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- "Los muchachos", cuento de Antón Chéjov
Los muchachos Antón Chéjov En el patio se oyó una voz: —¡Ha venido Volodia! —¡Volodichka ya está aquí —gritó Natalia, irrumpiendo en el comedor como una exhalación—. ¡Ah, Dios mío! La familia entera de los Koroleff, que esperaba la llegada de su Volodia en cualquier momento, se precipitó hacia las ventanas. Delante de la entrada principal del edificio había un amplio trineo. Un vapor espeso se levantaba del coche de blancos caballos. No había nadie en el trineo porque Volodia ya se hallaba en el vestíbulo, desatándose la capucha con sus dedos enrojecidos por el frío. Llevaba el capote estudiantil, la gorra y los chanclos. La escarcha cubría sus cabellos, de las sienes y de su cuerpo se desprendía un olor a helada tan agradable que, al mirarle, producía el deseo de helarse uno también y exclamar: ¡Brrr, brrr…! La madre y la tía se apresuraron a besarlo y abrazarle; Natalia se arrojó a sus pies para quitarle las altas botas de cuero, las hermanas expresaron ruidosamente su alegría, se oyó un chirriar de puertas y el padre de Volodia, en chaleco y con unas tijeras en la mano, entró corriendo en la antesala y gritó como asustado: —¡Nosotros creíamos que llegabas ayer! ¿Qué tal ha ido el viaje? ¿Sin novedad? ¡Dios mío! ¡Dejadle que salude a su padre! ¿Acaso no soy su padre? —¡Guau… Guau…! —ladraba con voz de bajo Milord, un enorme perro de color negro, dando con el rabo en las paredes y en los muebles. Todo se mezcló en un único alboroto alegre que duró unos dos minutos. Una vez pasado el primer arrebato de júbilo, los Koroleff se dieron cuenta de que, además de Volodia, había en la antesala otro hombrecito, arrebujado en pañuelos, chales y capuchas, y cubierto de escarcha. Permanecía de pie e inmóvil en un rincón, embutido en un grueso gabán de pieles. —Volodichka, ¿quién es éste? —le preguntó su madre en voz baja. —¡Ah! —exclamó Volodia acordándose de él—. Tengo el honor de presentaros a mi camarada Chechevitsen, alumno de segundo año de Bachillerato… Le he traído para que pase unos días en nuestra compañía. —¡Encantado, tenga la bondad…! —dijo jovialmente el padre de Volodia—. Le suplico que me disculpe, pero como estoy en casa, no me pongo la levita… ¡Natalia, ayuda a quitarse la ropa al señor Chechevitsen! ¡Dios mío!, ¿no hay alguien que eche a este perro? ¡Es un castigo! Momentos después, Volodia y su amigo Chechevitsen, aturdidos por tan ruidosa recepción y con las mejillas aún arreboladas por el frío, se hallaban sentados a la mesa tomando el té. El sol invernal, atravesando la ventana y los dibujos helados que se formaban en ella, tembleteaba sobre el samovar y bañaba sus puros rayos en el tazón del agua. En la estancia reinaba una temperatura tibia, y los muchachos sentían cómo en sus cuerpos ateridos, no queriendo ceder el uno al otro, se cosquilleaban el frío y el calor. —¡Bien, muchachos, la Navidad ya está muy cerca! —decía casi canturreando el padre, mientras liaba un cigarrillo con un tabaco marrón—. Hace cuatro días nos encontrábamos en verano y tu madre lloraba despidiéndose de ti; y ya estás de vuelta otra vez… El tiempo, amigo, corre rápidamente. Apenas se da uno cuenta de la vida y ya llega uno a viejo… Señor Chibisoff… Coma usted, no se ande usted con reparos… Nosotros no gastamos cumplidos. Las tres hermanas de Volodia, Katia, Sonia y Macha, la mayor de las cuales tenía once años, estaban sentadas junto a la mesa, con los ojos clavados en el nuevo conocido. Chechevitsen era de la misma estatura que Volodia, pero no tan regordete y de tez blanca y fina como él, sino delgaducho, moreno y cubierto de pecas. Sus cabellos eran cerdosos, los ojos estrechos, los labios abultados; en general era bastante mal parecido y, a no ser por la guerrera de estudiante que llevaba, su aspecto exterior hubiera podido confundirle por el hijo de la cocinera. Su aspecto era lúgubre y pensativo y no sonreía nunca. Las niñas, mirándole, pronto creyeron que debía de ser un hombre muy inteligente e instruido. Durante todo el tiempo estaba pensando en algo, y parecía tan sumergido en sus pensamientos que cuando le preguntaban algo tenía un sobresalto, sacudía la cabeza y rogaba que le repitieran la pregunta. Las niñas notaron que también Volodia, siempre alegre y comunicativo antes, esta vez hablaba poco, no sonreía en absoluto y hasta parecía que había regresado al hogar en contra de su voluntad. Mientras tomaban el té, tan sólo en una ocasión se dirigió a sus hermanas y también con palabras extrañas. Indicó con el dedo el samovar y dijo: —En California, en lugar de té toman ginebra. También él estaba sumido, al parecer, en extraños pensamientos y, a juzgar por las miradas que de cuando en cuando intercambiaba con su amigo Chechevitsen, los pensamientos de ambos muchachos eran los mismos. Después del té se trasladaron todos a la habitación de los niños. El padre y las niñas se sentaron junto a la mesa y reanudaron el trabajo que la llegada de los chicos había interrumpido. Con papel de diversos colores estaban haciendo flores y franjas para el árbol de Navidad. Era un trabajo entretenido que movía gran algazara. Cada flor que se hacía era recibida por las niñas con gritos de entusiasmo, como si hubiera caído del cielo; el padre también se enardecía y de vez en cuando tiraba las tijeras al suelo, expresando su descontento porque no estaban afiladas. La madre entró en la habitación de los niños, con rostro preocupado y preguntó: —¿Quién ha cogido mis tijeras? ¿Otra vez las has cogido tú, Iván Nikolaich? —¡Dios santo, ni siquiera me dejan las tijeras! —respondió con voz plañidera Iván Nikolaich y, reclinándose sobre el respaldo de la silla, adoptó la postura del hombre ofendido; pero al cabo de un minuto volvió a sentirse entusiasmado. En sus anteriores visitas, Volodia tomaba parte también de los preparativos para el árbol de Navidad, o corría al patio a ver cómo el cochero y el pastor hacían una montaña de nieve. Pero esta vez ni él ni Chechevitsen se interesaron en absoluto por el papel de colores y ni una sola vez fueron a ver a los caballos en la caballeriza, sino que se sentaron junto a la ventana y empezaron a hablar en voz baja. Después, ambos abrieron el atlas geográfico y se enfrascaron en la contemplación de un mapa. —Primero Perm… —decía quedamente Chechevitsen—. De allí a Tiumen… Luego Tomsk. Después…, después… a Kamehatka… De aquí cruzaremos en lanchas el estrecho de Bering. Los samoredos nos ayudarán. Y de aquí a América… En América hay muchos animales peludos. —¿Y California? —inquirió Volodia. —California está más al sur… Una vez llegados a América, no nos será difícil caer en California. Comeremos de lo que nos dé la caza y el saqueo. Durante todo el día, Chechevitsen rechazó el trato de las niñas, mirándolas de reojo. Después del té de la tarde quedó solo con ellas, casualmente, unos minutos. Permanecer callado habría resultado quizá un poco violento. Tosió severamente, se frotó las manos, lanzó una mirada tétrica sobre Katia y preguntó: —¿Ha leído usted a Mayne-Reid? —No, no lo he leído… Pero, oiga, ¿sabe usted patinar? Sumergido en sus pensamientos, Chechevitsen no respondió a esta pregunta, y únicamente infló los carrillos y dio un resoplido como si el calor le ahogara. —Cuando un rebaño de bisontes corre por las pampas, la tierra tiembla, y entonces los mustangos dan coces y relinchan. —Chechevitsen esbozó una triste sonrisa y continuó—: También los indios asaltan el tren. Pero lo peor de todo son los mosquitos y los comejenes. —¿Y eso qué es? —Son como hormigas, pero tienen alas. Sus picaduras son horribles. ¿Saben ustedes quién soy yo? —El señor Chechevitsen. —No. Yo soy Montigomo, Uña de Buitre , el jefe de los invencibles. Macha, la menor de las hermanas, miró a Chechevitsen, luego a la ventana, detrás de la cual se veía llegar la noche, y dijo pensativamente: —Anoche guisaban lentejas. Las palabras, completamente incomprensibles, de Chechevitsen, la enigmática conversación que mantenía con Volodia incansablemente, el ver que éste, en vez de jugar, adoptaba una actitud extrañamente pensativa, todo eso era desconcertante y misterioso. Las dos niñas mayores, Katia y Sonia, comenzaron a vigilar mucho a los chicos. Por la noche, cuando éstos se acostaron, las niñas se acercaron furtivamente a la puerta y prestaron oídos a la conversación. ¡Oh, qué de cosas oyeron! Los chicos se preparaban a huir para alguna parte de América, en busca de oro; ya lo tenían todo dispuesto para la marcha: una pistola, dos cuchillos, pan seco, una lente de aumento para encender fuego, un compás y cuatro rublos. Se enteraron de que los chicos tendrían que recorrer a pie unos cuantos miles de verstas y luchar por el camino con los tigres y los salvajes; después habrían de partir en busca del oro y el marfil y dar muerte a los enemigos que les saliesen al encuentro; tendrían que convertirse en piratas marinos, beber gin y, por último, casarse con beldades rubias y labrar las plantaciones. Volodia y Chechevitsen se entusiasmaban hablando y se interrumpían continuamente el uno al otro. Chechevitsen se hacía llamar Montigomo, Uña de Buitre , y Volodia, Hermano Cara Pálida . —Oye, tú, ten cuidado, no se lo digas a mamá —dijo Katia a Sonia cuando se metieron en la cama—. Volodia nos traerá oro y marfil de América, y si se lo cuentas a mamá no le dejarán irse. El día de Nochebuena, Chechevitsen estudió durante el día el mapa de Asia y tomó varias anotaciones. Volodia, triste y con rostro abotargado, como si le hubiera picado una avispa, anduvo lúgubremente por las habitaciones y no probó bocado. Hasta se detuvo una vez delante del icono, en la habitación de los niños, se santiguó y dijo: —¡Señor, perdona a este miserable pecador! ¡Señor, concede largos años de vida a mi pobre y desdichada madre! Hacia la noche no pudo reprimir sus deseos de llorar. Cuando iba a acostarse dio un fuerte abrazo a su padre, a su madre y a sus hermanas. Katia y Sonia lo comprendían todo. La menor, Macha, que no sabía lo que pasaba, únicamente al mirar a Chechevitsen se quedaba pensativa y decía suspirando: —Cuando hay ayuno, dice el ama que hay que comer guisantes y lentejas. La mañana de las vísperas, a hora temprana, Katia y Sonia saltaron silenciosamente de sus camas y se fueron a atisbar la marcha de los dos muchachos a América. A paso furtivo se acercaron a la puerta. —¿Conque no vienes? —preguntaba Chechevitsen irritado—. Di, ¿no vienes? —¡Señor! —exclamaba Volodia llorando quedamente—. ¿Cómo voy a ir? Siento mucha lástima por mamá. —Hermano Cara Pálida, te suplico que nos vayamos. Tú me has asegurado siempre que vendrías. Me has engañado. Ha llegado la hora de la marcha y te acobardas. —Yo… Yo no me acobardo… Me… me da lástima mi madre. —Di, ¿vendrás o no? —Iré, pero… Espera… Quiero vivir un poquito… —¡En ese caso, me iré yo solo! —decidió Chechevitsen—. Me las arreglaré sin ti. ¡Y todavía quería cazar y luchar con los tigres! ¡Si eso es así, devuélveme los pistones! Volodia empezó a llorar tan amargamente que las hermanas no pudieron contenerse y a su vez comenzaron a llorar quedamente. Hubo un rato de silencio. —¿De modo que no vendrás? —insistió Chechevitsen. —Sí… Iré. —¡Entonces, vístete! Chechevitsen, para convencer a Volodia, se deshacía en elogios sobre América, rugía como un tigre, imitaba a un barco, prodigaba insultos y prometía ceder a Volodia todo el marfil y todas las pieles de leones y tigres. Y aquel chico moreno y esmirriado, con sus cabellos cerdosos y cubierto de pecas, les parecía a las niñas un héroe de leyenda. Era un hombre decidido y valiente, y rugía de tal manera que, estando detrás de la puerta, se podía pensar que se trataba realmente de un león o un tigre. Cuando las niñas volvieron a su habitación y comenzaron a vestirse, Katia dijo con los ojos llenos de lágrimas: —¡Ah, qué miedo tengo! A las dos de la tarde se sentaron a comer. Hasta aquel momento todo estuvo tranquilo, pero durante la comida se dieron cuenta, de pronto, de que los chicos no estaban en casa. Los fueron a buscar al cuarto de los criados, a la cuadra, al pabellón del administrador, pero no se hallaban por ningún lado. Fueron en busca suya a la aldea, pero tampoco estaban allí. El té se tomó sin haber dado con su paradero. Al llegar la hora de cenar, la madre comenzó a inquietarse, e incluso se echó a llorar. Por la noche volvieron de nuevo a la aldea, anduvieron buscándolos con faroles por el río. ¡Dios santo, qué alarma reinó en toda la casa! Al día siguiente llegó el jefe de policía local y escribieron en el comedor no sabemos qué papel. La madre todavía no había cesado de llorar. Al poco se detuvo un trineo frente a la entrada principal. Del coche de caballos blancos se desprendía vapor. —¡Ya está aquí Volodia! —gritó alguien en el patio. —¡Ha llegado Volodichka! —chilló Natalia, precipitándose como una flecha en el comedor. Milord comenzó a ladrar con su voz de bajo: ¡guau, guau, guau! Lo que pasó fue que a los chicos los habían detenido en la ciudad, en un hotel, a donde habían llegado preguntando dónde se podía comprar pólvora. En cuanto entró en la antesala, Volodia se echó a llorar y se lanzó en brazos de su madre. Las niñas, asustadas y temblorosas, pensaban en lo que iba a ocurrir; vieron que papá se llevaba a Volodia y a Chechevitsen a su despacho, donde permanecieron largo rato hablando; y mamá también hablaba y lloraba. —Vamos a ver, ¿cómo es posible que hicierais eso? —les decía papá—. Quiera Dios que no se enteren en el instituto, porque os expulsarían inmediatamente. Y a usted le debería dar vergüenza, señor Chechevitsen. Usted se ha portado muy mal. Usted es el inductor, y espero que sus padres le castiguen. ¿Acaso se puede hacer esta diablura? ¿Dónde pasasteis la noche? —En la estación —repuso Chechevitsen en tono altanero. Después de lo sucedido, Volodia tuvo que meterse en la cama y le pusieron en la cabeza paños empapados en vinagre. Mandaron un telegrama a no sé qué lugar, y al día siguiente llegó una señora, la madre de Chechevitsen, y se llevó a su hijo. Al marcharse, Chechevitsen mostraba un aspecto severo y arrogante, y, cuando se despidió de las niñas, no pronunció palabra alguna; sólo cogió el cuaderno de Katia y escribió en él como recuerdo: «Montigomo, Uña de Buitre ». FIN Autor: Antón Chéjov Título: Los muchachos Título Original: Мальчики Publicado en: Gaceta de San Petersburgo, 21 de diciembre de 1887 Traducción: Carmen Rius
- "Navidad en Ganímedes", cuento de Isaac Asimov
Navidad en Ganímedes Isaac Asimov Olaf Johnson canturreaba entre dientes mientras sus ojos azules observaban soñadores el impresionante abeto situado en un rincón de la biblioteca. Aunque ésta era la estancia más amplia de la Base, a Olaf no le parecía demasiado espaciosa en aquella ocasión. Se inclinó con entusiasmo sobre la enorme canasta que tenía a su lado y extrajo el primer rollo de papel verde y rojo. No se detuvo a reflexionar sobre el repentino impulso sentimental que se había apoderado de la Productos Ganimedinos, S. A., para enviar a la Base una colección completa de adornos navideños. Olaf se hallaba bien preparado para desempeñar el trabajo que se había impuesto como decorador en jefe de los temas navideños; este cargo le colmaba de satisfacción. De repente frunció el entrecejo y masculló una maldición. La lámpara que convocaba Asamblea General empezó a lanzar destellos histéricamente. Con expresión contrariada dejó a un lado el martillo, que ya había levantado, así como el rollo de papel; se arrancó unas cuantas lentejuelas del cabello y se dirigió al departamento de los oficiales. El comandante Scott Pelham estaba arrellanado en el sillón presidencial cuando entró Olaf. Sus dedos rechonchos tamborileaban sin ritmo sobre el cristal que cubría la parte superior de la mesa. Olaf sostuvo sin temor la mirada colérica del comandante, ya que en su departamento no había ocurrido ninguna anomalía en veinte circunvoluciones ganimedinas. Un grupo de hombres llenó con presteza el aposento y la mirada de Pelham se endureció mientras los contaba uno a uno inquisitivamente. —Ya estamos todos aquí —exclamó—. ¡Muchachos! Nos enfrentamos con una crisis. Se percibió un vago movimiento. Los ojos de Olaf miraron al techo y se sintió aliviado. Por término medio, en cada circunvolución completa se originaba una crisis en la Base. Generalmente surgía al producirse un alza repentina en el cupo de oxita, o bien cuando era inferior la calidad del último lote de hojas de karen. Sin embargo, las palabras siguientes le dejaron sin aliento. —En relación con la crisis tengo que hacer una pregunta. La voz de Pelham tenía un profundo timbre de barítono, salpicado de estridencias, cuando estaba colérico. —¿Qué cochino y estúpido perturbador ha contado historias de hadas a esos revoltosos astruces? Olaf carraspeó nervioso, con lo que se convirtió en el centro de la atención general. Le oscilaba la nuez presa de repentina alarma, se le arrugó la frente como cartón mojado; temblaba. —Yo… yo… —tartamudeó; hubo un momentáneo silencio, sus largos dedos hacían desatinados ademanes suplicantes—. Sí… quiero decir que estuve allí después que las últimas entregas de hojas de karen…, ya que los astruces se movían con lentitud y… La voz de Pelham adquirió un tono de falsa dulzura. Sonrió. —¿Les habló a los nativos de Santa Claus, Olaf? La sonrisa parecía insólita al igual que la mirada lobuna que lanzaba de reojo y Olaf quedó anonadado. Asintió convulsivamente. —Oh, ¿sí? ¿Habló con ellos? Vaya, vaya, les habló de San Nicolás. Viene en un trineo volando por los aires con un tiro de ocho renos, ¿eh? —Sí, en efecto. ¿No es verdad? —inquirió inadecuadamente Olaf. —Y dibujó los renos para demostrar que no se trataba de un error. Y que él tiene una gran barba blanca y sus ropas son encarnadas con cenefas albinas. —Sí, señor, tiene razón —contestó Olaf estupefacto. —Y lleva un gran saco atestado de regalos para los niños buenos, los deja caer por la chimenea y los pone dentro de los calcetines y medias. —Exacto. —También les dijo que está a punto de llegar. Una circunvalación más y vendrá a visitarnos. Olaf sonrió débilmente. —Sí, mi comandante. Quería decírselo; estoy montando el árbol y… —¡Cállese! —el comandante respiraba agitado y sibilante—, ¿sabe lo que se han imaginado esos astruces? —No, mi comandante. Pelham inclinó el torso sobre la mesa en dirección a Olaf y gritó: —Quieren que Santa Claus los visite. Se oyeron algunas risas que al punto se convirtieron en toses ahogadas ante la encolerizada mirada del comandante. —Y si Santa Claus no los visita dejarán de trabajar —repitió—. Se producirá una huelga. Después de estas palabras ya no se oyeron risas, ni toses contenidas, ni nada por el estilo. Si había cruzado otro pensamiento por las mentes del grupo, éste no llegó a manifestarse. Olaf expresó la idea que estaba en el ánimo de todos: —¿Y cómo va la cuota? —¿Que cómo va la cuota? —gruñó Pelham—. ¿Tengo que dibujarles un gráfico? Productos ganimedinos tiene que obtener cien toneladas de wolframita, ochenta toneladas de hojas de karen y cincuenta toneladas de oxita por año, o de lo contrario perderá la concesión. Supongo que ninguno de ustedes lo ignora. Se da la circunstancia que el año terminará dentro de dos circunvoluciones ganimedinas y la producción sufre un déficit del cinco por ciento con arreglo al plan establecido. Se produjo un silencio sepulcral. Pelham prosiguió: —Y los nativos no trabajarán si no viene Santa Claus. No habrá trabajo, ni cuota, ni concesión, ni empleos. Cuando la Compañía pierda sus derechos, perderemos los empleos mejor pagados de la organización. Adiós, muchachos…, buena suerte… a menos… Hizo una pausa y mirando fijamente a Olaf añadió: —A menos que antes de terminar la próxima circunvolución tengamos un trineo volador, ocho renos y un Santa Claus. Y por las manchas cósmicas de los anillos de Saturno, lo conseguiremos; especialmente un Santa Claus. Diez rostros palidecieron mortalmente. —¿Tiene algún plan, mi comandante? —graznó alguien con voz trémula. —Sí, desde luego que lo tengo. —Estiró las piernas y se recostó en el sillón. Un repentino sudor frío se apoderó de Olaf Johnson al notar, cual dedo acusador, las miradas fijas de todos los presentes. —Cuanto lo siento, mi comandante —murmuró con voz ahogada. Pero el dedo acusador permanecía inmóvil. Pelham penetró con paso firme en la antesala. Se despojó de la careta de oxígeno y de los fríos cilindros conectados a ella. Arrojó a un lado, una tras otra, gruesas prendas de lana y, al fin, con un suspiro de preocupación, se quitó a tirones un par de botas espaciales que le llegaban hasta las rodillas. Sim Pierce interrumpió el cuidadoso examen de la última partida de hojas de karen y lanzó desde detrás de sus lentes una mirada esperanzadora. —¿Qué hay? —preguntó. Pelham se encogió de hombros. —Les prometí la visita de Santa Claus. ¿Qué podía hacer? También les he doblado la ración de azúcar y de momento están trabajando. Pierce agitó una enorme hoja de karen con cierto énfasis, mientras decía: —¿Quiere decir hasta el día en que deba aparecer el prometido San Nicolás? En mi vida he oído cosa más tonta. No se podrá llevar a cabo. No habrá Santa Claus. —Diga eso a los astruces —Pelham se hundió en una butaca y sus rasgos adquirieron una expresión pétrea—. ¿Qué hace Benson? —¿Cree que podrá equipar ese dichoso trineo? —Pierce examinó una hoja al trasluz con aire crítico—. Mi opinión es que está chiflado. El viejo aguilucho ha descendido al sótano esta mañana y desde entonces está allí. Lo único que sé es que ha desmontado el disociador eléctrico. Si sucede algo anormal, nos quedaremos sin oxígeno. —Bien —Pelham se incorporó con dificultad—. Por mi parte ojalá nos asfixiemos. Sería la manera más fácil de salir de este atolladero. Me voy abajo. Salió presuroso y cerró la puerta de golpe. En el sótano miró a su alrededor aturdido. Diseminadas por todos los sitios brillaban numerosas piezas de acero cromado. Pasó un buen rato tratando de reconocer las partes que el día anterior constituían una compacta maquinaria, un electro-disociador perfectamente montado. En el centro, en contraste anacrónico, había un polvoriento trineo de madera, con las palas encarnadas y deslucidas; Se oían martillazos procedentes de su interior. —¡Eh, Benson! —gritó Pelham. Un rostro tiznado y sudoroso se asomó bajo el trineo y un chorro de tabaco salió disparado hacia la inseparable escupidera del ingeniero. —¿Cómo grita de esta manera? —se quejó Benson—. Estoy haciendo un trabajo delicado. —¿Qué diablos es este fantástico artificio? —Un trineo volante. Una idea mía —el fuego del entusiasmo brilló en los húmedos ojos de Benson y mientras hablaba le surgía por la comisura de los labios la espuma del tabaco—. El trineo lo trajeron aquí en los viejos tiempos, cuando se creía que Ganimedes estaba cubierto de nieve como otros satélites de Júpiter. Todo cuánto tengo que hacer es adaptar en el fondo unos cuantos gravo-repulsores del disociador, con lo cual el trineo se hará antigravitatorio al conectar la corriente. Los compresores harán el resto. El comandante se mordió el labio inferior dubitativo. —¿Y funcionará? —Por supuesto. Mucha gente ha pensado aplicar los repulsores a los viajes aéreos, pero resultan ineficaces en los campos de gran gravitación. En Ganimedes, con un tercio de gravitación y una presión atmosférica muy leve, un chiquillo podría manejarlo, incluso Johnson, aunque no lamentaría si cayera y se rompiera su maldito cuello. —Muy bien, mire. Tenemos grandes cantidades de esa madera purpúrea aborigen. Póngase en contacto con Fim y dígale que coloque el trineo en una plataforma construida con este material. Tiene que medir unos seis metros de largo con una baranda alrededor de la parte que sobresalga. Benson escupió y frunció el ceño bajo los espesos cabellos que le llegaban hasta los ojos. —¿Cuál es su idea, comandante? —inquirió. Inmediatamente se dejaron oír las risotadas de Pelham como ásperos ladridos. —Esos astruces esperan ver los renos y los verán. Estos animales tendrán que ir montados en algo, ¿no es eso? —Cierto… pero en Ganimedes no hay renos. El comandante Pelham, que ya se marchaba, se detuvo un momento. Contrajo los párpados con desagrado como hacía siempre que pensaba en Olaf Johnson. —Olaf ha salido a cazar ocho zambúes. Tienen cuatro patas, cabeza en un extremo y cola en el otro. Esto es suficiente para los astruces. El viejo ingeniero rumió este informe y rió entre dientes de mala gana. —Bien, me agrada la tonta distracción de su trabajo. —A mí también —gritó Pelham. Se alejó majestuosamente mientras Benson, mirándolo de reojo, desaparecía bajo el trineo. La descripción que había hecho el comandante de un zambú era concisa y exacta, pero omitió detalles interesantes. Por una parte, el zambú tiene una cola larga, un hocico flexible, dos orejas que ondean elegantemente de atrás hacia adelante. Tiene dos ojos purpúreos y emotivos. Los machos están dotados de espinas de color carmesí, plegables a voluntad, que se extienden a lo largo de la columna vertebral y al parecer este ornamento es muy apreciado por las hembras de esta especie. Todo esto, combinado con una cola cubierta de escamas y un cerebro nada mediocre tendrán ustedes un zambú, o al menos lo tienen si logran capturarlo. Precisamente, éste era el pensamiento que se le ocurrió a Olaf Johnson, al descender con cautela por una eminencia rocosa aproximándose a un rebaño de veinticinco zambúes que pastaban entre los desperdigados matorrales de una zona arenosa. Los ejemplares más próximos observaban cómo se acercaba Olaf, quien ofrecía un grotesco aspecto enfundado en pieles y con la careta de oxígeno conectada a la nariz. Como sea que los zambúes carecen de enemigos naturales se contentaban con mirar aquella extraña figura con ojos lánguidos y reprobatorios y volvieron a ronzar su provechosa pitanza. Las nociones de Olaf respecto a la caza mayor eran incompletas. Rebuscó en los bolsillos un terrón de azúcar y cortándolo exclamó: —Pss… Pss… michito…, pss… pss… michito… Las orejas del zambú más próximo se crisparon con desagrado. Olaf se acercó más con el terrón de azúcar en alto: —Ven aquí, currito, ven aquí… El zambú vio la golosina y puso los ojos en blanco. Movió el hocico arrojando el último bocado de vegetación y avanzó olfateando con el cuello estirado. Después golpeó la palma extendida con un rápido y experto movimiento, llevándose el terrón a la boca. La otra mano de Olaf bajó rápida, pero se encontró con el vacío. Con expresión desengañada sacó otra pieza del bolsillo: —Ven aquí, príncipe. Acércate, Fido… El zambú emitió un gruñido tremolante en las profundidades de su garganta. Era una manifestación placentera. Evidentemente aquel extraño monstruo que tenía ante él, después de haberse vuelto loco, se proponía alimentarlo para siempre con aquellos bocados concentrados y suculentos. Se lo arrebató de nuevo y retrocedió con la misma rapidez que la vez anterior. Pero en esta ocasión Olaf lo sujetaba con firmeza, pero el zambú también le había cazado medio dedo. El alarido que dio Olaf denotaba que éste carecía en cierto modo de la impasibilidad necesaria requerida en tales circunstancias. Sin embargo, un mordisco que hace daño a través de espesos guantes, por supuesto, no deja de ser un mordisco. Se abalanzó osadamente sobre el animal. Había ciertas cosas que alteraban la sangre de Johnson y el antiguo espíritu de los vikingos resurgía en él. Precisamente una de estas cosas era el que alguien o algo le mordiera un dedo, y mucho más si este alguien o algo era un ser extraterrestre. Los ojos del zambú observaban indecisos mientras retrocedía. Ya no le ofrecían más terrones blancos y no sabía con seguridad lo que sucedería a continuación. La incertidumbre se desvaneció con rapidez inesperada cuando dos manos enguantadas se apoderaron de sus orejas y empezaron a zarandearlas. Lanzó un agudo gañido y arremetió brioso. Los zambúes están dotados de cierta dignidad. Les desagrada que les tiren de las orejas, particularmente cuando otros zambúes, incluyendo algunas hembras, forman un corro y miran expectantes. El terrícola cayó de espaldas y durante un rato estuvo en esta posición. Mientras tanto el zambú se alejó unos cuantos pasos y caballerosamente permitió que Johnson se pusiera en pie. La vieja sangre de los vikingos alcanzó un grado más alto de efervescencia en Olaf. Se restregó la parte dolorida y saltó, olvidándose de las leyes de gravitación ganimedinas. Se desplazó por el aire a un metro de altura sobre la espalda del zambú. Asomó el miedo en los ojos del animal al observar a Olaf. El salto había sido imponente, pero al mismo tiempo también se notaba en sus órganos visuales cierta confusión. Parecía que aquella maniobra carecía de propósito. Olaf volvió a caer de espaldas sobre los cilindros al igual que la vez anterior. Empezaba a sentirse desconcertado. Los sonidos que emitían los espectadores denotaban palpablemente su condición de risitas burlonas. —Risitas, ¿eh? —masculló amargado—; todavía no ha empezado la lucha. Se acercó al animal lenta y cautelosamente. Dio un rodeo, examinando el punto más conveniente para lanzar el ataque. El zambú hizo lo mismo. Olaf simuló un falso ataque. Su oponente se agachó. A continuación, este último se volvió de espaldas y Olaf se agachó a su vez. El seco y agresivo ronquido que salía de la garganta del zambú no parecía estar en consonancia con el espíritu fraternal que generalmente reina durante la época navideña y esta actitud irreverente le recordaba a Olaf algo así como un sacrilegio. De pronto se oyó un silbido. Olaf sintió un repentino calor en la cabeza detrás de la oreja izquierda. Esta vez dio una vuelta en el aire y cayó de nuca. Los asistentes al espectáculo prorrumpieron en un clamor que parecía un relincho de satisfacción y el zambú movió la cola triunfalmente. Olaf se sobrepuso a la impresión de estar flotando en un espacio infinito tachonado de estrellas y se incorporó vacilante. —¡Protesto! —exclamó—. El ataque con la cola es juego sucio. Saltó hacia atrás esquivando otro coletazo y acto seguido se lanzó hacia la parte inferior del animal y, atrapándole las patas, con fuerza, le obligó a dar con el espinazo en el suelo. El zambú lanzó un gañido de indignación. Ahora la lucha había entrado en una fase en la que los músculos terrícolas y ganimedianos jugaban un papel decisivo. Olaf se manifestó como un hombre de fuerza bruta. Luchó con denuedo y por último se lo cargó a la espalda y el animal se sintió zarandeado e impotente. Respondió vociferante y trató de demostrar sus objeciones con un coletazo bien administrado. Pero estaba situado con desventaja y la cola pasó silbando inofensiva sobre la cabeza de Olaf. Los otros zambúes dejaron paso libre al vencedor con triste expresión en sus semblantes. Evidentemente eran muy buenos amigos del animal capturado y les era desagradable en extremo que hubiera perdido el combate. Volvieron a su quehacer gastronómico con resignación filosófica, completamente convencidos que todo era obra del destino. Al otro lado de la prominencia rocosa, Olaf Había habilitado una cueva. Se desarrolló una breve y confusa lucha antes que Olaf lograra hacer entrar en razón al zambú. Una cuerda anudada concienzudamente fue el auxiliar más eficaz para mantenerlo quieto. Pocas horas después cuando ya tenía en su poder los ocho zambúes, poseía una técnica depurada que sólo se adquiere tras larga experiencia. Podía haber dado a los cow-boys valiosos consejos sobre la forma de derribar cuadrúpedos recalcitrantes. También podía haber dado unas cuantas lecciones a los estibadores terrícolas, sobre tacos y juramentos simples y compuestos. Era el día de Nochebuena y en la Base ganimedina reinaba un ruido ensordecedor y un confuso acaloramiento, como si se hubiera puesto en marcha un nuevo ingenio para registrar toda clase de sonidos. Alrededor del viejo trineo situado sobre una enorme plataforma de madera purpúrea, cinco terrícolas libraban una verdadera batalla con un zambú. El zambú posee opiniones concretas en relación con muchas cosas y uno de sus más tenaces principios es que no va adonde no quiere ir. Esto lo demostraba palpablemente sacudiendo la cabeza, la cola, las cuatro patas, las tres espinas, en todas las direcciones y con todas sus fuerzas. Pero los terrícolas insistieron y no con gran delicadeza. A pesar de sus angustiosos alaridos, el animal fue elevado hasta la plataforma, colocado en el lugar correspondiente y enjaezado sin remedio ni esperanza. —Muy bien —gritó Peter Benson—. Traigan la botella. Sujetando el hocico con una mano, Benson agitó la botella con la otra. El zambú temblaba de ansiedad y emitió temblorosos gañidos. Benson introdujo el líquido en la garganta del animal. Se oyó un gorgoteo y después un gruñido comprensivo. El animal estiró el cuello en demanda de otro trago. —Nuestro mejor coñac —suspiró Benson. Hubiera terminado la botella, pero la dejó cuando estaba por la mitad. Los ojos del zambú giraron rápidamente en sus cuencas; parecía como si intentara bromear. Sin embargo, esta actitud no duró mucho tiempo, pues el metabolismo ganimedino queda afectado por el alcohol casi de inmediato. Los músculos se le contrajeron con la rigidez propia de la borrachera e hipando sonoramente se desplomó. —Traer al siguiente —exclamó Benson. Al cabo de una hora los ocho zambúes no eran más que estatuas catalépticas. Les ligaron a sus cabezas palas en horquilla a guisa de astas. Producían un efecto tosco e inexacto, pero apto para el fin deseado. En el preciso momento en que Benson abría la boca para preguntar dónde estaba Olaf Johnson, el benemérito personaje apareció entre los brazos de tres camaradas y fue conducido a la plataforma tan envarado como cualquier zambú después de la lucha. No obstante, articuló sus objeciones con la mayor claridad. —Yo no voy a ninguna parte con este atuendo. ¿Me oye…? En realidad había motivos para quejarse. Olaf nunca había sido atractivo, ni en sus mejores momentos, pero su condición actual era una mezcolanza entre una pesadilla de zambúes y una concepción patriarcal de Picasso. Llevaba los atavíos tradicionales de Santa Claus. Éstos eran encarnados, tanto como podía permitir el papel de seda cosido a su capa espacial. El “armiño” era tan blanco como el algodón en rama; precisamente esto es lo que era. Su barba ondeaba libremente, hecha de más algodón en rama, enganchada a un lienzo que le llegaba de oreja a oreja. Con tales aditamentos debajo y la nariz de oxígeno encima hasta la persona de ánimo más templado hubiera rehuido su mirada. A Olaf no le habían mostrado un espejo para mirarse, pero lo que podía ver de él mismo y lo que su instinto le decía, le postraba en tal estado que la caída de un rayo fulminante la hubiera saludado con alivio. Entre gritos y espasmos fue izado al trineo. Intervinieron otros, ayudando vigorosamente hasta que de Olaf, no quedó más que una masa retorcida de la que salían voces ahogadas. —Dejadme —mascullaba—, dejadme —y atacaba uno a uno. Hizo un pequeño amago para demostrar su osadía, pero cayeron sobre él numerosas manos que lo atenazaron, impidiéndole mover un dedo. —¡Entre! —ordenó Benson. —¡Váyase al infierno! —rugió Olaf entrecortadamente—. No quiero entrar en un artefacto patentado para un suicidio inmediato. Se puede llevar a su sanguinario trineo volante y… —¡Oiga! —interrumpió Benson—. El comandante Pelham le está esperando al otro lado. Lo despellejará vivo si no está allí dentro de media hora. —El comandante Pelham puede entrar en el trineo a mi lado y… —Piense en su empleo. Piense en sus ciento cincuenta dólares semanales. Piense en Hilda allá en la Tierra que no se casará con usted si pierde el empleo. Piense en todo eso. Johnson pensó en aquello confusamente; pensó alguna cosa más y penetró en el trineo. Aseguró el saco con correas y puso en marcha el gravo-repulsor. Abrió el propulsor a chorro lanzando una horrible maldición. El trineo arrancó impetuoso y Olaf no salió despedido hacia atrás por encima del artilugio, por verdadero milagro. Se aferró a los pasadores y observó cómo las colinas circundantes subían y bajaban según los picados y rizos del inseguro trineo. Sopló el viento y las ondulaciones se hicieron más sensibles. Cuando Júpiter apareció, su luz amarillenta iluminó todos los picos y abismos del accidentado terreno hacia cada uno de los cuales parecía dirigirse el trineo, y cuando el gigantesco planeta se había alejado por completo de la línea del horizonte, la maldición de la bebida, que sale de los organismos ganimedinos, con la misma rapidez que entra, comenzó a alejarse de los zambúes. El zambú zaguero fue el primero en despertar; se relamió la cavidad bucal, dio un respingo y desvaneció el maléfico influjo del alcohol. Después de haber tomado esta decisión, examinó lánguidamente lo que tenía a su alrededor. No le causó una impresión inmediata. Gradualmente se fue dando cuenta del hecho incontrastable de que el suelo que pisaba, cualquiera que fuere, no era el terreno firme de Ganimedes. Se inclinaba, se movía, lo cual era muy extraño. Aunque hubiera atribuido este balanceo a su reciente orgía, no por ello dejó de mirar por debajo del barandal al cual estaba amarrado. Los zambúes jamás han muerto de ataque cardíaco, según consta en los registros sanitarios, pero éste, cuando miró abajo de sus patas estuvo a punto de romper la tradición. El angustioso chillido de horror y desesperación que lanzó, hizo recobrar el conocimiento a los demás, cuyas cabezas, aunque doloridas, habían recobrado la conciencia. Durante un buen rato se desarrolló una torpe, cacareante y confusa conversación, ya que los animales trataban de echar fuera de la cabeza el dolor e introducir en ella los hechos. Lograron conseguir ambos propósitos y organizaron una estampida. No era propiamente una estampida, puesto que estaban estrechamente atados. Pero si exceptuamos el detalle de su situación forzada, hicieron todos los movimientos del galope tendido. Y el trineo se volvió loco. Olaf se cogió la barba un segundo antes de dejarla ondear libremente. —¡Eh! —gritó. Era tanto como sisear a un huracán. El trineo pataleaba, saltaba y bailaba un tango histérico. Era presa de repentinos arrebatos y parecía dispuesto a estrellar su cerebro de madera contra la corteza de Ganimedes. Entretanto Olaf, a la vez que renegaba, juraba y lloraba, accionaba los propulsores a chorro. Ganimedes daba vueltas y Júpiter se mostraba como una mancha borrosa. Quizá la bailoteante panorámica de Júpiter fue lo que indujo a los zambúes a comportarse con más formalidad. Parecía que ya les había pasado el malestar de la borrachera. Sea como fuere, cesaron de moverse, se dirigieron los unos a los otros sublimes discursos de despedida, confesaron sus pecados y esperaron la muerte. El trineo se estabilizó y Olaf recobró el aliento que volvió a perder de nuevo ante un curioso espectáculo: hacia arriba veía las colinas y el sólido terreno ganimedino y por debajo el oscuro cielo y la abultada figura de Júpiter. Al ver todo esto, él también hizo las paces con la eternidad y esperó el fin. “Astruz” es un diminutivo de avestruz y a este animal se parecían los nativos de Ganimedes, si bien hay que considerar que tienen el cuello más corto, la cabeza más grande y su plumaje parece que de un momento a otro vaya a desprenderse de raíz. Hay que añadir a su retrato un par de brazos, flacos y huesudos, provistos de tres dedos rechonchos. Saben inglés, pero cuando uno los oye, preferiría que no lo hablaran. Unos cincuenta astruces se habían agrupado en