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  • "Fantasmas de Navidad", cuento de Charles Dickens

    Fantasmas de Navidad Charles Dickens Me gusta volver a casa por Navidad. A todos nos pasa, o al menos así debería ser. Todos regresamos a casa, o deberíamos hacerlo, para disfrutar de unas breves vacaciones —aunque cuanto más largas sean, mejor— desde el enorme internado en el que nos pasamos el día trabajando en nuestras tablas de aritmética. A todos nos conviene tomarnos un respiro, ésa es la verdad. En cuanto a ir de visita, ¿a qué otro sitio podríamos ir si no? ¡Pues junto al árbol de Navidad, para proclamar nuestros buenos deseos al mundo! Y así partimos lejos, hacia el invierno, a colocar nuestros anhelos junto al árbol. Nos ponemos en camino, y atravesamos llanuras bajas, parajes brumosos, páramos sumergidos en la niebla; subimos largas colinas enroscadas como cavernas oscuras entre las tupidas plantaciones que casi ocultan las estrellas centelleantes; y así continuamos, por amplias mesetas, hasta detenernos, con un silencio repentino, frente a una avenida. La campana junto a la verja resuena profunda y casi espantosa en el aire helado; los batientes de la verja se abren sobre sus goznes y, a medida que nos dirigimos hacia la gran casa, las luces resplandecientes se agrandan en las ventanas, y las hileras de árboles que hay delante parecen retroceder solemnemente hacia ambos lados para permitirnos el paso. Por un momento, aniquila el silencio la rauda carrera de una liebre que a lo largo de todo el día, por intervalos, se ha dedicado a atravesar el blanco tapete nevado; o el estrépito lejano de una manada de ciervos pisoteando la escarcha endurecida. Si pudiésemos, tal vez veríamos sus ojos vigilando entre los helechos, rutilantes como gotas heladas del rocío sobre las hojas; pero están quietos y todo permanece en calma. De este modo, con las luces que se agrandan y los árboles que se retiran ante nosotros y se reúnen de nuevo tras nuestro paso, llegamos a la casa. Probablemente flota en todo momento un aroma a castañas asadas y a otras cosas buenas, puesto que estamos narrando historias invernales (o para nuestra vergüenza, historias fantasmales) alrededor de un fuego navideño, y sólo nos levantaremos para acercarnos más a él y calentarnos. Sin embargo, todo esto carece de importancia. Llegamos a la casa, una vieja mansión coronada por grandes chimeneas en donde arde la leña ante perros viejos que se arriman al hogar y retratos macabros (algunos de ellos con leyendas igualmente macabras) que miran hoscos y desconfiados desde el entablado de roble de las paredes. Somos gentilhombres de mediana edad y compartimos una generosa cena con nuestros anfitriones y sus invitados. Es Navidad y la casa está repleta de gente. Decidimos retirarnos pronto. La nuestra es una habitación muy antigua. Cubierta por tapices. Nos desagrada el retrato de un caballero trajeado de verde, que cuelga sobre la chimenea. Grandes vigas negras recorren la techumbre y se ha dispuesto para alojarnos un gran dosel negro que a los pies se ve sustentado por dos grandes figuras negras que parecen sacadas de sendas tumbas de la vieja iglesia del barón, ubicada en los jardines. A pesar de ello, no somos caballeros supersticiosos y nos da lo mismo. ¡Bien! Despachamos a nuestro sirviente, cerramos la puerta con llave y nos sentamos frente al fuego, enfundados en nuestra bata, a meditar sobre multitud de asuntos. Finalmente nos acostamos. ¡Bueno! No podemos dormir. Nos revolvemos una y otra vez sin poder conciliar el sueño. Los rescoldos del fuego arden relampagueantes y hacen parecer la habitación más fantasmagórica si cabe. No podemos evitar escudriñar, por encima de la colcha, las dos figuras negras que sostienen la cama, y sobre todo ese caballero de verde, dotado de un aspecto tan perverso. Parecen avanzar y retirarse en medio de la luz temblorosa, lo cual, a pesar de que no somos en absoluto hombres supersticiosos, no nos resulta nada agradable. ¡Bueno! Nos vamos poniendo más y más nerviosos. Decimos: «Esto es absurdo, pero lo cierto es que no podemos soportarlo; fingiremos estar enfermos y haremos que acuda alguien en nuestra ayuda». ¡Bueno! Precisamente, estábamos a punto de hacerlo, cuando de repente la puerta se abre y entra una joven de una palidez mortecina y largos cabellos rubios que se desliza junto al fuego y toma asiento en la silla que antes habíamos ocupado, frotándose las manos. En ese momento advertimos que sus ropas están mojadas. Tenemos la lengua adherida al paladar y no somos capaces de articular palabra, pero la observamos con detalle. Su ropa está húmeda; su largo cabello está salpicado de barro; va vestida según la moda de hace doscientos años y lleva en el cinto un manojo de llaves herrumbrosas. ¡Bueno! Ella sigue sentada, sin moverse, y es tal el estado en que nos hallamos que ni siquiera somos capaces de desmayarnos. En ese momento, ella se levanta y empieza a probar sus oxidadas llaves en todas y cada una de las cerraduras del dormitorio sin que ninguna sirva. Entonces fija su mirada en el retrato del caballero de verde y exclama, con una voz grave y terrible: «¡Los ciervos lo saben!». A continuación, vuelve a frotarse las manos, pasa junto a la cama y sale por la puerta. Nos ponemos la bata apresuradamente, echamos mano de las pistolas —sin las que nunca salimos de casa— y nos disponemos a seguir a la muchacha, cuando hallamos la puerta cerrada. Giramos la llave y, al asomarnos al oscuro pasillo, no divisamos a nadie. Deambulamos inútilmente en busca de nuestro sirviente. Recorremos la galería hasta que rompe el día para luego volver a nuestra desolada habitación, caer dormidos y ser despertados por nuestro criado (a él nada le aterroriza), que cuando abre la ventana nos revela un sol resplandeciente. ¡Bien! Tomamos un triste desayuno y todo el mundo nos comenta que parecemos indispuestos. Concluido el desayuno, recorremos la casa con nuestro anfitrión y le conducimos hasta el retrato del caballero de verde y en ese momento todo se aclara. Engañó a una joven ama de llaves, conocida por su extraordinaria belleza, quien se ahogó intencionadamente en un estanque y cuyo cuerpo fue descubierto, pasado ya mucho tiempo, porque los ciervos se negaban a beber de sus aguas. Desde entonces, se rumorea que ella se dedica a deambular por la mansión a medianoche (aunque sobre todo aparece en la habitación del caballero de verde, a fin de no dejar dormir a su inquilino) probando todas las cerraduras con sus llaves oxidadas. ¡Bien! Contamos a nuestro anfitrión cuanto hemos visto y una sombra se cierne sobre su semblante. Nos suplica que guardemos silencio y nosotros obedecemos. Sin embargo, todo lo que hemos contado es cierto y así lo relatamos antes de fallecer (ahora estamos muertos), a muchas personas serias que nos quieren escuchar. Son innumerables las viejas casas solariegas, con sus pasillos retumbantes, sus sombríos aposentos y sus alas hechizadas que llevan años clausuradas, a través de las cuales podemos divagar, mientras un agradable escalofrío nos recorre la espalda, y toparnos con todo tipo de fantasmas. Aunque —tal vez sea importante recalcarlo— en general éstos se reducen a unos pocos tipos o clases, ya que, debido a la escasa originalidad de los espectros, en su mayoría suelen deambular haciendo rondas previamente fijadas. Resulta habitual también que haya ciertas baldosas de las que sea imposible borrar las manchas de sangre que quedaron en tal o cual habitación o descansillo, y que datan de cuando cierto amo malvado, barón, caballero o gentilhombre se suicidó en aquel mismo lugar. Uno puede raspar y raspar, como hace el dueño actual, o pulir y pulir, tal y como lo hiciera su padre, o frotar y frotar, al igual que hizo su abuelo, o intentar hacerlas desaparecer mediante la acción de diversos ácidos, como hizo el bisabuelo, pero la sangre siempre permanecerá ahí —ni más ni menos pálida—, siempre igual. También ocurre que en otras casas encontramos puertas encantadas, que jamás lograremos mantener abiertas mucho tiempo; o bien, una puerta que no hay manera de cerrar; o bien casas donde suena a deshoras el crujido hechizado de una rueca, o golpes de martillo, o pisadas, o un llanto, o un lamento, o un ruido de cascos de caballo, o el arrastrar de cadenas. Tal vez haya un reloj en su torre que al llegar la medianoche dé trece campanadas coincidiendo con la muerte del cabeza de familia. Llegó a suceder que una tal Lady Mary fue de visita a una casa de campo en las tierras altas escocesas y, sintiéndose fatigada por el largo viaje, se retiró pronto a dormir. Al día siguiente, durante el desayuno, comentó inocentemente: —¡Me resultó extrañísimo que anoche celebraran una fiesta a una hora tan tardía en un lugar tan remoto como éste, y que no me hablaran de ella! Cuando todos le preguntaron qué quería decir, Lady Mary respondió: —¡Pues que ha habido alguien que se ha pasado toda la noche dando vueltas y más vueltas con su carruaje bajo mi ventana! Entonces, el propietario de la casa se puso lívido, al igual que su señora. Por su parte, Charles Macdoodle —de los Macdoodle de toda la vida— conminó a Lady Mary a no decir ni una palabra más sobre el asunto, y todo el mundo guardó silencio. Después del desayuno, Charles Macdoodle contó a Lady Mary que era tradición en aquella familia que aquel ajetreo de carruajes en el patio presagiase alguna muerte. Así quedó probado cuando, dos meses más tarde, falleció la dueña de la mansión. Lady Mary, quien a la sazón formaba parte de las Damas de Honor de la Corte, contaba a menudo esta historia a la vieja reina Charlotte; y es por esto por lo que el viejo rey se pasaba el día diciendo: —¿Eh? ¿Cómo? ¿Fantasmas? ¡Ni mentarlos, ni mentarlos! Y no dejaba de repetirlo una y otra vez hasta que se retiraba a dormir. El amigo de una persona a quien la mayoría de nosotros conocemos, cuando era todavía un joven estudiante, tuvo un amigo bastante peculiar con el que había llegado a un pacto de lo más macabro: acordaron que si era cierto que el espíritu de una persona es capaz de volver a este mundo tras haberse separado del cuerpo, aquél de los dos que primero muriese habría de aparecerse al otro. Transcurrido un tiempo, a nuestro amigo se le había olvidado ya aquel trato; ambos jóvenes habían progresado en la vida y habían tomado caminos divergentes, muy alejados entre sí. Sin embargo, una noche, transcurridos muchos años, encontrándose nuestro amigo en el norte de Inglaterra y alojándose por la noche en una posada junto a los páramos de Yorkshire, sucedió que miró fuera de su cama y allí, a la luz de la luna, apoyado junto a un buró próximo a la ventana, vio a su viejo colega de estudios observándole fijamente. Se dirigió solemnemente a la aparición, y ésta le respondió en una especie de susurro, aunque bastante audible: —No te acerques a mí. Estoy muerto. Heme aquí para cumplir mi promesa. Vengo de otro mundo pero no puedo revelar sus secretos. En ese momento, la aparición palideció, pareció fundirse con la luz de la luna y se desvaneció. Cuentan también el caso de la hija del primer ocupante de una casa isabelina, bastante pintoresca, que se hizo relativamente famosa en nuestro barrio. ¿Han oído quizás hablar de ella? ¿No? Pues bien, siendo una bella muchacha de diecisiete años, dio en salir una tarde de verano durante el crepúsculo a recoger flores en el jardín. Pero, de pronto, su padre la vio llegar corriendo a la puerta de la casa. Estaba aterrada y gritaba con desesperación: —¡Ay, Dios mío, querido padre, me he encontrado conmigo misma! Él la abrazó, la consoló y le dijo que no se preocupase; probablemente habría sido víctima de algún capricho de su imaginación. Ella entonces le dijo: —¡Oh, no! Te juro que me encontré conmigo misma cuando caminaba por el paseo. Estaba muy pálida recogiendo flores marchitas, y giraba la cabeza sosteniéndolas en alto. Aquella misma noche, la muchacha murió. Se comenzó a pintar un cuadro con su historia, si bien nunca fue terminado, y dicen que, aún hoy, el cuadro permanece en algún lugar de la casa, vuelto de cara a la pared. El tío de mi cuñado volvía a casa a caballo. Era una tarde apacible, y ya estaba anocheciendo. De repente, en una vereda cercana a su propia casa vio a un hombre de pie frente a él, ocupando el centro mismo de un estrecho paso. —¿Por qué estará ese hombre de la capa ahí en medio? —pensó—. ¿Acaso pretende que le pase por encima? Pero la figura no se apartaba. El tío de mi cuñado tuvo una extraña sensación al verle allí en el sendero, tan inmóvil. Sin embargo aflojó el trote y siguió cabalgando en dirección a él. Cuando se halló tan cerca del caminante que casi podía tocarlo con su estribo, el caballo se asustó y entonces la figura se deslizó a lo alto de un terraplén, de una forma rara, poco natural (de hecho se escurrió hacia atrás sin aparentemente usar los pies), y desapareció. El tío de mi cuñado dio un respingo. —¡Santo Dios! ¡Pero si es mi primo Harry, el de Bombay! Espoleó al caballo, que de pronto sudaba una barbaridad, y, preguntándose por tan extraño comportamiento, salió disparado hacia la entrada de su casa. Cuando llegó allí vio a la misma figura pasando junto al alargado mirador que hay frente a la sala de estar de la planta baja. Arrojó las bridas a su criado y se precipitó detrás de la figura. Su hermana estaba allí sentada, sola. —Alice, ¿dónde está mi primo Harry? —¿Tu primo Harry, John? —Sí. El de Bombay. Me lo acabo de encontrar en el camino y lo he visto entrar aquí ahora mismo. Nadie había visto nada, Pero fue en aquella hora exacta, como más tarde se supo, cuando su primo fallecía en la India. Hubo cierta vieja dama muy sensata que falleció a los noventa y nueve años, y que mantuvo sus facultades hasta el final. Pues bien, esta buena mujer vio con sus propios ojos al famoso Niño Huérfano. Esta es una historia que con cierta frecuencia se ha venido contando de manera incorrecta. He aquí lo que ocurrió en realidad (pues, de hecho, se trata de una historia que ocurrió en nuestra propia familia: la vieja dama era una pariente lejana). Cuando tenía alrededor de cuarenta años, época en la que aún era conocida por su belleza poco común (hay que decir que su amado murió muy joven, razón por la cual ella nunca se casó, aunque recibió numerosas proposiciones al respecto), se trasladó con su hermano, que era comerciante de artículos indios, a una casa que éste había comprado no hacía mucho en Kent. Corría la leyenda de que aquel lugar había sido una vez administrado por el tutor de un niño. Aquel tutor era el segundo heredero de la propiedad, y mató al niño tratándole de manera severa y cruel. La dama no sabía nada de esto. Se dijo que en la habitación de ella había una jaula en la que el tutor solía encerrar al niño. Nunca hubo tal cosa, de hecho. Allí tan sólo había un ropero. Una noche se fue a dormir. A la mañana siguiente cuando entró la doncella, ella le preguntó con toda tranquilidad: —¿Quién era ese niño tan guapo y de aspecto tan melancólico que ha estado asomándose por el ropero toda la noche? La muchacha emitió un fuerte chillido y se esfumó al momento. La dama quedó sorprendida. Sin embargo, como era una mujer con una notable fortaleza mental, se vistió ella misma, bajó al piso inferior y se reunió con su hermano. —Bien, Walter —dijo—, he de confesarte que no he podido pegar ojo. Una especie de niño de aspecto melancólico, bastante guapo, ha estado importunándome toda la noche y saliendo por el vestidor de mi cuarto, cuya puerta, eso te lo puedo asegurar, no hay alma humana que pueda abrir. ¿Qué clase de truco es éste? —Me temo que no es ningún truco, Charlotte —respondió él—. Ese niño forma parte de la leyenda de esta casa. Es el Niño Huérfano. ¿Qué es lo que dices que hizo anoche? —Abría la puerta sigilosamente —dijo ella—, y se asomaba. A veces avanzaba un paso o dos dentro del dormitorio. Entonces yo le llamaba animándole a pasar, y él se encogía con un estremecimiento y se deslizaba dentro del vestidor de nuevo, tras lo cual cerraba la puerta. —Ese gabinete no comunica con ningún otro lugar de la casa, Charlotte. Está clausurado —dijo su hermano. Esto era verdad. Hicieron falta dos carpinteros trabajando toda una mañana para conseguir abrir el vestidor y poder así examinarlo. En aquel momento, mi pariente estaba bastante contenta de haber trabado relación con el célebre Niño Huérfano. A pesar de ello, la parte más terrible de la historia es que, posteriormente, también sería avistado sucesivamente por tres de los hijos de su hermano, que acabaron muriendo jóvenes. De vez en cuando alguno de los niños caía enfermo. Y, curiosamente, siempre era doce horas después de volver a casa acalorado diciendo, vaya por Dios, que había estado jugando bajo cierto roble en cierta pradera con un extraño niño… Un niño guapo y de aspecto melancólico, que era muy callado y le hacía señas para que le siguiera. De la fatal experiencia, los padres dedujeron que se trataba del Niño Huérfano y que el destino de los niños quedaba inexorablemente marcado por ese encuentro. FIN Autor: Charles Dickens Título: Fantasmas de Navidad Título Original: Christmas Ghosts Publicado en: A Christmas Tree (1850) Traducción: Marian Womack – Enrique Gil-Delgado

  • "Desde allá", cuento de Emilia Pardo Bazán

    Desde allá Emilia Pardo Bazán Don Javier de Campuzano iba acercándose a la muerte, y la veía llegar sin temor; arrepentido de sus culpas, confiaba en la misericordia de Aquél que murió por tenerla de todos los hombres. Sólo una inquietud le acuciaba algunas noches, de ésas en que el insomnio fatiga a los viejos. Pensaba que, faltando él, entre sus dos hijos y únicos herederos nacerían disensiones, acerbas pugnas y litigios por cuestión de hacienda. Era don Javier muy acaudalado propietario, muy pudiente señor, pero no ignoraba que las batallas más reñidas por dinero las traban siempre los ricos. Ciertos amarguísimos recuerdos de la juventud contribuían a acrecentar sus aprensiones. Acordábase de haber pleiteado largo tiempo con su hermano mayor; pleito intrincado, encarnizado, interminable, que empezó entibiando el cariño fraternal y acabó por convertirlo en odio sangriento. El pecado de desear a su hermano toda especie de males, de haberle injuriado y difamado, y hasta —¡tremenda memoria!— de haberle esperado una noche en las umbrías de un robledal con objeto de retarle a espantosa lucha, era el peso que por muchos años tuvo sobre su conciencia don Javier. Con la intención había sido fratricida, y temblaba al imaginar que sus hijos, a quienes amaba tiernamente, llegasen a detestarse por un puñado de oro. La Naturaleza había dado a don Javier elocuente ejemplo y severa lección: sus dos hijos, varón y hembra, eran mellizos; al reunirlos desde su origen en un mismo vientre, al enviarlos al mundo a la misma hora, Dios les había mandado imperativamente que se amasen; y herida desde su nacimiento la imaginación de don Javier, sólo cavilaba en que dos gotas de sangre de las mismas venas, cuajadas a un tiempo en un seno de mujer, podían, sin embargo, aborrecerse hasta el crimen. Para evitar que celos de la ternura paternal engendrasen el odio, don Javier dio a su hijo la carrera militar y le tuvo casi siempre apartado de sí; sólo cuando conoció que la vejez y los achaques le empujaban a la tumba, llamó a José María y permitió que sus cuidados filiales alternasen con los de María Josefa. A fuerza de reflexiones, el viejo había formado un propósito, y empezó a cumplirlo llamando aparte a su hija, en gran secreto, y diciéndole con solemnidad: —Hija mía, antes que llegue tu hermano tengo que enterarte de algo que te importa. Óyeme bien, y no olvides ni una sola de mis palabras. No necesito afirmar que te quiero mucho; pero además tu sexo debe ser protegido de un modo especial y recibir mayor favor. He pensado en mejorarte, sin que nadie te pueda disputar lo que te regalo. Así que yo cierre lo ojos…, así que reces un poco por mí…, te irás al cortijo de Guadeluz, y en la sala baja, donde está aquel arcón muy viejo y muy pesado que dicen es gótico, contarás a tu izquierda, desde la puerta, dieciséis ladrillos —fíjate, dieciséis—, una onza de ladrillos, ¿entiendes?, y levantarás el que hace diecisiete, que tiene como la señal de una cruz, y algunos más alrededor. Bajo los ladrillos verás una piedra y una argolla; la piedra, recibida con argamasa fuerte. Quitarás la argamasa, desquiciarás la piedra y aparecerá un escondrijo, y en él un millón de reales en peluconas y centenes de oro. ¡Son mis ahorros de muchos años! El millón es tuyo, sólo tuyo; a ti te lo dejo en plena propiedad. Y ahora, chitón, y no volvamos a tratar de este asunto. ¡Cuando yo falte…! María Josefa sonrió dulcemente, agradeció en palabras muy tiernas y aseguró que deseaba no tener jamás ocasión de recoger el cuantioso legado. Llegó José María aquella misma noche, y ambos hermanos, relevándose por turno, velaron a don Javier, que decaía a ojos vistas. No tardó en presentarse el último trance, la hora suprema, y en medio de las crispaciones de una agonía dolorosa, notó María Josefa que el moribundo apretaba su mano de un modo significativo y creyó que los ojos, vidriosos ya, sin luz interior, decían claramente a los suyos: «Acuérdate: dieciséis ladrillos… Un millón de reales en peluconas…». Los primeros días después del entierro se consagraron, naturalmente, al duelo y a las lágrimas, a los pésames y a las efusiones de tristeza. Los dos hermanos, abatidos y con los párpados rojos, cambiaban pocas palabras, y ninguna que se refiriese a asuntos de interés. Sin embargo, fue preciso abrir el testamento; hubo que conferenciar con escribanos, apoderados y albaceas, y una noche en que José María y María Josefa se encontraron solos en el vasto salón de recibir, y la luz desfallecida del quinqué hacía, al parecer, visibles las tinieblas, la hermana se aproximó al hermano, le tocó en el hombro y murmuró tímidamente, en voz muy queda: —José María, he de decirte una cosa…, una cosa rara…, de papá. —Di, querida… ¿Una cosa rara? —Sí, verás… Y te admirarás… «Hay» un millón de reales en monedas de oro escondido en el cortijo de Guadeluz. —No, tonta —exclamó sobrecogido y con súbita vehemencia José María—. No has entendido bien. ¡Ni poco ni mucho! Donde está oculto ese millón es en la dehesa de la Corchada. —¡Por Dios, Joselillo! Pero si papá me lo explicó divinamente, con pelos y señales… Es en la sala baja; haya que contar dieciséis ladrillos a la izquierda desde la puerta, y al diecisiete está la piedra con argolla que cubre el tesoro. —¡Te aseguro que te equivocas, mujer! Papá me dio tales pormenores que no cabe dudar. En la dehesa, junto al muro del redil viejo, que ya se abandonó, existe una especie de pilón donde bebía el ganado. Detrás hay una arqueta medio arruinada y al pie de la arqueta, una losa rota por la esquina. Desencajando esa losa se encuentra un nicho de ladrillo, y en él un millón en peluconas y centenes… —Hijo del alma, pero ¡si es imposible! Créeme a mí. Cuando papá te llamó estaba ya peor, muy en los últimos; quizá la cabeza suya no andaba firme: ¡pobrecillo! Y tengo sus palabras aquí, esculpidas… —María —declaró José cogiendo la mano de la joven, después de meditar un instante—, lo cierto es que hay dos depósitos y sólo así nos entenderemos. Papá me advirtió que me dejaba ese dinero exclusivamente a mí… —Y a mí que el de Guadeluz era únicamente mío… —¡Pobre papá! —murmuró conmovido el oficial—. ¡Qué cosa más extraña! Pues…, si te parece, lo que debe hacerse es ir a Guadeluz primero, y a la Corchada después. Así saldremos de dudas. ¡Qué gracioso sería que no hubiese sino uno! —Dices bien —confirmó María Josefa triunfante—. Primero a donde yo digo, ¡porque verás cómo allí está el tesoro! —Y también porque tuviste el acierto de hablar antes, ¿verdad, chiquilla? Has de saber… que yo no te lo decía porque temía afligirte; podías creer que papá te excluía, que me prefería a mí… ¡Qué sé yo! Pensaba sacar el depósito y darte la mitad sin decirte la procedencia. Ahora veo que fui un tonto. —No, no; tenías razón —repuso María, confusa y apurada—. Soy una parlanchina, una imprudente. Debió prevenírseme eso… Debí buscar el tesoro y hacer como tú, entregártelo sin decir de dónde venía… ¡Qué falta de pesquis! —Pues yo deploro que te hayas adelantado —contestó sinceramente José, apretando los finos dedos de su hermana. De allí a pocos días, los mellizos hicieron su excursión a Guadeluz, y encontraron todo puntualmente como lo había anunciado María Josefa. El tesoro se guardaba en un cofrecillo de hierro cerrado; la llave no apareció. Cargaron el cofre, y sin pensar en abrirlo, siguieron el viaje a la Corchada, donde al pie de la derruida arqueta hallaron otra caja de hierro también, de igual peso y volumen que la primera. Lleváronse a casa las dos cajas en una sola maleta, encerráronse de noche y José María, provisto de herramientas de cerrajero, las abrió o, mejor dicho, forzó y destrozó el cierre. Al saltar las tapas brillaron las acumuladas monedas, las hermosas onzas y las doblillas, que los dos hermanos, sin contarlas, uniendo ambos raudales, derramaron sobre la mesa, donde se mezclaron como Pactolos que confunden sus aguas maravillosas. De pronto, María se estremeció. —En el fondo de mi caja hay un papel. —Y otro en la mía —observó el hermano. —Es letra de papá. —Letra suya es. —El tuyo, ¿qué dice? —Aguarda…, acerca la luz…; dice así: «hijo mío: si lees esto a solas, te compadezco y te perdono; si lo lees en compañía de tu hermana, salgo del sepulcro para bendecirte…». —El sentido del mío es idéntico —exclamó después de un instante, sollozando y riendo a la vez, María Josefa. Los mellizos soltaron los papeles, y, por encima del montón de oro, pisando monedas esparcidas en la alfombra, se tendieron los brazos y estuvieron abrazados buen trecho. FIN Autor: Emilia Pardo Bazán Título: Desde allá Publicado en: Blanco y Negro, núm. 338, 1897

