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- "Mis muertos tristes", cuento de Mariana Enríquez
Mis muertos tristes Mariana Enríquez Ahora es tiempo de que ustedes vuelvan. Ya se fueron suficiente tiempo. LYDIA DAVIS, Ni puedo ni quiero Primero, creo, debo describir el barrio. Porque en el barrio está mi casa, y en la casa está mi madre. Una cosa no se entiende sin la otra. No se entiende por qué no me voy. Porque puedo irme. Puedo irme mañana. El barrio ha cambiado desde mi infancia. Solía ser viviendas para obreros construidas en los años treinta en calles angostas; casas de piedra, hermosos jardines pequeños y ventanas altas con persianas de hierro. Se puede decir que los propios vecinos las fueron arruinando con sus innovaciones: los aires acondicionados, los techos de tejas, algún piso más arriba construido con materiales diferentes, revestimientos y pinturas exteriores de colores ridículos, o la eliminación de las puertas de madera originales reemplazadas por otras más baratas. Pero, además del mal gusto, el barrio se tornó isla. De un lado nos limita la avenida: es como un río feo, se cruza, no hay mucho en sus orillas. Pero al sur tenemos los monoblocs que se fueron volviendo más y más peligrosos, con los chicos que venden paco en las escaleras y a veces se tirotean si hubo alguna escaramuza o si simplemente están de malhumor porque perdieron un partido de fútbol. Al norte había un parque donde iba a construirse no sé qué centro deportivo que nunca se llevó a cabo y ahora el predio está ocupado por casas pobrísimas; las mejores, de ladrillo hueco, y las más precarias, de chapa y cartón. Los monoblocs y esta villa se comunican. Entiendo lo que pasa: cuando la miseria acecha de la forma en que acecha en mi país y en mi ciudad, si hay que recurrir a lo ilegal para sobrevivir, se recurre. Se gana más dinero que en un trabajo legal. Además, no hay tanto trabajo legal, para nadie. Y si vivir mejor implica un riesgo, bueno, hay mucha gente dispuesta a tomarlo. La mayoría de mis vecinos, los de esta isla de casitas construidas cuando el mundo era otro, no creen lo mismo. Quiero aclarar: yo también tengo miedo. Yo tampoco quiero que me atrape una bala perdida, a mí o a mi hija cuando viene de visita (poco), ni que me roben sistemáticamente en la parada del colectivo o cada vez que el auto se ve detenido por la luz roja en la esquina de los monoblocs. Yo también vuelvo llorando cuando un adolescente enarbola un cuchillo y me arrebata el teléfono. Pero no quiero matarlos a todos. No creo que sean lacras y negros y extranjeros y descartables e irrecuperables. Mi exmarido, que vive en la Patagonia y trabaja en una empresa petrolera, me dice que los vecinos están asustados. Yo le digo que el fascismo en general empieza con miedo y se transforma en odio. Él me dice que venda la casa y que me mude al Sur, cerca de él. Estamos separados, pero somos amigos. Siempre fuimos amigos. Su nueva mujer es adorable. Yo suelo poner por excusa a Carolina, nuestra hija, pero es solo una excusa. Carolina vive lejos de mí y de esta casa y trabaja como productora de moda en una revista de páginas satinadas. No me necesita. Yo me quedo porque mi madre vive aquí. ¿Una muerta puede vivir? Está presente, entonces. Desde que la descubrí entiendo mejor la palabra. La presentí antes de verla. Mi madre fue una mujer feliz hasta que se enfermó de cáncer y vino a mi casa a morir. La agonía fue larga, dolorosa e indigna. No siempre es así. El enfermo sabio que desde su cama, ya sin pelo y con la piel amarillenta, imparte lecciones de vida es una romantización ridícula, pero es cierto que hay personas que sufren menos. Se trata de fisiología y también de temperamento. Mi madre tenía reacciones alérgicas a la morfina. No podía usarla. Tuvimos que recurrir a analgésicos inútiles. Murió gritando. Una enfermera y yo la cuidamos todo lo que pudimos. No pudimos mucho. Soy médica, pero hace rato que no trabajo con pacientes y prefiero ser administrativa en una empresa de medicina privada. A los sesenta ya no tengo ánimo, paciencia ni pasión. También es cierto que durante mucho tiempo negué (la negación es una droga poderosa) lo que tuve que asumir con mi madre. Hay fantasmas que se me presentan. Que me buscan. No los veo yo sola: en el hospital, las enfermeras salían corriendo. Yo las tranquilizaba, les decía «chicas, están sugestionadas». La escuché gritar una mañana, a mi madre. No una madrugada, no durante la noche: a esa hora llena de luz, tan extraña para un fantasma. Las casas del barrio, aunque bonitas, están muy cerca, a la manera de las semi-detached británicas: fueron construidas por empresarios ingleses del ferrocarril para sus trabajadores. Mi vecina Mari, que nunca sale de su casa porque tiene terror a que le roben y la maten y quién sabe qué otras fantasías fóbicas, se asomó desde su ventana, que da a mi pequeño jardín delantero, con los ojos desorbitados justo cuando yo salía para verificar que no hubiese nadie en la calle, un acto reflejo tonto empujado por mi propio pánico: no podía creer estar escuchando los gritos de mi madre muerta. Pensé que, quizá, se trataba de alguien en la calle. Un accidente, una pelea. Mari también recordaba los gritos verdaderos de mi madre y estaba estupefacta, helada. –Es la televisión, Mari, métase adentro –le dije. –¿Es que usted se da cuenta del parecido, doctora? –Mucho. Estoy muy impresionada. Y entré. Como no sabía qué hacer, me puse a buscar la fuente de los gritos por la casa y a pedir, como si rezara, que bajase el volumen. No le pedí que dejara de aullar: que fuese más discreta, eso le pedía. Se lo había pedido a otros fantasmas en el hospital antes, en una clínica después. A veces funcionaba, este ruego. Mi madre siempre tuvo sentido del humor, así que el pedido de bajar el volumen la hizo reír. No la encontré ese día, que me tomé libre en el trabajo, pero sí por la noche, sentada en el piso de la habitación donde había muerto, ahora convertida en un depósito de muebles que nunca me tomo el tiempo de tirar o regalar. Estaba delgada, pero como al principio de su cáncer; no era esa mujer seca y afiebrada de los últimos meses. No quise acercarme: apoyada en la puerta, con las rodillas temblando, le canté. Y mientras cantaba me dejé caer hasta que quedamos las dos frente a frente, sentadas, yo con las piernas cruzadas, ella sobre sus rodillas. Era la canción que la tranquilizaba cuando el dolor era insoportable, o al menos eso elegía creer yo. Esa noche no gritó. Pero los fantasmas, aprendí, se fastidian. No sé qué piensan, si es que piensan, porque más bien repiten, y las repeticiones parecen actos reflejos sin pensamiento, pero sí que hablan y sí que opinan y sí que tienen arranques de malhumor. Mi madre anda por la casa, a veces siente mi presencia, a veces no. Y de vez en cuando parece que le vuelve la furia. La de su cuerpo degradado, la del ano contranatura y la humillación; ella había sido elegante, recuerdo que lloraba «el olor, el olor». Era peor que el sufrimiento físico, a veces. Entonces grita. A veces son gritos de pura rabia. Yo tengo varias formas de tranquilizarla que no tiene sentido enumerar aquí. Lo interesante es lo que empezó a pasar en el barrio. Entonces me di cuenta de que ni yo estaba loca –lo pensé: cualquiera que ve a su madre muerta subiendo una escalera lo piensa– ni ella era una fantasma única. Mis vecinos hacen reuniones de «seguridad». No consiguen mucho. En el barrio hubo algunas invasiones a casas, robos violentos, le pegaron a una anciana. Es horrible lo que pasa. Pero ellos son todavía más horribles. En las reuniones gritan que pagan sus impuestos (es parcialmente cierto: la mitad evade lo que puede, como todo argentino de clase media), que se compraron armas y hacen cursos para usarlas, y describen las maneras en que piensan que la policía debe actuar: siempre proponen el asesinato, el insulto, el ejemplo medieval o el ojo por ojo o cosas por el estilo. Hay un hombre mayor, un poco más que yo, a quien no conozco, que dice que es necesario exhibir las cabezas de estos «negros» en picas, como en la época de la Colonia. Nadie lo censura, nadie siquiera pone los ojos en blanco. Todas las reuniones terminan con el recuerdo de los buenos abuelos de los vecinos, esos inmigrantes europeos que vinieron con una mano atrás y otra adelante, que llegaron para trabajar honestamente, que eran pobres pero dignos. Otro mito. Los inmigrantes de aquella época eran, en muchos casos, pobres y ladronzuelos, otros eran anarquistas perseguidos por la policía, en gran parte se convirtieron en comerciantes deshonestos que preferían ganar dinero antes que plantearse cualquier tipo de responsabilidad ética. Pero ya no discuto, si alguna vez discutí. Estoy resignada a ese sentido común que comparten. El sentido común es una mentira, pero discutir una mentira creíble es una empresa de titanes. Voy a las reuniones porque quiero enterarme de lo que planean. No quiero que un día cierren la calle y no saberlo de antemano. Ya me pasó con una alarma que disparé sin querer cuando me apoyé en una puerta para chequear los mensajes en mi teléfono. También colocaron una cámara en mi casa sin mi permiso, pero debo reconocer que el artefacto me viene bien. Al menos puedo ver si alguien intenta romper la cerradura. De hecho, ya lo intentaron un par de veces. Ahora la cámara se rompió y no encuentro el tiempo de arreglarla. Me parece escuchar la voz de mi hija: «Mamá, por terca te van a matar y te voy a encontrar muerta yo y espero que tengas plata ahorrada para mi terapia porque de la mía no gasto». La reunión de emergencia convocada a mediados de julio resultó un zafarrancho infernal. Lo que había pasado era horrible y teníamos a las cámaras de televisión, de canales de aire, de cable y de cualquier medio por todo el barrio. Tres chicas, adolescentes, volvían de una fiesta, de madrugada. Para llegar a los monoblocs debían cruzar el barrio. Alguien les disparó desde un auto. Ni tuvieron tiempo de correr. Murieron en la calle. Como eran muy chiquitas, las tres de quince años, iban de la mano y amontonadas para poder ver los mensajes en la pantalla del teléfono. Así aparecen en la foto: amontonadas pero caídas, una sobre otra, con sus remeras cortas que dejan ver sus estómagos planos, las calzas ensangrentadas y las zapatillas nuevas. Una tenía la cara destrozada de disparos y miraba la copa de un árbol con lo que le quedaba de ojos. Las otras, debajo, se desangraron en el lugar. Cuando fue llamada la reunión de vecinos, aún no había detalles sobre los asesinos, pero por las características lo ocurrido parecía obvio: las chicas debían ser hijas o parientas o algo de un delincuente más o menos importante: un pirata del asfalto, un mininarco, un regenteador de mujeres. Esa persona le debía dinero a alguien, o había ofendido a alguien: era una venganza. Los días confirmaron la teoría de los vecinos. En la esquina donde mataron a las chicas se puso un cordón policial amarillo, pero alrededor empezaron a aparecer ramos de flores y corazoncitos de cartón y osos de peluche, un altar callejero con ofrendas más adecuadas para niñas que para adolescentes. Las vi un atardecer, cuando volvía del trabajo. El taxi me deja en esa misma esquina, la del cordón policial y los regalos que las recuerdan. «Lu, te queremos siempreeeeee.» «Justicia para Natalia.» «Mi angelito, te fuiste demasiado pronto.» Venían sacándose fotos: las tres cabezas apretadas para entrar en foco, las lenguas con piercing afuera (¿por qué les gusta sacar la lengua a las chicas?), una segunda tanda de fotos con los labios haciendo trompita, esa sensualidad demasiado temprana que se ve falsa, y que se veía especialmente morbosa en sus fotos verdaderas usadas por los informes periodísticos, fotos robadas de Instagram o de TikTok, según me explicó mi hija: yo no entendía esas imágenes con nariz de perro u orejitas de conejo y entonces me enteré de que eran «filtros». Las chicas fantasma venían riéndose. A esa hora, ya casi de noche, mi barrio está desierto. La noche es oscura y llena de terrores, dice una sacerdotisa en la serie épica que mira mi hija con verdadera locura fanática y con la que no me puedo enganchar porque tiene demasiados personajes (la violencia de la serie, que a otros los perturba, a mí no me molesta). Las chicas fantasma no podían conectar el flash y eso les daba más risa. Eran increíblemente compactas, no hay otra manera de explicarlo. Parecían chicas vivas haciendo las cosas que las quinceañeras hacen: ignorantes de lo que pasa a su alrededor, vestidas con ropa un talle o dos más chica que la adecuada para sus cuerpos, el pelo teñido de colores, un remolino de empujones y mechas azules, verdes, negrísimas. Las ventanas del barrio se empezaron a abrir tímidamente y el silencio sonó como un disparo. Alguien de una casa que estaba justo donde las chicas pasaban gritó. Yo las tenía a cincuenta metros de distancia, pero ya podía verlas bien y comprendí: a una le sangraba el cuello. La sangre manaba despacio, chorreaba, ella se la limpiaba distraída como si fuese agua de lluvia o cerveza que algún jovencito le había tirado encima en una fiesta. La otra, la de la cara destrozada, sacaba fotos despreocupada; y la más menuda, delgada hasta la enfermedad, tenía tres manchas rojas en el vientre. No quise mirar más, me recordaba a mi madre, su cáncer, su flacura moribunda. Entonces las chicas se pusieron a mirar las fotos que habían sacado. Y lo que vieron las hizo llorar. «No, no, no», decían, y sacudían las cabezas, se miraban entre ellas, miraban las fotos y veían el verde marrón de la podredumbre, la sangre, los disparos que dejaban ver los huesos, los ojos ciegos. Las fotos rompían el hechizo de amistad y vida eterna de los quince. Después del llanto, empezaron las corridas. Las chicas fantasma corrían desesperadas y el ulular era de verdad aterrador. La desesperación del desconcierto. ¿Acaso se sabían muertas recién en ese instante? Qué injusto: los muertos tienen la suerte de no ver cómo se descomponen. Incluso los fantasmas. Mi madre, por ejemplo: su imagen no se pudre. Hay distintos tipos de fantasmas. Me pregunto si esa imagen emana de ellos mismos o de quienes los vemos. Si son o no una construcción colectiva. Los vecinos empezaron a gritar también. Era la locura. Doscientos metros de locura. Escuché que alguien se desmayaba y algún otro clamaba por una ambulancia, pero ¿quién iba a llamarla con las chicas ahí, podridas bajo la hermosa luz dorada del atardecer? Una de ellas, la de la sangre que le corría desde el cuello –los disparos le habían abierto la arteria–, me recordó a Carolina. No sé por qué. No por la ropa: esa chica vestía las remeras y calzas baratas que se consiguen en el barrio, quizá incluso en el supermercado. Pero algo en cómo llevaba esa ropa ordinaria que tenía puesta me recordaba la elegancia insólita de mi hija (digo «insólita» porque yo no tengo la gracia de comprender qué color va con cuál ni qué pantalón logra que mis piernas parezcan más largas). Sí, su calza era barata, de licra negra, pero usaba una camisa blanca muy bonita que le caía sobre las nalgas y, con unas zapatillas grandotas, posiblemente de varón, el conjunto tenía un estilo –un urban chic, diría mi hija– muy particular. Las zapatillas eran de un azul francia descarado y alrededor del cuello ensangrentado colgaba una cadenita con un pendiente estilo victoriano que rompía lo callejero con un toque irónico. Al describirla copio, creo, el estilo de mi hija, que a sus producciones de moda siempre les agrega una breve nota explicativa. Quizá porque me hacía acordar a Carolina me les acerqué. Claro que tenía miedo, el corazón me saltaba en la boca del estómago como si se hubiese corrido de lugar. Y ya no tengo edad para estos sobresaltos: ya estoy en riesgo de que una arritmia se vuelva incontrolable, incluso de una angina de pecho. Además, los vecinos miraban. Pero no podía dejarlas así. ¿Sabía que era capaz de calmarlas? Lo sabía. Estas cosas se saben. En el hospital, cuando tranquilicé a mis primeros fantasmas hace ya más de diez años, también lo sabía. Pero en el hospital no se tranquilizaban mucho. Eran demasiados y se potenciaban. El contagio y la histeria también funcionan entre los espíritus, es bien curioso. Por supuesto, nadie jamás va a estudiar esto porque nadie lo creería. A mí misma me da vergüenza. Pienso en el tema y recuerdo los programas del cable, vergonzosos en su falsedad, en su armado, sobre médiums de Hollywood y cazadores de fantasmas, por ejemplo. Programas de televisión de la crisis de ideas y de la crisis económica, hechos con malos actores y peores guiones, todos idénticos, todos ignorantes, ni siquiera entretenidos. Yo no soy eso, me digo, pero también soy eso, de alguna manera. Llamé a las chicas por su nombre, lo que bastó para que me miraran. No para que dejaran de gritar. Para eso hizo falta conversar con ellas. Pedirles que borraran las fotos. Les costaba obedecer, a todos les cuesta. Y después invitarlas a seguir adelante. Hacerlas reír un poco. Hablarles de la ropa. Preguntarles de qué fiesta venían. Nunca hablar del crimen. Gritaron un poco más cuando vieron el recordatorio y la cinta policial, pero enseguida los gritos se desvanecieron en llanto y abrazos, lágrimas de autocompasión hasta que ellas también se desvanecieron o, mejor, se diluyeron, sus imágenes se volatilizaron como si hubiesen estado pintadas con acuarela o como se evapora el alcohol. Tuve que sentarme en el cordón un segundo. Pronto vino el vecino Julio, muy amable; alguna vez tuvo un bar precioso en una de las esquinas del barrio, pero no pudo seguir alquilando el local, demasiado caro, demasiado caras las bebidas y la comida y pocos clientes, en fin, la historia de los restaurantes y bares que funden, que a mí me dan una infinita tristeza y por eso le tengo a Julio más afecto del que quizá se merece. –¿Qué hizo, doctora? –Es Emma, Julio, decime Emma, por favor. –¿Qué hizo, Emma? La pregunta se repitió semanas. Hubo reuniones semisecretas entre los que habían visto lo sucedido. Después las reuniones se ampliaron hasta abarcar a los que no estaban presentes. Por supuesto, hubo muchísima desconfianza e incredulidad. Yo estaba agotada. Les conté sobre mi madre. Mi vecina Mari dio fe de la veracidad de la historia, pero me recriminó que aquella vez le mentí diciéndole que los gritos eran de la televisión. –Mari, ¿qué quería que le dijera? Yo también tenía miedo. Pensaba que estaba loca. Eso no era cierto, no del todo. Una sabe cuándo se vuelve loca y no ocurre de un día para otro, ni siquiera como consecuencia de un trauma. Todo, todo en el cuerpo es un proceso. La muerte también. Los vecinos me empezaron a buscar en secreto. Avergonzados. La epidemia de fantasmas –porque era eso– coincidía con el peor momento del barrio. Quien ordenó el crimen de las tres adolescentes ahora comandaba los negocios en los monoblocs y, como aterrorizaba a la gente, los robos habían escalado hasta el secuestro. Un tipo de secuestro particular: lo llamaban «exprés». La víctima era atrapada con un auto y llevada de recorrida por cajeros de banco hasta reunir una cantidad que los ladrones consideraran aceptable. A veces los exprés terminaban con violencia, muchos golpes, violaciones, incluso algún disparo, todo por un malentendido increíble: los ladrones, en la mayor parte de los casos muy jóvenes, no estaban bancarizados. No tenían trabajo; por lo tanto, no tenían cuenta en el banco. Así, ignoraban el mecanismo de retiro de dinero en los cajeros automáticos de la Argentina. Por una cuestión de seguridad, el monto permitido para extracción es muy bajo. Unos 25.000 pesos por día, el doble si el dueño de la tarjeta es socio del banco de donde saca dinero. Si alguien tiene más de una cuenta, puede aumentar la cifra sacando de dos bancos distintos. Pero si no, pues bien, es un monto muy magro. Y los ladrones, estos chicos excitados y asustados, quieren más. Y como no entienden lo que es extraer dinero porque nunca lo hicieron, creen que se les miente. Que se los desprecia o se los quiere engañar. «¿Te creés que soy un boludo vos? Ya vas a ver.» Y entonces el golpe, el culatazo, el pánico. A mí todavía no me lo hicieron, pero pasa seguido y también le pasa a la gente que vive en los monoblocs, y lo aclaro porque no quiero ser injusta, de ninguna manera son todos delincuentes en los monoblocs, hay mucha gente que tiene un departamento ahí de la misma manera que yo tengo una casa acá y nadie puede o quiere mudarse y eso es todo. El primer vecino llegó justamente cuando yo charlaba con mamá. A veces converso con ella. Está ahí, después de todo, y aunque no habla, sí me mira, y a veces asiente. Si no está furiosa, se ríe. Es una lástima que no hable porque podríamos pasarla mejor. A mis amigas no las invito a casa por si aparece mamá. Y mi hija viene cada vez menos, pero no es su culpa, tiene mucho trabajo. En este país es mejor que aproveche: nunca se sabe cuánto puede durar un empleo, si uno está al borde de ser echado o no (la orden de despedir personal puede ser repentina), y conseguir otro puesto resulta en una espera de años. Mejor mitigar esa espera con un buen ahorro. Hablamos por teléfono, chateamos. Ella no sabe lo de su abuela. Se lo diría, pero para qué. Por ahora no hace falta. El primer vecino fue Paulo. Tiene dos hijas chicas, van a la primaria. La mujer «sufre de los nervios», es decir, tiene ataques de pánico. Paulo tiene un hermano en Estados Unidos y en las reuniones se la pasa hablando de qué bien viven allá, qué país seguro es. Yo no lo corrijo. Ya dije que no me gusta pelear. Paulo dio muchas vueltas antes de contarme su problema. Hasta me pidió si podía fumar y se sorprendió cuando le di permiso. Para aflojar la tensión le dije: «Usted sabe que la mayoría de los médicos fuman. Demasiado estrés». El problema de Paulo, entonces: hacía unos tres meses, un ladrón había intentado ingresar a su casa. Por el techo. Sabía que era un ladrón porque venía con una pequeña pistola. Una 22. Lo vieron: Paulo encerró a su mujer y a las nenas, buscó un martillo –él no era de los que habían comprado armas– y se preparó a llamar a la policía. Pero entonces vio, por la ventana del primer piso donde estaba, cómo el ladrón resbalaba y caía al patio desde el techo. Entonces recordé lo sucedido, había sido tema de conversación en una de las reuniones de vecinos: se había pedido más presencia policial a la comisaría 9, la que nos corresponde. El ladrón murió por el golpe. No le pregunté a Paulo si lo dejó morir, pero creo que así fue. Estoy segura de que el hombre cayó del techo y quizá se habría salvado si la ambulancia hubiera llegado a tiempo. Puedo ver a Paulo mirándolo morir desde la ventana, con su martillo en la mano, sintiéndose un dios barrial con el poder de decidir sobre la muerte de otro. ¿Yo hubiese hecho lo mismo por salvar a mi familia? Puede ser. Es fácil pensar con ética cuando lo que amamos no está en peligro. Me gusta imaginar que no lo hubiese hecho, sin embargo. Soy una persona biempensante. Prefiero la ingenuidad y el paternalismo antes que el odio. Como sea: el ladrón volvía. Lo escuchaban caminar por el techo. La mujer lo había oído primero y él, Paulo, no le había creído. Después de todo, sufría de los nervios, la pobre. Hasta que escuchó él mismo los pasos. Y entonces lo vio caer una vez más hacia el patio. Sin ruido. Eso hace su fantasma ladrón: camina y cae, camina y cae. Desde el suelo, me dijo Paulo, «se nos caga de risa». Acepté ir una noche. La mujer que sufre de los nervios aprovechó para mostrarme la medicación que le recetan. Grosso modo, me pareció demasiada cantidad, pero sé que los médicos de ahora prefieren prescribir de más a hacer un tratamiento integral. Me ofrecieron cenar con ellos, salchichas con puré («por las nenas», explicó la madre, «no comen otra cosa»), pero yo ya había comido en casa. Esperé. Los pasos llegaron cuando las criaturas estaban en la cama, afortunadamente. Decidí que mi trabajo empezaría cuando el fantasma hubiese caído: una vez finalizada su ronda nocturna. Unos minutos con él lo disuadieron. No importa qué le dije, qué hice: llega un momento en que resulta muy mecánico. Este era mi tercer encuentro con fantasmas revueltos, pero en realidad ya había tranquilizado a los otros, a mi madre y a las chicas asesinadas, muchas veces. Yo no envío a los fantasmas a ninguna parte, ni buena ni mala. No hay paz ni cierre. No hay reconciliación. No hay pasaje. Todo eso es ficción. Solo los tranquilizo y evito que reincidan con una frecuencia inaguantable para los vivos, por un tiempo. Pero vuelven, como si se olvidaran y hay que volver a empezar. ¿Por qué será? Recuerdo que, con mi marido, recién casados, teníamos una gata preciosa, de nariz negra, toda blanca, que siempre parecía olvidarse de que los fines de semana la agasajábamos con un atún especial, más caro, que le gustaba mucho. Cuando yo me preguntaba si no tendría algún problema de memoria, mi marido me decía: «No, es que tiene un cerebro chiquito. ¿No ves lo chica que es su cabeza?». ¡Es que su cara era tan inteligente! Y los fantasmas son un poco así. Parecen humanos, parecen inteligentes, pero sin embargo son un filamento obligado a repetir. No tienen cerebro, pero tienen algo que podríamos denominar «pensante». Sucede que es igual de chiquito que el de mi gata, que se llamaba Florencia y ronroneaba entre mi marido y yo todas las noches, antes de dormir. Extraño a mi marido, pero no como pareja. Extraño su amistad, sus charlas, su comida (es un excelente cocinero). Pero él necesita enamorarse y cuidar, y yo necesito estar sola. Después del fantasma del ladrón vinieron otros. Por qué esta invasión, le pregunté una vez a mi madre, y ella pareció escuchar atenta. No me contestó, no puede, pero yo sabía la respuesta: el barrio no estaba invadido. Era yo. Yo los atraía. Por eso no tenía sentido irme salvo que aprendiera cómo arrancarme el imán. Pero el imán no me molestaba. El miedo se transformó muy pronto en adrenalina. Cuando pasaban muchos días sin que un vecino tocase la puerta, ya empezaba a impacientarme. Pero esta historia importa solamente por un fantasma en particular, con el que actué diferente. Al que no pude o no quise ayudar. ¿O es a los vecinos a quienes ayudo? Todo está mezclado. Mi hija cumple años el 23 de diciembre. Ese año, quizá porque nos habíamos visto poco, me invitó a su fiesta más «íntima» (había hecho otra, con amigos, el fin de semana anterior: ella no es supersticiosa, le da igual festejar con anticipación) y me ofreció quedarme para la Navidad y hasta Año Nuevo con ella, si quería, en su departamento de Palermo. Sabía que tendría invitaciones a fiestas para el Año