una construcción de poca altura hecha de madera purpúrea, que llamaban salón de reunión. En un sucio Banco de Honor de esta estancia fétida y oscurecida por el humo de las antorchas, estaban sentados el comandante Pelham y cinco de sus hombres. Ante ellos se pavoneaba el astruz más desaliñado de todos inflando su enorme tórax con rítmicos y explosivos sonidos. Se detuvo un momento y señaló hacia una abertura en el techo. —Mira —graznó—. Chimenea. Nosotros hacer, entrar Sannicaus. Pelham asintió con un gruñido. El astruz cloqueó placentero. Señaló los pequeños sacos de hierba tejida que colgaban de las paredes: —Mirar, calcetines, medias, Sannicaus poner regalos. —Sí —admitió Pelham sin entusiasmo— chimenea y calcetines. Muy bonito. Torció la boca en dirección a Sim Pierce, que estaba sentado a su lado y murmuró entre dientes: —Si estoy media hora más en esta escombrería, me moriré. ¿Cuándo llegará ese tonto? Pierce se movió incómodamente. —Escuche, he realizado algunos cálculos. Estamos a salvo en todo menos en las hojas de karen, en las que aún llevamos cuatro toneladas de déficit. Si logramos resolver este estúpido asunto dentro de una hora, podremos empezar un nuevo período y hacer que los astruces trabajen el doble —se echó hacia atrás y continuó—. Sí, creo que lo podremos conseguir. —Poco más o menos —replicó Pelham sombríamente—. Y eso si llega Johnson y no nos pone en otro aprieto. El astruz hablaba de nuevo, pues a sus congéneres les agrada charlar: —Todos los años Kissmess —no sabía pronunciar Christmas—, Kissmess bonito, todo el mundo amigos. Astruz querer Kissmess. Vosotros gustar Kissmess. —Sí, es muy bonito —refunfuñó Pelham cortésmente—. Paz en Ganimedes y buena voluntad para los hombres, especialmente para aquéllos como Johnson. ¿Dónde diablos está ese idiota? Cogió otro berrinche mientras el astruz saltaba unas cuantas veces de arriba a abajo de manera calculada, evidentemente para ejercitarse. Continuó saltando variando el ritmo con aburridos pasos de baile. Los puños de Pelham se crispaban de una manera extraña. Unos excitados graznidos que provenían de un agujero en la pared, dignificado con el nombre de ventana, contuvieron a Pelham de hacer una matanza de nativos. Los astruces se agruparon en enjambres y los terrícolas lucharon por hallar un punto dominante. Al fondo de la gran bola amarillenta de Júpiter, rugió un trineo volante tirado por ocho renos. Era muy pequeñito, pero no cabía duda; era Santa Claus que llegaba. Al parecer algo funcionaba mal. El trineo, los renos y todo el conjunto, descendían a una velocidad terrible, pero volaban invertidos. Los astruces se dispersaron en medio de una cacofonía de graznidos. —¡Sannicaus! ¡Sannicaus! ¡Sannicaus! Salieron trepando por las ventanas como una fila de estropajos locos en movimiento. Pelham y sus hombres alcanzaron el exterior por una puerta de poca altura. El trineo se aproximaba, se hacía más grande, daba bandazos de un lado a otro y vibraba como una rueda descentrada en vuelo. Olaf Johnson era una pequeña figura que se asía perfectamente al trineo con ambas manos. Pelham gritaba desaforadamente, incoherente y se atragantaba cada vez que se le olvidaba respirar a través de la careta nasal en la fina atmósfera ganimedina. De pronto se detuvo y miró fijamente con horror. El trineo seguía descendiendo veloz y ya casi se veía de tamaño natural. Si hubiera sido una flecha disparada por Guillermo Tell, no hubiera apuntado, entre ceja y ceja de Pelham, con más precisión. —Todo el mundo a tierra —chilló mientras se dejaba caer. La ráfaga de viento que dejó el trineo al pasar de largo restalló penetrante contra su rostro. La voz de Olaf se oyó durante un instante chillona y confusa. Los compresores de aire dejaron una estela de vapor. Pelham temblaba en el helado suelo de Ganimedes. Poco después se levantó lentamente, sacudiendo las rodillas como una hula hawaiana. Los astruces que se habían dispersado, antes de que se les echara encima el vehículo aéreo, se agruparon de nuevo. A lo lejos el trineo giraba dando media vuelta. Pelham seguía los revoloteos y bandazos del artefacto desde que empezó a cambiar de dirección. Cabeceó e inclinándose a un lado, enfiló hacia la base y ganó velocidad. En el interior del trineo Olaf trabajaba como un demonio. Con las piernas ampliamente abiertas balanceaba con desesperación el peso de su cuerpo. Sudaba y maldecía mientras intentaba con todas sus fuerzas evitar la panorámica de Júpiter “hacia abajo”, y esto producía en el trineo oscilaciones más y más violentas. Los bamboleos alcanzaban ahora un ángulo de 180°, y Olaf sintió que su estómago le presentaba enérgicas reclamaciones. Conteniendo el aliento apoyó todo el peso de su cuerpo sobre el pie derecho y el trineo se balanceó con más amplitud que nunca. En el punto más pronunciado de este vaivén desconectó el gravo-repulsor y la débil fuerza gravitatoria de Ganimedes sacudió el trineo obligándole a descender. Como es natural, al ser el vehículo más pesado por el fondo, debido a la masa metálica del gravo-propulsor, adquirió la posición normal en tanto descendía. Pero esto le causó muy poco alivio al comandante Pelham ya que, una vez más, el trineo apuntaba directamente hacia su persona. —Cuerpo a tierra —vociferó, y de nuevo se lanzó al suelo. El trineo silbó sobre su cabeza, crujió al tropezar contra una peña, hizo un salto de cinco metros y se paró en seco con un chasquido. Olaf salió despedido por la baranda. Había llegado Santa Claus. Con un profundo y tembloroso suspiro, Olaf se ajustó el saco sobre la espalda, se recompuso la barba y acarició la cabeza a uno de los sufridos y silenciosos zambúes. Podía haber sobrevenido la muerte; en verdad, Olaf no la había afrontado con serenidad, pero ahora estaba dispuesto a morir, pisando tierra firme, con nobleza, como un Johnson. Dentro de la cabaña en la que los astruces se habían aglomerado, una vez más, un golpe en el tejado anunció la llegada del saco de los regalos de Santa Claus y un segundo batacazo la llegada del santo. Una figura espantosa apareció a través del agujero provisional. —¡Felices Navidades! —farfulló, dejándose caer por el orificio. Olaf fue a parar encima de los cilindros de oxígeno, como de costumbre y después los colocó en el sitio habitual. Los astruces saltaban de arriba a abajo como pelotas de goma. Olaf se dirigió cojeando ostensiblemente al primer calcetín y depositó una pequeña esfera deslumbrante y policromada que extrajo del saco, una de las muchas bolas que originalmente habían sido proyectadas para adornar los árboles navideños. Una a una las fue dejando en todos los saquitos disponibles. Después de haber realizado su tarea, se sentó en cuclillas completamente agotado y siguió las sucesivas escenas con ojos vidriosos e inseguros. La jovialidad y las carcajadas de buen humor, tradición característica de la festividad de Santa Claus, estuvieron completamente ausentes en esta ocasión. Pero la ausencia de alegría la compensaron los astruces con su extraño embelesamiento. Hasta que Olaf entregó la última bola guardaron silencio y permanecieron sentados. Pero cuando se acabó el reparto, el aire se enrareció bajo la tensión de estridencias discordantes. En menos de un segundo la mano de cada astruz contenía una bola. Charlaban entre ellos violentamente y asían las bolas con cuidado, protegiéndolas con el pecho. Después las comparaban unas con otras y formaban grupos para contemplar las más llamativas. El astruz más desaseado se acercó a Pelham y lo cogió por las solapas. —Sannicaus, bueno —cacareó—. Mira, dejar huevos. Observó reverentemente su esfera y agregó: —Ser más bonitos que huevos astruces. Ser huevos Sannicaus, ¿eh? Con su dedo pellejudo pinchó el estómago de Pelham. —¡No! —aulló Pelham impetuosamente—. ¡Infiernos, no…! Pero el astruz no le escuchaba. Ocultó la bola en las profundidades de su plumaje y continuó: —Colores bonitos. ¿Cuánto tiempo tardar salir pequeños Sannicaus? ¿Qué comer pequeños Sannicaus?… Nosotros enseñar ser vivos inteligentes, como astruces. Pierce agarró el brazo del comandante Pelham. —No discuta con ellos —susurró frenético—. ¿Qué importa si ellos creen que esas bolas son huevos de Santa Claus? ¡Mire! Si trabajamos como locos, podremos alcanzar la cuota. Que empiecen a trabajar. —Lleva razón —admitió Pelham. Se dirigió al astruz: —Dígales a todos que se preparen. Hablaba con claridad y en voz alta. —Ahora a trabajar, ¿me comprenden? ¡Venga!, de prisa, de prisa… Hacía ademanes con los brazos. El desastrado astruz se detuvo de repente y dijo con calma: —Nosotros trabajar, pero Johnson decir Kissmess y venir todos los años. —¿No tenéis bastante con un Christmas? —masculló Pelham. —¡No! —graznó el astruz—, nosotros querer Sannicaus año próximo. Traer más huevos. Más otro año. Y otro, y otro, más huevos. Más pequeños Sannicaus. Si Sannicaus no venir, nosotros no trabajar. —Hay mucho tiempo por delante. Ya hablaremos entonces. O nos volveremos todos locos o los astruces habrán olvidado la fiesta. Pierce abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir, la cerró de nuevo, la abrió otra vez y finalmente consiguió hablar: —Comandante, quieren que venga todos los años. —Yo lo sé, pero el año próximo no se acordarán. —Pero, no comprende… Un año para ellos es una revolución completa alrededor de Júpiter. Esto significa una semana y tres horas del tiempo terrestre. ¡Quieren que Santa Claus venga todas las semanas! —¡Todas las semanas! —rugió Pelham—. Johnson les dijo… Durante unos instantes le pareció que todo eran chispas dando saltos mortales. Se quedó sin respiración y automáticamente sus ojos buscaron a Olaf. Olaf se quedó frío hasta el tuétano. Se levantó sobrecogido y se deslizó hacia la puerta. Se detuvo cuando estaba en el umbral; de repente recordó la tradición. Con la barba semidesprendida graznó: —¡Felices Navidades y buenas noches a todos! Corrió hacia el trineo como si todos los diablos le pisaran los talones. No eran los diablos, era el comandante Scott Pelham. FIN Autor: Isaac Asimov Título: Navidad en Ganimedes Título Original: Christmas on Ganymede Publicado en: Startling Stories, enero de 1942 Traducción: Lino Lope Bermejo
- "El hombre de la casa de carne", cuento de George R. R. Martin
George R. R. Martin(Cuento completo) I. EN LA CASA DE CARNE La primera vez fueron directamente desde los yacimientos: Trager y los chicos mayores, los que ya eran casi hombres y manipulaban cadáveres con él. Cox, el mayor del grupo y el que más tiempo llevaba yendo, había dicho que Trager tenía que ir tanto si quería como si no. Otro se había reído y había comentado que Trager no sabría ni por dónde empezar, pero Cox, que hacía las veces de jefe, lo había hecho callar de un empujón. Y cuando llegó el día de cobrar, Trager siguió a los demás a la casa de carne, asustado pero impaciente, y pagó al hombre de la planta baja, que le dio la llave de una habitación. Entró en la penumbra de la estancia tembloroso, hecho un manojo de nervios. Los demás se habían ido a otras habitaciones y lo habían dejado a solas con ella («No, no es “ella”, es “eso”», se recordó, pero de inmediato lo olvidó de nuevo), en un sórdido cubículo gris con una única lámpara que emitía una luz mortecina. Trager apestaba a sudor y azufre, como todos los que recorrían las calles de Skrakky; era inevitable. Habría preferido bañarse antes, pero en la habitación no había baño: solo un lavabo, una cama grande con sábanas cuya suciedad era patente hasta en la penumbra y un cadáver. Yacía desnuda, casi sin respirar, con las piernas abiertas y la mirada perdida. Estaba lista. Trager se preguntó si la habría dispuesto de aquel modo el hombre que lo había precedido, o si estaría siempre así. Sí sabía qué hacer (lo sabía, claro que lo sabía: había leído los libros que le había prestado Cox; también estaban las películas y todo eso), pero no sabía mucho más de la vida. Aparte de manipular cadáveres: eso se le daba bien, aunque fuera el manipulador más joven de Skrakky. Lo habían metido en la escuela de manipuladores cuando murió su madre y no le había quedado más remedio que aprender, así que a eso se dedicaba. En cambio, lo otro no lo había hecho nunca (pero sabía, claro que sabía). Era su primera vez. Se acercó a la cama muy despacio y se sentó en medio de un coro de muelles chirriantes. La tocó; tenía la piel cálida. Claro, no era un cadáver de verdad. El cuerpo seguía vivo, respiraba, y bajo los grandes pechos blancos palpitaba un corazón. Lo único que le faltaba era el cerebro, que le habían extirpado para sustituirlo por el reprocerebro de algún muerto. Ya no era más que carne, un cuerpo más bajo el control de un manipulador, igual que los que veía a diario en su trabajo bajo los cielos sulfúreos. No era una mujer, así que no importaba que Trager fuera un chiquillo, un crío de rostro bobalicón que apestaba a Skrakky. A ella (no, no: ¡a eso!) no le importaría. No podía importarle. Envalentonado y con una erección, el chico se despojó de la ropa de manipulador de cadáveres y se tumbó en la cama con la carne de mujer. Estaba tan nervioso como excitado, y le temblaron las manos cuando la acarició, cuando examinó la piel blanca, el pelo largo y oscuro. Ni a un mocoso como él podía parecerle bonita: tenía la cara ancha, la boca abierta y las extremidades flácidas y sebosas. El cliente anterior le había dejado marcas de mordiscos en los enormes pechos, alrededor de los grandes pezones oscuros. Trager las tocó indeciso y las recorrió con el dedo. Luego dejó de lado los titubeos, agarró un pecho, se lo estrujó y pellizcó el pezón hasta que le pareció que una chica de verdad habría gritado de dolor. El cadáver no se movió. Sin dejar de apretar, se puso encima y llevó los labios al otro pecho. Y el cadáver respondió. Le devolvió la embestida con fuerza y cerró los brazos gruesos y carnosos en torno a la espalda llena de espinillas del muchacho para atraerlo hacia sí. Trager gimió y la palpó entre los muslos. Estaba cálida, húmeda, excitada. El chico se estremeció. ¿Cómo lo harían? ¿Era posible que un cuerpo sin mente se excitara? ¿Le habrían insertado tubos con lubricante? Enseguida dejó de pensar en ello. Se cogió el pene con torpeza, la penetró y embistió. El cadáver lo aprisionó con las piernas y siguió su ritmo. Era fabuloso, increíble, mucho mejor que lo que conseguía solo, y sentía un turbio orgullo al notarla tan húmeda y excitada. Apenas aguantó unas cuantas embestidas: era demasiado joven e inexperto, y estaba demasiado ansioso para durar más. Solo necesitó esas pocas acometidas…, igual que ella. Se corrieron a la vez, y una oleada de rubor bañó la piel de la mujer cuando arqueó la espalda y se estremeció en silencio. Después volvió a yacer como un cadáver. Trager estaba satisfecho, pero aún le quedaba tiempo y tenía toda la intención de exprimir el dinero al máximo. La exploró a fondo: le metió los dedos por todas partes, la toqueteó sin reparos, le dio la vuelta y la examinó a conciencia. Cuando lo movía, el cadáver no era más que carne muerta. La dejó tal como la había encontrado, tumbada de espaldas en la cama y con las piernas abiertas. Las normas de cortesía de la casa de carne. El horizonte era un muro de fábricas, todo fábricas, grandes fábricas que vomitaban nubes rojas contra el oscuro cielo sulfúreo. El chico las veía, pero casi ni se daba cuenta. Estaba bien sujeto con arneses a bordo de su trituradora, a una altura de dos pisos sobre la monstruosa máquina de metal corroído pintado de amarillo, con crueles dientes de diamante y duraleación. Se le nublaban los ojos, y veía triple: distinguía con nitidez el cuadro de mandos situado ante él, así como el volante, el inyector de combustible, el brillante manubrio de la pala para la mena, el freno, el bloqueo de emergencia y las hileras de luces que le indicarían si algo fallaba en la refinería que se encontraba bajo sus pies. Pero no era lo único que veía. Las reverberaciones le llegaban tenues, amortiguadas; imágenes superpuestas de otras dos cabinas casi idénticas a la suya, donde las manos de los cadáveres se desplazaban con torpeza por los mandos. Trager movía aquellas manos despacio, con cautela, mientras otra parte del cerebro mantenía inmóviles sus propias manos, sus manos de verdad. El controlador de cadáveres emitía un débil zumbido en el cinturón del muchacho. Las otras dos trituradoras se colocaron a ambos lados de él. Las manos muertas apretaron los frenos, y las máquinas se detuvieron con estrépito, las tres alineadas al borde de la enorme cuenca como gigantes sarnosos y lisiados, preparadas para descender a las tinieblas. La hondonada era cada vez más grande porque día tras día le arrancaban más capas de roca y mena. Hubo un tiempo en que allí había una cordillera, pero Trager no la recordaba. El resto era sencillo. Las trituradoras ya estaban preparadas, y resultaba facilísimo mover el equipo al unísono; era una tarea al alcance de cualquier manipulador. Se complicaba un poco cuando había que controlar varios cadáveres a la vez, cada uno ocupado en una tarea distinta, pero tampoco representaba un gran desafío para un buen profesional. Los Veteranos eran capaces de controlar equipos de ocho unidades: ocho cuerpos, ocho reprocerebros conectados a un controlador de cadáveres movido por una sola mente. Estaban sintonizados con un único controlador, y el manipulador que lo llevaba enviaba pensamientos a los cadáveres que se encontraban en su campo de acción y podía moverlos como cuerpos secundarios. O como si fueran su propio cuerpo, siempre que tuviera suficiente habilidad. Trager se palpó la mascarilla filtradora y los tapones de los oídos, accionó el inyector de combustible, activó el contacto y puso en marcha las cuchillas láser y los taladros. Los cadáveres repitieron sus movimientos, y unas ráfagas de luz iluminaron el crepúsculo de Skrakky. Las fauces devoradoras de roca de la trituradora tenían una anchura superior a la altura de la máquina. Los tapones de los oídos no amortiguaban por completo el espantoso chirrido de las palas en funcionamiento. Trager y su equipo de cadáveres bajaron a la mina con estruendo y en perfecta formación. Antes de llegar a las fábricas que se divisaban al otro lado, habrían arrancado, fundido y procesado toneladas de metal, dejando que el aire ya irrespirable absorbiese la piedra pulverizada. Al anochecer, en el horizonte, entregarían el acero elaborado. Mientras descendían, Trager iba pensando que era un buen manipulador, pero la manipuladora de la casa de carne tenía que ser una verdadera artista. Se la imaginaba metida en algún sótano, observando todos los cadáveres mediante holos y psicircuitos y moviéndolos para complacer a los clientes. ¿El polvo había salido tan perfecto por pura casualidad, o siempre era así de hábil? Pero ¿cómo?, ¿cómo podía manipular una docena de cadáveres sin siquiera estar cerca? ¿Cómo conseguía que hicieran cosas diferentes, mantenerlos excitados y hacerles seguir con tal precisión el ritmo y las necesidades de cada cliente? Tras él, el aire se ennegrecía por el polvo de roca. Los chirridos le saturaban los oídos, y el horizonte distante era un muro rojizo al pie del cual se arrastraban las hormigas amarillas para devorar la roca. Pero la erección le duró durante todo el trayecto a través de la explanada, mientras la trituradora vibraba debajo de él. Los cadáveres eran propiedad de la empresa y se guardaban en el depósito. Trager, en cambio, disponía de un cuarto solo para él, una porción de espacio en un almacén de acero y hormigón dividido en miles de porciones más. Solo conocía a unos pocos vecinos, pero era como si los conociera a todos: eran manipuladores de cadáveres. Vivían en un mundo de pasillos oscuros y silenciosos e interminables puertas cerradas. El vestíbulo que hacía las veces de sala de estar, todo aire y plástico, estaba siempre polvoriento y desierto. Nadie lo utilizaba jamás. Las tardes eran largas; las noches, eternas. Trager había instalado más paneles luminosos en su cubículo, y cuando los encendía todos a la vez, la luz era tan intensa que las escasas visitas que tenía se quejaban de que los deslumbraba. Pero siempre llegaba un momento en que ya no podía seguir leyendo; entonces tenía que apagarlos, y la oscuridad volvía a imponerse. Su padre, que hacía tanto que había muerto que ya casi ni se acordaba de él, le había dejado un tesoro de libros y cintas que aún conservaba. Cubrían las paredes de su habitación, y había altas pilas al pie de la cama y a los lados de la puerta del baño. Muy de tarde en tarde salía con Cox y los demás para beber, reír y rondar a mujeres de verdad. Los imitaba lo mejor que podía, pero siempre se sentía fuera de lugar, así que casi todas las noches prefería quedarse en su cuarto para leer, escuchar música, recordar y pensar. La semana anterior al día de paga se pasó todas las noches dándole vueltas a la cabeza mucho después de apagar los paneles luminosos, y sus pensamientos fueron un caos de temores. Cox volvería a proponerle que los acompañara a la casa de carne, y sí, sí, claro que quería ir. ¡Había sido un placer tan excitante…! Por primera vez se había sentido seguro y viril. Pero al mismo tiempo tenía la sensación de que era demasiado fácil, cutre, sucio. Tenía que haber algo más. Amor, fuera lo que fuera. Tenía que ser mejor con una mujer de verdad, pero en la casa de carne no encontraría de esas. Tampoco había conocido a ninguna fuera, claro, pero solo porque no se había atrevido a intentarlo. Y tenía, tenía que intentarlo. De lo contrario, ¿qué vida le esperaba? Se masturbó bajo las sábanas casi sin pensar en ello, mientras tomaba la decisión de no volver a la casa de carne. Pero, llegado el día, Cox se burló de él y se sintió obligado a acompañarlos; como si tuviera algo que demostrar. Le correspondió otra habitación, otro cadáver. Era una negra gorda de pelo naranja chillón, aún menos atractiva que la primera si cabe. Pero Trager estaba más que dispuesto y deseoso, y en aquella ocasión duró más. De nuevo, la ejecución fue impecable. El ritmo del cadáver se adecuaba a la perfección con el suyo; alcanzó el orgasmo al mismo tiempo que él, y en todo momento parecía saber exactamente lo que necesitaba. A aquella visita siguieron otras: dos, cuatro, seis. Se convirtió en cliente habitual, como los demás, y ya le daba igual. Cox y los otros lo aceptaban a su manera extraña y desganada, aunque a él cada vez le gustaban menos. Se creía mejor que ellos. Se las arreglaba perfectamente en la casa de carne y controlaba los cadáveres y las trituradoras tan bien como cualquiera, pero no había perdido la capacidad de pensar, de soñar. Algún día, todo aquello quedaría atrás y se marcharía de Skrakky, llegaría a ser alguien. Ellos seguirían visitando la casa de carne toda la vida, pero Trager sabía que podía aspirar a más. Estaba seguro. Encontraría el amor. Desde luego, en la casa de carne no lo encontraba, pero el sexo era cada vez mejor, y eso que ya había sido perfecto desde el principio. En la cama con los cadáveres, Trager no quedaba nunca insatisfecho: hacía todo aquello sobre lo que había leído, de lo que había oído hablar, con lo que había soñado. Los cadáveres entendían sus necesidades antes que él mismo. Cuando quería ir despacio, iban despacio; cuando quería sexo duro, rápido y brusco, se lo proporcionaban a la perfección. Utilizaba todos los orificios que tenían, y los cadáveres siempre sabían cuál debían presentarle. La admiración que sentía hacia la manipuladora de la casa de carne creció a lo largo de los meses hasta transformarse en adoración. Al final, pensó que tal vez podría conocerla. Seguía siendo un crío ingenuo, y estaba seguro de que se enamoraría de ella. La sacaría de la casa de carne para llevarla a un mundo limpio sin cadáveres, donde serían felices. Cierto día, en un momento de debilidad, se lo contó a Cox y a los demás. Cox se quedó mirándolo, meneó la cabeza y sonrió; otro se echó a reír con disimulo. Al final, todos estallaron en carcajadas. —Mira que eres gilipollas, Trager —le dijo Cox al final—. ¡No hay ninguna manipuladora, joder! ¡No me digas que no has oído hablar de los circuitos de respuesta automática! Se lo explicó entre risas. Le contó que cada cadáver estaba sintonizado con un controlador incorporado a la cama y le explicó cómo el cliente manipulaba la carne echada en la cama; por eso, para los que no eran manipuladores, las mujeres de la casa estaban inmóviles, muertas. Y el chico comprendió el motivo por el que el sexo era siempre tan perfecto: era mejor manipulador de lo que jamás habría imaginado. Aquella noche, a solas en su habitación y con todas las luces a plena potencia, en medio del resplandor blanco y ardiente, Trager se enfrentó a sí mismo y tuvo que apartar la vista, asqueado. Su trabajo se le daba bien, y de eso estaba orgulloso, pero en cuanto a lo demás… Decidió que era culpa de la casa de carne. Allí había una trampa que podía destruirlo, que podía destrozarle la vida, los sueños y las esperanzas. No volvería; era demasiado fácil. Iban a enterarse Cox y su pandilla. Recorrería el camino más difícil, aceptaría los riesgos, soportaría el dolor si era preciso. Y quizá sentiría alegría, quizá amor. Llevaba demasiado tiempo por el camino equivocado. Trager no volvió a la casa de carne. Todos los días se metía en su habitación y se sentía fuerte, decidido, superior. Allí, mientras pasaban los años, se dedicaba a leer, a soñar y a esperar a que empezara la vida. 1. A los veintiún años Josie fue la primera. Era guapa, siempre había sido guapa, sabía que era guapa. Eso la había convertido en quien era y en como era: enérgica, segura, conquistadora; un espíritu libre. Solo tenía veinte años cuando se conocieron, igual que Trager, pero había vivido más que él y parecía conocer las respuestas. Se enamoró de ella a primera vista. Pero ¿cómo era el Trager al que conoció Josie, años después de la casa de carne? Ya era más alto y corpulento, con músculo y grasa, callado, a menudo melancólico, siempre reservado. Controlaba un equipo de cinco en los yacimientos: más que Cox, más que ninguno de sus compañeros. Por la noche leía, a veces en su cuarto y a veces en el vestíbulo. Hacía mucho que había olvidado que iba allí para tratar de conocer a alguien. Trager era equilibrado, recto, impasible; no se metía con nadie y nadie se metía con él. Hasta el tormento había cesado, aunque por dentro conservaba las cicatrices. Pero no reparaba en ellas, puesto que nunca se miraba hacia dentro. Había terminado por encajar en aquel mundo. Con sus cadáveres. Aunque… no del todo. En su interior cobijaba un sueño, una fe, un ansia, un anhelo. Fue lo suficientemente fuerte para apartarlo de la casa de carne, de la vida vegetativa que habían elegido los demás. Algunas noches solitarias cobraba aún más fuerza. En esas ocasiones, Trager salía del lecho vacío, se vestía y pasaba horas recorriendo los pasillos con las manos hundidas en los bolsillos mientras algo, no sabía qué, le reconcomía las entrañas. Los paseos acababan siempre con la decisión de cambiar, de empezar una vida nueva al día siguiente. Pero llegaba el día siguiente. Los pasillos grises y silenciosos quedaban olvidados; los demonios se desvanecían, y volvía a verse en la mina con seis trituradoras traqueteantes y estrepitosas. Se sumergía en la rutina, y pasaban largos meses antes de que regresara aquella sensación. Y un día apareció Josie. La historia de su encuentro es la siguiente. Había un yacimiento nuevo, abundante, sin explotar, una vasta llanura de rocas y escombros. Pocas semanas atrás había colinas bajas, pero los planeadores de la compañía habían nivelado la zona con explosiones atómicas sistemáticas, y había llegado el turno de las trituradoras. Los cinco del equipo de Trager habían sido de los primeros, y al principio le resultó estimulante el cambio. La vieja mina estaba casi agotada; en cambio, allí se enfrentaba a un terreno nuevo, con rocas y puños de bordes afilados que rugían al salir volando, cortando el viento cargado de polvo. Todo le parecía emocionante, peligroso. Llevaba chaqueta de cuero y máscara filtradora, gafas de seguridad y tapones en los oídos, y dirigía sus seis máquinas y sus seis cuerpos con fiero orgullo, pulverizando las rocas para despejar el camino a las máquinas que lo seguirían, abriéndose paso metro a metro para recoger tanta mena como pudiera. Un día, de repente, una de las reverberaciones visuales le llamó la atención. En la trituradora de un cadáver centelleaba una luz roja. Trager extendió las manos, la mente, cinco pares de brazos muertos. Seis máquinas se detuvieron en el acto, pero otra luz se puso en rojo, y luego otra, y otra más, y al final, todo el cuadro, las doce. Una trituradora no funcionaba. Trager maldijo, buscó la máquina con la mirada por la llanura de roca y le dio una patada con la pierna del cadáver. Las luces siguieron en rojo, así que emitió una señal pidiendo un técnico. En el tiempo que tardó en llegar, Trager se soltó los arneses, bajó por los aros metálicos del lateral de la trituradora y cruzó las rocas hacia donde se había detenido la máquina averiada. Estaba a punto de subirse cuando apareció Josie en un planeador monoplaza que parecía una lágrima de metal negro como la noche. Se conocieron al pie de la montaña de metal amarillo, a la sombra de sus neumáticos. Supo al instante que aquella mujer no era nueva en los yacimientos. Vestía mono de manipulador, llevaba tapones en los oídos y gafas de seguridad, y se había engrasado la cara para evitar la abrasión del polvo. Pero seguía siendo hermosa. Tenía el pelo corto, castaño claro, despeinado por el viento; cuando se quitó las gafas le mostró unos ojos de un verde intenso. Nada más llegar se puso al mando. Se presentó, muy profesional, le hizo unas cuantas preguntas y abrió el compartimento de reparación para introducirse en las entrañas del motor, el fundidor de mena y la refinería. No le llevó mucho tiempo: volvió a salir en unos diez minutos. —Ni se te ocurra entrar —le dijo al tiempo que sacudía la cabeza para apartarse un mechón de pelo de las gafas—. Ha sido un fallo del amortiguador. Hay una fuga en los reactores nucleares. —Ah —fue la respuesta de Trager. En lo último en que pensaba era en la trituradora; quería causarle buena impresión, decir algo inteligente—. ¿Va a estallar? —preguntó, y al instante comprendió que no había sido una pregunta inteligente, ni mucho menos. Claro que no iba a estallar. Sabía de sobra que los reactores nucleares con fugas no estallaban. Pero a Josie debió de hacerle gracia, porque sonrió, mostrándole por primera vez aquella fulgurante sonrisa tan característica, y pareció verlo a él, a él, a Trager, no a un manipulador de cadáveres. —No. Se fundirá, y nada más. Aquí fuera no se notará ni el calor, porque los tabiques están blindados. No entres y ya está. —De acuerdo. —Pausa. ¿Qué podía añadir?—. ¿Qué hago ahora? —Seguir trabajando con el resto de tu equipo, digo yo. Esta máquina está para el desguace. Hace tiempo que tendrían que haberle hecho una puesta a punto completa, pero qué va, no hacen más que ponerle parches. Imbéciles. Se estropea, se vuelve a estropear, y no se dan por vencidos. No se dan cuenta de que algo va mal. Después de tantos fallos, hay que ser idiota para pensar que funcionará a la próxima. —Me imagino —asintió Trager. Josie sonrió, selló el panel e hizo ademán de irse—. ¡Espera! —Le salió casi sin pensarlo. La chica se volvió, ladeó la cabeza y lo miró con curiosidad. Y de repente, Trager extrajo fuerzas del acero, de la piedra, del viento. «Tal vez, tal vez», pensó. Bajo el cielo de azufre, los sueños no parecían tan imposibles—. Me llamo Greg Trager. ¿Quieres que volvamos a vernos? —Claro —Josie sonrió—. Ven esta noche. —Le dio una dirección. Cuando se marchó, Trager volvió a subirse a la trituradora, exultante en la fuerza de sus seis cuerpos, todo fuego, todo vida, y se puso a devorar roca con una sensación muy cercana a la alegría. A lo lejos, el fulgor rojo oscuro casi parecía un amanecer. En casa de Josie se encontró con otras cuatro personas, amigos de la chica. Era una pequeña fiesta. Josie organizaba muchas fiestas, y de aquella noche en adelante, Trager asistió a todas. Josie hablaba con él, se reía con él; le gustaba, y de pronto la vida ya no era igual. Con Josie vio zonas de Skrakky que no había visto nunca e hizo cosas que no había hecho jamás. Paseó con ella entre las multitudes que se congregaban de noche en la calle, azotadas por el viento cargado de polvo, bajo la enfermiza luz amarillenta que iluminaba los edificios de cemento sin ventanas, y apostó en las carreras de camiones amarillos que pasaban rugiendo una y otra vez, y animó hasta enronquecer a los mecánicos sucios de grasa que los conducían. Recorrió con ella los despachos subterráneos, tan extraños, blancos y silenciosos, con sus pasillos sellados y climatizados donde vivían y trabajaban los de otros planetas, los chupatintas y los ejecutivos de las empresas. Deambuló con ella por los centros recreativos, aquellos edificios enormes y bajos tan semejantes por fuera a almacenes, pero llenos de luces de colores, salas de juegos, cafeterías, videolocales e incontables bares donde los manipuladores pasaban los ratos libres. Fue con ella a los gimnasios de los edificios dormitorio, donde vieron como manipuladores menos hábiles que él enfrentaban a sus cadáveres a torpes puñetazos. Se sentó con ella y sus amigos en tabernas tranquilas y oscuras que animaron con sus charlas y risas, y en cierta ocasión vio a un hombre muy parecido a Cox que lo miraba desde el rincón más alejado del local, así que sonrió y se acercó un poco más a Josie. Casi ni se fijaba en las otras personas, en la gente de la que se rodeaba Josie; cuando hacían alguna de sus alocadas salidas y eran seis, u ocho, o diez, Trager se decía que los que salían eran Josie y él, y que los demás solo los acompañaban. Muy de tarde en tarde, las circunstancias se combinaban de manera que se quedaban a solas y tenían ocasión de charlar. Sobre mundos lejanos, política, cadáveres y la vida en Skrakky; sobre los libros que ambos devoraban, sobre deportes, juegos o amigos que tenían en común. Tenían muchas afinidades. Trager hablaba y hablaba con Josie. Y no llegó a decirle ni una palabra. Se había enamorado de ella, claro. Empezó a sospecharlo el primer mes, y no tardó en estar seguro. La amaba. Era lo que de verdad había estado esperando, y había llegado, como sabía que sucedería. Pero con el amor había llegado el dolor: era incapaz de decírselo. Lo intentó un montón de veces, pero no le salían las palabras. ¿Y si el sentimiento no era mutuo? Seguía pasando las noches a solas en la pequeña habitación, con las luces blancas, los libros y el dolor. Se sentía más solo que nunca, porque le habían arrebatado la tranquilidad de la rutina, la semivida con sus cadáveres. De día manejaba las grandes trituradoras, movía los cuerpos, pulverizaba la roca, fundía la mena y ensayaba lo que le diría a Josie. Y soñaba con lo que le respondería ella. Pensaba que se encontraba también atrapada, que había conocido a otros hombres, claro, pero no los amaba: lo amaba a él, aunque no se lo podía decir, igual que él no sabía decírselo a ella. Cuando lo consiguiera, cuando diera con las palabras y encontrara el valor, todo se arreglaría. Eso se decía jornada tras jornada, y cavaba más deprisa y a más profundidad. Sin embargo, cuando volvía a casa, la seguridad se esfumaba, y comprendía con desesperación que estaba engañándose. Para ella, era y sería siempre un amigo, nada más. ¿Por qué mentirse? Los indicios estaban bien claros. Nunca se habían acostado juntos, y las pocas veces que se atrevió a tocarla, ella se limitó a sonreír y a apartarse con cualquier excusa, de forma que no le quedaba del todo claro si lo estaba rechazando. Pero así era, y en la oscuridad, la certeza lo destrozaba. No había semana en que no deambulara hosco por los pasillos, desesperado por hablar con alguien, sin saber cómo. Las viejas heridas volvían a sangrar. Hasta el día siguiente; cuando volvía a sus máquinas, recuperaba la fe. Debía creer en sí mismo, lo sabía, se lo decía a gritos. Debía dejar de lado la autocompasión y actuar. Tenía que decírselo a Josie, sí, iba a decírselo. Y ella le correspondería, juraba el día. Y ella se echaría a reír, replicaban las noches. Trager la persiguió todo un año, un año de dolor y promesas, el primer año que vivió de verdad. En eso estaban de acuerdo los temores nocturnos y la voz del día: nunca había estado tan vivo. Jamás volvería a sentir el vacío que tenía antes de conocer a Josie; no pensaba regresar nunca a la casa de carne. Al menos en ese sentido había salido ganando. Podía cambiar y tal vez, algún día, reuniría el valor para decírselo. Una noche, Josie fue a visitarlo con un par de amigos, pero estos tuvieron que marcharse temprano. Siguieron charlando sobre naderías durante una hora, y al final Josie dijo que tenía que irse. Trager se ofreció a acompañarla. La rodeó con el brazo para recorrer los largos pasillos y observó su rostro, vio como las luces y las sombras jugaban en sus mejillas al pasar de la luz a la oscuridad. —Josie —empezó a decir. Se sentía bien, a gusto, cómodo, y le salió—. Te quiero. Ella se detuvo, se apartó, retrocedió. Entreabrió los labios, y una sombra le relampagueó en los ojos. —Oh, Greg —dijo. En voz baja. Con tristeza—. No, Greg, no, no, no. —Negó con la cabeza. Tembloroso, articulando palabras sin sonido, Trager le tendió la mano. Josie no se la cogió. Le acarició suavemente la mejilla, y ella se apartó sin decir nada. Y entonces, por primera vez, Trager se echó a llorar. Josie se lo llevó a la habitación. Se sentaron en el suelo, uno frente al otro, sin tocarse, y hablaron. J: … hace mucho que lo sé… Intenté desalentarte, Greg, pero no quería ser tan directa ni… pretendía hacerte daño… Eres buena persona… No te preocupes… T: … ya lo sabía… Sabía que nunca… Me engañé… Quería creer que sí, aunque no fuera verdad… Lo siento, Josie, lo siento, lo siento, lo siento… J: … miedo de que volvieras a ser como eras… No, Greg, prométemelo… No puedes rendirte… Tienes que creer… T: ¿Por qué? J: …si dejas de creer, lo pierdes todo… Muerto… Te mereces más… Buen manipulador… Vete de Skrakky, busca algo… Aquí no hay vida… Alguien… Lo encontrarás, solo tienes que creer, sigue creyendo… T: … a ti… Te querré siempre, Josie… Siempre… ¿Cómo voy a encontrar a alguien?… No hay nadie como tú… Especial… J: … no, Greg… Muchas personas… Solo tienes que buscar… Ábrete… T: ( Risas ). ¿Que me abra?… Primera vez que hablaba con alguien… J: … si quieres, habla conmigo… Podemos hablar… Demasiados amantes ya, todos quieren acostarse conmigo, mejor ser amigos nada más… T: … amigos… ( Risas, lágrimas ). 