final del segundo crepúsculo pareció preocupado por alguna idea dolorosa; sus ojos dirigíanse con frecuencia hacia Aubrey, quien comenzó a cuidarlo con asiduidad aún mayor que la habitual. —¡Vos queréis ayudarme! —dijo a su amigo—. ¡Vos podéis salvarme! Y aún podríais hacer mucho más. No estoy hablando de mi vida: contemplo su fin con tanta indiferencia como el final de cualquier día cotidiano. ¡Pero aún podéis salvar mi honor, el honor de vuestro amigo! —¿Y cómo, decidme, cómo puedo hacerlo? —respondió Aubrey—. ¡Haría cualquier cosa por seros útil! —Es bien poco lo que tengo que pediros —replicó Lord Ruthwen—. Mi vida declina rápidamente y ya no me queda tiempo para exponeros mi pensamiento; pero si quisierais ocultar todo cuanto sabéis de mí, mi honor quedaría al abrigo de cualquier sospecha mundana; y si mi muerte fuera ignorada durante algún tiempo en Inglaterra… —¡La ocultaré! —dijo Aubrey. —¿También mi vida? —exclamó Lord Ruthwen. —Nada se sabrá de ella —añadió Aubrey. —¡Juradlo, pues! —exclamó su amigo agonizante, irguiéndose con un último esfuerzo ávido de alegría—. Juradlo por todo aquello que vuestra alma es capaz de reverenciar o temer, jurad que durante un año y un día vos guardaréis un silencio inviolable sobre todo cuanto sabéis de mis crímenes y sobre mi muerte, delante de cualquier persona, sea quien fuere, y ante cualquier acontecimiento por maravilloso o sorprendente que pudiera aparecer a vuestros ojos. —Y pronunciando estas palabras sus ojos parecían salirse de sus órbitas. —Lo juro —dijo Aubrey… Y Lord Ruthwen, dejándose caer sobre el lecho y convulsionado por una seca risa, exhaló su último suspiro. Aubrey se retiró para descansar pero no pudo dormir. Las extraordinarias circunstancias que habían acompañado toda su relación con Lord Ruthwen se presentaban involuntariamente a su impresionada memoria; y, cuando recordó su juramento, un escalofrío lo recorrió de arriba abajo, como si presintiera que algo horroroso le aguardaba. Levantose temprano a la mañana siguiente y ya iba a entrar en busca del cadáver cuando se encontró con uno de los bandidos que le informó sobre la retirada del cuerpo: según promesa hecha a Lord Ruthwen antes de morir, y mientras Aubrey descansaba, lo habían transportado a la cima de un monte próximo a fin de recibir el primer rayo de luna que surgiese después de su muerte. Aubrey quedó estupefacto, pero se sobrepuso y, reuniendo varios hombres, se decidió a subir hasta el lugar indicado para enterrar el cuerpo; pero, no bien hubo alcanzado la cima de la montaña, advirtió con sorpresa que el cadáver había desaparecido, así como sus ropas, a pesar de los juramentos de los bandidos que aseguraban que era aquél el lugar donde lo habían depositado. Durante un rato se perdió en conjeturas acerca de tan extraño suceso; pero, finalmente, se convenció a sí mismo de que los ladrones habían enterrado el cuerpo por su cuenta para apoderarse de sus ropas. Hastiado de un país donde había encontrado tan terribles catástrofes y donde todo parecía conspirar para incrementar aquella supersticiosa melancolía que había aturdido su espíritu, tomó la decisión de abandonar Grecia y pronto llegó a Esmirna. Allí, mientras esperaba el navío que debía llevarlo a Otranto o a Nápoles, se ocupó de la inspección de los diversos efectos que pertenecieran a Lord Ruthwen, ahora en su poder. Entre otras cosas vio un estuche que contenía varias armas ofensivas, todas ellas apropiadas para dar un rápido golpe de gracia sobre el pecho de las víctimas. Pudo observar algunas dagas; y, mientras las revolvía examinándolas, admirando sus curiosas formas, cuál no sería su sorpresa al encontrar una vaina adornada evidentemente con el mismo estilo que la daga que descubriera en la fatídica choza. Estremeciose ante este espectáculo y apresurándose a obtener nuevas pruebas que ratificaran la sospecha que ya nacía en su alma, buscó el arma y júzguese su horror cuando pudo comprobar que la daga, pese a su estrambótica forma, encajaba perfectamente en la vaina que sostenía entre las manos. Sus ojos no necesitaban más pruebas para confirmarle la terrible sospecha y parecían no poder separarse de aquel instrumento de muerte: sin embargo aún aspiraba a no creer en lo que tan evidente se ofrecía; pero aquella forma tan peculiar, aquella idéntica variedad de colores que ornaban mango y vaina de la daga y, más aún, algunas gotas de sangre adheridas a la hoja, no dejaban lugar a dudas. Aubrey partió de Esmirna y, al pasar por Roma, su primer acto fue obtener algún informe sobre la suerte de la muchacha que había estado a punto de caer bajo la seducción de Lord Ruthwen. Sus padres, dueños de una inmensa fortuna, habían caído ahora en extrema indigencia, y no sabían nada sobre el paradero de la hija después de la desaparición del amante. Su espíritu viose asaltado por el temor de que la joven romana hubiera sucumbido a manos del destructor de Ianthe. Bajo los embates de tantos horrores el corazón de Aubrey se tambaleó. Se volvió hipocondríaco y silencioso: su único cuidado era acelerar la velocidad de los postillones, como si tratara de salvar la vida de algún ser querido. Pronto llegó a Calais; una rápida brisa, que parecía obedecer sus deseos, lo condujo rápidamente a la costa inglesa; se apresuró entonces a regresar a la antigua mansión de sus padres y allí pareció olvidar por algún tiempo, gracias a los amorosos cuidados de su hermana, el recuerdo del pasado: si antaño habíase ganado ella su afecto por sus gentiles caricias infantiles, ahora, cuando había cumplido los dieciocho años, sus maneras habían adquirido con la edad un matiz más dulce y atractivo. Miss Aubrey no poseía esa gracia brillante que capta la admiración y el aplauso de un numeroso círculo. No tenía tampoco en su aspecto ese animado tinte que sólo existe en la atmósfera caldeada de los aposentos donde se apiña la gente. Sus grandes ojos azules no eran jamás visitados por esa despreocupada alegría que pertenece a la ligereza de espíritu; en cambio, había en su mirada un melancólico encanto que no parecía emanar del infortunio menos que de la esperanza en una vida futura, propia de un alma consciente de la existencia de comarcas más brillantes. No estaba dotada de ese paso ingrávido y etéreo propio de la mariposa o la flor en su suave palpitar. En definitiva, era sensata y reflexiva. En la soledad, sus rasgos jamás perdían esa seriedad que le era tan natural; pero cuando estaba junto a su hermano, mientras éste le expresaba su tierno afecto y se esforzaba por olvidar en su presencia esos pesares que ella sabía minaban su descanso, ¿quién desearía cambiar la sonrisa de agradecimiento de Miss Aubrey por la sonrisa de la voluptuosidad? Sus ojos, sus rasgos, respiraban entonces una celeste armonía con las dulces virtudes de su alma. Todavía no había realizado su entrada en el mundo, sus tutores habían preferido retardar ese acontecimiento hasta la vuelta del hermano, a fin de que éste pudiera servirle de protector. De modo que su introducción fue decidida para la próxima recepción quetendría lugar próximamente. Aubrey hubiera preferido no abandonar la mansión de sus antepasados para alimentar allí la melancolía que lo consumía sin cesar. No podía sentir interés alguno por las frivolidades de las elegantes desconocidas cuando su espíritu había sido tan duramente castigado por los acontecimientos de que fuera testigo y protagonista; pero decidió sacrificar su comodidad y sus gustos en beneficio de la protección debida a su hermana. Marcharon a Londres y se prepararon para la reunión que iba a tener lugar el día siguiente de su llegada. El gentío era prodigiosamente inmenso. Hacía tiempo que no se había celebrado ninguna reunión en la corte y allí estaban presentes todos cuantos se afanaban por obtener el favor de una sonrisa real. Mientras Aubrey se mantenía apartado, insensible a cuanto ocurría a su alrededor, y justamente cuando acaba de recordar que se trataba del mismo lugar en que conociera a Lord Ruthwen, se sintió repentinamente cogido del brazo, en tanto que una voz demasiado familiar deslizaba estas palabras en su oído: —¡Recordad vuestro juramento! Temblando ante la posibilidad de verse ante un espectro pronto a fulminarlo, apenas tuvo el valor suficiente para volverse y contemplar aquel mismo rostro que llamara su atención en otro tiempo, cuando tomara contacto por vez primera con esta sociedad. Lo contempló aterrorizado hasta que sus piernas se negaron a seguir sosteniéndole, obligándolo a buscar apoyo en el brazo de un cercano compañero, y, abriéndose paso por entre la multitud, se dejó caer en el interior de su coche. Ya en su casa, recorrió la habitación de un extremo a otro a grandes zancadas y se llevó las manos a la cabeza repetidas veces como si de esa manera la despojara de su capacidad de pensar. Lord Ruthwen aparecía de continuo ante sus ojos: las circunstancias se organizaban en su cerebro en un orden desesperante; la daga, el juramento… Avergonzado de sí mismo y de su credulidad intentó reanimar su abatido espíritu y persuadirse de la imposibilidad de lo que sus ojos habían visto: ¡salir un muerto de su tumba! Sólo su imaginación, indudablemente, era la responsable de haber evocado del sepulcro la imagen de un hombre que con pertinaz insistencia había ocupado su atención y su ánimo: al cabo, había terminado por convencerse de que el vano fantasma era realidad. Fuera como fuese, reanimado por estas reflexiones, decidió volver nuevamente a la vida de sociedad; pero, cuantas veces intentaba preguntar por Lord Ruthwen, tantas otras quedábase ese nombre congelado en sus labios, no pudiendo obtener así la menor información al respecto. Unas cuantas noches después asistió junto con su hermana a una brillante reunión que tenía lugar en casa de unos parientes próximos. La dejó bajo la protección de una dama de respetable edad, se retiró a un lugar apartado y allí se abandonó por entero al curso de sus pensamientos. Transcurrió un buen rato antes de advertir el gran número de gente que había abandonado el salón; abandonó su rincón con reticencia y al entrar en la pieza vecina contempló a su hermana rodeada de algunas personas, con las que parecía sostener una animada conversación; esforzábase por abrirse camino hasta ella cuando un hombre, al que pidió permiso para pasar, se volvió hacia el joven y le reveló sus temidas facciones. Enloquecido por esta fatal visión se precipitó hacia su hermana, la tomó de la mano y, a pasos precipitados, la llevó hasta la calle. En el umbral de la mansión viose detenido algunos instantes por la multitud de criados que esperaban a sus amos; y, mientras atravesaba sus filas, resonó en sus oídos la voz excesivamente conocida que derramaba las terribles palabras: —¡Recordad vuestro juramento! Aterrorizado, no se atrevió a volver la cabeza; acelerando la marcha, alcanzaron su coche y pronto llegaron a casa. La desesperación de Aubrey alcanzaba ahora los límites de la locura. Si ya con anterioridad su espíritu habíase mantenido absorto en la contemplación de un tema sin variantes, la certeza de que el monstruo seguía vivo lo golpeaba ahora sin descanso. Dejó de atender a las solícitas caricias de su hermana, que en vano le preguntaba por la causa del cambio que tan súbitamente habíase operado en él. No le respondía más que con algunas razones secundarias, suficientes sin embargo para llenar de inquietud el corazón de la muchacha. Cuanto más reflexionaba Aubrey sobre tan oscuro misterio, más preso se sentía entre los recodos de un intrincado laberinto. El pensamiento de su promesa le provocaba escalofríos. ¿Qué debía hacer? ¿Iba a permitir a este monstruo que rondara, trayendo la ruina con su aliento, a cuantas personas le eran queridas, sin impedir con sus palabras el proceso tal vez iniciado ya? ¡Su misma hermana podía ser tocada por él! Y si, rompiendo su juramento, descubriera las verdaderas razones de su temor, ¿quién le creería? A menudo pensaba en usar su propio brazo para librar al mundo de sujeto tan malvado: pero el hecho de que se tratara de un ser que había triunfado sobre la muerte acababa deteniéndolo. Durante muchos días permaneció en el mismo lamentable estado: encerrado en su habitación, no quería ver a nadie ni tomar alimento alguno hasta que su hermana, los ojos llenos de lágrimas, venía a rogarle que cuidara de su vida al menos por amor de ella. Por último, incapaz de soportar la soledad por más tiempo, abandonó la casa y se dedicó a recorrer las calles como si huyera de la imagen que lo perseguía obstinadamente. Con las ropas descuidadas, erraba de esta manera lo mismo bajo el fuego ardiente del sol del mediodía que a merced del helado rocío de la noche. Se volvió irreconocible; al principio regresaba a casa para dormir un rato; pero pronto dejó de hacerlo, echándose en cualquier sitio que encontrara cuando el abatimiento lo forzaba al descanso. La hermana, inquieta por los peligros que pudiera correr, quiso hacer que lo siguieran; pero Aubrey lograba siempre despistar a los encargados de su persecución y escapaba de ellos con la velocidad de una esperanza que desaparece. Sin embargo, su conducta experimentó un súbito cambio. Detenido por la insoportable idea de que su ausencia dejaba a sus seres queridos a merced de un monstruo cuya existencia ignoraban, decidió volver a la vida mundana para observarlo y advertir, pese a su juramento, a cualquier persona sobre la que Lord Ruthwen pudiera dirigir sus poderes. Pero cuando Aubrey entraba en un salón, su mirada de recelo era tan evidente, tan obvios sus involuntarios estremecimientos, que su hermana, a fin de evitarle la contemplación de un mundo que tanto lo afectaba, le rogó se abstuviera de sus visitas, aunque sólo fuera por condescendencia hacia ella. Cuando sus tutores advirtieron que los ruegos de la hermana caían en saco roto, juzgaron oportuno hacer intervenir su autoridad; temerosos de que Aubrey se encontrara al borde de alguna dolencia mental, decidieron que había llegado la ocasión de aceptar la responsabilidad delegada en ellos por sus padres. Deseosos de librarle de los padecimientos que había encontrado diariamente en sus vagabundeos y para ocultar a los ojos del mundo lo que ellos consideraban síntomas de locura, contrataron a un médico para que residiera en la casa y se cuidara de él constantemente. Aubrey casi ni se enteró de todas estas medidas tomadas a sus espaldas: de tal manera se encontraba encerrado en sus propias reflexiones. Enclaustrado en su habitación, pasaba días enteros en un estado de mudo estupor del que nada lograba sacarlo. Había adquirido un aspecto pálido y demacrado; sus ojos ya sólo tenían una vidriosa y fija mirada: el único signo de afecto y recuerdo de que era capaz surgía ante la presencia de Miss Aubrey; entonces se estremecía de espanto y, tomando las manos de su hermana con una expresión que llenaba de dolor su corazón, le dirigía estas palabras sin dilación: —¡Oh, no lo toquéis! ¡Si alguna piedad, si alguna amistad sentís por mí, no os acerquéis a él! Y, sin embargo, cuando ella le suplicaba que le aclarase al menos de qué estaba hablando, la única respuesta era: —¡Es demasiado cierto! ¡Es demasiado cierto! —Y regresaba al hermetismo del que nadie era capaz de sacarlo. Este estado tan penoso había durado varios meses; no obstante, mientras el ciclo del año fatal llegaba a su término, la incoherencia de su comportamiento volvíase menos alarmante; su espíritu parecía volver a una disposición menos sombría y sus tutores observaron que varias veces al día hacía cálculos con los dedos, en tanto una sonrisa de satisfacción se extendía por sus labios. El año había casi transcurrido cuando, el último día, uno de sus tutores, entrando en su habitación, conversó con el médico sobre el triste estado de la salud de Aubrey, observando lo deplorable del caso precisamente porque la hermana iba a contraer matrimonio al día siguiente. Estas palabras bastaron para despertar la atención de Aubrey, que preguntó con presteza: —¿Con quién? Su tutor, maravillado por esta muestra de retorno a la lucidez, que ya creía desaparecida para siempre, le respondió: —Con el conde Marsden. Pensando que se trataba de algún joven noble que conociera en los salones, al que su distraído espíritu hubiera borrado de la memoria, Aubrey mostrose satisfecho y sorprendió nuevamente a su tutor manifestando que deseaba asistir a la boda de su hermana y que quería verla antes de que tuviera lugar. Por toda respuesta, la hermana apareció frente a él algunos minutos más tarde; parecía que otra vez era sensible a su amable sonrisa; la estrechó contra su corazón y oprimió sus labios contra sus mejillas húmedas por el llanto de felicidad que le causaba la idea de que su hermano hubiera recuperado todo su afecto por ella. Le habló con calor y la felicitó efusivamente por su unión con un personaje de cuna tan distinguida; esto le decía cuando, repentinamente, descubrió un medallón sobre el pecho de su hermana: al abrirlo, ¡cuál no sería su horrible sorpresa al descubrir los rasgos del monstruo que después de tanto tiempo había conseguido tal influencia sobre su existencia! Arrancó el retrato en un acceso de rabia y lo pisoteó; y, cuando su hermana le preguntó por qué quería destruir la imagen del hombre con el que iba a casarse, él la miró de un modo espantoso como si no entendiera la pregunta; luego, cogiéndole las manos y lanzándole una mirada desesperada y frenética, le suplicó que le prometiera, bajo juramento, que jamás se desposaría con semejante monstruo; pues él… Pero, en aquel momento, algo vino a interrumpirlo: pareciole que la voz fatal le recordaba de nuevo su juramento. Volviose bruscamente, creyendo que Lord Ruthwen se encontraba allí; pero no vio a nadie. Sin embargo, los tutores y el médico, que habían escuchado todo lo ocurrido, imaginando que su espíritu había caído en los desórdenes habituales, entraron de repente y, apartándolo de su hermana, rogaron a ésta que abandonara la estancia. Aubrey cayó de rodillas e imploró que demorasen la ceremonia, aunque sólo fuese un día. Pero ellos, suponiendo que no se trataba sino de un acceso de locura, se esforzaron por tranquilizarlo y acabaron por retirarse. Lord Ruthwen, al día siguiente de la reunión en la corte, habíase presentado en casa de Aubrey; pero sus puertas, como todas las demás, estaban cerradas para él. Al conocer las noticias sobre la enfermedad del joven, supo que él era el causante; pero cuando, concretando, se enteró de que la enfermedad pasaba por locura, a duras penas logró contener su alegría ante las personas que le proporcionaron la información. Mediante su asiduidad y fingiendo gran afecto por el muchacho, logró introducirse en la intimidad de Miss Aubrey; y la cortejó de tal manera, y con tales términos deploraba el estado de su hermano, que no tardó en rendirle su corazón. ¿Quién, realmente, habría podido resistirse a sus poderes de seducción? Su lengua lisonjera tenía tantas aventuras y peligros que contar, era tan capaz de hablar de sí mismo, con innumerables ardides y razones, como de un ser totalmente diferente del resto de los mortales, incapaz de sentir simpatía alguna que no fuera la que a ella dedicaba, tenía tantos motivos plausibles para garantizar que no la sentía más que después de haber saboreado los placeres de su voz encantadora, única razón de hacerle perder la insensibilidad que acompañara su existencia hasta entonces, en una palabra, sabía tan a la perfección usar las arteras formas del elogio que acabó conquistando toda su dulzura. Por ese tiempo, la extinción de una rama de su árbol genealógico le transmitió el título de conde de Marsden; y desde que su unión con Miss Aubrey había sido convenida, comenzó a pretextar multitud de asuntos que reclamaban su presencia en el continente con objeto de acelerar la ceremonia, a pesar del estado afligido del hermano, concertándose finalmente que la partida tendría lugar el mismo día de la boda. Aubrey, abandonado a sí mismo por médico y tutores, intentó corromper a los criados con sobornos, aunque en vano; no obteniendo el menor favor que facilitara su fuga, pidió papel y pluma y escribió a su hermana, conjurándola, en consideración a su propia felicidad, su honor y la memoria de los padres que descansaban en la tumba, a diferir solamente por unas horas un enlace que acarrearía inevitablemente numerosas desgracias, a cual más lamentable. Los criados le prometieron entregar la carta a su hermana; pero la llevaron al médico, quien no juzgó conveniente seguir apenándola con lo que consideraba simples actos de demencia. La noche transcurrió con los preparativos de la ceremonia que iba a celebrarse al día siguiente. Aubrey lo oía todo con un horror más fácil de imaginar que de relatar. Demasiado pronto llegó la mañana fatal y ya los ruidos de los numerosos equipajes atormentaban los oídos de Aubrey. Deliraba de rabia. Felizmente, la curiosidad de los criados encargados de su custodia venció sobre el celo en el cumplimiento del deber y, uno tras otro, fueron retirándose dejándole solamente con la sola compañía de una mujer anciana y sin fuerzas. Aprovechó la ocasión con presteza y de un salto abandonó la habitación; en un momento estuvo en el salón donde todo el mundo se encontraba reunido. Lord Ruthwen fue el primero en darse cuenta de su aparición. Inmediatamente se lanzó contra él y, cogiéndole fuertemente el brazo, lo sacó de la habitación sin que, lleno de rabia, pudiera proferir una palabra. En la escalera, Lord Ruthwen le murmuró al oído: —Recordad vuestro juramento y considerad que, si vuestra hermana no se desposa hoy conmigo, quedará deshonrada; la virtud de las mujeres es frágil… Luego, lo arrojó violentamente a los brazos de los criados encargados de su vigilancia que, advertidos de su desaparición, habíanse lanzado en su seguimiento. Aubrey no se hallaba en estado de sostenerse sobre sus propias piernas y, en un esfuerzo sobrehumano por expresar su desesperación, estalló un vaso sanguíneo de su garganta; bañado en sangre fue conducido al lecho. No hicieron saber lo ocurrido a su hermana que, desgraciadamente, se encontraba fuera del salón. La ceremonia se llevó a cabo y los esposos partieron en seguida de Londres. El estado de debilidad de Aubrey fue en aumento; la gran cantidad de sangre perdida sólo arrojaba indicios de una muerte segura. Hizo llamar a sus tutores y cuando pudo articular la voz ahogada por la rabia, contó con la mayor calma que pudo reunir todo cuanto el lector acaba de leer, expirando a continuación. Los tutores salieron en pos de Miss Aubrey, pero ya era demasiado tarde: Lord Ruthwen había desaparecido y la sangre de su infortunada compañera había aplacado la sed de un vampiro. FIN Autor: John William Polidori Título: El vampiro Título Original: The Vampyre: A Tale Publicado en: The New Monthly Magazine, abril de 1819 Traducción: Antonio-Prometeo Moya – Ramón Hervás