  • "Nochebuena", cuento de Robert Bloch

    Nochebuena Robert Bloch No sé cómo termina. Quizá terminó cuando oí sonar el disparo tras la puerta cerrada de la sala… o cuando salí corriendo y le encontré caído en el suelo. Quizá el final se produjo después de que llegara la policía; después del interrogatorio, las explicaciones y toda esa espantosa publicidad en los medios de comunicación. Es posible que el auténtico final fuera mi ataque de nervios y mi recuperación posterior…, si es que realmente he llegado a recuperarme del todo. Naturalmente, siempre queda la posibilidad de que algo así no haya terminado, al menos no mientras uno se acuerde de ello. Y yo lo recuerdo todo desde el principio. Todo empezó una tarde de otoño con Dirk Otjens en su galería de La Ciénaga. Nos encontramos en la puerta cuando él volvía de almorzar. Otjens llevaba cierto retraso; probablemente habría estado con alguno de sus clientes ricos, y parece que a esa gente le gusta almorzar tarde. —¡Brandon! —exclamó—. ¿Dónde has estado? Me he pasado toda la mañana intentando hablar contigo. —Lo siento…, tenía una cita. Dirk meneó la cabeza con impaciencia. —Tendrías que abonarte a un servicio de respuestas. Decirle que no podía permitirme pagarlo o que mi cita había sido con la oficina de desempleo no habría servido de nada. Dirk podía haber conocido la pobreza, pero de eso hacía ya muchos almuerzos caros, y ahora se movía en un medio ambiente muy distinto. La idea del artista que se muere de hambre no le gustaba ni pizca, y dejar que me atribuyera ese papel era —como el abonarme a un servicio de respuestas— algo que no podía permitirme. Que me aceptara como cliente suyo ya había sido una gran victoria, aunque por el momento todavía no había ocurrido nada. ¿O sí? —¿Has hecho alguna venta? —Intenté dar la impresión de que no me importaba, pero el corazón me latía con fuerza. —No. Pero creo que te he conseguido un encargo. ¿Has oído hablar de Carlos Santiago? —No, no he oído hablar de él. —Es uno de mis mejores compradores. Se pasa la vida en la galería. Vio ese óleo que pintaste, ya sabes, el que está colgado en el piso de arriba, y quiere un retrato. —¿Qué clase de persona es? Dirk se encogió de hombros. —Extranjero. Con mucho acento. —Habló con todo el desdén del norteamericano de adopción—. Creo que es una especie de magnate naviero. Pero ahí hay dinero. —¿Cuánto? —Le dije que le costaría dos mil quinientos dólares. No se trata de un encargo de primera magnitud, pero es un comienzo. Lo era, desde luego. Aun contando con su comisión, cobraría lo suficiente para seguir adelante. Había logrado atravesar la barrera y ante mí se extendía el reino fabuloso donde todo el mundo tiene un servicio de respuestas que se encarga de las llamadas telefónicas mientras ellos están fuera, disfrutando de almuerzos carísimos. Aun así… —No sé… —le dije—. Quizá no sea un buen asunto para un cuadro mío. »Un magnate naviero de origen hispánico no encaja demasiado bien con mi estilo. Ya sabes que no soy uno de esos artistas temperamentales que conocen montones de trucos técnicos; necesito sentir cierto interés hacia lo que voy a pintar. De lo contrario, no consigo hacer nada. El ceño fruncido de Dirk me hizo ver que lo que estaba diciéndole no le gustaba nada, pero no tenía más remedio que decírselo. Después de todo, soy un artista. Me pasé nueve años aprendiendo los secretos de mi oficio tanto aquí como en el extranjero, nueve largos años de sacrificios y de averiguar cosas sobre mi propia persona que no pensaba tirar por la borda en cuanto alguien me pasara un billete de dólar por las narices. Si lo único que me importara fuese el dinero, ya llevaría bastante tiempo dedicándome a la producción en masa, y estaría pintando payasos de treinta y cinco dólares como los que se venden en los supermercados o las ferias al aire libre. Por otra parte… —Necesito verle antes —dije. —Le verás, no te preocupes —dijo Dirk, asintiendo con la cabeza—. Tienes una cita con él a las tres. —¿En sus oficinas? —No, en su casa. Vive en la parte alta de Trousdale. Toma, aquí tienes la dirección. Adelante, y buena suerte. Recuerdo que fui por Coldwater y torcí a la derecha, metiéndome por una de esas calles que llevan a las Residencias Trousdale. Lo recuerdo muy bien porque la carretera iba subiendo por la ladera de la colina y no paraba de preguntarme si el coche conseguiría llegar hasta arriba. Mi viejo cacharro tenía un agudo complejo de inferioridad, y podía imaginarme lo que sentía cada vez que pasábamos ante uno de los caminos semicirculares que había delante de las casas, con sus relucientes Cadillac, Lancia, Alfa-Romeo y los inevitables Rolls. Estábamos en un barrio donde el Mercedes se utilizaba como segundo coche de la casa. Esas cosas no me impresionan, pero Dirk tenía razón: el dinero vivía allí. Y Carlos Santiago también. El coche aparcado ante su casa era un Ferrari. Aparqué detrás, esperando que nadie me estuviera observando desde el gran ventanal del inmenso seudo  palazzo  de dos pisos que se alzaba tras la hilera de cipreses. La casa era nueva y los árboles aún no habían crecido mucho pero ¿quién era yo para fijarme en ese tipo de menudencias? Aquel lugar apestaba a dinero. Llamé al timbre. Oí el suave tintineo de unas campanillas al otro lado de la gruesa puerta y cuando se abrió fui recibido por una doncella de cabello oscuro que llevaba uniforme. —¿Qué desea? —Soy Arnold Brandon. Tengo una cita con el señor Santiago. Asintió. —Por aquí. El  señor  le espera. Dejé atrás el cálido sol de la tarde para entrar en el sombrío vestíbulo, con su fría atmósfera de aire acondicionado. La doncella fue hacia la izquierda, pasó por debajo de una arcada y entramos en la sala. La habitación tenía un techo muy alto y una inmensa chimenea, y era más grande de lo que había esperado. Igual que mi cliente. Carlos Santiago decía ser de origen español; luego me enteré de que había nacido en Argentina, y no cabía duda de que por sus venas corría sangre india, pero cuando le vi me recordó a un nativo de Creta. Me recordó al Minotauro. No hay que tomarme al pie de la letra, claro está. Carlos Santiago no era ningún híbrido, y lo que tenía delante no era un cuerpo de hombre coronado por la cabeza de un toro. Su rizada cabellera cana caía sobre una frente que no estaba adornada con cuernos, pero los gruesos párpados, el tamaño de las fosas nasales y la forma en que su cabezota parecía confundirse con un pecho de barril hacían pensar en una mezcla de lo humano con lo taurino. Como artista, vi en Santiago la imagen del hombre toro y el toro hombre, la encarnación del  macho . Y le odié nada más conocerle. La verdad es que siempre he temido a esos hombres; los hombres corpulentos y arrogantes que se contonean, sueltan fanfarronadas y se abren paso a golpes por la vida, saliéndose siempre con la suya… No confío en esa clase de hombres, pues siempre han sido los enemigos del arte, los que destrozan las estatuas y queman los libros, los que desprecian toda creación que no brote de sus propias glándulas, y les temo todavía más cuando se ocultan tras la máscara de la cordialidad. Y Carlos Santiago se mostró muy cordial. Me hizo sentar en un inmenso sillón de cuero, se encargó de llenar las copas, se interesó por mi situación actual y elogió la muestra de mi obra que había visto en la galería. Pero yo seguía teniéndole miedo, y la imagen del Minotauro no se apartaba de mi mente.  Bienvenido a mi laberinto . Debo admitir que el laberinto era muy suntuoso; había sido amueblado con gusto y la construcción debía de haber resultado muy cara, pero todo eso sólo servía para que la nota discordante de aquel decorado fuera todavía más perceptible. Me refiero al panel que había sobre la chimenea. Aquella arma de ancha hoja oxidada que flanqueaban unas pésimas fotos con mucho grano, enmarcadas pobremente, parecía tan fuera de lugar en aquella habitación como la imponente presencia del hombre que me había mandado llamar. Se dio cuenta de hacia dónde miraba y su risita me hizo pensar en un gruñido bovino. —Ya sé lo que piensa,  amigo . El oh-tan-educado decorador de interiores se llevó un gran disgusto cuando insistí en colocar esos objetos ahí. Pero soy hombre sentimental y no me avergüenzo de ello. »El machete…, hubo un tiempo en que era mi única posesión, dejando aparte los harapos que me cubrían. Me pasé tres largos años sudando en los campos y al final seguía llevando los mismos harapos y el machete seguía siendo lo único que poseía. Pero con el dinero que había ahorrado hice mi primera inversión…, compré unas cuantas participaciones en un petrolero a punto de hundirse que iba a hacer su último viaje. El éxito de ese viaje resultó ser el inicio del mío. Le ahorraré los detalles; la historia está en esas fotos. Ésos son los barcos que fui adquiriendo a lo largo de los años, la flota Santiago… Muchos ya están viejos y oxidados, igual que el machete…, igual que yo, si a eso vamos. Pero nunca nos separaremos. Santiago volvió a llenar las copas. —Pero me temo que estoy aburriéndole, señor Brandon. Hablemos del retrato. Sabía lo que iba a ocurrir. Me diría qué debía pintar y cómo había de hacerlo, e insistiría en que debía incluir sus barcos en el telón de fondo; quizá hasta tuviera intención de que le retratase con el machete en la mano… Tenía derecho a estar orgulloso, cierto, pero yo también tenía mi propio orgullo. Necesitaba el dinero, desde luego, pero no pensaba pintar a aquel Minotauro, fuera cual fuese el fondo. Bien, seguir perdiendo el tiempo no serviría de nada; tendría que coger al toro por los cuernos y… —¡Louise! Santiago volvió la cabeza y se puso en pie, acogiéndola con una sonrisa. Creo que estuve mirándola en silencio durante un buen rato; era alta, delgada, con el cabello leonado y unos rasgos impecables dominados por unos ojos color avellana. Su presencia parecía iluminar toda la habitación. —Permítame que le presente a mi esposa. Supongo que los dos debimos de decir algo, como es lógico en una presentación, pero no puedo recordar las palabras. Todo lo que recuerdo es que tenía la boca seca y que cuanto dije me parecía carecer de significado. Las únicas palabras importantes de aquel momento fueron las pronunciadas por Santiago. —Pintará su retrato —dijo. Eso fue el principio. Su esposa posaría en el cuartito que había junto a la sala; durante la tarde había luz del norte, la mejor para pintar. Acudí allí tres veces por semana, primero para hacer los esbozos y luego para ir completando el fondo. Invertí el procedimiento habitual y decidí que no empezaría a pintarla hasta no haber terminado con todos los demás elementos del cuadro. Quería que los tonos de su carne reflejaran sutilmente el colorido del fondo y el vestido. Sólo entonces empezaría a concentrarme en la postura y la expresión, capturando la esencia de su ser. Pero ¿cómo capturar el sonido de aquella voz suave, el escurridizo olor de su perfume, la gracia inconsciente de todos sus movimientos, la totalidad del impacto sensual producido por su presencia? Debo admitir que Santiago cooperó en todo cuanto estaba a su alcance. No interrumpió ni una sola de nuestras sesiones y tampoco quiso saber qué tal iba el retrato. Impuse la condición de que ni él ni su mujer podrían ver mi obra antes de que estuviera completada; cuando no estaba allí, el lienzo quedaba cubierto con un paño. Santiago jamás me importunó haciéndome preguntas, y cuando entramos en la segunda semana de sesiones, partió en avión hacia el Oriente Medio por asuntos de negocios, pues tenía que supervisar las operaciones de carga de sus petroleros. Y Louise y yo nos quedamos solos mientras él vertía petróleo sobre aquellas aguas turbulentas. Naturalmente, a esas alturas ya nos tuteábamos, y nos pasábamos las sesiones hablando. Mejor dicho,  ella  hablaba; yo me concentraba en mi trabajo. Pero si quiere que el retrato sea algo más que una mera representación de su modelo, el artista debe llegar a conocerle bien, por lo que la animé a hablar; eso me permitía escucharla y averiguar cómo era. En esas circunstancias, es inevitable que acabe surgiendo una relación bastante íntima y que haya confidencias. Si las hubieran grabado en cinta, más de uno habría creído que esas conversaciones habían tenido lugar durante una sesión con el psiquiatra o en el secreto del confesionario. Lo que oía no resultaba demasiado extraordinario. Louise no era María Cayetana, duquesa de Alba, y yo tampoco era Francisco José de Goya y Lucientes. Me imaginaba cuál era su pasado, y mis hipótesis resultaron ser correctas: se trataba de la típica historia de la gran belleza hija de una familia pobre. Cenicienta en el baile de la escuela, graduándose cuando daban las doce campanadas de la medianoche para descubrir que volvía a estar en la cocina. Después llegaron los esfuerzos frenéticos por escapar: participó en un concurso de belleza, intentó ser maniquí y fracasó, tuvo ambiciones de ser actriz y las perdió en cuanto trató de conseguir su primer papel y descubrió que era otra más entre una docena de bellezas intercambiables… Naturalmente, hubo muchos que se ofrecieron a ayudarla, ya fuese como agentes, empresarios teatrales o, pura y simplemente, como chulos; y todos ellos esperaban una retribución en especie a cambio de sus servicios. Louise era demasiado lista para aceptar tales ofertas, lo cual hablaba en su favor. Aún tenía esperanzas de encontrar a un príncipe azul. Pero, en vez de a un príncipe azul, acabó conociendo a un Minotauro. Una noche la llevaron a una fiesta donde conocería a «gente importante». Una de esas personas importantes resultó ser Carlos Santiago, y antes de que la velada hubiese terminado, Santiago ya le había dejado bien claro cuáles eran sus intenciones. Louise tuvo el suficiente sentido común para rechazar la salida más obvia, y cuando Santiago intentó usar la fuerza para imponer su voluntad, le clavó las uñas en la cara. Al parecer, la huella dejada por ese acto no se limitó a lo meramente físico, y al día siguiente empezaron a llegarle flores. En cuanto Santiago pasó a los brazaletes y los pendientes estuvo claro que el anillo de boda no tardaría en llegar. Cenicienta acabó casándose con el Minotauro y descubrió que no le gustaba vivir en el laberinto. El toro mugía y bufaba pero a la hora de la verdad se comportaba como un mero cabestro. Todo eso y muchas cosas más acabaron saliendo a la luz poco a poco durante nuestras sesiones. Y, naturalmente, acabaron llevando a la conclusión lógica. Le puse los cuernos al toro. ¿Que si tengo alguna justificación? Esas cosas no guardan ninguna relación con la moral. En cualquier caso, Louise no sentía ningún escrúpulo de conciencia. Se había vendido al mejor postor y no había hecho un buen negocio; en cuanto a mí, ni la condenaba ni la absolvía. Cenicienta había querido salir de la cocina y había utilizado el camino más obvio. Le faltaba el equipo intelectual necesario para encontrar otro camino, y en nuestra sociedad —por mucho que el movimiento de liberación femenina lo niegue enérgicamente—, la Bella suele acabar formando pareja con la Bestia. A veces se trata de una Bestia joven que sólo puede ofrecer un estado de celo perpetuo; pero es mucho más común que se trate de una Bestia ya mayor que ofrece una posición social y cierta seguridad a cambio de algún que otro acto de acoplamiento sexual. Sin embargo, hasta eso le había sido negado a Louise; su Bestia era un toro viejo cuyos bufidos y pataleos ya no podía aguantar por más tiempo. Conocerme había intensificado una necesidad natural; fue un caso de lujuria a primera vista. En cuanto a mí, no tardé en darme cuenta de que tras la impecable fachada del cuerpo y la cara no había más que una niña vanidosa y llena de codicia. Louise había creado a Cenicienta gracias a los trajes, el peluquero y los cosméticos; yo había perpetuado ese engaño utilizando mis pigmentos. Quien se retorcía y jadeaba en mis brazos no era Cenicienta. Pero conocer la verdad no me servía de nada. Me había enamorado de la fregona. Teníamos poco tiempo y no lo malgastamos declarándonos nuestro amor o tomando decisiones sobre el futuro. Las tardes acabaron prolongándose y convirtiéndose en noches, y dábamos la bienvenida a cada nuevo anochecer, alegrándonos de que sirviera para ocultarnos. La áspera luz del día tardó muy poco en llegar. Carlos Santiago regresó el dieciocho de diciembre, una semana antes de Navidad, y a la tarde siguiente Louise y yo nos encontramos para la última sesión en aquel cuartito inundado de sol. Louise estuvo muy callada mientras yo aplicaba los últimos retoques al retrato: unos pocos reflejos más en la aureola de sus cabellos, y una leve suavización del fuego salvaje que ardía en aquellos ojos color avellana salpicados de manchitas verde esmeralda. —¿Falta poco? —murmuró. —Ya casi está. —Entonces se acabó. No movió ni un músculo, pero le temblaba la voz. Lancé una rápida mirada de soslayo al umbral y bajé la voz hasta convertirla en un cauteloso susurro. —¿Lo sabe? —Claro que no. —La doncella… —Tú siempre te marchas al acabar la sesión. Jamás ha sospechado que volvías en cuanto ella se había ido a su casa para pasar la noche. —Entonces no corremos ningún peligro. —¿Es todo cuanto tienes que decir? Había subido el tono de voz y le hice una seña de advertencia. —Por favor… Baja la cabeza un poquito… Así, eso es. Dejé el pincel sobre la paleta y retrocedí un par de pasos. Louise alzó los ojos hacia mí. —¿Puedo verlo? —Sí. Se puso en pie y vino hacia mí. Contempló el retrato en silencio durante unos cuantos segundos, y en sus ojos había un leve brillo de inquietud. —¿Qué pasa? —le pregunté—. ¿No te gusta? —Oh, sí…, es maravilloso. —Entonces, ¿por qué estás tan triste? —Porque está terminado. —Todo se acaba —dije yo. —¿Y tiene que ser así? —murmuró ella—. ¿Tiene que ser así? —El señor Brandon tiene razón. Carlos Santiago estaba de pie en el umbral, asintiendo con la cabeza. —Aunque, de hecho, ya lo había terminado hace tiempo —dijo. Parpadeé. —¿Cómo lo sabe? —Todo hombre debe saber lo que ocurre en su propia casa. —¿Quieres decir que viste el retrato? —Louise frunció el ceño—. Pero cuando hablaste con el señor Brandon le diste tu palabra de que… —Le pido disculpas. —Santiago me sonrió—. Necesitaba tener la seguridad de que sabía lo que estaba haciendo. Me obligué a devolverle la sonrisa. —Y ahora, ¿está satisfecho? —Desde luego. —Contempló el retrato—. Una obra magnífica. Creo que ha sabido captar la expresión de mi esposa durante sus momentos de máxima felicidad. Ojalá yo fuera capaz de conseguir que su rostro se iluminara con una sonrisa semejante… ¿Qué había en su voz? ¿Un tono burlón, o un mero eco de mi culpa? —El cuadro no podrá ser tocado hasta dentro de varias semanas —le dije—. La pintura debe secarse. Después le daré una capa de barniz y podremos escoger el marco adecuado. —Naturalmente —dijo Santiago—. Pero antes… —Se sacó un cheque del bolsillo y me lo entregó—. Aquí tiene. La suma prometida. —Es usted muy amable. —Oh, soy un hombre amable y considerado. La doncella entró en la habitación llevando una bandeja sobre la que había una botella de coñac y copas balón. Santiago se volvió hacia ella. La puso sobre una mesita y se retiró. Santiago llenó tres copas. —Como ve, llevaba tiempo esperando este momento. —Le ofreció una copa a Louise y otra a mí y alzó la suya en un brindis—. Por usted, señor Brandon. Aprecio su gran talento y también aprecio su sabiduría, que es todavía mayor que su talento. —¿Su sabiduría? —Louise le lanzó una mirada de perplejidad. —Exactamente. —Santiago asintió con la cabeza—. No entiendo de arte pero sé que un proyecto como éste puede ser peligroso. —No comprendo. —Siempre está la tentación de exagerar, de ir más allá de lo conveniente… Pero el señor Brandon sabe cuándo ha de parar. Ha demostrado poseer…, ¿cómo lo diría? Sí, ha demostrado poseer una gran conciencia artística. Brindemos por su decisión. Santiago se tomó un buen trago de coñac. Louise apenas bebió un sorbito y yo la imité. Volví a preguntarme si estaría enterado de lo nuestro. —No sabe la importancia que tiene este momento para mí —prosiguió Santiago—. Estar aquí, en esta casa, con el retrato de la mujer a la que amo…, es el sueño de un muchacho pobre convertido en realidad. —Pero no siempre fuiste pobre —dijo Louise—. Tú mismo me has contado que tu padre era rico. —Lo era. —Santiago tomó otro trago de coñac—. Pasé mi infancia rodeado de lujos; hasta que mi padre murió no me faltó de nada. Pero a su muerte mi hermano mayor heredó la  estancia  y yo me marché de casa para abrirme camino en el mundo. Quizá fuese lo mejor, pues el pasado encierra muchas cosas que es mejor olvidar. Pero he oído historias que… —Me sonrió—. Hay una que creo que puede interesarle. Unos años después de que me marchara la esposa de mi hermano murió de parto. Naturalmente, él volvió a casarse, pero nadie podría haber previsto su elección: se casó con una joven de familia pobre, una joven sin educación y sin cultura…, supongo que se dejó fascinar por su juventud y su belleza. Me pregunté si la mirada de soslayo que le lanzó a Louise encerraría algún significado oculto o si todo sería cosa de mi imaginación. Un instante después los ojos de Santiago volvían a estar clavados en mi rostro. —A diferencia de su primera esposa, la joven no quedó embarazada, y mi hermano empezó a preocuparse. Quiso asegurarse de que no era por culpa suya y se acostó con varias criadas de la  estancia , engendrando unos cuantos hijos. Pero mi hermano no se encaró con su esposa para reprocharle el que no pudiese darle hijos; prefirió llamar a un médico. El examen no dio ningún resultado concluyente, pero mientras lo llevaba a cabo, el médico hizo un descubrimiento inesperado: la esposa de mi hermano mostraba los primeros síntomas de una enfermedad ocular bastante rara, una enfermedad que podía acabar dejándola ciega. »El médico dijo que lo mejor era operarla en seguida, pero la joven tenía miedo de perder la vista a causa de la operación. Tan grande era su miedo que le pidió a mi hermano que jurase por la Santísima Virgen que, pasara lo que pasara, no permitiría que nadie le hiciera nada en los ojos. —¡Pobre mujer! —Louise intentó contener un escalofrío—. ¿Y qué pasó? —Naturalmente, en cuanto se enteró de lo que le ocurría a su esposa, mi hermano se abstuvo de ejercer sus prerrogativas conyugales. Según el médico, aún había posibilidades de que quedase embarazada, y en tal caso quizá le transmitiera la enfermedad al bebé. Dado que mi hermano no tenía ningún deseo de traer al mundo un ser que podía estar condenado a tal sufrimiento, decidió buscar sus placeres en otro sitio. Nunca se quejó ante ella de las incomodidades y molestias que eso le ocasionaba. Tenía la paciencia de un santo… Lo más lógico habría sido esperar que su esposa le agradeciera semejante muestra de consideración, pero es propio de la naturaleza femenina no entender tales cosas. Santiago tomó otro sorbo de su copa. —Horrorizado, mi hermano descubrió que su mujer se había buscado un amante, un joven que trabajaba como jardinero en la  estancia . La traición tuvo lugar mientras él estaba fuera; ahora pasaba mucho tiempo en Buenos Aires, adonde tenía que ir por asuntos de negocios y para buscar el consuelo ofrecido por una amante compasiva que sí sabía comprenderle. »Cuando le informaron del escándalo, al principio se negó a creerlo, pero pasadas unas semanas tuvo la prueba irrefutable ante sus ojos: su mujer estaba embarazada. —¿Se divorció de ella? —murmuró Louise. Santiago se encogió de hombros. —Imposible. Mi hermano era un hombre muy religioso. Pero, naturalmente, tenía que acallar las murmuraciones. Necesitaba acabar con los guiños salaces e impedir que la gente se riera de él a sus espaldas… Su reputación y su mismísimo honor estaban en juego. Decidí aprovechar la pausa que siguió a esas palabras para interrumpirle. —Deje que termine la historia por usted —dije—. Sabiendo que su esposa temía quedarse ciega, insistió hasta convencerla de que debía operarse y sobornó al cirujano para que la dejara ciega. Santiago meneó la cabeza. —Ha olvidado una cosa… Él le juró a la  pobrecita  que no permitiría que nadie tocase sus ojos. —¿Qué hizo? —preguntó Louise. —Le cosió los párpados. —Santiago movió la cabeza—. No llegó a tocarle los ojos ni una sola vez… Le cosió los párpados con tripa de gato y la encerró en una casita con una sirvienta para que atendiera a sus necesidades. —¡Qué horror! —murmuró Louise. —Estoy seguro de que mi hermano sufrió mucho —dijo Santiago—. Pero la misericordia divina hizo que no sufriera durante mucho tiempo. Una noche en que la sirvienta estaba fuera, el dormitorio de su esposa se incendió. Nadie sabe cómo pudo empezar el fuego…, quizá tiró alguna vela. Por desgracia, la puerta estaba cerrada y la sirvienta tenía la única llave. Fue una gran tragedia. Me sentí incapaz de mirar a Louise, pero tenía que encararme con él. —¿Y su amante? —le pregunté. —Huyó a la pampa para salvar su vida. Mi hermano le persiguió con los perros, le encontró y le administró el castigo adecuado. —¿Y en qué consistía ese castigo? Santiago levantó su copa. —El joven fue desnudado y atado a un árbol. Le cubrieron los genitales con miel silvestre. ¿Ha oído hablar de las hormigas de fuego,  amigo ? En aquella zona abundan mucho…, y son capaces de devorar cualquier cosa con sólo que huela a miel. Louise emitió una exclamación ahogada, se dio la vuelta y salió corriendo de la habitación. Santiago se acabó el coñac. —Parece que mi relato la ha trastornado —dijo—. No era mi intención… —¿Y cuál era su intención? —Sostuve la mirada del hombre toro—. Su historia no ha conseguido ponerme nervioso. No estamos en la jungla y usted no es su hermano. Santiago sonrió. —No tengo ningún hermano —dijo. Conduje a través del crepúsculo. Las luces de los adornos navideños del bulevar Hollywood cubrían las farolas y formaban arcos sobre mi cabeza. El brillo de las luces no lograba disimular del todo la suciedad de las fachadas y no eliminaba las sombras que se movían ante ellas. El crepúsculo hacía señas a esas sombras para que salieran de sus escondites; ninguna fiesta podía poner fin al perpetuo desfile de chulos y camellos, putas y pervertidos, vagabundos y chaperos. La Navidad estaba cerca, mas para ese tipo de personas los ruidosos villancicos grabados en cinta encerraban muy pocas promesas, y para mí no encerraban ninguna. El plantarle cara a Santiago no había resuelto nada. La verdad era que me había limitado a un pequeño desafío simbólico y luego había salido corriendo para dejar que Louise se enfrentara a la música que sonaría a continuación. Santiago no nos había obsequiado con una melodía muy agradable, y ahora que Louise se había quedado sola, podría descargar toda su furia sobre ella. ¿Sospecharía realmente de nosotros? ¿Qué parte de la verdad conocía, y qué era lo que ignoraba? ¿Y qué haría? Hubo un momento en que estuve dispuesto a dar la vuelta y presentarme en su casa. Pero ¿qué haría cuando llegara? ¿Mantenerle a raya con el gato del coche mientras Louise hacía su equipaje? ¿Y si no quería marcharse conmigo? ¿La amaba lo suficiente para obligarla a tomar una decisión? Seguí adelante, pero las preguntas me persiguieron durante todo el trayecto de vuelta a casa. Cuando entré en mi apartamento el teléfono estaba sonando. Levanté el auricular con mano algo temblorosa y mi voz tampoco sonó demasiado firme. —¿Sí? —Querido, llevaba mucho rato intentando hablar contigo… —¿Qué ocurre? —Nada. Se ha ido. —¿Que se ha ido? —Por favor…, te lo contaré todo en cuanto te vea, pero date prisa. Eso hice. Aparqué mi coche en la calzada vacía, Louise y yo nos abrazamos el uno al otro en la oscuridad del vestíbulo, acabamos sentándonos en el sofá que había delante de la chimenea…, y entonces Louise dejó caer su bomba. —Voy a conseguir el divorcio —dijo. —¿El divorcio? —En cuanto te marchaste vino a mi habitación. Dijo que quería pedirme disculpas por haberme asustado de esa forma, pero en realidad venía por otra razón. Lo que deseaba era contarme cómo había logrado que salieras corriendo gracias a esa historia que se inventó. —¿Y tú le creíste? —¡Claro que no, querido! Le dije que era un mentiroso. Le dije que tú no tenías ninguna razón para asustarte y que él no tenía ningún derecho a humillarme. Le dije que estaba harta de escuchar esas horribles historias que se inventaba y que me marchaba. Eso le borró la sonrisa de los labios. Tendrías que haberle visto…, ¡parecía que acabaran de darle un garrotazo! No dije nada porque no le había visto. Pero ahora estaba viendo a Louise. No veía a la etérea Cenicienta del retrato ni tampoco a la fregona…, me encontraba delante de otra mujer totalmente distinta; una mujer de ojos salvajes y voz áspera dominada por una furia implacable. Santiago debió de ver todo lo que yo veía ahora y mucho más. Gritó y protestó…, pero acabó suplicando. Y cuando intentó abrazarla las cosas volvieron al principio. Louise volvió a clavarle las uñas en la cara, pero esta vez como despedida definitiva. Y fue él quien se marchó, confuso y tembloroso, sin tomarse el tiempo necesario ni para recoger una bolsa de viaje. —¿Te dijo que accedería al divorcio? —le pregunté. Louise se encogió de hombros. —Oh, me dijo que se opondría, pero eso no son más que palabras. Le advertí que si intentaba llevar el caso a los tribunales lo contaría todo…, los celos, las borracheras, todo. Subiría al estrado de los testigos dispuesta a no callarme nada…, hasta el que no se le levantaba. —Se rió—. No te preocupes. Conozco a Carlos. Haría cualquier cosa por evitar ese tipo de publicidad. —¿Y dónde está ahora? —Ni lo sé ni me importa. —Sus ojos parecían echar llamas, y su voz apasionada resonó roncamente junto a mi oído—. Tú estás aquí —murmuró. Y cuando su boca se encontró con la mía sentí el poder de esa furia suya. Me marché por la mañana antes de que llegara la doncella, tal como había hecho siempre, aunque Louise quería que me quedase. —¿Es que no lo entiendes? —le dije—. Si quieres que no se oponga al divorcio no puedes permitirte el lujo de tenerme aquí. Dirk Otjens me recomendó a un abogado llamado Bernie Prager; Louise fue a visitarle y Prager accedió a ocuparse del caso. Le dijo que no debía dejarse ver acompañada de ningún hombre, tanto en público como en privado, a menos que hubiera una tercera persona presente. Louise me informó de todo eso por teléfono. —Creo que no podré soportarlo, querido… No verte… —¿Sigues conservando a la doncella? —¿Josefina? Sigue viniendo cada día, como de costumbre. —Bueno, entonces yo también puedo ir. Mientras la tengamos allí no habrá problema. Me dedicaré a hacerle unos cuantos retoques más al retrato por las tardes. —Y por las noches… —Las noches podrían hacer que todo se fuera al cuerno —dije yo—. Lo más probable es que Santiago haya contratado a alguien para que te vigile. —Imposible. —¿Cómo puedes estar tan segura? —Prager no es tonto. Está acostumbrado a encargarse de divorcios difíciles y sabe que si consigue un buen acuerdo eso significará una considerable suma de dinero para su bolsillo. —Louise se rió—. Verás, Prager tiene en nómina a unos cuantos detectives privados, así que es Carlos quien se encuentra sometido a vigilancia. —¿Dónde está tu esposo? —Pasó la noche en el Club Atlético de Sepúlveda y esta mañana fue a su despacho…, todo sigue como siempre. —Supón que haya contratado a un detective privado por teléfono. —Las líneas de su despacho y la de su habitación ya están intervenidas. Ya te he dicho que Prager no es tonto. —Por lo que cuentas, parece que todo eso va a salir bastante caro, ¿no? —¿A quién le importa? Querido, ¿es que no lo entiendes? Carlos tiene tanto dinero que le sale por las orejas, y puedo asegurarte que vamos a exprimirle. Cuando todo esto haya terminado tendré dinero suficiente para el resto de mi vida. Los dos tendremos dinero suficiente hasta que nos muramos. —Volvió a reírse. Yo no compartía su alegría. De acuerdo, Carlos Santiago no era lo que se dice un hombre maravilloso. Quizá se merecía que le pusiesen cuernos y perder a Louise. Pero lo de sacarle el dinero amenazándole con irse de la lengua… Y si decidía tomar parte en aquello, ¿qué sería de mi vida? Pensé en lo que ocurriría después del divorcio. Se acabó el pintar y el andar a la caza de encargos. Ya podía verme al lado de Louise, compartiendo su vida de opulencia, la gran casa, los cochazos, los viajes, el lujo y el no hacer nada. Y, sin embargo, cuando tracé ese retrato mental de mi futuro, mi ojo de artista vio que contenía una sombra: la sombra de uno de esos chulos que vagan por el bulevar Hollywood… No era una imagen muy agradable. Pero cuando entré en la sala donde me esperaba Louise, la sombra se desvaneció bajo la luz de su alegría. —¡Tengo noticias maravillosas, querido! —me dijo a modo de saludo—. Carlos se ha ido. —Ya me lo habías dicho… Meneó la cabeza. —No, quiero decir que se ha marchado de la ciudad —me explicó—. Uno de los hombres de Prager acaba de darme su informe. Llamó por teléfono haciendo una reserva para el vuelo del mediodía a Nueva Orleans. Uno de sus petroleros va a atracar allí y tiene que supervisar la descarga. No volverá hasta bastante después de las fiestas. —¿Estás absolutamente segura? —Prager envió a uno de sus hombres al aeropuerto. Vio como Carlos se marchaba en su avión, y están pasándole todas las llamadas a la sucursal de Nueva Orleans. —Me abrazó—. ¿No es maravilloso? Ahora podemos pasar la Navidad juntos. —Su voz se volvió un poco más suave y sus ojos perdieron parte de su dureza habitual—. Es lo que más he echado de menos… Una auténtica Navidad al viejo estilo, con un árbol y todo lo demás. —Pero ¿tú y Carlos no…? Louise meneó la cabeza. —Siempre surgía algo en el último momento, como este viaje a Nueva Orleans. Si no nos hubiéramos separado, ahora estaría con él a bordo de ese avión. ¿Has celebrado alguna vez la Navidad en Kuwait? Ahí es donde estuvimos el año pasado, comiendo curry de cordero con un jefe de puerto gordo y grasiento. Carlos me prometió que se habían acabado los viajes de negocios durante las fiestas; este año íbamos a quedarnos en casa y tener una auténtica Navidad. Como ves, no ha sabido ser fiel a su promesa. —Sé razonable —dije yo—. ¿Qué esperabas que hiciera, dadas las circunstancias? —Oh, aunque nada de esto hubiera ocurrido te aseguro que habría encontrado alguna excusa. —Tanto sus ojos como su voz habían recobrado la dureza de antes—. Me llevaría de un lado a otro para poder lucirme ante sus amistades del mundo de los negocios… «Mira lo que tengo. Soberbia, ¿eh? ¿Ves lo bien que la visto y cómo la cubro de joyas?». Oh, sí, nada es demasiado bueno para Carlos Santiago…, ¡él siempre compra lo mejor! Y, de repente, aquellos ojos ardientes se llenaron de lágrimas y la voz estridente se convirtió en un sollozo ahogado. La abracé. —Bueno, bueno… —le dije—. Arréglate el maquillaje y coge tus cosas. —¿Adónde vamos? —De compras. Vamos a comprar adornos navideños… y el árbol más grande de toda la ciudad. Si han ido alguna vez de compras navideñas con un niño quizá puedan comprender cómo fueron los días siguientes. Escogimos nuestros adornos en las grandes tiendas de Wiltshire; igual que el bulevar Hollywood, aquella calle también estaba muy engalanada y vibraba al son de los villancicos. Pero allí la música no parecía mecánica, los oropeles no escondían ninguna miseria humana y no había sombras que pudieran apagar el brillo que encendía los ojos de Louise. Para ella todo era realidad; cada día volvía a convertirse en una niña nerviosa e impaciente. De noche también estaba impaciente, pero entonces ya no era una niña. El contraste resultaba muy excitante, y cada estado anímico tenía sus propios tesoros ocultos. Todos salvo uno. Ocurrió a última hora de la tarde del día veintitrés, cuando nos trajeron el árbol. El recadero lo llevó al cuarto donde había pintado el retrato, lo puso sobre un soporte especial y en cuanto se hubo marchado pasamos un rato contemplándolo mientras anochecía. —¿Qué pasa? —le pregunté. —No lo sé. Algo anda mal… Siento como si hubiera alguien vigilándonos. —Claro. —Señalé el lienzo colocado en el caballete del rincón—. Tu retrato. —No, no se trata de eso. —Alzó los ojos hacia mí—. Cariño, estoy asustada. Supón que Carlos decide volver… —Hace una hora telefoneé a Prager. Tiene transcripciones de todas las llamadas recibidas por tu esposo hasta el mediodía de hoy. Carlos llamo a su secretaria desde Nueva Orleans y dijo que volvería el día veintisiete. —Supón que vuelve sin avisar a su despacho. —Si lo hace nos enteraremos… Prager tiene vigilado el aeropuerto, por si acaso. —La besé—. Y ahora, deja de preocuparte. No hay motivo para que te pongas paranoica. —Paranoica… —Sentí como volvía a estremecerse—. Aquí no hay más paranoico que Carlos. Recuerda esa historia horrible que nos contó. —Pero no era más que una historia. No tiene ningún hermano. —Creo que lo que nos contó era cierto.  Él  hizo todas esas cosas. —Eso es lo que quería que creyéramos. Fue un farol y no le salió bien. Y no vamos a permitir que nos estropee la Navidad. —De acuerdo —asintió Louise, y su rostro volvió a recuperar la alegría—. ¿Cuándo adornaremos el árbol? —En Nochebuena —dije yo. Al día siguiente me marché bastante tarde —era casi mediodía—, y Josefina ya estaba preparándose para partir. Dijo que debía hacer algunas compras de última hora para su familia. Yo también tenía que hacerlas. —¿Cuándo volverás? —me preguntó Louise. —Dentro de unas horas. —Llévame contigo. —No puedo…, es una sorpresa. —Pues entonces prométeme que volverás lo más pronto posible, cariño. —Le brillaban los ojos—. Tengo muchas ganas de adornar el árbol. —Volveré lo más pronto posible. Pero «pronto» es un término relativo, y cuando uno tiene que encontrar aparcamiento y hacer compras el día antes de Navidad, lo más probable es que acabe convirtiéndose en «tarde». Tenía una idea muy exacta de lo que andaba buscando, pero la pequeña joyería donde logré hallarlo, después de dar muchas vueltas, ya estaba a punto de cerrar. Nunca había comprado un anillo de compromiso y no sabía si Louise aprobaría mi elección. La piedra estaba muy bien tallada y la montura era bonita, pero comparada con los diamantes que Santiago le había regalado, la verdad es que parecía bastante insignificante. Aun así, la gente siempre dice que lo importante es la intención, ¿no? Esperaba que Louise pensara lo mismo. Cuando salí de la joyería la calle ya estaba llena de luces y el crepúsculo se había convertido en noche. Antes de volver al coche busqué una cabina telefónica y llamé a la oficina de Prager. No obtuve respuesta. Debí haberme imaginado que no encontraría a nadie…, aun suponiendo que hubieran celebrado una pequeña fiesta navideña, ya haría rato que habría terminado. Quizá pudiera encontrarle en su casa. Por otra parte, ¿para qué molestarse? Si tuviera alguna novedad, Prager ya habría llamado a Louise. El auténtico problema al que me enfrentaba era abrirme paso por las calles, llegar al aparcamiento, sacar el coche y soportar el tormento de los continuos atascos de tráfico. Coros celestiales brotaban de los altavoces. Y los ángeles cantando están,gloria a Dios, gloria al Rey celestial. El estrépito de las bocinas rompía la paz de la noche; mis compañeros de atasco no tenían ganas de cantar, y a juzgar por cómo le daban a la bocina no parecía haber muchos ángeles entre ellos. Logré llegar hasta Beverly Drive y empecé a avanzar lentamente hacia Coldwater Canyon, encontrándome con un nuevo atasco; los coches se movían tan despacio como si fueran tortugas, parachoques pegado a parachoques. Tendría que haber llamado a Louise desde aquella cabina telefónica para decirle que no se preocupase. Ahora era demasiado tarde; estaba en una zona residencial donde no había cabinas. Además, pronto llegaría a casa. A casa. Torcí hacia el sendero que subía por la colina y pensé en lo extrañas que me resultaban aquellas palabras. Aquella mansión se había convertido en mi casa, o no tardaría en serlo. Mejor dicho, sería  nuestra  casa… Nuestra casa, nuestros coches, nuestro dinero, tanto de Louise como mío… «Nada de esto te pertenece. Todo es suyo: su casa, su dinero, su esposa… Eres un ladrón. Le has robado el honor, le has robado la vida…» Meneó la cabeza. «Qué estupidez. Eso es lo que diría Santiago. Él sí que está loco…» Recordé la expresión que había en el rostro del hombre toro cuando me contó la historia de su hermano, el cómo le traicionaron y su forma de vengarse… ¿Estaría hablando de sí mismo? En tal caso, tenía que estar loco. Y aunque sólo fuera una fantasía, su lógica retorcida no hacía sino enfatizar todavía más el que todo era fruto de la astucia de un loco. Haber jurado que no permitiría que se quedara ciega, prometer que no dejaría que nadie le tocara los ojos y haberle cosido los párpados…, una mente capaz de concebir tal idea era capaz de cualquier cosa. Pisé el acelerador; el coche salió disparado hacia adelante, patinando en cada curva. Agarré el volante con manos repentinamente sudorosas y subí por la colina, dejando atrás las grandes mansiones con sus adornos navideños y las luces de los árboles haciéndome guiños desde las ventanas. La casa de la cima estaba a oscuras…, pero cuando vi el Ferrari aparcado delante de la puerta comprendí lo que había ocurrido. Frené bruscamente, deteniéndome a unos centímetros de su parachoques, y corrí hacia la puerta principal. Louise me había dado un duplicado de la llave y mis temblorosos dedos lucharon por meterla en la cerradura. La puerta se abrió; todo estaba a oscuras. Avancé por el pasillo buscando la arcada de la izquierda. —¡Louise! —grité—. Louise, ¿dónde estás? Silencio. O casi. Cuando entré en la sala, oí el sonido de una respiración jadeante que venía del sillón colocado junto a la chimenea. Mi mano fue hacia el interruptor de la luz. —No encienda la luz. La voz era algo pastosa, pero la reconocí. —Santiago, ¿qué está haciendo aquí? —Esperarle,  amigo . —Pero yo pensaba que… —¿Que me había ido? Louise pensaba lo mismo. —Una risita se abrió paso por entre la oscuridad. Di un paso hacia adelante. Volví a oír aquella voz pastosa y olí la vaharada de licor que brotó de sus labios. —Verá, sabía que los teléfonos estaban intervenidos y que había detectives vigilándome, así que decidí volver siguiendo una ruta diferente: cogí un avión en Denver. Los detectives del aeropuerto no vigilaban los vuelos que llegaban de allí. Quería sorprender a Louise…, pero fue ella quien me dio la sorpresa. —¿Cuándo ha llegado? —le pregunté. —Después de que se fuera la doncella. Pudimos estar a solas sin que nadie nos molestara. —¿Qué le ha dicho Louise? —La verdad,  amigo . Ya lo sospechaba, claro está, pero no podía estar seguro hasta que ella confesara. No importa, pues ya hemos arreglado nuestras diferencias. —¿Dónde está Louise? Dígame dónde está… —Pues claro que se lo diré. Voy a ser franco con usted, igual que ella lo fue conmigo. Me lo ha contado todo…, lo mucho que le amaba, lo que pensaban hacer juntos…, hasta me habló de ese estúpido capricho suyo, lo de adornar el árbol del cuartito. Ah, sus palabras habrían sido capaces de ablandar hasta a un corazón de piedra,  amigo . No pude resistirme. —Si le ha hecho daño… —Le concedí su deseo. Está en el cuartito. Santiago volvió a reírse y la risa terminó en un ataque de tos. Pero yo había dejado de prestarle atención; corrí hacia la puerta del cuartito y la abrí de un manotazo. Las guirnaldas de luces que cubrían el árbol me permitieron no tropezar con el machete tirado en el suelo. Alcé los ojos hacia el caballete del rincón, esperando ver el cuadro hecho pedazos. Pero el retrato de Louise estaba intacto. Me obligué a bajar la vista hacia el suelo, temiendo encontrar algo horrible, y lancé un suspiro de alivio. En el suelo no había nada, sólo el machete. Me agaché para recogerlo y vi las manchas que cubrían el oxidado metal de la hoja…, vi las manchas rojizas y las gotitas que se iban deslizando lentamente hacia el suelo. Durante una fracción de segundo creí oír el sonido que hacían al chocar contra el suelo, pero en seguida comprendí que eran demasiado pequeñas, y que no podían ser la fuente de aquel lento gotear, que venía de… Supongo que Santiago debió de pegarse el tiro en ese mismo instante, pero lo que me hizo gritar no fue el estampido del arma. Contemplé el árbol de Navidad y las guirnaldas de luces parpadeantes esparcidas sobre sus grandes ramas, que se encendían y se apagaban alegremente, y los extraños adornos colocados entre las verdes agujas del abeto. Lo contemplé y grité, porque el loco me había dicho la verdad. Louise estaba ante mí, sirviéndole de adorno al árbol de Navidad. FIN Autor: Robert Bloch Título: Nochebuena Título Original: The Night Before Christmas Publicado en: Dark Forces (1980) Traducción: Albert Solé

