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- "El caso del Bungalow", cuento de Agatha Christie
El caso del Bungalow Agatha Christie -Ahora recuerdo un caso… -dijo Jane Helier. Su bello rostro se iluminó con la sonrisa confiada del niño que busca aprobación. Era la sonrisa que conmovía a diario al público de Londres y que había hecho la fortuna de los fotógrafos-. Le ocurrió a una amiga mía -dijo con precaución. Todo el mundo hizo hipócritas gestos de aliento. El coronel Bantry, su esposa, don Henry Clithering, el doctor Lloyd y la anciana señorita Marple estaban convencidos de que la “amiga” de Jane era ella misma. Hubiera sido incapaz de recordar o interesarse por algo que afectara a cualquier otra persona. -Mi amiga -continuó Jane-, no mencionaré su nombre, era una actriz muy conocida. Nadie exteriorizó la menor sorpresa y don Henry Clithering pensó para sí: “Me pregunto cuánto tardará en olvidarse de la farsa y dirá ‘yo’ en vez de ‘ella’…” -Mi amiga se encontraba de gira por provincias, de esto hará uno o dos años. Supongo que es mejor no decir el nombre del lugar. Estaba en la ribera de un río, muy cerca de Londres. Lo llamaré… Hizo una pausa, frunciendo el entrecejo. Al parecer, inventar un simple nombre era demasiado para ella, y don Henry acudió en su ayuda. -¿Lo llamamos Riverbury? -le sugirió. -Oh, sí, espléndido, Riverbury, lo recordaré. Bien, como decía, esta amiga mía se encontraba en Riverbury con su compañía cuando ocurrió algo muy curioso. Volvió a fruncir el entrecejo. -¡Es tan difícil decir lo que una quiere decir! -se lamentó-. Temo confundirme y decir unas cosas antes que otras. -Lo hace usted muy bien -le dijo el doctor Lloyd para animarla-. Continúe. -Bien, pues ocurrió algo muy curioso. Mi amiga fue llevada al puesto de policía. Al parecer se había cometido un robo en su bungalow, situado junto al río, y habían detenido a un joven que les contó una extraña historia, y por eso fueron a buscarla. Nunca había estado en un puesto de policía, pero se mostraron muy amables con ella, amabilísimos. -No me extraña en absoluto -dijo don Henry. -El sargento, creo que era un sargento, o tal vez fuese un inspector, la invitó a sentarse y le explicó lo ocurrido. Desde luego yo vi en seguida que se trataba de una equivocación. “¡Aja! -pensó don Henry-. ‘¡Yo!’ Ya está, lo que imaginaba”. -Eso dijo mi amiga -continuó Jane, sin advertir su propia traición-. Explicó que había estado ensayando en el hotel con su suplente y que nunca había oído siquiera el nombre de señor Faulkener. Y el sargento dijo: “señorita Hel…”. Se detuvo muy sonrojada. -¿Señorita Helman? -le sugirió don Henry con un guiño. -Sí, sí, eso es. Gracias. El sargento dijo: “Señorita Helman, creo que debe de haber alguna equivocación, puesto que usted se aloja en el Bridge Hotel”. Y luego me preguntó si me importaría que me confrontaran con aquel joven. No sé si se dice confrontar o carear. No lo puedo recordar. -No importa realmente -le aseguró don Henry. -De todos modos, yo dije: “Claro que no”. Y lo trajeron y dijeron: “Ésta es señorita Helier” y… ¡Oh! -Jane se interrumpió boquiabierta. -No importa, querida -le dijo señorita Marple para consolarla-. De todas maneras lo hubiéramos adivinado. Y no nos ha dicho el nombre del lugar ni nada realmente importante. -Bueno -dijo Jane-. Mi intención era contárselo como si le hubiera ocurrido a otra persona, pero es difícil, ¿verdad? Quiero decir que una se olvida. Todos le aseguraron que era muy difícil y una vez tranquilizada, prosiguió con su algo enrevesado relato. -Era un hombre muy atractivo, mucho. Joven y pelirrojo. Al verme se quedó con la boca abierta y el sargento le preguntó: “¿Es ésta la dama?” Y él contestó: “No, desde luego que no. Qué estúpido he sido”. Yo le sonreí, diciéndole que no tenía importancia. -Me imagino la escena -dijo don Henry. Jane Helier frunció el entrecejo. -Déjeme pensar cómo sería mejor continuar. -¿Y si nos contara de qué se trata, querida? -dijo señorita Marple con tal amabilidad que nadie pudo sospechar su ironía-. Quiero decir que cuál era la equivocación de aquel joven y de qué se trataba el robo. -Oh, sí -exclamó Jane-. Bien, ese joven, Leslie Faulkener, había escrito una comedia. A decir verdad había escrito varias, aunque nunca le representaron una. Y me envió una en particular para que la leyera. Yo lo ignoraba, ya que recibo cientos de obras de teatro y leo muy pocas, sólo aquéllas de las que sé algo. De todas formas, así fue, y al parecer el señor Faulkener recibió una carta mía, sólo que resultó que no la había escrito yo. ¿Comprenden? Hizo una pausa con ansiedad y todos le aseguraron que la habían entendido. -En ella le decía que había leído su comedia, que me gustaba mucho y que viniera a hablar conmigo. Le daba la dirección, el bungalow de Riverbury. De modo que el señor Faulkener, muy satisfecho, fue a verme a ese lugar: el bungalow. Le abrió la puerta una doncella a quien él preguntó por la señorita Helier y ella le dijo que la señorita Helier lo estaba esperando y le hizo pasar al salón, donde lo recibió una mujer que él aceptó como si fuera yo, lo cual resulta bastante extraño, puesto que me había visto actuar y mis fotografías son bien conocidas en todas partes, ¿verdad? -Por todo lo largo y ancho de Inglaterra -replicó la señora Bantry-. Pero a menudo hay una gran diferencia entre la fotografía y el original, mi querida Jane. Así como cuando se ve a las artistas fuera del escenario. No todas las actrices pueden superar esa prueba como tú, recuérdelo. -Bueno -dijo Jane un tanto aplacada-, es posible. De todas formas describió a aquella mujer diciendo que era alta, rubia, de grandes ojos azules y muy atractiva, de modo que debía parecerse bastante a mí. Desde luego, él no sospechó nada y ella se sentó, comenzó a charlar de su comedia y de las ganas que tenía de representarla. Mientras hablaban, les sirvieron unos combinados y el señor Faulkener tomó uno. Bueno, eso es todo lo que recuerda, que se bebió el combinado. Cuando despertó, o volvió en sí, estaba tendido en la carretera junto a la cuneta, desde luego donde no había peligro de que lo atropellaran. Estaba muy débil y desorientado, tanto que, cuando se levantó y echó a andar tambaleándose, no sabía adónde se dirigía. Dijo que, de haber estado en posesión de todas sus facultades, hubiera vuelto al bungalow para tratar de averiguar lo ocurrido, pero se sentía tan torpe y aturdido que siguió caminando sin saber apenas lo que hacía. Empezaba a rehacerse cuando fue detenido por la policía. -¿Por qué lo detuvieron? -preguntó el doctor Lloyd. -¡Oh! ¿No se lo dije? -exclamó Jane abriendo mucho los ojos-. Qué tonta soy, por el robo. -Usted mencionó un robo, pero no dijo dónde tuvo lugar ni por qué. -Bueno, ese bungalow, ese al que fue él, no era mío, por supuesto. Pertenecía a un hombre cuyo nombre era… De nuevo Jane Helier frunció el entrecejo. -¿Quiere que vuelva a hacer de padrino? -le preguntó don Henry-. Seudónimos gratis. Descríbame al individuo y yo lo bautizaré. -Lo había alquilado un acaudalado caballero, de la ciudad. -Don Herman Cohen -sugirió don Henry. -Le va perfectamente. Lo alquiló para una mujer, esposa de un actor y también actriz. -Al actor podemos llamarle Claud Leason -dijo don Henry- y a ella por su nombre artístico, por ejemplo, señorita Mary Kerr. -Creo que es usted muy inteligente -dijo Jane-. A mí no se me ocurren las cosas tan fácilmente. Bien, era una especie de casita de campo donde don Herman… ¿ha dicho usted Herman?, y la dama pretendían pasar los fines de semana. Por supuesto, la esposa no sabía nada de esto. -Es lo que suele ocurrir -dijo don Henry. -Y le había regalado a la actriz una buena cantidad de joyas, incluidas unas esmeraldas muy finas. -¡Ah! -exclamó el doctor Lloyd-. Ya vamos llegando. -Estas joyas estaban en el bungalow bien cerradas en un joyero. La policía dijo que era una imprudencia, que cualquiera pudo cogerlas. -¿Ves, Dolly? -intervino el coronel Bantry-. ¿Qué es lo que te digo siempre? -Bueno, según he visto por propia experiencia -contestó la señora Bantry-, es siempre la gente cuidadosa la que pierde sus joyas. Yo no encierro las mías en ningún joyero, las guardo sueltas en un cajón debajo de las medias. Me atrevo a decir que si… ¿cómo se llama?, si Mary Kerr hubiese hecho lo mismo, no se las hubieran robado tan fácilmente. -Las habrían encontrado -replicó Jane-, pues todos los cajones fueron abiertos y su contenido esparcido por el suelo. -Entonces no andaban buscando joyas -dijo la señora Bantry-, sino documentos secretos. Es lo que ocurre siempre en las novelas. -No sé nada de ningún documento secreto -respondió Jane pensativa-. No los oí mencionar. -No se distraiga, señorita Helier -dijo el coronel Bantry-. No se inquiete usted por las pistas falsas disparatadas que diga mi esposa. -Siga hablando del robo -le indicó amablemente don Henry. -Sí. La policía recibió una llamada telefónica de alguien que se hizo pasar por Mary Kerr. Dijo que habían robado en el bungalow y describió a un joven pelirrojo que se había presentado aquella mañana en el bungalow. A su doncella le pareció un tipo muy raro y se negó a dejarlo entrar, pero más tarde lo vio salir por una ventana. Lo describió con tanto detalle que la policía lo detuvo media hora después y entonces él contó su historia y mostró mi carta. Vinieron a buscarme y al verme, dijo lo que ya les he contado: ¡que no era yo! -Una historia muy curiosa -dijo el doctor Lloyd-. ¿El señor Faulkener conocía a esa señorita Kerr? -No, no la conocía, o por lo menos eso dijo. Pero aún no les he contado lo más curioso. La policía fue al bungalow y lo encontraron tal como lo he descrito antes: los cajones por el suelo y ni rastro de las joyas, pero no había nadie. Hasta algunas horas más tarde no regresó Mary Kerr, quien negó haberles telefoneado y afirmó que nada sabía de lo ocurrido hasta aquel momento. Al parecer había recibido un telegrama de su representante ofreciéndole un papel importante y concertando una entrevista a la que naturalmente se había apresurado a acudir. Al llegar allí, descubrió que todo había sido una broma y que el representante no le había enviado ningún telegrama. -Un truco bastante usado para quitarla de en medio -comentó don Henry-. ¿Qué me dice de los criados? -Había ocurrido lo mismo. Sólo tenía una doncella a la que llamaron por teléfono, aparentemente de parte de Mary Kerr, para decirle que ésta se había olvidado algo muy importante y dándole instrucciones para que cogiese cierto bolso de mano que estaba en un cajón de su dormitorio y tomara el primer tren. La doncella así lo hizo, desde luego, y dejó la casa cerrada. Pero cuando llegó al club de la señorita Kerr, que era donde le dijeron que esperara a su señora, la esperó en vano. -¡Hum! -murmuró don Henry-. Empiezo a comprender. La casa se quedó vacía y entrar por una de sus ventanas no creo que resultara muy difícil. Pero no veo qué pinta en todo esto el señor Faulkener. ¿Y quién telefoneó a la policía, si no fue señorita Kerr? -Eso nadie llegó a averiguarlo nunca. -Es curioso -comentó don Henry-. ¿Resultó ser el joven quien dijo ser? -Oh, sí. Incluso presentó la carta que supuso escrita por mí. La letra no se parecía en nada a la mía, pero, claro, no era de esperar que conociese mi letra. -Bien, precisemos los hechos con claridad -dijo don Henry-. Corríjame si me equivoco. La señora y la doncella son alejadas de la casa. Atraen a ese joven a la casa por medio de una carta falsa, aprovechando la circunstancia de que usted se encontraba aquella semana actuando en Riverbury. El joven ingiere una droga y la policía recibe una llamada que hace que sospechen de él. Se ha cometido un robo. ¿Supongo que se llevarían las joyas? -Oh, sí. -¿Y fueron recuperadas? -No, nunca. A decir verdad, creo que don Herman intentó echar tierra al asunto. Pero no pudo conseguirlo y me parece que su esposa solicitó el divorcio por este motivo, aunque no lo sé con certeza. -¿Qué le ocurrió al señor Leslie Faulkener? -Que al fin fue puesto en libertad. La policía no tenía suficientes pruebas contra él. ¿No les parece que es todo muy extraño? -Realmente muy extraño. La primera pregunta es: ¿qué historia debemos creer? Señorita Helier, he observado que usted se inclina hacia la del señor Faulkener. ¿Tiene usted alguna razón para ello aparte de su propio instinto? -No, no -contestó Jane contrariada-. Supongo que no. Pero era tan simpático y se disculpó de tal modo por haber tomado a otra persona por mí, que tuve el convencimiento de que decía la verdad. -Ya comprendo -dijo don Henry con una sonrisa-. Pero debe admitir que pudo inventar esa historia con toda facilidad y haber escrito él mismo la carta que se suponía que era de usted. También pudo tomar alguna droga después de cometer el robo, pero confieso que no veo qué propósito pudiera tener semejante actuación. Era más sencillo entrar en la casa y desaparecer tranquilamente, a menos que lo hubiese visto algún vecino y él lo supiera. Entonces pudo rápidamente idear este plan para desviar las sospechas y explicar su presencia en la casa. -¿Tenía dinero? -preguntó la señorita Marple. -No lo creo -respondió Jane-. No, más bien me parece que andaba bastante apurado. -Todo este asunto resulta muy curioso -dijo el doctor Lloyd-. Debo confesar que si aceptamos la historia de ese joven como cierta, el caso presenta más dificultades. ¿Para qué iba a querer la dama que pretendía hacerse pasar por la señorita Helier mezclar en el asunto a un desconocido? ¿Por qué montar una comedia tan terriblemente complicada? -Dime, Jane -dijo la señora Bantry-. ¿Llegó a encontrarse frente a frente el joven Faulkener con Mary Kerr en algún momento durante los interrogatorios? -No puedo asegurarlo -contestó Jane despacio y esforzándose por recordar. -¡De no ser así, el caso está resuelto! -exclamó la señora Bantry-. Estoy segura de que tengo razón. ¿Qué es más sencillo que pretender que había sido reclamada en la ciudad? Luego telefonea desde Paddington o cualquier otra estación a su doncella y, mientras ésta va a la ciudad, ella regresa. El joven acude a la cita, lo droga y prepara la escena del robo con el mayor lujo posible de detalles. Telefonea a la policía, les da la descripción de la víctima propiciatoria y vuelve de nuevo a la ciudad. Luego regresa a su casa en el último tren y se hace la inocente y sorprendida. -Pero, ¿por qué iba a robar sus propias joyas, Dolly? -Siempre lo hacen -respondió la señora Bantry-. Y de todas formas se me ocurren mil razones. Tal vez quería dinero y es posible que don Herman no se lo diera, por lo que simula el robo de las joyas y luego las vende en secreto. O quizás alguien le estuviera haciendo chantaje, amenazándola con decírselo a su marido o a la esposa de don Herman. También es posible que ya las hubiera vendido, y don Herman lo sospechara, le preguntara por ellas y se viera obligada a hacer algo. Eso sucede muy a menudo en las novelas. O quizá se las estaba haciendo montar de nuevo y tenía en casa una imitación falsa. O bien… ésta es una buena idea y no tan típica… simula que le han sido robadas, se pone frenética y él le regala otras. De este modo tiene dos lotes en vez de uno. Estoy segura de que esa clase de mujeres saben muchos trucos. -Eres muy inteligente, Dolly -le dijo Jane con admiración-. A mí no se me habría ocurrido. -Es posible que lo sea, pero no ha dicho que tenga razón -comentó el coronel Bantry-. Yo me inclino a sospechar del caballero de la ciudad. Él sabría la clase de telegrama que haría marcharse de su casa a la actriz y el resto pudo arreglarlo fácilmente con la ayuda de una buena amiga. Al parecer nadie ha pensado en preguntarle a él si tiene una cortada. -¿Qué opina usted, señorita Marple? -preguntó Jane volviéndose hacia la anciana, que había fruncido el entrecejo. -Querida, en realidad no sé qué decir. Don Henry se reirá, pero esta vez no recuerdo ningún caso similar ocurrido en el pueblo que me sirva de ayuda. Desde luego, hay varios aspectos de su relato que son muy sugerentes. Por ejemplo, la cuestión del servicio. En… ejem… en una casa de costumbres tan dudosas, la sirvienta debía conocer perfectamente la situación, y una muchacha decente no hubiera aceptado jamás semejante empleo, ni su madre se lo hubiera permitido ni por un momento. De modo que podemos suponer que la doncella no era muy de fiar. Pudo dejarles la casa abierta a los ladrones mientras ella iba a Londres para desviar sospechas. Debo confesar que me parece la solución más probable. Sólo que si fuese obra de unos ladrones corrientes me resultaría muy raro, ya que para un robo así se precisan más conocimientos de los que pueda tener una doncella. La señorita Marple hizo una pausa antes de proseguir con aire soñador: -No puedo dejar de pensar que hubo algo más, quiero decir algún conflicto personal. Supongamos, por ejemplo, que alguien se sintiera despechado. ¿Tal vez una joven actriz a quien él no hubiera tratado bien? ¿No creen que eso explicaría mejor las cosas? Un intento deliberado para complicarle la vida: Eso es lo que parece. Y no obstante, no resulta del todo satisfactorio. -Vaya, doctor, usted no ha dicho nada -dijo Jane-. Me había olvidado de usted. -De mí se olvida siempre todo el mundo -contestó el doctor con tristeza-. Debo de tener una personalidad muy anodina. -¡Oh, no! -exclamó Jane-. ¿Quiere, pues, darnos su opinión? -Me encuentro en la posición de estar de acuerdo con las soluciones de todos y al mismo tiempo con ninguna. Yo tengo la teoría descabellada, y probablemente totalmente errónea, de que la esposa tiene algo que ver en el asunto. Me refiero a la de don Herman. No tengo el menor indicio en qué basarme, sólo sé que les sorprendería saber las cosas extraordinarias, realmente muy extraordinarias, que son capaces de hacer las esposas engañadas si se les mete en la cabeza. -¡Oh! Doctor Lloyd -exclamó la señorita Marple, excitada-, qué inteligente es usted. No me había acordado para nada de la pobre señora Pebmarsh. Jane la miró extrañada. -¿La señora Pebmarsh? ¿Quién es la señora Pebmarsh? -Pues… -la señorita Marple vacilaba-… ignoro si tendrá algo que ver con esto. Es una lavandera que robó un broche con un ópalo que estaba prendido en una blusa y lo escondió en casa de otra mujer. Jane pareció más confundida que nunca. -¿Y eso le hace ver claro este asunto, señorita Marple? -dijo don Henry con su habitual guiño. Mas, ante su sorpresa, la señorita Marple negó con la cabeza. -No, me temo que no. Debo confesar que estoy completamente desorientada. Lo que sí sé es que las mujeres deberían estar siempre unidas y defender en caso de apuro a las de su propio sexo. Creo que ésta es la moraleja de la historia que acaba de contarnos la señorita Helier. -Debo confesar que no había considerado el aspecto ético del misterio -dijo don Henry en tono grave-. Tal vez vea con más claridad el significado de sus palabras cuando la señorita Helier nos haya dado la solución. -¿Cómo? -exclamó Jane, todavía más asombrada. -Estoy confesando que “nos damos por vencidos”. Usted y sólo usted, señorita Helier, ha tenido el alto honor de presentar un misterio tan complicado que incluso la misma señorita Marple ha tenido que confesar su derrota. -¿Todos se dan por vencidos? -preguntó en alta voz Jane. -Sí. -Tras un minuto de silencio durante el cual todos esperaban que los demás tomasen la palabra, don Henry volvió a llevar la voz cantante-. Es decir, que nos limitamos a presentar las soluciones esbozadas por todos nosotros: una de cada caballero, dos de la señorita Marple y cerca de una docena de la señora B. -No llegaban a una docena -replicó la señora Bantry-. Algunas eran variaciones sobre el mismo tema. ¿Y cuántas veces he de decirle que no quiero que me llame señora B? -De modo que se dan por vencidos. -Jane estaba pensativa-. Es muy interesante. Se inclinó hacia delante en la silla y empezó a limarse las uñas con aire ausente. -Bueno -dijo la señora Bantry-. Vamos, Jane. ¿Cuál es la solución? -¿La solución? -Sí. ¿Qué ocurrió en realidad? Jane la miró de hito en hito. -No tengo la menor idea. -¿Cómo? -Siempre quise saberla y pensé que entre todos ustedes, que son tan inteligentes, podrían dármela. Todo el mundo disimuló su contrariedad. Todos aceptaban que Jane fuese tan hermosa, pero en aquel momento todos pensaron que había llevado demasiado lejos su estupidez. Incluso la belleza más trascendental no podía excusarla. -¿Quiere decir que la verdad nunca fue descubierta? -preguntó don Henry. -No. Y por eso, como les dije, pensé que ustedes me la podrían explicar a mí. Jane parecía contrariada, como si hubiera sido agraviada. -Bueno, yo… yo… -dijo el coronel Bantry, y le fallaron las palabras. -Eres una joven muy irritante, Jane -dijo su esposa-. De todas maneras, estoy segura y siempre lo estaré de que tengo razón. Y si nos dijera los verdaderos nombres de todas esas personas, lo comprobaría. -No creo que pueda hacerlo -replicó Jane lentamente. -No, querida -intervino la señorita Marple-. La señorita Helier no puede hacer eso. -Claro que puede -dijo la señora Bantry-. No seas tan escrupulosa. Los mayores podemos comentar algún que otro escándalo. De todas maneras, díganos por lo menos quién era el magnate de la ciudad. La señorita Jane negó con la cabeza y la señorita Marple continuó apoyando a la joven. -Debió de ser un caso muy desagradable -le dijo. -No -replicó Jane pensativa-. Creo… creo que más bien disfruté. -Bien, es posible -respondió la señorita Marple-. Supongo que rompería la monotonía. ¿Qué comedia estaba usted representando? -Smith. -Oh, sí. Es una de Somerset Maugham, ¿verdad? Todas sus obras son muy inteligentes. Las he visto casi todas. -Vas a reponerla el próximo otoño, ¿verdad? -le preguntó la señora Bantry. Jane asintió. -Bueno -dijo la señorita Marple poniéndose en pie-. Debo irme a casa. ¡Es tan tarde! Pero he pasado una velada muy entretenida. No sucede a menudo. Creo que la historia de la señorita Helier se lleva el premio. ¿No les parece? -Siento que se hayan disgustado conmigo -dijo Jane-, porque no sé el final. Supongo que debí decirlo antes. Su tono denotaba pesar y el doctor Lloyd salvó la situación con su galantería acostumbrada. -Mi querida amiga, ¿por qué había de sentirlo? Usted nos ha presentado un bonito problema para que aguzáramos nuestro ingenio. Lo único que lamento es que ninguno de nosotros haya sabido resolverlo convenientemente. -Hable por usted -dijo la señora Bantry-. Yo lo he resuelto, estoy completamente convencida. -¿Sabe que creo que tiene usted razón? -intervino Jane-. Lo que ha dicho parecía muy razonable. -¿A cuál de sus siete soluciones se refiere? -preguntó don Henry molesto. El doctor Lloyd ayudaba a la señorita Marple a ponerse sus chanclos. “Sólo por si acaso”, dijo. El doctor debía acompañarla hasta su vieja casa y, una vez envuelta en diversos chales de lana, les dio a todos las buenas noches. Después, acercándose a Jane Helier, le murmuró unas palabras en el oído. Tal exclamación de sorpresa salió de los labios de Jane que hizo que los demás se volvieran a mirarla. Asintiendo con una sonrisa, la señorita Marple se dispuso a marcharse seguida por la mirada de Jane Helier. -¿Vas a acostarte, Jane? -preguntó la señora Bantry-. ¿Qué te ocurre, Jane? Parece como si acabaras de ver un fantasma. Con un profundo suspiro, la actriz se rehizo y, sonriendo a los dos hombres, siguió a su anfitriona hacia la escalera. La señora Bantry entró con la joven en su habitación. -El fuego está casi apagado -dijo removiendo inútilmente el rescoldo-. No son ni capaces de encender bien el fuego, estas estúpidas doncellas. Aunque supongo que ya es muy tarde. ¡Vaya, es más de la una! -¿Crees que hay muchas personas como ella? -preguntó Jane Helier. Se había sentado a un lado de la cama, al parecer perdida en sus pensamientos. -¿Como la doncella? -No, como esa extraña anciana, ¿cómo se llama? ¿Marple? -¡Oh! No lo sé. Imagino que es bastante corriente encontrar ancianitas como ella en los pueblos. -Oh, Dios mío -replicó Jane-. No sé qué hacer, de veras. Suspiró profundamente. -¿Qué te ocurre? -Estoy preocupada. -¿Por qué? -Dolly -Jane Helier adquirió de pronto un tono solemne-, ¿sabes lo que esa extraña viejecita me murmuró al oído esta noche un poquito antes de marcharse? -No. ¿Qué? -Me dijo: “Si yo fuera usted no lo haría, querida. Nunca se ponga en manos de otra mujer, aunque la considere su amiga”. ¿Sabes, Dolly, que eso es absolutamente cierto? -¿El consejo? Sí, tal vez lo sea, pero no le veo la aplicación. -Cree que no debo confiar totalmente en otra mujer. Y, además, estaría en sus manos. No se me había ocurrido pensarlo. -¿De qué mujer estás hablando? -De Netta Greene, mi suplente. -¿Y qué diablos sabe la señorita Marple de tu suplente? -Imagino que lo ha adivinado, aunque no sé cómo. -Jane, ¿quieres explicarme en seguida de qué estás hablando? -De mi historia, la que acabo de contarles. Oh, Dolly, esa mujer, la que apartó a Claud de mi lado… La señora Bantry asintió y a su memoria acudió el primer matrimonio desgraciado de Jane con Claud Averbury, el actor. -Se casó con ella y yo podía haberle dicho lo que iba a suceder. Claud lo ignoraba, pero ella pasa los fines de semana con don Joseph Salmon en el bungalow del que les he hablado. Yo quería descubrirla, demostrar a todo el mundo la clase de mujer que es. Y con un robo, todo hubiera tenido que salir a relucir. -¡Jane! -exclamó la señora Bantry-. ¿Imaginaste tú el caso que acabas de contarnos? Jane asintió. -Por eso escogí la obra Smith. En ella aparezco vestida de doncella y tengo a mano el disfraz. Y cuando me enviaran al puesto de policía sería lo más sencillo del mundo decir que estaba ensayando mi papel en mi hotel con mi suplente, cuando en realidad estaríamos en el bungalow. Yo me limitaría a abrir la puerta y servir los combinados, y Netta simularía ser yo. Él no volvería a verla, por supuesto, de modo que no habría forma de que la reconociera. Y yo cambio muchísimo vestida de doncella. Y, además, no se mira a las doncellas como si fueran personas. Luego planeábamos llevarlo a la carretera, coger las joyas, telefonear a la policía y regresar al hotel. No me gustaría que sufriera el pobre muchacho, pero don Henry no parece creer que vaya a sufrir, ¿verdad? Y ella saldría en los periódicos y Claud sabría cómo es en realidad. La señora Bantry se sentó exhalando un gemido. -Oh, mi cabeza. Y todo este tiempo… Jane Helier, ¡eres terrible! ¡Y nos has contado la historia como si nada! -Soy una buena actriz -contestó Jane complacida-. Siempre lo he sido, aunque la gente diga lo contrario. No me descubrí en ningún momento, ¿verdad? -La señorita Marple tenía razón -murmuró la señora Bantry-. El elemento emocional. Oh, sí, el elemento emocional. Jane, pequeña, ¿te das cuenta de que un robo es un robo y de que podrías acabar irremisiblemente en la cárcel? -Bueno, ninguno de ustedes lo adivinó -respondió Jane-, excepto la señorita Marple. Su rostro volvió a adquirir una expresión preocupada. -Dolly, ¿crees realmente que hay mucha gente como ella? -Con franqueza, no lo creo -contestó la señora Bantry. Jane volvió a suspirar. -De todos modos, es mejor no arriesgarse. Y desde luego estaría por completo en las manos de Netta, eso es cierto. Podría hacerme chantaje o volverse contra mí. Me ayudó a pensar todos los detalles y dice que me tiene un gran afecto, pero no hay que fiarse nunca de las mujeres. No, creo que la señorita Marple tiene razón. Será mejor no arriesgarse. -Pero, querida, si ya te has arriesgado… -Oh, no. -Jane abrió del todo sus grandes ojos azules-. ¿No lo comprendes? ¡Nada de esto ha ocurrido todavía! Yo intentaba probarlo con ustedes, por así decirlo. -No lo entiendo -replicó la señora Bantry muy digna-. ¿Quieres decir que se trata de un proyecto futuro y no de un hecho consumado? -Pensaba ponerlo en práctica este otoño, en septiembre. Ahora no sé qué hacer. -Y Jane Marple lo adivinó, supo averiguar la verdad y no nos lo dijo -añadió la señora Bantry dolida. -Creo que por eso dijo lo que dijo: lo de que las mujeres deben ayudarse. No me ha descubierto delante de los caballeros. Ha sido muy generoso por su parte. Pero no me importa que tú lo sepas, Dolly. -Bueno, renuncia a ese proyecto, Jane. Te lo suplico. FIN
