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- "El alquimista", cuento de H. P. Lovecraft
Allá en lo alto, coronando la cima herbosa de un montículo ondulado, cuyas laderas están tapizadas por los nudosos árboles de un bosque primordial, se alza la vetusta casona de mis ancestros. Desde hace siglos sus almenas han contemplado ceñudas los campos agrestes y salvajes que se extienden alrededor y que sirven de morada y fortaleza a la orgullosa edificación cuya honorable casta es aún más vieja que los muros cubiertos de musgo del propio castillo. Esos torreones antiguos, azotados por siglos de tempestades y corrompidos por el lento pero implacable paso del tiempo, constituyeron durante la época feudal una de las más temidas y formidables fortalezas de toda Francia. Desde sus pisoteados parapetos y empinadas almenas, barones, condes e incluso reyes han sido desafiados, sin que jamás llegaran a resonar en sus espaciosos salones las pisadas del invasor. Pero todo ha cambiado desde aquellos años gloriosos. Una pobreza rayana en la mendicidad, unida a la soberbia de un apellido que impedía ganarse la vida en asuntos mercantiles, hizo que los vástagos de nuestra casta fueran incapaces de mantener sus propiedades en todo su esplendor; y las piedras desprendidas de los muros, la maleza que invadía los jardines, el foso seco y polvoriento, los patios de baldosas desgastadas, las torres medio derruidas carentes, como los suelos combados, de sus revestimientos de madera carcomidos por los gusanos, y los deslucidos tapices; todo ello parecía narrar una historia sombría acerca de pasadas grandezas. Con el devenir de los siglos, primero una, luego otra, las cuatro grandes torres fueron desmoronándose, hasta que al final tan sólo quedó una para albergar a los pocos y tristes descendientes de los antaño poderosos señores del condado. Fue en una de las enormes y tenebrosas estancias de aquella torre que aún se mantenía erguida donde yo, Antoine, el último de los desdichados y malditos condes de C., vi por primera vez la luz del día, hace ahora noventa largos años. Dentro de esos muros, entre bosques tenebrosos y sombríos, rodeado de quebradas ásperas y grutas que se abrían en la falda de la colina, pasé los primeros años de mi atormentada existencia. Jamás conocí a mis progenitores. Mi padre había muerto a la edad de treinta y dos años, un mes antes de que yo naciera, debido a la caída de uno de los pedruscos que colgaban precariamente sobre los desolados parapetos del castillo; y, habiendo fallecido mi madre al dar a luz, mi cuidado y educación recayeron por completo en el único sirviente que quedaba, un hombre viejo y leal de considerable inteligencia que recuerdo que se llamaba Pierre [53] . Yo no era más que un chiquillo, y la ausencia de compañía que estos hechos trajeron consigo se vio aumentada por los extraños cuidados que mi vetusto guardián se tomaba para alejarme de los muchachos campesinos que moraban en las cabañas dispersas por las llanuras que se extendían a los pies de la colina. Por aquel entonces, Pierre siempre me decía que aquel trato discriminatorio se debía a mi noble cuna, que me situaba por encima de cualquier tipo de relación con los plebeyos. Ahora sé que su verdadero motivo era evitar que llegaran a mis oídos los cuentos de viejas que corrían acerca de la maldición de los de mi casta, murmuraciones que se contaban por las noches y que los simples aldeanos exageraban mientras cuchicheaban al resplandor del hogar que crepitaba en el interior de sus chozas. Y así, en total soledad, obligado a buscar mis propias distracciones, pasaba las horas de mi niñez enfrascado en los viejos volúmenes que poblaban la biblioteca llena de sombras del castillo, y vagabundeaba sin rumbo ni propósito a través del bosque espectral y tenebroso que tapizaba la base de la colina. Tal vez a causa de tales compañeros, mi mente pronto se