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- "La marca de Caín", cuento de Arthur C. Clarke
La marca de Caín Arthur C. Clarke Tibor no lo vio. Estaba durmiendo e inmerso en su inevitable y doloroso sueño. Sólo Joey se encontraba despierto sobre cubierta, en la fresca quietud que precede a la aurora, cuando apareció el llameante meteoro encima de Nueva Guinea. Observó cómo ascendía el cielo hasta pasar directamente por encima de su cabeza, apagando las estrellas y proyectando sombras que se movían rápidamente sobre la atestada cubierta. La fuerte luz perfiló el aparejo desnudo, las cuerdas enrolladas y los tubos de aire, las escafandras hábilmente colocadas para la noche, incluso la isla baja y cubierta de palmeras a media milla de distancia. Al pasar hacia el sudoeste, sobre el vacío del Pacifico, empezó a desintegrarse. Desprendió glóbulos incandescentes, dejando una estela de fuego a lo largo de un cuarto de su trayectoria en el cielo. Empezaba ya a extinguirse cuando Joey lo perdió de vista. Todavía resplandeciendo, se hundió en el horizonte, como si tratase de arrojarse contra la cara del sol oculto. Si la vista era espectacular, el silencio absoluto resultaba enervante. Joey se quedó esperando, pero ningún sonido llegaba del cielo hendido. Cuando unos minutos más tarde se oyó un súbito chasquido en el mar, a poca distancia, la sorpresa le produjo un involuntario sobresalto; después se maldijo por haberse dejado asustar por una manta, aunque tenía que ser muy grande para haber hecho aquel ruido al saltar. No oyó nada más, y entonces volvió a dormirse. En su estrecha litera, a popa del compresor de aire, Tibor no oyó nada. Dormía tan profundamente después del trabajo del día que le quedaba poca energía, incluso para los sueños. Y cuando los tenía, no eran los que hubiese querido. En las horas de oscuridad, cuando su mente rondaba por el pasado, nunca se detenía, en recuerdos de deseo. Había tenido mujeres en Sydney, en Brisbane, en Darwin y en Thursday Island, pero ninguna en sus sueños. Lo único que siempre recordaba al despertar, en la fétida quietud del camarote, era el polvo, el fuego y la sangre cuando los tanques rusos entraron en Budapest. Sus sueños no eran de amor sino sólo de odio. Cuando Nick lo sacudió para despertarlo, estaba esquivando a los guardias en la frontera austríaca. Tardó unos segundos en hacer el viaje de quince mil kilómetros hasta el Great Barrier Reef. Entonces bostezó, echó a patadas a las cucarachas que le hacían cosquillas en los dedos de los pies, y bajó de la litera. El desayuno era el mismo de siempre, desde luego: arroz, huevos de tortuga y carne en conserva, regado todo ello con té fuerte y dulce. Lo mejor de la comida de Joey era la abundancia. Tibor estaba acostumbrado a la monótona dieta. Lo compensaba, al igual que de otras privaciones, cuando volvía al continente. El sol apenas había asomado en el horizonte cuando amontonaron los platos en la pequeña cocina y el lugre emprendió su ruta. Nick parecía animado al ponerse al timón y apartarse de la isla. El viejo pescador de perlas tenía motivos para estarlo, ya que el banco de conchas en el que trabajaban era el más rico que Tibor había visto jamás. Con un poco de suerte llenarían la bodega en un día o dos y volverían a Thursday Island con media tonelada de conchas a bordo. Y entonces, con un poco más de suerte, podría dejar este peligroso trabajo y volver a la civilización. Y no es que lamentase nada. El griego lo había tratado bien, y él había encontrado algunas perlas muy buenas al abrir las conchas. Pero ahora, después de nueve meses en el Reef, comprendía por qué el número de submarinistas blancos podía contarse con los dedos de una mano. Los japoneses, los canacas y los isleños podían soportarlo; pero muy pocos europeos. El diésel enmudeció y el Arafura se detuvo. Estaban a unos tres kilómetros de la isla, baja y verde sobre el agua, pero separada de ésta por una estrecha franja de playa deslumbrante. No era más que un banco de arena sin nombre, del que había logrado apoderarse un pequeño bosque. Sus únicos moradores eran las innumerables y estúpidas pardelas que anidaban en el blando suelo y hacían la noche odiosa con sus gritos agoreros. Los tres buceadores apenas hablaron mientras se vestían. Cada uno sabía lo que tenía qué hacer y no perdía tiempo en llevarlo a cabo. Al abrocharse Tibor la gruesa chaqueta de twill, Blanco, su ayudante, lavó el cristal del casco con vinagre, para que no se empañase. Entonces Tibor bajó por la escalera de cuerda, mientras le ponían el pesado casco y el coselete de plomo. Aparte de la chaqueta, cuyo relleno repartía el peso por igual sobre sus hombros, llevaba su ropa corriente. En aquellas aguas cálidas no había necesidad de trajes de caucho. El casco actuaba simplemente como una pequeña campana de buzo mantenida en posición por su propio peso. En caso de emergencia, el que lo llevaba (si tenía suerte) podía desprenderse de él y subir nadando sin estorbos a la superficie. Tibor lo había visto hacer, pero no tenía el menor deseo de experimentarlo. Cada vez que se plantaba en el último escalón, agarrando el saco para las conchas con una mano y el cable de seguridad con la otra, acudía a su mente la misma idea. Estaba dejando el mundo que conocía; pero ¿era para una hora… o para siempre? Abajo, en el fondo del mar, estaban las riquezas y la muerte y uno no podía estar seguro de cuál de las dos cosas le esperaba allí. Lo más probable es que fuera un día más de trabajo pesado y sin incidentes, como lo eran la mayoría de los días de la vida monótona del pescador de perlas. Pero Tibor había visto morir a uno de sus compañeros al enredarse el tubo del aire en la hélice del Arafura. Y había sido testigo de la agonía de otro, víctima de la enfermedad de los buzos. En el mar, nada era nunca seguro o cierto. Uno se arriesgaba con los ojos abiertos. Y si perdía, de nada servían las lamentaciones. Se apartó de la escalera, y el mundo del sol y el cielo dejó de existir. Debido al peso del casco, tuvo que agitar frenéticamente los pies para mantener el cuerpo vertical. Sólo podía distinguir una niebla azul y amorfa al hundirse hacia el fondo. Esperó que Blanco no tirase demasiado pronto del cable de seguridad. Tragando saliva y bufando, trató de despejar los oídos al aumentar la presión. El derecho se «destapó» con bastante rapidez, pero un dolor punzante, insoportable, aumentó rápidamente en el izquierdo, que lo molestaba desde hacía varios días. Metió la mano debajo del casco, se tapó la nariz y sopló con toda su fuerza. Hubo una brusca y silenciosa explosión dentro de su cabeza y el dolor cesó al instante. Ya no tendría más dificultades en esta inmersión. Tibor tocó el fondo antes de verlo. Su visión hacia abajo era muy limitada pues no podía inclinarse sin correr el riesgo de que se inundase el casco. Podía ver a su alrededor, pero no inmediatamente debajo de él. Lo que contempló era tranquilizador en su monotonía: un llano cenagoso y ligeramente ondulado que se difuminaba a unos tres metros de distancia. A un metro a su izquierda un pececillo mordisqueaba un trozo de coral del tamaño y la forma de un abanico. Esto era todo. Aquí no había belleza ni era un lugar de ensueño submarino. Pero había dinero. Y eso era lo que importaba. El cable de seguridad dio un ligero tirón al empezar a derivar en la dirección del viento, moviéndose de lado sobre el sector, y Tibor empezó a avanzar con el paso saltarín y lento que le imponía la ingravidez y la resistencia del agua. Como buzo número dos, trabajaba desde la proa. En medio estaba Stephen, todavía algo inexperto, y a popa Billy, el primer buzo. Los tres hombres raras veces se veían cuándo estaban trabajando; cada uno tenía su propio territorio que explorar, mientras el Arafura se deslizaba en silencio a favor del viento. Sólo en los extremos de los zigzags que trazaban, a veces se veían de refilón como vagas sombras entre niebla. Se necesitaba práctica para distinguir las conchas debajo del camuflaje de algas y hierbas, pero con frecuencia los moluscos se delataban ellos mismos. Cuando sentían las vibraciones del hombre que se acercaba, se cerraban de golpe, y entonces se producía un fugaz destello nacarado en la penumbra. Sin embargo, incluso éstas escapaban a veces pues el barco en movimiento podía arrastrar al pescador antes de que pudiese agarrar su presa. En los primeros días de aprendizaje, a Tibor se le habían escapado bastantes ostras grandes, cualquiera de las cuales podía haber contenido una perla fabulosa. O así se lo había imaginado, antes de que se extinguiese para él el atractivo de la profesión y se percatase de que aquellas perlas resultaban tan raras que era mejor olvidarse de ellas. La perla más valiosa que había pescado se había vendido por veinte libras, y las conchas que recogía en una buena mañana valían más. Si la industria hubiese dependido de las perlas y no del nácar, habría quebrado hacía años. No había sentido del tiempo en este mundo de niebla. Uno caminaba debajo de la embarcación móvil e invisible, con el zumbido del compresor de aire golpeándole los oídos, y la verde neblina moviéndose delante de los ojos. A largos intervalos se descubría una concha, se la arrancaba del fondo del mar y se metía en la bolsa. Si uno tenía suerte, podía recoger un par de docenas en una sola inmersión. Pero también era posible que no encontrase ninguna. Uno estaba alerta ante el peligro, pero éste no le preocupaba. Los verdaderos riesgos eran accidentes sencillos y nada espectaculares, como que se enredasen el tubo del aire o el cable de seguridad, no los tiburones, los grandes peces ni los pulpos. Los tiburones huían al descubrir burbujas de aire y en todas las horas de inmersión, Tibor sólo había visto un pulpo de medio metro de diámetro. En cuanto a los peces gigantescos, bueno, había que tomarlos en serio porque se podían tragar de golpe a un buzo si estaban hambrientos. Pero no era probable encontrarlos en esta llanura desalada. No había cuevas de coral donde pudiesen establecer sus hogares. Por consiguiente, la impresión no habría sido tan fuerte, si este ambiente gris y uniforme no le hubiese dado una sensación de seguridad. Estaba caminando con regularidad hacia una pared de niebla inalcanzable que se retiraba tan deprisa como acercaba él. Y entonces, sin previo aviso, una particular pesadilla tomó cuerpo encima de él. Tibor odiaba las arañas, y había cierta criatura en el mar que parecía deliberadamente dispuesta a aprovecharse de aquella fobia. Él no había visto ninguna y su mente había eludido siempre la idea de semejante encuentro, pero sabía que el cangrejo araña japonés puede medir tres metros y medio desde las patas de un lado a las del otro. El hecho de que fuese inofensivo no le importaba en absoluto. Un cangrejo araña grande como un hombre no tenía derecho a la existencia. En cuanto vio aparecer aquella jaula de miembros flacos en la masa gris de las aguas, Tibor empezó a chillar con terror incontrolable. No recordaba haber tirado del cable de seguridad, pero Blanco reaccionó con la percepción instantánea del ayudante ideal. Resonando todavía sus gritos en el casco, Tibor sintió que lo arrancaban del fondo del mar y lo subían hacia la luz, el aire… y la cordura. Mientras ascendía, comprendió lo absurdo de su miedo y recuperó algo de su dominio. Pero cuando Blanco le quitó el casco, aún temblaba violentamente y tardó algún tiempo en poder hablar. —¿Qué diablos pasa aquí? —preguntó Nick—. ¿Es que todos queréis terminar el trabajo antes de la hora? Entonces Tibor se dio cuenta de que no había sido el primero en subir. Stephen estaba sentado en mitad del barco, fumando un cigarrillo, y al parecer totalmente despreocupado. Un ayudante izaba al buzo de popa, que se preguntaría sin duda qué había sucedido, ya que el Arafura se había detenido y todas las operaciones se habían suspendido hasta que se resolviese la cuestión. —Hay una especie de embarcación hundida ahí abajo —dijo Tibor—. Tropecé con ella. Lo único que pude ver fue un montón de cuerdas y de palos. Para su gran contrariedad, el recuerdo hizo que empezase a temblar de nuevo. —No veo por qué eso te provocó el tembleque —gruñó Nick. Tampoco podía comprenderlo Tibor, sobre la cubierta bañada por el sol. Era imposible explicar cómo podía una forma inofensiva, vista a través de una niebla, llenar completamente la mente de terror. —Casi me enredé con aquello —mintió—. Blanco tiró de mí con el tiempo justo. —¡Hum! —murmuró Nick, no muy convencido—. En todo caso, no es un barco. —Señaló hacia el buzo que estaba en mitad de la embarcación—. Steve tropezó con un montón de cuerdas y de tela, dice que como un nylon grueso. Parece una especie de paracaídas. —El viejo griego miró disgustado la mojada colilla de su puro y la arrojó por encima de la borda—. En cuanto hayas subido Billy, iremos a echar un vistazo. Puede que valga algo; recordad lo que le ocurrió a Jo Chambers. Tibor lo recordaba; la historia era famosa a lo largo del Great Barrier Reef. Jo había sido un pescador solitario que, en los últimos meses de la guerra, había descubierto un DC-3 en aguas poco profundas a pocos kilómetros de la costa de Queensland. Después de prodigios de recuperación sin ayuda de nadie, se había abierto paso en el fuselaje y empezado a descargar cajas de herramientas perfectamente protegidas con envolturas impermeables. Durante un tiempo había realizado un fructífero negocio de importaciones, pero cuando la policía dio con él, reveló de mala gana la identidad de su proveedor. Los «polis» australianos pueden ser muy persuasivos. Y fue entonces, después de semanas y semanas de fatigoso trabajo debajo del agua, cuando Jo descubrió lo que había estado transportando el DC-3 además de las herramientas que, por valor de unos pocos miles de dólares, había estado vendiendo a los garajes y talleres del continente. Las grandes cajas de madera que no se había decidido a abrir contenían la paga de una semana de las fuerzas del Pacífico. Aquí no habría tanta suerte, pensó Tibor al saltar de nuevo al agua. Pero el avión (o lo que fuese) podía contener instrumentos valiosos y tal vez habría una recompensa para quien los descubriese. Además, estaba en deuda consigo mismo. Quería ver exactamente qué era lo que le había causado semejante susto. Diez minutos más tarde supo que no era ningún avión. Tenía otra forma y era mucho más pequeño; sólo unos seis metros de largo y la mitad de ancho. El estrecho objeto tenía escotillas de acceso y pequeñas portillas a través de las cuales atisbaban el mundo unos instrumentos desconocidos. Daba la impresión de estar desarmado, aunque un extremo parecía haber sido fundido por un terrible calor. Del otro brotaba una maraña de antenas, todas ellas rotas o torcidas por el choque contra el agua. Incluso ahora tenían un increíble parecido con las patas de un insecto gigante. Tibor no era tonto. Enseguida sospechó lo que era aquello. Sólo subsistía un problema, y lo resolvió con facilidad. Aunque borradas en parte por el calor, aún había palabras legibles grabadas en algunas escotillas. Los caracteres eran cirílicos, y Tibor conocía el ruso lo bastante como para captar referencias a materiales electrónicos y sistemas de presurización. «Así que han perdido un sputnik», se dijo, satisfecho. Podía imaginar lo sucedido. Aquella cosa había descendido demasiado aprisa y a un lugar equivocado. En uno de los extremos había restos de flotadores; se habían reventado con el impacto y el vehículo se había hundido como una piedra. La tripulación del Arafura tendría que disculparse con Joey. No había estado bebiendo. Lo que había visto arder en el cielo seguramente sería el cohete portador, que se había separado de su carga y caído sin control en la atmósfera de la Tierra. Tibor permaneció durante mucho rato en el fondo del mar, con las rodillas dobladas a la manera típica del buzo, mientras observaba aquella criatura del espacio atrapada ahora en el elemento extraño. Su mente estaba llena de planes a medio elaborar, pero ninguno de ellos estaba todavía claro. Ya no le importaba el dinero del salvamento. La perspectiva de la venganza era mucho más importante. Aquí estaba una de las creaciones de las que más se enorgullecía la tecnología soviética, y Szabo Tibor, oriundo de Budapest, era el único hombre del mundo que lo sabía. Tenía que haber alguna manera de aprovechar la situación, de producir daño al país y a la causa que ahora odiaba con tan ardiente intensidad. Aún no se había entretenido en analizar el verdadero motivo de este odio. Aquí, en este mundo solitario de mar y cielo, de vaporosos manglares y deslumbrantes bancos de coral, no había nada que le recordase el pasado. Sin embargo, no podía librarse de él. Algunas veces despertaban los demonios de su mente y tenía accesos de rabia o un deseo cruel y desenfrenado de destrucción. Hasta ahora había tenido suerte; no había matado a nadie. Pero algún día… Un inquieto tirón de Blanco interrumpió sus sueños de venganza. Dio una señal tranquilizadora a su ayudante e inició un examen más atento de la cápsula. ¿Cuánto pesaba? ¿Podía ser izada fácilmente? Debía descubrir muchas cosas, antes de trazar algún plan definitivo. Se apoyó en la pared de metal ondulado y empujó cautelosamente. Percibió un claro movimiento, al oscilar la cápsula sobre el fondo marino. Tal vez podría ser levantada, incluso con las pocas poleas de que disponía el Arafura. Probablemente era más ligera de lo que parecía. Tibor apretó el casco contra la sección plana de la cápsula y escuchó con atención. Había tenido cierta esperanza de oír algún ruido mecánico, como el zumbido de motores eléctricos. Pero el silencio era absoluto. Golpeó el metal con el mango de su cuchillo, tratando de calcular su grosor y de localizar cualquier punto débil. Su tercer intento dio resultado, pero no fue lo que esperaba. La cápsula le respondió con un furioso y desesperado repiqueteo. Hasta este momento a Tibor no se le había ocurrido pensar que pudiese haber alguien en el interior. La cápsula le había parecido demasiado pequeña. Entonces se dio cuenta de que había estado pensando en términos de aviación convencional. Allí había espacio suficiente para un pequeño camarote a presión en el que un abnegado astronauta podría pasar unas pocas horas encogido. Así como un calidoscopio puede cambiar completamente su dibujo en un solo movimiento, así los planes medio elaborados en la mente de Tibor se disolvieron y cristalizaron después en una nueva forma. Se humedeció los labios con la lengua detrás del grueso cristal del casco. Si Nick hubiese podido verlo, ahora se habría preguntado, como había hecho ya algunas veces, si su buzo número dos estaba completamente cuerdo. Todas sus ideas de una venganza remota e impersonal contra algo tan abstracto como una nación o una máquina se alejaron de su mente. Ahora sería una cuestión de hombre a hombre. —Te has tomado tiempo, ¿no? —dijo Nick—. ¿Qué has descubierto? —Es ruso —dijo Tibor—. Algún tipo de sputnik. Si lo atamos con una cuerda creo que podremos levantarlo del fondo. Pero es demasiado pesado para subirlo a bordo. Nick dio una chupada a su eterno puro, con expresión reflexiva. El jefe estaba preocupado por una cuestión que no se le había ocurrido a Tibor. Si se realizaba alguna operación de salvamento allí, todos sabrían el sitio donde había estado el Arafura. Cuando llegase la noticia a Thursday Island, su banco de ostras particular sería limpiado en un santiamén… Tendrían que mantener en secreto todo el asunto o remolcar ellos mismos aquella maldita cosa y no decir dónde la habían encontrado. En todo caso, más parecía un engorro que algo valioso. Nick, que compartía casi todos los prejuicios de los australianos contra la autoridad, estaba convencido de que lo único que sacarían de su trabajo sería una bonita carta de agradecimiento. —Los muchachos no quieren bajar —anunció—. Creen que es una bomba. Quieren dejarla donde está. —Diles que no se preocupen —replicó Tibor—. Yo me encargaré de esto. Trató de mantener su voz fría y normal, pero aquello era demasiado bonito para ser verdad. Si los otros oían los golpes desde dentro de la cápsula, sus planes se derrumbarían. Señaló hacia la isla verde y adorable en el horizonte. —Sólo podemos hacer una cosa. Si conseguimos levantarla medio metro del fondo podremos llevarla hacia la costa. Una vez en aguas poco profundas, no será muy difícil arrastrarla hasta la playa. Utilizaremos los botes y tal vez enganchemos una polea en uno de aquellos árboles. Nick consideróla idea sin mucho entusiasmo. Dudaba de que el sputnik pudiese pasar a través del arrecife, incluso a sotavento de la isla, Pero era partidario de alejarlo de su banco de conchas. Siempre podrían dejarlo en otra parte, señalar el lugar con una boya y reclamar el mérito del hallazgo. —Está bien —dijo—. Baja. Esa cuerda. de dos centímetros es la más fuerte que tenemos; será mejor que te la lleves. Pero no te pases todo el día en esto; ya hemos perdido bastante tiempo. Tibor no tenía intención de pasar todo el día ahí. Seis horas serían más que suficientes. Ésta era una de las primeras cosas que había aprendido de las señales a través de la pared. Era una lástima que no pudiese oír la voz del ruso; pero el ruso podía oírle y esto era lo que realmente importaba. Cuando apoyó el casco en el metal y grito, la mayoría de sus palabras fueron comprendidas. Hasta ahora había sido una conversación amistosa; Tibor no tenía intención de mostrar sus cartas hasta el momento psicológico adecuado. La primera operación había sido establecer una clave: un golpe para decir «Sí» y dos para decir «No». Después se trataba sólo de hacer las preguntas más convenientes. Con tiempo, no había un hecho ni una idea que no se pudiese comunicar por medio de estas dos señales. Habría sido mucho más difícil si Tibor se hubiese visto obligado a emplear su rudimentario ruso. Se había alegrado, aunque no sorprendido, al descubrir que el piloto atrapado comprendía perfectamente el inglés. Había aire en la cápsula para otras cinco horas; su ocupante estaba ileso; sí, los rusos sabían el lugar donde había caído. La última respuesta dio que pensar a Tibor. Tal vez el piloto estaba mintiendo, pero podía ser verdad lo que decía. Aunque algo había funcionado evidentemente mal en el regreso proyectado a la Tierra, los buques de rastreo del Pacífico tenían que haber localizado el lugar del impacto, aunque no podía saber con qué exactitud. Pero ¿qué importaba eso? Podían tardar días en llegar aquí, aunque viniesen a toda velocidad a las aguas territoriales australianas sin molestarse en pedir permiso a Canberra. Era dueño de la situación. Toda la fuerza de la URSS no podría hacer nada para frustrar sus planes antes de que fuese demasiada tarde. La pesada cuerda cayó en rollos sobre el fondo marino, levantando una nube de limo que se alejó como humo, impulsado por la lenta corriente. Ahora que el sol estaba más alto en el cielo, el mundo submarino ya no se encontraba envuelto en una penumbra gris. El fondo del mar era incoloro pero brillante, y el límite de la visión estaba ahora casi a cinco metros de distancia. Tibor pudo observar toda la cápsula espacial por primera vez. Era un objeto tan peculiar, diseñado para condiciones más allá de toda experiencia normal, que engañaba a la vista. Uno buscaba en vano la parte de delante y la de atrás. No había manera de saber en qué dirección apuntaba al volar a toda velocidad en su órbita. Tibor apretó el casco contra el metal y gritó. —¡He vuelto! —anunció—. ¿Puede oírme? Pam. —He traído una cuerda y voy a atarla a los cables del paracaídas. Estamos a unos tres kilómetros de una isla. En cuanto la hayamos atado, pondremos rumbo hacia ella. No podemos sacarle del agua con la polea que llevamos a bordo, así que trataremos de llevarle a la playa. ¿Comprende? Pam. Sólo tardó unos momentos en atar la cuerda; ahora era mejor que se apartase antes de que el Arafura empezase a levantar la cápsula. Pero primero tenía que hacer algo. —¡Eh! —gritó—. He atado la cuerda. Levantaremos esto dentro de un minuto. ¿Me oye? Pam. —Entonces también podrá oír esto: nunca saldrá vivo de ahí. También esto lo he atado bien. Pam, Pam. —Tardará cinco horas en morir. Mi hermano tardó más, cuando pasó por un campo de minas. ¿Comprende? ¡Soy de Budapest! Le odio a usted, a su país y a todo lo que éste defiende. Me han arrebatado mi casa, mi familia; han convertido a mis compatriotas en esclavos. ¡Ahora me gustaría ver su cara! Me gustaría verle morir. También a Theo le vi morir. Cuando estemos a medio camino de la isla, esta cuerda se romperá por donde yo la corte. Bajaré y ataré otra, y ésta también se romperá. Puede quedarse sentado y esperar las sacudidas. Tibor se detuvo bruscamente, agotado por la violencia de sus emociones. No había lugar para la lógica o la razón en este orgasmo de odio. No se detuvo para pensar, porque no se atrevía a hacerlo. Pero en lo más recóndito de su mente, la verdad se estaba abriendo paso hacia la luz de la conciencia. No era a los rusos a quienes odiaba por todo lo que habían hecho. Se odiaba a sí mismo, porque había hecho más. La sangre de Theo y de diez mil compatriotas había manchado sus propias manos. Nadie había sido más comunista que él ni nadie había creído más estúpidamente la propaganda de Moscú. En el instituto y en la universidad había sido el primero en buscar y denunciar a los «traidores» (¿a cuántos de ellos había enviado a los campos de trabajo o a las cámaras de tortura de la AVO?). Cuando descubrió la verdad, ya era demasiada tarde. Y ni siquiera entonces había luchado. Había echado a correr. Había corrido por todo el mundo, tratando de escapar a su culpa, y las drogas del peligro y la disipación lo habían ayudado a olvidar el pasado. Los únicos placeres que ahora le ofrecía la vida eran los abrazos sin amor que buscaba febrilmente cuando estaba en tierra firme, y su actual modo de existencia era prueba de que aquello no era suficiente. Si ahora podía hacer tratos con la muerte, era sólo porque había venido aquí en busca de ella. No hubo ningún sonido en la cápsula. Su silencio parecía despectivo, burlón. Tibor la golpeó con furia con el mango del cuchillo. —¿Me has oído? —gritó—. ¿Me has oído? Ninguna respuesta. —¡Maldito seas! ¡Sé que estás escuchando! ¡Si no contestas, haré un agujero en la cápsula para que entre el agua! Estaba seguro de que podía conseguirlo con la afilada punta del cuchillo. Pero esto era lo último que quería hacer; sería demasiado rápido, un fin demasiado fácil. Seguía sin oír nada; tal vez el ruso se había desmayado. Tibor esperó que no fuese así, pero era inútil demorarse aún más. Propinó un fuerte golpe de despedida a la cápsula e hizo señal a su ayudante. Nick tenía noticias para él cuando salió a la superficie. —La radio de Thursday Island no ha parado un momento —dijo—. Los rusos están pidiendo a todo el mundo que busquen uno de sus cohetes. Dicen que debe estar flotando en alguna parte, frente a la costa de Queensland. Parece que están muy interesados en recuperarlo. —¿Han dicho algo más sobre él? —preguntó ansiosamente Tibor. —Sí, que ha dado un par de vueltas alrededor de la Luna. —¿Eso es todo? —Nada más, que yo recuerde. Usaban muchos términos científicos que no comprendía. Era de suponer; cuando fallaba alguno de sus experimentos, los rusos lo mantenían en secreto tanto como les era posible. —¿Has dicho a Thursday Island que lo hemos encontrado? —¿Estás loco? Además, el transmisor no funciona; no podría hacerlo, aunque quisiera. ¿Has fijado bien la cuerda? —Sí; mira si puedes levantarla del fondo. El extremo de la cuerda había sido atado alrededor del palo mayor y en pocos segundos quedó tirante. Aunque el mar estaba en calma, había un ligero oleaje y el lugre oscilaba en ángulos de diez o quince grados. A cada balanceo, las bordas se elevaban medio metro y descendían de nuevo. Había un montacargas con capacidad para varias toneladas, pero era necesario tener mucho cuidado al emplearlo. La cuerda vibró, la madera crujió y, por un momento, Tibor temió que la debilitada cuerda se rompiese demasiado pronto. Pero resistió y se elevó la carga. La izaron más a la segunda oscilación y más a la tercera. Entonces se desprendió la cápsula del fondo marino y el Arafura escoró ligeramente a babor. —Vamos —dijo Nick, empuñando la rueda del timón—. Tendríamos que llevarla a medio kilómetro antes de que choque de nuevo. El lugre empezó a moverse despacio en dirección a la isla, transportando su carga escondida debajo de él. Apoyándose en la borda y dejando que el sol evaporase el agua de su ropa mojada, Tibor se sintió en paz por primera vez en… ¿cuántos meses? Incluso el odio había cesado de arder en su cerebro. Tal vez, como el amor, era una pasión que nunca podía satisfacerse. Pero al menos había sido saciada de momento. No flaqueaba en su resolución. Estaba implacablemente empeñado en la venganza que, de manera tan extraña, tan milagrosa, se había puesto a su alcance. La sangre pedía sangre y al fin podrían descansar los fantasmas que lo acosaban. Empezó a preocuparse cuando estaban a dos tercios del camino hacia la isla y la cuerda no se había roto. Todavía faltaban cuatro horas. Demasiado tiempo. Por primera vez se le ocurrió pensar que su plan podría fracasar. ¿Y si a pesar de todo Nick conseguía llevar la cápsula a la playa antes de la hora límite? Con un fuerte chasquido que hizo vibrar toda la embarcación, la cuerda saltó en el agua, rociando en todas direcciones. —Debí pensarlo —dijo Nick—. Estaba empezando a dar saltos. ¿Quieres bajar de nuevo o prefieres que envíe a uno de los muchachos? —Ya me encargo yo —respondió apresuradamente Tibor—. Puedo hacerlo más deprisa que ellos. Era cierto, pero tardó veinte minutos en localizar la cápsula. El Arafura se había apartado mucho de ella antes de que Nick pudiera parar