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  • "Eleonora", cuento de Edgar Allan Poe

    Eleonora Edgar Allan Poe Vengo de una raza notable por la fuerza de la imaginación y el ardor de las pasiones. Los hombres me han llamado loco; pero todavía no se ha resuelto la cuestión de si la locura es o no la forma más elevada de la inteligencia, si mucho de lo glorioso, si todo lo profundo, no surgen de una enfermedad del pensamiento, de  estados de ánimo  exaltados a expensas del intelecto general. Aquellos que sueñan de día conocen muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche. En sus grises visiones obtienen atisbos de eternidad y se estremecen, al despertar, descubriendo que han estado al borde del gran secreto. De un modo fragmentario aprenden algo de la sabiduría propia y mucho más del mero conocimiento propio del mal. Penetran, aunque sin timón ni brújula, en el vasto océano de la «luz inefable», y otra vez, como los aventureros del geógrafo nubio, « agressi sunt mare tenebrarum quid in eo esset exploraturi ». Diremos, pues, que estoy loco. Concedo, por lo menos, que hay dos estados distintos en mi existencia mental: el estado de razón lúcida, que no puede discutirse y pertenece a la memoria de los sucesos de la primera época de mi vida, y un estado de sombra y duda, que pertenece al presente y a los recuerdos que constituyen la segunda era de mi existencia. Por eso, creed lo que contaré del primer período, y, a lo que pueda relatar del último, conceded tan sólo el crédito que merezca; o dudad resueltamente, y, si no podéis dudar, haced lo que Edipo ante el enigma. La amada de mi juventud, de quien recibo ahora, con calma, claramente, estos recuerdos, era la única hija de la hermana de mi madre, que había muerto hacía largo tiempo. Mi prima se llamaba Eleonora. Siempre habíamos vivido juntos, bajo un sol tropical, en el Valle de la Hierba Irisada. Nadie llegó jamás sin guía a aquel valle, pues quedaba muy apartado entre una cadena de gigantescas colinas que lo rodeaban con sus promontorios, impidiendo que entrara la luz en sus más bellos escondrijos. No había sendero hollado en su vecindad, y para llegar a nuestra feliz morada era preciso apartar con fuerza el follaje de miles de árboles forestales y pisotear el esplendor de millones de flores fragantes. Así era como vivíamos solos, sin saber nada del mundo fuera del valle, yo, mi prima y su madre. Desde las confusas regiones más allá de las montañas, en el extremo más alto de nuestro circundado dominio, se deslizaba un estrecho y profundo río, y no había nada más brillante, salvo los ojos de Eleonora; y serpeando furtivo en su sinuosa carrera, pasaba, al fin, a través de una sombría garganta, entre colinas aún más oscuras que aquellas de donde saliera. Lo llamábamos el «Río de Silencio», porque parecía haber una influencia enmudecedora en su corriente. No brotaba ningún murmullo de su lecho y se deslizaba tan suavemente que los aljofarados guijarros que nos encantaba contemplar en lo hondo de su seno no se movían, en quieto contentamiento, cada uno en su antigua posición, brillando gloriosamente para siempre. Las márgenes del río y de los numerosos arroyos deslumbrantes que se deslizaban por caminos sinuosos hasta su cauce, así como los espacios que se extendían desde las márgenes descendiendo a las profundidades de las corrientes hasta tocar el lecho de guijarros en el fondo, esos lugares, no menos que la superficie entera del valle, desde el río hasta las montañas que lo circundaban, estaban todos alfombrados por una hierba suave y verde, espesa, corta, perfectamente uniforme y perfumada de vainilla, pero tan salpicada de amarillos ranúnculos, margaritas blancas, purpúreas violetas y asfódelos rojo rubí, que su excesiva belleza hablaba a nuestros corazones, con altas voces, del amor y la gloria de Dios. Y aquí y allá, en bosquecillos entre la hierba, como selvas de sueño, brotaban fantásticos árboles cuyos altos y esbeltos troncos no eran rectos, mas se inclinaban graciosamente hacia la luz que asomaba a mediodía en el centro del valle. Las manchas de sus cortezas alternaban el vívido esplendor del ébano y la plata, y no había nada más suave, salvo las mejillas de Eleonora; de modo que, de no ser por el verde vivo de las enormes hojas que se derramaban desde sus cimas en largas líneas trémulas, retozando con los céfiros, podría habérselos creído gigantescas serpientes de Siria rindiendo homenaje a su soberano, el Sol. Tomados de la mano, durante quince años, erramos Eleonora y yo por ese valle antes de que el amor entrara en nuestros corazones. Ocurrió una tarde, al terminar el tercer lustro de su vida y el cuarto de la mía, abrazados junto a los árboles serpentinos, mirando nuestras imágenes en las aguas del Río de Silencio. No dijimos una palabra durante el resto de aquel dulce día, y aun al siguiente nuestras palabras fueron temblorosas, escasas. Habíamos arrancado al dios Eros de aquellas ondas y ahora sentíamos que había encendido dentro de nosotros las ígneas almas de nuestros antepasados. Las pasiones que durante siglos habían distinguido a nuestra raza llegaron en tropel con las fantasías por las cuales también era famosa, y juntos respiramos una dicha delirante en el Valle de la Hierba Irisada. Un cambio sobrevino en todas las cosas. Extrañas, brillantes flores estrelladas brotaron en los árboles donde nunca se vieran flores. Los matices de la alfombra verde se ahondaron, y mientras una por una desaparecían las blancas margaritas, brotaban, en su lugar, de a diez, los asfódelos rojo rubí. Y la vida surgía en nuestros senderos, pues altos flamencos hasta entonces nunca vistos, y todos los pájaros gayos, resplandecientes, desplegaron su plumaje escarlata ante nosotros. Peces de oro y plata frecuentaron el río, de cuyo seno brotaba, poco a poco, un murmullo que culminó al fin en una arrulladora melodía más divina que la del arpa eólica, y no había nada más dulce, salvo la voz de Eleonora. Y una nube voluminosa que habíamos observado largo tiempo en las regiones del Héspero flotaba en su magnificencia de oro y carmesí y, difundiendo paz sobre nosotros, descendía cada vez más, día a día, hasta que sus bordes descansaron en las cimas de las montañas, convirtiendo toda su oscuridad en esplendor y encerrándonos como para siempre en una mágica casa-prisión de grandeza y de gloria. La belleza de Eleonora era la de los serafines, pero era una doncella natural e inocente, como la breve vida que había llevado entre las flores. Ningún artificio disimulaba el fervoroso amor que animaba su corazón, y examinaba conmigo los escondrijos más recónditos mientras caminábamos juntos por el Valle de la Hierba Irisada y discurríamos sobre los grandes cambios que se habían producido en los últimos tiempos. Por fin, habiendo hablado un día, entre lágrimas, del último y triste camino que debe sufrir el hombre, en adelante se demoró Eleonora en este único tema doloroso, vinculándolo con todas nuestras conversaciones, así como en los cantos del bardo de Schiraz las mismas imágenes se encuentran una y otra vez en cada grandiosa variación de la frase. Vio el dedo de la muerte posado en su pecho, y supo que, como la efímera, había sido creada perfecta en su hermosura sólo para morir; pero, para ella, los terrenos de tumba se reducían a una consideración que me reveló una tarde, a la hora del crepúsculo, a orillas del Río de Silencio. Le dolía pensar que, una vez sepulta en el Valle de la Hierba Irisada, yo abandonaría para siempre aquellos felices lugares, transfiriendo el amor entonces tan apasionadamente suyo a otra doncella del mundo exterior y cotidiano. Y entonces, allí, me arrojé precipitadamente a los pies de Eleonora y juré, ante ella y ante el cielo, que nunca me uniría en matrimonio con ninguna hija de la Tierra, que en modo alguno me mostraría desleal a su querida memoria, o a la memoria del abnegado cariño cuya bendición había yo recibido. Y apelé al poderoso amo del Universo como testigo de la piadosa solemnidad de mi juramento. Y la maldición de Él o de ella, santa en el Elíseo, que invoqué si traicionaba aquella promesa, implicaba un castigo tan horrendo que no puedo mentarlo. Y los brillantes ojos de Eleonora brillaron aún más al oír mis palabras, y suspiró como si le hubieran quitado del pecho una carga mortal, y tembló y lloró amargamente, pero aceptó el juramento (pues, ¿qué era sino una niña?) y el juramento la alivió en su lecho de muerte. Y me dijo, pocos días después, en tranquila agonía, que, en pago de lo que yo había hecho para confortación de su alma, velaría por mí en espíritu después de su partida y, si le era permitido, volvería en forma visible durante la vigilia nocturna; pero, si ello estaba fuera del poder de las almas en el Paraíso, por lo menos me daría frecuentes indicios de su presencia, suspirando sobre mí en los vientos vesperales, o colmando el aire que yo respirara con el perfume de los incensarios angélicos. Y con estas palabras en sus labios sucumbió su inocente vida, poniendo fin a la primera época de la mía. Hasta aquí he hablado con exactitud. Pero cuando cruzo la barrera que en la senda del Tiempo formó la muerte de mi amada y comienzo con la segunda era de mi existencia, siento que una sombra se espesa en mi cerebro y duda de la perfecta cordura de mi relato. Mas dejadme seguir. Los años se arrastraban lentos y yo continuaba viviendo en el Valle de la Hierba Irisada; pero un segundo cambio había sobrevenido en todas las cosas. Las flores estrelladas desaparecieron de los troncos de los árboles y no brotaron más. Los matices de la alfombra verde se desvanecieron, y uno por uno fueron marchitándose los asfódelos rojo rubí, y en lugar de ellos brotaron de a diez oscuras violetas como ojos, que se retorcían desasosegadas y estaban siempre llenas de rocío. Y la Vida se retiraba de nuestros senderos, pues el alto flamenco ya no desplegaba su plumaje escarlata ante nosotros, mas voló tristemente del valle a las colinas, con todos los gayos pájaros brillantes que habían llegado en su compañía. Y los peces de oro y plata nadaron a través de la garganta hasta el confín más hondo de su dominio y nunca más adornaron el dulce río. Y la arrulladora melodía, más suave que el arpa eólica y más divina que todo, salvo la voz de Eleonora, fue muriendo poco a poco, en murmullos cada vez más sordos, hasta que la corriente tornó, al fin, a toda la solemnidad de su silencio originario. Y por último, la voluminosa nube se levantó y, abandonando los picos de las montañas a la antigua oscuridad, retornó a las regiones del Héspero y se llevó sus múltiples resplandores dorados y magníficos del Valle de la Hierba Irisada. Pero las promesas de Eleonora no cayeron en el olvido, pues escuché el balanceo de los incensarios angélicos, y las olas de un perfume sagrado flotaban siempre en el valle, y en las horas solitarias, cuando mi corazón latía pesadamente, los vientos que bañaban mi frente me llegaban cargados de suaves suspiros, y murmullos confusos llenaban a menudo el aire nocturno, y una vez —¡ah, pero sólo una vez!— me despertó de un sueño, como el sueño de la muerte, la presión de unos labios espirituales sobre los míos. Pero, aun así, rehusaba llenarse el vacío de mi corazón. Ansiaba el amor que antes lo colmara hasta derramarse. Al fin el valle  me dolía  por los recuerdos de Eleonora, y lo abandoné para siempre en busca de las vanidades y los turbulentos triunfos del mundo. * Me encontré en una extraña ciudad, donde todas las cosas podían haber servido para borrar del recuerdo los dulces sueños que tanto duraran en el Valle de la Hierba Irisada. El fasto y la pompa de una corte soberbia y el loco estrépito de las armas y la radiante belleza de la mujer extraviaron e intoxicaron mi mente. Pero, aun entonces, mi alma fue fiel a su juramento, y las indicaciones de la presencia de Eleonora todavía me llegaban en las silenciosas horas de la noche. De pronto, cesaron estas manifestaciones y el mundo se oscureció ante mis ojos y quedé aterrado ante los abrasadores pensamientos que me poseyeron, ante las terribles tentaciones que me acosaron, pues llegó de alguna lejana, lejanísima tierra desconocida, a la alegre corte del rey a quien yo servía, una doncella ante cuya belleza mi corazón desleal se doblegó en seguida, a cuyos pies me incliné sin una lucha, con la más ardiente, con la más abyecta adoración amorosa. ¿Qué era, en verdad, mi pasión por la jovencita del valle, en comparación con el ardor y el delirio y el arrebatado éxtasis de adoración con que vertía toda mi alma en lágrimas a los pies de la etérea Ermengarda? ¡Ah, brillante serafín, Ermengarda! Y sabiéndolo, no me quedaba lugar para ninguna otra. ¡Ah, divino ángel, Ermengarda! Y al mirar en las profundidades de sus ojos, donde moraba el recuerdo, sólo pensé en ellos, y  en ella . Me casé; no temí la maldición que había invocado, y su amargura no me visitó. Y una vez, pero sólo una vez en el silencio de la noche, llegaron a través de la celosía los suaves suspiros que me habían abandonado, y adoptaron la voz dulce, familiar, para decir: «¡Duerme en paz! Pues el espíritu del Amor reina y gobierna y, abriendo tu apasionado corazón a Ermengarda, estás libre, por razones que conocerás en el Cielo, de tus juramentos a Eleonora». FIN Autor: Edgar Allan Poe Título: Eleonora Título Original: Eleonora Publicado en: The Gift for 1842, octubre de 1841 Traducción: Julio Cortázar

  • "El capitán asesino", cuento de Charles Dickens

    El capitán asesino Charles Dickens Si todos nosotros conociéramos nuestras propias mentes (en un sentido más amplio que el de la acepción vulgar de esa frase), sospecho que descubriríamos que nuestras niñeras son responsables de la mayoría de los rincones oscuros de los cuales nos vemos obligados a apartarnos, contra nuestra voluntad. El primer personaje diabólico que se introdujo en mi apacible infancia fue un tal Capitán Asesino. Aquel individuo debió de ser un vástago de la familia de Barba Azul, aunque en aquella época yo no tenía la menor sospecha de tal consanguinidad. Al parecer, su insinuante nombre no despertó ningún prejuicio contra él, ya que fue admitido en la mejor sociedad y poseía una inmensa riqueza. La misión del Capitán Asesino era el matrimonio, para saciar con sus tiernas esposas un apetito caníbal. El día de su boda, hacía adornar los dos lados del camino que conducía a la iglesia con unas extrañas flores; y cuando la novia le preguntaba: «Querido Capitán Asesino, nunca había visto flores como ésas… ¿Cómo se llaman?», él contestaba: «Se llaman Aderezos para Corderitas», y estallaba en una horrible carcajada, llenando de inquietud a los acompañantes de la novia al mostrar por primera vez sus blancos y afilados dientes. Todos los caballos del Capitán Asesino eran blancos como la leche, con una mancha roja en el lomo que él procuraba ocultar con los arreos. Ya que la mancha aparecía en los caballos a pesar de que todos eran blancos como la leche cuando el Capitán Asesino los compraba. Y la mancha era de sangre de la joven desposada (a ese terrorífico detalle debo mi primera experiencia personal de un estremecimiento y de heladas perlas de sudor en la frente). Después de celebrar el banquete de bodas y de despedir a sus nobles huéspedes, el Capitán Asesino se quedaba a solas con su esposa. Al día siguiente, tenía la costumbre de sacar de una alacena un tablero de plata para amasar y un rodillo de oro. Hay que aclarar que el Capitán Asesino, mientras duraba su cortejo, preguntaba siempre si su futura esposa sabía confeccionar un pastel; y si por naturaleza o educación ignoraba aquel arte, debía aprenderlo. Bien. Cuando la esposa veía que el Capitán Asesino sacaba el tablero de plata y el rodillo de oro, recordaba aquel detalle y se subía las mangas de su vestido de encaje para hacer un pastel. A continuación, el Capitán sacaba un enorme recipiente de plata, harina, mantequilla, huevos y todo lo necesario, excepto el relleno para el pastel. La encantadora esposa preguntaba: «Querido Capitán Asesino, ¿de qué va a ser el pastel?» Y él contestaba: «De carne.» La esposa insistía: «No veo la carne por ninguna parte.» Y el Capitán replicaba jocosamente: «Mira en el espejo.» Ella miraba en el espejo, pero continuaba sin ver carne, y entonces el Capitán estallaba en una ruidosa carcajada. Luego, frunciendo repentinamente el ceño, desenvainaba su espada y le ordenaba a su esposa que amasara la harina con los demás ingredientes. De modo que ella amasaba la harina, dejando caer unos grandes lagrimones sobre ella a causa de lo pesado de la tarea. Cuando la pasta estaba preparada y colocada en el recipiente de plata, el Capitán decía: « Yo veo la carne en el espejo.» Y entonces la esposa volvía a mirar al espejo, a tiempo para ver cómo el Capitán le cortaba la cabeza con su espada; y luego cortaba el cuerpo de su esposa a pedacitos, los aderezaba con sal y pimienta, rellenaba con ellos el pastel, lo hacía cocer en el horno y se lo comía todo. El Capitán Asesino se había comido así a numerosas mujeres, cuando se encontró en el caso de escoger esposa entre dos hermanas mellizas. Al principio no sabía a cuál de las dos escoger, ya que a pesar de que una de ellas era rubia y la otra morena, las dos eran igualmente hermosas. Pero la rubia le amaba, y la morena le odiaba, de modo que escogió a la rubia. La morena hubiera impedido que se celebrara la boda de contar con medios para ello, pero no pudo hacer nada; sin embargo, la noche anterior a la boda, llena de sospechas hacia el Capitán Asesino, se introdujo en el jardín de la casa del Capitán trepando por la tapia y le espió a través de una rendija de la persiana de una ventana. Desde allí vio cómo el Capitán Asesino se afilaba los dientes. Dos días después, como de costumbre, el Capitán hizo que su rubia esposa amasara la harina y los otros ingredientes, y cuando la pasta estuvo preparada le cortó la cabeza a la desdichada, la hizo pedacitos, los aderezó con sal y pimienta y rellenó con ellos el pastel, lo hizo cocer en el horno y se lo comió todo. La hermana morena, al enterarse de que su hermana había muerto, adivinó la verdad y decidió vengarse. De modo que se dirigió a la casa del Capitán Asesino y llamó a la puerta. Y cuando salió el Capitán, le dijo: «Querido Capitán Asesino, ahora que mi hermana ha muerto quisiera casarme contigo. Siempre te he amado, pero estaba celosa de mi hermana.» El Capitán quedó encantado y la boda se concertó para muy pronto. El día anterior al de la ceremonia, la hermana morena volvió a introducirse en el jardín de la casa del Capitán y volvió a espiarle a través de la ventana, viendo cómo afilaba sus dientes. Ante aquel espectáculo, la muchacha prorrumpió en una horrible risotada. El Capitán, sobresaltado, abrió la ventana y taladró con su mirada la oscuridad, tratando de descubrir la fuente de aquella extraña risa. Pero no vio a nadie. Al día siguiente se celebró la boda, y al otro día el Capitán Asesino ordenó a su nueva esposa que amasara la harina y los otros ingredientes, y cuando la pasta estuvo preparada le cortó la cabeza a la desdichada, la hizo pedacitos, los aderezó con sal y pimienta y rellenó con ellos el pastel, lo hizo cocer en el horno y se lo comió todo. Pero, antes de empezar a amasar la harina, la hermana morena había ingerido un veneno de efectos terribles, destilado de ojos de sapos y patas de arañas; y apenas el Capitán Asesino había engullido el último bocado cuando empezó a hincharse, y a ponerse azulado, y a gritar. Y continuó hinchándose y poniéndose azulado, y gritando desesperadamente, hasta que su cuerpo llegó desde el suelo hasta el techo y de pared a pared; y luego, a la una de la mañana, estalló con una fuerte explosión. Al oír aquel estrépito, todos los caballos que se encontraban en los establos, blancos como la leche, enloquecieron súbitamente y, rompiendo sus trabas, echaron a correr, atropellando a todos los que habían tenido algo que ver con el Capitán Asesino (empezando por la familia del herrero que había afilado sus dientes), hasta que todos estuvieron muertos. Luego, los caballos se alejaron al galope. FIN Autor: Charles Dickens Título: El capitán asesino Título Original: Captain Murderer Publicado en: All The Year Round, 8 de septiembre de 1860 Traducción: Alfredo Herrera – José María Aroca

  • "La tía Chila", cuento de Ángeles Mastretta

    En una ciudad donde su decisión de dejar a su marido la convirtió en blanco de críticas, la tía Chila forja una vida próspera y libre. Su verdadera fortaleza se revela cuando, en un salón de belleza, enfrenta a un esposo violento y lo expulsa sin miedo, gesto que transforma la opinión pública y la consagra como símbolo de dignidad y coraje femenino. La tía Chila estuvo casada con un señor al que abandonó, para escándalo de toda la ciudad, tras siete años de vida en común. Sin darle explicaciones a nadie. Un día como cualquier otro, la tía Chila levantó a sus cuatro hijos y se los llevó a vivir en la casa que con tan buen tino le había heredado la abuela.   Era una mujer trabajadora que llevaba suficientes años zurciendo calcetines y guisando fabada, de modo que poner una fábrica de ropa y venderla en grandes cantidades, no le costó más esfuerzo que el que había hecho siempre. Llegó a ser proveedora de las dos tiendas más importantes del país. No se dejaba regatear, y viajaba una vez al año a Roma y París para buscar ideas y librarse de la rutina.   La gente no estaba muy de acuerdo con su comportamiento. Nadie entendía como había sido capaz de abandonar a un hombre que en los puros ojos tenía la bondad reflejada. ¿En qué pudo haberla molestado aquel señor tan amable que besaba la mano de las mujeres y se inclinaba afectuoso ante cualquier hombre de bien?   – Lo que pasa es que es una cuzca – decían algunos. – Irresponsable – decían otros. – Lagartija – cerraban un ojo. – Mira que dejar a un hombre que no te ha dado un solo motivo de queja.   Pero la tía Chila vivía de prisa y sin alegar, como si no supiera, como si no se diera cuenta de que hasta en la intimidad del salón de belleza había quienes no se ponían de acuerdo con su extraño comportamiento. Justo estaba en el salón de belleza, rodeada de mujeres que extendían las manos para que les pintaran las uñas, las cabezas para que les enredaran los chinos, los ojos para que les cepillaran las pestañas, cuando entró con una pistola en la mano el marido de Consuelito Salazar. Dando de gritos se fue sobre su mujer y la pescó de la melena para zangolotearla como al badajo de una campana, echando insultos y contando sus celos, reprochando la fodonguez y maldiciendo a su familia política, todo con tal ferocidad, que las tranquilas mujeres corrieron a esconderse tras los secadores y dejaron sola a Consuelito, que lloraba suave y aterradoramente, presa de la tormenta de su marido.   Fue entonces cuando, agitando sus uñas recién pintadas, salió de un rincón la tía Chila.    – Usted se larga de aquí – le dijo al hombre, acercándose a él como si toda su vida se la hubiera pasado desarmando vaqueros en las cantinas –. Usted no asusta a nadie con sus gritos. Cobarde, hijo de la chingada. Ya estamos hartas. Ya no tenemos miedo. Deme la pistola si es tan hombre. Valiente hombre valiente. Si tiene algo que arreglar con su señora diríjase a mí, que soy su representante. ¿Está usted celoso? ¿De quién está celoso? ¿De los tres niños que Consuelo se pasa contemplando? ¿De las veinte cazuelas entre las que vive? ¿De sus agujas de tejer, de su bata de casa? Esta pobre Consuelito que no ve más allá de sus narices, que se dedica a consentir sus necesidades, a ésta le viene usted a hacer un escándalo aquí, donde todas vamos a chillar como ratones asustados. Ni lo sueñe, berrinches a otra parte. Hilo de aquí: hilo, hilo, hilo – dijo la tía Chila tronando los dedos y arrimándose al hombre aquel, que se había puesto morado de rabia y que ya sin pistola estuvo a punto de provocar en el salón un ataque de risa –. Hasta nunca, señor –remató la tía Chila –. Y si necesita comprensión vaya a buscar a mi marido. Con suerte y hasta logra que también de usted se compadezca toda la ciudad.   Lo llevó hacia la puerta dándole empujones y cuando lo puso en la banqueta cerró con triple llave.   – Cabrones éstos – oyeron decir, casi para sí, a la tía Chila.   Un aplauso la recibió de regreso y ella hizo una larga caravana.   – Por fin lo dije – murmuró después. – Así que a ti también – dijo Consuelito. – Una vez – contestó Chila, con un gesto de vergüenza.   Del salón de Inesita salió la noticia rápida y generosa como el olor a pan. Y nadie volvió a hablar mal de la tía Chila Huerta porque hubo siempre alguien, o una amiga de la amiga de alguien que estuvo en el salón de belleza aquella mañana, dispuesta a impedirlo. Título del cuento:  “La tía Chila” Autor:  Ángeles Mastretta Libro:   Mujeres de ojos grandes Año de publicación de la colección:  1990

  • "Un día perfecto para el pez plátano", cuento de J. D. Salinger

    La historia sigue a Seymour Glass, un soldado recién regresado de la Segunda Guerra Mundial, que pasa unas vacaciones en la playa con su esposa, Muriel. Al inicio, un diálogo telefónico entre Muriel y su madre revela preocupaciones por el estado mental de Seymour. Luego, Seymour entabla una charla inocente con una niña llamada Sybil en la playa, contándole la fábula de los “peces plátano” —peces que, por comer demasiados plátanos, quedan atrapados y mueren—. Tras este momento aparentemente inocente, la narración da un giro abrupto y trágico, dejando entrever el peso de su trauma y alienación. En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda. No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad. Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha —y ya era la cuarta o quinta llamada— levantó el auricular del teléfono. —Diga —dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño. —Su llamada a Nueva York, señora Glass —dijo la operadora. —Gracias —contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero. A través del auricular llegó una voz de mujer: —¿Muriel? ¿Eres tú? La chica alejó un poco el auricular del oído. —Sí, mamá. ¿Cómo estás? —dijo. —He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien? —Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han… —¿Estás bien, Muriel? La chica separó un poco más el auricular de su oreja. —Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Éste es el día más caluroso que ha habido en Florida desde… —¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada… —Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente —dijo la chica—. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después… —Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que… ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad. —Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo. —¿Cuándo llegasteis? —No sé… el miércoles, de madrugada. —¿Quién condujo? —Él —dijo la chica—. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada. —¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que… —Mamá —interrumpió la chica—, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad. —¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles? —Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles… se notaba. Por cierto, ¿papá ha hecho arreglar el coche? —Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para… —Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para… —Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás… —Muy bien —dijo la chica. —¿Sigue llamándote con ese horroroso…? —No. Ahora tiene uno nuevo. —¿Cuál? —Mamá… ¿qué importancia tiene? —Muriel, insisto en saberlo. Tu padre… —Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948 —dijo la chica, con una risita. —No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo… —Mamá —interrumpió la chica—, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza… —Lo tienes tú. —¿Estás segura? —dijo la chica. —Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la… ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él? —No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me preguntó si lo había leído. —¡Pero está en alemán! —Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia —dijo la chica, cruzando las piernas—. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma… nada menos… —Espantoso. Espantoso. Es realmente triste… Ya decía tu padre anoche… —Un segundo, mamá —dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama—. ¿Mamá? —dijo, echando una bocanada de humo. —Muriel, mira, escúchame. —Te estoy escuchando. —Tu padre habló con el doctor Sivetski. —¿Sí? —dijo la chica. —Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas… ¡Todo! —¿Y…? —dijo la chica. —En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro. —Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra —dijo la chica. —¿Quién? ¿Cómo se llama? —No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno. —Nunca lo he oído nombrar. —De todos modos, dicen que es muy bueno. —Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa… —Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma. —Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la… —Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí —dijo la chica—. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover. —¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta? Está… —Lo usé. Pero me quemé lo mismo. —¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado? —Me he quemado toda, mamá, toda. —¡Qué horror! —No me voy a morir. —Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra? —Bueno… sí… más o menos… —dijo la chica. —¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste? —En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí. —Bueno, ¿qué dijo? —¡Oh, no mucho! Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando al bingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije… —¿Por qué te hizo esa pregunta? —No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé —dijo la chica—. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo… —¿El verde? —Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas…! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison… la mercería… —Pero ¿qué dijo él? El médico. —Ah, sí… Bueno… en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar. Había mucho barullo. —Sí, pero… ¿le… le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela? —No, mamá. No entré en detalles —dijo la chica—. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar. —¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse… ya sabes, raro, o algo así…? ¿De que pudiera hacerte algo…? —En realidad, no —dijo la chica—. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno… todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar. —En fin. ¿Y tu abrigo azul? —Bien. Le subí un poco las hombreras. —¿Cómo es la ropa este año? —Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados. —¿Y tu habitación? —Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra —dijo la chica—. Este año la gente es espantosa. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un camión. —Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile? —Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo. —Muriel, te lo voy a preguntar una vez más… ¿En serio, va todo bien? —Sí, mamá —dijo la chica—. Por enésima vez. —¿Y no quieres volver a casa? —No, mamá. —Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos… —No, gracias —dijo la chica, y descruzó las piernas—. Mamá, esta llamada va a costar una for… —Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra… quiero decir, cuando una piensa en esas esposas alocadas que… —Mamá —dijo la chica—. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento. —¿Dónde está? —En la playa. —¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa? —Mamá —dijo la chica—. Hablas de él como si fuera un loco furioso. —No he dicho nada de eso, Muriel. —Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz. —¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no? —No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca. —Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas? —Lo conoces muy bien —dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas—. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje. —¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra? —No, mamá. No, querida —dijo la chica, y se puso de pie—. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana. —Muriel, hazme caso. —Sí, mamá —dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha. —Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro…, ya me entiendes. ¿Me oyes? —Mamá, no le tengo miedo a Seymour. —Muriel, quiero que me lo prometas. —Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá —dijo la chica—. Besos a papá —y colgó. —Ver más vidrio [1]—dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su madre—. ¿Has visto más vidrio? —Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta. Estate quieta, por favor. La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años. —No era más que un simple pañuelo de seda… una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo —dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter—. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad. —Por lo que dice, debía de ser precioso —asintió la señora Carpenter. —Estate quieta, Sybil, cariño… —¿Viste más vidrio? —dijo Sybil. La señora Carpenter suspiró. —Muy bien —dijo. Tapó el frasco de bronceador—. Ahora vete a jugar, cariño. Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna. Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel. Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas. —¿Vas a ir al agua, ver más vidrio? —dijo. El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas del albornoz. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil. —¡Ah!, hola, Sybil. —¿Vas a ir al agua? —Te esperaba —dijo el joven—. ¿Qué hay de nuevo? —¿Qué? —dijo Sybil. —¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos? —Mi papá llega mañana en un avión —dijo Sybil, tirándole arena con el pie. —No me tires arena a la cara, niña —dijo el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil—. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando horas. Horas. —¿Dónde está la señora? —dijo Sybil. —¿La señora? —El joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo—. Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Tiñéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los niños pobres. Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba. —Pregúntame algo más, Sybil —dijo—. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me gusta, es un bañador azul. Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga. —Es amarillo —dijo—. Es amarillo. —¿En serio? Acércate un poco más. Sybil dio un paso adelante. —Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy. —¿Vas a ir al agua? —dijo Sybil. —Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio. Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón. —Necesita aire —dijo. —Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir —retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena—. Sybil —dijo—, estás muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti —estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil—. Yo soy capricornio. ¿Cuál es tu signo? —Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano —dijo Sybil. —¿Sharon Lipschutz dijo eso? Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho. —Bueno —dijo—. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto? —Sí que podías. —Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice? —¿Qué? —Me imaginé que eras tú. Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena. —Vayamos al agua —dijo. —Bueno —replicó el joven—. Creo que puedo hacerlo. —La próxima vez, échala de un empujón —dijo Sybil. —¿Que eche a quién? —A Sharon Lipschutz. —Ah, Sharon Lipschutz —dijo él—. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos. —De repente se puso de pie y miró el mar—. Sybil —dijo—, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez plátano. —¿Un qué? —Un pez plátano —dijo, y desanudó el cinturón de su albornoz. Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era azul eléctrico. Plegó el albornoz, primero a lo largo y después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil. Los dos echaron a andar hacia el mar. —Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces plátano —dijo el joven. Sybil negó con la cabeza. —¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces? —No sé —dijo Sybil. —Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive, y sólo tiene tres años y medio. Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Luego la tiró. —Whirly Wood, Connecticut —dijo, y echó nuevamente a andar, sacando la barriga. —Whirly Wood, Connecticut —dijo el joven—. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut? Sybil lo miró: —Ahí es donde vivo —dijo con impaciencia—. Vivo en Whirly Wood, Connecticut. Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos. —No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso —dijo él. Sybil soltó el pie: —¿Has leído El negrito Sambo ? —dijo. —Es gracioso que me preguntes eso —dijo él—. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche. —Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil—. ¿Qué te pareció? —¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol? —Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres. —No eran más que seis —dijo Sybil. —¡Nada más que seis! —dijo el joven—. ¿Y dices «nada más»? —¿Te gusta la cera? —preguntó Sybil. —¿Si me gusta qué? —La cera. —Mucho. ¿A ti no? Sybil asintió con la cabeza: —¿Te gustan las aceitunas? —preguntó. —¿Las aceitunas?… Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas. —¿Te gusta Sharon Lipschutz? —preguntó Sybil. —Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto. Sybil no dijo nada. —Me gusta masticar velas —dijo ella por último. —Ah, ¿y a quién no? —dijo el joven mojándose los pies—. ¡Diablos, qué fría está! —Dejó caer el flotador en el agua—. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más adentro. Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador. —¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso? —preguntó él. —No me sueltes —dijo Sybil—. Sujétame, ¿quieres? —Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo —dijo el joven—. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez plátano. Hoy es un día perfecto para los peces plátano. —No veo ninguno —dijo Sybil. —Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas. Siguió empujando el flotador. El agua le llegaba al pecho. —Llevan una vida triste —dijo—. ¿Sabes lo que hacen, Sybil? Ella negó con la cabeza. —Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de plátanos. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces plátano que han entrado nadando en pozos de plátanos y llegaron a comer setenta y ocho plátanos —empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte—. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta. —No vayamos tan lejos —dijo Sybil—. ¿Y qué pasa después con ellos? —¿Qué pasa con quiénes? —Con los peces plátano. —Bueno, ¿te refieres a después de comer tantos plátanos que no pueden salir del pozo? —Sí —dijo Sybil. —Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren. —¿Por qué? —preguntó Sybil. —Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible. —Ahí viene una ola —dijo Sybil nerviosa. —No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia —dijo el joven—, como dos engreídos. Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer. Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó: —Acabo de ver uno. —¿Un qué, amor mío? —Un pez plátano. —¡No, por Dios! —dijo el joven—. ¿Tenía algún plátano en la boca? —Sí —dijo Sybil—. Seis. De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta. —¡Eh! —dijo la propietaria del pie, volviéndose. —¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante? —¡No! —Lo siento —dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del camino lo llevó bajo el brazo. —Adiós —dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel. El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel. En el primer nivel de la planta baja del hotel —que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia— entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada. —Veo que me está mirando los pies —dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha. —¿Cómo dice? —dijo la mujer. —Dije que veo que me está mirando los pies. —Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo —dijo la mujer, y se volvió hacia las puertas del ascensor. —Si quiere mirarme los pies, dígalo —dijo el joven—. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo. —Déjeme salir, por favor —dijo rápidamente la mujer a la ascensorista. Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás. —Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos —dijo el joven—. Quinto piso, por favor. Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz. Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas. Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha. [1] Aquí la niña se refiere a Seymour Glass (pronunciado si-mor-glas ) cuyo nombre confunde ella con las palabras see more glass (ver más vidrio) por su casi idéntica pronunciación. (N. del T.) Autor: Jerome David Salinger Título: Un día perfecto para el pez plátano Título Original: A Perfect Day for Bananafish Publicado en: The New Yorker, 31 de enero de 1948 Traducción: María Elena Rius

