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- "Noche de paz", cuento de China Miéville
Noche de paz China Miéville Llamadme infantil, pero me encantan la nieve, los árboles, el espumillón, el pavo y todas esas tonterías. Me encantan los regalos. Me encantan los villancicos y las canciones cursis. En resumidas cuentas, ¡me encanta la Navidad®! Por eso estaba tan emocionado. Y no solo por mí, también por Annie. Aylsa, su madre, decía que no entendía a qué venía tanta historia ni por qué me importaba tanto, pero yo sabía que Annie se moría de ganas. Puede que ya hubiera cumplido catorce años, pero estaba convencido de que seguía siendo una chiquilla que soñaba con calcetines colgados de la chimenea. Cada vez que me toca pasar esas fechas con Annie (desde el divorcio, Aylsa y yo nos vamos turnando), me esfuerzo de veras por que el veinticinco salga lo mejor posible. Confieso que Aylsa me hacía sentir mal. Me daba pavor defraudar a Annie. Por eso no tengo palabras para expresar lo contento que me puse cuando supe que por primera vez iba a poder celebrarlo como es debido. No me malinterpretéis. No tengo acciones de Natividad S. A., ni puedo permitirme una licencia de uso de un día, así que no podía preparar una fiesta autorizada. Había considerado fugazmente comprar una más económica de la competencia, como FeliCs Fiestas o el derivado de alguna empresa no especialista como Navi-Cola, pero la idea de celebrarlo en plan cutre era muy deprimente. Me habría quedado sin poder usar un montón de cosas tradicionales y, la verdad, si no puedes disfrutar de todo, ¿para qué contratar nada? (FeliCs Fiestas tiene los derechos del ponche de huevo, pero el ponche de huevo está asqueroso). El resto de empresas tratan de crear sus propias alternativas a los clásicos patentados como el reno y los muñecos de nieve, pero no terminan de cuajar. Nunca me olvidaré de la tibia impresión que la Lagartija de los Navillancicos causó en Annie. No, como casi todo el mundo, no íbamos más que a compartir una modesta celebración invernal, solos Annie y yo. Todo iría bien con tal de que procurásemos evitar los productos registrados. Si utilizas hiedra para decorar igual te libras de la sanción, pero poner acebo es desde luego impensable, así que había hecho acopio de tomates cherry, que pensaba colgar de unos cactus. Como no iba a correr el riesgo de decorar con espumillón, tenía un par de cinturones de colores brillantes que planeaba enrollar en la aspidistra. Ya sabéis, lo típico. Los inspectores tampoco se portan demasiado mal: a veces hasta hacen la vista gorda si te pillan con una o dos bolas colgadas (y menos mal, porque las multas por cualquier uso no autorizado de la Navidad® son astronómicas). Sin embargo, cuando estaba ya ultimando los preparativos, sucedió algo maravilloso: ¡gané la lotería! Bueno, no gané el premio gordo, pero sí uno de los premios de consolación, que era bien jugoso: ¡una invitación para una fiesta especial autorizada de Navidad® en el centro de Londres, organizada por la mismísima Natividad S. A.! Cuando terminé de leer la carta me temblaba todo. Estábamos hablando de Natividad S. A., así que todo sería perfecto. Estarían Papá Noel® y Rudolph el Reno®, y habría Muérdago® y Tartaletas de Frutas® y un Árbol de Navidad® lleno de regalos. Esto último era lo que peor llevaba. Envolver los regalos en papel de periódico y colocarlos al lado de la aspidistra ya resultaba deprimente, pero desde que Natividad S. A. compró los derechos del papel de colores y del almacenaje arbóreo, los inspectores se han puesto muy duros con lo de la regalística subarbórea con agravante. No dejaba de pensar en que Annie por fin tendría la oportunidad de agacharse y pescar su regalo de debajo de unas hojas aciculares. Quizá no debería habérselo dicho a Annie, sino sorprenderla justo el mismo día, pero me pudo la emoción. Y si soy sincero, en parte se lo dije porque quería poner celosa a Aylsa. Siempre estaba diciendo que no echaba de menos la Navidad®. —Piénsalo —le dije—, vamos a poder cantar villancicos legalmente… Ah, perdón, que tú odias los villancicos, claro… —No tuve compasión. Annie estaba loca de contenta. Se cambió el alias en internet por «nochedepaz» y por lo que pude averiguar se pasaba todo el tiempo presumiendo delante de sus pobres y celosos amigos. Cuando entraba para traerle un té fisgaba por encima de su hombro: los chats estaban llenos de nombres como «campanilla12» y «ramodeflores» y solo veía exclamaciones como «noooo!!!, n4vid4d???!!! que guaaay!!!» antes de que bloqueara la pantalla exigiendo privacidad. —Ten compasión —le decía—, no se lo restriegues por la cara a tus amigos. —Pero ella solo se reía y me decía que estaban intentando quedar ese día de todos modos, y que no tenía ni idea de lo que hablaba. Cuando Annie se levantó el veinticinco había por primerísima vez un Calcetín de Navidad® esperándola a los pies de la cama y ella se lo llevó al desayuno con una radiante sonrisa. Yo me regodeé agitando mi pase de Natividad S. A. y diciendo, con toda legalidad: —Feliz Navidad®, cariño. —Agradecí que la ® fuese muda. Había enviado el regalo de Annie a Natividad S. A., según indicaban las instrucciones. Le estaría esperando debajo del árbol. Era una consola último modelo que había costado más de lo que podía permitirme, pero sabía que le encantaría. Los videojuegos se le dan genial. Salimos temprano. Había bastante gente por la calle, y todo el mundo hacía eso que hacemos el veinticinco de no decirnos nada ilegal pero alzar las cejas y felicitarnos las fiestas con solo una sonrisa. Aunque en teoría los autobuses tenían el mismo horario que un día de diario normal, la mitad de los conductores, naturalmente, se habían puesto «enfermos». —No tenemos por qué esperar —sugirió Annie—. Nos queda un montón de tiempo. ¿Y si vamos caminando? —¿Qué me has comprado? —le preguntaba sin cesar—. ¿Cuál es mi regalo? —Hice ademán de curiosear en su bolso pero ella meneó un dedo negativamente. —Ya lo verás. Estoy muy satisfecha de mi regalo, papá. Creo que es algo que significará mucho para ti. No deberíamos de haber tardado mucho pero, no sé cómo, nos demoramos, nos entretuvimos, charlamos y, de repente, me di cuenta de que íbamos a llegar tarde. Aquello me espantó. Empecé a meter prisa, pero Annie se puso de mal humor y protestó. Yo me abstuve de señalar de quién había sido la idea de ir caminando. Llevábamos un retraso considerable cuando llegamos al centro de Londres. —Venga —decía Annie sin parar—. ¿Hemos llegado ya? Había una asombrosa cantidad de gente en Oxford Street. Una multitud, todos con esa expresión de felicidad disimulada. Yo tampoco podía evitar sonreír. De repente Annie empezó a correr, después volvió para arrastrarme con ella. Luego quiso que fuéramos más rápido. No dejaba de disculparme por chocar con la gente. La mayoría eran chavales de unos veinte años, en parejas o en grupitos. Se apartaban con indulgencia mientras Annie tiraba de mí, corría delante de mí, tiraba de mí. La cantidad de gente que había era desde luego impresionante. Oí algo de música y un par de gritos delante. Aquello me alarmó, aunque no eran sonidos de enfado. —¡Annie! —la llamé, no obstante—. ¡Ven aquí, cariño! —La vi escabulléndose entre el gentío. Y menudo gentío. ¿Acaso era eso un silbido? ¿De dónde salía toda esa gente? Me empujaron, me arrastraron como si fueran una marea. Vi de pasada a un tipo joven y sentí pánico al darme cuenta de que llevaba puesto un jersey amplio con la nariz de un reno en el pecho. Bastaba un vistazo para saber que no tenía licencia. —Annie, ven aquí —la llamaba, pero la voz se perdía. Una mujer joven que había junto a mí estaba alzando la voz y entonando una nota, muy alto. —Feee… El chico con el que estaba se unió al canto, luego el amigo del chico y luego el pequeño grupo junto a ellos, de forma que en pocos segundos todo el mundo lo estaba haciendo, en una amalgama de voces melodiosas y desentonadas que se fundían en un alarido prolongado y chillón. —Feeee… Y después, con un tempo impecable, aquel centenar de personas se miraron de algún modo a los ojos y la canción continuó: —… liz Navidad, feliz Navidad… —¿Estáis locos? —les grité, pero nadie podía oírme por encima de aquel maldito rataplán ilegal. Ay, dios mío. Sabía lo que estaba ocurriendo. Estábamos rodeados de navidistas radicales. Empecé a dar vueltas, llamando a Annie a gritos, corriendo en su busca, tratando de encontrar a la policía. Era imposible que las cámaras de las calles no advirtieran lo que estaba pasando. Enviarían a la brigada de Natividad. Vi a Annie entre la multitud (maldita sea, ¡cada vez llegaba más gente!) y corrí hacia ella. Annie me estaba haciendo señas, miraba a su alrededor ansiosamente, y yo iba apartando a la gente con las manos, pero cuando me acerqué vi que alzaba la vista para mirar a una persona que estaba junto a ella. —¡Papá! —gritó. Vi que abría más los ojos al reconocerme y después… ¿acaso no vi una mano que la cogía y se la llevaba? —¡Annie! —Llegué gritando al lugar en el que la había visto, pero se había ido. Me estaba entrando el pánico: es una chica inteligente y estábamos a plena luz del día, pero ¿de quién era esa maldita mano? La llamé al móvil. —Papá —respondió. La línea iba fatal con tanta gente. Me puse a hablarle a gritos, preguntándole dónde estaba. Sonaba tensa, pero no asustada—. Vale… Estaré… ver… un amigo… en la fiesta. —¿Qué? —berreé—. ¿Qué? —En la fiesta —dijo, y se cortó la llamada. De acuerdo. La fiesta. Allí es adonde había ido. Me calmé. Avancé entre la multitud a empujones. La cosa se estaba poniendo más radical. Se estaba convirtiendo en la revuelta del espumillón. Oxford Street estaba abarrotada y de repente me vi en medio de miles de manifestantes. Tardé una angustiosa eternidad en avanzar a través de la manifestación. Lo que me había parecido una muchedumbre anónima estalló de pronto en una miríada de colores y formas. Todo el mundo marchaba con la manifestación. Iba cruzando diversos contingentes. ¿De dónde demonios habían salido todas esas pancartas? Los eslóganes ascendían y descendían por encima de la marea de cabezas como los restos flotantes de un naufragio. «POR LA PAZ, EL SOCIALISMO Y LA NAVIDAD»; «¡NO NOS QUITARÉIS NUESTRAS FIESTAS!»; «PRIVATIZA ESTO». Había un cartel omnipresente, muy simple y escueto: la letra R dentro de un círculo rojo tachado por una línea. Annie estará bien, pensé con apuro. Ella me había dicho eso mismo. Iba mirando a mi alrededor mientras me abría paso camino de la fiesta, ahora solo a algunas calles de allí. Estaba asimilando la manifestación. ¡Esa gente estaba loca! Tal vez sus intenciones fueran buenas, pero esto no era forma de reivindicar nada. Lo único que iban a conseguir era traerle problemas a todo el mundo. La poli llegaría en cualquier momento. Aun así, tenía que admirar su creatividad. Los disfraces y los colores, era todo una pasada. No tenía ni idea de cómo habían conseguido pasar inadvertidos por la calle, cómo lo habían organizado. Tenían que haberlo hecho por internet, lo que implicaba un cifrado bastante complejo para engañar a los programas policiales. Cada sección de la marcha parecía estar cantando algo distinto, o cantando canciones que no había oído en años. Estaba caminando por un país de las maravillas invernal. Pasé junto a un contingente de cristianos que llevaban cruces y cantaban villancicos. Justo enfrente de ellos había un grupo de gente mal vestida que vendía copias de un periódico de izquierdas y portaba pancartas con una fotografía de Marx. Le habían dibujado un sombrero de Papá Noel encima. «Navidad, roja Navidad», cantaban desafinando. Habíamos llegado ya a la altura de los almacenes Selfridges y un corrillo de personas se había detenido frente a los escaparates, llenos de la típica mezcolanza de perfume y zapatos. Los manifestantes se miraban unos a otros y de nuevo al cristal. Más allá, por una calle lateral, algunos transeúntes contemplaban el extraordinario espectáculo. Me llamó la atención ver compradores «normales», ya que daba la impresión de que no hubiese nadie más que los manifestantes en las calles. Sabía lo que pensaban los que miraban los escaparates del Selfridges: se estaban acordando (o acordándose de lo que les habían contado, pues muchos de ellos parecían demasiado jóvenes para recordar cómo era la vida antes de la Ley de la Navidad®) de una antigua tradición. —Si ellos no ponen escaparates de Navidad —rugió una mujer—, ¡tendremos que ponerlos nosotros! Y sin más, sacaron martillos. Santo cielo. Rompieron el cristal. —¡No! —Oí que les gritaba un hombre vestido con un elegante abrigo de lana. Los miembros de uno de los grupos que formaba la manifestación parecían horrorizados, y empezaron a bajar las pancartas, que rezaban: «Amigos laboristas de la Navidad»—. Todos queremos lo mismo —gritó el hombre—, pero ¡no podemos tolerar la violencia! Pero nadie le estaba prestando atención. Supuse que la gente se lanzaría a robar cosas, pero solo las apartaron junto con los cristales rotos. Estaban poniendo nuevos objetos dentro de los escaparates: se sacaban de los bolsos y bolsillos pequeños nacimientos, figuritas de Papá Noel® de papel maché, Regalos® envueltos en papeles chillones, Acebo® y Muérdago® y los desparramaban aquí y allá, decorando toscamente los escaparates. Seguí adelante. Un hombre se cruzó en mi camino. Formaba parte de un grupo de tipos vestidos de forma elegante que se movían en la periferia de la multitud. Hizo una mueca y me dio un folleto. INSTITUTO DE IDEAS MARXISTAS VIVASPor qué no nos manifestamosContemplamos con desdén los patéticos intentos de la vieja izquierda de revivir esta ceremonia cristiana. La idea de que el Gobierno haya «robado» «nuestra» Navidad tan solo forma parte de esa cultura del miedo que rechazamos. Ha llegado el momento de hacer una revaluación más allá de la derecha y la izquierda, y de que las fuerzas dinámicas revigoricen la sociedad. Apenas hace un mes, los miembros del IIMV organizamos una conferencia en el IAC sobre por qué las huelgas son aburridas y la caza está de moda… Aquello no tenía ni pies ni cabeza, así que lo tiré. Se oyó el estruendo de un helicóptero. Mierda, pensé, ya están aquí. —Atención —se oyó decir a la voz amplificada del cielo—. Están cometiendo una violación de la cuarta sección del Código de la Navidad®. Dispérsense de inmediato o serán detenidos. Para mi asombro, aquellas palabras fueron recibidas con un estrepitoso abucheo. Corearon una consigna. Al principio no lograba entender las palabras, pero enseguida se hicieron inconfundibles: «¿Qué Navidad? ¡Nuestra Navidad! ¿Qué Navidad? ¡Nuestra Navidad!». La métrica no era muy buena. Pasé un grupo que reconocí de las noticias, feministas radicales navidistas vestidas de blanco que llevaban zanahorias en la nariz: las feminieves. Un hombre bajito me adelantó corriendo, iba mirando de reojo a su alrededor, murmurando: —Demasiado alto, demasiado alto. —Se puso a gritar—: ¡Cualquiera que mida metro sesenta o menos puede venir a cargarse movidas con los Pequeños Ayudantes de Papá Noel! Un hombre de menos de uno sesenta empezó a reprobarle aquello. Oí las palabras «broma» y «paternalista». La gente estaba comiendo budines de Navidad®, rodajas de pavo. Incluso estaban ingiriendo coles de Bruselas, solo por fidelidad a sus principios. Alguien me dio una tartaleta de frutas. «¡Bendito seas!», me gritó un pagano radical al oído, y luego me dio un folleto donde se exigía que una vez que hubiéramos recuperado la Navidad la rebautizáramos Solsticidad. Fue apartado a golpes por un grupo de musculosos bailarines de ballet vestidos como cascanueces y hadas de azúcar. Me estaba acercando al lugar donde se suponía que se iba a celebrar la fiesta, pero ahora había casi más gente en la calle. Iban a acordonar la zona, ¿cómo íbamos a entrar? Había figuras moviéndose entre la multitud. Mierda, pensé, la policía. Pero no. Era un grupo de aspecto enojado y agresivo, que llegaba rompiendo los parabrisas de los coches. Iban vestidos como Papá Noel®. —Mierda —murmuró alguien—. Es el Bloque Rojo y Blanco. Estaba claro que venían buscando problemas. Todo el mundo intentó apartarse de ellos. «Largo de aquí», oí que gritaba alguien, pero los del bloque no prestaban atención. Ahora se veían polis aglomerándose en las calles adyacentes. Los del Bloque Rojo y Blanco los provocaban, arrojaban botellas, gritaban «¡venga, vamos!» como hinchas de Fútbol® completamente tajados. Retrocedí. Giré y allí estaba, el lugar de la fiesta: Hamleys, la tienda de juguetes. Los vigilantes armados que normalmente la protegían debían de haberse largado hacía un buen rato, en vista del caos. Alcé la vista y vi caras horrorizadas en las ventanas. Tendría que estar ahí arriba, pensé. Con vosotros. Eran los que iban a la fiesta. Niños y padres que, cercados por la manifestación, observaban a la policía acercarse. Y, ah, allí estaba Annie, gritándome, de pie bajo los aleros del Hamleys. Solté un gemido de alivio y corrí hacia ella. —¿Qué está pasando? —gritó. Parecía horrorizada. Las brigadas de Natividad se estaban acercando a los provocadores del Bloque Rojo y Blanco, golpeando las porras al unísono contra los escudos decorados con espumillón. —Madre de Dios —susurré. La rodeé con los brazos protectoramente—. Va a haber trifulca. Prepárate para correr. Pero mientras estábamos allí, cada vez más tensos, ocurrió algo asombroso. Parpadeé y de la nada había aparecido un hombre joven con una túnica blanca. Antes de que alguien pudiera detenerlo estaba en medio de las filas de la policía y del Bloque Rojo y Blanco. —¡Está loco! —gritó alguien, pero los cientos y cientos de personas presentes empezaron a guardar silencio. El hombre estaba cantando. La policía avanzó amenazante hacia él, los del bloque hicieron como si lo fueran a apartar a empujones, pero los dos bandos dudaron. Nunca había visto a nadie tan hermoso. Cantó una única nota de una pureza sobrenatural. La sostuvo durante largos segundos y después continuó: —Oh pueblecito de Belén cuán quieto tú estás… Se calló hasta que todos nos pusimos a escuchar con atención. —Los astros en silencio dan su bella luz en paz… El bloque estaba callado. Todo el mundo estaba callado. —Mas en tus oscuras calles brilla hoy la luz de la eternidad… Y ahora la policía se estaba deteniendo. Estaban bajando las porras. Uno a uno estaban apartando los escudos. —Los miedos y esperanzas de todos estos años se reúnen hoy aquí… Aparecieron más figuras de blanco. Caminaban despacio y se unían a su amigo. Sobresaltado, me di cuenta de que me estaba cubriendo los ojos. Una implacable autoridad emanaba de aquellas asombrosas figuras que habían salido de la nada, aquellos altos, majestuosos y extraños jóvenes. El blanco de sus túnicas era de un brillante irreal. Me faltaba el aire. Ahora todos estaban cantando. —Cuán queda, quedamente se otorga el maravilloso don. Así imparte Dios a los hombres su bendición… Uno a uno los policías se fueron quitando los cascos y escuchaban. Podía oír los frenéticos graznidos de sus superiores saliendo de los auriculares que se habían quitado. —Puede que nadie oiga su llegada, pero en este mundo de pecado… —Los cantantes se callaron y el pecho empezó a dolerme de pura expectación—. Donde los mansos lo recibirán y Cristo los habitará. Los policías, arrojadas al suelo sus piezas de protección corporal y sus porras, sonreían y lloriqueaban. El primer cantante levantó una mano. Bajó la mirada hacia las armas tiradas en el suelo. Declamó dirigiéndose al Bloque Rojo y Blanco: —No tendríais que haber intentado pelear —dijo, y parecieron avergonzados. Esperó—. Habríais sido derrotados. Mientras que ahora —prosiguió— estos idiotas se han desarmado. Ha llegado el momento de luchar. —Y se giró, y en masa, él y sus compañeros de canto se lanzaron a por la policía, con las túnicas agitándose al viento. Los indefensos policías se quedaron boquiabiertos, se dieron la vuelta y la multitud rugió y empezó a seguirlos. —¡Somos la Liga Gay de la Canción Radical! —gritó el cantante principal con su exquisita voz de tenor—. ¡Orgullosos de estar luchando por la Navidad del pueblo! Sus camaradas empezaron a corear: «¡Estamos aquí! ¡Somos un coro! ¡Aprended a tolerarlo!». —¡Es un milagro de Navidad! —exclamó Annie. Yo me limité a abrazarla hasta que ella murmuró: —Vale, papá, tranqui. Detrás de mí la multitud estaba gritando, tomando las calles. —Es lo que tiene de malo el Bloque Rojo y Blanco —murmuró Annie—. «Estrategia de tensión» y un huevo. Una panda de anarquistas temerarios es lo que son. —Ya ves —dijo un chico a su lado—. De todos modos, la mitad son policías. Ese es el principio más básico, ¿no? Los que predican la violencia son polis. Yo estaba atónito, meneando la cabeza del uno al otro como si fuera un imbécil viendo un partido de tenis. —¿Qué…? —pregunté al fin. —Vamos, papá —dijo ella, y me besó la mejilla—. De lo contrario no me habrías dejado venir. Tenía que conseguir que viniéramos andando hasta aquí o habríamos llegado demasiado pronto. Nos habríamos quedado atrapados, como ellos. —Señaló a los ganadores del premio, que estaban en los pisos superiores de Hamleys con los ojos abiertos de par en par—. Y después tuve que escabullirme porque no habrías dejado que me uniera. Venga. —Me cogió de la mano—. Ahora que hemos atravesado la barrera policial, podemos seguir por Downing Street. —Está bien, es la oportunidad perfecta para salir de aquí… —Papá —interrumpió. Me miró con dureza—. No me lo podía creer cuando ganaste el premio. Nunca pensé que podría tener la oportunidad de estar aquí hoy. —Alguien te agarró —le dije. —Fue Marwan. —Señaló al chico que había hablado—. Papá, este es Marwan, Marwan, mi padre. Marwan sonrió y me estrechó la mano con educación, cambiándose de mano la pancarta. «MUSULMANES POR LA NAVIDAD», rezaba. Se fijó en que la estaba leyendo. —No es que esté muy metido en todo esto —dijo—, pero no podemos olvidar que toda esta gente se puso de nuestro lado cuando el Umma plc trató de privatizar Eid. Aquello fue muy significativo, ya sabes. Además… —Apartó la mirada con timidez—. Sé que es importante para Annie. —Ella lo miró de reojo. «Vaya», pensé. —Marwan es «ramodeflores», papá —me decía—. De internet. —Mira, tengo que decirte que estoy bastante enfadado —dije. Nos estábamos acercando a Downing Street. Marwan se despidió en Trafalgar Square, así que volvimos a quedarnos los dos solos, junto con otros diez mil—. Yo te había comprado, yo… he perdido un montón de… en esa fiesta espera un gran regalo… —Para serte sincera, papá, la verdad es que no necesito otra consola. —¿Cómo sabías que…? —empecé a decir, pero ella seguía. —La que tengo está bien. Y de todos modos, la uso sobre todo para juegos de estrategia, que no consumen tanto. Además, ya tengo todos los progreparches en mi máquina. Iba a ser un peñazo transferirlos, y volvérmelos a descargar sería demasiado arriesgado. —¿Qué parches? —Pues cosas como Rojo 3.6. Convierte un montón de juegos. Transforma SimuCityState en OctubreRojo . Esas cosas. Ya he llegado al nivel 4. El malo de final de fase es un zar. En cuanto sepa cómo pasarlo tendré que tirar de poder dual. Desistí hasta de tratar de entenderla. A la entrada de la residencia del primer ministro había un gigantesco Árbol de Navidad®, en blanco y plata. Todo el mundo se puso a abuchear mientras nos acercábamos. Estaba protegida por el ejército, así que la gente tuvo cuidado de que el abucheo fuese en tono amistoso. Alguien tiró budín de Navidad®, pero todo el mundo le echó un rapapolvo enseguida. —¡Eso no es la Navidad! —gritamos todos al pasar—. ¡La Navidad es esto! Mientras iba oscureciendo, la multitud se fue dispersando un poco, antes de que la policía pudiera reagruparse. Pasamos por el medio de un contingente en el que todos llevaban pañuelos rojos en la cabeza y nos unimos a sus cánticos: «Decora las paredes con ramas de acebo, tra la la la laaa, la la la la. Es la época de La internacional , tra la la la laaaa…». —Aun así —dije—. Me da un poco de pena que no llegaras a la fiesta. —Papá —dijo Annie, y me zarandeó—. Estas han sido las mejores Navidades. Las mejores. ¿Vale? Y ha sido muy bonito poder compartirlo contigo. Me miró de reojo. —¿Ya lo has adivinado? —me preguntó—. ¿El regalo? Me miraba fijamente, con mucha seriedad, mucha vehemencia. Me emocionó muchísimo. Pensé en todo lo que había ocurrido aquel día y en mis reacciones; en todo por lo que había pasado y visto, y de lo que había formado parte. Me di cuenta de lo diferente que me sentía ahora respecto a esa misma mañana. Fue una revelación asombrosa. —Sí… —dije, vacilante—. Sí, creo que sí. Gracias, cariño. —¿Sí? —dijo—. ¿Lo has adivinado? Mierda. Me tendió un pequeño paquete envuelto. Era una corbata. FIN Autor: China Miéville Título: Noche de paz Título Original: ‘Tis the Season Publicado en: Socialist Review, diciembre de 2004 Traducción: Silvia Schettin Pérez
- "Un reloj hace tictac en navidad", cuento de Patricia Highsmith
Un reloj hace tictac en navidad Patricia Highsmith —¿Le sobra a usted un franco, madame ? Así fue como empezó. Michèle bajó la vista por encima de las cajas y bolsas de plástico que llevaba en brazos y miró al niño, que vestía una chaqueta de tweed muy holgada y una gorra del mismo paño que le caía sobre las orejas. Sus ojos eran grandes y negros y tenía una sonrisa atractiva. —¡Sí! —se las compuso para darle los dos francos que aún tenía entre los dedos después de pagar el taxi. — Merci, madame! —Y esto —dijo Michèle, recordando de pronto que momentos antes había metido un billete de diez francos en el bolsillo del abrigo. El niño se quedó boquiabierto. — Oh, madame! Merci! Una de las bolsas escurridizas había caído al suelo. El niño la recogió. Michèle sonrió, cerró con un dedo el asa de la bolsa y apretó el botón de la puerta con un codo. La pesada puerta se abrió y Michèle sorteó el umbral elevado. Con un hombro empujó la puerta hasta cerrarla y cruzó el patio de su casa de pisos. Unos bambúes se alzaban como esbeltos centinelas a izquierda y derecha, y a ambos lados del sendero que llevaba al patio «E» crecían laureles y helechos. Charles estaría en casa, porque eran casi las seis. ¿Qué diría al ver tantos paquetes, al saber que había gastado más de tres mil francos? Bueno, Michèle había hecho la mayor parte de las compras de Navidad y uno de los regalos era para que Charles se lo diese a su familia —difícilmente podía quejarse de eso—, mientras que el resto era para el propio Charles y para los padres de Michèle, y sólo uno era para ella misma, un cinturón Hermes al que no había podido resistirse. —¡Papá Noel! —dijo Charles al verla entrar—. ¿O es Mamá Noel? Michèle había dejado caer los paquetes sobre el suelo del recibidor. —¡Uf! ¡Sí, ha sido un buen día! Quiero decir que he hecho muchas cosas. ¡De veras! —Eso parece. —Charles la ayudó a recoger las cajas y las bolsas. Michèle se había quitado el abrigo y los zapatos. Tiraron los paquetes sobre la espaciosa cama de matrimonio de su dormitorio mientras Michèle hablaba sin parar. Le comunicó a Charles que había comprado un mantel blanco, muy bonito, para sus padres y le habló del niño que le había pedido un franco en la calle. —¡Un franco! ¡Después de todo lo que he comprado hoy! Parecía un niño tan simpático, de unos diez años. Y su aspecto era tan pobre… su ropa. Me recordó los viejos cuentos de Navidad. ¿Sabes? Cuando alguien que tiene menos que los demás pide un poquitín. —Michèle sonreía ampliamente, llena de felicidad. Charles asintió con la cabeza, la familia de Michèle era rica. Charles Clement había subido a fuerza de trabajar, desde aprendiz de albañil a los dieciséis años, hasta llegar a ser director de su propia compañía, la Athenas Construction , a los veintiocho. A los treinta había conocido a Michèle, la hija de uno de sus clientes, y se había casado con ella. A veces Charles se sentía deslumbrado por su éxito en el trabajo y en el matrimonio, porque adoraba a Michèle y ella era preciosa. Pero se dio cuenta de que le resultaba más fácil imaginarse a sí mismo como el niño que pedía un franco, cosa que él nunca hubiera hecho, que como hermano de Michèle, por ejemplo, que dispensaba largueza con su actitud especial, a la vez superior y bondadosa. No era la primera vez que veía aquella actitud en Michèle. —¿Sólo un franco? —dijo finalmente Charles, sonriendo. Michèle se echó a reír. —No, le di un billete de diez francos. Lo llevaba suelto en el bolsillo… y, después de todo, estamos en Navidad. Charles se rió entre dientes. —Ese niño volverá. Michèle se encontraba de pie ante su armario ropero, cuyas puertas de corredera acababa de abrir. —¿Qué debería ponerme esta noche? ¿El vestido rojo claro, ese que te gusta, o… el amarillo? El amarillo es más nuevo. Charles le rodeó la cintura con un brazo. La hilera de vestidos y blusas, de faldas largas, parecía un arco iris tangible: oro reluciente, azul aterciopelado, beige y verde, raso y seda. Entre todo aquello ni siquiera pudo ver el de color rojo claro, pero dijo: —El rojo claro, sí. ¿Te parece bien? —Naturalmente, querido. Aquella noche cenarían en casa de unos amigos. Charles volvió a la sala de estar y siguió leyendo su periódico mientras Michèle se duchaba y se cambiaba de ropa. Charles iba en zapatillas: costumbre de viejo, pensó, aunque sólo tenía treinta y dos años. Fuera como fuese, era una costumbre que tenía desde la adolescencia, cuando vivía con sus padres en la zona de Clichy. La mitad de las veces volvía a casa con los zapatos y los calcetines mojados a causa del barro y el agua de alguna obra y las zapatillas de lana le resultaban cómodas. Aparte de las zapatillas, Charles iba vestido para la velada, con un traje azul oscuro, una camisa con gemelos y una corbata de seda con el nudo ya hecho pero sin ajustar aún al cuello de la camisa. Charles encendió su pipa —Michèle aún tardaría mucho— y pasó revista a su elegante sala de estar, pensando en la Navidad. La primera señal de ésta era la corona verde oscuro, de unos treinta centímetros de diámetro, que Michèle seguramente habría comprado aquella mañana y que estaba apoyada en el frutero de la mesa del comedor. Michèle la colocaría en el llamador de la puerta del piso. Charles lo sabía. El metal de la chimenea relucía como de costumbre, el atizador y las tenazas, bruñidos por Geneviève, su femme de ménage . Cuatro de los seis o siete óleos colgados en las paredes representaban a antepasados de Michèle, dos de ellos luciendo cuellos de encaje blancos. Charles se sirvió un poco de whisky Glynfiddigh y se lo tomó a palo seco. El mejor whisky del mundo, en su opinión. Sí, el destino se había portado bien con él. Tenía lujo y confort, adondequiera que mirase. Se quitó las zapatillas y se las llevó al dormitorio. Michèle seguía en el cuarto de baño, tarareando y maquillándose. Dos días después Michèle volvió a encontrarse con el niño al que diera el billete de diez francos. Ya casi estaba ante la puerta de casa cuando le vio, toda vez que tenía la atención concentrada en el caniche blanco que acababa de comprar. Había despedido el taxi en la esquina y guiaba cuidadosamente al perrito a lo largo de la acera, con su nueva correa negra y dorada. El perrito no sabía en qué dirección ir, a menos que ella tirase de la correa. Daba vueltas en círculo, echaba a correr hacia donde no debía ir hasta que el collar lo detenía, entonces alzaba el morro sonriente hacia Michèle y la seguía al trote. Un hombre se detuvo para admirar el animal. —Aún no tiene tres meses —dijo Michèle, contestando a la pregunta del hombre. Fue entonces cuando se fijó en el niño. Llevaba la misma chaqueta de tweed con el cuello subido para protegerse del frío, y Michèle se dio cuenta de que era una chaqueta de hombre, demasiado grande, con los puños doblados hacia atrás y los botones ajustados para que ciñese mejor el cuerpo del niño. — B’jour, madame! —dijo el pequeño—. ¿Este perro es suyo ? —Sí, acabo de comprarlo. —¿Cuánto le ha costado? Michèle se rio. El chico se sacó algo del bolsillo. —He traído esto para usted. Era un minúsculo ramito de acebo con bayas rojas. Al cogerlo con la mano libre, se percató de que era de plástico, que los frutos estaban doblados sobre sus tallos artificiales, que el envoltorio de oropel estaba aplastado. —Gra-gracias —dijo Michèle, regocijada—. Ah, ¿y cuánto te debo por esto? —¡Ni un céntimo, madame ! El niño mostraba un aire de orgullo y la estaba mirando directamente a los ojos, sonriendo. Le colgaban los mocos. Michèle apretó el botón de la puerta de su casa. —¿Quieres subir un minuto… a jugar con el perrito? — Oui, merci! —exclamó el pequeño, contento y sorprendido. Michèle le guio por el sendero hasta el ascensor. Abrió la puerta del piso y soltó la correa del perrito. Luego sacó un pañuelo de papel del bolso y se lo dio al niño para que se sonase. El niño y el perrito se comportaban de la misma manera, pensó, mirando a su alrededor, dando vueltas en círculo, husmeando. —¿Qué nombre le pondré al perrito? —preguntó Michèle—. ¿Se te ocurre alguno? ¿Cómo te llamas? —Paul, madame —contestó el pequeño y volvió a mirar fijamente las paredes, el sofá grande. —Vamos a la cocina. Te daré… una coca-cola. El niño y el perrito la siguieron. Michèle puso una escudilla de agua en el suelo, para el perrito, y sacó una botella de coca-cola del frigorífico. El pequeño bebió la coca-cola en un vaso mientras sus ojos recorrían la cocina blanca y espaciosa, unos ojos que hicieron pensar a Michèle en ventanas abiertas, o acaso en la lente de una cámara. —¿Le da bistec hâché al perrito, madame ? —preguntó el chico. Con una cuchara, Michèle iba sacando carne picada del paquete de la carnicería y poniéndola en un platito. —Oh, hoy, sí. Puede que siempre. Un poquito. Más adelante podrá comer de las latas —los ojos del pequeño estaban clavados en la carne que Michèle envolvía. Al verlo, Michèle dijo impulsivamente—: ¿Quieres un poco? ¿Una hamburguesa? —¡Aunque sea cruda! Un poquito… sí —extendió una mano de uñas sucias y cogió lo que Michèle le ofrecía en una cuchara. Paul se metió la carne en la boca. Michèle volvió a guardar el paquete de carne en el frigorífico y cerró la puerta con el codo. El hambre del muchacho la ponía nerviosa. Claro que, si era pobre, su familia no comería carne con frecuencia. No quiso preguntarle nada al respecto. Le resultó más fácil, al cabo de un momento, ofrecerle a Paul algunas galletas de una caja que estaba casi llena. —¡Coge unas cuantas! —dijo, pasándole la caja. Lentamente, pero sin parar, el chico se las comió todas, mientras él y Michèle contemplaban cómo el perrito pasaba la lengua por el plato hasta dejarlo bien limpio. Entonces Paul recogió el plato y lo llevó al fregadero. —¿He hecho bien, madame ? Michèle asintió con la cabeza. Ella y Charles tenían lavavajillas y raramente lavaban los platos en el fregadero. El chico metió la caja vacía de galletas en el cubo de la basura, que era amarillo. El cubo estaba casi lleno y el niño preguntó si quería que se lo vaciase. Michèle meneó levemente la cabeza, asombrada, con la sensación de que un ángel navideño había entrado en su hogar: ¡El niño y el perrito blanco! ¡El niño tan hambriento y el perrito tan joven! —Por aquí… pero no tienes por qué hacerlo. El pequeño quería ser útil, de modo que Michèle le mostró la bolsa de plástico gris que había en la entrada de servicio y le dijo que vaciase el cubo en ella. Después volvieron a la sala de estar y jugaron con el perrito en la alfombra. Michèle había comprado una pelota de goma azul en la que había una campanita. Paul hacía rodar la pelota con cuidado, para que el perrito la persiguiese. Con mucha cortesía había rehusado quitarse la chaqueta o sentarse. Michèle observó que tenía agujereados los talones de ambos calcetines. Sus zapatos se encontraban en peor estado, rotos entre las suelas y la parte superior. Hasta las vueltas de los tejanos estaban rotas. ¿Cómo podía un niño protegerse del frío con tejanos en aquel tiempo? —Gracias, madame —dijo Paul—. Ahora me voy. —¡Aw-ruff! —dijo el perrito, pidiendo al niño que volviese a hacer rodar la pelota. De pronto Michèle se sintió tan torpe como si se encontrara en compañía de un adulto procedente de un país y una cultura distintos. —Gracias por tu visita, Paul. Y, por si no vuelvo a verte, te deseo unas felices Navidades. Paul parecía igualmente incómodo, volvió el cuello y dijo: —Lo mismo digo, madame . Felices Navidades. ¡Y a ti también! —añadió, dirigiéndose al perrito. Bruscamente dio media vuelta y se encaminó hacia la puerta. —Me gustaría hacerte un regalo, Paul —dijo Michèle, siguiéndole—. ¿Qué me dices de un par de zapatos? ¿Qué número gastas? —¡Ja! —¿Se había ruborizado el pequeño?—. El treinta y dos. Puede que el treinta y tres, porque estoy creciendo, dice mi padre —levantó un pie de una manera cómica. —¿Qué hace tu padre? —A Michèle le encantó hacerle una pregunta práctica. —Es repartidor. Descarga botellas de camiones. Michèle se imaginó a un tipo robusto descargando cajas de agua mineral, vino, cerveza, de un enorme camión y cargando en éste las cajas vacías. Veía hombres trabajando así en todo París, cada día, y puede que hasta hubiese visto al padre de Paul. —¿Tienes hermanos? —Un hermano. Dos hermanas. —¿Y dónde vives? —Oh… vivimos en un sótano. Michèle no quiso preguntarle nada sobre el sótano, si era un semisótano o un sótano total, ni si su madre también trabajaba. La idea de hacerle un regalo, un par de zapatos, la animó. —Vuelve mañana sobre las once y tendré un par de zapatos para ti. Paul puso cara de incredulidad y movió nerviosamente las manos en el bolsillo de la chaqueta. —Sí, de acuerdo. A las once. El chico quería bajar solo en el ascensor, así que Michèle le dejó hacer. Al día siguiente, a poco más de las once, Michèle paseaba por la acera cerca de su casa, con el perrito atado a su correa. La noche antes ella y Charles habían decidido llamarle Ezekiel , nombre que ya habían abreviado y ahora era Zeke . Súbitamente Michèle vio a Paul y a una figura más pequeña detrás de él. —Mi hermana, Marie-Jeanne —dijo Paul, mirando a Michèle con sus grandes ojos negros; luego miró a su hermana y le empujó la mano hacia Michèle. Michèle cogió la manita y se saludaron. La hermana era una versión más pequeña de Paul, con cabello negro y más largo. Los zapatos . Michèle había comprado dos pares para Paul. Les dijo a los dos niños que subieran con ella. El ascensor otra vez, la puerta del piso abriéndose y la misma expresión maravillada en los ojos de la hermanita. —Pruébatelos, Paul. Los dos pares —dijo Michèle. Paul se sentó en el suelo y se probó los zapatos, excitado y feliz. —¡Todos me van bien! ¡Los dos pares! —en plan de broma se puso el zapato derecho de un par y el izquierdo del otro. Marie-Jeanne mostraba más interés por el piso que por los zapatos. Michèle fue a buscar coca-cola. Pensó que bastaría con una botella para cada uno. Los dos niños le enternecían el corazón, pero temía pasarse, perder el control de la situación. Cuando volvió con los refrescos, Zeke empezaba a mordisquear uno de los zapatos nuevos y Paul se reía. La hermanita se apresuró a poner el zapato a salvo. Un poco de coca-cola fue a parar a la alfombra; Michèle fue a buscar una esponja y Paul frotó las manchas, después enjuagó la esponja. Luego, de repente, los dos niños se marcharon, cada uno con una caja de zapatos bajo el brazo. Aquella noche Charles no pudo encontrar su abrecartas. Lo dejaba siempre sobre su escritorio, en una habitación que daba a la sala de estar y que hacía las veces de biblioteca y de despacho. Preguntó a Michèle si lo había cogido ella. —No. ¿No habrá caído al suelo? —Ya he mirado —dijo Charles. Pero los dos miraron de nuevo. El abrecartas era de plata, igual que una daga lisa con la empuñadura en forma de serpiente enroscada. —Ya lo encontrará Geneviève en alguna parte —dijo Michèle, pero en el mismo instante empezó a sospechar de Paul… o incluso de su hermana. Sintió un estremecimiento, una especie de vergüenza propia, como si ella fuera la responsable del robo, el cual era sólo una posibilidad, no un hecho comprobado. Pero Michèle se sintió culpable al mirar la cara ligeramente preocupada de su marido. Charles estaba abriendo una carta con la uña del pulgar. —¿Qué has hecho hoy, querida? —preguntó Charles, volviendo a sonreír y guardando la carta en una carpeta. Michèle le contó que había discutido con los de la telefónica a causa del último recibo y que se había salido con la suya. Lo había hecho por indicación de Charles, que no veía clara una conferencia que constaba en el recibo. Luego había ido a la peluquería, pero sólo una hora, y había sacado a Zeke tres veces. Añadió que le parecía que el perrito estaba aprendiendo deprisa. No le dijo a Charles que había comprado dos pares de zapatos para el niño que se llamaba Paul; ni le habló de la visita de Paul y su hermana. —Y he colgado la corona en la puerta —dijo Michèle—. No me he matado trabajando, lo sé, pero ¿no te has fijado? —Claro que sí. ¿Cómo iba a pasárseme por alto? —la abrazó y le besó la mejilla—. Muy bonita, querida, la corona. Era sábado. El domingo Charles trabajó unas cuantas horas en su oficina, a solas, como hacía con frecuencia. Michèle compró un arbolito de Navidad con una base en forma de «X» y se pasó parte de la tarde decorándolo. Finalmente lo había colocado sobre la mesa del comedor, en lugar de en el suelo, porque el perrito no quería dejar de jugar con los adornos. Michèle no esperaba con ilusión la obligatoria visita a los padres de Charles —que nunca tenían un arbolito, e incluso Charles opinaba que los arbolitos de Navidad eran una tontería importada de Inglaterra— el lunes, Nochebuena, a las cinco de la tarde. Los padres de Charles vivían en una vieja casa de pisos, sin ascensor, en el 18.º arrondissement . Intercambiarían regalos y beberían vino tinto caliente, que siempre hacía que Michèle se sintiese mareada. El resto de la velada sería más alegre en casa de los padres de Michèle, en Neuilly. A medianoche harían una cena fría, con champán, y verían en la televisión, en color, cómo la Navidad empezaba en todo el mundo. Le contó todo esto a Zeke . —¡Tu primera Navidad, Zeke ! ¡Y te daremos… un muslo de pavo! El perrito pareció entender lo que decía Michèle y empezó a correr por la sala de estar con la lengua fuera y una expresión pícara en sus ojos negros. ¿Y Paul y Marie-Jeanne? ¿Estarían sonriendo en aquel momento? Paul quizá sí, con sus dos pares de zapatos. Y tal vez tendría tiempo de comprarle una blusa o una falda a Marie-Jeanne, un pastel para el otro hermano y la otra hermana, antes del día de Navidad. Podría comprar todo aquello el lunes y quizá vería a Paul y podría darle los regalos. La Navidad significaba dar, compartir, comunicarse con amigos y vecinos e incluso con desconocidos. Con Paul, ya había empezado a hacerlo. —¡Uuuaaauuu! —dijo el perrito, acurrucándose. —¡Un momento, Zeke, querido! —Mi… chéle corrió a coger la correa. Se echó encima un chaquetón de pieles y salió con Zeke . El perrito se dirigió inmediatamente al arroyo y Michèle le dedicó una palabra de alabanza. La mantequería de la acera de enfrente estaba abierta; así que compró una caja de caramelos —una bonita caja de hojalata que le costó más de cien francos— porque la cinta roja que había en ella le había llamado la atención. — Madame… bonjour! Una vez más, al bajar los ojos, Michèle vio la cara de Paul vuelta hacia ella. Tenía la nariz brillante y enrojecida a causa del frío. —¡Felices Navidades otra vez, madame ! —dijo Paul, con una sonrisa, golpeando el suelo con los pies. Llevaba uno de los dos pares de zapatos nuevos, el de color marrón, y tenía las manos hundidas en los bolsillos. —¿Te apetece una taza de chocolate caliente? —preguntó Michèle. A pocos metros de donde estaban había un «bar-tabac». — Non, merci —Paul torció el cuello tímidamente. —¡O un plato de sopa! —dijo Michele, súbitamente inspirada—. ¡Sube a casa conmigo! —Mi hermana está conmigo. —Paul se volvió rápidamente, rígido de frío, y en aquel momento Marie-Jeanne salió apresuradamente del «bar-tabac». — Ah, bonjour, madame! —Marie-Jeanne sonreía; llevaba una cesta azul, de las que se usan para la compra, que parecía vacía, pero la abrió para enseñarle el contenido a su hermano—. Dos paquetes. ¿Era eso?… Son cigarrillos para mi padre —dijo a Michèle. —¿Os gustaría subir un momento a ver mi arbolito de Navidad? —La hospitalidad de Michèle seguía tan fuerte como antes. ¿Qué había de malo en darles un poco de sopa y unos caramelos a los dos pequeños? Subieron con ella. En el piso, Michèle puso la radio y sintonizó con Londres; daban un programa de villancicos. ¡Lo más indicado! Marie-Jeanne se sentó en cuclillas delante del árbol de Navidad y le dijo algo a su hermano sobre los paquetes colocados al pie del árbol, los adornos, los regalitos colgados en las ramas. Michèle estaba calentando una lata de puré de guisantes tras añadirle una cantidad igual de leche. ¡Un alimento bueno, nutritivo! El coro de niños ingleses entonó un villancico francés y los tres unieron sus voces: Il est ne’ le divin enfant … Chantez hautbois, résonnez musettes … Luego, como la vez anterior, los pequeños se marcharon súbitamente —sus risas y cháchara—, Zeke ladró como ordenándoles que volviesen y Michèle se quedó con las escudillas vacías y los papeles de los bombones. Obedeciendo un impulso, Michèle les había dado la bonita caja de caramelos para que la llevasen a casa. Y Charles llegaría dentro de unos minutos. Michèle había puesto en orden la cocina y entraba en la sala de estar cuando oyó la puerta del ascensor y los pasos de Charles en el rellano y en aquel mismo momento reparó en un hueco en la repisa de la chimenea. ¡El reloj! ¡El reloj de oro molido de Charles! No era posible que no estuviese allí. Pero había desaparecido. Oyó la llave en la cerradura y la puerta se abrió. Michèle cogió una caja —envuelta en papel amarillo, zapatillas para Charles— y la puso en el sitio del reloj. —¡Hola, querida! —dijo Charles, besándola. Charles quería una taza de té: la temperatura iba en descenso y casi había pillado un resfriado mientras esperaba un taxi para ir a casa. Michèle preparó té para los dos y procuró sentarse de tal modo que Charles tuviera que estar de espaldas a la chimenea, pero no lo logró, pues Charles se sentó en otro sillón. —¿Qué hace ese regalo ahí? —preguntó Charles, refiriéndose al paquete amarillo. Charles tenía buen ojo para el orden. Sonriendo, todavía de buen humor, dejó su primera taza de té y se acercó a la repisa de la chimenea. Cogió el paquete, se volvió hacia el árbol de Navidad, luego miró de nuevo la repisa. —¿Y dónde está el reloj? ¿Tú lo has quitado de aquí? Michèle apretó los dientes, anhelando mentir, decir que sí, que ella había puesto el reloj en un armario para que en la repisa quedara espacio para los adornos de Navidad, pero ¿hubiera tenido sentido esa explicación? —No, yo… —¿Le pasa algo al reloj? —la cara de Charles se había puesto seria, como si estuviera preguntando por la salud de un familiar al que quisiera. —No sé dónde está —confesó Michèle. Charles frunció el ceño y su cuerpo se tensó. Dejó el paquete ligero sobre la mesa donde estaba el árbol. —¿Has vuelto a ver a aquel niño?