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- "Tenga para que se entretenga", cuento de José Emilio Pacheco
Tenga para que se entretenga José Emilio Pacheco A Ignacio Solares Estimado señor:Le envío el informe confidencial que me pidió. Incluyo un recibo por mis honorarios. Le ruego se sirva cubrirlos mediante cheque o giro postal. Confío en que el precio de mis servicios le parezca justo. El informe salió más largo y detallado de lo que en un principio supuse. Tuve que redactarlo varias veces para lograr cierta claridad ante lo difícil y aun lo increíble del caso. Reciba los atentos saludos deErnesto Domínguez PugaDetective PrivadoPalma 10, despacho 52México, Distrito Federal, sábado 5 de mayo de 1972 INFORME CONFIDENCIAL El 9 de agosto de 1943 la señora Olga Martínez de Andrade y su hijo de seis años, Rafael Andrade Martínez, salieron de su casa (Tabasco 106, colonia Roma). Iban a almorzar con doña Caridad Acevedo viuda de Martínez en su domicilio (Gelati 36 bis, Tacubaya). Ese día descansaba el chofer. El niño no quiso viajar en taxi: le pareció una aventura ir como los pobres en tranvía y autobús. Se adelantaron a la cita y a la señora Olga se le ocurrió pasear a su hijo por el cercano Bosque de Chapultepec. Rafael se divirtió en los columpios y resbaladillas del Rancho de la Hormiga, atrás de la residencia presidencial (Los Pinos). Más tarde fueron por las calzadas hacia el lago y descansaron en la falda del cerro. Llamó la atención de Olga un detalle que hoy mismo, tantos años después, pasa inadvertido a los transeúntes: los árboles de ese lugar tienen formas extrañas, se hallan como aplastados por un peso invisible. Esto no puede atribuirse al terreno caprichoso ni a la antigüedad. El administrador del Bosque informó que no son árboles vetustos como los ahuehuetes prehispánicos de las cercanías: datan del siglo XIX. Cuando actuaba como emperador de México, el archiduque Maximiliano ordenó sembrarlos en vista de que la zona resultó muy dañada en 1847, a consecuencia de los combates en Chapultepec y el asalto del Castillo por las tropas norteamericanas. El niño estaba cansado y se tendió de espaldas en el suelo. Su madre tomó asiento en el tronco de uno de aquellos árboles que, si usted me lo permite, calificaré de sobrenaturales. Pasaron varios minutos. Olga sacó su reloj, se lo acercó a los ojos, vio que ya eran las dos de la tarde y debían irse a casa de la abuela. Rafael le suplicó que lo dejara un rato más. La señora aceptó de mala gana, inquieta porque en el camino se habían cruzado con varios aspirantes a torero quienes, ya desde entonces, practicaban al pie de la colina en un estanque seco, próximo al sitio que se asegura fue el baño de Moctezuma. A la hora del almuerzo el Bosque había quedado desierto. No se escuchaba rumor de automóviles en las calzadas ni trajín de lanchas en el lago. Rafael se entretenía en obstaculizar con una ramita el paso de un caracol. En ese instante se abrió un rectángulo de madera oculto bajo la hierba rala del cerro y apareció un hombre que dijo a Rafael: —Déjalo. No lo molestes. Los caracoles no hacen daño y conocen el reino de los muertos. Salió del subterráneo, fue hacia Olga, le tendió un periódico doblado y una rosa con un alfiler: —Tenga para que se entretenga. Tenga para que se la prenda. Olga dio las gracias, extrañada por la aparición del hombre y la amabilidad de sus palabras. Lo creyó un vigilante, un guardián del Castillo, y de momento no reparó en su vocabulario ni en el olor a humedad que se desprendía de su cuerpo y su ropa. Mientras tanto Rafael se había acercado al desconocido y le preguntaba: —¿Ahí vives? —No: más abajo, más adentro. —¿Y no tienes frío? —La tierra en su interior está caliente. —Llévame a conocer tu casa. Mamá, ¿me das permiso? —Niño, no molestes. Dale las gracias al señor y vámonos ya: tu abuelita nos está esperando. —Señora, permítale asomarse. No lo deje con la curiosidad. —Pero, Rafaelito, ese túnel debe de estar muy oscuro. ¿No te da miedo? —No, mamá. Olga asintió con gesto resignado. El hombre tomó de la mano a Rafael y dijo al empezar el descenso: —Volveremos. Usted no se preocupe. Sólo voy a enseñarle la boca de la cueva. —Cuídelo mucho, por favor. Se lo encargo. Según el testimonio de parientes y amigos, Olga fue siempre muy distraída. Por tanto, juzgó normal la curiosidad de su hijo, aunque no dejaron de sorprenderla el aspecto y la cortesía del vigilante. Guardó la flor y desdobló el periódico. No pudo leerlo. Apenas tenía veintinueve años pero desde los quince necesitaba lentes bifocales y no le gustaba usarlos en público. Pasó un cuarto de hora. El niño no regresaba. Olga se inquietó y fue hasta la entrada de la caverna subterránea. Sin atreverse a penetrar en ella, gritó con la esperanza de que Rafael y el hombre le contestaran. Al no obtener respuesta bajó aterrorizada hasta el estanque seco. Dos aprendices de torero se adiestraban allí. Olga les informó de lo sucedido y les pidió ayuda. Volvieron al lugar de los árboles extraños. Los torerillos cruzaron miradas al ver que no había ninguna cueva, ninguna boca de ningún pasadizo. Buscaron a gatas sin hallar el menor indicio. No obstante, en manos de Olga estaban la rosa, el alfiler, el periódico —y en el suelo el caracol y la ramita. Cuando Olga cayó presa de un auténtico shock, los torerillos entendieron la gravedad de lo que en principio habían juzgado una broma o una posibilidad de aventura. Uno de ellos corrió a avisar por teléfono desde un puesto a orillas del lago. El otro permaneció al lado de Olga e intentó calmarla. Veinte minutos después se presentó en Chapultepec el ingeniero Andrade, esposo de Olga y padre de Rafael. En seguida aparecieron los vigilantes del Bosque, la policía, la abuela, los parientes, los amigos y desde luego la multitud de curiosos que siempre parece estar invisiblemente al acecho en todas partes y se materializa cuando sucede algo fuera de lo común. El ingeniero tenía grandes negocios y estrecha amistad con el general Maximino Ávila Camacho. Modesto especialista en resistencia de materiales cuando gobernaba el general Lázaro Cárdenas, Andrade se había vuelto millonario en el nuevo régimen gracias a las concesiones de carreteras y puentes que le otorgó don Maximino. Como usted recordará, el hermano del presidente Manuel Ávila Camacho era el secretario de Comunicaciones, la persona más importante del gobierno y el hombre más temido de México. Bastó una orden suya para movilizar a la mitad de todos los efectivos policiales de la capital, cerrar el Bosque, detener e interrogar a los torerillos. Uno de sus ayudantes irrumpió en Palma 10 y me llevó a Chapultepec en un automóvil oficial. Dejé todo para cumplir con la orden de Ávila Camacho. Yo acababa de hacerle servicios de la índole más reservada y me honra el haber sido digno de su confianza. Cuando llegué a Chapultepec hacia las cinco de la tarde, la búsqueda proseguía sin que se hubiese encontrado ninguna pista. Era tanto el poder de don Maximino que en el lugar de los hechos se hallaban para dirigir la investigación el general Miguel Z. Martínez, jefe de la policía capitalina, y el coronel José Gómez Anaya, director del Servicio Secreto. Agentes y uniformados trataron, como siempre, de impedir mi labor. El ayudante dijo a los superiores el nombre de quien me ordenaba hacer una investigación paralela. Entonces me dejaron comprobar que en la tierra había rastros del niño, no así del hombre que se lo llevó. El administrador del Bosque aseguró no tener conocimiento de que hubiera cuevas o pasadizos en Chapultepec. Una cuadrilla excavó el sitio en donde Olga juraba que había desaparecido su hijo. Sólo encontraron cascos de metralla y huesos muy antiguos. Por su parte, el general Martínez declaró a los reporteros que la existencia de túneles en México era sólo una más entre las muchas leyendas que envuelven el secreto de la ciudad. La capital está construida sobre el lecho de un lago; el subsuelo fangoso vuelve imposible esta red subterránea: en caso de existir se hallaría anegada. La caída de la noche obligó a dejar el trabajo para la mañana siguiente. Mientras se interrogaba a los torerillos en los separos de la Inspección, acompañé al ingeniero Andrade a la clínica psiquiátrica de Mixcoac donde atendían a Olga los médicos enviados por Ávila Camacho. Me permitieron hablar con ella y sólo saqué en claro lo que consta al principio de este informe. Por los insultos que recibí en los periódicos no guardé recortes y ahora lo lamento. La radio difundió la noticia, los vespertinos ya no la alcanzaron. En cambio los diarios de la mañana desplegaron en primera plana y a ocho columnas lo que a partir de entonces fue llamado «El misterio de Chapultepec». Un pasquín ya desaparecido se atrevió a afirmar que Olga tenía relaciones con los dos torerillos. Chapultepec era el escenario de sus encuentros. El niño resultaba el inocente encubridor que al conocer la verdad tuvo que ser eliminado. Otro periódico sostuvo que hipnotizaron a Olga y la hicieron creer que había visto lo que contó. En realidad el niño fue víctima de una banda de «robachicos». (El término, traducido literalmente de kidnappers , se puso de moda en aquellos años por el gran número de secuestros que hubo en México durante la Segunda Guerra Mundial.) Los bandidos no tardarían en pedir rescate o en mutilar a Rafael para obligarlo a la mendicidad. Aún más irresponsable, cierta hoja inmunda engañó a sus lectores con la hipótesis de que Rafael fue capturado por una secta que adora dioses prehispánicos y practica sacrificios humanos en Chapultepec. (Como usted sabe, Chapultepec fue el bosque sagrado de los aztecas.) Según los miembros de la secta, la cueva oculta en este lugar es uno de los ombligos del planeta y la entrada al inframundo. Semejante idea parece basarse en una película de Cantinflas, El signo de la muerte . En fin, la gente halló un escape de la miseria, las tensiones de la guerra, la escasez, la carestía, los apagones preventivos contra un bombardeo aéreo que por fortuna no llegó jamás, el descontento, la corrupción, la incertidumbre… Y durante algunas semanas se apasionó por el caso. Después todo quedó olvidado para siempre. Cada uno piensa distinto, cada cabeza es un mundo y nadie se pone de acuerdo en nada. Era un secreto a voces que para 1946 don Maximino ambicionaba suceder a don Manuel en la presidencia. Sus adversarios aseguraban que no vacilaría en recurrir al golpe militar y al fratricidio. Por tanto, de manera inevitable se le dio un sesgo político a este embrollo: a través de un semanario de oposición, sus enemigos civiles difundieron la calumnia de que don Maximino había ordenado el asesinato de Rafael con objeto de que el niño no informara al ingeniero Andrade de las relaciones que su protector sostenía con Olga. El que escribió esa infamia amaneció muerto cerca de Topilejo, en la carretera de Cuernavaca. Entre su ropa se halló una nota de suicida en que el periodista manifestaba su remordimiento, hacía el elogio de Ávila Camacho y se disculpaba ante los Andrade. Sin embargo, la difamación encontró un terreno fértil, ya que don Maximino, personaje extraordinario, tuvo un gusto proverbial por las llamadas «aventuras». Además, la discreción, el profesionalismo, el respeto a su dolor y a sus actuales canas me impidieron decirle antes a usted que en 1943 Olga era bellísima, tan hermosa como las estrellas de Hollywood, pero sin la intervención del maquinista ni el cirujano plástico. Tan inesperadas derivaciones tenían que encontrar un hasta aquí. Gracias a métodos que no viene al caso describir, los torerillos firmaron una confesión que aclaró las dudas y acalló la maledicencia. Según consta en actas, el 9 de agosto de 1943 los adolescentes aprovechan la soledad del Bosque a las dos de la tarde y la mala vista de Olga para montar la farsa de la cueva y el vigilante misterioso. Enterados de la fortuna del ingeniero (Andrade había hecho esfuerzos por ocultarla), se proponen llevarse al niño y exigir un rescate que les permita comprar su triunfo en las plazas de toros. Luego, atemorizados al saber que pisan terrenos del implacable hermano del presidente, los torerillos enloquecen de miedo, asesinan a Rafael, lo descuartizan y echan sus restos al Canal del Desagüe. La opinión pública mostró credulidad y no exigió que se puntualizaran algunas contradicciones. Por ejemplo, ¿qué se hizo de la caverna subterránea por la que desapareció Rafael? ¿Quién era y en dónde se ocultaba el cómplice que desempeñó el papel de guardia? ¿Por qué, de acuerdo con el relato de su madre, fue el propio niño quien tuvo la iniciativa de entrar en el pasadizo? Y sobre todo ¿a qué horas pudieron los torerillos destazar a Rafael y arrojar sus despojos a las aguas negras —situadas en su punto más próximo a unos veinte kilómetros de Chapultepec— si, como antes he dicho, uno llamó a la policía y al ingeniero Andrade, el otro permaneció al lado de Olga y ambos estaban en el lugar de los hechos cuando llegaron la familia y las autoridades? Pero al fin y al cabo todo en este mundo es misterioso. No hay ningún hecho que pueda ser aclarado satisfactoriamente. Como tapabocas se publicaron fotos de la cabeza y el torso de un muchachito, vestigios extraídos del Canal del Desagüe. Pese a la avanzada descomposición, era evidente que el cadáver correspondía a un niño de once o doce años, y no de seis como Rafael. Esto sí no es problema: en México siempre que se busca un cadáver se encuentran muchos otros en el curso de la pesquisa. Dicen que la mejor manera de ocultar algo es ponerlo a la vista de todos. Por ello y por la excitación del caso y sus inesperadas ramificaciones, se disculpará que yo no empezara por donde procedía: es decir, por interrogar a Olga acerca del individuo que capturó a su hijo. Es imperdonable —lo reconozco— haber considerado normal que el hombre le entregara una flor y un periódico y no haber insistido en examinar estas piezas. Tal vez un presentimiento de lo que iba a encontrar me hizo posponer hasta lo último el verdadero interrogatorio. Cuando me presenté en la casa de Tabasco 106 los torerillos, convictos y confesos tras un juicio sumario, ya habían caído bajo los disparos de la ley fuga: en Mazatlán intentaron escapar de la cuerda en que iban a las Islas Marías para cumplir una condena de treinta años por secuestro y asesinato. Y ya todos, menos los padres, aceptaban que los restos hallados en las aguas negras eran los del niño Rafael Andrade Martínez. Encontré a Olga muy desmejorada, como si hubiera envejecido varios años en unas cuantas semanas. Aún con la esperanza de recobrar a su hijo, se dio fuerzas para contestarme. Según mis apuntes taquigráficos, la conversación fue como sigue: —Señora Andrade, en la clínica de Mixcoac no me pareció oportuno preguntarle ciertos detalles que ahora considero indispensables. En primer lugar ¿cómo vestía el hombre que salió de la tierra para llevarse a Rafael? —De uniforme. —¿Uniforme militar, de policía, de guardabosques? —No, es que, sabe usted, no veo bien sin mis lentes. Pero no me gusta ponérmelos en público. Por eso pasó todo, por eso… —Cálmate —intervino el ingeniero Andrade cuando su esposa comenzó a llorar. —Perdone, no me contestó usted: ¿cómo era el uniforme? —Azul, con adornos rojos y dorados. Parecía muy desteñido. —¿Azul marino? —Más bien azul claro, azul pálido. —Continuemos. Apunté en mi libreta las palabras que le dijo el hombre al darle el periódico y la flor: «Tenga para que se entretenga. Tenga para que se la prenda». ¿No le parecen muy extrañas? —Sí, rarísimas. Pero no me di cuenta. Qué estúpida. No me lo perdonaré jamás. —¿Advirtió usted en el hombre algún otro rasgo fuera de lo común? —Me parece estar oyéndolo: hablaba muy despacio y con acento. —¿Acento regional o como si el español no fuera su lengua? —Exacto: como si el español no fuera su lengua. —Entonces ¿cuál era su acento? —Déjeme ver… quizá… como alemán. El ingeniero y yo nos miramos. Había muy pocos alemanes en México. Eran tiempos de guerra, no se olvide, y los que no estaban concentrados en el Castillo de Perote vivían bajo sospecha. Ninguno se hubiera atrevido a meterse en un lío semejante. —¿Y él? ¿Cómo era él? —Alto… sin pelo… Olía muy fuerte… como a humedad. —Señora Olga, disculpe el atrevimiento, pero si el hombre era tan estrafalario ¿por qué dejó usted que Rafaelito bajara con él a la cueva? —No sé, no sé. Por tonta, porque él me lo pidió, porque siempre lo he consentido mucho. Nunca pensé que pudiera ocurrirle nada malo… Espere, hay algo más: cuando el hombre se acercó vi que estaba muy pálido… ¿Cómo decirle…? Blancuzco… Eso es: como un caracol… un caracol fuera de su concha. —Válgame Dios. Qué cosas se te ocurren —exclamó el ingeniero Andrade. Me estremecí. Para fingirme sereno enumeré: —Bien, conque decía frases poco usuales, hablaba con acento alemán, llevaba uniforme azul pálido, olía mal y era fofo, viscoso. ¿Gordo, de baja estatura? —No, señor, todo lo contrario: muy alto, muy delgado… Ah, además tenía barba. —¿Barba? Pero si ya nadie usa barba —intervino el ingeniero Andrade. —Pues él tenía —afirmó Olga. Me atreví a preguntarle: —¿Una barba como la de Maximiliano de Habsburgo, partida en dos sobre el mentón? —No, no. Recuerdo muy bien la barba de Maximiliano. En casa de mi madre hay un cuadro del emperador y la emperatriz Carlota… No, señor, él no se parecía a Maximiliano. Lo suyo eran más bien mostachos o patillas… como grises o blancas… no sé. La cara del ingeniero reflejó mi propio gesto de espanto. De nuevo quise aparentar serenidad y dije como si no tuviera importancia: —¿Me permite examinar la revista que le dio el hombre? —Era un periódico, creo yo. También guardé la flor y el alfiler en mi bolsa. Rafael ¿no te acuerdas de qué bolsa llevaba? —La recogí en Mixcoac y luego la guardé en tu ropero. Estaba tan alterado que no se me ocurrió abrirla. Señor, en mi trabajo he visto cosas que horrorizarían a cualquiera. Sin embargo nunca había sentido ni he vuelto a sentir un miedo tan terrible como el que me dio cuando el ingeniero Andrade abrió la bolsa y nos mostró una rosa negra marchita (no hay en este mundo rosas negras), un alfiler de oro puro muy desgastado y un periódico amarillento que casi se deshizo cuando lo abrimos. Era La Gaceta del Imperio , con fecha del 2 de octubre de 1866. Más tarde nos enteramos de que sólo existe otro ejemplar en la Hemeroteca. El ingeniero Andrade, que en paz descanse, me hizo jurar que guardaría el secreto. El general Maximino Ávila Camacho me recompensó sin medida y me exigió olvidarme del asunto. Ahora, pasados tantos años, confío en usted y me atrevo a revelar —a nadie más he dicho una palabra de todo esto— el auténtico desenlace de lo que llamaron los periodistas «El misterio de Chapultepec». (Poco después la inesperada muerte de don Maximino iba a significar un nuevo enigma, abrir el camino al gobierno civil de Miguel Alemán y terminar con la época de los militares en el poder.) Desde entonces hasta hoy, sin fallar nunca, la señora Olga Martínez viuda de Andrade camina todas las mañanas por el Bosque de Chapultepec hablando a solas. A las dos en punto de la tarde se sienta en el tronco vencido del mismo árbol, con la esperanza de que algún día la tierra se abrirá para devolverle a su hijo o para llevarla, como los caracoles, al reino de los muertos. Pase usted por allí y la encontrará con el mismo vestido que llevaba el 9 de agosto de 1943: sentada en el tronco, inmóvil, esperando, esperando. Autor: José Emilio Pacheco Título: Tenga para que se entretenga Publicado en: 1a. versión: Plural, julio de 1972; 2a. versión La Jornada Semanal, julio de 1997
- "Conejos blancos" cuento de Leonora Carrington