  • "Perder por nocaut", un cuento de Susana Benavides

    Perder por nocaut Susana Benavides A escasos metros de la luz blanca casi brillante del cajero del Banco, los árboles sembraban penumbras hacia la calle y hacia la vereda. Las sombras eran un refugio para el cuerpo tapado de cartones y trapos. Un bulto anónimo. Un derrotado. El infortunado despertó sobrecogido por las risotadas y los gritos. No se movió, intentando adherirse aún más a la pared y a los cartones en el suelo. Desde la plaza, llegaba la música del festival, nítida y estruendosa. El hombre atisbó unas siluetas que surgían de las sombras. La cobija que lo tapaba desapareció, descubriéndolo. Él, por instinto, quiso incorporarse. Adivinó la punta de una bota negra acercarse, antes de que estallara el dolor en su cara. En medio de esa explosión en la cabeza, tuvo un instante de lucidez para pensar que la vida lo había vuelto a encontrar. Había descubierto su escondite. Otra vez lo usaba de “sparring”. Después, todo fue golpes en el cuerpo. Patadas que se hundían en las costillas, en los riñones, en las piernas. Sintió los pisotones. Las risas prepotentes, violentas. Odio azuzado por los quejidos y lamentos. —¡Mealo! ¡Mealo! Sintió el olor y el líquido tibio corriendo por la cabeza, impregnándole la ropa. —¡Llueve, míster mugre! ¡Llueve! Se encogió. Una patada en la espalda lo sacó de ese refugio fetal. Dio un alarido y estiró el cuerpo dibujando una figura que arrancó más risotadas. Parecía una paloma con las alas abiertas y rotas. Casi en la inconsciencia, oyó la voz que dijo “¡Vamos!”, y los pasos se fugaron en un instante. Desde la plaza, tres cuadras más adelante, llegaban los vítores de la multitud. Unos acordes de guitarra sonaron en la noche serena y el público rugió. La música inundó todo de nuevo. El hombre se arrastró hacia la luz, hacia la luz del Banco. La puerta automática se abrió en una bienvenida equívoca. Él aprovechó aquel descuido y entró. Temblando, se acurrucó en un rincón. De a ratos, dormitaba. Entre nieblas, veía los pies que entraban y salían de allí. El sonido de los cajeros escupiendo dinero. Una rata que contaba, ávida, los billetes y después, entre quejas y amagos, lo largaba a desgano. El silencio de los clientes, devotos ante el sacerdote todopoderoso. A veces, algún cuchicheo ateo, algún gruñido blasfemo. Recordó. Él, una vez había sido uno de ellos. Había sido extremadamente ambicioso, hasta el punto de perder todo. Un par de sandalias doradas titubeó al pasar junto al cuerpo herido. —¡Qué vergüenza! ¿Dónde está la policía? Y los pies, indignados, con adornos de brillo, se alejaron. El hombre cerró los ojos. Despertó con el sonido de unos tacones. Creyó reconocerlo, lo guardaba en la memoria. La puerta automática se cerró otra vez. El hombre buscó con la mirada. Los tacos altos y finos estaban ante un cajero. No podía quitar los ojos de aquellos zapatos. Cuando iban de salida, resonando contra los cerámicos claros, el hombre estiró la mano con la ilusión de asirlos. Un sollozo persiguió los pasos indiferentes, que se perdieron hacia la calle, de esa mujer que no era la suya. Apoyó la cara contra el piso frío, sintió que la capa sucia de su piel crujía. Espió por aquella grieta al pasado: Una mujer, la que había sido suya, lo miraba sin amor. Le daba la espalda y se marchaba. El sonido frío de los tacones resonaba. Se alejaba. Se quejó, un lamento bajo y largo. Le dolía el cuerpo y aquel recuerdo, le punzaba el corazón. Otra vez, se durmió. Unas manos lo sacudieron. Despertó. —¡Arriba! ¡Vamos! Un agente de la policía lo observaba con gesto antipático. El hombre se sentó. La herida en la cabeza aún manaba hilos de sangre que se adherían a los cabellos. —Llamaré a emergencias —dijo el agente. Y ordenó a los curiosos —: Atrás, ¡atrás! El infortunado, herido y confuso, miró alrededor. —Sólo me equivoqué —comenzó—. Sólo me equivoqué una vez. Los curiosos dando media vuelta comenzaron a alejarse. A nadie le interesaba por qué había sucumbido. Un niño, aferrado a la mano del padre, lo señaló con el índice y sostuvo el pequeño dedo apuntándolo. El hombre volvió a sentir el ruido de la grieta sobre la piel. Espió, ávidamente, aquel recuerdo: el pequeño Tomás. Su hijo. El niño que jamás volvió a ver. Tomás dando sus primeros pasos. Pasos de pato. El índice estirado apuntando todo. El dedo que tocaba todo y a todos, derramando pinchazos. Besos de índice. Y ahora este otro dedo apuntándolo. ¿Acusándolo? El recuerdo del pequeño Tomás alejándose de la mano de la mujer, la que había sido suya, le estalló en el corazón. Allí había comenzado a perder todo, desde ese momento había comenzado la caída. En bancarrota y con el corazón maltrecho. Sintió el latido en la espalda, donde había sido el golpe de la bota. El dolor traspasó al pecho. Cerró los ojos y todo fue oscuridad. El agente volvió. Otra vez, lo sacudió. La mirada antipática. El infortunado no respondió. —Atrás, atrás —ordenó el agente, poniéndose de pie. Una mujer gritó y apuró los pasos, la puerta automática le ofreció la salida. Uno de los cajeros contaba dinero y a regañadientes, se lo ofrecía al devoto que aguardaba ante la pantalla. El aullido urgente de una sirena se acercaba al Banco. La puerta automática continuaba monótona, casi aburrida, atendiendo a los clientes. La música del festival aún llegaba hasta allí, nítida y estruendosa. FIN