- "Tres por uno", microrrelato de Carlos E. H. García
Carlos E. H. García se sumerge en un mundo literario intrigante y oscuro a través de sus relatos y microrrelatos. Su pluma abraza la cruda realidad con su realismo sucio, su tinta es la sangre y sus letras los gritos de los no escuchados. Siempre buscando acariciar los sentimientos más incomodos. Sus escritos son una invitación a explorar los rincones que nadie quiere explorar, lo que nadie quiere hablar, y de lo que nadie quiere ver en realidad. Tres por uno Habían matado a Brayan. Cinco impactos de bala, tres a la espalda y dos en la cabeza, que explotó como calabaza. Brayan vendía droga en la esquina de Cuarta y Santos Degollado. Marihuana, cristal y coca. Se sentía el más malo de la colonia. Nadie quería ir al velorio. Al fin y al cabo, él se lo había buscado. Y sabrá Dios quién iría a asegurarse que lo habían matado. Pero fueron sus tres amigos a despedirse de él. Carlos, Ramiro, y también Edén. Se escuchó música de banda, mezclada con cerveza, llantos y plegarias. Pero se acercaron dos hombres vestidos de negro. Sacaron las armas, y acabaron con la vida de aquellos tres amigos, que acudieron al entierro. Autor: Carlos E. H. García Título: Tres por uno Publicado en: Cd. Juárez, Chihuahua, 2023
- "Agua verde", cuento de
Carlos E. H. García se sumerge en un mundo literario intrigante y oscuro a través de sus relatos y microrrelatos. Su pluma abraza la cruda realidad con su realismo sucio, su tinta es la sangre y sus letras los gritos de los no escuchados. Siempre buscando acariciar los sentimientos más incomodos. Sus escritos son una invitación a explorar los rincones que nadie quiere explorar, lo que nadie quiere hablar, y de lo que nadie quiere ver en realidad. Agua verde Para mis temores Gonzalo el pato se preguntaba todas las mañanas, ¿Cuál era el motivo de nadar en aquel estanque de agua verde? Se lo preguntaba tanto que en ocasiones se le caían de dos a tres plumas por día, lo pensaba cuando despertaba, en la tarde cuando comía, y de noche antes de dormir. No le gustaba aquella idea. El sentía que lo mejor que podía hacer era buscar un estanque de aguas diáfanas. Sin turbulencia. Con tranquilidad, con comida limpia y dónde pueda mirar las estrellas. Pero para los demás patos del estanque Gonzalo no era más que un pato raro. Mucho más raro que los grandes señores gansos. Lo evitaban, no le compartían de sus migajas de pan, y siempre se decían de pico en pico que cuando llegara la hora de invernar lo mejor que podrían hacer por el bien de la parvada seria no dormir apretado a su lado, no invitarlo a sus madrigueras, para que se congelara. Pero a Gonzalo eso no le importaba, él lo que mas quería era ser feliz, encontrar su gran sueño de nadar en un estanque de aguas claras. Si moría congelado pensaba que seria lo mejor, ya no tendría más que nadar en su propia popo y en la de los demás. Le daba asco el nadar en círculos, el tener que zambullir la cabeza y en ocasiones hacer gárgaras con ella. Odiaba la vida en aquel estanque, estaba seguro de que algo mejor se encontraba por ahí, perdido, esperando que lo encontrara. Aquella mañana quiso disipar todas sus dudas, y decidió ir a platicar con el gran ganso. Que dormitaba a todas horas en la loma del ala blanca, al este del estanque de aguas verdes. Camino con miedo. Los demás patos y gansos que se encontraban cerca de la loma a la entrada del gran ganso lo miraban con recelo, diciéndole con los ojos: “¿ Qué diablos haces aquí?, solo vas a molestar al gran señor, ¿Por qué diablos no te has ido y nos dejas en paz?” pero Gonzalo iba decidido a aclarar su preguntas. Sus pisadas crujieron bajo las hojas secas. Nunca había entrado a aquella madriguera, pero nunca era tarde para aclarar la mente, perder los miedos y olvidar por un segundo que solo eran patos en un estanque verdoso. —Hola, Gran ganso. El gran ganso abrió uno de sus ojos y observo al pequeño pato parado ahí, sin querer hacer ruido, respirando bocanadas de aire para alejar los nervios. Héctor, cómo se llamaba el ganso, ya lo conocía, había escuchado hablar de él. Sabía que los otros patos lo odiaban, decían que él no merecía caminar, nada y comer a su lado. Héctor siempre se preguntaba cuándo sería el día en que aquel pato se le presentaría. —Dime, Gonzalo, ¿Qué necesitas? —Oh gran ganso —estaba por hacer su pregunta, pero le nació otra más inquietante—. ¿Cómo sabe mi nombre gran ganso? —No sería el gran ganso si no conociera a mis patos o no —pero antes de que Gonzalo contestara agregó—. Cuando evitas tantos cazadores te vuelves sabio. —Señor. —Llámame Héctor. —Héctor, ¿Por qué nadamos en aguas verdes? Aquel ganso se quedo meditando su respuesta. Gonzalo creyó que su pregunta lo había molestado como a los demás patos, pero no. No por nada era el gran señor de los patos y gansos. —Sabes, cuando yo era un joven como tú, siempre me pregunte lo mismo. Porque comemos en nuestro mismo baño, porque nadamos, nos zambullimos y hacemos el amor. Y siempre creí que es porque tenemos miedo a lo que existe más allá de lo que conocemos. —¿Y por que nadie busca salir de esas aguas verdes? —Porque el agua sigue ahí, la comida, los amigos, las parejas. No quieren perder aquello que tienen al alcance de un ala. A eso se le llama comodidad. Y crea una falsa felicidad, que no alimenta el alma, solo existe para que la carga existencial no se vuelva cada vez más y más pesada. —¿Y la comodidad mata? —No, claro que no mata. Pero si envejece, amarga, y destruye aquellos sueños que tenemos desde que estábamos en el huevo, sintiendo el calor de nuestra madre. —¿Pero por qué yo no puedo ser feliz como los demás patos en aquella agua mohosa? —¿Y quien te asegura que los son, Gonzalo? La mayoría tuvo sueños, metas, anhelos, todos los tenemos, pero no todos nos arriesgamos a conseguirlos. Quizá no te odian, y solo tienen envidia de lo que eres. Un pato libre que busca lo que tanto desea. —¿Qué debo hacer gran gan… digo Héctor? —Volar, irte de aquí. Buscar lo que realmente te hace feliz. Busca aquellas aguas claras. Como puede que las encuentres a la primera como puede que no y encuentres unas mucho peor. Pero no te quedes aquí, se libre, vuela muy lejos, persigue tus sueños. No seas como yo que aquí envejeció sin saber que hay más allá de lo que mis ojos pueden observar, descubre, conoce, regresa y platícame que es lo que me he perdido en mi vida. —Pero señor. —Nada de señor y nada de peros, esos son los que nos detienen y nos mantienen con miedos. Arriesga y gana, o arriesga y pierde. Eso jamás lo sabrás si no das el siguiente paso. Eres joven y tienes mucha vida por delante. Tu curiosidad te hará grande y sabio Gonzalo. Gonzalo se despidió del gran ganso, salió de su madriguera y viro hacia el cielo, unas nubes negras y relampagueantes se miraban por el horizonte. Observo que todos lo veían. Su corazón latía de miedo pero su cabeza le decía que lo hiciera. Estiro las alas, comenzó a correr, escucho murmullos, los miedos lo querían vencer, algunos se reían, otros no lo creían, algunos pocos lo apoyaban, pero Gonzalo sabia que debía vencer aquellas nubes y todo lo que se avecinaba y elevo el vuelo, en busca de aquellas aguas con las que tanto a soñado. Fin Autor: Carlos E. H. García Título: Agua verde Publicado en: Cd. Juárez, Chihuahua, 2025
- "El Elegido", cuento de María Esther Vázquez
El Elegido María Esther Vázquez Yo volví de la muerte muchas veces a padecer la vida… No he podido seguir leyendo. Comprendo —a lo largo de mi vida casi infinita he comprendido muchas cosas— que la imaginación del poeta lo lleve a fantasías como la de esos dos primeros versos del poema; pero yo me pregunto: ¿Puede algún hombre saber o intuir qué se siente cuando se vuelve de la muerte? En realidad, creo que yo mismo ya casi lo he olvidado. El poema está firmado por alguien cuyo nombre he visto impreso a menudo en este país. Ahora leo únicamente los suplementos ilustrados de los periódicos. Cuando hace unos dos siglos salieron los primeros diarios me parecieron una novedad; leía todo lo que podía, política, editoriales, economía. Después también me cansé de eso y en los últimos cuarenta años, desde que llegué a la Argentina, leo únicamente los suplementos de los domingos; es una costumbre a la que me he obligado a aferrarme y que olvidaré también cuando deba irme de Buenos Aires. Creo que tendré que hacerlo pronto; ya hay demasiada gente que me conoce. Ahora las cosas son más difíciles que antes; policía internacional, pasaportes, telégrafo, radio, aviones. Retomo el poema: Yo volví de la muerte muchas veces . ¡Qué estupidez! Con volver una es suficiente. Hace años que no pensaba en esas cosas. En la vida que me he hecho ahora, bastante solitaria, a veces por días enteros tengo la ilusión de ser realmente el hijo de un coleccionista de antigüedades, cuya casa y clientes he heredado. Clientes que han envejecido mientras yo conservo mi aspecto de hombre joven y prematuramente agobiado, cansado quizá; también en esto, dicen ellos, soy asombrosamente parecido a mi supuesto padre. Creo que podré seguir unos años más así, luego desapareceré como siempre. A veces olvido, me decía, pero cosas cotidianas, la lectura de un poema —por ejemplo— me devuelven a mi condena de siglos. A menudo ocurren hechos más terribles. La semana pasada, sin ir más lejos, mi vecino, que admira algunas de las baratijas que hay en mi casa, me invitó a un concierto. Era una función muy importante —aseguró— y me dejé llevar. En tales reuniones no suele verse nada interesante; claro que las esmirriadas ropas de este siglo no permiten el lucimiento de hombres ni mujeres. La música, en cambio, es más llevadera. En el entreacto mi vecino quiso salir; lo acompañé y, de pronto, la vi; era el mismo rostro de aquella muchacha que conocí en la corte de Lorenzo el Magnífico, cuando Florencia nacía para la belleza y para la gloria. Era un rostro extraño y espléndido. De todos aquellos que pasaron por mi vida recuerdo muy pocos, pero esa mujer me dio tantas felicidades y desdichas que creo tardaré, todavía, mucho en olvidarla. Ante la insistencia de mis miradas, la muchacha volvió los ojos hacia mí, la saludé con una inclinación de cabeza y ella, creyendo reconocerme, sonrió, como la otra, la italiana, a quien amé tanto y cuyo nombre, sin embargo, he perdido. Después de mis hermanas, de Marta, sobre todo, de una egipcia que compré en Roma y de una galesa que murió en mis brazos, pocas mujeres me impresionaron como aquella italiana, cuyo rostro había vuelto a encontrar. Pero mi italiana, era más joven que esta argentina; tenía poco menos de veinte años cuando su marido la llevó de Florencia. La última noche que pasamos juntos me regaló un espejo de plata. Murió joven; feliz de ella. El encuentro del teatro me trastornó y esa noche, en la oscuridad de mi cuarto, solo, recordé aquella época y otras más lejanas, remotas ya, y rostros y vidas que amé y odié; y a un hombre al que maté para robarle, en Córdoba, cuando Almanzor era califa; y a aquel Carlos de Inglaterra, que vi morir a manos del verdugo; y mi casa en Palestina; y a mi madre cociendo pan; y los ojos de aquel hombre que me llamó, para mi mayor honra y mi mayor desdicha, su amigo; y la piedra del sepulcro a mis espaldas. No sé para qué escribo estas cosas. Nada espero de los hombres ni de mí mismo. Me conozco hasta el hartazgo y espero, sin embargo, que aquél, mi amigo, me permita descansar. A veces voy a la iglesia y le hablo. No me oye; he olvidado su lenguaje. Un día, en Santiago de Compostela —aún las torres de la catedral no habían sido levantadas—, me confesé con un padre peregrino; de todos los que me han escuchado, él fue el único que me creyó y me confortó sin pensar que era un poseso. Me aconsejó que buscara la compañía de los hombres, mis hermanos; que no envidiara su suerte mortal y que los amara, si fuera posible, como mi amigo los amó; no, no es posible. No me importa nada de los hombres. Antes, hace mucho, los buscaba en la desesperación, después en el tedio. Estoy cansado, he aprendido lenguas extrañas y las he olvidado; he visto casi todos los cielos del planeta y los he olvidado; he estudiado ciencias y la alquimia y la medicina y las estrellas y sus cambios a través de los tiempos; aprendí la antigua botánica y Emiliano Paladio Rutilio me enseñó agricultura; y conozco todos los animales de la tierra, hasta los insectos más minúsculos; desde la música a la poesía, las artes me cautivaron y he olvidado casi todo; solamente no he podido olvidar aquella terrible hora en que fue sellado mi destino. El tiempo se detuvo para mí, no envejece mi cuerpo, mi rostro conserva aquel color un poco pálido del momento en que me encontró; no hay sol que oscurezca mi piel, ni accidente físico que pueda dañarme, ni cataclismo que me aniquile; debo esperar indefectiblemente el día señalado. Yo había enfermado después que él dejó mi casa, donde estuvo un tiempo; mis hermanas lo adoraban y yo también. Era noble y alegre, dueño de una alegría total, perfecta y sabia. Miraba con largueza los hombres y las cosas, aun las más ínfimas, y sabía decir maravillosamente, aunque no entendiéramos a veces sus palabras. Fuimos mucho tiempo amigos y a pesar de que nunca lo acompañé en sus viajes, me gustaba estar a su lado y oírlo hablar. Sin embargo, siendo su amigo, me sentía siempre asombrado y casi anonadado frente a él. Me imponían sus maneras, sus gestos; la majestad entera, puedo decir, que se desprendía de su paso cuando andaba, de su reposo cuando dormía, y, sobre todo, del aliento que alcanzaba aquello que lo rodeaba, iluminándolo. Una noche, como digo, después que él dejó mi casa, se levantó una terrible tormenta. Una de mis hermanas estaba fuera y salí a buscarla. La lluvia y el frío me enfermaron y al día siguiente no pude levantarme. Me postró una fiebre cada vez más alta. Vinieron los doctores, se les dio una arroba de aceite fino y una libra de ungüento de nardo puro —el mejor perfume— a cada uno, pero yo languidecía. Se llamó al sacerdote y cuando ya no pude hablar, ni ver, ni sentir más que la oscuridad y el silencio, me prepararon para morir, y, como yo era el único varón de la casa, mis hermanas hicieron traer del templo un sudario de lino. Una de ellas, en su desesperación, lo mandó llamar con un mensajero que le dio la triste nueva. Su bondad y su sabiduría eran la única esperanza. Guardo de aquella época el recuerdo que sobrevive a las pesadillas; noches de fiebre, angustia y delirio. Los rostros de mis hermanas sobre mí y las manos frescas en las mías sudorosas. Luego, la noche total; él, aparentemente, llegó tarde. Mis hermanas fueron a recibirlo, cuatro días después cuando entró en la aldea. Llorando se echaron en sus brazos; iban con las cabezas cubiertas con los mantos que estaban, por su duelo, manchados de ceniza. Él también lloró; ¡habían sido tan felices las horas de la clara amistad! Después, no tuvo amigos y yo tampoco. Alzó los ojos al cielo desolado del atardecer y quedó silencioso. Luego, lentamente, recogió su humilde hábito de predicador sin templo y marchó hacia la colina de los sepulcros. Allí se hizo mostrar, por quienes lo acompañaban, el mío. A la vista de la piedra que lo cubría volvieron a sus ojos las lágrimas, pero rehaciéndose, con voz clara y grave, pidió que movieran la piedra. Ante aquello que parecía insensato, algunas voces intentaron una protesta. Frente a su gesto adusto la tumba fue abierta. El viento, lúgubre rumor, andaba sobre las ramas estrechas de los árboles, y la luna, recién aparecida, desolaba los montes. Elevándose por encima del viento, su voz dijo, tres veces, las necesarias palabras: Lázaro, sal afuera . Alzado del túmulo, cubierto aún por el sudario y ligadas las manos por el cordón de los muertos, sumiso y ciego, salí a la noche de Betania. Su voz, ahora dulcísima, agregó: Desatadle y dejadle ir . Rescatado de la sombra silenciosa, el aire de la noche parecíame embriagador; no sabía yo qué había pasado por mí y conmigo, pero todo mi cuerpo, agradecido y espléndido, como recién vuelto del amor, latía en la vida. Esa noche mi hermana lo ungió de nardo; no hubo noche más feliz para mí. Pero ha pasado tanto tiempo. ¡Jesús, príncipe del día! Por qué me abandonaste en esta tierra hostil, que no me deja cambiar ni envejecer; que no me deja morir… Y me pregunto, preguntándote, por qué y para qué yo, Lázaro, fui el elegido y el olvidado. FIN Autor: María Esther Vázquez Título: El Elegido Publicado en: Cuentos Argentinos (1986)
- "El crimen definitivo", cuento de Isaac Asimov
El crimen definitivo Isaac Asimov —Los Irregulares de Baker Street —dijo Roger Halsted— es una organización de entusiastas de Sherlock Holmes. Si no sabes eso, no sabes nada de nada. Se quedó sonriendo a Thomas Trumball por encima de su copa con un aire de superioridad del único tipo que existe… insufrible. El nivel de conversación durante la hora de los cocktails que precedía a la cena mensual de los Viudas Negras había permanecido en un nivel de murmullo civilizado, pero Trumball, con el ceño fruncido, levantó la voz recuperando el ambiente de inverosimilitud que caracterizaba estas ocasiones. Dijo: —Cuando yo era un adolescente, leía las historias de Sherlock Holmes con cierto deleite primitivo, pero ya no soy un adolescente. Lo mismo, percibo, no se puede decir de todos los aquí presentes. Emmanuel Rubin, con mirada astuta a través de sus gafas de culo de botella, agitó negativamente la cabeza: —No es una cuestión de adolescencia, Tom. Las historias de Sherlock Holmes marcaron la individualización de las historias de misterio como una rama principal de la literatura. Tomó lo que hasta entonces había sido algo que sí estaba reservado para los adolescentes y las novelas de dos pesetas y lo convirtió en un género dirigido a los adultos. Geoffrey Avalon, mirando hacia abajo austeramente desde su metro ochenta y siete centímetros de estatura sobre el metro sesenta y dos de Rubin, dijo: —Lo cierto es que Arthur Conan Doyle no era, en mi opinión, un buen escritor de misterio. Agatha Christie fue mucho mejor. —Eso es una opinión —dijo Rubin, quien, al ser escritor de misterio, era mucho menos dogmático y didáctico en ese campo concreto que en el resto de las miríadas de ramas del conocimiento humano en los que se consideraba una autoridad—. Christie tuvo la oportunidad de leer a Doyle y de aprender de él. Tampoco hay que olvidar que las primeras obras de Christie fueron horrorosas. Y, por otro lado —estaba empezando a calentar motores—, Agatha Christie nunca supo sobreponerse a sus prejuicios conservadores y xenofóbicos. Sus personajes americanos son ridículos. Todos, se llamaban Hiram y todos hablan una variedad de inglés desconocido para la humanidad. Era abiertamente antisemítica y constantemente derrochaba desconfianza a través de las bocas de sus personajes contra cualquiera que fuera extranjero. Halsted dijo: —Pero su detective era belga. —No me malinterpretes —dijo Rubin—. Me encanta Hercule Poirot. Creo que vale más que una docena de Sherlock Holmes. Lo único que estoy diciendo es que se pueden sacar defectos a cualquiera. De hecho, todos los escritores de misterio británicos de los veinte y treinta eran conservadores y de clase alta. Esto se deduce del tipo de embrollos que presentaban… Barones apuñalados en las bibliotecas de sus mansiones… grandes fincas… riqueza. Además, los detectives eran caballeros de clase alta… Peter Wimsey, Roderick Alleyn, Albert Campion… —En ese caso —dijo Mario Gonzalo, que acababa de llegar y había estado oyendo la conversación desde la escalera—, las historias de misterio se han desarrollado en dirección a la democracia. Ahora vemos policías ordinarios, detectives borrachos, celestinas y todas las demás invenciones de la sociedad moderna —se sirvió una copa y dijo—: Gracias, Henry, ¿cómo empezasteis a hablar de esto? Henry dijo: —Se mencionó el nombre de Sherlock Holmes, señor. —¿Algo relacionado con