inundó de una extraña melancolía. Todos esos estudios y búsquedas que tenían que ver con lo oculto y oscuro de la naturaleza eran lo que más me llamaba la atención. Poco se me permitió saber de mi linaje y, sin embargo, lo poco que pude descubrir por mis propios medios me sumía en una honda depresión. Quizá, en un principio, fuera debido a la manifiesta aversión de mi viejo preceptor a la hora de hablar de mis antepasados paternos lo que hizo que aumentaran esos miedos que siempre había sentido cada vez que se sacaba a colación la grandeza de mi casta; sin embargo, según fui madurando, pude recuperar ciertos fragmentos inconexos de conversaciones, que se escapaban sin voluntariedad alguna de entre los labios seniles que ya empezaban a traicionar a mi guardián, y que tenían algún tipo de relación con cierto acontecimiento que yo siempre había considerado insólito, pero que ahora adoptaba una significación espantosamente turbia. El hecho al que estoy aludiendo se refiere a la temprana edad en la que todos los condes de mi casta encontraban la muerte. Aunque siempre lo había considerado como algo consustancial a una familia poco longeva, más adelante me dio por meditar acerca de todas esas muertes prematuras. Y comencé a relacionarlas con los desvaríos del anciano, que hablaba con frecuencia de una maldición secular que hacía que las vidas de mis antepasados no sobrepasaran la barrera de los treinta y dos años. En mi vigésimo primer cumpleaños, el añoso Pierre me entregó un documento familiar que, según afirmaba, había pasado de padre a hijo desde hacía muchas generaciones, y seguido al pie de la letra por cada depositario. Su contenido era de lo más inquietante y una lectura más detallada confirmó la gravedad de mis temores. Por aquel entonces, mi creencia en lo sobrenatural era firme y estaba muy arraigada, de otra manera habría desechado con burlas la increíble narración que se desplegaba ante mis ojos. Los manuscritos me hicieron retroceder al siglo trece, cuando el viejo castillo que me servía de morada era una fortaleza temida e inexpugnable. Hablaban de cierto anciano que una vez vivió en nuestras posesiones, un sujeto de no pocas habilidades, aunque apenas era más que un plebeyo; su nombre era Michel, aunque generalmente solían llamarle Mauvais, el Malvado, debido a su siniestra reputación. Había estudiado más de lo habitual para los de su clase, indagando en cosas como la Piedra Filosofal o el Elixir de la Eterna Juventud, y tenía una fama considerable en el conocimiento de los terribles secretos de la alquimia y la magia negra. Michel Mauvais tuvo un hijo llamado Charles, un joven tan eficiente en el manejo de las artes ocultas como él mismo, al cual solía conocérsele como Le Sorcier, o el Mago. Aquel par de sujetos, repudiados por las personas honestas, eran sospechosos de las prácticas más horrendas. Se rumoreaba que el viejo Michel había quemado viva a su esposa, a modo de sacrificio al Diablo, y también se señalaba a las puertas de aquellos dos en lo tocante a las incontables desapariciones de niños plebeyos de corta edad. Sin embargo, a pesar de la naturaleza oscura de ambos personajes, había cierta característica de humanidad entre ellos; el malvado viejo amaba a su retoño con furiosa intensidad, mientras que el joven sentía por su progenitor algo más que una simple devoción filial. Una noche, el castillo sobre la colina se vio sumido en la más atroz de las confusiones ante la desaparición del joven Godfrey, hijo del conde Henri. Un grupo de búsqueda, encabezado por el enardecido padre, invadió la morada de los brujos, sorprendiendo al viejo Michel Mauvais al cuidado de un enorme caldero que bullía con frenesí. Sin mediar causa justa, preso de una furia loca y embargado por la desesperación, el conde se abalanzó con ambas manos sobre el anciano mago y, cuando aflojó su abrazo mortal, éste había expirado. En