  • "Nochebuena en Santiago", cuento de Manuel Rojas

    Nochebuena en Santiago Manuel Rojas Mi nombre es Augusto, aunque mis parientes y amigos me llamen Tito, diminutivo que no sé si se debe al cariño que me tienen o a la apreciación de mi corta estatura (digo corta y no baja porque lo considero más exacto; el segundo adjetivo se presta a malentendidos). No soy chileno sino guatemalteco. Vine a dar aquí poco después de abandonar Bolivia, país en el que servía, casi a pesar mío, un cargo de secretario de la embajada de Guatemala. Digo «casi a pesar mío» porque no creo en las embajadas ni en los secretarios y si acepté el puesto fue porque el presidente era mi amigo y prometía trabajar realmente por el bienestar del pueblo. Pero el hombre, imprudente, se puso a hablar de reforma agraria y de nacionalización y los accionistas de las compañías fruteras y de otra índole, accionistas que no viven en Guatemala sino en otra parte, fruncieron el ceño, aunque mejor sería decir que rechinaron los dientes. Intervino un embajador, se puso de acuerdo con algunos militares —digo algunos porque supongo que unos pocos bastan— y el resultado fue el que es de suponer: en Lima, Perú, mirando hacia el oeste, me dije: «México o Chile»; ganó Chile y aquí estoy. Aquí estoy, con el cuerpo un poco malo, como dicen los chilenos. Es un estado que se presenta al amanecer o al despertar. La expresión es precisa y casi me gusta más que «cruda», como dicen los mexicanos, o «marea», como le llaman otros: dolor de cabeza, boca seca, columna vertebral encogida, disminución del entusiasmo por vivir, tendencia a la inmovilidad y a la horizontalidad, disgusto por los ruidos y las voces, tales son sus síntomas más comunes. Se combate con las mismas armas que lo producen, acto que se llama «componer el cuerpo», similia similibus curantur, o con la más absoluta quietud, agua, tiempo y aspirinas. Debería decir que se produce en gran cantidad en los días 2 de enero, 19 y 20 de septiembre, 25 de diciembre, además de los días que siguen a algunas fiestas, movibles o no: San Luis, San Manuel, San Francisco, fuera de una docena o más de otros santos menos famosos, y no sería exagerado decir que todos los días, a lo largo de este país, amanecen con el cuerpo malo centenares de individuos que el día anterior se festejaron a sí mismos, festejaron a otros o sencillamente se emborracharon porque no pudieron o no supieron hacer otra cosa. Cosa que, según creo, ocurre en todo el mundo por lo cual no hay que alarmarse porque ocurra en Chile. Hoy, precisamente, es 25 de diciembre, día de calor y cuerpo malo. Tener el cuerpo malo en un día de frío, en julio o agosto, es desagradable, pero tenerlo en un día de calor es mucho peor. Se habla mucho de la Nochebuena, pero no se dice que la tal noche no es eterna, que llega un momento en que se termina la noche y la fiesta y en que el nuevo día surge con su horrible luz. Lo peor es que anoche estuve preso en una comisaría. Preso por curado y por ladrón de zapatos. Mis antecedentes son honorables, por más que haya sido secretario de embajada. Ya he dicho cuáles fueron las razones que me indujeron a aceptar ese puesto. En este caso, sin embargo, en la acusación de robo, hay algo que me mortificó mucho, que me mortifica todavía: fui acusado de robar «un» zapato, no un par sino uno, usado además, y por más que haya secretarios de embajada que han sido acusados de contrabandear oro o divisas extranjeras, de robarse el whisky o de espiar, ninguno, que yo sepa, ha sido acusado de robarse «un» zapato usado. Cuando emboqué la calle San Francisco vi al borracho y, no sé por qué, me enternecí, aunque parte de esa ternura se debiera al ponche en leche, al vino y a otras bebidas ingeridas durante la noche: estaba más borracho que yo y se encontraba entre dos policías, resistiéndose a que lo llevaran detenido, no resistiéndose violentamente sino con cierta silenciosa y mesurada dureza. Me detuve. —¿Y por qué… me van a llevar preso? —dijo—. ¿Que no estamos en día de Pascua? El tono de su voz resuelto era un poco infantil. —¡Ya, camina! —dijo el carabinero, dándole un tirón. Me acerqué. —¿Por qué lo llevan? —pregunté. Uno de los carabineros me contestó. —Está curado y metió un alboroto regrande… —Pero —le dije— hoy es día de Pascua, día de los villancicos, del amor entre los seres humanos, el día en que se celebra el nacimiento del más grande símbolo de fraternidad creado por los hombres de hace dos mil años. Hay que amar y perdonar. El carabinero me miró como si le hubiera dicho que el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos, una mirada que me abarcó por entero —cosa que no le costaría mucho—, examinó mi cara y mis ojos y, sobre todo, la boca, y me dijo: —Es mejor que se vaya, caballero. Usted también está medio chamuscado. El tirón siguiente echó al borracho contra el muro, el subsiguiente lo llevó hasta la orilla de la calzada, en donde estuvo a punto de irse de bruces; otro tirón lo equilibró. Tirón va y empujón viene, los dos policías y el ebrio iniciaron su marcha hacia la comisaría más cercana, y allá fui yo, perorando, transmitiendo, como se dice vulgarmente, acerca de la Navidad y de su significado. Había llegado el momento de la marea, el momento en que el alcohol ingerido sube con más fuerza hacia la cabeza, y en que el intoxicado, ya cansado, pierde un poco el control de sí mismo. Pasé trente a la calle en que vivo sin darme cuenta de ello. Arrebatado por mi prédica, sollocé un poco, y el borracho, a quien también sin duda le subió la marea, replicó a mis sollozos dando unos gritos tremendos y tirándose al suelo; lo arrastraron y entonces perdió un zapato, un zapato de color, que recogí con riesgo de clavarme en el suelo al agacharme. Las cuadras que siguieron después permanecen aún en la penumbra: zapato en mano, hablando y lanzando uno que otro pequeño grito, pues odio los gritos grandes, observando desde unos metros al zamarreado y a los zamarreadores, seguí por San Francisco. Por fin, después de un tiempo y un espacio que me parecieron muy largos, percibí que entraba a una zona de fuerte luz: era la puerta de la comisaría. Allí, debajo de una brillantísima ampolleta el borracho me señalaba con una mano y gritaba: —¡Ese pije me robó el zapato! Había pasado la marea. Me acerqué, entregué el zapato y pretendí decir a los carabineros que yo…, pero los carabineros no eran los mismos que había visto al embocar San Francisco. Estos no me conocían, ¿En qué momento se habían cambiado? Lo ignoro. Lo que sé es que fui metido adentro de un tirón y que pasé la noche en un calabozo con el curado roncando a mi lado. No quedaba mucho de la Nochebuena, pero, por corto que fuese el trozo que restaba, tuve tiempo para olvidar los villancicos, el amor entre los seres humanos y los símbolos de fraternidad. FIN Autor: Manuel Rojas Título: Nochebuena en Santiago Publicado en: Cuentos completos, 2019

  • "Una estatua para papá", cuento de Isaac Asimov

    Una estatua para papá Isaac Asimov ¿Es la primera vez? ¿De veras? Ah, pero, por supuesto, usted tenía noticias. Sí, estaba seguro de que lo había oído comentar. Si el descubrimiento le interesa de verdad, créame, me encantará explicárselo. Es una historia que siempre me ha gustado contar, aunque pocas personas me dan ocasión. Hasta hubo quien me aconsejó que la mantuviera en secreto, porque contradice la leyenda que se está formando respecto a mi padre. De todos modos, creo que la verdad es valiosa. Tiene una moraleja. Un hombre puede pasarse la vida dedicando sus energías a la satisfacción de su propia curiosidad, únicamente, y luego, por pura casualidad, sin proponerse nada parecido, acabar siendo un bienhechor de la humanidad. Papá era solamente un físico teórico, dedicado a la investigación de los viajes por el tiempo. No creo que jamás se parase a pensar ni por un momento qué pudieran significar los viajes a través del tiempo para el  Homo sapiens . Sencillamente, sentía curiosidad por las relaciones matemáticas que gobernaban el universo. ¿Hambriento? Tanto mejor. Imagino que se precisará cerca de media hora. Lo arreglarán perfectamente para un oficial como usted. Es cuestión de amor propio. Para empezar, papá era tan pobre como sólo un profesor de Universidad puede serlo. Con el tiempo, sin embargo, se hizo rico. En los últimos años de su vida llegó a ser fabulosamente rico, y en cuanto a mí, y a mis hijos, y a mis nietos… bueno, usted mismo lo verá. Oh, además, le dedicaron estatuas. La más antigua está aquí mismo, en el lugar donde realizó el descubrimiento. Puede verla mirando por la ventana. Si. ¿Distingue la inscripción? Bueno, es que miramos desde un ángulo desfavorable. No importa. Por la época en que papá inició las investigaciones sobre viajes a través del tiempo, la mayoría de físicos habían abandonado este problema, considerándolo una tarea demasiado ardua. En cambio, había empezado como una marea tiempo atrás, la primera vez que montaron crono-túneles. La verdad es que no hay mucho que ver. Las imágenes son completamente irracionales e incontrolables. Lo que se ve aparece ondulado y borroso, con poco más de medio metro de anchura en el mejor de los casos, y se desvanece rápidamente. Querer enfocar en el pasado es lo mismo que querer captar la imagen de una pluma arrastrada por un huracán enloquecido. Probaron de sujetar el pasado con unas grapas, pero el procedimiento resultó igualmente imposible. A veces se sostenían bien unos segundos, siempre que un hombre empujara la grapa con fuerza; pero en otras ocasiones no se las podía hacer penetrar ni con un martinete. Del pasado no se pudo conseguir nada hasta que… Bien, ya llegaremos a ello. Después de cincuenta años de no hacer progreso alguno, los físicos perdieron el interés. La técnica operativa parecía hallarse en un callejón sin salida. Cuando vuelvo la vista hacia aquellos tiempos, no puedo decir que se lo reproche. Algunos hasta trataron de demostrar que en realidad los túneles no mostraban el pasado; pero se habían divisado demasiados animales vivientes por aquellos túneles…, animales extinguidos en la actualidad. Sea como fuere, cuando la gente se había olvidado casi de los viajes por el tiempo, entró en escena papá. Y convenció al Gobierno de que le concediera una subvención para montar un crono-túnel propio, y emprendió el asunto de nuevo, desde el principio. Yo le ayudaba, por aquellas fechas. Había salido recientemente de la Universidad, donde obtuve el doctorado en Física. No obstante, al cabo de un año, poco más o menos, nuestros esfuerzos tropezaron con un mar de penosos conflictos. A papá le costó mucho trabajo conseguir que le renovaran la subvención. Los industriales no manifestaban el menor interés, y la Universidad decidió que manchaba la reputación de tan distinguido centro al mostrarse tan obstinado en investigar en un campo sin ninguna posibilidad. El decano, que sólo entendía bien el aspecto monetario de la beca, empezó insinuándole que se pasara a campos más lucrativos, y acabó echándole. Por supuesto, el buen señor —que sigue viviendo y seguía contando dólares de las subvenciones cuando papá falleció— se sentiría en ridículo, imagino, cuando papá legó a la Universidad, en su testamento, un millón de dólares libres de impuestos… pero con un codicilo anulando el legado porque el decano carecía de visión. Bien, esto fue, meramente, una venganza póstuma. Muchos años antes… No quisiera ponerme en plan dictador, pero tened la bondad, no comáis más barritas de pan. La sopa clara, comida muy despacio para evitar un apetito demasiado vivo, bastará. De todos modos, nos las arreglábamos. Papá conservó el equipo que habíamos comprado con el dinero de la subvención, lo sacamos de la Universidad y lo montamos aquí. Aquellos primeros años de investigar por nuestra cuenta fueron brutales. Yo no me cansaba de insistir en que abandonásemos; pero él no quiso. Era indomable; siempre encontraba de dónde sacar mil dólares, cuando los necesitábamos. La vida seguía; pero él no permitía que nada le apartase de sus investigaciones. Mi madre murió; papá la lloró, y volvió a sus investigaciones. Yo me casé; tuve un hijo, y luego una hija, y no pude estar siempre al lado de mi padre. Él continuaba sin mí. Se rompió la pierna, y estuvo mes y medio trabajando con la pierna escayolada. De modo que le concedo todo el mérito a él. Yo colaboraba, naturalmente. Realizaba tareas marginales de consulta y cuidaba de las negociaciones con Washington. Pero la vida y el alma del proyecto era él. A pesar de todo, no llegábamos a ninguna parte. Habría dado lo mismo si todo el dinero que lográbamos sacar a duras penas lo hubiésemos arrojado dentro de uno de aquellos crono-túneles… lo cual no quiere decir que hubiese podido cruzarlo. Al fin y al cabo, no logramos nunca, ni una sola vez, hacer pasar una grapa por un túnel de aquéllos. Sólo en una ocasión estuvimos a punto de conseguirlo. Teníamos la grapa a unos cinco centímetros del otro extremo cuando el foco cambió. La imagen se fue de pronto, y hete ahí que en determinado momento de la Era Mesozoica aparece un pedazo de vara de acero fabricada por el hombre, oxidándose en una margen de río. Luego, un día, el día crucial, el foco se mantuvo durante diez largos minutos… suceso que tenía menos de una entre un billón de probabilidades de ocurrir. ¡Señor, y qué agitación tan frenética nos dominaba mientras montábamos las cámaras! En la otra parte del túnel, tocándolo casi, veíamos criaturas vivas que se movían vigorosamente. Luego, coronando la aventura, el crono-tubo se hizo permeable, hasta hubiéramos jurado que no había nada sino aire entre el pasado y nosotros. La notable permeabilidad debía de estar relacionada con la larga permanencia del enfoque, aunque jamás pudimos demostrar si había sido así realmente. Naturalmente, no teníamos ninguna grapa a mano, ya se lo figurarán ustedes, sin duda. Pero la baja permeabilidad resultaba suficiente, puesto que algo cayó a través del tubo, o túnel, pasando del  Entonces  al  Ahora . Como herido por el rayo, obrando sólo por el ciego instinto, estiré el brazo y lo cogí. En aquel instante perdimos el enfoque; pero esta contrariedad ya no nos dejó amargados y desesperados. Ambos mirábamos fijamente, lleno el pensamiento de locas conjeturas; aquello que yo sujetaba. Era una masa de barro apelotonado y seco, completamente liso por las partes que habían rozado con el túnel del tiempo, y en aquella masa de barro había catorce huevos del tamaño, aproximadamente, de huevos de pato. —¿Huevos de dinosaurio? —pregunté—. ¿Supones que lo son de verdad? —Quizá —respondió mi padre—. No podemos asegurarlo. —A menos que los incubemos —dije yo, con repentina y casi incontrolable animación. Y los deposité con la misma reverencia que si hubieran sido de platino. Estaban calientes, con el calor del sol de las eras primitivas—. Si los incubamos, papá —dije yo—, tendremos unos seres que se extinguieron hace más de cien millones de años. Será el primer caso en que se haya traído a la actualidad algo realmente perteneciente al pasado. Si lo publicamos… Estaba pensando en las subvenciones que nos concederían, en la publicidad, en todo lo que aquel triunfo significaría para mi padre. Veía por adelantado la mirada de consternación en la cara del decano. Pero papá contemplaba la situación desde otro ángulo. Así pues, dijo con firmeza: —Ni una palabra, hijo. Si esto se divulga, tendremos veinte equipos de investigación sobre el rastro de los crono-tubos, cortando mis progresos. No. Pero apenas haya solucionado el acertijo de esos crono-tubos, podrás anunciar todo lo que quieras. Hasta entonces… guardaremos silencio. No pongas esa cara, hijo. Tendré la solución antes de un año. Estoy seguro. Yo me sentía algo menos confiado; pero aquellos huevos, estaba convencido, nos proporcionarían todas las pruebas que necesitásemos. De modo que gradué una gran estufa a la temperatura de la sangre y la dispuse de modo que circulasen por ella el aire y el vapor de agua convenientes. Después monté un timbre de alarma que sonaría a los primeros asomos de movimiento en el interior de los huevos. Éstos se abrieron a las tres de la madrugada, diecinueve días más tarde. Y allí estaban… catorce diminutos canguritos con escamas verdosas, garras en las patas traseras, muslitos rollizos en forma de fusta. Al principio creía que se trataba de tiranosaurios; pero eran demasiado pequeños para pertenecer a esta variedad. Pasaron los meses, y pude ver que no sobrepasarían en corpulencia a unos perros de tamaño mediano. Papá parecía desilusionado, pero yo seguí adelante, confiando que me dejaría utilizarlos para fines publicitarios. Uno de los animalitos murió antes de llegar a la madurez y otro falleció en una pelea. Pero los doce restantes sobrevivieron… cinco machos y siete hembras. Yo los alimentaba con zanahorias picadas, huevos duros y leche, y me aficioné mucho a ellos. Eran terriblemente estúpidos, y sin embargo muy dulces. Y, además, verdaderamente hermosos. Sus escamas… Ah, sí, bueno, sería tontería describirlos. Aquellos primeros retratos de la publicidad han circulado por todas partes. Aunque, pensándolo bien, no sé si en Marte… ¡Oh, ahora con ésas! Bueno, bien. Pero hubo de pasar mucho tiempo para que los retratos impresionaran al público, y no hablemos ya de la vista de las criaturas auténticas. Papá continuaba intransigente. Pasó un año, pasaron dos, y finalmente tres. No teníamos suerte, ninguna, con los crono-tubos. Aquel afortunado azar anterior no se repetía; a pesar de lo cual papá se negaba a ceder. Cuatro hembras pusieron huevos, y pronto tuve en mi poder más de cincuenta seres de aquella especie. —¿Qué haremos con ellos? —pregunté. —Mátalos —me dijo. Claro, por supuesto, yo era incapaz de matarlos. Henry, ¿está ya casi listo? Bien. Cuando se produjo el milagro, habíamos agotado todos nuestros recursos. No sabíamos dónde conseguir más dinero. Yo había ensayado en todas partes, y en todas partes había cosechado continuas negativas. Y hasta me alegraba, pensando que ahora papá tendría que abandonar. Mas, con un mentón firme e indómitamente levantado, papá montó otro experimento, con toda tranquilidad. Les juro a ustedes que si no hubiera ocurrido el accidente, la verdad nos habría esquivado ya por siempre. La humanidad se habría visto privada de una de sus mayores bendiciones. A veces sucede así. Perkin descubre una mancha morada en su líquido y encuentra los colorantes de anilina. Ramsen se lleva a los labios un dedo contaminado y descubre la sacarina. Goodyear deja caer una mezcla en la estufa y encuentra el secreto de la vulcanización. En nuestro caso, fue un dinosaurio a mitad de su crecimiento el que se internó por el laboratorio principal de investigaciones. Teníamos ya tantos que no podía seguirles la pista a todos. El dinosaurio se metió exactamente entre dos puntos de contacto abiertos… en el lugar preciso en donde clavaron la lápida inmortalizando el hecho. Estoy convencido de que el suceso no volvería a producirse ni en mil años. Hubo un destello cegador, un corto circuito capaz de abrasarlo todo, y el crono-tubo recién montado desapareció en un arco iris de centellas. La verdad es que en aquel momento preciso no supimos exactamente qué habíamos conseguido. Todo lo que sabíamos era que el animal había quemado, y acaso destruido definitivamente, doscientos mil dólares de equipo, y que estábamos completamente arruinados. Y todo lo que podíamos presentar como recuerdo era un dinosaurio asado de pies a cabeza. Hasta nosotros nos habíamos chamuscado un poco; pero el dinosaurio había recibido toda la concentración de energía del campo. Lo percibíamos por el olfato. El aire estaba saturado de su olor. Papá y yo nos mirábamos sorprendidos. Yo levanté el animalito cogiéndolo con unas tenazas. Estaba negro y socarrado por fuera, pero las quemadas escamas cayeron al contacto de las tenazas, arrastrando la piel consigo. Y bajo el socarrado apareció una carne blanca y firme, muy parecida a la de pollo. No pude resistir la tentación de probarla, y encontré que su parecido con el pollo podía compararse al que existe entre Júpiter y un asteroide. Pueden creerme o no, pero con nuestro trabajo científico convertido en ruinas a nuestro alrededor, nos sentamos los dos allí y nos pusimos a devorar dinosaurio. Hallábamos trozos quemados y trozos casi crudos. Y no lo habíamos condimentado. Pero no paramos hasta haber mondado bien los huesos. —¡Papá —exclamé yo—, los hemos de criar, gloriosa y sistemáticamente, para alimento! Papá hubo de dar su conformidad. Estábamos en la bancarrota más absoluta. Conseguí un préstamo del Banco invitando al director a comer y dándole dinosaurio. La treta no ha fallado nunca. Nadie que haya probado lo que ahora llamamos «dinopollo» queda contento con los platos corrientes. Una comida sin dinopollo es una comida en la que nos cuesta trabajo mantener el alma y el cuerpo juntos. Sólo el dinopollo es  alimento  de verdad. Nuestra familia sigue siendo dueña del único rebaño de dinopollos que existe y somos los únicos proveedores de una cadena mundial de restaurantes —la primera y más antigua— que se ha formado y desarrollado gracias a esta especialidad. ¡Pobre papá! Nunca fue dichoso, salvo aquellos singulares momentos en que comía real y auténtico dinopollo. Continuó trabajando en los crono-tubos, como trabajan asimismo (tal como él había dicho que ocurriría) otros veinte equipos de investigadores que invadieron el campo. Sin embargo, hasta la fecha, nada salió de todos esos esfuerzos. Nada  salvo  el dinopollo. ¡Ah, Pierre, gracias! ¡Ha sido un trabajo superlativo! Buena, señor, si me permite que trinche. Nada de sal, ahora, y sólo un poquitín de salsa. Así está bien… ¡Ah, esa es la expresión que veo siempre en el rostro del hombre que cata por primera vez esa delicia! Una humanidad agradecida aportó cincuenta mil dólares para erigir la estatua en la cima de la colina; pero ni este tributo fue suficiente para hacer feliz a papá. Lo único que pudo ver fue la inscripción: «Al Hombre que dio Dinopollo al Mundo». Vean ustedes, hasta el día de su muerte, papá sólo anheló una cosa: encontrar el secreto para viajar por el tiempo. Y a pesar de haber sido un bienhechor de la humanidad, murió sin haber podido satisfacer su curiosidad. FIN Autor: Isaac Asimov Título: Una estatua para papá Título Original: A Statue for Father Publicado en: Satellite Science Fiction, febrero de 1959 Traducción: Baldomero Porta

  • "Suerte macabra", cuento de Emilia Pardo Bazán

    Suerte macabra Emilia Pardo Bazán ¿Queréis saber por qué don Donato, el de los carrillos bermejos y la risueña y regordeta boca se puso abatido, se quedó color tierra y acabó muriéndose de ictericia? Fue que —oídlo bien— le cayó el premio gordo de Navidad, los millones de pesetas… Antes de ese acontecimiento, don Donato era un hombre que podía llamarse feliz, si tal adjetivo no pareciese un reto al destino, que siempre está enseñando los dientes a los mortales. Encerrado en su droguería y herboristería de la calle de Jacometrezo, haciendo todos los días a la misma hora las mismas cosas insípidas y rutinarias, don Donato era plácidamente optimista; sus excesos y lujos consistían en alguna escapatoria a los teatrillos alegres porque don Donato aborrecía la literatura triste —al teatro se va a reír—, y sus derroches, en traerse a casa las mejores frutas y legumbres del mercado del Carmen, pues adoraba, a fuer de obeso, los alimentos flojos. Jugador empedernido de lotería, nunca perdió sorteo, y no sólo se arriesgaba él, sino que tomaba parte con amigos y hasta les encomendaba la adquisición de décimos en administraciones que por cualquier motivo juzgaba afortunadas, dentro de las laboriosas combinaciones que realizaba para perseguir y acorralar a la suerte, a quien un día u otro estaba cierto de coger por las alas. ¿En qué se fundaba tal seguridad? No podía decirlo; pero le alentaba una fe robusta, un instinto o presentimiento (llámenle los escépticos como quieran). Supersticioso y calculista pueril, sucedíale a veces pararse en seco ante el número de una casa o el de un coche simón y correr a la Administración a pedir el mismo número. Lo que más le confirmaba en su manía era la circunstancia que realmente parecerá extraña a todo el que conozca la lotería un poco: en la ya larga existencia de jugador de don Donato, que jugaba cada sorteo, en algunos doble y triple, no le había caído, no digamos un premio regular, pero ni una aproximación, ni un reintegro en Nochebuena, ni nada, nada… Esta singular reserva de la fortuna le parecía a don Donato signo infalible de que sólo se ocultaba para venir un día de pronto, fulminante, terrible, con los brazos abiertos y las manos tendidas, llenas de oro. Hará dos años, estudiando don Donato la marcha del «gordo», del premio deslumbrador de Navidad, observó que desde tiempo inmemorial no había caído en M***, y, herida su imaginación por esta circunstancia, encargó a un amigo corresponsal que allí tenía que le tomase «un billete» nada menos. A vuelta de correo recibió la respuesta y el número del billete adquirido, en el cual el comprador se reservaba un décimo. Giró el dinero don Donato; guardó como oro en paño el número y la carta comprobante, y esperó el sorteo, con fatalismo de musulmán. Sin emoción compró la lista cuando la oyó vocear, y al fijar los ojos en el glorioso número, una oleada de sangre afluyó a su cabeza… Era el número adquirido en M***; el propio número…; el suyo, el esperado, el de los millones…; allí estaba claro como la luz. ¡El premio, el premio… La Fortuna, abierta de brazos, derramando oro con sus anchas manos pródigas! Se repuso de pronto Don Donato. ¿Pues qué, no contaba con aquello desde tantos años hacía? ¡Era lógico que al fin viniese! Una alegría intensa, serena, le embargaba plácidamente, mientras corría a cerciorarse…, aunque estaba seguro de que resultaría verdad. Y verdad resultó. No quedaba más que recoger, cobrar y disfrutar a pulso lo cobrado. No queriendo hacer pública su dicha, por quitarse murgas y sablazos; pensando que nadie ejecuta las cosas mejor que el interesado, aquella misma noche tomó en tren y no paró hasta dar con su cuerpo en M***. Llegó a hora avanzada de la noche siguiente, molido y asendereado, como sedentario que viaja sin ganas y por precisión, y hubo de recogerse a una posada para aguardar con la luz del día la hora de presentarse a su corresponsal y reclamar el billete. Al acostarse pensó en madrugar; mas de puro quebrantado le tomó el sueño y despertó muy tarde. Vistióse, y, con indefinible sobresalto, corrió a casa del amigo, en cuyas manos se encontraba el tesoro. En la esquina de la calle vio gentío: monagos, mujerucas que lanzaban exclamaciones de compasión; escuchó las notas del piporro, la salmodia de los curas; rompió por entre la compacta muchedumbre; se abrió paso hasta el portal, y, al querer enfilar la escalera tropezó con un ataúd que bajaba en hombros… Ya lo adivinas, lector: encerraba el cadáver del poseedor del billete premiado. Después de cortos momentos de angustia cruel, don Donato se resolvió a penetrar, sin encomendarse a Dios ni al diablo, hasta el gabinete donde lloraba la viuda. Brutalmente —millones quitan escrúpulos— formuló la cuestión y reclamó el billete. Era de temer un desmayo: no lo hubo; la viuda, digna y tranquila, franqueó a don Donato el mueble donde el difunto guardaba sus papeles de mayor interés. A la primera de cambio encontraron en el cajón central una cédula de letra del muerto, que decía así: «Día tantos…, he comprado para el señor don Donato Galíndez, droguero en Madrid, un billete entero de lotería, número tantos, que conservo en mi poder»… Y debajo: «Día tanto…: recibida letra importe billete, menos un décimo que reservo para mí…». Abrió tanto los ojos la viuda con lo del décimo, y desde aquel mismo instante se consagraron ella y don Donato, rivalizando en celo, a registrar la casa de abajo arriba; pero aún cuando gastaron tres días en pesquisas minuciosas, nada pudieron encontrar. El billete había desaparecido. Al cuarto día, don Donato, que tenía fiebre y estaba medio loco, iba a retirarse amenazando a la justicia, cuando la viuda, llamándole a un rincón y titubeando, le dijo quedamente: —¿Sabe usted que…, que pienso una cosa? Se me ha clavado aquí —y apoyaba el índice en el entrecejo. —¿Qué cosa, señora mía? —Que…, tal vez…, ese…, ese billete…, esté… Sí; casi de fijo está… —¿Dónde, voto a mil pares?… —¡Está… enterrado…, con mi esposo! —¡Enterrado! —¡Enterrado! —exclamó don Donato a punto de que lo enterrasen también. ¿Lo creerán ustedes? Si no lo creen, hacen mal. El terror a los muertos era tan profundo en don Donato, que si no le anima y envalentona la viuda, tal vez renuncia entonces a perseguir su billete. —No dude que está allí —insistía ella más resuelta cada vez—, porque «llevó puesta» su levita nueva, la de paño fino, y es la misma que usó tres o cuatro días antes de morir… Juraría que el billete va en el bolsillo. Como mi esposo falleció casi de repente… Azuzado por la valerosa señora, don Donato se enteró de las formalidades necesarias para hacer exhumar judicialmente un cadáver, y pareciéndole empresa erizada de dificultades y hasta de peligros, resolvió echar por la calle de en medio y sobornar al encargado de la custodia del cementerio para que abriese el nicho y el ataúd. Encuéntrase el cementerio de M*** situado a orillas del mar, y la noche en que se realizó la lúgubre hazaña era de tormenta horrible; silbaba el viento entre los negros cipreses, y el sordo e imponente murmurio del Océano tenía los tonos de queja de maldición y de llanto; clamores sobrehumanos por los amenazadores y tristes, parecidos a un coro de voces de muertos. A don Donato le corría el sudor en frías gotas, desde el cráneo hasta la nuca; sus dientes castañeaban y sus piernas flaqueaban como si fuesen de algodón. Destapiaron el nicho; para sacar la caja tuvo el droguero que ayudar, pues pesaba bastante; y cuando se alzó la tapa de cinc, la primera bocanada de putrefacción, el hedor cadavérico dio, más que en las narices, en el alma a don Donato. La viuda, siempre animosa, le dijo al oído: —¡Ea!… registre usted; no vaya a creer, si registro yo, que le engaño. Acercó el sepulturero la linterna; don Donato, con esfuerzo sobrehumano, se inclinó sobre la caja; vio una cara espantosa, verde ya; unos ojos abiertos, vidriados y aterradores, una barba fosca, unos labios lívidos…; y sólo cuando la viuda repitió con energía: —Pero ¡regístrele usted! Sólo entonces, lo repito, se dio cuenta de lo más horroroso… ¿Qué había de registrar? ¡El cadáver estaba desnudo! Cayó desplomado el droguero, mientras la viuda, con acento de desesperación, exclamaba: —¡Estúpida de mí! ¡Por qué no picaría yo a tijeretazos la ropa! ¡Cuando la ven entera se la llevan los muy ladrones! Se dio el oportuno aviso a la policía; se registraron las casas de empeño y préstamos de toda España; mas no apareció el siniestro billete, y el premio se lo guardó la Hacienda, frotándose las manos (es una manera de decir). Probablemente, el ladrón de la levita arrojó al mar, sin examinarlos, los papeles que halló en los bolsillos, por temor a que le comprometiesen… Lo cierto es que don Donato, a su vez, cayó enfermo y murió consumido de hipocondría, enseñando los puños a una figura imaginaria, que debía de ser la descarada, la idiota de la suerte. FIN Autor: Emilia Pardo Bazán Título: Suerte macabra Publicado en: Revista Moderna, núm. 94, 1898.