usted, Henry? —dijo Gonzalo con cara complacida. —No, señor, relacionado con los Irregulares de Baker Street. Gonzalo se quedó en blanco: —¿Qué son…? Halsted dijo: —Déjeme presentarle a mi invitado de la noche, Mario. Él se lo podrá contar. Ronald Mason, Mario Gonzalo. Ronald es un miembro de los IBS, y yo también. Venga, Ron, cuéntale. Ronald Mason era un hombre gordo, muy gordo, con una cabeza calva y brillante y un frondoso bigote negro. Dijo: —Los Irregulares de Baker Street es un grupo de entusiastas de Sherlock Holmes. Se reúnen una vez al año en enero, en un viernes que caiga cerca del cumpleaños de este gran hombre, y durante el resto del año se ocupan en actividades sherlockianas. —¿De qué tipo? —Pues… Henry anunció que la cena estaba servida, y Mason se quedó con la palabra en la boca. —¿Debo sentarme en algún asiento en concreto? —No, no —dijo Gonzalo—. Siéntese a mi lado y así podremos charlar. —Estupendo —dijo Mason mientras la cara se le abría en una amplia sonrisa—. He venido precisamente para eso. Rog Falsted me dijo que me contarían algo. —¿Relacionado con qué? —Con actividades sherlockianas —Mason partió un bollo a la mitad y lo untó de mantequilla con enérgicas pasadas—. La cosa es que Conan Doyle escribió numerosas historias de Sherlock Holmes todo lo rápidamente que podía porque las odiaba… —¿Sí? En ese caso, ¿por qué…? —¿Por qué las escribió? El dinero, por eso. Desde la primera historia Un estudio en escarlata , el mundo se prendó de Sherlock Holmes. Se convirtió en una figura renombrada en todo el mundo y no hay manera de saber cuántas personas en todo el mundo pensaron que realmente existía. Llegaron innumerables cartas dirigidas a él en su dirección de 221B Baker Street, y miles de personas acudieron a él para resolver sus problemas. Conan Doyle se sorprendió, como sin duda se sorprendería cualquiera en esas circunstancias. Escribió más historias y los precios que cobraba eran cada vez más altos. Esto, sin embargo, no le agradó. Se consideraba un gran escritor de romances históricos, y el haberse hecho mundialmente famoso como escritor de misterio era desagradable; especialmente cuando el detective ficticio era el más famoso de los dos. Después de seis años escribió El problema final , donde mató deliberadamente a Holmes. Estalló una protesta popular, y a los pocos años, Doyle se vio obligado a dilucidar un método para resucitar al detective, y luego continuó escribiendo más historias. Aparte del valor en ventas de tales misterios, y del fascinante personaje de Sherlock Holmes, las historias son un retrato de Gran Bretaña en la última parte de la era victoriana. Leer las sagradas escrituras es vivir en un mundo donde siempre es mil ochocientos noventa y cinco. Gonzalo dijo: —¿Y qué es una actividad sherlockiana? —Bien. Ya le he dicho que a Doyle no le gustaba particularmente escribir acerca de Holmes. Cuando escribía las historias, las escribía con rapidez y se preocupaba muy poco acerca de la consistencia global. Hay muchos puntos extraños, cabos sin atar, agujeros, etcétera, y las reglas del juego no permiten considerarlos como errores. De hecho, para un sherlockiano verdadero, Doyle apenas existe… Fue el doctor John H. Watson quien escribió las historias. James Drake se había pasado el rato escuchando en silencio desde el asiento que había delante de Mason, y ahora dijo: —Sé lo que quiere decir. Una vez conocí a un fanático de Holmes, a lo mejor era un Irregular de Baker Street, quien me dijo que estaba ocupado en un trabajo que demostraría que ambos, Sherlock Holmes y el doctor Watson, eran fervientes católicos, y yo le dije: «¿Es que Doyle no era católico?», y lo era, por supuesto. Mi amigo me miró muy fríamente y me dijo: «¿Y eso qué tiene que ver?». —Exactamente —dijo Mason—, exactamente. Lo más respetado de todas las actividades sherlockianas es demostrar algo mediante citas de las historias y razonamientos cuidadosos. Se han escrito artículos, por ejemplo, que se supone que prueban que Watson era una mujer, o que Sherlock Holmes tenía relaciones con su patrona. O intentan reconstruir la juventud de Holmes, o averiguar dónde Watson recibió su herida de guerra. —Lo ideal sería que cada miembro de los Irregulares de Baker Street escribiese un artículo sherlockiano como condición previa a ser miembro, pero no se es demasiado estricto en este aspecto. Yo aún no he escrito tal artículo, aunque me gustaría —Mason parecía triste—. No podré considerarme un verdadero irregular hasta que no lo haga. Trumball se inclinó sobre la mesa y dijo: —He estado intentando entender lo que ha estado diciendo acerca del monólogo de Rubin. Mencionó usted 221B Baker Street. —Sí —dijo Mason—. Es donde vivía Holmes. —¿Y es por eso que el club se denomina los Irregulares de Baker Street? Mason dijo: —Fue el nombre que Holmes dio a un grupo de golfillos callejeros que actuaban de espías y fuentes de información. Eran sus tropas irregulares en contraposición con la policía. —Supongo que todo esto carece de importancia —dijo Trumball. —Y nos proporciona mucho entretenimiento —dijo Mason seriamente. —Excepto que ahora me está haciendo sufrir. Fue en este momento, poco después de que Henry hubiese servido la ternera cordon bleu , cuando la voz de Rubin subió de tono: —Claro —dijo—, no se puede negar que Sherlock Holmes es un derivado. Toda la técnica holmesiana de detección fue inventada por Edgar Allan Poe, y su detective, Auguste Dupin, es el Sherlock original. Sin embargo, Poe sólo escribió tres historias acerca de Dupin y fue Holmes el que realmente atrajo la atención del mundo. En mi opinión, Sherlock Holmes realizó por primera vez la hazaña de ser el primer ser humano, real o ficticio, idolatrado sólo por su capacidad de razonar. No por sus victorias militares, por su carisma político ni por su capacidad de liderazgo espiritual, sino por su manera fría de pensar. No había nada místico acerca de Holmes. Reunía una serie de hechos y luego sacaba conclusiones a partir de ellas. Sus deducciones no siempre estaban claras; Doyle siempre ponía las cosas a su favor, pero eso lo hacen todos los escritores de misterio. Yo también lo hago. —Lo que usted haga, no prueba nada —dijo Trumball. Rubin no hizo caso de esta afirmación: —Por otro lado, fue el primer superhéroe creíble en la literatura moderna. Siempre fue descrito como un asceta delgado, pero el hecho de que consiguiera sus éxitos usando su agudeza mental no debe enmascarar el hecho de que también se le describía como un ser en posesión de una fuerza sobrehumana. Cuando algún personaje retuerce un atizador con el propósito de amedrentar a Holmes, éste lo vuelve a poner recto sin ningún esfuerzo. Cosa mucho más difícil. Mason asintió, mirando en la dirección de Rubin y dijo a Gonzalo: —El señor Rubin parece un auténtico Irregular de Baker Street. —No lo creo —replicó Gonzalo—. El problema es que lo sabe todo. Pero no le diga que yo se lo he dicho. —Entonces me podrá dar unas sugerencias sherlockianas. —Sí, pero la persona que realmente le puede ayudar si está en apuros es Henry. —¿Henry? —Mason empezó a repasar todas las caras que se hallaban alrededor de la mesa, haciendo esfuerzos por recordar los nombres. —Nuestro camarero —dijo Gonzalo—. Él es nuestro Sherlock Holmes. —No creo que… —empezó a decir Mason. —Espere a que haya terminado la cena. Ya verá. Halsted dio un golpe en su vaso y dijo: —Señores, vamos a probar algo distinto esta noche. El señor Mason tiene problemas en confeccionar un artículo sherlockiano, con esto quiero decir que nos presentará, con un rompecabezas puramente literario, un problema que no tiene relación alguna con la vida real. Explíqueles, Ron. Mason clavó la cucharilla en el helado derretido que se hallaba en el plato de postre y se lo llevó a la boca como despedida final a la cena y dijo: —Tengo que escribir este trabajo por una cuestión de autoestima. Me encanta ser un Irregular de Baker Street, pero es difícil mantener la cabeza erguida cuando todos los demás saben más acerca del tema que yo y cuando los chavales de trece años escriben trabajos que reciben aplausos por su ingeniosidad. Mi principal problema es que no tengo demasiada imaginación. Quiero escribir un trabajo sobre el doctor Moriarty. —Ah, sí —dijo Avalon—. El criminal del caso. Mason asintió: —No aparece en muchos cuentos, pero es la contrapartida de Sherlock Holmes. Es el Napoleón del crimen, el rival intelectual de Holmes y el antagonista más peligroso del gran detective. Holmes es el prototipo popular del detective de ficción, de la misma manera en que Moriarty es el prototipo de criminal. De hecho, en la lucha final de El problema final , Moriarty murió a la vez que mataba a Holmes. Pero Moriarty no fue resucitado. —¿Sobre qué aspecto de Moriarty desea escribir su trabajo? —dijo Avalon, mientras sorbía pensativamente su copa de coñac. Mason esperó que Henry le terminase de llenar la copa y dijo: —Su papel de matemático me intriga. Es la patología de sus valores morales lo que hace de él un maestro criminal. Se deleita manipulando las vidas humanas y obrando como agente de la destrucción. Si hubiera desviado sus esfuerzos a obras constructivas se habría hecho famoso en todo el mundo y, de hecho, era famoso a nivel mundial en el mundo sherlockiano como matemático. Sólo se mencionan dos de sus hazañas matemáticas. Fue el autor de una ampliación del teorema binomial, por un lado. Luego, en la novela El valle del temor , Holmes menciona que Moriarty ha escrito una tesis titulada La dinámica de un asteroide , rebosante de conceptos matemáticos tan complejos que no había científico en Europa capaz de debatirla. —Bueno, en realidad —dijo Rubin—, uno de los más grandes matemáticos vivos en esa época era un americano, Josiah Willard Gibbs, quien… —Eso no importa —interrumpió Mason—. En el mundo sherlockiano sólo cuenta Europa cuando se trata de temas científicos. Lo que quiero decir es que no se menciona nada acerca del contenido de La dinámica de un asteroide ; nada en absoluto; y ningún sherlockiano ha escrito un artículo sobre esta cuestión. He revisado toda la bibliografía y lo sé. —¿Y usted quiere escribir ese artículo? —preguntó Drake. —Sí, es lo que más deseo —dijo Mason—, pero no me creo capacitado. Soy completamente profano en temas de astronomía. Sé lo que es un asteroide. Es uno de esos cuerpos redondos que giran en torno al Sol, entre las órbitas de Marte y Júpiter. Sé lo que es la dinámica. Es el estudio del movimiento de los cuerpos y los cambios en el movimiento cuando se aplica una fuerza. Pero todo esto no me ayuda mucho. ¿De qué trata La dinámica de un asteroide ? —¿Sólo dispone de eso? —dijo Drake—. ¿El título? ¿No hace ninguna referencia, aunque sea escueta, en la obra? —No hay referencias en ningún sitio. Sólo está el título, además de la indicación de que contiene conceptos matemáticos muy avanzados. Gonzalo puso su dibujo de un Mason alegre y sonriente —con la cara dibujada dentro de un círculo perfecto— en la pared junto con los demás y dijo: —Si quiere escribir algo acerca de cómo se mueven los planetas, va a necesitar mucha matemática enrevesada. Eso creo, al menos. —No —dijo Drake abruptamente—. Déjeme a mí llevar este asunto, Mario. Puede que sólo sea un químico orgánico, pero sé algo acerca de astronomía también. Lo cierto es que los conceptos matemáticos necesarios para estudiar la dinámica de los asteroides ya habían sido desvelados por Isaac Newton en los 1680. El recorrido de un asteroide depende solamente de las influencias gravitatorias a las cuales se halla sometido y la ecuación de Newton permite calcular la intensidad de esa influencia entre dos cuerpos si se conoce la masa de cada uno de ellos y la distancia que los separa. Es obvio que cuando hay muchos cuerpos implicados, y cuando las distancias que hay entre ellos están cambiando constantemente, se vuelven tediosas las operaciones matemáticas. No difíciles, sólo tediosas. La principal influencia gravitacional sobre cualquier asteroide es originada por el Sol, claro. Cada asteroide se mueve alrededor del Sol en una órbita elíptica y, si el Sol y el asteroide fueran los únicos cuerpos existentes, la órbita se podría calcular con precisión por la ecuación de Newton. Pero, como existen otros cuerpos, sus influencias gravitacionales, mucho menores que las del Sol, también deben ser tenidas en cuenta, aunque sus efectos son mucho menores. En general, se puede decir que nos acercamos bastante a la verdad cuando consideramos sólo el Sol. —Yo creo que lo está simplificando demasiado, Jim —dijo Avalon—. Y para aumentar aún más su humillación, le diré que soy un simple abogado, y no pretendo saber nada de astronomía, pero me parece haber oído que no hay manera humana de resolver una ecuación gravitacional para más de dos cuerpos. —Eso es correcto —dijo Drake—, si se refiere a una solución general para todos los casos posibles en los que se hallen implicados más de dos cuerpos. Es que no hay solución. Newton solucionó el problema para dos cuerpos, pero nadie hasta hoy ha logrado solucionar el problema cuando se hallan implicados tres cuerpos. Los astrónomos calculan el recorrido de un cuerpo calculando, primero, la principal influencia gravitatoria y luego introduciendo correcciones, una a una, de las influencias secundarías. Funciona razonablemente bien —se echó hacia atrás en su asiento con cara satisfecha. —Bien. Si solamente los teóricos están interesados en el problema de los tres cuerpos —dijo Gonzalo— y si Moriarty era un genio de las matemáticas se puede suponer que la obra trataba precisamente de este tema. Drake encendió un cigarrillo que le produjo un ataque de tos. Luego dijo: —Con ese razonamiento podemos llegar a la conclusión de que trataba de la vida amorosa de las jirafas, si le place, pero tenemos que basarnos en lo que dice el título. Si Moriarty hubiera resuelto el problema de los tres cuerpos habría llamado a su libro algo como Un análisis del problema de los tres cuerpos o La generalización de la ley universal de gravitación . No lo habría llamado La dinámica de un asteroide . —¿Qué ocurre con los efectos planetarios? —dijo Halsted—. He oído algo acerca de este tema. ¿No hay zonas en el espacio que carecen de asteroides? —Claro —dijo Drake—. Podemos encontrar los datos en la enciclopedia Colombia, si me la trae Henry. —No importa —dijo Halsted—. Puede contarnos lo que sabe del tema y podemos comprobar los datos luego, si es necesario. —Veamos… —dijo Drake disfrutando de su dominación en este campo. Su bigotillo gris parecía estar vivo y sus ojos, anidados en una piel llena de arrugas, parecían brillar—. Había un astrónomo americano llamado Kirkwood, de nombre Daniel, creo. Este hombre señaló a mediados del siglo XIX el hecho de que los asteroides tendían a aglutinarse en grupos. Se conocían un par de docenas de asteroides por aquel entonces, todos entre las órbitas de Marte y Júpiter, pero no estaban distribuidos uniformemente, como muy bien señaló Kirkwood. Vio que había zonas que carecían de asteroides. Hacia 1866, estoy bastante seguro de que fue en 1866, encontró la razón. Cualquier asteroide que hubiera tenido la órbita en esas zonas habría dado la vuelta al Sol en un período igual a un múltiplo del período de Júpiter. —Si no hay un asteroide en esa zona —dijo Gonzalo—, ¿cómo puede saber cuánto tiempo tardaría en dar la vuelta al Sol? —La verdad es que es muy simple. Kepler solucionó ese problema en 1619 y se conoce con el nombre de Tercera Ley de Kepler. ¿Puedo continuar ahora? —Eso sólo son palabras —dijo Gonzalo—. ¿Cuál es la Tercera Ley de Kepler? Pero Avalon dijo: —Fiémonos de lo que dice Jim, Mario. Yo tampoco puedo enunciarlo al pie de la letra, pero estoy seguro de que los astrónomos no dudan de ella. Continúa, Jim. Drake continuó: —Un asteroide en una de estas zonas quizá tenga un período orbital de seis años o cuatro años, digamos, mientras que Júpiter tiene un período de doce años. Esto quiere decir que un asteroide, tras cada dos o tres revoluciones, pasa al lado de Júpiter bajo las mismas condiciones relativas de posición. La fuerza que ejerce Júpiter es siempre la misma, bien hacia adelante o hacia atrás, y el efecto es acumulativo. Si el empuje es hacia atrás, la velocidad del asteroide se hace progresivamente más pequeña, de manera que el asteroide pasa cada vez más cerca del Sol y se desplaza fuera de la zona. Si la fuerza actúa en sentido contrario, se acelera la velocidad del asteroide y éste se aleja cada vez más del Sol, saliéndose de la zona. En cualquiera de los casos, el asteroide se sale de las zonas, que ahora reciben el nombre de zonas de Kirkwood. Se puede observar el mismo fenómeno en los anillos de Saturno. Allí también hay zonas vacías. —¿Dice que Kirkwood hizo esto en 1866? —preguntó Trumball. —Sí. —¿Y cuándo se supone que Moriarty escribió esta tesis? Intervino Mason: —Aproximadamente en 1875, si admitimos la coherencia sherlockiana. —Posiblemente se inspirara Doyle por las noticias de las zonas de Kirkwood —dijo Trumball—, y de esa manera se le ocurrió el nombre. En cuyo caso podemos imaginar a Moriarty haciendo el papel de Kirkwood, y puede usted escribir un artículo sobre las zonas de Moriarty. —¿Eso sería suficiente? —preguntó Mason nerviosamente—. ¿Fueron muy importantes los trabajos de Kirkwood? ¿Muy complejos? Drake encogió los hombros: —Fue una contribución respetable, pero sólo una aplicación de la física newtoniana. Es un trabajo de segunda clase, no de primera, desde luego. —¡Espere, espere! —vibraba la rala barba de Rubin con gran emoción—. Posiblemente Moriarty no siguiera a Newton en absoluto. A lo mejor siguió a Einstein. Einstein revisó la teoría de la gravedad. —La amplió —dijo Drake— en la Teoría general de la relatividad en 1916. —Correcto. Cuarenta años después del trabajo de Moriarty. Tiene que ser eso. Supongamos que Moriarty se anticipara a Einstein… —¿En 1875? —dijo Drake—. Eso sería antes del experimento de Michelson-Morley. No creo que fuera posible. —Claro que sí —dijo Rubin—. Si Moriarty fuera lo suficientemente inteligente…, y lo era. —Claro que sí —dijo Mason—. En el universo sherlockiano era lo suficientemente inteligente para hacer cualquier cosa. Claro que podría anticiparse a Einstein. La única cuestión es que, si lo hubiera hecho, ¿no habría cambiado el curso de la Historia de la Ciencia? —No. Si el trabajo fuera suprimido —dijo Rubin completamente excitado—. Encaja todo. El trabajo fue suprimido y este gran avance se perdió hasta que Einstein lo redescubrió. —¿Qué le hace suponer que el trabajo fue suprimido? —exigió saber Gonzalo. —La obra no existe. ¿No? —dijo Rubin—. Si vamos a contemplar el universo desde el punto de vista de los Irregulares de Baker Street, entonces existió el profesor Moriarty y el tratado fue escrito, y se anticipó a la Relatividad General. Sin embargo, no lo encontramos entre la literatura científica y no hay nada que sugiera la existencia de un punto de vista relativista antes de Einstein. La única explicación es que la obra fuera suprimida por el carácter malévolo de Moriarty. Drake rio para sí mismo: —Serían muchos los trabajos científicos suprimidos si tener un carácter malévolo fuera una causa suficiente. Pero en cualquiera de los casos, su sugerencia no es válida, Manny. El tratado no podría contener nada acerca de la Relatividad General, por lo menos no con ese título. —¿Por qué no? —preguntó Rubin. —Porque la revisión de los cálculos gravitacionales para tomar en cuenta la relatividad no afectaría en gran medida a la dinámica de los asteroides —dijo Drake—. De hecho, sólo había un factor conocido por los astrónomos en 1875 que se podía considerar como un rompecabezas gravitacional. —Ah —dijo Rubin—, estoy empezando a darme cuenta de lo que dice. —Pues, yo no —dijo Avalon—. Siga, Jim. ¿Cuál era ese rompecabezas? —Era una cuestión relacionada con el planeta Mercurio —dijo Drake—, que tiene una órbita algo inclinada alrededor del Sol. En un punto de su órbita se acerca mucho al Sol (más que cualquier otro planeta, claro, pues está más cerca de él que cualquier otro planeta). A este punto se le llama perihelio. Cada vez que Mercurio completa una revolución alrededor del Sol, el perihelio se desplaza algo hacia delante. La causa de este desplazamiento se puede encontrar en los pequeños efectos gravitacionales, o perturbaciones, de los otros planetas sobre Mercurio. Pero, aun después de tener en cuenta todos los efectos gravitacionales, no se encuentra una explicación satisfactoria de este desplazamiento. Esto fue descubierto en 1843. Hay un diminuto desplazamiento residual hacia delante que no puede ser explicado por la teoría gravitacional. No es mucho. Tan sólo unos segundos de arco por siglo, lo cual quiere decir que el perihelio se desplazaría una distancia inexplicable, igual al diámetro de la luna llena aproximadamente cada cuatro mil doscientos años; o daría una vuelta completa —hizo unos cálculos mentales— en aproximadamente tres millones de años. No es mucho desplazamiento, pero es suficiente como para hacer dudar de la teoría de Newton. Algunos astrónomos creían en la existencia de un planeta desconocido en el otro lado de Mercurio, muy cerca del Sol. Su tracción no se tuvo en cuenta por ser desconocido, pero era posible calcular las dimensiones del planeta y el tipo de órbita que debería tener para explicar este desplazamiento anómalo del perihelio. La única pega es que nunca