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- "El hombre del traje negro", cuento de Stephen King
El hombre del traje negro Stephen King Soy un hombre muy anciano y esto es algo que me sucedió cuando era muy joven, cuando solo tenía nueve años. Corría el año 1914, el verano después de que mi hermano Dan muriera en el campo oeste y tres años antes de que Estados Unidos interviniera en la Primera Guerra Mundial. Nunca he contado a nadie lo que pasó aquel día en la bifurcación del río, y nunca lo haré… al menos no de palabra. Sin embargo, he decidido escribirlo en este libro, que dejaré sobre la mesilla de noche junto a mi cama. No puedo escribir durante un largo rato, porque las manos me tiemblan mucho y apenas me quedan fuerzas, pero no creo que me lleve demasiado tiempo. Puede que alguien encuentre algún día lo que he escrito. Me parece probable, porque es muy humano abrir un libro titulado Diario después de la muerte de su dueño. Por ello considero probable que mis palabras lleguen a leerse. Otra cosa es si alguien les dará crédito. Casi seguro que no, pero da igual. No me interesa la credibilidad, sino la libertad, y he descubierto que escribir puede proporcionarla. Durante veinte años fui autor de una columna titulada «Hace mucho, en un lugar lejano» para el Call de Castle Rock y sé que en ocasiones funciona así. Lo que escribes a veces te abandona para siempre, como una fotografía vieja expuesta al sol hasta que queda totalmente blanca. Rezo por alcanzar ese nivel de liberación. Un hombre de noventa años debería haber superado hace mucho los terrores de la infancia, pero a medida que me asolan los achaques como olas que lamen con cada vez mayor insistencia un castillo de arena construido sin mimo, ese rostro terrible se me aparece con claridad creciente. Reluce como una estrella oscura en las constelaciones de mi infancia. Puedo olvidar lo que hice ayer, a quién he visto en mi habitación del geriátrico, lo que he dicho o lo que me han dicho… pero el rostro del hombre del traje negro se torna cada vez más claro, más cercano, y recuerdo cada palabra que me dijo. No quiero pensar en él, pero no puedo evitarlo, y a veces, por la noche, mi viejo corazón late con tal fuerza e intensidad que tengo la sensación de que me saltará del pecho. Por ello desenrosco el capuchón de mi estilográfica y obligo a mi mano temblorosa a escribir esta absurda anécdota en el diario que una de mis bisnietas, cuyo nombre no recuerdo, al menos ahora mismo, aunque sé que empieza por «S», me regaló la pasada Navidad, y en el que nada he escrito hasta ahora. Pero ahora sí. Ahora voy a escribir la historia de cómo conocí al hombre del traje negro en la orilla del río Castle una tarde del verano de 1914. La población de Motton era un mundo distinto en aquellos tiempos, más distinto de lo que podría llegar a describir. Era un mundo sin aviones rugiendo en el cielo, un mundo casi libre de coches y camiones, un mundo en el que el aire todavía no estaba dividido en carriles y porciones por los cables de la electricidad. No había una sola calle asfaltada en todo el pueblo, y el barrio comercial no consistía más que en el ultramarinos de Corson, la ferretería de Thut, la iglesia metodista, la escuela, el ayuntamiento y el restaurante de Harry, a ochocientos metros de allí, que mi madre, con infinito desdén, llamaba «la licorería». Pero la diferencia principal estribaba en el modo en que vivía la gente, el aislamiento en que vivían. No sé si las personas nacidas en la segunda mitad del siglo XX pueden creérselo, aunque tal vez afirmen que se lo creen para mostrarse corteses con los ancianos como yo. En el oeste de Maine no existían los teléfonos, para empezar. Faltaban cinco años para que se instalara el primero, y cuando pusieron uno en mi casa, yo ya tenía diecinueve años e iba a la Universidad de Maine, en Orono. Sin embargo, todo eso no es más que la punta del iceberg. El médico más cercano vivía en Casco, y el pueblo constaba apenas de una docena de casas. No había barrios (a decir verdad, ni siquiera sé si conocíamos esa palabra, aunque sí existía un término, «vecindad», que hacía referencia a las funciones organizadas en la iglesia y a los bailes), y los campos sin cultivar eran la excepción y no la regla. Fuera del casco urbano, las casas eran granjas muy separadas unas de otras, y desde diciembre hasta mediados de marzo permanecíamos arrebujados en los pequeños bolsillos de calor que denominábamos familias. Nos arrebujábamos, escuchábamos el silbido del viento en la chimenea y esperábamos que nadie cayera enfermo, se rompiera una pierna o perdiera el juicio, como el granjero de Castle Rock que había descuartizado a su mujer y a sus hijos tres inviernos antes, alegando después en el juicio que los fantasmas lo habían obligado a hacerlo. En aquellos días previos a la Gran Guerra, casi todo Motton era bosque y ciénaga, grandes espacios oscuros cubiertos de musgo e infestados de mosquitos, serpientes y secretos. En aquellos tiempos había fantasmas por todas partes. El episodio al que me refiero tuvo lugar un sábado. Mi padre siempre me daba una lista de tareas, incluyendo algunas que habrían correspondido a Dan de no haber muerto. Era mi único hermano y había muerto como consecuencia de la picadura de una abeja. Había transcurrido un año desde la tragedia, pero mi madre seguía sin querer aceptarlo. Decía que tenía que haber sido otra cosa, que nadie moría a consecuencia de la picadura de una abeja. Cuando Mama Sweet, la dama más anciana del Comité de Damas Metodistas, intentó contarle en invierno, durante la cena de la iglesia, que su tío predilecto había corrido la misma suerte en 1873, mi madre se tapó los oídos, se levantó y salió del sótano de la iglesia para no volver, sin que mi padre pudiera hacer nada para convencerla. Afirmaba que ya no quería saber nada de la iglesia y que si tenía que volver a ver a Helen Robichaud (el verdadero nombre de Mama Sweet), le arrancaría los ojos sin poder contenerse. Ese día en particular, papá quería que partiera leña para el fogón, arrancara las malas hierbas de las alubias y los pepinos, bajara heno del pajar, sacara dos jarras de agua para ponerlas al fresco y rascara toda la pintura vieja que pudiera del mamparo del sótano. Cuando acabara podía ir a pescar si no me importaba ir solo, ya que él tenía que ir a ver a Bill Eversham para hablar de unas vacas. Contesté que no me importaba ir solo, y papá sonrió como si no le sorprendiera mi respuesta. La semana anterior me había regalado una caña de bambú, no porque fuera mi cumpleaños ni nada, sino porque a veces le gustaba regalarme cosas, y me moría de ganas de probarla en el río Castle, que era con mucho el río más cargado de truchas que había visto en mi vida. —Pero no te metas demasiado en el bosque —me advirtió—. No vayas más allá de la bifurcación. —No, señor. —Prométemelo. —Sí, señor, lo prometo. —Y ahora prométeselo a tu madre. Estábamos de pie junto a la puerta trasera. Yo me dirigía a la fuente con las jarras de agua cuando mi padre me detuvo. En ese momento me hizo volver hacia mi madre, que estaba de pie ante el mostrador de mármol, bañada en la intensa luz matutina que entraba por el ventanal situado sobre el fregadero. Un rizo le descendía por un lado de la frente hasta rozarle la ceja (¿Ven con qué precisión lo recuerdo todo?). La brillante luz convertía el tirabuzón en filamentos de oro que me daban ganas de correr hacia ella y abrazarla. En ese instante la vi como mujer, como mi padre debía de verla. Llevaba una bata de casa con estampado de rositas, lo recuerdo, y estaba amasando el pan. Candy Bill, nuestro pequeño terrier escocés negro, esperaba muy atento a sus pies a que le cayera algún mendrugo. Mi madre me miraba. —Lo prometo —repetí. Esbozó una sonrisa, pero era la sonrisa preocupada que siempre esbozaba desde el día en que mi padre trajo a Dan en brazos desde el campo oeste. Mi padre llegó sollozante y con el pecho desnudo. Se había quitado la camisa para cubrir el rostro de Dan, que se había hinchado y puesto lívido. «¡Mi niño! —gritaba—. ¡Mira lo que le ha pasado a mi niño, por el amor de Dios!» Lo recuerdo como si fuera ayer. Fue la única vez que oí a mi padre tomar el nombre del Señor en vano. —¿Qué prometes, Gary? —me preguntó mi madre. —Prometo ir no más lejos de la bifurcación, señora. —No ir más lejos —me corrigió. —No ir más lejos —repetí obediente. Me dirigió una mirada paciente, sin añadir nada más mientras sus manos seguían trabajando la masa, que había adquirido un aspecto liso y sedoso. —Prometo no ir más lejos de la bifurcación, señora. —Gracias, Gary —dijo—. E intenta recordar que la gramática hay que aplicarla siempre, no solo en la escuela. —Sí, señora. Candy Bill me siguió mientras hacía mis tareas, se sentó entre mis pies cuando comí y me observó con la misma atención que le había dedicado a mi madre mientras amasaba el pan. Pero cuando cogí la caña de bambú nueva y la nasa vieja y astillada para ir a pescar, el perro se detuvo junto a un rollo viejo de tela metálica y me siguió con la mirada. Lo llamé, pero no acudió. Se limitó a soltar un par de ladridos, como si me dijera que volviera, pero nada más. —Pues quédate —dije, procurando aparentar que no me importaba. Pero sí me importaba, al menos un poco; Candy Bill siempre me acompañaba a pescar. Mi madre se acercó a la puerta y me miró con la mano izquierda sobre los ojos a modo de visera. Aún la veo en aquella postura, y es como ver una fotografía de alguien que más tarde fue desgraciado o murió de forma repentina. —¡Recuerda lo que te ha dicho tu padre, Gary! —Sí, señora. Me saludó con la mano. Le devolví el saludo, le di la espalda y me alejé. El sol abrasador me azotó la nuca durante los primeros cuatrocientos metros, pero entonces llegué al bosque, donde la sombra protegía el sendero, donde el aire era fresco y olía a abeto, donde se oía el viento silbar entre los frondosos árboles. Caminaba con la caña al hombro como hacían los chavales por aquel entonces, sosteniendo la nasa en la otra mano como si de una maleta de viajante se tratara. Tras adentrarme unos tres kilómetros en el bosque a lo largo de un camino que no era más que dos surcos separados por una mediana de hierba, empecé a oír el murmullo apresurado y ansioso del río Castle. Pensé en las truchas de brillante lomo moteado y vientre blanco como la nieve, y el corazón me dio un salto de alegría. El río fluía bajo un puentecito de madera, y las orillas que descendían hasta el agua eran escarpadas y estaban cubiertas de maleza. Me abrí paso con cuidado, aferrándome a cuantos puntos de agarre encontraba y pisando con firmeza. Tuve la sensación de que abandonaba el verano para retroceder hasta mediados de primavera. Cuando llegué al agua, permanecí inmóvil unos instantes, aspirando el aroma musgoso y contemplando el revoloteo de las libélulas y el patinaje de las moscas de agua. Corriente abajo vi que una trucha saltaba para atrapar una mariposa, un hermoso ejemplar de unos treinta y cinco centímetros, y recordé que no había ido allí para admirar el paisaje. Caminé a lo largo de la orilla, siguiendo la corriente, y arrojé el anzuelo por primera vez cuando aún veía el puente río arriba. Algo tiró de la caña un par de veces y se comió parte de mi cebo, pero era demasiado astuto para mis jovencísimas manos, o tal vez no estaba lo bastante hambriento para bajar la guardia, de modo que seguí adelante. Me paré en dos o tres lugares antes de llegar a la bifurcación del río Castle. Una de las ramas fluía hacia el sudoeste, en dirección a Castle Rock, y la otra hacia el sudeste, en dirección a Kashwakamak. En una de ellas pesqué la trucha más grande de mi vida, una belleza de casi medio metro de longitud según la regla que siempre llevaba en la nasa. Era un ejemplar descomunal de trucha de arroyo, incluso para la época. Si hubiera aceptado aquella trucha como recompensa suficiente por un día de pesca y regresado a casa enseguida, ahora no estaría escribiendo este relato (que por cierto será más largo de lo que esperaba, ya lo veo ahora), pero no lo hice, sino que me ocupé de la trucha tal como mi padre me había enseñado. La limpié, la coloqué sobre hierba seca en el fondo de la nasa, la cubrí con hierba húmeda y seguí adelante. A mis nueve años, no consideraba que pescar una trucha de medio metro fuera nada del otro jueves, si bien recuerdo haberme asombrado de que el sedal no se rompiera cuando, sin red ni arte, lo saqué del agua y lo blandí hacia mí en un vacilante arco. Al cabo de diez minutos llegué al lugar donde el río se dividía en aquellos tiempos (un sitio desaparecido hace mucho, pues ahora una urbanización de casas adosadas ocupa el lugar donde antaño fluía el Castle, además de una escuela primaria, y si queda algún río, fluye bajo tierra) en torno a una inmensa roca gris del tamaño de nuestra letrina. Ahí había un agradable espacio plano cubierto de hierba esponjosa y con vistas a lo que mi padre y yo llamábamos la Rama Sur. Me puse en cuclillas, arrojé el anzuelo y casi de inmediato pesqué una hermosa trucha arco iris. No era tan grande como la otra, porque media treinta y pocos centímetros, pero aun así era un bonito ejemplar. La tuve limpia antes de que las agallas dejaran de aletear, la guardé en la nasa y volví a tirar el anzuelo. Esta vez no picó ningún pez al momento, de modo que me tumbé de espaldas para contemplar la tira de cielo azul que se veía a lo largo del curso del río. Las nubes lo surcaban de oeste a este, e intenté identificar formas conocidas en ellas. Vi un unicornio, un gallo y luego un perro que se parecía un poco a Candy Bill. Estaba buscando la siguiente forma cuando me quedé adormilado. O quizá me dormí del todo, no lo sé a ciencia cierta. Lo único que sé es que un tirón del sedal tan fuerte que a punto estuvo de arrancarme la caña de las manos fue lo que me despertó aquella tarde. Me puse en pie, agarré la caña con fuerza y de pronto me di cuenta de que tenía algo posado en la punta de la nariz. Me puse bizco y comprobé que se trataba de una abeja. El corazón me dio un vuelco, y por un terrible instante estuve convencido de que me haría pis encima. Otro tirón, esta vez más fuerte, pero si bien seguí aferrando la caña para que no cayera al río y fuera arrastrada por la corriente (creo que incluso tuve la presencia de ánimo suficiente para sujetar el sedal con el dedo medio), no intenté sacar el pez, pues estaba demasiado absorto en el rollizo bicho negro y amarillo que había tomado mi nariz por un área de servicio. Muy despacio adelanté el labio inferior y soplé. La abeja se agitó un poco pero no levantó el vuelo. Soplé de nuevo, y otra vez se agitó… pero esta vez con cierta impaciencia, y no osé volver a soplar por temor a que perdiera los estribos y me picara. Estaba demasiado cerca de mí para que pudiera ver lo que hacía, pero no costaba imaginársela metiéndome el aguijón por las narices e inyectándome su veneno fosa arriba hasta los ojos. Y el cerebro. De repente se me ocurrió la espeluznante idea de que era la misma abeja que había matado a mi hermano. Sabía que no era cierto, y no solo porque, con toda probabilidad, las abejas no vivían más de un año (a excepción quizá de las reinas, sobre las que ya no estaba tan seguro), sino también porque las abejas morían al picar, y eso lo sabía hasta yo a pesar de tener solo nueve años. Sus aguijones eran dentados, y cuando intentaban levantar el vuelo después del ataque, se desmembraban. Aun así, no lograba desterrar la idea de mi mente. Aquella era una abeja especial, una abeja diabólica que había vuelto para acabar con el segundo hijo de Albion y Loretta. Y otra cosa: me habían picado abejas varias veces en mi vida, y si bien las picaduras se habían hinchado tal vez más de lo normal, aunque no puedo afirmarlo con seguridad, nunca había muerto como consecuencia de ellas. Ese era el destino de mi hermano, una trampa mortal que le fue tendida ya antes de nacer, una trampa a la que yo había escapado por algún motivo. Pero mientras bizqueaba hasta que me dolieron los ojos en un intento de ver a la abeja, la lógica no formaba parte de mi pensamiento. Solo existía la abeja, nada más, la abeja que había matado a mi hermano de un modo tan espantoso que mi padre se había bajado los tirantes del peto para poderse quitar la camisa y cubrir el rostro tumefacto y deforme de Dan. Lo había hecho a pesar de la inmensidad de su dolor, para que su esposa no viera lo que le había sucedido a su primogénito. Y ahora la abeja había regresado para matarme a mí también. Me mataría, moriría entre convulsiones a orillas del río, agitándome como se agitan las truchas cuando les sacas el anzuelo de la boca. Mientras estaba allí, sentado al borde del pánico, a punto de levantarme de un salto y salir corriendo a cualquier parte, oí un estallido a mi espalda. Fue tan potente y penetrante como un disparo, pero sabía que no se trataba de un disparo, sino de alguien dando una palmada. Una sola palmada. En el mismo instante, la abeja cayó de mi nariz y aterrizó en mi regazo. Quedó tendida sobre mis pantalones con las patas tiesas hacia arriba y el aguijón, negro e inofensivo, sobre el marrón gastado y desvaído de la pana. Estaba muerta, lo vi de inmediato. En aquel momento sentí otro tirón del sedal, el más fuerte, y a punto estuve de perder otra vez la caña. La agarré con ambas manos y tiré de ella con brusquedad, de un modo que habría hecho que mi padre se tirase de los pelos. Una trucha arco iris más grande que la que ya había pescado surgió del agua en un tembloroso destello, salpicando finas gotas de agua con los filamentos de la cola; parecía uno de esos peces idealizados que ponían en las revistas de aventura para hombres en los años cuarenta y cincuenta. Sin embargo, en ese momento, lo que menos ocupaba mis pensamientos era pescar una pieza grande, y cuando el sedal se rompió y el pez cayó de nuevo al agua, apenas si me di cuenta. Me volví para ver quién había dado la palmada. Un hombre estaba de pie a mi espalda, en el margen del bosque. Su rostro era muy largo y pálido, llevaba el cabello aplastado contra el cráneo y dividido con exquisita pulcritud en el lado izquierdo de su estrecha cabeza. Era muy alto, iba vestido con un traje negro de tres piezas, y supe al instante que no era un ser humano, porque sus ojos eran del color naranja de las llamas del fogón, y no me refiero a los iris, porque no tenía iris, ni pupilas ni globos oculares. Sus ojos eran totalmente anaranjados, de un naranja que iba cambiando de matiz y parpadeaba. Y realmente he llegado demasiado lejos para no decir toda la verdad, ¿no les parece? Ese hombre ardía por dentro, y sus ojos eran como las ventanillas de cristal que a veces tienen las puertas de los fogones. Mi vejiga cedió, y el marrón gastado sobre el que yacía la abeja muerta se tiñó de un matiz más oscuro. Apenas me di cuenta de que me orinaba encima; no lograba apartar la mirada del hombre parado en lo alto de la cuesta, el hombre que había surgido de entre cuarenta kilómetros de bosques sin senderos ataviado con un elegante traje negro y estrechos zapatos de cuero reluciente. Veía la cadena de su reloj atravesada sobre el chaleco, reluciendo bajo el sol. No tenía ni una pizca de pinaza adherida a la ropa y me observaba con una sonrisa. —¡Vaya, pero si es un joven pescador! —exclamó con voz suave y afable—. ¡Mira por dónde! ¿Nos conocemos, pescador? —Hola, señor —saludé. La voz que brotó de mis labios no temblaba, pero tampoco sonaba como mi voz, sino como la voz de una persona mayor, tal vez como la de Dan o incluso la de mi padre. Lo único que alcanzaba a pensar era que quizá me soltaría si fingía no ver lo que era. Si fingía no ver que tenía llamas en lugar de ojos. —Me parece que te he ahorrado una picadura muy desagradable —comentó. Y entonces, para mi horror, bajó por la orilla hasta donde yo estaba sentado con una abeja muerta sobre el regazo mojado y una caña de bambú entre las manos entumecidas. Sus zapatos urbanos de suela lisa deberían haber resbalado sobre la hierba baja que cubría la pendiente escarpada, pero no fue así, ni tampoco dejaban huellas, por lo que pude comprobar. En los lugares que sus pies tocaban… o parecían tocar… no quedaba una sola ramita rota, ninguna hoja aplastada, ninguna huella de zapato. Aun antes de que llegara a mi lado, identifiqué el olor que despedía su piel bajo el traje, el olor a cerillas quemadas. Olor a azufre. El hombre del traje negro sin duda era el Diablo. Había surgido del frondoso bosque que mediaba entre Motton y Kashwakamak y ahora estaba junto a mí. Por el rabillo del ojo vi una mano tan pálida como las manos de los maniquíes en los escaparates, y de dedos larguísimos. Se puso en cuclillas a mi lado, y sus rodillas crujieron como las de cualquier hombre normal, pero cuando movió las manos para dejarlas colgando entre ellas, vi que los dedos no acababan en uñas, sino en largas garras amarillas. —No has contestado a mi pregunta, pescador —insistió en el mismo tono suave. Se parecía, ahora que lo pienso, a la voz de esos locutores radiofónicos de los programas musicales de años venideros, esos que te vendían Geritol, Serutan, Ovaltine y pastillas del doctor Grabow. —¿Nos conocemos? —No me haga daño, por favor —susurré en voz tan baja que apenas la oía yo mismo. Estaba más asustado de lo que puedo llegar a explicar aquí, más asustado de lo que quiero recordar… pero lo recuerdo. En ningún momento se me ocurrió esperar que fuera un sueño, aunque supongo que se me habría ocurrido de haber sido mayor. Pero no era mayor; solo tenía nueve años y comprendí la verdad en cuanto se puso en cuclillas junto a mí. Sabía distinguir la velocidad del tocino, como decía mi padre. El hombre que surgió del bosque aquel sábado por la tarde era el Diablo, y en el interior de las cuencas vacías de sus ojos, su cerebro ardía. —Oh, oh, me ha parecido oler algo —comentó como si no me hubiera oído, aunque yo sabía que sí me había oído—. Algo… mojado. Se inclinó hacia mí con la nariz por delante, como quien se adelanta para oler una flor. De pronto me fijé en algo espantoso. A medida que la sombra de su cabeza flotaba sobre la orilla, la hierba que tocaba se marchitaba y moría. Bajó la cabeza hacia mis pantalones y husmeó con los ojos ardientes entornados, como si aspirara una fragancia sublime y pretendiera concentrarse por entero en ella. —¡Horror! —exclamó—. ¡Horror de los horrores! «¡Ópalos, zafiros y amatistas! ¡Gary va dejando pistas!» —recitó acto seguido, y se tumbó de espaldas sobre la plataforma riéndose como un lunático. Consideré la posibilidad de salir huyendo, pero mis piernas parecían totalmente ajenas a mi cerebro. Pese a todo, no lloraba. Me había hecho pis encima como un bebé, pero no lloraba. Estaba demasiado asustado para llorar. De repente supe que iba a morir, probablemente de un modo doloroso, pero lo peor era que eso no iba a ser lo peor. Lo peor tal vez empezara después de mi muerte. Me levanté con brusquedad, mareado por el hedor a cerilla quemada que despedía su traje. Aquel rostro estrecho y blanco puntuado por dos ojos ardientes me observaba solemne, pero también con cierto humor. Parecía reírse en su fuero interno. —Malas noticias, pescador —anunció—. Traigo malas noticias. No podía más que mirarlo, su traje negro, los elegantes zapatos negros, los dedos largos y pálidos rematados por garras. —Tu madre ha muerto. —¡No! —grité. La evoqué amasando el pan, con el rizo colgándole sobre la frente hasta rozar la ceja, de pie bajo la intensa luz de la mañana, y el terror volvió a adueñarse de mí… pero no por mí esta vez. Entonces recordé su aspecto antes de salir a pescar, de pie en la puerta de la cocina con la mano protegiéndole los ojos, como una fotografía de alguien a quien esperas volver a ver pero a quien no ves más. —¡Miente! —insistí. Esbozó una sonrisa, la clase de sonrisa triste y paciente de un hombre que ha recibido frecuentes acusaciones falsas. —Me temo que no —aseguró—. Le ha pasado lo mismo que a tu hermano, Gary. Una abeja. —No es cierto —persistí, y entonces sí rompí a llorar—. Es vieja, tiene treinta y cinco años, y si una picadura de abeja podía matarla como a Dan, habría muerto hace mucho antes, ¡y usted es un embustero de mierda! Había llamado al Diablo embustero de mierda. En cierto modo era consciente de ello, pero la parte superficial de mi mente estaba bloqueada por la enormidad de lo que acababa de decirme. ¿Que mi madre había muerto? Era como si me hubiera dicho que había un nuevo mar donde antes estaban las Rocosas. Sin embargo, lo creí. En cierto sentido lo creí por completo, como siempre creemos, en cierto modo, lo peor que nuestro corazón es capaz de imaginar. —Comprendo tu dolor, pequeño pescador, pero ese argumento hace aguas, si me permites que te lo diga —repuso en un tono burlonamente consolador que era horrible, enloquecedor, carente de lamento y de pena—. Uno puede pasarse la vida entera sin ver un sinsonte, pero eso no significa que no existan. Tu madre… Una trucha saltó en el agua. El hombre del traje negro frunció el entrecejo y la señaló con el dedo. La trucha se retorció en el aire hasta el extremo de que pareció a punto de romperse por la cola, y cuando cayó de nuevo en el río Castle, se alejó flotando sin vida. Chocó contra la gran roca negra donde se dividían las aguas, dio dos vueltas en el remolino que allí se formaba y siguió flotando en dirección a Castle Rock. Entretanto, el sobrecogedor desconocido volvió de nuevo sus ojos ardientes hacia mí y me miró con una sonrisa caníbal en la boca de dientes diminutos y afilados. —A tu madre nunca le había picado una abeja —explicó—. Pero de repente, hace menos de una hora, entró una volando por la ventana de la cocina mientras ella sacaba el pan del horno y lo dejaba sobre el mármol para que se enfriara… —No pienso seguir escuchándolo, no pienso seguir escuchándolo. ¡Ni hablar! Levanté las manos y me tapé los oídos. El hombre frunció los labios como si se dispusiera a silbar y sopló un poco de aire en mi rostro. No fue más que un leve aliento, pero hedía de un modo insoportable, a alcantarillas obstruidas, letrinas jamás limpiadas, pollos muertos después de una inundación… Dejé caer las manos. —Bien —dijo—. Necesitas escuchar esto, Gary; necesitas escuchar esto, pequeño pescador. Fue tu madre la que transmitió esa debilidad fatal a tu hermano Dan; tú tienes un poco, pero también tienes la protección de tu padre, que por alguna razón, el pobre Dan no heredó. Volvió a fruncir los labios, pero esta vez para emitir un chasquido cruelmente cómico con la lengua en lugar de para echarme su fétido aliento. —Así que, si bien no me gusta hablar mal de los muertos, me parece un caso de justicia poética, ¿no estás de acuerdo? Al fin y al cabo, ella mató a tu hermano Dan, igual que si le hubiera pegado un tiro en la sien. —No —susurré—. No es cierto. —Te aseguro que sí. La abeja entró volando por la ventana y se le posó en la nuca. Ella le dio un manotazo sin darse cuenta de lo que hacía… Tú fuiste más listo, ¿eh, Gary? Y la abeja le picó. Enseguida notó cómo se le hinchaba la garganta. Eso es lo que les pasa a las personas alérgicas al veneno de abeja. Se les hincha la garganta y se asfixian. Por eso Dan tenía la cara tan hinchada y lívida. Por eso tu padre se la cubrió con la camisa. Me lo quedé mirando con fijeza, incapaz de articular palabra mientras las lágrimas me rodaban por las mejillas. No quería creerle, y sabía por las clases de la escuela parroquial que el demonio es el padre del embuste, pero le creía. Estaba convencido de que había estado en nuestro patio, mirando por la ventana de la cocina cuando mi madre cayó de rodillas, aferrándose el cuello tumefacto mientras Candy Bill daba saltos a su alrededor, emitiendo sus estridentes ladridos. —Y los ruiditos espantosos que hacía… —prosiguió el hombre del traje negro en tono reflexivo—. Se arañaba la cara, los ojos se le salían de las órbitas, lloraba… —Se detuvo un instante antes de continuar—: Lloraba mientras moría, ¿no te parece precioso? Y lo mejor de todo es que cuando ya estaba muerta… cuando llevaba en el suelo unos quince minutos, en medio de un silencio absoluto, puntuado tan solo por el tictac del fogón, con el aguijón de la abeja aún clavado en la nuca, pequeño, tan pequeño, ¿sabes lo que ha hecho Candy Bill? Ese granujilla le ha lamido las lágrimas, primero las de un ojo y luego las del otro. El hombre del traje negro contempló unos instantes el río con expresión triste y pensativa. Cuando se volvió de nuevo hacia mí, la mirada compungida se había esfumado como un sueño, y en su rostro se pintaba una expresión entre impasible y ávida, como el cadáver de un hombre que murió hambriento. Sus ojos seguían ardiendo, y entre sus labios pálidos se adivinaban los dientecillos afilados. —Me muero de hambre —comentó de repente—. Te voy a matar, te abriré en canal y me comeré tus entrañas, pequeño pescador. ¿Qué te parece? «No —intenté decir—, no, por favor», pero de mis labios no brotó sonido alguno. Comprendí que hablaba en serio, muy en serio. —Es que tengo tanta hambre… —exclamó entre quejumbroso y burlón—. Además, te aseguro que no te conviene seguir viviendo sin tu madre, porque tu padre es de los que necesitará un agujero calentito donde meterla, y si tú eres el único que tiene a mano, pues a por ti irá. Te ahorraré tan desagradable y violenta experiencia. Y por si fuera poco, irás al Cielo, no lo olvides. Las almas asesinadas siempre van al Cielo. Así que ambos serviremos a Dios esta tarde, Gary. Qué bien, ¿verdad? Alargó hacia mí aquella mano de dedos largos y pálidos, y sin ser consciente de ello, abrí la nasa, hundí la mano hasta el fondo y saqué la enorme trucha que había pescado, aquella con la que debería haberme dado por satisfecho. Se la alargué sin ver lo que hacía, con los dedos dentro del corte rojo que había practicado para destripar el pez, al igual que el hombre del traje negro había amenazado con destriparme a mí. El ojo vidrioso del animal me miraba soñador, y el anillo dorado que rodeaba el centro negro me recordó la alianza de mi madre. Y en ese momento la vi tendida en su ataúd, con el sol arrancando destellos al anillo, y supe que era cierto, que le había picado una abeja, que se había asfixiado en la cocina cálida y envuelta en la dulce fragancia del pan, que Candy Bill le había lamido las lágrimas agonizantes de las mejillas hinchadas. —¡Pez grande! —rugió el hombre del traje negro con voz gutural y codiciosa—. ¡Oh, peeeez graaaaande! Me arrebató la trucha y se la metió en una boca que se abría más de lo que podía abrirse cualquier boca humana. Muchos años más tarde, cuando tenía sesenta y cinco años (sé que tenía sesenta y cinco porque fue el verano en que me jubilé como profesor), fui al acuario de Nueva Inglaterra y por fin vi un tiburón. La boca abierta del hombre del traje negro era como la de ese tiburón, solo que el gaznate era de color naranja brillante, del mismo color que sus horripilantes ojos, y sentí en el rostro el calor que emanaba, como se siente una ola de calor repentina delante de la chimenea cuando prende un tronco muy seco. Y no eran imaginaciones mías, lo sé, porque justo antes de que se deslizara la cabeza de mi trucha de medio metro entre las mandíbulas abiertas de par en par, vi que las escamas de los costados del pez se levantaban y rizaban como virutas de papel flotando sobre una incineradora abierta. Se embutió el animal en la boca como un tragasables de feria. No masticó, y los ojos ardientes casi se le salieron de las órbitas, como si realizara un gran esfuerzo. El pescado fue entrando y entrando, la garganta del hombre se hinchó cuando la pieza descendió por el gaznate, y de sus ojos brotaron lágrimas… de sangre escarlata y espesa. Creo que fue la visión de aquellas lágrimas sangrientas lo que me devolvió el movimiento. No sé por qué, pero creo que así fue. Me levanté de un salto como impulsado por un resorte, me di la vuelta con la caña de bambú aún en la mano y hui orilla arriba, inclinado hacia delante y batiendo la áspera maleza con la mano libre en un intento de alcanzar la cima lo antes posible. El hombre del traje negro emitió una especie de rugido ahogado, típico de una persona que tiene la boca demasiado llena; yo miré por encima del hombro al llegar arriba. Me estaba siguiendo, con los faldones de la chaqueta revoloteando a su alrededor y la cadena dorada del reloj centelleando al sol. La cola del pez aún le sobresalía de la boca, y me llegaba el olor a pescado asado en el horno que era su garganta. Corría con las manos alargadas hacia mí, intentando aferrarme con las garras, pero yo seguí corriendo a lo largo del río. Al cabo de unos cien metros recobré la voz y empecé a gritar… de miedo, por supuesto, pero también de dolor por mi hermosa madre muerta. El hombre del traje negro me pisaba los talones. Oía el chasquido de las ramas quebradas y el roce de los arbustos, pero no volví a mirar atrás. Agaché la cabeza, entorné los ojos para protegerme de los arbustos y las ramas bajas de los árboles que flanqueaban la orilla, y corrí como alma que lleva el diablo. A cada paso esperaba sentir sus manos sobre los hombros, dispuestas a estrecharme en un último abrazo ardiente. Pero no sucedió. Un rato después, seguramente no más de cinco o diez minutos, aunque se me antojó una eternidad, vi el puente entre el follaje y las agujas de los abetos. Aún gritando, pero ya sin resuello, como un hervidor que se ha quedado sin agua, alcancé aquella segunda orilla más empinada y subí por ella. A medio camino de la cima resbalé, caí de rodillas, me volví y vi que el hombre del traje negro me pisaba los talones con el rostro contraído en una mueca de furia y avidez. Tenía las mejillas salpicadas de lágrimas