… ¿Le has invitado a subir? —Sí, Charles. Sí… Ya sé que… —Y puede que hoy sea la segunda vez que sube, ¿no? Michèle movió la cabeza afirmativamente. —Sí. —¡Por el amor de Dios, Michèle! Sabes muy bien que así fue cómo desapareció el abrecartas, ¿no? ¡Pero el reloj! ¡Dios mío, el reloj es mucho más importante! ¿Dónde vive ese chiquillo? —No lo sé. Charles hizo un movimiento hacia el teléfono y se detuvo. —¿Cuándo ha estado aquí? ¿Esta tarde? —Sí, aún no hace una hora. Charles, ¡lo siento de veras! —No puede vivir muy lejos de aquí. ¿Cómo habrá podido hacerlo estando tú presente? —También ha venido su hermana. —Michèle había acompañado a la niña al lavabo. Por supuesto, el niño habría cogido el reloj entonces y lo había metido en la cesta de la compra. Charles se hizo cargo y movió la cabeza con gesto apesadumbrado. —Bueno, si lo empeñan, pasarán unas buenas Navidades, y apuesto que pasarán días antes de que volvamos a verles… si es que volvemos a verles el pelo. ¿Cómo has podido traer a semejantes ladrones a casa? Michèle titubeó, trastornada por la cólera de Charles. Era una cólera dirigida contra ella. —Tenían frío y hambre… y son pobres —miró los ojos de su marido. —Igual que mi padre —dijo Charles, hablando despacio— cuando adquirió ese reloj. Michèle lo sabía. El reloj de oro molido había sido el orgullo y la alegría de la familia Clement desde que Charles tenía unos doce años de edad. El reloj había sido el único objeto bonito en su casa de familia trabajadora. Había llamado la atención de Michèle durante su primera visita a los Clement, puesto que el resto del mobiliario era horrible, style rustique , todo barniz y formica. Y el padre Charles les había dado el reloj como regalo de boda. —¡Los muy cerdos! —musitó Charles, chupando un cigarrillo y con los ojos clavados en el hueco de la repisa—. Quizá es que no conoces a esta clase de gente, mi querida Michèle. Pero yo sí la conozco. Porque me crie con ella. —¡Entonces podrías ser más comprensivo! Si no conseguimos recuperar el reloj, Charles, compraré otro, lo más parecido posible. Recuerdo exactamente cómo era ese reloj. Charles meneó la cabeza, cerró los ojos y se volvió. Michèle salió de la sala, llevándose el té consigo. Era la primera vez que veía a Charles al borde de las lágrimas. Charles no quería asistir a la cena a la que estaban invitados aquella noche. Sugirió que Michèle fuese sola e inventase alguna excusa por su ausencia, y al principio ella dijo que también se quedaría en casa, luego cambió de parecer y se vistió. —No sé qué tiene de malo mi idea, la de comprar otro reloj —dijo Michèle—. No acierto a ver… —Quizá nunca lo verás —dijo Charles. Michèle conocía a Bernard e Yvonne Petit desde hacía mucho tiempo. Ambos ya eran amigos suyos antes de que se casara con Charles. Michèle sentía grandes deseos de contarle a Yvonne lo ocurrido con el reloj, pero no era una historia que pudiera contarse durante una cena con ocho invitados, y cuando llegó la hora del café ya había decidido que lo mejor era no hablar para nada del asunto. Charles estaba muy disgustado y la falta era suya, de Michèle. Pero Yvonne, cuando Michèle se estaba despidiendo, le preguntó si algo la preocupaba, y Michèle se sintió aliviada al contestar que sí. Ella e Yvonne entraron en la biblioteca, que se parecía mucho a la del piso de Michèle, y ésta le contó rápidamente lo sucedido. —¡Pero si precisamente tenemos aquí el reloj que necesitas! —exclamó Yvonne—. A Bernard ni siquiera le gusta mucho. ¡Ja! Es terrible decir algo así, ¿verdad? Pero el reloj está aquí mismo, querida Michèle. ¡Mira! —Yvonne apartó unas cuantas tarjetas de invitación, para que el reloj de la repisa fuera más visible; manecillas negras, la esfera coronada por una tiara de adornos dorados. Efectivamente, el reloj se parecía mucho al que había sido robado. Mientras Michèle titubeaba, Yvonne fue a buscar papel de periódico y una bolsa de plástico en la cocina y envolvió bien el reloj. Luego instó a Michèle a cogerlo. —¡Un regalo de Navidad! —Pero es que se trata de una cuestión de principios. Conozco a Charles. Y tú también, Yvonne. Si el reloj robado fuera de mi familia, si yo lo hubiese visto toda mi vida, incluso, sé que no me importaría tanto. —Lo sé, lo sé. —Es el hecho de que esos chiquillos son pobres… y de que es Navidad. Yo les invité a subir, primero Paul, él solo. El ver cómo se les iluminaba el rostro me resultó tan maravilloso. Se mostraron tan agradecidos por un poco de sopa. Paul me dijo que vivían en un sótano de no sé dónde. Yvonne la escuchaba, aunque era la segunda vez que Michèle le contaba todo aquello. —Tú limítate a poner este reloj donde estaba el otro… y espera que todo vaya bien —dijo Yvonne con una sonrisa confiada. Michèle cogió un taxi y, cuando llegó a casa, Charles estaba en la cama, leyendo. Michèle desenvolvió el reloj en la cocina y lo colocó en la repisa. ¡Era asombroso el parecido con el otro reloj! Charles, desde detrás del periódico, dijo que había sacado a Zeke a dar un paseo media hora antes. Fue lo único que dijo y Michèle no intentó darle conversación. Al día siguiente, víspera de Navidad, Charles vio el reloj en la repisa al entrar en la sala de estar procedente de la cocina, donde él y Michèle acababan de desayunar. Charles se volvió hacia Michèle con una expresión de asombro en los ojos. —De acuerdo, Michèle. Ya basta. —Me lo dio Yvonne. Nos lo dio. Pensé… sólo porque es Navidad… —¿Qué había pensado? ¿Cómo se había propuesto terminar aquella frase? —No me entiendes —dijo Charles con firmeza—. Anoche le hice a la policía una descripción del reloj. Fui al cuartelillo, ¡y pienso recuperar mi reloj! También les hablé del chico de «unos diez años» y de su hermana y les dije que vivían en alguna parte del barrio, en un sótano. Charles hablaba como si hubiese declarado la guerra a un enemigo formidable. Para Michèle aquello era absurdo. Luego, mientras Charles hablaba con furia mal reprimida sobre la falta de honradez, sobre hacer caridad a los irresponsables, a aquellos que no se la merecían, que ni siquiera habían tratado de merecérsela, sobre la falta de respeto por la propiedad privada, Michèle empezó a comprender. Charles tenía la sensación de que habían invadido su castillo, de que su propia esposa le había franqueado la puerta al enemigo… y que ella estaba del lado de éste. Charles hubiese podido preguntarle si era comunista, pero no lo hizo. Michèle no se consideraba comunista, nunca se había tenido por tal. —Opino sencillamente que los ricos deberían compartir lo que tienen —dijo, interrumpiendo a Charles. —¿Desde cuándo somos ricos? ¿Verdaderamente ricos, quiero decir? —repuso Charles—. Bueno, ya lo sé. Tu familia… ellos sí que son ricos y tú estás acostumbrada a ello. Tú lo heredaste. Eso no es culpa tuya. ¿Por qué diantres iba a ser culpa suya?, se preguntó Michèle y empezó a tener la sensación de que pisaba terreno más firme. A menudo había leído, en libros y periódicos, que la riqueza tenía que compartirse en este siglo, de lo contrario… —Bueno… y en lo que se refiere a esos chiquillos, volvería a hacer lo mismo —dijo Michèle. Las mejillas de Charles temblaron de exasperación. —¡Nos han insultado! ¡Ha sido un robo! Michèle notó calor en el rostro. Salió de la sala, tan furiosa como Charles. Pero Michèle opinaba que tenía algo de razón. Mejor dicho, que tenía toda la razón. Necesitaba expresarlo con palabras, poner en orden sus argumentos. El corazón le latía rápidamente. Miró de reojo la puerta del dormitorio, esperando ver la figura de Charles, esperando oír su voz pidiéndole que volviera. Pero no fue así. Charles se fue a trabajar con media hora de retraso y dijo que probablemente no volvería hasta después de las tres y media. Tenían que ir a casa de los padres de Charles entre las cuatro y las cinco. Michèle telefoneó a Yvonne y en el transcurso de la conversación los pensamientos de Michèle se hicieron más claros y dejó de llorar. —Pienso que la actitud de Charles es equivocada —dijo Michèle. —Pero a un hombre no debes decirle eso, querida. Ten cuidado. Aquella tarde a las cuatro Michèle, con mucho tacto, empezó a hablar con Charles. Le preguntó si le gustaba el envoltorio del regalo para su madre. El paquete contenía el mantel blanco que ya había enseñado a Charles. —No voy a ir. No puedo ir —dijo Charles y, desoyendo las protestas de Michèle, agregó—: ¿Crees que puedo presentarme ante mis padres… reconocer ante ellos que el reloj ha sido robado? Michèle se preguntó por qué tenía que mencionar el reloj, a menos que quisiera estropear la Navidad. Sabía que era inútil tratar de persuadirle para que fuera con ella, de modo que lo dejó correr. —Yo sí iré… y les llevaré sus regalos. Y así lo hizo, dejando a Charles en casa, malhumorado, esperando una posible llamada telefónica de la policía, según dijo. Michèle había salido cargada con los regalos de los padres de Charles y con los regalos para sus propios padres. Charles le había dicho que aparecería por el piso de los padres de Michèle en Neuilly sobre las ocho de la tarde. Pero no se presentó. Sus padres le sugirieron que llamara por teléfono a Charles: a lo mejor se había quedado dormido o estaba trabajando y había perdido la noción del tiempo, pero Michèle no le telefoneó. Todo era alegre y hermoso en casa de sus padres… su árbol de Navidad, los cubos con el champán, los regalos, uno de ellos era un paraguas de viaje en un estuche de cuero. Charles y el asunto del reloj se cernían como una sombra fea y negra sobre el dorado resplandor de la sala de estar de sus padres, y Michèle volvió a contar desordenadamente lo ocurrido. Su padre soltó una risita. —Ya me acuerdo de aquel reloj… creo. No tiene nada de extraordinario. Después de todo, no lo hizo Cellini. —Sin embargo, se trata del sentimiento, Édouard —dijo la madre de Michèle—. Lástima que haya ocurrido precisamente en Navidad. Y ha sido un descuido por parte tuya, Michèle. Pero… tengo que mostrarme de acuerdo contigo, sí, no eran más que pilluelos de la calle y cedieron a la tentación. Michèle se sintió más reforzada. —Esto no es el fin del mundo —dijo su padre, sirviendo más champán. Al día siguiente, Navidad, Michèle recordó las palabras de su padre; y lo mismo el día después de Navidad. No era el fin del mundo, pero sí el fin de algo. La policía no había encontrado el reloj, pero Charles creía que lo encontrarían. Les había hablado con cierta energía, aseguró a Michèle, y les había proporcionado un dibujo en color del reloj que él mismo había hecho a los catorce años. —Naturalmente, los ladrones no lo empeñarían tan pronto —le dijo Charles a Michèle—, pero tampoco lo arrojarán al Sena. Antes o después tratarán de obtener dinero a cambio del reloj, y entonces les echaremos el guante. —Francamente, tu actitud me parece poco cristiana, incluso cruel —dijo Michèle. —Y a mí la tuya me parece… estúpida. No era el fin del mundo, pero sí fue el fin de su matrimonio. Ninguna palabra que Charles dijera después, ningún abrazo, si lo había, podría compensar a Michèle por aquel comentario de su esposo. Y, además, había algo igualmente importante. Michèle advirtió en Charles una profunda antipatía, una verdadera aversión hacia ella. ¿Y ella por él? ¿No sentía algo parecido? Charles había perdido algo que Michèle consideraba humano… si es que lo había tenido alguna vez. Con sus orígenes más pobres, menos privilegiados, Charles debería haber tenido más compasión que ella, pensó Michèle. ¿Qué estaba mal? ¿Y qué estaba bien? Michèle se sentía confusa, como le ocurría algunas veces cuando trataba de reflexionar sobre las frases de los villancicos, o sobre algunos poemas, que podían interpretarse de dos maneras, y, pese a todo, el corazón o el sentimiento siempre parecía buscar y encontrar un sendero propio, como había hecho el suyo, ¿y acaso eso no estaba bien? ¿No estaba bien perdonar, especialmente en aquella época del año? Los amigos, los padres de ambos aconsejaron paciencia. Debían separarse durante una o dos semanas. La Navidad siempre ponía nerviosas a las personas. Michèle podía instalarse en el piso de Yvonne y Bernard, y así lo hizo. Luego ella y Charles podrían hablar otra vez, y así lo hicieron. Pero nada cambió realmente, nada en absoluto. Michèle y Charles se divorciaron al cabo de cuatro meses. Y la policía nunca llegó a encontrar el reloj. FIN Autor: Patricia Highsmith Título: Un reloj hace tictac en navidad Título Original: A Clock Ticks at Christmas Publicado en: Mermaids on the Golf Course (1985) Traducción: Jordi Beltrán Ferrer
- "Foster, estás muerto", cuento de Philip K. Dick
Foster, estás muerto Philip K. Dick El colegio era un fastidio, como siempre, sólo que hoy era peor. Mike Foster dejó de tejer sus dos cestas a prueba de agua y se incorporó, mientras todos los chicos que le rodeaban seguían trabajando. El frío sol de la tarde brillaba en el exterior del edificio de acero y hormigón. El transparente aire del otoño realzaba los tonos verdes y marrones de las colinas. Algunos NATS volaban perezosamente en círculos sobre la ciudad. La inmensa y ominosa forma de la señora Cummings, la maestra, se aproximó a su pupitre. —Foster, ¿has terminado? —Sí, señora —respondió. Levantó las cestas—. ¿Puedo marcharme? La señora Cummings examinó las cestas con aire crítico. —¿Has acabado tus trampas? El muchacho rebuscó en su pupitre y sacó una complicada trampa para cazar animales pequeños. —Todo terminado, señora Cummings, y también mi cuchillo. Le enseñó la hoja afilada del cuchillo, fabricada a partir de un bidón de gasolina desechado. La mujer tomó el cuchillo y pasó su dedo experto sobre el filo con expresión escéptica. —No es lo bastante fuerte —afirmó—. Lo has afilado demasiado. Perderá el filo la primera vez que lo utilices. Baja al laboratorio de armas y examina los cuchillos que hay. Después, afílalo otra vez y consigue una hoja más gruesa. —Señora Cummings, ¿puedo hacerlo mañana? —suplicó—. ¿Puedo irme ahora, por favor? Todos los demás alumnos contemplaban la escena con interés. Mike Foster se ruborizó. Odiaba destacar, pero tenía que marcharse. No podía permanecer en el colegio ni un momento más. —Mañana es el día dedicado a cavar —rugió la señora Cummings, inexorable—. No tendrás tiempo de trabajar en tu cuchillo. —Lo haré después de cavar —le aseguró. —No, cavar no es lo tuyo. —La anciana examinó los esqueléticos brazos y piernas del chico—. Será mejor que termines hoy tu cuchillo, y pases todo el día de mañana en el campo. —¿De qué sirve cavar? —preguntó Mike Foster, desesperado. —Todo el mundo debe saber cavar —respondió con paciencia la señora Cummings. Los niños rieron. Acalló sus carcajadas con una mirada hostil—. Todos saben lo importante que es saber cavar. Cuando la guerra empiece, toda la superficie se llenará de escombros y desechos. Para sobrevivir, será necesario cavar, ¿verdad? ¿Alguno de ustedes ha visto a una ardilla cavar alrededor de las raíces de las plantas? La ardilla sabe que encontrará algo de valor bajo la superficie de la tierra. Todos seremos como ardillas. Todos tendremos que aprender a cavar en los escombros y encontrar cosas útiles, porque ahí es donde estarán. Mike Foster se quedó manoseando el cuchillo con aire afligido, mientras la señora Cummings se alejaba por el pasillo. Algunos niños le dirigieron una sonrisa de desprecio, pero nada hizo mella en la capa de infelicidad que le recubría. Cavar no le serviría de nada. Cuando las bombas cayeran, moriría al instante. No servirían de nada las vacunas que le habían aplicado en los brazos, muslos y nalgas. Había malgastado el dinero asignado. Mike Foster no viviría lo suficiente para atrapar todas las infecciones bacteriológicas. A menos que… Se levantó como impulsado por un resorte y siguió a la señora Cummings hacia su escritorio. —Por favor, debo irme —suplicó, torturado por la desesperación—. Debo hacer algo. Los cansados labios de la señora Cummings dibujaron una mueca de irritación, pero los ojos atemorizados del muchacho la frenaron. —¿Qué ocurre? —preguntó—. ¿Te encuentras mal? El chico se quedó petrificado, incapaz de responder. La clase, complacida con el cuadro, murmuró y rio hasta que la señora Cummings, irritada, golpeó en el escritorio con un lápiz. —Silencio —ordenó. Su voz se suavizó un ápice—. Michael, si tus reacciones son inadecuadas, baja a la clínica psíquica. Es inútil que sigas trabajando si estás afectado. La señorita Groves estará encantada de optimizarte. —No —respondió Foster. —En ese caso, ¿qué te pasa? La clase se agitó. Otras voces respondieron por Foster. La desdicha y la humillación paralizaron su lengua. —Su padre es un anti-P —explicaron las voces—. No tienen refugio y no están alistados en la Defensa Civil. Su padre ni siquiera ha contribuido a los NATS. No han hecho nada. La señora Cummings miró con asombro al muchacho silencioso. —¿No tienen refugio? El chico negó con la cabeza. Una extraña sensación se apoderó de la mujer. —Pero… Quería decir «pero morirán en la superficie», y lo sustituyó por «pero ¿adónde irán?». —A ningún sitio —respondieron las dulces voces—. Todo el mundo estará en sus refugios y él se quedará arriba. Ni siquiera tiene pase para el refugio del colegio. La señora Cummings se quedó estupefacta. Había dado por sentado que todos los niños del colegio tenían un pase que les permitía acceder a las intrincadas cámaras subterráneas situadas debajo del edificio. Pero no. Sólo los niños cuyos padres pertenecían a la DC, que contribuían a la defensa de la comunidad. Y si el padre de Foster era un anti-P… —Tiene miedo de estar sentado aquí —canturrearon las voces con calma—. Tiene miedo que ocurra mientras está sentado aquí, porque los demás estarán a salvo en el refugio. Caminaba con parsimonia, las manos hundidas en los bolsillos, y daba patadas a las piedras que encontraba en la acera. Anochecía. Los cohetes públicos descargaban montones de viajeros fatigados, contentos de volver a casa después de recorrer ciento cincuenta kilómetros desde las fábricas del oeste. Algo destelló en las lejanas colinas: una torre de radar que giraba silenciosamente en la oscuridad. Los NATS habían aumentado de número. Las horas del crepúsculo eran las más peligrosas. Los observadores visuales eran incapaces de localizar los misiles de alta velocidad que se acercaban a tierra. Suponiendo que esos misiles llegaran. Una máquina de noticias le gritó cuando pasó. Guerra, muerte, sorprendentes armas nuevas inventadas en la patria y en el extranjero. Hundió los hombros y continuó su camino, dejó atrás los pequeños cascarones de hormigón que hacían las veces de casas, todos exactamente iguales, robustas cajas reforzadas. Brillantes letreros de neón destellaron más adelante, en la penumbra creciente: el distrito comercial, infestado de tráfico y gente. Se detuvo media manzana antes de llegar al laberinto de neones. A su derecha tenía un refugio público. La entrada parecía un túnel, provista de un torniquete mecánico que brillaba débilmente. Cincuenta centavos la entrada. Si se encontraba en plena calle y tenía cincuenta centavos en el bolsillo, ningún problema. Había entrado en refugios públicos muchas veces, durante los ataques ficticios. En otras ocasiones, espantosas ocasiones dignas de una pesadilla que jamás olvidaba, no tenía los cincuenta centavos. Se había quedado mudo y aterrorizado, mientras la gente pasaba de largo a toda velocidad y los agudos aullidos de las sirenas sonaban por todas partes. Continuó su camino poco a poco hasta que llegó al punto más iluminado, las enormes y relucientes salas de exhibición de la General Electronics, que ocupaban dos manzanas, iluminadas por todas partes, un inmenso cuadrado de color. Se detuvo y examinó por millonésima vez las formas fascinantes, el escaparate que siempre le obligaba a detenerse cuando pasaba. En el centro del inmenso bloque había un único objeto, un conjunto de máquinas, vigas de apoyo, puntales, paredes y cerraduras. Todos los reflectores apuntaban hacia él; enormes letreros pregonaban sus mil y una ventajas…, como si pudiera existir alguna duda. ¡El nuevo refugio subterráneo a prueba de bombas y radiaciones, modelo 1972, ya ha llegado! Compruebe sus inmejorables prestaciones:—Ascensor automático de descenso. A prueba de averías, energía eléctrica autónoma, cierre centralizado.—Casco triple garantizado para soportar una presión de 5 atmósferas.—Sistema de calefacción y refrigeración autónomo. Sistema de purificación del aire.—Tres fases de descontaminación del agua y los alimentos.—Cuatro fases desinfectantes de preexposición a las quemaduras.—Proceso antibiótico completo.—Cómodos plazos. Contempló el refugio durante largo rato. En esencia, consistía en un gran depósito, con un gollete en un extremo que era el tubo de descenso y una escotilla de huida en el otro. Era completamente autónomo, un mundo en miniatura que suministraba su propia luz, calor, aire, agua, medicamentos y alimentos, casi inagotables. Ya abastecido, contaba con cintas de audio y vídeo, diversiones, camas, sillas, monitor, todo lo indispensable en un hogar de la superficie. De hecho, era una casa subterránea. No faltaba nada que fuera necesario o consagrado al ocio. Una familia estaría a salvo, incluso cómoda, durante el ataque con bombas H o bacteriológicas más grave. Costaba veinte mil dólares. Mientras contemplaba en silencio la gigantesca muestra, un vendedor salió, camino de la cafetería. —Hola, hijo —saludó automáticamente cuando pasó junto a Mike Foster—. No está mal, ¿verdad? —¿Puedo entrar? —se apresuró a preguntar Foster—. ¿Puedo bajar? El vendedor se detuvo cuando reconoció al muchacho. —Tú eres aquel chico, aquel maldito chico que no deja de perseguirnos. —Me gustaría bajar. Sólo un par de minutos. No tocaré nada, se lo prometo. No tocaré nada. El vendedor era un joven rubio, atractivo, de unos veintipocos años. Vaciló, indeciso. El chico era muy pesado, pero tenía una familia, y eso significaba un cliente en perspectiva. El negocio iba mal. Septiembre finalizaba y las ventas continuaban en descenso. Decir al muchacho que fuera a vender sus cintas-noticiario no serviría de nada; por otra parte, era un mal negocio alentar a los niños a que manosearan la mercancía. Hacían perder el tiempo, rompían cosas, hurtaban objetos pequeños cuando nadie les miraba. —Ni hablar —contestó el vendedor—. Oye, dile a tu padre que pase por aquí. ¿Ha visto lo que tenemos? —Sí —dijo Mike Foster con voz tensa. —¿Qué le retiene? —El vendedor indicó con un gesto majestuoso la gran muestra reluciente—. Le haremos un buen precio por el antiguo, teniendo en cuenta el índice de inflación y el estado en que se encuentre. —No tenemos ninguno —confesó Mike Foster. El vendedor parpadeó. —¿Cómo has dicho? —Mi padre dice que es tirar el dinero. Dice que intentan asustar a la gente para que compre cosas innecesarias. Dice… —¿Tu padre en un anti-P? —Sí —contestó Mike Foster, desolado. El vendedor lanzó un suspiro. —Muy bien, muchacho. Lamento que no podamos hacer negocios. No es culpa tuya. ¿Qué demonios le ocurre? ¿Contribuye a los NATS? —No. El vendedor maldijo por lo bajo. Un aprovechado, bien seguro porque el resto de la comunidad entregaba el treinta por ciento de sus ingresos para mantener un sistema defensivo constante. —¿Qué opina tu madre? —preguntó—. ¿Está de acuerdo con él? —Dice que… —Mike Foster se interrumpió—. ¿Puedo bajar un momento? No tocaré nada. Sólo por esta vez. —¿Cómo vamos a venderlo si dejamos que los niños lo toqueteen? No vamos a rebajar el precio porque sea un modelo de demostración. Ya nos ha pasado demasiadas veces. —La curiosidad del vendedor aumentó—. ¿Cómo se convierte uno en anti-P? ¿Siempre ha pensado igual, o es que alguien le lavó el cerebro? —Dice que ya han vendido a la gente todos los coches, lavadoras y televisores que podían utilizar. Dice que los NATS y los refugios antibombas no sirven de nada, que la gente nunca compra cosas verdaderamente útiles. Dice que las fábricas pueden seguir produciendo fusiles y máscaras antigás sin cesar, y que mientras la gente tenga miedo los seguirán comprando, porque piensan que si no lo hacen los matarán. Puede que un hombre se canse de pagar un coche nuevo cada año y se detenga, pero nunca dejará de comprar refugios para proteger a sus hijos. —¿Y tú lo crees? —Me gustaría tener un refugio. Si tuviéramos un refugio como ése, bajaría a dormir cada noche. Lo tendríamos a mano cuando lo necesitáramos. —Es posible que no haya guerra —dijo el vendedor. Intuyó la desdicha y miedo del muchacho y le dedicó una sonrisa bondadosa—. Deja de preocuparte. Creo que ves demasiadas películas… Sal a jugar, por ejemplo. —Nadie está a salvo en la superficie. Debemos quedarnos abajo. Yo no tengo adónde ir. —Dile a tu padre que venga a echar un vistazo —murmuró el vendedor, incómodo—. Quizá lo convenzamos. Tenemos muchas modalidades de venta a plazos. Dile que pregunte por Bill O’Neill. ¿De acuerdo? Mike Foster se alejó por la calle en sombras. Sabía que debía volver a casa, pero los pies le pesaban y le dolía todo el cuerpo. El cansancio le trajo a la memoria lo que había dicho el profesor de gimnasia el día anterior, durante los ejercicios. Estaban practicando suspensión de la respiración; retenían el aire en los pulmones y corrían. Lo había hecho mal. Los otros aún seguían corriendo cuando él se detuvo, expulsó el aire y se quedó inmóvil, jadeando en busca de aliento. —Foster —dijo el profesor, irritado—, estás muerto. Lo sabes, ¿verdad? Si hubiera sido un ataque con gases… —Meneó la cabeza, preocupado—. Ve allí y practica tú solo. Si quieres sobrevivir, debes mejorar. Pero no confiaba en sobrevivir. Cuando llegó al porche de su casa, vio que las luces de la sala de estar ya estaban encendidas. Oyó la voz de su padre, y también la de su madre, más débilmente, desde la cocina. Cerró la puerta y empezó a quitarse la chaqueta. —¿Eres tú? —preguntó su padre. Bob Foster estaba repantingado en su butaca, el regazo lleno de cintas y papeles de su tienda de muebles. —¿Dónde has estado? La cena está preparada desde hace media hora. Se había quitado la chaqueta y subido las mangas de la camisa. Sus brazos eran pálidos y delgados, pero musculosos. Estaba cansado. Tenía los ojos grandes y oscuros, y su cabello empezaba a ralear. Movió las cintas de un montón al otro. —Lo siento —dijo Mike Foster. Su padre consultó el reloj de cadena; estaba seguro que era el único hombre que aún llevaba reloj. —Ve a lavarte las manos. ¿Qué has estado haciendo? —Escrutó a su hijo—. Estás raro. ¿Te encuentras bien? —He ido al centro. —¿Para qué? —A mirar los refugios. Su padre, sin decir nada, tomó un fajo de documentos y los guardó en una carpeta. Apretó los labios y profundas arrugas surcaron su frente. Resopló furioso cuando las cintas cayeron al suelo. Se agachó para recuperarlas. Mike Foster no hizo nada para ayudarle. Se acercó al ropero y colgó la chaqueta en la percha. Cuando se volvió, su madre estaba dirigiendo la mesa con la cena hacia el comedor. Comieron en silencio, concentrados en sus platos y sin mirarse. —¿Qué viste? —preguntó por fin su padre—. Lo mismo de siempre, imagino. —Ya han llegado los nuevos modelos del 72 —respondió Mike Foster. —Son iguales que los modelos del 71. —Su padre tiró el tenedor con violencia. La mesa lo capturó y absorbió—. Algunos accesorios nuevos, un poco más de cromo, y punto. —Miró a su hijo, desafiador—. ¿Estoy en lo cierto? Mike Foster jugueteó desmañadamente con su pollo a la crema. —Los nuevos tienen un ascensor de descenso a prueba de averías. No puedes quedarte a mitad de camino. Basta con entrar, y él hace el resto. —El año que viene saldrá uno que te recogerá arriba y te bajará. Éste de ahora quedará obsoleto en cuanto la gente lo compre. Eso es lo que quieren, que sigas comprando. Sacan nuevos modelos lo más de prisa posible. El que has visto es de 1972, pero aún estamos en 1971. ¿Es que no pueden esperar? Mike Foster no contestó. Lo había oído miles de veces. Nunca había nada nuevo, sólo cromo y accesorios, y los antiguos ya no servían para nada. La explicación de su padre era enérgica, apasionada, casi frenética, pero carecía de sentido. —Compremos uno antiguo, entonces —barbotó—. No me importa, cualquiera servirá. Incluso uno de segunda mano. —No, tú quieres uno nuevo. Brillante y reluciente, para impresionar a los vecinos. Montones de cuadrantes, botones y aparatos. ¿Cuánto piden por él? —Veinte mil dólares. Su padre dejó escapar el aliento. —Así de sencillo. —En cómodos plazos. —Claro. Pagas durante el resto de tu vida. Intereses, recargos… ¿Cuál es la garantía? —Tres meses. —¿Y qué pasa cuando se avería? Deja de purificar y descontaminar. Se cae en pedazos en cuanto se cumplen los tres meses. Mike Foster meneó la cabeza. —No. Es grande y sólido. Su padre enrojeció. Era un hombre bajo, delgado, de huesos frágiles. De repente, pensó en las batallas perdidas que definían su vida, la lucha enconada por progresar, siempre aferrándose a algo, un trabajo, dinero, la tienda de muebles, de tenedor de libros a gerente, y por fin propietario. —Nos asustan para que los engranajes sigan funcionando —gritó con desesperación a su mujer y a su hijo—. No quieren otra depresión. —Bob, para ya —dijo su mujer, en voz baja y con parsimonia—. No puedo aguantarlo más. Bob Foster parpadeó. —¿De qué estás hablando? —murmuró—. Estoy cansado. Esos malditos impuestos. Por culpa de las grandes cadenas, es imposible que una tienda pequeña siga abierta. Tendría que haber una ley. —Su voz se quebró—. Creo que he perdido el apetito. —Se levantó—. Voy a tenderme en el sofá y dormiré una siesta. El rostro enjuto de su mujer se encendió de furia. —¡Debes comprar uno! No soporto el modo en que hablan de nosotros. Todos los vecinos y comerciantes, todos los que están enterados. Lo escucho en todas partes. Desde el día que pusieron la bandera. Anti-P. El último de la ciudad. Todo el mundo contribuye a pagar esos aparatos que vuelan ahí arriba, excepto nosotros. —No —respondió Bob Foster—. No puedo comprarlo. —¿Por qué? —Porque no puedo permitírmelo —respondió con sencillez. Se hizo el silencio. —Lo invertiste todo en esa tienda —dijo Ruth por fin—. Y se está hundiendo. Te aferras a ella como un náufrago a un clavo ardiendo. Nadie quiere ya muebles de madera. Eres una reliquia… Una curiosidad. Descargó el puño sobre la mesa, que se alzó al instante para recoger los platos sucios, como un animal sobresaltado. Salió como una furia del comedor y volvió a la cocina. Los platos tintineaban en el depósito de lavado mientras corría. Bob Foster suspiró, cansado. —No discutamos. Estaré en la sala. Déjenme dormir un par de horas. Hablaremos más tarde. —Siempre más tarde —comentó Ruth con amargura. Su marido desapareció en la sala de estar, una silueta menuda, encorvada, de cabello gris desgreñado, los omóplatos como alas rotas. Mike se levantó. —Voy a hacer los deberes —dijo. Siguió a su padre, con una extraña expresión en el rostro. La sala de estar estaba en silencio, el televisor apagado y la lámpara a la mínima potencia. Ruth manipulaba los controles de la cocina para que preparara los platos del mes siguiente. Bob Foster descansaba tendido en el sofá, descalzo y con la cabeza apoyada en una almohada. Su rostro estaba pálido de cansancio. Mike vaciló un momento antes de hablar. —¿Puedo pedirte algo? Su padre gruñó, se removió, abrió los ojos. —¿Qué? Mike se sentó frente a él. —Cuéntame otra vez aquello de cuando le diste un consejo al presidente. Su padre se irguió. —Yo no le di ningún consejo al presidente. Sólo hablé con él. —Cuéntamelo. —Te lo he contado un millón de veces. Cada tanto, desde que eras un bebé. Tú estabas conmigo. —Su voz se suavizó, mientras recordaba—. Eras un bebé; te llevábamos en brazos. —¿Qué aspecto tenía? —Bueno —empezó su padre, deslizándose en una rutina que había practicado y pulido durante años—, más o menos como en la tele. Un poco más bajo. —¿Por qué vino aquí? —preguntó Mike con avidez, aunque conocía casi todos los detalles. El presidente era su héroe, el hombre que más admiraba en el mundo—. ¿Por qué vino a nuestra ciudad desde tan lejos? —Iba de gira. —La amargura se insinuó en la voz de su padre—. Pasó por casualidad. —¿Qué clase de gira? —Recorría todo el país, visitando ciudades. —La amargura se intensificó—. Quería ver cómo nos iba. Quería comprobar si habíamos comprado suficientes NATS, refugios antibombas, vacunas antibacterias, máscaras antigás e instalaciones de radar para repeler los ataques. La General Electronics Corporation empezaba a montar sus grandes salas de muestra, todo brillante, reluciente y caro. El primer equipo defensivo para uso doméstico. —Torció los labios—. Todo en cómodos plazos. Anuncios, carteles, focos, gardenias y platos gratis para las señoras. Mike Foster contuvo el aliento. —Ése fue el día que recibimos nuestra Bandera de Preparación —dijo, emocionado—. Ése fue el día que vino a entregarnos la bandera. Y la izaron en el centro de la ciudad. Todo el mundo gritaba y lanzaba hurras. —¿Te acuerdas? —Creo… Creo que sí. Recuerdo a la gente y ruidos. Y hacía calor. Fue en junio, ¿verdad? —El 10 de junio de 1965. Un gran acontecimiento. Por aquel entonces, pocas ciudades tenían la gran bandera verde. La gente aún compraba coches y televisores. No habían descubierto que aquellos días habían terminado. Los televisores y los coches son útiles… Puedes fabricar y vender tantos como quieras. —Te dio a ti la bandera, ¿verdad? —Bueno, nos la dio a todos los comerciantes. La Cámara de Comercio lo había arreglado. Competencia entre las ciudades, a ver quién compra más en menos tiempo. Mejorar la ciudad al tiempo que se estimulan los negocios. Tal como enfocaban el asunto, la idea era que, si debíamos comprar nuestras máscaras antigás y nuestros refugios antibombas, debíamos cuidarlos bien. Como si alguna vez hubiéramos estropeado los teléfonos o las aceras, o las autopistas, porque el Estado las proporcionaba. O los ejércitos. ¿Acaso no han existido siempre los ejércitos? ¿Acaso los gobiernos no han organizado siempre a los ciudadanos para la defensa? Supongo que la defensa cuesta demasiado. Supongo que ahorran un montón de dinero, disminuyen la deuda nacional gracias a esto. —Cuéntame lo que dijo —susurró Mike Foster. Su padre buscó la pipa y la encendió con dedos temblorosos. —Dijo: «Aquí tienen su bandera, muchachos. Han hecho un buen trabajo». —Bob Foster tosió cuando aspiró el acre humo de la pipa—. Estaba bronceado, tenía la cara colorada, no se cortaba un pelo. Sudaba y sonreía. Sabía tratar a la gente. Conocía a mucha gente por el nombre. Contó un chiste divertido. El chico tenía los ojos abiertos de par en par. —Vino de tan lejos y habló contigo. —Sí, hablé con él. Todos gritaban y lanzaban hurras. Se izó la bandera verde, la gran Bandera de la Preparación. —Y tú dijiste… —Yo le dije: «¿Eso es todo lo que nos ha traído? ¿Un trozo de tela verde?». —Bob Foster apretó la pipa—. Fue entonces cuando me convertí en un anti-P, aunque en aquel momento no lo supe. Sólo sabía que nos habían dejado solos, de no ser por un trozo de tela verde. En lugar de un país, una nación, ciento setenta millones de personas coordinadas para defenderse, éramos un montón de pequeñas ciudades aisladas, pequeños fuertes amurallados. Como en la Edad Media. Con ejércitos aislados de los demás… —¿Volverá algún día el presidente? —Lo dudo. Estaba… Estaba de paso. —Si vuelve —susurró Mike, nervioso, sin atreverse a albergar esperanza alguna—, ¿iremos a verle? Bob Foster se incorporó. Sus brazos huesudos eran de color blanco. Su rostro enjuto estaba demacrado por la preocupación. Y la resignación. —¿Cuánto valía ese maldito trasto que viste? —preguntó con voz ronca—. El refugio antibombas. El corazón de Mike dejó de latir. —Veinte mil dólares. —Hoy es jueves. Iremos a verlo el sábado. —Bob Foster dio unos golpecitos en su pipa casi apagada—. Lo compraré a plazos. Ya se acerca la temporada de ventas de otoño. Suele irme bien… La gente compra muebles de madera para regalar en Navidad. —Se levantó con brusquedad—. ¿Trato hecho? Mike no pudo responder, sólo asentir con la cabeza. —Bien —dijo su padre, con patética jovialidad—. Ya no tendrás que ir a mirar el escaparate. El refugio fue instalado (pagando otros doscientos dólares) por una eficiente brigada de operarios ataviados con guardapolvos marrones, que llevaban escritos en la espalda las palabras GENERAL ELECTRONICS. Repararon con celeridad el patio trasero, colocaron en su sitio los arbustos, alisaron la superficie y deslizaron respetuosamente la factura por debajo de la puerta principal. El camión de reparto, ya vacío, se alejó calle abajo y el barrio quedó en silencio de nuevo. Mike Foster estaba con su madre y un grupo de vecinos admirados en el porche posterior de la casa. —Bien —dijo por fin la señora Carlyle—, ya tienen refugio. El mejor del mercado. —Ya lo creo —reconoció Ruth Foster. Era muy consciente de la gente que la rodeaba; hacía mucho tiempo que no se congregaban tantos vecinos en su casa. Se sentía embargada de una sombría satisfacción, cercana al resentimiento—. Esto ya es otra cosa —dijo con aspereza. —Sí —corroboró el señor Douglas desde la calle—. Ahora ya tienen un sitio donde ir. —Tomó el grueso libro de instrucciones que los operarios habían dejado—. Dice que pueden abastecerlo para un año. Pueden vivir ahí abajo doce meses sin necesidad de subir ni una vez. —Sacudió la cabeza, admirado—. El mío es un modelo antiguo, del 69. Sólo tiene autonomía para seis meses. Me parece que… —Para nosotros es suficiente —le interrumpió su mujer, con cierto anhelo en la voz—. ¿Podemos bajar a verlo, Ruth? Está preparado, ¿verdad? Mike emitió un sonido estrangulado y saltó hacia adelante. Su madre sonrió. —Él será el primero en bajar a verlo. En realidad, es para él. El grupo de hombres y mujeres, cruzados de brazos para protegerse del frío viento de septiembre, aguardó y contempló al muchacho, mientras éste se acercaba a la boca del refugio y se detenía a unos pasos de distancia. Entró en el refugio con cautela, casi temeroso de tocar algo. La boca era grande para él; había sido construida de modo que un adulto entrara sin problemas. En cuanto pisó el ascensor, éste descendió con un silbido hacia el fondo del refugio. El ascensor cayó sobre los amortiguadores y el chico salió dando tumbos. El ascensor volvió a la superficie y, al mismo tiempo, selló la parte subterránea del refugio, mediante una impenetrable capa de acero y plástico levantada en la estrecha boca. Las luces se encendieron automáticamente. El refugio estaba vacío. Aún no habían bajado los suministros. Olía a barniz y a grasa de motor. Los generadores zumbaban bajo sus pies. Su presencia activó los sistemas de purificación y descontaminación. Medidores y cuadrantes empotrados en la pared de hormigón entraron en acción. Se sentó en el suelo, las rodillas levantadas, el rostro solemne, los ojos abiertos como platos. Sólo se oía el ruido de los generadores; estaba aislado del mundo por completo. Se encontraba en un pequeño cosmos autónomo. Tenía todo cuanto necesitaba, bueno, lo tendría dentro de poco: comida, agua, aire, cosas que hacer. Nada era más preciso. Podía extender la mano y tocar todo lo que necesitaba. Podía quedarse hasta el fin del tiempo, sin moverse. Sin que le faltara nada, sin miedo, acompañado por el ruido de los generadores y las paredes ascéticas que le rodeaban por todas partes, tibias, cordiales, como un recipiente vivo. Lanzó un grito de júbilo que rebotó de pared en pared. El eco le ensordeció. Cerró los ojos y apretó los puños. Una inmensa alegría le invadió. Volvió a gritar y dejó que los ecos se derramaran sobre él, su voz reforzada por las paredes próximas, sólidas, increíblemente poderosas. Los chicos del colegio se enteraron antes que llegara por la mañana. Le saludaron cuando se acercó, todos sonrientes y dándose codazos. —¿Es verdad que han comprado un nuevo modelo General Electronics S-72? —preguntó Earl Peters. —Es verdad —respondió Mike. Su corazón se hinchió de una confianza que jamás había poseído—. Vengan a verlo —dijo con tanta indiferencia como logró fingir—. Se los enseñaré. Siguió adelante, consciente de sus caras envidiosas. —Bien, Mike —dijo la señora Cummings, cuando iba a salir de la clase al finalizar la jornada—. ¿Cómo te sientes? Se detuvo junto a su escritorio, tímido y embargado de un silencioso orgullo. —Muy bien —admitió. —¿Ya contribuye tu padre a los NATS? —Sí. —¿Y has conseguido un pase para el refugio del colegio? Exhibió con alegría la pequeña cinta azul que rodeaba su muñeca. —Ha enviado un cheque al Ayuntamiento por todo. Dijo: «Ya que he llegado hasta aquí, no cuesta nada continuar hasta el final». —Ya tienes todo cuanto poseen los demás. —La anciana sonrió—. Me alegro mucho. Ya eres un pro-P, aunque no exista esa expresión. Eres… como todos los demás. Al día siguiente, las máquinas de noticias propagaron a los cuatro vientos que los rusos habían inventado los proyectiles perforadores. Bob Foster estaba de pie en medio de la sala de estar, la cinta-noticiario en las manos, su flaco rostro congestionado de furia y desesperación. —¡Es un complot, maldita sea! —su voz adquirió un tono histérico—. Acabamos de comprar ese trasto y fíjate. ¡Fíjate! —Tiró la cinta a su mujer—. ¿Lo ves? ¡Te lo dije! —Ya lo he visto —se revolvió Ruth—. Estarás pensando que el mundo aguardaba tu reacción. No paran de mejorar las armas, Bob. La semana pasada fueron las escamas que envenenan las semillas. Hoy, los proyectiles perforadores. No esperarás que el progreso se detenga porque cambiaste de opinión por fin y compraste un refugio, ¿verdad? El hombre y la mujer se miraron. —¿Qué demonios vamos a hacer? —preguntó Bob Foster en voz baja. Ruth volvió a la cocina. —Me han dicho que van a sacar adaptadores. —¡Adaptadores! ¿Qué quieres decir? —Para que la gente no tenga que comprar nuevos refugios. Vi un anuncio en la tele. Van a sacar al mercado una especie de parrilla mecánica, en cuanto el gobierno lo apruebe. Se extienden sobre el terreno e interceptan los proyectiles perforadores. Los interceptan, detonan en la superficie, y no se introducen en el refugio. —¿Cuánto valen? —No lo han dicho. Mike Foster estaba sentado en el sofá, muy atento. Se había enterado de la noticia en el colegio. Estaban pasando la prueba sobre las bayas, examinando muestras de bayas silvestres para diferenciar las inofensivas de las tóxicas, cuando el timbre anunció una asamblea general. El rector leyó la noticia sobre los proyectiles perforadores y pronunció una breve conferencia sobre el tratamiento de urgencia que debía aplicarse a la nueva variante del tifus, desarrollada en fechas recientes. Sus padres continuaron discutiendo. —Tendremos que comprar uno —dijo con calma Ruth Foster—. De lo contrario, dará igual que tengamos o no un refugio. Los proyectiles perforadores fueron diseñados a propósito para penetrar en la superficie y buscar el calor. En cuanto los rusos hayan producido… —Compraré uno —dijo Bob Foster—. Compraré una parrilla antiproyectiles y lo que haga falta. Compraré todo lo que saquen al mercado. Nunca dejaré de comprar. —No es para tanto. —Este juego posee una auténtica ventaja sobre vender coches y televisores a la gente. Con algo así, debemos comprar. No es un lujo, algo grande y reluciente que impresione a los vecinos, algo superfluo. Si no compramos, morimos. Siempre se ha dicho que la forma de vender algo es crear anhelo en la gente. Crear una sensación de inseguridad, como decirles que huelen mal o tienen un aspecto ridículo. Esto deja en pañales al desodorante o la brillantina. Es imposible escapar. Si no compras, te matarán. La campaña publicitaria perfecta. Compra o muere, el nuevo lema. Pon en tu patio trasero un nuevo refugio antibombas de la General Electronics, o te matarán. —¡Deja de hablar así! —gritó Ruth. Bob Foster se dejó caer en la silla de la cocina. —Muy bien. Me rindo. Picaré el anzuelo. —¿Comprarás una? Creo que se pondrán a la venta en Navidad. Había una extraña expresión en su rostro. —Compraré uno de esos malditos trastos en Navidad, como todo el mundo. Los adaptadores fueron un éxito. Mike Foster caminaba lentamente por la calle abarrotada de gente. Era diciembre y anochecía. Los adaptadores brillaban en todos los escaparates. De todas las formas y tamaños, para toda clase de refugios. De todos los precios, para todas las economías. La muchedumbre estaba alegre y emocionada, todo sonrisas, cargada de paquetes y abrigos, la típica muchedumbre de todas las Navidades. Copos de nieve pintaban de blanco el aire. Los coches avanzaban con precaución por las calles abarrotadas. Luces, letreros de neón e inmensos escaparates iluminados brillaban por todas partes. Su casa estaba oscura, silenciosa. Sus padres aún no habían llegado. Los dos estaban trabajando en la tienda. El negocio iba mal y su madre había sustituido a uno de los empleados. Mike alzó la mano hacia la cerradura codificada y la puerta se abrió. La estufa automática había conservado la casa caliente y confortable. Se quitó la chaqueta y dejó los libros. No permaneció en la casa mucho rato. Salió por la puerta trasera al porche, con el corazón acelerado. Se obligó a detenerse, dar media vuelta y entrar de nuevo en la casa. Era mejor no apresurarse. Había planificado cada momento, desde el instante en que vio el eje del túnel recortarse contra el cielo nocturno. Había convertido el proceso en un arte; no había emoción desperdiciada. Había dotado de belleza todos sus movimientos. La abrumadora sensación de presencia cuando el túnel del refugio se cerraba a su alrededor. La helada corriente de aire que se producía cuando el ascensor descendía hasta el fondo. Y la grandeza del refugio en sí. Cada tarde, en cuanto llegaba, se enterraba bajo la superficie, encerrado y protegido en su silencio de acero, igual que desde el primer día. Ahora, la cámara estaba llena. Llena de ingentes cantidades de comida, almohadas, libros, cintas de audio y vídeo, cuadros en las paredes, telas de alegres colores y texturas, incluso jarrones con flores. El refugio era su lugar, donde se acurrucaba rodeado de todo lo que necesitaba. Demorándose lo máximo posible, recorrió la casa y buscó entre las cintas de audio. Estuvo sentado en el refugio hasta la hora de la cena, escuchando «Wind in the willows». Sus padres sabían dónde encontrarle; siempre estaba en el mismo sitio. Dos horas de felicidad ininterrumpida, a solas en el refugio. Y después, cuando la cena terminaba, volvía de nuevo hasta la hora de acostarse. En ocasiones, por la noche, cuando sus padres dormían, se levantaba con sigilo y se acercaba a la boca del refugio, y descendía a las profundidades. Se escondía hasta el amanecer. Encontró la cinta y salió corriendo al patio. Feas nubes negras cruzaban el cielo grisáceo. Las luces de la ciudad se encendían poco a poco. El patio se veía frío y hostil. Avanzó con paso vacilante hacia los peldaños…, y se quedó petrificado. Distinguió una enorme cavidad bostezante, una boca vacía, sin dientes, abierta al cielo de la noche. No había nada más. El refugio había desaparecido. Permaneció inmóvil durante una eternidad, la cinta aferrada en su mano, la otra apoyada sobre la barandilla del porche. La noche cayó. El hueco se disolvió en la oscuridad. Todo el mundo se hundió en el silencio y las tinieblas abismales. Salieron algunas estrellas. Se encendieron las luces de las casas próximas, frías y débiles. El muchacho no vio nada. Estaba inmóvil, el cuerpo rígido como una piedra, contemplando el gran pozo que había sustituido al refugio. De pronto, su padre apareció junto a él. —¿Cuánto rato llevas aquí? —preguntó su padre—. ¿Cuánto rato, Mike? ¡Contéstame! Mike consiguió reponerse con un violento esfuerzo. —Has vuelto pronto —murmuró. —Me fui de la tienda a propósito. Quería estar aquí cuando tú… llegaras a casa. —Ya no está. —Sí. —La voz de su padre era fría, desprovista de emoción—. El refugio ya no está. Lo siento, Mike. Les llamé y dije que se lo llevaran. —¿Por qué? —No podía pagarlo, sobre todo en Navidad, ahora que todo el mundo compra esas parrillas. No podía competir con ellas. —Su voz se quebró—. Fueron muy legales. Me devolvieron la mitad del dinero. —Su voz adquirió un tono irónico—. Sabía que si hacía un trato con ellos antes de Navidad, saldría mejor librado. Podrán vendérselo a otra persona. Mike no dijo nada. —Intenta comprenderlo —continuó su padre—. Tuve que invertir todo el capital que pude reunir en la tienda. Tenía que sacarla adelante. Era la tienda o el refugio. Y si elegía el refugio… —Nos quedábamos sin nada. Su padre le apretó el brazo. —Y en ese caso, también habríamos tenido que desprendernos del refugio. —Sus fuertes y delgados dedos se hundieron espasmódicamente en su piel—. Ya eres mayor para entender las cosas… Compraremos otro más adelante, quizá no el más grande, pero algo. Fue un error, Mike. El maldito adaptador acabó de estropearlo todo. Seguiré contribuyendo a los NATS, y pagaré tu pase del colegio. No se trata de una cuestión de principios —terminó, desesperado—. No puedo hacer nada. ¿Lo entiendes, Mike? Tenía que hacerlo. Mike se apartó de él. —¿Adónde vas? —Su padre le persiguió—. ¡Vuelve aquí! Intentó atrapar a su hijo, pero en la oscuridad tropezó y cayó. Las estrellas le cegaron cuando su cabeza golpeó contra una esquina de la casa. Se puso en pie con gran esfuerzo y buscó algún apoyo. Cuando recobró la vista, el patio estaba vacío. Su hijo se había ido. —¡Mike! —gritó—. ¿Dónde estás? No obtuvo respuesta. El viento de la noche acumuló nubes de nieve a su alrededor; el aire frío transportaba un sabor amargo. Viento y oscuridad, nada más. Bill O’Neill examinó el reloj de pared. Eran las nueve y media. Ya podía cerrar las puertas y clausurar el gigantesco almacén. Echar a las ruidosas multitudes y volver a casa. —Gracias a Dios —exclamó, mientras sostenía la puerta para que saliera la última anciana, cargada con paquetes y regalos. Tecleó el código de cierre y bajó la persiana—. Menuda turba. Nunca había visto a tanta gente junta. —Asunto concluido —dijo Al Connors desde la caja registradora—. Voy a contar el dinero. Ve a echar un vistazo. Asegúrate que no quede ni uno. O’Neill se alisó el cabello y se aflojó la corbata. Encendió un cigarrillo con ansia y fue a inspeccionar la tienda. Comprobó los interruptores, apagó los escaparates. Por fin, se acercó al gigantesco refugio antibombas que ocupaba el centro de la planta. Subió la escalerilla hasta la boca y entró en el ascensor. Un segundo después se encontraba en el interior del refugio, similar a una caverna. En un rincón, Mike Foster estaba acurrucado, las rodillas apretadas contra la barbilla, rodeando con sus brazos huesudos los tobillos. Tenía la cabeza gacha; sólo se veía su cabello castaño enmarañado. No se movió cuando el vendedor se acercó, estupefacto. —¿Qué demonios haces aquí? —preguntó O’Neill, sorprendido e irritado. Su furia aumentó—. Creía que habían comprado uno. —Entonces, recordó—. Ah, ya. Nos lo devolvieron. Al Connors hizo acto de presencia. —¿Qué te retiene? Salgamos de aquí y… —Vio a Mike y se quedó sin habla—. ¿Qué hace ése aquí abajo? Échale y larguémonos. —Vamos, muchacho —dijo O’Neill con suavidad—. Es hora de volver a casa. Mike no se movió. Los dos hombres intercambiaron una mirada. —Creo que tendremos que sacarle a rastras —dijo Connors. Se quitó la chaqueta y la tiró sobre el aparato de descontaminación—. Vamos. Acabemos de una vez. Tuvieron que hacerlo los dos. El muchacho luchó con desesperación, sin decir palabra, utilizando las uñas, los pies y hasta los dientes cuando le agarraron. Le arrastraron hasta el ascensor y consiguieron activar el mecanismo. O’Neill fue con él; Connors le siguió a continuación. Cargaron al muchacho hasta la puerta, le sacaron y aseguraron los cerrojos. —Vaya… —jadeó Connors, desplomándose sobre el mostrador. Tenía la manga desgarrada y un corte en la mejilla. Sus gafas colgaban de una oreja. Tenía el pelo desgreñado y estaba agotado—. ¿Crees que deberíamos llamar a la policía? Ese chico no está en sus cabales. O’Neill, jadeante, se apoyaba en la puerta y escudriñaba la calle. Vio al chico sentado en la acera. —Sigue ahí —murmuró. La gente empujaba al chico por todas partes. Por fin alguien se detuvo y le levantó. El muchacho se soltó y desapareció en la oscuridad. La persona que le había ayudado recogió sus paquetes, vaciló un instante y prosiguió su camino. O’Neill apartó la vista. —Vaya complicación. —Se secó la cara con el pañuelo—. Nos enfrentó. —¿Que le pasaba? No dijo ni una palabra. —Es muy desagradable devolver cosas en Navidad —contestó O’Neill. Tomó su chaqueta con mano temblorosa—. Es una pena. Ojalá hubieran podido quedárselo. Connors se encogió de hombros. —O pagas, o estás fuera. —¿Por qué no les ofrecimos un trato especial? Tal vez… —O’Neill se esforzó en buscar las palabras—. Tal vez sería mejor vender el refugio a precio de mayorista para esa gente. Connors le dirigió una mirada iracunda. —¿A precio de mayorista? Todo el mundo se apuntaría. No sería justo. ¿Cuánto tiempo aguantaría el negocio? ¿Cuánto tiempo duraría la GEC? —No mucho, imagino —admitió O’Neill. —Utiliza la cabeza —rio Connors—. Necesitas un buen trago. Acompáñame al ropero. Tengo guardada una botella de Haig & Haig. Te pondrá en forma antes de volver a casa. Lo necesitas. Mike Foster vagaba sin rumbo por las calles, entre las multitudes de gente que volvían a casa después de las compras. No veía nada. La gente le empujaba, pero no se daba cuenta. Luces, gente contenta, las bocinas de los coches, el rumor de los semáforos. Su mente estaba vacía, muerta. Caminaba como un autómata, sin conciencia ni sentimientos. A su derecha, un letrero de neón parpadeaba en la oscuridad. Un letrero enorme, brillante y llamativo: PAZ EN LA TIERRA A LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTADREFUGIO PÚBLICOENTRADA 50 CENTAVOS FIN Autor: Philip K. Dick Título: Foster, estás muerto Título Original: Foster, You’re Dead Publicado en: Star Science Fiction Stories No. 3 (1955) Traducción: Juan A. Ramió
