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  • El águila y el halcón

    Cuenta una vieja leyenda de los indios sioux que, una vez, hasta la tienda del viejo brujo de la tribu llegaron, tomados de la mano, Toro Bravo, el más valiente y honorable de los jóvenes guerreros, y Nube Alta, la hija del cacique y una de las más hermosas mujeres de la tribu. – Nos amamos – empezó el joven.– Y nos vamos a casar – dijo ella.– Y nos queremos tanto que tenemos miedo.– Queremos un hechizo, un conjuro, un talismán.– Algo que nos garantice que podremos estar siempre juntos.– Que nos asegure que estaremos uno al lado del otro hasta encontrar a Manitú el día de la muerte.– Por favor – repitieron – ¿hay algo que podamos hacer? El viejo los miró y se emocionó de verlos tan jóvenes, tan enamorados, tan anhelantes esperando su palabra. – Hay algo… – dijo el brujo – Nube Alta, ¿ves el monte al norte de nuestra aldea? Deberás escalarlo sola y, sin más armas que una red y tus manos, cazar el halcón más hermoso y vigoroso del monte. Si lo atrapas, deberás traerlo aquí con vida el tercer día después de la luna llena. ¿Has comprendido? La joven asintió en silencio. – Y tú, Toro Bravo – siguió el brujo -, deberás escalar la montaña del trueno y cuando llegues a la cima, encontrar la más bravía de todas las águilas y solamente con tus manos y una red atraparla sin heridas y traerla ante mí, viva, el mismo día en que vendrá Nube Alta. Salgan ahora. Los jóvenes se miraron con ternura y después de una fugaz sonrisa salieron a cumplir la misión encomendada, ella hacia el norte, él hacia el sur. El día establecido, frente a la tienda del brujo, los dos jóvenes esperaban con sendas bolsas de tela que contenían las aves solicitadas. El viejo les pidió que con mucho cuidado las sacaran de las bolsas. Los jóvenes lo hicieron y expusieron ante la aprobación del viejo los pájaros cazados. Eran verdaderamente hermosos ejemplares, sin duda lo mejor de su estirpe. – ¿Volaban alto? – preguntó el brujo.– Sí, sin dudas. Como lo pediste… ¿Y ahora? – preguntó el joven – ¿Los mataremos y beberemos el honor de su sangre?– No – dijo el viejo.– Los cocinaremos y comeremos el valor de su carne – propuso la joven.– No – repitió el viejo – Hagan lo que les digo. Tomen las aves y átenlas entre sí por las patas con estas tiras de cuero. Cuando las hayan anudado, suéltenlas y que vuelen libres. El guerrero y la joven hicieron lo que se les pedía y soltaron los pájaros. El águila y el halcón intentaron levantar el vuelo pero sólo consiguieron revolcarse en el suelo. Unos minutos después, irritadas por la incapacidad, las aves arremetieron a picotazos entre sí hasta lastimarse. – Éste es el conjuro. Jamás olviden lo que han visto. Son ustedes como un águila y un halcón. Si se atan el uno al otro, aunque lo hagan por amor, no sólo vivirán arrastrándose, sino que además, tarde o temprano, empezarán a lastimarse uno al otro. Si quieren que el amor entre ustedes perdure, vuelen juntos pero jamás atados. Título:  El águila y el halcón Autor:  Anónimo

  • "El chico sucio", cuento de Mariana Enríquez

    El chico sucio Mariana Enríquez Mi familia cree que estoy loca porque elegí vivir en la casa familiar de Constitución, la casa de mis abuelos paternos, una mole de piedra y puertas de hierro pintadas de verde sobre la calle Virreyes, con detalles art déco y antiguos mosaicos en el suelo, tan gastados que, si se me ocurriera encerar los pisos, podría inaugurar una pista de patinaje. Pero yo siempre estuve enamorada de esta casa y, de chica, cuando se la alquilaron a un buffet de abogados, recuerdo mi malhumor, cuánto extrañaba estas habitaciones de ventanas altas y el patio interno que parecía un jardín secreto, mi frustración porque, cuando pasaba por la puerta, ya no podía entrar libremente. No extrañaba tanto a mi abuelo, un hombre callado que apenas sonreía y nunca jugaba. Ni siquiera lloré cuando murió. Lloré mucho más cuando, después de su muerte, perdimos la casa, al menos por unos años. Después de los abogados llegó un equipo de odontólogos y, finalmente, fue alquilada a una revista de viajes que cerró en menos de dos años. La casa era hermosa y cómoda y estaba en notables buenas condiciones teniendo en cuenta su antigüedad; pero ya nadie, o muy pocos, querían establecerse en el barrio. La revista de viajes lo hizo sólo porque el alquiler, para entonces, era muy barato. Pero ni eso los salvó de la rápida bancarrota y ciertamente no ayudó que robaran en las oficinas: se llevaron todas las computadoras, un horno a microondas, hasta una pesada fotocopiadora. Constitución es el barrio de la estación de trenes que vienen del sur a la ciudad. Fue, en el siglo XIX, una zona donde vivía la aristocracia porteña, por eso existen estas casas, como la de mi familia —y hay muchas más mansiones convertidas en hoteles o asilos de ancianos o en derrumbe del otro lado de la estación, en Barracas—. En 1887 las familias aristocráticas huyeron hacia el norte de la ciudad escapando de la fiebre amarilla. Pocas volvieron, casi ninguna. Con los años, familias de comerciantes ricos, como la de mi abuelo, pudieron comprar las casas de piedra con gárgolas y llamadores de bronce. Pero el barrio quedó marcado por la huida, el abandono, la condición de indeseado. Y está cada vez peor. Pero si uno sabe moverse, si entiende las dinámicas, los horarios, no es peligroso. O es menos peligroso. Yo sé que los viernes por la noche, si me acerco a la plaza Garay, puedo quedar atrapada en alguna pelea entre varios contrincantes posibles: los mininarcos de la calle Ceballos que defienden su territorio de otros ocupantes y persiguen a sus perpetuos deudores; los adictos que, descerebrados, se ofenden por cualquier cosa y reaccionan atacando con botellas; las travestis borrachas y cansadas que también defienden su baldosa. Sé que, si vuelvo a mi casa caminando por la avenida, estoy más expuesta a un robo que si regreso por la calle Solís, y eso a pesar de que la avenida está muy iluminada y Solís es oscura porque tiene pocas lámparas y muchas están rotas: hay que conocer el barrio para aprender estas estrategias. Dos veces me robaron en la avenida, las dos, chicos que pasaron corriendo y me arrancaron el bolso y me tiraron al suelo. La primera vez hice la denuncia a la policía; la segunda vez ya sabía que era inútil, que la policía les tenía permitido robar en la avenida, con límite en el puente de la autopista —tres cuadras liberadas—, como intercambio de los favores que los adolescentes hacían para ellos. Hay algunas claves para poder moverse con tranquilidad en este barrio y yo las manejo perfectamente, aunque, claro, lo impredecible siempre puede suceder. Es cuestión de no tener miedo, de hacerse con algunos amigos imprescindibles, de saludar a los vecinos aunque sean delincuentes —especialmente si son delincuentes—, de caminar con la cabeza alta, prestando atención. Me gusta el barrio. Nadie entiende por qué. Yo sí: me hace sentir precisa y audaz, despierta. No quedan muchos lugares como Constitución en la ciudad, que, salvo por las villas de la periferia, está más rica, más amable, intensa y enorme, pero fácil para vivir. Constitución no es fácil y es hermoso, con todos esos rincones que alguna vez fueron lujosos, como templos abandonados y vueltos a ocupar por infieles que ni siquiera saben que, entre estas paredes, alguna vez se escucharon alabanzas a viejos dioses. También vive mucha gente en la calle. No tanta como en la plaza Congreso, a unos dos kilómetros de mi puerta; ahí hay un verdadero campamento, justo frente a los edificios legislativos, prolijamente ignorado pero al mismo tiempo tan visible que, cada noche, hay cuadrillas de voluntarios que le dan de comer a la gente, chequean la salud de los chicos, reparten frazadas en invierno y agua fresca en verano. En Constitución la gente de la calle está más abandonada, pocas veces llega ayuda. Frente a mi casa, en una esquina que alguna vez fue una despensa y ahora es un edificio tapiado para que nadie pueda ocuparlo, las puertas y ventanas bloqueadas con ladrillos, vive una mujer joven con su hijo. Está embarazada, de unos pocos meses, aunque nunca se sabe con las madres adictas del barrio, tan delgadas. El hijo debe tener unos cinco años, no va a la escuela y se pasa el día en el subterráneo, pidiendo dinero a cambio de estampitas de San Expedito. Lo sé porque una noche, cuando volvía a casa desde el centro, lo vi en el vagón. Tiene un método muy inquietante: después de ofrecerles la estampita a los pasajeros, los obliga a darle la mano, un apretón breve y mugriento. Los pasajeros contienen la pena y el asco: el chico está sucio y apesta, pero nunca vi a nadie lo suficientemente compasivo como para sacarlo del subte, llevárselo a su casa, darle un baño, llamar a asistentes sociales. La gente le da la mano y le compra la estampita. Él tiene el ceño siempre fruncido y, cuando habla, la voz cascada; suele estar resfriado y a veces fuma con otros chicos del subte o del barrio de Constitución. Una noche, caminamos juntos desde la estación de subte hasta mi casa. No me habló pero nos acompañamos. Le pregunté algunas tonterías, su edad, su nombre; no me contestó. No era un chico dulce ni tierno. Cuando llegué a la puerta de mi casa, sin embargo, me saludó. —Chau, vecina —me dijo. —Chau, vecino —le contesté. El chico sucio y su madre duermen sobre tres colchones tan gastados que, apilados, tienen el mismo alto que un somier común. La madre guarda la poca ropa en varias bolsas de basura negras y tiene una mochila llena de otras cosas que nunca alcanzo a distinguir. Ella no se mueve de la esquina y desde ahí pide plata con una voz lúgubre y monótona. La madre no me gusta. No sólo por su irresponsabilidad, porque fuma paco y la ceniza le quema la panza de embarazada o porque jamás la vi tratar con amabilidad a su hijo, el chico sucio. Hay algo más que no me gusta. Se lo decía a mi amiga Lala mientras ella me cortaba el pelo en su casa, el último lunes feriado. Lala es peluquera, pero hace rato que no trabaja en un salón: no le gustan los jefes, dice. Gana más dinero y tiene más tranquilidad en su departamento. Como peluquería, el departamento de Lala tiene algunos problemas. El agua caliente, por ejemplo, que llega de manera intermitente porque el calefón le funciona pésimo y a veces, cuando me está lavando el pelo después de la tintura, recibo un chorro de agua fría sobre la cabeza que me hace gritar. Ella pone los ojos en blanco y explica que todos los plomeros la engañan, le cobran de más, nunca vuelven. Le creo. —Esa mujer es un monstruo, chiquita —grita mientras casi me quema el cuero cabelludo con su antiguo secador de pelo. También me hace doler cuando acomoda las mechas con sus dedos anchos. Hace años que Lala decidió ser mujer y brasileña, pero había nacido varón y uruguayo. Ahora es la mejor peluquera travesti del barrio y ya no se prostituye; fingir el acento portugués le resultaba muy útil para seducir hombres cuando era puta en la calle, pero ahora no tiene sentido. Igual, está tan acostumbrada que a veces habla por teléfono en portugués o, cuando se enoja, levanta los brazos hacia el techo y le reclama venganza o piedad a la Pomba Gira, su exú personal, para quien tiene un pequeño altar en el rincón de la sala donde corta el pelo, justo al lado de la computadora, que está encendida en chat perpetuo. —A vos también te parece un monstruo, entonces. —Me da escalofríos, mami. Está como maldecida, yo no sé. —¿Por qué lo decís? —Yo no digo nada. Pero acá en el barrio dicen que hace cualquier cosa por plata, que hasta va a reuniones de brujos. —Ay, Lala, qué brujos. Acá no hay brujos, no te creas cualquier cosa. Me dio un tirón de pelo que me pareció intencionado, pero pidió perdón. Fue intencionado. —Qué sabrás vos de lo que pasa en serio por acá, mamita. Vos vivís acá, pero sos de otro mundo. Tiene un poco de razón, aunque me molesta escucharlo así, me molesta que ella, tan sinceramente, me ubique en mi lugar, la mujer de clase media que cree ser desafiante porque decidió vivir en el barrio más peligroso de Buenos Aires. Suspiro. —Tenés razón, Lala. Pero quiero decir, vive frente a mi casa y está siempre ahí, sobre los colchones. Ni se mueve. —Vos trabajás muchas horas, no sabés qué hace. Tampoco la controlás a la noche. La gente en este barrio, mami, es muy… ¿cómo se dice? Ni te das cuenta y te atacaron. —¿Sigilosa? —Eso. Tenés un vocabulario que da envidia, ¿o no, Sarita? Es fina ella. Sarita está esperando que Lala termine con mi pelo desde hace unos quince minutos, pero no le molesta esperar. Hojea las revistas. Sarita es una travesti joven, que se prostituye en la calle Solís, y es muy hermosa. —Contale, Sarita, contale lo que me contaste a mí. Pero Sarita frunce los labios como una diva de cine mudo y no tiene ganas de contarme nada. Mejor. No quiero escuchar las historias de terror del barrio, que son todas inverosímiles y creíbles al mismo tiempo y que no me dan miedo; al menos, de día. Por la noche, cuando trato de terminar trabajos atrasados y me quedo despierta y en silencio para poder concentrarme, a veces recuerdo las historias que se cuentan en voz baja. Y compruebo que la puerta de calle esté bien cerrada y también la del balcón. Y a veces me quedo mirando la calle, sobre todo la esquina donde duermen el chico sucio y su madre, totalmente quietos, como muertos sin nombre. Una noche, después de cenar, sonó el timbre. Raro: casi nadie me visita a esa hora. Salvo Lala, alguna noche que se siente sola y nos quedamos juntas escuchando rancheras tristes y tomando whisky. Cuando miré por la ventana a ver quién era —nadie abre la puerta directamente en este barrio si suena el timbre cerca de la medianoche— vi que ahí estaba el chico sucio. Corrí a buscar las llaves y lo dejé pasar. Había llorado, se le notaba en los surcos claros que las lágrimas habían marcado en su cara mugrienta. Entró corriendo, pero se detuvo antes de llegar a la puerta del comedor, como si necesitara mi permiso. O como si tuviera miedo de seguir adelante. —¿Qué te pasó? —le pregunté. —Mi mamá no volvió —dijo. Tenía la voz menos áspera pero no sonaba como un chico de cinco años. —¿Te dejó solo? Sí, con la cabeza. —¿Tenés miedo? —Tengo hambre —me contestó. Tenía miedo también, pero ya estaba lo suficientemente endurecido como para no reconocerlo frente a un extraño que, además, tenía casa, una casa linda y enorme, justo enfrente de su intemperie. —Bueno —le dije—. Pasá. Estaba descalzo. La última vez que lo había visto, llevaba puestas unas zapatillas bastante nuevas. ¿Se las habría quitado por el calor? ¿O alguien se las habría robado durante la noche? No quise preguntarle. Lo hice sentarse en una silla de la cocina y metí en el horno un poco de arroz con pollo. Para la espera, unté queso en un rico pan casero. Comió mirándome a los ojos, muy serio, con tranquilidad. Tenía hambre pero no estaba famélico. —¿Adónde fue tu mamá? Se encogió de hombros. —¿Se va seguido? Otra vez se encogió de hombros. Tuve ganas de sacudirlo y enseguida me avergoncé. Necesitaba que lo ayudase; no tenía por qué saciar mi curiosidad morbosa. Y, sin embargo, algo en su silencio me enojaba. Quería que fuera un chico amable y encantador, no este chico hosco y sucio que comía el arroz con pollo lentamente, saboreando cada bocado, y eructaba después de terminar su vaso de Coca-Cola que sí bebió con avidez, y pidió más. No tenía nada para servirle de postre, pero sabía que la heladería de la avenida iba a estar abierta, en verano atendía hasta después de la medianoche. Le pregunté si quería ir y me dijo que sí, con una sonrisa que le cambiaba la cara por completo; tenía los dientes chiquitos y uno, de abajo, se le estaba por caer. Me daba un poco de miedo salir tan tarde y encima hacia la avenida, pero la heladería solía ser territorio neutral, casi nunca había robos ahí, tampoco peleas. No llevé cartera y guardé un poco de plata en el bolsillo del pantalón. En la calle, el chico sucio me dio la mano y no lo hizo con la indiferencia con que saludaba a los compradores de estampitas en el subte. Se aferró bien fuerte: a lo mejor todavía estaba asustado. Cruzamos la calle: el colchón sobre el que dormía con su madre seguía vacío. Tampoco estaba la mochila: o ella se la había llevado o alguien la había robado cuando la encontró ahí, sin su dueño. Teníamos que caminar tres cuadras hasta la heladería y elegí la calle Ceballos, una calle extraña, que podía ser silenciosa y tranquila algunas noches. Las travestis menos esculturales, las más gorditas o las más viejas elegían esa calle para trabajar. Lamenté no tener zapatillas para calzar al chico sucio: en las veredas solía haber restos de vidrios, de botellas rotas, y no quería que se lastimara. Él caminaba descalzo con gran seguridad, estaba acostumbrado. Esa noche, las tres cuadras estaban casi vacías de travestis pero estaban llenas de altares. Recordé lo que se celebraba: era 8 de enero, el día del Gauchito Gil. Un santo popular de la provincia de Corrientes que se venera en todo el país y especialmente en los barrios pobres —aunque hay altares por toda la ciudad, incluso en los cementerios—. Antonio Gil, se cuenta, fue asesinado por desertor a fines del siglo XIX: lo mató un policía; lo colgó de un árbol y lo degolló. Pero, antes de morir, el gaucho desertor le dijo: «Si querés que tu hijo se cure, tenés que rezar por mí.» El policía lo hizo porque su hijo estaba muy enfermo. Y el chico se curó. Entonces, el policía bajó a Antonio Gil del árbol, le dio sepultura y, en el lugar donde se había desangrado, se fue levantando un santuario, que existe hasta hoy y que todos los veranos recibe a miles de personas. Me encontré contándole la historia del gaucho milagroso al chico sucio y paramos frente a uno de los altares. Ahí estaba el santo de yeso, con la camisa celeste y el pañuelo rojo al cuello —una vincha roja también— y una cruz en la espalda, también roja. Había varias telas rojas y alguna bandera chica roja: el color de la sangre, el recuerdo de la injusticia y el degüello. Pero nada era macabro o siniestro. El gaucho trae suerte, cura, ayuda y no pide mucho a cambio, apenas que se le hagan estos homenajes y, a veces, un poquito de alcohol. O la peregrinación al santuario de Mercedes, en Corrientes, con un calor de cincuenta grados y los devotos que llegan a pie, en buses, a caballo, de todas partes, hasta desde la Patagonia. Las velas alrededor lo hacían parpadear en la semioscuridad. Le encendí una de las que se habían apagado y con la llama prendí un cigarrillo. El chico sucio parecía inquieto. —Ya vamos a la heladería —le dije. Pero no era eso. —El gaucho es bueno —dijo—. Pero el otro no. Lo dijo en voz baja, mirando las velas. —Qué otro —le pregunté. —El esqueleto —me dijo—. Allá atrás hay esqueletos. En el barrio, «allá atrás» es una referencia al otro lado de la estación, pasando los andenes, ahí donde las vías y sus terraplenes se pierden hacia el sur. Ahí suelen aparecer altares para santos menos amables que el Gauchito Gil. Sé que Lala lleva hasta el terraplén —siempre de día porque puede ser peligroso— sus ofrendas para la Pomba Gira, sus platos coloridos y sus pollos comprados en el supermercado porque no se anima a matar una gallina. Y ella me contó que hay montones de San La Muerte «allá atrás», el santito esqueleto con sus velas rojas y negras. —Pero no es un santo malo —le dije al chico sucio, que me miró con los ojos muy abiertos, como si le estuviera diciendo una locura—. Es un santo que puede hacer mal si le piden, pero la mayoría de la gente no le pide cosas feas: le pide protección. ¿Tu mamá te lleva allá atrás? —le pregunté. —Sí, pero a veces voy solo —contestó. Y después me tironeó del brazo para que siguiéramos hasta la heladería. Hacía mucho calor. La vereda de la heladería estaba pegajosa, tantos helados debían haber chorreado; pensé en los pies descalzos del chico sucio, ahora con toda esta nueva mugre. Él entró corriendo y pidió, con su voz vieja, uno grande de dulce de leche granizado y chocolate. Yo no pedí nada. El calor me quitaba el hambre y no sabía qué debía hacer con el chico si su madre no aparecía. ¿Llevarlo a la comisaría? ¿A un hospital? ¿Hacer que se quedara en casa hasta que ella volviera? ¿Existía algo así como servicios sociales en esta ciudad? Existía, sí, un número para llamar durante el invierno, para avisar si alguna persona que vivía en la calle estaba pasando demasiado frío. Pero yo no sabía de mucho más. Me daba cuenta, mientras el chico sucio se lamía los dedos chorreados, de lo poco que me importaba la gente, de lo naturales que me resultaban esas vidas desdichadas. Cuando se terminó el helado, el chico sucio se levantó del banco en el que nos habíamos sentado y salió caminando para la esquina donde vivía con su madre, sin prestarme demasiada atención. Lo seguí. La calle estaba muy oscura, se había cortado la luz; solía pasar las noches de mucho calor. Lo veía bien, de todos modos, por las luces de los autos; también lo iluminaban, a él y a sus pies ya completamente negros, las velas de los altares improvisados. Llegamos a la esquina sin que volviera a darme la mano ni me dirigiera la palabra. Su madre estaba sobre el colchón. Como todos los adictos, no tenía noción de la temperatura y llevaba un buzo abrigado y la capucha puesta, como si lloviera. La panza, enorme, estaba desnuda, la remera demasiado corta no podía cubrirla. El chico sucio la saludó y se sentó en el colchón. No dijo nada. Ella estaba furiosa. Se me acercó rugiendo, no hay otra forma de describir el sonido, me recordó a mi perra cuando se rompió la cadera y estaba enloquecida de dolor pero había dejado de quejarse y solamente gruñía. —¿Adónde te lo llevaste, hija de puta? ¿Qué le querés hacer, eh, eh? ¡Ni se te ocurra tocar a mi hijo! . Estaba tan cerca que le veía cada uno de los dientes, cómo le sangraban las encías, los labios quemados por la pipa, el olor a alquitrán en el aliento. —Le compré un helado —le grité, y retrocedí cuando vi que tenía una botella rota en la mano, con la que pensaba atacarme. —¡Rajá o te corto, hija de puta! El chico sucio miraba el suelo, como si no estuviera pasando nada, como si no nos conociera, ni a su madre ni a mí. Me enojé con él. Qué desagradecido el pendejo, pensé, y salí corriendo. Entré en mi casa lo más rápido que pude, aunque las manos me temblaban y me costó encontrar la llave. Encendí todas las luces, en mi cuadra no se había cortado la electricidad, por suerte: tenía miedo de que la madre mandara a alguien a buscarme, a pegarme, no sabía qué podía pasarle por la cabeza, no sabía qué amigos tenía en la cuadra, no sabía nada de ella. Después de un rato, subí al primer piso y la espié desde el balcón. Estaba acostada, boca arriba, fumando un cigarrillo. El chico sucio parecía dormir a su lado. Me fui a la cama con un libro y un vaso de agua, pero no pude leer ni prestarle atención a la tele; el calor parecía más intenso con el ventilador encendido, que sólo revolvía aire caliente y atenuaba los ruidos de la calle. A la mañana, me obligué a desayunar antes de salir a trabajar. El calor ya era sofocante y el sol apenas terminaba de salir. Cuando cerré la puerta, lo primero que noté fue la ausencia del colchón en la esquina de enfrente. No quedaba nada del chico sucio y su madre, no habían dejado atrás ni una bolsa ni una mancha ni una colilla de cigarrillo. Nada. Como si nunca hubiesen estado ahí. El cuerpo apareció una semana después de la desaparición del chico sucio y su madre. Cuando volví de trabajar, con los pies hinchados por el calor y soñando con la frescura de mi casa de techos altos y ambientes grandes que ni el verano más infernal podía calentar del todo, encontré la cuadra enloquecida, con tres patrulleros de la policía, la cinta amarilla que aísla las zonas donde ocurrió un delito y cantidad de gente amontonada justo fuera del perímetro. No me costó reconocer a Lala, con sus zapatos de taco blancos y su rodete dorado; estaba tan nerviosa que se había olvidado de ponerse las pestañas postizas del ojo izquierdo y su cara parecía asimétrica, casi paralizada de un lado. —¿Qué pasó? —Encontraron a una criatura. —¿Muerta? —Qué te parece. ¡Degollada! ¿Tenés cable, amor mío? A Lala le habían cortado la conexión por falta de pago hacía meses. Nos metimos en mi casa, nos acostamos en la cama a ver televisión, con el ventilador de techo dando giros peligrosos de tan rápidos y la ventana del balcón abierta por si escuchábamos algo desde la calle que valiera la pena. Sobre la cama, en una bandeja, puse una jarra helada de jugo de naranja y Lala reinó sobre el control remoto. Era extraño ver nuestro barrio en la pantalla, escuchar por la ventana a los periodistas que corrían, asomarnos y encontrar las camionetas de los diferentes canales. Era extraña la decisión de esperar los detalles del crimen por televisión, pero las dos conocíamos bien la dinámica del barrio: nadie iba a hablar, no con la verdad, al menos durante los primeros días. Primero, el silencio, por si alguno de los involucrados en el crimen merecía lealtad. Aunque fuera el horrible crimen de un chico. Primero, la boca callada. En unas semanas empezarían las historias. Todavía no. Ahora era el momento de la tele. Temprano, alrededor de las ocho de la noche, cuando Lala y yo empezamos una larga velada que arrancó con jugo de naranja, siguió con pizza y cerveza y terminó con whisky —abrí una botella que me había regalado mi padre—, la información era escueta: en el estacionamiento en desuso de la calle Solís había aparecido un chico muerto. Degollado. Habían colocado la cabeza a un costado del cuerpo. A las diez, se sabía que la cabeza estaba pelada hasta el hueso y que no se había encontrado pelo en la zona. También, que los párpados estaban cosidos y la lengua mordida, no se sabía si por el propio chico muerto o —y esto le arrancó un grito a Lala— por los dientes de otra persona. Los programas de noticias siguieron con la información hasta la trasnoche, renovando periodistas, cubriendo en vivo desde la calle. Los policías, como de costumbre, no decían nada ante las cámaras, pero suministraban información constantemente a la prensa. Para la medianoche, nadie había reclamado el cuerpo. También se sabía que había sido torturado: el torso estaba cubierto de quemaduras de cigarrillos. Sospechaban un ataque sexual, que se confirmó alrededor de las dos de la mañana, cuando se filtró un primer informe de los peritos forenses. Y, a esa hora, nadie reclamaba el cuerpo. Ni un familiar. Ni madre ni padre ni hermanos ni tíos ni primos ni vecinos ni conocidos. Nadie. El chico decapitado, decía la televisión, tenía entre cinco y siete años, era difícil calcularlo porque, en vida, había estado mal alimentado. —Me gustaría verlo —le dije a Lala. —No seas loca, ¡cómo van a mostrar a un chico decapitado! ¿Para qué lo querés ver? Qué macabra que sos. Siempre fuiste mostrita, la condesa morbosa en el palacio de la calle Virreyes. —Es que, Lala, me parece que lo conozco. —¿A quién conocés, a la criatura? Le dije que sí y me puse a llorar. Estaba borracha, pero también estaba segura de que el chico sucio era ahora el chico decapitado. Le conté a Lala el encuentro, esa noche que me había tocado el timbre. ¡Por qué no lo cuidé, por qué no averigüé cómo sacárselo a la madre, por qué al menos no le di un baño! Si tengo una bañadera antigua, hermosa, grande, que apenas uso, en la que me doy duchas rápidas sola, que muy de vez en cuando disfruto con un baño de inmersión, ¿por qué, al menos, no quitarle la mugre? Y, no sé, comprarle un patito y esos palitos para hacer burbujas y que jugara. Tranquilamente podría haberlo bañado y después nos íbamos a tomar el helado. Y sí, era tarde, pero en la ciudad hay hipermercados que no cierran nunca y venden zapatillas, y le podría haber comprado un par, ¿cómo lo dejé andar descalzo, de noche, por estas calles oscuras? No tendría que haberlo dejado volver con su madre. Cuando ella me amenazó con la botella, tendría que haber llamado a la policía para que la metieran presa y quedarme yo con el chico o ayudar a que entrara en adopción con una familia que lo quisiera. Pero no. Me enojé con él por malagradecido, porque no me defendió ¡de su madre! ¡Me enojé con un chico aterrorizado, hijo de una madre adicta, un chico de cinco años que vive en la calle!. ¡Que vivía en la calle porque ahora está muerto, degollado!. Lala me ayudó a vomitar en el inodoro y después fue a comprar pastillas para mi dolor de cabeza. Yo vomitaba de borracha y de asustada y también porque estaba segura de que era él, el chico sucio, violado y degollado en un estacionamiento quién sabe por qué. —Por qué le hicieron esto, Lala —le pregunté, acurrucada en sus brazos fuertes, otra vez en la cama, las dos fumando lentamente nuestros cigarrillos de la madrugada. —Mi princesa, yo no sé si es tu chico el que mataron, pero, cuando sea la hora, vamos a la fiscalía, así te quedás tranquila. —¿Me acompañás? —Por supuesto. —Pero por qué, Lala, por qué hicieron una cosa así. Lala apagó el cigarrillo en un plato que estaba al lado de la cama y se sirvió otro vaso de whisky. Lo mezcló con Coca-Cola y revolvió el hielo con un dedo. —Yo no creo que sea tu chico. A este que mataron… Se ensañaron. Es un mensaje para alguien. —¿Es una venganza narco? —Nomás los narcos matan así. Nos quedamos calladas. Tuve miedo. ¿Había narcos así en Constitución? ¿Como los que me sorprendían cuando leía sobre México, diez cadáveres sin cabeza colgando de un puente, seis cabezas arrojadas desde un auto a la escalinata de una legislatura, una fosa común con setenta y tres muertos, algunos decapitados, otros sin brazos? Lala fumó en silencio y puso el despertador. Decidí faltar a la oficina para ir directo a la fiscalía y contar todo lo que sabía sobre el chico sucio. Por la mañana, todavía con dolor de cabeza, preparé café para las dos, para Lala y para mí. Ella pidió usar el baño, escuché la ducha y supe que iba a pasar al menos una hora ahí dentro. Encendí otra vez el televisor: el diario no tenía información nueva. Tampoco iba a encontrarla en internet, que, sobre todo, sería un caldero de rumores y locura. El noticiero de la mañana decía que había aparecido una mujer a reclamar al chico decapitado. Una mujer llamada Nora, que había llegado a la morgue con un bebé recién nacido en brazos y algunos familiares. Cuando escuché lo de «bebé recién nacido», el corazón me dio un golpe en el pecho. Era definitivamente el chico sucio, entonces. La madre no había ido a buscar el cuerpo antes porque —qué casualidad más espantosa— la noche del crimen había sido la noche del parto. Tenía sentido. El chico sucio había quedado solo mientras su madre paría y entonces… ¿Entonces qué? Si era un mensaje, si era una venganza, no podía estar dirigido a esa pobre mujer que había dormido frente a mi casa tantas noches, esa chica adicta que debía tener poco más de veinte años. A lo mejor, el padre: eso, el padre. ¿Quién sería el padre del chico sucio? Pero entonces las cámaras enloquecieron, los camarógrafos corrían, los cronistas se quedaban sin aliento, todos se arrojaban sobre la mujer que salía de la fiscalía y gritaban: «Nora, Nora, ¿quién cree que le hizo esto a Nachito?». —Se llamaba Nacho —susurré. Y de pronto ahí estaba, en pantalla, Nora, un primer plano de su llanto y sus gritos. Y no era la madre del chico sucio. Era una mujer completamente diferente. Una mujer de unos treinta años, ya canosa, morena y muy gorda, los kilos que había ganado en el embarazo, seguramente. Casi lo contrario de la madre del chico sucio. No se entendía lo que gritaba. Se caía. Alguien la sostenía por detrás; una hermana, seguramente. Cambié de canal, pero todos tenían a esta mujer gritando hasta que un policía se interpuso entre los micrófonos y los gritos y apareció un patrullero para llevársela. Había muchas novedades. Se las conté a Lala sentada en el inodoro, mientras ella se afeitaba, arreglaba su maquillaje, se recogía el pelo en un prolijo rodete. —Se llama Ignacio. Nachito. Y la familia lo había denunciado desaparecido el domingo, pero cuando vieron por televisión lo que pasaba, no pensaron que era su hijo porque este chico, Nachito, desapareció en Castelar. Son de Castelar. —¡Pero es lejísimo eso! ¿Cómo terminó acá? Ay, princesa, qué espanto todo esto. Yo levanté todos mis turnos, ya decidí. No se puede cortar el pelo después de esto. —Tiene el ombligo cosido, también. —¿Quién, la criatura? —Sí. Parece que le arrancaron las orejas. —Reina, en este barrio nadie duerme más, yo te digo. Acá seremos delincuentes, pero esto es satánico. —Eso están diciendo. Que es satánico. No, satánico no. Dicen que fue un sacrificio, una ofrenda a San La Muerte. —¡Salve Pomba Gira, salve María Padilha! . —Anoche te conté que el chico me dijo de San La Muerte. No es él, Lala, pero él sabía. —Lala se arrodilló frente a mí y me clavó sus enormes ojos oscuros. —Usted, princesa, no va a decir nada de esto. Nada. Ni a la fiscal ni a nadie. Anoche yo estaba loca de dejarla ir a ver a la jueza. Nada de nada, nosotras somos una tumba, con perdón de la palabra. La escuché. Tenía razón. Yo no tenía nada que decir, nada que contar. Apenas una caminata nocturna con un chico de la calle que había desaparecido, como solían desaparecer los chicos de la calle. Sus padres se mudan de barrio y se los llevan con ellos. Se unen a una bandita de ladrones niños o de limpiavidrios en la avenida o de mulas de droga; cuando los usan para vender droga, tienen que cambiarlos de barrio seguido. Hacen campamento en una estación de subte. Los chicos de la calle no se quedan nunca en un solo lugar; pueden durar un tiempo, pero siempre se van. También se escapan de sus padres. O se van porque aparece un tío lejano que se compadece y se los lleva a su casa, lejos, en el sur, una casa sobre una calle de tierra, a compartir una habitación con cinco hermanos, pero, al menos, a estar bajo techo. No era raro, para nada, que madre e hijo hubiesen desaparecido de un día para el otro. El estacionamiento donde había aparecido el chico decapitado no quedaba en el recorrido que el chico sucio y yo habíamos hecho esa noche. ¿Y lo de San La Muerte? Casualidad. Lala decía que el barrio estaba lleno de devotos de San La Muerte, todos los inmigrantes paraguayos y la gente de Corrientes eran fieles del santito, pero eso no los convertía en asesinos; ella era devota de la Pomba Gira, que tiene el aspecto de una mujer demonio, con cuernos y tridente, ¿y eso la convertía en una asesina satánica? Claro que no. —Quiero que te quedes unos días conmigo, Lala. —Pero claro, princesa, yo misma me preparo mis aposentos. A Lala le encantaba mi casa. Le gustaba poner música bien alto y bajar las escaleras lentamente, con su turbante y un cigarrillo, una mujer fatal negra, «soy la Joséphine Baker», decía, y después se lamentaba por ser la única travesti de Constitución que tenía la remota idea de quién era Joséphine Baker, no tenés noción de lo brutas que son estas chicas nuevas, ignorantes y huecas como una cañería. Cada vez vienen peor. Está todo perdido. Me costaba caminar por el barrio con la seguridad de antes del crimen. El asesinato de Nachito había ejercido un efecto casi narcótico en esa zona de Constitución. De noche no se escuchaban peleas, los dealers se habían mudado unas cuadras más al sur. Había demasiada policía custodiando el lugar donde se había encontrado el cuerpo. Que, decían los diarios y los investigadores, no había sido la escena del crimen. Alguien lo había depositado, ya muerto, en el viejo estacionamiento. En la esquina donde solían dormir el chico sucio y su madre, los vecinos hicieron un altar para el Degolladito, como lo llamaban. Y pusieron una foto que decía «Justicia para Nachito». A pesar de las aparentes buenas intenciones, los investigadores no se creían del todo la conmoción del barrio. Al contrario: pensaban que estaban encubriendo a alguien. Por eso la fiscal había ordenado interrogar a muchos vecinos. A mí también me llamaron a declarar. No le avisé a Lala para que no se desesperara. A ella no le había llegado la notificación. Fue una entrevista muy corta y no dije nada que pudiera servirles. Esa noche había dormido profundamente. No, no escuché nada. Hay varios chicos de la calle en el barrio, sí. Me mostraron la foto de Nachito. Negué haberlo visto. No mentía. Era completamente distinto a los chicos del barrio: un gordito con hoyuelos y pelo bien peinado. Jamás había visto a un chico así (¡y sonriente!) por Constitución. No, nunca vi altares de magia negra en la calle ni en ninguna casa. Solamente del Gauchito Gil. Por la calle Ceballos. ¿Si sabía que el Gauchito Gil había muerto degollado? Sí, todo el país conoce el mito. Yo no creo que tenga que ver con el Gauchito, ¿ustedes sí? No, claro, no tienen que contestarme nada. Bueno, como sea, yo no creo, pero no sé nada sobre rituales. Trabajo como diseñadora gráfica. Para un diario. Para el suplemento Moda & Mujer . ¿Por qué vivo en Constitución? Es la casa de mi familia y es una casa hermosa, la pueden ver cuando vayan para el barrio. Claro que les aviso si escucho de algo, por supuesto. Sí, me cuesta dormir, como a todos. Tenemos mucho miedo. Estaba claro que no sospechaban de mí, pero tenían que hablar con los vecinos. Volví a casa en colectivo para evitar las cinco cuadras que debía caminar si usaba el subterráneo. Desde el crimen, prefería no usar el subterráneo porque no quería encontrarme con el chico sucio. Y, al mismo tiempo, quería volver a verlo de una manera obsesiva, enfermiza. A pesar de las fotos, a pesar de las pruebas —incluso de las fotos del cadáver, que un diario había publicado para falso escándalo y horror del público, que agotó varias ediciones con el chico decapitado en portada—, yo seguía creyendo que el chico sucio era el muerto. O que sería el próximo muerto. No era una idea racional. Se lo dije a Lala en la peluquería la tarde que decidí volver a teñirme las puntas de rosa, un trabajo de horas. Ahora nadie hojeaba revistas ni se pintaba las uñas ni mandaba mensajes de texto cuando tenía que esperar su turno en la peluquería de Lala. Ahora nada más se hablaba del Degolladito. El tiempo de silencio prudencial se había terminado, pero yo todavía no había oído que nadie nombrara a un sospechoso más que de manera general. Sarita contaba que, en su pueblo, en el Chaco, había pasado algo similar, pero con una nena. —La encontraron con la cabeza al costado, también, y muy violada, pobre almita, toda cagadita alrededor estaba. —Sarita, por favor te pido —dijo Lala. —Pero si fue así, ¿qué querés que cuente? Éstas son cosas de brujos. —La policía cree que son narcos —dije yo. —Está lleno de narcos brujos —dijo Sarita—. Allá en el Chaco no sabés lo que es. Hacen rituales para pedir protección. Por eso le cortaron la cabeza y la pusieron del lado izquierdo. Creen que si hacen estas ofrendas, no los agarra la policía porque las cabezas tienen poder. No son narcos nada más, también están en la venta de mujeres. —Pero ¿te parece que habrá acá, en Constitución? —Están en todos lados —dijo Sarita. Soñé con el chico sucio. Yo salía al balcón y él estaba en medio de la calle. Yo le hacía señas con la mano para que se moviera porque venía un camión muy rápido. Pero el chico sucio seguía mirando para arriba, mirándome a mí y al balcón, sonriendo, los dientes mugrientos y chiquitos. Y el camión lo atropellaba y yo no podía evitar ver cómo la rueda le reventaba el vientre como si fuese una pelota de fútbol y arrastraba los intestinos hasta la esquina. En el medio de la calle quedaba la cabeza del chico sucio, todavía sonriente y con los ojos abiertos. Me desperté transpirada, temblando. Desde la calle llegaba una cumbia soñolienta. De a poco, volvían algunos sonidos del barrio, las peleas de borrachos, la música, las motos con el caño de escape suelto para que hiciera ruido, un favorito de los adolescentes. La investigación estaba bajo secreto de sumario, una manera de decir que la desorientación era total. Visité varias veces a mi madre y cuando me pidió que me mudara con ella, un tiempo al menos, le dije que no. Me acusó de loca y discutimos a los gritos, como nunca antes. Esa noche volvía tarde porque, después de la oficina, había ido a la fiesta de cumpleaños de una compañera de trabajo. Era una de las últimas noches del verano. Volví en colectivo y me bajé antes, para caminar por el barrio, sola. Ya sabía moverme de vuelta. Si uno sabe moverse, Constitución es bastante fácil. Iba fumando. Entonces la vi. La madre del chico sucio era delgada, siempre había sido delgada, incluso durante el embarazo. De atrás, nadie hubiera adivinado su panza. Es el físico típico de las adictas: las caderas siguen siendo estrechas como si se resistieran a dejar lugar para el bebé, el cuerpo no produce grasa, los muslos no se ensanchan; a los nueve meses, las piernas son dos palitos endebles que sostienen una pelota de básquet, una mujer que se tragó una pelota de básquet. Ahora, sin la panza, la madre del chico sucio parecía más que nunca una adolescente, apoyada contra un árbol, tratando de encender su pipa de paco bajo la luz de la lámpara, sin importarle la policía —que rondaba mucho más el barrio después del crimen del Degolladito— ni los otros adictos ni nada. Me le acerqué despacio y, cuando me vio, hubo un inmediato reconocimiento en sus ojos. ¡Inmediato! Los ojos se achicaron, se achinaron: quiso salir corriendo, pero algo la paró. Un mareo, quizá. Esos segundos de duda me alcanzaron para impedirle el paso, pararme frente a ella, obligarla a hablar. La empujé contra el árbol y la sostuve ahí. No tenía la fuerza suficiente para resistirse. —Dónde está tu hijo. —Qué hijo. Soltame. Las dos hablábamos bajo. —Tu hijo. Sabés bien de lo que te hablo. La madre del chico sucio abrió la boca y me dio náuseas su aliento a hambre, dulce y podrido como una fruta al sol, mezclado con el olor médico de la droga y esa peste a quemado; los adictos huelen a goma ardiente, a fábrica tóxica, a agua contaminada, a muerte química. —Yo no tengo hijos. La apreté más contra el árbol, la agarré del cuello. No sé si sentía dolor, pero le clavé las uñas. Igual, no iba a recordarme dentro de unas horas. Yo tampoco le tenía miedo a la policía. Además, no iban a preocuparse demasiado por una pelea entre mujeres. —Me vas a decir la verdad. Hasta hace poco estabas embarazada. La madre del chico sucio quiso quemarme con el encendedor, pero alcancé a verle la intención, la mano delgada que quería acercar la llama a mi pelo, quería incendiarme, la hija de puta. Le apreté la muñeca tan fuerte que el encendedor cayó a la vereda. Dejó de resistirse. —¡YO NO TENGO HIJOS! —me gritó, y el grito de su voz demasiado gruesa, enferma, me despertó. ¿Qué estaba haciendo? ¿Ahorcando a una adolescente moribunda frente a mi casa? A lo mejor mi madre tenía razón. A lo mejor tenía que mudarme. A lo mejor, como me había dicho, tenía una fijación con la casa porque me permitía vivir aislada, porque ahí no me visitaba nadie, porque estaba deprimida y me inventaba historias románticas sobre un barrio que, la verdad, era una mierda, una mierda, una mierda. Eso gritó mi madre y yo juré no volver a hablarle pero ahora, con el cuello de la joven adicta entre las manos, pensé que podía tener algo de razón. Que no era la princesa en el castillo, sino la loca encerrada en la torre. La chica adicta se soltó de mis manos y empezó a correr, despacio: estaba medio ahogada. Pero cuando llegó a mitad de cuadra, justo donde la iluminaba el farol principal, se dio vuelta. Se reía y la luz dejaba ver que le sangraban las encías. —¡Yo se los di! —me gritó. El grito fue para mí, me miraba a los ojos, con ese horrible reconocimiento. Y después se acarició el vientre vacío con las dos manos y dijo, bien claro y alto: —Y a éste también se los di. Se los prometí a los dos. La corrí, pero era rápida. O se había vuelto rápida de pronto, no sé. Cruzó la plaza Garay como un gato y logré seguirla, pero cuando el tráfico se largó en la avenida, ella consiguió cruzar entre los autos y yo no. Ya no podía respirar. Me temblaban las piernas. Alguien se acercó a preguntarme si la chica me había robado y dije que sí, con la esperanza de que la persiguieran. Pero no: solamente me preguntaron si estaba bien, si quería tomar un taxi, qué me habían robado. Un taxi, sí, dije. Paré uno y le pedí que me llevara a mi casa, a solamente cinco cuadras. El chofer no se quejó. Estaba acostumbrado a este tipo de viajes breves en este barrio. O a lo mejor no tenía ganas de rezongar. Era tarde. Debía ser su último viaje antes de volver a su casa. Cuando cerré la puerta no sentí el alivio de las habitaciones frescas, de la escalera de madera, del patio interno, de los azulejos antiguos, de los techos altos. Encendí la luz y la lámpara parpadeó: se va a quemar, pensé, voy a quedar a oscuras, pero finalmente se estabilizó. Aunque daba una luz amarillenta, antigua, de baja tensión. Me senté en el piso, con la espalda contra la puerta. Esperaba los golpes suaves de la mano pegajosa del chico sucio o el ruido de su cabeza rodando por la escalera. Esperaba al chico sucio que iba a pedirme, otra vez, que lo dejara pasar. FIN Autor: Mariana Enríquez Título: El chico sucio Publicado en: Las cosas que perdimos en el fuego (2016)

