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  • "Perfecto Luna", Elena Garro

    Perfecto Luna Elena Garro Tal vez serían las once y media de la noche, cuando Perfecto Luna pasó las últimas casas del pueblo. A esas horas ya todos dormían y nadie notó su paso. Todo gracias a Dios había sido muy simple: levantar las trancas de la puerta del almacén, husmear por la rendija y salir a la calle oscura. «Con tal de que no roben y que luego digan: miren al cabrón de Perfecto, se pasó a robar todo lo que había en la tienda». Pero ¿qué otra cosa podía haber hecho? ¡No quería entregar su vida a un caprichoso! Sobre todo después de haber visto que en el otro mundo no había sino chiflones de aire frío. Ahora no le quedaba sino huir, borrar sus huellas abandonadas en el pueblo y en los caminos, tirar su nombre y buscar otro. No dejar rastro de Perfecto Luna. Pero ¿qué nombre? No era tan fácil dejar de ser él mismo. Desde chico así lo nombraban y él había sido siempre Perfecto Luna, el albañil, el peón, el muchacho que servía para todo, porque así lo había enseñado su patrón. Ahora tenía que olvidarse de lo que sabía y volver a empezar para ser otro. Le dio tristeza de sí mismo: ¡tan servicial y tan alegre como había sido! Pero así es la vida: a cada uno su mala o buena suerte. Recordó los nombres de sus amigos. Crisóforo Flores: ni modo de llamarse así, era robar el ánima de su amigo y, sin embargo, tal vez tendría que hacerlo. Crisóforo andaba siempre tan confiado, tan alegre, tan quitado de penas. Andaba como él había andado antes; Domingo Ibáñez era arriesgado, porque ése tenía las noches tristes. Justo Montiel, tampoco, no fuera que le diera por matar a los amigos. Se saltó de la vereda para agarrar a campo traviesa el rumbo de Actipan. Así, cuando todos lo buscaran por San Pedro, él andaría muy tranquilo por Acatepec. Le gustaba el mercado de Acatepec. Apenas llegara se iba a comprar su buen pañuelo de seda y comenzaría a buscar trabajo. Al fin, él para todo servía. Tardaría toda la noche en cruzar la huizachera, pero iba más seguro. ¿Quién iba a encontrar sus huellas entre aquellas matas? Apresuró el paso y se tropezó con una piedra. «¡Ora sí, Perfecto Luna, ya te desgraciaste un dedo!», se dijo en voz alta para espantar aquel silencio redondo que en ese momento lo rodeó. Era mejor no mirar, el campo se había vuelto enorme. Empezaba a suceder lo que sucedía todas las noches desde hacía cinco meses: el silencio crecía de tal manera que era inútil tratar de decir cualquier palabra; allí nunca, a través de todos los siglos, había caído un ruido. Acababa de decir: «Ora sí, Perfecto Luna, ya te desgraciaste un dedo» y no lo había dicho. Las palabras habían salido en silencio y se le habían quedado prendidas en la punta de la lengua. Tenía que irse lejos de Amate Redondo y lejos de Perfecto Luna, porque era a Perfecto Luna al que querían; por eso lo habían metido en aquellas noches redondas que duraban más que el día. Apretó el paso otra vez. Las capas de aire se separaron; su nariz quedó en el espacio vacío entre dos de ellas y casi no podía respirar. En cambio, a la altura de sus ojos y de sus cabellos el aire soplaba sin soplar, levantándole los pelos y enfriándoselos, hasta sentir que miles y miles de hielitos le perforaban la cabeza. ¿Cuándo acabaría de salir de esos lugares extraños? «Seré Crisóforo Flores, no andaré por estos parajes y volveré a gozar con mis amigos». Adelante de él vio a un hombre que, agachado, buscaba algo entre los huizaches. Estaba muy inclinado sobre el suelo, tratando de ver en la oscuridad. Le dio gusto encontrarse con alguien en aquellas soledades. El hombre estaba allí, a dos pasos, impidiendo el camino. Por cortesía le dio las buenas noches. —Buenas noches —contestó el desconocido sin abandonar su búsqueda. —¿Busca algo? —dijo Perfecto Luna amablemente, pensando que así lo diría Crisóforo Flores. —Sí —contestó el desconocido con voz quejumbrosa—. Y no lo hallo… —¿Puedo ayudarlo, señor? —preguntó Perfecto Luna, sintiéndose cada vez más Crisóforo Flores. —Si fuera tan amable… —respondió el otro con voz débil. Perfecto Luna se agachó a buscar aquel objeto perdido. De seguro era dinero, sólo que el ladino no se lo quería decir, por temor a que lo robara. Apenas veía entre las sombras y las piedras. Miró con curiosidad las piernas del desconocido; le pareció que llevaba huaraches y una tilma roja. Parecía moverse con dificultad, como si estuviera ciego. Tentaleaba trabajosamente, agarrándose a las piedras y a las matas. —¡Ay, señor! —dijo Perfecto Luna, sintiendo que de nuevo las palabras apenas le salían de la boca. El hombre no le hizo caso. Y siguió buscando, removiendo las piedras. Perfecto Luna se sentó en el suelo descorazonado. —¡Ay, señor, a mí me han pasado cosas! —continuó, olvidándose de ser Crisóforo Flores—. ¡Mire cómo me he quedado, en los puros huesos! La confesión no conmovió al desconocido, ni lo hizo cambiar de actitud. —¡Usted sabe que yo fui Perfecto Luna hasta esta noche! —¡Caray, ya me canso de buscar y buscar! —se quejó el desconocido. —Ahorita le ayudo —ofreció Perfecto acordándose que debía ser el alegre Crisóforo. Y con energía se entregó otra vez a la búsqueda. El desconocido estaba ahora lejos, apenas veía su bulto blanco y rojo buscando entre los huizaches. Se sintió tranquilo en su compañía. Pensó: «Ésta será la última noche desgraciada; desde mañana, cuando yo sea Crisóforo Flores, nadie nunca más se acordará del que fui». —¡Señor! —gritó con optimismo y sintiéndose ya en el otro día—. ¿Usted cree en los muertos? —¿En los muertos? —preguntó el otro sorprendido. Su voz le llegó desde muy abajo. —Sí, señor, pero no en los muertos de cuerpo presente, sino en los otros… —¿En los otros? —volvió a preguntar el desconocido deteniéndose en su búsqueda. —Sí, en los otros —contestó con aplomo Perfecto, cada vez más Crisóforo Flores—. ¡Figúrese usted, yo fui Perfecto Luna y tuve que dejar de serlo, por causa de un difunto! —¡Ah! —contestó el desconocido. —¿Pasó usted por Amate Redondo? De seguro conoció a don Celso, el dueño del almacén. Yo le debo a él todo lo que fui. Él me enseñó a trabajar mientras fui Perfecto Luna. Andaba yo en los cinco años, cuando ya le hacía los mandados. Con él me crié, porque fui huérfano de nacimiento. «¡Ándale, Perfecto, mira cómo se cepilla la madera! ¡Aquí quédate, Perfecto! ¡Ya sabes cuánto cuesta un cuartillo de maíz, aquí lo marcas en la registradora!». Porque sólo don Celso tiene registradora en Amate Redondo. Es el único que lo ha trabajado, aunque digan que se roba los gramos en los kilos. Y así viví, trabajando, hasta que don Celso quiso hacer las mentadas accesorias. Perfecto Luna guardó silencio. Recordó que hasta ese día había sido muy confiado. Don Celso le encargó que demoliera las casuchas que estaban detrás del almacén para construir unas viviendas como las de México. Se volvió otra vez con el azadón en la mano, tirando aquellos jacales. ¿Cuánto tiempo tardaría en hacer aquel trabajo? Vamos a decir un mes; y al cabo de ese mes todo quedó rasito y limpio. Hasta ese día también había sido alegre. ¿Qué le faltaba? Nada. Tenía buen trato y la estimación de sus amigos. Nadie le deseaba un mal. Fue un día cuatro de abril, cuando don Celso le dijo: «Abre las zanjas para echar los cimientos». Como a las doce del día, mientras ahondaba en la zanja, encontró al muerto. Era un muerto viejo porque no quedaban de él sino los puros huesos. Le pareció volver a verlo, relumbrando al sol, con los brazos puestos sobre las costillas. «Habrá tenido, de seguro, una muerte mala, porque no tiene cabeza. ¿Quién lo mataría? ¿Dónde andará su cabeza?». —¡Fíjese, señor, le faltaba la cabeza, seguro alguien lo degolló! El desconocido no dijo una palabra. —Lo malo, señor, es que cuando yo fui Perfecto Luna me gustaba ser maldoso. «¡Perfecto!, me gritó la señora de don Celso, ven a comer». Puse mi cobija en el hoyo del difunto y me fui a comer. Me acuerdo que mientras echaban las tortillas, yo en mis adentros me andaba riendo. —¿De qué te ríes? —me preguntaron. —Sólo yo lo sé. Y sólo yo lo sabía. Después de comer envolví los huesitos en mi cobija y me los llevé a mi cuarto. «¡Vas a ver, muerto cabrón!», le dije. Llegó el día en que me vi haciendo los adobes… y Perfecto se volvió a ver revolviendo el lodo con las hierbas secas y silbando. —¡Miren a éste, qué gusto trae, ojalá y así trabajaran todos! —decía don Celso. Y era verdad, porque mientras fui Perfecto Luna cualquier cosa me gustaba y todo me ponía contento. Me acuerdo que estaba yo envolviendo mi cigarro de hoja, cuando se me vino la idea al pensamiento. Me fui hasta mi cuarto, saqué el hueso del dedo de un pie y lo enterré en un adobe que había yo puesto a secar al sol. «Ya que te hicieron el favor de enterrarte separado, yo te lo voy a hacer completo», le dije. Le puse una marca al adobe, para saber que allí estaba un pedazo de su tumba. Luego me traje una costilla y la metí en otro adobe con su señal. Y así hasta que me acabé los huesitos. —Oiga, don Celso, ¿qué le pasa a un muerto despedazado? —Pues se vuelve loco, muchacho, buscando sus pedacitos. —¡Ja, ja, ja! —y me fui muy contento a ver mis tumbitas—. ¡Lo que es ser muchacho y ser alegre, señor! —dijo Perfecto Luna sentándose de nuevo en el suelo y buscando con los ojos al otro, que indiferente seguía por allí sin hacerle caso. Con tristeza pensó que a nadie le importaba que él, Perfecto Luna, hubiera sido alegre, y que por causa de su alegría tuviera que dejar de ser él mismo. Recordó cómo empezó a construir las viviendas: cuidadosamente repartió los adobes con los huesos en los muros de las viviendas; no quedó ni un lugar de la vecindad en donde no estuviera enterrado «el sin cabeza». Y él, gozoso, seguía abriendo ventanas, techando, haciendo puertas, mientras silbaba y se reía a solas. —¡Mira, Perfecto, quedaron bonitas, ponles su lambrín azul! —Yo eché el azul más vivo, señor, para alegrar el sepulcro encalado. Y se volvió a reír a pesar suyo. «Ojalá y se vengan a vivir los Juárez, y que en la noche “el sin cabeza” les jale las patas», pensaba. Cuando las viviendas estuvieron terminadas, don Celso le encargó que las cuidara, no fuera a ser que los mocosos se metieran y rayaran las paredes. Olía a nuevo: a cal y a mezcla. Las paredes y los ladrillos del suelo todavía estaban húmedos; en todos los cuartos había presencia de lo limpio, lo no tocado por el hombre. Perfecto Luna tomó sus camisas, su petate y su cobija y se instaló en uno de los cuartos. Estaba cansado; se quitó los huaraches, se tendió en su petate y por la ventana miró la noche. El cielo estaba tranquilo y claro y desde donde estaba veía dos estrellas brillantes. Entrecerró los ojos. «¡Quién le hubiera dicho que él solito iba a hacer todo aquel trabajo!». Abrió los ojos y miró regocijado su obra: recorrió el techo, las paredes, la puerta y llegó otra vez hasta la ventana. Abajo de ella, una saliente pequeña marcaba una de las tumbas del «sin cabeza». Se echó a reír y se le cuajó la risa. Los labios se le quedaron tiesos, y el cuarto se volvió tan oscuro que perdió la vista a la ventana. «¿Quién oscureció la noche?». Buscó a tientas la vela que había dejado junto al petate. Estiró el brazo y sintió que se le había hecho muy corto; en cambio el cuarto había crecido enormemente y la vela estaba lejos, fuera de su alcance. Se resignó a la oscuridad. Abrió mucho los ojos tratando de ver algo, pero la sombra se hacía cada vez más y más densa. «Creo que aquí espantan». Se quedó quieto. De pronto vio brillar la marca que él había puesto en el adobe. «¡Es el sin cabeza!». Su corazón empezó a golpear con tal fuerza que le pareció que iba dentro de un río muy crecido. Sintió que se quedaba sordo. No le quedaba sino esperar a que amaneciera. Pero la noche se alargó en muchas noches. Cuando rayó el día, vio que su petate estaba húmedo de sudor. —¿Qué te pasa, Perfecto? Andas muy desencajado. No supo qué contestar. Apenas si probó su café, pensando que tenía que oscurecer. Con tristeza se sentó en el patio de las accesorias a ver cómo pegaba el sol en los tejados. —Ya se está acabando el día… —dijo con pesadumbre. Cambió su petate y sus tiliches al segundo cuarto. Volvió la noche y él se acostó sin querer mirar por la ventana. «Ahora no voy a mirar la noche». Y apretó bien los ojos. Un ruido de alas recorría las paredes. Las alas giraban al tiempo que subían y bajaban por los muros. Pasaron sobre su frente y sobre su cuerpo. Se fue quedando helado. ¿Cuál sería el maldito hueso que hacía aquel ruido que no se oía? Y esa noche duró más que la anterior. Quería pensar cómo contentar al difunto pero las alas corrían a tal velocidad que no le permitían formular su pensamiento. Al amanecer, sus rodillas estaban adoloridas y apenas si pudo levantarse. —Agarraste frío, Perfecto —le dijeron. Y él no pudo contar lo que le había sucedido aquella noche inmensa con aquellas alas frías. Se puso al sol, pero las rodillas seguían duras y heladas. No tuvo tiempo de calentarse, porque ese día el sol duró muy poco. Le pareció que apenas acababa de cantar el gallo del amanecer, cuando oyó a las gallinas acomodarse en sus palos para dormir. Completamente desesperanzado trasladó su petate, su cobija y su vela al tercer cuarto. —¡Muerto maldito, quédate sosiego y no me quites la paz, que yo nunca le hice daño a nadie! Se enrolló en su tilma para no pasar los fríos y cerró los ojos para no ver las sombras que lo envolvían. De una esquina del cuarto se desprendió un remolino de viento; zumbaba con gran violencia y se le vino a pegar al oído izquierdo. Por allí entró a gran velocidad, aturdiéndolo. «Dime, ingrato difunto, ¿qué quieres que haga por ti?», hubiera querido decir, pero las palabras se le quedaron embarradas en la lengua. Luego se la vendaron, como vendaron la pierna de Anselmo cuando le dieron de navajazos. Inmóvil, con la lengua ligada, sufrió aquel remolino que le acalambraba el cuerpo. —Ya amaneció… —dijo con dificultad, cuando entró a la cocina a que le dieran café caliente. —¿Qué te pasa, muchacho? ¿Por qué hablas así? Parece que tienes la lengua amarrada. Y Perfecto Luna agachó la cabeza y pensó que también ese día se iba a acabar muy pronto. —Don Celso, ¿me deja dormir con Alambritos? —A poco, muchacho, ¿para qué lo quieres? ¿Te anda buscando el miedo? Apenas acababa de agarrar a Alambritos, cuando ya había caído la noche. Amarró al perro con un mecate largo a la aldaba de la puerta del cuarto siguiente, y se tendió en el petate. ¡Se estaba quedando flaco y se le había muerto la risa! La oscuridad empezó a bajar del techo como una espesa nube negra que lo quería aplastar. «¿Qué quieres que haga por ti, difunto? No puedo deshacer las accesorias, para juntar de nuevo tus huesos». Acababa de pensar eso, cuando vio que Alambritos se venía arrastrando por el suelo, pegado al piso como una calcomanía, y se quedaba junto a él. Alambritos empezó a aullar desde su nueva forma aplastada y plana como una hojita de papel. «Es cierto que andas aquí», pensó Perfecto Luna. «¿Qué quieres? Yo te lo doy para que te vayas». En ese momento la capa de sombras cayó sobre él como una cobija pesada y lo dejó sin pensamiento. ¡Lo quería a él! Toda la noche estuvo allí debajo de aquella cobija negra. —¡Mira, muchacho, tienes las narices aplastadas! —le dijeron al verlo salir del cuarto. Las piernas apenas le sostenían. —Don Celso, ¿cuánto dura una noche? —Lo mismo que todas las noches. Ya los días apenas eran una raya de luz entre dos inmensas noches. No tenía tiempo ni de ponerse y quitarse los huaraches. La ropa se le empezó a hacer vieja en el cuerpo. ¡Qué esperanzas que pudiera ir a recortarse los bigotes o el pelo! ¡Si apenas amanecía, ahí estaba ya la noche! No tenía tiempo ni de comer y se fue quedando en los puros huesos. Recorrió la fila de cuartos hasta que los acabó y en todos halló la presencia del difunto, que lo quería sacar de su pellejo. Desde lejos, arrinconado en el patio de las accesorias, oía a Crisóforo tocar la armónica y cantar con los amigos. De seguro estaban en la cantina. Eso lo sumía más en la tristeza, pues era el anuncio de que la noche estaba ahí esperándolo. —¿Qué te pasa, muchacho? Si sigues así, no vas a tardar en entregar tu alma. —¡Don Celso, déjeme que duerma en el almacén! Así «el sin cabeza» vagaría furioso por todos los cuartos, sin hallarlo, pues él estaría durmiendo entre los manojos de canela y los costales de maíz. —Ándale, pero si es por miedo, allí no lo vas a perder. Cambió su petate al almacén. Parecía que esa noche llegaba más tranquila. El almacén estaba animado: los clientes bebían su última copa de tequila; don Celso echaba sus cuentas; olía a alcohol y a especias. Se sintió aliviado. Dieron las diez y Crisóforo Flores, su amigo, se echó el último trago. —Ahí te veo mañana, si amaneces, porque se te está poniendo cara de difunto… —y se fue muy tranquilo, con su sombrero ladeado. Don Celso le dio las buenas noches. Perfecto Luna cerró las puertas del almacén, vio que estaban muy sebosas, luego echó la tranca transversal que iba de muro a muro, se tendió en el mostrador y dejó la lámpara de gasolina ardiendo. Con la luz «el sin cabeza» no se atrevería. Aspiró con deleite el olor de la manteca, revuelto con el del polvo de los frijoles, se sintió seguro y se estiró. En la trastienda se produjo un ruido. Buscó la vela y los cerillos, pero los tenía en la bolsa de su camisa de manta. El ruido aumentó. Era más prudente no ir a ver qué sucedía. Un ruido semejante acompañó al primero: algo caía, caía sin cesar, silbando dulcemente. Era como si dos costales de maíz dejaran escapar el grano por un agujero. —¡Ora sí, el canijo está destripando los costales! Los silbidos se multiplicaron. Todos los costales se vaciaban a gran velocidad. La trastienda se iba llenando de maíz, estaba seguro de eso. Con precaución miró hacía allí: la puerta colmada de granos se desbordaba y el maíz avanzaba por la tienda. Asombrado miró a su derredor. Estaba entre costales. Arriba de la puerta de salida había tableros cargados de sacos de ayate. En ese momento se abrió el primer costal y los granos cayeron sordos, en un chorro dorado, sobre el suelo. Luego se agujereó el segundo costal, luego el tercero, luego el cuarto, luego la tienda entera llovía maíz de todas sus paredes. El lugar del mostrador se fue estrechando. Vio que la puerta de la calle que antes había atrancado cuidadosamente estaba siendo bloqueada, pues los costales de arriba también estaban agujereados. Se levantó como pudo y a zancadas, enterrándose en el grano hasta los muslos, llegó a la puerta. Con dificultad levantó la tranca y logró, haciendo un esfuerzo, abrir una rendija, husmear la noche y salir a la calle. —A estas horas, señor, estaría allí sepultado en el maíz, y «el maldito sin cabeza» me tendría cogido de los pelos para toda la eternidad. Pero me le fui. Y me le fui no solamente de Amate Redondo sino de Perfecto Luna, porque cuando lo busque ya no lo va a hallar. Ahora soy Crisóforo Flores. ¡Lo que es tener un poco de presencia de ánimo! ¿Verdad, señor? Por eso le preguntaba si creía usted en los muertos, porque antes del «sin cabeza» tampoco yo creía. —¡Ah! —contestó el desconocido desde muy abajo. Y con dificultad se fue enderezando. —Le voy a ayudar a buscar, ya que le conté la triste historia del que fue Perfecto Luna. —¡Ya no! —contestó el desconocido de pie junto al narrador. Éste apenas tuvo tiempo para ver el rostro sin rostro de su nuevo amigo: el cuerpo del desconocido terminaba sobre los hombros. —¡Se endemonió! —dijo don Celso al día siguiente—. Me soltó todo el maíz y murió en medio de la huizachera. ¡Caray! ¡Y parecía tan buen muchacho el tal Perfecto Luna! FIN Autor: Elena Garro Título: Perfecto Luna Publicado en: Revista de la Universidad de México, Agosto de 1958

  • "Feliz año nuevo", cuento de Rubem Fonseca

    Feliz año nuevo Rubem Fonseca Vi en la televisión que los comercios buenos estaban vendiendo como locos ropas caras para que las madames vistan en el reveillon. Vi también que las casas de artículos finos para comer y beber habían vendido todas las existencias. Pereba, voy a tener que esperar que amanezca y levantar aguardiente, gallina muerta y farofa de los macumberos [1] . Pereba entró en el baño y dijo, qué hedor. Vete a mear a otra parte, estoy sin agua. Pereba salió y fue a mear a la escalera. ¿Dónde afanaste la TV?, preguntó Pereba. No afané ni madres. La compré. Tiene el recibo encima. ¡Ah, Pereba!, ¿piensas que soy tan bruto como para tener algo robado en mi cuchitril? Estoy muriéndome de hambre, dijo Pereba. Por la mañana llenaremos la barriga con los desechos de los babalaos [2] , dije, sólo por joder. No cuentes conmigo, dijo Pereba. ¿Te acuerdas de Crispín? Dio un pellizco en una macumba aquí, en la Borges Madeiros, le quedó la pierna negra, se la cortaron en el Miguel Couto y ahí está, jodidísimo, caminando con muletas. Pereba siempre ha sido supersticioso. Yo no. Hice la secundaria, sé leer, escribir y hacer raíz cuadrada. Me cago en la macumba que me da la gana. Encendimos unos porros y nos quedamos viendo la telenovela. Mierda. Cambiamos de canal, a un bang-bang. Otra mierda. Las madames están todas con ropa nueva, van a entrar al año nuevo bailando con los brazos en alto, ¿ya viste cómo bailan las blancuchas? Levantan los brazos en alto, creo que para enseñar el sobaco, lo que quieren enseñar realmente es el coño pero no tienen cojones y enseñan el sobaco. Todas le ponen los cuernos a los maridos. ¿Sabías que su vida está en dar el coño por ahí? Lástima que no nos lo dan a nosotros, dijo Pereba. Hablaba despacio, tranquilo, cansado, enfermo. Pereba, no tienes dientes, eres bizco, negro y pobre, ¿crees que las mujeres te lo van a dar? Ah, Pereba, lo mejor para ti es hacerte una puñeta. Cierra los ojos y dale. ¡Yo quería ser rico, salir de la mierda en que estaba metido! Tanta gente rica y yo jodido. Zequinha entró en la sala, vio a Pereba masturbándose y dijo, ¿qué es eso, Pereba? ¡Se arrugó, se arrugó, así no se puede!, dijo Pereba. ¿Por qué no fuiste al baño a jalártela?, dijo Zequinha. En el baño hay un hedor insoportable, dijo Pereba. Estoy sin agua. ¿Las mujeres esas del conjunto ya no están jodiendo?, preguntó Zequinha. Él estaba cortejando a una rubia excelente, con vestido de baile y llena de joyas. Ella estaba desnuda, dijo Pereba. Ya veo que están en la mierda, dijo Zequinha. Quiere comer los restos de Iemanjá, dijo Pereba. Era una broma, dije. A fin de cuentas, Zequinha y yo habíamos asaltado un supermercado en Leblon, no había dado mucha pasta, pero pasamos mucho tiempo en São Paulo en medio de la bazofia, bebiendo y jodiendo mujeres. Nos respetábamos. A decir verdad tampoco ando con buena suerte, dijo Zequinha. La cosa está dura. Los del orden no están bromeando, ¿viste lo que hicieron con el Buen Criollo? Dieciséis tiros en la chola. Cogieron a Vevé y lo estrangularon. El Minhoca, ¡carajo! ¡El Minhoca! Crecimos juntos en Caxias, el tipo era tan miope que no veía de aquí a allí, y también medio tartamudo —lo cogieron y lo arrojaron al Guandú, todo reventado. Fue peor con el Tripié. Lo quemaron. Lo frieron como tocino. Los del orden no están dando facilidades, dijo Pereba. Y pollo de macumba no me lo como. Ya verán pasado mañana. ¿Qué vamos a ver? Sólo estoy esperando que llegue el Lambreta de São Paulo. ¡Carajo!, ¿estás trabajando con el Lambreta?, dijo Zequinha. Todas sus herramientas están aquí. ¿Aquí?, dijo Zequinha. Estás loco. Reí. ¿Qué fierros tienes?, preguntó Zequinha. Una Thompson lata de guayabada, una carabina doce, de cañón cortado y dos Magnum. ¡Puta madre!, dijo Zequinha. ¿Y ustedes jalándosela sentados en ese moco de pavo? Esperando que amanezca para comer farofa de macumba, dijo Pereba. Tendría éxito en la TV hablando de aquella forma, mataría de risa a la gente. Fumamos. Vaciamos un pitú. ¿Puedo ver el material?, dijo Zequinha. Bajamos por la escalera, el ascensor no funcionaba y fuimos al departamento de doña Candinha. Llamamos. La vieja abrió la puerta. ¿Ya llegó el Lambreta?, dijo la vieja negra. Ya, dije, está allá arriba. La vieja trajo el paquete, caminando con esfuerzo. Era demasiado peso para ella. Cuidado, hijos míos, dijo. Subimos por la escalera y volvimos a mi departamento. Abrí el paquete. Armé primero la lata de guayabada y se la pasé a Zequinha para que la sujetase. Me amarro en esta máquina, tarratátátátá, dijo Zequinha. Es antigua pero no falla, dije. Zequinha cogió la Magnum. Formidable, dijo. Después aseguró la Doce, colocó la culata en el hombro y dijo: aún doy un tiro con esta hermosura en el pecho de un tira, muy de cerca, ya sabes cómo, para aventar al puto de espaldas a la pared y dejarlo pegado allí. Pusimos todo sobre la mesa y nos quedamos mirando. Fumamos un poco más. ¿Cuándo usarán el material?, dijo Zequinha. El día 2. Vamos a reventar un banco en la Penha. El Lambreta quiere hacer el primer golpe del año. Es un tipo vanidoso pero vale. Ha trabajado en São Paulo, Curitiba, Florianópolis, Porto Alegre, Vitoria, Niteroi, sin contar Rio. Más de treinta bancos. Sí, pero dicen que pone el culo, dijo Zequinha. No sé si lo pone, ni tengo valor para preguntar. Nunca me vino a mí con frescuras. ¿Ya lo has visto con alguna mujer?, dijo Zequinha. No, nunca. Bueno, puede ser verdad, pero ¿qué importa? Los hombres no deben poner el culo. Menos aún un tipo importante como el Lambreta, dijo Zequinha. Un tipo importante hace lo que quiere, dije. Es verdad, dijo Zequinha. Nos quedamos callados, fumando. Los fierros en la mano y nada, dijo Zequinha. El material es del Lambreta. ¿Y dónde lo usaríamos a estas horas? Zequinha chupó aire, fingiendo que tenía cosas entre los dientes. Creó que él también tenía hambre. Estaba pensando que invadiéramos una casa estupenda que esté dando una fiesta. El mujerío está lleno de joyas y tengo un tipo que compra todo lo que le llevo. Y los barbones tienen las carteras llenas de billetes. ¿Sabes que tiene un anillo que vale cinco grandes y un collar de quince, en esa covacha que conozco? Paga en el acto. Se acabó el tabaco. También el aguardiente. Comenzó a llover. Se fue al carajo tu farofa, dijo Pereba. ¿Qué casa? ¿Tienes alguna a la vista? No, pero está lleno de casas de ricos por ahí. Robamos un carro y salimos a buscar. Coloqué la lata de guayabada en una bolsa de compra, junto con la munición. Di una Magnum al Pereba, otra al Zequinha. Enfundé la carabina en el cinto, el cañón hacia abajo y me puse una gabardina. Cogí tres medias de mujer y una tijera. Vamos, dije. Robamos un Opala. Seguimos hacia San Conrado. Pasamos varías casas que no nos interesaron, o estaban muy cerca de la calle o tenían demasiada gente. Hasta que encontramos el lugar perfecto. Tenía a la entrada un jardín grande y la casa quedaba al fondo, aislada. Oíamos barullo de música de carnaval, pero pocas voces cantando. Nos pusimos las medias en la cara. Corté con la tijera los agujeros de los ojos. Entramos por la puerta principal. Estaban bebiendo y bailando en un salón cuando nos vieron. Es un asalto, grité bien alto, para ahogar el sonido del tocadiscos. Si se están quietos nadie saldrá lastimado. ¡Tú. Apaga ese coñazo de tocadiscos! Pereba y Zequinha fueron a buscar a los empleados y volvieron con tres camareros y dos cocineras. Todo el mundo tumbado, dije. Conté. Eran veinticinco personas. Todos tumbados en silencio, quietos como si no estuvieran siendo registrados ni viendo nada. ¿Hay alguien más en la casa?, pregunté. Mi madre. Está arriba, en el cuarto. Es una señora enferma, dijo una mujer emperifollada, con vestido rojo largo. Debía ser la dueña de la casa. ¿Niños? Están en Cabo Frío, con los tíos. Gonçalves, vete arriba con la gordita y trae a su madre. ¿Gonçalves?, dijo Pereba. Eres tú mismo ¿Ya no sabes cuál es tu nombre, bruto? Pereba cogió a la mujer y subió la escalera. Inocencio, amarra a los barbones. Zequinha ató a los tipos utilizando cintos, cordones de cortinas, cordones de teléfono, todo lo que encontró. Registramos a los sujetos. Muy poca pasta. Estaban los cabrones llenos de tarjetas de crédito y talonarios de cheques. Los relojes eran buenos, de oro y platino. Arrancamos las joyas a las mujeres. Un pellizco en oro y brillantes. Pusimos todo en la bolsa. Pereba bajó la escalera solo. ¿Dónde están las mujeres?, dije. Se encabritaron y tuve que poner orden. Subí. La gordita estaba en la cama, las ropas rasgadas, la lengua fuera. Muertecita. ¿Para qué se hizo la remolona y no lo dio enseguida? Pereba estaba necesitado. Además de jodida, mal pagada. Limpié las joyas. La vieja estaba en el pasillo, caída en el suelo. También había estirado la pata. Toda peinada, con aquel pelazo armado, teñido de rubio, ropa nueva, rostro arrugado, esperando el nuevo año, pero estaba ya más para allá que para acá. Creo que murió del susto. Arranqué los collares, broches y anillos. Tenía un anillo que no salía. Con asco, mojé con saliva el dedo de la vieja, pero incluso así no salía. Me encabroné y le di una dentellada, arrancándole el dedo. Metí todo dentro de un almohadón. El cuarto de la gordita tenía las paredes forradas de cuero. La bañera era un agujero cuadrado, grande de mármol blanco, encajado en el suelo. La pared toda de espejos. Todo perfumado. Volví al cuarto, empujé a la gordita para el suelo, coloqué la colcha de satén de la cama con cuidado, quedó lisa, brillando. Me bajé el pantalón y cagué sobre la colcha. Fue un alivio, muy justo. Después me limpié el culo con la colcha, me subí los pantalones y bajé. Vamos a comer, dije, poniendo el almohadón dentro de la bolsa. Los hombres y las mujeres en el suelo estaban todos quietos y cagados, como corderitos. Para asustarlos más dije, al puto que se mueva le reviento los sesos. Entonces, de repente, uno de ellos dijo, con calma, no se irriten, llévense lo que quieran, no haremos nada. Me quedé mirándolo. Usaba un pañuelo de seda de colores alrededor del pescuezo. Pueden también comer y beber a placer, dijo. Hijo de puta. Las bebidas, las comidas, las joyas, el dinero, todo aquello eran migajas para ellos. Tenían mucho más en el banco. No pasábamos de ser tres moscas en el azucarero. ¿Cuál es su nombre? Mauricio, dijo. Señor Mauricio, ¿quiere levantarse, por favor? Se levantó. Le desaté los brazos. Muchas gracias, dijo. Se nota que es usted un hombre educado, instruido. Pueden ustedes marcharse, que no daremos parte a la policía. Dijo esto mirando a los otros, que estaban inmóviles, asustados, en el suelo, y haciendo un gesto con las manos abiertas, como quien dice, calma mi gente, ya convencí a esta mierda con mi charla. Inocencio, ¿ya acabaste de comer? Tráeme una pierna de peru de ésas de ahí. Sobre una mesa había comida que daba para alimentar al presidio entero. Comí la pierna de peru. Cogí la carabina doce y cargué los dos cañones. Señor Mauricio, ¿quiere hacer el favor de ponerse cerca de la pared? Se recostó en la pared. Recostado no, no, a unos dos metros de distancia. Un poco más para acá. Ahí. Muchas gracias. Tiré justo en medio del pecho, vaciando los dos cañones, con aquel trueno tremendo. El impacto arrojó al tipo con fuerza contra la pared. Fue resbalando lentamente y quedó sentado en el suelo. En el pecho tenía un orificio que daba para colocar un panetone. Viste, no se pegó a la pared, qué coño. Tiene que ser en la madera, en una puerta. La pared no sirve, dijo Zequinha. Los tipos tirados en el suelo tenían los ojos cerrados, ni se movían. No se oía nada, a no ser los eructos de Pereba. Tú, levántate, dijo Zequinha. El canalla había elegido a un tipo flaco, de cabello largo. Por favor, el sujeto dijo, muy bajito. Ponte de espaldas a la pared, dijo Zequinha. Cargué los dos cañones de la doce. Tira tú, la coz de ésta me lastimó el hombro. Apoya bien la culata, si no te parte la clavícula. Verás cómo éste va a pegarse. Zequinha tiró. El tipo voló, los pies saltaron del suelo, fue bonito, como si estuviera dando un salto para atrás. Pegó con estruendo en la puerta y permaneció allí adherido. Fue poco tiempo, pero el cuerpo del tipo quedó aprisionado por el plomo grueso en la madera. ¿No lo dije? Zequinha se frotó el hombro dolorido. Este cañón es jodido. ¿No vas a tirarte a una tía buena de éstas?, preguntó Pereba. No estoy en las últimas. Me dan asco estas mujeres. Me cago en ellas. Sólo jodo con las mujeres que me gustan. ¿Y tú… Inocencio? Creo que voy a tirarme a aquella morenita. La muchacha intentó impedirlo, pero Zequinha le dio unos sopapos en los cuernos, se tranquilizó y quedó quieta, con los ojos abiertos, mirando al techo, mientras era ejecutada en el sofá. Vámonos, dije. Llenamos toallas y almohadones con comida y objetos. Muchas gracias a todos por su cooperación, dije. Nadie respondió. Salimos. Entramos en el Opala y volvimos a casa. Dije al Pereba, dejas el rodante en una calle desierta de Botafogo, coges un taxi y vuelves. Zequinha y yo bajamos. Este edificio está realmente jodido, dijo Zequinha, mientras subíamos con el material, por la escalera inmunda y destrozada. Jodido pero es Zona Sur, cerca de la playa. ¿Quieres que vaya a vivir a Nilópolis? Llegamos arriba cansados. Coloqué las herramientas en el paquete, las joyas y el dinero en la bolsa y lo llevé al departamento de la vieja negra. Doña Candinha, dije, mostrando la bolsa, esto quema. Pueden dejarlo, hijos míos. Los del orden no vienen aquí. Subimos. Coloqué las botellas y la comida sobre una toalla en el suelo. Zequinha quiso beber y no lo dejé. Vamos a esperar a Pereba. Cuando el Pereba llegó, llené los vasos y dije, que el próximo año sea mejor. Feliz año nuevo. (1975) [1] Macumberos: quienes practican macumba, rito religioso de origen africano. Ofrecen a sus espíritus comidas y bebidas que sitúan en las encrucijadas; estas ofrendas se conocen con el nombre de despachos y se ofrecen normalmente a Iemanjá, reina del mar. Farofa es una comida muy popular hecha con harina de mandioca y manteca, fundamentalmente. [2] Babalaos: sacerdotes dedicados a Ifá, dios de la adivinación. (N. del T.) Autor: Rubem Fonseca Título: Feliz año nuevo Título Original: Feliz ano novo Publicado en: Feliz ano novo, 1975 Traducción: Romeo Tello Garrido