ese mismo momento, los alegres sirvientes anunciaban el descubrimiento del joven Godfrey en una estancia aislada y poco concurrida del enorme edificio, reconociendo demasiado tarde que la muerte del pobre Michel había sido en vano. Mientras el conde y sus acompañantes dejaban la mísera choza del alquimista, la figura de Charles Le Sorcier apareció entre los árboles. La cháchara nerviosa de los criados más cercanos le puso al tanto de lo sucedido, aunque al principio no pareció darle importancia al destino de su progenitor. Luego, avanzando lentamente al encuentro del conde, pronunció con voz queda pero espeluznante la maldición que desde entonces ha afligido a la casta de los C.: «¡Que jamás un noble de tu estirpe asesinaalcance más edad de la que ahora tienes!» exclamó, y, de repente, dando un salto hacia atrás, entre el bosque, sacó de su túnica una redoma que contenía un líquido incoloro, y se lo arrojó al rostro del asesino de su padre mientras desaparecía detrás de la negra cortina nocturna. El conde murió sin decir ni una palabra y fue sepultado al día siguiente, con poco más de treinta y dos años desde el día de su nacimiento. Jamás se encontró rastro del homicida, a pesar de que incansables grupos de campesinos registraron los bosques cercanos y los campos herbosos que rodeaban la colina. Mas el tiempo y la ausencia de alguien que lo recordara diluyó de la memoria de la familia del conde todo lo concerniente a la maldición; así que cuando Godfrey, que inocentemente había causado la tragedia y era ahora el nuevo portador del título, murió atravesado por una flecha mientras cazaba, a la edad de treinta y dos años, nadie pensó en otra cosa que en la tristeza por tan desdichado suceso. Pero cuando, años después, el joven conde que le sucedía, cuyo nombre era Robert, fue hallado muerto en un prado de los alrededores sin motivo aparente, los campesinos empezaron a murmurar que su señor apenas acababa de celebrar su trigésimo segundo cumpleaños cuando la muerte lo había sorprendido prematuramente. Louis, hijo de Robert, fue descubierto ahogado en el foso a la misma fatídica edad; y así, durante siglos la ominosa lista seguía sin descanso: Henris, Roberts, Antones, Armands, arrebatados de vidas felices y virtuosas cuando apenas sobrepasaban la edad que tenía su desdichado ancestro al morir. Que por entonces no me quedaban más de once años de vida parecía demostrado por las palabras que había leído. Mi vida, tan poco valorada hasta esos momentos, se hizo más y más preciada según avanzaban los días, y fui sumergiéndome progresivamente en los misterios de un mundo oculto de magia negra. En mi soledad, la ciencia moderna no me había influido y trabajaba como en la Edad Media, con el mismo empeño que el viejo Michel y el joven Charles se habían impuesto en el logro de la sabiduría demoníaca y alquímica. Y sin embargo, por mucho que leyera, no conseguía encontrar nada que aclarara la extraña maldición que pendía sobre los de mi casta. En ciertos momentos en los que regía con inusual lucidez, creía incluso poder encontrar explicación natural, culpando de las muertes tempranas de mis ancestros al infausto Charles Le Sorcier y a sus herederos; pero, tras descubrir, después de una meticulosa búsqueda, que no existía ningún descendiente conocido del alquimista, me vi obligado a retomar mis estudios ocultos y me esforcé de nuevo en pergeñar un encantamiento que liberara a mi linaje de su terrible carga. Al menos en una cosa me hallaba completamente decidido. Jamás me casaría, pues ya no existía ninguna otra rama activa de la familia, y de esta manera conmigo terminaría la maldición. Cuando yo rozaba la treintena, el viejo Pierre fue reclamado por el más allá. Completamente solo le enterré bajo las piedras del patio por el que tanto le gustaba vagabundear en vida. De aquella forma fui dejado a mis solitarias meditaciones, la única