  • El Monte de las Ánimas", cuento de Gustavo Adolfo Bécquer

    El Monte de las Ánimas Gustavo Adolfo Bécquer (Leyenda soriana) La Noche de Difuntos me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria. Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato me decidí a escribirla, como en efecto lo hice. A las doce de la mañana, después de almorzar bien, y con un cigarro en la boca, no le hará mucho efecto a los lectores de  El Contemporáneo . Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire de la noche. Sea de ello lo que quiera,  ahí va , como el caballo de copas. I —Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas. —¡Tan pronto! —A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte. —¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme? —No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa historia. Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia. Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia: —Ese monte que hoy llaman de las Ánimas, pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que así hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron. Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los  clérigos con espuelas , como llamaban a sus enemigos. Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres, los lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse. Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche. La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporárseles los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria. II Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del salón. Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso. Beatriz seguía con los ojos, absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz. Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio. Las dueñas referían, a propósito de la noche de difuntos, cuentos tenebrosos en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste. —Hermosa prima —exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que se encontraban—; pronto vamos a separarnos tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío. Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo un carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios. —Tal vez por la pompa de la corte francesa; donde hasta aquí has vivido —se apresuró a añadir el joven—. De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte… Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía… ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar… ¿Lo quieres? —No sé en el tuyo —contestó la hermosa—, pero en mi país una prenda recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo… que aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías. El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven, que después de serenarse dijo con tristeza: —Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo ante todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío? Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra. Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volvióse a oír la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste monótono doblar de las campanas. Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a anudarse de este modo: —Y antes de que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? —dijo él clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico. —¿Por qué no? —exclamó ésta llevándose la mano al hombro derecho como para buscar alguna cosa entre los pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro… Después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió—: ¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma? —Sí. —Pues… ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo. —¡Se ha perdido!, ¿y dónde? —preguntó Alonso incorporándose de su asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza. —No sé, en el monte acaso. —¡En el Monte de las Ánimas —murmuró palideciendo y dejándose caer sobre el sitial—; en el Monte de las Ánimas! —luego prosiguió con voz entrecortada y sorda—: Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendentes, he llevado a esta diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor, hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir el peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche… esta noche. ¿A qué ocultártelo? Tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas… ¡las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa adónde. Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que cuando hubo concluido exclamó con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la leña, arrojando chispas de mil colores: —¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino de lobos! Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía, movido como por un resorte se puso de pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar entreteniéndose en revolver el fuego: —Adiós Beatriz, adiós… Hasta pronto. —¡Alonso! ¡Alonso! —dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso o aparentó querer detenerle, el joven había desaparecido. A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus mejillas, prestó atento oído a aquel rumor que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último. Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcón y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos. III Había pasado una hora, dos, tres; la medianoche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho. —¡Habrá tenido miedo! —exclamó la joven cerrando su libro de oraciones y encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la iglesia consagra en el día de difuntos a los que ya no existen. Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso. Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de la campana, lentas, sordas; tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído a par de ellas pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana. —Será el viento —dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón, procuró tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo prolongado y estridente. Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por su orden, éstas con un ruido sordo y grave, aquéllas con un lamento largo y crispador. Después silencio, un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la medianoche, con un murmullo monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota no obstante en la oscuridad. Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinillas y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar: nada, silencio. Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas direcciones; y cuando dilatándolas las fijaba en un punto, nada, oscuridad, las sombras impenetrables. —¡Bah! —exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho—; ¿soy yo tan miedosa como esas pobres gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura, al oír una conseja de aparecidos? Y cerrando los ojos intentó dormir…; pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo el aliento. El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblan tristemente por las ánimas de los difuntos. Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin despuntó la aurora; vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto sangrienta y desgarrada la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso. Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del primogénito de Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las Ánimas, la encontraron inmóvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca; blancos los labios, rígidos los miembros, muerta; ¡muerta de horror! IV Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pasó la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las Ánimas, y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, pálida y desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso. Autor: Gustavo Adolfo Bécquer Título: El Monte de las Ánimas Publicado en: El Contemporáneo, 7 de noviembre de 1861

  • "Casa tomada", cuento de Julio Cortázar

    Casa tomada Julio Cortázar Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la mas ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia. Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y como nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mi se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde. Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No se por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mi, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina. Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene que pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mi se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso. Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte mas retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte mas retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo mas estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble como se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos. Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venia impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad. Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene: —Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo. Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados. —¿Estás seguro? Asentí. —Entonces —dijo recogiendo las agujas— tendremos que vivir en este lado. Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mi me gustaba ese chaleco. Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza. —No está aquí. Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa. Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerza, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre. Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía: —Fíjate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol? Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar. (Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios. Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos mas alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.) Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro. No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada. —Han tomado esta parte —dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo. —¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? —le pregunté inútilmente. —No, nada. Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora. Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada. Autor: Julio Cortázar Título: Casa tomada Publicado en: Bestiario (1951)