Nuevo, así que decliné esa invitación, pero sí acepté la de Navidad y algunos días más. Dejé la casa con un bolso y viajé en taxi: había vendido el auto. No estaba vieja, pero tampoco tan joven como para manejar con la atención requerida en una ciudad como Buenos Aires. Los días con mi hija estuvieron muy bien. Peleamos poco y nos reímos mucho. Vimos su serie épica y medio me enamoré de Ned Stark, un espécimen de esos que nunca tuve, de mandíbula cuadrada y espalda de bestia. Además, no era tanto más joven que yo, el actor. Unos diez años, calculé. Una noche estuve a punto de contarle sobre mis habilidades espiritistas de la vejez, cuando abrimos un champán y lo tomamos muy frío, con helado de limón, ideal para el calor húmedo y el agobio de la ciudad. Pero tuve miedo de arruinar días casi perfectos. Ella tenía derecho a creerme demente. Así que volví el 29 por la tarde a mi casa, en subterráneo, porque cruzar la ciudad era un despropósito: a las habituales protestas de fin de año se le agregaban varias más: los estatales pidiendo aumento, los piqueteros cortando las avenidas (el reclamo: bolsas de comida), los despedidos frente al Ministerio de Trabajo (el pedido: reincorporación) y una marcha clamando seguridad muy grande frente al Congreso. Habían asesinado a un adolescente de dieciséis años, Matías y un apellido italiano. Aparentemente lo habían secuestrado. Un secuestro exprés, solo que, como el chico era menor, no tenía tarjeta de banco, entonces los captores cambiaron de idea y decidieron pedirle plata a la familia. La familia no tenía dinero. Esa misma noche, todavía en el auto –no debían saber adónde llevarlo– el chico se les escapó. No llegó muy lejos y lo fusilaron en la villa cercana a mi casa, la que nos cerca por el norte, la que alguna vez iba a ser un campo de deportes y después fue un descampado y ahora es un barrio que aunque amenazan con desalojar es probable que nunca lo hagan. ¿Adónde van a mandar a la gente? Algunas casitas, además, ya son de ladrillo bueno y tienen piso de arriba. Hace poco, yendo a comprar, vi que abrieron un kiosco y una heladería. Se hicieron detenciones en la villa, pero aparentemente los captores no eran de ahí. En la televisión pedían la pena de muerte, como siempre que ocurre un crimen espantoso. Extrañamente y a pesar de que el asesinato había sido en un lugar tan cercano, los vecinos de mi barrio no llamaron a una reunión de urgencia. La esperé durante unos días (el mensaje en el teléfono, a veces el papel pegado con cinta scotch en la puerta), pero no hubo nada más que silencio, las miradas bajas en la verdulería, cierto apuro en la compra de cigarrillos en el kiosco. Lo atribuí a los nervios, aunque en general mis vecinos no reaccionan con este estado tenso, sino con una ansiedad agigantada y gritona. Los golpes en la puerta me despertaron. Era tarde, lo supe antes de mirar el reloj: desde muy joven me acuesto de madrugada, una costumbre de las guardias en el hospital que nunca pude sacudirme. Eran golpes sutiles: llamaban a la puerta. Decidí ignorarlos. Pero continuaban, rítmicos, insistentes, con creciente urgencia, hasta que me di cuenta de que ahora golpeaban con los dos puños como si quisieran tirar la puerta abajo. Tuve miedo. Pensé en cerrar la puerta de mi habitación, pero, claro, no tenía llave. ¿Qué podía interponer entre quien quería entrar y yo? ¿Debía llamar a mi vecina Mari? ¿A la policía? Me senté en la cama y, cuando escuché los susurros, el sudor de mis manos se heló, pero, al mismo tiempo, me tranquilicé: los golpes no eran de una persona real. Su voz baja, su súplica, no podía llegar hasta mí desde la puerta de la calle. «Por favor, ábrame», decía. Me trataba de usted. Hablaba con respeto. «Por favor, me estoy escapando. No quiero robar, no soy ladrón, me tenían secuestrado. Por favor, ábrame, que me matan, me matan.» Bajé la escalera corriendo y miré por la ventana. El chico estaba en la vereda. Un adolescente alto, bien visible bajo la luz del poste. Estaba pálido como todos los muertos, pero no podía verle las heridas a pesar de que estaba vestido de verano, una remera blanca, pantaloncitos de fútbol, zapatillas. ¿Cómo lo habían matado? No podía recordarlo. Durante los días con mi hija había estado alegremente lejos de las noticias y la televisión. Entonces aquí estaba Matías de apellido italiano, muerto a cuadras de mi casa, y yo no sabía por qué tocaba la puerta ni me había enterado de que su asesinato había sido tan cerca. Aunque eso podía intuirlo. ¿El silencio de mis vecinos estaba relacionado con esta aparición? Claro que sí, me dije. Y en más de un sentido. El adolescente Matías dejó de tocar la puerta. Se acercó a la ventana y en sus ojos, vivos, totalmente vivos, con algo de insecto, ese brillo zumbón de los escarabajos, vi la venganza y la furia. No le tuve miedo porque sabía que no podía concretar esa venganza en el mundo material, pero la frustración de no poder actuar le agregaba capas a su ira, capas sin fin. Iba a pasarse lo que tuviera de tiempo (y sospecho que Matías de apellido italiano tenía todo el tiempo que existe) recorriendo esta calle. Hasta que no existiese más la calle, si era necesario. No iba a dejar dormir a los que habían ayudado a matarlo nunca. Nunca. –¿No vas a abrirme? –dijo. Su voz era clara, no muy diferente a la de una persona viva. Ya no hablaba con respeto. Me acerqué a la puerta, usé la llave y la abrí. Matías se quedó en el umbral. Entonces le vi el disparo en la sien. Era sutil, como un lunar. No sangraba. Me recordó a los suicidas que solía recibir en el hospital. La mayoría eran hombres, la mayoría tenían su edad o unos años más, no todos eran tan precisos con el disparo, solían destrozarse la cara o tenían la costumbre de meterse el caño en la boca. –Ahora es tarde –me dijo Matías. Yo supe que no podía tranquilizarlo, no a este, y le dije en voz bien alta: –¡No estaba esa noche en casa! Vos lo sabés. Te hubiese abierto. –¿Sí? No te creo –dijo. Una conversación, no solo contestar preguntas. Matías de apellido italiano podía tener conversaciones. ¿En qué se diferenciaba de los demás? Me quedé en el umbral con la puerta abierta y la luz encendida y lo observé. Continuaba. Corría de una casa a otra y golpeaba, golpeaba cada puerta. Primero despacio, después con los puños, al final a patadas. Primero pedía que le abrieran con ruego y gentileza y terminaba insultando, aterrorizado pero también asombrado en su enojo, en su desesperación. Mis vecinos encendían las luces pero nadie abría. Escuché a alguno gemir. Matías de apellido italiano siguió golpeando hasta que salió el sol. Recién entonces volví a entrar. Él no se saltó ninguna casa. Todas tuvieron su merecido. Busqué su apellido italiano en internet. Cremonesi. Matías Cremonesi. Dieciséis años, estaba en la secundaria, jugaba al básquet –claro, con esa estatura– y lo habían fusilado en una pequeña cancha de fútbol de la villa. Uno de los asesinos había sido atrapado. Como es lógico, declaró que el arma la llevaba otro, ese otro que había disparado, y que solo lo habían hecho porque el chico, al escapar, les vio las caras. Y se conocían. Este asesino confeso era del barrio de monoblocs; Matías también. ¿Por qué secuestrar a un vecino? El secuestrador, un adolescente de diecinueve, dijo que no era la intención, que solamente querían que sacara plata de un cajero, «pero dijo que no tenía tarjeta, nos mintió, y ahí nos calentamos, estábamos un poco sacados». Era verdad que no tenía tarjeta. A su edad nadie tenía cuenta en el banco y los padres no debían tener dinero ni tiempo para hacerle una extensión. Se manejaba con efectivo, como todos los pibes, como sus asesinos. Los otros, amateurs, no lo sabían. Recibí la visita de mi vecino Julio, el del restorán fallido, ese mediodía. Los vecinos habían mandado a Julio porque sabían que me caía bien. Julio no dio rodeos como Paulo, el que había visto morir al ladrón. Fue concreto. No sentía culpa. Sí, todos habían escuchado al chico esa noche. Sí, todos pensaron que era un truco, una mentira de un ladrón inteligente que se quería hacer pasar por víctima para entrar en una casa. Sí, cuando espiaron por la ventana y vieron a un adolescente confirmaron la sospecha, ¿o acaso los ladrones no eran todos chicos? No me vengas con que son víctimas también, me dijo. Pensás así. Todos víctimas de esta sociedad. Dejate de joder, Emma. Yo no había abierto la boca. A vos porque nunca te robaron, no son víctimas de nada. Seguí sin abrir la boca. Entendí que intentaba manejar su culpa. –¿Cuánto tiempo tocó las puertas? –quise saber–. ¿Cuánto tiempo pidió entrar? Bajo el odio en su mirada de fantasma, Matías tenía el miedo impregnado, la adrenalina de su última noche cuando, además de morir, supo que estaba solo, que nadie iba a ayudarlo ni siquiera marcando un número de teléfono, que estaba rodeado de verdugos sin capucha, escondidos tras máscaras de clase media y buena vecindad. Julio no quiso contestar. Dijo que no sabía. Bastante tiempo. ¿Importa? Importa, le dije. Porque el chico está furioso. ¿Y qué voy a decirle para que nos deje en paz? ¿Que nos equivocamos? No le basta. –Tenés que intentarlo. –No –contesté–. No sé cómo. –No querés. Pensás que sos mejor que nosotros. ¡Vos tampoco le hubieses abierto! –Eso me dijo Matías anoche. –No lo llames por el nombre. –¿Por qué no? Tiene nombre. –¿Y cómo vamos a dormir? ¿Y los chicos? –Julio: lo hubiesen pensado antes. Compren hipnóticos. Yo se los puedo recetar. Es un medicamento muy noble, sin efectos secundarios. Pasmado, Julio golpeó la mesa. –¿Me tratás de estúpido? –Para nada. Yo no soy sirvienta de ustedes. Estoy dispuesta a soportar esta presencia hasta que él cambie. Pero en general no cambian, sabés. Y podrías dejar de gritar en mi casa, no es la mejor manera de convencerme. Julio se fue y se llevó consigo mi decepción. Pensaba que era una mejor persona. Otros vinieron a rogarme. Varios. Les dije que se fueran a llorar a la iglesia. Estaban enojados conmigo, pero se les iba a pasar: quizá se volvieran locos. Ninguno me pidió recetas para hipnóticos. La cantidad de sufrimiento que una persona es capaz de soportar cuando tiene prejuicios frente a las drogas psiquiátricas es algo que no deja de sorprenderme. O quizá no querían nada mío, al menos por ahora. Matías volvió todas las noches a cumplir su rutina. Algunos vecinos gritaban más que él. Cuando me despertaba –pocas veces porque yo sí usaba hipnóticos–, chateaba con mi exmarido, que, allá en el Sur, también se desvelaba. «Es la edad», me decía. «Ya no duermo bien.» Con los días, uno de mis vecinos, el remisero, se quebró. Declaró en la policía que Matías Cremonesi le había tocado la puerta de la remisería pidiendo, por favor, que lo llevara hasta su casa en auto, rogando ser pasajero. Pero Matías Cremonesi no tenía dinero encima y mi vecino el remisero le negó el viaje porque no podía pagarlo. Un viaje de setecientos metros, como mucho. Además, agregó, su aspecto no le había dado confianza. Parecía drogado. ¿Y si mentía, si quería robarle? Qué podía robarle, pensé, si no tenía nada. Nadie usaba esa remisería. Mi vecino remisero se la pasaba tomando mate y escuchando fútbol. Debía hacer dos viajes por semana. Quizá tres. Tenía local propio: no hubiese podido mantener un alquiler. Lamentaba mucho haberse equivocado, pobre pibe, pero ustedes no saben la inseguridad que vivimos en el barrio. Le conté a mi marido que esa noche, cuando el barrio había dejado a Matías en la calle y en el peligro, la noche de su muerte, yo había dormido en casa de nuestra hija Carolina. «Pero», le escribí en el chat, «¿y si hubiese estado? ¿Le hubiera abierto la puerta? ¿O me hubiese comportado igual que los demás?» «Capaz no le abrías», me contestó. «Pero al menos hubieras llamado a la policía. ¿Ni eso hicieron?» «Ni eso hicieron», le dije. Nunca le conté que el fantasma del chico venía todas las noches a recordarnos nuestra miseria, nuestra mezquindad y nuestra cobardía. Era un secreto con mis vecinos. ¡Mi familia quedaba tan lejos! Salvo mamá, claro. Mi exmarido me ofreció, otra vez, ir a vivir con él y su mujer al Sur. «Ella está embarazada», me dijo. «Sos loco», le contesté. «A los sesenta años ya no estás en edad de ser padre.» «Por qué creés que no duermo», me contestó. «Lo voy a pensar», mentí. La mujer de mi exmarido tiene un embarazo de riesgo y creo que a él le gustaría tenerme cerca para ayudarla en alguna emergencia o complicación. Pero yo ya no estoy del lado de los vivos. No puedo dejar sola a mi madre, que cada vez pasa más noches sentada en la cocina, como cuando estaba enferma y el dolor no la dejaba dormir. Ni a las chicas podridas que se ríen de la mano por la calle, aunque aparecen cada vez menos. ¿Adónde se irán, si se van del todo alguna vez? ¿O en esos largos periodos que desaparecen? El otro día, una de ellas, la que me hace acordar a mi hija, me sacó una foto con su Samsung fantasma. ¿Dónde estará mi imagen? ¿A quién se la muestran? No quiero abandonar tampoco al ladrón borracho que murió solo en el patio bajo la mirada de Paulo: a veces lo veo en los techos, expectante como un búho. ¿Planea algo? Tampoco quiero dejar solo al impiadoso Matías, aunque me odie: sus golpes son mi canción de cuna. No sé si podría dormir sin su visita. Todos ellos, mis muertos tristes, son mi responsabilidad. Le pregunté a mi madre si alguna vez Matías me dejará apaciguarlo, y ella hizo algo insólito: me sacó la lengua. Mi madre tiene puesto un vestido azul muy bonito, con estampado de anclas; parece una marinera vieja y experimentada. Le devolví el saludo sacándole la lengua también y nos reímos las dos, y me pregunté si voy a envejecer con ella en esta casa, madre e hija de la misma edad, subiendo y bajando la escalera, sentadas en la cocina, las anclas de su vestido, las manchas de café en mi camisa blanca, afuera un futuro de chicos muertos y una ciudad que ya no sabe qué hacer. FIN Autor: Mariana Enríquez Título: Mis muertos tristes Publicado en: Un lugar soleado para gente sombría (2024)
- "El nuevo Papá Noel, cuento de Brian Aldiss
El nuevo Papá Noel Brian Aldiss Roberta, la menuda anciana, bajó el reloj del estante y lo puso sobre la hornalla; luego tomó la tetera e intentó darle cuerda. El reloj había llegado casi al punto de ebullición antes de que ella se diera cuenta. Chillando en voz baja, para no despertar al viejo Robin, tomó el reloj con un repasador y lo dejó caer sobre la mesa. Marchaba furiosamente. Lo contempló. Aunque Roberta daba cuerda al reloj todas las mañanas al levantarse, llevaba meses sin echarle una mirada. Esa mañana, al contemplarlo, vio que eran las 7:30 del día de Navidad, 2388. —¡Dios mío! —exclamó—. ¡Navidad, ya! ¡Si parece que apenas han pasado las Pascuas! Ni siquiera tenía idea de que fuera el año de 2388. Tanto ella como Robin llevaban mucho tiempo en la fábrica. Se sintió contenta de que fuera Navidad, porque le gustaban las sorpresas… pero también sintió algo de miedo. Porque aquello la llevaba a recordar al Nuevo Papá Noel, y habría preferido no pensar en eso. El Nuevo Papá Noel, según se decía, hacía sus rondas en la mañana de Navidad. —Debo contárselo a Robin —dijo. Pero el pobre Robin había estado demasiado susceptible en los últimos tiempos; era de suponer que se pondría de malhumor al encontrarse de pronto con la Navidad encima. De cualquier modo, como Roberta era incapaz de reservarse nada, tendría que bajar a contárselo a los vagabundos. Tras poner la tetera al fuego, salió de la vivienda para entrar a la fábrica, como un ratón que emergiera de su nido oloroso a pastel de fruta. Roberta y Robin vivían en lo alto de la fábrica, y los vagabundos habían fijado su domicilio ilegal en la parte más baja. Roberta fue bajando en puntas de pies por muchas, muchas escaleras de metal. La fábrica estaba poblada por ese tipo de sonidos que Robin llamaba «el ruido silencioso». Era constante, día y noche, y hacía tiempo que los dos humanos habían dejado de escucharlo. Cuando los dos fueran ya incapaces de oír nada, el ruido proseguiría. Esa mañana, las máquinas estaban más atareadas que nunca, y no tenían el menor aspecto navideño. Roberta reparó especialmente en dos máquinas por las que sentía un odio especial: una se movía como un telar, empacando un alambre increíblemente fino en cajas increíblemente pequeñas; la otra se revolcaba como si luchara contra algún enemigo invisible, aparentemente sin producir nada. La anciana pasó con cautela junto a ellas y bajó al sótano. Al llegar frente a una puerta gris, llamó con los nudillos. De inmediato pudo oír que los vagabundos se echaban contra la puerta, del lado interior, gritándose ásperamente. Roberta, incapaz de alzar la voz, esperó que hicieran silencio, y entonces dijo, tan claramente como pudo: —Soy yo, muchachos. Tras una pausa muda, la puerta se abrió unos milímetros. Enseguida se abrió por completo. Tres siluetas ojerosas se presentaron ante ella, con expresiones de angustia: Jerry, el ex-escritor, y Tony y Dusty, quienes nunca habían sido ni serían más que vagabundos. Jerry, el más joven, tenía cuarenta años; le quedaba, por lo tanto, media vida para dormitar por ahí. Tony tenía cincuenta y cinco, y Dusty sufría de erupciones. —¡Creímos que era la Barredora Infernal! —exclamó Tony. Cada mañana, la Barredora Infernal barría toda la fábrica. Cada mañana, los vagabundos se veían obligados a parapetarse en la habitación, para que la barredora no los arrojara con todas sus pertenencias por los vertederos de basura. —Entre, por favor —dijo Jerry—. Perdone el desorden. Roberta entró; fatigada por su larga caminata, se sentó en un cajón de embalaje. El cuarto de los vagabundos la ponía nerviosa; sospechaba que a veces llevaban mujeres allí; además, había calzoncillos colgados en un rincón. —Tengo algo que deciros, a los tres —empezó. Todos esperaron, corteses aunque intrigados. Jerry se limpiaba las uñas con una chincheta. —Acabo de olvidar qué era —confesó la anciana. Los vagabundos suspiraron ruidosamente, con alivio. Tenían miedo de todo lo que amenazara perturbar su tranquilidad. Tony se sintió comunicativo. —Hoy es Navidad —dijo, echando a su alrededor una mirada furtiva. —¿De veras? —exclamó Roberta—. ¡Pero si recién han pasado las Pascuas! —Permítanos —dijo Jerry— desearle una Navidad segura y un Año Nuevo libre de persecuciones. Esa muestra de cortesía hizo rebrotar los temores latentes de Roberta. —Vosotros… no creéis en el Nuevo Papá Noel, ¿verdad? —les preguntó. Ninguno respondió, pero la cara de Dusty tomó el color de la cáscara de limón; ella comprendió que sí, que creían en él. También ella. —Será mejor que vengáis al departamento para celebrar este día feliz —dijo—. Después de todo, la unión hace la fuerza. —Yo no puedo pasar por la fábrica —dijo Dusty—; las máquinas me hacen brotar la erupción. Es una especie de alergia. —De cualquier modo, iremos —decidió Jerry—. Nunca se debe desperdiciar una invitación. Los cuatro treparon las escaleras como pesados ratones, y atravesaron la fábrica en constante expansión. Las máquinas fungieron ignorarlos. En el departamento los esperaba un verdadero pandemónium. La tetera estaba hirviendo, y Robin gritaba pidiendo auxilio. Aunque oficialmente estaba condenado a guardar cama, podía levantarse en momentos críticos; ahora estaba de pie junto a la puerta del cuarto, y Roberta tuvo que ir a quitar la tetera del fuego antes de ir a tranquilizarlo. —¿Y por qué has traído aquí a esa gente? —inquirió, en un violento susurro. —Porque son nuestros amigos, Robin —contestó Roberta, tratando de llevarlo de nuevo a la cama. —¡Ésos no son amigos míos! —protestó él. Se le ocurrió algo terrible para decirle; temblando, luchó con la idea, y finalmente no dijo nada. El esfuerzo lo dejó débil e irritable. Era horrendo estar bajo el dominio de su mujer. Su obligación, como cuidador de la gran fábrica, era cuidar de que no entrara ninguna persona indeseable; pero, tal como estaban las cosas, no podía expulsar a los vagabundos, puesto que su mujer los defendía. La vida era, sin lugar a dudas, algo exasperante. —Vinimos a desearle una segura Navidad, señor Proctor —dijo Jerry, deslizándose en el dormitorio con sus dos compañeros. —¡Navidad, y yo con erupciones! —No es Navidad —gimoteó Robin, mientras Roberta le metía los pies bajo las frazadas—. Lo decís sólo para molestarme. ¡Si pudieran al menos intuir la cólera que rodaba por sus venas como una enfermedad! En ese momento, el conducto de distribución del correo tintineó, y un sobre entró en la habitación, como lanzado por una catapulta. Robin lo tomó de manos de Roberta y lo abrió, tembloroso. Dentro había una tarjeta de Navidad, firmada por el Ministro de Fábricas Automáticas. —Esto prueba que hay otra gente viva en el Mundo —dijo Robin. Aquellos tres tontos no eran lo bastante importantes como para recibir tarjetas de Navidad. Su esposa echó una mirada miope sobre la firma del ministro. —Esto es un sello de goma, Robin —dijo—. No prueba nada. Eso terminó de ponerlo furioso. ¡Que lo contradijera delante de esa canalla! Además, desde la Navidad pasada las mejillas de Roberta se habían arrugado más, cosa que lo molestaba profundamente. Cuando estaba a punto de desollarla, sus ojos se posaron casualmente en la dirección escrita en el sobre; decía: «Robin Proctor, F. A. X10». —¡Pero si esta fábrica no es X10! —protestó a viva voz—. Es la SC541. —A lo mejor hace treinta y cinco años que estamos en una fábrica que no nos corresponde —dijo Roberta—. ¿Qué importancia tiene? La pregunta era tan absurda que el anciano apartó las cobijas hasta los pies de la cama. —¡Bueno, ve a averiguar, vieja estúpida! —chilló—. El número de la fábrica está grabado en la salida. Ve a ver qué dice. Si no dice SC541, debemos salir de aquí enseguida. ¡Rápido! —La acompaño —dijo Jerry a la anciana. —¡Todos vosotros iréis con ella! —dijo Robin—. No quiero que os quedéis aquí conmigo. ¡Me asesinaríais en esta misma cama! Sin gran sorpresa (aunque Tony lanzó, al pasar, una mirada triste a la tetera vacía) se encontraron en los preñados estratos de la fábrica, y bajaron hacia la salida. Allí había cintas transportadoras que llevaban los productos terminados hacia los vehículos que esperaban. —Esto no me gusta mucho —dijo Roberta, intranquila—. Con sólo echar una mirada fuera siento que mi agorafobia se agrava. De cualquier modo, hizo lo que Robin le había indicado. Sobre la puerta de salida, un cartel rezaba: X10. —Robin no me creerá cuando se lo diga —se quejó. —Yo creo que la fábrica cambió de nombre —observó Jerry, tranquilo—. Quizá cambió también de ramo. Después de todo, no hay nadie que verifique; puede hacer lo que quiera. ¿Siempre ha fabricado estos huevos? En silencio, contemplaron la interminable línea móvil de huevos de acero. Eran pulidos, grandes como huevos de avestruz; salían al exterior, donde varios robots los apilaban dentro de los camiones encargados del transporte. —Nunca supe de una fábrica que pusiera huevos —rió Dusty, rascándose el hombro—. Será mejor que volvamos antes de que la Barredora Infernal nos atrape. Subieron lentamente los innumerables escalones. —Yo creía que aquí se fabricaban televisores —dijo Roberta, en algún momento. —Si ya no hay hombres —observó Jerry, sombrío—, no hacen falta televisores. —No recuerdo bien si… Cuando se lo dijeron a Robin, se descompuso de furia; llegó a caerse de la cama, y amenazó con bajar a ver con sus propios ojos el nombre de la fábrica. Sólo se contuvo porque tenía la secreta teoría de que la fábrica entera no era sino una de las tantas alucinaciones de Roberta. —Y en lo que respecta a los huevos … —barbotó. Jerry metió la mano en uno de sus rotosos bolsillos y sacó uno de los huevos, depositándolo en el piso. En el silencio siguiente, todos pudieron oír que el huevo hacía tic-tac … —Hiciste mal, Jerry —dijo Dusty en tono áspero—. Eso equivale a… interferir —todos miraron a Jerry, más asustados aún porque ignoraban la causa del miedo que sentían. —Lo traje porque pensé que la fábrica debía hacernos un regalo de Navidad —explicó Jerry, soñador, agachándose para mirar el huevo—. Saben… Hace mucho tiempo, antes de que las máquinas declararan prescindibles a los escritores como yo, conocí a un robot-escritor. Lo habían dejado para chatarra, pero me contó un par de cosas. Me dijo que las máquinas, al asumir las obligaciones del hombre, también habían adoptado sus mitos. Por supuesto, adaptaron esos mitos a sus propias creencias. Pero creo que les gustaría la idea de entregar regalos de Navidad. Dusty hizo rodar a Jerry de un puntapié. —¡Toma, por tu idea! —le dijo—. ¿Estás loco, muchacho? Las máquinas vendrán aquí a buscar ese huevo. No sé qué podemos hacer. —Pondré el té para preparar la tetera —dijo Roberta, con mucho tino. Ese comentario estúpido colmó la paciencia de Robin. —¡Devolved el huevo, todos vosotros! —chilló—. Eso es robar, y nada más que robar, y yo no quiero que se me complique en semejante cosa. ¡Y después, vosotros, vagabundos, salid de la fábrica! Jerry, que se había acomodado a gusto en el suelo, dijo, sin levantar la vista: —No quisiera asustarlo, señor Proctor, pero el Nuevo Papá Noel vendrá por usted, si no tiene cuidado. Aquel viejo mito navideño fue uno de los que las máquinas adoptaron y modificaron. El Nuevo Papá Noel es todo metal y vidrio; en vez de dejar juguetes nuevos, se lleva a las máquinas y a la gente que ya está vieja. Roberta, que escuchaba junto a la puerta, quedó tan blanca como una sábana. —Tal vez es por eso que el Mundo se ha despoblado tanto últimamente —dijo—. Será mejor que vaya a preparar un poco de té. Robin se las compuso para salir de la cama, aguijoneado por su tremenda irritación. Mientras avanzaba tambaleante hacia Jerry, el huevo se cascó. Se partió limpiamente en dos mitades, dejando al descubierto una pequeña maquinaria. Cuatro diminutos maniquíes saltaron fuera y entraron en acción. En un segundo, mediante pequeñísimos soldadores, habían convertido la cáscara en una doble cúpula; del interior surgía un ruido de martillos. —¡Van a construir otra fábrica aquí mismo, esos desfachatados! —exclamó Roberta. Intentó aplastar las cúpulas con la tetera, pero ni siquiera logró mellarlas. De inmediato, un leve tintineo invadió la habitación. —¡Cielos! —exclamó Jerry—. ¡Están telegrafiando para pedir ayuda! ¡Debemos salir enseguida de aquí! Salieron con Robin, que temblaba de cólera. Y el Nuevo Papá Noel los atrapó a todos en la escalera. FIN Autor: Brian Aldiss Título: El nuevo Papá Noel Título Original: The New Father Christmas Publicado en: The Magazine of Fantasy and Science Fiction, enero de 1958 Traducción: Márius Lleget
- "Las desnudadas", cuento de Emilia Pardo Bazán