Conejos blancos Leonora Carrington Ha llegado el momento de contar los sucesos que comenzaron en el número 40 de Pest Street. Parecía como si las casas, de color negro rojizo, hubiesen surgido misteriosamente del incendio de Londres. El edificio que había frente a mi ventana, con unas cuantas volutas de enredadera, tenía el aspecto negro y vacío de una morada azotada por la peste y lamida por las llamas y el humo. No era así como yo me había imaginado Nueva York. Hacía tanto calor que me dieron palpitaciones cuando me atreví a dar una vuelta por las calles; así que me estuve sentada contemplando la casa de enfrente, mojándome de cuando en cuando la cara empapada de sudor. La luz nunca era muy fuerte en Pest Street. Había siempre una reminiscencia de humo que volvía turbia y neblinosa la visibilidad; sin embargo, era posible examinar la casa de enfrente con detalle, incluso con precisión. Además, yo siempre he tenido una vista excelente. Me pasé varios días intentando descubrir enfrente alguna clase de movimiento; pero no percibí ninguno, y finalmente adopté la costumbre de desvestirme con total despreocupación delante de mi ventana abierta y hacer optimistas ejercicios respiratorios en el aire denso de Pest Street. Esto debió de dejarme los pulmones tan negros como las casas. Una tarde me lavé el pelo y me senté afuera, en el diminuto arco de piedra que hacía de balcón, para que se me secara. Apoyé la cabeza entre las rodillas, y me puse a observar una moscarda que chupaba el cadáver de una araña, a mis pies. Alcé los ojos, miré a través de mis cabellos largos, y vi algo negro en el cielo, inquietantemente silencioso para que fuera un aeroplano. Me separé el pelo a tiempo de ver bajar un gran cuervo al balcón de la casa de enfrente. Se posó en la balaustrada y miró por la ventana vacía. Luego metió la cabeza debajo de un ala, buscándose piojos al parecer. Unos minutos después, no me sorprendió demasiado ver abrirse las dobles puertas y asomarse al balcón una mujer. Llevaba un gran plato de huesos que vació en el suelo. Con un breve graznido de agradecimiento, el cuervo saltó abajo y se puso a hurgar en su comida repugnante. La mujer, que tenía un pelo negro larguísimo, lo utilizó para limpiar el plato. Luego me miró directamente y sonrió de manera amistosa. Yo le sonreí a mi vez y agité una toalla. Esto la animó, porque echó la cabeza para atrás con coquetería y me dedicó un elegante saludo a la manera de una reina. —¿Tiene un poco de carne pasada que no necesite? —me gritó. —¿Un poco de qué? —grité yo, preguntándome si me habría engañado el oído. —De carne en mal estado. Carne en descomposición. —En este momento, no —contesté, preguntándome si no estaría bromeando. —¿Y tendrá para el fin de semana? Si fuera así, le agradecería inmensamente que me la trajera. A continuación volvió a meterse en el balcón vacío, y desapareció. El cuervo alzó el vuelo. Mi curiosidad por la casa y su ocupante me impulsó a comprar un gran trozo de carne a la mañana siguiente. Lo puse en mi balcón sobre un periódico y esperé. En un tiempo relativamente corto, el olor se volvió tan fuerte que me vi obligada a realizar mis tareas diarias con una pinza fuertemente apretada en la punta de la nariz. De cuando en cuando bajaba a la calle a respirar. Hacia la noche del jueves, noté que la carne estaba cambiando de color; así que, apartando una nube de rencorosas moscardas, la eché en mi bolsa de malla y me dirigí a la casa de enfrente. Cuando bajaba la escalera, observé que la casera parecía evitarme. Tardé un rato en encontrar el portal de la casa. Resultó que estaba oculto bajo una cascada de algo, y daba la impresión de que nadie había salido ni entrado por él desde hacía años. La campanilla era de ésas antiguas de las que hay que tirar; y al hacerlo, algo más fuerte de lo que era mi intención, me quedé con el tirador en la mano. Di unos golpes irritados en la puerta y se hundió, dejando salir un olor espantoso a carne podrida. El recibimiento, que estaba casi a oscuras, parecía de madera tallada. La mujer misma bajó, susurrante, con una antorcha en la mano. —¿Cómo está usted? ¿Cómo está usted? —murmuró ceremoniosamente; y me sorprendió observar que llevaba un precioso y antiguo vestido de seda verde. Pero al acercarse, vi que tenía la tez completamente blanca y que brillaba como si la tuviese salpicada de mil estrellitas diminutas. —Es usted muy amable —prosiguió, tomándome del brazo con su mano reluciente—. No sabe lo que se van a alegrar mis pobres conejitos. Subimos; mi compañera andaba con gran cuidado, como si tuviese miedo. El último tramo de escalones daba a un «boudoir» decorado con oscuros muebles barrocos tapizados de rojo. El suelo estaba sembrado de huesos roídos y cráneos de animales. —Tenemos visita muy pocas veces —sonrió la mujer—. Así que han corrido todos a esconderse en sus pequeños rincones. Dio un silbido bajo, suave y, paralizada, vi salir cautamente un centenar de conejos blancos de todos los agujeros, con sus grandes ojos rosas fijamente clavados en ella. —¡Vengan, bonitos! ¡Vengan, bonitos! —canturreó, metiendo la mano en mi bolsa de malla y sacando un trozo de carne podrida. Con profunda repugnancia, me aparté a un rincón; y la vi arrojar la carroña a los conejos, que se pelearon como lobos por la carne. —Una acaba encariñándose con ellos —prosiguió la mujer—. ¡Cada uno tiene sus pequeñas costumbres! Le sorprendería lo individualistas que son los conejos. Los susodichos conejos despedazaban la carne con sus afilados dientes de macho cabrío. —Por supuesto, nosotros nos comemos alguno de cuando en cuando. Mi marido hace con ellos un estofado sabrosísimo, los sábados por la noche. Seguidamente, un movimiento en uno de los rincones atrajo mi atención; entonces me di cuenta de que había una tercera persona en la habitación. Al llegarle a la cara la luz de la antorcha, vi que tenía la tez igual de brillante que ella; como oropel en un árbol de Navidad. Era un hombre y estaba vestido con una bata roja, sentado muy tieso, y de perfil a nosotros. No parecía haberse enterado de nuestra presencia, ni del gran conejo macho cabrío que tenía sentado sobre su rodilla, donde masticaba un trozo de carne. La mujer siguió mi mirada y rió entre dientes. —Ése es mi marido. Los chicos solían llamarlo Lázaro… Al sonido de este nombre, familiar, el hombre volvió la cara hacia nosotras; y vi que tenía una venda en los ojos. —¿Ethel? —preguntó con voz bastante débil—. No quiero que entren visitas aquí. Sabes de sobra que lo tengo rigurosamente prohibido. —Vamos, Laz; no empecemos —su voz era quejumbrosa—. No me puedes escatimar un poquitín de compañía. Hace veinte años y pico que no veía una cara nueva. Además ha traído carne para los conejos. La mujer se volvió y me hizo seña de que fuera a su lado. —Quiere quedarse entre nosotros; ¿a que sí? —de repente me entró miedo y sentí ganas de salir, de huir de estas personas terribles y plateadas y de sus conejos blancos carnívoros. —Creo que me voy a marchar; es hora de cenar. El hombre de la silla profirió una carcajada estridente, aterrando al conejo que tenía sobre la rodilla, el cual saltó al suelo y desapareció. La mujer acercó tanto su cara a la mía que creí que su aliento nauseabundo iba a anestesiarme. —¿No quiere quedarse, y ser como nosotros? En siete años su piel se volverá como las estrellas; siete años tan sólo, y tendrá la enfermedad sagrada de la Biblia: ¡la lepra! Eché a correr a trompicones, ahogada de horror; una curiosidad malsana me hizo mirar por encima del hombro al llegar a la puerta de la casa, y vi que la mujer, en la balaustrada, alzaba una mano a modo de saludo. Y al agitarla, se le desprendieron los dedos y cayeron al suelo como estrellas fugaces. Autor: Leonora Carrington Título: Conejos blancos Título Original: White Rabbits Publicado en: View, núms. 9-10, 1941-1942. Traducción: Francisco Torres Oliver
- "El diablo de la botella", cuento de Robert Louis Stevenson
El diablo de la botella Robert Louis Stevenson Había un hombre en la isla de Hawaii al que llamaré Keawe; porque la verdad es que aún vive y que su nombre debe permanecer secreto; pero su lugar de nacimiento no estaba lejos de Honaunau, donde los huesos de Keawe el Grande yacen escondidos en una cueva. Este hombre era pobre, valiente y activo; leía y escribía tan bien como un maestro de escuela; además era un marinero de primera clase que había trabajado durante algún tiempo en los vapores de la isla y pilotado un ballenero en la costa de Hamakua. Finalmente, a Keawe se le ocurrió que le gustaría ver el gran mundo y las ciudades extranjeras y se embarcó con rumbo a San Francisco. San Francisco es una hermosa ciudad, con un excelente puerto y muchas personas adineradas; y, más en concreto, existe en esa ciudad una colina que está cubierta de palacios. Un día, Keawe se paseaba por esta colina con mucho dinero en el bolsillo, contemplando con evidente placer las elegantes casas que se alzaban a ambos lados de la calle. «¡Qué casas tan buenas!», iba pensando, «y ¡qué felices deben de ser las personas que viven en ellas, que no necesitan preocuparse del mañana!». Seguía aún reflexionando sobre esto cuando llegó a la altura de una casa más pequeña que algunas de las otras, pero muy bien acabada y tan bonita como un juguete; los escalones de la entrada brillaban como plata, los bordes del jardín florecían como guirnaldas y las ventanas resplandecían como diamantes. Keawe se detuvo, maravillándose de la excelencia de todo. Al pararse, se dio cuenta de que un hombre le estaba mirando a través de una ventana tan transparente que Keawe lo veía como se ve a un pez en una cala junto a los arrecifes. Era un hombre maduro, calvo y de barba negra; su rostro tenía una expresión pesarosa y suspiraba amargamente. Lo cierto es que mientras Keawe contemplaba al hombre y el hombre observaba a Keawe, cada uno de ellos envidiaba al otro. De repente, el hombre sonrió moviendo la cabeza, hizo un gesto a Keawe para que entrara y se reunió con él en la puerta de la casa. —Es muy hermosa esta casa mía —dijo el hombre, suspirando amargamente—. ¿No le gustaría ver las habitaciones? Y así fue como Keawe recorrió con él la casa, desde el sótano hasta el tejado; todo lo que había en ella era perfecto en su estilo y Keawe manifestó su gran admiración. —Esta casa —dijo Keawe— es en verdad muy hermosa; si yo viviera en otra parecida, me pasaría el día riendo. ¿Cómo es posible, entonces, que no haga usted más que suspirar? —No hay ninguna razón —dijo el hombre—, para que no tenga una casa en todo semejante a esta, y aún más hermosa, si así lo desea. Posee usted algún dinero, ¿no es cierto? —Tengo cincuenta dólares —dijo Keawe—, pero una casa como esta costará más de cincuenta dólares. El hombre hizo un cálculo. —Siento que no tenga más —dijo—, porque eso podría causarle problemas en el futuro, pero será suya por cincuenta dólares. —¿La casa? —preguntó Keawe. —No, la casa no —replicó el hombre—; la botella. Porque debo decirle que, aunque le parezca una persona muy rica y afortunada, todo lo que poseo, y esta casa misma y el jardín, proceden de una botella en la que no cabe mucho más de una pinta. Aquí la tiene usted. Y abriendo un mueble cerrado con llave, sacó una botella de panza redonda con un cuello muy largo; el cristal era de un color blanco como el de la leche, con cambiantes destellos irisados en su textura. En el interior había algo que se movía confusamente, algo así como una sombra y un fuego. —Ésta es la botella —dijo el hombre; y, cuando Keawe se echó a reír, añadió—: ¿No me cree? Pruebe usted mismo. Trate de romperla. De manera que Keawe cogió la botella y la estuvo tirando contra el suelo hasta que se cansó; porque rebotaba como una pelota y nada le sucedía. —Es una cosa bien extraña —dijo Keawe—, porque tanto por su aspecto como al tacto se diría que es de cristal. —Es de cristal —replicó el hombre, suspirando más hondamente que nunca—, pero de un cristal templado en las llamas del infierno. Un diablo vive en ella y la sombra que vemos moverse es la suya, al menos lo creo yo. Cuando un hombre compra esta botella, el diablo se pone a su servicio; todo lo que esa persona desee, amor, fama, dinero, casas como ésta o una ciudad como San Francisco, será suyo con sólo pedirlo. Napoleón tuvo esta botella, y gracias a su virtud llegó a ser el rey del mundo; pero la vendió al final y fracasó. El capitán Cook también la tuvo, y por ella descubrió tantas islas; pero también él la vendió, y por eso lo asesinaron en Hawaii. Porque al vender la botella desaparecen el poder y la protección; y a no ser que un hombre esté contento con lo que tiene, acaba por sucederle algo. —Y sin embargo, ¿habla usted de venderla? —dijo Keawe. —Tengo todo lo que quiero y me estoy haciendo viejo —respondió el hombre—. Hay una cosa que el diablo de la botella no puede hacer… y es prolongar la vida; y, no sería justo ocultárselo a usted, la botella tiene un inconveniente; porque si un hombre muere antes de venderla, arderá para siempre en el infierno. —Sí que es un inconveniente, no cabe duda —exclamó Keawe—. Y no quisiera verme mezclado en ese asunto. No me importa demasiado tener una casa, gracias a Dios; pero hay una cosa que sí me importa muchísimo, y es condenarme. —No vaya usted tan deprisa, amigo mío —contestó el hombre—. Todo lo que tiene que hacer es usar el poder de la botella con moderación, venderla después a alguna persona como estoy haciendo yo ahora y terminar su vida cómodamente. —Pues yo observo dos cosas —dijo Keawe—. Una es que se pasa usted todo el tiempo suspirando como una doncella enamorada; y la otra que vende usted la botella demasiado barata. —Ya le he explicado por qué suspiro —dijo el hombre—. Temo que mi salud esté empeorando; y, como ha dicho usted mismo, morir e irse al infierno es una desgracia para cualquiera. En cuanto a venderla tan barata, tengo que explicarle una peculiaridad que tiene esta botella. Hace mucho tiempo, cuando Satanás la trajo a la tierra, era extraordinariamente cara, y fue el Preste Juan el primero que la compró por muchos millones de dólares; pero sólo puede venderse si se pierde dinero en la transacción. Si se vende por lo mismo que se ha pagado por ella, vuelve al anterior propietario como si se tratara de una paloma mensajera. De ahí se sigue que el precio haya ido disminuyendo con el paso de los siglos y que ahora la botella resulte francamente barata. Yo se la compré a uno de los ricos propietarios que viven en esta colina y sólo pagué noventa dólares. Podría venderla hasta por ochenta y nueve dólares y noventa centavos, pero ni un céntimo más; de lo contrario la botella volvería a mí. Ahora bien, esto trae consigo dos problemas. Primero, que cuando se ofrece una botella tan singular por ochenta dólares y pico, la gente supone que uno está bromeando. Y segundo…, pero como eso no corre prisa que lo sepa, no hace falta que se lo explique ahora. Recuerde tan sólo que tiene que venderla por moneda acuñada. —¿Cómo sé que todo eso es verdad? —preguntó Keawe. —Hay algo que puede usted comprobar inmediatamente —replicó el otro—. Deme sus cincuenta dólares, coja la botella y pida que los cincuenta dólares vuelvan a su bolsillo. Si no sucede así, le doy mi palabra de honor de que consideraré inválido el trato y le devolveré el dinero. —¿No me está engañando? —dijo Keawe. El hombre confirmó sus palabras con un solemne juramento. —Bueno; me arriesgaré a eso —dijo Keawe—, porque no me puede pasar nada malo. Acto seguido le dio su dinero al hombre y el hombre le pasó la botella. —Diablo de la botella —dijo Keawe—, quiero recobrar mis cincuenta dólares. Y, efectivamente, apenas había terminado la frase, cuando su bolsillo pesaba ya lo mismo que antes. —No hay duda de que es una botella maravillosa —dijo Keawe. —Y ahora muy buenos días, mi querido amigo, ¡y que el diablo le acompañe! —dijo el hombre. —Un momento —dijo Keawe—, yo ya me he divertido bastante. Tenga su botella. —La ha comprado usted por menos de lo que yo pagué —replicó el hombre, frotándose las manos—. La botella es completamente suya; y, por mi parte, lo único que deseo es perderlo de vista cuanto antes. Con lo que llamó a su criado chino e hizo que acompañara a Keawe hasta la puerta. Cuando Keawe se encontró en la calle con la botella bajo el brazo, empezó a pensar. «Si es verdad todo lo que me han dicho de esta botella, puede que haya hecho un pésimo negocio», se dijo a sí mismo. «Pero quizá ese hombre me haya engañado». Lo primero que hizo fue contar el dinero; la suma era exacta: cuarenta y nueve dólares en moneda americana y una pieza de Chile. «Parece que eso es verdad», se dijo Keawe. «Veamos otro punto». Las calles de aquella parte de la ciudad estaban tan limpias como las cubiertas de un barco, y aunque era mediodía, tampoco se veía ningún pasajero. Keawe puso la botella en una alcantarilla y se alejó. Dos veces miró para atrás, y allí estaba la botella de color lechoso y panza redonda, en el sitio donde la había dejado. Miró por tercera vez y después dobló la esquina; pero apenas lo había hecho cuando algo le golpeó el codo, y ¡no era otra cosa que el largo cuello de la botella! En cuanto a la redonda panza, estaba bien encajada en el bolsillo de su chaqueta de piloto. —Parece que también esto es verdad —dijo Keawe. La siguiente cosa que hizo fue comprar un sacacorchos en una tienda y retirarse a un sitio oculto en medio del campo. Una vez allí intentó sacar el corcho, pero cada vez que lo intentaba la espiral salía otra vez y el corcho seguía tan entero como al empezar. —Este corcho es distinto de todos los demás —dijo Keawe, e inmediatamente empezó a temblar y a sudar, porque la botella le daba miedo. Camino del puerto, vio una tienda donde un hombre vendía conchas y mazas de islas salvajes, viejas imágenes de dioses paganos, monedas antiguas, pinturas de China y Japón y todas esas cosas que los marineros llevan en sus baúles. Enseguida se le ocurrió una idea. Entró y le ofreció la botella al dueño por cien dólares. El otro se rió de él al principio y le ofreció cinco; pero, en realidad, la botella era muy curiosa: ninguna boca humana había soplado nunca un vidrio como aquél, ni cabía imaginar unos colores más bonitos que los que brillaban bajo su blanco lechoso, ni una sombra más extraña que la que daba vueltas en su centro; de manera que, después de regatear durante un rato a la manera de los de su profesión, el dueño de la tienda le compró la botella a Keawe por sesenta dólares y la colocó en un estante en el centro del escaparate. —Ahora —dijo Keawe— he vendido por sesenta dólares lo que compré por cincuenta o, para ser más exactos, por un poco menos, porque uno de mis dólares venía de Chile. Enseguida averiguaré la verdad sobre otro punto. Así que volvió a su barco y, cuando abrió su baúl, allí estaba la botella, que había llegado antes que él. En aquel barco Keawe tenía un compañero que se llamaba Lopaka. —¿Qué te sucede —le preguntó Lopaka— que miras el baúl tan fijamente? Estaban solos en el castillo de proa. Keawe le hizo prometer que guardaría el secreto y se lo contó todo. —Es un asunto muy extraño —dijo Lopaka—; y me temo que vas a tener dificultades con esa botella. Pero una cosa está muy clara: puesto que tienes asegurados los problemas, será mejor que obtengas también los beneficios. Decide qué es lo que deseas; da la orden y si resulta tal como quieres, yo mismo te compraré la botella; porque a mí me gustaría tener un velero y dedicarme a comerciar entre las islas. —No es eso lo que me interesa —dijo Keawe—. Quiero una hermosa casa y un jardín en la costa de Kona, donde nací; y quiero que brille el sol sobre la puerta, y que haya flores en el jardín, cristales en las ventanas, cuadros en las paredes, y adornos y tapetes de telas muy finas sobre las mesas; exactamente igual que la casa donde estuve hoy; sólo que un piso más alta y con balcones alrededor, como en el palacio del rey; y que pueda vivir allí sin preocupaciones de ninguna clase y divertirme con mis amigos y parientes. —Bien —dijo Lopaka—, volvamos con la botella a Hawaii; y si todo resulta verdad como tú supones, te compraré la botella, como ya he dicho, y pediré una goleta. Quedaron de acuerdo en esto y antes de que pasara mucho tiempo el barco regresó a Honolulú, llevando consigo a Keawe, a Lopaka y a la botella. Apenas habían desembarcado cuando encontraron en la playa a un amigo que inmediatamente empezó a dar el pésame a Keawe. —No sé por qué me estás dando el pésame —dijo Keawe. —¿Es posible que no te hayas enterado —dijo el amigo— de que tu tío, aquel hombre tan bueno, ha muerto; y de que tu primo, aquel muchacho tan bien parecido, se ha ahogado en el mar? Keawe lo sintió mucho y al ponerse a llorar y a lamentarse, se olvidó de la botella. Pero Lopaka estuvo reflexionando y cuando su amigo se calmó un poco, le habló así: —¿No es cierto que tu tío tenía tierras en Hawaii, en el distrito de Kaü? —No —dijo Keawe—; en Kaü, no: están en la zona de las montañas, un poco al sur de Hookena. —Esas tierras, ¿pasarán a ser tuyas? —preguntó Lopaka. —Así es —dijo Keawe, y empezó otra vez a llorar la muerte de sus familiares. —No —dijo Lopaka—; no te lamentes ahora. Se me ocurre una cosa. ¿Y si todo esto fuera obra de la botella? Porque ya tienes preparado el sitio para hacer la casa. —Si es así —exclamó Keawe—, la botella me hace un flaco servicio matando a mis parientes. Pero puede que sea cierto, porque fue en un sitio así donde vi la casa con la imaginación. —La casa, sin embargo, todavía no está construida —dijo Lopaka. —¡Y probablemente no lo estará nunca! —dijo Keawe—, porque si bien mi tío tenía algo de café, ava y plátanos, no será más que lo justo para que yo viva cómodamente; y el resto de esa tierra es de lava negra. —Vayamos al abogado —dijo Lopaka—. Porque yo sigo pensando lo mismo. Al hablar con el abogado, se enteraron de que el tío de Keawe se había hecho enormemente rico en los últimos tiempos y que le dejaba dinero en abundancia. —¡Ya tienes el dinero para la casa! —exclamó Lopaka. —Si está usted pensando en construir una casa —dijo el abogado—, aquí está la tarjeta de un arquitecto nuevo del que me cuentan grandes cosas. —¡Cada vez mejor! —exclamó Lopaka—. Está todo muy claro. Sigamos obedeciendo órdenes. De manera que fueron a ver al arquitecto, que tenía diferentes proyectos de casas sobre la mesa. —Usted desea algo fuera de lo corriente —dijo el arquitecto—. ¿Qué le parece esto? Y le pasó a Keawe uno de los dibujos. Cuando Keawe lo vio, dejó escapar una exclamación, porque representaba exactamente lo que él había visto con la imaginación. «Ésta es la casa que quiero —pensó Keawe—. A pesar de lo poco que me gusta cómo viene a parar a mis manos, ésta es la casa, y más vale que acepte lo bueno junto con lo malo». De manera que le dijo al arquitecto todo lo que quería, y cómo deseaba amueblar la casa, y los cuadros que había que poner en las paredes y las figuritas para las mesas; y luego le preguntó sin rodeos cuánto le llevaría por hacerlo todo. El arquitecto le hizo muchas preguntas, cogió una pluma e hizo un cálculo; y al terminar pidió exactamente la suma que Keawe había heredado. Lopaka y Keawe se miraron el uno al otro y asintieron con la cabeza. «Está bien claro —pensó Keawe—, que voy a tener esta casa, tanto si quiero como si no. Viene del diablo y temo que nada bueno salga de ello; y si de algo estoy seguro es de que no voy a formular más deseos mientras siga teniendo esta botella. Pero de la casa ya no me puedo librar y más valdrá que acepte lo bueno junto con lo malo». De manera que llegó a un acuerdo con el arquitecto y firmaron un documento. Keawe y Lopaka se embarcaron otra vez camino de Australia; porque habían decidido entre ellos que no intervendrían en absoluto, dejarían que el arquitecto y el diablo de la botella construyeran y decoraran aquella casa como mejor les pareciese. El viaje fue bueno, aunque Keawe estuvo todo el tiempo conteniendo la respiración, porque había jurado que no formularía más deseos ni recibiría más favores del diablo. Se había cumplido ya el plazo cuando regresaron. El arquitecto les dijo que la casa estaba lista y Keawe y Lopaka tomaron pasaje en el Hall camino de Kona para ver la casa y comprobar si todo se había hecho exactamente de acuerdo con la idea que Keawe tenía en la cabeza. La casa se alzaba en la falda del monte y era visible desde el mar. Por encima, el bosque seguía subiendo hasta las nubes que traían la lluvia; por debajo, la lava negra descendía en riscos donde estaban enterrados los reyes de antaño. Un jardín florecía alrededor de la casa con flores de todos los colores; había un huerto de papayas a un lado y otro de árboles del pan en el lado opuesto; por delante, mirando al mar, habían plantado el mástil de un barco con una bandera. En cuanto a la casa, era de tres pisos, con amplias habitaciones y balcones muy anchos en los tres. Las ventanas eran de excelente cristal, tan claro como el agua y tan brillante como un día soleado. Muebles de todas clases adornaban las habitaciones. De las paredes colgaban cuadros con marcos dorados: pinturas de barcos, de hombres luchando, de las mujeres más hermosas y de los sitios más singulares; no hay en ningún lugar del mundo pinturas con colores tan brillantes como las que Keawe encontró colgadas de las paredes de su casa. En cuanto a los otros objetos de adorno, eran de extraordinaria calidad; relojes con carillón y cajas de música, hombrecillos que movían la cabeza, libros llenos de ilustraciones, armas muy valiosas de todos los rincones del mundo, y los rompecabezas más elegantes para entretener los ocios de un hombre solitario. Y como nadie querría vivir en semejantes habitaciones, tan sólo pasar por ellas y contemplarlas, los balcones eran tan amplios que un pueblo entero hubiera podido vivir en ellos sin el menor agobio; y Keawe no sabía qué era lo que más le gustaba: si el porche de atrás, a donde llegaba la brisa procedente de la tierra y se podían ver los huertos y las flores, o el balcón delantero, donde se podía beber el viento del mar, contemplar la empinada ladera de la montaña y ver al Hall yendo una vez por semana aproximadamente entre Hookena y las colinas de Pele, o las goletas siguiendo la costa para recoger cargamentos de madera, de ava y de plátanos. Después de verlo todo, Keawe y Lopaka se sentaron en el porche. —Bien —preguntó Lopaka—, ¿está todo tal como lo habías planeado? —No hay palabras para expresarlo —contestó Keawe—. Es mejor de lo que había soñado y estoy que reviento de satisfacción. —Sólo queda una cosa por considerar —dijo Lopaka—; todo esto puede