sangrientas, y la boca de tiburón abierta como una puerta. —¡Pescador! —rugió al tiempo que subía tras de mí e intentaba aferrarme el pie con una de sus largas manos. Me zafé de él y le arrojé la caña de pescar. La hizo a un lado sin esfuerzo, pero el gesto le enredó los pies y lo hizo caer de rodillas. No esperé a ver qué más le pasaba; seguí corriendo hasta la cima. A punto estuve de resbalar al llegar arriba, pero conseguí agarrarme a los postes de soporte del puente y salvarme. —¡No puedes escapar, pescador! —gritó el hombre a mi espalda en tono furioso y risueño a un tiempo—. Hace falta algo más que una trucha para saciarme. —¡Déjeme en paz! —repliqué. Me aferré a la barandilla del puente y salté sobre ella en una torpe voltereta, llenándome las manos de astillas y propinándome tal golpe en la cabeza al aterrizar que vi las estrellas. Me tendí de bruces y empecé a caminar a gatas. Justo antes de llegar al final del puente me levanté de un salto, di un traspié, me recuperé y eché a correr. Corrí como solo pueden correr los niños de nueve años, como el viento. Tenía la sensación de que mis pies solo tocaban el suelo cada tres o cuatro zancadas, y quién sabe, tal vez fuera cierto. Corrí por el surco derecho del sendero hasta que las sienes empezaron a palpitarme y los ojos amenazaban con salírseme de las órbitas, corrí hasta percibir un intenso pinchazo en el costado izquierdo, desde la parte inferior de las costillas hasta la axila, corrí hasta notar en la boca el sabor de la sangre y algo que recordaba a virutas de metal. Cuando ya no podía correr más, me detuve dando tumbos y miré atrás entre jadeos y resoplidos dignos de un caballo exhausto. Estaba convencido de que lo vería justo detrás de mí, tan peripuesto con su traje negro, la cadena del reloj centelleando sobre el chaleco y hasta el último cabello en su sitio. Pero no había rastro de él. El camino que llegaba hasta el río Castle entre pinos y píceas grandes y oscuros aparecía desierto. Sin embargo, percibía su presencia en algún lugar de ese bosque, observándome con sus ojos incendiados, oliendo a cerilla quemada y pescado asado. Me volví de nuevo y eché a andar tan deprisa como podía, cojeando un poco, porque me había desgarrado los músculos de ambas piernas, y a la mañana siguiente, cuando me levanté, me dolían tanto que apenas podía caminar. Pero en aquel momento no me fijé en esas cosas. Seguía mirando por encima del hombro para verificar una y otra vez que el camino seguía desierto. Y así lo vi cada vez que miré atrás, pero aquellos vistazos asustados parecían intensificar mi temor en lugar de mitigarlo. Los abetos parecían cada vez más oscuros, más inmensos, y no podía evitar imaginar lo que acechaba tras los árboles que flanqueaban el sendero, largas y enmarañadas pistas forestales, trampas en las que podías romperte la pierna, barrancos donde podía vivir cualquier clase de alimaña. Hasta aquel sábado de 1914, había creído que los osos eran los habitantes más temibles del bosque. Pero ahora sabía que no era cierto. Tras recorrer un kilómetro y medio, justo donde el sendero surgía del bosque y confluía con el camino de Geegan Flat, vi a mi padre caminando hacia mí mientras silbaba «The Old Oaken Bucker». Llevaba su caña de pescar, la del carrete tan elegante que se había comprado en los grandes almacenes. En la otra mano llevaba la nasa, la del lazo que mi madre había pasado por el asa cuando Dan aún vivía, DEDICADO A JESUCRISTO, decía el lazo. Yo iba andando, pero al verlo eché de nuevo a correr, gritando «¡Papá, papá, papá!» a pleno pulmón, balanceándome de un lado a otro sobre mis pobres piernas agotadas, como un marinero borracho. La expresión sorprendida que se pintó en su rostro cuando me vio habría resultado cómica en otras circunstancias, pero no en aquellas. Dejó caer la caña y la nasa al camino sin prestarles atención alguna y corrió hacia mí. En mi vida lo había visto correr tan deprisa. Cuando nos encontramos fue un milagro que el impacto no nos hiciera perder el conocimiento, aunque me golpeé el rostro con tal fuerza contra la hebilla de su cinturón que me sangró la nariz, algo que tampoco noté hasta más tarde. En aquel momento me limité a alargar los brazos y aferrarme a él con todas mis fuerzas. Me agarré a él y restregué la cara ardiente una y otra vez contra su vientre, cubriéndole la vieja camisa de trabajo de sangre, lágrimas y mocos. —¿Qué pasa, Gary? ¿Qué te ha pasado? ¿Estás bien? —¡Mamá ha muerto! —sollocé—. ¡Me lo ha dicho un hombre en el bosque! ¡Mamá está muerta! Le ha picado una abeja y se ha hinchado toda como le pasó a Dan y se ha muerto. Está en el suelo de la cocina y Candy Bill… le ha lamido las lágrimas… de la cara… de la cara… «Cara» fue la última palabra que pronuncié, porque por entonces tenía el pecho tan agitado que ya no pude seguir hablando. Estaba llorando de nuevo, y el rostro perplejo y asustado de mi padre se había fragmentado en tres imágenes superpuestas. Empecé a aullar, pero no como un niño pequeño que se ha abierto la rodilla, sino como un perro que ha visto algo espantoso a la luz de la luna, y mi padre volvió a apretarme la cara contra su vientre plano y duro. Pero yo me aparté un poco de él y miré de nuevo atrás. Quería cerciorarme de que el hombre del traje negro no me seguía. No vi ni rastro de él; el sendero que se adentraba serpenteante en el bosque estaba desierto. Me prometí a mí mismo que jamás volvería a recorrerlo, pasara lo que pasase, y supongo que la mayor bendición que Dios ha regalado a Sus criaturas es el hecho de no poder adivinar el futuro, ya que seguramente habría perdido el juicio de haber sabido que volvería a recorrerlo apenas dos horas más tarde. Sin embargo, en ese momento únicamente sentí alivio al comprobar que estábamos solos. Pero entonces pensé en mi madre, en mi hermosa madre muerta, volví a apoyar la cara contra el vientre de mi padre y lloré un rato más. —Gary, escúchame —me dijo al cabo de unos instantes. Seguí llorando. Mi padre me dio unos momentos más y por fin me levantó el mentón para mirarme a los ojos y que yo pudiera mirarle a él. —Tu madre está bien —aseguró. No podía más que mirarlo con el rostro arrasado de lágrimas. No le creía. —No sé quién te ha dicho lo contrario ni qué clase de desgraciado sería capaz de dar semejante susto a un niño, pero te juro por Dios que tu madre está bien. —Pero… el hombre dijo que… —Me importa un comino lo que haya dicho. Volví de casa de Eversham antes de lo previsto porque en realidad no quiero vender ninguna vaca, y decidí que iría a pescar contigo. Fui a buscar la caña y la nasa, y tu madre preparó un par de bocadillos de mermelada para los dos. Con el pan recién hecho, aún calentito. Así que estaba bien hace media hora, Gary, y te aseguro que nadie que haya ido al río desde aquí puede haberse enterado de algo diferente en solo media hora. —Se volvió—. ¿Quién era ese hombre? ¿Y dónde estaba? Voy a encontrarlo y darle una paliza de mil demonios. En solo dos segundos se me ocurrieron mil cosas, o al menos eso me pareció, pero el último de aquellos pensamientos fue quizá el más intenso. Si mi padre se topaba con el hombre del traje negro, no creía que fuera mi padre quien le diera una paliza a él… ni saliera con vida del encuentro. Aún recordaba aquellos dedos largos y pálidos, cada uno de ellos rematado por una garra. —¿Gary? —No me acuerdo —mentí. —¿Estabas donde el río se bifurca? ¿En la roca grande? Nunca había sido capaz de mentir a mi padre cuando me hacía una pregunta directa, aunque me fuera la vida en ello. —Sí, pero no vayas —imploré al tiempo que lo asía del brazo con ambas manos y tiraba fuerte—. No vayas, por favor. Aquel hombre daba mucho miedo. —Y siguiendo una inspiración repentina, añadí—: Creo que llevaba un arma. Mi padre me observó con aire pensativo. —Puede que no hubiera ningún hombre —comentó, alzando la voz un poco en la última palabra para convertir la frase en algo muy parecido a una pregunta—. Puede que te quedaras dormido mientras pescabas y tuvieras una pesadilla, como cuando soñabas con Dan el invierno pasado. Era cierto que había tenido muchas pesadillas sobre Dan el invierno anterior, sueños en los que yo abría la puerta de nuestro armario o de la oscura y aromática bodega de la sidra y lo veía allí de pie, mirándome con aquella cara lívida e hinchada. De muchos de aquellos sueños había despertado gritando, despertando de paso a mis padres. También era cierto que me había quedado dormido un rato en la orilla, al menos adormilado, pero no había soñado y estaba convencido de que había despertado justo antes de que el hombre del traje negro matara a la abeja de una palmada, haciéndola caer de mi nariz a mi regazo. No había soñado con él como soñaba con Dan, estaba seguro de ello, si bien el encuentro había adquirido cierta cualidad onírica en mi recuerdo, como imagino que sucede con todo episodio sobrenatural. Pero si mi padre creía que el hombre era fruto de mi imaginación, quizá mejor para él. —Puede ser —admití. —Bueno, deberíamos volver a buscar tu caña y tu nasa. Echó a caminar en aquella dirección, y me vi obligado a tirarle frenéticamente del brazo para retenerlo y conseguir que se volviera de nuevo hacia mí. —Más tarde —pedí—. Por favor, papá, quiero ver a mamá. Quiero verla con mis propios ojos. —Claro, lo comprendo —asintió tras meditarlo unos instantes—. Primero iremos a casa y después volveremos al río a buscar tu caña y tu nasa. Así pues, emprendimos el regreso a la granja, mi padre con la caña al hombro como cualquiera de mis amigos, yo llevando su nasa, ambos comiendo rebanadas de pan casero con mermelada de grosella negra. —¿Has pescado algo? —preguntó mi padre cuando ya divisábamos el granero. —Sí, señor, una trucha arco iris de buen tamaño. «Y otra mucho más grande —pensé, aunque no lo dije en voz alta—. La más grande que he visto en mi vida, para serte sincero, pero no puedo enseñártela porque no la tengo, papá, se la di al hombre del traje negro para que no me comiera. Y funcionó… a duras penas.» —¿Nada más? —Después de pescarla me quedé dormido. No era una respuesta veraz, pero tampoco una mentira. —Tuviste suerte de no perder la caña. Porque no la has perdido, ¿verdad, Gary? —No, señor —repuse a regañadientes. Mentir sobre ese extremo no habría servido de nada aun cuando se me hubiera ocurrido alguna salida brillante, porque a juzgar por su expresión, mi padre estaba resuelto a volver al río para recoger la nasa cuando menos. Candy Bill salió disparado por la puerta trasera ladrando como un loco y agitando toda la parte posterior del cuerpo como hacen los terriers escoceses cuando se alteran. No podía esperar más; la esperanza y la angustia se arremolinaban en mi garganta como espuma. Me aparté de mi padre y corrí a la casa cargado con la nasa y convencido, en lo más hondo de mi ser, de que encontraría a mi madre muerta en el suelo de la cocina, con el rostro hinchado y violáceo como el de Dan cuando mi padre lo trajo a casa desde el campo oeste, llorando y gritando el nombre de Dios. Pero estaba de pie ante el mostrador, igual de viva que cuando me marché, tarareando una canción mientras desgranaba guisantes y los echaba en un cuenco. Se volvió hacia mí, primero sorprendida y luego asustada al ver mis ojos abiertos como platos y mis mejillas muy pálidas. —¿Qué pasa, Gary? ¿Qué te ocurre? No respondí, solo corrí hacia ella y la cubrí de besos. Al poco entró mi padre. —No te preocupes, Lo, está bien. Es que ha tenido una de sus pesadillas en el río. —Quiera Dios que sea la última —dijo mi madre y me abrazó con fuerza mientras Candy Bill bailoteaba entre nuestros pies, emitiendo sus estridentes ladridos. —No tienes que venir conmigo si no quieres, Gary —me dijo mi padre. Sin embargo, ya había dado a entender que consideraba que tenía que acompañarlo, volver al lugar para afrontar mis temores, como supongo que se dice hoy en día. Eso está muy bien en el caso de los miedos imaginarios, pero las dos últimas horas no habían contribuido en absoluto a paliar mi convencimiento de que el hombre del traje negro era real. Pero no podría persuadir a mi padre de eso. No creo que ningún niño de nueve años fuera capaz de convencer a su padre de que había visto al Diablo salir del bosque enfundado en un traje negro. —Te acompañaré —dije. Había salido de la casa para ir con él, haciendo acopio de valor para ponerme en marcha, y ahora estábamos de pie junto al tajo del patio, cerca del montón de leña. —¿Qué llevas a la espalda? Se lo enseñé. Estaba dispuesto a acompañarlo al río y esperaba que el hombre del traje negro con el cabello dividido en la parte izquierda de la cabeza con exquisita pulcritud hubiera desaparecido… pero por si acaso no era así, quería estar preparado. Lo mejor preparado posible, en cualquier caso. En la mano que había sacado de detrás de la espalda llevaba la Biblia familiar. En un principio tenía intención de llevarme solo mi Nuevo Testamento, que había ganado por aprenderme de memoria el mayor número de salmos en el concurso de jóvenes cristianos del jueves por la noche (había conseguido aprenderme ocho, si bien casi todos ellos, a excepción del veintitrés, se me habían borrado de la memoria en cuestión de una semana), pero el pequeño Testamento rojo no me había parecido suficiente teniendo en cuenta que quizá me vería en presencia del mismísimo Diablo, por mucho que las palabras de Jesucristo estuvieran resaltadas en tinta roja. Mi padre echó un vistazo a la vieja Biblia, repleta de documentos y fotografías familiares, y por un momento creí que me ordenaría dejarla en su sitio, pero no fue así. Una expresión entre afligida y compasiva cruzó su rostro, y al fin asintió. —De acuerdo. ¿Sabe tu madre que te la has llevado? —No, señor. Asintió de nuevo. —Entonces esperemos que no se dé cuenta antes de que volvamos. Vamos. Y que no se te caiga. Al cabo de una media hora estábamos en la orilla del río, contemplando el lugar donde el Castle se bifurcaba y la plataforma natural donde había tenido lugar mi encuentro con el hombre de los ojos anaranjados. En la mano llevaba la caña de bambú, que había recogido bajo el puente, y la nasa estaba en la plataforma con la tapa de mimbre abierta. Permanecimos allí durante largo rato, y ninguno de los dos dijo nada. «¡Ópalos, zafiros y amatistas! ¡Gary va dejando pistas!» Ese era el desagradable versito que había recitado el hombre antes de tumbarse de espaldas y echarse a reír como un niño que acaba de descubrir que tiene suficiente valor para decir palabrotas como «mierda» y «culo». La plataforma era verde y frondosa como todos los lugares que el sol de Maine alcanza a principios de julio… salvo en el lugar donde se había tumbado el desconocido. Allí había una zona muerta y amarilla en forma de hombre. Bajé la mirada y vi que sostenía nuestra vieja y abollada Biblia familiar ante mí, presionando la cubierta con los pulgares hasta el punto de que se me habían puesto blancos. Era el modo en que el marido de Mama Sweet, Norville, sostenía su varilla de zahorí cuando intentaba localizar un pozo de agua. —Quédate aquí —ordenó por fin mi padre. Acto seguido derrapó pendiente abajo, hundiendo los zapatos en la tierra blanda con los brazos extendidos para mantener el equilibrio. Yo me quedé donde estaba, sosteniendo la Biblia muy tenso, cual varilla de zahorí, y con el corazón desbocado. No sé si tenía la sensación de que me observaban; estaba demasiado asustado para tener sensación alguna salvo la de querer alejarme mucho de aquella orilla y de aquel bosque. Mi padre se agachó, husmeó la hierba muerta e hizo una mueca. Yo sabía lo que olía, algo parecido a cerillas quemadas. Luego cogió mi nasa y subió la cuesta con paso apresurado. Miró un instante a sus espaldas para asegurarse de que nada ni nadie lo seguía, y así era. Cuando me alargó la nasa, la tapa seguía colgando hacia atrás de sus ingeniosas bisagras de madera. Escudriñé el interior y vi que solo contenía dos puñados de hierba. —¿No decías que habías pescado una trucha arco iris? —preguntó mi padre—. Aunque puede que eso también lo soñaras —añadió en un tono que me dolió. —No, señor, pesqué una. —Bueno, pues está claro que no ha saltado de la nasa, al menos si estaba destripada y limpia. Y supongo que no habrás puesto una trucha en la nasa sin destriparla y limpiarla, ¿verdad, Gary? Sabes que eso no se hace. —Sí, señor, lo sé, pero… —O sea, que si no lo soñaste y estaba muerta en la nasa, algo debe habérsela comido —sentenció mi padre. En ese momento, volvió a mirar atrás con los ojos muy abiertos, como si hubiera oído algún movimiento en el bosque. No me extrañó demasiado ver su frente perlada de sudor. —Salgamos de aquí. Yo no tenía nada que objetar, de modo que regresamos a lo largo de la orilla hasta el puente, caminando a buen paso y en silencio. Al llegar allí, mi padre hincó una rodilla en el suelo y examinó el lugar donde habíamos encontrado mi caña. También allí había una zona de hierba muerta, y el zapatico de dama estaba amarronado y rizado, como quemado por una ráfaga de calor abrasador. Mientras mi padre echaba un vistazo, yo inspeccioné el interior de mi nasa vacía. —Debe haber vuelto para comerse también el otro pez —comenté. Mi padre alzó la mirada hacia mí. —¿El otro pez? —Sí, señor. No te lo había dicho, pero también pesqué una trucha de arroyo enorme. Ese tipo estaba hambriento. Quería decir más, las palabras se me agolpaban en la boca, pero al final decidí callar. Nos encaramamos al puente y nos ayudamos mutuamente a salvar la barandilla. Mi padre cogió la nasa, miró en su interior, se acercó a la barandilla y la arrojó a la corriente. Llegué a tiempo para verla caer en el agua con un chapoteo y alejarse flotando como una barca corriente abajo mientras el agua se colaba por los intersticios del mimbre. —Olía mal —explicó mi padre. Pero al decir aquello no me miró, y su voz sonaba a la defensiva. Fue la única vez que lo oí hablar en aquel tono. —Sí, señor. —Le diremos a tu madre que no la hemos encontrado, si es que pregunta. Y si no pregunta, no le diremos nada. —No, señor, no le diremos nada. Mi madre no preguntó, nosotros no le dijimos nada, y ahí quedó la cosa. Desde aquel día han transcurrido ochenta y un años, y durante muchos de ellos ni siquiera pensé en el asunto… al menos mientras estaba despierto. Como todo el mundo, no respondo de mis sueños. Sin embargo, ahora soy viejo y al parecer sueño despierto. Los achaques se apoderan de mí como olas dispuestas a derribar un castillo de arena abandonado, y lo mismo sucede con los recuerdos, lo que me recuerda un viejo poema que decía algo así como «Aunque no los llames / vuelven a ti / meneando el rabo tras de sí». Recuerdo lo que comía, los juegos a los que jugaba, las chicas a las que besaba en el guardarropía de la escuela cuando jugábamos a prendas, los chicos con los que salía, la primera copa que me tomé, el primer cigarrillo que me fumé (fue caldo de gallina, detrás de la porquera de Dicky Hammer, y me hizo vomitar). Pero de entre todos esos recuerdos, el del hombre del traje negro es el más intenso y brilla con luz propia y espectral. Era real, era el Diablo, y aquel día yo era su misión o su suerte. Cada vez estoy más convencido de que escapar de él fue cuestión de suerte, mera suerte, no de la intercesión del Dios al que he venerado y al que he cantado himnos durante toda la vida. Aquí tumbado en mi habitación del geriátrico, atrapado en el destrozado castillo de arena que es mi cuerpo, me digo a mí mismo que no debo temer al Diablo, que he llevado una buena vida, una vida tranquila, y que no debo temer al Diablo. En ocasiones me recuerdo que fui yo, no mi padre, quien persuadió a mi madre para que volviera a la iglesia aquel mismo verano. Pero, en la oscuridad, esos pensamientos no proporcionan alivio ni consuelo. En la oscuridad oigo una voz que me susurra que el niño de nueve años que yo era entonces tampoco había hecho nada por lo que temer al Diablo… y que aun así, el Diablo se le apareció. Y a veces, en la oscuridad, oigo esa misma voz hablando en tono aún más grave, inhumano. «¡Pez grande!», susurra con avidez, y todas las verdades del mundo moral se desmoronan ante su hambre. «¡Peeeez graaaaande!» Vi al Diablo una vez, hace mucho, pero ¿y si regresara ahora? Soy demasiado anciano para correr; ni siquiera puedo ir al baño sin mi andador. No tengo ninguna rolliza trucha de arroyo con que aplacarlo, aunque solo sea por unos instantes. Soy viejo y mi nasa está vacía. ¿Y si vuelve y me encuentra en este estado? ¿Y si todavía tiene hambre? FIN Autor: Stephen King Título: El hombre del traje negro Título Original: The Man in the Black Suit Publicado en: The New Yorker, 31 de octubre de 1994 Traducción: Bettina Blanch Tyroller
- "El caballito de madera", cuento de D. H. Lawrence
El caballito de madera D. H. Lawrence Era una mujer hermosa, que había empezado con todas las ventajas que puede deparar la vida, y que, sin embargo, no tuvo suerte. Se casó por amor, y el amor se redujo a polvo. Tuvo hermosos hijos, pero llegó a creer que le habían sido impuestos, y no pudo amarlos. Ellos la miraban con frialdad, como si la encontraran culpable. Y bien pronto ella sintió que debía ocultar alguna falta. Sin embargo, nunca supo cuál era esa culpa que debía ocultar. Pero cuando sus hijos estaban presentes, sentía endurecérsele el centro del corazón. Esto la inquietaba, y en su inquietud trataba de mostrarse afectuosa y solícita con ellos, como si los quisiera mucho. Sólo ella sabía que en el centro de su corazón había un lugarcito duro que no podía sentir amor, que no podía amar a nadie. Todos decían: «Es una buena madre. Adora a sus hijos». Sólo ella y sus mismos hijos sabían que no era así. Leían la verdad en sus miradas. Tenía un varón y dos niñas. Vivían en una casa agradable, con jardín, con criados discretos, y se sentían superiores a todos los vecinos. Pero, aunque guardaban las apariencias, reinaba siempre en la casa cierta ansiedad. El dinero nunca era suficiente. La madre tenía una pequeña renta, y el padre tenía una pequeña renta, mas no bastaban para conservar la posición social que debían mantener. El padre trabajaba en una oficina de la ciudad. Tenía buenas perspectivas, pero esas perspectivas nunca se materializaban. Y aunque conservaran las apariencias, persistía siempre la punzante sensación de la escasez de dinero. Por fin dijo la madre: —Veré si yo puedo hacer algo. Pero no sabía por dónde empezar. Se devanó los sesos, probó esto y aquello sin encontrar nada eficaz. El fracaso grabó profundos surcos en su rostro. Sus hijos crecían, pronto tendrían que ir a la escuela. Hacía falta dinero, más dinero. Parecía que el padre, siempre muy elegante y dispendioso en la satisfacción de sus gustos, nunca podría hacer nada que valiese la pena. Y la madre, que tenía mucha fe en sí misma, no logró mejores resultados y además era tan derrochadora como el padre. Y así fue como penetró en la casa aquella frase tácita: «¡ Hace falta más dinero ! ¡ Hace falta más dinero !». Los niños la oían permanentemente, aunque nadie la pronunciaba en alta voz. La oían en la Navidad, cuando los costosos y espléndidos juguetes llenaban su cuarto. Detrás del reluciente caballito de madera, detrás de la elegante casa de muñecas, una voz, de pronto, empezaba a susurrar: «¡ Hace falta más dinero ! ¡ Hace falta más dinero !». Y los niños se interrumpían en sus juegos, para escuchar la voz. Se miraban a los ojos, para comprobar si todos la habían oído. Y cada uno veía en los ojos de los otros dos que también habían oído. «¡ Hace falta más dinero ! ¡ Hace falta más dinero !». Las palabras brotaban en un susurro de los resortes del caballito de madera, que aún no había dejado de mecerse, y también el caballo las oía, bajando la cabeza de madera. Y la muñeca grande, tan rosada y presumida en su cochecito nuevo, la oía con toda claridad, y al oírla parecía acentuar su sonrisa de afectación. Y aun el perrito bobo, que ocupaba el lugar del oso de paño, tenía ahora una expresión tan extraordinaria de bobería por la sola razón de que acababa de oír el secreto murmullo que inundaba la casa: «¡ Hace falta más dinero !». Sin embargo, nadie lo decía en voz alta. El rumor estaba en todas partes, y por lo tanto nadie lo formulaba abiertamente, así como nadie dice: «Estamos respirando», a pesar de que lo hacemos sin cesar. —Mamá —dijo el niño Paul un día—, ¿por qué no tenemos automóvil propio? ¿Por qué usamos siempre el de tío, o un taxi? —Porque somos los parientes pobres —dijo la madre. —¿Y por qué somos los parientes pobres, mamá? —Bueno… —dijo la madre con lentitud y amargura—, supongo que es porque tu padre no tiene suerte. El niño estuvo un rato silencioso. —¿La suerte es dinero, mamá? —preguntó al fin con cierta timidez. —¡No, Paul! No es exactamente lo mismo. La suerte es lo que hace que uno tenga dinero. —¡Oh! —dijo Paul vagamente—. Yo pensé que cuando tío Oscar decía «sucio lucro» quería decir dinero. —Lucro quiere decir dinero —dijo la madre—. Pero es lucro, y no suerte. —¡Oh! —exclamó el niño—. Entonces, ¿qué es la suerte, mamá? —Es lo que hace que uno tenga dinero —repitió la madre—. Si tienes suerte, tienes dinero. Por eso es mejor nacer con suerte que nacer rico. Si eres rico, puedes perder tu dinero. Pero si tienes suerte, siempre ganarás más dinero. —¡Oh! ¿De veras? ¿Y papá no tiene suerte? — No, para nada —respondió ella amargamente. El niño la miró con expresión vacilante. —¿Por qué? —preguntó. —No sé. Nadie sabe por qué algunos tienen suerte y otros no. —¿No? ¿Nadie sabe? ¿No hay nadie que sepa? —¡Quizá lo sepa Dios! Pero Él nunca lo dice. —Oh, pero debería decirlo. ¿Y tú tampoco tienes suerte, mamá? —No puedo tenerla, porque estoy casada con un hombre sin suerte. —¿Pero tú misma, no tienes suerte? —Solía creer que sí, antes de casarme. Pero ahora veo que soy muy desafortunada. —¿Por qué? —¡Bueno, basta de preguntas! Quizá no sea desafortunada en realidad… El niño la miró para ver si lo decía en serio. Pero vio, por la expresión de su boca, que estaba tratando de ocultarle algo. —Bueno, de todas maneras —dijo con obstinación—, yo soy una persona de suerte. —¿Por qué?— preguntó su madre echándose a reír. Él la miró. Ni siquiera sabía por qué había afirmado eso. —Me lo dijo Dios —repuso, no queriendo dar el brazo a torcer. —¡Ojalá sea así, querido! —contestó la madre, riendo nuevamente, pero con cierto resentimiento. —¡Es cierto, mamá! —¡Excelente! —dijo la madre, recurriendo a una de las exclamaciones favoritas de su marido. El niño vio que no le creía; o más bien, que no hacía caso de sus afirmaciones. Esto lo irritó. Deseó poder obligarla a que le prestara atención. Se marchó, solo, vaga la expresión, pueril el andar, buscando la clave de la suerte. Absorto, sin reparar en los demás, iba y venía con una especie de cautela, buscando interiormente la suerte. Quería encontrar la suerte, quería encontrarla. Cuando las dos niñas jugaban a las muñecas, en el cuarto de juegos, él montaba en su gran caballo de madera y se lanzaba al espacio en una acometida salvaje, con tal frenesí que sus hermanas lo espiaban con inquietud. Impetuoso galopaba el caballo, tremolaban los cabellos oscuros y ondulados del niño y había en sus ojos un extraño fulgor. Las chiquillas no se atrevían a hablarle. Cuando llegaba al término de su alocado viaje, echaba pie a tierra y se plantaba ante el caballo de madera, contemplando fijamente su cabeza gacha. La boca roja del animal estaba levemente abierta, y sus grandes ojos tenían un resplandor vidrioso. —¡Vamos! —ordenaba quedamente al fogoso corcel—. ¡Llévame a donde está la suerte! ¡Anda, llévame! Y azotaba al caballo en el pescuezo con la fusta que le había pedido al tío Oscar. Sabía que el animal, si él lo obligaba, lo llevaría a donde estaba la suerte. Montaba entonces de nuevo y reanudaba su furioso galope, con el deseo y la certeza de llegar, por fin, a donde estaba la suerte. —¡Romperás el caballo, Paul! —decía la institutriz. —¡Siempre cabalga así! —añadía Joan, su hermana mayor—. ¿Por qué no se queda tranquilo? Pero él se limitaba a mirarlas con furia y en silencio. La institutriz desistió de corregirlo. Imposible sacar nada de él. Y al fin y al cabo, ya se estaba poniendo demasiado grande para que ella lo cuidara. Un día su madre y su tío Oscar entraron en mitad de uno de sus furiosos galopes. El chico no les dirigió la palabra. —¡Hola, mi pequeño jinete! —dijo el tío—. ¿Corres una carrera? —¿No eres demasiado grande para un caballito de madera? Ya no eres una criatura —dijo su madre. Pero Paul se contentó con mirarla, irritado, con sus ojos azules, grandes y más bien hundidos. No quería hablar con nadie cuando estaba en plena carrera. Su madre lo observó con expresión ansiosa. Por fin, bruscamente, el niño dejó de espolear el mecánico galope del caballo y se deslizó a tierra—. ¡Bueno, llegué! —anunció impetuosamente, con los ojos azules todavía relucientes, bien separadas las piernas largas y robustas. —¿Adónde llegaste? —preguntó su madre—. A donde quería llegar —replicó. —Muy bien, hijo —aprobó el tío Oscar—. Nunca hay que detenerse antes de llegar a la meta. ¿Cómo se llama el caballo? —No tiene nombre. —¿Se las arregla sin un nombre? —preguntó el tío. —Bueno, tiene varios nombres. La semana pasada se llamaba «Sansovino». —«Sansovino», ¿eh? El ganador del Ascot. ¿Cómo conocías su nombre? —Siempre habla de carreras de caballos con Bassett —dijo Joan. El tío se quedó encantado al descubrir que su sobrinito estaba al tanto de todas las noticias referentes a las carreras. Bassett, el joven jardinero —que había sido herido en un pie durante la guerra y había obtenido su actual empleo por recomendación de Oscar Cresswell, su antiguo patrón— era un verdadero perito en cosas del « turf ». Vivía en la atmósfera de las carreras, y el niño con él. Oscar Cresswell lo supo todo por medio de Bassett. —El niño Paul viene y me pregunta, y yo no tengo más remedio que contestarle, señor —dijo Bassett con expresión terriblemente seria, como si hablara de temas religiosos. —¿Y alguna vez apuesta algo al caballo que se le ha ocurrido? —Bueno… yo no quisiera delatarlo. Es un jovencito muy discreto, un buen camarada, señor. Preferiría que se lo preguntase usted mismo. En cierto modo le produce placer nuestro secreto y (con perdón de usted) quizá pensaría que yo lo he traicionado. Bassett estaba tan serio que parecía en misa. El tío fue a buscar al sobrino y lo llevó a dar una vuelta en su automóvil. —Dime, Paul —le preguntó—, ¿alguna vez apuestas algo a un caballo? El niño observó atentamente a su tío. —¿Por qué? ¿Crees que no debería hacerlo? —replicó, poniéndose en guardia. —¡No, nada de eso! Pero se me ocurrió que tal vez podrías darme un «dato» para el Lincoln. El automóvil se internaba en la campiña, en dirección a la casa que tenía en Hampshire el tío Oscar. —¿De veras? —preguntó el sobrino. —¡De veras, hijo! —replicó el tío. —Bueno, entonces, juégale a «Daffodil». —¡«Daffodil»! No creo que gane. ¿Qué me dices de «Mirza»? —Sólo sé cuál será el ganador —dijo el niño—. Y el ganador será «Daffodil». —¿«Daffodil», eh? Hubo una pausa. «Daffodil» era un caballo relativamente mediocre. —¡Tío! —¿Sí, hijo? —No lo dirás a nadie, ¿verdad? Se lo he prometido a Bassett. —¡Al diablo con Bassett, hombre! ¿Qué tiene que ver él con esto? —¡Somos socios! ¡Hemos sido socios desde el primer momento! Tío, él me prestó los primeros cinco chelines, y los perdí. Y yo le prometí, bajo palabra de honor, que esto quedaría entre nosotros. Pero entonces tú me diste ese billete de diez chelines, con el que empecé a ganar, y pensé que tú tenías suerte. Pero no lo dirás a nadie, ¿verdad? El niño miró a su tío con aquellos ojos enormes, ardientes, azules, que parecían demasiado juntos. El tío se encogió de hombros y se echó a reír, incómodo. —¡Quédate tranquilo, muchacho! No diré nada a nadie. ¿«Daffodil», eh? ¿Cuánto piensas apostarle? —Todo menos veinte libras —dijo el chico—. Las mantengo en reserva. El tío pensó que era un buen chiste. —¿Así que mantienes veinte libras en reserva, joven embustero? ¿Y cuánto apuestas? —Trescientas —dijo gravemente el chico—. Pero esto queda entre tú y yo, tío Oscar. ¿Palabra de honor? El tío lanzó una carcajada. —Pierde cuidado, mi pequeño Nat Gould —contestó sin cesar de reír—, te guardaré el secreto. ¿Pero dónde están tus trescientas libras? —Las tiene Bassett. Somos socios. —¡Ah, ya veo! ¿Y cuánto apostará Bassett a «Daffodil»? —No creo que le juegue tanto como yo. Ciento cincuenta quizá. —¿Ciento cincuenta peniques? —dijo el tío en son de broma. —No, ciento cincuenta libras —repuso el muchacho mirando a su tío con sorpresa—. Bassett se queda con una reserva más grande que yo. Entre divertido e intrigado, el tío Oscar guardó silencio. No volvió sobre el tema, pero decidió llevar a su sobrino a las carreras de Lincoln. —Bueno, muchacho —le dijo—, yo apostaré veinte libras a «Mirza», y cinco para ti al caballo que elijas. ¿Cuál te gusta? —¡«Daffodil», tío! —¡No, no te pierdas esas cinco libras apostándolas a «Daffodil»! —Es lo que yo haría si el dinero fuese mío —dijo el niño. —¡Bien! ¡Bien! ¡Razón tienes! Diez libras a «Daffodil», cinco para ti y cinco para mí. El niño nunca había visto carreras. Sus ojos eran llamitas azules. Su boca estaba tensa. Delante de él había un francés que había apostado a «Lancelot». Frenético, subía y bajaba los brazos, gritando con su acento francés: «¡“Lancelot”! ¡“Lancelot”!». «Daffodil» llegó primero, «Lancelot» segundo, «Mirza» tercero. El niño, a pesar de su sonrojo y sus ojos incandescentes, estaba extrañamente sereno. Su tío le trajo cinco billetes de cinco libras. El caballo había pagado a razón de cuatro a uno. —¿Qué hago con ellos? —preguntó, agitándolos ante los ojos del muchacho. —Creo que tendremos