el motor, y Tibor llegó a preguntarse si la hallaría. Describió grandes arcos en el fondo del mar, y sólo terminó la búsqueda cuando se enredó accidentalmente en el paracaídas. La tela oscilaba con lentitud en la corriente, como un extraño y horrible monstruo marino; pero Tibor ya no temía nada, salvo el fracaso, y su pulso no se aceleró al ver aquella masa blanquecina delante de él. La cápsula estaba arañada y manchada de limo, pero parecía indemne. Ahora yacía de costado y parecía una gigantesca cántara de leche que se hubiese volcado. El pasajero tenía que haber saltado mucho en el interior. Pero si había caído de la Luna tenía que estar muy protegido y probablemente seguiría en buen estado. Tibor confió en que así fuese. Sería una lástima perder las tres horas restantes. Una vez más apoyó el casco oxidado en el ya no tan brillante metal de la cápsula. —¡Eh! —gritó—. ¿Puedes oírme? Tal vez el ruso tratara de engañarle guardando silencio, pero esto sería pedir demasiado a su sangre fría. Tibor tenía razón. Casi inmediatamente sonó el fuerte golpe de respuesta. —Me alegro de que estés ahí —gritó—. Todo está saliendo como te dije, aunque me parece que tendré que cortar un poco más la cuerda. La cápsula no respondió. Nunca volvió a responder, a pesar de que Tibor la golpeó una y otra vez en la siguiente inmersión… y en la siguiente. Pero ahora ya no lo esperaba porque habían tenido que detenerse un par de horas para capear una turbonada y el tiempo límite había pasado antes de que hiciese su último descenso. Esto lo contrariaba un poco pues había proyectado un mensaje de despedida. Pero gritó de todos modos, aunque sabía que gastaba energías en vano. Por la tarde, temprano, el Arafura se había acercado lo más posible a tierra. Había sólo unos pocos metros de agua debajo de él y la marea estaba descendiendo. La cápsula asomaba a la superficie en el seno de cada ola y al fin quedó firmemente varada en un banco de arena. Era inútil tratar de arrastrarla más. Estaría pegada allí hasta que la marea alta la desalojase. Nick observó la situación con ojos de experto. —Esta noche hay una marea de un par de metros —dijo—. Tal como ahora está situada, la cápsula sólo estará a medio metro del agua en la bajamar. Podremos ir hasta ella con los botes. Esperaron frente al banco de arena mientras bajaba la marea y el sol. Las intermitentes emisiones de radio informaban de que la búsqueda se acercaba, pero estaba todavía lejos de ellos. Avanzada la tarde, la cápsula estaba casi enteramente fuera del agua. La tripulación condujo el pequeño bote hacia ella con una renuencia que el propio Tibor compartía, a su pesar. —Tiene que haber una puerta en el costado —indicó de pronto Nick—. ¿Crees que habrá alguien dentro? —Podría ser —respondió Tibor con voz no tan firme como hubiera deseado. Nick lo miró con curiosidad. El buzo se había portado de una manera extraña durante todo el día, pero se abstuvo de preguntarle qué le sucedía. En esta parte del mundo, uno aprendía pronto a cuidar de sus propios asuntos. El bote, meciéndose ligeramente en la mar rizada, había llegado ahora junto a la cápsula. Nick alargó una mano y agarró uno de los trozos retorcidos de antena. Después, con la agilidad de un gato, subió a la superficie curva de metal. Tibor no intentó seguirlo; desde el bote observó en silencio, cómo examinaba la escotilla de entrada. —A menos que esté atrancada —dijo Nick—, tiene que haber alguna manera de abrirla desde fuera. Sería mala suerte que se necesitara alguna herramienta especial. Su temor era infundado. La palabra «abrir» había sido grabada en diez idiomas alrededor de la cerradura y sólo se necesitaban unos segundos para comprender su funcionamiento. Al salir silbando el aire, Nick lanzó un «¡Uf!» y palideció de pronto. Miró a Tibor como buscando apoyo, pero Tibor eludió su mirada. Nick se metió entonces de mala gana en la cápsula. Estuvo allí mucho rato. Al principio pudieron oír golpes sordos en el interior, seguidos de una retahíla de palabrotas bilingües. Y entonces siguió un silencio que se fue prolongando cada vez más. Cuando al fin apareció la cabeza de Nick en la, escotilla, su cara correosa, curtida por el viento, estaba gris y surcada de lágrimas. Cuando Tibor vio su increíble aspecto, sintió una súbita y terrible premonición. Algo había ido horriblemente mal, pero su mente estaba demasiado confusa para prever la verdad. Ésta se le manifestó bien pronto, cuando Nick le tendió su carga, no mucho más grande que una muñeca de gran tamaño. Blanco la cogió, mientras Tibor se retiraba a la popa del bote. Al mirar aquella cara tranquila y como de cera, unos dedos de hielo parecieron atenazar no sólo su corazón sino también su bajo vientre. En ese mismo instante, al comprender el precio de su venganza, el odio y el deseo murieron para siempre dentro de él. La astronauta era tal vez más bella en la muerte de lo que había sido en vida. Aunque menuda, tenía que haber sido fuerte y muy capacitada para que le confiasen aquella misión. Yaciendo a los pies de Tibor, no era una rusa ni la primera mujer que había visto la cara oculta de la Luna. Era simplemente una muchacha a la que él había matado. —Tenía esto apretado en la mano —dijo Nick con voz vacilante—. Tardé mucho rato en sacarlo de su puño. Tibor apenas le oía, y ni siquiera miró el pequeño rollo de cinta magnetofónica que Nick tenía en la palma de la mano. No podía adivinar, en aquel momento de insensibilidad, que las Furias aún tenían que ensañarse con su alma… y que pronto todo el mundo estaría escuchando una voz acusadora de ultratumba, marcándole más irrevocablemente que a cualquier hombre desde Caín. FIN Autor: Arthur C. Clarke Título: La marca de Caín (Odio) Título Original: Hate (At the End of the Orbit) Publicado en: If, noviembre de 1961 Traducción: José María Aroca
- "El espectro", cuento de Horacio Quiroga
El espectro Horacio Quiroga Todas las noches, en el Grand Splendid de Santa Fe, Enid y yo asistimos a los estrenos cinematográficos. Ni borrascas ni noches de hielo nos han impedido introducirnos, a las diez en punto, en la tibia penumbra del teatro. Allí, desde uno u otro palco, seguimos las historias del film con un mutismo y un interés tales, que podrían llamar sobre nosotros la atención, de ser otras las circunstancias en que actuamos. Desde uno u otro palco, he dicho; pues su ubicación nos es indiferente. Y aunque la misma localidad llegue a faltarnos alguna noche, por estar el Splendid en pleno, nos instalamos, mudos y atentos siempre a la representación, en un palco cualquiera ya ocupado. No estorbamos, creo; o, por lo menos, de un modo sensible. Desde el fondo del palco, o entre la chica del antepecho y el novio adherido a su nuca, Enid y yo, aparte del mundo que nos rodea, somos todo ojos hacia la pantalla. Y si en verdad alguno, con escalofríos de inquietud cuyo origen no alcanza a comprender, vuelve a veces la cabeza para ver lo que no puede, o siente un soplo helado que no se explica en la cálida atmósfera, nuestra presencia de intrusos no es nunca notada; pues preciso es advertir ahora que Enid y yo estamos muertos. De todas las mujeres que conocí en el mundo vivo, ninguna produjo en mí el efecto que Enid. La impresión fue tan fuerte que la imagen y el recuerdo mismo de todas las mujeres se borró. En mi alma se hizo de noche, donde se alzó un solo astro imperecedero: Enid. La sola posibilidad de que sus ojos llegaran a mirarme sin indiferencia, deteníame bruscamente el corazón. Y ante la idea de que alguna vez podía ser mía, la mandíbula me temblaba. ¡Enid! Tenía ella entonces, cuando vivíamos en el mundo, la más divina belleza que la epopeya del cine ha lanzado a miles de leguas y expuesto a la mirada fija de los hombres. Sus ojos, sobre todo, fueron únicos; y jamás terciopelo de mirada tuvo un marco de pestañas como los ojos de Enid; terciopelo azul, húmedo y reposado, como la felicidad que sollozaba en ella. La desdicha me puso ante ella cuando ya estaba casada. No es ahora del caso ocultar nombres. Todos recuerdan a Duncan Wyoming, el extraordinario actor que, comenzando su carrera al mismo tiempo que William Hart, tuvo, como éste y a la par de éste, las mismas hondas virtudes de interpretación viril. Hart ha dado al cine todo lo que podíamos esperar de él, y es un astro que cae. De Wyoming, en cambio, no sabemos lo que podíamos haber visto, cuando apenas en el comienzo de su breve y fantástica carrera creó —como contraste con el empalagoso héroe actual— el tipo de varón rudo, áspero, feo, negligente y cuanto se quiera, pero hombre de la cabeza a los pies, por la sobriedad, el empuje y el carácter distintivos del sexo. Hart prosiguió actuando y ya lo hemos visto. Wyoming nos fue arrebatado en la flor de la edad, en instantes en que daba fin a dos cintas extraordinarias, según informes de la empresa: El páramo y Más allá de lo que se ve . Pero el encanto —la absorción de todos los sentimientos de un hombre— que ejerció sobre mí Enid, no tuvo sino una amargura: Wyoming, que era su marido, era también mi mejor amigo. Habíamos pasado dos años sin vernos con Duncan; él, ocupado en sus trabajos de cine, y yo en los míos de literatura. Cuando volví a hallarlo en Hollywood, ya estaba casado. —Aquí tienes a mi mujer —me dijo echándomela en los brazos. Y a ella: —Apriétalo bien, porque no tendrás un amigo como Grant. Y bésalo, si quieres. No me besó, pero al contacto con su melena en mi cuello, sentí en el escalofrío de todos mis nervios que jamás podría yo ser un hermano para aquella mujer. Vivimos dos meses juntos en el Canadá, y no es difícil comprender mi estado de alma respecto de Enid. Pero ni en una palabra, ni en un movimiento, ni en un gesto me vendí ante Wyoming. Sólo ella leía en mi mirada, por tranquila que fuera, cuán profundamente la deseaba. Amor, deseo… Una y otra cosa eran en mí gemelas, agudas y mezcladas; porque si la deseaba con todas las fuerzas de mi alma incorpórea, la adoraba con todo el torrente de mi sangre sustancial. Duncan no lo veía. ¿Cómo podía verlo? A la entrada del invierno regresamos a Hollywood, y Wyoming cayó entonces con el ataque de gripe que debía costarle la vida. Dejaba a su viuda con fortuna y sin hijos. Pero no estaba tranquilo, por la soledad en que quedaba su mujer. —No es la situación económica —me decía—, sino el desamparo moral. Y en este infierno del cine… En el momento de morir, bajándonos a su mujer y a mí hasta la almohada, y con voz ya difícil: —Confíate a Grant, Enid… Mientras lo tengas a él, no temas nada. Y tú, viejo amigo, vela por ella. Sé su hermano… No, no prometas. Ahora puedo ya pasar al otro lado… Nada de nuevo en el dolor de Enid y el mío. A los siete días regresábamos al Canadá, a la misma choza estival que un mes antes nos había visto a los tres cenar ante la carpa. Como entonces, Enid miraba ahora el fuego, achuchada por el sereno glacial, mientras yo, de pie, la contemplaba. Y Duncan no estaba más. Debo decirlo: en la muerte de Wyoming yo no vi sino la liberación de la terrible águila enjaulada en nuestro corazón, que es el deseo de una mujer a nuestro lado que no se puede tocar. Yo había sido el mejor amigo de Wyoming, y mientras él vivió, el águila no deseó su sangre; se alimentó —la alimenté— con la mía propia. Pero entre él y yo se había levantado algo más consistente que una sombra. Su mujer fue, mientras él vivió —y lo hubiera sido eternamente—, intangible para mí. Pero él había muerto. No podía Wyoming exigirme el sacrificio de la Vida en que él acaba de fracasar. Y Enid era mi vida, mi porvenir, mi aliento y mi ansia de vivir, que nadie, ni Duncan —mi amigo íntimo, pero muerto—, podía negarme. Vela por ella … ¡Sí, mas dándole lo que él le había restado al perder su turno: la adoración de una vida entera consagrada a ella! Durante dos meses, a su lado de día y de noche, velé por ella como un hermano. Pero al tercero caí a sus pies. Enid me miró inmóvil, y seguramente subieron a su memoria los últimos instantes de Wyoming, porque me rechazó violentamente. Pero yo no quité la cabeza de su falda. —Te amo, Enid —le dije—. Sin ti me muero… —¡Tú, Guillermo! —murmuró ella—. ¡Es horrible oírte decir esto! —Todo lo que quieras —repliqué—. Pero te amo inmensamente. —¡Cállate, cállate! —Y te he amado siempre… Ya lo sabes… —¡No, no sé! —Sí, lo sabes. Enid me apartaba siempre, y yo resistía con la cabeza entre sus rodillas. —Dime que lo sabías… —¡No, cállate! Estamos profanando… —Dime que lo sabías… —¡Guillermo! —Dime solamente que sabías que siempre te he querido… Sus brazos se rindieron cansados, y yo levanté la cabeza. Encontré sus ojos al instante, un solo instante, antes que Enid se doblegara a llorar sobre sus propias rodillas. La dejé sola; y cuando una hora después volví a entrar, blanco de nieve, nadie hubiera sospechado, al ver nuestro simulado y tranquilo afecto de todos los días, que acabábamos de tender, hasta hacerlas sangrar, las cuerdas de nuestros corazones. Porque en la alianza de Enid y Wyoming no había habido nunca amor. Faltole siempre una llamarada de insensatez, extravío, injusticia —la llama de pasión que quema la moral entera de un hombre y abrasa a la mujer en largos sollozos de fuego—. Enid había querido a su esposo, nada más; y lo había querido, nada más que querido ante mí, que era la cálida sombra de su corazón, donde ardía lo que no le llegaba de Wyoming, y donde ella sabía iba a refugiarse todo lo que de ella no alcanzaba hasta él. La muerte, luego, dejando hueco que yo debía llenar con el afecto de un hermano… ¡De hermano, a ella, Enid, que era mi sola sed de dicha en el inmenso mundo! A los tres días de la escena que acabo de relatar regresamos a Hollywood. Y un mes más tarde se repetía exactamente la situación: yo de nuevo a los pies de Enid con la cabeza en sus rodillas, y ella queriendo evitarlo. —Te amo cada día más, Enid… —¡Guillermo! —Dime que algún día me querrás. —¡No! —Dime solamente que estás convencida de cuánto te amo. —¡No! —Dímelo. —¡Déjame! ¿No ves que me estás haciendo sufrir de un modo horrible? Y al sentirme temblar mudo sobre el altar de sus rodillas, bruscamente me levantó la cara entre las manos: —¡Pero déjame, te digo! ¡Déjame! ¿No ves que también te quiero con toda el alma y que estamos cometiendo un crimen? Cuatro meses justos, ciento veinte días transcurridos apenas desde la muerte del hombre que ella amó, del amigo que me había interpuesto como un velo protector entre su mujer y un nuevo amor… Abrevio. Tan hondo y compenetrado fue el nuestro, que aun hoy me pregunto con asombro qué finalidad absurda pudieron haber tenido nuestras vidas de no habernos encontrado por bajo de los brazos de Wyoming. Una noche —estábamos en Nueva York— me enteré que se pasaba por fin El páramo , una de las dos cintas de que he hablado, y cuyo estreno se esperaba con ansiedad. Yo también tenía el más vivo interés de verla, y se lo propuse a Enid. ¿Por qué no? Un largo rato nos miramos; una eternidad de silencio, durante el cual el recuerdo galopó hacia atrás entre derrumbamiento de nieve y caras agónicas. Pero la mirada de Enid era la vida misma, y presto entre el terciopelo húmedo de sus ojos y los míos no medió sino la dicha convulsiva de adorarnos. ¡Y nada más! Fuimos al Metropole, y desde la penumbra rojiza del palco vimos aparecer, enorme y con el rostro más blanco que a la hora de morir, a Duncan Wyoming. Sentí temblar bajo mi mano el brazo de Enid. ¡Duncan! Sus mismos gestos eran aquéllos. Su misma sonrisa confiada era la de sus labios. Era su misma enérgica figura la que se deslizaba adherida a la pantalla. Y a veinte metros de él, era su misma mujer la que estaba bajo los dedos del amigo íntimo… Mientras la sala estuvo a oscuras, ni Enid ni yo pronunciamos una palabra ni dejamos un instante de mirar. Largas lágrimas rodaban por sus mejillas, y me sonreía. Me sonreía sin tratar de ocultarme sus lágrimas. —Sí, comprendo, amor mío… —murmuré, con los labios sobre el extremo de sus pieles, que, siendo un oscuro detalle de su traje, era asimismo toda su persona idolatrada—. Comprendo, pero no nos rindamos… ¿Sí?… Así olvidaremos… Por toda respuesta, Enid, sonriéndome siempre, se recogió muda a mi cuello. A la noche siguiente volvimos. ¿Qué debíamos olvidar? La presencia del otro, vibrante en el haz de luz que lo transportaba a la pantalla palpitante de la vida; su inconsciencia de la situación; su confianza en la mujer y el amigo; esto era precisamente a lo que debíamos acostumbrarnos. Una y otra noche, siempre atentos a los personajes, asistimos al éxito creciente de El páramo . La actuación de Wyoming era sobresaliente y se desarrollaba en un drama de brutal energía: una pequeña parte en los bosques del Canadá y el resto en la misma Nueva York. La situación central constituíala una escena en que Wyoming, herido en la lucha con un hombre, tiene bruscamente la revelación del amor de su mujer por ese hombre, a quien él acaba de matar por motivos aparte de este amor. Wyoming acababa de atarse un pañuelo a la frente. Y tendido en el diván, jadeando aún de fatiga, asistía a la desesperación de su mujer sobre el cadáver del amante. Pocas veces la revelación del derrumbe, la desolación y el odio han subido al rostro humano con más violenta claridad que en esa circunstancia a los ojos de Wyoming. La dirección del film había exprimido hasta la tortura aquel prodigio de expresión, y la escena se sostenía un infinito número de segundos, cuando uno solo bastaba para mostrar al rojo blanco la crisis de un corazón en aquel estado. Enid y yo, juntos e inmóviles en la oscuridad, admirábamos como nadie al muerto amigo, cuyas pestañas nos tocaban casi cuando Wyoming venía desde el fondo a llenar él solo la pantalla. Y al alejarse de nuevo a la escena del conjunto, la sala entera parecía estirarse en perspectiva. Y Enid y yo, con un ligero vértigo por este juego, sentíamos aún el roce de los cabellos de Duncan que habían llegado a rozarnos. ¿Por qué continuábamos yendo al Metropole? ¿Qué desviación de nuestras conciencias nos llevaba allá noche a noche a empapar en sangre nuestro amor inmaculado? ¿Qué presagio nos arrastraba como a sonámbulos ante una acusación alucinante que no se dirigía a nosotros, puesto que los ojos de Wyoming estaban vueltos al otro lado? ¿A dónde miraban? No sé a dónde, a un palco cualquiera de nuestra izquierda. Pero una noche noté, lo sentí en la raíz de los cabellos, que los ojos se estaban volviendo hacia nosotros. Enid debió de notarlo también, porque sentí bajo mi mano la honda sacudida de sus hombros. Hay leyes naturales, principios físicos que nos enseñan cuán fría magia es ésa de los espectros fotográficos danzando en la pantalla, remedando hasta en los más íntimos detalles una vida que se perdió. Esa alucinación en blanco y negro es sólo la persistencia helada de un instante, el relieve inmutable de un segundo vital. Más fácil nos sería ver a nuestro lado a un muerto que deja la tumba para acompañarnos, que percibir el más leve cambio en el rostro lívido de un film. Perfectamente. Pero a despecho de las leyes y los principios, Wyoming nos estaba viendo . Si para la sala, El páramo era una ficción novelesca, y Wyoming vivía sólo por una ironía de la luz; si no era más que un frente eléctrico de lámina sin costados ni fondo, para nosotros —Wyoming, Enid y yo— la escena filmada vivía flagrante, pero no en la pantalla, sino en un palco, donde nuestro amor sin culpa se transformaba en monstruosa infidelidad ante el marido vivo … ¿Farsa del actor? ¿Odio fingido por Duncan ante aquel cuadro de El páramo ? ¡No! Allí estaba la brutal revelación; la tierna esposa y el amigo íntimo en la sala de espectáculos, riéndose, con las cabezas juntas, de la confianza depositada en ellos… Pero no nos reíamos, porque noche a noche, palco tras palco, la mirada se iba volviendo cada vez más a nosotros. «¡Falta un poco aún!…» —me decía yo. «Mañana será…» —pensaba Enid. Mientras el Metropole ardía de luz, el mundo real de las leyes físicas se apoderaba de nosotros y respirábamos profundamente. Pero en la brusca cesación de luz, que como un golpe sentíamos dolorosamente en los nervios, el drama espectral nos cogía otra vez. A mil leguas de Nueva York, encajonado bajo tierra, estaba tendido sin ojos Duncan Wyoming. Mas su sorpresa ante el frenético olvido de Enid, su ira y su venganza estaban vivas allí, encendiendo el rastro químico de Wyoming, moviéndose en sus ojos vivos, que acababan, por fin, de fijarse en los nuestros. Enid ahogó un grito y se abrazó desesperadamente a mí. —¡Guillermo! —Cállate, por favor… —¡Es que ahora acaba de bajar una pierna del diván! Sentí que la piel de la espalda se me erizaba, y miré: Con lentitud de fiera y los ojos clavados sobre nosotros, Wyoming se incorporaba del diván. Enid y yo lo vimos levantarse, avanzar hacia nosotros desde el fondo de la escena, llegar al monstruoso primer plano… Un fulgor deslumbrante nos cegó, a tiempo que Enid lanzaba un grito. La cinta acababa de quemarse. Mas, en la sala iluminada las cabezas todas estaban vueltas hacia nosotros. Algunos se incorporaron en el asiento a ver lo que pasaba. —La señora está enferma; parece una muerta —dijo alguno en la platea. —Más muerto parece él —agregó otro. El acomodador nos tendía ya los abrigos y salimos. ¿Qué más? Nada, sino que en todo el día siguiente Enid y yo no nos vimos. Únicamente al mirarnos por primera vez de noche para dirigirnos al Metropole, Enid tenía ya en sus pupilas profundas la tiniebla del más allá, y yo tenía un revólver en el bolsillo. No sé si alguno en la sala reconoció en nosotros a los enfermos de la noche anterior. La luz se apagó, se encendió y tornó a apagarse, sin que lograra reposarse una sola idea normal en el cerebro de Guillermo Grant, y sin que los dedos crispados de este hombre abandonaran un instante el gatillo. Yo fui toda la vida dueño de mí. Lo fui hasta la noche anterior, cuando contra toda justicia un frío espectro que desempeñaba su función fotográfica de todos los días crió dedos estranguladores para dirigirse a un palco a terminar el film. Como en la noche anterior, nadie notaba en la pantalla algo anormal, y es evidente que Wyoming continuaba jadeante adherido al diván. Pero Enid —¡Enid entre mis brazos!— tenía la cara vuelta a la luz, pronta para gritar… ¡cuando Wyoming se incorporó por fin! Yo lo vi adelantarse, crecer, llegar al borde mismo de la pantalla, sin apartar la mirada de la mía. Lo vi desprenderse, venir hacia nosotros en el haz de luz; venir en el aire por sobre las cabezas de la platea, alzándose, llegar hasta nosotros con la cabeza vendada. Lo vi extender las zarpas de sus dedos… a tiempo que Enid lanzaba un horrible alarido, de esos en que con una cuerda vocal se ha rasgado la razón entera, e hice fuego. No puedo decir qué pasó en el primer instante. Pero en pos de los primeros momentos de confusión y de humo, me vi con el cuerpo colgado fuera del antepecho, muerto. Desde el instante en que Wyoming se había incorporado en el diván, dirigí el cañón del revólver a su cabeza. Lo recuerdo con toda nitidez. Y era yo quien había recibido la bala en la sien. Estoy completamente seguro de que quise dirigir el arma contra Duncan. Solamente que, creyendo apuntar al asesino, en realidad apuntaba contra mí mismo. Fue un error, una simple equivocación, nada más; pero que me costó la vida. Tres días después Enid quedaba a su vez desalojada de este mundo. Y aquí concluye nuestro idilio. Pero no ha concluido aún. No son suficientes un tiro y un espectro para desvanecer un amor como el nuestro. Más allá de la muerte, de la vida y de sus rencores, Enid y yo nos hemos encontrado. Invisibles dentro del mundo vivo, Enid y yo estamos siempre juntos, esperando el anuncio de otro estreno cinematográfico. Hemos recorrido el mundo. Todo es posible esperar menos que el más leve incidente de un film pase inadvertido a nuestros ojos. No hemos vuelto a ver más El páramo . La actuación de Wyoming en él no puede ya depararnos sorpresas, fuera de las que tan dolorosamente pagamos. Ahora nuestra esperanza está puesta en Más allá de lo que se ve . Desde hace siete años la empresa filmadora anuncia su estreno y hace siete años que Enid y yo esperamos. Duncan es su protagonista; pero no estaremos más en el palco, por lo menos en las condiciones en que fuimos vencidos. En las presentes circunstancias, Duncan puede cometer un error que nos permita entrar de nuevo en el mundo visible, del mismo modo que nuestras personas vivas , hace siete años, le permitieron animar la helada lámina de su film. Enid y yo ocupamos ahora, en la niebla invisible de lo incorpóreo, el sitio privilegiado de acecho que fue toda la fuerza de Wyoming en el drama anterior. Si sus celos persisten todavía, si se equivoca al vernos y hace en la tumba el menor movimiento hacia afuera, nosotros nos aprovecharemos. La cortina que separa la vida de la muerte no se ha descorrido únicamente en su favor, y el camino está entreabierto. Entre la Nada que ha disuelto lo que fue Wyoming, y su eléctrica resurrección, queda un espacio vacío. Al más leve movimiento que efectúe el actor, apenas se desprenda de la pantalla, Enid y yo nos deslizaremos como por una fisura en el tenebroso corredor. Pero no seguiremos el camino hacia el sepulcro de Wyoming; iremos hacia la Vida, entraremos en ella de nuevo. Y es el mundo cálido del que estamos expulsados, el amor tangible y vibrante de cada sentido humano, lo que nos espera entonces a Enid y a mí. Dentro de un mes o de un año, ello llegará. Sólo nos inquieta la posibilidad de que Más allá de lo que se ve se estrene bajo otro nombre, como es costumbre en esta ciudad. Para evitarlo, no perdemos un estreno. Noche a noche entramos a las diez en punto en el Gran Splendid, donde nos instalamos en un palco vacío o ya ocupado, indiferentemente. FIN Autor: Horacio Quiroga Título: El espectro Publicado en: El Hogar, Buenos Aires, 29 de julio de 1921 Aparece en: El desierto (1924)
- "Cinco años de vida", cuento de Mario Benedetti