  • "Fénix brillante", Ray Bradbury

    Fénix brillante Ray Bradbury Un día de abril del año 2022, la gran puerta de la biblioteca restalló secamente. Como un trueno. Hey, pensé. En el último peldaño de las cortas escaleras que ascendían hasta mi escritorio, enfundado en su uniforme de la Legión Unida que le caía tan mal como hacía veinte años, estaba Jonathan Barnes. Viendo su altanera agresividad marcada en su pausa, pensé en los diez mil discursos a los Veteranos que habían surgido de aquella boca, en los innumerables desfiles en los que había participado, sudando y resoplando, en los banquetes de patriotas a base de pollo frío y guisantes seguramente cocinados por él mismo, en todos sus proyectos abortados. Jonathan Barnes subió pesadamente los peldaños de la escalera, marcando en cada pisada todo el peso de su corpulencia y de su nueva autoridad. Los ecos, repercutiendo en la alta bóveda, le hicieron sin duda darse cuenta incluso a él mismo de lo burdo de sus modales ya que, cuando llegó junto a mi escritorio, su voz impregnada en alcohol fue apenas un susurro junto a mi rostro. —He venido por los libros, Tom. Rebusqué en forma casual entre mis fichas índice. —Cuando estén preparados ya le llamaré. —Hey, un momento —dijo—. Espere… —Supongo que se refiere a los libros para la Obra Social de los Veteranos, para distribuir entre los hospitales, ¿no? —No, no —gritó—. He venido por  todos  los libros. Le miré, sin decir nada. —Bueno —dijo—,  casi  todos. —Casi —parpadeé, sin dejar de rebuscar entre las fichas índice—. La norma son diez volúmenes máximo por persona y vez. Oh, aquí está. Además, su tarjeta de lector caducó cuando usted tenía treinta años…, hace ya treinta años de ello. ¿Lo ve? —le tendí la ficha índice. Barnes apoyó ambas manos en el escritorio e inclinó hacia mí su enorme corpachón. —Me doy cuenta que usted está intentando interferir —dijo. Su rostro se encendió, empezó a jadear—. ¡No necesito ninguna tarjeta de lector para efectuar  mi  trabajo! Aunque seguía hablando en susurros, había alzado la voz lo suficiente como para que una miríada de blancas páginas suspendieran sus aleteos bajo la verdosa luz de las lámparas en las enormes estancias de paredes de piedra. Algunos libros se cerraron con un sordo y casi imperceptible ruido. Algunos lectores alzaron sus apacibles rostros. Sus ojos serenados por la quietud y el recogimiento de aquel lugar, solicitaban silencio, como los del tigre cuando acude a beber a las quietas aguas. Viendo aquellos ojos vueltos hacia nosotros, aquellos tranquilos rostros, pensé en mis cuarenta años transcurridos viviendo, trabajando, incluso durmiendo allí, entre las silenciosas vidas arropadas en terciopelo de todos aquellos personajes imaginarios. Siempre la había considerado mi biblioteca, y la seguía considerando, como un oasis de frescor donde los hombres acudían, procedentes del ruido y la febril actividad del día, a bañar sus mentes y a refrescar sus cuerpos en la verdosa luz y en la suave brisa de las páginas al ser volteadas. Tras lo cual, ya más centrados, con las ideas más claras y los cuerpos más relajados, pueden de nuevo sumergirse en el ardiente horno de la realidad, la noche, el tráfico, la improbable vejez, la inevitable muerte. He visto a cientos de ellos penetrar en mi biblioteca con ojos alucinados. Los he visto salir relajados y tranquilos. He visto a gentes buscándose en vano a sí mismas y hallando aquí la serenidad. He visto a realistas sumergirse aquí en el sueño y a soñadores hallar finalmente la realidad, en este refugio de piedra y mármol donde cada libro está marcado por el silencio. —Sí —dije finalmente—. No le llevará mucho tiempo el registrarse de nuevo. Rellene esta nueva ficha. Traiga dos referencias que sean solventes… —No  necesito  referencias —dijo Jonathan Barnes—. ¡No para quemar libros! —Al contrario —dije—. Para eso va a necesitar más. —Mis hombres son mis referencias. Están esperando fuera por los libros. Son peligrosos. —Los hombres así siempre lo son. —No, no, me refiero a los libros, estúpido. Los  libros  son peligrosos. Buen Dios, no hay dos que piensen lo mismo. Siempre los mismos malditos dobles sentidos. Siempre la misma torre de Babel y la misma saliva malgastada. Nosotros estamos aquí para clarificar, para simplificar, para depurar. Necesitamos… —Perdón —dije, tomando un ejemplar del Demóstenes bajo mi brazo—. Es la hora de mi comida. ¿Me acompaña? Estaba ya a medio camino de la puerta cuando Barnes, con los ojos desorbitados, recordó de pronto el silbato de plata que colgaba de su cinturón; lo llevó a sus labios y lanzó un prolongado pitido. Las puertas de la biblioteca se abrieron bruscamente. Una marea de hombres uniformados de negro penetraron ruidosamente escaleras arriba. Les llamé suavemente la atención. Se detuvieron, sorprendidos. —Sin hacer ruido —les dije. Barnes me sujetó del brazo. —¿Se está oponiendo usted a nuestra actuación? —No —dije—. Ni siquiera voy a pedirles la orden que les autoriza a esta invasión. Lo único que les pido es que guarden silencio mientras trabajan. Los lectores se habían levantado de sus mesas ante el estruendoso resonar de las pisadas. Les hice señas para que volvieran a sentarse. Se enfrascaron de nuevo en sus lecturas, sin que ninguno volviera a levantar la vista hacia aquellos hombres impecablemente uniformados de negro que me miraban con una no fingida estupefacción. Barnes hizo un gesto con su cabeza. Los hombres avanzaron entonces cuidadosamente, a puntas de pies, hacia las distintas salas de la gran biblioteca. Con extremadas precauciones, procurando no hacer el menor ruido, abrieron las ventanas. Hablando en susurros, tomaron los libros de sus estanterías y los fueron arrojando al patio de abajo, en el más completo silencio. De tanto en tanto lanzaban miradas de reojo a los lectores que, tranquilamente, iban volteando las páginas de sus libros, pero ninguno se atrevió a tomar aquellos volúmenes, limitándose a vaciar las estanterías. —Bien —dije. —¿Bien? —dijo Barnes. —Sus hombres pueden trabajar sin usted. Vamos fuera. Y salí tan rápidamente que no tuvo más remedio que seguirme, ardiendo con preguntas no formuladas. Atravesamos el césped que rodeaba el edificio, donde había sido montado un horno portátil, una enorme parrilla negra de donde surgían rojizos chorros que se convertían en azuladas llamas, a las cuales los hombres precipitaban los silvestres pájaros y las aterciopeladas palomas que alzaban el vuelo en un frenético batir de alas antes de caer heridos de muerte, consumiéndose entre las terribles llamas. De todas las ventanas surgían aterrorizados pájaros, que caían al suelo y eran empapados en gasolina antes de ser arrojados a las destructivas y coloreadas llamas. —Es extraño —murmuró Barnes, sorprendido—. Tendría que haber multitudes contemplando un espectáculo como éste. Pero…, no hay nadie. ¿Cómo se lo explica usted? Lo dejé con la palabra en el aire. Tuvo que correr para alcanzarme. En el pequeño café al otro lado de la calle, me senté a una mesa y Barnes, irritado, sin ninguna razón aparente, se puso a gritar apenas ocupamos nuestras sillas: —¡Camarero! ¡Rápido, debo volver inmediatamente al trabajo! Walter, el propietario, se acercó con el menú en la mano. Walter me miró. Le guiñé un ojo. Walter miró a Jonathan Barnes. Walter dijo: —Ven conmigo y sé mi amor, y probaremos de la felicidad el ardor. —¿Qué? —Jonathan Barnes parpadeó. —Llámeme Ismael —dijo Walter. —Ismael —dije—, empezaremos con un café. Walter volvió con el café. —Tigre, tigre, brillante has de arder —dijo—, en la penumbra del bosque, al anochecer. Barnes se quedó mirando al hombre, que se alejaba con un paso casual. —¿Qué demonios le ocurre? ¿Está loco? —No —dije—. Pero sigamos con lo que me decía en la biblioteca. Explíqueme. —¿Explicar? —dijo Barnes—. Dios mío, todos quieren saber las razones. Está bien, se lo explicaré. Se trata de un experimento de importancia capital. Ésta es una ciudad que nos servirá de prueba. Si la quema de libros funciona aquí, funcionará en todas partes. No lo quemamos todo, no, no. Se habrá dado cuenta que mis hombres tan sólo desalojan ciertas categorías de libros. Eliminamos alrededor de un 49,2 por ciento. Luego informaremos del éxito al comité central del gobierno… —Excelente —dije. Barnes se me quedó mirando fijamente. —¿Cómo puede estar usted tan alegre? —El problema de cualquier biblioteca —dije— es dónde meter los libros. Usted me ayuda a resolverlo. —Creí que usted evidenciaría… miedo. —En toda mi vida he estado rodeado de gentuza. —¿Perdón? —Hay que dar un nombre a todas las cosas. Los que queman libros son gentuza. —¡Maldita sea, soy el Jefe Censor de Green Town, Illinois! Llegó un nuevo camarero, portando una humeante cafetera. —Hola, Keats —dije. —La estación de las brumas y el dulzor de la fruta madura —dijo el camarero. —¿Keats? —dijo el Jefe Censor—. Su nombre no es Keats. —Oh, qué tonto soy —dije—. Éste es un restaurante griego. ¿No es cierto, Platón? El muchacho llenó mi taza. —El pueblo dispone siempre de algún campeón que empuja hacia adelante y lo alimenta de grandezas… Ésta y no otra es la raíz de la cual surge el tirano; cuando aparece el primero, es un protector. Barnes se inclinó hacia adelante para mirar mejor al camarero, que permaneció inmutable. Luego tomó su café y sopló. —Como le decía, nuestro plan es tan simple como el que uno más uno son dos… —Casi nunca he conocido a un matemático que fuera capaz de razonar —dijo el muchacho. —¡Maldita sea! —Barnes dejó bruscamente su taza sobre la mesa—. ¡Paz! Lárgate de aquí antes que pierda la paciencia, Keats, Platón… Holdridge,  éste  es tu nombre. Ahora lo recuerdo:  ¡Holdridge!  ¿Qué es toda esa  otra  jerga? —Sólo imaginación —dije—. Vanidad. —Maldita sea la imaginación y al infierno con la vanidad, puede usted comer sólo si quiere, me largo inmediatamente de esta casa de locos. —Y Barnes se tragó el café de un sorbo, mientras el dueño y el camarero lo miraban y lo miraban mientras se lo bebía y al otro lado de la calle el fuego ardía orgullosamente en las entrañas de la monstruosa parrilla. Nuestras silenciosas miradas hicieron que Barnes se estremeciera, con la taza en una mano y una gota de café colgando de su mentón. —¿Por qué? ¿Por qué no gritan ustedes? ¿Por qué no luchan contra mí? —Yo estoy luchando —dije, tomando el libro que había traído bajo mi brazo. Lo abrí por la página que decía DEMÓSTENES, dejé que Barnes viera bien el nombre, la enrollé en forma de cigarro, la prendí, contemplé la creciente llama y murmuré—: Aunque el hombre pueda escapar a todos los demás peligros, jamás podrá escapar completamente a aquellos que no reconocen a una persona como él el derecho a existir. Barnes saltó en pie, gritando, me arrancó el «cigarro» de la mano, lo pateó, y el Jefe Censor salió del lugar dando un portazo. Lo único que podía hacer yo era seguirle. En la puerta, Barnes tropezó con un hombre ya anciano que entraba en el café. El viejo estuvo a punto de caer. Lo sostuve del brazo. —Profesor Einstein —dije. —Señor Shakespeare —dijo. Barnes huyó. Lo encontré de nuevo en el césped ante la antigua y hermosa biblioteca, donde los hombres de negro, desprendiendo olor a gasolina a cada movimiento, seguían transportando brazadas de palomas abatidas, de moribundos faisanes, todo un otoño de oro y plata que caía de las altas ventanas. Y todo silenciosa y pausadamente. Y mientras esta tranquila y casi serena pantomima continuaba, Barnes permanecía inmóvil, gritando silenciosamente, ahogando los gritos que pugnaban por surgir de entre sus dientes apretados, su lengua, sus labios, sus mandíbulas, ahogándolos de modo que nadie los pudiera oír. Pero los gritos surgían igualmente de sus ojos muy abiertos, en relámpagos que estallaban en sus puños crispados y coloreaban su rostro, ahora blanco, ahora rojo, mientras me miraba fijamente, miraba al café, a su maldito propietario y al terrible camarero que, desde la puerta, le hacían gestos amistosos. El incinerador de Baal saciaba su enorme apetito, esparciendo chispas por todas partes, y Barnes contemplaba aquel ciego sol rojo que ardía y llameaba en su estómago. —Hey, ustedes —dije con voz suave a los hombres de negro, que se detuvieron—. Recuerden las Ordenanzas Municipales. Se cierra a las nueve en punto. Por favor, procuren terminar antes de entonces. No me gustaría quebrantar la ley… Buenas noches, señor Lincoln. —Ochenta —dijo un hombre, pasando a nuestro lado—, y siete años… —¿Lincoln? —el Jefe Censor se volvió lentamente—. Ése es Bowman. Charlie Bowman. Le conozco, Charlie, venga acá un momento… Charlie… ¡Chuck! Pero el hombre se había alejado, y los coches pasaban, y de tanto en tanto, mientras el fuego seguía ardiendo, algunos hombres me saludaban y yo les saludaba, y era «¡Hola, señor Poe!», o un gesto amistoso a algún extranjero cuyo nombre sonaba algo así como Freud, y nuestras voces eran alegres al saludarnos, y el señor Barnes se estremecía cada vez como si fuera atravesado por un dardo de fuego que continuara ardiendo en su interior y consumiera su vida. Y nadie se detenía a ver el espectáculo. De pronto, por alguna oculta razón, el señor Barnes cerró los ojos, abrió mucho la boca, inspiró profundamente y gritó: —¡Alto! Los hombres, arriba, dejaron inmediatamente de arrojar libros por las ventanas. —Pero —dije—, aún no es la hora de cerrar. —¡Es la hora de cerrar! ¡Todo el mundo fuera! —Profundos pozos habían devorado las pupilas de los ojos de Jonathan Barnes. Hizo una seña, indicando que bajaran. Obedientemente, todas las ventanas descendieron como otras tantas guillotinas, y se oyó el ruido de las contraventanas al cerrarse. Los hombres de negro, con la sorpresa reflejada en sus semblantes, descendieron y salieron fuera. —Jefe Censor —metí en su mano la llave que no quería aceptar, le obligué a tomarla—, vuelva usted mañana, mantenga el silencio, termine con su trabajo. Sus ahora insondables y vacíos ojos intentaron en vano mantener mi mirada. —¿Cuánto…, cuánto tiempo hace que dura…? —¿Esto? —Esto…, y…, esto…, y  ellos . Intentó sin conseguirlo señalar el café, los coches que pasaban, los tranquilos lectores que salían ahora de la acogedora biblioteca, saludando con la cabeza cuando pasaban a nuestro lado en el frío aire del anochecer, amigos, todos ellos amigos míos. Sus ciegos y crispados ojos devoraron la oscuridad que era ahora mi rostro, su lengua paralizada murmuró trabajosamente: —¿Creen ustedes, estúpidos, que van a engañarme a mí, a mí,  a mí ? No contesté. —¿Cómo pueden estar seguros —dijo— que yo no voy a quemar gente, como ahora quemo libros? No contesté. Lo dejé de pie, inmóvil, allá en medio de la noche. En la biblioteca, comprobé los últimos volúmenes de los que se iban, mientras la noche llegaba finalmente y la gran máquina de Baal seguía vomitando la humareda de su mugriento fuego sobre el alto césped allá donde el Jefe Censor permanecía inmóvil como una estatua de cemento, sin ver siquiera como sus hombres se marchaban. Su puño se levantó bruscamente. Algo rápido y brillante fue a golpear contra el cristal de la puerta de entrada. Luego Barnes se volvió y se fue tras el incinerador que resonaba contra el pavimento, una panzuda urna funeraria que dejaba tras ella jirones de negros velos de duelo, humo, y olor a papel quemado. Me senté y escuché. En las salas de lectura más alejadas, sumidas en una débil penumbra, se oía aún un suave y otoñal voltear de hojas, el sonido de una brisa ligera, movimientos infinitesimales, el gesto de una mano, el destello de un anillo, el brillar de una pupila vivaz como la de una ardilla. Algún viajero nocturno se había demorado entre las estanterías medio vacías ahora. Con una tranquila serenidad, las aguas se deslizaban suavemente hacia un quieto y distante mar. Mi gente, mis amigos, uno por uno, salían del acogedor mármol, de la cálida luz verdosa, a una noche mejor de lo que nunca me hubiera atrevido a esperar. A las nueve, salí para recoger la llave que Barnes había arrojado contra la puerta. Acompañé al último lector, un hombre viejo, hasta fuera, y mientras cerraba aspiró a pleno pulmón el frío aire, miró a la ciudad, a la hierba amarilleada por las chispas, y dijo: —¿Crees que volverán? —Dejemos que lo hagan. Estamos preparados para recibirlos, ¿no? El viejo sujetó mi mano. —Y el lobo cohabitará con el cordero, y el leopardo yacerá con el antílope, y el ternero y el joven león caminarán juntos. Bajamos juntos los últimos peldaños. —Buenas noches, Isaías —dije. —Buenas noches, señor Sócrates —dijo. Y cada cual tomó su camino en la oscuridad. FIN Autor: Ray Bradbury Título: Fénix brillante Título Original: Bright Phoenix Publicado en: The Magazine of Fantasy and Science Fiction, mayo de 1963 Traducción: Domingo Santos – Sebastián Castro

  • "Una Navidad", cuento de Truman Capote

    Una Navidad Truman Capote Para Gloria Dumphy Primero, un breve preámbulo autobiográfico. Mi madre, mujer excepcionalmente inteligente, era la chica más guapa de Alabama. Todo el mundo lo decía, y era verdad. A los dieciséis años se casó con un hombre de negocios de veintiocho que provenía de una buena familia de Nueva Orleans. El matrimonio duró un año. Ella era demasiado joven tanto para ser madre como para ser esposa; era además demasiado ambiciosa: quería ir a la universidad para tener una carrera. De modo que dejó a su marido; y, por lo que a mí se refiere, me puso al cuidado de su numerosa familia de Alabama. Durante años, rara vez vi a ninguno de mis padres. Mi padre tenía asuntos en Nueva Orleans, y mi madre, tras graduarse, empezaba a abrirse camino por sí misma en Nueva York. En lo que a mí me concernía, ésta no era una situación desagradable. Era feliz donde me hallaba. Tenía a muchos parientes amables conmigo, tías y tíos y primos y, especialmente, a una prima ya mayor, con el pelo canoso, una mujer ligeramente tullida llamada Sook. Señorita Sook Faulk. Tenía otros amigos, pero ella era, con mucho, mi mejor amiga. Fue Sook quien me habló de Papá Noel, de su barba abundante, su traje rojo y su ruidoso trineo cargado de regalos, y yo la creí, del mismo modo que creía que todo era voluntad de Dios, o del Señor, como siempre le llamó Sook. Si tropezaba, o me caía del caballo, o pescaba un gran pez en el riachuelo, bueno, para bien o para mal, todo era por voluntad del Señor. Y eso fue lo que dijo Sook al recibir las alarmantes noticias de Nueva Orleans: mi padre quería que yo fuera a pasar con él la Navidad. Lloré. No quería ir. Nunca había salido de aquella aislada y pequeña ciudad de Alabama, rodeada de bosques, granjas y ríos. Jamás me acostaba sin que Sook me peinara el pelo con los dedos y me besara para darme las buenas noches. Además, me asustaban los extraños, y mi padre era un extraño. A pesar de haberlo visto varias veces, su imagen se confundía en mi memoria; ignoraba qué aspecto tenía. Pero como decía Sook: «Es la voluntad del Señor. Y, quién sabe, Buddy, quizás hasta veas la nieve». ¡Nieve! Hasta que aprendí a leer por mí mismo, Sook me leyó muchos cuentos, y parecía haber cantidad de nieve en la mayoría de ellos. Deslumbrantes copos de ensueño deslizándose por los aires. Era algo con lo que soñaba; algo mágico y misterioso que deseaba ver y sentir y tocar. Por supuesto, ni Sook ni yo no lo habíamos hecho nunca; ¿cómo habríamos podido hacerlo viviendo en un lugar tan caluroso como Alabama? No sé cómo pudo pensar que yo vería nieve en Nueva Orleans, ya que Nueva Orleans es aún más calurosa. Pero qué más da. Intentaba infundirme coraje para emprender el viaje. Me dieron un traje nuevo. Me colgaron en la solapa una tarjeta con mi nombre y mi dirección. Eso, por si me perdía. El caso es que iba a hacer el viaje solo. En autobús. En fin, todos pensaron que estaría a salvo con mi tarjeta. Todos, menos yo. Estaba asustado; enfadado. Furioso con mi padre, ese extraño, que me forzaba a abandonar mi casa y a separarme de Sook por Navidad. Se trataba de un viaje de más de setecientos kilómetros, poco más o menos. Mi primera parada fue Mobile. Allí, cambié de autobús, y viajé horas y horas por tierras pantanosas a lo largo de la costa hasta llegar a una ciudad ruidosa, con tranvías tintineantes y mucha gente peligrosa con pinta extranjera. Era Nueva Orleans. Y, de pronto, al bajar del autobús, un hombre me rodeó con sus brazos y me exprimió la respiración; reía y lloraba; un hombre alto y apuesto, riendo y llorando. Dijo: —¿No me conoces? ¿No conoces a tu padre? Yo había enmudecido. No dije una sola palabra hasta que, al fin, mientras íbamos ya en un taxi, le pregunté: —¿Dónde está? —¿La casa? No muy lejos. —No, la casa no. La nieve. —¿Qué nieve? —Creía que habría un montón de nieve. Me miró con extrañeza, pero acabó por reír. —Nunca ha nevado en Nueva Orleans. Al menos que yo sepa. Pero escucha: ¿oyes ese trueno? Seguro que va a llover. No sé qué es lo que más me asustaba, si el trueno, los fulminantes rayos que lo seguían, o mi padre. Aquella noche, al acostarme, seguía lloviendo. Recité mis oraciones y recé para estar pronto de vuelta en casa con Sook. No sabía cómo iba a poder dormirme sin que ella me diera el beso de las buenas noches. Lo cierto es que no conseguía dormirme, de modo que me puse a pensar en lo que iba a traerme Papá Noel. Quería un cuchillo con el mango de nácar. Y un gran rompecabezas. Un sombrero de vaquero con un lazo de rodeo. Un rifle BB para matar gorriones. (Años más tarde, tuve una escopeta BB con la que maté un sinsonte y un mirlo, y jamás he podido olvidar cuánto lo sentí y cuánta pena me dio; nunca volví a matar otra cosa, y todos los peces que pesqué los devolví al agua). También quería una caja de lápices. Y, más que cualquier otra cosa, una radio, pero sabía que era imposible: no conocía ni a diez personas que tuvieran radio. Recordarán que era la época de la Depresión, y en el Profundo Sur eran pocas las casas que tenían radio o refrigerador. Mi padre tenía las dos cosas. Parecía tenerlo todo: un coche con el asiento trasero descubierto, por no hablar de una casita color rosa en el Barrio Francés, con balcones de hierro forjado y un patio interior ajardinado, lleno de flores y refrescado por una fuente en forma de sirena. También tenía media docena, por no decir toda una docena, de amigas. Al igual que mi madre, mi padre no había vuelto a casarse; pero los dos tenían admiradores asiduos, y, quisiéranlo o no, antes o después recorrieron el camino del altar; en realidad, mi padre lo recorrió seis veces. Pueden, pues, comprobar que tenía un gran encanto; y, de hecho, parecía seducir a la mayoría de la gente, a todos menos a mí. Eso era lo que me azaraba tanto, siempre arrastrándome de aquí para allá para que conociera a sus amigos, a todos, desde el banquero hasta el barbero que le afeitaba cada día. Y, naturalmente, a todas sus amigas. Y lo que es peor: se pasaba el tiempo besándome, achuchándome y presumiendo de mí. ¡Me sentía tan avergonzado! Primero, no había nada de que presumir. Yo era un auténtico chico de campo. Creía en Jesús y rezaba concienzudamente mis oraciones. Estaba convencido de que existía Papá Noel. Y, en mi casa de Alabama, excepto para ir a la iglesia, nunca llevaba zapatos, ni en invierno ni en verano. Era una auténtica tortura ser arrastrado por las calles de Nueva Orleans dentro de aquellos zapatos fuertemente atados, calientes como el infierno, tan pesados como de plomo. No sé qué era peor, si los zapatos o la comida. En mi casa estaba acostumbrado al pollo a la parrilla, a las verduras estofadas, a las judías con mantequilla, a pan de maíz y a otras cosas reconfortantes. Pero ¡esos restaurantes de Nueva Orleans! Nunca olvidaré mi primera ostra, era como un mal sueño deslizándose por mi garganta; tuvieron que transcurrir décadas antes de que volviera a tragar otra. En cuanto a toda esa comida criolla cargada de especias, solo pensarlo me da acidez. No señor, yo añoraba las galletas recién sacadas del horno, la leche fresca de vaca y la melaza casera. Mi pobre padre no tenía ni idea de cuán desgraciado era yo, en parte porque nunca dejé que lo notara ni porque jamás se lo dije; en parte porque, aunque mi madre protestara, él se las había ingeniado para conseguir mi custodia legal durante las vacaciones de Navidad. Me decía: —Di la verdad, ¿no quieres venir a vivir aquí conmigo, en Nueva Orleans? —No puedo. —¿Qué significa que no puedes? —Añoro a Sook. Añoro a Queenie; tenemos un conejito de Indias muy divertido. Lo queremos mucho. Dijo mi padre: —¿Es que a mí no me quieres? Dije yo: —Sí. Pero la verdad es que, a excepción de Sook y de Queenie y de unos pocos primos y de un retrato de mi hermosa madre al lado de la cama, no tenía una idea muy clara de lo que significaba querer. Pronto lo descubrí. La víspera de Navidad, mientras caminábamos por Canal Street, me paré en seco, extasiado ante un objeto mágico que vi en el escaparate de una gran tienda de juguetes. Era la maqueta de un avión lo bastante grande como para sentarse dentro y pedalear como en una bicicleta. Era verde y tenía una hélice roja. Estaba convencido de que, si pedaleaba con la suficiente energía, ¡el avión despegaría y levantaría el vuelo! ¡Habría sido en todo caso fantástico! Ya podía ver a mis primos allí abajo mientras yo volaba por entre las nubes. ¡Ver para creer! Reí; reí y reí. Fue la primera vez que mi padre pareció sentirse a gusto conmigo, aunque no sabía qué me había parecido tan divertido. Aquella noche recé para que Papá Noel me trajera el avión. Mi padre había comprado ya un árbol de Navidad, y estuvimos un montón de tiempo en un supermercado eligiendo cosas para adornarlo. Entonces cometí un error. Coloqué un retrato de mi madre bajo el árbol. En el momento en que mi padre lo vio, se puso pálido y empezó a temblar. Yo no sabía qué hacer. Pero él sí. Fue hacia un armario y sacó de él una botella y un vaso largo. Reconocí la botella porque todos mis tíos de Alabama tenían muchas exactamente iguales. ¡Puro Moonshine, licor destilado ilegalmente durante la Prohibición! Llenó el vaso y se lo bebió de un trago. Hecho esto, fue como si el retrato se hubiera desvanecido. Esperé, pues, la Nochebuena y el siempre excitante advenimiento del orondo Papá Noel. Por supuesto, jamás había visto ese enorme y ruidoso gigante con la panza hinchada dejarse caer por la chimenea y exhibir alegremente su generosidad debajo de un árbol de Navidad. Mi primo Billy Bob, que era un miserable enanito, pero que tenía un cerebro como un puño de hierro, afirmaba que todo eso era una tontería, que no existía semejante criatura. —¡Vaya! —dijo—. Creer que Papá Noel existe es como creer que una mula es un caballo. Esta disputa tenía lugar en la plaza del pequeño juzgado. Le contesté: — Existe Papá Noel porque lo que hace es voluntad del Señor, y todo lo que es voluntad del Señor es verdad. Y, escupiendo en el suelo, Billy Bob se alejó: —¡Bueno, al parecer, tenemos a otro predicador entre nosotros! Siempre me hacía a mí mismo la promesa de no dormir en Nochebuena, quería oír el baile saltarín del reno en el tejado y quedarme allí, al pie de la chimenea, esperando a Papá Noel para saludarle. Y, en aquella Nochebuena en particular, nada me parecía más fácil que quedarme despierto. La casa de mi padre tenía tres pisos y siete habitaciones, algunas espaciosas, sobre todo las tres que daban al jardín del patio: el salón, el comedor y una sala de música para los que querían bailar, tocar música y jugar a las cartas. Los dos pisos superiores estaban adornados con balcones de hierro forjado, cuyos intrincados barrotes verde oscuro se hallaban delicadamente entrelazados con buganvilla y rizadas guirnaldas de orquídeas, planta esta que parece un lagarto chasqueando su lengua roja. Era el tipo de casa ostentosa con suelos encerados, algún mimbre por aquí y algún terciopelo por allá. Podría haber sido confundida con la casa de un rico; era más bien la casa de un hombre con pretensiones de elegancia. Para un pobre (pero feliz) chico descalzo de Alabama, era todo un misterio el modo en que se las arreglaba para satisfacer esta aspiración. No había en cambio misterio alguno en lo que se refiere a mi madre, quien, tras graduarse en la universidad, se esforzaba por ejercer todos sus encantos mientras luchaba por encontrar en Nueva York un novio que pudiera permitirse vivir en pisos de Sutton Place y adquirir abrigos de marta cibelina. No, los recursos de mi padre le eran de sobra conocidos, aunque nunca mencionara el asunto hasta años después, cuando ya había podido comprarse collares de perlas que colgaban de su cuello envuelto en pieles. Había ido a visitarme a uno de esos internados esnobs de Nueva Inglaterra (donde mi enseñanza era costeada por su rico y generoso marido), cuando algo que comenté la enfureció; gritó: —¡Conque no sabes por qué vive tan bien! Yates y cruceros por las islas griegas. Pues por ¡sus mujeres! Piensa en esa larga lista. Todas viudas. Todas ricas. Muy ricas. Y todas mucho mayores que él. Demasiado viejas para que cualquier joven sensato se case con ellas. Es por lo que eres su único hijo. Y ésta es la razón por la que jamás volveré a tener otro; yo era demasiado joven para tener hijos, pero él era una bestia, acabó conmigo, me estropeó. Just a gigolo, everywhere I go, people stop and stare… Moon, moon over Miami… This is my first affair, so please be kind… Hey, mister, can you spare a dime?… Just a gigolo, everywhere I go, people stop and stare… [1] Mientras estuvo hablando (yo intentaba no escuchar, porque, al decirme que mi nacimiento había acabado con ella, estaba ella acabando conmigo), estas melodías, u otras semejantes, rondaban por mi cabeza. Me ayudaban a no escucharla, y me recordaban la extraña e inolvidable fiesta que dio mi padre en Nueva Orleans en aquella Nochebuena. Iluminaron el patio de velas, al igual que las tres habitaciones que daban a él. La mayoría de los invitados estaban reunidos en el salón, donde en la chimenea un pálido fuego arrancaba destellos al árbol de Navidad; otros muchos bailaban en la sala de música y en el patio a los acordes de un gramófono. Tras haber sido presentado a los invitados y agasajado por todos, me enviaron arriba; pero, desde la terraza detrás de la contraventana francesa de la puerta de mi habitación, podía ver toda la fiesta, observar a las parejas mientras bailaban. Vi a mi padre bailando un vals con una mujer elegante alrededor del estanque que rodeaba la fuente de la sirena. Era realmente elegante, y llevaba un ligero vestido plateado que relucía a la luz de las velas; pero era mayor, como mínimo diez años mayor que mi padre, quien, en aquella época, tenía treinta y cinco. De pronto me di cuenta de que mi padre era, con mucho, el más joven de su fiesta. Ninguna de las mujeres, por encantadoras que fueran, era más joven que la esbelta bailadora de vals con el ondulante traje plateado. Lo mismo ocurría con los hombres, quienes, en su mayoría, fumaban aromáticos puros habanos; más de la mitad eran lo suficientemente viejos para ser padres de mi padre. Vi entonces algo que me hizo parpadear. Mi padre y su ágil acompañante se habían desplazado sin dejar de bailar hasta un lugar semioculto por las orquídeas; se abrazaban y se besaban. Me quedé tan sobrecogido, tan  furioso , que corrí a mi habitación, salté dentro de la cama y me tapé la cabeza con las sábanas. ¿Qué podía querer mi joven y apuesto padre de una vieja como aquélla? Y por qué ¿toda esa gente ahí abajo no se iba de una vez para que Papá Noel pudiera entrar? Estuve horas despierto oyendo cómo se marchaban los invitados y, cuando mi padre dio las buenas noches por última vez, oí cómo subía las escaleras y abría la puerta de mi dormitorio para echar un vistazo; pero me hice el dormido. Muchas cosas ocurrieron que me tuvieron despierto toda la noche. Primero, las pisadas, el ruido de mi padre subiendo y bajando las escaleras, respirando con dificultad. Tenía que ver qué hacía. Me escondí en el balcón, entre la buganvilla. Desde allí tenía una visión completa del salón, del árbol de Navidad y de la chimenea, donde todavía ardían pálidas llamas. Además, podía ver a mi padre. Andaba a gatas por debajo del árbol disponiendo una pirámide de paquetes. Envueltos en papel púrpura, y rojo y dorado, y azul y blanco, crujían levemente cuando él los movía. Me sentía aturdido, ya que lo que veía me obligaba a reconsiderarlo todo. Si se suponía que estos regalos eran para mí, obviamente no habían sido enviados por el Señor ni repartidos por Papá Noel; no, eran regalos comprados y envueltos por mi padre. Lo que significaba que mi detestable primito Billy Bob, y otros tan detestables como él, no mentían cuando se burlaban de mí y me decían que no existía Papá Noel. El peor pensamiento era: ¿sabía Sook la verdad y me había mentido? No, Sook nunca me habría mentido. Ella  creía . Eso era, aunque tuviera sesenta y tantos años, de alguna manera era al menos tan niña como yo. Estuve observando hasta que mi padre terminó su tarea y apagó las pocas velas que aún quedaban encendidas. Esperé hasta asegurarme de que estaba en la cama y dormía. Entonces bajé silenciosamente hasta el salón, que todavía olía a gardenias y a puros habanos. Me senté allí a pensar: ahora seré yo quien tenga que decirle la verdad a Sook. Una ira, un extraño rencor, crecía en mi interior: no iba dirigido a mi padre, aunque acabara siendo él la víctima. Al amanecer, examiné las tarjetas colgadas en cada uno de los paquetes. Todas decían: «Para Buddy». Todas, excepto una que rezaba: «Para Evangéline». Evangéline era una negra ya mayor que bebía Coca-Cola todo el día y que pesaba ciento cincuenta kilos; era el ama de llaves de mi padre —también lo había criado ella—. Decidí abrir los paquetes: era la mañana de Navidad, estaba despierto, ¿por qué no? No me tomaré la molestia de describir lo que había dentro: solo camisas, jerséis y tonterías por el estilo. Lo único que me gustó fue una soberbia pistola de pistones. Sin saber por qué, se me ocurrió que sería divertido despertar a mi padre con un tiro. Y lo hice.  Bang. Bang. Bang . Salió disparado de la habitación, con los ojos de par en par. Bang. Bang. Bang. —Buddy, ¿qué diablos crees que estás haciendo? Bang. Bang. Bang. —¡Para eso de una vez! Me reí. —Mira, papá. Mira cuántas cosas maravillosas me ha traído Papá Noel. Más calmado, entró en el salón y me abrazó. —¿Te gusta lo que te ha traído Papá Noel? Le sonreí. Él me sonrió. Fue un largo momento de ternura que se rompió cuando dije: —Sí, papá, pero ¿qué me vas a regalar  tú ? Su sonrisa se esfumó. Sus ojos se entrecerraron con suspicacia; podía leerse en su cara la sospecha de que yo le había tendido una trampa. Pero entonces se sonrojó, como si se avergonzara de pensar en lo que estaba pensando. Palmeó mi cabeza, carraspeó y dijo: —Bueno, había pensado que era mejor esperar y dejar que eligieras algo que desearas realmente. ¿Hay algo que quieras muy particularmente? Le recordé el avión que habíamos visto en la tienda de juguetes de Canal Street. Su rostro asintió. Oh, sí, recordaba el avión y cuán caro era. La cuestión es que, al día siguiente, yo ya estaba sentado en el avión, soñando que me elevaba hacia el cielo, mientras mi padre firmaba un talón para el feliz vendedor. Habíamos hablado de cómo se transportaría el avión hasta Alabama, pero me mostré firme, insistí en que tenía que ir conmigo en el autobús que tomaba a las dos de aquella misma tarde. El vendedor lo solucionó llamando a la compañía de autobuses, que dijo que podrían arreglarlo con facilidad. Pero todavía no me había librado de Nueva Orleans. El problema ahora era una gran petaca de «Moonshine»; puede que fuera por mi partida, pero el hecho es que mi padre había estado dándole al trago todo el día y, camino de la estación, me asustó al cogerme de las muñecas y susurrarme con amargura: —No voy a dejar que te vayas. No puedo dejar que vuelvas con esa familia de locos a ese viejo caserón de locos. Hay que ver lo que han hecho contigo. ¡Un niño de seis años, casi siete, hablando de Papá Noel! Todo es culpa suya, de esas viejas solteronas agriadas, con sus Biblias y sus calcetas, de esos tíos tuyos, todos borrachos.  Escúchame , Buddy. ¡Dios no existe!  No existe  ningún Papá Noel. Me apretaba las muñecas con tanta fuerza que me hacía daño. —A veces, santo cielo, pienso que tu madre y yo, los dos, tendríamos que pegarnos un tiro por haber permitido que esto ocurriera. —Él nunca se quitó la vida, pero mi madre sí; pasó a mejor vida hace treinta años—. Dame un beso. Por favor. Por favor. Dame un beso. Dile a tu papá que le quieres. Pero yo no podía hablar. Estaba aterrado de perder el autobús. Y me preocupaba el avión, atado con correas a la baca del taxi. —Dilo: «Te quiero». Dilo. Por favor. Buddy. Dilo. Por suerte para mí, el taxista era un hombre de buen corazón. Si no hubiera sido por su ayuda, la de unos mozos eficaces y la de un amable policía, no sé qué hubiera ocurrido al llegar a la estación. Mi padre se tambaleaba tanto que apenas podía andar, pero el policía habló con él, le serenó, le ayudó a mantenerse derecho, y el taxista prometió devolverlo a casa sano y salvo. Sin embargo, mi padre no se iría hasta ver cómo los mozos me acomodaban en el autobús. Una vez dentro, me acurruqué en el asiento y cerré los ojos. Sentía un extraño malestar. Un dolor agobiante que me hería por todas partes. Pensé que, si me sacaba los gruesos zapatos de ciudad, auténticos monstruos torturadores, aquella agonía remitiría. Me los quité, pero el misterioso dolor no me abandonó. En cierto modo, nunca más me abandonó; nunca más lo hará. Doce horas más tarde estaba en casa, en cama. La habitación estaba a oscuras. Sook, sentada a mi lado, se balanceaba en una mecedora; un ruido tan sedante como el de las olas en el océano. Había intentado contarle todo lo que había ocurrido, y tan sólo me detuve cuando me quedé tan ronco como un perro aullador. Me pasó los dedos por el pelo y dijo: —Por supuesto que existe Papá Noel. Solo que es imposible que una sola persona haga todo lo que hace él. Por eso el Señor ha distribuido el trabajo entre todos nosotros. Por eso todo el mundo es Papá Noel. Yo lo soy. Tú lo eres. Incluso tu primo Billy Bob. Ahora ponte a dormir. Cuenta estrellas. Piensa en la cosa más apacible. Como la nieve. Siento que no llegaras a verla. Pero ahora la nieve cae entre las estrellas. Las estrellas destellaban, la nieve se arremolinaba dentro de mi cabeza; la última cosa que recordé fue la voz serena del Señor encomendándome algo que hacer. Y, al día siguiente, lo hice. Fui con Sook a la oficina de correos y compré una postal de un penique. Hoy, todavía existe esa postal. Fue encontrada en la caja de caudales de mi padre cuando murió, el año pasado. Esto es lo que le había escrito: «Hola papá espero que estés bien como yo y estoy aprendiendo a pedalear muy rápido en mi avión estaré pronto en el cielo así que ten los ojos muy abiertos y sí te quiero Buddy». [1] Célebre canción ligera de la época: «Solo un gigoló, allí donde voy la gente se para y me mira… La luna, la luna sobre Miami… Ésta es mi primera aventura, por favor, trátame bien… Eh, señor, ¿le sobran diez centavos?… Solo un gigoló, allí donde voy la gente se para y me mira». Autor: Truman Capote Título: Una Navidad Título Original: One Christmas Publicado en: Ladies’ Home Journal, diciembre de 1982 Traducción: Paula Brines