- "El regalo de los Reyes Magos", cuento de O. Henry
El regalo de los Reyes Magos O. Henry UN dólar con ochenta y siete centavos: eso era todo. Y, además, sesenta de los centavos en moneda menuda, en peniques ahorrados con trabajo, uno a uno o dos a dos, protestándole al del almacén y al verdulero y al carnicero, hasta que a una se le subían los colores a la cara por la silenciosa acusación de avaricia que aquel afanoso regateo traía consigo. Delia contó el dinero tres veces. Sí: un dólar ochenta y siete. Y el día siguiente era el de Navidad. Estaba claro que no podía hacer más que echarse sobre la cama miserable y llorar. Y eso fue lo que Delia hizo y lo que nos lleva a pensar de nuevo que la vida está compuesta por gemidos, resoplidos de fastidio y sonrisas, si bien con predominio de los resoplidos. Mientras esta ama de casa pasa poco a poco de la primera situación a la segunda, echemos un vistazo a su hogar. Se trata de un pisillo amueblado de los de ocho dólares a la semana. No puede decirse realmente que sea algo indescriptible, pero sí que merece ser clasificado por la policía como antro de mendicantes. En el zaguán de la planta baja existía un buzón donde no podía echarse ninguna carta y un timbre eléctrico del que ningún dedo mortal habría podido arrancar un sonido. Asimismo formaba parte de la entrada al zaquizamí una tarjeta en la que podía leerse: Señor Jaime Dillingham Young. Aquel anuncio había nacido a las caricias del viento en un período anterior y próspero, cuando su dueño cobraba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus ingresos se habían reducido a veinte, las letras del apellido Dillingham estaban borrosas, como si pensaran seriamente en reducirse a su vez a una modesta, humildísima D. Sin embargo, cada vez que el señor James Dillingham Young regresaba a casa y llegaba a su piso de la primera planta se le seguía llamando «Jim» y era cariñosamente abrazado por la señora Dillingham Young, que ya ha sido presentada al lector con el nombre de Delia. Todo lo cual está bastante bien. Al acabar de llorar, Delia se retocó las mejillas con una borla, se incorporó junto a la ventana y miró con tristeza a un gato gris que caminaba sobre un patio gris por una tapia gris. Al día siguiente era Navidad y ella no tenía más que un dólar ochenta y siete para comprarle un regalo a Jim. Había luchado durante meses por ahorrar todos los peniques posibles, y ese era el resultado; con veinte dólares a la semana no se puede llegar muy lejos, mientras que los gastos habían superado con mucho a sus cálculos… como ocurre siempre. De manera que sólo un dólar ochenta y siete para comprarle un regalo a Jim. A su Jim. Y había pasado muchas horas alegres planeando algo realmente bonito para él. Algo hermoso, original y auténtico, algo un tanto digno del honor de ser poseído por Jim. Entre las ventanas de aquella habitación había un alto espejo de pared. Quizá haya visto usted un espejo de pared en un apartamento de ocho dólares. Observando su imagen en una rápida sucesión de bandas longitudinales, una persona muy delgada y muy ágil puede tener una visión bastante exacta de su aspecto. Y, como Delia era esbelta, había conseguido dominar ese arte. De pronto, se alejó de la ventana y se detuvo ante el espejo. Sus ojos brillaban, pero su cara se puso pálida a los veinte segundos. Con un gesto veloz, Delia se soltó el pelo y lo dejó caer cuan largo era. Bueno, es necesario aclarar ya que Jaime Dillingham Young y su mujer se enorgullecían de dos cosas: del reloj de oro de Jim, heredado de su padre y de su abuelo, y de la mata de pelo de ella. Si la misma Reina de Saba hubiera vivido enfrente, en el apartamento del otro lado de la escalera, Delia habría podido dejar colgar alguna vez su cabellera por la ventana, tanto para secarla como para demostrar a Su Majestad que le traían sin cuidado joyas y presentes. Y si el Rey Salomón hubiera sido el portero y tenido todos sus tesoros amontonados en el sótano, Jim siempre habría sacado su reloj al pasar, nada más que para verlo mesarse las barbas de envidia. De manera que, en este momento, el hermoso pelo de Delia cae sobre sus hombros en oleadas, reluciendo como una cascada de aguas castañas. Le llegaba más abajo de las rodillas; era casi un vestido. De momento, Delia volvió a recogérselo ágil y nerviosa. Se desalentó un instante y permaneció inmóvil mientras un par de lágrimas salpicaba la raída alfombra carmesí. Después, Delia se encajó su vieja chaqueta marrón y su viejo sombrero marrón, y, con un revolotear de faldas y aquel fulgor brillante en los ojos, salió apresuradamente y bajó las escaleras hacia la calle. Madame Sofronie. Pelo de todas clases, rezaba el letrero ante el que se detuvo poco después. Subió a la carrera un tramo de escalera y se detuvo jadeando. Demasiado blanca y demasiado fría, Madame Sofronie no parecía ser la «Sofronie» de su anuncio. —¿Quiere comprarme el pelo? —preguntó Delia. —Compro pelo —dijo Madame Sofronie—. Quítese el sombrero y vamos a ver. Delia dejó caer su cascada de cabellos castaños. —Veinte dólares —tasó Madame levantando con mano experta aquella gloria. —Démelos pronto —dijo Delia. Y las dos horas siguientes discurrieron para ella ligeras, como sobre rosadas alas (perdónesenos la manida comparación): Delia se dedicó a recorrer las tiendas buscando el regalo para Jim. Por fin lo encontró. Ideal. Sin duda lo habían hecho para Jim y para nadie más; en ninguna otra tienda vendían algo que pudiera comparársele y ella se las había trotado todas. Era una cadena de reloj, de platino, y de sencillo y pudoroso aspecto que hablaba a las claras de su valor, dado ya por el metal mismo y sin ninguna decoración bastarda, como deben ser todas las cosas de verdadero mérito. Era incluso digna del reloj, y, apenas le puso la vista encima, Delia entendió que tenía que ser para Jim. Se parecía a él: poseía serenidad y valor, dos cosas igualmente aplicables a la cadena y al que iba a ser su dueño. Le pidieron veintiún dólares por ella y volvió precipitadamente a casa con los ochenta y siete centavos. Y no le cabía duda de que, con aquella cadena en su reloj, Jim podría lucir una justificada ansiedad por saber la hora en cualquier momento y en compañía de cualquiera. Aunque su reloj era magnífico, Jim solía mirarlo a hurtadillas, dada la vieja correíta de cuero que usaba a manera de cadena. Pero cuando Delia volvió a casa, su entusiasmo cedió paso en parte a la prudencia y la razón. Tomó sus tenacillas, encendió el gas y se entregó a reparar los estragos causados por la generosidad sumada al amor, lo cual es siempre una tarea enorme, querido lector. Un trabajo mastodóntico. No habían pasado aún cuarenta minutos cuando su cabeza estaba ya cubierta de pequeños y apretados rizos que la semejaban admirablemente a un escolar que ha faltado a clase. Larga, cuidadosa y críticamente se miró al espejo. «Si él no me mata antes de mirarme por segunda vez —se dijo—, le pareceré una corista barata de Coney Island. Pero… ¿qué podía hacer? ¿Qué podía hacer con un dólar ochenta y siete?» A las siete, el café estaba preparado y la sartén caliente y lista para recibir la cena. Jim no llegaba tarde nunca. Delia cerró su mano con la cadena de reloj y se sentó junto a un ángulo de la mesa, cerca de la puerta por la que Jim debía entrar. Después oyó sus pasos en el primer tramo de la escalera y se demudó un momento. Nada más que un momento. Acostumbraba a dedicar silenciosas plegarias a las cosas cotidianas más simples, y musitó: —Señor, te lo ruego, hazle creer que soy bella todavía. La puerta se abrió y Jim entró y la cerró a sus espaldas. Estaba flaco y muy serio. ¡Pobre chico, no tenía más que veintidós años y soportaba ya la carga de una familia! Necesitaba un gabán nuevo y andaba por ahí sin guantes. Jim se adelantó, impasible como un perro de caza sobre la pista de una codorniz. Sus ojos estaban clavados en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar. Aquello la espantó: no era ni rabia, ni desaprobación, ni horror, ni ninguno de los sentimientos que ella esperaba ver en su cara. Sólo sabía que su marido la estaba mirando fijamente, con un aire tan raro… Delia se levantó nerviosa y fue a su encuentro. —Jim querido —gritó—, no me mires más así. Me hice cortar el pelo y lo vendí porque tenía que hacerte el regalo de Navidad. Volverá a crecerme… No te importa, ¿verdad?… tenía que hacerlo. Mi pelo crece con mucha facilidad. ¡Di «Felices Pascuas», Jim, y seamos felices! No te imaginas qué lindo… qué hermoso regalo te he comprado. —¿Te has cortado el pelo? —preguntó Jim penosamente, como si sólo notara aquel hecho tan claro después de un intenso esfuerzo mental. —Sí, y lo he vendido —dijo Delia—. ¿No te gusto lo mismo así, de todos modos? Sigo siendo yo misma, sin mi pelo… ¿verdad? Jim, curiosamente, paseó la mirada por la habitación. —¿Dices que te has quedado sin tu pelo? —interrogó con un aire ausente, casi idiota. —No lo busques —dijo Delia—. Lo he vendido como te dije… vendido para siempre. Y es Navidad, chico. Sé bueno conmigo porque lo he vendido por ti. Quizá mis cabellos pudieran contarse, pero nadie podría medir nunca el amor que te tengo —siguió con repentina y grave dulzura—. ¿Pongo a hacer la comida, Jim? Superada su situación de trance, Jim pareció despertar rápidamente y estrechó a su Delia. Durante diez segundos, miremos hacia cualquier objeto sin importancia, en dirección opuesta. Ocho dólares a la semana o un millón al año: ¿qué más da? Un matemático o un hombre de negocios nos ofrecerían una respuesta equivocada. Los Reyes Magos aportaron en su día regalos muy valiosos, pero no contaban con algo así. Luego explicaremos esta confusa afirmación. Jim sacó un paquetito del bolsillo y lo echó sobre la mesa. —No te equivoques conmigo, Delia —dijo—. No creo que existan corte de pelo, afeitado o champú capaces de hacerme querer menos a mi mujercita. Pero, si abres ese paquete, comprenderás por qué me quedé desconcertado en el primer momento. Los blancos, ágiles dedos de ella arrancaron la cuerda y el papel. Entonces Delia rompió en un extasiado grito de alegría, y luego, ¡vaya por Dios!, hubo una rápida transición femenina a las lágrimas histéricas y a los gemidos, lo cual requirió el inmediato uso de todas las facultades consoladoras del amo y señor de la casa…, porque ahí estaban las peinetas, el juego de peinetas que Delia contempló largo rato con adoración en un escaparate de Broadway: unas estupendas peinetas de legítimo carey, bordes adornados con piedras preciosas y el tono justo para casar de maravilla con el hermoso pelo desaparecido. Eran peinetas de lujo, ella lo sabía bien, y su corazón las había deseado y había languidecido por ellas sin la menor esperanza de poseerlas. Y ahora eran suyas. Pero las trenzas que debían lucirlas no estaban ya allí. Con todo, Delia las apretó contra su pecho. Por fin, pudo mirar a Jim con ojos empañados y una sonrisa, y decir: —¡Mi cabello crece tan aprisa! Momento en el que saltó como un gato chamuscado, exclamando: —¡Oh, oh! Porque Jim todavía no había visto su hermoso regalo. Delia se lo tendió con vehemencia sobre la palma abierta de su mano, y el opaco metal precioso pareció refulgir con un reflejo del alegre y apasionado espíritu de aquella mujer. —¿Verdad que es estupenda, Jim? Me recorrí media ciudad para dar con ella. Y ahora tendrás que mirar la hora cien veces al día. Dame el reloj, que quiero ver cómo le sienta la cadena. Pero, en vez de atender, la petición, Jim se dejó caer en el sofá, cruzó las manos tras la nuca y sonrió: —Delia —dijo—: dejemos por el momento nuestros regalos de Navidad y guardémoslos. Son demasiado buenos para manosearlos ahora… Vendí el reloj a fin de reunir el dinero necesario para comprar tus peinetas. Y bueno… ¿Qué te parece si pones la cena al fuego? Como ustedes saben, los Reyes Magos eran unos señores sabios, formidablemente sabios, que llevaron regalos al Niño en el pesebre y que inventaron, por tanto, el arte de hacer regalos en el más bello período festivo del año. Como eran sabios, sus obsequios fueron sin duda los más sabios y quizá hasta gozaron del privilegio de poder ser cambiados caso de resultar repetidos. Aquí les he contado torpemente la pacífica historia de dos criaturas atolondradas que vivían en un pisillo de mala muerte y que, imprudentemente, sacrificaron el uno por el otro los tesoros más grandes que poseían. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy que, de cuantos se hacen regalos entre sí, aquellos dos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los sabios son los seres como ésos. Ellos son los Reyes Magos. Autor: O. Henry (William Sydney Porter) Título: El regalo de los Reyes Magos Título Original: The Gift of the Magi Publicado en: The New York Sunday World, 10 de diciembre de 1905 Traducción: Sin datos
- "Luto", cuento de María Fernanda Ampuero
Luto María Fernanda Ampuero Por primera vez en su vida, Marta se sentó en la cabecera de la mesa e hizo sentar a su hermana, limpia, vestida de lino blanco y ungida con aceites perfumados, a su diestra. Trajo más vino antes de que se acabara el botijo anterior y, sin decir las oraciones, se devoró el pollo, las patas gordas del pollo con su corteza crujiente, acaramelada, sabrosa, que nunca jamás habían sido para ella. Miró a María que parecía una bárbara arrasando con los colmillos pechuga, muslos, rabadilla, y le entró risa floja. La risa del vino y de la libertad. La risa que nada más puede salir de una cabecera de la mesa y de comer la dorada gordura del pollo y de ver a la hermosa María: la boca y las manos sucias y con esas mismas manos grasientas agarrar la copa para beber una gran buchada de vino con la boca llena. Vino. Par de libertinas. Tuvo ganas de decirle a María míranos, míranos, qué poco nosotras, tan llenas de goce, hoy que deberíamos guardar un luto tieso, hoy que la casa debería estar cubierta de liencillo negro. Nos quedamos solas, hermana mía, más que solas: sin un hombre en casa, y tendríamos que estar tiritando como cachorros de perra muerta. Pero nada dijo. Le sonrió. Y María le devolvió la sonrisa con los dientes cubiertos de trocitos de carne oscura. Se saciaron y siguieron comiendo nada más por ver qué pasaba y ya con los vientres inflados salieron al patio abrazadas por las caderas. La noche estaba estrellada. Las bestias dormían, también la servidumbre. Dormía el mundo entero un sueño ronco, intoxicado. Había comida, había agua, había tierra, había techo. Marta casi pudo olfatear en el aire el mar de las vacaciones, cuando los padres vivían, cuando él no era él, sino uno más: tres niños corriendo por la playa y regresando a cada rato, mira mamá una concha, mira papá un cangrejo. Tiempos buenos, sí, el aire olía a días buenos cuando papá no volvía agrio y azotaba a todo el que se ponía por su camino con una vara de cuero delgadita que abría la piel en silencio, como si nada, hasta que salía la sangre como una sorpresa roja y el dolor aguijoneaba. Empezaba por mamá, seguía por el hermano y por Marta que se las arreglaba por esconder a María de la varilla. Ese papá los convertía en otras personas, en otra familia. Tal vez ni siquiera habría que usar esa palabra sagrada: familia. Los días de papá hediondo, fermentado, ellos se metían debajo de la cama y mamá gritaba y a veces él cambiaba la vara por el látigo y ese sí que avisaba que venía el dolor con un tchas, tchas, tchas en el aire. Marta abrazó más a su hermana María, ahora frente a frente, ahora mirándola a su cara de niñita envejecida, tan bella sin embargo, con esos ojos raros, verdes, tan turbadores. Le enjugó las lágrimas con los labios y le dijo que la quería y le dijo también que la perdonara. María sabía a qué se refería. Entonces María, llena de vino y de pollo y de noche libérrima, se quitó el vestido y cerró los ojos y se abrió de brazos para que su hermana la viera entera, desnuda, en cruz. Para que viera lo que es capaz de hacer la gente cuando nada la detiene. Para que entendiera en los tajos en la piel que ante la indefensión triunfa siempre la crueldad. Alguien había escrito con un objeto punzante la palabra zorra en su estómago, alguien había pisoteado su mano derecha hasta convertirla en un colgajo, alguien había mordido sus pezones hasta dejarlos arrancados, guindando de un trocito de piel de sus pechos redondos, alguien le introdujo aperos del campo por el ano dejándole una hemorragia perenne, alguien le produjo un aborto a patadas, alguien, nadie, hizo nada durante esos días que quedó inconsciente y las ratas, con sus dientecitos empeñosos, comenzaron a comérsela por las mejillas, por la nariz, alguien, seguramente su hermano, le dejó la espalda como el mimbre de tantos latigazos. Tchas, tchas, tchas. E infecciones, llagas, podredumbre, sangre, fracturas, anemias, males venéreos, pústulas, dolor. Marta se arrodilló ante su hermana. Elevó sus brazos abiertos hacia ella y le susurró diez, treinta, cien veces, nunca más, nunca más, nunca más. Y se arrepintió de estar lozana, de estar virgen, de estar viva. Y lloró y escupió en el suelo y maldijo al hermano. Maldijo la tumba del hermano y su maldito nombre y su maldita verga y su maldito cuerpo que ya estaría empezando a pudrirse. Y abrazada a las rodillas flacas, llenas de apostillas, de su hermana dijo: —No tengo otro dios que tú, María. Entonces la puerta trasera se cerró de un golpe y dieron un grito. Carajo, el viento. María se vistió y entraron a la casa, de repente inhóspita y helada como una cueva. Al acercar la vela a la mesa, se dieron cuenta de que esa especie de corteza sobre los restos del pollo eran decenas de cucarachas grandes de color tostado que empezaron a correr por la mesa haciendo un ruido crujiente de hojas secas. Las dos gritaron como si hubieran visto un aparecido. Marta dijo que en esos casos, y solo en esos casos, es cuando se necesita un hombre en la casa y María, que estaba subida a una silla y con las faldas arrebujadas hasta la cintura, empezó a reírse como una posesa y a responder que no, que prefería a las cucarachas, todas las del mundo, a tener a un hombre en casa. Entonces saltó con los dos pies desnudos al suelo y cayó, precisa, un pie sobre cada una, sobre dos cucarachas que se destaparon como una cajita y soltaron un jugo blanquinoso. Marta le decía que se callara, que las iban a escuchar, pero también se reía de que una estupidez como esa las hubiera hecho gritar así y de que su hermana no llevara ropa interior en mitad del comedor y de que no necesitaban a un hombre, menos a ese hombre y, mientras tanto, no paraba de mover las piernas y de sacudirse el vestido por si a algún bicho se le ocurriera trepársele y parecía que estuviera bailando y si alguien las hubiera visto: la una desnuda de cintura para abajo, pura risa, matando cucarachas y la otra bailando como una cualquiera, nunca hubiera pensado que hace apenas cuatro días, cuatro, un hermano, el único hermano, se les murió a esas dos mujeres. Pero así era. Llevaba tiempo enfermo, decían que era algún mal que se había traído del desierto. Que se había traído de alguna mujer del desierto, pensaba María, pero jamás lo comentó con su hermana ni con nadie. Ella había visto cosas así: hombres sanos al pie de la tumba en cuestión de meses, con las vergüenzas negras, quemadas como la paja del arroz y delirando sobre el demonio o el sabor dulcísimo de los dátiles de alguna tierra que no existe. María estaba segura de que su hermano había muerto de pecado, pero ¿quién lo creería? Ella era la que arrastraba esa carga, no su hermano, sí, claro, su perfecto hermano: limpio como las aguas del cielo. María era memoriosa. Recordaba el día en el que su hermano la echó de la casa principal y la puso a dormir más allá de los esclavos y de las cuadras, en un establo oscuro, apenas cubierto. Su hermana puta no merecía dormir en lino ni en seda bordada como Marta, la hermana buena, la hermana mística. La puta merecía dormir entre ratas y sobre jergones hediondos. La puta, aliada del maligno, se tocaba entre las piernas y gemía. En eso consistía ser puta: en gustar del gusto. Una vez la vio. Entró a la habitación y encontró a María con la mano entre las piernas. En esta casa no va a haber putas, dijo. Eso fue todo. Esa noche la ató a un abrevadero y bajo las estrellas preciosas le partió la cara a patadas. Cuando Marta salió a pedir piedad, él levantó la mano y le dijo que si daba un paso más la mataría. Te haré lo mismo, le dijo, pero además te mataré. Quien defiende a una puta es una puta, le gritó. Y entonces Marta se quedó arrodillada sobre el polvo del patio viendo a su hermano romper a su hermanita a golpes. Ahora estaban las dos solas. Marta se había pasado a la habitación del hermano y la suya, exquisita, había quedado para María. Ahora era tiempo de mimarla, de adorarla, de glorificarla. Allá en ese establo la habían violado, a ella, que era virgen, todos los esclavos, incluso los que hasta la semana anterior le decían niña María. Por ahí desfilaban los hombres, jóvenes y ancianos. Allí, sobre ella, nacía y moría la sexualidad del pueblo. Allí la había maltratado y penetrado por el ano y la vagina y torturado él, que se hacía llamar puro, que se hacía llamar hombre de dios, que era querido amigo de aquel, el más santo de los santos, ese que cuando venía a casa levantaba una actividad torrencial y al que María lavaba los pies polvorientos y callosos con perfumes exóticos, divinos, suyos. Marta lo sabía porque más de una noche lo había seguido y lo había observado todo con los ojos templados de terror. Y después, cuando los cerraba, volvía a verlos otra vez y otra vez y otra vez. Hermano sobre hermana. María como un cuerpo muerto, los ojos cerrados, moviéndose con la inercia del impulso, como un blanco cadáver —una mosca salvaje siempre recorriéndole la boca, los ojos, las fosas nasales— todavía manchado de sangre y él, él mirando para todos lados como un delincuente, caminando bajo la luna de vuelta a la casa mayor, con la verga manchada de esa misma sangre. ¿Tendría la regla María? ¿O es que estaba tan devastada por dentro que ya no había carne sino hemorragia? Ni el cielo ni la tierra volverían a ser iguales. Hermano sobre hermana, como en lo más profundo de las tinieblas. Eso pasó muchas muchas muchas noches. El catre donde yacía su hermana —casi muerta, apenas viva— era un muladar de excreciones donde los bichos proliferaban y que para algunos hombres, aunque gratis, aunque fácil, ya resultaba demasiado repulsivo. Un cuerpo putrefacto, desagradable, pestilente. María, la dulce y hermosísima María, la de los ojos como gemas de montañas remotas, hija del mar y del desierto, resultaba ahora asquerosa para el más mugriento de los forasteros. A veces, alguien muy urgido le tiraba un balde de agua por encima y así, mojada, se cuidaba de no tocarla demasiado mientras la penetraba rápido, con violencia, como a una cabra. Marta no podía cuidar a su hermana. Las paredes tenían ojos y bocas y lenguas parecidas a las de las serpientes. Se lo dirían a él inmediatamente y él le haría lo mismo: pondría a las dos, una al lado de la otra, en el mismo catre, en el mismo infierno. Podía dar una moneda a alguna sirvienta para que llevara un cubo de agua y una esponja y lavara el cuerpo amoratado, gris y sanguinolento de su hermana, pero no era seguro que lo hiciera. Había que tener fe. Fe en la sirvienta. Fe en el esclavo que le llevaría un trozo de pescado y leche y pan. Fe en el guarda que impediría, también por monedas, que siguieran usándola todos los hombres del pueblo. Al menos durante esos días del mes. Al menos durante las fechas santas. Al menos hoy. Fe en el niño que le daría una nota que dijera aguanta, nos iremos de aquí las dos. Pero nada más fe, el más enclenque de los sentimientos. La fe no sirvió, por ejemplo, cuando los visitó el amigo del hermano, el más santo de los santos, y preguntó por María y sus ojos de piedra rara y hubo excusas y volvió a preguntar por María y sus ojos de un verde de otro mundo y el hermano no pudo hacer más que llevarlo al establo inmundo donde la tenía tirada, medio desnuda y manchada de toda excreción, abierta, en una postura más infame que la de un animal destazado y aquel hombre, santísimo de toda santidad, empezó a llorar y a gritar y a preguntar y a agitar al hermano como diciendo nadie podrá perdonarte por lo que aquí hiciste, suéltala ahora mismo, estúpido sádico maldito loco. Pero el hermano nada más dijo ella es pecadora, señor, ella es la más pecadora de las mujeres. Yo la he visto. Goza del pecado carnal, señor. No me lo han dicho. Tuve la desdicha de presenciarlo, señor, es repugnante. Y si la suelto, señor, entonces las otras creerán que eso se puede sin consecuencias, que se puede ser así y no. Y entonces el hombre, al que María había lavado los pies con su propio pelo, se puso de rodillas, rezó por ella un rato, unos minutos, y entró a la casa a cenar y a beber con los muchachos. Cuando se iba, después de abrazarlo, dijo al hermano: deberías soltarla. La voz sonaba llorosa, tal vez borracha. Y el hermano moviendo mucho la cabeza, mirando hacia abajo, dijo que sí, señor, se hará tu voluntad. Marta salió a su encuentro, se puso de rodillas: por favor. Es la casa de tu hermano, le contestó el santo a Marta, y no puedo imponerme a él, el respeto a un hombre se demuestra en el respeto a su casa, pero ya le he dicho que debe soltarla y rezaré porque así se haga. Debes tener fe, le dijo a Marta, fe, Marta, fe, antes de desaparecer en el desierto. A Marta esa palabra ya le sabía a mierda en la lengua. Y María siguió en el establo. Cuando el hermano enfermó, Marta, a la que todos alababan su entrega, su disponibilidad, sus habilidades, sus guisos, sus ternuras, sus infusiones, se volcó a cuidarlo. Lo alimentaba, limpiaba, medicaba e incluso aplicaba ungüento blanco en sus partes privadas en carne viva. Todo aquello que un observador hubiese podido confundir con cariño, era realizado con un odio profundo. Ante el ojo ajeno, Marta era pura delicadeza, pero a solas lo alimentaba con caldos fríos, gelatinosos, siempre con algo de estiércol fresco, arena o gusanos que recogía en los patios y que metía, cuidándose de que la vean, en una cajita. El momento de la limpieza que realizaba al cuerpo del hermano, que se había convertido en una sola llaga púrpura, sanguinolenta y llena de pus, empezaba siendo tierna, con agua tibia, aceite de coco y esponja marina y, de pronto, sin aviso, sin cambios en la respiración, se volvía feroz. Marta cambiaba la esponja de mar por lana de acero y arrastraba los brazos arriba y abajo como se lija la madera. Finalizaba su pulimento con alcohol de quemar. Era imaginativa, tanto vertía cera caliente en las heridas como alcanfor, ortiga o limón. Después salía de la habitación y se quedaba sentada en una silla al pie de la puerta, con sus manos cruzadas sobre el regazo, piadosas, y los ojos muy cerrados, mientras dentro su hermano se retorcía de dolor y hacía ruidos espantosos, sordos, porque ya no podía gritar: la enfermedad le había arrebatado la lengua y en su lugar le había dejado una especie de papilla rosa que se movía dentro de la boca desdentada con algo de monstruoso y de lascivo. Cualquiera que hubiera visto a Marta hubiese creído que rezaba por la mejoría de su hermano enfermo, pero estaba rezando porque muriera lento, con el mayor dolor posible. Un día el hombre murió. No fue fácil ni fue rápido, los estertores horrorosos duraron horas. Estaba sediento y nadie le dio de beber. Marta cerró puertas y ventanas y, como si fuera un espectáculo, se sentó a verlo morir. Lo dejó agonizar en soledad, a pesar de que el hermano estiraba su mano esquelética hacia ella, tal vez pidiendo compañía, contacto. Que pusiera una mano viva, como poner un pajarito, sobre su mano casi muerta, que enjugara sus sudores y que vertiera sobre su frente al menos un par de lágrimas, dos diamantes pequeños, para dárselas a lo que sea que estuviera del otro lado de la muerte. Los agónicos gimen, se agitan, lloran: temen a que todo lo que se ha dicho sobre el cielo y el infierno sea mentira. O que sea verdad. Cuando el hombre al fin se quedó inmóvil, la boca desencajada y los ojos muy abiertos, como si le hubieran contado algo graciosísimo, Marta se levantó muy despacio, abrió la puerta, recorrió los salones, salió al patio y con toda la teatralidad del mundo se tiró al suelo y chilló y chilló y chilló hasta que vinieron todos los vecinos. Se tapaba la cara con las manos, no había llanto. Estaba iluminada como un astro. María escuchó el grito y el corazón se le paralizó. Luego cerró los ojos, infestados de lagañas, y los volvió a abrir muy despacio como un recién nacido. Y como un recién nacido empezó a berrear llamando a su hermana. A los cuatro días, cuatro, apareció por el pueblo el amigo, el santo hombre, y entonces Marta tuvo que fingir, decir no, no, no, y llorar su llanto sin lágrimas por el hermano muerto. Si hubieras estado aquí, le dijo porque no se le ocurrió otra cosa. Si hubieras estado aquí. Pero sabía que esas palabras eran tan ridículas como un pésame, como una plegaria. Lo que fue, fue. Lo que es, es. Entonces el amigo, el santo hombre, pidió que lo llevaran al sepulcro y ahí lo dejaron, de rodillas, llamando al muerto como se llama a alguien desde el portal de su casa, como si al otro lado de la piedra quedara todavía alguna vida para escuchar. Marta se encogió de hombros ante semejante insensatez y volvió a su casa, a la fiesta de su hermana libre, a la vida. Esa noche, mientras Marta y María cenaban cordero, un golpe en la puerta las sobresaltó. Debe ser el viento. El viento en esta época, tan terrible. Siguieron comiendo hasta que Marta y María al escuchar el gemido de la puerta levantaron la cabeza y vieron que cedía a la presión de una mano. Se abría. Primero entraron las moscas y enseguida el hermano muerto, rodeado de un olor nauseabundo. Abría y cerraba la boca, como llamándolas por sus nombres, pero ningún sonido, nada más gusanos, salían de su boca desdentada. FIN Autor: María Fernanda Ampuero Título: Luto Publicado en: Pelea de gallos (2018)
- "La metamorfosis", cuento de Franz Kafka
La metamorfosis Franz Kafka Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos. «¿Qué me ha ocurrido?», pensó. No era un sueño. Su habitación, una auténtica habitación humana, si bien algo pequeña, permanecía tranquila entre las cuatro paredes harto conocidas. Por encima de la mesa, sobre la que se encontraba extendido un muestrario de paños desempaquetados -Samsa era viajante de comercio-, estaba colgado aquel cuadro que hacía poco había recortado de una revista y había colocado en un bonito marco dorado. Representaba a una dama ataviada con un sombrero y una boa de piel, que estaba allí, sentada muy erguida y levantaba hacia el observador un pesado manguito de piel, en el cual había desaparecido su antebrazo. La mirada de Gregorio se dirigió después hacia la ventana, y el tiempo lluvioso -se oían caer gotas de lluvia sobre la chapa del alféizar de la ventana- lo ponía muy melancólico. «¿Qué pasaría -pensó- si durmiese un poco más y olvidase todas las chifladuras?» Pero esto era algo absolutamente imposible, porque estaba acostumbrado a dormir del lado derecho, pero en su estado actual no podía ponerse de ese lado. Aunque se lanzase con mucha fuerza hacia el lado derecho, una y otra vez se volvía a balancear sobre la espalda. Lo intentó cien veces, cerraba los ojos para no tener que ver las patas que pataleaban, y sólo cejaba en su empeño cuando comenzaba a notar en el costado un dolor leve y sordo que antes nunca había sentido. «¡Dios mío! -pensó-. ¡Qué profesión tan dura he elegido! Un día sí y otro también de viaje. Los esfuerzos profesionales son mucho mayores que en el mismo almacén de la ciudad, y además se me ha endosado este ajetreo de viajar, el estar al tanto de los empalmes de tren, la comida mala y a deshora, una relación humana constantemente cambiante, nunca duradera, que jamás llega a ser cordial. ¡Que se vaya todo al diablo!» Sintió sobre el vientre un leve picor, con la espalda se deslizó lentamente más cerca de la cabecera de la cama para poder levantar mejor la cabeza; se encontró con que la parte que le picaba estaba totalmente cubierta por unos pequeños puntos blancos, que no sabía a qué se debían, y quiso palpar esa parte con una pata, pero inmediatamente la retiró, porque el roce le producía escalofríos. Se deslizó de nuevo a su posición inicial. «Esto de levantarse pronto -pensó- hace a uno desvariar. El hombre tiene que dormir. Otros viajantes viven como pachás. Si yo, por ejemplo, a lo largo de la mañana vuelvo a la pensión para pasar a limpio los pedidos que he conseguido, estos señores todavía están sentados tomando el desayuno. Eso podría intentar yo con mi jefe, pero en ese momento iría a parar a la calle. Quién sabe, por lo demás, si no sería lo mejor para mí. Si no tuviera que dominarme por mis padres, ya me habría despedido hace tiempo, me habría presentado ante el jefe y le habría dicho mi opinión con toda mi alma. ¡Se habría caído de la mesa! Sí que es una extraña costumbre la de sentarse sobre la mesa y, desde esa altura, hablar hacia abajo con el empleado que, además, por culpa de la sordera del jefe, tiene que acercarse mucho. Bueno, la esperanza todavía no está perdida del todo; si alguna vez tengo el dinero suficiente para pagar las deudas que mis padres tienen con él -puedo tardar todavía entre cinco y seis años- lo hago con toda seguridad. Entonces habrá llegado el gran momento; ahora, por lo pronto, tengo que levantarme porque el tren sale a las cinco», y miró hacia el despertador que hacía tic tac sobre el armario. «¡Dios del cielo!», pensó. Eran las seis y media y las manecillas seguían tranquilamente hacia delante, ya había pasado incluso la media, eran ya casi las menos cuarto. «¿Es que no habría sonado el despertador?» Desde la cama se veía que estaba correctamente puesto a las cuatro, seguro que también había sonado. Sí, pero… ¿era posible seguir durmiendo tan tranquilo con ese ruido que hacía temblar los muebles? Bueno, tampoco había dormido tranquilo, pero quizá tanto más profundamente. ¿Qué iba a hacer ahora? El siguiente tren salía a las siete, para cogerlo tendría que haberse dado una prisa loca, el muestrario todavía no estaba empaquetado, y él mismo no se encontraba especialmente espabilado y ágil; e incluso si consiguiese coger el tren, no se podía evitar una reprimenda del jefe, porque el mozo de los recados habría esperado en el tren de las cinco y ya hacía tiempo que habría dado parte de su descuido. Era un esclavo del jefe, sin agallas ni juicio. ¿Qué pasaría si dijese que estaba enfermo? Pero esto sería sumamente desagradable y sospechoso, porque Gregorio no había estado enfermo ni una sola vez durante los cinco años de servicio. Seguramente aparecería el jefe con el médico del seguro, haría reproches a sus padres por tener un hijo tan vago y se salvaría de todas las objeciones remitiéndose al médico del seguro, para el que sólo existen hombres totalmente sanos, pero con aversión al trabajo. ¿Y es que en este caso no tendría un poco de razón? Gregorio, a excepción de una modorra realmente superflua después del largo sueño, se encontraba bastante bien e incluso tenía mucha hambre. Mientras reflexionaba sobre todo esto con gran rapidez, sin poderse decidir a abandonar la cama -en este mismo instante el despertador daba las siete menos cuarto-, llamaron cautelosamente a la puerta que estaba a la cabecera de su cama. -Gregorio -dijeron (era la madre)-, son las siete menos cuarto. ¿No ibas a salir de viaje? ¡Qué dulce voz! Gregorio se asustó, en cambio, al contestar. Escuchó una voz que, evidentemente, era la suya, pero en la cual, como desde lo más profundo, se mezclaba un doloroso e incontenible piar, que en el primer momento dejaba salir las palabras con claridad para, al prolongarse el sonido, destrozarlas de tal forma que no se sabía si se había oído bien. Gregorio querría haber contestado detalladamente y explicarlo todo, pero en estas circunstancias se limitó a decir: -Sí, sí, gracias madre, ya me levanto. Probablemente a causa de la puerta de madera no se notaba desde fuera el cambio en la voz de Gregorio, porque la madre se tranquilizó con esta respuesta y se marchó de allí. Pero merced a la breve conversación, los otros miembros de la familia se habían dado cuenta de que Gregorio, en contra de todo lo esperado, estaba todavía en casa, y ya el padre llamaba suavemente, pero con el puño, a una de las puertas laterales. -¡Gregorio, Gregorio! -gritó-. ¿Qué ocurre? -tras unos instantes insistió de nuevo con voz más grave-. ¡Gregorio, Gregorio! Desde la otra puerta lateral se lamentaba en voz baja la hermana. -Gregorio, ¿no te encuentras bien?, ¿necesitas algo? Gregorio contestó hacia ambos lados: -Ya estoy preparado -y con una pronunciación lo más cuidadosa posible, y haciendo largas pausas entre las palabras, se esforzó por despojar a su voz de todo lo que pudiese llamar la atención. El padre volvió a su desayuno, pero la hermana susurró: -Gregorio, abre, te lo suplico -pero Gregorio no tenía ni la menor intención de abrir, más bien elogió la precaución de cerrar las puertas que había adquirido durante sus viajes, y esto incluso en casa. Al principio tenía la intención de levantarse tranquilamente y, sin ser molestado, vestirse y, sobre todo, desayunar, y después pensar en todo lo demás, porque en la cama, eso ya lo veía, no llegaría con sus cavilaciones a una conclusión sensata. Recordó que ya en varias ocasiones había sentido en la cama algún leve dolor, quizá producido por estar mal tumbado, dolor que al levantarse había resultado ser sólo fruto de su imaginación, y tenía curiosidad por ver cómo se iban desvaneciendo paulatinamente sus fantasías de hoy. No dudaba en absoluto de que el cambio de voz no era otra cosa que el síntoma de un buen resfriado, la enfermedad profesional de los viajantes. Tirar el cobertor era muy sencillo, sólo necesitaba inflarse un poco y caería por sí solo, pero el resto sería difícil, especialmente porque él era muy ancho. Hubiera necesitado brazos y manos para incorporarse, pero en su lugar tenía muchas patitas que, sin interrupción, se hallaban en el más dispar de los movimientos y que, además, no podía dominar. Si quería doblar alguna de ellas, entonces era la primera la que se estiraba, y si por fin lograba realizar con esta pata lo que quería, entonces todas las demás se movían, como liberadas, con una agitación grande y dolorosa. «No hay que permanecer en la cama inútilmente», se decía Gregorio. Quería salir de la cama en primer lugar con la parte inferior de su cuerpo, pero esta parte inferior que, por cierto, no había visto todavía y que no podía imaginar exactamente, demostró ser difícil de mover; el movimiento se producía muy despacio, y cuando, finalmente, casi furioso, se lanzó hacia delante con toda su fuerza sin pensar en las consecuencias, había calculado mal la dirección, se golpeó fuertemente con la pata trasera de la cama y el dolor punzante que sintió le enseñó que precisamente la parte inferior de su cuerpo era quizá en estos momentos la más sensible. Así pues, intentó en primer lugar sacar de la cama la parte superior del cuerpo y volvió la cabeza con cuidado hacia el borde de la cama. Lo logró con facilidad y, a pesar de su anchura y su peso, el cuerpo siguió finalmente con lentitud el giro de la cabeza. Pero cuando, por fin, tenía la cabeza colgando en el aire fuera de la cama, le entró miedo de continuar avanzando de este modo porque, si se dejaba caer en esta posición, tenía que ocurrir realmente un milagro para que la cabeza no resultase herida, y precisamente ahora no podía de ningún modo perder la cabeza, antes prefería quedarse en la cama. Pero como, jadeando después de semejante esfuerzo, seguía allí tumbado igual que antes, y veía sus patitas de nuevo luchando entre sí, quizá con más fuerza aún, y no encontraba posibilidad de poner sosiego y orden a este atropello, se decía otra vez que de ningún modo podía permanecer en la cama y que lo más sensato era sacrificarlo todo, si es que con ello existía la más mínima esperanza de liberarse de ella. Pero al mismo tiempo no olvidaba recordar de vez en cuando que reflexionar serena, muy serenamente, es mejor que tomar decisiones desesperadas. En tales momentos dirigía sus ojos lo más agudamente posible hacia la ventana, pero, por desgracia, poco optimismo y ánimo se podían sacar del espectáculo de la niebla matinal, que ocultaba incluso el otro lado de la estrecha calle. «Las siete ya -se dijo cuando sonó de nuevo el despertador-, las siete ya y todavía semejante niebla», y durante un instante permaneció tumbado, tranquilo, respirando débilmente, como si esperase del absoluto silencio el regreso del estado real y cotidiano. Pero después se dijo: «Antes de que den las siete y cuarto tengo que haber salido de la cama del todo, como sea. Por lo demás, para entonces habrá venido alguien del almacén a preguntar por mí, porque el almacén se abre antes de las siete.» Y entonces, de forma totalmente regular, comenzó a balancear su cuerpo, cuan largo era, hacia fuera de la cama. Si se dejaba caer de ella de esta forma, la cabeza, que pretendía levantar con fuerza en la caída, permanecería probablemente ilesa. La espalda parecía ser fuerte, seguramente no le pasaría nada al caer sobre la alfombra. Lo más difícil, a su modo de ver, era tener cuidado con el ruido que se produciría, y que posiblemente provocaría al otro lado de todas las puertas, si no temor, al menos preocupación. Pero había que intentarlo. Cuando Gregorio ya sobresalía a medias de la cama -el nuevo método era más un juego que un esfuerzo, sólo tenía que balancearse a empujones- se le ocurrió lo fácil que sería si alguien viniese en su ayuda. Dos personas fuertes -pensaba en su padre y en la criada- hubiesen sido más que suficientes; sólo tendrían que introducir sus brazos por debajo de su abombada espalda, descascararle así de la cama, agacharse con el peso, y después solamente tendrían que haber soportado que diese con cuidado una vuelta impetuosa en el suelo, sobre el cual, seguramente, las patitas adquirirían su razón de ser. Bueno, aparte de que las puertas estaban cerradas, ¿debía de verdad pedir ayuda? A pesar de la necesidad, no pudo reprimir una sonrisa al concebir tales pensamientos. Ya había llegado el punto en el que, al balancearse con más fuerza, apenas podía guardar el equilibrio y pronto tendría que decidirse definitivamente, porque dentro de cinco minutos serían las siete y cuarto. En ese momento sonó el timbre de la puerta de la calle. «Seguro que es alguien del almacén», se dijo, y casi se quedó petrificado mientras sus patitas bailaban aún más deprisa. Durante un momento todo permaneció en silencio. «No abren», se dijo Gregorio, confundido por alguna absurda esperanza. Pero entonces, como siempre, la criada se dirigió, con naturalidad y con paso firme, hacia la puerta y abrió. Gregorio sólo necesitó escuchar el primer saludo del visitante y ya sabía quién era, el apoderado en persona. ¿Por qué había sido condenado Gregorio a prestar sus servicios en una empresa en la que al más mínimo descuido se concebía inmediatamente la mayor sospecha? ¿Es que todos los empleados, sin excepción, eran unos bribones? ¿Es que no había entre ellos un hombre leal y adicto a quien, simplemente porque no hubiese aprovechado para el almacén un par de horas de la mañana, se lo comiesen los remordimientos y francamente no estuviese en condiciones de abandonar la cama? ¿Es que no era de verdad suficiente mandar a preguntar a un aprendiz si es que este «pregunteo» era necesario? ¿Tenía que venir el apoderado en persona y había con ello que mostrar a toda una familia inocente que la investigación de este sospechoso asunto solamente podía ser confiada al juicio del apoderado? Y, más como consecuencia de la irritación a la que le condujeron estos pensamientos que como consecuencia de una auténtica decisión, se lanzó de la cama con toda su fuerza. Se produjo un golpe fuerte, pero no fue un auténtico ruido. La caída fue amortiguada un poco por la alfombra y además la espalda era más elástica de lo que Gregorio había pensado; a ello se debió el sonido sordo y poco aparatoso. Solamente no había mantenido la cabeza con el cuidado necesario y se la había golpeado, la giró y la restregó contra la alfombra de rabia y dolor. -Ahí dentro se ha caído algo- dijo el apoderado en la habitación contigua de la izquierda. Gregorio intentó imaginarse si quizá alguna vez no pudiese ocurrirle al apoderado algo parecido a lo que le ocurría hoy a él; había al menos que admitir