Cinco años de vida Mario Benedetti Miró con disimulo el reloj y confirmó sus temores. Las doce y cinco. Si no empezaba inmediatamente a despedirse, perdería el último métro. Siempre le sucedía lo mismo. Cuando alguien, empujado por la nostalgia, propia o ajena, o por el alcohol, o por cierta reprimida vocación de vedette , se lanzaba por fin a la confidencia, o alguna de las mujeres presentes se ponía de pronto más bonita o más accesible o más tierna o más interesante que de costumbre, o alguno de los más veteranos contertulios, generalmente algún anarquista de la vieja hornada, empezaba a relatar su versión personal y colorida de la lucha casa por casa en el Madrid de la guerra civil, es decir, cuando la reunión por fin se rescataba a sí misma de las bromas de mal gusto y los chismes de rutina, precisamente en ese instante decisivo él tenía que hacer de aguafiesta y privar a su antebrazo del efectivo estímulo de alguna mano femenina, suave y emprendedora, y ponerse de pie y decir, con incómoda sonrisa: «Bueno, llegó mi hora fatal», y despedirse, besando a las muchachas, y palmeando a los hombres, nada más que para no perder el último métro . Los demás podían quedarse, sencillamente porque vivían cerca o —los menos— tenían auto, pero Raúl no podía permitirse el lujo de un taxi y tampoco le hacía gracia (aunque en dos ocasiones lo había hecho) la perspectiva de irse a pie desde Corentin Celton hasta Bonne Nouvelle, anodina hazaña que equivalía a atravesar medio París. De modo que, ya decidido, tomó uno por uno los dedos finos de Claudia Freire, que en la última hora habían reposado solidariamente en su rodilla derecha, y los fue besando, en actitud compensadora, antes de dejarlos sobre la pana verde del respaldo. Luego dijo, como siempre: «Bueno, llegó mi hora fatal», aguantó a pie firme los discretos silbidos reprobatorios y el comentario de Agustín: «Guardemos un minuto de silencio en homenaje a Cenicienta, que debe retirarse a su lejano hogar. No vayas a olvidarte el zapatito número cuarenta y dos». Raúl aprovechó las carcajadas de rigor para besar las mejillas calientes de María Inés, Nathalie (única francesa) y Claudia, y las inesperadamente frescas de Raquel, pronunciar un audible «chau a todos», cumplir el rito de agradecer la invitación a los muy bolivianos dueños de casa, y largarse. Hacía bastante más frío que cuatro horas antes, así que levantó el cuello del impermeable. Casi corrió por la rue Renan, no sólo para quitarse el frío, sino también porque eran las doce y cuarto. En recompensa alcanzó el último tren en dirección Porte de la Chapelle, tuvo el raro disfrute de ser el único pasajero del último vagón, y se encogió en el asiento, dispuesto a ver el vacío desfile de las dieciséis estaciones que le faltaban para la correspondance en Saint-Lazare. Cuando iba por Falguière, se puso a pensar en las dificultades que un escritor como él, no francés (le pareció, para el caso, una categoría más importante que la de uruguayo), estaba condenado a enfrentar si quería escribir sobre este ambiente, esta ciudad, esta gente, este subterráneo. Precisamente, advertía que «el último métro » era un tema que estaba a su disposición. Por ejemplo: que alguien, por una circunstancia imprevista, quedara toda la noche (solo, o mejor, acompañado; o mejor aún, bien acompañado) encerrado en una estación hasta la mañana siguiente. Faltaba hallar el resorte anecdótico, pero era evidente que allí había un tema aprovechable. Para otros, claro; nunca para él. Le faltaban los detalles, la menudencia, el mecanismo de esta rutina. Escribir sin ellos, escribir ignorándolos, era la manera más segura de garantizar su propio ridículo. ¿Cómo sería el procedimiento del cierre? ¿Quedarían las luces encendidas? ¿Habría sereno? ¿Alguien revisaría previamente los andenes para comprobar que no quedaba nadie? Comparó estas dudas con la seguridad que habría tenido si el eventual relato se relacionara, por ejemplo, con el último viaje del ómnibus 173, que en Montevideo iba de Plaza Independencia a Avenida Italia y Peñón. No es que supiera todos los detalles, pero sí sabía cómo decir lo esencial y cómo insertar lo accesorio. Todavía estaba en esas cavilaciones, cuando llegó a Saint-Lazare y tuvo que correr de nuevo para alcanzar el último tren a Porte de Lilas. Esta vez corrieron con él otras siete personas, pero se repartieron en los cinco vagones. Previsoramente volvió a subir en el último, calculando que así, en Bonne Nouvelle, quedaría más cerca de la salida. Pero ahora no iba solo. Una muchacha se ubicó en el otro extremo, de pie, pese a que todos los asientos estaban libres. Raúl la miró detenidamente, pero ella parecía hipnotizada por un sobrio aviso que recomendaba a los franceses regularizar con la debida anticipación sus documentos si es que proyectaban viajar al exterior en las próximas vacances . Él tenía el hábito de mirar a las mujeres (especialmente si eran tan aceptables como ésta) con cierto espíritu inventariante. Por las dudas. Así que inmediatamente comprobó que la chica tenía frío como él (pese a su abriguito claro, demasiado claro para la estación, y a la bufanda de lana), sueño como él, ganas de llegar como él. Almas gemelas, en fin. Siempre se estaba prometiendo entablar una relación más o menos estable con alguna francesa, como un medio insustituible de incorporarse definitivamente al idioma, pero, llegado el caso, sus amistades tanto femeninas como masculinas, se limitaban al clan latinoamericano. A veces no era una ventaja sino un fastidio, pero la verdad era que se buscaban unos a otros para hablar de Cuernavaca o Antofagasta o Paysandú o Barranquilla, y quejarse de paso de lo difícil que resultaba incorporarse a la vida francesa, como si ellos hicieran en verdad algún esfuerzo para comprender algo más que los editoriales de Le Monde y la nómina de platos en el self service . Por fin Bonne Nouvelle. La muchacha y él salieron del vagón por distintas puertas. Otros diez pasajeros bajaron del tren, pero se dirigieron a la salida de la rue du Faubourg Poissonière; él y la muchacha, hacia la de rue Mazagran. Los tacos de ella producían un extraño eco; los de él en cambio eran de goma y la seguían siempre a la misma y silenciosa distancia. Toda la carrera se convirtió de pronto en algo risible, cuando, al llegar a la puerta de salida, advirtieron que la reja corrediza estaba cerrada con candado. Raúl escuchó que la muchacha decía «Dios mío», así, en español, y se volvió hacia él con cara de espanto. Del lado exterior llegaban los espléndidos ronquidos de un clochard , ya instalado en su grasiento confort junto a la reja. «No se ponga nerviosa», dijo Raúl, «la otra puerta tiene que estar abierta». Ella, al oír hablar en español, no hizo ningún comentario pero pareció animarse. «Vamos rápido», dijo, y empezó a correr, desandando el camino. Pasaron nuevamente por el andén, que ahora estaba desierto y a media luz. Desde el andén de enfrente un hombre de overall les gritó que se apuraran porque ya iban a cerrar la otra puerta. Mientras seguían corriendo juntos, Raúl recordó sus dudas de un rato antes. Ahora podré hacer el cuento, pensó. Ya tenía los detalles. La muchacha parecía a punto de llorar, pero no se detenía. En un primer momento, él pensó adelantarse para ver si la puerta de Poissonière estaba abierta, pero le pareció que sería poco amable dejarla sola en aquellos corredores desiertos y ya casi sin luz. Así que llegaron juntos. Estaba cerrada. Ella se asió a la reja con las dos manos, y gritó: «Monsieur! Monsieur!» . Pero aquí ni siquiera había clochard , cuanto menos monsieur . Desierto total. «No hay remedio», dijo Raúl. En el fondo no le desagradaba la idea de pasar la noche allí con la muchacha. Se limitó a pensar, de puro desconforme, que era una lástima que no fuese francesa. Qué larga y agradable clase práctica podía haber sido. «¿Y el hombre que estaba en el otro andén?», dijo ella. «Tiene razón. Vamos a buscarlo», dijo él, con escaso entusiasmo, y agregó: «¿Quiere esperar aquí, mientras yo trato de encontrarlo?». Muerta de miedo, ella suplicó: «No, por favor, voy con usted». Otra vez corredores y escaleras. La muchacha ya no corría. Parecía casi resignada. Por supuesto, en el otro andén no había nadie. Igual gritaron, pero ni siquiera contestó el eco. «Hay que resignarse», insistió Raúl, que aparentemente había jugado todas sus cartas a la resignación. «Acomodémonos lo mejor posible. Después de todo, si el clochard puede dormir afuera, nosotros podemos dormir adentro». «¿Dormir?», exclamó ella, como si él le hubiese propuesto algo monstruoso. «Claro». «Duerma usted, si quiere. Yo no podría». «Ah no, si usted va a quedarse despierta, yo también. No faltaba más. Conversaremos». En un extremo del andén había quedado una lucecita encendida. Hacia allí caminaron. Él se quitó el impermeable y se lo ofreció. «No, de ninguna manera. ¿Y usted?». Él mintió: «Yo no soy friolento». Depositó el impermeable junto a la muchacha, pero ella no hizo ningún ademán para tomarlo. Se sentaron en el largo banco de madera. Él la miró y la vio tan temerosa, y a la vez tan suspicaz, que no pudo menos que sonreír. «¿Le complica mucho la vida este contratiempo?», preguntó, nada más que por decir algo. «Imagínese». Estuvieron unos minutos sin hablar. Él se daba cuenta de que la situación tenía un lado absurdo. Había que irse acostumbrando de a poco. «¿Y si empezáramos por presentarnos?». «Mirta Cisneros», dijo ella, pero no le tendió la mano. «Raúl Morales», dijo él, y agregó: «Uruguayo. ¿Usted es argentina?». «Sí, de Mendoza». «¿Y qué hace en París? ¿Una beca?». «No. Pinto. Es decir: pintaba. Pero no vine con ninguna beca». «¿Y no pinta más?». «Trabajé mucho para juntar plata y venir. Pero aquí tengo que trabajar tanto para vivir, que se acabó la pintura. Fracaso total, porque además no tengo dinero para el pasaje de vuelta. Sin contar con que el regreso sería una horrible confesión de derrota». Él no hizo comentarios. Simplemente dijo: «Yo escribo», y antes de que ella formulara alguna pregunta: «Cuentos». «Ah. ¿Y tiene libros publicados?». «No, sólo en revistas». «¿Y aquí puede escribir?». «Sí, puedo». «¿Beca?». «No, tampoco. Vine hace dos años, porque gané un concurso periodístico. Y me quedé. Hago traducciones, copias a máquina, cualquier cosa. Yo tampoco tengo plata para la vuelta. Yo tampoco quiero confesar el fracaso». Ella tuvo un escalofrío y eso pareció decidirla a colocarse el impermeable de él sobre los hombros. A las dos, ya habían hablado de los respectivos problemas económicos, de las dificultades de adaptación, de la sinuosa avaricia de los franceses, de los defectos y virtudes de las respectivas y lejanas patrias. A las dos y cuarto, él le propuso que se tutearan. Ella vaciló un momento; luego aceptó. Él dijo: «A falta de ajedrez, y de naipes, y de intenciones aviesas, propongo que me cuentes tu historia y que yo te cuente la mía. ¿Qué te parece?». «La mía es muy aburrida». «La mía también. Las historias entretenidas pasaron hace mucho o las inventaron hace poco». Ella iba a decir algo, pero le vino un estornudo y se le fue la inspiración. «Mirá», dijo él, «para que veas que soy comprensivo y poco exigente, voy a empezar yo. Cuando termine, si no te dormiste, decís vos tu cuento. Y conste que si te dormís, no me ofendo. ¿Trato hecho?». Fue consciente de que su última intervención había sido una buena maniobra de simpatía. «Trato hecho», dijo ella, sonriendo francamente y tendiéndole, ahora sí, la mano. «Dato primero: nací un quince de diciembre, de noche. Según cuenta mi viejo, en pleno temporal. Sin embargo, ya ves, no salí demasiado tempestuoso. ¿Año? Mil novecientos treinta y cinco. ¿Sitio? No sé si sabés que en la generación anterior, regía una ley casi infalible: todos los montevideanos habían nacido en el Interior. Ahora no, cosa rara, nacen en Montevideo. Yo soy de la calle Solano García. No la conocés, claro. Punta Carretas. Tampoco te dice nada. La costa, digamos. De chico fui una desgracia. No sólo por ser hijo único, sino porque además era enclenque. Siempre enfermo. Tuve tres veces el sarampión, con eso te digo todo. Y escarlatina. Y tos convulsa. Y rubeola. Y paperas. Cuando no estaba enfermo, estaba convaleciente. Incluso cuando los demás decían que estaba sano, yo me la pasaba sonándome la nariz». Habló un poco más de la etapa infantil (colegio, maestra linda, primas burlonas, tía melosa, indigestión de merengues con olor a nafta, impenetrabilidad del mundo adulto, etc.), pero cuando quiso pasar a la próxima secuencia cronológica, advirtió claramente, y por primera vez, que lo único medianamente interesante de su vida había sucedido en su infancia. Decidió jugar la carta de la sinceridad e hizo precisamente esa confesión. Mirta lo ayudó: «No querrás creerme, pero la verdad es que no tengo anécdotas para contar. Casi te diría que no tengo recuerdos. Porque no puedo llevar a esa prestigiosa categoría las vulgares palizas (confieso que tampoco eran demasiado crueles) que recibí de mi madrastra, ni la rutina de los estudios, en los que nunca conseguí (ni quise) destacarme; ni las opacas amistades del barrio; ni mi época detrás de un mostrador, en Buenos Aires, como vendedora de lapiceras y bolígrafos en un comercio de la calle Corrientes. Con decirte que esta temporada en París, aun con las escaseces que paso y el sentimiento de frustración y soledad que a veces me invade, debe ser sin embargo mi período más brillante». Mientras hablaba, miraba hacia el otro andén. Pese a la poca luz, Raúl advirtió que la muchacha tenía los ojos llorosos. Entonces tuvo un gesto espontáneo; tan espontáneo que cuando quiso frenarlo, ya era tarde. Extendió la mano hacia ella, y le acarició la mejilla. Lo inesperado fue que la muchacha no pareció sorprenderse; más aún, Raúl tuvo la casi imperceptible sensación de que ella apoyaba por un instante la mejilla en su palma. Era como si las extrañas circunstancias hubieran instaurado un nuevo patrón de relaciones. Después él retiró la mano y se quedaron un rato inmóviles, callados. Sobre sus cabezas sonaba a veces algún tableteo, algún rumor, algún golpe, que revelaban la presencia lejana y amorfa de la calle, que allá arriba seguía existiendo. De pronto él dijo: «En Montevideo tengo una novia. Buena chica. Pero hace dos años que no la veo, y, cómo te diré, la imagen se va volviendo cada vez más confusa, más incongruente, menos concreta. Si te digo que me acuerdo de sus ojos, pero no de sus orejas ni de sus labios. Si hago caso de la memoria visual, tengo que concluir que tiene labios finos, pero si recurro a la memoria táctil, tengo la impresión de que eran gruesos. Qué lío, ¿verdad?». Ella no dijo nada. Él volvió a la carga: «¿Vos tenés novio, o marido, o amigos?». «No», dijo ella. «¿Ni aquí ni en Mendoza ni en Buenos Aires?». «En ninguna parte». Él bajó la cabeza. En el piso había una moneda de un franco. Se agachó y la recogió. Se la pasó a Mirta. «Guardala como recuerdo de esta Stille Nacht .». Ella la metió en el bolsillo del impermeable, sin acordarse de que no era el suyo. Él se pasó las manos por la cara. «En realidad, ¿para qué voy a mentirte? No es mi novia, sino mi mujer. Lo demás es cierto, sin embargo. Estoy aburrido de esta situación, pero no me animo a romper. Cuando se lo insinúo por carta, me escribe unas largas tiradas histéricas, anunciándome que si la dejo se mata, y, claro, yo comprendo que es un chantaje, pero ¿y si se mata? Soy más cobarde de lo que parezco. ¿O acaso parezco cobarde?». «No», dijo ella, «parecés bastante valiente, aquí, bajo tierra y sobre todo comparándote conmigo, que estoy temblando de miedo». La próxima vez que él miró el reloj, eran las cuatro y veinte. En la última media hora no habían hablado prácticamente nada, pero él se había acostado en el enorme banco, y su cabeza se apoyaba en la mullida cartera negra de Mirta. A veces ella le pasaba la mano por el pelo. «Cuántos remolinos», dijo. Nada más. Raúl tenía la sensación de hallarse en el centro de un delicioso disparate. Sabía que así estaba bien, pero también sabía que si quería ir más allá, si intentaba aprovechar esta noche de inesperada excepción para tener una aventura trivial, todo se vendría irremediablemente abajo. A las cinco menos cuarto se incorporó y caminó algunos pasos para desentumecer las piernas. De pronto la miró y fue algo así como una revelación. Si hubiera estado escribiendo uno de sus pulcros cuentos, inexorablemente anticursis, no se habría resignado a mencionar que esa muchacha era su destino. Pero afortunadamente no estaba escribiendo sino pensando, así que no tuvo problema en decirse a sí mismo que esa muchacha era su destino. Después de eso, suspiró; podía ser interpretado como un suspiro de inauguración. La emoción subsiguiente fue algo más que un estado de ánimo; realmente fue una exaltación orgánica que abarcó orejas, garganta, pulmones, corazón, estómago, sexo, rodillas. La excitación y el enternecimiento lo llevaron a romper el silencio: «¿Sabés una cosa? Daría cinco años de vida porque todo empezara aquí. Quiero decir: que yo ya estuviera divorciado y mi mujer hubiera aceptado el hecho y no se hubiera matado, y que yo tuviera un buen trabajo en París, y que al abrirse las puertas saliéramos de aquí como lo que ya somos: una pareja». Desde el banco, ella hizo con la mano un vago ademán, apenas como si quisiera espantar alguna sombra, y dijo: «Yo también daría cinco años», y luego agregó: «No importa, ya nos arreglaremos». El primer síntoma de que la estación reanudaba su rutina, fue una corriente de aire. Ambos estornudaron. Luego se encendieron todas las luces. Raúl sostuvo el espejito mientras ella se ponía presentable. Él mismo se peinó un poco. Cuando subían lentamente las escaleras, se cruzaron con la primera avalancha de madrugadores. Él iba pensando en que ni siquiera la había besado y se preguntaba si no se habría pasado de discreto. Afuera no hacía tanto frío como la víspera. Sin consultas previas, empezaron a caminar por el boulevard Bonne Nouvelle, en dirección a la sucursal de Correos. «¿Y ahora?», dijo Mirta. Raúl sintió que le había quitado la pregunta de los labios. Pero no tuvo oportunidad de responder. Desde la acera de enfrente, otra muchacha, de pantalones negros y buzo verde, les hacía señas para que la esperaran. Raúl pensó que sería una amiga de Mirta. Mirta pensó que sería una conocida de Raúl. Al fin la chica pudo cruzar y los abordó con gran dinamismo y acento mexicano: «Al fin los encuentro, cretinos. Toda la noche llamándolos al apartamento, y nada. ¿Dónde se habían metido? Necesito que Raúl me preste el Appleton. ¿Puedes? ¿O acaso es de Mirta?». Quedaron mudos e inmóviles. Pero la otra arremetió. «Vamos, no sean malos. De veras lo preciso. Me encargaron una traducción. ¿Qué les parece? No se queden así, como dos estatuas, por no decir como dos idiotas. ¿Van al apartamento? Los acompaño». Y arrancó por Mazagran hacia la rue de l’Echiquier, acompañando su apuro con un bien acompasado movimiento de trasero. Raúl y Mirta caminaron tras ella, sin hablarse ni tocarse, cada uno metido en su propia expectativa. La chica nueva dobló la esquina y se detuvo frente al número 28. Los tres subieron por la escalera (no había ascensor) hasta el cuarto piso. Frente al apartamento 7, la muchacha dijo: «Bueno, abran». Con un movimiento particularmente cauteloso, Raúl descolgó del cinto su viejo llavero, y vio que había, como siempre, tres llaves. Probó con la primera; no funcionó. Probó con la segunda y pudo abrir la puerta. La chica atropelló hacia el estante de libros que estaba junto a la ventana, casi arrebató el Appleton, besó en ambas mejillas a Raúl, luego a Mirta, y dijo: «Espero que cuando venga esta noche hayan recuperado el habla. ¿Se acuerdan de que hoy quedamos en ir a lo de Emilia? Lleven discos, please». Y salió disparada, dando un portazo. Mirta se dejó caer sobre el sillón de esterilla. Raúl, sin pronunciar palabra, con el ceño fruncido y los ojos entornados, comenzó a revisar el apartamento. En el estante encontró sus libros, señalados y anotados con su inconfundible trazo rojo; pero había otros nuevos, con las hojas a medio abrir. En la pared del fondo estaba su querida reproducción de Miró; pero además había una de Klee que siempre había codiciado. Sobre la mesa había tres fotos: una, de sus padres; otra, de un señor sospechosamente parecido a Mirta; en la tercera estaban Mirta y él, abrazados sobre la nieve, al parecer muy divertidos. Desde que apareciera la chica del Appleton, no se había atrevido a mirar de frente a Mirta. Ahora sí la miró. Ella retribuyó su interés con una mirada sin sombras, un poco fatigada tal vez, pero serena. No la ayudó mucho, sin embargo, ya que en ese instante Raúl tuvo la certeza, no sólo de que había hecho mal en divorciarse de su esposa montevideana, histérica pero inteligente, malhumorada pero buena hembra, sino también de que su segundo matrimonio empezaba a deteriorarse. No se trataba de que ya no quisiera a esa delgada, friolenta, casi indefensa mujer que lo miraba desde el sillón de esterilla, pero para él estaba claro que en sus actuales sentimientos hacia Mirta quedaba muy poco del ingenuo, repentino, prodigioso, invasor enamoramiento de cinco años atrás, cuando la había conocido en cierta noche increíble, cada vez más lejana, cada vez más borrosa, en que, por una trampa del azar, quedaron encerrados en la estación Bonne Nouvelle. FIN Autor: Mario Benedetti Título: Cinco años de vida Publicado en: La muerte y otras sorpresas (1968)
- "El huésped", cuento de Amparo Dávila
El huésped Amparo Dávila Nunca olvidaré el día en que vino a vivir con nosotros. Mi marido lo trajo al regreso de un viaje. Llevábamos entonces cerca de tres años de matrimonio, teníamos dos niños y yo no era feliz. Representaba para mi marido algo así como un mueble, que se acostumbra uno a ver en determinado sitio, pero que no causa la menor impresión. Vivíamos en un pueblo pequeño, incomunicado y distante de la ciudad. Un pueblo casi muerto o a punto de desaparecer. No pude reprimir un grito de horror cuando lo vi por primera vez. Era lúgubre, siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo, que parecían penetrar a través de las cosas y de las personas. Mi vida desdichada se convirtió en un infierno. La misma noche de su llegada supliqué a mi marido que no me condenara a la tortura de su compañía. No podía resistirlo; me inspiraba desconfianza y horror. «Es completamente inofensivo —dijo mi marido mirándome con marcada indiferencia—. Te acostumbrarás a su compañía y, si no lo consigues…» No hubo manera de convencerlo de que se lo llevara. Se quedó en nuestra casa. No fui la única en sufrir con su presencia. Todos los de la casa —mis niños, la mujer que me ayudaba en los quehaceres, su hijito— sentíamos pavor de él. Sólo mi marido gozaba teniéndolo allí. Desde el primer día mi marido le asignó el cuarto de la esquina. Era ésta una pieza grande, pero húmeda y oscura. Por esos inconvenientes yo nunca la ocupaba. Sin embargo él pareció sentirse contento con la habitación. Como era bastante oscura, se acomodaba a sus necesidades. Dormía hasta el oscurecer y nunca supe a qué hora se acostaba. Perdí la poca paz de que gozaba en la casona. Durante el día, todo marchaba con aparente normalidad. Yo me levantaba siempre muy temprano, vestía a los niños que ya estaban despiertos, les daba el desayuno y los entretenía mientras Guadalupe arreglaba la casa y salía a comprar el mandado. La casa era muy grande, con un jardín en el centro y los cuartos distribuidos a su alrededor. Entre las piezas y el jardín había corredores que protegían las habitaciones del rigor de las lluvias y del viento que eran frecuentes. Tener arreglada una casa tan grande y cuidado el jardín, mi diaria ocupación de la mañana, era tarea dura. Pero yo amaba mi jardín. Los corredores estaban cubiertos por enredaderas que floreaban casi todo el año. Recuerdo cuánto me gustaba, por las tardes, sentarme en uno de aquellos corredores a coser la ropa de los niños, entre el perfume de las madreselvas y de las bugambilias. En el jardín cultivaba crisantemos, pensamientos, violetas de los Alpes, begonias y heliotropos. Mientras yo regaba las plantas, los niños se entretenían buscando gusanos entre las hojas. A veces pasaban horas, callados y muy atentos, tratando de coger las gotas de agua que se escapaban de la vieja manguera. Yo no podía dejar de mirar, de vez en cuando, hacia el cuarto de la esquina. Aunque pasaba todo el día durmiendo no podía confiarme. Hubo veces que, cuando estaba preparando la comida, veía de pronto su sombra proyectándose sobre la estufa de leña. Lo sentía detrás de mí… yo arrojaba al suelo lo que tenía en las manos y salía de la cocina corriendo y gritando como una loca. Él volvía nuevamente a su cuarto, como si nada hubiera pasado. Creo que ignoraba por completo a Guadalupe, nunca se acercaba a ella ni la perseguía. No así a los niños y a mí. A ellos los odiaba y a mí me acechaba siempre. Cuando salía de su cuarto comenzaba la más terrible pesadilla que alguien pueda vivir. Se situaba siempre en un pequeño cenador, enfrente de la puerta de mi cuarto. Yo no salía más. Algunas veces, pensando que aún dormía, yo iba hacia la cocina por la merienda de los niños, de pronto lo descubría en algún oscuro rincón del corredor, bajo las enredaderas. «¡Allí está ya, Guadalupe!», gritaba desesperada. Guadalupe y yo nunca lo nombrábamos, nos parecía que al hacerlo cobraba realidad aquel ser tenebroso. Siempre decíamos: «Allí está, ya salió, está durmiendo, él, él, él…» Solamente hacía dos comidas, una cuando se levantaba al anochecer y otra, tal vez, en la madrugada antes de acostarse. Guadalupe era la encargada de llevarle la bandeja, puedo asegurar que la arrojaba dentro del cuarto pues la pobre mujer sufría el mismo terror que yo. Toda su alimentación se reducía a carne, no probaba nada más. Cuando los niños se dormían, Guadalupe me llevaba la cena al cuarto. Yo no podía dejarlos solos, sabiendo que se había levantado o estaba por hacerlo. Una vez terminadas sus tareas, Guadalupe se iba con su pequeño a dormir y yo me quedaba sola, contemplando el sueño de mis hijos. Como la puerta de mi cuarto quedaba siempre abierta, no me atrevía a acostarme, temiendo que en cualquier momento pudiera entrar y atacarnos. Y no era posible cerrarla; mi marido llegaba siempre tarde y al no encontrarla abierta habría pensado… Y llegaba bien tarde. Que tenía mucho trabajo, dijo alguna vez. Pienso que otras cosas también lo entretenían… Una noche estuve despierta hasta cerca de las dos de la mañana, oyéndolo afuera… Cuando desperté, lo vi junto a mi cama, mirándome con su mirada fija, penetrante… Salté de la cama y le arrojé la lámpara de gasolina que dejaba encendida toda la noche. No había luz eléctrica en aquel pueblo y no hubiera soportado quedarme a oscuras, sabiendo que en cualquier momento… Él se libró del golpe y salió de la pieza. La lámpara se estrelló en el piso de ladrillo y la gasolina se inflamó rápidamente. De no haber sido por Guadalupe que acudió a mis gritos, habría ardido toda la casa. Mi marido no tenía tiempo para escucharme ni le importaba lo que sucediera en la casa. Sólo hablábamos lo indispensable. Entre nosotros, desde hacía tiempo el afecto y las palabras se habían agotado. Vuelvo a sentirme enferma cuando recuerdo… Guadalupe había salido a la compra y dejó al pequeño Martín dormido en un cajón donde lo acostaba durante el día. Fui a verlo varias veces, dormía tranquilo. Era cerca del mediodía. Estaba peinando a mis niños cuando oí el llanto del pequeño mezclado con extraños gritos. Cuando llegué al cuarto lo encontré golpeando cruelmente al niño. Aún no sabría explicar cómo le quité al pequeño y cómo me lancé contra él con una tranca que encontré a la mano, y lo ataqué con toda la furia contenida por tanto tiempo. No sé si llegué a causarle mucho daño, pues caí sin sentido. Cuando Guadalupe volvió del mandado, me encontró desmayada y a su pequeño lleno de golpes y de araños que sangraban. El dolor y el coraje que sintió fueron terribles. Afortunadamente el niño no murió y se recuperó pronto. Temí que Guadalupe se fuera y me dejara sola. Si no lo hizo, fue porque era una mujer noble y valiente que sentía gran afecto por los niños y por mí. Pero ese día nació en ella un odio que clamaba venganza. Cuando conté lo que había pasado a mi marido, le exigí que se lo llevara, alegando que podía matar a nuestros niños como trató de hacerlo con el pequeño Martín. «Cada día estás más histérica, es realmente doloroso y deprimente contemplarte así… te he explicado mil veces que es un ser inofensivo.» Pensé entonces en huir de aquella casa, de mi marido, de él… Pero no tenía dinero y los medios de comunicación eran difíciles. Sin amigos ni parientes a quienes recurrir, me sentía tan sola como un huérfano. Mis niños estaban atemorizados, ya no querían jugar en el jardín y no se separaban de mi lado. Cuando Guadalupe salía al mercado, me encerraba con ellos en mi cuarto. —Esta situación no puede continuar —le dije un día a Guadalupe. —Tendremos que hacer algo y pronto —me contestó. —¿Pero qué podemos hacer las dos solas? —Solas, es verdad, pero con un odio… Sus ojos tenían un brillo extraño. Sentí miedo y alegría. La oportunidad llegó cuando menos la esperábamos. Mi marido partió para la ciudad a arreglar unos negocios. Tardaría en regresar, según me dijo, unos veinte días. No sé si él se enteró de que mi marido se había marchado, pero ese día despertó antes de lo acostumbrado y se situó frente a mi cuarto. Guadalupe y su niño durmieron en mi cuarto y por primera vez pude cerrar la puerta. Guadalupe y yo pasamos casi toda la noche haciendo planes. Los niños dormían tranquilamente. De cuando en cuando oíamos que llegaba hasta la puerta del cuarto y la golpeaba con furia… Al día siguiente dimos de desayunar a los tres niños y, para estar tranquilas y que no nos estorbaran en nuestros planes, los encerramos en mi cuarto. Guadalupe y yo teníamos muchas cosas por hacer y tanta prisa en realizarlas que no podíamos perder tiempo ni en comer. Guadalupe cortó varias tablas, grandes y resistentes, mientras yo buscaba martillo y clavos. Cuando todo estuvo listo, llegamos sin hacer ruido hasta el cuarto de la esquina. Las hojas de la puerta estaban entornadas. Conteniendo la respiración, bajamos los pasadores, después cerramos la puerta con llave y comenzamos a clavar las tablas hasta clausurarla totalmente. Mientras trabajábamos, gruesas gotas de sudor nos corrían por la frente. No hizo entonces ruido, parecía que estaba durmiendo profundamente. Cuando todo estuvo terminado, Guadalupe y yo nos abrazamos llorando. Los días que siguieron fueron espantosos. Vivió muchos días sin aire, sin luz, sin alimento… Al principio golpeaba la puerta, tirándose contra ella, gritaba desesperado, arañaba… Ni Guadalupe ni yo podíamos comer ni dormir, ¡eran terribles los gritos…! A veces pensábamos que mi marido regresaría antes de que hubiera muerto. ¡Si lo encontrara así…! Su resistencia fue mucha, creo que vivió cerca de dos semanas… Un día ya no se oyó ningún ruido. Ni un lamento… Sin embargo, esperamos dos días más, antes de abrir el cuarto. Cuando mi marido regresó, lo recibimos con la noticia de su muerte repentina y desconcertante. FIN Autor: Amparo Dávila Título: El huésped Publicado en: Tiempo destrozado, 1959
- "Los pájaros", cuento de Daphne du Maurier