  • "Por fin se hace justicia", Elizabeth Gaskell

    Un joven médico talentoso, pero sin fortuna, lucha por abrirse camino en la sociedad victoriana. Al casarse con Margaret, una mujer valiente que desafía los prejuicios de su entorno, ambos enfrentan dificultades económicas y sospechas de traición. Sin embargo, el verdadero conflicto surge cuando el doctor revela un oscuro secreto familiar que amenaza con destruir su reputación. A través del amor, la honestidad y la firmeza moral, la pareja enfrenta la adversidad hasta que, finalmente, la verdad sale a la luz y se hace justicia. Por fin se hace justicia Elizabeth Gaskell El doctor Brown era pobre y tenía que abrirse camino en la vida. Había ido a estudiar medicina en Edimburgo, y su entrega, aptitudes y buena conducta habían hecho que los profesores se fijaran en él. En cuanto lo conocían las damas de sus familias, la figura atractiva y los modales encantadores del joven le convertían en el favorito de todas; y quizá ningún otro estudiante recibía tantas invitaciones a veladas y bailes, o era elegido con tanta frecuencia para ocupar el lugar que había quedado vacante a última hora en una mesa. Nadie sabía quién era, o de dónde venía; pues no tenía familia cercana, como había explicado él en un par de ocasiones; así que ningún pariente de humilde cuna o baja condición podía importunarle. Cuando llegó a la universidad, estaba de luto por su madre. Margaret, la sobrina del profesor Frazer, recordó esto a su tío una mañana en su estudio, mientras le contaba con voz suave y decidida que, la noche anterior, el doctor James Brown le había pedido que se casara con él… que ella había aceptado… y que él pensaba visitar al profesor Frazer (que, además de tío, era su tutor) esa misma mañana, a fin de obtener su consentimiento para el compromiso. El profesor fue absolutamente consciente, por la actitud de Margaret, de que su aprobación no era más que una mera formalidad, pues la joven ya había tomado la decisión; y había tenido más de una oportunidad para comprobar lo testaruda que ella podía llegar a ser. No obstante, corría la misma sangre por sus venas, y él defendía sus opiniones con el mismo empecinamiento. De ahí que, con frecuencia, tío y sobrina discutieran con cierta crudeza sin cambiar ni un ápice sus respectivas opiniones. Precisamente esta vez, el profesor Frazer no podía callarse. —Entonces, Margaret, te instalarás discretamente como una mendiga, pues ese joven Brown apenas tiene dinero para poder contraer matrimonio; tú, que podrías ser lady Kennedy si quisieras. —No podría, tío. —¡No digas tonterías, niña! Sir Alexander es un hombre muy agradable… de mediana edad, si quieres… Pero supongo que una mujer obstinada tiene que salirse con la suya; aunque, si yo hubiera sabido que ese joven entraba en mi casa a hurtadillas para conseguir por medio de halagos que le quisieras, me habría asegurado de que estuviera a suficiente distancia para que tu tía no le invitara a cenar. Sí, puedes refunfuñar; pero ningún caballero habría venido a mi casa para conquistar el cariño de mi sobrina sin informarme antes de sus intenciones y pedirme permiso. —El doctor Brown es un caballero, tío Frazer, piense lo que piense de él. —Eso crees… eso crees. Pero, ¿a quién le importa la opinión de una jovencita locamente enamorada? Es un muchacho guapo y persuasivo, con buenos modales. Y no pretendo negar su talento. Pero hay algo en él que nunca me ha gustado, y ahora entiendo por qué. Y sir Alexander… ¡Está bien, está bien! Tu tía se sentirá decepcionada contigo, Margaret. Pero siempre has sido una criatura obstinada. ¿Te ha contado alguna vez ese Jamie Brown quiénes eran sus padres, a qué se dedicaban o de dónde viene? Y no pregunto por sus antepasados, no tiene aire de haberlos tenido nunca; y tú, ¡una Frazer de Lovat! ¡Vergüenza debiera darte, Margaret! ¿Quién es ese Jamie Brown? —James Brown, doctor en medicina por la Universidad de Edimburgo: un joven bueno e inteligente, a quien quiero con todo el alma —respondió Margaret, enrojeciendo. —¡Vaya! ¿Te parece que es forma de hablar para una jovencita? ¿De dónde procede? ¿Quiénes son sus parientes? Si no me da suficiente información sobre su familia y sus perspectivas, le echaré fuera de esta casa, Margaret; puedes estar segura. —Tío —sus ojos estaban llenos de lágrimas de indignación—, soy mayor de edad; usted sabe que es bueno e inteligente; de otro modo, no le habría invitado tan a menudo a su casa. Me caso con él, no con su familia. Es huérfano. No creo que siga en contacto con ningún pariente. No tiene hermanos ni hermanas. Me da igual su procedencia. —¿Qué era su padre? —inquirió el profesor Frazer con frialdad. —No lo sé. ¿Por qué he de husmear en los detalles de su familia, y preguntar quién era su padre, cuál era el nombre de soltera de su madre y cuándo se casó su abuela? —Sin embargo, recuerdo haber oído a Margaret Frazer hablar en favor de una larga línea de respetables antepasados. —Había olvidado los nuestros, supongo, cuando pronuncié esas palabras. Simon, lord Lovat, ¡un encomiable tío abuelo de los Frazer! Si las historias son ciertas, debería haber sido ahorcado por delincuente, y no decapitado como un caballero leal. —¡Oh! Si estás decidida a ensuciar tu propio nido, he terminado. Que entre James Brown; me inclinaré ante él y le daré las gracias por dignarse contraer matrimonio con una Frazer. —Tío —dijo Margaret, llorando a lágrima viva—, ¡no quiero que nos separemos enfadados! Los dos nos queremos mucho. Ha sido usted muy bueno conmigo, y la tía también. Pero he dado mi palabra al doctor Brown, y debo mantenerla. Le amaría aunque fuera el hijo de un campesino. No esperamos ser ricos; pero él tiene ahorrados algunos cientos de libras para empezar, y yo tengo mis cien libras anuales… —Bueno, bueno, niña, ¡no llores! Lo has dispuesto todo, al parecer; así que me lavo las manos. Me eximo de cualquier responsabilidad. Le contarás a tu tía lo que has acordado con el doctor Brown sobre vuestra boda; y haré lo que desees en este asunto. Pero ¡que no entre ese joven a pedirme el consentimiento! Ni se lo daré, ni se lo quitaré. Las cosas habrían sido muy diferentes si se hubiera tratado de sir Alexander. —¡Oh, tío Frazer! ¡No diga usted eso! Reciba al doctor Brown y, por lo menos… hágalo por mí… dígale que está de acuerdo. ¡Déjeme que sea un poco suya! Es tan triste decidir sola en un momento así, como si no tuviera familia y nadie se preocupara de mí. Abrieron la puerta de golpe y anunciaron al doctor Brown. Margaret se marchó a toda prisa; y, antes de que pudiera darse cuenta, el profesor había dado una especie de consentimiento sin preguntar nada al afortunado joven, que corrió a buscar a su prometida y dejó al tío rezongando. Lo cierto es que el profesor Frazer y su mujer se oponían tan enérgicamente al compromiso de Margaret que no podían evitar que se notara tanto en su actitud como en lo que ésta sugería; aunque tenían la delicadeza de guardar silencio. Pero Margaret percibía incluso con más intensidad que su prometido que éste no era bienvenido en la casa. La alegría que le producían sus visitas se veía anulada por el sentimiento de frialdad con que era recibido, y cedió de buena gana al deseo del doctor Brown de que el noviazgo fuera corto; lo que no era en absoluto su plan inicial: esperar hasta que él tuviera una consulta en Londres y sus ingresos convirtieran el matrimonio en un paso prudente. El profesor Frazer y su mujer ni se opusieron ni lo aprobaron. Margaret hubiera preferido la oposición más vehemente a aquella gélida frialdad. Pero ésta la hizo volverse con mayor cariño hacia su afectuoso y comprensivo enamorado. No es que hubiera hablado con él sobre el comportamiento de sus tíos. Mientras no pareciera darse cuenta de éste, no le diría nada. Además, el profesor y su mujer llevaban tanto tiempo ocupándose de ella como unos padres que no se creyó con derecho a dejar que un extraño los enjuiciara. De modo que realizó más bien con tristeza los preparativos de su futuro ménage con el doctor Brown, sin poder beneficiarse de la sabiduría y experiencia de su tía. Pero Margaret era una joven sensata y prudente. A pesar de gozar de unas comodidades muy cercanas al lujo en casa de su tío, podía prescindir de ellas sin pesar si era necesario. Cuando el doctor Brown partió a Londres para buscar y preparar su nuevo hogar, ella le pidió que sólo hiciera los arreglos más imprescindibles para recibirla. Se ocuparía personalmente de organizar lo que faltaba a su llegada. Él tenía algunos muebles viejos de su madre en un almacén. Le propuso venderlos para comprar otros nuevos, pero Margaret le convenció de que no lo hiciera; los aprovecharían mientras durasen. El servicio doméstico de los recién casados iba a consistir en una mujer escocesa que llevaba mucho tiempo vinculada a la familia Frazer, y que sería la única criada, y en un hombre que el doctor Brown había contratado en Londres, poco después de instalarse en la casa… un hombre llamado Crawford que había vivido muchos años con un caballero ahora residente en el extranjero, que le había dado la mejor de las recomendaciones cuando el doctor Brown le preguntó por él. Crawford había realizado los trabajos más variados para ese caballero, así que sabía hacer de todo; y el doctor Brown, en todas sus cartas a Margaret, tenía alguna nueva maravilla que contar de su criado. Y se explayaba en ellas con entusiasmo, pues la joven había puesto ligeramente en duda la conveniencia de empezar su vida con un criado; aunque se había dejado convencer por los argumentos del doctor Brown sobre la necesidad de tener una apariencia respetable, ofrecer una buena imagen, etc… ante cualquier persona necesitada de acudir a su consulta, que pudiera desanimarse al ver a la anciana Christie fuera de la cocina, y se negara a dejar algún recado en manos de una persona que hablase un inglés tan ininteligible. Crawford era tan buen carpintero que podía poner baldas, ajustar bisagras defectuosas, arreglar cerraduras, e incluso llegó a construir una caja con algunos tablones viejos de un cajón de embalaje. Crawford, un día en que su señor había estado demasiado ocupado para salir a cenar, había improvisado una tortilla tan deliciosa como cualquiera de las que el doctor Brown había probado en París cuando estudiaba allí. En pocas palabras, Crawford, a su modo, era una especie de Admirable Crichton [1] , y Margaret se convenció de que la decisión del doctor Brown de tener un criado era correcta, incluso antes de ser recibida respetuosamente por Crawford, cuando éste abrió la puerta de su nuevo hogar a los recién casados después de su breve luna de miel. El doctor Brown tenía miedo de que Margaret encontrara la casa triste e inhóspita en aquel estado a medio amueblar; pues había seguido sus instrucciones y sólo había comprado lo imprescindible, aparte de las pocas cosas que había heredado de su madre. Su consulta (¡qué grandilocuente sonaba!) estaba en perfecto orden, preparada para recibir a los pacientes que pasaran por allí; y todo estaba calculado para causar una buena impresión. Había una alfombra turca que había pertenecido a su madre, y que estaba lo bastante gastada para tener ese aire de respetabilidad que adquiere el mobiliario cuando no parece recién comprado sino una herencia familiar. Y esa atmósfera impregnaba toda la estancia: la mesa de la biblioteca (comprada de segunda mano, debe confesarse), el escritorio (que había sido de su madre), las sillas de cuero (tan heredadas como la mesa de la biblioteca), las estanterías que Crawford había colocado para los libros de medicina, un buen grabado en las paredes, convertían la habitación en un lugar tan agradable que tanto el doctor como la señora Brown pensaron, por lo menos aquella noche, que la pobreza ofrecía las mismas comodidades que la opulencia. Crawford se había tomado la libertad de poner algunas flores en el cuarto —su humilde modo de dar la bienvenida a la señora—, flores tardías de otoño, mezclando la idea del verano con la del invierno, que latía en el brillante fuego de la chimenea. Christie les subió unos deliciosos bollos con el té; y la señora Frazer había suplido su falta de cordialidad, lo mejor que pudo, con una provisión de mermelada y piernas de cordero. El doctor Brown no se quedó tranquilo hasta que no enseñó a Margaret, con voz lastimera, todas las habitaciones que quedaban por amueblar… todo lo que faltaba por hacer. Pero la joven se rió de su temor de que ella se sintiera decepcionada con su nuevo hogar; y afirmó que nada le agradaría tanto como planificar y arreglar su interior, y que, con su habilidad para la tapicería y la de Crawford para la carpintería, los cuartos se amueblarían casi por arte de magia, sin que llegara ninguna factura, algo normalmente vinculado al confort. Pero con la mañana y la luz del día volvió la preocupación del doctor Brown. Veía y deploraba todas las grietas del techo, todas las pequeñas manchas del empapelado, y no por él sino por Margaret. No podía dejar de comparar el hogar que él le había ofrecido con el que ella había abandonado. Parecía tener constantemente miedo de que ella se hubiese arrepentido o se arrepintiera de haberse casado con él. Aquella inquietud enfermiza era el único inconveniente de su inmensa felicidad; y, para ponerle fin, Margaret se vio inducida a gastar más de lo que se había propuesto en un principio. Compraba este artículo en lugar de aquél porque su marido, si la acompañaba, parecía sumamente desgraciado si sospechaba que ella se privaba del menor deseo por ahorrar. La joven aprendió a eludir su compañía al salir de compras; pues le resultaba muy sencillo elegir el objeto más barato, aunque fuera el más feo, si estaba sola, y no tenía que soportar la mirada de mortificación de su marido cuando le decía tranquilamente al vendedor que no podía permitirse comprar esto o aquello. Al salir de una tienda después de una escena así, el doctor Brown le había dicho: —¡Oh, Margaret! No debería haberme casado contigo. Tienes que perdonarme… Te quiero tanto. —¿Perdonarte, James? —exclamó ella—. ¿Por hacerme tan feliz? ¿Qué te hace pensar que me gusta más el reps que el otomán? No vuelvas a hablar así, te lo ruego. —¡Oh, Margaret! Pero no olvides que te he pedido que me perdones. Crawford era todo lo que él le había prometido, y más de lo que podía desear. Era la mano derecha de Margaret en todos sus pequeños planes domésticos, lo que de algún modo irritaba bastante a Christie. La enemistad entre los dos criados era sin duda lo más incómodo de su vida hogareña. Crawford se sentía superior porque conocía mejor Londres, porque disfrutaba del favor de la señora en el piso de arriba, porque estaba en su poder ayudarla, lo que suponía gozar del privilegio de ser consultado con frecuencia. Christie estaba siempre suspirando por Escocia y lanzando indirectas sobre el modo en que Margaret descuidaba a una persona que la había seguido a un país extranjero, para convertir en su favorito a un desconocido que, además, no era trigo limpio, aseguraba a veces. Pero como nunca esgrimió la menor prueba de sus vagas acusaciones, Margaret prefirió no hacerle preguntas, y las atribuyó a los celos de su compañero, que ella se esforzaba por paliar. Por lo general, sin embargo, las cuatro personas que formaban aquella familia convivían en tolerable armonía. El doctor Brown estaba más que satisfecho con su casa, con sus criados, con sus perspectivas profesionales y, sobre todo, con su pequeña y animosa mujer. A Margaret, de vez en cuando, le sorprendían ciertos estados de ánimo de su marido; pero esto no debilitaba su cariño, sino que despertaba su compasión por lo que ella creía recelos y sufrimientos patológicos; se trataba de una compasión dispuesta a convertirse en simpatía, tan pronto como pudiera descubrir alguna causa real que justificara aquel abatimiento que en ocasiones le invadía. Christie no fingía que Crawford le disgustaba, pero, como Margaret se negaba a escuchar sus protestas y sus quejas sobre el asunto, y el propio Crawford estaba deseoso de conseguir que la anciana escocesa tuviera una buena opinión de él, no llegó a producirse ninguna ruptura entre ambos. Grosso modo, el famoso y afortunado doctor Brown parecía el miembro más atribulado de la familia. Y no podía deberse a cuestiones económicas. Por uno de esos golpes de suerte que a veces allanan las dificultades de un hombre y lo conducen a un lugar seguro, había progresado mucho en su profesión; y probablemente sus ingresos por el ejercicio de la medicina confirmaban las expectativas que Margaret y él habían concebido en los momentos más optimistas. Pero debo extenderme más en este asunto. Margaret tenía una renta de algo más de cien libras anuales. A veces sus dividendos habían ascendido a ciento treinta o ciento cuarenta libras; pero no se atrevía a confiar en ello. Al doctor Brown le quedaban mil setecientas libras de las tres mil que le había dejado su madre; y aún tenía que pagar parte del mobiliario, ya que, a pesar de la insistencia de Margaret, no les habían enviado todas las facturas en el momento de la compra. Éstas llegaron una semana antes de que se produjeran los sucesos que voy a relatar. Por supuesto su importe era más elevado de lo que incluso la prudente Margaret había esperado, y se sintió algo preocupada al ver lo mucho que les costaría liquidar la deuda. Pero, por extraño y contradictorio que pueda parecer, y tal como había observado a menudo, ninguna causa real de inquietud o decepción parecía afectar la alegría de su marido. Se rió de su consternación, hizo tintinear la recaudación del día en sus bolsillos, la contó delante de ella, y calculó sus probables ingresos anuales basándose en ese día. Margaret cogió las guineas y las llevó en silencio a su secrétaire del piso de arriba; pues había aprendido el difícil arte de disimular sus preocupaciones domésticas en presencia de su marido. Cuando regresó, se mostró animada, aunque seria. El doctor Brown había cogido las facturas en su ausencia y las había sumado. —Doscientas treinta y seis libras —dijo retirando las cuentas, a fin de dejar sitio para el té que les traía Crawford—. Tampoco es tanto. Pensé que sería mucho más. Mañana iré a la City y venderé algunas acciones para que tu pobre corazoncito se tranquilice. Y no me pongas menos azúcar en el té esta noche para ayudar al pago de esas facturas. Es mejor ganar que ahorrar, y estoy ganando a una notoria velocidad. Sírveme un buen té, Maggie, pues he tenido un buen día de trabajo. Estaban sentados en la consulta del doctor Brown con el fin de ahorrar combustible. Para aumentar el desasosiego de Margaret, aquella noche la chimenea humeaba. Se había mordido la lengua para no decir nada al respecto, pues recordaba el viejo refrán sobre una chimenea humeante y una mujer gruñona; pero estaba demasiado irritada por las bocanadas de humo que llegaban hasta su bonita labor blanca, y pidió a Crawford, en un tono más severo de lo habitual, que se ocupara de avisar a un deshollinador. A la mañana siguiente, todo parecía haberse arreglado. El doctor Brown la había convencido de que su situación financiera continuaba siendo buena, el fuego ardía alegremente mientras desayunaban, y el sol brillaba de modo inusitado en las ventanas. A Margaret le sorprendió oír que Crawford no había podido encontrar a nadie que limpiase la chimenea esa mañana, pero éste le comunicó que había tratado de colocar mejor el carbón para que, al menos ese día, su señora no sufriera ninguna molestia; a la mañana siguiente, conseguiría sin falta un deshollinador. Margaret le dio las gracias y aprobó su plan de hacer una limpieza general del cuarto; y lo hizo en seguida, pues era consciente de que le había hablado con dureza la noche anterior. Decidió pagar todas las facturas y hacer algunas visitas un poco alejadas a la mañana siguiente; y su marido prometió ir a la City y proporcionarle el dinero. Así lo hizo. Le mostró los billetes aquella tarde y los guardó bajo llave en su escritorio durante la noche: y, por la mañana, ¡los billetes habían desaparecido! Habían desayunado en la salita trasera o comedor a medio amueblar. Una mujer de la limpieza se hallaba fregando la sala delantera después de la marcha de los deshollinadores. El doctor Brown se dirigió a su escritorio, y salió del comedor cantando una vieja melodía escocesa. Tardaba tanto en regresar que Margaret fue a buscarlo. Lo encontró sentado en la silla más cercana al escritorio, con la cabeza apoyada en él; y su actitud revelaba el más profundo abatimiento. No pareció oír los pasos de Margaret, mientras ella se abría camino entre las alfombras enrolladas y la pila de sillas. Se vio obligada a tocarle en el hombro antes de conseguir que se moviera. —¡James, James! —exclamó asustada. Él la miró casi como si no la conociera. —¡Oh, Margaret! —dijo, y cogió sus manos y escondió el rostro en su cuello. —¿Qué ocurre, amor mío? —preguntó la joven, pensando que había enfermado de repente. —Alguien ha abierto mi escritorio ayer por la noche —gimió sin levantar la mirada ni hacer el menor movimiento. —Y ha cogido el dinero —añadió Margaret, comprendiendo al instante lo ocurrido. Era un golpe muy duro; una gran pérdida, mucho mayor que las escasas libras que, en las facturas, habían excedido sus cálculos… y, sin embargo, tenía la sensación de que podía sobrellevarla mejor. —¡Vaya por Dios! —prosiguió—. Es terrible; pero, después de todo… ¿sabes? —dijo, tratando de levantarle la cabeza para infundirle con la mirada todo el aliento de sus ojos dulces y sinceros—. Al principio creí que estabas gravemente enfermo, y las incertidumbres más espantosas pasaron por mi imaginación… Me siento tan aliviada de que sólo sea cuestión de dinero… —¡Sólo dinero! —repitió él tristemente, rehuyendo su mirada, como si no pudiera soportar que viera cuánto le dolía. —Después de todo —exclamó animada—, no puede haber ido muy lejos. Ayer por la noche, estaba aquí. El deshollinador… tenemos que enviar a Crawford inmediatamente a la policía. ¿No anotaste la numeración de los billetes? —preguntó mientras tocaba la campanilla. —No; sólo iban a estar una noche en nuestro poder —señaló. —Tienes razón. La mujer de la limpieza apareció en la puerta con su cubo de agua caliente. Margaret observó su rostro, como si quisiera leer en él culpabilidad o inocencia. Era una protegida de Christie, que no era nada propensa a pronunciarse a favor de otra persona, y sólo lo hacía si tenía buenos motivos; una viuda honrada y decente con una familia numerosa que mantener… o al menos eso le habían contado a Margaret cuando la contrató, y parecía ser cierto. A pesar de su traje mugriento —pues no podía gastar tiempo ni dinero en su limpieza—, tenía una tez saludable y cuidada, un aire franco y eficiente, y no pareció inmutarse ni sorprenderse al ver al doctor y a la señora Brown en medio de la habitación, perplejos y afligidos. Continuó su trabajo sin prestarles la menor atención. Las sospechas de Margaret recayeron con más fuerza sobre el deshollinador; pero no podía andar muy lejos, los billetes no podían haber entrado en circulación. Un hombre así no podía haber gastado esa suma en tan poco tiempo; y la recuperación del dinero era su primer y único objetivo. Apenas pensaba en las obligaciones posteriores, como la persecución del delincuente y otras consecuencias del delito. Mientras ella concentraba todas sus energías en la rápida recuperación del dinero, revisando mentalmente los pasos que debían dar, su marido seguía completamente desmadejado en la silla, incapaz de colocar sus miembros en una posición que exigiera el menor esfuerzo; su rostro hundido, desconsolado, anunciaba esas arrugas que un disgusto repentino marca en los semblantes más jóvenes y tersos. —¿Dónde estará Crawford? —dijo Margaret, tocando la campanilla de nuevo con vehemencia—. ¡Oh, Crawford! —exclamó al verlo aparecer por la puerta. —¿Ha ocurrido algo? —interrumpió él, como si la violencia de sus llamadas lo hubiera alarmado hasta hacerle perder su calma habitual—. Había ido a la vuelta de la esquina con la carta que el señor me dio ayer por la noche para el correo y, al volver, me ha dicho Christie que habían tocado la campanilla para que subiera, señora. Le ruego que me disculpe, pero he venido corriendo —y lo cierto es que jadeaba y parecía muy apesadumbrado. —¡Oh, Crawford! Me temo que el deshollinador ha abierto el escritorio de mi marido, y se ha llevado todo el dinero que guardó ayer por la noche. En cualquier caso, ha desaparecido. ¿Le ha dejado en algún momento solo en la habitación? —No podría asegurarlo, señora; es posible. Sí, creo que sí. Ahora lo recuerdo… tenía que hacer mi trabajo, y pensé que la mujer de la limpieza habría venido; me fui a la antecocina, y más tarde vino Christie, quejándose del retraso de la señora Roberts; y entonces me di cuenta de que el deshollinador se había quedado solo. Pero ¡qué barbaridad, señora! ¿Quién iba a pensar que era un ser tan depravado? —¿Cómo conseguiría abrir el escritorio? —preguntó Margaret, volviéndose hacia su marido—. ¿Estaba rota la cerradura? Él se levantó, como si despertara de un sueño. —¡Sí! ¡No! Supongo que ayer por la noche giré la llave sin mirar. Esta mañana encontré el escritorio cerrado, pero no con llave, y habían forzado la cerradura. El doctor Brown volvió a sumirse en un silencio aletargado y meditabundo. —De todos modos, no sirve de nada que perdamos el tiempo con estas preguntas. Vaya tan rápido como pueda a buscar a un policía, Crawford. Sabe el nombre del deshollinador, ¿verdad? —inquirió Margaret cuando el criado se disponía a abandonar la estancia. —No sabe cuánto lo lamento, señora, pero me puse de acuerdo con el primero que pasó por la calle. Si hubiera sabido… Pero Margaret se había dado la vuelta con un gesto de impaciencia y de desesperación. Crawford se marchó, sin añadir nada, en busca de un policía. La joven intentó en vano convencer a su marido para que probara el desayuno; lo único que quiso tomar fue una taza de té, que bebió a grandes tragos para aclararse la garganta cuando oyó la voz de Crawford invitando a pasar al policía. El agente escuchó todo y dijo muy poco. Después vino el inspector. El doctor Brown dejó las explicaciones en manos de Crawford que, al parecer, estaba encantado. Margaret se sentía terriblemente inquieta y abatida por la impresión que el robo había causado en su marido. La posible pérdida de esa cantidad era ya algo suficientemente malo; pero permitir que le afectara hasta minar su fortaleza y destruir cualquier impulso de esperanza reflejaba una debilidad de carácter que hizo comprender a Margaret que, aunque no deseaba definir sus sentimientos ni el origen de ellos, si juzgaba a su marido por la actuación de aquella mañana, debía aprender a no confiar más que en sí misma en caso de emergencia. El inspector se volvió repetidas veces hacia el doctor y la señora Brown para escuchar sus respuestas. Fue Margaret quien contestó siempre con frases breves y escuetas, muy diferentes de las largas y enrevesadas explicaciones de Crawford. Finalmente, el inspector quiso hablar a solas con ella. La joven le siguió a la otra sala, dejando atrás al ofendido Crawford y a su afligido esposo. El inspector dirigió una severa mirada a la mujer de la limpieza, que proseguía sus fregoteos sin inmutarse, le ordenó que saliera, y después preguntó a Margaret de dónde era su criado, cuánto tiempo llevaba con ellos y muchas otras cuestiones que mostraban el rumbo que habían tomado sus sospechas. Margaret se sintió sumamente sorprendida; pero respondió con prontitud a todas sus preguntas y, cuando terminó, observó con atención el rostro del inspector y esperó a que éste confirmara sus sospechas. El policía —sin decir nada, no obstante— regresó delante de ella a la otra habitación. Crawford se había marchado y el doctor Brown trataba de leer el correo de la mañana (que acababa de llegar); pero sus manos temblaban de tal modo que era incapaz de seguir una línea. —Doctor Brown —dijo el inspector—, estoy casi convencido de que su criado ha cometido el robo. Lo juzgo así por su forma de comportarse, por su afán de contar la historia, por su modo de intentar arrojar todas las sospechas sobre el deshollinador, cuyo nombre y dirección asegura desconocer; o, al menos, eso dice. Su mujer nos ha contado que ha salido de casa esta mañana, incluso antes de ir a la policía; así que es probable que ya haya encontrado el modo de esconder o deshacerse de los billetes; y dice usted que no anotó su numeración. Aunque tal vez podamos averiguarlo. En ese momento, Christie llamó a la puerta y, presa de una gran agitación, pidió hablar con Margaret. Sacó a relucir una serie adicional de circunstancias sospechosas, ninguna de ellas demasiado grave por sí sola, pero tendentes a imputar el robo a Crawford. Temía que le reprocharan culpar a su compañero de trabajo, y se sorprendió al comprobar lo atentamente que el inspector escuchaba sus palabras. Esto la animó a contar numerosas anécdotas, todas ellas en contra de Crawford, que había preferido ocultar a sus señores por temor a que la consideraran celosa o pendenciera. —No existe la menor duda sobre el camino a seguir —dijo el inspector, cuando Christie terminó su relato—. Usted, señor, tiene que entregarnos a su criado. Lo llevaremos inmediatamente ante el juez de guardia. Y existen pruebas suficientes para encarcelarlo una semana; durante ese tiempo, quizá descubramos el paradero de los billetes y logremos atar cabos. —¿Debo denunciarle? —preguntó el doctor Brown, con una palidez casi cadavérica—. Reconozco que es una grave pérdida de dinero para mí; pero luego vendrán los gastos del juicio… la pérdida de tiempo… el… Se detuvo. Vio clavados en él los ojos indignados de su mujer, y apartó su mirada de inconsciente reproche. —Sí, inspector —dijo—. Lo entregaré a la policía. Hagan lo que quieran. Hagan lo que crean oportuno. Por supuesto, asumo las consecuencias. Asumimos las consecuencias, ¿verdad Margaret? —habló en un tono muy bajo y nervioso que su mujer prefirió ignorar. —Díganos exactamente qué hemos de hacer —exclamó ella con frialdad, dirigiéndose al inspector. Él le dio las indicaciones necesarias para que se presentaran en la comisaría y llevaran a Christie en calidad de testigo, y luego se marchó para encargarse de Crawford. A Margaret le sorprendió ver lo tranquila y pacíficamente que arrestaban al criado. Esperaba oír un escándalo en la casa, o que Crawford, alarmado, hubiera huido antes. Pero, cuando sugirió esto último al policía, éste sonrió y le dijo que, nada más oír la acusación del agente de guardia, había apostado a un oficial detective cerca de la casa para vigilar todas las entradas y salidas; de modo que no habrían tardado en descubrir el paradero de Crawford si éste hubiera intentado escapar. La atención de Margaret se centró entonces en su marido. El doctor Brown ultimaba rápidamente sus preparativos para salir a visitar a sus pacientes, y era ostensible que no deseaba conversar con ella sobre lo sucedido. Le prometió volver hacia las once; pues el inspector les había asegurado que, hasta esa hora, su presencia no sería requerida. En una o dos ocasiones, el doctor pareció murmurar para sí: «¡Qué lamentable asunto!». Y Margaret no pudo sino estar de acuerdo; y, ahora que había pasado la necesidad apremiante de hablar y actuar, empezó a pensar que debía de tener un corazón muy duro… incapaz de sentir como los demás; pues no había sufrido como su marido al descubrir que el criado al que consideraban un amigo y al que creían sinceramente preocupado por su bienestar era, con toda probabilidad, un vil ladrón. Recordó todos los bonitos detalles que había tenido con ella, desde el día en que, con unas humildes flores, le había dado la bienvenida a su nuevo hogar hasta la víspera, cuando, al verla fatigada, le había preparado espontáneamente una taza de café… como sólo él sabía prepararla. ¡Cuántas veces se había preocupado de traer ropa seca para su marido! ¡Qué ligero era su sueño por las noches! ¡Cuán grande su diligencia por las mañanas! No era de extrañar que su esposo lamentara tanto el descubrimiento de la traición de su criado. El problema lo veía en ella misma, una mujer cruel y egoísta, más preocupada por la recuperación del dinero que por el terrible desengaño, si se probaba la acusación contra Crawford. A las once en punto, el doctor Brown regresó con un carruaje. Christie había considerado que comparecer en una comisaría era una ocasión digna de sus mejores galas, y estaba todo lo elegante que le permitía su vestuario. Pero Margaret y su marido estaban tan pálidos y entristecidos como si fueran los acusados, en vez de los denunciantes. El doctor Brown no se atrevió a mirar a Crawford mientras el primero se sentaba en el banquillo de testigos y el segundo, en el de acusados. Margaret tuvo el convencimiento, sin embargo, de que Crawford hacía todo lo posible por llamar la atención de su amo. Al fracasar, contempló a la joven con una expresión que ella encontró muy enigmática. No hay duda de que su rostro había cambiado. En lugar de la serena mirada de devota obediencia, había adoptado una expresión descarada y desafiante; y, mientras el doctor Brown hablaba del escritorio y su contenido, sonreía de vez en cuando de un modo muy desagradable. Se decretó su prisión preventiva durante una semana; pero, como las pruebas estaban lejos de ser concluyentes, se le puso en libertad bajo fianza. El fiador fue su hermano, un respetable comerciante muy conocido en su vecindad, al que el criado había informado del arresto. Crawford se encontró así de nuevo en la calle, para la consternación de Christie, que se quitó su ropa de domingo mientras regresaba a casa con el corazón afligido, esperando más que confiando que no fueran asesinados en sus camas antes de que finalizara la semana. Debe añadirse que tampoco Margaret se libraba del miedo acerca de la venganza del criado; les había mirado a ella y a su marido de un modo tan malévolo y rencoroso mientras prestaban declaración… Pero la ausencia de Crawford dio a Margaret demasiado trabajo para seguir dando vueltas a sus necios temores. Su marcha dejó un enorme vacío en las comodidades diarias que ni Margaret ni Christie, por mucho que se esforzaran, podían suplir. Y era más necesario que nunca que todo estuviera bien, ya que los nervios del doctor Brown se habían visto tan afectados, al descubrir la culpabilidad de su criado de confianza, que Margaret llegó a temer que cayera gravemente enfermo. Por las noches se paseaba de un lado a otro del dormitorio, lamentándose cuando creía que ella dormía; por las mañanas, la joven necesitaba de toda su persuasión para inducirle a salir de casa y visitar a sus pacientes. Jamás había estado tan mal como después de consultar al abogado que llevaba el caso. Margaret comprendió a regañadientes que en todo aquello había algún misterio; pues su marido parecía impaciente por recoger el correo, y se acercaba presuroso a la puerta en cuanto alguien llamaba, y le ocultaba quién era el remitente. Cuando transcurrió la semana, su nerviosismo y su aflicción fueron en aumento. Un atardecer en que las velas aún no estaban encendidas y él se hallaba sentado junto al fuego, en actitud lánguida, con la cabeza apoyada en una mano, y el brazo en la rodilla, Margaret decidió hacer una prueba, a fin de investigar y descubrir la naturaleza de la herida que él escondía con tanto cuidado. Acercó un escabel y se sentó a sus pies, cogiéndole una mano entre las suyas. —Quiero que escuches, querido James, una vieja historia que oí en cierta ocasión. Es posible que te interese. Había dos huérfanos, inocentes como niños aunque ya eran dos jóvenes. No eran hermanos y, al poco tiempo, se enamoraron; tan tontamente como lo hicimos nosotros, ¿recuerdas? Pues bien, la muchacha vivía con su familia, pero el joven estaba muy lejos de los suyos… si es que no habían muerto todos. Sin embargo, ella le amaba hasta tal punto que a veces se alegraba de ser la única que se preocupaba de él. A los amigos de ella no les gustaba tanto; es posible que fueran personas juiciosas e insensibles, y ella una necia. Y no les agradó que se casara con el joven; lo cual fue una estupidez por su parte, ya que no podían decir nada en contra de él. Pero una semana antes de fijar la fecha de la boda, creyeron haber encontrado algo… amor mío, no me sueltes la mano… no tiembles así, ¡sólo quiero que me escuches! La tía de la joven se acercó a ella y le dijo: «Tienes que abandonar a tu prometido, pequeña: su padre fue tentado y pecó; y, si aún sigue con vida, es un presidiario deportado. La boda no puede celebrarse». Pero la joven se puso en pie y dijo: «Si es cierto que él ha conocido ese gran dolor y esa vergüenza, necesita mucho más de mi amor. No le dejaré, ni renunciaré a él, sino que le amaré incluso más que antes. ¡Y, puesto que usted, tía, espera recibir la bendición del cielo por tratar a los demás del mismo modo en que le gustaría ser tratada, le pido que no se lo cuente a nadie!». Estoy convencida de que la tía guardó el secreto porque las palabras de la joven, por algún extraño motivo, la intimidaron. Pero, cuando se quedó a solas, la muchacha lloró amargamente al pensar en la desgracia que ensombrecía el corazón del hombre que amaba; y decidió esforzarse por alegrar su vida, y ocultarle siempre que conocía su carga; pero ahora cree… ¡oh, esposo mío! ¡Cuánto tienes que haber sufrido! Y él apoyó la cabeza en su hombro, y de sus ojos brotaron las lágrimas terribles de un hombre. —¡Gracias a Dios! —exclamó, finalmente—. Lo sabes todo y no te alejas de mí. ¡Oh, qué cobarde, mentiroso y ruin he sido! ¿Que si he sufrido? Sí… tanto que he estado a punto de enloquecer; y, si hubiera tenido valor, habría podido ahorrarme estos doce largos meses de agonía. Pero es justo que me hayan castigado. Y lo sabías todo antes de casarte conmigo, ¡cuando podías haberte echado atrás! —No, no podía; ¿acaso habrías roto tu compromiso conmigo si, en idénticas circunstancias, yo hubiera estado en tu lugar? —No lo sé. Es posible; pues no soy tan valeroso, ni tan bueno, ni tan fuerte como tú, mi querida Margaret. ¿Cómo podría serlo? Te contaré algo más. Mi madre y yo fuimos de un lado a otro, dando las gracias por tener un apellido tan corriente, pero acobardándonos ante cualquier alusión… de un modo que sólo pueden comprender quienes han sido heridos en lo más profundo de su ser. Vivir en una ciudad donde había tribunales de justicia era una tortura; y residir en una ciudad comercial, casi peor. Mi padre era el hijo de un respetable clérigo, muy conocido entre sus hermanos, así que teníamos que evitar una ciudad catedralicia, ya que la deportación del hijo del deán de Saint Botolph había llegado con seguridad a oídos de todos. Yo tenía que recibir una educación; por ese motivo, debíamos vivir en una ciudad, pues mi madre no podía soportar la idea de separarse de mí y yo acudía a un colegio, no a un internado. Éramos muy pobres para nuestra posición social… ¡no, no teníamos posición social! Éramos la mujer y el hijo de un recluso… debería haber dicho, muy pobres para la vida que mi madre había llevado antes. Pero, cuando tenía catorce años, mi padre murió en el exilio, dejando, como muchos otros presidiarios de aquella época, una gran fortuna. La heredamos nosotros. Mi madre se encerró en su habitación, y estuvo un día entero llorando y rezando. Luego quiso verme y me dio su parecer. Los dos nos comprometimos a entregar el dinero a alguna organización benéfica, tan pronto como yo fuera mayor de edad. Hasta entonces, ahorramos hasta el último penique de los intereses, aunque en ocasiones pasamos grandes estrecheces, ¡mi educación era tan cara! Pero ¿cómo íbamos a saber de qué manera había acumulado aquel dinero? —y, al llegar aquí, bajó la voz—. Nada más cumplir veintiún años, los periódicos hablaron con admiración del generoso donante anónimo de ciertas cantidades. Odié sus palabras de elogio. Eludía cualquier recuerdo de mi padre. Me acordaba de él vagamente, pero siempre enojado y brutal con mi madre. ¡Mi pobre y dulce madre! Margaret, ella lo amaba; y, sólo por eso, desde que ella murió, he intentado evocar su figura con cariño. Al poco tiempo de morir mi madre, te conocí, amor mío, mi tesoro. Después de unos instantes de silencio, prosiguió: —Pero ¡oh, Margaret!, todavía no sabes lo peor. Cuando mi madre falleció, encontré un paquete de documentos legales… y de recortes de periódico que hablaban del juicio de mi padre. ¡Pobrecilla! Por qué los había conservado, es algo que no sé. Estaban llenos de anotaciones de su puño y letra; y, por ese motivo, los guardé. Era tan conmovedor leer sus impresiones de aquellos días que vivió en solitaria inocencia mientras él se hundía cada vez más en el crimen. Escondí el paquete (y lo creí en lugar seguro) en un cajón secreto de mi escritorio; pero ese miserable de Crawford lo encontró. Me di cuenta de que faltaban los documentos aquella misma mañana. Su pérdida era mucho más grave que la del dinero; y ahora Crawford amenaza con sacar la terrible verdad a la luz, en un juicio que será público; y supongo que su abogado podrá hacerlo. En cualquier caso, ver cómo lo pregonan a los cuatro vientos… ¡yo, que me he pasado la vida temiendo ese momento! ¡Sobre todo por ti, Margaret! Y, con todo… ¡si pudiéramos evitarlo! ¿Quién dará trabajo al hijo de Brown, el célebre falsificador? Perderé mi consulta. Los hombres me mirarán con recelo cuando entre en sus casas. Me empujarán a cometer algún crimen. A veces tengo miedo de que sea hereditario. ¡Oh, Margaret! ¿Qué voy a hacer? —¿Qué puedes hacer? —preguntó ella. —Puedo negarme a denunciarle. —¿Dejar que Crawford quede en libertad sabiendo que es culpable? —Sé que es culpable. —Entonces, sencillamente, es algo que no puedes hacer. Dejar que un criminal salga a la calle. —Pero si no lo hago, la vergüenza y la pobreza se abatirán sobre nosotros. Me preocupa por ti, no por mí. Nunca debería haberme casado. —Escúchame. No me importa la pobreza; en cuanto a la vergüenza, me dolería veinte veces más si tú y yo, por temor o por cualquier motivo egoísta, consintiéramos en proteger al culpable. No pretendo decir que no lo sentiré cuando la verdad salga a la luz. Pero mi vergüenza se convertirá en orgullo cuando vea que lo olvidas. Hay algo malsano en ti, querido esposo, por haber tenido que ocultar algo toda la vida. Deja que el mundo conozca la verdad y diga las cosas más terribles. A partir de ese momento serás un hombre libre, honrado y respetable, capaz de trabajar sin miedo. —Ese sinvergüenza de Crawford quiere recibir una respuesta a su insolente misiva —exclamó Christie, asomando la cabeza por la puerta. —¡Un momento! ¿Puedo contestarle? —dijo Margaret. Y escribió: Haga lo que haga o diga lo que diga, sólo tenemos una opción. Ninguna amenaza disuadirá al doctor Brown de cumplir con su deber.MARGARET BROWN —¡Ya está! —exclamó, pasándole la nota a su marido—. Así verá que estoy al corriente de todo; y sospecho que sabe algo de tu cariño por mí. La respuesta de Margaret enfureció a Crawford, pero no lo acobardó. Antes de que transcurriera una semana, todo el mundo sabía que el doctor Brown, el joven y prometedor médico, era hijo del famoso Brown, el falsificador. Todo ocurrió tal como él había anticipado: a Crawford le impusieron una dura condena; y el doctor Brown y su mujer se vieron obligados a abandonar su casa y trasladarse a otra más pequeña, donde tuvieron que apretarse el cinturón ayudados por la fiel Christie. Pero el doctor Brown jamás se había sentido tan alegre desde que tenía uso de razón. Ahora sus pies estaban firmemente plantados en el suelo, y cada paso que daba tenía asegurado el éxito. La gente afirmaba haber visto a Margaret, en los peores tiempos, fregando de rodillas la puerta de su casa. Pero yo no lo creo, pues Christie jamás lo hubiera permitido. Y lo único que puedo decir es que, la última vez que visité Londres, vi una placa de cobre con la inscripción «Doctor James Brown» en la entrada de una hermosa casa en una hermosa plaza. Y mientras la miraba, un carruaje se detuvo en la puerta y una dama salió de él y entró en la casa; no hay duda de que era la Margaret Frazer de antaño… con un aire más severo y algo más corpulenta, he estado a punto de decir. Mientras contemplaba la casa y recordaba su historia, la vi acercarse al ventanal con un bebé en brazos y todo su rostro se transformó en una sonrisa de infinita dulzura. FIN [1] Sobrenombre dado a los hombres con talento para muchas cosas. James Crichton (1560-1582), orador, lingüista y hombre de letras, conocido como el «Admirable» Crichton, fue considerado el modelo de caballero escocés cultivado. Thomas Urquhart retrató su figura en la obra The Discovery of the Most Exquisite Jewel (1652). (N. de la T) Autor: Elizabeth Gaskell Título: Por fin se hace justicia Título Original: The sin of a father (Right at Last) Publicado en: Household words, 27 de noviembre de 1858 Aparece en: Right at last, and other tales (1860) Traducción: Marta Salís