la posibilidad. Pero, como cruda respuesta a esta pregunta, el apoderado dio ahora un par de pasos firmes en la habitación contigua e hizo crujir sus botas de charol. Desde la habitación de la derecha, la hermana, para advertir a Gregorio, susurró: -Gregorio, el apoderado está aquí. «Ya lo sé», se dijo Gregorio para sus adentros, pero no se atrevió a alzar la voz tan alto que la hermana pudiera haberlo oído. -Gregorio -dijo entonces el padre desde la habitación de la derecha-, el señor apoderado ha venido y desea saber por qué no has salido de viaje en el primer tren. No sabemos qué debemos decirle, además desea también hablar personalmente contigo, así es que, por favor, abre la puerta. El señor ya tendrá la bondad de perdonar el desorden en la habitación. -Buenos días, señor Samsa -interrumpió el apoderado amablemente. -No se encuentra bien -dijo la madre al apoderado mientras el padre hablaba ante la puerta-, no se encuentra bien, créame usted, señor apoderado. ¡Cómo si no iba Gregorio a perder un tren! El chico no tiene en la cabeza nada más que el negocio. A mí casi me disgusta que nunca salga por la tarde; ahora ha estado ocho días en la ciudad, pero pasó todas las tardes en casa. Allí está, sentado con nosotros a la mesa y lee tranquilamente el periódico o estudia horarios de trenes. Para él es ya una distracción hacer trabajos de marquetería. Por ejemplo, en dos o tres tardes ha tallado un pequeño marco, se asombrará usted de lo bonito que es, está colgado ahí dentro, en la habitación; en cuanto abra Gregorio lo verá usted enseguida. Por cierto, que me alegro de que esté usted aquí, señor apoderado, nosotros solos no habríamos conseguido que Gregorio abriese la puerta; es muy testarudo y seguro que no se encuentra bien a pesar de que lo ha negado esta mañana. -Voy enseguida -dijo Gregorio, lentamente y con precaución, y no se movió para no perderse una palabra de la conversación. -De otro modo, señora, tampoco puedo explicármelo yo -dijo el apoderado-. Espero que no se trate de nada serio, si bien tengo que decir, por otra parte, que nosotros, los comerciantes, por suerte o por desgracia, según se mire, tenemos sencillamente que sobreponernos a una ligera indisposición por consideración a los negocios. -Vamos, ¿puede pasar el apoderado a tu habitación? -preguntó impaciente el padre. -No- dijo Gregorio. En la habitación de la izquierda se hizo un penoso silencio, en la habitación de la derecha comenzó a sollozar la hermana. ¿Por qué no se iba la hermana con los otros? Seguramente acababa de levantarse de la cama y todavía no había empezado a vestirse; y ¿por qué lloraba? ¿Porque él no se levantaba y dejaba entrar al apoderado?, ¿porque estaba en peligro de perder el trabajo y entonces el jefe perseguiría otra vez a sus padres con las viejas deudas? Éstas eran, de momento, preocupaciones innecesarias. Gregorio todavía estaba aquí y no pensaba de ningún modo abandonar a su familia. De momento yacía en la alfombra y nadie que hubiese tenido conocimiento de su estado hubiese exigido seriamente de él que dejase entrar al apoderado. Pero por esta pequeña descortesía, para la que más tarde se encontraría con facilidad una disculpa apropiada, no podía Gregorio ser despedido inmediatamente. Y a Gregorio le parecía que sería mucho más sensato dejarle tranquilo en lugar de molestarle con lloros e intentos de persuasión. Pero la verdad es que era la incertidumbre la que apuraba a los otros hacia perdonar su comportamiento. -Señor Samsa -exclamó entonces el apoderado levantando la voz-. ¿Qué ocurre? Se atrinchera usted en su habitación, contesta solamente con sí o no, preocupa usted grave e inútilmente a sus padres y, dicho sea de paso, falta usted a sus deberes de una forma verdaderamente inaudita. Hablo aquí en nombre de sus padres y de su jefe, y le exijo seriamente una explicación clara e inmediata. Estoy asombrado, estoy asombrado. Yo le tenía a usted por un hombre formal y sensato, y ahora, de repente, parece que quiere usted empezar a hacer alarde de extravagancias extrañas. El jefe me insinuó esta mañana una posible explicación a su demora, se refería al cobro que se le ha confiado desde hace poco tiempo. Yo realmente di casi mi palabra de honor de que esta explicación no podía ser cierta. Pero en este momento veo su incomprensible obstinación y pierdo todo el deseo de dar la cara en lo más mínimo por usted, y su posición no es, en absoluto, la más segura. En principio tenía la intención de decirle todo esto a solas, pero ya que me hace usted perder mi tiempo inútilmente no veo la razón de que no se enteren también sus señores padres. Su rendimiento en los últimos tiempos ha sido muy poco satisfactorio, cierto que no es la época del año apropiada para hacer grandes negocios, eso lo reconocemos, pero una época del año para no hacer negocios no existe, señor Samsa, no debe existir. -Pero señor apoderado -gritó Gregorio, fuera de sí, y en su irritación olvidó todo lo demás-, abro inmediatamente la puerta. Una ligera indisposición, un mareo, me han impedido levantarme. Todavía estoy en la cama, pero ahora ya estoy otra vez despejado. Ahora mismo me levanto de la cama. ¡Sólo un momentito de paciencia! Todavía no me encuentro tan bien como creía, pero ya estoy mejor. ¡Cómo puede atacar a una persona una cosa así! Ayer por la tarde me encontraba bastante bien, mis padres bien lo saben o, mejor dicho, ya ayer por la tarde tuve una pequeña corazonada, tendría que habérseme notado. ¡Por qué no lo avisé en el almacén! Pero lo cierto es que siempre se piensa que se superará la enfermedad sin tener que quedarse. ¡Señor apoderado, tenga consideración con mis padres! No hay motivo alguno para todos los reproches que me hace usted; nunca se me dijo una palabra de todo eso; quizá no haya leído los últimos pedidos que he enviado. Por cierto, en el tren de las ocho salgo de viaje, las pocas horas de sosiego me han dado fuerza. No se entretenga usted señor apoderado; yo mismo estaré enseguida en el almacén, tenga usted la bondad de decirlo y de saludar de mi parte al jefe. Y mientras Gregorio farfullaba atropelladamente todo esto, y apenas sabía lo que decía, se había acercado un poco al armario, seguramente como consecuencia del ejercicio ya practicado en la cama, e intentaba ahora levantarse apoyado en él. Quería de verdad abrir la puerta, deseaba sinceramente dejarse ver y hablar con el apoderado; estaba deseoso de saber lo que los otros, que tanto deseaban verle, dirían ante su presencia. Si se asustaban, Gregorio no tendría ya responsabilidad alguna y podría estar tranquilo, pero si lo aceptaban todo con tranquilidad entonces tampoco tenía motivo para excitarse y, de hecho, podría, si se daba prisa, estar a las ocho en la estación. Al principio se resbaló varias veces del liso armario, pero finalmente se dio con fuerza un último impulso y permaneció erguido; ya no prestaba atención alguna a los dolores de vientre, aunque eran muy agudos. Entonces se dejó caer contra el respaldo de una silla cercana, a cuyos bordes se agarró fuertemente con sus patitas. Con esto había conseguido el dominio sobre sí, y enmudeció porque ahora podía escuchar al apoderado. -¿Han entendido ustedes una sola palabra? -preguntó el apoderado a los padres-. ¿O es que nos toma por tontos? -¡Por el amor de Dios! -exclamó la madre entre sollozos-, quizá esté gravemente enfermo y nosotros lo atormentamos. ¡Greta! ¡Greta! -gritó después. -¿Qué, madre? -dijo la hermana desde el otro lado. Se comunicaban a través de la habitación de Gregorio-. Tienes que ir inmediatamente al médico, Gregorio está enfermo. Rápido, a buscar al médico. ¿Acabas de oír hablar a Gregorio? -Es una voz de animal -dijo el apoderado en un tono de voz extremadamente bajo comparado con los gritos de la madre. -¡Anna! ¡Anna! -gritó el padre en dirección a la cocina a través de la antesala, y dando palmadas-. ¡Ve a buscar inmediatamente un cerrajero! Y ya corrían las dos muchachas haciendo ruido con sus faldas por la antesala -¿cómo se habría vestido la hermana tan deprisa?- y abrieron la puerta de par en par. No se oyó cerrar la puerta, seguramente la habían dejado abierta como suele ocurrir en las casas en las que ha ocurrido una gran desgracia. Pero Gregorio ya estaba mucho más tranquilo. Así es que ya no se entendían sus palabras a pesar de que a él le habían parecido lo suficientemente claras, más claras que antes, sin duda, como consecuencia de que el oído se iba acostumbrando. Pero en todo caso ya se creía en el hecho de que algo andaba mal respecto a Gregorio, y se estaba dispuesto a prestarle ayuda. La decisión y seguridad con que fueron tomadas las primeras disposiciones le sentaron bien. De nuevo se consideró incluido en el círculo humano y esperaba de ambos, del médico y del cerrajero, sin distinguirlos del todo entre sí, excelentes y sorprendentes resultados. Con el fin de tener una voz lo más clara posible en las decisivas conversaciones que se avecinaban, tosió un poco, esforzándose, sin embargo, por hacerlo con mucha moderación, porque posiblemente incluso ese ruido sonaba de una forma distinta a la voz humana, hecho que no confiaba poder distinguir él mismo. Mientras tanto, en la habitación contigua reinaba el silencio. Quizás los padres estaban sentados a la mesa con el apoderado y cuchicheaban, quizá todos estaban arrimados a la puerta y escuchaban. Gregorio se acercó lentamente a la puerta con la ayuda de la silla, allí la soltó, se arrojó contra la puerta, se mantuvo erguido sobre ella -las callosidades de sus patitas estaban provistas de una sustancia pegajosa- y descansó allí durante un momento del esfuerzo realizado. A continuación comenzó a girar con la boca la llave, que estaba dentro de la cerradura. Por desgracia, no parecía tener dientes propiamente dichos -¿con qué iba a agarrar la llave?-, pero, por el contrario, las mandíbulas eran, desde luego, muy poderosas. Con su ayuda puso la llave, efectivamente, en movimiento, y no se daba cuenta de que, sin duda, se estaba causando algún daño, porque un líquido parduzco le salía de la boca, chorreaba por la llave y goteaba hasta el suelo. -Escuchen ustedes -dijo el apoderado en la habitación contigua- está dando la vuelta a la llave. Esto significó un gran estímulo para Gregorio; pero todos debían haberle animado, incluso el padre y la madre. «¡Vamos, Gregorio! -debían haber aclamado-. ¡Duro con ello, duro con la cerradura!» Y ante la idea de que todos seguían con expectación sus esfuerzos, se aferró ciegamente a la llave con todas las fuerzas que fue capaz de reunir. A medida que avanzaba el giro de la llave, Gregorio se movía en torno a la cerradura, ya sólo se mantenía de pie con la boca, y, según era necesario, se colgaba de la llave o la apretaba de nuevo hacia dentro con todo el peso de su cuerpo. El sonido agudo de la cerradura, que se abrió por fin, despertó del todo a Gregorio. Respirando profundamente dijo para sus adentros: «No he necesitado al cerrajero», y apoyó la cabeza sobre el picaporte para abrir la puerta del todo. Como tuvo que abrir la puerta de esta forma, ésta estaba ya bastante abierta y todavía no se le veía. En primer lugar tenía que darse lentamente la vuelta sobre sí mismo, alrededor de la hoja de la puerta, y ello con mucho cuidado si no quería caer torpemente de espaldas justo ante el umbral de la habitación. Todavía estaba absorto en llevar a cabo aquel difícil movimiento y no tenía tiempo de prestar atención a otra cosa, cuando escuchó al apoderado lanzar en voz alta un «¡Oh!» que sonó como un silbido del viento, y en ese momento vio también cómo aquél, que era el más cercano a la puerta, se tapaba con la mano la boca abierta y retrocedía lentamente como si le empujase una fuerza invisible que actuaba regularmente. La madre -a pesar de la presencia del apoderado, estaba allí con los cabellos desenredados y levantados hacia arriba- miró en primer lugar al padre con las manos juntas, dio a continuación dos pasos hacia Gregorio y, con el rostro completamente oculto en su pecho, cayó al suelo en medio de sus faldas, que quedaron extendidas a su alrededor. El padre cerró el puño con expresión amenazadora, como si quisiera empujar de nuevo a Gregorio a su habitación, miró inseguro a su alrededor por el cuarto de estar, después se tapó los ojos con las manos y lloró de tal forma que su robusto pecho se estremecía por el llanto. Gregorio no entró, pues, en la habitación, sino que se apoyó en la parte intermedia de la hoja de la puerta que permanecía cerrada, de modo que sólo podía verse la mitad de su cuerpo y sobre él la cabeza, inclinada a un lado, con la cual miraba hacia los demás. Entre tanto el día había aclarado; al otro lado de la calle se distinguía claramente una parte del edificio de enfrente, negruzco e interminable -era un hospital-, con sus ventanas regulares que rompían duramente la fachada. Todavía caía la lluvia, pero sólo a grandes gotas que eran lanzadas hacia abajo aisladamente sobre la tierra. Las piezas de la vajilla del desayuno se extendían en gran cantidad sobre la mesa porque para el padre el desayuno era la comida principal del día, que prolongaba durante horas con la lectura de diversos periódicos. Justamente en la pared de enfrente había una fotografía de Gregorio, de la época de su servicio militar, que le representaba con uniforme de teniente, y cómo, con la mano sobre la espada, sonriendo despreocupadamente, exigía respeto para su actitud y su uniforme. La puerta del vestíbulo estaba abierta y se podía ver el rellano de la escalera y el comienzo de la misma, que conducían hacia abajo. -Bueno- dijo Gregorio, y era completamente consciente de que era el único que había conservado la tranquilidad-, me vestiré inmediatamente, empaquetaré el muestrario y saldré de viaje. ¿Quieren dejarme marchar? Bueno, señor apoderado, ya ve usted que no soy obstinado y me gusta trabajar, viajar es fatigoso, pero no podría vivir sin viajar. ¿Adónde va usted, señor apoderado? ¿Al almacén? ¿Sí? ¿Lo contará usted todo tal como es en realidad? En un momento dado puede uno ser incapaz de trabajar, pero después llega el momento preciso de acordarse de los servicios prestados y de pensar que después, una vez superado el obstáculo, uno trabajará, con toda seguridad, con más celo y concentración. Yo le debo mucho al jefe, bien lo sabe usted. Por otra parte, tengo a mi cuidado a mis padres y a mi hermana. Estoy en un aprieto, pero saldré de él. Pero no me lo haga usted más difícil de lo que ya es. ¡Póngase de mi parte en el almacén! Ya sé que no se quiere bien al viajante. Se piensa que gana un montón de dinero y se da la gran vida. Es cierto que no hay una razón especial para meditar a fondo sobre este prejuicio, pero usted, señor apoderado, usted tiene una visión de conjunto de las circunstancias mejor que la que tiene el resto del personal; sí, en confianza, incluso una visión de conjunto mejor que la del mismo jefe, que, en su condición de empresario, cambia fácilmente de opinión en perjuicio del empleado. También sabe usted muy bien que el viajante, que casi todo el año está fuera del almacén, puede convertirse fácilmente en víctima de murmuraciones, casualidades y quejas infundadas, contra las que le resulta absolutamente imposible defenderse, porque la mayoría de las veces no se entera de ellas y más tarde, cuando, agotado, ha terminado un viaje, siente sobre su propia carne, una vez en el hogar, las funestas consecuencias cuyas causas no puede comprender. Señor apoderado, no se marche usted sin haberme dicho una palabra que me demuestre que, al menos en una pequeña parte, me da usted la razón. Pero el apoderado ya se había dado la vuelta a las primeras palabras de Gregorio, y por encima del hombro, que se movía convulsivamente, miraba hacia Gregorio poniendo los labios en forma de morro, y mientras Gregorio hablaba no estuvo quieto ni un momento, sino que, sin perderle de vista, se iba deslizando hacia la puerta, pero muy lentamente, como si existiese una prohibición secreta de abandonar la habitación. Ya se encontraba en el vestíbulo y, a juzgar por el movimiento repentino con que sacó el pie por última vez del cuarto de estar, podría haberse creído que acababa de quemarse la suela. Ya en el vestíbulo, extendió la mano derecha lejos de sí y en dirección a la escalera, como si allí le esperase realmente una salvación sobrenatural. Gregorio comprendió que de ningún modo debía dejar marchar al apoderado en este estado de ánimo, si es que no quería ver extremadamente amenazado su trabajo en el almacén. Los padres no entendían todo esto demasiado bien: durante todos estos largos años habían llegado al convencimiento de que Gregorio estaba colocado en este almacén para el resto de su vida, y además, con las preocupaciones actuales, tenían tanto que hacer, que habían perdido toda previsión. Pero Gregorio poseía esa previsión. El apoderado tenía que ser retenido, tranquilizado, persuadido y, finalmente, atraído. ¡El futuro de Gregorio y de su familia dependía de ello! ¡Si hubiese estado aquí la hermana! Ella era lista; ya había llorado cuando Gregorio todavía estaba tranquilamente sobre su espalda, y seguro que el apoderado, ese aficionado a las mujeres, se hubiese dejado llevar por ella; ella habría cerrado la puerta principal y en el vestíbulo le hubiese disuadido de su miedo. Pero lo cierto es que la hermana no estaba aquí y Gregorio tenía que actuar. Y sin pensar que no conocía todavía su actual capacidad de movimiento, y que sus palabras posiblemente, seguramente incluso, no habían sido entendidas, abandonó la hoja de la puerta y se deslizó a través del hueco abierto. Pretendía dirigirse hacia el apoderado que, de una forma grotesca, se agarraba ya con ambas manos a la barandilla del rellano; pero, buscando algo en que apoyarse, se cayó inmediatamente sobre sus múltiples patitas, dando un pequeño grito. Apenas había sucedido esto, sintió por primera vez en esta mañana un bienestar físico: las patitas tenían suelo firme por debajo, obedecían a la perfección, como advirtió con alegría; incluso intentaban transportarle hacia donde él quería; y ya creía Gregorio que el alivio definitivo de todos sus males se encontraba a su alcance; Pero en el mismo momento en que, balanceándose por el movimiento reprimido, no lejos de su madre, permanecía en el suelo justo enfrente de ella, ésta, que parecía completamente sumida en sus propios pensamientos, dio un salto hacia arriba, con los brazos extendidos, con los dedos muy separados entre sí, y exclamó: -¡Socorro, por el amor de Dios, socorro! Mantenía la cabeza inclinada, como si quisiera ver mejor a Gregorio, pero, en contradicción con ello, retrocedió atropelladamente; había olvidado que detrás de ella estaba la mesa puesta; cuando hubo llegado a ella, se sentó encima precipitadamente, como fuera de sí, y no pareció notar que, junto a ella, el café de la cafetera volcada caía a chorros sobre la alfombra. -¡Madre, madre! -dijo Gregorio en voz baja, y miró hacia ella. Por un momento había olvidado completamente al apoderado; por el contrario, no pudo evitar, a la vista del café que se derramaba, abrir y cerrar varias veces sus mandíbulas al vacío. Al verlo la madre gritó nuevamente, huyó de la mesa y cayó en los brazos del padre, que corría a su encuentro. Pero Gregorio no tenía ahora tiempo para sus padres. El apoderado se encontraba ya en la escalera; con la barbilla sobre la barandilla miró de nuevo por última vez. Gregorio tomó impulso para alcanzarle con la mayor seguridad posible. El apoderado debió adivinar algo, porque saltó de una vez varios escalones y desapareció; pero lanzó aún un «¡Uh!», que se oyó en toda la escalera. Lamentablemente esta huida del apoderado pareció desconcertar del todo al padre, que hasta ahora había estado relativamente sereno, pues en lugar de perseguir él mismo al apoderado o, al menos, no obstaculizar a Gregorio en su persecución, agarró con la mano derecha el bastón del apoderado, que aquél había dejado sobre la silla junto con el sombrero y el gabán; tomó con la mano izquierda un gran periódico que había sobre la mesa y, dando patadas en el suelo, comenzó a hacer retroceder a Gregorio a su habitación blandiendo el bastón y el periódico. De nada sirvieron los ruegos de Gregorio, tampoco fueron entendidos, y por mucho que girase humildemente la cabeza, el padre pataleaba aún con más fuerza. Al otro lado, la madre había abierto de par en par una ventana, a pesar del tiempo frío, e inclinada hacia fuera se cubría el rostro con las manos. Entre la calle y la escalera se estableció una fuerte corriente de aire, las cortinas de las ventanas volaban, se agitaban los periódicos de encima de la mesa, las hojas sueltas revoloteaban por el suelo. El padre le acosaba implacablemente y daba silbidos como un loco. Pero Gregorio todavía no tenía mucha práctica en andar hacia atrás, andaba realmente muy despacio. Si Gregorio se hubiese podido dar la vuelta, enseguida hubiese estado en su habitación, pero tenía miedo de impacientar al padre con su lentitud al darse la vuelta, y a cada instante le amenazaba el golpe mortal del bastón en la espalda o la cabeza. Finalmente, no le quedó a Gregorio otra solución, pues advirtió con angustia que andando hacia atrás ni siquiera era capaz de mantener la dirección, y así, mirando con temor constantemente a su padre de reojo, comenzó a darse la vuelta con la mayor rapidez posible, pero, en realidad, con una gran lentitud. Quizá advirtió el padre su buena voluntad, porque no sólo no le obstaculizó en su empeño, sino que, con la punta de su bastón, le dirigía de vez en cuando, desde lejos, en su movimiento giratorio. ¡Si no hubiese sido por ese insoportable silbar del padre! Por su culpa Gregorio perdía la cabeza por completo. Ya casi se había dado la vuelta del todo cuando, siempre oyendo ese silbido, incluso se equivocó y retrocedió un poco en su vuelta. Pero cuando por fin, feliz, tenía ya la cabeza ante la puerta, resultó que su cuerpo era demasiado ancho para pasar por ella sin más. Naturalmente, al padre, en su actual estado de ánimo, ni siquiera se le ocurrió ni por lo más remoto abrir la otra hoja de la puerta para ofrecer a Gregorio espacio suficiente. Su idea fija consistía solamente en que Gregorio tenía que entrar en su habitación lo más rápidamente posible; tampoco hubiera permitido jamás los complicados preparativos que necesitaba Gregorio para incorporarse y, de este modo, atravesar la puerta. Es más, empujaba hacia delante a Gregorio con mayor ruido aún, como si no existiese obstáculo alguno. Ya no sonaba tras de Gregorio como si fuese la voz de un solo padre; ahora ya no había que andarse con bromas, y Gregorio se empotró en la puerta, pasase lo que pasase. Uno de los costados se levantó, ahora estaba atravesado en el hueco de la puerta, su costado estaba herido por completo, en la puerta blanca quedaron marcadas unas manchas desagradables, pronto se quedó atascado y sólo no hubiera podido moverse, las patitas de un costado estaban colgadas en el aire, y temblaban, las del otro lado permanecían aplastadas dolorosamente contra el suelo. Entonces el padre le dio por detrás un fuerte empujón que, en esta situación, le produjo un auténtico alivio, y Gregorio penetró profundamente en su habitación, sangrando con intensidad. La puerta fue cerrada con el bastón y a continuación se hizo, por fin, el silencio. II Hasta la caída de la tarde no se despertó Gregorio de su profundo sueño, similar a una pérdida de conocimiento. Seguramente no se hubiese despertado mucho más tarde, aun sin ser molestado, porque se sentía suficientemente repuesto y descansado; sin embargo, le parecía como si le hubiesen despertado unos pasos fugaces y el ruido de la puerta que daba al vestíbulo al ser cerrada con cuidado. El resplandor de las farolas eléctricas de la calle se reflejaba pálidamente aquí y allí en el techo de la habitación y en las partes altas de los muebles, pero abajo, donde se encontraba Gregorio, estaba oscuro. Tanteando todavía torpemente con sus antenas, que ahora aprendía a valorar, se deslizó lentamente hacia la puerta para ver lo que había ocurrido allí. Su costado izquierdo parecía una única y larga cicatriz que le daba desagradables tirones y le obligaba realmente a cojear con sus dos filas de patas. Por cierto, una de las patitas había resultado gravemente herida durante los incidentes de la mañana -casi parecía un milagro que sólo una hubiese resultado herida-, y se arrastraba sin vida. Sólo cuando ya había llegado a la puerta advirtió que lo que lo había atraído hacia ella era el olor a algo comestible, porque allí había una escudilla llena de leche dulce en la que nadaban trocitos de pan. Estuvo a punto de llorar de alegría porque ahora tenía aún más hambre que por la mañana, e inmediatamente introdujo la cabeza dentro de la leche casi hasta por encima de los ojos. Pero pronto volvió a sacarla con desilusión. No sólo comer le resultaba difícil debido a su delicado costado izquierdo -sólo podía comer si todo su cuerpo cooperaba jadeando-, sino que, además, la leche, que siempre había sido su bebida favorita, y que seguramente por eso se la había traído la hermana, ya no le gustaba; es más, se retiró casi con repugnancia de la escudilla y retrocedió a rastras hacia el centro de la habitación. En el cuarto de estar, por lo que veía Gregorio a través de la rendija de la puerta, estaba encendido el gas, pero mientras que -como era habitual a estas horas del día- el padre solía leer en voz alta a la madre, y a veces también a la hermana, el periódico vespertino, ahora no se oía ruido alguno. Bueno, quizá esta costumbre de leer en voz alta, tal como le contaba y le escribía siempre su hermana, se había perdido del todo en los últimos tiempos. Pero todo a su alrededor permanecía en silencio, a pesar de que, sin duda, la casa no estaba vacía. «¡Qué vida tan apacible lleva la familia!», se dijo Gregorio, y, mientras miraba fijamente la oscuridad que reinaba ante él, se sintió muy orgulloso de haber podido proporcionar a sus padres y a su hermana la vida que llevaban en una vivienda tan hermosa. Pero ¿qué ocurriría si toda la tranquilidad, todo el bienestar, toda la satisfacción, llegase ahora a un terrible final? Para no perderse en tales pensamientos, prefirió Gregorio ponerse en movimiento y arrastrarse de acá para allá por la habitación. En una ocasión, durante el largo anochecer, se abrió una pequeña rendija una vez en una puerta lateral y otra vez en la otra, y ambas se volvieron a cerrar rápidamente; probablemente alguien tenía necesidad de entrar, pero, al mismo tiempo, sentía demasiada vacilación. Entonces Gregorio se paró justamente delante de la puerta del cuarto de estar, decidido a hacer entrar de alguna manera al indeciso visitante, o al menos para saber de quién se trataba; pero la puerta ya no se abrió más y Gregorio esperó en vano. Por la mañana temprano, cuando todas las puertas estaban bajo llave, todos querían entrar en su habitación. Ahora que había abierto una puerta, y que las demás habían sido abiertas sin duda durante el día, no venía nadie y, además, ahora las llaves estaban metidas en las cerraduras desde fuera. Muy tarde, ya de noche, se apagó la luz en el cuarto de estar y entonces fue fácil comprobar que los padres y la hermana habían permanecido despiertos todo ese tiempo, porque tal y como se podía oír perfectamente, se retiraban de puntillas los tres juntos en este momento. Así pues, seguramente hasta la mañana siguiente no entraría nadie más en la habitación de Gregorio; disponía de mucho tiempo para pensar, sin que nadie le molestase, sobre cómo debía organizar de nuevo su vida. Pero la habitación de techos altos y que daba la impresión de estar vacía, en la cual estaba obligado a permanecer tumbado en el suelo, lo asustaba sin que pudiera descubrir cuál era la causa, puesto que era la habitación que ocupaba desde hacía cinco años, y con un giro medio inconsciente y no sin una cierta vergüenza, se apresuró a meterse bajo el canapé, en donde, a pesar de que su caparazón era algo estrujado y a pesar de que ya no podía levantar la cabeza, se sintió pronto muy cómodo y solamente lamentó que su cuerpo fuese demasiado ancho para poder desaparecer por completo debajo del canapé. Allí permaneció durante toda la noche, que pasó, en parte, inmerso en un semisueño, del que una y otra vez lo despertaba el hambre con un sobresalto, y, en parte, entre preocupaciones y confusas esperanzas, que lo llevaban a la consecuencia de que, de momento, debía comportarse con calma y, con la ayuda de una gran paciencia y de una gran consideración por parte de la familia, tendría que hacer soportables las molestias que Gregorio, en su estado actual, no podía evitar producirles. Ya muy de mañana, era todavía casi de noche, tuvo Gregorio la oportunidad de poner a prueba las decisiones que acababa de tomar, porque la hermana, casi vestida del todo, abrió la puerta desde el vestíbulo y miró con expectación hacia dentro. No lo encontró enseguida, pero cuando lo descubrió debajo del canapé -¡Dios mío, tenía que estar en alguna parte, no podía haber volado!- se asustó tanto que, sin poder dominarse, volvió a cerrar la puerta desde afuera. Pero como si se arrepintiese de su comportamiento, inmediatamente la abrió de nuevo y entró de puntillas, como si se tratase de un enfermo grave o de un extraño. Gregorio había adelantado la cabeza casi hasta el borde del canapé y la observaba. ¿Se daría cuenta de que había dejado la leche, y no por falta de hambre, y le traería otra comida más adecuada? Si no caía en la cuenta por sí misma Gregorio preferiría morir de hambre antes que llamarle la atención sobre esto, a pesar de que sentía unos enormes deseos de salir de debajo del canapé, arrojarse a los pies de la hermana y rogarle que le trajese algo bueno de comer. Pero la hermana reparó con sorpresa en la escudilla llena, a cuyo alrededor se había vertido un poco de leche, y la levantó del suelo, aunque no lo hizo directamente con las manos, sino con un trapo, y se la llevó. Gregorio tenía mucha curiosidad por saber lo que le traería en su lugar, e hizo al respecto las más diversas conjeturas. Pero nunca hubiese podido adivinar lo que la bondad de la hermana iba realmente a hacer. Para poner a prueba su gusto, le trajo muchas cosas para elegir, todas ellas extendidas sobre un viejo periódico. Había verduras pasadas medio podridas, huesos de la cena, rodeados de una salsa blanca que se había ya endurecido, algunas uvas pasas y almendras, un queso que, hacía dos días, Gregorio había calificado de incomible, un trozo de pan, otro trozo de pan untado con mantequilla y otro trozo de pan untado con mantequilla y sal. Además añadió a todo esto la escudilla que, a partir de ahora, probablemente estaba destinada a Gregorio, en la cual había echado agua. Y por delicadeza, como sabía que Gregorio nunca comería delante de ella, se retiró rápidamente e incluso echó la llave, para que Gregorio se diese cuenta de que podía ponerse todo lo cómodo que desease. Las patitas de Gregorio zumbaban cuando se acercaba el momento de comer. Por cierto, sus heridas ya debían estar curadas del todo porque ya no notaba molestia alguna; se asombró y pensó en cómo, hacía más de un mes, se había cortado un poco un dedo y esa herida, todavía anteayer, le dolía bastante. ¿Tendré ahora menos sensibilidad?, pensó, y ya chupaba con voracidad el queso, que fue lo que más fuertemente y de inmediato lo atrajo de todo. Sucesivamente, a toda velocidad, y con los ojos llenos de lágrimas de alegría, devoró el queso, las verduras y la salsa; los alimentos frescos, por el contrario, no le gustaban, ni siquiera podía soportar su olor, e incluso alejó un poco las cosas que quería comer. Ya hacía tiempo que había terminado y permanecía tumbado perezosamente en el mismo sitio, cuando la hermana, como señal de que debía retirarse, giró lentamente la llave. Esto lo asustó, a pesar de que ya dormitaba, y se apresuró a esconderse bajo el canapé, pero le costó una gran fuerza de voluntad permanecer debajo del canapé aun el breve tiempo en el que la hermana estuvo en la habitación, porque, a causa de la abundante comida, el vientre se había redondeado un poco y apenas podía respirar en el reducido espacio. Entre pequeños ataques de asfixia, veía con ojos un poco saltones cómo la hermana, que nada imaginaba de esto, no solamente barría con su escoba los restos, sino también los alimentos que Gregorio ni siquiera había tocado, como si éstos ya no se pudiesen utilizar, y cómo lo tiraba todo precipitadamente a un cubo, que cerró con una tapa de madera, después de lo cual se lo llevó todo. Apenas se había dado la vuelta cuando Gregorio salía ya de debajo del canapé, se estiraba y se inflaba. De esta forma recibía Gregorio su comida diaria una vez por la mañana, cuando los padres y la criada todavía dormían, y la segunda vez después de la comida del mediodía, porque entonces los padres dormían un ratito y la hermana mandaba a la criada a algún recado. Sin duda los padres no querían que Gregorio se muriese de hambre, pero quizá no hubieran podido soportar enterarse de sus costumbres alimenticias más de lo que de ellas les dijese la hermana; quizá la hermana quería ahorrarles una pequeña pena porque, de hecho, ya sufrían bastante. Gregorio no pudo enterarse de las excusas con las que el médico y el cerrajero habían sido despedidos de la casa en aquella primera mañana, puesto que, como no podían entenderle, nadie, ni siquiera la hermana, pensaba que él pudiera entender a los demás, y así, cuando la hermana estaba en su habitación, tenía que conformarse con escuchar de vez en cuando sus suspiros y sus invocaciones a los santos. Sólo más tarde, cuando ya se había acostumbrado un poco a todo -naturalmente nunca podría pensarse en que se acostumbrase del todo-, cazaba Gregorio a veces una observación hecha amablemente o que así podía interpretarse: «Hoy sí que le ha gustado», decía cuando Gregorio había comido con abundancia, mientras que, en el caso contrario, que poco a poco se repetía con más frecuencia, solía decir casi con tristeza: «Hoy ha sobrado todo». Mientras que Gregorio no se enteraba de novedad alguna de forma directa, escuchaba algunas cosas procedentes de las habitaciones contiguas. Y allí donde escuchaba voces una sola vez, corría enseguida hacia la puerta correspondiente y se estrujaba con todo su cuerpo contra ella. Especialmente en los primeros tiempos no había ninguna conversación que de alguna manera, si bien sólo en secreto, no tratase de él. A lo largo de dos días se escucharon durante las comidas discusiones sobre cómo se debían comportar ahora; pero también entre las comidas se hablaba del mismo tema, porque siempre había en casa al menos dos miembros de la familia, ya que seguramente nadie quería quedarse solo en casa, y tampoco podían dejar de ningún modo la casa sola. Incluso ya el primer día la criada (no estaba del todo claro qué y cuánto sabía de lo ocurrido) había pedido de rodillas a la madre que la despidiese inmediatamente, y cuando, un cuarto de hora después, se marchaba con lágrimas en los ojos, daba gracias por el despido como por el favor más grande que pudiese hacérsele, y sin que nadie se lo pidiese hizo un solemne juramento de no decir nada a nadie. Ahora la hermana, junto con la madre, tenía que cocinar, si bien esto no ocasionaba demasiado trabajo porque apenas se comía nada. Una y otra vez escuchaba Gregorio cómo uno animaba en vano al otro a que comiese y no recibía más contestación que: «¡Gracias, tengo suficiente!», o algo parecido. Quizá tampoco se bebía nada. A veces la hermana preguntaba al padre si quería tomar una cerveza, y se ofrecía amablemente a ir ella misma a buscarla, y como el padre permanecía en silencio, añadía para que él no tuviese reparos, que también podía mandar a la portera, pero entonces el padre respondía, por fin, con un poderoso «no», y ya no se hablaba más del asunto. Ya en el transcurso del primer día el padre explicó tanto a la madre como a la hermana toda la situación económica y las perspectivas. De vez en cuando se levantaba de la mesa y recogía de la pequeña caja marca Wertheim, que había salvado de la quiebra de su negocio ocurrida hacía cinco años, algún documento o libro de anotaciones. Se oía cómo abría el complicado cerrojo y lo volvía a cerrar después de sacar lo que buscaba. Estas explicaciones del padre eran, en parte, la primera cosa grata que Gregorio oía desde su encierro. Gregorio había creído que al padre no le había quedado nada de aquel negocio, al menos el padre no le había dicho nada en sentido contrario, y, por otra parte, tampoco Gregorio le había preguntado. En aquel entonces la preocupación de Gregorio había sido hacer todo lo posible para que la familia olvidase rápidamente el desastre comercial que los había sumido a todos en la más completa desesperación, y así había empezado entonces a trabajar con un ardor muy especial y, casi de la noche a la mañana, había pasado a ser de un simple dependiente a un viajante que, naturalmente, tenía otras muchas posibilidades de ganar dinero, y cuyos éxitos profesionales, en forma de comisiones, se convierten inmediatamente en dinero constante y sonante, que se podía poner sobre la mesa en casa ante la familia asombrada y feliz. Habían sido buenos tiempos y después nunca se habían repetido, al menos con ese esplendor, a pesar de que Gregorio, después, ganaba tanto dinero, que estaba en situación de cargar con todos los gastos de la familia y así lo hacía. Se habían acostumbrado a esto tanto la familia como Gregorio; se aceptaba el dinero con agradecimiento, él lo entregaba con gusto, pero ya no emanaba de ello un calor especial. Solamente la hermana había permanecido unida a Gregorio, y su intención secreta consistía en mandarla el año próximo al conservatorio sin tener en cuenta los grandes gastos que ello traería consigo y que se compensarían de alguna otra forma, porque ella, al contrario que Gregorio, sentía un gran amor por la música y tocaba el violín de una forma conmovedora. Con frecuencia, durante las breves estancias de Gregorio en la ciudad, se mencionaba el conservatorio en las conversaciones con la hermana, pero sólo como un hermoso sueño en cuya realización no podía ni pensarse, y a los padres ni siquiera les gustaba escuchar estas inocentes alusiones; pero Gregorio pensaba decididamente en ello y tenía la intención de darlo a conocer solemnemente en Nochebuena. Este tipo de pensamientos, completamente inútiles en su estado actual, eran los que le pasaban por la cabeza mientras permanecía allí pegado a la puerta y escuchaba. A veces ya no podía escuchar más de puro cansando y, en un descuido, se golpeaba la cabeza contra la puerta, pero inmediatamente volvía a levantarla, porque incluso el pequeño ruido que había producido con ello había sido escuchado al lado y había hecho enmudecer a todos. -¿Qué es lo que hará? -decía el padre pasados unos momentos y dirigiéndose a todas luces hacia la puerta; después se reanudaba poco a poco la conversación que había sido interrumpida. De esta forma Gregorio se enteró muy bien -el padre solía repetir con frecuencia sus explicaciones, en parte porque él mismo ya hacía tiempo que no se ocupaba de estas cosas, y, en parte también, porque la madre no entendía todo a la primera- de que, a pesar de la desgracia, todavía quedaba una pequeña fortuna; que los intereses, aún intactos, habían aumentado un poco más durante todo este tiempo. Además, el dinero que Gregorio había traído todos los meses a casa -él sólo había guardado para sí unos pocos florines- no se había gastado del todo y se había convertido en un pequeño capital. Gregorio, detrás de su puerta, asentía entusiasmado, contento por la inesperada previsión y ahorro. La verdad es que con ese dinero sobrante Gregorio podía haber ido liquidando la deuda que tenía el padre con el jefe y el día en que, por fin, hubiese podido abandonar ese trabajo habría estado más cercano; pero ahora era sin duda mucho mejor así, tal y como lo había organizado el padre. Sin embargo, este dinero no era del todo suficiente como para que la familia pudiese vivir de los intereses; bastaba quizá para mantener a la familia uno, como mucho dos años, más era imposible. Así pues, se trataba de una suma de dinero que, en realidad, no podía tocarse, y que debía ser reservada para un caso de necesidad, pero el dinero para vivir había que ganarlo. Ahora bien, el padre era ciertamente un hombre sano, pero ya viejo, que desde hacía cinco años no trabajaba y que, en todo caso, no debía confiar mucho en sus fuerzas; durante estos cinco años, que habían sido las primeras vacaciones de su esforzada y, sin embargo, infructuosa existencia, había engordado mucho, y por ello se había vuelto muy torpe. ¿Y la anciana madre? ¿Tenía ahora que ganar dinero, ella que padecía de asma, a quien un paseo por la casa producía fatiga, y que pasaba uno de cada dos días con dificultades respiratorias, tumbada en el sofá con la ventana abierta? ¿Y la hermana también tenía que ganar dinero, ella que todavía era una criatura de diecisiete años, a quien uno se alegraba de poder proporcionar la forma de vida que había llevado hasta ahora, y que consistía en vestirse bien, dormir mucho, ayudar en la casa, participar en algunas diversiones modestas y, sobre todo, tocar el violín? Cuando se empezaba a hablar de la necesidad de ganar dinero Gregorio acababa por abandonar la puerta y arrojarse sobre el fresco sofá de cuero, que estaba junto a la puerta, porque se ponía al rojo vivo de vergüenza y tristeza. A veces permanecía allí tumbado durante toda la noche, no dormía ni un momento, y se restregaba durante horas sobre el cuero. O bien no retrocedía ante el gran esfuerzo de empujar una silla hasta la ventana, trepar a continuación hasta el antepecho y, subido en la silla, apoyarse en la ventana y mirar a través de la misma, sin duda como recuerdo de lo libre que se había sentido siempre que anteriormente había estado apoyado aquí. Porque, efectivamente, de día en día, veía cada vez con menos claridad las cosas que ni siquiera estaban muy alejadas: ya no podía ver el hospital de enfrente, cuya visión constante había antes maldecido, y si no hubiese sabido muy bien que vivía en la tranquila pero central Charlottenstrasse, podría haber creído que veía desde su ventana un desierto en el que el cielo gris y la gris tierra se unían sin poder distinguirse uno de otra. Sólo dos veces había sido necesario que su atenta hermana viese que la silla estaba bajo la ventana para que, a partir de entonces, después de haber recogido la habitación, la colocase siempre bajo aquélla, e incluso dejase abierta la contraventana interior. Si Gregorio hubiese podido hablar con la hermana y darle las gracias por todo lo que tenía que hacer por él, hubiese soportado mejor sus servicios, pero de esta forma sufría con ellos. Ciertamente, la hermana intentaba hacer más llevadero lo desagradable de la situación, y, naturalmente, cuanto más tiempo pasaba, tanto más fácil le resultaba conseguirlo, pero también Gregorio adquirió con el tiempo una visión de conjunto más exacta. Ya el solo hecho de que la hermana entrase le parecía terrible. Apenas había entrado, sin tomarse el tiempo necesario para cerrar la puerta, y eso que siempre ponía mucha atención en ahorrar a todos el espectáculo que ofrecía la habitación de Gregorio, corría derecha hacia la ventana y la abría de par en par, con manos presurosas, como si se asfixiase y, aunque hiciese mucho frío, permanecía durante algunos momentos ante ella, y respiraba profundamente. Estas carreras y ruidos asustaban a Gregorio dos veces al día; durante todo ese tiempo temblaba bajo el canapé y sabía muy bien que ella le hubiese evitado con gusto todo esto, si es que le hubiese sido posible permanecer con la ventana cerrada en la habitación en la que se encontraba Gregorio. Una vez, hacía aproximadamente un mes de la transformación de Gregorio, y el aspecto de éste ya no era para la hermana motivo especial de asombro, llegó un poco antes de lo previsto y encontró a Gregorio mirando por la ventana, inmóvil y realmente colocado para asustar. Para Gregorio no hubiese sido inesperado si ella no hubiese entrado, ya que él, con su posición, impedía que ella pudiese abrir de inmediato la ventana, pero ella no solamente no entró, sino que retrocedió y cerró la puerta; un extraño habría podido pensar que Gregorio la había acechado y había querido morderla. Gregorio, naturalmente, se escondió enseguida bajo el canapé, pero tuvo que esperar hasta mediodía antes de que la hermana volviese de nuevo, y además parecía mucho más intranquila que de costumbre. Gregorio sacó la conclusión de que su aspecto todavía le resultaba insoportable y continuaría pareciéndoselo, y que ella tenía que dominarse a sí misma para no salir corriendo al ver incluso la pequeña parte de su cuerpo que sobresalía del canapé. Para ahorrarle también ese espectáculo, transportó un día sobre la espalda -para ello necesitó cuatro horas- la sábana encima del canapé, y la colocó de tal forma que él quedaba tapado del todo, y la hermana, incluso si se agachaba, no podía verlo. Si, en opinión de la hermana, esa sábana no hubiese sido necesaria, podría haberla retirado, porque estaba suficientemente claro que Gregorio no se aislaba por gusto, pero dejó la sábana tal como estaba, e incluso Gregorio creyó adivinar una mirada de gratitud cuando, con cuidado, levantó la cabeza un poco para ver cómo acogía la hermana la nueva disposición. Durante los primeros catorce días, los padres no consiguieron decidirse a entrar en su habitación, y Gregorio escuchaba con frecuencia cómo ahora reconocían el trabajo de la hermana, a pesar de que anteriormente se habían enfadado muchas veces con ella, porque les parecía una chica un poco inútil. Pero ahora, a veces, ambos, el padre y la madre, esperaban ante la habitación de Gregorio mientras la hermana la recogía y, apenas había salido, tenía que contar con todo detalle qué aspecto tenía la habitación, lo que había comido Gregorio, cómo se había comportado esta vez y si, quizá, se advertía una pequeña mejoría. Por cierto, la madre quiso entrar a ver a Gregorio relativamente pronto, pero el padre y la hermana se lo impidieron, al principio con argumentos racionales, que Gregorio escuchaba con mucha atención, y con los que estaba muy de acuerdo, pero más tarde hubo que impedírselo por la fuerza, y si entonces gritaba: «¡Déjenme entrar a ver a Gregorio, pobre hijo mío! ¿Es que no comprenden que tengo que entrar a verlo?» Entonces Gregorio pensaba que quizá sería bueno que la madre entrase, naturalmente no todos los días, pero sí una vez a la semana; ella comprendía todo mucho mejor que la hermana, que, a pesar de todo su valor, no era más que una niña, y, en última instancia, quizá sólo se había hecho cargo de una tarea tan difícil por irreflexión infantil. El deseo de Gregorio de ver a la madre pronto se convirtió en realidad. Durante el día Gregorio no quería mostrarse por la ventana, por consideración a sus padres, pero tampoco podía arrastrarse demasiado por los pocos metros cuadrados del suelo; ya soportaba con dificultad estar tumbado tranquilamente durante la noche, pronto ya ni siquiera la comida le producía alegría alguna y así, para distraerse, adoptó la costumbre de arrastrarse en todas direcciones por las paredes y el techo. Le gustaba especialmente permanecer colgado del techo; era algo muy distinto a estar tumbado en el suelo; se respiraba con más libertad; un ligero balanceo atravesaba el cuerpo; y sumido en la casi feliz distracción en la que se encontraba allí arriba, podía ocurrir que, para su sorpresa, se dejase caer y se golpease contra el suelo. Pero ahora, naturalmente, dominaba su cuerpo de una forma muy distinta a como lo había hecho antes y no se hacía daño, incluso después de semejante caída. La hermana se dio cuenta inmediatamente de la nueva diversión que Gregorio había descubierto -al arrastrarse dejaba tras de sí, por todas partes, huellas de su sustancia pegajosa- y entonces se le metió en la cabeza proporcionar a Gregorio la posibilidad de arrastrarse a gran escala y sacar de allí los muebles que lo impedían, es decir, sobre todo el armario y el escritorio. Ella no era capaz de hacerlo todo sola, tampoco se atrevía a pedir ayuda al padre; la criada no la hubiese ayudado seguramente, porque esa chica, de unos dieciséis años, resistía ciertamente con valor desde que se despidió a la cocinera anterior, pero había pedido el favor de poder mantener la cocina constantemente cerrada y abrirla solamente a una señal determinada. Así pues, no le