haber sucedido de manera perfectamente natural, sin que el diablo de la botella haya tenido nada que ver. Si comprara la botella y me quedara sin la goleta, habría puesto la mano en el fuego para nada. Te di mi palabra, lo sé: pero creo que no deberías negarme una prueba más. —He jurado que no aceptaré más favores —dijo Keawe—. Creo que ya estoy suficientemente comprometido. —No pensaba en un favor —replicó Lopaka—. Quisiera ver yo mismo al diablo de la botella. No hay ninguna ventaja en ello y por tanto tampoco hay nada de qué avergonzarse; sin embargo, si llego a verlo una vez, quedaré convencido del todo. Así que accede a mi deseo y déjame ver al diablo; el dinero lo tengo aquí mismo y después de esto te compraré la botella. —Sólo hay una cosa que me da miedo —dijo Keawe—. El diablo puede ser una cosa horrible de ver; y si le pones el ojo encima quizá no tengas ya ninguna gana de quedarte con la botella. —Soy una persona de palabra —dijo Lopaka—. Y aquí dejo el dinero, entre los dos. —Muy bien —replicó Keawe—. Yo también siento curiosidad. De manera que, vamos a ver: déjenos mirarlo, señor Diablo. Tan pronto como lo dijo, el diablo salió de la botella y volvió a meterse, tan rápidamente como un lagarto; Keawe y Lopaka quedaron petrificados. Se hizo completamente de noche antes de que a cualquiera de los dos se le ocurriera algo que decir o hallaran la voz para decirlo; luego, Lopaka empujó el dinero hacia Keawe y recogió la botella. —Soy hombre de palabra —dijo—, y bien puedes creerlo, porque de lo contrario no tocaría esta botella ni con el pie. Bien, conseguiré mi goleta y unos dólares para el bolsillo; luego me desharé de este demonio tan pronto como pueda. Porque, si tengo que decirte la verdad, verlo me ha dejado muy abatido. —Lopaka —dijo Keawe—, procura no pensar demasiado mal de mí; sé que es de noche, que los caminos están mal y que el desfiladero junto a las tumbas no es un buen sitio para cruzarlo tan tarde, pero confieso que desde que he visto el rostro de ese diablo, no podré comer ni dormir ni rezar hasta que te lo hayas llevado. Voy a darte una linterna, una cesta para poner la botella y cualquier cuadro o adorno de la casa que te guste; después quiero que marches inmediatamente y vayas a dormir a Hookena con Nahinu. —Keawe —dijo Lopaka—, muchos hombres se enfadarían por una cosa así; sobre todo después de hacerte un favor tan grande como es mantener la palabra y comprar la botella; y en cuanto a ser de noche, a la oscuridad y al camino junto a las tumbas, todas esas circunstancias tienen que ser diez veces más peligrosas para un hombre con semejante pecado sobre su conciencia y una botella como ésta bajo el brazo. Pero como yo también estoy muy asustado, no me siento capaz de acusarte. Me iré ahora mismo y le pido a Dios que seas feliz en tu casa y yo afortunado con mi goleta, y que los dos vayamos al cielo al final a pesar del demonio y de su botella. De manera que Lopaka bajó de la montaña; Keawe, por su parte, salió al balcón delantero; estuvo escuchando el ruido de las herraduras y vio la luz de la linterna cuando Lopaka pasaba junto al risco donde están las tumbas de otras épocas; durante todo el tiempo Keawe temblaba, se retorcía las manos y rezaba por su amigo, dando gracias a Dios por haber escapado él mismo de aquel peligro. Pero al día siguiente hizo un tiempo muy hermoso, y la casa nueva era tan agradable que Keawe se olvidó de sus terrores. Fueron pasando los días y Keawe vivía allí en perpetua alegría. Le gustaba sentarse en el porche de atrás; allí comía, reposaba y leía las historias que contaban los periódicos de Honolulú; pero cuando llegaba alguien a verle, entraba en la casa para enseñarle las habitaciones y los cuadros. Y la fama de la casa se extendió por todas partes; la llamaban Ka-Hale Nui —la Casa Grande— en todo Kona; y a veces la Casa Resplandeciente, porque Keawe tenía a su servicio a un chino que se pasaba todo el día limpiando el polvo y bruñendo los metales; y el cristal, y los dorados, y las telas finas y los cuadros brillaban tanto como una mañana soleada. En cuanto a Keawe mismo, se le ensanchaba tanto el corazón con la casa que no podía pasear por las habitaciones sin ponerse a cantar; y cuando aparecía algún barco en el mar, izaba su estandarte en el mástil. Así iba pasando el tiempo, hasta que un día Keawe fue a Kailua para visitar a uno de sus amigos. Le hicieron un gran agasajo, pero él se marchó lo antes que pudo a la mañana siguiente y cabalgó muy deprisa, porque estaba impaciente por ver de nuevo su hermosa casa; y, además, la noche de aquel día era la noche en que los muertos de antaño salen por los alrededores de Kona; y el haber tenido ya tratos con el demonio hacía que Keawe tuviera muy pocos deseos de tropezarse con los muertos. Un poco más allá de Honaunau, al mirar a lo lejos, advirtió la presencia de una mujer que se bañaba a la orilla del mar. Parecía una muchacha bien desarrollada, pero Keawe no pensó mucho en ello. Luego vio ondear su camisa blanca mientras se la ponía, y después su holoku rojo; cuando Keawe llegó a su altura, la joven había terminado de arreglarse y, alejándose del mar, se había colocado junto al camino con su holoku rojo; el baño la había tonificado y los ojos le brillaban, llenos de amabilidad. Nada más verla, Keawe tiró de las riendas a su caballo. —Creía conocer a todo el mundo en esta zona —dijo él—. ¿Cómo es que a ti no te conozco? —Soy Kokua, hija de Kiano —respondió la muchacha—, y acabo de regresar de Oahu. ¿Quién es usted? —Te lo diré dentro de un poco —dijo Keawe, desmontando del caballo—, pero no ahora mismo. Porque tengo una idea y si te dijera quién soy, como es posible que hayas oído hablar de mí, quizá al preguntarte no me dieras una respuesta sincera. Pero antes de nada dime una cosa: ¿estás casada? Al oír esto, Kokua se echó a reír. —Parece que es usted quien hace todas las preguntas —dijo ella—. Y usted, ¿está casado? —No, Kokua, desde luego que no —replicó Keawe—, y nunca he pensado en casarme hasta este momento. Pero voy a decirte la verdad. Te he encontrado aquí junto al camino y, al ver tus ojos que son como estrellas, mi corazón se ha ido tras de ti tan veloz como un pájaro. De manera que, si ahora no quieres saber nada de mí, dilo, y me iré a mi casa; pero si no te parezco peor que cualquier otro joven, dilo también, y me desviaré para pasar la noche en casa de tu padre y mañana hablaré con él. Kokua no dijo una palabra, pero miró hacia el mar y se echó a reír. —Kokua —dijo Keawe—, si no dices nada, consideraré que tu silencio es una respuesta favorable; así que pongámonos en camino hacia la casa de tu padre. Ella fue delante de él sin decir nada; sólo de vez en cuando miraba para atrás y luego volvía a apartar la vista; y todo el tiempo llevaba en la boca las cintas del sombrero. Cuando llegaron a la puerta, Kiano salió a la veranda y dio la bienvenida a Keawe llamándolo por su nombre. Al oírlo, la muchacha se le quedó mirando, porque la fama de la gran casa había llegado a sus oídos; y no hace falta decir que era una gran tentación. Pasaron todos juntos la velada muy alegremente; y la muchacha se mostró muy descarada en presencia de sus padres y estuvo burlándose de Keawe porque tenía un ingenio muy vivo. Al día siguiente Keawe habló con Kiano y después tuvo ocasión de quedarse a solas con la muchacha. —Kokua —dijo él—, ayer estuviste burlándote de mí durante toda la velada; y todavía estás a tiempo de despedirme. No quise decirte quién era porque tengo una casa muy hermosa y temía que pensaras demasiado en la casa y poco en el hombre que te ama. Ahora ya lo sabes todo, y si no quieres volver a verme, dilo cuanto antes. —No —dijo Kokua; pero esta vez no se echó a reír ni Keawe le preguntó nada más. Así fue el noviazgo de Keawe; las cosas sucedieron deprisa; pero aunque una flecha vaya muy veloz y la bala de un rifle todavía más rápida, las dos pueden dar en el blanco. Las cosas habían ido deprisa, pero también habían ido lejos y el recuerdo de Keawe llenaba la imaginación de la muchacha; Kokua escuchaba su voz al romperse las olas contra la lava de la playa, y por aquel joven que sólo había visto dos veces hubiera dejado padre y madre y sus islas nativas. En cuanto a Keawe, su caballo voló por el camino de la montaña bajo el risco donde estaban las tumbas, y el sonido de los cascos y la voz de Keawe cantando, lleno de alegría, despertaban al eco en las cavernas de los muertos. Cuando llegó a la Casa Resplandeciente todavía seguía cantando. Se sentó y comió en el amplio balcón y el chino se admiró de que su amo continuara cantando entre bocado y bocado. El sol se ocultó tras el mar y llegó la noche; Keawe estuvo paseándose por los balcones a la luz de las lámparas en lo alto de la montaña y sus cantos sobresaltaban a las tripulaciones de los barcos que cruzaban por el mar. «Aquí estoy ahora, en este sitio mío tan elevado —se dijo a sí mismo—. La vida no puede irme mejor; me hallo en lo alto de la montaña; a mi alrededor, todo lo demás desciende. Por primera vez iluminaré todas las habitaciones, usaré mi bañera con agua caliente y fría y dormiré solo en el lecho de la cámara nupcial». De manera que el criado chino tuvo que levantarse y encender las calderas; y mientras trabajaba en el sótano oía a su amo cantando alegremente en las habitaciones iluminadas. Cuando el agua empezó a estar caliente, el criado chino se lo advirtió a Keawe con un grito; Keawe entró en el cuarto de baño; y el criado chino le oyó cantar mientras la bañera de mármol se llenaba de agua; y le oyó cantar también mientras se desnudaba; hasta que, de repente, el canto cesó. El criado chino estuvo escuchando largo rato; luego alzó la voz para preguntarle a Keawe si todo iba bien, y Keawe le respondió: «Sí», y le mandó que se fuera a la cama; pero ya no se oyó cantar más en la Casa Resplandeciente; y durante toda la noche, el criado chino estuvo oyendo a su amo pasear sin descanso por los balcones. Lo que había ocurrido era esto: mientras Keawe se desnudaba para bañarse, descubrió en su cuerpo una mancha semejante a la sombra del liquen sobre una roca, y fue entonces cuando dejó de cantar. Porque había visto otras manchas parecidas y supo que estaba atacado del Mal Chino: la lepra. Es bien triste para cualquiera padecer esa enfermedad. Y también sería muy triste para cualquiera abandonar una casa tan hermosa y tan cómoda y separarse de todos sus amigos para ir a la costa norte de Molokai, entre enormes farallones y rompientes. Pero ¿qué es eso comparado con la situación de Keawe, que había encontrado su amor un día antes y lo había conquistado aquella misma mañana, y que veía ahora quebrarse todas sus esperanzas en un momento, como se quiebra un trozo de cristal? Estuvo un rato sentado en el borde de la bañera; luego se levantó de un salto dejando escapar un grito y corrió afuera; y empezó a andar por el balcón, de un lado a otro, como alguien que está desesperado. «No me importaría dejar Hawaii, el hogar de mis antepasados», se decía Keawe. «Sin gran pesar abandonaría mi casa, la de las muchas ventanas, situada en lo alto, aquí en las montañas. No me faltaría valor para ir a Molokai, a Kalaupapa junto a los farallones, para vivir con los leprosos y dormir allí lejos de mis antepasados. Pero ¿qué agravio he cometido, qué pecado pesa sobre mi alma, para que haya tenido que encontrar a Kokua cuando salía del mar a la caída de la tarde? ¡Kokua, la que me ha robado el alma! ¡Kokua, la luz de mi vida! Quizá nunca llegue a casarme con ella, quizá nunca más vuelva ni a acariciarla con mano amorosa; ésa es la razón, Kokua, ¡por ti me lamento!». Tienen ustedes que fijarse en la clase de hombre que era Keawe, ya que podría haber vivido durante años en la Casa Resplandeciente sin que nadie llegara a sospechar que estaba enfermo; pero a eso no le daba importancia si tenía que perder a Kokua. Hubiera podido incluso casarse con Kokua y muchos lo hubieran hecho, porque tienen alma de cerdo; pero Keawe amaba a la doncella con amor varonil, y no estaba dispuesto a causarle ningún daño ni a exponerla a ningún peligro. Algo después de la media noche se acordó de la botella. Salió al porche y recordó el día en que el diablo se había mostrado ante sus ojos; y aquel pensamiento hizo que se le helara la sangre en las venas. «Esa botella es una cosa horrible —pensó Keawe—, el diablo también es una cosa horrible, y aún más horrible es la posibilidad de arder para siempre en las llamas del infierno. Pero ¿qué otra posibilidad tengo de llegar a curarme o de casarme con Kokua? ¡Cómo! ¿Fui capaz de desafiar al demonio para conseguir una casa y no voy a enfrentarme con él para recobrar a Kokua?». Entonces recordó que al día siguiente el Hall iniciaba su viaje de regreso a Honolulú. «Primero tengo que ir allí», pensó, «y ver a Lopaka. Porque lo mejor que me puede suceder ahora es que encuentre la botella que tantas ganas tenía de perder de vista». No pudo dormir ni un solo momento; también la comida se le atragantaba; pero mandó una carta a Kiano, y cuando se acercaba la hora de la llegada del vapor, se puso en camino y cruzó por delante del risco donde estaban las tumbas. Llovía; su caballo avanzaba con dificultad; Keawe contempló las negras bocas de las cuevas y envidió a los muertos que dormían en su interior, libres ya de dificultades; y recordó cómo había pasado por allí al galope el día anterior y se sintió lleno de asombro. Finalmente llegó a Hookena y, como de costumbre, todo el mundo se había reunido para esperar la llegada del vapor. En el cobertizo delante del almacén estaban todos sentados, bromeando y contándose las novedades; pero Keawe no sentía el menor deseo de hablar y permaneció en medio de ellos contemplando la lluvia que caía sobre las casas, y las olas que estallaban entre las rocas, mientras los suspiros se acumulaban en su garganta. —Keawe, el de la Casa Resplandeciente, está muy abatido —se decían unos a otros. Así era, en efecto, y no tenía nada de extraordinario. Luego llegó el Hall y la gasolinera lo llevó a bordo. La parte posterior del barco estaba llena de haoles (blancos) que habían ido a visitar el volcán como tienen por costumbre; en el centro se amontonaban los kanakas , y en la parte delantera viajaban toros de Hilo y caballos de Kaü, pero Keawe se sentó lejos de todos, hundido en su dolor, con la esperanza de ver desde el barco la casa de Kiano. Finalmente la divisó, junto a la orilla, sobre las rocas negras, a la sombra de las palmeras; cerca de la puerta se veía un holoku rojo no mayor que una mosca y que revoloteaba tan atareado como una mosca. «¡Ah, reina de mi corazón —exclamó Keawe para sí— arriesgaré mi alma para recobrarte!». Poco después, al caer la noche, se encendieron las luces de las cabinas y los haoles se reunieron para jugar a las cartas y beber whisky como tienen por costumbre; pero Keawe estuvo paseando por cubierta toda la noche. Y todo el día siguiente, mientras navegaban a sotavento de Maui y de Molokai, Keawe seguía dando vueltas de un lado para otro como un animal salvaje dentro de una jaula. Al caer la tarde pasaron Diamond Head y llegaron al muelle de Honolulú. Keawe bajó enseguida a tierra y empezó a preguntar por Lopaka. Al parecer se había convertido en propietario de una goleta —no había otra mejor en las islas—, y se había marchado muy lejos en busca de aventuras, quizá hasta Pola-Pola, de manera que no cabía esperar ayuda por ese lado. Keawe se acordó de un amigo de Lopaka, un abogado que vivía en la ciudad (no debo decir su nombre), y preguntó por él. Le dijeron que se había hecho rico de repente y que tenía una casa nueva y muy hermosa en la orilla de Waikiki; esto dio que pensar a Keawe, e inmediatamente alquiló un coche y se dirigió a casa del abogado. La casa era muy nueva y los árboles del jardín apenas mayores que bastones; el abogado, cuando salió a recibirle, parecía un hombre satisfecho de la vida. —¿Qué puedo hacer por usted? —dijo el abogado. —Usted es amigo de Lopaka —replicó Keawe—, y Lopaka me compró un objeto que quizá usted pueda ayudarme a localizar. El rostro del abogado se ensombreció. —No voy a fingir que ignoro de qué me habla, señor Keawe —dijo—, aunque se trata de un asunto muy desagradable que no conviene remover. No puedo darle ninguna seguridad, pero me imagino que si va usted a cierto barrio quizá consiga averiguar algo. A continuación le dio el nombre de una persona que también en este caso será mejor no repetir. Esto sucedió durante varios días, y Keawe fue conociendo a diferentes personas y encontrando en todas partes ropas y coches recién estrenados, y casas nuevas muy hermosas y hombres muy satisfechos, aunque, claro está, cuando les explicaba el motivo de su visita, sus rostros se ensombrecían. «No hay duda de que estoy en el buen camino —pensaba Keawe—. Esos trajes nuevos y esos coches son otros tantos regalos del demonio de la botella, y esos rostros satisfechos son los rostros de personas que han conseguido lo que deseaban y han podido librarse después de ese maldito recipiente. Cuando vea mejillas sin color y oiga suspiros sabré que estoy cerca de la botella». Sucedió que, finalmente, le recomendaron que fuera a ver a un haole en Beritania Street. Cuando llegó a la puerta, alrededor de la hora de la cena, Keawe se encontró con los típicos indicios: nueva casa, jardín recién plantado y luz eléctrica tras las ventanas; y cuando apareció el dueño, un escalofrío de esperanza y de miedo recorrió el cuerpo de Keawe, porque tenía delante de él a un hombre joven tan pálido como un cadáver, con marcadísimas ojeras, prematuramente calvo y con la expresión de un hombre en capilla. «Tiene que estar aquí, no hay duda», pensó Keawe, y a aquel hombre no le ocultó en absoluto cuál era su verdadero propósito. —He venido a comprar la botella —dijo. Al oír aquellas palabras, el joven haole de Beritania Street tuvo que apoyarse contra la pared. —¡La botella! —susurró—. ¡Comprar la botella! Dio la impresión de que estaba a punto de desmayarse y, cogiendo a Keawe por el brazo, lo llevó a una habitación y escanció dos vasos de vino. —A su salud —dijo Keawe, que había pasado mucho tiempo con haoles en su época de marinero—. Sí —añadió—, he venido a comprar la botella. ¿Cuál es el precio que tiene ahora? Al oír esto al joven se le escapó el vaso de entre los dedos y miró a Keawe como si fuera un fantasma. —El precio —dijo—. ¡El precio! ¿No sabe usted cuál es el precio? —Por eso se lo pregunto —replicó Keawe—. Pero ¿qué es lo que tanto le preocupa? ¿Qué sucede con el precio? —La botella ha disminuido mucho de valor desde que usted la compró, señor Keawe —dijo el joven tartamudeando. —Bien, bien; así tendré que pagar menos por ella —dijo Keawe—. ¿Cuánto le costó a usted? El joven estaba tan blanco como el papel. —Dos centavos —dijo. —¿Cómo? —exclamó Keawe—, ¿dos centavos? Entonces, usted sólo puede venderla por uno. Y el que la compre… —Keawe no pudo terminar la frase; el que comprara la botella no podría venderla nunca y la botella y el diablo se quedarían con él hasta su muerte, y cuando muriera se encargarían de llevarlo a las llamas del infierno. El joven de Beritania Street se puso de rodillas. —¡Cómprela, por el amor de Dios! —exclamó—. Puede quedarse también con toda mi fortuna. Estaba loco cuando la compré a ese precio. Había malversado fondos en el almacén donde trabajaba; si no lo hacía estaba perdido, hubiera acabado en la cárcel. —Pobre criatura —dijo Keawe—; fue usted capaz de arriesgar su alma en una aventura tan desesperada para evitar el castigo por su deshonra, ¿y cree que yo voy a dudar cuando es el amor lo que tengo delante de mí? Tráigame la botella y el cambio que sin duda tiene ya preparado. Es preciso que me dé la vuelta de estos cinco centavos. Keawe no se había equivocado; el joven tenía las cuatro monedas en un cajón; la botella cambió de manos y tan pronto como los dedos de Keawe rodearon su cuello le susurró que deseaba quedar limpio de la enfermedad. Y, efectivamente, cuando se desnudó delante de un espejo en la habitación del hotel, su piel estaba tan sonrosada como la de un niño. Pero lo más extraño fue que inmediatamente se operó una transformación dentro de él y el Mal Chino le importaba muy poco y tampoco sentía interés por Kokua; no pensaba más que en una cosa: que estaba ligado al diablo de la botella para toda la eternidad y no le quedaba otra esperanza que la de ser para siempre una pavesa en las llamas del infierno. En cualquier caso, las veía ya brillar delante de él con los ojos de la imaginación; su alma se encogió y la luz se convirtió en tinieblas. Cuando Keawe se recuperó un poco, se dio cuenta de que era la noche en que tocaba una orquesta en el hotel. Bajó a oírla porque temía quedarse solo; y allí, entre caras alegres, paseó de un lado para otro, escuchó las melodías y vio a Berger llevando el compás; pero todo el tiempo oía crepitar las llamas y veía un fuego muy vivo ardiendo en el pozo sin fondo del infierno. De repente la orquesta tocó Hiki-ao-ao , una canción que él había cantado con Kokua, y aquellos acordes le devolvieron el valor. «Ya está hecho», pensó, «y una vez más tendré que aceptar lo bueno junto con lo malo». Keawe regresó a Hawaii en el primer vapor y, tan pronto como fue posible, se casó con Kokua y la llevó a la Casa Resplandeciente en la ladera de la montaña. Cuando los dos estaban juntos, el corazón de Keawe se tranquilizaba; pero tan pronto como se quedaba solo empezaba a cavilar sobre su horrible situación, y oía crepitar las llamas y veía el fuego abrasador en el pozo sin fondo. Era cierto que la muchacha se había entregado a él por completo; su corazón latía más deprisa al verlo, y su mano buscaba siempre la de Keawe; y estaba hecha de tal manera de la cabeza a los pies que nadie podía verla sin alegrarse. Kokua era afable por naturaleza. De sus labios salían siempre palabras cariñosas. Le gustaba mucho cantar, y cuando recorría la Casa Resplandeciente gorjeando como los pájaros era ella el objeto más hermoso que había en los tres pisos. Keawe la contemplaba y la oía embelesado y luego iba a esconderse en un rincón y lloraba y gemía pensando en el precio que había pagado por ella; después tenía que secarse los ojos y lavarse la cara e ir a sentarse con ella en uno de los balcones, acompañándola en sus canciones y correspondiendo a sus sonrisas con el alma llena de angustia. Pero llegó un día en que Kokua empezó a arrastrar los pies y sus canciones se hicieron menos frecuentes; y ya no era sólo Keawe el que lloraba a solas, sino que los dos se retiraban a dos balcones situados en lados opuestos, con toda la anchura de la Casa Resplandeciente entre ellos. Keawe estaba tan hundido en la desesperación que apenas notó el cambio, alegrándose tan sólo de tener más horas de soledad durante las que cavilar sobre su destino y de no verse condenado con tanta frecuencia a ocultar un corazón enfermo bajo una cara sonriente. Pero un día, andando por la casa sin hacer ruido, escuchó sollozos como de un niño y vio a Kokua moviendo la cabeza y llorando como los que están perdidos. —Haces bien lamentándote en esta casa, Kokua —dijo Keawe—. Y, sin embargo, daría media