Los pájaros Daphne du Maurier El 3 de diciembre, el viento cambió de la noche a la mañana, y llegó el invierno. Hasta entonces, el otoño había sido suave y apacible. Las hojas, de un rojo dorado, se habían mantenido en los árboles y los setos vivos estaban verdes todavía. La tierra era fértil en los lugares donde el arado la había removido. Nat Hocken, debido a una incapacidad contraída durante la guerra, disfrutaba una pensión y no trabajaba todos los días en la granja. Lo hacía tres días a la semana y le encomendaban las tareas más sencillas: poner vallas, embardar, reparar las edificaciones… Aunque casado, y con hijos, tenía tendencia a la soledad; prefería trabajar solo. Le agradaba que le encargasen construir un dique o reparar un portillo en el extremo más lejano de la península, donde el mar rodeaba por ambos lados a la tierra de labranza. Entonces, al mediodía, hacía una pausa para comer el pastel de carne que su mujer había cocido para él, y sentándose en el borde de la escollera, contemplaba a los pájaros. El otoño era época para esto, mejor que la primavera. En primavera, los pájaros volaban tierra adentro resueltos, decididos; sabían cuál era su destino; el ritmo y el ritual de su vida no admitían dilaciones. En otoño, los que no habían emigrado allende el mar, sino que se habían quedado a pasar el invierno, se veían animados por los mismos impulsos, pero, como la emigración les estaba negada, seguían su propia norma de conducta. Llegaban en grandes bandadas a la península, inquietos; ora describiendo círculos en el firmamento, ora posándose, para alimentarse, en la tierra recién removida, pero incluso cuando se alimentaban, era como si lo hiciesen sin hambre, sin deseo. El desasosiego les empujaba de nuevo a los cielos. Blancos y negros, gaviotas y chovas, mezcladas en extraña camaradería, buscando alguna especie de liberación, nunca satisfechas, nunca inmóviles. Bandadas de estorninos, susurrantes como piezas de seda, volaban hacia los frescos pastos, impulsados por idéntica necesidad de movimiento, y los pájaros más pequeños, los pinzones y las alondras, se dispersaban sobre los árboles y los setos. Nat los miraba, y observaba también a las aves marinas. Abajo, en la ensenada, esperaban la marea. Tenían más paciencia. Pescadoras de ostras, zancudas y zarapitos aguardaban al borde del agua; cuando el lento mar lamía la orilla y se retiraba luego dejando al descubierto la franja de algas y los guijarros, las aves marinas emprendían veloz carrera y corrían sobre las playas. Entonces, les invadía también a ellas aquel mismo impulso de volar. Chillando, gimiendo, gritando, pasaban rozando el plácido mar y se alejaban de la costa. Se apresuraban, aceleraban, se precipitaban, huían; pero ¿adónde, y con qué finalidad? La inquieta urgencia del melancólico otoño había arrojado un hechizo sobre ellas y debían congregarse, girar y chillar; tenían que saturarse de movimiento antes de que llegase el invierno. «Quizá —pensaba Nat, masticando su pastel de carne en el borde de la escollera— los pájaros reciben en otoño un mensaje, algo así como un aviso. Va a llegar el invierno. Muchos de ellos perecen. Y los pájaros se comportan de forma semejante a las personas que, temiendo que les llegue la muerte antes de tiempo, se vuelcan en el trabajo, o se entregan a la insensatez». Los pájaros habían estado más alborotados que nunca en este declinar del año; su agitación resaltaba más porque los días eran muy tranquilos. Cuando el tractor trazaba su camino sobre las colinas del Oeste, recortada ante el volante la silueta del granjero, hombre y vehículo se perdían momentáneamente en la gran nube de pájaros que giraban y chillaban. Había muchos más que de ordinario. Nat estaba seguro de ello. Siempre seguían al arado en otoño, pero no en bandadas tan grandes como esas, no con ese clamor. Nat lo hizo notar cuando hubo terminado el trabajo del día. —Sí —dijo el granjero—, hay más pájaros que de costumbre; yo también me he dado cuenta. Y muy atrevidos algunos de ellos; no hacían ningún caso del tractor. Esta tarde, una o dos gaviotas han pasado tan cerca de mi cabeza que creía que me habían arrebatado la gorra. Como que apenas podía ver lo que estaba haciendo cuando se hallaban sobre mí y me daba el sol en los ojos. Me da la impresión de que va a cambiar el tiempo. Será un invierno muy duro. Por eso están inquietos los pájaros. Al cruzar los campos y bajar por el sendero que conducía a su casa, Nat, con el último destello del sol, vio a los pájaros reuniéndose todavía en las colinas del Oeste. No corría ni un soplo de viento, y el grisáceo mar estaba alto y en calma. Destacaba en los setos la coronaria, aún en flor, y el aire se mantenía plácido. El granjero tenía razón, sin embargo, y fue esa noche cuando cambió el tiempo. El dormitorio de Nat estaba orientado al Este. Se despertó poco después de las dos y oyó el ruido del viento en la chimenea. No el furioso bramido del temporal del Sudoeste que traía la lluvia, sino el viento del Este, seco y frío. Resonaba cavernosamente en la chimenea, y una teja suelta batía sobre el tejado. Nat prestó atención y pudo oír el rugido del mar en la ensenada. Incluso el aire del pequeño dormitorio se había vuelto frío: por debajo de la puerta se filtraba una corriente que soplaba directamente sobre la cama. Nat se arrebujó en la manta, se arrimó a la espalda de su mujer, que dormía a su lado, y quedó despierto, vigilante, dándose cuenta de que se hallaba receloso sin motivo. Fue entonces cuando oyó unos ligeros golpecitos en la ventana. En las paredes de la casa no había enredaderas que pudieran desprenderse y rozar el cristal. Escuchó, y los golpecitos continuaron hasta que, irritado por el ruido, Nat saltó de la cama y se acercó a la ventana. La abrió y, al hacerlo, algo chocó contra su mano, pinchándole los nudillos y rozándole la piel. Vio agitarse unas alas y aquello desapareció sobre el tejado, detrás de la casa. Era un pájaro. Qué clase de pájaro, él no sabría decirlo. El viento debía de haberle impulsado a guarecerse en el alféizar. Cerró la ventana y volvió a la cama, pero, sintiendo humedad en los nudillos, se llevó la mano a la boca. El pájaro le había hecho sangre. Asustado y aturdido, supuso que el pájaro, buscando cobijo, le había herido en la oscuridad. Trató de conciliar de nuevo el sueño. Pero al poco rato volvieron a repetirse los golpecitos, esta vez más fuertes, más insistentes. Su mujer se despertó con el ruido y, dándose la vuelta en la cama, le dijo: —Echa un vistazo a esa ventana, Nat; está batiendo. —Ya la he mirado —respondió él—; hay algún pájaro ahí fuera que está intentando entrar. ¿No oyes el viento? Sopla del Este y hace que los pájaros busquen dónde guarecerse. —Ahuyéntalos —dijo ella—. No puedo dormir con ese ruido. Se dirigió de nuevo a la ventana y, al abrirla esta vez, no era un solo pájaro el que estaba en el alféizar, sino media docena; se lanzaron en línea recta contra su rostro atacándolo. Soltó un grito y, golpeándolos con los brazos, consiguió dispersarlos; al igual que el primero, se remontaron sobre el tejado y desaparecieron. Dejó caer rápidamente la hoja de la ventana y la sujetó con las aldabillas. —¿Has visto eso? —exclamó—. Venían por mí. Intentaban picotearme los ojos. Se quedó en pie junto a la ventana, escudriñando la oscuridad, y no pudo ver nada. Su mujer, muerta de sueño, murmuró algo desde la cama. —No estoy exagerando —replicó él, enojado por la insinuación de la mujer—. Te digo que los pájaros estaban en el alféizar, intentando entrar en el cuarto. De pronto, de la habitación que dormían los niños, situada al otro lado del pasillo, surgió un grito de terror. —Es Jill —dijo su mujer, sentándose en la cama completamente espabilada—. Ve a ver qué le pasa. Nat encendió la vela, pero, al abrir la puerta del dormitorio para atravesar el pasillo, la corriente apagó la llama. Sonó otro grito de terror, esta vez de los dos niños, y él se precipitó en su habitación, sintiendo inmediatamente el batir de alas a su alrededor, en la oscuridad. La ventana estaba abierta de par en par. A través de ella, entraban los pájaros, chocando primero contra el techo y las paredes y, luego, rectificando su vuelo, se lanzaban sobre los niños, tendidos en sus camas. —Tranquilizaos. Estoy aquí —gritó Nat, y los niños corrieron chillando hacia él, mientras en la oscuridad, los pájaros se remontaban, descendían y le atacaban una y otra vez. —¿Qué es, Nat? ¿Qué ocurre? —preguntó su mujer desde el otro dormitorio. Nat empujó apresuradamente a los niños hacia el pasillo y cerró la puerta tras ellos, de modo que se quedó solo con los pájaros en la habitación. Cogió una manta de la cama más próxima y, utilizándola como arma, la blandió a diestro y siniestro en el aire. Notaba cómo caían los cuerpos, oía el zumbido de las alas, pero los pájaros no se daban por vencidos, sino que, una y otra vez, volvían al asalto, punzándole las manos y la cabeza con sus pequeños picos, agudos como las afiladas púas de una horca. La manta se convirtió en un arma defensiva; se la arrolló en la cabeza y, entonces, en la oscuridad más absoluta, siguió golpeando a los pájaros con las manos desnudas. No se atrevía a llegarse a la puerta y abrirla, no fuera que, al hacerlo, le siguiesen los pájaros. No podía decir cuánto tiempo estuvo luchando con ellos en medio de la oscuridad, pero al fin, fue disminuyendo a su alrededor el batir de alas y luego, cesó por completo. Percibía un débil resplandor a través del espesor de la manta. Esperó, escuchó; no se oía ningún sonido, salvo el llanto de uno de los niños en el otro dormitorio. La vibración, el zumbido de las alas, se había extinguido. Se quitó la manta de la cabeza y miró a su alrededor. La luz, fría y gris, de la mañana iluminaba el cuarto. El alba, y la ventana abierta habían llamado a los pájaros vivos. Los muertos yacían en el suelo. Nat contempló, horrorizado, los pequeños cadáveres. Había petirrojos, pinzones, paros azules, gorriones, alondras, pinzones reales, pájaros que, por ley natural se adherían exclusivamente a su propia bandada y a su propia región y ahora, al unirse unos a otros en sus impulsos de lucha, se habían destruido a sí mismos contra las paredes de la habitación, o habían sido destruidos por él en la refriega. Algunos habían perdido las plumas en la lucha; otros tenían sangre, sangre de él, en sus picos. Asqueado, Nat se acercó a la ventana y contempló los campos, más allá de su pequeño huerto. Hacía un frío intenso, y la tierra aparecía endurecida por la helada. No la helada blanca, la escarcha que brilla al sol de la mañana, sino la negra helada que trae consigo el viento del Este. El mar, embravecido con el cambio de la marea, encrespado y espumoso, rompía broncamente en la ensenada. No había ni rastro de los pájaros. Ni un gorrión trinaba en el seto, al otro lado del huerto, ni una chova, ni un mirlo, picoteaban la hierba en busca de gusanos. No se oía ningún sonido; solo el ruido del viento y del mar. Nat cerró la ventana y la puerta del pequeño dormitorio y cruzó el pasillo en dirección al suyo. Su mujer estaba sentada en la cama, con uno de los niños dormido a su lado y el más pequeño, con la cara vendada, entre sus brazos. Las cortinas estaban completamente corridas ante la ventana y las velas encendidas. Su rostro destacaba pálidamente a la amarillenta luz. Hizo a Nat una seña con la cabeza para que guardara silencio. —Ahora está durmiendo —cuchicheó—, pero acaba de coger el sueño. Algo le ha debido de herir; tenía sangre en las comisuras de los ojos. Jill dice que eran pájaros. Dice que se despertó y los pájaros estaban en la habitación. Miró a Nat, buscando una confirmación en su rostro. Parecía aturdida, aterrada, y él no quería que se diese cuenta de que también él estaba excitado, trastornado casi, por los sucesos de las últimas horas. —Hay pájaros allí dentro —dijo—, pájaros muertos, unos cincuenta por lo menos. Petirrojos, reyezuelos, todos los pájaros pequeños de los alrededores. Es como si, con el viento del Este, se hubiese apoderado de ellos una extraña locura. —Se sentó en la cama, junto a su mujer y le cogió la mano—. Es el tiempo —dijo—; eso debe ser, el mal tiempo. Probablemente, no son los pájaros de por aquí. Han sido empujados a estos lugares desde la parte alta de la región. —Pero, Nat —susurró la mujer—, ha sido esta noche cuando ha cambiado el tiempo. No han venido empujados por la nieve. Y no pueden estar hambrientos todavía. Tienen alimento de sobra ahí fuera, en los campos. —Es el tiempo —repitió Nat—. Te digo que es el tiempo. Su rostro estaba tenso y fatigado, como el de ella. Durante un rato, se miraron uno a otro en silencio. —Voy abajo a hacer un poco de té —dijo él. La vista de la cocina le tranquilizó. Las tazas y los platillos ordenadamente apilados sobre el parador, la mesa y las sillas, la madeja de labor de su mujer en su cestillo, los juguetes de los niños en el armario del rincón… Se arrodilló, atizó los rescoldos y encendió el fuego. El arder de la leña, la humeante olla y la negruzca tetera le dieron una impresión de normalidad, de alivio, de seguridad. Bebió un poco de té y subió una taza a su mujer. Luego, se lavó en la fregadera, se calzó las botas y abrió la puerta trasera. El cielo estaba pesado y plomizo, y las pardas colinas que el día anterior brillaban radiantes a la luz del sol aparecían lúgubres y sombrías. El viento del Este cortaba los árboles como una navaja, y las hojas, crujientes y secas se desprendían de las ramas y se esparcían con las ráfagas del viento. Nat restregó su bota contra la tierra. Estaba dura, helada. Nunca había visto un cambio tan repentino. En una sola noche había llegado el invierno. Los niños se habían despertado. Jill estaba parloteando en el piso de arriba y el pequeño Johnny llorando otra vez. Nat oyó la voz de su mujer calmándole, tranquilizándole. Al cabo de un rato, bajaron. Nat les había preparado el desayuno, y la rutina del día comenzó. —¿Echaste a los pájaros? —preguntó Jill, tranquilizada ya por el fuego de la cocina, por el día, por el desayuno. —Sí, ya se han ido todos —respondió Nat—. Fue el viento del Este lo que les hizo entrar. Se habían extraviado, estaban asustados y querían refugiarse en algún lado. —Intentaron picotearme —dijo Jill—. Se tiraban a los ojos de Johnny. —Les impulsaba el miedo —contestó Nat a la niña—. En la oscuridad del dormitorio, no sabían dónde estaban. —Espero que no vuelvan —dijo Jill—. Si les ponemos un poco de pan en la parte de fuera de la ventana, quizá lo coman y se marchen. Terminó de desayunar y luego, fue en busca de su abrigo y su capucha, los libros de la escuela y la cartera. Nat no dijo nada, pero su mujer le miró por encima de la mesa. Un silencioso mensaje cruzó entre ellos. —Iré contigo hasta el autobús —dijo él—. Hoy no voy a la granja. Y, mientras la niña se lavaba en la fregadera, dijo a su mujer: —Mantén cerradas todas las puertas y ventanas. Por si acaso, nada más. Yo voy a ir a la granja a ver si han oído algo esta noche. Y echó a andar con su hija por el sendero. Esta parecía haber olvidado su experiencia de la noche pasada. Iba delante de él, saltando, persiguiendo a las hojas, con el rostro sonrosado por el frío bajo la capucha. —¿Va a nevar, papá? —preguntó—. Hace bastante frío. Levantó la vista hacia el descolorido cielo, mientras sentía en su espalda el viento cortante. —No —respondió—, no va a nevar. Este es un invierno negro, no blanco. Todo el tiempo fue escudriñando los setos en busca de pájaros, mirando por encima de ellos a los campos del otro lado, oteando el pequeño bosquecillo situado más arriba de la granja, donde solían reunirse los grajos y las chovas. No vio ninguno. Las otras niñas esperaban en la parada del autobús, embozadas en sus ropas, cubiertas, como Jill, con capuchas, ateridos de frío sus rostros. Jill corrió hacia ellas agitando la mano. —Mi papá dice que no va a nevar —exclamó—. Va a ser un invierno negro. No dijo nada de los pájaros y empezó a dar empujones, jugando, a una de las niñas. El autobús remontó, renqueando, la colina. Nat la vio subir a él y luego, dando media vuelta, se dirigió a la granja. No era su día de trabajo, pero quería cerciorarse de que todo iba bien. Jim, el vaquero, estaba trajinando en el corral. —¿Está por ahí el patrón? —preguntó Nat. —Fue al mercado —repuso Jim—. Es martes, ¿no? Y, andando pesadamente, dobló la esquina de un cobertizo. No tenía tiempo para Nat. Decían que Nat era superior. Leía libros, y cosas de esas. Nat había olvidado que era martes. Eso demostraba hasta qué punto le habían trastornado los acontecimientos de la noche pasada. Fue a la puerta trasera de la casa y oyó cantar en la cocina a la señora Trigg; la radio ponía un telón de fondo a su canción. —¿Está usted ahí, señora? —llamó Nat. Salió ella a la puerta, rechoncha, radiante, una mujer de buen humor. —Hola, señor Hocken —dijo la señora Trigg—. ¿Puede decirme de dónde viene este frío? ¿De Rusia? Nunca he visto un cambio así. Y la radio dice que va a continuar. El Círculo Polar Ártico tiene algo que ver. —Nosotros no hemos puesto la radio esta mañana —dijo Nat—. Lo cierto es que hemos tenido una noche agitada. —¿Se han puesto malos los niños? —No… No sabía cómo explicarlo. Ahora, a la luz del día, la batalla con los pájaros sonaría absurda. Trató de contar a la señora Trigg lo que había sucedido, pero veía en sus ojos que ella se figuraba que su historia era producto de una pesadilla. —¿Seguro que eran pájaros de verdad? —dijo, sonriendo—. ¿Con plumas y todo? ¿No serian de esa clase tan curiosa que los hombres ven los sábados por la noche después de la hora de cerrar? —Señora Trigg —dijo él—, hay cincuenta pájaros muertos, petirrojos, reyezuelos y otros por el estilo, tendidos en el suelo del dormitorio de los niños. Me atacaron; intentaron lanzarse contra los ojos del pequeño Johnny. La señora Trigg le miró, dudosa. —Bueno —contestó—, supongo que les empujó el mal tiempo. Una vez en la habitación, no sabrían dónde se encontraban. Pájaros extranjeros, quizá de ese Círculo Ártico. —No —replicó Nat—, eran los pájaros que usted ve todos los días por aquí. —Una cosa muy curiosa —dijo la señora Trigg—, realmente inexplicable. Debería usted escribir una carta al Guardián contándoselo. Seguramente que le sabrían dar alguna respuesta. Bueno, tengo que seguir con lo mío. Inclinó la cabeza, sonrió y volvió a la cocina. Nat, insatisfecho, se dirigió a la puerta de la granja. Si no fuese por aquellos cadáveres tendidos en el suelo del dormitorio, que ahora tenía que recoger y enterrar en alguna parte, a él también le parecería exagerado el relato. Jim se hallaba junto al portillo. —¿Ha habido dificultades con los pájaros? —preguntó Nat. —¿Pájaros? ¿Qué pájaros? —Han invadido nuestra casa esta noche. Entraban a bandadas en el dormitorio de los niños. Eran completamente salvajes. —¿Qué? —Las cosas tardaban algún tiempo en penetrar en la cabeza de Jim—. Nunca he oído hablar de pájaros que se porten salvajemente —dijo al fin—. Suelen domesticarse. Yo les he visto acercarse a las ventanas en busca de migajas. —Los pájaros de anoche no estaban domesticados. —¿No? El frío, quizás. Estarían hambrientos. Prueba a echarles algunas migajas. Jim no sentía más interés que la señora Trigg. «Era —pensaba Nat—, como las incursiones aéreas durante la guerra. Nadie, en este extremo del país, sabía lo que habían visto y sufrido las gentes de Plymouth. Para que a uno le conmueva algo, es necesario haberlo padecido antes». Regresó a su casa, andando por el sendero, y cruzó la puerta. Encontró a su mujer en la cocina con el pequeño Johnny. —¿Has visto a alguien? —preguntó ella. —A Jim y a la señora Trigg —respondió—. Me parece que no me han creído ni una palabra. De todos modos, por allí no ha pasado nada. —Podrías llevarte afuera los pájaros —dijo ella—. No me atrevo a entrar en el cuarto para hacer las camas. Estoy asustada. —No tienes nada de que asustarte ahora —replicó Nat—. Están muertos, ¿no? Subió con un saco y echó en él, uno a uno, los rígidos cuerpos. Sí, había cincuenta en total. Pájaros corrientes, de los que frecuentaban los setos, ninguno siquiera tan grande como un tordo. Debía de haber sido el miedo lo que les impulsó a obrar de aquella forma. Paros azules, reyezuelos, era increíble pensar en la fuerza de sus pequeños picos hiriéndole el rostro y las manos la noche anterior. Llevó el saco al huerto, y se le planteó entonces un nuevo problema. El suelo estaba demasiado duro para cavar. Estaba helado, compacto y sin embargo, no había nevado; lo único que había ocurrido en las últimas horas había sido la llegada del viento del Este. Era extraño, antinatural. Debían de tener razón los vaticinadores del tiempo. El cambio era algo relacionado con el Círculo Ártico. Mientras estaba allí, vacilante, con el saco en la mano, el viento pareció penetrarle hasta los huesos. Podía ver las blancas crestas de las olas rompiendo allá abajo, en la ensenada. Decidió llevar los pájaros a la playa y enterrarlos allí. Cuando llegó a la costa, por debajo del farallón, apenas podía tenerse en pie, tal era la fuerza del viento. Le costaba respirar y tenía azuladas las manos. Nunca había sentido tanto frío en ninguno de los malos inviernos que podía recordar. Había marea baja. Caminó sobre los guijarros hacia la arena y, entonces, de espaldas al viento practicó un hoyo en el suelo con el pie. Se proponía echar en él los pájaros, pero al abrir el saco, la fuerza del viento los arrastró, los alzó como si nuevamente volvieran a volar, y los cuerpos helados de los cincuenta pájaros se elevaron de él a lo largo de la playa, sacudidos como plumas, esparcidos, desparramados. Había algo repugnante en la escena. No le gustaba. El viento arrebató los pájaros y los llevó lejos de él. «Cuando la marea suba se los llevará», dijo para sí. Miró al mar y contempló las espumosas rompientes, matizadas de una cierta tonalidad verdosa. Se alzaban briosas, se encrespaban, rompían y, a causa de la marea baja, su bramido sonaba distante, remoto, sin el tonante estruendo de la pleamar. Entonces las vio. Las gaviotas. Allá lejos, flotando sobre las olas. Lo que, al principio, había tomado por las blancas crestas de las olas eran gaviotas. Centenares, millares, decenas de millares… Subían y bajaban con el movimiento de las aguas, de cara al viento, esperando la marea, como una poderosa escuadra que hubiese echado el ancla. Hacia el Este y hacia el Oeste, las gaviotas estaban allí. Hilera tras hilera, se extendían en estrecha formación tan lejos como podía alcanzar la vista. Si el mar hubiese estado inmóvil, habrían cubierto la bahía como un velo blanco, cabeza con cabeza, cuerpo con cuerpo. Solo el viento del Este, arremolinando el mar en las rompientes, las ocultaba desde la playa. Nat dio media vuelta y, abandonando la costa, trepó por el empinado sendero en dirección a su casa. Alguien debería saber esto. Alguien debería enterarse. A causa del viento del Este y del tiempo, estaba sucediendo algo que no comprendía. Se preguntó si debía llegarse a la cabina telefónica, junto a la parada del autobús y llamar a la Policía. Pero ¿qué podrían hacer? ¿Qué podría hacer nadie? Decenas de miles de gaviotas posadas sobre el mar, allí, en la bahía, a causa del temporal, a causa del hambre. La Policía le creería loco, o borracho, o se tomaría con toda calma su declaración. «Gracias. Sí, ya se nos ha informado de la cuestión. El mal tiempo está empujando tierra adentro a los pájaros en gran número». Nat miró a su alrededor. No se veían señales de ningún otro pájaro. ¿Sería el frío lo que les había hecho llegar a todos desde la parte alta de la región? Al acercarse a la casa, su mujer salió a recibirle a la puerta. Le llamó, excitada. —Nat —dijo—, lo han dicho por la radio. Acaban de leer un boletín especial de noticias. Lo he tomado por escrito. —¿Qué es lo que han dicho por la radio? —preguntó él. —Lo de los pájaros —respondió—. No es solo aquí, es en todas partes. En Londres, en todo el país. Algo les ha ocurrido a los pájaros. Entraron juntos en la cocina. Nat cogió el trozo de papel que había sobre la mesa y lo leyó. «Nota oficial del Ministerio del Interior, hecha pública a las once de la mañana de hoy. Se reciben informes procedentes de todos los puntos del país acerca de la enorme cantidad de pájaros que se está reuniendo en bandadas sobre las ciudades, los pueblos y los más lejanos distritos, los cuales provocan obstrucciones y daños e, incluso, han llegado a atacar a las personas. Se cree que la corriente de aire ártico, que cubre actualmente las Islas Británicas, está obligando a los pájaros a emigrar al Sur en gran número, y que el hambre puede impulsarles a atacar a los seres humanos. Se aconseja a todos los ciudadanos que presten atención a sus ventanas, puertas y chimeneas, y tomen razonables precauciones para la seguridad de sus hijos. Una nueva nota será hecha pública más tarde». Una viva excitación se apoderó de Nat; miró a su mujer con aire de triunfo. —Ahí tienes —dijo—; esperemos que hayan oído esto en la granja. La señora Trigg se dará cuenta de que no era ninguna fantasía. Es verdad. Por todo el país. Toda la mañana he estado pensando que había algo que no marchaba bien. Y ahora mismo, en la playa he mirado al mar y hay gaviotas, millares de ellas, decenas de millares, no cabría ni un alfiler entre sus cabezas, y están allá fuera, posadas sobre el mar, esperando. —¿Qué están esperando, Nat? —preguntó ella. Él la miró de hito en hito y luego volvió la vista hacia el trozo de papel. —No lo sé —dijo lentamente—. Aquí dice que los pájaros están hambrientos. Él se acercó al armario, de donde sacó un martillo y otras herramientas. —¿Qué vas a hacer, Nat? —Ocuparme de las ventanas, y de las chimeneas también, como han dicho. —¿Crees que esos gorriones, y petirrojos, y los demás, podrían penetrar con las ventanas cerradas? ¡Qué va! ¿Cómo iban a poder? Nat no contestó. No estaba pensando en los gorriones, ni en los petirrojos. Pensaba en las gaviotas… Fue al piso de arriba, y el resto de la mañana estuvo allí trabajando, asegurando con tablas las ventanas de los dormitorios, rellenando la parte baja de las chimeneas. Realizó una buena faena; era su día libre y no estaba trabajando en la granja. Se acordó de los viejos tiempos, al principio de la guerra. No estaba casado entonces, y en la casa de su madre, en Plymouth, había instalado las tablas protectoras de las ventanas para evitar que se filtrase luz al exterior. También había construido el refugio, aunque, ciertamente, no fue de ninguna utilidad cuando llegó el momento. Se preguntó si tomarían todas las precauciones en la granja. Lo dudaba. Harry Trigg y su mujer eran demasiado indolentes. Probablemente se reirían de todo esto. Se irían a bailar o a jugar una partida de whist. —La comida está lista —gritó ella desde la cocina. —Está bien. Ahora bajo. Estaba satisfecho de su trabajo. Los entramados encajaban perfectamente sobre los pequeños vidrios y en la base de las chimeneas. Una vez terminada la comida, y mientras su mujer fregaba los platos, Nat sintonizó el diario hablado de la una. Fue repetido el mismo aviso, el que ella había anotado por la mañana, pero el boletín de noticias dio más detalles. «Las bandadas de pájaros han causado trastornos en todas las comarcas —decía el locutor—, y, en Londres, el cielo estaba tan oscuro a las diez de esta mañana, que parecía como si toda la ciudad estuviese cubierta por una inmensa nube negra». «Los pájaros se posaban en lo alto de los tejados, en los alféizares de las ventanas y en las chimeneas. Las especies incluían mirlos, tordos, gorriones y, como era de esperar en la metrópoli, una gran cantidad de palomas y estorninos, y ese frecuentador del río de Londres, la gaviota de cabeza negra. El espectáculo ha sido tan inusitado que el tráfico se ha detenido en muchas vías públicas, el trabajo abandonado en tiendas y oficinas y las calles se han visto abarrotadas de gente que contemplaba a los pájaros». Fueron relatados varios incidentes, volvieron a enunciarse las causas probables del frío y el hambre y se repitieron los consejos a los dueños de casa. La voz del locutor era tranquila y suave. Nat tenía la impresión de que este hombre trataba la cuestión como si fuera una broma preparada. Habría otros como él, centenares de personas que no sabían lo que era luchar en la oscuridad con una bandada de pájaros. Esta noche se celebrarían fiestas en Londres, igual que los días de elecciones. Gente que se reunía, gritaba, reía, se emborrachaba. «¡Venid a ver los pájaros!». Nat desconectó la radio. Se levantó y empezó a trabajar en las ventanas de la cocina. Su mujer le observaba, con el pequeño Johnny pegado a sus faldas. —Pero ¿también aquí vas a poner tablas? —exclamó—. No voy a tener más remedio que encender la luz antes de las tres. A mí me parece que aquí abajo no es necesario. —Más vale prevenir que lamentar —respondió Nat—. No quiero correr riesgos. —Lo que debían hacer —dijo ella— es sacar al Ejército para que disparara contra los pájaros. Eso les espantaría en seguida. —Que lo intenten —replicó Nat—. ¿Cómo iban a conseguirlo? —Cuando los portuarios se declaran en huelga, ya llevan al Ejército a los muelles —contestó ella—. Los soldados bajan y descargan los barcos. —Sí —dijo Nat—, y Londres tiene ocho millones de habitantes, o más. Piensa en todos los edificios, los pisos, las casas. ¿Crees que tienen suficientes soldados como para llevarlos a disparar contra los pájaros desde los tejados? —No sé. Pero debería hacerse algo. Tienen que hacer algo. Nat pensó para sus adentros que «ellos» estaban, sin duda, considerando el problema en ese mismo momento, pero que cualquier cosa que decidiesen hacer en Londres y en las grandes ciudades no les sería de ninguna utilidad a las gentes que, como ellos, vivían a trescientas millas de distancia. Cada vecino debería cuidar de sí mismo. —¿Cómo andamos de víveres? —preguntó. —Bueno, Nat, ¿qué pasa ahora? —No te preocupes. ¿Qué tienes en la despensa? —Es mañana cuando tengo que ir a hacer la compra, ya sabes. Nunca guardo alimentos sin cocer, se estropean. El carnicero no viene hasta pasado mañana. Pero puedo traer algo cuando vaya mañana a la ciudad. Nat no quería asustarla. Pensaba que era posible que no pudiese ir mañana a la ciudad. Miró en la despensa y en el armario donde ella guardaba las latas de conserva. Tenían para un par de días. Pan, había poco. —¿Y qué hay del panadero? —También viene mañana. Observó que había harina. Si el panadero no venía, había suficiente para cocer una hogaza. —Era mejor en los viejos tiempos —dijo—, cuando las mujeres hacían pan dos veces a la semana, y tenían sardinas saladas, y había alimentos suficientes para que una familia resistiese un bloqueo, si hacía falta. —He tratado de dar pescado en conserva a los niños, pero no les gusta —contestó ella. Nat siguió clavando tablas ante las ventanas de la cocina. Velas. También andaban escasos de velas. Otra cosa que había que comprar mañana. Bueno, no quedaba más remedio. Esta noche tendrían que irse pronto a la cama. Es decir, si… Se levantó, salió por la puerta trasera y se detuvo en el huerto, mirando hacia el mar. No había brillado el sol en todo el día y ahora, apenas las tres de la tarde, había ya cierta oscuridad y el cielo estaba sombrío, melancólico, descolorido como la sal. Podía oír el retumbar del mar contra las rocas. Echó a andar, sendero abajo, y hacia la playa, hasta mitad de camino. Y entonces se detuvo. Se dio cuenta de que la marea había subido. La roca que asomaba a media mañana sobre las aguas estaba ahora cubierta, pero no era el mar lo que atraía su atención. Las gaviotas se habían levantado. Centenares de ellas, millares de ellas, describían círculos en el aire, alzando sus alas contra el viento. Eran las gaviotas las que habían oscurecido el cielo. Y volaban en silencio. No producían ningún sonido. Giraban en círculos, remontándose, descendiendo, probando su fuerza contra el viento. Nat dio media vuelta. Subió corriendo el sendero y regresó a su casa. —Voy a buscar a Jill —dijo—. La esperaré en la parada del autobús. —¿Qué ocurre? —preguntó su mujer—. Estás muy pálido. —Mantén