quedó a la hermana más remedio que valerse de la madre, una vez que estaba el padre ausente. Con exclamaciones de excitada alegría se acercó la madre, pero enmudeció ante la puerta de la habitación de Gregorio. Primero la hermana se aseguró de que todo en la habitación estaba en orden, después dejó entrar a la madre. Gregorio se había apresurado a colocar la sábana aún más bajo y con más pliegues, de modo que, de verdad, tenía el aspecto de una sábana lanzada casualmente sobre el canapé. Gregorio se abstuvo esta vez de espiar por debajo de la sábana; renunció a ver esta vez a la madre y se contentaba sólo conque hubiese venido. -Vamos, acércate, no se le ve -dijo la hermana, y, sin duda, llevaba a la madre de la mano. Gregorio oyó entonces cómo las dos débiles mujeres movían de su sitio el pesado y viejo armario, y cómo la hermana siempre se cargaba la mayor parte del trabajo, sin escuchar las advertencias de la madre que temía que se esforzase demasiado. Duró mucho tiempo. Aproximadamente después de un cuarto de hora de trabajo dijo la madre que deberían dejar aquí el armario, porque, en primer lugar, era demasiado pesado y no acabarían antes de que regresase el padre, y con el armario en medio de la habitación le bloqueaban a Gregorio cualquier camino y, en segundo lugar, no era del todo seguro que se le hiciese a Gregorio un favor con retirar los muebles. A ella le parecía precisamente lo contrario, la vista de las paredes desnudas le oprimía el corazón, y por qué no iba a sentir Gregorio lo mismo, puesto que ya hacía tiempo que estaba acostumbrado a los muebles de la habitación, y por eso se sentiría abandonado en la habitación vacía. -Y es que acaso no… -finalizó la madre en voz baja, aunque ella hablaba siempre casi susurrando, como si quisiera evitar que Gregorio, cuyo escondite exacto ella ignoraba, escuchase siquiera el sonido de su voz, porque ella estaba convencida de que él no entendía las palabras. -¿Y es que acaso no parece que retirando los muebles le mostramos que perdemos toda esperanza de mejoría y lo abandonamos a su suerte sin consideración alguna? Yo creo que lo mejor sería que intentásemos conservar la habitación en el mismo estado en que se encontraba antes, para que Gregorio, cuando regrese de nuevo con nosotros, encuentre todo tal como estaba y pueda olvidar más fácilmente este paréntesis de tiempo. Al escuchar estas palabras de la madre, Gregorio reconoció que la falta de toda conversación inmediata con un ser humano, junto a la vida monótona en el seno de la familia, tenía que haber confundido sus facultades mentales a lo largo de estos dos meses, porque de otro modo no podía explicarse que hubiese podido desear seriamente que se vaciase su habitación. ¿Deseaba realmente permitir que transformasen la cálida habitación amueblada confortablemente, con muebles heredados de su familia, en una cueva en la que, efectivamente, podría arrastrarse en todas direcciones sin obstáculo alguno, teniendo, sin embargo, como contrapartida, que olvidarse al mismo tiempo, rápidamente y por completo, de su pasado humano? Ya se encontraba a punto de olvidar y solamente le había animado la voz de su madre, que no había oído desde hacía tiempo. Nada debía retirarse, todo debía quedar como estaba, no podía prescindir en su estado de la bienhechora influencia de los muebles, y si los muebles le impedían arrastrarse sin sentido de un lado para otro, no se trataba de un perjuicio, sino de una gran ventaja. Pero la hermana era, lamentablemente, de otra opinión; no sin cierto derecho, se había acostumbrado a aparecer frente a los padres como experta al discutir sobre asuntos concernientes a Gregorio, y de esta forma el consejo de la madre era para la hermana motivo suficiente para retirar no sólo el armario y el escritorio, como había pensado en un principio, sino todos los muebles a excepción del imprescindible canapé. Naturalmente, no sólo se trataba de una terquedad pueril y de la confianza en sí misma que en los últimos tiempos, de forma tan inesperada y difícil, había conseguido, lo que la impulsaba a esta exigencia; ella había observado, efectivamente, que Gregorio necesitaba mucho sitio para arrastrarse y que, en cambio, no utilizaba en absoluto los muebles, al menos por lo que se veía. Pero quizá jugaba también un papel importante el carácter exaltado de una chica de su edad, que busca su satisfacción en cada oportunidad, y por el que Greta ahora se dejaba tentar con la intención de hacer más que ahora, porque en una habitación en la que sólo Gregorio era dueño y señor de las paredes vacías, no se atrevería a entrar ninguna otra persona más que Greta. Así pues, no se dejó disuadir de sus propósitos por la madre, que también, de pura inquietud, parecía sentirse insegura en esta habitación; pronto enmudeció y ayudó a la hermana con todas sus fuerzas a sacar el armario. Bueno, en caso de necesidad, Gregorio podía prescindir del armario, pero el escritorio tenía que quedarse; y apenas habían abandonado las mujeres la habitación con el armario, en el cual se apoyaban gimiendo, cuando Gregorio sacó la cabeza de debajo del canapé para ver cómo podía tomar cartas en el asunto lo más prudente y discretamente posible. Pero, por desgracia, fue precisamente la madre quien regresó primero, mientras Greta, en la habitación contigua, sujetaba el armario rodeándolo con los brazos y lo empujaba sola de acá para allá, naturalmente, sin moverlo un ápice de su sitio. Pero la madre no estaba acostumbrada a ver a Gregorio, podría haberse puesto enferma por su culpa, y así Gregorio, andando hacia atrás, se alejó asustado hasta el otro extremo del canapé, pero no pudo evitar que la sábana se moviese un poco por la parte de delante. Esto fue suficiente para llamar la atención de la madre. Ésta se detuvo, permaneció allí un momento en silencio y luego volvió con Greta. A pesar de que Gregorio se repetía una y otra vez que no ocurría nada fuera de lo común, sino que sólo se cambiaban de sitio algunos muebles, sin embargo, como pronto habría de confesarse a sí mismo, este ir y venir de las mujeres, sus breves gritos, el arrastre de los muebles sobre el suelo, le producían la impresión de un gran barullo, que crecía procedente de todas las direcciones y, por mucho que encogía la cabeza y las patas sobre sí mismo y apretaba el cuerpo contra el suelo, tuvo que confesarse irremisiblemente que no soportaría todo esto mucho tiempo. Ellas le vaciaban su habitación, le quitaban todo aquello a lo que tenía cariño, el armario en el que guardaba la sierra y otras herramientas ya lo habían sacado; ahora ya aflojaban el escritorio, que estaba fijo al suelo, en el cual había hecho sus deberes cuando era estudiante de comercio, alumno del instituto e incluso alumno de la escuela primaria. Ante esto no le quedaba ni un momento para comprobar las buenas intenciones que tenían las dos mujeres, y cuya existencia, por cierto, casi había olvidado, porque de puro agotamiento trabajaban en silencio y solamente se oían las sordas pisadas de sus pies. Y así salió de repente -las mujeres estaban en ese momento en la habitación contigua, apoyadas en el escritorio para tomar aliento-, cambió cuatro veces la dirección de su marcha, no sabía a ciencia cierta qué era lo que debía salvar primero, cuando vio en la pared ya vacía, llamándole la atención, el cuadro de la mujer envuelta en pieles. Se arrastró apresuradamente hacia arriba y se apretó contra el cuadro, cuyo cristal lo sujetaba y le aliviaba el ardor de su vientre. Al menos este cuadro, que Gregorio tapaba ahora por completo, seguro que no se lo llevaba nadie. Volvió la cabeza hacia la puerta del cuarto de estar para observar a las mujeres cuando volviesen. No se habían permitido una larga tregua y ya volvían; Greta había rodeado a su madre con el brazo y casi la llevaba en volandas. -¿Qué nos llevamos ahora? -dijo Greta, y miró a su alrededor. Entonces sus miradas se cruzaron con las de Gregorio, que estaba en la pared. Seguramente sólo a causa de la presencia de la madre conservó su serenidad, inclinó su rostro hacia la madre, para impedir que ella mirase a su alrededor, y dijo temblando y aturdida: -Ven, ¿nos volvemos un momento al cuarto de estar? Gregorio veía claramente la intención de Greta, quería llevar a la madre a un lugar seguro y luego echarle de la pared. Bueno, ¡que lo intentase! Él permanecería sobre su cuadro y no renunciaría a él. Prefería saltarle a Greta a la cara. Pero justamente las palabras de Greta inquietaron a la madre, quien se echó a un lado y vio la gigantesca mancha pardusca sobre el papel pintado de flores y, antes de darse realmente cuenta de que aquello que veía era Gregorio, gritó con voz ronca y estridente: -¡Ay Dios mío, ay Dios mío! -y con los brazos extendidos cayó sobre el canapé, como si renunciase a todo, y se quedó allí inmóvil. -¡Cuidado, Gregorio! -gritó la hermana levantando el puño y con una mirada penetrante. Desde la transformación eran estas las primeras palabras que le dirigía directamente. Corrió a la habitación contigua para buscar alguna esencia con la que pudiese despertar a su madre de su inconsciencia; Gregorio también quería ayudar -había tiempo más que suficiente para salvar el cuadro-, pero estaba pegado al cristal y tuvo que desprenderse con fuerza, luego corrió también a la habitación de al lado como si pudiera dar a la hermana algún consejo, como en otros tiempos, pero tuvo que quedarse detrás de ella sin hacer nada; cuando Greta volvía entre diversos frascos, se asustó al darse la vuelta y un frasco se cayó al suelo y se rompió y un trozo de cristal hirió a Gregorio en la cara; una medicina corrosiva se derramó sobre él. Sin detenerse más tiempo, Greta cogió todos los frascos que podía llevar y corrió con ellos hacia donde estaba la madre; cerró la puerta con el pie. Gregorio estaba ahora aislado de la madre, que quizá estaba a punto de morir por su culpa; no debía abrir la habitación, no quería echar a la hermana que tenía que permanecer con la madre; ahora no tenía otra cosa que hacer que esperar; y, afligido por los remordimientos y la preocupación, comenzó a arrastrarse, se arrastró por todas partes: paredes, muebles y techos, y finalmente, en su desesperación, cuando ya la habitación empezaba a dar vueltas a su alrededor, se desplomó en medio de la gran mesa. Pasó un momento, Gregorio yacía allí extenuado, a su alrededor todo estaba tranquilo, quizá esto era una buena señal. Entonces sonó el timbre. La chica estaba, naturalmente, encerrada en su cocina y Greta tenía que ir a abrir. El padre había llegado. -¿Qué ha ocurrido? -fueron sus primeras palabras. El aspecto de Greta lo revelaba todo. Greta contestó con voz ahogada, si duda apretaba su rostro contra el pecho del padre: -Madre se quedó inconsciente, pero ya está mejor. Gregorio ha escapado. -Ya me lo esperaba -dijo el padre-, se los he dicho una y otra vez, pero ustedes, las mujeres, nunca hacen caso. Gregorio se dio cuenta de que el padre había interpretado mal la escueta información de Greta y sospechaba que Gregorio había hecho uso de algún acto violento. Por eso ahora tenía que intentar apaciguar al padre, porque para darle explicaciones no tenía ni el tiempo ni la posibilidad. Así pues, Gregorio se precipitó hacia la puerta de su habitación y se apretó contra ella para que el padre, ya desde el momento en que entrase en el vestíbulo, viese que Gregorio tenía la más sana intención de regresar inmediatamente a su habitación, y que no era necesario hacerle retroceder, sino que sólo hacía falta abrir la puerta e inmediatamente desaparecería. Pero el padre no estaba en situación de advertir tales sutilezas. -¡Ah! -gritó al entrar, en un tono como si al mismo tiempo estuviese furioso y contento. Gregorio retiró la cabeza de la puerta y la levantó hacia el padre. Nunca se hubiese imaginado así al padre, tal y como estaba allí; bien es verdad que en los últimos tiempos, puesta su atención en arrastrarse por todas partes, había perdido la ocasión de preocuparse como antes de los asuntos que ocurrían en el resto de la casa, y tenía realmente que haber estado preparado para encontrar las circunstancias cambiadas. Aun así, aun así. ¿Era este todavía el padre? ¿El mismo hombre que yacía sepultado en la cama, cuando, en otros tiempos, Gregorio salía en viaje de negocios? ¿El mismo hombre que, la tarde en que volvía, le recibía en bata sentado en su sillón, y que no estaba en condiciones de levantarse, sino que, como señal de alegría, sólo levantaba los brazos hacia él? ¿El mismo hombre que, durante los poco frecuentes paseos en común, un par de domingos al año o en las festividades más importantes, se abría paso hacia delante entre Gregorio y la madre, que ya de por sí andaban despacio, aún más despacio que ellos, envuelto en su viejo abrigo, siempre apoyando con cuidado el bastón, y que, cuando quería decir algo, casi siempre se quedaba parado y congregaba a sus acompañantes a su alrededor? Pero ahora estaba muy derecho, vestido con un rígido uniforme azul con botones, como los que llevan los ordenanzas de los bancos; por encima del cuello alto y tieso de la chaqueta sobresalía su gran papada; por debajo de las pobladas cejas se abría paso la mirada, despierta y atenta, de unos ojos negros. El cabello blanco, en otro tiempo desgreñado, estaba ahora ordenado en un peinado a raya brillante y exacto. Arrojó su gorra, en la que había bordado un monograma dorado, probablemente el de un banco, sobre el canapé a través de la habitación formando un arco, y se dirigió hacia Gregorio con el rostro enconado, las puntas de la larga chaqueta del uniforme echadas hacia atrás, y las manos en los bolsillos del pantalón. Probablemente ni él mismo sabía lo que iba a hacer, sin embargo levantaba los pies a una altura desusada y Gregorio se asombró del tamaño enorme de las suelas de sus botas. Pero Gregorio no permanecía parado, ya sabía desde el primer día de su nueva vida que el padre, con respecto a él, sólo consideraba oportuna la mayor rigidez. Y así corría delante del padre, se paraba si el padre se paraba, y se apresuraba a seguir hacia delante con sólo que el padre se moviese. Así recorrieron varias veces la habitación sin que ocurriese nada decisivo y sin que ello hubiese tenido el aspecto de una persecución, como consecuencia de la lentitud de su recorrido. Por eso Gregorio permaneció de momento sobre el suelo, especialmente porque temía que el padre considerase una especial maldad por su parte la huida a las paredes o al techo. Por otra parte, Gregorio tuvo que confesarse a sí mismo que no soportaría por mucho tiempo estas carreras, porque mientras el padre daba un paso, él tenía que realizar un sinnúmero de movimientos. Ya comenzaba a sentir ahogos, bien es verdad que tampoco anteriormente había tenido unos pulmones dignos de confianza. Mientras se tambaleaba con la intención de reunir todas sus fuerzas para la carrera, apenas tenía los ojos abiertos; en su embotamiento no pensaba en otra posibilidad de salvación que la de correr; y ya casi había olvidado que las paredes estaban a su disposición, bien es verdad que éstas estaban obstruidas por muelles llenos de esquinas y picos. En ese momento algo, lanzado sin fuerza, cayó junto a él, y echó a rodar por delante de él. Era una manzana; inmediatamente siguió otra; Gregorio se quedó inmóvil del susto; seguir corriendo era inútil, porque el padre había decidido bombardearle. Con la fruta procedente del frutero que estaba sobre el aparador se había llenado los bolsillos y lanzaba manzana tras manzana sin apuntar con exactitud, de momento. Estas pequeñas manzanas rojas rodaban por el suelo como electrificadas y chocaban unas con otras. Una manzana lanzada sin fuerza rozó la espalda de Gregorio, pero resbaló sin causarle daños. Sin embargo, otra que la siguió inmediatamente, se incrustó en la espalda de Gregorio; éste quería continuar arrastrándose, como si el increíble y sorprendente dolor pudiese aliviarse al cambiar de sitio; pero estaba como clavado y se estiraba, totalmente desconcertado. Sólo al mirar por última vez alcanzó a ver cómo la puerta de su habitación se abría de par en par y por delante de la hermana, que chillaba, salía corriendo la madre en enaguas, puesto que la hermana la había desnudado para proporcionarle aire mientras permanecía inconsciente; vio también cómo, a continuación, la madre corría hacia el padre y, en el camino, perdía una tras otra sus enaguas desatadas, y cómo tropezando con ellas, caía sobre el padre, y abrazándole, unida estrechamente a él -ya empezaba a fallarle la vista a Gregorio-, le suplicaba, cruzando las manos por detrás de su nuca, que perdonase la vida de Gregorio. III La grave herida de Gregorio, cuyos dolores soportó más de un mes -la manzana permaneció empotrada en la carne como recuerdo visible, ya que nadie se atrevía a retirarla-, pareció recordar, incluso al padre, que Gregorio, a pesar de su triste y repugnante forma actual, era un miembro de la familia, a quien no podía tratarse como a un enemigo, sino frente al cual el deber familiar era aguantarse la repugnancia y resignarse, nada más que resignarse. Y si Gregorio ahora, por culpa de su herida, probablemente había perdido agilidad para siempre, y por lo pronto necesitaba para cruzar su habitación como un viejo inválido largos minutos -no se podía ni pensar en arrastrarse por las alturas-, sin embargo, en compensación por este empeoramiento de su estado, recibió, en su opinión, una reparación más que suficiente: hacia el anochecer se abría la puerta del cuarto de estar, la cual solía observar fijamente ya desde dos horas antes, de forma que, tumbado en la oscuridad de su habitación, sin ser visto desde el comedor, podía ver a toda la familia en la mesa iluminada y podía escuchar sus conversaciones, en cierto modo con el consentimiento general, es decir, de una forma completamente distinta a como había sido hasta ahora. Naturalmente, ya no se trataba de las animadas conversaciones de antaño, en las que Gregorio, desde la habitación de su hotel, siempre había pensado con cierta nostalgia cuando, cansado, tenía que meterse en la cama húmeda. La mayoría de las veces transcurría el tiempo en silencio. El padre no tardaba en dormirse en la silla después de la cena, y la madre y la hermana se recomendaban mutuamente silencio; la madre, inclinada muy por debajo de la luz, cosía ropa fina para un comercio de moda; la hermana, que había aceptado un trabajo como dependienta, estudiaba por la noche estenografía y francés, para conseguir, quizá más tarde, un puesto mejor. A veces el padre se despertaba y, como si no supiera que había dormido, decía a la madre: «¡Cuánto coses hoy también!», e inmediatamente volvía a dormirse mientras la madre y la hermana se sonreían mutuamente. Por una especie de obstinación, el padre se negaba a quitarse el uniforme mientras estaba en casa; y mientras la bata colgaba inútilmente de la percha, dormitaba el padre en su asiento, completamente vestido, como si siempre estuviese preparado para el servicio e incluso en casa esperase también la voz de su superior. Como consecuencia, el uniforme, que no era nuevo ya en un principio, empezó a ensuciarse a pesar del cuidado de la madre y de la hermana. Gregorio se pasaba con frecuencia tardes enteras mirando esta brillante ropa, completamente manchada, con sus botones dorados siempre limpios, con la que el anciano dormía muy incómodo y, sin embargo, tranquilo. En cuanto el reloj daba las diez, la madre intentaba despertar al padre en voz baja y convencerle para que se fuese a la cama, porque éste no era un sueño auténtico y el padre tenía necesidad de él, porque tenía que empezar a trabajar a las seis de la mañana. Pero con la obstinación que se había apoderado de él desde que se había convertido en ordenanza, insistía en quedarse más tiempo a la mesa, a pesar de que, normalmente, se quedaba dormido y, además, sólo con grandes esfuerzos podía convencérsele de que cambiase la silla por la cama. Ya podían la madre y la hermana insistir con pequeñas amonestaciones, durante un cuarto de hora daba cabezadas lentamente, mantenía los ojos cerrados y no se levantaba. La madre le tiraba del brazo, diciéndole al oído palabras cariñosas, la hermana abandonaba su trabajo para ayudar a la madre, pero esto no tenía efecto sobre el padre. Se hundía más profundamente en su silla. Sólo cuando las mujeres lo cogían por debajo de los hombros, abría los ojos, miraba alternativamente a la madre y a la hermana, y solía decir: «¡Qué vida ésta! ¡Ésta es la tranquilidad de mis últimos días!», y apoyado sobre las dos mujeres se levantaba pesadamente, como si él mismo fuese su más pesada carga, se dejaba llevar por ellas hasta la puerta, allí les hacía una señal de que no las necesitaba, y continuaba solo, mientras que la madre y la hermana dejaban apresuradamente su costura y su pluma para correr tras el padre y continuar ayudándolo. ¿Quién en esta familia, agotada por el trabajo y rendida de cansancio, iba a tener más tiempo del necesario para ocuparse de Gregorio? El presupuesto familiar se reducía cada vez más, la criada acabó por ser despedida. Una asistenta gigantesca y huesuda, con el pelo blanco y desgreñado, venía por la mañana y por la noche, y hacía el trabajo más pesado; todo lo demás lo hacía la madre, además de su mucha costura. Ocurrió incluso el caso de que varias joyas de la familia, que la madre y la hermana habían lucido entusiasmadas en reuniones y fiestas, hubieron de ser vendidas, según se enteró Gregorio por la noche por la conversación acerca del precio conseguido. Pero el mayor motivo de queja era que no se podía dejar esta casa, que resultaba demasiado grande en las circunstancias presentes, ya que no sabían cómo se podía trasladar a Gregorio. Pero Gregorio comprendía que no era sólo la consideración hacia él lo que impedía un traslado, porque se le hubiera podido transportar fácilmente en un cajón apropiado con un par de agujeros para el aire; lo que, en primer lugar, impedía a la familia un cambio de casa era, aún más, la desesperación total y la idea de que habían sido azotados por una desgracia como no había igual en todo su círculo de parientes y amigos. Todo lo que el mundo exige de la gente pobre lo cumplían ellos hasta la saciedad: el padre iba a buscar el desayuno para el pequeño empleado de banco, la madre se sacrificaba por la ropa de gente extraña, la hermana, a la orden de los clientes, corría de un lado para otro detrás del mostrador, pero las fuerzas de la familia ya no daban para más. La herida de la espalda comenzaba otra vez a dolerle a Gregorio como recién hecha cuando la madre y la hermana, después de haber llevado al padre a la cama, regresaban, dejaban a un lado el trabajo, se acercaban una a otra, sentándose muy juntas. Entonces la madre, señalando hacia la habitación de Gregorio, decía: «Cierra la puerta, Greta», y cuando Gregorio se encontraba de nuevo en la oscuridad, fuera las mujeres confundían sus lágrimas o simplemente miraban fijamente a la mesa sin llorar. Gregorio pasaba las noches y los días casi sin dormir. A veces pensaba que la próxima vez que se abriese la puerta él se haría cargo de los asuntos de la familia como antes; en su mente aparecieron de nuevo, después de mucho tiempo, el jefe y el encargado; los dependientes y los aprendices; el mozo de los recados, tan corto de luces; dos, tres amigos de otros almacenes; una camarera de un hotel de provincias; un recuerdo amado y fugaz: una cajera de una tienda de sombreros a quien había hecho la corte seriamente, pero con demasiada lentitud; todos ellos aparecían mezclados con gente extraña o ya olvidada, pero en lugar de ayudarle a él y a su familia, todos ellos eran inaccesibles, y Gregorio se sentía aliviado cuando desaparecían. Pero después ya no estaba de humor para preocuparse por su familia, solamente sentía rabia por el mal cuidado de que era objeto y, a pesar de que no podía imaginarse algo que le hiciese sentir apetito, hacía planes sobre cómo podría llegar a la despensa para tomar de allí lo que quisiese, incluso aunque no tuviese hambre alguna. Sin pensar más en qué es lo que podría gustar a Gregorio, la hermana, por la mañana y al mediodía, antes de marcharse a la tienda, empujaba apresuradamente con el pie cualquier comida en la habitación de Gregorio, para después recogerla por la noche con el palo de la escoba, tanto si la comida había sido probada como si -y éste era el caso más frecuente- ni siquiera hubiera sido tocada. Recoger la habitación, cosa que ahora hacía siempre por la noche, no podía hacerse más deprisa. Franjas de suciedad se extendían por las paredes, por todas partes había ovillos de polvo y suciedad. Al principio, cuando llegaba la hermana, Gregorio se colocaba en el rincón más significativamente sucio para, en cierto modo, hacerle reproches mediante esta posición. Pero seguramente hubiese podido permanecer allí semanas enteras sin que la hermana hubiese mejorado su actitud por ello; ella veía la suciedad lo mismo que él, pero se había decidido a dejarla allí. Al mismo tiempo, con una susceptibilidad completamente nueva en ella y que, en general, se había apoderado de toda la familia, ponía especial atención en el hecho de que se reservase solamente a ella el cuidado de la habitación de Gregorio. En una ocasión la madre había sometido la habitación de Gregorio a una gran limpieza, que había logrado solamente después de utilizar varios cubos de agua -la humedad, sin embargo, también molestaba a Gregorio, que yacía extendido, amargado e inmóvil sobre el canapé-, pero el castigo de la madre no se hizo esperar, porque apenas había notado la hermana por la tarde el cambio en la habitación de Gregorio, cuando, herida en lo más profundo de sus sentimientos, corrió al cuarto de estar y, a pesar de que la madre suplicaba con las manos levantadas, rompió en un mar de lágrimas, que los padres -el padre se despertó sobresaltado en su silla-, al principio, observaban asombrados y sin poder hacer nada, hasta que, también ellos, comenzaron a sentirse conmovidos. El padre, a su derecha, reprochaba a la madre que no hubiese dejado al cuidado de la hermana la limpieza de la habitación de Gregorio; a su izquierda, decía a gritos a la hermana que nunca más volvería a limpiar la habitación de Gregorio. Mientras que la madre intentaba llevar al dormitorio al padre, que no podía más de irritación, la hermana, sacudida por los sollozos, golpeaba la mesa con sus pequeños puños, y Gregorio silbaba de pura rabia porque a nadie se le ocurría cerrar la puerta para ahorrarle este espectáculo y este ruido. Pero incluso si la hermana, agotada por su trabajo, estaba ya harta de cuidar de Gregorio como antes, tampoco la madre tenía que sustituirla y no era necesario que Gregorio hubiese sido abandonado, porque para eso estaba la asistenta. Esa vieja viuda, que en su larga vida debía haber superado lo peor con ayuda de su fuerte constitución, no sentía repugnancia alguna por Gregorio. Sin sentir verdadera curiosidad, una vez había abierto por casualidad la puerta de la habitación de Gregorio y, al verle, se quedó parada, asombrada con los brazos cruzados, mientras éste, sorprendido y a pesar de que nadie le perseguía, comenzó a correr de un lado a otro. Desde entonces no perdía la oportunidad de abrir un poco la puerta por la mañana y por la tarde para echar un vistazo a la habitación de Gregorio. Al principio le llamaba hacia ella con palabras que, probablemente, consideraba amables, como: «¡Ven aquí, viejo escarabajo pelotero!» o «¡Miren al viejo escarabajo pelotero!» Gregorio no contestaba nada a tales llamadas, sino que permanecía inmóvil en su sitio, como si la puerta no hubiese sido abierta. ¡Si se le hubiese ordenado a esa asistenta que limpiase diariamente la habitación en lugar de dejar que le molestase inútilmente a su antojo! Una vez, por la mañana temprano -una intensa lluvia golpeaba los cristales, quizá como signo de la primavera que ya se acercaba- cuando la asistenta empezó otra vez con sus improperios, Gregorio se enfureció tanto que se dio la vuelta hacia ella como para atacarla, pero de forma lenta y débil. Sin embargo, la asistenta, en vez de asustarse, alzó simplemente una silla, que se encontraba cerca de la puerta, y, tal como permanecía allí, con la boca completamente abierta, estaba clara su intención de cerrar la boca sólo cuando la silla que tenía en la mano acabase en la espalda de Gregorio. -¿Conque no seguimos adelante? -preguntó, al ver que Gregorio se daba de nuevo la vuelta, y volvió a colocar la silla tranquilamente en el rincón. Gregorio ya no comía casi nada. Sólo si pasaba por casualidad al lado de la comida tomaba un bocado para jugar con él en la boca, lo mantenía allí horas y horas y, la mayoría de las veces acababa por escupirlo. Al principio pensó que lo que le impedía comer era la tristeza por el estado de su habitación, pero precisamente con los cambios de la habitación se reconcilió muy pronto. Se habían acostumbrado a meter en esta habitación cosas que no podían colocar en otro sitio, y ahora había muchas cosas de éstas, porque una de las habitaciones de la casa había sido alquilada a tres huéspedes. Estos señores tan severos -los tres tenían barba, según pudo comprobar Gregorio por una rendija de la puerta- ponían especial atención en el orden, no sólo ya de su habitación, sino de toda la casa, puesto que se habían instalado aquí, y especialmente en el orden de la cocina. No soportaban trastos inútiles ni mucho menos sucios. Además, habían traído una gran parte de sus propios muebles. Por ese motivo sobraban muchas cosas que no se podían vender ni tampoco se querían tirar. Todas estas cosas acababan en la habitación de Gregorio. Lo mismo ocurrió con el cubo de la ceniza y el cubo de la basura de la cocina. La asistenta, que siempre tenía mucha prisa, arrojaba simplemente en la habitación de Gregorio todo lo que, de momento, no servía; por suerte, Gregorio sólo veía, la mayoría de las veces, el objeto correspondiente y la mano que lo sujetaba. La asistenta tenía, quizá, la intención de recoger de nuevo las cosas cuando hubiese tiempo y oportunidad, o quizá tirarlas todas de una vez, pero lo cierto es que todas se quedaban tiradas en el mismo lugar en que habían caído al arrojarlas, a no ser que Gregorio se moviese por entre los trastos y los pusiese en movimiento, al principio obligado a ello porque no había sitio libre para arrastrarse, pero más tarde con creciente satisfacción, a pesar de que después de tales paseos acababa mortalmente agotado y triste, y durante horas permanecía inm Como los huéspedes a veces tomaban la cena en el cuarto de estar, la puerta permanecía algunas noches cerrada, pero Gregorio renunciaba gustoso a abrirla, incluso algunas noches en las que había estado abierta no se había aprovechado de ello, sino que, sin que la familia lo notase, se había tumbado en el rincón más oscuro de la habitación. Pero en una ocasión la asistenta había dejado un poco abierta la puerta que daba al cuarto de estar y se quedó abierta incluso cuando los huéspedes llegaron y se dio la luz. Se sentaban a la mesa en los mismos sitios en que antes habían comido el padre, la madre y Gregorio, desdoblaban las servilletas y tomaban en la mano cuchillo y tenedor. Al momento aparecía por la puerta la madre con una fuente de carne, y poco después lo hacía la hermana con una fuente llena de patatas. La comida humeaba. Los huéspedes se inclinaban sobre las fuentes que había ante ellos como si quisiesen examinarlas antes de comer, y, efectivamente, el señor que estaba sentado en medio y que parecía ser el que más autoridad tenía de los tres, cortaba un trozo de carne en la misma fuente con el fin de comprobar si estaba lo suficientemente tierna, o quizá tenía que ser devuelta a la cocina. La prueba le satisfacía, la madre y la hermana, que habían observado todo con impaciencia, comenzaban a sonreír respirando profundamente. La familia comía en la cocina. A pesar de ello, el padre, antes de entrar en ésta, entraba en la habitación y con una sola reverencia y la gorra en la mano, daba una vuelta a la mesa. Los huéspedes se levantaban y murmuraban algo para el cuello de su camisa. Cuando ya estaban solos, comían casi en absoluto silencio. A Gregorio le parecía extraño el hecho de que, de todos los variados ruidos de la comida, una y otra vez se escuchasen los dientes al masticar, como si con ello quisieran mostrarle a Gregorio que para comer se necesitan los dientes y que, aun con las más hermosas mandíbulas, sin dientes no se podía conseguir nada. -Pero si yo no tengo apetito -se decía Gregorio preocupado-, pero me apetecen estas cosas. ¡Cómo comen los huéspedes y yo me muero! Precisamente aquella noche -Gregorio no se acordaba de haberlo oído en todo el tiempo- se escuchó el violín. Los huéspedes ya habían terminado de cenar, el de en medio había sacado un periódico, les había dado una hoja a cada uno de los otros dos, y los tres fumaban y leían echados hacia atrás. Cuando el violín comenzó a sonar escucharon con atención, se levantaron y, de puntillas, fueron hacia la puerta del vestíbulo, en la que permanecieron quietos de pie, apretados unos junto a otros. Desde la cocina se les debió oír, porque el padre gritó: -¿Les molesta a los señores la música? Inmediatamente puede dejar de tocarse. -Al contrario -dijo el señor de en medio-. ¿No desearía la señorita entrar con nosotros y tocar aquí en la habitación, donde es mucho más cómodo y agradable? -Naturalmente -exclamó el padre, como si el violinista fuese él mismo. Los señores regresaron a la habitación y esperaron. Pronto llegó el padre con el atril, la madre con la partitura y la hermana con el violín. La hermana preparó con tranquilidad todo lo necesario para tocar. Los padres, que nunca antes habían alquilado habitaciones, y por ello exageraban la amabilidad con los huéspedes, no se atrevían a sentarse en sus propias sillas; el padre se apoyó en la puerta, con la mano derecha colocada entre dos botones de la librea abrochada; a la madre le fue ofrecida una silla por uno de los señores y, como la dejó en el lugar en el que, por casualidad, la había colocado el señor, permanecía sentada en un rincón apartado. La hermana empezó a tocar; el padre y la madre, cada uno desde su lugar, seguían con atención los movimientos de sus manos; Gregorio, atraído por la música, había avanzado un poco hacia delante y ya tenía la cabeza en el cuarto de estar. Ya apenas se extrañaba de que en los últimos tiempos no tenía consideración con los demás; antes estaba orgulloso de tener esa consideración y, precisamente ahora, hubiese tenido mayor motivo para esconderse, porque, como consecuencia del polvo que reinaba en su habitación, y que volaba por todas partes al menor movimiento, él mismo estaba también lleno de polvo. Sobre su espalda y sus costados arrastraba consigo por todas partes hilos, pelos, restos de comida… Su indiferencia hacia todo era demasiado grande como para tumbarse sobre su espalda y restregarse contra la alfombra, tal como hacía antes varias veces al día. Y, a pesar de este estado, no sentía vergüenza alguna de avanzar por el suelo impecable del comedor. Por otra parte, nadie le prestaba atención. La familia estaba completamente absorta en la música del violín; por el contrario, los huéspedes, que al principio, con las manos en los bolsillos, se habían colocado demasiado cerca detrás del atril de la hermana, de forma que podrían haber leído la partitura, lo cual sin duda tenía que estorbar a la hermana, hablando a media voz, con las cabezas inclinadas, se retiraron pronto hacia la ventana, donde permanecieron observados por el padre con preocupación. Realmente daba a todas luces la impresión de que habían sido decepcionados en su suposición de escuchar una pieza bella o divertida al violín, de que estaban hartos de la función y sólo permitían que se les molestase por amabilidad. Especialmente la forma en que echaban a lo alto el humo de los cigarrillos por la boca y por la nariz denotaba gran nerviosismo. Y, sin embargo, la hermana tocaba tan bien… Su rostro estaba inclinado hacia un lado, atenta y tristemente seguían sus ojos las notas del pentagrama. Gregorio avanzó un poco más y mantenía la cabeza pegada al suelo para, quizá, poder encontrar sus miradas. ¿Es que era ya una bestia a la que le emocionaba la música? Le parecía como si se le mostrase el camino hacia el desconocido y anhelado alimento. Estaba decidido a acercarse hasta la hermana, tirarle de la falda y darle así a entender que ella podía entrar con su violín en su habitación porque nadie podía recompensar su música como él quería hacerlo. No quería dejarla salir nunca de su habitación, al menos mientras él viviese; su horrible forma le sería útil por primera vez; quería estar a la vez en todas las puertas de su habitación y tirarse a los que le atacasen; pero la hermana no debía quedarse con él por la fuerza, sino por su propia voluntad; debería sentarse junto a él sobre el canapé, inclinar el oído hacía él, y él deseaba confiarle que había tenido la firme intención de enviarla al conservatorio y que si la desgracia no se hubiese cruzado en su camino la Navidad pasada -probablemente la Navidad ya había pasado- se lo hubiese dicho a todos sin preocuparse de réplica alguna. Después de esta confesión, la hermana estallaría en lágrimas de emoción y Gregorio se levantaría hasta su hombro y le daría un beso en el cuello, que, desde que iba a la tienda, llevaba siempre al aire sin cintas ni adornos. -¡Señor Samsa! -gritó el señor de en medio al padre y señaló, sin decir una palabra más, con el índice hacia Gregorio, que avanzaba lentamente. El violín enmudeció. En un principio el huésped de en medio sonrió a sus amigos moviendo la cabeza y, a continuación, miró hacia Gregorio. El padre, en lugar de echar a Gregorio, consideró más necesario, ante todo, tranquilizar a los huéspedes, a pesar de que ellos no estaban nerviosos en absoluto y Gregorio parecía distraerles más que el violín. Se precipitó hacia ellos e intentó, con los brazos abiertos, empujarles a su habitación y, al mismo tiempo, evitar con su cuerpo que pudiesen ver a Gregorio. Ciertamente se enfadaron un poco, no se sabía ya si por el comportamiento del padre, o porque ahora se empezaban a dar cuenta de que, sin saberlo, habían tenido un vecino como Gregorio. Exigían al padre explicaciones, levantaban los brazos, se tiraban intranquilos de la barba y, muy lentamente, retrocedían hacia su habitación. Entre tanto, la hermana había superado el desconcierto en que había caído después de interrumpir su música de una forma tan repentina, había reaccionado de pronto, después de que durante unos momentos había sostenido en las manos caídas con indolencia el violín y el arco, y había seguido mirando la partitura como si todavía tocase, había colocado el instrumento en el regazo de la madre, que todavía seguía sentada en su silla con dificultades para respirar y agitando violentamente los pulmones, y había corrido hacia la habitación de al lado, a la que los huéspedes se acercaban cada vez más deprisa ante la insistencia del padre. Se veía cómo, gracias a las diestras manos de la hermana, las mantas y almohadas de las camas volaban hacia lo alto y se ordenaban. Antes de que los señores hubiesen llegado a la habitación, había terminado de hacer las camas y se había escabullido hacia fuera. El padre parecía estar hasta tal punto dominado por su obstinación, que olvidó todo el respeto que, ciertamente, debía a sus huéspedes. Sólo les empujaba y les empujaba hasta que, ante la puerta de la habitación, el señor de en medio dio una patada atronadora contra el suelo y así detuvo al padre. -Participo a ustedes -dijo, levantando la mano y buscando con sus miradas también a la madre y a la hermana- que, teniendo en cuenta las repugnantes circunstancias que reinan en esta casa y en esta familia -en este punto escupió decididamente sobre el suelo-, en este preciso instante dejo la habitación. Por los días que he vívido aquí no pagaré, naturalmente, lo más mínimo: por el contrario, me pensaré si no procedo contra ustedes con algunas reclamaciones muy fáciles, créanme, de justificar. Calló y miró hacia delante como si esperase algo. En efecto, sus dos amigos intervinieron inmediatamente con las siguientes palabras: -También nosotros dejamos en este momento la habitación. A continuación agarró el picaporte y cerró la puerta de un portazo. El padre se tambaleaba tanteando con las manos en dirección a su silla y se dejó caer en ella. Parecía como si se preparase para su acostumbrada siestecita nocturna, pero la profunda inclinación de su cabeza, abatida como si nada la sostuviese, mostraba que de ninguna manera dormía. Gregorio yacía todo el tiempo en silencio en el mismo sitio en que le habían descubierto los huéspedes. La decepción por el fracaso de sus planes, pero quizá también la debilidad causada por el hambre que pasaba, le impedían moverse. Temía con cierto fundamento que dentro de unos momentos se desencadenase sobre él una tormenta general, y esperaba. Ni siquiera se sobresaltó con el ruido del violín que, por entre los temblorosos dedos de la madre, se cayó de su regazo y produjo un sonido retumbante. -Queridos padres -dijo la hermana y, como introducción, dio un golpe sobre la mesa-, esto no puede seguir así. Si ustedes no se dan cuenta, yo sí me doy. No quiero, ante esta bestia, pronunciar el nombre de mi hermano, y por eso solamente digo: tenemos que intentar quitárnoslo de encima. Hemos hecho todo lo humanamente posible por cuidarlo y aceptarlo; creo que nadie puede hacernos el menor reproche. -Tienes razón una y mil veces -dijo el padre para sus adentros. La madre, que aún no tenía aire suficiente, comenzó a toser sordamente sobre la mano que tenía ante la boca, con una expresión de enajenación en los ojos. La hermana corrió hacia la madre y le sujetó la frente. El padre parecía estar enfrascado en determinados pensamientos; gracias a las palabras de la hermana, se había sentado más derecho, jugueteaba con su gorra por entre los platos, que desde la cena de los huéspedes seguían en la mesa, y miraba de vez en cuando a Gregorio, que permanecía en silencio. -Tenemos que intentar quitárnoslo de encima -dijo entonces la hermana, dirigiéndose sólo al padre, porque la madre, con su tos, no oía nada-. Los va a matar a los dos, ya lo veo venir. Cuando hay que trabajar tan duramente como lo hacemos nosotros no se puede, además, soportar en casa este tormento sin fin. Yo tampoco puedo más- y rompió a llorar de una forma tan violenta, que sus lágrimas caían sobre el rostro de la madre, la cual las secaba mecánicamente con las manos. -Pero hija -dijo el padre compasivo y con sorprendente comprensión-. ¡Qué podemos hacer! Pero la hermana sólo se encogió de hombros como signo de la perplejidad que, mientras lloraba, se había apoderado de ella, en contraste con su seguridad anterior. -Sí él nos entendiese… -dijo el padre en tono medio interrogante. La hermana, en su llanto, movió violentamente la mano como señal de que no se podía ni pensar en ello. -Sí él nos entendiese… -repitió el padre, y cerrando los ojos hizo suya la convicción de la hermana acerca de la imposibilidad de ello-, entonces sería posible llegar a un acuerdo con él, pero así… -Tiene que irse -exclamó la hermana-, es la única posibilidad, padre. Sólo tienes que desechar la idea de que se trata de Gregorio. El haberlo creído durante tanto tiempo ha sido nuestra auténtica desgracia, pero ¿cómo es posible que sea Gregorio? Si fuese Gregorio hubiese comprendido hace tiempo que una convivencia entre personas y semejante animal no es posible, y se hubiese marchado por su propia voluntad: ya no tendríamos un hermano, pero podríamos continuar viviendo y conservaríamos su recuerdo con honor. Pero esta bestia nos persigue, echa a los huéspedes, quiere, evidentemente, adueñarse de toda la casa y dejar que pasemos la noche en la calle. ¡Mira, padre -gritó de repente-, ya empieza otra vez! Y con un miedo completamente incomprensible para Gregorio, la hermana abandonó incluso a la madre, se arrojó literalmente de su silla, como si prefiriese sacrificar a la madre antes de permanece cerca de Gregorio, y se precipitó detrás del padre que, principalmente irritado por su comportamiento, se puso también en pie y levantó los brazos a media altura por delante de la hermana para protegerla. Pero Gregorio no pretendía, ni por lo más remoto, asustar a nadie, ni mucho menos a la hermana. Solamente había empezado a darse la vuelta para volver a su habitación y esto llamaba la atención, ya que, como consecuencia de su estado enfermizo, para dar tan difíciles vueltas tenía que ayudarse con la cabeza, que levantaba una y otra vez y que golpeaba contra el suelo. Se detuvo y miró a su alrededor; su buena intención pareció ser entendida; sólo había sido un susto momentáneo, ahora todos lo miraban tristes y en silencio. La madre yacía en su silla con las piernas extendidas y apretadas una contra otra, los ojos casi se le cerraban de puro agotamiento. El padre y la hermana estaban sentados uno junto a otro, y la hermana había colocado su brazo alrededor del cuello del padre. «Quizá pueda darme la vuelta ahora», pensó Gregorio, y empezó de nuevo su actividad. No podía contener los resuellos por el esfuerzo y de vez en cuando tenía que descansar. Por lo demás, nadie le apremiaba, se le dejaba hacer lo que quisiera. Cuando hubo dado la vuelta del todo comenzó enseguida a retroceder todo recto… Se asombró de la gran distancia que le separaba de su habitación y no comprendía cómo, con su debilidad, hacía un momento había recorrido el mismo camino sin notarlo. Concentrándose constantemente en avanzar con rapidez, apenas se dio cuenta de que ni una palabra, ni una exclamación de su familia le molestaba. Cuando ya estaba en la puerta volvió la cabeza, no por completo, porque notaba que el cuello se le ponía rígido, pero sí vio aún que tras de él nada había cambiado, sólo la hermana se había levantado. Su última mirada acarició a la madre que, por fin, se había quedado profundamente dormida. Apenas entró en su habitación se cerró la puerta y echaron la llave. Gregorio se asustó tanto del repentino ruido producido detrás de él, que las patitas se le doblaron. Era la hermana quien se había apresurado tanto. Había permanecido en pie allí y había esperado, con ligereza había saltado hacia delante, Gregorio ni siquiera la había oído venir, y gritó un «¡Por fin!» a los padres mientras echaba la llave. «¿Y ahora?», se preguntó Gregorio, y miró a su alrededor en la oscuridad. Pronto descubrió que ya no se podía mover. No se extrañó por ello, más bien le parecía antinatural que, hasta ahora, hubiera podido moverse con estas patitas. Por lo demás, se sentía relativamente a gusto. Bien es verdad que le dolía todo el cuerpo, pero le parecía como si los dolores se hiciesen más y más débiles y, al final, desapareciesen por completo. Apenas sentía ya la manzana podrida de su espalda y la infección que producía a su alrededor, cubiertas ambas por un suave polvo. Pensaba en su familia con cariño y emoción, su opinión de que tenía que desaparecer era, si cabe, aún más decidida que la de su hermana. En este estado de apacible y letárgica meditación permaneció hasta que el reloj de la torre dio las tres de la madrugada. Vivió todavía el comienzo del amanecer detrás de los cristales. A continuación, contra su voluntad, su cabeza se desplomó sobre el suelo y sus orificios nasales exhalaron el último suspiro. Cuando, por la mañana temprano, llegó la asistenta -de pura fuerza y prisa daba tales portazos que, aunque repetidas veces se le había pedido que procurase evitarlo, desde el momento de su llegada era ya imposible concebir el sueño en toda la casa- en su acostumbrada y breve visita a Gregorio nada le llamó al principio la atención. Pensaba que estaba allí tumbado tan inmóvil a propósito y se hacía el ofendido, le creía capaz de tener todo el entendimiento posible. Como tenía por casualidad la larga escoba en la mano, intentó con ella hacer cosquillas a Gregorio desde la puerta. Al no conseguir nada con ello, se enfadó, y pinchó a Gregorio ligeramente, y sólo cuando, sin que él opusiese resistencia, le había movido de su sitio, le prestó atención. Cuando se dio cuenta de las verdaderas circunstancias abrió mucho los ojos, silbó para sus adentros, pero no se entretuvo mucho tiempo, sino que abrió de par en par las puertas del dormitorio y exclamó en voz alta hacia la oscuridad. -¡Fíjense, ha reventado, ahí está, ha reventado del todo! El matrimonio Samsa estaba sentado en la cama e