  • "El otro cielo", cuento de Julio Cortázar

    El otro cielo Julio Cortázar Ces yeux ne t’appartiennent pas… où les as-tu pris?…, IV, 5. Me ocurría a veces que todo se dejaba andar, se ablandaba y cedía terreno, aceptando sin resistencia que se pudiera ir así de una cosa a otra. Digo que me ocurría, aunque una estúpida esperanza quisiera creer que acaso ha de ocurrirme todavía. Y por eso, si echarse a caminar una y otra vez por la ciudad parece un escándalo cuando se tiene una familia y un trabajo, hay ratos en que vuelvo a decirme que ya sería tiempo de retornar a mi barrio preferido, olvidarme de mis ocupaciones (soy corredor de bolsa) y con un poco de suerte encontrar a Josiane y quedarme con ella hasta la mañana siguiente. Quién sabe cuánto hace que me repito todo esto, y es penoso porque hubo una época en que las cosas me sucedían cuando menos pensaba en ellas, empujando apenas con el hombro cualquier rincón del aire. En todo caso bastaba ingresar en la deriva placentera del ciudadano que se deja llevar por sus preferencias callejeras, y casi siempre mi paseo terminaba en el barrio de las galerías cubiertas, quizá porque los pasajes y las galerías han sido mi patria secreta desde siempre. Aquí, por ejemplo, el Pasaje Güemes, territorio ambiguo donde ya hace tanto tiempo fui a quitarme la infancia como un traje usado. Hacia el año veintiocho, el Pasaje Güemes era la caverna del tesoro en que deliciosamente se mezclaban la entrevisión del pecado y las pastillas de menta, donde se voceaban las ediciones vespertinas con crímenes a toda página y ardían las luces de la sala del subsuelo donde pasaban inalcanzables películas realistas. Las Josiane de aquellos días debían mirarme con un gesto entre maternal y divertido, yo con unos miserables centavos en el bolsillo pero andando como un hombre, el chambergo requintado y las manos en los bolsillos, fumando un Commander precisamente porque mi padrastro me había profetizado que acabaría ciego por culpa del tabaco rubio. Recuerdo sobre todo olores y sonidos, algo como una expectativa y una ansiedad, el kiosco donde se podían comprar revistas con mujeres desnudas y anuncios de falsas manicuras, y ya entonces era sensible a ese falso cielo de estucos y claraboyas sucias, a esa noche artificial que ignoraba la estupidez del día y del sol ahí afuera. Me asomaba con falsa indiferencia a las puertas del pasaje donde empezaba el último misterio, los vagos ascensores que llevarían a los consultorios de enfermedades venéreas y también a los presuntos paraísos en lo más alto, con mujeres de la vida y amorales, como les llamaban en los diarios, con bebidas preferentemente verdes en copas biseladas, con batas de seda y kimonos violeta, y los departamentos tendrían el mismo perfume que salía de las tiendas que yo creía elegantes y que chisporroteaban sobre la penumbra del pasaje un bazar inalcanzable de frascos y cajas de cristal y cisnes rosa y polvos rachel y cepillos con mangos transparentes. Todavía hoy me cuesta cruzar el Pasaje Güemes sin enternecerme irónicamente con el recuerdo de la adolescencia al borde de la caída; la antigua fascinación perdura siempre, y por eso me gustaba echar a andar sin rumbo fijo, sabiendo que en cualquier momento entraría en la zona de las galerías cubiertas, donde cualquier sórdida botica polvorienta me atraía más que los escaparates tendidos a la insolencia de las calles abiertas. La Galerie Vivienne, por ejemplo, o el Passage des Panoramas con sus ramificaciones, sus cortadas que rematan en una librería de viejo o una inexplicable agencia de viajes donde quizá nadie compró nunca un billete de ferrocarril, ese mundo que ha optado por un cielo más próximo, de vidrios sucios y estucos con figuras alegóricas que tienden las manos para ofrecer una guirnalda, esa Galerie Vivienne a un paso de la ignominia diurna de la rué Réaumur y de la Bolsa (yo trabajo en la Bolsa), cuánto de ese barrio ha sido mío desde siempre, desde mucho antes de sospecharlo ya era mío cuando apostado en un rincón del Pasaje Güemes, contando mis pocas monedas de estudiante, debatía el problema de gastarlas en un bar automático o comprar una novela y un surtido de caramelos ácidos en su bolsa de papel transparente, con un cigarrillo que me nublaba los ojos y en el fondo del bolsillo, donde los dedos lo rozaban a veces, el sobrecito del preservativo comprado con falsa desenvoltura en una farmacia atendida solamente por hombres, y que no tendría la menor oportunidad de utilizar con tan poco dinero y tanta infancia en la cara. Mi novia, Irma, encuentra inexplicable que me guste vagar de noche por el centro o por los barrios del sur, y si supiera de mi predilección por el Pasaje Güemes no dejaría de escandalizarse. Para ella, como para mi madre, no hay mejor actividad social que el sofá de la sala donde ocurre eso que llaman la conversación, el café y el anisado. Irma es la más buena y generosa de las mujeres, jamás se me ocurriría hablarle de lo que verdaderamente cuenta para mí, y en esa forma llegaré alguna vez a ser un buen marido y un padre cuyos hijos serán de paso los tan anhelados nietos de mi madre. Supongo que por cosas así acabé conociendo a Josiane, pero no solamente por eso ya que podría habérmela encontrado en el boulevard Poissoniére o en la rué Notre-Dame-des-Victoires, y en cambio nos miramos por primera vez en lo más hondo de la Galerie Vivienne, bajo las figuras de yeso que el pico de gas llenaba de temblores (las guirnaldas iban y venían entre los dedos de las Musas polvorientas), y no tardé en saber que Josiane trabajaba en ese barrio y que no costaba mucho dar con ella si se era familiar de los cafés o amigo de los cocheros. Pudo ser coincidencia, pero haberla conocido allí, mientras llovía en el otro mundo, el del cielo alto y sin guirnaldas de la calle, me pareció un signo que iba más allá del encuentro trivial con cualquiera de las prostitutas del barrio. Después supe que en esos días Josiane no se alejaba de la galería porque era la época en que no se hablaba más que de los crímenes de Laurent y la pobre vivía aterrada. Algo de ese terror se trasformaba en gracia, en gestos casi esquivos, en puro deseo. Recuerdo su manera de mirarme entre codiciosa y desconfiada, sus preguntas que fingían indiferencia, mi casi incrédulo encanto al enterarme de que vivía en los altos de la galería, mi insistencia en subir a su bohardilla en vez de ir al hotel de la rue du Sentier (donde ella tenía amigos y se sentía protegida). Y su confianza más tarde, cómo nos reímos esa noche a la sola idea de que yo pudiera ser Laurent, y qué bonita y dulce era Josiane en su bohardilla de novela barata, con el miedo al estrangulador rondando por París y esa manera de apretarse más y más contra mí mientras pasábamos revista a los asesinatos de Laurent. Mi madre sabe siempre si no he dormido en casa, y aunque naturalmente no dice nada puesto que sería absurdo que lo dijera, durante uno o dos días me mira entre ofendida y temerosa. Sé muy bien que jamás se le ocurriría contárselo a Irma, pero lo mismo me fastidia la persistencia de un derecho materno que ya nada justifica, y sobre todo que sea yo el que al final se aparezca con una caja de bombones o una planta para el patio, y que el regalo represente de una manera muy precisa y sobrentendida la terminación de la ofensa, el retorno a la vida corriente del hijo que vive todavía en casa de su madre. Desde luego Josiane era feliz cuando le contaba esa clase de episodios, que una vez en el barrio de las galerías pasaban a formar parte de nuestro mundo con la misma llaneza que su protagonista. El sentimiento familiar de Josiane era muy vivo y estaba lleno de respeto por las instituciones y los parentescos; soy poco amigo de confidencias pero como de algo teníamos que hablar y lo que ella me había dejado saber de su vida ya estaba comentado, casi inevitablemente volvíamos a mis problemas de hombre soltero. Otra cosa nos acercó, y también en eso fui afortunado, porque a Josiane le gustaban las galerías cubiertas, quizá por vivir en una de ellas o porque la protegían del frío y la lluvia (la conocí a principios de un invierno, con nevadas prematuras que nuestras galerías y su mundo ignoraban alegremente). Nos habituamos a andar juntos cuando le sobraba el tiempo, cuando alguien —no le gustaba llamarlo por su nombre— estaba lo bastante satisfecho como para dejarla divertirse un rato con sus amigos. De ese alguien hablábamos poco, luego que yo hice las inevitables preguntas y ella me contestó las inevitables mentiras de toda relación mercenaria; se daba por supuesto que era el amo, pero tenía el buen gusto de no hacerse ver. Llegué a pensar que no le desagradaba que yo acompañara algunas noches a Josiane, porque la amenaza de Laurent pesaba más que nunca sobre el barrio después de su nuevo crimen en la rué d’Aboukir, y la pobre no se hubiera atrevido a alejarse de la Galerie Vivienne una vez caída la noche. Era como para sentirse agradecido a Laurent y al amo, el miedo ajeno me servía para recorrer con Josiane los pasajes y los cafés, descubriendo que podía llegar a ser un amigo de verdad de una muchacha a la que no me ataba ninguna relación profunda. De esa confiada amistad nos fuimos dando cuenta poco a poco, a través de silencios, de tonterías. Su habitación, por ejemplo, la bohardilla pequeña y limpia que para mí no había tenido otra realidad que la de formar parte de la galería. En un principio yo había subido por Josiane, y como no podía quedarme porque me faltaba el dinero para pagar una noche entera y alguien estaba esperando la rendición sin mácula de cuentas, casi no veía lo que me rodeaba y mucho más tarde, cuando estaba a punto de dormirme en mi pobre cuarto con su almanaque ilustrado y su mate de plata como únicos lujos, me preguntaba por la bohardilla y no alcanzaba a dibujármela, no veía más que a Josiane y me bastaba para entrar en el sueño como si todavía la guardara entre los brazos. Pero con la amistad vinieron las prerrogativas, quizá la aquiescencia del amo, y Josiane se las arreglaba muchas veces para pasar la noche conmigo, y su pieza empezó a llenarnos los huecos de un diálogo que no siempre era fácil; cada muñeca, cada estampa, cada adorno fueron instalándose en mi memoria y ayudándome a vivir cuando era el tiempo de volver a mi cuarto o de conversar con mi madre o con Irma de la política nacional y de las enfermedades en las familias. Más tarde hubo otras cosas, y entre ellas la vaga silueta de aquél que Josiane llamaba el sudamericano, pero en un principio todo parecía ordenarse en torno al gran terror del barrio, alimentado por lo que un periodista imaginativo había dado en llamar la saga de Laurent el estrangulador. Si en un momento dado me propongo la imagen de Josiane, es para verla entrar conmigo en el café de la rué des Jeuneurs, instalarse en la banqueta de felpa morada y cambiar saludos con las amigas y los parroquianos, frases sueltas que en seguida son Laurent, porque sólo de Laurent se habla en el barrio de la Bolsa, y yo que he trabajado sin parar todo el día y he soportado entre dos ruedas de cotizaciones los comentarios de colegas y clientes acerca del último crimen de Laurent, me pregunto si esa torpe pesadilla va a acabar algún día, si las cosas volverán a ser como imagino que eran antes de Laurent, o si deberemos sufrir sus macabras diversiones hasta el fin de los tiempos. Y lo más irritante (se lo digo a Josiane después de pedir el grog que tanta falta nos hace con ese frío y esa nieve) es que ni siquiera sabemos su nombre, el barrio lo llama Laurent porque una vidente de la barrera de Clichy ha visto en la bola de cristal cómo el asesino escribía su nombre con un dedo ensangrentado, y los gacetilleros se cuidan de no contrariar los instintos del público. Josiane no es tonta pero nadie la convencería de que el asesino no se llama Laurent, y es inútil luchar contra el ávido terror parpadeando en sus ojos azules que miran ahora distraídamente el paso de un hombre joven, muy alto y un poco encorvado, que acaba de entrar y se apoya en el mostrador sin saludar a nadie. —Puede ser —dice Josiane, acatando alguna reflexión tranquilizadora que debo haber inventado sin siquiera pensarla—. Pero entretanto yo tengo que subir sola a mi cuarto, y si el viento me apaga la vela entre dos pisos… La sola idea de quedarme a oscuras en la escalera, y que quizá… —Pocas veces subes sola —le digo riéndome. —Tú te burlas pero hay malas noches, justamente cuando nieva o llueve y me toca volver a las dos de la madrugada… Sigue la descripción de Laurent agazapado en un rellano, o todavía peor, esperándola en su propia habitación a la que ha entrado mediante una ganzúa infalible. En la mesa de al lado Kikí se estremece ostentosamente y suelta unos grititos que se multiplican en los espejos. Los hombres nos divertimos enormemente con esos espantos teatrales que nos ayudarán a proteger con más prestigio a nuestras compañeras. Da gusto fumar unas pipas en el café, a esa hora en que la fatiga del trabajo empieza a borrarse con el alcohol y el tabaco, y las mujeres comparan sus sombreros y sus boas o se ríen de nada; da gusto besar en la boca a Josiane que pensativa se ha puesto a mirar al hombre —casi un muchacho— que nos da la espalda y bebe su ajenjo a pequeños sorbos, apoyando un codo en el mostrador. Es curioso, ahora que lo pienso: a la primera imagen que se me ocurre de Josiane y que es siempre Josiane en la banqueta del café, una noche de nevada y Laurent, se agrega inevitablemente aquél que ella llamaba el sudamericano, bebiendo su ajenjo y dándonos la espalda. También yo le llamo el sudamericano porque Josiane me aseguró que lo era, y que lo sabía por la Rousse que se había acostado con él o poco menos, y todo eso había sucedido antes de que Josiane y la Rousse se pelearan por una cuestión de esquinas o de horarios y lo lamentaran ahora con medias palabras porque habían sido muy buenas amigas. Según la Rousse él le había dicho que era sudamericano aunque hablara sin el menor acento; se lo había dicho al ir a acostarse con ella, quizá para conversar de alguna cosa mientras acababa de soltarse las cintas de los zapatos. —Ahí donde lo ves, casi un chico… ¿Verdad que parece un colegial que ha crecido de golpe? Bueno, tendrías que oír lo que cuenta la Rousse. Josiane perseveraba en la costumbre de cruzar y separar los dedos cada vez que narraba algo apasionante. Me explicó el capricho del sudamericano, nada tan extraordinario después de todo, la negativa terminante de la Rousse, la partida ensimismada del cliente. Le pregunté si el sudamericano la había abordado alguna vez. Pues no, porque debía saber que la Rousse y ella eran amigas. Las conocía bien, vivía en el barrio, y cuando Josiane dijo eso yo miré con más atención y lo vi pagar su ajenjo echando una moneda en el platillo de peltre mientras dejaba resbalar sobre nosotros —y era como si cesáramos de estar allí por un segundo interminable— una expresión distante y a la vez curiosamente fija, la cara, de alguien que se ha inmovilizado en un momento de su sueño y rehúsa dar el paso que lo devolverá a la vigilia. Después de todo una expresión como esa, aunque el muchacho fuese casi un adolescente y tuviera rasgos muy hermosos, podía llevar como de la mano a la pesadilla recurrente de Laurent. No perdí tiempo en proponérselo a Josiane. —¿Laurent? ¡Estás loco! Pero si Laurent es. .. Lo malo era que nadie sabía nada de Laurent, aunque Kikí y Albert nos ayudaran a seguir pesando las probabilidades para divertirnos. Toda la teoría se vino abajo cuando el patrón, que milagrosamente escuchaba cualquier diálogo en el café, nos recordó que por lo menos algo se sabía de Laurent: la fuerza que le permitía estrangular a sus víctimas con una sola mano. Y ese muchacho, vamos… Sí, y ya era tarde y convenía volver a casa; yo tan solo porque esa noche Josiane la pasaba con alguien que ya la estaría esperando en la bohardilla, alguien que tenía la llave por derecho propio, y entonces la acompañé hasta el primer rellano para que no se asustara si se le apagaba la vela en mitad del ascenso, y desde una gran fatiga repentina la miré subir, quizá contenta aunque me hubiera dicho lo contrario, y después salí a la calle nevada y glacial y me puse a andar sin rumbo, hasta que en algún momento encontré como siempre el camino que me devolvería a mi barrio, entre gente que leía la sexta edición de los diarios o miraba por las ventanillas del tranvía como si realmente hubiera alguna cosa que ver a esa hora y en esas calles. No siempre era fácil llegar a la zona de las galerías y coincidir con un momento libre de Josiane; cuántas veces me tocaba andar solo por los pasajes, un poco decepcionado, hasta sentir poco a poco que la noche era también mi amante. A la hora en que se encendían los picos de gas la animación se despertaba en nuestro reino, los cafés eran la bolsa del ocio y del contento, se bebía a largos tragos el fin de la jornada, los titulares de los periódicos, la política, los prusianos, Laurent, las carreras de caballos. Me gustaba saborear una copa aquí y otra más allá, atisbando sin apuro el momento en que descubriría la silueta de Josiane en algún codo de las galerías o en algún mostrador. Si ya estaba acompañada, una señal convenida me dejaba saber cuándo podría encontrarla sola; otras veces se limitaba a sonreír y a mí me quedaba el resto del tiempo para las galerías; eran las horas del explorador y así fui entrando en las zonas más remotas del barrio, en la Galerie Sainte-Foy, por ejemplo, y en los remotos Passages du Caire, pero aunque cualquiera de ellos me atrajera más que las calles abiertas (y había tantos, hoy era el Passage des Princes, otra vez el Passage Verdeau, así hasta el infinito), de todas maneras el término de una larga ronda que yo mismo no hubiera podido reconstruir me devolvía siempre a la Galerie Vivienne, no tanto por Josiane aunque también fuera por ella, sino por sus rejas protectoras, sus alegorías vetustas, sus sombras en el codo del Passage des Petits-Pères, ese mundo diferente donde no había que pensar en Irma y se podía vivir sin horarios fijos, al azar de los encuentros y de la suerte. Con tan pocos asideros no alcanzo a calcular el tiempo que pasó antes de que volviéramos a hablar casualmente del sudamericano; una vez me había parecido verlo salir de un portal de la rué Saint-Marc, envuelto en una de esas hopalandas negras que tanto se habían llevado cinco años atrás junto con sombreros de copa exageradamente alta, y estuve tentado de acercarme y preguntarle por su origen. Me lo impidió el pensar en la fría cólera con que yo habría recibido una interpelación de ese género, pero Josiane encontró luego que había sido una tontería de mi parte, quizá porque el sudamericano le interesaba a su manera, con algo de ofensa gremial y mucho de curiosidad. Se acordó de que unas noches atrás había creído reconocerlo de lejos en la Galerie Vivienne, que sin embargo él no parecía frecuentar. —No me gusta esa manera que tiene de mirarnos —dijo Josiane—. Antes no me importaba, pero desde aquella vez que hablaste de Laurent… —Josiane, cuando hice esa broma estábamos con Kikí y Albert. Albert es un soplón de la policía, supongo que lo sabes. ¿Crees que dejaría pasar la oportunidad si la idea le pareciera razonable? La cabeza de Laurent vale mucho dinero, querida. —No me gustan sus ojos —se obstinó Josiane—. Y además que no te mira, la verdad es que te clava los ojos pero no te mira. Si un día me aborda salgo huyendo, te lo digo por esta cruz. —Tienes miedo de un chico. ¿O todos los sudamericanos te parecemos unos orangutanes? Ya se sabe cómo podían acabar esos diálogos. Íbamos a beber un grog al café de la rue des Jeuneurs, recorríamos las galerías, los teatros del boulevard, subíamos a la bohardilla, nos reíamos enormemente. Hubo algunas semanas —por fijar un término, es tan difícil ser justo con la felicidad— en que todo nos hacía reír, hasta las torpezas de Badinguet y el temor de la guerra nos divertían. Es casi ridículo admitir que algo tan desproporcionadamente inferior como Laurent pudiera acabar con nuestro contento, pero así fue. Laurent mató a otra mujer en la rue Beauregard —tan cerca, después de todo— y en el café nos quedamos como en misa y Marthe, que había entrado a la carrera para gritar la noticia, acabó en una explosión de llanto histérico que de algún modo nos ayudó a tragar la bola que teníamos en la garganta. Esa misma noche la policía nos pasó a todos por su peine más fino, de café en café y de hotel en hotel; Josiane buscó al amo y yo la dejé irse, comprendiendo que necesitaba la protección suprema que todo lo allanaba. Pero como en el fondo esas cosas me sumían en una vaga tristeza —las galerías no eran para eso, no debían ser para eso—, me puse a beber con Kikí y después con la Rousse que me buscaba como puente para reconciliarse con Josiane. Se bebía fuerte en nuestro café, y en esa niebla caliente de las voces y los tragos me pareció casi justo que a medianoche el sudamericano fuera a sentarse a una mesa del fondo y pidiera su ajenjo con la expresión de siempre, hermosa y ausente y alunada. Al preludio de confidencia de la Rousse contesté que ya lo sabía, y que después de todo el muchacho no era ciego y sus gustos no merecían tanto rencor; todavía nos reíamos de las falsas bofetadas de la Rousse cuando Kikí condescendió a decir que alguna vez había estado en su habitación. Antes de que la Rousse pudiera clavarle las diez uñas de una pregunta imaginable, quise saber cómo era ese cuarto. «Bah, qué importa el cuarto», decía desdeñosamente la Rousse, pero Kikí ya se metía de lleno en una bohardilla de la rue Notre-Dame-des-Victoires, sacando como un mal prestidigitador de barrio un gato gris, muchos papeles borroneados, un piano que ocupaba demasiado lugar, pero sobre todo papeles y al final otra vez el gato gris que en el fondo parecía ser el mejor recuerdo de Kikí. Yo la dejaba hablar, mirando todo el tiempo hacia la mesa del fondo y diciéndome que al fin y al cabo hubiera sido tan natural que me acercara al sudamericano y le dijera un par de frases en español. Estuve a punto de hacerlo, y ahora no soy más que uno de los muchos que se preguntan por qué en algún momento no hicieron lo que habían pensado hacer. En cambio me quedé con la Rousse y Kikí, fumando una nueva pipa y pidiendo otra ronda de vino blanco; no me acuerdo bien de lo que sentí al renunciar a mi impulso, pero era algo como una veda, el sentimiento de que si la trasgredía iba a entrar en un territorio inseguro. Y sin embargo creo que hice mal, que estuve al borde de un acto que hubiera podido salvarme. Salvarme de qué, me pregunto. Pero precisamente de eso: salvarme de que hoy no pueda hacer otra cosa que preguntármelo, y que no haya otra respuesta que el humo del tabaco y esa vaga esperanza inútil que me sigue por las calles como un perro sarnoso.   Où sont-ils passes, les becs de gaz?Que sont-elles devenues, les vendeuses d’amour?…, VI, I. Poco a poco tuve que convencerme de que habíamos entrado en malos tiempos y que mientras Laurent y las amenazas prusianas nos preocuparan de ese modo, la vida no volvería a ser lo que había sido en las galerías. Mi madre debió notarme desmejorado porque me aconsejó que tomara algún tónico, y los padres de Irma, que tenían un chalet en una isla del Paraná, me invitaron a pasar una temporada de descanso y de vida higiénica. Pedí quince días de vacaciones y me fui sin ganas a la isla, enemistado de antemano con el sol y los mosquitos. El primer sábado pretexté cualquier cosa y volví a la ciudad, anduve como a los tumbos por calles donde los tacos se hundían en el asfalto blando. De esa vagancia estúpida me queda un brusco recuerdo delicioso: al entrar una vez más en el Pasaje Güemes me envolvió de golpe el aroma del café, su violencia ya casi olvidada en las galerías donde el café era flojo y recocido. Bebí dos tazas, sin azúcar, saboreando y oliendo a la vez, quemándome y feliz. Todo lo que siguió hasta el fin de la tarde olió distinto, el aire húmedo del centro estaba lleno de pozos de fragancia (volví a pie hasta mi casa, creo que le había prometido a mi madre cenar con ella), y en cada pozo del aire los olores eran más crudos, más intensos, jabón amarillo, café, tabaco negro, tinta de imprenta, yerba mate, todo olía encarnizadamente, y también el sol y el cielo eran más duros y acuciados. Por unas horas olvidé casi rencorosamente el barrio de las galerías, pero cuando volví a cruzar el Pasaje Güemes (¿era realmente en la época de la isla? Acaso mezclo dos momentos de una misma temporada, y en realidad poco importa) fue en vano que invocara la alegre bofetada del café, su olor me pareció el de siempre y en cambio reconocí esa mezcla dulzona y repugnante del aserrín y la cerveza rancia que parece rezumar del piso de los bares del centro, pero quizá fuera porque de nuevo estaba deseando encontrar a Josiane y hasta confiaba en que el gran terror y las nevadas hubiesen llegado a su fin. Creo que en esos días empecé a sospechar que ya el deseo no bastaba como antes para que las cosas girasen acompasadamente y me propusieran alguna de las calles que llevaban a la Galerie Vivienne, pero también es posible que terminara por someterme mansamente al chalet de la isla para no entristecer a Irma, para que no sospechara que mi único reposo verdadero estaba en otra parte; hasta que no pude más y volví a la ciudad y caminé hasta agotarme, con la camisa pegada al cuerpo, sentándome en los bares para beber cerveza, esperando ya no sabía qué. Y cuando al salir del último bar vi que no tenía más que dar la vuelta a la esquina para internarme en mi barrio, la alegría se mezcló con la fatiga y una oscura conciencia de fracaso, porque bastaba mirar la cara de la gente para comprender que el gran terror estaba lejos de haber cesado, bastaba asomarse a los ojos de Josiane en su esquina de la rué d’Uzès y oírle decir quejumbrosa que el amo en persona había decidido protegerla de un posible ataque; recuerdo que entre dos besos alcancé a entrever su silueta en el hueco de un portal, defendiéndose de la cellisca envuelto en una larga capa gris. Josiane no era de las que reprochan las ausencias, y me pregunto si en el fondo se daba cuenta del paso del tiempo. Volvimos del brazo a la Galerie Vivienne, subimos a la bohardilla, pero después comprendimos que no estábamos contentos como antes y lo atribuimos vagamente a todo lo que afligía al barrio; habría guerra, era fatal, los hombres tendrían que incorporarse a las filas (ella empleaba solemnemente esas palabras con un ignorante, delicioso respeto), la gente tenía miedo y rabia, la policía no había sido capaz de descubrir a Laurent. Se consolaban guillotinando a otros, como esa misma madrugada en que ejecutarían al envenenador del que tanto habíamos hablado en el café de la rue des Jeuneurs en los días del proceso; pero el terror seguía suelto en las galerías y en los pasajes, nada había cambiado desde mi último encuentro con Josiane, y ni siquiera había dejado de nevar. Para consolarnos nos fuimos de paseo, desafiando el frío porque Josiane tenía un abrigo que debía ser admirado en una serie de esquinas y portales donde sus amigas esperaban a los clientes soplándose los dedos o hundiendo las manos en los manguitos de piel. Pocas veces habíamos andado tanto por los boulevares, y terminé sospechando que éramos sobre todo sensibles a la protección de los escaparates iluminados; entrar en cualquiera de las calles vecinas (porque también Liliane tenía que ver el abrigo, y más allá Francine) nos iba hundiendo poco a poco en el espanto, hasta que el abrigo quedó suficientemente exhibido y yo propuse nuestro café y corrimos por la rue du Croissant hasta dar la vuelta a la manzana y refugiarnos en el calor y los amigos. Por suerte para todos la idea de la guerra se iba adelgazando a esa hora en las memorias, a nadie se le ocurría repetir los estribillos obscenos contra los prusianos, se estaba tan bien con las copas llenas y el calor de la estufa, los clientes de paso se habían marchado y quedábamos solamente los amigos del patrón, el grupo de siempre y la buena noticia de que la Rousse había pedido perdón a Josiane y se habían reconciliado con besos y lágrimas y hasta regalos. Todo tenía algo de guirnalda (pero las guirnaldas pueden ser fúnebres, lo comprendí después) y por eso, como afuera estaban la nieve y Laurent, nos quedábamos lo más posible en el café y nos enterábamos a medianoche de que el patrón cumplía cincuenta años de trabajo detrás del mismo mostrador, y eso había que festejarlo, una flor se trenzaba con la siguiente, las botellas llenaban las mesas porque ahora las ofrecía el patrón y no se podía desairar tanta amistad y tanta dedicación al trabajo, y hacia las tres y media de la mañana Kikí completamente borracha terminaba de cantarnos los mejores aires de la opereta de moda mientras Josiane y la Rousse lloraban abrazadas de felicidad y ajenjo, y Albert, casi sin darle importancia, trenzaba otra flor en la guirnalda y proponía terminar la noche en la Roquette donde guillotinaban al envenenador exactamente a las seis, y el patrón descubría emocionado que ese final de fiesta era como la apoteosis de cincuenta años de trabajo honrado y se obligaba, abrazándonos a todos y hablándonos de su esposa muerta en el Languedoc, a alquilar dos fiacres para la expedición. A eso siguió más vino, la evocación de diversas madres y episodios sobresalientes de la infancia, y una sopa de cebolla que Josiane y la Rousse llevaron a lo sublime en la cocina del café mientras Albert, el patrón y yo nos prometíamos amistad eterna y muerte a los prusianos. La sopa y los quesos debieron ahogar tanta vehemencia, porque estábamos casi callados y hasta incómodos cuando llegó la hora de cerrar el café con un ruido interminable de barras y cadenas, y subir a los fiacres donde todo el frío del mundo parecía estar esperándonos. Más nos hubiera valido viajar juntos para abrigarnos, pero el patrón tenía principios humanitarios en materia de caballos y montó en el primer fiacre con la Rousse y Albert mientras me confiaba a Kikí y a Josiane quienes, dijo, eran como sus hijas. Después de festejar adecuadamente la frase con los cocheros, el ánimo nos volvió al cuerpo mientras subíamos hacia Popincourt entre simulacros de carreras, voces de aliento y lluvias de falsos latigazos. El patrón insistió en que bajáramos a cierta distancia, aduciendo razones de discreción que no entendí, y tomados del brazo para no resbalar demasiado en la nieve congelada remontamos la rue de la Roquette vagamente iluminada por reverberos aislados, entre sombras movientes que de pronto se resolvían en sombreros de copa, fiacres al trote y grupos de embozados que acababan amontonándose frente a un ensanchamiento de la calle, bajo la otra sombra más alta y más negra de la cárcel. Un mundo clandestino se codeaba, se pasaba botellas de mano en mano, repetía una broma que corría entre carcajadas y chillidos sofocados, y también había bruscos silencios y rostros iluminados un instante por un yesquero, mientras seguíamos avanzando dificultosamente y cuidábamos de no separarnos como si cada uno supiera que sólo la voluntad del grupo podía perdonar su presencia en ese sitio. La máquina estaba ahí sobre sus cinco bases de piedra, y todo el aparato de la justicia aguardaba inmóvil en el breve espacio entre ella y el cuadro de soldados con los fusiles apoyados en tierra y las bayonetas caladas. Josiane me hundía las uñas en el brazo y temblaba de tal manera que hablé de llevármela a un café, pero no había cafés a la vista y ella se empecinaba en quedarse. Colgada de mí y de Albert, saltaba de tanto en tanto para ver mejor la máquina, volvía a clavarme las uñas, y al final me obligó a agachar la cabeza hasta que sus labios encontraron mi boca, y me mordió histéricamente murmurando palabras que pocas veces le había oído y que colmaron mi orgullo como si por un momento hubiera sido el amo. Pero de todos nosotros el único aficionado apreciativo era Albert; fumando un cigarro mataba los minutos comparando ceremonias, imaginando el comportamiento final del condenado, las etapas que en ese mismo momento se cumplían en el interior de la prisión y que conocía en detalle por razones que se callaba. Al principio lo escuché con avidez para enterarme de cada nimia articulación de la liturgia, hasta que lentamente, como desde más allá de él y de Josiane y de la celebración del aniversario, me fue invadiendo algo que era como un abandono, el sentimiento indefinible de que eso no hubiera debido ocurrir en esa forma, que algo estaba amenazando en mí el mundo de las galerías y los pasajes, o todavía peor, que mi felicidad en ese mundo había sido un preludio engañoso, una trampa de flores como si una de las figuras de yeso me hubiera alcanzado una guirnalda mentida (y esa noche yo había pensado que las cosas se tejían como las flores en una guirnalda), para caer poco a poco en Laurent, para derivar de la embriaguez inocente de la Galerie Vivienne y de la bohardilla de Josiane, lentamente ir pasando al gran terror, a la nieve, a la guerra inevitable, a la apoteosis de los cincuenta años del patrón, a los fiacres ateridos del alba, al brazo rígido de Josiane que se prometía no mirar y buscaba ya en mi pecho dónde esconder la cara en el momento final. Me pareció (y en ese instante las rejas empezaban a abrirse y se oía la voz de mando del oficial de la guardia) que de alguna manera eso era un término, no sabía bien de qué porque al fin y al cabo yo seguiría viviendo, trabajando en la Bolsa y viendo de cuando en cuando a Josiane, a Albert y a Kikí que ahora se había puesto a golpearme histéricamente el hombro, y aunque no quería desviar los ojos de las rejas que terminaban de abrirse, tuve que prestarle atención por un instante y siguiendo su mirada entre sorprendida y burlona alcancé a distinguir casi al lado del patrón la silueta un poco agobiada del sudamericano envuelto en la hopalanda negra, y curiosamente pensé que también eso entraba de alguna manera en la guirnalda, y que era un poco como si una mano acabara de trenzar en ella la flor que la cerraría antes del amanecer. Y ya no pensé más porque Josiane se apretó contra mí gimiendo, y en la sombra que los dos reverberos de la puerta agitaban sin ahuyentarla, la mancha blanca de una camisa surgió como flotando entre dos siluetas negras, apareciendo y desapareciendo cada vez que una tercera sombra voluminosa se inclinaba sobre ella con los gestos del que abraza o amonesta o dice algo al oído o da a besar alguna cosa, hasta que se hizo a un lado y la mancha blanca se definió más de cerca, encuadrada por un grupo de gentes con sombreros de copa y abrigos negros, y hubo como una prestidigitación acelerada, un rapto de la mancha blanca por las dos figuras que hasta ese momento habían parecido formar parte de la máquina, un gesto de arrancar de los hombros un abrigo ya innecesario, un movimiento presuroso hacia adelante, un clamor ahogado que podía ser de cualquiera, de Josiane convulsa contra mí, de la mancha blanca que parecía deslizarse bajo el armazón donde algo se desencadenaba con un chasquido y una conmoción casi simultáneos. Creí que Josiane iba a desmayarse, todo el peso de su cuerpo resbalaba a lo largo del mío como debía estar resbalando el otro cuerpo hacia la nada, y me incliné para sostenerla mientras un enorme nudo de gargantas se desataba en un final de misa con el órgano resonando en lo alto (pero era un caballo que relinchaba al oler la sangre) y el reflujo nos empujó entre gritos y órdenes militares. Por encima del sombrero de Josiane que se había puesto a llorar compasivamente contra mi estómago, alcancé a reconocer al patrón emocionado, a Albert en la gloria, y el perfil del sudamericano perdido en la contemplación imperfecta de la máquina que las espaldas de los soldados y el afanarse de los artesanos de la justicia le iban librando por manchas aisladas, por relámpagos de sombra entre gabanes y brazos y un afán general por moverse y partir en busca de vino caliente y de sueño, como nosotros amontonándonos más tarde en un fiacre para volver al barrio, comentando lo que cada uno había creído ver y que no era lo mismo, no era nunca lo mismo y por eso valía más porque entre la rue de la Roquette y el barrio de la Bolsa había tiempo para reconstruir la ceremonia, discutirla, sorprenderse en contradicciones, jactarse de una vista más aguda o de unos nervios más templados para admiración de última hora de nuestras tímidas compañeras. Nada podía tener de extraño que en esa época mi madre me notara más desmejorado y se lamentara sin disimulo de una indiferencia inexplicable que hacía sufrir a mi pobre novia y terminaría por enajenarme la protección de los amigos de mi difunto padre gracias a los cuales me estaba abriendo paso en los medios bursátiles. A frases así no se podía contestar más que con el silencio, y aparecer algunos días después con una nueva planta de adorno o un vale para madejas de lana a precio rebajado. Irma era más comprensiva, debía confiar simplemente en que el matrimonio me devolvería alguna vez a la normalidad burocrática, y en esos últimos tiempos yo estaba al borde de darle la razón pero me era imposible renunciar a la esperanza de que el gran terror llegara a su fin en el barrio de las galerías y que volver a mi casa no se pareciera ya a una escapatoria, a un ansia de protección que desaparecía tan pronto como mi madre empezaba a mirarme entre suspiros o Irma me tendía la taza de café con la sonrisa de las novias arañas. Estábamos por ese entonces en plena dictadura militar, una más en la interminable serie, pero la gente se apasionaba sobre todo por el desenlace inminente de la guerra mundial y casi todos los días se improvisaban manifestaciones en el centro para celebrar el avance aliado y la liberación de las capitales europeas, mientras la policía cargaba contra los estudiantes y las mujeres, los comercios bajaban presurosamente las cortinas metálicas y yo, incorporado por la fuerza de las cosas a algún grupo detenido frente a las pizarras de La Prensa, me preguntaba si sería capaz de seguir resistiendo mucho tiempo a la sonrisa consecuente de la pobre Irma y a la humedad que me empapaba la camisa entre rueda y rueda de cotizaciones. Empecé a sentir que el barrio de las galerías ya no era como antes el término de un deseo, cuando bastaba echar a andar por cualquier calle para que en alguna esquina todo girara blandamente y me allegara sin esfuerzo a la Place des Victoires donde era tan grato demorarse vagando por las callejuelas con sus tiendas y zaguanes polvorientos, y a la hora más propicia entrar en la Galerie Vivienne en busca de Josiane, a menos que caprichosamente prefiriera recorrer primero el Passage des Panoramas o el Passage des Princes y volver dando un rodeo un poco perverso por el lado de la Bolsa. Ahora, en cambio, sin siquiera tener el consuelo de reconocer como aquella mañana el aroma vehemente del café en el Pasaje Güemes (olía a aserrín, a lejía), empecé a admitir desde muy lejos que el barrio de las galerías no era ya el puerto de reposo, aunque todavía creyera en la posibilidad de liberarme de mi trabajo y de Irma, de encontrar sin esfuerzo la esquina de Josiane. A cada momento me ganaba el deseo de volver; frente a las pizarras de los diarios, con los amigos, en el patio de casa, sobre todo al anochecer, a la hora en que allá empezarían a encenderse los picos de gas. Pero algo me obligaba a demorarme junto a mi madre y a Irma, una oscura certidumbre de que en el barrio de las galerías ya no me esperarían como antes, de que el gran terror era el más fuerte. Entraba en los bancos y en las casas de comercio con un comportamiento de autómata, tolerando la cotidiana obligación de comprar y vender valores y escuchar los cascos de los caballos de la policía cargando contra el pueblo que festejaba los triunfos aliados, y tan poco creía ya que alcanzaría a liberarme una vez más de todo eso que cuando llegué al barrio de las galerías tuve casi miedo, me sentí extranjero y diferente como jamás me había ocurrido antes, me refugié en una puerta cochera y dejé pasar el tiempo y la gente, forzado por primera vez a aceptar poco a poco todo lo que antes me había parecido mío, las calles y los vehículos, la ropa y los guantes, la nieve en los patios y las voces en las tiendas. Hasta que otra vez fue el deslumbramiento, fue encontrar a Josiane en la Galerie Colbert y enterarme entre besos y brincos de que ya no había Laurent, que el barrio había festejado noche tras noche el fin de la pesadilla, y todo el mundo había preguntado por mí y menos mal que por fin Laurent, pero dónde me había metido que no me enteraba de nada, y tantas cosas y tantos besos. Nunca la había deseado más y nunca nos quisimos mejor bajo el techo de su cuarto que mi mano podía tocar desde la cama. Las caricias, los chismes, el delicioso recuento de los días mientras el anochecer iba ganando la bohardilla. ¿Laurent? Un marsellés de pelo crespo, un miserable cobarde que se había atrincherado en el desván de la casa donde acababa de matar a otra mujer, y había pedido gracia desesperadamente mientras la policía echaba abajo la puerta. Y se llamaba Paul, el monstruo, hasta eso, fíjate, y acababa de matar a su novena víctima, y lo habían arrastrado al coche celular mientras todas las fuerzas del segundo distrito lo protegían sin ganas de una muchedumbre que lo hubiera destrozado. Josiane había tenido ya tiempo de habituarse, de enterrar a Laurent en su memoria que poco guardaba las imágenes, pero para mí era demasiado y no alcanzaba a creerlo del todo hasta que su alegría me persuadió de que verdaderamente ya no habría más Laurent, que otra vez podíamos vagar por los pasajes y las calles sin desconfiar de los portales. Fue necesario que saliéramos a festejar juntos la liberación, y como ya no nevaba Josiane quiso ir a la rotonda del Palais Royal que nunca habíamos frecuentado en los tiempos de Laurent. Me prometí, mientras bajábamos cantando por la rue des Petits Champs, que esa misma noche llevaría a Josiane a los cabarets de los boulevares, y que terminaríamos la velada en nuestro café donde a fuerza de vino blanco me haría perdonar tanta ingratitud y tanta ausencia. Por unas pocas horas bebí hasta los bordes el tiempo feliz de las galerías, y llegué a convencerme de que el final del gran terror me devolvía sano y salvo a mi cielo de estucos y guirnaldas; bailando con Josiane en la rotonda me quité de encima la última opresión de ese interregno incierto, nací otra vez a mi mejor vida tan lejos de la sala de Irma, del patio de casa, del menguado consuelo del Pasaje Güemes. Ni siquiera cuando más tarde, charlando de tanta cosa alegre con Kikí y Josiane y el patrón, me enteré del final del sudamericano, ni siquiera entonces sospeché que estaba viviendo un aplazamiento, una última gracia; por lo demás ellos hablaban del sudamericano con una indiferencia burlona, como de cualquiera de los extravagantes del barrio que alcanzan a llenar un hueco en una conversación donde pronto nacerán temas más apasionantes, y que el sudamericano acabara de morirse en una pieza de hotel era apenas algo más que una información al pasar, y Kikí discurría ya sobre las fiestas que se preparaban en un molino de la Butte, y me costó interrumpirla, pedirle algún detalle sin saber demasiado por qué se lo pedía. Por Kikí acabé sabiendo algunas cosas mínimas, el nombre del sudamericano que al fin y al cabo era un nombre francés y que olvidé en seguida, su enfermedad repentina en la rue du Faubourg Montmartre donde Kikí tenía un amigo que le había contado; la soledad, el miserable cirio ardiendo sobre la consola atestada de libros y papeles, el gato gris que su amigo había recogido, la cólera del hotelero a quien le hacían eso precisamente cuando esperaba la visita de sus padres políticos, el entierro anónimo, el olvido, las fiestas en el molino de la Butte, el arresto de Paul el marsellés, la insolencia de los prusianos a los que ya era tiempo de darles la lección que se merecían. Y de todo eso yo iba separando, como quien arranca dos flores secas de una guirnalda, las dos muertes que de alguna manera se me antojaban simétricas, la del sudamericano y la de Laurent, el uno en su pieza de hotel, el otro disolviéndose en la nada para ceder su lugar a Paul el marsellés, y eran casi una misma muerte, algo que se borraba para siempre en la memoria del barrio. Todavía esa noche pude creer que todo seguiría como antes del gran terror, y Josiane fue otra vez mía en su bohardilla y al despedirnos nos prometimos fiestas y excursiones cuando llegase el verano. Pero helaba en las calles, y las noticias de la guerra exigían mi presencia en la Bolsa a las nueve de la mañana; con un esfuerzo que entonces creí meritorio me negué a pensar en mi reconquistado cielo, y después de trabajar hasta la náusea almorcé con mi madre y le agradecí que me encontrara más repuesto. Esa semana la pasé en plena lucha bursátil, sin tiempo para nada, corriendo a casa para darme una ducha y cambiar una camisa empapada por otra que al rato estaba peor. La bomba cayó sobre Hiroshima y todo fue confusión entre mis clientes, hubo que librar una larga batalla para salvar los valores más comprometidos y encontrar un rumbo aconsejable en ese mundo donde cada día era una nueva derrota nazi y una enconada, inútil reacción de la dictadura contra lo irreparable. Cuando los alemanes se rindieron y el pueblo se echó a la calle en Buenos Aires, pensé que podría tomarme un descanso, pero cada mañana me esperaban nuevos problemas, en esas semanas me casé con Irma después que mi madre estuvo al borde de un ataque cardíaco y toda la familia me lo atribuyó quizá justamente. Una y otra vez me pregunté por qué, si el gran terror había cesado en el barrio de las galerías, no me llegaba la hora de encontrarme con Josiane para volver a pasear bajo nuestro cielo de yeso. Supongo que el trabajo y las obligaciones familiares contribuían a impedírmelo, y sólo sé que de a ratos perdidos me iba a caminar como consuelo por el Pasaje Güemes, mirando vagamente hacia arriba, tomando café y pensando cada vez con menos convicción en las tardes en que me había bastado vagar un rato sin rumbo fijo para llegar a mi barrio y dar con Josiane en alguna esquina del atardecer. Nunca he querido admitir que la guirnalda estuviera definitivamente cerrada y que no volvería a encontrarme con Josiane en los pasajes o los boulevares. Algunos días me da por pensar en el sudamericano, y en esa rumia desganada llego a inventar como un consuelo, como si él nos hubiera matado a Laurent y a mí con su propia muerte; razonablemente me digo que no, que exagero, que cualquier día volveré a entrar en el barrio de las galerías y encontraré a Josiane sorprendida por mi larga ausencia. Y entre una cosa y otra me quedo en casa tomando mate, escuchando a Irma que espera para diciembre, y me pregunto sin demasiado entusiasmo si cuando lleguen las elecciones votaré por Perón o por Tamborini, si votaré en blanco o sencillamente me quedaré en casa tomando mate y mirando a Irma y a las plantas del patio. FIN Autor: Julio Cortázar Título: El otro cielo Publicado en: Todos los fuegos el fuego (1966)