  • "El niño feo", cuento de Isaac Asimov

    El niño feo Isaac Asimov Edith Fellowes se alisó la bata de trabajo como hacía siempre antes de abrir la compleja cerradura de la puerta y cruzar la invisible línea divisoria que separaba el  es  del  no es . Llevaba la libreta y el bolígrafo, aunque ya no tomaba notas excepto cuando consideraba absolutamente necesario hacer algún informe. En esta ocasión llevaba también una maleta. («Juguetes para el niño», había dicho ella, sonriente, al vigilante, que desde hacía tiempo había dejado de hacerle preguntas y que le indicó que podía pasar.) Como siempre, el niño feo supo que ella había entrado y se acercó corriendo. —¡Señorita Fellowes! ¡Señorita Fellowes! —gritó con su blanda e indistinta voz. —Timmie… —dijo ella, y pasó la mano por el tupido cabello castaño que cubría la desfigurada cabecita—. ¿Qué ocurre? —¿Volverá Jerry para jugar otra vez? Siento lo que pasó. —Eso no importa ahora, Timmie. ¿Por eso llorabas? El niño bajó los ojos. —No sólo por eso, señorita Fellowes. He soñado otra vez. —¿El mismo sueño? Los labios de la señorita Fellowes se fruncieron. Claro, el incidente con Jerry había hecho volver el sueño. El niño asintió. Sus dientes, demasiado grandes, asomaron cuando intentó sonreír, y los labios de su sobresaliente boca se estiraron al máximo. —¿Cuándo seré bastante grande para salir, señorita Fellowes? —Pronto —dijo ella en voz baja, sintiendo que se le partía el corazón—. Pronto. La señorita Fellowes dejó que el niño le tomara la mano y gozó con el cálido tacto de la gruesa y seca piel de la palma. El niño la llevó por las tres habitaciones que formaban el conjunto de la Sección Uno de Estasis; acogedoras, cierto, pero una prisión eterna para el niño feo durante los siete años (¿eran siete?) que llevaba de vida. El niño la condujo a la única ventana, con vistas a un boscoso fragmento lleno de matorrales del mundo del  es  (en aquel momento oculto por la noche), donde una valla e instrucciones pintadas prohibían a cualquier hombre adentrarse sin permiso. El niño apretó la nariz contra la ventana. —¿Afuera, señorita Fellowes? —Mejores lugares. Lugares más bonitos —dijo tristemente ella, mientras contemplaba la pobre cara encarcelada perfilada en la ventana. La frente del niño se hundía planamente, y su cabello caía en mechones sobre ella. La nuca sobresalía y parecía un peso excesivo para la cabeza, de forma que ésta se inclinaba hacia delante y obligaba al cuerpo a adoptar una postura encorvada. Óseos bordes habían provocado ya un abultamiento en la piel de los ojos. La ancha boca sobresalía más que la amplia y achatada nariz, y el niño carecía de barbilla propiamente dicha; sólo tenía una mandíbula de lisas curvas. Era bajo para su edad, y tenía las piernas cortas, gruesas y torcidas. Era un niño terriblemente feo, y Edith Fellowes lo amaba intensamente. La cara de la enfermera quedaba fuera de la línea de visión del niño, por lo que permitió a sus labios el lujo de un temblor. No lo matarían. Ella haría cualquier cosa para impedirlo. Cualquier cosa. Abrió la maleta y empezó a sacar la ropa que contenía. Edith Fellowes había cruzado por primera vez el umbral de Estasis, Inc., hacía poco más de tres años. Entonces no tenía la menor idea sobre el significado de Estasis y la tarea de la sociedad. Nadie lo sabía entonces, excepto las personas que trabajaban allí. De hecho, sólo un día después de la llegada de la enfermera se dio la noticia al mundo. En aquel entonces, fue simplemente un anuncio de Estasis solicitando una mujer con conocimientos de fisiología, experiencia en química clínica y amor a los niños. Edith Fellowes era enfermera en una sala de maternidad y creía satisfacer dichos requisitos. Gerald Hoskins, en cuyo escritorio figuraba una placa que indicaba su título de doctor, se rascó la mejilla con el pulgar y miró fijamente a la aspirante. La señorita Fellowes se irguió automáticamente y notó que se le crispaba el rostro, de nariz levemente asimétrica y cejas una pizca gruesas. «Él tampoco es guapo —pensó ella resentida—. Está engordando, se está quedando calvo y tiene una boca horrible…» Pero el salario mencionado en el anuncio era mucho más elevado de lo que la señorita Fellowes esperaba, y por eso se limitó a aguardar. —Bien, ¿realmente adora a los niños? —dijo Hoskins. —No lo afirmaría si no fuera cierto. —¿O simplemente le encantan los niños guapos? ¿Los encantadores, regordetes, con lindas naricillas y voces de jilguero? —Los niños son niños, doctor Hoskins —dijo la señorita Fellowes—, y los que no son guapos son precisamente los que pueden necesitar más ayuda. —Entonces supongo que podemos aceptarla… —¿Pretende decir que me da el empleo ahora mismo? Él sonrió brevemente, y durante un momento su ancha cara tuvo un distraído rasgo de encanto. —Tomo decisiones rápidas —dijo—. Pero de momento la oferta es provisional. Puedo tomar una decisión igualmente rápida para dejarla marchar. ¿Está dispuesta a correr el riesgo? La señorita Fellowes aferró su bolso y calculó con la máxima rapidez posible. Luego ignoró los cálculos y se dejó llevar por su impulso. —De acuerdo. —Magnífico. Vamos a formar Estasis esta noche y creo que será mejor que esté allí para empezar de inmediato. Eso será a las ocho de la noche, y me gustaría que usted estuviera a las siete y media. —Pero, ¿qué…? —Magnífico. Magnífico. Eso es todo por ahora. Tras una señal, una risueña secretaria entró y acompañó fuera a la enfermera. La señorita Fellowes contempló un instante la cerrada puerta del doctor Hoskins. ¿Qué era Estasis? ¿Qué relación tenía con los niños aquel gran edificio de aspecto de granero, con empleados provistos de placas de identificación, con improvisados pasillos, con un inconfundible ambiente de ingeniería? Se preguntó si debía volver por la noche o quedarse en casa y dar una lección al arrogante individuo. Pero sabía que iba a volver, aunque sólo fuera por pura frustración. Tenía que averiguar lo de los niños. La señorita Fellowes volvió a las siete y media y no tuvo que anunciarse. Uno tras otro, hombres y mujeres parecían conocerla y saber su trabajo. Le parecía ir sobre ruedas cuando la llevaron adentro. El doctor Hoskins estaba allí, pero se limitó a mirarla con aire distante. —Señorita Fellowes… —murmuró. Ni siquiera le sugirió que tomara asiento, pero ella arrastró tranquilamente una silla hasta la barandilla y se sentó. Se hallaban en una galería, contemplando un enorme foso lleno de instrumentos que parecían un cruce entre el tablero de mandos de una nave espacial y el teclado de una computadora. A un lado había separaciones que formaban un piso sin techo, una gigantesca casa de muñecas cuyas habitaciones podían verse desde arriba. La señorita Fellowes vio una cocina electrónica y un frigorífico en una habitación, y un improvisado lavabo en otra. Y el objeto que distinguió en otra habitación sólo podía ser parte de una cama, de una cama pequeña. Hoskins estaba hablando con otro hombre, y ambos, junto con la señorita Fellowes, eran los únicos ocupantes de la galería. Hoskins no quiso presentar al desconocido, y la enfermera lo miró furtivamente. Era delgado, y tenía cierto atractivo como hombre de edad madura. Tenía un pequeño bigote y penetrantes ojos, al parecer atareados con todo. —Ni por un momento fingiré que entiendo todo esto, doctor Hoskins —estaba diciendo—. Es decir, entiendo tanto como puede esperarse de un lego, de un lego razonablemente inteligente. Con todo, si hay algo que entiendo menos, es la cuestión de la selectividad. Usted sólo puede alcanzar cierta distancia. Eso parece lógico, las cosas se hacen más vagas al aumentar la distancia, se requiere más energía… Pero luego me dice que no puede llegar muy cerca. Ésa es la parte enigmática. —Puedo hacerlo parecer menos paradójico, Deveney, si me permite utilizar una analogía. (La señorita Fellowes identificó al desconocido en cuanto oyó su nombre, y se impresionó aun sin quererlo. Se trataba obviamente de Candide Deveney, el redactor científico de Telenoticias, que acudía notoriamente al escenario de cualquier importante avance científico. La enfermera incluso reconoció la cara de Deveney, ya que la había visto en la notiplaca cuando se anunció el aterrizaje en Marte… De modo que el doctor Hoskins debía tener algo importante allí.) —Desde luego, use una analogía —dijo Deveney con aire pesaroso—, si cree que eso servirá de algo. —Bien, pues. Es imposible leer un libro con caracteres de imprenta ordinarios si se lo sostiene a dos metros de los ojos, pero es posible leerlo a un palmo de distancia. Hasta aquí, cuanto más cerca mejor. Pero si pone el libro a cinco centímetros de sus ojos, vuelve a estar perdido. Existe el hecho de la excesiva proximidad, como ve. —Hummm —dijo Deveney. —O considere otro ejemplo. Su hombro derecho está a setenta centímetros de la punta de su dedo índice, y puede apoyar este dedo en su hombro derecho. Su codo derecho está sólo a la mitad de la distancia de la punta de su dedo índice. De acuerdo con la lógica ordinaria, sería más fácil hacer lo mismo, y sin embargo usted no puede poner el dedo índice de su mano derecha en el codo del mismo lado. De nuevo, existe el hecho de la excesiva proximidad. —¿Puedo usar estas analogías en mi relato? —preguntó Deveney. —Naturalmente. Me encantaría. He esperado mucho tiempo a que alguien como usted tenga un relato. Le ofreceré cualquier otra cosa que desee. Es hora, por fin, de querer que el mundo mire por encima de nuestro hombro. La gente verá algo. (A pesar suyo, la señorita Fellowes admiraba la serena certeza del doctor. Había fuerza allí.) —¿Cuán lejos va a llegar? —dijo Deveney. —Cuarenta mil años. La señorita Fellowes contuvo la respiración bruscamente. ¿Años? Había tensión en el ambiente. Los encargados de los controles apenas se movían. Un hombre hablaba ante un micrófono con suave monotonía, pronunciando breves frases que no tenían sentido para la señorita Fellowes. Deveney se apoyó en la barandilla de la galería con la mirada fija. —¿Veremos algo, doctor Hoskins? —preguntó. —¿Qué? No. Nada hasta que se complete el trabajo. Detectamos de forma indirecta, algo parecido al principio del radar, con la excepción que utilizamos mesones en lugar de radiación. Los mesones buscan retrocediendo en el tiempo en las condiciones apropiadas. Algunos se reflejan, y debemos analizar los reflejos. —Eso parece difícil. Hoskins sonrió de nuevo brevemente, como siempre. —Es el producto final de cincuenta años de investigación, cuarenta de ellos antes de mi entrada en el campo… Sí, es difícil. El hombre del micrófono alzó una mano. —Hemos estado fijos en un momento particular de tiempo desde hace semanas. Hemos roto la conexión, la hemos rehecho tras calcular nuestros movimientos en el tiempo, nos hemos asegurado de poder maniobrar el flujo temporal con suficiente precisión. Esto debe dar resultado ahora. Pero su frente relucía. Edith Fellowes notó que se había levantado de la silla y estaba en la barandilla de la galería, pero no había nada que ver. —Ahora —dijo en voz baja el hombre del micrófono. Hubo un lapso de silencio suficiente para respirar una vez y luego el sonido del chillido de un aterrorizado niño en las habitaciones de la casa de muñecas. ¡Terror! ¡Penetrante terror! La cabeza de la señorita Fellowes se volvió en la dirección del grito. Un niño estaba involucrado. Lo había olvidado. El puño de Hoskins golpeó la barandilla, y el doctor, con voz tensa y temblorosa, con voz de triunfo, dijo: —¡Conseguido! La señorita Fellowes fue forzada a bajar el corto tramo espiral de escalera por la dura presión de la palma de Hoskins aplicada a sus omóplatos. El doctor no le dio explicaciones. Los hombres de los controles estaban de pie en aquel momento, sonrientes, fumando, observando a los tres que llegaban a la planta principal. Un zumbido muy tenue surgía de la casa de muñecas. —Es totalmente seguro entrar en Estasis —dijo Hoskins a Deveney—. Lo he hecho mil veces. Se produce una sensación extraña que dura un momento y no significa nada. Hoskins cruzó un abierto umbral en muda demostración, y Deveney, con rígida risa y tras respirar con obvia profundidad, le siguió: —¡Señorita Fellowes! ¡Por favor! —dijo Hoskins. El doctor torció el dedo índice impacientemente. La señorita Fellowes asintió y entró muy rígida. Fue como si un escarceo, un hormigueo interno recorriera su cuerpo. Pero una vez dentro todo pareció normal. Se percibía el olor de la madera nueva de la casa de muñecas y…, y de…, de tierra. Se había hecho el silencio, ninguna voz por fin, pero había un seco arrastrar de pies y, quizá, una mano que rascaba madera…, y luego un suave gemido. —¿Dónde está? —preguntó angustiada la señorita Fellowes. ¿Por qué no se preocupaban aquel par de necios? El niño se hallaba en el dormitorio; o por lo menos, en la habitación que tenía la cama. Estaba de pie, desnudo, con el pequeño pecho, manchado de barro, subiendo y bajando irregularmente. Un montón de tierra y áspera hierba se extendía en el suelo alrededor de sus descalzos pies morenos. El olor a tierra procedía de allí, igual que el vestigio de algo fétido. Hoskins siguió la aterrorizada mirada de la enfermera. —Es imposible arrancar limpiamente a un niño del tiempo, señorita Fellowes —dijo en tono de disgusto—. Hemos tenido que recoger parte de los alrededores por cuestión de seguridad. ¿O habría preferido que el niño llegara aquí con una pierna menos, o con sólo media cabeza? —¡Por favor! —repuso la señorita Fellowes, abrumada por el asco—. ¿Vamos a quedarnos con los brazos cruzados? La pobre criatura está asustada. Y muy sucia. Tenía mucha razón. El niño tenía manchas de barro incrustado y grasa, y un arañazo en el muslo, que estaba enrojecido e inflamado. Cuando Hoskins se aproximó, el niño, que aparentaba tener tres años, se agachó y retrocedió rápidamente. Alzó el labio superior y gruñó sibilantemente, igual que un gato. Con rápido gesto, Hoskins tomó al niño por ambos brazos y lo levantó del suelo, pese a que se revolvía y chillaba. —Sosténgalo —dijo la señorita Fellowes—. Lo primero que necesita es un baño. Hay que limpiarlo. ¿Tiene lo preciso? Si es así, ordene que lo traigan aquí. Y al principio necesitaré ayuda para agarrar al niño. Luego, por el amor del cielo, ordene que recojan toda esta suciedad. Ella estaba ya dando órdenes, y se la veía a sus anchas. Y puesto que era una enfermera eficaz, y no una confusa espectadora, la señorita Fellowes examinó al pequeño con ojo clínico…, y dudó durante unos instantes de sobresalto. Lo examinó más allá del barro y los gritos, más allá del agitar de extremidades y el inútil retorcimiento. Vio al niño propiamente dicho. Era el niño más feo que había visto nunca. Horriblemente feo desde la deforme cabeza hasta las torcidas piernas. La señorita Fellowes lavó al niño con ayuda de tres hombres, mientras otros iban de un lado a otro intentando limpiar la habitación. La enfermera actuó en silencio y con una sensación de atropello, irritada por el continuo desasosiego y los chillidos del pequeño, y por los indecorosos salpicones de jabonosa agua a que se veía sometida. El doctor Hoskins había intuido que el niño no sería guapo, pero eso no implicaba ni con mucho que la criatura estaría repulsivamente deformada. Y el hedor del pequeño era tal que el jabón y el agua sólo lo aliviaban muy poco a poco. La señorita Fellowes sintió el intenso deseo de echar al niño, enjabonado como estaba, en brazos del doctor y marcharse. Pero estaba el orgullo profesional. Ella había aceptado una tarea, al fin y al cabo… Y estaba la mirada de los ojos del doctor, una fría mirada que decía: «¿Sólo niños guapos, señorita Fellowes?» Hoskins se mantenía apartado, observando fríamente a cierta distancia con un asomo de sonrisa en el semblante. En un momento dado se fijó en los ojos de la enfermera, y pareció divertirse con la indignación de la mujer. La señorita Fellowes decidió que aguardaría un rato antes de renunciar. Hacerlo al instante sería rebajarse. Luego, cuando el niño tuvo un soportable tono rosado y olor a perfumado jabón, la enfermera se sintió mejor a pesar de todo. Los chillidos se transformaron en gimoteos de agotamiento, y el niño miró alrededor atentamente; sus ojos se movieron con veloz y asustado recelo de uno a otro de los ocupantes de la habitación. La limpieza acentuaba su delgada desnudez, mientras se estremecía de frío tras el baño. —¡Traigan una bata para el niño! —dijo vivamente la señorita Fellowes. Al momento apareció una bata. Todo parecía preparado y sin embargo nada estaba disponible a menos que ella diera la orden; como si deliberadamente dejaran el asunto en sus manos sin ayudarla, para ponerla a prueba. El reportero, Deveney, se acercó. —Yo lo sostendré, señorita —dijo—. Usted sola no podrá ponérsela. —Gracias —dijo ella. Ciertamente hubo una batalla, pero la bata quedó puesta, y cuando el niño hizo ademán de desgarrarla, la enfermera le dio una brusca palmada en la mano. El niño enrojeció, pero no lloró. Miró fijamente a la mujer y los torcidos dedos de una de sus manos se deslizaron lentamente por la franela de la prenda, palpando su extrañeza. La señorita Fellowes, desesperada, pensó: «Bueno, y ahora, ¿qué?» Todo el mundo parecía estar en animación suspendida, aguardando la reacción de la enfermera…, incluso el niño feo. —¿Tienen comida? ¿Leche? —preguntó bruscamente. La tenían. Trajeron una unidad móvil, y en el compartimiento de refrigeración había un litro de leche; había también un calentador y diversos fortificantes en forma de pastillas vitamínicas, jarabe de cobre, cobalto y hierro, y otras cosas que la enfermera no tenía tiempo para examinar. Había varios envases de comida infantil que se autocalentaba. La señorita Fellowes usó leche, solamente leche para empezar. La unidad de radiaciones calentó el líquido hasta la temperatura apropiada en cuestión de segundos y se desconectó, y la enfermera puso un poco de leche en un plato. Estaba segura del salvajismo del niño. Él no sabría usar una taza. La señorita Fellowes bajó la cabeza y dijo al pequeño: —Bebe. Bebe. Hizo un gesto como si se llevara el plato a la boca. Los ojos del niño siguieron el movimiento, pero nada más. De pronto, la enfermera recurrió a medidas directas. Tomó con una mano el brazo del niño y metió la otra en la leche. Le mojó los labios con el líquido, y éste cayó goteando por las mejillas y la contraída barbilla. Durante un instante el niño lanzó un agudo grito, y acto seguido su lengua se movió sobre sus mojados labios. La señorita Fellowes retrocedió. El niño se acercó al plato, se agachó, miró bruscamente hacia arriba y hacia atrás, como si esperara ver a un agazapado enemigo, se agachó de nuevo, y lamió ansiosamente la leche, igual que un gato. Sorbió el líquido haciendo mucho ruido. No utilizó las manos para levantar el plato. La señorita Fellowes dejó que asomara en su rostro parte de la repugnancia que sentía. No pudo evitarlo. Deveney captó el detalle, quizá. —¿Lo sabe la enfermera, doctor Hoskins? —dijo. —¿El qué? —preguntó la señorita Fellowes. Deveney dudó, pero Hoskins intervino, de nuevo con su aire de indiferente diversión en el rostro. —Bien, infórmela —dijo. Deveney se volvió hacia la señorita Fellowes. —Tal vez no lo sospeche, señorita, pero el azar ha querido que sea la primera mujer civilizada de la historia que cuida a un joven de Neanderthal. La enfermera volvió la cabeza hacia Hoskins con dominada ferocidad. —Debió informarme, doctor. —¿Por qué? ¿Qué importancia habría tenido? —Habló de un niño. —¿No es eso un niño? ¿Alguna vez ha tenido un perrito o un gatito, señorita Fellowes? ¿Están esos animales más cerca de lo humano? Si ese niño fuera una cría de chimpancé, ¿le produciría asco? Usted es enfermera, señorita Fellowes. Su expediente afirma que estuvo en una sala de maternidad durante tres años. ¿Alguna vez se negó a cuidar a un bebé deforme? La señorita Fellowes pensó que estaba quedándose sin argumentos. —Podía haberme informado —dijo, con mucha menos decisión. —¿Y habría rechazado el empleo? Bien, ¿lo rechaza ahora? Hoskins la observó fríamente, mientras Deveney miraba al otro lado de la habitación, y el niño de Neanderthal, tras acabar la leche y lamer el plato, contempló a la enfermera con su mojada cara y sus anhelantes ojazos. El niño señaló la leche y de repente empezó a emitir una breve serie de sonidos reiterados; sonidos guturales y complejos chasquidos de la lengua. —¡Vaya, habla! —dijo la señorita Fellowes, sorprendida. —Naturalmente —dijo Hoskins—. El  Homo neanderthalensis  no es una especie totalmente distinta, sino más bien una subespecie del  Homo sapiens . ¿Por qué no había de hablar? Probablemente está pidiendo más leche. De forma mecánica, la señorita Fellowes buscó la botella de leche, pero Hoskins la tomó por la muñeca. —Bien, señorita Fellowes, antes que vayamos más lejos, ¿acepta el empleo? La señorita Fellowes se soltó bruscamente, irritada. —¿No piensa darle de comer si yo no lo hago? Me quedaré con él…, algún tiempo. La enfermera echó leche en el plato. —Vamos a dejarla con el niño, señorita Fellowes —dijo Hoskins—. Ésta es la única entrada de Estasis Número Uno, y está completamente cerrada y vigilada. Quiero que se entere de los pormenores de la cerradura, la cual, por supuesto, estará programada para aceptar sus huellas digitales, como ya lo está para las mías. En los espacios superiores —prosiguió, alzando los ojos hacia los inexistentes techos de la casa de muñecas— también hay vigilancia, y se nos informará en cuanto algo inconveniente suceda aquí. —¿Pretende decir que estaré sometida a control visual? —dijo la señorita Fellowes, indignada. Pensó de pronto en su propio examen de las habitaciones interiores desde la galería. —No, no —repuso seriamente Hoskins—. Se respetará totalmente su intimidad. La vigilancia se efectuará únicamente mediante símbolos electrónicos, que sólo una computadora interpretará. Se quedará con el chico esta noche, señorita Fellowes, y todas las noches hasta nuevo aviso. Se la relevará durante el día según el horario que le parezca más conveniente. Le permitiremos arreglar ese detalle. La enfermera contempló la casa de muñecas con asombrada expresión. —Pero, ¿por qué todo esto, doctor Hoskins? ¿Es peligroso el niño? —Es cuestión de energía, señorita Fellowes. Al niño no se le debe permitir la salida de estas habitaciones. Nunca. Ni un instante. Por ningún motivo. Ni para salvarle la vida. Ni siquiera para salvar su propia vida, señorita Fellowes. ¿Está claro? La enfermera levantó la barbilla. —Entiendo las órdenes, doctor Hoskins, y en mi profesión estamos acostumbradas a poner el deber por delante de la seguridad personal. —Perfecto. Si necesita ayuda de alguien, hágalo saber. Y los dos hombres se fueron. La señorita Fellowes se volvió hacia el niño. Él estaba observándola, y todavía quedaba leche en el plato. Trabajosamente, la enfermera trató de enseñarle a levantarlo y llevárselo a los labios. El pequeño se resistió, pero se dejó tocar sin más gritos. Los asustados ojos del niño siempre estaban fijos en ella, vigilantes, atentos al primer movimiento en falso. La enfermera tuvo que tranquilizarle, se esforzó en mover muy despacio la mano hacia el pelo del pequeño, dejándole ver cada milímetro del recorrido, para que viera que no iba a sufrir daño. Y logró acariciarle el pelo un instante. —Tendré que enseñarte a usar el cuarto de baño —dijo—. ¿Crees que podrás aprender? Habló en voz baja, apaciblemente, sabiendo que él no entendería las palabras, pero confiando en que respondiera al sosiego de su tono. El niño inició de nuevo una frase con chasquidos de su lengua. —¿Me dejas tomarte la mano? —dijo la enfermera. Tendió la suya y el niño la miró. La señorita Fellowes dejó su mano extendida y aguardó. La mano del pequeño se deslizó hacia la suya. —Eso está bien —dijo ella. La mano se acercó a dos centímetros y entonces el valor del niño decayó. Apartó la mano bruscamente. —Bien —dijo tranquilamente la señorita Fellowes—, lo intentaremos más tarde. ¿Te gustaría sentarte aquí? Dio unas palmadas al colchón de la cama. Las horas transcurrieron con lentitud, y el progreso fue escaso. La enfermera no obtuvo satisfacción ni con el cuarto de baño ni con la cama. De hecho, a pesar de dar inconfundibles muestras de somnolencia, el pequeño se echó al suelo y a continuación, con un rápido movimiento, se metió debajo de la cama. La señorita Fellowes se agachó para mirar al niño, y los ojos de éste la observaron relucientes mientras la lengua chasqueaba. —Muy bien —dijo ella—, si te sientes más seguro ahí, duerme ahí. Cerró la puerta del dormitorio y se retiró a la cama que le habían preparado en la habitación más espaciosa. Tras insistir, habían puesto un improvisado dosel sobre la cama. La señorita Fellowes pensó: «Esos estúpidos tendrán que poner un espejo y una cómoda más grande en esta habitación, y otro cuarto de baño, si esperan que yo pase las noches aquí.» Le resultó difícil dormir. La señorita Fellowes se esforzó en oír posibles ruidos en la habitación contigua. El niño no podía escapar, ¿no? Las paredes eran rectas e increíblemente altas, pero…, ¿y si el pequeño trepaba como un mono? Bien, Hoskins había hablado de la existencia de dispositivos de observación que vigilaban el techo. De repente, la enfermera pensó: «¿Es posible que el niño sea peligroso? ¿Físicamente peligroso?» No, Hoskins no podía haberse referido a eso. No la habría dejado sola si… Trató de reírse de sí misma. Sólo era un niño de tres o cuatro años. Sin embargo, ella no había conseguido cortarle las uñas. Si la atacaba con uñas y dientes mientras dormía… Respiró agudamente. Aquello era ridículo, pero de todas maneras… Prestó penosa atención, y esta vez oyó el sonido. El niño estaba llorando. No eran chillidos de miedo o de enfado; no eran gritos, no eran alaridos. El niño estaba llorando en silencio. Era el angustiado sollozo de un niño que se sentía solo, muy solo. Por primera vez, la señorita Fellowes pensó con zozobra: «¡Pobre criatura!» Naturalmente, era un niño. ¿Qué importaba la forma de su cabeza? Era un niño que se había quedado huérfano como ningún otro niño antes que él. No sólo habían desaparecido su madre y su padre, sino también toda su especie. Arrancado insensiblemente de su tiempo, era la única criatura de su especie en el mundo. La última. La única. La señorita Fellowes sintió que su pena crecía, y al mismo tiempo se avergonzó de su propia insensibilidad. Tras ceñirse la bata a las pantorrillas (incongruentemente, pensó: «Mañana tendré que traer un albornoz»), salió de la cama y entró en la habitación del niño. —Pequeño —llamó en un susurro—. Pequeño. Estuvo a punto de meter la mano por debajo de la cama, pero pensó en un posible mordisco y no lo hizo. Encendió la lamparilla y movió la cama. La pobre criatura estaba acurrucada en un rincón, con las rodillas bajo la barbilla, y miraba a la enfermera con borrosos y desconfiados ojos. Con la escasa iluminación, la enfermera no percibió el aspecto repulsivo del niño. —Pobre niño —dijo—, pobre niño. —Notó que el pequeño se ponía rígido mientras le acariciaba el pelo, y que luego se relajaba—. Pobre niño. ¿Me dejas tomarte? Se sentó en el suelo cerca del niño y, poco a poco, rítmicamente, le acarició el cabello, la mejilla, el brazo. En voz baja, la señorita Fellowes comenzó a entonar una canción lenta y suave. El niño levantó la cabeza al oírla y contempló su boca en la penumbra, como si el sonido le maravillara. La enfermera fue aproximándose mientras el niño la escuchaba. Poco a poco acercó hacia sí la cabeza del pequeño, hasta que ésta quedó apoyada en su hombro. Le pasó un brazo por debajo de los muslos y lo alzó hasta su regazo con un movimiento pausado y suave. La señorita Fellowes siguió cantando, el mismo verso sencillo una y otra vez, mientras mecía al pequeño. El niño dejó de llorar y al cabo de un rato el rítmico zumbido de su respiración indicó que se había dormido. Con infinito cuidado, la enfermera empujó la cama hacia la pared y puso encima al niño. Lo tapó y lo miró. Su cara era tan pacífica y tan de niño pequeño mientras dormía… Ciertamente, no tenía tanta importancia que fuera muy feo. La señorita Fellowes empezó a alejarse de puntillas, pero después pensó: «¿Y si se despierta?» Retrocedió, luchó indecisa consigo misma, suspiró y, lentamente, se metió en la cama con el pequeño. La cama era demasiado pequeña para ella. Se sentía entorpecida e incómoda sin el dosel, pero la mano del niño se deslizó hacia la suya y, sin saber cómo, la enfermera se durmió en esa postura. Despertó sobresaltada y con el alocado impulso de chillar, que logró ahogar en un gorjeo. El niño estaba mirándola, con los ojos muy abiertos. La enfermera tardó un largo momento en recordar que se había acostado con él; después, poco a poco, sin apartar la mirada de aquellos ojos, sacó una pierna, tocó el suelo, y luego sacó la otra. Lanzó una rápida y recelosa mirada hacia el abierto techo, y tensó los músculos dispuesta a ponerse en pie. Pero en ese momento los rechonchos dedos del niño se movieron y tocaron los labios de la enfermera. El pequeño dijo algo. La señorita Fellowes retrocedió con el contacto. El niño era terriblemente feo a la luz del día. El niño habló otra vez. Abrió la boca e hizo un gesto con la mano, como si algo brotara de sus labios. La señorita Fellowes supuso el significado del gesto y dijo trémulamente: —¿Quieres que cante? El niño no dijo nada, sólo miró fijamente la boca de la mujer. Con voz ligeramente desafinada a causa de la tensión, la señorita Fellowes inició la misma cancioncilla de la noche anterior y el niño feo sonrió. Su cuerpo se bamboleó torpe, burdamente, siguiendo el ritmo de la música, y de su boca brotó un gorgoteo que quizá fuera un asomo de risa. La señorita Fellowes suspiró mentalmente. La música posee encantos que calman al corazón salvaje. Quizá fuera una ayuda… —Aguarda —dijo la enfermera—. Déjame que me arregle. Sólo será un momento. Luego te prepararé el desayuno. Actuó con rapidez, siempre consciente de la falta de techo. El niño siguió en la cama, contemplando a la mujer cuando estaba a la vista. Ella le sonreía en esas ocasiones, y agitaba su mano. Finalmente, el niño agitó también su mano, y a la señorita Fellowes le encantó el detalle. —¿Te apetecerían gachas de avena con leche? —dijo ella por fin. Tardó sólo unos instantes en preparar el desayuno, y luego llamó por señas al niño. Bien porque entendió el gesto, o bien porque siguió el aroma (la señorita Fellowes no podía saberlo), el pequeño salió de la cama. Trató de enseñarle a usar la cuchara, pero el niño se apartó del utensilio, asustado. («Hay tiempo de sobra», pensó ella.) Insistió en que él levantara el tazón con las manos. El niño lo hizo con bastante torpeza e increíble chapucería, pero buena parte del desayuno llegó a su estómago. La señorita Fellowes intentó darle la leche en un vaso en esta ocasión, y el pequeño gimió al descubrir que la pequeñez del agujero le impedía meter la cara de modo conveniente. La enfermera le tomó la mano y se la puso en torno al vaso, le obligó a inclinarlo un poco y le empujó los labios hacia el borde. De nuevo un desastre, pero el niño aprovechó casi todo el líquido, y la señorita Fellowes ya estaba acostumbrada a los desastres. Para sorpresa y alivio de la enfermera, el cuarto de baño fue un problema menos frustrante. El niño entendió lo que se esperaba de él. —Buen chico. Chico listo —dijo ella, y reparó en que estaba dándole palmaditas en la cabeza. Y con sumo placer por parte de la señorita Fellowes, el niño sonrió. Ella pensó: «Cuando sonríe, es un niño bastante soportable.» Ese mismo día, más tarde, llegaron los caballeros de la prensa. La enfermera tomó en brazos al niño y éste se aferró a ella alocadamente mientras al otro lado de la abierta puerta las cámaras comenzaban a funcionar. La conmoción asustó al niño, que se puso a llorar, pero pasaron diez minutos antes que la señorita Fellowes tuviera autorización para retirarse y llevar al pequeño a la habitación contigua. Después salió otra vez, ruborizada de indignación, cruzó la entrada de la casa de muñecas y cerró la puerta. —Creo que ya han tenido suficiente. Me costará un rato calmar al niño. Váyanse. —Claro, claro —dijo el caballero del  Times-Herald —. Pero, ¿realmente hemos visto a un Neanderthal, o se trata de una tomadura de pelo? —Les aseguro que no se trata de una tomadura de pelo —sonó de pronto la voz de Hoskins desde atrás—. El niño es auténtico.  Homo neanderthalensis . —¿Es chico o chica? —Chico —dijo lacónicamente la señorita Fellowes. —El niño-mono —dijo el periodista del  News —. Eso tenemos aquí. Un niño-mono. ¿Cómo actúa, enfermera? —Actúa exactamente igual que un niño de corta edad —espetó la señorita Fellowes, irritada por tener que estar a la defensiva—. Y no es un niño-mono. Se llama… Timothy, Timmie…, y su conducta es perfectamente normal. Había escogido el nombre, Timothy, a la buena ventura. Era el primero que se le había ocurrido. —Timmie, el niño-mono —dijo el periodista del  News . Y con ese nombre, Timmie, el niño-mono, conoció el mundo al niño feo. El periodista del  Globe  se volvió hacia Hoskins. —Doctor, ¿qué piensa hacer con el niño-mono? El aludido se alzó de hombros. —Mi plan original se completó cuando demostré que era posible traerlo aquí. Sin embargo, los antropólogos estarán muy interesados, supongo, y los fisiólogos. No en balde tenemos aquí una criatura que está al borde del ser humano. Con él, podemos aprender mucho de nosotros mismos y de nuestros antepasados. —¿Cuánto tiempo piensa quedárselo? —Hasta que llegue el momento en que necesitemos el espacio más que a él. Bastante tiempo, tal vez. El periodista del  News  intervino de nuevo. —¿Podrá sacarlo al aire libre, para que podamos preparar equipo subetérico y montar todo un programa? —Lo siento, pero el niño no puede salir de Estasis. —¿Qué es exactamente Estasis? —Ah. —Hoskins cedió a una de sus breves sonrisas—. Eso precisaría una larga explicación, caballeros. En Estasis el tiempo tal como lo conocemos no existe. Estas habitaciones son en su interior una burbuja invisible que no forma exactamente parte de nuestro universo. Por eso pudimos arrancar del tiempo al niño. —Alto, un momento —dijo el periodista del  News , descontento—. ¿Pretende engañarnos? La enfermera puede entrar y salir de la habitación. —Y lo mismo puede hacer cualquiera de ustedes —dijo Hoskins como si tal cosa—. Se desplazarían paralelamente a las líneas de la fuerza temporal y no habría grandes ganancias o pérdidas de energía. El niño, sin embargo, fue tomado en el remoto pasado. Cruzó las líneas y adquirió potencial temporal. Desplazarlo al universo y a nuestro tiempo absorbería la energía suficiente para quemar todas las líneas del lugar y, seguramente, para eliminar toda la energía de la ciudad de Washington. Hemos tenido que guardar en el local los residuos que el niño trajo consigo, y tendremos que eliminarlos poco a poco. Los periodistas estaban atareados anotando frases mientras Hoskins les hablaba. Ellos no entendían, y seguramente sus lectores tampoco, pero aquello parecía científico y eso era lo importante. En ese momento intervino el periodista del  Times-Herald . —¿Estaría disponible esta noche para una entrevista en todos los circuitos? —Creo que sí —dijo al instante Hoskins, y todos los periodistas se marcharon. La señorita Fellowes los observó mientras salían. En cuanto a Estasis y fuerzas temporales, entendía tan poco como ellos, pero ella sabía algo. El encarcelamiento de Timmie (de pronto se dio cuenta que usaba ese nombre para pensar en el niño feo) era real, y no venía impuesto por el arbitrario mandato de Hoskins. Al parecer, sería imposible sacarlo de Estasis, nunca. Pobre criatura. Pobre criatura. Súbitamente, oyó que el niño lloraba y se apresuró a entrar para consolarlo. La señorita Fellowes no tuvo oportunidad de ver a Hoskins en la red de circuitos, y aunque la entrevista fue transmitida a todas las partes del mundo e incluso a la estación lunar, las ondas no penetraron en el lugar donde vivían la enfermera y el niño feo. Pero el doctor volvió a la mañana siguiente, radiante y alegre. —¿Fue bien la entrevista? —preguntó la señorita Fellowes. —Sumamente bien. ¿Cómo está… Timmie? La enfermera sintió que le complacía el uso de ese nombre. —Se defiende bastante bien. Ven aquí, Timmie, este agradable caballero no te hará daño. Pero Timmie permaneció en la otra habitación. Un mechón de su enmarañado cabello asomó detrás de la barrera de la puerta, y sólo en un par de ocasiones se vio el rabillo de uno de sus ojos. —En realidad —dijo la señorita Fellowes—, el chico está adaptándose asombrosamente. Es muy inteligente. —¿Le sorprende? Ella dudó un instante antes de responder. —Sí, me sorprende. Supongo que pensé que era un niño-mono. —Bueno, niño-mono o no, ha hecho mucho por nosotros. Ha hecho famoso a Estasis. Nos conocen, señorita Fellowes, nos conocen. Parecía que Hoskins tenía que expresar su triunfo a alguien, aunque sólo fuera a la señorita Fellowes. —¿Ah, sí? La enfermera le dejó hablar. El doctor se metió las manos en los bolsillos. —Llevamos diez años trabajando casi sin un céntimo, arañando fondos cuando podíamos, penique a penique. Teníamos que jugarnos el todo por el todo en una gran demostración. Era todo, o nada. Y cuando digo el todo por el todo, hablo en serio. La tentativa de obtener un Neanderthal se llevó hasta el último centavo que pedimos prestado o robamos, y parte del dinero fue de hecho robado: fondos para otros proyectos, usados para éste sin autorización. Si este experimento hubiera fracasado, yo estaría acabado. —¿Por eso no hay techos? —dijo bruscamente la señorita Fellowes. —¿Eh? Hoskins alzó los ojos. —¿No había dinero para techos? —insistió ella. —Ah. Bien, ésa no era la única razón. En realidad no sabíamos de antemano la edad exacta del Neanderthal. Sólo podemos detectar vagamente en el tiempo, y él podía haber sido enorme y salvaje. Nos exponíamos a tener que tratarle a cierta distancia, como a un animal enjaulado. —Pero puesto que no ha sido así, supongo que ahora construirán el techo. —Ahora sí. Ahora tenemos abundante dinero. Nos han prometido subvenciones de todas las fuentes posibles. Es sencillamente maravilloso, señorita Fellowes. Su ancha cara se iluminó con una sonrisa duradera, y cuando el doctor se fue, hasta su espalda parecía sonreír. La señorita Fellowes pensó: «Un hombre muy agradable cuando baja la guardia y olvida que es un científico.» Durante un momento de ocio, se preguntó si estaría casado, pero luego desechó la idea, avergonzada de sí misma. —¡Timmie! —gritó—. ¡Ven aquí, Timmie! En los meses siguientes, la señorita Fellowes sintió que iba convirtiéndose en parte integral de Estasis, Inc. Le dieron un pequeño despacho con su nombre en la puerta, una oficina bastante cercana a la casa de muñecas (ella jamás dejaba de llamar así a la burbuja de Estasis donde estaba Timmie). Le concedieron un substancioso aumento de sueldo. La casa de muñecas quedó cubierta por un techo, hubo muebles nuevos y mejores, y añadieron un segundo cuarto de baño. Pese a todo eso, la enfermera obtuvo un piso para ella sola en terrenos del instituto y, de vez en cuando, no pasaba la noche con Timmie. Instalaron un sistema de comunicación entre la casa de muñecas y el piso, y Timmie aprendió a usarlo. La señorita Fellowes fue acostumbrándose al niño. Incluso se percataba menos de la fealdad de Timmie. Un día vio a un niño ordinario en la calle y percibió un rasgo abultado y poco atractivo en su frente, alta y curvada, y en su prominente barbilla. Tuvo que sacudir la cabeza para romper el hechizo. Más agradable fue acostumbrarse a las esporádicas visitas de Hoskins. Obviamente, el doctor se alegraba de huir de su cada vez más molesto papel de director de Estasis, Inc., y manifestaba un interés sentimental por el niño causante de su fortuna. Pero a la señorita Fellowes le parecía que Hoskins también disfrutaba hablando con ella. (Además, la enfermera conocía ya algunos datos relacionados con Hoskins. Él era el inventor del método para analizar el reflejo del rayo mesónico que penetraba en el pasado; él había inventado el método para crear Estasis; su frialdad era un simple esfuerzo para ocultar un carácter apacible; y, ¡oh, sí!, estaba casado.) Hubo una cosa a la que la señorita Fellowes no consiguió acostumbrarse: al hecho que formaba parte de un experimento científico. En contra de sus deseos, acabó viéndose comprometida personalmente hasta el punto de pelearse con los fisiólogos. En cierta ocasión, Hoskins bajó y la encontró en pleno ataque de furia. Ellos no tenían derecho, no tenían derecho… Aunque el niño fuera un Neanderthal, no era un animal. La señorita Fellowes observaba la marcha de los fisiólogos con ciega rabia, mirando a la abierta puerta y atenta a los sollozos de Timmie, cuando se dio cuenta que Hoskins se hallaba de pie junto a ella. Quizá llevaba allí varios minutos. —¿Puedo pasar? —dijo él. La enfermera asintió cortésmente y corrió hacia Timmie, que se abrazó a ella, aferrándola con sus torcidas piernecitas…, todavía delgadas, muy delgadas. Hoskins los observó antes de hablar. —No parece muy feliz —dijo gravemente. —No le culpo. Están encima de él todos los días con sus muestras de sangre y sus pruebas. Lo alimentan con dietas sintéticas que yo no le daría ni a un cerdo. —Es algo que no pueden ensayar con un hombre, ya sabe. —Y tampoco pueden ensayarlo con Timmie. Doctor Hoskins, insisto. Usted me dijo que la llegada de Timmie hizo famosa a Estasis, Inc. Si siente alguna gratitud por eso, mantenga a esa gente lejos de la pobre criatura, al menos hasta que tenga la edad suficiente para comprender un poco más las cosas. Después de una espantosa sesión con los científicos, el niño tiene pesadillas, no puede dormir. Se lo advierto. —La señorita Fellowes había llegado al punto culminante de su furia—. ¡No permitiré que vuelvan a entrar! La enfermera se dio cuenta que estaba chillando, pero no había podido evitarlo. —Sé que el niño es un Neanderthal —prosiguió en voz más baja—, pero hay muchos detalles de esa raza que no apreciamos. He leído sobre el tema. El hombre de Neanderthal tenía una cultura propia. Parte de los más importantes inventos de la Humanidad se produjeron en su época. La domesticación de animales, por ejemplo. La rueda. Técnicas para pulir la piedra. Hasta tenían anhelos espirituales. Sepultaban a los muertos y enterraban pertenencias con el cadáver, lo cual demuestra que creían en una vida después de la muerte. Equivale al hecho que inventaron la religión. ¿No significa eso que Timmie tiene derecho a un tratamiento humano? Dio unas suaves palmaditas en las nalgas al niño y lo hizo ir al cuarto de jugar. Al abrirse la puerta, Hoskins sonrió un instante al observar la variedad de juguetes visibles. —Esa pobre criatura merece tener juguetes —dijo a la defensiva la enfermera—. Es lo único que tiene, y se lo ha ganado, con todo lo que tiene que sufrir. —No, no. No hay objeciones, se lo aseguro. Estaba pensando en lo mucho que ha cambiado usted desde aquel primer día, cuando se enfadó bastante porque le impuse el cuidado de un Neanderthal. —Supongo —dijo en voz baja la señorita Fellowes—, supongo que yo no… Y su voz se apagó. Hoskins cambió de tema. —¿Cuál diría que es la edad del niño, señorita Fellowes? —No puedo asegurarlo, ya que desconocemos el desarrollo de esta raza. Por la altura, debería tener unos tres años, pero los individuos de su especie eran más bajos en general, y con todas las manipulaciones que están haciéndole, lo más probable es que no esté creciendo. De todas formas, por la rapidez con que aprende nuestro idioma, yo diría que tiene más de cuatro años. —¿De verdad? En los informes no he leído nada al respecto. —El chico no habla con nadie excepto conmigo. De momento, por lo menos. Tiene un miedo terrible a cualquier otra persona, y no es de extrañar. Pero sabe pedir comida, indica prácticamente cualquier necesidad, y entiende casi todo lo que le digo. Naturalmente —añadió la enfermera, mirando astutamente a Hoskins, tratando de valorar si era la ocasión oportuna—, su desarrollo podría interrumpirse. —¿Por qué? —Todos los niños necesitan estímulos, y éste lleva una vida de confinamiento en soledad. Yo hago lo que puedo, pero no estoy siempre con él, y no soy todo lo que él necesita. Lo que pretendo decir, doctor Hoskins, es que Timmie necesita jugar con otro niño. Hoskins asintió lentamente. —Por desgracia, sólo hay un niño como él, ¿no? —comentó—. Pobre criatura. La señorita Fellowes sintió instantánea simpatía por el doctor. —A usted le gusta Timmie, ¿no es cierto? —le dijo. Era maravilloso que otra persona sintiera lo mismo. —Oh, sí —repuso Hoskins, y puesto que había bajado la guardia, la enfermera vio el cansancio en sus ojos. La señorita Fellowes postergó al instante sus planes de insistir en el problema. —Parece muy agotado, doctor Hoskins —dijo con verdadera preocupación. —¿En serio, señorita Fellowes? En ese caso, tendré que practicar para tener un aspecto más vital. —Supongo que Estasis tiene mucho trabajo, y que eso le mantiene muy atareado. Hoskins se alzó de hombros. —Supone bien. Es un problema animal, vegetal y mineral por partes iguales, señorita Fellowes. Pero…, creo que no ha visto nuestras muestras. —Es cierto, no las he visto… Pero no porque no me interesen. He estado tan atareada… —Bien, ahora mismo no está tan atareada —dijo Hoskins, con impulsiva decisión—. Vendré a buscarla mañana a las once y haremos juntos el recorrido. ¿Qué me dice? La enfermera sonrió, muy contenta. —Me encantaría. Hoskins asintió, sonrió también y se fue. La señorita Fellowes estuvo canturreando a intervalos durante el resto de la jornada. Sí, pensar eso era ridículo, claro, pero… aquello era lo más parecido a… una cita. Hoskins llegó muy puntual al día siguiente, risueño y simpático. La señorita Fellowes había sustituido su uniforme de enfermera por un vestido. Un vestido de corte conservador, a decir verdad, pero ella no se había sentido tan femenina desde hacía años. El doctor la lisonjeó con sobria formalidad al verla, y ella lo aceptó con gracia igual de formal. Un preludio realmente perfecto, pensó la enfermera. Y acto seguido tuvo otro pensamiento: preludio…, ¿de qué? Reprimió el pensamiento apresurándose a decir adiós a Timmie y asegurándole que volvería pronto. Se aseguró que el niño sabía en qué consistía la comida y dónde estaba. Hoskins la llevó a la nueva ala del edificio, que la enfermera no conocía. Aún había olor a nuevo, y los ruidos que se oían tenuemente eran indicación suficiente que el ala seguía en proceso de ampliación. —Animal, vegetal y mineral —dijo Hoskins, igual que el día anterior—. Animal, aquí mismo. Nuestras muestras más espectaculares. El espacio disponible estaba dividido en numerosas salas, distintas burbujas de Estasis. Hoskins condujo a la enfermera a la cristalera de una burbuja. La mujer vio algo que en principio le pareció un pollo con escamas y cola. Deslizándose con sus dos finas patas, el animal iba de pared a pared; tenía una delicada cabeza de pájaro, coronada por una quilla ósea igual que una cresta de gallo, que se movía sin cesar. Las garras de sus miembros delanteros se encogían y extendían constantemente. —Es nuestro dinosaurio —dijo Hoskins—. Hace meses que lo tenemos. No sé cuándo podremos dejarlo marchar. —¿Dinosaurio? —se asombró ella. —¿Esperaba ver un gigante? Se formaron hoyuelos en las mejillas de la señorita Fellowes. —Es lo que se espera, supongo —dijo—. Sé que algunos dinosaurios eran pequeños. —Uno pequeño es lo único que pretendíamos, se lo aseguro. Normalmente está sometido a examen, pero al parecer estamos en hora de descanso. Hemos descubierto cosas interesantes. Por ejemplo, este animal no es enteramente de sangre fría. Tiene un método imperfecto para mantener su temperatura interna más elevada que la del medio ambiente. Por desgracia, es macho. Desde que lo trajimos aquí hemos estado intentando encontrar otro que fuera hembra, pero aún no hemos tenido suerte. —¿Por qué una hembra? Hoskins la miró burlonamente. —Para tener una buena probabilidad de disponer de huevos fértiles y crías de dinosaurio. —Ah, claro. El doctor la llevó a la sección de trilobites. —Ése es el profesor Dwayne, de la Universidad de Washington —dijo Hoskins—. Es químico nuclear. Si no recuerdo mal, está midiendo el porcentaje de isótopos en el oxígeno del agua. —¿Por qué? —Se trata de agua primitiva, de al menos quinientos millones de años de antigüedad. La proporción de isótopos indica la temperatura del océano en aquella época. Resulta que Dwayne ignora los trilobites, pero otros científicos están fundamentalmente interesados en disecarlos. Son los más afortunados, porque sólo precisan escalpelos y microscopios. Dwayne debe instalar un espectrógrafo de masas distinto para cada experimento que realiza. —¿Por qué? ¿No podría…? —No, no puede. No puede sacar nada de la sala si no es absolutamente imprescindible. También había muestras de vida vegetal primitiva y trozos de formaciones rocosas. Los mundos vegetal y mineral. Y las muestras tenían distintos investigadores. Era igual que un museo, un museo resucitado, útil como superactivo centro de investigación. —¿Y tiene usted que supervisar todo esto, doctor Hoskins? —Sólo indirectamente, señorita Fellowes. Tengo subordinados, gracias al cielo. Mi interés personal se centra por entero en los aspectos teóricos del asunto: la naturaleza del tiempo, la técnica de detección mesónica intertemporal, etc. Cambiaría todo esto por un método para detectar objetos situados a menos de diez mil años en el tiempo. Si pudiéramos llegar a épocas históricas… Le interrumpió un alboroto en una de las cabinas más alejadas, una chillona voz quejumbrosamente alzada. Hoskins frunció el ceño. —Discúlpeme —murmuró apresuradamente. Y se alejó. La señorita Fellowes le siguió tan de prisa como pudo sin echar a correr. Un hombre entrado en años, rubicundo y de rala barba, estaba diciendo: —Tengo que completar aspectos vitales de mis investigaciones. ¿No lo comprende? —Doctor Hoskins —dijo un uniformado técnico que lucía en su bata de laboratorio el monograma EI (Estasis, Inc.)