intentaba sobreponerse del susto de la asistenta antes de llegar a comprender su aviso. Pero después, el señor y la señora Samsa, cada uno por su lado, se bajaron rápidamente de la cama. El señor Samsa se echó la colcha por los hombros, la señora Samsa apareció en camisón, así entraron en la habitación de Gregorio. Entre tanto, también se había abierto la puerta del cuarto de estar, en donde dormía Greta desde la llegada de los huéspedes; estaba completamente vestida, como si no hubiese dormido, su rostro pálido parecía probarlo. -¿Muerto? -dijo la señora Samsa, y levantó los ojos con gesto interrogante hacia la asistenta a pesar de que ella misma podía comprobarlo e incluso podía darse cuenta de ello sin necesidad de comprobarlo -Digo, ¡ya lo creo! -dijo la asistenta y, como prueba, empujó el cadáver de Gregorio con la escoba un buen trecho hacia un lado. La señora Samsa hizo un movimiento como si quisiera detener la escoba, pero no lo hizo. -Bueno -dijo el señor Samsa-, ahora podemos dar gracias a Dios -se santiguó y las tres mujeres siguieron su ejemplo. Greta, que no apartaba los ojos del cadáver, dijo: -Miren qué flaco estaba, ya hacía mucho tiempo que no comía nada. Las comidas salían tal como entraban. Efectivamente, el cuerpo de Gregorio estaba completamente plano y seco, sólo se daban realmente cuenta de ello ahora que ya no le levantaban sus patitas, y ninguna otra cosa distraía la mirada. -Greta, ven un momento a nuestra habitación -dijo la señora Samsa con una sonrisa melancólica, y Greta fue al dormitorio detrás de los padres, no sin volver la mirada hacia el cadáver. La asistenta cerró la puerta y abrió del todo la ventana. A pesar de lo temprano de la mañana ya había una cierta tibieza mezclada con el aire fresco. Ya era finales de marzo. Los tres huéspedes salieron de su habitación y miraron asombrados a su alrededor en busca de su desayuno; se habían olvidado de ellos: -¿Dónde está el desayuno? -preguntó de mal humor el señor de en medio a la asistenta, pero ésta se colocó el dedo en la boca e hizo a los señores, apresurada y silenciosamente, señales con la mano para que fuesen a la habitación de Gregorio. Así pues, fueron y permanecieron en pie, con las manos en los bolsillos de sus chaquetas algo gastadas, alrededor del cadáver, en la habitación de Gregorio ya totalmente iluminada. Entonces se abrió la puerta del dormitorio y el señor Samsa apareció vestido con su librea, de un brazo su mujer y del otro su hija. Todos estaban un poco llorosos; a veces Greta apoyaba su rostro en el brazo del padre. -Salgan ustedes de mi casa inmediatamente -dijo el señor Samsa, y señaló la puerta sin soltar a las mujeres. -¿Qué quiere usted decir? -dijo el señor de en medio algo aturdido, y sonrió con cierta hipocresía. Los otros dos tenían las manos en la espalda y se las frotaban constantemente una contra otra, como si esperasen con alegría una gran pelea que tenía que resultarles favorable. -Quiero decir exactamente lo que digo -contestó el señor Samsa, dirigiéndose con sus acompañantes hacia el huésped. Al principio éste se quedó allí en silencio y miró hacia el suelo, como si las cosas se dispusiesen en un nuevo orden en su cabeza. -Pues entonces nos vamos -dijo después, y levantó los ojos hacia el señor Samsa como si, en un repentino ataque de humildad, le pidiese incluso permiso para tomar esta decisión. El señor Samsa solamente asintió brevemente varias veces con los ojos muy abiertos. A continuación el huésped se dirigió, en efecto, a grandes pasos hacia el vestíbulo; sus dos amigos llevaban ya un rato escuchando con las manos completamente tranquilas y ahora daban verdaderos brincos tras de él, como si tuviesen miedo de que el señor Samsa entrase antes que ellos en el vestíbulo e impidiese el contacto con su guía. Ya en el vestíbulo, los tres cogieron sus sombreros del perchero, sacaron sus bastones de la bastonera, hicieron una reverencia en silencio y salieron de la casa. Con una desconfianza completamente infundada, como se demostraría después, el señor Samsa salió con las dos mujeres al rellano; apoyados sobre la barandilla veían cómo los tres, lenta pero constantemente, bajaban la larga escalera, en cada piso desaparecían tras un determinado recodo y volvían a aparecer a los pocos instantes. Cuanto más abajo estaban tanto más interés perdía la familia Samsa por ellos, y cuando un oficial carnicero, con la carga en la cabeza en una posición orgullosa, se les acercó de frente y luego, cruzándose con ellos, siguió subiendo, el señor Samsa abandonó la barandilla con las dos mujeres y todos regresaron aliviados a su casa. Decidieron utilizar aquel día para descansar e ir de paseo; no solamente se habían ganado esta pausa en el trabajo, sino que, incluso, la necesitaban a toda costa. Así pues, se sentaron a la mesa y escribieron tres justificantes: el señor Samsa a su dirección, la señora Samsa al señor que le daba trabajo, y Greta al dueño de la tienda. Mientras escribían entró la asistenta para decir que ya se marchaba porque había terminado su trabajo de por la mañana. Los tres que escribían solamente asintieron al principio sin levantar la vista; cuando la asistenta no daba señales de retirarse levantaron la vista enfadados. -¿Qué pasa? -preguntó el señor Samsa. La asistenta permanecía de pie junto a la puerta, como si quisiera participar a la familia un gran éxito, pero que sólo lo haría cuando la interrogaran con todo detalle. La pequeña pluma de avestruz colocada casi derecha sobre su sombrero, que, desde que estaba a su servicio, incomodaba al señor Samsa, se balanceaba suavemente en todas las direcciones. -¿Qué es lo que quiere usted? -preguntó la señora Samsa que era, de todos, la que más respetaba la asistenta. -Bueno- contestó la asistenta, y no podía seguir hablando de puro sonreír amablemente-, no tienen que preocuparse de cómo deshacerse de la cosa esa de al lado. Ya está todo arreglado. La señora Samsa y Greta se inclinaron de nuevo sobre sus cartas, como si quisieran continuar escribiendo; el señor Samsa, que se dio cuenta de que la asistenta quería empezar a contarlo todo con todo detalle, lo rechazó decididamente con la mano extendida. Como no podía contar nada, recordó la gran prisa que tenía, gritó visiblemente ofendida: «¡Adiós a todos!», se dio la vuelta con rabia y abandonó la casa con un portazo tremendo. -Esta noche la despido- dijo el señor Samsa, pero no recibió una respuesta ni de su mujer ni de su hija, porque la asistenta parecía haber turbado la tranquilidad apenas recién conseguida. Se levantaron, fueron hacia la ventana y permanecieron allí abrazadas. El señor Samsa se dio la vuelta en su silla hacia ellas y las observó en silencio un momento, luego las llamó: -Vamos, vengan. Olviden de una vez las cosas pasadas y tengan un poco de consideración conmigo. Las mujeres lo obedecieron enseguida, corrieron hacia él, lo acariciaron y terminaron rápidamente sus cartas. Después, los tres abandonaron la casa juntos, cosa que no habían hecho desde hacía meses, y se marcharon al campo, fuera de la ciudad, en el tranvía. El vehículo en el que estaban sentados solos estaba totalmente iluminado por el cálido sol. Recostados cómodamente en sus asientos, hablaron de las perspectivas para el futuro y llegaron a la conclusión de que, vistas las cosas más de cerca, no eran malas en absoluto, porque los tres trabajos, a este respecto todavía no se habían preguntado realmente unos a otros, eran sumamente buenos y, especialmente, muy prometedores para el futuro. Pero la gran mejoría inmediata de la situación tenía que producirse, naturalmente, con más facilidad con un cambio de casa; ahora querían cambiarse a una más pequeña y barata, pero mejor ubicada y, sobre todo, más práctica que la actual, que había sido escogida por Gregorio. Mientras hablaban así, al señor y a la señora Samsa se les ocurrió casi al mismo tiempo, al ver a su hija cada vez más animada, que en los últimos tiempos, a pesar de las calamidades que habían hecho palidecer sus mejillas, se había convertido en una joven lozana y hermosa. Tornándose cada vez más silenciosos y entendiéndose casi inconscientemente con las miradas, pensaban que ya llegaba el momento de buscarle un buen marido, y para ellos fue como una confirmación de sus nuevos sueños y buenas intenciones cuando, al final de su viaje, fue la hija quien se levantó primero y estiró su cuerpo joven. FIN
- "Los crisantemos", cuento de John Steinbek
Los crisantemos John Steinbek La niebla alta como franela gris del invierno aislaba el valle Salinas del cielo y del resto del mundo. Se aposentaba como una tapa sobre las montañas de alrededor y convertía el gran valle en un tarro cerrado. El arado mordía hondo la superficie del terreno amplio y llano del fondo y dejaba la tierra negra brillante como el metal allí donde clavaba las rejas. En las fincas del otro lado del río Salinas, al pie de la colina, los campos de rastrojos amarillentos parecían bañados por el sol frío y pálido, pero en diciembre la luz del sol no llegaba al valle. Los espesos grupos de sauces del río ardían con hojas afiladas y amarillas. Era una época de calma y espera. El aire era frío y tierno. Un viento ligero soplaba desde el suroeste, de manera que los granjeros confiaban vagamente en que no tardaría en llegar la lluvia; pero la niebla y la lluvia nunca van juntas. Al otro lado del río, en el rancho de Henry Allen había poco trabajo por hacer; se había segado y almacenado el heno y los huertos estaban arados y listos para recibir la lluvia en sus entrañas cuando llegara. Al ganado de las laderas más altas le crecía la lana y se le espesaba el pelaje. Elisa Allen, que estaba trabajando en su jardín de flores, miró al otro extremo del patio y vio a Henry, su marido, hablando con dos hombres con traje de negocios. Los tres estaban de pie junto al cobertizo del tractor, cada uno con un pie apoyado en el lateral del pequeño Fordson. Fumaban y contemplaban la máquina mientras charlaban. Elisa los observó un momento y luego volvió a su trabajo. Tenía treinta y cinco años. El rostro enjuto y fuerte y los ojos claros como el agua. Su cuerpo parecía inmovilizado y pesado dentro de la ropa de trabajo, un sombrero negro de hombre encasquetado sobre los ojos, zapatones, un vestido estampado cubierto casi completamente por un gran delantal de pana con cuatro bolsillos enormes para las tijeras, el desplantador y el raspador, las semillas y el cuchillo con los que trabajaba. Usaba unos pesados guantes de cuero para protegerse las manos. Estaba cortando los tallos de crisantemo viejos con un par de tijeras cortas y fuertes. De vez en cuando miraba a los hombres junto al cobertizo del tractor. La cara de Elisa era entusiasta, madura y guapa; incluso el trabajo con las tijeras rezumaba exceso de entusiasmo y fuerza. Los tallos de crisantemo parecían demasiado pequeños e inofensivos para tanta energía. Se apartó una nube de pelo de los ojos con el dorso del guante y dejó una mancha de tierra en la mejilla. Detrás de Elisa se erguía la granja blanca y limpia, rodeada de geranios rojos hasta la altura de las ventanas. Era una casita con aspecto de muy barrida y ventanas con aspecto de muy frotadas, y un felpudo limpio para el barro en los escalones de la entrada. Elisa lanzó otra mirada al cobertizo del tractor. Los desconocidos estaban metiéndose en su Ford cupé. Se quitó un guante y hundió sus fuertes dedos en el bosque verde de los brotes de crisantemo nuevos que estaban creciendo alrededor de la raíces viejas. Extendió las hojas y rebuscó entre el puñado de brotes apretados. Ni áfidos, ni cochinillas, ni caracoles, ni orugas. Sus dedos de terrier destrozaban tales pestes sin darles tiempo a empezar. Elisa dio un respingo al oír la voz de su marido. Henry se había acercado en silencio y se inclinaba por encima de la alambrada que protegía el jardín de flores del ganado, los perros y las gallinas. —Otra vez en marcha —dijo él—. Te viene una nueva cosecha. Elisa enderezó la espalda y volvió a ponerse el guante de jardinera. —Sí. Este año vienen fuertes. —Su tono y su rostro traslucían cierta petulancia. —Tienes un don con las cosas —observó Henry—. Algunos de los crisantemos amarillos de este año hacían veinticinco centímetros. Ojalá trabajaras en el huerto y consiguieras manzanas de ese tamaño. Elisa agudizó la mirada. —Pues a lo mejor también podría hacerlo. Tengo un don para las cosas, es verdad. Mi madre también lo tenía. Podía clavar cualquier cosa en el suelo y hacerla crecer. Decía que había que tener manos de sembradora para saber hacerlo. —Bueno, está claro que con las flores funciona. —Henry, ¿quiénes eran esos hombres con los que hablabas? —Vaya, pues claro, es lo que he venido a explicarte. Son de la Western Meat Company. Les he vendido las treinta cabezas de novillos de tres años. Y casi al precio que yo quería, además. —Bien. Bien por ti. —Y he pensado —continuó Henry—, he pensado que es sábado por la tarde y quizá podríamos ir a Salinas a cenar en un restaurante y luego al cine… para celebrarlo. —Bien —repitió ella—. Claro que sí. Estará muy bien. Henry adoptó su tono de broma. —Esta noche hay combate. ¿Qué tal ir a verlo? —Uy, no —dijo ella jadeando—. No, no me gustaría ir al combate. —Era broma, Elisa. Iremos al cine. Veamos. Ahora son las dos. Voy a por Scotty y bajaremos los novillos de la colina. Nos llevará unas dos horas. Llegaremos al pueblo hacia las cinco y cenaremos en el hotel Cominos. ¿Te apetece? —Pues claro que me apetece. Está bien cenar fuera de casa. —Muy bien. Voy a preparar un par de caballos. —Así tendré tiempo de sobras para trasplantar algunos de estos bulbos, supongo. Oyó a su marido llamando a Scotty junto al granero. Un poco después vio a los dos hombres cabalgando por la colina amarillo pálido arriba en busca de los novillos. Había un pequeño cuadrado de arena para que arraigaran los crisantemos. Elisa removió la tierra con el desplantador una y otra vez, la alisó y la aplastó. Luego excavó diez zanjas paralelas para colocar los bulbos. De vuelta en el arriate de los crisantemos, arrancó las raíces crujientes, recortó las hojas de cada una con las tijeras y las apiló ordenadamente en un montoncito. Se oyó un chirrido de ruedas y el avance de unos cascos por el camino. Elisa levantó la vista. El camino rural discurría a lo largo del denso banco de sauces y álamos de Virginia que bordeaba el río, y por allí se acercaba un curioso vehículo, con un curioso tiro. Era un coche de caballos con una cubierta redonda de lona como la de los carromatos de los primeros colonos. Tiraban de él un viejo caballo castaño y un burrito blanco y gris. Un hombretón con barba de tres días iba sentado entre los faldones de la lona y conducía al renqueante equipo. Bajo la carreta, entre las ruedas traseras, avanzaba con calma un perro mestizo larguirucho. En la lona se distinguía varias palabras pintadas con letras torpes y retorcidas. «Se arreglan ollas, sartenes, cuchillos, tijeras, cortacéspedes.» Dos líneas de artículos y el triunfalmente definitivo «Se arreglan». La pintura negra se había corrido formando goterones debajo de cada letra. Elisa, en cuclillas en el suelo, esperó a ver pasar de largo el disparatado carromato. Pero no pasó. El vehículo giró hacia la entrada delantera de la granja entre los crujidos y chirridos de las ruedas viejas y encorvadas. El perro larguirucho salió disparado de entre las ruedas y se adelantó. Al instante los dos ovejeros de la casa corrieron a su encuentro. Luego los tres se pararon y agitando las colas erguidas, con las patas prietas y tensas y con dignidad diplomática, empezaron a girar lentamente, olisqueándose con delicadeza. La carreta avanzó hasta la alambrada de Elisa y se detuvo. Ahora el perro recién llegado, sintiéndose en inferioridad numérica, bajó la cola y se retiró bajo el vehículo con el pelo del lomo erizado y mostrando los dientes. El hombre del carromato dijo en voz alta: —Es un mal perro si llega a empezar la pelea. Elisa se rió. —Ya lo veo, ya. ¿Cuánto le cuesta empezarla por lo general? El hombre se sumó a la risa de Elisa de buena gana. —A veces le lleva semanas y semanas —dijo. Descendió muy rígido, por encima de las ruedas. El caballo y el burro se encorvaron como flores sin regar. Elisa vio que era un hombre muy grande. A pesar de que el pelo y la barba empezaban a llenársele de canas, no parecía viejo. El traje negro y gastado que llevaba estaba arrugado y manchado de aceite. Las carcajadas habían abandonado su cara y sus ojos en el momento mismo en que la voz había dejado de reír. Tenía los ojos oscuros y llenos de esa mirada inquietante que se apodera de los ojos de los camioneros y los marineros. Las manos callosas que descansaban sobre la alambrada estaban agrietadas, cada grieta era una raya negra. Se quitó el sombrero estropeado. —Me he desviado de mi ruta habitual, señora —dijo—. ¿Este camino polvoriento cruza el río hacia la carretera de Los Ángeles? Elisa se levantó y guardó las gruesas tijeras en el bolsillo del delantal. —Bueno, sí, pero primero da muchas vueltas y luego vadea el río. No creo que su equipo logre superar la arena. —Le sorprendería saber lo que son capaces de superar esas bestias —contestó él con cierta aspereza. —¿Cuando logran arrancar? —Sí. —El hombre sonrió un segundo—. Cuando logran arrancar. —Bueno. Creo que ahorraría tiempo si volviera al camino de Salinas y cogiera allí la carretera. Él paseó un dedo enorme sobre la alambrada para las gallinas arrancándole unas notas al metal. —No tengo prisa, señora. Voy de Seattle a San Diego y vuelta atrás todos los años. Así ocupo todo mi tiempo. Unos seis meses en cada sentido. Intento seguir al buen tiempo. Elisa se quitó los guantes y los embutió en el bolsillo del delantal con las tijeras. Se tocó el borde inferior de su sombrero de hombre, en busca de pelos furtivos. —Parece un modo bonito de vivir —dijo Elisa. Él se inclinó confidencialmente sobre la alambrada. —A lo mejor se ha fijado en el anuncio del carromato. Arreglo ollas y afilo cuchillos y tijeras. ¿Necesita que le haga algo? —Uy, no —contestó rápidamente Elisa—. Para nada. —La resistencia endureció su mirada. —Las tijeras son lo peor —explicó él—. La mayoría de la gente simplemente las estropea cuando intenta afilarlas, pero yo sé hacerlo. Tengo una herramienta especial. Es bastante peculiar, está patentada. Pero no hay duda de que funciona. —No. Tengo todas las tijeras afiladas. —Está bien. Por ejemplo, una olla —continuó él con seriedad—, una olla combada o con un agujero. Puedo dejársela como nueva y así no tendrá que comprar ollas nuevas. Es un ahorro. —No —dijo ella secamente—. Le digo que no necesito que me arregle nada. El rostro del hombre dibujó una tristeza exagerada. La voz adoptó un tono bajo y quejumbroso. —Hoy no he hecho nada. A lo mejor me quedo sin cenar. Verá, estoy fuera de mi ruta habitual. En la carretera de Seattle a San Diego conozco a gente. Me guardan sus cosas para que se las afile porque saben que lo hago tan bien que les ahorro dinero. —Lo siento —dijo Elisa, irritada—. No necesito que me arregle nada. Los ojos del hombre abandonaron la cara de Elisa y bajaron a rebuscar por el suelo. Vagaron hasta que encontraron el arriate de crisantemos en el que había estado trabajando. —¿Qué plantas son ésas, señora? La irritación y la resistencia desaparecieron del rostro de Elisa. —Oh, son crisantemos, blancos gigantes y amarillos. Los cultivo cada año, los más grandes de por aquí. —¿Es una flor de tallo largo? ¿Que parece un soplo de humo coloreado? —Esa misma. Qué modo tan bonito de describirla. —Tienen un olor un poco desagradable hasta que te acostumbras. —Tienen un olor amargo, pero huelen bien —replicó ella—, no es nada desagradable. Él cambió rápidamente de tono. —A mí me gusta. —Este año he conseguido flores de veinticinco centímetros. El hombre se asomó aún más sobre la alambrada. —Mire. Conozco a una señora un poco más allá que tiene el jardín más bonito que haya visto. Tiene casi todos los tipos de flores menos crisantemos. La última vez que estuve arreglándole una tina con el fondo de cobre (un trabajo duro, pero se me da bien) me dijo: «Si alguna vez encuentra unos crisantemos bonitos, tráigame algunas semillas». Eso me dijo. Los ojos de Elisa se llenaron de desconfianza e impaciencia. —Pues no debía de saber gran cosa sobre crisantemos. Puedes cultivarlos con semillas pero resulta mucho más sencillo plantar esos pequeños brotes que ve usted aquí. —Ah. Supongo que no puedo coger uno, ¿no? —Pues claro que puede. Le pondré unos cuantos en arena húmeda para que se los lleve. Si los mantiene húmedos, echarán raíces en la maceta. Y luego la señora podrá trasplantarlos. —Seguro que le gustaría tener algunos, señora. ¿Dice usted que son bonitos? —Bonitos —dijo Elisa—. Muy bonitos. —Le brillaban los ojos. Se quitó el sombrero ajado y sacudió su preciosa melena negra—. Se los pondré en una maceta para que se los lleve. Pase al patio. Mientras el hombre cruzaba la cerca Elisa corrió impaciente por el sendero bordeado de geranios hasta detrás de la casa. Regresó con un gran maceta roja. Ni pensó en los guantes. Se arrodilló en el suelo junto al semillero y excavó la tierra arenosa con los dedos y luego la pasó a la maceta nueva. Después cogió el montoncito de brotes que había preparado. Los hundió en la arena con sus fuertes dedos y presionó alrededor con los nudillos. El hombre permanecía de pie a su lado. —Le diré lo que hay que hacer —le dijo Elisa—. Para que después se lo explique a la señora. —Sí, intentaré acordarme. —Bueno, mire. Éstos echarán raíces dentro de un mes más o menos. Luego tiene que trasplantarlos, separados por unos treinta centímetros cada uno, a una tierra rica como ésta, ¿ve? —Levantó un puñado de tierra oscura para que el hombre echara un vistazo—. Crecerán rápido y altos. Y recuerde: dígale a la señora que tiene que podarlos en julio, dejarlos a unos veinte centímetros. —¿Antes de que florezcan? —Sí, antes de florecer. —Tenía el semblante tenso de entusiasmo—. Ya volverán a crecer. Hacia finales de septiembre saldrán los capullos. Elisa calló un momento, parecía perpleja. —Es cuando necesitan más cuidados —dijo dubitativa—. No sabría cómo explicárselo. —Le miró fijamente a los ojos, inquisitiva. Abrió un poco la boca, como si estuviera escuchando—. Trataré de explicarme. ¿Ha oído hablar alguna vez de las manos de sembradora? —La verdad, no, señora. —Bueno, yo sólo puedo explicarle la sensación. Es cuando estás descartando los brotes que no quieres. Todo depende de la punta de tus dedos. Observas trabajar a tus dedos. Lo hacen todo ellos solos. Lo notas. Eligen los brotes. Nunca se equivocan. Siguen a la planta, ¿entiende? Tus dedos y la planta se comprenden. Lo notas. Cuando eres así no puedes equivocarte. ¿Lo entiende? ¿Puede entenderlo? Elisa estaba de rodillas en el suelo con la vista levantada hacia el hombre. El pecho se le hinchaba apasionadamente. El hombre entrecerró los ojos. Apartó la vista con timidez. —Quizá lo entienda —dijo—. A veces, por la noche, en ese carromato… Elisa lo interrumpió con voz ronca. —Nunca he llevado una vida como la suya, pero sé a lo que se refiere. En la oscuridad de la noche… Vaya, las estrellas tienen las puntas afiladas y todo está en calma. ¡Y subes y subes! Las estrellas puntiagudas son atraídas hacia el interior de tu cuerpo. Es así. Caliente y agudo y… maravilloso. Todavía de rodillas, Elisa alargó la mano hacia las piernas enfundadas en los pantalones negros y grasientos. Sus dedos indecisos estuvieron a punto de tocar la tela. Luego dejó caer la mano. Se agachó como un perro adulador. —Lo explica de una forma muy bonita —dijo él—. Sólo que cuando no has cenado, no lo es tanto. Entonces ella se levantó, muy derecha y con cara avergonzada. Le ofreció la maceta y se la colocó suavemente en los brazos. —Tenga. Déjela en la carreta, en el asiento, donde pueda vigilarla. Quizá encuentre algo que pueda arreglarme. Rebuscó en la pila de latas de detrás de la casa y encontró dos sartenes de aluminio viejas y abolladas. Las llevó de vuelta y se las dio al hombre. —Tenga, a lo mejor puede arreglarlas. Él cambió de actitud. Adoptó un aire profesional. —Se las voy a dejar como nuevas. Montó un pequeño yunque en la parte posterior del carromato y sacó un martillo automático de una caja de herramientas grasienta. Elisa cruzó la verja para verle aporrear las abolladuras de las ollas. La boca del hombre parecía segura y cómplice. En una parte difícil de la tarea se chupó el labio inferior. —¿Duerme en el carromato? —preguntó Elisa. —En el mismísimo carromato, señora. Llueva o brille el sol, estoy más seco que una vaca vieja. —Debe de ser agradable. Tiene que ser muy agradable. Ojalá las mujeres pudiéramos hacer estas cosas. —No es vida para una mujer. Ella levantó un poquito el labio superior, mostrándole los dientes. —¿Cómo lo sabe? ¿Cómo puede asegurarlo? —dijo Elisa. —No lo sé, señora —replicó él—. Por supuesto que no lo sé. Aquí tiene sus cacharros, arreglados. No tendrá que comprarlos nuevos. —¿Cuánto es? —Bueno, cincuenta centavos. Mantengo los precios bajos y el trabajo de calidad. Por eso tengo clientes satisfechos de una punta a otra de la carretera. Elisa le trajo una moneda de cincuenta centavos de la casa y se la dio en la mano. —Igual un día de éstos se lleva una sorpresa y encuentra competencia. Yo también sé afilar tijeras. Y puedo arreglar los golpes de cacharros pequeños. Podría demostrarle de qué es capaz una mujer. Él volvió a meter el martillo en la caja grasienta y apartó de la vista el pequeño yunque. —Sería una vida solitaria para una mujer, y peligrosa también, con todos los animales que se arrastran por debajo de la carreta por las noches. —Trepó al balancín, apoyándose en la grupa blanca del burro para mantener el equilibrio. Se acomodó en el asiento y cogió las riendas—. Gracias, señora. Haré lo que me ha dicho; retrocederé hasta el camino de Salinas. —Si tarda mucho en llegar, acuérdese de mantener la arena húmeda. —¿La arena, señora?… ¿Arena? Ah, claro. Se refiere alrededor de los crisantemos. Así lo haré. —Chasqueó la lengua. Las bestias estiraron lujosamente de los collares. El perro mestizo ocupó su lugar entre las ruedas traseras. El carromato dio la vuelta y retrocedió lentamente por el camino por donde había venido, siguiendo el río. Elisa se quedó de pie junto a la alambrada contemplando el lento avanzar de la caravana. Tenía la espalda recta, la cabeza echada hacia atrás, los ojos entrecerrados, para que la escena penetrara en ellos vagamente. Movió los labios en silencio, formando las palabras «Adiós, adiós». Luego susurró: «Una dirección prometedora. Resplandeciente». El ruido de sus susurros la sobresaltó. Sacudió la cabeza para volver en sí y miró alrededor para comprobar si alguien la había oído. Sólo los perros la habían escuchado. Levantaron la cabeza hacia ella desde el suelo y luego estiraron el cuello y volvieron a dormirse. Elisa se volvió y entró apresuradamente en la casa. Pasó la mano por detrás de la cocina y tocó el depósito de agua. Estaba lleno de agua caliente sobrante de la comida de mediodía. En el cuarto de baño, se quitó la ropa sucia y la tiró en un rincón. Luego se frotó con un trozo pequeño de piedra pómez piernas y muslos, espalda y pecho y brazos, hasta acabar con la piel arañada y enrojecida. Después de secarse se colocó delante del espejo del dormitorio y contempló su cuerpo. Metió estómago y sacó pecho. Se giró y se miró la espalda por encima del hombro. Al cabo de un rato empezó a vestirse, despacio. Se puso la ropa interior más nueva, sus medias más bonitas y el vestido que era símbolo de su belleza. Se peinó cuidadosamente el pelo, se repasó las cejas con un lápiz y se pintó los labios. Antes de acabar oyó los cascos de los caballos y los gritos de Henry y su ayudante que traían de vuelta al corral a los novillos pelirrojos. Oyó el golpe de la cancela al cerrarse y se preparó para la llegada de Henry. Se oyeron pasos en el porche. Henry entró en la casa llamándola: —Elisa, ¿dónde estás? —En mi cuarto, vistiéndome. Aún no estoy lista. Tienes agua caliente en el baño. Date prisa. Se hace tarde. Cuando le oyó chapotear en la bañera, Elisa le colocó el traje oscuro sobre la cama, con la camisa, los calcetines y la corbata a un lado. Le dejó los zapatos limpios en el suelo junto a la cama. Luego salió al porche y se sentó en posición remilgada y muy rígida. Miró al frente, hacia el camino del río donde la ristra de sauces seguía viéndose amarilla por las hojas heladas, de modo que bajo la gran niebla gris parecían una delgada tira de sol. Era el único color distinguible en aquella tarde gris. Estuvo sentada inmóvil mucho rato. Pestañeaba muy de vez en cuando. Henry salió dando un portazo, metiéndose la corbata debajo de la americana. Elisa se enderezó y endureció el gesto. Henry se paró en seco y la miró. —Vaya, vaya, Elisa. ¡Qué guapa estás! —¿Guapa? ¿Te parezco guapa? ¿Qué quieres decir con «guapa»? Henry siguió adelante. —No sé. Quiero decir que pareces distinta, fuerte y feliz. —¿Soy fuerte? Sí, fuerte. ¿Qué quieres decir con «fuerte»? Él parecía desconcertado. —Es como si estuvieras interpretando —dijo con impotencia—. Es como una representación. Pareces tan fuerte que podrías romper un ternero con la rodilla, tan feliz que te lo comerías como si fuera una sandía. Por un momento Elisa perdió la rigidez. —¡Henry! No hables así. No sabes lo que dices. —Recuperó la compostura—. Soy fuerte —alardeó—. Antes no sabía que era fuerte. Henry miró hacia el cobertizo del tractor, y cuando volvió a fijarse en Elisa, era otra vez la de siempre. —Sacaré el coche. Puedes ir poniéndote el abrigo mientras arranco. Elisa entró en la casa. Le oyó conducir hasta la cancela y dejar el motor al ralentí y luego se tomó un buen rato para ponerse el sombrero. Estiraba de un lado y apretaba de otro. Cuando Henry apagó el motor, ella se enfundó el abrigo y salió. El pequeño biplaza sin capota iba dando botes por el camino polvoriento que seguía el río, espantando a los pájaros y empujando a los conejos hacia los arbustos. Dos grullas batieron con fuerza las alas por encima de la hilera de sauces y se dejaron caer sobre el lecho del río. En el camino, a lo lejos, Elisa divisó una mancha oscura. Sabía lo que era. Intentó no mirar cuando pasaron por el lado, pero sus ojos no la obedecieron. Se dijo por lo bajo con tristeza «Podría haberlos tirado lejos del camino. No le habría costado tanto. Pero se ha quedado la maceta», razonó. «Tenía que quedarse la maceta. Por eso no ha podido tirarlos lejos del camino.» El coche tomó una curva y Elisa vio el carromato delante de ellos. Se volvió por completo hacia su marido para no ver el pequeño carro cubierto y su equipo desparejo cuando el coche lo adelantara. Todo pasó en un momento. Estaba hecho. Elisa no miró atrás. Dijo en voz alta, para hacerse oír por encima del motor: —Estará bien la cena de esta noche. —Ya has vuelto a cambiar —se quejó Henry. Apartó una mano del volante y le dio unas palmaditas en la rodilla a Elisa—. Debería sacarte a cenar más a menudo. A los dos nos vendría bien. El rancho es demasiada presión. —Henry, ¿podemos beber vino con la cena? —Pues claro. ¡Hecho! Será estupendo. Elisa permaneció en silencio un rato, luego dijo: —Henry, ¿en esos combates, los hombres se hacen mucho daño? —A veces un poco, pero no a menudo. ¿Por qué? —Bueno, he leído que se rompen la nariz, que les corre la sangre por el pecho. He leído que los guantes de boxeo se empapan de sangre y pesan. Él se giró para mirarla. —¿Qué ocurre, Elisa? No sabía que leías ese tipo de cosas. —Detuvo el coche y luego viró a la derecha por el puente del río Salinas. —¿Alguna vez van mujeres a los combates? —Claro, algunas. ¿Qué pasa, Elisa? ¿Quieres ir? No creo que te gustara, pero si de verdad quieres verlo podemos ir. Ella se relajó en el asiento. —Uy, no. No. No quiero ir. Seguro que no. —Él no podía verle la cara—. Bastará con tomar algo de vino en la cena. Será más que suficiente. —Elisa se levantó el cuello del abrigo para que él no viera que estaba llorando débilmente: como una anciana. FIN
- "Nochebuena", cuento de Guy de Maupassant
Nochebuena Guy de Maupassant —¡La Nochebuena! ¡Ah la Nochebuena! Jamás celebraré yo la Nochebuena… Y Enrique Templier decía esto con una voz tan furiosa como si se le propusiera una infamia. Los otros, riendo, exclamaban: —¿Por qué te encolerizas así? —Porque la Nochebuena me ha jugado la más abominable de las burlas, porque guardo un invencible horror a esta noche de alegría imbécil. —¿Qué fue? —¿Qué? ¿Vosotros queréis saberlo? Pues escuchad: Aquel invierno era muy frío, tan frío que hacía morir a los pobres en las calles. Tenía yo entonces entre manos una obra urgente y rehusé todas las invitaciones que me fueron hechas para celebrar la Nochebuena, prefiriendo pasar la noche delante de mi mesa de trabajo. Comí solo y volví a mi tarea. Pero hacia las diez, el ruido de las calles, que a pesar de mis preocupaciones percibía, y los preparativos de cenas, que se advertían en la vecindad, me agitaron. No sabía lo que hacía. Escribía cien disparates, y comprendí que no haría cosa de provecho en aquella noche. Daba grandes paseos por mi cuarto; me sentaba, me levantaba; indudablemente sufría la misteriosa influencia de la alegría de fuera, y me resigné. Llamé a mi muchacha y le dije: —Angela, vaya usted a buscar cena para dos: ostras, una perdiz y cangrejos, jamón y pasteles. Traiga usted también dos botellas de champaña; ponga dos cubiertos y acuéstese usted. Obedeció un poco sorprendida. Cuando todo estuvo preparado, me puse el abrigo y salí. Quedaba una gran cuestión que resolver. ¿Con quién celebraría mi Nochebuena? Mis amigos estarían todos invitados. Para contar con uno hubiera sido necesario comprometerle anticipadamente. Entonces pensé en realizar una buena acción al mismo tiempo que me procuraba compañía. Y me dije: —París está lleno de hermosas y pobres jóvenes que no tienen esta noche cena y que andan errantes en busca de un muchacho generoso. Yo seré la Providencia de Navidad para una de esas desheredadas. Voy a corretear un poco por las calles, entraré en los lugares del placer, preguntaré, ojearé y escogeré a mi gusto. Y empecé a recorrer la ciudad. Desde luego encontré gran número de muchachas infelices que buscaban aventura, pero unas eran feas hasta proporcionar una indigestión, y otras tan delgadas que podían quebrarse por los pies si se les tropezaba. Yo soy débil, ya lo sabéis. Adoro las mujeres llenitas. Cuanto más metidas en carnes, más me gustan. De pronto, cerca del teatro de Variedades, descubro un perfil que me agrada. Una cabeza hermosa y dos curvas atractivas: la del pecho, muy bella; la de más abajo, sorprendente. Una barriga de pato gordo Me quedaba un punto que esclarecer: el rostro. El rostro es el postre; y el resto, el asado. Apreté el paso. Era encantadora, muy joven, morena y con grandes ojos negros. Le hice mi proposición, que aceptó sin vacilar. Un cuarto de hora después estábamos sentados a la mesa en el comedor de mi casa. Al entrar exclamó: — ¡Ah, qué bien se está aquí! Y miraba alrededor con la satisfacción visible de haber encontrado habitación y mesa en aquella noche glacial. Era una mujer arrogante y gruesa. Se quitó el abrigo y el sombrero. Se sentó y se puso a comer; pero no parecía del todo bien dispuesta. De cuando en cuando, su cara, un poco pálida, se alteraba como si sufriera un dolor oculto. Le pregunté: —¿Tienes algún disgusto, te pasa alguna cosa? Me contestó: —¡Bah! Olvidémonos de todo. Empezó a beber. Vaciaba de un sorbo su vaso de champaña y lo llenaba sin cesar. Bien pronto empezó a ponerse encarnada y a reír locamente. Yo la adoraba ya, la besaba apasionadamente y descubrí que no era vulgar ni grosera. En fin: llegó el momento de acostarse, y mientras yo levanté la mesa colocada delante de la chimenea, ella se desnudó vivamente y se deslizó entre las sábanas. Mis vecinos hacían un ruido infernal, riendo y cantando como locos, y yo pensaba: «He hecho bien en ir a buscar esta hermosa muchacha. No hubiera sido posible trabajar de ningún modo.» Un quejido profundo me hizo volver la cabeza. —¿Qué tienes, querida? No respondió, pero siguió suspirando dolorosamente, como si sufriera de una manera horrible. —¿Estás indispuesta? —le pregunté. Al mismo tiempo lanzó un grito, un grito espantoso. Me precipité hacia ella con una bujía en la mano. Su fisonomía estaba descompuesta por el dolor. Se retorcía las manos y salían de su garganta gemidos sordos como el estertor de un agonizante. Aturdido, le preguntaba: —¿Qué tienes? No respondía, y comenzó a dar alaridos. De pronto las vecinas callaron y se pusieron a escuchar lo que pasaba en mi habitación. —¿Qué sufres? Dímelo —repetía yo— ¿Qué te duele? Entonces balbució: —¡Oh mi vientre, mi vientre! Levanté las ropas y vi… Aquella mujer, amigos míos, ¡estaba dando a luz! Entonces, con la cabeza perdida, fui hacia la pared de mi cuarto y empecé a dar puñetazos gritando con todas mis fuerzas: —¡Socorro, socorro! Mi puerta se abrió, y se precipitó en mi cuarto una multitud de hombres vestidos de frac, mujeres escotadas, pierrots, turcos, mosqueteros. Esta invasión me enloquecía de tal modo, que no acertaba a explicarme. Temían un accidente grave, un crimen quizá, y no me comprendían Yo pude decir al fin: —Es…, es… que está dando a luz. Entonces todos la examinaron, dando cada uno su opinión. Un capuchino, sobre todo, pretendía ser inteligente en el asunto y quería ayudar a la Naturaleza. Todos estaban más o menos borrachos, y creo que la hubieran matado. Yo me precipité sin sombrero por la escalera para buscar un médico viejo que vivía cerca. Cuando volví con el médico, los vecinos de todos los pisos ocupaban mi habitación. Cuatro desahogados, sentados a la mesa, concluían con mis cangrejos y mi champaña. A mi llegada oí un grito formidable, y una lechera me presentó sobre una tabla un pedazo de carne, arrugada y doblada, que gemía y maullaba como un gato. —Es una niña —me dijo. El médico examinó la parida, declarando que su estado era grave, por haber ocurrido el parto después de una cena, y se fue, anunciándome que mandaría una enfermera y una nodriza. Las dos mujeres llegaron una hora después, trayendo un paquete de medicamentos. Yo pasé la noche en una butaca, demasiado aturdido para poder reflexionar en las consecuencias del lance. Volvió el médico por la mañana y halló bastante mal a la enferma. —Su mujer de usted… —me dijo. —No es mi mujer —le interrumpí. —O vuestra querida, poco me importa —y siguió enumerando los cuidados, los medicamentos y el régimen que necesitaba. ¿Qué hacer? Enviar a esta desgraciada al hospital hubiera sido aparecer a los ojos de toda la vecindad, del barrio entero, como un desalmado. La retuve en mi casa y estuvo seis semanas enferma en mi misma cama. ¿El niño? Lo di a criar en un pueblo cercano. Me cuesta cincuenta pesetas al mes, y habiendo pagado hasta hoy, me veo forzado a pagar hasta que me muera. Cuando tenga criterio para comprender, supondrá que soy su padre. Y para colmo de desdichas, cuando la muchacha estuvo curada…, me quería, me quería con delirio, la muy… Pero se puso delgada como un gato hambriento. Y me paso el día huyendo de la maldita, que parece un esqueleto, y que me aguarda en las calles, se esconde para verme pasar, me detiene de noche cuando salgo, para besarme la mano, me aburre y me vuelve loco. Ya sabéis por qué yo no celebraré ya nunca la Nochebuena. FIN Autor: Guy de Maupassant Título: Nochebuena Título Original: Nuit de Noël Publicado en: Gil Blas, 26 de diciembre de 1886 Traducción: Luis Ruiz Contreras
- "La casa vacía", cuento de Algernon Blackwood
La casa vacía Algernon Blackwood CIERTAS casas, al igual que ciertas personas, se las arreglan para revelar en seguida su carácter maligno. En el caso de las segundas, no hace falta que las delate ningún rasgo especial: pueden mostrar un rostro franco y una sonrisa ingenua; y no obstante, unos momentos en su compañía le dejan a uno la firme convicción de que hay algo radicalmente malo en ellas: de que son malas. Sin querer o no, parecen difundir una atmósfera de secretos y malignos pensamientos que hace que los de su entorno inmediato se retraigan como ante un enfermo. Este mismo principio es válido, quizá, para las casas; y el aroma de las malas acciones perpetradas bajo un determinado techo —mucho después de haber desaparecido quienes las cometieron— pone la carne de gallina y los pelos de punta. Algo de la pasión original del malhechor, y del horror experimentado por su víctima, llega al corazón del desprevenido visitante, que nota de pronto un hormigueo en los nervios, y que se le eriza el pelo y se le hiela la sangre. Se sobrecoge sin una causa aparente. Nada había en el aspecto exterior de esta casa particular que apoyase los rumores sobre el horror que imperaba dentro. No era solitaria ni destartalada. Se hallaba arrinconada en un ángulo de la plaza, y era exactamente igual que sus vecinas: con el mismo número de ventanas, idéntico balcón dominando los jardines, e idéntica escalinata blanca hasta la oscura y pesada puerta de la entrada; en la parte de atrás tenía el mismo cuadro de césped con bordes de boj, que iba de la tapia de separación de una de las casas adyacentes a la de la otra. Por supuesto, su tejado tenía también el mismo número de chimeneas, y la misma anchura y ángulo de aleros; incluso las sucias verjas eran igual de altas que las demás. Sin embargo, esta casa de la plaza, igual en apariencia a los cincuenta feos edificios que tenía a su alrededor, era en realidad muy distinta, espantosamente distinta. Es imposible decir dónde residía esta acusada e invisible diferencia. No puede atribuirse enteramente a la imaginación; porque las personas que, ignorantes de lo ocurrido, visitaron unos momentos su interior habían declarado después que algunas de sus habitaciones eran tan desagradables que preferían morir a volver a entrar en ellas, y que el ambiente del edificio les producía auténtico pavor; entretanto, los sucesivos inquilinos que habían intentado habitarla y tuvieron que abandonarla a toda prisa provocaron poco menos que un escándalo en el pueblo. Cuando Shorthouse llegó para pasar el fin de semana con su tía Julia —en la casita que ésta tenía junto al mar al otro extremo del pueblo—, la encontró rebosante de misterio y excitación. Shorthouse había recibido su telegrama esa misma mañana, y había emprendido el viaje convencido de que iba a ser un aburrimiento; pero en el instante en que le cogió la mano y besó su mejilla de manzana arrugada percibió el primer indicio de su estado electrizado. Su impresión aumentó al saber que no tenía más visitas, y que le había telegrafiado por un motivo muy especial. Había algo en el aire; «algo» que sin duda iba a dar fruto. Porque esta vieja solterona, con su afición a las investigaciones metapsíquicas, tenía talento y fuerza de voluntad, y, de una manera o de otra, se las arreglaba normalmente para llevar a término sus propósitos. Hizo su revelación poco después del té, mientras caminaba despacio junto a él, por el paseo marítimo, en el crepúsculo. —Tengo las llaves —anunció con voz embargada aunque medio sobrecogida—. ¡Me las han dejado hasta el lunes! —¿Las de la caseta de baño, o…? —preguntó él con candor, desviando la mirada del mar al pueblo. Nada la hacía ir más deprisa al grano que aparentar estupidez. —No —susurró—. Son las de la casa de la plaza… Voy a ir allí esta noche. Shorthouse sintió que le recorría la espalda un levísimo temblor. Abandonó su tonillo burlón. Algo en la voz y actitud de su tía le produjo un estremecimiento. Hablaba en serio. —Pero no puedes ir sola… —empezó. —Por eso te he telegrafiado —dijo con decisión. Se volvió a mirarla. Su rostro, feo, arrugado, enigmático, rebosaba de excitación. El rubor del sincero entusiasmo producía una especie de halo a su alrededor. Le brillaban los ojos. Notó en ella otra oleada de emoción acompañada de un segundo estremecimiento, esta vez más acusado. —Gracias, tía Julia —dijo cortésmente—. Te lo agradezco muchísimo. —No sería capaz de ir sola —prosiguió, alzando la voz—; pero contigo disfrutaré lo indecible. Tú no te asustas de nada, lo sé. —Muchas gracias, de verdad —repitió él—. ¿Es que… es que puede pasar algo? — Ha pasado, y mucho —susurró ella—; aunque han sabido silenciarlo con mucha habilidad. En los últimos meses ha habido tres que la han querido alquilar y se han tenido que ir; y dicen que no podrán ocuparla nunca más. A pesar de sí mismo, Shorthouse se sintió interesado. Su tía hablaba muy seria. —La casa es muy vieja, desde luego —continuó ella—; y la historia, de lo más desagradable, data de hace mucho tiempo. Se trata de un asesinato que cometió por celos un mozo de cuadra que tenía un lío con una criada de la casa. Una noche se escondió en la bodega, y cuando estaban todos dormidos, subió sigilosamente a los aposentos de la servidumbre, sacó a la muchacha al rellano y, antes de que nadie pudiese ayudarla, la arrojó por encima de la barandilla, al recibimiento. —¿Y el mozo…? —Le detuvieron, creo, y le ahorcaron por asesino; pero todo eso ocurrió hace un siglo, y no he podido saber más detalles del suceso. A Shorthouse se le había despertado del todo el interés. Pero, aunque no se inquietaba especialmente por lo que a él se refería, vacilaba un poco por su tía. —Con una condición —dijo por fin. —Nada me va a impedir que vaya —dijo ella con firmeza—; pero no tengo inconveniente en escuchar tu condición. —Que me garantices que podrías conservar la serenidad, si ocurriese algo realmente horrible. O sea… que me asegures que no te vas a asustar demasiado. —Jim —dijo ella con desdén—, sabes que no soy joven, ni lo son mis nervios; ¡pero contigo no le tendría miedo a nada en el mundo! Esto, como es natural, zanjó la cuestión, porque Shorthouse no tenía otras aspiraciones que las de ser un joven normal y corriente; y cuando apelaban a su vanidad no era capaz de resistirse. Accedió a ir. Instintivamente, a modo de preparación subconsciente, mantuvo en forma sus fuerzas y a sí mismo toda la tarde, obligándose a hacer acopio de autocontrol mediante un indefinible proceso interior por el que fue vaciando gradualmente todas sus emociones abriendo el grifo de cada una… proceso difícil de describir, pero asombrosamente eficaz, como sabe todo el que ha sufrido las rigurosas pruebas del hombre encerrado en sí mismo. Más tarde, le fue de mucha utilidad. Pero hasta las diez y media, en que se detuvieron en el recibimiento a la luz de las lámparas acogedoras y envueltos aún por los tranquilizadores influjos humanos, no necesitó echar mano de esta reserva de fuerzas acumuladas. Porque, una vez que cerraron la puerta, y vio la calle desierta y silenciosa que se extendía ante ellos, blanca a la luz de la luna, se dio cuenta claramente de que la verdadera prueba de esta noche sería hacer frente a dos miedos en vez de uno. Tendría que soportar el miedo de su tía y el suyo. Y al observar su semblante de esfinge, y comprender que no tendría una expresión agradable en un acceso de verdadero terror, pensó que sólo una cosa le consolaba en toda esta aventura: su confianza en que su propia voluntad y fuerza resistirían cualquier sobresalto. Recorrieron lentamente las calles vacías del pueblo; la luna brillante del otoño plateaba los tejados, proyectando densas sombras; no se movía el más leve soplo de brisa, y los árboles del parque solemne del paseo marítimo les observaron en silencio al pasar. Shorthouse no contestaba a los comentarios que su tía hacía de vez en cuando: se daba cuenta de que la anciana se estaba rodeando simplemente de parachoques mentales: hablaba de cosas ordinarias para evitar pensar en cosas extraordinarias. Veían alguna ventana con luz, y de alguna que otra chimenea salía humo o chispas. Shorthouse había empezado ya a fijarse en todo, incluso en los más pequeños detalles. Poco después se detuvieron en la esquina y miraron el nombre de la calle en el lado donde daba la luna; y de común acuerdo, pero sin decir nada, entraron en la plaza en dirección a la parte que quedaba en la sombra. —La casa es el trece —oyó Shorthouse; ni uno ni otro hicieron el menor comentario sobre las evidentes connotaciones: cruzaron la ancha franja de luz lunar y echaron a andar por el enlosado en silencio. A mitad de la plaza notó Shorthouse que un brazo se deslizaba discreta pero significativamente por debajo del suyo; comprendió entonces que la aventura había empezado de verdad, y que su compañera estaba ya cediendo terreno, de manera imperceptible, a los influjos contrarios. Necesitaba apoyo. Minutos