- "En la cripta", cuento de H.P Lovecraft
En la cripta H.P Lovecraft Nada más absurdo, a mi juicio, que esa tópica asociación entre lo hogareño y lo saludable que parece impregnar la sicología de la multitud. Mencione usted un bucólico paraje yanqui, un grueso y chapucero enterrador de pueblo y un descuidado contratiempo con una tumba, y ningún lector esperará otra cosa que un relato cómico, divertido pero grotesco. Dios sabe, empero, que la prosaica historia que la muerte de George Birch me permite contar tiene, en sí misma, ciertos elementos que hacen que la más oscura de las comedias resulte luminosa. Birch quedó impedido y cambió de negocio en 1881, aunque nunca comentaba el asunto si es que podía evitarlo. Tampoco lo hacía su viejo médico, el doctor Davis, que murió hace años. Se acepta generalmente que su dolencia y daños fueron resultado de un desafortunado resbalón por el que Birch quedó encerrado durante nueve horas en el mortuorio cementerio de Peck Valley, logrando salir sólo mediante toscos y destructivos métodos. Pero mientras que esto es una verdad de la que nadie duda, había otros y más negros aspectos sobre los que el hombre solía murmurar en sus delirios de borracho, cerca de su final. Se confió a mí porque yo era médico, y porque probablemente sentía la necesidad de hablar con alguien después de la muerte de Davis. Era soltero y carecía completamente de parientes. Birch, antes de 1881, era el enterrador municipal de Peck Valley, siendo un rústico y primitivo, incluso para como puede ser ese tipo de gente. Lo que he oído sobre sus métodos resulta increíble, al menos para una ciudad, e incluso Peck Valley se habría estremecido de haber conocido la dudosa ética de sus artes mortuorias en materias tan escabrosas como el apropiarse de los forros, invisibles bajo la tapa del ataúd, o el grado de dignidad que daba al disponer y adaptar los miembros no visibles de sus inquilinos sin vida a unos recipientes no siempre calculados con exactitud precisa. Más concretamente, Birch era dejado, insensible y profesionalmente indeseable, aunque no creo que fuera mala persona. Era, sencillamente, tosco de temperamento y profesión… bruto, descuidado y borracho, y así lo probaba su fácil tendencia a los accidentes, así como su carencia de esos mínimos de imaginación que mantiene el ciudadano medio dentro de ciertos límites fijados por el buen gusto. No sabría decir cuándo comienza la historia de Birch, ya que no soy un relator avezado. Supongo que puede empezar en el frío diciembre de 1880, cuando el terreno se heló y los sepultureros descubrieron que no podían cavar más tumbas hasta la primavera. Afortunadamente, el pueblo era pequeño y las muertes bastante escasas, por lo que fue imposible dar a todas las cargas inanimadas de Birch un paraíso temporal en el simple y anticuado mortuorio. El enterrador se volvió doblemente perezoso con aquel tiempo amargo y pareció sobrepasarse a sí mismo en descuido. Nunca había colocado juntos tantos ataúdes flojos y contrahechos, o abandonado más flagrantemente el cuidado del oxidado cerrojo de la puerta del mortuorio, que abría y cerraba a portazos, con el más negligente abandono. Al fin llegó el deshielo de primavera y las tumbas fueron laboriosamente habilitadas para los nueve silenciosos frutos del espantoso cosechero que les aguardaba en la tumba. Birch, aun temiendo el fastidio de remover y enterrar, comenzó a trasladarlos una desagradable mañana de abril, pero se detuvo, tras depositar a un mortal inquilino en su eterno descanso, por culpa de una tremenda lluvia que pareció irritar a su caballo. El cadáver era el de Darius Park, el nonagenario, cuya tumba no estaba lejos del mortuorio. Birch decidió que, el día siguiente, empezaría con el viejo Matthew Fenner, cuya tumba también se encontraba cerca; pero la verdad es que pospuso el asunto por tres días, no volviendo al trabajo hasta el día 15, Viernes Santo. No siendo supersticioso, no se fijó en la fecha, aunque tras lo que pasó se negó siempre a hacer algo de importancia en ese fatídico sexto día de la semana. Desde luego, los sucesos de aquella noche cambiaron enormemente a George Birch. La tarde del 15 de abril, viernes, Birch se dirigió a la tumba con caballo y carro, dispuesto a trasladar el cuerpo de Matthew Fenner. Él admite que en aquellos momentos no estaba del todo sobrio, aunque entonces no se daba tan plenamente a la bebida como haría más tarde, tratando de olvidar ciertas cosas. Se encontraba sólo lo bastante mareado y descuidado como para fastidiar a su sensible caballo, sofrenándolo junto al mortuorio, por lo que éste relinchó y piafó y se agitó, tal como lo hiciera la ocasión anterior, cuando le molestó la lluvia. El día era claro, pero se había levantado un fuerte viento, y Birch se alegró de contar con refugio mientras corría el cerrojo de hierro y entraba en el vestíbulo de la cripta. Otro no podría haber soportado la húmeda y olorosa estancia, con los ocho ataúdes descuidadamente colocados, pero Birch, en aquellos días, era insensible y sólo cuidaba de poner el ataúd correcto en la tumba correspondiente. No había olvidado las críticas suscitadas por los parientes de Hannah Bixby cuando, deseando transportar el cuerpo de ésta al cementerio de la ciudad a la que se habían mudado, encontraron en la caja al juez Capwell bajo su lápida. La luz era tenue, pero la vista de Birch era buena y no cogió por error el ataúd de Asaph Sawyer, a pesar de que era muy similar. De hecho, había fabricado aquella caja para Matthew Fenner, pero la dejó a un lado, por ser demasiado tosca y endeble, en un rapto de curioso sentimentalismo provocado por el recuerdo de cuán amable y generoso fue con él el pequeño anciano durante su bancarrota, cinco años antes. Había dado al viejo Matt lo mejor que su habilidad podía crear, pero era lo bastante ahorrativo como para guardarse el ejemplar desechado y usarlo cuando Asaph Sawyer murió de fiebres malignas. Sawyer no era un hombre amable y se contaban muchas historias sobre su casi inhumano temperamento vengativo y su tenaz memoria para ofensas reales o fingidas. Con él, Birch no sintió remordimientos cuando le asignó el destartalado ataúd que ahora apartaba de su camino, buscando la caja de Fenner. Fue justo al reconocer el ataúd del viejo Matt cuando la puerta se cerró de un portazo, empujada por el viento, dejándolo en una penumbra aún más profunda que la de antes. El angosto tragaluz admitía sólo el paso de los más débiles rayos, y el ventiladero sobre su cabeza virtualmente ninguna, así que se vio obligado a un profano palpar mientras hacía un trastabilleante camino entre las cajas, rumbo al pestillo. En esa penumbra fúnebre agitó el mohoso pomo, empujó las planchas de hierro y se preguntó por qué el enorme portón se había vuelto repentinamente tan recalcitrante. En ese crepúsculo, además, comenzó a comprender la verdad y gritó en voz alta, mientras su caballo, fuera, no pudo más que darle una réplica, aunque poco amistosa. Porque el pestillo tanto tiempo descuidado se había roto sin duda, dejando al descuidado enterrador atrapado en la cripta, víctima de su propia desidia. Aquello debió suceder sobre las tres y media de la tarde. Birch, siendo de temperamento flemático y práctico, no gritó durante mucho tiempo, sino que procedió a buscar algunas herramientas que recordaba haber visto en una esquina de la sala. Es dudoso que sintiera todo el horror y lo horripilante de su posición, pero el solo hecho de verse atrapado tan lejos de los caminos transitados por los hombres era suficiente para exasperarlo por completo. Su trabajo diurno se había visto tristemente interrumpido, y a no ser que la suerte llevase en aquellos momentos a algún caminante hasta las cercanías, debería quedarse allí toda la noche o más tarde. Pronto apareció el montón de herramientas y, seleccionando martillo y cincel, Birch regresó, entre los ataúdes, a la puerta. El aire había comenzado a ser excesivamente malsano, pero no prestó atención a este detalle mientras se afanaba, medio a tientas, contra el pesado y corroído metal del pestillo. Hubiera dado lo que fuera por tener una linterna o un cabo de vela, pero, careciendo de ambos, chapuceaba como podía, medio a ciegas. Cuando se cercioró de que el pestillo estaba bloqueado sin remisión, al menos para herramientas tan rudimentarias y bajo tales condiciones tenebrosas de luz, Birch buscó alrededor otra forma de escapar. La cripta había sido excavada en una ladera, por lo que el angosto túnel de ventilación del techo corría a través de algunos metros de tierra, haciendo que esta dirección fuera inútil de considerar. Sobre la puerta, no obstante, el tragaluz alto y en forma de hendidura, situado en la fachada de ladrillo, dejaba pensar en que podría ser ensanchado por un trabajador diligente, de ahí que sus ojos se demoraran largo rato sobre él mientras se estrujaba el cerebro buscando métodos de escapatoria. No había nada parecido a una escalera en aquella tumba, y los nichos para ataúdes situados a los lados y el fondo -que Birch apenas se molestaba en utilizar- no permitían trepar hasta encima de la puerta. Sólo los mismos ataúdes quedaban como potenciales peldaños, y, mientras consideraba aquello, especuló sobre la mejor forma de colocarlos. Tres ataúdes de altura, supuso, permitirían alcanzar el tragaluz, pero lo haría mejor con cuatro, lo más estable posible. Mientras lo planeaba, no pudo por menos que desear que las unidades de su planeada escalera hubieran sido hechas con firmeza. Que hubiera tenido la suficiente imaginación como para desear que estuvieran vacías, ya resultaba más dudosa. Finalmente, decidió colocar una base de tres, paralelos al muro, para colocar sobre ellos dos pisos de dos y, encima de éstos, uno solo que serviría de plataforma. Tal estructura permitiría el ascenso con un mínimo de problemas y daría la deseada altura. Aún mejor, pensó, podría utilizar sólo dos cajas de base para soportar todo, dejando uno libre, que podría ser colocado en lo alto en caso de que tal forma de escape necesitase aún mayor altitud. Y, de esta forma, el prisionero se esforzó en aquel crepúsculo, desplazando los inertes restos de mortalidad sin la menor ceremonia, mientras su Torre de Babel en miniatura iba ascendiendo piso a piso. Algunos de los ataúdes comenzaron a rajarse bajo el esfuerzo del ascenso, y él decidió dejar el sólidamente construido ataúd del pequeño Matthew Fenner para la cúspide, de forma que sus pies tuvieran una superficie tan sólida como fuera posible. En la escasa luz había que confiar ante todo en el tacto para seleccionar la caja adecuada y, de hecho, la encontró por accidente, ya que llegó a sus manos como a través de alguna extraña volición, después de que la hubiera colocado inadvertidamente junto a otra en el tercer piso. Al cabo, la torre estuvo acabada, y sus fatigados brazos descansaron un rato, durante el que se sentó en el último peldaño de su espantable artefacto; luego, Birch ascendió cautelosamente con sus herramientas y se detuvo frente al angosto tragaluz. Los bordes eran totalmente de ladrillo y había pocas dudas de que, con unos pocos golpes de cincel, se abriría lo bastante como para permitir el paso de su cuerpo. Mientras comenzaba a golpear con el martillo, el caballo, fuera, relinchaba en un tono que podría haber sido tanto de aliento como de burla. Cualquiera de los dos supuestos hubiera sido apropiado, ya que la inesperada tenacidad de la albañilería, fácil a simple vista, resultaba sin duda sardónicamente ilustrativa de la vanidad de los anhelos de los mortales, aparte de motivo de una tarea cuya ejecución necesitaba cada estímulo posible. Llegó el anochecer y encontró a Birch aún pugnando. Trabajaba ahora sobre todo el tacto, ya que nuevas nubes cubrieron la luna y, aunque los progresos eran todavía lentos, se sentía envalentonado por sus avances en lo alto y lo bajo de la abertura. Estaba seguro de que podría tenerlo listo a medianoche… aunque era una característica suya el que esto no contuviera para él implicaciones temibles. Ajeno a opresivas reflexiones sobre la hora, el lugar y la compañía que tenía bajo sus pies, despedazaba filosóficamente el muro de piedra, maldiciendo cuando lo alcanzaba un fragmento en el rostro, y riéndose cuando alguno daba en el cada vez más excitado caballo que piafaba cerca del ciprés. Al final, el agujero fue lo bastante grande como para intentar pasar el cuerpo por él, agitándose hasta que los ataúdes se mecieron y crujieron bajo sus pies. Descubrió que no necesitaba apilar otro para conseguir la altura adecuada, ya que el agujero se encontraba exactamente en el nivel apropiado, siendo posible usarlo tan pronto como el tamaño así lo permitiera. Debía ser ya la medianoche cuando Birch decidió que podía atravesar el tragaluz. Cansado y sudando, a pesar de los muchos descansos, bajó al suelo y se sentó un momento en la caja del fondo a tomar fuerzas para el esfuerzo final de arrastrarse y saltar al exterior. El hambriento caballo estaba relinchando repetidamente y de forma casi extraña, y él deseó vagamente que parara. Se sentía curiosamente desazonado por su inminente escapatoria y casi espantado de intentarlo, ya que su físico tenía la indolente corpulencia de la temprana media edad. Mientras ascendía por los astillados ataúdes sintió con intensidad su peso, especialmente cuando, tras llegar al de más arriba, escuchó ese agravado crujir que presagiaba la fractura total de la madera. Al parecer, había planificado en vano elegir el más sólido de los ataúdes para la plataforma, ya que, apenas apoyó todo su peso de nuevo sobre esa pútrida tapa, ésta cedió, hundiéndole medio metro sobre algo que no quería ni imaginar. Enloquecido por el sonido, o por el hedor que se expandió al aire libre, el caballo lanzó un alarido que era demasiado frenético para un relincho, y se lanzó enloquecido a través de la noche, con la carreta traqueteando enloquecidamente a su zaga. Birch, en esa espantosa situación, se encontraba ahora demasiado abajo para un fácil ascenso hacia el agrandado tragaluz, pero acumuló energías para un intento concreto. Asiendo los bordes de la abertura, trataba de auparse cuando notó un extraño impedimento en forma de una especie de tirón en sus dos tobillos. Enseguida sintió miedo por primera vez en la noche, ya que, aunque pugnaba, no conseguía librarse del desconocido agarrón que hacía presa de sus tobillos en entorpecedora cautividad. Horribles dolores, como de salvajes heridas, le laceraron las pantorrillas, y en su mente se produjo un remolino de espanto mezclado con un inamovible materialismo que sugería astillas, clavos sueltos y similares, propios de una caja rota de madera. Quizás gritó. Y en todo momento pateaba y se debatía frenética y casi automáticamente mientras su conciencia casi se eclipsaba en un medio desmayo. El instinto guió su deslizamiento a través del tragaluz, y, en el arrastrar que siguió, cayó con un golpetazo sobre el húmedo terreno. No podía caminar, al parecer, y la emergente luna debió presenciar una horrible visión mientras él arrastraba sus sangrantes tobillos hacia la portería del cementerio; los dedos hundiéndose en el negro mantillo, apresurándose sin pensar, y el cuerpo respondiendo con una enloquecedora lentitud que se sufre cuando uno es perseguido por los fantasmas de la pesadilla. No obstante, era evidente que no había perseguidor alguno, ya que se encontraba solo y vivo cuando Armington, el guarda, respondió a sus débiles arañazos en la puerta. Armington ayudó a Birch a llegar a una cama disponible y envió a su hijo pequeño, Edwin, a buscar al doctor Davis. El herido estaba plenamente consciente, pero no pudo decir nada coherente, sino simplemente musitar: “¡Ah, mis tobillos!” “Déjame” o “Encerrado en la tumba”. Luego llegó el doctor con su maletín, hizo algunas preguntas escuetas y quitó al paciente la ropa, los zapatos y los calcetines. Las heridas, ya que ambos tobillos estaban espantosamente lacerados en torno a los tendones de Aquiles, parecieron desconcertar sobremanera al viejo médico y, por último, casi espantarlo. Su interrogatorio se hizo más que médicamente tenso, y sus manos temblaban al curar los miembros lacerados, vendándolos como si desease perder de vista las heridas lo antes posible. Siendo, como era Davis, un doctor frío e impersonal, el ominoso y espantoso interrogatorio resultó de lo más extraño, intentando arrancar al fatigado enterrador cada mínimo detalle de su horrible experiencia. Se encontraba tremendamente ansioso de saber si Birch estaba seguro -absolutamente seguro- de que era el ataúd de Fenner en la penumbra, y de cómo había distinguido éste del duplicado de inferior calidad del ruin de Asaph Sawyer. ¿Podría la sólida caja de Fenner ceder tan fácilmente? Davis, un profesional con larga experiencia en el pueblo, había estado en ambos funerales, aparte de haber atendido a Fenner como a Sawyer en su última enfermedad. Incluso se había preguntado, en el funeral de éste último, cómo el vengativo granjero podría caber en una caja tan acorde al diminuto Fenner. Davis se fue el cabo de dos horas largas, urgiendo a Birch a insistir en todo momento que sus heridas eran producto enteramente de clavos sueltos y madera astillada. ¿Qué más, añadió, podría probarse o creerse en cualquier caso? Pero haría bien en decir tan poco como pudiera y en no dejar que otro médico tratase sus heridas. Birch tuvo en cuenta tal recomendación el resto de su vida, hasta que me contó la historia, y cuando vi las cicatrices -antiguas y desvaídas como eran- convine en que había obrado juiciosamente. Quedó cojo para siempre, porque los grandes tendones fueron dañados, pero creo que mayor fue la cojera de su espíritu. Su forma de pensar, otrora flemática y lógica, estaba indeleblemente afectada y resultaba penoso notar su respuesta a ciertas alusiones fortuitas como “viernes”, “tumba”, “ataúd”, y palabras de menos obvia relación. Su espantado caballo había vuelto a casa, pero su ingenio nunca lo hizo. Cambió de negocio, pero siempre anduvo recomido por algo. Podía ser sólo miedo, o miedo mezclado con una extraña y tardía clase de remordimiento por antiguas atrocidades cometidas. La bebida, claro, sólo agravó lo que trataba de aliviar. Cuando el doctor Davis dejó a Birch esa noche, tomó una linterna y fue al viejo mortuorio. La luna brillaba en los dispersos trozos de ladrillo y en la roída fachada, así como en el picaporte de la gran puerta, lista para abrirse con un toque desde el exterior. Fortificado por antiguas ordalías en salas de disección, el doctor entró y miró alrededor, conteniendo la náusea corporal y espiritual ante todo lo que tenía ante la vista y el olfato. Gritó una vez, y luego lanzó un boqueo que era más terrible que cualquier grito. Después huyó a la casa y rompió las reglas de su profesión alzando y sacudiendo a su paciente, lanzándole una serie de estremecedores susurros que punzaron en sus oídos como el siseo del vitriolo. -¡Era el ataúd de Asaph, Birch, tal como pensaba! Conozco sus dientes, con esa falta de incisivos superiores… ¡Nunca, por dios, muestre esas heridas! El cuerpo estaba bastante corrompido, pero si alguna vez he visto un rostro vengativo… o lo que fue un rostro… ya sabe que era como un demonio vengativo… cómo arruinó al viejo Raymond treinta años después de su pleito de lindes, y cómo pateó al perrillo que quiso morderlo el agosto pasado… era el demonio encarnado, Birch, y creo que su afán de revancha puede vencer a la misma Madre Muerte. ¡Dios mío, qué rabia! ¡No quiero ni pensar en que se hubiera fijado en mí! -¿Por qué lo hizo, Birch? Era un canalla, y no le reprocho que le diera un ataúd de segunda, ¡pero fue demasiado lejos! Bastante tenía con apretujarlo de alguna manera ahí, pero usted sabía cuán pequeño de cuerpo era el viejo Fenner. -Nunca podré borrar esa imagen de mis ojos mientras viva. Usted debió de patalear fuerte, porque el ataúd de Asaph estaba en el suelo. Su cabeza se había roto y todo estaba desparramado. Mira que he visto cosas, pero eso era demasiado. ¡Ojo por ojo! Cielos, Birch, usted se lo buscó. La calavera me revolvió el estómago, pero lo otro era peor… ¡Esos tobillos aserrados para hacerle caber en el ataúd desechado de Matt Fenner! FIN
- "Llama el teléfono, Delia", cuento de Julio Cortázar