  • "Una bofetada", cuento de Horacio Quiroga

    El relato narra la historia de un mensú —un trabajador explotado en los obrajes del Alto Paraná— que sufre una humillante agresión por parte de Korner, un patrón autoritario y violento. Años después, el mensú ejecuta una meticulosa venganza, sometiendo a su antiguo agresor a una marcha forzada bajo el sol abrasador y una brutal golpiza, hasta abandonarlo moribundo sobre una jangada a la deriva. Ambientado en la selva misionera, el texto expone con crudeza la injusticia social, el abuso de poder y la resistencia silenciosa que, a fuego lento, se transforma en revancha. La atmósfera sofocante y la violencia física se funden para construir una narración intensa y profundamente simbólica sobre la dignidad y el castigo. Una bofetada Horacio Quiroga Acosta, mayordomo del Meteoro , que remontaba el Alto Paraná cada quince días, sabía bien una cosa, y es ésta: que nada hay más rápido, ni aun la corriente del mismo río, que la explosión que desata una damajuana de caña lanzada sobre un obraje. Su aventura con Korner, pues, pudo finalizar en un terreno harto conocido de él. Por regla absoluta —con una sola excepción— que es ley en el Alto Paraná, en los obrajes no se permite caña. Ni los almacenes la venden, ni se tolera una sola botella, sea cual fuera su origen. En los obrajes hay resentimientos y amarguras que no conviene traer a la memoria de los mensús. Cien gramos de alcohol por cabeza, concluirían en dos horas con el obraje más militarizado. A Acosta no le convenía una explosión de esta magnitud, y por esto su ingenio se ejercitaba en pequeños contrabandos, copas despachadas a los mensús en el mismo vapor, a la salida de cada puerto. El capitán lo sabía, y con él el pasaje entero, formado casi exclusivamente por dueños y mayordomos de obraje. Pero como el astuto correntino no pasaba de prudentes dosis, todo iba a pedir de boca. Ahora bien, quiso la desgracia un día que a instancias de la bullanguera tropa de peones, Acosta sintiera relajarse un poco la rigidez de su prudencia. El resultado fue un regocijo entre los mensús tan profundo, que se desencadenó una vertiginosa danza de baúles y guitarras que volaban por el aire. El escándalo era serio. Bajaron el capitán y casi todos los pasajeros, siendo menester una nueva danza, pero esta vez de rebenque, sobre las cabezas más locas. El proceder es habitual, y el capitán tenía el golpe rápido y duro. La tempestad cesó enseguida. Esto no obstante, se hizo atar de pie contra el palo mayor a un mensú más levantisco que los demás, y todo volvió a su norma. Pero ahora tocaba el turno a Acosta. Korner, el dueño del obraje cuyo era el puerto en que estaba detenido el vapor, la emprendía con él: —¡Usted, y sólo usted, tiene la culpa de estas cosas! ¡Por diez miserables centavos, echa a perder a los peones y ocasiona estos bochinches! El mayordomo, a fuer de mestizo, contemporizaba. —¡Pero cállese, y tenga vergüenza! —proseguía Korner—. Por diez miserables centavos… Pero le aseguro que en cuanto llegue a Posadas, denuncio estas picardías a Mitain. Mitain era el armador del Meteoro , lo que tenía sin cuidado a Acosta, quien concluyó por perder la paciencia. —Al fin y al cabo —respondió—, usted nada tiene que ver en esto… Si no le gusta, quéjese a quien quiera… En mi despacho yo hago lo que quiero. —¡Es lo que vamos a ver! —gritó Korner, disponiéndose a subir. Pero en la escalerilla vio por encima de la baranda de bronce al mensú atado al palo mayor. Había o no ironía en la mirada del prisionero; Korner se convenció de que la había, al reconocer en aquel indiecito de ojos fríos y bigotitos en punta, a un peón con quien había tenido algo que ver tres meses atrás. Se encaminó al palo mayor, más rojo aún de rabia. El otro lo vio llegar, sin perder un instante su sonrisita. —¡Con que sos vos! —le dijo Korner—. ¡Te he de hallar siempre en mi camino! Te había prohibido poner los pies en el obraje, y ahora venís de allí… ¡Compadrito! El mensú, como si no oyera, continuó mirándolo con su minúscula sonrisa. Korner, entonces, ciego de ira, lo abofeteó de derecha y revés. —¡Tomá…, compadrito! ¡Así hay que tratar a los compadres como vos! El mensú se puso lívido, y miró fijamente a Korner, quien oyó algunas palabras: —Algún día… Korner sintió un nuevo impulso de hacerle tragar la amenaza, pero logró contenerse y subió, lanzando invectivas contra el mayordomo que traía el infierno a los obrajes. Mas esta vez la ofensiva correspondía a Acosta. ¿Qué hacer para molestar en lo hondo a Korner, su cara colorada, su lengua larga y su maldito obraje? No tardó en hallar el medio. Desde el siguiente viaje de subida, tuvo buen cuidado de surtir a escondidas a los peones que bajaban en Puerto Profundidad (el puerto de Korner) de una o dos damajuanas de caña. Los mensús, más aullantes que de costumbre, pasaban el contrabando en sus baúles, y esa misma noche estallaba el incendio en el obraje. Durante dos meses, cada vapor que bajaba el río después de haberlo remontado el Meteoro , alzaba indefectiblemente en Puerto Profundidad cuatro o cinco heridos. Korner, desesperado, no lograba localizar al contrabandista de caña, al incendiario. Pero al cabo de ese tiempo, Acosta había considerado discreto no alimentar más el fuego, y los machetes dejaron de trabajar. Buen negocio en suma para el correntino, que había concebido venganza y ganancia, todo sobre la propia cabeza pelada de Korner. Pasaron dos años. El mensú abofeteado había trabajado en varios obrajes, sin serle permitido poner una sola vez los pies en Puerto Profundidad. Ya se ve: el antiguo disgusto con Korner y el episodio del palo mayor habían convertido al indiecito en persona poco grata a la administración. El mensú, entretanto, invadido por la molicie aborigen, quedaba largas temporadas en Posadas, vagando, viviendo de sus bigotitos en punta, que encendían el corazón de las mensualeras. Su corte de pelo en melena corta, sobre todo, muy poco común en el extremo norte, encantaba a las muchachas con la seducción de su aceite y sus violentas lociones. Un buen día se decidía a aceptar la primera contrata al paso, y remontaba el Paraná. Cancelaba presto su anticipo, pues tenía un magnífico brazo; descendía a este puerto, a aquél, los sondaba todos, tratando de llegar adonde quería. Pero era en vano: en todos los obrajes se le aceptaba con placer, menos en Profundidad; allí estaba de más. Cogíalo entonces nueva crisis de desgano y cansancio, y tornaba a pasar meses enteros en Posadas, el cuerpo enervado y el bigotito saturado de esencias. Corrieron aún tres años. En ese tiempo el mensú subió una sola vez al Alto Paraná, habiendo concluido por considerar sus medios de vida actuales mucho menos fatigosos que los del monte. Y aunque el antiguo y duro cansancio de los brazos era ahora reemplazado por la constante fatiga de las piernas, hallaba aquello de su gusto. No conocía —o no frecuentaba, por lo menos— de Posadas más que la Bajada y el puerto. No salía de ese barrio de los mensús; pasaba del rancho de una mensualera a otro; luego iba al boliche, después al puerto, a festejar en corro de aullidos el embarque diario de los mensús, para concluir de noche en los bailes a cinco centavos la pieza. —¡Che, amigo! —le gritaban los peones—. ¡No te gusta más tu hacha! ¡Te gusta la bailanta, che, amigo! El indiecito sonreía, satisfecho de sus bigotitos y su melena lustrosa. Un día, sin embargo, levantó vivamente la cabeza y la volvió, toda oídos, a los conchabadores que ofrecían espléndidos anticipos a una tropa de mensús recién desembarcados. Se trataba del arriendo de Puerto Cabriuva, casi en los saltos del Guayra, por la empresa que regenteaba Korner. Había allí mucha madera en barranca, y se precisaba gente. Buen jornal, y un poco de caña, ya se sabe. Tres días después, los mismos mensús que acababan de bajar extenuados por nueve meses de obrajes, tornaban a subir, después de haber derrochado fantástica y brutalmente en cuarenta y ocho horas doscientos pesos de anticipo. No fue poca la sorpresa de los peones al ver al buen mozo entre ellos. —¡Opama la fiesta, che, amigo! —le gritaban—. ¡Otra vez la hacha, aña-mb!… Llegaron a Puerto Cabriuva, y desde esa misma tarde la cuadrilla del mensú fue destinada a las jangadas. Pasó por consiguiente dos meses trabajando bajo un sol de fuego, tumbando vigas desde lo alto de la barranca al río, a punta de palanca, en esfuerzos congestivos que tendían como alambres los tendones del cuello a los siete mensús enfilados. Luego, el trabajo en el río, a nado, con veinte brazas de agua bajo los pies, juntando los troncos, remolcándolos, inmovilizados en los cabezales de las vigas horas enteras, con los hombros y los brazos únicamente fuera del agua. Al cabo de cuatro, seis horas, el hombre trepa a la jangada, se le iza, mejor dicho, pues está helado. No es así extraño que la administración tenga siempre reservada un poco de caña para estos casos, los únicos en que se infringe la ley. El hombre toma una copa y vuelve otra vez al agua. El mensú tuvo su parte en este rudo quehacer; y bajó con la inmensa almadía hasta Puerto Profundidad. Nuestro hombre había contado con esto para que se le permitiera bajar en el puerto. En efecto, en la Comisaría del obraje o no se le reconoció, o se hizo la vista gorda, en razón de la urgencia del trabajo. Lo cierto es que recibida la jangada, se le encomendó al mensú, juntamente con tres peones, la conducción de una recua de mulas a la Carrería, varias leguas adentro. No pedía otra cosa el mensú, que salió a la mañana siguiente, arreando su tropilla por la picada maestra. Hacía ese día mucho calor. Entre la doble muralla de bosque, el camino rojo deslumbraba de sol. El silencio de la selva a esa hora parecía aumentar la mareante vibración del aire sobre la arena volcánica. Ni un soplo de aire, ni un pío de pájaro. Bajo el sol a plomo que enmudecía a las chicharras, la tropilla, aureolada de tábanos, avanzaba monótonamente por la picada, cabizbaja de modorra y luz. A la una, los peones hicieron alto para tomar mate. Un momento después divisaban a su patrón que avanzaba hacia ellos por la picada. Venía solo, a caballo, con su gran casco de pita. Korner se detuvo, hizo dos o tres preguntas al peón más inmediato, y recién entonces reconoció al indiecito, doblado sobre la pava de agua. El rostro sudoroso de Korner enrojeció un punto más, y se irguió en los estribos. —¡Eh, vos! ¿Qué hacés aquí? —le gritó furioso. El indiecito se incorporó sin prisa. —Parece que no sabe saludar a la gente —contestó avanzando lento hacia su patrón. Korner sacó el revólver e hizo fuego. El tiro tuvo tiempo de salir, pero a la loca: un revés de machete había lanzado al aire el revólver, con el índice adherido al gatillo. Un instante después Korner estaba por tierra, con el indiecito encima. Los peones habían quedado inmóviles, ostensiblemente ganados por la audacia de su compañero. —¡Sigan ustedes! —les gritó éste con voz ahogada, sin volver la cabeza. Los otros prosiguieron su deber, que era para ellos arrear las mulas, según lo ordenado, y la tropilla se perdió en la picada. El mensú, entonces, siempre conteniendo a Korner contra el suelo, tiró lejos el cuchillo de éste, y de un salto se puso de pie. Tenía en la mano el rebenque de su patrón, de cuero de anta. —Levantate —le dijo. Korner se levantó, empapado en sangre e insultos, e intentó una embestida. Pero el látigo cayó tan violentamente sobre su cara que lo lanzó a tierra. —Levantate —repitió el mensú. Korner tornó a levantarse. —Ahora caminá. Y como Korner, enloquecido de indignación, iniciara otro ataque, el rebenque, con un seco y terrible golpe, cayó sobre su espalda. —Caminá. Korner caminó. Su humillación, casi apopléjica, su mano desangrándose, la fatiga, lo habían vencido, y caminaba. A ratos, sin embargo, la intensidad de su afrenta deteníalo con un huracán de amenazas. Pero el mensú no parecía oír. El látigo caía de nuevo, terrible, sobre su nuca. —Caminá. Iban solos por la picada, rumbo al río, en silenciosa pareja, el mensú un poco detrás. El sol quemaba la cabeza, las botas, los pies. Igual silencio que en la mañana, diluido en el mismo vago zumbido de la selva aletargada. Sólo de vez en cuando sonaba el restallido del rebenque sobre la espalda de Korner. —Caminá. Durante cinco horas, kilómetro tras kilómetro, Korner sorbió hasta las heces la humillación y el dolor de su situación. Herido, ahogado, con fugitivos golpes de apoplejía, en balde intentó varias veces detenerse. El mensú no decía una palabra, pero el látigo caía de nuevo, y Korner caminaba. Al entrar el sol, y para evitar la Comisaría, la pareja abandonó la picada maestra por un pique que conducía también al Paraná. Korner, perdida con ese cambio de rumbo la última posibilidad de auxilio, se tendió en el suelo, dispuesto a no dar un paso más. Pero el rebenque, con golpes de brazo habituado al hacha, comenzó a caer. —Caminá. Al quinto latigazo Korner se incorporó, y en el cuarto de hora final los rebencazos cayeron cada veinte pasos con incansable fuerza sobre la espalda y la nuca de Korner, que se tambaleaba como sonámbulo. Llegaron por fin al río, cuya costa remontaron hasta la jangada. Korner tuvo que subir a ella, tuvo que caminar como le fue posible hasta el extremo opuesto, y allí, en el límite de sus fuerzas, se desplomó de boca, la cabeza entre los brazos. El mensú se acercó. —Ahora —habló por fin—, esto es para que saludés a la gente… Y esto para que sopapeés a la gente… Y el rebenque, con terrible y monótona violencia, cayó sin tregua sobre la cabeza y la nuca de Korner, arrancándole mechones sanguinolentos de pelo. Korner no se movía más. El mensú cortó entonces las amarras de la jangada, y subiendo en la canoa, ató un cabo a la popa de la almadía y paleó vigorosamente. Por leve que fuera la tracción sobre la inmensa mole de vigas, el esfuerzo inicial bastó. La jangada viró insensiblemente, entró en la corriente, y el hombre cortó entonces el cabo. El sol había entrado hacía rato. El ambiente, calcinado dos horas antes, tenía ahora una frescura y quietud fúnebres. Bajo el cielo aún verde, la jangada derivaba girando, entraba en la sombra transparente de la costa paraguaya, para resurgir de nuevo a la distancia, como una línea negra ya. El mensú derivaba también oblicuamente hacia el Brasil, donde debía permanecer hasta el fin de sus días. —Voy a perder la bandera —murmuraba mientras se ataba un hilo en la muñeca fatigada. Y con una fría mirada a la jangada que iba al desastre inevitable, concluyó entre los dientes: —¡Pero ése no va a sopapear más a nadie, gringo de un añá membuí! FIN Autor: Horacio Quiroga Título: Una bofetada Publicado en: Fray Mocho, 28 de enero de 1916 Aparece en: El salvaje (1920)