  • "El planeta imposible", cuento de Philip K. Dick

    El planeta imposible Philip K. Dick —Sigue plantada ahí afuera —dijo Norton, nervioso—. Tendrá que hablar con ella, capitán. —¿Qué quiere? —Quiere un billete. Es sorda como una tapia. Está inmóvil, con la mirada fija, y no quiere marcharse. Me produce escalofríos. El capitán Andrews se puso lentamente en pie. —Muy bien, hablaré con ella. Hágala pasar. —Gracias. —Norton se asomó al pasillo—. El capitán hablará con usted. Entre. Hubo un movimiento fuera de la sala de control. Un destello metálico. El capitán Andrews empujó hacia atrás la computadora del escritorio y esperó. Una anciana pequeña y arrugada caminaba detrás de Norton. A su lado se movía un reluciente e imponente robocriado que la sujetaba por el brazo. El robot y la diminuta mujer entraron en la sala de control. —Éstos son sus documentos. —Norton depositó un folio sobre la mesa de planos. Su voz delataba temor—. Tiene trescientos cincuenta años de edad. Uno de los mantenidos más viejos. Procede de Riga II. Andrews examinó el documento. La mujer se hallaba de pie frente al escritorio, en silencio, mirando al frente. Sus ojos eran azul pálido, descoloridos como porcelana antigua. —Irma Vincent Gordon —murmuró Andrews. Levantó la vista—. ¿Es correcto? La anciana no respondió. —Es totalmente sorda, señor —dijo el robocriado. Andrews gruñó y devolvió su atención al folio. Irma Gordon era uno de los primeros colonizadores del sistema de Riga. Origen desconocido. Nacida probablemente en el espacio, en alguna de las viejas naves sub-C. Una extraña sensación se apoderó de él. ¡Los siglos que había visto pasar aquella anciana! Los cambios. —¿Quiere viajar? —preguntó al robocriado. —Sí, señor. Ha venido desde su hogar para comprar un billete. —¿Aguantará un viaje espacial? —Vino desde Riga hasta aquí, Fomalhaut IX. —¿Adónde quiere ir? —A la Tierra, señor —respondió el robocriado. —¡A la Tierra! —Andrews se quedó boquiabierto y lanzó un juramento—. ¿Qué quiere decir? —Desea viajar a la Tierra, señor. —¿Lo ve? —murmuró Norton—. Completamente loca. Andrews se aferró al escritorio y dirigió la palabra a la anciana. —Señora, no podemos venderle un billete a la Tierra. —No le puede oír, señor —le recordó el robocriado. Andrews buscó una hoja de papel y escribió en letras grandes: NO PUEDO VENDERLE UN BILLETE A LA TIERRA La sostuvo en alto. Los ojos de la mujer se movieron mientras examinaba las palabras. Frunció los labios. —¿Por qué no? —dijo por fin. Su voz era débil y seca, como hierba crujiente. Andrews garrapateó una respuesta. ESE LUGAR NO EXISTE Añadió, malhumorado: MITO — LEYENDA — NUNCA EXISTIÓ Los ojos descoloridos de la mujer se desviaron de las palabras hacia Andrews. Su rostro no reflejaba la menor emoción. Andrews se puso nervioso. Detrás, Norton sudaba de inquietud. —Maldición —masculló Norton—. Échela de aquí. Nos traerá mala suerte. —Hágale comprender que la Tierra no existe —dijo Andrews al robocriado—. Se ha demostrado miles de veces. No existió jamás ese planeta madre. Todos los científicos están de acuerdo en que la vida surgió simultáneamente en todo el… —Su deseo es viajar a la Tierra —dijo el robot, sin perder la paciencia—. Tiene trescientos cincuenta años de edad y han dejado de administrarle el tratamiento de mantenimiento. Desea visitar la Tierra antes de morir. —¡Pero si es un mito! —estalló Andrews, incapaz de articular una palabra más. —¿Cuánto vale? —preguntó la anciana—. ¿Cuánto vale? —¡No puedo hacerlo! —gritó Andrews—. No existe… —Tenemos un kilo de positivos —dijo el robot. Andrews se apaciguó de repente. —Mil positivos. Palideció de estupefacción y apretó la mandíbula. —¿Cuánto vale? —repitió la anciana—. ¿Cuánto vale? —¿Será suficiente? —preguntó el robocriado. Andrews tragó saliva, en silencio. De pronto, recobró la voz. —Claro —contestó—. ¿Por qué no? —¡Capitán! —protestó Norton—. ¿Ha perdido el juicio? ¡Usted sabe muy bien que no existe la Tierra! ¿Cómo demonios podemos…? —Nos la llevaremos, desde luego. —Andrews se abotonó la chaquetilla lentamente, con las manos temblorosas—. La llevaremos a donde le dé la gana. Dígaselo. Nos complacerá mucho conducirla a la Tierra por mil positivos. ¿De acuerdo? —Por supuesto —dijo el robot—. Ha ahorrado durante muchas décadas para esto. Le entregará el kilo de positivos en seguida. Lo lleva encima. —Escuche —dijo Norton—, le pueden caer veinte años por esto. Le quitarán el permiso y el contrato, y le… —Cierre el pico. —Andrews giró el cuadrante del videotransmisor intersistémico. Los motores vibraron y rugieron bajo sus pies. El traqueteante transporte había salido al espacio—. Quiero la información esencial concerniente a Centauro II —dijo en el micrófono. —Ni siquiera lo conseguirá por mil positivos. Nadie puede conseguirlo. Han buscado la Tierra durante generaciones. Naves del Directorio rastrearon cada planeta de todo… El videotransmisor chasqueó. —Centauro II. —Información catalogada. Norton tomó a Andrews por el brazo. —Por favor, capitán. Ni siquiera por dos kilos de positivos… —Quiero la siguiente información —dijo Andrews en el videotransmisor—. Todos los datos que se conocen relativos al planeta Tierra, cuna legendaria de la raza humana. —No se conoce ningún dato —respondió la voz indiferente del monitor de la biblioteca—. El tema está clasificado como metaparticular. —¿Qué informes sin verificar, pero ampliamente difundidos, han sobrevivido? —La mayor parte de las leyendas concernientes a la Tierra se perdieron durante el conflicto entre Centauro y Riga de 4-B33a. Lo que ha sobrevivido es fragmentario. La Tierra es descrita de diversas formas: un planeta ancho y anillado con tres lunas, un planeta pequeño y denso con una sola luna, el primer planeta de un sistema de diez planetas que giran alrededor de una enana blanca… —¿Cuál es la leyenda más generalizada? —El informe Morrison sobre 5-C2 1r analizaba el conjunto de las descripciones étnicas y subliminales de la legendaria Tierra. El resumen final indicaba que la Tierra se considera, por lo general, el tercer planeta de un sistema de nueve, con una sola luna. Las restantes leyendas sólo coinciden en este punto. —Entiendo. El tercer planeta de un sistema de nueve. Con una sola luna. Andrews cortó la comunicación y la pantalla se apagó. —¿Qué opina? —preguntó Norton. Andrews se puso en pie al instante. —Es probable que esa mujer conozca todas las leyendas referentes a la Tierra. —Indicó con el dedo los camarotes destinados a los pasajeros, en la cubierta inferior—. Quiero obtener todas las descripciones. —¿Por qué? ¿Qué va a hacer? Andrews abrió la carta estelar. Recorrió el índice con un dedo y conectó la computadora. Al cabo de un momento, el aparato escupió una tarjeta. Andrews tomó la tarjeta y la introdujo en el robopiloto. —El sistema de Emphor —murmuró, pensativo. —¿Emphor? ¿Nos dirigimos allí? —Según la carta, existen noventa sistemas cuyo tercer planeta posee una sola luna. De los noventa, Emphor es el más próximo. Ése es nuestro destino. —No lo entiendo —protestó Norton—. Emphor es un sistema tradicionalmente comercial. Emphor III es un punto de control que ni siquiera alcanza la clase D. —Emphor III tiene una sola luna, y es el tercero de nueve planetas —sonrió el capitán Andrews—. Es todo cuanto queremos. ¿Alguien posee más conocimientos sobre la Tierra? —Bajó la vista—. ¿Sabe ella algo más sobre la Tierra? —Entiendo —dijo Norton—. Empiezo a hacerme una idea. Emphor III giraba en silencio bajo ellos. Un globo de color rojo oscuro, suspendido entre nubes pálidas. Los restos coagulados de antiquísimos mares lamían su recalentada y corroída superficie. Acantilados agrietados y erosionados se erguían hacia el cielo. Las llanuras estaban desnudas de toda vegetación. Grandes pozos horadaban la superficie, innumerables llagas bostezantes. Norton hizo una mueca de asco. —Fíjese. ¿Existe algún tipo de vida? El capitán Andrews frunció el ceño. —No sabía que estuviera tan erosionado. —Se dirigió hacia el robopiloto—. Se supone que hay una pista de aterrizaje ahí abajo. Intentaré localizarla. —¿Una pista? ¿Quiere decir que ese desierto está habitado? —Por algunos emphoritas. Una colonia degenerada de comerciantes. —Andrews consultó la carta—. Naves comerciales aterrizan en ocasiones. Apenas se han establecido contactos con esta región desde la guerra entre Centauro y Riga. Los pasajeros irrumpieron de repente. El reluciente robocriado y la señora Gordon entraron en la sala de control. El anciano rostro de la mujer estaba muy animado. —¡Capitán! ¿Es eso… la Tierra? —Sí —asintió Andrews. El robocriado guió a la señora Gordon hasta la gran pantalla. Los rasgos de la anciana se animaron por destellos de emoción. —Apenas puedo creer que sea la Tierra. Me parece imposible. Norton dirigió una mirada penetrante al capitán Andrews. —Es la Tierra —afirmó Andrews, evitando mirar a Norton—. No tardaremos en divisar la luna. La anciana se volvió sin pronunciar una palabra. Andrews se puso en comunicación con la pista de aterrizaje y conectó el piloto automático. El transporte se estremeció y empezó a descender, guiado por las señales de Emphor. —Estamos aterrizando —dijo Andrews a la anciana, apoyando la mano en su hombro. —No puede oírle, señor —le recordó el robocriado. —Bueno, pero puede ver —gruñó Andrews. La erosionada superficie de Emphor III subía hacia ellos a toda velocidad. La nave penetró en el cinturón de nubes y lo atravesó, volando sobre una llanura desnuda que se extendía hasta perderse de vista. —¿Qué le ocurrió? —preguntó Norton a Andrews—. ¿La guerra? —La guerra, minas, y vejez. Es posible que los pozos sean cráteres producidos por bombas. Algunas de esas zanjas largas pueden ser las huellas dejadas por excavadoras. Da la impresión que los recursos de este lugar están agotados. Una retorcida hilera de picos montañosos irregulares pasó bajo ellos. Se acercaron a los restos de un océano. Divisaron un inmenso mar de aguas oscuras, saturado de sal y desperdicios. Sus límites se perdían en orillas formadas por montones de escombros. —¿Por qué es así? —preguntó la señora Gordon de repente. La duda se reflejó en sus rasgos—. ¿Por qué? —¿A qué se refiere? —preguntó Andrews. —No lo entiendo. —La mujer contempló la superficie que se extendía bajo sus pies, vacilante—. No debería ser de esta manera. La Tierra es verde. Verde y llena de vida. Agua azul y… —Su voz se quebró—. ¿Por qué? Andrews tomó un trozo de papel y escribió: LAS OPERACIONES COMERCIALES DEVASTARON LA SUPERFICIE La señora Gordon leyó las palabras y frunció los labios. Un espasmo sacudió su cuerpo enjuto y reseco. —Devastada… —Su voz expresó un agudo pesar—. ¡No debería ser así! ¡No quiero que sea así! —Le conviene un descanso —dijo el robocriado, tomándola por el brazo—. La acompañaré a sus aposentos. Hagan el favor de avisarnos en cuanto hayamos aterrizado. —Claro. Andrews asintió, indeciso, cuando el robot apartó a la anciana de la pantalla. La mujer se aferró a la barandilla, con el rostro deformado por el temor y el desconcierto. —¡Algo está mal! —gimió la anciana—. ¿Por qué es así? ¿Por qué…? El robot la sacó de la sala de control. Al cerrarse, las puertas hidráulicas de seguridad acallaron sus lamentos. —Dios mío. —Andrews se relajó y encendió un cigarrillo con dedos temblorosos—. Menudo escándalo ha armado. —Estamos a punto de aterrizar —anunció Norton fríamente. Un viento frío les azotó cuando se asomaron. El aire olía mal, áspero y acre, como a huevos podridos. La sal y la arena transportadas por el viento les hirieron en la cara. Se hallaban a pocos kilómetros de la espesa capa marina. Oyeron su tenue y gomoso silbido. Algunas aves pasaron en silencio sobre ellos, batiendo sus enormes alas sin producir ningún ruido. —Esta mierda de lugar me deprime —murmuró Andrews. —Sí. Me pregunto qué estará pensando la vieja. El reluciente robot y la anciana descendieron por la rampa. La mujer andaba con paso vacilante e inestable, aferrada al brazo metálico del robocriado. El viento frío se encarnizó en su frágil cuerpo. Se tambaleó durante un momento…, y después siguió avanzando, hasta poner pie en el accidentado suelo. Norton sacudió la cabeza. —Tiene mal aspecto. Este aire, y el viento… —Lo sé. —Andrews se dirigió hacia la señora Gordon y el robot—. ¿Cómo se encuentra? —preguntó. —No muy bien, señor —susurró el robot. —Capitán —musitó la anciana. —Dígame. —Debe decirme la verdad. ¿De veras…, de veras estamos en la Tierra? —La anciana clavó la vista en sus labios—. ¿Me lo jura? ¿Me lo jura? —Su voz se convirtió en un chillido de terror. —¡Es la Tierra! —exclamó Andrews, irritado—. Ya se lo he dicho antes. Claro que es la Tierra. —No parece la Tierra. —La señora Gordon aguardó ansiosamente la respuesta de Andrews, aterrorizada—. No parece la Tierra, capitán. ¿De veras es la Tierra? —¡Sí! La mirada de la mujer se desvió hacia el océano. Un extraño brillo iluminó su rostro fatigado y alumbró una súbita ansiedad en sus ojos. —¿Aquello es agua? Quiero verla. —Saque la lancha —ordenó Andrews a Norton—. Acompáñela a donde quiera. —¿Yo? —Norton retrocedió, airado. —Es una orden. —De acuerdo. Norton volvió a regañadientes a la nave. Andrews encendió un cigarrillo, malhumorado, y esperó. Al cabo de pocos minutos, la lancha salió de la nave y se deslizó sobre la ceniza hacia ellos. —Enséñele lo que quiera —indicó Andrews al robocriado—. Norton conducirá. —Gracias, señor —respondió el robot—. Ella se lo agradecerá mucho. Ha deseado durante toda su vida pisar la Tierra. Se acuerda de lo que su abuelo le contaba sobre este planeta. Cree que su abuelo vino de la Tierra, hace mucho tiempo. Es muy vieja. Es el último miembro vivo de su familia. —Pero la Tierra no es más que… —Andrews se contuvo—. Quiero decir… —Sí, señor, pero ella es muy vieja, y ha esperado muchos años. El robot se volvió hacia la anciana y la condujo hacia la lancha. Andrews les observó con semblante sombrío, acariciándose el mentón y frunciendo el ceño. —Vamos —dijo Norton desde el interior de la lancha. Abrió la escotilla y el robocriado ayudó a la anciana a entrar. La escotilla se cerró a sus espaldas. Un momento después, la lancha se deslizó sobre la llanura salada, en dirección al desagradable y ondulado océano. Norton y el capitán Andrews paseaban sin descanso por la orilla. El cielo estaba oscureciendo. Ráfagas de sal azotaban sus rostros. Las tierras bajas, inundadas por la marea, hedían en la penumbra de la noche. A lo lejos, el contorno de unas colinas se difuminaba en el silencio y la niebla. —Sigue —dijo Andrews—. ¿Qué pasó después? —Eso es todo. La mujer salió de la lancha, acompañada del robot. Yo me quedé dentro. Estuvieron mirando el océano. Al cabo de un rato, la vieja envió al robot de vuelta a la lancha. —¿Por qué? —No lo sé. Supongo que quería estar a solas un tiempo. Permaneció inmóvil en la orilla, mirando el agua. Se levantó viento. De repente, se acuclilló y se hundió en la ceniza salada. —¿Y entonces? —Mientras yo me recobraba de la impresión, el robot corrió a recogerla. Se irguió durante un segundo y avanzó hacia el agua. Salté de la lancha, gritando. El robot se internó en el agua y desapareció. Se hundió en el barro y la mierda. Se desvaneció. —Norton se estremeció—. Con el cuerpo de la mujer. Andrews tiró el cigarrillo con furia. El cigarrillo rodó sobre la playa, todavía encendido. —¿Algo más? —Nada. Todo ocurrió en un segundo. Ella estaba parada, mirando el agua. De súbito, tembló…, como una rama muerta. Y entonces se esfumó. El robocriado saltó de la lancha y se hundió con ella en el agua antes que me diera cuenta de lo que pasaba. El cielo estaba casi oscuro. Enormes nubes se desplazaban bajo las tenues estrellas. Nubes de insalubres emanaciones nocturnas y partículas de desperdicios. Una bandada de aves enormes surcó el horizonte en silencio. La luna se recortaba contra las quebradas colinas. Un globo enfermizo y desolado, teñido de un pálido color amarillo, como de pergamino antiguo. —Volvamos a la nave —dijo Andrews—. No me gusta este lugar. —No consigo comprender qué ha ocurrido. La vieja… Andrews sacudió la cabeza. —El viento. Toxinas radiactivas. Lo verifiqué con Centauro II. La guerra devastó todo el sistema. Convirtió el planeta en un pecio venenoso. —Entonces, no tendremos que… —No, no nos considerarán responsables. —Caminaron durante un rato en silencio—. No tendremos que dar ninguna explicación. Está muy claro. Cualquiera que venga aquí, en especial una persona de avanzada edad… —Sólo que nadie desea venir aquí —comentó Norton con amargura—. En especial una persona de avanzada edad. Andrews no contestó. Andaba con la cabeza gacha y las manos hundidas en los bolsillos. Norton le seguía en silencio. Sobre sus cabezas, la luna dejó atrás la niebla y penetró en una extensión de cielo despejada, brillando con mayor fuerza. —Por cierto —dijo Norton, con voz fría y distante—. Éste es el último viaje que hago con usted. Rellené una petición formal mientras estaba en la nave. —Oh. —Pensé que debía decírselo. En cuanto a mi parte del kilo de positivos, puede quedársela. Andrews se ruborizó y aceleró el paso, dejando atrás a Norton. La muerte de la anciana le había trastocado. Encendió otro cigarrillo y lo tiró al cabo de pocos momentos. Maldita sea… La culpa no era suya. Era una vieja. Trescientos cincuenta años. Sorda y senil. Una hoja marchita, arrastrada por el viento, por el viento venenoso que azotaba sin cesar la superficie devastada del planeta. La superficie devastada. Cenizas saladas y desperdicios. La línea quebrada de colinas desmoronadas. Y el silencio. El eterno silencio. Sólo el viento y el chapoteo de las turbias aguas estancadas. Y los pájaros oscuros que surcaban el cielo. Algo brilló a sus pies, en la ceniza salada. Reflejaba la palidez enfermiza de la luna. Andrews se agachó y tanteó en la oscuridad. Sus dedos se cerraron sobre algo duro. Tomó el pequeño disco y lo examinó. —Qué raro —dijo. No volvió a acordarse del disco hasta que estuvieron en el espacio, volando hacia Fomalhaut. Se apartó del panel de control y rebuscó en sus bolsillos. El disco estaba desgastado. Era muy fino. Y terriblemente antiguo. Andrews lo frotó y escupió sobre su superficie hasta que estuvo lo bastante limpio para examinarlo. Un grabado borroso…, y nada más. Le dio la vuelta. ¿Una ficha? ¿Una arandela? ¿Una moneda? En el reverso había unas pocas letras carentes de sentido, en algún idioma antiguo y olvidado. Sostuvo el disco a la luz hasta que descifró las letras: E PLURIBUS UNUM Se encogió de hombros, tiró el fragmento de metal antiguo a la unidad eliminadora de residuos y devolvió su atención a la carta estelar, a su hogar… FIN Autor: Philip K. Dick Título: El planeta imposible Título Original: The Impossible Planet Publicado en: Imagination, octubre de 1953 Aparece en: A Handful of Darkness (1955) Traducción: Eduardo García Murillo

  • "Todo el verano en un día", cuento de Ray Bradbury

    Todo el verano en un día Ray Bradbury —¿Ya? —Ya. —¿Ahora? —En seguida. —¿Sabrán los sabios, realmente? ¿Sucederá hoy? —Mira, mira y verás. Los niños se amontonaban, se apretujaban como muchas rosas, como muchas flores silvestres, y miraban hacia afuera buscando el sol oculto. Llovía. Llovía desde hacía siete años; miles de días sobre miles de días que la lluvia había tejido de extremo a extremo, con tambores y cataratas de agua, con el estrépito de tempestades que inundaban las islas como olas de una marea. La lluvia había triturado mil bosques que habían crecido mil veces para ser triturados de nuevo. Y así era para siempre la vida en el planeta Venus, y aquélla era, la escuela de los hijos de los hombres y mujeres del cohete que habían venido a un mundo de lluvias, a traer la civilización y a vivir sus vidas. —¡Para! ¡Para! —¡Sí, sí! Margot no miraba con aquellos niños que no podían acordarse de un tiempo en que no todo era lluvia y lluvia y lluvia. Tenían todos nueve años, y si había habido un día, siete años atrás, en que había salido el sol una hora, mostrando su cara a un mundo sorprendido, no podían recordarlo. A veces, de noche, Margot oía cómo se movían en sueños, y ella sabía entonces que recordaban el oro, o un lápiz amarillo, o una moneda tan grande que con ella uno podía comprarse el mundo. Sabía que creían recordar un calor, un ardor en las mejillas, en el cuerpo, en los brazos y las piernas, en las manos temblorosas. Pero luego despertaban siempre al tamborileo trepidante, al interminable tintineo de unos collares de perlas trasparentes sobre el tejado, el sendero, los jardines, los bosques…, y los sueños se desvanecían. Todo el día anterior, en clases, habían leído acerca del sol. De cómo se parecía a un limón, y de cuán caliente era. Y habían escrito cuentos o ensayos o poemas a propósito del sol. El sol es una florque sólo se abre una hora. Eso decía el poema de Margot, leído en voz baja en el aula silenciosa, mientras afuera caía la lluvia. —¡Bah! ¡No lo escribiste tú! —protestó uno de los chicos. —¡Sí! —dijo Margot—. ¡Yo! —¡William! —dijo la maestra. Pero eso había sido ayer. Hoy la lluvia amainaba y los niños se apretaban contra los gruesos cristales del ventanal. —¿Dónde está la maestra? —Ya viene. —Pronto, o no veremos nada. Los niños eran como una rueda febril de rayos que subían y caían. Margot no se acercaba a ellos. Era una niña frágil y parecía que hubiese andado muchos años perdida en la lluvia, y que la lluvia le hubiese desteñido el color azul de los ojos, el rojo de los labios y el oro del pelo. Era como la vieja fotografía de un álbum, polvorienta, borrosa, y hablaba poco, y con una voz de fantasma. Ahora, alejada de los otros, miraba la lluvia y el turbulento mundo líquido más allá de los vidrios. —¿Qué miras? —dijo William. Margot no respondió. —Contesta cuando te hablan. William le dio un empujón. La niña no se movió; es decir, dejó que el empujón la moviera, y nada más. Siempre la apartaban así. Margot no jugaba con ellos en los túneles sonoros de la ciudad subterránea, y nunca corría con ellos y se quedaba atrás, parpadeando. Cuando la clase cantaba canciones que hablaban de la felicidad, de la vida, de los juegos, apenas movía los labios. Sólo cantaba cuando los cantos hablaban del verano y del sol, y entonces clavaba los ojos en los ventanales húmedos. Y además, por supuesto, había otro crimen, más grave. Margot había llegado de la Tierra hacía sólo cinco años y aún se acordaba del sol. Recordaba que cuando tenía cuatro años el sol aparecía en el cielo de Ohio todas las mañanas. Ellos, en cambio, habían vivido siempre en Venus, y sólo tenían dos años cuando el sol había salido por última vez, y ya se habían olvidado de su color, su tibieza, y de cómo era en realidad. Pero Margot recordaba. —Es una moneda —dijo una vez Margot, cerrando los ojos. —¡No, no! —gritaron los niños. —Es como el fuego de la chimenea —dijo Margot. —¡Mientes, no! —gritaron los niños. Pero Margot recordaba, y lejos de todos, en silencio, miraba las figuras de la lluvia en los vidrios. Una vez, un mes atrás, no había querido bañarse en la ducha de la escuela, se había cubierto la cabeza con las manos, y había gritado que no quería que el agua la tocase. Luego, oscuramente, oscuramente, había comprendido: era distinta, y los otros notaban la diferencia, y se apartaban. Se decía que los padres de Margot se la llevarían de nuevo a la Tierra el año próximo, pues era para ella cuestión de vida o muerte, aun cuando la familia perdería por ese motivo varios miles de dólares. Por eso la odiaban los niños, por todas esas razones, de mucha o poca consecuencia. Odiaban aquel pálido rostro de nieve, su silencio ansioso, su delgadez, y su futuro posible. —¡Vete! —William la empujó de nuevo—. ¿Qué esperas? Entonces, y por primera vez, Margot se volvió y lo miró. Y lo que esperaba se le vio en los ojos. —¡Bueno, no te quedes ahí! —gritó William, furioso—. No verás nada. Margot movió los labios. —¡Nada! —gritó William—. Fue todo una broma, ¿no entiendes? —Miró a los otros niños—. Hoy no pasará nada, ¿no es cierto? Todos lo miraron pestañeando, y de pronto comprendieron y se echaron a reír, sacudiendo las cabezas. —¡Nada, nada! —Oh —murmuró Margot, desconsolada. Pero si es hoy. Los sabios lo anunciaron, y ellos saben. Hoy el sol… —Fue una broma, nada más —dijo William tomándola bruscamente por el brazo—. Eh, vamos, será mejor que la encerremos en un armario antes que vuelva la maestra. —No —dijo Margot, retrocediendo. Todos se le fueron encima, y entre protestas y luego súplicas y luego llantos, la arrastraron a un túnel, a un cuarto, a un armario, cerraron la puerta, y le echaron llave. Se quedaron un rato mirando cómo la puerta temblaba con los golpes de la niña y oyendo sus gritos sofocados. Después, sonriendo, dieron media vuelta, y salieron del túnel en el momento en que llegaba la maestra. —¿Listos, niños? La maestra miró su reloj. —¡Sí! —¿Estamos todos? —¡Sí! La lluvia menguaba cada vez más. Fue entonces como si en la película cinematográfica de un alud, de un tornado, de un huracán, de una erupción volcánica, la banda de sonido se hubiera estropeado de pronto, y todos los ruidos, todas las ráfagas, todos los ecos y truenos se hubiesen apagado bruscamente, y como si en seguida hubiesen arrancado el film del aparato, que proyectaba ahora una apacible fotografía tropical que no se movía ni trepidaba. El mundo se había detenido. El silencio era tan inmenso, tan inverosímil que parecía que uno se hubiese puesto algodones en los oídos, o que uno se hubiera quedado sordo. Los chicos se llevaron las manos a los oídos. La puerta se abrió, y el olor del mundo silencioso, expectante, entró en la escuela. Salió el sol. Tenía el color del bronce fundido, y era muy grande. Alrededor, el cielo era un deslumbrante mosaico azul. El hechizo se quebró al fin, y los niños se precipitaron gritando hacia el verano. La selva ardía bajo el sol. —Bueno, no vayan muy lejos —les gritó la maestra—. Tienen sólo dos horas. Que la lluvia no los sorprenda afuera. Pero los niños corrían ya con los rostros vueltos hacia el cielo, sintiendo que el sol les quemaba las mejillas como un hierro candente, y ya se quitaban los abrigos para que el sol les dorara los brazos. —Es mejor que las lámparas de sol, ¿no es cierto? —¡Oh, mucho, mucho mejor! Dejaron de correr. Estaban en la enorme selva que cubría Venus, esa selva que nunca dejaba de crecer, tumultuosamente, que crecía mientras uno la miraba. La selva era un nido de pulpos y extendía unos tentáculos de zarzas carnosas, temblorosas, que florecían en la breve primavera. Tenía el color del caucho y de la ceniza esta selva, luego de tantos años sin sol. Tenía el color de las piedras, del queso blanco y de la tinta. Los niños se echaban riéndose en el colchón de la selva, y oían cómo crujía y suspiraba, elástica y viva. Corrían entre los árboles, resbalaban y caían, se empujaban, jugaban; pero sobre todo miraban el sol con los ojos entornados hasta que las lágrimas les rodaban por las mejillas. Tendían las manos hacia el resplandor amarillo y el asombroso azul y respiraban el aire puro y escuchaban el silencio y descansaban en él como flotando en un mar inmóvil. Todo lo miraban, todo lo disfrutaban. Luego, impetuosamente, como animales que han escapado de sus madrigueras, corrían y corrían en círculos, gritando. Corrieron toda una hora. Y de pronto… En plena carrera, una niña gimió. Todos se quedaron quietos. De pie, en la selva, la niña extendió una mano. —Oh, miren, miren —dijo. Todos se acercaron lentamente y miraron la mano abierta. En el centro de la palma, como una ventosa, una gota de lluvia. La niña se echó a llorar, mirando la gota. Todos alzaron rápidamente los ojos al cielo. —Oh, oh. Unas gotas frías les cayeron en las narices, las bocas, las mejillas. El sol se apagó tras una ráfaga de niebla. Alrededor de los niños sopló un viento frío. Todos se volvieron y echaron a caminar hacia la casa subterránea, con los brazos caídos, las sonrisas muertas. El estampido de un trueno los estremeció, y como hojas arrastradas por un viento que se levanta echaron a correr tropezando y tambaleándose. Un rayo estalló a diez kilómetros de distancia, a cinco kilómetros, a dos, a uno. Las tinieblas de la medianoche cubrieron el cielo. Se quedaron un momento en la puerta del subterráneo hasta que la lluvia arreció. Luego cerraron la puerta y escucharon el ruido de las toneladas de agua, la catarata que caía en todas partes y para siempre. —¿Otros siete años? —Sí, siete años. De pronto un niño gritó. —¡Margot! —¿Qué? —Está aún en el armario. —Margot. Los niños se quedaron como estacas clavadas en el suelo. Se miraron y apartaron los ojos. Miraron de reojo el mundo donde ahora llovía, llovía y llovía, inmutablemente. Tenían unas caras solemnes y pálidas. Cabizbajos, se miraron las manos, los pies. —Margot. —Bueno —dijo una niña. Nadie se movió. —Vamos —murmuró la niña. Lentamente, recorrieron el pasadizo bajo el ruido de la lluvia fría, entraron en la sala bajo el estrépito de la tormenta y el trueno, con unas caras azules, terribles, iluminadas por los relámpagos. Se acercaron al armario, lentamente, y esperaron. Detrás de la puerta sólo había silencio. Abrieron la puerta, más lentamente aún, y dejaron salir a Margot. FIN Autor: Ray Bradbury Título: Todo el verano en un día Título Original: All Summer in a Day Publicado en: The Magazine of Fantasy and Science Fiction, marzo de 1954 Traducción: Matilde Horne y F. Abelenda