vida para que pudieras ser feliz. —¡Feliz! —exclamó ella—. Keawe, cuando vivías solo en la Casa Resplandeciente, toda la gente de la isla se hacía lenguas de tu felicidad; tu boca estaba siempre llena de risas y de canciones y tu rostro resplandecía como la aurora. Después te casaste con la pobre Kokua; y el buen Dios sabrá qué es lo que le falta, pero desde aquel día no has vuelto a sonreír. ¿Qué es lo que me pasa? Creía ser bonita y sabía que amaba a mi marido. ¿Qué es lo que me pasa que arrojó esta nube sobre él? —Pobre Kokua —dijo Keawe. Se sentó a su lado y trató de cogerle la mano; pero ella la apartó—. Pobre Kokua —dijo de nuevo—. ¡Pobre niñita mía! ¡Y yo que creía ahorrarte sufrimientos durante todo este tiempo! Pero lo sabrás todo. Así, al menos, te compadecerás del pobre Keawe; comprenderás lo mucho que te amaba cuando sepas que prefirió el infierno a perderte; y lo mucho que aún te ama, puesto que todavía es capaz de sonreír al contemplarte. Y a continuación le contó toda su historia desde el principio. —¿Has hecho eso por mí? —exclamó Kokua—. Entonces, ¡qué me importa nada! —y, abrazándole, se echó a llorar. —¡Querida mía! —dijo Keawe—; sin embargo, cuando pienso en el fuego del infierno, ¡a mí sí que me importa! —No digas eso —respondió ella—; ningún hombre puede condenarse por amar a Kokua si no ha cometido ninguna otra falta. Desde ahora te digo, Keawe, que te salvaré con estas manos o pereceré contigo. ¿Has dado tu alma por mi amor y crees que yo no moriría por salvarte? —¡Querida mía! Aunque murieras cien veces, ¿cuál sería la diferencia? —exclamó él—. Serviría únicamente para que tuviera que esperar a solas el día de mi condenación. —Tú no sabes nada —dijo ella—. Yo me eduqué en un colegio de Honolulú; no soy una chica corriente. Y desde ahora te digo que salvaré a mi amante. ¿No me has hablado de un centavo? ¿Ignoras que no todos los países tienen dinero americano? En Inglaterra existe una moneda que vale alrededor de medio centavo. ¡Qué lástima! —exclamó enseguida—; eso no lo hace mucho mejor, porque el que comprara la botella se condenaría y ¡no vamos a encontrar a nadie tan valiente como mi Keawe! Pero también está Francia; allí tienen una moneda a la que llaman céntimo y de ésos se necesitan aproximadamente cinco para poder cambiarlos por un centavo. No encontraremos nada mejor. Vámonos a las islas del Viento; salgamos para Tahití en el primer barco que zarpe. Allí tendremos cuatro céntimos, tres céntimos, dos céntimos y un céntimo: cuatro posibles ventas y nosotros dos para convencer a los compradores. ¡Vamos, Keawe mío! Bésame y no te preocupes más. Kokua te defenderá. —¡Regalo de Dios! —exclamó Keawe—. ¡No creo que el Señor me castigue por desear algo tan bueno! Sea como tú dices; llévame donde quieras: pongo mi vida y mi salvación en tus manos. Muy de mañana al día siguiente, Kokua estaba ya haciendo sus preparativos. Buscó el baúl de marinero de Keawe; primero puso la botella en una esquina; luego colocó sus mejores ropas y los adornos más bonitos que había en la casa. —Porque —dijo— si no parecemos gente rica, ¿quién va a creer en la botella? Durante todo el tiempo de los preparativos estuvo tan alegre como un pájaro; sólo cuando miraba en dirección a Keawe los ojos se le llenaban de lágrimas y tenía que ir a besarlo. En cuanto a Keawe, se le había quitado un gran peso de encima; ahora que alguien compartía su secreto y había vislumbrado una esperanza parecía un hombre distinto: caminaba otra vez con paso ligero y respirar ya no era una obligación penosa. El terror, sin embargo, no andaba lejos; y de vez en cuando, de la misma manera que el viento apaga un cirio, la esperanza moría dentro de él y veía otra vez agitarse las llamas y el fuego abrasador del infierno. Anunciaron que iban a hacer un viaje de placer por los Estados Unidos: a todo el mundo le pareció una cosa extraña, pero más extraña les hubiera parecido la verdad si hubieran podido adivinarla. De manera que se trasladaron a Honolulú en el Hall y de allí a San Francisco en el Umantilla con muchos haoles ; y en San Francisco se embarcaron en el bergantín correo, el Tropic Bird , camino de Papeete, la ciudad francesa más importante de las islas del sur. Llegaron allí, después de un agradable viaje, cuando los vientos alisios soplaban suavemente, y vieron los arrecifes en los que van a estrellarse las olas, y Motuiti con sus palmeras, y cómo el bergantín se adentraba en el puerto, y las casas blancas de la ciudad a lo largo de la orilla entre árboles verdes, y, por encima, las montañas y las nubes de Tahití, la isla prudente. Consideraron que lo más conveniente era alquilar una casa, y eligieron una situada frente a la del cónsul británico; se trataba de hacer gran ostentación de dinero y de que se les viera por todas partes bien provistos de coches y caballos. Todo esto resultaba fácil mientras tuvieran la botella en su poder, porque Kokua era más atrevida que Keawe y siempre que se le ocurría, llamaba al diablo para que le proporcionase veinte o cien dólares. De esta forma pronto se hicieron notar en la ciudad; y los extranjeros procedentes de Hawaii, y sus paseos a caballo y en coche, y los elegantes holokus y los delicados encajes de Kokua fueron tema de muchas conversaciones. Se acostumbraron a la lengua de Tahití, que es en realidad semejante a la de Hawaii, aunque con cambios en ciertas letras; y en cuanto estuvieron en condiciones de comunicarse, trataron de vender la botella. Hay que tener en cuenta que no era un tema fácil de abordar; no era fácil convencer a la gente de que hablaban en serio cuando les ofrecían por cuatro céntimos una fuente de salud y de inagotables riquezas. Era necesario además explicar los peligros de la botella; y, o bien los posibles compradores no creían nada en absoluto y se echaban a reír, o se percataban sobre todo de los aspectos más sombríos y, adoptando un aire muy solemne, se alejaban de Keawe y Kokua, considerándolos personas en trato con el demonio. De manera que en lugar de hacer progresos, los esposos descubrieron al cabo de poco tiempo que todo el mundo les evitaba; los niños se alejaban de ellos corriendo y chillando, cosa que a Kokua le resultaba insoportable; los católicos hacían la señal de la cruz al pasar a su lado y todos los habitantes de la isla parecían estar de acuerdo en rechazar sus proposiciones. Con el paso de los días se fueron sintiendo cada vez más deprimidos. Por la noche, cuando se sentaban en su nueva casa después del día agotador, no intercambiaban una sola palabra y si se rompía el silencio era porque Kokua no podía reprimir más sus sollozos. Algunas veces rezaban juntos; otras colocaban la botella en el suelo y se pasaban la velada contemplando los movimientos de la sombra en su interior. En tales ocasiones tenían miedo de irse a descansar. Tardaba mucho en llegarles el sueño y si uno de ellos se adormilaba, al despertarse hallaba al otro llorando silenciosamente en la oscuridad o descubría que estaba solo, porque el otro había huido de la casa y de la proximidad de la botella para pasear bajo los bananos en el jardín o para vagar por la playa a la luz de la luna. Así fue como Kokua se despertó una noche y encontró que Keawe se había marchado. Tocó la cama y el otro lado del lecho estaba frío. Entonces se asustó, incorporándose. Un poco de luz de luna se filtraba entre las persianas. Había suficiente claridad en la habitación para distinguir la botella sobre el suelo. Afuera soplaba el viento y hacía gemir los grandes árboles de la avenida mientras las hojas secas batían en la veranda. En medio de todo esto Kokua tomó conciencia de otro sonido; difícilmente hubiera podido decir si se trababa de un animal o de un hombre, pero sí que era tan triste como la muerte y que le desgarraba el alma. Kokua se levantó sin hacer ruido, entreabrió la puerta y contempló el jardín iluminado por la luna. Allí, bajo los bananos, yacía Keawe con la boca pegada a la tierra y eran sus labios los que dejaban escapar aquellos gemidos. La primera idea de Kokua fue ir corriendo a consolarlo; pero enseguida comprendió que no debía hacerlo. Keawe se había comportado ante su esposa como un hombre valiente; no estaba bien que ella se inmiscuyera en aquel momento de debilidad. Ante este pensamiento Kokua retrocedió, volviendo otra vez al interior de la casa. «¡Qué negligente he sido, Dios mío!», pensó. «¡Qué débil! Es él, y no yo, quien se enfrenta con la condena eterna; la maldición recayó sobre su alma y no sobre la mía. Su preocupación por mi bien y su amor por una criatura tan poco digna y tan incapaz de ayudarle son las causas de que ahora vea tan cerca de sí las llamas del infierno y hasta huela el humo mientras yace ahí fuera, iluminado por la luna y azotado por el viento. ¿Soy tan torpe que hasta ahora nunca se me ha ocurrido considerar cuál es mi deber, o quizá viéndolo he preferido ignorarlo? Pero ahora, por fin, alzo mi alma en manos de mi afecto; ahora digo adiós a la blanca escalinata del paraíso y a los rostros de mis amigos que están allí esperando. ¡Amor por amor y que el mío sea capaz de igualar al de Keawe! ¡Alma por alma y que la mía perezca!» Kokua era una mujer con gran destreza manual y enseguida estuvo preparada. Cogió el cambio, los preciosos céntimos que siempre tenía al alcance de la mano, porque es una moneda muy poco usada, y habían ido a aprovisionarse a una oficina del Gobierno. Cuando Kokua avanzaba ya por la avenida, el viento trajo unas nubes que ocultaron la luna. La ciudad dormía y la muchacha no sabía hacia dónde dirigirse hasta que oyó una tos que salía de debajo de un árbol. —Buen hombre —dijo Kokua—, ¿qué hace usted aquí solo en una noche tan fría? El anciano apenas podía expresarse a causa de la tos, pero Kokua logró enterarse de que era viejo y pobre, y un extranjero en la isla. —¿Me haría usted un favor? —dijo Kokua—. De extranjero a extranjera y de anciano a muchacha, ¿no querrá usted ayudar a una hija de Hawaii? —Ah —dijo el anciano—. Ya veo que eres la bruja de las Ocho Islas y que también quieres perder mi alma. Pero he oído hablar de ti y te aseguro que tu perversidad nada conseguirá contra mí. —Siéntese aquí —le dijo Kokua—, y déjeme que le cuente una historia. Y le contó la historia de Keawe desde el principio hasta el fin. —Y yo soy su esposa —dijo Kokua al terminar—; la esposa que Keawe compró a cambio de su alma. ¿Qué debo hacer? Si fuera yo misma a comprar la botella, no aceptaría. Pero si va usted, se la dará gustosísimo; me quedaré aquí esperándole: usted la comprará por cuatro céntimos y yo se la volveré a comprar por tres. ¡Y que el Señor dé fortaleza a una pobre muchacha! —Si trataras de engañarme —dijo el anciano—, creo que Dios te mataría. —¡Sí que lo haría! —exclamó Kokua—. No le quepa duda. No podría ser tan malvada. Dios no lo consentiría. —Dame los cuatro céntimos y espérame aquí —dijo el anciano. Ahora bien, cuando Kokua se quedó sola en la calle, todo su valor desapareció. El viento rugía entre los árboles y a ella le parecía que las llamas del infierno estaban ya a punto de acometerla; las sombras se agitaban a la luz del farol, y le parecían las manos engarfiadas de los mensajeros del maligno. Si hubiera tenido fuerzas, habría echado a correr y de no faltarle el aliento habría gritado; pero fue incapaz de hacer nada y se quedó temblando en la avenida como una niñita muy asustada. Luego vio al anciano que regresaba trayendo la botella. —He hecho lo que me pediste —dijo al llegar junto a ella—. Tu marido se ha quedado llorando como un niño; dormirá en paz el resto de la noche. Y extendió la mano ofreciéndole la botella a Kokua. —Antes de dármela —jadeó Kokua— aprovéchese también de lo bueno: pida verse libre de su tos. —Soy muy viejo —replicó el otro—, y estoy demasiado cerca de la tumba para aceptar favores del demonio. Pero ¿qué sucede? ¿Por qué no coges la botella? ¿Acaso dudas? —¡No, no dudo! —exclamó Kokua—. Pero me faltan las fuerzas. Espere un momento. Es mi mano la que se resiste y mi carne la que se encoge en presencia de ese objeto maldito. ¡Un momento tan sólo! El anciano miró a Kokua afectuosamente. —¡Pobre niña! —dijo—; tienes miedo; tu alma te hace dudar. Bueno, me quedaré yo con ella. Soy viejo y nunca más conoceré la felicidad en este mundo, y en cuanto al otro… —¡Démela! —jadeó Kokua—. Aquí tiene su dinero. ¿Cree que soy tan vil como para eso? Deme la botella. —Que Dios te bendiga, hija mía —dijo el anciano. Kokua ocultó la botella bajo su holoku , se despidió del anciano y echó a andar por la avenida sin preocuparse de saber en qué dirección. Porque ahora todos los caminos daban lo mismo; todos la llevaban igualmente al infierno. Unas veces iba andando y otras corría; unas veces gritaba y otras se tumbaba en el polvo junto al camino y lloraba. Todo lo que había oído sobre el infierno le volvía ahora a la imaginación; contemplaba el brillo de las llamas, se asfixiaba con el acre olor del humo y sentía deshacerse su carne sobre los carbones encendidos. Poco antes del amanecer consiguió serenarse y volver a casa. Keawe dormía igual que un niño, tal como el anciano le había asegurado. Kokua se detuvo a contemplar su rostro. —Ahora, esposo mío —dijo—, te toca a ti dormir. Cuando despiertes podrás cantar y reír. Pero la pobre Kokua, que nunca quiso hacer mal a nadie, no volverá a dormir tranquila, ni a cantar, ni a divertirse. Después Kokua se tumbó en la cama al lado de Keawe y su dolor era tan grande que cayó al instante en un sopor profundísimo. Su esposo se despertó ya avanzada la mañana y le dio la buena noticia. Era como si la alegría lo hubiera trastornado, porque no se dio cuenta de la aflicción de Kokua, a pesar de lo mal que ella la disimulaba. Aunque las palabras se le atragantaran, no tenía importancia; Keawe se encargaba de decirlo todo. A la hora de comer no probó bocado, pero ¿quién iba a darse cuenta?, porque Keawe no dejó nada en su plato. Kokua lo veía y le oía como si se tratara de un mal sueño; había veces en que se olvidaba o dudaba y se llevaba las manos a la frente; porque saberse condenada y escuchar a su marido hablando sin parar de aquella manera le resultaba demasiado monstruoso. Mientras tanto, Keawe comía y charlaba, hacía planes para su regreso a Hawaii, le daba las gracias a Kokua por haberlo salvado, la acariciaba y le decía que en realidad el milagro era obra suya. Luego Keawe empezó a reírse del viejo que había sido lo suficientemente estúpido como para comprar la botella. —Parecía un anciano respetable —dijo Keawe—. Pero no se puede juzgar por las apariencias, porque ¿para qué necesitaría la botella ese viejo réprobo? —Esposo mío —dijo Kokua humildemente—, su intención puede haber sido buena. Keawe se echó a reír muy enfadado. —¡Tonterías! —exclamó acto seguido—. Un viejo pícaro, te lo digo yo; y estúpido por añadidura. Ya era bien difícil vender la botella por cuatro céntimos, pero por tres será completamente imposible. Apenas queda margen y todo el asunto empieza a oler a chamusquina… —dijo Keawe, estremeciéndose—. Es cierto que yo la compré por un centavo cuando no sabía que hubiera monedas de menos valor. Pero es absurdo hacer una cosa así; nunca aparecerá otro que haga lo mismo, y la persona que tenga ahora esa botella se la llevará consigo a la tumba. —¿No es una cosa terrible, esposo mío —dijo Kokua—, que la salvación propia signifique la condenación eterna de otra persona? Creo que yo no podría tomarlo a broma. Creo que me sentiría abatido y lleno de melancolía. Rezaría por el nuevo dueño de la botella. Keawe se enfadó aún más al darse cuenta de la verdad que encerraban las palabras de Kokua. —¡Tonterías! —exclamó—. Puedes sentirte llena de melancolía si así lo deseas. Pero no me parece que sea ésa la actitud lógica de una buena esposa. Si pensaras un poco en mí, tendría que darte vergüenza. Luego salió y Kokua se quedó sola. ¿Qué posibilidades tenía ella de vender la botella por dos céntimos? Kokua se daba cuenta de que no tenía ninguna. Y en el caso de que tuviera alguna, ahí estaba su marido empeñado en devolverla a toda prisa a un país donde no había ninguna moneda inferior al centavo. Y ahí estaba su marido abandonándola y recriminándola a la mañana siguiente después de su sacrificio. Ni siquiera trató de aprovechar el tiempo que pudiera quedarle: se limitó a quedarse en casa, y unas veces sacaba la botella y la contemplaba con indecible horror y otras volvía a esconderla llena de aborrecimiento. A la larga, Keawe terminó por volver y la invitó a dar un paseo en coche. —Estoy enferma, esposo mío —dijo ella—. No tengo ganas de nada. Perdóname, pero no me divertiría. Esto hizo que Keawe se enfadara todavía más con ella, porque creía que le entristecía el destino del anciano, y consigo mismo, porque pensaba que Kokua tenía razón y se avergonzaba de ser tan feliz. —¡Eso es lo que piensas de verdad —exclamó—, y ése es el afecto que me tienes! ¡Tu marido acaba de verse a salvo de la condenación eterna a la que se arriesgó por tu amor y tú no tienes ganas de nada! Kokua, tu corazón es un corazón desleal. Keawe volvió a marcharse muy furioso y estuvo vagabundeando todo el día por la ciudad. Se encontró con unos amigos y estuvieron bebiendo juntos; luego alquilaron un coche para ir al campo y allí siguieron bebiendo. Uno de los que bebían con Keawe era un brutal haole ya viejo que había sido contramaestre de un ballenero y también prófugo, buscador de oro y presidiario en varias cárceles. Era un hombre rastrero; le gustaba beber y ver borrachos a los demás; y se empeñaba en que Keawe tomara una copa tras otra. Muy pronto, a ninguno de ellos le quedaba más dinero. —¡Eh, tú! —dijo el contramaestre—, siempre estás diciendo que eres rico. Que tienes una botella o alguna tontería parecida. —Sí —dijo Keawe—, soy rico; volveré a la ciudad y le pediré algo de dinero a mi mujer, que es la que lo guarda. —Ése no es un buen sistema, compañero —dijo el contramaestre—. Nunca confíes tu dinero a una mujer. Son todas tan falsas como Judas; no la pierdas de vista. Aquellas palabras impresionaron mucho a Keawe porque la bebida le había enturbiado el cerebro. «No me extrañaría que fuera falsa —pensó—. ¿Por qué tendría que entristecerle tanto mi liberación? Pero voy a demostrarle que a mí no se me engaña tan fácilmente. La pillaré in fraganti ». De manera que cuando regresaron a la ciudad, Keawe le pidió al contramaestre que le esperara en la esquina, junto a la cárcel vieja, y él siguió solo por la avenida hasta la puerta de su casa. Era otra vez de noche; dentro había una luz, pero no se oía ningún ruido. Keawe dio la vuelta a la casa, abrió con mucho cuidado la puerta de atrás y miró dentro. Kokua estaba sentada en el suelo con la lámpara a su lado; delante había una botella de color lechoso, con una panza muy redonda y un cuello muy largo; y mientras la contemplaba, Kokua se retorcía las manos. Keawe se quedó mucho tiempo en la puerta, mirando. Al principio fue incapaz de reaccionar; luego tuvo miedo de que la venta no hubiera sido válida y de que la botella hubiera vuelto a sus manos como le sucediera en San Francisco; y al pensar en esto notó que se le doblaban las rodillas y los vapores del vino se esfumaron de su cabeza como la neblina desaparece de un río con los primeros rayos del sol. Después se le ocurrió otra idea. Era una idea muy extraña e hizo que le ardieran las mejillas. «Tengo que asegurarme de esto», pensó. De manera que cerró la puerta, dio la vuelta a la casa y entró de nuevo haciendo mucho ruido, como si acabara de llegar. Pero cuando abrió la puerta principal ya no se veía la botella por ninguna parte; y Kokua estaba sentada en una silla y se sobresaltó como alguien que se despierta. —He estado bebiendo y divirtiéndome todo el día —dijo Keawe—. He encontrado unos camaradas muy simpáticos y vengo sólo por más dinero para seguir bebiendo y corriéndonos la gran juerga. Tanto su rostro como su voz eran tan severos como los de un juez, pero Kokua estaba demasiado preocupada para darse cuenta. —Haces muy bien en usar de tu dinero, esposo mío —dijo ella con voz temblorosa. —Ya sé que hago bien en todo —dijo Keawe, yendo directamente hacia el baúl y cogiendo el dinero. También miró detrás, en el rincón donde guardaba la botella, pero la botella no estaba allí. Entonces el baúl empezó a moverse como un alga marina y la casa a dilatarse como una espiral de humo, porque Keawe comprendió que estaba perdido, y que no le quedaba ninguna escapatoria. «Es lo que me temía —pensó—. Es ella la que ha comprado la botella». Luego se recobró un poco, alzándose de nuevo; pero el sudor le corría por la cara tan abundante como si se tratara de gotas de lluvia y tan frío como si fuera agua de pozo. —Kokua —dijo Keawe—, esta mañana me he enfadado contigo sin razón alguna. Ahora voy otra vez a divertirme con mis compañeros —añadió, riendo sin mucho entusiasmo—. Pero sé que lo pasaré mejor si me perdonas antes de marcharme. Un momento después Kokua estaba agarrada a sus rodillas y se las besaba mientras ríos de lágrimas corrían por sus mejillas. —¡Sólo quería que me dijeras una palabra amable! —exclamó ella. —Ojalá nunca volvamos a pensar mal el uno del otro —dijo Keawe; acto seguido volvió a marcharse. Keawe no había cogido más dinero que parte de la provisión de monedas de un céntimo que consiguieran nada más llegar. Sabía muy bien que no tenía ningún deseo de seguir bebiendo. Puesto que su mujer había dado su alma por él, Keawe tenía ahora que dar la suya por Kokua; no era posible pensar en otra cosa. En la esquina, junto a la cárcel vieja, le esperaba el contramaestre. —Mi mujer tiene la botella —dijo Keawe—, y si no me ayudas a recuperarla, se habrán acabado el dinero y la bebida por esta noche. —¿No querrás decirme que esa historia de la botella va en serio? —exclamó el contramaestre. —Pongámonos bajo el farol —dijo Keawe—. ¿Tengo aspecto de estar bromeando? —Debe de ser cierto —dijo el contramaestre—, porque estás tan serio como si vinieras de un entierro. —Escúchame, entonces —dijo Keawe—; aquí tienes dos céntimos; entra en la casa y ofréceselos a mi mujer por la botella, y (si no estoy equivocado) te la entregará inmediatamente. Tráemela aquí y yo te la volveré a comprar por un céntimo; porque tal es la ley con esa botella: es preciso venderla por una suma inferior a la de la compra. Pero en cualquier caso no le digas una palabra de que soy yo quien te envía. —Compañero, ¿no te estarás burlando de mí? —quiso saber el contramaestre. —Nada malo te sucedería aunque fuera así —respondió Keawe. —Tienes razón, compañero —dijo el contramaestre. —Y si dudas de mí —añadió Keawe— puedes hacer la prueba. Tan pronto como salgas de la casa, no tienes más que desear que se te llene el bolsillo de dinero, o una botella del mejor ron o cualquier otra cosa que se te ocurra y comprobarás enseguida el poder de la botella. —Muy bien, kanaka —dijo el contramaestre—. Haré la prueba; pero si te estás divirtiendo a costa mía, te aseguro que yo me divertiré después a la tuya con una barra de hierro. De manera que el ballenero se alejó por la avenida; y Keawe se quedó esperándolo. Era muy cerca del sitio donde Kokua había esperado la noche anterior; pero Keawe estaba más decidido y no tuvo un solo momento de vacilación; sólo su alma estaba llena del amargor de la desesperación. Le pareció que llevaba ya mucho rato esperando cuando oyó que alguien se acercaba, cantando por la avenida todavía a oscuras. Reconoció enseguida la voz del contramaestre; pero era extraño que repentinamente diera la impresión de estar mucho más borracho que antes. El contramaestre en persona apareció poco después, tambaleándose, bajo la luz del farol. Llevaba la botella del diablo dentro de la chaqueta y otra botella en la mano; y aún tuvo tiempo de llevársela a la boca y echar un trago mientras cruzaba el círculo iluminado. —Ya veo que la has conseguido —dijo Keawe. —¡Quietas las manos! —gritó el contramaestre, dando un salto hacia atrás—. Si te acercas un paso más te parto la boca. Creías que ibas a poder utilizarme, ¿no es cierto? —¿Qué significa esto? —exclamó Keawe. —¿Qué significa? —repitió el contramaestre—. Que esta botella es una cosa extraordinaria, ya lo creo que sí; eso es lo que significa. Cómo la he conseguido por dos céntimos es algo que no sabría explicar; pero sí estoy seguro de que no te la voy a dar por uno. —¿Quieres decir que no la vendes? —jadeó Keawe. —¡Claro que no! —exclamó el contramaestre—. Pero te dejaré echar un trago de ron, si quieres. —Has de saber —dijo Keawe— que el hombre que tiene esa botella terminará en el infierno. —Calculo que voy a ir a parar allí de todas formas —replicó el marinero—; y esta botella es la mejor compañía que he encontrado para ese viaje. ¡No, señor! —exclamó de nuevo—; esta botella es mía ahora y ya puedes ir buscándote otra. —¿Es posible que sea verdad todo esto? —exclamó Keawe—. ¡Por tu propio bien, te lo ruego, véndemela! —No me importa nada lo que digas —replicó el contramaestre—. Me tomaste por tonto y ya ves que no lo soy; eso es todo. Si no quieres un trago de ron me lo tomaré yo. ¡A tu salud y que pases buena noche! Y acto seguido continuó andando, camino de la ciudad; y con él también la botella desaparece de esta historia. Pero Keawe corrió a reunirse con Kokua con la velocidad del viento; y grande fue su alegría aquella noche; y grande, desde entonces, ha sido la paz que colma todos sus días en la Casa Resplandeciente. FIN [Apia, Upolu, Islas de Samoa, 1889] Autor: Robert Louis Stevenson Título: El diablo de la botella Título Original: The Bottle Imp Publicado en: New York Herald, febrero-marzo de 1891 Aparece en: Island Nights’ Entertainments (1893) Traducción: José Luis López Muñoz