Llama el teléfono, Delia Julio Cortázar Delia es una joven madre que, sola y resignada, cuida a su hijo Babe tras el abandono de Sonny, su pareja. Una tarde cualquiera, mientras hace las tareas del hogar, recibe una llamada inesperada: es Sonny, quien le habla con una extraña voz, pidiéndole perdón. Aunque al principio se muestra fría y firme en su decisión de no perdonarlo, sus emociones afloran. Sin embargo, la llamada termina abruptamente. Poco después, un amigo llega a visitarla y le da una noticia desconcertante. A Delia le dolían las manos. Como vidrio molido, la espuma del jabón se enconaba en las grietas de su piel, ponía en los nervios un dolor áspero trizado de pronto por lancinantes aguijonazos. Delia hubiera llorado sin ocultación, abriéndose al dolor como a un abrazo necesario. No lloraba porque una secreta energía la rechazaba en la fácil caída del sollozo; el dolor del jabón no era razón suficiente, después de todo el tiempo que había vivido llorando por Sonny, llorando por la ausencia de Sonny. Hubiera sido degradarse, sin la única causa que para ella merecía el don de sus lágrimas. Y además estaba allí Babe, en su cuna de hierro y pago a plazos. Allí, como siempre, estaban Babe y la ausencia de Sonny. Babe en su cuna o gateando sobre la raída alfombra; y la ausencia de Sonny, presente en todas partes como son las ausencias. La batea, sacudida en el soporte por el ritmo del fregar, se agregaba a la percusión de un blues cantado por la misma muchacha de piel oscura que Delia admiraba en las revistas de radio. Prefería siempre las audiciones de la cantante de blues: a las siete y cuarto de la tarde —la radio, entre música y música, anunciaba la hora con un «hi, hi» de ratón asustado— y hasta las siete y media. Delia no pensaba nunca: «las diecinueve y treinta»; prefería la vieja nomenclatura familiar, tal como lo proclamaba el reloj de pared, de péndulo fatigado que Babe observaba ahora con un cómico balanceo de su cabecita insegura. A Delia le gustaba mirar de continuo el reloj o atender el «hi, hi» de la radio; aunque le entristeciera asociar al tiempo la ausencia de Sonny, la maldad de Sonny, su abandono, Babe, y el deseo de llorar, y cómo la señora Morris había dicho que la cuenta de la despensa debía ser pagada de inmediato, y qué lindas eran sus medias color avellana. Sin saber al comienzo por qué, Delia se descubrió a sí misma en el acto de mirar furtivamente una fotografía de Sonny, que colgaba al lado de la repisa del teléfono. Pensó: «Nadie me ha llamado hoy». Apenas si comprendía la razón de continuar pagando mensualmente el teléfono. Nadie llamaba a ese número desde que Sonny se fuera. Los amigos, porque Sonny tenía muchos amigos, no ignoraban que él era ahora un extraño para Delia, para Babe, para el pequeño departamento donde las cosas se amontonaban en el reducido espacio de las dos habitaciones. Solamente Steve Sullivan llamaba a veces y hablaba con Delia; hablaba para decirle a Delia lo mucho que se alegraba de saberla con buena salud, y que no fuese a creer que lo ocurrido entre ella y Sonny sería motivo para que dejase nunca de llamar preguntando por su buena salud y los dientecitos de Babe. Solamente Steve Sullivan; y ese día el teléfono no había sonado ni una sola vez; ni siquiera a causa de un número equivocado. Eran las siete y veinte. Delia escuchó el «hi, hi» mezclado con avisos de pasta dentífrica y cigarrillos mentolados. Se enteró además de que el gabinete Daladier peligraba por instantes. Después volvió la cantante de blues y Babe, que mostraba propensión a llorar, hizo un gracioso gesto de alegría, como si en aquella voz morena y espesa hubiera alguna golosina que le gustara. Delia fue a volcar el agua jabonosa y se secó las manos, quejándose de dolor al frotar la toalla sobre la carne macerada. Pero no iba a llorar. Sólo por Sonny podía ella llorar. En voz alta, dirigiéndose a Babe que le sonreía desde su revuelta cuna, buscó palabras que justificaran un sollozo, un gesto de dolor. —Si él pudiera comprender el mal que nos hizo, Babe… Si tuviera alma, si fuese capaz de pensar por un segundo en lo que dejó atrás cuando cerró la puerta con un empujón de rabia… Dos años, Babe, dos años… y nada hemos sabido de él… Ni una carta, ni un giro… ni siquiera un giro para ti, para ropa y zapatitos… No te acuerdas ya del día de tu cumpleaños, ¿verdad? Fue el mes pasado, y yo estuve al lado del teléfono, contigo en brazos, esperando que él llamara, que él dijera solamente: «¡Hola, felicidades!», o que te mandara un regalo, nada más que un pequeño regalo, un conejito o una moneda de oro… Así, las lágrimas que quemaban sus mejillas le parecieron legítimas porque las derramaba pensando en Sonny. Y fue en ese momento que sonó el teléfono, justamente cuando desde la radio asomaba el prolijo y menudo chillido anunciando las siete y veintidós. —Llaman —dijo Delia, mirando a Babe como si el niño pudiera comprender. Se acercó al teléfono, un poco insegura al pensar que acaso fuera la señora Morris reclamando el pago. Se sentó en el taburete. No demostraba apuro a pesar del insistente campanilleo. Dijo: —Hola. Tardó en oírse la respuesta. —Sí. ¿Quién…? Claro que ella ya sabía, y por eso le pareció que la habitación giraba, que el minutero del reloj se convertía en una hélice furiosa. —Habla Sonny, Delia… Sonny. —Ah, Sonny. —¿Vas a cortar? —Sí, Sonny —dijo ella, muy despacio. —Delia, tengo que hablar contigo. —Sí, Sonny. —Tengo que decirte muchas cosas, Delia. —Bueno, Sonny. —¿Estás… estás enojada? —No puedo estar enojada. Estoy triste. —¿Soy un desconocido para ti… un extraño, ahora? —No me preguntes eso. No quiero que me preguntes eso. —Es que me duele, Delia. —Ah, te duele. —Por Dios, no hables así, con ese tono… —Hola. —Hola. Creí que… —Delia… —Sí, Sonny. —¿Te puedo preguntar una cosa? Ella advertía algo raro en la voz de Sonny. Claro que podía haberse olvidado ya de un pedazo de la voz de Sonny. Sin formular la pregunta, supo que estaba pensando si él la llamaba desde la cárcel o desde un bar… Había silencio detrás de su voz; y cuando Sonny callaba, todo era silencio, un silencio nocturno. —… una pregunta solamente, Delia. Babe, desde la cuna, miró a su madre inclinando la cabecita con un gesto de curiosidad. No mostraba impaciencia ni deseos de prorrumpir en llanto. La radio, en el otro extremo de la habitación, acusó otra vez la hora: «hi, hi», las siete y veinticinco. Y Delia no había puesto aún a calentar la leche para Babe; y no había colgado la ropa recién lavada. —Delia… quiero saber si me perdonas. —No, Sonny, no te perdono. —Delia… —Sí, Sonny. —¿No me perdonas? —No, Sonny, el perdón no vale nada ahora… Se perdona a quienes se ama todavía un poco… y es por Babe, por Babe que no te perdono. —¿Por Babe, Delia? ¿Me crees capaz de haberlo olvidado? —No sé, Sonny. Pero no te dejaría volver nunca a su lado porque ahora es solamente mi hijo, solamente mi hijo. No te dejaría nunca. —Eso no importa ya, Delia —dijo la voz de Sonny, y Delia sintió otra vez, pero con más fuerza, que a la voz de Sonny le faltaba (¿o le sobraba?) algo. —¿De dónde me llamas? —Tampoco importa —dijo la voz de Sonny como si le apenara contestar así. —Pero es que… —Dejemos eso, Delia. —Bueno, Sonny. (Las siete y veintisiete). —Delia… imagínate que yo me vaya… —¿Tú, irte? ¿Y por qué? —Puede pasar, Delia… Pasan tantas cosas que… Comprende, comprende… ¡Irme así, sin tu perdón… irme así, Delia, sin nada… desnudo… desnudo y solo! (La voz, tan rara. La voz de Sonny, como si a la vez no fuera la voz de Sonny pero sí fuera la voz de Sonny). —Tan sin nada, Delia… Solo y desnudo, yéndome así… sin otra cosa que mi culpa… ¡Sin tu perdón, sin tu perdón, Delia! — ¿Por qué hablas así, Sonny? —Porque no sé… Estoy tan solo, tan privado de cariño, tan raro… —Pero… Como a través de una niebla, Delia miraba fijamente delante suyo, hacia el reloj. La siete y veintinueve; la aguja coincidía con la firme línea precedente al trazo más grueso de la media hora. — ¡Delia… Delia…! —¿De dónde hablas…? —gritó ella, inclinándose sobre el teléfono, empezando a sentir miedo, miedo y amor; y sed, mucha sed, y queriendo peinar entre sus dedos el pelo oscuro de Sonny, y besarlo en la boca—. ¿De dónde hablas…? —¿De dónde hablas, Sonny? —¡Sonny…! —¡Hola, hola…! ¡Sonny! —… Tu perdón. Delia… El amor, el amor, el amor. Perdón, qué absurdo ya… —¡Sonny… Sonny, ven…! ¡Ven, te espero…! ¡Ven…! («¡Dios. Dios…!») —¡Sonny…! —¡Sonny! ¡¡Sonny!! Nada. Eran las siete y treinta. El reloj lo señalaba. Y la radio: «hi, hi». El reloj, la radio y Babe, que sentía hambre y miraba a la madre un poco asombrado del retardo. Llorar, llorar. Dejarse ir corriente abajo del llanto, al lado de un niño gravemente silencioso y como comprendiendo que ante un llanto así toda imitación debía callar. Desde la radio vino un piano dulcísimo, de acordes líquidos, y entonces Babe se fue quedando dormido con la cabeza apoyada en el antebrazo de la madre. Había en la habitación como un gran oído atento, y los sollozos de Delia ascendían por las espirales de las cosas, se demoraban, hipando, antes de perderse en las galerías interiores del silencio. El timbre. Un toque seco. Alguien tosía, junto a la puerta. —¡Steve! —Soy yo, Delia —dijo Steve Sullivan—. Pasaba, y… Hubo una larga pausa. —Steve… ¿viene de parte de…? —No, Delia. Steve estaba triste, y Delia hizo un gesto maquinal invitándolo a entrar. Notó que él no caminaba con el paso seguro de antes, cuando venía en busca de Sonny o a cenar con ellos. —Siéntese, Steve. —No, no… me voy en seguida. Delia, usted no sabe nada de… —No, nada… —Y, claro, usted ya no lo quiere a… —No, no lo quiero, Steve. Y eso que… —Traigo una noticia, Delia. —¿La señora Morris…? —Se trata de Sonny. —¿De Sonny? ¿Está preso? —No, Delia. Delia se dejó caer en el taburete. Su mano tocó el teléfono frío. —¡Ah…! Pensé que podría haberme hablado desde la cárcel… —¿Él le habló a usted? —Sí, Steve. Quería pedirme perdón. —¿Sonny? ¿Sonny le pidió perdón por teléfono? —Sí, Steve. Y yo no lo perdoné. Ni Babe ni yo podíamos perdonarlo. —¡Oh, Delia! —No podíamos, Steve. Pero después… no me mire así… después he llorado como una tonta… vea mis ojos… y hubiera querido que… pero usted dijo que era una noticia… una noticia de Sonny… —Delia… —Ya sé, ya sé… no me lo diga; ha robado otra vez, ¿verdad? Está preso y me llamó desde la cárcel… ¡Steve… ahora sí quiero saberlo! Steve parecía atontado. Miró hacia todas partes, como buscando un punto de apoyo. —¿Cuándo la llamó él, Delia? —Hace un rato, a las siete… a las siete y veinte, ahora me acuerdo bien. Hablamos hasta las siete y media. —Pero, Delia, no puede ser. —¿Por qué no? Quería que yo le perdonase, Steve, y recién cuando cortó la llamada comprendí que estaba verdaderamente solo, desesperado… Y entonces era tarde, aunque grité y grité en el teléfono… era tarde. Hablaba desde la cárcel, ¿verdad? —Delia… —Steve tenía ahora un rostro blanco e impersonal y sus dedos se crispaban en el ala del sombrero manoseado—. Por Dios, Delia… —¿Qué, Steve…? —Delia… no puede ser, ¡no puede ser…! ¡Sonny no puede haber llamado hace media hora! —¿Por qué no? —dijo ella, poniéndose de pie en un solo impulso de horror —Porque Sonny murió a las cinco, Delia. Lo mataron de un balazo, en la calle. Desde la cuna llegaba la rítmica respiración de Babe, coincidiendo con el vaivén del péndulo. Ya no tocaba el pianista de la radio; la voz del locutor, ceremoniosa, alababa con elocuencia un nuevo modelo de automóvil: moderno, económico, sumamente veloz. 1938 Autor: Julio Cortázar Título: Llama el teléfono, Delia Publicado en: El Despertar, octubre de 1941 Aparece en: Cuentos completos I (1994)
- "El oro de Tomás Vargas", cuento de Isabel Allende
El oro de Tomás Vargas Isabel Allende Tomás Vargas es un hombre miserable, avaro y abusivo que somete a su esposa Antonia Sierra a años de violencia y humillación. Todo cambia cuando él lleva a vivir a su joven amante embarazada, Concha Díaz, a la casa familiar. La tensión inicial entre las dos mujeres se transforma en solidaridad y apoyo mutuo. Mientras Vargas pierde poder en la casa, se obsesiona con el juego y, tras perder una apuesta, revela la ubicación de su supuesto tesoro escondido... que ha desaparecido. Antes de que empezara la pelotera descomunal del progreso, quienes tenían algunos ahorros, los enterraban, era la única forma conocida de guardar dinero, pero más tarde la gente les tomó confianza a los bancos. Cuando hicieron la carretera y fue más fácil llegar en autobús a la ciudad, cambiaron sus monedas de oro y de plata por papeles pintados y los metieron en cajas fuertes, como si fueran tesoros. Tomás Vargas se burlaba de ellos a carcajadas, porque nunca creyó en ese sistema. El tiempo le dio la razón y cuando se acabó el gobierno del Benefactor —que duró como treinta años, según dicen— los billetes no valían nada y muchos terminaron pegados de adorno en las paredes, como infame recordatorio del candor de sus dueños. Mientras todos los demás escribían cartas al nuevo Presidente y a los periódicos para quejarse de la estafa colectiva de las nuevas monedas, Tomás Vargas tenía sus morocotas de oro en un entierro seguro, aunque eso no atenuó sus hábitos de avaro y de pordiosero. Era hombre sin decencia, pedía dinero prestado sin intención de devolverlo, y mantenía a los hijos con hambre y a la mujer en harapos, mientras él usaba sombreros de pelo de guama y fumaba cigarros de caballero. Ni siquiera pagaba la cuota de la escuela, sus seis hijos legítimos se educaron gratis porque la Maestra Inés decidió que mientras ella estuviera en su sano juicio y con fuerzas para trabajar, ningún niño del pueblo se quedaría sin saber leer. La edad no le quitó lo pendenciero, bebedor y mujeriego. Tenía a mucha honra ser el más macho de la región, como pregonaba en la plaza cada vez que la borrachera le hacía perder el entendimiento y anunciar a todo pulmón los nombres de las muchachas que había seducido y de los bastardos que llevaban su sangre. Si fueran a creerle, tuvo como trescientos porque en cada arrebato daba nombres diferentes. Los policías se lo llevaron varias veces y el Teniente en persona le propinó unos cuantos planazos en las nalgas, para ver si se le regeneraba el carácter, pero eso no dio más resultados que las amonestaciones del cura. En verdad sólo respetaba a Riad Halabí, el dueño del almacén, por eso los vecinos recurrían a él cuando sospechaban que se le había pasado la mano con la disipación y estaba zurrando a su mujer o a sus hijos. En esas ocasiones el árabe abandonaba el mostrador con tanta prisa que no se acordaba de cerrar la tienda, y se presentaba, sofocado de disgusto justiciero, a poner orden en el rancho de los Vargas. No tenía necesidad de decir mucho, al viejo le bastaba verlo aparecer para tranquilizarse. Riad Halabí era el único capaz de avergonzar a ese bellaco. Antonia Sierra, la mujer de Vargas, era veintiséis años menor que él. Al llegar a la cuarentena ya estaba muy gastada, casi no le quedaban dientes sanos en la boca y su aguerrido cuerpo de mulata se había deformado por el trabajo, los partos y los abortos; sin embargo aún conservaba la huella de su pasada arrogancia, una manera de caminar con la cabeza bien erguida y la cintura quebrada, un resabio de antigua belleza, un tremendo orgullo que paraba en seco cualquier intento de tenerle lástima. Apenas le alcanzaban las horas para cumplir su día, porque además de atender a sus hijos y ocuparse del huerto y las gallinas ganaba unos pesos cocinando el almuerzo de los policías, lavando ropa ajena y limpiando la escuela. A veces andaba con el cuerpo sembrado de magullones azules y aunque nadie preguntaba, toda Agua Santa sabía de las palizas propinadas por su marido. Sólo Riad Halabí y la Maestra Inés se atrevían a hacerle regalos discretos, buscando excusas para no ofenderla, algo de ropa, alimentos, cuadernos y vitaminas para sus niños. Muchas humillaciones tuvo que soportar Antonia Sierra de su marido, incluso que le impusiera una concubina en su propia casa. Concha Díaz llegó a Agua Santa a bordo de uno de los camiones de la Compañía de Petróleos, tan desconsolada y lamentable como un espectro. El chófer se compadeció al verla descalza en el camino, con su atado a la espalda y su barriga de mujer preñada. Al cruzar la aldea, los camiones se detenían en el almacén, por eso Riad Halabí fue el primero en enterarse del asunto. La vio aparecer en su puerta y por la forma en que dejó caer su bulto ante el mostrador se dio cuenta al punto de que no estaba de paso, esa muchacha venía a quedarse. Era muy joven, morena y de baja estatura, con una mata compacta de pelo crespo desteñido por el sol, donde parecía no haber entrado un peine en mucho tiempo. Como siempre hacía con los visitantes, Riad Halabí le ofreció a Concha una silla y un refresco de piña y se dispuso a escuchar el recuento de sus aventuras o sus desgracias, pero la muchacha hablaba poco, se limitaba a sonarse la nariz con los dedos, la vista clavada en el suelo, las lágrimas cayéndole sin apuro por las mejillas y una retahíla de reproches brotándole entre los dientes. Por fin el árabe logró entenderle que quería ver a Tomás Vargas y mandó a buscarlo a la taberna. Lo esperó en la puerta y apenas lo tuvo por delante lo cogió por un brazo y lo encaró con la forastera, sin darle tiempo de reponerse del susto. —La joven dice que el bebé es tuyo —dijo Riad Halabí con ese tono suave que usaba cuando estaba indignado. —Eso no se puede probar, turco. Siempre se sabe quién es la madre, pero del padre nunca hay seguridad —replicó el otro confundido, pero con ánimo suficiente para esbozar un guiño de picardía que nadie apreció. Esta vez la mujer se echó a llorar con entusiasmo, mascullando que no habría viajado de tan lejos si no supiera quién era el padre. Riad Halabí le dijo a Vargas que si no le daba vergüenza, tenía edad para ser abuelo de la muchacha, y si pensaba que otra vez el pueblo iba a sacar la cara por sus pecados estaba en un error, qué se había imaginado, pero cuando el llanto de la joven fue en aumento, agregó lo que todos sabían que diría. —Está bien, niña, cálmate. Puedes quedarte en mi casa por un tiempo, al menos hasta el nacimiento de la criatura. Concha Díaz comenzó a sollozar más fuerte y manifestó que no viviría en ninguna parte, sólo con Tomás Vargas, porque para eso había venido. El aire se detuvo en el almacén, se hizo un silencio muy largo, sólo se oían los ventiladores en el techo y el moquilleo de la mujer, sin que nadie se atreviera a decirle que el viejo era casado y tenía seis chiquillos. Por fin Vargas cogió el bulto de la viajera y la ayudó a ponerse de pie. —Muy bien, Conchita, si eso es lo que quieres, no hay más que hablar. Nos vamos para mi casa ahora mismo —dijo. Así fue como al volver de su trabajo Antonia Sierra encontró a otra mujer descansando en su hamaca y por primera vez el orgullo no le alcanzó para disimular sus sentimientos. Sus insultos rodaron por la calle principal y el eco llegó hasta la plaza y se metió en todas las casas, anunciando que Concha Díaz era una rata inmunda y que Antonia Sierra le haría la vida imposible hasta devolverla al arroyo de donde nunca debió salir, que si creía que sus hijos iban a vivir bajo el mismo techo con una rabipelada se llevaría una sorpresa, porque ella no era ninguna palurda, y a su marido más le valía andarse con cuidado, porque ella había aguantado mucho sufrimiento y mucha decepción, todo en nombre de sus hijos, pobres inocentes, pero ya estaba bueno, ahora todos iban a ver quién era Antonia Sierra. La rabieta le duró una semana, al cabo de la cual los gritos se tornaron en un continuo murmullo y perdió el último vestigio de su belleza, ya no le quedaba ni la manera de caminar, se arrastraba como una perra apaleada. Los vecinos intentaron explicarle que todo ese lío no era culpa de Concha, sino de Vargas, pero ella no estaba dispuesta a escuchar consejos de templanza o de justicia. La vida en el rancho de esa familia nunca había sido agradable, pero con la llegada de la concubina se convirtió en un tormento sin tregua. Antonia pasaba las noches acurrucada en la cama de sus hijos, escupiendo maldiciones, mientras al lado roncaba su marido abrazado a la muchacha. Apenas asomaba el sol Antonia debía levantarse, preparar el café y amasar las arepas, mandar a los chiquillos a la escuela, cuidar el huerto, cocinar para los policías, lavar y planchar. Se ocupaba de todas esas tareas como una autómata, mientras del alma le destilaba un rosario de amarguras. Como se negaba a darle comida a su marido, Concha se encargó de hacerlo cuando la otra salía, para no encontrarse con ella ante el fogón de la cocina. Era tanto el odio de Antonia Sierra, que algunos en el pueblo creyeron que acabaría matando a su rival y fueron a pedirle a Riad Halabí y a la Maestra Inés que intervinieran antes de que fuera tarde. Sin embargo, las cosas no sucedieron de esa manera. Al cabo de dos meses la barriga de Concha parecía una calabaza, se le habían hinchado tanto las piernas que estaban a punto de reventársele las venas, y lloraba continuamente porque se sentía sola y asustada. Tomás Vargas se cansó de tanta lágrima y decidió ir a su casa sólo a dormir. Ya no fue necesario que las mujeres hicieran turnos para cocinar, Concha perdió el último incentivo para vestirse y se quedó echada en la hamaca mirando el techo, sin ánimo ni para colarse un café. Antonia la ignoró todo el primer día, pero en la noche le mandó un plato de sopa y un vaso de leche caliente con uno de los niños, para que no dijeran que ella dejaba morirse a nadie de hambre bajo su techo. La rutina se repitió y a los pocos días Concha se levantó para comer con los demás. Antonia fingía no verla, pero al menos dejó de lanzar insultos al aire cada vez que la otra pasaba cerca. Poco a poco la derrotó la lástima. Cuando vio que la muchacha estaba cada día más delgada, un pobre espantapájaros con un vientre descomunal y unas ojeras profundas, empezó a matar sus gallinas una por una para darle caldo, y apenas se le acabaron las aves hizo lo que nunca había hecho hasta entonces, fue a pedirle ayuda a Riad Halabí. —Seis hijos he tenido y varios nacimientos malogrados, pero nunca he visto a nadie enfermarse tanto de preñez —explicó ruborizada—. Está en los huesos, turco, no alcanza a tragarse la comida y ya la está vomitando. No es que a mí me importe, no tengo nada que ver con eso, pero ¿qué le voy a decir a su madre si se me muere? No quiero que me vengan a pedir cuentas después. Riad Halabí llevó a la enferma en su camioneta al hospital y Antonia los acompañó. Volvieron con una bolsa de píldoras de diferentes colores y un vestido nuevo para Concha, porque el suyo ya no le bajaba de la cintura. La desgracia de la otra mujer forzó a Antonia Sierra a revivir retazos de su juventud, de su primer embarazo y de las mismas violencias que ella soportó. Deseaba, a pesar suyo, que el futuro de Concha Díaz no fuera tan funesto como el propio. Ya no le tenía rabia, sino una callada compasión, y empezó a tratarla como a una hija descarriada, con una autoridad brusca que apenas lograba ocultar su ternura. La joven estaba aterrada al ver las perniciosas transformaciones en su cuerpo, esa deformidad que aumentaba sin control, esa vergüenza de andarse orinando de a poco y de caminar como un ganso, esa repulsión incontrolable y esas ganas de morirse. Algunos días despertaba muy enferma y no podía salir de la cama, entonces Antonia turnaba a los niños para cuidarla mientras ella partía a cumplir con su trabajo a las carreras, para regresar temprano a atenderla; pero en otras ocasiones Concha amanecía más animosa y cuando Antonia volvía extenuada, se encontraba con la cena lista y la casa limpia. La muchacha le servía un café y se quedaba de pie a su lado, esperando que se lo bebiera, con una mirada líquida de animal agradecido. El niño nació en el hospital de la ciudad, porque no quiso venir al mundo y tuvieron que abrir a Concha Díaz para sacárselo. Antonia se quedó con ella ocho días, durante los cuales la Maestra Inés se ocupó de sus chiquillos. Las dos mujeres regresaron en la camioneta del almacén y todo Agua Santa salió a darles la bienvenida. La madre venía sonriendo, mientras Antonia exhibía al recién nacido con una algazara de abuela, anunciando que sería bautizado Riad Vargas Díaz, en justo homenaje al turco, porque sin su ayuda la madre no hubiera llegado a tiempo a la maternidad y además fue él quien se hizo cargo de los gastos cuando el padre hizo oídos sordos y se fingió más borracho que de costumbre para no desenterrar su oro. Antes de dos semanas Tomás Vargas quiso exigirle a Concha Díaz que volviera a su hamaca, a pesar de que la mujer todavía tenía un costurón fresco y un vendaje de guerra en el vientre, pero Antonia Sierra se le puso delante con los brazos en jarra, decidida por primera vez en su existencia a impedir que el viejo hiciera según su capricho. Su marido inició el ademán de quitarse el cinturón para darle los correazos habituales, pero ella no lo dejó terminar el gesto y se le fue encima con tal fiereza, que el hombre retrocedió, sorprendido. Esa vacilación lo perdió, porque ella supo entonces quién era el más fuerte. Entretanto Concha Díaz había dejado a su hijo en un rincón y enarbolaba una pesada vasija de barro, con el propósito evidente de reventársela en la cabeza. El hombre comprendió su desventaja y se fue del rancho lanzando blasfemias. Toda Agua Santa supo lo sucedido porque él mismo se lo contó a las muchachas del prostíbulo, quienes también dijeron que Vargas ya no funcionaba y que todos sus alardes de semental eran pura fanfarronería y ningún fundamento. A partir de ese incidente las cosas cambiaron. Concha Díaz se repuso con rapidez y mientras Antonia Sierra salía a trabajar, ella se quedaba a cargo de los niños y las tareas del huerto y de la casa. Tomás Vargas se tragó la desazón y regresó humildemente a su hamaca, donde no tuvo compañía. Aliviaba el despecho maltratado a sus hijos y comentando en la taberna que las mujeres, como las mulas, sólo entienden a palos, pero en la casa no volvió a intentar castigarlas. En las borracheras gritaba a los cuatro vientos las ventajas de la bigamia y el cura tuvo que dedicar varios domingos a rebatirlo desde el púlpito, para que no prendiera la idea y se le fueran al carajo tantos años de predicar la virtud cristiana de la monogamia. En Agua Santa se podía tolerar que un hombre maltratara a su familia, fuera haragán, bochinchero y no devolviera el dinero prestado, pero las deudas del juego eran sagradas. En las riñas de gallos los billetes se colocaban bien doblados entre los dedos, donde todos pudieran verlos, y en el dominó, los dados o las cartas, se ponían sobre la mesa a la izquierda del jugador. A veces los camioneros de la Compañía de Petróleos se detenían para unas vueltas de póquer y aunque ellos no mostraban su dinero, antes de irse pagaban hasta el último céntimo. Los sábados llegaban los guardias del Penal de Santa María a visitar el burdel y a jugar en la taberna su paga de la semana. Ni ellos —que eran mucho más bandidos que los presos a su cargo— se atrevían a jugar si no podían pagar. Nadie violaba esa regla. Tomás Vargas no apostaba, pero le gustaba mirar a los ganadores, podía pasar horas observando un dominó, era el primero en instalarse en las riñas de gallos y seguía los números de la lotería que anunciaban por la radio, aunque él nunca compraba uno. Estaba defendido de esa tentación por el tamaño de su avaricia. Sin embargo, cuando la férrea complicidad de Antonia Sierra y Concha Díaz le mermó definitivamente el ímpetu viril, se volcó hacia el juego. Al principio apostaba unas propinas míseras y sólo los borrachos más pobres aceptaban sentarse a la mesa con él, pero con los naipes tuvo más suerte que con sus mujeres y pronto le entró el comején del dinero fácil y empezó a descomponerse hasta el meollo mismo de su naturaleza mezquina. Con la esperanza de hacerse rico en un solo golpe de fortuna y recuperar de paso —mediante la ilusoria proyección de ese triunfo— su humillado prestigio