pudieron encontrar el planeta. Luego, Einstein modificó la teoría de la gravitación de Newton, la hizo más general, y demostró que cuando se aplicaban las nuevas ecuaciones modificadas al desplazamiento de Mercurio, se explicaba con precisión este desplazamiento. También sirvió para otras muchas cosas, pero dejemos eso de lado. —¿Por qué no pudo Moriarty haber pensado eso? —dijo Gonzalo. Drake contestó: —Porque habría llamado a su trabajo Sobre la dinámica de Mercurio . No es posible que haya ideado algo para resolver esta paradoja astronómica que llevaba confundiendo a los astrónomos durante treinta años y haberlo llamado de otra manera. Mason no parecía estar muy satisfecho: —¿Lo que me están diciendo es que no hay nada sobre lo que pudiera haber escrito Moriarty y que se llamara Sobre la dinámica de un asteroide , y que además fuese un trabajo matemático de primera clase? Drake hizo un aro de humo: —Supongo que es lo que estoy diciendo. Otra cosa que estoy diciendo, supongo, es que sir Arthur Conan Doyle no sabía la suficiente astronomía ni para darle de comer a un canario, y que no sabía ni lo que estaba diciendo cuando inventó el título. Aunque supongo que no esté permitido decir ese tipo de cosas. —No —dijo Mason con la cara redonda hundida en la miseria—. No en el universo sherlockiano. —Con permiso —dijo Henry desde su puesto en la mesa auxiliar—. ¿Puedo hacer una pregunta? Drake le contestó: —Sabe perfectamente que puede, Henry. No me diga que usted es un astrónomo. —No, señor. Por lo menos no más allá del conocimiento medio de un americano medio. Aun así, ¿me equivoco cuando digo que hay un gran número de asteroides conocidos? —Más de mil setecientos tienen las órbitas calculadas, Henry —dijo Drake. —Y se conocían algunos en los tiempos de Moriarty, ¿no? —Claro. Varias docenas. —En ese caso, señor —dijo Henry—, ¿por qué se llama La dinámica de un asteroide ? ¿Por qué un asteroide? Drake pensó un rato y dijo: —Es una buena pregunta. No lo sé, a no ser que sea otra indicación de que Doyle no sabía lo suficiente. —No diga eso —interrumpió Mason. —Bueno, entonces diré que no lo sé. —Posiblemente Moriarty hiciera sus cálculos para sólo un asteroide —dijo Gonzalo. —Entonces habría titulado su libro La dinámica de Ceres o cualquiera que fuera el asteroide sobre el que estuviera trabajando. Gonzalo dijo tozudamente: —No, eso no es lo que quiero decir. No quería decir que hiciera cálculos para un asteroide particular. Quiero decir que a lo mejor escogió un asteroide al azar o trabajó con un asteroide ideal, uno que no existe en realidad. Y trabajó sobre la dinámica de este asteroide. —Podría ser, Mario —dijo Drake—. La única pega es que si Moriarty hubiera trabajado sobre la dinámica de un asteroide, el sistema matemático básico sería válido para todos los asteroides y el título del trabajo sería La dinámica de los asteroides . Y, además, cualquier cosa que hiciera en ese aspecto sería newtoniana y carecería de valor excepcional. —¿Quiere decir —dijo Gonzalo, intentando no darse por vencido— que no había ningún asteroide que tuviera alguna particularidad acerca de su órbita? —En 1875 no había ninguno —dijo Drake—. Todos tenían órbitas entre Marte y Júpiter y todos se adaptaban a la teoría gravitacional con gran exactitud. Hoy en día, sí conocemos algunos asteroides con órbitas anormales. El primer asteroide atípico descubierto fue Eros, el cual tiene una órbita que lo acerca más al Sol de lo que se acerca a Marte. Por otro lado, este asteroide se acerca más a la Tierra, en ocasiones a tan sólo a veintidós millones de kilómetros, que cualquier otro cuerpo de su tamaño o mayor, exceptuando la Luna. Sin embargo, no fue descubierto hasta 1898. Luego, en 1906, se descubrió Achilles. Fue el primero de los asteroides troyanos, y son atípicos porque se desplazan alrededor del Sol en la órbita de Júpiter, aunque por delante o por detrás de este planeta. —¿No pudo Moriarty haberse anticipado a estos acontecimientos y haber descrito estas órbitas atípicas? —preguntó Gonzalo. —Aunque se hubiera anticipado, estas órbitas son atípicas en cuanto a su posición, pero no en cuanto a su dinámica. Los asteroides troyanos ofrecen algunas cuestiones teóricas de interés, pero ya habían sido contestadas por Lagrange un siglo antes. Hubo un silencio corto, y luego intervino Henry: —Pero el título está ahí, señor. Si aceptamos la premisa sherlockiana de que tiene que tener algún significado, ¿existe la posibilidad de que se refiriese a una época en la que sólo hubiera un cuerpo en órbita entre Marte y Júpiter? Drake sonrió: —No se haga el ignorante, Henry. Usted está hablando de la teoría de la gran explosión para explicar la existencia de asteroides. Por un momento parecía que Henry iba a sonreír. Si tuvo la tentación de hacerlo lo disimuló muy bien y dijo: —Alguna vez he leído la sugerencia de que una vez hubo un planeta entre Marte y Júpiter y que explotó. —Esa teoría ya no se lleva —dijo Drake—, pero fue muy popular en su día. En 1801, cuando el primer asteroide, el Ceres, fue descubierto, resultó tener un diámetro de tan sólo unos setecientos kilómetros, lo cual es sorprendentemente pequeño. Lo que sorprendió aún más fue el hecho de que a lo largo de los tres años siguientes se descubrieron otros tres asteroides con órbitas muy similares. En seguida surgió la teoría de la explosión de un planeta. —¿No podría estar refiriéndose el profesor Moriarty a este planeta antes de su explosión cuando hablaba de un asteroide? —dijo Henry. —Supongo que sí, pero ¿por qué no lo llamó planeta? —dijo Drake. —¿Habría sido realmente un gran planeta? —No, Henry. Si se juntaran todos los asteroides no formarían un planeta mayor a unos mil seiscientos kilómetros de diámetro. —¿No sería más aproximado a lo que conocemos hoy con el nombre de asteroide que a un planeta? Esto sería aún más claro en 1875, cuando se conocían menos asteroides y este cuerpo original habría parecido aún más pequeño. —Quizá —dijo Drake—. Pero entonces, ¿por qué no lo llamó el asteroide? —Quizá pensara el profesor Moriarty que llamarlo La dinámica del asteroide fuera un título demasiado específico. Quizá pensara que la teoría de la explosión no estaba lo suficientemente probada como para permitirle hablar de algo más que de un asteroide. A pesar de la falta de escrúpulos que demostró Moriarty fuera del mundo científico, debemos suponer que era un matemático meticuloso y exageradamente preciso. Mason estaba sonriendo de nuevo: —Eso me gusta, Henry. Es una idea genial —y tras decir esto le dio la razón a Gonzalo. —Ya se lo dije —reiteró Gonzalo. —Un momento. Vamos a ver a dónde nos lleva todo esto. Moriarty no puede estar sólo hablando de la dinámica del asteroide original como un cuerpo que gira alrededor del Sol, porque estaría siguiendo la teoría gravitacional, como lo hacen todos sus descendientes. Tendría que hablar acerca de la explosión. Estaría analizando las fuerzas dentro de la estructura del planeta que hicieran posible la explosión. Tendría que discutir sobre las consecuencias de la explosión, y todo esto está dentro de los límites de la teoría gravitacional. Tendría que calcular las fuerzas de tal manera que la resultante de la explosión diera lugar a efectos gravitacionales que dejara a los fragmentos asteroidales en la órbita en la que se encuentran hoy. Drake se paró a pensar, asintió y continuó hablando: —No estaría mal. Sería un problema matemático digno del cerebro de Moriarty, y podemos suponer que sería el primer paso de cualquier matemático que se atreve a enfrentarse a un problema astronómico tan complejo. Sí, me gusta. —A mí también me gusta —dijo Mason—. Si me puedo acordar de todo lo que han dicho, ya tengo el artículo escrito. Dios mío, esto es maravilloso. —De hecho, señores —dijo Henry—, creo que esta hipótesis es aún mejor de lo que ha planteado el doctor Drake. Creo recordar que el señor Rubin mencionó antes que debemos suponer que el tratado del profesor Moriarty fue suprimido por no encontrarse en los anales científicos. Me parece que si nuestra teoría logra explicar esta supresión se afianzará aún más. —Desde luego —dijo Avalon—, pero ¿puede explicarlo? —Suponga —dijo Henry con voz cálida— que por encima de la dificultad del problema y el mérito de resolverlo hay un motivo oculto que persigue Moriarty. Después de todo, estamos ante la destrucción de un mundo. Ante un criminal como Moriarty, cuya mente enferma discurría para producir el caos en la Tierra, para romper y corromper la sociedad y la economía mundial. Tenía que haber algo de fascinación en la destrucción física de un mundo. ¿No se le ocurriría pensar que en el asteroide primitivo pudiera existir otro como él? ¿Una persona llena de malicia que había osado alterar las peligrosas fuerzas del interior del planeta? Moriarty pudo haber imaginado que este super-Moriarty del asteroide original había destruido deliberadamente su mundo y toda la vida existente sobre él, incluyendo la suya propia, dejando a los asteroides que ahora existen como lápidas conmemorativas de su acción. ¿Existe la posibilidad de que Moriarty sintiera envidia de esta hazaña y que intentase realizar los cálculos necesarios para llevar a cabo esta misma acción en la Tierra? ¿No es posible que los pocos científicos europeos capaces de adivinar sólo una mínima parte de lo que Moriarty estaba diciendo en su tratado entendieran que lo que describía no era un modelo matemático del origen de los asteroides, sino el comienzo de una receta para llevar a cabo el crimen definitivo…, la destrucción de la Tierra, de la vida y de la creación de un cinturón de asteroides aún mayor? No sería sorprendente que una comunidad científica espantada suprimiera un trabajo de tales características. Y cuando terminó de hablar Henry hubo un momento de silencio y Drake aplaudió. Los demás se unieron al aplauso. Henry se ruborizó: —Lo siento —murmuró cuando se hubieron acallado los aplausos—, creo que he hablado demasiado. —En absoluto —dijo Avalon—. Fue un estallido sorprendente de poesía que me encantó oír. —Yo, francamente, creo que es perfecto —dijo Halsted—. Es exactamente lo que haría Moriarty y explica todo. ¿No está de acuerdo, Ron? —Lo pensaba decir —dijo Mason— en cuanto se me hubiera pasado el asombro. No pediré más que escribir un trabajo sherlockiano basado en el análisis de Henry. ¿Pero cómo voy a apropiarme de sus ideas? —Son suyas, señor Mason —dijo Henry—. Mi regalo por haber iniciado una sesión tan sumamente gratificante. Como usted verá, yo también he sido un devoto lector de Sherlock Holmes durante un buen número de años. FIN Autor: Isaac Asimov Título: El crimen definitivo Título Original: The Ultimate Crime Publicado en: More Tales of the Black Widowers (1976)
- "El vástago", cuento de Silvina Ocampo
El vástago Silvina Ocampo Hasta en la manía de poner sobrenombres a las personas, Ángel Arturo se parece a Labuelo; fue él quien bautizó a este último y al gato, con el mismo nombre. Es una satisfacción pensar que Labuelo sufrió en carne propia lo que sufrieron otros por culpa de él. A mí me puso Tacho, a mi hermano Pingo y a mi cuñada Chica, para humillarla, pero Ángel Arturo lo marcó a él para siempre con el nombre de Labuelo. Este de algún modo proyectó sobre el vástago inocente, rasgos, muecas, personalidad: fue la última y la más perfecta de sus venganzas. En la casa de la calle Tacuarí vivíamos mi hermano y yo, hasta que fuimos mayores, en una sola habitación. La casa era enorme, pero no convenía que ocupáramos, según opinaba Labuelo, distintos dormitorios. Teníamos que estar incómodos, para ser hombres. Mi cama, detalle inexplicable, estaba arrimada al ropero. Asimismo nuestra habitación, se transformaba, los días de semana, en taller de costura de una gitana que reformaba, para nosotros, camisas deformes, y los domingos en depósito de empanadas y pastelitos (que la cocinera, por orden de Labuelo, no nos permitía probar) para regalos destinados a dos o tres señoras del vecindario. Para mal de mis pecados, yo era zurdo. Cuando en la mano izquierda tomaba el lápiz para escribir, o empuñaba el cuchillo, a la hora de las comidas, para cortar carne, Labuelo me daba una bofetada y me mandaba a la cama sin comer. Llegué a perder dos dientes a fuerza de golpes y, por esa penitencia, a debilitarme tanto, que en verano, con abrigos de invierno, temblaba de frío. Para curarme, Labuelo me dejó pasar toda una noche bajo la lluvia, en camisón, descalzo sobre las baldosas. Si no he muerto, es porque Dios es grande o porque somos más fuertes de lo que creemos. Sólo después del casamiento de Arturo (mi hermano), ocupamos, él y yo, diferentes habitaciones. Por una ironía de la suerte lograba con mi desdicha lo que tanto había esperado: un cuarto propio. Arturo ocupó una habitación, en los fondos más inhospitalarios de la casa, con su mujer (se me hiela la sangre cuando lo digo, como si no me hubiera habituado) y yo, otra, que daba, con sus balcones de estuco y de mármol, a la calle. Por razones misteriosas, no se podía entrar en un cuarto de baño que estaba junto a mi dormitorio; en consecuencia, yo tenía que atravesar, para ir al baño, dos patios. Por culpa de esas manías, para no helarme de frío en invierno o para no pasar junto a la habitación de mi hermano casado, orinando o jabonándome las orejas, las manos o los pies debajo del grifo, quemé dos plantas de jazmines que nadie regaba, salvo yo. Pero volveré a recordar mi infancia, que si no fue alegre, fue menos sombría que mi pubertad. Durante mucho tiempo creyeron que Labuelo era portero de la casa. A los siete años yo mismo lo creía. En una entrada lujosa, con puerta cancel, donde brillaban vidrios azules como zafiros y rojos como rubíes, un hombre, sentado en una silla de Viena, leyendo siempre algún diario, en mangas de camisa y pantalón de fantasía raído, no podía ser sino el portero. Labuelo vivía sentado en aquel zaguán, para impedirnos salir o para fiscalizar el motivo de nuestras salidas. Lo peor de todo es que dormía con los ojos abiertos: aun roncando, sumido en el más profundo de los sueños, veía lo que hacíamos o lo que hacían las moscas, a su alrededor. Burlarlo era difícil, por no decir imposible. A veces nos escapábamos por el balcón. Un día mi hermano recogió un perro perdido, y para no afrontar responsabilidades, me lo regaló. Lo escondimos detrás del ropero. Sus ladridos pronto me delataron. Labuelo, de un balazo, le reventó la cabeza, para probar su puntería y mi debilidad. No contento con este acto me obligó a pasar la lengua por el sitio donde el perro había dormido. —Los perros en la perrera, en las jaulas o en el otro mundo —solía decir. Sin embargo, en el campo, cuando salía a caballo, una jauría que manejaba a puntapiés o a rebencazos, iba a la zaga. Otro día, al saltar del balcón a la acera durante la siesta, me recalqué un tobillo. Labuelo me divisó desde su puesto. No dijo nada, pero a la hora de la cena, me hizo subir por la escalera de mano que comunicaba con la azotea, para acarrear ladrillos amontonados, hasta que me desmayé. ¿Para qué amontonaba ladrillos? La riqueza de nuestra familia no se advertía sino en detalles incongruentes: en bóvedas, con columnas de mármol y estatuas, en bodegas bien surtidas, en legados que iban pasando de generación en generación, en álbumes de cuero repujado, con retratos célebres de familia; en un sinfín de sirvientes, todos jubilados, que traían, de cuando en cuando, huevos frescos, naranjas, pollos o junquillos, de regalo, y en el campo de Azul, cuyos potreros adornaban, en fotografías, las paredes del último patio, donde había siempre jaulas con gallinas, canarios, que nosotros teníamos que cuidar y mesas de hierro con plantas de hojas amarillas, que siempre estaban a punto de morir, como diciendo, mírame y no me toques. Cuando quise estudiar francés, Labuelo me quemó los libros, porque para él todo libro francés era indecente. A mi hermano y a mí no nos gustaban los trabajos de campo. A los quince años tuvimos que abandonar la ciudad para enterrarnos en aquella estancia de Azul. Labuelo nos hizo trabajar a la par de los peones, cosa que hubiera resultado divertida si no fuera que se ensañaba en castigarnos porque éramos ignorantes o torpes para cumplir los trabajos. Nunca tuvimos un traje nuevo: si lo teníamos era de las liquidaciones de las peores tiendas: nos quedaba ajustado o demasiado grande y era de ese color café con leche que nos deprimía tanto; había que usar los zapatos viejos de Labuelo, que eran ya para la basura, con la punta rellena de papel. Tomar café no nos permitían. ¿Fumar? Podíamos hacerlo en el cuarto de baño, encerrados con llave, hasta que Labuelo nos sacó la llave. ¿Mujeres? Conseguíamos siempre las peores y, en el mejor de los casos, podíamos estar con ellas cinco minutos. Bailes, teatros, diversiones, amigos, todo estaba vedado. Nadie podrá creerlo: jamás fui a un corso de carnaval ni tuve una careta en las manos. Vivíamos, en Buenos Aires, como en un claustro, baldeando patios, fregando pisos dos veces por día; en la estancia, como en un desierto, sin agua para bañarnos y sin luz para estudiar, comiendo carne de oveja, galleta y nada más. —Si tiene tantos dientes sin caries es de no comer dulces —opinaba la gitana que no tenía ninguno. Labuelo no quería que nos casáramos y de haberlo permitido nuestra vestimenta hubiera sido un serio impedimento para ello. Enfermó de ira por no poder adivinar nuestros secretos de muchachos. ¿Quién no tiene novia en aquella edad? Labuelo se escondió debajo de mi cama para oírnos hablar a mi hermano y a mí, una noche. Hablábamos de Leticia. ¿La sordera o la maldad le hizo pensar que ella era la amante de mi hermano? Nunca lo sabré. Al moverse, para no ser visto, se le enganchó parte de la barba a una bisagra del armario donde tenía apoyada la cabeza, y dio un gruñido que en aquel momento de intimidad nos dejó aterrados. Al ver que estaba a cuatro patas, como un animal cualquiera, no le perdí el miedo, pero sí el respeto, para siempre. Amenazado por el juez y por los padres de Leticia que había quedado embarazada, en una de nuestras más inolvidables excursiones a Palermo, en bañadera, mi hermano tuvo que casarse. Nadie quiso escuchar razones. Por un extraño azar, Leticia no confesó que yo era el padre del hijo que iba a nacer. Quedé soltero. Sufrí ese atropello como una de las tantas fatalidades de mi vida. ¿Llegó a parecerme natural que Leticia durmiera con mi hermano? De ningún modo natural, pero sí obligatorio e inevitable. En los primeros tiempos de mi desventura, le dejaba cartas encendidas debajo del felpudo de la puerta o esperaba que saliera de su cuarto para dirigirle dos o tres palabras, pero el terror de ser descubierto y Ángel Arturo que nos espiaba, paralizaron mis ímpetus. Cuando Ángel Arturo nació, oh vanas ilusiones, creíamos que todo iba a cambiar. Como carecía de barbas y anteojos, no advertíamos que era el retrato de Labuelo. En la cuna celeste, el llanto de la criatura ablandó un poquito nuestros corazones. Fue una ilusión convencional. Mimábamos, sin embargo, al niño, lo acariciábamos. Cuando cumplió tres años, era ya un hombrecito. Lo fotografiaron en los brazos de Labuelo. En la casa todo era para Ángel Arturo. Labuelo no le negaba nada, ni el teléfono que no nos permitía utilizar más de cinco minutos, a las ocho de la mañana, ni el cuarto de baño clausurado, ni la luz eléctrica de los veladores, que no nos permitía encender después de las doce de la noche. Si pedía mi reloj o mi lapicera fuente para jugar, Labuelo me obligaba a dárselos. Perdí, de ese modo, reloj y lapicera. ¡Quién me regalará otros! El revólver, descargado, con mango de marfil, que Labuelo guardaba en el cajón del escritorio, también sirvió de juguete para Ángel Arturo. La fascinación que el revólver ejerció sobre él, le hizo olvidar todos los otros objetos. Fue una dicha en aquellos días oscuros. Cuando descubrimos por primera vez a Ángel Arturo jugando con el revólver, los tres, mi hermano, Leticia y yo, nos miramos pensando seguramente en lo mismo. Sonreímos. Ninguna sonrisa fue tan compartida ni elocuente. Al día siguiente uno de nosotros compró en la juguetería un revólver de juguete (no gastábamos en juguetes, pero en ese revólver gastamos una fortuna): así fuimos familiarizando a Ángel Arturo con el arma, haciéndolo apuntar contra nosotros. Cuando Ángel Arturo atacó a Labuelo con el revólver verdadero, de un modo magistral (tan inusitado para su edad) este último rio como si le hicieran cosquillas. Desgraciadamente, por grande que fuera la habilidad del niño en apuntar y oprimir el gatillo, el revólver estaba descargado. Corríamos el riesgo de morir todos, pero ¿qué era ese nimio peligro comparado con nuestra actual miseria? Pasamos un momento feliz, de unión entre nosotros. Teníamos que cargar el revólver: Leticia prometió hacerlo antes de la hora en que nieto y abuelo jugaban a los bandidos o a la cacería. Leticia cumplió su palabra. En el cuarto frío (era el mes de julio), tiritando, sin mirarnos, esperamos la detonación, mientras fregábamos el piso, porque se había inundado, junto con Buenos Aires, el aljibe del patio. Tardó aquello más que toda nuestra vida. ¡Pero aun lo que más tarda llega! Oímos la detonación. Fue un momento feliz para mí, al menos. Ahora, Ángel Arturo tomó posesión de esta casa y nuestra venganza tal vez no sea sino venganza de Labuelo. Nunca pude vivir con Leticia como marido y mujer. Ángel Arturo con su enorme cabeza pegada a la puerta cancel, asistió, victorioso, a nuestras desventuras y al fin de nuestro amor. Por eso y desde entonces lo llamamos Labuelo. Autor: Silvina Ocampo Título: El vástago Publicado en: La furia (1959)