- "El espejo", cuento de Amparo Dávila
El espejo Amparo Dávila Cuando mi madre me contó lo que le sucedía, se apoderó de mí una tremenda duda y una preocupación que iba en aumento, aun cuando yo trataba de no pensar en ello. Veinte días antes, mi madre se había fracturado una pierna al perder pie en la escalera de nuestra casa. Fue un verdadero triunfo conseguir una habitación en el Hospital de Santa Rosa, el mejor de todos los sanatorios de la ciudad. Como yo tenía urgente necesidad de salir de viaje, precisaba acomodar a mamá en un buen sitio donde disfrutara de toda clase de atenciones y cuidados. Sin embargo, yo experimentaba remordimientos por dejarla sola en un hospital, agobiada por el yeso y los dolores de la fractura. Pero mi trabajo en Tractors and Agricultural Machinery Co. me exigía ese viaje. Como inspector de ventas debía controlar, de tiempo en tiempo, las diferentes zonas que abarcaban los agentes viajeros, pues generalmente sucedía que algunos de los vendedores no trabajaban exhaustivamente sus plazas, en tanto que otros competidores realizaban magníficas ventas. Mi trabajo me gustaba y la compañía se había mostrado siempre muy generosa conmigo, «valioso elemento», según el criterio de los jefes. Me habían otorgado un magnífico sueldo y me dispensaban muchas consideraciones. En estas circunstancias, yo no podía negarme cuando me necesitaban. La única solución que encontré fue dejar a mi madre en un buen sanatorio, al cuidado de una enfermera especial. Durante las tres semanas que duró mi viaje el hospital me tuvo al tanto, diariamente, de la salud de mi madre. Las noticias que recibía eran bastante favorables, con excepción de «un aumento en la temperatura que se presenta después de media noche, acompañado de una marcada alteración nerviosa». El día de mi regreso me presenté en la oficina tan sólo para avisar de mi llegada y corrí al hospital a ver a mamá. Cuando ella me vio lanzó un extraño grito, que no era una exclamación de sorpresa ni de alegría. Era el grito que puede dar quien se encuentra en el interior de una casa en llamas y mira aparecer a un salvador. Así lo sentí yo. Era la hora de la comida. Con gran sorpresa comprobé que mamá casi no probaba bocado, no obstante que tenía enfrente su platillo favorito: chuletas de cerdo ahumadas y puré de espinacas. Estaba pálida, demacrada, y sus manos inquietas y temblorosas delataban el estado de sus nervios. Yo no me explicaba qué le había sucedido. Siempre había sido una mujer serena, controlada, optimista. Desde la muerte de mi padre, diez años atrás, vivíamos solos con la servidumbre en nuestra enorme casa. No obstante que adoraba a mi padre, logró sobreponerse a su ausencia. Desde entonces nos identificamos de tal modo que llegamos a ser como una sola persona y jueces severos uno del otro. Su vida era sencilla y sin preocupaciones económicas. Con la herencia de mi padre y mi trabajo podíamos vivir con holgura. Los sirvientes se ocupaban totalmente de la casa, y mi madre disponía de todo su tiempo, el cual distribuía en visitas, compras, el salón de belleza, bridge una o dos veces por semana, teatro, cine… En tres semanas mi madre había sufrido un cambio notable. Era una desconocida. Comprobé entonces aquella alteración nerviosa de la que me habían informado. Cuando la enfermera salió con la bandeja de la comida, casi intacta, me dijo de pronto en voz muy baja, pero llena de angustia y desesperación: «Querido mío, necesito hablarte. Me pasa algo terrible, pero nadie más debe saberlo. Nadie más ha de darse cuenta. Ven mañana, te lo suplico. A la una de la tarde. Cuando la enfermera salga a comer podremos hablar». La dejé, con la promesa de regresar al día siguiente. Muy preocupado por el aspecto de mi madre me fui a ver al médico que la atendía. —La señora sufre de un agotamiento nervioso, ocasionado por la impresión de la caída, el traumatismo inevitable de los accidentes —me dijo, sin darle mucha importancia. Yo le expliqué entonces que mi madre nunca se había dejado impresionar a tal punto por nada—. Hay que tomar en cuenta también la edad de su madre —dijo—. Frecuentemente se ven casos de mujeres serenas y controladas que, cuando llegan a cierta edad, se toman excitables y sufren manifestaciones histéricas… Salí del consultorio descontento y nervioso. Las opiniones del doctor no habían logrado convencerme. Aquella noche no dormí, ni pude ir a la oficina al día siguiente. Antes de la una estuve en el hospital. Mamá tenía los ojos enrojecidos e inflamados los párpados; supuse que había llorado. Cuando nos quedamos solos me dijo: —He vivido los días más angustiosos que puedas imaginar. Y sólo a ti puedo confiar lo que me sucede. Tú serás el único juez que me salve o me condene. (Ser el uno juez del otro lo habíamos jurado al morir mi padre.) Creo que he perdido la razón —me dijo de pronto, con los ojos llenos de lágrimas. Le tomé las manos con ternura. —Cuéntamelo todo, todo —le supliqué. —Fue al día siguiente de tu partida, por la noche. Estaba preparándome para dormir, cuando entró en el cuarto Lulú, la enfermera nocturna, a darme una medicina que tomo a la medianoche. Recuerdo que me puso la píldora en la boca con una cucharilla y me ofreció un vaso con agua. Tragué la píldora y en ese momento, no sé por qué, miré hacia el espejo del ropero y… —mamá interrumpió bruscamente su relato y se cubrió la cara con las manos. Traté de calmarla acariciándole los cabellos. Cuando se descubrió la cara y pude ver sus ojos un estremecimiento recorrió mi cuerpo. Permanecimos un rato en silencio como dos extraños, uno frente al otro. No le pregunté lo que había pasado, ni lo que había visto o creído ver en el espejo. Real o imaginado, debía ser algo tremendo para lograr desquiciarla hasta ese grado—. Creo que grité y después perdí el sentido —continuó diciendo mamá—. A la mañana siguiente pensé que todo había sido un sueño. Pero por la noche, a la misma hora, volvió a suceder y lo mismo sucede noche a noche… Después de esta plática con mi madre también yo comencé a vivir los días más angustiosos de mi existencia. Perdí el interés por mi trabajo; me sentía cansado y lento. Durante las horas que pasaba en la oficina me convertía en un autómata. «Creo que he perdido la razón…» El relato interrumpido, la angustia transformando su rostro, su desesperación, giraban de continuo en mi mente. «Cuando la enfermera Lulú me dio la pastilla miré hacia el espejo…» Traté de apartar de su mente el temor que yo mismo empezaba a sentir. Le prometí aclararlo todo y devolverle la tranquilidad y la confianza en sí misma. Dadas las condiciones en que se encontraba, los médicos decidieron que necesitaba mayor reposo, y sólo me permitieron visitarla miércoles y domingos. Yo pasaba los días y la mayor parte de las noches tratando de encontrar alguna explicación a todo aquello, y la forma de remediarlo. Un día pensé que tal vez a mi madre le desagradaba la enfermera Lulú, en forma consciente o inconsciente, o le recordaba alguna vivencia de su infancia, provocando esto aquella extraña situación. Inmediatamente fui a ver a la jefa de enfermeras para suplicarle que cambiara a la enfermera de noche. Creí haber acertado. La señorita Eduviges sustituyó a la enfermera Lulú, con gran satisfacción de mi parte. Esto sucedió un jueves y tuve que esperar hasta el domingo para saber el resultado del cambio. El domingo desperté temprano y me vestí sin tardanza. Quería estar a las diez de la mañana en punto en el hospital. Desayuné de prisa, bastante nervioso. Por el camino compré unos claveles. A mamá le gustaban mucho las flores y le entusiasmaba que se las obsequiaran. Se había hecho arreglar con todo cuidado para recibirme, pero ningún cosmético podía borrar las huellas del tormento interior que la estaba consumiendo. —Y bien —le dije cuando nos quedamos solos—, ¿te ha sido simpática la nueva enfermera? —Sí. Es educada, atenta, pero… —¿Pero qué…? —Sigue sucediendo lo mismo. No es ella ni la otra. Nadie tiene la culpa, es el espejo, el espejo… Esto fue todo lo que pude averiguar. Mamá no podía relatarme más. El solo recuerdo de «aquello» la desquiciaba totalmente. Nunca me había sentido más deprimido y desesperado que ese domingo, cuando salí del hospital. Entonces decidí cambiar a mi madre a otro sanatorio, no obstante que resultaba difícil su traslado y se corría el riesgo de estropear el yeso. Pero no podía dejarla así, consumiéndose día a día. Tal vez en otro sitio se tranquilizara y olvidase aquella pesadilla. Su cuarto de hospital era bueno, de los mejores que había allí. Escrupulosamente limpio y con muebles cuidados y agradables, y el espejo era tan sólo el espejo de un ropero. Bajo ningún aspecto resultaba deprimente aquel cuarto, lleno de luz y soleado, con una ventana al jardín. Sin embargo, a ella podía no gustarle y predisponer su ánimo para aquella situación. Durante días busqué, en los ratos que mi trabajo me dejaba libres, un buen lugar donde llevarla. En los sanatorios de primera no había sitio, y sí muchas solicitudes, que eran atendidas por riguroso turno. Y en los sanatorios donde encontraba lugar, los cuartos eran deprimentes y hasta sórdidos. No era posible llevar a mamá, en el estado en que se encontraba, a un sitio donde sólo se agravaría su trastorno. Ese día llegué al hospital muy desilusionado. Temía entrar en el cuarto de mamá y darle la noticia de que no había encontrado dónde cambiarla. Ella estaba terriblemente pálida y decaída. Parecía la sombra, el recuerdo de una hermosa y sana mujer. Hablábamos los dos con dificultad, con grandes pausas, dando vueltas y rodeos, esquivando la verdad. Cuando por fin le dije que no era posible sacarla de allí, se llevó el pañuelo a la boca y sollozó, lenta y dolorosamente, como el que sabe que no hay salvación posible. El viento penetraba por la ventana abierta y era también pesado y sombrío como aquella tarde de octubre. El fuerte olor de los tilos que llenaba el cuarto me asfixiaba. Ella seguía sollozando, ahora sordamente. Su dolor y su desesperanza me entorpecían y destrozaban. Haría todo por salvarla, por no abandonarla en aquel abismo. Sentía que la noche había caído sobre ella, cubriéndola, y ella se revolvía entre sombras, indefensa, sola… Resolví entonces permanecer a su lado y rescatarla. Pedí que me pusieran una cama adicional y avisé que la acompañaría por las noches. A nadie le sorprendió mi decisión. Aquella noche, primera que pasé en el hospital con mamá, cenamos carnero al horno y puré de papa, compota de manzana y café con leche y bizcochos. Mi madre se había recobrado mucho con mi sola presencia. Cenó con regular apetito. Después fumamos varios cigarrillos, tal como lo acostumbrábamos en casa, y charlamos tranquilamente. Hacia las diez de la noche entró en el cuarto la señorita Eduviges para arreglar la cama de mamá y revisar que la pierna fracturada estuviera en correcta posición para la noche. Yo las observé con gran atención, pero la actitud de ambas resultaba completamente normal. Miré hacia el espejo. Allí se reflejaba la imagen de la señorita Eduviges, alta, muy delgada, casi huesuda. En su cara amable, enmarcada por sedoso cabello castaño, destacaban los gruesos lentes de miope. El espejo reflejó por algunos minutos aquella imagen, exacta, fiel… Mi madre estaba en calma y sin tensión aparente. Seguimos platicando y haciendo proyectos: nuestra casa necesitaba, desde hacía tiempo, un buen arreglo. Desde la muerte de papá no le habíamos hecho nada. Yo sugería encomendar la reparación a un buen arquitecto, pero mamá opinaba que eso nos resultaría muy costoso y proponía que era mejor conseguir algunos operarios y nosotros mismos dirigir la obra según nuestro deseo… Eran pasadas las once de la noche y yo empezaba a sentirme inquieto ante la proximidad de los acontecimientos. Comencé a desnudarme lentamente y con todo cuidado para evitar que algún movimiento brusco denunciara mi nerviosidad y mi madre se diera cuenta. Quería ante todo comunicarle calma. Doblé los pantalones, siguiendo el hilo de la raya, y los coloqué sobre el respaldo de la silla, junto con el saco y la camisa. Ya en pijama me tendí sobre la cama sin deshacerla aún. Desde allí dominaba, sin ninguna dificultad, la cama de mamá y el espejo. Después de las once y media mamá comenzó a inquietarse. Movía las manos constantemente, las apretaba, se las llevaba hacia la cara. Su frente estaba húmeda. No pudo seguir conversando. Unos minutos antes de las doce de la noche llegó la señorita Eduviges, trayendo una charolita con un vaso de agua y una pastilla en una cuchara. Cuando ella entró me incorporé sobre las almohadas para observar mejor. Ella llegó hasta la cama de mamá y, a tiempo que le decía: «¿Cómo se siente la señora?», le acercaba a la boca la cuchara con la pastilla y hacía que la tomara. En ese momento mamá gritó. Miré el espejo, allí no se reflejaba la imagen de Eduviges. El espejo estaba totalmente deshabitado y oscuro, ensombrecido de pronto. Sentí que algo se rebullía en mi interior, tal vez el estómago, y se contraía; después experimenté un gran vacío dentro de mí igual que en el espejo… —¡Qué pasa, señora, qué pasa! Oí que decía la enfermera. Yo no podía apartar la vista del espejo. Ahora tenía la casi seguridad de que de aquel vacío, de aquella nada, iba a surgir algo, no se qué, pero algo que debía ser inaudito y terrible, algo cuya vista ni yo ni nadie podría soportar… me sentí temblar y un sudor frío corrió por mi frente, aquella angustia que empecé a sentir en el estómago iba creciendo, creciendo, en tal forma que sin poder ya más lancé un grito ahogado y me cubrí la cara con las manos… Oí que la enfermera salía corriendo. Haciendo un poderoso esfuerzo llegué hasta la cama de mamá. Ella temblaba de pies a cabeza. Estaba lívida y su mirada tenía una expresión de extravío. Parecía febril. Le apreté las manos con fuerza, y ella supo entonces que yo había compartido ya aquella terrible cosa. En ese momento volvió la enfermera Eduviges acompañada por dos médicos. —Siempre sucede lo mismo, noche tras noche —dijeron dirigiéndose a mí— a la misma hora se presentan estos trastornos. Yo no les hice ningún comentario, sabía que no podría pronunciar ni una palabra. —Póngale una inyección de sevenal —le ordenaron a Eduviges. Después salieron los tres. La enfermera regresó rápidamente con la inyección. Mientras se la aplicaba a mi madre, me atreví a mirar el espejo… allí se reflejaba la imagen de ella, la cama de mamá, mi rostro desencajado. Eran entonces las doce y veinte minutos. Durante cinco días sufrimos, noche a noche, mi madre y yo aquella tremenda cosa del espejo. Yo entendía entonces el cambio sufrido por mi madre, su desesperación, su hermetismo. No había palabras para describir aquella serie de sensaciones que uno iba sintiendo y padeciendo hasta la desesperación. Y cada vez el presentimiento de que algo iba a surgir de pronto, se hacía más cercano, inmediato casi. Y no podríamos soportarlo, lo sabíamos bien. Entonces pensé que la única solución consistiría en cubrir el espejo. Sería como levantar un muro impenetrable. Un muro que nos salvara de… Decidimos cubrir el espejo con una sábana. Cerca de las once de la noche llevé a cabo nuestro plan. Cuando la señorita Eduviges se presentó, como de costumbre, un poco antes de las doce de la noche, con su pastilla y su vaso de agua, el espejo se encontraba cubierto. Mi madre y yo nos miramos satisfechos de haber acertado. Pero de pronto, bajo la sábana que cubría el espejo, empezaron a transparentarse figuras informes, masas oscuras que se movían angustiosamente, pesadamente, como si trataran en un esfuerzo desesperado de traspasar un mundo o el tiempo mismo. Entonces sentimos una oscura música dentro de nosotros mismos, una música dolorosa, como gemidos o gritos, tal vez sonidos inarticulados salidos de aquel mundo que habíamos clausurado por nuestra voluntad y temor. Nos descubrimos traspasados por mil espadas de música dolorosa y desesperada… A las doce y cinco todo terminó. Desaparecieron las sombras bajo la sábana y la música cesó. El espejo quedó en calma. La señorita Eduviges salió del cuarto sorprendida de que mamá no hubiera tenido su acostumbrado ataque. Cuando quedamos solos, me di cuenta de que los dos llorábamos en silencio. Aquellas sombras informes y encarceladas, aquella su lucha desesperada e inútil, nos habían hecho pedazos interiormente. Los dos conocimos entonces toda nuestra insensatez. No volvimos a cubrir más el espejo. Habíamos sido elegidos y, como tales, aceptamos sin rebeldía ni violencia, pero sí con la desesperanza de lo irremediable. FIN Autor: Amparo Dávila Título: El espejo Publicado en: Tiempo destrozado (1959)
- "Blancanieves", cuento de Hermanos Grimm
Blancanieves Recopilado por: Jacob & Wilhelm Grimm Era un crudo día de invierno, y los copos de nieve caían del cielo como blancas plumas. La Reina cosía junto a una ventana, cuyo marco era de ébano. Y como mientras cosía miraba caer los copos, con la aguja se pinchó un dedo y tres gotas de sangre fueron a caer sobre la nieve. El rojo de la sangre destacaba bellamente sobre el fondo blanco, y ella pensó: «¡Ah, si pudiese tener una hija que fuese blanca como nieve, roja como sangre y negra como el ébano de esta ventana!». No mucho tiempo después le nació una niña que era blanca como la nieve, sonrosada como la sangre y de cabello negro como la madera de ébano; y por eso le pusieron por nombre Blancanieves. Pero al nacer ella, murió la Reina. Un año más tarde, el Rey volvió a casarse. La nueva reina era muy bella, pero orgullosa y altanera, y no podía sufrir que nadie la aventajase en hermosura. Tenía un espejo prodigioso, y cada vez que se miraba en él, le preguntaba: «Espejito en la pared, dime una cosa:¿quién es de este país la más hermosa?» Y el espejo le contestaba invariablemente: «Señora Reina, vos sois la más hermosa en todo el país.» La Reina quedaba satisfecha, pues sabía que el espejo decía siempre la verdad. Blancanieves fue creciendo y se hacía más bella cada día. Cuando cumplió los siete años, era tan hermosa como la luz del día, y mucho más que la misma Reina. Al preguntar ésta un día al espejo: «Espejito en la pared, dime una cosa:¿quién es de este país la más hermosa?» Y respondió el espejo: «Señora Reina, vos sois como una estrella,pero Blancanieves es mil veces más bella.» Espantóse la Reina, palideciendo de envidia y, desde entonces, cada vez que veía a Blancanieves sentía revolvérsele el corazón; tal era el odio que abrigaba contra ella. Y la envidia y la soberbia, como las malas hierbas, crecían cada vez más altas en su alma, no dejándole un instante de reposo de día ni de noche. Finalmente, llamó un día a un montero y le dijo: —Llévate a la niña al bosque; no quiero tenerla más tiempo ante mis ojos. La matarás, y en prueba de haber cumplido mi orden, me traerás sus pulmones y su hígado. Obedeció el cazador y se marchó al bosque con la muchacha. Pero cuando se disponía a clavar su cuchillo de monte en el inocente corazón de la niña, echóse ésta a llorar: —¡Piedad, buen cazador, déjame vivir! —suplicaba—. Me quedaré en el bosque y jamás volveré a palacio. Y era tan hermosa que el cazador, apiadándose de ella, le dijo: —¡Márchate, pues, pobrecilla! —y pensó: «No tardarán las fieras en devorarte». Y, sin embargo, parecióle como si se le quitase una piedra del corazón al no tener que matarla. Y como acertara a pasar por allí un jabatillo, lo degolló, le sacó los pulmones y el hígado, y se los llevó a la Reina como prueba de haber cumplido su mandato. La perversa mujer los entregó al cocinero para que se los guisara, y se los comió convencida de que comía la carne de Blancanieves. La pobre niña se encontró sola y abandonada en el inmenso bosque. Se moría de miedo, y el menor movimiento de las hojas de los árboles le daba un sobresalto. No sabiendo qué hacer, echó a correr por entre espinos y piedras puntiagudas, y los animales de la selva pasaban saltando por su lado sin causarle el menor daño. Siguió corriendo mientras la llevaron los pies y hasta que se ocultó el sol. Entonces vio una casita y entró en ella para descansar. Todo era diminuto en la casita, pero tan primoroso y limpio, que no hay palabras para describirlo. Había una mesita cubierta con un mantel blanquísimo, con siete minúsculos platitos y siete vasitos; y al lado de cada platito había su cucharilla, su cuchillito y su tenedorcito. Alineadas junto a la pared veíanse siete camitas, con sábanas de inmaculada blancura. Blancanieves, como estaba muy hambrienta, comió un poquitín de legumbres y un bocadito de pan de cada platito, y bebió una gota de vino de cada copita, pues no quería