que hablar con Bassett —repuso el chico—. Si no me equivoco, ahora tengo mil quinientas libras; y veinte de reserva; y estas veinte. Su tío lo observó unos instantes. —¡Vamos, muchacho! —exclamó—. ¿En serio pretendes que Bassett tiene mil quinientas libras tuyas? —Sí, es en serio. ¡Pero no lo digas a nadie! ¿Palabra de honor? —¡Palabra de honor, sí, amiguito! Pero debo hablar con Bassett. —Si quieres, tío, puedes ser nuestro socio. Pero deberás prometer, bajo palabra de honor, que no dirás nada a nadie. Bassett y yo tenemos suerte, y tú también debes tenerla, porque fue con tus diez chelines que empecé a ganar… El tío Oscar se llevó a Bassett y a Paul a pasar la tarde en Richmond Park, y allí conversaron. —Yo le diré cómo fue, señor —dijo Bassett—. Al niño Paul le gustaba hacerme hablar de carreras, contarle anécdotas… en fin, señor, usted sabe lo que son esas cosas. Y siempre tenía interés por saber si yo había ganado o perdido. Hará un año, me pidió que le apostara cinco chelines a «Blush of Dawn»; y perdimos. Después, con esos diez chelines que le regaló usted, se nos dio vuelta la suerte y en general nos ha sido bastante favorable. ¿Qué piensa usted, niño Paul? —Todo va muy bien cuando estamos seguros —dijo Paul—. Pero cuando no estamos del todo seguros, solemos perder. —Sí, pero entonces tenemos cuidado —dijo Bassett. —¿Y cuándo están seguros? —preguntó, sonriendo, el tío Oscar. —Es el niño Paul, señor —dijo Bassett con voz secreta, religiosa—. Es como si recibiera un aviso del cielo. Ya vio usted lo que pasó con «Daffodil». Ése era cien por cien seguro. —¿Tú apostaste a «Daffodil»? —preguntó Oscar Cresswell. —Sí, señor. Hice mi ganancia. —¿Y mi sobrino? Bassett miró a Paul y guardó obstinado silencio. —Yo gané mil doscientas libras, ¿verdad, Bassett? Le dije a tío que había apostado trescientas a «Daffodil». —Eso es —asintió Bassett. —Pero ¿dónde está el dinero? —preguntó el tío. —Lo tengo yo, señor, bien guardado. El niño Paul puede pedírmelo cuando quiera. —¿Mil quinientas libras? —¡Mil quinientas veinte! Es decir, mil quinientas cuarenta, con las veinte que ganó en el hipódromo. —¡Es asombroso! —dijo el tío. —Si el niño Paul le ofrece entrar en la sociedad, señor, yo en su lugar aceptaría; con perdón de usted. Oscar Cresswell reflexionó. —Quiero ver el dinero —dijo. Los condujo a la casa, y poco después Bassett regresaba al invernadero —donde lo esperaba Oscar Cresswell— trayendo mil quinientas libras en billetes. Las veinte libras restantes las había dejado a Joe Glee, en el depósito de la comisión de carreras. —Ya ves, tío —dijo el niño—, que todo marcha muy bien cuando yo estoy seguro. Entonces jugamos fuerte, todo lo que tenemos. ¿No es así, Bassett? —Así es, niño. —¿Y cuándo estás seguro? —preguntó el tío, echándose a reír. —Oh, bueno, a veces estoy absolutamente seguro, como en el caso de «Daffodil» —dijo el niño—, y a veces tengo una corazonada; otras, ni siquiera eso, ¿no es verdad, Bassett? Entonces tenemos cuidado, porque la mayoría de las veces perdemos. —¡Oh, ya veo! Y cuando estás seguro, como en el caso de «Daffodil», ¿por qué estás tan seguro, hijo mío? —Oh, bueno, no lo sé —respondió el niño, turbado—. Estoy seguro, tío, pero eso es todo. —Es como si recibiera un aviso divino, señor —reiteró Bassett. —¿Será posible? —dijo el tío. Pero ingresó en la sociedad. Y cuando se acercaba el premio Leger, Paul se sintió «seguro» de que ganaría «Lively Spark», caballo de escasos antecedentes. Paul insistió en apostarle mil libras. Bassett le jugó quinientas y Oscar Cresswell doscientas. «Lively Spark» ganó y pagó a razón de diez a uno. Paul había ganado diez mil libras. —Ya ves —dijo—, yo estaba absolutamente seguro. El mismo Oscar Cresswell había ganado dos mil libras. —Mira, muchacho —le dijo—, esta clase de cosas me ponen un poco nervioso. —¿Por qué, tío? Quizá no volveré a estar «seguro» durante mucho tiempo. —Pero ¿qué vas a hacer con el dinero? —Empecé a jugar por causa de mamá —repuso el niño—. Ella dijo que no tenía suerte, porque papá no la tenía, y entonces pensé que si yo tenía suerte, quizá dejaría de susurrar. —¿Quién dejaría de susurrar? —¡Nuestra casa! Odio nuestra casa porque nunca deja de susurrar. —¿Qué susurra? —Bueno… pues… —vaciló el chico—… a decir verdad, no estoy seguro, pero tú sabes, tío, que siempre falta dinero. —Lo sé, hijo, lo sé. —¿Y sabes, tío, que mamá siempre tiene algún vencimiento, verdad? —Me temo que sí. —Y entonces la casa empieza a susurrar, y parece que hubiera alguien que se ríe de nosotros a espaldas de nosotros. ¡Es terrible! Y yo pensé que si tenía suerte… —¿Podrías terminar con eso, verdad? —concluyó el tío. El niño lo miró con sus grandes ojos azules, que traslucían un fuego frío y misterioso, pero no dijo nada. —¡Bueno! —dijo el tío—. ¿Qué hacemos? —No quiero que mi madre sepa que tengo suerte —dijo el chico. —¿Por qué no? —Porque no me lo permitiría. —Me parece que te equivocas. —¡Oh! —exclamó el chico, agitándose extrañamente—. No quiero que ella lo sepa, tío. —¡Está bien, hijo! Lo arreglaremos todo de manera que ella no lo sepa. Y en efecto, lo arreglaron con suma facilidad. Paul, a sugerencia de su tío, le entregó cinco mil libras; éste las puso en manos del abogado de la familia, quien debía informar a la madre de Paul que un pariente suyo le había entregado ese dinero, con la orden de pagarle mil libras anuales, el día de su cumpleaños, durante los cinco años subsiguientes. —De ese modo —dijo el tío Oscar— ella recibirá un regalo de cumpleaños de mil libras durante los cinco años próximos. Espero que eso no le haga la vida dura después, cuando deje de recibirlas. La madre de Paul cumplía años en noviembre. La casa había estado «susurrando» más que nunca en los últimos tiempos, y a pesar de su suerte, Paul no podía hacerle frente. Estaba ansioso por ver el efecto que causaría, el día del cumpleaños de su madre, la carta con la noticia referente a las mil libras. Cuando no había visitas, Paul comía con sus padres. Ya se había sustraído a la jurisdicción de la institutriz. Su madre iba al «centro» casi todos los días. Había redescubierto su vieja habilidad para dibujar telas y pieles, y trabajaba secretamente en el estudio de una amiga, que era la «artista» más destacada de las principales modistas. Dibujaba para los anuncios periodísticos figurines de damas ataviadas con pieles y sedas. Aquella joven artista ganaba varios millares de libras al año, pero la madre de Paul sólo pudo ganar unos centenares, y nuevamente se sintió insatisfecha. Tenía tantos deseos de sobresalir en algo, y no podía conseguirlo… ni siquiera dibujando anuncios de modas. La mañana de su cumpleaños bajó a tomar el desayuno. Paul escrutó su rostro mientras leía las cartas. Él sabía cuál era la del abogado. Advirtió que a medida que su madre la leía, su rostro se volvía duro e inexpresivo. Después un gesto frío y decidido asomó a sus labios. Ocultó la carta bajo las demás, y no dijo nada. —¿No recibiste nada agradable para tu cumpleaños, mamá? —preguntó Paul. —Sí, algo bastante agradable —respondió ella con su voz fría y ausente. Y se fue al centro sin añadir palabra. Pero por la tarde vino el tío Oscar. Dijo que la madre de Paul había celebrado una larga entrevista con su abogado, preguntándole si podía adelantarle en seguida la totalidad del dinero, pues estaba en deuda. —¿Tú qué piensas, tío? —dijo el chico. —Es cosa tuya, hijo. —¡Oh, entonces dale el dinero! Con lo que nos queda podemos ganar más. —Más vale pájaro en mano que ciento volando, amigo mío —dijo el tío Oscar. —Oh, pero sin duda yo sabré quién ganará el Gran Premio Nacional; o el Lincolnshire, o el Derby. En alguno de ellos tengo que saber. El tío Oscar firmó el consentimiento y la madre de Paul cobró las cinco mil libras. Pero entonces ocurrió algo muy extraño. Las voces de la casa parecieron enloquecer súbitamente, como una algarabía de ranas en una tarde de primavera. Se habían comprado algunos muebles, Paul tenía un preceptor particular, y el próximo otoño iría a Eton, el colegio donde se había educado su padre. Aun en invierno había flores en la casa. El lujo a que había estado habituada la madre de Paul experimentaba un resurgimiento. Y sin embargo, las voces de la casa, detrás de los ramilletes de mimosas y flores de almendro, y debajo de las pilas de iridiscentes almohadones, parecían aullar y desgañitarse en una especie de éxtasis. «¡Hace falta más dinero! ¡Oh! ¡Hace falta más dinero! ¡Ahora, a-ho-ra! ¡A-ho-ra hace falta más dinero! ¡Más que nunca! ¡Más que nunca!». Aquello asustó terriblemente a Paul. Trataba de estudiar el latín y el griego con sus preceptores. Pero sus horas más intensas las vivía con Bassett. Ya se había corrido el Nacional; Paul no se sintió «seguro», y perdió cien libras. Vino el verano. Mientras aguardaba la disputa del Lincoln lo consumía la impaciencia. Pero esta vez tampoco «supo» y perdió cincuenta libras. Entonces se convirtió en un chico extraño, de ojos extraviados; parecía que algo fuese a estallar en su interior. —¡No te preocupes más, hijo mío! —insistía su tío Oscar—. Olvídate de todo eso. Pero el muchacho como si no lo oyera. —¡Tengo que saber para el Derby! ¡Tengo que saber para el Derby! —repetía, con sus ojos azules incendiados por una especie de locura. Su madre advirtió la sobreexcitación que lo dominaba. —Será mejor que te llevemos a veranear a la playa. ¿No quieres ir al mar ahora, en vez de esperar? Me parece que te convendría —dijo mirándolo ansiosamente, con el corazón extrañamente sobrecogido por causa del niño. Pero el chico alzó sus inquietantes ojos azules. —¡No puedo ir antes del Derby, mamá! —respondió—. ¡No puedo! —¿Por qué no? —preguntó ella, endureciendo la voz ante la contradicción—. ¿Por qué no? Nadie te impedirá después ir a ver el Derby con tu tío Oscar, si eso es lo que quieres. No tienes necesidad de aguardar aquí. Además, me parece que te estás interesando demasiado por esas carreras de caballos. Es un mal síntoma. Mi familia ha sido una familia de jugadores; sólo cuando seas grande comprenderás el perjuicio que eso nos ha causado. Pero lo cierto es que nos ha perjudicado. Tendré que despedir a Bassett, y pedirle a tío Oscar que no te hable de carreras, a menos que te muestres más razonable. Ve a veranear a la playa y olvídate de todo eso. ¡Eres un manojo de nervios! —Haré lo que tú quieras, mamá, siempre que no me hagas salir antes del Derby. —¿Salir de dónde? ¿De esta casa? —Sí —dijo Paul, mirándola fijamente. —¡Pues mira que eres extraño! ¿A qué viene tan súbito cariño por esta casa? Jamás me figuré que pudieras quererla. Él la miró sin hablar. Guardaba un secreto dentro de otro secreto, algo que no había dicho ni siquiera a Bassett ni a su tío Oscar. Pero su madre, después de permanecer unos instantes indecisa e irritada, dijo: —¡Está bien! No vayas a la playa hasta que se corra el Derby, si eso es lo que quieres. Pero prométeme dominar tus nervios. ¡Prométeme no interesarte tanto en las carreras de caballos y en los «programas», como tú les llamas! —¡Oh, no! —dijo el chico, distraído—. No pensaré mucho en eso, mamá. No te preocupes. En tu lugar, yo no me preocuparía. —¡Si tú estuvieras en mi lugar, y yo en el tuyo —dijo la madre—, vaya a saber en qué terminaría todo! —Pero tú sabes que no debes preocuparte, mamá, ¿verdad? —repitió el niño. —Me gustaría saberlo —respondió ella fatigadamente. —Oh, bueno, puedes saberlo. ¡Quiero decir, debes saber que no tienes que preocuparte! —¿De veras? Bueno, ya veremos. El secreto máximo de Paul era su caballo de madera, que no tenía nombre. Desde que se emancipó de institutrices y gobernantas, lo hizo llevar a su dormitorio, en el piso alto. —¡Eres demasiado grande para jugar con un caballito de madera! —le había reprochado su madre. —Oh, mamá, hasta que pueda tener un caballo verdadero, me gusta jugar con cualquiera —fue la extraña respuesta. —¿Así te sientes acompañado? —preguntó la madre, echándose a reír. —¡Oh, sí! Es muy bueno, y siempre me hace compañía. Y así fue como el caballo, ya bastante maltrecho, permaneció, inmovilizado en una cabriola, en el dormitorio del niño. Se acercaba el Derby, y Paul parecía cada vez más reconcentrado. Apenas escuchaba lo que le decían, tenía un aspecto muy frágil y sus ojos eran realmente inquietantes. Su madre experimentaba bruscos accesos de desasosiego. A veces, por espacio de media hora o más, sentía por él una repentina ansiedad que era casi angustia. Entonces la asaltaba el impulso de correr hacia el chico, para comprobar que estaba a salvo. Dos noches antes del Derby, estando en una gran fiesta en el centro, le sobrecogió el corazón uno de esos ataques de ansiedad por su hijo, el primogénito, y fue tan intenso que apenas pudo hablar. Luchó con todas sus fuerzas contra ese sentimiento, porque era una mujer sensata. Pero fue inútil. Tuvo que dejar el baile y bajó para telefonear a su casa. La institutriz de los niños se mostró terriblemente sorprendida y alarmada por aquel llamado nocturno. —¿Están bien los niños, Miss Wilmot? —Oh, sí, perfectamente. —¿Y Paul? ¿Está bien? —Se acostó en seguida. ¿Quiere que suba a echarle un vistazo? —¡No! —repuso la madre a pesar suyo—. No, no se moleste. Está bien. No se quede levantada. Volveremos a casa enseguida. No quería que la criada interrumpiese la intimidad de su hijo. Era alrededor de la una cuando los padres de Paul regresaron a la casa. Todo estaba en silencio. La madre subió a su cuarto y se quitó su blanco abrigo de pieles. Había ordenado a la doncella que no la esperase. Oyó a su esposo, que mezclaba un whisky con soda en la planta baja. Y luego, impulsada por la extraña ansiedad que sentía en el corazón, subió furtivamente al cuarto de su hijo. Se deslizó en silencio a lo largo del corredor. Creyó oír un débil ruido. ¿Qué era? Permaneció junto a la puerta, los músculos tensos, escuchando. Se oía un ruido extraño, pesado y al mismo tiempo poco penetrante. Su corazón se paralizó. Era un rumor sordo, y sin embargo, impetuoso y potente. Como si algo enorme se moviera con furtiva violencia. ¿Qué era? ¿Qué era, en nombre de Dios? Ella debía saberlo. Tuvo la sensación de que reconocía aquel ruido. Sabía lo que era. Y sin embargo, no podía ubicarlo. No podía nombrarlo. Y el rumor proseguía con un ritmo de locura. Suavemente, paralizada de miedo y ansiedad, hizo girar el picaporte. El cuarto estaba oscuro. Sin embargo, junto a la ventana, oyó y vio algo que se balanceaba de un lado a otro. Se quedó mirándolo, temerosa y asombrada. Encendió de pronto la luz, y vio a su hijo, con su pijama verde, cabalgando alocadamente en su caballito de madera. La luz lo bañó de pronto, mientras espoleaba su corcel, y alumbró también a la rubia mujer inmóvil en la puerta, con su pálido vestido verde y plata. —¡Paul! —exclamó—. ¿Qué estás haciendo? —¡Es «Malabar»! —gritaba el chico con voz potente y extraña—. ¡Es «Malabar»! Sus ojos ardientes la miraron por espacio de un segundo, extraño e irracional, mientras cesaba de espolear a su caballo de madera. Después cayó con estrépito al piso, y ella, desbordante de atormentada maternidad, corrió en su auxilio. Pero el niño estaba inconsciente, e inconsciente permaneció, atacado de fiebre cerebral. Hablaba y se agitaba y su madre permanecía sentada a su lado, inmóvil como una piedra. —¡Es «Malabar»! ¡Es «Malabar»! ¡Bassett, Bassett, ya sé: es «Malabar»! —gritaba el niño, tratando de levantarse para espolear al caballo de madera que era la fuente de su inspiración. —¿Quién es «Malabar»? —preguntó la azorada madre. —No sé —dijo el padre, pétreo. —¿Quién es «Malabar»? —insistió ella dirigiéndose a su hermano Oscar. —Es uno de los caballos que corren el Derby —fue la respuesta. Y a pesar suyo, Oscar Cresswell le habló a Bassett, y él mismo apostó un millar de libras a «Malabar». Pagó a razón de catorce a uno. El tercer día de la enfermedad fue crítico. Se esperaba una reacción. El niño, con sus largos y ensortijados cabellos, se agitaba incesantemente sobre la almohada. No dormía ni recobraba el conocimiento, y sus ojos eran como piedras azules. Y su madre, ya sin corazón, también acabó de convertirse en piedra. Por la noche no vino Oscar Cresswell, pero Bassett mandó preguntar si podía subir un momento, nada más que un momento. La intromisión irritó mucho a la madre de Paul; pero, pensándolo mejor, consintió. El niño seguía igual. Quizá Bassett podría hacerle recobrar el conocimiento. El jardinero, un hombre bajo, de bigotito pardo y ojos también pardos, pequeños y penetrantes, entró de puntillas en el cuarto, se llevó la mano al imaginario sombrero a modo de saludo y después se encaminó al lecho, mirando fijamente con sus ojillos relucientes al niño agitado y moribundo. —¡Niño Paul! —susurró—. ¡Niño Paul! «Malabar» entró primero, ganó de punta a punta. Hice lo que usted me dijo. Ha ganado más de setenta mil libras, sí; ha ganado más de ochenta mil. «Malabar» llegó primero, niño Paul. —¡«Malabar»! ¡«Malabar»! ¿Yo dije «Malabar», mamá? ¿Dije «Malabar»? ¿Crees que tengo suerte, mamá? Sabía que ganaría «Malabar», ¿verdad? ¡Más de ochenta mil libras! Eso es suerte, ¿verdad, mamá? ¡Más de ochenta mil libras! Yo sabía, ¿acaso no lo sabía? Ganó «Malabar». Si cabalgo en mi caballo hasta sentirme seguro, Bassett, yo sé lo que te digo: puedes apostar todo lo que tengas. ¿Apostaste todo lo que tenías, Bassett? —Jugué mil libras, niño Paul. —¡Nunca te dije, mamá, que si puedo cabalgar en mi caballo, y llegar, entonces estoy seguro… oh, absolutamente seguro! Mamá, ¿te lo dije alguna vez? ¡Yo tengo suerte! —No, nunca me lo dijiste —respondió la madre. Pero el niño murió esa noche. Y aún yacía en su lecho cuando la madre oyó la voz de su hermano, que decía: —Dios mío, Hester, has ganado ochenta mil libras y has perdido un hijo. Pobrecito, pobrecito, más le vale haber salido de una vida donde debía montar en su caballito de madera para encontrar un ganador. FIN Autor: D. H. Lawrence Título: El caballito de madera Título Original: The Rocking-Horse Winner Publicado en: Harper’s Bazaar, julio de 1926 Traducción: Rodolfo Walsh
- "El demonio de dos centímetros", cuento de Isaac Asimov
El demonio de dos centímetros Isaac Asimov Conocí a George en un congreso literario celebrado hace muchos años, y me llamó la atención el peculiar aire de inocencia y de candor que mostraba su rostro redondo y de mediana edad. Inmediatamente decidí que era la clase de persona a quien uno le dejaría la cartera para que se la guardase mientras se bañaba. Él me reconoció por mis fotografías en la contraportada de mis libros y me saludó alegremente, diciéndome lo mucho que le gustaban mis cuentos y mis novelas, lo cual, naturalmente, me dio una excelente opinión de su inteligencia y buen gusto. Nos estrechamos cordialmente las manos, y él dijo: —Me llamo George Bitternut. —Bitternut —repetí, para fijármelo en la mente—. Un apellido poco corriente. —Danés —respondió—, y muy aristocrático. Desciendo de Cnut, más conocido como Canuto, un rey que conquistó Inglaterra a comienzos del siglo XI. Un antepasado mío era hijo suyo: bastardo, naturalmente. —Naturalmente —murmuré, aunque no veía por qué había que darlo por sentado. —Le pusieron de nombre Cnut, como su padre —continuó George—, y cuando fue presentado al rey, el soberano dijo: «Voto a bríos, ¿es éste mi heredero?» «No exactamente —respondió el cortesano que estaba meciendo al pequeño Cnut—, pues es ilegítimo, ya que su madre es la lavandera a la que vos…» «Ah —dijo el rey—, eso está mejor». Y como Bettercnut se le conoció a partir de ese momento. Únicamente con ese nombre. Yo lo he heredado por línea masculina directa, salvo que las vicisitudes del tiempo han acabado por cambiarlo a Bitternut. Y sus azules ojos me miraron con una especie de hipnótica inocencia, que impedía toda duda. —¿Quiere almorzar conmigo? —pregunté, moviendo la mano en dirección al restaurante profusamente decorado que, evidentemente, estaba destinado solo a personas poseedoras de carteras bien repletas. —¿No le parece que ese local es un poco ostentoso y que la cafetería del otro lado podría…? —respondió George. —Como invitado mío —añadí. George frunció los labios y dijo: —Ahora que lo miro bajo una luz más favorable, veo que tiene una atmósfera un tanto hogareña. Sí, almorzaré con usted. Mientras tomábamos el plato principal, George dijo: —Mi antepasado Bettercnut tuvo un hijo, al que llamó Sweyn. Un buen nombre danés. —Sí, ya sé —respondí—. El padre del Rey Cnut se llamaba Sweyn Forbeard. En tiempos modernos el nombre se suele escribir Sven. George frunció levemente el ceño y dijo: —No hace falta que alardee de sus conocimientos de estas cosas, amigo mío. Admito que tiene usted los rudimentos de una educación. Me sentí abochornado. —Lo siento. Agitó la mano en ademán de magnánimo perdón, pidió otro vaso de vino y prosiguió: —Sweyn Bettercnut se sentía fascinado por las mujeres, característica que hemos heredado todos los Bitternut, y tenía mucho éxito con ellas…, como ha sido el caso con todos sus descendientes. Se sabe que muchas mujeres, después de separarse de él, meneaban la cabeza en señal de admiración y decían: «Oh, es todo un Sweyn». Y también era un archimago. Hizo una pausa y, luego, preguntó con brusquedad: —¿Sabe usted qué es un archimago? —No —mentí, no deseando volver a hacer una ofensiva ostentación de mis conocimientos—. ¿Qué es? —Un archimago es un mago eminente —aclaró George, con lo que pareció un suspiro de alivio—. Sweyn estudiaba las artes arcanas y ocultas. Entonces era posible hacerlo, pues aún no había surgido todo ese desagradable escepticismo moderno. Estaba consagrado a la tarea de encontrar la manera de persuadir a las jovencitas para que observaran con él esa clase de comportamiento dulce y complaciente que es la corona de la femineidad, y rehuyesen todo lo que era huraño y hosco. —Ah —dije, con tono comprensivo. —Para eso necesitaba demonios, y perfeccionó medios para invocarlos, quemando ciertas hierbas aromáticas y pronunciando determinados conjuros semiolvidados. —¿Y daba resultado, señor Bitternut? —Llámeme George. Claro que daba resultado. Tenía legiones de demonios que trabajaban para él, pues, como con frecuencia se lamentaba, las mujeres de la época eran seres tercos y obstinados, que oponían a su pretensión de ser nieto de un rey, ásperas observaciones sobre la naturaleza de la descendencia. Sin embargo, una vez que un demonio ejecutaba su obra, comprendían que un hijo natural era, simplemente, natural. —¿Está seguro de todo eso, George? —Naturalmente, pues el verano pasado encontré su libro de recetas para invocar demonios. Lo hallé en un viejo castillo inglés que actualmente está en ruinas, pero que en otro tiempo perteneció a mi familia. Se especificaban las hierbas exactas, la forma de quemarlas, el ritmo, los conjuros, las entonaciones. Todo. Estaba escrito en inglés antiguo, anglosajón, ya sabe, pero yo tengo un poco de lingüista y… Se me hizo patente un ligero escepticismo. —Usted bromea —dije. Me miró con altivez. —¿Por qué cree semejante cosa? ¿Acaso me estoy riendo? Se trata de un libro auténtico. Yo mismo experimenté las recetas. —Y obtuvo un demonio. —Sí, en efecto —respondió, señalándose de manera significativa el bolsillo superior de la chaqueta. —¿Lo tiene ahí? George se tocó el bolsillo, y parecía a punto de asentir cuando sus dedos palparon algo importante, o tal vez fuese precisamente que no palparon nada. Miró en el interior. —Se ha ido —dijo con disgusto—. Desmaterializado… Pero quizá no se le pueda censurar por ello. Anoche estuvo conmigo porque sentía curiosidad por este congreso, ¿sabe? Le di un poco de whisky con un cuentagotas, y le gustó. Tal vez le gustó demasiado, pues quería pegarse con la cacatúa enjaulada que hay en el bar y empezó a insultarla. Afortunadamente, se quedó dormido antes de que el pájaro ofendido pudiera replicar. Esta mañana no parecía encontrarse muy bien, y supongo que se ha ido a su casa, dondequiera que esté, para recuperarse. Sentí un acceso de rebeldía. ¿Esperaba que me creyera aquello? —¿Me está diciendo que tenía un demonio en el bolsillo de la chaqueta? —Es agradable ver lo rápidamente que se hace usted cargo de la situación —dijo George. —¿Qué tamaño tenía? —Dos centímetros. —Pero eso no llega a una pulgada. —Totalmente correcto. Una pulgada son 2,54 centímetros. —Quiero decir, qué clase de demonio es para tener sólo dos centímetros de estatura. —Uno pequeño —respondió George—, pero, como dice el refrán, más vale tener un demonio pequeño que no tener ninguno. —Depende de cómo sea. —Oh, Azazel…, se llama así. Es un demonio amistoso. Sospecho que no está muy bien considerado en sus antros nativos, pues se le nota extraordinariamente ansioso por impresionarme con sus poderes, salvo que no quiere utilizarlos para enriquecerme, como debería hacer, tratándose de una honorable amistad. Dice que sus poderes deben ser utilizados tan sólo para hacer el bien a otros. —Vamos, vamos, George. Seguramente que no es ésa la filosofía del infierno. George se llevó un dedo a los labios. —No diga esa clase de cosas, amigo. Azazel se sentiría enormemente ofendido. Dice que su país es amable, decente y muy civilizado, y habla con gran respeto de su gobernante, cuyo nombre jamás pronuncia, y al que llama simplemente el Todo Total. —¿Y en realidad hace favores? —Siempre que puede. Ése es el caso, por ejemplo, de mi ahijada, Juniper Pen… —¿Juniper Pen? —Sí. Por su expresión de intensa curiosidad, me doy cuenta de que desea conocer la historia. Con mucho gusto se la contaré. Juniper Pen —dijo George— era una cándida estudiante de segundo curso en la Universidad cuando comienza mi relato…, una dulce e inocente muchacha fascinada por el equipo de baloncesto, todos y cada uno de cuyos miembros eran jóvenes altos y muy guapos. El jugador que más parecía estimular su imaginación femenina era Leander Thomson, un muchacho alto y delgado, de grandes manos que se enroscaban en torno a un balón o a cualquier otra cosa que tuviera forma y el tamaño de un balón, lo que de alguna manera trae a la memoria a Juniper. Obviamente, él era el objeto de sus gritos, cuando contemplaba desde la grada uno de sus partidos. Solía hablarme de sus dulces sueños, pues, como todas las jovencitas, aunque no sean mis nietas, se sentía impulsada a confiar en mí. Mi porte cariñoso pero digno invitaba a las confidencias. —Oh, tío George —decía—, seguro que no es nada malo que yo sueñe en un futuro con Leander. Me lo imagino como el mejor jugador de baloncesto del mundo, como la flor y nata de los grandes profesionales, como el titular de un sustancioso contrato de larga duración. Y no es que yo pida mucho. Todo lo que quiero de la vida es una pequeña mansión cubierta de enredaderas, un pequeño jardín que se extienda todo cuanto la vista pueda abarcar, una sencilla servidumbre organizada en equipos, todos mis vestidos ordenados alfabéticamente para cada día de la semana y cada mes del año y… Me vi obligado a interrumpir su encantador parloteo. —Hay un ligero fallo en tu plan, pequeña —dije—. Leander no es un jugador de baloncesto muy bueno, y es poco probable que algún equipo le contrate por grandes sumas. —Eso es injusto —dijo, enfurruñando el gesto—. ¿Por qué no es un jugador de baloncesto muy bueno? —Porque así es como funciona el Universo. ¿Por qué no concentras tus juveniles afectos en alguien que sea un buen jugador de baloncesto? ¿O, si vamos a eso, en algún joven y honrado corredor bursátil de Wall Street que tenga acceso a informaciones reservadas? —La verdad es que ya he pensado en ello, tío George, pero me gusta Leander exclusivamente por lo que es. Hay veces en que pienso en él y me digo: «En realidad, ¿es tan importante el dinero?». —Chist, jovencita —exclamo horrorizado. Hoy en día, las mujeres son increíblemente francas. —Pero ¿por qué no puedo tener también el dinero? ¿Es mucho pedir? ¿Lo era realmente? Después de todo, yo tenía un demonio para mí solo. Se trataba de un demonio pequeño, desde luego, pero su corazón era grande. Seguramente que querría favorecer el curso del verdadero amor, a fin de aportar luz y dulzura a dos seres cuyos corazones latían al unísono al pensar en besos y fondos mutuos. Azazel me escuchó cuando le invoqué con el conjuro apropiado… No, no puedo decirle cuál es. ¿No tiene usted un elemental sentido de la ética? Como digo, me escuchó, pero con lo que me pareció una absoluta carencia de esa comprensión que cabría esperar. Confieso que le había arrastrado a nuestro mundo sacándole de su entrega a algo parecido a un baño turco, pues se hallaba envuelto en una diminuta toalla y estaba tiritando. Su voz parecía más aguda y estridente que nunca. (En realidad, no creo que fuese verdaderamente su voz. Me da la impresión de que se comunicaba mediante alguna especie de telepatía, pero el resultado era que yo oía, o imaginaba oír, una aguda vocecilla). —¿Qué es baloncesto? —preguntó—. ¿Un balón con forma de cesto? Porque, en ese caso, ¿qué es un cesto? Traté de explicárselo, pero, para ser un demonio, puede resultar realmente obtuso. Se me quedó mirando, como si no le estuviese explicando con luminosa claridad cada detalle del juego. Finalmente, dijo: —¿Podría ver un partido de baloncesto? —Naturalmente —respondí—. Esta noche se juega uno. Leander me dio una entrada, y tú puedes ir en mi bolsillo. —Estupendo —dijo Azazel—. Llámame cuando te dispongas a salir para el partido. Ahora tengo que terminar mi zymig —con lo que supongo se refería a su baño turco, y desapareció. Debo confesar que me irrita sobremanera que alguien anteponga sus insignificantes asuntos domésticos a las trascendentales cuestiones de que yo me ocupo…, lo cual me recuerda, amigo mío, que el camarero parece estar intentando atraer su atención. Creo que le tiene preparada la cuenta. Recójala, por favor, para que yo pueda continuar mi relato. Esa noche fui al partido de baloncesto, y Azazel venía conmigo en mi bolsillo. Mantenía la cabeza asomada por el borde del bolsillo y habría constituido un sospechoso espectáculo si alguien hubiera estado mirando. Su piel es de un color rojo brillante y en su frente se destacan las protuberancias de dos pequeños cuernos. Por fortuna, se mantenía dentro del bolsillo, pues su musculosa cola de un centímetro de longitud es su rasgo más prominente y nauseabundo. Yo no soy un gran aficionado al baloncesto, y preferí dejar que Azazel extrajera por su propia cuenta el significado de lo que estaba viendo. Su inteligencia, aunque más demoniaca que humana, es notable. Una vez finalizado el partido, me dijo: —Por lo que he podido deducir de la esforzada acción de los corpulentos, desgarbados y en absoluto interesantes individuos que corrían por la pista, parece ser que se producía una cierta conmoción cada vez que esa curiosa pelota pasaba a través del aro. —En efecto —dije—. Eso es encestar. —Entonces, ¿ese protegido tuyo se convertiría en un héroe de ese estúpido juego si pudiera pasar la pelota por el aro todas las veces que lo intentase? —Exactamente. Azazel pensativo, agitó la cola. —No tiene que ser difícil. Sólo necesito ajustar sus reflejos para hacerle calcular el ángulo, la altura, la fuerza… Permaneció unos instantes en reflexivo silencio, a continuación dijo: —Veamos, he tomado nota de su complejo coordinado personal durante el partido… Sí, se puede hacer. En realidad, ya está hecho. Tu Leander no tendrá ninguna dificultad en hacer pasar la pelota por el aro. Yo experimentaba una cierta excitación mientras aguardaba a que se celebrase el siguiente partido. No le dije nada a la pequeña Juniper, porque nunca había hecho uso de los poderes demoniacos de Azazel y no estaba del todo seguro de que sus hechos hicieran honor a sus palabras. Además, quería que se llevara una sorpresa. (Y se la llevó, muy grande, lo mismo que yo). Por fin llegó el día del partido, y aquél fue el partido. Nuestro colegio local, Nerdsville Tech, de cuyo equipo de baloncesto Leander era tan pálida luminaria, jugaba contra los larguiruchos fajadores de Reformatorio Al Capone, y se esperaba que fuese un combate épico. Cómo de épico, nadie lo esperaba. El equipo de Al Capone en seguida se puso por delante en el marcador, y yo observaba atentamente a Leander. Parecía tener dificultades para decidir lo que debía hacer, y al comienzo sus manos parecían fallar el balón cuando trataba de avanzar. Supuse que sus reflejos habían resultado tan alterados, que en un principio no podía controlar en absoluto sus músculos. Sin embargo, luego, fue como si se acostumbrara a su nuevo cuerpo. Cogió el balón y pareció que se le escapaba de las manos…, ¡pero qué forma de escaparse! Describió un arco en el aire y atravesó el centro del aro. Las gradas estallaron en frenético aplauso, mientras que Leander contemplaba pensativamente el aro, como preguntándose qué había ocurrido. Fuera lo que fuese, volvió a ocurrir otra vez…, y otra. Tan pronto como Leander tocaba el balón, éste se elevaba describiendo un arco. Tan pronto como se elevaba, se curvaba hacia la canasta. Sucedía tan de repente, que nadie veía jamás a Leander apuntar ni hacer absolutamente ningún esfuerzo. Interpretando esto como una prueba de maestría, la multitud se puso histérica. Sin embargo, luego, como era de esperar, sucedió lo inevitable, y el partido se hundió en un caos total. Brotaban silbidos de las tribunas; los alumnos de rostros llenos de cicatrices que animaban al reformatorio Al Capone, proferían violentas observaciones de carácter insultante, y por todas partes se producían peleas a puñetazos entre el público. Lo que yo no había dicho a Azazel, creyendo que se trataba de algo evidente, y lo que él no había advertido, era que las dos canastas de la pista no eran iguales: una correspondía al equipo local y la otra al equipo visitante, y que cada jugador lanzaba el balón hacia la canasta apropiada. Y el balón, con toda la lamentable ignorancia de un objeto inanimado, en cuanto Leander lo tocaba, se elevaba hacia la canasta más próxima. El resultado era que, una y otra vez, Leander se las arreglaba para introducir el balón en la canasta en que no debía. Persistió en hacerlo, pese a los amables reproches del entrenador del Nerdsville, Claws «Pop» McFang, que se desgañitaba a gritos por entre la espuma que le cubría los labios. «Pop» McFang enseñó los dientes con un suspiro de tristeza por tener que expulsar a Leander del partido y lloró abiertamente cuando le quitaron los dedos de la garganta de Leander para que pudiera llevarse a efecto la expulsión. Amigo mío, Leander nunca volvió a ser el mismo. Naturalmente, yo había pensado que buscaría refugio en la bebida y se convertiría en un torvo y pensativo alcohólico. Eso lo habría comprendido. No obstante, cayó aún más bajo. Se volvió hacia sus estudios. Bajo la despreciativa, y a veces incluso compasiva, mirada de sus condiscípulos, iba de clase en clase, sepultaba la cabeza entre los libros y descendía hacia las cenagosas profundidades de la ciencia. Durante todo ese tiempo, sin embargo, Juniper se aferró a él. Me necesita, decía, con los ojos empañados por las lágrimas. Sacrificándolo todo, se casó con él una vez que ambos se graduaron. Y continuó manteniéndose unida a él, incluso mientras caía al más profundo de los abismos, al ser estigmatizado con un doctorado en Física. Él y Juniper viven ahora en un pequeño apartamento situado en alguna parte del lado oeste. Él enseña física y ella realiza investigaciones sobre Cosmogonía, según tengo entendido. Él gana 60.000 dólares al año, y entre quienes le conocieron cuando era un deportista respetable, se dice, en horrorizados susurros, que es un posible candidato al premio Nobel. Juniper nunca se queja, y se mantiene fiel a su ídolo caído. Ni con palabras ni con hechos expresa jamás ningún sentimiento de pérdida, pero no puede engañar a su viejo padrino. Sé muy bien que, a veces, piensa melancólicamente en la mansión cubierta de enredaderas que nunca tendrá y en las ondulantes colinas y distantes horizontes de la pequeña finca de sus sueños. —Ésa es la historia —dijo George, mientras recogía el cambio que había traído el camarero y anotaba el total del recibo de la tarjeta de crédito, supongo que para poder deducirlo de sus impuestos—. Yo, en su lugar —añadió—, dejaría una generosa propina. Así lo hice, un tanto aturdido, mientras George sonreía y se alejaba. En realidad, no me importaba que George se hubiera quedado con el cambio. Se me ocurrió que él únicamente tenía una comida, mientras que yo disponía de una historia que podía contar como propia y que me reportaría una cantidad de dinero equivalente a muchas veces el coste de la comida. De hecho, decidí continuar almorzando con él de vez en cuando. FIN Autor: Isaac Asimov Título: El demonio de dos centímetros Título Original: The Two-Centimeter Demon Publicado en: Azazel (1988) Traducción: Adolfo Martín