—, se acordó al principio con el profesor Ademewski que el espécimen sólo podría permanecer aquí dos semanas. —Yo no sabía entonces cuánto tiempo iban a durar mis investigaciones. No soy un profeta —repuso acalorado Ademewski. —Sabe, profesor, que disponemos de espacio limitado —dijo el doctor Hoskins—. Hay que mantener la rotación de los especímenes. Ese fragmento de calcopirita debe regresar. Hay personas que aguardan el siguiente espécimen. —En ese caso, ¿por qué no puedo quedarme con él? Déjeme sacarlo de aquí. —Usted sabe que no puede quedárselo. —¿Un trozo de calcopirita, un miserable trozo de cinco kilos? ¿Por qué no? —¡No podemos afrontar el gasto energético! —dijo bruscamente Hoskins—. Y usted lo sabe. —La cuestión es, doctor Hoskins —interrumpió el técnico—, que él ha intentado sacar la roca en contra de las normas, y que yo he estado a punto de perforar Estasis mientras el profesor estaba ahí dentro, sin que yo lo supiera. Se produjo un breve silencio, y el doctor Hoskins miró al investigador con fría formalidad. —¿Es cierto eso, profesor? El aludido carraspeó. —No creí que pasara nada si… Hoskins alargó la mano hacia un tirador que colgaba junto a la cabina del espécimen en cuestión. Lo movió hacia abajo. La señorita Fellowes, que estaba mirando el interior de la cabina, observando la indistinguible muestra de roca causante de la disputa, contuvo el aliento de repente al ver desaparecer el espécimen. El interior quedó vacío. —Profesor —dijo Hoskins—, su autorización para investigar en Estasis queda anulada de forma permanente. Lo lamento. —Pero…, aguarde… —Lo lamento. Ha violado una norma estricta. —Apelaré a la Asociación Internacional… —Apele cuanto guste. En un caso como éste, descubrirá que nadie puede fallar en mi contra. Dio media vuelta sin más y dejó que el profesor siguiera protestando. —¿Le gustaría comer conmigo, señorita Fellowes? —dijo a la enfermera, todavía pálido a causa del enojo. Hoskins la llevó a la pequeña sala administrativa de la cafetería. Saludó a otras personas y presentó a la señorita Fellowes con suma naturalidad, aunque la enfermera se sentía lamentablemente cohibida. «¿Qué opinarán los demás?», pensó ella, e hizo desesperados esfuerzos para adoptar un aire profesional. —¿Tiene a menudo esa clase de problemas, doctor Hoskins? —le preguntó—. Me refiero al que acaba de tener con el profesor… Tomó el tenedor y empezó a comer. —No —dijo enérgicamente Hoskins—. Ha sido la primera vez. Como es lógico, siempre tengo que estar disuadiendo a la gente para que no se lleve muestras, pero ésta es la primera vez que alguien intenta hacerlo. —Recuerdo que una vez habló usted sobre la energía que eso consumiría. —Cierto. Naturalmente, tenemos prevista esa posibilidad. Ocurrirán accidentes, y por eso disponemos de fuentes energéticas especiales para soportar la pérdida que ocasionaría sacar algo de Estasis por accidente, pero eso no significa que deseemos ver cómo desaparece un año de energía en medio segundo… Y no podríamos tolerarlo sin retrasar varios años los planes de expansión… Además, imagine que el profesor estuviera en la cabina un momento antes de la perforación de Estasis. —¿Qué le habría ocurrido? —Bien, hemos experimentado con objetos inanimados y ratones, y desaparecieron… Es de suponer que viajaron hacia atrás en el tiempo, arrastrados, por así decirlo, por el tirón del objeto que simultáneamente regresaba a su época natural. Por tal motivo, tenemos que asegurar los objetos de Estasis que no deseamos trasladar, y el procedimiento es complicado. El profesor no estaba sujeto, y habría ido al momento del Plioceno en que sustrajimos la roca…, más las dos semanas que la roca estuvo aquí, en el presente, como es lógico. —Qué espantoso habría sido. —No por el profesor, se lo aseguro. Puesto que es lo bastante necio para hacer lo que ha hecho, se lo habría merecido. Pero suponga el efecto que ello habría causado en la gente si se hubiera divulgado el hecho. Bastaría con que la gente conociera los posibles riesgos para que las subvenciones quedaran anuladas en un momento. ¡Así! Chasqueó los dedos y jugueteó malhumoradamente con su comida. —¿No habrían podido recuperar al profesor? ¿Igual que recogieron la roca? —No, porque en cuanto se devuelve un objeto, se pierde la posición fijada en un principio, a menos que planeemos deliberadamente conservarla, y no había razón para hacerlo en este caso. Nunca lo hacemos. Localizar al profesor habría significado buscar de nuevo una posición concreta, y eso sería igual que echar el anzuelo en el abismo oceánico con el fin de encontrar un pez determinado… ¡Dios mío, cuando pienso en las precauciones que tomamos para evitar accidentes, ese incidente me pone furioso! Todas las unidades de Estasis disponen de dispositivo de perforación. Es imprescindible, porque todas se centran en una posición distinta y deben poder anularse independientemente. Pero la cuestión es que ningún dispositivo de perforación se acciona nunca hasta el último momento. Y entonces imposibilitamos deliberadamente la activación, sólo posible tirando de una cuerda cuidadosamente situada fuera de Estasis. El tirón es un vulgar movimiento mecánico que requiere un fuerte esfuerzo, no puede hacerse accidentalmente. —Pero si se desplaza algo en el tiempo —dijo la señorita Fellowes—, ¿no se altera la historia? Hoskins se encogió de hombros. —En teoría sí. En realidad, excepto en casos anormales, no. Constantemente estamos sacando objetos de Estasis. Moléculas de aire. Bacterias. Polvo. Cerca del diez por ciento del consumo de energía se emplea en compensar micropérdidas de esa naturaleza. Pero trasladar en el tiempo objetos de mayor tamaño ocasiona cambios que van disminuyendo de importancia. Considere esa calcopirita del Plioceno. Dada su ausencia durante dos semanas, un insecto no encontró el cobijo que de otro modo habría encontrado y murió. Eso pudo iniciar una serie de cambios, pero los matemáticos de Estasis aseguran que se trata de una serie convergente. La importancia del cambio disminuye con el tiempo, y las cosas quedan como al principio. —¿Pretende decir que la realidad se cura a sí misma? —Por así decirlo. Sustraiga a un hombre de su época, o envíelo hacia atrás en el tiempo, y la herida será mayor. Si el individuo es ordinario, la herida sanaría pese a todo. Naturalmente, hay muchas personas que nos escriben a diario pidiendo que traigamos al presente a Abraham Lincoln, Mahoma o Lenin. Eso es imposible, por supuesto. Aunque lográramos localizarlos, el cambio de la realidad al desplazar a un moldeador de la historia sería enorme, imposible de curar. Hay métodos para calcular cuándo un cambio puede resultar excesivo, y nosotros evitamos incluso la aproximación a dicho límite. —En ese caso, Timmie… —dijo la señorita Fellowes. —No, él no representa problema en ese sentido. La realidad está a salvo. Aunque… —Miró rápida, bruscamente a la enfermera y acto seguido añadió—: Pero no importa. Ayer dijo usted que Timmie necesitaba compañía. —Sí. —La señorita Fellowes expresó su placer con una sonrisa—. No creí que usted prestaría atención a ese problema. —Claro que sí. Estoy encariñado con el niño. Aprecio sus sentimientos hacia él, y estaba lo suficientemente preocupado para ofrecerle explicaciones. Ya lo he hecho. Ha visto lo que hacemos. Tiene cierta comprensión de las dificultades, y en consecuencia sabe por qué no podemos, ni con la mejor voluntad del mundo, ofrecer compañía a Timmie. —¿No pueden? —dijo la señorita Fellowes, con repentina angustia. —Acabo de explicárselo. Es imposible esperar localizar otro Neanderthal de su edad sin increíble suerte, y aunque fuera posible no sería sensato multiplicar los riesgos trayendo otro ser humano a Estasis. La enfermera dejó la cuchara en el plato. —Pero, doctor Hoskins —dijo con energía—, no me refería exactamente a eso. No deseo que traiga a otro Neanderthal al presente. Sé que eso es imposible. Pero no es imposible traer a otro niño para que juegue con Timmie. Hoskins la miró fijamente, alarmado. —¿Un niño humano? —«Otro» niño —dijo la señorita Fellowes, totalmente hostil—. Timmie es humano. —Ni en sueños podría imaginar tal cosa. —¿Por qué no? ¿Por qué no podría? ¿Qué tiene de malo la idea? Usted arrancó a ese niño del tiempo y lo convirtió en eterno prisionero. ¿No le debe nada? Doctor Hoskins, si existe en este mundo algún hombre que pueda ser padre del niño en todos los aspectos salvo en el biológico, ese hombre es usted. ¿Por qué no puede hacerle ese pequeño favor? —¿Su padre? —dijo Hoskins. Se levantó con cierta vacilación—. Señorita Fellowes, creo que debe regresar ahora, si no le importa. Volvieron a la casa de muñecas en un completo silencio, que ninguno de los dos rompió. Pasó mucho tiempo antes que la enfermera viera de nuevo a Hoskins, aparte de fugaces apariciones del doctor. El hecho apenaba a veces a la señorita Fellowes; pero en otras ocasiones, cuando Timmie mostraba más melancolía que la habitual o pasaba las horas silencioso ante la ventana con su perspectiva de poco más que nada, la enfermera pensaba furiosamente: «¡Hombre estúpido!» Timmie iba hablando cada vez mejor y con más precisión, sin llegar a perder el blando balbuceo que la señorita Fellowes consideraba bastante cautivador. En momentos de excitación, el niño recurría de nuevo a los chasquidos de su lengua, pero tales momentos eran cada vez más escasos. Debía estar olvidando los días anteriores a su llegada al presente…, excepto en sueños. Con el paso del tiempo, los fisiólogos perdieron interés y los psicólogos se sintieron más interesados. La señorita Fellowes no estaba segura respecto a qué grupo le gustaba menos, el primero o el segundo. Desaparecieron las agujas, acabaron las inyecciones, las extracciones de fluido, las dietas especiales… Pero obligaron a Timmie a superar barreras para llegar a la comida y al agua. Tuvo que levantar paneles, apartar barras, agarrar cuerdas. Y las moderadas descargas eléctricas le hacían llorar y volvían loca a la señorita Fellowes. Ella no deseaba apelar a Hoskins, no quería recurrir a él, porque siempre que pensaba en el doctor veía su cara en la mesa de la cafetería aquella última vez. Los ojos de la enfermera se humedecían y su mente decía: «¡Estúpido, estúpido!» Y un día la voz de Hoskins sonó de forma inesperada en la casa de muñecas. —Señorita Fellowes… La enfermera salió con aire de frialdad, se alisó el uniforme y se detuvo, confusa al encontrarse en presencia de una mujer pálida, delgada y de mediana estatura. Su cabello rubio y su tez conferían aspecto de fragilidad a la desconocida. De pie, detrás de ella, agarrado a su falda, había un niño de cuatro años, de redondeada cara y llamativos ojos. —Querida —dijo Hoskins—, ésta es la señorita Fellowes, la enfermera que cuida del niño. Señorita Fellowes, le presento a mi esposa. (¿Su esposa? No era como la había imaginado la señorita Fellowes. Aunque…, ¿por qué no? Un hombre como Hoskins tenía que elegir a una débil criatura como contraste. Si eso era lo que quería…) La señorita Fellowes pronunció un forzado y prosaico saludo. —Buenas tardes, señora Hoskins. ¿Es este su…, su pequeño? (Aquello era una sorpresa. La enfermera había imaginado a Hoskins como marido, pero no como padre, salvo, por supuesto… De pronto, vio la grave mirada del doctor y se ruborizó.) —Sí, éste es mi hijo, Jerry —dijo Hoskins—. Di «hola» a la señorita Fellowes, Jerry. (¿No había acentuado un poco la palabra «éste»? ¿Estaba diciendo que su hijo era «éste» y no…?) Jerry se acurrucó más en los pliegues de la maternal falda y murmuró un «hola». La mirada de la señora Hoskins pasó sobre los hombros de la enfermera, y recorrió la habitación en busca de algo. —Bien, entremos —dijo Hoskins—. Vamos, querida. Al entrar hay una ligerísima molestia, pero pasajera. —¿Quiere que entre también Jerry? —preguntó la señorita Fellowes. —Naturalmente. Será el compañero de juegos de Timmie. Usted dijo que Timmie necesitaba un compañero. ¿O lo ha olvidado? —Pero… —La enfermera le miró con colosal, sorprendida extrañeza—. ¿Su hijo? —Bien, ¿y el de quién, si no? —repuso quisquillosamente Hoskins—. ¿No era eso lo que deseaba? Entremos, querida. Entremos. La señora Hoskins tomó a Jerry en brazos con obvio esfuerzo y, vacilante, cruzó el umbral. Jerry se retorció al entrar; no le gustaba la sensación. —¿Está aquí la criatura? —preguntó la señora Hoskins, con débil voz—. No la veo. —¡Timmie! —gritó la señorita Fellowes—. ¡Sal! Timmie asomó la cabeza por el borde de la puerta y contempló al pequeño que le visitaba. Los músculos de los brazos de la señora Hoskins se tensaron visiblemente. —Gerald —dijo a su esposo—, ¿estás seguro que no es peligroso? —Si se refiere a Timmie —dijo al instante la enfermera—, naturalmente que no. Es un pequeño apacible. —Pero es un sal… salvaje. (¡Los artículos sobre el niño-mono de los periódicos!) —No es un salvaje —respondió categóricamente la señorita Fellowes—. Es tan tranquilo y razonable como cualquier niño de cinco años y medio. Muy generoso por su parte, señora Hoskins, aceptar que su hijo juegue con Timmie, pero no debe tener miedo. —No estoy segura de aceptar —dijo la señora Hoskins, con moderado ardor. —Ya lo decidimos afuera, querida —dijo Hoskins—. No planteemos más discusiones. Deja a Jerry en el suelo. La señora Hoskins obedeció, y el niño se apretó a ella, mirando fijamente el par de ojos que le miraban de igual forma en la otra habitación. —Ven aquí, Timmie —dijo la señorita Fellowes—. No tengas miedo. Lentamente, Timmie se acercó. Hoskins se agachó para soltar los dedos de Jerry de la falda de su madre. —Apártate un poco, querida. Que los niños tengan una oportunidad. Los jovencitos se contemplaron. Aunque era el más joven, Jerry era empero un par de centímetros más alto, y los rasgos grotescos de Timmie, ante el recto cuerpo y la cabeza erguida y bien proporcionada del otro niño, quedaron de pronto casi tan acentuados como en los primeros días. Los labios de la señorita Fellowes temblaron. El pequeño Neanderthal fue el primero que habló, con un atiplado tono infantil. —¿Cómo te llamas? Y Timmie echó la cabeza hacia delante, como si quisiera examinar más atentamente las facciones del otro niño. Sobresaltado, Jerry respondió con un vigoroso empujón que hizo tambalearse a Timmie. Los dos se pusieron a llorar ruidosamente y la señora Hoskins se apresuró a tomar a su hijo, mientras la señorita Fellowes, con la cara encendida a causa de su reprimido enfado, hizo lo mismo con Timmie y lo consoló. —El instinto de ambos es de aversión —dijo la señora Hoskins. —No más aversión que la de dos niños que no simpatizan —dijo cansadamente su esposo—. Ahora deja a Jerry en el suelo y que se acostumbre a la situación. En realidad sería mejor que nos fuéramos. La señorita Fellowes llevará a Jerry a mi despacho dentro de un rato y yo lo mandaré a casa con alguien. Los dos niños pasaron la hora siguiente muy conscientes el uno del otro. Jerry llamó llorando a su madre, pegó a la señorita Fellowes y, por fin, se dejó consolar con un caramelo. Timmie chupó otro y, al cabo de una hora, la enfermera consiguió que los dos niños jugaran con la misma construcción, aunque en lados opuestos de la habitación. La señorita Fellowes se sentía agradecida, casi al borde de las lágrimas, cuando llevó a Jerry con su padre. Pensó formas de dar las gracias a Hoskins, pero la misma formalidad del doctor suponía un rechazo. Quizás él no la perdonaba por haberle hecho sentir como un padre cruel. Quizás el hecho de haber traído a su hijo era una simple tentativa de demostrar que era un buen padre con Timmie y, al mismo tiempo, que no era su padre. ¡Las dos cosas al mismo tiempo! Y de este modo, lo único que pudo decir la enfermera fue: —Gracias. Muchas gracias. Y lo único que pudo responder él fue: —No tiene importancia. No hay de qué. Aquello se convirtió en una rutina establecida. Dos veces por semana, Jerry acudía a jugar una hora, que con el tiempo fueron dos. Los niños aprendieron los nombres y hábitos respectivos, y jugaron juntos. Y pese a todo, tras la primera oleada de gratitud, la señorita Fellowes acabó comprendiendo que Jerry no le gustaba. Era más alto, más pesado, y dominaba en todo, forzaba a Timmie a desempeñar un papel totalmente secundario. Lo único que hacía resignarse a la enfermera era el hecho que Timmie, pese a sus dificultades, aguardaba ansiosamente, cada vez con más deleite, las periódicas apariciones de su compañero de juegos. Era lo único que tenía el pequeño, pensaba pesarosa la señorita Fellowes. Y en cierta ocasión, mientras contemplaba a los niños, la enfermera pensó: «Los dos hijos de Hoskins, uno de su esposa y otro de Estasis.» Mientras que ella… «¡Cielos! —pensó mientras se llevaba los puños a las sienes, avergonzada—. ¡Estoy celosa!» —Señorita Fellowes —dijo Timmie (con sumo tacto, la enfermera no le permitía que la llamara de otra forma)—, ¿cuándo iré a la escuela? Miró los ansiosos ojos castaños alzados hacia ella y pasó suavemente la mano por los tupidos rizos del niño. Era la parte más desaliñada del aspecto físico del pequeño, porque la misma enfermera tenía que cortarle el pelo mientras Timmie se removía inquieto bajo las tijeras. La señorita Fellowes no deseaba ayuda profesional, puesto que la torpeza del corte servía para ocultar la hundida parte delantera y la sobresaliente parte trasera del cráneo. —¿Cuándo has oído hablar de la escuela? —preguntó la enfermera. —Jerry va a la escuela. Guar-de-ría —lo dijo muy despacio—. Jerry va a muchos sitios. Afuera. ¿Cuándo podré ir afuera, señorita Fellowes? Un suave dolor se alojó en el corazón de la enfermera. Lógicamente, y ella lo sabía, era imposible evitar que Timmie fuera enterándose de más y más cosas del mundo exterior, que él jamás pisaría. —¡Caramba! —dijo ella, intentando reflejar alborozo—. ¿Y qué harías en la guardería, Timmie? —Jerry dice que juegan, tienen películas. Dice que hay muchísimos niños. Dice…, dice… —Un pensamiento, un triunfante alzamiento de ambas manitas con los dedos separados—. Dice que todos éstos. —¿Te gustaría ver películas? —dijo la señorita Fellowes—. Yo puedo conseguirlas. Muy bonitas. Y también música. De este modo, Timmie se sintió temporalmente consolado. El niño devoraba películas en ausencia de Jerry, y la señorita Fellowes le leía libros sencillos de vez en cuando. Había tanto que explicar incluso en el relato más simple, tantos detalles fuera de la perspectiva de las tres habitaciones… Timmie empezó a tener más sueños en cuanto empezó a conocer el mundo exterior. Los sueños siempre eran iguales, relacionados con el exterior. El vacilante Timmie se esforzaba en describirlos a la señorita Fellowes. En sueños, estaba afuera, en un «afuera» vacío pero muy grande, con niños y raros e indescriptibles objetos mal digeridos por su pensamiento, resultado de novelescas descripciones no muy bien comprendidas, o de distantes recuerdos del Neanderthal medio recordados. Pero los niños y los objetos se desentendían de él, y aunque él estaba en el mundo, jamás formaba parte del mismo; se encontraba solo, igual que si estuviera en su habitación… Y despertaba llorando. La señorita Fellowes trataba de restar importancia a los sueños, pero algunas noches, en su piso, también ella lloraba. Un día, mientras la enfermera leía, Timmie puso su mano bajo la barbilla de la mujer y la alzó suavemente, de tal modo que los ojos de la señorita Fellowes abandonaron el libro y se encontraron con los del niño. —¿Cómo sabes lo que debes decir, señorita Fellowes? —¿Ves estas marcas? Ellas me indican lo que debo decir. Estas marcas forman palabras. El niño las miró mucho tiempo, con curiosidad, tras tomarle el libro de las manos. —Algunas son iguales. La enfermera se echó a reír, complacida con aquella muestra de sagacidad. —Es cierto. ¿Te gustaría que te enseñara a distinguir las marcas? —Sí. Sería un juego bonito. La señorita Fellowes no había imaginado que el niño podía aprender a leer. Hasta el mismo momento en que Timmie le leyó un libro, no imaginó que él podía aprender a leer. Luego, semanas más tarde, la enormidad de lo que había hecho la dejó atónita. Timmie, sentado en su regazo, siguiendo palabra por palabra el texto de un libro infantil, leyendo para ella… ¡Él le leía a ella! Se puso trabajosamente en pie, asombrada. —Bien, Timmie, volveré más tarde. Quiero ver al doctor Hoskins. Excitada, casi frenética, la enfermera creyó tener una respuesta a la infelicidad de Timmie. Si el niño no podía salir y entrar en el mundo, el mundo vendría a las tres habitaciones del niño. El mundo entero en forma de libros, películas y sonido. Había que educarlo hasta el límite de su capacidad. Era lo mínimo que le debía el mundo. Encontró a Hoskins con un humor curiosamente análogo al de ella: triunfo y gloria, algo así. Las oficinas estaban anormalmente activas, y por un momento la señorita Fellowes pensó que no podría ver al director, mientras permanecía cohibida en el vestíbulo. Pero él la vio, y una sonrisa se extendió por su ancho rostro. —Señorita Fellowes, entre. Habló con rapidez por el intercomunicador y después lo desconectó. —¿Se ha enterado?… No, claro, es imposible. Lo hemos conseguido. Sí, lo hemos conseguido. Podemos efectuar detección intertemporal de corto alcance. —¿Pretende decir —repuso la señorita Fellowes, esforzándose en separar su pensamiento de las buenas noticias de las que era portadora— que puede traer al presente a una persona de épocas históricas? —Eso precisamente. Ahora mismo tenemos determinada la posición de un individuo del siglo catorce. Imagínese. ¡Imagínese! Si supiera cuánto me alegra huir de la eterna concentración en el Mesozoico, sustituir a los paleontólogos por historiadores… Pero usted desea decirme algo, ¿no? Bien, adelante, adelante. Me encuentra de buen humor. Cualquier cosa que quiera la tendrá. La señorita Fellowes sonrió. —Me alegro. Porque estoy preguntándome si no podríamos preparar un sistema de enseñanza para Timmie. —¿Enseñanza? ¿De qué tipo? —Bien, general. Una escuela. Para que él aprenda… —Pero, ¿puede aprender? —Ciertamente, ya está aprendiendo. Sabe leer. Le he enseñado yo misma. Hoskins permaneció inmóvil, al parecer repentinamente deprimido. —No lo sé, señorita Fellowes. —Acaba de decir que cualquier cosa que yo quisiera… —Lo sé, y no he debido decirlo. Mire, señorita Fellowes, seguramente comprenderá usted que no podemos mantener para siempre el experimento de Timmie… Ella le miró con repentino horror, sin comprender realmente lo que el doctor había dicho. ¿Qué significaba «no podemos mantener»? En una dolorosa oleada de recuerdos, la enfermera recordó al profesor Ademewski y el espécimen mineral devuelto al cabo de dos semanas. —Pero estamos hablando de un niño, no de una roca… —Ni siquiera un niño merece más importancia de la debida, señorita Fellowes —repuso muy nervioso Hoskins—. Ahora que esperamos individuos de épocas históricas, necesitamos espacio en Estasis, todo el espacio disponible. La enfermera no lo entendió. —Pero es imposible. Timmie… Timmie… —Bien, señorita Fellowes, por favor, no se altere. Timmie no se irá ahora mismo, quizá pasen meses. Mientras tanto, haremos todo cuanto podamos. Ella aún estaba mirándole fijamente. —Permítame pedir algo para usted, señorita Fellowes. —No —musitó ella—. No necesito nada. Se levantó en medio de una especie de pesadilla y se fue. «Timmie —pensó la señorita Fellowes—, no morirás. ¡No morirás!» Estaba muy bien aferrarse tensamente a la idea que Timmie no moriría, pero, ¿cómo conseguirlo? Durante las primeras semanas, la señorita Fellowes se aferró a la esperanza que la tentativa de traer a un hombre del siglo catorce fracasara por completo. Las teorías de Hoskins podían ser erróneas, o su práctica podía resultar defectuosa. De ese modo, las cosas seguirían como hasta entonces. Ciertamente, no era esa la esperanza del resto del mundo, y por dicha razón la señorita Fellowes odiaba al mundo. El «Proyecto Edad Media» alcanzó un clímax de ardiente publicidad. Prensa y público anhelaban algo así. Estasis, Inc., carecía del impacto necesario desde hacía tiempo. Otra roca u otro pez antiguo no excitaban a la gente. Pero aquello sí. Un ser humano histórico, un adulto que hablara un idioma conocido, alguien que abriera una nueva página de la historia a los eruditos. La hora cero se acercaba, y en esta ocasión no habría tres espectadores en la galería. Esta vez habría una audiencia mundial. Esta vez los técnicos de Estasis, Inc., desempeñarían su papel ante prácticamente la Humanidad entera. La señorita Fellowes estaba simplemente enloquecida con la espera. Cuando llegó Jerry Hoskins para el programado período de juego con Timmie, la enfermera apenas le reconoció. Ella no estaba esperándole a él. (La secretaria que trajo al niño se fue apresuradamente tras un formalísimo saludo a la señorita Fellowes. Corrió a buscar un buen sitio para observar el clímax del Proyecto Edad Media… Y lo mismo habría hecho la señorita Fellowes, pensó ella con amargura, si aquella estúpida chica hubiera llegado.) Jerry Hoskins se acercó poco a poco a la enfermera, avergonzado. —¿Señorita Fellowes? Jerry sacó del bolsillo la reproducción de una nota periodística. —¿Sí? ¿Qué pasa, Jerry? —¿Es de Timmie esta foto? La señorita Fellowes miró fijamente al niño y luego le quitó el papel de la mano. La excitación del Proyecto Edad Media había provocado el pálido resurgimiento del interés hacia Timmie por parte de la prensa. Jerry miró atentamente a la enfermera antes de hablar. —Dice que Timmie es un niño-mono. ¿Qué significa eso? La señorita Fellowes tomó al jovencito por la muñeca y contuvo sus deseos de zarandearlo. —Entra y juega con Timmie. Él quiere enseñarte un nuevo libro. Y entonces, por fin, llegó la chica. La señorita Fellowes no la conocía. Ninguna de las sustitutas a que había recurrido cuando el trabajo la obligaba a estar en otra parte se hallaba disponible en ese momento, no con el Proyecto Edad Media en su punto culminante, pero la secretaria de Hoskins había prometido que vendría alguien y aquella debía ser la chica. La señorita Fellowes se esforzó para que su voz no sonara quejumbrosa. —¿Eres la designada para la Sección Uno de Estasis? —Sí, soy Mandy Terris. Usted es la señorita Fellowes, ¿verdad? —Exacto. —Lamento llegar tarde. Hay tanta excitación… —Lo sé. Ahora quiero que… —Usted lo verá, supongo. Su delgada cara, vagamente bonita, se llenó de envidia. —No te preocupes por eso. Quiero que entres y conozcas a Timmie y a Jerry. Estarán jugando dos horas, así que no te causarán problemas. Tienen leche a mano y muchos juguetes. De hecho, sería preferible que los dejaras solos mientras sea posible. Ahora te enseñaré dónde están las cosas y… —¿Timmie es el niño-mo…? —Timmie está sometido a experimentación en Estasis —dijo con firmeza la señorita Fellowes. —Quiero decir que él… es el que se supone que debe irse, ¿no? —Sí. Bueno, entra. No hay mucho tiempo. Y cuando la enfermera consiguió irse por fin, Mandy Terris le dijo: —Espero que consiga un buen sitio y, ¡Dios mío!, que la prueba sea un éxito. La señorita Fellowes no confiaba en sí misma para dar una respuesta razonable. Se apresuró a salir sin mirar atrás. Pero el retraso significó que no consiguió un buen sitio. No pasó de la pantalla mural de la sala de reuniones. Lo lamentó amargamente. Si hubiera estado allí mismo, si hubiera tenido acceso a alguna parte sensible de los instrumentos, si hubiera podido hacer fracasar el experimento… Hizo acopio de fuerzas para sofocar su locura. La simple destrucción no habría servido de nada. Los técnicos lo habrían reconstruido y reparado todo y reanudado el esfuerzo. Y a ella no le habrían permitido volver con Timmie. Todo era inútil. Todo, salvo que el experimento fallara, que fracasara irreparablemente. La enfermera se mantuvo a la espera durante la cuenta regresiva, observó los movimientos en la pantalla gigante, escudriñó los rostros de los técnicos mientras la cámara pasaba de uno a otro, aguardó el gesto de preocupación e incertidumbre indicando que algo iba inesperadamente mal, observó, observó… No hubo tal gesto. La cuenta llegó a cero y el experimento, en silencio, discretamente, fue un éxito. En la nueva Estasis instalada allí apareció un barbudo campesino de hombros caídos, edad indeterminada, vestido con prendas raídas y sucias y zuecos, que contemplaba con reprimido terror el brusco y violento cambio que se había precipitado sobre él. Y mientras el mundo se volvía loco de alegría, la señorita Fellowes quedó paralizada por la pena. La empujaron, le dieron codazos, prácticamente la pisotearon. Estaba rodeada de triunfo y doblegada por el fracaso. Así, cuando el altavoz pronunció su nombre con estridente fuerza, la señorita Fellowes no respondió hasta el tercer aviso. —Señorita Fellowes, señorita Fellowes. Preséntese inmediatamente en la Sección Uno de Estasis. Señorita Fellowes, señorita Fello… —¡Déjenme pasar! —gritó, sofocada, mientras el altavoz repetía sin pausa el aviso. Se abrió paso entre el gentío con alocada energía, dando golpes y puñetazos, revolviéndose, avanzando hacia la puerta con una lentitud de pesadilla. Mandy Terris estaba llorando. —No sé cómo ha sucedido. Salí al borde del pasillo para ver una minipantalla que habían puesto allí. Sólo un momento. Y antes que pudiera moverme o hacer algo… —Y añadió, con repentino tono de acusación—: ¡Usted dijo que no me causarían problemas, dijo que los dejara solos! La señorita Fellowes, desgreñada y sin poder dominar sus temblores, la miró furiosa. —¿Dónde está Timmie? Una enfermera estaba limpiando con desinfectante el brazo del gimoteante Jerry, y otra preparaba una inyección antitetánica. Había sangre en la ropa de Jerry. —Me ha mordido, señorita Fellowes —gritó Jerry, rabioso—. Me ha mordido. Pero la señorita Fellowes ni siquiera lo veía. —¿Qué has hecho con Timmie? —gritó. —Lo he encerrado en el cuarto de baño —dijo Mandy—. He metido a ese pequeño monstruo allí y lo he encerrado con llave. La enfermera corrió hacia la casa de muñecas. Manoseó torpemente la puerta del cuarto de baño. Le costó una eternidad abrirla y ver al niño feo agazapado en un rincón. —No me des latigazos, señorita Fellowes —musitó el niño. Tenía los ojos enrojecidos. Le temblaban los labios—. Yo no quería hacerlo. —Oh, Timmie, ¿quién te ha hablado de latigazos? Se acercó a él y lo abrazó impetuosamente. —Lo dijo ella, con una cuerda larga —repuso trémulamente Timmie—. Ella dijo que tú me pegarías mucho. —No es cierto. Ella ha sido muy mala al decir eso. Pero, ¿qué ha pasado? ¿Qué ha pasado? —Él me llamó niño-mono. Dijo que yo no era un niño de verdad. Que era un animal. —Timmie se deshizo en un torrente de lágrimas—. Dijo que ya no jugaría más con un mono. Yo dije que no era un mono, ¡que no era un mono! Él dijo que yo era muy raro. Dijo que era horrible y feo. Lo dijo muchas veces y le mordí. Ambos estaban llorando. —Pero eso no es cierto —dijo la sollozante señorita Fellowes—. Tú lo sabes, Timmie. Eres un niño de verdad. Un niño encantador, y el mejor del mundo. Y nadie, nadie volverá a separarte de mí. Fue fácil decidirse, fácil saber qué hacer. Pero había que actuar con rapidez. Hoskins no esperaría mucho más tiempo, teniendo a su hijo magullado… No, había que hacerlo esa noche, esa misma noche, con cuatro quintas partes del personal dormido y la restante quinta parte intelectualmente embriagada por el Proyecto Edad Media. Sería una hora anormal para volver, pero había precedentes. El vigilante la conocía perfectamente, y no soñaría en hacerle preguntas. No sospecharía si la veía con una maleta. La señorita Fellowes ensayó la evasiva frase «Juguetes para el niño» y una tranquila sonrisa. ¿Por qué no iba a creerlo el vigilante? Así fue. Cuando la enfermera entró de nuevo en la casa de muñecas, Timmie aún estaba despierto, y ella mantuvo una exasperante normalidad, a fin de no asustar al pequeño. Hablaron de los sueños de Timmie, y la señorita Fellowes oyó al niño interesarse ansiosamente por Jerry. Escasas personas la verían después, nadie recelaría del bulto que llevaría. Timmie se estaría muy quieto, y finalmente todo sería un hecho consumado. Un hecho consumado, sería inútil querer repararlo. Ellos la dejarían en paz. Los dejarían en paz a los dos. La señorita Fellowes abrió la maleta, sacó el abrigo, la gorra de lana con orejeras y las demás prendas. —¿Por qué me pones esta ropa, señorita Fellowes? —dijo Timmie, con muestras de alarma. —Voy a llevarte afuera, Timmie. Al lugar de tus sueños. —¿Mis sueños? Su rostro se contrajo con repentino anhelo, aunque también el miedo estaba allí. —No temas. Estarás conmigo. No tendrás miedo si estás conmigo, ¿verdad, Timmie? —No, señorita Fellowes. Se apretó la deforme cabecita contra el costado y escuchó los sordos latidos del corazoncito del niño bajo su brazo. Era medianoche. La señorita Fellowes tomó al niño en brazos. Desconectó la alarma y abrió suavemente la puerta. Y lanzó un grito, porque al otro lado de la abierta puerta estaba Hoskins, mirándola. Había otros dos hombres con el doctor, y él miraba fijamente a la enfermera, tan asombrado como ella. La señorita Fellowes tardó un segundo menos en recobrarse y trató rápidamente de cruzar el umbral. Pero a pesar del segundo de retraso, Hoskins tuvo tiempo. La tomó bruscamente y la lanzó contra una cómoda. Llamó a los otros dos hombres y miró a la enfermera sin abandonar el umbral. —No esperaba esto. ¿Está completamente loca? Ella había conseguido interponer el hombro, para que fuera su cuerpo, y no el de Timmie, el que golpeara la cómoda. —¿Qué daño puedo hacer si me lo llevo, doctor Hoskins? —dijo la señorita Fellowes, suplicante—. No puede poner una pérdida de energía por encima de una vida humana… Con firmeza, Hoskins le quitó el niño de los brazos. —Una pérdida de energía de esta magnitud significaría tres millones de dólares para los bolsillos de los accionistas. Significaría un terrible revés para Estasis, Inc. Significaría publicidad sobre una enfermera sentimental que destruye todo eso en provecho de un niño-mono. —¡Niño-mono! —dijo la señorita Fellowes con impotente furia. —Así lo llamarán los periodistas —dijo Hoskins. Apareció un hombre que estaba pasando un cordel de nylon por los resquicios de la parte alta de la pared. La señorita Fellowes recordó la cuerda de la cabina que contenía la muestra rocosa del profesor Ademewski, la cuerda de la que Hoskins había tirado hacía mucho tiempo. —¡No! —chilló. Pero Hoskins dejó a Timmie en el suelo y le quitó amablemente el abrigo que llevaba. —Quédate aquí, Timmie. No te pasará nada. Nosotros estaremos fuera sólo un momento. ¿De acuerdo? Timmie, pálido y mudo, logró asentir con la cabeza. Hoskins condujo a la enfermera fuera de la casa de muñecas. De momento, la señorita Fellowes había superado el límite de la resistencia. Vagamente, vio que ajustaban el tirador junto a la casa de muñecas. —Lo siento, señorita Fellowes —dijo Hoskins—. Me habría gustado evitarle esto. Planeé hacerlo por la noche para que usted se enterara cuando ya estuviera hecho. —Por la herida de su hijo —dijo la enfermera en un fatigado susurro—. Porque su hijo atormentó a este niño y lo provocó. —No. Créame. Me he enterado del incidente de hoy y sé que la culpa fue de Jerry. Pero el incidente se ha filtrado al exterior. Así debía ser, con la prensa acosándonos precisamente este día. No puedo arriesgarme a que un relato distorsionado sobre negligencias y Neanderthales salvajes perjudique el éxito del Proyecto Edad Media. De todas formas, Timmie tenía que regresar pronto. Si regresa ahora mismo, los sensacionalistas tendrán el mínimo pretexto posible para volcar su basura. —No es como devolver una roca. Va a matar a un ser humano. —No habrá asesinato. No habrá sensación. Simplemente, el niño será un niño Neanderthal en un mundo Neanderthal. Dejará de estar prisionero, no será un extraño. Tendrá la posibilidad de vivir en libertad. —¿Qué posibilidad? Sólo tiene siete años, está acostumbrado a que le cuiden, le alimenten, le vistan, le protejan. Estará solo. Quizá su tribu no esté ya en el lugar donde él la abandonó hace cuatro años. Y aunque esté en el mismo sitio, no reconocerán a Timmie. Tendrá que cuidar de sí mismo. ¿Cómo va a hacerlo? Hoskins sacudió la cabeza en un gesto de desesperada negativa. —¡Dios mío, señorita Fellowes! ¿Cree que no he pensado en eso? ¿Cree que habríamos traído a un niño de no haber sido porque se trataba de la primera localización de un humano o cuasi humano que hacíamos, y porque no nos atrevimos a correr el riesgo de perder su posición y hacer otra localización tan perfecta? ¿Por qué supone que hemos mantenido tanto tiempo aquí a Timmie, sino porque éramos reacios a devolver al niño al pasado? —Su voz cobró exasperada urgencia—. Pero no podemos esperar más. Timmie es un obstáculo en el camino de la expansión. Una fuente de posible mala publicidad. Estamos a punto de hacer grandes cosas y, lo lamento, señorita Fellowes, pero no podemos permitir que Timmie nos estorbe. No podemos. No podemos. Lo lamento, señorita Fellowes. —Bien, en ese caso —dijo tristemente la enfermera—, déjeme decirle adiós. Concédame cinco minutos para despedirme. Concédame tan sólo eso. Hoskins vaciló. —Adelante. Timmie corrió hacia ella. Corrió hacia ella por última vez y la señorita Fellowes, por última vez, lo estrechó entre sus brazos. Durante un instante, lo abrazó ciegamente. Empujó una silla con la punta del pie, la puso junto a la pared y se sentó. —No tengas miedo, Timmie. —No tengo miedo si estás aquí, señorita Fellowes ¿Está buscándome ese hombre loco, ese hombre que está afuera? —No, no temas. Él no nos comprende… Timmie, ¿sabes qué es una madre? —¿Como la de Jerry? —¿Te habló él de su mamá? —Algunas veces. Creo que una madre es una señora que te cuida y se porta muy bien contigo y hace cosas buenas. —Exacto. ¿No te gustaría tener una madre, Timmie? Timmie apartó la cabeza del cuerpo de la enfermera para poder mirarla. Poco a poco, pasó su manita por la mejilla y el pelo de la señorita Fellowes y la acarició igual que ella, hacía mucho, mucho tiempo, le había acariciado. —¿Tú no eres mi madre? —preguntó el niño. —Oh, Timmie. —¿Te enfadas porque te lo pregunto? —No. Claro que no. —Porque yo sé que te llamas señorita Fellowes, pero…, pero a veces te llamo «mamá» sin decirlo. ¿Te parece bien? —Sí. Sí. Me parece bien. Y ya no te abandonaré más y no sufrirás más. Estaré siempre contigo para cuidarte. Llámame «mamá», que yo lo oiga. —Mamá —dijo Timmie muy contento, y apretó su mejilla a la de la enfermera. La señorita Fellowes se levantó y, sin soltar al niño, se subió a la silla. Hizo caso omiso del repentino inicio de un grito en el exterior y, con la mano libre, tiró con todas sus fuerzas de la cuerda que colgaba entre dos resquicios. Perforó Estasis y la habitación quedó vacía. FIN