tomarlo todo de uno solo. Luego, sintiéndose muy cansada, quiso echarse en una de las camitas; pero ninguna era de su medida: resultaba demasiado larga o demasiado corta; hasta que, por fin, la séptima le vino bien; se acostó en ella, encomendóse a Dios y quedó dormida. Cerrada ya la noche, llegaron los dueños de la casita, que eran siete enanos que se dedicaban a excavar minerales en el monte. Encendieron sus siete lamparillas y, al iluminarse la habitación, vieron que alguien había entrado en ella, pues las cosas no estaban en el orden en que ellos las habían dejado al marcharse. Dijo el primero: —¿Quién se sentó en mi sillita? El segundo: —¿Quién ha comido de mi platito? El tercero: —¿Quién ha cortado un poco de mi pan? El cuarto: —¿Quién ha comido de mi verdurita? El quinto: —¿Quién ha pinchado con mi tenedorcito? El sexto: —¿Quién ha cortado con mi cuchillito? Y el séptimo: —¿Quién ha bebido de mi vasito? Luego el primero, dándose una vuelta por la habitación y viendo un pequeño hueco en su cama, exclamó alarmado: —¿Quién se ha subido en mi camita? Acudieron corriendo los demás y exclamaron todos: —¡Alguien estuvo echado en la mía! Pero el séptimo, al examinar la suya, descubrió a Blancanieves dormida en ella. Llamó entonces a los demás, los cuales acudieron presurosos y no pudieron reprimir sus exclamaciones de admiración cuando, acercando las siete lamparillas, vieron a la niña. —¡Oh, Dios mío; oh, Dios mío! —decían—. ¡Qué criatura más hermosa! Y fue tal su alegría, que decidieron no despertarla, sino dejar que siguiera durmiendo en la camita. El séptimo enano se acostó junto a sus compañeros, una hora con cada uno, y así transcurrió la noche. Al clarear el día despertóse Blancanieves y, al ver a los siete enanos, tuvo un sobresalto. Pero ellos la saludaron afablemente y le preguntaron: —¿Cómo te llamas? —Me llamo Blancanieves —respondió ella. —¿Y cómo llegaste a nuestra casa? —siguieron preguntando los hombrecillos. Entonces ella les contó que su madrastra había dado orden de matarla, pero que el cazador le había perdonado la vida, y ella había estado corriendo todo el día hasta que, al atardecer, encontró la casita. Dijeron los enanos: —¿Quieres cuidar de nuestra casa? ¿Cocinar, hacer las camas, lavar, remendar la ropa y mantenerlo todo ordenado y limpio? Si es así, puedes quedarte con nosotros y nada te faltará. —¡Sí! —exclamó Blancanieves—. Con mucho gusto. Y se quedó con ellos. A partir de entonces, cuidaba la casa con todo esmero. Por la mañana, ellos salían a la montaña en busca de mineral y oro, y al regresar por la tarde, encontraban la comida preparada. Durante el día, la niña se quedaba sola, y los buenos enanitos le advirtieron: —Guárdate de tu madrastra, que no tardará en saber que estás aquí. ¡No dejes entrar a nadie! La Reina, entretanto, desde que creía haberse comido los pulmones y el hígado de Blancanieves, vivía segura de volver a ser la primera en belleza. Acercóse un día al espejo y le preguntó: «Espejito en la pared, dime una cosa:¿quién es de este país la más hermosa?» Y respondió el espejo: «Señora Reina, vos sois aquí como una estrella;pero mora en la montaña, con los enanitos,Blancanieves, que es mil veces más bella.» Sobresaltóse la Reina, pues sabía que el espejo jamás mentía, y se dio cuenta de que el cazador la había engañado, y que Blancanieves no estaba muerta. Pensó entonces otra manera de deshacerse de ella, pues mientras hubiese en el país alguien que la superase en belleza, la envidia no la dejaba reposar. Finalmente, ideó un medio. Tiznóse la cara y se vistió como una vieja buhonera, quedando completamente desconocida. Así disfrazada, dirigióse a las siete montañas y, llamando a la puerta de los siete enanitos, gritó: —¡Vendo cosas buenas y bonitas! Asomóse Blancanieves a la ventana y le dijo: —¡Buenos días, buena mujer! ¿Qué traéis para vender? —Cosas finas, cosas finas —respondió la Reina—. Lazos de todos los colores —y sacó uno trenzado, de seda multicolor. «Bien puedo dejar entrar a esta pobre mujer», pensó Blancanieves. Y, abriendo la puerta, compró el primoroso lacito. —¡Qué linda eres, niña! —exclamó la vieja—. Ven, que yo misma te pondré el lazo. Blancanieves, sin sospechar nada, púsose delante de la vendedora para que le atase la cinta alrededor del cuello, pero la bruja lo hizo tan bruscamente y apretando tanto, que a la niña se le cortó la respiración y cayó como muerta. —¡Ahora ya no eres la más hermosa! —dijo la madrastra, y se alejó precipitadamente. Al cabo de poco rato, ya anochecido, regresaron los siete enanos. Imaginad su susto cuando vieron tendida en el suelo a su querida Blancanieves, sin moverse, como muerta. Corrieron a incorporarla y viendo que el lazo le apretaba el cuello, se apresuraron a cortarlo. La niña comenzó a respirar levemente, y poco a poco fue volviendo en sí. Al oír los enanos lo que había sucedido, le dijeron: —La vieja vendedora no era otra que la malvada Reina. Guárdate muy bien de dejar entrar a nadie mientras nosotros estemos ausentes. La mala mujer, al llegar a palacio, corrió ante el espejo y le preguntó: «Espejito en la pared, dime una cosa:¿quién es de este país la más hermosa?» Y respondió el espejo, como la vez anterior: «Señora Reina, vos sois aquí como una estrella;pero mora en la montaña, con los enanitos,Blancanieves, que es mil veces más bella.» Al oírlo, del despecho toda la sangre le afluyó al corazón, pues vio que Blancanieves continuaba viviendo. «Esta vez —se dijo— idearé una treta de la que no te escaparás». Y, valiéndose de las artes diabólicas en que era maestra, fabricó un peine envenenado. Luego volvió a disfrazarse, adoptando también la figura de una vieja, y se fue a las montañas y llamó a la puerta de los siete enanos. —¡Buena mercancía para vender! —gritó. Blancanieves, asomándose a la ventana, díjole: —Seguid vuestro camino, que no puedo abrir a nadie. —¡Al menos podrás mirar lo que traigo! —dijo la vieja, y, sacando el peine, lo levantó en el aire. Gustóle tanto el peine a la niña, que olvidándose de todas las advertencias abrió la puerta. Cuando se hubieron puesto de acuerdo sobre el precio dijo la vieja: —Ven que te peine como Dios manda. La pobrecilla, no pensando nada malo, dejó hacer a la vieja; mas apenas hubo ésta clavado el peine en el cabello, el veneno produjo su efecto y la niña se desplomó insensible. —¡Dechado de belleza —exclamó la malvada bruja—, ahora sí que estás lista! —y se marchó. Pero, afortunadamente, faltaba poco para la noche, y los enanitos no tardaron en regresar. Al encontrar a Blancanieves inanimada en el suelo, en seguida sospecharon de la madrastra. Y, buscando, descubrieron el peine envenenado. Quitáronselo y, al momento, volvió la niña en sí y les explicó lo ocurrido. Ellos le advirtieron de nuevo que debía estar alerta y no abrir la puerta a nadie. La Reina, de nuevo en palacio, fue directamente a su espejo: «Espejito en la pared, dime una cosa:¿quién es de este país la más hermosa?» Y, como las veces anteriores, respondió el espejo: «Señora Reina, vos sois aquí como una estrella;pero mora en la montaña, con los enanitos,Blancanieves, que es mil veces más bella.» Al oír estas palabras del espejo, la malvada bruja se puso a temblar de rabia. —¡Blancanieves morirá —gritó—, aunque me haya de costar a mí la vida! Y, bajando a una cámara secreta donde nadie tenía acceso sino ella, preparó una manzana con un veneno de lo más virulento. Por fuera era preciosa, blanca y sonrosada, capaz de hacer la boca agua a cualquiera que la viese. Pero un solo bocado significaba la muerte segura. Cuando tuvo preparada la manzana, pintóse nuevamente la cara, se vistió de campesina y se encaminó a las siete montañas, a la casa de los siete enanos. Llamó a la puerta, Blancanieves asomó la cabeza a la ventana y dijo: —No debo abrir a nadie; los siete enanitos me lo han prohibido. —Como quieras —respondió la campesina—. Pero yo quiero deshacerme de mis manzanas. Mira, te regalo una. —No —contestó la niña—, no puedo aceptar nada. —¿Temes acaso que te envenene? —dijo la vieja—. Fíjate —cortó la manzana en dos mitades—: tú te comes la parte roja, y yo, la blanca. La fruta estaba preparada de modo que sólo el lado encarnado tenía veneno. Blancanieves miraba la fruta con ojos codiciosos, y cuando vio que la campesina la comía, no pudo ya resistir. Alargó la mano y cogió la mitad envenenada. Pero no bien se hubo metido en la boca el primer trocito, cayó en el suelo muerta. Contemplóla la Reina con una mirada de rencor y, echándose a reír, dijo: —¡Blanca como la nieve; roja como la sangre; negra como el ébano! Esta vez, no te resucitarán los enanos. Y cuando, al llegar a palacio, preguntó al espejo: «Espejito en la pared, dime una cosa:¿quién es de este país la más hermosa?» Y respondióle el espejo, al fin: «Señora Reina, vos sois la más hermosa en todo el país.» Sólo entonces se aquietó su envidioso corazón, suponiendo que un corazón envidioso pueda aquietarse. Los enanitos, al volver a su casa aquella noche, encontraron a Blancanieves tendida en el suelo, sin que de sus labios saliera el hálito más leve. Estaba muerta. La levantaron, miraron si tenía encima algún objeto emponzoñado, la desabrocharon, le peinaron el pelo, la lavaron con agua y vino, pero todo fue inútil. La pobre niña estaba muerta y bien muerta. La colocaron en un ataúd, y los siete, sentándose alrededor, la estuvieron llorando por espacio de tres días. Luego pensaron en darle sepultura; pero viendo que el cuerpo se conservaba lozano, como el de una persona viva, y que sus mejillas seguían sonrosadas, dijeron: —No podemos enterrarla en el seno de la negra tierra —y mandaron fabricar una caja de cristal transparente que permitiese verla desde todos lados. La colocaron en ella y grabaron su nombre con letras de oro: «Princesa Blancanieves». Después transportaron el ataúd a la cumbre de la montaña, y uno de ellos, por turno, estaba siempre allí haciéndole vela. Y hasta los animales acudieron a llorar a Blancanieves; primero, una lechuza; luego, un cuervo y, finalmente, una palomita. Y así estuvo Blancanieves mucho tiempo, reposando en su ataúd, sin descomponerse, como dormida, pues seguía siendo blanca como la nieve, roja como la sangre y con el cabello negro como ébano. Sucedió, empero, que un príncipe que se había metido en el bosque, se dirigió a la casa de los enanitos para pasar la noche. Vio en la montaña el ataúd que contenía a la hermosa Blancanieves y leyó la inscripción grabada con letras de oro. Dijo entonces a los enanos: —Dadme el ataúd, os pagaré por él lo que me pidáis. Pero los enanos contestaron: —Ni por todo el oro del mundo lo venderíamos. —En tal caso, regaládmelo —propuso el príncipe—, pues ya no podré vivir sin ver a Blancanieves. La honraré y reverenciaré como a lo que más quiero. Al oír estas palabras, los hombrecillos sintieron compasión del príncipe y le regalaron el féretro. El príncipe mandó que sus criados lo transportasen en hombros. Pero ocurrió que en el camino tropezaron contra una mata, y de la sacudida saltó del cuello de Blancanieves el bocado de la manzana envenenada, que todavía tenía atragantado. Y, al poco rato, la princesa abrió los ojos y recobró la vida. Levantó la tapa del ataúd, se incorporó y dijo: —¡Dios Santo!, ¿dónde estoy? Y el príncipe le respondió, loco de alegría: —Estás conmigo —y, después de explicarle todo lo ocurrido, le dijo—. Te quiero más que a nadie en el mundo. Vente al castillo de mi padre y serás mi esposa. Accedió Blancanieves y se marchó con él al palacio, donde en seguida se dispuso la boda que debía celebrarse con gran magnificencia y esplendor. A la fiesta fue invitada también la malvada madrastra de Blancanieves. Una vez se hubo ataviado con sus vestidos más lujosos, fue al espejo y le preguntó: «Espejito en la pared, dime una cosa:¿quién es de este país la más hermosa?» Y respondió el espejo: «Señora Reina, vos sois como una estrella,pero la reina joven es mil veces más bella.» La malvada mujer soltó una palabrota y tuvo tal sobresalto, que quedó como fuera de sí. Su primer propósito fue no ir a la boda, pero la inquietud la roía, y no pudo resistir al deseo de ver a aquella joven reina. Al entrar en el salón reconoció a Blancanieves, y fue tal su espanto y pasmo, que se quedó clavada en el suelo sin poder moverse. Pero habían puesto ya al fuego unas zapatillas de hierro y estaban incandescentes. Cogiéndolas con tenazas, la obligaron a ponérselas, y hubo de bailar con ellas hasta que cayó muerta. FIN Autor: Jacob & Wilhelm Grimm Título: Blancanieves Título Original: Schneewittchen Publicado en: Kinder und Hausmärchen (1812) Traducción: Francisco Payarols Casas
- "La bella durmiente", cuento de Hermanos Grimm
La bella durmiente Hermanos Grimm Hace mucho tiempo había un rey y una reina que exclamaban todos los días: —¡Ay, si tuviéramos un hijo! —y no conseguían tener nunca uno. Entonces sucedió que, estando la reina una vez en el baño, saltó un sapo del agua al suelo y le dijo: —Tu deseo será cumplido. Antes de que pase un año traerás un hijo al mundo. Lo que el sapo había dicho se cumplió y la reina dio a luz una niña tan hermosa, que el rey no cabía en sí de gozo y organizó una gran fiesta. No solo invitó a sus parientes, amigos y conocidos, sino también a las hadas para que le fueran propicias y le mostraran su afecto. En su reino eran trece, pero como solamente tenían doce platos de oro para que comieran ellas, tuvieron que dejar a una en casa. La fiesta se organizó con todo lujo, y cuando estaba llegando al final, las hadas obsequiaron a la niña con sus dones maravillosos. La una con virtud, la otra con belleza, la tercera con riquezas, y así con todo lo que se pueda desear en este mundo. Cuando once habían expresado ya sus deseos, entró de pronto la decimotercera y, como quería vengarse de no haber sido invitada, sin saludar ni mirar a nadie, dijo en voz alta: —¡La hija del rey se pinchará a los quince años con un huso, y morirá! Y sin decir ni una palabra más, se dio la vuelta y abandonó la sala. Todos se habían asustado, cuando en esto se adelantó la duodécima, que todavía no había pronunciado su gracia. Y como no podía anular la mala profecía, sino solamente aminorarla, dijo: —No será una muerte, sino un profundo sueño de cien años en el que caerá la hija del rey. El rey, que quería preservar a su hija querida de la desgracia, dio la orden de que fueran quemados todos los husos del reino. En la joven se cumplieron todos los dones de las hadas, pues era bella, discreta, cordial y comprensiva, de tal manera que todo el mundo que la veía la quería. Sucedió que en el día en el que cumplía precisamente quince años, los reyes no estaban en casa y la muchacha se quedó sola en palacio. Entonces escudriñó todos los rincones, miró todas las habitaciones y cámaras que quiso y llegó finalmente a una vieja torre. Subió la estrecha escalera de caracol y llegó ante una pequeña puerta. En la cerradura había una llave oxidada, y cuando le dio la vuelta, la puerta se abrió y en el pequeño cuartito estaba sentada una vieja con un huso que hilaba hacendosamente su lino. —Buenos días, anciana abuelita —dijo la hija del rey—. ¿Qué haces? —Estoy hilando —contestó la vieja meneando la cabeza. —¿Qué cosa tan graciosa es eso que salta tan alegremente? —dijo la muchacha, cogiendo el huso y queriendo también hilar. Apenas había tocado el huso, se cumplió el conjuro y se pinchó con él en el dedo. En el preciso momento en que sintió el pinchazo, cayó sobre la cama que allí había y se sumió en un profundo sueño. Y el sueño se enseñoreó de todo el palacio; el rey y la reina, que acababan de llegar y habían entrado en el salón real, empezaron a dormir y toda la corte con ellos. Se durmieron también los caballos en el establo, los perros en el patio, las palomas en el tejado, las moscas en la pared, e incluso el fuego que chisporroteaba en el fogón se calló y se durmió, y el asado dejó de asarse, y el cocinero que quería tirarle de los pelos al pinche, porque había tenido un descuido, lo dejó y se durmió. El viento se calmó y en los árboles delante de palacio no se movió una hoja más. Alrededor del palacio comenzó a crecer un gran seto de espinos que cada día se hacía más grande, y finalmente cubrió todo el palacio y creció por encima de él, de tal manera que no se podía ver nada de él, ni siquiera la bandera del tejado. Por el país corrió la leyenda de la Bella Durmiente del Bosque, que así llamaban a la hija del rey, de tal manera que de tiempo en tiempo llegaban hijos de reyes y querían penetrar en el castillo a través del seto. Pero no era posible, pues las espinas los sujetaban como si tuvieran manos, y los jóvenes se quedaban allí prendidos, no se podían librar y morían de una muerte atroz. Pasados muchos años llegó un príncipe al país y oyó cómo un anciano hablaba del seto de espinas y decía que detrás debía haber un palacio en el cual la maravillosa hija del rey, llamada la Bella Durmiente, dormía desde hacía cien años, y con ella dormían también el rey y la reina y toda la corte. Él sabía también por su abuelo que habían venido muchos hijos de reyes y habían intentado atravesar el seto de espinas, pero que se habían quedado allí prendidos y habían tenido un triste final. A esto dijo el joven: —No tengo miedo, yo quiero entrar y ver a la Bella Durmiente. El buen anciano le quiso hacer desistir de su empeño, pero él no hizo caso alguno de sus palabras. Habían transcurrido ya los cien años, y había llegado el día en el que la Bella Durmiente tenía que despertar. Cuando el hijo del rey se aproximó al seto de espinas, no había más que grandes y hermosas flores que se hacían a un lado por sí mismas y le dejaban pasar indemne. Cuando hubo pasado, se volvieron a transformar en seto. En el patio de palacio vio a los caballos y a los perros de caza a manchas tumbados durmiendo; en el tejado estaban las palomas, que habían escondido la cabecita bajo el ala. Y cuando llegó a la casa, las moscas dormían en la pared, el cocinero en la cocina tenía todavía la mano como si quisiera agarrar al pinche y la sirvienta estaba sentada ante el gallo negro que tenía que desplumar. Siguió adelante y vio en el salón a toda la corte tumbados y durmiendo, y en el trono estaban durmiendo el rey y la reina. Siguió avanzando y todo estaba tan silencioso que podía oír su propia respiración; finalmente llegó a la torre y abrió la puerta del pequeño cuarto en el que dormía la Bella Durmiente. Allí yacía ella, y era tan hermosa, que no pudo apartar la mirada, se inclinó y le dio un beso. Cuando la rozó con el beso, la Bella Durmiente abrió los ojos, se despertó y le miró dulcemente. Luego descendieron juntos, y el rey se despertó y la reina y toda la corte, y se miraban unos a otros con ojos atónitos. Y los caballos se levantaron en el patio, los perros de caza saltaron meneando el rabo, las palomas en el tejado sacaron la cabeza de debajo del ala, miraron a su alrededor y volaron en dirección al campo; las moscas siguieron arrastrándose en la pared; el fuego en la cocina se enderezó y llameó e hizo la comida; el asado comenzó de nuevo a asarse, y el cocinero le dio al pinche una bofetada que le hizo gritar, y la sirvienta desplumó al gallo. Y se celebró la lujosa boda del hijo del rey con la Bella Durmiente, y vivieron felices hasta el fin de sus días. Autor: Jacob & Wilhelm Grimm Título: La bella durmiente Título Original: Dornröschen Publicado en: Kinder und Hausmärchen, 1812 Traducción: María Antonia Seijo Castroviejo
- "El soldadito de plomo", cuento de Hans Christian Andersen
El soldadito de plomo es un cuento que narra la historia de un pequeño juguete con una sola pierna, pero con un corazón valiente. Desde que ve a una delicada bailarina de papel, se enamora perdidamente de ella. Aunque el destino le juega en contra, nunca deja de pensar en ella ni pierde su deseo de volver a su lado. El soldadito de plomo Hans Christian Andersen Había una vez veinticinco soldaditos de plomo, todos hermanos, porque habían nacido de una vieja cuchara de plomo. Llevaban el fusil al hombro, la cabeza erguida, y el uniforme, rojo y azul, les sentaba a todos bastante bien. La primera frase que oyeron en este mundo, cuando levantaron la tapadera de la caja donde estaban metidos, fue: — ¡Soldaditos de plomo! El grito lo había lanzado un niño, que aplaudía con toda su fuerza. Se los habían regalado por ser su cumpleaños, e inmediatamente se puso a alinearlos sobre la mesa. Todos los soldados se parecían entre sí. Solo uno de ellos era diferente a los demás, porque carecía de una pierna. Al hacerlos, se había acabado el plomo, y el último quedó cojo. Se sostenía perfectamente sobre su única pierna, lo mismo que los otros sobre las dos , y es precisamente de él de quien vamos a contar su maravillosa historia. En la mesa donde estaban alineados los soldaditos había otros muchos juguetes, pero lo que más llamaba la atención era un espléndido castillo de cartón. Por las ventanas podían verse los salones. En la parte de afuera, unos arbolitos rodeaban un espejo, que representaba el lago, en donde nadaban y se reflejaban bellos cisnes de cera. En conjunto era una maravilla; pero lo más hermoso de todo era una damisela que estaba en pie en la puerta del castillo. Era también de cartón; pero llevaba puesto un traje de blanco lino y una cinta azul en torno a su cuello, en mitad del cual se destacaba una brillante lentejuela, tan grande como su cara. La damisela tenía los dos brazos hacia arriba, porque era bailarina, y elevaba tanto una de sus piernas que el soldadito de plomo no podía verla y creyó que era coja, como él. “Esta damisela sería una esposa muy a propósito para mí—se dijo—. Pero debe de ser de alta alcurnia, porque vive en un castillo, mientras que yo no tengo más que una caja de cartón, que nos pertenece a veinticinco, y ese no es un buen lugar para una dama. De todas formas, es necesario que haga amistad con ella.” Y se tendió cuan largo era tras la caja de rapé. Desde allí podía mirar a la delicada damita, que continuaba sobre una pierna, sin perder el equilibrio. Cuando avanzó la noche, los otros soldaditos de plomo se metieron en la caja, y los habitantes de la casa se fueron a dormir. Entonces, los juguetes se pusieron a jugar; es decir, a recibir visitas, a pelearse y a bailar. Los soldados de plomo hacían mucho luido en la caja, porque querían divertirse también; pero no podían levantar la tapa. El cascanueces empezó a hacer cabriolas, y los trozos de tiza se divertían pintando tonterías en la pizarra. El jolgorio fue tal, que el canario se despertó y se puso a cantar, pero lo hacía en verso. Los dos únicos juguetes que no participaron de la algarabía fueron el soldadito de plomo y la bailarina. Ella permanecía erguida sobre la punta del pie, con los dos brazos al aire, y él no estaba menos firme sobre su única pierna, y ni un solo instante apartó los ojos de la damisela. Cuando el reloj dio las doce campanadas de la medianoche, ¡clac!, se abrió la tapadera de la caja de rapé. No contenía ni una mota de tabaco, sino un muñequito negro: era un juguete de broma. —Soldadito de plomo —dijo el muñequito—, ¿quieres apartar los ojos de la bailarina? Pero el soldadito hizo como que no le había oído. —Bueno, espera a mañana y ya verás —añadió el muñequito. Cuando llegó el día siguiente y se presentaron los niños , el soldadito de plomo fue colocado en la ventana, y ya fuese el muñequito o la corriente de aire, el caso es que la ventana se abrió de repente, y el soldadito cayó de cabeza desde la altura de un tercer piso. Fue un viaje terriblemente rápido. Quedó clavado en el suelo, con la pierna para arriba y con la bayoneta metida entre dos adoquines. La criada y el niño bajaron precipitadamente a buscarlo. Ya abajo, estuvieron a punto de aplastarlo; pero no le encontraron. Si el soldadito hubiera gritado: “¡Estoy aquí!”, lo hubieran visto. Pero él no creyó conveniente gritar, porque estaba de uniforme. Empezó a llover torrencialmente, lo que fue un serio contratiempo. Cuando cesó la lluvia se acercaron dos chicuelos de la calle. —¡Mira! —exclamó uno—. Es un soldadito de plomo. Vamos a hacer que navegue. Los pilluelos hicieron un barco con un periódico, colocaron al soldadito en el centro y lo echaron en el arroyuelo. Los dos pilletes corrían al lado del barco y aplaudían frenéticos. ¡Dios santo, qué olas tenía el arroyuelo y qué corriente! Es verdad que había llovido a cántaros. El barquito de papel se balanceaba: subía, bajaba y, a veces, viraba con tanta rapidez, que el soldadito sentía palpitar su corazón. Pero continuaba firme. Compuso su aspecto y miró hacia adelante, fusil al hombro. De repente, el barquichuelo penetró en un túnel tan oscuro, que le recordaba su caja de cartón. “¿Adonde iré a parar? —se preguntó—. Esto es cosa del muñequito guasón. Si al menos estuviese la damisela conmigo, no me importaría nada estar a oscuras.” En ese instante se presentó una enorme rata que vivía bajo el túnel del arroyuelo. —¿Tienes pasaporte? —le preguntó la rata—. ¡Enséñame tu pasaporte! El soldadito de plomo no respondió y apretó aún con más fuerza su fusil. El barco pasó rápidamente, y la rata lo persiguió. ¡Ay, cómo rechinaba los dientes y gritaba pidiendo ayuda! —¡Detenedlo! ¡Detenedlo! ¡No ha pagado aduana! ¡No ha enseñado el pasaporte! Pero la corriente era cada vez más fuerte, y el soldadito de plomo podía percibir ya la luz delante de él, en el lugar en donde acababa el túnel; solo oyó un espantoso ruido, capaz de poner los pelos de punta al más valiente. Y no era para menos, porque en el lugar donde terminaba el túnel, el riachuelo se dirigía derecho hacia un gran canal. Era tan peligroso para el soldadito de piorno como para nosotros enfrentarnos con una cascada. Se encontraba tan cerca ya, que no pudo detenerse, y el barco se precipitó en el canal. El pobre soldadito de plomo se mantuvo tan erguido como le fue posible, y nadie podía haber dicho que hubiese tenido miedo. El barco dio dos o tres vueltas y se llenó de agua hasta los bordes. Era inminente el naufragio. El soldadito de plomo estaba con el agua al cuello, y el barquito se hundía cada vez más. El papel se deshacía. El agua ocultó la cabeza del muñeco…, y pensó en la linda bailarina, a la que no vería más. A los oídos del soldadito llegó la canción : ¡Peligro, peligro, soldado!