- "El entierro prematuro", cuento de Edgar Allan Poe
El entierro prematuro Edgar Allan Poe Hay ciertos temas de interés absorbente, pero demasiado horribles para ser objeto de una obra de ficción. El mero escritor romántico debe evitarlos si no desea ofender o desagradar. Sólo se los usa con propiedad cuando lo severo y lo majestuoso de la verdad los santifican y los sostienen. Nos estremecemos con el más intenso de los «dolores agradables» ante los relatos del paso del Berésina, del terremoto de Lisboa, de la peste de Londres y de la matanza de San Bartolomé, o la asfixia de los ciento veintitrés prisioneros en el Pozo Negro de Calcuta. Pero en estos relatos lo excitante es el hecho, la realidad, la historia. Como invenciones nos inspirarían simple aversión. He mencionado algunas de las más destacadas y augustas calamidades que registra la historia; pero en ellas el alcance, no menos que el carácter de la calamidad, es lo que con tanta vivacidad impresiona la imaginación. No necesito recordar al lector que, del largo y horripilante catálogo de miserias humanas, podría haber elegido muchos ejemplos individuales más llenos de sufrimiento esencial que cualquiera de estos vastos desastres generales. La verdadera desgracia, el infortunio por esencia, es particular, no difuso. ¡Agradezcamos a Dios misericordioso que los horribles extremos de agonía sean soportados por el hombre solo y nunca por el hombre en masa! Ser enterrado vivo es, fuera de toda discusión, el más terrible de los extremos que jamás haya caído en suerte al simple mortal. Que ha caído con frecuencia, con mucha frecuencia, nadie capaz de pensar lo negará. Los límites que separan la Vida de la Muerte son, en el mejor de los casos, vagos e indefinidos. ¿Quién puede decir dónde termina una y dónde empieza la otra? Sabemos que hay enfermedades en las cuales se produce una cesación total de las funciones aparentes de la vida, y, sin embargo, esa cesación es una simple suspensión para darle su justo nombre. Hay tan sólo pausas temporarias en el incomprensible mecanismo. Transcurrido cierto período, algún misterioso principio oculto pone de nuevo en movimiento los mágicos piñones y las ruedas de hechicería. La cuerda de plata no estaba suelta para siempre, ni irreparablemente roto el vaso de oro. Pero, entretanto, ¿dónde se hallaba el alma? Sin embargo, fuera de la inevitable conclusión a priori de que tales causas deben producir tales efectos, de que los bien conocidos casos de vida en suspenso deben provocar naturalmente, una y otra vez, prematuros entierros, fuera de esta consideración tenemos el testimonio directo de la experiencia médica y vulgar para probar que realmente un gran número de estas inhumaciones se lleva a cabo. Yo podría referir de inmediato, si fuera necesario, cien ejemplos bien probados. Uno de características muy notables, y cuyas circunstancias quizá se conserven frescas todavía en la memoria de algunos de mis lectores, aconteció no hace mucho en la vecina ciudad de Baltimore, donde provocó una penosa, intensa y dilatada conmoción. La mujer de uno de los más respetables ciudadanos —abogado eminente y miembro del Consejo— fue atacada por una súbita e inexplicable enfermedad que burló el ingenio de sus médicos. Después de mucho padecer murió, o se supone que murió. Nadie sospechó, a decir verdad, ni había razón para sospechar, que no estaba realmente muerta. Presentaba todas las apariencias comunes de la muerte. El rostro tenía el habitual contorno contraído, sumido. Los labios mostraban la habitual palidez marmórea. Los ojos carecían de brillo. Faltaba el calor. Las pulsaciones habían cesado. Durante tres días el cuerpo estuvo sin enterrar, y en ese tiempo adquirió una rigidez pétrea. El funeral, en suma, fue apresurado a causa del rápido avance de lo que se supuso era descomposición. La señora fue depositada en la bóveda familiar, que permaneció cerrada durante los tres años siguientes. Al expirar este plazo fue abierta para la recepción de un sarcófago; mas, ¡ah!, ¡qué espantoso choque aguardaba al marido cuando abrió en persona la puerta! Al empujar los batientes, un objeto vestido de blanco cayó rechinando en sus brazos. Era el esqueleto de su mujer con la mortaja todavía puesta. Una cuidadosa investigación brindó la evidencia de que había revivido dos días después de su sepultura; que su lucha dentro del ataúd había provocado la caída de éste desde un nicho o estante al suelo, y que al romperse el féretro pudo salir de él. Apareció vacía una lámpara que había quedado accidentalmente llena de aceite dentro de la tumba; quizá se hubiera agotado, sin embargo, por evaporación. En el peldaño superior de la escalera que descendía a la espantosa cámara había un gran fragmento del ataúd, con el cual, según las apariencias, la mujer había intentado llamar la atención golpeando la puerta de hierro. Mientras lo hacía, probablemente, se desmayó o quizá murió de puro terror, y al caer, la mortaja se enredó en alguna pieza de hierro que se proyectaba hacia adentro. Allí quedó y así se pudrió, erecta. En el año 1810 hubo en Francia un caso de inhumación prematura, rodeado de circunstancias que justifican ampliamente el aserto de que la verdad es más extraña que la ficción. La heroína de la historia era mademoiselle Victorine Lafourcade, una joven de ilustre familia, rica y de gran belleza. Entre sus numerosos cortejantes se contaba Julien Bossuet, un pobre littérateur o periodista de París. Su talento y su afabilidad general lo habían señalado a la atención de la heredera, quien parecía haberse enamorado realmente de él, pero su orgullo de casta la decidió, por último, a rechazarlo y a casarse con un tal monsieur Renelle, banquero y diplomático de cierta distinción. Después del matrimonio, este caballero descuidó a su mujer y quizá llegó a maltratarla de hecho. Después de pasar juntos algunos años desdichados, ella murió; por lo menos, su estado semejaba tanto la muerte que engañó a todos quienes la vieron. Fue inhumada no en una bóveda, sino en una tumba común, en su aldea natal. Lleno de desesperación, y todavía inflamado por el recuerdo de su profundo cariño, el enamorado viaja de la capital a la remota provincia donde se encuentra la aldea, con el propósito romántico de desenterrar el cuerpo y apoderarse de sus exuberantes trenzas. Llega a la tumba. A medianoche desentierra el ataúd, lo destapa y, en el momento de desprender el cabello, lo detienen los ojos de la amada, que se abren. La mujer había sido enterrada viva. La vitalidad no había desaparecido del todo, y las caricias del enamorado la despertaron del letargo que fuera equivocadamente tomado por la muerte. El joven la llevó frenético a su alojamiento en la aldea. Empleó ciertos poderosos reconstituyentes aconsejados por no pocos conocimientos médicos. Al fin, ella revivió. Reconoció a su salvador. Permaneció con él hasta que, lenta y gradualmente, recobró toda su salud. Su corazón no era empedernido, y esta última lección de amor bastó para ablandarlo. Lo entregó a Bossuet. No volvió más junto a su marido; ocultando su resurrección, huyó con su amante a América. Veinte años después, los dos regresaron a Francia, persuadidos de que el tiempo había cambiado tanto la apariencia de la señora que sus amigos no podrían reconocerla. Pero se equivocaron, pues al primer encuentro monsieur Renelle reconoció, efectivamente, a su mujer y la reclamó. Ella rechazó el reclamo y el tribunal la apoyó, resolviendo que las peculiares circunstancias, junto con el largo lapso transcurrido, habían abolido, no sólo desde el punto de vista de la equidad, sino legalmente la autoridad del marido. La Revista de Cirugía de Leipzig, publicación de gran autoridad y mérito, que algunos libreros americanos harían bien en traducir y editar, relata en uno de los últimos números un suceso muy penoso que presenta las características en cuestión. Un oficial de artillería, hombre de gigantesca estatura y robusta salud, fue derribado por un caballo indomable, recibiendo una contusión muy fuerte en la cabeza que en seguida le hizo perder el sentido. Tenía una ligera fractura de cráneo, pero sin peligro inmediato. La trepanación se realizó con éxito. Se le practicó una sangría y se adoptaron otros muchos métodos comunes de alivio. Pero cayó gradualmente en un sopor cada vez más grave y, por último, se le dio por muerto. Hacía calor y lo enterraron con prisa indecorosa en uno de los cementerios públicos. Sus funerales se realizaron un día jueves. El domingo siguiente frecuentaban el cementerio, como de costumbre, numerosos visitantes cuando, alrededor de mediodía, se produjo un gran revuelo provocado por las palabras de un campesino que, habiéndose sentado en la tumba del oficial, sintió claramente una conmoción en la tierra, como si alguien estuviera luchando debajo. Al principio nadie prestó atención a las palabras del hombre, pero su evidente terror y la terca insistencia con que repetía su historia tuvieron, al fin, naturales efectos sobre la multitud. Algunos consiguieron de inmediato unas palas, y la tumba, vergonzosamente superficial, estuvo en pocos minutos tan abierta que dejó ver la cabeza de su ocupante. Daba la impresión de estar muerto, pero aparecía casi sentado dentro del ataúd, cuya tapa, en una furiosa lucha, había levantado parcialmente. Fue llevado en seguida al hospital más cercano, donde se le declaró vivo, aunque en estado de asfixia. Después de algunas horas reaccionó, reconoció a sus amigos y, con frases entrecortadas, habló de sus angustias en el sepulcro. A través de su relato resultó claro que la víctima debía haber conservado conciencia de la vida durante más de una hora después de la inhumación, hasta perder el sentido. La fosa había sido llenada descuidadamente con una tierra muy porosa, sin apisonarla, y así le llegó algo de aire. Oyó los pasos de la multitud sobre su cabeza y trató a su vez de hacerse oír. El tumulto en el interior de la tierra, dijo, fue lo que pareció despertarlo de un profundo sueño, pero apenas despierto comprendió el espantoso horror de su estado. Este paciente, según se dice, iba mejorando y parecía encaminado hacia un restablecimiento definitivo, cuando sucumbió víctima del charlatanismo de la experimentación médica. Se le aplicó la batería galvánica y expiró de pronto en uno de esos paroxismos estáticos que en ocasiones produce. La mención de la batería galvánica, sin embargo, me trae a la memoria un caso bien conocido y muy extraordinario, donde su acción brindó la manera de volver a la vida a un joven abogado de Londres que estuviera enterrado durante dos días. Esto ocurrió en 1831, y en el momento causó profunda sensación en todas partes donde fue tema de conversación. El paciente, Mr. Edward Stapleton, había muerto aparentemente de fiebre tifus, acompañada de algunos síntomas anómalos que excitaron la curiosidad de sus médicos. Después de su aparente deceso, se solicitó a los amigos una autorización para un examen post mortem , pero éstos se negaron a permitirlo. Como sucede con frecuencia ante tales negativas, los médicos resolvieron desenterrar el cuerpo y disecarlo a gusto, en privado. Se hicieron fáciles arreglos con algunos de los numerosos ladrones de cadáveres que abundan en Londres, y la tercera noche después de la inhumación el supuesto cadáver fue desenterrado de una tumba de ocho pies de profundidad y depositado en la sala operatoria de un hospital privado. Al practicarse una incisión de cierta longitud en el abdomen, el aspecto fresco e incorrupto del sujeto sugirió la conveniencia de aplicar la batería. Se hicieron sucesivos experimentos con los efectos acostumbrados, sin nada peculiar en ningún sentido, salvo, en una o dos ocasiones, una apariencia de vida mayor que la ordinaria en la acción convulsiva. Era tarde. Estaba por amanecer y se juzgó oportuno, al fin, proceder de inmediato a la disección. Pero uno de los estudiantes tenía especiales deseos de probar una teoría propia e insistió en la aplicación de la batería a uno de los músculos pectorales. Después de practicar una tosca incisión, se estableció apresuradamente un contacto; entonces el paciente, con un movimiento rápido pero nada convulsivo, se levantó de la mesa, caminó hasta el centro del recinto, miró extrañado a su alrededor unos instantes y entonces… habló. Lo que dijo fue ininteligible, pero pronunció unas palabras; el silabeo era claro. Después de hablar, cayó pesadamente al suelo. Por un momento todos quedaron paralizados de espanto, pero la urgencia del caso pronto les devolvió la presencia de ánimo. Se vio que Mr. Stapleton estaba vivo, aunque en síncope. Después de administrársele éter revivió y recobró rápidamente la salud, retornando a la sociedad de sus amigos, a quienes se ocultó, sin embargo, toda noticia de su resurrección hasta que ya no hubo peligro de una recaída. Es de imaginar la maravilla de aquéllos y su arrobado asombro. La nota más espeluznante de este incidente se encuentra, sin embargo, en lo que afirma el mismo Mr. Stapleton. Declara que en ningún momento perdió todo el sentido, que de un modo oscuro y confuso percibía lo que le estaba ocurriendo desde el momento en que fuera declarado muerto por los médicos hasta aquel en que cayó desmayado sobre el piso del hospital. «Estoy vivo», fueron las palabras incomprensibles que, después de reconocer la sala de disección, había intentado en su apuro proferir. Sería cosa fácil multiplicar historias como éstas, pero me abstengo porque, en realidad, no nos hacen falta para sentar el hecho de que se producen entierros prematuros. Al reflexionar en las muy raras veces en que, por la naturaleza del caso, tenemos la posibilidad de conocerlos, debemos de admitir que han de ocurrir frecuentemente sin que lo sepamos. En realidad, rara vez se ha removido con cierta extensión un cementerio, por cualquier motivo, sin que aparecieran esqueletos en posturas que insinúan la más horrible de las sospechas. ¡Horrible, sí, la sospecha, pero más horrible el destino! Puede asegurarse sin vacilación que ningún suceso se presta tan terriblemente como la inhumación antes de la muerte para llevar al colmo de la angustia física y mental. La intolerable opresión de los pulmones, las sofocantes emanaciones de la tierra húmeda, las vestiduras fúnebres que se adhieren, el rígido abrazo de la morada estrecha, la negrura de la noche absoluta, el silencio como un mar abrumador, la invisible pero palpable presencia del vencedor gusano, estas cosas, junto con los recuerdos del aire y la hierba que crecen arriba, la memoria de los amigos queridos que volarían a salvarnos si se enteraran de nuestro destino, y la conciencia de que nunca podrán enterarse de él, de que nuestra suerte desesperanzada es la de los muertos de verdad, estas consideraciones, digo, llevan al corazón aún palpitante a un grado de espantoso e intolerable horror, ante el cual la imaginación más audaz retrocede. No conocemos nada tan angustioso en la Tierra, no podemos pensar en nada tan horrible en los dominios del más profundo Infierno. Y por eso todos los relatos sobre este tópico tienen un interés profundo; interés que, sin embargo, en el sagrado espanto del tópico mismo, depende justa y específicamente de nuestra creencia en la verdad del asunto narrado. Lo que voy a contar ahora es mi propio conocimiento real, mi experiencia efectiva y personal. Durante varios años sufrí accesos de ese singular trastorno que los médicos se han puesto de acuerdo en llamar catalepsia, a falta de un nombre más definitivo. Aunque tanto las causas inmediatas como las predisposiciones y aun el diagnóstico real de esta enfermedad siguen siendo misteriosos, su carácter evidente y manifiesto es de sobra conocido. Las variaciones parecen serlo especialmente de grado. A veces el paciente yace sólo un día, o un período aún más breve, en una especie de exagerado letargo. Está privado de conocimiento y aparentemente inmóvil, pero las pulsaciones del corazón aún se perciben débilmente, quedan algunas huellas de calor, una ligera coloración se demora en el centro de las mejillas y, aplicando un espejo a los labios, podemos descubrir una torpe, desigual y vacilante actividad de los pulmones. Otras veces el trance dura semanas y aun meses, mientras el examen más minucioso y las más rigurosas pruebas médicas no logran establecer ninguna distinción material entre el estado del paciente y lo que concebimos como muerte absoluta. Muy a menudo lo salvan del entierro prematuro sus amigos, que lo sabían ya atacado de catalepsia, y la consiguiente sospecha, pero sobre todo lo salva su apariencia incorrupta. La enfermedad avanza, por fortuna, gradualmente. Las primeras manifestaciones, aunque marcadas, son inequívocas. Los ataques son cada vez más característicos y cada uno dura más que el anterior. En esto reside la seguridad principal en cuanto a la inhumación. El desdichado cuyo primer ataque tuviera el carácter grave que en ocasiones se presenta, sería casi inevitablemente depositado vivo en la tumba. Mi caso difería en características sin importancia de los mencionados en los libros de medicina. A veces, sin ninguna causa aparente, me sumía poco a poco en un estado de semisíncope, o casi desmayo, y ese estado, sin dolor, sin capacidad para moverme o para hablar o pensar, pero con una confusa conciencia letárgica de vida y de la presencia de aquellos que rodeaban mi lecho, duraba hasta que la crisis de la enfermedad me devolvía, de improviso, el perfecto conocimiento. Otras veces el acceso era rápido, fulminante. Me sentía enfermo, aterido, helado, con vértigo y, de pronto, caía postrado. Entonces todo estaba vacío semanas enteras, y negro, silencioso, y la nada se convertía en el universo. La total aniquilación no podía ser mayor. De estos últimos ataques despertaba, sin embargo, en una lenta gradación comparada con la instantaneidad del acceso. Así como amanece el día para el mendigo sin casa y sin amigos, para el que rueda por las calles en la larga y desolada noche de invierno, así, tan tardía, tan cansada, tan alegre volvía a mí la luz del Alma. Pero, fuera de la tendencia al síncope, mi salud general parecía buena, y no hubiera advertido que sufría tal enfermedad a menos que una peculiaridad de mi sueño pudiera considerarse como provocada por ella. Al despertarme, nunca podía recobrar de inmediato la posesión de mis sentidos y permanecía siempre durante algunos minutos en un estado de extravío y perplejidad, pues las facultades mentales en general y la memoria en especial se hallaban en absoluta suspensión. En todos mis padecimientos no había sufrimiento físico, sino una infinita angustia moral. Mi imaginación se tornó macabra. Hablaba «de gusanos, de tumbas, de epitafios». Me perdía en ensueños de muerte, y la idea del entierro prematuro poseía permanentemente mi espíritu. El horrible peligro al cual estaba expuesto me obsesionaba día y noche. Durante el primero, la tortura de la meditación era excesiva; durante la segunda, era suprema. Cuando las torvas tinieblas se extendían sobre la Tierra, entonces, presa de los más horrendos pensamientos, temblaba, temblaba como los trémulos penachos de la carroza fúnebre. Cuando mi naturaleza ya no podía soportar la vigilia, luchaba antes de consentir en dormirme, pues me estremecía pensando que, al despertar, podía encontrarme metido en una tumba. Y cuando, al fin, me hundía en el sueño, era sólo para precipitarme de pronto en un mundo de fantasmas sobre el cual se cernía con sus vastas, negras alas tenebrosas, la única, la sepulcral Idea. De las innumerables imágenes lúgubres que me oprimían en sueños elijo para mi relato una visión solitaria. Soñé que había caído en trance cataléptico de duración y profundidad mayores que las habituales. De pronto una mano helada se posó en mi frente y una voz impaciente, farfullante, susurró en mi oído: «¡Levántate!». Me senté. La oscuridad era total. No podía ver la figura del que me había despertado. No podía traer a la memoria ni el período durante el cual había caído en trance, ni el lugar donde yacía ahora. Mientras permanecía inmóvil, intentando reunir mis pensamientos, la fría mano me aferró con fuerza de la muñeca, sacudiéndola con petulancia, mientras la voz farfullante decía de nuevo: —¡Levántate! ¿No te ordené que te levantaras? —Y tú —pregunté—, ¿quién eres? —No tengo nombre en las regiones donde habito —replicó la voz, plañidera—. Fui un hombre y soy un demonio. Soy implacable, pero digno de lástima. Tú has de sentir que me estremezco. Me rechinan los dientes mientras hablo y, sin embargo, no es por el frío de la noche, de la noche sin fin. Pero este horror es insoportable. ¿Cómo puedes tú dormir tranquilo? No me dejan descansar los gritos de esas grandes agonías. Estos espectáculos son más de lo que puedo soportar. ¡Levántate! Ven conmigo a la noche exterior y deja que te muestre las tumbas. ¿No es éste un espectáculo de dolor? ¡Contempla! Miré, y la figura invisible que seguía aferrándome la muñeca hizo abrir las tumbas de toda la humanidad, y de cada una salían las débiles irradiaciones fosfóricas de la putrefacción, de modo que pude ver en sus más recónditos escondrijos, y el espectáculo de los cuerpos amortajados en su triste y solemne sueño con el gusano. Pero, ¡ay!, los verdaderos durmientes eran menos, entre muchos millones, que aquellos que no dormían, y había una débil lucha, y había un triste desasosiego general, y de las profundidades de los innúmeros pozos salía el melancólico frotar de las vestiduras de los enterrados. Y entre aquellos que parecían reposar tranquilos vi gran número que había cambiado, en mayor o menor grado, la rígida e incómoda posición en que habían sido originariamente sepultos. Y la voz me dijo de nuevo, mientras yo miraba: —¿No es, acaso, ¡ah!, no es, acaso, un lastimoso espectáculo? Pero antes de que hallara palabras para replicarle, la figura dejó de aferrarme la muñeca, las luces fosforescentes se extinguieron y las tumbas se cerraron con súbita violencia, mientras de ellas brotaba un tumulto de gritos desesperados que repetían: «¿No es acaso, ¡oh Dios!, no es acaso un espectáculo lastimoso?». Fantasías como ésta se presentaban por la noche y extendían su terrorífica influencia aun a mis horas de vigilia. Mis nervios se trastornaron y fui presa de perpetuo horror. Vacilaba en cabalgar, en caminar o practicar cualquier ejercicio que me apartara de casa. En realidad, ya no me atrevía a confiar en mí mismo fuera de la inmediata presencia de aquellos que conocían mi propensión a la catalepsia, por miedo de que, en uno de mis habituales ataques, me enterraran antes de que se determinara mi verdadero estado. Dudaba del cuidado, de la fidelidad de mis amigos más queridos. Me asustaba pensar que, en un trance más largo de lo acostumbrado, se convencieran de que no tenía remedio. Llegaba a temer que, como les causaba muchas molestias, quizá se alegraran de considerar cualquier ataque muy prolongado como excusa suficiente para librarse de mí definitivamente. En vano trataban de tranquilizarme con las más solemnes promesas. Les exigía, por los juramentos más sagrados, que en ninguna circunstancia me enterraran hasta que la descomposición material estuviera tan avanzada que impidiese toda conservación. Y aun entonces mis terrores mortales no atendían a ninguna razón, no aceptaba consuelo. Comencé una serie de laboriosas precauciones. Entre otras cosas mandé rehacer de tal manera la bóveda familiar, que era posible abrirla fácilmente desde el interior. La más ligera presión de una larga palanca que se extendía dentro de la cripta bastaba para abrir rápidamente los portales de hierro. También estaba prevista la libre admisión de aire y luz, y adecuados receptáculos para alimentos y agua, al alcance del ataúd preparado para recibirme. Este ataúd estaba forrado con un material cálido y suave y provisto de una tapa elaborada según el principio de la puerta de la bóveda, con el añadido de resortes ideados de tal modo que el más débil movimiento del cuerpo hubiera sido suficiente para soltarla. Además de todo esto, del techo de la tumba colgaba una gran campana cuya soga (estaba previsto) entraría por un agujero en el ataúd, siendo atada a una de las manos del cadáver. Mas, ¡ay!, ¿de qué sirve la vigilancia contra el Destino del hombre? ¡Ni siquiera esas bien urdidas seguridades bastaban para librar de las más extremadas angustias de la inhumación en vida a un infeliz destinado a ellas! Llegó una época —como ya había ocurrido a menudo— en que me encontré a mí mismo emergiendo de una total inconsciencia a la primera sensación débil e indefinida de existencia. Lentamente, con gradación de tortuga, se acercaba el alba gris, pálida, del día psíquico. Un desasosiego aletargado. Una sensación apática de dolor sordo. Ninguna preocupación, ninguna esperanza, ningún esfuerzo. Después de un largo intervalo, un retintín en los oídos; luego, tras un lapso aún más largo, una sensación de hormigueo o comezón en las extremidades; luego, un período aparentemente eterno de placentera quietud, durante el cual las sensaciones que despiertan luchan por convertirse en pensamientos; luego, otra breve zambullida en la nada; luego, un súbito restablecimiento. Al fin, el ligero estremecerse de un párpado, e inmediatamente después, un choque eléctrico de terror, mortal e indefinido, que envía la sangre a torrentes de las sienes al corazón. Y entonces el primer esfuerzo positivo por pensar. Y entonces el primer intento de recordar. Y entonces un éxito parcial y evanescente. Y entonces la memoria ha recobrado tanto su dominio, que en cierta medida tengo conciencia de mi estado. Siento que no estoy despertando de un sueño ordinario. Recuerdo que he padecido de catalepsia. Y entonces, por fin, como si fuera la embestida de un océano, abruma mi alma estremecida el único peligro horrendo, la única idea espectral, siempre dominante. Durante unos minutos, ya poseído por esta fantasía, permanecí inmóvil. ¿Y por qué? No podía reunir valor para moverme. No me atrevía a hacer el esfuerzo que había de tranquilizarme sobre mi destino, y, sin embargo, algo en el corazón me susurraba que era seguro . La desesperación —tal como ninguna otra desdicha produce—, sólo la desesperación me apremió, después de una larga duda, a levantar los pesados párpados. Los levanté. Estaba oscuro, todo oscuro. Supe que el ataque había terminado. Supe que la crisis de mi trastorno había pasado ya. Supe que había recobrado el uso de mis facultades visuales, y, sin embargo, estaba oscuro, todo oscuro, con la intensa y total capacidad de la Noche que dura para siempre. Intenté gritar, y mis labios y mi lengua reseca se movieron convulsivos, pero ninguna voz brotó de los cavernosos pulmones que, oprimidos como por el peso de una montaña, jadeaban y palpitaban con el corazón en cada inspiración laboriosa y difícil. El movimiento de las mandíbulas en el esfuerzo por gritar me mostró que estaban atadas, como se hace habitualmente con los muertos. Sentí también que yacía sobre una sustancia áspera y que algo similar, a los costados, me estrechaba. Hasta ese momento no me había atrevido a mover ninguno de los miembros, pero entonces levanté violentamente los brazos que estaban estirados, con las muñecas cruzadas. Golpearon una sustancia sólida, leñosa, que se extendía sobre mi cuerpo a no más de seis pulgadas de mi cara. Ya no pude dudar de que reposaba al fin dentro de un ataúd. Y entonces, en medio de mi infinita desgracia, vino dulcemente la Esperanza, como un querubín, pues pensé en mis precauciones. Me retorcí y ejecuté espasmódicos conatos para forzar la tapa; no se movía. Me palpé las muñecas en busca de la soga: no la encontré. Y así la Consoladora huyó para siempre y una desesperación aún más vehemente reinó triunfal, pues no podía menos de advertir la ausencia de las almohadillas que había preparado tan cuidadosamente, y entonces llegó de improviso a mis narices el fuerte y peculiar olor de la tierra húmeda. La conclusión era irresistible. No estaba en la bóveda. Había caído en trance fuera de mi casa, entre extraños, dónde y cómo no podía recordarlo, y ellos me habían enterrado como a un perro, metido en un ataúd común claveteado, y arrojado a lo profundo, en lo profundo y para siempre, de alguna tumba ordinaria, anónima. Cuando esta horrible convicción se abrió paso en las más íntimas estancias de mi alma, luché una vez más por gritar. Y este segundo intento tuvo éxito. Un largo, salvaje grito continuo, un alarido de agonía resonó en los ámbitos de la noche subterránea. —Vamos, vamos, ¿qué es eso? —dijo una voz áspera, en respuesta. —¿Qué diablos pasa ahora? —dijo un segundo. —¡Fuera de ahí! —exclamó un tercero. —¿Por qué aúlla de esa manera, como si fuese un gato montés? —dijo un cuarto. Y entonces unos individuos muy rústicos me sujetaron y me sacudieron sin ceremonias. No me despertaron de mi sueño, pues estaba bien despierto cuando grité, pero me devolvieron a la plena posesión de mi memoria. Esta aventura ocurría cerca de Richmond, en Virginia. Acompañado de un amigo me había internado, en una expedición de caza, varias millas abajo a orillas del río James. Se acercaba la noche cuando nos sorprendió una tormenta. La cabina de una pequeña chalupa anclada en la corriente y cargada de tierra vegetal nos brindó el único abrigo disponible. Le sacamos el mayor provecho posible y pasamos la noche a bordo. Me dormí en una de las dos únicas literas; no hace falta describir las literas de una chalupa de sesenta o setenta toneladas. La que yo ocupaba no tenía ropa de cama. Su ancho era de dieciocho pulgadas. La distancia entre el fondo y la cubierta era precisamente la misma. Me resultó dificilísimo introducirme en ella. Sin embargo dormí profundamente y toda mi visión, pues no era sueño ni pesadilla, surgió naturalmente de las circunstancias de mi posición, del giro habitual de mis pensamientos y de la dificultad, a la cual he aludido, de concentrar mis sentidos y especialmente de recobrar la memoria durante largo tiempo después de despertar de un sueño. Los hombres que me sacudieron eran la tripulación de la chalupa y algunos jornaleros contratados para cargarla. De la carga misma procedía el olor a tierra. La venda alrededor de las mandíbulas era un pañuelo de seda con el cual me había atado la cabeza a falta de mi acostumbrado gorro de dormir. Las torturas sufridas fueron indudablemente iguales en aquel momento a las de la verdadera sepultura. Eran espantosas, de un horror inconcebible; pero del Mal procede el Bien, porque su mismo exceso provocó en mi espíritu una inevitable reacción. Mi alma adquirió vigor, adquirió temple. Viajé al extranjero. Hice vigorosos ejercicios. Respiré el aire libre del cielo. Pensé en otros temas que la muerte. Dejé a un lado mis libros de medicina. Quemé a Buchan . No leí más Pensamientos nocturnos , ni grandilocuencias sobre cementerios, ni cuentos de miedo como éste . En poco tiempo me convertí en un hombre nuevo y viví una vida de hombre. Desde aquella noche memorable descarté para siempre mis aprensiones sepulcrales, y con ellas se desvanecieron los trastornos catalépticos, de los cuales fueran, quizá, menos consecuencia que causa. Hay momentos en que, aun para el sereno ojo de la razón, el mundo de nuestra triste humanidad puede cobrar la apariencia del infierno, pero la imaginación del hombre no es Caratis para explorar con impunidad todas sus cavernas. ¡Ay!, la torva legión de los terrores sepulcrales no puede considerarse totalmente imaginaria, pero, como los Demonios en cuya compañía Afrasiab realizó su viaje por el Oxus, deben dormir o nos devorarán, debemos permitirles el sueño, o pereceremos. FIN Autor: Edgar Allan Poe Título: El entierro prematuro Título Original: The Premature Burial Publicado en: Dollar Newspaper, 31 de julio de 1844 Traducción: Julio Cortázar