de padrote, empezó a aumentar los riesgos. Pronto se medían con él los jugadores más bravos y los demás hacían rueda para seguir las alternativas de cada encuentro. Tomás Vargas no ponía los billetes estirados sobre la mesa, como era la tradición, pero pagaba cuando perdía. En su casa la pobreza se agudizó y Concha salió también a trabajar. Los niños quedaron solos y la Maestra Inés tuvo que alimentarlos para que no anduvieran por el pueblo aprendiendo a mendigar. Las cosas se complicaron para Tomás Vargas cuando aceptó el desafío del Teniente y después de seis horas de juego le ganó doscientos pesos. El oficial confiscó el sueldo de sus subalternos para pagar la derrota. Era un moreno bien plantado, con un bigote de morsa y la casaca siempre abierta para que las muchachas pudieran apreciar su torso velludo y su colección de cadenas de oro. Nadie lo estimaba en Agua Santa, porque era hombre de carácter impredecible y se atribuía la autoridad de inventar leyes según su capricho y conveniencia. Antes de su llegada, la cárcel era sólo un par de cuartos para pasar la noche después de alguna riña —nunca hubo crímenes de gravedad en Agua Santa y los únicos malhechores eran los presos en su tránsito hacia el Penal de Santa María— pero el Teniente se encargó de que nadie pasara por el retén sin llevarse una buena golpiza. Gracias a él la gente le tomó miedo a la ley. Estaba indignado por la pérdida de los doscientos pesos, pero entregó el dinero sin chistar y hasta con cierto desprendimiento elegante, porque ni él, con todo el peso de su poder, se hubiera levantado de la mesa sin pagar. Tomás Vargas pasó dos días alardeando de su triunfo, hasta que el Teniente le avisó que lo esperaba el sábado para la revancha. Esta vez la apuesta sería de mil pesos, le anunció con un tono tan perentorio que el otro se acordó de los planazos recibidos en el trasero y no se atrevió a negarse. La tarde del sábado la taberna estaba repleta de gente. En la apretura y el calor se acabó el aire y hubo que sacar la mesa a la calle para que todos pudieran ser testigos del juego. Nunca se había apostado tanto dinero en Agua Santa y para asegurar la limpieza del procedimiento designaron a Riad Halabí. Éste empezó por exigir que el público se mantuviera a dos pasos de distancia, para impedir cualquier trampa, y que el Teniente y los demás policías dejaran sus armas en el retén. —Antes de comenzar ambos jugadores deben poner su dinero sobre la mesa —dijo el árbitro. —Mi palabra basta, turco —replicó el Teniente. —En ese caso mi palabra basta también —agregó Tomás Vargas. —¿Cómo pagarán si pierden? —quiso saber Riad Halabí. —Tengo una casa en la capital, si pierdo Vargas tendrá los títulos mañana mismo. —Está bien. ¿Y tú? —Yo pago con el oro que tengo enterrado. El juego fue lo más emocionante ocurrido en el pueblo en muchos años. Toda Agua Santa, hasta los ancianos y los niños se juntaron en la calle. Las únicas ausentes fueron Antonia Sierra y Concha Díaz. Ni el Teniente ni Tomás Vargas inspiraban simpatía alguna, así es que daba lo mismo quien ganara; la diversión consistía en adivinar las angustias de los dos jugadores y de quienes habían apostado a uno u otro. A Tomás Vargas lo beneficiaba el hecho de que hasta entonces había sido afortunado con los naipes, pero el Teniente tenía la ventaja de su sangre fría y su prestigio de matón. A las siete de la tarde terminó la partida y, de acuerdo con las normas establecidas, Riad Halabí declaró ganador al Teniente. En el triunfo el policía mantuvo la misma calma que demostró la semana anterior en la derrota, ni una sonrisa burlona, ni una palabra desmedida, se quedó simplemente sentado en su silla escarbándose los dientes con la uña del dedo meñique. —Bueno, Vargas, ha llegado la hora de desenterrar tu tesoro —dijo, cuando se calló el vocerío de los mirones. La piel de Tomás Vargas se había vuelto cenicienta, tenía la camisa empapada de sudor y parecía que el aire no le entraba en el cuerpo, se le quedaba atorado en la boca. Dos veces intentó ponerse de pie y le fallaron las rodillas. Riad Halabí tuvo que sostenerlo. Por fin reunió la fuerza para echar a andar en dirección a la carretera, seguido por el Teniente, los policías, el árabe, la Maestra Inés y más atrás todo el pueblo en ruidosa procesión. Anduvieron un par de millas y luego Vargas torció a la derecha, metiéndose en el tumulto de la vegetación glotona que rodeaba a Agua Santa. No había sendero, pero él se abrió paso sin grandes vacilaciones entre los árboles gigantescos y los helechos, hasta llegar al borde de un barranco apenas visible, porque la selva era un biombo impenetrable. Allí se detuvo la multitud, mientras él bajaba con el Teniente. Hacía un calor húmedo y agobiante, a pesar de que faltaba poco para la puesta del sol. Tomás Vargas hizo señas de que lo dejaran solo, se puso a gatas y arrastrándose desapareció bajo unos filodendros de grandes hojas carnudas. Pasó un minuto largo antes que se escuchara su alarido. El Teniente se metió en el follaje, lo cogió por los tobillos y lo sacó a tirones. —¿¡Qué pasa!? —¡No está, no está! —¿¡Cómo que no está!? —¡Lo juro, mi Teniente, yo no sé nada, se lo robaron, me robaron el tesoro! —Y se echó a llorar como una viuda, tan desesperado que ni cuenta se dio de las patadas que le propinó el Teniente. —¡Cabrón! ¡Me vas a pagar! ¡Por tu madre que me vas a pagar! Riad Halabí se lanzó barranco abajo y se lo quitó de las manos antes de que lo convirtiera en mazamorra. Logró convencer al Teniente que se calmara, porque a golpes no resolverían el asunto, y luego ayudó al viejo a subir. Tomás Vargas tenía el esqueleto descalabrado por el espanto de lo ocurrido, se ahogaba de sollozos y eran tantos sus titubeos y desmayos que el árabe tuvo que llevarlo casi en brazos todo el camino de vuelta, hasta depositarlo finalmente en su rancho. En la puerta estaban Antonia Sierra y Concha Díaz sentadas en dos sillas de paja, tomando café y mirando caer la noche. No dieron ninguna señal de consternación al enterarse de lo sucedido y continuaron sorbiendo su café, inmutables. Tomás Vargas estuvo con calentura más de una semana, delirando con morocotas de oro y naipes marcados, pero era de naturaleza firme y en vez de morirse de congoja, como todos suponían, recuperó la salud. Cuando pudo levantarse no se atrevió a salir durante varios días, pero finalmente su amor por la parranda pudo más que su prudencia, tomó su sombrero de pelo de guama y, todavía tembleque y asustado, partió a la taberna. Esa noche no regresó y dos días después alguien trajo la noticia de que estaba despachurrado en el mismo barranco donde había escondido su tesoro. Lo encontraron abierto en canal a machetazos, como una res, tal como todos sabían que acabaría sus días, tarde o temprano. Antonia Sierra y Concha Díaz lo enterraron sin grandes señas de desconsuelo y sin más cortejo que Riad Halabí y la Maestra Inés, que fueron por acompañarlas a ellas y no para rendirle homenaje póstumo a quien habían despreciado en vida. Las dos mujeres siguieron viviendo juntas, dispuestas a ayudarse mutuamente en la crianza de los hijos y en las vicisitudes de cada día. Poco después del sepelio compraron gallinas, conejos y cerdos, fueron en bus a la ciudad y volvieron con ropa para toda la familia. Ese año arreglaron el rancho con tablas nuevas, le agregaron dos cuartos, lo pintaron de azul y después instalaron una cocina a gas, donde iniciaron una industria de comida para vender a domicilio. Cada mediodía partían con todos los niños a distribuir sus viandas en el retén, la escuela, el correo, y si sobraban porciones las dejaban en el mostrador del almacén, para que Riad Halabí se las ofreciera a los camioneros. Y así salieron de la miseria y se iniciaron en el camino de la prosperidad. Autor: Isabel Allende Título: El oro de Tomás Vargas Publicado en: Cuentos de Eva Luna (1989)
- "El cuento del niño malo", cuento de Mark Twain
El cuento del niño malo Mark Twain Había una vez un niño malo cuyo nombre era Jim. Si uno se para a observar se dará cuenta de que en los libros de cuentos ejemplares que se leen en clase de religión los niños malos casi siempre se llaman James. Era extraño que éste se llamara Jim, pero ¡qué le vamos a hacer si era de esta manera! Otra característica peculiar de nuestro protagonista era que su madre no estuviese enferma, que no tuviese una progenitora devota y tísica que habría preferido yacer en su tumba y descansar por fin, de no ser por el gran amor que profesaba a su hijo, y por el temor de que, una vez se hubiese marchado, el mundo fuera cruel e insensible con él. La mayoría de los niños malos de los libros de religión se llaman James, y tienen una madre enferma, que les enseña a rezar antes de acostarse, y los arrulla para que se duerman con su voz dulce y lastimera, y que al despedirse les da el beso de las buenas noches y se arrodilla al pie de la cabecera a sollozar. Pero en el caso de este muchacho las cosas eran diferentes: se llamaba Jim, y su mamá no estaba enferma, ni tenía tuberculosis ni nada por el estilo. Por el contrario, la mujer era fuerte y muy poco religiosa; es más, no se preocupaba por Jim. Decía que si se partiera la nuca no se perdería gran cosa. Sólo conseguía acostarlo a base de coscorrones, y nunca le daba el beso de buenas noches, sino que, por el contrario, al salir de su habitación, le solía propinar un fuerte tirón de orejas. Este niño malo robó una vez las llaves de la despensa, se metió a hurtadillas en ella, se comió toda la mermelada y rellenó el frasco con betún para que su madre no se diera cuenta de lo que había hecho; pero acto seguido… No, no se sintió mal, ni oyó una voz que le susurraba al oído: «¿Te parece bien hacerle eso a tu madre? ¿No crees que es pecado? ¿Adónde van los niños malos que devoran la mermelada de su querida madre?», ni tampoco se puso de rodillas y prometió no volver a hacer fechorías, ni siquiera se levantó, con el corazón aliviado, pletórico de dicha, ni fue a contarle a su madre su fechoría y a pedirle perdón, ni recibió su bendición acompañada de lágrimas de orgullo y de gratitud en los ojos. No; ese tipo de cosas les suceden a los niños malos de los libros; pero a Jim le pasó algo muy diferente: engulló la mermelada, y dijo, con su modo de expresarse, tan pérfido y vulgar, que estaba «de rechupete»; metió el betún, y se dijo que éste también estaría de rechupete, y muerto de risa pensó que cuando su madre se levantara y descubriera su travesura, iba a llorar de rabia. Y cuando, en efecto, la descubrió, aunque él hizo como que no sabía nada, ella le dio unos cuantos azotes con el cinturón, y fue él quien lloró. Todo lo que le pasaba a este niño era curioso… era diferente a lo que les ocurre a los niños malos de los libros. Una vez se subió a un árbol, en la finca de Acorn, el granjero, a robar manzanas, y la rama no se partió, ni él se cayó, ni se rompió el brazo, ni el enorme chucho del granjero le destrozó la ropa, ni languideció en su lecho de enfermo durante varias semanas, ni se arrepintió, ni se volvió bueno. Oh, no; robó todas las manzanas que quiso y bajó sano y salvo; se quedó esperando al perro, y cuando éste lo atacó, le pegó un ladrillazo, ¡Qué extraño…! No sucede así en esos libros sentimentales, de lomos jaspeados e ilustraciones de hombres vestidos de chaqué, sombrero de copa y pantalones hasta las rodillas, y de mujeres con trajes modelo imperio, y que no se ponen aros en el miriñaque. Nada parecido a lo que sucede en la clase de religión. Una vez le robó la navaja al profesor, y temiendo ser descubierto y castigado, se la metió en la capucha a George Wilson… el pobre hijo de la viuda Wilson, el niño sanote, el niñito bueno del pueblo, el que siempre obedecía a su madre, el que jamás decía una mentira, al que le encantaba estudiar y le fascinaban las clases dominicales de catecismo. Y cuando se le cayó la navaja de la gorra, y el pobre George agachó la cabeza y se sonrojó, como sintiéndose culpable, y el maestro ofendido lo acusó del robo, y cuando ya iba a dejar caer la vara de castigo sobre sus hombros temblorosos, no apareció de pronto, para pasmo de todos, un juez de paz con peluca blanca que dijera indignado: «No castigue usted a este noble muchacho… ¡Aquél es el taimado culpable!: pasaba yo junto a la puerta del colegio en el recreo, y aunque nadie me ha visto, he sido testigo del robo». Y, así, a Jim no lo reprendieron, ni el venerable juez les leyó un sermón a los compungidos colegiales, ni se llevó a George de la mano y dijo que tal muchacho merecía un premio, ni le pidió después que se fuera a vivir con él para que le barriera el despacho, le encendiera el fuego, hiciera sus recados, partiera leña, estudiara leyes, ayudara a su esposa en las tareas domésticas, empleara el resto del tiempo jugando, se ganara cuarenta centavos mensuales y fuera feliz. No; en los libros habría sucedido así, pero eso no le pasó a Jim. Ningún juez entrometido y vejestorio entró e intervino, de manera que George, el niño modelo, recibió su buena zurra, y Jim se alegró porque, como bien saben ustedes, detestaba a los niños buenos, y decía que éste era un imbécil. Tal era el grosero lenguaje de este niño malo y negligente. Pero lo más extraño que le sucediera jamás a Jim fue que un domingo salió en un bote y no se ahogó; y que en otra ocasión en que se vio atrapado en una tormenta mientras pescaba, también en domingo, no le cayó un rayo. Vaya, vaya; podría uno ponerse a buscar en todos los libros de moral, desde ahora hasta las próximas Navidades, y jamás hallaría algo así. Oh, no; descubriría que indefectiblemente todo niño malo que sale a pasear en barca un domingo se ahoga, y que a todos cuantos les sorprende una tempestad, mientras se hallan pescando los domingos, indefectiblemente les cae un rayo. Los botes que son conducidos por niños malos siempre se vuelcan en domingo, y siempre hay tormentas cuando los chicos malos salen a pescar en sábado. No logro comprender cómo diablos se zafó este Jim. ¿Será que estaba hechizado? Sí…, ésa debe ser la razón. Nada malo le pasaba. Llegó incluso al extremo de darle tabaco a un elefante del zoológico, y éste no le pegó en la cabeza con la trompa. Registró la despensa buscando licor de hierbabuena, y no se equivocó ni se tomó el ácido clorhídrico. Robó el arma de su padre y salió a cazar el sábado, y no se voló tres o cuatro dedos. Se enfadó y le pegó un puñetazo a su hermana pequeña en la sien, y ella no quedó herida, ni sufriendo durante muchos y muy largos días de verano, ni murió con tiernas palabras de perdón en los labios, que redoblaran la angustia del corazón roto del muchacho. Al contrario; la niña recuperó rápidamente su salud. Al cabo del tiempo, Jim escapó y se hizo a la mar, y al volver no se encontró solo y triste en este mundo porque todos sus seres amados reposaran ya en el cementerio, y el hogar de su juventud estuviera en decadencia, cubierto de hiedra y completamente desvencijado. Oh, no; volvió a casa borracho como una cuba y lo primero que tuvo que hacer fue presentarse en comisaría. Con el paso del tiempo se hizo mayor, se casó y tuvo una familia numerosa. Una noche los mató a todos con un hacha, y se volvió rico a base de estafas y fraudes. Hoy en día es el canalla más pérfido de su localidad natal, es universalmente respetado y pertenece al Consejo Municipal. Es fácil de ver que en los libros de religión jamás hubo un James malo con tan buena estrella como la de este pecador de Jim con su encantadora existencia. FIN Autor: Mark Twain Título: El cuento del niño malo Título Original: The Story of the Bad Little Boy That Bore a Charmed Life Publicado en: Californian magazine, 1865 Traducción: Carlota Martín Aparicio
- "Superioridad", cuento de Arthur C. Clarke
Superioridad Arthur C. Clarke Al hacer esta declaración —y la hago por voluntad propia—, deseo en primer lugar dejar perfectamente sentado que no trato de ganarme simpatías, ni espero mitigación alguna de cualquier sentencia que pueda pronunciar el Tribunal. Escribo esto para intentar refutar algunos de los mentirosos informes que han aparecido en la prensa que se me ha permitido ver, y que se han transmitido por la radio de la prisión, los cuales han proporcionado una idea absolutamente falsa de las verdaderas causas de nuestra derrota, y como jefe de las fuerzas armadas de mi raza al cesar las hostilidades, considero mi deber protestar contra tales calumnias sobre aquéllos que sirvieron bajo mi mando. Espero también que esta declaración aclare las razones de la solicitud que por dos veces he dirigido al Tribunal, y que induzca a conceder un favor, para la denegación del cual no creo posible exista razón ninguna. La causa fundamental de nuestro fracaso fue muy sencilla; a pesar de todas las afirmaciones en sentido contrario, no fue debida a falta de valor por parte de nuestros hombres, ni a falta ninguna de la Flota. Fuimos derrotados solamente por una cosa; por la inferior ciencia de nuestros enemigos. Lo repetiré; por la ciencia inferior de nuestros enemigos. Cuando comenzó la guerra, no teníamos ninguna duda acerca de nuestra victoria final. Las flotas combinadas de nuestros aliados excedían considerablemente en número y armamentos las que el enemigo podía alinear contra nosotros, y en casi todas las ramas de la ciencia militar éramos superiores a ellos. Estábamos seguros de poder mantener tal superioridad. Nuestra creencia fue, por desgracia, confirmada con exceso en la práctica. Al comenzar la guerra, nuestras principales armas eran el torpedo automático de largo alcance, el rayo esférico dirigible y diversas formas modificadas del haz de Klydon. Todas las unidades de la Flota estaban equipadas con esas armas, y si bien el enemigo poseía otras semejantes, sus instalaciones eran, en general, de potencia inferior. Además, estábamos respaldados por una Organización de Investigación militar mucho más importante, y con tal ventaja inicial no podíamos posiblemente perder. La campaña procedió según lo planeado hasta la Batalla de los Cinco Soles. Naturalmente, la ganamos, pero la oposición fue más enérgica de lo que habíamos esperado. Se comprendió entonces que la victoria pudiera ser más difícil, y más lenta, de lo que se había creído en un principio. Por tal razón se convocó una conferencia de comandantes supremos para discutir nuestra futura estrategia. Estaba presente por vez primera en nuestras conferencias de guerra, el profesor-general Norden, nuevo jefe del Personal de Investigación, quien acababa de ser nombrado para llenar el vacío que había dejado la muerte de Malvar, nuestro científico más ilustre. La jefatura de Malvar, más que ningún otro factor por sí solo, había sido lo que había determinado la eficiencia y el poder de nuestro armamento. Su pérdida había sido un rudo golpe, pero nadie dejaba de creer en la brillantez de su sucesor, si bien muchos de nosotros habíamos dudado si procedía nombrar a un científico teórico para ocupar un cargo de importancia tan vital. Pero no se nos había hecho ningún caso. Recuerdo muy bien la impresión que Norden produjo en aquella conferencia. Los consejeros militares estaban preocupados, y, como de costumbre, se dirigieron a los científicos en busca de asistencia. ¿Sería posible, preguntaron, mejorar nuestras armas actuales, a fin de aumentar más aún nuestra presente ventaja? La respuesta de Norden fue completamente inesperada. Con frecuencia se había dirigido tal pregunta a Malvar, y él siempre había hecho lo que le habíamos solicitado. —Francamente, señores —dijo Norden—, lo dudo. Nuestras armas actuales han llegado ya prácticamente a su forma definitiva. No quisiera criticar a mi predecesor, o el excelente trabajo efectuado por el Personal de Investigación durante las últimas generaciones, pero ¿se dan ustedes cuenta que no ha habido cambio fundamental en los armamentos desde hace más de un siglo? Me temo que ello ha sido debido a una tradición que se ha hecho demasiado conservadora. El Personal de Investigación se ha dedicado demasiado tiempo a perfeccionar viejas armas en lugar de desarrollar otras nuevas. Es una suerte para nosotros que nuestros enemigos hayan hecho lo mismo, pero no debemos suponer que será siempre así. Las palabras de Norden dejaron una impresión de malestar, como había sido sin duda su intención. Rápidamente lanzó su ataque a fondo. —Lo que necesitamos son nuevas armas, armas totalmente diferentes de las que se han utilizado hasta hoy. Tales armas son posibles; se necesitará algún tiempo, naturalmente, pero desde que he tomado posesión he reemplazado algunos de los más viejos científicos por hombres jóvenes, y he dirigido la investigación hacia varios campos inexplorados que prometen mucho. Creo, en efecto, que muy pronto seremos testigos de una revolución en los armamentos. Nos sentíamos escépticos. Había un tono pedante en la voz de Norden que nos hacía recelar de sus afirmaciones. Entonces no sabíamos que nunca prometía nada que no hubiese casi perfeccionado en el laboratorio. En el laboratorio , ésa era la frase clave. Norden probó lo que había afirmado menos de un mes más tarde, cuando presentó la Esfera de Aniquilación, que producía la desintegración completa de la materia dentro de un radio de varios centenares de metros. Nos entusiasmamos con la potencia de la nueva arma, y estuvimos dispuestos a prescindir de considerar su defecto fundamental, el hecho que era precisamente una esfera, y que, por lo tanto, destruía su relativamente complicado mecanismo de generación en el instante de su formación. Eso naturalmente, significaba que no podía ser utilizada sobre naves de guerra, sino solamente sobre proyectiles dirigidos, por lo cual se comenzó un gran programa para cambiar todos los torpedos de dirección automática a fin de que éstos pudieran transportar la nueva arma. Desde aquel momento, se suspendieron todas las ofensivas. Nos damos cuenta ahora que aquél fue nuestro primer error. Todavía creo que fue una equivocación lógica, pues entonces nos pareció que todos los armamentos existentes se habían quedado anticuados de la noche a la mañana, y casi los considerábamos supervivientes primitivos. De lo que no nos dimos cuenta entonces, fue de la magnitud de la tarea que intentábamos, y del tiempo que se tardaría en poner en acción la superarma revolucionaria. No había ocurrido nada semejante durante cien años, y no teníamos experiencia previa que nos sirviese de guía. El problema de la conversión resultó aún más difícil de lo que habíamos supuesto. Era necesario diseñar una nueva clase de torpedo, pues el modelo corriente era demasiado pequeño. Eso, a su vez, significaba que solamente las mayores naves podían lanzar el arma, pero estábamos dispuestos a aceptar esa penalización. Al cabo de seis meses, se estaba equipando las unidades pesadas de la Flota con la Esfera. Maniobras de entrenamiento y ensayos habían demostrado que funcionaba satisfactoriamente, y estábamos a punto de hacerla entrar en acción. Se estaba ya aclamando a Norden como el artífice de la victoria y, además, nos había prometido nuevas armas aún más espectaculares. Entonces ocurrieron dos cosas. Una de nuestras naves de guerra desapareció por completo durante uno de los vuelos de entrenamiento, y una investigación demostró que en determinadas condiciones el radar de largo alcance de la nave podía hacer estallar la Esfera tan pronto como era lanzada. La modificación que se requería para superar tal defecto era insignificante, pero ocasionó la demora de otro mes y produjo mucho resentimiento entre el personal naval y los científicos. Estábamos nuevamente a punto de entrar en acción, cuando Norden anunció que el radio de eficacia de la Esfera había sido aumentado diez veces, multiplicando así por mil las probabilidades de destruir una nave enemiga. De modo que volvieron a comenzar las modificaciones, si bien todo el mundo estaba de acuerdo en que bien valían la pena. Pero, entre tanto, el enemigo se había envalentonado ante la ausencia de nuevos ataques, y había realizado una ofensiva inesperada. Nuestras naves no tenían suficientes torpedos, pues no se producían ya en las fábricas, y se vieron obligadas a retirarse. Y así fue como perdimos los sistemas de Kyrane y Floranus, y la fortaleza planetaria de Rhamsandron. Fue un contratiempo molesto, pero no grave, pues los sistemas recapturados habían sido poco amistosos y difíciles de administrar. No dudábamos de poder restablecer la situación tan pronto como la nueva arma entrase en acción. Tales esperanzas se cumplieron solamente a medias. Cuando reanudamos la ofensiva, tuvimos que hacerlo con menos Esferas de Aniquilación de las que habíamos proyectado, lo cual fue una de las razones de lo limitado de nuestro éxito. La otra razón fue más seria. Mientras nosotros habíamos estado equipando tantas naves como pudimos con nuestra arma irresistible, el enemigo había estado construyendo febrilmente. Sus naves eran del viejo modelo, con el antiguo armamento, pero excedían a las nuestras en número. Cuando entramos en acción, encontramos que los números que se alineaban frente a nosotros eran a veces cien por ciento mayores de lo esperado, ocasionando confusión de blancos entre las armas automáticas, y determinando mayores bajas que las esperadas. Las bajas del enemigo eran aún mayores, pues cuando una Esfera alcanzaba su objetivo, la destrucción era cierta, pero el equilibrio no se desplazó tanto en nuestro favor como habíamos confiado. Además, mientras las flotas principales estaban combatiendo, el enemigo había lanzado un audaz ataque contra los