2. Promesas de algún día El fuego se había extinguido hacía tiempo, y Stevens y el guarda forestal se habían ido a dormir, pero Trager y Donelly seguían sentados en torno a las cenizas, en el límite de la zona despejada. Hablaban bajo para no despertar a los demás, y las palabras quedaban suspendidas en el aire agitado de la noche. En el bosque oscuro sin talar que se alzaba detrás de ellos reinaba la quietud: toda la vida animal de Vendalia había huido del estruendo que la flota de camiones sierra había provocado durante el día. —… un equipo de seis sierra. Aunque no tenga mucha experiencia, sé que no es fácil —estaba diciéndole Donelly. Era un joven pálido y tímido, agradable pero lleno de inseguridad. En su modo de hablar, tan forzado, Trager oía ecos de sí mismo—. Se te daría bien la arena de combate. Trager asintió pensativo, sin apartar la vista de las cenizas que removía con un palo. —Vine a Vendalia con esa intención, pero fui al gladiatorio una vez y nada más; me bastó para cambiar de idea. Podría con ellos, sí, aunque solo de imaginarlo me dan arcadas. Aquí, bueno, gano muchísimo menos que en Skrakky, pero el trabajo es, no sé, limpio, ¿entiendes? —Más o menos. Pero los combatientes de la arena no son personas, ya lo sabes. No son nada más que carne. En el peor de los casos, los cuerpos quedarán tan muertos como sus mentes. Si lo piensas bien, tiene lógica. —Eres demasiado lógico, Don —dijo Trager riendo—. Deberías probar a sentir más. Mira, cuando vuelvas a Gidyon ve a los gladiatorios y abre bien los ojos. Es muy desagradable: unos cadáveres tambaleantes que se atacan con hachas, espadas y mazas de púas. Una salvajada, y el público jalea cada golpe, y se ríe… ¡La gente se ríe, Don! No. —Negó con un ademán brusco—. No. —Pero ¿por qué no? —Donelly jamás daba por terminada una discusión—. No te entiendo, Greg. Serías el mejor; te he visto trabajar con tu equipo. Trager alzó la mirada y estudió unos instantes al jovencito que aguardaba la respuesta en silencio. Recordó las palabras de Josie: ábrete, tienes que abrirte. El anterior Trager, el Trager que vivía solo, sin amigos, encerrado en la residencia de manipuladores de Skrakky, ya no existía. Había crecido; no era el mismo. —Conocí a una chica —empezó con voz pausada. Se abrió—. En Skrakky me enamoré, Don. No salió bien, y por eso estoy aquí. Busco a otra persona, busco algo mejor. Es por eso, ¿lo entiendes? —Hizo una pausa para escoger las palabras—. Yo quería que aquella chica, Josie, se enamorase de mí. —Le costaba decirlo—. Que me admirase y todo eso. Sí, tienes razón, podría ganar una fortuna manipulando cadáveres en la arena, pero Josie no se enamoraría de un tío con un trabajo así. Ahora ya no es por ella, claro, sino que… no podré encontrar a la persona que estoy buscando si me dedico a la arena. —Se levantó de repente—. No sé. Eso es lo importante: Josie, o encontrar una chica como ella un día no muy lejano. Donelly se quedó en silencio, sentado a la luz de la luna, y se mordisqueó el labio sin mirar a Trager. De pronto, toda lógica era inútil. Y Trager, a falta de pasillos, se fue a vagar a solas por el bosque. Eran un grupo muy compenetrado: tres manipuladores, un guarda forestal y trece cadáveres. Día a día ganaban terreno al bosque, encabezados por Trager, que lanzaba su equipo de seis cadáveres, cada uno con su camión sierra, contra la espesura vendaliana, contra el brezonegro, los duros ferrelanzas de corteza gris, los correosos quebramas y toda la maraña del bosque hostil. Los camiones sierra, voladores veloces, eran más complejos y difíciles de manejar que las trituradoras de Skrakky, aunque más pequeños. Trager dirigía seis con manos de cadáveres, además del suyo. El muro de vegetación se derrumbaba ante los filos rechinantes y las cuchillas láser. Tras él iba Donelly, empujando tres aserraderos móviles grandes como montañas, que transformaban los árboles caídos en madera para Gidyon y otras ciudades de Vendalia. Cerraban la marcha Stevens, el tercer manipulador, con un cañón de llamas que quemaba los tocones y fundía la roca, y las bombas de succión que preparaban la zona recién despejada para el cultivo. El guarda forestal era el capataz, y el proceso era todo un arte. Se trataba de una labor limpia, dura, exigente, que a Trager se le iba dando mejor con el paso de los días. Adelgazó hasta adquirir un aspecto casi atlético; los rasgos se le endurecieron; la piel se le tostó bajo el sol radiante de Vendalia. Manipulaba los cadáveres y pilotaba los sierra con tanta facilidad como movía un pie o una mano, hasta el punto de que parecían formar parte de él. A veces, el control era tan firme y las reverberaciones tan fuertes y nítidas que no se sentía un manipulador con un equipo, sino un hombre con siete cuerpos, siete cuerpos fuertes que volaban a lomos de los bochornosos vientos del bosque. Y se regocijaba en el sudor de todos ellos. Las tardes, después del trabajo, también le gustaban. Trager halló una paz allí que nunca había tenido en Skrakky, como si hubiera encontrado su sitio. Los forestales que iban y venían de Gidyon para trabajar en turnos alternos eran buena gente. Stevens era un hombretón jovial que rara vez hacía una pausa entre bromas para decir algo serio, y Trager siempre se divertía con él. A Donelly, el joven tímido, la voz tranquila de la lógica, llegó a considerarlo un amigo. Sabía escuchar, mostraba tolerancia y empatía, y al nuevo Trager, el Trager que se había abierto, le gustaba hablar. Cuando hablaba de Josie y exorcizaba lo que le reconcomía el alma, los ojos del muchacho brillaban con algo que bien podía ser envidia, y Trager comprendió, o creyó comprender, que Donelly era él, el viejo Trager, el de antes de Josie que no acertaba con las palabras. Pero con el tiempo, tras días y semanas de conversación, Donelly dio con las palabras, y fue el turno de Trager de escuchar y compartir el dolor ajeno. Se sintió bien: estaba ayudando a otra persona, dándole fuerzas. Alguien lo necesitaba. Al anochecer, en torno a las cenizas, los dos hombres intercambiaban sueños y tejían un tapiz esperanzado de promesas y mentiras. Pero las noches siempre llegaban. Como siempre, eran el peor momento; eran las horas de los largos paseos solitarios de Trager. Josie le había dado mucho; sin embargo, también le había arrebatado algo: aquella extraña apatía que lo había protegido, la capacidad de no pensar, de amortiguar el dolor. En Skrakky, rara vez recorría los pasillos; aquellos bosques, en cambio, lo acogían con frecuencia. Todo empezaba cuando terminaba la charla, cuando Donelly se iba a dormir. Entonces, Josie visitaba a Trager en la soledad de la tienda. Mil veces se quedó en vela, tumbado con las manos entrelazadas en la nuca y la vista fija en la lona de plástico, mientras revivía la noche en que se lo había dicho. Mil veces le tocó la mejilla, mil veces la vio apartarse. Pensaba, luchaba contra los pensamientos y perdía. Y era entonces cuando se levantaba desasosegado y salía de la tienda. Cruzaba el claro para adentrarse en el bosque silencioso e imponente, se metía en la maleza apartando las ramas bajas y caminaba hasta encontrar agua. Entonces se sentaba junto a un lago saturado de escoria o un riachuelo borboteante cuyas aguas corrían rápidas y grasientas a la luz de la luna, y se dedicaba a lanzar piedras a la superficie, piedras planas que volaban en la noche, para oír como se hundían en el agua con un chapoteo. Y allí se quedaba horas, tirando piedras y pensando, hasta que por fin se convencía de que el sol volvería a salir. Gidyon. La ciudad. El corazón de Vendalia, y por tanto de Slagg, Skrakky, Nuevo Pittsburg y todos los mundos de cadáveres, lugares duros e ingratos donde los hombres tenían muertos que trabajaban en su lugar. Gidyon, con sus altas torres de metal negro y plata, esculturas aéreas que centelleaban al sol y brillaban tenues por la noche; su espaciopuerto vasto y bullicioso donde ascendían y descendían los cargueros dejando estelas transparentes de fuego tras de sí; sus centros comerciales con suelos de madera de ferrelanza, tan lustrosos que despedían un fulgor gris. Gidyon. La ciudad de la podredumbre. La ciudad cadáver. El mercado de carne. Porque los cargueros transportaban hombres: criminales, delincuentes y agitadores procedentes de una docena de mundos, comprados al contado con moneda vendaliana; por otra parte, corrían rumores más siniestros sobre naves de pasaje desaparecidas misteriosamente en saltos turísticos rutinarios. Y las altas torres eran hospitales y cadaverarios donde hombres y mujeres morían, se guardaban y renacían para volver a caminar. Y a lo largo de las pasarelas entarimadas de ferrelanza se alineaban las tiendas de cadáveres y las casas de carne. Las casas de carne de Vendalia tenían mucha fama; la belleza de los cadáveres estaba garantizada. Trager estaba sentado frente a uno de aquellos locales, al otro lado de la ancha avenida gris, bajo el toldo de un café al aire libre, con una copa de vino agridulce que bebía con parsimonia, pensando en cómo había volado su permiso y tratando de no mirar a la otra acera. El vino le calentaba la lengua, y era incapaz de controlar los ojos. No dejaba de pasar gente entre el café y la casa de carne: curtidos manipuladores de Vendalia, Skrakky o Slagg; rechonchos mercaderes y turistas boquiabiertos de los Mundos Limpios como la Vieja Tierra o Zéfiro; y docenas de desconocidos cuyos nombres, trabajos y propósitos no sabría jamás. Se sentía terriblemente aislado allí mirando: no podía comunicarse con aquellas personas, no podía llegar a ellas. No sabía cómo, no era capaz. Daría igual que se levantase y agarrase a cualquiera de los transeúntes. No serviría de nada: no habría contacto real. El desconocido se limitaría a liberarse de él y echar a correr. Se había pasado así el tiempo de permiso: entrando en todos los bares de Gidyon, intentando relacionarse mil veces con la gente… Pero era todo muy forzado y no había surgido nada. Se había terminado el vino. Trager contempló la copa con ojos turbios, parpadeando, mientras le daba vueltas. Luego, con ademanes bruscos, se levantó y pagó. Le temblaban las manos. «Han pasado tantos años… —pensó, cruzando la calle—. Perdóname, Josie». Trager regresó al campamento, y sus cadáveres pilotaron los camiones sierra como posesos. Pero estuvo más callado de lo habitual, y aquella noche, junto a la hoguera, no quiso hablar con Donelly. Al final, dolido y desconcertado, el muchacho lo siguió al bosque y lo encontró junto a un arroyo lánguido y oscuro como la muerte, concentrado en lanzar las piedras que había amontonado a sus pies. T: … entré… Pese a lo que había dicho, pese a todas las promesas…, entré… D: … no te preocupes… Recuerda tus palabras… Tienes que seguir creyendo… T: … creía, de verdad, creía… Sin dificultades… Josie… D: … dices que no me rinda… Tú tampoco… Repite aquello que dijiste, lo que te dijo Josie… Todo el mundo encuentra a alguien… si no deja de buscar… Si te rindes, mueres… Solo necesitas… Abrirte… Valor para buscar… Nada de autocompasión… Me lo has dicho mil veces… T: … no te jode, es más fácil decirlo que hacerlo… D: … Greg… No eres hombre de casa de carne… Soñador… Mejor que ellos… T: ( Suspiro ). Sí… Pero cuesta mucho… ¿Por qué me hago esto…? D: ¿… mejor volver a ser como eras…? ¿Sin sufrir? ¿Sin vivir…? ¿Como yo…? T: … no… No… Tienes razón… II. EL PEREGRINO, DE UN LADO PARA OTRO Se llamaba Laurel y no se parecía a Josie en nada, salvo en una cosa: Trager estaba enamorado de ella. ¿Hermosa? No se lo parecía, al menos al principio. Demasiado alta, un palmo más que él; le sobraba algo de peso y era tirando a torpe. Lo más bonito que tenía era el pelo, una cabellera castaña rojiza en invierno que se tornaba de un rubio deslumbrante en verano, le caía por la espalda y cobraba vida cuando la agitaba el viento. Pero no era hermosa, al menos no como Josie. Lo raro era que con el tiempo iba volviéndose más bella, tal vez porque perdió peso, tal vez porque Trager se estaba enamorando y la veía con otros ojos, o tal vez porque le dijo que era hermosa y al decírselo la hizo bella, igual que cuando Laurel le dijo que era sabio y su fe le dio sabiduría. Fuera cual fuera la razón, cuando llegó a conocerla bien, Laurel era muy hermosa. Tenía cinco años menos que él; era pulcra e inocente y tan tímida como decidida era Josie, además de inteligente, romántica y soñadora. Su frescura y entusiasmo eran adorables, pero también era exasperantemente insegura y ansiosa. Acababa de llegar a Gidyon procedente de las regiones más distantes de Vendalia para hacerse guarda forestal. Trager, que volvía a estar de vacaciones, había ido a visitar la academia de forestales para saludar a un profesor que había trabajado en su equipo. Se conocieron en su despacho. Trager tenía dos semanas libres en una ciudad llena de desconocidos y casas de carne; Laurel estaba sola. Le mostró la deslumbrante decadencia de Gidyon, sintiéndose refinado y distinguido, y ella quedó impresionada. Las dos semanas pasaron muy deprisa, y llegó la última noche. Trager, repentinamente preocupado, la llevó a un parque junto al río que cazaba Gidyon. Se sentaron en un muro de piedra bajo al borde del agua, cerca, pero sin tocarse. —El tiempo vuela —comentó. Lanzó al agua con fuerza la piedra que tenía en la mano y observó como saltaba por la superficie y se hundía, sumido en sus pensamientos. Luego miró a la chica—. Estoy nervioso —dijo, y se rió—. Es que… No quiero marcharme, Laurel. El rostro de Laurel no dejaba traslucir nada. ¿Estaba a la defensiva? —Es una ciudad muy bonita —asintió. —No, ¡no! —Trager negó con gesto vehemente—. No se trata de la ciudad, sino de ti. Me parece… Creo que… Laurel le sonrió, y los ojos le brillaron de alegría. —Ya lo sé —dijo. Trager no daba crédito a sus oídos. Le tocó la mejilla, y ella le besó la mano. Y se sonrieron. Volvió al campamento forestal para despedirse. —¡Tienes que conocerla, Don! —exclamó—. ¿Ves? Si yo he podido, tú también. Solo necesitas creer y no dejar de intentarlo. Soy tan feliz que doy asco. Donelly, siempre tan lógico y envarado, le sonrió sin saber muy bien qué hacer ante tal avalancha de alegría. —¿A qué te vas a dedicar? —preguntó con cierto embarazo—. ¿A la arena de combate? —Claro que no; ya sabes qué pienso —dijo Trager riéndose—. A algo parecido. Voy a trabajar en un teatro con actores cadáver, al lado del espaciopuerto. El sueldo es una mierda, pero estaré con Laurel, que es lo único que importa. Aquella noche casi no durmieron: hablaron, se acariciaron entre abrazos e hicieron el amor. El sexo era puro gozo, un juego, un descubrimiento glorioso. Técnicamente no era tan perfecto como el de la casa de carne, pero a Trager le daba igual. Enseñó a Laurel a ser abierta, le contó todos sus secretos y deseó tener aún más. —Pobre Josie —decía Laurel a menudo, con el cuerpo cálido pegado a él—. No sabe lo que se pierde. Tengo suerte; no puede haber dos como tú. —No, quien tiene suerte soy yo. Y discutían el asunto un buen rato entre risas. Donelly se trasladó a Gidyon y entró a trabajar en el teatro. Dijo que sin Trager el bosque no tenía alicientes. Los tres pasaron mucho tiempo juntos, para alegría de Trager. Quería compartir a sus amigos con Laurel, y le había hablado mucho de Donelly. También quería que Donelly viera lo feliz que era, cuánto se podía conseguir con un poco de fe. —Laurel me gusta —le dijo Donelly con una sonrisa la primera noche, cuando la chica se hubo marchado. —Me alegro. —No —insistió—. Me gusta de verdad, Greg. Pasaron mucho tiempo juntos. Demasiado. —Greg —dijo Laurel cierta noche, en la cama—, me parece que Don está… bueno, que está por mí. Ya me entiendes. Trager se volvió hacia ella y apoyó la cabeza en el brazo. —Dios. —Parecía preocupado. —No sé qué hacer. —Ten cuidado. Es muy vulnerable. Seguramente eres la primera mujer que le interesa. No seas demasiado dura con él. No quiero que sufra tanto como sufrí yo. El sexo no era nunca tan bueno como en la casa de carne, y con el paso del tiempo, Laurel fue cerrándose. Empezó a quedarse dormida, cada vez más a menudo, después de hacer el amor. Ya no charlaban hasta el amanecer; tal vez no les quedara nada que decirse. Trager advirtió que la chica solía terminar sus historias por él; era casi imposible dar con una que no le hubiera contado ya. —¿Que ha dicho qué? —Trager saltó de la cama, encendió la luz y se sentó con el ceño fruncido. Laurel se subió la manta hasta la barbilla—. ¿Y tú qué contestaste? —No puedo decírtelo —respondió tras un momento de duda—. Queda entre Don y yo. Me reprochó que siempre te contara todo lo que pasa entre nosotros, y tiene razón. —¿Razón? ¡Si yo te lo cuento todo a ti! ¿No te acuerdas de…? —Sí, pero… Trager negó en silencio, y cuando volvió a hablar ya no parecía tan enfadado. —¿Qué pasa, Laurel? De pronto tengo miedo. Sabes que te quiero. ¿Cómo es posible que todo cambie tan deprisa? La expresión de la chica se suavizó. Se incorporó y le tendió los brazos, y la manta cayó para dejar al descubierto sus pechos grandes y suaves. —No te preocupes, Greg. Te quiero, siempre te querré, pero también lo quiero a él, ¿me entiendes? Trager se refugió en sus brazos, apaciguado, y la besó con fervor. Luego, de repente, se apartó. —Oye —preguntó con burlona seriedad para disimular que le temblaba la voz—, ¿a quién quieres más? —A ti, claro. El volvió al beso con una sonrisa. —Sé que lo sabes —dijo Donelly—, así que más vale que hablemos. Trager asintió. Estaban en el teatro, entre bastidores. Los tres cadáveres que caminaban tras él se detuvieron y cruzaron los brazos como si fueran guardias. —De acuerdo. —Lo miró de hito en hito, mudando de golpe la sonrisa por un gesto severo—. Laurel me pidió que fingiera que no sabía nada porque te sentías culpable, pero me ha costado mucho trabajo, Don. Así que supongo que es mejor que lo saquemos todo a la luz. Donelly clavó en el suelo los claros ojos azules y se metió las manos en los bolsillos. —No quiero hacerte daño. —Pues no me lo hagas. —Pero tampoco puedo fingir que estoy muerto. No estoy muerto. Yo también la quiero. —Eres mi amigo, Don. Búscate a otra a quien querer. Así solo conseguirás sufrir. —Tiene más en común conmigo que contigo. Trager se quedó mirándolo. Donelly alzó la vista hacia él y luego volvió a mirar al suelo, avergonzado. —No sé. Me ha dicho que te quiere más a ti, Greg. No debería haber concebido esperanzas. Me siento como si te hubiera clavado un puñal por la espalda. No… Trager lo miró fijamente y, al final, se echó a reír. —Mierda, no aguanto más. Mira, Don, no me has clavado ningún puñal, no digas eso. Si la quieres, en fin, así son las cosas. Solo espero que todo salga bien. Aquella noche, en la cama, se confió a Laurel. —Estoy preocupado por él —le confesó. El rostro de Trager, antes bronceado, se había tornado ceniciento. —¿Laurel? —murmuró incrédulo. —Ya no te quiero. Lo siento. Es así. Antes me parecía muy real, pero ahora es como un sueño y no sé si alguna vez te quise de verdad. —Don… —La voz le salió hueca. —No se te ocurra decir nada malo de Don —se enfureció Laurel—. Estoy harta de que lo critiques. Él siempre habla bien de ti. —Pero, Laurel, ¿no recuerdas todo lo que nos dijimos? ¿Lo que sentíamos? Sigo siendo el mismo. —Pues yo he crecido —replico rígida, sin lágrimas, al tiempo que se echaba atrás la melena entre rubia y rojiza—. Me acuerdo muy bien de todo, pero ya no siento lo mismo. —No, por favor —tendió la mano hacia ella. Laurel retrocedió. —No me toques. He dicho que se acabó, Greg. Márchate ya; va a venir Don. Fue peor que con Josie. Mil veces peor. 3. Vagabundo Intentó seguir trabajando en el teatro porque le gustaba y tenía amigos, pero fue imposible. Donelly estaba allí a diario, todo amabilidad y sonrisas, y a veces Laurel iba a buscarlo al terminar la función y se marchaban juntos cogidos del brazo. Trager intentaba hacer como que no lo veía, y aquello que tenía dentro aullaba y lo desgarraba a zarpazos. Dejó el empleo. No quería volver a verlos. Al menos le quedaba el orgullo. Las luces iluminaban el cielo de Gidyon, y las risas se oían por doquier, pero en el parque reinaban la oscuridad y el silencio. Trager estaba de pie junto a un árbol, muy rígido, con la mirada fija en el río y los puños apretados contra el pecho. Era una estatua. Casi no respiraba. Ni siquiera movía los ojos. Junto al muro bajo, de rodillas, el cadáver siguió dando puñetazos hasta que la piedra quedó llena de sangre y las manos muertas no fueron más que muñones de carne desgarrada. El sonido de los golpes era sordo y húmedo, excepto cuando el hueso arañaba la roca. Tuvo que pagar antes de entrar siquiera en la cabina, y esperar una hora para poder hablar con ella. Por fin, pensó. Por fin. —Josie. —¡Greg! —Le dedicó aquella sonrisa tan suya—. Tendría que haberlo imaginado, ¿quién más iba a llamarme desde Vendalia? ¿Cómo estás? Se lo contó, y a Josie se le borró la sonrisa de la cara. —Oh, Greg, no sabes cuánto lo siento. Pero no permitas que te hunda. Sigue adelante. La próxima vez saldrá mejor, siempre pasa igual. No era suficiente. —¿Cómo van las cosas por allí, Josie? ¿Me echas de menos? —Claro que sí. Por aquí va todo bien, aunque claro, sigue siendo Skrakky. Quédate ahí, que estás mejor. —Miró hacia un punto fuera de la pantalla y luego se volvió de nuevo hacia él—. Tengo que irme o te costará una fortuna. Gracias por llamar, cariño. —Josie… —empezó Trager. Pero la pantalla ya se había apagado. A veces, de noche, incapaz de controlarse, llamaba a Laurel desde la pantalla de su casa. Cuando lo veía, ella entrecerraba los ojos y colgaba de inmediato. Y Trager se quedaba sentado en la habitación, a oscuras, y recordaba los tiempos en que el simple hecho de oír su voz la había hecho muy feliz. Las calles de Gidyon no eran el sitio más adecuado para paseos nocturnos y solitarios. Estaban atestadas de hombres y cadáveres, y la iluminación resultaba deslumbrante hasta en las horas más oscuras. Y las casas de carne abundaban en los bulevares y pasarelas de ferrelanza. Las palabras de Josie habían perdido su poder. En las casas de carne, Trager renunció a los sueños y encontró consuelo fácil. Las veladas sensuales con Laurel y el sexo titubeante de su adolescencia habían quedado atrás; Trager tomaba la carne con rapidez y brutalidad, la follaba con energía salvaje, muda, hasta el inevitable orgasmo perfecto. A veces recordaba el teatro y hacía que representaran escenitas eróticas para ponerse a tono. Por la noche llegaba el dolor. Volvía a estar en los pasillos, en la penumbra de la residencia de manipuladores de Skrakky, solo que eran retorcidos y tortuosos, y había perdido el rumbo hacía rato. Una densa neblina de podredumbre flotaba en el aire, cada vez más espesa. Tenía miedo de quedarse a ciegas. Daba vueltas y más vueltas, iba de un lado para otro, pero siempre le quedaban más pasillos por delante y ninguno llevaba a ninguna parte. Las puertas eran sombríos rectángulos negros, sin pomo, cerradas para siempre; iba dejándolas atrás casi sin pensar, aunque a veces se detenía un instante ante las que dejaban escapar rendijas de luz. Prestaba atención y oía sonidos al otro lado, y llamaba desesperado. Pero nadie respondía. De modo que seguía adelante, en medio de la neblina cada vez más oscura y densa que parecía quemarle la piel, puerta, tras puerta, tras puerta, hasta que los pies se le quedaban exhaustos y ensangrentados y era incapaz de contener las lágrimas. Y entonces, a lo lejos, al final de un larguísimo e imponente pasillo que se abría ante él, veía una puerta abierta por la que salía una luz tan blanca y ardiente que hería los ojos, y música viva y alegre, y risas. Entonces Trager echaba a correr hacia allí, aunque tenía los pies en carne viva y la neblina que respiraba le abrasaba los pulmones. Corría, corría sin cesar hasta llegar a la habitación de la puerta abierta. Pero cuando llegaba, era su habitación y estaba vacía. En cierta ocasión, durante el breve tiempo que compartieron, habían ido al bosque y habían hecho el amor bajo las estrellas. Luego ella se había acurrucado contra él, que la acarició con ternura. —¿En qué piensas? —preguntó. —En nosotros —respondió Laurel. Se estremeció. El viento era frío y cortante—. A veces tengo miedo, Greg. Tengo mucho miedo de que nos pase algo, de que lo nuestro se eche a perder… No quiero que me dejes nunca. —No te preocupes. Nunca te dejaré. Todas las noches se atormentaba con aquellas palabras antes de poder dormir. Los buenos recuerdos le dejaban cenizas y lágrimas; los malos, una rabia impotente. Dormía al lado de un fantasma, un fantasma de belleza sobrenatural, la cáscara vacía de una pesadilla. Todas las mañanas se la encontraba al despertar. Los detestaba. Se detestaba por detestarlos. III. EL SUEÑO DE DUVALIER Su nombre no importa. Su aspecto no importa. Solo importa que existió, que Trager volvió a intentarlo, que se esforzó por seguir adelante, por creer, por no rendirse. Que lo intentó. Pero faltaba algo. ¿La magia? Las palabras eran las mismas. «¿Cuántas veces pueden pronunciarse? —se preguntó Trager—. ¿Cuántas veces pueden repetirse y creerse como la primera vez? ¿Una sola? ¿Dos? ¿A lo mejor tres? ¿O cien? Y a esos que las dicen cien veces, ¿se les da mejor el amor? ¿O es que se engañan? ¿No será que renunciaron al sueño, pero siguen usando su nombre para algo distinto?». Pronunció las palabras, la abrazó, la acarició, la besó. Pronunció las palabras con una experiencia más segura, más firme y más muerta que la fe. Pronunció las palabras y lo intentó, pero ya no las sentía. Ella también pronunció las palabras, y Trager comprendió que no significaban nada para él. Las dijeron una vez, y otra, y otra, dijeron todo cuanto el otro deseaba oír, y ambos supieron que estaban fingiendo. Lo intentaron con todas sus fuerzas. Pero cuando extendió la mano, como un actor atrapado en su papel, condenado a representarlo para siempre, cuando extendió la mano y le tocó la mejilla, sintió la piel suave y perfecta. Y húmeda de lágrimas. 4. Ecos —No quiero hacerte daño —dijo Donelly arrastrando los pies. Tenía tal expresión de culpa que Trager se avergonzó de haber herido a su amigo. Le tocó la mejilla, y ella se apartó. —No pretendía hacerte daño —dijo Josie, y Trager se entristeció. Josie le había dado mucho, y a cambio él la hacía sentirse culpable. Sí, estaba dolido, pero si hubiera sido más fuerte, no habría dejado que lo notara. Le tocó la mejilla, y ella le besó la mano. —Lo siento. Es así —dijo Laurel. Y Trager no pudo entenderlo. ¿Qué había hecho? ¿En qué se había equivocado? ¿Cómo lo había echado a perder? Había estado tan seguro, habían tenido algo tan grande… Le tocó la mejilla, y ella lloró. «¿Cuántas veces pueden pronunciarse? —repitió su propia voz—. ¿Cuántas veces pueden repetirse y creerse como la primera vez?». El viento era negro; el polvo, denso; el cielo palpitaba con llamaradas color escarlata. En la mina, en la oscuridad, se alzaba una joven con gafas de seguridad y mascarilla, pelo castaño muy corto y muchas respuestas. —Se estropea, se vuelve a estropear, y no se dan por vencidos. No se dan cuenta de que algo va mal —dijo—. Después de tantos fallos, hay que ser idiota para pensar que funcionará a la próxima. El cadáver enemigo es negro y corpulento, con un torso musculoso fruto de meses de ejercicio. Trager no se ha enfrentado nunca a nada tan grande. Avanza por el serrín con paso lento, torpe, empuñando el reluciente mandoble. Trager, sentado en una silla elevada en un extremo de la arena de combate, lo ve acercarse. El otro maestro cadaverero es precavido, cauteloso. El muerto de Trager, un rubio fibroso, aguarda en pie y arrastra una maza de púas por la arena empapada de sangre. Cuando llegue el momento, Trager lo moverá con rapidez y destreza. El enemigo lo sabe; la multitud, también. Con un movimiento repentino, el negro alza el mandoble y se lanza a la carrera con la esperanza de utilizar su velocidad y su envergadura como armas; asesta un tajo bien calculado, pero el cadáver de Trager ya no está donde estaba, y la hoja corta el aire. Cómodamente sentado por encima de la palestra / Abajo en la arena con los pies llenos de sangre y serrín , Trager / el cadáver da la orden / gira la maza , y la enorme bola con pinchos se mueve casi con indolencia, casi con armonía. Golpea al enemigo en la nuca justo antes de que se incorpore y se vuelva. Una flor de sangre y sesos brota de repente, y la multitud vitorea. Trager hace salir a su cadáver de la arena y se levanta para recibir los aplausos. Es la décima vez que mata. No tardará en ganar el campeonato. Con el récord que está estableciendo, ya no pueden negarle nada. Es hermosa, su dama, su amada. Tiene el pelo corto y rubio, el cuerpo delgado, casi atlético, con piernas esbeltas y pechos pequeños y firmes. Sus ojos son de un verde intenso y siempre le dan la bienvenida, y tiene una sonrisa enigmática, erótica e ingenua a la vez. Lo espera en la cama, espera a que vuelva de la arena de combate, lo espera deseosa, juguetona, amante. Cuando entra, se incorpora y le sonríe, y las mantas le caen hasta la cintura. Él, desde la puerta, le mira los pezones. Consciente de su mirada, se cubre el pecho y se sonroja. Trager sabe que está fingiendo pudor, que es un juego. Se dirige a la cama, se sienta, extiende la mano y le acaricia la mejilla. Tiene la piel suave. Ella se frota contra su palma. Luego Trager le aparta las manos, deposita un beso delicado en cada pecho y otro no tan delicado en la boca. Ella se lo devuelve con ardor; las lenguas se entrelazan. Hacen el amor, ella y él, lentos y sensuales, trabados en un abrazo amoroso que no cesa. Los dos cuerpos se mueven en perfecta sincronía; cada uno conoce las necesidades del otro. Trager embiste, el otro cuerpo se alza para recibirlo. Extiende la mano y encuentra la de ella. Llegan juntos al clímax (siempre, siempre, el cerebro del manipulador provoca los dos orgasmos), y ella acaba con un intenso rubor en los pechos y en los lóbulos de las orejas. Se besan. Después habla con ella, con su dama, su amada. Siempre hay que hablar después. Lo aprendió hace mucho tiempo. —Tienes suerte —le dice Trager a veces, y ella se acurruca pegada a él y le cubre el pecho de besos—. Mucha suerte. Ahí fuera no te cuentan más que mentiras, mi amor. Te muestran un sueño esplendoroso, una estupidez, y te dicen que tienes que creer, que tienes que perseguirlo, que para cada persona hay alguien especial. Pero no es verdad. El universo no es justo, no lo ha sido nunca. Así que, ¿por qué nos cuentan semejante falacia? Corremos tras un fantasma, perdemos, y nos dicen que a la siguiente irá la vencida, pero todo es una mierda, una mierda sin sentido. A nadie se le hace realidad el sueño; solo se engañan para seguir creyendo. No es más que una mentira a la que la gente se aferra desesperada y que cuenta a los demás para convencerse. Al final ya no puede seguir hablando, porque los besos de ella han ido bajando por su vientre, y lo toma en la boca. Trager sonríe y le acaricia el pelo con suavidad. De todas las deslumbrantes mentiras que nos cuentan, la más cruel es esa que llaman «amor». Autor: George R. R. Martin Título: El hombre de la casa de carne Título Original: Meathouse Man Publicado en: Orbit 18 (1976) Traducción: Cristina Macía Orío
- "Pájaros en la boca", cuento de Samanta Schweblin
Pájaros en la boca Samanta Schweblin El auto de Silvia estaba estacionado frente a la casa, con las balizas puestas. Me quedé parado, pensando en si había alguna posibilidad real de no atender el timbre, pero el partido se escuchaba en toda la casa, así que apagué el televisor y fui a abrir. —Silvia —dije. —Hola —dijo ella, y entró sin que yo alcanzara a decir nada—. Tenemos que hablar, Martín. —Señaló mi propio sillón y yo obedecí, porque a veces, cuando el pasado toca a la puerta y me trata como hace cuatro años atrás, sigo siendo un imbécil. Ella se sentó también. —No va a gustarte. Es… Es fuerte —miró su reloj—. Es sobre Sara. —Siempre es sobre Sara —dije. —Tu hija tiene serios problemas. Vas a decir que exagero, que soy una loca, todo ese asunto, pero no hay tiempo para eso. Te venís a casa ahora mismo y lo ves con tus propios ojos. Le dije que irías. Sara te espera. —¿Qué pasa? —No va a tomarte ni veinte minutos. No quiero escucharte decir después que ella no te integra a su vida y toda esa mierda. Nos quedamos en silencio un momento. Pensé en cuál sería el próximo paso, hasta que ella frunció el ceño, se levantó y fue hasta la puerta. Yo tomé mi abrigo y salí tras ella. Por fuera la casa se veía como siempre, con el césped recién cortado y las azaleas de Silvia colgando del balcón matrimonial. Cada uno bajó de su auto y entramos sin hablar. Sara estaba sentada en el sillón. Aunque ya había terminado las clases ese año, llevaba puesto el jumper de la secundaria, que le quedaba como a esas colegialas porno de las revistas. Estaba erguida, con las piernas juntas y las manos sobre las rodillas, concentrada en algún punto de la ventana o del jardín, como si estuviera haciendo uno de esos ejercicios de yoga de la madre. Me di cuenta de que, aunque siempre había sido más bien pálida y flaca, ahora se la veía rebosante de salud. Sus piernas y sus brazos parecían más fuertes, como si hubiera estado haciendo ejercicio durante unos cuantos meses. El pelo le brillaba y tenía un leve rosado en los cachetes, como pintado pero real. Cuando me vio entrar sonrió y dijo: —Hola, papá. Mi nena era realmente una dulzura, pero dos palabras alcanzaban para entender que algo estaba muy mal en esa chica, algo seguramente relacionado con la madre. A veces pienso que quizá debí de habérmela llevado conmigo, pero casi siempre pienso que no. A unos metros del televisor, junto a la ventana, había una jaula. Era una jaula para pájaros —de unos setenta, ochenta centímetros—, que colgaba del techo, vacía. —¿Qué es eso? —Una jaula —dijo Sara, y sonrió. Silvia me hizo una seña para que la siguiera a la cocina. Fuimos hasta el ventanal y ella se volvió para verificar que Sara no nos escuchara. Seguía erguida en el sillón, mirando hacia la calle, como si nunca hubiéramos llegado. Silvia me habló en voz baja. —Martín. Mirá, vas a tener que tomarte esto con calma. —Ya, Silvia, dejame de joder. ¿Qué pasa? —La tengo sin comer desde ayer. —¿Me estás cargando? —Para que lo veas con tus propios ojos. —Ajá… ¿estás loca? Me hizo una seña para que volviéramos al living y me señaló el sillón. Me senté frente a Sara. Silvia salió de la casa y la vimos cruzar el ventanal y entrar al garaje. —¿Qué le pasa a tu madre? Sara levantó los hombros, dando a entender que no lo sabía. Tenía el pelo negro y lacio, atado en una cola de caballo, y un flequillo prolijo que le llegaba casi hasta los ojos. Silvia volvió con una caja de zapatos. La traía derecha, con ambas manos, como si se tratara de algo delicado. Fue hasta la jaula, la abrió, sacó de la caja un gorrión muy pequeño, del tamaño de una pelota de golf, lo metió dentro de la jaula y la cerró. Tiró la caja al piso y la hizo a un lado de una patada, junto a otras nueve o diez cajas similares que se iban sumando bajo el escritorio. Entonces Sara se levantó, su cola de caballo brilló a un lado y otro de la nuca, y fue hasta la jaula dando un brinco de por medio, como hacen las chicas que tienen cinco años menos que ella. De espaldas a nosotros, poniéndose en puntas de pie, abrió la jaula y sacó el pájaro. No pude ver qué hizo. El pájaro chilló y ella forcejeó un momento, quizá porque el pájaro intentó escaparse. Silvia se tapó la boca con la mano. Cuando Sara se volvió hacia nosotros el pájaro ya no estaba. Tenía la boca, la nariz, el mentón y las dos manos llenas de sangre. Sonrió avergonzada, su boca gigante se arqueó y se abrió, y sus dientes rojos me obligaron a levantarme de un salto. Corrí hasta el baño, me encerré y vomité en el inodoro. Pensé que Silvia me seguiría y se pondría a echar culpas y directivas desde el otro lado de la puerta, pero no lo hizo. Me lavé la boca y la cara, y me quedé escuchando frente al espejo. Bajaron algo pesado del piso de arriba. Abrieron y cerraron la puerta de entrada algunas veces. Sara preguntó si podía llevar con ella la foto de la repisa. Cuando Silvia dijo que sí su voz ya estaba lejos. Abrí la puerta cuidando de no hacer ruido, y me asomé al pasillo. La puerta principal estaba abierta de par en par y Silvia cargaba la jaula en el asiento trasero de mi coche. Di unos pasos, con la intención de salir de la casa gritándoles unas cuantas cosas, pero Sara salió de la cocina hacia la calle y me detuve en seco para que no me viera. Se dieron un abrazo. Silvia la besó y la metió en el asiento de acompañante. Esperé a que volviera y cerrara la puerta. —¿Qué mierda…? —Te la llevás. —Fue hasta el escritorio y empezó a aplastar y doblar las cajas vacías. —¡Dios santo, Silvia, tu hija come pájaros! —No puedo más. —¡Come pájaros! ¿La ha visto un médico? ¿Qué mierda hace con los huesos? Silvia se quedó mirándome, desconcertada. —Supongo que los traga también. No sé si los pájaros… —dijo y se quedó pensando. —No puedo llevármela. —Un día más con ella y me mato. Me mato yo y antes la mato a ella. —¡Come pájaros! Fue hasta el baño y se encerró. Miré hacia afuera, a través del ventanal. Sara me saludó alegremente desde el auto. Traté de serenarme. Pensé en cosas que me ayudaran a dar algunos pasos torpes hacia la puerta, rezando porque ese tiempo alcanzara para volver a ser un hombre común y corriente, un tipo pulcro y organizado capaz de quedarse diez minutos de pie en el supermercado, frente a la góndola de enlatados, corroborando que las arvejas que se está llevando son las más adecuadas. Pensé en cosas como que, si se sabe de personas que comen personas, entonces comer pájaros vivos no estaba tan mal. También que desde un punto de vista naturista era más sano que la droga, y desde el social, más fácil de ocultar que un embarazo a los trece. Pero creo que hasta la manija del coche seguí repitiéndome come pájaros, come pájaros, come pájaros , y así. Llevé a Sara a casa. No dijo nada en el viaje y cuando llegamos bajó sola sus cosas. Su jaula, su valija —que habían guardado en el baúl—, y cuatro cajas de zapatos como la que Silvia había traído del garaje. No pude ayudarla con nada. Abrí la puerta y ahí esperé a que ella fuera y viniera con todo. Cuando entramos le señalé el cuarto de arriba. Después de que se instaló, la hice bajar y sentarse frente a mí, a la mesa del comedor. Preparé dos cafés pero Sara hizo a un lado su taza y dijo que no tomaba infusiones. —Comés pájaros, Sara —dije. —Sí, papá. Se mordió los labios, avergonzada, y dijo: —Vos también. —Comés pájaros vivos, Sara. —Sí, papá. Pensé en qué se sentiría al tragar algo caliente y en movimiento, algo lleno de plumas y patas en la boca, y me tapé con la mano, como hacía Silvia. Pasaron tres días. Sara se quedaba todo el tiempo sentada, erguida en el sillón con las piernas juntas y las manos sobre las rodillas. Yo salía temprano al trabajo y me la pasaba consultando en Internet infinitas combinaciones de las palabras «pájaro», «crudo», «cura», «adopción», sabiendo que ella seguía sentada ahí, mirando hacia el jardín durante horas. Cuando entraba a la casa, alrededor de las siete, y la veía tal cual la había imaginado durante todo el día, se me erizaban los pelos de la nuca y me daban ganas de salir y dejarla encerrada dentro con llave, herméticamente encerrada, como esos insectos que se cazan de chico y se guardan en frascos de vidrio hasta que el aire se acaba. ¿Podía hacerlo? Cuando era chico vi en el circo a una mujer barbuda que se llevaba ratones a la boca. Los sostenía así un rato, con la cola moviéndosele entre los labios cerrados, mientras caminaba frente al público, con los ojos bien abiertos. Ahora pensaba en esa mujer casi todas las noches, revoleándome en la cama sin poder dormir, considerando la posibilidad de internar a Sara en un centro psiquiátrico. Quizá podría visitarla una o dos veces por semana. Podríamos turnarnos con Silvia. Pensé en esos casos en que los médicos sugieren cierto aislamiento del paciente, alejarlo de la familia por unos meses. Quizá sería una buena opción para todos, pero no estaba seguro de que Sara pudiera sobrevivir en un lugar así. O sí. En cualquier caso, su madre no lo permitiría. O sí. No podía decidirme. El cuarto día Silvia vino a vernos. Trajo cinco cajas de zapatos que dejó junto a