Las desnudadas es un cuento de Emilia Pardo Bazán que muestra cómo la guerra puede sacar lo peor de las personas. En medio de un conflicto civil, el Manco de Alzaur, un guerrillero cruel, decide vengarse del sacerdote carlista humillando a sus cinco jóvenes sobrinas: las obliga a desfilar desnudas por el pueblo. A partir de ese momento, todos las llaman las desnudadas , haciendo que la vergüenza y el dolor nunca se borren. Las desnudadas Emilia Pardo Bazán Una tarde gris, en el campo, mientras las primeras hojas que arranca el vendaval de otoño caían blandamente a nuestros pies, recuerdo que, predispuestos a la melancolía y a la meditación por este espectáculo, hablamos de la fatalidad, y hubo quien defendió el irresistible influjo de las circunstancias y de fuerzas externas sobre el alma humana, y nos comparó a nosotros, depositarios de un destello de la Divinidad, con la piedra que, impelida por leyes mecánicas, va derecha al abismo. Pero Lucio Sagris, el constante abogado de la espiritualidad y del libre albedrío, protestó, y después de lucirse con una disertación brillante, anunció que, para demostrar lo absurdo de las teorías fatalistas, iba a referirnos una historia muy negra, por la cual veríamos que, bajo la influencia de un mismo terrible suceso, cada espíritu conserva su espontaneidad y escoge, mediante su iniciativa propia, el camino, bueno o malo, que en esto precisamente estriba la libertad. —Pertenece mi historia — añadió— a un cruento período de nuestras luchas civiles, después de la Revolución de 1868; y evoca la siniestra figura de uno de esos hombres en quienes la inevitable crueldad y fiereza del guerrillero se exaspera al sentir en derredor la hostilidad y la enemiga de un país donde todos le aborrecen: hablo del contraguerrillero, tipo digno de estudio, que mueve a piedad y a horror. Mientras el guerrillero, bien acogido en pueblos y aldeas, encontraba raciones para su partida y confidencias para huir de la tropa o sorprenderla, descuidada, el contraguerrillero, recibido como un perro, sólo por el terror conseguía imponerse: siempre le acechaban la traición y la delación; siempre oía en la sombra el resuello del odio. En guerras tales, el país está de parte de los guerrilleros; o, por mejor decir, las guerrillas son el país alzado en armas, y el contraguerrillero es el Judas contra el cual todo parece lícito, y hasta loable. Ahora, pues, el contraguerrillero de mi historia —supongamos que se llamaba el Manco de Alzaur — había conseguido realizar el triste ideal de esta clase de héroes; al oír su nombre, persignábanse las mujeres y rompían a llorar los chicos. Interpelado el Gobierno en pleno Parlamento acerca de algunas atrocidades de aquel tigre, protestó de que eran falsas, y que, si fuesen verdad, recibirían condigno castigo; pero realmente, las instrucciones secretas dadas al general encargado de pacificar el territorio en que funcionaba la contraguerrilla del Manco , encerraban la cláusula de dejarle a su gusto, y cuanto más, mejor. Sin embargo, el general, a quien repugnaban y estremecían ciertos actos de barbarie, y que además tenía hijas y era padre tiernísimo, solía encargar mucho al contraguerrillero que, al menos, no se oprimiese violentamente a las mujeres; y el Manco se comprometió a ello, jurando que si alguno de su partida incurría en tal delito, le cortaría inmediatamente las dos orejas. Los contraguerrilleros, que conocían las malas pulgas de su jefe, se guardaban bien de contravenir a lo mandado. Si en alguna ocasión lamentó el Manco haber empeñado su formidable palabra al general, fue el día en que, evacuado por las fuerzas de Radico y Ollo el pueblo de Urdazpi, penetró la contraguerrilla en este foco del carlismo. Es de saber que el párroco de Urdazpi se encontraba desde hacía año y medio al frente de una partidilla, tan escasa en número como resuelta y hazañosa, y más de diez veces había puesto la ceniza en la frente al Manco yéndole a los alcances, batiéndole, cogiéndole prisioneros y dispersando a su gente, con harto corrimiento y rabia del contraguerrillero. El odio al cura de Urdazpi era ya como un frenesí en el Manco , y en Urdazpi vivían cinco lindas y honestas muchachas, carlistas y devotas, sobrinas del párroco faccioso, hijas de su única hermana, fusilada por los liberales en la anterior guerra. Cuando trajeron ante el Manco , amarillas cual la muerte y tan sobrecogidas que ni podían llorar a las cinco infelices, se alzó un tumulto en el alma feroz del contraguerrillero; la promesa al general combatía los ímpetus salvajes de un corazón sediento de venganza, la venganza inicua de ensañarse en la familia de su enemigo, y devolvérsela vilipendiada y manchada, como se devuelve un trapo que ha limpiado el suelo de la cámara donde se celebra orgía impura. Meditó un instante, frunciendo las hirsutas cejas bajo las cuales encandecían dos ojos de brasa; de pronto, una sonrisa feroz dilató su boca; había encontrado el medio de no faltar a su palabra, y al mismo tiempo de mancillar al cura en la persona de sus sobrinas. Dio en vascuence una orden terminante, y poco después las cinco doncellas, enteramente despojadas de sus ropas, eran paseadas y empujadas al través de las calles del pueblo, entre rechifla, denuestos, golpes y groseros equívocos de los inhumanos que las rodeaban, ebrios de vino y de sangre. El Manco había anunciado que sería reo de pena capital cualquiera de sus contraguerrilleros que no se limitase a mofarse de la desnudez de aquellas desdichadas vírgenes, las cuales, estúpidas de vergüenza, intentando velarse el rostro con el pelo, echándose por tierra para que el fango de las calles las sirviese de vestido, pedían con llanto entrecortado y desgarrador que les devolviesen su ropa y las fusilasen pronto; y al verlas como estatuas de dolorido e injuriado mármol, el Manco en persona, o satisfecho o ablandado ya, escupió a los desnudos y mórbidos hombros de la más joven, y dijo con bestial risa: «Ahora ya pueden volverse a su madriguera estas carcundas». Considerar el estado de ánimo de las sobrinas del cura después del afrentoso suplicio, es como si nos asomásemos a un abismo de desesperación. Nótese que eran mujeres de intachable conducta, de grave recato, de profunda religiosidad, más bien exaltada; que las respetaban en el pueblo por honradas y las celebraban por hermosas; que a pesar de su fe no tenían vocación monástica, y entre los mozos incorporados a la partida del cura, más de uno rondaba sus ventanas y pensaba en bodas a la conclusión de la guerra. Pero después del horrible atropello del Manco , para las sobrinas del párroco de Urdazpi se había cerrado el horizonte, se habían acabado las perspectivas de la vida y del mundo. La gente, al hablar de ellas, sólo las llamaban Las desnudadas , y este apodo infamante era como inmensa mancha extendida sobre su piel, quemada por tantos impuros ojos. Abrumadas bajo la carga de la desventura, permanecían recluidas en casa, sin asomarse a la ventana siquiera sin salir ni a la iglesia; ¡la iglesia, que es el refugio de todos los dolores! Como si estuviesen contaminadas de lepra, como a los lazrados que la Edad Media aislaba, les traía una amiga, movida a compasión, lo necesario para su sustento, y se lo dejaba en el portal, en un cesto, diariamente, pues ni aun de ella consentían ser vistas y habladas. Así vivieron un año… —Pues por ahora —dijimos a Lucio Sagris, interrumpiéndole—, su historia de usted demuestra que, sometidas a unas mismas circunstancias, las cinco sobrinas del cura de Urdazpi adoptaron un género de vida absolutamente idéntico. —¡Aguarden, aguarden! —clamó Lucio—. No se ha concluido el episodio. Al año, la consabida amiga avisó para el entierro de una de las sobrinas, la menor. Aquélla a cuyos cándidos hombros desnudos había escupido el Manco . Enferma de tristeza desde el día de su desgracia, había ocultado su padecimiento por no ver al médico, o más bien porque el médico no la viese. Y la primera salida de la Desnudada fue con los pies para adelante, camino del cementerio. Pocos días después dejó la casa otra Desnudada , la mayor. Hizo su viaje de noche, con la cara envuelta en tupido velo, y apareció en Vitoria, en la casa matriz de las religiosas de una Orden que tiene por misión asistir a los enfermos y amparar a los niños abandonados. Quedaban solamente en Urdazpi tres de las sobrinas del cura; pero de allí a medio año escapáronse juntas dos de ellas, y se incorporaron a la partida, que por entonces recorría las cercanías en triunfo. Una de las muchachas tuvo ocasión de pelear como un hombre, con denuedo rabioso, contra las tropas liberales hasta que una bala le atravesó el fémur y pereció desangrada. En cuanto a la otra… —¿Murió también? —preguntamos. —Peor que si muriese —contestó melancólicamente el narrador—. No sé qué será de ella; rodará por Bilbao; es lo probable. Ésa no supo comprender que por mucho que desnuden el cuerpo, el pudor y decoro sólo se pierden cuando se desnuda el alma. —¿Y la quinta sobrina del cura de Urdazpi? —¡Ah! Esa vive hoy al lado de su tío, que se acogió a indulto al terminar la guerra civil. Humilde y resignada, ya madura, atendiendo a sus labores domésticas y a sus devociones, no parece recordar que en algún tiempo quiso vivir apartada de sus semejantes… Y en el pueblo la respetan, ¡vaya si la respetan! A pesar de que no puede olvidarse la espantosa acción del Manco , nadie se atrevería a llamarla Desnudada en alta voz. FIN Autor: Emilia Pardo Bazán Título: Las desnudadas Publicado en: Blanco y Negro, Nº 304, 1897
- "El deseo de Navidad de Pat Hobby", cuento de F. Scott Fitzgerald
El deseo de Navidad de Pat Hobby F. Scott Fitzgerald Eran las vísperas de Navidad en los estudios. Hacia las once de la mañana, Santa Claus había llegado trayendo regalos para toda aquella población agitada. A cada cual con arreglo a sus gustos y deseos. Suntuosos presentes de los productores para las estrellas; de los agentes a los productores. Innumerables cajas y paquetes llegados a las oficinas y bungalows. Por todas partes uno podía oír, enterarse, de la generosidad de los actores hacia los directores, o de los regalos que los directores habían distribuido entre sus actores. El champagne había fluido, como un río, desde las oficinas de publicidad hacia las redacciones de la prensa. Aparte de todo esto, aguinaldos de cinco, diez o cincuenta dólares habían caído, como maná, entre las clases de cuello blanco y corbata. En esta especie de transacción existían, sin embargo, algunas excepciones. Pat Hobby, por ejemplo —que conocía aquel bonito juego desde hacía veinte años—, había tenido la feliz idea de librarse de su secretaria el día anterior. Le iban a enviar una nueva en cualquier momento… Pero no podría esperar que le hiciesen un regalo el primer día. A la espera de la empleada, salió al pasillo y dio una vuelta por el corredor, echando a hurtadillas un vistazo a los departamentos que estaban abiertos para tratar de descubrir algún indicio de vida. Por unos momentos se detuvo a charlar con Joe Hopper, del departamento de escenografía. —Esto ya no es como antes —murmuró—; los viejos tiempos han pasado. Antes había una botella en cada mesa, ¿te acuerdas? —Hay algunas botellas por ahí. —Pero no muchas que digamos —suspiró Pat—. Y después de esto nos va a caer un trabajo extra, como si lo estuviera viendo. —Sí, creo que están componiendo un guion con las sobras de todo lo podrido en las redacciones. ¡Es para partirse de risa! —Yo me parto de risa con estas cosas, puedes creerme. Pero… De pronto advirtió que una mujer entraba en su despacho con una carpeta en la mano. Se acordó de algo y se quejó amargamente: —Este Gooddorf me va a hacer trabajar en día de fiesta. Lo estoy viendo. —Pues yo no lo haría. —Yo tampoco, pero mis cuatro semanas de vacaciones están programadas para el próximo viernes. Si me pongo tonto, me las pueden reventar. Hopper sabía bien —viendo alejarse al hombre— que nada ni nadie sería capaz de «reventar» aquellas cuatro semanas. Estaba Pat contratado para trabajar en el script de una ópera al viejo estilo, y todos los muchachos que trabajaban en aquella producción murmuraban que aquello era un engendro maldito. —Yo soy la señorita Kagle —dijo la nueva secretaria de Pat. Tendría unos treinta y seis años y era guapa, gordita, con aire cansado, pero, al parecer, eficiente. La muchacha fue hacia la máquina de escribir, sin decir palabra, la examinó ligeramente y luego se sentó ante ella. Súbitamente, sin que nadie pudiera esperarlo, estalló en sollozos. Pat se sobresaltó. La regla común allí era el propio control contra todos los vientos y sinsabores. ¿No era ya bastante malo aquello de tener que trabajar en vísperas de Navidad? Se fue hacia la puerta del despacho y la cerró… Si alguien pasaba por allí podría pensar que él la estaba insultando o abusando de ella de algún modo. —Ánimo, ánimo señorita —le dijo—. ¡Qué estamos en Navidad! Ella se había serenado ya. Se irguió al tiempo que componía la figura y se enjugaba la mejilla y la nariz con un pañuelito. —Las cosas no son tan malas como uno puede pensar en un principio —le dijo, aunque sin demasiado convencimiento interior, sólo para animarla—. ¿Qué es lo que le ocurre? ¿Es que la han despedido? —Ella movió la cabeza, negando. Dio un suspirito y abrió el bloc de notas—. Usted, ¿para quién trabajaba? Ella contestó con los dientes apretados: —Para Harry Gooddorf. —Pat abrió mucho los ojos, teñidos permanentemente de unas vetas sanguinolentas. Recordaba ahora haberla visto, efectivamente, en el antedespacho de Harry—. Desde 1921. Hace dieciocho años. Y ayer me mandó al departamento general. Dice que le causo «depresión». Pero no era así como hablaba, cayéndole la baba durante horas y horas, hace diez o doce años. —Sí, sí, claro —comentó Pat—; en aquellos tiempos era un «castigador». Se las daba de hombre guapo. —¡Bueno!, yo podía haberme aprovechado entonces. ¡Fui tonta y no lo hice! Pat se sintió intrigado. —¿Tal vez hubo compromiso incumplido…? —insinuó, y ella se encogió de hombros. —Yo tenía algo más fuerte que eso. ¡Y aún lo tengo, no vaya a creer! Pero las cosas que pasan… Yo, tonta de mí, creí que estaba enamorada de ese hombre… —Se puso las manos en los ojos, como intentando concentrarse y serenarse definitivamente. Luego añadió—: Bien, ¿tiene algo que dictarme? Pat se acordó de su trabajo, fue a la mesa y cogió el bloque de holandesas encuadernadas. —Sí, una inserción —empezó—: Escena 114 A. —Pat empezó a dar paseos por el despacho—. Adición. Una toma prolongada de segundos planos —decretó—: Buck y los mexicanos aproximándose a la hacienda. —¿Adónde? —A la hacienda…, el rancho —se quedó mirándola por un instante con ojos de reproche—. Ahora, B: dos tomas. Buck y Pedro. Buck dice: «¡Ese hijo de perra… Le comería las tripas! La señorita Kagle levantó la vista, desconcertada. —¿De veras quiere que ponga eso? —¡Claro que sí! —No creo que vaya bien… —Soy yo quien escribe, señorita. Ya sé que es fuerte. Pero si ponemos otra cosa la escena pierde garra. Se queda sin fuerza… —¿Y no tendrán que cambiar la expresión…, digo yo…, más tarde? Volvió a mirarla con severidad. No le gustaba estar cambiando de secretaria todos los días. —No se preocupe. El señor Harry Gooddorf no va a alterarse por esto. —¿Es para el señor Gooddorf para quien trabaja? —preguntó la señorita Kagle con tono de alarma. —Sí, hasta que me despida. —¡Oh, yo no debía haber dicho nada…! —No se preocupe —contestó, queriendo tranquilizarla—. No es amigo mío. Me paga cincuenta y tres a la semana cuando debería pagarme doscientos… Volvió a los paseos. Repitió las dos inserciones, como recreándose en ellas. Y ahora parecía como si no se estuviera refiriendo a los personajes de la función, sino al propio señor Gooddorf. Repentinamente enmudeció, como absorto en extraños pensamientos. —Dígame: ¿qué es lo que sabe usted de él? ¿Se portó mal con alguien? Es lo que suele hacer. —Bueno, señor Hobby, yo siento haber hablado más de la cuenta… —Llámeme Pat, por favor. ¿Cuál es su nombre de pila? —Helen. —¿Casada? —Ahora no. —Bien, escuche usted, Helen: ¿qué tal si cenamos juntos? II En vísperas de Navidad estaba aún intentando arrancarle a la muchacha su secreto. Tenían casi todo el estudio para ellos solos. Tan sólo unos cuantos técnicos andaban por allí, aunque no se hacían visibles. Habían intercambiado regalos de Navidad. Pat se gastó cinco dólares en chucherías y ella le había comprado una corbata blanca de seda. Y un pañuelo. Perfecto. Él se acordaba de los buenos tiempos, cuando recibía por docenas aquellos mismos obsequios. El guion iba progresando a ritmo lento; pero la amistad entre ellos corría con velocidad supersónica. El secreto que ella guardaba era cosa que él valoraba en mucho. Aun a riesgo de equivocarse. Se decía, además, que muchas, muchísimas carreras se habían impulsado con resortes de aquella clase. Con secretos más o menos velados de los altos jerarcas. Alguien —estaba seguro de ello— los podría aprovechar. Y ya se relamía, perfilando el contenido de una imaginaria conversación con Harry Gooddorf… —Mire lo que pasa, señor mío. Es esto: mi experiencia no está siendo aprovechada aquí en forma debida. Escriben los guiones unos indocumentados…, y las correcciones deberían hacerlas los redactores, no yo. Yo podría y debería hacer otras cosas… —¿Por ejemplo? —¡Otras cosas! —insistiría Pat con firmeza. Estaba precisamente embebido en uno de estos sueños, cuando, inesperadamente, el señor Harry Gooddorf hizo su aparición. —Felicidades, Pat —dijo con tono de jovialidad. Pero enseguida su sonrisa se apagó al ver allí a la señorita Helen—. ¡Hola, Helen! —dijo—. No sabía que usted y el señor Pat trabajaban juntos… Le envié mis recuerdos y mi felicitación al departamento de guiones… —No debió hacer eso, señor… Harry se volvió rápidamente hacia Pat. —Me están atosigando los de arriba, muchacho —comentó—. ¡Tengo que entregar ese guion el jueves! —Muy bien. Para eso estoy yo aquí —contestó Pat—. Estará listo para el jueves. ¿Le he fallado alguna vez? —Muchas veces —dijo Harry—. ¡Sí, muchas veces…! Parecía que iba a agregar algo más, cuando un botones entró con un sobre que alargó a la señorita Kagle. Harry, repentinamente, dio media vuelta y salió del despacho sin más comentarios. —¡Mejor que se haya ido! —bufó la secretaria con los labios apretados, mientras desgarraba el sobre. ¡Aquí está…! Diez «pavos»…, una miseria de diez pavos, nada menos que de un ejecutivo. ¡Y esto, después de dieciocho años! Pat creyó que era su momento. Sentado al otro lado de la mesa, empezó a esbozar a la muchacha las líneas principales de su plan. —Esto va a ser muy fácil para nosotros… —le dijo—. Tú vas a ser, sin duda alguna (ya hacía tiempo que habían decidido tutearse), el jefe nato del departamento de guiones. Y yo, un productor asociado. ¡Ya lo verás! No vamos a estar mendigando toda la vida haciendo correcciones y arreglando las barbaridades de los niños bonitos y estirados. Nosotros…, si las cosas van bien, quiero decir…, ¡nosotros podríamos pensar incluso en casarnos! Ella se quedó dudando por un largo tiempo. Al fin tomó una cuartilla nueva para ponerla en la máquina y Pat sintió que su castillo de naipes se le venía abajo. Pensó que todo su plan había fracasado…, pero ella dijo: —Puedo escribirla casi de memoria… Es una carta que él mismo escribió el 3 de febrero de 1921. La firmó y me la dio para que la pusiera en el correo. Pero había cierta rubia en la que el hombre andaba muy interesado, y a mí me escamó aquel secreto. Helen, mientras hablaba, estuvo tecleando en la máquina, y ahora la nota estaba terminada y se la alargaba a Pat: Willy Bronson.First National Studios.Personal.Querido Bill:Hemos matado a Taylor. Creo que deberíamos haberlo hecho antes. Pero ahora, por favor, mantén la boca cerrada.Tuyo, Harry. Pat se quedó mudo por el asombro y miró fijamente a Helen. —¿Te das cuenta? —preguntó Helen—. El uno de febrero de 1921, alguien asesinó a William Desmond Taylor, nuestro director. ¡Y nunca se supo quién lo hizo! III Durante dieciocho años ella había guardado la nota original, con sobre y todo. A Bronson le había enviado tan sólo una copia, calcando al pie la firma de Harry Gooddorf. —Escucha, cariño —dijo Pat entonces—: ya sabes que siempre pensé que eso era cosa de una mujer… Sí, fue una muchacha, sin duda, quien acabó con Taylor. Distraído, abrió el cajón para sacar una botella de whisky. Luego añadió, como dando forma a un pensamiento íntimo: —¿Está eso en lugar seguro? —Apuesta lo que quieras a que lo está. Nadie podría adivinar dónde. —Sólo nosotros lo sabemos… Ante los ojos de Pat se desarrollaba una cinta multicolor en la que no faltaban los coches, las piscinas, los dólares y las mujeres bonitas. Dobló la nota, se la metió en el bolsillo, echó un trago de whisky y enseguida alargó la mano hacia la percha para tomar su sombrero. —¿Es que vas a verle ahora? —preguntó Helen alarmada—. ¡Espera un poco hasta que yo me aclare! No tengo ganas de morir yo también asesinada. —No te preocupes. Nos encontraremos dentro de una hora en The Muncherie , ¿de acuerdo? Mientras se dirigía al despacho de Gooddorf, tomó la decisión firme de no mencionar hechos ni nombres dentro de los muros del estudio. En tiempos mejores, cuando estaba al frente del departamento de escenarios, Pat había concebido la feliz idea de colocar un dictáfono en todos los despachos de los guionistas y redactores. De este modo, su lealtad hacia los ejecutivos del estudio quedaba bien probada. La idea fue tomada a broma. Pero más tarde, cuando él mismo se vio rebajado de categoría y vuelto a su condición de redactor, secretamente se preguntó más de una vez si no habrían seguido adelante con aquella desdichada sugerencia suya. Quién sabe si alguna indiscreción suya no había sido el motivo fundamental para que le arrojaran de nuevo a una de aquellas perreras en la que llevaba ya diez años consecutivos. A pesar de todo, la idea de aquellos dictáfonos no se le iba de la cabeza. Dictáfonos que se accionarían, discretamente, con cualquier palanquita oculta o pedal en el momento preciso. Invadido por aquellos tristes pensamientos, entró por fin en el despacho de Gooddorf. —Harry —preguntó, procurando elegir con cuidado sus palabras—: ¿te acuerdas bien de la noche del 1 de febrero de 1921? Con ademán de aparente sorpresa, Gooddorf se echó hacia atrás en su sillón giratorio. —¿Cómo dices? —Intenta recordar, por favor. Es importante para ti. La expresión de Pat, vigilando atentamente las reacciones de su interlocutor, era expectante y ansiosa. —Febrero… de 1921… —musitó Gooddorf—. ¡No! ¿Cómo puedo recordar eso? ¿Es que piensas que llevo un diario? Ni siquiera sé dónde estaba aquella noche. —Pues estabas aquí, en Hollywood. —Probablemente. Si tú lo sabes, dímelo. —Deberías recordarlo tú mismo. —Vamos a ver… Yo me fui a la costa en el dieciséis, y estuve con aquello de las biografías hasta 1920. Luego empecé con las comedias, ¿no es eso? ¡Eso es! Yo estaba haciendo una pieza… Creo que era la que lleva el título de Knucleduster , y yo estaba rodando los exteriores… —No siempre. Tú estabas en la ciudad el día 1 de febrero del año 1921… —¿Qué es esto? —preguntó Gooddorf alarmado—, ¿un interrogatorio de tercer grado? —No; es sólo que tengo cierta información… Información sobre tus movimientos en esa fecha crítica. El rostro de Gooddorf enrojeció por unos segundos. Dio la impresión de que iba a coger a Pat por las solapas y lo iba a arrojar violentamente del despacho. Pero no lo hizo. Por el contrario, se moderó, humedeció los labios con la lengua y bajó la vista hacia la mesa del despacho. —Bien —dijo—, sigo sin comprender qué es lo que pretendes y qué negocio te traes entre manos al venir aquí. —Es un negocio decente, de hombre honrado, quiero decir. —¿Y cuándo te has convertido tú en… un hombre decente? —Toda mi vida lo he sido —replicó Pat sin inmutarse—. Y aunque no fuera así, jamás he llegado a esos extremos. Nunca hice algo semejante. —¡Santo Dios! —Exclamó Harry, desdeñoso—. Tú dándome lecciones de moral y buenas maneras. ¿Y de qué se trata? ¿Tienes alguna confesión mía por escrito? Esa fecha está más que olvidada. —No en la memoria de un hombre honrado y decente. Y en cuanto a lo de la confesión escrita… ¡Sí, la tengo! —Lo dudo mucho, muchacho. A ti te han dado una falsa información. Te han metido en un mal asunto, puedes creerme. —He visto las pruebas. Con mis ojos —aseguró Pat, lleno de confianza—. ¡Una prueba suficiente como para colgarte! —Escucha, amigo. No quiero ningún escándalo, ni deseo la menor publicidad. Estoy dispuesto a arrojarte de la ciudad si es preciso. —De modo que sí… Me vas a arrojar de la ciudad, ¿no es así? —Vuelvo a repetir que no quiero la menor publicidad. —En ese caso, será mejor que vengas conmigo. —¿Adónde? —Un bar, por ejemplo. Donde podamos estar solos. Thex Muncherie , efectivamente, estaba desierto. Solamente Helen Kagle, que esperaba en una mesita y que dio un respingo de susto cuando los vio entrar. Al verla, el semblante de Gooddorf se encendió, con expresión de reproche. —¡Vaya unas Navidades gloriosas! —exclamó—. Y la familia, que hace una hora que me aguarda. Vamos a ver cuál es vuestro plan. Decís que tenéis algo de mi puño y letra, ¿no es eso? —Sí, aquí tienes una copia. No trates de quedarte con ella o comértela, porque es una copia, lo repito… Pat se había sacado el papelito del bolsillo de la chaqueta y leyó la fecha en voz alta. Luego levantó la vista. Conocía al dedillo la técnica realizadora de aquellas escenas. Al pasar de moda los westerns, había trabajado bastante en obras de crimen y misterio. Leyó: «A William Bronson… Querido Bill: Hemos matado a Taylor. Creo que deberíamos haberlo hecho antes. Pero ahora, por favor, mantén la boca cerrada. Tuyo, Harry». Pat hizo una pausa. —¡Tú escribiste esto en febrero, el día 3, en 1921! Se hizo un silencio. Gooddorf se volvió hacia Helen Kagle. —¿Hizo usted… eso? ¿Le dicté yo, alguna vez, una cosa semejante? —No —admitió ella con un tono apagado de voz—, eso lo escribió usted mismo. Yo abrí la carta. —Comprendo. Y bien, ¿qué es lo que pretenden? —¡Mucho! —respondió Pat, que se sintió muy complacido con la rotundidad de su respuesta. —¿El qué exactamente? Pat empezó a explicar. Empezó a explicar los detalles de una carrera brillante, apropiada para un escritor de cuarenta y nueve años. Se bebió, mientras hablaba, tres whiskys seguidos. No cesó de insistir en lo mismo una y otra vez: ¡quería ser un productor, pero mañana mismo! —¿Por qué mañana? —preguntó Gooddorf—. ¿Eso no puede esperar? En los ojos de Pat había humedad. Casi, casi, lágrimas reales. —Estamos en Navidad —dijo—. Se trata de un deseo de Navidad, un deseo que he alimentado durante mucho tiempo. Entiéndelo… ¡Ya he esperado demasiado! Gooddorf se puso en pie súbitamente. —¡Jamás! —dijo—. ¡Nunca haré de ti un productor…! No podría hacerle esa faena a la compañía. Llegaremos hasta donde sea preciso. ¡Denúnciame si quieres! Pat abrió la boca, asombrado: —¿Qué estás diciendo? —Lo que has oído. Y no hay otra alternativa. Alzó orgullosamente la cabeza y se volvió, comenzando a dirigirse hacia la puerta. —¡Perfecto! —le gritó Pat—: Tú verás lo que haces, porque es tu última oportunidad. De pronto se sorprendió al ver que Helen se levantaba y echaba a correr detrás de Gooddorf, al que intentó detener, echándole los brazos al cuello. —¡No tienes que preocuparte por nada, Harry! —le gritó—. Yo lo destruiré… ¡Todo ha sido una broma! Su voz sonaba frenética, mientras Gooddorf movía la cabeza y sonreía. De pronto, la muchacha reaccionó y su rostro se ensombreció. Siguió argumentando ante Harry. —¿Es que no lo has creído? ¿No crees que yo tenga esa carta? —¡Oh, sí, claro que la tienes, monada…! Pero no es nada de lo que te imaginas —volvió con ella a la mesa en que estaba Pat y se sentó de nuevo. Se encaró con Pat—. ¿Sabes lo que pensé en un principio? Creí que se trataba simplemente de la fecha en que ésta y yo tuvimos una aventura. Eso es lo que creí, y creí que ahora trataba de armar jaleo por aquello. Tendría que estar loca, claro está, porque desde entonces se ha casado dos veces. Lo mismo que yo. —La nota no tiene nada que ver con eso —replicó Pat, con tono adusto—. Tú mataste a Taylor, y lo admites allí, en esa nota. Gooddorf asintió con la cabeza. —Debemos admitir que lo matamos entre todos —dijo—. Éramos una masa sin orden… Taylor, Bronson, yo, y todos los demás, tirándonos a degüello por el dinero. Tuvimos que hacer un pacto, o como quieras llamarle. Un acuerdo para ir despacio. El país estaba esperando que uno de nosotros fuera colgado… Le advertimos a Taylor que fuera cauto y midiera sus pasos, pero no supo o no quiso hacerlo. No quiso oír nuestros consejos y le dejamos ir. Alguna rata lo mató, disparando sobre él… ¡Pero nunca hemos sabido quién fue! —Se levantó de nuevo—. Como alguien debería haber hecho contigo, Pat. Pero tú eras en aquel tiempo un muchacho divertido. Aparte de que todos andábamos muy ocupados. Pat carraspeó. —En cierto modo, también a mí me asesinaron —se quejó—. ¡Y a mansalva! —Demasiado tarde ya —contestó Gooddorf—. Tú has llegado hasta esta Navidad con tus grandes deseos. Yo voy a concederte uno de ellos, pero no te diré nada hoy. No esta tarde. Cuando hubo desaparecido, Pat y Helen se miraron en silencio. Con decisión, Pat sacó otra vez la nota de su bolsillo y volvió a examinarla. Leyó en voz alta: «Pero ahora, por favor, mantén la boca cerrada…». Helen suspiró. —Eso es —dijo—: «Mantener la boca cerrada». ¿Por qué no? Pat se encogió de hombros, decepcionado. FIN Autor: F. Scott Fitzgerald Título: El deseo de Navidad de Pat Hobby Título Original: Pat Hobby’s Christmas Wish Publicado en: Esquire, enero de 1940 Traducción: Alberto Luis Pérez