criatura humana que ahora habitaba la enorme fortaleza, y en aquel aislamiento absoluto mi mente fue dejando de rebelarse en vano contra la maldición que pendía sobre mí, llegando casi a reconciliarse con el destino aciago que ya había golpeado a tantos de mis ancestros. Comencé a pasar la mayor parte del tiempo explorando las salas abandonadas y los ruinosos torreones del vetusto castillo, que los miedos juveniles me habían hecho evitar, y cuyos recintos, según me aseguró un día el viejo Pierre, no habían sido hollados por el pie humano desde hacía siglos. Muchos de los objetos que allí encontré eran de lo más sorprendentes y extraños. Mis ojos se posaron sobre antiguos muebles cubiertos por el polvo de las centurias y carcomidos por una larga exposición a la intemperie. Las telarañas brotaban con una profusión que jamás había contemplado antes, y unos murciélagos enormes agitaban sus alas esqueléticas y grotescas en el vacío de las desérticas tinieblas. En cuanto a mi edad exacta, contando incluso los días y horas, llevaba el más cuidadoso balance, pues cada ir y venir del péndulo del majestuoso reloj de la biblioteca me hablaba claramente de mi existencia maldita. Por fin estuve cerca del plazo que durante tanto tiempo había esperado con aprensión. Puesto que la mayoría de mis antepasados habían perecido siempre un poco después de alcanzar la edad que el conde Henri tenía al morir, esperaba que en cualquier momento cayera sobre mí una muerte desconocida. No podía imaginar qué extraño final me tendría reservado el destino, pero al menos estaba dispuesto a que no me sorprendiera en una actitud temerosa o pasiva. Me apliqué con nuevas fuerzas al examen del viejo castillo y de todo lo que contenía. El evento más importante de toda mi vida aconteció durante una de las excursiones de investigación más prolongadas que llevé a cabo en la zona desierta del castillo, a menos de una semana de la fatídica hora que yo creía el límite de mi estancia en este mundo, más allá de la cual no tenía ni la más mínima esperanza de conservar el hálito. Había empleado la mayor parte de la mañana subiendo y bajando por las arruinadas escaleras de una de las torretas más devastadas y antiguas. Durante la tarde me dediqué a los niveles inferiores, descendiendo a lo que parecía ser una especie de mazmorra medieval o polvorín subterráneo de más reciente excavación. Mientras me deslizaba lentamente por el pasadizo abierto al pie de las escaleras, el suelo se tornó sumamente húmedo y pronto descubrí, a la luz de mi trémula antorcha, que un muro negro y rezumante de agua cortaba mi avance. Al darme la vuelta para retroceder sobre mis pasos, pose los ojos sobre una pequeña trampilla de la que sobresalía una argolla, justo debajo de mis pies. Me detuve y conseguí levantarla con dificultad, descubriendo una negra abertura de la que manaban unos vapores perniciosos que hicieron chisporretear mi antorcha y me revelaron, bajo el oscilante resplandor, unos escalones de piedra. En cuanto la antorcha, con la que ahora apuntaba aquellas tinieblas repugnantes, volvió a arder con firmeza y libertad, acometí el descenso. Había muchísimos peldaños y conducían directamente a un angosto pasaje de piedra que yo supuse muy por debajo del nivel del castillo. Este pasadizo resultó ser de una gran longitud, y finalizaba en una inmensa puerta de roble, rezumante de humedad e inmune a todos mis esfuerzos por abrirla. Al cabo dejé de intentarlo, y me encaminaba de nuevo hacia las escaleras cuando, de repente, sufrí una de las impresiones más profundas y enloquecedoras que pueda soportar la mente humana. Sin previo aviso, escuché cómo la pesada puerta que ahora tenía a mi espalda rechinaba sobre sus herrumbrosos goznes . Mis sensaciones subsecuentes escapan de todo análisis. El verme en un lugar completamente abandonado, como yo creía que era aquel vetusto castillo, y descubrirme