- "Hijo de sangre", cuento de Richard Matheson
Jules es un muchacho extraño, marginado por su vecindario y cautivado por la idea de convertirse en vampiro. Desde que descubre Drácula , su obsesión crece hasta llevarlo a un inquietante vínculo con un murciélago del zoológico. Lo que empieza como un juego macabro pronto se transforma en un acto extremo que pondrá a prueba los límites entre la fantasía y la realidad. Hijo de sangre Richard Matheson Cuando los vecinos de la manzana se enteraron de la composición que había escrito Jules, decidieron definitivamente que el muchacho estaba loco. Hacía tiempo que lo sospechaban. Su mirada inexpresiva hacía estremecer a la gente. Y ese modo de hablar, áspero, gutural, no parecía normal en cuerpo tan frágil. La palidez de su piel asustaba a más de una criatura; parecía pender suelta por sobre la carne. Jules odiaba la luz del sol. Y sus ideas resultaban un poco fuera de lugar para la gente que vivía en la misma manzana. Jules quería ser un vampiro. Se tenía por cierto que había nacido en una noche de tormenta, mientras el viento arrancaba los árboles de raíz. Decían que al nacer tenía tres dientes, y que los usó para prenderse al pecho de su madre, sacándole sangre junto con la leche. Decían que al oscurecer ladraba y reía en su cuna. Que caminó a los dos meses, y que se sentaba a mirar la luna en las noches claras. Eso decía la gente. Los padres estaban muy preocupados por él. Como era el único hijo, repararon de inmediato en sus rarezas. Al principio lo creyeron ciego, pero el médico les dijo que se trataba sólo de una mirada vacía. Dijo que Jules, dado el gran tamaño de la cabeza, podía ser un genio o un idiota. Resultó ser idiota. Hasta los cinco años no pronunció una palabra. Entonces, una noche, al sentarse a la mesa, dijo: «Muerte». Sus padres se sintieron confusos, entre la alegría y el disgusto. Finalmente encontraron el punto medio entre ambos sentimientos, y decidieron que Jules no debía saber qué significaba esa palabra. Pero Jules lo sabía. A partir de aquella noche, desarrolló un vocabulario tan amplio que cuantos lo conocían quedaban atónitos. No sólo aprendía de inmediato cuantos vocablos escuchaba, los que leía en los carteles, en las revistas y en los libros: además inventaba sus propias palabras. Como «sensanoche» o «matamor». En realidad, eran varias palabras mezcladas y fundidas, y expresaban cosas que Jules sentía, sin que le fuera posible explicarlas con otro vocabulario. Solía sentarse en el porche mientras los otros niños jugaban a la rayuela o a la pelota. Miraba fijamente la vereda, y creaba sus palabras. Hasta la edad de doce años, Jules no buscó ningún tipo de problemas. Hubo, por cierto, una vez en que lo encontraron desvistiendo a Olivie Jones en un callejón, y en otra oportunidad lo descubrieron disecando un gatito en su propia cama. Pero transcurrieron varios años entre uno y otro episodio, y aquellos escándalos cayeron en el olvido. En general, durante toda su infancia no hizo nada peor que resultarles desagradable a quienes lo conocían. Asistía a la escuela, pero nunca estudiaba. Tardaba dos o tres años en aprobar cada grado. Todos los maestros lo conocían por su nombre de pila. En algunas materias, tales como lectura y redacción, era casi brillante. En otras, en cambio, no tenía remedio. A los doce años, un sábado, Jules fue al cine a ver «Drácula». Cuando la película terminó, salió convertido en una masa de nervios palpitantes. Volvió a su casa y se encerró en el baño durante dos horas. Por mucho que los padres golpearon la puerta y gritaron sus amenazas, no salió. Finalmente apareció, a la hora de la cena, con un vendaje en el pulgar y una expresión satisfecha. A la mañana siguiente fue a la biblioteca. Era domingo. Durante todo el día aguardó a que abrieran el lugar, sentado en los escalones. Al fin volvió a su casa. Pero a la mañana siguiente, en vez de ir a clase, volvió a la biblioteca. Entre los estantes de libros localizó el tomo de «Drácula». No podía retirarlo en préstamo, pues no era socio; para asociarse tenía que presentarse con el padre o la madre. Por lo tanto, se limitó a esconder el libro en el pantalón, y se marchó sin devolverlo. Fue al parque, y allí se sentó a leer el libro. Ya era de noche cuando terminó. Entonces volvió a empezarlo, mientras volvía a la casa, leyendo a la luz de las lámparas. De todos los reproches que se le hicieron por haberse salteado la comida y la cena, no oyó una palabra. Comió, fue a su cuarto y terminó el libro por segunda vez. Cuando le preguntaron de dónde lo había sacado, respondió que lo había encontrado en la calle. Pasaron varios días. Jules leyó aquella historia una y otra vez, y no volvió a la escuela. Por las noches, cuando el sueño y el cansancio lo vencían, la madre llevaba el libro a la sala para mostrárselo al esposo. Una noche notaron que Jules había subrayado ciertas frases con ideas temblorosas: «Los labios estaban rojos de sangre fresca, el surco había corrido por su barbilla, manchando la pureza de su mortaja», o «Cuando la sangre comenzó a manar, me tomó las manos con una sola de las suyas, sujetándolas con fuerza; con la otra me impulsó por el cuello, oprimiendo mis labios contra la herida». Cuando la madre vio aquello, arrojó el libro al depósito de basura. A la mañana siguiente, Jules descubrió la falta del libro, lanzó un grito y retorció el brazo a su madre hasta que ella le dijo dónde lo había escondido. El muchacho corrió al sótano y escarbó entre las montañas de desperdicios hasta encontrar su libro. Con las manos y las muñecas sucias de borra de café y clara de huevo, volvió al parque y leyó nuevamente el volumen. Durante todo un mes, no hizo sino leerlo ávidamente. Por último, llegó a conocerlo tan bien que lo descartó: le bastaba con pensar en él. Los boletines de la escuela denunciaban sus constantes ausencias, y la madre le gritó. Por lo tanto, Jules decidió retornar por un tiempo. Quería escribir una composición. Un día la escribió en clase. Cuando todo el mundo hubo terminado, la maestra preguntó quién quería leer su composición en voz alta, y Jules levantó la mano. Fue toda una sorpresa para la maestra, pero se dejó llevar por la piedad y por el deseo de alentarlo. Le tomó la pequeña barbilla con una sonrisa, diciendo: —Muy bien. Atención, niños, Jules nos va a leer su composición. Jules se puso de pie, excitado. El papel le temblaba en las manos. Leyó. —«Mi ambición», por… —Pasa al frente, querido. Jules pasó al frente de la clase. La maestra sonreía con afecto. Volvió a empezar. —«Mi ambición», por Jules Drácula. La sonrisa de la maestra se desvaneció. —«Cuando crezca, quiero ser vampiro». Los labios de la maestra se curvaron hacia abajo, y sus ojos se dilataron. —«Quiero vivir eternamente, y arreglar cuentas con todo el mundo, y convertir en vampiros a todas las muchachas». —¡Jules! —«Quiero tener un aliento hediondo, que huela a tierra muerta, a criptas y a dulces ataúdes». La maestra se estremeció. Sin poder creer en lo que oía, crispó una mano sobre el secante verde. Los niños estaban boquiabiertos. Se oían algunas risitas, pero no entre las niñas, por cierto. —«Quiero que mi cuerpo sea frío, y mi carne esté podrida. Quiero tener sangre robada en las venas». —Con eso ba… ¡Ejemmmm! —la maestra se aclaró ruidosamente la garganta—. Con eso basta, Jules —dijo. Jules siguió hablando, en voz alta y desesperada. —«Quiero hundir mis dientes blancos, terribles, en el cuello de las víctimas. Quiero que…». —¡Jules! ¡Vuelve a tu asiento inmediatamente! —«Quiero que se claven como navajas en la carne y en las venas» —leyó Jules, en tono feroz. La maestra se levantó de un salto. Los niños temblaban. Ya no había risitas. —«Y después, cuando los retire, la sangre manará abundante en mi boca, me correrá cálidamente por la garganta y…». La mujer lo tomó por el brazo. Jules se desasió y escapó hasta un rincón. Allí, parapetado tras un banquito, gritó: —«¡Y sacaré la lengua, y deslizaré los labios por la garganta de mis víctimas! ¡Quiero beber sangre de mujer!». La maestra se lanzó en arremetida, sacándolo a la rastra de su rincón. Jules se defendió a zarpazos, y gritó durante todo el trayecto hasta la oficina del director: —¡Esa es mi ambición! ¡Esa es mi ambición! ¡Esa es mi ambición! Fue horrible. Con Jules encerrado en su cuarto, la maestra y el director celebraron una reunión con los padres, relatando la escena en tonos sepulcrales. En todas las casas de la manzana se discutía el mismo tema. Los padres, al principio, se negaron a creerlo, tomando la historia como invención de los niños. Pero acabaron por pensar que, si los chicos eran capaces de inventar tales cosas, habían estado criando a verdaderos monstruos. Y optaron por creerlo. Después de aquel episodio, todos observaban a Jules con mirada de gavilán. Evitaban el contacto con él. Los padres apartaban a sus hijos cuando lo veían aproximarse, y por todas partes corrían leyendas sobre él. Hubo más partes de ausencias escolares. Jules comunicó a su madre que no volvería a la escuela, y nada pudo hacerlo cambiar de idea. Jamás volvió. Cada vez que los funcionarios de inspección escolar visitaban su casa, Jules escapaba por los techos. Y así pasó un año. Jules vagaba por las calles en busca de algo, sin saber qué. Lo buscó en los callejones, en las latas de basura y en los terrenos baldíos. Lo buscó por el este, por el oeste y en el medio. Y no podía encontrarlo. Pocas veces dormía, y nunca hablaba. Se pasaba los días con la mirada gacha. Olvidó todas las palabras de su invención. Hasta que al fin… Un día, en el parque, Jules pasó por el zoológico. Frente a la jaula del murciélago vampiro, una corriente eléctrica pareció atravesarle el cuerpo. Los ojos se le dilataron, y sus dientes descoloridos lucieron en una sonrisa. A partir de aquel día, Jules volvió diariamente al zoológico, para contemplar al vampiro. Hablaba con él, llamándole «conde». En el fondo de su corazón, lo consideraba en verdad como un hombre que había cambiado de forma. Le atacó nuevamente la sed de cultura. Robó otro libro de la biblioteca, donde se describía toda la vida salvaje. Encontró la página donde se hablaba del murciélago vampiro, la arrancó, y descartó el resto del libro. Aprendió de memoria aquel trozo. Aprendió cómo hace el murciélago la incisión, cómo lame la sangre, tal como un gatito lame su crema, cómo camina sobre las puntas de sus alas plegadas y sobre las patas traseras, tal como una araña negra y velluda. Por qué la sangre es su único alimento. Pasaron los meses. Jules seguía contemplando al murciélago y hablándole. Se convirtió en el único consuelo de su vida, el símbolo de los sueños hechos realidad. Un día, Jules notó que el tejido de alambre que cubría la jaula se había aflojado en el fondo. Echó una veloz mirada alrededor. Nadie lo miraba. El día estaba nublado, y no había mucha gente en el zoológico. Jules tironeó del alambre. Se movía un poco. En ese momento, un hombre salió de la jaula de los monos. Jules retiró la mano y se alejó a grandes pasos. Desde aquella noche, Jules esperaba a que todos le creyeran dormido, y pasaba descalzo junto al dormitorio de sus padres. Escuchaba los ronquidos del interior, y se calzaba apresuradamente para correr al zoológico. Si el guardián no estaba cerca, Jules tironeaba del alambre, que iba aflojándose cada vez más. Cuando llegaba el momento de volver a su casa, volvía a colocar el alambre en su sitio, para que nadie pudiera sospechar. Pasaba el día entero frente a la jaula, contemplando al «conde»; reía entre dientes, prometiéndole que pronto volvería a estar libre. Contaba al «conde» todo lo que sabía. Le contaba que pensaba practicar hasta poder bajar por las paredes cabeza abajo. Le decía que no se preocupara, que pronto estaría fuera de allí. Y entonces, juntos, podrían recorrer la zona y beber la sangre de las muchachas. Una noche, Jules quitó el alambre y se arrastró por debajo, hasta entrar a la jaula. Estaba muy oscuro. De rodillas, avanzó hasta la pequeña casilla de madera, y prestó atención, tratando de oír los chillidos del «conde». Introdujo la mano por la puerta oscura, susurrando. Un aguijonazo en el dedo le hizo saltar. Con una expresión de inmenso placer, atrajo hacia sí a aquel murciélago velludo y palpitante. Salió con él de la jaula, y huyó a la carrera del zoológico y del parque, por las calles silenciosas. La mañana avanzaba. La luz iba poniendo un toque gris en los cielos sombríos. Pero Jules no podía volver a su casa. Necesitaba un lugar donde ir. Bajó por un callejón y trepó por un cerco, sin soltar al murciélago, que lamía la sangre del dedo herido. Cruzó un patio, y entró a un pequeño cobertizo desierto. El interior estaba oscuro y húmedo, lleno de cascotes, latas vacías, excrementos y cartones mojados. Jules se aseguró de que el murciélago no pudiera escapar. Después cerró la puerta y colocó un palo a modo de traba. El corazón le latía furiosamente, los miembros le temblaban. Dejó en libertad al murciélago. Éste voló hasta un rincón oscuro, y allí se colgó de unas tablas. Jules se arrancó febrilmente la camisa; sus labios se estremecieron en una sonrisa demencial. Sacó del bolsillo de sus pantalones una pequeña navaja que había robado a su madre. La abrió, y deslizó un dedo sobre la hoja; el filo le cortó la carne. Con una mano temblorosa, lanzó un golpe contra su propia garganta. La sangre corrió entre los dedos. —¡Conde! ¡Conde! —gritó, frenético de alegría—. ¡Beba mi sangre roja! ¡Bébame! ¡Bébame! Avanzó a tropezones entre las latas vacías, resbalando, mientras buscaba a tientas al murciélago. El animal se desprendió de un salto y voló, raudo, a través del cobertizo, para colgarse en el otro extremo. Por las mejillas de Jules se deslizaron dos lágrimas. Apretó los dientes. La sangre le corría por los hombros, por el pecho angosto y lampiño. El cuerpo entero se le estremecía, como atacado por la fiebre. Tambaleándose, se volvió hacia el otro extremo del cobertizo. Tropezó, y el borde agudo de una lata le abrió un tajo en el costado. Alargó las manos, y aferró el cuerpo del murciélago para ponérselo a la garganta. Se dejó caer de espaldas sobre la tierra húmeda y fría, y dejó escapar un suspiro. Con las manos apretadas contra el pecho, empezó a gemir, presa de náuseas. El murciélago negro, posado sobre su cuello, lamía silenciosamente la sangre. Jules sintió que la vida se le escapaba. Pensó en todos los años pasados. La espera, sus padres, la escuela. Drácula. Los sueños. Todo acababa allí, en esa gloria repentina. Abrió los ojos, y el interior de aquel cobertizo maloliente dio vueltas a su alrededor. La respiración se le hacía difícil. Abrió la boca para aspirar una bocanada de aire, pero le resultó desagradable. Tosió, y su cuerpo desnudo se agitó sobre el suelo frío. El cerebro se le iba cubriendo de neblinas, una sobre otra, como velos echados sobre él. De pronto, la mente se le iluminó con una espantosa claridad. Sintió el dolor agudo en el costado. Supo que yacía medio desnudo entre los desperdicios, dejando que un murciélago volador le bebiera la sangre. Con un grito ahogado, se irguió, arrancándose del cuello aquel bulto peludo y palpitante, y lo arrojó lejos de sí. El animal volvió, abanicándole el rostro con las alas vibrantes. Jules, con gran esfuerzo, se puso de pie y buscó la salida. Casi no veía. Trató de detener en parte la hemorragia, y logró abrir la puerta. Salió al patio oscuro y se dejó caer de boca sobre la hierba alta. Trató de pedir ayuda, pero sus labios no pudieron pronunciar sino un balbuceo ridículo. Oyó el batir de alas. Súbitamente, aquello cesó. Unas manos fuertes lo levantaron con suavidad. Su mirada agonizante se posó en el hombre alto y moreno, cuyos ojos fulguraban como rubíes. —Hijo mío —dijo el hombre. FIN Autor: Richard Matheson Título: Hijo de sangre Título Original: Blood Son (or «Drink My Red Blood …») Publicado en: Imagination, April 1951
- "El rinoceronte" cuento de Juan José Arreola
Una mujer divorciada relata su matrimonio con el juez McBride, a quien describe como un “rinoceronte” por su carácter implacable y egoísta. Tras diez años de soportar su furia y control, logra separarse. Ahora él está casado con Pamela, una mujer dulce pero astuta que ha sabido dominarlo con paciencia y estrategia, debilitando su antigua fuerza y sometiéndolo a una vida moderada y casi dócil. La narradora observa con ironía cómo aquel hombre temible se ha convertido en una versión domesticada de sí mismo. El rinoceronte Juan José Arreola Durante diez años luché con un rinoceronte; soy la esposa divorciada del juez McBride. Joshua McBride me poseyó durante diez años con imperioso egoísmo. Conocí sus arrebatos de furor, su ternura momentánea, y en las altas horas de la noche, su lujuria insistente y ceremoniosa. Renuncié al amor antes de saber lo que era, porque Joshua me demostró con alegatos judiciales que el amor sólo es un cuento que sirve para entretener a las criadas. Me ofreció en cambio su protección de hombre respetable. La protección de un hombre respetable es, según Joshua, la máxima ambición de toda mujer. Diez años luché cuerpo a cuerpo con el rinoceronte, y mi único triunfo consistió en arrastrarlo al divorcio. Joshua McBride se ha casado de nuevo, pero esta vez se equivocó en la elección. Buscando otra Elinor, fue a dar con la horma de su zapato. Pamela es romántica y dulce, pero sabe el secreto que ayuda a vencer a los rinocerontes. Joshua McBride ataca de frente, pero no puede volverse con rapidez. Cuando alguien se coloca de pronto a su espalda, tiene que girar en redondo para volver a atacar. Pamela lo ha cogido de la cola, y no lo suelta, y lo zarandea. De tanto girar en redondo, el juez comienza a dar muestras de fatiga, cede y se ablanda. Se ha vuelto más lento y opaco en sus furores; sus prédicas pierden veracidad, como en labios de un actor desconcertado. Su cólera no sale ya a la superficie. Es como un volcán subterráneo, con Pamela sentada encima, sonriente. Con Joshua, yo naufragaba en el mar; Pamela flota como un barquito de papel en una palangana. Es hija de un Pastor prudente y vegetariano que le enseñó la manera de lograr que los tigres se vuelvan también vegetarianos y prudentes. Hace poco vi a Joshua en la iglesia, oyendo devotamente los oficios dominicales. Está como enjuto y comprimido. Tal parece que Pamela, con sus dos manos frágiles, ha estado reduciendo su volumen y le ha ido doblando el espinazo. Su palidez de vegetariano le da un suave aspecto de enfermo. Las personas que visitan a los McBride me cuentan cosas sorprendentes. Hablan de unas comidas incomprensibles, de almuerzos y cenas sin rosbif; me describen a Joshua devorando enormes fuentes de ensalada. Naturalmente, de tales alimentos no puede extraer las calorías que daban auge a sus antiguas cóleras. Sus platos favoritos han sido metódicamente alterados o suprimidos por implacables y adustas cocineras. El patagrás y el gorgonzola no envuelven ya el roble ahumado del comedor en su untuosa pestilencia. Han sido reemplazados por insípidas cremas y quesos inodoros que Joshua come en silencio, como un niño castigado. Pamela, siempre amable y sonriente, apaga el habano de Joshua a la mitad, raciona el tabaco de su pipa y restringe su whisky. Esto es lo que me cuentan. Me place imaginarlos a los dos solos, cenando en la mesa angosta y larga, bajo la luz fría de los candelabros. Vigilado por la sabia Pamela, Joshua el glotón absorbe colérico sus livianos manjares. Pero sobre todo, me gusta imaginar al rinoceronte en pantuflas, con el gran cuerpo informe bajo la bata, llamando en las altas horas de la noche, tímido y persistente, ante una puerta obstinada. FIN Autor: Juan José Arreola Título: El rinoceronte Publicado en: Bestiario (1972)
- "El mexicano", cuento de Jack London