  • "Tregua de navidad", cuento de Robert Graves

    Tregua de navidad Robert Graves El joven Stan pasó ayer por casa, más o menos a la hora del té; ¿conoce a mi nieto Stan? Está estudiando en una escuela técnica superior, acaba de cumplir los veinte, y es tan listo como lo era su padre a esa edad. Stan está empeñado en ser dibujante comercial y hacer aquellos carteles grandes de colores que pegan en las vallas. No quiere que le llamen «Stan», dice que resulta «vulgar», y pide que le llamen «Stanley» o nada. Stan tiene un montón de ideas grandes y nobles; todas ellas pensadas con todo detalle, y cada una con su «lema», como dice él. Bueno, yo no tengo nada contra las ideas grandes y nobles. Un servidor fue un laborista empedernido durante algún tiempo, hará ya cuarenta años, cuando acabó la guerra del Káiser y los que se habían aprovechado de la guerra empezaron a llenarnos de fango a nosotros, los que habíamos sido los héroes. Pero todo eso ya pasó hace tiempo, y hoy en día el partido laborista se ha vuelto demasiado respetable para mi gusto… Peor que los conservadores, así son la mitad de sus líderes hoy en día, sobre todo los que habían gritado más fuerte cuando coreaban  La bandera roja seguirá ondeando . Ahora todos son unos santurrones, o son hacendados, eso si no están metidos en la Cámara de los Lores. Pero en fin, ayer pasó por aquí Stan, para hablar de la marcha antinuclear que van a organizar, cruzando toda Inglaterra hasta la plaza Trafalgar. Y me pregunta si no podría animar a algunos de mis viejos camaradas para que formen un escuadrón especial con una pancarta que diga: «Los Veteranos de la Primera Guerra Mundial protestan por la bomba». Quería que encabezáramos el desfile, con medallas, muletas, sillas de ruedas y todo lo demás. Me negué en redondo. —No, señor Stanley —le dije con educación—. Lo siento, pero resulta que no puedo aceptar su amable invitación. —Pero ¿por qué? —me dice él—. No querrás otra guerra, abuelo, ¿verdad? ¿No querrás que aniquilen la humanidad? Esta vez no se tratará de que mueran unos cuantos tíos con mala suerte, como el tío Arthur en la primera guerra y papá en la segunda… Será toda la humanidad. —Escucha, jovencito —le contesto yo—, no me fío de nadie que se me ponga a hablar de la humanidad: ni curas, ni políticos, ni nadie. Eso de la «humanidad», bien mirado, no existe. —Bien mirado, abuelo —me dice el joven Stan—, sí que existe. La humanidad quiere decir todas las diferentes naciones puestas juntas: nosotros, los rusos, los americanos, los alemanes, los franceses y todos los demás. Si estalla una bomba, el mundo entero se acaba. —No va a estallar —le digo yo. —Pero si ya ha estallado dos veces, en Hiroshima y en Nagasaki —me replica—, ¿por qué no ha de estallar otra? El daño será absolutamente definitivo cuando vuelva a estallar. No quise que Stan dijera la última palabra. —En aquella guerra anticuada y loca, en la cual perdí un pie —le dije un poco severo—, los  fritzis  usaban gas venenoso. Creían que esto les ayudaría a abrirse camino en Wipers. Pero de alguna manera el frente logró resistir, y nuestras fábricas pronto empezaron a producir la misma porquería apestosa para que también la usáramos contra ellos. Muy bien, ¿y qué me dices de la guerra de Hitler? —¿Qué hay de la guerra de Hitler? —pregunta Stan. —Pues verás —le digo yo—, en Inglaterra a todo el mundo le entregaron una máscara que costaba lo suyo, en un estuche la mar de elegante, para protegernos de las bombas de gas venenoso que dejaran caer del cielo: yo, tu padre, tu madre y también tú, que eras un renacuajo. Pero ¿cuántas bombas de gas venenoso tiraron sobre Londres o sobre Berlín? ¡Ni una puñetera bomba! Tanto unos como otros estaban muertos de miedo. El gas venenoso era algo demasiado mortífero. Y no hay en el mercado ninguna máscara que nos pueda proteger contra esta bomba nueva. Así que tampoco van a dejar caer ninguna bomba, te lo digo yo, Stanley, hijo, ¡al menos mientras estemos en este valle de lágrimas! Todo el mundo vuelve a estar muerto de miedo. —Entonces ¿por qué los dos bandos se dedican a fabricar cantidades de bombas atómicas y las van amontonando? —me pregunta. —¿Qué sé yo? —le digo—. A no ser que se trate de una forma muy ingeniosa de conseguir que todo el mundo tenga empleo, haciendo creer que hay una guerra en marcha. Entre las bombas, los refugios, los equipos de radar, los portaaviones esos que no pueden hundirse, los satélites, los cohetes que mandan a la luna, y encima el mantenimiento de grandes ejércitos… hoy en día cuesta dos mil libras mantener un soldado en activo, lo leí hace poco. Con toda esa comedia queda asegurado el pleno empleo para todo el mundo, y los hombres de negocios se están frotando las manos. —Tu razonamiento tiene un fallo muy grande, abuelo. Los rusos no tienen que preocuparse por el paro. —No —admito yo—, puede que no. Pero sus políticos y sus comisarios tienen que seguir el cuento de que hay un maligno complot capitalista para quitar de en medio a los pobres trabajadores. Y tienen que demostrar que van en cabeza en la carrera de las armas. Olvídalo, hijo, ¡olvídalo! La humanidad, que es una palabra que usan las señoritas y los tímidos, eso no lo va a aniquilar ninguna bomba atómica. Stan cambia de táctica y dice: —Pero, abuelo, nosotros, los ingleses, queremos enseñarles a los rusos que no estamos metidos en ningún complot capitalista. Todos los hombres somos hermanos y yo mismo no tengo nada en contra de mi número opuesto en Moscú, Iván fulano de tal… Esta marcha de protesta es la única forma lógica de demostrarle a ese Iván mi aversión por la propaganda organizada. —Pero Iván Terribilich no está aquí para verte en la marcha, ni le va a enseñar la «tele» rusa ninguna imagen. Si Iván piensa que eres un maldito capitalista, entonces va a seguir pensando que eres un maldito capitalista… y no se equivocará mucho, en mi opinión. No, Stan, no puedes luchar contra la propaganda organizada con una propaganda de aficionados. —¿Crees que no, abuelo? —dice Stan—. Tú eres un pesimista profesional.  Tú  no odiabas a los alemanes ni siquiera cuando luchabas contra ellos, a pesar de los periódicos. ¿Y qué me dices de aquella tregua de Navidad? Bueno, es que un día se lo había comentado, es verdad, pero por lo visto el muchacho había sacado falsas conclusiones y no iba a dejar que yo le pusiera los puntos sobre las íes. Pero, como verán, soy un tipo con suerte; siempre me salvo por eso que llaman «coincidencias», aunque yo no lo llame así, porque siempre me ocurren cuando más falta me hacen. En las trincheras le llamábamos a eso «estar en el bolsillo de Dios». Y efectivamente, oímos un golpe en la puerta, luego un grito, y va y entra mi compañero de los días de rancho y macuto, Green «el Vivales», antes el 301 691, soldado Edward Green del primer batallón del regimiento del Noroeste. Resulta que ha venido a la ciudad en autobús a echar unas copas conmigo, puesto que es sábado por la noche; un viaje de veinte kilómetros, nada menos. —Llegas en el momento oportuno, Vivales —le digo yo—, igual que aquella otra vez. Un día liquidó a un oficial  fritz  cuando yo estaba tendido en las afueras del bosque de Delville, con un pie arrancado, y aquel amable  fritz  nos iba librando a los heridos de todo sufrimiento con una pistola automática. —¿Qué hay de nuevo, Trampas? —me pregunta. —Cuéntale a este jovenzuelo lo de las  dos  treguas de Navidad —le dije—. Nos quiere reclutar para una marcha a Moscú o no sé adónde. —Bueno —dice el Vivales—, de momento no veo la relación. Y marchar hacia Moscú no es peor que marchar hacia Berlín, como hicimos tú y yo; aunque no conseguimos avanzar más de unos centenares de metros en los tres años que lo intentamos. Pero, vale, le contaré los hechos, ya que insistes tanto. Stan escuchó en silencio mientras el Vivales narraba su historia. Yo ya la había oído muchas veces, pero los cuentos del Vivales mejoran a fuerza de repetirlos. Verán, me perdí casi toda aquella primera tregua de Navidad, como ya les explicaré más adelante. Pero llegué a tiempo para la segunda, y vi parte de lo que el Vivales no vio. Y la moraleja que le quería recalcar al joven Stan dependía del hecho de que hubiera  dos  treguas, no una, pues fueron muy distintas la una de la otra. Me traigo una buena botella de cerveza de la cocina, con un par de vasos —solo dos, porque el joven Stan no bebe cosas tan «ordinarias» como cerveza— y Vivales empieza a contar. Ese Vivales tiene un pico de oro; le he visto tener a todo un público embelesado en Las Tres Plumas desde el momento de abrir las puertas hasta la hora de cerrar, y con el vaso colmado cada diez minutos, gratis. —Bueno —dice—, la primera tregua fue en mil novecientos catorce, unos tres meses después de empezar la guerra del Káiser. Dicen que lo sugirió el viejo Papa y que el Káiser estuvo de acuerdo, pero que Joffre, el jefe del ejército francés, no daba permiso. Sin embargo, los bávaros, como eran católicos, se esforzaron por conseguir una racha de paz y buena voluntad, y corrieron la voz de que el Papa se iba a salir con la suya. Por consiguiente, aunque no teníamos a los bávaros allí delante nuestro, en Boy Greneer no se disparó un solo tiro en toda la Nochebuena. En aquellos días aún no nos habían repartido bombas Mills, ni morteros de trinchera, ni pistolas Verey, ni cascos de acero, ni bolsas de arena, ni ninguno de esos lujos que vinieron más tarde, y solo teníamos dos ametralladoras por batallón. Las trincheras no eran profundas y el agua te llegaba a las rodillas, así que casi todo el rato teníamos que acurrucarnos encima del escalón de tiro. Sabe Dios cómo seguíamos vivos y sonrientes… No fue ninguna fiesta, ¿verdad, Trampas?, y para colmo ¡el suelo estaba medio congelado! La Nochebuena, a las siete y media de la tarde, las trincheras enemigas se iluminan de pronto con una hilera de farolitos chinos de colores y se enciende una hoguera en el pueblo, detrás de ellos. Empuñamos las armas, preparados para lo que fuese. Diez minutos más tarde, los  fritzis  empezaron a cantar un villancico que se llama  Estili Naj . Nuestros muchachos contestaron con  El buen rey Wenceslao ; se habían aprendido la primera estrofa en la murga recogiendo calderilla de puerta en puerta. Por desgracia, nadie se sabía más de dos estrofas, porque a la murga siempre le echan bronca o dinero antes de llegar a la tercera estrofa. Entonces un  fritz  con un megáfono va y grita: «¡Feliz Navidad, Wessex!». Estábamos bajo el mando del capitán Pomeroy. El coronel Baggie estaba de baja por enfermedad, el segundo de a bordo todavía de permiso, y la mayoría de los otros oficiales eran jóvenes tenientes recién salidos de Sandhurst (habíamos recibido un duro golpe a finales de octubre). El capitán era un caballero de pies a cabeza: padre, abuelo y bisabuelo, sirvieron todos en el Wessex. Él le contesta gritando: «¿Quiénes sois?», y ellos dicen que son sajones, como nosotros, de un pueblo que se llama Hully en Sajonia Occidental. —¿Podría su jefe encontrarse conmigo en tierra de nadie para arreglar una tregua de Navidad? —vuelve a gritar el capitán—. Respetaremos la bandera blanca —les dice. Eso se arregló, así que el capitán Pomeroy y el oficial  fritz , que se llamaba teniente Coburg, salieron de sus trincheras y cada uno le dio al otro palabra de honor de que sus tropas no dispararían ni un solo tiro en las próximas veinticuatro horas. El teniente Coburg explicó que su coronel y todos los oficiales superiores habían vuelto al cuartel general del regimiento a descansar. Por lo visto, les gustaba tener las botas limpias y las manos calientes; no eran como nuestros oficiales. El capitán Pomeroy volvió, más contento que un niño con zapatos nuevos, y dijo: —La tregua empieza al amanecer, Wessex, pero mientras tanto nos quedamos en las trincheras. Si alguno de vosotros se atreve a romper la tregua mañana —dice— le mataré yo mismo, porque le he dado mi palabra a aquel oficial alemán. De todos modos, andad con cuidado y no soltéis vuestros fusiles. Eso nos iba bien; ¡con qué gusto íbamos a salir de aquellos malditos escalones de tiro y estirar las piernas! Así que aquella noche les dimos una serenata con un montón de canciones, como  ¡Quiero irme a casa!, La tapa de la olla  y la que decía «El viejo Von Kluck tenía muchos hombres», y ellos nos dieron otra con  Deutschland über alles  y canciones acompañadas con la concertina. Rascamos el fango de las polainas y les sacamos brillo a nuestros botones para dar una imagen un poco más militar al día siguiente. Mientras tanto, el capitán Pomeroy vuelve a salir con su linterna y organiza un partido de fútbol de Navidad: saque inicial a las diez y media, seguido a las dos de la tarde de un funeral por los muertos que no se habían podido recoger por estar demasiado cerca de las trincheras del lado opuesto. —¡Fuera de las trincheras y buena suerte! —grita el capitán a las ocho de la mañana, como si estuviera dirigiendo un ataque. Salimos y nos quedamos allí, un poco cohibidos, claro, esperando a los  fritzis . Ellos avanzaron para encontrarse con nosotros, gritando, y cinco minutos más tarde allí nos tienes… Navidad fue un día un poco raro, de los más raros que he pasado. Codeándonos con los alemanes, ya me entiendes, intercambiando pitillos y ron y botones por coñac, cigarros y recuerdos. El teniente Coburg y algunos de los  fritzis  hablaban inglés, pero ninguno de nosotros dábamos pie con bola en su lengua. La tierra de nadie nos había parecido tener diez kilómetros de ancho cuando los que hacíamos la patrulla nocturna nos arrastrábamos por allí, pero ahora vimos que no tenía más anchura que dos campos de fútbol. Nosotros proporcionamos el balón y colocamos camillas para hacer de porterías, y el reverendo Jolly, nuestro capellán, hizo de árbitro. Nos ganaron por tres a dos, pero es que el capellán mostró demasiada caridad cristiana: el extremo izquierdo alemán marcó el gol definitivo cuando estaba totalmente fuera de juego y así lo admitió en cuanto sonó el silbato. Y nosotros, los espectadores, estábamos esparcidos por la línea lateral, casi en doble fila, con los fusiles al hombro. Celebramos la comida de Navidad cada uno en sus trincheras, y un corneta alemán nos dedicó un toque de fajina con la misma tonadilla que la nuestra. Al capitán Pomeroy le invitaron al otro lado, pero no le pareció bien aceptar. De pronto, uno de nuestros centinelas, el hijo de un granjero, ve una liebre corriendo por la línea divisoria. Da un grito de «¡liebre a la vista!» y todo el mundo se agolpa en el parapeto y sale fuera trepando, y echa a correr hacia adelante para atraparla. Los  fritzis  hacen lo mismo. En Alemania no saben lo que son los perros lebreles; siempre matan a las liebres con pistolas. Pero contra esta no podían disparar, a causa de la tregua, así que se volvieron lebreles, como nosotros. El joven Totty Fahy y un cabo sajón juntos intentaron agarrar la liebre cuando la vieron dar media vuelta y correr hacia ellos. Totty la coge por las piernas delanteras y el cabo por las traseras, y los dos a una caen encima del animal. El capitán Pomeroy parecía un poco preocupado por temor a una disputa sobre quién había cogido la liebre, ¡pero te hubieras tronchado de risa si llegas a ver cómo el joven Totty y el  fritz , con toda educación, intentaron forzar el uno al otro a aceptar el animal muerto! Entonces, el teniente y el capitán se reúnen y el capitán dice: «Que tiren una moneda al aire». Pero el teniente contesta: «Me temo que nuestros hombres quizá no lo entiendan. Nosotros sacamos una pajita». Así que cogieron unas briznas marchitas de hierba, y Totty sacó la larga. Totty pertenecía a nuestra sección y aquella noche guisamos la liebre con patatas en una gran cazuela de hierro que pedimos prestada a una granja, pero Totty le dio al  fritz  un par de latas de carne y también el pellejo. ¡Qué guiso tan rico! Los llamábamos  fritzis  en aquellos días. Más adelante les llamamos  jerries  porque sus cascos de acero parecían orinales. Aquellos cascos con puntas que se llamaban  Pickelhaubes  aún estaban en vigor en mil novecientos catorce, pero solo para los desfiles. En las trincheras llevaban gorras; como las nuestras, pero grises, y por encima eran blandas. Lo que más querían nuestros muchachos eran  Pickelhaubes  para llevarlos a sus novias cuando volvieran de permiso a casa, pero el teniente Coburg dijo que lo sentía, que todos los  Pickelhaubes  estaban almacenados detrás de las líneas. Tendrían que contentarse con hebillas de cinturón. El general French estaba al mando de las fuerzas expedicionarias británicas por aquel entonces; un sujeto hecho y derecho. Después dijo que si le hubieran consultado lo de la tregua habría dicho que sí por razones de caballerosidad. Seguramente, pensaría que fuera cual fuese el lado que saliera ganando, nosotros o los alemanes, una tregua de Navidad ayudaría considerablemente a la hora de firmar un buen tratado de paz al acabar la guerra. Pero en el alto mando del Káiser eran casi todos prusianos, y el teniente Coburg nos dijo que los prusianos estaban en contra de la tregua, porque no encajaba con sus ideas de «terrorismo», y aunque había otros batallones que estaban fraternizando con los  fritzis  a todo lo largo del frente —eso nosotros no lo sabíamos—, los prusianos no querían saber nada de treguas. Ni tampoco algunos de los regimientos ingleses, por ejemplo los East Lancashires en nuestro flanco derecho y los Foresters de Sherwood a nuestra izquierda; cuando los  fritzis salieron con sus banderas blancas, estos dispararon por encima de sus cabezas y los echaron atrás. Pero no se metieron con nuestra fiesta. Fue peor en el frente francés, pues aquellos franchutes ametrallaron todos los festejos de «Felices Pascuas»… Claro que los franceses son más dados a las celebraciones de fin de año que a las de Navidad. Lo que fue una sorpresa fueron los dos barriles de cerveza que los  fritzis  nos mandaron rodando desde la cervecería que tenían justo detrás de la línea del frente. No me dice nada la cerveza francesa, pero al menos esta no estaba aguada como la que nos habían vendido a las tropas inglesas en las tabernas. Los espitamos en la tierra de nadie y los  fritzis  espitaron dos más de los suyos. Cuando llegó la hora de los brindis, el capitán dijo que quería dejar la política a un lado. Así que salió con un «Por las esposas y las novias», y el teniente aceptó. Luego el teniente propuso: «¡Por el rey!», y el capitán aceptó. En aquellos días también había un rey de Sajonia, ¿comprendes?, además del rey de Inglaterra, y no mencionaron ningún nombre. El tercer brindis fue: «¡Para que pronto tengamos la Paz!», y cada bando lo podía interpretar como su propia victoria. Después de la comida vino el funeral; los  fritzis  enterraron a sus muertos en su lado de la línea divisoria y nosotros en el nuestro. Pero cavamos las fosas tan cerca unas de otras que un oficio de difuntos valió para los dos. Los sajones no llevaban capellán, pero como eran protestantes, el reverendo Jolly leyó el oficio y un estudiante alemán de teología hizo de traductor. El capitán Pomeroy mandó venir los tambores y nos ordenó hacer aquel desfile con todo detalle: marcha lenta, armas a la funerala, tambores amortiguados, bandera del Reino Unido y todo. Una hora antes del anochecer, un  fritz  de cara extraña que se llamaba Putzi trajo una mesa de tijera. Hablaba el inglés como un yanqui. Dijo que había estado en el circo Ringling, allá en los Estados Unidos. Nos llamaba «tíos» y nos dio un fin de fiesta en toda regla, con juegos de manos y malabarismos, y con la cara pintada como un payaso de verdad. ¡En tu vida has oído un aplauso como el que le dedicamos a  Herr  Putzi! Luego, nuestro general de brigada, el muy canalla, que estaba que reventaba de pavo y pastel de Navidad y tartas de frutas secas, ¡decide venir a visitar nuestras trincheras para desearnos felices Pascuas! Al capitán Pomeroy le sopló la noticia nuestro Trampas, que estaba prestando servicios auxiliares en el cuartel general del batallón. Trampas llegó por los pelos, corriendo como alma que lleva el diablo por el espacio abierto, y dijo jadeando: —Mi capitán, llega el general de brigada, señor, ¡pero ninguno de nosotros ha dejado caer lo de la tregua! El capitán Pomeroy nos reúne en seguida. «¡Despejen, Wessex!», nos grita. Cinco minutos más tarde, el general de brigada llega hecho una cuba por la trinchera de comunicación, con la cabeza baja. El capitán intenta hacerle saber al teniente Coburg lo que está ocurriendo, pero el teniente ha vuelto a buscar unos guantes de lana como recuerdo. El capitán no sabe hablar alemán, y además los  fritzis  están tan embelesados mirando el espectáculo de Putzi que no quieren escuchar. Así que el capitán Pomeroy me grita: —Soldado Green, corra por el sector y ordene a los jefes de sección, de mi parte, que disparen tres ráfagas sobre las cabezas de los enemigos. Y así lo hice, y cuando apareció el general de brigada no había ni un  fritz  a la vista. El general de brigada, al que llamábamos Cara de Juez, llega lleno de jovialidad navideña. —Me ha alegrado mucho —nos dice— oír esa descarga de los Wessex, Pomeroy. De otros sectores del frente han llegado rumores de fraternización. ¡Malo! ¡Qué vergüenza! ¡No se puede interrumpir la guerra por la libertad solo porque sea Navidad! ¿Tiene algo que comunicar? El capitán Pomeroy no se inmuta. Va y le dice: —Nuestros centinelas informan de que el enemigo ha colocado una mesa de tijera en la tierra de nadie, señor. Esto es bastante raro, señor. Parece ser que encima hay una pecera llena de peces de colores. Le dio una patadita al capellán, y el capellán mantuvo la boca cerrada. Cara de Juez se quita el sombrero de lata, saca sus prismáticos y con mucho cuidado se asoma para observar por encima del parapeto. —Pues sí que son peces de colores, ¡vaya si lo son! —grita—. ¿Qué nuevo truco diabólico se inventarán ahora los alemanes? Envíe una patrulla esta noche a investigar. —Muy bien, señor —le dice el capitán. Entonces Cara de Juez descubre otra cosa: es el teniente Coburg paseando a descubierto entre su reserva y la línea del frente, y lleva los guantes de lana. —¡Qué desfachatez! Fíjese en aquel oficial alemán, ¡qué chulo él! Corre, ¡aquí tienes tu rifle, muchacho! ¡Mátalo a quemarropa! Por lo visto, el teniente Coburg debió de pensar que las ráfagas venían de los Foresters en nuestro flanco, pero ahora se para de pronto en seco y mira la tierra de nadie y se pregunta dónde se ha metido todo el mundo. Cara de Juez me mete el rifle en la mano. —Vigila la puntería —me dice—; acaricia el gatillo, ¡no lo aprietes! Apunté bien por encima de la cabeza del teniente, y disparé tres ráfagas rápidas. El teniente se tambaleó y se tiró de cabeza en el cráter de bomba más próximo. —Enhorabuena —exclamó Cara de Juez, eructándome el coñac en la cara—. ¡Una muesca más que te apuntas en la culata de tu rifle! Pero ¡habrase visto descaro! ¡Supongo que se sentiría seguro porque era el día de Navidad! ¡Ja, ja! No le había traído al capitán Pomeroy ningún regalo de  whisky , ni cigarros, ni nada de nada; era un asqueroso avaro, eso es lo que era. Pero finalmente los  fritzis  se percataron de lo que pasaba, y sus ametralladoras empezaron a abrir fuego cruzado de un lado a otro, toc-toc-toc, a unos tres pies por encima de nuestras trincheras. En vista de ello, el general de brigada echó a correr hacia su puesto con tantas prisas que tropezó con el cable del teléfono y cayó de bruces en el fango. Fue su primera y última visita a la línea del frente. Media hora más tarde colocamos un cartel de CESE EL FUEGO. Esta vez, nosotros y los  fritzis  nos hacemos mucho más amiguetes que antes. Pero el teniente Coburg sugiere que será mejor callar la boca sobre lo del festejo. Dice que podría llegarle un soplo al estado mayor y armarse un jaleo. El capitán Pomeroy está conforme. Entonces, el teniente nos avisa de que a los guardias prusianos les corresponde relevar a sus sajones el día después de San Esteban. —Sugiero que continuemos la tregua hasta entonces, pero dejando a un lado la fraternización —dice. El capitán Pomeroy vuelve a estar conforme. Acepta los guantes de lana de Shetland. Entonces le pregunta si, como un gran favor, a los Wessex se les podría permitir capturar la pecera, para tener contento al general de brigada.  Herr  Putzi no se alegra demasiado, pero el capitán Pomeroy le paga con un soberano de oro y Putzi va y dice: —Por favor, por lo que más quiera, ¡no olvide cambiarles el agua! Vete a saber qué conclusión sacarían los del servicio de información sobre aquellos pececitos cuando los mandaron al cuartel general del cuerpo, instalado en una lujosa fábrica secreta francesa… Supongo que alguien saldría con la idea de que los peces tienen alguna utilidad en las trincheras, como los canarios que se bajan a las minas de carbón. Entonces el capitán Pomeroy le dice al teniente: —Por lo que yo veo, Coburg, en este frente vamos a seguir en punto muerto durante un año o más. No se puede romper nuestro frente, ni siquiera con una concentración de ametralladoras; ni tampoco podemos nosotros romper el vuestro. Escuche bien lo que le voy a decir: la próxima Navidad nuestro Wessex y sus sajones occidentales aún estarán aquí pudriéndose… o lo que quede de ellos. El teniente no estaba de acuerdo, pero no discutió. Le contestó: —En este caso, Pomeroy, espero que los dos sobrevivamos para podernos encontrar de nuevo en este acontecimiento festivo, y que nuestras tropas demuestren el mismo espíritu de caballerosidad que han demostrado hoy. —Me alegrará mucho poderlo hacer —dijo el capitán—, si no acaban conmigo antes. Se dieron la mano para sellar el pacto y la tregua continuó durante todo el día de San Esteban. Pero nadie salió a la tierra de nadie, excepto por la noche, para reforzar el alambre que habían pisoteado durante los festejos. Y claro, no podíamos impedir que dispararan nuestros artilleros; ni tampoco los sajones podían prohibírselo a los suyos. Cuando llegaron los guardias prusianos, volvió a reanudarse la guerra; en tres días, cincuenta bajas, incluyendo al joven Totty, que perdió un brazo. Mientras tanto había ocurrido una cosa muy divertida: los gorriones husmearon lo de la tregua y empezaron a bajar a nuestras trincheras para comerse las migas de las galletas. Yo conté más de cincuenta en una sola bandada el día de San Esteban. Las únicas personas que se opusieron con fuerza a la tregua, aparte del general de brigada y unos cuantos más como él, fueron las chicas francesas. No quisieron saber nada de nosotros durante algún tiempo cuando volvimos a los alojamientos. Decían que nosotros éramos  no bon  y  bocú camarade  con los  allemands . Stan había escuchado esta narración con ojos como luceros. —Exactamente —dijo—. No había ningún sentimiento de odio entre los individuos que componían los ejércitos opuestos. El odio se lo montaron los periódicos. El año pasado, como recordarás, tomé parte en el Rally de Juventudes de Nuremberg. Había dos muchachos más cuyos padres habían muerto en la última guerra, igual que el mío, y compartíamos la misma tienda de campaña con cuatro huérfanos de guerra alemanes. Eran unos muchachos estupendos. —Bueno, hijo —le dije, cogiendo el hilo donde lo había dejado el Vivales—, yo no llegué a ver aquella primera tregua de Navidad gracias a una bala fría que se me metió en el hombro y se me atascó bajo la piel; el médico me la sacó y me dio de baja hasta que se curase la herida. Durante un mes no pude llevar mochila, y tal como te ha contado el Vivales, me tocó prestar servicios auxiliares en el cuartel general del batallón y me perdí la diversión. Pero la segunda tregua de Navidad, bueno, eso fue algo aparte. Para entonces yo ya era sargento de sección al mando de unos veinte hombres que se habían alistado hasta el término de la guerra, algunos buenos, otros un mal negocio por parte de Su Majestad. Habíamos aprendido mucho sobre la vida en las trincheras durante aquel año; por ejemplo, cómo hacer el drenaje de las trincheras y construir refugios subterráneos. Frente a nosotros teníamos alambradas de cinco metros de espesor, y periscopios y puestos de escucha en las bocas de las zapas, y también morteros de trinchera y granadas de rifle, y unas placas de acero con aspilleras para disparar protegidos. Ahora te contaré lo que pasó, y mi amigo el Vivales te dirá lo mismo. Las órdenes para el batallón pasaban por las trincheras hasta el cuartel general cada noche, y el oficial jefe era ahora el teniente coronel Pomeroy, con medalla por conducta distinguida. Había subido de rango por el trabajo que hizo al rehacer el batallón cuando aquella gran mina alemana hizo volar en pedazos la compañía C y los  fritzis  la remataron con bombas y bayonetas. Pero resulta que cuando envió las órdenes dos días antes de Navidad de 1915, el coronel Pomeroy, «accidentalmente», omitió decirle a su ayudante que incluyera el «Aviso oficial a todas las fuerzas» del general  sir  Douglas Haig. Haig era nuestro nuevo jefe supremo. Siempre se habla de él en el Día de los Caídos, ¡caídos a los que él mismo empujó, en su mayoría! Había hecho uso de su influencia con el rey Jorge para que pusieran de patitas en la calle al general French y le instalaran a él en su puesto. Su «Aviso» venía a decir que cualquier hombre que intentara fraternizar con los enemigos de Su Majestad, so pretexto de que era Navidad, podía ser sometido a consejo de guerra y fusilado. Pero el coronel Pomeroy jamás quebrantaba su palabra, aunque pudieran colgarle por ello, y aquí le teníamos a orillas del canal de La Bassée, y delante de nosotros, ¡nada menos que los mismos sajones occidentales del pueblo de Hully! El coronel sabía quiénes eran porque con un golpe de cachiporra habíamos apresado a uno de ellos en una escaramuza, al patrullar por allí dos noches antes, y después de que el médico le enyesara la cabeza, enviaron al tipo al cuartel general del batallón con una escolta (que éramos yo y otro hombre). El coronel le interrogó, con la ayuda de un intérprete, sobre la geografía de las trincheras alemanas: dónde guardaban aquel maldito mortero, cómo y cuándo llegaban las expediciones con los racionamientos, y cosas así. Pero aquel  fritz  no soltaba prenda; dijo que cuando le pegaron con una cachiporra había perdido la memoria. Así que al final el coronel comentó en inglés: —Muy bien, pues, eso será todo. Por cierto, ¿está vivo aún el teniente Coburg? —¡Oh, sí! —dice el  fritz , poniéndose a hablar en inglés, pillado por sorpresa—. Recibió un par de heridas, pero ya está de vuelta. Ahora es comandante, y está al mando de nuestro cuerpo. Entonces, de pronto cae en la cuenta y dice: —Maldita sea, ¿no es usted el oficial Wessex que hizo de Santa Claus el año pasado y arregló la tregua? —Lo soy —contesta el coronel—, ¡y tú eres Putzi Cohen, el ilusionista, a quien le compré una vez una pecera! ¡Qué pequeña es la guerra! Por esto, ¿comprendes?, el coronel no había hecho circular el aviso de Haig. Aún quedábamos unos ochenta de los perros viejos, la mayoría remendones, cocineros, tambores, transportistas o heridos reincorporados. La noticia voló y todos se volcaron sobre Putzi, le estrecharon la mano y le preguntaron si no podría hacerles otra demostración de juegos de mano. Él va y les dice: —¡Preguntadle al coronel Santa Claus! Aún está dando de comer a mis pececitos. Yo había sido el escolta de Putzi, y antes le había aporreado y le había hecho comparecer ante los nuestros, pero no le reconocí ni por un instante sin su maquillaje; no le reconocí hasta que se puso a hablar en su extraño inglés yanqui. El coronel vuelve a llamar a Putzi y dice: —Me parece que usted no está en condiciones de viajar. Voy a retenerle aquí, como caso clínico, hasta después de Navidad. Putzi se pegó la gran vida durante los dos días siguientes, y nos montó una función cada noche, casi siempre a base de trucos con cartas, porque no tenía accesorios. Llegó la Nochebuena y un sargento del regimiento de Norfolk, que volvía a estar en nuestro flanco derecho, me comentó que era una lástima que Haig «el Austero» hubiese aguado la fiesta de Navidad. —Ahora me entero —digo yo— y además, compañero, prefiero no enterarme, ¿entiendes? Al menos oficialmente. No acababa de cerrar la boca cuando los sajones esos sacan de nuevo sus farolillos chinos y empiezan a cantar  Estili Naj . Y además, en todo el día no habían disparado ni un solo tiro. Pronto empieza a correr esta noticia por las trincheras: «Órdenes del coronel: de ahora en adelante, nada de disparos sin permiso del oficial». A la mañana siguiente, después del «Todos a sus puestos», al clarear el día, el coronel Pomeroy sale de la trinchera con un pañuelo blanco en la mano, se abre paso entre nuestras alambradas y se detiene a medio camino de la tierra de nadie. «¡Felices Pascuas, sajones!», grita. Pero el comandante Coburg ya había avanzado hacia él. Se saludan y se dan la mano. ¡Había que ver cuántos vivas se oyeron! —¡Quédense en sus trincheras, Wessex! —gritó el coronel por encima del hombro. Y el comandante dio la misma orden a los suyos. Después de charlar un poco, decidieron que a todos los muchachos que habían estado en la fiesta de mil novecientos catorce se les permitiría salir de las trincheras, pero a los demás no; solo podían fiarse de los que éramos soldados regulares. Verás, es que los regulares conocen las reglas de la guerra y no se dejan llenar la cabeza de política ni de propaganda; aquellos tipos voluntarios nos daban náuseas a veces con su patriotismo y sus grandes aires de burla, y su odio por el «enemigo teutónico», como llamaba a los  fritzis  uno de ellos. Salieron dos veces más sajones que hombres de Wessex. Teníamos órdenes estrictas de no discutir ningún asunto militar, aunque de todos modos ninguno de nosotros se había dedicado a estudiar el alemán desde la última fiesta. El fútbol quedaba descartado porque los cráteres de explosión estaban casi pegados unos a otros y había muchas alambradas, pero volvimos a entendernos bien con señas y un poco de francés de café, y empezamos a intercambiar cigarrillos, bebida y botones. Sin embargo, el coronel no quiso que les diéramos ninguna insignia. Desde luego, no nos sentíamos tan amigos como la otra vez. Demasiados de los nuestros y de los suyos habían estirado la pata aquel año, y además las trincheras no estaban inundadas como la primera vez. Organizamos tres combates de boxeo: peso medio, welter y ligero; ganamos el welter y el ligero por K. O., y perdimos el peso medio por puntos. El coronel Pomeroy dejó a Putzi libre bajo palabra, y Putzi nos dio un espectáculo aún más bonito que el anterior, porque el comandante Coburg había mandado traer su maquillaje y sus accesorios. Esta vez usó un loro en lugar de los pececitos. Después de comer, al ver que ya no teníamos mucho más que contarles a los  fritzis  ni nada que intercambiar, los oficiales decidieron levantar velas antes de que nos metiésemos todos en un lío. Los de Norfolk habían prometido no disparar, y el flanco izquierdo quedaba escondido por la ribera del canal. Mientras aquellos dos estaban entretenidos discutiendo cuánto tenía que durar la tregua sin disparar, de pronto se nos volvió a encender el espíritu navideño. Nosotros y los  fritzis , casi sin darnos cuenta, nos dimos las manos formando un círculo alrededor de los dos hombres; los Wessex y los sajones occidentales ya todos mezclados bailábamos dando vueltas, primero hacia un lado, luego hacia el otro, entrando y saliendo de los cráteres al compás de una canción de corro. Entonces, uno de nuestros oficiales señaló al comandante Coburg y algunos de nuestros hombres lo alzaron en hombros y todos cantamos  Es un muchacho excelente . Y los  fritzis  también subieron a nuestro coronel en hombros y cantaron  Jok Sole liben  o algo así… Nuestro sargento mayor sacó una foto de aquella escena, ¡lástima que se lo cargaran antes de revelarla! Lo que os voy a contar ahora me lo contó a mí  Relámpago  Collins, un veterano soldado de mi sección. Dice que había estado tan cerca del coronel y del comandante que pudo oír la conversación que tuvieron durante el combate de los pesos medios, cuando creían que nadie les estaba escuchando. El coronel dice: —Yo le profeticé, el año pasado, que aún estaríamos aquí estas Navidades, o al menos lo que quedara de nosotros. Y ahora vuelvo a decirle que aún estaremos aquí las Navidades próximas, y también las siguientes. Si no acaban con nosotros, y de eso tenemos una posibilidad entre diez. Además, las Navidades próximas ya no habrá más diversiones ni juegos, ni fraternizaciones. Dudo mucho que yo escape de este acto de insubordinación sin castigo, pero soy un hombre de palabra, como lo es usted, y los dos hemos mantenido lo pactado. —Oh, sí, coronel —dice el comandante—. Yo también tendré suerte si no me hacen comparecer ante un consejo de guerra. Nuestras órdenes eran tan severas como las suyas. Y se echaron a reír juntos, como dos cuervos. Putzi era el hombre más envidiado de toda Francia aquel día, pues se iba a un campamento de prisioneros en Inglaterra, protegido por escoltas. Y el coronel le dijo al comandante: —Le felicito por aquel soldado. ¡No quiso delatar nada! A las cuatro en punto nos retiramos, pero los dos oficiales aguardaron un poco más para asegurarse de que todo el mundo había vuelto a su puesto. ¡Pero no creas, Stan, hijo, que aquí se acaba la historia! Yo tenía un tipo en mi pelotón que se llamaba Gitano Smith, un soldado sucio y de cara morena, un asesino. Había estado mirando cómo nos divertíamos desde la boca de la zapa más próxima, y en cuanto el comandante hubo dado media vuelta, Gitano apuntó a su cabeza y le tumbó. La primera noticia que tuve del hecho fue un grito de rabia de todos los que estaban a mi alrededor. Veo al coronel Pomeroy correr hacia el comandante, gritando para que vinieran los camilleros. Aquellos  fritzis  debieron de pensar que se trataba de un trabajo premeditado, porque cuando nuestros camilleros salieron de la trinchera empezaron a tirotearles y le dieron a uno en la pierna. Su compañero se volvió atrás. El coronel se quedó solo en tierra de nadie. Caminó con paso tranquilo hasta las trincheras alemanas, con las manos en los bolsillos; tenía demasiado orgullo como para colocárselas sobre la cabeza. Un par de  fritzis  le dispararon, pero los dos fallaron. Se detuvo junto a la alambrada alemana y gritó: —Sajones, mis hombres tenían órdenes estrictas de no disparar. Algún cobarde ha desobedecido. Por favor, ¡ayudadme a llevar el cuerpo del comandante a vuestras trincheras! Luego podéis disparar sobre mí, si queréis, porque yo di palabra de honor de que no habría tiros. Los  fritzis  comprendieron e hicieron salir a sus camilleros. Se llevaron el cuerpo del comandante por un sendero retorcido que atravesaba la alambrada, y el coronel Pomeroy les siguió. Un oficial alemán le vendó los ojos al coronel en cuanto entró en la trinchera, y nosotros esperamos sin disparar un solo tiro para ver lo que iba a ocurrir a continuación. Eso fue alrededor de las cuatro, y no pasó nada hasta el segundo turno de guardia. Entonces vemos una linterna que hace señas, y acto seguido vuelve el coronel, tan campante. Nos dice que, por suerte, el disparo de Gitano no había matado al comandante; solo le había señalado el cuero cabelludo y le había dejado sin sentido. Al cabo de seis horas había vuelto en sí, y cuando vio al coronel esperando allí, ordenó su libertad inmediata. Se habían vuelto a dar la mano y se habían dicho: «¡Hasta después de la guerra!», y el comandante le había dado al coronel su linterna. Aquí ya casi se acaba la historia, pero no del todo. Se propagó la noticia de la tregua y el general Haig ordenó primero una investigación y luego un consejo de guerra contra el coronel Pomeroy. Claro que no le fusilaron, pero le dieron una buena reprimenda y perdió cinco años de antigüedad. Y no es que eso importara porque luego le mataron de un disparo entre ceja y ceja en el jaleo del bosque de Delville en mil novecientos dieciséis, donde yo perdí mi pie. Y en cuanto a Gitano Smith, dijo que estaba obedeciendo las órdenes estrictas de Haig de no fraternizar y además se sentía obligado a vengar a un hermano suyo que perdió la vida en Loos. «Sangre por sangre —dijo— es nuestro dicho gitano». Así que no pudimos hacer nada más que demostrarle lo que pensábamos de él tratándole como la porquería que era. Y no duró mucho. Mandé regresar a Gitano con los del racionamiento la noche de San Esteban. Aún seguíamos observando la tregua con los sajones, pero una vez más sus artilleros no quisieron saber nada, y frente a la choza del furriel le volaron el trasero con un trozo de granada. Murió en el tren hospital; lo que oyes. Ah, se me olvidaba decirte que aquellas Navidades no vinieron los gorriones a comerse las migas de galleta. Todos los pájaros habían desaparecido meses antes. Cada año, aquella guerra se ponía más fea. Antes de acabar, casi tres años más tarde, solo por aquel batallón debieron de pasar unos diez mil oficiales y soldados, y el batallón nunca tenía más potencia que la de quinientos rifles. En mil novecientos dieciséis, yo ya había recibido tres heridas; algunos tipos llegaron a tener seis antes de que acabara. Solo nuestro Vivales, aquí presente, salió sin un solo rasguño. Así fue como le pusieron este apodo, porque siempre salía vivo, esquivando la bala que llevaba marcados su nombre y su número. Cuando llegó el armisticio estábamos en Mons, donde habíamos empezado. Se hablaba de «colgar al Káiser», pero finalmente decidieron ponerle a partir leña en Holanda. Al resto de los  fritzis  les dieron su merecido con el tratado de paz. Pero les dejaron rearmarse a tiempo para una segunda guerra, la guerra de Hitler, y así fue como mataron a tu padre. Después de la guerra de Hitler, habría habido una tercera guerra, más o menos ahora, que te hubiera pillado a ti, Stan, hijo mío, si no llega a ser por aquella bendita bomba contra la cual tú quieres que yo haga una marcha de protesta. Escúchame bien, hijo: si dos caballeros chapados a la antigua como el coronel Pomeroy y el comandante Coburg (nunca he vuelto a oír hablar de él, pero supongo que no debió de sobrevivir, con las agallas que tenía), si dos hombres de verdad como estos no tenían esperanzas de que hubiese una tercera tregua de Navidad en los días en que la «humanidad», como lo llamas tú, aún estaba un poquito civilizada, dime, ¿qué puedes esperar ahora? Solo el miedo puede conservar la paz —le dije—. Las Naciones Unidas parecen un chiste, y tú lo sabes. Así que agradece a tu angelito de la guarda que los rusos tengan bombas H y que los yanquis tengan bombas H, a montones, las suficientes para hacer volar tu «humanidad», y que todo el mundo se tenga respeto por igual, aunque no lleguen a trabar amistad. Me paré, quedándome sin aliento, y el Vivales le tomó la mano a Stan. —Tú sabes lo que te conviene a ti, muchacho —le dijo—. Así que no escuches a tu abuelo. ¡No dejes que te convenza en contra de tus creencias! Es uno de los Viejos Valientes, pero no por eso sabe más que tú ni más que yo. FIN Autor: Robert Graves Título: Tregua de navidad Título Original: Wave No Banners (Christmas Truce) Publicado en: Saturday Evening Post, 15 de diciembre de 1962 Traducción: Eduardo M. del Palacio