- "La aventura de un lector", cuento de Italo Calvino
La aventura de un lector Italo Calvino En el cabo la carretera del litoral pasaba por la parte más alta; abajo, en el fondo del acantilado y todo alrededor, el mar se extendía hasta el horizonte alto y esfumado. También el sol estaba en todas partes, como si el cielo y el mar fueran dos lentes de aumento. Allá abajo, contra la melladura irregular de los escollos del cabo, el agua batía tranquila, sin espuma. Amedeo Oliva bajó por una rampa de peldaños empinados con la bicicleta al hombro y la dejó en un lugar a la sombra, después de poner la cadena antirrobo. Siguió bajando la escalerilla entre desmoronamientos de tierra amarilla y seca y agaves suspendidos en el vacío, e iba buscando con la mirada el pliegue rocoso más cómodo para tenderse. Llevaba bajo el brazo una toalla enrollada y en medio de la toalla, el bañador y un libro. Comprar libros superventas online El cabo era un lugar solitario: unos pocos grupos de bañistas se zambullían o tomaban el sol escondidos unos de otros por las anfractuosidades del terreno. Entre dos rocas que lo ocultaban a la vista, Amedeo se desvistió, se puso el bañador y empezó a saltar de una cresta a otra de los escollos. Atravesó así, brincando con sus piernas flacas, la mitad de la escollera, por momentos volando casi sobre las narices de parejas de bañistas semiocultas, tendidas sobre toallas de baño. Después de un bloque de arenisca, de superficie porosa e irregular, empezaban los escollos lisos, de contornos redondeados; Amedeo se quitó las sandalias y llevándolas en la mano siguió corriendo descalzo, con la seguridad del que sabe calcular a ojo las distancias entre roca y roca y tiene unos pies cuyas plantas no le temen a nada. Llegó a un lugar donde la pared rocosa caía a pico sobre el mar: la pared estaba atravesada a media altura por una especie de escalón. Allí Amedeo se detuvo. Sobre un saliente plano acomodó su ropa bien doblada, y encima puso las sandalias con la suela hacia arriba, para que una ráfaga de viento no se lo llevara todo (en realidad apenas soplaba una ligerísima brisa del mar, pero ese gesto de precaución debía de ser habitual en él). Llevaba consigo una bolsita que era un cojín de goma; sopló hasta inflarlo, lo apoyó en un punto, y desde allí hacia abajo, en un tramo del borde rocoso en ligero descenso, tendió la toalla. Se dejó caer boca arriba y ya abría con las manos el libro en la página señalada. Así pasó largo rato tendido en la roca, bajo el sol que reververaba por todas partes, la piel seca (tenía el bronceado opaco, irregular, de quien toma el sol sin método pero es resistente a las quemaduras), apoyó en el cojín de goma la cabeza cubierta con una gorra de tela blanca, mojada (sí: había bajado hasta un escollo al nivel del agua para empaparla), inmóvil, solo los ojos (invisibles detrás de las gafas oscuras) seguían por las líneas blancas y negras el caballo de Fabrizio del Dongo. A sus pies se abría una pequeña cala de agua verdeazul, transparente casi hasta el fondo. Los escollos, según la exposición, eran de un blanco calcinado o estaban cubiertos de algas. En el fondo había una playita de guijarros. Cada tanto Amedeo alzaba los ojos hacia el espectáculo circundante, los posaba en un centelleo de la superficie y en la marcha oblicua de un cangrejo; después volvía absorto a la página donde Raskolnikof contaba los peldaños que lo separaban de la puerta de la vieja o Lucien de Rubempré, antes de meter la cabeza en el nudo corredizo, contemplaba las torres y los techos de la Conciergerie. Desde hacía un tiempo Amedeo tendía a reducir al mínimo su participación en la vida activa. No es que no le gustara la acción; más aún, del gusto por la acción se alimentaban todo su carácter y sus preferencias; y sin embargo, de año en año, el furor de ser él quien actuaba iba disminuyendo, disminuyendo tanto que era como para preguntarse si alguna vez lo había sentido realmente. No obstante, el interés por la acción sobrevivía en el placer de la lectura: su pasión eran siempre las narraciones de hechos, las historias, la trama de las vicisitudes humanas. Novelas del siglo XIX, ante todo, pero también memorias y biógrafías y así sucesivamente hasta llegar a las novelas policíacas y a la ciencia ficción, que no desdeñaba pero que le daban menos satisfacción aunque solo fuera porque eran libritos breves: a Amedeo le gustaban los volúmenes gruesos y sentía al abordarlos el placer físico que da hacer frente a un gran esfuerzo. Sopesarlos en la mano, apretados, espesos, sólidos, observar con un poco de aprensión el número de páginas, la vastedad de los capítulos; después entrar en ellos: un poco reticente al principio, sin ganas de hacer el primer esfuerzo de recordar los nombres, de seguir el hilo de la historia; después confiar en ellos, deslizándose por los renglones, atravesando el enrejado de la página uniforme, y más allá de los caracteres de plomo aparecía entonces la llama y el fuego de la batalla y la bala que silbando en el cielo caía a los pies del príncipe Adrei, ahora es la tienda atestada de estampas, de estatuas y Frédéric Moreau palpitante hacía su aparición en casa de los Arnoux. Más allá de la superficie de la página se entraba en un mundo en el que la vida, antes era más vida que la de aquí, de este lado: como la superficie del mar que nos separa del mundo azul y verde, grietas hasta perderse de vista, extensiones de fina arena ondulada, seres mitad animales mitad plantas. El sol era ardiente, el escollo quemaba y al cabo de un momento Amedeo se sentía uno con la roca. Llegaba al final del capítulo, cerraba el libro poniendo como señal el folleto publicitario, se quitaba la gorra de tela y las gafas, se ponía de pie medio atontado, y con grandes saltos llegaba a la punta extrema del escollo donde a toda hora un grupo de chiquillos se zambullía y volvía a trepar. Amedeo se erguía en un peldaño a pico sobre el mar, no demasiado alto, a un par de metros del agua, contemplaba con ojos todavía deslumbrados la transparencia luminosa que se extendía bajo sus pies y de golpe se tiraba. Su zambullida era siempre igual, de pez, bastante correcta, pero con cierta rigidez. El paso del aire asoleado al agua tibia habría sido casi imperceptible si no fuese brusco. No reaparecía en seguida, le gustaba nadar debajo del agua, cada vez más hondo, rozando casi el fondo, hasta faltarle la respiración. Le daba mucho placer el esfuerzo físico, imponerse tareas difíciles (por eso iba a leer su libro en el cabo, al que subía en bicicleta, pedaleando furiosamente bajo el sol meridiano): nadando bajo el agua, trataba siempre de llegar a una pared de roca que emergía en cierto lugar de la arena del fondo, cubierta de un espeso matorral de hierbas marinas. Volvía a la superficie entre esas rocas y nadaba un poco alrededor; empezaba practicando el crawl con método, pero gastando más fuerzas de lo necesario; en seguida, cansado de tener la nariz metida en el agua como un ciego, pasaba a una brazada más libre, «marinera»; la vista le daba más satisfacción que el movimiento, y poco después de la «marinera» pasaba a nadar de espaldas, cada vez de manera más irregular y con interrupciones, hasta detenerse para hacer el muerto. Giraba y se revolvía en aquel mar como en un lecho sin orillas, y se proponía como objetivo o bien llegar a un islote, o bien dar algunas brazadas, y no cejaba hasta no llevar a buen término su propósito; unas veces se dejaba estar indolentemente, otras avanzaba hacia mar abierto deseoso de tener el cielo y el agua a su alrededor, a veces volvía a acercarse a los escollos que emergían alrededor del cabo para no perder ninguno de los itinerarios posibles del pequeño archipiélago. Pero mientras nadaba se daba cuenta de que la curiosidad que iba creciendo en él era la de conocer la continuación —pongamos— de la historia de Albertine. ¿La encontraría o no Marcel? Nadaba furiosamente o hacía el muerto, pero su corazón estaba entre las páginas del libro que había dejado en la orilla. Entonces, con rápidas brazadas alcanzaba su escollo, buscaba el punto donde se treparía, y así casi sin darse cuenta se encontraba arriba, frotándose los hombros con la toalla de esponja. Volvía a encasquetarse la gorra de tela, se tendía de nuevo al sol y comenzaba el nuevo capítulo. No era sin embargo un lector apresurado, famélico. Había llegado a la edad en que la segunda, la tercera o la cuarta lectura dan más placer que la primera. Y sin embargo, le quedaban todavía muchos continentes por descubrir. Cada verano, los preparativos más laboriosos antes de partir al mar eran los de la pesada maleta de libros: según la inspiración y los razonamientos de los meses de vida ciudadana, Amedeo escogía cada año ciertos libros famosos que quería releer y ciertos autores que afrontaba por primera vez. Y allí en el escollo los iba agotando, alzando a menudo los ojos de la página para reflexionar, juntar las ideas. En cierto momento, al levantar la vista, vio que en la playita de guijarros, en el fondo de la cala, se había tendido una mujer. Estaba muy bronceada, era flaca, ni demasiado joven ni de gran belleza, pero le pegaba estar desnuda (llevaba un «dos piezas» sucinto y bien arrollado en los bordes para tomar todo elsol posible), y atrajo la mirada de Amedeo. El observó que, mientras leía, separaba cada vez más a menudo los ojos del libro y los alzaba en el aire, y ese aire era el que había entre la mujer y él. La cara de ella (estaba tendida en la orilla en pendiente, sobre una colchoneta de goma, y a cada ojeada Amedeo veía las piernas no carnosas pero armoniosas, el vientre perfectamente liso, el pecho exiguo pero quizá no desagradable aunque probablemente un poco marchito, los hombros algo huesudos, como el cuello y los brazos, y la cara oculta por gafas negras y por el ala del sombrero de paja), ligeramente marcada, era vivaz, perspicaz e irónica. Amedeo la clasificó como el tipo de mujer independiente, que veranea sola, que a los balnearios populosos prefiere la escollera más desierta y le gusta estar así poniéndose negra como el carbón: evaluó la parte de indolente sensualidad y de insatisfacción crónica que había en ella; pensó furtivamente en las probabilidades que ofrecía para una aventura de rápido desenlace, las comparó con la perspectiva de una conversación convencional, de un programa nocturno, de posibles dificultades logísticas, del esfuerzo de atención que es siempre necesario para trabar conocimiento aunque sea superficial con una persona y siguió oyendo, convencido de que la mujer no podía en realidad interesarle. Pero o había pasado demasiado tiempo tendido en aquel lugar de la roca, o era que esos rápidos pensamientos le habían dejado una huella de inquietud, el hecho es que se sentía dolorido; las asperezas de la roca debajo de la toalla que le servía de colchón empezaban a resultarle incómodas. Se levantó para buscar otro lugar donde acostarse. Durante un instante dudó entre dos sitios que parecían igualmente cómodos: uno más alejado de la playita donde estaba la señora bronceada (inclusive al otro lado de un espigón de piedra que le impediría verla), el otro más próximo. La idea de acercarse y de que por sabe Dios qué juego de circunstancias imprevisibles se viera obligado a iniciar un diálogo e interrumpir por lo tanto la lectura, le hizo preferir en seguida el lugar más alejado, pero, pensándolo bien, se podría creer que él quería escapar de la señora recién llegada, y eso podía parecer poco elegante, de modo que optó por el lugar más cercano, de todos modos la lectura lo absorbía tanto que no sería desde luego la vista de la señora —que por lo demás ni siquiera era demasiado guapa— lo que pudiera distraerlo. Se tendió sobre un costado, sujetando el libro de modo que le ocultara la vista de ella, pero le cansaba mantener el brazo a esa altura y terminó por bajarlo. Entonces, la misma mirada que se deslizaba por los renglones, cada vez que tenía que volver al comienzo, encontraba, apenas más allá del margen de la página, las piernas de la veraneante solitaria. También ella se había desplazado un poco, buscando una posición más cómoda, y el hecho de haber alzado las rodillas y cruzado las piernas exactamente en la dirección de Amedeo, le permitía examinar mejor algunas proporciones de la señora, nada desagradables. En una palabra, Amedeo (aunque el filo de una roca le cortara la cadera) no hubiera podido encontrar una posición mejor: el placer que podía darle la vista de la señora bronceada —un placer marginal, un extra, pero no por ello despreciable ya que podía disfrutarlo sin esfuerzo— no perjudicaba el placer de la lectura, sino que se insertaba en su curso normal, de modo que estaba seguro de poder seguir leyendo sin tener la tentación de apartar la mirada. Todo estaba en calma, solo se deslizaba el fluir de la lectura a la que el paisaje inmóvil servía de marco, y la señora bronceada se había convertido en una parte necesaria de ese paisaje. Amedeo contaba naturalmente con su propia capacidad para permanecer largo rato absolutamente inmóvil, pero no tenía en cuenta la movilidad de la mujer, que ya se levantaba, se ponía de pie, avanzaba entre los guijarros hacia la orilla. Se había puesto en movimiento —comprendió en seguida Amedeo— para ver de cerca una gran medusa que un grupo de chiquillos arrastraba hacia la orilla, empujándola con unas cañas. La señora bronceada se inclinaba hacia el cuerpo invertido de la medusa e interrogaba a los chicos; sus piernas se alzaban sobre zuecos de madera de tacones muy altos, incómodos para aquellas rocas; su cuerpo, visto de atrás como ahora lo veía Amedeo, era el de una mujer más agradable y más joven de lo que le había parecido antes. Pensó que para un hombre en busca de aventuras el diálogo de ella con los chiquillos pescadores habría sido una ocasión «clásica»: acercarse, comentar también él la captura de la medusa e iniciar así la conversación. ¡Justo lo que él no hubiera hecho por todo el oro del mundo!, pensó para sí, sumiéndose de nuevo en la lectura. Claro que esta norma de conducta le impedía también satisfacer una curiosidad natural respecto a la medusa que era, por lo que se veía, de dimensiones insólitas, y de una extraña tonalidad esfumada, entre el rosa y el violeta. Curiosidad ésta por los animales marinos que, lejos de distraerlo, era coherente con el mismo tipo de pasión por la lectura; además, en aquel momento el interés por la página que estaba leyendo —un largo pasaje descriptivo— había ido disminuyendo; en una palabra, era absurdo que para defenderse del peligro de iniciar una conversación con la veraneante, él se vedase también impulsos espontáneos y bien justificados, como el de distraerse unos pocos minutos observando de cerca una medusa. Puso la señal, cerró el libro y se levantó: su decisión no podía ser más oportuna: justo en ese momento la señora se separaba del grupito de muchachos, disponiéndose a volver a su colchoneta. Amedeo lo notó mien tras se iba acercando y sintió la necesidad de decir en seguida una frase en voz alta. Gritó a los muchachos: –¡Cuidado! ¡Puede ser peligrosa! Los chicos, en cuclillas alrededor del animal, ni siquiera levantaron los ojos: con los trozos de caña que tenían en la mano seguían tratando de levantarla y darle la vuelta; pero la señora se giró vivamente y se acercó de nuevo a la orilla, con aire entre interrogativo y asustado: –¡Uy!, qué miedo, ¿muerde? –Si se toca quema la piel —explicó él, y se dio cuenta de que se había dirigido, no a la medusa sino a la veraneante, que quién sabe por qué se cubría el pecho con los brazos en un estremecimiento inútil y sus miradas casi furtivas pasaban del animal boca arriba a Amedeo. El la tranquilizó y así, como era de prever, empezaron a hablar, pero no importaba, porque Amedeo volvería en seguida al libro que lo esperaba; le bastaba echar un vistazo a la medusa y por eso acompañó a la señora bronceada, que se inclinó en medio del círculo de chiquillos. La señora observaba ahora con asco, los nudillos de los dedos contra los dientes, y en cierto momento estando uno al lado del otro sus brazos se tocaron y tardaron un momento en separarse. Amedeo se puso entonces a hablar de medusas: su competencia directa no era mucha, pero había leído algunos libros de famosos pescadores y exploradores submarinos, de modo que —sobrevolando la fauna menuda— llegó en seguida a hablar de la famosa «manta». La veraneante lo escuchaba mostrando un gran interés y cada tanto intervenía, siempre a destiempo, como suelen hacer las mujeres. –¿Ve esta mancha roja que tengo en el brazo? ¿No habrá sido una medusa? —Amedeo palpó el punto, un poco más arriba del codo, y dijo que no. Estaba un poco rojo porque se había apoyado en el codo mientras estaba echada. Con eso, todo se terminó. Se saludaron, ella volvió a su lugar, él al suyo y reanudó la lectura. Había sido un intermedio que duró el tiempo justo, ni mucho ni poco, una relación humana no antipática (la señora era cortés, discreta, dócil) justamente porque apenas había comenzado. Pero en el libro encontraba una adhesión a la realidad mucho más plena y concreta, donde todo tenía un significado, una importancia, un ritmo. Amedeo se sentía en una disposición perfecta: la página escrita le abría la verdadera vida, profunda y apasionante, y alzando la vista encontraba una conjunción casual pero placentera de colores y sensaciones, un mundo accesorio y decorativo que no podía comprometerlo en nada. La señora bronceada, desde su colchoneta, le sonrió y le hizo un gesto de saludo, él respondió también con una sonrisa y un gesto vago y bajó en seguida la mirada. Pero la señora había dicho algo. –¿Cómo dice? –¿Lee, sigue leyendo? –Eh… –¿Es interesante? –Sí. –¡Que siga bien! –Gracias. No debía alzar más los ojos. Por lo menos hasta el final del capítulo. Lo leyó de un tirón. Ahora la señora tenía un cigarrillo en la boca y se lo señalaba con un gesto. Amedeo tuvo la impresión de que desde hacía ya un momento ella trataba de llamar su atención. –¿Cómo? –… cerillas, disculpe… –Ah, no, no fumo… El capítulo había terminado, Amedeo leyó rápidamente las primeras líneas del siguiente, que encontró sorprendentemente apasionantes, pero para abordar el nuevo capítulo sin preocupaciones, había que solucionar cuanto antes la cuestión de las cerillas. –¡Espere! Se levantó, salió saltando entre los escollos, medio aturdido por el sol, hasta encontrar un grupito de gente que fumaba. Pidió prestada una caja de cerillas, corrió hasta la señora, le encendió el cigarrillo, volvió corriendo a devolver la caja, le dijeron: –Quédesela, quédesela, por favor —corrió de nuevo hasta la señora para dejarle la caja, ella le dio las gracias, él esperó un momento antes de irse, pero comprendió que después de aquella pausa tenía que decir algo más y dijo: –¿No se baña? –Dentro de un rato —dijo la señora—, ¿y usted? –Yo ya me he bañado. –¿Y no vuelve a meterse en el agua? –Sí, leo otro capítulo y nado otro poco. –Yo también, fumo el cigarrillo y me zambullo. –Hasta luego, entonces. –Hasta luego. Esta especie de cita le devolvió una calma que —ahora se daba cuenta— no conocía desde que había advertido la presencia de la veraneante solitaria: ahora ya no le pesaba sobre la conciencia la idea de mantener con aquella señora una relación cualquiera; todo quedaba postergado al momento del baño —baño que de todos modos él se hubiera dado, aunque ella no estuviera— y ahora podía abandonarse sin remordimientos al placer de la lectura. Al punto de no advertir que en cierto momento —cuando aún no había llegado al final del capítulo— la veraneante, terminado el cigarrillo, se había levantado y se le había acercado para invitarlo a bañarse. Vio los zuecos y las piernas rectas a poca distancia del libro, alzó la mirada, volvió a bajarla a la página —el sol era deslumbrante— y leyó de prisa algunas líneas, miró nuevamente hacia arriba y la oyó: –¿No le estalla la cabeza? ¡Yo me zambullo! Sin embargo, se estaba bien allí, leyendo y alzando la vista entre párrafo y párrafo. Pero como no podía seguir postergando, Amedeo hizo algo que no hacía nunca: se saltó casi media página hasta el final del capítulo, que en cambio leyó con mucha atención, y después se levantó. –¡Vamos! ¿Se zambulle desde la punta? Después de tanto hablar de zambullirse, la señora bajó al mar con cautela desde un peldaño al ras del agua. Amedeo se arrojó de cabeza desde una roca más alta de lo habitual. Era la hora en que el sol todavía declina lentamente. El mar estaba dorado. Nadaron en aquel oro, un poco separados; por momentos Amedeo se hundía unas brazadas bajo el agua y se divertía pasando por debajo de la señora para asustarla. Decimos que se divertía: cosa de niños, claro está, pero por lo demás, ¿qué se podía hacer? El baño de a dos era ligeramente más aburrido que a solas; pero la diferencia era mínima. Fuera de los reflejos de oro, el azul del agua se ensombrecía, como si del fondo aflorase una oscuridad de tinta. Era inútil, nada igualaba el sabor a vida que hay en los libros. Mientras nadaba entre ciertos escollos hirsutos, semisumergidos, y dirigía a la señora asustada (para hacerla subir a un islote le rodeó las caderas y el pecho, pero de tanto estar en el agua, sus manos se habían vuelto casi insensibles, las yemas de los dedos estaban blancas y onduladas), Amedeo miraba cada vez más seguido hacia la orilla donde se distinguía la tapa del libro en colores. No había otra historia, otra espera posible que la que había dejado en suspenso entre las páginas donde estaba la señal, y todo lo demás era un intervalo vacío. Pero de regreso a la orilla, el ayudarse a subir, secarse, frotarse mutuamente los hombros, terminó por crear una especie de intimidad, de modo que a Amedeo le pareció que en ese momento volver a su rincón sería poco elegante. –Bueno —dijo—, me quedo a leer aquí; voy a buscar el libro y el cojín. A leer, había tenido buen cuidado de advertir. Y ella: –Sí, muy bien, yo también fumo un cigarrillo y leo un poco Annabella. Tenía una revistilla de ésas de mujeres, y así los dos se pusieron a leer cada uno por su lado. La voz de ella le llegó como una gota fría en la nuca, pero solo decía: –¿Por qué se queda ahí, que es duro?, venga a la colchoneta, le dejo lugar. La propuesta era amable, en la colchoneta se estaba bien y Amedeo asintió de buen grado. Estaban echados, él en un sentido y ella en el otro. La señora no hablaba, hojeaba las páginas ilustradas y Amedeo consiguió sumergirse por entero en la lectura. El ocaso era lento, de esos en que el calor y la luz casi no disminuyen sino que se van atenuando suavemente. La novela que leía Amedeo había llegado a ese momento en que se revelan los mayores secretos de los personajes y del ambiente, y uno se mueve en un mundo familiar, y se alcanza una especie de paridad, de confianza entre el autor y el lector y se avanza al mismo paso, y uno no se detendría nunca. En la colchoneta de goma se podían hacer también esos pequeños movimientos que los miembros necesitan para no entumecerse, y una pierna de él, en un sentido, se adhirió a una pierna de ella, en el otro. A Amedeo la cosa no le desagradaba y se quedó así; a ella por lo visto tampoco, porque no se movió. La dulzura del contacto se sumaba a la lectura y, en lo que respecta a Amedeo, la hacía más completa; en cambio para la veraneante debía de ser diferente, porque se incorporó, se sentó y dijo: –Pero… Amedeo tuvo que levantar la cabeza del libro. La mujer lo miraba y sus ojos eran amargos. –¿Le pasa algo? —preguntó él. –¿Pero no se cansa nunca de leer? —dijo la mujer—. ¡No se puede decir que sea usted un tipo sociable! ¿No sabe que a las señoras hay que darles conversación? —añadió con una semisonrisa que tal vez quería ser solo irónica pero que a Amedeo, que en aquel momento hubiera dado cualquier cosa por no despegarse de la novela, le pareció francamente amenazadora. «¡Quién me manda meterme en esto!», pensó. Ahora estaba claro que con aquella mujer al lado no podría leer ni una línea más. «Habría que hacerle entender que se ha equivocado», pensó, «que soy el tipo menos indicado para hacer de galán de playa, que soy un tipo al que es mejor no darle ninguna confianza.» –¿Conversación? —dijo en voz alta—. ¿Qué conversación? —y estiró una mano hacia ella. «Bueno, si ahora le pongo las manos encima, se sentirá ofendida por un gesto tan fuera de lugar, quizá me dé una bofetada y se vaya.» Pero tal vez fuera su natural reserva, tal vez un deseo diferente, más dulce, lo que en realidad lo impulsaba, el hecho es que la caricia, en vez de brutal y provocativa, fue tímida, melancólica, casi suplicante: le rozó el cuello con los dedos, levantó una cadenita que ella llevaba y la dejó caer. La respuesta de la mujer consistió en un gesto primero lento, como resignado y un poco irónico —bajó la barbilla de costado, para retener la mano—, después, rápido, como en un calculado impulso de agresividad, le mordió el dorso de la mano. –¡Ay! —exclamó Amedeo. Se separaron. –¿Así es cómo da usted conversación? —dijo la señora. «Está bien», razonó velozmente Amedeo, «esta manera mía de dar conversación no le gusta, de modo que basta de conversación y a leer», y ya se arrojaba sobre un nuevo párrafo. Pero trataba de engañarse a sí mismo: se daba perfecta cuenta de que habían llegado demasiado lejos, que entre él y la señora bronceada se había creado una tensión que no se podía interrumpir; sentía que él era el primero en no querer interrumpirla, de todas maneras no conseguiría volver a la única tensión de la lectura, toda recogida e interior. Podía en cambio tratar de que esa tensión externa siguiera, por así decirlo, un curso paralelo a la otra, para no tener que renunciar ni a la señora ni al libro. Como la señora se había sentado apoyando la espalda en un escollo, él se sentó a su lado y le pasó un brazo por los hombros,con el libro sobre las rodillas. Se volvió hacia ella y la besó. Se separaron y volvieron a besarse. Después él bajó la cabeza hacia su libro y reanudó la lectura. Mientras pudiera, quería seguir adelante con la lectura. Su temor era no poder terminar la novela: el comienzo de una relación de verano podía significar el fin de sus tranquilas horas de soledad, un ritmo completamente diferente que se adueñaba de sus días de vacaciones; y ya se sabe que, cuando uno está completamente enfrascado en la lectura de un libro, si tiene que interrumpirla para reanudarla al cabo de un tiempo, casi todo el gusto se pierde: se olvidan muchos detalles, uno no logra entrar como antes. El sol se ponía poco a poco detrás del promontorio cercano, y detrás del siguiente y del siguiente, dejándolos sin colores, a contraluz. De las anfractuosidades del cabo habían desaparecido todos los bañistas. Ahora estaban solos. Amedeo ceñía los hombros de la veraneante con un brazo, leía, la besaba en el cuello y en las orejas —le parecía que a ella le gustaba— y cada tanto, cuando la mujer se giraba, en la boca; después volvía a leer. Quizás esta vez había encontrado el equilibrio idea hubiera continuado así durante un centenar de páginas. Pero una vez más fue ella la que quiso cambiar la situación. Empezó a ponerse tiesa, casi a rechazarlo, y entonces dijo: –Es tarde. Vamos. Yo me visto. Esta brusca decisión abría perspectivas completamente distintas. Amedeo se quedó un poco desorientado, pero no se detuvo a sopesar el pro y el contra. Había llegado a un punto culminante del libro y la frase de ella: «Yo me visto», apenas oída, se había traducido en su cabeza en esta otra: «Mientras se viste, tendré tiempo de leer algunas páginas seguidas». Pero ella: –Ten en alto la toalla, por favor —le dijo, tuteándolo quizá por primera vez—, que nadie me vea. La precaución era inútil porque la escollera había quedado desierta, pero Amedeo asintió de buen grado, ya que podía sostener la toalla sentado y leyendo el libro que tenía apoyado en las rodillas. Al otro lado de la toalla la señora se había soltado el sujetador sin preocuparse de que él la mirase o no. Amedeo no sabía si mirarla fingiendo que leía o si leer fingiendo que la miraba. Las dos cosas le interesaban, pero mirarla le parecía mostrarse demasiado indiscreto, seguir leyendo, demasiado indiferente. La señora no practicaba el sistema habitual de las bañistas que se cambian al aire libre, que consiste en ponerse primero el vestido y después quitarse el bañador por abajo; no: ahora que tenía el pecho desnudo se quitaba también el «slip». Entonces fue cuando por primera vez ella volvió la cara hacia é y era una cara triste, con un pliegue amargo en la boca, y meneaba la cabeza y lo miraba. «¡Ya que tiene que suceder, que suceda en seguida!», pensó Amedeo echándose hacia adelante con el libro en la mano, un dedo entre las páginas, pero lo que leyó en aquella mirada —reproche, conmiseración, desaliento, como si quisiera decir: «Estúpido, hagámoslo ya que hay que hacerlo, pero no entiendes nada, como todos los otros…»—, es decir, lo que no leyó, porque no sabía leer en la mirada, pero advirtió confusamente, le provocó tal arrebato que, al abrazarla y caer junto a ella en la colchoneta, giró apenas la cabeza hacia el libro para comprobar que no acabara en el mar. Cayó en cambio justo al lado de la colchoneta, abierto, pero habían pasado algunas páginas y Amedeo, aunque siempre en el arrebato de sus abrazos, trató de liberar una mano para poner la señal en la página justa: no hay nada más fastidioso, cuando uno quiere reanudar rápidamente la lectura, que tener que estar allí pasando hojas sin volver a encontrar el hilo. El entendimiento amoroso era perfecto. Podía tal vez prolongarse más; pero, ¿acaso no había sido todo fulminante en ese encuentro suyo? Oscurecía. Abajo los escollos se abrían en tobogán, formando una pequeña cala. Ahora ella había bajado y había metido la mitad del cuerpo en el agua. –Ven tú también, démonos un último baño… —Amedeo, mordiéndose un labio, contaba las páginas que faltaban para el final. FIN
- "El barco naufragado", cuento de Guy de Maupassant