NADIE CONOCÍA SU HISTORIA, y mucho menos los de la Junta. Era su «pequeño misterio», su «gran patriota» y a su manera trabajaba tanto por la futura Revolución Mexicana como cualquiera de ellos. Eso tardaron en reconocerlo porque ningún miembro de la Junta lo apreciaba. El día que entró por primera vez en sus atestadas y ajetreadas dependencias, todos sospecharon que era un espía, uno de los instrumentos sobornados por el servicio secreto de Díaz. Demasiados de sus camaradas se encontraban en las prisiones civiles y militares dispersas por Estados Unidos, y otros, encadenados, eran obligados a cruzar la frontera y llevados al paredón, donde los fusilaban. La primera impresión que les dio el chico no fue favorable. Era joven, no tenía más de dieciocho años y no estaba muy crecido para su edad. Dijo que se llamaba Felipe Rivera y que deseaba trabajar a favor de la Revolución. Eso fue todo: ni una palabra innecesaria, ni más explicaciones. Se quedó de pie, esperando. Sus labios no sonreían ni había cordialidad en su mirada. Paulino Vera, grande e imponente, se estremeció por dentro. Presentía algo amenazador, terrible, inescrutable. En los ojos negros del chico había algo ponzoñoso, serpentino. Ardían con un fuego frío, con una amargura ingente y concentrada. Los desvió rápidamente de los rostros de los conspiradores a la máquina de escribir que la diminuta señora Sethby aporreaba afanosamente. Sus ojos se detuvieron sobre ella un instante —el mismo en que ella levantó la mirada— y la mujer también sintió ese algo indescriptible que la hizo detenerse. Tuvo que volver a leer lo escrito para recuperar el ritmo de la carta que estaba redactando. Paulino Vera interrogó con la mirada a Arellano y Ramos, quienes lo observaron con la misma duda, para luego mirarse entre ellos. La indecisión los dominó. Ese chico delgado era lo desconocido y representaba toda la amenaza de lo desconocido. Resultaba irreconocible y estaba fuera del alcance de los revolucionarios corrientes y honrados, cuyo feroz odio hacia Díaz y su tiranía solo era el de los patriotas corrientes y honrados. Aquí había algo más, aunque no sabían de qué se trataba. Pero Vera, siempre el más impulsivo, el más rápido en actuar, llenó el vacío. —Muy bien —dijo con frialdad—. Dices que quieres trabajar por la Revolución. Quítate el abrigo. Cuélgalo ahí. Ven conmigo, te enseñaré dónde están los cubos y los paños. El suelo está sucio. Empezarás por fregarlo y también fregarás los suelos de las otras habitaciones. Hay que limpiar las escupideras. Y luego, las ventanas. —¿Por la Revolución? —preguntó el chico. —Por la Revolución —contestó Vera. Rivera les dedicó una mirada de fría sospecha y luego empezó a quitarse el abrigo. —Muy bien —dijo. Y nada más. Día tras día se ocupó de su trabajo: barrer, cepillar, limpiar. Vaciaba las cenizas de las estufas, subía el carbón y la leña menuda y encendía la lumbre antes de que el más trabajador de ellos ocupase su escritorio. —¿Puedo dormir aquí? —preguntó en una ocasión. ¡Ajá! Así que era eso, ¡la mano de Díaz afloraba! Dormir en las habitaciones de la Junta implicaba tener acceso a sus secretos, a las listas de nombres, a las direcciones de los camaradas en suelo mexicano. La petición fue denegada y Rivera no volvió a hablar del asunto. No sabían dónde dormía, ni tampoco dónde o cómo comía. Una vez Arellano le ofreció un par de dólares. Rivera rehusó el dinero con un gesto de cabeza. Cuando Vera intentó que lo aceptara, le dijo: —Trabajo por la Revolución. Para hacer una revolución moderna hace falta dinero y la Junta siempre iba mal de fondos. Sus miembros pasaban hambre, trabajaban arduamente y, por muy largas que fuesen las jornadas, nunca les parecía bastante; y aun así, a veces parecía que la Revolución iba a depender de unos pocos dólares. En una ocasión, cuando debían dos meses de alquiler y el casero amenazaba con echarlos, fue Felipe Rivera, el chico que fregaba y que vestía ropas baratas, de pobre, gastadas y deshilachadas, quien puso sesenta dólares en oro sobre el escritorio de May Sethby. Esa fue la primera vez, pero hubo otras. Trescientas cartas, tecleadas en las siempre ajetreadas máquinas de escribir (peticiones de ayuda, de aprobación de los sindicatos, solicitudes de un trato más justo a los directores de los periódicos, protestas por el trato despótico que los revolucionarios recibían de los tribunales estadounidenses), permanecían sin enviar, a la espera de ser selladas. El reloj de Vera había desaparecido; era un anticuado reloj de repetición de oro que había pertenecido a su padre. Tampoco May Sethby llevaba ya su alianza de oro en el dedo anular. La situación era desesperada. Ramos y Arellano se tiraban del bigote agobiados. Había que enviar las cartas y Correos no vendía sellos a crédito. Entonces Rivera se puso el sombrero y salió. Cuando regresó, depositó mil sellos de dos centavos sobre la mesa de May Sethby. —Me pregunto si será el maldito oro de Díaz —dijo Vera a sus camaradas. Alzaron las cejas, pero no se decidieron. Y Felipe Rivera, el criado de la Revolución, continuó, según se presentaban las ocasiones, aportando oro y plata para uso de la Junta. Ellos seguían sin apreciarlo. No lo conocían. No era como ellos. No intercambiaba confidencias. Rechazaba cualquier tipo de pregunta. Por muy joven que fuese, nunca se atrevían a interrogarlo. —Tal vez sea un alma solitaria y buena, no lo sé. No lo sé —dijo Arellano, impotente. —No es humano —afirmó Ramos. —Le han abrasado el alma —comentó May Sethby—. Lo han despojado a fuego de la risa y la luminosidad. Es como un muerto y a la vez está tremendamente vivo. —Ha vivido un infierno —opinó Vera—. Nadie que no haya vivido un infierno puede ser como él. Y eso que no es más que un crío. Pero seguían sin poder apreciarlo. Nunca hablaba, no preguntaba, no sugería. Permanecía en pie, escuchando, inexpresivo, como muerto, excepto por los ojos, que ardían con frialdad, mientras los demás hablaban de la Revolución exaltados y vehementes. Sus ojos pasaban de rostro en rostro, de un interlocutor a otro, taladrándolos como barrenas de hielo incandescente, desconcertantes y perturbadores. —No es un espía —le confesó Vera a May Sethby—. Es un patriota, créeme, el mayor patriota de todos. Lo sé, lo siento aquí, lo siento en el corazón y en la cabeza. Aunque no lo conozco en absoluto. —Tiene mal carácter —dijo May Sethby. —Lo sé —contestó Vera, estremecido—. Me ha mirado con esos ojos que tiene. No aman, amenazan; son salvajes como los de un tigre. Si yo fuese infiel a la causa, sé que me mataría. No tiene corazón. Es implacable como el acero, penetrante y frío como la helada. Es como la luz de la luna en una noche de invierno durante la que un hombre muere congelado en la cima de una montaña solitaria. No temo a Díaz y a todos sus asesinos, pero este chico sí me da miedo. Te lo digo de verdad: me da miedo. Es el aliento de la muerte. Sin embargo, fue Vera quien persuadió a los otros para que confiaran por primera vez en Rivera. La línea de comunicación entre Los Ángeles y Baja California estaba rota. Tres de los comandantes habían cavado sus propias tumbas antes de recibir un disparo y caer en su interior. Otros dos estaban en Los Ángeles, prisioneros de Estados Unidos. Juan Alvarado, el comandante federal, era un monstruo. Frustraba todos sus planes. Ya no podían ponerse en contacto con los revolucionarios activos, ni con los que esperaban para entrar en acción, que se encontraban en Baja California. Dieron instrucciones al joven Rivera y lo enviaron al sur. Cuando regresó, la comunicación había sido restablecida y Juan Alvarado estaba muerto. Lo habían encontrado en la cama con un cuchillo clavado en el pecho. Eso excedía las instrucciones de Rivera, pero los de la Junta sabían por dónde se había movido y en qué momento. No le preguntaron. Él no dijo nada. Sin embargo, se miraron e hicieron conjeturas. —Os lo dije —opinó Vera—. Díaz tiene más que temer de este joven que de cualquier hombre. Es implacable. Es la mano de Dios. Su mal humor, comentado por May Sethby y presentido por todos, quedó demostrado con pruebas físicas. De vez en cuando aparecía con un labio partido, una mejilla amoratada o una oreja hinchada. Estaba claro que se peleaba en algún lugar de ese mundo exterior en el que comía, dormía, ganaba dinero y hacía cosas que ellos desconocían. Con el paso del tiempo, se ocupó de componer tipográficamente el pequeño periódico revolucionario que publicaban cada semana. Había ocasiones en las que era incapaz de hacerlo porque tenía los nudillos magullados y aporreados, porque tenía los dedos heridos e inservibles, porque tenía un brazo o el otro inmóvil y el rostro transmitía un dolor mudo. —Un gandul —dijo Arellano. —Que frecuenta lugares despreciables —dijo Ramos. —Pero ¿de dónde saca el dinero? —preguntó Vera—. Hoy mismo, ahora mismo acabo de saber que ha pagado la factura del papel: ciento cuarenta dólares. —Y sus ausencias —dijo May Sethby—. Nunca da explicaciones. —Deberíamos ponerle un espía —propuso Ramos. —Yo no tengo ningún interés en ir tras él para espiarlo —dijo Vera—. Temo que no volveríais a verme, excepto para enterrarme. Su ira es terrorífica. Él nunca permitiría que nadie, ni siquiera Dios, se interpusiese entre él y su forma de expresar esa ira. —Yo, ante él, me siento como un niño —confesó Ramos. —Para mí, es poder, es lo primitivo, el lobo salvaje, la serpiente que muerde, el ciempiés que pica —dijo Arellano. —Es la Revolución encarnada —dijo Vera—. Es su llama y su espíritu, el grito insaciable de venganza que no grita, sino que mata en silencio. Es el ángel destructor que avanza entre el silencio de la vigilia nocturna. A nosotros nos tolera porque somos el medio para lograr su deseo. Está solo… es un solitario. Un sollozo entrecortó su voz y se le llenaron los ojos de lágrimas. —Yo lloraría por él —dijo May Sethby—. No conoce a nadie. Odia a todo el mundo. Lo que hacía Rivera y los horarios que seguía resultaban verdaderamente misteriosos. Había períodos en los que estaban una semana entera sin verlo. En una ocasión desapareció durante un mes. Esos ciclos siempre terminaban con su regreso, cuando, sin previo aviso y sin una sola palabra, depositaba monedas de oro sobre la mesa de May Sethby. Entonces volvía a pasar días y semanas con la Junta. Pero de nuevo, y en períodos irregulares, se esfumaba durante la mayor parte del día, desde primera hora de la mañana hasta última de la tarde. En esas fases se presentaba allí muy temprano y muy tarde. Arellano se lo había encontrado a media noche, componiendo la tipografía con los nudillos recién hinchados o con el labio recién partido, sangrando aún. II EL MOMENTO CRÍTICO se acercaba. Que la Revolución saliera adelante o no dependía de la Junta y la Junta lo tenía difícil. La necesidad de dinero era mayor que nunca, pero el dinero resultaba más difícil de conseguir. Los patriotas habían dado hasta su última moneda y no tenían más que dar. Las cuadrillas de obreros —peones que habían huido de México— aportaban la mitad de sus escasos salarios. Pero necesitaban mucho más. El trabajo arduo y agotador de la conjura estaba a punto de dar sus frutos. Había llegado el momento. La Revolución pendía de un hilo. Un empujón más, un último esfuerzo heroico y llegaría la victoria. Sabían bien cómo era México y, una vez comenzada, la Revolución seguiría adelante por su cuenta. La maquinaria de Díaz se derrumbaría como un castillo de naipes. La frontera esperaba para alzarse. Un norteamericano del norte, con cien hombres de la IWW (Trabajadores Industriales del Mundo), aguardaban el aviso para cruzar la frontera y dar comienzo a la conquista de Baja California. Pero necesitaban armas. Y hasta el Atlántico —la Junta en contacto con todos ellos y todos ellos necesitados de armas— había simples aventureros, mercenarios, bandidos, sindicalistas norteamericanos descontentos, socialistas, anarquistas, matones, exiliados mexicanos, peones huidos de su cautiverio, mineros explotados de los calabozos de Coeur d’Alene y Colorado que deseaban luchar con afán de venganza: desechos del espíritu rebelde del complicado mundo moderno. Y la consigna eterna e incesante de todos ellos era armas y munición, munición y armas. Con que esa masa heterogénea, arruinada y vengativa cruzase la frontera, la Revolución se pondría en marcha. La Aduana, los puertos de entrada del norte, serían capturados. Díaz no lograría resistir. No se atrevía a lanzar el peso de sus ejércitos contra ellos porque estaba obligado a defender el sur. Pero a pesar de eso, la llama se extendería por el sur. El pueblo se alzaría. Las defensas de una ciudad tras otra caerían. Los Estados se tambalearían hasta desplomarse. Y por fin, desde todas partes, los ejércitos victoriosos de la Revolución cercarían la ciudad de México, último bastión de Díaz. Aunque faltaba dinero. Tenían hombres, impacientes e insistentes, para usar las armas. Conocían a los tratantes que les venderían y entregarían las armas. Pero difundir la Revolución hasta ese punto había agotado a la Junta. Habían gastado todo cuanto tenían y exprimido los recursos de todos los hambrientos patriotas, y la gran aventura continuaba pendiente de un hilo. ¡Armas y munición! Había que armar a los batallones de andrajosos. Pero ¿cómo? Ramos lamentaba la confiscación de sus propiedades. Arellano se dolía de haber sido tan manirroto en su juventud. May Sethby se preguntaba si las cosas habrían sido distintas en caso de que los de la Junta hubiesen economizado más en el pasado. —¡Pensar que la libertad de México depende de unos miserables miles de dólares! —dijo Paulino Vera. Estaban desesperados. José Amarillo, su última esperanza, converso reciente que prometió darles dinero, había sido detenido en su hacienda de Chihuahua y fusilado contra el muro de su propio establo. Acababan de recibir la noticia. Rivera, que fregaba el suelo de rodillas, levantó la mirada con el cepillo en suspenso, mientras el agua sucia y jabonosa resbalaba por sus brazos. —¿Bastarán cinco mil dólares? —preguntó. Lo miraron asombrados. Vera asintió con la cabeza y tragó saliva. No podía hablar pero al instante se sintió invadido por una fe inmensa. —Encarguen las armas —dijo Rivera y a continuación soltó la retahíla de palabras más larga que le habían oído jamás—. El tiempo apremia. En tres semanas traeré los cinco mil. Eso es bueno. Así el clima beneficiará a los que luchan. Además, no puedo hacer otra cosa. Vera combatió su fe. Demasiadas esperanzas se habían visto truncadas desde que comenzara el juego de la Revolución. Él creía en ese andrajoso criado de la Revolución y, al mismo tiempo, no se atrevía a creer. —Estás loco —dijo. —Tres semanas —insistió Rivera—. Encarguen las armas. Se levantó, se bajó las mangas de la camisa y se puso el abrigo. —Encarguen las armas —dijo—. Me voy. III TRAS MUCHAS CARRERAS de un lado a otro, muchas llamadas telefónicas y muchas palabrotas, en la oficina de Kelly celebraron una reunión nocturna. Kelly estaba agobiado y tenía mala suerte. Había traído a Danny Ward desde Nueva York y organizado un combate contra Billy Carthey que se iba a celebrar al cabo de tres semanas. Pero ya hacía dos días que Carthey guardaba cama, malherido. Aunque habían logrado ocultar la noticia a los periodistas deportivos, no tenían a nadie que ocupase su lugar. Kelly había enviado telegramas a todos los posibles pesos ligeros del este, pero todos tenían otros compromisos y contratos firmados. Ahora recuperaba un poco las esperanzas. —Tienes mucho valor —dijo Kelly a Rivera, tras echarle una ojeada, en cuanto se reunieron. En los ojos de Rivera brilló un odio maligno, pero el rostro permaneció imperturbable. —Puedo machacar a Ward —se limitó a decir. —¿Cómo lo sabes? ¿Lo has visto pelear? Rivera negó con la cabeza. —Acabará contigo con una sola mano y los ojos cerrados. Rivera se encogió de hombros. —¿No tienes nada que decir? —ladró el promotor del combate. —Puedo machacarlo. —¿Contra quién has peleado? —preguntó Michael Kelly. Michael era hermano del promotor y dirigía los billares Yellowstone, donde ganaba importantes sumas de dinero con las apuestas. Rivera le dedicó una mirada penetrante y no contestó. El secretario del promotor, un joven claramente deportista, se burló de forma audible. —Bueno, ya conoces a Roberts —Kelly rompió el silencio hostil—. Debería estar aquí. Lo he avisado. Siéntate y espera, aunque por tu aspecto creo que no tienes ni la más mínima posibilidad. No puedo decepcionar al público con un mal combate. Las localidades junto al cuadrilátero se venden a quince dólares. Cuando Roberts llegó, quedó claro que estaba ligeramente bebido. Era un individuo alto, delgado, tranquilo, que andaba arrastrando los pies y hablaba despacio, arrastrando también las palabras. Kelly fue directo al grano. —Mira, Roberts, has presumido de haber descubierto a este mexicanito. Sabes que Carthey se ha roto el brazo. Pues este cobarde tiene las agallas de aparecer hoy y decir que él ocupará el lugar de Carthey. ¿Qué opinas? —Que está bien, Kelly —fue la lenta respuesta—. Sabe pelear. —Supongo que ahora me dirás que puede machacar a Ward —ladró Kelly. Robert meditó con calma. —No, no lo diré. Ward es de primera, un campeón del cuadrilátero. Pero no puede moler a Rivera rápidamente. Conozco a Rivera. Es insensible. No he conseguido descubrir la forma de enfadarlo. Y es ambidiestro. Puede lanzar los puñetazos más peligrosos desde cualquier posición. —Eso da igual. ¿Qué clase de espectáculo puede ofrecer? Llevas toda la vida preparando y entrenando boxeadores. Respeto tu opinión. ¿Puede lograr que el público se emocione? —Eso sin duda y además preocupará a Ward de lo lindo. Tú no lo conoces. Yo sí. Yo lo descubrí. Es insensible, no se cabrea. Es un demonio. Un prodigio. Hará sentar a Ward con una demostración de talento local que hará poner en pie al resto. No diré que machacará a Ward, pero dará semejante espectáculo que todos sabréis que es la nueva promesa. —De acuerdo —dijo Kelly y se dirigió a su secretario—: Llama a Ward por teléfono. Le dije que lo llamaría para que viniese si me parecía interesante. Está enfrente, en el Yellowstone, sacando pecho y haciéndose el simpático. —Kelly volvió a ocuparse del preparador—. ¿Una copa? Roberts dio un sorbo a su bebida y se desahogó. —Nunca te conté cómo descubrí al condenado. Hace un par de años se presentó en el local. Yo estaba preparando a Prayne para su pelea contra Delaney. Prayne es terrible. No sabe lo que es la compasión. Había golpeado a su colega de una forma inhumana y yo no encontraba ningún chaval dispuesto a trabajar con él. Me fijé en el mexicanito famélico. Yo estaba desesperado, así que lo agarré, le puse los guantes y lo metí en el ring . Era más duro que el cuero sin curtir, pero estaba débil. Y no tenía ni idea de lo que era boxear. Prayne lo hizo picadillo. Pero él aguantó durante dos asaltos repugnantes, hasta que se desmayó. De pura hambre, nada más. ¿Maltrecho? Era imposible reconocerlo. Le di medio dólar y una buena comida. Tenías que ver cómo engullía. Hacía dos días que no tomaba ni un solo bocado. Pensé que no lo vería más. Pero al día siguiente apareció, agarrotado y dolorido, dispuesto a ganarse otro medio dólar y otra buena comida. Con el paso del tiempo lo hizo mejor. Es un boxeador nato y duro como él solo. No tiene corazón. Es un bloque de hielo. Y, desde que lo conozco, no ha dicho más de diez palabras seguidas. Se limita a hacer su trabajo. —Yo lo he visto —dijo el secretario—. Ha trabajado mucho para ti. —Todos los grandes de su peso se han entrenado con él —respondió Roberts—. Y él ha aprendido de ellos. Incluso habría podido machacar a algunos. Pero lo hacía sin ganas. Creo que ni siquiera le gustaba. Actuaba de esa forma. —En los últimos meses ha peleado en algunos clubes de barrio —dijo Kelly. —Sí, pero no sé qué mosca le ha picado. De repente le entraron las ganas. Salió como un rayo y se llevó por delante a todos los pesos ligeros locales. Daba la impresión de que quería dinero, y ha ganado bastante, aunque no lo parezca por cómo va vestido. Es raro. Nadie sabe a qué se dedica. Nadie sabe cómo pasa el tiempo. Incluso cuando está entrenando, la mayoría de los días desaparece en cuanto termina el trabajo. A veces se esfuma durante varias semanas. Pero no escucha a nadie. El tipo que consiga el chollo de ser su mánager podrá ganar una fortuna, pero él ni se lo plantea. Ya verás cómo insiste hasta conseguir dinero en efectivo cuando negociéis las condiciones. En ese momento llegó Danny Ward. Pero no venía solo, lo acompañaban su mánager y su entrenador. Entró despreocupado, como una ráfaga de cordialidad, buen carácter y triunfo. Repartió saludos, una broma, una contestación, una sonrisa o una carcajada entre los presentes. Siempre se portaba así, aunque no era del todo sincero. Pero era buen actor y había descubierto que la cordialidad constituía un activo muy valioso en el proceso de llevarse bien con el mundo. Aunque en el fondo era un hombre de negocios y un boxeador reflexivo y de sangre fría. El resto era una máscara. Quienes lo conocían o tenían tratos con él decían que cuando había que ir al grano actuaba en el acto. Siempre estaba presente en todas las reuniones de negocios y algunos opinaban que su mánager no era más que una tapadera con la única función de hacer de portavoz de Danny. Rivera era muy distinto. Por sus venas corría sangre india, además de española, y se sentó en un rincón, en silencio, inmóvil: solo sus ojos negros pasaban de rostro en rostro y se fijaban en todo. —Así que es este —dijo Danny, observando y evaluando al contrincante que le proponían—. ¿Qué tal, amigo? Los ojos de Rivera ardieron, envenenados, pero no se dio por enterado. Los gringos no le gustaban, pero a ese gringo lo odió con una inmediatez que ni siquiera en él era normal. —¡Hombre, no! —protestó Danny en tono de burla, dirigiéndose al promotor—. No pretenderás que pelee con un sordomudo. —Cuando las carcajadas remitieron, lo intentó otra vez—. Los Ángeles tiene que estar de capa caída si esto es lo mejor que podéis encontrar. ¿De qué guardería lo habéis sacado? —Es un buen chaval, Danny, te lo digo yo —lo defendió Roberts—. No es tan fácil como parece. —Y ya hemos vendido la mitad del aforo —alegó Kelly—. Tendrás que pelear con él, Danny. No tenemos a nadie más. Danny le dedicó a Rivera otra mirada despreocupada y despreciativa, y suspiró. —Supongo que tendré que tratarlo con cuidado. Espero que no desfallezca. Roberts soltó un bufido. —Ten cuidado, sí —advirtió el mánager de Danny—. No te arriesgues con un inútil que podría tener la suerte de dar en el clavo. —Oh, tendré cuidado, sí, mucho cuidado. —Danny sonrió—. Lo machacaré al principio y luego lo mantendré por el bien de nuestro