  • "Un recuerdo navideño", cuento de Truman Capote

    Un recuerdo navideño Truman Capote Imaginad una mañana de finales de noviembre. Una mañana de comienzos de invierno, hace más de veinte años. Pensad en la cocina de un viejo caserón de pueblo. Su principal característica es una enorme estufa negra; pero también contiene una gran mesa redonda y una chimenea con un par de mecedoras delante. Precisamente hoy comienza la estufa su temporada de rugidos. Una mujer de trasquilado pelo blanco se encuentra de pie junto a la ventana de la cocina. Lleva zapatillas de tenis y un amorfo jersey gris sobre un vestido veraniego de calicó. Es pequeña y vivaz, como una gallina bantam; pero, debido a una prolongada enfermedad juvenil, tiene los hombros horriblemente encorvados. Su rostro es notable, algo parecido al de Lincoln, igual de escarpado, y teñido por el sol y el viento; pero también es delicado, de huesos finos, y con unos ojos de color jerez y expresión tímida. —¡Vaya por Dios! —exclama, y su aliento empaña el cristal—. ¡Ha llegado la temporada de las tartas de frutas! La persona con la que habla soy yo. Tengo siete años; ella, sesenta y tantos. Somos primos, muy lejanos, y hemos vivido juntos, bueno, desde que tengo memoria. También viven otras personas en la casa, parientes; y aunque tienen poder sobre nosotros, y nos hacen llorar frecuentemente, en general, apenas tenemos en cuenta su existencia. Cada uno de nosotros es el mejor amigo del otro. Ella me llama Buddy, en recuerdo de un chico que antiguamente había sido su mejor amigo. El otro Buddy murió en los años ochenta del siglo pasado, de pequeño. Ella sigue siendo pequeña. —Lo he sabido antes de levantarme de la cama —dice, volviéndole la espalda a la ventana y con una mirada de determinada excitación—. La campana del patio sonaba fría y clarísima. Y no cantaba ningún pájaro; se han ido a tierras más cálidas, ya lo creo que sí. Mira, Buddy, deja de comer galletas y vete por nuestro carricoche. Ayúdame a buscar el sombrero. Tenemos que preparar treinta tartas. Siempre ocurre lo mismo: llega cierta mañana de noviembre, y mi amiga, como si inaugurase oficialmente esa temporada navideña anual que le dispara la imaginación y aviva el fuego de su corazón, anuncia: —¡Ha llegado la temporada de las tartas! Vete por nuestro carricoche. Ayúdame a buscar el sombrero. Y aparece el sombrero, que es de paja, bajo de copa y muy ancho de ala, y con un corsé de rosas de terciopelo marchitadas por la intemperie: antiguamente era de una parienta que vestía muy a la moda. Guiamos juntos el carricoche, un desvencijado cochecillo de niño, por el jardín, camino de la arboleda de pacanas. El cochecito es mío; es decir que lo compraron para mí cuando nací. Es de mimbre, y está bastante destrenzado, y sus ruedas se bambolean como las piernas de un borracho. Pero es un objeto fiel; en primavera lo llevamos al bosque para llenarlo de flores, hierbas y helechos para las macetas de la entrada; en verano, amontonamos en él toda la parafernalia de las meriendas campestres, junto con las cañas de pescar, y bajamos hasta la orilla de algún riachuelo; en invierno también tiene algunas funciones: es la camioneta en la que trasladamos la leña desde el patio hasta la chimenea, y le sirve de cálida cama a Queenie, nuestra pequeña terrier anaranjada y blanca, un correoso animal que ha sobrevivido a mucho malhumor y a dos mordeduras de serpiente de cascabel. En este momento Queenie anda trotando en pos del carricoche. Al cabo de tres horas nos encontramos de nuevo en la cocina, descascarillando una carretada de pacanas que el viento ha hecho caer de los árboles. Nos duele la espalda de tanto agacharnos a recogerlas: ¡qué difíciles han sido de encontrar (pues la parte principal de la cosecha se la han llevado, después de sacudir los árboles, los dueños de la arboleda, que no somos nosotros) bajo las hojas que las ocultaban, entre las hierbas engañosas y heladas! ¡Caaracrac! Un alegre crujido, fragmentos de truenos en miniatura que resuenan al partir las cáscaras mientras en la jarra de leche sigue creciendo el dorado montón de dulce y aceitosa fruta marfileña. Queenie comienza a relamerse, y de vez en cuando mi amiga le da furtivamente un pedacito, pese a que insiste en que nosotros ni siquiera las probemos. —No debemos hacerlo, Buddy. Como empecemos, no habrá quien nos pare. Y ni siquiera con las que hay tenemos suficiente. Son treinta tartas. La cocina va oscureciéndose. El crepúsculo transforma la ventana en un espejo: nuestros reflejos se entremezclan con la luna ascendente mientras seguimos trabajando junto a la chimenea a la luz del hogar. Por fin, cuando la luna ya está muy alta, echamos las últimas cáscaras al fuego y, suspirando al unísono, observamos cómo van prendiendo. El carricoche está vacío; la jarra, llena hasta el borde. Tomamos la cena (galletas frías, tocino, mermelada de zarzamora) y hablamos de lo del día siguiente. Al día siguiente empieza el trabajo que más me gusta: ir de compras. Cerezas y cidras, jengibre y vainilla y piña hawaiana en lata, pacanas y pasas y nueces y whisky y, oh, montones de harina, mantequilla, muchísimos huevos, especias, esencias: pero ¡si nos hará falta un pony para tirar del carricoche hasta casa! Pero, antes de comprar, queda la cuestión del dinero. Ninguno de los dos tiene ni cinco. Solamente las cicateras cantidades que los otros habitantes de la casa nos proporcionan muy de vez en cuando (ellos creen que una moneda de diez centavos es una fortuna) y lo que nos ganamos por medio de actividades diversas: organizar tómbolas de cosas viejas, vender baldes de zarzamoras que nosotros mismos recogemos, tarros de mermelada casera y de jalea de manzana y de melocotón en conserva, o recoger flores para funerales y bodas. Una vez ganamos el septuagésimo noveno premio, cinco dólares, en un concurso nacional de rugby. Y no porque sepamos ni jota de rugby. Sólo porque participamos en todos los concursos de los que tenemos noticia: en este momento nuestras esperanzas se centran en el Gran Premio de cincuenta mil dólares que ofrecen por inventar el nombre de una nueva marca de cafés (nosotros hemos propuesto «A. M.»; y después de dudarlo un poco, porque a mi amiga le parecía sacrílego, como eslogan «¡A. M.! ¡Amén!»). A fuer de sincero, nuestra única actividad provechosa de verdad fue lo del Museo de Monstruos y Feria de Atracciones que organizamos hace un par de veranos en una leñera. Las atracciones consistían en proyecciones de linterna mágica con vistas de Washington y Nueva York prestadas por un familiar que había estado en esos lugares (y que se puso furioso cuando se enteró del motivo por el que se las habíamos pedido); el Monstruo era un polluelo de tres patas, recién incubado por una de nuestras gallinas. Toda la gente de por aquí quería ver al polluelo: les cobrábamos cinco centavos a los adultos y dos a los niños. Y llegamos a ganar nuestros buenos veinte dólares antes de que el museo cerrara sus puertas debido a la defunción de su principal estrella. Pero entre unas cosas y otras vamos acumulando cada año nuestros ahorros navideños, el Fondo para Tartas de Frutas. Guardamos escondido este dinero en un viejo monedero de cuentas, debajo de una tabla suelta que está debajo del piso que está debajo del orinal que está debajo de la cama de mi amiga. Sólo sacamos el monedero de su seguro escondrijo para hacer un nuevo depósito, o, como suele ocurrir los sábados, para algún reintegro; porque los sábados me corresponden diez centavos para el cine. Mi amiga no ha ido jamás al cine, ni tiene intención de hacerlo: —Prefiero que tú me cuentes la historia, Buddy. Así puedo imaginármela mejor. Además, las personas de mi edad no deben malgastar la vista. Cuando se presente el Señor, quiero verle bien. Aparte de no haber visto ninguna película, tampoco ha comido en ningún restaurante, viajado a más de cinco kilómetros de casa, recibido o enviado telegramas, leído nada que no sean tebeos y la Biblia, usado cosméticos, pronunciado palabrotas, deseado mal alguno a nadie, mentido a conciencia, ni dejado que ningún perro pasara hambre. Y éstas son algunas de las cosas que ha hecho, y que suele hacer: matar con una azada la mayor serpiente de cascabel jamás vista en este condado (dieciséis cascabeles), tomar rapé (en secreto), domesticar colibríes (desafío a cualquiera a que lo intente) hasta conseguir que se mantengan en equilibrio sobre uno de sus dedos, contar historias de fantasmas (tanto ella como yo creemos en los fantasmas) tan estremecedoras que te dejan helado hasta en julio, hablar consigo misma, pasear bajo la lluvia, cultivar las camelias más bonitas de todo el pueblo, aprenderse la receta de todas las antiguas pócimas curativas de los indios, entre otras, una fórmula mágica para quitar las verrugas. Ahora, terminada la cena, nos retiramos a la habitación que hay en una parte remota de la casa, y que es el lugar donde mi amiga duerme, en una cama de hierro pintada de rosa chillón, su color preferido, cubierta con una colcha de retazos. En silencio, saboreando los placeres de los conspiradores, sacamos de su secreto escondrijo el monedero de cuentas y derramamos su contenido sobre la colcha. Billetes de un dólar, enrollados como un canuto y verdes como brotes de mayo. Sombrías monedas de cincuenta centavos, tan pesadas que sirven para cerrarle los ojos a un difunto. Preciosas monedas de diez centavos, las más alegres, las que tintinean de verdad. Monedas de cinco y veinticinco centavos, tan pulidas por el uso como guijas de río. Pero, sobre todo, un detestable montón de hediondas monedas de un centavo. El pasado verano, otros habitantes de la casa nos contrataron para matar moscas, a un centavo por cada veinticinco moscas muertas. Ah, aquella carnicería de agosto: ¡cuántas moscas volaron al cielo! Pero no fue un trabajo que nos enorgulleciera. Y, mientras vamos contando los centavos, es como si volviésemos a tabular moscas muertas. Ninguno de los dos tiene facilidad para los números; contamos despacio, nos descontamos, volvemos a empezar. Según sus cálculos, tenemos 12,73 dólares. Según los míos, trece dólares exactamente. —Espero que te hayas equivocado tú, Buddy. Más nos vale andar con cuidado si son trece. Se nos deshincharán las tartas. O enterrarán a alguien. Por Dios, en la vida se me ocurriría levantarme de la cama un día trece. Lo cual es cierto: se pasa todos los días trece en la cama. De modo que, para asegurarnos, sustraemos un centavo y lo tiramos por la ventana. De todos los ingredientes que utilizamos para hacer nuestras tartas de frutas no hay ninguno tan caro como el whisky, que, además, es el más difícil de adquirir: su venta está prohibida por el Estado. Pero todo el mundo sabe que se le puede comprar una botella a Mr. Jajá Jones. Y al día siguiente, después de haber terminado nuestras compras más prosaicas, nos encaminamos a las señas del negocio de Mr. Jajá, un «pecaminoso» (por citar la opinión pública) bar de pescado frito y baile que está a la orilla del río. No es la primera vez que vamos allí, y con el mismo propósito; pero los años anteriores hemos hecho tratos con la mujer de Jajá, una india de piel negra como la tintura de yodo, reluciente cabello oxigenado, y aspecto de muerta de cansancio. De hecho, jamás hemos puesto la vista encima de su marido, aunque hemos oído decir que también es indio. Un gigante con cicatrices de navajazos en las mejillas. Le llaman Jajá por lo tristón, nunca ríe. Cuando nos acercamos al bar (una amplia cabaña de troncos, festoneada por dentro y por fuera con guirnaldas de bombillas desnudas pintadas de colores vivos, y situada en la embarrada orilla del río, a la sombra de unos árboles por entre cuyas ramas crece el musgo como niebla gris) frenamos nuestro paso. Incluso Queenie deja de brincar y permanece cerca de nosotros. Ha habido asesinatos en el bar de Jajá. Gente descuartizada. Descalabrada. El mes próximo irá al juzgado uno de los casos. Naturalmente, esta clase de cosas ocurren por la noche, cuando gimotea el fonógrafo y las bombillas pintadas proyectan demenciales sombras. De día, el local de Jajá es destartalado y está desierto. Llamo a la puerta, ladra Queenie, grita mi amiga: —¡Mrs. Jajá! ¡Eh, señora! ¿Hay alguien en casa? Pasos. Se abre la puerta. Nuestros corazones dan un vuelco. ¡Es Mr. Jajá Jones en persona! Y es un gigante; y tiene cicatrices; y no sonríe. Qué va, nos lanza miradas llameantes con sus satánicos ojos rasgados, y quiere saber: —¿Qué queréis de Jajá? Durante un instante nos quedamos tan paralizados que no podemos decírselo. Al rato, mi amiga medio encuentra su voz, apenas una vocecilla susurrante: —Si no le importa, Mr. Jajá, querríamos un litro del mejor whisky que tenga. Los ojos se le rasgan todavía más. ¿No es increíble? ¡Mr. Jajá está sonriendo! Hasta riendo. —¿Cuál de los dos es el bebedor? —Es para hacer tartas de frutas, Mr. Jajá. Para cocinar. Esto le templa el ánimo. Frunce el ceño. —Qué manera de tirar un buen whisky. No obstante, se retira hacia las sombras del bar y reaparece unos cuantos segundos después con una botella de contenido amarillo margarita, sin etiqueta. Exhibe su centelleo a la luz del sol y dice: —Dos dólares. Le pagamos con monedas de diez, cinco y un centavo. De repente, al tiempo que hace sonar las monedas en la mano cerrada, como si fueran dados, se le suaviza la expresión. —¿Sabéis lo que os digo? —nos propone, devolviendo el dinero a nuestro monedero de cuentas—. Pagádmelo con unas cuantas tartas de frutas. De vuelta a casa, mi amiga comenta: —Pues a mí me ha parecido un hombre encantador. Pondremos una tacita más de pasas en su tarta. La estufa negra, cargada de carbón y leña, brilla como una calabaza iluminada. Giran velozmente los batidores de huevos, dan vueltas como locas las cucharas en cuencos cargados de mantequilla y azúcar, endulza el ambiente la vainilla, lo hace picante el jengibre; unos olores combinados que hacen que te hormiguee la nariz saturan la cocina, empapan la casa, salen volando al mundo arrastrados por el humo de la chimenea. Al cabo de cuatro días hemos terminado nuestra tarea. Treinta y una tartas, ebrias de whisky, se tuestan al sol en los estantes y los alféizares de las ventanas. ¿Para quién son? Para nuestros amigos. No necesariamente amigos de la vecindad: de hecho, la mayor parte las hemos hecho para personas con las que quizás sólo hemos hablado una vez, o ninguna. Gente de la que nos hemos encaprichado. Como el presidente Roosevelt. Como el reverendo J. C. Lucey y señora, misioneros baptistas en Borneo, que el pasado invierno dieron unas conferencias en el pueblo. O el pequeño afilador que pasa por aquí dos veces al año. O Abner Packer, el conductor del autobús de las seis que, cuando llega de Mobile, nos saluda con la mano cada día al pasar delante de casa envuelto en un torbellino de polvo. O los Wiston, una joven pareja californiana cuyo automóvil se averió una tarde ante nuestro portal, y que pasó una agradable hora charlando con nosotros (el joven Wiston nos sacó una foto, la única que nos han sacado en nuestra vida). ¿Es debido a que mi amiga siente timidez ante todo el mundo, excepto los desconocidos, que esos desconocidos, y otras personas a quienes apenas hemos tratado, son para nosotros nuestros más auténticos amigos? Creo que sí. Además, los cuadernos donde conservamos las notas de agradecimiento con membrete de la Casa Blanca, las ocasionales comunicaciones que nos llegan de California y Borneo, las postales de un centavo firmadas por el afilador, hacen que nos sintamos relacionados con unos mundos rebosantes de acontecimientos, situados muy lejos de la cocina y de su precaria vista de un cielo recortado. Una desnuda rama de higuera decembrina araña la ventana. La cocina está vacía, han desaparecido las tartas; ayer llevamos las últimas a correos, cargadas en el carricoche, y una vez allí tuvimos que vaciar el monedero para pagar los sellos. Estamos en la ruina. Es una situación que me deprime notablemente, pero mi amiga está empeñada en que lo celebremos: con los dos centímetros de whisky que nos quedan en la botella de Jajá. A Queenie le echamos una cucharada en su café (le gusta el café aromatizado con achicoria, y bien cargado). Dividimos el resto en un par de vasos de gelatina. Los dos estamos bastante atemorizados ante la perspectiva de tomar whisky solo; su sabor provoca en los dos expresiones beodas y amargos estremecimientos. Pero al poco rato comenzamos a cantar simultáneamente una canción distinta cada uno. Yo no me sé la letra de la mía, sólo: Ven, ven, ven a bailar cimbreando esta noche. Pero puedo bailar: eso es lo que quiero ser, bailarín de claque en películas musicales. La sombra de mis pasos de baile anda de jarana por las paredes; nuestras voces hacen tintinear la porcelana; reímos como tontos: se diría que unas manos invisibles están haciéndonos cosquillas. Queenie se pone a rodar, patalea en el aire, y algo parecido a una sonrisa tensa sus labios negros. Me siento ardiente y chisporroteante por dentro, como los troncos que se desmenuzan en el hogar, despreocupado como el viento en la chimenea. Mi amiga baila un vals alrededor de la estufa, sujeto el dobladillo de su pobre falda de calicó con la punta de los dedos, igual que si fuera un vestido de noche: Muéstrame el camino de vuelta a casa, está cantando, mientras rechinan en el piso sus zapatillas de tenis. Muéstrame el camino de vuelta a casa. Entran dos parientes. Muy enfadados. Potentes, con miradas censoras, lenguas severas. Escuchad lo que dicen, sus palabras amontonándose unas sobre otras hasta formar una canción iracunda: —¡Un niño de siete años oliendo a whisky! ¡Te has vuelto loca! ¡Dárselo a un niño de siete años! ¡Estás chiflada! ¡Vas por mal camino! ¿Te acuerdas de la prima Kate? ¿Del tío Charlie? ¿Del cuñado del tío Charlie? ¡Qué escándalo! ¡Qué vergüenza! ¡Qué humillación! ¡Arrodíllate, reza, pídele perdón al Señor! Queenie se esconde debajo de la estufa. Mi amiga se queda mirando vagamente sus zapatillas, le tiembla el mentón, se levanta la falda, se suena y se va corriendo a su cuarto. Mucho después de que el pueblo haya ido a acostarse y la casa esté en silencio, con la sola excepción de los carillones de los relojes y el chisporroteo de los fuegos casi apagados, mi amiga llora contra una almohada que ya está tan húmeda como el pañuelo de una viuda. —No llores —le digo, sentado a los pies de la cama y temblando a pesar del camisón de franela, que aún huele al jarabe de la tos que tomé el invierno pasado—, no llores —le suplico, jugando con los dedos de sus pies, haciéndole cosquillas—, eres demasiado vieja para llorar. —Por eso lloro —dice ella, hipando—. Porque soy demasiado vieja. Vieja y ridícula. —Ridícula no. Divertida. Más divertida que nadie. Oye, como sigas llorando, mañana estarás tan cansada que no podremos ir a cortar el árbol. Se endereza. Queenie salta encima de la cama (lo cual le está prohibido) para lamerle las mejillas. —Conozco un sitio donde encontraremos árboles de verdad, preciosos, Buddy. Y también hay acebo. Con bayas tan grandes como tus ojos. Está en el bosque, muy adentro. Más lejos de lo que nunca hemos ido. Papá nos traía de allí los árboles de Navidad: se los cargaba al hombro. Eso era hace cincuenta años. Bueno, no sabes lo impaciente que estoy por que amanezca. De mañana. La escarcha helada da brillo a la hierba; el sol, redondo como una naranja y anaranjado como una luna de verano, cuelga en el horizonte y bruñe los plateados bosques invernales. Chilla un pavo silvestre. Un cerdo renegado gruñe entre la maleza. Pronto, junto a la orilla del poco profundo riachuelo de aguas veloces, tenemos que abandonar el carricoche. Queenie es la primera en vadear la corriente, chapotea hasta el otro lado, ladrando en son de queja porque la corriente es muy fuerte, tan fría que seguro que pilla una pulmonía. Nosotros la seguimos, con el calzado y los utensilios (un hacha pequeña, un saco de arpillera) sostenidos encima de la cabeza. Dos kilómetros más de espinas, erizos y zarzas que se nos enganchan en la ropa; de herrumbrosas agujas de pino, y con el brillo de los coloridos hongos y las plumas caídas. Aquí, allá, un destello, un temblor, un éxtasis de trinos nos recuerdan que no todos los pájaros han volado hacia el sur. El camino serpentea siempre por entre charcos alimonados de sol y sombríos túneles de enredaderas. Hay que cruzar otro arroyo: una fastidiada flota de moteadas truchas hace espumear el agua a nuestro alrededor, mientras unas ranas del tamaño de platos se entrenan a darse panzadas; unos obreros castores construyen un dique. En la otra orilla, Queenie se sacude y tiembla. También tiembla mi amiga: no de frío, sino de entusiasmo. Una de las maltrechas rosas de su sombrero deja caer un pétalo cuando levanta la cabeza para inhalar el aire cargado del aroma de los pinos. —Casi hemos llegado. ¿No lo hueles, Buddy? —dice, como si estuviéramos aproximándonos al océano. Y, en efecto, es como cierta suerte de océano. Aromáticas extensiones ilimitadas de árboles navideños, de acebos de hojas punzantes. Bayas rojas tan brillantes como campanillas sobre las que se ciernen, gritando, negros cuervos. Tras haber llenado nuestros sacos de arpillera con la cantidad suficiente de verde y rojo como para adornar una docena de ventanas, nos disponemos a elegir el árbol. —Tendría que ser —dice mi amiga— el doble de alto que un chico. Para que ningún chico pueda robarle la estrella. El que elegimos es el doble de alto que yo. Un valiente y bello bruto que aguanta treinta hachazos antes de caer con un grito crujiente y estremecedor. Cargándolo como si fuese una pieza de caza, comenzamos la larga expedición de regreso. Cada pocos metros abandonamos la lucha, nos sentamos, jadeamos. Pero poseemos la fuerza del cazador victorioso que, sumada al perfume viril y helado del árbol, nos hace revivir, nos incita a continuar. Muchas felicitaciones acompañan nuestro crepuscular regreso por el camino de roja arcilla que conduce al pueblo; pero mi amiga se muestra esquiva y vaga cuando la gente elogia el tesoro que llevamos en el carricoche: qué árbol tan precioso, ¿de dónde lo habéis sacado? —De allá lejos —murmura ella con imprecisión. Una vez se detiene un coche, y la perezosa mujer del rico dueño de la fábrica se asoma y gimotea: —Os doy veinticinco centavos por ese árbol. En general, a mi amiga le da miedo decir que no; pero en esta ocasión rechaza prontamente el ofrecimiento con la cabeza: —Ni por un dólar. La mujer del empresario insiste. —¿Un dólar? Y un cuerno. Cincuenta centavos. Es mi última oferta. Pero mujer, puedes ir por otro. En respuesta, mi amiga reflexiona amablemente: —Lo dudo. Nunca hay dos de nada. En casa: Queenie se desploma junto al fuego y duerme hasta el día siguiente, roncando como un ser humano. Un baúl que hay en la buhardilla contiene: una caja de zapatos llena de colas de armiño (procedentes de la capa que usaba para ir a la ópera cierta extraña dama que en tiempos alquiló una habitación de la casa), varios rollos de gastadas cenefas de oropel que el tiempo ha acabado dorando, una estrella de plata, una breve tira de bombillas en forma de vela, fundidas y seguramente peligrosas. Adornos magníficos, hasta cierto punto, pero no son suficientes: mi amiga quiere que el árbol arda «como la vidriera de una iglesia baptista», que se le doblen las ramas bajo el peso de una copiosa nevada de adornos. Pero no podemos permitirnos el lujo de comprar los esplendores made-in-Japan que venden en la tienda de baratijas. De modo que hacemos lo mismo que hemos hecho siempre: pasarnos días y días sentados a la mesa de la cocina, armados de tijeras, lápices y montones de papeles de colores. Yo trazo los perfiles y mi amiga los recorta: gatos y más gatos, y también peces (porque es fácil dibujarlos), unas cuantas manzanas, otras tantas sandías, algunos ángeles alados hechos de las hojas de papel de estaño que guardamos cuando comemos chocolate. Utilizamos imperdibles para sujetar todas estas creaciones al árbol; a modo de toque final, espolvoreamos por las ramas bolitas de algodón (recogido para este fin el pasado agosto). Mi amiga, estudiando el efecto, entrelaza las manos. —Dime la verdad, Buddy. ¿No está para comérselo? Queenie intenta comerse un ángel. Después de trenzar y adornar con cintas las coronas de acebo que ponemos en cada una de las ventanas de la fachada, nuestro siguiente proyecto consiste en inventar regalos para la familia. Pañuelos teñidos a mano para las señoras y, para los hombres, jarabe casero de limón y regaliz y aspirina, que debe ser tomado «en cuanto aparezcan Síntomas de Resfriado y Después de Salir de Caza». Pero cuando llega la hora de preparar el regalo que nos haremos el uno al otro, mi amiga y yo nos separamos para trabajar en secreto. A mí me gustaría comprarle una navaja con incrustaciones de perlas en el mango, una radio, medio kilo entero de cerezas recubiertas de chocolate (las probamos una vez, y desde entonces está siempre jurando que podría alimentarse sólo de ellas: «Te lo juro, Buddy, bien sabe Dios que podría…, y no tomo su nombre en vano»). En lugar de eso, le estoy haciendo una cometa. A ella le gustaría comprarme una bicicleta (lo ha dicho millones de veces: «Si pudiera, Buddy. La vida ya es bastante mala cuando tienes que prescindir de las cosas que te gustan a ti; pero, diablos, lo que más me enfurece es no poder regalar aquello que les gusta a los otros. Pero cualquier día te la consigo, Buddy. Te localizo una bici. Y no me preguntes cómo. Quizás la robe»). En lugar de eso, estoy casi seguro de que me está haciendo una cometa: igual que el año pasado, y que el anterior. El anterior a ése nos regalamos sendas hondas. Todo lo cual me está bien: porque somos los reyes a la hora de hacer volar las cometas, y sabemos estudiar el viento como los marineros; mi amiga, que sabe más que yo, hasta es capaz de hacer que flote una cometa cuando no hay ni la brisa suficiente para traer nubes. La tarde anterior a la Nochebuena nos agenciamos una moneda de veinte centavos y vamos a la carnicería para comprarle a Queenie su regalo tradicional, un buen hueso masticable de buey. El hueso, envuelto en papel de fantasía, queda situado en la parte más alta del árbol, junto a la estrella. Queenie sabe que está allí. Se sienta al pie del árbol y mira hacia arriba, en un éxtasis de codicia: llega la hora de acostarse y no se quiere mover ni un centímetro. Yo me siento tan excitado como ella. Me destapo a patadas y me paso la noche dándole vueltas a la almohada, como si fuese una de esas noches tan sofocantes de verano. Canta desde algún lugar un gallo: equivocadamente, porque el sol sigue estando al otro lado del mundo. —¿Estás despierto, Buddy? Es mi amiga, que me llama desde su cuarto, justo al lado del mío; y al cabo de un instante ya está sentada en mi cama, con una vela encendida. —Mira, no puedo pegar ojo —declara—. La cabeza me da más brincos que una liebre. Oye, Buddy, ¿crees que Mrs. Roosevelt servirá nuestra tarta para la cena? Nos arrebujamos en la cama, y ella me aprieta la mano diciendo te quiero. —Me da la sensación de que antes tenías la mano mucho más pequeña. Supongo que detesto la idea de verte crecer. ¿Seguiremos siendo amigos cuando te hagas mayor? Yo le digo que siempre. —Pero me siento horriblemente mal, Buddy. No sabes la de ganas que tenía de regalarte una bici. He intentado venderme el camafeo que me regaló papá. Buddy —vacila un poco, como si estuviese muy avergonzada—, te he hecho otra cometa. Luego le confieso que también yo le he hecho una cometa, y nos reímos. La vela ha ardido tanto rato que ya no hay quien la sostenga. Se apaga, delata la luz de las estrellas que dan vueltas en la ventana como unos villancicos visuales que lenta, muy lentamente, va acallando el amanecer. Seguramente dormitamos; pero la aurora nos salpica como si fuese agua fría; nos levantamos, con los ojos como platos y errando de un lado para otro mientras aguardamos a que los demás se despierten. Con toda la mala intención, mi amiga deja caer un cacharro metálico en el suelo de la cocina. Yo bailo claque ante las puertas cerradas. Uno a uno, los parientes emergen, con cara de sentir deseos de asesinarnos a ella y a mí; pero es Navidad, y no pueden hacerlo. Primero, un desayuno lujoso: todo lo que se pueda imaginar, desde hojuelas y ardilla frita hasta maíz tostado y miel en panal. Lo cual pone a todo el mundo de buen humor, con la sola excepción de mi amiga y yo. La verdad, estamos tan impacientes por llegar a lo de los regalos que no conseguimos tragar ni un bocado. Pues bien, me llevo una decepción. ¿Y quién no? Unos calcetines, una camisa para ir a la escuela dominical, unos cuantos pañuelos, un jersey usado, una suscripción por un año a una revista religiosa para niños: El pastorcillo. Me sacan de quicio. De verdad. El botín de mi amiga es mejor. Su principal regalo es una bolsa de mandarinas. Pero está mucho más orgullosa de un chal de lana blanca que le ha tejido su hermana, la que está casada. Pero dice que su regalo favorito es la cometa que le he hecho yo. Y, en efecto, es muy bonita; aunque no tanto como la que me ha hecho ella a mí, azul y salpicada de estrellitas verdes y doradas de Buena Conducta; es más, lleva mi nombre, «Buddy», pintado. —Hay viento, Buddy. Hay viento, y nada importará hasta el momento en que bajemos corriendo al prado que queda cerca de casa, el mismo adonde Queenie ha ido a esconder su hueso (y el mismo en donde, dentro de un año, será enterrada Queenie). Una vez allí, nadando por la sana hierba que nos llega hasta la cintura, soltamos nuestras cometas, sentimos sus tirones de peces celestiales que flotan en el viento. Satisfechos, reconfortados por el sol, nos despatarramos en la hierba y pelamos mandarinas y observamos las cabriolas de nuestras cometas. Me olvido enseguida de los calcetines y del jersey usado. Soy tan feliz como si ya hubiésemos ganado el Gran Premio de cincuenta mil dólares de ese concurso de marcas de café. —¡Ahí va, pero qué tonta soy! —exclama mi amiga, repentinamente alerta, como la mujer que se ha acordado demasiado tarde de los pasteles que había dejado en el horno—. ¿Sabes qué había creído siempre? —me pregunta en tono de haber hecho un gran descubrimiento, sin mirarme a mí, pues los ojos se le pierden en algún lugar situado a mi espalda—. Siempre había creído que para ver al Señor hacía falta que el cuerpo estuviese muy enfermo, agonizante. Y me imaginaba que cuando Él llegase sería como contemplar una vidriera baptista: tan bonito como cuando el sol se cuela a chorros por los cristales de colores, tan luminoso que ni te enteras de que está oscureciendo. Y ha sido una vidriera de colores en la que el sol se colaba a chorros, así de espectral. Pero apuesto a que no es eso lo que suele ocurrir. Apuesto a que, cuando llega a su final, la carne comprende que el Señor ya se ha mostrado. Que las cosas, tal como son —su mano traza un círculo, en un ademán que abarca nubes y cometas y hierba, y hasta a Queenie, que está escarbando la tierra en la que ha enterrado su hueso—, tal como siempre las ha visto, eran verle a Él. En cuanto a mí, podría dejar este mundo con un día como hoy en la mirada. Ésta es la última Navidad que pasamos juntos. La vida nos separa. Los Enterados deciden que mi lugar está en un colegio militar. Y a partir de ahí se sucede una desdichada serie de cárceles a toque de corneta, de sombríos campamentos de verano a toque de diana. Tengo además otra casa. Pero no cuenta. Mi casa está allí donde se encuentra mi amiga, y jamás la visito. Y ella sigue allí, rondando por la cocina. Con Queenie como única compañía. Luego sola. («Querido Buddy», me escribe con su letra salvaje, difícil de leer, «el caballo de Jim Macy le dio ayer una horrible coz a Queenie. Demos gracias de que ella no llegó a enterarse del dolor. La envolví en una sábana de hilo, y la llevé en el carricoche al prado de Simpson, para que esté rodeada de sus huesos…») Durante algunos noviembres sigue preparando sus tartas de frutas sin nadie que la ayude; no tantas como antes, pero unas cuantas: y, por supuesto, siempre me envía «la mejor de todas». Además, me pone en cada carta una moneda de diez centavos acolchada con papel higiénico: «Vete a ver una película y cuéntame la historia.» Poco a poco, sin embargo, en sus cartas tiende a confundirme con su otro amigo, el Buddy que murió en los años ochenta del siglo pasado; poco a poco, los días trece van dejando de ser los únicos días en que no se levanta de la cama: llega una mañana de noviembre, una mañana sin hojas ni pájaros que anuncia el invierno, y esa mañana ya no tiene fuerzas para darse ánimos exclamando: «¡Vaya por Dios, ha llegado la temporada de las tartas de frutas!» Y cuando eso ocurre, yo lo sé. El mensaje que lo cuenta no hace más que confirmar una noticia que cierta vena secreta ya había recibido, amputándome una insustituible parte de mí mismo, dejándola suelta como una cometa cuyo cordel se ha roto. Por eso, cuando cruzo el césped del colegio en esta mañana de diciembre, no dejo de escrutar el cielo. Como si esperase ver, a manera de un par de corazones, dos cometas perdidas que suben corriendo hacia el cielo. FIN Autor: Truman Capote Título: Un recuerdo navideño Título Original: A Christmas Memory Publicado en: Mademoiselle, diciembre de 1956 Traducción: Enrique Murillo