la puerta de entrada, del lado de adentro. Ninguno de los dos dijo nada al respecto. Preguntó por Sara y le señalé el cuarto de arriba. Cuando bajó le ofrecí café. Lo tomamos en el living, en silencio. Estaba pálida y las manos le temblaban tanto que hacía tintinear la vajilla cada vez que volvía a apoyar la taza sobre el plato. Los dos sabíamos qué pensaba el otro. Yo podía decir «esto es culpa tuya, esto es lo que lograste», y ella podía decir algo absurdo como «esto pasa porque nunca le prestaste atención». Pero la verdad es que ya estábamos muy cansados. —Yo me encargo de esto —dijo Silvia antes de salir, señalando las cajas de zapatos. No dije nada, pero se lo agradecí profundamente. En el supermercado la gente cargaba sus changos de cereales, dulces, verduras y lácteos. Yo me limitaba a mis enlatados y hacía la cola en silencio. Iba al supermercado dos o tres veces por semana. A veces, aunque no tuviera nada que comprar, pasaba por él antes de volver a casa. Tomaba un chango y recorría las góndolas pensando en qué es lo que podía estar olvidándome. A la noche mirábamos juntos la televisión. Sara erguida, sentada en su esquina del sillón, yo en la otra punta, espiándola cada tanto para ver si seguía la programación o estaba otra vez con los ojos clavados en el jardín. Yo preparaba comida para dos y la llevaba al living en dos bandejas. Dejaba la de Sara frente a ella, y ahí quedaba. Ella esperaba a que yo empezara y entonces decía: —Permiso, papá. Se levantaba, subía a su cuarto y cerraba la puerta con delicadeza. La primera vez bajé el volumen del televisor y esperé en silencio. Se escuchó un chillido agudo y corto. Unos segundos después las canillas del baño, y el agua corriendo. A veces bajaba unos minutos después, perfectamente peinada y serena. Otras veces se duchaba y bajaba directamente en pijama. Sara no quería salir. Estudiando su comportamiento pensé que quizá sufría algún principio de agorafobia. A veces sacaba una silla al jardín e intentaba convencerla de salir un rato. Pero era inútil. Conservaba sin embargo una piel radiante de energía y se la veía cada vez más hermosa, como si se pasara el día ejercitando bajo el sol. Cada tanto, haciendo mis cosas, encontraba una pluma. En el piso junto a la puerta, detrás de la lata de café, entre los cubiertos, todavía húmeda en la pileta de la cocina. La recogía, cuidando de que ella no me viera haciéndolo, y la tiraba por el inodoro. A veces me quedaba mirando cómo se iba con el agua. A veces el inodoro volvía a llenarse, el agua se aquietaba, como un espejo otra vez, y yo todavía seguía ahí mirando, pensando en si sería necesario volver al supermercado, en si realmente se justificaba llenar los changos de tanta basura, pensando en Sara, en qué es lo que habría en el jardín. Una tarde Silvia llamó para avisar que estaba en cama, con una gripe feroz. Dijo que no podía visitarnos. Que no podía visitarnos significaba que no podría traer más cajas. Me preguntó si me arreglaría sin ella. Yo le pregunté si tenía fiebre, si estaba comiendo bien, si la había visto un médico, y cuando la tuve lo suficientemente ocupada en sus respuestas dije que tenía que cortar y corté. El teléfono volvió a sonar, pero no atendí. Miramos televisión. Cuando traje mi comida Sara no se levantó para ir a su cuarto. Miró el jardín hasta que terminé de comer, después volvió a la programación. Al día siguiente, antes de volver a casa pasé por el supermercado. Puse algunas cosas en mi chango, lo de siempre. Paseé entre las góndolas como si hiciera un reconocimiento del super por primera vez. Me detuve en la sección de mascotas, donde había comida para perros, gatos, conejos, pájaros y peces. Levanté algunos alimentos para ver de qué se trataba. Leí con qué estaban hechos, las calorías que aportaban y las medidas que se recomendaban para cada raza, peso y edad. Después fui a la sección de jardinería, donde sólo había plantas con o sin flor, macetas y tierra, así que volví otra vez a la sección de mascotas y me quedé ahí pensando en qué haría a continuación. La gente llenaba sus changos y se movía esquivándome. Anunciaron en los alto parlantes la promoción de lácteos por el día de la madre y pasaron un tema melódico sobre un tipo que estaba lleno de mujeres pero extrañaba a su primer amor, hasta que finalmente empujé el chango y volví a la sección de enlatados. Esa noche Sara tardó en dormirse. Mi cuarto estaba bajo el suyo, y la escuché en el techo caminar nerviosa, acostarse, volver a levantarse. Me pregunté en qué condiciones estaría el cuarto; no había subido desde que ella había llegado, quizá el sitio era un verdadero desastre, un corral lleno de mugre y plumas. La tercera noche después del llamado de Silvia, antes de volver a casa, me detuve a ver las jaulas de pájaros que colgaban de los toldos de una veterinaria. Ninguno se parecía al gorrión que había visto en la casa de Silvia. Eran de colores, y en general un poco más grandes. Estuve ahí un rato, hasta que un vendedor se acercó a preguntarme si estaba interesado en algún pájaro. Dije que no, que de ninguna manera, que sólo estaba mirando. Se quedó cerca, moviendo cajas, mirando hacia la calle, después entendió que realmente no compraría nada y regresó al mostrador. En casa Sara esperaba en el sillón, erguida en su ejercicio de yoga. Nos saludamos. —Hola, Sara. —Hola, papá. Estaba perdiendo sus cachetes rosados y ya no se la veía tan bien como en los días anteriores. —Papi… —dijo Sara. Tragué lo que estaba masticando y bajé el volumen del televisor, dudando de que realmente me hubiera hablado, pero ahí estaba, con las piernas juntas y las manos sobre las rodillas, mirándome. —¿Qué? —dije. —¿Me querés? Hice un gesto con la mano, acompañado de un asentimiento. Todo en su conjunto significaba que sí, que por supuesto. ¿Era mi hija, no? Y aun así, por las dudas, pensando sobre todo en lo que mi ex mujer hubiera considerado «lo correcto», dije: —Sí, mi amor. Claro. Y entonces Sara sonrió, una vez más, y miró el jardín durante el resto de la programación. Volvimos a dormir mal, ella paseando de un lado al otro de la habitación, yo dando vueltas en mi cama hasta que me quedé dormido. Al día siguiente llamé a Silvia. Era sábado, pero no atendía el teléfono. Llamé más tarde, y cerca del mediodía también. Dejé un mensaje, pero no contestó. Sara estuvo toda la mañana sentada en el sillón, mirando hacia el jardín. Tenía el pelo un poco desarreglado y ya no se sentaba tan erguida; parecía muy cansada. Le pregunté si estaba bien y dijo: —Sí, papá. —¿Por qué no salís un poco al jardín? —No, papá. Pensando en la conversación de la noche anterior se me ocurrió que podría preguntarle si me quería, pero enseguida me pareció una estupidez. Volví a llamar a Silvia. Dejé otro mensaje. En voz baja, cuidando de que Sara no me escuchara dije en el contestador: —Es urgente, por favor. Esperamos sentados cada uno en su sillón, con el televisor encendido. Unas horas más tarde Sara dijo: —Permiso, papá. Se encerró en su cuarto. Apagué el televisor y fui hasta el teléfono. Levanté el tubo una vez más, escuché el tono y corté. Fui con el auto hasta la veterinaria, busqué al vendedor y le dije que necesitaba un pájaro chico, el más chico que tuviera. El vendedor abrió un catálogo de fotografías y dijo que los precios y la alimentación variaban de una especie a la otra. Golpeé la mesada con la palma de la mano. Algunas cosas saltaron sobre el mostrador y el vendedor se quedó en silencio, mirándome. Señalé un pájaro chico, oscuro, que se movía nervioso de un lado a otro de su jaula. Me cobraron ciento veinte pesos y me lo entregaron en una caja cuadrada de cartón verde, con pequeños orificios calados alrededor y, en la tapa, un folleto del criadero con la foto del pájaro en el frente y una bolsa gratis de alpiste que no acepté. Cuando volví Sara seguía encerrada. Por primera vez desde que ella estaba en casa, subí y entré al cuarto. Estaba sentada en la cama frente a la ventana abierta. Me miró, pero ninguno de los dos dijo nada. Se la veía tan pálida que parecía enferma. El cuarto estaba limpio y ordenado, la puerta del baño entornada. Había unas treinta cajas de zapatos sobre el escritorio, pero desarmadas —de modo que no ocuparan tanto espacio— y apiladas prolijamente unas sobre otras. La jaula colgaba vacía cerca de la ventana. En la mesita de luz, junto al velador, el portarretrato que se había llevado de la casa de su madre. El pájaro se movió y sus patas se oyeron sobre el cartón, pero Sara permaneció inmóvil. Dejé la caja sobre el escritorio, salí del cuarto y cerré la puerta. Entonces me di cuenta de que no me sentía bien. Me apoyé en la pared para descansar un momento. Miré el folleto del criadero, que todavía llevaba en la mano. En el reverso había información acerca del cuidado del pájaro y sus ciclos de procreación. Resaltaban la necesidad de la especie de estar en pareja en los períodos cálidos y las cosas que podían hacerse para que los años de cautiverio fueran lo más amenos posible. Oí un chillido breve, y después la canilla de la pileta del baño. Cuando el agua empezó a correr me sentí un poco mejor y supe que, de alguna forma, me las ingeniaría para bajar las escaleras. Autor: Samanta Schweblin Título: Pájaros en la boca Publicado en: Pájaros en la boca (2009)
- "Elizabide el Vagabundo", cuento de Pío Baroja
Elizabide el Vagabundo Pío Baroja Zer zela uste zenuenenamoratzia?Sillan eseri etagitarra jotzia. (Canto popular) Muchas veces, mientras trabajaba en aquel abandonado jardín, Elizabide el Vagabundo se decía al ver pasar a Maintoni, que volvía de la iglesia: «¿Qué pensará? ¿Vivirá satisfecha?» ¡La vida de Maintoni le parecía tan extraña! Porque era natural que quien como él había andado siempre a la buena de Dios, rodando por el mundo, encontrara la calma y el silencio de la aldea deliciosos; pero ella, que no había salido nunca de aquel rincón, ¿no sentiría deseos de asistir a teatros, a fiestas o diversiones, de vivir otra vida más espléndida, más intensa? Y como Elizabide el Vagabundo no se daba respuesta a su pregunta, seguía removiendo la tierra con su azadón, filosóficamente. «Es una mujer fuerte —pensaba después—; su alma es tan serena, tan clara, que llega a preocupar. Una preocupación científica, sólo científica, eso, claro». Y Elizabide el Vagabundo, satisfecho de la seguridad que se concedía a sí mismo de que íntimamente no tomaba parte en aquella preocupación, seguía trabajando en el jardín abandonado de su casa. Era un tipo bastante curioso el de Elizabide el Vagabundo. Reunía todas las cualidades y defectos del vascongado de la costa; era audaz, irónico, perezoso, burlón. La ligereza y el olvido constituían la base de su temperamento; no daba importancia a nada, se olvidaba de todo. Había gastado casi entero su escaso capital en sus correrías por América, de periodista en un pueblo, de negociante en otro, aquí vendiendo ganado, allá comerciando en vinos. Estuvo muchas veces a punto de hacer fortuna, lo que no consiguió por indiferencia. Era de esos hombres que se dejan llevar por los acontecimientos sin protestar nunca. Su vida, él la comparaba con la marcha de uno de esos troncos que van por el río, que, si nadie los recoge, se pierden, al fin, en el mar. Su inercia y su pereza eran más de pensamiento que de manos; su alma huía de él muchas veces; le bastaba mirar el agua corriente contemplar una nube o una estrella, para olvidar el proyecto más importante de su vida, y cuando no lo olvidaba por esto, lo abandonaba por cualquier otra cosa, sin saber por qué, muchas veces. Últimamente se había encontrado en una estancia del Uruguay, y como Elizabide era agradable en su trato y no muy desagradable en su aspecto, aunque tenía ya sus treinta y ocho años, el dueño de la estancia le ofreció la mano de su hija, una muchacha bastante fea, que estaba en amores con un mulato. Elizabide, a quien no le parecía mal la vida salvaje de la estancia, aceptó, y ya estaba para casarse cuando sintió la nostalgia de su pueblo, del olor a heno de sus montes, del paisaje brumoso de la tierra vascongada. Como en sus planes no entraban las explicaciones bruscas, una mañana, al amanecer, advirtió a los padres de su futura que iba a ir a Montevideo a comprar el regalo de bodas; montó a caballo, y luego en el tren, llegó a la capital, se embarcó en un transatlántico, y después de saludar cariñosamente la tierra hospitalaria de América, se volvió a España. Llegó a su pueblo, un pueblecillo de la provincia de Guipúzcoa; abrazó a su hermano Ignacio, que estaba allí de boticario; fue a ver a su nodriza, a quien prometió no hacer ninguna escapatoria más, y se instaló en su casa. Cuando corrió por el pueblo la voz de que no sólo no había hecho dinero en América, sino que lo había perdido, todo el mundo recordó que antes de salir de la aldea ya tenía fama de fatuo, de insustancial y de vagabundo. Él no se preocupaba absolutamente nada por estas cosas, cavaba en su huerta, y en los ratos perdidos trabajaba en construir una canoa para andar por el río, cosa que a todo el pueblo indignaba. Elizabide el Vagabundo creía que su hermano Ignacio, la mujer y los hijos de este le desdeñaban, y por eso no iba a visitarlos más que de cuando en cuando; pero pronto vio que su hermano y su cuñada le estimaban y le hacían reproches porque no iba a verlos. Elizabide comenzó a acudir a casa de su hermano con más frecuencia. La casa del boticario estaba a la salida del pueblo, completamente aislada; por la parte que miraba al camino tenía un jardín rodeado de una tapia, y por encima de ella salían ramas de laurel de un verde oscuro que protegían algo la fachada del viento del Norte. Pasando el jardín estaba la botica. La casa no tenía balcones, sino sólo ventanas, y estas abiertas en la pared, sin simetría alguna; quizá esto era debido a que algunas de ellas estaban tapiadas. Al pasar en el tren o en el coche por las provincias del Norte, ¿no habéis visto casas solitarias que, sin saber por qué, os daban envidia? Parece que allá dentro se debe de vivir bien, se adivina una existencia dulce y apacible; las ventanas, con cortinas, hablan de interiores casi monásticos, de grandes habitaciones amuebladas con arcas y cómodas de nogal, de inmensas camas de madera; de una existencia tranquila, sosegada, cuyas horas pasan lentas, medidas por el viejo reloj de alta caja, que lanza en la noche su sonoro tic-tac. La casa del boticario era de estas; en el jardín se veían jacintos, heliotropos, rosales y enormes hortensias, que llegaban hasta la altura de las ventanas del piso bajo. Por encima de la tapia del jardín caían como en cascada un torrente de rosas blancas, sencillas, que en vascuence se llaman txoruak (‘locas’) por lo frívolas que son y por lo pronto que se marchitan y se caen. Cuando Elizabide el Vagabundo fue a casa de su hermano, ya con más confianza, el boticario y su mujer, seguidos de todos los chicos, le enseñaron la casa, limpia, clara y bienoliente; después fueron a ver la huerta, y aquí Elizabide el Vagabundo vio por primera vez a Maintoni, que, con la cabeza cubierta con un sombrero de paja estaba recogiendo guisantes en la falda del delantal. Elizabide y ella se saludaron fríamente. «Vamos hacia el río —le dijo a su hermana la mujer del boticario—. Diles a las chicas que lleven el chocolate allí.» Maintoni se fue hacia la casa, y los demás, por una especie de túnel largo, formado por perales que tenían las ramas extendidas como las varillas de un abanico, bajaron a una plazoleta que estaba junto al río, entre árboles, en donde había una mesa rústica y un banco de piedra. El sol, al penetrar entre el follaje, iluminaba el fondo del río, y se veían las piedras redondas del cauce y los peces que pasaban lentamente, brillando como si fueran de plata. La tarde era de una tranquilidad admirable; el cielo, azul, puro y tranquilo. Antes de caer la tarde, las dos muchachas de casa del boticario vinieron con bandejas en la mano, trayendo chocolate y bizcochos. Los chicos se abalanzaron sobre los bizcochos como fieras. Elizabide el Vagabundo habló de sus viajes, contó algunas aventuras y tuvo suspensos de sus labios a todos. Sólo ella, Maintoni, pareció no entusiasmarse gran cosa con aquellas narraciones. —Mañana vendrás, tío Pablo, ¿verdad? —le decían los chicos. —Sí, vendré. Y Elizabide el Vagabundo se marchó a su casa y pensó en Maintoni y soñó con ella. La veía, en su imaginación, tal cual era: chiquitilla, esbelta, con sus ojos negros, brillantes, rodeada de sus sobrinos, que la abrazaban y la besuqueaban. Como el mayor de los hijos del boticario estudiaba el tercer año del Bachillerato, Elizabide se dedicó a darle lecciones de francés, y a estas lecciones se agregó Maintoni. Elizabide comenzaba a sentirse preocupado con la hermana de su cuñada, tan serena, tan inmutable; no se comprendía si su alma era un alma de niña, sin deseos ni aspiraciones, o si era una mujer indiferente a todo lo que no se relacionase con las personas que vivían en su hogar. El vagabundo la solía mirar absorto. «¿Qué pensará?», se preguntaba. Una vez se sintió atrevido, y le dijo: —Y usted ¿no piensa casarse, Maintoni? —¡Yo! ¡Casarme! —¿Por qué no? —¿Quién va a cuidar de los chicos si me caso? Además, yo ya soy neskazarra (solterona) —contestó ella, riéndose. —¡A los veintisiete años solterona! Entonces yo, que tengo treinta y ocho, debo de estar en el último grado de la decrepitud. Maintoni a esto no dijo nada; no hizo más que sonreír. Aquella noche Elizabide se asombró al ver lo que le preocupaba la Maintoni. «¿Qué clase de mujer es esta? —se decía—. De orgullosa no tiene nada, de romántica, tampoco, y, sin embargo…» En la orilla del río, cerca de un estrecho desfiladero, brotaba una fuente, que tenía un estanque profundísimo; el agua parecía allí de cristal por lo inmóvil. «Así era, quizá, el alma de Maintoni —se decía Elizabide—, y, sin embargo…» Sin embargo, a pesar de sus definiciones, la preocupación no se desvanecía; al revés, iba haciéndose mayor. Llegó el verano; en el jardín de la casa del boticario reuníase toda la familia, Maintoni y Elizabide el Vagabundo. Nunca fue este tan exacto como entonces, nunca tan dichoso y tan desgraciado, al mismo tiempo. Al anochecer, cuando el cielo se llenaba de estrellas y la luz pálida de Júpiter brillaba en el firmamento, las conversaciones se hacían más íntimas, más familiares, coreadas por el canto de los sapos. Maintoni se mostraba más expansiva, más locuaz. A las nueve de la noche, cuando se oía el sonar de los cascabeles de la diligencia que pasaba por el pueblo, con un gran farol sobre la capota del pescante, se disolvía la reunión, y Elizabide se marchaba a su casa, haciendo proyectos para el día de mañana, que giraban siempre alrededor de Maintoni. A veces, desalentado, se preguntaba: «¿No es imbécil haber recorrido el mundo para venir a caer en un pueblecillo y enamorarse de una señorita de aldea?». ¡Y quién se atrevía a decir nada a aquella mujer tan serena, tan impasible! Fue pasando el verano, llegó la época de las fiestas, y el boticario y su familia se dispusieron a celebrar la romería de Arnazábal, como todos los años. —¿Tú también vendrás con nosotros? —le preguntó el boticario a su hermano. —Yo, no. —¿Por qué no? —No tengo ganas. —Bueno, bueno; pero te advierto que te vas a quedar solo, porque hasta las muchachas vendrán con nosotros. —¿Y usted también? —dijo Elizabide a Maintoni. —Sí. ¡Ya lo creo! A mí me gustan mucho las romerías. —No hagas caso, que no es por eso —replicó el boticario—. Va a ver al médico de Arnazábal, que es un muchacho joven, que el año pasado le hizo el amor. —¿Y por qué no? —exclamó Maintoni, sonriendo. Elizabide el Vagabundo palideció, enrojeció; pero no dijo nada. La víspera de la romería, el boticario le volvió a preguntar a su hermano: —Conque vienes, ¿o no? —Bueno. Iré —murmuró el vagabundo. Al día siguiente se levantaron temprano y salieron del pueblo; tomaron la carretera, y después, siguiendo veredas, atravesando prados cubiertos de altas hierbas y de purpúreas digitales, se internaron en el monte. La mañana estaba húmeda, templada; el campo, mojado por el rocío; el cielo, azul muy pálido, con algunas nubecillas blancas que se deshilachaban en estrías tenues. A las diez de la mañana llegaron a Arnazábal, un pueblo en un alto, con su iglesia, su juego de pelota en la plaza y dos o tres calles formadas por caseríos. Entraron en el caserío propiedad de la mujer del boticario y pasaron a la cocina. Allí comenzaron los agasajos y los grandes recibimientos de la vieja de la casa, que abandonó su labor de echar ramas al fuego y de mecer la cuna de un niño; se levantó del fogón bajo, en donde estaba sentada, y saludó a todos, besando a Maintoni, a su hermana y a los chicos. Era una vieja flaca, acartonada, con un pañuelo negro en la cabeza. Tenía la nariz larga y ganchuda, boca sin dientes, la cara llena de arrugas y el pelo blanco. —Y ¿vuestra merced es el que estaba en las Indias? —preguntó la vieja a Elizabide, encarándose con él. —Sí, yo era el que estaba allá. Como habían dado las diez, y a esta hora empezaba la misa mayor, no quedaba en casa más que la vieja. Todos se dirigieron a la iglesia. Antes de comer, el boticario, ayudado de su cuñada y de los chicos, disparó desde una ventana del caserío una barbaridad de cohetes, y después bajaron todos al comedor. Había más de veinte personas en la mesa, entre ellos el médico del pueblo, que se sentó cerca de Maintoni y tuvo para ella y para su hermana un sinfín de galanterías y de oficiosidades. Elizabide el vagabundo sintió una tristeza tan grande en aquel momento, que pensó en dejar la aldea y volverse a América. Durante la comida, Maintoni le miraba mucho a Elizabide. «Es para burlarse de mí —pensaba este—. Ha sospechado que la quiero, y coquetea con el otro. El golfo de Méjico tendrá que ser otra vez conmigo.» Al terminar la comida eran más de las cuatro; había comenzado el baile. El médico, sin separarse de Maintoni, seguía galanteándola, y ella mirando a Elizabide. Al anochecer, cuando la fiesta estaba en su esplendor comenzó el aurresku. Los muchachos, agarrados de las manos, iban dando vuelta a la plaza, precedidos de los tamborileros; dos de los mozos se destacaron, se hablaron, parecieron vacilar, y descubriéndose, con las boinas en la mano, invitaron a Maintoni para ser la primera, la reina del baile. Ella trató de disuadirlos en vascuence; miró a su cuñado, que sonreía; a su hermana, que también sonreía, y a Elizabide, que estaba fúnebre. «Anda, no seas tonta», le dijo su hermana. Y comenzó el baile, con todas sus ceremonias y saludos, recuerdos de una edad primitiva y heroica. Concluido el aurresku, el boticario sacó a bailar el fandango a su mujer, y el médico a Maintoni. Oscureció. Fueron encendiéndose hogueras en la plaza, y la gente fue pensando en la vuelta. Después de tomar chocolate en el caserío, la familia del boticario y Elizabide emprendieron el camino hacia casa. A lo lejos, entre los montes, se oían los irrintzi de los que volvían de la romería, gritos como relinchos salvajes. En las espesuras brillaban los gusanos de luz como estrellas azuladas, y los sapos lanzaban su nota de cristal en el silencio de la noche serena. De cuando en cuando, al bajar alguna cuesta al boticario se le ocurría que se agarraran todos de la mano, y bajaban la cuesta cantando: Aita, San AntonioUrkiolakoa.Askoren bihotzekosantu debotua. A pesar de que Elizabide quería alejarse de Maintoni, con la cual estaba indignado, dio la coincidencia de que ella se encontraba junto a él. Al formar la cadena, ella le daba la mano, una mano pequeña, suave y tibia. De pronto, al boticario, que iba el primero, se le ocurría pararse y empujar para atrás, y entonces se daban encontronazos los unos contra los otros, y, a veces, Elizabide recibía en sus brazos a Maintoni. Ella reñía alegremente a su cuñado y miraba al vagabundo, siempre fúnebre. —Y usted, ¿por qué está tan triste? —le preguntó Maintoni, con voz maliciosa, y sus ojos negros brillaron en la noche. —¡Yo! No sé. Esta maldad de hombre que, sin querer, le entristecen las alegrías de los demás. —Pero usted no es malo —dijo Maintoni, y le miró tan profundamente con sus ojos negros, que Elizabide el Vagabundo se quedó tan turbado, que pensó que hasta las mismas estrellas notarían su turbación. —No, no soy malo —murmuró Elizabide—; pero soy un fatuo, un hombre inútil, como dice todo el pueblo. —¿Y eso le preocupa a usted, lo que diga la gente que no lo conoce? —Sí; temo que sea la verdad, y para un hombre que tendrá que marcharse otra vez a América es un temor grave. —¿Marcharse? ¿Se va usted a marchar? —murmuró Maintoni con voz triste. —Sí. —Pero ¿por qué? —¡Oh! A usted no se lo puedo decir. —¿Y si yo lo adivinara? —Entonces lo sentiría mucho, porque se burlaría usted de mí, que soy viejo… —¡Oh, no! —Que soy pobre. —No importa. —¡Oh, Maintoni! ¿De veras? ¿No me rechazaría usted? —No, al revés. —Entonces… ¿me querrás como yo te quiero? …murmuró Elizabide el Vagabundo en vascuence. —Siempre, siempre… Y Maintoni inclinó su cabeza sobre el pecho de Elizabide, y este la besó en su cabellera castaña. —¡Maintoni! ¡Aquí! —le dijo su hermana; y ella se alejó de él; pero se volvió a mirarle una vez, y muchas. Y siguieron todos andando hacia el pueblo por los caminos solitarios. En derredor vibraba la noche llena de misterios; en el cielo palpitaban los astros. Elizabide el Vagabundo, con el corazón anegado de sensaciones, inefables, sofocado de felicidad, miraba con los ojos muy abiertos una estrella lejana, muy lejana, y le hablaba en voz baja… FIN Autor: Pío Baroja Título: Elizabide el Vagabundo Publicado en: Idilios vascos (1902)
- "El lobo", cuento de Hermann Hesse
El lobo Hermann Hesse Nunca en las montañas francesas había habido un invierno tan terriblemente largo y frío. Desde hacía semanas, el aire era claro y helado. De día, los grandes glaciares inclinados se extendían infinitos y de un blanco mate bajo el cielo de un color azul muy vivo; de noche, la luna, clara y pequeña, pasaba por encima de ellos; una luna gélida, de un brillo amarillento, cuya luz intensa adquiría tonos azules y broncos en la nieve, y parecía la personificación misma de la helada. Los hombres evitaban todos los caminos, y especialmente las cumbres; ateridos y maldicientes, permanecían en las cabañas de sus aldeas, cuyas ventanas, enrojecidas, brillaban y se extinguían pronto, por la noche, de un modo turbio y humoso, junto a la luz azulada de la luna. Eran tiempos difíciles para los animales de la región. Los más pequeños perecían helados en gran cantidad; también los pájaros sucumbían a la helada, y los flacos cadáveres servían de botín a los azores y a los lobos. Pero también éstos pasaban tremendas penalidades a causa del frío y el hambre. Sólo unas pocas familias de lobos habitaban el lugar, y la necesidad los empujó a estrechar los vínculos. Se pasaron días andando solos. Aquí y allá, uno de ellos avanzaba por la nieve, flaco, hambriento y al acecho, silencioso y esquivo como un fantasma. Su delgada sombra se deslizaba junto a él por la nevada superficie. Tendía al viento, husmeando, su hocico puntiagudo, y dejaba oír de vez en cuando un aullido seco y atormentado. Pero por la noche se juntaban todos y rodeaban las aldeas con roncos aullidos. En ellas, el ganado y las aves de corral estaban a buen recaudo, y, tras los sólidos postigos, había carabinas apoyadas en la pared. Pocas veces obtenían un pequeño botín, por ejemplo, un perro, y habían sido ya abatidos dos miembros de la manada. El frío persistía. A menudo, los lobos yacían juntos, silenciosos y ensimismados, dándose calor unos a otros, y acechaban ansiosos el yermo sin vida, hasta que uno, atormentado por los crueles martirios del hambre, saltaba de pronto con tremendos aullidos. Los demás volvían entonces sus hocicos hacia él y estallaban todos juntos en un alarido terrible, amenazador y plañidero. Finalmente, la parte más pequeña de la manada se decidió a emigrar. De madrugada, abandonaron sus guaridas, se reunieron y, llenos de miedo y excitación, husmearon el aire helado. Luego partieron con un trote rápido y regular. Los que se quedaban los siguieron con unos ojos muy abiertos y vidriosos, trotaron tras ellos algunas docenas de pasos, se detuvieron indecisos y desconcertados, y regresaron lentamente a las guaridas vacías. Los emigrantes se separaron al llegar el mediodía. Tres de ellos se dirigieron al Este, hacia el Jura suizo, y los demás continuaron hacia el Sur. Los tres primeros eran unos animales hermosos y fuertes, pero terriblemente enflaquecidos. El vientre estrecho y de color claro era delgado como una correa; las costillas sobresalían de un modo lamentable; las fauces estaban secas, y los ojos, abiertos y desesperados. Los tres penetraron juntos en el Tura, y al segundo día cobraron un carnero; al tercer día, un perro y un potro; pero se vieron acosados furiosamente por todas partes por la población campesina. En la comarca, abundante en pueblecitos y pequeñas ciudades, cundió el pánico ante aquellos intrusos inesperados. Los trineos del correo fueron armados, y nadie podía ir de un pueblo a otro sin fusil. En la región desconocida, después de un botín tan bueno, los tres animales se sentían a la vez cómodos y amedrentados; se volvieron más temerarios que nunca y penetraron en pleno día en el establo de una hacienda. Bramidos de vacas, crujidos de maderas que se partían, ruidos de cascos de caballos y jadeos anhelantes llenaron el espacio cálido y angosto. Pero esta vez hubo gente que intervino. Se puso precio a los lobos y esto redobló el valor de los campesinos. Dos de ellos sucumbieron; uno con el cuello atravesado por una bala de fusil; el otro, abatido a hachazos. El tercero escapó y corrió hasta caer medio muerto en la nieve. Era el más joven y hermoso de los lobos, una bestia orgullosa, de enorme fuerza y formas esbeltas. Permaneció largo tiempo jadeante en el suelo. Círculos de un rojo sangriento flotaban en remolino ante sus ojos, y de vez en cuando lanzaba un doloroso gemido sibilante. Un hachazo le había alcanzado el lomo. Pero se recuperó y pudo volver a levantarse. Sólo entonces se dio cuenta de lo mucho que se había alejado. No se veían seres humanos ni edificios por parte alguna. Muy cerca se alzaba una gran montaña cubierta de nieve. Era el Chasseral. Decidió rodearla. Como le atormentaba la sed arrancó pequeños bocados de la dura costra helada de la nevada superficie. Al otro lado de la montaña se encontró en seguida con una aldea. Caía la noche. Esperó en un espeso bosque de abetos. Después se deslizó con precaución alrededor de los vallados, siguiendo el olor a establos calientes. No había nadie en la calle. Con temor y codicia, anduvo parpadeando por entre las casas. Sonó un disparo. Levantaba la cabeza y tomaba impulso para echar a correr, cuando estalló un segundo disparo. Le había alcanzado. Su vientre blanquecino aparecía manchado de sangre en uno de los flancos, y la sangre caía en gruesas gotas persistentes. No obstante, consiguió escapar a grandes saltos y alcanzar el bosque del otro lado de la montaña. Allí esperó unos instantes al acecho y oyó voces y pasos que se acercaban por dos lados. Angustiado, levantó los ojos hacia la montaña. Era escarpada, boscosa y de difícil ascenso. Pero no había otra alternativa. Jadeante, empezó a encaramarse por la abrupta pendiente, mientras, abajo, una confusión de blasfemias, órdenes y luces de linternas se extendía a lo largo de la montaña. El lobo herido se enfilaba tembloroso a través del bosque de abetos en la penumbra, mientras la sangre parduzca iba goteando lentamente de su flanco. El frío había disminuido. Al Oeste, el cielo aparecía vaporoso y parecía anunciar una nevada. Al fin, el agotado animal llegó a la cumbre. Estaba sobre una gran extensión nevada, ligeramente inclinada, cerca del Mont Crosin, muy por encima de la aldea de la que había escapado. No tenía hambre, pero sentía un dolor persistente y apagado que le venía de la herida. Un ladrido ronco y enfermizo salía de su hocico colgante; el corazón le palpitaba de un modo pesado y doloroso, y sentía la mano de la muerte oprimiéndole como una carga indeciblemente difícil de soportar. Le atraía un abeto de ancho ramaje, separado de los demás. Allí se sentó y dirigió una mirada turbia a la terrible noche nevada. Pasó media hora. Entonces cayó sobre la nieve una luz de un rojo tenue, suave y extraña. El lobo se incorporó con un gemido y volvió la hermosa cabeza hacia la luz. Era la luna que, gigantesca y roja como la sangre, salía por el Sureste y se alzaba lentamente en el cielo turbio. Hacía muchas semanas que no había sido tan grande y roja. Los ojos del animal agonizante se clavaban tristemente en el opaco disco lunar, y nuevamente un débil aullido resonó con un estertor, sordo y doloroso, en la noche. Se aproximaron pasos y luces. Campesinos embutidos en gruesos capotes, cazadores y jóvenes con gorros de piel y pesadas polainas, venían pisando la nieve. Sonaron gritos de júbilo. Habían descubierto el lobo moribundo; dispararon contra él dos tiros, que no dieron en el blanco. Luego vieron que se estaba muriendo, y cayeron sobre él con palos y estacas. Pero él ya no sentía nada. Con los miembros destrozados, lo bajaron arrastrándolo hasta St. Immer. Reían, se ufanaban, se prometían unos buenos vasos de aguardiente y café, cantaban, renegaban. Ninguno de ellos veía la belleza del bosque nevado, ni el brillo de las cumbres, ni la luna roja que flotaba sobre el Chasseral y cuya luz tenue se reflejaba en los cañones de sus fusiles, en los cristales de la nieve y en los ojos vidriosos del lobo abatido. FIN (1903) Autor: Hermann Hesse Título: El lobo Título Original: Der Wolf Publicado en: Am Weg, 1915 Traducción: Manuel Olasagasti – Feliu Formosa
- "El niño-estrella", cuento de Oscar Wilde