querido público. ¿Qué te parecen quince asaltos, Kelly, y después lo remato? —Estaría bien —fue la respuesta—. Siempre y cuando parezca real. —Pues hablemos de negocios. —Danny hizo una pausa y calculó—. Por supuesto, el sesenta y cinco por ciento de la entrada, igual que con Carthey. Pero lo repartiremos de otra forma. Me conformo con el ochenta —dijo y luego, a su mánager—. ¿Te parece bien? El mánager asintió. —Oye, tú, ¿lo has entendido? —preguntó Kelly a Rivera. Rivera negó con la cabeza. —Te lo explico —dijo Kelly—. La bolsa será el sesenta y cinco por ciento de la venta de entradas. Tú eres un inútil y un desconocido. Danny y tú os repartís la bolsa, el veinte por ciento para ti y el ochenta para Danny. Es lo justo, ¿no, Roberts? —Muy justo, Rivera —convino Roberts—. Verás, aún no eres famoso. —¿Cuánto es el sesenta y cinco por ciento de la entrada? —preguntó Rivera. —Pues serán unos cinco mil, incluso puede que llegue a ocho mil —intervino Danny—. Algo por el estilo. Tu parte sumará unos mil o mil seiscientos dólares. No está mal por llevarse una paliza de un tipo tan famoso como yo. ¿Qué te parece? Entonces Rivera los dejó atónitos. —Todo para el ganador —dijo, muy decidido. Se hizo un silencio absoluto. —Sería como quitarle un caramelo a un niño —proclamó el mánager de Danny. Danny negó con la cabeza. —Llevo demasiado tiempo en esto —explicó—. No censuro al árbitro ni a ninguno de los presentes. No digo nada de los corredores de apuestas ni de las trampas que a veces se hacen. Lo que digo es que es mal negocio para un boxeador como yo. Yo voy a lo seguro. ¿Quién sabe? ¿Y si me rompo un brazo? ¿O alguien me droga? —Volvió a negar con la cabeza, muy solemne—. Gane o pierda, me llevo el ochenta por ciento. ¿Qué dices, mexicano? Rivera dijo que no. Danny estalló. Llegaba el momento de ir al grano. —¡Condenado sudaca! Me dan ganas de arrancarte la cabeza de un puñetazo ahora mismo. Roberts arrastró su cuerpo para interponerse y evitar una agresión. —Todo para el ganador —repitió Rivera hoscamente. —¿Por qué insistes de esa forma? —preguntó Danny. —Puedo machacarte —fue la respuesta directa. Danny hizo ademán de quitarse el abrigo. Pero, como su mánager sabía, no fue más que una representación. Danny no llegó a quitárselo y permitió que el grupo lo aplacara. Todos simpatizaban con él. Rivera estaba solo. —Escucha, cretino —continuó discutiendo Kelly—. Tú no eres nadie. Sabemos a qué te has dedicado estos últimos meses: a pelear con boxeadores locales sin importancia. Pero Danny es pura clase. Su próximo combate después de este será por el título de campeón. Y a ti no te conoce nadie. Fuera de Los Ángeles nadie ha oído hablar de ti. —Ya me conocerán después de este combate —respondió Rivera, encogiéndose di hombros. —¿De verdad crees que puedes machacarme? —soltó Danny. Rivera asintió. —Por favor, sé razonable —rogó Kelly—. Piensa en la publicidad. —Quiero el dinero —respondió Rivera. —No podrás ganarme ni aunque lo intentes mil años —aseguró Danny. —Entonces, ¿por qué te niegas? —contraatacó Rivera—. Si tan fácil es ganar ese dinero. ¿Por qué no lo intentas? —Lo haré, ¡ya lo verás! —gritó Danny, repentinamente convencido—. Te mataré en el cuadrilátero, amigo, por tomarme el pelo de esta forma. Redacta el contrato, Kelly. Todo para el ganador. Y que salga en las páginas de deportes. Diles que será un ajuste de cuentas. Le voy a dar una lección a este caradura. El secretario de Kelly había empezado a escribir cuando Danny lo interrumpió. —¡Alto! —Se volvió hacia Rivera—. ¿Pesaje? —Junto al cuadrilátero —fue la respuesta. —Ni de broma, caradura. Si es todo para el ganador, nos pesamos a las diez de la mañana. —¿Y todo para el ganador? —preguntó Rivera. Danny asintió. Eso cambiaba las cosas. Subiría al ring recuperado y con toda su fuerza. —Pesaje a las diez —dijo Rivera. La pluma del secretario continuó garabateando. —Recuperará más de dos kilos —se quejó Roberts a Rivera—. Le has dado demasiada ventaja. Le has regalado el combate. Danny estará fuerte como un toro. Eres un idiota. Te va a machacar. No tienes ni la más mínima posibilidad. La respuesta de Rivera fue una mirada de odio deliberada. También despreciaba a ese gringo, que le parecía el gringo más blanco de todos. IV CUANDO RIVERA SUBIÓ al ring casi nadie le hizo caso. Lo recibieron con unos pocos aplausos desganados. El público no creía en él. Era el cordero que iba al matadero del gran Danny. Además, el público estaba decepcionado. Esperaba asistir a un combate encarnizado entre Danny Ward y Billy Carthey, pero tenía que conformarse con ese pobre principiante. Y había manifestado su disconformidad con el cambio apostando dos e incluso tres contra uno a favor de Danny. Y el corazón de una audiencia que apuesta está siempre donde está su dinero. El mexicano se sentó en su esquina y esperó. Los minutos transcurrían muy despacio. Danny lo hacía esperar. Era un viejo truco que siempre funcionaba con los boxeadores jóvenes y novatos. Les asustaba permanecer allí sentados, enfrentándose a sus miedos y a un público cruel que no paraba de fumar. Pero en este caso, el truco no surtió efecto. Roberts tenía razón. Rivera no se enfadaba, era insensible. Él, cuya coordinación era más exquisita que la de ninguno de los presentes y sus nervios más flexibles y elásticos, no tenía nervios de ese tipo. El ambiente de derrota anunciada que dominaba su esquina no lo afectaba. Sus preparadores eran gringos y desconocidos. También lo eran sus asistentes, sucios despojos del mundo del boxeo, sin honor, sin eficiencia. Ellos también se mostraban fríos, convencidos de que su esquina era la del perdedor. —Ten mucho cuidado —le advirtió Spider Hagerty. Spider era su entrenador—. Haz que dure tanto como puedas, esas son las instrucciones que me ha dado Kelly. Si no lo haces, los periódicos dirán que ha sido otra pelea falsa y en Los Ángeles echarán más pestes del boxeo. Lo dicho no resultaba alentador. Pero Rivera no hizo caso. Despreciaba el boxeo. Era el juego odiado de los odiados gringos. Si había entrado en contacto con él, para soportar los golpes ajenos en los entrenamientos, fue solo porque se moría de hambre. El hecho de que estuviese maravillosamente formado para el boxeo no significaba nada para él. Lo odiaba. No luchó por dinero hasta que entró a formar parte de la Junta, y entonces le resultó fácil ganarlo. No era el primer hijo del hombre que tenía éxito en una profesión que le resultaba despreciable. No analizaba la situación. Simplemente sabía que tenía que ganar el combate. El resultado no podía ser otro. Unas fuerzas tan profundas que ninguno de los que abarrotaban el local podía imaginar le templaban los nervios para que creyera en eso. Danny Ward luchaba por dinero y por las comodidades que facilita el dinero. Pero las cosas por las que luchaba Rivera estaban grabadas en su mente, eran imágenes violentas y espantosas que, con los ojos cerrados y sentado a solas en la esquina del cuadrilátero a la espera de su taimado contrincante, veía con tanta claridad como cuando las había vivido. Veía la fábrica textil de paredes blancas, movida por energía hidráulica. Veía seis mil obreros famélicos y macilentos, y a los niños de siete y ocho años que realizaban turnos interminables por diez centavos al día. Veía los cadáveres andantes, las espantosas cabezas de los hombres que trabajaban en las salas de teñido. Recordaba que había oído a su padre decir que las salas de teñido eran hoyos para el suicidio, porque un año allí bastaba para morir. Veía el pequeño patio y a su madre cocinando y esforzándose con las tareas domésticas más rudimentarias, que no le impedían encontrar tiempo para acariciarlo y demostrarle su amor. Veía a su padre, grande, bigotudo y ancho de pecho, amable con todos, que amaba a todo el mundo y tenía tan buen corazón que aún le quedaba amor de sobra para la madre y el muchachito que jugaba en un rincón del patio. En aquellos tiempos no se llamaba Felipe Rivera. Se apellidaba Fernández, como sus padres y se llamaba Juan. El nombre se lo había cambiado él más adelante, al descubrir que los prefectos de policía, los jefes políticos y los rurales odiaban el apellido Fernández. ¡El fuerte y cordial Joaquín Fernández! Ocupaba mucho espacio en los recuerdos de Rivera. En su momento no lo había entendido, pero al echar la vista atrás lo comprendía. Lo veía ocuparse de la composición en la pequeña imprenta o garabateando frases interminables, apresurado y nervioso, sobre el atestado escritorio. Y veía las extrañas veladas en las que los obreros, que llegaban a oscuras y en secreto como quienes cometían fechorías, se reunían con su padre y hablaban durante muchas horas, en las que el muchacho no siempre se quedaba dormido en su rincón. Oyó a Spider Hagerty, como si le hablase desde muy lejos, decirle: —Nada de rendirse al principio. Esas son las instrucciones. Aguanta la paliza y gánate el pan. Habían transcurrido diez minutos y él continuaba sentado en su esquina. No había ni rastro de Danny, quien evidentemente llevaba su truco hasta el límite. Pero en la memoria de Rivera ardían más recuerdos. El de la huelga, o mejor dicho el cierre patronal, porque los obreros de Río Blanco habían ayudado a sus hermanos huelguistas de Puebla. El hambre, las salidas al monte en busca de bayas, raíces y hierbas que todos comían y que les provocaban dolores de estómago. Y luego, la pesadilla; el descampado ante el almacén de la compañía; los miles de obreros hambrientos; el general Rosalino Martínez y los soldados de Porfirio Díaz; los rifles que escupían muerte y que nunca dejaban de escupir, mientras las injusticias cometidas contra los obreros quedaban enjuagadas por su propia sangre. ¡Y esa noche! Veía los vagones de carga en los que se apilaban los cuerpos de los asesinados que iban a ser enviados a Veracruz para echarlos a los tiburones de la bahía. Volvió a verse arrastrándose entre los espeluznantes montones, buscando a su padre y a su madre, a los que encontró desnudos y mutilados. Recordaba en especial a su madre, de la que solo sobresalía el rostro, el cuerpo apisonado bajo el peso de decenas de cadáveres. Los rifles de los soldados de Porfirio Díaz volvieron a disparar y él se vio tirándose al suelo y huyendo como un coyote al que intentan dar caza. A sus oídos llegó un potente rugido, como el del mar, y vio a Danny Ward encabezar su comitiva de entrenadores y asistentes por el pasillo central. El público alborotaba a favor del héroe popular que estaba obligado a salir victorioso. Todos lo proclamaban vencedor. Todos iban con él. Incluso los asistentes de Rivera dejaron entrever su alegría cuando Danny se agachó desenfadadamente para pasar entre las cuerdas y accedió al cuadrilátero. A su rostro asomaba una sucesión interminable de sonrisas y, cuando Danny sonreía, lo hacía con todos sus rasgos, desde las arrugas provocadas por la risa que rodeaban sus ojos hasta lo más profundo de su mirada. Nunca hubo boxeador más cordial. Su cara era un anuncio constante de buenas sensaciones, de camaradería. Conocía a todo el mundo. Bromeaba, se reía y saludaba a sus amigos sentados junto a las cuerdas. Los que se encontraban más lejos, incapaces de ocultar su admiración, gritaban: «¡Animo, Danny!». Fue una ovación de júbilo y afecto que duró cinco minutos enteros. A Rivera nadie le hacía caso. Ni siquiera existía para el público. El rostro hinchado de Spider Hagerty se inclinó para acercarse a él. —No te dejes llevar por el miedo —advirtió—. Y recuerda las instrucciones. Tienes que aguantar. Nada de rendirse. Si te rindes, tenemos instrucciones de masacrarte en los vestuarios, ¿entendido? Tienes que pelear. El público empezó a aplaudir. Danny cruzaba el cuadrilátero en dirección a él. Danny se inclinó, cogió la mano de Rivera con sus dos manos y se la estrechó con efusividad. El rostro, todo sonrisas, de Danny se acercó al suyo. El público demostró a gritos su aprecio por la muestra de deportividad de Danny. Saludaba a su oponente con el cariño de un hermano. Los labios de Danny se movieron y los espectadores, interpretado las palabras que no oían como otra muestra de deportividad, volvieron a gritar Solo Rivera oyó lo que le dijo en voz baja. —Rata mexicana —susurró entre sonrisas—, te voy a aniquilar. Rivera no se movió. No se levantó. Se limitó a odiar con la mirada. —¡Levántate, perro! —gritó un hombre desde atrás. La multitud empezó a silbar y abuchear su conducta poco deportiva, pero él permaneció inmóvil. Danny recibió otra impresionante oleada de aplausos mientras regresaba a su esquina. Cuando Danny se quitó la bata, se oyeron exclamaciones de emoción. Su cuerpo era perfecto, flexible, saludable y fuerte. Tenía la piel blanca y suave como la de una mujer. Bajo ella todo era elegancia, resistencia y vigor. Lo había demostrado en muchísimos combates. Todas las revistas de cultura física publicaban sus fotografías. Se oyó un gemido cuando Spider Hagerty ayudó a Rivera a despojarse del jersey que llevaba puesto. Su cuerpo parecía más delgado debido al moreno de la piel. Tenía músculos, pero no se manifestaban como los de su oponente. Lo que el público no fue capaz de ver fue la anchura del pecho. Tampoco imaginó la dureza de su carne fibrosa, la inmediatez del estallido celular de los músculos, la precisión de los nervios que convertían todos sus miembros en un magnífico mecanismo para la lucha. Lo único que el público vio fue un chaval moreno de dieciocho años con lo que parecía el cuerpo de un niño. Lo de Danny era distinto. Danny era un hombre de veinticuatro años con un cuerpo de hombre. El contraste resultó incluso más sorprendente cuando se acercaron al centro del cuadrilátero para recibir las últimas instrucciones del árbitro. Rivera se fijó en que Roberts se sentaba justo detrás de los periodistas. Estaba más bebido de lo normal y su forma de hablar era proporcionalmente más lenta. —Ve con calma, Rivera —arrastró las palabras Roberts—. No puede matarte, no lo olvides. Se abalanzará sobre ti al empezar, pero no te pongas nervioso. Tú cúbrete, esquívalo y trábalo. No te hará mucho daño. Imagínate que te está aporreando en el local de entrenamiento. Rivera no dio muestras de haberlo oído. —Condenado antipático —murmuró Roberts al hombre que estaba a su lado—. Siempre ha sido así. Pero Rivera olvidó mirarlo con odio. La imagen de un número incontable de rifles cegaba sus ojos. Todos los rostros de la audiencia, hasta donde alcanzaba la vista y hasta localidades del gallinero, se transformaron en rifles. Vio la larga frontera mexicana, árida y agostada por el sol, afligida y, en ella, vio los grupos de hombres andrajosos a los que solo retenía la ausencia de armas. Regresó a su esquina y esperó de pie. Sus asistentes ya habían abandonado el cuadrilátero con el taburete de lona. Al otro lado, en diagonal, Danny lo observaba. Sonó la campana y dio comienzo el combate. El público aulló de contento. Nunca había presenciado un comienzo de combate tan convincente. Los periódicos tenían razón. Era un ajuste de cuentas. De un solo movimiento, Danny cubrió tres cuartas partes de la distancia que los separaba, con la clara intención de comerse vivo al mexicano. No lo agredió con un golpe, ni con dos ni con una docena. Se convirtió en un giroscopio de golpes, un remolino de destrucción. Rivera no estaba. Se vio arrollado, enterrado bajo la avalancha de puñetazos que caían sobre él desde todos los ángulos y posiciones, propinados por un maestro de aquel arte. Se vio dominado, presionado contra las cuerdas, apartado de ellas por el árbitro y empujado de nuevo contra las cuerdas. No era un combate. Era una matanza, una masacre. Cualquier audiencia, excepto la del título de campeón, habría agotado sus emociones en ese primer minuto. Danny estaba demostrando lo que era capaz de hacer y la suya era una exhibición impresionante. Tal era la certeza del público, además de su entusiasmo y favoritismo, que no se fijó en que el mexicano seguía en pie. Se olvidó de Rivera. Casi no lo veía, tan oculto quedaba bajo el ataque implacable de Danny. Así transcurrió un minuto, y luego dos. Después, en un instante en que el mexicano logró separarse, los espectadores lo vieron con claridad: tenía el labio partido y sangraba por la nariz. Al girarse y tambalearse para trabar al otro, en su espalda se apreciaron los verdugones provocados por el contacto contra las cuerdas. Pero en lo que no se fijó el público fue en que su pecho no se movía al ritmo de una respiración agitada y sus ojos ardían tan fríamente como siempre. Demasiados aspirantes a campeón, en el cruel revoltijo de los locales de adiestramiento, habían practicado contra él aquel ataque demoledor. Había aprendido a sobrevivir a cambio de medio dólar por entrenamiento y, de esa manera, había llegado a reunir quince dólares a la semana. Era la forma más dura de aprender y él, el que más resistía. Entonces sucedió algo extraordinario. La confusión tumultuosa y casi imposible de seguir se detuvo de repente. Solo Rivera permanecía en pie. Danny el temible yacía boca arriba. Su cuerpo se estremeció mientras intentaba recuperar la consciencia. No se había tambaleado antes de derrumbarse, ni se había desplomado de repente. El gancho de derecha de Rivera lo derribó en el aire con la brusquedad de la muerte. El árbitro apartó a Rivera con una mano y permaneció junto al gladiador caído mientras contaba los segundos. El público que asistía a un combate con premio tenía por costumbre jalear cuando un púgil tumbaba al otro de forma tan limpia. Pero aquel público no jaleó nada. Había resultado demasiado inesperado. Observó el conteo de los segundos en medio de un silencio tenso, en el que se oyó la voz exultante de Roberts decir: —¡Ya os dije que sabía pegar con las dos manos! Al quinto segundo, Danny se había girado y estaba boca abajo y al séptimo descansaba sobre una rodilla, dispuesto a levantarse después de que el árbitro contase nueve y antes de que llegase a diez. Si la rodilla tocaba el suelo a los diez segundos, lo considerarían caído y perdería. En el instante en que su rodilla se apartase del suelo, se le consideraría en pie y, en ese mismo instante, Rivera tenía derecho a intentar volver a derribarlo. Rivera no quería jugársela. Volvería a golpear tan pronto la rodilla se despegase del suelo. Se movía en círculos alrededor de Danny, pero el árbitro también se movía en círculos, interponiéndose entre los dos y Rivera supo que los segundos que contaba eran más lentos de lo normal. Todos los gringos estaban en su contra, incluso el árbitro. Al contar nueve, el árbitro empujó hacia atrás a Rivera. No era justo, pero así permitió que Danny se levantase con la sonrisa en los labios. En parte inclinado hacia delante, protegiendo rostro y abdomen con los brazos, trastabilló astutamente hasta forzar un trabado. Según las reglas, el árbitro tendría que haberlos separado, pero no lo hizo y Danny se agarró a Rivera como una lapa ante el embate de las olas y se fue recuperando segundo a segundo. El último minuto del asalto transcurría veloz. Si sobrevivía hasta que acabase, podría descansar en su esquina y recuperar fuerzas. Y sobrevivió, sin dejar de sonreír a pesar de su situación extrema y desesperante. —¡La sonrisa que nunca se borra! —gritó alguien y el público se rio aliviado. —Ese sudaca tiene unos puños tremendos —jadeó Danny en su esquina al oído de su preparador, mientras los cuidadores trabajaban frenéticamente para ayudarlo a recuperarse. El segundo y tercer asaltos fueron más tranquilos. Danny, un astuto y consumado general del cuadrilátero, esquivó, bloqueó y aguantó, decidido a recuperarse del golpe que lo había aturdido en el primer asalto. Aunque lo dejó tembloroso y afectado, su buen estado de forma le permitió recuperar fuerzas. Pero no volvió a intentar la misma táctica. El mexicano había demostrado que era una fiera, por eso Danny decidió recurrir a su habilidad. En el uso de trucos, destreza y experiencia era muy superior y, aunque no podía arrearle golpes vitales, se dedicó a agotar a su oponente. Propinaba tres golpes por cada uno de Rivera, pero solo eran golpes de castigo, no letales. Lo que resultaba letal era la suma de muchos. Respetaba a aquel novato ambidiestro capaz de asestar unos puñetazos portentosos con ambas manos. En defensa, Rivera sacó un desconcertante directo de izquierda. Una y otra vez, ataque tras ataque, se apartaba de él con ese directo de izquierda que acumulaba daños en la boca y la nariz de Danny. Pero Danny era proteico. Por eso se iba a convertir en el próximo campeón. Podía cambiar de un estilo de lucha a otro según su voluntad. Decidió centrarse en la lucha cuerpo a cuerpo. La dominaba y le permitía evitar el directo de izquierda del otro. Así logró enfervorizar al público y remató la jugada con una maravillosa ruptura del bloqueo convertida en un gancho al mentón que lanzó al mexicano por aires y lo tumbó sobre la lona. Rivera descansó sobre una rodilla, aprovechando al máximo el conteo, y se dio cuenta de que el árbitro contaba a mayor velocidad cuando los segundos eran para él. En el séptimo asalto, Danny volvió a realizar su diabólico gancho al mentón. Solo logró que Rivera se tambalease pero, en los instantes siguientes de indefensión, lo machacó con otro golpe que lo lanzó por encima de las cuerdas. El cuerpo de Rivera rebotó sobre las cabezas de los periodistas que estaban abajo, quienes lo impulsaron de vuelta