  • "La ciudad de los gatos obstinados", cuento de Italo Calvino

    La ciudad de los gatos obstinados Italo Calvino La ciudad de los gatos y la ciudad de los hombres están una dentro de la otra, pero no son la misma ciudad. Pocos gatos recuerdan el tiempo en que no había diferencia: las calles y las plazas de los hombres eran también las calles y las plazas de los gatos, y el césped, patios, balcones y fuentes: se vivía en un espacio amplio y variado. Pero ahora, desde hace varias generaciones, los felinos domésticos son prisioneros de una ciudad inhabitable: las calles son recorridas ininterrumpidamente por un tráfico mortal de coches matagatos; en cada metro cuadrado de terreno, donde antes había un jardín o un solar baldío o los restos de una olvidada demolición, ahora se elevan bloques, edificios de casas populares, rascacielos flamantes; todas las aceras están atestadas de coches estacionados; uno a uno, los patios son techados y convertidos en garajes o en cines o en almacenes o en talleres. Y donde se extendía una meseta ondulante de tejados bajos, cornisas, azoteas, depósitos de agua, balcones, tragaluces, tejados de chapa, ahora se alza la sobreedificación general de todo lo sobreedificable: desaparecen los desniveles intermedios entre el ínfimo suelo de la calle y el excelso cielo de los sobreáticos; el gato de las nuevas camadas busca en vano el itinerario de sus padres, el punto de apoyo para el salto flexible desde la balaustrada hasta la cornisa, luego hasta el canalón para trepar rápidamente por las tejas. Pero en esta ciudad vertical, en esta ciudad comprimida donde todos los vacíos tienden a llenarse y cada bloque de cemento a compenetrarse con otros bloques de cemento, se abre una especie de contraciudad, de ciudad negativa, que consiste en tajadas vacías entre muro y muro, con distancias mínimas entre unas y otras y las partes traseras de los edificios exigidas por el reglamento de construcción. Es una ciudad de paredes medianeras, huecos de luz, conductos de ventilación, entradas de coches, patios interiores, accesos a los sótanos, como una red de canales secos sobre un planeta de yeso y alquitrán, y es a través de esta trama entre los muros por donde aún se despliega el antiguo pueblo de los gatos. Marcovaldo, algunas veces, para pasar el tiempo, seguía a algún gato. Era en la pausa del trabajo, entre las doce y media y las tres, cuando todo el personal, excepto Marcovaldo, iba a casa a comer. Y él, que llevaba su comida en una bolsa, de entre las cajas del almacén se agenciaba una que utilizaba como mesa, se echaba al cuerpo el bocado, fumaba medio puro barato y seguía por allí dando vueltas, solo y ocioso, esperando la hora de volver a trabajar. En aquellos momentos, cualquier gato que se asomara por una ventana era siempre una compañía apreciada y un guía para nuevas exploraciones. Había hecho amistad con un gato atigrado, bien alimentado, con un lazo azul al cuello, y que seguramente pertenecía a alguna familia acomodada. Este atigrado tenía en común con Marcovaldo la costumbre de pasear después de comer: de ahí nació naturalmente una amistad. Siguiendo a su amigo felino, Marcovaldo se puso a mirar los sitios como a través de los redondos ojos de un minino y, aunque se trataba del entorno habitual de la empresa, él lo veía con una luz diferente, como escenario de historias gatunas, con conexiones sólo al alcance de garras afelpadas y ligeras. Aunque en el barrio parecía haber pocos gatos, cada día Marcovaldo conocía uno nuevo, y bastaba con un maullido o un bufido o un erizarse de pelo en el lomo arqueado para hacerle intuir relaciones o intrigas o rivalidades entre ellos. En aquellos momentos creía haber entrado en el secreto de la sociedad de los felinos: y de pronto se sentía espiado por pupilas que se volvían fisuras, vigilado por antenas de bigotes estirados, y todos los gatos a su alrededor se sentaban impenetrables como esfinges, el triángulo rosa de la nariz convergente con el triángulo negro de los labios, y sólo se movía el vértice de las orejas, con una vibración como de radar. Llegaban al fondo de un estrecho pasadizo entre escuálidos muros ciegos, y mirando en torno suyo, Marcovaldo veía que todos los gatos que lo habían guiado hasta allí habían desaparecido, todos a la vez, no se entendía por dónde, también su amigo atigrado lo había dejado solo. Su reino tenía territorios, ceremonias y costumbres que no le era permitido descubrir. En compensación, desde la ciudad de los gatos se abrían portillas insospechadas a la ciudad de los hombres: y un día precisamente el gato atigrado lo condujo al descubrimiento del gran Restaurante Biarritz. Quien quería ver el Restaurante Biarritz no tenía más que adoptar la estatura de un gato, es decir, andar a gatas. Gato y hombre caminaban de esta manera en torno a una especie de cúpula, al pie de la cual había unas ventanitas bajas y rectangulares. Siguiendo el ejemplo del gato, Marcovaldo miró hacia abajo. Había claraboyas con el cristal subido por donde entraba aire y luz al lujoso salón. Al sonido de violines gitanos, giraban perdices y otras aves de caza horneadas sobre fuentes de plata sostenidas en equilibrio por manos con guantes blancos de camareros de frac. O, para mayor exactitud, sobre las perdices y los faisanes giraban las fuentes, y sobre las fuentes los guantes blancos, y manteniéndose en vilo sobre los zapatos de charol de los camareros el relumbrante parquet, del que pendían palmeras enanas en macetas y servilletas y cristalería y cubos en forma de campana con una botella de champaña dentro: todo patas arriba porque Marcovaldo, por temor a ser descubierto, no quería asomar la cabeza por la ventanita y se limitaba a mirar la sala reflejada al revés en el vidrio oblicuo. Pero al gato le interesaban más que las ventanitas que daban al salón las de las cocinas: al mirar desde las del salón se veía a lo lejos y como transfigurado lo que en las cocinas aparecía —ya muy concreto y al alcance de la garra— como un pájaro desplumado y un pescado fresco. Y era precisamente hacia las cocinas donde el gato quería llevar a Marcovaldo, tal vez como un gesto de amistad desinteresada o más bien porque esperaba la ayuda del hombre en una de sus incursiones. Marcovaldo, en cambio, no quería alejarse de su mirador del salón: al principio como fascinado por la gala del ambiente, y luego porque había algo que lo atraía como imán. Tanto que, venciendo el temor de ser visto, se asomaba cabeza abajo frecuentemente. En medio de la sala, exactamente bajo aquella ventanita, había una pequeña pecera de cristal, una especie de acuario, donde nadaban grandes truchas. Se acercó un cliente distinguido, con el cráneo calvo y brillante, vestido de negro y con barba negra. Lo seguía un viejo camarero de frac que traía en la mano una pequeña red como para cazar mariposas. El señor de negro miró las truchas con aire serio y atento; luego alzó una mano y con un gesto lento y solemne señaló una. El camarero sumergió la red en la pecera, siguió a la trucha elegida, la capturó, se dirigió a la cocina llevando en ristre como una lanza la red donde se debatía el pez. El señor de negro, serio como un magistrado que acaba de dictar una sentencia de muerte, fue a sentarse, esperando el retorno de la trucha, preparada “a la molinera”. “Si encuentro la manera de lanzar desde aquí el sedal y hacer que pique una trucha”, pensó Marcovaldo, “no podría ser acusado de hurto, a lo sumo de pesca no autorizada”. Y sin hacer caso de los maullidos que lo llamaban por el lado de las cocinas, fue a buscar su equipo de pesca. Nadie en el salón atestado del Biarritz vio el largo y fino hilo, armado de anzuelo y cebo, que bajaba y bajaba hasta caer dentro de la pecera. El cebo lo vieron los peces y se le lanzaron encima. En aquella confusión, una trucha logró morder el gusano: de inmediato comenzó a subir, a subir, salió del agua, sacudiéndose, plateada, voló hacia lo alto, sobre las mesas servidas y los carritos de los entremeses, sobre la flama azul de los infiernillos para las  crêpes Suzette , y desapareció en el cielo a través de la ventanita. Marcovaldo tiró de la caña con la presteza y la energía de un pescador avezado, al punto que el pez cayó a sus espaldas. La trucha apenas había tocado tierra cuando el gato se abalanzó sobre ella. Perdió la poca vida que le quedaba entre los colmillos del atigrado. Marcovaldo, que en ese momento había dejado caer el sedal para recoger el pez, vio cómo se lo arrancaban en sus narices, con anzuelo y todo. Reaccionó de inmediato pisando la caña, pero el tirón había sido tan fuerte que el hombre se quedó sólo con la caña, mientras el atigrado escapaba con el pez llevándose consigo también el hilo del sedal. ¡Gato traidor! Había desaparecido. Pero esta vez no se le escaparía: quedaba aquel largo hilo que lo seguía e indicaba el camino que había tomado. Aunque hubiera perdido de vista al gato, Marcovaldo seguía el extremo del hilo: que corría hacia arriba por un muro, saltaba un barandal, trepaba por un portón, era engullido por un sótano… Marcovaldo, adentrándose en lugares cada vez más gatunos, trepaba por los tejados, saltaba balaustradas, lograba siempre seguir con la mirada al gato —a veces un segundo antes de que desapareciera—, aquel rastro móvil que le indicaba el camino que tomaba el ladrón. De pronto el hilo va por la acera de una calle, en medio del tráfico, y Marcovaldo corriendo detrás está casi a punto de atraparlo. Se tira de cabeza, ¡lo atrapa! Había logrado hacerse con el extremo del sedal antes de que el gato se escabullera entre los barrotes de una verja. Detrás de la verja medio oxidada y de dos fragmentos de muros cubiertos de plantas trepadoras había un pequeño jardín baldío y al fondo un palacete de aspecto abandonado. Un tapiz de hojas secas cubría la calle, y por doquier yacían hojas secas bajo las ramas de los dos plátanos, formando auténticas montañas diminutas sobre los arriates. Un estrato de hojas amarilleaba en el agua verde de una fuente. Alrededor de la casa se elevaban edificios enormes, rascacielos con miles de ventanas, como si fueran otros tantos ojos que miraran con reprobación aquel cuadrado entre dos árboles, pocas tejas y un montón de hojas amarillas, sobreviviente en pleno corazón de ese barrio de gran tráfico. Y en este jardín, trepados en los capiteles y las balaustradas, echados en las hojas secas de los arriates, encaramados en los troncos de los árboles o en los canalones, firmes sobre sus cuatro patas y con las colas en forma de signos de interrogación, relamiéndose sentados… había gatos atigrados, negros, blancos, gatos veteados, angoras, persas, gatos domésticos, gatos perfumados y gatos tiñosos. Marcovaldo entendió que finalmente había llegado al corazón del reino felino, su isla secreta. Y de la emoción, casi se había olvidado de su pescado. El sedal se había enredado en la rama de un árbol, y el pescado colgaba, fuera del alcance de los saltos de los gatos; debía de haberse caído de la boca de su raptor en algún movimiento torpe, tal vez defendiéndolo de los otros gatos o quizás lo había subido allí para exhibirlo como un trofeo extraordinario. El hilo estaba enredado y Marcovaldo no lograba destrabarlo por más tirones que daba. Mientras tanto, una lucha furiosa se había desatado entre los gatos para alcanzar ese pescado inalcanzable, o más bien para tener el derecho de intentar alcanzarlo. Cada uno quería impedir que saltaran los demás: se lanzaban unos contra otros, se atacaban en pleno vuelo, rodaban enlazados, con silbidos, lamentos, bufidos, atroces maullidos, y finalmente la batalla campal se desencadenó formando un torbellino de crepitantes hojas secas. Marcovaldo, después de múltiples esfuerzos inútiles, sintió de pronto que el sedal se había soltado, pero tuvo mucho cuidado de no atraerlo hacia sí: la trucha habría caído justo en medio de aquella trifulca de felinos enfurecidos. Fue en ese preciso momento cuando empezó a caer desde lo alto de los muros del jardín una extraña lluvia: raspas de pescado, cabezas de pescados, incluso trozos de pulmones y entrañas. Pronto los gatos perdieron interés en la trucha suspendida en el aire y se lanzaron sobre los nuevos bocados. Para Marcovaldo era el momento de tirar del hilo y recuperar su trucha. Pero antes de que pudiera reaccionar con la rapidez necesaria, desde la persiana de una ventana salieron dos manos amarillentas y descarnadas: una blandía tijeras, la otra una sartén. La mano con la tijera se levanta sobre la trucha, la mano con la sartén se coloca debajo. La tijera corta el hilo, la trucha cae en la sartén, manos, tijeras y sartén se retiran, la persiana se cierra: todo sucede en un segundo. Marcovaldo ya no entiende nada. —¿Usted también es amigo de los gatos? —Una voz a sus espaldas le hizo darse la vuelta. Estaba rodeado de mujeres, unas muy ancianas, con sombreros pasados de moda, otras más jóvenes, con pinta de solteronas, todas llevaban en las manos o en las bolsas envoltorios con pedazos de carne o de pescado o recipientes con leche—. ¿Me ayuda a tirar este paquete al otro lado de la verja, para esos pobres animalitos? Todas las amigas de los gatos se reunían a esa hora alrededor del jardín de las hojas secas para llevar comida a sus protegidos. —Pero, díganme, ¿por qué están aquí todos esos gatos? —preguntó Marcovaldo. —¿Y dónde quiere que vayan? ¡Sólo queda este jardín! Aquí vienen también gatos de otros barrios, de un radio de varios kilómetros… —Y también pájaros —intervino otra—, en estos pocos árboles se han refugiado cientos, cientos… —Y las ranas, están todas en aquella fuente, y por la noche croan, croan… Se escuchan hasta en el séptimo piso de los edificios de alrededor… —Pero ¿de quién es esta casa? —preguntó Marcovaldo. Ahora, delante de la verja no sólo estaban aquellas mujeres, había llegado más gente: el del surtidor de gasolina de enfrente, los empleados de un taller, el cartero, el verdulero, algún que otro transeúnte. Todos, mujeres y hombres, no se hicieron de rogar para darle una respuesta: cada uno quería dar la suya, como siempre cuando se trata de un argumento misterioso y controvertido. —Es de una marquesa; vive ahí, pero nunca se la ve… —Las empresas constructoras le han ofrecido millones y más millones por este pedacito de terreno, pero no quiere vender… —¿Qué quiere que haga con tantos millones una viejita sola en el mundo? Prefiere tener su casa, aunque se esté cayendo a pedazos con tal de que no la obliguen a mudarse… —Es la única superficie sin construir en el centro de la ciudad… Aumenta de valor cada año… Le han hecho muchos ofrecimientos… —¿Sólo ofrecimientos? También intimidaciones, amenazas, persecuciones… ¡Ya conocen a los empresarios! —Y ella se resiste desde hace años… —Es una santa… Sin ella ¿adónde irían todos estos pobres animalitos? —¡Hay que ver si le importan un comino estos animales a esa vieja mezquina! ¿La han visto alguna vez darles algo de comer? —Pero ¿qué quiere que les dé a los gatos si no tiene ni para ella? ¡Es la última descendiente de una familia en decadencia! —¡Odia a los gatos! ¡La he visto echarlos a golpe de sombrilla! —¡Porque le pisan las flores del jardín! —¿De qué flores habla? ¡Siempre he visto este jardín lleno de maleza! Marcovaldo entendió que las opiniones sobre la vieja estaban profundamente divididas: unos la veían como una criatura angelical, otros como una avara egoísta. —También odia a los pájaros: ¡nunca les da ni una migaja de pan! —Les da hospitalidad, ¿le parece poco? —Igual que a los mosquitos, quiere decir. Todos vienen de allí, de esa fuente. En verano los mosquitos nos comen vivos, y todo por culpa de esta marquesa. —¿Y las ratas? Es una mina de ratas esta casa. Tienen sus ratoneras bajo las hojas secas, de noche salen… —Por las ratas no se preocupe, los gatos se encargan… —¡Oh, sus gatos! Si tuviéramos que confiar en ellos… —¿Por qué? ¿Qué tiene contra los gatos? En este momento, la discusión degeneró en una trifulca total. —¡Debería intervenir la autoridad: expropiar la casa! —gritaba alguien. —¿Con qué derecho? —protestaba otro. —En un barrio moderno como el nuestro, una pocilga como ésta… Debería estar prohibido. —Pero si yo elegí mi departamento precisamente porque tiene vista a esta pizca de verde… —¡Pero qué verde! ¡Piensen en el hermoso rascacielos que podrían construir aquí! También Marcovaldo hubiera podido dar su opinión, pero no encontraba el momento adecuado. Finalmente, de un tirón, exclamó: —¡La marquesa me ha robado mi trucha! La inesperada noticia proporcionó nuevos argumentos a los enemigos de la vieja, pero los defensores la utilizaron como prueba de la indigencia en la que estaba la infortunada aristócrata. Pero unos y otros estuvieron de acuerdo en que Marcovaldo debía ir a llamar a su puerta y aclarar el asunto. No se entendía si la verja estaba cerrada con llave o sólo entornada: como quiera que sea, empujando se abría con un espantoso chirrido. Marcovaldo avanzó entre las hojas y los gatos, subió los peldaños del pórtico, tocó a la puerta con energía. En una ventana (la misma por la que había salido la sartén) se entreabrió un postigo de la persiana y por una esquina apareció un ojo redondo y azul, una mecha de pelo teñido de un color indefinido, una mano seca. Una voz que preguntaba: —¿Quién es? ¿Quién llama? —Al mismo tiempo llegó una nube de olor a aceite frito. —Yo, señora marquesa, soy el de la trucha —explicó Marcovaldo—, no quisiera molestarla, sólo decirle por si usted no lo sabe, que aquel gato me robó la trucha a mí, yo la pesqué, tan cierto es que el sedal… —¡Los gatos, siempre los gatos! —dijo la marquesa, escondida detrás de la persiana, con una voz aguda y un poco nasal—. ¡Todas las maldiciones me vienen de los gatos! ¡Nadie sabe lo que es! ¡Estar encerrada noche y día entre estas fieras! ¡Y con toda la inmundicia que la gente tira aquí desde la calle para fastidiarme! —Pero mi trucha… —¡Su trucha! ¿Qué voy a saber yo de su trucha? —Y la voz de la marquesa se convertía en un grito, como si quisiera ocultar el ruido que salía por la ventana, el aceite friéndose en la sartén junto al olor a pescado frito. —¿Cómo quiere que distinga algo con todo lo que me llueve en casa? —De acuerdo, pero usted ¿tiene mi trucha o no? —¡Con todo el daño que sufro a causa de los gatos! ¡Ah, no faltaría más! ¡Yo no respondo por nada! ¡Yo podría decirle todo lo que he perdido! ¡Con los gatos que me invadieron desde hace años la casa y el jardín! ¡Mi vida a merced de esas fieras! ¡Vaya a buscar a los dueños para que me reparen los daños! ¿Daños? Una vida destruida: ¡prisionera aquí sin poder dar un paso! —Pero, perdone, ¿quién le obliga a quedarse? Por la abertura de la persiana aparecía un ojo redondo y turquesa o bien una boca con dos dientes salidos; por un momento se vio el rostro entero y a Marcovaldo le pareció confusamente un hocico de gato. —¡Ellos, ellos me tienen encerrada! ¡Los gatos! ¡Si pudiera irme! ¡Cuánto daría por un departamentito todo para mí! ¡Una casa moderna, limpia! Pero no puedo salir… ¡Me siguen, se me cruzan, me hacen tropezar! —La voz se volvió como un susurro, como si le confiase un secreto—. Temen que venda el terreno… No me dejan, no me lo permiten… Cuando vienen los empresarios a proponerme algún trato, debería verlos…, se meten entre nosotros, sacan las garras, hicieron correr a un escribano… Una vez tenía el contrato aquí, listo para firmarlo, saltaron por la ventana y volcaron el tintero, desgarraron los papeles… Marcovaldo de pronto se acordó de la hora, del almacén, del jefe de sección. Se alejó en puntas de pie pasando sobre las hojas secas, mientras la voz seguía saliendo entre las persianas envuelta en aquella nube como de aceite en sartén: —Me arañaron con sus garras… Tengo todavía la cicatriz… Aquí, abandonada a merced de esta banda de demonios… Llegó el invierno. Una floración de copos blancos cubría las ramas, los capiteles y las colas de los gatos. Bajo la nieve, las hojas secas se deshacían volviéndose fango. Unos cuantos gatos andaban por allí, sus amigas ya aparecían muy poco; los paquetes con desperdicios de pescado eran para los gatos que se presentaban a domicilio. Nadie, desde hacía tiempo, había vuelto a ver a la marquesa. Ya no salía humo de la chimenea de la casa. Un día de nevada volvieron al jardín muchos gatos, tantos como en primavera, maullaban como si fuera noche de luna. Los vecinos entendieron que algo había sucedido: fueron a llamar a la puerta de la marquesa. No respondió: estaba muerta. En primavera, el jardín se había convertido en un escenario donde se montaba una gran construcción. Las excavadoras habían profundizado para hacer los cimientos, el hormigón se vertía en los armazones de hierro, una grúa altísima elevaba grandes barrotes para que los obreros levantaran los andamios. Pero ¿cómo podían trabajar? Los gatos se paseaban por toda la estructura, hacían caer ladrillos y sacos de cal, se revolcaban en los montones de arena. Cuando los hombres estaban a punto de levantar un andamio encontraban un gato encaramado en lo más alto bufando furioso. Mininos más atrevidos trepaban a los hombros de los albañiles: ronroneaban y no había manera de sacárselos de encima. Y los pájaros seguían haciendo sus nidos en todas partes, la caseta de la grúa parecía una pajarera… Y no se podía tomar un balde de agua que no estuviera lleno de ranas que croaban y saltaban… FIN Autor: Italo Calvino Título: La ciudad de los gatos obstinados Título Original: Il giardino dei gatti ostinati Publicado en: Marcovaldo ovvero Le stagioni in città (1963) Traducción: Dulce María Zúñiga

  • "La intrusa", cuento de Jorge Luis Borges

    La intrusa Jorge Luis Borges 2 Reyes, I, 26 Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson, en el velorio de Cristián, el mayor, que falleció de muerte natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Morón. Lo cierto es que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe. Años después, volvieron a contármela en Turdera, donde había acontecido. La segunda versión, algo más prolija, confirmaba en suma la de Santiago, con las pequeñas variaciones y divergencias que son del caso. La escribo ahora porque en ella se cifra, si no me engaño, un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos. Lo haré con probidad, pero ya preveo que cederé a la tentación literaria de acentuar o agregar algún pormenor. En Turdera los llamaban los Nilsen. El párroco me dijo que su predecesor recordaba, no sin sorpresa, haber visto en la casa de esa gente una gastada Biblia de tapas negras, con caracteres góticos; en las últimas páginas entrevió nombres y fechas manuscritas. Era el único libro que había en la casa. La azarosa crónica de los Nilsen, perdida como todo se perderá. El caserón, que ya no existe, era de ladrillo sin revocar; desde el zaguán se divisaban un patio de baldosa colorada y otro de tierra. Pocos, por lo demás, entraron ahí; los Nilsen defendían su soledad. En las habitaciones desmanteladas dormían en catres; sus lujos eran el caballo, el apero, la daga de hoja corta, el atuendo rumboso de los sábados y el alcohol pendenciero. Sé que eran altos, de melena rojiza. Dinamarca o Irlanda, de las que nunca oirían hablar, andaban por la sangre de esos dos criollos. El barrio los temía a los Colorados; no es imposible que debieran alguna muerte. Hombro a hombro pelearon una vez a la policía. Se dice que el menor tuvo un altercado con Juan Iberra, en el que no llevó la peor parte, lo cual, según los entendidos, es mucho. Fueron troperos, cuarteadores, cuatreros y alguna vez tahúres. Tenían fama de avaros, salvo cuando la bebida y el juego los volvían generosos. De sus deudos nada se sabe ni de dónde vinieron. Eran dueños de una carreta y una yunta de bueyes. Físicamente diferían del compadraje que dio su apodo forajido a la Costa Brava. Esto, y lo que ignoramos, ayuda a comprender lo unidos que fueron. Malquistarse con uno era contar con dos enemigos. Los Nilsen eran calaveras, pero sus episodios amorosos habían sido hasta entonces de zaguán o de casa mala. No faltaron, pues, comentarios cuando Cristián llevó a vivir con él a Juliana Burgos. Es verdad que ganaba así una sirvienta, pero no es menos cierto que la colmó de horrendas baratijas y que la lucía en las fiestas. En las pobres fiestas de conventillo, donde la quebrada y el corte estaban prohibidos y donde se bailaba, todavía, con mucha luz. Juliana era de tez morena y de ojos rasgados; bastaba que alguien la mirara para que se sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres, no era mal parecida. Eduardo los acompañaba al principio. Después emprendió un viaje a Arrecifes por no sé qué negocio; a su vuelta llevó a la casa una muchacha, que había levantado por el camino, y a los pocos días la echó. Se hizo más hosco; se emborrachaba solo en el almacén y no se daba con nadie. Estaba enamorado de la mujer de Cristián. El barrio, que tal vez lo supo antes que él, previó con alevosa alegría la rivalidad latente de los hermanos. Una noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el oscuro de Cristián atado al palenque. En el patio, el mayor estaba esperándolo con sus mejores pilchas. La mujer iba y venía con el mate en la mano. Cristián le dijo a Eduardo: —Yo me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana; si la querés, usala. El tono era entre mandón y cordial. Eduardo se quedó un tiempo mirándolo; no sabía qué hacer. Cristián se levantó, se despidió de Eduardo, no de Juliana, que era una cosa, montó a caballo y se fue al trote, sin apuro. Desde aquella noche la compartieron. Nadie sabrá los pormenores de esa sórdida unión, que ultrajaba las decencias del arrabal. El arreglo anduvo bien por unas semanas, pero no podía durar. Entre ellos, los hermanos no pronunciaban el nombre de Juliana, ni siquiera para llamarla, pero buscaban, y encontraban, razones para no estar de acuerdo. Discutían la venta de unos cueros, pero lo que discutían era otra cosa. Cristián solía alzar la voz y Eduardo callaba. Sin saberlo, estaban celándose. En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer pudiera importarle, más allá del deseo y la posesión, pero los dos estaban enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba. Una tarde, en la plaza de Lomas, Eduardo se cruzó con Juan Iberra, que lo felicitó por ese primor que se había agenciado. Fue entonces, creo, que Eduardo lo injurió. Nadie, delante de él, iba a hacer burla de Cristián. La mujer atendía a los dos con sumisión bestial; pero no podía ocultar alguna preferencia por el menor, que no había rechazado la participación, pero que no la había dispuesto. Un día, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no apareciera por ahí, porque tenían que hablar. Ella esperaba un diálogo largo y se acostó a dormir la siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar una bolsa con todo lo que tenía, sin olvidar el rosario de vidrio y la crucecita que le había dejado su madre. Sin explicar nada la subieron a la carreta y emprendieron un silencioso y tedioso viaje. Había llovido; los caminos estaban muy pesados y serían las tres de la mañana cuando llegaron a Morón. Ahí la vendieron a la patrona del prostíbulo. El trato ya estaba hecho; Cristián cobró la suma y la dividió después con el otro. En Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la maraña (que también era una rutina) de aquel monstruoso amor, quisieron reanudar su antigua vida de hombres entre hombres. Volvieron a las trucadas, al reñidero, a las juergas casuales. Acaso, alguna vez, se creyeron salvados, pero solían incurrir, cada cual por su lado, en injustificadas o harto justificadas ausencias. Poco antes de fin de año el menor dijo que tenía que hacer en la Capital. Cristián se fue a Morón; en el palenque de la casa que sabemos reconoció al overo de Eduardo. Entró; adentro estaba el otro, esperando turno. Parece que Cristián le dijo: —De seguir así, los vamos a cansar a los pingos. Más vale que la tengamos a mano. Habló con la patrona, sacó unas monedas del tirador y se la llevaron. La Juliana iba con Cristián; Eduardo espoleó al overo para no verlos. Volvieron a lo que ya se ha dicho. La infame solución había fracasado; los dos habían cedido a la tentación de hacer trampa. Caín andaba por ahí, pero el cariño entre los Nilsen era muy grande —¡quién sabe qué rigores y qué peligros habían compartido!— y prefirieron desahogar su exasperación con ajenos. Con un desconocido, con los perros, con la Juliana, que había traído la discordia. El mes de marzo estaba por concluir y el calor no cejaba. Un domingo (los domingos la gente suele recogerse temprano) Eduardo, que volvía del almacén, vio que Cristián uncía los bueyes. Cristián le dijo: —Vení; tenemos que dejar unos cueros en lo del Pardo. Ya los cargué; aprovechemos la fresca. El comercio del Pardo quedaba, creo, más al sur; tomaron por el Camino de las Tropas; después, por un desvío. El campo iba agrandándose con la noche. Orillaron un pajonal; Cristián tiró el cigarro que había encendido y dijo sin apuro: —A trabajar, hermano. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con sus pilchas. Ya no hará más perjuicios. Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro vínculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla. Autor: Jorge Luis Borges Título: La intrusa Publicado en: El informe de Brodie (1970)