El niño-estrella Oscar Wilde A la señorita Margot Tennant Había una vez dos pobres leñadores que volvían a su casa a través de un gran pinar. Era invierno, y hacía una noche de intenso frío. Había una espesa capa de nieve en el suelo y en las ramas de los árboles; la helada hacía chasquear continuamente las ramitas a ambos lados a su paso; y cuando llegaron a la cascada de la montaña la encontraron suspendida inmóvil en el aire, pues la había besado el rey del hielo. Tanto frío hacía que ni siquiera los pájaros ni los demás animales entendían lo que ocurría. —¡Uf! —gruñía el lobo, mientras iba renqueando a través de la maleza con el rabo entre las patas—, hace un tiempo enteramente monstruoso. ¿Por qué no toma medidas el gobierno? —¡Uit!, ¡uit!, ¡uit! —gorjeaban los verdes pardillos—, la vieja tierra se ha muerto, y la han sacado afuera con su blanca mortaja. —La tierra se va a casar, y este es su traje de novia —se decían las tórtolas una a otra cuchicheando. Tenían las patitas rosas llenas de sabañones, pero sentían que era su deber tomar un punto de vista romántico sobre la situación. —¡Tonterías! —refunfuñó el lobo—. Os digo que la culpa la tiene el gobierno, y si no me creéis os comeré. El lobo tenía una mente completamente práctica, y siempre tenía a punto un buen razonamiento. —Bueno, por mi parte —dijo el picoverde, que era un filósofo nato— no me interesa una teoría pormenorizada de explicaciones. Las cosas son como son, y ahora hace un frío terrible. Y un frío terrible hacía, ciertamente. Las pequeñas ardillas, que vivían en el interior del alto abeto, no hacían más que frotarse mutuamente el hocico para entrar en calor, y los conejos se hacían un ovillo en sus madrigueras, y no se aventuraban ni siquiera a mirar afuera. Los únicos que parecían disfrutar eran los grandes búhos con cuernos. Tenían las plumas completamente tiesas por la escarcha, pero no les importaba, y movían en redondo sus grandes ojos amarillos, y se llamaban unos a otros a través del bosque: —¡Tu-uit! ¡Tu-ju! ¡Tu-uit! ¡Tu-ju! ¡Qué tiempo tan delicioso tenemos! Los dos leñadores seguían su camino, soplándose con fuerza los dedos y golpeando con sus enormes botas con refuerzos de hierro la nieve endurecida. En una ocasión se hundieron en un ventisquero profundo y salieron tan blancos como molineros cuando las muelas están moliendo; y una vez resbalaron en el hielo duro y liso donde estaba helada el agua de la tierra pantanosa, y se les cayeron los haces de su carga, y tuvieron que recogerlos y volverlos a atar; y otra vez pensaron que habían perdido el camino, y se apoderó de ellos un gran terror, pues sabían que la nieve es cruel con los que duermen en sus brazos. Pero pusieron su confianza en el buen San Martín, que vela por todos los viajeros, y volvieron sobre sus pasos, y caminaron con cautela, y al fin llegaron al lindero del bosque, y vieron allá abajo en el valle, a sus pies, las luces del pueblo en el que vivían. Tan gozosos estaban de haber salido, que se pusieron a reír a carcajadas, y la tierra les pareció como una flor de plata, y la luna como una flor de oro. Sin embargo, después de haberse reído se pusieron tristes, pues recordaron su pobreza, y uno de ellos dijo al otro: —¿Por qué nos hemos alegrado, viendo que la vida es para los ricos, y no para los que son como nosotros? Más valdría que nos hubiéramos muerto de frío en el bosque, o que alguna bestia salvaje hubiera caído sobre nosotros y nos hubiera matado. —Verdaderamente —contestó su compañero—, mucho se les da a unos y poco se les da a otros. La injusticia ha parcelado el mundo, y nada está dividido por igual, si no es el sufrimiento. Pero mientras estaban lamentándose mutuamente de su miseria ocurrió una cosa extraña: cayó del cielo una estrella muy brillante y hermosa. Se deslizó por el firmamento, dejando atrás a las otras estrellas en su curso, y, mientras la miraban asombrados, les pareció que se hundía detrás de un bosquecillo de sauces que había muy cerca de un pequeño redil, no más que a un tiro de piedra de distancia. —¡Mira! ¡Vaya una vasija llena de oro para el que la encuentre! —gritaron. Y se echaron a correr, ¡tanta ansia tenían por el oro! Y uno de ellos corrió más deprisa que su compañero, y le adelantó, y abriéndose paso a través de los sauces salió al otro lado, y ¡qué maravilla!; había de verdad algo que era de oro sobre la nieve blanca. Así que se fue aprisa hacia ello, y agachándose puso las manos encima, y era un manto de tisú de oro, extrañamente tejido con estrellas y doblado en muchos pliegues. Y gritó a su camarada que había encontrado el tesoro que había caído del cielo; y cuando llegó su compañero se sentaron en la nieve y deshicieron los dobleces del manto para repartirse las monedas de oro. Pero ¡ay!, dentro no había oro, ni plata, ni en verdad ningún tesoro de ninguna clase, sino sólo un niño pequeño que estaba dormido. Y uno de ellos dijo al otro: —Éste es un amargo final de nuestras esperanzas, y no tenemos buena fortuna, pues ¿de qué provecho es un niño para un hombre? Dejémoslo aquí y sigamos nuestro camino, dado que somos hombres pobres y tenemos hijos propios cuyo pan no podemos dar a otro. Pero su compañero le replicó: —No, sería una mala acción dejar al niño perecer aquí en la nieve, y aunque yo soy tan pobre como tú y tengo muchas bocas que alimentar y muy poco en la olla, sin embargo, me lo llevaré a casa conmigo, y mi mujer le cuidará. Así que levantó al niño con mucha ternura, y le envolvió en el manto para protegerle del frío crudo, e hizo el camino al pueblo bajando la colina, con su compañero muy sorprendido de su necedad y blandura de corazón. Y cuando llegaron al pueblo su compañero le dijo: —Tú tienes el niño; por tanto, dame el manto, pues estaba convenido que nos lo repartiríamos. Pero él le replicó: —No, pues el manto no es ni mío ni tuyo, sino sólo del niño. Y le dijo que fuera con Dios, y fue a su propia casa y llamó a la puerta. Y cuando su mujer abrió la puerta y vio que su marido había vuelto sano y salvo, le echó los brazos al cuello y le besó, y le quitó de la espalda la carga de haces de leña, y le quitó con un cepillo la nieve de las botas, y le pidió que entrara. Pero él le dijo: —He encontrado algo en el bosque y te lo he traído para que lo cuides. Y no se movió del umbral. —¿Qué es? —exclamó ella—. Enséñamelo, pues la casa está vacía y necesitamos muchas cosas. Y él retiró el manto y le mostró al niño dormido. —¡Ay, buen hombre! —murmuró—, ¿no tenemos bastantes hijos propios, para que tú tengas que traer otro ajeno abandonado que se siente al amor de la lumbre? ¿Y quién sabe si no nos traerá la desgracia? ¿Y cómo le vamos a mantener? Y se puso furiosa contra él. —Es un niño-estrella —replicó él. Y le contó el modo extraño en que le habían encontrado. Pero ella no quiso apaciguarse, sino que se burlaba de él, y le habló muy enfadada, y gritó: —Nuestros hijos no tienen pan, ¿y vamos a dar de comer a un hijo ajeno? ¿Quién se preocupa por nosotros? ¿Y quién nos da de comer? —No, no. Dios cuida hasta de los gorriones, y los alimenta —respondió él. —¿No se mueren los gorriones de hambre en el invierno? —preguntó ella—. ¿Y no es invierno ahora? Y el hombre no contestó nada, pero no se meneó del umbral. Y un viento cortante del bosque entraba por la puerta abierta, y le hacía a ella tiritar; y se estremeció y dijo: —¿No quieres cerrar la puerta? Entra en la casa un viento cortante, y tengo frío. —En una casa donde hay un corazón duro ¿no entra siempre un viento cortante? Y la mujer no contestó nada, pero se deslizó más cerca del fuego. Y al cabo de un rato se volvió y le miró, y tenía los ojos llenos de lágrimas. Y él entró a toda prisa, y le puso al niño en los brazos, y ella le besó, y le acostó en una camita donde estaba acostado el más pequeño de sus propios hijos. Y por la mañana el leñador, cogió el curioso manto de oro y lo metió en un gran cofre, y una cadena de ámbar que llevaba el niño alrededor del cuello la cogió su mujer y la metió en el cofre también. Así es que el niño-estrella se crió con los hijos del leñador, y se sentaba a la misma mesa con ellos, y era su compañero de juegos. Y cada año se volvía más hermoso a la mirada, de modo que todos los que vivían en el pueblo estaban llenos de asombro, pues mientras que todos ellos eran morenos y de pelo negro, él era blanco y delicado como el marfil de los cisnes, y sus rizos eran como los anillos del asfódelo. Sus labios, también, eran como los pétalos de una flor roja, y eran sus ojos como violetas junto a un río de agua pura, y su cuerpo como el narciso de un campo al que no va el segador. Sin embargo, su belleza le acarreó el mal, pues se volvió orgulloso, cruel y egoísta. A los hijos del leñador y a los otros niños del pueblo los despreciaba, diciendo que eran de familia de poca monta, mientras que él era noble, habiendo nacido de una estrella; y se hacía su señor y les llamaba siervos suyos. No tenía compasión de los pobres, ni de los ciegos, ni de los lisiados, ni de los que estaban de algún modo afligidos, sino que acostumbraba a tirarles piedras y echarles al camino, y solía decirles que se fueran a otra parte a mendigar el pan; así que nadie, a excepción de los proscritos, iba dos veces a aquel pueblo a pedir limosna. Verdaderamente estaba como prendado de la belleza, y se burlaba de los achacosos y de los poco favorecidos, y se chanceaba de ellos; y estaba enamorado de sí mismo; y en verano, cuando los vientos estaban en calma, solía recostarse junto al pozo del huerto del cura y mirar la maravilla de su propio rostro, y reír por el placer que encontraba en su propia belleza. Con frecuencia le reprendían el leñador y su mujer, y decían: —A ti no te hemos tratado como tratas tú a los que están afligidos y no tienen a nadie que les socorra. ¿Por qué eres tan cruel con todos los que necesitan compasión? A menudo le mandaba llamar el viejo sacerdote, e intentaba enseñarle el amor a las criaturas vivientes, diciéndole: —La mosca es hermana tuya, no le hagas daño. Las aves del campo que vagan por el bosque tienen su libertad, no las cojas a lazo para tu placer. Dios hizo al gusano ciego y al topo, y cada uno tiene su puesto. ¿Quién eres tú para llevar el sufrimiento al mundo de Dios? Hasta el ganado del campo le alaba. Pero el niño-estrella no hacía caso de sus palabras, sino que solía fruncir el ceño y burlarse, y volver con sus compañeros a capitanearles. Y sus compañeros le seguían, pues era hermoso y tenía los pies ligeros, y sabía bailar, tocar el caramillo y hacer música. Y adondequiera que el niño-estrella les dirigiera, le seguían, y cualquier cosa que el niño-estrella les dijera, la hacían. Y cuando atravesó con una caña afilada los ojos turbios del topo, se rieron, y cuando tiraba piedras a los leprosos, se reían también. Y en todas las cosas les gobernaba; y se volvieron duros de corazón, como era él. Y pasó un día por el pueblo una pobre mendiga. Llevaba la ropa desgarrada y harapienta, y le sangraban los pies por lo áspero del camino en el que había caminado, y estaba en un estado lamentable. Y sintiéndose cansada se sentó al pie de un roble a descansar. Pero cuando la vio el niño-estrella, dijo a sus compañeros: —¡Mirad! Ahí está una pordiosera asquerosa sentada bajo ese árbol hermoso de hojas verdes. ¡Venid!, vamos a echarla de ahí, pues es fea y desagradable. Así es que se acercó y la apedreó, y se mofó de ella; y ella le miró con terror en los ojos, y no apartaba la vista de él. Y cuando vio el leñador, que estaba partiendo leños en una leñera cercana, lo que estaba haciendo el niño-estrella, se echó a correr y le reprendió, diciéndole: —Verdaderamente eres duro de corazón y no conoces la compasión, pues, ¿qué mal te ha hecho esta pobre mujer para que la trates de este modo? Y el niño-estrella se puso rojo de ira y dio una patada en el suelo, y dijo: —¿Quién eres tú para preguntarme a mí lo que hago? No soy hijo tuyo para que tenga que hacer lo que tú me mandes. —Dices verdad —replicó el leñador—; sin embargo, yo te mostré compasión cuando te encontré en el bosque. Y al oír la mujer estas palabras lanzó un fuerte grito y cayó desmayada. Y el leñador se la llevó a su casa, y su mujer la cuidó, y cuando volvió en sí del desmayo pusieron ante ella comida y bebida y le pidieron que recobrara fuerzas. Pero ella no quiso ni comer ni beber, y dijo al leñador: —¿No dijiste que el niño fue encontrado en el bosque? ¿Y no ocurrió eso hoy hace diez años? Y el leñador contestó: —Sí, fue en el bosque donde le encontré, y eso ocurrió hoy hace diez años. —¿Y qué señales encontraste con él? —exclamó ella—. ¿No llevaba al cuello una cadena de ámbar? ¿No tenía envolviéndole un manto de tisú de oro con estrellas bordadas? —Así es en verdad —contestó el leñador—; fue como dices. Y sacó el manto y la cadena de ámbar del cofre donde estaban y se los enseñó. Y cuando ella los vio lloró de alegría y dijo: —Es mi hijito al que perdí en el bosque. Te ruego que le mandes llamar en seguida, pues en su busca he vagado por el mundo entero. Así que el leñador y su mujer salieron y llamaron al niño-estrella, y le dijeron: —Entra en casa y encontrarás allí a tu madre, que te está esperando. Entró, pues, corriendo, lleno de sorpresa y con gran alegría. Pero cuando vio a la que estaba esperando allí, se rió desdeñosamente y dijo: —Y bien, ¿dónde está mi madre? No veo a nadie aquí más que a esta asquerosa mendiga. Y la mujer le replicó: —Yo soy tu madre. —Tú estás loca para decir tal cosa —gritó el niño-estrella furioso—. Yo no soy hijo tuyo, pues tú eres una mendiga fea y harapienta. Así que ¡vete de aquí!, ¡y que no vea más tu sucia cara! —No, tú eres de verdad mi hijito, a quien di a luz en el bosque —exclamó. Y cayó de rodillas y le tendió los brazos. —Los ladrones te robaron llevándote de mi lado y te abandonaron para que murieras —murmuró—, pero yo te reconocí en cuanto te vi, y las señales también las he reconocido: el manto de tisú de oro y la cadena de ámbar. Por tanto, te ruego que vengas conmigo, pues por el mundo entero he vagado en busca tuya. ¡Ven conmigo, hijo mío!, porque tengo necesidad de tu cariño. Pero el niño-estrella no se movió de su sitio, sino que cerró para ella las puertas de su corazón; ni tampoco se oyó sonido alguno, excepto el que hacía la mujer llorando de aflicción. Y al fin le habló él, y su voz era dura y amarga: —Si de verdad eres mi madre —dijo—, hubiera sido mejor que te hubieras quedado lejos y no hubieras venido aquí a avergonzarme, puesto que yo creía que era hijo de alguna estrella, y no el hijo de una mendiga, como me dices que soy. Por tanto, vete de aquí y que no te vea más. —¡Ay, hijo mío! —exclamó ella—, ¿no quieres besarme antes de que me vaya?, pues he sufrido mucho para encontrarte. —No —dijo el niño-estrella—, eres demasiado repugnante para mirarte, y preferiría besar a una víbora o a un sapo mejor que a ti. Así es que la mujer se levantó y se fue al bosque llorando amargamente; y cuando el niño-estrella vio que se había ido se alegró, y volvió corriendo con sus compañeros de juegos para jugar con ellos. Pero al verle llegar, se burlaron de él y dijeron: —¡Mira!, eres tan feo como un sapo, y tan repugnante como una víbora. Vete de aquí, pues no te dejaremos jugar con nosotros. Y le echaron del jardín. Y el niño-estrella frunció el ceño y se dijo por lo bajo: «¿Qué es lo que me dicen? Iré al pozo de agua y me miraré en él, y él me hablará de mi belleza». Así que fue al pozo de agua y miró en él, y ¡vaya sorpresa!, su cara era como la cara de un sapo, y su cuerpo tenía escamas como el de una víbora. Y se arrojó sobre la hierba y se echó a llorar, y se dijo a sí mismo: «Seguro que esto me ha pasado por mi pecado, pues he renegado de mi madre y la he echado, y he sido orgulloso y cruel con ella. Por tanto, iré a buscarla por el mundo entero y no descansaré hasta que no la haya encontrado». Y vino a él la hija pequeña del leñador, y poniéndole la mano en el hombro le dijo: —¿Qué importa que hayas perdido tu hermosura? Quédate con nosotros, y yo no me reiré de ti. Y él le dijo: —No; he sido cruel con mi madre, y como castigo se me ha enviado este mal. Por ello debo irme de aquí, y vagar por el mundo hasta que la encuentre y me perdone. Así que se fue corriendo al bosque y llamó a su madre para que acudiera adonde él estaba, pero no hubo ninguna respuesta. Todo el día la estuvo llamando, y cuando se puso el sol se echó a dormir en un lecho de hojas, y los pájaros y los demás animales huían de él, porque recordaban su crueldad; y estaba solo, a excepción del sapo que le miraba y de la lenta víbora que pasaba arrastrándose. Y a la mañana se levantó, y recogió moras amargas de los árboles y las comió, y emprendió el camino a través del gran bosque, llorando con gran aflicción. Y a todos los seres que veía les preguntaba si por casualidad habían visto a su madre. Le dijo al topo: —Tú que puedes meterte dentro de la tierra, dime: ¿está mi madre allí? Y el topo replicó: —Tú has cegado mis ojos, ¿cómo habría de saberlo yo? Le dijo al pardillo: —Tú que puedes volar sobre las copas de los altos árboles y puedes ver el mundo entero, dime: ¿puedes ver a mi madre? Y el pardillo replicó: —Tú me has cortado las alas para divertirte, ¿cómo podría yo volar? Y a la pequeña ardilla que vivía en el abeto y estaba sola le dijo: —¿Dónde está mi madre? Y la ardilla contestó: —Tú has matado a la mía. ¿Estás intentando matar a la tuya también? Y el niño-estrella lloraba y bajaba la cabeza, y pedía perdón a las criaturas de Dios, y seguía a través del bosque buscando a la mendiga. Y al tercer día llegó al otro lado del bosque y bajó a la llanura. Y cuando pasaba por los pueblos los niños se reían de él y le tiraban piedras, y los campesinos no le dejaban ni siquiera dormir en los graneros, no fuera que llevara el moho al grano almacenado, tan repugnante era a la vista; y los jornaleros le echaban, y no había nadie que se compadeciera de él. Ni podía tener noticias en ninguna parte de la mendiga que era su madre, aunque por espacio de tres años vagó por el mundo, y con frecuencia le parecía que la veía en el camino enfrente de él, y solía llamarla y correr tras ella hasta que los guijarros cortantes le hacían sangrar los pies. Pero no podía alcanzarla, y los que vivían al borde del camino siempre negaban haberla visto, o haber visto a alguien que se pareciera a ella, y se burlaban de su dolor. Por espacio de tres años vagó por el mundo, y en el mundo no había para él ni amor ni tierna bondad ni caridad, sino que era un mundo tal como el que se había hecho para sí en los días de su gran orgullo. Y un atardecer llegó a la puerta de una ciudad fuertemente amurallada, situada junto a un río, y aunque estaba cansado y con los pies doloridos quiso entrar en ella. Pero los soldados que estaban de guardia cruzaron la entrada con sus alabardas y le dijeron con brusquedad: —¿Qué te trae por la ciudad? —Estoy buscando a mi madre —contestó—, y os ruego que me permitáis pasar, pues puede que esté en esta ciudad. Pero ellos se burlaron de él, y uno sacudió su negra barba, dejó en el suelo su escudo y exclamó: —Verdaderamente, tu madre no se va a poner contenta cuando te vea, pues eres más feo que el sapo de las tierras encharcadas, o que la víbora que se arrastra en el pantano. ¡Fuera de aquí!, ¡fuera de aquí! Tu madre no vive en esta ciudad. Y otro, que tenía un pendón amarillo en la mano, le dijo: —¿Quién es tu madre y por qué la estás buscando? Y él contestó: —Mi madre es una mendiga, lo mismo que yo, y la he tratado mal, y os ruego que me permitáis pasar para que ella me perdone, si es que se aloja en esta ciudad. Pero no quisieron, y le pincharon con sus lanzas. Y al volverse llorando, llegó uno, cuya armadura llevaba incrustadas flores doradas y en cuyo yelmo había un león con alas tumbado, y preguntó a los soldados quién era el que pedía entrada. Y ellos le dijeron: —Es un mendigo, hijo de una mendiga, y le hemos echado. —No —exclamó riendo—; venderemos a este ser repugnante como esclavo, y su precio será el precio de un cuenco de vino dulce. Y un viejo mal encarado que pasaba por allí les gritó y dijo: —Le compro por ese precio. Y cuando hubo pagado el precio tomó al niño-estrella de la mano y le condujo dentro de la ciudad. Y después de que hubieron atravesado muchas calles llegaron a una puertecilla de una tapia que estaba cubierta por un granado. Y el viejo tocó la puerta con un anillo de jaspe grabado y se abrió, y bajaron cinco escalones de bronce y entraron en un jardín lleno de adormideras negras y de verdes jarros de barro cocido. Y el viejo sacó entonces de su turbante una banda de seda estampada con figuras, y tapó con él los ojos del niño-estrella, y le llevó por delante de él. Y cuando le quitaron la banda de los ojos, el niño-estrella se encontró en una mazmorra que estaba iluminada por una linterna de asta. Y el viejo le puso ante él pan enmohecido en un tajo de madera, y dijo: —Come. Y agua salobre en una taza, y dijo: —Bebe. Y cuando hubo comido y bebido, salió el viejo, cerrando la puerta tras él y asegurándola con una cadena de hierro. Y a la mañana, el viejo, que era en realidad el más sutil de los magos de Libia y había aprendido su arte de uno que moraba en las tumbas del Nilo, entró donde él estaba y, frunciendo el ceño, le dijo: —En un bosque que está cerca de la puerta de esta ciudad de infieles hay tres monedas de oro. Una es de oro blanco, y otra es de oro amarillo, y el oro de la tercera es rojo. Hoy me traerás la moneda de oro blanco, y si no me la traes cuando vuelvas, te daré cien latigazos. Vete deprisa, y a la puesta del sol te estaré esperando a la puerta del jardín. Mira de traer el oro blanco, o lo pasarás mal, pues eres mi esclavo, y te he comprado por el precio de un cuenco de vino dulce. Y le vendó los ojos al niño-estrella con la banda de seda estampada con figuras, y le guió a través de la casa y a través del jardín de adormideras, y le hizo subir las cinco gradas de bronce. Y habiendo abierto la puertecilla con el anillo le puso en la calle. Y el niño-estrella salió de la puerta de la ciudad, y llegó al bosque del que le había hablado el mago. Y este bosque era muy hermoso si se le veía desde afuera, y parecía lleno de aves cantoras y de flores de suave fragancia, y el niño-estrella entró en él alegremente. Sin embargo, de poco le sirvió esa belleza, pues dondequiera que iba brotaban del suelo duros escaramujos y espinos y le cercaban, y le picaban ortigas venenosas, y el cardo le pinchaba con sus dagas, de modo que estaba con dolorosa angustia. Y no podía encontrar en ninguna parte la moneda de oro blanco de que había hablado el mago, aunque la estuvo buscando desde la mañana hasta el mediodía y desde el mediodía hasta la puesta del sol. Y a la puesta del sol volvió su rostro hacia la casa, llorando amargamente, pues sabía qué destino le esperaba. Pero cuando había llegado al lindero del bosque oyó un grito que venía de la maleza, como de quien está presa del dolor. Y olvidando su propio sufrimiento volvió corriendo a aquel lugar, y vio allí a una pequeña liebre cogida en una trampa que algún cazador le había tendido. Y el niño-estrella se compadeció de ella y la soltó; y le dijo: —Yo mismo no soy más que un esclavo, pero, sin embargo, puedo darte a ti la libertad. Y la liebre le contestó: —Ciertamente, tú me has dado la libertad, ¿y qué voy a darte yo a cambio? Y el niño-estrella le dijo: —Estoy buscando una moneda de oro blanco, y no puedo encontrarla en ninguna parte, y si no se la llevo a mi amo me pegará. —Ven conmigo —dijo la liebre—, y te llevaré hasta ella, pues sé dónde está escondida y con qué fin. Así que el niño-estrella se fue con la liebre, y, ¡vaya sorpresa!, en la cavidad de un gran roble vio la moneda de oro blanco que estaba buscando. Y se llenó de alegría y la cogió, y dijo a la liebre: —El servicio que yo te he prestado tú me lo has devuelto con creces, y la bondad que te mostré me la has pagado cien veces. —No, no —replicó la liebre—; según me trataste, así te traté yo. Y se fue corriendo velozmente, y el niño-estrella se fue hacia la ciudad. Ahora bien: a la puerta de la ciudad estaba sentado uno que era leproso. Sobre el rostro llevaba colgado un capuchón de lino gris, y a través de las aberturas le brillaban los ojos como carbones encendidos. Y al ver llegar al niño-estrella, golpeó en una escudilla de madera, e hizo sonar la campanilla, y le llamó a gritos, y dijo: —Dame una moneda, o me moriré de hambre, pues me han arrojado de la ciudad y no hay nadie que se apiade de mí. —¡Ay! —exclamó el niño-estrella—. No tengo más que una moneda en mi bolsa, y si no se la llevo a mi amo me pegará, pues soy su esclavo. Pero el leproso le imploró y le rogó, hasta que el niño-estrella se apiadó y le dio la moneda de oro blanco. Y cuando llegó a casa del mago, le abrió él, y le condujo dentro y le dijo: —¿Tienes la moneda de oro blanco? Y el niño-estrella contestó: —No la tengo. Así es que el mago se arrojó sobre él y le pegó, y le puso delante un tajo vacío, y dijo: —Come. Y una taza vacía, y dijo: —Bebe. Y le volvió a arrojar a la mazmorra. Y a la mañana fue el mago en su busca, y dijo: —Si no me traes hoy la moneda de oro amarillo, te aseguro que seguiré teniéndote como esclavo y te daré trescientos latigazos. Así que el niño-estrella fue al bosque, y a lo largo de todo el día estuvo buscando la moneda de oro amarillo, pero en ninguna parte pudo encontrarla. Y a la puesta del sol se sentó y se echó a llorar, y cuando estaba llorando se le acercó la pequeña liebre que había rescatado de la trampa. Y la liebre le dijo: —¿Por qué lloras? ¿Y qué estás buscando en el bosque? Y el niño-estrella contestó: —Estoy buscando una moneda de oro amarillo que está escondida aquí, y si no la encuentro mi amo me pegará, y hará que siga siendo esclavo. —Sígueme —exclamó la liebre. Y corrió por el bosque hasta que llegó a una charca de agua. Y en el fondo de la charca estaba la moneda de oro amarillo. —¿Cómo he de darte las gracias? —dijo el niño-estrella—, pues, ¡mira!, esta es la segunda vez que has venido en mi socorro. —No, no. Tú te compadeciste de mí primero —dijo la liebre. Y se fue corriendo velozmente. Y el niño-estrella cogió la moneda de oro amarillo y la metió en su bolsa, y fue presuroso a la ciudad. Pero el leproso le vio llegar y corrió a su encuentro, se puso de rodillas y gritó: —Dame una moneda o me moriré de hambre. Y el niño-estrella le dijo: —No tengo más que una moneda de oro amarillo en mi bolsa, y si no se la llevo a mi amo me pegará, y hará que siga siendo su esclavo. Pero el leproso le imploró dolorosamente, de modo que el niño-estrella se apiadó de él y le dio la moneda de oro amarillo. Y cuando llegó a casa del mago, le abrió él, y le hizo entrar, y le dijo: —¿Tienes la moneda de oro amarillo? Y el niño-estrella le dijo: —No la tengo. Así es que el mago se arrojó sobre él y le pegó, y le cargó de cadenas y le echó de nuevo a la mazmorra. Y al día siguiente llegó a él el mago, y dijo: —Si hoy me traes la moneda de oro rojo te daré la libertad, pero si no la traes ten por seguro que te mataré. Así que el niño-estrella se fue al bosque, y a lo largo de todo el día estuvo buscando la moneda de oro rojo, pero no pudo encontrarla en parte alguna. Y al atardecer se sentó y se echó a llorar, y cuando estaba llorando se le acercó la pequeña liebre. Y la liebre le dijo: —La moneda de oro rojo que buscas está en la caverna que hay detrás de ti. Por tanto, no llores más y ponte alegre. —¿Cómo he de recompensarte? —exclamó el niño-estrella—, pues, ¡mira!, esta es la tercera vez que has venido en mi socorro. —No, no. Tú te compadeciste de mí primero —dijo la liebre. Y se fue corriendo velozmente. Y el niño-estrella entró en la caverna, y en el rincón del fondo encontró la moneda de oro rojo. Así es que la metió en su bolsa y se fue presuroso a la ciudad. Y el leproso al verle llegar se puso en medio del camino, y le dijo a grandes gritos: —Dame la moneda de oro rojo, o de lo contrario tengo que morir. Y el niño-estrella volvió a apiadarse de él, y le dio la moneda de oro rojo diciendo: —Tu necesidad es mayor que la mía. No obstante, tenía el corazón oprimido, pues sabía la suerte que le esperaba. Pero ¡oh, maravilla!, al pasar por la puerta de la ciudad, los centinelas se inclinaron y le rindieron pleitesía, diciendo: —¡Qué hermoso es nuestro señor! Y una multitud de ciudadanos le seguía y gritaba: —¡Ciertamente no hay nadie tan hermoso en el mundo entero! Así que el niño-estrella se puso a llorar, y se decía: «Se están mofando de mí, y tomando a broma mi tristeza». Y tan grande era la concurrencia de gente, que perdió el camino, y se encontró finalmente en una gran plaza, en la que había un palacio real. Y la puerta del palacio se abrió, y los sacerdotes y los altos dignatarios de la ciudad corrieron a su encuentro, y se prosternaron ante él, y le dijeron: —Tú eres nuestro señor, a quien esperábamos, y el hijo de nuestro rey. Y el niño-estrella les respondió y dijo: —Yo no soy hijo de rey, sino hijo de una pobre mendiga. Y ¿cómo decís que soy hermoso, sabiendo como sé que soy horrible a la vista? Entonces, aquel cuya armadura llevaba incrustadas flores doradas y en cuyo yelmo había un león con alas tumbado, sostuvo en alto un escudo, y exclamó: —¿Cómo dice mi señor que no es hermoso? Y el niño-estrella miró, y ¡qué prodigio! Su rostro era lo mismo que había sido en otro tiempo, y había vuelto su belleza; y vio en sus ojos lo que no había visto antes. Y los sacerdotes y los altos dignatarios hincaron la rodilla y le dijeron: —Estaba profetizado desde antiguo que en este día llegaría el que había de gobernar sobre nosotros. Por tanto, tome vuestra señoría esta corona y este cetro, y sea en justicia y en misericordia nuestro rey sobre nosotros. Pero él les dijo: —Yo no soy digno, pues he renegado de la madre que me dio el ser, y no puedo descansar hasta que la haya encontrado, y sepa que me perdona. Por tanto, dejad que me vaya, pues debo seguir vagando por el mundo, y no puedo detenerme aquí aunque me deis la corona y el cetro. Y mientras así hablaba apartó el rostro de ellos y lo volvió hacia la calle que conducía a la puerta de la ciudad y, ¡oh, sorpresa!, entre la multitud que se apiñaba alrededor de los soldados vio a la mendiga que era su madre, y a su lado el leproso que estaba sentado a la vera del camino. Y un grito de alegría se escapó de sus labios, y se echó a correr, y arrodillándose besó las heridas de los pies de su madre y los bañó con sus lágrimas. Humilló la cabeza en el polvo y, sollozando como quien tiene el corazón a punto de romperse, le dijo: —Madre, renegué de ti en la hora de mi orgullo. Acéptame en la hora de mi humildad. Madre, yo te di odio. ¿Me darás tú amor, madre? Yo te rechacé. Recibe ahora a tu hijo. Pero la mendiga no le respondía una palabra. Y él tendió las manos y abrazó los blancos pies del leproso, y le dijo: —Tres veces tuve misericordia de ti, ruega a mi madre que me hable una vez. Pero el leproso no le respondió palabra alguna. Y él volvió a sollozar y dijo: —Madre, mi sufrimiento es mayor de lo que puedo soportar. Dame tu perdón y deja que me vuelva al bosque. Y la mendiga le puso la mano sobre la cabeza y le dijo: —¡Levántate! Y el leproso le puso la mano sobre la cabeza y le dijo también: —¡Levántate! Y se puso en pie y les miró, y, ¡oh, maravilla!: eran un rey y una reina. Y la reina le dijo: —Éste es tu padre a quien tú has socorrido. Y dijo el rey: —Ésta es tu madre, cuyos pies has bañado con tus lágrimas. Y se arrojaron a su cuello y le besaron, y le llevaron a palacio, y le vistieron con hermosos ropajes, y le pusieron la corona en la cabeza y el cetro en la mano. Y sobre la ciudad que estaba edificada junto al río gobernó, y fue su señor. Mucha justicia y misericordia mostró a todos, y al mago malvado le desterró, y al leñador y a su mujer les envió muchos ricos dones, y a sus hijos les concedió altos honores. Y no consintió que nadie fuera cruel con los pájaros ni con ningún animal; por el contrario, enseñó el amor y la tierna bondad y la caridad, y a los pobres les dio pan, y a los desnudos les dio vestido, y hubo paz y abundancia en el país. No obstante, no gobernó mucho tiempo; tan grandes habían sido sus sufrimientos, y tan amargo el fuego de su prueba, que murió al cabo de tres años. Y el que le sucedió gobernó perversamente. FIN Autor: Oscar Wilde Título: El niño-estrella Título Original: The Star-Child Publicado en: A House of Pomegranates (1891) Traducción: Jaime Valero
- "El murciélago es mi hermano", cuento de Robert Bloch
El murciélago es mi hermano Robert Bloch Alguna vez te has preguntado cómo es posible que no haya más vampiros…¡pues cada víctima del vampiro se convierte en uno de ellos! I Comenzó en el crepúsculo… un crepúsculo que no pude contemplar. Mis ojos se abrieron a la oscuridad, y durante unos instantes me pregunté si aún estaba dormido y soñando. Entonces deslicé las manos hacia abajo y sentí el forro barato del ataúd, y supe que la pesadilla era real. Quise gritar, pero ¿quién iba a oírme a través de los dos metros de tierra que cubrían la fosa del cementerio? Lo mejor era reservar el aliento e intentar conservar la razón. Yacía boca arriba, rodeado de una impenetrable oscuridad. Las negras, frías, húmedas tinieblas de lo muerto. No podía recordar cómo había llegado aquí, ni qué terrible error había hecho que me enterraran prematuramente. Lo único que sabía era que estaba vivo pero que, incapaz de huir, pronto mi estado sería consustancial con todo lo que me rodeada. Entonces sucedió algo que no puedo recordar con detalle. La madera astillándose, un excavar desenfrenado entre la tierra poco apelmazada de la fosa, mi respiración sofocada por la histeria mientras me abría paso hacia la superficie y la cordura del mundo que había encima. Por fin salí. Tengo que agradecer mi liberación a la pobreza, la pobreza que había hecho que me enterraran en un ataúd poco sólido y sin sellar dentro de una fosa común. Cubierto de pegajoso barro, empapado de un sudor frío, sacudido por un profundo asco, pude escapar a rastras de las garras de la muerte. La bruma se deslizaba entre las tumbas y, un poco a mi izquierda, la luna espiaba a las legiones de sombras que conquistaban el mundo en el nombre de la Noche. Me erguí jadeando bajo la mirada deslumbrante de la luna, y desee abandonar aquel lugar antes de que los árboles revelasen mi secreto a los innumerables muertos sin nombre. A pesar de mis deseos, tuvieron que pasar varios minutos antes de que reuniera las fuerzas necesarias para permanecer en pie sin estremecerme. Di una bocanada llena de niebla y putrefacción; luego me dirigí hacia la senda. En ese momento apareció la figura. Se deslizaba como una sombra entre las sombras más profundas que habitaban debajo de los árboles, y cuando la luz de la luna iluminó un rostro humano sentí que mi corazón explotaba de alegría. Corrí hacia la figura, las palabras pugnaban por salir de mi boca a borbotones. —¿Puede ayudarme? —farfullé—. Mire lo que ha pasado… me han enterrado vivo… Estaba atrapado… dentro de la fosa… He salido… lo entenderá… No puedo recordar cómo ha sucedido… ¿me ayudará? Asintió con la cabeza en completo silencio. Me detuve, intentando recuperar la compostura, buscando mi razón perdida. —Esto es muy embarazoso —dije, más tranquilo—. En realidad, no tengo derecho a solicitar su ayuda. Ni tan siquiera sé quién es. La voz que surgió de las tinieblas tan sólo era un susurro, pero todas y cada una de sus palabras resonaron como un trueno en mi cerebro. —Soy un vampiro —dijo el desconocido. Locura . Me di la vuelta para huir, pero la voz me persiguió. —Sí, soy un vampiro —dijo—. Y… ¡tú también! II Entonces debí de desmayarme. Debí de desmayarme y él tuvo que sacarme del cementerio, pues al abrir de nuevo los ojos yacía en un sofá de su casa. Las paredes cubiertas de paneles eran muy altas y las sombras se agrupaban más allá de la luz de la vela. Me senté, parpadeando, y contemplé al desconocido que se inclinaba hacia mí. Ahora podía verle bien y me sentía asombrado. Era de mediana estatura, el pelo gris, bien afeitado y vestía un discreto traje negro. A primera vista parecía alguien perfectamente normal. Mientras su rostro se acercaba pude observarle desde más cerca, e intenté traspasar la máscara de su aparente cordura, pugnando por descubrir la locura que se ocultaba tras aquella prosaica apariencia exterior de ropas y piel. Le contemplé y descubrí algo peor que la simple locura. A aquella distancia su semblante se hallaba iluminado cruelmente por la luz. Vi la palidez cerúlea de su piel y, lo que era aún peor, unas peculiares ondulaciones. Tenía toda la cara y la garganta cubiertas por una red de diminutas arrugas, y cuando sonreía parecía una momia. Sí, su rostro era blanco y estaba cubierto de arrugas; blanco, rugoso y muerto hace mucho tiempo. Sólo los ojos y los labios parecían vivos, eran rojos… demasiado rojos . Un rostro tan blanco como la carne muerta, unos ojos y labios tan rojos como la sangre. Olía a moho . Todas estas sensaciones se me hicieron patentes después de que hablara. Su voz sonaba igual que el aullido del viento sobre las coronas de flores que colocan en las tumbas. —¿Estás despierto? Eso es bueno. —¿Dónde estoy? ¿Quién eres? —Hice las preguntas aunque me aterrorizaban las posibles respuestas. Estas no se hicieron esperar. —Te encuentras en mi casa. Aquí estarás a salvo, creo. En cuanto a mí, soy tu guardián. —¿Guardián? Sonrió. Vi sus dientes. Nunca había visto nada igual, excepto en las fauces de las bestias carnívoras. Y aun así, ¿no era eso la respuesta? —Estás desconcertado, amigo mío. Es completamente normal. Y por eso necesitas un guardián. Hasta que conozcas las sendas de tu nueva vida yo debo protegerte —asintió—. Sí, Graham Keene, yo te protegeré. —Graham Keene. Era mi nombre. Ahora lo sabía. Pero ¿cómo lo sabía él? —¡Por todos los santos, dime que es lo que me ha pasado! —grité. Me dio unas palmaditas en el hombro. Incluso a través de la ropa pude notar el contacto helado de sus pálidos dedos. Se deslizaron por mi cuello como gusanos, como escurridizos gusanos blancos… —Cálmate —me dijo—. Ya sé que es un terrible shock . Entiendo que estés confuso. Si puedes tranquilizarte un poco y me escuchas, creo que podré explicártelo todo. Le escuché. —Para empezar, tienes que aceptar ciertas evidencias. La primera es que eres un vampiro. —Pero… Frunció los labios, esos labios demasiado rojos, y asintió. —Desgraciadamente, no hay dudas acerca de eso. ¿Puedes decirme cómo te las arreglaste para salir de la tumba? —No. No lo recuerdo. Debo de haber sufrido un ataque cataléptico. El shock hizo que entrase en un estado de amnesia. Pero me recuperaré. Estoy bien, debo estarlo. Las palabras parecían huecas, a pesar de haber salido de mi garganta. —Quizás. Pero yo creo que no —suspiró—. Puedo probar tu condición con suma facilidad. ¿Podrías decirme qué ves detrás de ti, Graham Keene? —¿Detrás? —Sí, en la pared. Miré. —No veo nada. —Exactamente. —Pero… — ¿Dónde está tu sombra? Miré de nuevo. No había ninguna sombra, ninguna silueta. Durante unos instantes perdí el juicio. Luego le miré. —Tú tampoco tienes sombra —exclamé triunfante—. ¿Qué prueba eso? —Que soy un vampiro —dijo con calma—. Y que tú también lo eres. —Eso no tiene sentido. Se trata de un efecto de la luz —me burlé. —¿Todavía escéptico? Explícame entonces esta ilusión óptica —dijo, ofreciéndome un objeto brillante con su mano huesuda. Lo cogí, sujetándolo. Se trataba de un simple espejo de mano. —Mira. Miré. El espejo resbaló de entre mis dedos y cayó al suelo. —¡No refleja nada! —murmuré. —Los vampiros no se reflejan en los espejos. —Su voz era suave. Parecía que estuviera razonando con un niño. —Si dudas aún —insistió—, te recomiendo que te tomes el pulso. Intenta sentir los latidos de tu corazón. ¿Alguna vez has intentado escuchar el sonido de la esperanza dentro de tu interior… sabiendo que es lo único que puede salvarte? ¿Alguna vez lo has hecho y no has podido oír nada? ¿Nada, excepto el silencio de la muerte ? Entonces lo supe, sin ningún género de dudas. Era un No-Muerto… un No-Muerto que no tiene sombra, cuya imagen no se refleja en los espejos, cuyo corazón está en silencio para siempre, pero cuyo cuerpo vive, vive, y camina y se alimenta. ¡Se alimenta! Pensé en los labios rojos de mi acompañante y en sus dientes afilados. Pensé en la luz que llameaba en aquellos ojos. El fulgor del hambre. ¿Hambre de qué? ¿Cuándo empezaré a sentir hambre? Él debió de intuir la pregunta, ya que en seguida volvió a hablar. —Finalmente te has dado cuenta de que te digo la verdad. Eso está bien. Debes aceptar tu nueva condición y prepararte luego para llevar a cabo los ajustes necesarios. Tienes que aprender muchas más cosas para poder sobrellevar los siglos que te quedan por delante. —Para empezar, tengo que decirte que muchas de las supersticiones comunes sobre nosotros —la gente como nosotros— son falsas. Igual podía haber estado hablando del tiempo atmosférico por la expresión que mostraba su cara. Pero yo no pude evitar un escalofrío de asco ante sus palabras. —Dicen que no soportamos el ajo. Eso es mentira. Dicen que no podemos atravesar los cursos de agua. Otra mentira. Dicen que, durante el día, tenemos que reposar bajo la tierra de nuestras sepulturas. Una estupidez pintoresca y sin sentido. »Tan sólo estas cosas, y sólo éstas, son ciertas. Recuérdalas, pues serán muy importantes para ti en el futuro. Tenemos que dormir por el día y sólo podemos levantarnos al caer el sol. Al amanecer, un aletargamiento insuperable se adueña de nuestros sentidos y caemos en una especie de coma hasta el crepúsculo. No tenemos por qué dormir dentro de un ataúd, eso es una estupidez melodramática, ¡te lo aseguro! Pero es mejor reposar en la oscuridad, a salvo de ser descubiertos por los hombres. »No sé por qué es así, como tampoco sé mucho más de lo relativo a la enfermedad. Pues, como ya sabes, el vampirismo es una enfermedad. Sonrió al decirlo. Yo no. Yo gemía. —Sí, es una enfermedad. Y, además, contagiosa, que se transmite de manera clásica, con una mordedura. Como la rabia. Nadie sabe por qué el cuerpo vuelve a la vida después de la muerte. Ni tampoco por qué necesitamos un alimento especial para subsistir. El coma en el que entramos durante el día tiene una explicación médica más sencilla. Quizás se trata de algún tipo de alergia a los rayos directos del sol. »Estoy interesado en esas cuestiones y las he investigado. »En los siglos venideros podré investigar el problema a conciencia. Seguramente ayudará a perpetuar mi existencia, y también la tuya. Su voz era ahora más severa. Sus finos dedos se agitaban en el aire con nerviosismo. —Piensa un momento en ello, Graham Keene —susurró—. Olvida esas morbosas y terroríficas supersticiones y encara la realidad. »Recuerda cómo eras antes de despertar bajo el crepúsculo. ¡Imagínate que aún sigues ahí dentro, en el ataúd, dormido para siempre! ¡Muerto, muerto para toda la eternidad! »¡Sí, piensa y da gracias! Ya nunca morirás. Las armas no pueden hacerte daño, no estás expuesto a las enfermedades ni al paso del tiempo. Eres inmortal. ¡Te enseñaré a vivir como un dios! Se puso serio. —Pero eso puede esperar. Primero tenemos que atender nuestras necesidades. Quiero que me escuches atentamente. Deja a un lado tus prejuicios estúpidos y escúchame. Voy a revelarte todo lo necesario sobre nuestra alimentación. »No es sencillo, ya lo sabes. »No existen colegios en los que puedas aprender lo que tienes que hacer. No hay cursillos a distancia ni libros que puedan informarte. Tienes que aprenderlo todo por tu propia cuenta. Todo. »Incluso algo tan sencillo y vital como morder una garganta, usando correctamente los incisivos, es un asunto completamente personal. »Tómalo como un pequeño detalle, un simple ejemplo. Para empezar, tienes que seguir a pies juntillas la trinidad clásica: el tiempo, el lugar y la muchacha. »Cuando estés preparado, debes hacerle creer que vas a besarla. Las manos detrás de sus orejas. Esto es importante, sujetar su cuello con fuerza y en el ángulo adecuado. »Debes sonreír todo el tiempo, sin permitir que tu expresión o el brillo de los ojos te traicionen. Luego inclinas la cabeza, le besas el cuello. Si está relajada, acercas los labios a la base del cuello, los abres sigilosamente y dejas los incisivos en posición. »Al mismo tiempo — tiene que ser al mismo tiempo— deslizas la mano izquierda hacia arriba para taparle la boca. Con la derecha coges sus manos y se las pones detrás de la espalda. Ya no es necesario sujetarle el cuello. Los dientes se encargan de eso. Entonces, y sólo entonces, el instinto vendrá en tu ayuda. Tiene que ser entonces porque, una vez que has empezado, todo lo demás desaparece en medio de un remolino rojo y brumoso colmado de satisfacción. No puedo describir el tono de su voz mientras hablaba, ni los movimientos inconscientes que acompañaron su increíble alocución. Pero era muy fácil nombrar el sentimiento que apareció en sus ojos. Hambre. —Vamos, Graham Keene —susurró—. Debemos irnos. —¿Irnos? ¿Adónde? —A cenar —exclamó—. ¡A cenar! III Me guió a través de la casa y de una senda que serpenteaba por el jardín más allá del cercado. La luna estaba alta en el cielo y, mientras caminábamos sobre un acantilado sacudido por el viento, unas