dentro a Johnny —dijo—. Cierra bien la puerta. Enciende la luz y corre las cortinas. —Pero si acaban de dar las tres —objetó ella. —No importa. Haz lo que te digo. Miró dentro del cobertizo que había junto a la puerta trasera. No encontró nada que fuese de gran utilidad. El pico era demasiado pesado, y la horca no servía. Cogió la azada. Era la única herramienta adecuada, y lo bastante ligera para llevarla consigo. Echó a andar, camino arriba, en dirección a la parada del autobús; de vez en cuando miraba hacia atrás por encima del hombro. Las gaviotas volaban ahora a mayor altura; sus círculos eran más abiertos, más amplios; se desplegaban por el cielo en inmensa formación. Se apresuró; aunque sabía que el autobús no llegaría a lo alto de la colina antes de las cuatro, tenía que apresurarse. No adelantó a nadie por el camino. Se alegraba. No había tiempo para pararse a charlar. Una vez en la cima de la colina, esperó. Era demasiado pronto. Faltaba todavía media hora. El viento del Este, procedente de las tierras altas, cruzaba impetuoso los campos. Golpeó el suelo con los pies y se sopló las manos. Podía ver a lo lejos las arcillosas colinas recortándose nítidamente contra la intensa palidez del firmamento. Desde detrás de ellas surgió algo negro, semejante al principio de un tiznón, que fue ensanchándose después y haciéndose más amplio; luego, el tiznón se convirtió en una nube, y la nube en otras cinco nubes que se extendieron hacia el Norte, el Sur, el Este y el Oeste, y no eran nubes, eran pájaros. Se quedó mirándolos, viendo cómo cruzaban el cielo, y cuando una de las secciones en que se habían dividido pasó a un centenar de metros por encima de su cabeza, se dio cuenta, por la velocidad que llevaban, de que se dirigían tierra adentro, a la parte alta del país, de que no sentían ningún interés por la gente de la península. Eran grajos, cuervos, chovas, urracas, arrendajos, pájaros todos que, habitualmente, solían hacer presa en las especies más pequeñas; pero, esta tarde, estaban destinados a alguna otra misión. «Se dirigen a las ciudades —pensó Nat—; saben lo que tienen que hacer. Los de aquí tenemos menos importancia. Las gaviotas se ocuparán de nosotros. Los otros van a las ciudades». Se acercó a la cabina telefónica, entró en ella y levantó el auricular. En la central se encargarían de transmitir el mensaje. —Hablo desde Highway —dijo—, junto a la parada del autobús. Deseo informar de que se están adentrando en la región grandes formaciones de pájaros. Las gaviotas están formando también en la bahía. —Muy bien —contestó la voz, lacónica, cansada. —¿Se encargará usted de transmitir este mensaje al departamento correspondiente? —Sí… sí… La voz sonaba ahora impaciente, hastiada. El zumbido de la línea se restableció. «Ella es distinta —pensó Nat—; todo eso le tiene sin cuidado. Tal vez ha tenido que estar todo el día contestando llamadas. Piensa irse al cine esta noche. Aceptará la mano de algún amigo: «¡Mira cuántos pájaros!» Todo eso le tiene sin cuidado». El autobús llegó renqueando a lo alto de la colina. Bajaron Jill y otras tres o cuatro niñas. El autobús continuó a la ciudad. —¿Para qué es la azada, papá? Las niñas le rodearon riéndose, señalándole. —He estado usándola —dijo—. Y ahora vámonos a casa. Hace frío para quedarse por ahí. Miraré cómo cruzáis los campos, a ver a qué velocidad podéis correr. Estaba hablando a las compañeras de Jill, las cuales pertenecían a distintas familias que vivían en las casitas de los alrededores. Un corto atajo les llevaría hasta sus casas. —Queremos jugar un poco —dijo una de ellas. —No. Os vais a casa, o se lo digo a vuestras mamás. Cuchichearon entre sí, y luego echaron a correr a través de los campos. Jill miró, enfurruñada, a su padre. —Siempre nos quedamos a jugar un rato —dijo. —Esta noche, no —contestó él—. Vamos, no perdamos tiempo. Podía ver ahora a las gaviotas describiendo círculos sobre los campos, adentrándose poco a poco sobre la tierra. Sin ruido. Silenciosas todavía. —Mira allá arriba, papá, mira a las gaviotas. —Sí. Date prisa. —¿Hacia dónde vuelan? ¿Adónde van? —Tierra adentro, supongo. A donde haga más calor. La cogió de la mano y la arrastró tras sí a lo largo del sendero. —No vayas tan deprisa. No puedo seguirte. Las gaviotas estaban mirando a los grajos y a los cuervos. Se estaban desplegando en formación de un lado a otro del cielo. Grupos de miles de ellas volaban a los cuatro puntos cardinales. —¿Qué es eso, papá? ¿Qué están haciendo las gaviotas? Su vuelo no era todavía decidido, como el de los grajos y las chovas. Seguían describiendo círculos en el aire. Tampoco volaban tan alto. Como si esperasen alguna señal. Como si hubiesen de tomar alguna decisión. La orden no estaba clara. —¿Quieres que te lleve, Jill? Ven, súbete a cuestas. De esta forma creía poder ir más de prisa; pero se equivocaba. Jill pesaba mucho y se deslizaba. Estaba llorando, además. Su sensación de urgencia, de temor, se le había contagiado a la niña. —Quiero que se vayan las gaviotas. No me gustan. Se están acercando al camino. La volvió a poner en el suelo. Echó a correr, llevando a Jill como a remolque. Al doblar el recodo que hacía el camino junto a la granja vio al granjero que estaba metiendo el coche en el garaje. Nat le llamó. —¿Puede hacernos un favor? —dijo. —¿Qué es? El señor Trigg se volvió en el asiento y les miró. Una sonrisa iluminó su rostro, rubicundo y jovial. —Parece que tenemos diversión —dijo—. ¿Ha visto las gaviotas? Jim y yo vamos a salir y les soltaremos unos cuantos tiros. Todo el mundo habla de ellas. He oído decir que le han molestado esta noche. ¿Quiere una escopeta? Nat denegó con la cabeza. El pequeño coche estaba abarrotado de cosas. Solo había sitio para Jill, si se ponía encima de las latas de petróleo en el asiento de atrás. —No necesito una escopeta —dijo Nat—, pero le agradecería que llevase a Jill a casa. Se ha asustado de los pájaros. Lo dijo apresuradamente. No quería hablar delante de Jill. —De acuerdo —asintió el granjero—. La llevaré a casa. ¿Por qué no se queda usted y se une al concurso de tiro? Haremos volar las plumas. Subió Jill, y el conductor, dando la vuelta al coche, aceleró por el camino en dirección a la casa. Nat echó a andar detrás: Trigg debía de estar loco. ¿De qué servía una escopeta contra un firmamento de pájaros? Nat, libre ahora de la preocupación de Jill, tenía tiempo de mirar a su alrededor. Los pájaros seguían describiendo círculos sobre los campos. Eran gaviotas corrientes casi todas, pero, entre ellas, se hallaba también la gaviota negra. Por lo general, se mantenían apartadas, pero ahora marchaban juntas. Algún lazo las había unido. La gaviota negra atacaba a los pájaros más pequeños e incluso, según había oído decir, a los corderos recién nacidos. Él no lo había visto. Lo recordaba ahora, no obstante, al mirar hacia el cielo. Se estaban acercando a la granja. Sus círculos iban siendo más bajos, y las gaviotas negras volaban al frente, las gaviotas negras conducían las bandadas. La granja era, pues, su objetivo. Se dirigían a la granja. Nat aceleró el paso en dirección a su casa. Vio dar la vuelta al coche del granjero y emprender el camino de regreso. Cuando llegó junto a él, frenó bruscamente. —La niña ya está dentro —dijo el granjero—. Su mujer la estaba esperando. Bueno, ¿qué le parece? En la ciudad dicen que lo han hecho los rusos. Que los rusos han envenenado a los pájaros. —¿Cómo podrían hacerlo? —preguntó Nat. —A mí no me pregunte. Ya sabe cómo surgen los bulos. ¿Qué? ¿Se viene a mi concurso de tiro? —No; pienso quedarme en casa. Mi mujer se inquietaría. —La mía dice que estaría bien si pudiésemos comer gaviota —dijo Trigg—; tendríamos gaviota asada, gaviota cocida y, por si fuera poco, gaviota en escabeche. Espere usted a que les suelte unos tiros. Eso las asustará. —¿Ha puesto usted tablas en las ventanas? —No. ¡Qué tontería! A los de la radio les gusta asustar a la gente. Hoy he tenido cosas más importantes que hacer que andar clavando las ventanas. —Yo, en su lugar, lo haría. —¡Bah! Exagera usted. ¿Quiere venirse a dormir en nuestra casa? —No; gracias, de todos modos. —Bueno. Piénselo mañana. Le daremos gaviota para desayunar. El granjero sonrió y, luego, enfiló el coche hacia la puerta de la granja. Nat se apresuró. Atravesó el bosquecillo, rebasó el viejo granero y cruzó el portillo que daba acceso al prado. Al pasar por el portillo, oyó un zumbido de alas. Una gaviota negra descendía en picado sobre él, erró, torció el vuelo y se remontó para volver a lanzarse de nuevo. En un instante se le unieron otras, seis, siete, una docena de gaviotas, blancas y negras mezcladas. Nat tiró la azada. No le servía. Cubriéndose la cabeza con los brazos, corrió hacia la casa. Las gaviotas continuaron lanzándose sobre él, en un absoluto silencio, solo interrumpido por el batir de las alas, las terribles y zumbadoras alas. Sentía sangre en las manos, en las muñecas, en el cuello. Los agudos picos rasgaban la carne. Si por lo menos pudiese mantenerlas apartadas de sus ojos… Era lo único que importaba. Tenía que mantenerlas alejadas de sus ojos. Aún no habían aprendido cómo aferrarse a un hombre, cómo desgarrar la ropa, cómo arrojarse en masa contra la cabeza, contra el cuerpo. Pero, a cada nuevo descenso, a cada nuevo ataque, se volvían más audaces. Y no se preocupaban en absoluto de sí mismas. Cuando se lanzaban en picado y fallaban, se estrellaban violentamente y quedaban sobre el suelo, magulladas, reventadas. Nat, al correr, tropezaba con sus cuerpos destrozados, que empujaba con los pies hacia delante. Llegó a la puerta y la golpeó con sus ensangrentadas manos. Debido a las tablas clavadas ante las ventanas, no brillaba ninguna luz. Todo estaba oscuro. —Déjame entrar —gritó—; soy Nat. Déjame entrar. Gritaba fuerte para hacerse oír por encima del zumbido de las alas de las gaviotas. Entonces vio al planga, suspendido sobre él en el cielo, presto a lanzarse en picado. Las gaviotas giraban, se retiraban, se remontaban juntas contra el viento. Solo el planga permanecía. Un solo planga en el cielo sobre él. Las alas se plegaron súbitamente a lo largo de su cuerpo, y se dejó caer como una piedra. Nat chilló, y la puerta se abrió. Traspuso precipitadamente el umbral y su mujer arrojó contra la puerta todo el peso de su cuerpo. Oyeron el golpe del planga al caer. Su mujer le curó las heridas. No eran profundas. Las muñecas y el dorso de las manos era lo que más había sufrido. Si no hubiese llevado gorra, le habrían alcanzado en la cabeza. En cuanto al planga… El planga podía haberle roto el cuello. Los niños estaban llorando, naturalmente. Habían visto sangre en las manos de su padre. —Todo va bien ahora —les dijo—. No me duele. No son más que unos rasguños. Juega con Johnny, Jill. Mamá lavará estas heridas. Entornó la puerta, de modo que no le pudiesen ver. Su mujer estaba pálida. Empezó a echarle agua de la artesa. —Las he visto allá arriba —cuchicheó ella—. Empezaron a reunirse justo cuando entró Jill con el señor Trigg. Cerré apresuradamente la puerta, y se atrancó. Por eso no he podido abrirla en seguida al llegar tú. —Gracias a Dios que me han esperado a mí —dijo él—. Jill habría caído en seguida. Un solo pájaro lo habría conseguido. Furtivamente, de modo que no se alarmasen los niños, siguieron hablando en susurros, mientras ella le vendaba las manos y el cuello. —Están volando tierra adentro —decía él—. Miles de ellos: grajos, cuervos, todos los pájaros más grandes. Los he visto desde la parada del autobús. Se dirigen a las ciudades. —Pero ¿qué pueden hacer, Nat? —Atacarán. Atacarán a todo el que encuentren en las calles. Luego probarán con las ventanas, las chimeneas. —¿Por qué no hacen algo las autoridades? ¿Por qué no sacan al Ejército, ponen ametralladoras, algo? —No ha habido tiempo. Nadie está preparado. En las noticias de las seis oiremos lo que tengan que decir. Nat volvió a la cocina, seguido de su mujer. Johnny estaba jugando tranquilamente en el suelo. Solo Jill parecía inquieta. —Oigo a los pájaros —dijo—. Escucha, papá. Nat escuchó. De las ventanas, de la puerta, llegaban sonidos ahogados. Alas que rozaban la superficie, deslizándose, rascando, buscando un medio de entrar. El ruido de muchos cuerpos apretujados que se restregaban contra los muros. De vez en cuando, un golpe sordo, un fragor, el lanzamiento en picado de algún pájaro que se estrellaba contra el suelo. «Algunos se matarán de esta forma —pensó—, pero no es bastante. Nunca es bastante». —Bueno —dijo en voz alta—, he puesto tablas en las ventanas. Los pájaros no pueden entrar. Fue examinando todas las ventanas. Su trabajo había sido concienzudo. Todas las rendijas estaban tapadas. Haría algo más, no obstante. Encontró cuñas, trozos de lata, listones de madera, tiras de metal, y los sujetó a los lados para reforzar las tablas. Los martillazos contribuían a amortiguar el ruido de los pájaros, los frotes, los golpecitos y, más siniestro —no quería que sus hijos lo oyesen—, el crujido de los vidrios al romperse. —Pon la radio —dijo—; a ver qué dice. Esto disimularía también los ruidos. Subió a los dormitorios y reforzó las ventanas. Podía oír a los pájaros en el tejado, el rascar de uñas, un sonido insistente, continuo. Decidió que debían dormir en la cocina; mantendrían encendido el fuego, bajarían los colchones y los tenderían en el suelo. No se sentía muy tranquilo con las chimeneas de los dormitorios. Las tablas que había colocado en la base de las chimeneas podían desprenderse. En la cocina, gracias al fuego, estarían a salvo. Tendría que hacer una diversión de todo ello. Fingir ante los niños que estaban jugando a campamentos. Si ocurría lo peor y los pájaros forzaban una entrada por las chimeneas de los dormitorios, pasarían horas, quizá días, antes de que pudiesen destruir las puertas. Los pájaros quedarían aprisionados en los dormitorios. Allí no podrían hacer ningún daño. Hacinados entre sus paredes, morirían sofocados. Empezó a bajar los colchones. Al verlo, a su mujer se le dilataron los ojos de miedo. Pensó que los pájaros habían irrumpido ya en el piso de arriba. —Bueno —dijo él en tono jovial—, esta noche vamos a dormir todos juntos en la cocina. Resulta más agradable dormir aquí abajo, junto al fuego. Así no nos molestarán estos estúpidos pajarracos que andan por ahí dando golpecitos en las ventanas. Hizo que los niños le ayudasen a apartar los muebles y tuvo la precaución de, con la ayuda de su mujer, colocar el armario pegado a la ventana. Encajaba bien. Era una protección adicional. Ahora ya se podían poner los colchones, uno junto a otro, contra la pared en que había estado el armario. «Estamos bastante seguros ahora —pensó—, estamos cómodos y aislados, como en un refugio antiaéreo. Podemos resistir. Lo único que me preocupa son los víveres. Víveres y carbón para el fuego. Tenemos para uno o dos días, no más. Entonces…». De nada servía formar proyectos con tanta antelación. Ya darían instrucciones por la radio. Dirían a la gente lo que tenía que hacer. Y, entonces, en medio de sus problemas, se dio cuenta de que la radio no transmitía más que música de baile. No el programa infantil, como debía haber sido. Miró el dial. Sí, estaba puesta la emisora local. Bailables. Sabía el motivo. Los programas habituales habían sido abandonados. Esto solo sucedía en ocasiones excepcionales. Elecciones y cosas así. Intentó recordar si había sucedido lo mismo durante la guerra, cuando se producían duras incursiones aéreas sobre Londres. Pero, naturalmente, la BBC no estaba en Londres durante la guerra. Transmitía sus programas desde otros estudios, instalados provisionalmente. «Estamos mejor aquí —pensó—, estamos mejor aquí en la cocina, con las puertas y las ventanas entabladas, que como están los de las ciudades. Gracias a Dios que no estamos en las ciudades». A las seis cesó la música. Sonó la señal horaria. No importaba que se asustasen los niños, tenía que oír las noticias. Hubo una pausa. Luego, el locutor habló. Su voz era grave, solemne. Completamente distinta de la del mediodía. «Aquí Londres —dijo—. A las cuatro de esta tarde se ha proclamado en todo el país el estado de excepción. Se están adoptando medidas para salvaguardar las vidas y las propiedades de la población, pero debe comprenderse que no es fácil que estas produzcan un efecto inmediato, dada la naturaleza repentina y sin precedentes de la actual crisis. Todos los habitantes deben tomar precauciones para con su propia casa, y donde vivan juntas varias personas, como en pisos y apartamentos, deben ponerse de acuerdo para hacer todo lo que puedan en orden e impedir la entrada en ellos. Es absolutamente necesario que todo el mundo se quede en su casa esta noche y que nadie permanezca en las calles, carreteras, o en cualquier otro lugar desguarnecido. Enormes cantidades de pájaros están atacando a todo el que ven y han empezado ya a asaltar los edificios; pero estos, con el debido cuidado, deben ser impenetrables. Se ruega a la población que permanezca en calma y no se deje dominar por el pánico. Dado el carácter excepcional de la situación, no serán radiados más programas, desde ninguna estación emisora, hasta las siete horas de mañana». Tocaron el Himno Nacional. No pasó nada más. Nat apagó la radio. Miró a su mujer y ella le devolvió la mirada. —¿Qué ocurre? —preguntó Jill—. ¿Qué ha dicho la radio? —No va a haber más programas esta noche —dijo Nat—. Ha habido una avería en la BBC. —¿Es por los pájaros? —preguntó Jill—. ¿Lo han hecho los pájaros? —No —respondió Nat—, es solo que todo el mundo está muy ocupado, y además tienen que desembarazarse de los pájaros, que andan revolviéndolo todo allá arriba, en las ciudades. Bueno, por una noche podemos arreglarnos sin la radio. —Ojalá tuviéramos un gramófono —dijo Jill—; eso sería mejor que nada. Tenía el rostro vuelto hacia el armario, apoyado contra las ventanas. Aunque intentaban ignorarlo, percibían claramente los roces, los chasquidos, el persistente batir de alas. —Cenaremos pronto —sugirió Nat—. Pídele a mamá algo bueno. Algo que nos guste a todos, ¿eh? Hizo una seña a su mujer y le guiñó el ojo. Quería que la mirada de temor, de aprensión, desapareciese del rostro de Jill. Mientras se hacía la cena, estuvo silbando, cantando, haciendo todo el ruido que podía, y le pareció que los sonidos exteriores no eran tan fuertes como al principio. Subió en seguida a los dormitorios y escuchó. Ya no se oía el rascar de antes sobre el tejado. «Han adquirido la facultad de razonar —pensó—; saben que es difícil entrar aquí. Probarán en otra parte. No perderán su tiempo con nosotros». La cena transcurrió sin incidentes, y entonces, cuando estaban quitando la mesa, oyeron un nuevo sonido, runruneante, familiar, un sonido que todos ellos conocían y comprendían. Su mujer le miró, iluminado el rostro. —Son aviones —dijo—, están enviando aviones tras los pájaros. Eso es lo que yo he dicho desde el principio que debían hacer. Eso los ahuyentará. ¿Son cañonazos? ¿No oís cañones? Quizá fuese fuego de cañón, allá en el mar. Nat no podría decirlo. Los grandes cañones navales puede que tuviesen eficacia contra las gaviotas en el mar, pero las gaviotas estaban ahora tierra adentro. Los cañones no podían bombardear la costa, a causa de la población. —Es agradable oír los aviones, ¿verdad? —dijo su mujer. Y Jill, captando su entusiasmo, se puso a brincar de un lado para otro con Johnny. —Los aviones alcanzarán a los pájaros. Los aviones los echarán. Justamente entonces oyeron un estampido a unas dos millas de distancia, seguido de otro y, luego, de otro más. El ronquido de los motores se fue alejando y desapareció sobre el mar. —¿Qué ha sido eso? —preguntó la mujer—. ¿Estaban tirando bombas sobre los pájaros? —No sé —contestó Nat—, no creo. No quería decirle que el ruido que habían oído era el estampido de un avión al estrellarse. Era, sin duda, un riesgo por parte de las autoridades enviar fuerzas de reconocimiento, pero podían haberse dado cuenta de que la operación era suicida. ¿Qué podían hacer los aviones contra pájaros que se lanzaban para morir contra las hélices y los fuselajes, sino arrojarse ellos mismos al suelo? Suponía que esto se estaba intentando ahora por todo el país. Y a un precio muy caro. Alguien de los de arriba había perdido la cabeza. —¿Adónde se han ido los aviones, papá? —preguntó Jill. —Han vuelto a su base —respondió—. Bueno, ya es hora de acostarse. Mantuvo ocupada a su mujer, desnudando a los niños delante del fuego, arreglando los colchones y haciendo otras muchas cosas, mientras él recorría de nuevo la casa para asegurarse de que todo seguía bien. Ya no se oía el zumbido de la aviación, y los cañones habían dejado de disparar. «Una pérdida de vidas y de esfuerzos —se dijo Nat—. No podemos matar suficientes pájaros de esa manera. Cuesta demasiado. Queda el gas. Quizás intenten echar gases, gases venenosos. Naturalmente, nos avisarían primero, si lo hiciesen. Una cosa es cierta; los mejores cerebros del país pasarán la noche concentrados en este asunto». En cierto modo, la idea le tranquilizó. Se representaba un plantel de científicos, naturalistas y técnicos reunidos en consejo para deliberar; ya estarán trabajando sobre el problema. Esta no era tarea para el Gobierno, ni para los jefes de Estado Mayor; estos se limitarían a llevar a la práctica las órdenes de los científicos. «Tendrán que ser implacables —pensó—. Lo peor es que, si deciden utilizar el gas, tendrán que arriesgar más vidas. Todo el ganado y toda la tierra quedarían contaminados también. Mientras nadie se deje llevar por el pánico… Eso es lo malo. Que la gente caiga en pánico y pierda la cabeza. La BBC ha hecho bien en advertirnos eso». Arriba, en los dormitorios, todo estaba tranquilo. No se oía arañar y rascar en las ventanas. Una tregua en la batalla. Reagrupación de fuerzas. ¿No era así como lo llamaban en los partes de guerra? El viento, sin embargo, no había cesado. Podía oírlo todavía, rugiendo en las chimeneas. Y al mar rompiendo allá abajo, en la playa. Entonces se acordó de la marea. La marea estaría bajando. Quizá la tregua era debida a la marea. Había alguna ley que obedecían los pájaros y que estaba relacionada con el viento del Este y con la marea. Miró al reloj. Casi las ocho. La pleamar debía de haber sido hacía una hora. Eso explicaba la tregua. Los pájaros atacaban con la marea alta. Puede que no actuaran así tierra adentro, pero esta parecía ser la táctica que seguían en la costa. Calculó mentalmente el tiempo. Tenían seis horas por delante. Cuando la marea subiese de nuevo, a eso de la una y veinte de la madrugada, los pájaros volverían… Había dos cosas que podía hacer. La primera, descansar con su mujer y sus hijos, dormir todo lo que pudiesen hasta la madrugada. La segunda, salir, ver cómo le iba a los de la granja y si todavía funcionaba el teléfono, para poder obtener noticias de la central. Llamó en voz baja a su mujer, que acababa de acostar a los niños. Ella subió hasta la mitad de la escalera, y él le expuso lo que se proponía hacer. —No te vayas —dijo ella al instante—, no te vayas dejándome sola con los niños. No podría resistirlo. Su voz se elevó histéricamente. Él la apaciguó, la calmó. —Está bien —dijo—, está bien. Esperaré a mañana. A las siete oiremos el boletín de noticias de la radio. Pero, por la mañana, cuando vuelva a bajar la marea, me acercaré a la granja a ver si nos dan pan y patatas, y también algo de leche. Su mente se hallaba ocupada, formando planes en previsión de posibles contingencias. Naturalmente, esta noche no habrían ordeñado a las vacas. Se habrían quedado fuera, en el corral, mientras los moradores de la casa se atrincheraban tras las ventanas entabladas, igual que ellos. Es decir, si habían tenido tiempo de tomar precauciones. Pensó en Trigg, sonriéndole desde el coche. No habría habido concurso de tiro esta noche. Los niños se habían dormido. Su mujer, aún vestida, estaba sentada en su colchón. Miró nerviosamente a su marido. —¿Qué vas a hacer? —cuchicheó. Nat movió la cabeza, indicándole que guardara silencio. Lentamente, con cuidado, abrió la puerta trasera y miró al exterior. La oscuridad era absoluta. El viento soplaba más fuerte que nunca, helado, llegando en rápidas ráfagas desde el mar. Puso el pie sobre el escalón del otro lado de la puerta. Estaba lleno de pájaros. Había pájaros muertos por todas partes. Bajo las ventanas, contra las paredes. Eran los suicidas, los somorgujos, y tenían los cuellos rotos. Adondequiera que miraba veía pájaros muertos. Ni rastro de los vivos. Con el cambio de la marea los vivos habían volado hacia el mar. Las gaviotas estarían ahora posadas sobre las aguas, como lo habían estado por la mañana. A lo lejos, sobre la colina donde dos días antes había estado el tractor, estaba ardiendo algo. Uno de los aviones que se habían estrellado; el fuego, impulsado por el viento, había prendido a un almiar. Contempló los cuerpos de los pájaros y se le ocurrió que, si los apilaba uno encima de otro sobre los alféizares de las ventanas, constituirían una protección adicional para el siguiente ataque. No mucho, tal vez, pero algo sí. Los cadáveres tendrían que ser desgarrados, picoteados y apartados a un lado, antes de que los pájaros vivos pudiesen afianzarse en los alféizares y atacar los cristales. Se puso a trabajar en la oscuridad. Era ridículo; le repugnaba tocarlos. Los cadáveres estaban todavía calientes y ensangrentados. Las plumas estaban manchadas de sangre. Sintió que se le revolvía el estómago, pero continuó con su trabajo. Se dio cuenta, con horror, de que todos los cristales de las ventanas estaban rotos. Solo las tablas habían impedido que entraran los pájaros. Rellenó los cristales rotos con sangrantes cuerpos de los pájaros. Cuando hubo terminado, volvió a entrar en la casa. Atrancó la puerta de la cocina, para mayor seguridad. Se quitó las vendas, empapadas de la sangre de los pájaros, no de la de sus heridas, y se puso un parche nuevo. Su mujer le había hecho cacao, y lo bebió ávidamente. Estaba muy cansado. —Bueno —dijo sonriendo—, no te preocupes. Todo irá bien. Se tendió en su colchón y cerró los ojos. Se durmió en seguida. Tuvo un dormir agitado, porque a través de sus sueños se deslizaba la sombra de algo que había olvidado. Algo que tenía que haber hecho y se le había pasado. Alguna precaución que se le había ocurrido tomar, pero que no había llevado a la práctica y a la que no podía identificar en su sueño. Estaba relacionada de alguna manera con el avión en llamas y con el almiar de la colina. No obstante, siguió durmiendo; no se despertaba. Fue su mujer quien, sacudiéndole del hombro, le despertó por fin. —Ya han empezado —sollozó—, han empezado hace una hora. No puedo escuchar sola por más tiempo. Y, además, hay algo que huele mal, algo que se está quemando. Entonces recordó. Se había olvidado de encender el fuego. Solo quedaban rescoldos a punto de apagarse. Se levantó rápidamente y encendió la lámpara. El golpeteo había comenzado ya a sonar en la puerta y en las ventanas, pero no era eso lo que atraía su atención. Era el olor a plumas chamuscadas. El olor llenaba la cocina. Se dio cuenta en seguida de lo que era. Los pájaros estaban bajando por la chimenea, abriéndose camino hacia la cocina. Cogió papel y astillas, y las puso sobre las ascuas; luego alcanzó el bote de parafina. —Ponte lejos —ordenó a su mujer; tenemos que correr este riesgo. Arrojó la parafina en el fuego. Una rugiente llamarada subió por el cañón de la chimenea, y, sobre el fuego, cayeron los cuerpos abrasados, ennegrecidos, de los pájaros. Los niños se despertaron y empezaron a llorar. —¿Qué pasa? —preguntó Jill—. ¿Qué ha ocurrido? Nat no tenía tiempo para contestar. Estaba apartando de la chimenea los cadáveres y arrojándolos al suelo. Las llamas seguían rugiendo y había que hacer frente al peligro de que se propagara el fuego que había encendido. Las llamas ahuyentarían de la boca de la chimenea a los pájaros vivos. La dificultad estaba en la parte baja. Esta se hallaba obstruida por los cuerpos, humeantes e inertes, de los pájaros sorprendidos por el fuego. Apenas si prestaba atención a los ataques que se concentraban sobre la puerta y las ventanas. Que batiesen las alas, que se rompiesen los picos, que perdiesen la vida en su intento de forzar una entrada a su hogar. No lo conseguirían. Daba gracias a Dios por tener una casa antigua con ventanas pequeñas y sólidas paredes. No como las casas nuevas del pueblo. Que el cielo amparase a los que vivían en ellas. —Dejad de llorar —gritó a los niños—. No hay nada que temer; dejad de llorar. Siguió apartando los humeantes cuerpos a medida que caían al fuego. «Esto les convencerá —se dijo—. Mientras el fuego no prenda a la chimenea, estamos seguros. Merecería que me fusilasen por esto. Lo último que tenía que haber hecho antes de acostarme era encender el fuego. Sabía que había algo». Mezclado con los roces y los golpes sobre las tablas de las ventanas, se oyó de pronto el familiar sonido del reloj de la cocina al dar la hora. Las tres de la madrugada. Aún tenían que pasar algo más de cuatro horas. No estaba seguro de la hora exacta en que había marea alta. Calculaba que no empezaría a bajar mucho antes de las siete y media, o las ocho menos veinte. —Enciende el hornillo —dijo a su mujer—. Haznos un poco de té, y un poco de cacao para los niños. No tiene objeto estar sentado sin hacer nada. Esa era la línea a seguir. Mantenerles ocupados a ella y a los niños. Andar de un lado para otro, comer, beber; lo mejor era estar siempre en movimiento. Aguardó junto al fuego. Las llamas iban extinguiéndose. Pero por la chimenea ya no caían más cuerpos. Introdujo hacia arriba el atizador todo lo que pudo y no encontró nada. Estaba despejada. La chimenea estaba despejada. Se enjugó el sudor de la frente. —Anda, Jill —dijo—, tráeme unas cuantas astillas