  • "Viejos territorios", cuento de Richard Matheson

    En Viejos territorios , Richard Matheson narra el regreso de un hombre a su antigua ciudad universitaria, con la ilusión de revivir su juventud. Lo que comienza como un viaje nostálgico se transforma en una experiencia inquietante cuando su propio pasado lo confronta, recordándole que hay cosas que no pueden recuperarse. Un relato melancólico y perturbador sobre el paso del tiempo y la imposibilidad de volver atrás. Viejos territorios Richard Matheson Su idea original había sido la de pasar la noche en el centro, en el Hotel Tiger. Pero se le había ocurrido que tal vez su antigua habitación estuviera libre. Estábamos en temporada de verano, y pudiera ser que no hubiera ningún estudiante viviendo allí. Merecía la pena intentarlo. No se le ocurría nada más agradable que dormir en su viejo cuarto, en su vieja cama. La casa era la misma. Subió por los escalones de cemento, sonriendo al ver los bordes todavía desmigajados. Los mismos viejos escalones, pensó, todavía estropeados. Igual que la desvencijada pantalla de la puerta que daba al porche y el timbre que tenía que ser apretado en cierto ángulo para que hiciera contacto. Movió la cabeza, sonriendo, y se preguntó si la señorita Smith seguiría viva. No fue la señorita Smith quien abrió la puerta. Su corazón dio un vuelco cuando, en lugar de su tambaleante y vieja figura, una fornida mujer de edad madura llegó apresurándose a la puerta. —¿Sí? —dijo, su voz un sonido brusco y poco hospitalario. —¿Sigue viviendo aquí la señorita Smith? —preguntó, con la esperanza, a pesar de todo, de que así fuera. —No, la señorita Ada lleva años muerta. Fue como si le dieran una bofetada en la cara. Se sintió momentáneamente aturdido y asintió a la mujer. —Ya veo —dijo después—. Ya veo. Yo ocupé la habitación libre mientras estaba en la universidad, ¿sabe?, y pensé… La señorita Smith muerta. —¿Está usted estudiando? —preguntó la mujer. No sabía si tomárselo como un insulto o como un cumplido. —No, no —dijo—, sólo estoy de paso, camino de Chicago. Me licencié hace muchos años. Me preguntaba si… si vivía alguien en la vieja habitación. —¿Se refiere a la habitación del salón? —preguntó la mujer, observándole con ojo crítico. —Eso es. —Hasta el otoño no —dijo. —¿Podría… verla? —Bueno, yo… —Había pensado en quedarme esta noche —se apresuró a decir—, es decir, si es que… —Oh, perfectamente —la mujer adoptó un tono más cálido—. Si eso es lo que quiere. —Eso es lo que quiero —dijo—. Es un poco como reanudar una vieja amistad, ¿sabe? Sonrió tímidamente, deseando no haber dicho eso. —¿Cuánto quiere pagar? —preguntó la mujer, más preocupada por el dinero que por los recuerdos. —Bueno, ¿sabe qué? —dijo él, impulsivamente—. Solía pagar veinte dólares al mes. ¿Y si le pago eso? —¿Por una noche? Se sintió estúpido. Pero ahora no podía echarse atrás, aunque sentía que su oferta había sido una torpeza nostálgica. Ninguna habitación valía veinte dólares la noche. Se paró en seco. ¿Por qué vacilar? Revivir los viejos recuerdos valía eso. Veinte dólares ya no eran nada para él. El pasado sí lo era. —Los pagaré encantado —dijo—. Para mí lo vale. Sacó los billetes de la cartera y se los ofreció con dedos torpes. Echó un vistazo al cuarto de baño mientras avanzaban por el pasillo mal iluminado. La imagen familiar le hizo sonreír. Había algo maravilloso en aquel regreso. No podía evitarlo; sencillamente lo había. —Sí, la señorita Ada lleva muerta casi cinco años —dijo la mujer. Su sonrisa se esfumó. Cuando la mujer abrió la puerta de la habitación, quiso quedarse allí durante un largo instante antes de entrar una vez más. Pero ella se quedó esperándole y él sabía que se sentiría ridículo pidiéndole que esperase para que pudiera respirar hondo antes de entrar. Un viaje en el tiempo. La frase le pasó por la cabeza al entrar en la habitación. Porque le parecía que había vuelto repentinamente; el nuevo estudiante que entraba en la habitación por vez primera, con la maleta en la mano, al principio de una nueva aventura. Se quedó allí mudo, mirando la habitación, con una sensación de miedo inexplicable dominándole. La habitación parecía recordarle todo. Todo. Mary y Norman y Spencer y David, y clases y conciertos y fiestas y bailes y partidos de fútbol y cervezas y charlas de toda la noche y todo. Los recuerdos se apelotonaron sobre él hasta que pareció que le iban a aplastar. —Está un poco polvoriento, pero lo limpiaré cuando salga a comer —dijo la mujer—. Iré a buscarle unas sábanas. No oyó sus palabras ni sus pasos al bajar por el pasillo. Se quedó allí, poseído por el pasado. No sabía qué era lo que le había hecho estremecerse y mirar alrededor repentinamente. No era un sonido, ni nada que hubiera visto. Era una sensación en su cuerpo y su alma; una sensación irracional de que iba a pasar algo. Dio un respingo y tomó aliento cuando la puerta se cerró de golpe. —Es el viento —dijo la mujer, volviendo con sábanas para su vieja cama. La Gran Vía. El semáforo se puso rojo y pisó el freno. Su mirada se deslizó por los escaparates. Allí estaba el supermercado Crown, igual que siempre. Al lado, la zapatería de Flora Dame. Sus ojos cruzaron al otro lado de la calle. La tienda Glendale seguía allí. Y el comercio textil de Barth seguía en su antiguo emplazamiento. Pareció que algo se liberaba dentro de su cabeza y comprendió que había tenido miedo de ver la ciudad cambiada, pues cuando dobló la esquina para entrar en la Gran Vía y vio que la librería de la señora Sloane y el College Grille habían desaparecido, casi se sintió traicionado. La ciudad que recordaba existía intacta en su mente y le producía cierta tensión e inquietud ver que había cambiado parcialmente. Era como encontrarse con un viejo amigo y descubrir, sorprendido, que le falta una pierna. Pero había el suficiente número de cosas iguales como para devolverle la solemne sonrisa a los labios. El College Theatre donde él y sus amigos habían ido a ver espectáculos de medianoche los sábados después de una cita o tras largas horas de estudio. La bolera Collegiate; en el piso de arriba, la piscina. Y debajo… Impulsivamente, echó el coche a la cuneta y apagó el motor. Se quedó sentado mirando, por un momento, la entrada al Golden Campus. Luego se bajó rápidamente del coche. El mismo viejo toldo colgaba sobre la entrada, sus colores antaño chillones ahora desgastados hasta parecer conservados por efecto del tiempo y el clima. Avanzó con una sonrisa asomando a los labios. Entonces se sintió dominado por una sensación abrumadora de depresión, al contemplar la estrecha y empinada escalera. Puso los dedos sobre el pasamanos y, tras un instante de vacilación, bajó lentamente. No recordaba que la escalera fuera tan estrecha. Casi al fondo de las escaleras, un sonido chirriante llegó a sus oídos. Alguien estaba encerando la pequeña pista de baile con cepillos giratorios. Descendió el último escalón y vio al pequeño hombre negro siguiendo a la máquina que se desplazaba suavemente. Vio y oyó la nariz de metal del pulimentador tropezar con una de las columnas que señalaban los límites de la pista de baile. Volvió a fruncir el ceño. Aquel sitio era muy pequeño y lóbrego. Sin duda, la memoria no podía haberse desviado tanto. No, se explicó apresuradamente. No, era porque el sitio estaba vacío y no había luces. Era porque la máquina de discos no bullía con burbujas de colores y no había parejas bailando. Inconscientemente, se metió las manos en los bolsillos de los pantalones, una pose que no había asumido más que una o dos veces desde que había salido de la universidad dieciocho años antes. Se acercó más a la pista de baile, asintiendo una vez hacia el estrado de la banda como si fuera un viejo conocido. Se paró al borde de la pista y pensó en Mary. ¿Cuántas veces habían dado vueltas alrededor de aquel pequeño espacio, moviéndose al ritmo que salía palpitante de la máquina de discos resplandeciente? Bailando lentamente, los cuerpos íntimamente próximos, su mano cálida acariciando ociosamente su nuca. ¿Cuántas veces? Algo se puso tenso en su estómago. Casi podía ver su cara otra vez. Se apartó rápidamente de la pista de baile y miró los reservados de madera oscura. Una sonrisa forzada asomó a sus labios. ¿Todavía seguían allí? Rodeó una columna y empezó a caminar hacia la parte trasera. —¿Está buscando a alguien? —preguntó el viejo negro. —No, no —dijo—. Sólo quiero mirar una cosa. Avanzó entre las filas de reservados, intentando ignorar la sensación de incomodidad. ¿Cuál es?, se preguntaba. No podía recordarlo; todos le parecían iguales. Se paró, con las manos en la cadera, y miró todos los reservados, moviendo lentamente la cabeza. Sobre la pista de baile, el negro terminó de cepillar, quitó el enchufe y se llevó la torpe máquina. Reinó un silencio de muerte. Las encontró en el tercer reservado en que miró. Desgastadas, las letras estaban casi tan oscuras como la madera que las rodeaba, pero no cabía duda de que estaban allí. Se deslizó en el reservado y las miró. B. J . Bill Johnson. Y, bajo las iniciales, el año 1939. Pensó en todas las noches que él y Spence y Dave y Norm habían pasado sentados en aquel reservado, diseccionando el universo con los escalpelos afilados y precisos de los estudiantes universitarios. —Creíamos que lo sabíamos todo —murmuró—. Hasta lo último. Lentamente, se quitó el sombrero y lo dejó sobre la mesa. Lo que deseaba ahora era un vaso de la vieja cerveza de siempre; aquella bebida espesa y con sabor a malta que te llenaba las venas y estimulaba el corazón, como solía decir Spence. Asintió dándole la razón, haciendo un brindis silencioso. —Por ti —susurró—. Por el pasado insoportable. Mientras lo decía, levantó la mirada de la mesa y vio a un hombre joven en pie al otro lado de la habitación, al final de la sombría escalera. Johnson miró al joven, incapaz de verle claramente sin las gafas puestas. Pasado un momento, el joven se volvió y subió una vez más por las escaleras. Johnson sonrió. Vuelve a las seis, pensó. No abren hasta las seis. Aquello le hizo pensar de nuevo en todas las noches que había pasado en la húmeda penumbra, bebiendo cerveza, hablando, bailando, derrochando su juventud con el desenfado casual de un millonario. Se quedó sentado en la semioscuridad, los recuerdos girando a su alrededor como un torbellino, dando vueltas en su cabeza, obligándole a mantener apretados los labios porque sabía que todo aquello había desaparecido para siempre. En medio de todo, volvió el recuerdo de ella. Mary, pensó, y se preguntó qué habría sido de Mary. Empezó de nuevo cuando pasaba bajo la puerta que conducía al campus. La incómoda sensación de que el pasado y el presente se estaban fundiendo, de que estaba caminando por la cuerda floja entre ambos, a punto de caer en uno u otro. La sensación le seguía los pasos, enfriando la euforia que había sentido al volver. Miró el edificio, pensando en las clases que había recibido allí, en la gente que había conocido. Entonces, casi en el mismo instante, vio su vida actual, las aburridas ventas una tras otra. Los meses y los años de conducir en solitario por todo el país. Y acabar sólo para volver a un hogar que no le gustaba, a una esposa que no amaba. Seguía pensando en Mary. Qué necio había sido al dejarla escapar. Pensó, con la seguridad inconsciente de la juventud, que el mundo estaba repleto de posibilidades sin fin. Había pensado que era un error elegir tan pronto en la vida y aceptar lo bueno conocido. Había sido un gran defensor de buscar pastos más verdes. Había seguido buscando hasta que el tiempo amarilleó todos sus pastos. Otra vez la misma sensación: una combinación de sentimientos. Una insatisfacción creciente que le mordisqueaba y le ahogaba, y una sensación de agobio e inquietud. Un ansia ineludible de mirar por encima del hombro y ver quién le seguía. No podía ignorarla, y le molestaba e irritaba. Ahora estaba caminando por el lado este del campus, la chaqueta echada sobre el brazo derecho, el sombrero inclinado hacia atrás en su cabeza con poco pelo. Sintió que pequeñas gotas de sudor caían por su espalda mientras caminaba. Se preguntó si debería detenerse y quedarse un rato sentado en el campus. Había varios estudiantes desperdigados bajo los árboles, riendo y charlando. Pero ahora recelaba de hablar con los estudiantes. Justo antes de ir al campus, había parado en el Café del Campus para tomarse un vaso de té con hielo. Se había sentado al lado de un estudiante y había intentado iniciar una conversación. El joven le había tratado con un respeto intolerable. No había dicho nada, por supuesto, pero le había resultado muy ofensivo. Además, había pasado otra cosa. Mientras se dirigía a la caja para pagar, un joven había pasado caminando por la calle. Johnson había creído que le conocía y había levantado la mano para llamar la atención del estudiante. Luego se había dado cuenta de que era imposible que conociera a ninguno de los estudiantes actuales y había bajado el brazo sintiéndose culpable. Había pagado su cuenta, sintiéndose muy deprimido. La depresión seguía aferrándose a él mientras subía por la escalera del edificio de las Artes Liberales. Al llegar a lo alto de las escaleras se dio la vuelta y contempló el campus. A pesar de cierto sentimiento de desánimo, le estimuló ver que el campus seguía siendo el mismo. Al menos aquello no había cambiado, y había cierta sensación de continuidad en el mundo. Sonrió y se dio la vuelta, y entonces volvió a girarse otra vez. ¿Había alguien siguiéndole? La sensación era muy fuerte. Su mirada preocupada se deslizó sobre el campus sin ver nada fuera de lo común. Encogiéndose de hombros con irritación, entró en el edificio. También seguía siendo el mismo, y se sintió bien caminando sobre las baldosas oscuras una vez más, bajo los frescos del techo, subiendo por los escalones de mármol, atravesando los salones insonoros y frescos. No se fijó en la cara del estudiante que pasó a su lado, aunque sus hombros casi se tocaron. Pareció notar que el estudiante le miraba. Pero no estaba seguro y, cuando miró por encima de su hombro, el estudiante ya había doblado la esquina. La tarde pasó lentamente. Caminó de edificio en edificio, entrando en cada uno de ellos religiosamente, mirando los tablones de anuncios, echando vistazos a las aulas y sonriendo a todo con sonrisas cuidadosamente calculadas. Pero empezaba a sentir el deseo de huir. Le dolía que nadie hablara con él. Pensó en ir al director de alumnos y charlar con él, pero decidió no hacerlo. No quería parecer pretencioso. Sólo era un ex-alumno que visitaba discretamente el escenario de sus días universitarios. Nada más. No tenía sentido montar un espectáculo. Mientras volvía caminando a la habitación después de cenar, tuvo la clara impresión de que alguien le estaba siguiendo. Cada vez que se detenía con el ceño fruncido por la sospecha y miraba hacia atrás, no veía nada. Sólo el sonido de los coches dando bocinazos en la Gran Vía o la risa de los jóvenes en sus habitaciones. En los escalones del porche de la casa se paró y miró hacia la calle, con un escalofrío incómodo bajándole por la espalda. Probablemente había sudado demasiado aquella tarde, pensó. Ahora el aire frío le estaba helando. Al fin y al cabo, ya no era tan joven como… Agitó la cabeza, intentando sacudirse la frase de la cabeza. Un hombre es tan joven como se siente, se dijo con autoridad, y asintió secamente para grabarse el dato en la cabeza. La mujer había dejado la puerta principal cerrada sin echar la llave. Al entrar, oyó que hablaba por teléfono en el dormitorio de la señorita Smith. Johnson asintió en silencio. ¿Cuántas veces había hablado con Mary a través de aquel viejo teléfono? ¿Cuál era el número? 4458. Justo. Sonrió orgulloso de ser capaz de recordarlo. ¿Cuántas veces había estado sentado en la vieja mecedora negra, charlando de tonterías con ella? Le cambió la cara. ¿Dónde estaría ahora? ¿Se habría casado y tenía hijos? ¿Habría…? Se detuvo, tenso, al oír el crujido de una tabla detrás de él. Aguardó un momento, esperando oír la voz de la mujer. Luego miró hacia atrás rápidamente. El pasillo estaba vacío. Tragando saliva, entró en su habitación y cerró la puerta con firmeza. Buscó a tientas el interruptor de la luz y por fin lo encontró. Volvió a sonreír. Aquello estaba mejor. Caminó por su vieja habitación, pasando la mano por encima del escritorio, la mesa de estudio, el colchón de la cama. Arrojó su sombrero y su abrigo sobre la mesa y se dejó caer sobre la cama con un suspiro de agotamiento. Una sonrisa iluminó su cara al oír el gruñido de los viejos muelles. Los mismos viejos muelles, pensó. Levantó las piernas y se recostó en la almohada. Dios, qué bien se sentía. Pasó los dedos sobre la colcha, acariciándola con afecto. La casa estaba en silencio. Johnson giró sobre su estómago y miró por la ventana. Allí estaba el viejo callejón, el gran roble todavía alzándose sobre la casa. Agitó la cabeza ante los abrumadores sentimientos que los recuerdos del pasado le habían provocado. Entonces dio un respingo al notar que la puerta se movía ligeramente en su marco.  Es el viento , recordó las palabras de la mujer. Estaba decididamente crispado, pensó, pero todo aquello le había resultado perturbador. Bueno, era comprensible. El día había supuesto una experiencia emocional. Revivir el pasado y lamentar el presente era mucho esfuerzo para cualquier hombre. Se sintió soñoliento después de la fuerte cena que había comido en la Black and Gold Inn. Se levantó y se arrastró hasta el interruptor de la luz. La habitación se sumió en la oscuridad y volvió a la cama a tientas. Se tumbó con un gruñido de satisfacción. Seguía siendo una buena cama. ¿Cuántas noches había dormido allí, su cerebro hirviendo con el contenido de los libros que había estudiado? Bajó la mano y se desabrochó el cinturón, fingiendo que no sentía una pizca de remordimiento por la forma en que su cuerpo, antaño esbelto, había engordado. Suspiró al notar que la presión de su estómago se aliviaba. Luego giró sobre el costado en la habitación cálida y sofocante y cerró los ojos. Se quedó tumbado tres minutos, escuchando el sonido de un coche al pasar por la calle. Luego se tumbó de espaldas con un gruñido. Estiró las piernas, y las dejó sueltas. Luego se sentó y, agachándose, se desató los zapatos y los dejó caer sobre el suelo. Se recostó en la almohada y volvió a ponerse de costado con un suspiro. Ocurrió lentamente. Al principio pensó que le molestaba el estómago. Luego se dio cuenta de que no eran sólo los músculos del estómago, sino todos los músculos de su cuerpo. Sintió que los ligamentos se tensaban y un escalofrío recorrió su cuerpo. Abrió los ojos y parpadeó en la oscuridad. ¿Qué estaba pasando, en nombre de Dios? Miró la mesa y vio el contorno oscuro de su sombrero y su chaqueta. Volvió a cerrar los ojos. Tenía que relajarse. En Chicago iba a ver a algunos clientes importantes. Hace frío, pensó irritado, buscando a tientas a su lado y echándose por fin la manta por encima de su robusto cuerpo. Sintió que se le ponía la carne de gallina. Escuchó atentamente, pero no había más sonido que la brusquedad de su propia respiración. Se retorció incómodo, preguntándose cómo era posible que la habitación se hubiera enfriado tanto de golpe. Debía de haber pillado un resfriado. Rodó sobre la espalda y abrió los ojos. Al instante, su cuerpo se puso rígido y todos los sonidos se paralizaron en su garganta. Allí, inclinándose sobre él, a un palmo de él, estaba la cara más blanca y llena de odio que hubiera visto en toda su vida. Se quedó mirando la cara con aturdimiento, con la boca abierta por el horror. —Vete —dijo la cara, su voz ronca y chirriante de maldad—. Vete. No puedes volver. Durante un rato, después de que la cara hubiera desaparecido, Johnson se quedó tumbado, apenas capaz de respirar, las manos apretadas en rígidos nudos junto a su cuerpo, los ojos abiertos de par en par. Seguía intentando pensar, pero el recuerdo de la cara y las palabras habían petrificado su cerebro. No se quedó. Cuando recuperó las fuerzas, se levantó y consiguió escabullirse sin llamar la atención de la mujer. Salió rápidamente de la ciudad, empalidecido, pensando sólo en lo que había visto. Era él. Era su cara cuando estaba en la facultad. Su joven yo, que odiaba a aquel encallecido intruso por inmiscuirse en lo que nunca podría volver a ser suyo. Y el joven del Golden Campus; aquél había sido su joven yo. El estudiante que pasaba junto al Café del Campus había sido él, tal como fue en tiempos. Y el estudiante del pasillo y la presencia resentida que le había seguido por el campus, odiándole por volver y manosear el pasado. Todos habían sido él. No volvió nunca, y nunca le contó a nadie lo que había ocurrido. Y cuando, en raros momentos, hablaba de sus días universitarios, siempre era encogiéndose de hombros y con una sonrisa cínica para demostrar lo poco que realmente habían significado para él. FIN Autor: Richard Matheson Título: Viejos territorios Título Original: Old Haunts Publicado en: The Magazine of Fantasy and Science Fiction, octubre de 1957 Traducción: Santiago García