figuras aladas tejían una especie de tela de araña sobre la brillante faz de la luna. Mi acompañante se encogió de hombros. —Murciélagos —dijo. Y sonrió—. Dicen que tenemos el poder de cambiar de forma. Que podemos convertirnos en murciélagos o lobos. Ay, tan sólo es otra superstición. Ojalá fuera cierto. Nuestras vidas serían mucho más sencillas. En cambio, la búsqueda del sustento que nos proporcionan los mortales es dura. Pero pronto lo entenderás. Me eché hacia atrás. Su mano sujetó mi hombro con fría resolución. —¿Adónde me llevas? —pregunté. —A comer. La indecisión me abandonó. Emergí como de una pesadilla, intentando asirme a la razón. —No… no quiero —murmuré—. No puedo… —Debes hacerlo —dijo—. ¿Quieres volver a la tumba? —Lo prefiero —musité—. Sí, prefiero estar muerto. Sus dientes brillaron a la luz de la luna. —Eso es lo malo del asunto —dijo—. Ya no puedes morir. Si no te alimentas te sentirás débil, sí. Y parecerá que estás muerto. Si alguien te encuentra entonces, volverá a enterrarte. »Pero seguirás vivo ahí abajo. ¿Cómo podrás resistir el permanecer tumbado para siempre en esa oscuridad eterna… retorciéndote de dolor mientras te debilitas cada vez más… sufriendo los tormentos de un apetito feroz y los calambres de la desintegración? »¿Cuánto tiempo crees que podrás aguantar? ¿Cuánto tiempo antes de que tu cerebro se pudra? ¿Cuánto tiempo soportarás el conocimiento carnal del gusano devorador? ¿Acaso cuando seas simple polvo seguirás sufriendo la agonía? Su voz estaba llena de espanto. —Ése es el destino al que has escapado. Pero ese destino aún te aguarda si no vienes a cenar conmigo. »Además, créeme, no está tan mal. Y estoy seguro, amigo mío, de que empiezas a sentir las punzadas del hambre. Yo no podía, no me atreví a responder. Pues era cierto. Aun mientras él seguía hablando. Tenía hambre. Un apetito más voraz del que nunca había sentido antes. Llámese ansia, llámese deseo, llámese gula. Lo sentía, me roía las entrañas. La repugnancia desapareció, barrida por una necesidad creciente y espeluznante. —Sígueme —dijo, y yo le seguí. Le seguí por el acantilado y a través del desierto camino comarcal. Paramos repentinamente en la carretera. Un cartel de neón reluciente parpadeaba incongruentemente un poco más adelante. Leí el absurdo letrero. AUTOSERVICIO DANNY Mientras miraba el anuncio parpadeó. —Bien —susurró mi guardián—. Se acerca la hora. Deben de estar saliendo ahora. —¿Quién? —El señor Danny y su camarera. Ella sirve a los clientes en los automóviles. Siempre salen juntos, sé que es la hora de cerrar. Ven y haz lo que te he dicho. Le seguí carretera abajo. Sus pies sonaban en la grava que había delante del mostrador en tinieblas del autoservicio. Mi andar era nervioso. Me adelanté como impulsado por una mano gigantesca. La mano del hambre… Llegó a la puerta del mostrador. Sus dedos rasparon el cristal. Sonó una voz irritada. —¿Qué quiere? Estamos cerrando. —¿Puede atendernos? —No. Demasiado tarde. Váyase. —Pero estamos muy hambrientos. Casi sonreí. Sí, estábamos realmente hambrientos. —¡Fuera! —Danny no se sentía hospitalario en ningún sentido. —¿No podemos pedir nada? Danny permaneció en silencio durante un rato. Evidentemente, estaba considerando el asunto. Luego llamó a alguien que se encontraba en el interior de la casucha. —¡Marie! Hay un par de clientes aquí afuera. ¿Crees que podrás tomarles una nota rápida? —Oh, supongo que sí —La voz de la muchacha era suave y complaciente. ¿Sería ella también tan suave y complaciente? —De acuerdo. ¿Piensan comer afuera? —Mejor no. —Abre la puerta, Marie. Los zapatos de tacón alto de Marie repiquetearon en el suelo de madera. Abrió la puerta y parpadeó bajo la oscuridad exterior. Mi compañero dio un paso. De repente atrajo a la muchacha hacia fuera. —¡Ahora! —rugió. Arremetí contra ella en la oscuridad. Ya no recordaba sus instrucciones sobre eso de sonreírle todo el rato, o lo de poner las manos detrás de sus orejas. Lo único que veía era su cuello blanco, suave y liso, excepto en el sitio en el que una delgada vena sobresalía un poco. Quería tocar ese lugar de su cuello con los dedos, con los labios, con los dientes. Así que me la llevé a la oscuridad, y mis manos estaban sobre su boca, y podía oír el roce de sus tacones sobre la grava mientras tiraba de ella. Del interior de la casucha tan sólo surgió un largo gemido, y luego nada. Nada… excepto la palidez que iba cubriendo sus mejillas mientras mi rostro se afanaba sobre la palpitante vena… IV El sótano estaba helado, helado y en tinieblas. Me removí inquieto en el camastro y mis ojos parpadearon abriéndose a la oscuridad. Intenté ver algo mientras me sentaba y el frío abandonaba lentamente mis huesos. Me sentía débil, pesado, como un reptil aletargado. Bostecé, intentando recordar algo entre el laberinto rojo que envolvía mi mente. ¿Dónde estaba? ¿Cómo había llegado hasta aquí? ¿Qué había estado haciendo? Bostecé. Una mano se acercó a mi boca. Mis labios estaban cubiertos de una sustancia seca y descascarillada. Lo sentía… y entonces el recuerdo me invadió. La noche anterior, en el autoservicio, me había dado un banquete. Y luego… —¡No! —exclamé. —¿Has dormido? Bien. Mi huésped se erguía frente a mí. Me incorporé precipitadamente y le planté cara. —Dime que no es cierto —supliqué—. Dime que estaba soñando. —Lo estabas —respondió—. Cuando salí de la caseta estabas tumbado bajo los árboles, inconsciente. Te traje a casa antes de que saliera el sol y te acosté. Has estado soñando desde la aurora hasta el crepúsculo, Graham Keene. —¿Pero la noche anterior…? —Fue real. —¿Quieres decir que cogí a aquella muchacha y…? —Por supuesto —asintió—. Pero, vamos, debemos ir arriba y hablar un poco. Hay ciertas cosas que debo preguntarte. Subimos las escaleras lentamente hasta llegar a la planta baja. Ahora podía observar lo que me rodeaba con mayor objetividad. La casa era grande, y vieja. Aunque estaba amueblada en su totalidad, parecía, de alguna manera, deshabitada. Era como si nadie hubiera vivido en ella desde hacía mucho tiempo. En seguida recordé quién era mi huésped, y lo que era. Sonreí tristemente. En realidad era cierto. Nadie vivía en aquella casa. El polvo se acumulaba por todas partes y las arañas tejían sus decadentes diseños en las esquinas. Las sombras se apelotonaban en la oscuridad y trepaban por las decrépitas paredes. Pues las tinieblas y la decadencia formaban parte de aquel lugar. Entramos en el estudio en el que había despertado la noche anterior y, mientras tomaba asiento, mi guardián ladeó la cabeza hacia mí en una actitud interrogativa. —Hablemos con franqueza —empezó—. Quiero que me contestes una pregunta muy importante. —¿Sí? —¿Qué le hiciste? —¿Que qué le hice? —A la muchacha, la noche anterior. ¿Qué hiciste con su cuerpo? Me llevé las manos a la sien. —Todo está borroso. No puedo recordarlo. Apuntaba la cabeza hacia mí, los ojos llameantes. —Yo te diré lo que le hiciste —bramó—. Arrojaste su cuerpo al pozo. Vi cómo flotaba. —Sí —musité—. Ahora lo recuerdo. —Estúpido, ¿por qué lo hiciste? —Quería ocultarlo… Pensé que así no lo encontrarían… — ¡Pensaste! —el desprecio llenaba su voz—. No pensaste nada. ¿No te das cuenta? Ahora jamás volverá a levantarse. —¿Levantarse? —Sí, como tú. Levantarse para convertirse en uno de los nuestros. —Pero no lo entiendo. —Eso está muy claro —dio unos pasos por la habitación, luego me encaró de nuevo—. Ya veo que tengo que explicarte ciertas cosas. Quizás no debo maldecirte pues no te das cuenta de la situación. Ven conmigo. Me hizo una seña. Yo le seguí. Atravesamos el salón y entramos en una habitación grande y llena de estanterías. Obviamente, se trataba de la biblioteca. Encendió una lámpara y se detuvo. —Echa un vistazo —invitó—. Mira lo que quieras, amigo mío. Observé los títulos que había sobre las estanterías, todos ellos estampados en letras doradas, apenas visibles en los lomos de piel avejentada. Allí estaban los últimos tratados científicos y médicos, flanqueados por vetustos incunables. Los volúmenes más modernos versaban sobre psicopatología. Los más antiguos trataban claramente sobre magia negra. —Aquí está mi colección —susurró—. En ella encontrarás todo lo que se sabe, todo lo que se ha escrito sobre nosotros. —¿Una biblioteca sobre vampirismo? —Sí. Tarde décadas en completarla. —Pero ¿por qué? —Porque la sabiduría es poder. Y es el poder lo que yo busco. De repente, la cordura pareció abrirse paso en mi interior. Me sacudí la pesadilla que parecía envolverme y luché por encontrar un punto de vista objetivo. Una pregunta me rondaba el cerebro, y no hice nada por retenerla. —¿Quién eres? —inquirí—. ¿Cuál es tu nombre? Mi huésped sonrió. —No tengo nombre —respondió. —¿Ninguno? —Es triste, ¿verdad? Cuando me enterraron no hubo ningún amigo que se molestara en poner una lápida con mi nombre. Y al salir de la fosa nadie se encargó de guiarme y hablarme de mi pasado. Aquéllos eran unos tiempos brutales en la Prusia del Este de 1777. —¿Falleciste en 1777? —musité. —Por lo que puedo recordar —replicó, haciendo una mueca de desprecio—. Por eso es por lo que no sé mi nombre. En apariencia, debí de fallecer lejos de mi región natal, pues todas las investigaciones que llevé a cabo para saber quiénes eran mis padres fueron vanas, y tampoco encontré a nadie que pudiera reconocerme después de mi… mmm… resurrección. »Y por eso no tengo nombre, aunque sí muchos seudónimos. Durante las últimas diecisiete décadas he viajado lejos y conocido todas las costumbres de los hombres. No me apetece contarte ahora mi biografía. »Baste decir que, lentamente y de una manera gradual, mi conocimiento de las cosas del mundo se ha ido haciendo más vasto. Y que he desarrollado un plan. Con ese fin he acumulado riquezas y reunido una gran biblioteca como base de mis operaciones. »Espero que mis planes te interesen. Cuando los sepas te darás cuenta del porqué de mi enfado cuando arrojaste el cadáver al pozo. Se sentó. Yo le imité. Sentía que algo iba a acontecer. Estaba a punto de contarme algo, algo que yo ansiaba conocer, aunque también me daba miedo. Desveló el misterio con astucia, lentamente. —¿Alguna vez te has preguntado —comenzó— por qué no hay más vampiros en la tierra? —¿Qué quieres decir? —Piénsalo. Se dice, y es cierto, que las víctimas de los vampiros se convierten a su vez en nuevos vampiros. Estos hacen sus propias presas. ¿No sería razonable suponer que, en un corto lapso de tiempo y por pura progresión aritmética, el virus del vampirismo se extendería como una epidemia por el mundo? En otras palabras, ¿nunca te has preguntado cómo es posible que el mundo no esté lleno de vampiros a estas alturas? —Bueno, sí… aunque jamás he pensado en esas cosas. ¿Por qué es así? —pregunté. Me miró mientras levantaba un blanco dedo. Luego lo puso sobre mi pecho, acusadoramente. —Por culpa de estúpidos como tú. Estúpidos que arrojan a sus víctimas a un pozo, estúpidos cuyas víctimas son enterradas en ataúdes sellados, que ocultan los cuerpos o los hacen pedacitos para que nadie sospeche ni los encuentre. »Por eso pocos logran madurar. Y los más antiguos, como yo mismo, estamos sujetos a los estragos del tiempo. Podemos desintegrarnos, ya lo sabes. Que yo sepa, tan sólo existen unos cientos de vampiros hoy en día. Y sin embargo, si las nuevas víctimas tuvieran la posibilidad de desarrollarse, dispondríamos de un ejército en tan sólo un año. ¡En tres más habría millones! ¡En tan sólo diez podríamos conquistar el mundo! »¿Te das cuenta? Si no existiera la cremación, si se tuviera un poco de cuidado, podríamos dar por terminada nuestra existencia como criaturas nocturnas… ¡los hermanos de los murciélagos! ¡Ya no volveríamos a ser una leyenda, una minoría marginada, ni atenderíamos cada uno a nuestras propias leyes individuales! Su voz se elevó. También el pelo de mi nuca. Estaba empezando a comprenderlo… —Supón que aprovechamos los humildes instrumentos del destino —sugirió—. Esos tristes, despreocupados, ignorantes y despreciables hombrecitos… vigilantes de cementerios y tumbas. Una sonrisa retorcida iluminó su semblante. —Supón que los eliminamos. Que tomamos su puesto. Que ponemos vampiros en su lugar… hombres que irán a los cementerios y liberarán a las víctimas de sus mordeduras antes de que los cuerpos estén fríos y sin vida. »Podríamos salvar la mayor parte de los nuevos reclutas que hagamos. ¿No es razonable? A mí me parecía una completa locura, pero asentí. —Supón que hacemos un séquito de víctimas. Los rescatamos, los reanimamos, los educamos y permitimos que sean nuestros aliados. Sólo trabajarán por la noche… nadie se enterará. »Es sólo una pequeña idea, ¡pero tan obvia! ¡Y significaría tanto! Su sonrisa se ensanchó. —Lo único que necesitamos es organización. Conozco a muchos hermanos. Mi deseo es reunirlos pronto a todos y exponerles mis planes. Nunca antes hemos trabajado en cooperación, pero cuando les muestre los beneficios ellos no podrán negarse. »¿Puedes imaginarlo? Un mundo que podríamos gobernar y aterrorizar a nuestro antojo, un mundo en el que los seres humanos serían de nuestra propiedad, nuestro ganado. »Es muy sencillo. Deja a un lado tus absurdos conceptos sobre Drácula y todas las demás supersticiones artificiales que enmascaran la realidad a las mentes del público. Admito que somos algo… antinaturales. Pero no tenemos por qué ser estúpidos, inútiles creaciones de la fantasía. ¡Existe algo más para nosotros que andar acechando por ahí envueltos en capas negras y retrocediendo ante los crucifijos! »Después de todo, somos una forma de vida, una raza aparte. La biología aún no nos ha reconocido, pero existimos. Todavía no se ha evaluado ni catalogado nuestra morfología y metabolismo; tampoco nuestras acciones y reacciones. Pero existimos. Y somos superiores a los simples mortales. ¡Demostremos nuestra superioridad! La simple inteligencia humana, unida a nuestros poderes sobrenaturales, nos ayudará a imponernos a todas las criaturas vivas. Pues somos más poderosos que la Vida… ¡somos Vivos-en-la-Muerte! Me incorporé a medias. Él me empujó hacia atrás, jadeante. —Supón que nos agrupamos y hacemos planes. Supón que elegimos nuestras víctimas de acuerdo a nuestros intereses. En vez de considerarlas un simple vehículo de alimentación, pensemos en ellas como los nuevos reclutas de un ejército. Seleccionemos mentes inteligentes, cuerpos fuertes y jóvenes. Hagamos que nuestras presas sean lo mejor que la tierra nos puede ofrecer. Entonces seremos fuertes y ningún hombre se escapará de nuestras manos… ¡o dientes! Se acurrucó como una araña negra que teje su telaraña, nublando mi juicio. Sus ojos relampagueaban. Era grotesco contemplar cómo una criatura surgida de entre las supersticiones de terror urdía con toda calma una sociedad dictatorial basada en la muerte. Y sin embargo, yo era uno de ellos. Todo era real. Ese ser sin nombre podía conseguirlo. —¿Te has preguntado en algún momento por qué te cuento todo esto? ¿Te has preguntado por qué eres mi confidente en esta aventura? —prosiguió. Sacudí la cabeza, negando. —Porque eres joven. Yo soy viejo. Durante años he estado solo trabajando en este proyecto. Ahora que mis planes están depurados, necesito ayuda. Juventud, un punto de vista actual. Te conozco, Graham Keene. Te he espiado antes… antes de que fueras uno de los nuestros. Has sido elegido con ese propósito. —¿Elegido? —De repente me di cuenta. Luché porque un grito ahogado no saliera de mi garganta mientras hacía la pregunta—: ¿Entonces sabes quién… quién me hizo esto? ¿Sabes quién me mordió? Sus colmillos putrefactos se abrieron en una sonrisa. Asintió lentamente. —Por supuesto —susurró—. Yo lo hice. V Seguramente él estaba preparado para cualquier cosa excepto para la calma con la que me tomé aquella revelación. Desde luego, se sentía complacido. El resto de aquella noche, y de la siguiente, la pasó hablando de sus planes, con todo detalle. Supe que aún no se había llegado a comunicar con otros vampiros para exponerles sus ideas. Pronto celebrarían una reunión. Luego empezaríamos a poner en práctica los planes. Como él mismo había dicho, ahora era el momento adecuado. La guerra, un mundo lleno de agitación… podríamos movernos sin ser advertidos y encontraríamos más facilidades. Yo estaba de acuerdo. Incluso me atreví a añadir ciertas sugerencias. Él estaba encantado con mi cooperación. Luego, la tercera noche, volvió el hambre. Se ofreció a servirme de guía, pero yo lo rechace. —Deja que lo intente por mí mismo —sonreí—. Después de todo, más tarde o más temprano tendré que aprender. Y te prometo que seré muy cuidadoso. Esta vez me encargaré de que el cuerpo quede intacto. Luego investigaré el lugar en el que lo entierran y llevaré a cabo un pequeño experimento. Seleccionaré a alguien con posibilidades, luego podemos ir a abrir el sepulcro y comprobar el resultado de nuestro plan en miniatura. Sonrió abiertamente. Aquella noche fui solo en busca de una presa. Volví cuando la aurora comenzaba a intuirse en los cielos orientales, y pasé el resto el día sumido en un profundo sueño. Aquella noche hablamos y yo le hice partícipe de mi éxito. —Su nombre es Sydney J. Garrat —dije—. Profesor universitario, más o menos 45 años. Le encontré paseando solo por un camino próximo al campus. Los árboles se cerraban sobre sí oscureciendo el desierto camino. No opuso resistencia. Le dejé allí. No creo que lleguen a hacerle la autopsia, pues las marcas en su cuello eran totalmente invisibles y todo el mundo sabía que padecía del corazón. »Vivía solo y no tenía parientes. Tampoco tenía dinero. Eso significa un ataúd de madera y un entierro rápido mañana en Everest. Por la noche podremos acercarnos al lugar. Mi compañero asintió. —Lo has hecho muy bien —dijo. Pasamos el resto de la noche perfeccionando nuestros planes. Iríamos a Everest, localizaríamos al vigilante nocturno y nos desharíamos de él, y luego visitaríamos la nueva tumba del profesor Garrat. Y así fue, y así volvimos al cementerio la noche siguiente. De nuevo una luna nocturnal vigilaba desde la órbita ciclópea del cielo. De nuevo el viento susurraba a nuestro paso y los árboles se inclinaban, sumisos y tenebrosos, a lo largo de la senda. Nos acercamos sigilosamente hasta la casucha del guardia del cementerio y vigilamos su quieta figura a través de la ventana. —Yo golpearé la puerta —sugerí—. Entonces, cuando se acerque… Mi compañero asintió con la cabeza. —Nada de colmillos —murmuró—. Ese hombre es viejo y no nos sirve. Utilizaré armas más mundanas. Me encogí de hombros. Luego llamé. El anciano abrió la puerta, parpadeando ante mí con ojos de reumático. —¿Qué sucede? —resolló, curioso—. Se supone que nadie puede permanecer en el cementerio a esta hora de la noche… Unos delgados dedos se cerraron en torno a su tráquea. Mi compañero lo sacó del interior de la caseta, arrastrándole hasta unos arbustos. Su brazo libre subió y bajó, dibujando un arco plateado. Había utilizado un cuchillo. Luego nos apresuramos por la senda, antes de que el aroma de la sangre nos pudiera distraer de nuestra verdadera misión… Bastante lejos, en la colina reservada a los últimos y más pobres enterramientos, vi los bordes cortantes y mullidos de una fosa recientemente cubierta de tierra. Él corrió de vuelta a la caseta para coger las picas que habíamos olvidado con las prisas. La luna nos servía de linterna mientras llevábamos a cabo nuestro espeluznante cometido bajo una brisa susurrante. Nadie nos descubrió, nadie nos oyó, pues sólo las cuencas vacías y los oídos destrozados yacen en lo profundo de la tierra. Picamos duro, y luego paramos y sacamos la tierra. La fosa era profunda, muy profunda. En el fondo estaba el ataúd y tiramos hasta dejar al aire libre la caja de madera de pino. —Qué trabajo más malo —dijo mi compañero—. Una fosa muy poco profesional, según mi opinión. No estaba cavada correctamente. Y este ataúd es de pino, pero muy grueso. Jamás habría conseguido salir. Es imposible romper los tablones. Y la tierra estaba apelmazada a conciencia. ¿Por qué gastar tanto tiempo en la fosa de un miserable? —Ya no importa —susurré—. Abrámosla. Tenemos que darnos prisa. También había traído un martillo de la caseta del guardia y se metió dentro de la fosa para quitar los clavos de la caja. Oí cómo desprendía los tablones de madera y me incliné para mirar desde el borde. Él se agachó para mirar en el interior de la caja, su rostro era una máscara de muerte bajo la luz de la luna. Le oí sisear entre dientes. —Pero… ¡el ataúd está vacío! —jadeó. —¡No por mucho tiempo! Saqué una llave inglesa de mi bolsillo, la levanté, y la hice descender con todas mis fuerzas hasta que golpeó sobre su cráneo. Luego salté al interior de la fosa y cogí el cuerpo gimiente y aún tembloroso, y lo metí dentro del ataúd, puse la tapa encima y fijé sobre ella los recios clavos. Pude oír cómo sus lamentos se iban transformando en unos grititos sordos, pero éstos fueron aumentando de tono mientras echaba paletadas de tierra sobre la caja de pino. Seguí trabajando hasta que no pude oír ningún sonido del interior de la fosa. Aplasté la tierra a conciencia, mucho mejor de lo que lo había hecho la noche anterior cuando cavé la fosa por primera vez. Y luego, por fin, el trabajo estaba completado. Allí yacía, el que no tenía nombre, el inmortal; cubierto por dos metros de tierra y en el interior de una recia caja de madera de pino. Sabía que le sería imposible salir. Y aunque pudiera, le había colocado boca abajo dentro de su prisión de madera. No tenía escape posible. Que yazca ahí dentro, tal y como él lo describió: ni vivo ni muerto. Que sea consciente de su descomposición, y de la descomposición de la madera y de los gusanos en su festín. Que sufra hasta que lleguen por fin a su corrupto cerebro y devoren sus malignos pensamientos. Podía haberle clavado una estaca en el corazón. Pero sus terribles planes le hacían merecedor de un destino semejante. Ya estaba hecho, y ahora podía regresar antes de ser descubierto, regresar a su enorme mansión, que era el único hogar que me quedaba en la tierra. Regresé, y durante las últimas horas he estado escribiendo esto para que todo el mundo sepa la verdad. No soy muy hábil con las palabras, y al releer lo escrito aquí me parece estar ante un melodrama barato. El mundo es un lugar supersticioso y, aun así, cínico, y lo más seguro es que este relato sea considerado el desvarío de una mente loca o estúpida; incluso aún peor, como una simple broma. Así que te imploro: si quieres comprobar la veracidad de lo que he escrito, ve al cementerio Everest mañana y busca una fosa recientemente cavada sobre la colina. Díselo a la policía cuando encuentren el cuerpo del guardián, convénceles de que vayan al pozo que hay cerca del autoservicio de Danny. Luego, si quieres, puedes ir hasta el cementerio y desenterrar la fosa, y comprobarás que, en el interior, aún hay algo que se agita y retuerce. Cuando lo veas, creerás en mis palabras y, en justicia, no aliviarás los tormentos del ser monstruoso que hay dentro clavándole una estaca en el corazón. Pues esa estaca representa la paz y el descanso. Me gustaría que luego te acercaras hasta aquí… y que trajeras una estaca para mí… FIN Autor: Robert Bloch Título: El murciélago es mi hermano Título Original: The Bat Is My Brother Publicado en: Weird Tales, noviembre de 1944 Traducción: José María Nebreda
- "Victorio Ferri cuenta un cuento", cuento de Sergio Pitol
Victorio Ferri cuenta un cuento Sergio Pitol para: Carlos Monsiváis Sé que me llamo Victorio. Sé que creen que estoy loco (versión cuya insensatez a veces me enfurece, otras tan sólo me divierte). Sé que soy diferente a los demás, pero también mi padre, mi hermana, mi primo José y hasta Jesusa, son distintos, y a nadie se le ocurre pensar que están locos; cosas peores se dicen de ellos. Sé que en nada nos parecemos al resto de la gente y que tampoco entre nosotros existe la menor semejanza. He oído comentar que mi padre es el demonio y aunque hasta ahora jamás haya llegado a descubrirle un signo externo que lo identifique como tal, mi convicción de que es quien es se ha vuelto indestructible. No obstante que en ocasiones me enorgullece, en general ni me place ni me amedrenta el hecho de formar parte de la progenie del maligno. Cuando un peón se atreve a hablar de mi familia dice que nuestra casa es el infierno. Antes de oír por primera vez esa aseveración yo imaginaba que la morada de los diablos debía ser distinta (pensaba, es claro, en las tradicionales llamas), pero cambié de opinión y di crédito a sus palabras, cuando luego de un arduo y doloroso meditar se me vino a la cabeza que ninguna de las casas que conozco se parece a la nuestra. No habita el mal en ellas y en ésta sí. La perversidad de mi padre de tanto prodigarse me fatiga; le he visto el placer en los ojos al ordenar el encierro de algún peón en los cuartos del fondo de la casa. Cuando los hace golpear y contempla la sangre que mana de sus espaldas laceradas muestra los dientes con expresión de júbilo. Es el único en la hacienda que sabe reír así, aunque también yo estoy aprendiendo a hacerlo. Mi risa se está volviendo de tal manera atroz que las mujeres al oírla se persignan. Ambos enseñamos los dientes y emitimos una especie de gozoso relincho cuando la satisfacción nos cubre. Ninguno de los peones, ni aun cuando están más trabajados por el alcohol, se atreve a reír como nosotros. La alegría, si la recuerdan, otorga a sus rostros una mueca que no llega a ser sonrisa. El miedo se ha entronizado en nuestras propiedades. Mi padre ha seguido la obra de su padre, y cuando a su vez él desaparezca yo seré el señor de la comarca: me convertiré en el demonio: seré el Azote, el Fuego y el Castigo. Obligaré a mi primo José a que acepte en dinero la parte que le corresponde, y, pues prefiere la vida de la ciudad, se podrá ir a ese México del que tanto habla, que Dios sabe si existe o tan sólo lo imagina para causarnos envidia; y yo me quedaré con las tierras, las casas y los hombres, con el río donde mi padre ahogó a su hermano Jacobo, y, para mi desgracia, con el cielo que nos cubre cada día, con un color distinto, con nubes que lo son sólo un instante para transformarse en otras, que a su vez serán otras. Procuro levantar la mirada lo menos posible, pues me atemoriza que las cosas no sean siempre idénticas, que se me escapen vertiginosamente de los ojos. En cambio, Carolina, para molestarme, no obstante que al ser yo su mayor debería guardarme algún respeto, pasa ratos muy largos en la contemplación del cielo, y en la noche, mientras cenamos, cuenta, adornada por una estúpida mirada que no se atreve a ser de éxtasis, que en el atardecer las nubes tenían un color oro sobre un fondo lila, o que en el crepúsculo el color del agua sucumbía al del fuego, y otras boberías por el estilo. De haber alguien verdaderamente poseído por la demencia en nuestra casa, sería ella. Mi padre, complaciente, finge una excesiva atención y la alienta a proseguir, ¡como si las necedades que escucha pudieran guardar para él algún sentido! Conmigo jamás habla durante las comidas, pero sería tonto que me resintiera por ello, ya que por otra parte sólo a mí me concede disfrutar de su intimidad cada mañana, al amanecer, cuando apenas regreso a la casa y él, ya con una taza de café en la mano que sorbe apresuradamente, se dispone a lanzarse a los campos a embriagarse de sol y brutalmente aturdirse con las faenas más rudas. Porque el demonio (no me lo acabo de explicar, pero así es) se ve acuciado por la necesidad de olvidarse de su crimen. Estoy seguro de que si yo ahogara a Carolina en el río no sentiría el menor remordimiento. Tal vez un día, cuando pueda librarme de estas sucias sábanas que nadie, desde que caí enfermo, ha venido a cambiar, lo haga. Entonces podré sentirme dentro de la piel de mi padre, conocer por mí mismo lo que en él presiento, aunque, desgraciadamente, incomprensiblemente, entre nosotros siempre se interpondrá una diferencia: él amaba a su hermano más que a la palma que sembró frente a la galería, y a su yegua alazana y a la potranca que parió su yegua; en tanto que Carolina es para mí sólo un peso estorboso y una presencia nauseabunda. En estos días, la enfermedad me ha llevado a rasgar más de un velo hasta hoy intocado. A pesar de haber dormido desde siempre en este cuarto, puedo decir que apenas ahora me entrega sus secretos. Nunca había, por ejemplo, reparado en que son diez las vigas que corren a través del techo, ni que en la pared frente a la cual yazgo hay dos grandes manchas producidas por la humedad, ni en que, y este descuido me resulta intolerable, bajo la pesada cómoda de caoba anidaran en tal profusión los ratones. El deseo de atraparlos y sentir en los labios el latir de su agonía me atenaza. Pero tal placer por ahora me está vedado. No se crea que la multiplicidad de descubrimientos que día tras día voy logrando me reconcilia con la enfermedad, ¡nada de eso! La añoranza, a cada momento más intensa, de mis correrías nocturnas es constante. A veces me pregunto si alguien estará sustituyéndome, si alguien cuyo nombre desconozco usurpa mis funciones. Tal súbita inquietud se desvanece en el momento mismo de nacer; me regocija el pensar que no hay en la hacienda quien pudiera llenar los requisitos que tan laboriosa y delicada ocupación exige. Sólo yo que soy conocido de los perros, de los caballos, de los animales domésticos, puedo acercarme a las chozas a escuchar lo que el peonaje murmura sin obtener el ladrido, el cacareo o el relincho con que tales animales denunciarían a cualquier otro. Mi primer servicio lo hice sin darme cuenta. Averigüé que detrás de la casa de Lupe había fincado un topo. Tendido, absorto en la contemplación del agujero pasé varias horas en espera de que el animalejo apareciera. Me tocó ver, a mi pesar, cómo el sol era derrotado una vez más, y con su aniquilamiento me fue ganando un denso sopor contra el que toda lucha era imposible. Cuando desperté, la noche había cerrado. Dentro de la choza se oía el suave ronroneo de voces presurosas y confiadas. Pegué el oído a una ranura y fue entonces cuando por primera vez me enteré de las consejas que sobre mi casa corrían. Cuando reproduje la conversación mi servicio fue premiado. Parece ser que mi padre se sintió halagado al revelársele que yo, contra todo lo que esperaba, podía llegarle a ser útil. Me sentí feliz porque desde ese momento adquirí sobre Carolina una superioridad innegable. Han pasado ya tres años desde que mi padre ordenó el castigo de la Lupe, por maledicente. El correr del tiempo me va convirtiendo en un hombre, y, gracias a mi trabajo, he sumado conocimientos que no por serme naturales me dejan de parecer prodigiosos: he logrado ver a través de la noche más profunda; mi oído se ha vuelto tan fino como lo puede ser el de una nutria; camino tan sigilosa, tan, si se puede decir, aladamente, que una ardilla envidiaría mis pasos; puedo tenderme en los tejados de los jacales y permanecer allí durante larguísimos ratos hasta que escucho las frases que más tarde repetirá mi boca. He logrado oler a los que van a hablar. Puedo decir, con soberbia, que mis noches rara vez resultan baldías, pues por sus miradas, por la forma en que su boca se estremece, por un cierto temblor que percibo en sus músculos, por un aroma que emana de sus cuerpos, identifico a los que una última vergüenza, o un rescoldo de dignidad, de rencor, de desesperanza, arrastrarán por la noche a las confidencias, a las confesiones, a la murmuración. He conseguido que nadie me descubra en estos tres años; que se atribuya a satánicos poderes la facultad que mi padre tiene de conocer sus palabras y castigarlas en la debida forma. En su ingenuidad llegan a creer que ésta es una de las atribuciones del demonio. Yo me río. Mi certeza de que él es el diablo proviene de razones más profundas. A veces, sólo por entretenerme, voy a espiar la choza de Jesusa. Me ha sido dado contemplar cómo su duro cuerpecito se entreteje con la vejez de mi padre. La lubricidad de sus contorsiones me trastorna. Me digo, muy para mis adentros, que la ternura de Jesusa debía dirigirse a mí, que soy de su misma edad, y no al maligno, que hace mucho cumplió los setenta. En varias ocasiones ha estado aquí el doctor. Me examina con pretenciosa inquietud. Se vuelve hacia mi padre y con voz grave y misericordiosa declara que no tengo remedio, que no vale la pena intentar ningún tratamiento y que sólo hay que esperar con paciencia la llegada de la muerte. Observo cómo en esos momentos el verde se torna más claro en los ojos de mi padre. Una mirada de júbilo (de burla) campea en ellos y ya para esos momentos no puedo contener una estruendosa risotada que hace palidecer de incomprensión y de temor al médico. Cuando al fin se va éste, el siniestro suelta también la carcajada, me palmea la espalda y ambos reímos hasta la locura. Está visto que de entre los muchos infortunios que pueden aquejar al hombre, los peores provienen de la soledad. Siento cómo ésta trata de abatirme, de romperme, de introducirme pensamientos. Hasta hace un mes era totalmente feliz. Las mañanas las entregaba al sueño; por las tardes correteaba en el campo, iba al río, o me tendía boca abajo en el pasto, esperando que las horas sucedieran a las horas. Durante la noche oía. Me era siempre doloroso pensar; y evitaba hacerlo. Ahora, con frecuencia se me ocurren cosas y eso me aterra. Aunque sé que no voy a morir, que el médico se equivoca, que en el Refugio necesita haber siempre un hombre, pues cuando muere el padre el hijo ha de asumir el mando: así ha sido desde siempre y las cosas no pueden ya ocurrir de otra manera (por eso mi padre y yo, cuando se afirma lo contrario, estallamos de risa). Pero cuando solo, triste, al final de un largo día comienzo a pensar, las dudas me acongojan. He comprobado que nada sucede fatalmente de una sola manera. En la repetición de los hechos más triviales se producen variantes, excepciones, matices. ¿Por qué, pues, no habría de quedarse la hacienda sin el hijo que sustituye al patrón? Una inquietud peor se me ha incrustado en los últimos días, al pensar que es posible que mi padre crea que voy a morir y su risa no sea, como he supuesto, de burla hacia el doctor, sino producida por el gozo que la idea de mi desaparición le produce, la alegría de poder librarse al fin de mi voz y mi presencia. Es posible que los que me odian le hayan llevado al convencimiento de mi locura… En la capilla que los Ferri poseen en la iglesia parroquial de San Rafael hay una pequeña lápida donde puede leerse: Victorio Ferri murió niño su padre y hermana lo recuerdan con amor FIN México, 1957 Autor: Sergio Pitol Título: Victorio Ferri cuenta un cuento Publicado en: Cuadernos del unicornio No. 14, 1958
- Conversaciones en una lengua muerta", cuento de Thomas Ligotti