  • "La caja oblonga", cuento de Edgar Allan Poe

    La caja oblonga Edgar Allan Poe Hace años, a fin de viajar de Charleston, en la Carolina del Sur, a Nueva York, reservé pasaje a bordo del excelente paquebote Independence, al mando del capitán Hardy. Si el tiempo lo permitía, zarparíamos el 15 de aquel mes (junio); el día anterior, o sea el 14, subí a bordo para disponer algunas cosas en mi camarote. Descubrí así que tendríamos a bordo gran número de pasajeros, incluyendo una cantidad de damas superior a la habitual. Noté que en la lista figuraban varios conocidos y, entre otros nombres, me alegré de encontrar el de Mr. Cornelius Wyatt, joven artista que me inspiraba un marcado sentimiento amistoso. Habíamos sido condiscípulos en la Universidad de C… y solíamos andar siempre juntos. Su temperamento era el de todo hombre de talento y consistía en una mezcla de misantropía, sensibilidad y entusiasmo. A esas características unía el corazón más ardiente y sincero que jamás haya latido en un pecho humano. Observé que el nombre de mi amigo aparecía colocado en las puertas de tres camarotes, y luego de recorrer otra vez la lista de pasajeros, vi que había sacado pasaje para sus dos hermanas, su esposa y él mismo. Los camarotes eran suficientemente amplios y tenían dos literas, una sobre la otra. Excesivamente estrechas, las literas no podían recibir a más de una persona; de todos modos no alcancé a comprender por qué, para cuatro pasajeros, se habían reservado tres camarotes. En esa época me hallaba justamente en uno de esos estados de melancolía espiritual que inducen a un hombre a mostrarse anormalmente inquisitivo sobre meras nimiedades; confieso avergonzado, pues, que me entregué a una serie de conjeturas tan enfermizas como absurdas sobre aquel camarote de más. No era asunto de mi incumbencia, claro está, pero lo mismo me dediqué pertinazmente a reflexionar sobre la solución del enigma. Por fin llegué a una conclusión que me asombró no haber columbrado antes: «Se trata de una criada, por supuesto -me dije-. ¡Se precisa ser tonto para no pensar antes en algo tan obvio!» Miré nuevamente la lista de pasajeros, descubriendo entonces que ninguna criada habría de embarcarse con la familia, aunque por lo visto tal había sido en principio la intención, ya que luego de escribir: «y criada», habían tachado las palabras. «Pues entonces se trata de un exceso de equipaje -me dije-, algo que Wyatt no quiere hacer bajar a la cala y prefiere tener a mano… ¡Ah, ya veo: un cuadro! Por eso es que ha andado tratando con Nicolino, el judío italiano.» La suposición me satisfizo y por el momento dejé de lado mi curiosidad. Conocía muy bien a las dos hermanas de Wyatt, jóvenes tan amables como inteligentes. En cuanto a su esposa, como aquél llevaba poco tiempo de casado, aún no había podido verla. Wyatt había hablado muchas veces de ella en mi presencia, con su estilo habitual lleno de entusiasmo. La describía como de espléndida belleza, llena de ingenio y cualidades. De ahí que me sintiera muy ansioso por conocerla. El día en que visité el barco (el 14), el capitán me informó que también Wyatt y los suyos acudirían a bordo, por lo cual me quedé una hora con la esperanza de ser presentado a la joven esposa. Pero al fin se me informó que «la señora Wyatt se hallaba indispuesta y que no acudiría a bordo hasta el día siguiente, a la hora de zarpar». Llegó el momento, y me encaminaba de mi hotel al embarcadero cuando encontré al capitán Hardy, quien me dijo que, «debido a las circunstancias» (frase tan estúpida como conveniente), el Independence no se haría a la mar hasta uno o dos días después, y que, cuando todo estuviera listo, me mandaría avisar para que me embarcara. Encontré esto bastante extraño, ya que soplaba una sostenida brisa del Sur, pero como «las circunstancias» no salían a luz, pese a que indagué todo lo posible al respecto, no tuve más remedio que volverme al hotel y devorar a solas mi impaciencia. Pasó casi una semana sin que llegara el esperado aviso del capitán. Lo recibí por fin y me embarqué de inmediato. El barco estaba atestado de pasajeros y había la confusión habitual en el momento de izar velas. El grupo de Wyatt llegó unos diez minutos después que yo. Estaban allí las dos hermanas, la esposa y el artista -este último en uno de sus habituales accesos de melancólica misantropía-. Demasiado conocía su humor, sin embargo, para prestarle especial atención. Ni siquiera se molestó en presentarme a su esposa, quedando este deber de cortesía a cargo de su hermana Marian, tan amable como inteligente, quien con breves y presurosas palabras nos presentó el uno a la otra. La señora Wyatt se cubría con un espeso velo y, cuando lo levantó para contestar a mi saludo, debo reconocer que me quedé profundamente asombrado. Pero mucho más me hubiera asombrado de no tener ya el hábito de aceptar a beneficio de inventario las entusiastas descripciones de mi amigo, toda vez que se explayaba sobre la hermosura femenina. Cuando la belleza constituía su tema, sabía de sobra con qué facilidad se remontaba a las regiones del puro ideal. La verdad es que no pude dejar de advertir que la señora Wyatt era una mujer decididamente vulgar. Si no fea del todo, me temo que no le andaba muy lejos. Vestía, sin embargo, con exquisito gusto, y no dudé de que había cautivado el corazón de mi amigo con las gracias más perdurables del intelecto y del alma. Pronunció muy pocas palabras, e inmediatamente entró en el camarote en compañía de su esposo. Mi anterior curiosidad volvió a dominarme. No había ninguna criada, y de eso no cabía duda. Me puse a observar en busca del equipaje extra. Luego de alguna demora, llegó al embarcadero un carro conteniendo una caja oblonga de pino, que al parecer era lo único que se esperaba. Apenas a bordo la caja, levamos ancla, y poco después de cruzar felizmente la barra enfrentamos el mar abierto. He dicho que la caja en cuestión era oblonga. Tendría unos seis pies de largo por dos y medio de ancho. La observé atentamente, y además me gusta ser preciso. Ahora bien, su forma era peculiar y, tan pronto la hube contemplado en detalle, me felicité por lo acertado de mis conjeturas. Se recordará que, de acuerdo con éstas, el equipaje extra de mi amigo el artista debía consistir en cuadros, o por lo menos en un cuadro. No ignoraba que durante varias semanas Wyatt había mantenido conversaciones con Nicolino, y ahora veía a bordo una caja que, a juzgar por su forma, sólo podía servir para guardar una copia de La última cena de Leonardo; no ignoraba, además, que una copia de esa pintura, ejecutada en Florencia por Rubini el joven, había estado cierto tiempo en posesión de Nicolino. Me pareció, pues, que la cuestión quedaba suficientemente resuelta. Me reí, quizá demasiado, pensando en mi perspicacia. Era la primera vez que, hasta donde podía saberlo, Wyatt me ocultaba alguno de sus secretos artísticos; pero no cabía duda de que en esta ocasión trataba de hacerme una treta y pasar de contrabando a Nueva York una magnífica pintura, confiando en que no me daría cuenta de nada. Resolví tomarme un buen desquite, sin esperar mucho. Había no obstante algo que me fastidiaba. La caja no fue colocada en el camarote sobrante, sino depositada en el de Wyatt, donde ocupaba casi por completo el piso para evidente incomodidad del artista y de su esposa, acrecentada además porque la brea o la pintura con la cual se habían trazado grandes letras emitía un olor muy fuerte, desagradable y, para mí, especialmente repugnante. Sobre la tapa aparecían estas palabras: «Sra. Adelaide Curtis, Albany, Nueva York. Envío de Cornelius Wyatt, Esq. Este lado hacia arriba. Trátese con cuidado.» Estaba yo enterado de que la señora Adelaide Curtis, de Albany, era la suegra del artista, pero consideré que éste había hecho estampar su nombre a fin de mistificarme mejor. Me sentía seguro de que la caja y su contenido no seguirían viaje a Albany, sino que quedarían en el estudio de mi misantrópico amigo, en la calle Chambers de Nueva York. Durante los primeros tres o cuatro días tuvimos un tiempo excelente a pesar del viento de proa -pues había virado al Norte apenas hubimos perdido de vista la costa-. Por consiguiente, los pasajeros estaban de muy buen humor y dispuestos a la sociabilidad. Tengo que exceptuar, sin embargo, a Wyatt y a sus hermanas, que se mostraban reservados y fríos, en forma que no pude menos de considerar descortés hacia el resto del pasaje. De la conducta de Wyatt no me preocupaba mucho. Estaba melancólico más allá de lo acostumbrado en él; incluso diré que se mostraba lúgubre, pero no podía extrañarme dadas sus excentricidades. En cambio me resultaba imposible excusar a sus hermanas. Se encerraban en su camarote la mayor parte del día, negándose terminantemente, a pesar de mi insistencia, a alternar con nadie a bordo. La señora Wyatt era, en cambio, mucho más agradable. Vale decir que era parlanchina, y esto tiene mucha importancia en un viaje por mar. Pronto se mostró excesivamente familiar con la mayoría de las señoras y, para mi profunda estupefacción, mostró una tendencia poco disimulada a coquetear con los hombres. A todos nos divertía muchísimo. Digo «divertía», pero apenas si sé cómo explicarme. La verdad es que muy pronto advertí que la gente se reía más de ella que por ella. Los caballeros reservaban sus opiniones, pero las damas no tardaron en declararla «una excelente mujer, nada bonita, sin la menor educación y decididamente vulgar». Lo que asombraba a todos era cómo Wyatt había podido caer en la trampa de semejante matrimonio. Se pensaba, claro está, en razones de fortuna, pero yo sabía que la solución no residía en eso, pues Wyatt me había informado que su esposa no aportaba un solo centavo al matrimonio, ni tenía la menor esperanza de heredar. Se había casado con ella -según me dijo- por amor y solamente por amor, pues su esposa era más que merecedora de cariño. Pensando en estas frases de mi amigo me sentí perplejo más allá de toda descripción. ¿Podía ser que estuviera perdiendo la razón? ¿Qué otra cosa podía pensar? Él, tan refinado, tan intelectual, tan exquisito, con una percepción finísima de todo lo imperfecto, con tan aguda apreciación de la belleza. A decir verdad, la dama parecía muy enamorada de él -especialmente en su ausencia-, y se ponía en ridículo al citar repetidamente lo que había dicho «su adorado esposo, el señor Wyatt». La palabra «esposo» parecía siempre -para usar una de sus delicadas expresiones- «en la punta de su lengua». Pero entretanto todos advirtieron que él la evitaba de la manera más evidente y que prefería encerrarse solo en su camarote, donde bien podía decirse que vivía, dejando plena libertad a su esposa para que se divirtiera a gusto en las reuniones del salón. De lo que había visto y oído extraje la conclusión de que el artista, movido por algún inexplicable capricho del destino, o presa quizá de un acceso de pasión tan entusiasta como fantástico, se había unido a una persona por completo inferior a él, y que no había tardado en sucumbir a la consecuencia natural, o sea a la más viva repugnancia. Me apiadé de él desde lo más profundo de mi corazón, pero no por ello pude perdonarle el secreto que había mantenido sobre el embarque de La última cena. Continué, pues, resuelto a saborear mi venganza. Un día subió Wyatt al puente y, luego de tomarlo del brazo como era mi antigua costumbre, echamos a andar de un lado a otro. Su melancolía (que yo encontraba muy natural dadas las circunstancias) continuaba invariable. Habló poco, con tono malhumorado y haciendo un gran esfuerzo. Aventuré una broma y vi que luchaba penosamente por sonreír. ¡Pobre diablo! Pensando en su esposa, me maravillaba que fuera incluso capaz de aparentar alegría. Pero, finalmente, me determiné a sondearlo a fondo, comenzando una serie de veladas insinuaciones sobre la caja oblonga, a fin de que, poco a poco, se diera cuenta de que yo no era para nada víctima de su pequeña mistificación. Con tal propósito, y a fin de descubrir mis baterías, dije algo sobre la «curiosa forma de esa caja»; y al pronunciar estas palabras le hice una sonrisa de inteligencia, le guiñé un ojo, todo esto mientras le daba suavemente con el dedo en las costillas. La manera con que Wyatt recibió tan inocente broma me convenció al punto de que se había vuelto loco. Primeramente me miró como si le resultara imposible comprender el ingenio de mi observación; pero, a medida que mis palabras iban abriéndose lentamente paso en su cerebro, los ojos parecieron querer salírsele de las órbitas. Su rostro se puso escarlata, luego palideció espantosamente y, como si lo que yo había insinuado le divirtiera muchísimo, estalló en carcajadas que, para mi estupefacción, se prolongaron cada vez con más fuerza durante largos minutos. Finalmente se desplomó pesadamente sobre cubierta; mientras me esforzaba por levantarle, tuve la impresión de que había muerto. Pedí auxilio y, con mucho trabajo, le hicimos volver en sí. Apenas reaccionó se puso a hablar incoherentemente, hasta que le sangramos y le metimos en cama. A la mañana siguiente se había recobrado del todo, por lo menos en lo que se refiere a la salud física. De su mente prefiero no decir nada. Evité encontrarme con él durante el resto del viaje, siguiendo el consejo del capitán, quien parecía coincidir plenamente conmigo en que Wyatt estaba loco, pero me pidió que no dijese nada a los restantes pasajeros. Inmediatamente después de la crisis de mi amigo ocurrieron varias cosas que exaltaron todavía más la curiosidad que me poseía. Entre otras, señalaré la siguiente: Me sentía nervioso por haber bebido demasiado té verde, y dormía mal, tanto que durante dos noches no pude pegar los ojos. Mi camarote daba al salón principal, o salón comedor, como todos los camarotes ocupados por hombres solos. Las tres cabinas de Wyatt comunicaban con el salón posterior, el cual estaba separado del principal por una liviana puerta corrediza que no se cerraba nunca, ni siquiera de noche. Como seguíamos navegando con viento en contra, el barco escoraba acentuadamente a sotavento y, cada vez que el lado de estribor se inclinaba en ese sentido, la puerta divisoria se corría y quedaba en esa posición, sin que nadie se molestara en levantarse y cerrarla. Mi camarote hallábase en una posición tal que, cuando tenía abierta la puerta (lo que ocurría siempre, a causa del calor), podía ver con toda claridad el salón posterior, e incluso esa parte adonde daban los camarotes de Wyatt. Pues bien, durante dos noches (no consecutivas), en que me hallaba despierto, vi que, a eso de las once, la señora Wyatt salía cautelosamente del camarote de su esposo y entraba en el camarote sobrante, donde permanecía hasta la madrugada, hora en que Wyatt iba a buscarla y la hacía entrar nuevamente en su cabina. Resultaba claro, pues, que el matrimonio estaba separado. Ocupaban habitaciones aparte, sin duda a la espera de un divorcio más absoluto; y pensé que en eso residía, después de todo, el misterio del camarote suplementario. Mucho me interesó, además, otra circunstancia. Durante las dos noches de insomnio a que he aludido, e inmediatamente después que la señora Wyatt hubo entrado en el tercer camarote, atrajeron mi atención ciertos singulares sonidos ahogados que brotaban del de su esposo. Tras de escuchar un tiempo, logré explicarme perfectamente su significado. Aquellos ruidos los producía el artista al abrir la caja oblonga mediante un escoplo y una maza, esta última envuelta en alguna materia algodonosa o de lana que amortiguaba los golpes. A fuerza de escuchar me pareció que podía distinguir el preciso momento en que Wyatt levantaba la tapa, y también cuando la retiraba a fin de depositarla en la litera superior de su cabina. Me di cuenta de esto último a causa de los golpecitos que daba la tapa contra los tabiques de madera del camarote, mientras que Wyatt trataba de depositarla con toda suavidad en la litera, por no haber espacio en el suelo. A eso seguía un profundo silencio, sin que volviera a escuchar nada hasta el amanecer, como no fuera, si cabe mencionarlo, un leve sonido semejante a sollozos o suspiros, tan sofocados que resultaban casi inaudibles -a menos que se tratara de un producto de mi imaginación-. He dicho que aquello hacía pensar en sollozos o suspiros, pero muy bien podía tratarse de otra cosa; más bien cabía pensar en una ilusión auditiva. Sin duda, de acuerdo con sus hábitos, Wyatt se entregaba a uno de sus caprichos, dejándose llevar por un arrebato de entusiasmo artístico, y abría la caja oblonga a fin de regalar sus ojos con el tesoro pictórico que encerraba. Por supuesto, nada había en esto que justificara un rumor de sollozos; repito, pues, que debía tratarse de una alucinación de mi mente, excitada por el té verde del excelente capitán Hardy. En las dos noches de que he hablado, poco antes del alba oí cómo Wyatt volvía a colocar la tapa sobre la caja oblonga, introduciendo los clavos en sus agujeros por medio de la maza envuelta en trapos. Hecho esto salía de su camarote completamente vestido e iba en busca de la señora Wyatt, que se hallaba en la otra cabina. Llevábamos siete días en el mar y habíamos pasado ya el cabo Hatteras, cuando nos asaltó un fortísimo viento del sudoeste. Como el tiempo se había mostrado amenazante, no nos tomó desprevenidos. Todo a bordo estaba bien aparejado y, cuando el viento se hizo más intenso, nos dejamos llevar con dos rizos de la mesana cangreja y el trinquete. Con este velamen navegamos sin mayor peligro durante cuarenta y ocho horas, ya que el barco resultó ser muy marino y no hacía agua. Pero, al cumplirse este tiempo, el viento se transformó en huracán y la mesana cangreja se hizo pedazos, con lo cual quedamos de tal modo a merced de los elementos que de inmediato nos barrieron varias olas enormes, en rápida sucesión. Este accidente nos hizo perder tres hombres, aparte de quedar destrozadas las amuradas de babor y la cocina. Apenas habíamos recobrado algo de calma cuando el trinquete voló en jirones, lo que nos obligó a izar una vela de estay, pudiendo así resistir algunas horas, pues el barco capeaba el temporal con mayor estabilidad que antes. Pero el huracán mantenía toda su fuerza, sin dar señales de amainar. Pronto se vio que la enjarciadura estaba en mal estado, soportando una excesiva tensión; al tercer día de la tempestad, a las cinco de la tarde, un terrible bandazo a barlovento mandó por la borda nuestro palo de mesana. Durante más de una hora luchamos por terminar de desprenderlo del buque, a causa del terrible rolido; antes de lograrlo, el carpintero subió a anunciarnos que había cuatro pies de agua en la sentina. Para colmo de males descubrimos que las bombas estaban atascadas y que apenas servían. Todo era ahora confusión y angustia, pero continuamos luchando para aligerar el buque, tirando por la borda la mayor parte del cargamento y cortando los dos mástiles que quedaban. Todo esto se llevó a cabo, pero las bombas seguían inutilizables y la vía de agua continuaba inundando la cala. A la puesta del sol el huracán había amainado sensiblemente y, como el mar se calmara, abrigábamos todavía esperanzas de salvarnos en los botes. A las ocho de la noche las nubes se abrieron a barlovento y tuvimos la ventaja de que nos iluminara la luna llena, lo cual devolvió el ánimo a nuestros abatidos espíritus. Después de una increíble labor pudimos por fin botar al agua la chalupa y embarcamos en ella a la totalidad de la tripulación y a la mayor parte de los pasajeros. Alejóse la chalupa y, al cabo de muchísimos sufrimientos, llegó finalmente sana y salva a Ocracoke Inlet, tres días después del naufragio. Catorce pasajeros quedamos a bordo con el capitán, resueltos a intentar fortuna en el botequín de popa. Lo botamos sin dificultad, aunque sólo por milagro no se volcó al tocar el agua, y embarcaron en él el capitán y su esposa, Wyatt y su familia, un oficial mexicano con su esposa y sus cuatro hijos, y yo con mi criado de color. Como es natural, no había allí espacio para otra cosa que unos pocos instrumentos imprescindibles, provisiones y las ropas que llevábamos puestas. Nadie había pensado siquiera en salvar otros bienes. ¡Cuál no sería nuestra estupefacción cuando, apenas alejados del barco, vimos a Wyatt que se ponía de pie en la popa del bote y, fríamente, pedía al capitán Hardy que nos acercáramos otra vez al barco para embarcar su caja oblonga! -Siéntese usted, señor Wyatt -replicó el capitán con alguna severidad-. Terminará por hacer zozobrar el bote si no se está quieto. ¿No ve que la borda está al ras del agua? -¡La caja! -vociferó Wyatt, siempre de pie-. ¡La caja, le digo! Capitán Hardy, no puede usted rehusarme lo que le pido… ¡No, no puede! ¡No pesa casi nada…. apenas una nada! ¡Por la madre que le dio a luz, por el amor del cielo, por lo que más quiera… le imploro que volvamos a buscar la caja! Durante un momento el capitán pareció conmovido por las súplicas, pero no tardó en recobrar su aire adusto y replicó: -Señor Wyatt, usted está loco, y no lo escucharé. ¡Siéntese le digo, o hará zozobrar el bote! ¡Vosotros, sujetadlo… pronto… o saltará al agua…! ¡Ah… demasiado tarde! En efecto, al decir el capitán estas palabras, Wyatt se había arrojado al agua y, como todavía estábamos al socaire del buque, logró, tras un sobrehumano esfuerzo, sujetarse de una cuerda que colgaba a proa. Un instante después trepaba a cubierta y corría frenéticamente hacia la escotilla que llevaba a los camarotes. Entretanto habíamos sido llevados hacia la popa del barco y, sin la protección de su casco, quedamos inmediatamente a merced del terrible oleaje. Nos esforzamos por acercarnos otra vez, pero nuestro pequeño bote era como una pluma en el soplo de la tempestad. Nos bastó una ojeada para comprender que el destino del infortunado artista estaba sellado. A medida que aumentaba nuestra distancia del buque casi sumergido, vimos que el loco (ya que sólo podíamos considerarlo como tal) aparecía otra vez en cubierta y, con fuerzas que parecían las de un gigante, arrastraba consigo la caja oblonga. Mientras lo contemplábamos en el colmo de la estupefacción, vimos que arrollaba rápidamente una cuerda a la caja y la pasaba luego varias veces por su cuerpo. Un instante después ambos caían al mar, desapareciendo instantáneamente y para siempre. Por un momento detuvimos el movimiento de los remos, clavados los ojos en el lugar del drama. Por fin reanudamos nuestros esfuerzos, y pasó una hora sin que nadie dijera una palabra. Yo me atreví, por fin, a insinuar una observación. -¿Reparó usted, capitán, en cómo se hundieron de golpe? ¿No es sumamente curioso? Confieso que, por un momento, tuve una débil esperanza de que Wyatt se salvaría, al ver que se ataba a la caja y se confiaba así al mar. -Por supuesto que se hundieron, y con la rapidez de una bala de plomo -repuso el capitán-. Sin embargo volverán a subir a la superficie… pero no antes de que la sal se disuelva. -¡La sal! -exclamé. -¡Sh…! -dijo el capitán, señalándome a la esposa y hermanas del muerto-. Ya hablaremos de esas cosas en un momento más oportuno. Mucho sufrimos, y escapamos por muy poco de la muerte, pero la fortuna nos favoreció al igual que a nuestros camaradas de la chalupa. Más muertos que vivos, después de cuatro días de horrible angustia, tocamos tierra en la playa opuesta a Roanoke Island. Permanecimos allí una semana, pues los raqueros no nos trataron mal, y finalmente hallamos la manera de llegar a Nueva York. Un mes después de la pérdida del Independence, me encontré casualmente en Broadway con el capitán Hardy. Como es natural, nuestra conversación versó sobre el naufragio y, en especial, sobre el triste destino del pobre Wyatt. En esa ocasión me enteré de los detalles siguientes: El artista había tomado pasaje para él, su esposa, sus dos hermanas y una criada. Tal como él la había descrito, su esposa era la más encantadora y cultivada de las mujeres. En la mañana del 14 de junio (día en que visité por primera vez el barco), la señora Wyatt enfermó repentinamente y murió. El joven esposo estaba enloquecido de dolor, pero las circunstancias le impedían aplazar su viaje a Nueva York. Era necesario que llevara a su madre el cuerpo de la esposa adorada, aunque, por otra parte, no ignoraba que un prejuicio universal le impediría hacerlo abiertamente. De cada diez pasajeros, nueve habrían abandonado el barco antes de hacerse a la mar en compañía de un cadáver. En este dilema, el capitán Hardy consintió en que el cuerpo, parcialmente embalsamado y colocado entre espesas capas de sal en una caja de dimensiones adecuadas, fuera subido a bordo como si se tratara de una mercancía. Nada se diría sobre el fallecimiento de la dama; mas, como ya era sabido que Wyatt había tomado pasaje para él y su esposa, fue preciso encontrar a alguien que desempeñara el papel de esta última durante el viaje. La doncella de la difunta aceptó ese papel voluntariamente. El camarote sobrante, que en principio había sido tomado para la criada, fue, naturalmente, conservado. Allí dormía aquélla, como se supondrá, todas las noches. De día representaba, en la medida de sus posibilidades, el papel de ama -cuya persona era totalmente desconocida para los pasajeros de a bordo, como se tuvo buen cuidado de verificar previamente. En cuanto a mi engaño, nació de un temperamento demasiado negligente, inquisidor e impulsivo. Pero, desde entonces, es muy raro que duerma bien de noche. De cualquier lado que me vuelva, hay siempre un rostro que me hostiga. Y una risa histérica resonará para siempre en mis oídos. FIN

  • "Las vísperas de Fausto", cuento de Adolfo Bioy Casares

    Esa noche de junio de 1540, en la cámara de la torre, el doctor Fausto recorría los anaqueles de su numerosa biblioteca. Se detenía aquí y allá; tomaba un volumen, lo hojeaba nerviosamente, volvía a dejarlo. Por fin escogió los  Memorabilia  de Jenofonte. Colocó el libro en el atril y se dispuso a leer. Miró hacia la ventana. Algo se había estremecido afuera. Fausto dijo en voz baja: «Un golpe de viento en el bosque». Se levantó, apartó bruscamente la cortina. Vio la noche, que los árboles agrandaban. Debajo de la mesa dormía Señor. La inocente respiración del perro afirmaba, tranquila y persuasiva como un amanecer, la realidad del mundo. Fausto pensó en el Infierno. Veinticuatro años antes, a cambio de un invencible poder mágico, había vendido su alma al Diablo. Los años habían corrido con celeridad. El plazo expiraba a medianoche. No eran, todavía, las once. Fausto oyó unos pasos en la escalera; después, tres golpes en la puerta. Preguntó: «¿Quién llama?». «Yo», contestó una voz que el monosílabo no descubría, «yo». El doctor la había reconocido, pero sintió alguna irritación y repitió la pregunta. En tono de asombro y de reproche contestó su criado: «Yo, Wagner». Fausto abrió la puerta. El criado entró con la bandeja, la copa de vino del Rin y las tajadas de pan y comentó con aprobación risueña lo adicto que era su amo a ese refrigerio. Mientras Wagner explicaba, como tantas veces, que el lugar era muy solitario y que esas breves pláticas lo ayudaban a pasar la noche, Fausto pensó en la complaciente costumbre, que endulza y apresura la vida, tomó unos sorbos de vino, comió unos bocados de pan y, por un instante, se creyó seguro. Reflexionó: «Si no me alejo de Wagner y del perro no hay peligro». Resolvió confiar a Wagner sus terrores. Luego recapacitó: «Quién sabe los comentarios que haría». Era una persona supersticiosa (creía en la magia), con una plebeya afición por lo macabro, por lo truculento y por lo sentimental. El instinto le permitía ser vívido; la necedad, atroz. Fausto juzgó que no debía exponerse a nada que pudiera turbar su ánimo o su inteligencia. El reloj dio las once y media. Fausto pensó: «No podrán defenderme. Nada me salvará». Después hubo como un cambio de tono en su pensamiento; Fausto levantó la mirada y continuó: «Más vale estar solo cuando llegue Mefistófeles. Sin testigos, me defenderé mejor». Además, el incidente podía causar en la imaginación de Wagner (y acaso también en la indefensa irracionalidad del perro) una impresión demasiado espantosa. —Ya es tarde, Wagner. Vete a dormir. Cuando el criado iba a llamar a Señor, Fausto lo detuvo y, con mucha ternura, despertó a su perro. Wagner recogió en la bandeja el plato del pan y la copa y se acercó a la puerta. El perro miró a su amo con ojos en que parecía arder, como una débil y oscura llama, todo el amor, toda la esperanza y toda la tristeza del mundo. Fausto hizo un ademán en dirección de Wagner, y el criado y el perro salieron. Cerró la puerta y miró a su alrededor. Vio la habitación, la mesa de trabajo, los íntimos volúmenes. Se dijo que no estaba tan solo. El reloj dio las doce menos cuarto. Con alguna vivacidad, Fausto se acercó a la ventana y entreabrió la cortina. En el camino a Finsterwalde vacilaba, remota, la luz de un coche. «¡Huir en ese coche!», murmuró Fausto y le pareció que agonizaba de esperanza. Alejarse, he ahí lo imposible. No había corcel bastante rápido ni camino bastante largo. Entonces, como si en vez de la noche encontrara el día en la ventana, concibió una huida hacia el pasado; refugiarse en el año 1440; o más atrás aún: postergar por doscientos años la ineluctable medianoche. Se imaginó al pasado como a una tenebrosa región desconocida;  pero,  se preguntó,  si antes no estuve allí ¿cómo puedo llegar ahora?  ¿Cómo podía él introducir en el pasado un hecho nuevo? Vagamente recordó un verso de Agatón, citado por Aristóteles: «Ni el mismo Zeus puede alterar lo que ya ocurrió». Si nada podía modificar el pasado, esa infinita llanura que se prolongaba del otro lado de su nacimiento era inalcanzable para él. Quedaba, todavía, una escapatoria: Volver a nacer, llegar de nuevo a la hora terrible en que vendió el alma a Mefistófeles, venderla otra vez y cuando llegara, por fin, a esta noche, correrse una vez más al día del nacimiento. Miró el reloj. Faltaba poco para la medianoche. Quién sabe desde cuándo, se dijo, representaba su vida de soberbia, de perdición y de terrores; quién sabe desde cuándo engañaba a Mefistófeles. ¿Lo engañaba? ¿Esa interminable repetición de vidas ciegas no era su infierno? Fausto se sintió muy viejo y muy cansado. Su última reflexión fue, sin embargo, de fidelidad hacia la vida; pensó que en ella, no en la muerte, se deslizaba, como un agua oculta, el descanso. Con valerosa indiferencia postergó hasta el último instante la resolución de huir o de quedar. La campana del reloj sonó… FIN Autor: Adolfo Bioy Casares Título: Las vísperas de Fausto Publicado en: Las vísperas de Fausto (1949)

  • "¡Abajo, Satán!", cuento de Clive Barker

    ¡Abajo, Satán! Clive Barker Las circunstancias habían hecho a Gregorius un hombre incalculablemente rico. Poseía flotillas, palacios, sementales, ciudades. En realidad, eran tantas sus posesiones que a los encargados de enumerarlas —cuando los acontecimientos de esta historia llegaron a su monstruosa conclusión— les parecía a veces más rápido hacer una lista de las cosas que Gregorius no poseía. Era rico, pero distaba mucho de ser feliz. Lo habían criado en la religión católica, y en sus primeros años —antes de su vertiginoso ascenso a la fortuna— había encontrado solaz en la fe. Pero la había abandonado luego, y a la edad de cincuenta y cinco años, con el mundo a sus pies, despertó una noche para descubrir que carecía de Dios. Fue un amargo golpe, pero de inmediato tomó las medidas necesarias para subsanar la pérdida. Viajó a Roma, habló con el Sumo Pontífice, rezó día y noche; fundó seminarios y colonias de leprosos. Pero Dios se negaba a mostrarle siquiera la uña del dedo gordo del pie. Al parecer, Gregorius estaba dejado de la mano de Dios. Desesperado, se le metió en la cabeza que la única manera de conseguir su propósito de volver a los brazos del Hacedor sería arriesgar el alma del modo más disparatado. La idea tenía sus méritos. «Supongamos que lograra concertar un encuentro con Satán, el enemigo mayor —pensó Gregorius—; ¿acaso Dios, al verme  in extremis , no se sentiría obligado a intervenir para hacerme volver al redil?». Se trataba de un buen plan, pero ¿cómo llevarlo a cabo? El Diablo no acudía con una simple llamada, aunque proviniera de un magnate como Gregorius, y sus búsquedas no tardaron en demostrarle que los métodos tradicionales de invocar al Señor de las Tinieblas —mancillar el Sagrado Sacramento, el sacrificio de criaturas— no fueron más efectivos que las buenas obras para provocar a Jehová. Sólo al cabo de un año de deliberaciones logró dar con un plan maestro. Mandaría construir un Infierno en la Tierra, un infierno moderno tan monstruoso que el Tentador se sentiría tentado e iría allí a establecer su reino como lo hace el cuco en los nidos robados. Buscó por todo el mundo un arquitecto, y en las afueras de Florencia, languideciendo en un manicomio, encontró a un hombre llamado Leopardo, cuyos planos para los palacios de Mussolini poseían una grandeza demencial que se adaptaba perfectamente al proyecto de Gregorius. Leopardo fue sacado de su celda —era un hombre fétido, una piltrafa— y le devolvieron sus sueños. Su prodigioso genio no le había abandonado. Para alimentar su inventiva, recorrieron las grandes bibliotecas del mundo en busca de las descripciones de los Infiernos, tanto seglares como metafísicas; las bóvedas de los museos fueron saqueadas en busca de las imágenes prohibidas del martirio. No se dejó piedra por levantar si se sospechaba que debajo se ocultaba algo perverso. Los planos acabados debían algo a Sade y a Dante, y algo más a Freud y a Kraft-Ebbing, pero también contenían elementos que ninguna mente había concebido jamás, o al menos, nadie se había atrevido a consignarlos sobre el papel. Se escogió un terreno en el norte de África y comenzó la construcción del Nuevo Infierno de Gregorius. Absolutamente todo lo relacionado con aquel proyecto batió los  records . Sus cimientos eran mucho más vastos, sus paredes más gruesas, la fontanería más elaborada que la de ningún otro edificio construido hasta la fecha. Gregorius contemplaba su lenta evolución con un entusiasmo que no había saboreado desde sus primeros años de constructor de imperios. Resulta innecesario decir que en todas partes se lo tomó por loco. Los amigos que había tenido durante años se negaron a relacionarse con él; varias de sus empresas quebraron cuando los inversores se espantaron al leer los informes de su demencia. No le importó. Su plan no podía fallar. El Diablo tenía que acudir, aunque sólo fuera por la curiosidad de ver el Leviatán erigido en su nombre, y cuando apareciera, Gregorius lo estaría esperando. Las obras tardaron cuatro años, y se llevaron la mejor parte de la fortuna de Gregorius. El edificio terminado tenía el tamaño de media docena de catedrales, y albergaba todas las instalaciones que el Ángel de las Tinieblas pudiera desear. Tras sus muros había fuegos, de modo que desplazarse por sus muchos corredores constituía una agonía insoportable. Las habitaciones que daban a esos corredores contaban con todos los dispositivos imaginables de tortura —agujas, parrillas, cepos— que el genio de los torturadores de Satán hubiera utilizado. Había hornos grandes como para quemar familias enteras; piscinas hondas como para ahogar generaciones. El Nuevo Infierno era una atrocidad a la espera de suceder, una celebración de la inhumanidad a la que sólo le faltaba su causa primera. Los constructores se marcharon agradecidos. Entre ellos se rumoreaba que hacía tiempo que Satán vigilaba la construcción de su domo del placer. Algunos llegaron a sostener que lo habían visto en los niveles más profundos, donde el frío era tan intenso que helaba la orina en la vejiga. Existían pruebas que respaldaban esa creencia en las presencias sobrenaturales cernidas sobre el edificio a medida que éste alcanzaba su término. Un ejemplo era la cruel muerte de Leopardo; se había arrojado —o, como sostenían los supersticiosos, había sido lanzado— por la ventana del sexto piso del hotel donde se hospedaba. Fue sepultado con la debida extravagancia. De modo que solo, en el Infierno, Gregorius se dedicó a esperar. No tuvo que esperar mucho. No había pasado allí más que un día, cuando oyó ruidos provenientes de las profundidades inferiores. Rebosante de expectación, fue en busca de su fuente, pero sólo se encontró con la turbulencia de los baños de excrementos y el rugido de los hornos. Regresó a sus aposentos del noveno nivel y esperó. Volvió a oír ruidos; volvió a ir en busca de su fuente, y nuevamente regresó desalentado. Pero los disturbios no cesaron. En los días siguientes, apenas pasaban diez minutos sin que oyera algún ruido de invasión. El Príncipe de las Tinieblas estaba allí, a Gregorius no le cabía duda, pero se mantenía en las sombras. Gregorius se conformó con seguirle el juego. Al fin y al cabo, era la fiesta del Demonio. Y a él le tocaba participar en el juego que escogiese. En los largos y a veces solitarios meses que siguieron, Gregorius se aburrió de jugar al escondite y comenzó a exigirle a Satán que se mostrara. El eco de su voz se perdía por los desiertos pasillos sin obtener respuesta, hasta que la garganta se le irritó de tanto gritar. A partir de entonces, continuó con su búsqueda en forma silenciosa, con la esperanza de sorprender a su inquilino. Pero el Ángel Apóstata siempre huía antes de que Gregorius lograra acercarse lo bastante como para verle. Jugarían un juego de desgaste, Satán y él, persiguiéndose a través de hielos, fuegos, hielos otra vez. Gregorius se decía que debía tener paciencia. El Diablo había acudido, ¿o no? ¿Acaso en el picaporte no había dejado la señal de su dedo? ¿Y sus excrementos en las escaleras? Tarde o temprano el Supremo Malvado revelaría su rostro y Gregorius le escupiría a la cara. El mundo exterior prosiguió su camino, y Gregorius fue incluido en el mismo grupo que otros reclusos arruinados por las riquezas. Su Locura, término con el que se conocía su obra, no carecía del todo de visitantes. Algunos le habían amado demasiado como para olvidarlo —unos pocos, que habían sacado provecho de él, esperaban aprovecharse aún más de su locura—, y se atrevieron a trasponer la puerta del Nuevo Infierno. Estos visitantes realizaron el viaje sin anunciar sus intenciones, temerosos de encontrarse con la desaprobación de sus amigos. Las investigaciones para esclarecer su desaparición jamás lograron ir más allá de África del Norte. Y en su Locura, Gregorius seguía persiguiendo a la Serpiente, y ésta lo eludía, no sin dejar más y más terribles señales de su presencia a medida que pasaban los meses. Fue la esposa de uno de los visitantes desaparecidos quien finalmente descubrió la verdad, y advirtió a las autoridades. La Locura de Gregorius fue puesta bajo vigilancia, y finalmente —unos tres años después de terminada—, un cuarteto de funcionarios tuvieron la bravura de trasponer la puerta. Sin el debido mantenimiento, la Locura había comenzado a deteriorarse de mala manera. En muchos de los niveles fallaban las luces; las paredes se habían enfriado; sus pozos de alquitrán se habían solidificado. A medida que los funcionarios se internaron en sus bóvedas oscuras en busca de Gregorius, hallaron amplias evidencias de que, a pesar de su decrépita condición, el Nuevo Infierno continuaba en perfecto funcionamiento. En todos los hornos había cuerpos con caras enormes y negras; en muchos cuartos había restos humanos sentados y colgados, degollados, o descuartizados. El terror de los funcionarios fue creciendo con cada puerta que abrían, con cada nueva abominación en la que posaban los febriles ojos. Dos de los cuatro que traspusieron la puerta jamás llegaron a la cámara del centro. El terror pudo con ellos mucho antes, y huyeron para ser acechados en algún pasadizo sin salida y añadidos a los cientos que habían perecido en la Locura desde que Satán fijara allí su residencia. De los dos que finalmente desenmascararon al culpable, sólo uno tuvo el coraje de contar lo que vio, aunque las escenas que presenció en el corazón de la Locura eran demasiado terribles para expresarlas en palabras. No había señales de Satán, naturalmente. Allí sólo se encontraba Gregorius. El maestro constructor, al no hallar a nadie que habitara la casa que tantos sudores le costara, la había ocupado él mismo. Le acompañaban unos cuantos discípulos que había logrado reunir a lo largo de los años. Al igual que él, parecían criaturas corrientes. Pero en el edificio no había instrumento de tortura del que no hubieran hecho un uso prolijo y despiadado. Gregorius no se resistió al arresto; en realidad, pareció satisfecho de contar con una plataforma desde la que vanagloriarse de sus carnicerías. Posteriormente, durante el juicio al que fue sometido, habló libremente de su ambición, de sus apetitos, de toda la sangre que seguiría derramando si lo dejaban en libertad. Juró que sería suficiente como para ahogar todas las creencias y sus ilusiones. Pero aquello le supo a poco. Porque Dios se pudría en el Paraíso y Satán en el Abismo, ¿y quién iba a detenerlo? Durante el juicio fue muy vilipendiado, y posteriormente, en el manicomio, donde murió al cabo de dos meses escasos en circunstancias poco claras. El Vaticano destruyó todos los informes que sobre él guardaba en sus archivos; los seminarios fundados en su impío nombre fueron disueltos. Pero incluso entre los cardenales, hubo quienes no lograron olvidar su impenitente maldad, y en privado, algunos se preguntaban si su estrategia no habría triunfado. Si al abandonar toda esperanza en los ángeles —caídos o no—, no se habría convertido él también en un ángel más. O en todo lo que la Tierra podía soportar de semejantes fenómenos. FIN Autor: Clive Barker Título: ¡Abajo, Satán! Título Original: Down, Satan! Publicado en: Clive Barker’s Books of Blood: Volume IV (1985) Traducción: Celia Filipetto