ahora ante la prueba de la existencia de un hombre o espíritu, provocaba en mi cerebro el espanto más terrible que uno pueda imaginar. Cuando por fin me di la vuelta y encaré la fuente del sonido, mis ojos debieron de salirse de sus órbitas ante lo que veían. Bajo la vetusta arcada gótica se erguía una figura humana. Se trataba de un hombre tocado con un solideo y envuelto en una larga túnica medieval de tonos oscuros. Sus exuberantes cabellos y su frondosa barba eran de un terrible color negro intenso y de una extraordinaria abundancia. Su frente resultaba más ancha de lo normal; sus mejillas, hundidas, estaban llenas de arrugas; y tenía unas manos largas, con forma de zarpa, retorcidas, de una palidez tan mortífera y marmórea como jamás había visto antes en un ser humano. Su figura, tan descarnada como la de un esqueleto, estaba asombrosamente cargada de hombros y apenas era distinguible entre los vastos pliegues de su peculiar vestimenta. Pero sus ojos eran lo más extraño de todo el conjunto, un par de simas de una negrura abisal que mostraban una profunda expresión de sabiduría y un grado inhumano de malignidad. Los mantenía ahora fijos en mi persona, perforando mi alma con su odio, clavándome al lugar en el que permanecía erguido. Por fin, la figura habló con una voz sorda que hizo que me estremeciera a causa de su opaca vacuidad y de su latente malevolencia. El lenguaje empleado en su discurso era esa especie de latín corrompido que solía utilizar el vulgo durante la Edad Media, y pude entenderlo gracias a mis profundos conocimientos de los tratados escritos por viejos alquimistas y demonólogos. La aparición habló de la maldición que pendía sobre los de mi casta, anunció la proximidad de mi muerte, hizo hincapié en el crimen perpetrado por mi ancestro contra el viejo Michel Mauvais y se regodeó en la venganza de Charles Le Sorcier. Me dijo cómo había conseguido escapar Charles en medio de la noche y cómo había regresado años más tarde para matar al vástago Godfrey con una flecha cuando tenía casi la misma edad que su padre al cometer el crimen; y cómo había retornado en secreto al condado y se había establecido secretamente en el desolado antro subterráneo bajo cuya arcada se encontraba ahora el espantoso narrador; y cómo había sorprendido a Robert, el hijo de Godfrey, en los prados, obligándole a ingerir el veneno y haciendo que pereciera a los treinta y dos años de edad, manteniendo así la hedionda profecía de su vengativa maldición. En este punto, me dejó fantasear acerca del misterio más extraño de todos: cómo había conseguido mantenerse la maldición después de que Charles Le Sorcier muriera de acuerdo a las leyes naturales, ya que el hombre empezó a divagar sobre ciertos estudios alquímicos de honda sabiduría que ambos magos, padre e hijo, habían llevado a cabo, extendiéndose particularmente en las investigaciones de Charles Le Sorcier sobre un elixir que le otorgaría una vida y juventud eternas. Por un instante, el entusiasmo pareció borrar de sus terribles ojos aquel odio que en un principio los hechizaba, pero enseguida volvieron a brillar con todo su maligno resplandor y, con un espeluznante sonido semejante al siseo de una serpiente, el extraño alzó una redoma de cristal con la evidente intención de terminar con mi vida de la misma manera que seiscientos años atrás habían hecho con mi antepasado. Llevado por un instinto de autodefensa, logré romper el hechizo que me mantenía inmóvil y arrojé la agonizante antorcha sobre la criatura que amenazaba mi existencia. Oí cómo se rompía la redoma inofensivamente contra las losas del pasadizo al mismo tiempo que se prendía la túnica de aquella extraña criatura, alumbrando la espantosa escena con un grotesco resplandor. El grito de terror y maligna impotencia que lanzó el malogrado asesino resultó ser una prueba demasiado terrible para mis nervios, ya muy perturbados