El barco naufragado Guy de Maupassant Esto ocurrió ayer, treinta y uno de diciembre. Acababa yo de almorzar con mi entrañable amigo Jorge Garín. El criado le entregó una carta, cuyo sobre iba cubierto de membretes y sellos extranjeros. -¿Me permites? -Por supuesto. Y comenzó a leer ocho páginas de magnífica letra inglesa, cruzadas en todas direcciones. Leía despacio, con atención profunda, con interés verdadero, ese interés que solo se manifiesta en los afectos del alma. Luego dejó la carta sobre la chimenea y dijo: -Ahí tienes una historia muy extraña, que nunca te conté; una sentimental aventura que me ocurrió en un día treinta y uno de diciembre, hace veinte años. Entonces tenía yo treinta. Verás. Desempeñaba el cargo de inspector de la Compañía marítima que ahora dirijo. Me disponía a pasar en París la fiesta de Año Nuevo, cuando recibí una carta del director encargándome que marchara inmediatamente a la isla de Re, donde acababa de naufragar un navío asegurado por nosotros. Al momento fui a las oficinas para recibir instrucciones, y por la tarde salí en el expreso, que al día siguiente me dejó en La Rochela. Era el treinta y uno de diciembre. Me sobraban dos horas hasta la salida del vapor Juan Guiton, que había de llevarme a la isla de Re. Di un paseo por la ciudad. Verdaderamente, La Rochela es una ciudad curiosa, con las calles laberínticas y las aceras a la sombra de galerías prolongadas; galerías con arcos, parecidas a las de la calle de Rívoli, pero más bajas; todo aplastado, confuso, misterioso, como si todo aquello fuera construido y conservado para servir a eternos conspiradores, recordando las antiguas luchas, las heroicas y bárbaras luchas religiosas. Aparece aún con todo el carácter de una ciudad hugonote, grave, discreta, prudente y humilde, sin monumentos magníficos y soberbios, como los que se hacen admirar en Ruán; pero interesante por su fisonomía severa y también algo solapada, la patria de combatientes obstinados, en la cual deben florecer los fanatismos, el rincón donde se exaltaba la fe de los calvinistas y donde nació la cábala de los cuatro sargentos. Después de vagar por las calles bastante rato, me embarqué en el vaporcito negro y panzudo que debía conducirme a la isla de Re. Salió silbando, como si estuviera lleno de ira, pasó entre los dos torreones antiguos que cierran el puerto, atravesó la rada y, dejando atrás el dique mandado construir por Richelieu, cuyas enormes piedras aparecen a flor de agua rodeando la ciudad como un collar inmenso, torció hacia la derecha. Era uno de esos días tristes que oprimen, que aplastan el pensamiento, que hielan el corazón, que inutilizan toda fuerza y toda energía espiritual; un día gris, frío, encapotado en una bruma pesada, húmeda y desapacible. Bajo esa techumbre plomiza y siniestra, el mar amarillento, el mar poco profundo y arenoso de aquellas playas interminables mostraba la superficie lisa y quieta, sin una ola, sin un movimiento, sin un ruido; ninguna señal de vida; un mar de agua turbia, gruesa; un estanque. Rompía el Juan Guiton aquella sábana oscura, produciendo espuma y agitándola con sus ruedas, y dejaba tras de sí ondulaciones que se calmaban al instante. Hablé con el capitán, un hombre bajo, de piernas muy cortas y panzudo como su barco. Le pedí detalles del siniestro que necesitaba yo comprobar. Un navío de tres palos había sido arrastrado por el huracán a las playas de la isla de Re, donde quedó encallado. El impulso fue tan violento -según escribía el armador, que, siendo imposible poner el casco a flote, recogieron apresuradamente cuanto pudo salvarse. Yo debía estudiar las condiciones en que se hallaba la embarcación y deducir su estado al naufragar, juzgando al mismo tiempo si habían empleado todos los recursos para poner el navío a flote. Si la indemnización ocasionaba un pleito, en mis informes había de fundar la Compañía su defensa. El capitán del Juan Guiton conocía el asunto perfectamente, habiendo tomado parte con su vapor en las tentativas de salvamento. Me refirió el desastre, muy sencillo por cierto. El navío, empujado por el huracán, perdido en la noche, navegando sin rumbo en un mar espumoso, “un mar de sopas de leche” -decía el capitán-, había encallado en los inmensos bancos de arena que al bajar la marea se ofrecen como inacabables desiertos. Mientras hablábamos, yo miraba en torno mío y hacia delante. Me parecía distinguir entre las brumas del cielo y las aguas del mar una franja de tierra. -¿Es la isla de Re? -Sí, caballero. Y al poco rato el capitán me indicó un objeto apenas perceptible que se alzaba sobre la superficie del mar. -Allí está el navío náufrago. -¿El María José? -Justo, el mismo. Me dejó atónito; aquel punto negro se ofrecía entre las aguas a tres kilómetros de la costa. -Pero ¿habrá cien brazas de profundidad en el sitio que usted indica? El capitán sonrió. -¿Cien brazas? Acaso no haya dos, puedo asegurarlo. Llegaremos con marea alta a las nueve y cuarenta. Después de almorzar en el hotel Delfín tranquilamente, puede usted irse andando por la playa, despacio y con las manos en los bolsillos; a las dos cincuenta, o lo más tarde a las tres, podrá usted entrar en el navío sin haberse mojado siquiera los pies, y podrá usted permanecer allí reconociéndolo una hora y media aproximadamente mientras dure la marea baja; pero no se retrase usted mucho, porque se vería de pronto cercado por el agua. Cuanto más el mar se retira, con más presteza vuelve. Es llana como un plato esta costa. Regrese usted un poco antes de las cuatro y cincuenta y véngase al vapor que, saliendo a las siete, le dejará en La Rochela esta misma noche. Agradecí al capitán sus consejos, y me senté junto a la proa, contemplando el pueblecito de San Martín, al cual nos aproximábamos rápidamente. Se parecía a todos los puertos en miniatura que sirven de capitales a las pobres islas diseminadas a lo largo de los continentes. Era un pueblo de pescadores, con un pie metido en el agua y otro apoyado en la tierra de labor, alimentándose con pescados y aves, legumbres y mariscos. La isla me pareció muy baja, de cultivo escaso y poca población; pero a punto fijo no puedo precisarlo, porque no me interné en ella. Después de almorzar subí despacio la cuesta de un pequeño promontorio y descendí por la otra parte, dirigiéndome a la playa. Como el mar se iba retirando rápidamente, avancé, caminando en dirección de un objeto negro que se alzaba sobre la superficie azul, allá, lejos, lejos. Avancé sobre aquella extensión arenosa, elástica como la carne y que parecía sudar al sentir la presión de mis pies. El mar se alejaba, huía, perdiéndose de vista, y era difícil distinguir la línea que separaba el arenal y el agua. Aquel espectáculo me pareció una magia sobrenatural y gigantesca. El océano estuvo a mis pies minutos antes y desaparecía de pronto dejando arenas desnudas, como desaparece una decoración en los telares de un escenario. Yo caminaba por un desierto. Solamente la sensación del aire impregnado con los perfumes y sabores del agua salada persistía en mí. El penetrante olor de las algas, la humedad marítima, llenaban mi olfato y mis pulmones. Yo, avanzando rápidamente, no sentía frío, miraba el buque náufrago, que me parecía cada vez más grande y fue tomando a mi vista el aspecto de una enorme ballena. Se destacaba más con el sol, y en la inmensa llanura solitaria y amarillenta adquiría proporciones colosales. Al fin llegué a tocar el casco del buque hundido, roto, mostrando su armazón como las costillas de un cadáver; su esqueleto de madera embreada y hendida por gruesos clavos. La arena lo cegaba, oprimiéndolo, poseyéndolo, sujetándolo, entrando en él por todas las rendijas. Era la dueña, la señora de aquel despojo. El navío tenía hundida profundamente su proa en la playa dulce y pérfida, y con la popa levantada parecía lamentarse de aquella opresión, mostrando al cielo con actitud suplicante y desesperada los dos nombres puestos allí con letras blancas: María José. Subí al navío por la parte que había quedado al ras del suelo, y llegando al puente, bajé al interior. Entraba claridad por las compuertas y también por las rendijas de los costados, alumbrando tristemente aquella especie de cueva larga y sombría. Sentado sobre una cuba reventada, comencé a tomar notas acerca del estado lastimoso del buque. A través de una hendidura recibía luz bastante para escribir y veía la extensión arenosa, desierta y sin límites. Una sensación de frío y de soledad se apoderaba poco a poco de mí. A veces interrumpía mis apuntes para escuchar los ruidos misteriosos que resonaban en el vientre del náufrago; los cangrejos y otros pequeños habitantes del mar se habían instalado ya entre aquellas paredes, que varios moluscos taladraban y carcomían sin cesar con su rechinamiento de barrena. De pronto sonaron cerca de mí voces humanas. Di un brinco, sorprendido como ante una sobrenatural aparición. Creí un momento que se alzaba del fondo la sombra de algún ahogado refiriéndome los martirios de su muerte. Rápido, a saltos, llegué al puente, ayudándome con los puños, y vi en pie, junto al navío, a un caballero de buena estatura con tres muchachas; o más bien, un inglés con tres inglesitas. Seguramente sintieron más terror del que yo había sentido al ver surgir con rápido movimiento una figura humana sobre aquel navío abandonado. La menor de las niñas huyó, las otras dos se agarraron a una manga del caballero, el cual había entreabierto la boca, único signo visible de su emoción. Luego habló: -¡Ah señor! ¿Será usted el propietario del buque? -Sí, caballero. -¿Nos permitiría visitarlo? -Sí, caballero. Entonces endilgó una larga frase inglesa, y creí que me daba las gracias con extremosa cortesía. Comprendiendo que buscaban por dónde encaramarse, y mostrándoles el mejor sitio, les ofrecí la mano. Subió el caballero, y entre los dos ayudamos a las niñas. Eran encantadoras, la mayor sobre todo: una rubia de dieciocho años, lozana como un capullo, ¡tan esbelta y tan bonita! Ciertamente, las inglesas bonitas me parecen tiernos frutos del mar. Parecía que aquéllas acababan de brotar en la húmeda y suave arena. Sus colores, rosados y finos, recordaban los de las conchas nacaradas, las madreperlas misteriosas ocultas en las profundidades incógnitas de los océanos. Hablaba mejor que su padre y me servía de intérprete. Fue necesario explicar el naufragio con minuciosos detalles, que yo inventé, como si hubiese presenciado la catástrofe. Luego toda la familia bajó a las bodegas. Cuando entraban en la medrosa galería lanzaron gritos de sorpresa y admiración, y al punto el padre y las tres hijas empuñaron sus álbumes, que llevaban sin duda en los bolsillos de sus impermeables, y empezaron a trazar croquis y bosquejos, cada uno a su manera, del triste y singular aspecto de aquella ruina. Se habían sentado juntos en el extremo saliente de una viga, y los cuatro álbumes sobre las ocho rodillas se cubrían de pequeños trazos negros que debían representar el vientre abierto del María José. Sin desatender su dibujo, la mayor de las muchachas hablaba conmigo mientras yo seguía inspeccionando el esqueleto del buque. Supe que pasaban el invierno en Biarritz y que habían ido a la isla de Re con el objeto único de contemplar el navío embarrancado. Aquella familia, exenta en absoluto de la tiesura inglesa, ofrecía el simpático aspecto de sencillez y chifladura que distingue a los curiosos vagabundos que salen de Inglaterra para derramarse por el universo. El padre, alto, enjuto, con los carrillos muy rojos y las patillas muy blancas, era una especie de sándwich viviente: su cabeza parecía, en realidad, una loncha de jamón cortado en forma de rostro humano y oprimido entre dos rebanadas de pan. Las niñas eran también larguiruchas y delgadas, así como zancudas, pequeñas de cría, exceptuando a la mayor, que tenía formas correctas. Las tres eran bonitas; pero la mayor sobre todo. Hablaba, sonreía, escuchaba, interrogaba con sus ojos azules, de manera muy graciosa; y atendiéndome y dibujando, lo hacía todo con tanta gracia, tenía tal atractivo para mí, que hubiera estado junto a ella oyéndola y contemplándola eternamente. De pronto me dijo: -El buque se mueve. Fijando mi atención, oí un ligero murmullo extraño, continuo. ¿Qué sucedía? Me levanté para ir a mirar por una hendidura, y lancé un grito violento. El mar nos rodeaba. En un instante subimos todos al puente. Se nos había hecho tarde. El agua corría con prodigiosa velocidad, invadiendo la costa. Se deslizaba, extendiéndose y agrandándose como una mancha infinita. Cubría ligeramente la arena; pero la cubría en una extensión tan considerable, que no era posible distinguir su límite lejano. El inglés quiso lanzarse a la playa; lo detuve; la huida era, más que arriesgada, imposible, a causa de los hoyos profundos que pudimos bordear estando la playa en seco y donde caeríamos inevitablemente. Sentimos un momento de angustia cruel. Luego la inglesita sonrió, diciéndome: -¡Ahora somos los náufragos! Quise reírle la gracia, pero el miedo no me lo consintió; un miedo estúpido, vergonzoso y ruin. Todos los peligros que podían sobrevenir se me ofrecieron juntos en la imaginación. Estuve a punto de gritar: “¡Socorro! ¡Socorro!” Pero ¿a quién dirigirme? Las dos inglesitas menores habíanse arrimado a su padre, y éste miraba consternado el mar inmenso que nos rodeaba. Y la noche iba cerrando con tanta prisa como el agua iba subiendo; una noche pesada, húmeda, fría como el hielo. Entonces dije: -No hay más remedio que aguardar aquí. El inglés murmuró: -¡No hay más remedio! Y allí estuvimos media hora, una hora; en verdad, no sé cuánto tiempo, mirando en torno el agua que subía, giraba, hinchándose, haciendo espuma, como si jugueteara sobre aquel inmenso arenal reconquistado. Una de las niñas se quejó de frío, y quisimos bajar al interior del buque para ponernos a cubierto de la brisa ligera y helada que nos hería con sutiles alfilerazos. Pero el agua lo había invadido todo y tuvimos que recogernos contra la borda, que nos resguardaba un poco. La oscuridad era cada vez mayor, y allí estábamos los cinco apiñados entre las negruras del cielo y los murmullos del mar. Yo sentía estremecerse contra mi pecho la espalda de la inglesita, cuyos dientes rechinaban a cada punto; a través de las ropas también sentía el calor agradable de su cuerpo, que me resultaba delicioso como una caricia. No hablábamos, permaneciendo inmóviles, mudos, acurrucados como bestias en un hoyo para guarecerse del huracán. Y, sin embargo, a pesar de todo, a pesar de la noche, a pesar del peligro que aumentaba por momentos, empecé a sentir la dicha de hallarme allí, gozando con el frío y el riesgo de aquellas horas eternas de oscuridad y angustia, cerca de aquella deliciosa muchacha. Reflexionando, no sabía yo mismo a qué atribuir la extraña sensación de bienestar y de alegría que me penetraba. ¿Por qué? ¿Alguien lo sabe? ¿Porque la tenía junto a mí? ¿A quién? ¿A ella? ¿Y quién era ella? Una inglesita desconocida. No me sentía enamorado ni apasionado, y me inspiraba una ternura muy grande, un encanto, una irresistible atracción. Hubiera querido a toda costa salvarla, consagrarme a ella, realizar locuras por ella. ¡Cosa extraña! ¿Es posible que la presencia de una mujer nos trastorne de tal modo? ¿Es ese poder de su gracia lo que nos envuelve? ¿Es la seducción de la hermosura y de la juventud, que nos embriagan como el vino? Será tal vez una especie de contacto amoroso, afinidad, misterio de amor que procura sin descanso unir a los seres, que pone sus artes en juego desde que se miran un hombre y una mujer por vez primera, y que los hiere con una emoción difusa, una emoción secreta, diseminada en todo el ser, como se humedece la tierra para que germinen las flores. Pero el silencio de la oscuridad causaba espanto; el silencio del cielo, porque las aguas, removiéndose constantemente con un murmullo vago, ligero, infinito, con el rumor de un mar que sube tranquilamente, nos amenazaban. Oí sollozos: la menor de las niñas lloraba. Su padre, queriendo consolarla, le explicaba no sé cuántas cosas en su idioma. Comprendí que su largo discurso tenía por objeto distraerla de los temores que la inquietaban. Pregunté a la que se hacía dueña de mí con la dulce presión de su cuerpo: -¿Tiene usted frío, señorita? -¡Oh, sí! ¡Tengo mucho frío! Quise darle mi abrigo, pero lo rechazó. Ya me lo había quitado y la envolví, a su pesar. En la breve lucha que sostuvimos, tropezando su mano con la mía, un latigazo de placer estremeció toda mi carne. Pasados algunos minutos, arreció el aire y el mar chocaba con más fuerza en las maderas del buque. Me incorporé; una ráfaga me azotó el rostro. Se había levantado el viento. Advirtiéndolo también el inglés, dijo sencillamente: -Malo; esto es malo para nosotros… Era la muerte segura si el menor oleaje azotaba y sacudía el deshecho casco. Crecía nuestra angustia de segundo en segundo; el viento era cada vez más fuerte. Poco a poco aparecían en la oscuridad movedizas rayas blancas; el mar se agitaba, y el María José, balanceándose, nos hacía estremecer. La inglesa temblaba; sintiéndola vibrar sobre mí, me costaba trabajo contenerme y no estrecharla entre mis brazos. A lo lejos, detrás de nosotros, al frente, a derecha y a izquierda, brillaban los faros de las costas: luces blancas, amarillas, rojas; unas girando como gigantescos ojos, otras fijas como estrellas del cielo; todas parecían contemplarnos aguardando la hora en que nos hundiríamos para siempre. Sobre todo una de aquellas luces me irritaba, encendiéndose y apagándose de medio en medio minuto; aquello era una mirada viva, de fuego, a intervalos cubierta, en regular y desesperante parpadeo. De cuando en cuando el inglés encendía un fósforo para ver la hora; luego se guardaba el reloj en el bolsillo. Al fin, una de las veces, con el reloj en la mano y alzando la cabeza sobre las de sus hijas, me dijo con soberana gravedad: -Le deseo a usted un feliz Año Nuevo. Eran las doce. Le ofrecí una mano y la oprimió; luego pronunció una frase inglesa y de pronto sus hijas entonaron el himno Dios Salve a la Reina, que se alzó en la oscuridad, perdiéndose a través del espacio. La primera impresión que aquello me produjo fue de risa; luego me sentí profunda y extrañamente conmovido. Era imponente y siniestro aquel himno de náufragos, de condenados, algo como una plegaria; más grande aún; algo comparable al antiguo y sublime Ave, Cesar, moriture te salutant. Cuando acabaron supliqué a mi vecina que me cantase una balada, una leyenda, lo que fuese más de su agrado, para distraer nuestras angustias. Accedió, y su voz clara y juvenil revoloteaba entre las negruras de la noche cantando una canción, triste sin duda, porque las notas lentas se arrastraban como pájaros heridos rozando las crestas de las olas. El mar, enardecido, sacudía el casco del buque. Yo sólo pensaba en aquella voz, que me hacía recordar el canto de la sirena. Si una barca de pescadores hubiese cruzado cerca de nosotros, ¿qué hubieran dicho los tripulantes? Mi espíritu, atormentado, se desvanecía en ensueños. ¡Una sirena! En verdad, ¿no era una sirena, una hija del mar aquella criatura que me había retenido en el buque abandonado y que muy pronto se hundiría conmigo entre las olas? Bruscamente rodamos todos. Había mudado el María José de postura, echándose de pronto hacia el costado derecho. La inglesa cayó sobre mí; la estreché entre mis brazos, y, sin darme cuenta de lo que hacía, sin atender a nada, sin meditar nada, creyendo llegado el último instante de mi existencia, la besé como un loco en el pelo, en la frente y en las mejillas. El buque ya no se movía, estaba quieto; nosotros también. El padre dijo: -¡Kate! La que oprimía yo entre mis brazos respondió: -¡Sí! Y procuraba desasirse. Hubiera yo querido en aquel momento que se partiera en pedazos el buque y que ella cayese conmigo al agua. El padre añadió: -Una pequeña sacudida, nada. Conservo a mis tres hijas. Al caer, no viéndola junto a las otras, la creyó perdida. Me levanté y vi una luz en el mar, cerca de nosotros. Era una barca. Grité; me contestaron; iban a buscarnos, porque había supuesto nuestra imprudencia el dueño del hotel. ¡Salvados al fin! ¡Esto me contristaba! Nos recogieron y nos llevaron a San Martín. El inglés murmuraba, frotándose las manos: -¡Buena cena! ¡Buena cena! Cenamos juntos; pero yo estaba triste, sentía la nostalgia de aquellas horas de peligro y ternura en el María José. Al día siguiente nos despedimos. Ella me prometió escribirme. Se fueron a Biarritz. Estuve a punto de ir tras ella. Me había impresionado profundamente; si aquello dura siquiera una semana, me caso con la inglesita. ¡Cuántas veces el hombre se muestra débil, incomprensible! Durante dos años no tuve noticias. Luego recibí una carta de Nueva York. Se había casado y me lo participaba. Desde entonces nos escribimos todos los años a primeros de enero. Ella me refiere su vida, me habla de sus hijos, de sus hermanas, ¡jamás de su marido! ¿Por qué? ¡Ah! ¿Por qué? Yo le recuerdo solamente aquellas horas pasadas en el buque abandonado. Es la única mujer que me ha enamorado; es decir, que me hubiera enamorado si… ¿quién sabe? Las circunstancias nos conducen… Y luego… Todo pasa… Debe ya ser vieja… No la reconocería… ¡Oh, la de mi juventud, la de aquel día!… ¡Encantadora! En sus cartas me dice que ya tiene blanco el pelo… ¡Dios mío! Saberlo me angustia. ¡Su cabello rubio…, tan rubio!… No, la que yo conocí no existe!… No es la misma… ¡Qué tristeza! FIN
- "El síncope blanco", cuento de Horacio Quiroga
El síncope blanco Horacio Quiroga Yo estaba dispuesto a cualquier cosa; pero no a que me dieran cloroformo. Soy de una familia en la que las enfermedades del corazón se han sucedido de padres a hijos con lúgubre persistencia. Algunos han escapado -cuentan en mi familia- y según el cirujano que debía operarme, yo gozaba de ese privilegio. Lo cierto es que él y sus colegas me examinaron a conciencia, siendo su opinión unánime que mi corazón podía darse por bueno a carta cabal, tan bueno como mi hígado y mis riñones. No quedaba en consecuencia sino dejarme aplicar la careta, y confiar mis sagradas entrañas al bisturí. Me di, pues, por vencido, y una tarde de otoño me hallé acostado con la nariz y los labios llenos de vaselina, aspirando ansiosamente cloroformo, como si el aire me faltara. Y es que realmente no había aire, y sí cloroformo que entraba a chorros de insoportable dulzura: chorros de dulce por la nariz, por la boca, por los oídos. La saliva, los pulmones, las extremidades de los dedos, todo era náuseas y dulce a chorros. Comencé a perder la noción de las cosas, y lo último que vi fue, sobre un fondo negrísimo, fulgurantes cristales de nieve. * Estaba en el cielo. Si no lo era, se parecía a él muchísimo. Mi primera impresión al volver en mí, fue de que yo había muerto. «¡Esto es! -me dije-. Allá abajo, quién sabe ahora dónde y a qué distancia, he muerto de resultas de la operación. En una infinita y perdida sala de la Tierra, que es apenas una remota lucecilla en el espacio, está mi cuerpo sin vida, mi cuerpo que ayer había escapado triunfante del examen de los médicos. Ahora ese cuerpo se queda allá; no tengo ya nada más que ver con él. Estoy en el cielo, vivo, pues soy un alma viva». Pero yo me veía sin embargo en figura humana, sobre un blanco y bruñido piso. ¿Dónde estaba, pues? Observé entonces el lugar con atención. La vista no pasaba más allá de cien metros, pues una densa bruma cerraba el horizonte. En el ámbito que abarcaban los ojos, la misma niebla, pero vaguísima, velaba las cosas. La luz cenital que había allí parecía de focos eléctricos, muy tamizada. Delante de mí, a 30 o 40 metros, se alzaba un edificio blanco con aspecto de templo griego. A mi izquierda, pero en la misma línea del anterior, y esfumado en la niebla, se alzaba otro templo semejante. ¿Dónde estaba yo, en definitiva? A mi lado, y surgiendo de atrás, pasaban seres, personas humanas como yo, que se encaminaban al edificio de enfrente, donde entraban. Y otras personas salían, emprendiendo el mismo camino de regreso. Más lejos, a la izquierda, idéntico fenómeno se repetía, desde la bruma insondable hasta el templo esfumado. ¿Qué era eso? ¿Quiénes eran esas personas que no se conocían unas a otras, ni se miraban siquiera, y que llevaban todas el mismo rumbo de sonámbulos? Cuando comenzaba a hallar todo aquello un poco fuera de lo común, aun para el cielo, oí una voz que me decía: -¿Qué hace usted aquí? Me volví y vi a un hombre en uniforme de portero o guardián, con gorra y un corto palo en la mano. Lo veía perfectamente en su figura humana, pero no estoy seguro de que fuera del todo opaco. -No sé -le respondí, perplejo yo mismo-. Me encuentro aquí, sin saber cómo… -Pues bien, ese es su camino -dijo el guardián, señalándome un edificio de enfrente-. Es allí donde debe usted ir. ¿Usted no ha sido operado? Instantáneamente, en una lejanía inmemorial de tiempo y espacio, me vi tendido en una mesa -en un remotísimo pasado… -En efecto -murmuré nebuloso-. He sido –fui operado… Y he muerto. El guardián sacudió la cabeza. -Todos dicen lo mismo… Nos dan ustedes más trabajo del que se imaginan… ¿No ha tenido aún tiempo de leer la inscripción? -¿Qué inscripción? -En ese edificio -señaló el guardián con su palo corto. Miré sorprendido hacia el templo griego, y con mayor sorpresa aún leí en el frontispicio, en grandes caracteres de luz tamizada: SÍNCOPE AZUL -Este es su domicilio, por ahora -agregó el guardián-. Todos los que durante una operación de cloroformo caen en síncope, esperan allí. Vamos andando, porque usted hace rato que debía tener su número de orden. Turbado, me encaminé al edificio en cuestión. Y el guardián iba conmigo. -Muy bien -le dije por fin al llegar-. Aquí debo entrar yo, que he caído en síncope… ¿Pero aquel otro edificio? -¿Aquel? Es la misma cosa, casi… Lea el letrero… Nunca he visto uno de ustedes, los cloroformizados, que lea los letreros. ¿Qué dice ese? Puede leerlo bien, sin embargo. Y leí: SÍNCOPE BLANCO -Así es -confirmó el hombre-. Síncope blanco. Los que entran allí no salen más, porque han caído en síncope blanco. ¿Comprende por fin? Yo no comprendía del todo, por lo que el guardián perdió otro minuto en explicármelo, mientras señalaba uno y otro edificio con su corto palo. Según él, los cloroformizados están expuestos a dos peligros, independiente del de un vaso cortado u otro detalle de la operación. En uno de los casos, y al inspirar la primera bocanada de cloroformo, el paciente pierde súbitamente el sentido; una palidez mortal invade el semblante; y el enfermo, con sus labios de cera y su corazón paralizado, queda listo para el entierro. Es el síncope blanco. El otro peligro se manifiesta en el curso de la operación. El rostro del cloroformizado se congestiona de pronto; los labios, las encías y la lengua se amoratan, y si el organismo del individuo no es lo bastante fuerte para reaccionar contra la intoxicación, la muerte sobreviene. Es el síncope azul. Como se ve, la persona que cae en este último síncope tiene su vida pendiente de un hilo sumamente fino. En verdad vive aún; pero anda tanteando ya con el pie el abismo de la Muerte. -Usted está en este estado -concluyó el guardián-. Y allí debe ir usted. Si tiene suerte, y los cirujanos logran revivirlo, volverá a salir por la misma puerta que entró. Por el momento, espere allí. Los que entran allá, en cambio -señaló al otro edificio-, no salen más; pasan de largo la sala. Pero son raros los que caen en síncope blanco. -Sin embargo -objeté- cada dos o tres minutos veo entrar a uno. -Porque son todos los cloroformizados en el mundo. ¿Cuántas personas operadas cree usted que hay en un momento dado? Usted no lo sabe, ni yo tampoco. Pero vea en cambio los que entran aquí. En efecto, en el sendero nuestro era un ir y venir sin tregua, una incesante columna de hombre, mujeres y niños, entrando y saliendo en orden y sin prisa. La particularidad de aquella avenida de seres-fantasmas era la ignorancia total en que parecían estar unos de otros, y del lugar en que actuaban. No se conocían, ni se miraban, ni se veían tal vez. Pasaban con su expresión habitual, acaso distraídos o pensando en algo, pero con preocupaciones de la vida normal -negocios o detalles domésticos-, la expresión de las gentes que se encaminan o salen de una estación. Antes de entrar en mi casa eché una ojeada a los visitantes del Síncope Blanco. Tampoco ellos parecían darse cuenta de lo que significaba el templo griego esfumado en la bruma. Iban a la muerte vestidos de saco o en femeniles blusas de paseo, con triviales inquietudes de la vida que acababan de abandonar. Y este mundanal de aspecto de estación ferroviaria se hizo más sensible al entrar en el Síncope Azul. Mi guardián me abandonó en la puerta, donde un nuevo guardián, más galoneado que el anterior, me dio y cantó en voz alta mí número: ¡834! -mientras me ponía la palma en el hombro para que entrara de una vez. El interior era un solo hall, un largo salón con bancos en el centro y en los costados. La luz cenital, muy tamizada, y aun la ligera bruma del ambiente, reforzaban la impresión de sala de espera a altas horas de la noche. Los bancos estaban ocupados por las personas que entraban y se sentaban a esperar, resignadas a un trámite ineludible, como si se tratara de un simple contratiempo inevitable al que se está acostumbrado. La mayoría ni siquiera se echaba contra el respaldo del banco; esperaban pacientes, rumiando aún alguna preocupación trivial. Otros se recostaban y cerraban los ojos para matar el tiempo. Algunos se acodaban sobre las rodillas y ponían la cara entre las manos. Nadie -y no salía yo de mi asombro- parecía estar enterado de lo que significaba aquella espera. Nadie hablaba. En el hall no se oía sino el claro paso de los visitantes, y la voz de los guardianes cantando los números de orden. Al oírlos, los dueños de los números se levantaban y salían por la puerta de entrada. Pero no todos, porque en el otro extremo del salón había otra puerta también grandemente abierta, con un guardián que cantaba otros números. Los dueños de estos números se levantaban con igual indiferencia que los otros, y se encaminaban a dicha puerta posterior. Algunos, sobre todo las personas que esperaban con los ojos cerrados o estaban con la cara en las manos, se equivocaban en el primer momento de puerta, y se encaminaban a otra. Pero ante un nuevo canto del número notaban su error y se dirigían con alguna prisa a su puerta, como quien ha sufrido un ligero error de oído. No siempre tampoco se cantaba el número; si la persona estaba cerca o miraba distraída en aquella dirección, el guardián la chistaba y le indicaba su destino con el dedo. ¿La puerta del fondo era entonces…? Para mayor certidumbre me encaminé hasta dicha puerta y abordé al guardián. -Perdón -le dije-. ¿Puede decirme qué significado concreto tiene esta puerta? El guardián, al parecer bastante fastidiado de sus propias funciones para tomar sobre sí las del público, me miró, como miraría un boletero de estación al sujeto que le preguntara si el lugar donde se hallaba era la misma estación. -Perdón -le dije de nuevo-. Yo tengo derecho a que los empleados me informen correctamente. -Muy bien -repuso el hombre, tocándose la gorra y cuadrándose-. ¿Qué desea saber? -Lo que significa esta puerta. -En seguida; por aquí salen los que han muerto. -¿Los que mueren…? -No; los que han muerto en el Síncope. -¿En el Síncope Azul? -Así parece. No pregunté más, y me asomé a la puerta; más allá no se veía nada; todo era tiniebla. Y se sentía una impresión muy desagradable de frescura. Volví sobre mis pasos y me senté a mi vez. A mi lado, una joven de traje oscuro esperaba con los ojos cerrados y la cabeza recostada en el respaldo del banco. La miré un largo rato, y me acodé con la cara entre las manos. ¡Perfectamente! Yo sabía que de un momento a otro los guardianes debían cantar mi número; pero por encima de esto yo acababa de mirar a la jovencita de falda corta y pies cruzados, que en una remota sala de operaciones acababa de caer en síncope como yo. Y nunca, en los breves días de mi vida anterior, había visto una belleza mayor que la de aquel pálido y distraído encanto en el dintel de la muerte. Levanté la cabeza y fijé otra vez la mirada en ella. Ella había abierto los ojos y miraba a uno y otro guardián, como extrañada de que no la llamaran de una vez. Cuando iba a cerrarlos de nuevo: -¿Impaciente? -le dije. Ella volvió a mí los ojos, me miró un breve momento y sonrió: -Un poco. Quiso adormecerse otra vez, pero yo le dije algo más. ¿Qué le dije? ¿Qué sed de belleza y adoración había en mi alma, cuando en aquellas circunstancias hallaba modo de henchirla de aquel amor terrenal? No lo sé; pero sé que durante tres cuartos de hora -si es posible contar con el tiempo mundano el éxtasis de nuestros propios fantasmas- su voz y la mía, sus ojos y los míos hablaron sin cesar. Y sin poder cambiar una sola promesa, porque ni ella ni yo conocíamos nuestros mutuos nombres, ni sabíamos si reviviríamos, ni en qué lugar de la tierra habíamos caminado un día con firmes pies. ¿La volvería a ver? ¿Era nuestro viejo mundo bastante grande, para ocultar a mis ojos aquella bien amada criatura, que me entregaba su corazón paralizado en el limbo del Síncope Azul? No. Yo volvería a verla -porque no tenía la menor duda de que ella regresaba a la vida. Por esto, cuando el guardián de entrada cantó su número, y ella se encaminó a la puerta despidiéndose con una sonrisa, la seguí con los ojos como a una prometida… ¿Pero qué pasa? ¿Por qué la detienen? Aparecen nuevos empleados en cabeza -jefes, seguramente- que observan el número de orden de la joven. Al fin le dejan el paso libre, con un ademán que no alcanzo a comprender. Y oigo algo así como: -Otro error… Habrá que vigilar a los guardianes de abajo… ¿Qué error? ¿Y quienes son los guardianes de abajo? Vuelvo a sentarme, indiferente al nocturno vaivén, cuando el guardián de la puerta del fondo grita: ¡124! Mi vecino, un hombre de rostro energético y al parecer de negocios, se levanta indiferente como si fuera a su despacho como todos los días. Y en ese instante, al oír el 4 final recién cantado, siento por primera vez la posibilidad de que yo pueda ser llamado desde la otra puerta. ¿Es posible? Pero ella acaba de levantarse, y la veo aún sonriéndome, con su vestido corto y sus medias traslúcidas. Y antes de un segundo, menos quizá, puedo quedar separado de ella para siempre jamás en el más infinito jamás que establece una puerta abierta, detrás de la cual no hay más tinieblas, y una sensación de fresco muy desagradable. ¿Desde dónde se va a cantar mi número? ¿A qué puerta debo volver los ojos? ¿Qué guardián aburrido de su oficio va a indicarme con la cabeza el rastro aún tibio del vestido oscuro, o la Gran Sombra Tiritante? * -¡De buena hemos escapado! -Ya vuelve el mozo… ¡Diablo de corazón incomprensible que tienen estos neurópatas! Yo no volvía en mí, todo zumbante aún de cloroformo. Abrí los ojos y vi los fantasmas blancos que acababan de operarme. Uno de ellos me palmeó el hombro diciendo: -Otra vez trate de tener menos apuro en pasarse de largo, amigo. En fin, dese por muy contento. Pero yo no lo oía porque había vuelto a caer en sopor. Cuando torné a despertar, me hallaba ya en la cama. ¿En la cama…? ¿En un sanatorio…? ¿En el mundo, no es esto…? Mas la luz, el olor a formol, los ruidos metálicos -la vida tal cual- me dañaban los ojos y el alma. Lejos, quién sabe a qué remota eternidad de tiempo y espacio, estaba el salón de espera y la jovencita a mi lado que miraba a uno y otro guardián. Esa solo había sido, era y sería mi vida en adelante. ¿Dónde hallarla, a ella? ¿Cómo buscarla entre el millar de sanatorios del mundo, entre los operados que en todo instante están incubando tras la careta asfixiante el síncope del cloroformo? ¡La hora! ¡Sí! Solo ese dato preciso tenía y podía bastarme. Debía comenzar a buscarla en seguida, en el sanatorio mismo. ¿Quién sabe…? Hice llamar a un médico, a mi médico de confianza que había asistido a la operación. -Óigame, Fitzsimmons -murmuré-. Tengo un interés muy grande en saber si, al mismo tiempo que a mí, se ha operado a otras personas en este sanatorio. -¿Aquí? ¿Le interesa mucho saber esto? -Muchísimo. A la misma hora… O un momento antes, si acaso. -Pero sí, me parece que sí… ¿Quiere saberlo con seguridad? -Hágame el favor… Al quedar solo cerré de nuevo los ojos, porque lo que yo quería ver era muy distinto de los crudos reflejos de la cama laqué, y de la mesa giratoria, también laqué. -Puedo satisfacerlo -me dijo Fitzsimmons, volviendo a entrar-. Se ha operado al mismo tiempo que a usted a tres personas: dos hombres y una mujer. Los hombres… -No, Fitzsimmons; la mujer solo me interesa. ¿Usted la ha visto? -Perfectamente. Pero -se detuvo mirándome a los ojos- ¿qué diablo de pesadilla sigue usted rumiando con el cloroformo? -No es pesadilla… ¡Después le explicaré! Óigame: ¿la ha visto bien cuando estaba vestida? ¿Puede describírmela con detalles? Fitzsimmons la había visto bien, y no tuve la menor duda. Era ella. ¡Ella! ¡A despecho de la vida y la muerte y la inmensidad de los mundos, la jovencita estaba a mi lado! Viva, tangible, como lo estaba en un pasado remoto, infinitamente anterior, en la luz tamizada de una sala de espera ultraterrestre… El médico vio mi cambio de expresión y se mordió los labios. -¿Usted la conocía? -¡Sí! Es decir… ¿Sigue bien? Titubeó un instante. Luego: -No sé si esa joven es la que usted cree. Pero la enferma que han operado… ha muerto. -¡Muerta! -Sí… Hoy hemos tenido poca suerte en el sanatorio. Usted, que casi se nos va; y esa chica, con un síncope… -Azul… -murmuré. -No, blanco. -¿Blanco? -me volví aterrado-. ¡No, azul! ¡Estoy seguro…! Pero mi médico exclamó: -No sé de donde saca usted ahora sus diagnósticos… Síncope blanco, le digo, de lo más fulminante que se pueda pedir. Y sosiéguese ahora… Deje sus sueños de cloroformo que a nada lo conducirán. Quedé otra vez solo. ¡Síncope blanco! Súbitamente se hizo la luz: Volví a ver a los jefes de la sala de espera, revisando el número de la joven; y aprecié ahora en su total alcance las palabras que en aquel momento no había comprendido: Ha habido un error… El error consistía en que la jovencita había muerto en la mesa de operaciones, del síncope blanco; que había entrado muerta en la sala de espera, por el error de algún guardián; y que yo había estado haciendo el amor, cuarenta minutos, a una joven ya muerta, que por error me sonreía y cruzaba aún los pies. En el curso de mi vida yo he recorrido sin duda las mismas calles que ella, tal vez con segundos de diferencia; hemos vivido posiblemente en la misma cuadra, y quizá en distintos pisos de la misma casa. ¡Y nunca, nunca nos hemos encontrado! Y lo que nos negó la vida, tan fácil, nos lo concede al fin una estación ultraterrestre, donde por un error he volcado todo el amor de mi vida oscilante, sobre el espectro en medias traslúcidas -de un cadáver. Es o no cierto lo que me dice el médico; pero al cerrar los ojos la veo siempre, despidiéndose con su sonrisa, dispuesta a esperarme. Al salir de la sala ha tomado a la derecha, para entrar en el Síncope Blanco. Jamás volverá a salir. Pero no importa; allí me espera, estoy seguro. Bien. Mas yo mismo; este cuarto de sanatorio, estos duros ángulos y esta cama laqué, ¿son cosa real? ¿He vuelto en realidad a la vida, o mi despertar y la conversación con mi médico blanco no son sino nuevas formas de sueño sincopal? ¿No es posible un nuevo error a mi respecto, consecutivo al que ha desviado hacia la derecha a mi Novia-Muerta? ¿No estoy muerto yo mismo desde hace un buen rato, esperando en el Síncope Azul el control que de nuevo efectúan los jefes con mi número? Ella salió y entró serena, calmada ya su impaciencia, en el edificio blanco, ante el cual toda ilusión humana debe retroceder. Nunca más será ella vista por nadie en la Tierra. ¿Pero yo? ¿Es real esta cama laqué, o sueño con ella definitivamente instalado en la Gran Sombra, donde por fin los jefes me abren paso irritados ante el nuevo error, señalándome el Síncope Blanco, donde yo debía estar desde hace largo rato?… FIN