sistemas de Eriston, Duranus, Carmanidor y Fharanidon, que sosteníamos con pocas fuerzas, reconquistándolos todos. De modo que nos tuvimos que enfrentar con una amenaza a solamente cincuenta años de luz de nuestros planetas patrios. Durante la reunión de los comandantes supremos siguiente afloraron muchas recriminaciones. La mayor parte de las quejas fueron dirigidas a Norden; en especial, el gran almirante Taxaris mantuvo que, gracias a nuestra evidentemente irresistible arma, estábamos ahora mucho peor que antes. Afirmó que debíamos haber continuado construyendo naves del tipo convencional, evitando así la pérdida de nuestra superioridad numérica. Norden se mostró igualmente enojado, y calificó al personal naval de chapuceros desagradecidos. Pero pude ver que estaba preocupado —como, a decir verdad, lo estábamos todos— por el giro inesperado de los acontecimientos. Insinuó que podría haber una forma rápida de remediar la situación. Sabemos ahora que la Investigación había estado trabajando en el Analizador de Combate durante muchos años, pero entonces nos apareció como una revelación, y quizá nos dejamos entusiasmar con demasiada facilidad. Por otra parte, el argumento de Norden era seductoramente convincente. ¿Qué importaba, dijo, que el enemigo tuviese el doble de naves que nosotros, si la eficiencia de las nuestras podía ser duplicada, o incluso triplicada? Durante décadas el factor límite en la guerra no había sido mecánico, sino biológico; se había ido haciendo más y más difícil para una sola mente, o grupo de mentes, tratar con la complejidad rápidamente cambiante de la batalla en el espacio tridimensional. Los matemáticos de Norden habían analizado algunos de los encuentros clásicos del pasado y habían demostrado que, incluso cuando habíamos salido victoriosos, nuestras unidades habían operado a mucho menos de la mitad de su eficiencia teórica. El Analizador de Combate alteraría tal situación, sustituyendo el personal de operaciones por calculadores electrónicos. La idea no era nueva en teoría, pero hasta entonces no había sido sino un sueño utópico. A muchos de nosotros les parecía aún difícil creer que pudiese ser algo más que un sueño; pero después de haber seguido varias batallas de maniobra, nos convencimos. Se decidió instalar el Analizador en cuatro de nuestras naves más pesadas, de modo que cada una de las flotas principales pudiese disponer de uno de ellos. Y aquí comenzaron nuestras dificultades, si bien no lo supimos hasta más tarde. El Analizador contenía poco menos de un millón de tubos de vacío, y requería un equipo de quinientos técnicos para mantenerlo y operarlo. Era completamente imposible acomodar el personal extra a bordo de la nave de guerra, de modo que fue preciso que cada una de las cuatro unidades fuese acompañada de una nave de pasajeros convertida, a fin de transportar a los técnicos que no estaban de servicio. La instalación también fue asunto largo y pesado, pero gracias a gigantescos esfuerzos pudo ser completada en seis meses. Y entonces, para descorazonamiento nuestro, tuvimos que enfrentarnos con otra crisis. Se habían escogido casi cinco mil hombres de gran habilidad para el servicio de los Analizadores, y se les había sometido a un curso intensivo en las Escuelas de Educación Técnica. Al término de siete meses, un diez por ciento de ellos había sufrido colapsos nerviosos, y solamente se habían calificado un cuarenta por ciento. De nuevo, todo el mundo empezó a echar la culpa a los demás. Como es natural, Norden dijo que no era posible hacer responsable al Personal de Investigación, con lo cual incurrió en la enemistad de los Mandos de Personal y Adiestramiento. Finalmente se decidió que lo único que podía hacerse era utilizar dos Analizadores en lugar de cuatro, y hacer entrar los otros en acción tan pronto como se hubiese adiestrado personal suficiente. No había mucho tiempo que perder, pues el enemigo estaba aún a la ofensiva, y su moral se elevaba. Se ordenó a la primera flota con Analizador que recapturase el sistema de Eriston. En el camino, y por uno de los azares de la guerra, la nave de pasajeros que llevaba los técnicos fue alcanzada por una mina errante. Una nave de guerra hubiese sobrevivido, pero aquella nave, con su insustituible cargamento, fue totalmente destruida, de modo que se tuvo que abandonar la operación. La otra expedición tuvo, al principio, más éxito. No había duda en que el Analizador cumplía la promesa de sus diseñadores, y el enemigo fue penosamente derrotado en el primer combate. Se retiró, dejándonos en posesión de Safhran, Leucon y Hexanerax. Pero su Personal de Información debía haber observado la alteración de nuestra táctica, así como la inexplicable presencia de una nave de pasajeros en el corazón de nuestra flota de guerra. Y también debió haber notado que nuestra primera flota había ido acompañada de una nave semejante, y se había retirado cuando aquélla había sido destruida. Durante el siguiente encuentro el enemigo utilizó su superioridad numérica para desencadenar un ataque avasallador sobre la nave del Analizador y su inerme consorte. El ataque fue efectuado sin reparar en bajas —como es natural, ambas naves iban muy bien protegidas— y tuvo éxito. El resultado fue la decapitación virtual de la flota, pues resultó imposible volver de nuevo de modo eficaz a los antiguos métodos tácticos. Nos retiramos bajo enérgico fuego, y así perdimos todo lo que habíamos ganado, así como los sistemas de Lorymia, Ismarnus, Beronis, Alfanidon y Sideneus. Al llegar a este punto, el gran almirante Taxaris expresó su desaprobación de Norden, suicidándose, y yo asumí el mando supremo. La situación era ahora seria a la vez que enfurecedora. Con testarudo conservadurismo, y una falta completa de imaginación, el enemigo continuaba avanzando con sus naves anticuadas e ineficientes, pero ahora inmensamente superiores en número. Era irritante darse cuenta de que con sólo haber continuado construyendo, sin buscar nuevas armas, podríamos haber estado en una posición mucho más ventajosa. Se celebraron numerosas y acerbas conferencias, en el curso de las cuales Norden defendió a los científicos, mientras todos los demás les culpaban por lo que había ocurrido. Y ahora no podíamos retroceder; era preciso que continuase la búsqueda de un arma irresistible. Al principio hubiese sido un lujo para abreviar la guerra, pero ahora era una necesidad, si teníamos que terminarla victoriosos. Lo mismo que Norden, estábamos a la defensiva. Él estaba más decidido que nunca a restablecer su prestigio y el del Personal de Investigación. Pero habíamos resultado decepcionados dos veces, y no volveríamos a cometer nuevamente el mismo error. Sin duda los veinte mil científicos de Norden producirían muchos armamentos nuevos, pero no nos íbamos a dejar impresionar. Nos equivocábamos. El arma final era algo tan fantástico que ahora incluso parece difícil creer que llegó a existir. Su nombre inocente, que no comprometía a nada —el Campo Exponencial—, no daba idea de sus potencialidades reales. Algunos de los matemáticos de Norden lo habían descubierto durante un trabajo de investigación puramente teórico sobre las propiedades del espacio, y ante la inmensa sorpresa de todos se encontró que era físicamente realizable. Parece muy difícil explicar al profano cómo funcionaba el Campo. Según la descripción técnica, «produce un estado exponencial del espacio, de modo que una distancia finita en el espacio normal lineal, puede llegar a ser infinita en el pseudo-espacio». Norden proporcionó una analogía que a algunos de nosotros nos resultó de utilidad. Es algo así como si se tomase un disco plano de goma —que representaba una región del espacio normal— y se extendiese entonces su centro hasta el infinito. La circunferencia del disco permanecía invariable, pero el «diámetro» sería infinito. Eso era más o menos lo que el Campo hacía con el espacio en derredor suyo. Por ejemplo, supongamos que una nave provista de tal generador fuese rodeada por un cerco de máquinas hostiles. Si entonces se conectaba el Campo, cada una de las naves enemigas creería que ella, y las naves al otro lado del círculo sería la misma de antes; pero el viaje al centro sería de duración infinita, pues, a medida que se avanzase, las distancias parecerían hacerse más y más grandes, mientras se modificaba la «escala» del espacio. Era un estado de pesadilla, pero muy útil. Nada podía alcanzar a una nave que llevase el Campo; aunque quedase englobado dentro de una flota enemiga, permanecería tan inaccesible como si estuviese al otro lado del Universo. Por otra parte, y como es natural, no podía combatir sin desconectar el Campo, pero, con todo, quedaba en posición muy ventajosa, no solamente para la defensa sino para la ofensiva, pues una nave equipada con el Campo podía acercarse a una flota enemiga sin ser advertida y aparecer repentinamente en medio de ella. Esta vez no parecía haber fallos en la nueva arma. Es innecesario decir que tratamos de encontrar todas las objeciones posibles antes de comprometernos nuevamente. Afortunadamente, el equipo era relativamente sencillo y no requería un personal muy numeroso para hacerlo funcionar. Después de discutirlo mucho, decidimos ponerlo en producción acelerada, pues esta vez nos dimos cuenta que el tiempo pasaba rápidamente y que la guerra se iba desarrollando en contra nuestra. Habíamos ya perdido casi todas nuestras conquistas iniciales, y las fuerzas enemigas habían verificado varias incursiones en nuestro propio Sistema Solar. Conseguimos contener al enemigo mientras volvíamos a equipar la Flota e ideábamos nuevas tácticas de combate. Para utilizar el Campo en la práctica, era necesario localizar una formación enemiga, trazar un rumbo que la interceptase, y conectar el generador por un tiempo previamente calculado. Al desconectar luego el Campo —y si los cálculos habían sido exactos— se hallaría uno en medio del enemigo y podría hacer grandes destrozos durante la confusión que seguiría, retirándose luego por el mismo camino cuando fuere necesario. Las primeras maniobras de ensayo resultaron satisfactorias, y el equipo pareció ser seguro. Se llevaron a cabo numerosos simulacros de ataque, y las tripulaciones se acostumbraron a la nueva técnica. Yo estuve en uno de los vuelos de ensayo, y recuerdo vívidamente mi impresión cuando se conectó el Campo. Pareció como si las naves en derredor nuestra se empequeñeciesen, como si estuviesen sobre la superficie de una burbuja que se hinchase, y al cabo de un instante habían desaparecido por completo. También habían desaparecido las estrellas, pero pudimos percibir que la Galaxia era aún visible en forma de leve franja luminosa alrededor de la nave. El radio virtual de nuestro pseudo-espacio no era realmente infinito, sino unos cuantos centenares de miles de años de luz, de modo que la distancia a las estrellas más lejanas de nuestro sistema no había aumentado mucho, si bien las más cercanas habían desaparecido del todo, como es lógico. Sin embargo, estas maniobras de adiestramiento tuvieron que ser suspendidas antes que fuese posible completarlas, debido a una serie de pequeñas dificultades técnicas en diversas piezas del equipo, especialmente en los circuitos de comunicaciones. Tales dificultades resultaban enojosas, pero no importantes, pero se pensó que lo mejor era regresar a la Base para resolverlas. En aquel momento preciso el enemigo lanzó lo que a todas luces pretendía fuese un ataque decisivo contra el planeta fortaleza de Iton, en los límites de nuestro Sistema Solar. La Flota tuvo que lanzarse al combate antes que fuese posible efectuar reparaciones. El enemigo debió creer que habíamos conseguido el secreto de la invisibilidad, y en cierto sentido así era. Nuestras naves aparecieron repentinamente de la nada, e infligieron un daño tremendo, por un tiempo. Y entonces ocurrió algo desconcertante e inexplicable. Cuando comenzaron las dificultades yo estaba al mando de la nave insignia Hircania . Habíamos estado operando como unidades independientes, cada una contra objetivos previamente señalados. Nuestros detectores observaron una formación enemiga a una distancia media que los oficiales de navegación midieron con gran exactitud. Fijaron el rumbo y conectamos el generador. Desconectamos el Campo Exponencial en el momento en que deberíamos haber estado pasando por el centro del grupo enemigo. Pero, sin gran consternación por parte nuestra, emergimos en espacio normal a una distancia de muchos centenares de kilómetros, y cuando encontramos al enemigo, él también nos había encontrado a nosotros. Nos retiramos, y probamos nuevamente. Esta vez nos hallamos tan lejos del enemigo que fue él quien nos encontró primero. Era evidente que había algún defecto importante. Rompimos el silencio de comunicaciones, e intentamos establecer contacto con otras naves de la Flota para ver si ellas sufrían también la misma dificultad. Fracasamos una vez más, y esta vez el fracaso se escapaba por completo a la razón, pues el equipo de comunicación parecía estar funcionando perfectamente. No pudimos sino suponer, por fantástico que pareciese, que todo el resto de la flota había sido destruido. No quiero describir las escenas que se produjeron cuando las dispersas unidades de la Flota regresaron a la Base. En realidad nuestras bajas habían sido insignificantes, pero las naves estaban completamente desmoralizadas. Casi todas habían perdido contacto con las demás, y habían descubierto que sus equipos telemétricos mostraban errores inexplicables. Era evidente que el Campo Exponencial era la causa de las perturbaciones, a pesar del hecho que solamente se hacían aparentes cuando se le desconectaba. La explicación vino demasiado tarde para que nos sirviese de algo, y la derrota final de Norden fue escaso consuelo de la pérdida virtual de la guerra. Como ya he explicado, los generadores del Campo producen una distorsión radial del espacio, y las distancias aparecen tanto mayores cuanto más se acerca uno al centro del pseudo-espacio artificial. Cuando se desconecta el Campo, las condiciones vuelven a lo normal. Pero no del todo. No era nunca posible restablecer exactamente el estado inicial. Conectar y desconectar el Campo era equivalente a una elongación y contracción de la nave que llevaba el generador, pero había un efecto de histéresis, por decirlo así, y no se podía nunca reproducir del todo la condición inicial, debido a todos los miles de cambios eléctricos y de movimientos de masas a bordo de la nave mientras estaba conectado el Campo. Esas asimetrías y distorsiones eran acumulativas, y aunque rara vez representaban más de una fracción de uno por ciento, eso era ya suficiente. Significaba que los equipos telemétricos de precisión y los circuitos sintonizados en los aparatos de comunicación perdían por completo su ajuste. Una nave, por sí sola, nunca podía percibir la perturbación, solamente cuando la comparaba con el equipo de otra nave, o trataba de comunicarse con ella, podía saber lo que había ocurrido. Es imposible describir el caos que se produjo. No había ni un solo componente de una nave del que se pudiese esperar con seguridad que podría utilizarse a bordo de otra. Incluso los mismos tornillos y las hembrillas no eran ya intercambiables, y la situación de los suministros se hizo imposible. Si hubiésemos tenido tiempo hubiésemos quizá podido superar incluso esas dificultades, pero las naves enemigas nos estaban atacando ya a millares, con armas que ahora parecían siglos más anticuadas que las que habíamos inventado. Nuestra magnífica flota, mutilada por nuestra propia ciencia, luchó lo mejor que pudo hasta que fue arrollada y forzada a rendirse. Las naves equipadas con el Campo eran aún invulnerables, pero como unidades de combate eran casi inútiles. Cada vez que conectaban sus generadores para escapar de un ataque enemigo, aumentaban la distorsión de sus instalaciones. Al cabo de un mes, todo había terminado. * Ésta es la historia verdadera de nuestra derrota, que doy sin prejuzgar mi defensa ante el Tribunal. La he expuesto, como ya he dicho, para contrarrestar las calumnias que han estado circulando contra los hombres que lucharon a mi mando, y para mostrar dónde se encuentra la verdadera culpa de nuestras desgracias. Finalmente; mi solicitud, que, tal como el Tribunal habrá podido apreciar, no presento frívolamente, y que, por lo tanto, confío me será concedida. El Tribunal se habrá dado cuenta que las condiciones en que estamos alojados y la vigilancia a que se nos somete día y noche son muy quebrantadoras. Pero no me quejo de eso; ni me quejo del hecho que la falta de acomodación haya hecho necesario alojarnos por parejas. Pero no se podrá considerar responsable de mis futuros actos si se me sigue obligando a compartir mi celda con el Profesor Norden, ex Jefe del Personal de Investigación de mis fuerzas armadas. FIN Autor: Arthur C. Clarke Título: Superioridad Título Original: Superiority Publicado en: The Magazine of Fantasy and Science Fiction, agosto de1951 Aparece en: Expedition to Earth (1953) Traducción: Eduardo Salades
- "Agravante", cuento de Emilia Pardo Bazán
Agravante Emilia Pardo Bazán Ya conocéis la historia de aquella dama del abanico, aquella viudita del Celeste Imperio que, no pudiendo contraer segundas nupcias hasta ver seca y dura la fresca tierra que cubría la fosa del primer esposo, se pasaba los días abanicándola a fin de que se secase más presto. La conducta de tan inconstante viuda arranca severas censuras a ciertas personas rígidas; pero sabed que en las mismas páginas de papel de arroz donde con tinta china escribió un letrado la aventura del abanico, se conserva el relato de otra más terrible, demostración de que el santo Fo —a quien los indios llaman el Buda o Saquiamuni— aún reprueba con mayor energía a los hipócritas intolerantes que a los débiles pecadores. Recordaréis que mientras la viudita no daba paz al abanico, acertaron a pasar por allí un filósofo y su esposa. Y el filósofo, al enterarse del fin de tanto abaniqueo, sacó su abanico correspondiente —sin abanico no hay chino— y ayudó a la viudita a secar la tierra. Por cuanto la esposa del filósofo, al verle tan complaciente, se irguió vibrando lo mismo que una víbora, y a pesar de que su marido le hacía señas de que se reportase, hartó de vituperios a la abanicadora, poniéndola como sólo dicen dueñas irritadas y picadas del aguijón de la virtuosa envidia. Tal fue la sarta de denuestos y tantas las alharacas de constancia inexpugnable y honestidad invencible de la matrona, que por primera vez su esposo, hombre asaz distraído, a fuer de sabio, y mejor versado en las doctrinas del I-King que en las máculas y triquiñuelas del corazón, concibió ciertas dudas crueles y se planteó el problema de si lo que más se cacarea es lo más real y positivo; por lo cual, y siendo de suyo propenso a la investigación, resolvió someter a prueba la constancia de la esposa modelo, que acababa de abrumar y sacar los colores a la tornadiza viuda. A los pocos días se esparció la voz de que la ciencia sinense había sufrido cruel e irreparable pérdida con el fallecimiento del doctísimo Li-Kuan —que así se llamaba nuestro filósofo— y de que su esposa Pan-Siao se hallaba inconsolable, a punto de sucumbir a la aflicción. En efecto, cuantos indicios exteriores pueden revelar la más honda pena, advertíanse en Pan-Siao el día de las exequias: torrentes de lágrimas abrasadoras, ojos fijos en el cielo como pidiéndole fuerzas para soportar el suplicio, manos cruzadas sobre el pecho, ataques de nervios y frecuentes síncopes, en que la pobrecilla se quedaba sin movimiento ni conciencia, y sólo a fuerza de auxilios volvía en sí para derramar nuevo llanto y desmayarse con mayor denuedo. Entre los amigos que la acompañaban en su tribulación se contaba el joven Ta-Hio, discípulo predilecto del difunto, y mancebo en quien lo estudioso no quitaba lo galán. Así que se disolvió el duelo y se quedó sola la viudita, toda suspirona y gemebunda, Ta-Hio se le acercó y comenzó a decirle, en muy discretas y compuestas razones, que no era cuerdo afligirse de aquel modo tan rabioso y nocivo a la salud; que sin ofensa de las altas prendas y singulares méritos del fallecido maestro, la noble Pan-Siao debía hacerse cargo de que su propia vida también tenía un valor infinito y que todo cuanto llorase y se desesperase no serviría para devolver el soplo de la existencia al ilustre y luminoso Li-Kuan. Respondió la viuda con sollozos, declarando que para ella no había en el mundo consuelo, además de que su inútil vida nada importaba desde que faltaba lo único en que la tenía puesta; y entonces el discípulo, con amorosa turbación y palabras algo trabadas —en tales casos son mejores que muy hilados discursos—, dijo que, puesto que ningún hombre del mundo valiese lo que Li-Kuan, alguno podría haber que no le cediese la palma en adorar a la bella Pan-Siao; que si en vida del maestro guardaba silencio por respetos altísimos, ahora quería, por lo menos, desahogar su corazón, aunque le costase ser arrojado del paraíso, que era donde Pan-Siao respiraba, y que si al cabo había de morir de amante silencioso, prefería morir de rigores, acabando su declaración con echarse a los diminutos pies de la viuda, la cual, lánguida y algo llorosa aún, tratándole de loquillo, le alzó gentilmente del suelo, asegurando benignamente que merecía, en efecto, ser echado a la calle, y que si ella no lo hacía, era sólo en memoria de la mucha estimación en que tenía a su discípulo el luminoso difunto. Y, sin duda, la misma estimación y el mismo recuerdo fueron los que, de allí a poco —cuando todavía por mucho que la abanicase, no estaría seca la tierra de la fosa de Li-Kuan— impulsaron a su viuda a contraer vínculos eternos con el gallardo Ta-Hio. Vino la noche de bodas, y al entrar los novios en la cámara nupcial, notó la esposa que el nuevo esposo estaba no alegre y radiante, sino en extremo abatido y melancólico, y que lejos de festejarla, callaba y se desviaba cuanto podía; y habiéndole afanosamente preguntado la causa, respondió Ta-Hio con modestia que, le asustaba el exceso de su dicha, y le parecía imposible que él, el último de los mortales, hubiese podido borrar la imagen de aquel faro de ciencia, el ilustre Li-Kuan. Tranquilizóle Pan-Siao con extremosas protestas, jurando que Li-Kuan era, sin duda, un faro y un sapientísimo comentador de la profunda doctrina del Libro de la razón suprema , pero que una cosa es el Libro de la razón suprema y otra embelesar a las mujeres, y que a ella Li-Kuan no la había embelesado ni miaja. Entonces Ta-Hio replicó que también le angustiaba mucho estar advirtiendo los primeros síntomas de cierto mal que solía padecer, mal gravísimo, que no sólo le privaba del sentido, sino que amenazaba su vida. Y Pan-Siao, viéndole pálido, desencajado, con los ojos en blanco, agitado ya de un convulsivo temblor… —Mi sándalo perfumado —le dijo—, ¿con qué se te quita ese mal? Sépalo yo para buscar en los confines del mundo el remedio. Suspiró Ta-Hio y murmuró: —¡Ay mísero de mí! ¡Que no se me quita el ataque sino aplicándome al corazón sesos de difunto! —Y apenas hubo acabado de proferir estas palabras cayó redondo con el accidente. Al pronto quedó Pan-Siao tan confusa como el lector puede inferir; pero en seguida se le vino a las mientes que, en los primeros instantes de inconsolable viudez, había mandado que al luminoso Li-Kuan le enterrasen en el jardín, para tenerle cerca de sí y poderle visitar todos los días. A la verdad, no había ido nunca: de todos modos, ahora se felicitaba de su previsión. Tomó una linterna para alumbrarse, una azada para cavar y un hacha que sirviese para destrozar las tablas del ataúd y el cráneo del muerto; y resuelta y animosa se dirigió al jardín, donde un sauce enano y recortadito sombreaba la fosa. Dejó en el suelo la linterna y el hacha, dio un azadonazo…, y en seguida exhaló un chillido agudo, porque detrás del sauce surgió una figura que se movía, y que era la del mismísimo Li-Kuan, ¡la del esposo a quien creía cubierto por dos palmos de tierra! —Sierpe escamosa —pronunció el filósofo con voz grave—, arrodíllate. Voy a hacer contigo lo que venías a hacer conmigo; voy a sacarte los sesos, si es que los tienes. Entre mi discípulo Ta-Hio y yo hemos convenido que sondaríamos el fondo de tu malicia, y, sobre todo, de tu mentira. No castigo tu inconstancia que sólo a mí ofende, sino tu fingimiento, tu hipocresía, que ofenden a toda la Humanidad. ¿Te acuerdas de la dama del abanico? Y el esposo cogió el hacha, sujetó a Pan-Siao por el complicado moño, y contra el tronco del sauce le partió la sien. FIN Autor: Emilia Pardo Bazán Título: Agravante Publicado en: El Liberal, 30 de agosto de 1892
- "Nuestro invitado", cuento de Héctor Camarillo