  • "Santa Claus contra A.R.A.C.N.I.D.O.", cuento de Harlan Ellison

    Santa Claus contra A.R.A.C.N.I.D.O. Harlan Ellison I Ya había pasado la mitad de septiembre cuando sonó el teléfono rojo. Kris se apartó de la cálida y flexible forma contra la que había estado pegado, barriga contra espalda, y se frotó con una mano los soñolientos ojos. El teléfono sonó de nuevo. No podía ver la hora en la esfera luminosa de su reloj de muñeca. —¿Qué pasa, cariño? —murmuró la rubia junto a él. El teléfono sonó una tercera vez. —Nada, nena… Vuélvete a dormir —la tranquilizó. Ella se hundió bajo las mantas mientras él tomaba el auricular, descolgándolo en medio de la cuarta llamada—. ¿Ajá? Su boca sabía a infiernos. La voz al otro extremo dijo: —El rey de Caná necesita de sus servicios. Kris se sentó. —Espera un momento. Iré al supletorio —apretó el botón que pasaba la llamada al supletorio, colgó mientras salía de la cama y, desnudo, atravesó a oscuras el inmenso dormitorio. Tanteó su camino a través del recibidor hasta llegar a la oficina, guiado únicamente por ligeros toques en las paredes. Apartó la placa de bronce conmemorativa, regalo de los enanitos, giró la combinación de la caja fuerte, y la abrió. En la abertura circular se hallaba el teléfono rojo con su complejo mecanismo codificador. Marcó un código en el codificador, alzó el auricular y dijo: —El rey teme al demonio, y el demonio teme a la cruz —santo y seña. —Kris, es A.R.A.C.N.I.D.O. —dijo la voz al otro extremo. —¡Mierda! —masculló—. ¿Dónde? —En los Estados Unidos: Alabama, California, el Distrito del Capitolio, Texas… —¿Es serio? —Lo bastante como para despertarte. —Conforme, conforme. Lo siento. Aún estoy soñoliento. ¿Cuánto tiempo he estado dormido? —Estamos a mediados de septiembre. Kris se pasó una mano por su espeso cabello. —¿No había nadie más que se pudiera hacer cargo? —Ombligo se estaba ocupando de ello. —Ajá… ¿Y…? —Lo hallaron flotando junto a la costa de Galveston. Debía llevar en el golfo cerca de una semana. Le habían colocado cargas de plástico en el interior de los muslos… —De acuerdo, no lo describas. Ya me irrita bastante el que me hayas despertado violentamente. ¿Hay dossier del caso? —Te está esperando en la Cumbre. —Llegaré ahí dentro de seis horas. Colgó el auricular, cerró de un portazo la caja fuerte y giró la combinación. Volvió a poner la placa en su sitio de la pared y se quedó apoyado con el puño sobre el bronce. La débil luz de un fluorescente, dejado encendido sobre una de las mesas de dibujo de los enanitos, iluminaba sus facciones en tensión. Las duras y serias líneas de su rostro eran el trabajo de un Giacometti. Los ojos eran de color azul metálico y apagados, como ciegos. La boca, algo cruel, estaba comprimida en una línea. Inspiró profundamente, y su musculoso cuerpo se irguió decididamente. Luego, inclinándose sobre su escritorio, abrió un cajón y llamó tres veces, secamente, apretando el botón oculto en la parte inferior del cajón. Allá abajo, en el laberinto, PoPo estaría emergiendo de su capullo, colocándose el taparrabos y los pendientes, marcando el código que llenase la cámara de salida de agua. —Paz en la Tierra… —murmuró Kris, regresando al dormitorio a por su traje de inmersión. II PoPo esperaba en la cueva, junto a una estantería en la que se hallaban las botellas de aire. Kris hizo una señal al enano y se volvió de espaldas. PoPo le ayudó a colocarse el atalaje y, cuando Kris se hubo puesto la boquilla, ajustó la mezcla de aire. —¿Keeble keeble? —inquirió PoPo. —Parece que sí —replicó Kris. Deseaba salir cuanto antes. —Dill-dill nea peemee —dijo PoPo. —Gracias. La necesitaré —se dirigió rápidamente a la cámara de salida, que había sido llenada y vaciada. Destrabó la rueda y abrió la poterna. Unos pequeños regueros de agua ártica cayeron al suelo de basalto. Se volvió—. Mantén la fábrica de juguetes a pleno funcionamiento. Y estudia ese problema de la cadena 9 con CorLo. Volveré a tiempo para las fiestas —pasó una pierna sobre el repecho, luego se volvió y añadió—. Si todo va bien. —Weeble zexfunt —comentó PoPo. —Ajá, y que tampoco te regalen juguetes bélicos a ti —entró al interior de la cámara de salida, giró con fuerza la rueda para trabarla y señaló a través del portillo de lucita. PoPo llenó la cámara, y Kris se lanzó fuera. El agua era negra y estaba bajo cero. La luz de aparcamiento del submarino era su único consuelo. Llegó rápidamente al pez de acero y, a los pocos minutos, estaba ya en camino. Una vez hubo pasado el extremo exterior de la masa de hielo flotante, salió a la superficie, se transformó en vehículo aéreo, expulsó el agua de los tanques de los pontones y corrió por la superficie para despegar. En el aire, alcanzó la velocidad de pulsoreacción y se transformó de nuevo. A quinientos kilómetros tras de él, en algún punto bajo el Océano Ártico, PoPo estaba sacando a CorLo de su capullo y armándole un escándalo de mil diablos por poner tuercas europeas en todos los patines de ruedas, haciendo que, por consiguiente, no sirvieran las llaves de ajuste americanas. III Cumbre estaba en el interior de una montaña en Colorado. La cima de la montaña se abrió, dejando que el aparato de despegue vertical de Kris (el submarino, en su tercera transformación) descendiese hasta la pista de aterrizaje. El jefe de tareas estaba esperándole con el dossier. Kris lo hojeó rápidamente: tenía memoria eidética. —De nuevo A.R.A.C.N.I.D.O. —dijo suavemente. Luego, con tono inquisitivo—: Significa A sociación para el R obo o A niquilación C ontrolados de la N aturaleza e I ndustria D e todo el O rbe ¿No es así? El jefe de tareas negó con la cabeza. Kris hizo mmm. —Bueno, ¿qué es lo que intentan hacer esta vez? Creí que los habíamos eliminado tras el asunto de los ántrax en el Valle de los Vientos. El jefe de tareas se balanceó sobre su silla de plástico. Los globos oculares multifacetados de alrededor de la habitación, recibieron destellos de luz de la silla y los desparramaron por las paredes en un sutil espectáculo lumínico. —Ya lo ha leído ahí. Se han apoderado de las mentes de esos ocho. Lo que intentan hacer, usándolos como títeres, no tenemos ni idea. Kris leyó de nuevo la lista: —Reagan, Johnson, Nixon, Humphrey, Daley, Wallace, Maddox y… ¿quién es este último, Spiro Agnew? —No tiene importancia. Habitualmente podemos evitar que se metan en problemas o que se hagan daño ellos mismos; pero desde que A.R.A.C.N.I.D.O. los capturó, han estado haciendo locuras. —Nunca he oído hablar de la mayor parte de ellos. —¿Y cómo infiernos iba a haber oído, si está allá arriba, haciendo juguetes? —Es el mejor disfraz que jamás he tenido. —Entonces no proteste por no ver jamás un periódico. Acepte mi palabra: esta gente es importante en esta temporada. —¿Qué le pasó a aquel cómosellamaba… Willkie? —No logró nada provechoso. —Ese A.R.A.C.N.I.D.O. —dijo Kris de nuevo— ¿querrá decir A gencia R epresiva A rmada C uyos fines N efastos I ncluyen la D estrucción O mnímoda? El jefe de tareas agitó la cabeza de nuevo, algo cansinamente. Kris se alzó y estrechó la mano del jefe de tareas. —Según el dossier, creo que el mejor punto para empezar con esto será Daley en Chicago. El jefe de tareas asintió con la cabeza: —Eso es lo que también dijo el COMPUToráculo. Lo mejor será que baje y vea al Armero antes de partir. Ha empollado una cuantas sorpresas para usted. —¿Tendré que trabajar de nuevo en ese estúpido uniforme rojo? —Probablemente lo lleve como repuesto. Es un poco pronto para el uniforme rojo. —¿Sí? —Sí, solo estamos a mediados de septiembre. IV Cuando Kris salió del tubo de caída, los ojos de la señorita Siete-Diecisiete se dilataron. Se acercó a ella, con aquel paso tan suave y musculoso que lo distinguía del resto de los agentes. La mayor parte de ellos no eran sino rechonchos oficinistas; ¿dónde había adquirido la idea de que el espionaje era un trabajo muy adecuado para bellos adonis? Seguramente de la inacabable serie de malas novelas de espionaje que llenaban los quioscos; qué desilusión cuando había descubierto que el retorcer el nervio trigémino para causar un dolor insoportable, o el dominar a un enemigo ahuecando ambas manos y golpeando simultáneamente sus dos orejas eran tácticas que podían ser tan fácilmente empleadas por hombres parecidos a alcas como por ganadores del concurso del Señor América. Igualmente, eran unas tácticas que servían lo mismo cuando se empleaban sobre montones de arcilla o estatuas de Rodin. Pero Kris… Llegó hasta su escritorio, y la miró en silencio hasta que ella apartó la vista. Luego: —Hola, Chan. Ella no podía mirarlo. Era demasiado doloroso. Las Bahamas. Aquella noche. La enorme luna colgando sobre ellos como un ojo que todo lo viese, mientras los vientos nocturnos tocaban una loca melodía que servía de contrapunto a su insensata pasión, el monomaníaco oleaje rompiendo a su alrededor contra las arenas plateadas. La despedida. La espera. El informe de lo alto de que había desaparecido en el Tíbet. No había podido soportarlo… y ahora… él allí de pie… una enorme cicatriz blanca en el pecho, ahora cubierto por su camisa, pero que ella conocía, una cicatriz hecha por el sable de Tibor Kaszlov… conocía cada centímetro de su piel… y le resultaba imposible responderle. —¡Bueno, estúpida, responde! —dijo él. Parecía comprender. Habló por el interfono: —Kris está aquí, señor —la luz roja destelló en el instrumento y sin alzar la vista, dijo—: El Armero te recibirá ahora. Pasó junto a ella, aparentemente dirigiéndose contra la pared de piedra. En el último instante esta se deslizó suavemente y desapareció en el interior del taller del Armero. La pared se cerró de nuevo, y Siete-Diecisiete se dio cuenta, repentinamente, de que había estado apretando con tal fuerza sus puños que sus uñas pintadas le habían hecho sangre en las palmas. El Armero era un hombre robusto y rudo, muy dado a las pipas y al paño cruzado escocés de lana. Sus chaquetas estaban hechas especialmente para él en Saville Row, con numerosos bolsillos para cobijar la infinitud de artilugios y accesorios de sus pipas que constantemente llevaba. —Kris, me alegro de verte —tomó la mano del agente y la sacudió efusivamente—. Mmm. ¿Paño Harris? —No, de hecho se trata de una de esas fibras milagrosas —replicó Kris, dándose una vuelta para mostrar su chaqueta con un solo corte trasero, entallada, de estilo Príncipe Eduardo y bolsillos deportivos—. Me la hizo un tipo de Hong Kong. ¿Te gusta? —Elegante —dijo el Armero—, pero no estamos aquí para discutir los aciertos de nuestros sastres, ¿no? Lanzaron una risa corta y mutua ante el chiste. Les llevó menos de diez segundos. —Ven aquí —dijo el Armero, moviéndose hacia una estantería en la pared en la que se hallaban diversos artilugios—. Creo que encontrarás esto muy interesante. —Creí que no iba a usar el traje rojo esta vez —dijo Kris, mohíno. El traje rojo estaba cuidadosamente colgado de un galán de noche de madera de teca, cerca de la pared. El Armero se volvió y le lanzó una mirada sorprendida—. ¿Eh? ¿Quién te dijo eso? Kris tocó el traje, palpándolo con aire ausente: —El Jefe de Tareas. La boca del Armero hizo una mueca. Se sacó una pipa de un bolsillo de la chaqueta y se la metió entre los labios. Era una Sasieni Fantail de cazoleta redonda, que estaba pidiendo a gritos un raspado de la capa de hollín. —Bueno, digamos que el Jefe de Tareas a veces no logra comprobar sus propias líneas de comunicación —obviamente estaba molesto, pero Kris no se sentía con ánimos de inmiscuirse en la política interna de las oficinas. —Muéstrame lo que tienes. El Armero sacó un artefacto con forma de pluma de uno de los estantes. En la parte superior tenía un clip con el que colgarla de un bolsillo interior. —Estoy orgulloso de esto. Le llamo mi ocultador mortífero —prendió la pipa con un encendedor Cónsul de butano, regulando la llama hasta que dio calor bastante como para soldar. Kris tomó el artilugio con forma de pluma y lo inspeccionó. —Bonito. Muy compacto. El Armero parecía un hombre que acaba de comprar un coche nuevo y que está a punto de preguntarle a un vecino cuánto cree que le ha costado. —Pregúntame lo que hace. —¿Qué es lo que hace? —Crea oscuridad en un radio de tres kilómetros. —Maravilloso. —No, lo estoy diciendo en serio. Solo tienes que girar el clip a la derecha… ¡no, no, no lo hagas ahora, por Dios! Oscurecerías toda la Cumbre. Cuando te encuentres en un problema y necesites escapar, solo tienes que girar el clip y,  ¡fsss!  ya tienes toda la cobertura que necesitas para lograr huir. El Armero lanzó una densa nube de humo de pipa: era Danish Fruit Cake de Niemeyer, muy aromático. Kris seguía mirando al traje. —¿Qué hay de nuevo en  esto ? El Armero señaló con la boquilla de su pipa. Era un manerismo: —Bueno, tienes el equipo habitual: los cohetes, los propulsores a chorro, el napalm, los lanzagases lacrimógenos, los cuchillos de lanzar, las mangueras a presión, los clavos de las botas, las ametralladoras calibre .30, el ácido, la barba inflamable, la falsa barriga que se hincha hasta convertirse en un bote salvavidas, el lanzallamas, los explosivos de plástico, la granada en forma de nariz roja de goma, el cinturón con equipo de herramientas, el boomerang, el bolo, las boleadoras, el machete, el derringer, la bomba de tiempo de la hebilla del cinturón, el equipo de ganzúas, accesorio Xerok en las caderas, los guantes de acero con garras extensibles, la máscara antigás, el gas venenoso, el repelente de tiburones, la estufa en el esternón, las raciones de supervivencia y la biblioteca de un centenar de grandes libros en microfilm. Kris palpó de nuevo el traje. —Pesado. —Pero, además —dijo alegre el Armero—, esta vez nos hemos superado a nosotros mismos en cuestión de blindaje… —Estáis haciendo un trabajo maravilloso. —Gracias de verdad, Kris. —No, lo digo en serio. —Sí, bueno. Además, esta vez el traje ha sido totalmente automatizado, y cuando oprimes el tercer botón de la chaqueta todo él se hincha, quedando dispuesto para el vuelo, convertido en una escafandra para grandes alturas. Kris puso cara compungida. —Si alguna vez me caigo, me veré como una tortuga boca abajo. El Armero le dio un manotazo amistoso a Kris, en lo alto del bíceps izquierdo. —Eres un gran bromista, Kris —señaló las botas—. Giróscopos. Te mantendrán siempre vertical.  No  puedes caerte. —Soy un gran bromista. ¿Qué otra cosa tienes para mí? El Armero se acercó a la estantería y tomó una pistola automática. —Prueba esto. Apretó un botón de la consola de control y la pared este de la armería cayó, mostrando una galería de tiro tras ella. Al fondo del túnel se veían una serie de siluetas-blanco alineadas. —¿Qué pasó con mi Wembley? —preguntó Kris. —Demasiado voluminosa. Poco segura. Lo que tienes en las manos es el último grito: un láser Lassiter-Krupp de alto poder explosivo. ¡Sensacional! Kris se volvió, mostrando el mínimo perfil posible a las mudas siluetas. Extendió su brazo derecho, poniéndolo rígido, y sujetándolo con la mano izquierda que rodeaba la muñeca derecha. Apretó el gatillo. Un rayo de luz y un siseo sibilante surgieron de la boca del arma. Al mismo instante, al fondo del túnel las diez siluetas desaparecieron en un estallido de luz cegadora. Trozos de metralla y de pared rebotaron una y otra vez por el túnel. El sonido de la destrucción era ensordecedor. —Por todos los ángeles y arcángeles de los coros celestiales —murmuró Kris, volviéndose hacia el Armero, que se estaba quitando en aquel momento los protectores de los ojos y oídos—. ¿Por qué no me avisaste acerca de esta cosa estúpida? No puedo usarla; tengo que ser sutil, circunspecto, discreto. Esta cosa infernal sería maravillosa para volar en pedazos la roca de Gibraltar, pero es ridícula para un combate cuerpo a cuerpo. ¡Toma, cógela! Le tiró el arma al Armero. —¡Ingrato! —¡Dame mi Wembley, so lunático! —¡Ahí la tienes… en la pared, so miope esclavo del Sistema! Kris asió la automática y el ocultador mortífero. —Envía el traje a mi contacto en Montgomery, Alabama —dijo, apresurándose hacia la puerta. —¡Quizá lo haga y quizá no, so débil mental! Kris se detuvo y se giró. —Maldita sea, escúchame, no puedo quedarme aquí para discutir contigo acerca del distinto poder de fuego de las armas. ¡Tengo que ir a salvar al mundo! —¡Puro melodrama! ¡Patán! ¡Reaccionario! —¡Lunático bastardo! Y, además, te voy a decir que odio tu maldito trabuco, hala. ¡Odio esa cosa estúpida y ruidosa! Llegó hasta la pared, que se abrió, y salió apresuradamente. Antes de que acabase de cerrarse del todo, el Armero tiró al suelo la pipa, la pateó y chilló: —¡Y yo odio esa chaqueta de marica que llevas! V Chicago, desde la Shore Drive, parecía como un inmenso estercolero en llamas. De nuevo había tumultos en el lado sur. Y, en la dirección de Evanston y Skokie, se podían divisar dos gruesas columnas de negro y espeso humo que se alzaban en espiral. En Evanston las Hijas de la Revolución Americana estaban saqueando e incendiando; en Skokie habían unido fuerzas con las miembros de la Unión de Mujeres Cristianas en pro de la Templanza de Evanston y estaban asaltando las oficinas de un editor de libros de bolsillo pornográficos. La ciudad se estaba volviendo loca. Kris condujo su Maserati trucado por la calle Ohio, giró hacia la derecha para tomar la rampa de descenso al garaje del motel, y dejó que el encargado se ocupase del vehículo. Llevando únicamente su maletín de ministro, se dirigió a la salida de incendios que llevaba al primer piso del motel. No obstante, una vez en el interior de la misma, se volvió hacia la pared desnuda, usó su señalizador sónico, y la pared giró sobre sí misma. Se apresuró a entrar, cerró la pared, y lanzó el maletín sobre la cama de matrimonio. La luz de  esperando  brillaba en el aparato de televisión de circuito cerrado. Conectó el aparato, se colocó frente a la cámara, y le complació ver que su contacto de Chicago, Frieda, volvía a llevar el cabello largo. —Hola, Diez-Diecinueve —dijo. —Hola, Kris. Bienvenido a la Ciudad Ventosa. —Hay aquí grandes problemas. —¿Cuándo quieres empezar? Ya he localizado donde está Daley. —¿Cuándo puedo llegar hasta él? —Esta noche. —Me va bien. ¿Qué estás haciendo en este momento? —No mucho. —¿Dónde estás? —En el recibidor. —Ven aquí. —¿A esta hora tan temprana de la tarde? —Mens sana in corpore sano. —Te veré dentro de diez minutos. —Ponte  Réplique . VI Completamente vestido de negro, con la Wembley en una pistolera invertida de pronto uso, con la culata apenas saliendo por debajo de su sobaco izquierdo, Kris atravesó el espacio abierto situado entre la verja electrificada y la oscura y cuadrada edificación de la central eléctrica, con sus brazos y piernas colocados en la tradicional postura reptante de la infantería. Daley había sido localizado dentro de aquel edificio, en el que había permanecido durante dos días aún a pesar de los desórdenes, por el equipo de búsqueda de Diez-Diecinueve. Kris le había preguntado a Frieda qué es lo que estaba haciendo en esa central eléctrica. Ella no lo sabía. Todo el edificio estaba aislado, resultando impenetrable para cualquier tipo de sensor que había empleado. Pero aquel era un asunto de A.R.A.C.N.I.D.O., fuera lo que fuese eso, no cabía duda alguna; pues el que un hombre de su posición estuviese encerrado de aquella manera, mientras su ciudad ardía, no admitía otra explicación. Kris llegó junto a la central. Se deslizó a lo largo de la fachada hasta que pudo ver unas ventanas de cristales ennegrecidos por encima de él. Estaban casi a un palmo sobre su cabeza. No había forma de escalar hasta allí. Tendría que hacer una entrada violenta. Inspiró profundamente tres veces, sacó la Wembley de su pistolera y despegó el esparadrapo arrollado alrededor de la culata. Luego, lo usó para sujetarse el arma a la mano. Después, tres inspiraciones profundas más. Clavando fuertemente los pies en tierra, se apartó a la carrera del edificio, hasta una distancia de diez metros, inspiró aire de nuevo, y corrió de vuelta a la central eléctrica. Casi en la misma fachada se encogió totalmente sobre sus rodillas, dio impulso y cruzó sus brazos sobre la cabeza al ir a golpear de lleno contra la ventana. Entonces, ya se halló en la central, entrando en una trayectoria de arco, realizando un rápido salto mortal y cayendo con las rodillas aún dobladas, absorbiendo el impacto con las caderas. A todo su alrededor tintineaban trozos de cristal, y su traje negro estaba desgarrado en el pecho. Su brazo derecho apuntaba hacia delante, con la Wembley extendida. Al pronto, la luz inundó el edificio. Kris contempló la escena en una impresión total: lo vio todo. Daley estaba inclinado sobre un intrincado mecanismo de relojería colocada en lo alto de una estructura similar a un podio, en el extremo más lejano de la sala. Una serie de lámparas de luz negra brillaban aún por toda la habitación con su malévolo y pútrido púrpura. Tres hombres, ataviados con ceñidos trajes de una sola pieza, de color verde pálido, se abalanzaban contra él, quitándose las anteojeras para luz negra. Un cuarto hombre aún mantenía su mano en la palanca conmutadora que había encendido las luces interiores. Y había más. Kris vio las grandes conexiones serpenteantes que surgían del mecanismo de relojería de Daley, corriendo a lo largo del suelo hasta paneles eléctricos en las paredes. Un sistema de aireación, inmenso y potente, dominaba toda una pared. Tras el podio, se alineaban cubetas de alguna sustancia oscura burbujeante, casi humo líquido. —¡Deténganlo! —aulló Daley. Kris tenía tan solo un momento antes de que los tres hombres de verde llegasen hasta él. Y en aquel momento decidió endurecer su temple para lo que con toda seguridad iba a suceder. Siempre tenía aquel instante en cada misión, y necesitaba probarse a sí mismo que tenía razón, que lo debía hacer, por muy brutal que fuese. En aquel instante, decidió mirar a Daley; y su resolución fue confirmada más elocuentemente de lo que jamás hubiera podido esperar. Aquel era un viejo malévolo. Lo que en otro hombre pudiera haber sido un generoso rostro senil, se había transformado en aquel en duras líneas de inmencionable fealdad. Aquel hombre era la maldad encarnada. Estaba totalmente poseído por A.R.A.C.N.I.D.O. Los tres hombres verdes siguieron avanzando. Hombres grandes, muy musculosos, con los rostros embotados por la malicia. Kris disparó. Alcanzó al primero en el estómago, lanzándolo hacia atrás contra uno de sus compañeros, que trató de evitarlo pero que se derrumbó en un lío de piernas y brazos mientras el primer hombre verde moría. Kris lanzó tres disparos más contra la masa y los brazos y piernas dejaron de moverse, si exceptuamos algún estremecimiento ocasional. El tercer hombre se apartó a un lado y trató de lanzarse sobre Kris. Este se echó hacia atrás un paso y le disparó a la cara. El hombre verde se desmadejó como una muñeca de trapo y cayó cómicamente sobre sus rodillas, desplomándose luego sobre la carne que había sido su cabeza. Como si lo que había pasado a sus compañeros no le importase nada, el cuarto hombre tendió ambos brazos ante él, como un zombi, y se tambaleó hacia Kris. El agente lo eliminó con un solo disparo. Luego se volvió hacia Daley. El hombre estaba alzando un arma portátil con boca de aguja de aspecto mortífero. Kris se lanzó plano sobre un costado. El arma de Daley solo quemó el espacio vacío con su haz de energía siseante y carmesí. Kris rodó y rodó justo hasta llegar al sistema de aireación. Luego ya estuvo en pie, tuvo la Wembley apuntada y gritó: —¡No me obligue a hacerlo, Daley! El arma de la mano de Daley lo buscó, quedó apuntándole y, en ese momento, el agente disparó. El arma con boca de aguja saltó en pedazos bajo el impacto de la bala blindada, y Daley cayó hacia atrás desde el podio. Kris estuvo sobre él en un instante. Lo tenía por los pies, empujándolo contra el podio y le aplicó una presa paralizante de dos dedos en uno de los puntos nerviosos de la depresión clavial antes de que Daley pudiera recuperarse. La boca de este se abrió por el dolor, pero no pudo hablar. Kris lo subió al podio, con un poco más de rudeza de lo necesario, y lo lanzó al pie del mecanismo de relojería. Este era increíblemente complejo, con contadores de tiempo y cronógrafos instalados de algún modo entre las cubas de humo burbujeante y el sistema de ventilación de la pared. Kris estaba absorto en el intento de tratar de comprender exactamente qué era lo que  hacía  el equipo, cuando oyó el suspiro a sus pies. Miró hacia abajo justo a tiempo para ver algo (tan repugnante que no podía contemplarlo directamente) emerger de la oreja derecha de Daley, deslizarse y reptar por el suelo del podio y luego estallar en una humareda negra de suciedad y polvo. Cuando Kris miró de nuevo, lo único que quedaba era una mancha polvorienta… lo que podría quedar si un niño prendiese fuego a un montón de magnesio en polvo y nitrato de potasio. Daley se estremeció. Rodó sobre su espalda y quedó yaciendo, jadeante. Luego trató de sentarse. Kris se arrodilló y le ayudó a hacerlo. —Oh, Dios mío, Dios mío —murmuró Daley, agitando la cabeza como para tratar de aclararla. La maldad había desaparecido de su rostro. Ahora era poco más que un bondadoso anciano que había estado enfermo durante mucho, mucho tiempo—. Gracias, sea quien sea. Gracias. Kris ayudó a Daley a ponerse en pie, y el viejo se apoyó contra el mecanismo de relojería. —Me atraparon… hace años —dijo. —A.R.A.C.N.I.D.O., ¿eh? —comentó Kris. —Sí, se introdujeron dentro de mi cabeza, dentro de mi mente. Son malvados. Totalmente malvados. ¡Oh, Dios, fue terrible! Y las cosas que he hecho. ¡Cosas pútridas y sin conciencia! Estoy realmente avergonzado y tengo mucho que purgar. —Usted no, Excelencia —dijo Kris—. A.R.A.C.N.I.D.O. Son  ellos  los que lo pagarán. Tal como lo hizo este. Kris se refería a la mancha negra. —¡No, no, no…  yo ! Yo hice todas esas cosas terribles. Ahora,  yo  tengo que repararlas. Demoleré los barrios bajos del sur, esa mancha que tiene la ciudad. Contrataré a los mejores planificadores urbanos para que creen espacio vital para todos esos negros que ignoré, que utilicé desvergonzadamente para mis propias necesidades políticas. Y no grandes bloques sin alma en donde la gente se ahoga y pierde la dignidad, sino comunidades decentes repletas de luz y risas. ¡Y liberaré a los polacos! Y toda la maquinaria política que utilicé para asignar los contratos a los constructores menos adecuados… hundiré esos edificios inhabitables y haré que los construyan bien. Disolveré esa Gestapo secreta que he estado reuniendo durante todos estos años. Solo aceptaré a aquellos hombres que puedan pasar un duro examen policial que tenga muy en cuenta lo humanitarios que sean. Cuidaré los parques y los jardines, para que esta ciudad sea hermosa. Y luego me entregaré para ser juzgado. Espero que no me den más de cincuenta años. Ya no soy muy joven. Kris se sorbió pensativamente un diente. —No se deje llevar por la emoción, Excelencia. Luego indicó la máquina de relojería. —¿Qué es esto? Daley miró a la máquina con repugnancia. —Tendremos que destruirla. Fue mi parte en el plan de ocho puntos de A.R.A.C.N.I.D.O., entrado en operación hace veinticuatro años para… para… Se detuvo indeciso; una expresión confusa y perpleja se extendió por sus amables rasgos. Se mordió el labio inferior. —Sí, prosiga —le urgió Kris—. ¿Qué es lo que quieren hacer? ¿Cuál es el gran plan de A.R.A.C.N.I.D.O? ¿Cuál es su objetivo? Daley extendió las manos. —No… no lo sé. —Entonces, dígame… ¿ qué  son? ¿De dónde vienen? Hemos luchado con ellos durante años, pero no tenemos más información al respecto que cuando empezamos. Siempre se autodestruyen como ha hecho ese —hizo un gesto hacia la polvorienta mancha del podio—, y jamás hemos podidos capturar a ninguno. De hecho, usted es el primer títere que logramos recuperar con vida de sus manos. Daley fue asintiendo con la cabeza durante la innecesaria explicación de Kris. Cuando el agente hubo terminado, se alzó de hombros. —Lo único que recuerdo… fuera lo que fuese lo que tenía en mi cabeza, parece haberme tenido bloqueado, impidiendo que me enterase de casi nada, y lo único que recuerdo es que son de otro planeta. —¡Alienígenas! —casi gritó Kris, comprendiendo de inmediato lo que Daley había dicho—. Un plan de ocho puntos. Los otros siete nombres de la lista y usted. Cada uno de ustedes ocupándose de una fase de un gran plan cuyo propósito aún no conocemos. Daley le miró. —Tiene usted una verdadera cualidad para decir lo obvio. —Me gusta sintetizar las cosas. —Amalgamar. —¿Cómo? —Nada. Olvídelo. Prosiga. Kris pareció confuso. —No, de hecho, es  usted  el que ha de seguir. Dígame lo que se suponía que hacía este equipo de aquí. —Aún sigue haciéndolo. No lo hemos detenido. Kris pareció alarmado. —¿Cómo lo apagamos? —Apriete ese botón. Kris apretó el botón y, casi de inmediato, las cubas dejaron de burbujear, la sustancia humeante del interior de las mismas fue perdiendo tamaño, el sistema de aireación dejó de airear, la máquina de relojería disminuyó su marcha y se detuvo, el cucú se puso azul y murió, las mangueras se aplanaron y la habitación quedó en silencio. —¿Qué es lo que hacía? —Creaba y esparcía aire polucionado por la atmósfera. —Bromea. — No  bromeo. ¿O es que se creía que el aire polucionado era realmente producido por las fábricas, los coches y los cigarrillos? A A.R.A.C.N.I.D.O. le costó una fortuna el falsificar los informes y el preparar una campaña de publicidad acerca de que eran los coches y cosas así. En realidad, he estado sembrando polución en la atmósfera durante veinticuatro años. —Hijo de mala madre —dijo Kris con admiración. Luego hizo una pausa, pareció nervioso y preguntó—: Dígame, ya que sabemos que los componentes de A.R.A.C.N.I.D.O. son alienígenas del espacio exterior, ¿significa acaso su sigla A squerosos y R epugnantes A lienígenas que C rean las condiciones N ecesarias para la I nvasión D estruyendo el O rden? Daley se quedó mirándolo. —A mí no me lo pregunte… nadie me cuenta nada. Luego saltó del podio y se dirigió hacia la puerta que llevaba a la central de energía. Kris le miró, luego tomó un barrote de hierro y se dedicó a destruir la máquina polucionadora. Cuando hubo terminado y se halló sudando y rodeado por chatarra aplastada y demolida, alzó la vista y vio a Daley en pie junto a la puerta abierta que llevaba al exterior. —¿Puedo hacer algo por usted? —le preguntó. Daley sonrió con aire distante. —No. Solo le miraba. Ahora que vuelvo a ser un buen tipo, deseaba ver mi último ejemplo de violencia brutal y sin motivo. ¡Chicago va a ser tan tranquilo de ahora en adelante! —A aguantarse, muchacho —dijo Kris, con sentimiento. VII El plan de ocho puntos parecía relacionarse con Alabama. Wallace. Pero Wallace estaba en plena campaña por alguna cosa, y aparentemente el plan de ocho puntos necesitaba su toque especial (filtrado a través del toque aún más suave de un operativo de A.R.A.C.N.I.D.O. dentro de su cabeza) para que quedase conectado. Kris decidió reservar a Wallace para el fin. El tiempo era importante, pero Frieda estaba cubriendo el asunto de Daley y el fin de la máquina polucionadora de Chicago y, francamente… ¡al cuerno con el tiempo! Aquello parecía el último enfrentamiento con A.R.A.C.N.I.D.O., así que Kris informó a la Cumbre que iba a seguir y erradicar los siete puntos restantes del plan, dedicando su atención a Wallace hacia la fiesta de Navidad. Esto complicaría las cosas para Kris, pero estaba seguro de que PoPo estaría trabajando en la fábrica. Y, lo que debía hacerse… debía hacerse. Desde luego no iba a ser fácil. Pensó con nostalgia en su casa del Ártico, la alegre y zumbante fábrica de juguetes, la forma en que, Blitzen en especial, le lamía la palma de la mano cuando le llevaba los azúcares con LSD, y la forma en la que aquellos bichos volaban cuando estaban en ácido. Después apartó sus pensamientos de tiempos más felices y climas más fríos, disponiéndose a destruir a A.R.A.C.N.I.D.O. Se encargó de los siete que quedaban en orden. VIII REAGAN: CAMARILLO, CALIFORNIA Reagan había cerrado todos los asilos mentales del estado con la inatacable teoría de que nadie necesitaba, en realidad, atención psiquiátrica… «¡Se necesita estar loco para estar en un sitio así!», había dicho en una cena que le había dado la Legión Americana, a quinientos dólares plato, solo seis meses antes. Kris lo halló en el lavabo de caballeros del primer piso de la abandonada institución estatal de Camarillo, peinándose su mata de cabello a lo Pompadour. Reagan giró sobre sus talones, viendo el reflejo de Kris en el espejo, y chilló pidiendo ayuda a uno de sus asistentes zombi, un hombre de verde, que estaba encerrado en un retrete de pago. (Los asilados habían recibido el pago de una asignación mensual en vales oficiales del Estado Dorado, provenientes de la conversión de las dotaciones económicas que les habían sido enviadas por sus hijos casados que no deseaban a sus perver-deviacion-raros padres por casa; estos vales podían ser utilizados para el uso de los retretes de pago. Reagan siempre había creído en un sistema de gobierno estatal de «paga por lo que consumes»). Kris golpeó al pequeño recinto con una patada de  savatte  que hizo astillas la puerta justo en el momento en que salía el hombre de verde, y el borde de su zapato destrozó el bazo del hombre. Luego el agente se abalanzó sobre Reagan, en un intento de capturarlo, dominarlo y, de algún modo, impedir que el simbionte de A.R.A.C.N.I.D.O. que había en el interior de la cabeza de Reagan se autodestruyese. Pero el infernalmente apuesto Reagan se echó abruptamente a un lado y, mientras Kris lo contemplaba horrorizado, comenzó a desdibujarse y a cambiar de forma. Al cabo de unos momentos no era Reagan el que se hallaba ante Kris, sino una hidra de siete cabezas escupiendo por sus siete bocas a) fuego, b) nubes de amoníaco, c) polvo, d) cristales rotos, e) gas clorhídrico, f) gas mostaza y g) una combinación de halitosis y música rock. Tres de las cabezas (c, e y f) se abalanzaron impulsadas por sus cuellos serpentinos y Kris se aplastó contra la pared del lavabo. Su mano se introdujo con rapidez en su chaqueta y sacó un bolígrafo. Le dio dos vueltas, en dirección contraria a la de las agujas del reloj, y el bolígrafo se transformó en largo mandoble. Manejando la espada con facilidad, Kris la blandió con vigor, y en unos pocos minutos había cortado las siete cabezas. Apuntó luego al mismo corazón de la bestia y la atravesó. El gran cuerpo cayó estrepitosamente sobre un costado, y se quedó muy quieto. Se desdibujó y volvió a transformarse en Reagan. Luego la cosa negra se deslizó saliendo de su oreja, entró en erupción y ensució las baldosas del suelo con hollín. Después, Reagan se peinó el cabello y se aplicó maquillaje de fondo sobre los puntos brillantes de su nariz y mejillas, gimiendo penosamente acerca de las cosas, realmente raras, que había hecho bajo la estupefactante e increíblemente malévola dirección de A.R.A.C.N.I.D.O. Juró que no sabía que significaban las letras del nombre de la organización. Kris se sintió deprimido. Entonces, Reagan le mostró la fábrica de Camarillo, explicando que  su  parte del plan de ocho puntos era utilizar las grandes máquinas del segundo y tercer piso para esparcir locura por la atmósfera. Rompieron las máquinas con algunas dificultades, dado que buena parte del equipo estaba hecho con un plástico muy duro. Reagan aseguró a Kris que trabajaría con la Cumbre para ocultar la eliminación de la segunda fase del plan de ocho puntos. Y, desde aquel día en adelante (alzó una mano en el saludo de los boy scouts), sería tan bueno como le fuera posible. Llevaría a cabo la tan necesaria reforma del impuesto sobre la propiedad; dejaría de meterse con los estudiantes del UCLA, se suscribiría a  The LA Free Press, The Avatar, The East-Village Other, The Berkley Barb, Horseshit, Open City  y todos los otros periódicos underground para poderse enterar de lo que estaba sucediendo  realmente . Y antes de una semana, instituiría clases diarias de bailes folklóricos, música soul y métodos de coerción pacífica, a las que deberían asistir los miembros de los diversos departamentos de policía del estado. Sonreía como un hombre que ha recuperado la inocencia de la niñez, o la naturaleza de la misma, que de algún modo había perdido. IX JOHNSON: JOHNSON CITY, TEXAS Kris lo encontró comiendo puré de patatas con sus manos, sentado a una cierta distancia del resto de la gente. Tenía un aspecto infernal. Parecía muy cansado. Había una vaca a medio comer en un asador, girando lentamente sobre tizones de carbón vegetal. Kris se sentó junto a él y pasó un rato. Él pensó que Kris estaba en la fiesta. Eructó. Entonces Kris le golpeó la sien derecha con un dedo y arrastró su forma inconsciente hacia el bosque. Cuando Johnson se despertó, supo que todo había terminado. El simbionte de A.R.A.C.N.I.D.O. lo abandonó, estalló y ensució las hojas muertas (eran mediados de octubre) y Johnson dijo que tenía que apresurarse para detener la guerra. Kris no sabía de qué guerra hablaba, pero le parecía una idea excelente. —Dígame —le dijo Kris con ansiedad—, ¿acaso A.R.A.C.N.I.D.O. significa A lienígenas R eptantes que se A poderan de los C erebros N acionales I ntentando la D emolición del O rden o es algo aún más arcano? Johnson extendió las manos. No lo sabía. Le dijo que su parte del plan de ocho puntos era fomentar la guerra. Y matar niños. Pero ahora, todo aquello había terminado. Llamaría a las tropas de vuelta a casa. Liberaría a todos los manifestantes que estaban en prisión. Convertiría la industria a usos pacíficos. Enviaría grano a las naciones necesitadas. Tomaría lecciones de locución. Kris se alzó de hombros y se marchó. X HUMPHREY Y NIXON: WASHINGTON, D. C. Era una semana después de la elección. Uno de ellos era Presidente. No importaba. El otro estaba tratando de organizar la oposición, y entre ambos habían partido el país en dos. Nixon estaba tratando de que lo afeitasen bien, y Humphrey intentaba aprender a llevar lentes de contacto que hicieran que sus ojos pareciesen más grandes. —¿Sabes, Dick?, el problema es, básicamente, que tengo unos ojillos raros, como los de un pájaro, ¿lo sabías? Nixon se volvió del espejo de la pared de la oficina y le contestó: —Yo sí que podría quejarme. Tengo ya una barba de tres días, y solo hace unas horas que me afeité. Hey, ¿qué es eso? Humphrey se volvió en su sillón y vio a Kris. —Adiós, A.R.A.C.N.I.D.O. —dijo Kris y disparó dardos somníferos a cada uno de ellos. Antes de que los dardos pudieran alcanzarles, las cosas negras saltaron de sus oídos, estallaron y mancharon. «¡Maldita sea!», exclamó Kris y abandonó la oficina sin esperar a que Nixon y Humphrey recuperasen el conocimiento. En cualquier caso, pasaría una semana o dos antes de que sucediese tal cosa. El Armero aún no daba en el blanco en lo referente a controlar cuanto tiempo dejaban inconscientes a la gente aquellos dardos. Kris salió de allí, porque sabía que su parte del plan de ocho puntos era confundir las cuestiones, sembrar la confusión y la disensión en la atmósfera. Johnson se lo había dicho. Ahora se convertirían en unos majos, y el Presidente actuaría como si su conciencia lo guiase. La Navidad se acercaba. Kris sentía nostalgia del hogar. XI A.R.A.C.N.I.D.O. trató de matar a Kris en Memphis, Detroit, Cleveland, Great Falls y Los Angeles. Falló. XII MADDOX: ATLANTA, GEORGIA Era demasiado horrible para poderlo describir. Fue el único títere de A.R.A.C.N.I.D.O. que Kris tuvo que matar. Con un pequeño mango de hacha en oro, recuerdo del famoso restaurante de Maddox. Kris destruyó la máquina de odio a los negros, la parte de Maddox en el plan de ocho puntos, y comió pollo frito mientras se dirigía a Montgomery. XIII WALLACE: MONTGOMERY, ALABAMA Tañendo su pequeña campana de latón, el Santa Claus ataviado de rojo atravesó la plaza situada frente al edificio estatal de Montgomery. El Santa Claus era gordo, alegre, barbudo y posiblemente el hombre más mortífero del mundo. Kris miró a su alrededor mientras se abría paso por entre la nieve, que le llegaba hasta los tobillos. Los edificios del estado estaban agrupados alrededor del perímetro de la plaza circular, y notó una terrible sensación cosquilleante que le subía y bajaba por la espina dorsal. Quizá fuera el agobio del traje con todo su equipo… era tan confinante que le hacía sudar, incluso en medio del frío y la blancura de aquel 24 de diciembre. Tenía las botas empapadas por la nieve y midió su paso mientras subía la escalinata de la Casa del Estado… vigilando. Todo estaba cerrado a causa de las vacaciones. Todos los organismos estatales de Alabama. Y, sin embargo, había movimiento en la ciudad. Los compradores de última hora se apresuraban a cumplir con sus cuotas como felices consumidores. Los niños correteaban por aquí y allá, pareciendo ir a alguna parte, pero limitándose, probablemente, a carambolear. Kris siempre sonreía cuando veía a los niños; ciertamente, eran la única esperanza; tenían que ser protegidos, no separados de la realidad, sino simplemente protegidos; y el creciente cinismo de los jóvenes había comenzado a preocuparle; no obstante, parecía como si los jóvenes activistas estuviesen, de un modo inconsciente, luchando contra todo aquello por lo que abogaba A.R.A.C.N.I.D.O. llegando incluso a hacer un trabajo mejor que sus mayores. Un hombre se apresuró escalinata abajo, pasando junto a Kris. Iba arropado hasta la barbilla en un grueso abrigo. Miró por el rabillo del ojo, bizqueando, e ignoró el pote de donativos que le tendía Santa Claus. Kris continuó subiendo. Los aparatos de detección que ahora llevaba Kris dentro de su gorro de piel lanzaron un blip; y los trazadores y buscadores de alcance fueron aumentando el tono del mismo a medida que se fue acercando a Wallace. Iba a ser un problema entrar en el edificio. Pero, de todos modos, si no fuera por los problemas que convertían en necesario el que llevase tal cantidad extra de equipo en su traje rojo, Santa Claus hubiera sido una figura delgada y esbelta. —Jo, jo, jo —murmuró Kris, lanzando bocanadas de aire gélido. Mientras llegaba al primer descansillo de la Casa del Estado, Kris comenzó a poner en marcha su plan para obtener acceso a la misma. Manejando los controles del traje que llevaba en la palma de su mitón derecho, dirigió las mangueras de alta presión hacia una ventana cerrada del ala izquierda de la Casa del Estado. Una vez que el control de tiro estuvo centrado en el objetivo, Kris marcó el código para que los tubos dejasen paso a napalm y ácido, oprimió los botones de disparo y contempló como las mangueras rociaban la ventana con ácido, disolviendo al mismo tiempo barrotes y cristal. Luego el napalm erupcionó de las mangueras en un chorro ardiente que trazó un arco sobre la nieve y golpeó al hueco abierto en el frontis de la Casa del Estado. En un instante aquella parte del edificio estuvo ardiendo. Kris puso en marcha la mochila cohete y se alzó por los aires. Cuando estaba flotando a sesenta metros de altura conectó los cohetes de dirección y planeó sobre la Casa del Estado. Cesó el funcionamiento de los cohetes y Kris descendió con lentitud, cortando luego la acción de su mochila cohete. Había llegado al techo sin haber sido visto. El fuego mantendría ocupada la atención de todos. En aquel estadio de la erradicación del plan de ocho puntos, estarían esperándole, pero no sabrían que sería una fuerza de asalto tan formidable. El contador Geiger le indicaba una fuente importante de radioactividad en el ala norte de la Casa del Estado. Sus botas de siete leguas le permitieron saltar allí en tres botes, y colocó cargas de plástico a lo largo de los bordes del techo, rociándolas con aerosol de implosión para que la fuerza de su estallido fuese dirigida hacia abajo. Luego instaló el mecanismo de relojería y saltó de nuevo a la sección del techo en donde sus detectores indicaban con más fuerza la presencia de Wallace. Extendiendo los ganchos de sus mitones, cortó una sección circular en el techo y luego la quemó con ácido. La mantuvo asida en el sitio. De repente, estallaron las cargas de plástico en el techo del ala norte y, bajo la cobertura de este tumulto, atacó. Utilizó los punzones de las botas para hundir la superficie circular que había cortado en el techo. Esta apertura había sido a través del material aislante. Ahora utilizó el lanzallamas para abrirse paso a través de las varias capas de revestimiento, yeso y vigamenta, hasta que lo único que quedó entre él y la posibilidad de entrar fue el yeso del techo de la habitación. Sacó una granada de los bolsillos interiores de su enorme traje, tiró de la anilla, soltó la manecilla y la dejó caer por el agujero. Se oyó una seca y breve explosión y cuando se hubo aclarado la nube de polvo de yeso, pudo saltar al interior de la Casa del Estado de Alabama. Saltó, colocando el mando de sus botas para  rebote ligero . Cayó entre un grupo de zombis vestidos de verde, que le esperaban. «Jo, jo, jo», exclamó de nuevo Kris, abriendo fuego con sus ametralladoras. Los cuerpos saltaron, se desplomaron y se estrellaron contra las paredes, y algunos segundos más tarde el grupo de recepción estaba empapado en su propia sangre. Habían colocado barricadas en las puertas de la habitación. Kris no tenía tiempo para abrirlas por métodos suaves. Así que se arrancó su roja nariz de goma y la lanzó. Las puertas estallaron hacia el exterior en una lluvia en cascada de astillas y fragmentos. Se abalanzó a través del humo y de los restos aún por el aire, llegó al pasillo y se volvió para seguir el urgente sonido de sus detectores. Wallace se estaba moviendo. ¿Tratando de escapar? Quizá. Sacando un bolo, se abalanzó de nuevo hacia adelante. Unos zombis vestidos de verde cayeron sobre él desde un corredor lateral y se abrió camino a cuchilladas, sin detenerse. Un disparo impactó en la pared junto a su oreja y se medio volvió, dejando que un cuchillo de lanzar cayese en su mano desde su funda aceitada. El francotirador medio salía de una puerta, corredor abajo. Kris dejó que el cuchillo se deslizase palma abajo, lo atrapó por la punta y, con un rápido movimiento, lo lanzó. El cuchillo rozó el borde del marco de la puerta y se clavó en la garganta del zombi. Este desapareció en el interior de la habitación. Los detectores indicaban ahora una pared desnuda en el extremo de un corredor sin salida. Kris fue hacia ella, a la carrera, con la armadura corporal de su traje preparada para convertirla en un ariete. Golpeó la pared y la atravesó. Tras la desnuda pared del callejón sin salida había una escalera de piedra que se hundía en la oscuridad. En ella acechaban los zombis. Las ametralladoras calibre 30 resolvieron ese problema: Kris descendió a la carrera por los escalones, disparando ante él. Los zombis desaparecieron, hundiéndose en las tinieblas. Al fondo halló un río subterráneo y vio las negras y triangulares aletas dorsales de unos tiburones. Aún murmurando: «Jo, jo, jo», Kris se zambulló de cabeza en la negrura estigea. El agua se cerró sobre él y no pudo verse nada más, excepto el agitarse de los tiburones. Menos de una hora después, toda la Casa del Estado de Alabama y buena parte de la plaza pública saltaron por los aires en una explosión infernal de tal ferocidad que hizo añicos las ventanas de las casuchas de los pobres negros de Selma. XIV Estaba arañándole suavemente la espalda desnuda con sus largas y pintadas uñas. Él yacía boca abajo sobre la cama, tendiendo de vez en cuando la mano hacia la mesita de noche para dar un trago al whisky con agua. Las lívidas cicatrices que aún seguían pulsando en su espalda parecían atraerla. Se mojó sus gruesos labios y sus pechos desnudos y de grandes pezones se balancearon mientras contemplaba el cuerpo de él. —Luchó hasta el fin. El hijo de perra era el único de los ocho al que realmente le  gustaba  la cosa negra que tenía en su cabeza. Era auténtica y genuinamente malvado. El peor de todos; no me extraña que A.R.A.C.N.I.D.O. lo eligiese como piedra sillar del plan de ocho puntos. Hundió la cara en la almohada, como tratando de ocultar el recuerdo de lo que había sucedido antes. —Esperé tres meses y medio a que regresases —dijo la rubia, sosteniéndose los pechos—. ¡Lo menos que podías hacer es decirme donde habías estado! Él se volvió y la cogió. La apretó contra sí y pasó sus manos sobre su lozana carne. Parecía arder con un calor especial. Mucho, mucho después, en algún momento a mediados de enero, la soltó y dijo: —Muñeca, es una cosa demasiado fea para hablar de ella. Lo único que te digo es que si hubiera habido  alguna  posibilidad de salvar a ese mamón de Wallace de su propia maldad, la hubiera aprovechado. —¿Resultó muerto? —Cuando estallaron las cavernas subterráneas. Se hundió la mitad del estado de Alabama. Lo curioso es que… casi todo eran propiedades de blancos. Todos los ghettos siguen en pie. El nuevo gobernador, Shabbaz X. Turner, ha declarado todo el estado área de desastre, y ha conseguido que la Cruz Negra vaya a ayudar a todos los pobres blancos que quedaron sin hogar a causa de la explosión. Ese bastardo de Wallace debió haber tenido todo el estado minado. —Suena a terrible. —¿Terrible? ¿Sabes cuál era la parte de ese cerdo en el plan de ocho puntos? La chica le miró con ojos muy grandes. —Te lo diré. Su tarea era, utilizando un equipo tremendamente sofisticado, el endurecer los procesos mentales de los jóvenes, el envejecerlos. El hacer que sus conceptos quedasen fijos como el cemento. Cuando hicimos estallar toda aquella maquinaria infernal, la gente empezó de repente a pensar con libertad, hablándose unos a otros, comprendiéndose los unos a los otros y dándose cuenta de que el mundo estaba en un estado penoso, comprendiendo que, aquello de lo que habían estado seguros un momento antes, quizá pudiera ser puesto en cuestión. Literalmente, estaba convirtiendo a los jóvenes en viejos. Y causaba la decrepitud. —¿Quieres decir que no nos hacemos viejos? —Infiernos, no. Era A.R.A.C.N.I.D.O. quien nos hacía cada vez más y más viejos, hasta que nos derrumbábamos. Ahora todos permaneceremos en la forma en que estamos, alcanzando una edad física de treinta y seis o treinta y siete años, para mantenerla después durante otros dos o trescientos años. Y, ah, sí, no habrá cáncer. —¿Eso también? Kris asintió. La rubia estaba echada de espaldas y Kris hizo un dibujo sobre su estómago con sus grandes manos, llenas de cicatrices. —Querría saber una cosa —preguntó la rubia. —Sí, ¿qué es? —¿Qué era ese plan de ocho puntos de A.R.A.C.N.I.D.O? Quiero decir que, aparte de los elementos individuales para hacer que todo el mundo odiase a todos los demás, ¿qué era lo que intentaba lograr? Kris se alzó de hombros. —Eso, y lo que significa el nombre A.R.A.C.N.I.D.O., es algo que quizá no sepamos jamás… ahora que su organización ha sido destruida. Es una pena. Me hubiera gustado saberlo. Y lo sabrás , dijo repentinamente una voz en el interior de la cabeza de Kris. La rubia se alzó de la cama y sacó una mortífera pistola lanzadardos de debajo de la almohada.  Nuestros agentes están en todas partes , dijo telepáticamente. —¡Tú! —espetó Kris. Desde el momento en que regresaste, después de la Navidad. Mientras estabas recuperándote de tus heridas, yaciendo ahí inconsciente, yo me deslicé en el interior… tras haberte seguido desde Alabama. Es por esto por lo que jamás hallaste evidencias de que el simbionte de Wallace se hubiera autodestruido… Me deslicé dentro e invadí este pobre cuerpo. ¿Qué es lo que te hizo creer que nos habías derrotado, estúpido? Estamos en todas partes. Llegamos a este planeta hace sesenta años… comprueba tu historia, y hallarás la fecha exacta. Aquí estamos, y aquí nos quedaremos. Por el momento, para llevar a cabo una guerra terrorista. Pero pronto… para apoderarnos de todo. El plan de ocho puntos era el más ambicioso de los que hemos llevado a cabo hasta el momento. —Ambicioso —resopló Kris—. Odio, locura, cáncer, prejuicios, confusión, sumisión, polución, corrupción, envejecimiento… ¿qué clase de basura  sois ? Somos A.R.A.C.N.I.D.O ., dijo la voz mientras la rubia le apuntaba con el lanzadardos.  Y en cuanto sepas lo que significa A.R.A.C.N.I.D.O., sabrás lo que intentábamos haceros a vosotros, pobres y débiles terrestres, con nuestro plan de ocho puntos . ¡Mira!  la voz era jubilosa. Y el simbionte de A.R.A.C.N.I.D.O. salió de su oreja y corrió hacia la garganta de Kris. Este reaccionó al instante, saltando de la cama. El simbionte falló su cuello por micromilímetros. Kris golpeó la pared, se empujó con un pie desnudo y cayó de nuevo sobre la cama, pasando por encima de la rubia, agarrando su mano y dirigiendo la boca del arma al simbionte. Este corrió a cubrirse, mientras las letales agujas atravesaban las sábanas. Luego Kris agarró la mortífera pantalla de la lámpara situada en la mesita y la lanzó. Al instante, todo el complejo de fábricas de juguetes subterráneo quedó bañado por la oscuridad. Notó como la rubia se estremecía entre sus brazos y supo que el simbionte de A.R.A.C.N.I.D.O. había huido de vuelta al único lugar en que estaba seguro. Dentro de ella. No le quedaba más elección que matarla. Pero ella había lanzado el arma a lo lejos, y se hallaba atrapado allí en la oscuridad eterna, en la cama, aferrando el cuerpo de ella mientras luchaba por liberarse… Y se vio obligado por su desnudez a matarla utilizando la única arma que Dios le había dado cuando llegó a este mundo. Era un arma especial, y le llevó casi una semana el matarla. Pero cuando hubo terminado y se hubo aclarado la oscuridad, se quedó allí en la cama, pensando. Exhausto, con cuatro kilos menos, tan débil como un gatito recién nacido, y pensando. Ahora sabía lo que significaba A.R.A.C.N.I.D.O. El simbionte era pequeño, negro y peludo; y corría sobre muchas y diminutas patas. El plan de ocho puntos estaba diseñado para hacerles sentirse como una mierda. Y la gente que se siente como una mierda se mata unos a otros. Y la gente que se mata los unos a los otros deja un mundo intacto para el A.R.A.C.N.I.D.O. Todo lo que tenía que hacer era eliminar los puntos entre las letras. XV Los estudios de rendimiento llegaron a la siguiente semana. Decían que las entregas de estas fiestas habían sido las peores que jamás se recordaban. Kris y PoPo hojearon los informes y sonrieron. Bueno, todo iría mejor el año siguiente. No era extraño que las cosas hubieran ido mal aquella vez… ¿cuán efectivo puede ser un Santa Claus cuando, en realidad, se trata de un impostor? ¿Cuán efectivo puede ser un Santa Claus cuando había sido PoPo y CorLo, uno subido a los hombros del otro, llevando un traje rojo tres tamaños más grandes del que les hubiera ido bien? Pero con Kris dedicado a salvar al mundo, no habían tenido elección. Llegaban quejas de todas partes. Incluso de la Cumbre. —PoPo —dijo Kris, cuando los teléfonos rehusaron cesar de tintinear—, no voy a contestar a ninguna llamada. Si quieren algo de mí, pueden encontrarme en Antibes. Voy a dormir durante unos tres meses. Siempre pueden llamarme allá por abril. Iba a salir de la oficina cuando CorLo entró corriendo, con una expresión horrible en el rostro. —Geeble gip freesee jim-jim —dijo CorLo. Kris se derrumbó de nuevo sobre su silla. Dejó caer su cabeza entre sus manos. Todo iba mal. Dasher había dejado preñada a Vixen. —Esos desgraciados no le dejan vivir a uno —murmuró Kris, y comenzó a llorar. * NOTA DE LA EDITORIAL: El lector astuto se habrá dado cuenta de que la historia del señor Ellison tiene un pequeño fallo. Se dice al principio que el insidioso plan de ocho puntos incluye a un tal señor Spiro Agnew. Aparentemente el autor se olvidó enseguida de él. Aparentemente el autor no fue el único. FIN Autor: Harlan Ellison Título: Santa Claus contra A.R.A.C.N.I.D.O. Título Original: Santa Claus vs. S. P. I. D. E. R. Publicado en: The Magazine of Fantasy and Science Fiction, enero de 1969 Traducción: Sin datos