- "Las tres misas rezadas", cuento de Alphonse Daudet
Las tres misas rezadas Alphonse Daudet —¿Conque dos pavos trufados, Garrigou? —Sí, reverendo padre: dos pavos magníficos repletos de trufas. Algo sé de ello, puesto que he ayudado a rellenarlos. Al asarlos parecía que les iba a estallar el pellejo de tan tirante como lo tenían… —¡Jesús y María! ¡Y a mí que tanto me deleitan las trufas! Tráeme pronto la sobrepelliz, Garrigou… Dime, ¿qué otras viandas has divisado en la cocina además de los pavos? —¡Huy! ¡Todo género de cosas suculentas! Desde mediodía no hemos cesado de desplumar faisanes, abubillas, chochas, gallos silvestres… Las plumas volaban por todas partes… Después trajeron del estanque anguilas, carpas doradas, truchas… —¿De qué tamaño eran las truchas, Garrigou? —Así de gordas, reverendo… ¡Enormes! —¡Ay, Dios mío! Si me parece estar viéndolas… ¿Has puesto vino en las vinajeras? —Sí, reverendo padre: he puesto vino en las vinajeras… Pero, a fe mía, no tiene comparación con el que vais a beber bien pronto, al salir de la misa del gallo. Si vierais en el gran comedor del castillo todas esas garrafas que flamean llenas de vino de todos los colores… ¡Y la vajilla de plata, los centros de mesa cincelados, las flores, los candelabros!… Nunca se habrá visto una cena tan espléndida. El señor marqués ha invitado a todos los próceres de la vecindad. Se sentarán a la mesa lo menos cuarenta personajes, sin contar el corregidor y el escribano. ¡Qué suerte tenéis, pues sois uno de los comensales, reverendo padre!… Sólo con haber olfateado tan hermosos pavos, el olor de las trufas me persigue en todas partes… ¡Aaaah! —Vamos, vamos, hijo mío. Guardémonos del pecado de gula, sobre todo en la noche de la Natividad… Ve deprisita a encender los cirios y a dar el primer toque de campana para la misa, pues la medianoche se aproxima y no hay que empezar retrasados… Este diálogo transcurría en una Nochebuena del año de gracia de mil seiscientos y pico entre el reverendo don Balaguer, antiguo prior de los barnabitas y por entonces capellán a gajes de los señores de Trinquelage, y su monaguillo, Garrigou, o por lo menos lo que él suponía ser el monaguillo Garrigou, pues habéis de saber que aquella noche el diablo había usurpado la faz redonda y los rasgos imprecisos del joven sacristán para, de ese modo, mejor inducir en tentación al reverendo padre y hacerle cometer un abominable pecado de gula. Así, pues, en tanto que el sedicente Garrigou (¡hum, hum!) repicaba más y mejor las campanas de la capilla señorial, el reverendo estaba acabando de revestirse la casulla en la pequeña sacristía del castillo; y con el caletre algo trastornado ya por aquellas descripciones gastronómicas, al tiempo que se vestía iba repitiendo para sus adentros: —¡Pavos asados y trufados!… ¡Doradas carpas!… ¡Unas truchas así de rollizas!… Afuera, el viento nocturno soplaba, esparciendo la música de las campanas. Y a esa llamada unas lucecitas iban surgiendo de la sombra en las laderas del Monte Ventoux, en lo alto del cual descollaban los almenados torreones de Trinquelage. Eran familias de granjeros que venían a oír en el castillo la misa del gallo. Trepaban por la cuesta cantando, en grupos de cinco o seis; delante, el padre, linterna en mano, y las mujeres, arrebujadas en sus grandes mantones pardos, a cuyo cobijo se arrimaba la prole. A pesar de la hora y el frío, esas buenas gentes caminaban animosas con la perspectiva de la colación que para ellas habría de estar servida abajo en las cocinas, como todos los años. De vez en cuando, en la áspera subida, la carroza de un patricio, precedida de portadores de hachones, hacía espejear al claro de luna sus cristales, o bien una mula iba trotando y agitando sus sonajas, y al resplandor de los faroles, envueltos en bruma, los colonos reconocían a su bailío y le saludaban al pasar: —¡Muy buenas noches, maese Arnoton! —¡Buenas noches nos dé Dios, hijos míos! La noche era despejada, las estrellas se mostraban abrillantadas por el frío; el cierzo pelaba, y una tenue aguanieve, que resbalaba sobre los indumentos sin mojarlos, guardaba fielmente la tradición de las Nochebuenas blanquivestidas. En lo más alto de la loma aparecía el castillo como meta, con su ingente mole de torres y adarves, el campanario de su capilla enhiesto hacia el azul negruzco, y una muchedumbre de lucecitas que parpadeaban, iban, venían y se agitaban en todas las ventanas, semejando sobre el fondo sombrío del edificio esas chispas que van corriendo sobre las cenizas del papel que se quema. Una vez pasado el puente levadizo y la poterna, para llegar a la capilla era preciso atravesar el primer patio, lleno de carrozas, de escuderos, de literas, todo claro por el resplandor de las antorchas y el llamear de las cocinas. Se escuchaba el tintinear de los asadores, el estrépito de las cacerolas, el entrechocar de la cristalería y la plata removidos en los preparativos de un festín; sobre todo ello, un vapor tibio y bienoliente a carnes asadas y fuertes especias de las laboriosas salsas, provocaba las exclamaciones de los cortijeros, del capellán, del corregidor y de todos los demás. —¡Qué gran cena vamos a tener después de misa! ¡Tilín, tilín! ¡Tilín, tilín! Es que va a comenzar la misa de medianoche. En la capilla del palacio —una catedral en miniatura, con arcos entrecruzados, de revestimiento de roble que llega a la altura de las paredes— han extendido reposteros y han encendido todos los cirios. ¡Y cuánta gente! ¡Qué hermosos vestidos! He aquí, por de pronto, acomodados en los esculpidos sillones del coro, al señor de Trinquelage, luciendo un traje de raso color salmón, y junto a él todos los nobles próceres invitados… Enfrente, en unos reclinatorios tapizados de terciopelo, se han instalado la anciana marquesa viuda, con su vestido de brocado color de fuego, y la joven señora de Trinquelage, tocada con una eminente torre da encaje encañonado a la última moda de la corte de Francia. Más abajo, vestidos de negro, con vastas pelucas en punta y rostros rasurados, se ve al baile Tomás Arnoton y al escribano maese Ambroy —dos notas graves entre las vistosas sedas y los damascos recamados—. Luego vienen los obesos mayordomos, los pajes, los monteros, los intendentes, doña Bárbara con todas sus llaves al costado pendiendo de un llavero de plata fina. Al fondo, en los bancos, la gente de escaleras abajo: los sirvientes, los granjeros con sus familias y, por último, justo contra la puerta que entreabren y vuelven a cerrar con discreción, los señores pinches, que vienen entre dos salsas a tomar un airecillo de misa y a traer un aroma de réveillon a la iglesia, toda resplandeciente y entibiada por tantos cirios encendidos. ¿Es la vista de esos gorritos blancos lo que ocasiona distracciones al oficiante? ¿No sería más bien la campanilla de Garrigou, esa empecatada campanillita que se agita al pie del altar con una precipitación infernal y que parece decir todo el tiempo: «Apresurémonos, apresurémonos… Cuanto antes hayamos acabado, más pronto estaremos a la mesa»? El hecho es que cada vez que repica esa campanilla del demonio, el capellán olvida su misa y no piensa ya más que en la cena. Ve en la imaginación a los cocineros, rumorosos y ajetreados, los hornos en que arde una lumbre de forja, el apetitoso vaho que se escapa de las entreabiertas tapaderas de las marmitas, y ese vaho de pavos magníficos, atiborrados, tensos, empedrados de trufas… O también ve pasar filas de pajes portadores de platos envueltos en tentadoras vaharadas, y se figura entrar con ellos en el gran salón comedor, dispuesto ya para el gaudeamus. ¡Oh, delicia! Ved la amplia mesa toda relampagueante y bien cargada: los pavos reales aureolados con sus plumas, los faisanes desplegando sus tornasoladas alas, los frascos color de rubí, las pirámides de frutas deslumbrantes entre el ramaje verde y aquellos estupendos pescados de que hablaba Garrigou (¡Sí, Sí, Garrigou!), tendidos sobre un lecho de hinojo, con la escama nacarada, como si acabasen de salir del agua con un ramito de hierbas aromáticas en sus hocicos de monstruos. De tal relieve es la visión de estas maravillas que don Balaguer se figura que todos esos manjares miríficos están servidos ante él sobre los bordados del mantelillo del altar, y dos o tres veces, en lugar de Dominus vobiscum , pronuncia el Benedicite, con gran sorpresa suya. Aparte de esos ligeros lapsus, el digno varón desembucha su Oficio muy concienzudamente, sin saltarse una línea, sin omitir una genuflexión, y todo va bastante bien hasta el término de la primera misa, pues sabéis que en la madrugada de Navidad el mismo oficiante debe celebrar tres misas consecutivas. —¡Y va una! —dice el capellán para sus adentros con un suspiro de alivio; luego, sin perder un minuto, hace un signo a su ayudante, o a aquel a quien él imagina que es su ayudante—. Y… ¡Tilín, tilín! ¡Tilín, tilín! ¡Tilín, tilín! La segunda misa va empezar, y con ella comienza también el pecado de don Balaguer. —¡Aprisa! ¡Aprisa! ¡Apresurémonos! —le grita con vocecita agria la campanilla de Garrigou. Y lo que es esta vez, el desdichado oficiante se abandona inerme al demonio de la gula, se precipita sobre el misal y devora sus páginas con la avidez de su apetito sobreexcitado. Frenéticamente se prosterna y se levanta, esboza los gestos de santiguarse y las genuflexiones, abrevia todos los movimientos para acabar antes. Apenas extiende sus brazos al leer el Evangelio ni se golpea el pecho en el Confíteor. Entre el monaguillo y él hay una competencia para ver cuál tartajeará más ligerito. Versículos y responsos se atropellan y empujan unos a otros. Los vocablos pronunciados a medias, sin abrir la boca, cosa que haría perder mucho tiempo, finalizan en susurros incomprensibles: —Oremus… ps… ps… ps… —Mea culpa… pa… pa… pa… Lo mismo que vendimiadores presurosos pisando la uva en el lagar, ambos chapuzan en el latín de la misa, lanzando saliva a diestro y siniestro: — Dom… scum —dice Balaguer. — Stutuo … —replica Garrigou. Y todo el tiempo la endiablada campanilla sigue tintineando en sus oídos, como esos cascabeles que ponen a los caballos de diligencias con objeto de hacerles galopar a toda velocidad. Ya comprendéis que a ese paso pronto está despachada una misa rezada. —¡Y van dos! —se dice el capellán atropellado. Luego, sin tomarse el tiempo de respirar, arrebatado y sudoroso, se descuelga por los peldaños del altar y… ¡Tilín, tilín! ¡Tilín, tilín! ¡Tilín, tilín! Empieza la tercera misa. Ya sólo hay que dar algunos pasos más para llegar al comedor; mas, ¡ay!, a medida que el réveillon se acerca, el infortunado Balaguer se siente presa de una locura de impaciencia y de gula. Su visión se acentúa: las carpas doradas, los asados pavos rellenos están ahí, ahí mismo… Ya los toca… Ya los… ¡Oh, Señor! Los platos humean, los vinos embalsaman y, sacudiendo su rabioso cascabel, la pequeña campanilla le grita: —¡Deprisa, deprisa! ¡Aún más deprisa! Pero, ¿cómo podría ir más deprisa? Sus labios apenas se mueven…. Ya no pronuncia las palabras. Sólo le queda hacerle trampa a Dios y escamotearle su misa… ¡Y eso es lo que hace el desdichado!… De tentación en tentación, por de pronto, se salta un versículo, luego dos… Después, como la Epístola es demasiado larga, no la termina; roza el Evangelio, pasa ante el credo sin entrar, se salta el padrenuestro, saluda de lejos el prefacio y por brincos y zancadas se precipita así en la condenación eterna, siempre seguido de cerca del infame Garrigou (Vade retro, Satanás), quien le secunda con un maravilloso acuerdo, le levanta la casulla, vuelve los folios dos a dos, zarandea los misales, vuelca y derrama las vinajeras y, sin cesar, sacude la campanilla cada vez más fuerte, cada vez más rápido. ¡Hay que ver la cara de susto de todos los presentes! Se ven forzados a seguir por la mímica del sacerdote esa misa de la que no entienden ni jota; unos se levantan cuando otros se arrodillan, o se sientan cuando los demás están de pie; y las fases de tan singular Oficio se confunden por los bancos en una multitud de actitudes diversas. La estrella de Belén, de camino por las rutas celestes, allá arriba, hacia el pequeño establo, palidece de espanto viendo tanta confusión… —El señor abad corre mucho… No lo puede una seguir… —murmura la anciana dueña, agitando descompasadamente su cofia. Maese Arnoton, con sus grandes gafas de acero sobre la nariz, busca en su devocionario dónde diablos está. Mas, en el fondo, todas esas buenas gentes que, también ellas, piensan en engullir la cena, no están contrariadas porque la misa lleve esa marcha vertiginosa; y cuando don Balaguer, con la faz radiante, se vuelve hacia los fieles vociferando con energía Ite missa est , hay en la capilla un vocerío unánime para responderle un Deo gracias tan gozoso, tan animador, que uno se creería sentado ya a la mesa, en el primer brindis del réveillon. Cinco minutos más tarde, todos los señores tomaban asiento en el gran salón, con el capellán presidiendo. El castillo iluminado resonaba de cantos y gritos, risotadas y rumores; y el venerable don Balaguer hincaba su tenedor en una pechuga de gallineta, anegando el remordimiento de su pecado en oleadas de vino Chateauneuf y en el jugo de las viandas. Tanto bebió y comió el pobre santo varón, que aquella madrugada se murió de un terrible ataque, sin haber tenido ni siquiera tiempo de arrepentirse; luego, a la mañanita, llegó al cielo, todavía rumoroso del eco de aquellos festines nocturnos, y podéis figuraros cómo fue recibido allí. —¡Retírate de mi vista, mal cristiano! —le dijo el soberano Juez, Señor de nosotros todos—. Tu culpa es suficiente para borrar toda una existencia de virtud… ¡Ah! Me has hurtado una misa del Gallo… Pues bien, como reparación me satisfarás trescientas de ellas, y no serás admitido en el Paraíso hasta que no hayas celebrado en tu propia capilla esas trescientas misas de Natividad en presencia de todos los que han pecado por tu falta… … Y tal es la verídica leyenda de don Balaguer, lo mismo que cuentan en el país de los olivos. Hoy día ya no existe el castillo de Trinquelage, mas la capilla sigue tan derechita, en todo lo alto del monte Ventoux, en un bosquecillo de encinas. El viento hace batir la puerta desvencijada, la hierba invade el umbral; hay nidos en las esquinas del altar y en el dintel de los altos ventanales cuyas vidrieras de colores han desaparecido desde tiempo atrás. No obstante, parece ser que todos los años, por Navidad, una luz sobrenatural vaga por entre esas ruinas, y que los aldeanos, al ir a las misas y cenas de medianoche, divisan ese espectro de capilla alumbrado por cirios invisibles que arden a la intemperie, incluso bajo la nieve y el viento. Os reiréis de ello si queréis: Un vendimiador del lugar —un tal Garríguez, sin duda descendiente de Garrigou— me ha afirmado que una Nochebuena, hallándose ligeramente achispado, se había extraviado en el monte por el lago de Trinquelage; y escuchad lo que allí había visto: … Hasta las once, nada. Todo estaba oscuro, silencioso, inanimado. De súbito, a eso de medianoche, en lo más alto del campanario, rompió a tañer un carillón, un viejo, un viejísimo carillón que parecía estar a diez leguas. Pronto, en el sendero que va subiendo, Garríguez vio estremecerse unas luminarias y agitarse sombras indecisas. En el atrio de la capilla iban y venían, cuchicheaban: —¡Buenas noches, maese Arnoton! —¡Muy buenas noches, hijos míos! Cuando hubo entrado toda la gente, el bueno del vendimiador —que era muy valiente— se aproximó en silencio y, mirando a través de la destrozada puerta, presenció un espectáculo singular. Todos aquellos que había visto pasar estaban dispuestos en hilera alrededor del coro, en la nave ruinosa, como si los antiguos bancos existiesen aún. Bellas damas engalanadas de brocados y con cofias de encajes, próceres recamados de arriba abajo, aldeanos luciendo casacones con floripondios, como los de nuestros bisabuelos; todos ellos con un aspecto viejo, marchito, polvoriento y fatigado… De vez en cuando, pajarracos nocturnos —huéspedes habituales de la capilla—, despertados por tantas luminarias, venían a revolotear en torno de los cirios, cuya llama ascendía rectilínea y vaga, como si hubiese ardido tras una gasa; y lo que divertía mucho a Garríguez era cierto personaje de grandes quevedos de acero que a cada instante sacudía su empingorotada peluca negra, sobre la que una de esas aves estaba situada, erguida y enredada allí, batiendo las alas cautelosamente. En el fondo, un anciano de estatura infantil, arrodillado en medio del coro, agitaba desesperadamente una campanilla sin cascabel y sin voz, mientras que un presbítero revestido de oro viejo iba y venía desde el altar recitando unas plegarias de las que no se oía ni una palabra… Indudablemente, era don Balaguer, celebrando su tercera misa rezada. FIN Autor: Alphonse Daudet Título: Las tres misas rezadas Título Original: Les Trois Messes basses Publicado en: Contes du lundi (1875)
- "La fiesta de Navidad de Reginald", cuento de Saki
La fiesta de Navidad de Reginald Saki (Hector Hugh Munro) Dicen (decía Reginald) que no hay nada más triste que la victoria salvo la derrota. Si alguna vez has pasado unas fiestas supuestamente felices con gente aburrida, quizá puedas considerar ese dicho. Nunca olvidaré las navidades que pasé en casa de los Babwold. La señora Babwold es pariente lejana de mi padre —una de esas señoras que acabas llamando prima—, y eso se consideró motivo suficiente para que yo tuviera que aceptar su invitación, más o menos la sexta vez que la hizo; aunque eso de que los hijos deban pagar los pecados de los padres… Espera, no encontrarás papel en ese cajón; ahí guardo viejos menús y programas de estreno. La señora Babwold tiene una personalidad bastante solemne, y nadie la ha visto sonreír, ni siquiera cuando dice cosas desagradables a sus amigas o escribe la lista de la compra. Disfruta de sus placeres tristemente. Un elefante en un durbar imperial [1] produce una impresión muy parecida. Su marido se dedica a la jardinería, aunque caigan chuzos de punta. Cuando un hombre sale de casa mientras diluvia para quitar orugas de los rosales, suelo pensar que su vida hogareña deja algo que desear; en cualquier caso, tiene que ser muy molesto para las orugas. Por supuesto, había más invitados. Había un tal comandante no sé cuántos que había cazado animales en Laponia, o algún lugar por el estilo; he olvidado qué eran, pero no por falta de recordatorio. Nos los servían fríos en casi todas las comidas, y él no dejaba de darnos detalles sobre lo que medían de un extremo al otro, como si creyera que íbamos a hacer con ellos ropa interior para el invierno. Yo lo escuchaba siempre con un embeleso que creía que me sentaba bien, y un día mencioné con la mayor modestia las dimensiones de un okapi que había cazado en las marismas de Lincolnshire. El comandante se puso de un hermoso color púrpura (recuerdo que en ese instante me dieron ganas de pintar el cuarto de baño de ese color), y creo que fue entonces cuando se dio cuenta de que yo no le gustaba. La señora Babwold adoptó su expresión de primeros auxilios a un accidentado, y le preguntó por qué no publicaba un libro de sus recuerdos cinegéticos; sería tan interesante. No recordó hasta más tarde que él ya le había regalado dos gruesos volúmenes sobre el tema, con su retrato y su autógrafo a modo de frontispicio y un apéndice sobre las costumbres del mejillón ártico. Por la noche era cuando dejábamos de lado las preocupaciones y pasatiempos del día y vivíamos de verdad. Las cartas se consideraban demasiado frívolas y un modo poco instructivo de pasar el tiempo, así que casi siempre jugábamos a lo que llamaban el juego del libro. Te ibas a la gran sala, me figuro que en busca de inspiración, y luego volvías a entrar con una bufanda alrededor del cuello y pinta de bobo, y se suponía que los demás tenían que adivinar que eras Wee MacGreegor [2] . Me resistí a semejante estupidez mientras no fue una descortesía, pero finalmente, en un momento de generosidad, consentí en disfrazarme de libro, aunque les advertí de que tardaría un rato. Esperaron casi cuarenta minutos, mientras yo jugaba a los bolos con unas copas de vino en compañía del chico de los recados; se juega con el corcho del champán, y gana el que tira más copas sin romperlas. Fui el ganador, cuatro de siete quedaron intactas; creo que William se puso demasiado nervioso. En el salón estaban bastante irritados por mi tardanza, y no parecieron calmarse cuando les expliqué que estaba «al final del pasillo [3] ». —Nunca me ha gustado Kipling —fue el comentario de la señora Babwold, cuando cayó en la cuenta del título—. No vi nada ingenioso en Las lombrices de la Toscana … ¿o ese libro es de Darwin? Es cierto que estos juegos son muy educativos, pero, personalmente, prefiero el bridge. Se supone que teníamos que celebrar la Navidad siguiendo la vieja tradición inglesa. La gran sala estaba llena de corrientes de aire, pero parecía el lugar idóneo para el festejo, y estaba decorada con abanicos japoneses y farolillos chinos, lo que le daba un aire inglés muy antiguo. Una joven de voz susurrante nos deleitó con un largo recitado sobre una niña que moría o hacia algo igual de trillado, y después el comandante nos hizo una descripción muy vívida de su lucha con un oso herido. En mi fuero interno deseé que los osos ganaran a veces en tales ocasiones; al menos ellos no irían luego pavoneándose por ahí. Antes de que pudiéramos recuperarnos, se nos obsequió con la lectura del pensamiento de un joven del que uno sabía por intuición que tenía una buena madre y un sastre mediocre; el tipo de joven que habla sin parar mientras come puré, y se alisa el pelo con recelo, como si éste fuera a devolverle el golpe. La lectura del pensamiento fue todo un éxito; él anunció que la poesía ocupaba el pensamiento de nuestra anfitriona, y ella reconoció que tenía en mente una de las odas de Austin [4] . Algo que no era ningún disparate. Imagino que en realidad daba vueltas a si un pescuezo de cordero y un poco de pudín de pasas frío bastarían para la cena del servicio al día siguiente. El colmo del desenfreno fue sentarse a jugar al halma [5] progresivo, con chocolate con leche para los ganadores. Me han educado con esmero, y no me gustan los juegos de ingenio que se premian con chocolate con leche, así que me inventé un dolor de cabeza y me retiré al dormitorio. Unos minutos antes me había precedido la señorita Langshan-Smith, una dama de lo más imponente, que siempre se levantaba a una hora intempestiva de la madrugada y daba la impresión de haber hablado con casi todos los gobiernos europeos antes del desayuno. En su puerta había pegado un papel con la petición firmada de que al día siguiente la despertaran a una hora especialmente temprana. Una oportunidad así no vuelve a presentarse en la vida. Tapé todo menos la firma con otra nota en la que escribí que, cuando leyeran esas palabras, ella habría puesto fin a una vida desperdiciada; y que pedía disculpas por las molestias que causaba, amén de expresar su deseo de un funeral militar. Instantes después reventé una bolsa de papel inflada y di un gemido teatral que habría podido oírse en el sótano. Luego seguí con mi intención inicial y me fui a la cama. El ruido que armó aquella gente al forzar la puerta de la buena mujer fue verdaderamente indecoroso; ella se resistió con heroicidad, pero creo que la estuvieron registrando en busca de balas casi un cuarto de hora, como si se tratara de un campo de batalla histórico. Detesto viajar el 26 de diciembre [6] , pero de vez en cuando uno tiene que hacer cosas que le desagradan. [1] Ceremonias que los gobernantes británicos celebraban con gran pompa en Delhi, inspiradas en un ritual de la corte mogol en el siglo XVIII. [2] Protagonista de los artículos del Glasgow Evening Times que publicaba el periodista John Joy Bell (1871-1934). Alcanzó tal popularidad que el autor acabó recogiendo sus andanzas en un libro. [3] En el original, At the End of the Passage [Al final del camino], título de un conocido relato de Rudyard Kipling. Passage , además de «camino», significa «pasillo». [4] Alfred Austin (1835-1913), poeta inglés casi olvidado en nuestros días. [5] Juego de tablero, no muy diferente de las damas. [6] Festivo en Gran Bretaña. Autor: Saki (Hector Hugh Munro) Título: La fiesta de Navidad de Reginald Título Original: Reginald’s Christmas Revel Publicado en: Reginald (1904) Traducción: Marta Salís