Conversaciones en una lengua muerta Thomas Ligotti Conveniens vitae mors fuit ista suae.OVIDIO I Tras despojarse del uniforme, bajó las escaleras para rebuscar en los cajones de la cocina, en los que trasteó ruidosamente entre cubiertos y utensilios de cocina. Finalmente encontró lo que buscaba. Un cuchillo de trinchar, el cuchillo de las fiestas, la herramienta tradicional que había usado todos estos años. Su cuchillito-amorcito. Primero talló un ojo, horadando el triángulo con la punta del cuchillo y retirando con cuidado la pulpa del agujero. Pellizcó la hoja, deslizó dos dedos por el borde sin filo y desgajó el ojo sobre el periódico que había colocado con sumo cuidado junto al lavabo. Otro ojo, una nariz, una boca aullante ovalada. Listo. A falta del vaciado manual de las entrañas de semillas y fibras para reemplazarlas por una pequeña vela corta como las de vigilia. Guíalos, santo farol, a través de la oscuridad y el desastre. Hacia mí. Hacia mi yoíto-chiquitito. Vació varias bolsas de dulces en un enorme cuenco de patatas fritas, toqueteando los caramelos aquí y allá: gruesos caramelos, bolas ácidas amargas, besos de chocolate para los niños. Probó unos cuantos masticándolos para apreciar su sabor y textura. Unos pocos más. Pero no demasiados, algunos de sus compañeros de trabajo ya empezaban a llamarle culo gordo en cuanto se daba media vuelta. Además, estropearía su cena de fiesta que tanto le había costado preparar en el escaso tiempo que le quedaba antes del anochecer. Mañana comenzaría la dieta y a prepararse comidas más frugales. Al anochecer sacó la calabaza al porche y la colocó sobre una mesa pequeña pero alta sobre la que había dejado caer una sábana que ya no utilizaba como tal. Recorrió con la mirada el viejo vecindario. Detrás de las barandillas de otros porches y en los ventanales de un lado a otro de la calle brillaba una raza de nuevos rostros en el barrio. Los invitados de la fiesta vienen a pasar la noche, con pocas esperanzas de poder sobrevivir hasta el día siguiente. El día de Todos los Santos el padre Mickiewicz iba a celebrar una misa a primera hora de la mañana, a la cual tendría el tiempo justo de asistir antes de ir a trabajar. Ningún niño todavía. Espera. Allí vienen, correteando por la calle: un espantapájaros, un robot, y… ¿qué es eso?… oh, un payaso de cara blanca. No era la cosa con cara de calavera que había pensado al principio, pálida y con las cuencas de los ojos vacías, como la luna que brillaba glacialmente en una de las noches más claras que jamás hubiera visto. Las estrellas eran una gélida efervescencia. Mejor meterse dentro. Pronto llegarán. Esperando tras el cristal de la puerta principal con el brazo apoyado en el cuenco de dulces, agarró nervioso un puñado de ellos y los dejó caer uno a uno de nuevo en el cuenco, un bucanero regodeándose con su botín… un pirata con cara de color ceniza; un parche en la cuenca del ojo vacía, una calavera pirata en su gorra con una «x» marcando el lugar de las tibias, corriendo por el camino de entrada y subiendo a la carga las escaleras del porche con un sable embutido en los pantalones. —Truco o trato. —Bueno, bueno, bueno —dijo, elevando la entonación de cada «bueno» sucesivo—. Que me aspen si no es el mismísimo Barbanegra. ¿O es Barbazul? Siempre me olvido. Pero tú no tienes ninguna barba, ¿verdad? El pirata sacudió la cabeza tímidamente para expresar que no. —Entonces quizás deberíamos llamarte SinBarba, al menos hasta que empieces a afeitarte. —Tengo bigote. Truco o trato, señor —dijo el chico, sosteniendo en alto con gesto impaciente una funda de almohada vacía. —Y buen bigote es, sí señor. Aquí tienes, pues —dijo, lanzando un puñado de dulces al saco—. Y rebana algunas gargantas a mi salud —gritó mientras el chico daba media vuelta y se alejaba corriendo. No debería haber dicho esas palabras tan alto. Vecinos. No, nadie le había oído. Esta noche las calles se han llenado de gente gritando, y todos los gritos parecen iguales. Se escuchan las voces por todo el vecindario, música que rebota contra la sonora tabla del silencio y la fría infinidad del otoño. Por allí llegan algunos más. Viva. Truco o trato: un esqueleto obeso, los michelines sobresalen por debajo de los huesos del disfraz. Qué lástima, especialmente a su edad. El culo gordo del cementerio y del patio del colegio. Dale un puñado extra de caramelos. «Muchas gracias, señor». «Venga, toma más». Entonces el esqueleto bajó anadeando los escalones del porche, y su imagen se esfumó en la vacuidad de la noche con un repiqueteo de la bolsa de papel llena de caramelos mientras se alejaba hasta convertirse en un susurro. Truco o trato: un bebé demasiado grande, con biberón y pañal, con un problema en la piel en erupción sobre su rostro preadolescente. «Bueno, cuchi cuchi», le dijo al infante mientras dejaba caer una lluvia de caramelos dentro de su saco abierto. El bebé se marchó dando tumbos con una mueca insolente, con los pañales abultados resbalándole por la espalda y desapareciendo de nuevo en la negrura de la que había emergido momentáneamente. Truco o trato: un vampiro enano, no podía tener más de seis años. Saluda a su mamá que le espera en la calle. «Das mucho miedo. Tus padres deben estar orgullosos. ¿Te has maquillado tú solo?», susurró. El pequeñajo levantó la mirada en silencio, tenía los ojos con manchurrones de rímel negro. A continuación usó un diminuto dedo con la uña puntiaguda pintada de esmalte negro para señalar la silueta de su guardián cerca de la calle. «Mamá, ¿eh? ¿Le gustan a ella los caramelos? Seguro que sí. Aquí tienes algunos para mamá y algunos más para ti, de los rojos bonitos para chupar. Eso es lo que a vosotros los vampiros que dais miedo os gusta, ¿verdad?», y acabó la frase con un guiño. Bajando los escalones con cuidado, el niño de la noche regresó con su madre, y ambos continuaron a la siguiente casa, uniéndose a las tropas anónimas de sus predecesores. Otros llegaron y se marcharon. Un extraterrestre moqueando, un par de fantasmas malolientes, un tubo de dentífrico asmático. El desfile fue aumentando sus filas a medida que pasaba la noche. Se levantó el aire y una cometa rota luchaba por liberarse de las garras de un olmo al otro lado de la calle. El cielo de octubre seguía resplandeciendo sobre los árboles, como si hubieran aplicado un barniz brillante a la noche. La luna se encendió hasta desprender un destello lacrimoso, mientras las voces se apagaban abajo. Cada vez había menos disfraces dispuestos a perpetrar engaños en el vecindario. Estos serán probablemente los últimos que se acerquen al porche. De todas formas, casi no quedan dulces. Truco o trato. Truco o trato. Extraordinarios estos dos últimos. Obviamente hermano y hermana, quizás gemelos. No, la niña parece mayor. Una pareja ganadora, especialmente la novia. —Bueno, felicidades a la novio y el novia. Ya sé que lo he dicho al revés. Eso es porque vosotros estáis al revés, ¿verdad? ¿De quién ha sido la idea? —preguntó lanzando dulces como si fuera arroz en la bolsa del novio con esmoquin. Qué rostros, tan claros. Estrellas relucientes. —Eh, tú eres el cartero —dijo el chico. —Muy observador. Te vas a casar con un tipo listo —le dijo a la chica novio. —Yo también me he dado cuenta —respondió ella. —Claro que sí. Sois unos chicos muy listos, los dos. Eh, chicos, debéis estar cansados después de haber estado andando toda la noche —los niños se encogieron de hombros, ignorando lo que significaba estar cansados—. Yo desde luego sí lo estoy después de entregar el correo de un lado a otro de estas calles. Y lo hago todos los días, excepto los domingos, por supuesto. Luego me voy a la iglesia. ¿Vosotros vais a la iglesia? Aparentemente sí iban a misa. Aunque a la iglesia equivocada. —¿Sabéis?, en nuestra iglesia organizamos excursiones y actividades de ese tipo para los niños. Eh, tengo una idea… Un coche que circulaba por la calle redujo la velocidad mientras barría con el foco policial las casas de la otra acera. Algunos festejantes desaparecidos, probablemente. —Da igual mi idea, chicos. Truco o trato —dijo abruptamente, colmando a la niña novio de caramelos, que se alejó inmediatamente. Luego se volvió al niño novia, a quien ofreció el resto del contenido del enorme cuenco mientras adoptaba una expresión escrupulosamente neutra al hacerlo. ¿Estaba el chico ruborizándose o era sólo la luz de la calabaza iluminada? —Vamos, Charlie —llamó la hermana desde la acera. —Feliz Halloween, Charlie. Hasta el año que viene. O quizás nos veamos por el barrio. Sus pensamientos vagaron durante unos instantes. Cuando recobró el control, los chicos ya se habían marchado, todos ellos. Excepto los imaginarios, ideales de su tipo. Como ese chico y su hermana. Dejó que la vela terminara de quemarse en la calabaza. Que aproveche al máximo su corta vida. Al día siguiente estaría muerta y desechada con el resto de desperdicios, una carcasa apagada apoyada cariñosamente contra la bolsa de basura. Al día siguiente… El día de Todos los Santos. Recoge a Madre para ir a misa por la mañana. Podría contar como visita semanal ese sagrado día de precepto. Recuerda también hablar con el padre M. acerca de llevar a ese grupo de chavales al partido de fútbol. Los niños. Su actuación anual ya se había celebrado, el maquillaje había sido limpiado y los disfraces estaban de nuevo en sus cajas. Después de apagar las luces del piso de arriba y el de abajo y echarse en la cama, todavía escuchaba «truco o trato» y veía sus rostros en la oscuridad. Y cuando ellos intentaban disolverse en el fondo de su mente adormecida… él los traía de nuevo. II «Ttrrruco o ttrrrato», parloteaba un trío de vagabundos fisgones y gandules. Hacía mucho más frío este año y él llevaba el abrigo de lana azul grisáceo con el que repartía el correo. «Éstos para ti, éstos para ti y éstos para ti», dijo en un tono de voz de neutra eficiencia. Los gorrones no se mostraron muy agradecidos por la dádiva. Ya no tienen aprecio por nada. Las cosas cambian tan rápido. Olvídalo, cierra la puerta, ráfagas heladas. Hacía semanas que los olmos y los arces rojos del vecindario habían sido atacados por un frío poco habitual para esa época del año y se habían quedado desnudos hasta los huesos. En ese momento las nubes coagulaban el cielo, un turbio techo morado a través del cual no brillaba ninguna estrella. Se avecinaba una nevada. Pocos niños celebraban la festividad este año, y un buen número de los que habían salido apenas parecían preocuparse por la originalidad o fastuosidad de sus disfraces. Muchos se conformaban con pintarse la cara con un trozo de corcho quemado y salir a pedir en ropa de diario. Parecía que habían cambiado tantas cosas. Todo el mundo estaba hastiado, una máquina inexorable de cinismo. Tu madre muere inesperadamente y te dan dos días de baja en tu trabajo. Cuando regresas, la gente aún quiere tener que ver menos contigo que antes. Extraño, cómo se puede sentir la pérdida de algo que nunca estuvo ahí desde un principio. Una mujer bajita y malhumorada muere… y de repente hay una ausencia regia, como si una reina hubiera abandonado cruelmente su trono. Era la diferencia entre una noche con una sola estrella y otra sin nada más que una asfixiante oscuridad. Pero recuerda aquellos tiempos cuando ella solía… No, nihil nisi bonum . Dejad que los muertos, etcétera, etcétera. El padre M. celebró un excelente servicio funerario, y no servía de nada arruinar esa sensación perfecta de irreversibilidad que el cura había logrado transmitir en relación a la fase terrenal de la existencia de su madre. Así que, ¿por qué traerla de nuevo a sus pensamientos? La Noche de los Muertos, recordó. Ya no quedaban muchos emisarios de los difuntos recorriendo las calles del vecindario. Ya habían regresado a casa los que habían salido en primer lugar. Mejor cerrar hasta el próximo año, pensó. No, espera. Aquí están otra vez, avanzada la noche como el año anterior. Quítate el abrigo, un repentino fogonazo de calor. Una vez más las cálidas estrellas habían regresado brillando con su verdadera luz. Cómo resplandecían esos dos pequeños puntos en la oscuridad. Su intensidad estelar penetró en él directamente, una brillante tensión. En esos momentos se sentía agradecido por la predominante penumbra de la noche de Halloween de ese año, la cual exacerbaba aún más su presente estado de placer. Que ambos llevaran los mismos disfraces que el año pasado era más de lo que hubiera podido desear. —Truco o trato —dijeron desde lejos, repitiendo la invocación cuando el hombre que estaba de pie tras el cristal no respondió y se limitó a permanecer allí mirándolos. Entonces el hombre abrió la puerta de par en par. —Hola, pareja feliz. Qué alegría veros de nuevo. ¿Os acordáis de mí, el cartero? Los niños intercambiaron miradas y el chico respondió: —Sí, claro —la chica coreó en respuesta con una risita, aumentando el deleite del hombre ante aquella situación. —Bueno, aquí estamos un año más tarde y vosotros dos aún seguís vestidos y esperando a que comience la boda. ¿O es que acabáis de celebrarla? A este paso no vais a progresar mucho. ¿Y qué pasará el año que viene? ¿Y el siguiente? Nunca vais a envejecer, ¿me entendéis? Nada cambiará. ¿Os parece bien? Los niños intentaron asentir mostrando un gesto de comprensión, pero sólo lograron unos movimientos y expresiones faciales de educado desconcierto. —Bueno, a mí también me parece bien. Confidencialmente, desearía que las cosas hubieran dejado de cambiar para mí hace mucho tiempo. De todas formas, ¿os apetecen unos caramelos? Los caramelos fueron ofrecidos y los niños dijeron «graaaaciiias» de la misma forma que lo habían dicho en una docena de otras casas. Pero justo antes de que pudieran seguir su camino… el hombre llamó su atención una vez más. —Eh, creo que os vi a los dos jugando en el jardín de vuestra casa un día mientras repartía el correo. Es una casa blanca grande en Pine Court, ¿verdad? —No —dijo el chico mientras bajaba con cuidado los escalones del porche para no tropezarse con el vestido. Su hermana ya se había alejado impaciente hasta la acera. —Es roja con contraventanas negras. En la calle Fresno. Y se unió a su hermana sin esperar una reacción a su respuesta y, uno al lado del otro, la novia y el novio se alejaron por la calle, ya que no parecía haber ninguna otra casa cerca donde conseguir más caramelos. El hombre observó cómo se hacían cada vez más diminutos en la distancia hasta que finalmente desaparecieron en la oscuridad. Hace frío aquí fuera, cierra la puerta. No había nada más que hacer; había logrado fotografiar el encuentro para el álbum familiar de su imaginación. Sus rostros relucían más brillantes y claros este año. Quizás no habían cambiado en realidad ni nunca lo harían. No, pensó en la oscuridad de su dormitorio. Todo cambia y siempre a peor. Pero ellos no experimentarían ninguna transformación repentina en ese momento, no en sus pensamientos. Una y otra vez los volvía a traer para asegurarse de que eran los mismos. Puso la alarma del reloj para despertarse para la misa de la mañana al día siguiente. Nadie le acompañaría a la iglesia este año. Tendría que ir solo. Solo. III En el siguiente Halloween la nieve hizo su aparición de forma prematura, una fina base de blancura que se aferraba a la tierra y a los árboles y que le confería un pálido rostro al barrio. Brillaba bajo la luz de la luna, una espuma escarchada. Este centelleante abajo se reflejaba en las estrellas tenuemente situadas arriba en la noche. Una monstruosa masa de nubes de nieve al oeste amenazaba con entrometerse, interponiéndose entre el reflejo y su fuente y convirtiéndolo todo en un vacío gris. Todos los sonidos eran amortiguados por el frío, que los convertía en graznidos de aves migratorias en un anochecer vacío de noviembre. Ni siquiera es noviembre aún y míralo, pensó mientras miraba por el cristal de la puerta principal. Muy pocos habían salido esa noche, y los que lo habían hecho encontraron menos casas abiertas, puertas cerradas, y las luces apagadas en los porches los apartaban dejándolos vagar a tientas por las calles. Él mismo había perdido bastante de su espíritu festivo, y ni siquiera había sacado una calabaza encendida para marcar su refugio en la noche. Pero claro, ¿cómo habría podido cargar con un objeto tan pesado teniendo la pierna como la tenía? Una buena caída por las escaleras y comenzó a recibir del gobierno una paga por invalidez, tumbado durante meses en la soledad de su casa. Había rezado por un castigo y sus plegarias habían sido atendidas. No la propia pierna, que sólo le producía dolor físico e inconveniencias, sino el otro castigo: la soledad. Recordaba que éste era el modo en que le habían corregido de niño: castigado al sótano, exiliado a la bodega de fría piedra sin el alivio de la luz, a excepción de un haz brumoso que entraba por un polvoriento ventanuco en un rincón. Y en ese rincón se quedaba en pie, tan cerca como podía de la luz. Fue allí cuando en una ocasión vio una mosca retorciéndose en una tela de araña. La miró y miró y finalmente la araña salió para comenzar a darse un banquete con su presa. Él lo observó todo, aturdido por el horror y el asco. Cuando acabó le entraron ganas de hacer algo. Y lo hizo. Con sigilo de predador logró agarrar a la pequeña araña y sacarla de su red. En realidad no le supo a nada, y tan solo notó un cosquilleo momentáneo sobre su lengua reseca. —Truco o trato —oyó. Y casi se levantó para arrastrarse con su bastón hasta la puerta. Pero el lema de Halloween había sido pronunciado en otro lugar en la distancia. ¿Por qué sonó tan cerca durante un instante? Ecos de la imaginación in crescendo , donde lejos es cerca, arriba es abajo, dolor es placer. Quizá debería cerrar ya por hoy. Parecía haber tan sólo unos pocos niños celebrando la fiesta este año. Sólo los rezagados más desganados seguían por las calles a estas alturas. Bueno, en ese momento apareció uno. —Truco o trato —dijo una suave y débil voz de niña. De pie al otro lado de la puerta había una bruja ricamente ataviada, con un abrigado chal negro y guantes negros además del vestido negro. Sostenía una vieja escoba en una mano y una bolsa en la otra. —Tendrás que esperar un minuto —dijo él a través de la puerta mientras se esforzaba por levantarse del sofá con la ayuda del bastón. Dolor. Bien, bien. Recogió una bolsa llena de caramelos de encima de la mesita del café, estaba dispuesto a ofrecerle todo su contenido a la pequeña damisela de negro. Pero entonces reconoció quién era tras el maquillaje de color amarillo cadáver. Cuidado. No sería conveniente hacer nada extraño. Finge que no sabes quién es. Y no digas nada sobre casas rojas y contraventanas negras. Ni una palabra sobre la calle Fresno. Para empeorar aún más las cosas, divisó la silueta de uno de los padres de pie en la acera. Garantizando la seguridad del último hijo vivo, pensó. Pero quizá tenían otros, aunque él sólo había visto al hermano y la hermana. Cuidado. Finge que no te resulta familiar; después de todo, lleva un disfraz distinto al que había llevado los últimos dos años. Sobre todo, no digas ni una sola palabra sobre ya sabes quién. ¿Y qué ocurriría si preguntase inocentemente dónde estaba su hermano pequeño este año? ¿Le diría ella: «Lo mataron», o quizás «Está muerto», o quizás sólo «Se ha ido»?, dependiendo de cómo hubieran afrontado sus padres todo el asunto. Con suerte, no tendría que enterarse. Abrió la puerta sólo lo suficiente para entregar los dulces y con voz meliflua dijo: —Aquí tienes, mi pequeña bruja —esta última parte se le escapó sin pretenderlo. —Gracias —respondió ella entre dientes, entre miles de dientes de miedo y experiencia. Eso le pareció a él. La niña dio media vuelta y mientras descendía los escalones del porche su escoba iba golpeando cada escalón a sus espaldas. Una vieja escoba desgastada e inservible. Perfecta para las brujas. Y la clase de escoba perfecta para mantener a un niño a raya. Una antigualla fea apoyada en una esquina, un utensilio de disciplina siempre a mano, siempre a la vista del niño hasta que el objeto se transformaba en una imagen de pesadilla. La escoba de Madre. Una vez que la niña y su madre se hubieron perdido de vista, cerró la puerta al mundo y, tras haber sobrevivido al tenso episodio, se sintió realmente agradecido por una soledad que hacía tan sólo unos minutos tanto había temido. Oscuridad. Cama. Pero no podía dormir, y mucho menos soñar. Terrores hipnóticos se instalaron en su mente, una sucesión grotesca de imágenes parecidas a escabrosas viñetas de viejos tebeos. Rostros imposiblemente distorsionados pintados en colores chillones brincaban ante su ojo mental, totalmente fuera de su control. Éstos iban acompañados de una serie de ruidos de feria que parecían emanar de alguna zona situada entre su cerebro y el dormitorio iluminado por la luna que le envolvía. Un zumbido de voces entre excitadas y aterradas llenaba el fondo de su imaginación, interrumpidas por gritos hipernítidos que utilizaban su nombre como una excusa para producir ruido. Era una versión abstracta de la voz de su madre, aunque en esos momentos carecía de cualquier cualidad sensual que pudiera identificarla como tal, permaneciendo tan solo como una idea pura. La voz pronunciaba su nombre desde una habitación lejana de su memoria. Sam-u-el , gritaba con una terrible urgencia de oscuro origen. Entonces, de repente… truco o trato . Las palabras resonaban, cambiando de significado mientras se desvanecían en el silencio: truco o trato… por la calle… nos encontraremos… fresnos, fresnos . No, no fresnos, sino otra clase de árboles. El chico paseaba por detrás de algunos arces grandes, eclipsado por ellos. ¿Sabía que un coche lo seguía esa noche? Pánico. No lo pierdas ahora. No lo pierdas. Ah, ahí estaba, al otro lado. Bonitos árboles. Los buenos viejos árboles. El chico se volvió y llevaba en la mano una telaraña enmarañada de cuerdas cuyos extremos llegaban hasta las estrellas, que comenzó a mover como cometas o aviones de juguete o marionetas voladoras, mirando hacia el cielo nocturno y pidiendo a gritos la ayuda que nunca llegó. La voz de Madre empezó a gritar de nuevo; luego, las otras voces se mezclaron convirtiéndose en un nauseabundo y balbuceante coro de voces muertas que parloteaban al unísono. La Noche de los Muertos. Todos los muertos conversaban con él con una sola vocecilla-bobadilla. Truco o trato , decía. Pero ésta no sonaba como si fuera parte del delirio. Las palabras parecían originarse fuera de él, porque su articulación le sirvió para interrumpir el adormecimiento y liberarlo de su terrible peso. Con un cuidado instintivo de su pierna coja, logró arrancarse las sábanas y colocar ambos pies sobre el suelo firme. Esto le hizo sentirse seguro, pero entonces: Truco o trato. Se oía fuera. Alguien en el porche. «Ya voy», gritó en la oscuridad, el sonido de su propia voz le despertó al absurdo de lo que acababa de decir. ¿Es que estos meses de soledad finalmente le habían hecho pagar el precio a costa de su cordura? Escucha atentamente. Quizás no volverá a oírla. Truco o trato. Truco o trato. Truco, pensó. Pero tendría que bajar al primer piso para asegurarse. Esperaba ver una silueta o siluetas riéndose y jugando escabullándose en la oscuridad en el instante en que abriera la puerta. Tendría que apresurarse, no obstante, si quería pillarlos. Maldita pierna, ¿dónde está el bastón? A continuación, encontró el albornoz en la oscuridad y se lo echó encima del cuerpo en ropa interior. Y ahora a sortear esas crueles escaleras. Enciende la luz del pasillo. No, eso los alertaría de su presencia. Bien pensado. Estaba logrando bajar las escaleras a buen ritmo teniendo en cuenta las lúgubres condiciones en las que se encontraba. Ni esto ni aquello ni la oscuridad de la noche [3] . La oscuridad de la noche. La muerte de la noche. La Noche de los Muertos. Con esa extraña energía de los tullidos, bajó despacio por las escaleras manteniendo en todo momento su bastón un escalón por delante para apoyarse. Concéntrate, repetía en su mente, la cual estaba comenzando a vagar por extraños lugares en la oscuridad. ¡Cuidado! Casi se tropieza en ese momento. Por fin llegó a los pies de las escaleras. Escuchó un sonido que atravesó la pared desde el porche, parecido a una pequeña explosión. Bueno, aún estaban allí. Podría atraparlos y tranquilizar su mente en cuanto a la fuente de sus imaginaciones. El esfuerzo de bajar las escaleras había conseguido dejarle hiperventilado e inseguro de todo. Intentando que transcurriera el intervalo de tiempo más corto posible entre las dos acciones, giró el cerrojo de encima del pomo y abrió la puerta tan súbitamente como fue capaz. Un viento frío se filtraba por los bordes de la puerta exterior y se coló al interior de la casa. Fuera en el porche no había ninguna señal de jóvenes traviesos. Espera, sí que la había. Tuvo que encender las luces del porche para verla. Justo delante de la puerta una calabaza de Halloween había sido lanzada con fuerza contra el cemento, rompiendo el carnoso caparazón y explotando en cientos de fragmentos que salpicaban todo el suelo del porche. Abrió la puerta exterior para inspeccionarlo de cerca y un fuerte viento invadió la casa, soplando por encima de su cabeza con gélidas alas. Menudo vendaval, cierra la puerta. ¡Cierra la puerta! —Pequeños gilipollas —dijo muy claramente, un intento de mitigar su sensación de caos y delirio. —¿Quién? ¿Mi yoíto-chiquitito? —dijo una voz a sus espaldas. En la parte superior de las escaleras. Una silueta bajita y aparentemente con algo en la mano. Un arma. Bueno, él al menos tenía un bastón. —¿Cómo has entrado, niño? —preguntó sin estar seguro de si realmente era un niño, teniendo en cuenta su voz extrañamente híbrida. —Ni de coña soy un niño, colega. No existen tales seres en el lugar de donde vengo. Ni caramelitos. Voy disfrazado. —¿Cómo has entrado? —repitió, creyendo aún que podría establecer una forma racional de acceso a su vivienda. —¿Entrado? Ya estaba dentro. —¿Aquí? —preguntó él. —No, no aquí. Allí-tara-rí —la figura señalaba en ese momento hacia la ventana del piso de arriba, hacia el cielo caleidoscópico—. ¿No es una maravilla? Sin niños, sin nada. —¿Qué quieres decir? —inquirió con inspiración onírica; la normalización del sueño era lo único que impedía que su mente se derrumbase llegados a este punto. —¿Qué quiero decir? No quiero no decir nada, asquerosillo. Doble negación, pensó, aliviado por haber recuperado el contacto con el mundo real de la corrección gramatical. Doble negación: dos espejos vacíos reflejando el vacío del otro con una capacidad infinita, sin que nada anule a nada. —Psí, ahí es donde vas a ir tú. —¿Y cómo se supone que voy a hacerlo? —preguntó, apretando aún más su bastón y sintiendo la proximidad del punto álgido de esta confrontación. —¿Cómo? No te preocupes. Tú ya te has asegurado de saber cómo… ómo… ómo… ¡TRUCO O TRATO! Y de repente la criatura bajó planeando a través de la oscuridad. IV Lo encontró al día siguiente el padre Mickiewicz, el cual le había telefoneado antes al ver que este puntual parroquiano no había asistido como de costumbre a la misa de la mañana del Día de Todos los Santos. La puerta estaba abierta de par en par y el cura descubrió el cuerpo a los pies de la escalera, con el albornoz y la ropa interior grotescamente desarreglados. El pobre hombre parecía haber sufrido una nueva caída, mortal en este caso. Una vida sin sentido acaba con una muerte sin sentido: Su muerte ha sido en todo conforme con su vida , como escribió Ovidio. Así declaró el cura en su elogio ad hoc , aunque no en el que leyó durante el funeral del fallecido. Pero ¿por qué estaba la puerta abierta si se cayó por las escaleras?, se llegó a preguntar el padre M. La policía respondió a esta pregunta con teorías sobre un intruso o intrusos desconocidos. Dada la naturaleza del delito, especulaban con algún tipo de venganza, que sin embargo el testimonio informal del cura desmentía. La idea de una venganza contra un hombre así resultaba inverosímil, si no totalmente absurda. Sí, absurda. Sin embargo, el motivo no había sido el robo y parecía que el hombre había sido apaleado hasta morir, posiblemente con su propio bastón. Más tarde aparecieron indicios de que el cadáver había sido violado, pero con un objeto mucho más largo y áspero que el bastón del que originalmente se había sospechado. En esos momentos buscaban algún objeto con las dimensiones de una escoba, probablemente una escoba muy vieja, astillada y podrida. Pero jamás la encontrarían en los lugares en que estaban buscando. FIN Autor: Thomas Ligotti Título: Conversaciones en una lengua muerta Título Original: Conversations in a Dead Language Publicado en: Deathrealm, primavera de 1989 Traducción: Marta Lila Murillo
- "Hay que aguantar a los niños", Stephen King
Hay que aguantar a los niños Stephen King Su nombre era señorita Sidley, de profesión maestra. Era una mujer menuda que tenía que erguirse para escribir en el punto más alto de la pizarra, como hacía en aquel preciso instante. Tras ella, ninguno de los niños reía ni susurraba ni picaba a escondidas de ningún dulce que sostuviera en la mano. Conocían demasiado bien los instintos asesinos de la señorita Sidley. La señorita Sidley siempre sabía quién estaba mascando chicle en la parte trasera de la clase, quién guardaba un tirachinas en el bolsillo, quién quería ir al lavabo para intercambiar cromos de béisbol en lugar de hacer sus necesidades. Al igual que Dios, siempre parecía saberlo todo al mismo tiempo. Su cabello se estaba tornando gris, y el aparato que llevaba para enderezar su maltrecha espalda se dibujaba con toda claridad bajo el vestido estampado. Una mujer menuda, atenazada por constantes sufrimientos; una mujer con ojos de pedernal. Pero la temían. Su afilada lengua era una leyenda en el patio de la escuela. Al clavarse en un alumno que reía o susurraba, sus ojos podían convertir las rodillas más robustas en pura gelatina. En aquel momento, mientras apuntaba en la pizarra la lista de palabras que tocaba deletrear, la maestra se dijo que el éxito de su larga carrera docente podía resumirse y confirmarse mediante aquel gesto tan cotidiano. Podía volver la espalda a sus alumnos con toda tranquilidad. —Vacaciones —anunció mientras escribía la palabra en la pizarra con su letra firme y prosaica—. Edward, haz una frase con la palabra vacaciones, por favor. —Fui de vacaciones a Nueva York —recitó Edward. A continuación, repitió la palabra con todo cuidado, tal como les había enseñado la señorita Sidley. —Muy bien, Edward —aprobó la maestra mientras escribía la siguiente palabra. Tenía sus pequeños trucos, por supuesto. Estaba del todo convencida de que el éxito dependía tanto de los pequeños detalles como de las grandes acciones. Aplicaba aquel principio en todo momento, y lo cierto era que nunca fallaba. —Jane —dijo en voz baja. La aludida, que había estado hojeando a escondidas su libro de lectura, alzó la mirada con ademán culpable. —Cierra ese libro inmediatamente, por favor. Se oyó el sonido del libro al cerrarse. Jane clavó una mirada llena de odio en la espalda de la señorita Sidley. —Y permanecerás en clase durante quince minutos después de que suene el timbre. —Sí, señorita Sidley —murmuró Jane con labios temblorosos. Uno de sus pequeños trucos consistía en el modo en que utilizaba las gafas. Toda la clase quedaba reflejada en los gruesos cristales, y siempre sentía una leve punzada de regocijo al ver sus rostros culpables y asustados cuando los sorprendía en alguno de sus malvados jueguecitos. En aquel momento, distinguió a través de sus gafas la imagen distorsionada y fantasmal de Robert. El chico estaba arrugando la nariz. La señorita Sidley no habló. Todavía no. Robert se ahorcaría por sí solo si le daba un poco más de cuerda. —Mañana —articuló con toda claridad—. Robert, haz una frase con la palabra mañana, por favor. Robert frunció el ceño mientras se concentraba. La clase estaba silenciosa y adormilada aquel caluroso día de finales de septiembre. El reloj eléctrico que pendía sobre la puerta indicaba que todavía quedaba media hora para que sonara el timbre de las tres, y lo único que impedía que las jóvenes cabezas cayeran sobre sus libros de ortografía era la silenciosa y temible amenaza que representaba la espalda de la señorita Sidley. —Estoy esperando, Robert. —Mañana pasará algo malo —repuso Robert. Las palabras eran inofensivas, pero a la señorita Sidley, que había desarrollado el séptimo sentido propio de todos los docentes estrictos, no le gustaron ni pizca. —Ma-ña-na —terminó Robert, tal como le habían enseñado. Mantenía las manos unidas sobre el pupitre y en aquel momento volvió a arrugar la nariz. Al mismo tiempo, esbozó una pequeña sonrisa torva. De pronto, la señorita Sidley tuvo la certeza de que Robert conocía el pequeño truco de las gafas. Muy bien, de acuerdo. Empezó a escribir la siguiente palabra en la pizarra sin regañar a Robert, dejando que su cuerpo erguido transmitiera su propio mensaje. Mientras escribía, observaba atentamente a Robert con un ojo. El chiquillo no tardaría en sacarle la lengua o hacer aquel asqueroso gesto con el dedo que todos los niños e incluso las niñas conocían, a fin de comprobar si la maestra sabía lo que estaba haciendo. Y entonces sería castigado. El reflejo de Robert era pequeño, fantasmal, distorsionado. La señorita Sidley apenas prestaba atención a la palabra que estaba escribiendo en la pizarra. De pronto, Robert se transformó. La señorita Sidley apenas entrevió el cambio, tan solo distinguió durante una fracción de segundo el rostro de Robert mientras se transformaba en algo… diferente. Se volvió con brusquedad, con el rostro pálido, ignorando la punzada de dolor que le acometió en la espalda. Robert la miraba con expresión inocente y perpleja. Sus manos seguían unidas sobre la mesa. En su cogote se apreciaban los primeros indicios de un remolino. No parecía asustado. «Ha sido fruto de mi imaginación —se dijo la maestra—. Estaba buscando algo, y mi mente me ha jugado una mala pasada. Parece absolutamente inocente… Sin embargo…» —¿Robert? Pretendía que su voz sonara autoritaria, que tuviera un timbre que impulsara a Robert a confesar. Pero no lo logró. —¿Sí, señorita Sidley? Sus ojos eran de color castaño oscuro, como el lodo que yace en el fondo de un río de cauce lento. —Nada. Se volvió de nuevo hacia la pizarra. Un murmullo apenas audible recorrió el aula. —¡Silencio! —ordenó al tiempo que se daba la vuelta—. Otro sonido y nos quedaremos todos con Jane después de la clase. Se había dirigido a toda la clase, pero, de hecho, su mirada permanecía clavada en Robert, quien se la devolvió con infantil inocencia. «Quién, ¿yo? Yo no, señorita Sidley.» La maestra se volvió hacia la pizarra y empezó a escribir sin espiar a través de sus gafas. La última media hora se le antojó interminable, y tuvo la sensación de que Robert le lanzaba una mirada extraña al salir de la clase. Una mirada que parecía decir: «Tenemos un secreto, ¿eh?». No podía apartar de sí aquella mirada. Permanecía clavada en su mente, como un trocito de ternera que se le hubiera quedado entre dos muelas, un grano de arena que le parecía una montaña. Cuando se dispuso a tomar su solitaria cena, consistente en huevos escalfados y tostadas, todavía la atenazaba aquella imagen. Sabía que estaba envejeciendo, y lo aceptaba con serenidad. No sería una de aquellas maestras solteronas que patalean y gritan cuando las sacan a rastras de sus clases al llegar el momento de la jubilación. Le recordaban a los jugadores incapaces de apartarse de la mesa de juego cuando van perdiendo. Pero ella no iba perdiendo. Siempre había sido una ganadora. Bajó la vista hacia los huevos escalfados. ¿Verdad? Pensó en los limpios rostros de sus alumnos de tercero, y decidió que el de Robert sobresalía sobre los demás. Se levantó y encendió otra luz. Más tarde, justo antes de dormirse, el rostro de Robert apareció ante ella, esbozando una desagradable sonrisa en la oscuridad que se extendía tras sus párpados cerrados. El rostro empezó a transformarse… Pero antes de que pudiera distinguir en qué se estaba convirtiendo aquel rostro, se sumió en las tinieblas del sueño. La señorita Sidley pasó una noche inquieta, por lo que al día siguiente se mostró brusca y malhumorada. Estaba a la expectativa, casi esperando que alguien susurrara, riera o tal vez pasara una nota a un compañero. Pero la clase permaneció en silencio… en un profundo silencio. Todos los alumnos la miraban sin expresión, y la maestra casi sentía el peso de sus miradas sobre ella, como si se tratara de hormigas ciegas que se pasearan por su cuerpo. «¡Basta! —se dijo con severidad—. ¡Te estás comportando como una chiquilla asustadiza que acaba de salir de la escuela de maestros!» Una vez más, el día se le antojó eterno, y creyó sentirse más aliviada que sus alumnos cuando el timbre anunció el final de las clases. Los niños se alinearon en filas junto a la puerta, niños y niñas ordenados por estatura y cogidos de la mano. —Podéis retiraros —dijo y se quedó escuchando con amargura los gritos de los niños que corrían por el pasillo y salían a disfrutar del brillante sol. «¿Qué era lo que vi cuando se transformó? Algo bulboso. Algo que relucía. Algo que me miraba fijamente, sí, me miraba fijamente y sonreía y no era un niño, desde luego que no. Era viejo y malvado y…» —¿Señorita Sidley? La maestra alzó la cabeza con brusquedad y de sus labios escapó una pequeña exclamación involuntaria. Era el señor Hanning. —No pretendía asustarla —dijo el hombre con una sonrisa de disculpa. —No se preocupe —repuso la maestra en un tono más hosco del que pretendía dar a sus palabras. ¿En qué estaría pensando? ¿Qué era lo que le pasaba? —¿Le importaría comprobar si hay toallas de papel en el lavabo de chicas? —Ahora mismo voy. La maestra se incorporó mientras se llevaba las manos a la parte baja de la espalda. El señor Hanning la contempló con expresión compasiva. «No se esfuerce —pensó la señorita Sidley—. A la solterona no le divierte esto en absoluto. Ni siquiera le interesa.» Pasó junto al señor Hanning y se dirigió al lavabo de chicas. Las risas de unos chicos que llevaban maltrechos accesorios de béisbol se apagaron al acercarse ella. Los chicos salieron con expresión culpable antes de reanudar sus carcajadas y gritos en el patio. La señorita Sidley frunció el ceño mientras pensaba que los niños habían sido distintos en sus tiempos. No más corteses, pues los niños nunca habían sido corteses, y no precisamente más respetuosos con los adultos; pero se apreciaba una suerte de hipocresía que nunca había existido. Un sonriente silencio en presencia de los adultos que nunca había existido. Una suerte de desprecio silencioso que resultaba molesto e inquietante. Como si… «¿Se ocultaran detrás de máscaras? ¿Es eso?» Apartó de sí aquel pensamiento y entró en el baño. Se trataba de una estancia pequeña en forma de L. Los retretes estaban alineados a lo largo del brazo más largo, mientras que los lavabos se extendían a lo largo de la parte más corta de la habitación. Mientras inspeccionaba los recipientes de las toallas de papel, divisó su imagen reflejada en uno de los espejos, y quedó petrificada al contemplarse con mayor detalle. No le gustó nada lo que vio… ni pizca. Percibió una mirada que no había tenido dos días antes, una mirada temerosa, vigilante. Con un sobresalto, se dio cuenta de que el reflejo borroso del rostro pálido y respetuoso de Robert se había adueñado de ella. La puerta del baño se abrió y entraron dos niñas riendo y susurrando. Cuando estaba a punto de doblar la esquina y pasar junto a ellas, oyó que pronunciaban su nombre. Regresó a los lavabos y volvió a inspeccionar los recipientes de toallas. —Y entonces… Risitas ahogadas. —Ella lo sabe, pero… Más risitas, suaves y pegajosas como jabón fundido. —La señorita Sidley está… «¡Basta! ¡Dejad de hacer ese ruido!» Se acercó un poco para ver sus sombras, difusas y borrosas a causa de la luz que se filtraba a través de las ventanas de cristales lechosos, unidas en su infantil excitación. Otro pensamiento cruzó su mente. «Ellas sabían que estaba ahí.» Sí. Sí, lo sabían. Esas pequeñas zorras lo sabían. Las zarandearía. Las sacudiría hasta que les castañetearan los dientes y sus risas se convirtieran en aullidos; les golpearía la cabeza contra la pared de azulejos hasta que confesaran que lo sabían. En aquel momento, las sombras empezaron a transformarse. Parecieron alargarse, fluir como sebo mientras cobraban extrañas formas jorobadas que impulsaron a la señorita Sidley a retroceder hacia los lavabos de porcelana, con el corazón desbocado. Pero las niñas siguieron riendo. Las voces se transformaron; dejaron de ser infantiles y se convirtieron en sonidos asexuados, desalmados y muy, muy malvados. Un sonido lento y turgente de humor salvaje que doblaba la esquina hacia ella como si del contenido del desagüe se tratara. Clavó la mirada en aquellas sombras jorobadas y de pronto, empezó a gritar. El grito siguió y siguió, hinchándose en su mente hasta adquirir proporciones dementes. Y en aquel instante, perdió el conocimiento. Las risitas, como carcajadas del diablo, la siguieron hasta las tinieblas. Por supuesto, no podía contarles la verdad. La señorita Sidley lo supo desde el momento en que abrió los ojos y distinguió los rostros ansiosos del señor Hanning y la señora Crossen. Esta última sostenía bajo su nariz el frasco de sales procedente del botiquín del gimnasio. El señor Hanning se volvió y pidió a las dos niñas que observaban a la señora Sidley con curiosidad que se fueran a casa. Las dos niñas le dedicaron una sonrisa… una sonrisa lenta, que indicaba que compartían un secreto con ella, y salieron de la escuela. Muy bien, guardaría el secreto. Durante un tiempo. No permitiría que la gente creyera que se había vuelto loca, o que los primeros tentáculos de la senilidad se habían apoderado de ella antes de tiempo. Jugaría con sus reglas hasta que estuviera en posición de desenmascararlos y arrancar el problema de raíz. —Creo que he resbalado —explicó en tono sereno mientras se incorporaba, haciendo caso omiso del terrible dolor de espalda que la atormentaba—. Algún charco de agua. —Es terrible —exclamó el señor Hanning—. Terrible. ¿Se ha…? —¿Se ha hecho daño en la espalda, Emily? —intervino la señora Crossen. El señor Hanning le dirigió una mirada de gratitud. La maestra se puso en pie entre tremendas punzadas de dolor. —No —repuso—. De hecho, parece que la caída ha obrado un pequeño milagro. Hace años que no tengo la espalda tan bien. —Podemos llamar al médico… —sugirió el señor Hanning. —No hace falta —replicó la señorita Sidley con una sonrisa serena. —Llamaré a un taxi desde la oficina. —Ni hablar —objetó la señorita Sidley mientras se dirigía a la puerta del lavabo—. Siempre voy en autobús. El señor Hanning exhaló un suspiro y miró a la señora Crossen, quien puso los ojos en blanco y permaneció en silencio. Al día siguiente, la señorita Sidley obligó a Robert a quedarse en la escuela después de clase. El muchacho no había hecho nada malo, por lo que se limitó a acusarlo de una falta imaginaria. No sintió remordimientos por ello. Era un monstruo, no un niño. Tenía que obligarlo a confesarlo. La espalda la estaba martirizando. Se dio cuenta de que Robert lo sabía y que esperaba que eso le favorecería. Pero se equivocaba. Esa era otra de sus pequeñas ventajas. La espalda le había dolido de un modo constante durante los últimos doce años, y en muchas ocasiones el dolor había sido tan intenso como en aquel momento… bueno, casi. Cerró la puerta para que ambos quedaran aislados del exterior. Durante un momento, permaneció inmóvil, con la mirada clavada en Robert. Esperó a que el niño bajara los ojos, pero fue en vano. Robert siguió mirándola con fijeza y de pronto, una pequeña sonrisa empezó a dibujarse en las comisuras de sus labios. —¿Por qué sonríes, Robert? —inquirió en voz baja. —No lo sé —repuso el chico sin dejar de sonreír. —Dímelo, por favor. Robert permaneció en silencio. Y siguió sonriendo. Los sonidos de los demás niños en el patio parecían muy lejanos, como pertenecientes a un sueño. Solo el zumbido hipnótico del reloj de pared era real. —Somos bastantes —anunció Robert de pronto, como si hablara del tiempo. Ahora le tocó el turno a la señorita Sidley de permanecer en silencio. —Once en