  • "La niña de los fósforos", cuento de Hans Christian Andersen

    La niña de los fósforos Hans Christian Andersen Hacía un frío espantoso. Nevaba y comenzaba a oscurecer. Era el último día del año, la víspera de Año Nuevo. En medio de este frío y de esta oscuridad. una muchachita marchaba por la calle con la cabeza al descubierto y los pies descalzos. ¡Oh, al salir de su casa llevaba zapatillas, pero eran demasiado grandes! Su madre las había usado hasta el último momento, y la niña las había perdido al atravesar corriendo la calle, para no ser atropellada por dos coches que pasaron a toda velocidad. Una de ellas fue imposible encontrarla, y un muchacho corría con la otra en la mano, gritando que le serviría de cuna cuando tuviera hijos. La muchachita avanzaba, pues, con los pies descalzos, que estaban amoratados por el frío. En un delantal llevaba unos cuantos fósforos y sostenía en su mano un paquete. Nadie le había comprado en todo el día; nadie le había dado ni un céntimo. Tenía hambre, estaba helada, su aspecto era lamentable. ¡Pobre pequeña! Los copos de nieve caían sobre sus largos cabellos dorados que, en forma de bucles, se posaban sobre sus hombros. Pero la niña no tenía tiempo para pensar en eso. Las luces brillaban en todas las ventanas, y un delicioso olor a pato asado se extendía por toda la calle. Porque era el último día del año. Y en eso sí que pensaba la nena. En el ángulo formado entre dos casas se sentó y acurrucó. Plegó sus piernecitas bajo ella, pero el frío no la dejaba parar. No se atrevía a volver a su casa, porque no había vendido ni una caja de fósforos ni tenía un céntimo en el bolsillo. Su padre le pegaría. Además, en su casa también hacía mucho frío, porque solo tenían sobre ellos el tejado, y el viento soplaba hasta el interior, a pesar de la paja y de los trapos viejos que taponaban las grandes rendijas. Sus manitas estaban casi congeladas por el frío. ¡Oh, cuánto bien podría hacerle una cerilla! Si se atreviese a encender una sola de una caja, frotándola contra la pared, y calentarse los dedos… Sacó una y ¡riis! Chisporroteó como el fuego. ¡Cómo ardía! Era una llama cálida y clara, como si fuera una lucecita que rodeara con su mano. ¡Era una luz magnífica! A la niñita le parecía que estaba sentada delante de una gran estufa de hierro, con patas y tubos de cobre. El fuego ardía deliciosamente, calentaba muy bien. Pero ¿qué pasaba?… La niña había alargado las piernas para calentarse los pies… cuando la llama se apagó. La estufa desapareció…, y la niña estaba con un fósforo quemado en la mano. Encendió un segundo fósforo, que lució brillante, y todos los sitios adonde llegaba su claridad se hacían transparentes como un velo. La pequeña vio el interior de la sala, donde estaba puesta la mesa. El mantel era de una blancura deslumbrante, cubierto de fina porcelana. El pato asado humeaba lleno de ciruelas y manzanas, y —lo que aún fue más agradable— el pato saltó de la fuente, anduvo por el suelo con un cuchillo y un tenedor clavados y se acercó a la pobre niña. En ese momento, la cerilla se apagó y no se vio más que la oscura pared. Entonces encendió otro fósforo, el tercero. Se encontró sentada bajo un soberbio árbol de Navidad. Era aún más grande y estaba mejor adornado que el que ella había visto, a través de la puerta de cristales de la casa del rico negociante, las navidades pasadas. Millares de luces ardían sobre sus verdes ramas, y unas láminas de color, igual que las que adornaban los escaparates de las tiendas, la miraban. La pequeña alargó la mano…, y el fósforo se apagó. Las múltiples luces del árbol subieron más y más, y la niña se dio cuenta de que se habían convertido en estrellas titilantes, una de las cuales corrió y trazó un largo rayo luminoso en el cielo. —Alguien se muere —dijo la pequeña. Porque su abuela, la única persona que había sido buena con ella, pero que ya había muerto, le decía: “Cuando cae una estrella, un alma sube hasta Dios.” Encendió otra cerilla, frotándola contra la pared, y una claridad se extendió por todo su alrededor, en el centro de la cual estaba su abuelita, clara, brillante, dulce y amable. — ¡Abuelita! —gritó la niña—. ¡Oh, llévame contigo! Yo sé que te marcharás cuando el fósforo se consuma; ¡desaparecerás como la estufa caliente, como el delicioso pato asado y como el hendido árbol de Navidad!… Y encendió una tras otra todas las cerillas que estaban en el paquete. Quería retener a su abuelita. Los fósforos brillaban con tal claridad, que todo parecía más claro que en pleno día. Nunca había sido tan bella la abuelita, tan grande. Cogió a la niña por el brazo y volaron, soberbia y alegremente, alto, muy alto… Allí no hacía frío, ni había hambre, ni inquietud… ¡Estaban en la mansión de Dios! A la mañana siguiente, en el frío rincón que formaban las dos casas, apareció sentada la pequeña, con sus mejillas sonrosadas y la sonrisa en la boca… muerta, congelada por el frío de la última noche del año. La mañana de Año Nuevo se elevó sobre el pequeño cadáver sentado al lado de las cerillas gastadas… Dijeron: —Ha tratado de calentarse… Pero nadie supo jamás lo que ella había visto de bello, ¡con qué esplendor ella y su abuelita habían entrado en la alegría del Nuevo Año!… FIN Autor: Hans Christian Andersen Título: La niña de los fósforos Título Original: Den Lille Pige med Svovlstikkerne Publicado en: Dansk Folkekalender for 1846, diciembre de 1845 Traducción: Salvador Bordoy Luque – José Antonio Fernández Romero