  • "Todos vosotros, zombies…" cuento de Robert A. Heinlein

    «Todos vosotros, zombies…» Robert A. Heinlein 2217 – ZONA HORARIA V (COSTA ESTE) – 7 DE NOVIEMBRE, 1970 – CIUDAD DE NUEVA YORK – EL RINCÓN DE POP: Yo limpiaba una copa de coñac cuando entró Madre Soltera. Miré la hora: 10:17 p.m., zona cinco, u hora de la costa este, 7 de noviembre, 1970. Los agentes temporales siempre estamos pendientes de la hora y la fecha; es nuestra obligación. Madre Soltera era un hombre de veinticinco años, no más alto que yo, con rasgos infantiles y un temperamento susceptible. No me gustaba su aspecto —nunca me había gustado—, pero era el chico al que debía reclutar, era mi muchacho. Le ofrecí la mejor sonrisa de camarero. Quizá yo fuese demasiado quisquilloso. No era afeminado; su mote se debía a lo que siempre respondía cuando algún tipo metomentodo le preguntaba a qué se dedicaba: «Soy una madre soltera.» Si se sentía algo menos asesino, añadiría: «… a cuatro centavos por palabra. Escribo historias confesionales». Si se sentía cabrón, esperaba a que alguien hiciese algún comentario. Tenía un estilo de lucha cerrada bastante letal, como una mujer policía: una de las razones por las que le quería. Aunque no la única. Venía preocupado y su rostro mostraba que despreciaba a la gente más de lo habitual. En silencio, le serví una copa doble de Old Underwear y dejé la botella. Se la bebió y se sirvió otra. Limpié la barra. —¿Cómo va el negocio de la «Madre Soltera»? Tensó los dedos sobre el vaso, y pareció a punto de lanzármelo a la cara; palpé con la mano el bate que había bajo la barra. En una manipulación temporal intentas controlarlo todo, pero hay tantos factores que nunca aceptas riesgos innecesarios. Le vi relajarse ese poquito que te enseñan a observar en la academia de entrenamiento de la Oficina. —Lo lamento —dije—. Sólo preguntaba. Piensa que en lugar de «¿Cómo va el negocio?» he dicho «¿Cómo está el tiempo?». Parecía amargado. —El negocio va bien. Yo las escribo, ellos las imprimen, yo como. Me serví una copa, me incliné en su dirección. —De hecho —dije—, escribes bien… he leído algunas. Posees un asombroso toque para el punto de vista femenino. Era un desliz al que tenía que arriesgarme; nunca había dicho qué seudónimo empleaba. Pero estaba lo suficientemente enfadado para centrarse en la última parte. —¡Punto de vista femenino! —repitió—. Sí, conozco el punto de vista femenino. Vaya si lo conozco. —¿Sí? —dije dubitativo—. ¿Hermanas? —No. No me creerías si te lo contase. —Un momento, un momento —contesté tranquilo—, los camareros y los psiquiatras sabemos que no hay nada más extraño que la verdad. Vaya, hijo, si oyeses las historias que escucho yo… bien, te harías rico. Increíble. —¡No conoces el significado de «increíble»! —¿Sí? Nada me asombra. Siempre he oído algo peor. Bufó una vez más. —¿Quieres apostarte el resto de la botella? —Apostaré una botella llena. —Coloqué una sobre la barra. —Bien… —Le indiqué a otro camarero que se ocupase de los clientes. Estábamos en un extremo, un espacio de una sola banqueta que mantenía privado cargando la barra con frascos de huevos en vinagre y demás parafernalia. Había algunos más al otro extremo de la barra mirando las peleas y alguien jugaba con la máquina de discos… teníamos tanta intimidad como en una cama. —Vale —empezó—, para empezar, soy un bastardo. —Aquí no nos importa —dije. —Lo digo en serio —me respondió—. Mis padres no estaban casados. —Sigue sin importar —insistí—. Los míos tampoco. —Cuando… —Se detuvo y me dedicó la mirada más humana que le hubiese visto nunca—. ¿Lo dices en serio? —En serio. Soy un bastardo al cien por cien. De hecho —añadí—, en mi familia nadie se casa. Todos bastardos. —¿Entonces qué es eso? —Me señaló la mano. —Oh, esto. —Se lo mostré—. Simplemente parece una alianza de boda: la llevo para alejar a las mujeres. —Es una antigüedad que le compré en 1985 a un colega… la había conseguido en la Creta precristiana—. La serpiente Uroboro… La serpiente del mundo que devora su propia cola, por siempre, sin fin. Un símbolo de la Gran Paradoja. Apenas la miró. —Si realmente eres un bastardo, ya sabes lo que se siente. Cuando era una niña pequeña… —¡Eh! —dije—. ¿He oído bien? —¿Quién cuenta la historia? Mira, ¿has oído hablar de Christine Jorgensen? ¿O Roberta Cowell? —Eh, ¿cambio de sexo? Intentas decirme que… —No me interrumpas o me largo y no hablaré. Me recogieron, me dejaron en un orfanato en Cleveland en 1945 cuando tenía un mes. Cuando era una niña pequeña envidiaba a los niños con padres. Después, cuando descubrí lo del sexo… y créeme, se aprende rápido en un orfanato… —Lo sé. —… hice el juramento solemne de que cualquier hijo mío tendría papá y mamá. Me mantuvo «pura», todo un logro en aquel lugar… Para conseguirlo tuve que aprender a pelear. Después crecí y comprendí que tenía muy pocas posibilidades de casarme… por la misma razón por la que no me habían adoptado. —Frunció el ceño—. Tenía cara de caballo y los dientes de conejo, pecho plano y pelo liso. —No tienes peor aspecto que yo. —¿A quién le importa el aspecto de un barman? ¿O el de un escritor? Pero la gente que quiere adoptar escoge pequeñas idiotas de ojos azules y pelo dorado. Más tarde, los chicos quieren pechos grandes, un rostro agradable y modales de Oh-tú-macho-maravilloso. —Se encogió de hombros—. No podía competir. Así que decidí unirme a las W.E.N.C.H.E.S. [1] —¿Eh? —Cuerpo Nacional Femenino de Emergencia, Sección de Hospitalidad y Entretenimiento, lo que llaman «Ángeles del Espacio»… Grupo de Enfermería Auxiliar, Legiones Extraterrestres. Conocía ambos términos, una vez que los situé en su contexto temporal. Nosotros tenemos un tercero, se trata de ese cuerpo militar de elite: Orden Hospitalaria Femenina para el Fortalecimiento y Ánimo de los Astronautas [2] . Los cambios de vocabulario es el peor aspecto del salto temporal. ¿Sabía que en su época «estación de servicio» se refería a un dispensario de fracciones de petróleo? Durante una misión en la era Churchill una mujer me dijo: «Reúnete conmigo en la estación de servicio de al lado»… que no era lo que parece; una «estación de servicio» (de entonces) no tendría cama. Siguió hablando: —Fue cuando admitieron por primera vez que no podían enviar hombres al espacio durante meses y años sin aliviar la tensión. ¿Recuerdas cómo gritaban los lloricas? Eso mejoró mis posibilidades, ya que las voluntarias eran escasas. Una chica debía ser respetable, preferiblemente virgen (les gustaba entrenarlas desde el principio), mentalmente por encima de la media, y emocionalmente estable. Pero la mayoría de las voluntarias eran viejas putas, o neuróticas que se desmoronaban al estar diez días lejos de la Tierra. Así que no me hacía falta ser guapa; si me aceptaban me arreglarían los dientes, me pondrían pelo y me enseñarían a caminar, bailar y a escuchar a un hombre con amabilidad, y todo lo demás, además de entrenamiento para los deberes principales. Incluso usarían cirugía plástica si fuese necesaria… nada es demasiado para Nuestros Muchachos. »Lo mejor de todo: se aseguraban de que no te quedarías embarazada durante tu alistamiento… y era casi seguro que al final acabarías casada. Igual que hoy, las A.N.G.E.L.E.S. se casan con los hombres del espacio; hablan el mismo lenguaje. »Cuando cumplí dieciocho años me colocaron como “asistenta de madre”. La familia no quería más que una sirvienta barata, pero no me importaba ya que no podía alistarme hasta no cumplir los veintiuno. Hacía las tareas de la casa e iba a la escuela nocturna… fingiendo continuar con la mecanografía y la taquigrafía del instituto pero yendo en realidad a clases de encanto, para mejorar mis posibilidades de alistamiento. »Entonces conocí a ese tipo de ciudad con sus billetes de cien dólares. —Frunció el ceño—. El bueno para nada efectivamente tenía un fajo de billetes de cien dólares. Me lo mostró una noche, diciéndome que tomara cuanto quisiese. »Pero no lo hice. Me gustaba. Era el primer hombre que había conocido que era amable sin intentar jugar conmigo. Dejé la escuela nocturna para verle más a menudo. Fue el periodo más feliz de mi vida. »A continuación, una noche, el juego comenzó. Se detuvo. Yo dije: —¿Y luego? —¡Y luego  nada ! No volví a verle. Me acompañó a casa y me dijo que me quería… me dio un beso de buenas noches y no volvió nunca. —Tenía una expresión sombría—. ¡Si pudiese encontrarlo, lo mataría! —Bien —me mostré comprensivo—, sé cómo te sientes. Pero matarle… sólo por hacer lo natural… mm… ¿Te resististe? —¿Eh? ¿Qué tiene eso que ver? —Bastante. Quizá se merezca un par de brazos rotos por salir corriendo, pero… —¡Se merece algo peor! Espera a oírlo. De algún modo conseguí que nadie lo sospechase y decidí que era para mejor. Realmente no le había amado y probablemente jamás amase a nadie… tenía más deseos que nunca de unirme a las W.E.N.C.H.E.S. No estaba incapacitada, no insisten en que seas virgen. Me alegré. »No lo comprendí hasta que la falda empezó a apretarme. —¿Embarazada? —¡La verdad es que me engañó por completo! Los tacaños con los que vivía pasaron de mí mientras pude trabajar… luego me echaron y el orfanato no estaba dispuesto a recogerme. Acabé en un hospital de caridad rodeada de otras barrigas hinchadas y orinales hasta que di a luz. »Una noche me encontré sobre una mesa de operaciones, con una enfermera que me decía: “Relájate. Ahora respira profundamente”. »Me desperté en la cama, insensible de pecho para abajo. Vino el cirujano. “¿Cómo te sientes?”, dijo con alegría. »—Como una mamá. »—Naturalmente. Estás vendada como una madre y hasta arriba de calmantes para mantenerte insensible. Te pondrás bien… Pero una cesárea no es como quitar un padrastro. »—Cesárea —dije—. Doctor… ¿he perdido al bebé? »—Oh, no. El bebé está bien. »—Oh. ¿Niño o niña? »—Una niñita hermosa. Dos kilos y medio. »Me relajé. Es importante haber creado a un bebé. Me dije a mí misma que me iría a alguna parte y pondría “Señora” frente a mi apellido y dejaría que todo el mundo creyese que su papá estaba muerto… ¡no habría orfanato para  mi  hija! »Pero el cirujano seguía hablando. “Dime, eh… —evitó mi nombre—, ¿algunas vez has pensado que tus glándulas no eran las correctas?”. »Yo respondí: “¿Eh? Claro que no. ¿Qué quiere decir?”. »Vaciló: “Te lo voy a dar en una dosis, y luego una inyección para que puedas dormir después del impacto. Porque vas a sufrir un  shock ”. »—¿Por qué? —exigí. »—¿Has oído hablar alguna vez de ese médico escocés que era mujer hasta los treinta y cinco años? ¿Después pasó por cirugía y se convirtió legal y médicamente en un hombre? Se casó. Todo bien. »—¿Qué tiene eso que ver conmigo? »—Eso es lo que digo. Eres un hombre. »Intenté incorporarme. “¿Qué?”. »—Tómatelo con calma. Cuando te abrí me encontré con un desastre. Mandé buscar al Jefe de Cirugía mientras sacaba al bebé y luego lo discutimos, contigo sobre la mesa… y trabajamos durante horas para salvar lo que pudimos. Tenías dos juegos completos de órganos, los dos inmaduros, pero con el conjunto femenino lo suficientemente desarrollado para permitirte tener un bebé. No podrían volver a servir de nada, así que los retiramos y dispusimos los restantes para que pudieses desarrollarte adecuadamente como un hombre. —Me puso una mano en el hombro—. No te preocupes. Eres joven, tus huesos se ajustarán, comprobaremos tu equilibrio glandular… y te convertiremos en un buen jovencito. »Empecé a llorar. “¿Qué hay de mi  bebé ?” »—Bien, no puedes darle de mamar, no tienes ni leche suficiente para un gatito. Si yo fuese tú, haría… que la adoptasen. »— No . »Se encogió de hombros. “Es tu decisión; eres su madre… su padre. Pero no te preocupes ahora; primero te pondremos bien.” »Al día siguiente me dejó ver a la niña y la vi a diario… intentando acostumbrarme a ella. Nunca había visto a un recién nacido y no tenía ni idea de que tuviesen un aspecto tan horrible… mi hija parecía un mono naranja. Mis sentimientos se transformaron en la fría determinación por hacer lo mejor por ella. Pero cuatro semanas más tarde dejó de tener sentido. —¿Eh? —La secuestraron. —¿Secuestraron? Madre Soltera casi tiró la botella que habíamos apostado. —Secuestrada… ¡se la llevaron del hospital! —Respiró profundamente—. ¿Qué te parece en cuanto a quitarle a un hombre lo único que le queda para vivir? —Terrible —admití—. Déjame servirte otra. ¿No hubo pistas? —Nada que la policía pudiese seguir. Alguien vino a verla, afirmando ser su tío. Mientras la enfermera se daba la vuelta, él salió con ella. —¿Descripción? —Sólo un hombre con cara en forma de rostro, como tú o yo. —Frunció el ceño—. Creo que fue el padre de la niña. La enfermera juró que era un hombre más mayor, pero probablemente usase maquillaje. ¿Quién más se iba a llevar a mi bebé? Las mujeres sin hijos hacen cosas así… ¿pero quién ha oído que lo haga un hombre? —¿Qué fue de ti? —Once meses más en aquel lugar terrible y tres operaciones. A los cuatro meses ya me crecía la barba; antes de irme ya me afeitaba regularmente… y ya no dudaba de que fuese un hombre. —Sonrió sardónico—. Le miraba el escote a las enfermeras. —Bien —dije—, me parece que todo te ha salido bien. Aquí estás, un hombre normal, ganando buen dinero, sin verdaderos problemas. Y la vida de mujer no es fácil. Me miró con furia. —¡Cómo si tú lo supieses! —¿Y? —¿Alguna vez has oído la expresión «una mujer perdida»? —Mm, hace años. En realidad hoy en día no significa mucho. —Yo estaba todo lo perdida que puede estarlo una mujer; ese capullo  realmente  me perdió… ya no era una mujer… y no sabía  cómo  ser un hombre. —Supongo que hay que acostumbrarse. —No tienes ni idea. No me refiero a aprender a vestirse, o no entrar en el baño equivocado; esas cosas las aprendí en el hospital. ¿Pero cómo podría  vivir ? ¿A qué podría dedicarme? Demonios, ni siquiera sabía conducir. No conocía ningún oficio; no podía realizar trabajo manual: demasiadas cicatrices, demasiado sensibles. »También le odiaba por haberme arruinado para la W.E.N.C.H.E.S., pero no supe hasta qué punto hasta que intenté unirme al Cuerpo Espacial. Una mirada a mi vientre y me consideraron incapacitado para el servicio militar. El oficial médico pasó tiempo conmigo sólo por curiosidad; había leído sobre mi caso. »Así que me cambié el nombre y me vine a Nueva York. Primero me dediqué a cocinar en un tugurio, después alquilé una máquina de escribir y me establecí como estenógrafo público… ¡vaya una risa! En cuatro meses había tecleado cuatro cartas y un manuscrito. El manuscrito era para  Historias de la vida misma  y también un desperdicio de papel, pero el idiota que lo escribió lo vendió. Lo que me dio una idea; compré una pila de revistas confesionales y las estudié. —Adoptó una expresión cínica—. Ahora ya sabes cómo puedo contar el verdadero punto de vista en una historia de madre soltera… por medio de la única versión que no he vendido: la verdadera. ¿He ganado la botella? La empujé hacia él. Yo mismo estaba disgustado, pero había trabajo que hacer. Dije: —Hijo, ¿todavía quieres ponerle las manos encima a ese tipo? Se le iluminaron los ojos con una furia animal. —¡Un momento! —dije—. ¿Lo matarías? Rio de forma desagradable. —Ponme a prueba. —Tómatelo con calma. Sé más de lo que tú crees. Puedo ayudarte. Sé dónde está. Alargó el brazo a través de la barra. — ¿Dónde está? Yo dije en voz baja. —Suéltame la camisa, hijo… o acabarás en el callejón y le diremos a la policía que te desmayaste. —Le mostré el bate. Me soltó. —Lo siento. ¿Pero dónde está? —Me miró—. ¿Y cómo sabes tanto? —Todo a su tiempo. Hay registros… registros hospitalarios, registros de orfanato, registros médicos. La matrona de tu orfanato era la señora Fetherage… ¿cierto? La sucedió la señora Gruenstein… ¿cierto? Como mujer te llamabas «Jane»… ¿cierto? Y no me has contado nada de esto… ¿cierto? Le tenía desconcertado y algo asustado. —¿Qué es esto? ¿Intentas causarme problemas? —No, en absoluto. Me preocupo por tu bienestar. Puedo ponerte a ese tipo en las rodillas. Haces con él lo que te parezca conveniente… y te garantizo que no tendrás problemas. Pero no creo que le mates. Estarías loco si lo hicieses… y no estás loco. No del todo. Desechó eso último. —Deja la cháchara.  ¿Dónde está? Le serví una copa; estaba borracho pero la furia empezaba a eliminar la borrachera. —No tan rápido. Yo haré algo por ti… tú harás algo por mí. —Eh… ¿qué? —No te gusta tu trabajo. ¿Qué dirías a una buena paga, trabajo seguro, cuenta de gastos ilimitada, ser tu propio jefe y grandes cantidades de variedad y aventura? Me miró fijamente. —Diría: «¡Saca a esos malditos renos de mi tejado!» No te molestes, Pop… ese trabajo no existe. —Vale, míralo de esta forma: te lo entrego, te arreglas con él, después pruebas con mi trabajo. Si no es todo lo que digo… bien, no puedo retenerte. Empezaba a flaquear; el último trago fue el definitivo. —¿Cuándo me lo entregarás? —dijo con dificultad. —Si estamos de acuerdo…  ¡ahora mismo! Levantó la mano. —¡De acuerdo! Le indiqué con la cabeza a mi ayudante que cuidase de toda la barra, apunté la hora —2300— y empecé a pasar por el hueco bajo la barra cuando la máquina de discos bramó: «¡Soy mi propio abuelo!» El tipo del servicio tenía instrucciones de cargarla con viejas tonadas americanas y clásicos porque yo no podía soportar la «música» de 1970, pero no sabía que esa cinta estaba en la máquina. Grité. —¡Apaga eso! Dale al cliente su dinero —añadí—. Trastienda, volveré en un momento. —Y me dirigí allí seguido de Madre Soltera. Se encontraba al final del pasillo entre los baños, una puerta de acero para la que nadie excepto mi encargado de día y yo mismo teníamos llave; dentro se encontraba la puerta a una habitación interior de la que sólo yo tenía la llave. Entramos. Miró borracho las paredes sin ventanas. —¿Ónde esstá? —Ahora mismo. —Abrí una maleta, lo único que había en la habitación; era un Equipo de Campo Transformador de Coordenadas del USFF, serie 1992, modelo II; una belleza, sin partes móviles, con menos de veintitrés kilos de peso completamente cargado, y con la forma de una maleta. A principios del día lo había ajustado con precisión; lo único que tenía que hacer era sacar la red metálica que limita el campo transformador. Y lo hice. —¿Qué es eso? —exigió. —Una máquina del tiempo —dije y nos lancé la red por encima. —¡Eh! —gritó y retrocedió. La cosa tiene su técnica; hay que arrojar la red de forma que el sujeto retroceda instintivamente  hacia la  rejilla metálica, a continuación cierras la red con vosotros dos rodeados completamente. En caso contrario podrías dejarte atrás una suela o un trozo de pie, o arrancar un trozo de suelo. Pero no se necesita más habilidad que ésa. Algunos agentes engañan al sujeto para entrar en la red; yo digo la verdad y uso ese instante de total desconcierto para darle al interruptor. Lo que hice. 1030 – VI – 3 DE ABRIL DE 1963 – CLEVELAND, OHIO – EDIFICIO APEX: —¡Eh! —repitió—. ¡Quítame esta cosa! —Lo lamento —me disculpé al hacerlo; guardé la red en la maleta, y la cerré—. Dijiste que querías encontrarle. —Pero… ¡dijiste que era una máquina del tiempo! Señalé la ventana. —¿Parece que estamos en noviembre? ¿O en Nueva York? —Mientras él permanecía boquiabierto ante los nuevos brotes y el tiempo de primavera, volví a abrir la maleta, extraje un fajo de billetes de cien dólares, comprobé que la numeración y las firmas fuesen compatibles con 1963. A la Oficina del Tiempo no le importa lo que gastes (no les cuesta nada) pero no les gustan los anacronismos innecesarios. Demasiados errores y un tribunal militar te exiliará a un año de algún periodo desagradable, digamos 1974, con su racionamiento estricto y los trabajos forzados. Yo nunca cometo errores, el dinero era el correcto. Él se volvió y dijo: —¿Qué ha sucedido? —Él está aquí. Sal y píllalo. Aquí tienes dinero para gastos. —Se lo di y añadí—: Encárgate de él. Luego te recogeré. Los billetes de cien dólares producen un efecto hipnótico en las personas que no están acostumbradas a manejarlos. Los contaba incrédulo mientras yo lo echaba al pasillo. El siguiente salto era fácil, un pequeño cambio de era. 1700 – VI – 10 DE MARZO DE 1964 – CLEVELAND – EDIFICIO APEX: Había una nota bajo la puerta diciendo que mi alquiler había expirado la semana pasada; por lo demás, la habitación tenía el mismo aspecto que un momento antes. En el exterior, los árboles estaban desnudos y amenazaba la nieve; me apresuré, deteniéndome sólo para coger dinero contemporáneo y una chaqueta, sombrero y abrigo que había dejado cuando alquilé la habitación. Cogí un taxi, fui al hospital. Me llevó veinte minutos aburrir a la enfermera hasta el punto de que me permitiese llevarme al bebé sin problemas. Regresamos al Edificio Apex. Establecer los controles fue más complejo, porque el edificio no existía todavía en 1945. Pero lo había calculado de antemano. 0010 – VI – 20 DE SEPTIEMBRE 1945 – CLEVELAND – MOTEL SKYVIEW: Equipo de campo, bebé y yo llegamos a un hotel fuera de la ciudad. Antes ya me había registrado como «Gregory Johnson, de Warren, Ohio», así que llegamos a una habitación con las cortinas corridas, las ventanas cerradas y las puertas atrancadas, y el suelo despejado para permitir las ondulaciones de la máquina al llegar. Te puedes llevar un golpe desagradable debido a una silla que se encuentra donde no debería estar; no por la silla claro, sino por el retroceso del campo. No había problema. Jane dormía tranquilamente; la llevé fuera, la puse en una caja de economato en el asiento del coche que había contratado antes, conduje hasta el orfanato, la dejé en los escalones, conduje dos manzanas hasta una «estación de servicio» (la de productos petrolíferos) y telefoneé al orfanato, volví a tiempo para verles recoger la caja, seguí la marcha y abandoné el coche cerca del hotel. Caminé y salté al edificio Apex en el año 1963. 1100 – VI – 24 DE ABRIL DE 1963 – CLEVELAND – EDIFICIO APEX: Lo hice con el tiempo justo: la precisión temporal depende del intervalo, excepto en el retorno a cero. Si llevaba razón, Jane estaría descubriendo, en un parque durante una agradable noche de primavera, que no era tan «buena» chica como había creído. Cogí un taxi al hogar de aquellos tacaños, hice que el taxista esperase en la esquina mientras yo acechaba en las sombras. Los vi venir por la calle, cada uno en los brazos del otro. La llevó hasta el porche y se dedicó a darle un beso de buenas noches durante un largo rato: más largo de lo que yo había pensado. A continuación ella entró y él recorrió el camino de vuelta, de espaldas a mí. Me puse a su lado y le agarré por el brazo. —Eso es todo, hijo —anuncié con calma—. He vuelto para recogerte. — ¡Tú!  —Se quedó boquiabierto y sin aliento. —Yo. Ahora sabes quién es  él … y cuando lo hayas pensado sabrás quién eres tú… y si piensas de verdad, comprenderás quién es el bebé… y quién soy  Yo . No respondió, estaba muy alterado. Era toda una impresión que te demostrasen que no podías resistirte a seducirte a ti mismo. Lo llevé al Edificio Apex y saltamos de nuevo. 2300 – VII – 12 DE AGOSTO DE 1985 – BASE BAJO LAS ROCOSAS: Desperté al sargento de guardia, le mostré la identificación; le dije al sargento que metiese a mi acompañante en cama junto con una pastilla de la felicidad y que le reclutase por la mañana. El sargento parecía de mal humor, pero la graduación es la graduación, sin que importase la era; hizo lo que le dije, pensando, sin duda, que la próxima vez que nos viésemos él podría ser el coronel y yo el sargento: eso, en nuestro cuerpo, puede suceder. —¿Cómo se llama? —preguntó. Se lo escribí. Arqueó las cejas. —Vaya, vaya, ¿eh? Mm… —Haga su trabajo, sargento. —Me volví hacia mi acompañante. —Hijo, tus problemas han terminado. Estás a punto de iniciar el mejor trabajo que puede tener un hombre… y lo harás bien.  Lo sé . —¡Así será! —se mostró de acuerdo el sargento—. Mírame… nacido en 1917… todavía sigo por aquí, todavía sigo siendo joven, todavía disfruto de la vida. Regresé a la sala de salto, lo ajusté todo para el cero preseleccionado. 2301 – V –7 DE NOVIEMBRE DE 1970 – CIUDAD DE NUEVA YORK – EL RINCÓN DE POP: Salí de la trastienda trayendo un quinto de Drambuie para justificar el minuto que había estado fuera. Mi ayudante discutía con el cliente que había puesto «¡Soy mi propio abuelo!». Dije: —Oh, deja que la ponga, luego desenchúfala. —Estaba muy cansado. Es duro, pero alguien tiene que hacerlo y es muy difícil reclutar a nadie en años posteriores, después del Error de 1972. ¿Puedes pensar en mejor fuente que escoger personas fastidiadas allí donde están y ofrecerles un trabajo bien pagado e interesante (aunque peligroso) por una causa necesaria? Ahora todo el mundo sabe por qué la Guerra Inexistente de 1963 fue efectivamente inexistente. La bomba con el número de Nueva York no estalló, otro centenar de cosas no salieron como estaban planeadas: todo dispuesto por gente como yo. Pero no el Error de 1972; ése no es culpa nuestra, y no puede deshacerse; no hay ninguna paradoja a resolver. Una cosa o es o no es, ahora y por siempre jamás. Pero no habrá otro igual; una orden con fecha «1992» tiene precedencia sobre cualquier año. Cerré cinco minutos más temprano, dejando una carta en la caja registradora diciéndole al encargado de día que aceptaba su oferta de compra, que fuese a ver a mi abogado mientras yo me tomaba unas largas vacaciones. La Oficina podría aceptar o no su pago, pero les gusta que las cosas queden resueltas. Fui a la habitación en la trastienda y salté a 1993. 2200 – VII – 12 DE ENERO DE 1993 – CUARTEL GENERAL TEMPORAL DOL: Me registré con el oficial de guardia y fui a mis habitaciones, con la intención de dormir durante una semana. Había cogido la botella que habíamos apostado (después de todo, había ganado yo) y di un trago antes de escribir el informe. Sabía a rayos y me pregunté por qué me había gustado Old Underwear. Pero era mejor que nada; no me gusta estar totalmente sobrio, pienso demasiado. Pero tampoco me gusta empinar el codo; otras personas tienen serpientes, yo tengo gente. Dicté el informe; cuarenta reclutamientos, todos aprobados por la Oficina psicológica, contando el mío propio, que sabía que aprobarían. Yo estaba aquí, ¿no? Luego grabé una petición para que me asignasen a operaciones; estaba harto de reclutamiento. Envié las dos cintas y me fui a la cama. Mis ojos cayeron sobre «Las leyes del tiempo» que tenía sobre la cama. Nunca hagas ayer lo que debería hacerse mañana.Si al final tienes éxito, no lo vuelvas a intentar.Un remiendo en el tiempo salva nueve mil millones.Una paradoja puede ser corregida.Es más temprano cuando piensas.Los antepasados no son más que gente.Incluso Júpiter cabecea. No me inspiraron de la misma forma que cuando me reclutaron; treinta años subjetivos de dar saltos por el tiempo acaban haciendo mella. Me desvestí y, cuando me quedé en cueros, me miré el vientre. Una cesárea deja una cicatriz bien grande, pero ahora tengo tanto pelo que no la noto a menos que la busque. Luego miré el anillo que tenía en el dedo. La serpiente que devora su propia cola, por siempre y jamás… Yo sé de dónde vengo  yo… ¿pero de dónde habéis salido todos vosotros, zombies? Sentí que se aproximaba un dolor de cabeza, pero medicación para los dolores de cabeza es algo que no tomo. Lo hice una vez y todos vosotros desaparecisteis. Así que me arrastré hasta la cama y apagué la luz con un silbido. En realidad no  estáis  ahí. No hay nadie excepto yo —Jane—, aquí a solas en la oscuridad. ¡Os echo terriblemente de menos! FIN [1] Las siglas forman la palabra «mozas».  (N. del T.) [2] «Womens Hospitality Order Refortifying and Encouraging Spacemen», cuyas siglas forman la palabra «putas». Autor: Robert A. Heinlein Título: «Todos vosotros, zombies…» Título Original: «All You Zombies …» Publicado en: The Magazine of Fantasy and Science Fiction, marzo de 1959 Traducción: Pedro Jorge Romero