Nuestro invitado Héctor Camarillo Mi vida desdichada se convirtió en un infierno. Amparo Dávila Lo recuerdo bien, fue después de discutir con mis padres y desear su muerte. Corrí hasta mi habitación, hice a un lado las plegarías e insulté al divino sin cuidado. Me quedé dormido entre sollozos. La noche siguiente lo vi por primera vez. Mis padres lo habían traído. Cuando vi su rostro, el mío se descompuso. Su nariz afilada parecía husmear en cada rincón del departamento. Sus ojos grises, apagados, penetrantes, podían escarbar en mi alma. Y esa sonrisa…. esa maldita sonrisa, tensa, sin despegar los labios, parecía saber algo, quién sabe qué. El departamento no era tan pequeño: una sala-comedor, cocina, baño y nuestras habitaciones. La del fondo, al final del pasillo junto al baño, la adaptaron para él . «Pasará unos días con nosotros, sé amable y educado…», dijo mi padre. Su presencia me inquietaba, me ponía la piel de gallina. Desde que llegó, el ambiente se tornó pesado, opresivo, como si su oscuridad me acechara, sin siquiera mirarme. Durante las siguientes noches no pude pegar los ojos. Una tarde, mientras dibujaba en mi restirador, sentí su presencia detrás de mí. Me quedé inmóvil, no quise voltear. Su respiración, pesada y entrecortada, inundaba el cuarto. De reojo, lo vi: parado junto a mi cama, me observaba como si quisiera devorarme… hacerme algo mucho peor. Grité. Mi voz desgarró el silencio y mamá corrió desesperada. «¡Llévatelo, por favor, llévatelo! Estuvo aquí conmigo». El cansancio y la desesperación terminaron por romperme. «¿De qué hablas? Él tiene prohibido abandonar su cuarto…», mi madre, enojada, azotó la puerta. Por las noches escuchaba sus pasos arrastrarse a lo largo del pasillo. Se detenía frente a mi puerta, la raspaba suave con sus uñas, parecía un aviso. Desde mi cama veía la silueta de sus pies moverse en el umbral, mientras su sombra, inquieta, buscaba la forma de colarse bajo mis sábanas. Una pesadilla eterna, tangible, que me hacía vivir despierto. La única vez que pude conciliar el sueño, comenzó a chillar. Eran lamentos de una bestia encadenada, hambrienta, sin intenciones de callarse. Si él lograba salir de su habitación, yo estaría perdido. Me escondí entre las cobijas y enterré mi cabeza bajo la almohada. Mi garganta, paralizada, me impidió gritar. Temblaba. Cada músculo de mi cuerpo se sentía frágil, como si una enfermedad me devorara por dentro. Estaba harto, desesperado. Tripliqué mis oraciones, recité cada palabra como un mantra. Pedí perdón hasta el cansancio, la redención no parecía llegar. Sabía que ese castigo era un regalo del de arriba, un precio que debía pagar por mis injurias. En verdad estaba muy arrepentido. «Tu madre y yo saldremos de viaje mañana. Vendrá la abuela a cuidarte…» Cuando la abuela cruzó la puerta principal, su rostro reflejó desconcierto. Vi cómo los vellos de sus brazos se erizaban. De cierta manera, lo sabía. Me abrazó con fuerza y me susurró al oído: «Alardea frente a Dios y rendirás cuentas con el diablo». Sus palabras me zarandearon, no supe qué responder ni cómo reaccionar. ¡Por fin, alguien me entendía! El viaje de mis padres se demoró dos días más. La abuela se debilitaba, me aseguró haberlo visto, escuchado. «Tenemos que deshacernos de él », dijo. Traté de no pensar en ello, me atormentaba; sin embargo, era lo mejor. Esa misma noche hubo un apagón. La abuela encendió unas velas, pero su luz era débil, incapaz de despejar la penumbra. Aun con las ventanas cerradas, las puertas se azotaron con ira. La temperatura descendió bruscamente, congeló el tiempo. Tomé la mano de mi abuela y caminamos por el pasillo, precavidos. Las sombras se transformaron en rostros siniestros de miradas incisivas que nos apuñalaban con cada paso. Cruzamos las demás habitaciones para refugiarnos en el baño. Silencio. La abuela agarró la navaja de afeitar de mi padre y bañó su pañuelo en agua bendita. Me dijo: «Cierra los ojos». Me guió por el camino y nos detuvimos en la puerta de su habitación. Escuché crujir la madera y, al adentrarnos, la oscuridad nos envolvió. Oí a mi abuela rezar, me uní a ella; él comenzó a gemir. Un golpe seco resonó en el suelo, seguido de varias carcajadas que hicieron eco en el cuarto. Me tapé los oídos. De pronto, todo quedó en silencio. « Por lo que más quieras, no abras los ojos ». Su voz me rozó la espalda y un escalofrío me sacudió los huesos; esa no era la voz de mi abuela. FIN Autor: Héctor Camarillo Título: Nuestro invitado Publicado en: Inédito
- "La sangre de Medusa", cuento de José Emilio Pacheco
La sangre de Medusa José Emilio Pacheco … la espada sin honor, perdido todolo que gané, menos el gesto huraño. Gilberto Owen Cuando Perseo despierta sus primeras miradas nunca son para Andrómeda. Sale al jardín, se lava el rostro en la fuente de mármol y observa desde la terraza la ciudad de Micenas. Se sabe amo absoluto, semidiós respetado. Sin embargo lo habitan la tristeza y el recuerdo de sus viejas hazañas. Tendido bajo un árbol, contempla el vientre que se alza cada día más entre su túnica y espera, cabizbajo, el llamado de Andrómeda. Fermín Morales apagó el cigarro antes de entrar en la vecindad. A su esposa le molestaba verlo fumar y él quería ahorrarse una nueva disputa. Cruzó el zaguán húmedo y subió por la escalera desgastada. Al entrar en su cuarto vio a Isabel: cubierta por una bata de franela, hojeaba en la cama Confidencias, La Familia y Sucesos para Todos . Los rizos artificiales le recordaron a Fermín un nudo de serpientes que de niño había observado en una feria en Nonoalco. Perseo ya no visita sus caballerizas. Le entristece ver a Pegaso, anciano, ciego, con las alas marchitas, ruina de aquel hijo del viento que nació de la sangre de Medusa. Hoy la cabeza de la Gorgona y su cabellera de serpientes adornan el escudo de Atenea. Pero Medusa venga su derrota. Pegaso ya no es el mismo que tantas veces se reflejó desde los cielos sobre el Mediterráneo, ni el que avisó a Perseo que una Hespéride lo había descubierto cuando cortaba las manzanas de oro en el jardín prohibido. Al ver a su caballo alado el rey de Micenas no puede evitar que lo llenen la melancolía y la sensación de que su paso por la tierra ya se acerca al final. Tiempo atrás el Oráculo de Delfos vaticinó a Acrisio, rey de Argos, que moriría a manos de su nieto. Para impedirlo encerró a Dánae en una cámara subterránea de bronce, con sólo una abertura que dejaba pasar el aire y la luz. Dánae era la única hija de Acrisio y la mujer más bella del reino. Zeus, convertido en lluvia de oro, logró violar la cárcel inexpugnable y engendró a Perseo en el vientre de Dánae. Nueve meses después Acrisio no se atrevió a matarlos por temor a las Furias que persiguen a quienes derraman su propia sangre. Metió en un cofre a la madre y al hijo y los echó al mar. Las olas llevaron su carga a la isla de Sérifos. Polidecto recibió en su corte a Dánae y al niño que llevaba en los brazos. Perseo llegó a la adolescencia. Polidecto quiso alejarlo para quedarse con Dánae. Le dio el encargo de ir a la isla de las Gorgonas, que estaba en Occidente, cerca del Gran Océano, y traerle la cabeza de Medusa. Así, Polidecto condenaba a muerte a Perseo: nadie en el mundo podía sobrevivir a la Gorgona que con sólo mirarlos petrificaba a los vivos. No obstante, como hijo de Zeus, Perseo era un semidiós y merecía la ayuda del Olimpo. Cubierto por el escudo de Atenea, defendido por la espada de Hermes y el casco de Hades, Perseo entró en la cueva de las Gorgonas. Para no verla de frente y transformarse en piedra bajo su mirada, se guió por la imagen de Medusa reflejada en el escudo. Se acercó a ella y la decapitó de un solo tajo. Un caballo alado brotó de su sangre. El héroe montó en Pegaso y fue a Sérifos para liberar a su madre. Petrificó a Polidecto y a sus cortesanos al mostrarles la cabeza muerta de la Gorgona. En vez de asumir el trono Perseo dio el reino de la isla a su amigo Lidys, el pescador que había rescatado el cofre en la playa. Dánae le pidió reconciliarse con su abuelo. Perseo se trasladó a Argos, derrocó al usurpador Preto y devolvió el poder a Acrisio. A pesar de todo, el Oráculo de Belfos era infalible. La profecía se cumplió: durante los juegos que celebraron la victoria Perseo lanzó un disco de metal y sin proponérselo dio muerte a Acrisio. No quiso permanecer en la ciudad manchada de sangre y decidió fundar Micenas. Isabel tenía cincuenta y cinco años cuando conoció a Fermín que apenas iba a cumplir veinte. Ambos trabajaban en el Ministerio de Comunicaciones. Fermín era muy tímido y nunca se había acercado a ninguna mujer. A los seis meses se casaron. Él se empleó como chofer particular y ella dejó la oficina. Desde entonces habitaron en la vecindad de las calles de Uruguay. Su existencia se transformó en una interminable reyerta. Perseo recorre sus dominios. Observa la Puerta de los Leones, las murallas ciclópeas, piedras invulnerables erguidas para cercar el sitio en que poco a poco va muriendo el rey de Micenas. Camina bajo el sol recién nacido y observa su sombra ya encorvada. Su padre Zeus no lo preservó del tiempo. Cronos, su abuelo, lentamente lo devora como si en Perseo se vengara de Zeus por haberlo desterrado del Olimpo. El viento asedia la ciudad amurallada. Desde la terraza Andrómeda observa a Perseo y también siente que la historia del héroe ha llegado a su fin. Isabel opinaba que en la guerra de los sexos las mujeres sólo podían librarse de la opresión y el martirio mediante el ejercicio del poder absoluto. Exigió a Fermín que le entregara íntegras sus quincenas y no fuera sin permiso a ningún sitio. Los sábados iban juntos al cine y los domingos a Chapultepec. Los celos de Isabel acosaban a Fermín y eran motivo de continuas escenas. Incapaz de pedir el divorcio o alejarse de ella, se limitaba a esperar la muerte de su esposa que en 1955 había cumplido setenta años. Perseo se tiende sobre la hierba. Tose, se agita, mira a su alrededor y cree que el día amaneció nublado. No quiere aceptar el oscurecimiento de sus ojos. Se levanta, camina hacia el palacio. Los guardias lo saludan elevando sus lanzas. En la cámara real las esclavas visten a Andrómeda. Perseo la mira, oculto tras una cortina. También Andrómeda es distinta a la princesa etíope que compitió en hermosura con las hijas de Nereo, el dios del mar. Celosas de Andrómeda, las Nereidas la ataron a una roca para que la devorase un monstruo marino. Perseo llegó cabalgando en Pegaso. Venció al dragón y se casó con Andrómeda. Hoy el amor entre los dos es sólo el recuerdo de aquellos días que sucedieron al combate. Fermín puso algún reparo a la cena. Isabel lo echó de la casa. Vagó por las calles, ávido de huir y temeroso de regresar. Sin embargo volvió a las pocas horas e imploró perdón. Isabel, en respuesta, le arrojó a la cara la olla de fideos. Fermín tomó un cuchillo de cocina y lo clavó siete veces en el cuerpo de Isabel que se desplomó como una estatua rota. Las vecinas se asomaron a la puerta. Fermín bajó las escaleras y se echó a correr hacia San Juan de Letrán. Media hora después, cuando los policías lo capturaron en la Alameda, no opuso resistencia ni dio explicaciones. Quedó en un silencio que ya jamás iba a romper. Dijeron que había enloquecido a raíz del crimen. En realidad se limitaba a escuchar el viento en las ramas y el agua en las fuentes. Hoy pasa los días tratando de apresar el polvo suspendido en un rayo de luz. Alza la vista al cielo. A su lado el mundo parece más opaco, más hastiado de ser y de acabarse. Al centro de la tumba que los sepulta en vida Perseo y Fermín son el mismo hombre y sus historias forman una sola historia. El sol hiere sus ojos. En su prisión de piedra él espera que llegue el caballo con alas que nació de la sangre de Medusa. FIN Autor: José Emilio Pacheco Título: La sangre de Medusa Publicado en: Cuadernos del Unicornio, 1958
- "Un cuento medieval", cuento de Mark Twain
En Un cuento medieval , Mark Twain narra con ironía y humor la historia del barón de Klugenstein, quien, para heredar el ducado de Brandeburgo, cría a su hija como si fuera un varón, ocultando su verdadero sexo. Bajo el nombre de Conrad, la joven se convierte en heredero y gobernante ejemplar, pero su prima Constance se enamora de ella, desatando enredos sentimentales y rumores escandalosos. Un cuento medieval Mark Twain I La revelación del secreto Era de noche. Reinaba la quietud en el grandioso y antiguo castillo feudal de Klugenstein. El año 1222 llegaba a su término. En lo alto, en la más elevada de las torres del castillo, brillaba una única luz. Allí se celebraba un concilio secreto. El anciano señor de Klugenstein meditaba con aire grave sentado en su silla ceremonial. En ese momento, dijo con tierno acento: —¡Hija mía! Un joven de noble presencia, vestido de pies a cabeza con cota caballeresca, respondió: —Hablad, padre. —Hija mía, ha llegado el momento de revelarte el misterio que te ha intrigado durante toda tu joven vida. Debes saber, pues, que tiene su origen en lo que ahora voy a revelarte. Mi hermano Ulrich es el gran duque de Brandeburgo. Nuestro padre, en su lecho de muerte, estipuló que si Ulrich no tenía ningún hijo varón, la sucesión debería pasar a nuestra casa, en el supuesto de que yo hubiera tenido un hijo. Y aún hay más: en el caso de que ninguno de los dos fuera padre de varón alguno, sino tan solo de hembras, la sucesión pasaría entonces a la hija de Ulrich, siempre y cuando esta pudiera demostrar que no había sido mancillada; y en el caso de que no fuera así, mi hija sería la sucesora, siempre que conservara su nombre inmaculado. Y así fue como mi buena esposa y yo rogamos fervientemente para ser bendecidos con un hijo, pero nuestras plegarias fueron en vano. Naciste tú. Yo estaba desconsolado. ¡Veía cómo se me escapaba de las manos tan valiosa retribución, cómo se esfumaba tan espléndido sueño! ¡Y había depositado tantas esperanzas…! Cinco años llevaba Ulrich viviendo en unión conyugal, sin que su mujer hubiera dado a luz heredero alguno de un sexo u otro. »“Pero, un momento”, me dije, “no está todo perdido”. Un plan salvador se fue abriendo paso en mi mente. Tú naciste a medianoche. Solo la nodriza, la niñera y seis doncellas conocían tu sexo. Antes de que pasara una hora, mandé ahorcarlas a todas. A la mañana siguiente, toda la baronía enloqueció de contento ante la noticia de que en Klugenstein había nacido un “hijo”: un heredero del poderoso ducado de Brandeburgo. Y el secreto fue guardado celosamente. La propia hermana de tu madre cuidó de tu crianza y, pasado aquel tiempo, ya no hubo nada que temer. »Cuando tenías diez años, Ulrich tuvo una hija. Aquello nos dejó abatidos, pero confiábamos en la buena labor del sarampión, los doctores y otros enemigos naturales de la infancia, aunque nuestras ilusiones acababan frustrándose siempre. La niña vivía, crecía… ¡Que el cielo la maldiga! Pero eso no importa. No tenemos por qué temer. Porque… ja, ja…, ¿acaso no tenemos nosotros un hijo? ¿Y no es nuestro hijo el futuro duque? ¿No es así, queridísimo Conrad? Porque, aunque seas ya una mujer de veintiocho años, jamás se te ha llamado con otro nombre que no fuera este. »El caso es que la edad ya está dejando sentir su peso sobre mi hermano y él mismo se siente débil. Las labores de gobierno le están pasando una penosa factura, y por eso reclama tu presencia junto a él para que actúes como duque de hecho, ya que no puedes serlo aún de derecho. Tus servidores ya están dispuestos; partirás esta misma noche. »Y ahora, presta atención. Recuerda muy bien cada una de mis palabras. Existe una ley, tan antigua como la misma Germania, según la cual si una mujer se sienta, aunque sea solo un instante, en la gran silla ducal antes de ser coronada solemnemente en presencia del pueblo… ¡MORIRÁ! Así pues, tenlo bien presente. Finge humildad. Pronuncia tus sentencias desde la silla del primer ministro, que está a los pies del trono. Hazlo así hasta que estés coronada y a salvo. Es muy improbable que tu sexo llegue a descubrirse jamás, pero aun así la prudencia aconseja que todo en este traicionero mundo se haga de la forma más segura posible. —¡Oh, padre mío! ¿Para esto ha sido toda mi vida una mentira? ¿Para poder privar a mi indefensa prima de todos sus derechos? ¡Evítame este horror, padre, compadécete de tu hija! —¡Desgraciada! ¿Es esta mi recompensa por la augusta fortuna que mi ingenio ha forjado para ti? Por los huesos de mi padre, que tus sensibleros lamentos no se avienen para nada con mi ánimo. Así que ponte en camino para presentarte ante el duque, y cumple con el mayor rigor con mi propósito. Baste con esto sobre la conversación que sostuvieron. Contentémonos con saber que las plegarias, las súplicas y las lágrimas de la piadosa joven de nada sirvieron. Ni aquellas ni nada pudieron conmover al obstinado señor de Klugenstein. Así que, al final, con gran pesar de su corazón, la hija vio cómo las rejas del castillo se cerraban tras ella, para encontrarse luego cabalgando en la oscuridad, rodeada de una caballeresca legión de vasallos armados y de un bravo séquito de sirvientes. El viejo barón permaneció en silencio durante varios minutos tras la partida de su hija, y luego, volviéndose hacia su entristecida esposa, dijo: —Señora, nuestros asuntos parecen ir viento en popa. Hace ya tres meses que envié al astuto y apuesto conde Detzin en su diabólica misión con respecto a Constance, la hija de mi hermano. Si fracasa, no estaremos del todo a salvo, pero si se ve coronado por el éxito no habrá fuerza capaz de impedir que nuestra hija se convierta en duquesa, aunque la mala fortuna haya decretado que nunca pueda llegar a ser duque. —Mi corazón está lleno de presagios; aun así, puede que todo vaya bien. —¡Calla, mujer! Deja para las lechuzas esos graznidos. ¡Vete a dormir y a soñar con Brandeburgo y la grandeza! II Festejo y lágrimas Seis días después de los acontecimientos relatados en el capítulo anterior, la brillante capital del ducado de Brandeburgo resplandecía con el boato militar y el júbilo de las leales gentes que desbordaban las calles para recibir a Conrad, el joven heredero de la corona. El corazón del viejo duque estaba henchido de felicidad, ya que la apostura y el gracioso porte de Conrad habían ganado al punto su afecto. Los grandes salones del palacio rebosaban de nobles que prodigaban su entusiasta bienvenida a Conrad; y tan feliz y alegre parecía todo, que el recién llegado sintió desvanecerse todos sus temores y pesares para dar paso a una reconfortante placidez. Pero en una remota estancia del palacio se desarrollaba una escena de muy distinta índole. La hija única del duque, lady Constance, se hallaba de pie junto a una ventana, con los ojos hinchados y enrojecidos por el llanto. Estaba sola. En ese instante empezó a llorar de nuevo, exclamando en voz alta: —El villano de Detzin se ha marchado; ¡ha abandonado el ducado! Al principio no podía creerlo, pero ¡ay de mí!, ha resultado ser muy cierto. ¡Y le quería tanto…! Y osé amarle, aunque sabía que el duque, mi padre, jamás habría consentido que me casara con él. Le amaba, pero ahora le odio. ¡Le odio con toda mi alma! Oh, ¿qué será de mí? Estoy perdida, completamente perdida. ¡Me volveré loca! III La trama se enmaraña Transcurrieron unos meses. Todos pregonaban las excelencias del gobierno del joven Conrad, ensalzando la sabiduría de sus juicios, la magnanimidad de sus sentencias y la modestia con que se conducía en su elevado cargo. Pronto el viejo duque lo dejó todo en sus manos, manteniéndose al margen y escuchando con orgullosa satisfacción cómo su heredero promulgaba los decretos de la corona desde su silla de primer ministro. Parecía evidente que alguien tan amado, elogiado y honrado por todos como lo era Conrad no podía ser más que feliz. Sin embargo, por extraño que parezca, no lo era, pues veía con amargura que la princesa Constance había comenzado a amarle. El amor de los demás era para él una feliz circunstancia, pero el de la joven suponía una peligrosa amenaza. Y observó asimismo que el viejo duque, que había descubierto la pasión de su hija, se mostraba encantado con ello, y soñaba ya con un futuro matrimonio. Cada día se esfumaba algo de la profunda tristeza que había asolado el rostro de la princesa; cada día la esperanza y el ánimo irradiaban con más fuerza de sus ojos; y, de vez en cuando, una vaga sonrisa llegaba incluso a aflorar al semblante que tan turbado había estado. Conrad estaba desconsolado. Se maldecía amargamente por haber cedido al instinto que le había hecho buscar la compañía de alguien de su propio sexo cuando se sentía como un extraño, como un recién llegado en el lugar, cuando estaba triste y anhelaba una simpatía que solo las mujeres puedan dar o sentir. Al percatarse, empezó a evitar a su prima. Pero solo consiguió empeorar las cosas, pues, naturalmente, cuanto más trataba de evitarla, tanto más buscaba ella su compañía. Al principio, Conrad experimentó un gran desconcierto, y luego llegó incluso a espantarse. La muchacha le perseguía, le acosaba, la encontraba cerca de él a todas horas, en todas partes, tanto de día como de noche. Parecía singularmente ansiosa. Existía una especie de misterio en todo aquello. La situación no podía continuar así eternamente. Todo el mundo lo comentaba. El duque empezaba a sentirse perplejo. El pobre Conrad se estaba convirtiendo en un verdadero fantasma, acosado por el miedo y el pesar de su desgracia. Un día, al salir de una antesala privada anexa a la galería de los retratos, Constance se acercó a él y, cogiendo sus manos entre las suyas, exclamó: —¡Oh!, ¿por qué me evitáis? ¿Qué he hecho, qué he dicho, para perder la amable opinión que de mí teníais…? Pues no me cabe duda de que en otro tiempo la tuvisteis. Conrad, no me despreciéis; compadeceos de un corazón torturado. No puedo más, me es imposible contener por más tiempo las palabras que, si no son pronunciadas, me matarían: ¡OS AMO, CONRAD! Ahora podéis despreciarme si lo deseáis, pero ya está dicho. Conrad se quedó sin habla. Constance titubeó un momento y luego, malinterpretando su silencio, flameó en sus ojos una incontrolable alegría y le echó los brazos al cuello diciendo: —¡Os enternecéis, os enternecéis! ¡Podéis amarme…, me amaréis! Decid que me amaréis, mi vida, mi adorado Conrad… Conrad exhaló un gemido. Una mortal palidez cubrió su rostro y tembló como un álamo mecido por el viento. Luego, en su desesperación, apartó de sí a la infeliz muchacha y exclamó: —¡No sabéis lo que pedís! ¡Es de todo punto imposible! Y huyó como un criminal, dejando a Constance aturdida y estupefacta. Pasado un minuto, la muchacha seguía aún allí gimiendo y llorando, y Conrad gimiendo y llorando en su habitación. Ambos quedaron desconsolados. Ambos veían cómo la desgracia les miraba directamente a la cara. Poco a poco, Constance volvió a ponerse en pie y se alejó de allí diciendo: —¡Y pensar que estaba desdeñando mi amor cuando yo creía que su cruel corazón se conmovía por mí! ¡Le odio! ¡Ese mal hombre me ha despreciado…, me ha despreciado como a un perro! IV La atroz revelación Transcurrió el tiempo. En el semblante de la hija del buen duque se instaló de nuevo la tristeza. Ya no volvió a verse juntos a Constance y a Conrad. El duque se lamentaba profundamente de aquello. Pero, a medida que pasaron las semanas, el color fue retornando a las mejillas de Conrad, renacía en sus ojos la vivacidad de otros tiempos y volvió a desempeñar sus tareas de gobierno con clara y madura sapiencia. Entonces empezó a circular por el palacio un extraño rumor, que luego fue creciendo y extendiéndose. Los comadreos de la ciudad se hicieron eco de él, y pronto circuló por todo el ducado. El rumor era este: —¡Lady Constance ha dado a luz un hijo! Cuando el señor de Klugenstein se enteró, levantó por tres veces de su cabeza el yelmo emplumado y exclamó: —¡Larga vida al duque Conrad! ¡Desde este día, ya tiene asegurada la corona! Detzin ha salido airoso de su misión, y el muy bribón será debidamente recompensado. Y difundió la noticia a lo largo y ancho, y durante cuarenta y ocho horas no se hizo en toda la baronía otra cosa que bailar y cantar, y se celebraron procesiones y festejos para conmemorar el gran acontecimiento, todo ello a expensas del viejo Klugenstein, que no cabía en sí de orgullo y satisfacción. V La horrible catástrofe El juicio estaba a punto de celebrarse. Todos los grandes señores y barones de Brandeburgo estaban reunidos en el salón de justicia del palacio ducal. No quedaba un espacio libre donde pudieran caber más espectadores sentados ni de pie. Conrad, revestido de púrpura y armiño, ocupaba la silla del primer ministro, y a ambos lados se sentaban los grandes jueces del reino. El viejo duque había ordenado severamente que el juicio de su hija debía llevarse a cabo sin consideración a su rango, y luego se había retirado a su lecho con el corazón destrozado. Sus días estaban contados. El pobre Conrad había suplicado, como por su propia vida, que se le evitara la desgracia de enjuiciar el crimen de su prima, pero su ruego no había sido atendido. En el pecho de Conrad anidaba el corazón más apesadumbrado de toda la asamblea. El más jubiloso se hallaba en el de su padre, pues, a escondidas de su hija «Conrad», el viejo barón de Klugenstein había llegado al lugar y se encontraba entre la multitud de nobles, henchido de espíritu triunfante ante la creciente fortuna de su casa. En cuanto los heraldos hubieron hecho la debida proclamación y se hubo procedido a los demás preliminares, el venerable presidente del tribunal de justicia dijo: —¡Que el reo se levante! La infeliz Constance obedeció y, tras apartar su velo, afrontó la mirada de la multitud. El presidente del tribunal continuó: —Nobilísima dama, ante los grandes jueces de este reino ha sido denunciado, y probado, que su alteza ha dado a luz a un niño fuera de los sagrados vínculos matrimoniales, y según nuestras leyes ancestrales la condena que os corresponde es la de pena de muerte, salvo en la única contingencia de que su alteza el duque en funciones, nuestro buen señor Conrad, así lo dictamine en su solemne sentencia; así pues, prestad atención. Conrad empuñó con renuencia su cetro, y en ese instante su corazón de mujer suspiró lastimeramente bajo su atavío por la condenada prisionera, y las lágrimas afloraron a sus ojos. Abrió sus labios para hablar, pero el noble presidente del tribunal se apresuró a decir: —¡Desde ahí no, su alteza, desde ahí no! No puede pronunciarse un juicio contra nadie de la línea ducal, ¡SALVO DESDE EL TRONO DUCAL! Un estremecimiento recorrió el corazón del pobre Conrad, y un temblor se apoderó del férreo semblante de su padre. NO HABIENDO SIDO CORONADO, ¿se atrevería Conrad a profanar el trono? El joven dudó y el temor le hizo palidecer. Pero tenía que hacerlo. Todos los ojos del auditorio lo miraban ya con asombro. Si dudaba más tiempo, aquellas miradas se tornarían recelosas. Ascendió al trono. En ese momento, volvió a empuñar el cetro y dijo: —Prisionera, en el nombre de nuestro soberano lord Ulrich, duque de Brandeburgo, procedo a desempeñar el solemne deber que me ha sido encomendado. Prestad atención a mis palabras. Por las antiguas leyes de nuestra patria, a menos que señaléis al partícipe de vuestro oprobio y le entreguéis al verdugo, vuestra muerte será inevitable. Aferraos a esa oportunidad. Salvaos mientras estáis a tiempo. ¡Nombrad al padre de vuestro hijo! En la asamblea se produjo un solemne silencio, tan profundo que la gente podía oír el latido de sus propios corazones. Luego Constance se volvió lentamente, con los ojos refulgentes de odio y, señalando a Conrad con el dedo, dijo: —¡Ese hombre eres tú! Un espantoso convencimiento de su indefensión, de su peligrosa situación sin esperanza, hizo que el corazón de Conrad se estremeciera con un escalofrío de muerte. ¿Qué poder terrenal podría salvarle? Para refutar aquella acusación, tenía que revelar que era una mujer, y el hecho de que una mujer se sentara sin ser coronada en la silla ducal… ¡suponía la muerte! En ese mismo momento, y al mismo tiempo, él y su anciano padre se desmayaron y cayeron al suelo. * El resto de esta emocionante y accidentada historia NO se encontrará ni en esta ni en ninguna otra publicación, tanto actual como futura. La verdad es que he colocado a mi héroe (o heroína) en una situación tan comprometida que no sé cómo arreglármelas para sacarle (o sacarla) de ella, y por eso prefiero desentenderme de todo este asunto y dejar a esa persona que se las componga como pueda… o se quede como está. Creía que iba a resultar bastante sencillo enderezar este pequeño entuerto, pero en este momento no lo tengo tan claro. (1870) Autor: Mark Twain Título: Un cuento medieval Título Original: A Medieval Romance Publicado en: Buffalo Express, 1870 Traducción: Sin datos