más. Pronto tendremos un buen fuego. Pero ella no quería acercarse. Estaba mirando los chamuscados cadáveres de los pájaros, amontonados junto a él. —No te preocupes de ellos —le dijo su padre—, los pondremos en el pasillo cuando tenga listo el fuego. El peligro de la chimenea había desaparecido. No volvería a repetirse, si se mantenía el fuego ardiendo día y noche. «Mañana tendré que traer más combustible de la granja —pensó—. Este no puede durar siempre. Ya me las arreglaré. Puedo hacerlo con la bajamar. Cuando baje la marea, se podrá trabajar e ir en busca de lo que haga falta. Lo único que tenemos que hacer es adaptarnos a las circunstancias; eso es todo». Bebieron té y cacao y comieron varias rebanadas de pan y extracto de carne. Nat se dio cuenta de que no quedaba más que media hogaza. No importaba; ya conseguirían más. —¡Atrás! —exclamó el pequeño Johnny, apuntando a las ventanas con su cuchara—. ¡Atrás, pajarracos! —Eso está bien —dijo Nat, sonriendo—, no les queremos a esos bribones, ¿verdad? Ya hemos tenido bastante. Empezaron a aplaudir cuando se oía el golpe de los pájaros suicidas. —Otro más, papá —exclamó Jill—; ese ya no tiene nada que hacer. —Sí —dijo Nat—, ya está listo ese granuja. Esta era la forma de tomarlo. Este era el espíritu. Si lograban mantenerlo hasta las siete, cuando transmitiesen el primer boletín de noticias, mucho habrían conseguido. —Danos un pitillo —dijo a su mujer—. Un poco de humo disipará el olor a plumas quemadas. —No quedan más que dos en el paquete —dijo ella—. Tenía que haberte comprado más. —Bueno. Cogeré uno, y guardaré el otro para cuando haya escasez. Era inútil tratar de dormir a los niños. No era posible dormir mientras continuaran los golpes y los roces en las ventanas. Se sentó en el colchón, rodeando con un brazo a Jill y con el otro a su mujer, que tenía a Johnny en su regazo, cubiertos los cuatro con las mantas. —No puedo por menos de admirar a estos bribones —dijo—; tienen constancia. Uno pensaría que ya tenían que haberse cansado del juego, pero no hay tal. La admiración era difícil de mantenerse. El golpeteo continuaba incesante y un nuevo sonido, de algo que raspaba, hirió el oído de Nat, como si un pico más afilado que ninguno de los anteriores hubiese venido a ocupar el lugar de sus compañeros. Trató de recordar los nombres de los pájaros, trató de pensar qué especies en particular servirían para esta tarea. No era el rítmico golpear del pájaro carpintero. Habría sido rápido y suave. Este era más serio, porque, si continuaba mucho tiempo, la madera acabaría astillándose igual que los cristales. Entonces, se acordó de los halcones. ¿Sería posible que los halcones hubiesen sustituido a las gaviotas? ¿Había ahora busardos en los alféizares de las ventanas, empleando las garras, además de los picos? Halcones, busardos, cernícalos, gavilanes…, había olvidado a las aves de presa. Se había olvidado de la fuerza de las aves de presa. Faltaban tres horas, y, mientras esperaban el momento en que oyeran astillarse la madera, las garras seguían rascando. Nat miró a su alrededor, considerando qué muebles podía romper para fortificar la puerta. Las ventanas estaban seguras por el armario. Pero no tenía mucha confianza en la puerta. Subió la escalera, pero al llegar al descansillo se detuvo y escuchó. Se oía una sucesión de apagados golpecitos, producidos por el rozar de algo sobre el suelo del dormitorio de los niños. Los pájaros se habían abierto camino… Aplicó el oído contra la puerta. No había duda. Percibía el susurro de las alas y los leves roces contra el suelo. El otro dormitorio estaba libre todavía. Entró en él y empezó a sacar los muebles; apilados en lo alto de la escalera protegerían la puerta del dormitorio de los niños. Era una precaución. Quizá resultara innecesaria. No podía amontonar los muebles contra la puerta, porque esta se abría hacia dentro. Lo único que cabía hacer era colocarlos en lo alto de la escalera. —Baja, Nat, ¿qué estás haciendo? —gritó su mujer. —Voy en seguida —respondió—. Estoy terminando de poner en orden las cosas aquí arriba. No quería que subiese; no quería que ella oyera el ruido de las patas en el cuarto de los niños, el rozar de aquellas alas contra la puerta. A las cinco y media, propuso que desayunaran, tocino y pan frito, aunque solo fuera por atajar el incipiente pánico que comenzaba a reflejarse en los ojos de su mujer y calmar a los asustados niños. Ella no sabía que los pájaros habían penetrado ya en el piso de arriba. Afortunadamente, el dormitorio no caía encima de la cocina. De haber sido así, ella no podría por menos de haber oído el ruido que hacían allá arriba, pegando contra las tablas. Y el estúpido e insensato golpetear de los pájaros suicidas que volaban dentro de la habitación, aplastándose la cabeza contra las paredes. Conocía bien a las gaviotas blancas. No tenían cerebro. Las negras eran diferentes, sabían muy bien lo que se hacían. Y también los busardos, los halcones… Se encontró a sí mismo observando el reloj, mirando a las manecillas, que con tanta lentitud giraban alrededor, de la esfera. Se daba cuenta de que, si su teoría no era correcta, si el ataque no cesaba con el cambio de la marea, terminarían siendo derrotados. No podrían continuar durante todo el largo día sin aire, sin descanso, sin más combustible, sin… Su pensamiento volaba. Sabía que necesitaban muchas cosas para resistir un asedio. No estaban bien preparados. No estaban prevenidos. Quizá, después de todo, estuviesen más seguros en las ciudades. Su primo vivía a poca distancia de allí en tren. Si lograba telefonearle desde la granja, podrían alquilar un coche. Eso sería más rápido: alquilar un coche entre dos pleamares. La voz de su mujer, llamándole una y otra vez por su nombre, le ahuyentó el súbito y desesperado deseo de dormir. —¿Qué hay? ¿Qué pasa? —exclamó desabridamente. —La radio —dijo su mujer. Había estado mirando el reloj—. Son casi las siete. —No gires el mando —exclamó, impaciente por primera vez—; está puesta en la BBC. Hablarán desde ahí. Esperaron. El reloj de la cocina dio las siete. No llegó ningún sonido. Ninguna campanada, nada de música. Esperaron hasta las siete y cuarto y cambiaron de emisora. El resultado fue el mismo. No había ningún boletín de noticias. —Hemos entendido mal —dijo él—. No emitirán hasta las ocho. Dejaron conectado el aparato, y Nat pensó en la batería, preguntándose cuánta carga le quedaría. Generalmente, la recargaban cuando su mujer iba de compras a la ciudad. Si fallaba la batería, no podrían escuchar las instrucciones. —Está aclarando —susurró su mujer—. No lo veo, pero lo noto. Y los pájaros no golpean ya con tanta fuerza. Tenía razón. Los golpes y los roces se iban debilitando por momentos. Y también los empellones, el forcejeo para abrirse paso que se oía junto a la puerta, sobre los alféizares. Había empezado a bajar la marea. A las ocho, no se oía ya ningún ruido. Solo el viento. Los niños, amodorrados por el silencio, se durmieron. A las ocho y media, Nat desconectó la radio. —¿Qué haces? Nos perderemos las noticias —dijo su mujer. —No va a haber noticias —respondió Nat—. Tendremos que depender de nosotros mismos. Se dirigió a la puerta y apartó lentamente los obstáculos que había colocado. Levantó los cerrojos y, pisando los cadáveres que yacían en el escalón de la entrada, aspiró el aire frío. Tenía seis horas por delante, y sabía que debía reservar sus fuerzas para las cosas necesarias, en manera alguna debía derrocharlas. Víveres, luz, combustible: esas eran cosas necesarias. Si lograba obtenerlas en cantidad suficiente, podrían resistir otra noche más. Dio un paso hacia delante, y entonces vio a los pájaros vivos. Las gaviotas se habían ido, como antes, al mar; allí buscaban su alimento y el empuje de la marea antes de volver al ataque. Los pájaros terrestres, no. Esperaban y vigilaban. Nat los veía sobre los setos, en el suelo, apiñados en los árboles, línea tras línea de pájaros, quietos, inmóviles. Anduvo hasta el extremo de su pequeño huerto. Los pájaros no se movieron. Seguían vigilándole. «Tengo que conseguir víveres —se dijo Nat—. Tengo que ir a la granja a buscar víveres». Regresó a la casa. Examinó las puertas y las ventanas. Subió la escalera y entró en el cuarto de los niños. Estaba vacío, fuera de los pájaros muertos que yacían en el suelo. Los vivos estaban allá fuera, en el huerto, en los campos. Bajó a la cocina. —Me voy a la granja —dijo. Su mujer le cogió del brazo. Había visto a los pájaros a través de la puerta abierta. —Llévanos —suplicó—; no podemos quedarnos aquí solos. Prefiero morir antes que quedarme sola. Nat consideró la cuestión. Movió la cabeza. —Vamos, pues —dijo—, trae cestas y el cochecito de Johnny. Podemos cargar de cosas el cochecito. Se vistieron adecuadamente para hacer frente al cortante viento y se pusieron guantes y bufandas. Nat cogió a Jill de la mano, y su mujer puso a Johnny en el cochecito. —Los pájaros —gimió Jill— están todos ahí fuera, en los campos. —No nos harán daño —dijo él—; de día, no. Echaron a andar hacia el portillo, cruzando el campo, y los pájaros no se movieron. Esperaban, vueltas hacia el viento sus cabezas. Al llegar al recodo que daba a la granja, Nat se detuvo y dijo a su mujer que le esperara con los niños al abrigo de la cerca. —Pues yo quiero ver a la señora Trigg —protestó ella—. Hay montones de cosas que le podemos pedir prestadas, si fueron ayer al mercado; además de pan… —Espera aquí —interrumpió Nat—. Vuelvo en seguida. Las vacas estaban mugiendo, moviéndose inquietas por el corral, y Nat pudo ver el boquete de la valla por donde habían abierto camino las ovejas que ahora vagaban libres por el huerto, situado delante de la casa. No salía humo de las chimeneas. No sentía ningún deseo de que su mujer, o sus hijos, entraran en la granja. —No vengas —exclamó ásperamente, Nat—. Haz lo que te digo. Su mujer retrocedió con el cochecito junto a la cerca, protegiéndose, y protegiendo a los niños del viento. Nat penetró solo en la granja. Se abrió paso por entre la grey de mugientes vacas, que, molestas por sus repletas ubres, vagaban dando vueltas de un lado a otro. Observó que el coche estaba junto a la puerta, fuera del garaje. Las ventanas de la casa estaban destrozadas. Había muchas gaviotas muertas, tendidas en el patio y esparcidas alrededor de la casa. Los pájaros vivos se hallaban posados sobre los árboles del pequeño bosquecillo que se extendía detrás de la granja y en el tejado de la casa. Permanecían completamente inmóviles. Le vigilaban. El cuerpo de Jim…, lo que quedaba de él, yacía tendido en el patio. Las vacas le habían pisoteado, después de haber terminado los pájaros. Junto a él se hallaba su escopeta. La puerta de la casa estaba cerrada y atrancada, pero, como las ventanas estaban rotas, era fácil levantarlas y entrar por ellas. El cuerpo de Trigg estaba junto al teléfono. Debía de haber estado intentando comunicar con la central cuando los pájaros se lanzaron contra él. El receptor pendía suelto, y la caja había sido arrancada de la pared. Ni rastro de la señora Trigg. Estaría en el piso de arriba. ¿Para qué subir? Nat sabía lo que iba a encontrar. «Gracias a Dios, no había niños», se dijo. Hizo un esfuerzo para subir la escalera, pero, a mitad de camino, dio media vuelta y descendió de nuevo. Podía ver sus piernas, sobresaliendo por la abierta puerta del dormitorio. Detrás de ella, yacían los cadáveres de las gaviotas negras y un paraguas roto. «Es inútil hacer nada —pensó Nat—. No dispongo más que de cinco horas, incluso menos. Los Trigg comprenderían. Tengo que cargar con todo lo que encuentre». Regresó al lado de su mujer y los niños. —Voy a llenar el coche de cosas —dijo—. Meteré carbón, y parafina para el infiernillo. Lo llevaremos a casa y volveremos para una nueva carga. —¿Qué hay de los Trigg? —preguntó su mujer. —Deben de haberse ido a casa de algunos amigos —respondió. —¿Te ayudo? —No; hay un barullo enorme ahí dentro. Las vacas y las ovejas andan sueltas por todas partes. Espera, sacaré el coche. Podéis sentaros en él. Torpemente, hizo dar la vuelta al coche y lo situó en el camino. Su mujer y los niños no podían ver desde allí el cuerpo de Jim. —Quédate aquí —dijo—, no te preocupes del coche del niño. Luego vendremos a por él. Ahora voy a cargar el auto. Los ojos de ella no se apartaban de los de Nat. Este supuso que su mujer comprendía; de otro modo, no se habría ofrecido a ayudarle a encontrar el pan y los demás comestibles. Hicieron en total tres viajes, entre su casa y la granja, antes de convencerse de que tenían todo lo que necesitaban. Era sorprendente, cuando se empezaba a pensar en ello, cuántas cosas eran necesarias. Casi lo más importante de todo era la tablazón para las ventanas. Nat tuvo que andar de un lado para otro buscando madera. Quería reponer las tablas de todas las ventanas de la casa. Velas, parafina, clavos, hojalata; la lista era interminable. Además, ordeñó a tres de las vacas. Las demás tendrían que seguir mugiendo, las pobres. En el último viaje, condujo el coche hasta la parada del autobús, salió y se dirigió a la cabina telefónica. Esperó unos minutos haciendo sonar el aparato. Sin resultado. La línea estaba muerta. Se subió a una loma y miró en derredor, pero no se veía signo alguno de vida. A todo lo largo de los campos, nada; nada, salvo los pájaros, expectantes, en acecho. Algunos dormían; podía ver los picos arropados entre las plumas. «Lo lógico sería que se estuviesen alimentando —pensó—, no ahí quietos, de esa manera». Entonces recordó. Estaban atiborrados de alimento. Habían comido hasta hartarse durante la noche. Por eso no se movían esta mañana… No salía nada de humo de las chimeneas de las demás casas. Pensó en las niñas que habían corrido por los campos la noche anterior. «Debí darme cuenta —pensó—. Tenía que haberlas llevado conmigo». Levantó la vista hacia el cielo. Estaba descolorido y gris. Los desnudos árboles del paisaje parecían doblarse y ennegrecerse ante el viento del Este. El frío no afectaba a los pájaros, que seguían esperando allá en los campos. —Ahora es cuando debían ir por ellos —dijo Nat—; su objetivo está claro. Deben de estar haciendo esto por todo el país. ¿Por qué no despega ahora nuestra aviación y los rocía con gases venenosos? ¿Qué hacen nuestros muchachos? Tienen que saber, tienen que verlo por sí mismos. Volvió al coche y se sentó ante el volante. —Cruza de prisa la segunda puerta —cuchicheó su mujer—. El cartero está tendido allí. No quiero que Jill le vea. Aceleró. El pequeño «Morris» saltaba y rechinaba a lo largo del camino. Los niños gritaban contentos. A la una menos cuarto llegaron a la casa. Faltaba solamente una hora. —Prefiero hacer una comida fría —dijo Nat—. Calienta algo para ti y para los niños; un poco de sopa, por ejemplo. Yo no tengo tiempo de comer ahora. Tengo que descargar todas estas cosas. Lo metió todo dentro de la casa. Tiempo habría de ordenarlo. Todos debían tener algo que hacer durante las largas horas que se avecinaban. Ante todo, debía echar un vistazo a las puertas y ventanas. Dio la vuelta a la casa, comprobando metódicamente cada puerta, cada ventana. Subió también al tejado y cerró con tablas todas las chimeneas, excepto la de la cocina. El frío era tan intenso que apenas podía soportarlo, pero era un trabajo que tenía que hacerse. De vez en cuando levantaba la vista hacia el cielo, esperanzado, en busca de aviones. No venía ninguno. Mientras trabajaba, maldijo la ineficacia de las autoridades. —Siempre igual —murmuró—, siempre nos abandonan. Estúpido, estúpido desde el principio. Ningún plan, ninguna organización. Y los de aquí no tenemos importancia. Eso es lo que pasa. La gente de tierra adentro tiene prioridad. Seguro que allí ya están empleando gases y han lanzado a toda la aviación. Nosotros tenemos que esperar y aguantar lo que venga. Hizo una pausa, terminado su trabajo en la chimenea del dormitorio y miró al mar. Algo se estaba moviendo allá lejos. Algo gris y blanco entre las rompientes. —Es la Armada —dijo—; ellos no nos abandonan. Vienen por el canal y están entrando en la bahía. Aguardó forzando la vista, llorosos los ojos a causa del viento, mirando en dirección al mar. Se había equivocado. No eran barcos. No estaba allí la Armada. Las gaviotas se estaban levantando del mar. En los campos, las nutridas bandadas de pájaros ascendían en formación desde el suelo y, ala con ala, se remontaban hacia el cielo. Había llegado la pleamar. Nat bajó por la escalera de mano que había utilizado y entró en la cocina. Su familia estaba comiendo. Eran poco más de las dos. Atrancó la puerta, levantando la barricada ante ella y encendió la lámpara. —Es de noche —dijo el pequeño Johnny. Su mujer había vuelto a conectar la radio, pero ningún sonido salía de ella. —He dado toda la vuelta al dial —dijo—, emisoras extranjeras y todo. No he podido coger nada. —Quizá tengan ellos el mismo trastorno —dijo—, quizás esté ocurriendo lo mismo por toda Europa. Ella sirvió en un plato sopa de los Trigg, cortó una rebanada grande de pan de los Trigg y la untó con mantequilla. Comieron en silencio. Un poco de mantequilla se deslizó por la mejilla de Johnny y cayó sobre la mesa. —Modales, Johnny —dijo Jill—, tienes que aprender a secarte los labios. Comenzó el repiqueteo en las ventanas, en la puerta. Los roces, los crujidos, el forcejeo para tomar posiciones en los alféizares. El primer golpe de un pájaro suicida contra la pared. —¿No harán algo los americanos? —exclamó su mujer—. Siempre han sido nuestros aliados, ¿no? Seguramente harán algo. Nat no respondió. Las tablas colocadas en las ventanas eran recias, y también las de las chimeneas. La casa estaba llena de provisiones, de combustible, de todo lo que necesitarían en varios días. Cuando terminara de comer, sacaría las cosas, las ordenaría, las iría colocando en sus sitios. Su mujer y los niños podrían ayudarle. Era necesario tenerlos ocupados en algo. Acabarían rendidos a las nueve menos cuarto, cuando la marea estuviese baja otra vez; entonces, les haría acostarse en sus colchones y procuraría que durmiesen profundamente hasta las tres de la madrugada. Tenía una nueva idea para las ventanas, que consistía en poner alambre de espino delante de las tablas. Se había traído un rollo grande de la granja. Lo malo era que tendría que trabajar a oscuras, durante la tregua entre las nueve y las tres. Era una lástima que no se le hubiese ocurrido antes. Lo principal era que hubiese tranquilidad mientras dormían su mujer y los niños. Los pájaros pequeños estaban ya enzarzados con la ventana. Reconoció el ligero repiqueteo de sus picos y el suave roce de sus alas. Los halcones no hacían caso de las ventanas. Ellos concentraban su ataque en la puerta. Nat escuchó el violento chasquido de la madera al astillarse y se preguntó cuántos millones de años de recuerdos estaban almacenados en aquellos pequeños cerebros, tras los hirientes picos y los taladrantes ojos, que ahora hacían nacer en ellos este instinto de destruir a la Humanidad con toda la certera y demoledora precisión de unas máquinas implacables. —Me fumaré ese último pitillo —dijo a su mujer—. Estúpido de mí, es lo único que he olvidado traer de la granja. Lo encendió y conectó la silenciosa radio. Tiró al fuego el paquete vacío y se quedó mirando cómo ardía. Autor: Daphne du Maurier Título: Los pájaros Título Original: The Birds Publicado en: The Apple Tree (1952) Traducción: Sin datos
- "El corazón delator", cuento de Edgar Allan Poe
El corazón delator Edgar Allan Poe ¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen… y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia. Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre… Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre. Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio… ¡si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado… con qué previsión… con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría… ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuan astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente… muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente… ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches… cada noche, a las doce… pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándole por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarle mientras dormía. Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque le sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás… pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente. Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando: —¿Quién está ahí? Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando… tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte. Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena… ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: «No es más que el viento en la chimenea… o un grillo que chirrió una sola vez.» Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que le movía a sentir —aunque no podía verla ni oírla—, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación. Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna. Así lo hice —no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado—, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre. Estaba abierto, abierto de par en par… y yo empecé a enfurecerme mientras le miraba. Le vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito. ¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado. Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas sí respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí… ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez… nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarle al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme. Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas. Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano —ni siquiera el suyo— hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar… ninguna mancha… ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo… ¡ja, ja! Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora? Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar. Sonreí, pues… ¿que tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima. Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara… hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos. Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba… ¿y qué podía yo? Era un resonar apagado y presuroso…, un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia… maldije… juré… Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto… más alto… más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían… y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces… otra vez… escuchen… más fuerte… más fuerte… más fuerte… más fuerte! —¡Basta ya de fingir, malvados! —aullé—. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí… ahí! ¡Donde está latiendo su horrible corazón! Autor: Edgar Allan Poe Título: El corazón delator Título Original: The Tell-Tale Heart Publicado en: The Pioneer (1843) Traducción: Julio Cortázar
- "El gato negro", cuento de Edgar Allan Poe
El gato Negro Edgar Allan Poe No espero ni pido que alguien crea en el extraño, aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que baroques . Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales. Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre . Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato . Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla. Plutón —tal era el nombre del gato— se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle. Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón , sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba —pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?—, y finalmente el mismo Plutón , que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor. Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoniaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad. Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido. El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me ha querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la PERVERSIDAD. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma , de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla —si ello fuera posible— más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible. La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: «¡Incendio!». Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza. No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras «¡extraño!, ¡curioso!» y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que, en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato . El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal. Al descubrir esta aparición —ya que no podía considerarla otra cosa— me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver. Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar. Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle: Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta, aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho. Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él. Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer. Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero —sin que pueda decir cómo ni por qué— su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerle víctima de cualquier violencia; pero gradualmente —muy gradualmente— llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste. Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón , era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que le hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros. El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinacia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo —quiero confesarlo ahora mismo— por un espantoso temor al animal. Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer —sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir—. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme ; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra…, ¡la imagen del PATÍBULO!; ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte! Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia , cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso —pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme— apoyado eternamente sobre mi corazón . Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba. Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoniaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies. Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas. El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso. No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del anterior, y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: «Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano». Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente, sí, pude dormir , aun con el peso del crimen sobre mi alma. Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada. Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia. —Caballeros —dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera—, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida… (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes… ¿ya se marchan ustedes, caballeros?… tienen una gran solidez. Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón. ¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación. Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato, y cuya voz delatora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba! Autor: Edgar Allan Poe Título: El gato negro Título Original: The Black Cat Publicado en: The Saturday Evening Post, 19 de agosto de 1843 Traducción: Julio Cortázar
- "La máscara de la Muerte Roja", cuento de Edgar Allan Poe