por entonces, y me desplomé sobre el suelo húmedo completamente desmayado. Todo estaba pavorosamente oscuro cuando al fin recobré el conocimiento y, tras recordar lo sucedido, me estremecí ante la idea de tener que soportar aún más; y, sin embargo, la curiosidad acabó imponiéndose. ¿Quién, me pregunté a mí mismo, era aquel malvado personaje, y cómo se había internado entre los muros del castillo? ¿Por qué motivo quería vengar la muerte del pobre Michel Mauvais, y cómo se había ido transmitiendo la maldición durante las largas centurias que habían transcurrido desde la época de Charles Le Sorcier? El pavor que me había acosado durante años desapareció de repente, pues estaba seguro de que el hombre al que había abatido era el portador de los peligros que conllevaban la maldición; y ahora que me sentía libre, ardía en deseos de saber aún más acerca de la siniestra criatura que había acosado durante siglos a los de mi casta, y convertido mi propia juventud en una pesadilla interminable. Dispuesto a seguir con mi investigación, hurgué en mis bolsillos en busca de yesca y pedernal, y prendí la antorcha de repuesto que había traído conmigo. Al principio, la renacida luz mostró la forma ennegrecida y desfigurada del misterioso intruso. Sus terribles ojos estaban ahora cerrados. Descompuesto por la escena, me di la vuelta y penetre en la estancia que se abría al otro lado de la arcada gótica. Encontré allí una especie de laboratorio propio de un alquimista. En una de las esquinas había una pila inmensa de un metal reluciente y amarillo que lanzaba unos destellos suntuosos bajo la luz de la tea. Debía de tratarse de oro, pero no me detuve a examinarlo, ya que me sentía extrañamente afectado por la experiencia que había padecido. Al fondo de la estancia se abría una oquedad que daba a uno de los muchos y agrestes barrancos que se extendían en la oscura ladera boscosa de la colina. Fascinado, aunque sabedor de cómo había conseguido acceder aquel hombre al interior del castillo, me dispuse a regresar. Intenté pasar sin dirigir la mirada hacia los restos del intruso, pero, al aproximarme, creí percibir un apagado sonido procedente del cuerpo, como si su vida aún no se hubiera extinguido del todo. Aterrorizado, me volví para examinar la figura carbonizada y reseca que yacía en el suelo. Y entonces, con brusquedad, aquellos terribles ojos, más negros aún que el rostro calcinado del que sobresalían, se abrieron de par en par con una expresión que me resultó imposible descifrar. Los labios agrietados intentaron articular unas palabras que no pude reconocer del todo. En un momento dado capté el nombre de Charles Le Sorcier, y más adelante creí reconocer las palabras «años» y «maldición» brotando de aquella boca retorcida. A pesar de todo, fui incapaz de encontrarle sentido a su desmadejada plática. Ante la evidencia de mi desconocimiento, esos ojos profundos como simas relampaguearon una vez más con toda su malevolencia hacia mi persona, hasta el punto de que, a pesar de ver a mi enemigo completamente vencido, no pude evitar un escalofrío. Súbitamente, aquel miserable, animado por un último rescoldo de energía, irguió su espantosa cabeza del húmedo y chorreante enlosado. Recuerdo que en esos momentos, mientras yo estaba petrificado por el terror, aquel ser consiguió recuperar el habla, y con su último aliento vociferó las palabras que, desde entonces, habrían de obsesionarme durante todos los días y noches de mi existencia. —¡Necio! —aulló—. ¿Acaso no puedes adivinar mi secreto? ¿Acaso no tienes el suficiente cerebro para reconocer la Voluntad que durante seis largos siglos ha consumado la terrible maldición que pesa sobre tu casta? ¿No te he hablado ya del poderoso elixir de la eterna juventud? ¿No sabes aún quién descubrió el secreto de la alquimia? ¡Te lo diré! ¡Fui yo! ¡Yo! ¡Yo! ¡ Yo, que he subsistido durante seiscientos años para perpetuar mi venganza , PUES NO SOY OTRO QUE EL MISMO CHARLES LE SORCIER! FIN Autor: H. P. Lovecraft Título: El alquimista Título Original: The Alchemist Publicado en: The United Amateur, November 1916 Traducción: José María Nebreda