esta escuela. «Malvado —se dijo la maestra asombrada—. Muy malvado, increíblemente malvado.» —Los niños que dicen mentiras van al infierno —replicó con toda claridad—. Sé que muchos padres ya no se lo explican a su… prole…, pero te aseguro que es cierto, Robert. Los niños que dicen mentiras van al infierno. Y las niñas también. La sonrisa de Robert se hizo más amplia y malvada. —¿Quiere ver cómo me transformo, señorita Sidley? ¿Quiere verlo bien? Un hormigueo recorrió la espalda de la maestra. —Márchate —ordenó con brusquedad—. Y trae a tu madre o a tu padre a la escuela mañana. Entonces arreglaremos todo este asunto. Eso es. Ya volvía a pisar tierra firme. Esperó que el rostro del niño se contrajera; esperó la aparición de las lágrimas. En lugar de ello, la sonrisa de Robert se ensanchó aún más, se amplió hasta mostrar sus dientes. —Será como cuando traemos algo a clase para explicar qué es, ¿verdad, señorita Sidley? A Robert… al otro Robert… le gustaba ese juego. Todavía está escondido en el fondo de mi cabeza. —La sonrisa se curvó en las comisuras de los labios como si de papel quemado se tratara—. A veces se pone a correr por ahí… me pica. Quiere que le deje salir. —Márchate —repitió la señorita Sidley en tono impávido. El zumbido del reloj se le antojaba cada vez más cercano. Robert empezó a transformarse. De pronto, su rostro se difuminó como cera fundida. Los ojos se aplanaron y ensancharon como yemas que alguien hubiese pinchado con un cuchillo, la nariz se amplió como un bostezo, la boca desapareció. La cabeza se alargó, y el cabello dejó de ser cabello para convertirse en una maraña desordenada y crispada. Robert soltó una risita ahogada. El sonido lento y cavernoso procedía de lo que había sido su nariz, pero la nariz había devorado la parte baja de su rostro; las fosas nasales se habían fundido en un solo agujero que se asemejaba a una enorme boca abierta de par en par. Robert se levantó sin dejar de reír, y tras él, la señorita Sidley distinguió los últimos vestigios del otro Robert, el chiquillo del que aquel engendro se había apoderado y que aullaba aterrorizado, rogando que lo dejaran salir de allí. La maestra echó a correr. Huyó gritando por el pasillo, y los pocos alumnos que quedaban en la escuela se volvieron para mirarla con ojos inocentes y abiertos de par en par. El señor Hanning abrió su puerta de golpe en el momento en que la maestra cruzaba las amplias puertas acristaladas de la entrada, un espantapájaros loco y gesticulante dibujado contra el brillante sol de septiembre. El hombre la siguió a la carrera, con la nuez bailándole en la garganta. —¡Señorita Sidley! ¡Señorita Sidley! Robert salió de la clase y contempló la escena con curiosidad. La señorita Sidley no oía ni veía nada en absoluto. Bajó a trompicones los escalones de entrada, atravesó la acera y se abalanzó sobre la calle, dejando tras de sí una intensa estela de chillidos. De pronto, se escuchó el atronador y profundo sonido de un claxon, y una fracción de segundo más tarde, el autobús se precipitó sobre ella. A través del parabrisas, el rostro del conductor aparecía contraído en una máscara de temor. Los frenos chirriaron como dragones enojados. La señorita Sidley cayó al suelo, y las enormes ruedas del vehículo se detuvieron humeantes a pocos centímetros de su cuerpo frágil y enclaustrado en la prótesis. Permaneció tendida en el suelo, temblando, mientras el gentío se agolpaba a su alrededor. Al volverse, comprobó que los niños la miraban con fijeza. Estaban colocados en un apretado círculo, como los asistentes a un entierro en torno a una tumba abierta. A la cabecera de la tumba se hallaba Robert, un pequeño sepulturero preparado para verter la primera palada de tierra sobre su rostro. A lo lejos, se escuchaba el balbuceo del conductor del autobús. —… loca o algo así… Dios mío, unos centímetros más y… La señorita Sidley clavó la mirada en los niños. Sus sombras la cubrían por entero. Sus rostros permanecían impasibles. Algunos de ellos esbozaban pequeñas sonrisas enigmáticas, y la señorita Sidley supo que no tardaría en ponerse a gritar de nuevo. En aquel instante, el señor Hanning disolvió el círculo que se había cerrado en torno a ella, ahuyentó a los niños y entonces, la señorita Sidley estalló en débiles sollozos. No volvió a dar clase al tercer curso hasta al cabo de un mes. Con toda tranquilidad, explicó al señor Hanning que no se sentía bien últimamente, y el hombre le sugirió que acudiera a un médico y le comentara el asunto. La señorita Sidley convino en que era la única medida sensata y racional que cabía tomar. Asimismo, añadió que si la junta escolar deseaba que presentara su dimisión, se la entregaría de inmediato aunque ello le dolería mucho. Con expresión incómoda, el señor Hanning repuso que no creía que aquello hiciera falta. En consecuencia, la señorita Sidley regresó a finales de septiembre, dispuesta una vez más a reanudar el juego y conocedora ya de las reglas. Durante la primera semana, permitió que las cosas siguieran su curso. Tenía la sensación de que toda la clase la contemplaba con ojos hostiles y enigmáticos. Robert la miraba sonriendo desde su asiento en la primera fila, y la maestra no pudo reunir el valor suficiente como para llamarlo a recitar la lección. En una ocasión, durante una vigilancia de patio, Robert se acercó a ella con una pelota de goma y una sonrisa pintada en el rostro. —Somos tantos que no lo creería —dijo—. Ni usted ni nadie —añadió con un malvado guiño que la dejó petrificada—. Quiero decir, si intentara explicárselo a alguien… Una niña que jugaba en los columpios del otro lado del patio la miró con fijeza y estalló en carcajadas. La señorita Sidley dedicó a Robert una sonrisa llena de serenidad. —Pero, Robert, ¿de qué estás hablando? Pero Robert continuó sonriendo mientras regresaba para incorporarse al juego. La señorita Sidley llevó la pistola a la escuela en el bolso. El arma había pertenecido a su hermano, quien se la había arrebatado a un soldado alemán muerto poco después de la batalla del Bulge. Jim llevaba diez años muerto. No había abierto la caja que contenía el arma desde hacía al menos cinco, pero cuando la abrió la vio brillar con destellos apagados. Los cartuchos de munición seguían ahí, así que se dedicó a cargar el arma tal como le había enseñado Jim. Dedicó una agradable sonrisa a sus alumnos, en especial a Robert. Robert le devolvió la sonrisa, y la maestra distinguió el engendro que flotaba justo debajo de su piel, aquel ser fangoso, lleno de inmundicia. No tenía idea de qué era lo que anidaba bajo la piel de Robert, y tampoco le importaba; solo esperaba que el auténtico Robert hubiera desaparecido por completo. No quería convertirse en una asesina. Decidió que el verdadero Robert debía de haber muerto o enloquecido por vivir dentro de aquella cosa sucia y serpenteante que había soltado una risita ahogada en la clase y la había obligado a lanzarse gritando a la calle. Así que, aun en caso de que siguiera vivo, liberarlo de aquel tormento constituiría un acto de misericordia. —Hoy haremos un examen —anunció la señorita Sidley. Los alumnos no gruñeron ni se removieron inquietos en sus sillas, sino que se limitaron a mirarla con fijeza. La maestra sentía el peso de sus ojos. Pesados, sofocantes. —Será un examen muy especial. Os iré llamando uno a uno al aula de mimeografía, y ahí pasaréis el examen. Después os daré un caramelo y podréis iros a casa. ¿No os parece estupendo? Los niños esbozaron sonrisas vacuas y permanecieron en silencio. —Robert, tú serás el primero. Robert se levantó con su sonrisita habitual y arrugó la nariz de un modo bastante ostensible. —Sí, señorita Sidley. La maestra tomó su bolso y ambos recorrieron el amplio pasillo, pasando junto al apagado sonido de los alumnos que recitaban la lección tras las puertas cerradas. La sala de mimeografía se hallaba al final del pasillo, junto a los lavabos. La habían insonorizado dos años antes; la vieja máquina era muy antigua y ruidosa. La señorita Sidley cerró la puerta con llave una vez estuvieron dentro. —Nadie puede oírte —dijo con toda tranquilidad mientras sacaba el revólver del bolso—. Ni a ti ni a esto. —Pero somos muchos —terció Robert con una sonrisa inocente—. Muchos más de los que hay aquí en la escuela. Posó una de sus pequeñas y limpias manos sobre la bandeja de papel del mimeógrafo. —¿Le gustaría volver a ver cómo me transformo? Antes de que la señorita Sidley pudiera replicar, el rostro de Robert empezó a relucir y convertirse en la máscara grotesca que ya conocía. La maestra le disparó. Una sola vez. En la cabeza. El niño cayó hacia atrás, sobre los estantes de papel, y a continuación se deslizó hasta el suelo, un niño muerto, con un pequeño orificio negro justo por encima del ojo derecho. Tenía un aspecto patético. La señorita Sidley se inclinó sobre él, jadeando. De pronto, palideció. El niño no se movió. Era humano. Era Robert. ¡No! «Ha sido todo producto de tu imaginación, Emily. Fantasías tuyas.» ¡No, no, no! Regresó a la clase y los llevó a la sala uno a uno. Mató a doce alumnos y los habría matado a todos si la señora Crossen no hubiera llegado a la sala en busca de un paquete de papel rayado. La señora Crossen abrió la boca de par en par y se llevó una mano a los labios. Empezó a gritar, y todavía chillaba cuando la señorita Sidley la alcanzó y le colocó una mano en el hombro. —Tenía que hacerse, Margaret —le explicó—. Es terrible, pero tenía que hacerse. Son todos unos monstruos. La señora Crossen clavó la mirada en los cuerpos enfundados en alegres ropas que yacían esparcidos junto al mimeógrafo, y siguió gritando. La chiquilla cuya mano sostenía la señorita Sidley empezó a llorar de un modo constante y monótono. Uaaaaahhh… uaaaahhh… uaaaahhh . —Transfórmate —ordenó la señorita Sidley—. Enséñaselo a la señora Crossen. Demuéstrale que tenía que hacerse. La niña siguió llorando sin comprender. —¡Maldita sea, transfórmate! —gritó la señorita Sidley—. ¡Maldita zorra, maldita zorra sucia, repugnante y asquerosa! Que Dios te maldiga, ¡transfórmate! La maestra alzó el arma. La pequeña se encogió, y en un abrir y cerrar de ojos, la señora Crossen se abalanzó sobre la otra mujer como un gato. De pronto, la espalda de la señorita Sidley cedió. No hubo juicio. Los informes pedían a gritos un juicio, los desolados padres lanzaron juramentos histéricos contra la señorita Sidley, y la ciudad quedó paralizada, pero, al final, prevaleció la calma y no se celebró ningún juicio. La legislatura estatal estipuló oposiciones más estrictas para la admisión de maestros, y la señorita Sidley fue recluida en Juniper Hill, Augusta. Ahí se sometió a un exhaustivo análisis, se le administraron los medicamentos más avanzados y más tarde empezó a asistir a sesiones de terapia ocupacional. Al cabo de un año, bajo estricta vigilancia, se le permitió participar en una sesión de encuentro experimental. Se llamaba Buddy Jenkins, de profesión psiquiatra. Estaba sentado tras un espejo falso, con una carpeta en las manos, mientras observaba una habitación equipada como guardería. En la pared más alejada, una vaca saltaba sobre la luna y un ratón trepaba por un reloj. La señorita Sidley estaba en una silla de ruedas, con un libro de cuentos sobre las rodillas, rodeada de un grupo de confiados niños retrasados que sonreían y babeaban. Los niños le sonreían, babeaban y la tocaban con sus pequeños dedos mojados, siempre bajo la vigilancia de los asistentes, que permanecían atentos al menor indicio de agresividad por parte de la mujer. Durante un rato, Buddy creyó que la señorita Sidley reaccionaba bien. Leía en voz alta, acarició la cabeza de una niña y consoló a un chiquillo que había tropezado con un bloque de madera. De pronto, el médico tuvo la impresión de que la maestra había visto algo inquietante, pues frunció el ceño y apartó la vista de los niños. —Sáquenme de aquí, por favor —rogó en voz baja y monótona, sin dirigirse a nadie en particular. La sacaron de allí. Buddy Jenkins observó a los niños mientras la seguían con ojos abiertos y vacuos, pero, al mismo tiempo, profundos. Uno de ellos esbozó una sonrisa, mientras que otro se introdujo unos dedos en la boca en ademán malicioso. Aquella noche, la señorita Sidley se rebanó el cuello con un trozo de espejo roto, y a partir de aquel momento, Buddy Jenkins empezó a observar a los niños con creciente atención. Al final, apenas si podía apartar la mirada de ellos. FIN Autor: Stephen King Título: Hay que aguantar a los niños Título Original: Suffer the Little Children Publicado en: Cavalier, febrero de 1972 Aparece en: Nightmares (1979) Traducción: Bettina Blanch Tyroller
- "Los muertos se vengan", Claude Vignon
Los muertos se vengan Claude Vignon I Una nutrida concurrencia se había reunido en el salón de la señora de M., que durante seis meses al año reside en la casa de campo que posee en una de las más bellas comarcas allende el Loira. Era el día de Todos los Santos, hacía frío ya y las hojas amarillas, a impulso del cierzo, iban cayendo por las avenidas del jardín. Nadie pensaba ya en los largos paseos bajo las enramadas; habían concluido las vendimias y los frutos estaban en los graneros. Un alegre fuego chisporroteaba en la gran chimenea, y a su alrededor se apretaban con placer jóvenes y viejos; y como ya había caído la noche, en los cuatro rincones del salón se habían dispuesto mesas de juego, cada una con su lámpara velada por una pantalla verde. Pero el boston y el whist apenas divierten más que a los abuelos, y el propio misti tiene un poder limitado sobre los espíritus jóvenes. Cerca del fuego se apiñaba, pues, un grupo de gente aburrida o taciturna a quien la dueña de la casa debía tratar de distraer. Por desgracia, basta muchas veces que se busque una idea para no encontrarla. Estaba, pues, muy apurada, cuando su compañero de juego, adivinando su perplejidad, exclamó: —¡Somos unos egoístas muy grandes, los viejos, con nuestras cartas! Los jóvenes se aburren; y desde aquí veo a mi joven amiga Paulina, contemplando la mesa de boston con una cara que dice bastante a las claras lo poco que le interesan las jugadas. Vamos, señora de M., aquí hacen falta juegos para todas las edades. Coloquémonos más hacia los rincones y hagámosles sitio en medio del salón para que jueguen a las prendas. La proposición hizo levantar las cabezas gachas y los párpados soñolientos. —Doctor, ¿jugará usted con nosotros? —preguntó la joven designada un momento antes con el nombre de Paulina. —¡Huy!, yo hija mía… Yo os miraré y será mi mayor placer. Estoy ya muy torpe para responder al Antón pirulero, cada cual atienda a su juego… Me falta agilidad para defenderme en la gallina ciega y el adivina quién te dio . —Sí, sí, doctor —dijo la dueña de la casa—. Si los jóvenes juegan, hay que jugar con ellos y acomodarse a sus gustos si queremos que luego se acomoden ellos a los nuestros. Además, ¿qué años tiene usted, mi querido contemporáneo, para andar haciéndose el viejo? Cincuenta, a lo sumo… —¿Y qué? ¿No es ésa la edad de las ideas serias? Usted, mi querida señora, puede jugar muy bien con su hija; nunca desmerecerá por ello; es usted joven y alegre, y Paulina parece su hermana… Pero yo siempre he sido hombre de talante severo, usted lo sabe. Mecía a Paulina sobre mis rodillas cuando era niña, pero nunca he tomado parte en las tracamundanas de la joven. Jueguen todos, pues, y déjenme a mí en mi rincón, como de costumbre, rumiar los tiempos pasados o pensar en los que han de venir. Diez años antes o diez años después, ¿no debemos siempre aprender este papel? El personaje que de este modo hablaba, mientras iba a instalarse junto a la chimenea en una vieja poltrona, era un hombre alto y flaco, rubio en tiempos pero ahora entrecano, a quien las sienes hundidas, el poco cabello y el talle encorvado daban aspecto de viejo, aunque no pasase aún de los cincuenta, como le había dicho la señora de M. Tenía la frente alta e inteligente, viva la mirada y al mismo tiempo dulce. En su mejilla izquierda se advertía una cicatriz profunda que parecía la huella de una mordedura. Hacía ya veinticinco años que el doctor Maynaud ejercía la medicina en el pueblo vecino, y aunque a su llegada al país fuera un hombre absolutamente joven, nadie recordaba haberlo visto sin el cabello blanco y sin arrugas, a tal extremo su porte había sido siempre severo y su vida tranquila y retirada. No obstante había hecho amistad con todas las familias de los alrededores, y en el salón de la señora de M., compuesto mitad por mitad de visitantes parisienses y de vecinos de la campiña, no había un solo personaje que no se honrara de tenerlo por comensal. Aquella noche tenía un gesto más pensativo aún que de costumbre. Mientras los juegos se organizaban a su alrededor, y a medida que se iban haciendo más ruidosos, parecía aislarse en sí mismo para atender a sueños o recuerdos graves, casi dolorosos. Tal vez las campanas que doblaban anunciando la festividad de los difuntos arrastraran sus pensamientos hacia otro mundo o le hicieran evocar tumbas bienamadas. Tal vez buscara la solución de un problema científico o moral. Fuera lo que fuese, se hallaba a cien leguas del salón de la señora de M. cuando, después de una partida, llegó el momento de rescatar las prendas. El aire absorto del doctor llamó la atención de todo el mundo. Como Paulina de M. había de cumplir penitencia para recuperar un par de guantes que había pagado como prenda, pareció divertido enviarla a despertar al taciturno anciano con un beso. Paulina miró maliciosamente a su viejo amigo y avanzó de puntillas. Luego, cuando estuvo ante él y hubo mostrado riendo a los jugadores la impasibilidad del doctor, que no pestañeaba siquiera, le cogió bruscamente por el cuello y le aplicó un beso resonante en la mejilla izquierda. El doctor Maynaud profirió un grito terrible, saltó como si hubiera oído el estampido de un arma de fuego, lanzó unas cuantas miradas enloquecidas a su alrededor, y en medio del asombro general salió disparado del salón. La señora de M. corrió en persecución del desdichado doctor, llamó a sus criados y ordenó que salieran en su busca, que lo llevaran a su cuarto, que le dispensasen todos los auxilios posibles, que se informaran de dónde provenía aquel súbito ataque. Todo el mundo se puso en actividad y registró los patios, los jardines, los pasillos. Pero fue en vano; nadie logró encontrarle. La consternación general hizo suspender todos los juegos. Todo el mundo se preguntaba con espanto qué dolor habría podido asaltar tan de repente al doctor Maynaud y causarle aquel acceso de locura. Pronto al asombro hubo de suceder una auténtica inquietud, pues tanto el carácter como el temperamento del doctor eran opuestos a tales escenas violentas, finalmente los criados, que habían salido en todas las direcciones, volvieron sin haber logrado apoderarse del fugitivo. A la mañana siguiente, como es muy natural, esta escena fue el tema de todas las conversaciones. Se envió en busca de noticias al pueblo vecino, a casa del propio doctor. Pero su vieja ama de llaves no supo dar ningún informe, y fue inútil que por la tarde todos y cada uno de los invitados de la señora de M. trataran de dar con el paradero del médico. Llegada la noche, cuando, tras haber prolongado la cena el mayor tiempo posible, saboreando lentamente todas las exquisiteces de un postre tan opíparo como puede serlo un postre de otoño en provincias, y tras haber degustado más lentamente aún el café, pasaron los convidados al salón, y se discutieron una vez más todas las explicaciones posibles e imposibles de la huida del doctor. Cada cual expuso su parecer y defendió su opinión, y el resultado final fue que la cosa siguió siendo incomprensible. La conversación decayó por fin falta de sustento; todo el mundo fue poniéndose triste porque llovía, porque hacía frío, porque era el día de difuntos y nadie tenía ya nada que decir: en fin, porque tampoco sabía nadie a qué dedicarse para pasar el tiempo. Los viejos empezaban a quedarse dormidos en su poltrona y los jóvenes a contar el número exacto de tablas del entarimado. Por centésima vez, los asiduos del salón de la señora de M. entablaban in petto largas conversaciones con los mofletudos amorcillos de encima de las puertas, siguiendo los episodios de la eterna cacería que se desarrollaba en la tapicería de las paredes. ¡Qué bienvenida hubiera sido aquella noche, la Melusina, que hubiera hecho por fin saltar al ciervo, ladrar a los perros y correr a los cazadores! ¡Qué no se habría dado por ver romperse los columpios de flores bajo el peso de los amorcillos gozosos y gordinflones! Sobre las diez, cuando todos pensaban ya en escabullirse discretamente del salón camino de sus respectivas alcobas, se abrió la puerta y apareció el doctor. Era sin duda alguna el mismo hombre de la víspera, y sin embargo todos los presentes titubearon un instante antes de reconocerle. Diez años de sufrimiento no le hubieran cambiado más que aquellas veinticuatro horas. Su frente se había poblado de nuevas arrugas, los ojos se le habían hundido en las órbitas y su cabello, de gris que era, se había vuelto blanco. —Tengo que pedirle excusas, mi excelente amiga —dijo con voz aún trémula de emoción, avanzando hacia la señora de M.—; y tengo que pedírselas sobre todo a nuestra querida Paulina, por la desagradable escena que hice a trueque de su afectuosa caricia infantil. Les habré parecido a ustedes loco, sin duda, y tal vez lo esté. Pero habrán adivinado en mis gritos un horrible dolor, ¿no es cierto? —Doctor, aquí todos somos amigos suyos, incapaces de sentir otra cosa que una pena sincera a la vista de sus sufrimientos. Ignorábamos… —¿Ignoraban que estuviese sujeto a semejantes accesos? Tranquilícese, querida amiga —prosiguió el doctor Maynaud esforzándose por sonreír—; es la primera vez… y sin duda también la última… pues —añadió— ya ve por mi rostro, mi querida Paulina, que un segundo beso como el de anoche no dejaría más que un cadáver. —¡Doctor!, por el amor de Dios, ¿qué tiene usted? —exclamó la joven, asustada de las miradas del médico más aún que de sus palabras. —Le debo la explicación de esa extraña escena, mi querida niña, así como a su madre y a todos nuestros amigos. Es usted muy buena interesándose tan vivamente por la salud de un pobre viejo que el año que viene, por estas fechas, sin duda no la entristecerá ya con su presencia… —¡Amigo mío! —¡Doctor! II Fue un clamor de simpatía general; y, sin embargo, nadie se atrevió a contradecir al doctor Maynaud: tanto había cambiado su semblante desde la víspera. —Soy viejo, amigos míos, pues en 1806 tenía veinte años y era estudiante de medicina en la Facultad de Montpellier. Aquel año, el día de Todos los Santos hizo un tiempo magnífico para fecha otoñal tan avanzada. Un último sol doraba las hojas que aún quedaban en las ramas de los árboles, que revestían de un manto gozoso las murallas más grises de Montpellier. Estábamos de vacaciones, pues naturalmente no se daban clases los días de fiesta solemne; por eso salí con tres amigos —tres estudiantes que amaban como yo el aire libre y la libertad— a dar una vuelta y explorar los alrededores. Al caer la noche, tras haber pasado el día en correrías por el campo, nos encaminamos a la ciudad y fuimos a parar a una tabernita de los suburbios apreciada por los estudiantes. Encontramos en ella a algunos de los nuestros, se entabló la conversación y pedimos al tabernero una cena suculenta. El vino era bueno, los licores exquisitos; nos enzarzamos en una de esas animadas charlas que el ingenio sostiene, fustiga la polémica y arrojan la mente sobreexcitada en un mundo de ideas un poco incoherentes, porque uno tras otro se han rozado todos los temas, se ha profundizado en todas las cuestiones y sostenido todas las tesis. Mitad el vino, mitad la cháchara tal vez, cuando a eso de las once de la noche quisimos levantarnos para volver a nuestras casas, apenas nos teníamos en pie. Unos estaban borrachos y otros bastante achispados. Los borrachos se quedaron en la taberna tumbados en los bancos o debajo de la mesa. Y los que sólo estaban calamocanos, y yo era uno de éstos, se afianzaron mal que bien sobre sus piernas, y volvieron en grupo a Montpellier. Al principio, hicimos el camino juntos, y la conversación continuó ininterrumpida. Pero de trecho en trecho comenzaron las defecciones; algunos reconocieron el camino y volvieron a sus casas; otros se quedaron atrás, apoyándose en los muros y preguntando a los viandantes rezagados. Yo no era ni de los que entre las brumas de la embriaguez conservaban la razón bastante lúcida para comportarse normalmente, ni de los que la habían perdido por completo. Pronto me vi solo en medio de la ciudad, y bastante inseguro del camino que debía seguir. Al principio me limité a caminar sin rumbo fijo; la noche estaba serena y tenía en la cabeza como un molino. Pero poco a poco la turbulencia de mis pensamientos se calmó y traté de reconocer las calles y las plazas. No era fácil, pues la luna no había salido todavía, y la ciudad de Montpellier no abrigaba entonces la menor sospecha de que un día estaría iluminada por el gas. Sólo ante la alcaldía, la prefectura y las escuelas lucían algunos míseros faroles. Marchaba yo, pues, a tientas, esforzándome por penetrar las tinieblas de la embriaguez al par que las de la noche. Por último creí reconocer un barrio que de ordinario frecuentaba. Me orienté y, fluctuando mi mente entre la vigilia y el ensueño, entré por una callejuela tortuosa que solía recorrer a menudo. Maquinalmente tanteé todas las puertas de esta calle, pues me parecía que iba por fin a encontrar la mía y descubrir la cerradura en que podría introducir mi llave maestra. Y cuanto más buscaba, cuantas más veces cruzaba la calle de derecha a izquierda, más arraigaba en mi mente la idea de que me hallaba en las inmediaciones de mi casa. Esta vez topé con una puerta bien conocida, y sin fijarme en la bandera que ondeaba encima para significar que se trataba de un edificio público, introduje mi llave en la cerradura. Giré con dificultad la llave maestra al principio, mas con ayuda de unas cuantas sacudidas, la puerta terminó por abrirse. Entré, avanzando como los ciegos con las manos extendidas, y di algunos pasos en diversos sentidos para encontrar la escalera. Al cabo de un instante, sentí una puerta interior que cedía bajo la simple presión de mi mano. La empujé y, apenas la hube franqueado, volvió a cerrarse pesadamente golpeando contra la pared. Mi primer movimiento fue el de mirar a mi alrededor, pero la oscuridad me impedía distinguir nada. Notaba únicamente que no estaba en mi habitación. Una sensación de frío me inducía a pensar que aquel lugar no estaba habitado, y por el retumbo de mis pasos sobre las losas comprendía que el recinto era amplio y poco amueblado. Por un instante me creí en una iglesia; pero en los templos arde noche y día la lámpara del santuario, mientras que aquel lugar helado y silencioso no estaba iluminado por nada. Quise salir y volví atrás en dirección a la puerta. Pero, bien porque la embriaguez hiciera todavía inseguros mis pasos, bien porque la puerta no tuviera por la parte de dentro apariencias sensibles, el caso es que no pude encontrarla. Entonces quise saber definitivamente en qué lugar me había extraviado, y como, a través de la sombra, distinguía al otro lado de la sala una gran vidriera cubierta por una cortina, avancé hacia aquella parte para tener un poco de claridad. No había dado diez pasos cuando tropecé violentamente con la esquina de un mueble o de una cornisa. Me desvié un poco y proseguí mi camino con más precauciones, pero no tardé en verme detenido por un segundo choque. Extendí las manos y sentí un contacto de mármol; luego, a un segundo movimiento que hice, otro frío más intenso, más penetrante, más repulsivo a mi carne, me heló la sangre en las venas. Porque aquel frío, un estudiante de medicina y cirugía, como yo lo era entonces, no podía dejar de reconocerlo: ¡era el frío de la muerte! De pronto los vapores de la embriaguez se disiparon y recobré toda la lucidez de mi mente. Estaba en el anfiteatro anatómico, donde se depositaban sobre mesas de mármol los muertos del hospital para su estudio y disección. Estaba yo muy acostumbrado, sin embargo, a encontrarme en aquel lugar siniestro; no era un principiante a quien la vista de un cadáver llena de espanto. Pero la sorpresa, la oscuridad, la época del año, tal vez, pues oía tocar las campanas a muerto, todo contribuyó a infundirme un sentimiento de invencible terror. Retrocedí horrorizado y por segunda vez busqué la puerta, sin conseguir dar con ella, porque el anfiteatro era circular y la puerta, a contrapeso como las de las iglesias, encajaba perfectamente en la pared. El miedo me hizo un nudo en la garganta y agitó mis miembros con un temblor convulsivo. Daba vueltas en torno a aquellos muros inflexibles como un prisionero en su calabozo; apoyaba las manos en cada entrepaño, esperando hallar por fin la puerta y hacerla ceder a mi presión. Pero todas mis tentativas fueron en vano. Las paredes parecían rechazarme. Quizás el miedo me había quitado las fuerzas hasta para mover una puerta. Las campanas seguían doblando, lentas e inexorables. Me castañeteaban los dientes; un sudor frío perlaba mi frente. Había salido la luna, y su pálida luz se filtraba a través de la roja cortina de la ventana. Poco a poco los objetos empezaron a salir de la sombra. Distinguí los instrumentos de cirugía, que arrojaban sobre las paredes largas sombras extrañas; luego, las mesas de mármol negro, cuyas aristas retenían un rayo de luz; luego, los escalpelos desperdigados; después, los cadáveres… Había dos; solamente dos. Uno, el de un viejo ya trabajado por nuestras manos. Le reconocí al punto. Otro, el de una joven fallecida la víspera y todavía fresca. El viejo, descuartizado, sanguinolento, medio separados los miembros del cuerpo, tenía un aspecto espeluznante. La joven, hermosa, con esa fascinadora belleza de la muerte que la pulmonía deja a sus víctimas, atraía invenciblemente mis miradas. Estaban dando las doce de la noche, y cada toque del reloj mezclaba su tañido solemne al canto fúnebre de las campanas. Comenzaba el día de los difuntos. Mi terror se hizo aún más intenso. Me parecía que aquellos cadáveres iban a pedirme cuentas por mi profanación, pues el 2 de noviembre, en todas las facultades de medicina, el anfiteatro permanece cerrado; se respeta a los muertos, como si ese día sus almas velaran en torno a sus cuerpos. Inmóvil y helado de frío, permanecía acurrucado al pie de la pared del recinto, sin poder apartar los ojos del cadáver de la joven. De pronto me estremecí. Me había parecido oír un gemido ahogado. Escuché, aguzando el oído con ese terror que hace adquirir a los sentidos una extraordinaria sutileza; un ruido más prolongado turbó el silencio. Miré a mi alrededor y creí ver moverse lentamente la cabeza del viejo sobre su cabecera de mármol. Tuve miedo de volverme loco, la sangre se me subió a la cabeza y me azotó violentamente las sienes. Quería huir a toda costa, pero mis esfuerzos insensatos sólo servían para hacerme dar vueltas en torno al mismo círculo. Las campanas, lentas al principio como las quejas de un enfermo, se pusieron a tocar a vuelo, acompasando sus apremiantes tañidos como estertores de agonía. El trepidar de los cristales repetía su son con notas lamentables. Se habría dicho que los muertos lloraban pidiendo merced y piedad; o que se despertaban, que se levantaban en nutridas legiones, lanzando a los cuatro vientos su grito de guerra. Caí de rodillas, sin fuerzas ya ni juicio, turbada la vista, extraviada la razón. Ahora, sin ningún género de dudas, había oído un suspiro cerca de mí; ¡ahora había visto moverse los cadáveres! Me sentí morir. El viejo había empezado a lanzar lúgubres gemidos, pues no lograba mover la cabeza, despojada del cráneo, ni sus miembros, lacerados por el escalpelo o cercenados por la sierra. Hacía esfuerzos inauditos para incorporarse sobre el mármol, y a cada movimiento se estremecía su encéfalo sanguinolento. Por fin consiguió sentarse, y sus ojos, fuera casi de las órbitas, escrutaron las tinieblas. —Hoy es el día de los difuntos —dijo con voz que resonó hasta en lo más profundo de mis entrañas—; ¡los muertos se despiertan y se vengan! »¿Quién está ahí, conmigo, en este horrible antro de cadáveres…? ¡Una joven! ¡Chiquilla, levántate! »Levántate, pues aún tienes tus miembros y descansas en la ignorancia del suplicio que te espera. »¡Hoy es el día de los difuntos…! ¡Los muertos se despiertan y se vengan!». Lentamente, la joven se levantó a su vez abriendo sus ojos fijos. —¡Pobre muchacha! ¡Ah, acabas de expirar y no imaginas las torturas que nos reservan los vivos, esas execrables criaturas…! Los muertos, dicen, ¿qué son al fin y al cabo? ¡Carne inerte que va a pudrir la tierra! ¡Materia insensible apta para ejercitar el escalpelo! »Y sin embargo, esta carne helada que no estremece ningún escalofrío, siente, padece… hasta la hora de su total disolución… Cuando el instrumento cortante hiende la piel, sentimos la punta aguda y punzante; cuando nuestras entrañas se esparcen fuera del vientre, quisiéramos poder retenerlas, defenderlas contra el sacrílego que las roba; cuando nuestro cerebro gime bajo el trépano, cuando nuestro corazón sangra bajo el bisturí, sufrimos desgarrados por los más intensos dolores: unos dolores de los que nuestros verdugos no tienen idea, ¡ellos que todavía pueden morir! »¡Ah, tengo el cráneo abierto! ¡Sufro horriblemente! »¿Qué buscan en mi cabeza… el pensamiento tal vez? »¡Y en nombre de la ciencia los bárbaros nos trinchan, nos descuartizan y nos hurgan en las entrañas…! »¡Ja, ja, ja! ¡Pero ellos serán muertos un día! —añadió con una retumbante carcajada. »Hoy es el día de los difuntos… ¡los muertos se despiertan y se vengan! »¡Vamos! Deja tu lecho de mármol y acércate al mío… ¡Así! Acércate, tú que puedes andar… ¡Muy bien! Siéntate ahora y contempla a nuestro alrededor los instrumentos de tortura… »¡Pobre niña! Muerta hace unas horas, tú crees dormir, ¿no? ¡Pues bien, ya vendrán…! No tardarán en venir… Te abrirán el pecho para buscar la tisis que te ha matado… Te desgajarán los huesos y no podrás gritar… Te hurgarán en el corazón y sentirás hundirse en él una y mil veces la buida lanceta, entre el estruendo de sus risotadas. ¡Pues encima se ríen, los miserables, mientras nos despedazan…! ¡Hablan de sus orgías…! ¡Hablan de sus barraganas! »Y luego, cuando todo haya terminado, cuando una parte de tu ser haya sido arrojada al vertedero, cuando tus manos o tus pies, tan hermosos ahora, hayan sido cortados y se los hayan llevado para jugar con ellos, envolverán tus restos en una tosca sábana, ¡una sábana de caridad!, los meterán en una caja de mal unidas tablas y los arrojarán en una fosa innoble… ¡Al azar! ¡Encima de mí, encima de los muertos de ayer, bajo los de mañana, entre un viejo mendigo y algunos restos de vergüenza o de crimen! »Sentirás todo eso: el peso de la tierra, la presión de otro ataúd sobre el tuyo, el frío de la nieve, la humedad de la lluvia… »Tus sufrimientos durarán mucho… mucho tiempo… hasta que los gusanos hayan roído tus huesos; hasta que la árida tierra se haya bebido el jugo de tu carne, para criar hierba y flores… »Ahí tienes lo que sufren los muertos, bajo la tiranía de los vivos que reinan sobre la tierra… Pero hoy es el día de los difuntos… ¡los difuntos se levantan y se vengan…! Y el cadáver, orgulloso de su reinado de una hora, se incorporó, terrible, paseando en torno suyo una mirada fija. —… Pero ¿qué veo…? ¡Mira! ¿Quién se esconde allí abajo a la sombra de una mesa…? Habría un muerto con nosotros… ¡Cómo brillan esos ojos…! ¿Será un vivo, quizá…? »¿Un vivo? ¿Un verdugo…? ¡Sí, sí… es un vivo…! Mira cómo se encoge… como parece pedir un refugio a las paredes… Escucha en su garganta el estertor del miedo… ¡Ja, ja, ja! ¡Ahora es la nuestra! ¡Hala, muchacha, hala! En tus manos lo dejo, ¡es tu presa! »Ponle la mano en el corazón y sentirás si late… »¿Late…? ¡Ah, pues entonces, véngate, difunta…! El doctor vaciló y sus labios se pusieron pálidos; la palabra expiró en su garganta. Todos le rodearon inmediatamente. Le hicieron respirar sales, pero su desfallecimiento no duró más que unos segundos. Sus ojos volvieron a abrirse, la palabra tornó a sus labios, y con voz ahogada añadió: —Entonces sentí las dos manos de la muerta estrecharme el cuello con un cerco helado… y, en la mejilla… ahí, donde ven ustedes esa cicatriz… donde usted me besó, Paulina… experimenté un dolor tan agudo que el pensamiento no puede siquiera concebirlo. Fue primero una mordedura, hecha con unos dientes que parecían diamantes de hielo; luego una succión horrible, que me sorbía la vida… Perdí el conocimiento. Cuando abrí los ojos era de día y estaba en mi lecho con una fiebre ardiente. A mi alrededor se apretaban mis camaradas y mis amigos. —¡Pero, hombre! —me dijeron, riendo—. ¿Se puede saber qué diablo vas a hacer de noche al anfiteatro con los finados ? ¿Tomas a las difuntas por modistillas cuando estás con la trompa? —Hoy… hoy es el día de los difuntos —repetía yo maquinalmente—. ¡Los muertos se despiertan y se vengan! —¡No digas disparates! ¿Te has vuelto loco? Vamos a aplicarte unas compresas de agua fría a la cabeza… Conté la horrible historia, pero los estudiantes no vieron en mi relato más que el eco de una hora de delirio. —¡Visiones! —exclamaron—. ¡Vapores de borracheras mezclados con remembranzas de cuentos de viejas…! Luego se esforzaron por demostrarme a la luz de la razón la imposibilidad de tales hechos. Me refirieron todas las historias de alucinaciones, desde la más remota antigüedad; y por un momento estuve dispuesto a creer que había sido víctima de una espantosa pesadilla hija del vino y el miedo. Vacilaba yo, pues, entre sus razonamientos y mi memoria, cuando algo desplazó un apósito que tenía sobre la cabeza y sentí un vivo escozor en la mejilla. Volvieron de pronto todos mis terrores; pedí un espejo, arrojando lejos de mí las compresas y las hilas. En mi mejilla sangraba una herida en la que se veía la marca de diez dientes. —¿Y esto? —alegué—. ¿También es un sueño? Si mi cerebro delirante ha oído hablar a los muertos, si este drama fúnebre se debe tan sólo a la fuerza de mi imaginación sobreexcitada, ¿también me he mordido yo mismo? No había nada que responder a esta prueba terrible. Mis amigos dudaron y se callaron. Me atendieron y me curé. Pero desde entonces no volví a entrar en un anfiteatro anatómico, y he defendido a todos mis muertos contra la autopsia. Las chicas jóvenes, cuando son altas y pálidas como Paulina, me causan un efecto extraño. Ahora comprenderán ustedes lo que el beso imprevisto de esta querida niña me hizo experimentar ayer, en una fecha y a una hora en que, a lo largo de treinta años, nunca he podido librarme de mis terrores. Por un segundo me hizo el efecto de… Paulina, ¡de ésta no saldré! La señora de M. y sus amigos rodearon inmediatamente al doctor Maynaud para tranquilizarle. Mil protestas de simpatía le llegaron de todas partes. Se habló de curación, de olvido, del día de mañana… Pero al año siguiente, la velada de Todos los Santos transcurrió tristemente en la quinta de la señora de M. En la reunión consabida de amigos y vecinos faltaba el doctor y, al recordarlo, nadie pudo evitar que se le encogiera de angustia el corazón. FIN Autor: Claude Vignon Título: Los muertos se vengan Título Original: Les morts se vengent Publicado en: Minuit!! Récits de la veillée (1856) Traducción: Ediciones del Arce