- "La embajada estadounidense", Chimamanda Ngozi Adichie
Hacía cola a la puerta de la Embajada estadounidense de Lagos, mirando al frente sin apenas moverse, con una carpeta de plástico azul bajo el brazo. Era la persona cuarenta y ocho de una cola de casi doscientas que se extendía desde las verjas cerradas de la Embajada estadounidense, pasando por delante de las verjas más pequeñas y cubiertas de enredadera de la Embajada checa. No se fijó en los vendedores de periódicos que tocaban silbatos y te ponían The Guardian, The news y The Vanguard en la cara. Ni en los mendigos que iban de un lado para otro con un plato esmaltado. Ni en las bicicletas de los vendedores de helados que pasaban tocando el timbre. No se abanicó con una revista ni apartó de un manotazo la mosca que le rodeaba la oreja. El hombre que tenía detrás le dio unos golpecitos en la espalda y preguntó: —¿Tienes cambio, abeg ? Dos de diez por uno de veinte. Y ella lo miró un rato para enfocarlo y recordar dónde estaba antes de sacudir la cabeza. —No. El aire estaba cargado de calor húmedo. Pesaba sobre su cabeza, haciéndole aún más difícil mantener la mente vacía, que era lo que el doctor Balogun le había recomendado el día anterior. No había querido recetarle más tranquilizantes porque necesitaba estar despierta para la entrevista del visado. Era muy fácil decirlo, como si ella supiera qué hacer para tener la mente vacía, como si estuviera en su poder hacerlo, como si ella provocara esas imágenes del cuerpo pequeño y rollizo de su hijo Ugonna derrumbándose, la salpicadura en su pecho tan roja que quería regañarlo por jugar con el aceite de palma de la cocina. No es que él pudiera llegar al estante de los aceites y las especias, o desenroscar el tapón de la botella de plástico del aceite de palma. Sólo tenía cuatro años. El hombre de detrás le dio de nuevo unos golpecitos. Ella se volvió sobresaltada y casi gritó a causa del dolor agudo que le recorrió la espalda. Torcedura muscular, había dicho el doctor Balogun, asombrado de que no tuviera nada más grave después de haberse tirado por el balcón. —Mira qué está haciendo ese soldado inútil —dijo el hombre. Ella giró el cuello despacio para mirar hacia el otro lado de la calle. Se había reunido una pequeña multitud. Un soldado azotaba a un hombre con gafas con un látigo largo que se curvaba en el aire antes de aterrizarle en la cara o en el cuello, no estaba segura porque tenía las manos levantadas para protegerse. Vio cómo las gafas se le resbalaban y le caían. Vio el tacón de la bota del soldado aplastar la montura negra, los cristales coloreados. —Mira cómo suplica la gente al soldado —continuó el hombre a sus espaldas—. Estamos demasiado acostumbrados a suplicar a los soldados. Ella no dijo nada. Él era perseverante en su amabilidad, a diferencia de la mujer que tenía delante, que había exclamado: «¡Estoy hablando contigo y sólo me miras como un mu-mu !», y desde entonces le hacía el vacío. Tal vez él se preguntaba por qué ella no participaba de la camaradería que se había extendido entre los demás componentes de la cola. Porque todos habían madrugado (los que habían dormido) para llegar a la Embajada estadounidense antes del amanecer; porque todos se habían peleado para ponerse en la cola de los visados, esquivando los látigos de los soldados que los llevaban de un lado para otro; porque todos temían que la Embajada estadounidense decidiera no abrir sus puertas y tener que volver al cabo de dos días, ya que estaba cerrada los miércoles; por todo ello habían hecho amistad. Las mujeres y los hombres con camisa de cuello abotonado intercambiaban periódicos y denuncias del gobierno del general Abacha mientras los jóvenes, con tejanos y savoir-faire , se daban mutuamente consejos sobre cómo responder las preguntas para obtener un visado de estudiante. —Mírale la cara, cuánta sangre. Se la ha cortado el látigo —dijo el hombre de detrás. Ella no miró, porque sabía que la sangre sería tan roja como el aceite de palma fresco. En lugar de ello miró hacia Eleke Crescent, una sinuosa calle de embajadas con grandes extensiones de césped y una multitud a ambos lados. Una acera viviente. Un mercado que nacía durante el horario de la Embajada estadounidense y desaparecía en cuanto ésta cerraba sus puertas. Estaba el puesto de alquiler de sillas cuyo montón, a cien nairas la hora, disminuía a toda velocidad. Las maderas apoyadas sobre bloques de cemento con caramelos, mangos y naranjas expuestos. Los jóvenes que llevaban sobre la cabeza bandejas de cigarrillos apoyadas en rollos de tela. Los mendigos ciegos con lazarillos que cantaban bendiciones en inglés, yoruba, lengua criolla, igbo o hausa cuando alguien echaba monedas en su plato. Y, por supuesto, el estudio de fotos improvisado. Un hombre alto detrás de un trípode, con un letrero escrito con tiza en el que se leía: «Fotos excelentes en sólo una hora, según las especificaciones para un visado estadounidense». Ella se había hecho las fotos allí, sentada en un taburete desvencijado, y no le sorprendió salir granulada y con la cara mucho más clara. Pero no tenía otra alternativa, no había podido hacérselas antes. Hacía dos días había enterrado a su hijo en una tumba cercana a un huerto en su ciudad natal de Umunnachi, rodeada de personas bien intencionadas a quienes no recordaba. El día anterior había llevado a su marido dentro del maletero de su Toyota a la casa de un amigo que lo había sacado clandestinamente del país. Y el anterior no le había hecho falta hacerse una foto de pasaporte; su vida había sido normal y había llevado a Ugonna al colegio, le había comprado una salchicha envuelta en hojaldre en Mr. Biggs, había cantado con Majek Fashek que sonaba por la radio del coche. Si un adivino le hubiera dicho que en unos pocos días no reconocería su vida, se habría reído. Tal vez hasta le habría dado diez narias más por tener una imaginación tan desbordante. —A veces me pregunto si la gente de la Embajada estadounidense mira por la ventana y disfruta viendo latigar a los soldados —decía el hombre de detrás. Ella deseó que se callara. Eran sus comentarios lo que hacía tan difícil tener la mente en blanco, vacía de pensamientos de Ugonna. Volvió a mirar hacia el otro lado de la calle; el soldado se alejaba y aún a esa distancia alcanzó a ver su ceño fruncido. El ceño de un adulto que podía latigar a otro si quería y cuando quería. Su arrogancia al andar era tan ostentosa como la de los hombres que hacía cuatro noches habían tirado abajo la puerta trasera y habían irrumpido en su casa. —¿Dónde está tu marido? ¿Dónde está? Habían abierto los armarios de las dos habitaciones, hasta los cajones. Ella podría haberles dicho que su marido medía más de metro ochenta, que no podía esconderse en un cajón. Tres hombres con pantalones negros. Olían a alcohol y a sopa de pimentón, y cuando mucho más tarde abrazó el cuerpo inerte de Ugonna, supo que no volvería a comer sopa de pimentón. —¿Adónde se ha ido tu marido? ¿Adónde? —Le pusieron una pistola en la sien. —No lo sé. Se fue ayer —respondió ella, y se quedó quieta mientras notaba la orina tibia que le caía por las piernas. Uno de ellos, el que llevaba una camiseta negra con capucha y olía más fuerte a alcohol, tenía los ojos sorprendentemente enrojecidos, tanto que parecían escocerle. Fue el que más gritó, dando patadas al televisor. —¿Sabes el artículo que escribió tu marido en el periódico? ¿Sabes que es un mentiroso? ¿Sabes que los que son como él deberían estar en la cárcel por causar problemas, porque, no quieren que Nigeria avance? Se sentó en el sofá donde su marido siempre veía las noticias de la noche de la NTA y tiró de ella hasta sentarla torpemente en su regazo. Le clavó la pistola en la cintura. —¿Por qué te casaste con un alborotador, mujer? Ella sintió su horrible dureza, olió su aliento fermentado. —Déjala en paz —dijo el otro, el de la calvicie que brillaba como si estuviera cubierta de vaselina—. Vámonos. Ella se soltó y se levantó del sofá, y el hombre de la camiseta con capucha, todavía sentado, le pegó por detrás. Fue entonces cuando Ugonna se echó a llorar y corrió hacia ella. El hombre de la camiseta con capucha se rió de lo blando que era el cuerpo de ella mientras agitaba la pistola. Ugonna gritó; nunca gritaba cuando lloraba, no era esa clase de niño. Entonces la pistola se disparó y en el pecho de Ugonna apareció una salpicadura de aceite de palma. —Mira estas naranjas —decía el hombre de detrás, ofreciéndole una bolsa de plástico con seis naranjas peladas. Ella no lo había visto comprarlas. Sacudió la cabeza. —Gracias. —Coge una. Me he fijado en que no has comido nada desde esta mañana. Ella lo miró bien por primera vez. Un rostro anodino con una piel oscura anormalmente tersa para un hombre. Había grandes aspiraciones en su camisa impecablemente planchada y su corbata azul, y en el cuidado con que hablaba inglés, como si temiera cometer un error. Tal vez trabajaba para uno de los bancos de nueva generación y se ganaba mucho mejor la vida de lo que ella nunca había creído posible. —No, gracias. La mujer de delante se volvió para mirarla antes de ponerse a hablar con alguien sobre un servicio eclesial específico llamado el Ministerio del Milagro del Visado Estadounidense. —Debería comer algo —insistió el hombre de detrás, aunque dejó de ofrecerle las naranjas. Ella volvió a sacudir la cabeza; seguía notando el dolor en un punto entre los ojos. Era como si al saltar del balcón se le hubieran aflojado partes dentro de la cabeza que entrechocaban dolorosamente. Saltar no había sido su única opción, podría haberse subido al mango cuya rama llegaba al balcón o haber bajado corriendo por las escaleras. Los hombres habían estado discutiendo tan acaloradamente que habían dejado fuera la realidad, y por un momento creyó que el estallido no había sido un arma sino la clase de trueno que estallaba al comienzo de harmattan , la salpicadura roja había sido realmente aceite de palma y Ugonna había logrado alcanzar la botella de algún modo y había fingido que se desmayaba, aunque nunca había jugado a eso. Luego las palabras de los hombres la hicieron retroceder. «¿Crees que dirá a la gente que ha sido un accidente? ¿Es esto lo que Oga nos pidió que hiciéramos? ¡Un niño! Tenemos que golpear a la madre. No, eso multiplicará por dos el problema. ¡Vámonos de aquí, amigo!». Ella había salido entonces al balcón y había saltado por encima de la barandilla sin pensar en los dos pisos, y había gateado hasta el contenedor que había junto a la verja. Cuando oyó el rugido del coche alejarse, volvió a su piso oliendo a las pieles de plátano podrido del contenedor. Sostuvo el cuerpo de Ugonna en sus brazos, estrechó su silencioso pecho contra el suyo y se dio cuenta de que nunca se había sentido tan avergonzada. Le había fallado. —Estás impaciente por conseguir tu visado, ¿eh? —preguntó el hombre de detrás. Ella se encogió de hombros para evitar que le doliera la espalda y se obligó a sonreír. —Sólo acuérdate de mirar a los ojos al entrevistador mientras te hace preguntas. Aunque cometas un error, no te corrijas, o creerán que estás mintiendo. Tengo muchos amigos a los que han rechazado por tonterías. Yo voy a pedir un visado para visitante. Mi hermano vive en Texas, y quiero ir allí de vacaciones. Hablaba como las voces que la habían rodeado, personas que habían ayudado a escapar a su marido y a organizar el funeral de Ugonna, que la habían llevado a la embajada. No desfallezcas mientras respondes las preguntas, le habían dicho las voces. Háblales de Ugonna, cómo era, pero no exageres, porque todos los días la gente les miente para obtener visados, sobre parientes muertos que nunca han nacido. Haz que Ugonna parezca real. Llora, pero no demasiado. —Ya no dan visados de inmigración a nuestra gente a menos que el solicitante sea rico según sus criterios. Pero tengo entendido que en Europa la gente no tiene problemas en conseguirlos. ¿Vas a pedir un visado de inmigrante o de visitante? —Asilo político. —Ella no lo miró a la cara; más bien percibió su sorpresa. —¿Asilo político? Será muy difícil de demostrar. Ella se preguntó si había leído The New Nigeria , si había oído hablar de su marido. Probablemente sí. Todo el que apoyaba la prensa defensora de la democracia conocía a su marido, sobre todo porque era el primer periodista que había tachado públicamente de farsa el complot de golpe de Estado, y que había escrito un artículo acusando al general Abacha de haberse inventado un golpe para tomarse la libertad de matar y encarcelar a sus adversarios. Los soldados habían irrumpido en las oficinas del periódico y se habían llevado un elevado número de ejemplares de esa edición en un camión negro; aun así, habían circulado fotocopias por Lagos; un vecino había visto un ejemplar pegado a la pared de un puente junto a letreros que anunciaban cruzadas religiosas y películas recién estrenadas. Los soldados habían detenido dos semanas a su marido y le habían cortado la piel de la frente, dejándole una cicatriz en forma de L. Los amigos le habían tocado la cicatriz cuando se reunieron en su piso para celebrar su puesta en libertad con botellas de whisky. Ella recordaba que alguien le había dicho «Nigeria se arreglará gracias a ti», y recordaba la expresión de su marido, esa emocionada mirada de mesías mientras hablaba del soldado que le había ofrecido un cigarrillo después de golpearlo, sin parar de tartamudear como solía hacer cuando estaba muy animado. El tartamudeo le había parecido encantador hacía años; ya no. —Mucha gente pide asilo político y no lo consigue —dijo el hombre a sus espaldas, quien tal vez había estado hablando todo el tiempo. —¿Lees The New Nigeria ? —preguntó ella. No volvió la cara hacia el hombre. En lugar de ello observó cómo más adelante una pareja compraba unos paquetes de galletas; los paquetes crujieron al abrirse. —Sí. ¿Quieres uno? Puede que todavía les quede alguno a los vendedores. —No. Sólo lo preguntaba. —Es un gran periódico. Esos dos editores son la clase de personas que Nigeria necesita. Ponen en peligro su vida para decirnos la verdad. Son realmente valientes. Ojalá hubiera más gente con esa clase de coraje. No era coraje sino egoísmo exacerbado. Hacía un mes, cuando su marido había olvidado la boda de un primo de ella a pesar de haber accedido a ser el padrino, y le había dicho que no podía anular su viaje a Kaduna porque su entrevista al periodista detenido era demasiado importante, ella había mirado al hombre motivado y distante con quien se había casado, y había dicho: «No eres el único que odia el gobierno». Asistió sola a la boda y él se fue a Kaduna, y cuando volvió apenas hablaron; la mayor parte de su conversación siempre había girado en torno a Ugonna, de todos modos. No creerás lo que ha dicho hoy el niño, decía ella cuando él volvía del trabajo, y pasaba a explicar con detalle que Ugonna había dicho que en sus copos de avena Quaker había pimienta y no pensaba comérselos. O cómo la había ayudado a correr las cortinas. —Entonces, ¿cree que lo que hacen esos editores es valiente? —Ella se volvió hacia el hombre de detrás. —Por supuesto. No todos podemos hacerlo. Ése es el verdadero problema de este país, no tenemos suficientes valientes. Él le lanzó una mirada llena de desconfianza y superioridad moral, como si se cuestionara si era defensora del gobierno, una de esas personas que criticaban los movimientos a favor de la democracia y sostenían que en Nigeria sólo funcionaría un gobierno militar. En otras circunstancias ella podría haberle hablado de su carrera periodística, empezando por la universidad en Zaria, cuando había organizado una manifestación para protestar contra la decisión del gobierno del general Buhara de recortar los subsidios de los estudiantes. Podría haberle hablado de que había colaborado para el Evening News de Lagos, que había cubierto la noticia del intento de asesinato del director de The Guardian , y cómo había dimitido cuando por fin se quedó embarazada, porque su marido y ella llevaban cuatro años intentándolo y ella tenía el útero lleno de fibromas. Dio la espalda al hombre y observó cómo los mendigos recorrían la cola de los visados. Hombres altos y delgados con largas túnicas mugrientas que pasaban cuentas de rezo citando el Corán; mujeres con ojos ictéricos que llevaban bebés enfermos con telas deshilachadas a la espalda; una pareja ciega conducida por su hija, con medallas azules de la Virgen María que les colgaban del cuello. Se acercó un vendedor de periódicos tocando un silbato. Ella no vio The New Nigeria entre los periódicos que sostenía en equilibrio en el brazo. Tal vez se había agotado. El último artículo de su marido, «De los tiempos de Abacha hasta hoy: 1993-1997», no le había preocupado al principio, porque no había escrito nada nuevo sobre él, sólo sobre listas de asesinatos, contratos fallidos y dinero desaparecido. No es que los nigerianos desconocieran esa información. No había esperado que el artículo provocara muchos problemas o atrajera mucha atención, pero apenas un día después de su publicación, la radio BBC lo comentó en las noticias y entrevistó a un catedrático de ciencias políticas nigeriano que vivía en el exilio, quien afirmó que su marido merecía un premio en Derechos Humanos. «Lucha con la pluma contra la represión, presta su voz a los que no tienen voz, da a conocer al mundo la realidad». Su marido había tratado de ocultarle su nerviosismo. Pero después de que alguien telefoneara de forma anónima —recibía continuamente llamadas anónimas, era esa clase de periodista, de los que siempre cultivaban las amistades— para decirle que el jefe de Estado en persona estaba furioso, dejó de disimular; le permitió ver cómo le temblaban las manos. Los soldados se dirigían hacia allí para detenerlo, dijo el que llamó. Corría la voz de que sería el último arresto, que nunca volvería. Unos minutos después de la llamada se escondió en el maletero del coche, para que, si le preguntaban los soldados, el vigilante pudiera afirmar con sinceridad que no sabía adonde se había ido su marido. Ella llevó a Ugonna a la casa de un vecino y empezó a rociar el maletero de agua, pese a las prisas que le metió su marido, porque le pareció que sería más fresco y respiraría mejor. Lo llevó a la casa de su coeditor. Al día siguiente él la llamó desde la República de Benín; el coeditor tenía contactos que lo habían llevado a la frontera. Su visado estadounidense, que había obtenido para asistir a un curso formativo de Atlanta, seguía siendo válido y en cuanto llegara a Nueva York pediría asilo político. Ella le dijo que no se preocupara, que ella y Ugonna estarían bien, que al final del trimestre escolar solicitaría un visado y se reunirían con él en Estados Unidos. Esa noche Ugonna estuvo intranquilo y ella dejó que se quedara levantado hasta tarde jugando con su coche mientras ella leía. Cuando vio a los tres hombres irrumpir por la puerta de la cocina, se odió por no haber insistido a Ugonna que se acostara. Ojalá… —Ah, este sol es despiadado. Los de la embajada estadounidense podrían construir al menos un toldo para nosotros —dijo el hombre a sus espaldas—. Podrían utilizar parte del dinero que recaudan con nuestros visados. Alguien detrás de él dijo que los americanos se quedaban con el dinero recaudado. Otro replicó que los hacían esperar al sol a propósito. Y otro se rió. Ella hizo señas a la pareja de mendigos ciegos y buscó en su bolso un billete de veinte nairas. Cuando lo echó al plato, ellos cantaron «Dios te bendiga. Tendrás dinero, tendrás un buen marido, tendrás un buen empleo» en lengua criolla, y a continuación en igbo y en yoruba. Ella los observó alejarse. No le habían dicho: «Tendrás muchos hijos». Había oído cómo se lo decían a la mujer de delante. Las puertas de la embajada se abrieron de par en par y un hombre con uniforme marrón gritó: —Que pasen los primeros cincuenta de la cola y rellenen las solicitudes. Los demás, vuelvan otro día. La embajada sólo puede atender hoy a cincuenta. —¿Hemos tenido suerte, abi ?, —dijo el hombre a sus espaldas. Ella observó a la entrevistadora de los visados sentada detrás de la cristalera, el pelo castaño que le caía lacio por el cuello doblado, la forma en que sus ojos verdes miraban los papeles por encima de una montura plateada, como si las gafas fueran innecesarias. —¿Puede volver a explicarme su caso, señora? No me ha dado detalles —pidió con una sonrisa alentadora. Ésa era su oportunidad para hablar de Ugonna, ella lo sabía. Miró hacia la ventanilla contigua, un hombre con traje oscuro inclinado hacia la cristalera en actitud reverencial, como si rezara al entrevistador del otro lado. Y se dio cuenta de que prefería morir a manos del hombre de camisa negra con capucha o del de la brillante calva antes de decir una palabra sobre Ugonna a esa entrevistadora o a cualquier otra persona de la Embajada estadounidense. Antes de vender a Ugonna por un visado para ponerse ella a salvo. Habían matado a su hijo, eso era todo lo que podía decir. Lo habían matado. Nada sobre su risa, que le empezaba aguda y tintineante por encima de la cabeza. O lo que le gustaban los dulces y las galletas. O cómo le agarraba el cuello con fuerza cuando la abrazaba. O que su marido dijo que sería un artista porque en lugar de intentar construir algo con sus bloques los colocaba uno al lado del otro, alternando los colores. Ellos no merecían saber nada. —¿Señora? ¿Dice que fue el gobierno? —preguntó la entrevistadora de los visados. El «gobierno» era una etiqueta tan grande que era liberadora, daba a la gente margen para maniobrar, excusarse y volver a acusar. Tres hombres. Tres hombres como su marido, su hermano o el hombre que tenía detrás en la cola del visado. Tres hombres. —Sí. Eran agentes del gobierno. —¿Puede demostrarlo? ¿Tiene pruebas que lo demuestren? —Sí. Pero lo enterré ayer. El cuerpo de mi hijo. —Señora, siento lo de su hijo —dijo la entrevistadora—. Pero necesito pruebas de que fue el gobierno. Hay luchas entre grupos étnicos, hay asesinatos personales. Necesito pruebas de que fue cosa del gobierno y necesito pruebas de que su vida corre peligro si permanece en Nigeria. Ella miró los labios rosa pálido que se movían dejando ver unos dientes diminutos. Unos labios rosa pálido en una cara aislada y pecosa. Le urgía preguntar a la entrevistadora si unos artículos de The New Nigeria justificaban la vida de un niño. Pero no lo hizo. Dudaba que ella estuviera al corriente de los periódicos a favor de la democracia o de las largas y agotadoras colas que se formaban fuera de las verjas de la embajada, en zonas acordonadas y sin sombra donde bajo un sol de justicia brotaban amistades, jaquecas y desesperación. —¿Señora? Estados Unidos ofrece una nueva vida a las víctimas de la persecución política, pero necesita pruebas. Una nueva vida. Era Ugonna quien le había dado una nueva vida, y le sorprendió lo deprisa que se adaptó a su nueva identidad, la nueva persona en la que él la había convertido. «Soy la madre de Ugonna», decía en su parvulario, a los profesores, a los padres de otros niños. En su funeral que celebraron en Umunnachi, como sus amigas y familiares habían ido con vestidos del mismo estampado de Ankara, alguien había preguntado «¿Quién es la madre?», y ella había levantado la cabeza, momentáneamente alerta. «Yo soy la madre de Ugonna». Quería regresar a la casa de sus antepasados y plantar ixoras, de aquellas cuyos tallos delgados como agujas había sorbido de niña. Bastaría con una planta, tan pequeña era su tumba. Cuando floreciera y las flores dieran la bienvenida a las abejas, quería arrancarlas y sorberlas acuclillada en la tierra. Luego colocaría las flores sorbidas una al lado de la otra, como había hecho Ugonna con sus bloques. Se dio cuenta de que ésa era la nueva vida que ella quería. En la ventanilla contigua, el entrevistador americano hablaba demasiado alto por el micrófono. —¡No voy a aceptar sus mentiras, señor! El solicitante nigeriano con traje oscuro empezó a gritar y hacer gestos. —¡Esto es vergonzoso! ¿Cómo puede tratar así a la gente? ¡Llevaré este asunto a Washington! Y agitó su carpeta de plástico transparente repleta de documentos, hasta que un guardia de seguridad se acercó y se lo llevó de allí. —¿Señora? ¿Señora? ¿Era cosa de su imaginación o había compasión en la cara de la entrevistadora? Vio la rapidez con que se echaba hacia atrás su pelo dorado rojizo, aunque no le molestara, y cómo éste se quedaba quieto sobre su cuello, enmarcando una cara pálida. Su futuro estaba en esa cara. La cara de una persona que no la comprendía, que probablemente no cocinaba con aceite de palma, ni sabía que el aceite de palma si estaba fresco era de un rojo muy brillante, y cuando no, se volvía de un naranja grumoso. Se dio la vuelta muy despacio y se encaminó hacia la puerta. Oyó la voz de la entrevistadora a sus espaldas. —¿Señora? Ella no se volvió. Salió de la embajada estadounidense, se abrió paso entre los mendigos que seguían dando vueltas con sus platos esmaltados y se subió al coche. FIN Autor: Chimamanda Ngozi Adichie Título: La embajada estadounidense Título Original: The American Embassy Publicado en: Prism International 40.3, primavera de 2002 Traducción: Aurora Echevarría