- "Crónica", cuento de Guy de Maupassant
Crónica Guy de Maupassant ¡Por fin! ¡Por fin! Honor a la justicia de nuestro país; resulta casi asombrosa. En quince días, ha practicado dos detenciones sorprendentes. Ha condenado a un año de cárcel a una joven furia que había desfigurado con vitriolo el rostro de su rival. Luego, ocho días después, aplicó idéntico castigo a un marido, primero complaciente, luego celoso, que había alojado una bala de revólver en el vientre de su feliz competidor. Esta nueva forma de apreciar este tipo de delitos es seguramente preferible a la antigua. Pero deja aún que desear. En el primer caso, un médico, que hacía la corte a dos mujeres, es la causa de esta espantosa venganza, peor que la misma muerte. Una pobre muchacha, desfigurada, vuelta repulsiva, llevará hasta el final de sus días las marcas horribles de la infidelidad perfectamente excusable de un hombre. ¿Quién es, por tanto, el culpable, si es que lo hay? ¡Seguro que el hombre! Viene, como testigo, a deponer sobre los hechos. Pues bien, la única, la verdadera condenada, la gran castigada, es la inocente. Un año de cárcel, muy bien. No es nada. Por un año de cárcel, se puede privar de nariz y orejas y abrasar los ojos a una rival cuya belleza os molesta. ¿Acaso la única forma de castigar esta confusión en la elección de la víctima y este error sobre el culpable no sería condenar a una reparación pecuniaria, la única a la que se muestra profundamente sensible la Humanidad? ¿No debería ordenarse que, durante diez, veinte años, hasta la muerte, ya que las atroces heridas duran hasta la descomposición final, que, hasta la muerte, la que ha mutilado así a su rival, en vez de castigar al amante, le pague una pensión, le pase una renta, le dé, si es una trabajadora, la mitad de lo que gana y, si es rica, una suma considerable? La otra podría donarlo a los pobres, si tal es su deseo. En el segundo caso, el marido, un obrero, había tolerado todas las aventuras de su mujer. Diez veces la recuperó y diez veces volvió ella a irse. Llevó su complacencia hasta el punto de decirle al abrir la puerta: «Te concedo ocho días, no más. En ocho días, tienes tiempo de satisfacer tu capricho. Luego debes volver y portarte con sensatez». Ella respondió: «Sí, mi querido ogro». Hizo su petate para una semana, y luego se puso en camino, muy contenta, porque él había confiado en la palabra dada. Al entrar en casa de su amigo, ella le dijo sin duda: «¿Sabes?, dispongo de ocho días». El otro debió de responder: «¡Vaya, pues muy bien! Tu marido es muy amable. Le invitaré a una copa la próxima vez que le vea». También ese hombre dormía tranquilo. Ahora bien, una mañana, se topa con el marido. Va a su encuentro, le da la mano, para proponerle que entren en la taberna de enfrente. ¿Qué podía temerse? ¡Aún tenía tres días por delante! Pero el marido, faltando a su palabra, violando el acuerdo al que había llegado con su mujer, traidor como un general que, durante el armisticio, mientras ondea la bandera blanca sobre las murallas, dispara contra el enemigo confiado e inerme, el marido le dio la mano, pero la mano armada con un revólver e hizo fuego. Veamos, ¿es esto honesto y leal? Y la culpable, la única, la verdadera culpable, la esposa infiel, vuelve tan tranquila al domicilio conyugal. ¡Por si fuera poco, va a tener un año de libertad! ¡Los señores miembros del jurado acaban, finalmente, por recompensarla! ¡El marido le concedía ocho días, ellos le conceden un año! ¡Pero, en tales condiciones, todo son ventajas al engañar al marido! Cuántas mujeres conozco que reflexionarán… y tal vez… No conviene olvidar, sin embargo, que, desde hace seis meses, la moral ha cambiado en Francia. Las jóvenes que recurren al vitriolo y los maridos que recurren a la pistola están expuestos actualmente a ir a dormir durante un tiempo sobre la paja húmeda de una mazmorra. ¡Bueno, mejor así! ¿Quién sabe? Tal vez, dentro de un año, se les condene a trabajos forzados, y, dentro de cinco, al no estar ya el señor Grévy, se les guillotine. De modo que lo que era perfectamente excusable hace poco, ya no lo es. Mejor no caer jamás bajo las garras de la justicia, hermanos. Lo que resultaría interesante, por ejemplo, es saber cómo actuarían, ante los mismos casos y en las mismas circunstancias, los jueces de los principales pueblos del mundo. ¿Cómo sería tratado ese marido veleidoso e imprevisible por un tribunal inglés, por un tribunal español, por los tribunales italianos, alemanes, rusos, musulmanes, daneses o escandinavos? Apostaría ciento contra uno a que el mismo hombre, por ese idéntico crimen, sería condenado a muerte aquí, puesto en libertad allá, simplemente apercibido en tal latitud y felicitado en tal otra. La acción es la misma, pero la manera de juzgar difiere tanto, por tantas razones, según los lugares y las costumbres, que el Judío Errante, por ejemplo, no debe de saber nunca si ha hecho algo bueno o malo, si merece ser alentado o bien castigado. Recuerdo haber leído un día el relato de un crimen espantoso, de un crimen contra natura, cometido en Italia, y se me ocurrió pensar, mientras leía los horribles detalles, que era un delito muy italiano, el fruto que puede dar la herencia de una raza. Un criminal inglés, un criminal francés, no menos feroces, pero diferentes, éste con un escepticismo insolente, aquél con un cinismo sombrío, no habrían tenido esa suerte de fanatismo supersticioso, esa crueldad convencida. Me dirigía yo de Génova a Marsella, solo en mi vagón. Era en primavera, hacía calor. Los deliciosos aromas de los naranjos, de los limoneros y de los rosales de que está cubierta esa costa, entraban, adormecedores y embriagadores, por las ventanillas bajadas. Dos señoras, que se habían apeado en Bordighera, habían dejado en el asiento un viejo periódico desgarrado, un periódico italiano, del mes de agosto de 1882. Lo cogí, sin ninguna intención, y me puse a hojearlo. Y he aquí que encontré este artículo de la crónica negra: En los alrededores de San Remo vivía una viuda con su único hijo. La mujer era una persona de edad, de condición humilde, y quería a su pequeño como a lo único que tenía en este mundo. Cayó enfermo, de una enfermedad desconocida, que los médicos fueron incapaces de diagnosticar. Se desmejoraba, cada día más pálido y débil. Se moría. Finalmente, fue declarado incurable, desahuciado sin esperanza. La madre, loca de dolor, había llamado a todos los curanderos de la región, rezado a todas las Vírgenes, dicho rosarios en todas las capillas. Por último, fue a ver a una especie de brujo, un anciano temido que echaba suertes, practicaba la magia negra y la medicina, prestaba clandestinamente a la gente todas las ayudas perseguidas por la ley, y que conocía, decían, remedios secretos maravillosos. Ella le suplicó que fuera con ella, prometiéndole que si curaba a su pobre hijo, le daría todo cuanto le pidiera, todo, incluso su vida, prodigando las más exaltadas promesas, tan fáciles de hacer en los momentos de enloquecimiento, y, por otra parte, tan propias del amable pueblo italiano, que recurre en toda ocasión a los adjetivos calificativos más expresivos. El brujo la siguió. Y, ya sea porque fue más clarividente que los médicos, ya porque tuvo la suerte de cara, lo cierto es que el niño se curó, gracias a sus cuidados o, quizá, a pesar de ellos. Cuando ella le vio de nuevo levantarse, caminar, correr y alegre como en otro tiempo, la madre, delirando de alegría, volvió a ver al salvador: «Vengo a mantener mi promesa —dijo—; ¿qué quiere que le dé?». Él exigió todo cuanto poseía, todo. Campo, huerto, casa, mobiliario, dinero, todo, excepto lo que llevaban puesto la mujer y su chiquillo. Ella se quedó aterrada ante aquella imprevista y terrible pretensión. «¡Pero todo no puedo dárselo! Pues soy vieja y no puedo trabajar. Él es demasiado joven aún para hacer nada. ¿Es que vamos a tener que mendigar?» Ella le suplicó, le demostró que para ellos suponía la muerte: para ella debilitada, para su hijo recién curado; que no podía llevárselo así por los caminos, pidiendo, sin un techo para pasar la noche, sin una silla para sentarse, sin una mesa para comer. Ella le ofreció la mitad de sus bienes, las tres cuartas partes, reservándose tan sólo lo imprescindible para vivir durante unos años, hasta que el pequeño fuera mayor. Y ella regresó a su casa espantada Algunos días más tarde, le trajeron a su hijo agonizante, retorciéndose de unos dolores espantosos. Murió tras haber balbuceado que el brujo, habiéndole encontrado por la calle, le había hecho ingerir unas grageas. El hombre fue detenido. Confesó su crimen con aplomo, con orgullo. «Sí —dijo—, le envenené. Me pertenecía, puesto que yo le había salvado. ¿Qué pueden reprocharme? La madre no mantuvo su promesa: por lo que yo deshice lo que había hecho, le arrebaté la vida de su hijo que ella me debía. Estaba en mi derecho.» Trataron de hacerle comprender la horrible, la monstruosa acción que había cometido. Permaneció inconmovible en su razonamiento. «El niño me pertenecía, puesto que yo le había salvado.» No sé cuál fue el fallo al haber aplazado el tribunal para ocho días más tarde la sentencia. Una causa similar se habría convertido, en Francia, en una causa célebre, como la de La Pommerais o la de la señora Lafarge. En Italia pasó inadvertida. Entre nosotros, este hombre habría sido sin duda condenado a muerte. Allí, quizá ha sido condenado a un año de cárcel como lo han sido aquí este mes la mujer del vitriolo o el marido armado. FIN
- "La luz del mundo", cuento de Ernest Hemingway
La luz del mundo Ernest Hemingway Cuando nos vio franquear la puerta, el cantinero levantó la vista, tomó la tapa de cristal y cubrió con ella las dos vasijas de los aperitivos gratuitos. —Dame una cerveza —dije. El cantinero sirvió un vaso, cortó la espuma desbordante con la espátula y luego quedó aguardando con el vaso en la mano. Puse la moneda de cinco centavos sobre el mostrador y solo entonces deslizó el vaso de cerveza hacia mí. —¿Y tú? —preguntó a Tom. —Cerveza. Sirvió, cortó la espuma y, cuando vio el dinero, empujó la cerveza hacia Tom. —¿Qué pasa? —preguntó Tom. El cantinero no le contestó. Se limitó a mirar sobre nuestras cabezas y dijo a un hombre que acababa de entrar: —Usted, ¿qué quiere? —Whisky —dijo el hombre. El cantinero dejó sobre el mostrador una botella, un vaso y una jarra de agua. Tom extendió el brazo y quitó la tapa a una de las vasijas de aperitivos. Contenía patitas de cerdo encurtidas sobre las cuales descansaba una tijera de madera cuyas puntas eran dos tenedores que se cerraban para trinchar. —No —dijo el cantinero, y volvió a colocar la tapa en la vasija. Tom tenía en la mano la tijera de madera —Vuelve a poner eso en su lugar —dijo el cantinero. —Sabes dónde te lo voy a poner —dijo Tom. El cantinero metió la mano debajo del mostrador sin quitarnos la vista de encima. Puse cincuenta centavos sobre el mostrador y el cantinero se enderezó. —¿Qué te sirvo? —me preguntó. —Cerveza –dije, y antes de servirme la cerveza, destapó dos fuentes. —¡Tus patitas de cerdo apestan! –exclamó Tom y escupió lo que tenía en la boca. El cantinero no dijo nada. El hombre que había tomado whisky pagó y salió sin volverse. —¡Tú eres el que apestas! –dijo el cantinero a Tom—. Todos los tipos como tú son unos apestosos. —Dice que somos apestosos —me dijo Tom. —Oye —le pedí—. Vámonos de aquí. —¡Salgan enseguida de aquí, par de vagos! —gritó el cantinero. —Ya dije que nos íbamos —respondí—. Eso no fue idea tuya. —Pero volveremos —dijo Tom. —¡Cuidado con volver a pisar este lugar! —Dile lo equivocado que está —Tom se volvió en mi dirección. —Vámonos. Afuera era noche cerrada. —¿Qué clase de sitio es este pueblo? –preguntó Tom. —¡Que sé yo! –le dije—. Vamos a la estación. Habíamos entrado al pueblo por un extremo y nos dirigíamos hacia el otro para salir de él. Olía a cueros curtidos y aserrín. Oscurecía cuando entramos y ahora que era de noche comenzaba a hacer frío: los charcos en el camino se helaban alrededor de los bordes. En la estación había cinco putas esperando la llegada del tren, y seis hombres blancos y cuatro indios. La sala de espera estaba llena de gente y de humo rancio. La estufa estaba encendida y hacía calor. Cuando entramos nadie hablaba y la taquilla estaba cerrada. —¡Cierren la puerta, no! –exclamó alguien. Busqué con la vista al que había dicho esas palabras. Era uno de los hombres blancos. Vestía pantalones gastados, botas de goma de leñador y una camisa a cuadros como los demás, pero no llevaba sombrero, su rostro era blanco, y sus manos blancas y finas. —¿No la vas a cerrar? —Claro que sí —dije, y la cerré. —Gracias —dijo el hombre. Uno de los hombres blancos soltó una estúpida risita. —¿Nunca has tenido algo que ver con un cocinero? —preguntó. —No. —Puedes hacer de este lo que te dé la gana. A él le gusta —dijo el hombre mirando al cocinero. El cocinero volvió la cabeza apartando la vista del hombre con los labios apretados. —Se pone jugo de limón en las manos —rió el hombre—. Y por nada del mundo las mete en el agua de los platos. Mire lo blancas que las tiene. Una de las putas soltó una risotada. Era la puta más grande que jamás había visto en mi vida y también la mujer más grande. Llevaba puesto uno de esos vestidos de seda de colores tornasolados. Había otras dos putas casi tan grandes como ella, pero ella debía pesar unas trescientas cincuenta libras. Al mirarla no se podía creer que existiera realmente. Las tres putas iban vestidas iguales, con esa tela de colores cambiantes. Estaban sentadas en el banco una al lado de la otra. Eran enormes. Las otras putas tenían aspecto ordinario. Eran rubias oxigenadas. —Mirale las manos —el hombre señaló con la cabeza al cocinero. La puta rió de nuevo y su cuerpo se sacudió. El cocinero se volvió hacia ella y le dijo rápidamente: —¡Eres una montaña de carne asquerosa! —¡Ay, Dios mío! —dijo, sin dejar de reírse y sacudirse. Tenía una voz hermosa—. Oh, dulce Cristo. Las otras dos putas, las grandes, se comportaban con mucho aplomo y buena disposición de ánimo, como si no se dieran cuenta de lo que ocurría: pero eran grandes, casi tanto como la más grande de todas. Pesaban bien sus doscientas cincuenta libras por cabeza. Las otras dos putas se daban aires de dignidad. De los hombres, además del cocinero y del que había hablado, había otros dos que eran leñadores: uno de ellos escuchaba interesado, pero debía de ser un poco tímido. El otro parecía como si se dispusiera a hablar. Además había dos suecos. Dos de los indios estaban sentados en uno de los extremos del banco; otro, de pie, recargaba el cuerpo contra la pared. El hombre que se disponía a decir algo, me habló en voz queda: —Sería lo mismo que encaramarte en una montaña de heno. Yo reí y le dije a Tom lo que me había dicho el hombre. —¡Por Dios que nunca he estado en un lugar como este! —dijo Tom—. Mira a esas tres. Entonces habló el cocinero: —¿Qué edad tienen ustedes, muchachos? —Yo tengo noventa y seis y él sesenta y nueve —dijo Tom. —¡Jo, jo, jo! —rió la puta grande sacudiéndose. Tenía una voz verdaderamente hermosa, las otras putas no se rieron. —¿No pueden darme una respuesta normal? —preguntó el cocinero—. Hice la pregunta solo por ser cordial. —Tenemos diecisiete y diecinueve años —dije yo. —¿Por qué lo has dicho? —dijo Tommy volviéndose a mí. —Está bien. No te preocupes. —Pueden llamarme Alice —dijo la puta más grande y luego empezó a sacudirse de nuevo. —¿Ese es tu nombre? —preguntó Tommy. —Claro —dijo— Alice es mi nombre. ¿No es verdad? —y se volvió hacia el hombre que estaba sentado al lado del cocinero. —Alice: así se llama ella. —Desde luego que tenías que llamarte Alice —dijo el cocinero. —Es mi verdadero nombre —dijo Alice. —¿Cómo se llaman las otras muchachas? —pregunto Tom. —Hazel y Ethel —dijo Alice. Hazel y Ethel sonrieron. No eran muy inteligentes que digamos. —¿Cómo te llamas? —pregunté a una de las rubias. —Frances —replicó. —¿Frances, qué? Frances Willson. ¿Y a ti qué te importa? —¿Y tú cómo te llamas? —pregunté a la otra rubia. —No seas tan confiado —dijo. —Solo quiere hacerse amigo nuestro —dijo el hombre que había hablado—. ¿No quieres que todos seamos amigos? —No —dijo la rubia oxigenada—. Por lo menos no quiero ser amiga tuya. —Es una malgeniosa —dijo el hombre—. Respondona y malgeniosa. Una rubia miró a la otra y negó con la cabeza. —Son unos pesados —dijo la rubia respondona. Alice comenzó a reír de nuevo y a sacudirse. —Eso no tiene nada de gracioso —dijo el cocinero—. Todos ustedes se ríen, pero nada de esto tiene gracia. Ustedes, muchachos, ¿para dónde van? —¿A dónde vas tú? —preguntó Tom. —Quiero ir a Cadillac —dijo el cocinero—. ¿Han estado ustedes allí alguna vez? Mi hermana vive allí. —Él mismo es una hermana —dijo el hombre empecinado en ridiculizar al cocinero. —¿Por qué no me sueltas? —inquirió el cocinero—. ¿No podemos hablar de cosas edificantes? —En Cadillac nació Steve Ketchel y también Ad Wolgast —dijo el hombre tímido. —Steve Ketchel —dijo una de las rubias con voz aguda y repentina, como si ese nombre hubiera apretado un gatillo dentro de ella—. Lo mató su propio padre. Sí, ¡por Dios!, su propio padre. Ya no hay hombres como Steve Ketchel. —¿Su nombre no era Stanley Ketchel? –preguntó el cocinero. —¡Ho! ¡Cállate! —dijo la rubia—. ¿Qué sabes tú de Steve? ¿Stanley? No se llamaba Stanley. Steve Ketchel era el hombre más fino y más hermoso que jamás ha existido. Nunca conocí un hombre tan limpio y tan blanco como Steve Ketchel. Nunca hubo un hombre como él. Se movía como un tigre y era el derrochador más elegante y espléndido que jamás ha existido. —¿Tú lo conocías? —preguntó uno de los hombres —¿Si lo conocía? ¿Si lo conocía? ¿Si lo amé? ¿Y me lo preguntan? Lo conocía como no conocieron ustedes a nadie en el mundo, y lo amaba como se ama a Dios. Era el hombre más grande, el mejor, el más blanco y el más hermoso que jamás ha existido. Steve Ketchel, sí señor. Y su propio padre lo mató como a un perro. —¿Estuviste en la costa con él? —No. Lo conocí antes. Fue el único hombre que amé en mi vida. Todos miraban con respeto a la rubia oxigenada que había dicho todo con tono teatral, pero Alice comenzó a sacudirse de nuevo. Me di cuenta porque estaba a su lado. —Debiste haberte acostado con él —dijo el cocinero. —No quise arruinar su carrera —dijo la rubia oxigenada—. No quería convertirme en una carga para él. No era una esposa lo que el necesitaba. ¡Oh, Dios! ¡Qué hombre ese! —Muy bien pensado —dijo el cocinero— ¿Pero no lo noqueó Jack Johnson? —Fue una mala jugada —dijo la oxigenada—. Este perro negro lo cogió de sorpresa. Él acababa de derribarlo, cuando ese negro degenerado lo alcanzó de chiripa con un golpe, y lo noqueó. La taquilla se abrió y los tres indios se dirigieron hacia ella a comprar sus boletos. —Cuando Steve lo tumbó —dijo la oxigenada— se volvió hacia mí y me sonrió. —Creí que dijiste que no habías estado en la costa con él —dijo alguien. —Fui solo para ver esa pelea. Steve se volvió para sonreírme y ese negro hijo de puta dio un salto desde el suelo y lo cogió de sorpresa. Steve hubiera podido hacer morder el cordobán a cien hombres como ese negro degenerado. —¡Era un gran boxeador! —dijo uno de los leñadores—. —¡Por Dios que lo era! —dijo la oxigenada—. Y por Dios que ahora no hay boxeadores como él. Era como un Dios. Tan blanco, limpio, hermoso y elegante, rápido como un tigre o como un relámpago. —Vi la película de la pelea —dijo Tom. Todos nos sentíamos conmovidos. Alice se sacudía, y al mirarla vi que estaba llorando. Los indios habían salidos al andén. —Era para mí más de lo que hubiera podido ser cualquier marido —dijo la rubia oxigenada—. Estábamos casados a los ojos de Dios. Le pertenecía y le perteneceré siempre. No me importa lo que pueda ocurrirle a mi cuerpo. Pueden tomarlo; pero mi alma pertenece a Steve Ketchel. ¡Por Dios que era un hombre de verdad! Todos nos sentíamos muy afectados. Estábamos tristes y turbados. Alice, que todavía estaba sacudiéndose, dijo en voz grave: —Eres una maldita mentirosa. Nunca te has acostado con Steve Ketchel en tu vida y lo sabes muy bien. —¿Cómo puedes decir eso? —preguntó con orgullo la rubia. —Lo digo porque es verdad —Alice—. Soy la única aquí que ha conocido a Steve Ketchel. Nací en Mancelona y allí lo conocí. Esa es la pura verdad y tú sabes que lo es. ¡Que Dios me quite la vida aquí mismo, si no es cierto lo que digo! —¡Que me la quite a mí también si he mentido! —¡Es verdad, verdad, verdad! Y tú lo sabes. No es una mentira como esa que tú has tratado de hacernos creer. Y me acuerdo exactamente de lo que Steve Ketchel me dijo. —¿Qué te dijo? —preguntó al rubia, ufana. —Me dijo que yo estaba más que buena. Eso fue lo que me dijo. —¡Eso es una mentira! —dijo la oxigenada. —Es verdad. Eso fue exactamente lo que me dijo. —¡Es una mentira! —dijo la rubia con orgullo. —¡Es la verdad! ¡La verdad! ¡Lo juro por Jesús, María y José que es la verdad! —Steve nunca podría haber dicho eso. Él no se expresaba así —la rubia riendo feliz. —Es la verdad —dijo Alice con su hermosa voz—. Y no me importa si me crees o no. —Es imposible que Steve pueda haber dicho eso —declaró con énfasis la rubia oxigenada. —Lo dijo —Alice sonrió—. Y recuerdo que entonces yo estaba más que buena, como él decía. Incluso, ahora soy mejor hembra que tú. ¡Tú no eres más que hueso y mala idea! —¡No puedes insultarme! —dijo la rubia—. ¡Montaña de pus! Yo tengo mis recuerdos. —No –dijo Alice, con aquella dulce voz—. No tienes ningún recuerdo verdadero, como no sea cuando te ligaron las trompas y te metiste a puta. Todo lo demás lo has leído en los periódicos. Yo soy limpia y tú lo sabes, y gusto a los hombres, aunque soy grande. Eso a ti te consta. Y nunca miento. Eso te consta también. —Déjame con mis recuerdos. Con mis verdaderos y maravillosos recuerdos. Alice la miró y luego nos miró a nosotros y su rostro perdió aquella expresión agraviada. Sonrió. Su cara era casi la más bonita que había visto en mi vida. Tenía una piel suave y tersa, y una hermosa voz. Era muy agradable. Pero, ¡demonios!, ¡qué grande era! ¡Era tan grande como tres mujeres juntas! Tom me vio mirarla y me dijo: —Vamos. —Adiós —dijo Alice. Ciertamente tenía una hermosa voz. —Adiós —dije yo. —¿Dónde van, muchachos? —pregunto el cocinero. —En dirección contraria a la tuya —repuso Tom. FIN
- "La secta del Fénix", cuento de Jorge Luis Borges
La secta del Fénix Jorge Luis Borges Quienes escriben que la secta del Fénix tuvo su origen en Heliópolis, y la derivan de la restauración religiosa que sucedió a la muerte del reformador Amenophis IV, alegan textos de Heródoto, de Tácito y de los monumentos egipcios, pero ignoran, o quieren ignorar, que la denominación por el Fénix no es anterior a Hrabano Mauro y que las fuentes más antiguas (las Saturnales o Flavio Josefo, digamos) solo hablan de la Gente de la Costumbre o de la Gente del Secreto. Ya Gregorovius observó, en los conventículos de Ferrara, que la mención del Fénix era rarísima en el lenguaje oral; en Ginebra he tratado con artesanos que no me comprendieron cuando inquirí si eran hombres del Fénix, pero que admitieron, acto continuo, ser hombres del Secreto. Si no me engaño, igual cosa acontece con los budistas; el nombre por el cual los conoce el mundo no es el que ellos pronuncian. Miklosich, en una página demasiado famosa, ha equiparado los sectarios del Fénix a los gitanos. En Chile y en Hungría hay gitanos y también hay sectarios; fuera de esa especie de ubicuidad, muy poco tienen en común unos y otros. Los gitanos son chalanes, caldereros, herreros y decidores de la buenaventura; los sectarios suelen ejercer felizmente las profesiones liberales. Los gitanos configuran un tipo físico y hablan, o hablaban, un idioma secreto; los sectarios se confunden con los demás y la prueba es que no han sufrido persecuciones. Los gitanos son pintorescos e inspiran a los malos poetas; los romances, los cromos y los boleros omiten a los sectarios… Martín Buber declara que los judíos son esencialmente patéticos; no todos los sectarios lo son y algunos abominan del patetismo; esta pública y notoria verdad basta para refutar el error vulgar (absurdamente defendido por Urmann) que ve en el Fénix una derivación de Israel. La gente más o menos discurre así: Urmann era un hombre sensible; Urmann era judío; Urmann frecuentó a los sectarios en la judería de Praga; la afinidad que Urmann sintió prueba un hecho real. Sinceramente, no puedo convenir con ese dictamen. Que los sectarios en un medio judío se parezcan a los judíos no prueba nada; lo innegable es que se parecen, como el infinito Shakespeare de Hazlitt, a todos los hombres del mundo. Son todo para todos, como el Apóstol; días pasados el doctor Juan Francisco Amaro, de Paysandú, ponderó la facilidad con que se acriollaban. He dicho que la historia de la secta no registra persecuciones. Ello es verdad, pero como no hay grupo humano en que no figuren partidarios del Fénix, también es cierto que no hay persecución o rigor que éstos no hayan sufrido y ejecutado. En las guerras occidentales y en las remotas guerras del Asia han vertido su sangre secularmente, bajo banderas enemigas; de muy poco les vale identificarse con todas las naciones del orbe. Sin un libro sagrado que los congregue como la Escritura a Israel, sin una memoria común, sin esa otra memoria que es un idioma, desparramados por la faz de la tierra, diversos de color y de rasgos, una sola cosa -el Secreto- los une y los unirá hasta el fin de sus días. Alguna vez, además del Secreto hubo una leyenda (y quizá un mito cosmogónico), pero los superficiales hombres del Fénix la han olvidado y hoy solo guardan la oscura tradición de un castigo. De un castigo, de un pacto o de un privilegio, porque las versiones difieren y apenas dejan entrever el fallo de un Dios que asegura a una estirpe la eternidad, si sus hombres, generación tras generación, ejecutan un rito. He compulsado los informes de los viajeros, he conversado con patriarcas y teólogos; puedo dar fe de que el cumplimiento del rito es la única práctica religiosa que observan los sectarios. El rito constituye el Secreto. Éste, como ya indiqué, se transmite de generación en generación, pero el uso no quiere que las madres lo enseñen a los hijos, ni tampoco los sacerdotes; la iniciación en el misterio es tarea de los individuos más bajos. Un esclavo, un leproso o un pordiosero hacen de mistagogos. También un niño puede adoctrinar a otro niño. El acto en sí es trivial, momentáneo y no requiere descripción. Los materiales son el corcho, la cera o la goma arábiga. (En la liturgia se habla de légamo; éste suele usarse también.) No hay templos dedicados especialmente a la celebración de este culto, pero una ruina, un sótano o un zaguán se juzgan lugares propicios. El Secreto es sagrado pero no deja de ser un poco ridículo; su ejercicio es furtivo y aun clandestino y los adeptos no hablan de él. No hay palabras decentes para nombrarlo, pero se entiende que todas las palabras lo nombran o, mejor dicho, que inevitablemente lo aluden, y así, en el diálogo yo he dicho una cosa cualquiera y los adeptos han sonreído o se han puesto incómodos, porque sintieron que yo había tocado el Secreto. En las literaturas germánicas hay poemas escritos por sectarios, cuyo sujeto nominal es el mar o el crepúsculo de la noche; son, de algún modo, símbolos del Secreto, oigo repetir. Orbis terrarum est speculum Ludi reza un adagio apócrifo que Du Cange registró en su Glosario. Una suerte de horror sagrado impide a algunos fieles la ejecución del simplísimo rito; los otros los desprecian, pero ellos se desprecian aún más. Gozan de mucho crédito, en cambio, quienes deliberadamente renuncian a la Costumbre y logran un comercio directo con la divinidad; éstos, para manifestar ese comercio, lo hacen con figuras de la liturgia y así John of the Rood escribió: Sepan los Nueve Firmamentos que el Dios Es deleitable como el Corcho y el Cieno. He merecido en tres continentes la amistad de muchos devotos del Fénix; me consta que el secreto, al principio, les pareció baladí, penoso, vulgar y (lo que aún es más extraño) increíble. No se avenían a admitir que sus padres se hubieran rebajado a tales manejos. Lo raro es que el Secreto no se haya perdido hace tiempo; a despecho de las vicisitudes del orbe, a despecho de las guerras y de los éxodos, llega, tremendamente, a todos los fieles. Alguien no ha vacilado en afirmar que ya es instintivo. Ficciones, 1944
- "La rosa de Paracelso", cuento de Jorge Luis Borges