  • "Feliz cumpleaños, querido Jesús", Frederik Pohl

    Feliz cumpleaños, querido Jesús Frederik Pohl Fue la Navidad más desquiciada de toda mi vida. En parte fue culpa de Heinemann, ya que me vino con una de sus ocurrencias acerca de los regalos empaquetados que, ciertamente, parecía buena, pero al igual que todas las demás ideas que paren los de la oficina principal significó dolor de cabeza para todos los demás. Pero lo que de veras me alborotó la Navidad fue la muchacha. La oficina de personal me la envió después de haber acudido yo allí en carne y hueso y haber aporreado el mostrador tres veces consecutivas. Estábamos ya en el comienzo de la temporada y cuando ella me dijo que había presentado su solicitud tres semanas antes de que la llamaran, me disculpé y pedí línea con la oficina de personal desde mi propio despacho. —Aquí Martin —dije—. ¿Qué demonios pasa con tus empleados? La chica es del tipo empíreo y me la habéis tenido por ahí perdida un mes por lo menos… Crawford, el jefe de personal, me interrumpió. —¿Has cruzado muchas palabras con ella? —No, la verdad, pero… —Llámame cuando lo hayas hecho —advirtió y colgó. Volví a la oficina del almacén, donde me esperaba la hembra en cuestión con mucha paciencia, y me quedé mirándola con detenimiento. A mí me parecía bien. Era rubia, de ojos azules y nada grandota; su sonrisa era breve y dulce. No era exactamente hermosa, pero era la clase de muchacha que a uno le gusta conocer. No era ni atontada ni procaz; que es la perfecta descripción de lo que llamamos «tipo empíreo». ¿Qué ocurría, pues, en la oficina de personal? Se llamaba Lilymary Hargrave. La puse a trabajar en la máquina perfumadora de regalos empaquetados y me dediqué luego a lo mío. Tengo en mi departamento a unas ciento cuarenta y una personas empleadas y en plena temporada navideña suelo doblar el número de trabajadores. Pero las cosas nos salen a pedir de boca. Un ejemplo:  Saul y Capell , un negociete que nos viene pisando los talones en cuanto a dominio comercial de la ciudad se refiere, tiene ciento sesenta empleados en el departamento de regalo y consulta y sus ventas son un veinticinco por ciento más pequeñas que las nuestras. En los cuatro años que llevo al frente del departamento no ha dejado de cumplirse a rajatabla ningún programa. La mañana en que comenzó a trabajar la nueva empleada la pasé entera vigilándola. Era una chiquita despierta, lista, demasiado lista para aturullarse con el perfumador. Necesitaba alguien como ella a mi alrededor y, en un momento dado, consideré que si seguía respondiendo tan bien como veía, al cabo de una semana la pondría en el mostrador de consejos, y que el diablo se llevara lo que pensasen los de personal. El almacén estaba lleno de compradores de última hora. Creo que soy un sentimental, pero me encanta observar el gentío que entra y sale, los artículos revueltos por todas partes y las lucecitas en los árboles y los altavoces musitando: «Navidades blancas», «La última bujía del mercado» y «Campanitas de alegría», y tantas y tantas cosas que son tradicionales. Navidad es algo más que una temporada de buenas ventas para mí: significa algo. La chica pidió verme cerca de la hora de cerrar. Parecía cansada, y con razón. Vi una carretilla llena de regalos empaquetados y a un tipo de la sección de Envíos con cara de no saber qué pasaba. La chica dijo: —Perdone, señor Martin, pero creo que he cometido un error. El tipo de Envíos rio entre dientes. —Compruébelo usted mismo, señor Martin —dijo, tendiéndome uno de los paquetes. Lo miré. Era cierto, había un error. La nueva idea de Heinemann para aquel año consistía en una tarjeta de regalo adosada: una vulgar escena navideña y un mensaje de paz impreso: Felicitación en el día más feliz del año De . . . . . .A . . . . . . .$8,50 El precio variaba según el artículo, por supuesto. La idea de Heinemann era que el cliente la rellenase y mandase por correo a quien quisiese antes del tiempo oportuno. De este modo, la persona que recibiese la tarjeta sabría cuánto tendría que gastar en el regalo con que debía cumplimentar al remitente. Era un truco agudo, lo admito, y quizá lo más agudo de todo era el pico de los cincuenta centavos. Heinemann decía que era de poca educación el ofrecer precios redondos y puesto que los clientes preferían esta aparente imprecisión, era mejor hacerlo así. Pero el problema estaba en que las máquinas de empaquetar regalos sólo engranaban tarjetas de modelo homogéneo, por lo que se hacía necesario poner el precio a mano. —Muy bien, Joe —dije—. Yo me ocuparé de esto personalmente —Joe se fue satisfecho a Envíos y me encaré con la chica—. Es culpa mía. Debería habérselo explicado, pero creo que habría sido excesivo para el primer día. Parecía abatida. —Lo lamento —dijo. —No hay nada que lamentar —le mostré la solapilla que el Departamento de Envíos se quedaba en calidad de resguardo para archivo una vez el paquete era enviado—. No tenemos más que seguir esta indicación; el precio está puesto en todos los resguardos. Comprobaremos las tarjetas y las seleccionaremos. Creo… —consulté el reloj—. Creo que esta noche saldrá usted un poco más tarde, pero haré que se le considere tiempo extra y se le pague por ello. No ha sido culpa suya, a fin de cuentas. —Señor Martin —dijo con vacilación—, creo que no va a poder ser… es decir, ¿no podemos dejarlo para otro día? No es que esté cansada, sino que tengo que estar en casa porque mi padre me espera y si no llego a tiempo no se acordará de cenar. Por favor. Creo que fruncí el entrecejo un tanto, ya que su cara quedó un poquito contristada. Pero, después de todo, era su primer día. —Señorita Hargrave —dije—, deje de preocuparse. Yo me ocuparé de ello. La forma en que me ocupé de ello fue hacerlo por mi cuenta. Era ya tarde cuando acabé, de modo que comí con rapidez y fui a casa a acostarme. Pero no me importó, porque, ¡oh, si supierais qué sonrisa me dedicó al marcharse! La mañana siguiente estuve mirando aquí y allá porque deseaba ver de nuevo a Lilymary Hargrave. Pero mi suerte parecía estar ausente, porque ella también lo estaba. Mi brazo derecho, Johnny Furness, me informó que ni siquiera había telefoneado. Llamé a los de personal para que me dieran su número telefónico, pero no lo tenían; pedí su dirección, pero la compañía telefónica afirmó que no había ningún teléfono a su nombre. Estuve paseando nervioso hasta la hora del café y entonces me calé el sombrero y salí del almacén. No era sólo que quisiera verla, me decía a mí mismo; era una obrera demasiado buena para dejar que se sintiera aturdida por un simple error y era, al mismo tiempo, cuestión de justicia que fuera a buscarla a su casa. La casa estaba en un barrio indescriptible: ni bueno ni malo. Un grupo de críos jugaba junto a una boca de riego… aunque, por otro lado, las casas eran limpias y más o menos nuevas. Clase media, habría dicho cualquiera. Di con el domicilio y llamé a la puerta de un apartamento del segundo piso. Abrió un hombre alto, delgado, de unos cincuenta años aproximadamente: el padre de Lilymary, consideré. —Buenos días —dije—. ¿Está la señorita Hargrave? Sonrió; su rostro estaba tostado por el Sol y sus dientes eran brillantes. —¿Cuál? —Rubia, estatura media, ojos azules. ¿Hay más de una? —Cuatro. Pero usted se refiere a Lilymary; ¿no quiere pasar? Lo seguí y me encontré con una versión de Lilymary de seis años que cogió mi sombrero y lo colgó solemnemente en una percha hecha de cañas de bambú. El hombre delgado dijo: —Soy Morton Hargrave, padre de Lily. Ella está en la cocina. —George Martin —dije. Asintió y se fue, a la cocina, supuse. Me senté en un sillón pasado de moda que había en la sala de estar y la niña de seis años lo hizo en el borde de una silla de rígido respaldo que se erguía enfrente de mí, sin duda para estar segura de que no iba a arramblar con ninguno de los recuerdos que había en la repisa de la chimenea. La estancia estaba llena de curiosidades: sobre todo el pedazo de tejido áspero cruzado por una lanza. Todo tenía un algo que recordaba a los mares del sur, aunque no soy un experto. La de seis años dijo con seriedad: —Éste es el individuo, Lilymary —y se levantó. —Buenos días —dijo Lilymary Hargrave, con algunas manchas de harina y una expresión de interés pintada en el rostro. Dije tartamudeando: —Yo… este… vi que no había acudido esta mañana y, bueno, puesto que es usted nueva en la empresa, pensé… —Perdone, señor Martin —dijo—. ¿No le dijeron nada en la sección de personal acerca de los domingos? —¿Qué pasa con los domingos? —He de tener los domingos libres —explicó—. El señor Crawford dijo que no era corriente, pero me es imposible aceptar el empleo de otra forma. —¿Domingos libres? —repetí—. Pero… pero, señorita Hargrave, ¿no se da cuenta de que eso altera mis planes? ¡El domingo es el día que más trabajo tenemos! Nuestra empresa no es una tienda para ricos; nuestros clientes trabajan durante toda la semana. Si no disponemos de personal que les atienda cuando pueden acudir, no hacemos el trabajo que ellos quieren que hagamos. —Lo lamento muchísimo, señor Martin —dijo sinceramente. El engendro de seis años alcanzaba ya mi sombrero. El padre me dijo desde el vestíbulo: —Venga cuando quiera, señor Martin. Nos alegraremos de verle. Me acompañó hasta la puerta mientras Lilymary me despedía con una sonrisa y un gesto y regresaba a la cocina. Dije: —Señor Hargrave, ¿podría pedir a Lilymary que vaya por la tarde por lo menos? Detesto parecer el patrón, pero resulta que no damos abasto los fines de semana, sobre todo ahora que tenemos la temporada encima. —¿Temporada? —Temporada navideña —expliqué—. Cerca del noventa por ciento del beneficio anual se consigue en la temporada navideña, y una buena parte durante los fines de semana. ¿Se lo pedirá usted? El hombre negó con la cabeza. —Seis días trabajó el Señor —me soltó—, y el séptimo descansó. Lo siento. Y allí estaba yo, fuera del piso y con la puerta cerrándose educada pero implacablemente a mis espaldas. La gente está chiflada. Fui en metro hasta el almacén con un humor de perros; compré un periódico pero no lo leí, ya que cada vez que le echaba el ojo encima veía la fecha que anunciaba que la temporada navideña se acercaba y que quedaba muy poco tiempo para cubrir las cifras programadas: ocho de septiembre. Me prometí que tendría preparado algo para espetárselo a la señorita Lilymary Hargrave cuando tuviese la amabilidad de presentarse en su trabajo. Sin embargo no ocurrió así. Porque aquella noche, mientras mascullaba acerca de los mil líos del día una vez se habían marchado todos, me enamoré de Lilymary Hargrave. Acaso esto haya sonado a estupidez. Ella ni siquiera estaba allí y yo apenas la conocía de unas horas antes, y cuando un hombre empieza a dejar atrás los treinta y no se ha casado nunca, se empieza a pensar que es un caso difícil y que no es probable que caiga en la red de golpe y porrazo y que se enamore impetuosamente como un adolescente después de su primer divorcio barbilampiño. Como fuera, así ocurrió. Estuve a punto de llamarla. Temblé al borde del acto, mi mano sobre el auricular del teléfono. Pero era casi medianoche y si no estaba en la cama es algo que no quería saber, de manera que me fui a dormir. Me incliné al lado del lecho y apagué el soñador antes de ponerme a dormir; tenía una soñateca corriente repleta, un modelo de lujo con quinientos sueños que me había regalado la casa la Navidad anterior. Tenía el harén de Haroun al Raschid y tres de las favoritas de Carlos II; había viajado en cohete alrededor de la Luna, buceado hasta la Atlántica, ganado todas las apuestas en las carreras y hasta me habían elegido rey del mundo. Pero lo que quería soñar a la sazón no estaba grabado en ninguna cinta: su nombre era Lilymary Hargrave. El lunes duró una eternidad. Pero al final de la eternidad, cuando la punta del ala del ruiseñor había erosionado por completo la montaña de acero y el personal de Envíos se ponía el sombrero, el abrigo, se empolvaba la nariz o se arreglaba el cabello, me fui derecho hacia Lilymary Hargrave y le pregunté si quería cenar conmigo. Pareció desconcertada, pero sólo un instante. Luego sonrió… Creo haber mencionado ya la dulzura de su sonrisa. —Su proposición es fabulosa, señor Martin —dijo educadamente—, y se la agradezco infinito. Pero no puedo. —Por favor —dije. —Lo siento. Pude haber rogado de nuevo y hasta haberme postrado de hinojos a sus pies, tan importante era para mí. Pero el personal estaba todavía en la tienda y no quiero ni pensar lo que habría sido el espectáculo del jefe de departamento de rodillas ante la última obrera admitida. De modo que dije escuetamente: —Mal, mal —me despedí con un gesto y me alejé, dejando que su desconcierto me siguiera. Despejé el escritorio, amontonando cuentas y facturas en un cajón; estaba ya a punto de salir cuando oí una voz que me llamaba: —¡Señor Martin, señor Martin! Ella corría hacia mí sin aliento. —Lo lamento —dijo—, no quería gritarle, pero el caso es que telefoneé a mi padre y… —Creí que no tenía usted teléfono —dije acusadoramente. Parpadeó. —Lo llamé a la rectoría —explicó—. El caso es que lo llamé y, bueno, ambos nos sentiríamos muy honrados si pudiera venir a cenar con nosotros a casa. ¡Maravillosas palabras! La apariencia entera de la sala de embalaje y expedición cambió en un momento. Me incliné tontamente ante ella sintiendo una suave aceleración cardíaca; me sentí tan contento que habría regalado una casa, tan fuerte que habría destrozado a un oso de las cavernas, cualquier cosa habría hecho. Quería gritar y cantar, pero lo que dije fue: —De acuerdo. Nos encaminamos al metro y en el intervalo tuve que haberle hablado de alguna cosa, pero el caso es que no recuerdo nada de cuanto dijimos, sólo que ella parecía el ángel que se encuentra en el punto más alto del más alto de los árboles navideños. La cena estuvo bien, y había mucha, cocinada por la misma Lilymary, y creo que hice el idiota a más no poder. Estaba sentado, con la niña de seis años a un lado y Lilymary al otro, enfrente de la que tenía diez años y de la que tenía doce. El padre de las cuatro estaba en una punta; éramos los únicos varones. Creí entender que había un par de hermanos, pero no vivían con la familia. Supongo que había habido una madre en otro tiempo, a no ser que Morton Hargrave hubiera forjado a sus chicas con un molde de repostería; el caso es que la madre parecía haber muerto. Me sentía un tanto abrumado. No estaba acostumbrado a sentirme rodeado de tanta pieza femenina ni tan jóvenes como aquéllas. Lilymary quiso entablar conversación conmigo, pero no tuvo mucho éxito. Las hermanas menores comenzaron a reírse como tontas y ella tuvo que hacerlas callar y a deslizarles ciertas observaciones en cierta clase de lengua extranjera muy peculiar: me sonó a dialecto extraño muy remoto y más tarde supe lo que era. Pero fue desconcertante, especialmente en los labios de la de los seis años y las risitas tontas. Así, no pude responder adecuadamente a las intentonas de Lilymary. Pero todo tiene su final, hasta las cenas con niñas reidoras. Luego, el señor Hargrave y yo nos sentamos en el salón y esperamos a que las muchachas… ¿acabaran de fregar los platos? —Señor Hargrave, ¿ha dicho que están fregando los platos? —dije desconcertado. —Claro, claro que los están fregando —dijo—. ¿De qué otra manera podrían limpiarse? —Vaya, señor Hargrave, pues con un lavaplatos —y lo miré de manera distinta; los negocios son los negocios; y añadí—: A fin de cuentas, estamos en temporada navideña. En mi empresa hacemos campaña de lavaplatos para que sean ofrecidos como regalo de Navidad, ¿sabe? Nosotros… Me interrumpió con buen humor. —Yo tengo ya mis regalos, señor Martin. Cuatro regalos que son excelentes lavaplatos. —Pero, señor Hargrave… —Déjese de  señor  Hargrave —la niña de seis años estaba junto a mí y me miraba con desaprobación—.  Doctor  Hargrave. —¡Corinne! —exclamó el padre—. No le haga caso, señor Martin. Como habrá visto, no hacemos las cosas de manera muy… muy civilizada. Hemos pasado mucho tiempo en Borneo. Las muchachas regresaban ya de la cocina. Lilymary se había quitado el delantal y estaba… de miedo. —Señor Martin —dijo ocurrente—, ¿le gustaría oír cómo toca Corinne? Había un piano en un rincón. Dije con rapidez: —Me enloquece el piano. Pero… Lilymary rio. —Lo hace bien —me dijo con seriedad—. Aunque esté ella delante he de confesarlo. Pero si no le gusta, dejaremos que se marche. O si lo prefiere, Gretchen y yo cantaremos un poco. ¡Por Satanás! ¿Acaso no había ningún televisor en aquella casa? Me sentía completamente desplazado, pero, claro, Lilymary seguía estando de miedo. Así que accedí y Lilymary y la doceañera llamada Gretchen cantaron canciones antiguas mientras que la seisañera llamada Corinne las acompañaba al piano. No estuvo mal. Luego, la de diez años, cuyo nombre no había oído a la sazón, recitó versos; y, por último, se me quedaron mirando todos con atención. Me aclaré la garganta, bastante confundido. Lilymary dijo con rapidez: —Oh, espere: usted no tiene que hacer nada, señor Martin. Se trata de una costumbre nuestra; no esperamos que los extraños se adapten a ella. No quería que fecundara la palabra «extraño». De modo que dije: —Pero si me gusta mucho. Quiero decir que soy bastante mediocre a la hora de entretener a mis amigos, pero… —vacilé, y vacilé porque era la cosa más acertada que había dicho; no tengo mejor voz que una cabra y, por supuesto, el instrumento que me ha enseñado a entonar es un aparato de T. V. Pero en aquel momento recordé algo procedente de la infancia. —¿Les gustaría —dije entusiasmado— algo apropiado para esta temporada? ¿«Una visita de Santa Claus», por ejemplo? Gretchen dijo respondonamente: —¿Qué temporada? No comenzamos a celebrar… El padre la cortó: —Adelante, señor Martin, por favor —dijo amablemente—. Nos encantaría oírlo. Me aclaré la garganta y comencé: —Es temporada navideña y en todos los hogares decentesalborota ya San Nicolás con sus asistentes.Alacenas repletas, cajones que abasto no dande tantos recuerdos empaquetados que vienen y van.¡Navidad, alborozo, relámpago entusiasta!¡Cuántas listas por hacer! ¡Cuánto derroche de pasta!Tanto para… —¡Eh! —exclamó Gretchen con cara de pocos amigos—. Papá, eso no es… —¡Chitón! —dijo el señor Hargrave enfadado, aunque su cara tampoco era muy cordial; pero dijo—: Por favor, prosiga. Comencé a desear no haber abierto la bocaza. Me estaban mirando todos de una manera muy rara, salvo Lilymary, que constantemente miraba el suelo. Pero era demasiado tarde para retroceder. Proseguí: —Tanto para el dormitorio, tanto para el lavabo,y en la cocina… ¡ya no cabe ni el pavo!—¡Ayúdanos, Westinghouse! ¡Ayúdanos, Philips, lote completo!¡Gallina Blanca, General Electric, subid al abeto!Mirad a Papá con su cara risueñamientras recorta el cupón de su postal navideña.Tanto para la familia, tanto para las amistades.¡Qué lista tan larga estas Navidades!Olvidar un regalo puede ocasionar un malentendido.Consulte si ha hecho el regalo exigido.Y en… Gretchen se levantó. —Es hora de irnos a la cama —dijo—. Buenas noches a todos. Lilymary la contuvo. —No es la hora. No todavía —y me miró por vez primera—. Por favor, continúe —dijo arqueando una ceja. Seguí graznando: —Y en las tiendas, ¡cuántos regalos se ponen en camino!No hay palabras para explicar este torbellino.El robot lavaplatos, el nuevo frigorífico,el secador-teñidor, que por cierto es magnífico;la puerta de didimio, la negra ropa interior,¡y un televisor estereoscópico a todo color!¡Ven, Departamento de Crédito! ¡Caja de Ahorrosy Monte de Piedad! ¡Ven Club de Navidad! ¡Ven…! Lilymary apartó la mirada. Me detuve y me humedecí los labios. —No recuerdo más —mentí—. Lo siento… si… El doctor Hargrave sacudió la cabeza como hombre que emerge de una pesadilla. —Realmente, creo que se ha hecho un poco tarde —dijo a Lilymary—. Quizá… quizá nuestro invitado quiera un poco de café antes de irse. Rechacé el café y Lilymary me acompañó hasta el metro. No hablamos mucho. En la entrada de la boca del metro nos estrechamos la mano. —Ha sido una velada agradable —dijo. Un grupo de cantores de villancicos se acercó a nosotros; di al guitarrista unas monedas. Irritado de súbito, dije: —¿Esto no significa nada para usted? —¿El qué? Hice un gesto señalando a los cantores. —Eso. La Navidad. La Navidad sentimental, apacible, cálida y entrañable. Lilymary, nos conocemos hace muy poco, pero… —Por favor, señor Martin —me interrumpió—. Yo… yo ya sé lo que va usted a decir —parecía horrorosamente suplicante bajo la luz navideña de la iluminación roja y verde del árbol que habían plantado en la entrada del metro; sus piernas blancas y rectas, apenas ocultas por los pantalones cortos, adquirieron reflejos cromáticos; sus ojos relampaguearon; añadió—: Habrá visto que, como dice papá, estamos un poco alejados de la… civilización. Papá es misionero y hemos estado en Borneo desde que yo era pequeña. Gretchen, Marlene y Corinne nacieron allí. Para nosotros era diferente en aquel lugar —miró al árbol que se alzaba sobre nosotros y suspiró—. Es difícil acostumbrarse —dijo—. A veces lamento haber salido de Borneo. Me miró fijamente y sonrió. —Pero, a veces, me alegro de estar aquí —y se fue. ¿Ambigüedad? Llámesele cosa de mujeres. De cualquier modo, así lo llamé yo. Estaba cerca del inicio del sentimiento que yo deseaba experimentase ella; y, por segunda vez, dejé que los muslámenes del harén de Haroun al Raschid permanecieran inmóviles en sus estuches. La calamidad se produjo. Mi brazo derecho, Furness, vino una mañana con cara de desánimo y una carta en un sobre que ostentaba el sello gubernamental. —¡Felicidades! —dijo—. Lo convocan a usted para que forme parte del jurado de ciudadanos de… —¡Deberes jurídicos! —grazné—. ¡Y en estos días! Vayamos por partes, Johnny. Voy a llamar al señor Heinemann a ver si él puede solucionar esto. Furness negó con la cabeza. —Lo lamento, señor Martin. Ya le pregunté antes a él; pero no puede impedirlo. Se trata de un asunto de importancia: elegir con los ojos cerrados muestras de doce marcas de cigarrillos con filtro… y el señor Heinemann dice que no parecería honrado el desentenderse. A todos mis problemas venía a añadirse el de la diplomacia de aquel individuo. Lo que significaba tiempo y también que no tendría tanto como quisiera para dedicarlo a Lilymary. Comer juntos un par de veces; ocasiones extraordinarias entre ligeros intervalos de las máquinas de empaquetar obsequios; y poco más. El caso es que no podía olvidarme de ella. Había algo en aquella mujer que me atraía. La proporción, acaso. Inexplicable, por cierto. ¿Su familia? Un horror Victoriano; pero era  su  familia. Decidí aceptarlo como fuese y me dije que por lo pronto tenía que empezar a ver cómo. —Señorita Hargrave —dije formalmente, al salir de mi oficina; caminamos hasta un lado, debajo de las cintas transportadoras; el estruendo de las mercancías que se organizaba sobre nuestras cabezas nos proporcionaba cierta intimidad; dije—: Lilymary, ¿va a tomarse vacaciones este domingo, como de costumbre? ¿Puedo ir a visitarla? Dudó sólo un segundo. —Pues claro —dijo con firmeza—. Será un placer para todos. ¿Para cenar? Negué con la cabeza. —Tengo reservada para usted una sorpresa —susurré; me miró alarmada—. Bueno, no para usted, exactamente. Para las niñas. Confíe en mí, Lilymary. ¿Quedamos a eso de las cuatro? Le guiñé el ojo y regresé a la oficina para preparar algunas cosas. No es precisamente tranquilizador (como dije, se trataba de nuestra temporada más agitada), pero ¿de qué vale ser el jefe si no se es capaz de controlar todas las piezas? Así, me armé de un vozarrón enérgico y los de Servicios Especiales protestaron, vacilaron y finalmente aceptaron participar en una Visita especial de Santa Claus a la casa de los Hargrave el domingo por la tarde. Una vez las crías en el bolsillo, planeé astutamente, ganarse al viejo sería cosa fácil, ¿y qué niño puede resistir una visita de Santa Claus? Apreté el timbre, entré y caminé por la curiosa sala de estar a la moda de los mares del sur como si ya perteneciera a la familia. —¡Feliz Navidad! —dije de buen humor al engendro de seis años que me había abierto la puerta—. Espero que las niñas estéis preparadas para una pequeña fiesta. La niña me miró con incredulidad y desapareció. Oí que decía algo de manera estridente y en son de protesta en la estancia contigua y la voz de Lilymary se alzó firme y bien modulada. Al momento entró la misma Lilymary. —Hola, señor Martin. —George. —Hola, George —tomó asiento y pasó la mano por el sofá—. ¿Le apetece un poco de limonada? —Sí, gracias —hacía calor realmente, ya que estábamos a fines de septiembre y el lugar no parecía tener aire acondicionado. Llamó a Gretchen y ésta apareció con una jarra y algunos pasteles. Dije, como quien advierte: —¡No te apresures, muñequita! Dentro de poco, habrá una sorpresa. Lilymary carraspeó mientras la pequeña dejaba ruidosamente la bandeja y salía correteando. —Yo… me gustaría que me dijese en qué consiste esa sorpresa, George —dijo—. Ya sabe, somos un poco… bueno, póngase en nuestro lugar, y me pregunto… —No hay nada de que preocuparse, Lilymary —le aseguré—. ¿Cuánto falta para las cuatro, un par de minutos? Pues no se apure. Serán puntuales y llegarán en cualquier momento. —¿Serán? ¿Llegarán? Miré a mi alrededor; no había moros en la costa. —Santa Claus y sus ayudantes —susurré. —Santa Cla… —comenzó. —¡Ssh! —indiqué la puerta con un gesto—. Quiero que sea una sorpresa para las niñas. No me lo eche a perder, Lilymary. Bien: ella abrió la boca; pero no tuvo oportunidad de decir nada. El timbre sonó; Santa Claus y sus ayudantes llegaban a la hora prevista. —¡Lilymary! —gritó la de doce años al abrir la puerta—. ¡Mira! No vas a despanzurrar a una cría por sentirse emocionada. —¡Ho, ho, ho! —canturreó Santa Claus, entrando a saltitos—. Hola, señor Martin. ¿Es aquí? —Claro, Santa Claus —dije triunfante—. Entradlo todo, muchachos. La niña de doce años gritó: —¡Corinne! ¡Marlenne! ¡Venid a ver esto! —había un extraño tono en su voz, pero no presté mucha atención; no me correspondía interferir. Me alejé, sonriendo, a un rincón de la estancia mientras los ayudantes de Santa Claus entraban sus sacos de chucherías sobre las espaldas. Hubo «¡ho, ho, ho!» y «¡Feliz Navidad a todos!» hasta que acabé repitiéndolo mentalmente. Lilymary me miraba al tiempo que se mordía un labio. Santa Claus la tocó en el hombro. —Señorita, ¿dónde está la cocina? —preguntó—. ¿Aquella puerta? Muy bien; Winken, tú mete allí lo tuyo. Tú, Nod, baja y monta en un santiamén la instalación sonora y luego encárgate de la puerta. Los demás… —echó un vistazo rápido a la estancia—… podéis ir alineando los regalos aquí y allá. ¡A trabajar, muchachos! Tenemos que hacer cuatro visitas más esta tarde. Imposible ver un grupo de gnomos navideños moverse más aprisa que aquéllos. En un tris se alzó el árbol y quedó lleno de estrellitas de plata, de grises Formas Correctas y Cheques del Banco de Crédito. Otro tris y los ayudantes habían colocado una nutrida serie de luces verdes y rojas que iban de la sala de estar hasta la instalación de sonido. Tris tras, y podíamos oír a la instalación sonora que emitía cadenciosa y alegremente  Lo que quiero de Navidad es dos veces de todo  y la llevaba hasta la calle; incluso vi que algunos niños del vecindario se agrupaban en la puerta dispuestos a la diversión. Los ayudantes que ocupaban la cocina desempaquetaban pasteles navideños de azúcar coloreada y terrones de cacao, mientras recogían donativos infantiles de diez y veinticinco centavos; los ayudantes encargados de la decoración enseñaban a los niños los juguetes y chucherías a medida que los iban sacando de los sacos; y, en cuanto a Santa Claus, éste se limitaba a permanecer sentado en un trono resplandeciente. —¡Ho, ho, ho, muchachitos míos! —decía—. ¿Qué hace trabajando vuestro papá en esta feliz temporada navideña? Eran mi orgullo. No había allí un solo ayudante que no fuera capaz de entrar en  Saúl y Cappel  o cualquier otro establecimiento de la ciudad y llevarse consigo un Santa Claus acompañado de tropa y todo. Pero así es la vida y así es nuestra genial empresa: manos hábiles y sueldos elevados; si no lo creen ustedes, consulten nuestras ventas. Bien. Yo quería quedarme y asistir al cogollo de la diversión, pero el domingo es un mal día para tomarse la tarde libre; de modo que me escurrí al exterior y me dirigí a la tienda. Trabajé duro durante unas cuatro horas y aproveché un momento para bajar a la sección de Servicios Especiales cuando el personal comenzó a dejarse caer por caja. La gente en que yo estaba interesado fue la última en presentar su informe, naturalmente. Santa Claus estaba evidentemente cansado; dejé que informara y cambiara sus recibos de venta antes de cogerlo por mi cuenta. —¿Cómo te fue? —le pregunté nervioso—. ¿Te dijo algo la señorita Hargrave… bueno, la más crecidita de las cuatro? Me miró acusadoramente. —Señor Martin, no debió meternos en esto. ¿Cómo se puede cumplir con el trabajo cuando nos mete usted en tal atolladero? Por supuesto, no era la forma en que Santa Claus debe dirigirse al jefe de departamento, pero lo dejé estar. El tipo estaba obviamente alterado. —Pero ¿de qué me habla? —¡De esos Hargrave! Hablando con sinceridad, señor Martin, por la forma en que nos trataron se diría que no nos querían allí. Las niñas eran como el mismo demonio. Pero cuando llegó el viejo… ¡la leche! Se lo digo, señor Martin, he pasado once Navidades en el Departamento y jamás vi una familia con menos espíritu navideño que esos Hargrave. El contable pidió una oportunidad porque quería cerrar el libro aquella misma noche, de manera que dejé que Santa Claus siguiera rindiendo cuentas. Por mi parte, sus palabras me habían dejado muy pensativo y estuve dándoles vueltas mientras volvía a la oficina. No tuve que esperar mucho para comprender su sentido. Poco antes de cerrar, una de las chicas de la oficina me llamó la atención mientras me estaba ocupando de una nueva empleada de la sección de Consejos y atendí la llamada telefónica. Se trataba del padre de Lilymary. ¿Furioso? Chispas echaba, fíjate en lo que te digo. A duras penas podía seguir el hilo de sus palabras. Frases como «corrupción de la fiesta navideña», «compraventa del gusto» y cantidad de otras semejantes se me escapaban del todo. Pero hubo una cosa que entendí a la perfección. —Quiero que sepa usted, señor Martin —dijo con voz crispada pero clarísima—, que desde este momento deja de ser bien recibido en mi casa. Me duele mucho decírselo, señor. En cuanto a Lilymary, puede considerar esto su dimisión a partir de este mismo momento. —Pero —dije—, pero… Pero habían colgado ya. Y éste fue el fin de aquello. Los de personal me llamaron al cabo de un par de días porque querían saber qué hacer con la paga de Lilymary. Les dije que le enviaran el cheque por correo; tuve en el acto otra idea y les pedí que me lo enviaran a mí. Lo envié yo mismo, adjuntando una nota de disculpa por mis chapuzas, fueran éstas cuales fuesen. Pero ni siquiera se me respondió. Comenzó octubre y el ritmo de trabajo aumentó. Por las noches llegaba molido a casa, ponía en marcha mi soñador y me quedaba como una marmota. Sometí a la maquinita a un compás agotador; incluso pedí a nuestro agente comprador de la sección de Sueños que me consiguiera ejemplares raros y curiosos, de un orden especial: Los últimos días de Petronio Arbitro, el Diario de Casanova, la Vida de Polly Adler, etcétera, hasta que llegó el día en que el agente comenzó a mirarme de reojo cada vez que me veía llegar. Pero nada de esto resultó. Mientras dormía me rodeaba lo más erótico; pero cuando despertaba se me metía dentro la imagen fija del rostro de Lilymary Hargrave. Octubre. La tienda hasta los topes. El coste de la vida nacional había subido un 0,00013, pero nuestras ventas habían aumentado sus beneficios en un 0,00021 sobre el año anterior. Los jefes de sección resplandecían de contento y el aire estaba atestado de pluses para todos. Noviembre. La marea llegó a su cúspide y pequeñas olitas anunciaron un suave reflejo. Los almacenes se habían quedado sin existencias y los fabricantes se echaban a reír cuando les suplicábamos algún que otro envío; pero la sección de Artículos para el Hogar estaba tan muerta como en plenas rebajas de enero. Nuestro ritmo de ventas disminuyó sólo microscópicamente, pero no tanto que amortiguase nuestra intensidad de trabajo. Lo que tenía su truco, pues exponíamos, recomendábamos e insistíamos con aquellos artículos que podíamos suministrar, y hacíamos lo posible por disuadir al cliente de comprar aquellos otros que no podíamos reponer tan fácilmente. ¿Mala política? De ningún modo. Consultando cifras, resulta que vaciamos la tienda entera cuatro veces en siete semanas. Más del cincuenta por ciento a la semana. Nuestro balance de las ventas de julio había anunciado un ligero desajuste: de cada cien personas que habíamos esperado comprasen acondicionadores de aire, dos no lo habían hecho, pero de cada cien que tenían que comprar menaje de cocina habían comprado una y media más. Desde septiembre,  Saúl y Cappel  estaban sin más artículos de cocina que los que devolvían en otros lugares, y aun así los liquidaban nada más recibirlos. Heinemann me llamó a su oficina. —George —dijo—, acabo de comprobar sus estadillos. La lista de encargos incumplidos sube a más de once mil. Quiero decirle que estoy sorprendido de la manera con que usted y su departamento… —¡Un momento, señor Heinemann! —estallé—. ¡Eso no es justo! Trabajamos más de lo debido por las noches, hasta que caemos rendidos todos. Once mil es una cifra pequeña, si me permite decirlo. Me miró con sorpresa. —Pero si iba a decirle eso, George —dijo—. Lo que iba a hacer es felicitarlo. Me sentí henchido. Tragué saliva. —Bu… gracias —dije—. Bueno, lo siento, yo… —Olvídelo, George —Heinemann me miraba pensativo—. Está usted preocupado por algo, ¿no? —La verdad, yo… —¿Se trata de aquella chica? —¿Chica? —lo miré—. ¿Quién ha dicho nada de ninguna chica? —Vamos, suéltelo —dijo de buen humor—. ¿Cree que no lo sabe la empresa entera? —consultó su reloj—. George —dijo—, no me gusta meterme en la vida privada de los empleados. Usted lo sabe bien. Pero si aquella chica es la causa de que usted las esté pasando canutas, ¿por qué no se casa con ella por un tiempo? A lo mejor es lo que le hace falta a usted. Vamos, George, confiéselo. ¿Cuándo estuvo casado por última vez? ¿Hace tres años? ¿Cinco? Aparté la mirada. —Nunca lo estuve —admití. Esto lo sobresaltó. —¿Nunca? —me observó concienzudamente unos instantes—. ¿Que usted nunca…? —¡No, no, no! —dije con rapidez—. Nunca lo estuve. Ni tampoco he conocido una situación parecida. Siempre me pareció… bueno, un paso muy importante para darlo a la ligera. Heinemann distendió los músculos. —¡Ah, la juventud! —estaba de buen humor, sin duda—. Siempre con miedo de herir a la gente, ¿eh? Bueno, me ocuparé de lo mío, si eso es lo que usted quiere. Pero si yo fuera usted, George, no la dejaría escapar. Aquello fue todo. Volví al trabajo; pero no dejé de pensar en lo que me había dicho Heinemann. Al fin y al cabo… ¿por qué no? —¿Lilymary? —llamé. Vaciló y se volvió a medias. Había contado con eso. Podía deducirse de ello que no se había criado en el país; desde los seis años, nuestras muchachas no hacen más que escuchar la Lección Número Uno: cuando vayas sola por la noche,  no te pares nunca . Se detuvo pero no mucho. Miró en mi dirección y me vio, y su expresión cambió como si le hubiera dado un garrotazo. —George —dijo, dudó y siguió caminando. Su cabello resplandecía como un arco iris bajo las luces de Navidad. Estábamos a unas cuantas puertas de su casa. Miré con un poco de aprensión a ésta, pero no había ningún padre Hargrave aguardando. La seguí y le dije: —Por favor, Lilymary. ¿Podemos hablar un momento? —¿Para qué? —Para… —tragué saliva—. Para excusarme. —No hace falta ninguna excusa —dijo con amabilidad—. Pertenecemos a mundos distintos, George. Y esto no necesita disculpas. —Por favor. —Bueno —dijo por fin—, ¿por qué no? Dimos con un banco en un pequeño parque que había del otro lado de la boca del metro. Era tarde; camiones enormes del Departamento de Sanidad vaciaban cubos de basura, mientras los vehículos cisterna regaban las calles; tuvimos que alzar las piernas cuando éstos pasaron. Dijo de pronto: —Tendría que regresar. He salido sólo a hacer una compra pequeña —dijo; pero se quedó. Bueno, el caso es que me excusé y que ella me escuchó como tiene que hacerlo una dama. Y, como era una dama, dijo luego: —No hay por qué disculparse —y esto fue todo. Y yo sin decir todavía lo que quería decir. Y sin saber cómo empezar. Tanteé el problema. En medio del ruido de los cubos de basura y el crujido de los incineradores, la conversación se hacía difícil. Pero incluso con tales impedimentos, capté una frase de sus labios: —… volver a la jungla. Aquélla es nuestra casa, George. Mi padre no quiere esperar más tiempo. Ni tampoco las niñas. —¿Volver? —la interrumpí. —Eso he dicho —dijo mirándome; hizo un gesto con la cabeza señalando a los trabajadores de Sanidad, ocupados con los montones de tarjetas de Navidad y echándolos a los incineradores—. En cuanto se aligere el correo —dijo— y mi padre obtenga el permiso. Hace una semana que le remitieron el visado, al menos eso le han dicho. Dijeron que, con el trasiego navideño, tardaría en llegar dos o tres semanas más de lo acostumbrado. Algo me subía por la garganta. Todo lo que pude decir fue: —¿Por qué? Lilymary suspiró. —Allí hemos vivido, George —explicó—. Éste no es sitio para nosotros. Somos hijos de la misión y a ella sola pertenecemos, a la difusión de la buena nueva… Aunque mi padre dice que ustedes los de aquí la necesitan más que los de Borneo —me miró fugazmente—. Es decir… Hice un gesto con la mano. Tomé aliento. —Lilymary —dije de sopetón—, ¿quiere usted casarse conmigo? Silencio. Ella me miraba. —Oh, George —dijo al cabo de un instante. Y eso fue todo; he sido capaz de ponerlo en palabras. Lo que siguió no. No obstante, proponer un matrimonio es como comprar un número de lotería; puede que no toque el primer premio, pero siempre queda la pedrea. Lilymary habló con su padre y se me permitió entrar en la casa. No quiero decir que fuese bien recibido, pero el doctor Hargrave era muy educado: distante, pero educado. Me ofreció café, habló de las supersticiones oníricas de los naturales de Borneo y de los viejos días de la Misión, y cuando Lilymary estuvo lista para salir, me dio la mano en la puerta. Fuimos a cenar… Le pregunté (aunque no con la inquisición frenética que me roía el alma sino como tema de conversación) que por qué tenían que volver allí. Por los  dyaks , dijo; eran el verdadero pueblo de su padre; lo necesitaban. Después de la muerte de la madre, su padre quiso volver a América… pero fue un error para los demás. Él estaba dispuesto a venir. Las muchachas, por supuesto, vinieron con él. Fuimos a bailar… La besé, protegidos por las sombras, bastante más tarde. Ella vaciló pero al fin me devolvió el beso. Resolví enviar al carajo mi soñador; sus éxtasis de cartón piedra se volvían pálidos. —¿Sabes? —dijo al apartarse, con la voz endulzada y con una nota risueña—, en Borneo no todo es cantar himnos piadosos. La volví a atraer hacia mí, pero ella se escurrió y desapareció la risa. Miró su reloj. —Es hora de irme, George —dijo—. Empezamos a hacer el equipaje mañana mismo. —Pero… —Es hora de irme, George —dijo. Y me besó en la puerta, pero no me invitó a entrar. Saqué las grabaciones del soñador y las esparcí por la habitación con no poca mala leche. Horas más tardes, tras la quincuagésima intentona de penetrar en la región de los sueños y el vigésimo cigarrillo, me levanté, encendí la luz y las busqué. Eran poca cosa, ciertamente; pero eran todo lo que yo tenía. ¡Semana de Fiesta! La tienda estaba medio pelada. Un recadero del Departamento de Crédito vino en mi busca con un montón de fichas justo en el momento de sonar el timbre de cierre. Las dejó en mi escritorio. —¡Gracias a Dios! —dijo con calor—. Creí que no se iba a quedar para ver esto, señor Martin. Les eché un vistazo como si no pasara nada. El tipo me miró sorprendidísimo, pues los empleados descorchaban ya botellas y los botones del comedor subían bocadillos a toda pastilla; el individuo se alejó. Encontré la ficha que me interesaba. « ¡Se necesita socio! », ponía encima de todo con triple subrayado en rojo, pero no era aquello lo que yo buscaba. Lo encontré a mitad de texto: «Se espera que abandone el país en cuarenta y ocho horas. Contratante organizado según leyes del Estado de New York como grupo misionero religioso. No consta salario en archivos.  Nota preventiva : no nos parece recomendable económicamente, ya que…» Dejé de leer. ¡Cuarenta y ocho horas! Al final de la página había unas palabras a mano, de la mano misma del Gerente de Créditos: «George, ¿qué coño buscas? Es la cuarta investigación que hacemos de esa gente». Era cierto; pero aquélla sería la última. Al cabo de cuarenta y ocho horas se habrían ido todos. La Fiesta de Navidad fue un asco. Pero había sido una Navidad espléndida para el establecimiento; antes de que pasara media hora estaba todo el mundo borracho. Resolví no participar en la Semana de Fiesta. Permanecí en casa la mañana que siguió, mirando por la ventana. Había comenzado a nevar y el servicio de limpieza apartaba los viejos árboles navideños. Cuando llega Navidad todo se vuelve abandono; pero mi humor no concordaba con la temporada, sino con Lilymary y el número de kilómetros que había de mi casa a Borneo. Pasé la hoja del calendario: 25 de diciembre. El 26 partirían… Pero no podía, repito, no podía dejarla marchar tan fácilmente. No es que quisiera intentarlo de nuevo para volver a ser detenido; no era cuestión de tentar la suerte. Yo quería verla. De pronto, ninguna otra cosa tuvo significado para mí. Así, tomé el metro aunque sabía que era embarcarme en una empresa de locos. Pero ¿qué clase de empresa era más apropiada para mi ánimo? No estaban en casa, pero no iba a permitir que aquello me contuviera. Llamé a la puerta de al lado y obtuve un receloso y sospechoso ¿qué-quiere-usted-de- ellos ? que me espetó la mujer que había abierto. Pese a todo, me dijo que acaso estuvieran en el Centro de la Comunidad, en la manzana contigua. Y allí estaban. El Centro de la Comunidad era un lugar de recreo, muy amplio, de ladrillo. Había piscinas para nadar, mesas de ping-pong y todo tipo de cosas que tienen por finalidad el que los niños se mantengan apartados de la calle. Así era el vecindario. En el sótano había una sala de actos; en ella se encontraban los Hargrave, todos, junto con dos docenas de personas más. Salvo las hembras Hargrave no había allí jóvenes. La sala tenía cierto aire polvoriento, de almacén, como si no se utilizase con mucha frecuencia; aunque, por lo que vi, tenían allí hasta un árbol de Navidad. Fueran quienes fuesen los demás, no parecían ser muy expertos. Entré y me quedé en la puerta, mirando alrededor. Alguien tocaba el piano y cierto grupo entonaba algunas canciones. La música me parecía familiar, pero fui incapaz de identificar las palabras: Adeste fideles,læti triumphantes.Venite, venite in Bethlehem. Las muchachas estaban sentadas juntas, en la fila del frente; el padre no estaba con ellas, pero vi por qué. Estaba en pie ante un pequeño facistol en la parte delantera. Natum videte, regem angelorum.Venite adoremus, venite adoremus… Reconocí entonces la tonada; se trataba de un plagio velado de aquello que estuviera de moda hace tiempo, el  mambo del árbol navideño . No fue del todo mal, sin embargo, cuando acabaron con un sonoro acorde del piano y las quince o veinte voces en una nota prolongada. Hargrave comenzó a hablar entonces. No le presté atención. Estaba demasiado ocupado observando la nuca de Lilymary. Mi factor psi ha sido siempre bajo y ella no lo rectificó volviéndose. Había algo que me molestaba. Creo que era cierto resplandor que procedía de la parte delantera, arriba del todo. Aparté los ojos de la rubia cabellera de Lilymary y vi, irradiando luz, al doctor Hargrave. Parpadeé y volví a mirar y vi que no era tan radiante. Supuse que se trataba de algún rayo de Sol filtrado por las claraboyas y reflejado en su rubia cabeza, pero durante un momento me produjo una sensación extraña. Sin duda me moví entonces porque el hombre me divisó. Le tembló una palabra, pero prosiguió sin más. Fue suficiente, empero. Al cabo de unos segundos, Lilymary volvía la cabeza y sus ojos se encontraban con los míos. Ya sabía que estaba allí. Me alejé de la puerta y me senté en el escalón de la entrada. Tarde o temprano tenía que salir. No duró mucho mi espera. Se me acercó con una pregunta en la mirada. Había salido por voluntad propia; en el interior, su padre seguía con la charla. Me levanté de un salto y lo dije todo de una vez: —Lilymary, me es imposible evitarlo, pero quiero casarme contigo. Sé que lo he hecho todo mal, pero no ha sido ésa mi intención. Yo… yo no quiero que sea bajo condiciones, Lilymary. Quiero que sea de por vida. Aquí o en Borneo, no me importa. Lo único que me interesa es una cosa y ésa eres tú —era divertido: resulta que quería decirle que la amaba y me mantenía tieso y torpe, hablando con el mismo tono de voz con que solía decir a un empleado que quedaba despedido. Pero lo entendió. Aunque no hubiera dicho una sola palabra, ella lo habría entendido igual. Abrió la boca para hablar, pero cambió de idea para, en seguida, volver a abrir la boca y decir: —¿Qué harías en Borneo —y en el acto, tan bajo que a duras penas la oí—, querido? ¡Querido! Fue como cuando Heinemann me hizo pasar en cierta ocasión y me dijo: «¡Jefe de Departamento!» Me sentí como de dos metros de estatura. No respondí. Me adelanté y la besé, y no fue extraño que no supiera que no estábamos solos hasta que oí la tos del padre, apenas a un metro de distancia. Pegué un bote, pero Lilymary se volvió y lo miró completamente en calma. —Deberías estar en el servicio, padre —le dijo con reproche. El padre movió su enorme cabeza. —El doctor Mausner no puede bendecir sin mí —dijo—. Tendría que estar dentro, pero…, bueno, el Señor tiene tantas cosas que perdonarnos que no creo se moleste por una más. Bueno, ¿qué pasa aquí? —George me ha pedido que me case con él. —¿Y? Ella me miró. —Yo… —comenzó, pero se detuvo. —Yo la quiero —dije. El padre me miró también a mí y suspiró. —George —dijo al cabo de unos instantes—, por primera vez en mi vida no sé lo que está bien ni lo que está mal. Quizá haya sido egoísta al pedir a Lilymary que viniera conmigo y con las niñas. No es que se lo dijera así, pero tampoco niego que fuera eso lo que quería. Pero… —sonrió y su sonrisa fue amplia y cálida—. Pero hay algo que sí sé. Conozco a Lilymary; y sé que puedo confiar en ella y en la rectitud de sus decisiones —la acarició suavemente—. Lo veré después del oficio —me dijo alejándose. En la sala, a través de la puerta que abrió, pude oír las voces que cantaban al unísono. —Entremos a rezar, George —dijo Lilymary, y al mirarme vi que todo su corazón, toda su alma, estaban en su rostro. No dudé más que un instante. ¿Rezar? Rezar significaba Lilymary en aquel momento, y esto a su vez significaba… bueno, todo. De modo que entré. Estaban todos de rodillas y Lilymary me fue enseñando las palabras; y recé. Y, ¿os lo creeríais?, nunca me he arrepentido. FIN Autor: Frederik Pohl Título: Feliz cumpleaños, querido Jesús Título Original: Happy Birthday, Dear Jesus Publicado en: Alternating Currents (1956) Traducción: Antonio-Prometeo Moya