La máscara de la Muerte Roja Edgar Allan Poe La «Muerte Roja» había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era su encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía. Y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora. Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil robustos y desaprensivos amigos de entre los caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto, era una locura afligirse o meditar. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja. Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia. Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitidme que antes os describa los salones donde se celebraba. Eran siete —una serie imperial de estancias—. En la mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del amor del príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta yardas había un brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y las paredes, cayendo en pesados pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran escarlata, tenían un profundo color de sangre. A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores paralelos a la galería, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero, cuyos rayos proyectábanse a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que, a través de los cristales de color de sangre, se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies. En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales que, a cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una confusa meditación o a un ensueño. Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de sesenta minutos (que abarcan tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye), el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación. Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba. El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete salas destinadas a la gran fiesta, y su gusto había guiado la elección de los disfraces. Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo fantasmagórico —mucho de eso que más tarde habría de encontrarse en Hernani —. Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes; veíanse fantasías delirantes, como las que aman los maniacos. Abundaba allí lo hermoso, lo extraño, lo licencioso, y no faltaba lo terrible y lo repelente. En verdad, en aquellas siete cámaras se movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos. Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden —apenas han durado un instante—, y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose de aquí para allá con más alegría que nunca coloreándose al pasar ante las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquel cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias. Congregábase densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una cesación angustiosa. Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, alzose al final un rumor que expresaba desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia. En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba, incluso, más allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aun el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Cierto; aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata. Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsionose en el primer momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero, al punto, su frente enrojeció de rabia. —¿Quién se atreve —preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban—, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apoderaos de él y desenmascaradlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas! Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre osado y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano. Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y deliberado. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia del enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó éste a una yarda del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente, pero con el mismo solemne y mesurado paso que desde el principio lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó a la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la rabia y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en mano, acercose impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyose un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra y el príncipe Próspero se desplomaba muerto. Reuniendo el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna forma tangible. Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre, y cada uno murió en la desesperada actitud de su caída. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo. Autor: Edgar Allan Poe Título: La máscara de la Muerte Roja Título Original: The Masque of the Red Death Publicado en: Graham’s Magazine, mayo de 1842 Traducción: Julio Cortázar
- "La butaca humana", cuento de Edogawa Rampo
La butaca humana Edogawa Rampo YOSHIKO vio a su marido partir hacia su puesto de trabajo en el Ministerio de Asuntos Exteriores poco después de las diez. Ya que una vez más disponía de su propio tiempo con entera libertad, se encerró en el estudio que compartía con su esposo para retomar el relato que tenía intención de remitir al número especial de verano de la revista K. Era una autora versátil de gran talento literario y de estilo fluido y sencillo. Incluso la popularidad de su marido como diplomático se veía eclipsada por la suya como escritora. Los lectores la abrumaban a diario con cartas que elogiaban sus obras. De hecho, aquella misma mañana, en cuanto se hubo sentado ante el escritorio, echó una rápida ojeada a las numerosas misivas que habían llegado con el correo matinal. El contenido de todas seguía las mismas pautas sin excepción, pero, acuciada por un profundo sentido del respeto típicamente femenino, ella siempre leía cada una de ellas sin importarle que fueran o no interesantes. En primer lugar se dedicó a las cartas más breves, que no le llevaron mucho tiempo. Por último se encontró con una que consistía en un voluminoso montón de páginas con apariencia de manuscrito. A pesar de que nadie le había avisado de un envío de esa índole, lo cierto es que no le resultaba extraño que escritores aficionados le enviaran sus relatos solicitando su apreciada opinión. En la mayoría de los casos se trataba de tentativas largas y absurdas que no incitaban más que al bostezo. No obstante, abrió el sobre que tenía en la mano y sacó las numerosas hojas de apretada escritura que contenía. Tal y como había intuido, se trataba de un manuscrito que, por otra parte, estaba cuidadosamente dispuesto. Sin embargo, por alguna razón desconocida, no llevaba título ni firma. Comenzaba de forma brusca: «Querida señora:…». Reflexionó durante unos instantes. Quizá no fuese más que una carta, después de todo. Sin darse cuenta, sus ojos leyeron dos o tres líneas a toda velocidad y luego, poco a poco, se vio sumida en una narración extrañamente truculenta. Su curiosidad se disparó y, espoleada por un magnetismo desconocido, continuó leyendo: »Querida señora: le ruego que me disculpe por enviarle una carta, siendo un completo extraño para usted. Lo que estoy a punto de escribirle, señora, le causará una impresión sin límites. Sin embargo, estoy decidido a presentarle una confesión (la mía) y a describir con todo detalle el terrible crimen que he cometido.»Durante muchos meses me he escondido de las luces de la civilización, escondido, por así decirlo, como si fuera el mismo diablo. No existe nadie en el mundo que esté al tanto de mis acciones. No obstante, hace poco tiempo que en mi mente se produjo una extraña transformación y ya no podía guardar el secreto por más tiempo. ¡Tenía que confesar!»Estoy seguro de que todo lo que he escrito hasta el momento no habrá suscitado más que su perplejidad. A pesar de todo, le ruego que siga adelante y tenga la bondad de leer mi relato hasta el final, ya que, de hacerlo, comprenderá totalmente las tribulaciones de mi mente y el motivo por el que la he elegido a usted en particular para realizar esta confesión.»Lo cierto es que no sé por dónde empezar, porque los hechos de los que pretendo ocuparme son de una naturaleza realmente fuera de lo común. Para ser sincero, no tengo palabras, y es que las palabras humanas parecen del todo inadecuadas a la hora de afrontar la totalidad de los detalles. En cualquier caso, trataré de exponer los acontecimientos en orden cronológico, tal y como sucedieron.»En primer lugar, permítame decirle que mi fealdad es difícil de describir. Por favor, no olvide esta circunstancia; en caso contrario, temo que cuando usted tenga a bien concederme, si es que llega a hacerlo, mi última petición, la de verme, bien pudiera ser víctima de una fuerte impresión y sentirse horrorizada ante mi rostro (sobre todo después de tantos meses de existencia bajo unas condiciones nada saludables). Sin embargo, ¡le suplico que me crea cuando afirmo que, a pesar de la extrema fealdad de mi cara, mi corazón siempre ha albergado la llama de una pasión desbordante y pura!»En segundo lugar, permítame decirle que soy un humilde trabajador. De haber nacido en una familia adinerada, quizá hubiera tenido la posibilidad de aliviar mediante el dinero la tortura que la fealdad ha procurado a mi alma. O puede que, si la naturaleza me hubiese dotado de talento artístico, el consuelo de la música o la poesía me hubiera permitido olvidar mi desagradable rostro. Pero, al no recibir la bendición de tales dones, y siendo la desgraciada criatura que soy, no tuve más remedio que convertirme en un humilde ebanista. Y terminé especializándome en la elaboración de diversas clases de sillas.»En este campo logré un éxito bastante notable, hasta tal punto que tenía fama de poder satisfacer cualquier tipo de petición por difícil que fuese. Por este motivo me convertí en un privilegiado dentro del mundillo de la ebanistería, alguien que solo aceptaba encargos de sillas de lujo, complicadas solicitudes para realizar grabados únicos, nuevos diseños de respaldos y apoyabrazos, extravagantes rellenos para los cojines y los asientos: todo ello de una naturaleza tal que requería la intervención de manos expertas, así como de un proceso y un estudio previo repletos de paciencia; en definitiva, una labor que no se hallaba al alcance de cualquier artesano aficionado.»La recompensa a todas mis penas, sin embargo, radicaba en el puro placer de la creatividad. Quizá usted me considere un fanfarrón cuando lea estas palabras, pero creía disfrutar del mismo tipo de emoción que siente un verdadero artista al llevar a cabo una obra maestra.»En cuanto terminaba una silla, tenía la costumbre de sentarme en ella para comprobar la sensación que producía, y, a pesar de la deprimente vida que llevamos los de mi humilde profesión, en esos momentos experimentaba una emoción indescriptible. Dejaba volar la imaginación y solía pensar en la gente que se acurrucaría en la silla, sin duda aristócratas que vivían en residencias palaciegas con exquisitas pinturas de incalculable valor en las paredes, fastuosas arañas de cristal colgadas de sus techos, caras alfombras en el suelo, etc.; y una silla en particular, que yo imaginaba situada ante una mesa de caoba, me traía la visión de flores occidentales que perfumaban el aire con un dulce y fragante aroma. Envuelto en estas extrañas visiones, llegué a sentir que yo también pertenecía a aquellos escenarios, y era infinito mi placer al verme como un personaje de gran influencia social.»No dejaban de asaltarme pensamientos tan absurdos como los anteriores. Imagine, señora, la patética figura en que me convertía al sentarme cómodamente en una lujosa silla, que yo mismo había construido, y fingir que tenía en los brazos a la chica de mis sueños. Sin embargo, como siempre sucedía, la ruidosa cháchara de las vulgares mujeres del barrio y los histéricos lloriqueos, balbuceos y lamentos de sus hijos no tardaban en disipar todos mis bellos sueños; una vez más, la sombría realidad alzaba su fea cabeza ante mis ojos.»De vuelta a la tierra, me veía a mí mismo otra vez como una criatura miserable, ¡un gusano que se arrastraba desvalido! Y en lo que respecta a mi amada, aquella mujer angelical, ella también se desvanecía como la bruma. ¡Me maldecía por mi estupidez! Y es que ni las desastradas mujeres que criaban a sus hijos en la calle se dignaban a dedicarme una mirada. Cada vez que terminaba una nueva silla me sentía presa de la más absoluta desesperación. Y con el transcurrir de los meses me iba ahogando en la persistencia de mi desgracia.»Un día me pidieron que hiciera una gran butaca tapizada en cuero, un tipo de butaca que jamás se me había pasado por la imaginación, para un hotel extranjero de Yokohama. En realidad habían pensado traerlo de fuera del país, pero gracias al poder de convicción de mi patrón, que admiraba mi pericia como sillero, me lo encargaron a mí.»Para estar a la altura de mi reputación como artesano de alto nivel, me dediqué en cuerpo y alma a mi nuevo trabajo. Poco a poco me fui hallando tan concentrado en esta labor que en ocasiones me olvidaba de comer y de dormir. La verdad es que no sería una exageración afirmar que aquel trabajo se convirtió en toda mi vida: cada fibra de la madera que utilizaba parecía unida a mi alma y a mi corazón.»Cuando por fin estuvo terminada la butaca, experimenté una satisfacción desconocida hasta entonces, ya que, con toda franqueza, creía que había llevado a cabo una obra que estaba muy por encima del resto de mis creaciones. Como siempre hacía, dejé caer el peso de mi cuerpo sobre las cuatro patas que sujetaban la butaca, no sin antes haberla llevado hasta un lugar soleado del porche del taller. ¡Qué comodidad! ¡Qué inmenso lujo! Ni demasiado duro ni demasiado blando, los muelles parecían ajustarse al cojín con una precisión asombrosa. Y en cuanto al cuero, ¡qué tacto tan agradable poseía! Aquella butaca no solo sustentaba a la persona que se sentaba en ella, sino que también parecía abrazarla y arrullarla. Y eso no era todo: también percibí el perfecto ángulo de inclinación del respaldo, el delicado volumen de los apoyabrazos, la perfecta simetría de cada una de las partes que lo componían. Ningún otro objeto podría expresar con mayor elocuencia el significado de la palabra “comodidad”.»Dejé que mi cuerpo se hundiera en la butaca y, mientras acariciaba los dos apoyabrazos con ambas manos, lancé un suspiro de placer y de auténtica satisfacción.»Una vez más pasé a ser un juguete en manos de la imaginación y en mi mente comenzaron a surgir extrañas fantasías. La escena que se presentó ante mis ojos era tan vívida que por un instante me pregunté si acaso no me estaría volviendo loco. Mientras me hallaba en aquel estado mental, me asaltó una extraña idea. No me cabe duda de que fue el mismo demonio quien me la susurró. A pesar de tratarse de mi siniestro pensamiento, me atrajo con un magnetismo tan poderoso que me resultó imposible resistirme.»Es evidente que al principio la idea se vio fortalecida por mi secreto anhelo de quedarme con la butaca. Sin embargo, consciente de que aquello no podía ser, deseé acto seguido acompañar a aquel mueble fuera cual fuera su destino. A medida que iba dando forma a tan fantástica ocurrencia, mi mente caía de modo gradual, aunque firme, en la trampa de una tentación casi terrorífica. Imagínese, señora… ¡Lo cierto es que tomé la decisión de poner en práctica aquel horrible plan sin preocuparme de sus consecuencias!»Me apresuré a destruir la butaca y después la reconstruí de acuerdo con mis extraños propósitos. Al ser de gran tamaño, con el asiento cubierto hasta el nivel del suelo, y con un respaldo y unos apoyabrazos también notables, no tardé en idear una cavidad lo bastante grande para acomodar a un hombre sin riesgo de que se notara su presencia. Ni que decir tiene que mi labor se veía obstaculizada por la enorme estructura de madera y por los muelles del interior, pero gracias a mi habitual talento artesanal remodelé la butaca para que las rodillas pudieran ir debajo del asiento, mientras que el torso y la cabeza quedarían en el respaldo. Si alguien se sentaba de esa forma en el hueco, podía permanecer perfectamente oculto.»Como este tipo de habilidad me resultaba tan natural, me permití añadir ciertos detalles para completar mi obra: mejoré la acústica con el objeto de captar ruidos del exterior y, por supuesto, hice en el cuero una mirilla que pasaba totalmente inadvertida. Además incorporé una zona de provisiones en la que puse varias cajas de galletas y una botella de agua. Para las otras necesidades de la naturaleza también coloqué una gran bolsa de goma y, tras acabar de acondicionarlo con las modificaciones mencionadas y algunas otras, el interior de la butaca se había convertido en un lugar bastante habitable, aunque no recomendable para más de dos o tres días seguidos.»Una vez finalizada aquella labor tan poco habitual, me desnudé de cintura para arriba y me enterré en la butaca. ¡Trate de imaginar la extraña sensación que me invadió, señora! Lo cierto es que tenía la impresión de haberme enterrado en una tumba solitaria. Tras reflexionar durante unos momentos, llegué a la conclusión de que realmente se trataba de una tumba. En cuanto me vi dentro de la butaca me sumí en una completa oscuridad, ¡y había dejado de existir para el resto de los mortales!»En aquel momento llegó un mensajero enviado por el comprador para llevarse la butaca en una carretilla de gran tamaño. Mi aprendiz, la única persona que vivía conmigo, no tenía la menor idea de lo que había sucedido. Lo vi hablar con el mensajero.»Al cargar la butaca en la carretilla, uno de los operarios exclamó:—¡Dios mío! ¡Cómo pesa este sillón! ¡Al menos una tonelada!»Al oír aquellas palabras el corazón me dio un brinco. A pesar de todo no llegaron a sospechar, ya que era evidente que se trataba de una butaca extraordinariamente pesada, y poco después sentí la vibración causada por el traqueteo de la carretilla en su recorrido callejero. No es necesario decir que mi preocupación era constante, pero al final, aquella misma tarde, la butaca en la que me había escondido fue depositada con un ruido sordo en el suelo de una dependencia del hotel. Más tarde descubrí que no era una sala cualquiera, sino el vestíbulo.»A estas alturas ya habrá adivinado usted hace tiempo que la razón principal que me impulsó a embarcarme en esta descabellada empresa era la de abandonar mi escondrijo de la butaca en cuanto no hubiese moros en la costa, luego merodear por el hotel y ponerme a robar. ¿Quién podría pensar que había un hombre escondido en una butaca? Cual sombra fugaz, podría desvalijar cada una de las habitaciones a mis anchas, y cuando sonase la alarma me hallaría sano y salvo en el interior de mi santuario, conteniendo el aliento y contemplando las ridículas payasadas de la gente que me buscaba.»Quizá haya oído usted hablar del cangrejo ermitaño que suele encontrarse en zonas rocosas de la costa. Tiene forma de gran araña y se arrastra sigiloso hasta que, tan pronto como oye la cercanía de unos pasos, se retira a toda velocidad al interior de una concha vacía, un lugar desde donde dirige su mirada furtiva a los alrededores mientras deja medio expuestas las horripilantes y peludas patas. Yo era como aquel insólito monstruo-cangrejo. Pero, en lugar de una concha, gozaba de una protección mejor: una butaca capaz de ocultarme de un modo mucho más eficaz.»Como puede usted imaginar, mi plan era tan novedoso y original, tan completamente inesperado, que nadie tuvo la posibilidad de preverlo. En consecuencia, mi aventura resultó un éxito total. Al tercer día de mi llegada al hotel me di cuenta de que ya era dueño de un cuantioso botín.»Imagine la emoción y el entusiasmo que me provocaba robar todo lo que me viniese en gana, por no mencionar lo que me divertía al observar a la gente corriendo como loca de un lado a otro a escasos centímetros de mis narices, gritando “¡El ladrón se fue por ahí!”, y “¡Se fue por allí!”. No dispongo de tiempo para describir todas mis experiencias con detalle. Mejor permítame continuar con la narración para hablarle de una fuente de inusitada diversión que tuve la oportunidad de descubrir y que resultó mucho más relevante: en realidad, lo que estoy a punto de relatar es el tema principal de esta carta.»Antes, sin embargo, debo pedirle que regrese al momento en que colocaron la butaca (y a mí) en el vestíbulo del hotel. En cuanto lo dejaron allí, todos los empleados se fueron turnando para probarlo. Pasada la novedad, abandonaron aquel lugar y reinó un absoluto silencio. No obstante, yo no logré reunir el valor suficiente para salir de mi santuario, ya que comencé a imaginar toda clase de peligros. Mantuve los oídos alerta durante un tiempo que me pareció un siglo. Poco después percibí que se acercaban unos pasos firmes, sin duda alguna procedentes del pasillo. Seguramente aquellos pies siguieron su camino sobre una gruesa alfombra, ya que el sonido se desvaneció por completo.»Instantes más tarde se apoderó de mis oídos el ruido que hacía un hombre con la respiración agitada. Antes de que pudiera adivinar lo que iba a suceder, cayó sobre mis rodillas un cuerpo grande y pesado, como el de un europeo, y tuve la sensación de que rebotaba dos o tres veces hasta que terminó por acomodarse del todo. Solo lo separaba de mis rodillas una fina capa de cuero y eso provocaba que casi sintiera el calor de su cuerpo. Sus hombros anchos y musculosos se apoyaron de lleno contra mi pecho mientras que sus macizos brazos se situaban directamente sobre los míos. Podía imaginarme a aquel individuo fumándose un puro, porque hasta mis fosas nasales llegaba flotando el intenso olor.»Intente usted, señora, ponerse en la insólita posición en que me encontraba, y piense un momento en lo absolutamente anormal de la situación. En lo que a mí se refiere, sin embargo, estaba por completo aterrorizado, tanto que me agazapé en mi oscuro escondite como petrificado, y un sudor frío me caía de las axilas.»Después de aquel individuo vinieron varias personas a “sentarse en mis rodillas” ese mismo día, como si hubieran aguardado su turno con paciencia. Ninguno, no obstante, sospechó siquiera durante un fugaz instante que el mullido “cojín” en el que se sentaban era en realidad carne humana por cuyas venas circulaba la sangre…, carne humana confinada en un extraño mundo de oscuridad.»¿Qué tenía aquel místico agujero que tanto me fascinaba? Me sentía en cierto modo como un animal viviendo en un mundo totalmente nuevo. Y en cuanto a quienes vivían en el mundo exterior, solo era capaz de identificarlos como gente que producía ruidos muy raros, respiraba intensamente, hablaba, hacía crujir sus ropas y poseía unos cuerpos blandos y redondeados.»Poco a poco comencé a distinguir a quienes se sentaban gracias al tacto más que a la vista. Los gordos parecían medusas, mientras que los muy delgados me daban la sensación de tener encima un esqueleto. Había otros rasgos distintivos, tales como la curvatura de la espina dorsal, la amplitud de los omóplatos, la longitud de los brazos y el grosor de los muslos, además del contorno de los traseros. Quizá suene extraño, pero no miento en absoluto si digo que, a pesar de que todas las personas parezcan similares, existen incontables matices susceptibles de percibirse únicamente mediante el tacto de sus cuerpos. De hecho hay las mismas diferencias que en el caso de las huellas dactilares o los contornos faciales. Ni que decir tiene que esta teoría se aplica también a los cuerpos femeninos.»Lo habitual es clasificar a las mujeres en dos grandes categorías: las feas y las guapas. Sin embargo, en mi oscuro y limitado mundo del interior de la butaca, los méritos o deméritos faciales eran un elemento secundario que se veía superado por las significativas cualidades que transmitía el tacto de la carne, el sonido de la voz, el olor corporal. (Señora, espero que no se sienta usted ofendida por el descaro con el que me expreso en algunas ocasiones).»Y de ese modo, para continuar con mi relato, apareció una chica (la primera que jamás había tenido sentada encima de mí) que encendió en mi corazón la llama de un amor apasionado. A juzgar solo por su voz, se trataba de una europea. En aquel momento, aunque en la sala no había nadie más, la felicidad debía de inundar su corazón, ya que al entrar con caminar ligero en la habitación iba cantando.»No tardé en darme cuenta de que se había detenido ante mi butaca y, sin previo aviso, se echó a reír de repente. Acto seguido oí que agitaba los brazos como un pez debatiéndose en una red, y luego se sentó… ¡sobre mí! Durante unos treinta minutos continuó cantando, moviendo el cuerpo y los pies al ritmo de la melodía.»El curso que tomaban los acontecimientos me resultaba bastante insólito, ya que siempre me había mantenido apartado de los individuos del sexo opuesto a causa de la fealdad de mi rostro. Ahora era consciente de que me hallaba en la misma sala que una chica europea a quien nunca había visto, con mi piel tocando prácticamente la suya a través de una fina capa de cuero.»Ella, que no sabía de mi presencia allí, siguió actuando con total libertad, haciendo lo que le apetecía. En el interior de la butaca yo me imaginaba abrazándola, besando su níveo cuello… Ojalá hubiera podido quitar esa capa de cuero de en medio…»Después de esta experiencia en cierto modo ilícita, aunque más que agradable, olvidé por completo la intención inicial de dedicarme a robar. En su lugar tuve la sensación de precipitarme a toda velocidad en un nuevo remolino de placer enloquecedor.»Tras una larga reflexión, me dije a mí mismo:—Quizá mi destino sea disfrutar de esta clase de existencia.»La verdad se fue cerniendo sobre mí de forma gradual. Para quienes eran tan feos y repulsivos como yo, lo más inteligente era vivir la vida en el interior de una butaca. En ese extraño y oscuro mundo tenía la posibilidad de oír y tocar a todo tipo de criaturas deseables.»¡El amor en una butaca! Esta idea puede parecer sin duda demasiado fantasiosa. Solo quien lo ha experimentado de verdad puede dar fe de las emociones y los placeres que proporciona. Es evidente que se trata de un tipo de amor poco habitual, restringido a los sentidos del tacto, el oído y el olfato, un amor que arde en un mundo de oscuridad.»Lo crea o no, muchos de los acontecimientos que se producen en ese mundo son imposibles de comprender del todo. Al principio no pretendía nada más que perpetrar una serie de robos y después huir. Ahora, por el contrario, me había llegado a sentir tan unido a mis “dependencias” que incorporé ciertas mejoras que permitieran una existencia permanente en ellas.»En mis merodeos nocturnos siempre tomaba las máximas precauciones, vigilaba cada paso que daba, apenas hacía ruido. El riesgo de ser descubierto era mínimo. Cuando recuerdo, sin embargo, que me pasé varios meses dentro de una butaca sin que notaran mi presencia ni una sola vez, hasta yo mismo me siento sorprendido.»Durante la mayor parte del día me quedaba dentro de la butaca, sentado como un contorsionista, con los brazos flexionados y las rodillas dobladas. La consecuencia fue que llegué a sentir una especie de parálisis en el cuerpo. Además, como no podía ponerme recto en ningún momento, mis músculos perdían flexibilidad y se agarrotaban, y poco a poco empecé a arrastrarme para ir al baño en lugar de hacerlo caminando. ¡Qué estupidez! Ni siquiera ante todos esos sufrimientos logré convencerme de abandonar aquella locura y alejarme de aquel extraño mundo de placeres sensuales.»Aunque muchos de los huéspedes del hotel permanecían en este durante un mes, o incluso dos, y lo convertían en su lugar de residencia temporal, había una constante afluencia de clientes nuevos, y lo mismo sucedía con los que se marchaban. De ahí que no pudiera disfrutar de ningún amor duradero. Incluso hoy, al pensar en todas mis “aventuras amorosas”, no recuerdo más que el tacto cálido de la carne.»Algunas mujeres poseían cuerpos firmes como los de los ponys; otras parecían tener cuerpos viscosos como los de las serpientes; y los de algunas otras estaban compuestos solo por grasa, lo que les confería la elástica viveza de una pelota de goma. También hay que mencionar las escasas excepciones de quienes parecían tener cuerpos hechos solo de puro músculo, como artísticas estatuas griegas. Pero, al margen de los diversos tipos o las distintas clases, cada uno de ellos poseía un encanto magnético que lo distinguía de los demás, y yo cambiaba sin cesar el objeto de mis pasiones.»Sirva como ejemplo que una vez vino a Japón una bailarina de renombre internacional, y dio la casualidad de que se alojó en ese mismo hotel. Aunque se sentó en mi butaca en una sola ocasión, el contacto de su carne tersa y mullida con la mía me proporcionó una emoción desconocida hasta entonces. Tan sublime fue aquella sensación que me condujo a un estado de exaltación absoluta. La experiencia, más que estimular mis instintos carnales, hizo que me imaginara como un artista de gran talento tocado por la varita mágica de un hada.»Extraños e inquietantes episodios se fueron sucediendo con gran rapidez. Pero las limitaciones de espacio me impiden realizar una detallada descripción de cada uno de los casos. Bastará con que presente un esquema general de los acontecimientos.»Un día, varios meses después de mi llegada al hotel, se produjo un giro inesperado en lo que a mi destino respecta. Por algún motivo, el propietario del hotel se vio obligado a partir hacia su país y, como resultado, la dirección del hotel pasó a manos japonesas.»Este cambio de propiedad dio lugar a una nueva política en la gestión, que marcó como objetivo una reducción drástica de gastos, así como la eliminación de los muebles lujosos y la adopción de otras medidas encaminadas al aumento de los beneficios económicos. Una de las primeras consecuencias de esta nueva política fue que los administradores sacaron a subasta todos los objetos extravagantes del hotel. En la lista se incluyó mi butaca.»Al tener noticia de estos hechos sentí una inmediata decepción. Pero no tardó en aparecer en mi interior una voz que me aconsejaba regresar al mundo exterior, el mundo normal, y disfrutar de la considerable suma que había logrado mediante el robo. Era consciente, por supuesto, de que no tendría que volver a mi humilde vida de artesano, ya que lo cierto es que me había convertido en un hombre relativamente rico. La idea de mi nuevo lugar en el seno de la sociedad me hizo superar la desilusión por verme obligado a dejar el hotel, al menos en apariencia. Además, tras una profunda reflexión acerca de todos los placeres obtenidos allí, tuve que admitir que las “aventuras amorosas”, aunque muchas, se habían producido con mujeres extranjeras, y que en cierto modo siempre había echado algo de menos.»Llegado a ese punto, me di perfecta cuenta de que, como japonés, lo que de verdad anhelaba era una amante de mi propio mundo. Mientras mi mente daba una vuelta tras otra a aquellos pensamientos, la butaca (conmigo aún dentro) fue enviada a una tienda de muebles para una subasta. Quizá esta vez me decía a mí mismo, compre el sillón un japonés y acabe en una casa japonesa. Crucé los dedos y decidí ser paciente y seguir viviendo en la butaca un poco más de tiempo.»Aunque tuve que sufrir lo mío durante los dos o tres días que la butaca estuvo en la tienda de muebles, al final salió pronto a la venta y no tardaron en comprarla. Esto fue posible, por fortuna, gracias a la excelente factura derivada de su proceso de fabricación: aunque ya no era nueva todavía poseía un “porte digno”.»El comprador era un alto dignatario que vivía en Tokio. En el trayecto de la tienda a la residencia palaciega de aquel hombre, los botes y los traqueteos del vehículo casi acabaron conmigo. Apreté los dientes y lo soporté con valentía, ya que me sentía reconfortado por la idea de que al fin me había comprado un japonés.»Ya en su casa, me colocaron en un espacioso estudio de estilo occidental. Había algo en aquella estancia que me procuró la más grande de las satisfacciones, ya que al parecer la butaca la iba a utilizar sobre todo la joven y atractiva esposa del comprador.»A lo largo de todo un mes tuve la oportunidad de estar junto a esa mujer de modo constante, unido a ella como si fuésemos uno, por así decirlo. A excepción de las horas destinadas a comer y a dormir, su tierno cuerpo estaba siempre sobre mis rodillas por la sencilla razón de que ella se hallaba dedicada en cuerpo y alma a su labor intelectual.»