  • "Primeros auxilios", cuento de Margaret Atwood

    Primeros auxilios Margaret Atwood Un día, Nell llegó a casa poco antes de la hora de cenar y se encontró la puerta abierta. El coche no estaba. En los peldaños del portal había manchas de sangre y, una vez dentro, siguió su rastro por la moqueta del recibidor hasta la cocina. Sobre la tabla de cortar había un cuchillo, uno de los preferidos de Tig, de acero japonés, muy afilado, y, junto a él, una zanahoria a medio cortar manchada de sangre. La hija de ambos, que entonces tenía nueve años, no estaba por ningún sitio. ¿Qué podía haber ocurrido? Unos bandidos habían allanado la casa. Tig había intentado defenderse con el cuchillo y se había cortado (aunque, entonces, ¿cómo se explicaba lo de la zanahoria?). Los bandidos habían salido huyendo con él y con la niña y se habían llevado el coche. Quizá debería avisar a la policía. O puede que Tig estuviera cocinando, se diera un tajo sin querer con el cuchillo y, viendo que necesitaba puntos, decidiera acercarse en coche al hospital y llevarse consigo a la niña para no dejarla sola. Eso era lo más probable. Seguramente, con las prisas no se le había ocurrido dejar una nota. Nell sacó el limpiador de moquetas y roció con el espray las manchas de sangre: una vez secas sería mucho más difícil quitarlas. Luego limpió con una bayeta la sangre del suelo de la cocina y, tras un momento de reflexión, también la de la zanahoria. Estaba perfecta, para qué desperdiciarla. Transcurrió el tiempo. El suspense fue en aumento. Nell estaba a punto de llamar a todos los hospitales de las inmediaciones para preguntar por él cuando Tig regresó con la mano vendada. Estaba feliz y contento, igual que la niña. ¡Menuda aventura! «La sangre manaba a chorros», le contaron. ¡El trapo de cocina con el que Tig se había vendado el corte había quedado empapado! Sí, conducir había tenido su dificultad, reconoció —no dijo «su riesgo»—, pero no iba a quedarse esperando a un taxi. Se las había ingeniado para hacerlo con una sola mano porque la otra había tenido que llevarla en alto. La sangre le resbalaba por el codo. Ya en el hospital, lo habían cosido a toda prisa porque estaba poniéndolo todo perdido, pero, en fin, ¡ya estaban de vuelta! Menos mal que no se había seccionado una arteria, porque eso ya hubiera sido otra historia. (Y efectivamente, fue otra historia la que Tig le contó a Nell un poco más tarde. Ese arrojo suyo había sido pura pantomima: no había querido asustar a la niña y, además, estaba preocupado por si la hemorragia iba en aumento y le daba un síncope, porque entonces ¿qué?) —Necesito un trago —dijo Tig. —Yo también —dijo ella—. Podemos hacer unos huevos revueltos. —Lo que fuera que él tuviera pensado preparar con aquella zanahoria quedaba descartado. El trapo de cocina había vuelto a casa metido en una bolsa de plástico. Estaba de un rojo brillante, aunque ya empezaba a oscurecerse por los bordes. Nell lo metió en remojo con agua fría, que era el mejor método para quitar las manchas de sangre de los tejidos. «Pero ¿qué habría hecho yo de haber estado presente?», se preguntó. «¿Ponerle una tirita? No, no habría bastado. ¿Hacerle un torniquete?» En las girl scouts le habían explicado muy sucintamente cómo se hacían. También habían tratado los esguinces de muñeca. Su terreno eran las emergencias de poca monta, no las graves; las graves eran cosa de Tig. Ese percance había ocurrido tiempo atrás. Por lo que ella recordaba, un septiembre a finales de la década de 1980. Entonces ya existían los ordenadores, aunque tipo armatoste. Y también las impresoras, para las que se utilizaba un papel continuo con las hojas pegadas arriba y abajo y unas bandas perforadas con agujeritos a ambos lados que había que arrancar. Pero los teléfonos móviles no existían todavía; de ahí que Nell no hubiera podido enviarle un mensaje a Tig, ni llamarlo para preguntarle dónde estaba y a qué se debía toda aquella sangre. «Cuánto tiempo pasábamos esperando entonces, esperando sin saber», piensa Nell. «Cuántos vacíos imposibles de llenar había entonces, cuántos misterios, cuánta falta de información. Ahora estamos en la primera década del siglo XXI y el espacio-tiempo es más denso, está abarrotado; apenas puedes dar un paso de lo cargado que va el aire entre unas cosas y otras. Es imposible escapar de la gente: todo el mundo está en contacto, conectado, a un solo clic de distancia. ¿Será eso mejor o peor?» Nell desvía la atención hacia la sala en la que ambos se encuentran en este momento. Está situada en el interior de un rascacielos anodino de Bloor Street, cerca del viaducto. Tig y ella están sentados en unas sillas que recuerdan un poco a las de los colegios; de hecho, delante tienen una pizarra blanca y un hombre llamado señor Foote está hablando. Las personas sentadas en las demás sillas, escuchando también al señor Foote, tienen como mínimo treinta años menos que ellos dos; algunos puede que incluso cuarenta años menos. Son unos críos. —En caso de accidente de moto nada de quitarles el casco, ¿estamos? —dice el señor Foote—. Porque a saber lo que podrían encontrarse debajo, ¿eh? —Mueve la mano trazando círculos como si limpiara el cristal de una ventana. «Bueno es saberlo», piensa Nell. Se imagina el visor embadurnado de un casco y, dentro, una cara que ya no es cara: un amasijo de cara. Al señor Foote se le da muy bien evocar esa clase de imágenes. Se expresa de manera muy gráfica, como buen oriundo de Terranova. Sin pelos en la lengua. Físicamente, es un hombre de planta cuadrangular: torso ancho, piernas robustas, escasa distancia entre oreja y hombro. Un cuerpo, en suma, bien equilibrado, con un centro de gravedad bajo. No sería nada fácil tumbarlo. Nell se figura que alguien debe de haberlo intentado ya en algún bar. El señor Foote tiene todo el aspecto de saber manejarse en trifulcas tabernarias, pero también de saber cómo eludirlas en caso de llevar las de perder. Si le buscaran las cosquillas, arrojaría al camorrista por una ventana con toda calma —«Me tienen que mantener la calma», ha dicho ya en dos ocasiones—, y luego comprobaría que no tuviera ningún hueso roto, y llegado el caso lo entablillaría, y curaría los cortes y rasguños de la víctima. El señor Foote es un hombre muy completo. De hecho, es técnico en emergencias sanitarias, aunque ese detalle no se menciona hasta bien entrada la tarde. Lleva consigo un archivador con tapas de cuero negro y viste una sudadera de manga larga con cremallera por delante y el emblema de Saint John Ambulance estampado, como si fuera el entrenador de algún equipo; cosa que es, en cierto modo: está enseñando primeros auxilios. Al final del día les pondrán un examen y cada uno recibirá su correspondiente certificado de asistencia. Todos los presentes están allí porque necesitan ese certificado; los ha enviado la empresa. A Nell y Tig también. Gracias a un contacto de la familia de Tig, ambos están dando unas charlas en una embarcación de recreo que hace excursiones para explorar la fauna del lugar; él sobre aves, ella sobre mariposas: sus respectivos hobbies. O sea que, técnicamente, forman parte de la tripulación, y todos los tripulantes de ese barco tienen que sacarse el certificado. «Es obligatorio», les ha dicho su contacto a bordo. Lo que no se ha dicho es que la mayoría de los pasajeros —los invitados, la clientela— no serán jóvenes, por decirlo suavemente. Algunos serán mayores que ellos dos: auténticos vejestorios, gente a la que en cualquier momento podría darle un síncope; y entonces, certificados al rescate. En rigor, es poco probable que Nell y Tig acudan al rescate de nadie; otros de menor edad tomarán la delantera, Nell cuenta con ello. De verse en esa tesitura, Nell titubeará y afirmará haber olvidado los pasos que había que seguir, lo cual será cierto. ¿Y Tig qué hará? Dirá: «Apártense, hagan sitio.» Algo por el estilo. Se sabe, se rumorea, que esas embarcaciones disponen de cámaras frigoríficas suplementarias por si las moscas. Nell imagina la consternación del camarero al abrir por error la cámara equivocada y encontrarse frente a frente con la mirada de horror congelada del desventurado pasajero para quien el certificado no fue suficiente. El señor Foote está de pie al frente de la sala, recorriendo con la mirada a la remesa de estudiantes del día. Su expresión es neutra, se diría, o quizá un tanto socarrona. «Vaya panda de blandengues indocumentados», estará pensando seguramente. «Urbanitas tenían que ser.» —Hay cosas que se deben hacer y cosas que no se deben hacer —dice—. Ya luego se las explico. Lo principal es que no se me pongan a correr de acá para allá dando gritos como pollos sin cabeza. Ni siquiera si el interfecto ha perdido la suya, ¿eh? «Pero un pollo sin cabeza no puede gritar», piensa Nell. Al menos eso supone ella. De todos modos, entiende por dónde va: en caso de emergencia hay que mantener la calma, no hay que «perder la cabeza», como se suele decir. A lo que el señor Foote apostillaría: «A poder ser.» Él sin duda no querría que la perdieran. —Casi todo tiene arreglo, pero sin cabeza no hay arreglo que valga —está diciendo el señor Foote—. Ahí yo ya no entro, ¿estamos? Es una broma, intuye Nell, pero al señor Foote no se le nota cuando habla en broma. Tiene cara de póquer. —Pongamos que están en un restaurante… —Una vez despachados los accidentes de moto, el señor Foote ha pasado a la asfixia—. Y el sujeto empieza a atragantarse. La pregunta que hay que hacerse es la siguiente: ¿el tipo puede hablar? Pídanle permiso para darle un palmetazo en la espalda. Si les responde que sí de viva voz, la cosa no es tan grave porque todavía respira, ¿no? Sin embargo, lo que suele ocurrir es que a la gente le entra vergüenza, se levanta, ¿y qué es lo que hace? Pues que se va al servicio por miedo a montar el numerito, por no llamar la atención. Pero ustedes tienen que meterse allí dentro con ellos, tienen que seguirlos, porque podrían morirse, podrían caer fulminados en el suelo antes de que se percataran siquiera de que no están en su silla. El señor Foote cabecea elocuentemente. Lo sabe por experiencia, insinúa ese cabeceo. Ha sido testigo, lo ha visto con sus propios ojos… y no llegó a tiempo. «El señor Foote conoce el percal», piensa Nell. Ella misma había vivido algo muy parecido en una ocasión. Eso de atragantarse, de ir al servicio, de no querer montar el numerito. Pensándolo bien, la vergüenza puede ser un arma mortal. El señor Foote ha dado en el clavo. —Luego hay que inclinarlos hacia delante —prosigue el señor Foote—. Cinco espaldarazos y el trozo de carne, el dumpling, la espina de pescado o lo que sea debería salir disparado del cuerpo ipso facto, allí mismo. Pero si no fuera el caso, tienen que hacerles la maniobra de Heimlich. La cosa es que, si no pueden hablar, no es que vayan a poder darles permiso precisamente; además, puede que ya estén poniéndose azules y a punto de caer redondos, así que hay que actuar, y rapidito. Puede que les partan una costilla, pero al menos seguirán vivos, ¿no? —Sonríe un poco, o al menos Nell interpreta eso, esa especie de rictus espasmódico, como una sonrisa—. A fin de cuentas, ése es el tema, ¿no? ¡Seguir vivos! Repasan el procedimiento adecuado para golpear en la espalda al atragantado y después la maniobra de Heimlich. Según el señor Foote, la combinación de esas dos cosas casi siempre surte efecto, pero hay que intervenir lo más rápido posible: en primeros auxilios, el factor tiempo es fundamental. —Por algo se les llama «primeros», ¿no? Nada que ver con el puñetero fisco, y perdonen la expresión; esa gente es capaz de tenerte esperando todo el santo día, mientras que ustedes disponen de unos cuatro minutos más o menos. Ahora harán una pausa para el café y a la vuelta tratarán los ahogamientos y el boca a boca, y luego la hipotermia; y después de comer, los infartos y los desfibriladores. Es mucha materia para un solo día. Los ahogamientos son bastante sencillos. —Lo primero es que expulsen el agua. Si se dejan ayudar por la fuerza de la gravedad saldrá a chorros, ¿estamos? Me ponen al interfecto de costado y me lo vacían, pero rapidito. —El señor Foote se ha enfrentado a múltiples ahogamientos: el agua ha sido una presencia constante en su vida—. Luego me lo ponen boca arriba para despejar las vías respiratorias, comprueban si respira, comprueban si hay pulso y se aseguran de que alguien llame a una ambulancia. Si no respira, me le tendrán que hacer el boca a boca. Vamos a ver, este chisme que les estoy mostrando es una mascarilla para la RCP, la reanimación cardiopulmonar; el boca a boca, vamos; porque a veces vomitan y tal, y no es plan que acabe uno con esa porquería en la boca. Además, está el tema de los microbios, ¿no? Yo que ustedes llevaría un chisme de éstos encima a todas horas. El señor Foote tiene todo un cargamento. Pueden adquirirse al final del día. Nell toma nota mentalmente para que no se le olvide comprarle una luego. ¿Cómo ha podido vivir hasta ahora sin una mascarilla de ésas? Qué temeridad. A fin de poner en práctica el boca a boca, los talleristas se dividen en parejas. A cada pareja se le entrega un torso de plástico rojo con una cabeza blanca y calva que bascula hacia atrás y una esterilla de yoga sobre la que arrodillarse mientras resucitan al torso entre ambos. Se pinzan bien los orificios de la nariz, se acopla la boca a la del accidentado, se le insufla aire cinco veces dejando que el torso se eleve y después se realizan cinco compresiones torácicas. Se repite la maniobra. Entretanto, la otra persona llama a una ambulancia y luego lo releva a uno con lo de las compresiones torácicas. Esa parte es cansada, hay que forzar mucho las muñecas. El señor Foote se pasea acechante por la sala examinando la técnica de cada uno de los talleristas. —Ya casi le tienen pillado el tranquillo —dice. Tumbado sobre la esterilla de yoga, Tig le suelta a Nell que, teniendo en cuenta el estado de sus rodillas, va a tener que llamar a la ambulancia para que alguien lo levante del suelo. A Nell, que lleva puesta la mascarilla de plástico en la boca, le entra la risa floja y malogra la respiración de rescate. —Sólo espero que nadie vaya a ahogarse mientras tú y yo estamos de guardia, porque dudo que viviera para contarlo —bromea, y Tig le responde que, por lo que tiene entendido, no es una muerte tan desagradable. —Dicen que oyes campanas. Cuando todos han reanimado a sus respectivos torsos de plástico, pasan a la hipotermia y el  shock . Ambos procedimientos requieren el uso de mantas. El señor Foote les cuenta una historia asombrosa sobre un esquiador que, estando de vacaciones en la montaña, una noche salió de la cabaña sin linterna para echar una meadita y, como la nieve estaba bien alta, tropezó y se cayó en una poza de agua derretida que se había embalsado en torno al pie de un árbol y ya no consiguió salir. No lo encontraron hasta la mañana siguiente. —Tieso como un palo y helado como un chuzo estaba —dice el señor Foote—, sin aliento en el cuerpo y con el corazón más silencioso que una tumba. Pero resulta que uno de los huéspedes de aquella misma cabaña había hecho el curso de RCP como ellos y estuvieron dale que dale intentando reanimar al supuesto finado durante seis horas, ¡seis horas!, hasta que por fin lograron resucitarlo. Hay que insistir. No hay que tirar la toalla —afirma el señor Foote—. Porque nunca se sabe. Hacen una pausa para comer. Nell y Tig encuentran un pequeño restaurante italiano escondido en uno de los desangelados rascacielos de la zona, piden una copa de vino tinto cada uno y se toman una pizza que no está nada mal. Nell dice que va a hacer que le impriman una tarjeta, para llevar en el monedero, donde ponga: «En caso de accidente, avisen al señor Foote»; Tig añade que deberían nombrar al señor Foote candidato a la presidencia porque podría hacerle el boca a boca al país entero. Él cree que el señor Foote ha estado en la Marina, pero Nell sostiene que no, que es un espía. Tig dice que a lo mejor fue un pirata en el pasado y ella replica que no, que seguro que es un alienígena, y que eso de hacerse pasar por instructor de primeros auxilios es la tapadera perfecta. Están haciendo el ganso, aunque lo cierto es que se sienten incompetentes. Nell está convencida de que si algún día tiene que enfrentarse a cualquiera de esas emergencias —la persona que se ahoga, la que ha sufrido una conmoción, la que se ha congelado— entrará en pánico y ninguna de las enseñanzas del señor Foote le servirá de nada porque se quedará en blanco. —Aunque con una picadura de serpiente quizá me atrevería —añade—. En las girl scouts me dieron algunas pautas de cómo tratarlas. —No creo que el señor Foote sepa de picaduras de serpiente —replica Tig. —¿Qué te apuestas a que sí? Aunque seguramente lo reserva para las clases particulares. Es una especialidad con cierta demanda en el mercado. La tarde resulta muy emocionante. Les reparten unos desfibriladores de verdad cuyos electrodos deben aplicar con precisión sobre los torsos de plástico rojo. A todos les toca su turno. El señor Foote les enseña cómo proceder para no desfibrilarse sin querer: el corazón podría confundirse y pararse. Nell le susurra a Tig que una muerte por autodesfibrilación sería bastante indigna. —No tanto como electrocutarse por meter un tenedor en un enchufe —contesta Tig con otro bisbiseo. «Es verdad», piensa Nell. Cuando los niños eran pequeños siempre había que estar atentos a eso. Luego viene el examen. El señor Foote se cerciora de que todos aprueben: les da pistas sobre las respuestas y les pide que levanten la mano si hay alguna pregunta que no entiendan. —Los certificados se enviarán por correo postal —anuncia cerrando su archivador de cuero negro. Se sentirá aliviado, supone Nell: otra tanda más de ineptos que se quita de encima, y Dios quiera que ninguno tenga que vérselas con una emergencia en la vida real. Nell compra una de las mascarillas para la reanimación cardiopulmonar. Le gustaría decirle al señor Foote que se lo ha pasado muy bien con sus anécdotas, pero puede que sonara a frivolidad, como si el taller hubiera sido un mero divertimento, como si no se hubiera tomado en serio sus enseñanzas. Puede que se sintiera insultado. Se limita, pues, a darle las gracias y el otro asiente con la cabeza. Una vez Nell y Tig regresan a casa —«una vez» es al día siguiente, o puede que al otro—, Nell hace recuento de todas las ocasiones en las que ambos han visto la muerte de cerca, o aquellas en las que han temido por su vida. ¿Hasta qué punto había estado preparada para afrontar esas experiencias? La vez que el tubo metálico de la chimenea se incendió y le prendió fuego al tejado por la parte interior, Tig tuvo que meterse en la minúscula bajocubierta y gatear entre la asfixiante humareda para verter cubos de agua sobre las llamas. ¿Y si se hubiera desmayado allí dentro al inhalar el humo? A raíz de aquel incidente, Tig había comprado una manta ignífuga y, desde entonces, dondequiera que vivieran cada planta de la casa debía tener su extintor. Los hoteles también le preocupaban, y siempre procuraba localizar la escalera de incendios por si acaso. Y las ventanas, ¿se podían abrir? Cada vez eran más los hoteles que tenían ventanas impracticables, pero quizá se pudiera romper el cristal tomando la precaución de envolverse el brazo con una toalla… a menos que la ventana estuviese demasiado alta, en cuyo caso todo era inútil. La vez que Tig hizo saltar todas las alarmas de incendio de un hotel de treinta plantas por fumarse un puro en el pasillo, debajo de uno de los sensores. Tuvieron que bajar un montón de tramos de escalera, cruzar por un vestíbulo repleto de bomberos y salir por la puerta haciéndose los locos. Pero en aquella ocasión no temieron por su vida; ni siquiera pasaron tanta vergüenza, porque no los pillaron. La vez que iban por la autopista y un camión maderero que iba delante perdió la carga. Las tablas de madera saltaron volando por los aires, rebotaron en el asfalto y estuvieron a pique de darles. Fue en plena ventisca, para colmo. De poco les habría servido saber cómo hacer el boca a boca en ese caso. La vez que estaban navegando en canoa por uno de los Grandes Lagos y un barco de vapor levantó una ola gigante que impactó contra ellos y los hizo volcar. Aquella vez se habían mojado, pero nada más. La vez que Tig llegó a casa traqueteando en el todoterreno con el remolque cargado de troncos que había talado con su motosierra y la cara ensangrentada a causa de una herida en el cuero cabelludo de la que no se había percatado. Ahí no había habido ningún roce con la muerte: Tig ni siquiera se había dado cuenta. —Tiene la cara llena de sangre —les dijo Nell a los niños, como si no saltara a la vista. —Como siempre —respondió uno de ellos encogiéndose de hombros. A sus ojos, su padre era un ser indestructible. —Será que tengo mucha sangre en el cuerpo —dijo Tig muy sonriente. ¿Con qué se habría desollado el cráneo? Qué más daba. Al minuto ya estaba descargando la leña y al minuto siguiente ya la estaba partiendo. Era madera seca, había estado talando troncos caídos. Y en un visto y no visto, ya estaba llenando la leñera. En aquella época vivían sin botón de pausa. En cuanto a aquellas caminatas que hacían antes de que existieran los teléfonos móviles: ellos no les veían riesgo alguno. ¿Llevaban siquiera un botiquín de primeros auxilios? Tal vez alguna gasa para las ampollas, alguna pomada antibiótica, un par de calmantes. ¿Y qué habría sucedido si uno de los dos se hubiese torcido un tobillo o roto una pierna? ¿Acaso dejaban dicho siquiera adónde iban a ir? Un otoño, por ejemplo, en un parque nacional. Mal tiempo, la nieve y el hielo se habían adelantado. Caminaban resueltos por el hayedo amarillo y dorado cargados con sus enormes mochilas; comprobaban la consistencia del hielo clavando sus bastones de marcha en los estanques, consultaban mapas de senderismo y discutían sobre qué camino tomar. Picaban trocitos de chocolate sobre la marcha y luego hacían un alto para comer: se instalaban sobre algún tronco y devoraban quesitos, huevos duros, nueces y galletas saladas. Bebían ron de una petaca. Tig ya tenía problemas con las rodillas entonces, pero eso no le arredraba. Se ataba unos pañuelos de colorines, uno por encima y otro por debajo de las rótulas. «¿Por qué se empeña en seguir con esas caminatas, si apenas le queda rodilla?», le preguntó un médico. Pero eso fue mucho después. El caso es que aquel otoño circulaba una leyenda urbana sobre el peligro de hacer senderismo: al parecer, en esa estación, que era cuando los alces estaban en celo, había que tener especial cuidado porque los machos se sentían atraídos sexualmente por los Volkswagen Escarabajo y les había dado por lanzarse desde los barrancos y saltar sobre esos vehículos aplastando coches y conductores. Nell y Tig pensaban que aquello era un cuento chino, pero añadían la coletilla «o eso dicen» porque a veces pasaban cosas raras. Montaron la tienda en un lugar que les pareció apropiado, prepararon la cena en su infiernillo, colgaron las mochilas con la comida de un árbol un tanto apartado por si aparecían osos y se arrebujaron en los gélidos sacos de dormir. Nell se desveló pensando que su abovedada tienda de campaña guardaba mucho parecido con un Volkswagen Escarabajo. ¿Y si un alce les saltaba encima en plena noche y luego montaba en cólera al descubrir su error? Los alces tenían fama de ponerse muy agresivos en época de celo. Podían ser criaturas extremadamente peligrosas. A la luz del día, la posibilidad de que un alce los aplastara no resultaba muy plausible que digamos, así que lo más probable es que aquella vez su vida tampoco hubiera corrido peligro, salvo en la mente de Nell. Sin embargo, al año siguiente un oso atacó y devoró parcialmente a una pareja que estaba recorriendo la misma ruta que ellos mientras estaban dentro de la tienda de campaña. A Tig le gustaba pensar que ellos dos habían escapado de milagro. Por las noches le dio por leer en voz alta a Nell fragmentos de un libro titulado  Ataques de oso . Al parecer, había dos tipos de úrsidos agresivos: los osos hambrientos y las osas que protegían a sus oseznos. Había que reaccionar de un modo distinto en cada caso, pero no existía un método para distinguirlos a primera vista. ¿Cuándo había que hacerse el muerto, cuándo hacerse a un lado con sigilo y cuándo contraatacar? ¿Y con qué tipo de oso, con el negro o con el pardo? Las instrucciones eran complejas. —No sé si deberíamos leer estas cosas justo antes de dormir —observó Nell. Habían llegado a una historia sobre una mujer a la que el oso le había arrancado el brazo de un bocado, aunque al final había conseguido disuadirlo dándole un golpe en el hocico. —Qué aplomo el de esa mujer —dijo Tig. —Estaría en  shock  —repuso Nell—: a veces te da poderes sobrenaturales. —Al menos sobrevivió —dijo Tig. —Por los pelos. Pero qué espantoso —exclamó Nell—… y no pretendía hacer un chiste. ¿Impidió algo de eso que siguieran con sus imprudentes caminatas. No, pero eso sí: Tig compró un espray contra osos. Y la mayoría de las veces se acordaban de meterlo en la mochila. Ahora, al rememorar todo aquello —porque al cabo de un tiempo, de mucho tiempo, lo de rememorar se hace inevitable—, Nell se pregunta si las enseñanzas del señor Foote habrían tenido alguna utilidad en aquellas ocasiones, si de verdad se hubiesen visto ante lo peor. Tal vez, cuando el incendio de la chimenea, si ella hubiera sido capaz de sacar a rastras a Tig, inconsciente, de aquel espacio minúsculo, podría haberle hecho el boca a boca mientras la casa ardía, pero ¿si te aplastaba un alce o te devoraba un oso? Ahí no había salvación posible. El señor Foote tenía razón: nunca se sabe. Nunca se sabe cuál será el desenlace final. Pero ¿por qué se dice «de­senlace final»? El desenlace siempre es final. «No vamos a salir con vida de ésta», solía decir Tig en broma, aunque no era ninguna broma. Pero ¿y si pudieras preverlo, si pudieras predecirlo, sería mejor acaso? No: vivirías en estado de duelo permanente, llorando por cosas que aún no han sucedido. Mejor mantener la ilusión de seguridad. Mejor improvisar sobre la marcha. Caminar resueltos por los dorados bosques otoñales, no muy preparados, hincar los bastones de marcha en los estanques helados, picar pedacitos de chocolate, sentarse en troncos congelados a pelar huevos duros con los dedos fríos mientras caen las primeras nieves y el día oscurece. Nadie sabe tu paradero. ¿De verdad habían sido así de despreocupados, de inconscientes? Pues sí. La inconsciencia les había sido de gran utilidad. FIN Autor: Margaret Atwood Título: Primeros auxilios Título Original: First Aid Publicado en: Old Babes in the Wood, 2023 Traducción: Victoria Alonso Blanco

  • "Te digo más…", cuento de Roberto Fontanarrosa

    Te digo más… Roberto Fontanarrosa ¿Te conté la del Gordo Luis cuando hizo de Papá Noel? Es mundial la del Gordo Luis cuando hizo de Papá Noel. Casi se convierte en otra víctima del imperialismo salvaje el pobre Gordo. Del colonialismo por decirlo de otra manera. Porque, decime vos, qué carajo tiene que ver con nosotros y con nuestras costumbres el Papá Noel. ¿Quién le dio chapa al Papá Noel? Un tipo vestido para la nieve, abrigado como para ir a la Antártida, en un trineo tirado por renos. ¡Renos, mi querido! ¿Cuándo mierda hemos visto un reno nosotros? ¿Alguna vez vos fuiste al campo y viste un reno? ¿Alguna vez te fuiste a Buenos Aires en auto y viste al costado del camino un reno morfando pasto debajo de un árbol? Ni siquiera en el sur, donde hace frío y a veces nieva encontrás un reno ni que te cagues. Un reno o un ciervo, un alce o como carajo se llamen esos bichos que tiran el trineo de Papá Noel. De pedo si los ves alguna vez en alguno de esos documentales que pasan en la televisión. Te digo más, cuando yo era chico, Papá Noel ni figuraba, no existía Papá Noel. Era el Niño Dios el de los regalos. Siempre de chicos en casa hacíamos el pesebre con el Niñito Dios, los Reyes Magos y esa especie de algodón que tenía como partículas de vidrio para representar la nieve y que te dejaba las yemas de los dedos hechas mierda porque te pinchaba la mierda esa. Claro, vos me dirás, también… ¿Qué sorete tienen que ver con nosotros los Reyes Magos y los camellos y toda esa historia? Está bien, de acuerdo, lo reconozco… Pero eso viene de mucho antes, viene de siempre. Si es por eso nosotros, es verdad, no inventamos nada, todo lo trajeron los españoles. Si fuéramos coherentes tendríamos que celebrar alguna fiesta indígena, reverenciar al Dios de la Lluvia, bailar en pelotas bajo la luna y esas cosas, pero… Pero el apellido tuyo es turco y el mío italiano o sea que mucho que ver con los mapuches tampoco tenemos y entonces admitamos que hay muchas cosas, casi todas, que nos han impuesto. Pero te digo que esto de Papá Noel es algo reciente, viejo, que trajeron una vez más los yankis para vendernos sus cosas. Como Halloween, ¿vos podés creer? ¿Vos podés creer que estén tratando de imponer Halloween y nosotros compremos ese paquete como unos pelotudos? ¡Somos unos forros, querido! Porque, llegado el caso, que ellos traten de vendernos sus costumbres, está bien, es el negocio de ellos, defienden su guita después de todo. Te digo más, si algún mercachifle de acá, que tiene un salón de ventas como tiene la santa de mi hermana, el día de mañana empieza a vender esas calabazas para que los pendejos celebren Halloween y así hacerse un mango y poder parar la olla a fin de mes, bueno, está bien, lo comprendo, qué le vamos a hacer, hay que morfar. Pero si el día de mañana aparece el más chico de mis pendejos con un zapallo en el balero para festejar Halloween, te juro que le pego tal voleo en el orto que lo mando a la vereda de enfrente del voleo que le pego. Eso tenelo por seguro. Pero, te cuento, no quiero caer en la misma de siempre, en lo que siempre decimos todos y ya parecemos boludos de tanto repetirlo, eso de que todas las comidas de Navidad y Año Nuevo son comidas para los climas árticos, llenas de frutas secas, pavos rellenos, comidas más pesadas que la mierda, lógicas para esos países donde se cagan de frío. Siempre repetimos lo mismo y es al pedo, eso ya está dado así y está impuesto. Tampoco pretendo que para Navidad aparezca un tío o un abuelo disfrazado de Patoruzú a repartir los regalos porque quedaría ridículo. Pero el pobre Gordo casi la palma con esa historia… ¿No te conté la del Gordo Luis? Porque se la cuento a todos. Fue hace como quince años. El Gordo estaba en la lona total. Pero en la lona lona, no tenía un mango partido por la mitad, lo habían despedido de la proveeduría donde laburaba y lo ponías cabeza abajo y no le caía una moneda. Para colmo, se venían las fiestas y algo había que comprar para poner arriba de la mesa el 24 a la noche. El Gordo tiene dos pibes que eran muy chiquitos en ese entonces y a esa edad a los pendejos no les vas a andar explicando el fato del Fondo Monetario Internacional, la tecnología que reemplaza a los trabajadores y todas esas pelotudeces. La cuestión es que empezó a buscar laburo, alguna changa, cualquier cosa, trabajar de lo que fuera. Primero empezó por su barrio, con los amigos y conocidos, ahí por Mendoza al fondo. Ya después entró a andar por cualquier lado para conseguir algo. Y resulta que en barrio Echesortu, una vieja que tenía una casa bastante grande de electrodomésticos le ofrece disfrazarse de Papá Noel y repartir caramelos a los chicos en la puerta para promocionar el negocio. Lo de siempre. Le tiraba unos mangos, por supuesto, que al Gordo le venían bastante bien. Y ahí fue el Luis, che. Ahora, imaginate la escena, porque estamos hablando de Rosario, Capital de los Cereales, ubicada a orillas del anchuroso Río Paraná. El Gordo Luis, tenés que pensar en un tipo arriba de los cien kilos, fácil fácil debe andar por los 120 porque es alto, grandote, Luis. Y te digo que resultaba perfecto para Papá Noel porque el Luis es más bueno que Lassie, nunca lo he visto enojado al Gordo, es un pan de Dios. Pero tenés que tener en cuenta una cosa, ineludible. Rosario… pleno pleno verano… mediodía, un sol de la puta madre que lo reparió, algo así como 83 grados a la sombra, y ese gordo metido adentro de un traje de Papá Noel con una tela tipo felpa así de gruesa, así de gruesa no te miento, gorro, barba de algodón, bigotes, botas y guantes. ¡Guantes! Porque la vieja era una vieja hinchapelotas, conservadora, que quería que el Gordo se pareciera exactamente a Papá Noel y que se vistiera todo como correspondía, el pobre Gordo. ¿Viste que hay veces en que tipos hacen de Papá Noel pero sin guantes y hasta a veces sin barba, o pendejas jovencitas vestidas de colorado pero con polleritas cortonas, tipo minifaldas, y las gambas al aire así están más frescas? Pero claro, el Gordo Luis era perfecto para hacer de Papá Noel y por eso se le ocurrió eso a esa vieja hija de puta. Porque lo vio al Gordo gordo y con esos cachetitos medios coloradones que tiene el tipo, el personaje, Santa Claus. Hasta voz media ronca tiene Luis… ¿viste que Papá Noel se ríe siempre con esa risa ronca? Jo, jo, jo… Hasta eso tiene Luis, la voz ronca. Jo, jo, jo… Pero vuelvo al tema. Doce del mediodía, pleno diciembre, un sol que rajaba la tierra, un calor infernal, los pajaritos que se caían muertos al piso por la canícula, se venían en baranda y se desnucaban contra la vereda… Y el Gordo ahí, che, con el traje de lana gruesa, barba y bigote, sacudiendo una campana de papel maché o algo así y dándoles caramelos a los chicos que se juntaban para verlo. A los quince minutos, a los quince minutos, te juro, el traje del Gordo ya no era colorado… ¿viste que esos trajes son colorados medio clarito? Bueno, era violeta, violeta era por la transpiración a chorros que largaba el Gordo. Pero no un pedazo, alguna zona del traje, no. Ni tampoco era solamente debajo de los brazos o arriba de la zapán que es donde uno transpira más, no. Era todo, completo, íntegro. Al Gordo le corrían ríos de sudor sobre la piel, ríos, torrentes que le empapaban acá, acá, acá, las ingles, las pelotas, las pantorrillas, ríos que le inundaban las botas, por ejemplo. Me contaba después —porque todo esto me lo contó él mismo— que sentía las botas llenas de agua, como si las hubiera metido en un balde de agua caliente, le chapoteaban. Todo alrededor, no te miento, todo alrededor, en el piso en un diámetro de ocho metros más o menos en torno al Gordo, parecía que habían baldeado. Toda la vereda mojada, querido, de lo que chivaba el Gordo, se le saltaban los goterones de la cabeza, parecía las Aguas Danzantes el Gordo, imaginate. Te digo que ya era un espectáculo grotesco, lamentable, pero Luis le seguía metiendo voluntad, le ponía ganas, caminaba de un lado al otro, se reía, llamaba a los chicos, hablaba en voz alta, hasta creo que disfrutaba, incluso, de ser un centro de atención para la zona. En eso, una vecina, una vieja de ésas que nunca faltan, que están al reverendo pedo como bocina de avión, que vivía a unas dos puertas del negocio de electrodomésticos, sale a la puerta y lo ve al Gordo. O escuchó el griterío de los chicos y salió a ver qué pasaba. Lo ve al Gordo y se apiada de él… ¿Viste? Esas viejas comedidas, bienintencionadas, chuecas, que caminan medio encorvadas, que les cuesta moverse pero que rompen las pelotas permanentemente, un cuete la vieja, una ladilla. Se manda para adentro de nuevo la vieja, flaquita ¿viste? bajita, canosa con un rodete y aparece al rato con una jarra así de grande, pero así de grande, con un líquido amarillento que parecía limonada, lleno de hielo. Transpiraba de fría la jarra. Y se la ofrece al Gordo, che. El Gordo medio le dice que no, que no se hubiera molestado, que no puede desatender su trabajo pero, en definitiva, la acepta, lógicamente. Además, los hijos de mil putas del negocio de electrodomésticos no le habían alcanzado ni un vaso de agua al Gordo. ¡Ni un vaso de agua siquiera! Después hablan de los norteamericanos. Nosotros somos tan hijos de puta como ellos para explotar a la gente. Si acá hubiera negros los tendríamos laburando en el Chaco con el algodón. ¡Al pobre Luis que se estaba deshidratando como un chancho y que le picaba todo y que andaba como mono con tricota el desgraciado, no le habían dado ni agua! Lo que pasaba también es que a esa hora había quedado un solo encargado en el negocio. La vieja que contrató a Luis no había venido. El dueño del boliche, esposo de la vieja que contrató a Luis, tenía como cinco negocios por otras partes de la ciudad y andaba de recorrida; y el otro empleado que laburaba ahí se había quedado en el fondo del local, rascándose las bolas debajo del único ventilador de techo que tenían esos miserables. La cuestión es que la vecina saca un banquito chiquito a la calle, lo deja al lado de la puerta de su casa, medio sobre el umbral para que no le diera el sol directo, le dice a Luis «Aquí se lo dejo», y ahí se lo deja. Cuando el Gordo pudo zafar un poco del pendejerío, te imaginás que con ese calor llegó un momento en que había mucha menos gente en la calle, se prendió a la limonada y se bajó media jarra de un saque, jadeando como un perro al que lo han corrido a palos… Pero resulta que no era limonada, boludo, no era limonada. Era vino blanco. Vino blanco era. La vieja le había zampado en la jarra un par de botellas de vino blanco, le había metido hielo a rolete y se lo había dejado ahí, con la mejor de las intenciones. De esas viejas que van a la iglesia, te cuento, que son las que hacen las peores cagadas, las que te incendian la casa con las velas a la Virgen. El Gordo, con la desesperación, con el calor que tenía en el cuerpo, recién se dio cuenta cuando ya se había mandado más de catorce litros sin respirar, de un saque. Y, aparte, seamos sinceros, cuando ya se dio cuenta, no pudo parar, no pudo parar, no pudo parar. Te estoy hablando de un muchacho de 120 kilos después de estar moviéndose casi tres horas a pleno sol con 4000 grados de temperatura. No pudo parar. Se mandó todo el vino blanco de una, fondo blanco. Fondo blanco. Bueno… te imaginarás… te imaginarás el pedo tísico que se levantó ese muchacho. Una curda inmediata y espantosa, demencial, una curda como para trescientas personas. Casi no había desayunado, estaba sin almorzar, no había morfado ni tan siquiera un pancho con una coca y se manda casi dos litros de vino blanco bien helado. Para colmo el Gordo no era un tipo que tomara mucho alcohol, al menos que yo recuerde. Un poco de vino, con la cena, nada más. Alguna copita de sidra. O a veces, en los bailes, alguno de esos tragos maricones como el  gin-tonic , pero con mucha más agua tónica que otra cosa. ¡El pedo que se agarró ese muchacho, Dios querido, el pedo que se agarró! No te digo que empezó a cantar boludeces, ni a caminar torcido, ni a vomitar contra las paredes ni nada de eso. Pero entró a regalar todo lo que tenía a su alcance, se le dio por la beneficencia, le dio un ataque de comunismo acelerado. Primero terminó en cinco minutos con la existencia de caramelos y chocolatines que tenía para toda la tarde… ¡Y después empezó a regalar los electrodomésticos! Empezó regalándole una tostadora eléctrica a un pendejo. Después le regaló un ventilador a la madre de otro de los pibes, después siguió con multiprocesadoras, veladores, hornos a microondas, etcétera… Llamaba a la gente a los gritos, entraba al negocio y les daba algo, repartía, entregaba todo. Y el empleado que se rascaba las bolas adentro del negocio ni se dio cuenta, debía estar en el fondo, en una oficinita que estaba detrás, arreglando papeles; o apoliyando una siesta mientras esperaba que se hiciera la hora en que el patrón llegaba. Lo cierto es que, te imaginás, a los quince minutos, en la puerta del negocio había un mundo de gente, que venía de todas partes —es una zona muy transitada—, alertada por los otros que ya habían ligado algo de arribeño, por la mamúa del Gordo. La gente pensaba que era una promoción del negocio o, en todo caso, se hacía la turra, cazaba los artefactos, se los llevaba y a otra cosa mariposa, si te he visto no me acuerdo, andá a cantarle a Gardel. Tremendo quilombo frente a la puerta del negocio, una multitud amontonada allí, ya no sólo chicos te cuento. Chicos, grandes, medianos, jovatos, familias enteras tratando de aprovechar la generosidad de Luis. En eso aparece el dueño del boliche, un pelado con cara de amargo que llegó en su auto, un coche nuevo. Y cuando el tipo se dio cuenta de lo que estaba pasando se puso loco, lógicamente se puso loco. Entró a gritar, a arrebatarle las cosas a la gente, a recuperar licuadoras, televisores portátiles, radios que la gente se llevaba. A los gritos ese hombre, desesperado, tironeando con los beneficiarios. Ante el despelote se despertó el empleado de adentro y salió cagando aceite a ayudarlo al pelado. Había tironeos, forcejeos, agarrones, hasta voló algún puñete. Y en eso llegó la cana, un patrullero que andaba de ronda. En el despelote, cuando medio se enteró de cómo había venido la mano por lo que le contaban los que se piraban con las licuadoras y todo eso, que gritaban que Papá Noel las regalaba, el pelado les indicó a los policías que lo metieran en cana al Gordo, responsable de todo ese quilombo. Y bien dice el Martín Fierro, que no hay nada como el peligro para refrescar a un mamado. Ahí el Gordo se despejó, se dio cuenta, volvió a la realidad, se esclareció el Gordo. Además, ya había vuelto a transpirar como un litro del vino blanco me imagino, se había aliviado un poco de la tranca y comprendió la cagada que se había mandado. Pero te conté que es un tipo manso, un tipo tranquilo, no iba a poner a resistirse o a echarle la culpa a nadie. Supo que tenía la culpa y, entonces, todavía medio tambaleante, bajó la sabiola, se fue para adentro del negocio para cambiarse la ropa en el baño y meterse, derecho viejo, solito, sin que nadie le dijera nada, adentro del patrullero. Afuera seguía el desbole entre el pelado, su empleado, la gente y los canas que ahora también se habían unido a la tarea de recuperar todo lo que había regalado el Gordo. El Gordo fue al baño, se mojó la cara, cosa que terminó de despejarlo, se sacó esas pilchas de mierda de Papá Noel, se puso la ropa que había llevado él en un bolsito y salió de nuevo para la calle. Cuando salía para la calle —el negocio es bastante largo— lo ve venir al dueño con uno de los canas, desencajado el pelado, a las puteadas, buscándolo. Claro, lo ve al Gordo sin el traje colorado, de camisita celeste y pantalones vaqueros, un bolso en la mano, pelo negro achatado por el agua de la canilla, y no lo reconoce. No lo reconoce porque tampoco era él quien lo había contratado sino la conchuda de su esposa. «¿Adónde está? ¿Adónde está?», me contaba el Gordo que preguntaba el pelado, que venía a los pedos con el policía. Y el Gordo pensó que se refería al traje de Papá Noel que él se había sacado. Yo no sé si el Gordo lo entendió así, seguía en curda o se hizo bien el boludo, la cosa es que señaló hacia el baño y el pelado y el policía se mandaron para allí. Cuando el Gordo salió a la calle todavía había un amontonamiento de gente y el otro empleado discutía con medio mundo reclamando facturas o recibos de compra. Nadie lo reconoció entonces al Gordo, sin el disfraz. Incluso, de última, el otro policía del patrullero, que se había quedado afuera, lo encara al Gordo cuando el Gordo ya se piraba y el Gordo piensa «Cagamos». Y el cana le pregunta: «¿Ese bolso es suyo?». El Gordo me contó que él le iba a decir la verdad, que sí, que era suyo. Pero tuvo miedo de que el cana le hiciera más preguntas, o que se lo hiciera abrir y le dijo: «No, lo vengo a devolver». Y se lo entregó, un bolso de mierda que después de todo a él no le servía para un carajo. El gordo se piró haciéndose el pelotudo, temeroso todavía de que alguien lo reconociese y lo mandara en cana cuando ya estaba a una cuadra. Casi termina preso el Gordo, mirá vos. Zafó porque la vieja que lo contrató tampoco sabía ni cómo se llamaba, ni adónde vivía. Era un contrato basura pero realmente basura el del pobre Gordo. Pero casi termina engayolado. Por tener que disfrazarse de Papá Noel con esos vestidos de invierno, podés creer. Que los argentinos nos tengamos que vestir con ropa de abrigo en pleno verano porque a los yankis se les ocurrió que Santa Claus vende más que el Niñito Dios. Eso le decía yo al Gordo, después, en el club. «El año que viene ofrecete para algún pesebre viviente, Gordo. Por lo menos de Niño Dios te ponen en bolas en una cunita y te cagás de risa porque estás fresco. Les pedís que te pongan un espiral al lado de la catrera y dormís como un sapo al lado de la oveja». Eso le decía yo, para joderlo. «De lo único que puedo hacer yo en un pesebre viviente es de vaca, Zurdo —me decía el Gordo—. De vaca». Pero por lo menos es un animal conocido, ¿no es cierto? Un bicho familiar al paisaje, el rumiante emblemático de la pampa húmeda, base de la riqueza de nuestro país. Algo nuestro… ¡Qué me vienen con que a los chicos les gusta Papá Noel, el trineo y los alces esos! Si mis pibes me vienen a pedir un alce de ésos les pongo tal voleo en el orto que aterrizan más allá de la Circunvalación del voleo que les pego, tenelo por seguro. Ya bastante que el otro día les compré un conejo, un conejo de verdad, que es terriblemente pelotudo y lo único que hace es comer lechuga y cagarnos todo el patio. Y si me insisten con esas pelotudeces inventadas por los yankis, que se vayan a vivir a Cincinnati, pendejos colonizados de mierda. Que a mí no me dicen el Zurdo al pedo, querido, me lo dicen por tener una formación doctrinaria… ¡Pobre Gordo! Estuvo a punto de convertirse en una nueva víctima del capitalismo salvaje. FIN Autor: Roberto Fontanarrosa Título: Te digo más… Publicado en: Te digo más… y otros cuentos

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