  • "La calavera aullante", cuento de F. Marion Crawford

    La he escuchado gritar muchas veces. No, no soy una persona nerviosa, ni tengo mucha imaginación, y jamás he creído en fantasmas, a menos que esa cosa sea uno de ellos. Sea lo que fuere, me detesta casi tanto como a Luke Pratt, y me grita. Yo en tu lugar jamás contaría ese tipo de historias truculentas sobre formas ingeniosas de asesinar, porque nunca sabe uno si se comparte mesa con alguien cansado de sus seres más cercanos y queridos. Siempre me he culpado por la muerte de la señora Pratt y supongo que, en cierta manera, fui responsable, aunque el cielo sabe que nunca le deseé nada más que una larga vida y felicidad. Si no hubiera contado esa historia, tal vez ella estaría aún viva. Y esa es la razón de que la criatura me increpe, supongo. Era una bondadosa mujer bajita, de temperamento sosegado teniendo en cuenta las circunstancias, y una agradable y suave voz, aunque recuerdo haberla oído gritar en una ocasión cuando creyó que su hijo pequeño había muerto accidentalmente por el disparo de una pistola, aunque todo el mundo estaba seguro de que el arma no estaba cargada. Era el mismo grito; exactamente el mismo, con una especie de trino in crescendo, ¿sabes lo que quiero decir? Inconfundible. La verdad es que no había reparado en que el doctor y su esposa no congeniasen. Solían discutir poco y en contadas ocasiones en mi presencia, y con frecuencia notaba que la diminuta señora Pratt se ponía muy roja y se mordía el labio con fuerza para mantener la calma, mientras Luke empalidecía y pronunciaba palabras sumamente ofensivas. Recuerdo que ya era así durante sus años de parvulario, y más tarde en la escuela. Era mi primo, ¿sabes?, y ese es el motivo de que yo heredase esta casa: después de que él muriese y que su hijo Charley fuera asesinado en Sudáfrica, ya no quedaban otros familiares vivos. Sí, es una propiedad bastante pequeña, justamente el lugar apropiado para un viejo marinero como yo aficionado a la jardinería. Uno siempre recuerda mucho más vívidamente sus errores que sus aciertos, ¿no es cierto? Lo he podido comprobar en muchas ocasiones. Una noche, mientras cenaba con los Pratt, les conté la historia que más tarde provocó tan funestas consecuencias. Era una noche lluviosa de noviembre, y el mar gemía. ¡Silencio!… si te callas podrás oírlo… ¿Oyes la marea? Es un sonido siniestro, ¿verdad? En ocasiones, en esta época del año… ¡Eh!… ¡Ahí está otra vez! No te asustes, amigo… no te va a comer… ¡después de todo, es sólo un ruido! Pero me alegro de que lo hayas oído, porque siempre hay gente que cree que es el viento, o mi imaginación, o cualquier otra cosa. No lo volverás a oír esta noche, creo, porque no suele oírse más de una vez. Sí… así es. Pon otro tronco en la chimenea, y un poco más de alcohol en ese débil brebaje que tanto te gusta. ¿Recuerdas al viejo Blauklot, el carpintero de aquel barco alemán que nos recogió cuando el  Clontarf  se hundió en el fondo del mar? Una noche nos atrapó un vendaval huracanado a quinientas millas de tierra, y el barco cabeceaba de manera tan regular como un reloj: «¡Despedíos parra siemprre de las pobrres guentes de tierra adentro esta noche, muchiachios!», exclamó el viejo Blauklot mientras se dirigía a su camarote con el encargado de velas. Lo recuerdo con frecuencia, ahora que estoy tierra adentro por siempre jamás. Sí, era una noche como esta, durante una breve estancia en casa a la espera de zarpar con el  Olympia  en su primera travesía —fue en su siguiente travesía cuando batió el récord, ¿recuerdas?—, pero eso nos da una idea aproximada de la fecha. Era el año noventa y dos, a principios de noviembre. El cielo estaba encapotado, Pratt estaba malhumorado y la cena era mala, mala de verdad, lo cual no ayudó a mejorar la situación, y además estaba fría, lo cual la empeoraba aún más. La pobre mujer parecía bastante apenada por todo ello e insistió en preparar un  rarebit  galés en la mesa para compensar los nabos crudos y el cordero medio cocinado. Pratt probablemente había tenido un mal día. Tal vez se le había muerto algún paciente. En cualquier caso, estaba de un humor de perros. —¡Vea usted, mi esposa está intentando envenenarme! —dijo—. Y algún día lo logrará. Pude ver que ella se sentía dolida por el comentario; yo dejé escapar una risa forzada y comenté que la señora Pratt era demasiado lista como para deshacerse de un esposo de una forma tan vulgar, y luego comencé a describirles algunos trucos japoneses con cristal tallado y crines de caballo cortadas y otras cosas similares. Pratt era médico y sabía mucho más sobre estas cosas que yo, pero eso me dio más alas y me animé a contarle la historia de una mujer en Irlanda que se cargó a tres maridos antes de que sospecharan de sus tejemanejes. ¿No has escuchado nunca esa historia? El cuarto marido consiguió mantenerse despierto y la pilló, y fue ahorcada. ¿Cómo lo hacía? Los drogaba y derramaba plomo fundido en sus orejas a través de un pequeño embudo de cuerno cuando dormían… No… Es el silbido del viento. Está soplando hacia el sur de nuevo. Puedo distinguirlo por el sonido. Además, el otro ruido no se oye normalmente más de una vez por noche en esta época del año… si es que se oye. Sí, fue en noviembre. La pobre señora Pratt murió de repente en su cama no mucho después de mi cena en esta casa. Puedo calcular la fecha porque la noticia me llegó cuando estaba en Nueva York; me informó la tripulación del buque que seguía al  Olympia  cuando zarpó en su primera travesía. ¿Tú navegabas en el  Leofric  ese mismo año? Sí, lo recuerdo. En qué par de viejos blandengues nos estamos convirtiendo, tú y yo. Hace ya casi cincuenta años que éramos unos grumetes en el  Clontarf . ¿Podrás olvidar alguna vez al viejo Blauklot? «¡Despedíos parra siemprre de las pobrres guentes de tierra adentro esta noche, muchiachios!» ¡Ja, ja! Échate un poco más, tienes demasiada agua en la copa. Es el Hulstkamp añejo que encontré en la bodega cuando heredé esta casa, el mismo que regalé a Luke a mi regreso de Ámsterdam, hace veinticinco años. Jamás probó ni una sola gota. Tal vez ahora se arrepienta de ello, pobre hombre. ¿Por dónde iba? Ah, sí, te contaba que la señora Pratt murió repentinamente… sí. Supongo que Luke se sintió muy solo aquí tras su muerte. Yo venía a verle de vez en cuando y siempre lo encontraba exhausto y nervioso, y me confesó que la práctica de la medicina cada vez le resultaba una carga más pesada, aunque por nada del mundo quería contratar a un ayudante. Los años pasaron, su hijo fue asesinado en Sudáfrica, y tras ese suceso comenzó a comportarse de forma extraña. Había algo en él diferente al resto de personas. Creo que mantuvo puestos todos sus sentidos en su profesión hasta el final; nadie se quejó de que hubiera cometido algún error mortal con los suyos ni nada parecido, pero tenía un aspecto… De joven Luke era pelirrojo y con la tez pálida, y jamás fue una persona obesa; en la madurez su tez se volvió macilenta y después de que su hijo muriera adelgazó aún más, hasta el punto que su cabeza parecía una calavera recubierta de pergamino estirado, y sus ojos tenían una especie de brillo que resultaba muy desagradable mirar. Tenía un viejo perro que la pobre señora Pratt adoraba y que solía seguirla a todos lados. Era un bulldog, la criatura de carácter más dulce que jamás hayas visto, aunque tenía una manera de levantar el belfo superior sobre uno de sus colmillos que asustaba bastante a los extraños. En ocasiones, por las noches, Pratt y Bumble —así es como se llamaba el perro— se sentaban y se miraban el uno al otro durante largo rato, rememorando los viejos tiempos, supongo, cuando la esposa de Luke se sentaba en ese sillón donde tú mismo estás sentado ahora. Ese fue siempre su sitio, y este era el del doctor, donde yo estoy sentado ahora. Bumble solía encaramarse al reposapiés… estaba gordo y viejo por aquel entonces, y no podía saltar muy alto, y sus dientes estaban comenzando a bailotear. Miraba fijamente a Luke, y Luke miraba fijamente al perro, mientras el rostro del hombre se iba pareciendo cada vez más a una calavera con dos pequeñas brasas de carbón por ojos. Transcurridos unos cinco minutos más o menos, aunque podía ser menos, el viejo Bumble comenzaba a temblar de repente y dejaba escapar un terrible aullido, como si le hubieran disparado, saltaba del sillón y se alejaba corriendo para esconderse bajo el banco de la cocina y se quedaba allí echado emitiendo extraños sonidos. Teniendo en cuenta la siniestra apariencia de Pratt durante esos últimos meses, lo que ocurrió no es de extrañar. No soy una persona nerviosa o con demasiada imaginación, pero puedo llegar a creer que él habría sido capaz de asustar a una mujer sensible… su cabeza se asemejaba tanto a una calavera forrada de pergamino. Por fin regresé un día antes de Navidad; mi barco estaba atracado en el puerto y tenía tres semanas libres. Bumble ya no estaba y comenté de pasada que suponía que el viejo perro había muerto. —Sí —respondió Pratt, y me pareció detectar algo extraño en su tono de voz antes incluso de que continuase tras una breve pausa—. Lo sacrifiqué —dijo finalmente—. No podía soportarlo por más tiempo. Le pregunté a Luke qué era lo que no podía soportar, aunque era capaz de imaginarlo con suficiente exactitud. —Tenía una manera de sentarse en el sillón y mirarme… y luego se ponía a aullar. —Luke tembló ligeramente—. No sufrió nada, pobre viejo Bumble —continuó hablando apresuradamente, como si creyera que yo pudiera considerarle cruel—. Le administré etilmorfina en su bebida para que se durmiese profundamente, y luego lo anestesié con cloroformo poco a poco, para que no se sintiera asfixiado incluso en sueños. Ha estado todo mucho más tranquilo desde entonces. Me pregunté qué quería decir realmente, porque las palabras se deslizaron de sus labios como si no hubiera podido evitar decirlas. Ahora ya lo entiendo. Quiso decir que después de deshacerse del perro ya no escuchaba aquel sonido con tanta frecuencia. Quizás al principio pensó que se trataba de Bumble, que aullaba a la luna en el patio, aunque no era exactamente ese tipo de sonido, ¿comprendes? Además, puede que Luke no supiera de qué se trataba, pero yo sí lo sé. Después de todo, es tan sólo un ruido, y un ruido jamás ha hecho daño a nadie. Pero él tenía mucha más imaginación que yo. Sin duda, hay algo en este lugar que no llego a entender, pero cuando yo no entiendo algo lo considero un fenómeno y no doy por sentado que vaya a matarme, como hizo él. Hay muchas cosas que no entiendo, demasiadas, ni tú tampoco, ni nadie que haya estado en la mar. Por ejemplo, solíamos hablar de maremotos, pero no sabíamos explicarlos; ahora los explicamos llamándolos terremotos submarinos, y surgen un montón de teorías, y cualquiera de ellas podría hacer que los terremotos nos resultaran comprensibles si supiéramos realmente qué son. En una ocasión tuve que lidiar con uno de esos maremotos, y el tintero voló directamente de la mesa estrellándose contra el techo de mi camarote. Lo mismo le pasó al capitán Lecky… estoy casi seguro de que tú mismo lo has leído en su obra  Wrinkles . Muy buena. Si algo así ocurriese en tierra firme, en esta misma estancia, por ejemplo, una persona aprensiva hablaría de espíritus y levitación y unas cuantas cosas más que no significan nada, en lugar de considerarlo simplemente como un «fenómeno» que todavía no ha sido explicado. Esa es mi opinión sobre esa voz, ¿comprendes? Además, ¿qué prueba hay de que Luke asesinara a su esposa? No confiaría algo así a nadie más que a ti. Después de todo, sólo es una coincidencia que la pobre señora Pratt muriese de repente en su lecho unos días después de que yo relatase aquella historia durante la cena. No ha sido la única mujer que ha muerto de esa manera. Luke avisó al doctor de la parroquia vecina, y ambos convinieron que había muerto de algo relacionado con el corazón. ¿Por qué no? Es bastante habitual. Por supuesto, estaba el cazo. Nunca comenté eso con nadie y me sobresalté al encontrarlo en la cajonera del dormitorio. Además, era nuevo: un cacillo de hierro estañado que no había sido puesto al fuego más que en una o dos ocasiones, y había restos de plomo que se habían fundido y pegado al fondo, recubiertos de escoria gris endurecida. Pero eso no prueba nada. Un médico rural normalmente suele ser un hombre de recursos que lo hace todo por sí mismo, y Luke podía tener una docena de razones para derretir un poco de plomo en un cazo. Por ejemplo, era aficionado a la pesca y quizás estuviera fabricando un plomo para el hilo de pescar; tal vez era un peso para el reloj de pared del vestíbulo, o algo similar. En todo caso, cuando lo encontré se apoderó de mí una extraña sensación, porque se parecía tanto a la anécdota que describí cuando les relaté la historia… Fue una sorpresa muy desagradable, y me deshice del objeto; lo lancé al fondo del mar a una milla de la restinga, y probablemente esté ya tan oxidado que sea irreconocible, si es que en alguna ocasión lo vuelve a traer la marea a tierra. Luke debió de comprarlo en el pueblo, hace años, a un comerciante que los vende todavía. Supongo que se utilizan en la cocina. En cualquier caso, no había ninguna probabilidad de que alguna criada curiosa lo encontrara con el plomo dentro y se preguntase de qué se trataba y, tal vez, hablara con la sirvienta que escuchó mi historia durante la cena… y que dicha joven, casada con el hijo del fontanero del pueblo, pudiera recordar todo el asunto. Me entiendes, ¿verdad? Ahora que Luke Pratt está muerto y yace enterrado junto a su esposa, con una lápida de hombre honesto sobre su cabeza, no me atrevería a remover ningún asunto que pudiera manchar su memoria. Ambos están muertos, y su hijo también. Ya se armó suficiente jaleo por la muerte de Luke. ¿Que cómo fue? Lo encontraron muerto en la playa una mañana y se llevó a cabo una investigación forense. Tenía marcas en la garganta, pero no le habían robado. El veredicto fue que había llegado a su fin «a manos o dientes de alguna persona o animal desconocido». La mitad del jurado creía que podía haber sido un perro lo que le derribó y le fracturó la tráquea, aunque la piel de la garganta no había sido atravesada. Nadie sabía a qué hora salió, ni dónde había ido. Lo encontraron tendido de espaldas cerca de la marca del agua, y bajo la mano había una sombrerera de cartón abierta que había pertenecido a su esposa. La tapa se había caído. Daba la impresión de que se dirigía de regreso a casa con una calavera dentro de la caja… los médicos tienen afición a coleccionar ese tipo de cosas. La calavera había salido rodando de la caja y la encontraron cerca de la cabeza del fallecido; era una calavera en un estado excelente, muy pequeña, hermosa y muy blanca, con una dentadura perfecta. Es decir, la dentadura superior estaba perfecta, pero no tenía mandíbula inferior cuando la vi por primera vez. Sí, la encontré aquí cuando llegué. Estaba muy blanca y pulida, como un objeto que podría estar expuesto en una vitrina de cristal, y los sirvientes no sabían de dónde procedía, ni qué hacer con ella; así que la colocaron de nuevo en la sombrerera y la pusieron en un estante del armario de la alcoba principal y, por supuesto, me la enseñaron cuando tomé posesión de la casa. Además, me llevaron a la playa y me mostraron el lugar donde encontraron a Luke, y el viejo pescador que lo encontró me explicó cómo estaba tumbado y cómo encontró la calavera junto a él. El único punto que fue incapaz de explicar fue por qué la calavera rodó subiendo por el banco de arena hacia la cabeza de Luke, en lugar de rodar hacia abajo junto a sus pies. No me pareció extraño por aquel entonces, pero desde ese día he pensado en ello con frecuencia, porque el lugar tenía una pendiente bastante pronunciada. Te llevaré allí mañana si quieres… Un poco después construí allí una especie de túmulo con una pila de piedras. Cuando Luke cayó, o fue empujado, tanto en uno como en otro caso, la sombrerera cayó sobre la arena, la tapa se abrió y la calavera salió y debió rodar hacia abajo. Pero no lo hizo. Estaba junto a la cabeza de él, casi tocándola, y con la parte frontal girada hacia la del hombre. Ya te he dicho que no me pareció extraño cuando el anciano me lo contó, pero después no podía evitar pensar en ello, una y otra vez, e incluso visualizaba la escena completa cuando cerraba los ojos; entonces comenzaba a preguntarme por qué la condenada cosa rodó hacia arriba en lugar de hacia abajo, y por qué paró junto a la cabeza de Luke y no en otro lugar, a un metro de distancia, por ejemplo. Naturalmente, querrás saber a qué conclusión he llegado, ¿no es así? Nada que pueda explicar la trayectoria de la calavera, en todo caso. Pero, después de un tiempo, comencé a darle vueltas en la cabeza a otra cosa que me hizo sentir profundamente incómodo. ¡Oh, no me refiero a nada sobrenatural! Tal vez existan los fantasmas, o tal vez no. Pero si existen, no creo que puedan causar daño a los vivos, más allá de algún que otro susto y, por mi parte, antes preferiría enfrentarme a cualquier tipo de fantasma que a un banco de niebla en el Canal repleto de embarcaciones. No. Lo que me incomodaba era una idea absurda, eso es todo, y no sabría decir cómo comenzó, ni por qué arraigó en mí hasta convertirse en una certeza. Una noche estaba pensando en Luke y su pobre esposa mientras fumaba mi pipa y leía un libro aburrido, cuando de repente se me ocurrió que la calavera podría ser la de ella, y desde entonces no he podido sacarme esa idea de la cabeza. Puedes decirme que no tiene sentido, sin duda alguna; que la señora Pratt recibió enterramiento cristiano y yace ahora en el cementerio, y que es una monstruosidad pensar que su esposo guardó su calavera en la vieja sombrerera, en su propio dormitorio. Y aun así, contra toda lógica, sentido común y probabilidad, estoy convencido de que eso es lo que hizo. Los médicos hacen todo tipo de cosas extrañas que harían que hombres como tú o como yo nos estremeciéramos, y esas son precisamente las cosas que no son ni probables, ni lógicas, ni sensatas para nosotros. ¿Lo entiendes ahora?… Si realmente se trataba de la calavera de la pobre mujer, la única forma de explicar que estuviera en posesión de Luke era que fuese él quien realmente la hubiera asesinado, y que lo hiciera de esa manera, como la mujer que asesinaba a sus maridos en aquella historia, y que temía que se realizara algún tipo de investigación que pudiera delatarle. Y es que, mira por dónde, también les conté que creía que aquella historia había ocurrido hacía unos cincuenta o sesenta años, y que exhumaron las tres calaveras y en las tres resonaba en su interior un trozo de plomo. Eso fue lo que condenó a la horca a la mujer. Luke lo recordó, estoy seguro. No quiero saber qué hizo cuando reparó en ello; nunca he tenido gran afición por las historias truculentas y me imagino que tú tampoco, ¿verdad? No. Y si la tienes, siempre puedes añadir lo que falte a la historia. Debió de ser algo bastante siniestro. Ojalá no fuera capaz de ver todo este asunto con tanta claridad, tal como debió de ocurrir. Luke retiró la calavera la noche antes de que fuera enterrada, estoy seguro, después de que el ataúd fuera cerrado y mientras la joven sirvienta dormía. Me apostaría cualquier cosa a que, cuando cogió la calavera, la sustituyó con algo que colocó bajo la mortaja para rellenar el hueco y que no se notara. ¿Qué crees que puso allí, bajo aquella mortaja? ¡No me extraña que dudes de mis palabras! Primero te digo que no quiero saber qué pasó y que detesto pensar en historias macabras, y luego te describo todo como si lo hubiera visto. Estoy convencido de que colocó allí la bolsa de labores de su mujer. Recuerdo esa bolsa perfectamente, porque siempre la tenía cerca durante mis visitas; estaba hecha de fieltro marrón y cuando estaba llena era del tamaño de… ya me entiendes. ¡Sí, otra vez vuelvo con lo mismo! Ríete de mí si quieres, pero no eres tú el que vive aquí solo, donde ocurrió todo, ni el que contó la historia del plomo fundido a Luke. No soy una persona nerviosa, te lo aseguro, pero ahora creo comprender por qué algunas personas lo son. Reflexiono sobre todo esto cuando estoy solo, y sueño sobre ello, y cuando esa cosa grita… bueno, francamente, me gusta tan poco ese sonido como a ti, aunque a estas alturas tendría que estar ya acostumbrado. No debería estar nervioso. Durante una de mis travesías nos cruzamos con un barco fantasma. Había un hombre en la cofa, y tras ese encuentro dos tercios de la tripulación murieron en diez días debido a unas fiebres procedentes de la Costa Oeste, después de echar el ancla, pero yo siempre he salido bien parado, en aquella ocasión y también después. He visto cosas muy desagradables, al igual que tú y el resto de nosotros. Pero ninguna de esas cosas quedó tan marcada en mi mente como esto. He intentado olvidarme de todo este asunto, pero a ella no le gusta que lo haga. Quiere estar ahí, en su sitio, en la sombrerera de la señora Pratt y dentro del armario de la alcoba principal. No está feliz en ningún otro sitio. ¿Que cómo lo sé? Porque lo he comprobado. No irás a creer que no lo he comprobado, ¿verdad? Cuando está en su sitio, sólo grita de vez en cuando, normalmente en esta época del año, pero si la saco de la casa aúlla durante toda la noche y ningún criado está dispuesto a permanecer aquí las veinticuatro horas. Por ese motivo me quedo solo con frecuencia y me he visto obligado a apañármelas sin ayuda durante quince días seguidos. Nadie del pueblo quiere pasar una noche bajo este techo, y en cuanto a vender el lugar, o incluso alquilarlo, queda totalmente descartado. Las ancianas dicen que si me quedo aquí pronto tendré un final aciago. Pero eso no me asusta. Sonríes al pensar que alguien pueda tomarse en serio estas bobadas. Y no estás equivocado. No es más que una sarta de tonterías, estoy de acuerdo contigo. Pero ¿no es cierto que después de que te explicara que tan sólo era un ruido, te sobresaltaste y miraste a tu alrededor como si esperases ver un fantasma detrás de tu silla? Puede que me equivoque sobre la calavera, y prefiero pensar que es así… cuando puedo. Podría tratarse simplemente de un excelente espécimen que Luke consiguió hace mucho tiempo, y que lo que resuena en su interior no sea nada más que un guijarro, o un trozo duro de arcilla, o cualquier cosa. Las calaveras que han permanecido durante mucho tiempo bajo tierra normalmente acumulan cosas en su interior que hacen que resuenen, ¿no es así? No, nunca he intentado sacarlo, sea lo que sea lo que tiene ahí dentro; temo que pueda ser plomo, ¿me entiendes? Y si lo es, no quiero saberlo, prefiero seguir con la duda. Si realmente es plomo, soy tan culpable de su asesinato como si yo mismo hubiera realizado la acción. Creo que cualquiera llegaría a esta conclusión. Mientras no lo sepa con certeza, me queda el consuelo de decir que todo esto no es más que una sublime tontería, que la señora Pratt murió por causas naturales y que Luke compró esa bonita calavera cuando cursaba sus estudios en Londres. Pero si estuviera seguro de lo contrario, creo que me vería forzado a abandonar la casa; sin duda alguna, eso creo. De momento, he tenido que abandonar la idea de dormir en la alcoba principal, donde está el armario. Me preguntas que por qué no la lanzo al estanque… sí, pero por favor, no la llames «maldito monstruo»… no le gusta que la insulten. ¡Ahí está! ¡Dios mío, menudo alarido! ¡Te lo dije! Estás bastante pálido, amigo. Rellena tu pipa, arrima la silla al fuego y toma un poco más de ese brebaje. El Old Hollands jamás ha matado a nadie, que se sepa. Conocí a un danés en Java que se bebía media jarra de Hulstkamp por la mañana sin que se le despeinara un pelo. Yo no bebo mucho ron, no le sienta bien a mi reúma, pero tú no eres reumático y no te hará daño. Además, hace una noche muy lluviosa allá fuera. El viento vuelve a aullar y pronto soplará hacia el suroeste; ¿oyes cómo tiemblan las ventanas? La marea debe de haber cambiado también, por el gemido que se escucha. No habríamos oído de nuevo el aullido si no hubieses dicho esas palabras. Estoy seguro de ello. Oh, sí, adelante si prefieres considerarlo una coincidencia, pero preferiría que no volvieras a insultarla de nuevo, si no te importa. Tal vez la pobre mujercilla escucha, y puede que la hayas molestado, ¿no crees? ¿Fantasma? ¡No! No puedes llamar fantasma a algo que puedes sostener en las manos y examinarlo a plena luz del día, y que resuena cuando lo agitas, ¿o sí? Pero es algo que escucha y entiende; no hay duda alguna de eso. Cuando llegué a esta casa intenté dormir en la alcoba principal, simplemente porque era la mejor y la más confortable, pero tuve que darme por vencido. Era su dormitorio; era la cama donde murió, el armario está empotrado en la pared, cerca de la cabecera de la cama, a la izquierda. Ahí es donde le gusta estar, dentro de su sombrerera. Sólo ocupé el dormitorio los primeros quince días y luego cambié de idea y me trasladé al pequeño dormitorio de la planta baja, cerca del quirófano, donde Luke solía dormir cuando esperaba que le llamara algún paciente durante la noche. Siempre he dormido maravillosamente bien en tierra firme. Ocho horas es mi dosis; de once de la noche a siete de la mañana cuando estoy solo, y de doce a ocho cuando tengo invitados. Pero en aquel cuarto me resultaba imposible dormir después de las tres de la madrugada —a partir de las tres y cuarto, para ser más exactos—; de hecho, lo comprobé con mi viejo cronómetro de bolsillo, que todavía marca bien las horas, y me despertaba siempre a las tres y diecisiete minutos exactamente. Me pregunto si esa fue la hora en que murió. No era como lo que hemos oído antes. Si hubiera sido así no habría podido aguantar ni dos noches. Era sólo un sobresalto y un gemido y una respiración fuerte durante unos segundos en el interior del armario, un sonido que jamás me habría despertado en circunstancias normales, estoy seguro. Supongo que a ti te pasa lo mismo, somos exactamente como cualquier otro hombre que haya estado mucho tiempo en la mar. Ningún sonido de la naturaleza nos incomoda lo más mínimo, ni siquiera el traqueteo del aparejo de una fragata de cuatro palos en medio de una tempestad. Pero si un lápiz suelto en el cajón de la mesa del camarote rueda ligeramente, nos despertamos en un segundo. Pues de esa misma manera… así seguro que lo entiendes. Muy bien, pues el sonido del armario no era más fuerte que eso, pero me despertó inmediatamente. Dije que era como un «sobresalto». Sé lo que quiero decir, pero es difícil de explicar sin que parezca que estás diciendo una tontería. Por supuesto, no se puede decir exactamente que uno pueda «escuchar» a una persona «sobresaltarse»; en todo caso, se podría escuchar una rápida respiración entre labios separados y dientes cerrados, y el apenas perceptible sonido de la ropa que se mueve rápidamente, pero con mucha sutileza. Era algo así. Sin duda conoces esa sensación de que sabes lo que un velero va a hacer, dos o tres segundos antes de que lo haga, cuando estás al timón. Los jinetes dicen lo mismo de los caballos, pero en ese caso es menos extraño, porque el caballo es un animal vivo con sus propias sensaciones, y sólo los poetas y los hombres de tierra firme hablan de los barcos como criaturas vivas, nadie más. Pero yo siempre he tenido la sensación de que, de alguna manera, además de ser una máquina de vapor o un velero para transportar mercancías, un barco en el mar es un instrumento extremadamente sensible, y un medio de comunicación entre la naturaleza y el hombre, y en concreto el hombre al timón si la nave es controlada por una mano humana. El barco obtiene sus impresiones directamente del viento y el mar, la marea y las corrientes, y se las transmite a la mano del hombre, exactamente igual que el telégrafo recoge los impulsos irregulares del aire y los transforma en un mensaje. Ahora ya sabes a lo que me refiero; sentí que algo se sobresaltaba en el armario, y lo sentí tan vívidamente que pude escucharlo, aunque quizás no había ningún sonido que escuchar y fue un sonido dentro de mi cabeza lo que me despertó súbitamente. Pero sí que escuché realmente el otro ruido. Era como si estuviera amortiguado por la caja, y parecía proceder de tan lejos que era como si llegara a través de una línea telefónica de larga distancia y, sin embargo, yo sabía que estaba dentro del armario, cerca del cabecero de mi cama. Mi cabello no se erizó ni mi sangre se heló en aquella ocasión. Simplemente me molestó que me despertara algo que no debía haber hecho ningún ruido, como me molestaba un lápiz repiqueteando en el cajón de la mesa de mi camarote a bordo de un barco. Y es que no lo comprendí entonces; tan sólo imaginé que el armario estaba conectado de alguna manera con el aire del exterior, y que el viento se había colado y gemía por aquel agujero con una especie de chillido muy débil. Encendí una luz, miré el reloj y eran las tres y diecisiete. Luego me di la vuelta y me dispuse a dormir sobre la oreja derecha. Esa es mi oreja buena; tengo bastante sordera en la otra, después de que me la golpeara contra el agua cuando era un muchacho al lanzarme desde la plataforma de la gavia. Fue algo estúpido, desde luego que sí, pero me ha resultado útil cuando intento dormir y hay algún ruido. Esa fue la primera noche, y lo mismo ocurrió una y otra vez las noches siguientes; pero no todas las noches, aunque siempre se oía a la misma hora, ni un segundo más tarde; en algunas ocasiones dormía sobre mi oído bueno, y en otras no. Le di la vuelta al armario y no descubrí ningún hueco por donde pudiera colarse el viento, ni ninguna otra rendija, porque la puerta estaba perfectamente encajada, supongo que para evitar que entraran polillas; la señora Pratt probablemente guardaba su ropa de invierno allí dentro, porque todavía apesta a alcanfor y trementina. Tras quince días me harté de los ruidos. Hasta entonces me había convencido de que sería estúpido darme por vencido y sacar la calavera del cuarto. Las cosas siempre parecen distintas a la luz del día, ¿verdad? Pero la voz fue haciéndose más fuerte —supongo que podríamos llamarlo voz—, y una noche logró penetrar incluso mi oído sordo. Me di cuenta de ello cuando me desperté por completo, porque mi oído bueno estaba presionado contra la almohada y no debería haber escuchado ni una sirena de niebla en esa postura. Pero sí escuché eso y me hizo perder los nervios, o tal vez me asusté, y es que en ocasiones ambas sensaciones no se diferencian mucho. Encendí una luz, me levanté y abrí el armario, tomé la sombrerera y la lancé por la ventana, tan lejos como pude. Entonces mis cabellos se erizaron. La criatura gritó en el aire, como un proyectil de un revólver de doce pulgadas. Cayó al otro lado de la carretera. La noche era muy oscura y no pude ver dónde caía, pero sé que cayó al otro lado de la carretera. La ventana está justo encima de la puerta principal, a unos quince metros de la valla más o menos, y la carretera mide unos diez metros de ancho. Hay un seto más allá, junto al terreno que pertenece a la casa parroquial. No dormí mucho más esa noche. No había pasado ni media hora desde que lanzara la sombrerera cuando escuché un alarido en el exterior… como el que hemos oído esta noche, pero peor, más desesperado diría yo, y tal vez fue cosa de mi imaginación, pero habría jurado que los gritos iban aproximándose cada vez más. Encendí una pipa y recorrí el cuarto de un lado a otro durante un rato, y luego cogí un libro y me senté a leer, pero que me aspen si puedo recordar lo que leí o siquiera qué libro estaba leyendo, porque de vez en cuando me llegaba un alarido que habría logrado que un muerto se revolviera en su ataúd. Un poco antes del amanecer alguien llamó a la puerta principal. No era posible confundir ese sonido con ningún otro, y abrí la ventana y miré abajo, porque supuse que alguien necesitaba un médico y creía que el nuevo se alojaría en la casa de Luke. Me alivió escuchar un golpeteo humano después de aquellos espantosos alaridos. No se puede ver la puerta desde arriba porque la cubre una pequeña marquesina. De nuevo sonaron golpes en la puerta y grité preguntando quién andaba ahí, pero nadie respondió, aunque los golpes volvieron a sonar. Levanté de nuevo la voz e informé de que el médico ya no vivía aquí. No hubo respuesta. Pensé entonces que podría tratarse de algún anciano campesino sordo como una tapia. Así que tomé la vela y bajé para abrir la puerta. Te juro que ya no pensaba en aquella cosa horrible, y casi había olvidado el resto de ruidos. Bajé convencido de que encontraría a alguien ahí fuera, junto al quicio de la puerta, con algún mensaje. Apoyé la vela en la mesa del vestíbulo para evitar que el viento la apagase cuando abriera la puerta. Mientras descorría el viejo pestillo escuché otra vez los golpes. No eran fuertes; recuerdo que me parecieron extraños golpes huecos ahora que estaba cerca, pero seguía confiado en que los producía alguna persona que quería entrar. No fue así. No había nadie allí fuera. Pero al abrir la puerta hacia dentro, apartándome ligeramente a un lado para poder ver el exterior, algo cruzó rodando el quicio de la puerta y paró junto a mi pie. Retrocedí en cuanto lo noté, porque sabía qué era antes incluso de mirar hacia abajo. No sabría decirte por qué lo sabía, era prácticamente imposible porque tengo la total certeza de que la lancé al otro lado de la carretera. La ventana es una cristalera que se abre de par en par y pude coger bastante impulso cuando la lancé. Además, al día siguiente me levanté temprano y encontré la sombrerera al otro lado del seto. Podrías pensar que se abrió cuando la lancé y que la calavera se salió de la caja, pero es imposible, porque nadie podría lanzar una caja de cartón vacía tan lejos. Esa posibilidad queda totalmente descartada; sería lo mismo que intentar lanzar a una distancia de veinticinco metros una bola de papel, o una cáscara de huevo. Retomando la historia, giré el cerrojo de la puerta de entrada, recogí la cosa con cuidado y la coloqué sobre la mesa, junto a la vela. Lo hice instintivamente, como quien hace lo correcto en una situación de peligro sin pensarlo demasiado… o quizás todo lo contrario. Puede parecer extraño, pero creo que mi primer temor fue que alguien pudiera llegar y encontrarme allí en el umbral de la puerta con aquella cosa apoyada en el pie, apoyada de lado, y con una de las cuencas vacías dirigidas hacia mi rostro, como intentando acusarme. Las luces y sombras que dibujaba la vela bailaban en las cuencas mientras la calavera descansaba sobre la mesa, y daba la impresión de que se abrían y cerraban mientras me miraba. Entonces la vela se apagó inesperadamente, a pesar de que la puerta estaba cerrada y no había corriente de aire; usé al menos media docena de cerillas para volver a encenderla. Me desplomé sobre la silla, sin saber muy bien por qué. Tal vez me asusté más de lo que pensaba, y espero que admitas que no hay ninguna vergüenza en estar asustado. Aquella cosa había regresado a casa y quería subir al piso de arriba y volver a su armario. Me quedé allí sentado, inmóvil, y contemplé la calavera durante un rato, hasta que empecé a sentir mucho frío. Entonces la cogí, la subí arriba y la coloqué en su sitio. También recuerdo que le hablé y le prometí que le llevaría la sombrerera por la mañana. ¿Quieres saber si pude quedarme en la alcoba hasta el alba? Sí, pero dejé una luz encendida; me quedé sentado fumando y leyendo, probablemente debido al miedo, un miedo preciso e incuestionable, y no es necesario que lo llames cobardía, porque no es lo mismo. No hubiera podido permanecer a oscuras con esa cosa en el armario; me habría muerto de miedo, aunque no soy más apocado que otras personas. Maldita sea, amigo, esa cosa cruzó la carretera por sus propios medios y subió los escalones y llamó a la puerta para que la dejara entrar. Cuando amaneció, me calcé las botas y salí a buscar la sombrerera. Tuve que dar un buen rodeo por la verja junto a la carretera, y encontré la caja abierta y colgando del otro lado del seto. Se había enganchado en las ramas por el cordel y la tapa se había caído y estaba sobre el suelo debajo de la caja. Eso demuestra que no se abrió hasta que estuvo bien lejos, que no se abrió en cuanto salió despedida de mi mano como podría pensarse, y que el contenido debió alcanzar también el otro lado de la carretera. Eso fue todo. Llevé la caja al piso de arriba y la metí en el armario, coloqué la calavera dentro y la cerré. Cuando la sirvienta me trajo el desayuno dijo que lo sentía mucho, pero que debía irse, y que no le importaba si perdía el salario del mes. La miré y vi que su rostro estaba pálido y con un tono verdoso o amarillento. Fingí sorprenderme y le pregunté qué ocurría, pero no sirvió de nada; ella se limitó a replicarme que quería saber si yo realmente tenía intención de permanecer en una casa encantada y cuánto tiempo esperaba vivir si lo hacía, porque, aunque en ocasiones ella misma había notado que era un poco duro de oído, no podía creer que hubiera podido dormir mientras se escuchaban aquellos gritos… Y si pude dormir, ¿por qué pasé toda la noche moviéndome por la casa y abriendo y cerrando la puerta principal entre las tres y las cuatro de la mañana? No tenía manera de rebatirla, puesto que me había oído, de modo que se marchó y me quedé a solas. Bajé al pueblo por la mañana y encontré a una mujer dispuesta a realizar las pocas tareas necesarias y a prepararme la comida, con la condición de regresar a su casa todas las noches. En cuanto a mí, me trasladé al dormitorio de abajo ese mismo día y jamás he vuelto a dormir en la alcoba principal desde entonces. Después de un tiempo me traje de Londres a un par de sirvientas escocesas de mediana edad y las cosas se tranquilizaron bastante durante un largo periodo de tiempo. En un principio les expliqué que la casa se hallaba situada en una posición muy expuesta y que se oía mucho el silbido del viento durante el otoño y el invierno, lo cual, teniendo en cuenta cómo son los lugareños de Cornualles, gente muy inclinada a creer en supersticiones y a contar historias de fantasmas, había provocado que la casa adquiriese cierta mala reputación en el pueblo. Las dos hermanas de rostros curtidos y cabellos trigueños esbozaron una media sonrisa y respondieron con gran desdén que ningún demonio del sur podía impresionarlas, fuera cual fuese, y que tras haber estado sirviendo en dos casas encantadas inglesas, jamás vieron nada más espeluznante que el Fantasma del Niño de Gris, lo cual, pensaban, no podía considerarse algo particularmente raro en Forfarshire. Permanecieron conmigo varios meses y mientras estuvieron en la casa disfrutamos de paz y tranquilidad. Una de ellas está aquí ahora, aunque se marchó con su hermana ese mismo año. Ésta, que era la que cocinaba, se casó con el enterrador, que además se ocupa del jardín. Por eso está aquí otra vez. Este es un pueblo pequeño y el enterrador no tiene mucho trabajo; además, sabe lo bastante sobre flores y plantas para ayudarme en todo lo que necesito. También realiza la mayoría de las tareas pesadas, porque, a pesar de que soy aficionado al ejercicio al aire libre, se me están anquilosando ligeramente las articulaciones. Es un tipo sobrio y silencioso, y muy discreto; cuando llegó aquí había enviudado… Trehearn se llama, James Trehearn. Las hermanas escocesas nunca reconocieron abiertamente que ocurrían cosas extrañas en la casa, pero en noviembre me comunicaron que se marchaban con la excusa de que su capilla, en la parroquia vecina, estaba demasiado lejos de aquí, y que acudir a nuestra iglesia quedaba totalmente descartado. Pero la hermana más joven regresó en primavera y, en cuanto el bando pudo hacerse público, contrajo matrimonio con James Trehearn en una ceremonia celebrada por el párroco, y desde entonces no parece mostrar muchos escrúpulos en escucharle predicar. ¡Me alegro si es así! La pareja vive en una pequeña casita con vistas al cementerio. Supongo que te estarás preguntando qué tiene que ver todo esto con lo que te estaba contando. Paso a solas tanto tiempo que cuando un viejo amigo viene a visitarme me pongo a hablar y hablar sólo por oír mi propia voz. Pero en este caso realmente hay una conexión de ideas. Fue James Trehearn quien enterró a la desdichada señora Pratt, y más tarde a su marido en la misma fosa, que no queda lejos de la parte trasera de su casa. Esa es la conexión que tengo en mente, ¿comprendes? Está bastante claro. Él sabe algo; estoy seguro de que sabe algo, por sus gestos, aunque sea un hombre más bien inexpresivo. Sí, ahora mismo paso las noches solo en esta casa, porque la señora Trehearn se encarga de todo y cuando tengo a algún invitado la sobrina del enterrador viene a servir la mesa. El enterrador recoge a su esposa todas las tardes en invierno, pero en verano, cuando todavía hay luz, regresa sola a casa. No es una mujer asustadiza, pero ahora no está tan segura como antes de que no existan espíritus en Inglaterra merecedores de la atención de una mujer escocesa. ¿No te parece divertida la idea de que Escocia tenga el monopolio de lo sobrenatural? Qué extraña clase de orgullo nacional, ¿no te parece? Qué buen fuego, ¿verdad? Cuando logra prender un madero de deriva no hay nada que se le parezca. Sí, consigo mucha madera del mar, lamento decir que hay todavía demasiados naufragios por esta zona. Es una costa solitaria y puedes conseguir toda la madera que quieras simplemente yendo a buscarla a la playa. Trehearn y yo llenamos un carromato de vez en cuando y lo cargamos entre este lugar y la restinga. Evito el fuego de carbón cuando puedo conseguir leña de cualquier tipo. Un tronco te guarda compañía, aunque sólo sea un trozo de listón de la borda de un barco o un trozo de madera aserrada, y la sal que queda en su interior produce bonitas chispas. ¡Mira cómo vuelan, parecen fuegos artificiales japoneses! En serio te lo digo, camarada, con un viejo amigo, un buen fuego y una pipa, uno se olvida totalmente de la cosa que está allá arriba, especialmente ahora que el viento ha amainado. Pero es sólo una tregua y antes de que amanezca soplará un vendaval. ¿Que te gustaría ver la calavera? Ningún problema. No hay ningún motivo por el que no puedas echarle un vistazo, y seguro que jamás habrás visto ninguna tan perfecta en toda tu vida, aunque le falten los dos dientes frontales de la mandíbula inferior. Ah, ya… todavía no te he contado lo de la mandíbula. Trehearn la encontró en el jardín la primavera pasada cuando cavaba un hoyo para plantar lechos de espárragos. Ya sabes que por aquí hacemos lechos de espárragos de dos o dos metros y medio de profundidad. Sí, sí… olvidé contártelo. El hombre estaba cavando, exactamente como cava una tumba… si quieres que te hagan un buen lecho de espárragos, te aconsejo que contrates a un enterrador. Esos tipos tienen una técnica maravillosa para esa clase de excavaciones. Trehearn había cavado ya un metro cuando encontró una masa blanca de cal en el lateral del foso. Había advertido que la tierra estaba un poco más suelta por esa zona, aunque afirma que debió ser removida muchos años atrás. Supongo que Trehearn pensó que esa vieja cal podría no ser buena para los espárragos, así que rompió la veta y la arrancó. Estaba bastante dura, dice, y fue saliendo en terrones grandes, y por fuerza de la costumbre partió estos terrones con la pala cuando ya estaban fuera del hoyo; la mandíbula de la calavera se soltó de uno de esos terrones. Trehearn cree que fue él quien rompió los dos dientes frontales al cascar la cal, pero no los encontró en ninguna parte. Es un hombre muy experimentado en ese tipo de cosas, como puedes imaginar, y predijo con rapidez que la mandíbula probablemente perteneció a una mujer joven y que tenía la dentadura completa cuando murió. Me la trajo y me preguntó si quería guardarla; si no, se ofreció, él mismo podía echarla en el próximo foso que tuviera que cavar en el cementerio, ya que suponía que era una mandíbula cristiana y que debía tener un entierro decente, aunque no se supiera dónde yacía el resto del cuerpo. Le dije que los médicos colocan con frecuencia los huesos en cal viva para blanquearlos, que suponía que el doctor Pratt debía de tener un pequeño foso de cal en el jardín para tal propósito y que se olvidó allí la mandíbula. Trehearn me miró en silencio. —Quizás encaje en esa calavera que solía estar guardada en el armario de arriba, señor —dijo—. Tal vez el doctor Pratt puso la calavera en cal viva para limpiarla, o algo así, y cuando la sacó se dejó la mandíbula. Hay un pelo humano que asoma entre la cal, señor. Vi que estaba allí, como había dicho Trehearn. Si no hubiera sospechado algo, ¿por qué demonios habría sugerido que la mandíbula tal vez encajase en la calavera? Además, estaba en lo cierto. Eso prueba que sabe más de lo que cuenta. ¿Crees posible que echara un vistazo antes de que la mujer fuera enterrada? O quizás… cuando enterró a Luke en la misma tumba… Bueno, bueno, no es necesario ahondar en mayores detalles, ¿verdad? Le dije que guardaría la mandíbula con la calavera y subí al piso de arriba para colocarla en su sitio. No hay ninguna duda de que se ajustan perfectamente la una a la otra, y allí están juntas. Trehearn sabe algo. Hace un tiempo, mientras hablábamos acerca de enlucir la cocina, él recordó que no había sido enlucida desde la misma semana en que murió la señora Pratt. No dijo que el albañil hubiera dejado algo de cal en el lugar, pero lo pensaba, y también pensaba que era la misma cal que había encontrado en el foso de espárragos. Ese hombre sabe muchas cosas. Trehearn es uno de esos hombres silenciosos capaces de atar cabos. Esa tumba está muy cerca del patio trasero de su casa y es uno de los hombres que manejan la pala con la mayor rapidez que yo haya visto. Si hubiera querido saber la verdad, podría haberlo hecho, y nadie se habría enterado a menos que él decidiera contarlo. En un pueblo tan apacible como el nuestro la gente no sale a pasear de noche al cementerio a ver si el enterrador anda trasteando por allí a solas entre las diez de la noche y el amanecer. Lo que me parece terrible es la determinación de Luke, si es que lo hizo; su fría certeza de que nadie lo descubriría, y sobre todo su sangre fría, que debió ser extraordinaria. A veces pienso que no debe ser nada bueno vivir en el lugar donde sucedió todo esto, si es que realmente sucedió. Siempre pongo la frase condicional, como ves, por hacer justicia a la memoria de Luke, y un poco por interés propio. Iré arriba y traeré la caja en un minuto. Pero permite que primero me encienda la pipa, ¿qué prisa hay? Hemos cenado pronto y sólo son las nueve y media. Jamás permito que un amigo se marche a dormir antes de las doce, o con menos de tres copas… puedes tomar tantas como gustes, pero no puedes tomar menos de tres, por los viejos tiempos. Está soplando el viento otra vez, ¿lo oyes? Lo de antes ha sido tan sólo una tregua, pronto comenzará lo peor de la noche. Cuando estaba comprobando si la mandíbula encajaba en la calavera, ocurrió algo que me sobresaltó. No me asusto con facilidad, pero fue algo así como un rápido movimiento y me quedé sin aliento súbitamente, como le ocurre a la gente cuando piensa que está a solas y se gira y descubre que hay alguien muy cerca. Nadie puede llamar a eso miedo. Tú no lo harías, ¿verdad? No. Bueno, justo cuando coloqué la mandíbula en su lugar bajo la calavera, los dientes se cerraron con fuerza aprisionándome el dedo. La sensación fue exactamente como si me estuviera mordiendo con fuerza, y debo confesar que me dio un buen susto antes de darme cuenta de que yo mismo había estado presionando con la otra mano la mandíbula contra la calavera. Te aseguro que no estaba nervioso. Además, era de día, hacía un día espléndido y el sol inundaba la alcoba. Habría sido absurdo estar nervioso; fue tan sólo una impresión precipitada, pero realmente consiguió perturbarme. Por alguna razón me hizo recordar el extraño dictamen del forense sobre la muerte de Luke, «a manos o dientes de alguna persona o animal desconocido». Desde entonces he lamentado no haber podido ver esas marcas en su garganta, aunque la mandíbula inferior ya había desaparecido por aquel entonces. He visto en muchas ocasiones a hombres hacer cosas dementes con las manos sin que ellos mismos se den cuenta de ello. Una vez vi a un hombre sujetándose de un viejo cabo con una mano, con el cuerpo fuera de borda y todo el peso echado hacia atrás y, al mismo tiempo, con un cuchillo en la otra mano a punto de cortar el cabo que lo sujetaba cuando logré agarrarlo entre mis brazos. Estábamos en medio del océano, navegando a veinte nudos. El hombre no tenía ni idea de lo que estaba haciendo, ni tampoco yo la tenía cuando acabé pellizcándome el dedo entre los dientes de aquella cosa. Puedo sentirlo ahora de nuevo. Era exactamente como si estuviera viva e intentara morderme. Lo haría si pudiera, porque sé que me odia, ¡pobrecilla! ¿Crees que lo que resuena dentro del cráneo es un trozo de plomo? Bueno, traeré la caja, y sea lo que sea que caiga en tus manos, es asunto tuyo. Si se trata de un terrón de tierra o un guijarro, podría borrar de mi mente todo este asunto, y no creo que volviera a pensar en la calavera nunca más, pero, por algún motivo, no me veo con fuerzas para extraer esa pieza sólida del interior de la calavera. La mera idea de que pueda ser plomo me hace sentir profundamente incómodo, sin embargo, estoy convencido de que pronto lo sabré. Lo sabré con total certeza. Estoy seguro de que Trehearn lo sabe, pero es un hombrecillo muy callado. Iré al piso de arriba ahora y la traeré. ¿Qué? ¿Piensas que es mejor que me acompañes? ¡Ja, ja! ¿Es que crees que tengo miedo a una sombrerera y un ruido? ¡Tonterías! Maldita vela, ¡no se enciende! ¡Es como si este absurdo objeto supiera para qué lo queremos! Míralo… es ya la tercera cerilla. En cambio, mi pipa la encienden a la primera. ¿Lo ves? Es una caja nueva, acabo de sacarla del cofre de hojalata donde guardo lo que quiero mantener alejado de la humedad. Oh, piensas que el cabo de la vela podría estar húmedo, ¿no es así? De acuerdo, encenderé la maldita cosa con el fuego de la chimenea. Eso no se apagará, de ninguna manera. Sí, chisporrotea un poco, pero la vela se mantendrá encendida. Ahora arde como cualquier otra vela, ¿verdad? La cosa es que las velas no son de muy buena calidad por estos lares. No sé de dónde las traen, pero a veces arden con poca fuerza, con una llama verdosa que escupe pequeñas chispas, y con frecuencia se apagan solas, lo cual es un engorro. Es inevitable, porque todavía tendrá que pasar un tiempo antes de que la electricidad llegue a nuestro pueblo. Alumbran bastante poco, ¿verdad? Piensas que será mejor que deje la vela y coja el quinqué, ¿no es cierto? No me gusta llevar quinqués de un lado a otro, esa es la verdad. No se me ha caído ninguno de las manos en toda mi vida, pero siempre he pensado que podría ocurrirme y es condenadamente peligroso. Además, a estas alturas ya estoy bastante acostumbrado a estas malditas velas. Será mejor que te acabes la copa mientras yo voy a coger la caja, porque no pienso permitir que te escapes con menos de tres copas antes de irte a la cama. Además, no será necesario que subas las escaleras; te he instalado en el viejo estudio junto al quirófano… allí es donde yo vivo ahora mismo. El hecho es que ahora jamás les pido a mis invitados que duerman en el piso de arriba. El último hombre que lo hizo fue Crackenthorpe y comentó que se pasó toda la noche despierto. Recuerdas al viejo Crack, ¿verdad? Siguió en el Servicio y le acaban de hacer almirante. Sí, ya me voy… a menos que la vela se apague. No he podido resistirme a preguntarte si recordabas a Crackenthorpe. Si alguien nos hubiera dicho que aquel flacucho y pequeño idiota sería el que más éxito iba a tener de todos nos habríamos reído, ¿no crees? A ti y a mí no nos fue tan mal, es cierto… Bueno, me marcho ya. ¡No quiero que pienses que he estado evitando ir con toda esta cháchara! ¡Como si hubiera algo que temer! Si tuviera miedo te lo diría con total franqueza y te pediría que vinieras conmigo allá arriba. *** *** *** Aquí está la caja. La he bajado con mucho cuidado, para no molestarla, pobrecilla. Si la sacudiera, la mandíbula podría separarse de nuevo y estoy seguro de que no le gustaría nada. Sí, la vela se apagó cuando ya bajaba las escaleras, pero fue una ráfaga de aire que entró por la ventana rota del descansillo. ¿Oíste algo? Sí, fue otro grito. ¿Que estoy pálido, dices? No es nada. A veces mi corazón se comporta de forma extraña y he subido las escaleras demasiado rápido. De hecho, esa es una de las razones por las que realmente prefiero vivir en el piso de abajo. Viniera de donde viniera, el alarido no procedía de la calavera, porque llevaba la caja en la mano cuando se produjo el ruido, y aquí está ahora; así que hemos probado definitivamente que los gritos son producidos por otra cosa. No tengo ninguna duda de que algún día lograré averiguar de dónde proceden. Alguna ranura en la pared, por supuesto, o una grieta en una de las chimeneas o en uno de los marcos de una ventana. Así es como acaban todas las historias de fantasmas en la vida real. ¿Sabes?, estoy muy contento de haber subido y bajado la caja para que la vieras, porque este último grito aclara la cuestión. ¡Y pensar que he sido tan estúpido como para imaginar que la pobre calavera podía gritar realmente como un ser vivo! Bueno, abriré la caja y le echaremos un vistazo bajo la luz brillante. Es terrible pensar que la pobre mujer solía sentarse allí, en tu silla, noche tras noche, bajo esta misma luz, ¿verdad? Pero bueno… Ya he decidido que no son más que tonterías desde el principio hasta el final y que se trata tan sólo de una vieja calavera que Luke tenía desde sus años de estudiante, y tal vez la metió en cal simplemente para blanquearla, y luego no pudo encontrar la mandíbula. Sellé el cordel, ¿lo ves?, después de que pusiera la mandíbula en su lugar, y escribí algo en la tapa. La caja todavía tiene la etiqueta blanca original del sombrerero, con el remite a la señora Pratt de cuando el sombrero fue enviado, y como quedaba espacio escribí en un borde: «Calavera, anteriormente propiedad del difunto doctor Luke Pratt». No sé muy bien por qué escribí eso, tal vez pensé que debía explicar cómo había llegado a mi poder aquel objeto. No puedo evitar preguntarme qué tipo de sombrero fue enviado en aquella caja. ¿De qué color crees que era? ¿Sería un alegre sombrero de primavera con una pluma ladeada y bonitos lazos? Resulta extraño que esa misma caja guardara también la cabeza que llevó aquel elegante tocado… quizás. No… Ya lo hemos decidido, la calavera simplemente procede del hospital de Londres, donde Luke ejerció la medicina. Es mucho mejor considerarlo desde ese punto de vista, ¿verdad? No hay ni una sola conexión más entre esa calavera y la pobre señora Pratt que la que hay entre mi historia sobre el plomo y… ¡Dios Santo! ¡Coge el quinqué!… No dejes que se apague, si puedes evitarlo… volveré a cerrar la ventana en un segundo… ¡Caramba, menudo vendaval! ¡Vaya, ya se ha apagado! ¡Te lo dije! No importa, allí está la luz de la chimenea… ya he cerrado la ventana… el pestillo estaba a medio echar. ¿Ha volado la caja de encima de la mesa? ¿Dónde demonios está? ¡Allí! La ventana ya no se volverá a abrir, la he atrancado con la barra. Es un buen truco, una vieja y anticuada barra, no hay nada como eso. Bueno, encuentra la sombrerera mientras enciendo el quinqué. ¡Malditas cerillas traicioneras! Sí, el rescoldo de la pipa es mejor… tienes que encenderlo en el fuego… no había pensado en ello… gracias… Bueno, allá vamos. Y ahora, ¿dónde está la caja? Sí, ponla en la mesa y la abriremos. Es la primera vez que veo que el viento abre a la fuerza esa ventana, pero ha sido en parte por un descuido mío cuando la cerré la última vez. Sí, claro que escuché el grito. Pareció recorrer toda la casa antes de salir disparado por esa ventana. Eso prueba que siempre ha sido el viento y nada más, ¿verdad? Cuando no fue el viento, era mi imaginación. Siempre he sido un hombre con mucha imaginación; debo de haberlo sido también en este caso sin darme cuenta. A medida que envejecemos nos vamos conociendo mejor, ¿sabes? Bueno, haré una excepción y tomaré un trago del Hulstkamp, ya que te estás llenando la copa. Ese viento húmedo me ha dejado helado y con mi tendencia a padecer reumatismo temo mucho exponerme a las corrientes frías, porque generalmente el frío me atenaza las articulaciones durante todo el invierno una vez que se instala dentro. ¡Por san Jorge, qué buen licor! Encenderé una pipa con tabaco fresco, ahora que ya volvemos a estar cómodos y el cuarto está caldeado; luego abriremos la caja. Me alegro tanto de que hayamos oído los dos juntos ese último grito, con la calavera aquí sobre la mesa, entre nosotros dos… Una cosa no puede estar en dos lugares distintos al mismo tiempo, y el ruido sin lugar a dudas llegó del exterior, como si fuera el viento que soplaba fuera. ¿Crees que oíste el grito por esta habitación después de que la ventana se abriera de golpe? Oh sí, yo también, pero es bastante normal estando la ventana abierta. Por supuesto, lo que oímos fue el viento. ¿Qué otra cosa podría ser? Mira aquí, por favor. Quiero que veas que el lacre del sello está intacto antes de abrir la caja los dos juntos. ¿Quieres usar mis gafas? Ah, no, tienes las tuyas. De acuerdo. El sello está entero, como ves, y puedes leer las palabras del lema claramente. «Dulce y leve»… es decir… según el poema que sigue con «Viento del mar de Occidente», y luego «infla sus velas en mi dirección», y todo lo demás. Aquí está el sello, en la cadena de mi reloj, de donde cuelga desde hace más de cuarenta años. Mi pobre esposa me lo regaló cuando la cortejaba y nunca tuve otro. Eran muy propias de ella, esas palabras… siempre le gustó Tennyson. No sirve de nada cortar el cordel, porque está atado a la caja, así que simplemente romperé el lacre y desharé el nudo, y después lo sellaremos otra vez. Verás, me gusta asegurarme de que esta cosa permanece segura en su sitio, y de que nadie la puede sacar de aquí. Y no es que sospeche que Trehearn haya estado trasteando con ella, pero siempre tengo la impresión de que ese hombre sabe bastante más de lo que cuenta. ¿Ves? He logrado abrirla sin romper el cordel, aunque cuando lo até la última vez no imaginé que volvería a abrir la caja. La tapa se abre fácilmente. ¡Ya! ¡Mira ahora! ¿Qué? ¿No hay nada dentro? ¿Vacía? ¡Ha desaparecido, amigo mío, la calavera ha desaparecido! *** *** *** No, no me ocurre nada. Sólo intento aclararme las ideas. Es tan extraño. Estoy totalmente seguro de que estaba aquí dentro cuando le puse el sello la pasada primavera. Jamás lo hubiera imaginado: es totalmente imposible. Si tomara una copa con algún amigo de vez en cuando, admito que podría haber cometido algún error estúpido si hubiera bebido demasiado. Pero nunca lo hago, ni jamás lo hice. Una pinta de cerveza durante la cena y medio trago de ron a la hora de acostarme es lo máximo que bebo en mis mejores días. ¡Creo que siempre somos nosotros los hombres sobrios los que padecemos reumatismo y gota! Sin embargo, estaba mi sello, y ahí está la sombrerera vacía. Eso está suficientemente claro. Vaya, esto no me gusta nada. No está bien. Creo que hay algo que no encaja en todo esto. No te esfuerces en hablarme de manifestaciones sobrenaturales, porque no creo en ellas, ¡en absoluto! Alguien debió robar la calavera y volver a estampar el sello. En ocasiones, cuando salgo a trabajar al jardín en verano dejo el reloj y la cadena sobre la mesa. Trehearn probablemente cogió el sello en ese momento, y lo usó, porque estaba seguro de que yo no iría a por él al menos en media hora. Si no fue Trehearn… ¡Oh, ni me hables sobre la posibilidad de que esa cosa haya salido por sus propios medios! Si es así, debe estar en algún lugar de la casa, en alguna esquina recóndita, esperando. Podríamos toparnos con ella en cualquier lugar, esperándonos… simplemente esperando en la oscuridad. Y luego me gritará; me chillará en la oscuridad, ¡porque me odia, te lo juro! La sombrerera está vacía. No estamos soñando, ninguno de los dos. Espera, le daré la vuelta. ¿Qué es eso? Ha caído algo cuando le he dado la vuelta. Está en el suelo, está cerca de tus pies, sé que está ahí, y debemos encontrarlo. Ayúdame a encontrarlo, amigo. ¿Lo tienes? ¡Por todos los santos, dámelo, rápido! ¡Plomo! Lo supe cuando lo escuché caer. Supe que no podía ser otra cosa por el ruido amortiguado que hizo sobre el tapete junto a la chimenea. Así que, después de todo, se trataba de plomo… y Luke lo hizo. Me siento un poco conmocionado… no estoy exactamente nervioso, ¿sabes?, sólo conmocionado, esa es la verdad. Supongo que cualquiera lo estaría. Después de todo, no puedes decir que tenga miedo a esa cosa, porque yo mismo subí y la bajé… o, al menos, creí que la estaba bajando, lo cual para el caso significa lo mismo y, por san Jorge, antes que dejarme llevar por tanto estúpido sinsentido, estoy dispuesto a volver a llevar la caja arriba y colocarla en su lugar. No es eso. Es la certeza de que la pobre mujer murió de esa manera, por mi culpa, porque conté la historia. Eso es lo que resulta tan espantoso. En cualquier caso, siempre tuve la esperanza de que jamás pudiera confirmarlo, pero ahora no hay forma posible de negarlo. ¡Mira eso! ¡Míralo! Ese pequeño pedazo de plomo informe. ¡Piensa en lo que hizo, amigo mío! ¿No te hace temblar? Le suministró algo para hacerla dormir, por supuesto, pero debió de llegar un momento de terrible agonía. Imagina que penetrase plomo derretido en tu cerebro. Piensa en ello. La mujer murió antes de poder gritar, pero sólo piensa en… ¡Oh! Ahí se oye de nuevo… está fuera… sé que está fuera… ¡No puedo sacarme ese sonido de la cabeza!… ¡Oh!… ¡Oh! *** *** *** ¿Pensaste que me había desmayado? No, ojalá lo hubiera hecho, así habría parado antes esta agonía. Está muy bien eso de decir que es sólo un ruido, y que un ruido nunca ha matado a nadie… pero tú mismo estás más pálido que una mortaja. Sólo nos falta hacer una cosa si queremos pegar ojo esta noche. Debemos encontrarla y ponerla de nuevo en la sombrerera y encerrarla en el armario, donde le gusta estar. No sé cómo ha salido, pero quiere volver a entrar. Por eso grita de forma tan horrible esta noche… Nunca la había oído gritar así… nunca desde la primera vez que… ¿Enterrarla? Sí, si la encontramos la enterraremos, aunque nos lleve toda la noche. La enterraremos a dos metros bajo tierra y presionaremos la tierra sobre ella con tanta fuerza que no pueda salir nunca más, y si grita, apenas podremos escucharla a tanta profundidad. Rápido, cogeremos el farol y la buscaremos. No puede estar muy lejos; estoy seguro de que está fuera, ahí mismo… iba a entrar cuando cerré la ventana, lo sé. Sí, tienes razón. Estoy enloqueciendo y debo calmarme. No me hables durante un par de minutos; me quedaré sentado en silencio y cerraré los ojos y repetiré algo que sepa de memoria. Esa es la mejor manera. «Súmese la altitud, la latitud y la distancia polar, divídase por dos y réstese la altitud de la mitad del total; luego, súmese el logaritmo de la secante de la latitud, la cosecante de la distancia polar, el coseno de la mitad de la suma y el seno de la mitad de la suma menos la altitud…» ¡Ya está! No digas que me estoy volviendo loco, porque mi memoria está en perfecto estado, ¿lo ves? Por supuesto, podrías decirme que es algo mecánico, y que nunca olvidamos las cosas que aprendemos de pequeños y usamos casi todos los días durante nuestra vida. Pero de eso se trata. Cuando un hombre enloquece, es esa parte mecánica de la mente la que se estropea y no funciona como debería; recuerda cosas que nunca ocurrieron, o ve cosas que no son reales, o escucha ruidos cuando hay un silencio total. Y eso no es lo que nos ocurre a ninguno de los dos, ¿verdad? Ven, cogeremos el farol y daremos una vuelta alrededor de la casa. No está lloviendo… sólo hace un viento que se lleva volando hasta las botas viejas, como solíamos decir en alta mar. El farol está en el armario bajo las escaleras del vestíbulo, y siempre lo guardo preparado y listo para el caso de que haya un naufragio. ¿Que no sirve de nada ir a buscar el farol? No entiendo por qué dices eso. Fue una tontería hablar de enterrarla, claro está, porque no quiere ser enterrada; quiere regresar a su sombrerera y que la llevemos al piso de arriba, ¡pobrecilla! Trehearn la sacó, lo sé, y volvió a marcar el sello. Tal vez se la llevó al cementerio, y quizás tenía buenas intenciones. Me atrevería a decir que pensó que no volvería a gritar si se enterraba en tierra consagrada, cerca de donde debería yacer. Pero la calavera ha regresado a casa. Sí, eso es. No es un mal tipo después de todo este Trehearn, y creo que es bastante religioso. ¿No te parece que suena natural, razonable y bien intencionado? Él supuso que esta cosa gritaba porque no había recibido un enterramiento digno… junto al resto del cuerpo. Pero se equivocó. ¿Cómo iba a saber que esa cosa me grita porque me odia, y porque es culpa mía que hubiera un trozo de plomo dentro? ¿Que no sirve de nada buscarla? ¡Tonterías! Te aseguro que quiere que la encontremos… ¡Demonios! ¿Qué son esos golpes? ¿Los has oído? Pam, pam, pam… tres veces, luego una pausa, y luego otra vez. Sonaba a hueco, ¿verdad? Ha regresado a casa. Ya he oído ese tipo de golpe antes. Quiere entrar y que la subamos arriba, hasta su caja. Está en la puerta principal. ¿Te importaría venir conmigo? La meteremos dentro. Sí, reconozco que no me apetece ir solo y abrir la puerta. Esa cosa entrará rodando y se parará junto a mi pie, como ya lo hizo en otra ocasión, y la luz se apagará. Ya estoy demasiado conmocionado por haber encontrado ese trozo de plomo y, además, mi corazón no está del todo bien… demasiado tabaco negro, tal vez. Además, no me importa reconocer que estoy un poco nervioso esta noche, como nunca lo he estado en toda mi vida. ¡Eso es, acompáñame! Llevaré la caja, así no tengo que regresar a cogerla. ¿Escuchas los golpes? No se parece a ningún otro sonido que haya podido escuchar antes. Si no te importa sujetar esta puerta abierta, así puedo ir a buscar el farol que está debajo de las escaleras con la luz que sale de este cuarto y sin tener que sacar el quinqué al vestíbulo… se apagaría. La criatura sabe que nos estamos acercando… ¡Diantre! Qué prisa tiene por entrar. Hagas lo que hagas, no dejes que se cierre esa puerta hasta que el farol esté encendido. Probablemente vuelva a tener el problema de siempre con las cerillas… ¡No, a la primera, por Júpiter! No hay duda de que quiere entrar, así que no provoca ningún problema. Cuidado con esa puerta ahora; ciérrala, por favor. Ven y sujeta el farol, porque sopla el viento con tanta fuerza allá fuera que voy a tener que usar las dos manos. Eso es, mantén la luz baja. ¿Escuchas todavía los golpes? Allá vamos… Abriré sólo un poco y sujetaré la puerta por abajo con el pie… ¡Ahora! ¡Cógela! Es sólo el viento que la arrastra por el suelo, eso es todo… ¡Hay un huracán ahí fuera, te lo aseguro! ¿La tienes? La sombrerera está encima de la mesa. Un minuto y volveré a colocar la barra. ¡Ya está! ¿Por qué la has lanzado tan bruscamente a la caja? Eso no debe de haberle gustado nada, ¿sabes? ¿Qué dices? ¿Que te ha mordido la mano? ¡Eso son tonterías, amigo! Has hecho lo mismo que hice yo. Has presionado las mandíbulas cerrándolas con la otra mano y te has pellizcado. Déjame ver. ¿No me estarás diciendo que estás sangrando? Debes de haberte pellizcado con mucha fuerza, por Júpiter, porque tienes la piel totalmente desgarrada. Te pondré una solución de fenol antes de que te vayas a dormir; dicen que si te rasgas la piel con el diente de una calavera puede infectarse y causar problemas. Entra otra vez y déjame verlo bajo la luz de la lámpara. Traeré la sombrerera… olvídate del farol, que se consuma en el vestíbulo, más tarde lo necesitaré para subir arriba. Sí, cierra la puerta si no te importa; hace el salón más acogedor e iluminado. ¿Te sangra todavía el dedo? Te traeré el fenol en un segundo; sólo permíteme que eche un vistazo a la criatura. ¡Puaj! Hay una gota de sangre en la mandíbula superior. Está en el colmillo. Es espantoso, ¿verdad? Cuando la vi rodando por el suelo del vestíbulo casi perdí toda la fuerza de las manos y noté que se me doblaban las rodillas; entonces entendí que era el vendaval lo que hacía que rodara por el parqué pulido. ¿No te extraña? ¡No, claro que no! Crecimos juntos, y hemos visto los dos más de un par de cosas, y ya puestos podríamos reconocer abiertamente que los dos nos pusimos histéricos cuando esa cosa rodó por el suelo hacia ti. No me sorprende que te pellizcaras el dedo al recogerla, después de todo yo hice lo mismo por puro nerviosismo, a plena luz del día, y con el sol derramándose sobre mí. Es extraño que la mandíbula encaje tan ajustadamente, ¿verdad? Supongo que se deberá a la humedad, porque se cierra como un torno… He limpiado la gota de sangre, no era agradable contemplarla. No voy a intentar abrir las mandíbulas, ¡no temas! No voy a gastar bromas con esta pobre cosa, simplemente volveré a sellar la caja y la llevaremos arriba y la colocaremos donde quiere estar. El lacre está en el escritorio junto a la ventana. Gracias. Pasará mucho tiempo antes de que vuelva a dejar mi sello por ahí tirado y correr el riesgo de que Trehearn lo use, no lo dudes. ¿Una explicación? Yo no explico los fenómenos naturales, pero si lo prefieres, podemos suponer que Trehearn la escondió en algún lugar entre los matorrales y que el vendaval la hizo rodar hasta la puerta principal de la casa, e hizo que golpeara en ella como si quisiera entrar. No estaríamos suponiendo algo imposible y estoy bastante dispuesto a darte la razón. ¿Lo ves? En esta ocasión puedes confirmar que me has visto sellar la caja con tus propios ojos, en caso de que algo parecido vuelva a suceder. El lacre sujeta el cordel a la tapa, que no puede ser levantada ni tan siquiera para introducir un dedo. Estás lo bastante convencido, ¿verdad? Sí. Además, cerraré el armario y a partir de ahora llevaré la llave en mi bolsillo en todo momento. Ahora podemos coger el farol y subir las escaleras. ¿Sabes? Me inclino a aceptar tu teoría acerca de que el viento pudo hacerla rodar hasta la casa. Yo iré delante, conozco estas escaleras; sólo sujeta el farol cerca de mis pies mientras subimos. ¡Menudos aullidos y silbidos produce el viento! ¿Notaste la arena en el suelo y bajo tus zapatos cuando cruzamos el vestíbulo? Sí… esta es la puerta de la alcoba principal. Levanta el farol, por favor. A este lado del cabecero de la cama. Dejé el armario abierto antes cuando saqué la caja. ¿No es extraño que ese sutil olor a ropa de mujer permanezca en un viejo armario durante años? Éste es el estante. Me has visto colocar la caja ahí y ahora me verás girar la llave y ponerla en mi bolsillo. ¡Y ya está todo! *** *** *** Buenas noches. ¿Estás seguro de que estás suficientemente cómodo? No es un cuarto muy grande, pero me atrevería a decir que esta noche prefieres dormir aquí más que allí arriba. Si te hace falta algo, grita, sólo nos separa una pared de maderos y escayola. Aquí prácticamente no se oye el fuerte viento. Hay Hollands en la mesa, por si deseas tomar la última antes de dormir. ¿No? Bueno, como gustes. Buenas noches de nuevo, e intenta no soñar con esa cosa, si puedes evitarlo. *** *** *** El siguiente párrafo apareció en el diario  Penraddon News  el 23 de noviembre de 1906: MISTERIOSA MUERTE DE UN CAPITÁN RETIRADO La población de Tredcombe se ha visto sorprendida por la misteriosa muerte del capitán Charles Braddock y circulan todo tipo de historias inverosímiles sobre las circunstancias de la muerte, la cual es realmente difícil de explicar. El capitán retirado, que gobernó con éxito en sus años de marino los cruceros más grandes y veloces de una de las compañías navieras transatlánticas más importantes, fue hallado muerto en su cama el martes por la mañana, en su propia casa situada a unos cuatrocientos metros del pueblo. El forense local realizó un minucioso examen del cadáver, el cual reveló el terrible hecho de que el fallecido había sido mordido en la garganta por un agresor humano, con tal fuerza que le aplastó la tráquea y le causó la muerte. Las marcas de los dientes de ambas mandíbulas se podían ver tan claramente sobre la piel que estos podían ser contados, pero el asaltante que llevó a cabo la agresión parece carecer de los dos incisivos inferiores. Se espera que dicha característica ayude a identificar al asesino, que sólo puede tratarse de un peligroso demente fugado. Se cuenta que el fallecido, a pesar de tener más de sesenta y cinco años de edad, era un hombre sano y de considerable fuerza física, por lo que resulta aún más sorprendente que no se encontraran signos de lucha en la estancia, ni que pudiera averiguarse cómo entró el asesino en la casa. Se ha enviado un aviso a todos los manicomios del Reino Unido, pero hasta el momento no se ha recibido ninguna información acerca de una fuga por parte de algún paciente peligroso.El informe del forense presentó el singular veredicto en el que se afirma que el capitán Braddock murió «a manos o dientes de alguna persona desconocida». Se comenta que el cirujano local expresó en privado su opinión de que el maníaco es una mujer, conclusión a la que ha llegado por el pequeño tamaño de las mandíbulas, según muestran las marcas de los dientes. Todo este asunto está envuelto en el misterio. El capitán Braddock era viudo y vivía solo. No tenía hijos. [Nota — Los estudiosos del folclore de fantasmas y casas encantadas encontrarán los fundamentos principales de la anterior historia en la leyenda de una calavera que todavía se conserva en la granja de Bettiscombe Manor, situada, creo, en la costa de Dorsetshire.] FIN Autor: F. Marion Crawford Título: La calavera aullante Título Original: The Screaming Skull Publicado en: Collier’s, 11 de julio de 1908 Traducción: Marta Lila Murillo