  • "Un cetro final, una corona duradera", cuento de Ray Bradbury

    Un cetro final, una corona duradera Ray Bradbury —¡Allí está! Los dos hombres miraron hacia abajo. El helicóptero también se inclinó a un lado. La costa aparecía más lejos. —No. Es sólo una roca y algo de musgo… El piloto levantó la cabeza, lo cual indicó la elevación del helicóptero, que giró y se alejó del paraje. Las blancas rocas de Dover desaparecieron. Pasaron por encima de verdes prados, yendo atrás y adelante, como una gigantesca libélula que daba vueltas por entre las ráfagas heladas del invierno que ponía escarcha en sus alas. —¡Espera! ¡Allí! ¡Desciende! El aparato descendió y la hierba subió. El acompañante del piloto, lanzando un gruñido, abrió la portezuela, y, como si fuera una máquina necesitada de lubricante, se dejó caer cuidadosamente en tierra. Corrió. Al perder el aliento, aflojó el paso para gritar débilmente contra el viento: —¡Harry! Su grito consiguió que una forma encorvada, cerca de la loma fronteriza, se levantara tambaleándose y echara a correr. —¡Yo no he hecho nada! —¡No es la justicia, Harry! ¡Soy yo! ¡Sam Welles! El viejo que huía ante él aflojó la marcha y se detuvo rígidamente al borde del arrecife que dominaba el mar, sujetándose la larga barba con las enguantadas manos. Samuel Welles, jadeando, corrió hacia él, pero al llegar a su altura no le tocó, como temiendo que volviese a huir. —Harry, maldito idiota. Llevo semanas buscándote. Temí no poder encontrarte. —Y yo temía que me encontraras. Harry, que había tenido los ojos cerrados, los abrió para contemplar temblorosamente su barba, sus guantes y a su amigo Samuel. Allí estaban los dos ancianos, muy grises, muy fríos, sobre una elevación de piedra desnuda, un día de diciembre. Se conocían desde hacía tanto tiempo, tantos años, que podían leer sus mutuos pensamientos en sus respectivas expresiones. Su boca y sus ojos, por consiguiente, eran semejantes. Podían haber sido antiguos hermanos. La única diferencia estaba en el individuo que se había como despegado del helicóptero. Bajo sus ropas oscuras se podía divisar una incongruente camisa hawaiana, multicolor. Harry trataba de no mirarla. De pronto, sus ojos se encontraron. —Harry, he venido a avisarte. —No es preciso. ¿Por qué crees que me escondía? ¿Es éste, acaso, el último día? —Sí, el último. No se movieron, reflexionando ambos sobre lo mismo. Mañana, Navidad. Y ahora estaban en la tarde de la Nochebuena, cuando se marchaban las últimas embarcaciones. E Inglaterra, una roca en un mar de agua y niebla, sería un monumento de mármol escrito por la lluvia y enterrado en la bruma. Al día siguiente, sólo las gaviotas poseerían la isla. Y mil millones de mariposas «monarch» volarían en junio como adornos de un desfile frente al mar. Harry, con los ojos fijos en la marea, dijo: —Al crepúsculo todos esos malditos idiotas habrán abandonado la isla, ¿eh? —Exactamente. —Mala cosa. Y tú, Samuel, ¿has venido a raptarme? —A convencerte, sería más propio. —¿Convencerme? ¡Dios santo, Sam!, ¿no me conoces desde hace cincuenta años? ¿No has podido adivinar que desearía ser el último hombre de toda Bretaña? No, eso no suena bien, ¿… de toda la  Gran  Bretaña? «El último hombre de toda la Gran Bretaña —pensó Harry—. ¡Oh!, Dios, esto suena bien. Es la gran campana de Londres que se oye en medio de todas las lloviznas, a través del tiempo de estos extraños día y hora, cuando el último, el último excepto uno, abandone este montículo racial, esta tumba verde en medio de un mar de luz helada. El último…, el último.» —Escucha, Samuel. Mi tumba está cavada. Y no quiero abandonarla. —¿Quién te meterá dentro? —Yo, cuando llegue el momento. —¿Y quién la cubrirá? —Hay polvo para cubrir el polvo, Sam. El viento lo hará. ¡Ah, Dios mío! —sin querer, las palabras se escaparon de entre sus labios. Quedó asombrado al ver que sus lágrimas se helaban al descender de sus cegados ojos—. ¿Qué hacemos aquí? ¿Por qué tantas despedidas? ¿Por qué se han ido las últimas embarcaciones del Canal, los últimos reactores? ¿Adónde se marcha la gente, Sam? ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué ha ocurrido? —Pues es muy sencillo, Harry —repuso Samuel Welles, quedamente—. El clima de aquí es muy malo. Siempre lo fue. Nadie se atrevía a comentarlo siquiera, ya que no podía encontrarse una solución. Pero ahora Inglaterra ha terminado. El futuro pertenece a… Los ojos de ambos se dirigieron al sur. —¿A las malditas islas Canarias? —A Samoa. —¿A las costas brasileñas? —No te olvides de California, Harry. Los dos se echaron a reír. —California… ¡Por todos los diablos! ¡Un lugar divertido! Y, sin embargo, ¿no había este mediodía un millón de ingleses desde Sacramento a Los Ángeles? —Y otro millón en Florida. —Dos millones hacia abajo, sólo en los últimos cuatro años. Ambos asintieron ante el cálculo. —Bien, Samuel, el hombre dice una cosa. El sol dice otra. De modo que el hombre hace lo que su piel le dice a su sangre. Y la sangre al fin dice: «Al sur.» Lleva dos mil años diciéndolo. Pero nosotros fingíamos no oírlo. Un hombre con su primer bronceado a causa de los rayos del sol es un hombre en medio de un nuevo amor, lo sepa o no lo sepa. Finalmente, se tumba bajo un cielo extraño y le dice a la cegadora luz: «¡Enséñame, oh, Dios mío, enséñame!» Samuel Welles meneó la cabeza con cierto temor. —Sigue hablando así y no tendré que raptarte. —No, el sol puede haberte enseñado a ti, Samuel, pero no a mí. Ojalá pudiese. Lo cierto es que no será muy divertido estar solo. No puedo discutir contigo, Sam, ni convencerte para que te quedes y formemos la pareja de antaño, tú y yo, como cuando éramos chicos, ¿eh? Golpeó rudamente el codo de su amigo. —Diantre, me haces pensar que soy un desertor del rey y la patria. —No es cierto. Tú no abandonas nada, ya que aquí no hay nadie. ¿Quién habría soñado, de chicos, en 1980, que llegaría el día en que una promesa de verano perpetuo llevaría a John Bull a las cuatro esquinas de un más allá? —Toda mi vida he pasado frío, Harry. Son muchos años de ponerme ropa y no tener bastante carbón en la estufa. Son muchos años en que el cielo no aparecía más que por una grieta entre dos nubes el primer día de junio, y en que ni el olor a heno iniciaba junio o un día seco y ventoso agosto. Y esto año tras año. Y no lo resisto más, Harry, no puedo. —Ni lo necesitas. Nuestra raza ha padecido mucho. Tú te lo has ganado, te mereces este largo retiro, este largo descanso en Jamaica, Puerto Príncipe o Pasadena. Dame la mano. ¡Y estréchala con fuerza otra vez! Este es un gran momento de la historia. ¡Tú y yo lo estamos viviendo ahora! —Seguro, por Dios. —Mira, Sam, cuando te hayas ido y te hayas establecido en Sicilia, Sidney, o en Orange Navel, California, cuenta este «momento» a la Prensa. Podrías llenar una columna. ¿Y los libros de historia? Bien, ¿no podría haber en ellos media página dedicada a nosotros dos, el último en marcharse y el último en quedarse? Sam, ¡oh!, Sam, me estás rompiendo los huesos de la mano, pero estrecha fuerte, muy fuerte, porque ésta es nuestra despedida final. Estaban de pie, jadeando, con los ojos arrasados en llanto. —Harry, ¿quieres acompañarme hasta el helicóptero? —No. Temo a esos malditos aparatos. La idea del sol en medio de un día oscuro podría asaltarme y obligarme a volar contigo. —¿Qué mal hay en ello? —¿Mal? ¡Oh!, Samuel, yo debo guardar nuestras costas de cualquier invasión. Los normandos, los vikingos, los sajones. En los años venideros recorreré toda la isla, manteniendo la guardia desde Dover hacia el norte, en torno a los arrecifes, para después regresar de nuevo a Folkestone. —¿Te invadirá Hitler, amigo? —Tal vez sí, él con sus fantasmas de acero. —¿Y cómo lucharás contra él, Harry? —¿Crees que caminaré solo? No, por el camino puedo encontrar a César en una playa. Le gustaba mucho, de modo que dejó un par de caminos. Marcharé por esos caminos y pediré a esos fantasmas que rechacen a los de los invasores. Sí, es cosa mía evocar o no evocar fantasmas, elegir o no toda la maldita historia de esta isla, ¿no crees? —Ciertamente. El último hombre se volvió hacia el norte, luego al oeste y por fin al sur. —Y cuando lo haya visto todo, desde aquel castillo al faro de allá, y escuchado las batallas y los cañonazos de la Primera Guerra Mundial, y las gaitas de Escocia con su agrio sonido, cada semana del Año Nuevo, Sam, bajaré por el Támesis, y cada 31 de diciembre, hasta el fin de mis días, el vigilante nocturno de Londres, o sea yo mismo, yo, sí, efectuará sus rondas y hará sonar las campanas de las antiguas iglesias. Las naranjas y los limones son las campanas de San Clemente. Y las campanas de Bow, las de Santa Margarita y San Pablo. Haré bailar las cuerdas de las campanas en tu honor, Sam, y espero que el viento frío sople hacia el cálido sur, donde tú estarás poniendo algunos pelos grises en tus orejas tostadas por el sol. —Yo estaré escuchando, Harry. —¡Escucha más aún! Me sentaré en la Cámara de los Lores y en el Parlamento, y haré debates, perdiendo ahora y ganando después. Y puedes afirmar que nunca en la historia tantos debieron tanto a tan pocos, y escucharé las sirenas de las canciones antiguas y olvidadas, y todo cuanto se radió antes de nacer nosotros. Y unos instantes antes del primero de enero, treparé y me alojaré con los ratones en el Big Ben, cuando resuene el reloj con el cambio de año. Y sin duda, en algún momento, me sentaré en la piedra de Scone. —¡Oh, no! —¿No? O en el lugar donde estaba antes de que la enviaran al sur, a la bahía del verano. Y dame una especie de cetro, una serpiente hibernada tal vez, atontada por la nieve de un parque decembrino. Y coloca una corona de pasta sobre mi cabeza. Y llámame amigo de Ricardo, Enrique, pariente proscrito de Isabel I y II. Solo en el desierto de Westminster con el callado Kipling y la historia bajo el pie, muy anciano, quizá loco, gobernante y gobernado. ¿No podría elegirme a mí mismo rey de las neblinosas islas? —Tal vez, ¿y quién te censuraría por ello? Samuel Welles volvió a abrazar con fuerza a su amigo y luego echó a correr hacia el aparato. De pronto se volvió para exclamar: —¡Dios mío! Acaba de ocurrírseme. Tu nombre es Harry. Un nombre estupendo para un rey. —No es malo. —Perdóname por dejarte. —El sol lo perdona todo, Samuel. Vete donde quieras. —Pero, ¿me perdonará Inglaterra? —Inglaterra está en el lugar donde esté su gente, Y yo me quedo con los huesos viejos. Tú te vas con la sangre caliente, Sam, y debes tratar de conseguir un buen bronceado. —Adiós. —Que Dios vaya contigo. ¡Oh, tú y esa maldita camisa de colores! El viento gimió entre ambos y, por más que gritaron, ya no se oyeron. Agitaron las manos y Samuel trepó al aparato, que ascendió con rapidez y flotó como una enorme flor blanca de verano. Y el último hombre se quedó de pie en el risco, sollozando. «Harry, ¿no odias los cambios? ¿No estás contra el progreso? ¿No comprendes los motivos de todo esto? ¿No entiendes que los buques, los aviones, los reactores y la promesa de un clima amable, han alejado de aquí a todo el mundo? ¡Oh!, si, lo entiendo, lo entiendo. ¿Cómo podrían resistirse cuando un agosto perenne les aguarda tan cerca?» En cierta ocasión, el agosto en las islas británicas duró sólo media hora, no, cinco minutos, unos segundos, para alejarse de nuevo hacia el sur, hacia el verano eterno. Y los sueños, la gente y las máquinas se marcharon al sur como enormes aves que; al llegar, ya no pensaron en regresar al norte para emparejarse y por eso anidaron en bandadas trashumantes a lo largo de las costas ecuatoriales. Estadísticas. Dos millones de personas llegaron, casi de la noche a la mañana, a Sudamérica. Cinco millones se esparcieron por las cálidas praderas africanas. Diez millones aterrizaron poco después, en Cabo Kennedy, en Taos y en Santa Bárbara. Diez millones, millón más o menos, en Australia, Madagascar y el mar de Tasmania. ¡Un terremoto absoluto del clima y noventa mil aparatos voladores habían estremecido y tentado a los hombres a abandonar sus viejas costumbres, y a repartirlos como granos de dorada arena en los oasis de los desiertos para vivir eternamente mejor! ¡Sí, sí! Harry lloró, rechinó los dientes y se inclinó al borde del promontorio para blandir sus puños hacia el aparato que se desvanecía en el cielo. —¡Traidores! ¡Volved! No podéis abandonar la vieja Inglaterra, no podéis dejar Pip y Humbug, el duque de Hierro y Trafalgar, la Guardia Real bajo la lluvia, Londres ardiendo, las bombas que caen y las sirenas, el nuevo bebé mantenido en alto en el balcón del palacio real, la procesión funeraria de Churchill aún en la calle… sí, ¡ aún  en la calle! Ni a César, que no se ha presentado ante el Senado, ni las extrañas cosas ocurridas esta noche en Stonehenge. ¡No podéis abandonar todo esto, todo  esto ! De rodillas, al borde del acantilado, como el último rey de Inglaterra, Harry Smith lloró a solas. El helicóptero ya había desaparecido en dirección a las islas de agosto, donde el verano canta su dulzura con los pájaros. El anciano se volvió a contemplar el paisaje y pensó que todo estaba igual que cien mil años antes. Un gran silencio y unas inmensas tierras áridas, y ahora, ya muy tarde, la concha vacía de las ciudades, y el rey Enrique, o el viejo Harry, que era ya el noveno de la dinastía. Anduvo ciegamente por la hierba y encontró su bolsa de libros y unos pedazos de chocolate en un saco. Cogió su Biblia, las obras de Shakespeare, las ya muy leídas de Johnson, así como las siempre comentadas de Dickens, Dryden y Pope, y se quedó de pie en la carretera que daba la vuelta a Inglaterra. Mañana, Navidad. Deseaba felicidad para todo el mundo. Sus siervos, esparcidos por todo el globo, ya tenían el regalo del sol. Suecia estaba vacía. Los noruegos habían huido. Ya nadie vivía en los climas helados de Dios. Todos se calentaban en los hogares continentales de las mejores tierras, con vientos cálidos y cielos amables. No más luchas por sobrevivir. Los hombres, nacidos de nuevo en Cristo al día siguiente, viviendo ya en los parajes del sur, habrían vuelto realmente a un pesebre eterno y siempre lleno. Y esta noche, en alguna iglesia, él pediría perdón por haberlos llamado traidores. —Una última cosa, Harry —se dijo—. Azul. —¿Azul? —se preguntó a sí mismo. —Por el camino encontrarás tiza azul. ¿No se pintaron alguna vez con ella los ingleses? —Sí, hombres azules, de pies a cabeza. —Nuestros finales son nuestros principios, ¿eh? Se ajustó bien el gorro. El viento era frío. Y sabía a los primeros copos de nieve. —¡Oh, notable muchacho! —exclamó, inclinándose desde una ventana imaginaria para contemplar la mañana de Navidad, como un viejo vuelto a nacer, jadeando de alegría—. Delicioso chiquillo, ¿está un gran pájaro, el pavo, colgado en el escaparate de la gallinería? —Está aún colgado allí —respondió el chiquillo. —¡Ve y cómpralo! Vuelve con el tendero y te daré un chelín. Vuelve antes de cinco minutos y te daré una corona. Y el chico fue a comprar el pavo. Y abrochándose el abrigo, acarreando sus libros, el viejo Harry Ebenezer Scrooge Julio César Pickwick Pip y otro medio millar marcharon juntos por la carretera bajo el tiempo invernal. La carretera era larga y agradable. Las olas cañoneaban la costa. El viento era como las gaitas del norte. Diez minutos más tarde, cuando había atravesado cantando una colina, a juzgar por su aspecto, todas las tierras de Inglaterra parecieron dispuestas a esperar a la gente que, muy pronto, cualquier día de la historia, podía llegar… FIN Autor: Ray Bradbury Título: Un cetro final, una corona duradera Título Original: A Final Sceptre, a Lasting Crown Publicado en: The Magazine of Fantasy and Science Fiction, octubre de 1969 Traducción: Miguel Giménez Sales

  • "La estrella blanca", cuento de Emilia Pardo Bazán

    La estrella blanca Emilia Pardo Bazán De los tres Reyes de Oriente, llamados Magos, el más sabidor era el viejo Baltasar. En su palacio, de altas techumbres sostenidas con vigas de cedro, rodeado de fuertes muros de granito, y que guardaba escogida tropa, compuesta de mozos de las más nobles familias, había construido una especie de observatorio, una torre redonda, donde se encerraba, para consultar despacio las constelaciones y cubrir de enigmáticas rayas y letras de un desconocido alfabeto los pergaminos que le traían en abundancia, bien flexibles y curtidos, en lindos rollos, y las tablillas plaqueadas de cera que, surcadas por el estilete, iban alineándose alrededor de la cámara, en estantes de maderas preciosas. El anciano rey no estaba engreído de su ciencia. En aquellos azules espacios que escrutaban sus ojos ansiaba adivinar leyes misteriosas, no sospechadas armonías de la creación; pero no lo conseguía. El ansia de conocer, de rasgar los velos en que envuelve sus operaciones la potencia creadora, le absorbía tanto, que descuidaba su reino. Un sobrino, ambicioso y activo, iba captándose las simpatías del pueblo y de la nobleza militar, y si no desposeía a su tío, era porque le consideraba entregado a inofensivas manías e incapaz de estorbar en nada. En cambio, el rey Gaspar, sin ocuparse del cielo, consagraba sus artes mágicas al dominio y conquista de la tierra. Cuando al frente de sus aguerridas tropas entraba en país enemigo, iba prevenido de augurios y horóscopos. Todos creían que Gaspar estaba dotado del don de adivinación y se comunicaba directamente con el poder oculto que concede, al azar de la lucha, la victoria, y le seguían sin miedo, con fanatismo. Al verle, recio y resuelto, en la madurez de su edad, rigiendo su generoso bridón, sonriendo lleno de confianza entre las nubes de dardos y los remolinos de la batalla furiosa, repetían que un encanto le hacía invulnerable. Y, en efecto, jamás fue herido el Mago Rey: haciendo proezas de valor en todos los combates, ni flecha ni piedra logró alcanzarle, ni tajo de espada pudo rasguñar sus vestiduras. Pretendieron los romanos sojuzgar la tierra que Gaspar regía, y fueron rechazadas las veteranas legiones, maltrechas y rotas. Cuando el procónsul que las mandaba refirió al Senado que el rey sabía de magia y no era posible vencerle, se rieron del que venía dominado por supersticiones orientales y daba crédito a consejas ridículas. Y, entretanto, Gaspar, no satisfecho, se consumía en el afán de mayores conquistas, de llegar hasta Roma, de entrar en la ciudad y ponerle fuego y apoderarse del universal poder. El tercer Mago, Melchor, reinaba sobre los etíopes, pueblo el más antiguo del mundo. Era joven; no pasaría de los veinticinco años, y su corazón y sus sentidos ardían con llamaradas de incendio. A pesar de su negra piel, su cuerpo era una estatua de bronce bruñido, esbelta, musculosa y elegante de formas. Rico en polvo de oro, perlas, plumas de avestruz y gomas olorosas, los trajinantes y caravaneros que le compraban estas mercancías inestimables solían traerle en cambio esclavas blancas de diversos países. Temblorosas, tristes o resignadas, entraban en el palacio, que les tenía dispuesto Melchor, las hijas del Cáucaso, de perfecta belleza y rasgados ojos; las griegas, diestras en hacer versos y recitarlos al son de la lira; las persas, que huelen a rosa; las gaditanas, que saben de danzas voluptuosas; las fenicias, envueltas en negros velos; las hebreas, de nobles facciones, y hasta las romanas altivas, que no pocas veces se daban la muerte, ahorcándose con un jirón de su túnica, antes que sufrir la esclavitud y el abrazo del bárbaro rey. Melchor quería que sus cautivas estuviesen rodeadas de delicias y lujo. El palacio-serrallo era enorme y lo cercaban jardines y frondas de arbustos y árboles en flor, de hoja perenne, que aromaban el aire. Lagos tranquilos, surcados por embarcaciones diminutas, ofrecían los placeres del baño y del paseo, y en las barquillas remaban, en vez de hombres, simios amaestrados y esclavas de torso rudo, de gruesos labios rientes, forzudas y solícitas. Porque Melchor sufría de un mal cruel: en su apasionamiento, era celoso con rabia y recataba a sus mujeres de toda mirada varonil. Hubiese querido guardarlas dentro de una fortaleza sin que les diese ni el aire, pero la experiencia le había demostrado que, enclaustradas, enfermaban de consunción y morían de fiebre, y optó por rodear de altas tapias una extensión enorme y guardar allí el tesoro que con nadie quería compartir. En el deleitoso retiro pasaba las tardes y las noches, revistando a sus hermosas, presenciando sus danzas y juegos, oyendo sus cánticos, preguntándoles por sus patrias lejanas y sintiendo un dolor recóndito cuando, al recuerdo, lágrimas involuntarias asomaban a los magníficos ojos de las concubinas. A veces, Melchor, con dulzura, las interrogaba: —¿No eres feliz, Dircé? ¿No me quieres, Faustina? ¿Anhelarías otro amor, Guluya? Y cualquiera que la respuesta fuese, por tiernas que contestasen las caricias a la pregunta, Melchor quedaba triste hasta la muerte. Porque comprendía que su piel oscura, sus cabellos lanosos, no eran gratos, y que las bellas aparentaban una felicidad no sentida. Cada una de ellas había dejado, en su país, un predilecto: un heleno de perfil puro, de musculatura firme, bajo tez dorada; un tribuno militar; un patricio elegante; un pastor de Galilea, de rizos negros; un régulo ibérico que devoraba el espacio sobre un caballo de la Turdetania. Y Melchor, desesperado de borrar la memoria de sus invisibles rivales, acudía a la magia para conseguir el bien, a todos superior, de ser amado. No le bastaba la sumisión mecánica, el consentimiento de aquellos cuerpos seductores; exigía el alma, con rabiosa exigencia, no saciada nunca. Y ensayaba filtros y conjuros, encantaciones y evocaciones, convocando a las hechiceras de Tesalia, que se reúnen a la luz de la luna, a las pitonisas de Israel, practicando ritos sombríos, adoraciones de la serpiente y crueles ceremonias de propiciación del mal. Robaba cabellos, fragmentos de uñas y agua en que se habían lavado sus amadas, y con estos despojos componía bebedizos de amorosa sugestión. Pero el amor no llegaba; Melchor no lo sentía vibrar en la humilde obediencia de las hermosas. Y salía de sus regazos más sediento, más magullado del alma, más melancólico, y se encerraba, a veces, semanas enteras, sin querer poner los pies en el recinto del serrallo, hasta que, alentando un poco, volvía a su inútil lucha con lo imposible, para recaer en la pena y en el despecho. ¡Una sola que le diese amor! ¡Y a ésa toda su vida! En una de las crisis de sentimental desesperanza, pensó Melchor que acaso el viejo rey Baltasar, con su sabiduría, pudiese darle un remedio. Y, acompañado de séquito fastuoso, con escolta de camellos cargados de polvo de oro y mirra, emprendió el viaje, llegando en cuatro jornadas a la capital del viejo Mago. En el camino se había encontrado a Gaspar, que, al frente de una escogida hueste, se dirigía también a visitar al anciano rey, para proponerle una alianza. La misma pretensión expuso a Melchor. ¿Por qué no se unían los monarcas de Oriente y caían sobre Roma, que se declaraba señora de las demás naciones y las sometía a vasallaje y tributo? Melchor encontraba acertado el propósito de Gaspar, pero ambos convinieron en remitirse al parecer de Baltasar el Sapientísimo, que leía en los astros, sin duda, el porvenir. Acogidos por el viejo con afabilidad y honor, reuniéronse a la tarde los tres Magos en la terraza del palacio real, y habiendo comido y bebido hasta saciarse, a la hora en que el sol se ha puesto y el firmamento es como tendido pabellón de terciopelo turquí, tachonado de diamantes y gemas, Baltasar, en tono paternal y benigno, dijo a sus huéspedes y convidados: —Lo que desea Gaspar es muy conforme a su grande ánimo, a su valor de león; pero un pobre anciano como yo ya no sabe de guerras ni de hazañas. Si queréis, tratad de esa alianza con mi sobrino, que me ayuda a llevar el peso del Estado. Yo, en esta noche señalada, quiero hablaros de algo más importante. —¿Más importante que expugnar a Roma? —¿Más importante que el amor? Estas dos exclamaciones no sorprendieron a Baltasar. Sus ojos de vidente se clavaron en los dos monarcas y sonrió con indulgencia. —Oídme —pronunció—. Hace largos años que mis pupilas escrutan el espacio y registran los movimientos y giros de los cuerpos celestes. Inútilmente trato de descubrir qué interés tiene para la humanidad esa aglomeración de planetas y soles. ¿No os admira que sean tantos, tan centelleantes, tan remotos, que no se acerquen a nosotros jamás, mirándonos indiferentes desde la inmensidad fría? Callaron Gaspar y Melchor, y prosiguió el Mago: —Desde hace algún tiempo, sin embargo, parece que tengo el presentimiento de que el cielo habrá de acercarse a la tierra. Mis cálculos me permiten afirmar que aparecerá una estrella desconocida y esa estrella será la única que tendrá piedad de los humanos. He advertido signos de su aparición. Estamos aquí tres hombres que sufrimos de un ansia infinita. ¿No es cierto? ¿Por qué no había de ser esta misma noche cuando se presente la estrella bienhechora? El alto silencio, que parecía venir en ondas mudas del desierto cercano, la solemnidad del momento, impresionaron a los otros dos reyes. Su fantasía se entreabrió, como enorme cáliz de datura cargado de aroma. Baltasar continuó, alzando sus dos manos abiertas como para orar: —Los que estamos cerca de la muerte y hemos sido castos toda la vida y hemos permanecido en contacto con las ideas inmateriales, tenemos a veces revelaciones difíciles de explicar. Yo, en mi observatorio, he pensado que el mundo sufre, víctima de la injusticia y del dolor, y tiene que llegar la hora de que el cielo se acuerde de él. No adivino cómo podrá ser salvado el hombre, y, no obstante, creo firmemente que deberá serlo y que esta verdad está escrita en letras de lumbre en el cielo mismo. Si esto se os figura aprensiones de mi cabeza, ya debilitada por los años, no me las quitéis, porque son mi único consuelo, la recompensa de mi existencia, dedicada a lo espiritual. —Padre mío, Baltasar —exclamó el negro, en quien la fe fue más súbita, y que besaba las manos del sabidor—, creo comprender lo que dices. El mundo está lleno de amargura. Se necesita alguna esperanza, y los que tenemos dolorido el corazón la buscamos como el ciervo las fuentes de agua viva. —Se necesita —declaró Gaspar más reacio— derrocar a la insolente, a la inicua Roma; libertarnos de su tiranía. —Hijo Gaspar —imploró el Mago mayor—, cree y verás caer Roma sin necesidad de combates, ni de sangre vertida en ellos. Cree y espera, que se acerca la hora; en verdad te lo digo. Y Gaspar, a su vez, cayó postrado ante el viejo. Éste alzaba los ojos a la bóveda esplendente, toda acribillada de puntitos de luz. No se oía ni la respiración de los tres Reyes. No corría ni un soplo de aire. De pronto, entre las luminarias del firmamento, una asomó que antes no era visible. Un astro de luz más blanca que las otras surgía con lentitud, majestuoso, y se acercaba tanto, que semejaba una luna pequeña. Alumbraba la terraza toda y arrastraba en pos de su globo de perla una cola de fulgor, larga, magnífica, desarrollada como el extremo del manto de una reina austral. Y Baltasar, a su vez, dobló la rodilla y lloró de gozo. —¿La veis? —repetía—. ¿La veis? Fue Melchor, el fervoroso, quien primero pronunció la frase decisiva: —¡Sigámosla! Y la siguieron, ignorando adónde los conducía, seguros de que era a la salvación. Los tres, por el polvoriento y prolijo desierto de arena, caballeros en sus dromedarios, iban felices, olvidado Baltasar de la ciencia; Gaspar, de la gloria; Melchor, de la amorosa locura. Irradiaba en sus ojos algo sobrenatural, y la estrella, precediéndoles siempre, parecía envolverlos en un triunfo perpetuo. Su claridad, de día, eclipsaba a la del sol. Y, por haberla seguido, ¿no lo sabéis?, los Magos Reyes, de vuelta a sus reinos, fueron santos… FIN Autor: Emilia Pardo Bazán Título: La estrella blanca Publicado en: La Esfera, 3 de enero de 1912