- "El sacerdote y su amor", cuento de Yukio Mishima
El sacerdote y su amor Yukio Mishima De acuerdo con La esencia de la Salvación, de Eshin, los Diez Placeres no son nada más que una gota de agua en el océano comparados con los goces de la Tierra Pura. El suelo es, allí, de esmeralda y los caminos que la cruzan, de cordones de oro. No hay fronteras y su superficie es plana. Cincuenta mil millones de salones y torres trabajadas en oro, plata, cristal y coral se levantan en cada uno de los Precintos sagrados. Hay maravillosos ropajes diseminados sobre enjoyadas margaritas. Dentro de los salones y sobre las torres una multitud de ángeles tocan eternamente música sagrada y entonan himnos de alabanza al Tathagata Buda. Existen grandes estanques de oro y esmeralda en los jardines para que los fieles realicen sus abluciones. Los estanques de oro están rodeados de arena de plata y los de esmeralda, de arena de cristal. Hay plantas de loto en las fuentes que brillan con mil fuegos cuando el viento acaricia la superficie del agua. Día y noche el aire se colma con el canto de las grullas, gansos, pavos reales, papagayos y Kalavinkas de dulce acento que tienen rostros de mujeres hermosas. Estos y otras miríadas de pájaros cien veces alhajados elevan sus melodiosos cantos en alabanza a Buda. (Aun cuando sus voces resuenen dulcemente, esta inmensa colección de aves debe resultar extremadamente ruidosa). Las orillas de estanques y ríos están cubiertas de bosquecillos con preciosos árboles sagrados que poseen troncos de oro, ramas de plata y flores de coral. Su belleza se refleja en las aguas. El aire está colmado de cuerdas enjoyadas de las que cuelgan legiones de campanas preciosas que tañen por siempre la Ley Suprema de Buda, y extraños instrumentos musicales, que resuenan sin ser pulsados, se extienden en lontananza por el diáfano cielo. Una mesa con siete joyas, sobre cuya resplandeciente superficie se encuentran siete recipientes colmados por los más exquisitos manjares, aparece frente a aquellos que sienten algún tipo de apetito. No es necesario llevarse a la boca estas viandas. Basta deleitarse con su aroma y colores. En tal forma, el estómago se satisface y el cuerpo se nutre mientras que el sujeto se mantiene espiritual y físicamente puro. Una vez terminada la merienda, los recipientes y la mesa desaparecen. De la misma manera, el cuerpo se viste automáticamente sin necesidad de coser, lavar, teñir o zurcir. Las lámparas tampoco son necesarias, pues el cielo está iluminado por una luz omnipresente. Además, la Tierra Pura goza de una temperatura moderada durante todo el año, haciendo innecesario refrescarse o abrigarse. Cien mil esencias tenues perfuman el aire y pétalos de loto caen en constante lluvia. En el capítulo de «El Portal de Inspección» se nos enseña que, visto y considerando que los no iniciados no pueden adentrarse profundamente en la Tierra Pura, deben ocuparse en despertar sus poderes de «imaginación exterior» y, luego, en engrandecerlos continuamente. El poder de la imaginación permite escapar a las trabas de nuestra vida mundana y contemplar a Buda. Si estamos dotados de una rica y turbulenta fantasía, podremos concentrar nuestra atención en una sola flor de loto y, desde allí, expandirnos hacia infinitos horizontes. A través de una observación microscópica y de cierta proyección astronómica, la flor de loto puede convertirse en los cimientos de una teoría del universo y en el agente por medio del cual nos será posible percibir la Verdad. En primer lugar, debemos saber que cada pétalo tiene ochenta y cuatro mil nervaduras, y que cada nervadura posee ochenta y cuatro mil luces. Más aún, la más pequeña de estas flores tiene un diámetro de doscientos cincuenta yojana. Presumiendo que el yojana del cual hablan las Sagradas Escrituras corresponde a setenta y cinco millas cada uno, podemos llegar a la conclusión de que una flor de loto de un diámetro de diecinueve mil millas no es de las más grandes. Pues bien, esa flor tiene ochenta y cuatro mil pétalos y dentro de cada uno hay un millón de joyas resplandecientes con mil luces diferentes. Sobre el cáliz bellamente adornado de la flor se levantan cuatro alhajados pilares, cada uno de los cuales es cien billones de veces más grande que el Monte Sumeru, que sobresale en el centro del universo budista. Grandes tapices cuelgan de sus pilares. Cada uno de ellos está adornado con cincuenta mil millones de joyas que emiten ochenta y cuatro mil luces por unidad. Cada luz está compuesta de ochenta y cuatro mil tonos diferentes de oro. La concentración en tales imágenes es conocida como «Pensamiento del asiento de Loto en el que se sienta Buda», y el mundo que se vislumbra como fondo de nuestra historia es un mundo imaginado en esa escala. El sacerdote del Templo de Shiga era un hombre de gran virtud. Sus cejas eran muy blancas y apenas podía con sus huesos. Recorría el templo de un lado a otro, apoyado en un bastón. A los ojos de este sabio asceta el mundo sólo era un montón de basura. Había vivido retirado durante muchos años y el pequeño retoño de pino que había plantado con sus propias manos, al mudarse a su celda actual era ya un gran árbol cuyas ramas se agitaban al viento. Un monje que había logrado abandonar el Mundo Fluctuante desde tanto tiempo atrás, debía nutrir gran seguridad respecto a su futuro. Sonreía, compasivo, frente a nobles poderosos, y reflexionaba acerca de la imposibilidad que demostraba aquella gente en advertir que los placeres no eran sino sueños vacíos. Cuando contemplaba a alguna mujer hermosa, su única reacción era experimentar piedad por los hombres que aún habitan el mundo de las desilusiones y se sacuden en las olas del deseo carnal. Cuando un hombre no responde a las motivaciones que regulan el mundo material, ese mundo parece sumergirse en un completo reposo. Para los ojos del Gran Sacerdote, el mundo sólo ofrecía reposo, estaba reducido a un dibujo, al mapa de cierta tierra extranjera. Cuando se ha alcanzado el estado de ánimo en el cual las pasiones indignas del mundo han desaparecido, también se olvida el temor. Es por esta razón que el Sacerdote no podía explicarse la existencia del Infierno. Sabía, más allá de toda duda, que el mundo no ejercía ya ningún poder sobre él, pero como carecía por completo de soberbia no se detenía a pensar que ello se debía a su enorme virtud. En cuanto a su cuerpo, podía decirse que ya no tenía casi carne. Al bañarse se regocijaba viendo cómo sus huesos salientes estaban precariamente cubiertos por carne marchita. Habiendo su cuerpo alcanzado ese estado, podía avenirse a él como si perteneciera a otra persona. Un cuerpo en tales condiciones parecía estar más calificado para ser nutrido por la Tierra Pura que por alimentos y bebidas terrestres. Soñaba noche a noche con la Tierra Pura y, al despertar, sólo sabía que subsistir en este mundo significaba estar atado a una triste ensoñación evanescente. Cuando llegaba la época de admirar las flores, gran cantidad de gente venía de la capital con el objeto de visitar la villa de Shiga. Esto no molestaba al sacerdote, ya que hacía tiempo que había superado el estado en el que los ruidos del mundo pueden irritar la mente. Abandonó su celda, en un atardecer de primavera, y caminó hacia el lago. Era la hora en que las sombras del crepúsculo avanzan lentamente sobre la brillante luz de la tarde. Ni el más leve movimiento agitaba la superficie del agua. El sacerdote se detuvo en la orilla y comenzó a practicar el sagrado rito de la Contemplación del Agua. En aquel momento, un carruaje tirado por bueyes, perteneciente a todas luces a una persona de alto rango, rodeó el lago y se detuvo cerca del sacerdote. Su dueña una dama de la Corte del distrito Kyogoku de la Capital, poseía el alto título de Gran Concubina Imperial. Esta dama deseaba contemplar el paisaje de Shiga en la recién llegada primavera y, al regresar, había hecho detener el carruaje. Alzó la cortina para echar una última mirada al lago. El Gran Sacerdote miró, casualmente, en esa dirección y, de inmediato se sintió abrumado por tanta belleza. Sus ojos se encontraron con los de la mujer y, como no hiciera nada por apartarlos, ella no trató de ocultarse. Su liberalidad no era tanta como para permitir que los hombres la miraran con apasionamiento; pero reflexionó que los motivos de aquel austero y viejo asceta no podían ser los mismos que los de los hombres comunes. La dama bajó la cortina tras algunos minutos. El carruaje echó a andar y, después de cruzar el Paso de Shiga, se encaminó lentamente por la ruta que conducía a la Capital. Cayó la noche. Hasta que el carruaje no fue más que un punto entre los árboles lejanos, el Gran Sacerdote permaneció como petrificado en el mismo lugar. En un abrir y cerrar de ojos el mundo se había vengado del sacerdote con terrible saña. Todo cuanto había creído tan inexpugnable, caía en ruinas. Volvió al templo, contempló la imagen de Buda e invocó su Sagrado Nombre. Pero las sombras opacas de los pensamientos impuros se cernían sobre él. Se dijo que la belleza de una mujer no era más que una aparición fugaz, un fenómeno temporario compuesto de carne perecedera. Sin embargo, aunque intentaba borrarla, la inefable belleza que había contemplado junto al lago, pesaba ahora sobre su corazón con la fuerza de algo llegado desde una infinita distancia. El Gran Sacerdote no era lo suficientemente joven, ni física ni espiritualmente, como para creer que ese nuevo sentimiento era sólo una trampa que su carne le jugaba. La carne de un hombre, y lo sabía bien, no se agita tan rápidamente. Antes bien, tenía la sensación de haber sido sumergido en algún veneno sutil y poderoso que había alterado su espíritu. El Gran Sacerdote no había quebrantado nunca su voto de castidad. La lucha interior librada en su juventud contra el deseo lo había llevado a considerar a las mujeres sólo como meros seres materiales. La única carne era la que existía realmente en su imaginación. Considerándola más como una abstracción ideal que como un hecho físico, confiaba en su fortaleza espiritual para subyugarla. En ese sentido, el sacerdote había triunfado. Nadie que lo conociera podría ponerlo en duda. Pero el rostro de mujer que había levantado la cortina del carruaje era demasiado armonioso y refulgente como para ser designado como un mero objeto de la carne. El sacerdote no supo qué nombre darle. Sólo pudo reflexionar en que, para que tan portentoso hecho se produjera, algo hasta aquel momento oculto y al acecho en su interior, se había revelado finalmente. Ese algo no era sino este mundo, que hasta entonces había permanecido en reposo, y que, súbitamente, emergía de la oscuridad y comenzaba a agitarse. Era como si hubiera permanecido, de pie, junto al camino que lleva a la capital, con las manos firmemente apretadas sobre los oídos, y hubiera visto cruzar con gran estrépito dos grandes carros tirados por bueyes. Al destaparse los oídos, bruscamente, el estruendo lo envolvía. Percibir el flujo y reflujo de fenómenos transitorios, sentir su fragor rugiente en los oídos, era entrar dentro del círculo de este mundo. Para un hombre como el Gran Sacerdote, que no había admitido concesiones en su contacto con el mundo exterior, significaba someterse nuevamente a un estado de dependencia. Aun leyendo a los Sutras exhalaba grandes suspiros de angustia. Pensó, entonces, que la naturaleza servía para distraer su espíritu e intentó concentrarse en las montañas que, a través de la ventana de su celda, se destacaban en la distancia contra el cielo nocturno. Pero sus pensamientos, en vez de concentrarse en la belleza, se desvanecían como nubes y desaparecían. Fijaba su mirada en la luna, pero sus pensamientos fluctuaban como antes, y cuando fue a inclinarse, nuevamente, frente a la Suprema Imagen, en un desesperado esfuerzo por recobrar la pureza de su mente, el rostro de Buda se transformó y se convirtió en las facciones de la dama del carruaje. Su universo había quedado aprisionado dentro de los límites de un estrecho círculo donde se enfrentaban el Gran Sacerdote y la Gran Concubina Imperial. La Gran Concubina Imperial de Kyogoku olvidó rápidamente al viejo sacerdote que la observara con tanta atención en el lago de Shiga. Sin embargo, poco tiempo después llegó a sus oídos un rumor que le recordó el incidente. Uno de los habitantes del villorrio había sorprendido al Gran Sacerdote mirando cómo se perdía en la distancia el carruaje de la dama. Se lo había comentado a un caballero de la Corte que admiraba las flores de Shiga, agregando que, desde aquel día, el Sacerdote se comportaba como quien ha perdido la razón. La Concubina Imperial fingió no creer en tales habladurías, pero la virtud del sacerdote era conocida en toda la capital y el suceso sirvió para alimentar la vanidad de la dama. Estaba verdaderamente cansada del amor que recibía de los hombres de este mundo. La Concubina Imperial tenía clara conciencia de lo hermosa que era y se inclinaba hacia otras disciplinas, como la religión, que trataran a su belleza y a su alto rango como cosas desprovistas de valor. El mundo la aburría soberanamente y, por ende, creía también en la Tierra Pura. Era inevitable que el Budismo Jodo, que rechazaba toda la belleza y el brillo del mundo visible como si fuera corrupción y contaminación, tuviera un atractivo especial para quien, como la Concubina Imperial, estaba tan desilusionada de la elegante superficialidad de la vida cortesana. Elegancia que, por otra parte, parecía anunciar inequívocamente los últimos Días de la Ley y su degeneración. Entre aquellos que consideraban al amor como su principal preocupación, la Concubina Imperial ocupaba un alto puesto como la personificación misma del refinamiento. El hecho de que jamás hubiera brindado su amor a hombre alguno no hacía sino acrecentar su fama. Aun cuando cumplía sus deberes para con el Emperador con el más absoluto decoro, nadie creía, ni por un momento, que estuviera enamorada de él. La Gran Concubina Imperial soñaba con una pasión al borde de lo imposible. El Gran Sacerdote del Templo de Shiga era famoso por su virtud y todos en la Capital sabían hasta qué punto este anciano prelado había hecho abandono del mundo. Tanto más sorprendente era, entonces, el rumor de que había sido prendado por los encantos de la Concubina Imperial, y que, por ella, había sacrificado la vida eterna. Rehusar los goces de la Tierra Pura que estaban casi al alcance de su mano, equivalía al mayor sacrificio y a la más importante ofrenda. La Gran Concubina Imperial se mostraba totalmente indiferente a los encantos de los nobles y jóvenes libertinos que abundaban en la Corte. Los atributos físicos de los hombres ya no representaban nada para ella. Su única ambición era encontrar a alguien que pudiera ofrecerle un amor fuerte y profundo. Una mujer con tales aspiraciones se convierte en una criatura aterradora. Si hubiera sido sólo una cortesana, la habrían conformado las riquezas y la frivolidad. La Gran Concubina poseía todo lo que la riqueza del mundo puede brindar. El hombre que aguardaba tendría que ofrecerle, pues, los bienes del universo del futuro. Los comentarios sobre el enamoramiento del Gran Sacerdote inundaron la Corte, hasta que, finalmente, y en son de broma, la historia fue repetida hasta al mismo Emperador. Esta chismografía desagradaba a la Gran Concubina, que guardaba una actitud fría e indiferente. Comprendía perfectamente que existían dos motivos para que los cortesanos pudieran bromear libremente sobre un asunto cuyo comentario, normalmente, les estaría vedado. El primero, que, refiriéndose al amor del Gran Sacerdote, estaban halagando la belleza de la mujer que inspiraba aun a un eclesiástico de tan gran virtud, tamaña distracción y, en segundo término, todos sabían que el amor del anciano por la noble dama jamás podría ser retribuido. La Gran Concubina Imperial reconstruyó mentalmente los rasgos del viejo sacerdote que había visto a través de la ventana del carruaje. No se parecía en absoluto a los rostros de ninguno de los hombres que la habían amado hasta entonces. Era extraño que el amor surgiera en el corazón de un hombre que no poseía ninguna condición como para ser amado. La dama recordó frases tales como «mi amor perdido y sin esperanzas» que eran usadas a menudo por los poetastros de Palacio cuando deseaban despertar eco en los corazones de sus indiferentes amadas. La situación del más desgraciado de aquellos elegantes resultaba envidiable frente a la del Gran Sacerdote. Sin embargo, a la Concubina Imperial los escarceos poéticos de tales jóvenes se le antojaron adornos mundanos, inspirados por la vanidad y totalmente desprovistos de sentimiento. A esta altura, el lector comprenderá claramente que la Gran Concubina Imperial no era, como comúnmente se la creía, la personificación de la elegancia cortesana, sino una persona que encontraba en la evidencia de ser amada una verdadera razón de vivir. Pese a su alto rango era, antes que nada, una mujer, y todo el poder y la autoridad del mundo carecían de valor si no le brindaban tal evidencia. Los hombres que la rodeaban se entregaban a luchar sin fin para alcanzar el poder político. Ella soñaba con dominar el mundo por otros medios puramente femeninos. Había conocido a muchas mujeres que habían tomado los hábitos que se habían retirado del mundo. Tales mujeres la hacían reír. Cualquiera sea la razón alegada por una mujer para abandonar el mundo, le es casi imposible desprenderse de sus posesiones. Sólo los hombres son verdaderamente capaces de abandonar cuanto poseen. El viejo sacerdote del lago había dejado, en determinada etapa de su vida, el Mundo Fluctuante y sus placeres. Ante los ojos de la Concubina Imperial era más hombre que todos los nobles que poblaban la Corte. Y así como había abandonado una vez este Mundo Fluctuante, estaba dispuesto ahora, por ella, a renunciar también al mundo futuro. La Concubina recordó la idea de la sagrada flor de loto que su profunda fe había impreso vívidamente en su mente. Pensó en el enorme loto con una anchura de doscientas cincuenta yojana. Aquella planta absurda se ajustaba más a sus gustos que las mezquinas flores flotantes de los estanques de la Capital. Por las noches, el susurro del viento entre los árboles del jardín le parecía insípido comparado con la música delicada que produce la brisa, en la Tierra Pura, cuando sacude a las plantas sagradas. Al recordar los extraños instrumentos que colgaban del cielo y tañían sin ser tocados, el sonido del arpa de Palacio sólo se le antojaba una despreciable imitación. El Sacerdote del Templo de Shiga luchaba. En sus combates juveniles contra la carne, lo había sostenido siempre la esperanza de alcanzar el mundo futuro. Pero, en cambio, esta lucha desesperada de su vejez se asociaba con un sentimiento de pérdida irreparable. La imposibilidad de consumar su amor por la Gran Concubina Imperial se le aparecía tan clara como el sol en el cielo. Al mismo tiempo, tenía perfecta conciencia de la imposibilidad de avanzar hacia la Tierra Pura, mientras permaneciera esclavo de aquel amor. El Gran Sacerdote había vivido en un estado de incomparable libertad y ahora, en un abrir y cerrar de ojos, se encontraba sin futuro y en la más completa oscuridad. El coraje que lo había acompañado durante las luchas de su juventud había tenido quizás, sus raíces en su propio orgullo y confianza. En saber que se estaba privando voluntariamente del placer que tenía al alcance de la mano. El Gran Sacerdote sentía miedo nuevamente. Hasta que aquel noble carruaje se aproximara a la orilla del Lago Shiga, su convencimiento era que cuanto le esperaba ya no era sino la liberación del Nirvana. Ahora se encontraba, de pronto, frente a la oscuridad del mundo donde es imposible adivinar lo que nos acecha a cada paso. En vano acudía a todas las formas de meditación religiosa. Ensayó la Contemplación del Crisantemo, la Contemplación del Aspecto Total y la Contemplación de las Partes; pero cada vez que intentaba concentrarse, el hermoso rostro de la Concubina aparecía ante sus ojos. Tampoco fue un remedio la Contemplación del Agua, pues invariablemente aparecían los bellos rasgos resplandecientes entre las ondas del lago. Todo esto, sin duda, era sólo una consecuencia de su apasionamiento. Bien pronto, el sacerdote advirtió que la concentración le producía más mal que bien, y fue entonces cuando ensayó aliviar su espíritu por medio de la dispersión. Le asombraba constatar que la meditación lo hundía, paradójicamente, en una desilusión aún más profunda. A medida que su espíritu iba sucumbiendo bajo tal peso, el sacerdote decidió que antes de proseguir una lucha estéril, era mejor concentrar deliberadamente sus pensamientos en la figura de la Gran Concubina Imperial. El Gran Sacerdote hallaba una nueva satisfacción al adornar su visión de la dama en las más variadas formas, como si se tratara de una imagen budista cubierta de diademas y baldaquines. Al hacerlo, el objeto de su amor se transformaba en un ser de creciente esplendor, distante e imposible. Esto le producía una alegría especial, seguramente porque de lo contrario, el ver a la Gran Concubina Imperial como a una mujer común y corriente era más peligroso. La revestía de todas las humanas fragilidades. Mientras reflexionaba sobre este asunto, la verdad se hizo en su corazón. No veía en la Gran Concubina Imperial a una criatura de carne y hueso, ni tampoco a una visión. Era, en todo caso, un símbolo de la realidad, un símbolo de la esencia de las cosas. Resulta verdaderamente extraño perseguir esa esencia en la figura de una mujer. Y, sin embargo, existía un motivo. Aun al enamorarse, el sacerdote de Shiga no había perdido el hábito, adquirido tras largos años de contemplación, de esforzarse por alcanzar la esencia de las cosas a través de una constante abstracción. La Gran Concubina Imperial de Kyogoku, se había identificado con la visión del inmenso loto de doscientos cincuenta yojana. Reclinada en el agua y sostenida por todas las flores de loto, la Cortesana se volvía tan grande como el Monte Sumeru. Cuanto más convertía a su amor en un imposible, más profundamente traicionaba el sacerdote a Buda, pues la imposibilidad de su amor se encontraba aparejada con la imposibilidad de llegar a la iluminación. Y cuanto más advertía que su amor no podía tener esperanza, más crecía la fantasía que lo alimentaba y más se arraigaban sus pensamientos impuros. Mientras consideraba que su amor tenía alguna remota posibilidad, le había sido más fácil renunciar a él; pero ahora que la Gran Concubina se había convertido en una criatura fabulosa y totalmente inalcanzable, el amor del Gran Sacerdote se inmovilizaba como un gran lago de aguas calmas que cubría, inexorablemente, la superficie de la tierra. Esperaba ver el rostro de su dama aún una vez más, pero temía que esa figura, que ahora se había vuelto una gigantesca flor de loto, se desvaneciera sin dejar rastros. Si aquello sucedía, el Gran Sacerdote se salvaría. Esta vez no dudaba de alcanzar la verdad. Y aquella mera perspectiva llenó al sacerdote de miedo y reverencia. El melancólico amor del anciano había comenzado a crear curiosas estratagemas. Cuando, por fin, se decidió a visitar a la Gran Concubina, creyó en la ilusión de estar saliendo de una enfermedad que estaba marchitando su cuerpo. El caviloso sacerdote interpretó la alegría que acompañaba a su determinación como el alivio de haber escapado finalmente a las trabas de su amor. Ninguno de los servidores de la Gran Concubina halló nada extraño en el hecho de que un anciano sacerdote permaneciera de pie en un rincón del jardín, apoyado en su bastón y mirando tristemente la Residencia. Era frecuente encontrar a ascetas y mendigos frente a las grandes casas de la Capital, aguardando limosnas. Una de las cortesanas mencionó el hecho a su señora. La Gran Concubina miró, casualmente, a través del postigo que la separaba del jardín. Bajo las sombras del verde follaje, un anciano sacerdote macilento y de raídas vestiduras negras, inclinaba la cabeza. La dama lo observó por algún tiempo, y cuando hubo reconocido al sacerdote del lago de Shiga, su pálido rostro se volvió aún más demacrado. Pasados algunos minutos de indecisión, impartió las órdenes necesarias para que la presencia del sacerdote en el jardín fuera ignorada. Por primera vez el desasosiego hizo presa de ella. Había visto a mucha gente hacer abandono del mundo, pero ahora se encontraba por primera vez con alguien que renunciaba al mundo futuro. La visión resultaba siniestra y aterradora. Todos los placeres que había extraído su imaginación ante la idea del amor del sacerdote, desaparecieron en un segundo. Aunque aquel hombre hubiera renunciado al mundo futuro por ella, ahora comprendía que ese mundo jamás pasaría a sus propias manos. La Gran Concubina Imperial contempló sus ropas elegantes y su hermoso cuerpo. Luego, miró hacia el jardín y observó al feo anciano andrajoso. El hecho de que pudiera existir alguna relación entre ambos tenía una extraña fascinación. ¡Qué diferente de la espléndida visión resultaba todo! El Gran Sacerdote parecía ahora una persona salida del Infierno mismo. Nada quedaba del hombre de virtuosa presencia que traía consigo el destello de la Tierra Pura. Su luz interior, que hacía evocar la gloria, se había desvanecido totalmente. Aun cuando se trataba del hombre del Lago de Shiga, era una persona completamente distinta. Como la mayoría de los cortesanos, la Gran Concubina Imperial tendía a estar en guardia contra sus propias emociones, especialmente cuando se enfrentaba con algo que podía afectarla profundamente. Al comprobar el amor del Gran Sacerdote, la invadió el descorazonamiento. La pasión consumada con la cual tanto había soñado durante años, adquiría una forma, preciso es reconocerlo, harto descolorida. Cuando el sacerdote, apoyado en su bastón, llegó a la capital, casi había olvidado su