¡No se imagina usted cuánto amaba a aquella dama! Era la primera mujer japonesa con la que yo establecía un contacto tan estrecho, y, por si fuera poco, poseía un cuerpo maravillosamente atractivo. ¡La veía como la respuesta a todas mis plegarias! En comparación, mis otras “aventuras” con las diversas mujeres del hotel no parecían sino flirteos infantiles y nada más.»El loco amor que yo sentía hacia aquella intelectual dama quedaba probado por el hecho de que en todo momento anhelaba tenerla entre mis brazos. Cuando se marchaba, aunque fuera por un instante, esperaba su regreso como un Romeo enloquecido por el amor y añorando a su Julieta. Nunca antes había experimentado tales sensaciones.»Poco a poco fui sintiendo la necesidad de transmitirle mis sentimientos… de algún modo. En vano traté de llevar a cabo mi propósito, pero siempre me encontraba con un muro totalmente plano que me cerraba el camino, ya que mi indefensión era absoluta. ¡Oh, cómo ansiaba que ella me correspondiera! Sí, quizá piense usted que está leyendo la confesión de un loco, y es que estaba loco…, ¡locamente enamorado de ella!»Pero ¿de qué forma podría llamar su atención? Si me daba a conocer, la impresión de una noticia así la llevaría a avisar a su marido y a los criados de inmediato. Y eso, por supuesto, resultaría desastroso para mí, porque el descubrimiento no solo me acarrearía el deshonor, sino un severo castigo por los delitos que había cometido.»Entonces decidí que debía seguir un camino diferente, esto es, hacer todo lo posible porque se sintiera cada vez más cómoda y de ese modo suscitar en ella un amor natural por… ¡la butaca! Dado que se trataba de una verdadera artista, tenía cierta confianza en que su inherente inclinación hacia la belleza la guiaría en la dirección que yo deseaba. Y en lo que a mí respecta, buscaba la pura satisfacción derivada de su amor por un objeto material, ya que así me consolaría al creer que sus refinados sentimientos afectivos por una simple butaca serían lo bastante intensos como para alcanzar a la criatura que habitaba en su interior…, ¡y esa criatura era yo!»Me esforcé todo lo que pude para que se sintiera mejor cada vez que acomodaba su cuerpo en la butaca. Siempre que se sentía fatigada, tras llevar mucho tiempo sentada sobre mi humilde persona en la misma postura, yo cambiaba muy despacio la posición de las rodillas y la abrazaba de forma más cálida para que sus sensaciones fuesen cada vez más gratas. Y si se estaba quedando dormida, también movía las rodillas, siempre con gran lentitud, para mecerla y facilitarle un sueño más profundo.»En cierta manera quizá milagrosa (¿o no era más que mi imaginación?) aquella dama ya parecía sentir por la butaca un amor intenso, y es que cada vez que se sentaba se comportaba como un niño sumido en el abrazo de su madre, o como una chica rodeada por los brazos de su amante. Y cuando cambiaba de postura en la butaca, yo tenía la impresión de que disfrutaba de un regocijo cercano al sentimiento amoroso.»Terminé por pensar que si llegara a mirarme una sola vez, aunque solo fuera un breve y fugaz instante, podría morir en medio del placer más absoluto.»Estoy seguro, señora, de que a estas alturas habrá adivinado usted quién es el objeto de mi loca pasión. Para no andarme con rodeos, ¡lo cierto es que se trata de usted, señora! Desde que su marido me trajo de aquella tienda de muebles he sufrido unos dolores insoportables a causa del desmedido amor y el anhelo que siento por usted. No soy más que un gusano…, una criatura repugnante.»Solo deseo realizar una petición. ¿Aceptaría usted conocerme, verme una sola vez, solo una? No le pediré nada más. Ya sé que no merezco su simpatía, porque no he sido más que un villano a lo largo de toda mi vida, indigno siquiera de tocar la planta de sus pies. Pero si accede a este ruego, aunque no sea más que por compasión, mi gratitud será eterna.»Anoche salí a escondidas de su residencia para escribir esta confesión, ya que, aun alejándome del peligro, no reuní el valor suficiente de mostrarme ante usted cara a cara y sin aviso o preparación previos.»Mientras lee esta carta, estaré vagando por los alrededores de su casa con el corazón en un puño. Si decide usted satisfacer mi demanda, haga el favor de colocar un pañuelo en la maceta de flores que hay en el alféizar de su ventana. Ante esa señal, yo abriré la puerta y entraré como un humilde visitante… Así terminaba la carta. Incluso antes de acabar de leer las muchas páginas de que constaba la misiva, una premonición con cierto aire de malignidad había hecho que Yoshiko se pusiera mortalmente pálida. Se incorporó de forma inconsciente y huyó inmediatamente del estudio, de aquella butaca en la que había estado sentada y que se había convertido en su santuario dentro de una de las estancias de la casa. Su primera intención había sido la de no seguir leyendo y hacer trizas el espeluznante mensaje; pero, por alguna extraña razón, había continuado, y había ido dejando las hojas de apretada escritura encima de una mesilla. Ahora que había terminado, su premonición se reveló cierta. Aquella butaca en la que había estado sentada día tras día…, ¿realmente tenía un hombre en su interior? Si así era, ¡qué experiencia tan horrible había sufrido sin saberlo! Sintió un escalofrío de repente, como si por la espalda le hubieran echado un vaso de agua helada, y los temblores que vinieron a continuación parecían no tener fin. Se quedó con la vista fija en el vacío, como si estuviera en trance. ¿Debía examinar la butaca? Sin embargo, ¿cómo reunir las fuerzas suficientes para afrontar tan horrible prueba? Aunque ahora el sillón se hallase vacío, ¿qué ocurriría con la suciedad que aún quedara allí, como la comida y otros objetos de los que el inquilino hubiera tenido necesidad? —Señora, una carta para usted. Miró sobresaltada y vio a la criada en el umbral de la puerta con un sobre en la mano. Aturdida, Yoshiko cogió el sobre y logró ahogar un grito. ¡Qué horror! ¡Se trataba de otro mensaje del mismo hombre! De nuevo había escrito su nombre con aquella letra tan familiar. Dudó durante un largo instante si abrirla o no. Al final se armó de valor, rompió el lacre y sacó las hojas con sus trémulas manos. Esta segunda comunicación era breve y concisa, y contenía otra impresionante sorpresa: »Disculpe mi osadía al enviarle un nuevo mensaje. En primer lugar debo decirle que no soy más que uno de sus fervientes admiradores. El manuscrito que le he hecho llegar aparte no estaba inspirado más que por la imaginación y por el hecho de que yo sabía que usted había comprado esa butaca hacía poco tiempo. Es un ejemplo de mis humildes tentativas en lo que a la narrativa de ficción se refiere. Si tuviera la amabilidad de darme su opinión, le estaría enormemente agradecido.»Fueron motivos personales los que me indujeron a enviar el texto antes que esta carta de aclaración, y doy por hecho que ya lo ha leído. ¿Qué le ha parecido? Si cree que se trata de un relato más o menos divertido o entretenido, pensaré que todos mis esfuerzos literarios no han sido en vano.»A pesar de que se lo oculté de modo deliberado, pretendo que mi historia lleve por título “La butaca humana”.»Reciba mi más afectuoso saludo y mis mejores deseos para el futuro.Atentamente… FIN Autor: Edogawa Rampo Título: La butaca humana Título Original: 人間椅子 (Ningen-isu) Publicado en: Kuraku (苦楽), octubre de 1925 Traducción: Juan José Pulido
- "Historia de Mariquita", cuento de Guadalupe Dueñas
Historia de Mariquita Guadalupe Dueñas(Cuento completo) Nunca supe por qué nos mudábamos de casa con tanta frecuencia. Siempre nuestra mayor preocupación era establecer a Mariquita. A mi madre la desazonaba tenerla en su pieza; ponerla en el comedor tampoco convenía; dejarla en el sótano suponía molestar los sentimientos de mi padre, y exhibirla en la sala era imposible. Las visitas nos habrían enloquecido a preguntas. Así que, invariablemente, después de pensarlo demasiado, la instalaban en nuestra habitación. Digo “nuestra” porque era de todas. Con Mariquita, allí dormíamos siete. Mi papá siempre fue un hombre práctico; había viajado mucho y conocía los camarotes. En ellos se inspiró para idear aquel sistema de literas que economizaba espacio y facilitaba que cada una durmiera en su cama. Como explico, lo importante era descubrir el lugar de Mariquita. En ocasiones quedaba debajo de una cama, otras en un rincón estratégico; pero la mayoría de las veces la localizábamos arriba del ropero. Esta situación sólo nos interesaba a las dos mayores; las demás, aún pequeñas, no se preocupaban. Para mí, disfrutar de su compañía me pareció muy divertido; pero mi hermana Carmelita vivió bajo el terror de esta existencia. Nunca entró sola a la pieza y estoy segura de que fue Mariquita quien la sostuvo tan amarilla; pues, aunque solamente la vio una ocasión, asegura que la perseguía por toda la casa. Mariquita nació primero; fue nuestra hermana mayor. Yo la conocí cuando llevaba diez años en el agua y me dio mucho trabajo averiguar su historia. Su pasado es corto, y muy triste: llegó una mañana con el pulso trémulo y antes de tiempo. Como nadie la esperaba, la cuna estaba fría y hubo que calentarla con botellas calientes; trajeron mantas y cuidaron que la pieza estuviera bien cerrada. Isabel, la que iba a ser su madrina en el bautizo, la vio como una almendra descolorida sobre el tul de sus almohadas. La sintió tan desvalida en aquel cañón de vidrios que sólo por ternura se la escondió en los brazos. Le pronosticó rizos rubios y ojos más azules que la flor del heliotropo. Pero la niña era tan sensible y delicada que empezó a morir. Dicen que mi padre la bautizó rápidamente y que estuvo horas enteras frente a su cunita sin aceptar su muerte. Nadie pudo convencerlo de que debía enterrarla. Llevó su empeño insensato hasta esconderla en aquel pomo de chiles que yo descubrí un día en el ropero, el cual estaba protegido por un envase carmesí de forma tan extraña que el más indiferente se sentía obligado a preguntar de qué se trataba. Recuerdo que por lo menos una vez al año papá reponía el líquido del pomo con nueva sustancia de su química exclusiva —imagino sería aguardiente con sosa cáustica—. Este trabajo lo efectuaba emocionado y quizá con el pensamiento de lo bien que estaríamos sus otras hijas en silenciosos frascos de cristal, fuera de tantos peligros como auguraba que encontraríamos en el mundo. Claro está que el secreto lo guardábamos en familia. Fueron muy raras las personas que llegaron a descubrirlo y ninguna de éstas perduró en nuestra amistad. Al principio se llenaban de estupor, luego se movían llenas de recelo, por último desertaban haciendo comentarios poco agradables acerca de nuestras costumbres. La exclusión fue total cuando una de mis tías contó que mi papá tenía guardado en un estuche de seda el ombligo de una de sus hijas. Era cierto. Ahora yo lo conservo: es pequeño como un caballito de mar y no lo tiro porque a lo mejor me pertenece. Pasó el tiempo, crecimos todas. Mis padres ya no estaban entre nosotras; pero seguíamos cambiándonos de casa, y empezó a agravarse el problema de la situación de Mariquita. Alquilamos un señorial caserón en ruinas. Las grietas anunciaban la demolición. Para tapar las bocas que hacían gestos en los cuartos distribuimos pinturas y cuadros sin interesarnos las conveniencias estéticas. Cuando la rajadura era larga como un túnel la cubríamos con algún gobelino en donde las garzas, que nadaban en punto de cruz añil, hubieran podido excursionar por el hondo agujero. Si la grieta era como una cueva, le sobreponíamos un plato fino, un listón o dibujos de flores. Hubo problema con el socavón inferior de la sala; no decidíamos si cubrirlo con un jarrón Ming o decorarlo como oportuno nicho o plantarle un pirograbado japonés. Un mustio corredor que se metía a los cuartos encuadraba la fuente de nuestro palacio. Con justo delirio de grandeza dimos una mano de polvo mármol al desahuciado cemento de la pila, que no quedó ni de pórfido ni de jaspe, sino de ruin y altisonante barro. En la parte de atrás, donde otros hubieran puesto gallinas, hicimos un jardín a la americana, con su pasto, su pérgola verde y gran variedad de enredaderas, rosales y cuanto nos permitiera desfogar nuestro complejo residencial. La casa se veía muy alegre; pero así y todo había duendes. En los excepcionales minutos de silencio ocurrían derrumbes innecesarios, sorprendentes bailoteos de candiles y paredes o inocentes quebraderos de trastos y cristales. Las primeras veces revisábamos minuciosamente los cuartos, después nos fuimos acostumbrando y cuando se repetían estos dislates no hacíamos caso. Las sirvientas inventaron que la culpable era la niña que escondíamos en el ropero: que en las noches su fantasma recorría el vecindario. Corría la voz y el compromiso de las explicaciones; como todas éramos solteras con bastante buena reputación se puso el caso muy difícil. Fueron tantas las habladurías que la única decente resultó ser la niña del bote a la que ni siquiera levantaron calumnias. Para enterrarla se necesitaba un acta de defunción que ningún médico quiso extender. Mientras tanto la criatura, que llevaba tres años sin cambio de agua, se había sentado en el fondo del frasco definitivamente aburrida. El líquido amarillento le enturbiaba el paisaje. Decidimos enterrarla en el jardín. Señalamos su tumba con una aureola de mastuerzos y una pequeña cruz como si se tratara de un canario. Ahora hemos vuelto a mudarnos y no puedo olvidar el prado que encarcela su cuerpecito. Me preocupa saber si existe alguien que cuide el verde limbo donde habita y si en las tardes todavía la arrullan las palomas. Cuando contemplo el entrañable estuche que la guardó veinte años, se me nubla el corazón de nostalgia como el de aquellos que conservan una jaula vacía; se me agolpan las tristezas que viví frente a su sueño; reconstruyo mi soledad y descubro que esta niña ligó mi infancia a su muda compañía. FIN Autor: Guadalupe Dueñas Título: Historia de Mariquita Publicado en: Tiene la noche un árbol (1958)
- "La mano", cuento de Guy de Maupassant
La mano Guy de Maupassant Todos rodeaban al señor Bermutier, juez de Instrucción, que refería el suceso misterioso de Saint-Cloud. Aquel inexplicable crimen, que había aterrado a París, no era comprendido por nadie. El señor Bermutier, en pie, apoyado en la chimenea, hablaba, comentando las varias opiniones, aduciendo pruebas, pero sin deducir afirmación alguna. Varias señoras habíanse levantado para oírle mejor, de más cerca, y clavaban los ojos en los afeitados labios del juez, aplicando al mismo tiempo el oído a sus graves palabras. Estremecíanse, vibraban ansiosas, con la insaciable y ávida curiosidad que nos hace apetecer emociones terroríficas y angustiosas. Una de las que le rodeaban, más emocionada que las otras, dijo, aprovechando un silencio: —Es inverosímil y espantoso. Parece realizado por una fuerza sobrenatural. Nunca sabremos lo que hubo. El juez, dirigiéndose a ella, prosiguió: —Es probable que nunca lo descubramos, pero no porque haya en el suceso nada sobrenatural. Es un crimen vulgarísimo, aunque hábilmente preparado y dispuesto de modo que no dejara huellas. Hay crímenes de otra especie, señora, en que se duda si pudo intervenir un poder misterioso y fantástico. Yo sumarié hace tiempo uno, que nos vimos obligados a dejar por falta de informes que pudieran aclararlo. Varias señoras exclamaron a la vez, y tan rápidamente, que sus voces se confundieron en una sola voz: —¡Cuéntelo! ¡Cuéntelo! El señor Bermutier sonrió gravemente, como debe sonreír un juez de Instrucción, y dijo: —No imaginen ustedes que yo pude suponer un solo instante la existencia de algo sobrehumano en la singular aventura que voy a referirles. Creo nada más en las causas y leyes naturales. Por eso, en vez de la palabra «sobrenatural», para designar lo que se resiste a nuestra comprensión, emplearé la palabra «inexplicable». Las circunstancias que rodearon el suceso eran la causa principal del interés, del asombro que producían. Empezaré, y ustedes juzgarán: Yo era entonces juez de Instrucción de Ajaccio, pequeña ciudad, limpia, blanca, recostada en la curva de un admirable golfo rodeado por altas montañas. Lo que allí me daba mayor trabajo eran las vendettas , muchas de las cuales aparecían dramáticas, feroces o heroicas. Allí encontré los más extraños y hermosos motivos de venganza que se puedan imaginar; seculares odios, apaciguados un tiempo, jamás extinguidos: engaños terribles, asesinatos que tomaban el carácter de verdaderas degollinas o de acciones gloriosas. En dos años, apenas oí hablar de otra cosa que del valor de la sangre, de la terrible opinión que obligaba fieramente a vengar cualquier injuria sobre la persona que la infirió y sobre sus descendientes y allegados. Vi sacrificar a los abuelos, a los parientes lejanos, a los amigos de los ofensores; tenía la cabeza llena de tales historias. Un día supe que un inglés acababa de instalarse, alquilándola por muchos años, en una elegante casita situada en lo más resguardado del golfo. Le acompañaba un criado francés, al cual, de paso en Marsella, tomó a su servicio. Pronto fue una preocupación para la gente aquel extraño personaje que vivía solo y sin más ocupaciones que la caza y la pesca. No hablaba con nadie, no entraba siquiera en la ciudad, y cada mañana, ejercitábase tirando al blanco un par de horas, con pistola o carabina. Comenzaron las habladurías y se hicieron muchos comentarios. Unos le suponían elevado personaje, huido por cuestiones políticas de su patria; otros afirmaban que se recogió allí después de cometer un crimen espantoso. Todos citaban detalles verdaderamente horribles. Por mi carácter de juez instructor, me creí obligado a procurarme los antecedentes de aquel hombre; pero me fue imposible descubrir nada concreto. Se hacía llamar John Rowell. Yo le tenía muy vigilado; pero, en realidad, nunca supe que hiciera nada sospechoso. Las murmuraciones continuaban, aumentando sin cesar, agigantándose; ya intervenía en ellas la ciudad entera. Me resolví a entablar amistades con el inglés; y para conseguirlo, salí de caza todos los días, frecuentando los alrededores de su propiedad. Aguardé una ocasión favorable; y se presentó al cabo de algún tiempo en forma de perdiz, que tiré y maté en las propias barbas del misterioso personaje. Mi perro la cobró, y recogiéndola, me acerqué, rogando al dueño de la finca donde cayó la pieza que se dignase aceptarla y perdonar mi abuso. John Rowell era un hombre alto y fornido, algo así como un hércules tranquilo y correcto, con las barbas y los cabellos rojos. No asomaba en sus modales la tirantez británica, y agradeció vivamente mi atención. Al cabo de un mes yo había conseguido hablar con Rowell cinco o seis veces. Al fin, una tarde, al pasar frente a su puerta, lo vi a horcajadas en una silla de su jardín, fumando tranquilamente. Lo saludé y me invitó a entrar para que bebiéramos un vaso de cerveza. No me hice repetir la invitación. Mostró en atenderme y servirme toda la cortesía inglesa; me habló con elogio de Francia, y me dijo que le agradaba mucho aquella tierra de Córcega y aquel golfo donde se había retirado. Aproveché la ocasión para preguntarle con todas las precauciones convenientes, y como una fórmula discreta, noticias de su pasado y de sus proyectos. Me contestó abiertamente, sin turbarse ni vacilar un momento, que había viajado mucho por África, por la India y por América, y añadió, riendo: —He corrido muchas aventuras en todas partes. Luego hablamos de asuntos de caza, y me dio curiosos detalles acerca de la del hipopótamo, de la del tigre, de la del elefante y hasta de la caza del gorila. Yo dije: —Son temibles todos esos animales. Él sonriendo, contestó: —El animal más terrible es el hombre. Y soltó una risa franca y ruidosa, la risa inglesa, prosiguiendo: —También he cazado al hombre. Me habló de armas, invitándome a entrar para que viese las que allí tenía. El salón estaba tapizado de negro, de seda negra bordada en oro. Grandes flores amarillas, diseminadas en el oscuro fondo, brillaban como si estuvieran encendidas. Rowell me indicó: —Son tejidos japoneses. En el centro de una pared atrajo mi atención un objeto extraño; sobre un cuadro de terciopelo rojo destacábase una cosa negruzca. Me acerqué, y vi que aquello era una mano, una mano de hombre. No el esqueleto, sino toda la mano, con sus uñas amarillas, los músculos y los huesos partidos, la sangre seca. Parecía cortada con violencia, en redondo, con un hacha, más arriba del puño, el cual estaba sujeto con una enorme cadena, remachada, soldada, incrustada en el objeto que oprimía sujetándolo al muro con una fuerte argolla; todo ello pudiera esclavizar a un elefante. Yo pregunté: —¿Qué significa esto? El inglés respondió tranquilamente: —Fue mi enemigo mayor. La traje de América. La desprendí en seco, de un sablazo; le arranqué la piel con una piedra cortante y la tuve al sol ocho días. ¡Oh! Muy bien. Toqué aquel despojo humano, que debió de pertenecer a un coloso. Las falanges de los dedos, desmesuradamente largos, estaban sostenidas por gruesos tendones. Era una mano espantosa, despellejada, y hacía suponer alguna venganza salvaje. Dije: —¿Sería muy forzudo su dueño? El inglés pronunció suavemente: —Sí; pero yo lo era más. Le sujeté con esa cadena. Me pareció que bromeaba, y añadí: —Ahora, la cadena ya es inútil; la mano sola no podría escaparse. John Rowell dijo gravemente: —Sí, ha querido escaparse. La cadena es necesaria. Con una rápida mirada le observé, pensando: «¿Estará loco este hombre o será un bromista?» Pero nada vi en su rostro impenetrable, tranquilo y bondadoso, que me sacara de mis dudas. Hablamos de otras cosas, examinando las escopetas. Reparé en que, sobre distintos muebles, había tres revólveres cargados, lo cual indicaba claramente que vivía el inglés muy prevenido contra un ataque violento, que, sin duda, esperaba. Varias veces lo visité. Luego, satisfecha mi curiosidad, suspendí mis visitas. Con el tiempo se habían acostumbrado todos a verlo, y nadie se preocupaba ya de hacerle objeto de conversaciones. * Pasó un año. A fines de noviembre, una mañana me dijeron, al despertarme, que habían asesinado a John Rowell durante la noche. A la media hora entré, acompañado por el capitán de gendarmes y el comisario, en la casa donde residía el inglés. El criado, sumido en el mayor desconsuelo, lloraba junto a la puerta. Sospeché al pronto de aquel hombre; pero me convencí de su inocencia. No fue posible hallar las huellas del culpable. Al entrar en la sala vi a Rowell tendido en el suelo. Tenía el traje en desorden y una manga desgarrada, lo cual era prueba evidente de que hubo lucha. El inglés había muerto estrangulado. Su rostro estaba denegrecido y abotagado, y su expresión era la de un espanto irresistible. Apretaba entre sus dientes un cuerpo extraño; su cuello, en el cual se marcaban cinco heridas, que parecían hechas con cinco clavos de hierro, estaba cubierto de sangre. Al llegar el médico, examinó detenidamente las huellas de la mano criminal y pronunció estas palabras misteriosas: —Diríase que le ha estrangulado un esqueleto. Sintiendo, al oírlas, que todo mi cuerpo sufría una conmoción, fijé los ojos en el sitio donde me sorprendió en otro tiempo ver una mano despellejada y seca. No estaba ya; y la cadena, rota, colgaba de su argolla. Inclinándome sobre el cadáver, observé que tenía en la boca un dedo de aquella mano desaparecida, cortado por la presión de los dientes en la segunda falange. Abrimos el sumario. No se descubrió nada. Ninguna cerradura forzada, ninguna puerta, ninguna ventana que indicase un camino. Todo estaba en su estado normal. En resumen, el criado no dijo más que lo siguiente: —Hacía un mes que mi amo se mostraba intranquilo. Había recibido muchas cartas, que alpunto quemaba en la chimenea. Frecuentemente, cogiendo un látigo, en un acceso de cólera, semejante a una furiosa locura, golpeaba la mano clavada en la pared, y desprendida, no se sabe cómo, a la hora del crimen. Se acostaba muy tarde y cerraba la puerta con muchas precauciones. Tenía siempre un revólver al alcance de su mano. Con frecuencia, de noche, hablaba en voz alta, como si disputase con alguno. En la noche del crimen, precisamente, no había hecho ningún ruido, pareciendo muy sosegado. * Al abrir las ventanas, por la mañana, fue cuando el criado vio a Rowell muerto. No sospechaba de nadie. Pusimos en movimiento la gendarmería, la policía y los tribunales de toda la isla; se hizo una información minuciosa. Nada se averiguó. Pero una noche, a los tres meses de realizado el crimen, tuve una horrible pesadilla. Me pareció ver la mano, la espantosa mano, corriendo como un escorpión o como una araña a lo largo de los cortinajes y las paredes. Me desperté, me tranquilicé, y al dormirme de nuevo, el repugnante despojo me obsesionaba, corriendo por mi cuarto sirviéndose de sus dedos como de unas patas. Al día siguiente me la llevaron, habiéndola encontrado en el cementerio sobre la tumba de John Rowell, de cuya familia y antecedentes nada se averiguó tampoco. Las mujeres, pálidas y descompuestas, vibraban estremecidas. Una dijo, al enterarse de que la historia estaba terminada: —Pero ¿no hay un desenlace, una explicación? Y el juez, sonriendo con severidad, repuso: —No quisiera yo, señoras mías, destruir con suposiciones el efecto que produce a ustedes la fantasía misteriosa del suceso. Yo, sencillamente, imagino que el hombre a quien pertenecía la mano clavada, no estando muerto, fue a recogerla, vengándose. ¿Cómo lo hizo? Eso ya no lo sé. Una de las que le oían, murmuró: —No es posible; alguien le hubiera visto. Y el juez, sonriendo siempre, dijo: —Ya sospechaba yo que no convencería mi solución. Autor: Guy de Maupassant Título: La mano Título Original: La main Publicado en: Le Gaulois, 23 de diciembre de 1883 Traducción: Luis Ruiz Contreras
- "El almohadón de plumas", cuento de Horacio Quiroga
El almohadón de plumas Horacio Quiroga Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer. Durante tres meses —se habían casado en abril—, vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre. La casa en que vivían influía no poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia. En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido. No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de su marido. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó muy lento la mano por la cabeza, y Alicia rompió enseguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni pronunciar una palabra. Fue ése el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos. —No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico. Y sin vómitos, nada… Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida. Al otro día Alicia amanecía peor. Hubo consulta. Constatose una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin que se oyera el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, deteniéndose un instante en cada extremo a mirar a su mujer. Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche quedó de repente con los ojos fijos. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor. —¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra. Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia lanzó un alarido de horror. —¡Soy yo, Alicia, soy yo! Alicia lo miró con extravío, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola por media hora temblando. Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos. Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio, y siguieron al comedor. —Pst… —se encogió de hombros, desalentado, el médico de cabecera—. Es un caso inexplicable… Poco hay que hacer… —¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa. Alicia fue extinguiéndose en subdelirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas oleadas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aun que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaban ahora en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama, y trepaban dificultosamente por la colcha. Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el sordo retumbo de los eternos pasos de Jordán. Alicia murió, por fin. La sirvienta, cuando entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón. —¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre. Jordán se acercó rápidamente y se dobló sobre aquél. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras. —Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación. —Levántelo a la luz —le dijo Jordán. La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban. —¿Qué hay? —murmuró con la voz ronca. —Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar. Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca. Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón sin duda había impedido al principio su desarrollo; pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había el monstruo vaciado a Alicia. Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma. Autor: Horacio Quiroga Título: El almohadón de plumas Publicado en: Caras y Caretas, Año X, Nº 458, julio 13 de 1907 Aparece en: Cuentos de amor de locura y de muerte (1917)