  • "El abeto", cuento de Hans Christian Andersen

    El abeto Hans Christian Andersen En el bosque crecía un bonito abeto. Ocupaba un buen lugar, porque el sol le bañaba con sus rayos, el viento no lo azotaba y a su alrededor crecían muchos camaradas más grandes que él, pinos y abetos. Pero el pequeño abeto era muy impaciente, quería crecer muy de prisa. No pensaba en el calor del sol y en la buena temperatura. No se preocupaba de los niños de los labradores que pasaban por su vera jugando y charlando, cuando iban a coger fresas o frambuesas. A veces, recogían una cesta llena o bien ensartaban las fresas en una varilla, y se sentaban al lado del abeto y decían: — ¡Oh, qué bonito es este abeto tan chiquitín! Pero el árbol no quería escuchar esto. Al año siguiente, tenía un gran nudo, y al otro, aún más grande. Los abetos, según el número de nudos que poseen, así tienen de años. — ¡Oh, si fuese un árbol muy grande como los demás —suspiraba el pequeño abeto—, podría extender las ramas a mi alrededor y, desde la copa, contemplar el mundo entero! Los pájaros construirían sus nidos en mis ramas y, cuando hiciera viento, yo saludaría con la copa tan cortésmente como los otros. El sol, los pájaros y las nubes rosas, que bogaban por el cielo y sobre él mañana y noche, no le producían ningún placer. En el invierno, cuando la nieve extendía por todas partes su blancura deslumbrante, a veces una liebre corría asustada y saltaba por encima del pequeño árbol…, lo que era muy molesto. Pero pasaron dos inviernos, y al tercero, el abeto era lo bastante grande para que la liebre se viese obligada a dar la vuelta “¡Oh, crecer, crecer, hacerse grande y viejo, eso es lo mejor del mundo!”, se decía el árbol. Cada año, por el otoño, llegaban los leñadores y abatían algunos de los mayores árboles, y el joven abeto, que tenía ya la talla precisa, temblaba, ya que los grandes y magníficos árboles caían a tierra temblando y se desgajaban. Les cortaban las ramas, y presentaban un aspecto desolador, desnudos, largos y delgados. Apenas se los reconocía, y después los cargaban en unos coches de caballos que los transportaban fuera del bosque. ¿Adónde iban? ¿Qué suerte los esperaba? En la primavera, cuando llegaban las golondrinas y las cigüeñas, el árbol les preguntaba: —¿No sabéis adónde los conducen? ¿No os los habéis encontrado por algún sitio? Las golondrinas no sabían nada; pero la cigüeña, después de reflexionar, movió la cabeza y dijo: —Sí, me parece que sí. He encontrado muchos barcos nuevos cuando volaba hacia Egipto. Y en los barcos había unos mástiles soberbios. Estoy segura de que eran ellos, porque olían a abeto. No estés triste, porque ellos llevaban la cabeza bien alta. —¡Oh! ¿Por qué no seré bastante grande para volar por encima del mar? ¿Cómo es exactamente esa mar y a qué se parece? —¡Oh, es muy complicado de explicar! —dijo la cigüeña, y se marchó. —Alégrate de tu juventud —le dijeron los rayos del sol—. Alégrate de tu verdor creciente, de la joven vida que está dentro de ti. Y el viento besó al árbol, y el rocío vertió sobre él sus lágrimas, pero el abeto no comprendía estas cosas. Cuando llegó la época de Navidad, todos los árboles jóvenes fueron abatidos; árboles que, a veces, ni eran tan grandes ni tan viejos como ese abeto que siempre estaba impaciente por partir. Estos árboles jóvenes, que eran precisamente los más bellos, conservaban siempre sus ramas. Los cargaban en los coches de caballos que los transportaban fuera del bosque. —¿Adónde van? —preguntó el abeto—. No son más grandes que yo. Uno de ellos es aún más pequeño. ¿Por qué conservan todas sus ramas? ¿Adónde los conduce el coche? — ¡Nosotros lo sabemos! ¡Nosotros lo sabemos! —piaron los gorriones—. Nosotros, en la ciudad, hemos echado una ojeada por los cristales de las ventanas. Sabemos adónde los conduce el coche. ¡Oh, se convierten en algo esplendoroso! Algo que no se puede imaginar. Nosotros hemos mirado por las ventanas y hemos visto cómo los plantan en el centro del templado salón, y los adornan con objetos encantadores: manzanas doradas, panes de especias, juguetes y cientos de luces. —Y ¿después…? —preguntó el abeto, agitando todas sus ramas—, Y ¿después…? ¿Qué pasa después? —¡Ah!, nosotros no hemos visto nada más. Pero era soberbio. —¿Estaré destinado a seguir esa senda gloriosa? —decía el árbol entusiasmado—. ¡Es aún mejor que ir por el mar! ¡Cuántos deseos siento! ¿Aún no es Navidad? Ahora soy tan alto y tan grueso como los que se llevaron el año pasado… ¡Oh!, ¿por qué no estaré ya sobre el coche?… ¿Por qué no me encontraré en el salón, rodeado de todo ese esplendor?.. Y ¿después…? Sí, lo que pase después debe de ser aún mejor, todavía más hermoso, sin duda alguna. Porque a mí también me adornarán así y entonces seré más grande, más espléndido… ¡Oh, cuánto me gustaría estar ya allí! ¡No sé lo que me pasa! ¡Goza con nosotros! —dijeron el viento y la luz del sol—. ¡Goza de tu verde juventud a pleno aire! Pero él no gozaba con nada de eso. Quería crecer rápidamente, y tanto en invierno como en verano estaba siempre verde. Su verde era de color oscuro, y las personas que lo veían, decían: —¡Vaya árbol bonito! Y en Navidad fue de los primeros en ser abatido. El hacha se hundió profundamente en su tronco, y cayó al suelo dando un suspiro. Sintió dolor, desfallecimiento. No podía pensar en ninguna dicha. Estaba desolado por tener que abandonar su ambiente familiar, el lugar en donde había crecido. Comprendía muy bien que nunca más volvería a ver a sus viejos y queridos camaradas, los capullitos y las flores de su alrededor, tal vez ni a los mismos pajarillos. La partida no tenía, en verdad, nada de agradable. El árbol no volvió en sí hasta que fue descargado en un patio junto con otros varios, y oyó a un hombre decir: —Es soberbio. No queremos ningún otro. Dos criados de librea se acercaron al árbol y lo cogieron y transportaron a una grandiosa y magnífica sala. En los muros estaban colgados soberbios retratos, y cerca de la gran chimenea de ladrillos pulimentados había grandes vasos chinos con leones pintados en sus panzas. Había mecedoras, sillones de seda, grandes mesas cubiertas de libros de láminas y de juguetes de incalculable valor…, según decían los niños. Y el abeto fue plantado en un tonel lleno de arena, aunque nadie podía saber que era un tonel porque estaba envuelto en una tela verde y colocado sobre una gran alfombra de colores. ¡Oh, qué emocionado estaba el árbol! ¿Qué iba a pasar? Los criados y las doncellas se pusieron a hermosearlo. De cada rama colgaban redecillas envueltas en papeles de colores. Dentro de cada redecilla se veían bombones. Manzanas y nueces doradas estaban colocadas en las ramas como si hubieran crecido en ellas, y más de cien lamparitas rojas, azules y blancas estaban fijas en las ramas. Muñecas, que tenían aspectos de personas —el árbol no había visto jamás nada parecido—, se tenían en pie en medio de lo verde, y en todo lo alto, en la copa, le colocaron una estrella enorme y brillante. Era soberbio, verdaderamente magnífico. Y todo el mundo decía: —¡Esta noche va a ser una maravilla! —¡Oh! —se decía el abeto—, quisiera que ya fuera por la noche; quisiera estar ya todo alumbrado. Y después, ¿qué pasará? ¿Vendrán los árboles del bosque a verme? ¿Quedaré plantado aquí para servir le adorno durante el verano y el invierno? No sabía a qué atenerse. Y la impaciencia le producía un grave dolor de corteza, y el dolor de corteza es tan penoso para un árbol como para nosotros el dolor de cabeza. Al fin las luces se encendieron. ¡Qué resplandor, qué magnificencia! El árbol, de nervioso, se puso a temblar y una de las luces prendió fuego a una rama. Y se produjo una gran llamarada. —¡Dios nos guarde! —gritaron las criadas, que se apresuraron a apagarlo. Y el árbol no pudo menos de sentirse inquieto. ¡Eso estaba feo! Tenía miedo de perder su esplendor. Estaba atormentado en su gloria… Pero, de pronto, los dos batientes de las puertas se abrieron y una nube de niños se precipitó en la sala, como si quisiera derribar el árbol. Las personas mayores los seguían más tranquilas. Los pequeños se detuvieron, mudos…, pero solo un instante. En seguida empezaron a dar gritos de alegría, y se produjo una verdadera algarabía. Bailaban alrededor del árbol y se pusieron a coger todos los regalos. —Pero ¿qué hacen estos locos? —se preguntaba el abeto—. ¿Qué va a pasar? Las bujías lucieron hasta llegar a las ramas, y a medida que se consumían, las apagaban, y los niños fueron autorizados a despojar el árbol. Se agarraron a él tan fuertemente que todas sus ramas crujieron. Si no hubiera estado atado y sujeto por la punta y la estrella de oro ni bien sujeto al suelo, hubiese rodado por el pavimento. Los niños hacían piruetas con sus preciosos juguetes. Nadie miraba al árbol, salvo la anciana criada, que echaba de cuando en cuando una mirada por entre las ramas, pero era solo para ver que no habían olvidado un higo o una manzana. —¡Un cuento! ¡Un cuento! —gritaron los niños mientras empujaban hacia el árbol a un hombre barrigudo. Y el hombre se sentó bajo el abeto. —De esta forma, podemos hacernos la ilusión de que estamos en mitad del bosque —dijo—, y, además, también será bueno para el árbol escuchar mi relato. Pero no os voy a contar un cuento. ¿Queréis que os cuente la historia de Ivede-Avede o la de Klumpe-Dumpe, que se cayó desde lo alto de la escalera, pero que llegó hasta la silla de honor y se casó con la princesa? —Ivede-Avede—gritaron unos niños. —Klumpe-Dumpe—gritaron otros. El tumulto no tenía trazas de acabar; solo el abeto estaba callado y pensaba: “¿No voy a mezclarme con ellos? ¿Voy a permanecer, aquí sin hacer rada?” Pero él ya había tomado parte en la fiesta. Había hecho lo que tenía que hacer. El hombre contó la historia de Klumpe-Dumpe que se cayó desde lo alto de la escalera, pero que llegó hasta la silla de honor y se casó con la princesa. Los niños aplaudieron con fuerza y gritaron: —¡Cuéntalo! ¡Cuéntalo! También querían oír la de Ivede-Avede. pero solo tuvieron la de Klumpe-Dumpe. El árbol estaba quieto y soñador. Los pájaros del bosque no habían contado jamás nada parecido. Klumpe-Dumpe se había caído por la escalera y, a pesar de todo, se había casado con la princesa. “Sí, sí. Así va el mundo —se dijo el abeto, que creía la historia verdadera, porque era un hombre tan elegante quien la contaba—. ¿Quién sabe? Quizá yo también me caiga por una escalera y me case con una princesa.” Y se regocijaba ante la idea de que, al día siguiente, volverían a adornarlo con luces, juguetes, oro y frutas. —Mañana no me moveré siquiera —resolvió—. Gozaré de mi esplendor. Mañana oiré otra vez la historia de Klumpe-Dumpe y tal vez la de Ivede-Avede. Y el árbol permaneció inmóvil y pensativo durante toda la noche. A. la mañana siguiente entraron un criado y una criada. “Vuelve a comenzar la gala”, se dijo el árbol. Pero se lo llevaron fuera del salón, lo subieron por la escalera, lo introdujeron en el desván y lo dejaron en un rincón oscuro. Allí no entraba claridad por ninguna parte. —¿Qué significa esto? ¿Qué voy a hacer aquí? ¿Qué historia oiré? Se apoyó contra el muro y reflexionó largamente…, y tuvo mucho tiempo para reflexionar, porque pasaron días y noches. Nadie subía allí, y cuando, al fin, iba alguien era para meter grandes cajas en el rincón. El árbol quedó oculto por completo. Parecía como si todo el mundo lo hubiera olvidado. “En el exterior, ahora es invierno—pensaba—. La tierra está dura y cubierta de nieve. Los hombres no pueden plantarme. Esta es, sin duda, la causa de que deba permanecer aquí abrigado hasta la primavera. ¡Cómo se comprende esto! ¡Los hombres son verdaderamente buenos!… Solo si este lugar no fuese tan oscuro y tan terriblemente solitario… ¡Ni una liebre siquiera!… Se estaba tan agradable allá abajo, en el bosque, cuando, sobre el lecho de nieve, la liebre pasaba corriendo. Sí, aun cuando se atrevía a saltar por encima de mí en mi niñez. Aquí, la soledad es muy penosa.” —¡Hii!, ¡hii! — dijo en ese momento un ratoncito que salía de su agujero, seguido de otro. Se acercaron al abeto y se guarecieron entre sus ramas. —Hace mucho frío—dijeron los ratoncitos—. Pero aquí se está deliciosamente bien. ¿No es verdad, viejo abeto? —Yo no soy viejo—replicó el abeto—. ¡Los hay mucho más viejos que yo! —¿De dónde has venido? Y ¿qué sabes —le preguntaron los ratones, que eran terriblemente curiosos—. Háblanos, pues, del lugar más exquisito de la tierra. ¿Has estado allí? ¿Has estado en la despensa, donde se encuentra queso en los estantes, donde el jamón cuelga del techo, donde se baila sobre las velas? Allí se entra delgado y se sale bien gordo. —No lo conozco —dijo el árbol—. Pero conozco el bosque, donde el sol luce y los pájaros cantan. Y les contó toda su juventud. Los ratoncitos no habían oído jamás nada parecido. Le escucharon con gran atención y dijeron: —Sí, has visto cosas muy bellas. ¡Oh, cuán dichoso debes de haber sido! —¿Yo? —dijo el abeto, y reflexionó sobre lo que había contado—. Sí, fue una época, en verdad, muy agradable. Después habló de la noche de Navidad, cuando había sido adornado con luces y bombones. — ¡Oh —exclamaron los ratoncitos—, cuán dichoso llenes que haber sido, viejo abeto! —No soy viejo —replicó el árbol—. Ha sido este invierno cuando he llegado del bosque. Estoy en la edad más bella, detenido solo en mi crecimiento. — ¡Qué bien sabes hablar! —exclamaron los ratoncitos. A la noche siguiente volvieron con otros cuatro ratoncitos que querían oír lo que decía el abeto, y cuanto más hablaba el árbol, más se acordaba de todo, y pensaba: “¡Era una época bien agradable! Pero puede volver, puede volver. Klumpe-Dumpe cayó desde lo alto de la escalera y, sin embargo, se casó con la princesa.” Y el abeto pensaba en un lindo álamo blanco que crecía en el bosque: para él era como una verdadera y encantadora princesa. —¿Quién es Klumpe-Dumpe? —preguntaron los ratoncitos. Y el abeto contó la historia. La recordaba palabra por palabra. Los ratoncitos estaban a punto de alcanzar la cima del árbol, tan contentos estaban. A la noche siguiente, vinieron muchos más ratoncitos, y el domingo dos ratas. Pero estas dijeron que la historia no era divertida, y los ratoncitos estaban disgustados, porque el cuento, entonces, les agradó menos. —¿Es la única historia que sabes? —le preguntaron las ratas. —Sí, la única —respondió el abeto—. La oí la noche que fui más feliz; pero yo no pensaba, aquella noche, lo dichoso que era. —Es una historia detestable. ¿No sabes ninguna referente al tocino y las velas? ¿Ninguna historia de despensa? —No —respondió el abeto. —Pues bien. ¡Gracias! —replicaron las ratas, dieron media vuelta y se fueron a sus asuntos. Los ratoncitos terminaron también por marcharse, y el árbol suspiró: —¡Era un placer tener a mi alrededor a esos ratoncitos ágiles que escuchaban mis relatos! Ahora, todo ha terminado ¡Esto también!… Pero no dejaré de divertirme cuando vengan a buscarme. Pero ¿cuándo sería eso?… Eso tuvo lugar una mañana. Llegaron gentes que organizaron una limpieza en el desván. Las cajas fueron desplazadas de su sitio, el árbol tirado. En verdad, lo arrojaron un poco duramente al suelo. Pero un hombre lo llevó muy pronto hacia la escalera, donde lucía la luz del día. —¡Vaya! Al fin, comienza de nuevo la vida —se dijo el árbol. Sintió en su cuerpo el aire, los primeros rayos del sol…, y ya estaba fuera, en el patio. Todo eso fue tan rápido, que el árbol olvidó por completo de mirarse. ¡Había tanto que ver a su alrededor! El patio estaba contiguo a un jardín, donde todo estaba en flor. Las rosas sobresalían por la baja cerca y perfumaban el ambiente; los tilos estaban en flor, y las golondrinas volaban, cantando: — ¡Quirre virro rápido, que mi marido ha llegado! Pero no era en el abeto en quien pensaban. “Ahora voy a vivir”, se dijo con alegría, y extendió largamente sus ramas. ¡Ay, estaban secas y amarillas! Se hallaba tumbado en un rincón lleno de malas hierbas y de ortigas. La estrella de papel dorado continuaba en su copa y brillaba bajo el sol esplendoroso. En el patio jugaban algunos de los alegres niños que habían bailado alrededor del árbol en Navidad y se habían mostrado tan felices. Uno de los más pequeños corrió hacia él y le arrancó la estrella de oro. — ¡Mirad lo que queda aún sobre este feo árbol de Navidad! —dijo, y dobló las ramas, que crujieron bajo sus zapatos. El árbol contempló el esplendor de las flores y el verdor del jardín. Se miró a sí mismo y echó de menos su rincón oscuro del desván. Pensó en la época verde de su juventud, cuando se hallaba en el bosque, en la alegre noche de Navidad y en los ratoncitos, tan contentos de escuchar la historia de Klumpe-Dumpe, “¡Todo ha terminado —pensaba el pobre árbol—. ¡Si, al menos, hubiese sido feliz cuando podía serlo!… ¡Todo acabó!” El criado llegó hasta donde él estaba y cortó el árbol en pequeños trozos, con los que formó un gran montón, que ardió estupendamente en la cocina, dentro de la caldera. De él salían profundos suspiros, suspiros que retumbaban. Cuando los niños que estaban jugando se acercaron al fuego, gritaron: — ¡Pif! ¡Paf! Pero a cada estallido, que era un profundo suspiro, el árbol pensaba en un día de verano en el bosque o en una noche de invierno bajo las estrellas titilantes. Pensaba en la noche de Navidad y en la historia de Klumpe-Dumpe, el único cuento que había oído y que supo contar…, y terminó por consumirse. Los niños jugaron en el patio, y el más pequeño llevaba sobre su pecho la estrella de oro que había adornado el árbol en su noche más feliz. Terminada aquella noche, terminó el árbol, y el cuento también termina. ¡Termina, termina, como terminan todas las historias! FIN Autor: Hans Christian Andersen Título: El abeto Título Original: Grantræet Publicado en: Nye Eventyr. Første Bind. Anden Samling (1844) Traducción: Salvador Bordoy Luque – José Antonio Fernández Romero

  • "Un árbol de Navidad y una boda", cuento de Fiódor Dostoyevski

    Un árbol de Navidad y una boda Fiódor Dostoyevski El otro día vi una boda… ¡Pero prefiero hablaros de un árbol de Navidad! La boda estuvo bien, me gustó mucho, pero lo otro fue mejor. No me explico por qué, viendo esa boda, me acordé de aquel árbol de Navidad. Ocurrió así. Justamente cinco años atrás, en vísperas de Año Nuevo, fui invitado a un baile infantil. La persona que me había invitado era un señor conocido en el mundo de los negocios, con muchas amistades, relaciones y aficionado a las intrigas. Podía suponerse, por tanto, que el baile infantil era un pretexto para que los padres se reunieran y charlaran de temas interesantes como por azar, de un modo inocente, casual. Yo era un extraño entre todos; no tenía ningún tema que tratar con ellos, y por eso pasé la velada bastante ajeno a todos. Había allí otro caballero que, al parecer, tampoco tenía nada que ver con toda esa gente y que, como yo, asistía por pura casualidad a la fiesta familiar… Me fijé en él antes que en nadie. Era un hombre alto, enjuto, muy serio y vestido con gran corrección. Se notaba enseguida que no estaba para diversiones ni festejos familiares. Cuando conseguía retirarse a un rincón, dejaba inmediatamente de sonreír y fruncía sus espesas cejas negras. A excepción del amo de la casa, no conocía a nadie en aquel baile. Se notaba a la legua que se sentía aburrido, pero que mantenía valientemente, hasta el final, su papel de hombre feliz que se estaba divirtiendo. Supe más tarde que se trataba de un señor de provincias que venía a resolver un complicado y lioso pleito en la capital. Había traído una carta de recomendación para el anfitrión de la casa, y, aunque éste no le protegía con amore , le había invitado por cortesía a su baile infantil. No se jugaba a las cartas, nadie le había ofrecido un cigarro, nadie entablaba conversación con él, probablemente porque desde lejos reconocían al pájaro por su plumaje, de modo que el caballero en cuestión se vio obligado, a fin de hacer algo con sus manos, a pasarse toda la tarde alisándose las patillas. Sus patillas, en efecto, eran hermosas. Pero las alisaba con tanto celo que, viéndole, podía pensarse decididamente que primero fueron creadas las patillas y luego el hombre para alisarlas. Además de este señor, que participaba así en la felicidad familiar del anfitrión, padre de cinco rollizos chiquillos, me fijé en otro de los invitados. Pero éste era de índole completamente distinta. Se llamaba Yulián Mastákovich. A primera vista, podía adivinarse que era un invitado de honor y que su relación con el dueño de la casa venía a ser la misma que la de éste con el señor que se alisaba las patillas. Tanto el anfitrión como la anfitriona le dirigían un sinfín de cumplidos, le agasajaban, cuidaban de que bebiese, le mimaban, le llevaban a presentarle a todos los invitados, pero a él no se lo presentaban a nadie. Observé que los ojos del dueño de la casa se anegaron en lágrimas cuando Yulián Mastákovich dijo que raras veces pasaba una velada de manera tan agradable. Sentí como algo de temor en presencia de semejante personaje y, por eso, después de haber admirado a los niños, me retiré a una pequeña sala, completamente vacía, y me instalé en el cenador de flores de la anfitriona, que ocupaba casi la mitad del recinto. Todos los niños eran encantadores en extremo, y de ningún modo querían portarse como los mayores pese a las muchas recomendaciones de las institutrices y niñeras. En un abrir y cerrar de ojos dejaron pelado el árbol de Navidad, hasta el último caramelo, y tuvieron tiempo, incluso, de romper la mitad de los juguetes, antes de saber a quién iba destinado cada uno de ellos. Era muy lindo, sobre todo, un niño de ojos azules y pelo rizado que se empeñaba en disparar contra mí su fusil de madera. Pero más que él me llamó la atención su hermana, una niña de once años aproximadamente, bella como un cupidillo, pensativa, pálida, de grandes ojos melancólicos. Los niños la habían molestado, no sé por qué; se había retirado a la misma sala donde estaba yo y se puso a jugar en un rincón con su muñeca. Los invitados señalaban con respeto a un rico arrendador, padre de la niña, y uno de los invitados observó en voz baja que su dote era de trescientos mil rublos. Me volví para ver a los que se interesaban por semejante circunstancia y mis ojos se detuvieron en Yulián Mastákovich, que, con los brazos en la espalda y algo ladeada la cabeza, prestaba una atención extraordinaria a la charla trivial de esas personas. Luego no pude dejar de admirar la sabiduría de los anfitriones en el reparto de los juguetes. La niña, que ya tenía una dote de trescientos mil rublos, recibió una muñeca de gran valor. Los otros regalos iban disminuyendo de valor en consonancia con la posición social de sus padres. El último en recibir fue un niño delgadito, pecoso, pelirrojo, de unos diez años, al que correspondió tan sólo un libro de relatos que trataba de la hermosura de la naturaleza, de lágrimas de emoción, etcétera, sin grabados y sin viñetas siquiera. Era el hijo de la institutriz de los niños de la casa, una pobre viuda. El niño era tímido y vergonzoso. Vestía una chaqueta de pana barata. Con el libro en las manos anduvo mucho tiempo admirando los juguetes recibidos por los otros niños; tenía grandes deseos de jugar con ellos, pero no se atrevía. Se notaba que sentía y comprendía su condición. Me gusta mucho observar a los niños. Son extremadamente interesantes sus primeros pasos independientes en la vida. Observé que el niño pelirrojo se sentía tan tentado por los ricos juguetes de los otros niños, sobre todo por el teatro, en el cual ansiaba desempeñar algún papel, que decidió incluso ser hipócrita. Sonreía obsequioso a los otros, regaló su manzana a un chiquillo regordete que llevaba un pañuelo lleno de golosinas e incluso aceptó cargar con uno en sus espaldas con tal de que no le echaran de allí. Pero un minuto más tarde, el más travieso de todos le dio una buena tunda. El pelirrojo no se atrevió ni a llorar. En eso apareció la institutriz, su madre, y le ordenó que no molestara a los demás niños en sus juegos. El niño entró en la misma sala donde estaba la niña. Ella le admitió de muy buena gana en sus juegos y los dos, con mucho cuidado, se pusieron a vestir a la preciosa muñeca. Llevaría ya más de media hora en el verde cenador, semiadormilado por las infantiles voces del niño pelirrojo y la hermosa niña con trescientos mil rublos de dote que jugaba con la muñeca, cuando entró de pronto en la habitación Yulián Mastákovich. Había aprovechado una escandalosa riña entre los niños para salir inadvertido del salón. Poco antes de eso le había visto hablando muy animadamente con el padre de la futura y bien dotada novia, a quien acababa de conocer; habían departido acerca de las ventajas de cierto empleo oficial comparado con otro. Entró y permaneció como indeciso, calculando algo con los dedos. —Trescientos…, trescientos —susurraba— Once…, doce…, trece, etcétera. Dieciséis. ¡Cinco años! Si calculamos por ciento, serán doce cinco veces, igual a sesenta, y si a esos sesenta…, bueno, supongamos que, en total, al cabo de cinco años, serán cuatrocientos. ¡Sí, eso es…! ¡Pero el muy bribón no los tendrá a un cuatro por ciento! Tal vez se lleve un ocho o un diez por ciento. Supongamos que sean quinientos mil; eso, por lo menos, está seguro; luego el resto para trapos, humm… Terminó de reflexionar, se sonó y estaba a punto de retirarse cuando vio de pronto a la niña y se contuvo. A mí, como las macetas me ocultaban, no me vio. Me pareció que estaba sumamente agitado. O bien había influido en ello el cálculo, o bien alguna otra cosa, pero lo cierto es que se frotaba las manos y no podía permanecer quieto. Esa agitación aumentó hasta nec plus ultra ; entonces se detuvo, lanzando otra mirada decidida a la futura novia. Intentó avanzar hacia ella, pero antes miró en torno suyo. Luego, andando de puntillas, como si se sintiera culpable, inició su aproximación hacia la niña. Se acercó con una sonrisita, se inclinó hacia ella y le dio un beso en la cabeza. La niña, que no esperaba semejante arrebato, lanzó un grito de susto. —¿Qué haces aquí, preciosa? —preguntó en voz baja, mirando a su alrededor al tiempo que acariciaba la mejilla de la niña. —Estamos jugando… —¡Ah! ¿Con él? —preguntó Yulián Mastákovich, mirando de reojo al niño—. Deberías ir a la sala, monín —le dijo. El niño callaba y le contemplaba con los ojos muy abiertos. Yulián Mastákovich volvió a mirar en torno suyo y se inclinó nuevamente hacia la niña. —¿Y esto qué es, preciosa? ¿Una muñeca? —preguntó. —Una muñeca —respondió la niña, poniendo cara seria y algo intimidada. —Una muñeca… ¿Y sabes, preciosa niña, de qué está hecha esta muñeca? —No lo sé —respondió la niña en un susurro, bajando la cabeza. —Pues de trapos, monina. Niño, vete a la sala a jugar con tus amigos —dijo Yulián Mastákovich mirando con severidad al pelirrojo. La niña y su amigo se enfurruñaron y se asieron de las manos. No querían separarse. —¿Y sabes por qué te han regalado esta muñeca? —preguntó Yulián Mastákovich bajando más y más la voz. —No lo sé. —Pues por haber sido una niña amable y bien educada durante toda la semana. Yulián Mastákovich, en extremo emocionado, volvió a mirar en torno suyo y, bajando aún más el tono de su voz, preguntó en un susurro tembloroso de impaciencia y emoción: —¿Me querrás, linda niña, cuando vaya a ver a tus padres? Dicho esto, Yulián Mastákovich intentó besar de nuevo a la linda niña, pero el pelirrojo, viéndola a punto de llorar, la asió de otra mano y empezó a gimotear, mostrando así su plena identificación con ella. Yulián Mastákovich se enojó de veras. —¡Vete, vete de aquí! —dijo al niño—. ¡Vete a la sala! ¡Ve a jugar con tus compañeros! —¡No!, ¡no quiero, no quiero! ¡Váyase usted! —exclamó la niña—. ¡Déjelo, déjelo! —decía a punto de llorar. Un ruido en la puerta asustó a Yulián Mastákovich y le obligó a erguir su majestuoso tronco. Pero el niño pelirrojo se asustó aún más que él; dejó a la niña y se deslizó silenciosamente, casi pegado a la pared, hasta el comedor. Para no despertar sospechas, Yulián Mastákovich se dirigió también hacia allá. Estaba rojo como una amapola y, al mirarse en el espejo, pareció avergonzarse de sí mismo. Tal vez sentía cierta impaciencia y ardor. Tal vez estuviese tan impresionado por el cálculo hecho recientemente con ayuda de los dedos, tan seducido y entusiasmado por él, que pese a toda su seriedad e impotencia decidió proceder como un chiquillo y abordar directamente al objeto de sus ilusiones, aunque tan sólo transcurridos cinco años podría convertirse éste en verdadero objeto. Seguí al respetable personaje hasta el comedor y fui testigo de una extraña escena. Yulián Mastákovich, encendido de rabia e ira, increpaba al pelirrojo, quien, asustado, retrocedía sin saber dónde meterse. —¡Lárgate! ¿Qué estás haciendo aquí? Robando fruta, ¿eh? ¿Esto es lo que tú haces, pájaro? ¡Fuera, mocoso, lárgate de aquí, ve a jugar con tus compañeros! El atemorizado chiquillo recurrió al desesperado recurso de esconderse debajo de la mesa; su perseguidor, acalorado en extremo, entonces sacó su largo pañuelo de batista y empezó a golpear con él al niño —que ni se movía— por debajo de la mesa. Añadiremos que Yulián Mastákovich propendía a la obesidad. Era un hombre bien entrado en carnes, de tez sonrosada, con algo de tripa y gruesos muslos, en una palabra, lo que suele denominarse rechoncho. El esfuerzo le hacía sudar, jadear y enrojecer terriblemente. Por fin, se puso casi furioso, tan grande era su indignación y tal vez (¿quién sabe?) sus celos. Yo me eché a reír a carcajadas. Yulián Mastákovich se volvió y, pese a toda su importancia, quedó anonadado. En aquel instante entró en el comedor, por otra puerta, el anfitrión. El chiquillo, mientras tanto, había salido de debajo de la mesa y se limpiaba los codos y las rodillas. Yulián Mastákovich se apresuró a llevar el pañuelo, que sostenía con una mano por la punta, hacia la nariz. El dueño de la casa nos miró a los tres con cierta perplejidad, pero, como hombre de mundo y de gran experiencia, aprovechó inmediatamente la ocasión para poder hablar a solas con Yulián Mastákovich. —Este es el niño que tuve el honor de recomendarle —dijo, señalando al pelirrojo. —¿Cómo? —preguntó Yulián Mastákovich, no recobrado aún del todo. —Es el hijo de la institutriz de mis hijos —continuó el anfitrión con voz suplicante—, una pobre viuda, esposa de un honrado funcionario, y por eso…, si usted, Yulián Mastákovich, pudiese… —¡Ah, no, no! —exclamó presuroso Yulián Mastákovich—. Perdóneme, Philip Alexeievich, totalmente imposible. Ya me he enterado: no hay plazas y, aunque las hubiese, son diez candidatos para una sola, candidatos que tienen muchos más derechos que él… Lo lamento mucho, mucho… —¡Es una lástima! —dijo el anfitrión— . Es un niño dócil, modesto… —Me parece muy travieso —respondió Yulián Mastákovich con un nervioso temblor de labios—. ¡Vete, chico! ¿Qué haces aquí parado? ¡Ve a jugar con tus compañeros! —dijo volviéndose hacia el niño. Creo que en aquel momento no pudo contenerse para mirarme de reojo. Tampoco yo pude contenerme y me eché a reír abiertamente en sus propias narices. Yulián Mastákovich se volvió enseguida y, con voz bastante audible para mí, preguntó al amo de la casa quién era ese extraño joven. Se pusieron a cuchichear y salieron de la habitación. Más tarde les volví a ver. Yulián Mastákovich movía con desconfianza la cabeza, escuchando las palabras del anfitrión. Cansado de reír, regresé al salón. Vi que el gran personaje, rodeado de padres y madres, del dueño y la dueña de la casa, hablaba con mucho ardor a una dama que acababan de presentarle. La dama sujetaba de la mano a la niña con la cual acababa de representar Yulián Mastákovich la escena descrita. Ahora se deshacía en alabanzas entusiastas a la belleza, el talento, las gracias y la buena educación de la chiquilla. Era evidente que trataba de ganarse a la madre, que le oía casi con lágrimas en los ojos. El padre sonreía. El anfitrión se sentía complacido ante esas muestras de general alegría. También los invitados manifestaban su complacencia, incluso se ordenó a los niños que suspendieran sus juegos para no molestar a los mayores. El aire estaba saturado de veneración. Oí luego cómo la madre de la atractiva niña, conmovida hasta lo más hondo, rogaba con gran finura a Yulián Mastákovich que honrase su casa con su inapreciable presencia; oí con qué sincero entusiasmo aceptaba Yulián Mastákovich la invitación, y cómo después los invitados, dispersándose en distintas direcciones, según lo exigía la corrección, se derretían en alabanzas emocionadas al hombre de negocios, a su señora, a la niña y, en particular, a Yulián Mastákovich. —¿Está casado ese caballero? —pregunté casi en voz alta a uno de mis conocidos, el que más próximo estaba a Yulián Mastákovich. Yulián Mastákovich me lanzó una mirada iracunda y escrutadora. —¡No! —respondió mi conocido, profundamente molesto por la torpeza que yo había cometido adrede… Hace poco pasé por delante de la iglesia N.; quedé sorprendido al ver una gran muchedumbre. La gente hablaba de una boda. El día era desapacible; empezaba a helar. Entré en la iglesia, siguiendo a los demás, y vi al novio. Era un hombre rollizo, no muy alto, panzudo y vestido de gran etiqueta. Corría agitadamente de un lado a otro dando órdenes. Por fin oí decir que había llegado la novia. Me abrí paso y vi una belleza maravillosa que apenas había alcanzado la reciente primavera de la vida. Pero la hermosa estaba pálida y triste. Miraba con aire distraído y me pareció, incluso, que tenía los ojos enrojecidos por recientes lágrimas. La clásica pureza de sus facciones daba cierta solemne dignidad a su belleza. Mas tras esa severa solemnidad, tras esa tristeza se traslucía una imagen infantil e inocente, algo sumamente ingenuo, núbil, no formado aún, que, sin ruegos, parecía suplicar piedad. La gente decía que acababa de cumplir dieciséis años. Miré al novio con atención y, de pronto, reconocí en él a Yulián Mastákovich, a quien no había visto en cinco años. Luego miré a la novia… ¡Dios mío! Me abrí paso a codazos para salir de la iglesia cuanto antes. La gente comentaba que la novia era rica, que tenía una dote de quinientos mil rublos… y que en ropa llevaba… «¡Calculó bien!», pensé yo, abriéndome paso hacia la calle… FIN Autor: Fiódor Dostoyevski: Título: Un árbol de Navidad y una boda Título Original: Ёлка и свадьба Publicado en: Anales de la Patria, septiembre de 1848 Traducción: Lidia Kúper de Velasco

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