fatiga. Penetró sigilosamente en las posesiones de la Gran Concubina Imperial en Kyogoku y observó desde el jardín. Tras aquellos postigos estaba la dama de sus pensamientos. Al asumir su adoración una forma sin mácula, el mundo futuro comenzó a ejercer nuevamente su fascinación sobre el Gran Sacerdote. Nunca antes había vislumbrado la Tierra Pura con tanta intensidad. Su anhelo hacia ella se volvió casi sensual. Sólo debía pasar ahora por la formalidad de presentarse ante la Gran Concubina, declararle su amor y, de tal manera, librarse de una vez por todas de pensamientos impuros que lo ataban aún a este mundo. Faltaba ese único requisito para acercarse aún más a la Tierra Pura. Le resultaba doloroso permanecer de pie, apoyado en el bastón. Los ardientes rayos del sol de mayo atravesaban las hojas y caían sobre su cabeza afeitada. Una y otra vez creyó perder el sentido. ¡Si tan sólo la dama advirtiera su propósito y lo invitara a saludarla para cumplir así con aquella formalidad! El Gran Sacerdote esperaba y, apoyado en su bastón, luchaba contra su creciente debilidad. Finalmente llegó el crepúsculo. Nada sabía aún de la Gran Concubina, quien, por lógica, no podía conocer el pensamiento del sacerdote que, a través de ella, vislumbraba la Tierra Pura. Se limitaba a observarlo a través de los postigos. El sacerdote continuaba en el mismo sitio, inmóvil. La claridad nocturna iluminó el jardín. La Gran Concubina Imperial se atemorizó. Presintió que cuanto veía en el jardín no era sino la encarnación de aquella «desilusión profundamente arraigada» de la que hablan los Sutras. Quedó abrumada ante la posibilidad de merecer las penas del Infierno. Después de haber llevado a la perdición a un sacerdote de tan gran virtud, no era, seguramente, la Tierra Pura cuanto podía esperar, sino, en cambio, el Infierno mismo con todos los terrores que ella tan bien conocía. El amor supremo con el cual soñara se había derrumbado. Ser amada así, equivalía a una forma de condenación. Del mismo modo en que el Gran Sacerdote vislumbraba por su intermedio la Tierra Pura, la Gran Concubina contemplaba el horrible reino del Infierno a través del amor de aquel anciano. Sin embargo, esta noble dama de Kyogoku era demasiado orgullosa como para sucumbir a sus temores sin luchar, y decidió poner en juego todos los recursos de su innata crueldad. «El Gran Sacerdote —se dijo— tendrá que sucumbir, tarde o temprano, al mareo.» Lo observó a través de los postigos esperando verlo en el suelo; pero, para su fastidio, la silenciosa figura continuaba inmóvil. Cayó la noche y, a la luz de la luna, la figura del sacerdote se asemejaba a un montón de huesos blancos. La dama, llena de temor, no podía conciliar el sueño. Dejó de mirar a través de los postigos y dio la espalda al jardín. Sin embargo, le parecía sentir constantemente la penetrante mirada del sacerdote. Sabía que aquél no era un amor vulgar. Por temor a ser amada y, por ende, de terminar en el Infierno, la Gran Concubina Imperial rezaba con más fervor que nunca por la Tierra Pura. Una Tierra Pura propia e invulnerable que ansiaba conservar en su corazón. Era diferente a la del sacerdote y no tenía relación con su amor. No dudaba de que, si alguna vez la mencionaba ante el anciano, aquella interpretación personal se desintegraría inmediatamente. El amor del sacerdote, se decía, no tenía nada que ver con ella. Era una aventura unilateral en la que sus sentimientos no tenían parte alguna. No había, pues, razón por la cual se la descalificara en su admisión en la Tierra Pura. Aun cuando el Gran Sacerdote perdiera el sentido y falleciera, ella se mantendría indemne. Sin embargo, a medida que avanzaba la noche y la temperatura se hacía más fría, su confianza comenzó a abandonarla. El Sacerdote permanecía en el jardín. Cuando las nubes ocultaban la luna, se asemejaba a un extraño árbol viejo y nudoso. La dama, consumida de angustia, insistía en que aquel anciano le era totalmente ajeno. Las palabras parecían explotar en su corazón. ¿Por qué, en nombre del Cielo, tenía que ocurrir esto? En aquellos momentos, y por extraño que parezca, la Gran Concubina Imperial se había olvidado completamente de su belleza. Quizás fuera más correcto decir que se había visto obligada a hacerlo. Finalmente, los tenues matices del amanecer irrumpieron en el cielo oscuro y la figura del sacerdote se destacó en la media luz. Todavía permanecía en pie. La Gran Concubina Imperial estaba derrotada. Llamó a una doncella y le ordenó invitar al sacerdote a dejar el jardín y a arrodillarse junto al postigo. El Gran Sacerdote se hallaba en la frontera del olvido, donde la carne se desintegra. Ya no sabía si esperaba a la Gran Concubina Imperial o al mundo futuro. Aun cuando distinguió la figura de la doncella aproximándose desde la residencia en la pálida luz del amanecer, ni siquiera comprendió que cuanto había esperado con tantas ansias, se hallaba finalmente al alcance de su mano. La doncella trasmitió el mensaje de su señora. Al escucharlo, el sacerdote profirió un grito horrendo e inhumano. La doncella intentó guiarlo de la mano, pero él no se lo permitió y se dirigió hacia la casa con pasos increíblemente rápidos y seguros. La oscuridad reinaba tras el postigo y resultaba imposible ver, desde afuera, a la Gran Concubina. El sacerdote cayó de rodillas y, cubriéndose el rostro con las manos, rompió a llorar. Estuvo allí por largo rato con el cuerpo sacudido por esporádicas convulsiones. Entonces, en la semi penumbra del amanecer, una blanca mano emergió dulcemente del postigo. El sacerdote del Templo de Shiga la tomó entre las suyas y se la llevó a la frente y a las mejillas. La Gran Concubina Imperial de Kyogoku tocó unos dedos extrañamente fríos. Al mismo tiempo, sintió algo húmedo y tibio. Alguien mojaba sus manos con tristes lágrimas. Cuando los pálidos reflejos de la luz matutina comenzaron a iluminarla a través del postigo, la ferviente fe de la dama le infundió una maravillosa inspiración. No dudó ni por un instante de que aquella mano extraña era la de Buda. Entonces, la gran visión surgió nuevamente en el corazón de la Concubina. El suelo de esmeraldas de la Tierra Pura; los millones de torres de siete joyas; los ángeles y su música; los estanques dorados con arenas de plata; los lotos resplandecientes y la dulce voz de las Kalavinkas. Si aquella era la Tierra Pura que le tocaría en suerte —y en aquel momento no dudaba de que así sería—, ¿por qué no aceptar el amor del Gran Sacerdote? Aguardó a que el hombre con las manos de Buda le rogara abrir el postigo que los separaba. Cuando se lo pidiera, ella levantaría tal barrera y su cuerpo incomparablemente hermoso aparecería frente a él como en su primer encuentro junto al lago. Ella lo invitaría a entrar. La Gran Concubina Imperial esperó. Pero el Gran Sacerdote del Templo de Shiga no dijo nada. No pidió nada. Después de cierto tiempo, las viejas manos aflojaron su presión y los blancos dedos de la dama quedaron solos en la penumbra del amanecer. El Sacerdote se alejó. Un frío mortal descendió sobre el corazón de la Gran Concubina Imperial. Pocos días después llegó a la Corte el rumor de que el espíritu del Gran Sacerdote había alcanzado la liberación final en su celda de Shiga. Al enterarse de tal noticia, la dama de Kyogoku se dedicó a copiar en rollos y rollos, con la más hermosa escritura, el pensamiento de los Sutras. FIN Autor: Yukio Mishima Título: El sacerdote y su amor Título Original: 志賀寺上人の恋 Publicado en: Bungei Shunju (文藝春秋), octubre de 1954 Traducción: Magdalena Ruiz Guiñazu
- Isabel viendo llover en Macondo, Monólogo de Gabriel García Márquez
EL INVIERNO se precipitó un domingo a la salida de misa. La noche del sábado había sido sofocante. Pero aún en la mañana del domingo no se pensaba que pudiera llover. Después de misa, antes de que las mujeres tuviéramos tiempo de encontrar el broche de las sombrillas, sopló un viento espeso y oscuro que barrió en una amplia vuelta redonda el polvo y la dura yesca de mayo. Alguien dijo junto a mí: «Es viento de agua». Y yo lo sabía desde antes. Desde cuando salimos al atrio y me sentí estremecida por la viscosa sensación en el vientre. Los hombres corrieron hacia las casas vecinas con una mano en el sombrero y un pañuelo en la otra, protegiéndose del viento y la polvareda. Entonces llovió. Y el cielo fue una sustancia gelatinosa y gris que aleteó a una cuarta de nuestras cabezas. Durante el resto de la mañana mi madrastra y yo estuvimos sentadas junto al pasamano, alegres de que la lluvia revitalizara el romero y el nardo sedientos en las macetas después de siete meses de verano intenso, de polvo abrasante. Al mediodía cesó la reverberación de la tierra y un olor a suelo removido, a despierta y renovada vegetación, se confundió con el fresco y saludable olor de la lluvia con el romero. Mi padre dijo a la hora del almuerzo: «Cuando llueve en mayo es señal de que habrá buenas aguas». Sonriente, atravesada por el hilo luminoso de la nueva estación, mi madrastra le dijo: «Eso lo oíste en el sermón». Y mi padre sonrió. Y almorzó con buen apetito y hasta tuvo una entretenida digestión junto al pasamano, silencioso, con los ojos cerrados pero sin dormir, como para creer que soñaba despierto. Llovió durante toda la tarde en un solo tono. En la intensidad uniforme y apacible se oía caer el agua como cuando se viaja toda la tarde en un tren. Pero sin que lo advirtiéramos, la lluvia estaba penetrando demasiado hondo en nuestros sentidos. En la madrugada del lunes, cuando cerramos la puerta para evitar el vientecillo cortante y helado que soplaba del patio, nuestros sentidos habían sido colmados por la lluvia. Y en la mañana del lunes los había rebasado. Mi madrastra y yo volvimos a contemplar el jardín. La tierra áspera y parda de mayo se había convertido durante la noche en una sustancia oscura y pastosa, parecida al jabón ordinario. Un chorro de agua comenzaba a correr por entre las macetas. «Creo que en toda la noche han tenido agua de sobra», dijo mi madrastra. Y yo advertí que había dejado de sonreír y que su regocijo del día anterior se había transformado en una seriedad laxa y tediosa. «Creo que sí —dije—. Será mejor que los guajiros las pongan en el corredor mientras escampa». Y así lo hicieron, mientras la lluvia crecía como un árbol inmenso sobre los árboles. Mi padre ocupó el mismo sitio en que estuvo la tarde del domingo, pero no habló de la lluvia. Dijo: «Debe ser que anoche dormí mal, porque me ha amanecido doliendo el espinazo». Y estuvo allí sentado contra el pasamano, con los pies en una silla y la cabeza vuelta hacia el jardín vacío. Sólo al atardecer, después que se negó a almorzar, dijo: «Es como si no fuera a escampar nunca». Y yo me acordé de los meses de calor. Me acordé de agosto, de esas siestas largas y pasmadas en que nos echábamos a morir bajo el peso de la hora, con la ropa pegada al cuerpo por el sudor, oyendo afuera el zumbido insistente y sordo de la hora sin transcurso. Vi las paredes lavadas, las junturas de la madera ensanchadas por el agua. Vi el jardincillo, vacío por primera vez, y el jazminero contra el muro, fiel al recuerdo de mi madre. Vi a mi padre sentado en el mecedor, recostadas en una almohada las vértebras doloridas, y los ojos tristes, perdidos en el laberinto de la lluvia. Me acordé de las noches de agosto, en cuyo silencio maravillado no se oye nada más que el ruido milenario que hace la Tierra girando en el eje oxidado y sin aceitar. Súbitamente me sentí sobrecogida por una agobiadora tristeza. Llovió durante todo el lunes, como el domingo. Pero entonces parecía como si estuviera lloviendo de otro modo, porque algo distinto y amargo ocurría en mi corazón. Al atardecer dijo una voz junto a mi asiento: «Es aburridora esta lluvia». Sin que me volviera a mirar, reconocí la voz de Martín. Sabía que él estaba hablando en el asiento del lado, con la misma expresión fría y pasmada que no había variado ni siquiera después de esa sombría madrugada de diciembre en que empezó a ser mi esposo. Habían transcurrido cinco meses desde entonces. Ahora yo iba a tener un hijo. Y Martín estaba allí, a mi lado, diciendo que le aburría la lluvia. «Aburridora no —dije—. Lo que me parece demasiado triste es el jardín vacío y esos pobres árboles que no pueden quitarse del patio». Entonces me volví a mirarlo, y ya Martín no estaba allí. Era apenas una voz que me decía: «Por lo visto no piensa escampar nunca», y cuando miré hacia la voz sólo encontré la silla vacía. El martes amaneció una vaca en el jardín. Parecía un promontorio de arcilla en su inmovilidad dura y rebelde, hundidas las pezuñas en el barro y la cabeza doblegada. Durante la mañana los guajiros trataron de ahuyentarla con palos y ladrillos. Pero la vaca permaneció imperturbable, en el jardín, dura, inviolable, todavía las pezuñas hundidas en el barro y la enorme cabeza humillada por la lluvia. Los guajiros la acosaron hasta cuando la paciente tolerancia de mi padre vino en defensa suya: «Déjenla tranquila —dijo—. Ella se irá como vino». Al atardecer del martes el agua apretaba y dolía como una mortaja en el corazón. El fresco de la primera mañana empezó a convertirse en una humedad caliente y pastosa. La temperatura no era fría ni caliente; era una temperatura de escalofrío. Los pies sudaban dentro de los zapatos. No se sabía qué era más desagradable, si la piel al descubierto o el contacto de la ropa en la piel. En la casa había cesado toda actividad. Nos sentamos en el corredor, pero ya no contemplábamos la lluvia como el primer día. Ya no la sentíamos caer. Ya no veíamos sino el contorno de los árboles en la niebla, en un atardecer triste y desolado que dejaba en los labios el mismo sabor con que se despierta después de haber soñado con una persona desconocida. Yo sabía que era martes y me acordaba de las mellizas de San Jerónimo, de las niñas ciegas que todas las semanas vienen a la casa a decirnos canciones simples, entristecidas por el amargo y desamparado prodigio de sus voces. Por encima de la lluvia yo oía la cancioncilla de las mellizas ciegas y las imaginaba en su casa, acuclilladas, aguardando a que cesara la lluvia para salir a cantar. Aquel día no llegarían las mellizas de San Jerónimo, pensaba yo, ni la pordiosera estaría en el corredor después de la siesta, pidiendo, como todos los martes, la eterna ramita de toronjil. Ese día perdimos el orden de las comidas. Mi madrastra sirvió a la hora de la siesta un plato de sopa simple y un pedazo de pan rancio. Pero en realidad no comíamos desde el atardecer del lunes y creo que desde entonces dejamos de pensar. Estábamos paralizados, narcotizados por la lluvia, entregados al derrumbamiento de la naturaleza en una actitud pacífica y resignada. Sólo la vaca se movió en la tarde. De pronto, un profundo rumor sacudió sus entrañas y las pezuñas se hundieron en el barro con mayor fuerza. Luego permaneció inmóvil durante media hora, como si ya estuviera muerta, pero no pudiera caer porque se lo impedía la costumbre de estar viva, el hábito de estar en una misma posición bajo la lluvia, hasta cuando la costumbre fue más débil que el cuerpo. Entonces dobló las patas delanteras (levantadas todavía en un último esfuerzo agónico las ancas brillantes y oscuras), hundió el babeante hocico en el lodazal y se rindió por fin al peso de su propia materia en una silenciosa, gradual y digna ceremonia de total derrumbamiento. «Hasta ahí llegó», dijo alguien a mis espaldas. Y yo me volví a mirar y vi en el umbral a la pordiosera de los martes que venía a través de la tormenta a pedir la ramita de toronjil. Tal vez el miércoles me habría acostumbrado a ese ambiente sobrecogedor si al llegar a la sala no hubiera encontrado la mesa recostada contra la pared, los muebles amontonados encima de ella, y del otro lado, en un parapeto improvisado durante la noche, los baúles y las cajas con los utensilios domésticos. El espectáculo me produjo una terrible sensación de vacío. Algo había sucedido durante la noche. La casa estaba en desorden; los guajiros sin camisa y descalzos, con los pantalones enrollados hasta las rodillas, transportaban los muebles al comedor. En la expresión de los hombres, en la misma diligencia con que trabajaban se advertía la crueldad de la frustrada rebeldía, de la forzosa y humillante inferioridad bajo la lluvia. Yo me movía sin dirección, sin voluntad. Me sentía convertida en una pradera desolada, sembrada de algas y líquenes, de hongos viscosos y blandos, fecundada por la repugnante flora de la humedad y las tinieblas. Yo estaba en la sala contemplando el desierto espectáculo de los muebles amontonados cuando oí la voz de mi madrastra en el cuarto advirtiéndome que podía contraer una pulmonía. Sólo entonces caí en la cuenta de que el agua me daba a los tobillos, de que la casa estaba inundada, cubierto el piso por una gruesa superficie de agua viscosa y muerta. Al mediodía del miércoles no había acabado de amanecer. Y antes de las tres de la tarde la noche había entrado de lleno, anticipada y enfermiza, con el mismo lento y monótono y despiadado ritmo de la lluvia en el patio. Fue un crepúsculo prematuro, suave y lúgubre, que creció en medio del silencio de los guajiros, que se acuclillaron en las sillas, contra las paredes, rendidos e impotentes ante el disturbio de la naturaleza. Entonces fue cuando empezaron a llegar noticias de la calle. Nadie las traía a la casa. Simplemente llegaban, precisas, individualizadas, como conducidas por el barro líquido que corría por las calles y arrastraba objetos domésticos, cosas y cosas, destrozos de una remota catástrofe, escombros y animales muertos. Hechos ocurridos el domingo, cuando todavía la lluvia era el anuncio de una estación providencial, tardaron dos días en conocerse en la casa. Y el miércoles llegaron las noticias, como empujadas por el propio dinamismo interior de la tormenta. Se supo entonces que la iglesia estaba inundada y se esperaba su derrumbamiento. Alguien que no tenía por qué saberlo, dijo esa noche: «El tren no puede pasar el puente desde el lunes. Parece que el río se llevó los rieles». Y se supo que una mujer enferma había desaparecido de su lecho y había sido encontrada esa tarde flotando en el patio. Aterrorizada, poseída por el espanto y el diluvio, me senté en el mecedor con las piernas encogidas y los ojos fijos en la oscuridad húmeda y llena de turbios presentimientos. Mi madrastra apareció en el vano de la puerta, con la lámpara en alto y la cabeza erguida. Parecía un fantasma familiar ante el cual yo no sentía sobresalto alguno porque yo misma participaba de su condición sobrenatural. Vino hasta donde yo estaba. Aún mantenía la cabeza erguida y la lámpara en alto, y chapaleaba en el agua del corredor. «Ahora tenemos que rezar», dijo. Y yo vi su rostro seco y agrietado, como si acabara de abandonar una sepultura o como si estuviera fabricada en una sustancia distinta de la humana. Estaba frente a mí, con el rosario en la mano, diciendo: «Ahora tenemos que rezar. El agua rompió las sepulturas y los pobrecitos muertos están flotando en el cementerio». Tal vez había dormido un poco esa noche cuando desperté sobresaltada por un olor agrio y penetrante como el de los cuerpos en descomposición. Sacudí con fuerza a Martín, que roncaba a mi lado. «¿No lo sientes?», le dije. Y él dijo: «¿Qué?». Y yo dije: «El olor. Deben ser los muertos que están flotando por las calles». Yo me sentía aterrorizada por aquella idea, pero Martín se volteó contra la pared y dijo con la voz ronca y dormida: «Son cosas tuyas. Las mujeres embarazadas siempre están con imaginaciones». Al amanecer del jueves cesaron los olores, se perdió el sentido de las distancias. La noción del tiempo, trastornada desde el día anterior, desapareció por completo. Entonces no hubo jueves. Lo que debía serlo fue una cosa física y gelatinosa que habría podido apartarse con las manos para asomarse al viernes. Allí no había hombres ni mujeres. Mi madrastra, mi padre, los guajiros eran cuerpos adiposos e improbables que se movían en el tremedal del invierno. Mi padre me dijo: «No se mueva de aquí hasta cuando no le diga qué se hace», y su voz era lejana e indirecta y no parecía percibirse con los oídos sino con el tacto, que era el único sentido que permanecía en actividad. Pero mi padre no volvió: se extravió en el tiempo. Así que cuando llegó la noche llamé a mi madrastra para decirle que me acompañara al dormitorio. Tuve un sueño pacífico, sereno, que se prolongó a lo largo de toda la noche. Al día siguiente la atmósfera seguía igual, sin color, sin olor, sin temperatura. Tan pronto como desperté salté a un asiento y permanecí inmóvil, porque algo me indicaba que todavía una zona de mi conciencia no había despertado por completo. Entonces oí el pito del tren. El pito prolongado y triste del tren fugándose de la tramontana. «Debe haber escampado en alguna parte», pensé, y una voz a mis espaldas pareció responder a mi pensamiento: «Dónde…», dijo. «¿Quién está ahí?», dije yo, mirando. Y vi a mi madrastra con un brazo largo y escuálido hacia la pared. «Soy yo», dijo. Y yo le dije: «¿Los oyes?». Y ella dijo que sí, que tal vez habría escampado en los alrededores y habían reparado las líneas. Luego me entregó una bandeja con el desayuno humeante. Aquello olía a salsa de ajo y a manteca hervida. Era un plato de sopa. Desconcertada le pregunté a mi madrastra por la hora. Y ella, calmadamente, con una voz que sabía a postrada resignación, dijo: «Deben ser las dos y media, más o menos. El tren no lleva retraso después de todo». Yo dije: «¡Las dos y media! ¡Cómo hice para dormir tanto!». Y ella dijo: «No has dormido mucho. A lo sumo serán las tres». Y yo, temblando, sintiendo resbalar el plato entre mis manos: «Las dos y media del viernes…», dije. Y ella, monstruosamente tranquila: «Las dos y media del jueves, hija. Todavía las dos y media del jueves». No sé cuánto tiempo estuve hundida en aquel sonambulismo en que los sentidos perdieron su valor. Sólo sé que después de muchas horas incontables oí una voz en la pieza vecina. Una voz que decía: «Ahora puedes rodar la cama para ese lado». Era una voz fatigada, pero no voz de enfermo, sino de convaleciente. Después oí el ruido de los ladrillos en el agua. Permanecí rígida antes de darme cuenta de que me encontraba en posición horizontal. Entonces sentí el vacío inmenso. Sentí el trepidante y violento silencio de la casa, la inmovilidad increíble que afectaba todas las cosas. Y súbitamente sentí el corazón convertido en una piedra helada. «Estoy muerta —pensé—. Dios. Estoy muerta». Di un salto en la cama. Grité: «¡Ada, Ada!». La voz desabrida de Martín me respondió desde del otro lado: «No pueden oírte porque ya están afuera». Sólo entonces me di cuenta de que había escampado y de que en torno a nosotros se extendía un silencio, una tranquilidad, una beatitud misteriosa y profunda, un estado perfecto que debía ser muy parecido a la muerte. Después se oyeron pisadas en el corredor. Se oyó una voz clara y completamente viva. Luego un vientecito fresco sacudió la hoja de la puerta, hizo crujir la cerradura, y un cuerpo sólido y momentáneo, como una fruta madura, cayó profundamente en la alberca del patio. Algo en el aire denunciaba la presencia de una persona invisible que sonreía en la oscuridad. «Dios mío —pensé entonces, confundida por el trastorno del tiempo—. Ahora no me sorprendería de que me llamaran para asistir a la misa del domingo pasado». FIN Autor: Gabriel García Márquez Título: Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo Publicado en: Mito, 1955 Aparece en: Ojos de perro azul (1972)
- "El gato blanco de Drumgunniol", cuento de Sheridan Le Fanu