- "Mademoiselle Fifí", cuento de Guy de Maupassant
El comandante prusiano conde de Falsberg acababa de leer la correspondencia del día, con el cuerpo embutido en un blando sillón y los pies apoyados en el mármol de la elegante chimenea, donde las espuelas, durante los tres meses que los alemanes ocupaban el palacio de Uville, habían trazado surcos, más pronunciados cada día. Una taza de café humeaba sobre un velador de marquetería, manchado por los licores, quemado por los cigarros, señalado por el cortaplumas del invasor, quien, acabando de afilar un lápiz, a veces trazaba sobre el mueble caprichosas cifras o dibujos para entretener sus ocios. Cuando el mayor hubo repasado todas las cartas y periódicos alemanes que su ordenanza le llevó aquel día, levantóse, y después de añadir al fuego cuatro enormes leños verdes, porque aquellos conquistadores talaban poco a poco el jardín para calentarse, acercóse a la ventana. Llovía a torrentes: una lluvia normanda que parecía lanzada por una mano furiosa; una lluvia diagonal, espesa como una cortina de agua, formando una especie de muralla con rayas oblicuas; una lluvia ruidosa y violenta, que todo lo inundaba; una verdadera lluvia de los alrededores de Ruán, ese orinal de Francia. El militar contempló bastante rato los paseos inundados, y a lo lejos el Andelle, que se hinchaba, desbordándose; y repicaba con las yemas de los dedos en los cristales, recordando un vals del Rin, cuando un ruido le obligó a volver la cabeza: entraba el capitán, barón de Kelweingstein, segundo jefe del destacamento. El mayor era un gigante; ancho de espaldas, muy barbudo, y su inmensa figura solemne le daba cierto parecido a un pavo con la cola erizada; un pavo militar que llevara la cola en la barba. Tenía los ojos azules, fríos, bondadosos, y en una mejilla la cicatriz de un sablazo que recibió en la guerra de Austria; estaba reputado como buena persona y buen militar. El capitán, bajito, coloradote, ventrudo, llevaba muy recortada su barba roja, casi fosforescente. La mella dejada por dos dientes perdidos en una noche de amorosa conquista, sin que se hubiese dado cuenta de cómo le ocurrió aquel percance, le hacían lanzar las palabras tan confusas que no siempre resultaba cosa fácil entenderle; era calvo de la coronilla solamente, de modo que parecía un tonsurado, un fraile, con su vellón de pelo rizado y resplandeciente, alrededor de un círculo de piel desnuda. El comandante le tendió una mano, y llevándose a los labios con la otra la taza de café, lo sorbió de un trago—era la sexta que tomaba ya en el día—, mientras el capitán daba el parte del servicio; luego, se acercaron los dos a la ventana, conformes en que aquello no resultaba muy agradable. El mayor, hombre tranquilo, casado, se acomodaba a todo; pero el capitán, bullicioso, calavera, mujeriego, rabiaba de verse condenado a obligada castidad en aquel destacamento solitario. Sonaron dos golpecitos en la puerta, el comandante contestó, y un hombre, uno de los soldados autómatas, asomóse, anunciando con su presencia solamente que estaba servido el almuerzo. En la sala se habían reunido ya tres oficiales subalternos: un teniente, Otto de Growting; dos alféreces, Fritz Scheunaubourg y el marqués Wilhem de Eyrik, un rubito fiero y brutal con la tropa, despiadado con los vencidos, violento como un arma de fuego. Desde su entrada en Francia sus camaradas le llamaron mademoiselle Fifí. Obedecía este apodo a la coquetería de su expresión, a su talle, que parecía ajustado con un corsé; a la palidez femenina de su rastro, donde apenas asomaba el bozo naciente, y también a la costumbre que adquirió para mostrar su desprecio soberano