  • "¡Oh, ser un blobel!", cuento de Philip K. Dick

    ¡Oh, ser un blobel!  Philip K. Dick Insertó una moneda platinada de veinte dólares en la ranura y el analista se conectó, después de una pausa, con un brillo amistoso en los ojos. El analista giró en la silla, y agarró una pluma y una libreta de papel amarillo del escritorio. —Buenos días, señor —dijo—. Ya puede empezar. —Hola, doctor Jones. Supongo que usted no es el mismo doctor Jones que escribió la biografía definitiva de Freud. Eso fue hace un siglo. —Rió nerviosamente. Siendo un indigente, no estaba acostumbrado a tratar con los nuevos psicoanalistas totalmente homeostáticos—. ¿Hago asociación libre, le hablo de mi vida o qué? —Quizá pueda comenzar diciéndome quién es usted  und warum mich …, y por qué me ha escogido —dijo el doctor Jones. —Soy George Munster del pasaje 4, edificio WEF-395, comunidad de San Francisco fundada en 1996. —Tanto gusto, señor Munster. El doctor Jones extendió la mano y George Munster se la estrechó. La mano, de una temperatura corporal agradable, era decididamente blanda. El apretón, sin embargo, era viril. —Verá usted —dijo Munster—, soy ex soldado, veterano de guerra. Así es como obtuve mi apartamento en WEF-395. ¡Opción preferencial para veteranos! —Ah, sí —dijo el doctor Jones, midiendo el paso del tiempo con un suave tictac—. La guerra con los blobels. —Luché tres años en esa guerra —dijo Munster, alisándose nerviosamente el pelo largo, negro y ralo—. Odiaba a los blobels y me alisté como voluntario. Sólo tenía diecinueve años y tenía un buen empleo, pero la campaña para liberar el sistema solar de los blobels era lo primordial para mí. —Mmm —dijo el doctor Jones, moviendo la cabeza y emitiendo su tictac. —Luché bien —continuó George Munster—. De hecho, obtuve dos condecoraciones y un ascenso en el campo de batalla. Me nombraron cabo. Eso fue porque, sin ayuda de nadie, eliminé un satélite de observación lleno de blobels. Nunca sabremos exactamente cuántos, pues siendo blobels tienden a fusionarse y separarse de manera confusa. Se interrumpió, abrumado por la emoción. Era agobiante recordar la guerra y hablar de ella. Se tendió en el diván, encendió un cigarrillo y trató de calmarse. Los blobels habían migrado desde otro sistema estelar, probablemente Próxima. Varios miles de años atrás se habían instalado en Marte y Titán, obteniendo un gran éxito en sus proyectos agrarios. Eran evoluciones de las amebas unicelulares originales, muy grandes y con un sistema nervioso muy organizado, pero seguían siendo amebas. Tenían seudópodos, se reproducían por fisión binaria y eran repulsivos para los colonos terrícolas. La guerra había estallado por problemas ecológicos. El Departamento de Asistencia Extranjera de la ONU deseaba modificar la atmósfera de Marte para hacerla más adecuada para los colonos procedentes de la Tierra. Pero este cambio era perjudicial para las colonias de blobels que ya estaban asentadas en Marte, lo cual provocó un conflicto. Y, reflexionó Munster, no era posible cambiar sólo la mitad de la atmósfera de un planeta, a causa del movimiento browniano. Al cabo de diez años, la atmósfera modificada se había extendido por el planeta entero, provocando graves daños a los blobels. Al menos eso alegaban. En represalia, una flota blobel se aproximó a la Tierra y puso en órbita una serie de sofisticados satélites diseñados para alterar su atmósfera. Esta alteración no llegó a producirse porque la Oficina de Guerra de la ONU entró en acción; misiles autodirigidos destruyeron los satélites, y de este modo estalló la guerra. —¿Está usted casado, señor Munster? —preguntó el doctor Jones. —No, doctor. Y —Munster se estremeció—, sabrá por qué cuando termine de contarle. Verá, doctor… —Apagó el cigarrillo—. Seré franco. Yo era un espía de la Tierra. Esa era mi función. Me asignaron esa tarea por mi valentía en el campo de batalla. Yo no lo pedí. —Entiendo —dijo el doctor Jones. —¿De veras? —La voz de Munster se quebró—. ¿Sabe lo que era necesario en aquellos días para que un terrícola pudiera ser espía entre los blobels? El doctor Jones asintió con la cabeza. —Sí, señor Munster. Usted tenía que abandonar su forma humana y asumir la repelente forma de un blobel. Munster guardó silencio. Abrió y cerró sus manos con amargura. Frente a él, el doctor Jones medía el tiempo con su tictac. Esa noche, de vuelta en su pequeño apartamento de WEF-395, Munster abrió una botella de Teacher’s y se sentó a beber en una taza. Ni siquiera tenía fuerzas para buscar un vaso en el armario de la cocina. ¿Qué había conseguido en su sesión con el doctor Jones? Nada, por lo que él veía. Y había reducido aún más sus magros recursos económicos. Magros porque durante doce horas diarias, él revertía, a pesar de todos sus esfuerzos y los esfuerzos de la Agencia de Hospitalización de Veteranos de la ONU, a su forma de blobel. Un guiñapo amorfo de aspecto unicelular, en medio de su apartamento de WEF-395. Sus recursos económicos consistían en una pequeña pensión de la Oficina de Guerra. Encontrar un empleo era imposible, porque apenas lo contrataban, la tensión lo hacía revertir allí mismo, ante las narices de su nuevo jefe y sus compañeros. No era éste el mejor modo de crear buenas relaciones laborales. A las ocho de la noche sintió que revertía una vez más. Era una experiencia vieja y familiar para él, y la detestaba. Se apresuró a apurar su bebida, dejó la taza en una mesa, y sintió cómo se diluía en un charco homogéneo. Sonó el teléfono. —No puedo contestar —rezongó. El contestador del teléfono recogió su angustiado mensaje y se lo transmitió a la persona que llamaba. Munster era una masa gelatinosa y transparente en medio de la alfombra; con movimientos ondulantes se dirigió hacia el teléfono, que aún sonaba a pesar de su orden, y sintió un furioso rencor. ¿Acaso no tenía suficientes problemas, sin tener que lidiar con un teléfono fastidioso? Llegó hasta el aparato, extendió un seudópodo y sujetó el auricular. Con gran esfuerzo modeló su sustancia gelatinosa hasta obtener algo parecido a un aparato vocal de resonancia opaca. —Estoy ocupado —gritó en dirección al micrófono con voz estentórea—. Llame más tarde. «Llama mañana por la mañana —pensó mientras colgaba—. Cuando haya podido recobrar mi forma humana.» El apartamento quedó en silencio. Suspirando, Munster se deslizó por la alfombra hasta la ventana, donde se irguió en posición vertical para ver el paisaje; tenía una mancha fotosensible en la superficie externa, y aunque no poseía un cristalino pudo apreciar con nostalgia la bahía de San Francisco, el puente Golden Gate y la isla de Alcatraz, que ahora era un campo de recreo para niños. «Maldición —pensó con amargura—. No puedo casarme. No puedo vivir una auténtica existencia humana, porque revierto a la forma que esos tíos de la Oficina de Guerra me impusieron durante la campaña.» Cuando aceptó la misión, no sabía que sufriría ese efecto de forma permanente. Le habían asegurado que era provisional, que sólo duraría mientras continuasen las hostilidades o alguna otra frase castrense. «Hostilidades, y un cuerno —pensó Munster con furioso e impotente rencor—. Ya han pasado once años.» Los problemas psicológicos, la presión que sufría, eran tremendos. Por eso había visitado al doctor Jones. De nuevo sonó el teléfono. —De acuerdo —protestó Munster, y se deslizó trabajosamente por la habitación—. ¿Quieres hablar conmigo? —dijo mientras se aproximaba. El viaje era largo para alguien con forma de blobel—. Yo hablaré contigo. Incluso puedes encender la pantalla de vídeo y mirarme. —En el teléfono activó el interruptor que abría ambos canales, audio y vídeo—. Echa un buen vistazo —rugió, y exhibió su blanda forma ante la cámara de vídeo. —Lamento molestarle en casa, señor Munster —dijo la voz del doctor Jones—, sobre todo cuando se encuentra en ese embarazoso estado. —El analista homeostático hizo una pausa—. Pero he dedicado un tiempo a tratar de resolver su problema. Quizá tenga, al menos, una solución parcial. —¿Qué? —dijo Munster, sorprendido—. ¿Insinúa usted que ahora la ciencia médica puede…? —No, no —se apresuró a decir el doctor Jones—. Los aspectos físicos trascienden mi competencia. Debe tener eso en cuenta, Munster. Cuando usted me consultó por su problema, se refería a la adaptación psicológica… —Iré al consultorio a hablar con usted —dijo Munster, y de pronto comprendió que no podía. En su forma blobel tardaría días en reptar por la ciudad hasta el consultorio del doctor Jones—. Jones, usted ve los problemas que tengo. Estoy prisionero en este apartamento todas las noches, desde las ocho, hasta casi las siete de la mañana. Ni siquiera puedo ir a visitarlo para obtener ayuda. —Silencio, Munster —interrumpió el doctor Jones—. Intento decirle algo. Usted no es el único que se encuentra en ese estado. ¿Lo sabía? —Claro —suspiró Munster—. Ochenta y tres terrícolas fueron convertidos en blobels durante la guerra. De los ochenta y tres —conocía estos datos de memoria—, sesenta y uno sobrevivieron, y ahora existe una organización llamada Veteranos de la Guerra Antinatural, que cuenta con cincuenta socios. Yo soy uno de ellos. Nos reunimos dos veces por semana y revertimos al unísono… —Quería colgar. Así que esto era todo lo que había obtenido por su dinero, esta noticia vieja—. Adiós, doctor. —Munster —murmuró nerviosamente el doctor Jones—, no me refiero a otros terrícolas. He investigado esto. Por lo que veo, según las listas de prisioneros de la biblioteca del Congreso, quince blobels fueron transformados en seudoterrícolas para espiar para su bando. ¿Comprende? Después de una pausa, Munster murmuró: —No del todo. —Usted sufre un bloqueo mental que le impide recibir ayuda —dijo el doctor Jones—. He aquí mi propuesta, Munster. Venga a mi consultorio mañana a las once. Allí encontraremos la solución a su problema. Buenas noches. —Cuando estoy en forma blobel no tengo demasiadas luces, doctor —dijo fatigosamente Munster—. Tendrá que disculparme. Colgó, todavía intrigado. Así que había quince blobels paseándose por Titán en ese momento, condenados a tomar formas humanas. ¿Y qué? ¿A él de qué le servía esto? Quizá lo descubriera a las once de la mañana. Al entrar en el consultorio del doctor Jones vio a una joven sumamente atractiva sentada en un sillón junto a una lámpara, leyendo un ejemplar de  Fortune. Automáticamente, Munster se sentó en un lugar desde donde pudiera observarla. Un elegante cabello teñido de blanco le caía en trenzas sobre la nuca. La observó con deleite, fingiendo leer su propio ejemplar de  Fortune.  Piernas esbeltas, codos menudos y delicados. Y un rostro de rasgos bien delineados y nítidos. Ojos inteligentes, nariz respingona. «Una muchacha encantadora», pensó. Se deleitó en esa imagen, hasta que de pronto, ella alzó la cabeza y lo miró fríamente. —Es aburrido esperar —murmuró Munster. —¿Visita a menudo al doctor Jones? —preguntó ella. —No. Esta es la segunda vez. —Yo nunca he estado aquí —dijo la muchacha—. Consultaba a otro psicoanalista electrónico totalmente homeostático en Los Angeles. Anteayer el doctor Bing, mi analista, me llamó para decirme que subiera a un avión y viera al doctor Jones esta mañana. ¿El doctor Jones es bueno? —Supongo que sí —dijo Munster. «Veremos —pensó—. Eso es exactamente lo que no sabemos a estas alturas.» La puerta del consultorio se abrió y apareció el doctor Jones. —Señorita Arrasmith, señor Munster —dijo, saludándolos a ambos—. ¿Quieren pasar? —¿Quién paga los veinte dólares? —preguntó la señorita Arrasmith, poniéndose de pie. El analista guardó silencio. Se había desconectado. —Yo pagaré —dijo la señorita Arrasmith hurgando en su cartera. —De ninguna manera —dijo Munster—. Permítame. Sacó un billete de veinte dólares y lo insertó en la ranura del analista. —Es usted un caballero, señor Munster —dijo de inmediato el doctor Jones. Sonriendo, condujo a ambos al consultorio—. Tomen asiento, por favor. Señorita Arrasmith, permita que sin preámbulos explique su situación al señor Munster. —Y dirigiéndose a Munster dijo—: La señorita Arrasmith es una blobel. Munster miró a la muchacha de hito en hito. —Obviamente —continuó el doctor Jones—, ahora tiene forma humana. Se trata de un estado de reversión involuntaria. Durante la guerra operó detrás de las líneas terrícolas, actuando para la Liga de Guerra Blobel. Fue capturada y encarcelada, pero la guerra terminó y no fue juzgada ni sentenciada. —Me liberaron —dijo la señorita Arrasmith con voz baja y controlada—, aún con forma humana. Me quedé aquí por vergüenza. No podía regresar a Titán y… —Su voz tembló. —Este estado representa una gran vergüenza para cualquier blobel de casta alta —explicó el doctor Jones. La señorita Arrasmith asintió con la cabeza, aferrando un pañuelo de lino irlandés y tratando de parecer equilibrada. —Así es, doctor. Viajé a Titán para comentar mi estado con las autoridades médicas de allá. Después de una costosa y prolongada terapia, pudieron inducir un retorno a mi forma natural por un período de… —vaciló—, una cuarta parte del tiempo. Pero las otras tres cuartas partes soy como ustedes me ven ahora. Agachó la cabeza y se llevó el pañuelo al ojo derecho. —Cielos —protestó Munster—, es usted afortunada. La forma humana es infinitamente superior a la forma blobel. Yo lo sé bien. Un blobel debe reptar…, es como una gran medusa, sin esqueleto que lo mantenga erguido. Y la fisión binaria es espantosa, realmente espantosa, comparada con la forma terrícola de…, usted sabe, reproducción. Se sonrojó. El doctor Jones medía el tiempo con su tictac. —Durante un período de seis horas ustedes dos coinciden en su forma humana —declaró—. Y durante una hora coinciden en su forma blobel. En total, son siete horas sobre veinticuatro en las que ambos tienen forma idéntica. En mi opinión… —jugó con su pluma y su papel—, siete horas no está mal. No sé si me he explicado con claridad. —Pero el señor Munster y yo somos enemigos naturales —dijo la señorita Arrasmith al cabo de un momento. —Eso fue hace años —dijo Munster. —Correcto —convino el doctor Jones—. Es verdad, la señorita Arrasmith es básicamente blobel y usted, Munster, es terrícola, pero… —Gesticuló—. Ambos son parias en sendas civilizaciones. Ambos son seres marginados y, en consecuencia, el ego sufre una pérdida gradual de identidad. Predigo para ambos un deterioro paulatino que desembocará en un grave trastorno mental. A menos que ambos intenten un acercamiento. El analista calló. —Creo que somos afortunados, señor Munster —murmuró la señorita Arrasmith—. Como dijo el doctor Jones, nuestras formas coinciden siete horas por día. Podemos disfrutar de ese tiempo juntos, en vez de sufrir este desdichado aislamiento. Le sonrió esperanzadamente, acomodándose el abrigo. Sin duda tenía una bonita silueta; el vestido escotado daba una buena idea de ello. Estudiándola, Munster reflexionó. —Dele tiempo —le dijo el doctor Jones a la señorita Arrasmith—. Mi análisis predice que él sabrá entender y hará lo correcto. Acomodándose el abrigo y enjugándose los grandes ojos oscuros, la señorita Arrasmith esperó. Varios años después, sonó el teléfono en el consultorio del doctor Jones, quien respondió de la manera habitual. —Por favor, señor o señora, deposite veinte dólares si desea hablarme. —Escuche —dijo una recia voz masculina al otro lado de la línea—, ésta es la Oficina Legal de la ONU y no depositamos veinte dólares para hablar con nadie. Así que active ese mecanismo interno, Jones. —Sí, señor —asintió el doctor Jones, y con la mano derecha activó la palanca que tenía detrás de la oreja y le permitía actuar gratuitamente. —Allá por el 2037 —expuso el experto legal de la ONU—, ¿usted aconsejó a una pareja que se casara? ¿Un tal George Munster y una tal Vivian Arrasmith, hoy señora Munster? —Pues sí —respondió el doctor Jones, tras consultar sus bancos de memoria integrados. —¿Había investigado las ramificaciones legales de su decisión? —Bien —dijo el doctor Jones—, eso no era de mi incumbencia. —Puede ser acusado de aconsejar actos que contravienen las leyes de la ONU. —Pero ninguna ley prohíbe el matrimonio entre una blobel y un terrícola. —De acuerdo, doctor —dijo el experto de la ONU—. Me conformaré con echar un vistazo a sus historias clínicas. —En absoluto —protestó el doctor Jones—. Eso atentaría contra mi ética profesional. —Entonces conseguiremos una orden judicial y las incautaremos. —Como quiera. El doctor Jones llevó la mano atrás de la oreja para desconectarse. —Espere. Quizá le interese saber que ahora los Munster tienen cuatro hijos. Y, siguiendo la ley de Mendel, la progenie sigue una secuencia uno-dos-uno. Una chica blobel, un varón híbrido, una chica híbrida, una chica terrícola. El problema legal surge porque el Consejo Supremo blobel reclama a la chica blobel pura como ciudadana de Titán y también sugiere que uno de los dos híbridos sea cedido a la jurisdicción del Consejo —explicó el experto legal de la ONU—. Por otra parte, el matrimonio Munster se está disolviendo. Están tramitando el divorcio y es difícil encontrar las leyes que se aplican a su situación. —Sí, supongo que sí —admitió el doctor Jones—. ¿Por qué se está disolviendo el matrimonio? —No lo sé ni me importa. Quizá por el hecho de que ambos adultos y dos de los cuatro hijos alternan diariamente entre la forma blobel y la terrícola. Quizá la tensión se ha vuelto excesiva. Si quiere darles consejo psicológico, atiéndalos. Adiós. El experto de la ONU colgó. «¿Fue un error aconsejarles que se casaran?», se preguntó el doctor Jones. Quizá debería localizarlos. Les debo eso al menos. Y abriendo el directorio de Los Angeles, empezó a buscar en la «M». Habían sido seis años difíciles para los Munster. En primer lugar, George se había trasladado de San Francisco a Los Angeles. Él y Vivian se habían instalado en un apartamento de tres habitaciones en vez de dos. Vivian, que tenía forma terrícola las tres cuartas partes del tiempo, había conseguido empleo; a plena vista del público, daba información sobre vuelos de pasajeros en el Quinto Aeropuerto de Los Angeles. En cambio, George…; su pensión equivalía a sólo una cuarta parte del sueldo de su esposa y esto lo amargaba. Para colmo, había buscado un modo de ganar dinero en casa. En una revista había encontrado este valioso anuncio: GANE DINERO RÁPIDO SIN MOVERSE DE CASA. CRÍE RANAS TORO GIGANTES DE JÚPITER, CAPACES DE DAR SALTOS DE TREINTA METROS. SE PUEDEN UTILIZAR EN CARRERAS DE RANAS (DONDE ESTÉN AUTORIZADAS) Y… En 2038 había comprado su primera pareja de ranas importadas de Júpiter y se había puesto a criarlas para obtener rápidos beneficios en su propio apartamento, en un rincón del sótano que Leopold, el dependiente parcialmente homeostático, le permitía usar gratuitamente. Pero en la relativamente débil gravedad terrícola las ranas eran capaces de dar saltos enormes. Y el sótano resultó ser demasiado pequeño para ellas; rebotaban de pared en pared como verdes pelotas de ping pong y pronto murieron. Obviamente se necesitaba algo más que una parte del sótano de los apartamentos QEK-604 para criar a esos malditos bichos. Luego había nacido su primera hija. Era una blobel pura; consistía en una masa gelatinosa las veinticuatro horas del día y George esperaba en vano que cobrara forma humana, aunque fuera sólo un instante. Tuvo un feroz enfrentamiento con Vivian por este asunto, en uno de los períodos en que ambos tenían forma humana. —¿Cómo puedo considerarla hija mía? —le preguntó—. Para mí es una criatura alienígena. —Estaba desalentado, horrorizado—. El doctor Jones debió haber previsto esto. Quizá sea hija tuya, tiene tu mismo aspecto. Los ojos de Vivian se llenaron de lágrimas. —Lo dices como un insulto. —Claro que sí. Luchamos contra las alimañas como vosotros. No os considerábamos mejores que rayas venenosas. —Se puso el abrigo terriblemente malhumorado—. Me voy a la sede de los Veteranos de la Guerra Antinatural, a beber una cerveza con los muchachos. Poco después se reunió con sus compañeros de la guerra, feliz de salir del apartamento. La sede de Veteranos era un decrépito edificio de hormigón en el centro de Los Angeles, una reliquia del siglo XX que necesitaba una mano de pintura. La organización iba escasa de fondos porque la mayoría de sus socios vivían, como George Munster, de pensiones de la ONU. Sin embargo, había una mesa de billar, un viejo televisor 3D, algunas cintas de música popular y un juego de ajedrez. George usualmente bebía cerveza y jugaba al ajedrez con sus compañeros, tanto en forma humana como blobel; en ese lugar ambas eran aceptadas. Esa noche se sentó con Pete Ruggles, un veterano que también se había casado con una hembra blobel que revertía, como Vivian, a la forma humana. —Pete, no puedo seguir así. Mi hija es una masa viscosa. He querido hijos toda la vida, ¿y qué tengo ahora? Algo que parece arrojado a la playa por el mar. Pete, que también tenía forma humana en ese momento, bebió un sorbo de cerveza. —Caramba, George —respondió—. Admito que es un mal asunto, pero debías saber en qué te metías cuando te casaste con ella. Y, por Dios, según la ley de Mendel, el próximo niño… —Quiero decir —interrumpió George—, que no siento respeto por mi propia esposa, y eso es lo fundamental. La considero una cosa. Y a mí también. Ambos somos cosas. Bebió la cerveza de un trago. —Pero desde el punto de vista blobel… —dijo Pete pensativamente. —Oye, ¿de qué lado estás? —exclamó George. —No me grites o te pegaré. Poco después se enzarzaban en una pelea a puñetazos. Por suerte, Pete revirtió a blobel en el momento preciso y la cosa no pasó a mayores. Ahora George estaba solo, en forma humana, mientras Pete reptaba hacia otra parte, quizá para reunirse con otros muchachos que también habían asumido forma blobel. «Quizá podamos fundar una nueva sociedad en una luna remota —se dijo George melancólicamente—. Ni terrícola ni blobel. »Tengo que regresar con Vivian —resolvió George—. ¿Qué otra cosa me queda? Tengo suerte de haberla encontrado. De otro modo sólo sería un veterano bebiendo cerveza en este lugar cada día y cada noche, sin futuro, sin esperanzas, sin una auténtica vida…» Ahora tenía un nuevo plan para ganar dinero. Era una empresa de pedidos por correo; había puesto un anuncio en el  Saturday Evening Post : MAGNETITAS MÁGICAS DE LA SUERTE, ¡DE OTRO SISTEMA SOLAR! Las piedras procedían de Próxima y se podían comprar en Titán; Vivian le había organizado el acuerdo comercial con su gente. Pero hasta ahora pocas personas habían enviado el dólar cincuenta. «Soy un fracaso», se dijo George. Afortunadamente, el siguiente hijo, nacido en el invierno de 2039, fue un híbrido; tenía forma humana el cincuenta por ciento del tiempo, y de este modo George tuvo al fin un hijo que era miembro de su propia especie, al menos de vez en cuando. Aún estaba celebrando el nacimiento de Maurice, cuando una delegación de vecinos de los apartamentos QEK-604 llamó a su puerta. —Tenemos una petición —dijo el presidente de la delegación, moviendo los pies con embarazo—, para solicitar que usted y la señora Munster se vayan de QEK-604. —Pero ¿por qué? —preguntó George, desconcertado—. ¡Hasta ahora nunca han puesto objeciones a nuestra presencia! —Pero ahora ustedes tienen un niño híbrido que querrá jugar con los nuestros, y no lo consideramos saludable para nuestros hijos. George les cerró la puerta en las narices. Cada vez más, sentía la presión y la hostilidad de la gente que los rodeaba. «Y pensar —caviló con amargura— que luché en la guerra para salvar a estas gentes. Desde luego no ha valido la pena.» Una hora después estaba de vuelta en la sede de Veteranos, bebiendo cerveza y hablando con su compañero Sherman Downs, también casado con una blobel. —Sherman, así no vamos a ninguna parte. Nadie nos quiere. Tenemos que emigrar. Quizá probemos suerte en Titán, en el mundo de Vivian. —Por todos los santos —protestó Sherman—. Me saca de quicio que te rindas, George. ¿Acaso tu cinturón reductor electromagnético no está empezando a venderse? Durante los últimos meses, George había fabricado y vendido un complejo artilugio reductor electrónico que Vivian le había ayudado a diseñar. Se basaba en un artefacto blobel que era muy popular en Titán, pero desconocido en la Tierra. Y había funcionado bien. George tenía más pedidos de los que podía servir. Pero… —Tuve una experiencia espantosa, Sherman —confesó George—. El otro día estaba en una tienda y me hicieron un gran pedido de cinturones reductores. Me entusiasmé tanto… —Se interrumpió—. Te imaginarás lo que sucedió. Revertí ante los ojos de un montón de clientes, y cuando el comprador vio eso, canceló su pedido. Era lo que todos tememos… Deberías haber visto cómo cambió su actitud hacia mí. —Contrata a alguien que se encargue de las ventas —dijo Sherman—. Un terrícola puro. —Yo soy terrícola puro —gruñó George—. Nunca lo olvides. Jamás. —Sólo quiero decir… —Sé lo que quieres decir —lo cortó George. Intentó pegarle a Sherman, pero por fortuna falló y en el alboroto ambos revirtieron a su forma blobel. Se enzarzaron en una viscosa pelea pero, al fin, otros veteranos lograron separarlos. —Soy tan terrícola como cualquiera —declaró George, desde su forma blobel—. Y aplastaré a quien diga lo contrario. En su forma blobel no podía regresar a casa, y tuvo que telefonear a Vivian para que fuera a buscarlo. Era humillante. «El suicidio —pensó—. Ésa es la respuesta.» ¿Cuál era la mejor manera? En forma blobel no podía sentir dolor, así que le convenía hacerlo durante la reversión. Había varias sustancias que podían disolverlo. Por ejemplo, podía arrojarse a una piscina con mucho cloro, como la que QEK-604 tenía en su sala de recreo. Vivian, en su forma humana, lo encontró una noche mientras vacilaba al borde de la piscina. —George, te lo suplico, vuelve a ver al doctor Jones. —No —dijo él con voz estentórea, configurando un sistema parecido al vocálico con una parte del cuerpo—. Es inútil, Vivian. No quiero seguir así. Hasta los cinturones habían sido idea de Vivian, no de él. Iba a remolque en todo…, siempre detrás de ella, y rezagándose cada vez más con cada día que pasaba. —Tienes mucho que ofrecer a los niños —dijo Vivian. Eso era verdad. —Quizá pase por la Oficina de Guerra de la ONU —decidió—. Hablaré con ellos para ver si la ciencia médica ha inventado algo nuevo que pueda estabilizarme. —Pero si te estabilizas como terrícola —dijo Vivian—, ¿qué será de mí? —Compartiríamos dieciocho horas cada día. ¡Todas las horas en que tienes forma humana! —Pero no querrías seguir casado conmigo. Porque entonces, George, podrías salir con una terrícola. Comprendió que no era justo para ella, así que abandonó la idea. En la primavera de 2041 nació su tercer bebé, también una niña, e híbrida como Maurice. Era blobel de noche y terrícola de día. Entretanto, George encontró una solución para algunos de sus problemas. Se procuró una amante. Él y Nina se veían en el hotel Elysium, un destartalado edificio de madera en el centro de Los Angeles. —Nina —dijo George, bebiendo whisky Teachers y sentado junto a ella en el desvencijado sofá del hotel—, has hecho que mi vida sea digna de vivirse. Le desabotonó los botones de la blusa. —Te respeto —dijo Nina Glaubman, ayudándolo con los botones—. A pesar de que…, bueno, eres un ex enemigo de nuestra gente. —Por Dios —protestó George—, no debemos pensar en los viejos tiempos. Tenemos que olvidar el pasado. «Sólo cuenta el futuro», pensaba. Su cinturón reductor había tenido tanto éxito, que su empresa había contratado a quince empleados terrícolas a tiempo completo, y poseía una pequeña y moderna fábrica en los alrededores de San Fernando. Si los impuestos de la ONU hubieran sido razonables, ya sería rico. Reflexionando acerca de eso, George se preguntaba cuál sería la tasa impositiva en las tierras administradas por los blobels. En Ío, por ejemplo. Quizá debería echarle un vistazo. Una noche, en Veteranos, discutió el tema con Reinholt, el esposo de Nina, quien presuntamente ignoraba lo que había entre Nina y George. —Reinholt —dijo George con dificultad, mientras bebía su cerveza—. Tengo grandes planes. El socialismo sobreprotector de la ONU no va conmigo. Me está asfixiando. El Cinturón Mágico Munster es… —gesticuló—… más de lo que la civilización terrícola puede comprender. ¿Me entiendes? —Pero George —dijo Reinholt con frialdad—, tú eres terrícola. Si emigras a territorio blobel con tu fábrica, traicionarás a tu… —Escucha —dijo George—, tengo una auténtica hija blobel, dos hijos medio blobel, y una cuarta en camino. Tengo fuertes lazos emocionales con esa gente, en Titán e Ío. —Eres un traidor —dijo Reinholt, asestándole un puñetazo en la boca—. Y no sólo eso —continuó, pegándole en el estómago—, sino que estás liado con mi esposa. Te mataré. Para escapar, George revirtió a la forma blobel. Los golpes de Reinholt atravesaron inofensivamente la sustancia húmeda y gelatinosa. Luego, Reinholt también revirtió, y penetró en él con ferocidad, tratando de absorber y consumir el núcleo de George. Al igual que otras veces, otros veteranos los separaron antes de que pudieran causarse daños irreparables. George todavía temblaba, esa noche, mientras hablaba con Vivian en el salón de su apartamento de ocho habitaciones en el grande y flamante edificio ZGF-900. Era una situación delicada, y desde luego, Reinholt se lo contaría a Vivian. Sólo era cuestión de tiempo. El matrimonio, a juicio de George, había terminado. Quizá éste fuera el último momento que compartían. —Vivian —dijo con urgencia—, debes creerme. Te amo. Tú y los niños, además de la empresa de cinturones, sois toda mi vida. —Se le ocurrió una idea desesperada—. Marchémonos ahora, esta noche. Prepara a los niños y vete ya mismo a Titán. —No puedo —respondió Vivian—. Sé cómo me trataría mi gente, y cómo os trataría a ti y a los niños. George, vete tú. Traslada la fábrica a Ío. Yo me quedaré aquí. Las lágrimas humedecieron sus ojos oscuros. —Por Dios, ¿qué clase de vida sería ésa? Tú en la Tierra y yo en Ío…, no sería un matrimonio. ¿Y quién se queda con los niños? Posiblemente Vivian obtendría la custodia. Pero su empresa contaba con abogados de talento. Quizá pudiera usarlos para resolver sus problemas domésticos. A la mañana siguiente, Vivian se enteró de su relación con Nina y también contrató a un abogado. —Escucha —dijo George, hablando por teléfono con su principal abogado, Henry Ramarau—. Consígueme la custodia de la cuarta niña. Ella será terrícola. Y haré concesiones con los dos híbridos. Yo me quedaré con Maurice y ella puede quedarse con Kathy. Y, desde luego, también se quedará con esa masa viscosa, esa presunta hija. En lo que a mí respecta, es suya de todos modos. —Colgó bruscamente y se volvió hacia el comité de dirección de su compañía—. ¿Dónde estábamos? Ah, el análisis de las leyes fiscales de Ío. Durante las siguientes semanas, la idea de trasladarse a Ío le pareció cada vez más viable desde el punto de vista de los beneficios y las ventajas fiscales. —Compra terrenos en Ío —le ordenó George a su agente, Tom Hendricks—. Y cómpralos baratos. Queremos empezar bien. —A su secretaria, la señorita Nolan, le dijo—: No deje que nadie entre en mi oficina hasta nuevo aviso. Me temo que pronto sufriré un atentado. Por rechazo ante este traslado de la Tierra a Ío. Y también por problemas personales. —Sí, señor Munster —respondió la señorita Nolan, acompañando a Tom Hendricks fuera de la oficina—. Nadie lo molestará. Podía confiar en que ella no permitiría que nadie entrara mientras George revertía a su forma blobel, como le sucedía con frecuencia últimamente. La presión que sufría era inmensa. Cuando George recobró su forma humana, la señorita Nolan le informó que había llamado un tal doctor Jones. —Maldición —dijo George, acordándose de lo ocurrido seis años atrás—. Pensé que ya estaría en la pila de la chatarra. Llame al doctor Jones, y avíseme cuando lo tenga. Me tomaré un minuto para hablar con él. Era como en los viejos tiempos en San Francisco. Poco después, la señorita Nolan tenía al doctor Jones al teléfono. —Doctor —dijo George, recostándose en la silla giratoria y acariciando una orquídea que tenía sobre el escritorio—, me alegra oírle. —Señor Munster —dijo el analista homeostático—, veo que ahora tiene secretaria. —Sí, ahora soy un magnate de los negocios. Estoy en el negocio de los cinturones reductores. Es algo parecido al collar antipulgas que usan los gatos. ¿En qué puedo servirle? —Creo que tiene usted cuatro hijos. —En realidad tres, más una cuarta en camino. Escuche, doctor, esa cuarta hija es vital para mí. Según la ley de Mendel, es terrícola pura, y estoy haciendo todo lo que está en mi mano para obtener la custodia. Usted se acordará de Vivian, ¿no? Pues bien, ella regresó a Titán, con su gente, donde corresponde. Yo estoy pagando a algunos de los mejores médicos para que me estabilicen. Estoy harto de esta reversión constante, noche y día. No tengo tiempo para tonterías. —Por el tono, noto que usted es un hombre importante y atareado, señor Munster. Ha progresado desde que lo vi la última vez. —Vaya al grano —dijo George con impaciencia—. ¿Por qué ha llamado? —Pensé que, bueno…, que quizá pudiera reconciliarlo con Vivian. —Bah —resopló George—. ¿Esa mujer? Nunca. Escuche, doctor, tengo que colgar. Estamos acabando de perfilar una estrategia comercial, aquí en Munster Inc., y estoy muy ocupado. —Señor Munster —preguntó el doctor Jones—, ¿hay otra mujer? —Hay otra blobel, si a eso se refiere —dijo George, y colgó. «Dos blobels es mejor que ninguna», se dijo. Y regresó a sus ocupaciones. Apretó un botón del escritorio y la señorita Nolan asomó la cabeza en su oficina—. Señorita Nolan, póngame con Hank Ramarau, quiero averiguar… —El señor Ramarau espera en la otra línea. Es urgente. Pasando a la otra línea, George dijo: —Hola, Hank. ¿Qué hay de nuevo? —Acabo de descubrir que para poder dirigir tu fábrica de Ío debes ser ciudadano de Titán. —Eso es fácil de solucionar —dijo George. —Pero para ser ciudadano de Titán… —Ramarau titubeó—. Te lo diré del modo más fácil, George. Tienes que ser blobel. —Rayos, soy blobel. Al menos durante parte del tiempo. ¿Eso no basta? —No —dijo Ramarau—. También investigué ese aspecto, conociendo tu enfermedad, y tiene que ser el cien por cien del tiempo. Noche y día. —Mmm, esto es malo, pero lo arreglaremos de algún modo. Escucha, Hank, tengo una cita con Eddy Fulbright, mi coordinador médico. Te llamaré después, ¿de acuerdo? Colgó y se sentó, frunciendo el entrecejo y frotándose la barbilla. «Bien —decidió—, si las cosas son así, son así. Los hechos son hechos, y no podemos permitir que se interpongan en nuestro camino.» Descolgó el teléfono y llamó a su médico, Eddy Fulbright. La moneda platinada de veinte dólares rodó por la ranura y activó el circuito. El doctor Jones se conectó, miró hacia arriba y vio a una despampanante joven de pechos puntiagudos a quien reconoció —por medio de un rápido escrutinio de sus bancos de memoria— como la esposa de George Munster, Vivian Arrasmith. —Buenos días, Vivian —dijo cordialmente—. Tenía entendido que estaba usted en Titán. Se puso de pie, ofreciéndole una silla. —Doctor —gimió Vivian, enjugándose los grandes ojos oscuros—, todo se está derrumbando. Mi esposo tiene un romance con otra mujer…, sólo sé que se llama Nina, y los muchachos de la Asociación de Veteranos hablan de ello. Supongo que es terrícola. Ambos queremos el divorcio. Pero tendremos una espantosa batalla legal por los niños. —Se acomodó púdicamente el abrigo—. Además estoy esperando una cuarta criatura. —Lo sé —dijo el doctor Jones—. Esta vez terrícola pura, si la ley de Mendel no miente, aunque sólo se aplicaba a las camadas. —Estuve en Titán, hablando con expertos en derecho y medicina —sollozó la señora Munster—, con ginecólogos, y sobre todo con especialistas en orientación conyugal. El mes pasado recibí toda clase de consejos. Ahora acabo de regresar a la Tierra pero no encuentro a George; ha desaparecido. —Ojalá pudiera ayudarla, Vivian. Charlé con su esposo el otro día, pero sólo habló de generalidades; evidentemente, es un magnate tan importante que es difícil tener una conversación con él. —Y pensar que lo ha conseguido todo porque yo le di una idea, una idea blobel. —Ironías del destino. Ahora bien, si quiere conservar a su esposo, Vivian… —Estoy resuelta a conservarlo, doctor Jones. Con franqueza, me he sometido a terapia en Titán, la más novedosa y cara, y es porque amo mucho a George, aun más de lo que amo a mi propia gente o mi planeta. —¿A qué se refiere? —preguntó el doctor Jones. —Gracias a los más modernos adelantos médicos del sistema solar, me han estabilizado, doctor Jones. Ahora tengo forma humana veinticuatro horas al día en vez de dieciocho. He renunciado a mi forma natural con tal de conservar mi matrimonio con George. —El sacrificio supremo —dijo el doctor Jones, conmovido. —Ahora, si tan sólo pudiera encontrarlo, doctor… En la ceremonia de inauguración de Ío, George Munster se deslizó gradualmente hasta la pala, extendió un seudópodo, aferró la herramienta y excavó una cantidad simbólica de terreno. —Es un gran día —dijo con voz hueca y estentórea, mediante la imitación de aparato vocal que había modelado con la sustancia viscosa y plástica que constituía su cuerpo unicelular. —Así es, George —convino Hank Ramarau, que llevaba los documentos legales. El funcionario de Ío, que era una gran masa transparente, como George, se acercó a Ramarau y sostuvo los documentos. —Los entregaré a mi gobierno —declaró con voz tonante—. Estoy seguro de que están en orden, señor Ramarau. —Le garantizo —le dijo Ramarau al funcionario— que el señor Munster no revierte a la forma humana en ningún momento. Ha utilizado las técnicas más avanzadas de la ciencia médica para lograr esta estabilidad en la fase unicelular de su rotación. Munster no nos engañaría al respecto. «Este momento histórico —proclamó telepáticamente la gran mancha que era George Munster ante la multitud de blobels que asistían a la ceremonia—, significa un estándar de vida más alto para los ionianos. Traerá empleos y prosperidad a la zona, además del orgullo nacional de participar en la manufacturación de lo que ahora reconocemos como un invento nativo, el Cinturón Mágico Munster.» La multitud de blobels lanzó hurras telepáticos. «Esto es motivo de orgullo para mí», les transmitió George Munster, y comenzó a reptar hacia el coche, donde su chófer esperaba para llevarlo al hotel de Ciudad Ío. Un día se adueñaría del hotel. Estaba invirtiendo las ganancias de su negocio en bienes raíces locales. Era un gesto patriótico y rentable, como le habían dicho otros ionianos, otros blobels. «Al fin soy un hombre de éxito», dijo George Munster a todos los que estaban a distancia suficiente para recibir sus emisiones telepáticas. Entre hurras frenéticos, se deslizó rampa arriba y entró en su coche fabricado en Titán. FIN Autor: Philip K. Dick Título: ¡Oh, ser un blobel!  Título Original: Oh, to Be a Blobel! Publicado en: Galaxy Magazine, febrero de 1964 Traducción: Carlos Gardini