El gato blanco de Drumgunniol Sheridan Le Fanu ¡Quién no ha oído contar de niño la famosa historia de la gata blanca! Pero yo voy a contar aquí la historia de un gato blanco muy distinta a la de la amable y encantada princesa que tomó este disfraz durante una temporada. El gato blanco del que voy a hablar es un animal mucho más siniestro. El que viaja de Limerick a Dublín, tras dejar atrás las colinas de Killaloe a la izquierda, cuando el monte Keeper se yergue a su vista, se va viendo gradualmente rodeado, a la derecha, por una cadena de colinas más bajas. En medio se extiende una llanura ondulada que se va hundiendo paulatinamente hasta un nivel inferior al del camino, cuyo carácter agreste y melancólico alivia algún que otro seto desparramado. Uno de los pocos habitáculos humanos que proyectan hacia lo alto sus columnas de humo de turba en medio de esta llanura solitaria es el construido con tierra y de techumbre malamente cubierta de paja de un «granjero duro», como llaman en Munster a los más prósperos de los labriegos. Se asienta en medio de un racimo de árboles junto al borde de un riachuelo serpenteante, a medio camino entre las montañas y la carretera de Dublín, y durante muchas generaciones ha dado cobijo a una familia de apellido Donovan. Lejos de allí, deseoso de estudiar varios legajos irlandeses que habían caído en mis manos, y tras preguntar por algún profesor capaz de instruirme en la lengua irlandesa, me recomendaron a un tal Mr. Donovan, personaje soñador, inofensivo y muy instruido. Descubrí que había estudiado con una beca en el Trinity College de Dublín. Ahora se ganaba la vida dando clases, y supongo que la índole especial de mi estudio debió de estimular su amor patrio, pues me confió muchos pensamientos suyos largo tiempo callados y muchos recuerdos de su terruño y de sus primeros años. Fue él quien me contó esta historia, que intentaré repetir aquí, de la manera más fiel posible, con sus mismas palabras. Yo he visto muchas veces esa antigua y singular granja de labriegos: su huerto de inmensos manzanos cubiertos de musgo; la torre desmochada cubierta de hiedra, que doscientos años atrás había servido de refugio contra agresores y bandidos, y que aún ocupa su antiguo emplazamiento en la esquina del granero; el seto, tan frondoso, a ciento cincuenta pasos de distancia, testigo de los trabajos de una raza ya pasada; el perfil oscuro y dominante del viejo torreón al fondo; y, cerca de allí, haciendo barrera, la solitaria cadena de colinas cubiertas de aliaga y brezales, con una línea de rocas grises y racimos de robles enanos o abedules. La impresión general de soledad hacía de todo aquello un escenario ideal para un relato salvaje y sobrenatural. Yo imaginaba perfectamente cómo, visto en el gris de una mañana invernal, cubierta por doquier de nieve, o en la melancólica belleza de una puesta de sol otoñal, o en el gélido esplendor de una noche de plenilunio, aquel escenario coadyuvaba a sintonizar una mente soñadora como la del honrado Dan Donovan con la superstición, o una mente cualquiera con las ilusiones de la fantasía. Es cierto, no obstante, que jamás he encontrado en mi vida a una persona más sencilla y más de fiar. Cuando era niño, me contó, y vivía en Drumgunniol, solía llevarme la Historia romana de Goldsmith a mi lugar favorito, una piedra lisa situada sobre un espino junto a una laguna bastante profunda, similar a lo que en Inglaterra he oído llamar lago alpino. Se encuentra en una vaguada limitada al norte por el viejo huerto, un lugar solitario de lo más apropiado para estudiar con tranquilidad. Un día, después de la habitual panzada de lectura, me cansé finalmente y me puse a mirar a mi alrededor, pensando en las escenas heroicas que acababa de leer. Estaba tan despierto como lo estoy ahora mismo, y vi a una mujer que asomaba por un extremo del huerto y empezaba a bajar la cuesta. Llevaba un vestido gris claro y muy largo, tanto que parecía acariciar la hierba bajo sus pies; la manera cómo iba vestida me resultó tan singular en aquella parte del mundo donde el atavío femenino estaba perfectamente reglamentado por la tradición que no pude quitarle los ojos de encima. Iba atravesando diagonalmente el vasto campo con paso regular. Al acercarse noté que iba descalza y parecía ir mirando a un punto fijo, como si le sirviera de guía. Su itinerario en línea recta la habría hecho pasar —haciendo abstracción de la laguna— a unos diez metros más abajo de donde yo estaba sentado. Pues he aquí que, en vez de detenerse al borde de la laguna, como yo había esperado, prosiguió como si el agua no fuera obstáculo, y así la vi, con la misma claridad cómo lo veo a usted, señor, atravesar la laguna sobre su superficie y pasar, al parecer sin verme, a la distancia aproximada que yo había calculado. Estuve a punto de perder el conocimiento de puro terror. Yo tenía sólo trece años entonces, y recuerdo cada detalle como si hubiera ocurrido ahora mismo. La figura atravesó una abertura que había en el ángulo más alejado del campo, donde la perdí de vista. Apenas tenía fuerzas para volver a casa y estaba tan asustado que durante tres semanas permanecí recluido en casa sin poder estar solo ni siquiera un minuto. El horror que me había producido la aparición en aquel campo fue tal que ya no volví nunca más a aquel lugar. Ni siquiera ahora, después de tantos años, se me ocurriría pasar por allí. Aquella aparición la relacioné enseguida con un acontecimiento misterioso o, si se quiere, con una fatalidad singular que durante casi ocho años se ensañó con nuestra familia. No es ninguna fantasía mía. Todo el mundo de esta comarca sabe perfectamente a qué me estoy refiriendo (y todo el mundo relacionó entonces con eso mismo lo que yo había visto). Procuraré contárselo a ustedes de la mejor manera posible. Recuerdo la noche en que, cumplidos ya los catorce años —es decir, un año después de la referida visión en el campo de la laguna—, nos encontrábamos esperando a que volviera a casa mi padre de la feria de Killaloe. Me había quedado acompañando a mi madre, pues me encantaba aquel tipo de vigilias. Mis hermanos y hermanas, así como los criados de la granja, salvo los hombres que volvían de la feria con el rebaño, se habían retirado ya a descansar. Mi madre y yo estábamos sentados junto a la chimenea charlando y vigilando que la cena de mi padre se mantuviera caliente en el fuego. Sabíamos que volvería antes que los mozos que traían el ganado, pues él venía a caballo y nos había dicho que se pararía a verlos marchar y luego vendría corriendo a casa. Por fin oímos su voz y sus enérgicos golpes en la puerta, y mi madre se levantó a abrirle. Yo no creo haber visto nunca a mi padre borracho, cosa que, en toda la comarca, muy pocos chicos de mi edad habrían podido decir del suyo. Lo cual no significa que no se tomara su vaso de whisky como todo hijo de vecino; y, cuando había feria o mercado, volvía a casa algo alegre y achispado y con las mejillas arreboladas. Pero aquella noche tenía un aspecto deprimido, pálido y triste. Entró con la montura y las bridas en la mano, las dejó junto a la pared, cerca de la puerta, y luego rodeó con los brazos el cuello de su mujer y la besó tiernamente. —Bienvenido a casa, Meehal —dijo ella besándolo cariñosamente. —Que Dios te bendiga, querida —contestó él. Y, tras acariciarla de nuevo, se volvió hacia mí, que estaba tirándole de la mano, celoso de su atención. Yo era pequeño y ligero para mi edad, y él me cogió en sus brazos y me besó, y, con mis brazos aún en su cuello, dijo a mi madre: —Echa el cerrojo, mujer. Ella obedeció, y él, bajándome con aire muy deprimido, se dirigió hacia la lumbre y se sentó en un taburete con los pies extendidos hacia la turba candente y las manos apoyadas en las rodillas. —Alegra esa cara, Mick, querido —dijo mi madre, que estaba poniéndose nerviosa—, y cuéntame si se ha vendido bien el ganado y todo ha salido bien en la feria o si has tenido algún problema con el amo, o cualquier otra cosa que te pueda preocupar, Mick, tesoro. —No, nada, Molly. Las vacas se han vendido bien, gracias a Dios, y no hay ningún problema entre el amo y yo, y lo mismo las demás cosas. Todo anda bastante bien. —Bueno, Mickey, entonces, si es así, mira esa cena caliente que te está esperando y atácala, y dime si hay alguna otra novedad. —Ya he cenado en el camino, Molly, y no tengo ganas —contestó. —¿Que has cenado en el camino sabiendo que te esperábamos en casa, con tu mujer levantada y todo lo demás? —le regañó mi madre. —Has interpretado mal lo que he dicho —repuso mi padre—. Bueno, en realidad ha ocurrido algo que me ha quitado las ganas de tomar nada. Mira, Molly, no voy a andarme con misterios contigo, pues a lo mejor me queda ya poco tiempo de estar aquí. Así que te diré lo que ha pasado. He visto al gato blanco. —¡Que el Señor se apiade de nosotros! —exclamó mi madre, de repente tan pálida y descompuesta como mi padre; y luego, tratando de reponerse, agregó con una risita—: ¡Eh! Seguro que es una broma que me estás gastando… Me han dicho que el domingo pasado cayó en una trampa un conejo blanco en el bosque de Grady; y que Teigue vio ayer una gran rata blanca en el granero. —No ha sido ninguna rata ni ningún conejo. No irás a decirme que confundo una rata y un conejo con un gato blanco grande con unos ojos verdes más grandes que platos y el lomo arqueado como un puente, que se me acerca dispuesto, si me quedo quieto, a restregarse el lomo contra mis espinillas, y a lo mejor a saltarme al cuello y pegarme un mordisco… Bueno, si es que a eso se le puede llamar un gato y no otra cosa peor… Mi padre terminó su relato, en voz baja y con la vista fija en el fuego, y luego se pasó su mano grande por la frente una o dos veces. Tenía el rostro húmedo y reluciente por los sudores del miedo, y exhaló un fuerte suspiro, que pareció más bien un gemido. Mi madre se había dejado vencer por el pánico y estaba rezando de nuevo. Yo estaba también terriblemente asustado, y con ganas de llorar, pues sabía lo que significaba la aparición del gato blanco. Dando a mi padre una palmada en el hombro para animarlo un poco, mi madre se apoyó en él, lo besó y luego se echó a llorar. Él le apretujó las manos, con aspecto muy apurado. —No ha entrado en casa nada conmigo, ¿verdad? —dijo en voz muy baja volviéndose hacia mí. —Nada, padre —dije yo—; nada más que la montura y las riendas que traías en la mano. —Nada de color blanco ha llegado hasta la puerta conmigo ¿verdad? —repitió. —Nada —contesté nuevamente. —Mejor —dijo mi padre, el cual, tras hacer la señal de la cruz, empezó a murmurar para sí. Yo sabía que estaba recitando sus oraciones. Mi madre esperó un rato a que terminara su plegaria y luego le preguntó dónde lo había visto por primera vez. —Cuando subía por la vereda, recordé que los mozos iban por el camino con el ganado y que nadie cuidaría del caballo si no lo hacía yo; así que pensé que podía dejarlo en el campo de abajo, y, como el animal estaba muy tranquilo, lo conduje fácilmente por todo el camino. Fue al volverme, después de dejarlo —me había llevado conmigo la montura y las riendas— cuando lo vi aparecer por detrás de la hierba que hay junto al camino y ponerse primero delante de mí y luego detrás, y después a un lado y luego al otro, y así un rato, mirándome todo el tiempo con sus ojos centelleantes; y juraría que lo oí aullar al pegarse a mí —tan pegado como estamos nosotros dos— hasta que conseguí llegar aquí y llamé a la puerta, como habéis oído. Pues bien, ¿por qué una circunstancia tan simple agitaba a mi padre, a mi madre, a mí mismo y, finalmente, a todos los miembros de esta familia de labriegos, con un terrible presentimiento? Sencillamente porque todos y cada uno de nosotros sabíamos que mi padre había recibido, en aquel encuentro con el gato blanco, un aviso de su muerte inminente. Aquel mal fario no había fallado nunca hasta entonces. Y no falló tampoco esta vez. Una semana después, mi padre cogió una fiebre que se había propagado y murió antes de un mes. Mi buen amigo Dan Donovan hizo una pausa; por el movimiento de sus labios comprendí que estaba rezando, y deduje que era por el descanso de aquella alma desaparecida. Poco después reanudó su relato. Hace ya ochenta años que esta maldición anda asociada con mi familia. ¿Ochenta años? Bueno, noventa años sería más exacto. Yo hablé hace tiempo con muchas personas ancianas que recordaban con nitidez todo lo relacionado con este caso. Ocurrió de la siguiente manera: Mi tío abuelo, Connor Donovan, era en aquel tiempo propietario de la vieja granja de Drumgunniol. Era más rico de lo que nunca llegaría a ser mi padre, ni el padre de mi padre, pues tomó en arriendo Balraghan durante unos años e hizo mucho dinero. Pero el dinero no ablanda un corazón duro, y, por desgracia, mi tío abuelo era un hombre cruel, amén de libertino, y este tipo de personas suelen ser crueles de corazón. También bebía lo suyo y maldecía y blasfemaba cuando se enfadaba, más, me temo, de lo que convenía a su alma. En aquella época vivía en las montañas, no lejos de Capper Cullen, una bonita muchacha de la familia de los Coleman. Según me han contado, ya no queda allí ningún Coleman, y es probable que esta familia se haya extinguido. Los años del hambre acarrearon grandes cambios. Se llamaba Ellen Coleman. Los Coleman no eran ricos, pero al ser ella tan hermosa podía esperarse hacer un buen casamiento. Pero… peor casamiento que el suyo, imposible. Con Donovan —mi tío abuelo, ¡que Dios le haya perdonado!— la veía a veces en los mercados y fiestas patronales, y se enamoró de ella, como era de suponer. Pero se portó mal con ella: le prometió el matrimonio y la convenció para que se fuera con él, pero al final no cumplió su palabra. Fue la historia de siempre. Se había cansado de ella, y quería triunfar en el mundo. Acabó casándose con una joven de los Collopy que tenía una gran fortuna: veinticuatro vacas, setenta ovejas y ciento veinte cabras. Se casó, pues, con esta Mary Collopy, y se hizo todavía más rico. Y Ellen Coleman murió con el corazón destrozado. Pero aquello no le quitó el sueño al inhumano labriego. Le habría gustado tener hijos, pero no tuvo ninguno, y fue ésta la única cruz que tuvo que llevar, pues todo lo demás le salía a pedir de boca. Una noche, volvía de la feria de Negagh. Un riachuelo atravesaba entonces la carretera —habían construido un puente hacía poco en aquel punto, según me contaron—, y estaba casi siempre seco en verano. Cuando estaba seco, dado que pasaba, con pocas revueltas, cerca de la vieja granja de Drumgunniol, hacía las veces de carretera, que la gente utilizaba entonces como atajo para llegar hasta la casa. Como aquella noche había luna, mi tío abuelo dirigió su caballo hacia aquel riachuelo seco y, cuando hubo alcanzado los dos fresnos junto a la granja, lo hizo bajar hasta el lecho con la intención de franquear la abertura que había en el otro extremo, sobre el roble, y encontrarse así a unos doscientos metros de su puerta. Al acercarse a la «abertura», vio, o creyó ver, deslizándose lentamente por el terreno en la misma dirección y dando de vez en cuando unos pequeños saltos, una cosa blanca que, según él mismo describió, no era mayor que su sombrero, pero que no podía decir con seguridad qué era exactamente ya que se movía a lo largo del seto y desapareció en el punto hacia el cual él se estaba dirigiendo. Al alcanzar la abertura, el caballo se paró en seco. Mi tío abuelo le gritó y lo espoleó en vano. Se bajó para llevarlo de las riendas, pero el animal reculó, estornudó y le entró un terrible ataque de temblor. Volvió a montarlo. Pero, a pesar de las caricias y latigazos de su amo, seguía aterrorizado y persistía en su obstinación. Había luna llena y mi tío estaba muy enojado por la resistencia del animal, sobre todo porque no le encontraba ninguna explicación; al verse tan cerca de la casa, perdió la poca paciencia que le quedaba y, empleando con saña el látigo y las espuelas, irrumpió en maldiciones y blasfemias. De repente, el caballo se puso en movimiento de un arreón, y Con Donovan, al pasar bajo el amplio ramaje del roble, vio claramente, junto a él, a una mujer a la orilla del lago con el brazo extendido, la cual, al pasar a su lado, le asestó un fuerte golpe en la espalda que le hizo dar con la cabeza sobre el cuello del caballo; el animal, presa de terror, alcanzó la puerta en un santiamén, donde permaneció inmóvil, todo él temblando y echando vapor. Más muerto que vivo, mi tío abuelo entró. Contó lo que le había pasado, aunque un tanto a su manera. Su mujer no sabía qué pensar, aunque estaba segura de que algo muy malo le había ocurrido. Lo encontraba muy débil y enfermo, y mandó llamar enseguida al sacerdote. Cuando lo llevaron a su cama vieron claramente las marcas de cinco uñas en la piel de su espalda, donde se había abatido el golpe espectral. Aquellas marcas extrañas —según decían, tenían el color de un cuerpo alcanzado por un rayo— quedaron grabadas en su carne y le acompañaron a la tumba. Cuando se hubo recuperado lo suficiente para poder hablar —aunque como quien se encuentra en su última hora, con el corazón apesadumbrado y la conciencia intranquila—, repitió su historia, pero aseguró que no había reconocido la cara de la figura que había visto en la abertura. Pero nadie lo creyó. Estuvo hablando un buen rato —con el sacerdote. Ciertamente tenía un secreto que contar. Podría haberlo divulgado con total franqueza, pues todo el vecindario sabía de sobra que era el rostro de la muerta Ellen Coleman el que había visto. Desde aquel momento, mi tío abuelo no volvió a recuperarse. Se volvió un hombre asustado, taciturno y atribulado. Era el principio del verano, y con la caída de las primeras hojas del otoño murió. Por supuesto, hubo velatorio, como correspondía a un labriego tan importante y acaudalado. Por alguna razón, los preparativos de la ceremonia fueron algo diferentes de lo habitual. La práctica corriente es colocar el cuerpo en el gran salón de la casa. En este caso particular se siguió, como les he dicho, por alguna razón especial, una disposición distinta: el cadáver se colocó en una pequeña habitación que daba a la más grande. La puerta, durante el velatorio, permaneció abierta. Había candelabros alrededor de la cama, pipas y tabaco sobre la mesa, y taburetes para las personas que quisieran entrar, mientras la puerta permanecía abierta para la recepción. Una vez amortajado el cadáver, lo dejaron solo en esta pequeña estancia mientras hacían los preparativos para el velatorio. Después del crepúsculo, al acercarse a la cama una de las mujeres a coger una silla que había dejado al lado, salió de la habitación con un grito; una vez que hubo recuperado el habla, y rodeada por un auditorio boquiabierto, dijo: —¡Que me muera ahora mismo si no tenía la cabeza levantada y estaba mirando fijamente a la puerta, con los ojos más grandes que platos de peltre, que centelleaban a la luz de la luna! —¡Hala, qué dices, mujer! Tú estás chiflada —dijo uno de los mozos de la granja. —¡Eh, Molly, no sigas hablando, anda! Eso es lo que has imaginado al entrar en la habitación oscura, sin luz. ¿Por qué no cogiste una vela, mujer de Dios? —dijo una de sus compañeras. —Con vela o sin vela, lo he visto —insistió Molly—. Y, lo que es más, casi podría jurar que he visto también que sacaba tres veces el brazo de la cama y lo arrastraba por el suelo para agarrarme por los pies. —Sandeces. Tú estás chiflada. ¿Para qué puede querer él un pie tuyo? —exclamó uno desdeñosamente. —Que alguien me dé una vela, por todos los santos del cielo —dijo la vieja Sal Doolan, una mujer delgada y tiesa, que sabía rezar casi como un sacerdote. —Dadle una vela —convinieron todos. Pero, a pesar de sus comentarios anteriores, no había ni uno de ellos que no pareciera pálido y asustado mientras seguían a Mrs. Doolan, que iba rezando todo lo deprisa que se lo permitían los labios y encabezaba el grupo con una vela de sebo, cogida con los dedos, como una cerilla. La puerta estaba medio abierta, tal y como la despavorida muchacha la había dejado; y, sosteniendo la vela en alto para ver mejor la habitación, ésta se aventuró en el interior. Si la mano de mi tío abuelo había estado extendida por el suelo, de la manera sobrenatural antes descrita, sin duda éste la había recogido bajo el lienzo que lo cubría, por lo que la larga Mrs. Doolan no corrió ningún peligro de tropezar con ella al entrar. Pero no había avanzado más que unos pasos con la vela en alto cuando, con el rostro demudado, se paró en seco, mirando fijamente a la cama que ahora se veía perfectamente. —¡Que Dios nos bendiga! ¡Mrs. Doolan, échese atrás! —exclamó despavorida la mujer que estaba cerca de ella cogiéndola repentinamente por el vestido, o manto, y tirando con fuerza de ella mientras todos los que la seguían retrocedían alarmados por su vacilación. —¡Shhh! ¿Queréis callaros? —exclamó la cabecilla perentoriamente—. Con el ruido que estáis haciendo no oigo nada. ¿Quién de vosotros ha dejado entrar ese gato aquí, y de quién es? —preguntó mirando con recelo al gato blanco que se había acomodado sobre el pecho del cadáver. —¡Sacadlo de ahí ahora mismo, vamos! —ordenó horrorizada ante semejante profanación—. En los años que llevo vividos he amortajado a muchas personas, pero nunca había visto nada semejante. ¡El amo de la casa, con semejante bestia encima, como un demonio! Que Dios me perdone por mentar al maligno en esta habitación. Que alguien lo saque de ahí ahora mismo, ¡vamos! Cada cual retransmitió la orden, pero sin que nadie pareciera dispuesto a ejecutarla. Todos se estaban santiguando, musitando sus conjeturas y aprensiones sobre la naturaleza de aquel bicho, que no era un gato de la casa ni nadie había visto nunca. De repente, el gato se colocó sobre el cojín que había junto a la cabeza del cadáver y, tras lanzar una mirada torva a todos los presentes, fue deslizándose lentamente a lo largo del cuerpo exánime hacia ellos, maullando despacio pero ferozmente conforme se acercaba. Todos salieron a empellones de la estancia en medio de una espantosa confusión, cerrando bien la puerta tras ellos, y transcurrió un buen rato antes de que los más temerarios se atrevieran a echar otro furtivo vistazo. El gato blanco seguía sentado donde antes, sobre el pecho del muerto; pero ahora saltó tranquilamente por un lado de la cama y desapareció por debajo de ésta; el lienzo, que a modo de cobertor bajaba casi hasta el suelo, lo ocultó a la vista. Rezando y santiguándose, y sin olvidarse de echar agua bendita, se pusieron finalmente a buscar bajo la cama, armados de palas, «zarzos», horcas y otros aperos por el estilo. Pero el gato ya no estaba allí, y dedujeron que se había escabullido entre sus piernas mientras estaban en el umbral. Así, cerraron bien la puerta con cerrojo y candado. Pero, a la mañana siguiente, al abrir la puerta encontraron el gato blanco sentado, como si no hubiera sido molestado en ningún momento, sobre el pecho del hombre muerto. De nuevo se reprodujo casi la misma escena, con semejante resultado, sólo que algunos dijeron después haber visto al gato escondido debajo de una gran caja que había en un rincón de una habitación exterior, donde mi tío abuelo guardaba su contrato de arrendamiento y demás papeles, así como su libro de oraciones y rosarios. Mrs. Doolan lo oía maullar a sus talones donde quiera que iba; y, aunque no lo veía, lo oía saltar sobre el respaldo de su sillón cuando ella se sentaba, y ponerse a maullar a su oído, lo que la hacía saltar con un grito y una plegaria, convencida de que el bicho iba a morderle en el cuello. Y el monaguillo, al mirar a su alrededor bajo los ramajes del viejo huerto, vio a un gato blanco sentado debajo de la pequeña ventana del cuarto donde yacía el cuerpo de mi tío abuelo mirando fijamente a los cuatro pequeños cristales cual gato que ojea a un pájaro. En resumidas cuentas, siempre que alguien entraba en la habitación veía al gato encima del cadáver, y, por muchas precauciones que tomaran, siempre que dejaban solo al hombre muerto, el gato estaba allí acompañándolo fatídicamente. Y así prosiguió para estupor y terror del vecindario, hasta que la puerta se abrió finalmente para el velatorio. Una vez muerto mi tío abuelo, y enterrado con todas las debidas ceremonias, ya he acabado con él. Pero no he acabado aún con el gato blanco. Ningún fantasma se ha asociado nunca tan indisolublemente a una familia como esta nefasta aparición a la mía. Pero hay una diferencia. Generalmente, el fantasma mantiene una relación de afecto hacia la familia afligida a la que está hereditariamente asociada, mientras que este bicho es claramente sospechoso de malignidad. Es sencillamente el mensajero de la muerte. Y el que haya adoptado la forma de gato —el más frío y, según dicen, el más vengativo de los brutos— es bastante indicativo del tenor de su visita. Cuando a mi abuelo le llegó la hora de la muerte, aunque él parecía estar bien en aquella época, el gato se le apareció, si no exactamente igual, sí de manera muy parecida a como se le había aparecido a mi padre. El día antes de que mi tío Teigue perdiera la vida por la explosión de su fusil, se le apareció al atardecer, junto a la laguna, en el campo en el que yo vi a la mujer caminando por el agua, como ya les he contado. Mi tío se hallaba lavando el cañón de su fusil en el lago. La hierba es baja allí, y no había ningún escondite alrededor. No se explicaba cómo se le había acercado, pero el hecho es que lo vio de repente cerca de sus pies, a la hora del atardecer, con la cola nerviosamente arqueada y un verde amenazador en los ojos; e, hiciera lo que hiciera mi tío, el animal seguía dando vueltas a su alrededor, unas veces grandes y otras más pequeñas, hasta que llegó al huerto, donde lo perdió de vista. Mi pobre tía Peg —que se casó con un O’Brian, cerca de Oolah— vino a Drumgunniol para asistir al funeral de un primo que había muerto a dos kilómetros de allí. La pobre murió también, sólo un mes después. De vuelta del velatorio, a las dos o las tres de la madrugada, al atravesar la cerca de la granja de Drumgunniol, vio al gato blanco, que se puso a su lado; ella estuvo a punto de desmayarse aunque logró llegar hasta la puerta de la casa, donde el gato se encaramó al espino blanco que hay allí y desapareció de su vista. Mi hermano pequeño Jim lo vio también tres semanas antes de morir. Cada miembro de nuestra familia que muere, o enferma de muerte, en Drumgunniol, ve antes fatídicamente al gato blanco y sabe que ya le quedan pocos días de vida. FIN Autor: Sheridan Le Fanu Título: El gato blanco de Drumgunniol Título Original: The White Cat of Drumgunniol Publicado en: All the Year Round, 2 de abril de 1870 Traducción: Sin datos
- "Casualidad", cuento de Emilia Pardo Bazán