- "La muerte y la brújula", cuento de Jorge Luis Borges
La muerte y la brújula Jorge Luis Borges A Mandie Molina Vedia De los muchos problemas que ejercitaron la temeraria perspicacia de Lönnrot, ninguno tan extraño —tan rigurosamente extraño, diremos— como la periódica serie de hechos de sangre que culminaron en la quinta de Triste-le-Roy, entre el interminable olor de los eucaliptos. Es verdad que Erik Lönnrot no logró impedir el último crimen, pero es indiscutible que lo previó. Tampoco adivinó la identidad del infausto asesino de Yarmolinsky, pero sí la secreta morfología de la malvada serie y la participación de Red Scharlach, cuyo segundo apodo es Scharlach el Dandy. Ese criminal (como tantos) había jurado por su honor la muerte de Lönnrot, pero éste nunca se dejó intimidar. Lönnrot se creía un puro razonador, un Auguste Dupin, pero algo de aventurero había en él y hasta de tahúr. El primer crimen ocurrió en el Hôtel du Nord —ese alto prisma que domina el estuario cuyas aguas tienen el color del desierto. A esa torre (que muy notoriamente reúne la aborrecida blancura de un sanatorio, la numerada divisibilidad de una cárcel y la apariencia general de una casa mala) arribó el día 3 de diciembre el delegado de Podólsk al Tercer Congreso Talmúdico, doctor Marcelo Yarmolinsky, hombre de barba gris y ojos grises. Nunca sabremos si el Hôtel du Nord le agradó: lo aceptó con la antigua resignación que le había permitido tolerar tres años de guerra en los Cárpatos y tres mil años de opresión y de pogroms. Le dieron un dormitorio en el piso R, frente a la suite que no sin esplendor ocupaba el Tetrarca de Galilea. Yarmolinsky cenó, postergó para el día siguiente el examen de la desconocida ciudad, ordenó en un placard sus muchos libros y sus muy pocas prendas, y antes de media noche apagó la luz. (Así lo declaró el chauffeur del Tetrarca, que dormía en la pieza contigua). El 4, a las once y tres minutos a. m., lo llamó por teléfono un redactor de la Yidische Zaitung ; el doctor Yarmolinsky no respondió; lo hallaron en su pieza, ya levemente oscura la cara, casi desnudo bajo una gran capa anacrónica. Yacía no lejos de la puerta que daba al corredor; una puñalada profunda le había partido el pecho. Un par de horas después, en el mismo cuarto, entre periodistas, fotógrafos y gendarmes, el comisario Treviranus y Lönnrot debatían con serenidad el problema. —No hay que buscarle tres pies al gato —decía Treviranus, blandiendo un imperioso cigarro—. Todos sabemos que el Tetrarca de Galilea posee los mejores zafiros del mundo. Alguien, para robarlos, habrá penetrado aquí por error. Yarmolinsky se ha levantado; el ladrón ha tenido que matarlo. ¿Qué le parece? —Posible, pero no interesante —respondió Lönnrot—. Usted replicará que la realidad no tiene la menor obligación de ser interesante. Yo le replicaré que la realidad puede prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis. En la que usted ha improvisado, interviene copiosamente el azar. He aquí un rabino muerto; yo preferiría una explicación puramente rabínica, no los imaginarios percances de un imaginario ladrón. Treviranus repuso con mal humor: —No me interesan las explicaciones rabínicas; me interesa la captura del hombre que apuñaló a este desconocido. —No tan desconocido —corrigió Lönnrot—. Aquí están sus obras completas. —Indicó en el placard una fila de altos volúmenes: una Vindicación de la cábala ; un Examen de la filosofía de Robert Flood ; una traducción literal del Sepher Yezirah ; una Biografía del Baal Shem ; una Historia de la secta de los Hasidim ; una monografía (en alemán) sobre el Tetragrámaton; otra, sobre la nomenclatura divina del Pentateuco. El comisario los miró con temor, casi con repulsión. Luego se echó a reír. —Soy un pobre cristiano —repuso—. Llévese todos esos mamotretos, si quiere; no tengo tiempo que perder en supersticiones judías. —Quizá este crimen pertenece a la historia de las supersticiones judías —murmuró Lönnrot. —Como el cristianismo —se atrevió a completar el redactor de la Yidische Zaitung . Era miope, ateo y muy tímido. Nadie le contestó. Uno de los agentes había encontrado en la pequeña máquina de escribir una hoja de papel con esta sentencia inconclusa: La primera letra del Nombre ha sido articulada. Lönnrot se abstuvo de sonreír. Bruscamente bibliófilo o hebraísta, ordenó que le hicieran un paquete con los libros del muerto y los llevó a su departamento. Indiferente a la investigación policial, se dedicó a estudiarlos. Un libro en octavo mayor le reveló las enseñanzas de Israel Baal Shem Tobh, fundador de la secta de los Piadosos; otro, las virtudes y terrores del Tetragrámaton, que es el inefable Nombre de Dios; otro, la tesis de que Dios tiene un nombre secreto, en el cual está compendiado (como en la esfera de cristal que los persas atribuyen a Alejandro de Macedonia), su noveno atributo, la eternidad —es decir, el conocimiento inmediato de todas las cosas que serán, que son y que han sido en el universo. La tradición enumera noventa y nueve nombres de Dios; los hebraístas atribuyen ese imperfecto número al mágico temor de las cifras pares; los Hasidim razonan que ese hiato señala un centésimo nombre —el Nombre Absoluto. De esa erudición lo distrajo, a los pocos días, la aparición del redactor de la Yidische Zaitung . Éste quería hablar del asesinato; Lönnrot prefirió hablar de los diversos nombres de Dios; el periodista declaró en tres columnas que el investigador Erik Lönnrot se había dedicado a estudiar los nombres de Dios para dar con el nombre del asesino. Lönnrot, habituado a las simplificaciones del periodismo, no se indignó. Uno de esos tenderos que han descubierto que cualquier hombre se resigna a comprar cualquier libro, publicó una edición popular de la Historia de la secta de los Hasidim . El segundo crimen ocurrió la noche del 3 de enero, en el más desamparado y vacío de los huecos suburbios occidentales de la capital. Hacia el amanecer, uno de los gendarmes que vigilan a caballo esas soledades vio en el umbral de una antigua pinturería un hombre emponchado, yacente. El duro rostro estaba como enmascarado de sangre; una puñalada profunda le había rajado el pecho. En la pared, sobre los rombos amarillos y rojos, había unas palabras en tiza. El gendarme las deletreó… Esa tarde, Treviranus y Lönnrot se dirigieron a la remota escena del crimen. A izquierda y a derecha del automóvil, la ciudad se desintegraba; crecía el firmamento y ya importaban poco las casas y mucho un horno de ladrillos o un álamo. Llegaron a su pobre destino: un callejón final de tapias rosadas que parecían reflejar de algún modo la desaforada puesta de sol. El muerto ya había sido identificado. Era Daniel Simón Azevedo, hombre de alguna fama en los antiguos arrabales del Norte, que había ascendido de carrero a guapo electoral, para degenerar después en ladrón y hasta en delator. (El singular estilo de su muerte les pareció adecuado: Azevedo era el último representante de una generación de bandidos que sabía el manejo del puñal, pero no del revólver). Las palabras de tiza eran las siguientes: La segunda letra del Nombre ha sido articulada. El tercer crimen ocurrió la noche del 3 de febrero. Poco antes de la una, el teléfono resonó en la oficina del comisario Treviranus. Con ávido sigilo, habló un hombre de voz gutural; dijo que se llamaba Ginzberg (o Ginsburg) y que estaba dispuesto a comunicar, por una remuneración razonable, los hechos de los dos sacrificios de Azevedo y de Yarmolinsky. Una discordia de silbidos y de cornetas ahogó la voz del delator. Después, la comunicación se cortó. Sin rechazar aún la posibilidad de una broma (al fin, estaban en carnaval) Treviranus indagó que le habían hablado desde Liverpool House , taberna de la Rue de Toulon —esa calle salobre en la que conviven el cosmorama y la lechería, el burdel y los vendedores de biblias. Treviranus habló con el patrón. Éste (Black Finnegan, antiguo criminal irlandés, abrumado y casi anulado por la decencia) le dijo que la última persona que había empleado el teléfono de la casa era un inquilino, un tal Gryphius, que acababa de salir con unos amigos. Treviranus fue en seguida a Liverpool House . El patrón le comunicó lo siguiente: Hace ocho días, Gryphius había tomado una pieza en los altos del bar. Era un hombre de rasgos afilados, de nebulosa barba gris, trajeado pobremente de negro; Finnegan (que destinaba esa habitación a un empleo que Treviranus adivinó) le pidió un alquiler sin duda excesivo; Gryphius inmediatamente pagó la suma estipulada. No salía casi nunca; cenaba y almorzaba en su cuarto; apenas si le conocían la cara en el bar. Esa noche, bajó a telefonear al despacho de Finnegan. Un cupé cerrado se detuvo ante la taberna. El cochero no se movió del pescante; algunos parroquianos recordaron que tenía máscara de oso. Del cupé bajaron dos arlequines; eran de reducida estatura y nadie pudo no observar que estaban muy borrachos. Entre balidos de cornetas, irrumpieron en el escritorio de Finnegan; abrazaron a Gryphius, que pareció reconocerlos, pero que les respondió con frialdad; cambiaron unas palabras en yiddish —él en voz baja, gutural, ellos con voces falsas, agudas— y subieron a la pieza del fondo. Al cuarto de hora bajaron los tres, muy felices; Gryphius, tambaleante, parecía tan borracho como los otros. Iba, alto y vertiginoso, en el medio, entre los arlequines enmascarados. (Una de las mujeres del bar recordó los losanges amarillos, rojos y verdes). Dos veces tropezó; dos veces lo sujetaron los arlequines. Rumbo a la dársena inmediata, de agua rectangular, los tres subieron al cupé y desaparecieron. Ya en el estribo del cupé, el último arlequín garabateó una figura obscena y una sentencia en una de las pizarras de la recova. Treviranus vio la sentencia. Era casi previsible, decía: La última de las letras del Nombre ha sido articulada. Examinó, después, la piecita de Gryphius-Ginzberg. Había en el suelo una brusca estrella de sangre; en los rincones, restos de cigarrillos de marca húngara; en un armario, un libro en latín —el Philologus hebraeo-graecus (1739) de Leusden— con varias notas manuscritas. Treviranus lo miró con indignación e hizo buscar a Lönnrot. Éste, sin sacarse el sombrero, se puso a leer, mientras el comisario interrogaba a los contradictorios testigos del secuestro posible. A las cuatro salieron. En la torcida Rue de Toulon, cuando pisaban las serpentinas muertas del alba, Treviranus dijo: —¿Y si la historia de esta noche fuera un simulacro? Erik Lönnrot sonrió y le leyó con toda gravedad un pasaje (que estaba subrayado) de la disertación trigésima tercera del Philologus : — Dies Judaeorum incipit a solis occasu usque ad solis occasum diei sequentis . Esto quiere decir —agregó—: El día hebreo empieza al anochecer y dura hasta el siguiente anochecer. El otro ensayó una ironía. —¿Ese dato es el más valioso que usted ha recogido esta noche? —No. Más valiosa es una palabra que dijo Ginzberg. Los diarios de la tarde no descuidaron esas desapariciones periódicas. La Cruz de la Espada las contrastó con la admirable disciplina y el orden del último Congreso Eremítico; Ernst Palast, en El Mártir , reprobó «las demoras intolerables de un pogrom clandestino y frugal, que ha necesitado tres meses para liquidar tres judíos»; la Yidische Zaitung rechazó la hipótesis horrorosa de un complot antisemita, «aunque muchos espíritus penetrantes no admiten otra solución del triple misterio»; el más ilustre de los pistoleros del Sur, Dandy Red Scharlach, juró que en su distrito nunca se producirían crímenes de ésos y acusó de culpable negligencia al comisario Franz Treviranus. Éste recibió, la noche del 1.º de marzo, un imponente sobre sellado. Lo abrió: el sobre contenía una carta firmada Baruj Spinoza y un minucioso plano de la ciudad, arrancado notoriamente de un Baedeker. La carta profetizaba que el 3 de marzo no habría un cuarto crimen, pues la pinturería del Oeste, la taberna de la Rue de Toulon y el Hôtel du Nord eran «los vértices perfectos de un triángulo equilátero y místico»; el plano demostraba en tinta roja la regularidad de ese triángulo. Treviranus leyó con resignación ese argumento more geometrico y mandó la carta y el plano a casa de Lönnrot —indiscutible merecedor de tales locuras. Erik Lönnrot las estudió. Los tres lugares, en efecto, eran equidistantes. Simetría en el tiempo (3 de diciembre, 3 de enero, 3 de febrero); simetría en el espacio, también… Sintió, de pronto, que estaba por descifrar el misterio. Un compás y una brújula completaron esa brusca intuición. Sonrió, pronunció la palabra Tetragrámaton (de adquisición reciente) y llamó por teléfono al comisario. Le dijo: —Gracias por ese triángulo equilátero que usted anoche me mandó. Me ha permitido resolver el problema. Mañana viernes los criminales estarán en la cárcel; podemos estar muy tranquilos. —Entonces ¿no planean un cuarto crimen? —Precisamente porque planean un cuarto crimen, podemos estar muy tranquilos. —Lönnrot colgó el tubo. Una hora después, viajaba en un tren de los Ferrocarriles Australes, rumbo a la quinta abandonada de Triste-le-Roy. Al sur de la ciudad de mi cuento fluye un ciego riachuelo de aguas barrosas, infamado de curtiembres y de basuras. Del otro lado hay un suburbio fabril donde, al amparo de un caudillo barcelonés, medran los pistoleros. Lönnrot sonrió al pensar que el más afamado —Red Scharlach— hubiera dado cualquier cosa por conocer esa clandestina visita. Azevedo fue compañero de Scharlach, Lönnrot consideró la remota posibilidad de que la cuarta víctima fuera Scharlach. Después, la desechó… Virtualmente, había descifrado el problema; las meras circunstancias, la realidad (nombres, arrestos, caras, trámites judiciales y carcelarios), apenas le interesaban ahora. Quería pasear, quería descansar de tres meses de sedentaria investigación. Reflexionó que la explicación de los crímenes estaba en un triángulo anónimo y en una polvorienta palabra griega. El misterio casi le pareció cristalino; se abochornó de haberle dedicado cien días. El tren paró en una silenciosa estación de cargas, Lönnrot bajó. Era una de esas tardes desiertas que parecen amaneceres. El aire de la turbia llanura era húmedo y frío. Lönnrot echó a andar por el campo. Vio perros, vio un furgón en una vía muerta, vio el horizonte, vio un caballo plateado que bebía el agua crapulosa de un charco. Oscurecía cuando vio el mirador rectangular de la quinta de Triste-le-Roy, casi tan alto como los negros eucaliptos que lo rodeaban. Pensó que apenas un amanecer y un ocaso (un viejo resplandor en el oriente y otro en el occidente) lo separaban de la hora anhelada por los buscadores del Nombre. Una herrumbrada verja definía el perímetro irregular de la quinta. El portón principal estaba cerrado. Lönnrot, sin mucha esperanza de entrar, dio toda la vuelta. De nuevo ante el portón infranqueable, metió la mano entre los barrotes, casi maquinalmente, y dio con el pasador. El chirrido del hierro lo sorprendió. Con una pasividad laboriosa, el portón entero cedió. Lönnrot avanzó entre los eucaliptos, pisando confundidas generaciones de rotas hojas rígidas. Vista de cerca, la casa de la quinta de Triste-le-Roy abundaba en inútiles simetrías y en repeticiones maniáticas: a una Diana glacial en un nicho lóbrego correspondía en un segundo nicho otra Diana; un balcón se reflejaba en otro balcón; dobles escalinatas se abrían en doble balaustrada. Un Hermes de dos caras proyectaba una sombra monstruosa. Lönnrot rodeó la casa como había rodeado la quinta. Todo lo examinó; bajo el nivel de la terraza vio una estrecha persiana. La empujó: unos pocos escalones de mármol descendían a un sótano. Lönnrot, que ya intuía las preferencias del arquitecto, adivinó que en el opuesto muro del sótano había otros escalones. Los encontró, subió, alzó las manos y abrió la trampa de salida. Un resplandor lo guió a una ventana. La abrió: una luna amarilla y circular definía en el triste jardín dos fuentes cegadas. Lönnrot exploró la casa. Por antecomedores y galerías salió a patios iguales y repetidas veces al mismo patio. Subió por escaleras polvorientas a antecámaras circulares; infinitamente se multiplicó en espejos opuestos; se cansó de abrir o entreabrir ventanas que le revelaban, afuera, el mismo desolado jardín desde varias alturas y varios ángulos; adentro, muebles con fundas amarillas y arañas embaladas en tarlatán. Un dormitorio lo detuvo; en ese dormitorio, una sola flor en una copa de porcelana; al primer roce los pétalos antiguos se deshicieron. En el segundo piso, en el último, la casa le pareció infinita y creciente. La casa no es tan grande , pensó. La agrandan la penumbra, la simetría, los espejos, los muchos años, mi desconocimiento, la soledad . Por una escalera espiral llegó al mirador. La luna de esa tarde atravesaba los losanges de las ventanas; eran amarillos, rojos y verdes. Lo detuvo un recuerdo asombrado y vertiginoso. Dos hombres de pequeña estatura, feroces y fornidos, se arrojaron sobre él y lo desarmaron; otro, muy alto, lo saludó con gravedad y le dijo: —Usted es muy amable. Nos ha ahorrado una noche y un día. Era Red Scharlach. Los hombres maniataron a Lönnrot. Éste, al fin, encontró su voz. —Scharlach ¿usted busca el Nombre Secreto? Scharlach seguía de pie, indiferente. No había participado en la breve lucha, apenas si alargó la mano para recibir el revólver de Lönnrot. Habló; Lönnrot oyó en su voz una fatigada victoria, un odio del tamaño del universo, una tristeza no menor que aquel odio. —No —dijo Scharlach—. Busco algo más efímero y deleznable, busco a Erik Lönnrot. Hace tres años, en un garito de la Rue de Toulon, usted mismo arrestó e hizo encarcelar a mi hermano. En un cupé, mis hombres me sacaron del tiroteo con una bala policial en el vientre. Nueve días y nueve noches agonicé en esta desolada quinta simétrica; me arrasaba la fiebre, el odioso Jano bifronte que mira los ocasos y las auroras daba horror a mi ensueño y a mi vigilia. Llegué a abominar de mi cuerpo, llegué a sentir que dos ojos, dos manos, dos pulmones, son tan monstruosos como dos caras. Un irlandés trató de convertirme a la fe de Jesús; me repetía la sentencia de los goím : Todos los caminos llevan a Roma. De noche, mi delirio se alimentaba de esa metáfora: yo sentía que el mundo es un laberinto, del cual era imposible huir, pues todos los caminos, aunque fingieran ir al norte o al sur, iban realmente a Roma, que era también la cárcel cuadrangular donde agonizaba mi hermano y la quinta de Triste-le-Roy. En esas noches yo juré por el dios que ve con dos caras y por todos los dioses de la fiebre y de los espejos tejer un laberinto en torno del hombre que había encarcelado a mi hermano. Lo he tejido y es firme: los materiales son un heresiólogo muerto, una brújula, una secta del siglo XVIII, una palabra griega, un puñal, los rombos de una pinturería. »El primer término de la serie me fue dado por el azar. Yo había tramado con algunos colegas —entre ellos, Daniel Azevedo— el robo de los zafiros del Tetrarca. Azevedo nos traicionó: se emborrachó con el dinero que le habíamos adelantado y acometió la empresa el día antes. En el enorme hotel se perdió; hacia las dos de la mañana irrumpió en el dormitorio de Yarmolinsky. Éste, acosado por el insomnio, se había puesto a escribir. Verosímilmente, redactaba unas notas o un artículo sobre el Nombre de Dios; había escrito ya las palabras: La primera letra del Nombre ha sido articulada . Azevedo le intimó silencio; Yarmolinsky alargó la mano hacia el timbre que despertaría todas las fuerzas del hotel; Azevedo le dio una sola puñalada en el pecho. Fue casi un movimiento reflejo; medio siglo de violencia le había enseñado que lo más fácil y seguro es matar… A los diez días yo supe por la Yidische Zaitung que usted buscaba en los escritos de Yarmolinsky la clave de la muerte de Yarmolinsky. Leí la Historia de la secta de los Hasidim ; supe que el miedo reverente de pronunciar el Nombre de Dios había originado la doctrina de que ese Nombre es todopoderoso y recóndito. Supe que algunos Hasidim, en busca de ese Nombre secreto, habían llegado a cometer sacrificios humanos… Comprendí que usted conjeturaba que los Hasidim habían sacrificado al rabino; me dediqué a justificar esa conjetura. »Marcelo Yarmolinsky murió la noche del 3 de diciembre; para el segundo “sacrificio” elegí la del 3 de enero. Murió en el Norte; para el segundo “sacrificio” nos convenía un lugar del Oeste. Daniel Azevedo fue la víctima necesaria. Merecía la muerte: era un impulsivo, un traidor; su captura podía aniquilar todo el plan. Uno de los nuestros lo apuñaló; para vincular su cadáver al anterior, yo escribí encima de los rombos de la pinturería La segunda letra del Nombre ha sido articulada . »El tercer “crimen” se produjo el 3 de febrero. Fue, como Treviranus adivinó, un mero simulacro. Gryphius-Ginzberg-Ginsburg soy yo; una semana interminable sobrellevé (suplementado por una tenue barba postiza) en ese perverso cubículo de la Rue de Toulon, hasta que los amigos me secuestraron. Desde el estribo del cupé, uno de ellos escribió en un pilar La última de las letras del Nombre ha sido articulada . Esa escritura divulgó que la serie de crímenes era triple . Así lo entendió el público; yo, sin embargo, intercalé repetidos indicios para que usted, el razonador Erik Lönnrot, comprendiera que es cuádruple . Un prodigio en el Norte, otros en el Este y en el Oeste, reclaman un cuarto prodigio en el Sur; el Tetragrámaton —el Nombre de Dios, JHVH— consta de cuatro letras; los arlequines y la muestra del pinturero sugieren cuatro términos. Yo subrayé cierto pasaje en el manual de Leusden; ese pasaje manifiesta que los hebreos computaban el día de ocaso a ocaso; ese pasaje da a entender que las muertes ocurrieron el cuatro de cada mes. Yo mandé el triángulo equilátero a Treviranus. Yo presentí que usted agregaría el punto que falta. El punto que determina un rombo perfecto, el punto que prefija el lugar donde una exacta muerte lo espera. Todo lo he premeditado, Erik Lönnrot, para atraerlo a usted a las soledades de Triste-le-Roy. Lönnrot evitó los ojos de Scharlach. Miró los árboles y el cielo subdivididos en rombos turbiamente amarillos, verdes y rojos. Sintió un poco de frío y una tristeza impersonal, casi anónima. Ya era de noche; desde el polvoriento jardín subió el grito inútil de un pájaro. Lönnrot consideró por última vez el problema de las muertes simétricas y periódicas. —En su laberinto sobran tres líneas —dijo por fin—. Yo sé de un laberinto griego que es una línea única, recta. En esa línea se han perdido tantos filósofos que bien puede perderse un mero detective . Scharlach, cuando en otro avatar usted me dé caza, finja (o cometa) un crimen en A, luego un segundo crimen en B, a 8 kilómetros de A, luego un tercer crimen en C, a 4 kilómetros de A y de B, a mitad de camino entre los dos. Aguárdeme después en D, a 2 kilómetros de A y de C, de nuevo a mitad de camino. Máteme en D, como ahora va a matarme en Triste-le-Roy. —Para la otra vez que lo mate —replicó Scharlach— le prometo ese laberinto, que consta de una sola línea recta y que es invisible, incesante. Retrocedió unos pasos. Después, muy cuidadosamente, hizo fuego. FIN Autor: Jorge Luis Borges Título: La muerte y la brújula Publicado en: Sur, mayo de 1942