al borde de la plataforma, por fuera de las cuerdas. Allí descansó sobre una rodilla, mientras el árbitro contaba los segundos a toda velocidad. Danny lo esperaba pegado a las cuerdas, entre las que debía pasar agachado. El árbitro no intervino para separar a Danny. El público estaba fuera de sí de contento. —¡Mátalo, Danny, mátalo! —se oyó gritar. Otras voces se unieron, hasta que pareció el grito de guerra de una manada de lobos. Danny hizo lo que pudo, pero Rivera, a los ocho segundos, en lugar de esperar a nueve, cruzó las cuerdas inesperadamente y consiguió trabarlo. Entonces sí que actuó el árbitro, separándolo para que pudiera recibir más golpes, dando a Danny todas las ventajas que puede dar un árbitro injusto. Pero Rivera se recuperó de su aturdimiento. Eran todos iguales. Eran los odiados gringos, todos injustos. Las imágenes volvieron a surgir y relampaguear en su cabeza. Largos tramos de vías ferroviarias que hervían a fuego lento en el desierto; rurales y policías norteamericanos; prisiones y calabozos; vagabundos en los depósitos de agua: el sórdido y doloroso panorama de su odisea tras Río Blanco y la huelga. Luego, resplandeciente y gloriosa, vio la gran Revolución roja extenderse por su tierra. Tenía las armas frente a él. Cada rostro odiado era un rifle. Peleaba por las armas. Él era las armas. Era la Revolución. Luchaba por México. El público empezó a encolerizarse con Rivera. ¿Por qué no recibía la paliza que le correspondía? Claro que iba a acabar machacado, pero ¿por qué se mostraba tan obstinado? Muy pocos se interesaban por él y esos constituían el porcentaje seguro de una multitud jugadora que apuesta por lo improbable. Aunque creían que Danny iba a ganar, también habían apostado cuatro a diez y uno a tres por el mexicano. Mucho se jugaba dependiendo de cuántos asaltos pudiese aguantar Rivera. En los asientos de primera fila habían apostado grandes cantidades a favor de que no duraría siete asaltos, ni siquiera seis. Los que habían ganado esa apuesta, con su dinero bien seguro, ahora jaleaban sin descanso al favorito. Rivera se negaba a permitir que lo machacasen. Su oponente se esforzó en vano, durante el octavo asalto, por repetir su gancho al mentón. En el noveno, Rivera volvió a dejar de piedra al público. En medio de un trabado, rompió el bloqueo con un movimiento rápido y ágil, y en el poco espacio que quedaba entre los cuerpos de los dos, alzó la derecha desde la cadera. Tumbó a Danny, quien aprovechó el conteo. La multitud se quedó horrorizada. Lo estaban superando en su propia estrategia. Su famoso uppercut de derecha había sido utilizado en su contra. Rivera no intentó sorprenderlo al llegar a nueve. El árbitro se lo impedía con descaro, aunque no hacía lo mismo cuando la situación era la contraria y Rivera quien deseaba ponerse en pie. En el décimo asalto, Rivera ejecutó dos veces el gancho al mentón de derecha, desde la cadera hasta el mentón de su oponente. Danny se desesperaba. No perdió la sonrisa, pero recuperó el ataque frenético del principio. Por mucho que se lanzara contra él como un torbellino, no lograba perjudicar a Rivera; mientras que Rivera, entre los giros y la confusión que creaba el otro, lo lanzó a la lona tres veces seguidas. Danny ya no se recuperaba con tanta rapidez y en el décimo primer asalto su situación era preocupante. Pero desde ese momento hasta el décimo cuarto asalto realizó la exhibición más valiente de toda su carrera. Esquivó, bloqueó, luchó parcamente y se esforzó por recuperar fuerzas. Además, echó mano de todo el juego sucio que un púgil de éxito sabe utilizar. Usó todos los trucos y estratagemas posibles: arreó cabezazos durante los trabados dando la impresión de que ocurrían por accidente, inmovilizó el guante de Rivera entre su brazo y su cuerpo, oprimió su guante contra la boca de Rivera para impedirle respirar. A menudo, en los trabados, sus labios sonrientes ladraban atroces insultos al oído de Rivera. Todos, desde el árbitro al público, iban con Danny y lo ayudaban. Sabían lo que tenía en mente. Superado por aquel novato que era una caja de sorpresas, lo fiaba todo a un único puñetazo. Se dejaba castigar, buscaba, fintaba y pegaba, en busca de ese hueco que le permitiría lanzar un golpe con toda su fuerza que volviese las tornas. Quería hacer lo que otro púgil más grande que él había hecho antes: un golpe de derecha y otro de izquierda, al plexo solar y a la mandíbula. Podía conseguirlo porque sus brazos conservarían su fuerza de pegada, siempre y cuando se mantuviese en pie. Los asistentes de Rivera no se ocupaban de él como deberían en los intervalos entre asaltos. Sacaban las toallas, pero no ayudaban a que entrase más aire en sus pulmones, que respiraban entrecortadamente. Spider Hagerty le daba consejos, pero él sabía que eran malos consejos. Todos estaban en su contra. Lo rodeaba la traición. En el décimo cuarto asalto volvió a tumbar a Danny y él permaneció en pie descansando, con las manos caídas a los costados, mientras el árbitro contaba. Rivera había percibido unos murmullos sospechosos procedentes de la otra esquina. Vio a Michael Kelly acercarse a Roberts, inclinarse hacia él y susurrarle algo. Rivera tenía el oído de un gato, adiestrado en el desierto, y pudo oír fragmentos de lo que decían. Como quería oír más, cuando su oponente se levantó, llevó la pelea a un trabado contra las cuerdas. —Tiene que ser así —oyó decir a Michael, mientras Roberts asentía—. Danny tiene que ganar. Podría perder un dineral. He cubierto un montón de pasta con mi propio dinero. Si aguanta más allá del décimo quinto, estoy acabado. El chico a ti te hará caso. Dile algo. Después de eso, Rivera ya no recuperó imágenes del pasado. Pretendían jugársela. Tumbó a Danny de nuevo y aguardó descansando, con las manos a los costados. Roberts se levantó. —Ya está bien —le dijo—. Vete a tu esquina. Habló con autoridad, como solía hablarle a Rivera en el local de entrenamiento. Pero Rivera lo miró con odio y esperó a que Danny se levantara. Durante el minuto de descanso en su esquina, Kelly, el promotor, se acercó para hablar con Rivera. —Déjalo ya, medita sea —dijo en voz baja y áspera—. Tienes que caer, Rivera. Seguirás conmigo y me ocuparé de tu futuro. Permitiré que machaques a Danny la próxima vez. Pero hoy tienes que dejarlo ya. Con la mirada, Rivera dio muestras de haberlo oído, pero ni asintió ni disintió. —¿Por qué no hablas? —preguntó Kelly, enfadado. —Perderás de todos modos —añadió Spider Hagerty—. El árbitro te lo arrebatará. Hazle caso a Kelly y déjate tumbar. —Déjate tumbar, chico —rogó Kelly—, y te ayudaré a pelear por el título. Rivera no respondió. —Lo haré, así que ayúdame tú a mí, chaval. Cuando sonó la campana Rivera presintió que algo se avecinaba. No así el público. Fuera lo que fuese, estaba dentro del cuadrilátero con él, muy cerca. Danny parecía haber recuperado la seguridad del principio. Parecía tan confiado en su ventaja que Rivera se asustó. Estaban a punto de hacer alguna trampa. Danny se lanzó a atacar, pero Rivera evitó el encuentro. Se hizo a un lado para defenderse. Lo que el otro buscaba era agarrarlo en un trabado. Lo necesitaba para llevar a cabo su trampa. Rivera retrocedió y se alejó describiendo un círculo, aunque sabía que tarde o temprano el otro lograría trabarlo y realizar su artimaña. Desesperado, decidió desenmascararlo. Hizo como que efectuaba el trabado en el siguiente ataque de Danny. Pero, en el último instante, justo cuando sus cuerpos tenían que juntarse, Rivera retrocedió con agilidad. En ese mismo momento, desde la esquina de Danny gritaron pidiendo falta. Rivera los había engañado. El árbitro se detuvo sin saber qué hacer. La decisión que tembló en sus labios no llegó a ser expresada porque una voz joven y estridente gritó desde la galería: —¡De falta, nada! ¡No es justo! Danny maldijo a Rivera claramente e intentó forzarlo, mientras Rivera se alejaba con su juego de pies. Además, Rivera decidió no lanzar más golpes al cuerpo. De esa forma perdía la mitad de sus posibilidades de ganar, pero sabía que si quería vencer tendría que hacerlo con los recursos que le dejaban porque, a la mínima posibilidad, le cantarían falta. Danny se olvidó de actuar con precaución. Durante dos asaltos persiguió y machacó al chaval que no quería combatir cuerpo a cuerpo. Rivera recibió un golpe tras otro, decenas de ellos, para evitar el peligroso trabado. Durante la recuperación y suprema de Danny, los espectadores se pusieron en pie y se volvieron locos. No entendían nada. Solo veían que su favorito iba a ganar. —¿Por qué no peleas? —preguntaba con ira a Rivera—. ¡Eres un cobarde! ¡Gallina! ¡Pelea, granuja! ¡Mátalo, Danny! ¡Mátalo! ¡Tienes que matarlo! En todo el recinto, Rivera era el único que conservaba la calma. Era quien tenía el temperamento más apasionado de todos los presentes, pero había vivido momentos de arrebato y de presión tan superiores que esa pasión colectiva de diez mil gargantas, elevada en oleadas cada vez mayores, no era para su cerebro más que calma aterciopelada de un crepúsculo estival. En el décimo séptimo asalto Danny continuó atacando. Al recibir un golpe muy fuerte, Rivera se encorvó y cedió un poco. Bajó las manos, indefenso, mientras retrocedía tambaleándose. Danny pensó que era su oportunidad. Tenía al chico a su merced. Así fue como Rivera fintó, lo pilló con la guardia baja y le lanzó un directo a la boca. Danny acabó en la lona. Cuando se levantó, Rivera lo derribó con un volado de derecha sobre el cuello y la mandíbula. Lo hizo tres veces. Era imposible que un árbitro pitase falta contra esos golpes. —¡Oh, Bill, Bill! —rogaba Kelly al árbitro. —No puedo —se lamentó este—. No me da la más mínima oportunidad. Danny, maltrecho y heroico, continuaba poniéndose en pie. Kelly y otros que estaban junto al cuadrilátero empezaron a pedir a gritos que la policía detuviese el combate, aunque en la esquina de Danny se negaban a tirar la toalla. Rivera vio que el gordo capitán de policía intentaba, torpemente, subir al cuadrilátero y colarse entre las cuerdas, y no estaba seguro de lo que eso significaba. Había tantas formas de hacer trampas en ese juego de los gringos. Danny, de pie, se tambaleaba aturdido e indefenso frente a él. El árbitro y el capitán se movían en dirección a Rivera cuando este lanzó su último golpe. No hubo necesidad de detener el combate porque Danny ya no se levantó. —¡Cuente! —gritó Rivera con la voz ronca al árbitro. Cuando terminó el conteo, los asistentes de Danny lo levantaron del suelo y se lo llevaron a su esquina. —¿Quién gana? —preguntó Rivera. De mala gana, el árbitro cogió su mano enguantada y la alzó. Nadie felicitó a Rivera. Sin ayuda, caminó hacia su esquina, donde sus asistentes ni siquiera habían puesto el taburete. Se apoyó de espaldas contra las cuerdas y posó sobre ellos su mirada repleta de odio, para luego barrer con ella toda la sala, hasta incluir a los diez mil gringos que la abarrotaban. Le temblaban las rodillas y sollozaba de agotamiento. Ante sus ojos, los odiados rostros se movían, alejándose y acercándose debido al mareo que provoca la náusea. Entonces recordó que eran los rifles. Había conseguido las armas. La Revolución podía seguir adelante. FIN Autor: Jack London Título: El mexicano Título Original: The Mexican Publicado en: The Saturday Evening Post, 19 de agosto de 1911 Traducción: Susana Carral Martínez
- "Redondo, el contertulio", cuento de Miguel de Unamuno
«Redondo, el contertulio» es un cuento de Miguel de Unamuno publicado en Los Lunes de El Imparcial el 23 de diciembre de 1912. Tras veinte años de ausencia, Redondo regresa a la tertulia del café de la Unión, un rincón que considera su verdadera patria. Allí, entre las mesas de mármol, vivió sus momentos más felices, rodeado de charlas, risas y camaradería. Forzado a emigrar por dificultades económicas, pasó décadas soñando con volver a aquel lugar cargado de recuerdos. Sin embargo, al regresar, enfrenta una realidad inevitable: el tiempo ha transformado tanto a su amada patria como a él mismo. Más de veinte años hacía que faltaba Redondo de su patria, es decir, de la tertulia en que transcurrieron las mejores horas, las únicas que de veras vivió, de su juventud larga. Porque para Redondo, la patria no era ni la nación, ni la región, ni la provincia, ni aun la ciudad en que había nacido, criádose y vivido; la patria era para Redondo aquel par de mesitas de mármol blanco del café de la Unión, en la rinconera del fondo de la izquierda, según se entra, en torno a las cuales se había reunido día a día, durante más de veinte años, con sus amigos, para pasar en revista y crítica todo lo divino y lo humano y aun algo más. Al llegar Redondo a los cuarenta y cuatro años encontróse con que su banquero lo arruinó, y le fue forzoso ponerse a trabajar. Para lo cual tuvo que ir a América, al lado de un tío poseedor allí de una vasta hacienda. Y a la América se fue añorando su patria, la tertulia de la rinconera del café de la Unión, suspirando por poder un día volver a ella, casi llorando. Evitó el despedirse de sus contertulios, y una vez en América hasta rompió toda comunicación con ellos. Ya que no podía oírlos, verlos, convivir con ellos, tampoco quiso saber de su suerte. Rompió toda comunicación con su patria, recreándose en la idea de encontrarla de nuevo un día, más o menos cambiada, pero la misma siempre. Y repasando en su memoria a sus compatriotas, es decir, a sus contertulios, se decía: ¿qué nuevo colmo habría inventado Romualdo? ¿Qué fantasía nueva el Patriarca? ¿Qué poesía festiva habrá leído Ortiz el día del cumpleaños de Henestrosa? ¿Qué mentira, más gorda que todas las anteriores, habrá llevado Manolito? Y así lo demás. Vivió en América pensando siempre en la tertulia ausente, suspirando por ella, alimentando su deseo con la voluntaria ignorancia de la suerte que corriera. Y pasaron años y más años, y su tío no le dejaba volver. Y suspiraba silenciosa e íntimamente. No logró hacerse allí una patria nueva, es decir, no encontró una nueva tertulia que le compensase de la otra. Y siguieron pasando años hasta que su tío se murió, dejándole la mayor parte de su cuantiosa fortuna y lo que valía más que ella, libertad de volverse a su patria, pues en aquellos veinte años no le permitió un solo viaje. Encontróse, pues, Redondo, libre, realizó su fortuna y henchido de ansias volvió a su tierra natal. ¡Con qué conmoción de las entrañas se dirigió por primera vez, al cabo de más de veinte años, a la rinconera del café de la Unión, a la izquierda del fondo, según se entra, donde estuvo su patria! Al entrar en el café el corazón le golpeaba el pecho, flaqueábanle las piernas. Los mozos o eran o se habían vuelto otros; ni les conoció ni le conocieron. El encargado del despacho era otro. Se acercó al grupo de la rinconera; ni Romualdo el de los colmos, ni el Patriarca, ni Henestrosa, ni Ortiz el poeta festivo, ni el embustero de Manolito, ni D. Moisés, ni… ¡ni uno solo siquiera de los suyos! ¡Todos otros, todos nuevos, todos más jóvenes que él, todos desconocidos! Su patria se había hundido o se había trasladado a otro suelo. Y se sintió solo, desoladoramente solo, sin patria, sin hogar, sin consuelo de haber nacido. ¡Haber soñado y anhelado y suspirado más de veinte años en el destierro para esto! Volvióse a casa, a un hogar frío de alquiler, sintiendo el peso de sus sesenta y ocho años, sintiéndose viejo. Por primera vez miró hacia adelante y sintió helársele el corazón al prever lo poco que le quedaba ya de vida. ¡Y de qué vida! Y fue para él la noche de aquel día insomne, una noche trágica en que sintió silbar a sus oídos el viento del valle de Josafat. Mas a los dos días, cabizbajo, alicaído de corazón, como sombra de amarilla hoja de otoño que arranca del árbol el cierzo, se acercó a la rinconera del café de la Unión y se sentó en la tercera de las mesitas de mármol, junto al suelo de la que fue su patria. Y prestó oído a lo que conversaban aquellos hombres nuevos, aquellos bárbaros invasores. Eran casi todos jóvenes; el que más, tendría cincuenta y tantos años. De pronto uno de ellos exclamó: «Esto me recuerda uno de los colmos del gran D. Romualdo». Al oírlo, Redondo, empujado por una fuerza íntima, se levantó, acercóse al grupo y dijo: —Dispensen, señores míos, la impertinencia de un desconocido, pero he oído a ustedes mentar el nombre de D. Romualdo el de los colmos, y deseo saber si se refieren a D. Romualdo Zabala, que fue mi mayor amigo de la niñez. —El mismo —le contestaron. —¿Y qué se hizo de él? —Murió hace ya cuatro años. —¿Conocieron ustedes a Ortiz, el poeta festivo? —Pues no habíamos de conocerle, si era de esta tertulia. —¿Y él? —Murió también. —¿Y el Patriarca? —Se marchó y no ha vuelto a saberse de él cosa alguna. —¿Y Henestrosa? —Murió. —¿Y D. Moisés? —No sale ya de casa; ¡está paralítico! —¿Y Manolito el embustero? —Murió también… Murió… murió… se marchó y no se sabe de él… está en casa paralítico… y yo vivo todavía… ¡Dios mío! ¡Dios mío! —y se sentó entre ellos llorando. Hubo un trágico silencio, que rompió uno de los nuevos contertulios, de los invasores, preguntándole: —Y usted, señor nuestro, ¿se puede saber…? —Yo soy Redondo… —¡Redondo! —exclamaron casi todos a coro—. ¿El que fue a América arruinado por su banquero? ¿Redondo, de quien no volvió a saberse nada? ¿Redondo, que llamaba a esta tertulia su patria? ¿Redondo, que era la alegría de los banquetes? ¿Redondo, el que cocinaba, el que tocaba la guitarra, el especialista en contar cuentos verdes? El pobre Redondo levantó la cabeza, miró en derredor, se le resucitaron los ojos, empezó a vislumbrar que la patria renacía, y con lágrimas aún, pero con otras lágrimas, exclamó: —¡Sí, él mismo, él mismo Redondo! Le rodearon, le aclamaron, le nombraron padre de la patria, y sintió entrar en su corazón desfallecido los ímpetus de aquellas sangres juveniles. Él, el viejo, invadía, a su vez, a los invasores. Y siguió asistiendo a la tertulia, y se persuadió de que era la misma, exactamente la misma, y que aún vivían en ella, con los recuerdos, los espíritus de sus fundadores. Y Redondo fue la conciencia histórica de la patria. Cuando decía: «Esto me recuerda un colmo de nuestro gran Romualdo…», todos a una: «¡Venga! ¡Venga». Otras veces: «Ortiz, con su habitual gracejo, decía una vez…». Otras veces: «Para mentira, aquella de Manolito». Y todo era celebradísimo. Y aprendió a conocer a los nuevos contertulios y a quererlos. Y cuando él, Redondo, colocaba algunos de los cuentos verdes de su repertorio, sentíase reverdecer, y cocinó en el primer banquete, y tocó, a sus sesenta y nueve años, la guitarra, y cantó. Y fue un canto a la patria eterna, eternamente renovada. A uno de los nuevos contertulios, a Ramonete, que podría ser casi su nieto, cobró singular afecto Redondo. Y se sentaba junto a él, y le daba golpecitos en la rodilla, y celebraba sus ocurrencias. Y solía decirle: «¡Tú, tú eres, Ramonete, el principal ornato de la patria!» Porque tuteaba a todos. Y como el bolsillo de Redondo estaba abierto para todos los compatriotas, los contertulios, a él acudió Ramonete en no pocas apreturas. Ingresó en la tertulia un nuevo parroquiano, sobrino de uno de los habituales, un mozalbete decidor y algo indiscreto, pero bueno y noble; mas al viejo Redondo le desplació aquel ingreso; la patria debía estar cerrada. Y le llamaba, cuando él no le oyera, el Intruso. Y no ocultaba su recelo al intruso, que en cambio veneraba, como a un patriarca, al viejo Redondo. Un día faltó Ramonete, y Redondo inquieto como ante una falta preguntó por él. Dijéronle que estaba malo. A los dos días, que había muerto. Y Redondo le lloró; le lloró tanto como habría llorado a un nieto. Y llamando al Intruso, le hizo sentar a su lado y le dijo: —Mira, Pepe, yo, cuando ingresaste en esta tertulia, en esta patria, te llamé el Intruso, pareciéndome tu entrada una intrusión, algo que alteraba la armonía. No comprendí que venías a sustituir al pobre Ramonete, que antes que uno muera y no después nace muchas veces el que ha de hacer sus veces; que no vienen unos a llenar el hueco de otros, sino que nacen unos para echar a los otros. Y que hace tiempo nació y vive el que haya de llenar mi puesto. Ven acá, siéntate a mi lado; nosotros dos somos el principio y el fin de la patria. Todos aclamaron a Redondo. Un día prepararon, como hacían tres o cuatro veces al año, una comida en común, un ágape, como le llamaban. Presidía Redondo, que había preparado uno de los platos en que era especialista. La fiesta fue singularmente animada, y durante ella se citaron colmos del gran Romualdo, se dedicó un recuerdo a Ramonete. Cuando al cabo fueron a despertar a Redondo, que parecía haber caído presa del sueño —cosa que le ocurría a menudo—, encontráronle muerto. Murió en su patria, en fiesta patriótica… Su fortuna se la legó a la tertulia, repartiéndola entre los contertulios todos, con la obligación de celebrar un cierto número de banquetes al año y rogando se dedicara un recuerdo a los gloriosos fundadores de la patria. En el testamento ológrafo, curiosísimo documento, acababa diciendo: «Y despido a los que me han hecho viviera la vida, emplazándoles para la patria celestial, donde en un rincón del café de la Gloria, según se entra a mano izquierda, les espero». FIN Autor: Miguel de Unamuno Título: Redondo, el contertulio Publicado en: Los Lunes de El Imparcial, 23 de diciembre de 1912