Casualidad Emilia Pardo Bazán Mi amigo Luis Cortada es hombre de humor, aficionado a faldas como ninguno. Aunque guarda la reserva que el honor prescribe, sus dos o tres compinches de confianza conocemos sus principios y modo de entender tales cuestiones. «El amor —sostiene Luis— debe ser algo grato, regocijado y ameno; si causa penas, inquietudes y sofocos, hay que renegar de él y hacerse fraile». Cuando le hablan de dramas pasionales se encoge de hombros y declara desdeñosamente: —Los que ustedes llaman enamorados no son sino locos, que tomaron esa postura en vez de tomar otra. Podían buscar la cuadratura del círculo o el movimiento continuo; podían creerse el sha de Persia o el káiser; podían suponer que guardaban en una cueva millones en oro y pedrería… Prefieren figurarse que en su alma existe un ideal sublime, que les eleva al quinto cielo, que nadie como ellos ha sentido, y por el cual deben sufrir, si es necesario, martirio, muerte y deshonor. ¿Dónde cabe mayor insania? Y lo más terrible es que esa clase de dementes andan sueltos. No, conmigo eso no va. Adoro a las mujeres…, pero soy muy justo y las adoro a todas por igual, sin creer en la divinidad de ninguna. Hay que suponer que el sistema de Luis era el mejor, pues las mujeres se morían por él. No se sabe qué hechizo existía en aquel muchacho, ni muy guapo ni muy feo, de cara redonda y fino bigote castaño, de ojos alegres y frente muy blanca, en la cual el pelo señalaba cinco atrevidas puntas. Sin que él se alabase jamás de sus triunfos, nos constaban y, en nuestra involuntaria y poco malévola envidia, los atribuíamos a aquella misma constante ecuanimidad y confianza en sí mismo, a la indiferencia con que pasaba de la rubia a la morena, sin concederles el tributo de un suspiro cuando se rompía el lazo. «Este chico —repetíamos— tiene música dentro». Me llamó la atención ver que de pronto Luis perdía su jovialidad, andaba cabizbajo y mustio, y hasta, a veces, inquieto y hosco. Yo era, de los de la trinca, el más íntimo, el que le veía diariamente, o en su casa o en la mía, y no pude menos de preguntarle, atribuyendo el fenómeno al inevitable amor, que al fin, llegada la hora, le hubiese cogido en sus redes de oro y hierro. La hipótesis le sublevó. —Te prohíbo —me dijo severamente— que dudes de mi cordura… Solo que, entérate, eso de la pasión y demás zarandajas tiene, entre otros encantos, el de que lo mismo puede dañar el padecerlo como el hacerlo sentir… Igual fastidia querer o ser querido… ¿Te has enterado? Y mutis. —Como tú eres tan listo para mudarte de casa, no creí que te dejases coger en ninguna ratonera… —Yo me entiendo… —repuso él, fruncido un ceño receloso sobre los ojos, que habían perdido su expresión regocijada. Pasaba esta conversación en mi despacho, donde Luis, nerviosamente, había encendido y tirado casi enteros hasta tres excelentes puros. En su visible estado de agitación, sacaba la petaca, la dejaba sobre la mesa, volvía a guardarla, se tentaba el bolsillo y, en suma, ejecutaba movimientos inconscientes, reveladores de distracción profunda. Momentos así son los que aprovechan los ladrones llamados descuideros para quitar el reloj o la cartera a sus víctimas. Tal pensamiento fue el que se me ocurrió cuando, minutos después de haberse marchado Luis, vi que sobre mi mesa-escritorio se había dejado no la petaca, sino la cartera misma, que era de igual cuero y tamaño, y, sin duda, en su trastorno, confundió con ella. Lo delicado —lo reconozco, señores— hubiese sido coger esa cartera y guardarla bajo llave sin mirarla. Pero la conciencia y la delicadeza también tienen sus sofismas, y yo me di a mí mismo la excusa de que no me proponía otro fin, al ser indiscreto, sino tratar de saber lo que preocupaba a mi amigo, para venirle en ayuda. Y tomé y abrí la cartera, que contenía un fajillo de billetes y, en el otro departamento, papeles doblados y un retrato de mujer. —¡Calle! —exclamé—. ¡La señora de Ramírez Madroño! Era, en efecto, la esposa del riquísimo industrial, rubia bastante bonita, aunque de una fisonomía a veces extraña, unos ojos que relumbraban o se apagaban como gusanos de luz, y una cara larga y descolorida, como efigie de marfil antiguo. ¡Vaya, conque también ella! ¡De fama tan limpia! ¡Y nosotros, que ni aun por coqueta la teníamos! ¡Este Luis! Nada, que llevaba dentro, no ya música, una orquesta entera… No es fácil detenerse cuando ha empezado a despertarse la curiosidad. Mis ojos ávidos recorrieron los billetitos en que la mano parecía haber dejado candentes surcos…, cuando, en lo mejor de la exploración, pegué un salto en el sillón giratorio y solté una exclamación sin forma, como se hace cuando se está solo… Acababa de leer un párrafo: «Alma mía, ya se notan los efectos… Todo obstáculo entre nosotros debe desaparecer…, y pronto desaparecerá. Envíame otro paquetito como los anteriores…». Tan horripilado me quedé, que ni aun advertí que habían llamado a la puerta, ni que un hombre se precipitaba en mi despacho. Era él, era Luis, descompuesto, con los ojos saltándosele, la respiración ahogada. Yo, a mi vez, me quedé aturdido. No podía dudar de que me hubiese visto leyendo. ¡Qué plancha ! Pero, con asombro, noté que Luis, en vez de conservar su actitud del primer momento, poco a poco iba modificándola, adoptando la de un hombre que se goza en la confusión de otro. Al cabo, mirándome cara a cara, soltó una franca risa y me echó al cuello los brazos, exclamando afectuosamente: —No te apures, hijo, no te apures… En parte, me has hecho un favor con curiosear mi cartera. No me decidía a franquearme; así desahogaré contigo. Me has visto pensativo, cosa en mí bien rara, y ahora comprenderás por qué. He tenido la segunda desgracia: la primera, bueno, es enamorarse; la segunda… —¡Sí, ya sé! —pude, por fin, articular—. La segunda desgracia es que se han enamorado de ti. —¡Ajá! De eso se trata. He metido la mano en un cesto de flores y había en él la viborilla del amor. ¡Condenado! El caso es que la señora…; bueno, tú ya no ignoras cómo se llama. —No, no lo ignoro… Y de veras que me ha sorprendido. La tenía por… —Sí, sí, claro. Una señora intachable… hasta que llegó su cuarto de hora, con la fatalidad de que entonces pasase yo y no otro. En fin, que está, ¡no sabes!, de atar… Se le ha metido en la cabeza que su punto de honra es adorarme y unirse a mí por toda la vida, para lo cual tiene que… Se le atragantó el verbo, y yo vine en su ayuda, articulando: —Que cometer un crimen… ¡Atiza! ¡De tales entusiasmos líbrenos Dios!… —Eso he dicho yo siempre: ¡líbrenos Dios! Ya sabes mis teorías… Líbrenos de cuanto sea fuerte, hondo, trascendental… ¡Si no tiene vuelta!… Pero, en fin, ahora no se trata de eso. Vamos a lo urgente. Te explicaré cómo por un lado me ves reír y por otro me encuentras tan cabizbajo. Respiró un instante. Luego se decidió: —Todo cuanto te diga de la resolución de esa mujer sería poco… ¡Si bregaría yo con ella! Todas mis razones no la han podido disuadir. Y para evitar mayores males, ¿qué dirás que he discurrido? Desde hace un mes le envío paquetitos de un veneno activísimo… De lo que remedia las dispepsias y el flato… ¡Bicarbonato de sosa químicamente puro!… ¡Y eso es lo que surte efecto!… La risa de mi amigo se me pegó… Celebramos con grandes carcajadas la farsa inocente. —¡Y figúrate que me dice que ya nota efectos!… Redoblamos las carcajadas. Sin embargo, de pronto me quedé serio y le cogí la mano: —¡Aguarda, aguarda, Luisillo! Y si advierte que es inofensivo lo que la remites…, ¿puede… sustituir…, idear… otra cosa? Mi amigo se puso blanco de terror. Evidentemente la hipótesis no se le había ocurrido ni un instante. Era quizá lo único en que no había pensado. —¡Demonio! —fue lo que pronunció, al fin, dándose una palmada en la frente. Momentos después, ya hecha alianza ofensiva y defensiva, debatíamos el plan de campaña. En primer término, Luis propuso el remedio de la cobardía: la fuga. Un viaje a París…, a Buenos Aires…, al Polo Norte… Yo aconsejé el de la semicobardía: el aplazamiento. —Mándale otra dosis mayor de bicarbonato —propuse— y veremos lo que pasa. Probablemente, ganar tiempo es ganarlo todo. Se avino a mi parecer Luis, y transcurrieron quince días en que nada nuevo ocurrió. Las cartas, sin embargo, denunciaban algo increíble: el creciente efecto de una droga tan inofensiva… —¡Esto no puede ser! ¡Esa mujer está como una cesta de gatos! —declaró mi amigo, queriendo disimular la zozobra con la indignación—. ¿Qué diantres de efecto cabe? ¿Me lo quieres decir? —Oye, Luis —resolví—: ese es un punto que importa averiguar. Es necesario que hoy mismo nos enteremos de cuál es el estado de salud del señor Ramírez Madroño, muy señor nuestro. A la noche reúnete conmigo en la cervecería, que te prometo noticias. No sería prudente que tú mismo las indagases. Mi procedimiento fue de lo más sencillo. Por teléfono público pedí comunicación con la casa de Ramírez Madroño. Y la central dio por respuesta que estaba descolgado el teléfono a causa de la grave enfermedad del dueño de la casa. Y al entrar en la cervecería pedí un diario de la noche y leí la noticia de que el señor Ramírez Madroño había muerto. Cuando comuniqué esta nueva a Luis, casi sufrió un síncope. Le hice entrar en una farmacia, le froté las sienes con vinagre y, a la salida, le insulté: —¡Cobarde! ¡Tonto! ¡Ánimo! ¡Vaya un simple! ¿Tú has dado a ese señor, anda y dime, ningún jarope malo? ¿Entonces? Se murió porque Dios lo ha dispuesto… No conseguí que mi amigo se reanimase. Pasó la noche en una especie de delirio, acusándose de imaginarios crímenes. Al otro día le metí en el tren, arropado con una manta y temblando de fiebre, y me fui con él a Barcelona, donde embarcamos para Italia. Yo volví a Madrid tan pronto como pude estar seguro de que Luis había recobrado el uso de su razón y la salud de cuerpo. Convinimos en que el aire patrio le sería muy dañoso en bastantes meses. En efecto, tardó mucho en volver. Pude cerciorarme de que el fallecimiento de Ramírez Madroño no había causado ninguna extrañeza: tenía en el estómago una úlcera mortal. En cuanto a su esposa, tampoco sorprendió que, después de varios ataques de convulsiones histéricas, explicables por la pena, hubiese caído en una especie de atonía, y luego en una devoción estrecha y rigurosa, sin salir de la iglesia en toda la mañana. Era para mí evidente que jamás sospechó la piadosa burla de Luis. Al revés de otras, su arrepentimiento fue real, e imaginario su delito. FIN Autor: Emilia Pardo Bazán Título: Casualidad Publicado en: La Ilustración Española y Americana, núm. 9, 1913
- "El beso", cuento de Angela Carter
El beso Angela Carter Los inviernos del Asia central son sombríos y de un frío penetrante, los veranos sudorosos y malolientes traen mosquitos, cólera y disentería, pero en abril el aire acaricia como el roce de la piel de los muslos y el aroma de todos los árboles floridos impregna el vaho sofocante de las letrinas de la ciudad. Cada ciudad tiene su propia lógica. Imaginen una ciudad de líneas rectas, geométricas, trazadas con las tizas de colores de un niño, en ocre, en blanco, en terracota pálido. Las galerías bajas y claras de las casas parecen surgir de la tierra blancuzca, rosada, como si hubieran nacido de ella en lugar de haber sido construidas. Todo está cubierto por una capa delgada y arenosa de polvo, parecida al polvillo que dejan las tizas en los dedos. En contraste con esa palidez descolorida, las superficies iridiscentes de los azulejos de cerámica que cubren los antiguos mausoleos son un embeleso para la vista. Al mirarlo, el azul palpitante del Islam se convierte en verde. Bajo una cúpula bulbosa en la que alternan el lapislázuli y el verde hoja, en una tumba de jade yacen los restos de Tamerlán, el flagelo de Asia. Visitamos una ciudad realmente fabulosa. Estamos en Samarkanda. La revolución les prometió vestidos de seda a las campesinas de Uzbekistán y al menos ésa fue una promesa que no dejó de cumplir. Las mujeres lucen túnicas de raso liviano, rosa y amarillo, rojo y blanco, negro y blanco, rojo, verde y blanco, con franjas difusas de colores que encandilan como una ilusión óptica, y se adornan con joyas de vidrio rojo. Da la impresión de que siempre anduvieran con el entrecejo fruncido porque se pintan una gruesa línea negra que cruza las dos cejas sin dejar un espacio en el medio. Se delinean los párpados con kohl . Su aspecto es impresionante. Dividen sus largos cabellos en dos o tres decenas de trenzas arremolinadas. Las jóvenes usan pequeños bonetes de terciopelo bordados con hilos de metal y abalorios. Las mujeres mayores se cubren la cabeza con un par de pañuelos de lana con dibujos de flores, uno ceñido sobre la frente, otro que cae suelto hasta los hombros. Nadie ha usado velo durante sesenta años. Las mujeres caminan con tanta resolución como si no vivieran en una ciudad imaginaria. No saben que tanto ellas como los hombres cubiertos con turbantes, chaquetas de cuero de oveja y botas son criaturas tan extraordinarias para los extranjeros como un unicornio. Con todo su exotismo deslumbrante e inocente, viven en abierta contradicción con la historia. No saben lo que yo sé acerca de ellas. No saben que esta ciudad no es todo lo que hay en el mundo. Lo único que conocen del mundo es esta ciudad, bella como una ilusión, en la que crecen lirios en las acequias. En el salón de té, un loro verde picotea los barrotes de su jaula de mimbre. El olor del mercado es penetrante y agreste. Una chica con una raya negra sobre las cejas rocía rábanos con el agua que va sacando de un vaso. A comienzos de año, sólo se pueden comprar los frutos secos —albaricoques, melocotones, pasas— que quedan del verano pasado, excepto unas pocas granadas, valiosísimas, arrugadas, que conservan en aserrín durante el invierno y que ahora descansan abiertas en los puestos para enseñar el húmedo nido de granates que hay en su interior. Las pepitas saladas de albaricoque, aún más deliciosas que los pistachos, son una especialidad de Samarkanda. Una vieja vende calas. Hoy por la mañana, bajó de las montañas, donde los tulipanes silvestres florecen como enormes burbujas sanguinolentas, y las tórtolas engatusadoras anidan entre las rocas. A la hora del almuerzo, la mujer remoja pedazos de pan en un tazón de leche cortada y mastica lentamente. Cuando haya vendido las flores, regresará al lugar donde crecen. Apenas parece vivir en lo temporal. O bien, es como si estuviera esperando que Sherezada vea llegar el postrero amanecer y, después de su último cuento, se quede en silencio. Entonces, la vendedora de calas podría desaparecer. Una cabra mordisquea jazmines silvestres entre las ruinas de una mezquita construida por la hermosa esposa de Tamerlán. La esposa de Tamerlán comenzó a construirle esta mezquita para darle una sorpresa, mientras él luchaba lejos en las guerras, pero cuando le avisaron que estaba por regresar enseguida, todavía quedaba un arco sin terminar. Se dirigió directamente a hablar con el arquitecto y le suplicó que se diera prisa, pero el arquitecto le respondió que sólo terminaría su trabajo a tiempo si ella le daba un beso. Un beso, un solo beso. La esposa de Tamerlán no sólo era muy hermosa y virtuosa, sino también muy astuta. Fue al mercado, compró una canasta de huevos, los hirvió y los pintó de doce colores distintos. Hizo llamar al arquitecto al palacio, le mostró la canasta y le pidió que eligiera un huevo y se lo comiera. Él eligió un huevo rojo. ¿Qué sabor tiene? El sabor de un huevo. Le pidió que comiera otro. Él eligió un huevo verde. ¿Qué sabor tiene este huevo? El mismo que el del anterior. Otro más. Él se comió un huevo color púrpura. Un huevo sabe igual que cualquier otro huevo, dijo, si los dos están frescos. ¿Ve usted?, dijo ella. Cada huevo parece distinto a los demás, pero todos tienen el mismo sabor. Puede besar a cualquiera de mis criadas, la que prefiera, pero déjeme en paz. Está bien, dijo el arquitecto. Pero regresó poco después, llevando una bandeja con tres escudillas y se podría haber pensado que las tres estaban llenas de agua. Beba de estas escudillas, le dijo. Ella tomó un sorbo de la primera, luego un sorbo de la segunda; pero cuando bebió de la tercera empezó a toser y a escupir porque no contenía agua sino vodka. El vodka y el agua parecen iguales pero su sabor es muy distinto, dijo él. Y lo mismo ocurre con el amor. Entonces, la esposa de Tamerlán besó al arquitecto en los labios. Él regresó a la mezquita y terminó el arco el mismo día en que el victorioso Tamerlán entró cabalgando en Samarkanda con su ejército y sus estandartes y jaulas repletas de reyes cautivos. Pero cuando fue a visitar a su esposa, ella se apartó de él porque ninguna mujer puede regresar al harén después de haber bebido vodka. Tamerlán comenzó a azotarla con un látigo hasta que ella confesó que había besado al arquitecto y entonces él envió a los verdugos directamente a la mezquita. Los verdugos encontraron al arquitecto en lo alto del arco y corrieron escaleras arriba con los cuchillos desenvainados, pero cuando él los oyó acercarse le crecieron alas y se fue volando hacia Persia. Éste es un relato de contornos simples, geométricos, de colores tan puros como las tizas de colores de un niño. La esposa de Tamerlán de este relato se habría pintado una raya negra a lo ancho de la frente y habría recogido sus cabellos en decenas y decenas de pequeñas trenzas, como cualquier otra mujer de Uzbekistán. Habría comprado rábanos blancos y rojos en el mercado para prepararle la cena a su esposo. Después de huir de él, probablemente se haya ganado la vida vendiendo en el mercado. Tal vez vendía calas. FIN Autor: Angela Carter Título: El beso Título Original: The Kiss Publicado en: Black Venus (1985) Traducción: Teresa Gottlieb
- "El último viaje del buque fantasma", de Gabriel García Márquez
AHORA VAN a ver quién soy yo, se dijo, con su nuevo vozarrón de hombre, muchos años después que viera por primera vez el trasatlántico inmenso, sin luces y sin ruidos, que una noche pasó frente al pueblo como un gran palacio deshabitado, más largo que todo el pueblo y mucho más alto que la torre de su iglesia, y siguió navegando en tinieblas hacia la ciudad colonial fortificada contra los bucaneros al otro lado de la bahía, con su antiguo puerto negrero y el faro giratorio cuyas lúgubres aspas de luz, cada quince segundos, transfiguraban el pueblo en un campamento lunar de casas fosforescentes y calles de desiertos volcánicos, y aunque él era entonces un niño sin vozarrón de hombre pero con permiso de su madre para escuchar hasta muy tarde en la playa las arpas nocturnas del viento, aún podía recordar como si lo estuviera viendo que el trasatlántico desaparecía cuando la luz del faro le daba en el flanco y volvía a aparecer cuando la luz acababa de pasar, de modo que era un buque intermitente que iba apareciendo y desapareciendo hacia la entrada de la bahía, buscando con tanteos de sonámbulo las boyas que señalaban el canal del puerto, hasta que algo debió fallar en sus agujas de orientación, porque derivó hacia los escollos, tropezó, saltó en pedazos y se hundió sin un solo ruido, aunque semejante encontronazo con los arrecifes era para producir un fragor de hierros y una explosión de máquinas que helaran de pavor a los dragones más dormidos en la selva prehistórica que empezaba en las últimas calles de la ciudad y terminaba en el otro lado del mundo, así que él mismo creyó que era un sueño, sobre todo al día siguiente, cuando vio el acuario radiante de la bahía, el desorden de colores de las barracas de los negros en las colinas del puerto, las goletas de los contrabandistas de las Guayanas recibiendo su cargamento de loros inocentes con el buche lleno de diamantes, pensó, me dormí contando las estrellas y soñé con ese barco enorme, claro, quedó tan convencido que no se lo contó a nadie ni volvió a acordarse de la visión hasta la misma noche del marzo siguiente, cuando andaba buscando celajes de delfines en el mar y lo que encontró fue el trasatlántico ilusorio, sombrío, intermitente, con el mismo destino equivocado de la primera vez, sólo que él estaba entonces tan seguro de estar despierto que corrió a contárselo a su madre, y ella pasó tres semanas gimiendo de desilusión, porque se te está pudriendo el seso de tanto andar al revés, durmiendo de día y aventurando de noche como la gente de mala vida, y como tuvo que ir a la ciudad por esos días en busca de algo cómodo en que sentarse a pensar en el marido muerto, pues a su mecedor se le habían gastado las balanzas en once años de viudez, aprovechó la ocasión para pedirle al hombre del bote que se fuera por los arrecifes de modo que el hijo pudiera ver lo que en efecto vio en la vidriera del mar, los amores de las mantarrayas en primaveras de esponjas, los pargos rosáceos y las corvinas azules zambulléndose en los pozos de aguas más tiernas que había dentro de las aguas, y hasta las cabelleras errantes de los ahogados de algún naufragio colonial, pero ni rastros de trasatlánticos hundidos ni qué niño muerto, y sin embargo, él siguió tan emperrado que su madre prometió acompañarlo en la vigilia del marzo próximo, seguro, sin saber que ya lo único seguro que había en su porvenir era una poltrona de los tiempos de Francis Drake que compró en un remate de turcos, en la cual se sentó a descansar aquella misma noche, suspirando, mi pobre Holofernes, si vieras lo bien que se piensa en ti sobre estos forros de terciopelo y con estos brocados de catafalco de reina, pero mientras más evocaba al marido muerto más le borboritaba y se le volvía de chocolate la sangre en el corazón, como si en vez de estar sentada estuviera corriendo, empapada de escalofríos y con la respiración llena de tierra, hasta que él volvió en la madrugada y la encontró muerta en la poltrona, todavía caliente pero ya medio podrida como los picados de culebra, lo mismo que les ocurrió después a otras cuatro señoras, antes que tiraran en el mar la poltrona asesina, muy lejos, donde no le hicieran mal a nadie, pues la habían usado tanto a través de los siglos que se le había gastado la facultad de producir descanso, de modo que él tuvo que acostumbrarse a su miserable rutina de huérfano, señalado por todos como el hijo de la viuda que llevó al pueblo el trono de la desgracia, viviendo no tanto de la caridad pública como del pescado que se robaba en los botes, mientras la voz se le iba volviendo de bramante y sin acordarse más de sus visiones de antaño hasta otra noche de marzo en que miró por casualidad hacia el mar, y de pronto, madre mía, ahí está, la descomunal ballena de amianto, la bestia berraca, vengan a verlo, gritaba enloquecido, vengan a verlo, promoviendo tal alboroto de ladridos de perros y pánicos de mujer, que hasta los hombres más viejos se acordaron de los espantos de sus bisabuelos y se metieron debajo de la cama creyendo que había vuelto William Dampier, pero los que se echaron a la calle no se tomaron el trabajo de ver el aparato inverosímil que en aquel instante volvía a perder el oriente y se desbarataba en el desastre anual, sino que lo contramataron a golpes y lo dejaron tan mal torcido que entonces fue cuando él se dijo, babeando de rabia, ahora van a ver quién soy yo, pero se cuidó de no compartir con nadie su determinación sino que pasó el año entero con la idea fija, ahora van a ver quién soy yo, esperando que fuera otra vez la víspera de las apariciones para hacer lo que hizo, ya está, se robó un bote, atravesó la bahía y pasó la tarde esperando su hora grande en los vericuetos del puerto negrero, entre la salsamuera humana del Caribe, pero tan absorto en su aventura que no se detuvo como siempre frente a las tiendas de los hindúes a ver los mandarines de marfil tallados en el colmillo entero del elefante, ni se burló de los negros holandeses en sus velocípedos ortopédicos, ni se asustó como otras veces con los malayos de piel de cobra que le habían dado la vuelta al mundo cautivados por la quimera de una fonda secreta donde vendían filetes de brasileras al carbón, porque no se dio cuenta de nada mientras la noche no se le vino encima con todo el peso de las estrellas y la selva exhaló una fragancia dulce de gardenias y salamandras podridas, y ya estaba él remando en el bote robado hacia la entrada de la bahía, con la lámpara apagada para no alborotar a los policías del resguardo, idealizado cada quince segundos por el aletazo verde del faro y otra vez vuelto humano por la oscuridad, sabiendo que andaba cerca de las boyas que señalaban el canal del puerto no sólo porque viera cada vez más intenso su fulgor opresivo sino porque la respiración del agua se iba volviendo triste, y así remaba tan ensimismado que no supo de dónde le llegó de pronto un pavoroso aliento de tiburón ni por qué la noche se hizo densa como si las estrellas se hubieran muerto de repente, y era que el trasatlántico estaba allí con todo su tamaño inconcebible, madre, más grande que cualquier otra cosa grande en el mundo y más oscuro que cualquier otra cosa oscura de la tierra o del agua, trescientas mil toneladas de olor de tiburón pasando tan cerca del bote que él podía ver las costuras del precipicio de acero, sin una sola luz en los infinitos ojos de buey, sin un suspiro en las máquinas, sin un alma, y llevando consigo su propio ámbito de silencio, su propio cielo vacío, su propio aire muerto, su tiempo parado, su mar errante en el que flotaba un mundo entero de animales ahogados, y de pronto todo aquello desapareció con el lamparazo del faro y por un instante volvió a ser el Caribe diáfano, la noche de marzo, el aire cotidiano de los pelícanos, de modo que él se quedó solo entre las boyas, sin saber qué hacer, preguntándose asombrado si de veras no estaría soñando despierto, no sólo ahora sino también las otras veces, pero apenas acababa de preguntárselo cuando un soplo de misterio fue apagando las boyas desde la primera hasta la última, así que cuando pasó la claridad del faro el trasatlántico volvió a aparecer y ya tenía las brújulas extraviadas, acaso sin saber siquiera en qué lugar de la mar océana se encontraba, buscando a tientas el canal invisible pero en realidad derivando hacia los escollos, hasta que él tuvo la revelación abrumadora que aquel percance de las boyas era la última clave del encantamiento, y encendió la lámpara del bote, una mínima lucecita roja que no tenía por qué alarmar a nadie en los minaretes del resguardo, pero que debió ser para el piloto como un sol oriental, porque gracias a ella el trasatlántico corrigió su horizonte y entró por la puerta grande del canal en una maniobra de resurrección feliz, y entonces todas sus luces se encendieron al mismo tiempo, las calderas volvieron a resollar, se prendieron las estrellas en su cielo y los cadáveres de los animales se fueron al fondo, y había un estrépito de platos y una fragancia de salsa de laurel en las cocinas, y se oía el bombardino de la orquesta en las cubiertas de luna y el tumtum de las arterias de los enamorados de alta mar en la penumbra de los camarotes, pero él llevaba todavía tanta rabia atrasada que no se dejó aturdir por la emoción ni amedrentar por el prodigio, sino que se dijo con más decisión que nunca que ahora van a ver quién soy yo, carajo, ahora lo van a ver, y en vez de hacerse a un lado para que no lo embistiera aquella máquina colosal empezó a remar delante de ella, porque ahora sí van a saber quién soy yo, y siguió orientando el buque con la lámpara hasta que estuvo tan seguro de su obediencia que lo obligó a descorregir de nuevo el rumbo de los muelles, lo sacó del canal invisible y se lo llevó de cabestro como si fuera un cordero de mar hacia las luces del pueblo dormido, un barco vivo e invulnerable a los haces del faro que ahora no lo invisibilizaban sino que lo volvían de aluminio cada quince segundos, y allá empezaban a definirse las cruces de la iglesia, la miseria de las casas, la ilusión, y todavía el trasatlántico iba detrás de él, siguiéndolo con todo lo que llevaba dentro, su capitán dormido del lado del corazón, los toros de lidia en la nieve de sus despensas, el enfermo solitario en su hospital, el agua huérfana de sus cisternas, el piloto irredento que debió confundir los farallones con los muelles porque en aquel instante reventó el bramido descomunal de la sirena, una vez, y él quedó ensopado por el aguacero de vapor que le cayó encima, otra vez, y el bote ajeno estuvo a punto de zozobrar, y otra vez, pero ya era demasiado tarde, porque ahí estaban los caracoles de la orilla, las piedras de la calle, las puertas de los incrédulos, el pueblo entero iluminado por las mismas luces del trasatlántico despavorido, y él apenas tuvo tiempo de apartarse para darle paso al cataclismo, gritando en medio de la conmoción, ahí lo tienen, cabrones, un segundo antes que el tremendo casco de acero descuartizara la tierra y se oyera el estropicio nítido de las noventa mil quinientas copas de champaña que se rompieron una tras otra desde la proa hasta la popa, y entonces se hizo la luz, y ya no fue más la madrugada de marzo sino el medio día de un miércoles radiante, y él pudo darse el gusto de ver a los incrédulos contemplando con la boca abierta el trasatlántico más grande de este mundo y del otro encallado frente a la iglesia, más blanco que todo, veinte veces más alto que la torre y como noventa y siete veces más largo que el pueblo, con el nombre grabado en letras de hierro, halalcsillag , y todavía, chorreando por sus flancos las aguas antiguas y lánguidas de los mares de la muerte. FIN [1968] Autor: Gabriel García Márquez Título: El último viaje del buque fantasma Publicado en: La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1972)