¡Vas a morir!… Al fin, se deshizo la nave de papel, y el soldado se hundió. Y un gran pez se lo tragó. ¡Vaya oscuridad que había allá adentro! Era aún peor que el túnel y, además, mucho más estrecho. Pero el soldadito de plomo era inconmovible. Durante todo el trayecto permaneció con su fusil al hombro. El pez se agitó, moviéndose de una forma desordenada. Terminó por quedarse inmóvil, y al cabo, el soldadito se vio atravesado por un haz de luz que parecía un relámpago. Una vez más vio la claridad. Alguien gritaba: — ¡Un soldadito de plomo! Al pez lo habían pescado, llevado al mercado, vendido y transportado a la cocina, donde la doméstica lo había abierto con un cuchillo. Cogió entre sus dedos al soldadito y lo llevó al salón, donde todo el mundo se afanaba por ver a un hombre tan notable, que había viajado dentro del estómago de un pescado. Pero el soldadito no estaba orgulloso de ello. Lo colocaron sobre la mesa, y…, ¡hay que ver lo que ocurre en este mundo!…, estaba de nuevo en el mismo salón de donde había caído a la calle, y vio a los mismos niños, y los mismos juguetes estaban sobre la mesa. Volvió a contemplar el magnífico castillo con la gentil bailarina. Aún estaba sobre la punta del pie y permanecía tan firme como él. El soldadito de plomo se impresionó tanto, que estuvo a punto de llorar; pero esto no era adecuado. La miró, y ella le devolvió la mirada; pero no se dijeron nada. De repente, uno de los niños cogió al soldadito y lo arrojó a la estufa, sin que hubiera motivo para ello. Era otra trastada del muñequito de la caja de rapé, seguramente. El soldadito sintió un calor enorme, pero no sabía si era a causa del fuego o del amor. Habían desaparecido sus colores, pero nadie podía decir si era a causa del viaje que había hecho o por el dolor. Miró a la bailarina, ella le miró, y el soldadito sintió que se fundía; pero permaneció inconmovible, fusil al hombro. Entonces se abrió una puerta, y el aire se apoderó de la bailarina, que voló como una sílfide hacia la estufa y cayó al lado del soldadito. Las llamas prendieron en ella y desapareció. Después, el soldadito quedó hecho una pasta, y a la mañana siguiente, cuando la criada quitó las cenizas, se encontró un corazoncito de plomo. De la bailarina solo quedaba la lentejuela, negra como el carbón. Autor: Hans Christian Andersen Título: El soldadito de plomo Título Original: Den standhaftige tinsoldat Publicado en: Eventyr, fortalte for Børn. Ny Samling. Første Hefte, octubre de 1838 Traducción: Salvador Bordoy Luque – José Antonio Fernández Romero
- "Caperucita Roja", cuento de Hermanos Grimm
Érase una vez una pequeña y dulce muchachita, que en cuanto se la veía se la amaba, pero sobre todo la quería su abuela, que no sabía qué darle a la niña. Un buen día le regaló una caperucita de terciopelo rojo, y como le sentaba muy bien y no quería llevar otra cosa, la llamaron Caperucita Roja . Un día la madre le dijo: —Ven, Caperucita, aquí tienes un pedazo de pastel y una botella de vino; llévaselo a la abuela, que está enferma y débil, y se sentirá aliviada con esto. Prepárate antes de que haga mucho calor, y cuando salgas ve con cuidado y no te apartes del sendero, si no, te caerás y romperás la botella, y la abuela se quedará sin nada. Y cuando llegues no te olvides de darle los buenos días, y no te pongas a curiosear antes por todas las esquinas. —Lo haré todo bien —dijo Caperucita a su madre, y le dio la mano a continuación. La abuela vivía muy dentro del bosque, a una media hora de distancia del pueblo. Cuando Caperucita llegó al bosque, se tropezó con el lobo. Pero Caperucita, que aún no sabía lo mal bicho que es el lobo, no tuvo miedo de él. —Buenos días, Caperucita Roja —dijo él. —Muchas gracias, lobo. —¿Adónde tan temprano, Caperucita? —A ver a la abuela. —¿Qué llevas debajo del delantal? —Pastel y vino. Ayer lo hicimos. Con esto la abuela, que está algo débil, se alimentará y se fortalecerá. —Caperucita, ¿dónde vive tu abuela? —Todavía a un buen cuarto de hora andando por el bosque. Debajo de tres grandes encinas, está su casa; abajo están los setos del nogal, como sabrás. El lobo pensaba para sí: «Esta joven y tierna presa es un dulce bocado y sabrá mucho mejor que la vieja; tengo que hacerlo bien desde el principio para cazar a las dos». Siguió andando un rato junto a Caperucita Roja y luego dijo: —Caperucita, mira las hermosas flores que están alrededor de ti, ¿por qué no echas una ojeada a tu alrededor? Creo que no te fijas en lo bien que cantan los pajarillos. Vas como si fueras a la escuela y aquí en el bosque es todo tan divertido… Caperucita Roja abrió los ojos y cuando vio cómo los rayos del sol bailaban de un lado a otro a través de los árboles y cómo todo estaba tan lleno de flores, pensó: «Si le llevo a la abuela un ramo de flores, se alegrará; aún es pronto y podré llegar a tiempo». Y se desvió del sendero, adentrándose en el bosque para coger flores. Cogió una y, pensando que más adentro las habría más hermosas, cada vez se internaba más en el bosque. El lobo, en cambio, se fue directamente a casa de la abuela y llamó a la puerta: —¿Quién es? —Caperucita Roja, traigo pastel y vino. Ábreme. —¡Mueve el picaporte! —gritó la abuela—. Estoy muy débil y no puedo levantarme. El lobo movió el picaporte, la puerta se abrió y él, sin decir una palabra, fue directamente a la cama de la abuela y se la tragó. Luego se puso sus vestidos y su cofia, se metió en la cama y corrió las cortinas. Entre tanto Caperucita Roja había seguido buscando flores y cuando ya había recogido tantas que no las podía llevar, se acordó de nuevo de la abuela y se puso de nuevo en camino de su casa. Se asombró de que la puerta estuviera abierta y, cuando entró en la habitación, se encontró incómoda y pensó: «Dios mío, qué miedo tengo hoy, cuando por lo general me gusta estar tanto con la abuela». Exclamó: —Buenos días —pero no recibió contestación. Luego fue a la cama y descorrió las cortinas; allí estaba la abuela con la cofia tapándole la cara, pero tenía una pinta extraña. —¡Ay, abuela, qué orejas tan grandes tienes! —Para oírte mejor. —¡Ay, abuela, qué ojos tan grandes tienes! —Para verte mejor. —¡Ay, abuela, qué manos tan grandes tienes! —Para cogerte mejor. —¡Ay, abuela, qué boca tan enormemente grande tienes! —Para devorarte mejor. Apenas había dicho esto, el lobo saltó de la cama y se zampó a la pobre Caperucita Roja. Después de que el lobo hubo saciado su apetito, se metió de nuevo en la cama, se durmió y comenzó a roncar con todas sus fuerzas. El cazador, que pasaba en ese preciso momento por la casa, pensó: «Cómo ronca la anciana; tendrías que ir a ver si necesita algo». Y cuando entró en la habitación y se acercó hasta la cama, vio que el lobo estaba dentro: —¡Ah, estás aquí, viejo pecador! —dijo él—. ¡Tanto tiempo como llevo buscándote! Entonces quiso cargar su escopeta, pero pensó que el lobo podía haber devorado a la abuela, y a lo mejor aún se la podía salvar, así que no disparó, sino que cogió las tijeras y comenzó a rajar al lobo la barriga. Cuando había dado unos cuantos cortes, salió la muchacha y dijo: —¡Huy, qué susto tenía! En la barriga del lobo estaba todo muy oscuro. Y luego salió la abuela también viva, aunque casi no podía respirar. Caperucita Roja cogió rápidamente unas piedras, con las que llenaron la barriga al lobo. Cuando este despertó, quiso irse saltando, pero las piedras eran tan pesadas que se cayó y murió. A consecuencia de esto estaban los tres muy felices. El cazador le quitó al lobo la piel y se la llevó a casa; la abuela se comió el pastel y bebió el vino que había traído Caperucita Roja y se recuperó de nuevo. Caperucita Roja pensó: «Ya no te volverás a desviar en toda tu vida del camino, si tu madre te lo ha prohibido». Se cuenta también que, una vez, Caperucita Roja le llevó de nuevo a la abuela pastas, y otro lobo le habló y la quiso desviar del camino. Caperucita Roja se guardó de hacerlo y siguió directamente su camino, y le dijo a la abuela que se había encontrado con el lobo, que le había dado los buenos días, pero que la había mirado con tan malos ojos, que si no hubiera estado en un lugar público, la hubiera devorado. —Ven —dijo la abuela—, vamos a cerrar la puerta para que no pueda entrar. Poco después llamó el lobo y gritó: —¡Abre, abuela, soy Caperucita Roja y te traigo pastas! Ellas permanecieron en silencio y no abrieron la puerta. El cabeza gris dio varias vueltas alrededor de la casa, finalmente saltó al tejado y quiso esperar hasta que Caperucita Roja se fuera por la noche a casa; entonces él la seguiría y se la zamparía en la oscuridad. Pero la abuela se dio cuenta de lo que le rondaba por la cabeza. Ante la casa había una gran artesa de piedra, y le dijo a la niña: —Coge el cubo, Caperucita; ayer cocí salchichas, trae el agua en la que las he cocido y échalo en la artesa. Caperucita Roja trajo agua hasta que la gran artesa estuvo llena. Luego empezó el olor de las salchichas a llegarle a la nariz al lobo, olisqueó, miró hacia abajo, y finalmente estiró tanto el cuello, que no pudo sujetarse más y comenzó a resbalar, de modo que se cayó del tejado precisamente dentro de la artesa y se ahogó. Caperucita Roja se fue feliz a casa y nadie le hizo daño. FIN Autor: Jacob & Wilhelm Grimm Título: Caperucita Roja Título Original: Rotkäppchen Publicado en: Kinder und Hausmärchen, 1812 Traducción: María Antonia Seijo Castroviejo
- "El hacha pequeña de los indios", cuento de Abelardo Castillo
El hacha pequeña de los indios Abelardo Castillo Después, ella hizo un alocado paso de baile y una reverencia y agregó que por eso ésta era una noche especial, mientras él, incrédulo, la miraba con los ojos llenos de perplejidad (o de algo parecido a la perplejidad, que también se parecía un poco a la locura), pero la muchacha sólo reparó en su asombro porque él había sonreído de inmediato y cuando ella le preguntó qué era lo que había estado a punto de decirle, el hombre alcanzó a murmurar nada amor mío, nada, y se rió, y siguió riéndose como si aquello ya no tuviese importancia puesto que estaba loco de alegría, como si realmente se hubiera vuelto loco de alegría. Por eso, cuando ella fue hacia el dormitorio y agregó no tardes, el hombre dijo que no. Voy en seguida, dijo. Pero se quedó mirando el hacha que colgaba junto al aparador de cedro, nueva todavía, sin usar, porque esas cosas son en realidad adornos o poco menos que se regalan en los casamientos pero que nadie utiliza y quedan colgadas ahí, como ésta, en el mismo sitio desde hace un año, haciéndole recordar cada vez que la miraba (de un lado el filo; del otro, una especie de maza, con puntas, para macerar carne) viejas historias de indios cuando él era Ojo de Halcón y mataba al traidor o al lobo empuñando un hacha parecida a ésta. Sólo que aquélla era de palo y ésa estaba ahí, de metal brillante, frente al hombre que ahora, al levantarse y cruzar la habitación, evocó la primera noche que cruzó esta habitación igual que ahora, el día que se casaron pese al gesto ambiguo de los amigos, pese a las palabras del médico, la noche un poco casual en que se encontraron casados y mirándose con sorpresa, riéndose de sus propias caras, después de aquel noviazgo o juego junto al mar en el que hasta hubo una gitana y fuegos artificiales y un viejo napolitano que cantaba romanzas, fin de semana o sueño que él recordaba desde el fondo de un país de agua como una sola y larga madrugada verde, como estar desnudo y algo ebrio sobre una arena lunar, de tan limpia, como un gusto a ola o a piel mojada pero sobre todo como un jirón de música de acordeón y la voz del viejito napolitano en alguna cantina junto a los malecones, vértigo que se consumó en dos días porque la muchacha era hermosa —linda como una estampa de la Virgen, dijo mamá al verla, te hará feliz, y también lo había dicho la gitana, que sin embargo bajó los ojos y no aceptó el dinero—, y de pronto estaban riéndose y casados, pese al gesto cortado de algún amigo al saludarla, pese a que ella quería tener un hijo y a la gitana que decía la buenaventura entre los fuegos artificiales, pese al espermograma y al dictamen médico y a que cada vez que la veía mirar a un chico, cada vez que la veía acariciarles la cabeza y jugar atolondradamente con ellos como una pequeña hermana mayor de ojos alocados y manos como pájaros, pensaba estoy haciendo una porquería y sentía vergüenza, y asco, un asco parecido al que lo mareaba ahora, en el momento de descolgar el hacha pequeña, mientras la sopesaba lo mismo que sopesó durante un año entero la idea de contárselo todo, de contarle que al casarse con ella él le había matado de algún modo y para siempre un muchachito rubio, un chiquilín tropezante que jamás podría andar cayéndose, levantándose, dejando sus juguetes por la casa: hasta que al fin esta misma tarde él decidió contárselo todo porque supo secretamente que ella, la muchacha de ojos alocados y manos como pájaros, la perra, entendería. Y llegó a la casa pensando en el tono con que pronunciaría sus primeras palabras esa noche (tengo que decirte algo), el tono intrascendente o ingenuo que tienen siempre las grandes revelaciones. Por eso el hombre estaba cruzando ahora la habitación y empuñaba el hacha pequeña de los indios que le recordaba historias de matar al cacique o al lobo, o a la grandísima perra que esta noche, antes de que él hablara, dijo que tenía algo que decirle: algo que ella había dicho con el tono intrascendente e ingenuo de las grandes revelaciones. «Vamos a tener un hijo», había dicho. Simplemente. Después, hizo un paso de baile y una reverencia. FIN Autor: Abelardo Castillo Título: El hacha pequeña de los indios Publicado en: Las panteras y el templo (1976)
- "El árbol de cerezo y el silbido mágico", cuento de Osamu Dazai
El árbol de cerezo y el silbido mágico Osamu Dazai Hay algo de lo que siempre me acuerdo cada vez que llega la época del año en la que las flores de cerezo caen y empiezan a brotar sus hojas. Ocurrió hace treinta y cinco años, cuando mi padre estaba todavía vivo. Toda mi familia, no, espera, mi madre ya había fallecido: había sido siete años atrás, cuando yo tenía trece, así que por entonces estábamos solamente los tres. Mi padre, mi hermana y yo. Cuando yo tenía dieciocho años y mi hermana dieciséis, mi padre fue destinado como vicedirector de un instituto a la prefectura de Shimane [1] , así que nos fuimos los tres a vivir a una ciudad a orillas del mar del Japón. Una que tenía un castillo y, por entonces, unos veinte mil habitantes. Como no encontramos ninguna casa en alquiler que nos viniese bien, tuvimos que conformarnos con una caseta de dos habitaciones que había en el recinto de un templo budista de la zona. Se trataba de un templo solitario que se encontraba muy cerca de las montañas que había a las afueras de la ciudad. Estuvimos viviendo allí unos seis años, hasta que destinaron a mi padre a un instituto en Matsue [2] . Me casé cuando ya vivíamos en Matsue, en el otoño en que cumplí veinticuatro años. Lo cierto es que me casé bastante tarde para lo que se estilaba en aquella época. Como mi madre murió cuando éramos pequeñas y mi padre se pasaba todo el día estudiando y no tenía ni idea de cómo hacer las tareas del hogar, era yo quien me encargaba de todo. Por eso, aunque tuve algunas proposiciones de matrimonio, no quise casarme por no irme a vivir con otra familia y tener que abandonar la mía. Si al menos mi hermana hubiese sido fuerte, me lo habría tomado con más tranquilidad, pero, según estaban las cosas, decidí posponer todos mis planes de matrimonio indefinidamente. Mi hermana y yo no nos parecíamos en nada. Ella era muy guapa e inteligente. Tenía el pelo muy largo y era muy atractiva, pero no gozaba de buena salud, era débil. Dos años después de habernos ido a vivir a aquella ciudad del castillo, en la primavera de mis veinte años, mi hermana falleció. Tenía tan solo dieciocho años. Eso ocurrió hace treinta y cinco. Resultó que mi hermana llevaba un tiempo bastante enferma. Nadie, ni siquiera ella, había reparado en ello. Padecía de tuberculosis en los riñones, una enfermedad cruel. Cuando se la diagnosticaron, ya tenía los dos riñones muy infectados. El médico le dijo a mi padre que no sobreviviría más de cien días. Me contaron que no había nada que se pudiese hacer para salvarla. Pasó un mes, y luego un par de meses más. Tan solo podíamos observar como mi hermana se iba marchitando. Mientras tanto, el día número cien se acercaba inexorablemente. Decidimos ocultarle la información del médico para no preocuparla más de lo necesario. Aunque tenía que guardar cama durante todo el día, estaba bastante bien de ánimo. Solía cantar muy alegremente, gastaba bromas de vez en cuando y me pedía toda clase de caprichos. Me llenaba de tristeza saber que, independientemente de todo lo que hiciésemos, en treinta o cuarenta días moriría sin remedio. Cada noche, al irme a dormir, sentía como si me pinchasen por todo el cuerpo con agujas de coser. No podía soportarlo más. Marzo, abril, mayo… Sí, ocurrió a mediados de mayo. Jamás se me olvidará aquel día mientras viva. Los campos y las montañas estaban en pleno esplendor y hacía tanto calor que constantemente me entraban ganas de desnudarme y de lanzarme a correr por los campos, acariciada por el viento. Aquel verdor tan intenso me producía como chispas en los ojos. Un día caminaba sola, cabizbaja, con una mano metida en mi obi , abstraída en mis reflexiones. Lo único que acudía a mi mente eran pensamientos funestos y a cada paso que daba me sentía más y más agobiada. Domm, domm … Un sonido horroroso comenzó a escucharse a lo lejos, débil, pero muy, muy grave, como si alguien estuviera tocando un tambor inmenso desde lo más profundo del infierno. Parecía que proviniese del centro de la tierra o de lo más alto del cielo. No tenía ni idea de qué podría significar aquel sonido tan macabro. Pensé que me estaba volviendo loca. Me quedé totalmente bloqueada, incapaz de moverme. Lancé un grito. Simplemente no podía seguir de pie. Me senté en la hierba y empecé a llorar angustiada. Más tarde me enteré de que aquel terrible sonido no era sino el eco de la batalla del mar del Japón [3] . Se trataba de los cañonazos de los buques de guerra comandados por el almirante Tōgō, que destruyeron a la Flota Rusa del Báltico. Creo que fue por aquella época. Durante todo el día, en la ciudad costera donde vivíamos se estuvo escuchando de fondo el espeluznante sonido de los cañones que tronaban sin cesar en la distancia. Imagino que el resto de la gente de la ciudad también debió de sentir mucho miedo, igual que yo, pero lo cierto era que durante todo el día no tuve ni idea de lo que estaba ocurriendo. Pensaba tanto en mi hermana que casi perdí la cabeza, estaba convencida de que aquel siniestro sonido provenía de un tambor que tocaba en el infierno y pasé un rato que se me hizo eterno llorando en el campo. Cuando empezó a anochecer, me levanté por fin y volví caminando al templo con aire distraído. Me parecía estar muerta. —Hermana… —dijo ella llamándome cuando entré en casa. Desde hacía varios días ya estaba totalmente demacrada y sin fuerzas. Teníamos la ligera impresión de que ella era consciente de que no iba a vivir mucho más. Ya no me pedía caprichos como solía hacer de vez en cuando, así que verla en ese estado me dolía más que nunca. —Hermana, ¿cuándo ha llegado esta carta? Me alarmé y noté cómo empalidecía. «¿Cuándo ha llegado?», me preguntó con inocencia. Recobré el ánimo como pude y le contesté: —Hace un rato, cuando estabas durmiendo. Como dormías con una sonrisa en los labios, te la dejé junto a la almohada con cuidado de no despertarte. No te has dado cuenta, ¿verdad? —No, no me había dado cuenta —me contestó con una blanca sonrisa que iluminaba la penumbra de la habitación al anochecer—. Acabo de leerla. Qué curioso, es de alguien que no conozco… ¿Cómo que no lo conocía? Yo sabía quién era el remitente, un hombre llamado M. T. Bueno, en realidad nunca lo había visto, pero sabía quién era. Cinco o seis días antes, cuando