LA ROSA DE PARACELSO Jorge Luis Borges En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano, Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo. Atardecía. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta. El hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de las hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra. El maestro fue el primero que habló. —Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente —dijo con cierta pompa. —No recuerdo la tuya. ¿Quién eres y qué deseas de mí? —Mi nombre es lo de menos —replicó el otro. —Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes. Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lámpara. Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquietó. Se recostó, juntó la punta de los dedos y dijo: —Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo. —El oro no me importa —respondió el otro.— Estas monedas no son más que una parte de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la Piedra. Paracelso dijo con lentitud: —El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta. El otro lo miró con recelo. Dijo con voz distinta: —Pero, ¿hay una meta? Parecelso se rió. —Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y me llaman un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que “hay” un Camino. Hubo un silencio, y dijo el otro: —Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino. —¿Cuándo? —dijo con inquietud Paracelso. —Ahora mismo —dijo con brusca decisión el discípulo. Habían empezado hablando en latín; ahora, en alemán. El muchacho elevó en el aire la rosa. —Es fama —dijo— que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera. —Eres muy crédulo —dijo el maestro.— No he menester de la credulidad; exijo la fe. El otro insistió. —Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de la rosa. Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella. —Eres crédulo —dijo.— ¿Dices que soy capaz de destruirla? —Nadie es incapaz de destruirla —dijo el discípulo. —Estás equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba? —No estamos en el Paraíso —dijo tercamente el muchacho; aquí, bajo la luna, todo es mortal. Paracelso se había puesto en pie. —¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso? —Una rosa puede quemarse —dijo con desafío el discípulo. —Aún queda fuego en la chimenea —dijo Parecelso. —Si arrojamos esta rosa a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que sólo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la vieras de nuevo. —¿Una palabra? —dijo con extrañeza el discípulo–. El atanor está apagado y están llenos de polvos los alambiques. ¿Qué harías para que resugiera? Paracelso le miró con tristeza. —El atanor está apagado —repitió— y están llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos. —No me atrevo a preguntar cuáles son —dijo el otro con astucia o con humildad. —Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos, y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la ciencia de la Cábala. El discípulo dijo con frialdad: —Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa. No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo. Paracelso reflexionó. Al cabo, dijo: —Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas: Deja, pues, la rosa. El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo: —Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer semejante don? El otro replicó, tembloroso: —Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos. Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y sólo quedó un poco de ceniza. Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro. Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza. —Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que no lo será. El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas. Se arrodilló, y le dijo: —He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu discípulo, y al cabo del Camino veré la rosa. Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie? Dejarle las monedas de oro sería una limosna. Las retomó al salir. Paracelso lo acompañó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse. Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgió. FIN
- "El retorno", cuento de Roberto Bolaño
EL RETORNO Tengo una buena y una mala noticia. La buena es que existe la vida (o algo parecido) después de la vida. La mala es que Jean-Claude Villeneuve es necrófilo. Me sobrevino la muerte en una discoteca de París a las cuatro de la mañana. Mi médico me lo había advertido pero hay cosas que son superiores a la razón. Erróneamente creí (algo de lo que aún ahora me arrepiento) que el baile y la bebida no constituían la más peligrosa de mis pasiones. Además, mi rutina de cuadro medio en FRACSA contribuía a que cada noche buscara en los locales de moda de París aquello que no se encontraba en mi trabajo ni en lo que la gente llama vida interior: el calor de una cierta desmesura.Pero prefiero no hablar o hablar lo menos posible de eso. Me había divorciado hacía poco y tenía treintaicuatro años cuando acaeció mi deceso. Yo apenas me di cuenta de nada. De repente un pinchazo en el corazón y el rostro de Cecile Lamballe, la mujer de mis sueños, que permanecía impertérrito, y la pista de baile que daba vueltas de forma por demás violenta absorbiendo a los bailarines y a las sombras, y luego un breve instante de oscuridad. Después de todo siguió tal como lo explican en algunas películas y sobre este punto me gustaría decir algunas palabras. En vida no fui una persona inteligente ni brillante. Sigo sin serlo (aunque he mejorado mucho). Cuando digo inteligente en realidad quiero decir reflexivo. Pero tengo un cierto empuje y un cierto gusto. Es decir, no soy un patán. Objetivamente hablando, siempre he estado lejos de ser un patán. Estudié empresariales, es cierto, pero eso no me impidió leer de vez en cuando una buena novela, ir de vez en cuando al teatro, y frecuentar con más asiduidad que el común de la gente las salas cinematográficas. Algunas películas las vi por obligación, empujado por mi ex esposa. El resto las vi por vocación de cinéfilo. Como tantas otras personas yo también fui a ver Ghost, no sé si la recuerdan, un éxito en taquilla, aquella con Demi Moore y Whoopy Goldberg, esa a donde a Patrick Swayze lo matan y el cuerpo queda tirado en una calle de Manhattan, tal vez un callejón, en fin, una calle sucia, mientras el espíritu de Patrick Swayze se separa de su cuerpo, en un alarde de efectos especiales (sobre todo para la época), y contempla estupefacto su cadáver. Bueno, pues a mi (efectos especiales aparte) me pareció una estupidez. Una solución fácil, digna del cine americano, superficial y nada creíble Cuando me llegó mi turno, sin embargo, fue exactamente eso lo que sucedió. Me quedé de piedra. En primer lugar, por haberme muerto, algo que siempre resulta inesperado, excepto, supongo, en el caso de algunos suicidas y después por estar interpretando involuntariamente una de las peores escenas de Ghost. Mi experiencia, entre otras mil cosas, me hace pensar que tras la puerilidad de los norteamericanos a veces se esconde algo que los europeos no podemos o no queremos entender. Pero después de morirme no pensé en eso. Después de morirme de buen grado me hubiera puesto a reír a gritos. Uno a todo se acostumbra y además aquella madrugada yo me sentía mareado o borracho, no por haber ingerido bebidas alcohólicas la noche de mi deceso, que no lo hice, fue mas bien una noche de jugos de piña mezclados con cerveza sin alcohol, sino por la impresión de estar muerto, por el miedo de estar muerto y no saber que venia después. Cuando uno se muere el mundo real semueve un poquito y eso contribuye al mareo. Es como si de repente cogieras unas gafas con otra graduación, no muy diferente de la tuya, pero distintas. Y lo peor es que tu sabes que son tus gafas la que has cogido, no unas gafas equivocadas. Y el mundo real se mueve un poquito a la derecha, un poquito para abajo, la distancia que te separa de un objeto determinado cambia imperceptiblemente, y ese cambio uno lo percibe como un abismo, y el abismo contribuye a tu mareo pero tampoco importa. Dan ganas de llorar o rezar. Los primeros minutos del fantasma son minutos de nocaut inminente. Quedas como un boxeador tocado que se mueve por el ring en el dilatado instante en que el ring se está evaporando. Pero luego te tranquilizas y generalmente lo que sueles hacer es seguir a la gente que va contigo, a tu novia, a tus amigos, o, por el contrario, a tu cadáver. Yo iba con Cecile Lambelle, la mujer de mis sueños, iba con ella cuando me morí y a ella la vi antes de morirme, pero cuando mi espíritu se separó de mi cuerpo ya no la vi por ninguna parte. La sorpresa fue considerable y la decepción mayúscula, sobre todo si lo pienso ahora, aunque entonces no tuve tiempo para lamentarlo. Allí estaba, mirando mi cuerpo tirado en el suelo en una pose grotesca, como si en medio del baile y del ataque al corazón me hubiera desmadejado del todo, o como sino hubiera muerto de un paro cardiaco sino lanzándome de la azotea de un rascacielos, y lo único que hacia era mirar y dar vueltas y caerme, pues me sentía absolutamente mareado, mientras un voluntario de los que nunca faltan me hacia la respiración artificial ( o se la hacia a mi cuerpo) y luego otro me golpeaba el corazón y luego a alguien se le ocurría desconectar la música y una especie de murmullo de desaprobación recorría toda la discoteca, bastante llena pese a lo avanzado de la noche, y la voz grave de un camarero o de un tipo de seguridad ordenada que nadie me tocara, que había que esperar la llegada de la policía y del juez, y aunque yo estaba grogui me hubiera gustado decirles que siguieran intentándolo, que siguieran reanimándome, pero la gente estaba cansada y cuando alguien nombró a la policía todos se echaron para atrás y mi cadáver se quedó solo en un costado de la pista, con los ojos cerrados, hasta que un alma caritativa me echó un mantel por encima para cubrir eso que ya estaba definitivamente muerto. Después llegó la policía y unos tipos que certificaron lo que ya todo el mundo sabia, y después llegó el juez y sólo entonces yo me di cuenta de que Cecile Lamballe se había esfumado de la discoteca, así que cuando levantaron mi cuerpo y lo metieron en una ambulancia, yo seguí a los enfermeros y me introduje en la parte de atrás del vehiculo y me perdí con ellos en el triste y exhausto amanecer de París. Qué poca cosa me pareció entonces mi cuerpo o mi ex cuerpo (no sé como expresarme al respecto), abocado a la maraña de la burocracia de la muerte. Primero me llevaron a los sótanos de un hospital aunque a ciencia cierta no podría asegurar que aquello fuera un hospital, en donde una joven con gafas ordenó que me desnudaran y luego, ya sola, estuvo mirándome y tocándome durante unos instantes. Luego me pusieron una sabana y en otra habitación sacaron una copia completa de mis huellas dactilares. Luego me volvieron a llevar a la primera sala, en donde no había nadie esta vez y en donde permanecí un tiempo que a mi me pareció largo y que no sabría medir en horas. Tal vez sólo fueran unos minutos, pero yo cada vez estaba mas aburrido. Al cabo de un rato vino a buscarme un camillero negro que me llevó a otro piso subterráneo, en donde me entregó a un par de jovenzuelos también vestidos de blanco, pero que desde el primer momento, no sé por qué, me dieron mala espina. Tal vez fuera la manera de hablar, pretendidamente sofisticada, que delataba a un par de artistas plásticos de ínfima categoría, tal vez fueran los pendientes hexagonales que sugerían de forma vaga unos animales escapados de un bestiario, fantástico y que aquella temporada usaban los modernos que circulan por las discotecas a las que yo con irresponsable frecuencia acudí. Los nuevos enfermeros anotaron algo en un libro, hablaron con el negro durante unos minutos (no sé de qué hablaron) y luego el negro se fue y nos quedamos solos. Es decir, en la habitación estaban los dos jóvenes detrás de la mesa, rellenando formularios y parloteando entre ellos, mi cadáver sobre la camilla, cubierto de pies a cabeza, y yo a un lado de mi cadáver, con la mano izquierda apoyada en el reborde metálico de la camilla, intentando pensar cualquier cosa que contribuyera a clarificar mis días venideros, si es que iba a haber días venideros, algo que no tenia nada claro en aquel instante. Después uno de los jóvenes se acercó a la camilla y me destapó (o destapó mi cadáver) y durante unos segundos estuvo observándome con la expresión pensativa que nada bueno presagiaba. Al cabo de un rato volvió a cubrirlo y arrastraron, entre los dos, la camilla hasta la habitación vecina, una suerte de panal helado que pronto descubrí era depósito en donde se acumulaban los cadáveres. Nunca hubiera imaginado que tanta gente moría en París en el transcurso de una noche cualquiera. Introdujeron mi cuerpo en un nicho refrigerado y se marcharon. Yo no los conseguí. Allí, en la morgue, me pasé todo aquel día. A veces me asomaba a la puerta, que tenia una ventanita de cristal, y miraba la hora en el reloj de pared de la habitación vecina. Poco a poco fue remitiendo la sensación de mareo aunque en algún momento tuve una crisis de pánico, en la que pensé en el infierno y en el paraíso, en la recompensa y en el castigo, pero esta clase de terror irrazonable no se prolongó mucho tiempo. La verdad es que empecé a sentirme mejor. En el transcurso del día fueron llegando nuevos cadáveres, pero ningún fantasma acompañaba a su cuerpo, y a eso de las cuatro de la tarde un joven miope me hizo la autopsia y luego dictaminó las causas accidentales de mi muerte. Debo reconocer que yo no tuve estomago para ver como abrían mi cuerpo. Pero fui hasta la sala de autopsias y escuché como el forense y su ayudante, una chica bastante agraciada, trabajaban, eficientes y rápidos, tal como seria deseable que hicieran su trabajo todos los funcionarios de los servicios públicos, mientras yo esperaba de espaldas, contemplando las baldosas de color marfil de la pared. Después me lavaron y me cosieron y un camillero me volvió a llevar a la morgue. Hasta las once de la noche permanecí allí, sentado en el suelo debajo de mi nicho refrigerado, y aunque en algún momento pensé que me iba a quedar dormido ya no tenida sueño ni forma de conciliarlo, y con lo que hice fue seguir reflexionando sobre mi vida pasada y sobre el enigmático porvenir (por llamarlo de alguna manera) que tenía delante de mí. El trasiego, que durante el día había sido como un goteo constante aunque apenas perceptible, a partir de las diez de la noche cesó o se mitigó de forma considerable. A las once y cinco volvieron a aparecer los jóvenes de los pendientes hexagonales. Me sobresalté cuando abrieron la puerta. Sin embargo ya me estaba acostumbrando a mi condición fantasmal y tras reconocerlos seguí sentado en el suelo, pensando en la distancia que me separaba ahora de Cecile Lamballe, infinitamente mayor de la que mediaba entre ambos cuando yo aún estaba vivo. Siempre nos damos cuenta de las cosas cuando ya no hay remedio. En la vida tuve miedo de ser juguete (o algo menos que un juguete) en manos de Cecile y ahora que estaba muerto ese destino, antes origen de mis insomnios y de mi inseguridad rampante, se me antojaba dulce y no carente incluso de cierta elegancia y de cierto peso: la solidez de lo real. Pero hablaba de los camilleros modernos. Los vi cuando entraron en la morgue y aunque no dejé de percibir en sus gestos una cautela que se contradecía con su forma de ser pegajosamente felina, de pretendidos artistas de discoteca, al principio de presté atención a sus movimientos, a sus cuchicheos, hasta que uno de ellos abrió el nicho donde reposaba mi cadáver. Entonces me levanté y me puse a mirarlos. Con gestos de profesionales consumados pusieron mi cuerpo en una camilla. Luego arrastraron la camilla fuera de la morgue y se perdieron por un corredor largo, con una suave pendiente en subida, que iba a dar directamente al parking del edificio. Por un instante pensé que estaban robando mi cadáver. Mi delirio de Cecile Lamballe, el rostro blanquísimo de Cecile Lamballe, que emergía de la oscuridad del parking y les daba a los camilleros seudoartistas el pago estipulado por el rescate de mi cadáver. Pero en el parking no había nadie, lo que demuestra que yo aún estaba lejos de recobrar mi raciocinio o siquiera serenidad. Durante unos instantes volví a sentir el mareo de los primeros minutos de fantasma mientras los seguía con cierta timidez e inseguridad por las inhóspitas hileras de coches. Luego metieron mi cadáver en el maletero de un Renault gris, con la carrocería llena de pequeñas abolladuras, y salimos del vientre de aquel edificio, que ya empezaba a considerar mi casa, hacia la noche libérrima de París. No recuerdo ya por qué avenidas y calles transitamos. Los camilleros iban drogados, según pude colegir tras un vistazo más concienzudo, y hablaban de gente que estaba muy por encima de sus posibilidades sociales. No tardé e confirmar mi primera impresión: eran unos pobres diablos, y sin embargo algo en su actitud, que por momentos parecía esperanza y por momentos inocencia, hizo que me sintiera próximo a ellos. En el fondo, nos parecíamos, no ahora ni en los momentos previos a mi muerte, sino en la imagen que guardaba en mí mismo a los veintidós años o a los veinticinco, cuando aún estudiaba y creía que el mundo algún día se iba a rendir a mis pies. El Renault se detuvo junto a una mansión en unos de los barrios más exclusivos de París. Eso, al menos, fue lo que creí. Uno de los seudoartistas se bajó del coche y tocó un timbre. Al cabo de un rato una voz que surgió de la oscuridad le ordenó, no, le sugirióque se pusiera un poco más a la derecha y que levantara la barbilla. El camillero siguió las instrucciones y levantó la cabeza. El otro se asomó a la ventanilla del coche y saludó con la mano en dirección a una cámara de televisión que nos observaba desde lo alto de la verja. La voz carraspeó (en ese momento supe que iba a conocer dentro de poco a un hombre retraído en grado extremo) y dijo que podíamos pasar. Al instante la verja se abrió con un ligero chirrido y el coche se internó por un camino pavimentado que caracoleaba por un jardín lleno de árboles y plantas cuyo insinuado descuido correspondía más a un capricho que a dejadez. Nos detuvimos en uno de los laterales de la casa. Mientras los camilleros bajaban mi cuerpo del maletero la contemplé con desaliento y admiración. Nunca en toda mi vida había estado en una cada como aquella. Parecía antigua. Sin duda debía de valer una fortuna. Poco más es lo que sé de arquitectura. Entramos por unas de las puertas de servicio. Pasamos por la cocina, impoluta y fría como la cocina de un restaurante que llevara muchos años cerrado, y recorrimos un pasillo en penumbra al final del cual tomamos un ascensor que nos llevó hasta el sótano. Cuando las puertas del aseador se abrieron allí estaba Jean-Claude Villeneuve. Lo reconocí de inmediato. El pelo largo y canoso, las gafas de cristales gruesos, la mirada gris que insinuaba a un niño desprotegido, los labios delgados y firmes que delataban, por el contrario, a un hombre que sabia muy bien lo que quería. Iba vestido con pantalones vaqueros y camiseta blanca de manga corta. Su atuendo me resultó chocante pues las fotos que yo había visto de Villeneuve siempre lo mostraban vestido con elegancia. Discreto, sí, pero elegante. El Villeneuve que tenía ante mí, por el contrario, parecía un viejo rockero insomne. Su andar, si embargo, era inconfundible: se movía con la misma inseguridad que tantas veces había visto en la televisión, cuando al final de sus colecciones de otoño-invierno o de primavera-verano saltaba a la pasarela, se diría que casi por obligación, arrastrado por sus modelos favoritas a recibir el aplauso unánime del público. Los camilleros pusieron mi cadáver sobre un diván verde oscuro y retrocedieron unos pasos, a la espera del dictamen de Villeneuve. Este se acercó, me destapó la cara y luego sin decir nada se dirigió a un pequeño escritorio de madera noble (supongo) de donde extrajo un sobre. Los camilleros recibieron el sobre, que con casi toda probabilidad contenía una suma importante de dinero, aunque ninguno de los dos se molestó en contarlo, y luego uno de ellos dijo que pasarían a las siete de la mañana del día siguiente a recogerme y se marcharon. Villeneuve ignoró sus palabras de despedida. Los camilleros desaparecieron por donde habíamos entrado, oí el ruido del ascensor y después silencio. Villeneuve, sin prestarle atención a mi cuerpo, encendió un monitor de televisión. Miré por encima de su hombro. Los seudoartistas estaban junto a la verja, esperando a que Villeneuve les franqueara la salida. Después el coche se perdió por la calle de aquel barrio tan selecto y la puerta metálica se cerró con un chirrido seco. A partir de ese momento todo en mi nueva vida sobrenatural empezó a cambiar, a acelerarse en fases que se distinguían perfectamente unas de otras pese a la rapidez con que se sucedían. Villeneuve se acercó a un mueble muy parecido a un minibar de un hotel cualquiera y sacó un refresco de manzana. Lo destapó, comenzó a beberlo directamente de la botella y apagó el monitor de vigilancia. Sin dejar de beber puso música. Una música que yo nunca había oído, o tal vez si, pero entonces la escuché con atención y me pareció que era la primera vez: guitarras, eléctricas, un piano, un saxo, algo triste y melancólico pero también fuerte, como si el espíritu del músico no diera un brazo a torcer. Me acerqué al aparato con la esperanza de ver el nombre del músico en la tapa del compact disc pero no vi nada. Sólo en rostro de Villeneuve que en la penumbra me pareció extraño, como si al quedarse solo y beber refresco de manzana se hubiera acalorado de improvisto. Distinguí una gota de sudor en medio de su mejilla. Una gota minúscula que bajaba lentamente hacia el mentón. También creí percibir un ligero estremecimiento. Después Villeneuve dejó el vaso al lado del aparato de música y se aproximó a mi cuerpo. Durante un rato me estuvo mirando como si no supiera qué hacer, lo cual no era cierto, o como si intentara adivinar qué esperanzas y deseos palpitaron alguna vez en aquel bulto envuelto en una funda de plástico que ahora tenía a su merced. Así permaneció un rato. Yo no sabía, siempre he sido un ingenuo, cuáles eran sus intenciones. Si lo hubiera sabido me habría puesto nervioso. Pero no lo sabía, de manera que me senté en uno de los confortables sillones de cuero que había en la habitación y esperé. Entonces Villeneuve deshizo con extremo cuidado el envoltorio que contenía mi cuerpo hasta dejar la funda arrugada debajo de mis piernas y luego (tras dos o tres minutos interminables) retiró del todo la funda y dejó mi cadáver desnudo sobre el diván tapizado en cuero verde. Acto seguido se levantó, pues todo lo anterior lo había hecho de rodillas, y se sacó la camisa e hizo una pausa sin dejar de mirarme y fue entonces cuando yo e levanté y me acerqué un poco y vi mi cuerpo desnudo, más gordito de lo que hubiera deseado, pero no mucho, los ojos cerrados y una expresión ausente, y vi el torso de Villeneuve, algo que pocos han visto, pues nuestro modisto es famoso entre tantas otras cosas por su discreción y nunca se habían publicado fotos de él en la playa, por ejemplo, y luego busqué la expresión de Villeneuve, para adivinar qué iba a suceder a continuación, pero lo único que vi fue su rostro tímido, mas tímido que en las fotos, de hecho infinitamente más tímido que en las fotos que aparecían en las revistas de moda o del corazón. Villeneuve se despojó de los pantalones y de los calzoncillos y se tumbó junto a mi cuerpo. Ahí si que lo entendí todo y me quedé mudo de asombro. Lo que sucedió a continuación cualquiera puede imaginárselo pero tampoco fue una bacanal. Villeneuve me abrazó, me acarició, me besó castamente en los labios. Me masajeó el pene y los testículos con una delicadeza similar a la que alguna vez empleó Cecile Lamballe, la mujer de mis sueños, y al cabo de un cuarto de hora de arrumacos en la penumbra comprobé que estaba empalmado. Dios mío, pensé, ahora me va a sodomizar. Pero no fue así. El modisto, para mi sorpresa, se corrió frotándose contra uno de mis muslos. En ese momento hubiera querido cerrar los ojos, pero no pude. Experimenté sensaciones encontradas: disgusto por lo que veía, agradecimiento por no ser sodomizado, sorpresa por ser Villeneuve quien era, rencor contra los camilleros por haber venido o alquilado mi cuerpo, incluso vanidad por ser involuntariamente el objeto del deseo de uno de los hombres más famosos de Francia. Después de correrse Villeneuve cerró los ojos y suspiró. En ese suspiro creí percibir una ligera señal de hastío. Acto seguido se incorporó y durante y durante unos segundos permaneció sentado en el diván, dándole la espalda a mi cuerpo, mientras se limpiaba con la mano el miembro que aun goteaba. Debería darle vergüenza, dije. Desde que había muerto era la primera vez que hablaba. Villeneuve levantó la cabeza, en modo alguno sorprendido o en cualquier caso con una sorpresa mucho menor de la que hubiera experimentado yo en su lugar, mientras con una mano buscaba las gafas que estaban sobre la moqueta. En el acto comprendí que me había oído. Me pareció un milagro. De pronto sentí tan feliz que le perdoné su anterior lascivia. Sin embargo, como un idiota, repetí: debería darle vergüenza. ¿Quién está ahí?, dijo Villeneuve. Soy yo, dije, el fantasma del cuerpo al que usted acaba de violar. Villeneuve empalideció y luego sus mejillas se colorearon, todo de forma casi simultánea. Temí que fuera a sufrir un ataque al corazón o que muriera del susto, aunque la verdad es que muy asustado no se le veía. No hay problema, dije conciliador, está perdonado. Villeneuve encendió la luz y buscó por todos los rincones de la habitación. Creí que se había vuelto loco, pues era evidente que allí sólo estaba él y que de ocultarse otra persona éste tenía que ser un pigmeo o aún mas pequeño que un pigmeo, un gnomo. Luego comprendí que el modisto, contra lo que yo pensaba, no estaba loco sino que más bien hacía gala de unos nervios de acero: no buscaba a una persona sino un micrófono. Mientras me tranquilizaba sentí una oleada de simpatía por él. Su forma metódica de desplazarse por la habitación me pareció admirable. Yo en su lugar hubiera escapado como alma que lleva el diablo. No soy ningún micrófono, dije. Tampoco soy una cámara de televisión. Por favor, procure calmarse, siéntese y charlemos. Sobre todo, no tenga miedo de mí. No voy a hacerle nada. Eso le dije y cuando terminé de hablar me callé vi que Villeneuve, tras vacilar imperceptiblemente, seguía buscando. Lo dejé hacer. Mientras él desordenaba la habitación yo permanecí sentado en uno de los confortables sillones. Luego se me ocurrió algo. Le sugerí que nos encerráramos en una habitación pequeña (pequeña como un ataúd, fue el termino exacto que empleé), una habitación en donde fuera impensable la instalación de micrófonos o cámaras y en donde yo le seguiría hablando hasta que pudiera convencerlo de cuál era mi naturaleza o mejor dicho mi nueva naturaleza. Después, mientras él reflexionaba sobre mi proposición, yo pensé a mi vez que me había expresado mal, pues en modo alguno podía llamar naturaleza a mi estado de fantasma. Mi naturaleza seguía siendo, a todas luces, la de un ser vivo. Sin embargo era evidente que yo no estaba vivo. Por un instante se me ocurrió la posibilidad de que todo fuera un sueño. Con el valor de los fantasmas me dije que si era un sueño lo mejor (y lo único) que podía hacer era seguir soñando. Por experiencia sé que intentar despertarse de golpe de una pesadilla es inútil y además añade dolor al dolor o terror al terror. Así que repetí mi oferta y esta vez Villeneuve dejó de buscar y se quedó quieto (contemplé con detenimiento su rostro tantas veces visto en las revistas de papel satinado, y la expresión que vi fue la misma, es decir una expresión de soledad y de elegancia, aunque ahora por su frente y por sus mejillas se deslizaban unas pocas pero significativas gotas de sudor). Salió de la habitación. Lo seguí. En medio de un largo pasillo se detuvo y dijo ¿sigue usted conmigo? Su voz me sonó extrañamente simpática, llena de matices que se acercaba, por distintos caminos, a una calidez no sé si real o quimérica. Aquí estoy, dije. Villeneuve hizo un gesto con la cabeza que no comprendía y siguió recorriendo su mansión, deteniéndose en cada habitación y sala de estar o rellano y preguntándome si aun estaba con el, pregunta que yo ineluctablemente respondía en cada ocasión, procurando darle a mi voz un tono distendido, o al menos intentando singularizar mi voz (que en vida fue siempre una voz más bien vulgar, del montón), influido, qué duda cabe, por la voz delgada (en ocasiones casi un pito) y sin embargo extremadamente distinguida del modisto. Es mas, a cada respuesta añadía, con miras a conseguir una mayor credibilidad, detalles del lugar en que nos encontrábamos, por ejemplo, si había una lámpara con una pantalla de color tabaco y pie de hierro labrado, y Villeneuve asentía o me corregía, el pie de lámpara es de hierro forjado o de hierro colado, podía decirme, con los ojos, eso si, fijos en el suelo, como si temiera que de improviso yo me materializara o como si no quisiera avergonzarme, y entonces yo le decía: perdone, no me he fijado bien, o: eso quise decir. Y Villeneuve movía la cabeza de forma ambigua, como si efectivamente aceptara mis excusas o como si se estuviera haciendo una idea más cabal del fantasma que le había tocado en suerte. Y así recorrimos toda la casa, y mientras íbamos de un sitio a otro Villeneuve cada vez estaba o se le veía mas tranquilo y yo estaba cada vez mas nervioso, pues la descripción de objetos nunca ha sido mi fuerte, máxime si esos objetos no eran objetos de uso común, o si esos objetos eran cuadros de pintores contemporáneos que seguramente valían una fortuna pero sus autores para mí eran unos perfectos desconocidos, o si esos objetos eran figuras que Villeneuve había ido reuniendo después de sus viajes (de incógnito) por el mundo. Hasta que llegamos a una pequeña habitación en donde no había nada, ni un solo mueble, si una sola luz, una habitación revestida de una capa de cemento, e donde nos encerramos y quedamos a oscuras. La situación, a primera vista, parecía embarazosa, pero para mí fue como un segundo o un tener nacimiento, es decir, para mí fue el inicio de la esperanza y al mismo tiempo la conciencia desesperada de la esperanza. Allí Villeneuve dijo: descríbame el sitio en donde estamos ahora. Y yo le dije que aquel lugar era como la muerte, pero no como la muerte real sino como imaginamos la muerte cuando estamos vivos. Y Villeneuve dijo: descríbalo todo está oscuro, dije yo. Es como un refugio atómico. Y añadí que el alma se encogía en un sitio así e iba a seguir enumerando lo que sentía, el vacío que se había instalado en mi alma mucho antes de morir y del que sólo ahora tenia conciencia, pero Villeneuve me interrumpió, dijo que con eso bastaba, que me creía, y abrió de golpe la puerta. Lo seguí hasta la sala principal de la casa, en donde se sirvió un whisky y precedió a pedirme perdón, con pocas y medidas frases, por lo que había hecho con mi cuerpo. Está usted perdonado, le dije. Soy una persona de mente abierta. En realidad ni siquiera estoy seguro de lo que significa tener una mente abierta, pero sentí que era mí deber hacer tabla rasa y despejar nuestra futura relación de culpabilidades y rencores. Se preguntará usted por qué hago lo que hago, dijo Villeneuve. Le aseguré que no tenía intención de pedirle explicaciones. Sin embargo Villeneuve insistió en dármelas. Con cualquier otra persona aquello se hubiera convertido en una velada de lo mas desagradable, pero quien hablaba era Jean-Claude Villeneuve, el mas grande modisto de Francia, es decir del mundo, y el tiempo se me fue volando mientras odia una historia sucinta de su infancia y adolescencia, de su juventud, de sus reservas en material sexual, de sus experiencias con algunos hombres y con algunas mujeres, de su inveterada soledad, de su mórbido deseo de no causar daño a nadie que tal vez encubría el oculto deseo de que nadie le hiciese daño a él, de sus gustos artísticos que admiré y envidié con toda mi alma, de su inseguridad crónica, de sus disputas con algunos modistos famosos, de sus primeros trabajos para una casa de alta costura, de sus viajes iniciáticos sobre los que no quiso profundizar, de su amistad con tres de las mejores actrices del cine europeo, de su relación con el par de seudoartistas de la morgue que le conseguían de tanto en tanto cadáveres con los que pasaba solo una noche, de su fragilidad, de su fragilidad que se asemejaba a una demolición en cámara lenta e infinita, hasta que por las cortinas de la sala principalse deslizaron las primeras luces de la mañana y Villeneuve dio por concluida su larga exposición. Permanecimos en silencio durante un largo rato. Supe que ambos estábamos si no exultantes de alegría sí razonablemente felices. Poco después llegaron los camilleros. Villeneuve miró al suelo y me preguntó que debía hacer. Después de todo, el cuerpo que venían a buscar era el mío. Le di las gracias por la delicadeza de preguntármelo pero al mismo tiempo le aseguré que me encontraba más allá de esas preocupaciones. Haga lo que suele hacer, le dije. ¿Se marchará usted?, dijo él. Mi decisión hacia rato que estaba tomada, sin embargo fingí reflexionar durante unos segundos antes de decirle que no, que no me iba a marchar. Si a él no le importaba, claro. Villeneuve pareció aliviado. No me importa, al contrario, dijo. Entonces sonó un timbre y Villeneuve encendió los monitores y flanqueó el paso a los alquiladores de cadáveres, que entraron sin decir una palabra. Agotado por los sucesos de la noche, Villeneuve no se levantó del sofá. Los seudoartistas lo saludaron, me pareció que uno de ellos tenía ganas de charla, pero el otro le dio un empujón y ambos bajaron sin más a buscar mi cadáver. Villeneuve tenía los ojos cerrados y parecía dormido. Yo seguí a los camilleros al sótano. Mi cadáver yacía semicubierto por la funda de la morgue. Ví como lo metían en ella y lo cargaban hasta depositarlo otra vez en el maletero del coche. Lo imaginé allí, en el frío, hasta que un pariente o mi ex mujer acudiera a reclamarlo. Pero no hay que darle espacio al sentimentalismo, pensé, y cuando el coche de los camilleros dejó el jardín y se perdió en aquella calle arbolada y elegante no sentí ni el más leve asomo de nostalgia o de tristeza o de melancolía. Al volver a la sala Villeneuve seguía en el sillón y hablaba solo (aunque no tardé en descubrir que él creía que hablaba conmigo) mientras con los brazos entrecruzados temblaba de frío. Me senté en una silla junto a él, una silla de madera labrada y respaldo de terciopelo, de cara a la ventana y al jardín y a la hermosa luz de la mañana, y lo dejé seguir hablando todo lo que quisiera. FIN