  • "¡Arrepiéntete, Arlequín! dijo el señor Tic-Tac", cuento de Harlan Ellison

    ¡Arrepiéntete, Arlequín! dijo el señor Tic-Tac Harlan Ellison Nunca falta quien pregunta: «¿De qué se trata?». Para los que siempre necesitan preguntar, para aquéllos a quienes siempre hay que decir las cosas con todas las letras, y que necesitan saber «dónde posan los pies», va esto: La mayoría de los hombres sirve al estado, no como hombres principalmente, sino como máquinas: con sus cuerpos. Son el ejército en pie, las milicias, los celadores, los policías, las fuerzas de la ley. En muchos casos, no hay ningún ejercicio libre del juicio, o del sentido moral; estos hombres se ponen al mismo nivel que la madera, la tierra y las piedras; acaso tal vez puedan fabricarse hombres de madera que sirvan a los mismos fines. No inspiran más respeto que un títere o que un trozo de tierra. Su valor es igual al de los perros o los caballos. Sin embargo, se les suele considerar buenos ciudadanos. Otros —en su mayoría legisladores, políticos, juristas, ministros y funcionarios— sirven al estado principalmente con su mente; y, dado que muy rara vez hacen distinciones morales, son tan proclives a servir al diablo, sin quererlo, como a Dios. Muy pocos, como los héroes, los patriotas, los mártires, los reformistas en el sentido más elevado, y los «hombres», sirven al estado también con sus conciencias, y así, necesariamente, se le oponen casi constantemente; por lo general, el estado suele tratarlos como a enemigos. HENRY DAVID THOREAU, Desobediencia civil Allí está la raíz de todo. Ahora comencemos por el medio, y luego sepamos el principio; el final se encargará de sí mismo. Pero debido a que el mundo era precisamente así, precisamente como dejaron que llegase a ser, durante meses sus actividades no atrajeron la atención de Los-que-mantienen-la-maquinaria-funcionando-normalmente, de los que engrasaban con el mejor lubricante los resortes y muelles de la cultura. Sólo cuando fue evidente que, de algún modo, vaya a saberse cómo, se había convertido en una celebridad, en una notoriedad, acaso en un héroe («sujeto a quien la Oficialidad inevitablemente persigue») para «un segmento emocionalmente perturbado de la población», sólo entonces fueron a ver al señor TicTac y a su maquinaria legal. Pero, por ser el mundo como era y porque no tenían forma de predecir que él llegaría a existir —posiblemente un rebrote de alguna enfermedad erradicada largo tiempo atrás que ahora volvía a surgir en un sistema donde la inmunidad había quedado en el olvido—, posiblemente por eso se le había dejado adquirir demasiada realidad. Ya tenía forma y sustancia. Había adquirido una personalidad, algo que habían erradicado del sistema muchas décadas atrás. Pero allí estaba, con su personalidad insoslayable y definida. En ciertos círculos —de la clase media— se lo consideraba una vulgar ostentación. Un anarquista de mal gusto. Una vergüenza. En otros, sólo había risillas: los estratos donde el pensamiento se reducía a la forma y el ritual, a lo apropiado y conveniente. Pero más abajo, ah, más abajo, donde la gente pedía santos y pecadores, pan y circo, héroes y villanos, se lo consideraba un Bolívar, un Napoleón, un Robin Hood, un Dick Bong ( As de Ases ), un Jesús, un Jomo Kenyatta. Y arriba —donde cada temblor y vibración amenaza con arrancar a los ricos, poderosos y nobles de sus mástiles—, se lo veía como a un peligro, como a un hereje, un rebelde o una desgracia. Se lo conocía en el fondo, en el centro, pero las reacciones importantes se producían mucho más arriba, y por debajo. En la cúspide y en el extremo inferior. De modo que buscaron la carpeta con su expediente, su tarjeta de tiempo y su cardioplaca, y llevaron todo al despacho del señor TicTac. El señor TicTac: muy por encima del metro ochenta, adusto, un hombre suave y satisfecho cuando las cosas sucedían a su tiempo. El señor TicTac. Aun en los cubículos de la jerarquía, donde el temor se generaba pero pocas veces se sufría, lo llamaban el señor TicTac. Pero nadie se lo decía ante la máscara. Uno no llama a un hombre con un mote aborrecido cuando, detrás de su máscara, ese hombre es capaz de revocar los minutos, las horas, los días y las noches, los años de su vida. En su presencia, había que llamarlo Maestro Custodio del Tiempo. Así era más seguro. —Aquí dice qué es —observó el señor TicTac con genuina suavidad—, pero no quién es. Esta tarjeta de tiempo que tengo en la mano izquierda contiene un nombre, pero es el nombre de lo que es, no de quién es. La cardioplaca que sostengo en la derecha también contiene un nombre, pero sólo de lo que es, no de quién es. Para poder efectuar la debida revocación, necesito saber quién es éste que es. Y dijo a sus funcionarios, a los fisgones, a los delatores, a los soplones, a los espías, a los mirones: —¿Quién es este Arlequín? Ya no hablaba con voz tan suave. Parecía el tictac de un reloj. Sin embargo, nunca le habían oído decir un discurso tan largo de un tirón. Ni los funcionarios, ni los fisgones, ni los delatores, ni los soplones, ni los espías. Los mirones no, porque casi nunca andaban por ahí y no sabían nada. Pero incluso ellos salieron disparados a averiguarlo. ¿Quién era el Arlequín? En lo alto, sobre el tercer nivel de la ciudad, se acurrucó sobre la plataforma vibrante, de marco de aluminio, de la aeronave (¡Bah! ¡Aeronave, las cosas que hay que oír! ¡Es un aeropatín que parece una coctelera! ¡Barato y mal acabado!), y observó el minucioso diseño Mondrian de los edificios. Cerca de allí, oyó el metronómico izquierda-derecha-izquierda del turno de las 14.47 que ingresaba en la planta de rulemanes Timkin, todos ataviados con zapatillas de suela de goma. Precisamente un minuto después, oyó el derecha-izquierda-derecha, algo más suave, del turno de las 5.00 que terminaba la jornada. Una sonrisa traviesa surcó sus rasgos bronceados y por un instante se le vieron los hoyuelos. Luego, mientras se rascaba la cabellera tupida y castaña, se encogió de hombros bajo el disfraz de bufón, como si se preparara para lo que vendría. Empujó el mando hacia delante y se inclinó hacia el viento cuando la aeronave perdió altura. Casi rozó una acera, y con toda deliberación lo hizo descender un metro para arrugar las borlas de las peripuestas damas, y tras meterse los pulgares en las inmensas orejas, asomó la lengua, miró hacia arriba y se burló de ellas sin ningún rubor. Se divirtió un poco. Una transeúnte perdió el equilibrio y cayó, lanzando paquetes a diestra y siniestra; otra se mojó la ropa, una tercera se desmayó y cayó de lado: la cinta peatonal se detuvo automáticamente cuando intervinieron los socorristas para resucitarla. Se divirtió otro poco. Luego giró sobre sí y se alejó montado en una ráfaga errante. ¡Hasta luego! Rodeó la cornisa del Edificio de Estudios sobre la Traslación del Tiempo, y vio que el turno de empleados partía para abordar la cinta peatonal. Con desplazamientos experimentados y absoluta conservación del movimiento, se introducían de lado en la banda lenta y (en una coreografía que recordaba una película de Busby Berkeley de la antediluviana década del 1930) avanzaban a través de las cintas con paso de avestruz hasta que quedaban alineados sobre la cinta expreso. Una vez más, expectante, dejó asomar la sonrisa de duende. En el lado izquierdo, al fondo, le faltaba una muela. Perdió altura, se abalanzó sobre ellos y barrió el aire sobre sus cabezas. Luego, apretujándose dentro de la aeronave, soltó las hebillas que aseguraban los extremos de los sacos de factura casera para que la carga no cayese antes de tiempo. A medida que las hebillas fueron abriéndose, mientras la aeronave pasaba sobre los obreros de la fábrica, ciento cincuenta mil dólares en pastillas de goma cayeron formando una cascada sobre la cinta expreso. ¡Pastillas de goma! Miles de millones de caramelos púrpura, amarillos, verdes, con sabor a uva, fresa y menta, redondas, suaves, azucaradas por fuera, tiernas y carnosas por dentro, dulces y sabrosas. Saltando, sacudiéndose, rebotando, tintineando, repiqueteando, cayeron sobre las cabezas, los hombros, los cascos y las corazas de los obreros de la planta Timkin, ensordecedoras, saltarinas y resbaladizas sobre las cintas peatonales y bajo los pies, colmando el cielo con todos los tonos de la felicidad, la infancia y las vacaciones, cayendo copiosamente como una lluvia impenetrable, como una catarata sólida, como un torrente de color y dulzura que derramaba el firmamento para irrumpir en un universo de cordura y orden metronómico con la novedad medio lunática de lo inverosímil. ¡Pastillas de goma! Los obreros del turno gritaron y rieron mientras los apedreaba el insólito granizo. Rompieron filas mientras las golosinas lograban abrirse paso por entre el mecanismo de las cintas. Se oyó un arañazo horripilante, como si millones de uñas rasparan un millón de pizarras. Después, algo que pareció una tos y un escupitajo. De pronto, las cintas se detuvieron y la gente salió disparada para aquí y para allá en un revuelo de piernas y brazos, mientras todo el mundo reía a mandíbula batiente y se arrojaba pastillitas de colorines a la boca. Era una fiesta, una dicha, una absoluta locura, un regalo. Pero… El turno se retrasó siete minutos. La gente regresó al hogar siete minutos más tarde. El programa maestro llevaba un desfase de siete minutos. Durante siete minutos, las estimaciones de producción se retrasaron por culpa de las cintas peatonales detenidas. Él empujó la primera ficha de dominó de la hilera y, una tras otra, fueron cayendo las demás, chic, chic, chic. El Sistema se alteró por valor de siete minutos. Era una cuestión ínfima, apenas digna de mención, pero en una sociedad en que la única fuerza motriz era el orden, la unidad, la igualdad, la rapidez, la precisión de reloj, la atención al reloj, la veneración a los dioses que regían el paso del tiempo, fue un desastre de consideración. Así pues, le ordenaron que se presentara ante el señor TicTac. La noticia fue transmitida por todos los canales de la red de comunicación. Se le ordenó que estuviese allí a las 7.00 en punto. Ellos esperaron y esperaron, pero él sólo se presentó a las diez y media, hora en que se limitó a cantar una tonada sobre la luna en un sitio del que nadie había oído hablar, llamado Vermont, y volvió a desaparecer. Pero lo habían estado esperando desde las siete, y eso causó auténticos estragos en su programa. De modo que la pregunta siguió sin respuesta: ¿Quién era el Arlequín? Pero lo que nadie preguntó (más importante aún que lo otro) fue: ¿cómo hemos llegado a esta situación, en que un bufón irresponsable y jocoso, de jerga y jerigonza, es capaz de perturbar toda nuestra vida económica y cultural con ciento cincuenta mil dólares de pastillas de goma…? ¡Pastillas de goma, por el amor de Dios! ¡Pero si es una locura! ¿Dónde habrá conseguido el dinero para comprar ciento cincuenta mil dólares en pastillas de goma? (Sabían que debía de haberle costado eso, pues un equipo de Analistas de Situación abandonaron cualquier otra tarea y corrieron a las cintas peatonales para recoger y contar los dulces, y para obtener evidencias, lo cual perturbó su propio programa y puso patas arriba toda su sección al menos durante una jornada de trabajo). ¡Pastillas de goma! ¿Pastillas de… goma? ¡Un segundo —segundo del que hubo que dar cuenta—! Hace cien años que no se fabrican pastillas de goma. ¿Dónde las habrá conseguido? Ésa es otra pregunta interesante. Aunque, con toda seguridad, la respuesta nunca os satisfará por completo. Pero, al fin y al cabo, ¿cuántas respuestas lo logran? Ya conocéis el medio. Aquí va el comienzo. Todo empezó así: Un dietario. Día por día, uno por página. 9.00: abrir la correspondencia. 9.45: cita con la comisión de planeamiento. 10.30: analizar con J.L. los diagramas de progreso en la instalación. 11.45: orar para que llueva. 12.00: almuerzo. Etcétera, etcétera. «Lo siento, señorita Grant, pero la hora para las entrevistas se fijó a las 14.30, y ya son casi las cinco. Lamento que se haya retrasado, pero así son las reglas. Tendrá que esperar hasta el próximo año para poder presentar la solicitud de ingreso en este colegio». Etcétera, etcétera. El tren local de las 10.10 tiene paradas en Cresthaven, Galesville, Tonawanda Junction, Selby y Farnhurst, pero no en Indiana City, Lucasville y Colton, salvo los domingos. El expreso de las 10.35 para en Galesville, Selby e Indiana City, salvo los domingos y feriados, días en los cuales para en… Etcétera, etcétera. «No pude esperarte, Fred. Tenía que estar en casa de Pierre Cartain a las 15.00, y tú dijiste que nos encontraríamos bajo el reloj de la terminal a las 14.45. Como no estabas allí, me fui. Siempre llegas tarde, Fred. Si hubieras estado a la hora convenida, habríamos podido arreglar el asunto juntos, pero como no llegaste a tiempo, pues… tuve que hacer el encargo sólo a mi nombre…». Etcétera, etcétera. «Queridos Sr. y Sra. Atterley: Con referencia a la constante impuntualidad de su hijo Gerold, nos vemos en la obligación de expulsarlo de la escuela a menos que pueda instaurarse algún método más riguroso para asegurar que llegue a sus clases a la hora debida. Dado que es un estudiante ejemplar y que sus notas son altas, su constante alteración de los programas y horarios nos impide mantenerlo en un sistema donde los demás niños parecen capaces de llegar a donde deben con puntualidad, y etcétera, etcétera». NO PODRÁ VOTAR SI NO SE PRESENTA A LAS 8.45. «¡No me importa que el guion sea bueno! ¡Lo necesito el jueves!». HORARIO DE SALIDA: 14.00. «Ha llegado usted tarde. El empleo está ya ocupado. Lo siento». SE HAN DESCONTADO DE SU SUELDO VEINTE MINUTOS DE TIEMPO PERDIDO. «¡Dios mío! ¡Qué tarde se ha hecho, tengo que salir pitando!». Etcétera. Etcétera. Etcétera. Etcétera cétera cétera tera tera tic tac tic tac tic tac hasta que llega el día en que el tiempo ya no está a nuestro servicio, sino que nosotros comenzamos a servir al tiempo, a ser esclavos de los horarios, pastores del paso del sol por el firmamento, sujetos a una vida tejida en torno de restricciones porque el sistema no funciona si no respetamos los programas como corresponde. Hasta que llegar tarde pasa a ser más que un pequeño inconveniente. Se convierte en un pecado. Luego, en un delito. Más tarde en un crimen que se castiga así: «EL 15 DE JULIO DE 2389 A LAS O.OO’OO, el Departamento del Maestro Custodio del Tiempo requerirá que todos los ciudadanos entreguen sus tarjetas de tiempo y cardioplacas para su procesamiento. Según el Estatuto 555-7-SGH-999, que reglamenta la revocación de tiempo per cápita, todas las cardioplacas se ajustarán a cada titular, y…». En realidad crearon un método para cercenar la extensión de vida de las personas. Si uno se retrasaba diez minutos, perdía diez minutos de vida. Una hora de retraso merecía idéntico lapso de revocación. Si alguien persistía en su impuntualidad, podía encontrarse con que, un domingo a la noche, llegaba una notificación del Maestro Custodio del Tiempo en la que se le informaba que su tiempo había concluido, y que sería «desactivado» el lunes a las doce del mediodía, y que tuviera a bien dejar en orden sus asuntos, caballero, dama o bisexual. Así se mantenía en funcionamiento el Sistema: mediante ese sencillo trámite científico (que se apoyaba en procesos tecnológicos celosamente guardados por el Departamento del Maestro Custodio del Tiempo). Con ello bastaba. Después de todo, era un procedimiento patriótico. Había que cumplir los horarios. ¡Después de todo, estábamos en guerra! Pero ¿acaso no se está siempre en guerra? —¡Qué desagradable! —exclamó el Arlequín cuando la Bella Alice le mostró la lámina de «Se Busca»—. Desagradable, y muy poco probable. Después de todo, no estamos en la época del Lejano Oeste. ¿Una pancarta de «Se Busca»? —No sé si te he dicho que hablas con demasiada inflexión —observó la Bella Alice. —Lo siento —respondió el Arlequín, humilde. —No tienes por qué lamentarte. Te pasas el día diciendo «Lo siento». Ay, Everett, cargas con una culpa tan impresionante… Es una verdadera pena… —Lo siento —repitió, y luego frunció los labios. Los hoyuelos asomaron fugazmente. No había querido decirlo—. Debo volver a salir. Tengo algo que hacer. La Bella Alice descargó el cuenco de café sobre el mostrador. —¡Por amor de Dios, Everett! ¿No puedes quedarte en casa una sola noche? ¿Siempre tienes que pasearte con ese espantoso traje de bufón, corriendo como un extraviado y ofuscando a la gente? —Tengo que… —Se detuvo y se acomodó el sombrero de payaso sobre la cabellera castaña con un tintineo de cascabeles. Se levantó, enjuagó el cuenco de café bajo el grifo rociador y lo puso un momento en el secador—. Tengo que irme. La mujer no respondió. El fax ronroneaba. Fue hasta él, extrajo una hoja, la leyó y se la arrojó a través del mostrador. —Se trata de ti. Como siempre. Eres ridículo. La leyó deprisa. Decía que el señor TicTac trataba de localizarlo. No dejó que la noticia lo preocupara. Saldría una vez más, para llegar tarde nuevamente. Al llegar a la puerta buscó alguna línea de salida y se volvió hacia atrás con petulancia. —¡Para que te enteres, tú también hablas con inflexión! La Bella Alice alzó los ojos hacia el techo. —Eres ridículo. El Arlequín partió y quiso cerrar de un portazo, pero la puerta se cerró por sus propios medios, suave y lentamente. Se oyó un débil toc-toc. La Bella Alice se levantó con un exasperado suspiro y abrió la puerta. No se había ido. —Regresaré a las diez y media, ¿está bien? Ella asomó su rostro desolado. —¿Por qué me dices estas cosas? ¿Por qué? Sabes que llegarás tarde. ¡Lo sabes mejor que yo! Siempre te retrasas; ¿qué necesidad tienes de decirme estas tonterías? —Cerró la puerta. Al otro lado, el Arlequín asintió. «Tiene razón. Siempre tiene razón. Llegaré tarde. Siempre llego tarde. ¿Qué necesidad tengo de decirle estas tonterías?». Se encogió de hombros y partió, para llegar tarde una vez más. Disparó los cohetes lanzahumos y dibujó en el firmamento: «Exactamente a las 8.00 acudiré a la 1.a Convención Anual de la Asociación Médica Internacional. Espero que podáis acompañarme». Las palabras ardieron en el cielo, y, desde luego, las autoridades se presentaron para esperarlo. Supusieron, naturalmente, que llegaría tarde. Llegó veinte minutos temprano, mientras sujetaban las redes que debían atraparlo. Les habló por un altavoz estruendoso que los sobresaltó y los sacó de quicio. Tanto, que sus propias redes pegajosas se cerraron sobre ellos y los dejaron pendiendo por encima del anfiteatro, entre pataleos y aullidos. El Arlequín empezó a reír y a reír, y se disculpó profusamente. Los médicos, reunidos en cónclave solemne, estallaron en carcajadas, y aceptaron las disculpas del Arlequín con exageradas inclinaciones de cabeza y reverencias. Todos se divirtieron a más no poder y pensaron que el Arlequín era un payaso de calzón y faralá. Todos, claro está, menos las autoridades, que habían sido enviadas por orden del señor TicTac, y que quedaron colgando como carga a la estiba sobre el suelo del anfiteatro, del modo más inapropiado. (En otra parte de la misma ciudad donde el Arlequín efectuaba sus «actividades», sucedía algo totalmente ajeno a lo que aquí nos concierne, pero que, sin embargo, ilustra el poder y la coerción del señor TicTac. Un hombre llamado Marshall Delahanty recibía su aviso de desactivación del departamento del señor TicTac. Su esposa tomó la nota de manos del empleado de traje gris que había ido a entregarla, con la tradicional «expresión de condolencia» estampada horrorosamente en el rostro. La mujer supo de qué se trataba aun antes de abrirla. Era una esquela que, en esos días, todos reconocían de inmediato. Contuvo el aliento y la sostuvo lejos de su cuerpo como si se tratara de un portaobjetos impregnado de botulismo; oró porque no fuese para ella. «Que sea para Marsh —pensó, con brutalidad y realismo—, o para alguno de los niños, pero no para mí, Dios santo, por favor, que no sea para mí». Entonces la abrió, y era para Marsh. La mujer sintió alivio y espanto al mismo tiempo. La bala había dado al soldado de atrás. —Marshall —gritó—. ¡Marshall! ¡Te desactivarán, Marshall! ¡Ay-Dios-mío, Marshall, qué haremos-Marshall-qué-haremos-Dios-mío…! Y esa noche, en su casa, sólo se oyó el ruido del papel hecho trizas, y el ruido del miedo, y por las chimeneas sólo subió el olor a desesperación: no había nada, absolutamente nada que pudieran hacer. Pero Marshall Delahanty trató de escapar. Y al día siguiente, bien temprano, cuando llegó el momento de la desactivación, estaba en lo más profundo del bosque canadiense, a trescientos veinte kilómetros de allí. El departamento del señor TicTac desactivó su cardioplaca, y Marshall Delahanty se hincó doblado en dos, mientras corría. El corazón se le detuvo y la sangre se secó durante el trayecto al cerebro. Se murió. Eso fue todo. Sobre el mapa que había en el departamento del Maestro Custodio del Tiempo, se extinguió una lucecita, mientras la notificación entraba en proceso para ser reproducida por facsímil. El nombre de Georgette Delahanty fue sumado a las listas de los beneficiarios con el socorro asistencial hasta que pudiera volver a casarse. Con esto termina la digresión, y todo lo que había que aclarar, pero no os riais, pues es lo que le sucedería al Arlequín si alguna vez el señor TicTac descubría su nombre verdadero. No tiene nada de gracioso). El nivel comercial de la ciudad brillaba, abigarrado con los colores que la gente usaba los jueves para ir de compras: mujeres con túnicas amarillo canario, y hombres con traje seudotirolés, de cuero y color jade, que les sentaban muy ajustados, salvo por los pantalones bombachos. Cuando el Arlequín apareció en la cúpula aún en construcción del nuevo  Centro de Compras Eficientes , con el altavoz sobre los labios sonrientes, todos lo señalaron, boquiabiertos. Pero él los amonestó: —¿Por qué dejáis que os manden como a esclavos? ¿Por qué dejáis que os hagan correr y apresurar como hormigas? ¡Tomaos vuestro tiempo! ¡Entreteneos por ahí un rato! ¡Disfrutad del sol, de la brisa, dejad que la vida os conduzca a vuestro propio ritmo! No seáis esclavos del tiempo, es una forma diabólica de morir: lentamente, poco a poco. ¡Fuera el señor TicTac! ¿Quién será ese lunático?, se preguntaron casi todos los clientes. ¿Quién será ese loc… ay, Dios, debo darme mucha prisa, o llegaré tarde… Los obreros que trabajaban en la cúpula del Centro Comercial recibieron un aviso del Maestro Custodio del Tiempo. En él se les decía que el peligroso criminal conocido como «Arlequín» se encontraba en lo alto de la torrecilla, y que debían prestar su ayuda con suma urgencia para capturarlo. Los obreros se negaron: perderían tiempo previsto para el programa de la construcción. Pero el señor TicTac se las arregló para mover los hilos gubernamentales precisos: se les ordenó que dejaran el trabajo y que atraparan a ese loco que había en la torre, a través de un altavoz. Así pues, unos doce hombres robustos comenzaron a trepar por los andamios, con las placas antigravedad, hacia el Arlequín. Después del desorden desastroso (durante el cual no hubo víctimas graves, gracias a la consideración del Arlequín por la seguridad personal), los obreros trataron de organizarse y apresarlo, pero fue demasiado tarde. Se había esfumado. Con todo, logró atraer a una multitud nada desdeñable, y el ciclo de compras previsto se demoró durante horas y horas. Así, las demandas de compras del sistema se vieron retrasadas y hubo que tomar medidas para acelerar el ciclo durante el resto de la jornada. Pero como el primer ciclo se retrasó y luego se adelantó, se vendieron demasiadas válvulas de flotador y no suficientes cojinetes, lo cual provocó un fallo en las estimaciones, lo cual, a su vez, hizo necesario enviar cajas y más cajas de Smash-O perecedero a tiendas que por lo general sólo necesitaban una cada tres o cuatro horas. Los envíos se trastocaron, en los transbordos se confundieron los destinos, y, por fin, hasta la industria de los aeropatines sufrió las consecuencias. —No volváis hasta que no lo hayáis capturado —dijo el señor TicTac con voz muy serena, muy sincera, extremadamente peligrosa. Usaron perros. Usaron sondas. Usaron entrecruzamientos de cardioplacas. Usaron señuelos. Usaron el soborno. Usaron la delación. Usaron la intimidación. Usaron tormentos. Usaron torturas. Usaron servicios de bribones y de policías. Usaron pesquisas. Usaron celadas. Usaron incentivos. Usaron huellas dactilares. Usaron el sistema Bertillon. Usaron astucias, culpas y traiciones. Usaron a Raoul Mitgong, pero no les sirvió de gran cosa. Usaron la ciencia aplicada. Usaron técnicas de criminología. Y, qué demonios, al final lo atraparon. Al fin de cuentas, su nombre era Everett C. Marm, y no era gran cosa: sólo un hombre sin sentido del tiempo. —¡Arrepiéntete, Arlequín! —dijo el señor TicTac. —¡Vete a la porra! —replicó el Arlequín, desdeñoso. —Tus retrasos suman un total de sesenta y tres años, cinco meses, tres semanas, dos días, doce horas, cuarenta y un minutos, cincuenta y nueve segundos punto cero tres seis uno uno uno microsegundos. Has empleado todo lo que tenías, y más aún. Voy a desactivarte. —Vete a asustar a otro. Prefiero morir antes que vivir en un mundo opaco con un hombre del saco como tú. —Es mi trabajo. —Te sale hasta por las orejas. Eres un tirano. No tienes derecho a mandar a las personas como si fueran esclavos y a matarlas cuando llegan tarde. —No puedes adaptarte. No encajas en el sistema. —Suéltame, y verás cómo te encajo el puño contra los dientes. —Eres un inconformista. —Eso antes no era ningún delito… —Pues ahora lo es. Vive en el mundo que te rodea. —Lo odio. Es un mundo atroz. —No todos comparten tu opinión. A casi todo el mundo le gusta el orden. —A mí, no. Y a casi toda la gente que conozco, tampoco. —No es cierto. ¿Cómo crees que te capturamos? —No me interesa saberlo. —Una chica llamada Bella Alice nos dijo dónde te encontrabas. —Mentira. —Es cierto. Tú la sacas de quicio. Quiere formar parte de la sociedad, quiere sentirse satisfecha. Voy a desactivarte. —Pues entonces hazlo, y déjate de discusiones. —No voy a desactivarte. —¡Eres un imbécil! —¡Arrepiéntete, Arlequín! —dijo el señor TicTac. —¡Vete a la porra! Lo enviaron a Coventry. Y en Coventry lo programaron. Fue como lo que le hacían a Winston Smith en  Mil novecientos ochenta y cuatro , que era un libro del que ellos nada sabían, sólo que las técnicas eran cosa muy antigua. Eso hicieron con Everett C. Marm. Así, un día, mucho tiempo después, el Arlequín apareció en la red de comunicación con aspecto de duende, hoyuelos y ojos brillantes. No parecía que le hubieran lavado el cerebro. Dijo que había estado equivocado, que era algo bueno —muy bueno— integrarse al sistema, ser puntual y no andar perdiendo tiempo por ahí. Todos lo miraron en las pantallas públicas que cubrían toda una manzana, de esquina a esquina, y se dijeron «ya ves, después de todo, no era ningún loco. Si así funciona el sistema, pues que siga haciéndolo. De nada sirve luchar contra la burocracia municipal, o, en este caso, contra el señor TicTac». De modo que Everett C. Marm fue destruido, lo cual fue una verdadera lástima, por lo que Thoreau dijo antes, pero nadie puede hacer una tortilla sin romper los huevos, y en toda revolución mueren unos cuantos que no lo merecen; así va la cosa; a veces sucede, y uno se conforma sólo con poder imponer un pequeño cambio. O, para decirlo más explícitamente: —Ejem, perdóneme, señor…, hum…, no sé cómo…, eh…, decírselo, pero ha llegado tres minutos tarde. El horario se nos ha…, digamos…, desequilibrado. Sonrió con aire avergonzado. —¡Ridículo! —murmuró el señor TicTac por detrás de la máscara—. Haga revisar su reloj. Y se marchó a su oficina, de lo más  mrmee, mrmee, mrmee… FIN Autor: Harlan Ellison Título: «¡Arrepiéntete, Arlequín!» dijo el señor Tic-Tac Título Original: «Repent, Harlequin!» Said the Ticktockman Publicado en: Galaxy Magazine (Diciembre de 1965) Traducción: Paula Tizzano – Márgara Averbach – María Cristina Pinto