  • "El espejo y la máscara" relato de Jorge Luis Borges

    Librada la batalla de Clontarf, en la que fue humillado el noruego, el Alto Rey habló con el poeta y le dijo: —Las proezas más claras pierden su lustre si no se las amoneda en palabras. Quiero que cantes mi victoria y mi loa. Yo seré Eneas; tú serás mi Virgilio. ¿Te crees capaz de acometer esa empresa, que nos hará inmortales a los dos? —Sí, Rey —dijo el poeta—. Yo soy el Ollan. Durante doce inviernos he cursado las disciplinas de la métrica. Sé de memoria las trescientas sesenta fábulas que son la base de la verdadera poesía. Los ciclos de Ulster y de Munster están en las cuerdas de mi arpa. Las leyes me autorizan a prodigar las voces más arcaicas del idioma y las más complejas metáforas. Domino la escritura secreta que defiende nuestro arte del indiscreto examen del vulgo. Puedo celebrar los amores, los abigeatos, las navegaciones, las guerras. Conozco los linajes mitológicos de todas las casas reales de Irlanda. Poseo las virtudes de las hierbas, la astrología judiciaria, las matemáticas y el derecho canónico. He derrotado en público certamen a mis rivales. Me he adiestrado en la sátira, que causa enfermedades de la piel, incluso la lepra. Sé manejar la espada, como lo probé en tu batalla. Sólo una cosa ignoro: la de agradecer el don que me haces. El Rey, a quien lo fatigaban fácilmente los discursos largos y ajenos, le dijo con alivio: —Sé harto bien esas cosas. Acaban de decirme que el ruiseñor ya cantó en Inglaterra. Cuando pasen las lluvias y las nieves, cuando regrese el ruiseñor de sus tierras del Sur, recitarás tu loa ante la corte y ante el Colegio de Poetas. Te dejo un año entero. Limarás cada letra y cada palabra. La recompensa, ya lo sabes, no será indigna de mi real costumbre ni de tus inspiradas vigilias. —Rey, la mejor recompensa es ver tu rostro —dijo el poeta, que era también un cortesano. Hizo sus reverencias y se fue, ya entreviendo algún verso. Cumplido el plazo, que fue de epidemias y rebeliones, presentó el panegírico. Lo declamó con lenta seguridad, sin una ojeada al manuscrito. El Rey lo iba aprobando con la cabeza. Todos imitaban su gesto, hasta los que agolpados en las puertas, no descifraban una palabra. Al fin el Rey habló. —Acepto tu labor. Es otra victoria. Has atribuido a cada vocablo su genuina acepción y a cada nombre sustantivo el epíteto que le dieron los primeros poetas. No hay en toda la loa una sola imagen que no hayan usado los clásicos. La guerra es el hermoso tejido de hombres y el agua de la espada es la sangre. El mar tiene su dios y las nubes predicen el porvenir. Has manejado con destreza la rima, la aliteración, la asonancia, las cantidades, los artificios de la docta retórica, la sabia alteración de los metros. Si se perdiera toda la literatura de Irlanda — omen absit — podría reconstruirse sin pérdida con tu clásica oda. Treinta escribas la van a transcribir dos veces. Hubo un silencio y prosiguió. —Todo está bien y sin embargo nada ha pasado. En los pulsos no corre más a prisa la sangre. Las manos no han buscado los arcos. Nadie ha palidecido. Nadie profirió un grito de batalla, nadie opuso el pecho a los vikings. Dentro del término de un año aplaudiremos otra loa, poeta. Como signo de nuestra aprobación, toma este espejo que es de plata. —Doy gracias y comprendo —dijo el poeta. Las estrellas del cielo retomaron su claro derrotero. Otra vez cantó el ruiseñor en las selvas sajonas y el poeta retornó con su códice, menos largo que el anterior. No lo repitió de memoria; lo leyó con visible inseguridad, omitiendo ciertos pasajes, como si él mismo no los entendiera del todo o no quisiera profanarlos. La página era extraña. No era una descripción de la batalla, era la batalla. En su desorden bélico se agitaban el Dios que es Tres y es Uno, los númenes paganos de Irlanda y los que guerrearían, centenares de años después, en el principio de la Edda Mayor. La forma no era menos curiosa. Un sustantivo singular podía regir un verbo plural. Las preposiciones eran ajenas a las normas comunes. La aspereza alternaba con la dulzura. Las metáforas eran arbitrarias o así lo parecían. El Rey cambió unas pocas palabras con los hombres de letras que lo rodeaban y habló de esta manera: —De tu primera loa pude afirmar que era un feliz resumen de cuanto se ha cantado en Irlanda. Ésta supera todo lo anterior y también lo aniquila. Suspende, maravilla y deslumbra. No la merecerán los ignaros, pero sí los doctos, los menos. Un cofre de marfil será la custodia del único ejemplar. De la pluma que ha producido obra tan eminente podemos esperar todavía una obra más alta. Agregó con una sonrisa: —Somos figuras de una fábula y es justo recordar que en las fábulas prima el número tres. El poeta se atrevió a murmurar: —Los tres dones del hechicero, las tríadas y la indudable Trinidad. El Rey prosiguió: —Como prenda de nuestra aprobación, toma esta máscara de oro. —Doy gracias y he entendido —dijo el poeta. El aniversario volvió. Los centinelas del palacio advirtieron que el poeta no traía un manuscrito. No sin estupor el Rey lo miró; casi era otro. Algo, que no era el tiempo, había surcado y transformado sus rasgos. Los ojos parecían mirar muy lejos o haber quedado ciegos. El poeta le rogó que hablara unas palabras con él. Los esclavos despejaron la cámara. —¿No has ejecutado la oda? —preguntó el Rey. —Sí —dijo tristemente el poeta—. Ojalá Cristo Nuestro Señor me lo hubiera prohibido. —¿Puedes repetirla? —No me atrevo. —Yo te doy el valor que te hace falta —declaró el Rey. El poeta dijo el poema. Era una sola línea. Sin animarse a pronunciarla en voz alta, el poeta y su Rey la paladearon, como si fuera una plegaria secreta o una blasfemia. El Rey no estaba menos maravillado y menos maltrecho que el otro. Ambos se miraron, muy pálidos. —En los años de mi juventud —dijo el Rey— navegué hacia el ocaso. En una isla vi lebreles de plata que daban muerte a jabalíes de oro. En otra nos alimentamos con la fragancia de las manzanas mágicas. En otra vi murallas de fuego. En la más lejana de todas un río abovedado y pendiente surcaba el cielo y por sus aguas iban peces y barcos. Éstas son maravillas, pero no se comparan con tu poema, que de algún modo las encierra. ¿Qué hechicería te lo dio? —En el alba —dijo el poeta— me recordé diciendo unas palabras que al principio no comprendí. Esas palabras son un poema. Sentí que había cometido un pecado, quizá el que no perdona el Espíritu. —El que ahora compartimos los dos —el Rey musitó—. El de haber conocido la Belleza, que es un don vedado a los hombres. Ahora nos toca expiarlo. Te di un espejo y una máscara de oro; he aquí el tercer regalo que será el último. Le puso en la diestra una daga. Del poeta sabemos que se dio muerte al salir del palacio; del Rey, que es un mendigo que recorre los caminos de Irlanda, que fue su reino, y que no ha repetido nunca el poema. Ficha bibliográfica Autor: Jorge Luis BorgesTítulo: El espejo y la máscaraPublicado en: El libro de arena (1975)

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