después se detuvieron ante una casa alta y estrecha que se alzaba ante ellos en la oscuridad, fea de forma y pintada de un blanco sucio. Unas ventanas sin postigo ni persiana les miraron desde arriba, brillando aquí y allá con el reflejo de la luna. La lluvia y el tiempo habían dejado rayas y grietas en la pared y la pintura, y el balcón sobresalía un poco anormalmente del primer piso. Pero salvo este aspecto general de abandono, propio de una casa deshabitada, nada había a primera vista que delatase el carácter maligno que esta mansión había adquirido. Tras mirar por encima del hombro para cerciorarse de que nadie les había seguido, subieron la escalinata y se detuvieron ante la enorme puerta negra que les cerraba el paso, imponente. Pero ahora les invadió la primera oleada de nerviosismo, y Shorthouse hurgó largo rato con la llave antes de conseguir meterla en la cerradura. Por un instante, a decir verdad, los dos abrigaron la esperanza de que no se abriese, presa ambos de diversas emociones desagradables, allí de pie, en el umbral de su espectral aventura. Shorthouse, que manipulaba la llave estorbado por el peso firme sobre su brazo, se daba cuenta de la solemnidad del momento. Era como si el mundo entero —porque en ese instante parecía como si toda la experiencia se concentrase en su propia conciencia— escuchara el arañar de esta llave. Un extraviado soplo de aire bajó por la calle desierta, despertando un rumor efímero en los árboles, detrás de ellos; por lo demás, el ruido de la llave era lo único que se oía; y finalmente giró en la cerradura, se abrió pesadamente la puerta, y reveló el abismo de tinieblas del interior. Tras una última mirada a la plaza iluminada por la luna, entraron deprisa, y la puerta se cerró tras ellos con un golpe que resonó prodigiosamente en los pasillos y habitaciones vacías. Pero con los ecos se hizo audible otro ruido, y tía Julia se agarró súbitamente a él con tal fuerza que tuvo que dar un paso atrás para no caerse. Un hombre había tosido a su lado; tan cerca que parecía que había sido junto a él, en la oscuridad. Pensando que podía tratarse de alguna broma, Shorthouse hizo girar su pesado bastón en dirección al ruido; pero no tropezó con nada más sólido que el aire. Oyó a su tía proferir una pequeña exclamación. —Aquí hay alguien —susurró—; le he oído. —Tranquilízate —dijo él con resolución—. Sólo ha sido el ruido de la puerta de la calle. —¡Oh!, enciende una luz… pronto —añadió ella, mientras su sobrino, manipulando la caja de cerillas, la abría del revés, y se le caían todas en el piso de piedra con leve repiqueteo. El ruido, sin embargo, no se repitió; ni hubo indicio de pasos retirándose. Un minuto después tenían una vela encendida, utilizando una boquilla de cigarro vacía como palmatoria; cuando disminuyó la llama inicial, Shorthouse alzó la improvisada lámpara e inspeccionó su entorno. Y lo encontró bastante lúgubre, a decir verdad; porque no hay morada humana más desolada que la que está vacía de muebles, oscura, muda, abandonada, y ocupada no obstante por un rumor sobre sucesos malvados y violentos. Se encontraban en un amplio vestíbulo; a la izquierda había una puerta abierta que daba a un espacioso comedor; enfrente, el recibimiento se prolongaba, estrechándose, en un pasillo largo y oscuro que conducía, al parecer, a la escalera que bajaba a la cocina. Una ancha escalera desnuda ascendía ante ellos describiendo una curva; estaba toda en sombras salvo un único rodal, en mitad, donde daba la luna que se filtraba por una ventana, creando una mancha luminosa sobre la madera. Este haz de luz difundía una tenue luminiscencia arriba y abajo, dotando a los objetos cercanos de una silueta brumosa infinitamente más sugerente y espectral que la completa oscuridad. La luz filtrada de la luna parece pintar siempre rostros en la penumbra que la rodea; y al asomarse Shorthouse al pozo de tinieblas y pensar en las innumerables habitaciones vacías y pasillos de la parte superior del viejo edificio, sintió deseos de encontrarse otra vez en la plaza, o en el confortable cuartito de estar que habían dejado hacía una hora. Comprendiendo que estos pensamientos eran peligrosos, los rechazó otra vez e hizo acopio de toda su energía para concentrarse en el momento presente. —Tía Julia —dijo en voz alta, con gravedad—; vamos a recorrer la casa de punta a cabo, y a hacer una inspección exhaustiva. Los ecos de su voz se apagaron lentamente en todo el edificio; y en el intenso silencio que siguió, se volvió a mirarla. A la luz de la vela, notó que tenía ya el rostro mortalmente pálido; pero ella se soltó de su brazo un momento, y dijo en un susurro, colocándose frente a él: —De acuerdo. Tenemos que asegurarnos de que no hay nadie escondido. Eso es lo primero. Habló con evidente esfuerzo; su sobrino le dirigió una mirada de admiración. —¿Estás completamente decidida? Aún no es demasiado tarde… —Sí —susurró ella, desviando los ojos nerviosamente hacia las sombras de atrás—. Completamente decidida; sólo una cosa… —¿Qué? —No tienes que dejarme sola ni un instante. —Pero ten presente que debemos investigar en seguida cualquier ruido o aparición; porque dudar significaría aceptar el miedo. Sería fatal. —De acuerdo —dijo ella, algo temblorosa, tras un momento de vacilación—. Procuraré… Cogidos del brazo, Shorthouse con la vela goteante y el bastón, y su tía con la capa sobre los hombros, perfectos personajes de comedia para cualquiera menos para ellos, iniciaron una inspección sistemática. Con sigilo, andando de puntillas y cubriendo la vela para no delatar su presencia a través de las ventanas sin postigo, entraron primero en el comedor. No vieron un solo mueble. Unas paredes desnudas, unas chimeneas feas y vacías les miraron. Todas las cosas parecieron ofenderse ante esta intrusión, y les observaron con ojos velados, por así decir; les seguían ciertos susurros; las sombras revoloteaban en silencio a derecha e izquierda; parecía que tenían siempre a alguien detrás, vigilando, esperando la ocasión para atacarles. Tenían la irreprimible sensación de que habían quedado momentáneamente en suspenso, hasta que volvieran a irse, actividades que habían estado desarrollándose en la habitación vacía. Todo el oscuro interior del viejo edificio pareció convertirse en una Presencia maligna que se alzaba para advertirles que desistieran y no se metiesen donde nadie les llamaba; la tensión de los nervios aumentaba por momentos. Salieron del oscuro comedor por dos grandes puertas plegables y pasaron a una especie de biblioteca o salón de fumar, igualmente envuelto en silencio, polvo y oscuridad; de él regresaron al vestíbulo, cerca del remate de la escalera de atrás. Aquí se abrió ante ellos un túnel de negrura que conducía a las regiones inferiores, y —hay que confesarlo— vacilaron. Pero fue sólo un momento. Dado que lo peor de la noche estaba por venir, era esencial no retroceder ante nada. Tía Julia tropezó en el peldaño que iniciaba el oscuro descenso, mal iluminado por la vela parpadeante, y al propio Shorthouse casi le dieron ganas de salir corriendo. —¡Vamos! —dijo en tono perentorio; y su voz se propagó y se perdió en los espacios vacíos y oscuros de abajo. —Ya voy —balbuceó ella, agarrándose a su brazo con fuerza innecesaria. Bajaron un poco inseguros por la escalera de piedra; un aire húmedo, frío, estancado y maloliente les dio en la cara. La cocina, a la que conducía la escalera a través de un estrecho pasillo, era amplia, de techo alto. Tenía varias puertas: unas eran de alacenas con jarras vacías todavía en los estantes, otras daban acceso a dependencias horribles y espectrales, todas ellas más frías y menos acogedoras que la propia cocina. Las cucarachas se escabulleron por el suelo; una de las veces, al tropezar con una mesa de madera que había en un rincón, algo del tamaño de un gato saltó al suelo, cruzó veloz el piso de piedra, y desapareció en la oscuridad. Todos los lugares producían la sensación de haber sido ocupados recientemente, una impresión de tristeza y melancolía. Abandonaron la cocina, y se dirigieron a la trascocina. La puerta estaba entornada, la empujaron y la abrieron del todo. Tía Julia profirió un grito penetrante, que en seguida intentó sofocar llevándose la mano a la boca. Durante un segundo, Shorthouse se quedó petrificado, con el aliento contenido. Notó como si le vaciasen de pronto la espina dorsal y se la llenasen de hielo picado. Ante ellos, entre las jambas de la puerta, se alzaba la figura de una mujer. Tenía el pelo desgreñado, la mirada fija y demente, y un rostro aterrado y mortalmente pálido. Estuvo allí, inmóvil, por espacio de un segundo. Luego parpadeó la vela, y la mujer desapareció —absolutamente—, y la puerta no enmarcó otra cosa que una oscuridad vacía. —Sólo ha sido esta condenada llama saltarina —dijo él con rapidez, con una voz que sonó como de otra persona, y dominada sólo a medias—. Vamos, tía. Ahí no hay nada. Tiró de ella. Con gran ruido de pisadas y aparente ademán de decisión, siguieron adelante; pero a Shorthouse le picaba el cuerpo como si lo tuviese cubierto de hormigas, y se daba cuenta, por el peso que notaba en el brazo, de que hacía fuerza para andar por los dos. La trascocina estaba fría, desnuda, vacía: parecía más una gran celda de prisión que otra cosa. Dieron media vuelta; intentaron abrir la puerta que daba al patio y las ventanas, pero estaba todo firmemente cerrado. Su tía caminaba a su lado como sonámbula. Iba con los ojos cerrados, y parecía limitarse a seguir la presión del brazo de él. Shorthouse estaba asombrado de su valor. Al mismo tiempo, observó que su cara había experimentado un cambio especial que, de algún modo, escapaba a su poder de análisis. —Aquí no hay nada, tía —repitió en voz alta, con viveza—. Subamos a echar una mirada al resto de la casa. Luego escogeremos una habitación donde esperar. Tía Julia le siguió obediente, pegada a su lado, y cerraron tras ellos la puerta de la cocina. Fue un alivio subir otra vez. En el recibimiento había más luz que antes, ya que la luna había bajado un poco en la escalera. Cautelosamente, empezaron a subir hacia la bóveda oscura del edificio, con el enmaderado crujiendo bajo su peso. En el primer piso descubrieron el gran salón doble, cuya inspección no reveló nada: tampoco aquí encontraron signo alguno de mobiliario o de reciente ocupación; no había más que polvo, abandono y sombras. Abrieron las grandes puertas plegables entre el salón de delante y el de atrás, salieron otra vez al rellano, y continuaron subiendo. No habrían subido más de una docena de peldaños cuando se detuvieron los dos a la vez a escuchar, mirándose a los ojos con un nuevo temor por encima de la llama temblona de la vela. De la habitación que acababan de dejar hacía apenas diez segundos les llegó un ruido apagado de puertas al cerrarse. No cabía ninguna duda: habían oído la resonancia que producen unas puertas pesadas al cerrarse, seguida del golpecito seco al encajar el pestillo. —Debemos volver, a ver qué ha sido —dijo Shorthouse con brevedad, en voz baja, dando media vuelta para bajar otra vez. De algún modo, su tía se las arregló para seguirle, con el rostro lívido, pisándose el vestido. Cuando entraron en el salón delantero comprobaron que se habían cerrado las puertas plegables… medio minuto antes. Sin la menor vacilación, fue Shorthouse y las abrió. Casi esperaba descubrir a alguien ante él, en la habitación de detrás; pero sólo se enfrentó con la oscuridad y el aire frío. Recorrieron las dos habitaciones, pero no descubrieron nada de particular. Probaron a hacer que las puertas se cerrasen solas, pero no había corrientes de aire ni siquiera para que oscilase la llama de la vela. Las puertas no se movían a menos que alguien las empujase con fuerza. Todo estaba en silencio como una tumba. Era innegable que las habitaciones se hallaban totalmente vacías, y la casa entera en absoluta quietud. —Ya empieza —susurró una voz junto a su codo que apenas reconoció como la de su tía. Shorthouse asintió con la cabeza, sacando su reloj para comprobar la hora. Eran las doce menos cuarto; anotó en su cuaderno exactamente lo ocurrido hasta aquí, dejando antes la vela en el suelo. Tardó unos momentos en colocarla de pie, apoyándola contra la pared. Tía Julia ha dicho siempre que en ese momento no miraba, ya que había vuelto la cabeza hacia la habitación, donde creía haber oído moverse algo; en cualquier caso, los dos coinciden en que sonaron pasos precipitados, fuertes y muy rápidos… ¡y al instante siguiente se apagó la vela! Pero para Shorthouse hubo más cosas; y siempre ha dado gracias a su buena estrella de que le acontecieran a él solo, y no a su tía también. Porque, al incorporarse tras dejar la vela, y antes de que se apagara, surgió un rostro y se acercó tanto al suyo que casi podía haberlo rozado con los labios. Era un rostro dominado por la pasión: un rostro de hombre, moreno, de facciones torpes y ojos furiosos y salvajes. Pertenecía a un hombre ordinario, y tenía una expresión vulgar; pero al verlo encendido de intensa, agresiva emoción, le pareció un semblante malvado y terrible. No hubo el más leve movimiento de aire; nada, aparte del rumor precipitado de pies… enfundados en calcetines, o en algo que amortiguaba las pisadas; de la aparición de ese rostro; y del casi simultáneo apagón de la vela. A pesar de sí mismo, Shorthouse profirió un grito breve, y estuvo a punto de perder el equilibrio al colgarse su tía de él con todo su peso, en un instante de auténtico, incontrolable terror. Ella no dijo nada, aunque se agarró a su sobrino con todas sus fuerzas. Por fortuna no había visto nada: sólo había oído el ruido de pasos. Recobró el dominio de sí casi en seguida, y él se pudo soltar y encender una cerilla. Las sombras huyeron en todas direcciones ante la llamarada, y su tía se inclinó y recogió la boquilla con la preciosa vela. Descubrieron que no había sido apagada de un soplo : habían aplastado el pabilo. Lo habían hundido en la cera, que estaba aplanada como por un instrumento liso y pesado. Shorthouse no comprende cómo su compañera logró sobreponerse tan pronto a su terror; pero así fue, y la admiración que le inspiraba su autodominio se multiplicó por diez, al tiempo que avivó la llama agonizante de su ánimo… por lo que se sintió agradecido. Igualmente inexplicable para él fue la demostración de fuerza física que acababan de comprobar. Reprimió al punto el recuerdo de las historias que había oído sobre los médiums y sus peligrosas experiencias; porque si eran ciertas, y su tía o él eran médiums sin saberlo, significaba que estaban contribuyendo a que se concentrasen las fuerzas de la casa encantada, cargada ya hasta los topes. Era como andar con lámparas sin protección entre barriles de pólvora destapados. Así que, pensando lo menos posible, volvió a encender la vela y subieron al siguiente piso. Es cierto que el brazo que agarraba el suyo estaba temblando, y que sus propios pasos eran a menudo vacilantes; pero prosiguieron con minuciosidad, y tras una inspección infructuosa subieron el último tramo de escalera, hasta el ático. Aquí descubrieron un verdadero panal de habitacioncitas pertenecientes a la servidumbre, con muebles rotos, sillas de mimbre sucias, cómodas, espejos rajados, y armazones de cama desvencijados. Las habitaciones tenían el techo inclinado, con telarañas aquí y allá, ventanas pequeñas, y paredes mal enyesadas: una región lúgubre y deprimente que se alegraron de poder dejar atrás. Daban las doce cuando entraron en un cuartito del tercer piso, casi al final de la escalera, y se acomodaron en él como pudieron para esperar el resto de la aventura. Estaba totalmente vacío, y se decía que era la habitación —utilizada como ropero en aquel entonces— donde el enfurecido mozo acorraló a su víctima y la atrapó finalmente. Fuera, al otro lado del pasillo, empezaba el tramo de escalera que subía a las dependencias de la servidumbre que acababan de inspeccionar. A pesar del frío de la noche, algo en el ambiente de esta habitación pedía a gritos que abriesen una ventana. Pero había algo más. Shorthouse sólo puede describirlo diciendo que aquí se sentía menos dueño de sí que en ninguna otra parte del edificio. Era algo que influía directamente en los nervios, algo que mermaba la resolución y enervaba la voluntad. Tuvo conciencia de este efecto antes de que hubieran transcurrido cinco minutos: en el corto espacio de tiempo que llevaban allí, le había anulado todas las fuerzas vitales, lo que para él constituyó lo más horrible de toda la experiencia. Dejaron la vela en el suelo, y entornaron un poco la puerta, de manera que el resplandor no les deslumbrase, ni proyectase sombras en las paredes o el techo. A continuación extendieron la capa en el suelo y se sentaron encima, con la espalda pegada a la pared. Shorthouse estaba a dos pies de la puerta que daba al rellano; desde su posición dominaba buena parte de la escalera principal que descendía a la oscuridad, así como de la que subía a las habitaciones de los criados; a su lado, al alcance de la mano, tenía el grueso bastón. La luna se hallaba ahora sobre la casa. A través de la ventana abierta podían ver las estrellas alentadoras como ojos amables que observaban desde el cielo. Uno tras otro, los relojes del pueblo fueron dando las doce; y cuando se apagaron los tañidos, descendió otra vez sobre todas las cosas el profundo silencio de la noche sin brisas. Sólo el oleaje del mar, lúgubre y lejano, llenaba el aire de murmullos cavernosos. Dentro de la casa, el silencio se hizo tremendo; tremendo, pensó él, porque en cualquier instante podía quebrarlo algún ruido ominoso. La tensión de la espera se iba apoderando cada vez más de sus nervios. Cuando hablaban lo hacían en susurros, ya que sus voces sonaban extrañas y anormales. Un frío no totalmente atribuible al aire de la noche invadió la habitación, y les hizo estremecerse. Los influjos adversos, cualesquiera que fuesen, les minaban la confianza en sí mismos y la capacidad para una acción decidida; sus fuerzas estaban cada vez más debilitadas, y la posibilidad de un miedo real adquirió un nuevo y terrible significado. Shorthouse empezó a temer por la anciana que tenía a su lado, cuyo valor no podría mantenerla a salvo más allá de ciertos límites. Oía latir su sangre en las venas. A veces le parecía que lo hacía tan fuerte que le impedía escuchar con claridad otros ruidos que empezaban a hacerse vagamente audibles en las profundidades de la casa. Cuando trataba de concentrar la atención en esos ruidos, cesaban instantáneamente. Desde luego, no se acercaban. Sin embargo, no podía por menos de pensar que había movimiento en alguna de las regiones inferiores de la casa. El piso donde estaba el salón, cuyas puertas se habían cerrado misteriosamente, parecía demasiado cercano; los ruidos provenían de más lejos. Pensó en la gran cocina, con las negras cucarachas escabullándose, y en la pequeña y lóbrega trascocina; aunque, en cierto modo, parecían no surgir de parte alguna. ¡Lo que sí era cierto es que no provenían de fuera de la casa! Y entonces, de repente, comprendió la verdad, y durante un minuto le pareció como si hubiese dejado de circularle la sangre y se le hubiese convertido en hielo. Los ruidos no venían de abajo ni mucho menos, sino de arriba , de alguno de aquellos horrorosos cuartitos de los criados, de muebles destrozados, techos inclinados y estrechas ventanas, donde había sido sorprendida la víctima, y de donde salió para morir. Y desde el instante en que descubrió de dónde procedían, comenzó a oírlos más claramente. Era un rumor de pasos que avanzaban furtivos por el pasillo de arriba, entraban y salían de las habitaciones, y pasaban entre los muebles. Se volvió vivamente hacia la figura inmóvil que tenía a su lado para ver si compartía su descubrimiento. La débil luz de la vela que entraba por la rendija de la puerta convertía el rostro fuertemente recortado de su tía en acusado relieve sobre el blanco de la pared. Pero fue otra cosa lo que le hizo aspirar profundamente y volverla a mirar. Algo extraordinario había asomado a su rostro, y parecía cubrirlo como una máscara; suavizaba sus profundas arrugas y le estiraba la piel hasta hacer desaparecer sus pliegues; daba a su semblante —con la sola excepción de sus ojos avejentados— un aspecto juvenil, casi infantil. Se quedó mirándola con mudo asombro… con un asombro peligrosamente cercano al horror. Era, desde luego, el rostro de su tía. Pero era un rostro de hacía cuarenta años, el rostro inocente y vacío de una niña. Shorthouse había oído contar historias sobre el extraño efecto del terror, que podía borrar de un semblante humano toda otra emoción, eliminando las expresiones anteriores; pero jamás se le había ocurrido que pudiera ser literalmente cierto, o que pudiese significar algo tan sencillamente horrible como lo que ahora veía. Porque era el sello espantoso del miedo irreprimible lo que reflejaba la total ausencia de este rostro infantil que tenía al lado; y cuando, al notar su mirada atenta, se volvió a mirarle, cerró los ojos con fuerza para conjurar la visión. Sin embargo, al volverse, un minuto después, con los nervios a flor de piel, descubrió, para su inmenso alivio, otra expresión: su tía sonreía; y aunque tenía la cara mortalmente pálida, se había disipado el velo espantoso, y le estaba volviendo su aspecto normal. —¿Ocurre algo? —fue todo lo que se le ocurrió decir en ese momento. Y la respuesta fue elocuente, viniendo de esta mujer: —Tengo frío… y estoy un poco asustada —susurró. Shorthouse propuso cerrar la ventana, pero ella le contuvo, y le pidió que no se apartase de su lado ni un instante. —Es arriba, lo sé —susurró, medio riendo extrañamente—; pero no me siento capaz de subir. Pero Shorthouse opinaba de otro modo: sabía que la mejor manera de conservar el dominio de sí estaba en la acción. Sacó un frasco de coñac y sirvió un vaso de licor lo bastante abundante como para resucitar a un muerto. Ella se lo tragó con un ligero estremecimiento. Ahora lo importante era salir de la casa antes de que su tía se derrumbase irremediablemente; pero no dejaba de ser arriesgado dar media vuelta y huir del enemigo. Ya no era posible permanecer inactivo: cada minuto que pasaba era menos dueño de sí, y se hacía imperioso adoptar, sin demora, desesperadas, enérgicas medidas. Además, debían dirigir la acción hacia el enemigo, y no huir de él; el momento crítico, si se revelaba inevitable y fatal, había que afrontarlo con valor. Y eso podía hacerlo ahora; dentro de diez minutos, quizá no le quedasen fuerzas para actuar por sí mismo, ¡y mucho menos por los dos! Arriba, entretanto, los ruidos sonaban más fuertes y cercanos, acompañados de algún que otro crujido del entarimado. Alguien andaba con sigilo, tropezando de vez en cuando contra los muebles. Tras esperar unos instantes a que hiciese efecto la tremenda dosis de licor, y consciente de que duraría sólo unos momentos, Shorthouse se puso de pie en silencio, y dijo con voz decidida: —Ahora, tía Julia, vamos a subir a averiguar qué es todo ese ruido. Tienes que venir también. Es lo acordado. Cogió el bastón y fue al ropero por la vela. Una figura endeble, tambaleante, con la respiración agitada, se levantó a su lado; oyó que decía débilmente algo sobre que «estaba dispuesta». Le admiraba el ánimo de la anciana: era mucho más grande que el suyo; y mientras avanzaban, en alto la vela goteante, iba emanando de esta mujer temblorosa y de cara pálida que marchaba a su lado una fuerza sutil que era verdadera fuente de inspiración para él: tenía algo grande que le avergonzaba y le prestaba un apoyo sin el cual no se habría sentido en absoluto a la altura de las circunstancias. Cruzaron el oscuro rellano, evitando mirar el espacio negro que se abría sobre la barandilla. A continuación empezaron a subir por la estrecha escalera, dispuestos a enfrentarse a los ruidos que se hacían más audibles y cercanos por momentos. A mitad de camino tropezó tía Julia, y Shorthouse se volvió para cogerla del brazo; y justo en ese instante se oyó un chasquido terrible en el corredor de los criados. Le siguió un intenso chillido agónico que fue grito de terror y grito de auxilio mezclados en uno solo. Antes de que pudiesen apartarse, o retroceder siquiera un peldaño, alguien irrumpió en el pasillo, arriba, y echó a correr espantosamente con todas sus fuerzas, salvando los peldaños de tres en tres, hasta donde ellos se habían detenido. Las pisadas eran leves y vacilantes, pero tras ellas sonaron otras más pesadas que hacían estremecer la escalera. Apenas habían tenido tiempo Shorthouse y su compañera de pegarse contra la pared, cuando oyeron junto a ellos el tumulto de pisadas, y dos personas, sin apenas distancia entre ambas, cruzaron a toda velocidad. Fue un completo torbellino de crujidos en medio del silencio nocturno del edificio vacío. Habían cruzado ante ellos los dos corredores, perseguido y perseguidor, saltando con un golpe sordo, primero el uno y luego el otro, al rellano de abajo. Sin embargo, ellos no habían visto nada: ni mano, ni brazo, ni cara, ni siquiera un jirón revoloteante de ropa. Sobrevino una breve pausa. Luego, la primera persona, la más ligera de las dos —la perseguida evidentemente—, echó a correr con pasos inseguros hacia la pequeña habitación de la que Shorthouse y su tía acababan de salir. Le siguieron los pasos más pesados. Hubo ruido de pelea, jadeos y gritos desgarradores; poco después, salieron unos pasos al rellano… los de alguien que caminaba cargado . Hubo un silencio mortal que duró el espacio de medio minuto, y luego se oyó el ruido de algo que se precipitaba en el aire. Le siguió un golpe sordo, tremendo, abajo en las profundidades de la casa, en el enlosado del recibimiento. A continuación reinó un silencio total. Nada se movía. La llama de la vela se alzaba imperturbable. Así había permanecido todo este tiempo: ningún movimiento había agitado el aire. Paralizada de terror, tía Julia, sin esperar a su compañero, comenzó a bajar a tientas, llorando débilmente como para sus adentros; y cuando su sobrino la rodeó con el brazo y casi la llevó en volandas, notó que temblaba como una hoja. Shorthouse entró en el cuartito, recogió la capa del suelo y, cogidos del brazo, empezaron a bajar muy despacio, sin pronunciar una sola palabra ni volverse a mirar hacia atrás, los tres tramos de escalera, hasta el recibimiento. No vieron nada; aunque, mientras bajaban, tenían la sensación de que alguien les seguía paso a paso: cuando iban deprisa, se quedaba atrás; cuando tenían que ir despacio, les alcanzaba. Pero ni una sola vez se volvieron para mirar; y a cada vuelta, bajaban los ojos por temor al horror que podían sorprender en el tramo superior. Shorthouse abrió la puerta de la calle con manos temblorosas; salieron a la luz de la luna, y aspiraron profundamente el aire fresco de la noche que venía del mar. FIN Autor: Algernon Blackwood Título: La casa vacía Título Original: The Empty House Publicado en: The Empty House and Other Ghost Stories (1906) Traducción: Francisco Torres Oliver
- "En fiestas", cuento de Antón Chéjov
En fiestas Antón Chéjov ¿Qué hay que escribir? —preguntó Egor, mojando la pluma en la tinta. Hacía ya cuatro años que Vasilisa no había visto a su hija Efimia. Esta, después de la boda se había marchado con su marido a Petersburgo, desde donde envió dos cartas, no volviendo a recibirse más noticia de ella. La vieja, tanto al amanecer, mientras ordeñaba la vaca, como cuando encendía la estufa, o por la noche al dormitar, estaba siempre pensando en lo mismo: en si su Efimia vivía o no. Había que ponerla una carta, pero el viejo no sabía escribir y no tenía a quién pedir que lo hiciera por él. He aquí, sin embargo, que llegaron las fiestas, y Vasilisa, incapaz de aguantar más tiempo, se fue a la taberna en busca de Egor, el hermano del dueño, que de vuelta del servicio se pasaba allí el día de brazos cruzados y del que decíase sabía escribir cartas si se le pagaba bien. Cuando Vasilisa entró en la taberna se puso primeramente a charlar con la cocinera, luego con el ama y por último con el propio Egor. La escritura de la carta quedó ajustada en quince kopeks. Ahora (esto ocurría en el segundo día de fiestas) en la taberna hallábase sentado Egor con la pluma en la mano, y ante él, Vasilisa, pensativa y con rostro afligido y preocupado. Junto a ella estaba Piotr, su viejo, hombre extremadamente alto y delgado, de calva color marrón. Este, inmóvil, miraba fijamente ante sí, como un ciego. Sobre el fogón, en una cazuela, se asaba carne de cerdo entre chasquidos y resoplidos que parecían emitir este sonido: «Flu, flu, flu»… La atmósfera era sofocante. —¿Qué hay que poner? —preguntó de nuevo Egor. —¿Cómo? —dijo Vasilisa, mirándole con enfado y recelo—. No me metas prisa. ¡No me la estás escribiendo gratis!… Bueno…, escribe… «A nuestro amable yerno Andrei Jrisanfich y a nuestra única y amada hija Efimia Petrovna, enviamos un saludo profundo y cariñoso y nuestra bendición paternal.» —Bien… Siga. —Al mismo tiempo les felicitamos por la Navidad. Nosotros nos encontramos en buena salud, lo que también deseamos les conceda el Señor Todopoderoso… Vasilisa meditó un momento y cambió una mirada con el viejo. —…que también deseamos les conceda el Señor Todopoderoso —repitió, echándose a llorar. No pudo decir más. Antes, cuando pensaba sobre ello por las noches, le parecía que lo que tenía que decir no podría caber ni en diez cartas… ¡Mucho tiempo había pasado desde que la hija se marchó con su marido!… ¡Mucha agua había llevado el río!… Los viejos, como huérfanos, se pasaban la noche suspirando profundamente, como si la hija estuviera enterrada. Sin embargo, durante ese tiempo…, ¡cuántos acontecimientos de todas clases…, cuántas bodas y muertes había habido en el pueblo!… ¡Qué largos inviernos!… ¡Qué largas noches!… — ¡Hace un calor! —dijo Egor desabrochándose el chaleco—. ¡Estaremos lo menos a setenta grados!… ¿Qué más? Los viejos callaban. —¿En qué se ocupa tu yerno? —preguntó Egor. —Antes era soldado, como sabes, padrecito. Hicisteis juntos el servicio. Era soldado, pero ahora está colocado en Petersburgo, en un establecimiento de aguas. Allí el médico cura a los enfermos con agua, y él en su casa está de portero. —Míralo puesto aquí —dijo la vieja sacándose una carta del pañuelo—. Es de Efimia y la recibimos ¡sabe Dios cuánto tiempo hace! ¡Puede que ni viva ya!… Egor, tras un momento de meditación, se puso a escribir muy de prisa: «En la actualidad, cuando la suerte le destina a cumplimentar el servicio militar, le recomendamos consulte el Reglamento de penas pecuniarias y el Código del ejército, por cuyas leyes podrá apreciar la cultura de los miembros del Ministerio de la Guerra.» Mientras escribía iba leyendo en voz alta lo escrito, en tanto que Vasilisa pensaba en que había que decir algo de la gran pobreza por que habían pasado el año anterior y de que habían tenido que vender la vaca. Había también que pedir dinero, que decir que el viejo estaba enfermo y seguramente se moriría pronto…; pero ¿cómo expresar en palabras todo esto?… ¿Qué era lo que había que decir primero y lo que había que decir después? —«Ponga atención en la lectura del quinto tomo del Reglamento militar —proseguía escribiendo Egor—. Soldado es nombre célebre, a todos común. Lo mismo se llama soldado el primero de los generales que el último de las filas.» El viejo movió los labios y dijo lentamente: —Quisiera conocer a los nietecillos. —¿Qué nietecillos? —preguntó la vieja, mirándole enfadada—. ¡A lo mejor no los hay! —¿Nietecillos?… ¡O a lo mejor sí los hay!… ¡Eso quién va a saberlo!… —«Ello le permitirá apreciar cuál es el enemigo exterior y cuál el interior. El principal enemigo interior es Baco.» La pluma chirriaba trazando sobre el papel unas filigranas en forma de ganchos de pesca. Egor escribía de prisa, releyendo después varias veces cada renglón. Satisfecho, sano, carirredondo, roja la nuca y sentado despatarrado en el taburete ante la mesa, representaba la encarnación de una vulgaridad brutal, vanidosa e invencible, orgullosa de haber nacido y de haberse criado en una taberna. Vasilisa lo comprendía claramente, pero no podía expresarlo con palabras, teniendo que limitarse a observarle irritada y recelosa. Su voz, sus frases incomprensibles, el ambiente sofocante, la daban dolor de cabeza y embrollaban sus pensamientos. Ya no decía ni pensaba nada y esperaba solamente a que Egor terminara de hacer chirriar su pluma, en tanto que la mirada del viejo revelaba una plena confianza. Tenía fe en la vieja, que le había llevado allí, y en Egor, y antes, al mencionar el establecimiento balneario, podía verse que tenía fe en dicho establecimiento y en las propiedades curativas de su agua. Cuando terminó de escribir, Egor se levantó y leyó la carta desde el principio hasta el fin. El viejo, sin comprender nada, asentía con la cabeza, lleno de confianza. —No está mal… Ha salido de corrido. No está mal. Tras depositar sobre la mesa tres monedas de a cinco kopeks, abandonaron la taberna. El viejo fijaba ante sí una mirada inmóvil, como la de un ciego, plenamente confiado el rostro, mientras Vasilisa, al salir de la taberna, espantaba enfadada a un perro, diciendo: — ¡Uuuuu!… ¡Maldito! La vieja se pasó la noche en vela. Torturada por sus cavilaciones, se levantó al amanecer y tras decir sus oraciones se fue a la estación a echar la carta. Tenía que recorrer once verstas. II El establecimiento balneario dirigido por el doctor B. O. Moselveiser estaba abierto el día de Año Nuevo, igual que cualquier otro; pero el portero Andrei Jrisanfich estrenaba galones en el uniforme, brillaban sus zapatos de un modo especial y felicitaba la entrada de año a cuantos venían, deseándoles mucha suerte. Era por la mañana. En pie, junto a la puerta, Andrei Jrisanfich leía el periódico. A las nueve en punto hizo su aparición la figura familiar del general, uno de los clientes habituales, y tras él, el cartero. Andrei Jrisanfich despojó al general de su capote y le dijo: — ¡Feliz Año Nuevo! ¡Muchas felicidades, excelencia! —Gracias, amigo. Igualmente. Luego, el general, mientras subía por la escalera, señalando a una puerta, preguntó: —Y en esta habitación ¿qué hay? —siempre preguntaba lo mismo, olvidando inmediatamente la respuesta. —Es el gabinete de masaje, excelencia. Cuando los pasos de este se desvanecieron, Andrei Jrisanfich, echando una mirada al correo recién llegado, encontró una carta a su nombre. Después de abrirla y de leer unos cuantos renglones, despacio y con los ojos siempre en el periódico, se dirigió a su habitación, situada allí mismo, a un extremo del pasillo. Efimia, su mujer, sentada sobre la cama, daba de mamar a un niño. Otro, algo mayor, junto a ella, apoyaba la cabeza en sus rodillas, mientras un tercero dormía sobre la cama. Andrei entró en la habitación y entregó a su mujer la carta con estas palabras: —Seguramente es de la aldea. Luego volvió a salir, y sin apartar los ojos del periódico se detuvo en el pasillo, a poca distancia de la puerta. Podía oír la voz temblorosa de Efimia leyendo los primeros renglones. Leyó estos y no pudo seguir. La bastaban aquellos renglones… Echándose a llorar y cogiendo entre sus brazos a su hijo mayor, empezó a besarle y a decirle, sin que él pudiera comprender si lloraba o reía: — ¡Es de la abuela y del abuelo!… ¡De la aldea!… ¡Virgen Santísima!… ¡La de nieve que habrá allí ahora!… ¡Los árboles se ponen blancos, blancos!… ¡Los niños se pasean en unos trineos chiquititos, y el abuelo, calvito, se está sentado en la yacija, al lado de la estufa…, y el perrito amarillo… ¡Amados míos!… ¡Queridos!… Andrei Jrisanfich recordó en este momento que su mujer le había dado dos o tres veces cartas rogándole que las enviara a la aldea; pero unas veces por unas cosas y otras por otras, nunca había podido hacerlo. Las cartas que no había mandado se habían extraviado por alguna parte. —¡Por el campo corren liebres chiquititas!… —proseguía Efimia, inundada de lágrimas y besando a su niño—. ¡El abuelo es muy bueno y muy tranquilo y la abuela también es muy buena!… ¡En la aldea toda la gente es de corazón y tiene temor de Dios!… ¡Allí hay una iglesia pequeñita y los campesinos cantan!… ¡Si nos llevaras allí, Virgen Santísima, protectora nuestra!… Mientras no venía nadie, Andrei Jrisanfich volvió a entrar en su habitación a fumar, y Efimia, de repente, se calló y se secó los ojos. Solo sus labios temblaban. Tenía mucho miedo a su marido. La mirada de este, sus paseos, la estremecían, llenándola de espanto. Ante él no se atrevía a pronunciar ni una sola palabra. Andrei Jrisanfich había empezado a fumar; pero, precisamente en aquel instante, sonó el timbre. Apagó el cigarrillo y poniendo un rostro grave corrió hacia la puerta de entrada. Del piso superior, sonrosado y fresco por el baño, bajaba el general. —Y en esta habitación…, ¿qué hay? —preguntó, señalando a una puerta, Andrei Jrisanfich, cuadrándose, dijo en voz alta: — ¡La ducha scharko, excelencia! FIN Autor: Antón Chéjov Título: En fiestas Título Original: На святках Publicado en: Gaceta de San Petersburgo, enero de 1900 Traducción: E. Podgursky – A. Aguilar
- "En las tierras perdidas", cuento de George R. R. Martin
En las tierras perdidas George R. R. Martin Puedes comprar cualquier cosa que desees a Gray Alys. Pero es mejor no hacerlo. Lady Melange no acudió en persona a Gray Alys. Decían de ella que era una joven lista y cauta, a la vez que excepcionalmente bella, y sabía lo que se contaba de Gray Alys. Se decía también que quienes trataban con Gray Alys lo hacían por su cuenta y riesgo. Gray Alys no rechazaba a nadie que acudiera a ella, y siempre obtenía para sus clientes cualquier cosa que le pidieran. Pero una vez concluido el asunto, quienes cerraban un trato con Gray Alys nunca quedaban contentos con las cosas que les había proporcionado, las cosas que ellos le habían pedido. Lady Melange era consciente de todo esto, pues gobernaba desde la elevada torre del homenaje que se alzaba en la ladera de la montaña. Tal vez por ese motivo no acudió personalmente a Gray Alys. Fue Jerais quien se presentó ese día ante Gray Alys. Azul Jerais, campeón de la dama, era el paladín más destacado en la guardia de la torre del homenaje, y ejercía en calidad de comandante de sus huestes cuando había batalla. Era el capitán de su guardia de color. Jerais llevaba sobrevesta azul celeste claro bajo la esmaltada armadura de placas azul celeste oscuro. El blasón del escudo representaba un vórtice hecho en un centenar de sutiles tonalidades azules, y un zafiro grande como el ojo de un águila adornaba el puño de su espada. Cuando se presentó ante Gray Alys y se quitó el yelmo, sus ojos hacían juego con la joya del arma, a pesar de que su pelo tenía un tono rojo tan sorprendente como inapropiado. Gray Alys le recibió en una casa de piedra modesta y muy antigua que tenía en el oscuro corazón de la ciudad que se extendía en la falda de la montaña. Le esperaba en una estancia sin ventanas llena de polvo y con olor a humedad, sentada en una silla de respaldo alto que parecía empequeñecer su cuerpo menudo y delgado. Sobre el regazo descansaba una rata gris del tamaño de un perrillo, a la que acariciaba con languidez cuando Jerais entró y se quitó el yelmo y dejó que sus ojos azules, relucientes, se ajustaran a la escasa luz que reinaba. —¿Sí? —preguntó finalmente Gray Alys. —Eres aquella a quien llaman Gray Alys —dijo Jerais. —En efecto. —Soy Jerais. Vengo en nombre de lady Melange. —La sabia y hermosa lady Melange —dijo Gray Alys. El pelaje de la rata era suave como terciopelo al tacto de sus largos y pálidos dedos—, ¿por qué mi señora envía a su campeón a visitar a alguien tan humilde y sencilla como yo? —Incluso en la torre circulan historias sobre ti —dijo Jerais. —Sí. —Se dice que, por un justo precio, vendes cosas extrañas y portentosas. —¿Desea mi señora Melange comprar? —Se dice también que tienes poderes, Gray Alys. Cuentan que no siempre eres tal como te veo ahora, una mujer delgada de edad indefinida, toda vestida de gris. Se dice que adoptas la lozanía o vejez que deseas. Cuentan que a veces eres un hombre, o una anciana, o un niño. Dicen que conoces el secreto de cómo cambiar de forma, que vagabundeas bajo la apariencia de un gran felino, o un oso, un ave, y que puedes mudar de piel a voluntad, no siendo esclava de la luna como el pueblo de los lobos-hombre que moran en las tierras perdidas. —Todas esas cosas cuentan —afirmó Gray Alys. Jerais sacó del cinto una bolsita de cuero y se acercó al lugar donde estaba sentada Gray Alys. Aflojó la tira que mantenía cerrada la bolsa y volcó el contenido de la misma en la mesa que había junto a su anfitriona. Gemas. Una docena, todas ellas de distinto color. Gray Alys tomó una, que inspeccionó al contraluz de la vela. Cuando la devolvió junto al resto, inclinó la cabeza levemente ante Jerais y dijo: —¿Qué desea comprarme mi señora? —Tu secreto —dijo Jerais, sonriendo—. Lady Melange desea cambiar de forma. —Dicen que es bella y joven —replicó Gray Alys—. Incluso aquí, lejos de la torre, nos llegan muchos relatos sobre ella. No tiene pareja, sino muchos amantes. Se dice que toda su guardia de color la ama, entre ellos vos mismo. ¿Por qué querría cambiar de forma? —No me has entendido. Lady Melange no busca la juventud o la belleza. Ningún cambio la haría más hermosa de lo que ya es. Quiere de ti el poder de convertirse en bestia. En lobo. —¿Por qué? —quiso saber Gray Alys. —Eso no te incumbe. ¿Le venderás este don tuyo? —Nunca rechazo una venta —aseguró Gray Alys—. Dejad aquí las joyas. Regresad dentro de un mes y os daré lo que lady Melange desea. Jerais asintió, pensativo a juzgar por la expresión de su rostro. —¿Nunca rechazas una venta? —Ni una. El paladín esbozó una sonrisa torcida, llevó la mano al cinto y extendió hacia ella su mano. En el terciopelo azul claro de la palma cubierta con un guante descansaba otra gema, un zafiro mayor incluso que el engarzado en el puño de su espada. —Acepta esto en pago, si lo tienes a bien, puesto que voy a pedirte algo para mí. Gray Alys tomó el zafiro en su mano, lo sostuvo al contraluz entre índice y pulgar, asintió y lo dejó junto al resto de las joyas. —¿Y vos qué es lo que queréis, Jerais? La sonrisa del paladín se hizo más acusada. —Quiero que fracaséis —dijo—. No quiero que lady Melange obtenga el poder que busca. Gray Alys le miró fijamente, clavando en sus ojos fríos, azules, su propia mirada gris. —Lucís el color equivocado, Jerais —dijo, al cabo—. El azul es el color de la lealtad, a pesar de lo cual traicionáis a vuestra dama y la misión que ella os ha encomendado. —Soy leal —protestó Jerais—. Sé qué le conviene, mejor que ella misma. Melange es joven e insensata. Piensa que puede mantener en secreto que ha encontrado el poder que ansía. Pero se equivoca. Y cuando la gente se entere la destruirán. No podrá gobernarlos de día y desgarrarles la garganta de noche. Gray Alys meditó en silencio las palabras del paladín, acariciando la enorme rata que descansaba sobre su regazo. —Mentís, Jerais —dijo cuando volvió a hablar—. Las razones que me dais no tienen nada que ver con vuestras verdaderas motivaciones. Jerais arrugó el entrecejo. Apoyó la mano cubierta con el guantelete en el puño de la espada, pero fue un gesto casual, como si no fuera intencionado. Acarició con el pulgar el imponente zafiro engarzado en el arma. —No discutiré contigo —dijo, enfurruñado—. Si no aceptas tratar conmigo, ¡devuélveme la joya y condenada seas! —Nunca rechazo una venta —le recordó Gray Alys. Jerais arrugó el entrecejo, confundido. —¿Tendré entonces lo que he pedido? —Tendréis lo que habéis pedido. —Excelente —dijo Jerais, que sonrió de nuevo—. ¡En un mes, pues! —En un mes —confirmó Gray Alys. Y así las cosas, Gray Alys hizo correr la voz como solo Gray Alys sabía hacerlo. El mensaje pasó de boca en boca en las sombras que reinaban en los callejones que discurrían sobre las secretas alcantarillas de la ciudad, e incluso en las casas altas de rojiza madera adornadas con vidrieras donde moraban los nobles y los acaudalados. Las ratas de pelaje gris claro con diminutas manos humanas lo susurraron a los niños mientras dormían, y los niños las compartieron unos con otros, y entonaron una nueva canción cuando saltaban a la comba. La voz alcanzó todas las avanzadillas del ejército que se extendían a oriente, y cabalgó hacia poniente entre el cargamento que transportaban las caravanas al corazón del viejo imperio del que no era sino una pequeña parte la ciudad que se extendía en la falda de la montaña. Imponentes aves con el rostro astuto de un mono sobrevolaron el mundo en dirección sur, pasando por los bosques y los ríos, hasta llegar a una docena de reinos, donde hombres y mujeres tan cenicientas y terribles como la propia Gray Alys la atendieron en la soledad de sus torres. Viajó la voz incluso al norte, allende las montañas, hasta alcanzar incluso las tierras perdidas. No hubo que esperar demasiado. En menos de dos semanas acudió él en presencia de Gray Alys. —Puedo llevarte hasta aquello que buscas —le dijo—. Puedo encontrarte un hombre lobo. Se trataba de un joven delgado y barbilampiño. Vestía el atuendo de cuero propio de los montaraces que vivían y cazaban en el ventoso desierto que se extendía más allá de las montañas. Su piel tenía el bronceado imborrable de quien se ha pasado la vida a la intemperie, a pesar de que su pelo era blanco como la nieve que cubre la montaña y le caía sobre los hombros, enmarañado, descuidado. No llevaba armadura alguna, pero sí ceñía un cuchillo de hoja larga en lugar de espada, y se movía con una elegancia teñida por la cautela. Bajo los largos mechones de pelo blanco que se inclinaban sobre el rostro, los ojos eran oscuros y somnolientos. Aunque la sonrisa era franca y amistosa, había en él una curiosa indolencia, y un algo soñador y sensual en la forma en que cerraba los labios cuando creía que nadie le estaba mirando. Se hacía llamar Boyce. Gray Alys lo observó, escuchando con atención sus palabras. —¿Dónde? —preguntó finalmente. —A una semana de viaje al norte —respondió Boyce—. En las tierras perdidas. —¿Habitas tú en las tierras perdidas, Boyce? —le preguntó Gray Alys. —No, no son un lugar adecuado para asentarse. Tengo casa aquí en la ciudad, pero voy a menudo a las montañas, Gray Alys, pues soy cazador. Conozco bien las tierras perdidas, y conozco las cosas que viven allí. Buscas un hombre que camina con la forma de un lobo. Puedo llevarte hasta él. Pero tenemos que partir de inmediato si queremos llegar antes de que reine la luna llena. Gray Alys se levantó. —Tengo el carro cargado, y los caballos cebados y herrados. Partamos pues. Boyce se apartó de los ojos el pelo blanco y sonrió con desgana. El paso montañoso era elevado, quebrado y rocoso, y en ciertos puntos apenas era lo bastante amplio para que pudiera pasar el carro de Gray Alys. El vehículo era un mamotreto, largo y pesado y totalmente cerrado, en tiempos pintado, pero el paso de los años y la acción del viento y la lluvia habían reducido la pintura a una ominosa tonalidad gris. Circulaba sobre seis estruendosas ruedas de hierro, y los dos caballos que tiraban de él eran, por necesidad, monstruos que medían lo que un caballo y medio de los normales, a pesar de lo cual el carro avanzaba con lentitud por las montañas. Boyce, que no iba a caballo, caminaba junto al vehículo cuando no lo hacía al frente, y a veces junto a Gray Alys. El carro gemía y gruñía. Tardaron tres días en alcanzar el punto más elevado del camino, desde donde miraron a través de una hendidura en las montañas las desoladas y extensas llanuras de las tierras perdidas. Tardaron otras tres jornadas en descender por la otra cara. —Ahora avanzaremos a mejor ritmo —prometió Boyce a Gray Alys cuando alcanzaron las tierras perdidas—. Aquí la tierra es llana y vacía, y la ida será fácil. Un día, puede que dos, y tendrás lo que buscas. —Sí —dijo Gray Alys. Llenaron los barriles de agua antes de abandonar las montañas, y Boyce salió de caza en los alrededores y regresó con tres liebres negras y la carcasa de un cervatillo, curiosamente deforme. Cuando Gray Alys le preguntó cómo se las había ingeniado para darles caza armado tan solo con un cuchillo, Boyce sonrió, sacó una honda y lanzó unas piedras que cruzaron el aire con un silbido. Gray Alys asintió. Hicieron un fuego, al que pusieron dos de las liebres mientras salaban el resto de la carne. Al amanecer del día siguiente, se adentraron en las tierras perdidas. Allí, en efecto, avanzaron a una velocidad considerable. Las tierras perdidas