  • "El río Estigia fluye corriente arriba", cuento de Dan Simmons

    El río Estigia fluye corriente arriba Dan Simmons Lo que amas de verdad, eso te queda; todo lo demás es escoria.Lo que amas de verdad nadie te lo podrá arrancar.Lo que amas de verdad, ésa es tu verdadera herencia. EZRA POUND Canto LXXXI Yo quería mucho a mi madre. Después de su funeral, una vez que se hubo enterrado su ataúd, la familia regresó a casa y esperó su regreso. En aquella época yo sólo tenía ocho años y recuerdo muy poco de la ceremonia que se hizo. Recuerdo que el cuello de la camisa del año anterior me apretaba mucho, y que la corbata, a la que no estaba acostumbrado, era como un lazo alrededor de mi cuello. Recuerdo que aquel día de junio me pareció demasiado hermoso para una reunión tan solemne. Recuerdo lo mucho que bebió el tío Will aquella mañana, y la botella de Jack Daniels que se sacó mientras regresábamos a casa, después del funeral. También recuerdo el rostro de mi padre. La tarde fue muy larga. Yo no tenía nada que hacer en la reunión familiar de aquel día, y los adultos me ignoraron. Me encontré deambulando de una habitación a otra, con un vaso caliente de Kool-Aid, hasta que finalmente me escapé hacia el patio trasero. Hasta aquel ambiente familiar de juego y retiro se vio arruinado por la visión de los rostros pálidos y abotargados que me miraban desde las ventanas de los vecinos. Estaban esperando. Esperaban echar un vistazo. Y yo sentí ganas de gritarles, de arrojarles piedras. Pero en lugar de eso, me senté en la rueda del viejo tractor que utilizábamos como caja de arena. Muy deliberadamente, vertí el contenido rojo de la Kool-Aid sobre la arena y observé cómo se extendía la mancha, socavando un pequeño agujero. Ahora mismo la están sepultando. Corrí hacia el columpio y, con una actitud enojada, empecé a golpear mis piernas contra el suelo. El columpio crujió a causa de la oxidación, y una de las patas de la estructura se levantó del suelo. No, eso ya lo han hecho, estúpido. Ahora la están cogiendo con garfios y colgándola de grandes máquinas. ¿Volverán a inyectarle la sangre? Pensé en botellas colgantes. Recordé las grandes garrapatas rojas que se colgaban del pelaje de nuestro perro en el verano. Encolerizado, me elevé alto, pateando en el suelo con fuerza aun cuando ya no podía ganar más altura. ¿Se le retorcerán primero los dedos? ¿O se abrirán sus ojos como los de un búho que acaba de despertarse? Alcancé el punto, más alto de mi arco y salté. Durante un instante me sentí ingrávido y permanecí suspendido sobre la tierra como Superman, como un espíritu flotando fuera de su cuerpo. Después, la gravedad me agarró, y caí pesadamente sobre mis manos y pies. Me había arañado las palmas de las manos, y manchado la rodilla derecha del verde de la hierba. Mamá se enfadaría. Ahora caminan a su alrededor. Quizá la estén vistiendo como a uno de esos maniquíes del escaparate del señor Feldman. Mi hermano Simon salió al patio trasero. Aunque sólo tenía dos años más que yo, aquella tarde Simon me pareció un adulto. Un adulto viejo. Su pelo rubio, cortado recientemente, como el mío, le colgaba en mechones sueltos sobre una frente pálida. Tenía una mirada de cansancio en los ojos. Simon no me gritaba casi nunca. Pero aquel día lo hizo. —Ven aquí. Ya casi es la hora. Le seguí a través del porche trasero. La mayoría de los parientes se habían marchado ya, pero pudimos escuchar al tío Will en la sala de estar. Estaba gritando. Sin poderlo evitar, nos detuvimos en el vestíbulo a escuchar. —Por el amor de Dios, Les, todavía estás a tiempo. No puedes hacer eso. —Ya está hecho. —Piensa en… Dios mío…, piensa en los niños. Escuchamos la pronunciación atropellada de las palabras, y supimos que el tío Will había bebido más. Simon se llevó un dedo a los labios. Hubo un silencio. —Les, piensa en la cuestión económica. ¿Qué…? ¿Cuánto? Es el veinticinco por ciento de todo lo que tienes. ¿Durante cuántos años, Les? Piensa en los niños. ¿Qué hará eso por…? —Ya está hecho, Will. Nunca habíamos oído hablar a mi padre con aquel tono de voz. No era el propio de una discusión…, como solía suceder cuando el tío Will se ponía a discutir de política por la noche. Tampoco era triste como cuando habló con Simon y conmigo poco después de que trajera por primera vez a mamá a casa, de regreso del hospital. Era un tono de voz definitivo. Hubo más palabras. Tío Will empezó a gritar. Hasta los silencios estaban llenos de rencor. Fuimos a la cocina para coger una Coca. Cuando regresamos al vestíbulo, tío Will casi tropezó con nosotros en su avidez por marcharse. La puerta se cerró de golpe tras él. Y nunca más volvió a nuestra casa. Trajeron a mamá a casa justo después de anochecido. Simon y yo estábamos mirando por el ventanal y casi podíamos sentir a los vecinos mirando. Sólo se habían quedado la tía Helen y unos pocos de nuestros parientes más cercanos. Sentí la sorpresa de papá cuando vio el coche. No sé qué podría haber estado esperando…, quizás una gran carroza negra como la que había llevado a mamá al cementerio aquella misma mañana. Llegaron en un Toyota amarillo. Había cuatro hombres en el coche, acompañando a mamá. En lugar de trajes oscuros, como el que llevaba papá, llevaban camisas de manga corta de color pastel. Uno de ellos se apeó del coche y le ofreció la mano a mamá. Quise echar a correr hacia la puerta y la acera para ir a su lado, pero Simon me agarró por la muñeca y permanecimos en el vestíbulo, mientras papá y los demás adultos abrían la puerta. Ellos subieron por la acera, iluminados por la luz de gas que había sobre el césped. Mamá estaba entre dos de aquellos hombres, pero en realidad no la ayudaban a caminar, sino que sólo la guiaban un poco. Llevaba puesto el vestido azul claro que se había comprado en la tienda de Scott poco antes de ponerse enferma. Yo había esperado que parecería pálida y débil…, como cuando la vi a través de la grieta de la puerta del dormitorio, antes de que llegaran los hombres de la funeraria para llevársela…, pero su rostro estaba encendido y parecía saludable, casi moreno. Cuando subieron los escalones de entrada, pude ver que se había puesto mucho maquillaje. Mamá nunca se había maquillado antes. Los dos hombres también tenían las mejillas sonrosadas Y los tres mostraban la misma sonrisa. Cuando entraron en la casa, creo que todos nosotros retrocedimos un paso…, excepto papá. Él le puso las manos en los hombros a mamá, la contempló durante largo rato y la besó en la mejilla. Creo que ella no le devolvió el beso. La sonrisa de ella no cambió. A papá le corrían las lágrimas por las mejillas. Yo me sentí desconcertado. Los resurreccionistas estaban diciendo algo. Papá y tía Helen asintieron. Mamá se limitaba a estar allí, de pie, sonriendo aún ligeramente, mirando amablemente al hombre de la camisa amarillenta, mientras éste hablaba, bromeaba y daba palmaditas en la espalda de papá. Después, nos llegó a nosotros el turno de saludar a mamá. Tía Helen hizo que Simon se adelantara, y yo seguía cogido de la mano de Simon. Él la besó en la mejilla y se apartó rápidamente, colocándose junto a papá. Yo le eché los brazos al cuello y la besé en los labios. La había echado tanto de menos. Su piel no estaba fría. Sólo era «diferente». Ella me miraba directamente a mí. «Baxter», nuestro pastor alemán empezó a llorar y arañar la puerta del fondo. Papá acompañó a los resurreccionistas al despacho. Pudimos escuchar retazos de su conversación desde el vestíbulo. —… si cree que es una caricia… —… ¿Cuánto tiempo estará ella…? —Comprenderá usted la necesidad del diezmo, debido a los gastos de los cuidados mensuales, y… Las mujeres que había en la casa permanecieron de pie, alrededor de mamá. Transcurrió un momento incómodo hasta que se dieron cuenta de que mamá no hablaba. Tía Helen extendió la mano y tocó la mejilla de su hermana. Mamá sonreía y sonreía. Entonces, papá regresó y habló con un tono de voz fuerte y conmovido. Explicó lo similar que era a una caricia suave… ¿Recordábamos al tío Richard? Mientras tanto, papá besó varias veces a todo el mundo y les dio las gracias. Los resurreccionistas se marcharon con sonrisas y papeles firmados. Los parientes que quedaban empezaron a marcharse poco después. Papá los vio alejarse por la acera, sonrientes y saludando con las manos. —Pensad en ello como si ella hubiera estado enferma y se hubiera recuperado —dijo papá—. Pensad en ella como si acabara de regresar a casa, procedente del hospital. Tía Helen fue la última en marcharse. Permaneció sentada junto a mamá durante largo rato, hablando con suavidad y buscando una respuesta en el rostro de mamá. Al cabo de un rato, tía Helen empezó a llorar. —Piensa en ello como si ella se hubiera recuperado de una enfermedad —dijo papá mientras acompañaba a la tía hasta su coche—. Piensa en ella como si acabara de regresar del hospital. Tía Helen asintió con un gesto, sin dejar de llorar, y se marchó. Creo que ella sabía lo que Simon y yo sabíamos. Mamá no acababa de regresar a casa procedente del hospital. Ella había regresado a casa procedente de la tumba. La noche fue larga. En varias ocasiones creí escuchar el suave arrastrar de las zapatillas de mamá sobre el suelo del pasillo, y contuve la respiración, esperando a que se abriera la puerta. Pero no se abrió. La luz de la luna me daba en las piernas, iluminando un trozo del papel pintado de la pared, cerca de la cómoda. El dibujo que configuraba sobre el suelo parecía el rostro de una gran bestia triste. Poco antes del amanecer, Simon se inclinó hacia mí desde su cama y me susurró: —Duérmete ya, estúpido. Y así lo hice yo. Durante la primera semana, papá durmió con mamá en el mismo dormitorio en el que siempre habían dormido juntos. Por la mañana tenía el rostro hundido y nos regañaba mientras comíamos nuestros cereales. Después, se marchó a su despacho y durmió en el viejo diván que había allí. El verano fue muy cálido. Nadie quiso jugar con nosotros, de modo que Simon y yo jugamos juntos. Papá sólo tenía clases en la universidad por la mañana. Mamá se movía por la casa y regaba mucho las plantas. En una ocasión, Simon y yo la vimos regar una planta que había muerto y sido arrancada mientras ella estuvo en el hospital, en abril. El agua desbordó la maceta y cayó al suelo. Pero mamá no se dio cuenta. Cuando mamá salía, siempre parecía sentirse atraída por la reserva forestal situada detrás de nuestra casa. Quizá fuera la oscuridad. Simon y yo solíamos disfrutar jugando en los linderos del bosque después del atardecer, cazando luciérnagas que introducíamos en un jarro o construyendo tiendas con unas mantas, pero después de que mamá empezara a pasear por allí, Simon se pasaba las noches en el interior de la casa o en el prado situado enfrente. Yo seguía yendo a la linde del bosque porque, a veces, mamá se perdía, y entonces yo la cogía por el brazo y la conducía de vuelta a casa. Mamá se ponía todo lo que papá le decía que se pusiera. A veces, él iba retrasado para acudir a sus clases y simplemente le decía: —Ponte el vestido rojo. Y mamá se pasaba todo un caluroso día de junio con el vestido rojo de gruesa lana, Pero no sudaba. A veces, él no le decía que bajara la escalera por la mañana, y en tal caso ella permanecía en su habitación hasta que papá regresaba a casa. Los días que ocurría eso, yo trataba de convencer a Simon para subir arriba y mirar; pero él me miraba fijamente y sacudía la cabeza. Papá bebía cada vez más, como solía hacer tío Will, y nos gritaba por cualquier cosa. Yo siempre lloraba cuando papá me gritaba, pero Simon ya no lloraba más. Mamá no parpadeaba nunca. Al principio no me di cuenta, pero un día empecé a sentirme incómodo cuando percibí que ella no parpadeaba nunca. Sin embargo, no la quise menos por ello. Ni Simon ni yo podíamos quedarnos dormidos por la noche. Mamá solía arroparnos y contarnos largas historias sobre un mago llamado Yandy que se llevaba a nuestro perro, «Baxter», para correr grandes aventuras cuando nosotros no jugábamos con él. Papá no nos contaba historias, pero solía leernos de un gran libro que él llamaba  Los cantos  de Pound. Yo no comprendía la mayor parte de lo que él leía, pero me hacían bien las palabras y me encantaban los sonidos de las palabras que él decía que eran griego. Ahora, sin embargo, nadie venía a vernos después de habernos bañado, antes de acostarnos. Durante unas pocas noches, yo traté de contarle historias a Simon, pero no eran buenas, y Simon me pidió que lo dejara. La fiesta del cuatro de julio, Tommy Wiedermeyer, que había estado en mi clase el año anterior, se ahogó en la piscina que acababan de instalar. Aquella noche, todos nos sentamos en el porche y contemplamos los fuegos artificiales por encima de los prados, a casi un kilómetro de distancia. Debido a la reserva forestal, sólo podíamos ver los cohetes más altos, claros y brillantes. Primero se veía la explosión de color, y unos cuatro o cinco segundos después nos llegaba el sonido de la explosión. Me volví para decirle algo a tía Helen y vi a mamá asomada a la ventana del segundo piso. Tenía el rostro muy pálido en contraste con la habitación a oscuras, y los colores parecían resbalar sobre ella como fluidos. No fue mucho después de aquel día cuando encontré la ardilla muerta. Simon y yo habíamos estado jugando a los indios y la caballería en la reserva forestal. Nos turnábamos para descubrir dónde se escondía el otro…, disparábamos y nos moríamos repetidas veces, arrojándonos sobre la hierba, hasta que llegaba el momento de comenzar otra vez. Pero en esta ocasión tenía dificultades para encontrarlo. Y en lugar de a él, descubrí un claro. Era un lugar oculto, rodeado de matas tan espesas como nuestro seto. Yo todavía avanzaba a cuatro patas, tratando de introducirme por debajo de las ramas, cuando vi la ardilla. Era grande y rojiza y ya hacía algún tiempo que estaba muerta. Tenía la cabeza echada hacia atrás, casi arrancada del cuerpo. La sangre se le había secado cerca de una oreja. Mostraba la pata izquierda cerrada, pero la otra estaba abierta sobre una ramita, como si hubiera estado agarrada allí. Algo le había arrancado un ojo, pero el otro miraba fijamente hacia el dosel que formaban las ramas. Tenía la boca ligeramente abierta, mostrando unos dientes sorprendentemente grandes, que amarilleaban en sus raíces. Mientras la observaba, una hormiga le salió por la boca, le cruzó el hocico oscurecido y se pasó por el ojo abierto. «Esto es lo que es la muerte», pensé. Los matojos vibraron bajo una brisa que no logré sentir. Me asusté por estar allí y me marché, avanzando directamente hacia delante, a cuatro patas, a través de espesos ramajes que parecieron agarrarme la camisa. En el otoño regresé a la escuela Longfellow, pero pronto me cambiaron a una escuela privada. En aquellos tiempos aún se discriminaba a las familias resurreccionistas. Los chicos se burlaban de nosotros, o nos decían motes, y nadie quería jugar con nosotros. En la nueva escuela sucedió lo mismo, sólo que no nos decían motes. Nuestro dormitorio no tenía interruptor de pared, sino una antigua luz de perilla con una cuerda. Para encender la luz, yo tenía que cruzar media habitación hasta que encontraba la cuerda. Una noche en que Simon se quedó haciendo sus deberes hasta muy tarde, subí la escalera yo solo. Estaba haciendo oscilar el brazo por delante de mí para encontrar la cuerda, cuando mi mano tropezó con el rostro de mamá. Tenía los dientes fríos y lisos. Aparté la mano y permanecí allí durante un minuto, en la oscuridad, antes de encontrar el cordón y encender la luz. —Hola, mamá —dije. Me senté en el borde de la cama y la miré. Ella contemplaba fijamente la cama vacía de Simon. Extendí la mano y le cogí la suya, diciéndole—: Te echo de menos. También le dije otras cosas, pero las palabras se entremezclaron y sonaron estúpidas, de modo que me quedé allí sentado, sosteniéndole la mano, en espera de que me devolviera la presión con la suya. Se me cansó el brazo, pero yo seguí sentado allí, sosteniendo sus dedos entre los míos, hasta que subió Simon. Se detuvo en el umbral y nos miró fijamente a ambos. Yo bajé la mirada y le solté la mano. Ella se marchó pocos minutos después. Papá hizo dormir a «Baxter» justo antes del Día de Acción de Gracias. No era un perro viejo, pero actuaba como tal. Siempre estaba gruñendo y ladrando, incluso a nosotros, y ya no quería entrar dentro de la casa. Después de que se escapara por tercera vez, los de la perrera nos llamaron por teléfono. Después de escucharles, papá les dijo: —Pónganlo a dormir. Y colgó el teléfono. Más tarde nos enviaron una factura. A las clases de papá acudían cada vez menos estudiantes, y finalmente se tomó unas largas vacaciones sabáticas para escribir su libro sobre Ezra Pound. Permaneció en casa durante todo aquel año, pero no escribió mucho. A veces se pasaba la mañana en la biblioteca de la ciudad, pero regresaba a casa a la una y se ponía a ver la televisión. Empezaba a beber antes de la cena y permanecía delante del televisor hasta muy tarde. A veces, Simon y yo nos quedábamos con él, pero no nos gustaban la mayoría de los programas. Fue por entonces cuando Simon empezó a soñar. Me lo dijo una mañana que íbamos a la escuela. Me dijo que el sueño era siempre el mismo. Cuando se quedaba dormido, soñaba que aún estaba despierto, leyendo un libro de historietas. Después, empezaba a dejar el libro sobre la mesita de noche, y éste se caía al suelo. Cuando se agachaba para recogerlo, el brazo de mamá surgía de debajo de la cama y le agarraba por la muñeca con su mano blanca. Simon decía que le agarraba muy fuerte y que, de algún modo, él sabía que ella quería que se metiera debajo de la cama, con ella. Entonces él se aferraba a las mantas todo lo fuerte que podía, sabiendo que pocos segundos después las ropas de la cama se deslizarían hasta el suelo, y él se caería de la cama. Me dijo que, finalmente, el sueño de la noche anterior había sido un poco diferente. En esta ocasión, mamá había asomado la cabeza desde debajo de la cama. Simon dijo que fue como cuando el mecánico de un garaje asoma la cabeza por debajo de un coche. Me dijo que ella le dirigía una mueca, no una verdadera sonrisa, sino una mueca muy grande. Simon añadió que sus dientes se habían afilado hasta convertirse en puntiagudos. —¿Has tenido alguna vez sueños como ése? —me preguntó. Sabía que sentía habérmelo contado. —No —contesté. Yo quería a mamá. Aquel mes de abril, los hermanos mellizos de los Farley, que vivían en la manzana contigua a la nuestra, quedaron accidentalmente atrapados en un frigorífico abandonado y se ahogaron. La señora Hargill, que venía a limpiar nuestra casa, los encontró en la parte de atrás de su garaje. Thomas Farley había sido el único chico que seguía invitando a Simon a jugar en su patio. Ahora, a Simon sólo le quedaba yo. Fue poco antes del Día del Trabajo y del comienzo de las clases en la escuela cuando Simon hizo planes para escaparnos de casa. Yo no deseaba escaparme, pero quería mucho a Simon. Él era mi hermano. —¿Y adónde vamos a ir? —Tenemos que salir de aquí —me dijo. Lo que no era una respuesta a mi pregunta. Pero Simon había preparado un hatillo con ropas y hasta había cogido un plano de la ciudad. Dibujó en él el camino que íbamos a seguir, atravesando la reserva forestal, por Sherman River y el viaducto de Laurel Street, dirigiéndonos hacia la casa de tío Will, sin cruzar ninguna calle principal. —Podemos acampar fuera —dijo Simon, y me mostró una cuerda para tender la ropa que había cogido—. Tío Will nos dejará ser granjeros. Y a la primavera que viene, cuando se vaya a su rancho, podremos ir con él. Nos marchamos poco antes del anochecer. La hora elegida no me gustaba, pero Simon dijo que papá no se daría cuenta de que nos habíamos marchado hasta bien entrada la mañana siguiente, cuando se despertara. Yo llevaba una pequeña bolsa atada a la espalda y llena de comida que Simon había cogido de la nevera. Él había enrollado algo en una manta y se la había atado a la espalda con el trozo de cuerda para tender la ropa. Estuvimos bien afuera hasta que nos metimos profundamente en la reserva forestal. La corriente de agua producía un sonido gorgoteante, como el surgido de la habitación de mamá la noche que murió. Las raíces y ramas eran tan espesas que Simon tuvo que mantener la linterna encendida todo el tiempo. Y eso hacía que todo pareciera aún más oscuro. No tardamos en detenernos y Simon ató la cuerda entre dos árboles. Yo eché la manta por encima, y los dos nos pusimos a cuatro patas para buscar piedras con que sujetar las puntas. Comimos nuestros bocadillos en la oscuridad, mientras el riachuelo producía extraños sonidos de engullimiento en la noche. Hablamos durante unos pocos minutos, pero nuestras voces parecían muy débiles, y un rato después nos quedamos dormidos sobre el suelo frío, arrebujados en nuestras chaquetas, y con las cabezas sobre la bolsa de nailon, rodeados por todos los sonidos nocturnos del bosque. Me desperté en plena noche. Me quedé muy quieto. Los dos nos habíamos encogido bajo las chaquetas, y Simon estaba roncando. Las hojas de los árboles habían dejado de moverse, los insectos habían desaparecido, y hasta la corriente del riachuelo había dejado de hacer ruido. Las aberturas de la improvisada tienda configuraban dos brillantes triángulos en el campo de oscuridad. Me incorporé, con el corazón desbocado. No pude ver nada cuando acerqué la cabeza a la abertura. Pero sabía exactamente lo que había allí fuera. Me puse la cabeza bajo la chaqueta y me aparté del lado de la tienda. Esperé que algo me tocara a través de la manta. Al principio, pensé que mamá nos había seguido, que mamá atravesaba el bosque persiguiéndonos con las pequeñas y puntiagudas ramitas golpeándole los ojos. Pero no era mamá. Hacía frío alrededor de nuestra pequeña tienda. Y estaba todo tan oscuro como el ojo de la ardilla muerta, y algo quería entrar. Y, por primera vez en mi vida, comprendí que la oscuridad no termina con la luz de la mañana. Los dientes me castañeteaban. Me arrebujé contra Simon y le robé un poco de su calor. Sentí su respiración, suave y lenta, contra mi mejilla. Al cabo de un rato, le sacudí, despertándole, y le dije que regresaríamos a casa cuando saliera el sol, que no iba a acompañarle. Él empezó a discutir, pero entonces percibió algo en mi tono de voz, algo que no comprendió; se limitó a sacudir la cabeza y se volvió a dormir. A la mañana siguiente, la manta estaba húmeda por el rocío, y los dos teníamos la piel fría y húmeda. Recogimos las cosas, dejamos las piedras donde estaban y regresamos a casa. No nos hablamos durante el trayecto. Papá estaba durmiendo cuando llegamos. Simon dejó nuestras cosas en el dormitorio y después salió a la luz del sol. Yo me fui al sótano. Estaba muy oscuro allí abajo, pero me senté en la escalera de madera sin encender la luz. Desde los rincones en sombras no llegaba ningún sonido, pero yo sabía que mamá estaba allí. —Nos hemos escapado, pero hemos vuelto —dije al fin—. Yo tuve la idea de volvernos. A través de las tablillas del ventanuco vi la hierba verde. Una regadera automática se puso en marcha con un suspiro. En alguna parte del vecindario, unos chicos gritaban. Pero yo sólo presté atención a las sombras. —Simon quería seguir —dije—, pero yo hice que regresáramos. Ha sido idea mía volver a casa. Permanecí allí sentado unos minutos más, pero no se me ocurrió nada más que decir. Finalmente, me levanté, me sacudí el polvo y subí la escalera para echarme una siesta. Una semana después del Día del Trabajo, papá insistió en que fuéramos a la playa para pasar el fin de semana. Nos marchamos el viernes por la tarde, y nos dirigimos directamente a Ocean City. Mamá permanecía sentada, sola, en el asiento de atrás. Papá y tía Helen ocupaban los asientos de delante, y Simon y yo nos apretábamos en el fondo de la furgoneta. Pero Simon se negó a contar vacas conmigo, a hablarme o a jugar con los aviones de juguete que yo me había traído. Nos alojamos en un hotel antiguo, justo frente al paseo marítimo. Los otros resurreccionistas del grupo de papá le habían recomendado el lugar, pero todo olía a viejo, a podrido y a ratas en las paredes. Los pasillos eran de un verde desvaído, las puertas de verde más oscuro y sólo funcionaba una bombilla de cada tres. Los rellanos de los pisos estaban en penumbras, y uno tenía que hacer cola para subir en el ascensor. El sábado, todos excepto Simon permanecimos en el interior del hotel, sentados frente al ventilador y viendo la televisión. Ahora había por allí más de los del grupo de resurreccionistas, y uno podía escucharlos arrastrando los pies, a través de las paredes. Tras la puesta del sol salieron para ir a la playa y nosotros les acompañamos. Yo traté de que mamá estuviera cómoda. Le extendí la toalla de baño y la volví para que estuviera frente al mar. Había salido ya la luna y soplaba una brisa fría. Le puse a mamá el suéter sobre los hombros. Detrás de nosotros, las luces de la calle iluminaban el paseo de tablas junto al mar y la montaña rusa retumbaba y gruñía. Yo no me habría marchado si la voz de papá no me hubiera irritado tanto. Hablaba demasiado fuerte, se reía por cualquier cosa y tomaba largos tragos de una botella que llevaba en una bolsa. Tía Helen habló poco, y se limitó a observar a papá con una expresión triste, tratando de sonreír cuando él se reía. Mamá permaneció sentada tranquilamente, de modo que me disculpé y me dirigí hacia la montaña rusa en busca de Simon. Me sentía solo sin él. El lugar estaba vacío de familias y chicos, pero la montaña rusa aún funcionaba. A cada pocos minutos se escuchaba un rugido y los gritos de los pocos que habían montado en ella cuando las vagonetas se lanzaban en picado. Comí un perrito caliente y miré a mi alrededor, pero no pude encontrar a Simon por ninguna parte. Mientras caminaba de regreso hacia la playa, vi a papá inclinado sobre tía Helen dándole un beso en la mejilla. Mamá paseaba por alguna parte, y rápidamente me ofrecí para ir a buscarla, tratando de contener las lágrimas de rabia en mis ojos. Pasé ante el lugar donde dos jóvenes se habían ahogado el fin de semana anterior. Había por allí algunos de los resurreccionistas. Estaban sentados cerca del agua, en compañía de sus familias; pero no había señales de mamá. Estaba pensando ya en regresar cuando creí observar cierto movimiento bajo el paseo de madera. Estaba increíblemente oscuro allí abajo. Unas estrechas líneas de luz que seguían los extraños modelos de los postes de madera y los maderos cruzados, penetraban por entre las grietas de las tablas de arriba. Los pasos y el arrastrar de pies sobre las tablas sonaban como puños golpeando contra la tapa de un ataúd. Entonces me detuve. Percibí una imagen repentina de docenas de ellos allí, entre la oscuridad. Docenas, mamá entre ellos, cruzados por diminutos dibujos de luz, de modo que se podía ver una mano, o una camisa, o un ojo que miraba fijamente en la oscuridad. Pero no estaban allí. Mamá no estaba allí. Allí había otra cosa. No sé lo que me hizo mirar hacia arriba. Quizá fueron los pasos. Un pequeño vaivén, algo que permanecía colgado entre las sombras. Pude ver dónde había subido él los maderos cruzados, sorteando un obstáculo aquí, elevándose allí hacia un madero mayor. No habría sido duro. Habíamos subido de aquella forma miles de veces. Le miré fijamente a los ojos, pero fue la cuerda para tender la ropa lo que reconocí primero. Papá dejó de dar clases tras la muerte de Simon. Ya nunca regresó a su trabajo después del año sabático, y sus notas para el libro sobre Pound permanecieron apiladas en el sótano, junto con los periódicos del año anterior. Los resurreccionistas le ayudaron a encontrar un trabajo como guardián en un cercano centro comercial, y no solía regresar a casa antes de las dos de la madrugada. Después de Navidad me llevaron a una escuela situada a dos estados de distancia. Para entonces, los resurreccionistas habían inaugurado el instituto, y más y más familias se iban convirtiendo a sus ideas. Más tarde, pude ir a la universidad hasta terminar una carrera. A pesar del pacto, raras veces regresé a casa durante aquellos años, y, durante mis breves visitas, papá siempre estaba borracho. Una vez me emborraché con él y nos sentamos en la cocina y lloramos juntos. Había perdido casi todo el pelo, a excepción de unas pocas hebras en los lados, y sus ojos aparecían hundidos en un rostro arrugado. El alcohol le había dejado innumerables vasos sanguíneos rotos en las mejillas, y parecía como si se hubiera maquillado mucho más que mamá. La señora Hargill me llamó tres días antes de mi graduación. Papá había llenado el baño con agua caliente y después se había cortado la vena con una cuchilla, pero no a través, sino vena arriba. Sin duda alguna había leído a Plutarco. Transcurrieron dos días antes de que la señora Hargill lo encontrara, y cuando llegué a casa a la noche siguiente, la bañera aún mostraba círculos coagulados y endurecidos. Después del funeral, revisé todos sus viejos papeles y encontré un diario que había estado escribiendo desde hacía varios años. Lo quemé todo junto con el montón de notas para el libro que nunca terminó. Nuestra política con el instituto fue premiada a pesar de las circunstancias, y eso me ayudó a pasar los años siguientes. Mi carrera es algo más que un trabajo para mí… Creo en lo que hago y soy bueno haciéndolo. Fue idea mía aprovechar algunas de las escuelas vacías para nuestros nuevos centros de barrio. La semana pasada me vi envuelto en un embotellamiento de tráfico y cuando poco a poco me acerqué al accidente que lo había causado, vi una pequeña figura cubierta por una manta, y cristales rotos por todas partes. También observé que una multitud de  ellos  se había reunido en el terraplén. En estos tiempos también hay muchos de ellos. Yo tenía acciones en un condominio situado en una de las últimas secciones iluminadas de la ciudad, pero cuando se puso en venta nuestra vieja casa, aproveché la oportunidad y la compré. He conservado buena parte de los muebles antiguos, y sustituido algunos, de modo que ahora se parece mucho a como solía ser antes. Mantener una casa antigua como ésa es caro, pero yo no me gasto mi dinero tontamente. Después del trabajo, muchos de los que trabajan conmigo en el instituto se van a los bares, pero yo no. Después de haber guardado mi equipo y limpiado las mesas del quirófano, regreso directamente a casa. Mi familia está allí, esperándome. FIN Autor: Dan Simmons Título: El río Estigia fluye corriente arriba Título Original: The River Styx Runs Upstream Publicado en: Rod Serling’s The Twilight Zone Magazine, April 1982 Traducción: César Terrón – Eduardo Goligorsky – Jordi Fibla Feito – Joseph M. Apfelbäume

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