estaba ordenando la cómoda de mi hermana, encontré un montón de cartas atadas con un lazo verde escondidas en el fondo de un cajón. Sabía que no era lo correcto, pero desaté el lazo y las leí. Eran unas treinta cartas, todas ellas de un tal M. T. En los sobres no aparecía su nombre, pero sí en la carta. Los remitentes eran siempre nombres femeninos, de amigas de mi hermana que nosotros conocíamos, por lo que mi padre y yo jamás sospechamos que se estuviese escribiendo con un chico. M.T. debía de ser una persona extremadamente cuidadosa. Habría preguntado a mi hermana los nombres de todas sus amigas y por eso, cada vez que le escribía, utilizaba un nombre distinto. Me sorprendí de lo astutos que pueden llegar a ser los jóvenes cuando están enamorados. ¿Y si mi padre se hubiese enterado? Con lo estricto que era me dio tanto miedo pensar en que pudiera haberlo descubierto que me entró un escalofrío. Pero, leyéndolas en orden cronológico, empecé a sentirme mucho mejor. Incluso había partes tan graciosas que de vez en cuando se me escapaba una sonrisa. Y así, aunque fuera a través de otra persona, pude sentir las emociones de aquel mundo que hasta entonces a mí me había estado vedado. Yo acababa de cumplir veinte años y, como todas las mujeres, me veía aquejada por problemas que sabía que no le podía contar a nadie. Sin embargo, leyendo aquellas cartas, sentí como si todos se hubieran esfumado en mi interior. Recuerdo que leí las treinta y tantas cartas, una detrás de otra, muy rápido pero muy concentrada. Cuando por fin llegué a la última, fechada el otoño del año anterior, recuerdo que me levanté como impulsada por un resorte. Experimenté algo similar a lo que se debe de sentir cuando te alcanza un rayo. Me quedé petrificada, tanto que casi me caí de espaldas. En aquella última carta descubrí con horror que la relación de mi hermana con ese chico no había sido solo sentimental, sino que estaba mucho más avanzada, de manera sucia. En un rapto de ira quemé todas las cartas. Al parecer, todo indicaba que M. T. era una especie de poeta pobre que vivía en la ciudad. Nada más enterarse de que mi hermana había caído enferma, fue tan cobarde que la abandonó. «Vamos a olvidarnos de lo nuestro», le decía sin ningún tipo de escrúpulos en la última carta, sin dar muestra siquiera de una pizca de arrepentimiento por sus palabras. Tras aquello no le volvió a escribir. «Soy la única que lo sabe, nadie debe de enterarse. Tengo que callármelo de por vida para que mi hermana pueda morir siendo una virgen pura a ojos de los demás». Decidí guardarme aquel dolor en el pecho, no compartirlo con nadie más. Aun así, no fue fácil. Desde que leí aquellas cartas, no podía evitar sentir más pena todavía por la situación de mi pobre hermana. Me venían a la mente imágenes extrañas que me partían el corazón y que me llenaban de amargura. Fue algo muy triste, y también extremadamente desagradable. Un tipo de dolor que no se puede entender si una no es una mujer tan joven como nosotras éramos entonces. Por un momento, me sentí como si estuviese en el infierno, como si fuera yo, y no mi hermana, la que estuviera sufriendo todas aquellas afrentas. Reconozco que durante aquellos días creí que acabaría volviéndome loca. —Mira, léela —me dijo—. Y cuéntame qué dice. —Lo cierto es que en aquel momento llegué a odiar su indecencia. —¿De verdad? ¿No te importa que la lea? —le pregunté en voz baja. Cogí la carta con las manos temblorosas. Me temblaban tanto que por poco pierdo la compostura. Sin haberla abierto, ya sabía lo que contenía la carta. Pero tenía que leerla disimulando, como si no supiese nada. La leí en voz alta, casi sin mirarla. Se podía leer lo siguiente: «Hoy te escribo para pedirte perdón. La razón por la que no te he vuelto a escribir hasta hoy ha sido básicamente por mi falta de confianza en mí mismo. Soy pobre, y me temo que algo inútil también, y por más vueltas que le doy he descubierto que no tengo ninguna forma de poder ayudarte en tu situación. Últimamente me he sentido muy decepcionado conmigo mismo. Sobre todo porque no he podido hacer nada más que demostrarte mi amor con palabras. Palabras que siempre han sido totalmente sinceras. No ha habido un solo día en el que no haya pensado en ti, incluso por las noches te veo en sueños. Aun así, no he sido capaz de encontrar la manera de darte ningún tipo de apoyo. Fue por eso que decidí pedirte que lo dejáramos, por todo el dolor que sentía. Conforme tu salud empeoraba, mi amor por ti se hacía más profundo y me resultaba más difícil acercarme a ti. Espero que entiendas lo que hice. No pienses que todo esto no son más que excusas. De ninguna manera lo son. En un principio, pensé que era la manera correcta de acarrear con la responsabilidad que todo esto conlleva. Pero estaba equivocado. Fue un error. Un error tremendo. Te pido perdón de todo corazón. Quise que me vieses como alguien perfecto, y eso no hacía más que frustrarme. Me siento impotente y triste ante la idea de no poder hacer nada más por ti, por lo que, al menos, intento regalarte estas palabras llenas de sinceridad. Esa sería la manera correcta de llevar una vida modesta y hermosa. Es la conclusión a la que he llegado después de todo lo que ha pasado. Lo menos que se puede hacer es dar lo mejor de uno mismo, independientemente de lo difícil que se presente la situación. Aunque sean gestos pequeños que a primera vista puedan parecer intrascendentes. Por eso, pienso que sería importante que te diese al menos una flor de diente de león. Eso sería lo que haría un hombre de verdad, no un sinvergüenza como yo. No pienso huir más de ti. Te amo. De hoy en adelante, te escribiré una poesía a diario. Además, iré a tu casa cada día y te silbaré una canción distinta desde fuera del muro para que puedas escucharla. Espérame mañana a las seis de la tarde. Empezaré silbando la melodía de Gunkan māchi [4] . Se me da bien silbar, ya verás. Es lo menos que puedo hacer por ti en estos momentos. Pero no te rías. Bueno, sí. Ríete. Quiero que te alegres y que estés feliz. Seguro que Dios nos está cuidando a los dos desde algún lugar. Estoy seguro. Tú y yo somos sus favoritos. Espero que algún día podamos casarnos y celebrar una bonita ceremonia. Esperando estuvea que floreciesenlas flores de melocotón. Este año por fin lo hicieron.Me dijeron que blancas serían,pero rojas resultaron ser. Quiero que sepas que estoy estudiando mucho. Todo saldrá bien. Hasta mañana. M.T.» —Hermana. Lo sé todo —murmuró ella—. Me la escribiste tú, ¿verdad? Gracias. Eres muy buena. Quise romper la carta en mil pedazos y arrancarme el cabello de la vergüenza que me entró al escucharla. ¿Existe forma en el mundo de expresar cómo me sentía en aquel momento? Temblaba tanto que no podía estar de pie ni tampoco sentada. Sí, fui yo quien escribió aquella maldita carta. No era capaz de seguir viendo sufrir a mi hermana. Tenía pensado escribirle todos los días, imitando la caligrafía de M. T. Me esforzaría al máximo para escribirle una poesía a diario e incluso saldría a silbarle cada tarde a las seis desde el muro de la casa. Así hasta el día que muriese. ¡Qué vergüenza! Llegué incluso a escribirle aquella ridícula poesía. Estaba tan desesperada que no supe qué responderle. —No te preocupes, hermana. No pasa nada —me dijo sonriendo ella, con absoluta serenidad—. Has visto las cartas que estaban atadas con el lazo verde, ¿verdad? Son todas de mentira. Como me sentía tan sola, empecé a escribirme a mí misma. Empecé hace dos otoños. No te rías de mí, por favor. La adolescencia es una etapa muy complicada. Fue algo de lo que me di cuenta al caer enferma. ¡Qué tonta había sido escribiéndome a mí misma! ¡Qué ridícula! ¡Qué miserable! Me lamentaba por no haber conocido a ningún hombre de verdad. Quería que alguien me abrazase con fuerza. ¿Sabes qué? Jamás he tenido novio. Ni siquiera he sido capaz de hablar nunca con ningún hombre desconocido. Tú tampoco, ¿verdad? Hemos estado las dos tan equivocadas todo este tiempo… Hemos sido demasiado buenas. ¡Ah, no quiero morirme! ¡Mis manos, mis dedos, mi cabello! ¡Qué será de ellos! ¡No! ¡No quiero morirme! Sus palabras me llenaron el corazón de una mezcla de tristeza, dicha y vergüenza. No sabía qué hacer. Apreté mi mejilla contra la suya, que estaba hundida, y la abracé tiernamente mientras las lágrimas me anegaban los ojos. Justo entonces, se escuchó. Fue un sonido muy leve, pero fácil de reconocer. Se trataba de la melodía de Gunkan māchi . Mi hermana también se dio cuenta y aguzó el oído. Me fijé y resultó que eran las seis de la tarde. Nos dio tanto miedo que nos abrazamos, inmóviles, escuchando las dos aquel silbido enigmático que se oía tras el árbol de cerezo de hojas verdes que crecía en nuestro jardín. En aquel momento supe que Dios existía. Estaba segura de que existía. Mi hermana murió tres días más tarde. El médico se extrañó, ya que había fallecido demasiado pronto, de manera súbita. Pero a mí no me sorprendió. Todo fue voluntad de Dios. Ahora… Ahora ya han pasado muchísimos años y ya no soy tan inocente como lo era entonces. Es algo de lo que me avergüenzo, pero poco a poco me he ido haciendo más escéptica. Hay veces en las que llego a pensar que fue mi padre el que silbó aquella melodía. Quizá nos escuchó desde la habitación de al lado al llegar del trabajo, sintió lástima, y se propuso realizar la mejor interpretación de su vida. Hay veces en las que pienso que fue así, pero bueno, puede que quizá tampoco fuese eso lo que ocurrió exactamente. Si al menos estuviese vivo, podría preguntárselo, pero hace ya quince años que murió. Nada, dejémoslo. Fue obra de Dios y punto. Me gustaría quedarme tranquila creyendo en que fue aquello lo que ocurrió, pero cada año que transcurre me voy haciendo más escéptica y voy perdiendo la inocencia de aquellos lejanos días de mi juventud. La verdad es que es algo que no me agrada, pero qué se le va a hacer. FIN [1] Situada en la región de Chūgoku, al sur de Japón (N. de los T.). [2] Capital de Shimane. (N. de los T.) [3] También conocida como la Batalla de Tsushima, fue un enfrentamiento naval que tuvo lugar en 1905. La Flota Rusa del Báltico fue atacada por la flota de la Armada Imperial Japonesa, comandada por Heihachirō Tōgō (1848-1934), considerado uno de los héroes navales más reconocidos de Japón. El Imperio Japonés ganó la batalla. (N. de los T.) [4] Marcha oficial de la Marina del Imperio Japonés, creada por el compositor Tōkichi Setoguchi (1868-1941) en 1897. (N. de los T.) Autor: Osamu Dazai Título: El árbol de cerezo y el silbido mágico Título Original: 葉桜と魔笛 (Hazakura to Mateki) Publicado en: Wakakusa, junio de 1939 Traducción: Ryoko Shiba – Juan Fandiño
- "La biblioteca de Babel", Jorge Luis Borges
La biblioteca de Babel Jorge Luis Borges(Cuento completo) By this art you may contemplatethe variation of the 23 letters… The Anatomy of Melancholy ,part. 2, sect. II, mem. IV El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono, se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito… La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante. Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita. Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios). Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible . A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas. El primero: La Biblioteca existe ab aeterno . De esa verdad cuyo corolario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas. El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco [1] . Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras M C V perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice Oh tiempo tus pirámides . Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano… Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos, no es del todo falaz). Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de inalterables M C V no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podía influir en la subsiguiente y que el valor de M C V en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores. Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior [2] dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay, en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos . De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basílides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito. Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron… Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero. También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos… Hay buscadores oficiales, inquisidores . Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada. A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden. Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles. Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los «tesoros» que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos. También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás : algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito… En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total [3] ; ruego a los dioses ignorados que un hombre —¡uno solo, aunque sea, hace miles de años!— lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique. Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de «la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira». Esas palabras que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula Trueno peinado , y otro El calambre de yeso y otro Axaxaxas mlö . Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi , ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos —y también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales , pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?). La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana —la única— está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta. Acabo de escribir infinita . No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente cesar —lo cual es absurdo. Quienes lo imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica . Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza [4] . Mar del Plata, 1941 [1] El manuscrito original no contiene guarismos o mayúsculas. La puntuación ha sido limitada a la coma y al punto. Esos dos signos, el espacio y las veintidós letras del alfabeto son los veinticinco símbolos suficientes que enumera el desconocido. ( Nota del Editor ). [2] Antes, por cada tres hexágonos había un hombre. El suicidio y las enfermedades pulmonares han destruido esa proporción. Memoria de indecible melancolía: a veces he viajado muchas noches por corredores y escaleras pulidas sin hallar un solo bibliotecario. [3] Lo repito: basta que un libro sea posible para que exista. Sólo está excluido lo imposible. Por ejemplo: ningún libro es también una escalera, aunque sin duda hay libros que discuten y niegan y demuestran esa posibilidad y otros cuya estructura corresponde a la de una escalera. [4] Letizia Álvarez de Toledo ha observado que la vasta Biblioteca es inútil; en rigor, bastaría un solo volumen , de formato común, impreso en cuerpo nueve o en cuerpo diez, que constara de un número infinito de hojas infinitamente delgadas. (Cavalieri a principios del siglo XVII, dijo que todo cuerpo sólido es la superposición de un número infinito de planos). El manejo de ese vademécum sedoso no sería cómodo: cada hoja aparente se desdoblaría en otras análogas; la inconcebible hoja central no tendría revés. Autor: Jorge Luis Borges Título: La biblioteca de Babel Publicado en: El jardín de senderos que se bifurcan (1941)
- "La gallina degollada", cuento de Horacio Quiroga
La gallina degollada Horacio Quiroga Todo el día, sentados en el patio, en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con toda la boca abierta. El patio era de tierra, cerrado al Oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerro al declinar, los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio; poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial como si fuera comida. Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces alrededor del patio, mordiéndose la lengua y mugiendo. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón. El mayor tenía doce años y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal. Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer y mujer y marido hacia un porvenir mucho más vital: un hijo. ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de un cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación? Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando la causa del mal en las enfermedades de los padres. Después de algunos días los miembros paralizados de la criatura cobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo. Había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre. —¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta sobre aquella espantosa ruina de su primogénito. El padre, desolado, acompañó al médico afuera. —A usted se le puede decir: creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá. —¡Sí!… ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que…? —En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágalo examinar detenidamente. Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad. Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente el segundo hijo amanecía idiota. Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza o inteligencia, como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos! Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas de dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitiose el proceso de los dos mayores. Mas por encima de su inmensa amargura quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer o cuando veían colores brillantes y oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años, Mazzini y Berta desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado la fatalidad. No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores. Iniciáronse con el cambio de pronombres: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba. —Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos— que podrías tener más limpios a los muchachos. Berta continuó leyendo como si no hubiera oído. —Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos. Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada. —De nuestros hijos, me parece… —Bueno, de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos. Esta vez Mazzini se expresó claramente. —Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, ¿no? —¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida—; pero yo tampoco, supongo… ¡No faltaba más…! —murmuró. —¿Qué no faltaba más? —¡Que si alguien tiene la culpa no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir. Su marido la miró un momento, con un brutal deseo de insultarla. —¡Dejemos! —articuló al fin, secándose las manos. —Como quieras; pero si quieres decir… —¡Berta! —¡Como quieras! Este fue el primer choque, y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones sus almas se unían con doble arrebato y ansia por otro hijo. Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en su hija toda su complacencia, que la pequeña llevaba a los extremos límites del mimo y la mala crianza. Si aun en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidose casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo. No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear. Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban casi todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota cancia. De ese modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que sus padres eran incapaces de negociarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre y el temor a verla morir o quedar idiota tornó a reabrir la eterna llaga. Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini. —¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces…? —Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito. Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto! —Ni yo jamás te hubiera creído tanto a ti… ¡tisiquilla! —¡Qué! ¿Qué dijiste? —¡Nada! —¡Sí, te oí algo! Mira; ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú! Mazzini se puso pálido. —¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías decir! —¡Sí, víbora, sí! ¡Pero yo he tenido padres sanos! ¿Oyes? ¡Sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos! Mazzini explotó a su vez. —¡Víbora tísica! ¡Eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos; mi padre o tu pulmón picado, víbora! Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido y, como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto infames fueran los agravios. Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra. A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina. El día, radiante, había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar la frescura de la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volviose, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación. Rojo… Rojo… —¡Señora! Los niños están aquí en la cocina. Berta llegó. No quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en estas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuanto más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos. —¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo! Las cuatro bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco. Después de almorzar salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapose en seguida a casa. Entretanto, los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca. De pronto algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidiose por una silla desfondada, pero aún no alcanzaba. Recurrió entonces a un cajón de keroseno, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó. Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados y buscar apoyo con el pie para alzarse más. Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana mientras una creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron al cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, se sintió cogida de una pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo. —¡Soltáme! ¡Dejáme! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída. —¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintiose arrancada y cayó. —¡Mamá! ¡Ay, ma…! —no pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo. Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija. —Me parece que te llama —le dijo a Berta. Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba a dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio: —¡Bertita! Nadie respondió. —¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada. Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado que la espalda se le heló del horrible presentimiento. —¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta, entornada, y lanzó un grito de horror. Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola. —¡No entres! ¡No entres! Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro. Autor: Horacio Quiroga Título: La gallina degollada Publicado en: Caras y caretas (10 de julio de 1909) Aparece en: Cuentos de amor de locura y de muerte (1917)