eran un territorio frío y abandonado, con un suelo tan compacto como los caminos que serpentean a través del imperio que se extiende allende las montañas. El carro rodaba con rigor entre el crujir y gruñir de las ruedas, balanceándose un poco de lado a lado a medida que avanzaba. En las tierras perdidas no hay bosques por los que atajar, ni ríos que cruzar. La desolación se mostraba ante ellos allá donde miraran, con aspecto de ser infinita. De vez en cuando veían un puñado de árboles de tronco retorcido, con las ramas lastradas por frutos abotargados cuya piel reluciente era del color del índigo. De vez en cuando atravesaban un arroyo poco profundo que fluía entre las rocas. Ninguno llegó a cubrirles el tobillo. De vez en cuando vastos trechos de hongos blancos cubrían la desértica extensión gris. Pero estas eran cosas raras de ver. En su mayor parte no había más que vacío, la desolación de las llanuras que los rodeaban, y los vientos. En las tierras perdidas los vientos poseen un carácter temible, pues soplan constantemente y son fríos y amargos en invierno, a veces arrastran consigo el olor a ceniza, y en otras parecen aullar y chillar como el alma condenada de algún pobre desdichado. Finalmente habían llegado tan lejos que Gray Alys pudo ver el final de las tierras perdidas: otra hilera de montañas lejanas, muy al norte de donde estaban, dibujadas como una vaga línea blanquiazulada en el horizonte gris. Podían seguir viajando semanas sin alcanzar esos picos lejanos, tal como Gray Alys sabía bien, pero las tierras perdidas eran tan llanas, tan vacías, que incluso a esa distancia podían distinguirlos, aun tenuemente. Al anochecer, Gray Alys y Boyce montaron el campamento, justo tras superar una arboleda compuesta por árboles de ramas retorcidas como los que habían visto en su viaje al norte. Los árboles les proporcionaron algo de cobijo frente a la furia del viento, que a pesar de todo oían, cortante, y que daba formas fantásticas a las llamas de la hoguera que habían encendido. —Estas tierras están realmente perdidas —comentó Gray Alys mientras cenaban. —Poseen una belleza propia —dijo Boyce, que pinchó un pedazo de carne con la punta de su cuchillo de hoja larga, para darle la vuelta en el fuego—. Esta noche, si pasan las nubes, verás las luces que ondulan sobre las montañas del norte, todas ellas púrpura y gris y granate, retorciéndose como cortinas que son presa de este viento incansable. —He visto antes esas luces —confesó Gray Alys. —Yo las he visto muchas veces —dijo Boyce. Mordió un pedazo de carne, que desgarró, y un hilo delgado de grasa le resbaló por la comisura del labio. Sonrió. —Vienes a menudo a las tierras perdidas —dijo Gray Alys. —Cazo —dijo Boyce tras encogerse de hombros. —¿Hay algo que viva aquí? —quiso saber Gray Alys—. ¿Hay algo que viva en este erial? —Sí, sí —respondió Boyce—. Tienes que tener ojos para encontrarlo, conocer las tierras perdidas, pero lo hay. Bestias extrañas nunca vistas allende las montañas, criaturas salidas de las leyendas y las pesadillas, seres encantados y seres malditos, bestias cuya carne es tan inverosímil como peculiarmente deliciosa. También hay humanos, o seres que casi lo son. Lobos-hombre, seres espectrales y grises sombras que tan solo asoman de noche, cosas que se arrastran estando medio vivas y medio muertas. —Su sonrisa era suave, juguetona—. Pero tú eres Gray Alys, y tienes que saber todo esto que te cuento. Cuentan que tú misma viajaste por las tierras perdidas en una ocasión. —Eso cuentan —respondió Gray Alys. —Somos parecidos —dijo Boyce—. Me gustan la ciudad, la gente, las canciones, las risas y las habladurías. Disfruto de la comodidad de mi hogar, de la buena comida y el buen vino. Cada otoño, me entusiasmo con los músicos que acuden a la torre del homenaje para actuar ante lady Melange. Aprecio la ropa bien cortada, las joyas y las mujeres bonitas de piel suave. Sin embargo, hay una parte de mí que solo se siente en casa estando en este lugar, en las tierras perdidas, prestando atención al viento, mirando las sombras con recelo al anochecer, soñando cosas que la gente de la ciudad jamás concebiría. —A esa altura se había hecho totalmente de noche. Boyce levantó el cuchillo y señaló al norte, a donde las luces delicadas habían empezado a bañar con su luz las montañas—. Mira eso, Gray Alys. Mira cómo las luces centellean y cambian. Distinguirás formas en ellas si las miras el tiempo necesario. Hombres, mujeres y cosas que no son ni lo uno ni lo otro, que se mueven recortadas contra la oscuridad. Sus voces las transporta el viento. Observa y escucha. Esas luces cuentan grandes dramas, obras teatrales más importantes y extrañas que las representadas en el escenario de la dama. ¿Lo oyes? ¿Lo ves? Gray Alys permaneció sentada en la tierra compacta, con las piernas cruzadas y los ojos grises inescrutables, observando en silencio. Al cabo, habló. —Sí —dijo. Y eso fue todo. Boyce envainó el cuchillo de hoja larga y se acercó al fuego, reducido a un puñado de ascuas, para sentarse a su lado. —Sabía que las verías —dijo—. Somos parecidos. Llevamos la ciudad en la piel, pero por nuestra sangre siempre sopla el viento helado de las tierras perdidas. Pude verlo en tus ojos, Gray Alys. Ella no dijo nada. Siguió sentada, atenta a las luces, sintiendo la cálida presencia de Boyce a su lado. Al cabo de un tiempo él le pasó un brazo por los hombros, y Gray Alys no objetó. Después, mucho después, cuando las ascuas habían dejado de agonizar y la noche se había vuelto más fría, Boyce le tomó la barbilla entre los dedos para volverle el rostro. La besó, una vez, con suavidad, y lo hizo en los labios finos. Entonces Gray Alys despertó como de un sueño y le empujó al suelo y lo desnudó con manos hábiles, firmes, para tomarlo en ese lugar y en ese preciso instante. Boyce le dejó hacer. Yació tumbado en el duro y frío suelo, con las manos entrelazadas en la nuca, los ojos soñadores y una sonrisa complaciente, perezosa, en los labios, mientras Gray Alys le montaba, lentamente al principio, pero más y más rápido después hasta alcanzar el vibrante clímax final. Al llegar al orgasmo, su cuerpo se quedó rígido y echó la cabeza hacia atrás; abrió la boca como para lanzar un grito, pero no emitió sonido alguno. Tan solo se oía la voz del viento, frío y desatado, cuyo grito no era de placer. El día siguiente amaneció gélido y el cielo estaba totalmente cubierto por jirones de grises nubes que discurrían sobre sus cabezas a una velocidad inusitada. La poca luz que se filtraba a través de la capa de nubes se antojaba desvaída y macilenta. Boyce anduvo junto al carro mientras que Gray Alys lo conducía con paso tranquilo. —Estamos cerca —le dijo Boyce—. Muy cerca. —Sí. Boyce le sonrió. Su sonrisa había cambiado desde que se habían hecho amantes. Era amable y misteriosa, y había en ella un rastro, o quizá algo más que un rastro, de cierta indulgencia. Era una sonrisa que daba cosas por sentadas. —Esta noche —le dijo. —Esta noche habrá luna llena —dijo Gray Alys. Boyce sonrió, apartándose un mechón de pelo de los ojos, sin decir nada. Mucho antes del atardecer, detuvieron el paso entre las ruinas de una población sin nombre, olvidada incluso por quienes habitaban en las tierras perdidas. Poco quedaba en pie capaz de quebrar el perfil de la llanura, tan solo un conjunto de mampostería rota, abandonada y patética. Aún era posible distinguir los vagos contornos de la muralla de la población, así como una o dos chimeneas que seguían en pie, muy maltrechas, mordiendo el horizonte como podridos dientes negros. No había donde refugiarse allí, no había ni rastro de vida. Después de que Gray Alys diera de comer a los caballos, vagabundeó por las ruinas pero encontró poca cosa. No había restos de utensilios, ni hojas oxidadas, o libros. Ni siquiera había huesos. Nada que apuntase a la presencia de las personas que habían habitado aquel lugar, si es que habían sido personas. Las tierras perdidas habían absorbido la vida de aquel lugar y expulsado de él incluso a los fantasmas, de tal modo que no quedaba ni un esbozo de su recuerdo. El sol enjuto colgaba bajo sobre el horizonte, oscurecido por las nubes, y el desierto que era aquel lugar hablaba a Gray Alys, le sollozaba desde su soledad y desesperación, con la voz del viento. Gray Alys pasó sola largo rato, mirando la puesta de sol mientras la capa fina flameaba a su espalda y el viento helado se abría paso a dentelladas hasta alcanzarle el alma. Finalmente se dio la vuelta y regresó al carro. Boyce había hecho un fuego, y lo encontró sentado ante él, revolviendo vino en una cacerola de cobre y espolvoreando especias de vez en cuando. Dedicó su nueva sonrisa a Gray Alys cuando esta le miró. —El viento es frío —dijo—. Pensé que algo caliente haría más agradable nuestra cena. Gray Alys volvió la mirada al sol poniente, antes de volver de nuevo los ojos hacia Boyce. —Este no es momento ni lugar para placeres, Boyce. Se hace de noche y pronto saldrá la luna llena. —Sí —dijo Boyce. Se sirvió un poco de vino en la taza y comprobó si estaba muy caliente dando un tímido sorbo—. Pero no hay necesidad de apresurar la caza —dijo con su sonrisa perezosa—. El lobo vendrá a nosotros. El viento arrastrará lejos nuestro olor en la llanura, y el olor a carne fresca lo traerá a la carrera. Gray Alys no dijo nada. Se dio la vuelta y subió los tres peldaños de madera que la llevaron al interior del carro. Dentro encendió con cuidado el hornillo y vio temblar la llama sobre las baqueteadas paredes grises y la pila de pieles donde dormía. Cuando la luz cobró firmeza, Gray Alys apartó la lona del fondo y contempló la larga hilera de prendas gastadas que colgaban de clavos en aquel angosto armario. Capas y capotes, blusas y vestidos de corte peculiar, así como trajes que sentaban como una segunda piel de la cabeza a los pies, cuero y pieles y plumas. Titubeó un instante, luego extendió el brazo para alcanzar una imponente capa hecha de un millar de largas plumas argénteas, rematadas todas y cada una de ellas por un punto negro. Gray Alys se quitó su sencilla capa de tela, y se ajustó al cuello la prenda emplumada. Al volverse se hinchó en torno a su cuerpo, y el aire estanco que había en el interior del carro sufrió una sacudida hasta el punto de parecer vivo un instante, antes de que las plumas quedasen de nuevo inmóviles. Después Gray Alys se inclinó para abrir un enorme arcón de roble, remachado con hierro y cuero, de cuyo interior sacó una cajita. Había diez anillos que descansaban sobre un retal de gastado fieltro gris, y en ellos, en lugar de una piedra, había engarzada una garra larga y curva. Gray Alys se los puso, metódica, un anillo por dedo, y cuando se levantó y apretó los puños las garras relucieron quedas, amenazadoras a la luz que desprendía el hornillo. Afuera reinaba el crepúsculo. Boyce no había preparado nada de cenar, en lo cual reparó Gray Alys cuando ocupó su lugar frente al fuego donde el explorador de pelo claro permanecía sentado, sorbiendo el vino caliente. —Hermosa capa —comentó Boyce, cumplidor. —Sí —dijo Gray Alys. —Pero ninguna capa te ayudará cuando venga él. Gray Alys levantó la mano, crispada en un puño. Las garras plateadas reflejaron la luz del fuego. Resplandecieron. —Ah —dijo Boyce—. Plata. —Plata —repitió Gray Alys, bajando el puño. —Los hubo que fueron tras él, armados con plata —dijo Boyce—. Espadas de plata, cuchillos de plata, flechas con punta de plata. Pero todos esos guerreros plateados se convirtieron en polvo, después de que él se nutriera de sus entrañas. Gray Alys se encogió de hombros. Boyce la mesuró con la mirada un rato, luego sonrió y volvió a volcar su atención en el vino. Gray Alys se ajustó la capa para protegerse del viento helado. Poco después, mientras miraba a lo lejos, distinguió unas luces que se movían recortadas contra las montañas del norte. Recordó las historias que había visto allí representadas, los relatos que Boyce había conjurado para ella partiendo del juego de sombras de colores, historias terribles, desalentadoras. En las tierras perdidas no las había de otro tipo. Finalmente otra luz atrajo su atención. Era un leve fulgor que se extendía al este y que no parecía anunciar nada bueno. La salida de la luna. Gray Alys miró con calma más allá del moribundo fuego del campamento. Boyce había empezado a transformarse. Observó cómo su cuerpo se retorció cuando el hueso y el músculo adoptaron nuevas formas, miró atenta cómo la mata de pelo blanco crecía y crecía, prestó atención al modo en que su sonrisa perezosa adoptaba una anchura que le partió el rostro, distinguió los caninos, más y más largos, y la lengua que se descolgó por la boca. Vio cómo la copa de vino caía de sus manos cuando estas se fundieron y marchitaron convertidas en zarpas. Hubo un momento en que él quiso decir algo, pero no surgieron palabras de su boca, tan solo un gañido ronco, una risa en parte humana en parte animal. Entonces echó la cabeza hacia atrás y lanzó un aullido, se rasgó las vestiduras hasta quedar cubierto por harapos y dejó de ser Boyce. Al otro lado del fuego, frente a Gray Alys, se alzaba un lobo, una bestia enorme de blanco pelaje que medía por lo menos lo que un lobo normal y medio. Tenía un brochazo rojo por boca y relucientes ojos carmesí. Gray Alys miró esos ojos cuando se levantó para sacudirse el polvo de la capa emplumada. Eran ojos astutos, sabios. Dentro de esos ojos vio una sonrisa, la sonrisa de quien da las cosas por sentadas. La sonrisa de quien da por sentadas más cosas de la cuenta. El lobo aulló de nuevo, un aullido largo y salvaje que se fundió con el gemido del viento. Y entonces dio un salto por encima de las ascuas del fuego que él mismo había encendido. Gray Alys apartó ambos brazos mientras la capa se le pegaba al cuerpo. Seguidamente se transformó. El cambio fue más rápido que el del lobo-hombre, y concluyó casi al instante de haberse iniciado, aunque para Gray Alys duró una eternidad. Primero sintió una extraña asfixia, una sensación opresiva cuando se le adhirió la capa a la piel, seguida por un mareo y una curiosa debilidad líquida cuando los músculos empezaron a correr y fluir y rehacerse a sí mismos. Finalmente el frenesí mientras el poder fluía por ella y le surcaba las venas, un vino más intenso y fuerte que la pobre sustancia que Boyce había puesto a calentar al fuego. Batió sus alas plateadas, cuyas puntas remataban en un punto negro, y el polvo se sacudió formando remolinos cuando alzó su vuelo a la luz de la luna, hacia la seguridad, lejos del alcance del lobo blanco, arriba, tanto que las ruinas se encogieron hasta la insignificancia, debajo, muy por debajo de ella. El viento la tomó entonces, la acarició con su vacilante pulso de hielo, y ella se entregó a él, planeando. Las imponentes alas captaron la desalentadora melodía de las tierras perdidas, llevándola más y más alto. Su pico cruel, curvo, se abrió y cerró y volvió a abrirse, pero no surgió ningún sonido de él. Surcó los cielos, ebria de volar. Sus ojos, más capaces de lo que podrían ser los ojos de un ser humano, vieron en la distancia, espiaron los secretos de todas las sombras, atisbaron todas las cosas moribundas y medio muertas que se estremecían y cojeaban por la desolada faz de las tierras perdidas. Al norte las cortinas de luz danzaron ante sus ojos, un millar de veces más brillantes y más seductoras de lo que habían sido con anterioridad, cuando dispuso tan solo de los ojos de esa criatura insignificante llamada Gray Alys para percibirlas. Quiso volver hacia ellas, surcar el cielo al norte, y más al norte aún, para retozar entre aquellas luces, para rasgarlas con las garras en cintas resplandecientes. Levantó las garras a modo de desafío. Largas y endemoniadamente curvas eran, afiladas como cuchillas, y a la luz de la luna centellearon blancas sobre plata. Entonces recordó, cayó sobre un ala para trazar un amplio círculo, a regañadientes, lejos de las luces que la atraían, lejos de las tierras que se extendían al septentrión. Batió sus alas y volvió a batirlas, y emprendió el descenso dando un grito que rasgó la noche, directa hacia su presa. Lo vio bajo ella, un punto blanco que se separaba del carro, lejos del fuego, buscando la seguridad de las sombras y los lugares oscuros. Pero no había nada seguro en las tierras perdidas. Era fuerte e incansable, y sus largas y potentes patas le permitieron avanzar con una constancia que devoró las leguas a su paso como si no fueran nada. Ya se había alejado un buen trecho del campamento. Pero por veloz que fuera, ella lo era más. Él no era más que un lobo, después de todo, y ella era el viento personificado. Descendió envuelta en un silencio mortal, rasgando el viento como un cuchillo, extendidas las garras de plata. Pero él debía de haber visto que su sombra se le abalanzaba, perfilada por la luz de la luna, porque cuando cerró sobre su presa el lobo dio un quiebro y apretó el paso, espoleado por el miedo. Fue inútil. Corría a toda velocidad cuando ella voló sobre él, hiriéndole con las garras. Cortaron el pelaje y mordieron la carne como diez brillantes espadas de plata, perdió el paso, trastabilló y cayó. Ella batió sus alas y sobrevoló a su presa antes de dar otra batida, y en ese momento el lobo se puso de nuevo en pie y levantó la vista hacia la terrible silueta oscura recortada contra la luna, los ojos más brillantes que nunca y que el miedo había vuelto febriles. Echó la cabeza hacia atrás y aulló pidiendo piedad con voz entrecortada. Ella no tuvo piedad con él. Cayó en picado, con las garras teñidas de sangre y el pico abierto, dispuesto a rasgar y arrancar. El lobo la esperó, y dio un salto para encontrarse con ella entre gañidos y zarpazos. Pero no fue rival para ella. Volvió a herirle al pasar, evitando con facilidad sus ataques, abriéndole cinco heridas más que no tardaron en sangrar con profusión. La siguiente vez que ella cayó sobre un ala para encararle estaba tan debilitado que no pudo huir ni presentar batalla. Pero la observó en su descenso, y su enorme cuerpo se estremeció antes de que le alcanzara. Finalmente abrió los ojos, debilitado, ofuscado. Gruñó y se movió un poco. Era de día y estaba de vuelta en el campamento, tumbado junto al fuego. Gray Alys se le acercó cuando oyó que se movía, se arrodilló a su lado y le levantó la cabeza. Le acercó una copa de vino a los labios hasta que se lo hubo bebido todo. Cuando Boyce recostaba de nuevo la espalda, ella vio la duda en su mirada, la sorpresa de verse aún con vida. —Lo sabías —dijo él, ronco—. Sabías lo que era. —Sí —dijo Gray Alys. Era ella de nuevo, la delgada y menuda mujer de edad indefinida con los ojos grandes y grises, vestida con ropa descolorida. La capa emplumada colgaba de nuevo del armario, y las garras de plata ya no le adornaban los dedos. Boyce intentó incorporarse, torció el gesto de resultas del dolor y rebulló sobre la manta que había bajo su cuerpo. —Creía que… Me creí muerto —dijo. —Estuviste a punto de morir —afirmó Gray Alys. —Plata —dijo él con amargura—. La plata corta y quema tanto. —Sí. —Pero me salvaste —dijo él, confundido. —Adopté mi forma y te traje de vuelta al campamento para atender tus heridas. Boyce sonrió, pero con una pálida sombra de lo que había sido su sonrisa. —Te transformas a voluntad —dijo él maravillado—. ¡He ahí un don que mataría por tener, Gray Alys! Ella no dijo nada. —Este lugar era demasiado abierto —dijo él—. Debí llevarte a otro lado. Si llega a haber algo que hubiera cubierto el cielo… Edificios, un bosque, cualquier cosa… Quizá no te lo habría puesto tan fácil. —Tengo otras pieles —dijo Gray Alys—. Oso. Felino. No hubiera importado. —Ah. —Boyce cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, esbozó una sonrisa forzada—. Eras hermosa, Gray Alys. Te vi volar largo rato antes de comprender lo que suponía, antes de echar a correr. Me costó apartar la vista de ti. Supe que eras mi perdición, pero a pesar de ello no podía mirar hacia otro lado. Tan hermosa. Tanto. Toda tú humo y plata, con el fuego en los ojos. La última vez, cuando te vi caer sobre un ala y volar hacia mí, casi me alegré. Es mejor morir a manos de alguien tan terrible y hermosa, pensé, que hacerlo víctima de algún espadachín insignificante, ensartado por una lanza de punta de plata. —Lo siento —se disculpó Gray Alys. —No —se apresuró a decir Boyce—. Es mejor que me hayas salvado. Me curaré pronto, ya lo verás. Ni siquiera las heridas causadas por la plata tardan en cerrarse. Entonces estaremos juntos. —Sigues debilitado —dijo Gray Alys—. Duerme. —Sí —dijo Boyce. Le sonrió y cerró los ojos. Transcurrieron horas antes de que Boyce despertara de nuevo. Se sentía mucho más fuerte, pues sus heridas estaban cerca de sanar por completo. Pero cuando quiso levantarse, no pudo. Estaba atado, con los brazos y piernas separados, atado de pies y manos a estacas hundidas en la tierra gris. Gray Alys le observó mientras efectuaba el descubrimiento, le oyó gritar alarmado. Acudió a él, le levantó la cabeza y le dio a beber más vino. Cuando se apartó, él movió la cabeza de un lado a otro, mirando las ataduras antes de clavar la vista en ella. —¿Qué has hecho? —protestó. Gray Alys no dijo nada. —¿Por qué? —preguntó él—. No lo entiendo, Gray Alys. ¿Por qué? Me salvaste, curaste mis heridas y ahora me veo atado. —No te gustaría la respuesta, Boyce. —¡La luna! —exclamó él—. Temes lo que pueda suceder esta noche, temes que vuelva a transformarme. —Sonrió entonces, satisfecho de haberlo supuesto—. Eres una insensata. Yo no te lastimaría, ya no, no después de lo que ha pasado entre ambos, después de averiguar lo que ahora sé. Nos pertenecemos el uno al otro, Gray Alys. Somos parecidos. Hemos contemplado juntos las luces, ¡y te he visto volar! ¡Tiene que haber confianza entre nosotros! Suéltame. Gray Alys arrugó el entrecejo y suspiró, pero sin ofrecer ni una palabra. Boyce la miró sin comprender. —¿Por qué? —insistió él—. Desátame, Alys, deja que te demuestre la verdad que hay en mis palabras. No debes temerme. —Y no te temo, Boyce —dijo ella, entristecida. —Bien —dijo él—. Entonces libérame y transfórmate conmigo. Hazte un gran felino esta noche, sal de caza conmigo. Puedo llevarte a presas con las que jamás soñaste. Hay tantas cosas que podemos compartir. Has sentido lo que supone la transformación, sabes la verdad que hay en ella, has saboreado el poder, la libertad, visto las luces con ojos de bestia, olfateado sangre fresca y te has cebado en la presa. Eres consciente de… la libertad… Hasta qué punto te embriaga… todo lo que… Ya sabes… —Lo sé —admitió Gray Alys. —¡Entonces libérame! Estamos hechos para estar juntos. Viviremos juntos, nos amaremos, iremos juntos de caza. Gray Alys hizo un gesto de negación con la cabeza. —No lo comprendo —dijo Boyce, que tiró con fuerza de las ataduras antes de lanzar un juramento y quedar de nuevo tendido, inmóvil—. ¿Tan horrible soy? ¿Tan malvado, tan poco atractivo te parezco? —No. —Entonces, ¿de qué se trata? Otras mujeres me han amado, me han considerado atractivo. Damas hermosas y acaudaladas, las mejores del lugar. Todas ellas me querían, incluso cuando sabían lo que era. —Pero tú nunca respondiste a su amor, Boyce —dijo ella. —No —admitió él—. Las amé a mi manera. Nunca traicioné su confianza, si es eso lo que piensas. Busco aquí a mis presas, en las tierras perdidas, no entre quienes sienten algo por mí. —Boyce sintió el peso de la mirada de Gray Alys y continuó—: ¿Cómo podría haberlas amado más de lo que hice? —dijo con sentimiento—. Solo conocían la parte de mí que vive en la ciudad, que ama el vino y las canciones y las sábanas perfumadas. El resto de mí vivía aquí, en las tierras perdidas, y sabía cosas que ellas, inocentes mías, no podían saber. Así se lo dije a las que más insistieron. Para unirse a mí completamente tenían que correr y cazar a mi lado. Como tú. Déjame ir, Gray Alys. Surca el cielo conmigo, mírame correr. Caza a mi lado. Gray. Alys se levantó con un suspiro. —Lo siento, Boyce. Te perdonaría la vida si pudiera, pero lo que está escrito, escrito está. Si hubieses muerto anoche, todo habría sido en vano. Las criaturas muertas carecen de poder. La noche y el día, el negro y el blanco, son débiles. Toda la fuerza deriva del reino que media entre ellos, en el alba y en el anochecer, en ese terrible lugar que separa la vida de la muerte. En el gris, Boyce. En el gris. Él tiró de nuevo de las ataduras, rompió a llorar y a maldecir y enseñó los dientes. Gray Alys se alejó de él en busca de la soledad que le ofrecía el interior del carro. Allí siguió durante horas, sentada a solas en la negrura, oyendo a Boyce jurar y gritarle amenazas, súplicas y declaraciones de amor. Gray Alys permaneció dentro hasta que hubo salido la luna. No quería ver cómo se transformaba, ver cómo perdía la humanidad por última vez. Finalmente los gritos se convirtieron en aullidos, bestiales muestras de abandono llenas de dolor. Fue entonces cuando Gray Alys salió por fin del vehículo. La luna llena proyectaba su luz pálida sobre el lugar. Atado al suelo duro, el enorme lobo blanco se retorcía y aullaba y forcejeaba y la contemplaba con sus furibundos ojos carmesí. Gray Alys caminó hacia él con calma. En la mano empuñaba un largo cuchillo de desollar, en cuya hoja de plata había grabada una serie de elegantes runas. Cuando finalmente dejó de forcejear, pudo trabajar con mayor rapidez, a pesar de lo cual fue una noche larga y sangrienta. Le mató en cuanto hubo terminado, antes de que llegara el alba y la transformación le devolviese una voz humana con la que poner palabras a su dolor. Entonces Gray Alys colgó la piel y sacó del carro las herramientas para cavar una tumba profunda en la tierra compacta y fría. Amontonó piedras y restos de escombros sobre la tumba, para protegerla de las cosas que vagabundeaban por las tierras perdidas, los no muertos, los cuervos carroñeros y las demás criaturas que no hacen ascos a la carne muerta. Tardó buena parte del día en enterrarlo, porque el terreno era muy duro, y también porque mientras trabajaba sabía que era un esfuerzo inútil. Y cuando finalmente hubo concluido la labor, y el anochecer se cernía de nuevo sobre el horizonte, volvió al interior del carro, de cuyo interior salió cubierta con la imponente capa del millar de plumas plateadas cuyas puntas tenían pintadas de negro. Entonces se transformó, y alzó el vuelo, y voló incansable, con alma, casada con la oscuridad pero bañada por luces extrañas. Voló durante toda la noche bajo una luna llena y burlona, y justo antes del alba lanzó un único grito, agudo, lleno de desesperación y angustia, que reverberó al toparse con el viento y que cambió su sonido para siempre. Quizá Jerais temía lo que ella pudiera darle, porque no acudió en solitario a visitar a Gray Alys. Se hizo acompañar por otros dos caballeros; uno era enorme y vestía de blanco, y lucía en el escudo un blasón compuesto por un cráneo esculpido en hielo, y el otro llevaba sobrevesta roja, y su blasón correspondía a un hombre que arde. Ambos se quedaron de pie nada más entrar, junto a la puerta, cubiertos con sus yelmos, silenciosos, mientras Jerais se acercaba cauteloso hacia Gray Alys. —¿Y bien? —preguntó con tono de exigencia. Ella tenía sobre el regazo una piel de lobo, la piel de un ejemplar imponente, toda ella blanca como blanca es la nieve que cubre las montañas. Gray Alys se levantó para ofrecer la piel a Azul Jerais, depositándola sobre el brazo que él le tendió. —Decid a lady Melange que se haga un corte y deje que su propia sangre gotee sobre la piel. Que lo haga cuando asome la luna, la luna llena, y entonces el poder será suyo. Después tan solo tendrá que cubrirse con la capa y desear transformarse a continuación. De día o de noche, con o sin luna llena, no importa. Jerais contempló la pesada piel blanca y esbozó una sonrisa dura. —Conque una piel de lobo, ¿eh? No me esperaba algo así. Pensé que tal vez sería una poción, un hechizo. —No —dijo Gray Alys—. Es la piel de un hombre lobo. —¿Un hombre lobo? —Jerais frunció los labios de manera extraña, y a sus ojos de zafiro oscuro asomó un destello fugaz—. Bueno, Gray Alys, has hecho lo que lady Melange te pidió, pero ante mí has fracasado. No pagué para que tuvieras éxito, así que devuélveme la joya. —No —dijo Gray Alys—. Me la he ganado, Jerais. —No tengo lo que te pedí. —Tienes lo que querías, y eso es lo que te prometí. —Sus ojos grises le sostuvieron sin miedo la mirada—. Creíste que mi fracaso te ayudaría a obtener lo que querías realmente, y que mi éxito te condenaría. Te equivocaste. Jerais parecía divertido. —¿Y qué es lo que deseo de verdad? —A lady Melange —respondió Gray Alys—. Has sido uno de sus muchos amantes, pero querías más. Lo querías todo. Sabías que no eras el primero en su afecto. Yo he cambiado eso. Vuelve ahora a su lado, y llévale aquello por lo que ella ha pagado. Ese día se produjo un amargo duelo en la torre del homenaje de la montaña cuando Azul Jerais se arrodilló ante lady Melange para ofrecerle la blanca piel de lobo. Pero cuando los gritos, los gimoteos y los lamentos cesaron, ella aceptó la blanca capa, derramó su sangre sobre ella y aprendió a transformarse. No es la unión que ella había deseado, pero es una unión. Así que cada noche sale a vagabundear por las almenas y la ladera de la montaña, y los habitantes de la población dicen que sus aullidos están llenos de pena. Y Azul Jerais, quien la desposó un mes después de que Gray Alys regresase de las tierras perdidas, se sienta de día junto a su loca esposa en el gran salón, y cierra sus puertas de noche por miedo a los ardientes ojos rojos de su mujer, y ya no sale de caza, ni se ríe, ni siente pasión o lujuria alguna. Puedes comprar cualquier cosa que desees a Gray Alys. Pero es mejor no hacerlo. FIN Autor: George R. R. Martin Título: En las tierras perdidas Título Original: In the Lost Lands Publicado en: Amazons II (1982) Traducción: Miguel Antón – Patricia Nunes Martínez – Simón Saitó Navarro
- "Navidades sin Rodney", cuento de Isaac Asimov
Navidades sin Rodney Isaac Asimov Todo comenzó con Gracie (mi esposa durante casi cuarenta años) que deseaba dar a Rodney permiso para pasar una temporada de vacaciones, y la cosa acabó conmigo en una situación por completo imposible. Se lo voy a contar si no le importa, porque tengo que decírselo a alguien . Naturalmente, he cambiado los nombres y los detalles para nuestra propia protección. Ocurrió hace exactamente un par de meses, a mediados de diciembre, cuando Gracie me dijo: —¿Por qué no le das permiso a Rodney para disfrutar una temporada de vacaciones? ¿Por qué no debería celebrar también las navidades? Recuerdo que en aquel momento no tenía enfocada mi óptica (existe una gran cantidad de alivio dejando que las cosas se pongan neblinosas cuando se desea descansar o, simplemente, escuchar música), pero las enfoqué rápidamente para ver si Gracie sonreía o guiñaba de alguna manera el ojo. En realidad, tampoco es que tenga demasiado sentido del humor. No sonreía. Tampoco guiñaba el ojo. —¿Por qué demonios iba a concederle un permiso? —¿Y por qué no? —¿Se te ocurre dar vacaciones al frigorífico, al esterilizador, al holovisor? ¿Deberíamos apagar el generador de corriente? —Vamos, Howard —respondió—. Rodney no es un frigorífico ni un esterilizador. Es una persona . —No es una persona. Es un robot. No desearía unas vacaciones. —¿Y cómo lo sabes? Y claro que es una persona. Se merece la oportunidad de descansar y disfrutar de una atmósfera de vacaciones. No iba a discutir con ella que aquella cosa fuese una «persona». Supongo que conocerá esas encuestas en las que se indica que a las mujeres es más probable que no les gusten o tengan miedo a los robots de como les ocurre en igualdad de circunstancias a los hombres. Tal vez esto se deba a que los robots tienden a efectuar lo que, en un tiempo, en los malos tiempos, se llamaba «trabajo de mujeres» y las mujeres teman convertirse en unos seres sin utilidad, aunque siempre pensé que eso debería encantarles. En cualquier caso, Gracie sí está encantada y, simplemente, adora a Rodney. (Ésta es su expresión al respecto. Un día sí y otro también no cesa de repetir: «Adoro a Rodney.») Debe comprender que Rodney es un robot anticuado, que hemos tenido con nosotros ya durante siete años. Fue ajustado para adecuarse a nuestra anticuada casa y a nuestras anticuadas maneras de ser, y yo mismo me encuentro del todo complacido con él. A veces pienso en conseguir uno de esos empleos modernos y elegantes, en que todo se halla automatizado, como el que tiene nuestro hijo, DeLancey, pero es algo que Gracie nunca acabaría por poder resistir. Pero luego pensé en DeLancey y dije: —¿Cómo le vamos a dar vacaciones a Rodney, Gracie? DeLancey va a venir con su maravillosa esposa. (Yo siempre empleo esa expresión de «maravillosa» en un sentido sarcástico, pero Gracie nunca se da cuenta; resulta asombroso cómo insiste siempre en buscar el lado bueno de las cosas, incluso cuando éste no existe.) ¿Y cómo vamos a tener la casa en buena forma, y conseguir la comida y todo lo demás sin Rodney? —Pero precisamente si se trata de eso —se apresuró a responder—. DeLancey y Hortense podrían traer su robot y éste lo hará todo. Ya sabes que no aprecian mucho a Rodney, y les gustaría sobremanera mostrar lo que puede hacer él de ellos. Así Rodney descansará. Gruñí y dije: —Si eso te hace feliz, supongo que podemos hacerlo. Sólo será cosa de tres días. Pero no quiero que Rodney se imagine que va a tener siempre vacaciones. Naturalmente, se trataba de otra broma, pero Gracie se limitó a responder con rapidez: —No, Howard, hablaré con él y le explicaré que esto sólo ocurrirá de vez en cuando. Ella no comprende por completo que Rodney se halla controlado por las Tres Leyes de la Robótica y que no hay que explicarle nada. Por lo tanto, tuve que esperar a DeLancey y Hortense, y me dio la sensación de tener el corazón en un puño. DeLancey es mi hijo, como es natural, pero es un individuo muy móvil y de los que están siempre en la cumbre. Se casó con Hortense porque ésta tenía excelentes conexiones en el mundo de los negocios y podía ayudarle en su ascenso hacia la cumbre. Por lo menos había esto, y en ello confiaba, porque si tiene alguna otra virtud jamás he llegado a descubrirla. Aparecieron con su robot dos días antes de Navidad. El robot relucía tanto como Hortense y parecía igual de duro. Le habían sacado el brillo para que resaltara al máximo y no exhibía en absoluto el aspecto torpón de Rodney. El robot de Hortense (estoy seguro de que había sido ella la que dictara su diseño) se movía absolutamente en silencio. Por una razón que no acabé de captar, estaba siempre detrás de mí, produciéndome casi un ataque al corazón cada vez que me daba la vuelta y tropezaba con él. Pero aún resultó peor que DeLancey se trajera a su hijo de ocho años, LeRoy. Ahora es mi nieto, y puedo dar fe acerca de la fidelidad de Hortense porque estoy seguro de que nadie la tocaría de forma voluntaria. Pero tengo también que admitir que el meterle a él en un mezclador de hormigón le mejoraría de una manera inacabable. Lo primero que él hizo fue preguntar si habíamos enviado a Rodney a la unidad de reclamación de metales. (Él lo llamaba el «lugar de la juerga».) Hortense olisqueó y dijo: —Dado que traemos un robot moderno, confío en que mantengas fuera de la vista a Rodney. Yo no dije nada, pero Gracie sí intervino: —Claro que sí, querida. En realidad, le hemos dado vacaciones a Rodney. DeLancey hizo una mueca, pero no respondió. Conocía muy bien a su madre. Yo medié, pacíficamente: —Supongo que para empezar podíamos ordenarle a Rambo que nos preparé algo bueno para beber, ¿no os parece? Café, té, chocolate caliente, un poco de coñac… Rambo era el nombre de su robot. No conozco la razón de que todos tengan que empezar por R. No existe ninguna ley al respecto, pero supongo que ya se habrá dado cuenta por sí mismo de que casi todos los robots tienen un nombre que empieza con R. Esa R supongo que tendrá que ver con robot. El nombre más corriente suele ser Robert. Deben de haber más de un millón de robots que se llamen Robert, tan sólo en el corredor del Nordeste. Y, francamente, mi opinión es que ésta es la razón de que los nombres de pila humanos ya no empiecen por R. Hay Bob y Dick, pero no se encuentra ni Robert ni Richard. También hay Posy y Trudy, pero no Rose ni Ruth. A veces tropiezas con algunas R fuera de lo corriente. Conozco a tres robots que se llaman Rutabaga, y dos Ramsés. Pero Hortense es la única que yo sepa que ha llamado a su robot Rambo, una combinación silábica que no he encontrado nunca. Tampoco me ha gustado nunca saber el por qué. Estoy seguro de que la explicación demostraría ser de lo más desagradable. Rambo probó desde el principio carecer de cualquier utilidad. Naturalmente, estaba programado para llevar la casa de DeLancey/Hortense, y era de lo más moderno y de lo más automatizado. Para preparar unas bebidas en su propio hogar, todo lo que tenía que hacer Rambo consistía en apretar los botones apropiados. (¡Me gustaría que me explicasen para qué alguien necesita un robot que sólo apriete botones!) Es lo que él dijo. Se volvió hacia Hortense y manifestó con una voz de muñeca (no se trataba de la voz de chico de ciudad de Rodney, con sus atisbos de acento de Brooklyn): —Señora, el equipamiento no es el adecuado. Y Hortense dio al instante un bufido: —¿Quieres decir, abuelo, que aún no tenéis una cocina robotizada? (Hasta que nació LeRoy no se me dirigía a mí con ningún nombre en absoluto, aullando como es natural; pero luego, de pronto, me comenzó a llamar «abuelo». Naturalmente, nunca me llamó Howard. Eso me mostraría que yo era humano, o, más improbablemente, que ella era humana.) Dije: —En realidad, está robotizada cuando Rodney se ocupa de la cocina. —Eso me parece —respondió—. Pero ya no vivimos en el siglo XX, abuelo. Pensé: «Eso es lo que me gustaría a mí.» Pero me limité a responder: —Podrías programar a Rambo para que pusiese en marcha nuestros controles. Estoy seguro de que puede verter y mezclar y calentar y hacer cualquier otra cosa que resulte necesaria. —Estoy segura de que sí podría hacerlo —repuso Hortense—, pero gracias a los Hados no tiene por qué hacerlo. No voy a interferir en su programación. Eso le convertiría en menos eficiente. Gracie intervino, preocupada, pero amistosa: —Si no podemos interferir en su programación, en ese caso simplemente deberíamos impartirle instrucciones, paso a paso, pero yo no sé cómo se hace. Nunca lo he hecho. Yo dije: —Se lo podría explicar Rodney. Gracie terció: —Oh, Howard, hemos dado vacaciones a Rodney. —Lo sé, pero no le vamos a pedir que haga algo . Sólo le diremos a Rodney lo que hay que hacer, y luego quien lo haría sería Rambo. En este momento intervino Rambo: —Señora, no hay nada en mi programación o en mis instrucciones en donde resulte obligatorio para mí el aceptar órdenes dadas por otro robot, especialmente por uno que es un modelo más anticuado. Hortense intervino de nuevo, siempre con suavidad: —Claro que no, Rambo. Estoy segura de que el abuelo y la abuela lo comprenden. (Me percaté de que DeLancey no pronunciaba una sola palabra. Me pregunté si alguna vez habría dicho lo más mínimo estando su esposa presente.) Dije: —Muy bien. Verás lo que podemos hacer. Le pediré a Rodney que me diga a mí las cosas y yo luego se las explicaré a Rambo. Rambo no replicó nada ante esto. Incluso Rambo está sujeto a la Segunda Ley de la Robótica, que le hace del todo obligatorio el obedecer las órdenes de los humanos. Los ojos de Hortense se acuclaron y supe que le hubiera gustado decirme que Rambo era un robot lo suficientemente ajustado como para que se le impartieran órdenes acerca de las cosas que me gustasen a mí, pero un atisbo de algo distante y rudimentariamente casi humano le impedía hacer algo así. El pequeño LeRoy no se hallaba sometido a unas restricciones casi humanas. Dijo: —No quiero tener que ver la espantosa jeta de Rodney. Estoy seguro de que no sabe hacer nada , y si lo hace el abuelito se va a equivocar por completo. Pensé que sería algo de lo más agradable el poder estar a solas con el pequeño LeRoy, durante cinco minutos, para poder razonar calmadamente con él, con un ladrillo, pero el instinto de madre le decía siempre a Hortense que no debía dejar nunca a solas a LeRoy con un ser humano de cualquier clase. Realmente, no había nada que hacer excepto sacar a Rodney de su nicho en el armario donde había estado disfrutando de sus propios pensamientos (me pregunto si un robot tiene pensamientos propios cuando está a solas) y ponerle a la obra. Aquello resultó muy duro. Mi robot tenía que decir una frase, luego yo debía repetir la misma frase y, a continuación, Rambo hacia esto o aquello, luego Rodney decía otra frase, y así indefinidamente. Todo aquello costó el doble de tiempo que si Rodney lo hubiera hecho todo por sí mismo, y aquello me sacó de mis casillas, puedo jurárselo, porque las cosas tuvieron que hacerse así: usar el lavavajillas/esterilizador, cocinar el festín de Navidad, limpiar el revoltillo de encima de la mesa o del suelo, en fin todo. Gracie siguió quejándose porque se habían echado a perder por completo las vacaciones de Rodney, pero no pareció percatarse en ningún momento de que lo mismo había sucedido con las mías. De todos modos, siempre he admirado a Hortense por la forma en que dice algo desagradable en cualquier momento en que ello resulta necesario. Me di cuenta, en particular, de que nunca llegaba a repetirse. Cualquiera puede mostrarse desagradable, pero el convertirse en continuadamente creativo en ser desagradable me llenaba de un perverso deseo de aplaudir alguna que otra vez. Pero, realmente, lo peor de todo se produjo en Nochebuena. Ya se había colocado el árbol y yo me encontraba agotado. No poseíamos un tipo de situación en que una caja automatizada de adornos pudiese colocarse en un árbol electrónico, y que con sólo apretar un botón se obtuviese como resultado una instantánea y perfecta distribución de los adornos. En nuestro árbol (confeccionado de un ordinario y anticuado plástico), los adornos debían colocarse uno a uno, y a mano. Hortense pareció trastornada, pero yo dije: —En realidad, Hortense, esto significa que puedes mostrarte creativa y realizar una disposición del conjunto completamente propia. Hortense hizo unos ruidos con las narices, que más bien parecieron el rascar de unas garras sobre una pared burdamente encalada, y salió de la habitación con una expresión del todo obvia de náuseas en su rostro. Me incliné hacia su espalda en retirada, contento de ver cómo se marchaba, y luego comenzó la tediosa tarea de escuchar las instrucciones de Rodney e írselas pasando a Rambo. Cuando todo acabó, decidí descansar mis doloridos pies y mente, sentándome en un butacón en un rincón alejado y poco iluminado de la estancia. Casi había conseguido acomodar mi reventado cuerpo en el sillón, cuando entró el pequeño LeRoy. Supongo que no me vio, o, una vez más, me había simplemente ignorado como si yo constituyese sólo la parte menos importante e interesante de los muebles que alhajaban la habitación. Lanzó una mirada desdeñosa hacia el árbol, y le dijo a Rambo: —Oye, ¿dónde están los regalos de Navidad? Supongo que el abuelito y la abuelita me han preparado unos de los más piojosos, pero no quiero tener que esperar hasta mañana por la mañana para tenerlos. Rambo respondió: —No sé dónde están, amito. —¡Vaya! —repuso LeRoy. Volviéndose hacia Rodney, le dijo: —Y qué pasa contigo, cara sucia. ¿Sabes dónde se encuentran los regalos? Rodney se hubiera encontrado en los límites de su programación, de haberse negado a contestar a una pregunta, basándose en no saber que se estaban dirigiendo a él, puesto que su nombre era el de Rodney. Y no el de Cara sucia. Estoy casi seguro de que ésta podría haber sido la actitud de Rambo. Sin embargo, Rodney estaba hecho de otra pasta. Respondió educadamente: —Sí, lo sé, amito. —¿Así que dónde están, vomitona rancia? Rodney replicó: —No creo que sea prudente el decírtelo, amito. Eso disgustaría a Gracie y a Howard, a los que les gustaría entregarte los regalos personalmente mañana por la mañana. —Escucha —le dijo el pequeño LeRoy—, ¿quién te crees que eres para hablarme de esa manera, robot idiota? Te acabo de dar una orden. Y tienes que traerme esos regalos. Y en un intento de mostrar a Rodney quién era realmente el amo, propinó al robot una patada en la espinilla. Aquello fue un error. Yo lo había previsto un segundo antes de que ocurriera, y aquél fue un segundo de lo más delicioso. A fin de cuentas, el pequeño LeRoy ya estaba preparado para irse a la cama (aunque dudaba de que nunca estuviese preparado para irse a la cama antes de hallarse a gusto y dispuesto a ello). Por lo tanto, llevaba zapatillas. Y, lo que es más, la zapatilla se le salió del pie al dar la patada, por lo que acabó estrellando con toda la fuerza los desnudos dedos de su pie contra el sólido metal de acero cromado que constituía la espinilla del robot. Se cayó al suelo aullando, y al instante se presentó allí su madre: —¿Qué pasa, LeRoy? ¿Qué te ocurre? En aquel momento el pequeño LeRoy tuvo la inmortal cara dura de gritar: —Me ha golpeado. Ese viejo monstruo de robot me ha golpeado. Hortense empezó a chillar. Me vio y me vociferó: —Hay que destruir ese robot tuyo. —Vamos, Hortense —repliqué—. Un robot no puede golpear a un niño. Lo prohíbe la Primera Ley de la Robótica. —Pero se trata de un robot viejo , de un robot estropeado . LeRoy lo dice. —LeRoy miente. No existe ningún robot, por viejo o estropeado que pueda estar, que llegue a golpear a un niño. —Él lo hizo. Abuelito , él lo hizo —aulló LeRoy. —Quisiera haberlo hecho yo mismo —respondí en voz baja—, pero ningún robot me lo hubiera permitido. Pregúntalo tú misma. Pregúntale a Rambo si se hubiera quedado quieto, en el caso de que Rodney o yo hubiésemos pegado a tu hijo. ¡Rambo! Di la orden y Rambo contestó: —Yo no hubiera permitido que se le hubiese hecho ningún daño al amito, señoras, pero no sé tampoco qué se proponía. Le propinó a Rodney una patada en la espinilla con el pie desnudo, señora. Hortense jadeó y los ojos casi se le salieron de las órbitas, tal era su furia. —En ese caso, habría alguna buena razón para hacerlo. Sigo queriendo que se destruya tu robot. —Vamos, Hortense. A menos que quieras estropear la eficiencia de tu robot intentándolo reprogramar para mentir, será un excelente testigo de todo cuanto precedió al puntapié. Lo cual no ha dejado de ser un gran placer para mí. Hortense se fue al día siguiente, llevándose con ella a un LeRoy con el rostro pálido (resultó que se había roto un dedo del pie, algo que no había dejado de tener bien merecido), y del siempre privado del habla DeLancey. Gracie se retorció las manos y les imploró que se quedasen, pero yo observé su marcha sin la menor emoción. No, esto es mentira. Miré cómo se iban con montañas de emociones y todas ellas placenteras. Más tarde le dije a Rodney, cuando Gracie no se hallaba presente: —Lo siento, Rodney. Han sido unas navidades horribles, y todo ello porque hemos intentado pasarlas sin ti. Te prometo que eso no sucederá nunca más. —Gracias, señor —repuso Rodney—. Debo admitir que ha habido varias veces durante esos días en que desee con todas mis fuerzas que no existiesen las Leyes de la Robótica. Sonreí y asentí con la cabeza, pero aquella noche me desperté en lo más profundo de mis sueños y comencé a preocuparme. Y he estado preocupándome a partir de entonces. Admito que Rodney se vio probado al máximo, pero un robot no puede desear que las leyes de la Robótica no existan. No puede hacerlo, sean cuales sean las circunstancias. Si informo de esto, indudablemente Rodney será desmontado, y si como recompensa nos facilitan un robot nuevo, Gracie, simplemente, nunca me lo perdonaría. ¡Nunca! Un robot, por nuevo que fuese, por talento que tuviese, no llegaría jamás a reemplazar a Rodney en su afecto. En realidad, nunca me perdonaría a mí mismo. Dejando aparte mi propia relación con Rodney, no podría soportar el conceder a Hortense semejante satisfacción. Pero, si no hago nada, viviré con un robot capaz de desear que no existan las leyes de la Robótica. Desde el momento de desear que no existan a obrar como si realmente no existiesen, sólo existe un paso. ¿En qué momento dará ese paso y en qué forma revelará que ya lo ha dado? ¿Qué debo hacer? ¿Qué debo hacer? FIN Autor: Isaac Asimov Título: Navidades sin Rodney Título Original: Christmas Without Rodney Publicado en: Isaac Asimov’s Science Fiction Magazine, diciembre de 1988 Traducción: Lorenzo Cortina