hacia las personas y las cosas, de usar a cada punto la locución francesa Phi, phi, donc, pronunciándola con una especie de silbido. El comedor del castillo de Oville era una regia estancia, cuyos hermosos espejos, acribillados por las balas, y cuyos antiguos tapices, hechos jirones a sablazos, denunciaban los entretenimientos de mademoiselle Fifí en sus ratos de ocio. Colgaban de las paredes tres retratos de familia: un guerrero acorazado, un cardenal y un magistrado, en cuyas bocas había puesto el atrabiliario mozo largas pipas de porcelana, después de pintar bigotes con un carbón al retrato de una noble señora. Los oficiales almorzaban silenciosos en aquella habitación ensombrecida por el aguacero, triste, con su aspecto de derrota, con su pavimento de maderas finas emporcado como el suelo de una taberna. A los postres, cuando empezaron a beber y a fumar, hablaron, como todos los días, de su aburrimiento invencible. Pasaban de mano en mano las botellas de coñac y de licores, y todos, arrellanados en sus asientos, iban tomando sorbos de alcohol sin apartar de los labios la pipa, siempre pintarrajeada como para seducir a hotentotes. Cuando vaciaban sus copas, llenábanlas de nuevo con un gesto de resignada fatiga. Mademoiselle Fifí rompía con frecuencia la suya, y un soldado le presentaba otra. El humo del tabaco los envolvía; parecían sumidos en una embriaguez soñolienta, en esa borrachera triste de las gentes que no tienen nada que hacer. Pero de pronto, el barón se irguió, y, sacudiendo su laxitud, gritaba: — ¡Dios de Dios! No es posible continuar así. ¡Inventaremos alguna cosa para divertirnos! A un tiempo, el teniente Otto y el alférez Fritz, dos alemanes de fisonomías eminentemente alemanas, pesadotas y graves, preguntaron: —¿Qué, mi capitán? Este reflexionó un momento antes de contestar: —¿Qué? Organicemos una fiesta, si el comandante lo permite. El mayor, apartando su pipa de la boca, dijo: —¿Qué fiesta, capitán? El barón, aproximándose a él añadió: —Todo corre de mi cuenta, mi comandante. El sargento nos traerá mujeres de Ruán; yo sé adonde puede ir por ellas. Prepararemos una magnifica cena y no faltará nada para pasar una noche divertida. El comandante Falsberg, encogiéndote de hombros y sonriendo, repuso: —Amigo mío, está usted loco. Pero todos los oficiales, en pie, rodeando a su jefe, le suplicaban: —Consienta lo que disponga el capitán, mi comandante; consiéntalo, ¡vivimos tan tristes aquí! Al cabo, el mayor accedió: —Sea —dijo; y al punto el barón hizo llamar al sargento. Era un viejo soldado que no había siquiera sonreído nunca, pero que obedecía fanáticamente las órdenes de sus jefes, de cualquier clase que las órdenes fueran. Cuadrándose, con rostro impasible, recibió las instrucciones del barón; luego salió, y a los cinco minutos, un coche de Administración militar partía bajo la lluvia inclemente, al trote de cuatro caballos. En seguida, un estremecimiento de satisfacción animó todos los semblantes; las posturas lánguidas irguiéronse y hubo conversaciones vivas. Aun cuando la lluvia torrencial continuaba cayendo con furia, al mayor le parecía el cielo más claro; el teniente Otto afirmaba que la tormenta cedía. Mademoiselle Fifí mostrábase inquieto, levantándose y sentándose a cada instante. Sus ojos, claros y crueles, buscaban algo que destrozar. De pronto, fijándose en el retrato de la dama, el joven rubio sacó su revólver: —Tú no verás lo que aquí suceda —exclamó. Y apuntando cuidadosamente, puso dos balas en los ojos del retrato. Luego añadió: —¡Hagamos una mina! Y, bruscamente, las conversaciones se interrumpieron, como si un suceso interesante se apoderara de todas las atenciones. La mina era invención de mademoiselle Fifí, su manera de destruir, su entretenimiento favorito. Al abandonar su palacio campestre, el conde Amoys de Uville, no pudo llevar consigo ni esconder nada, salvo la plata, que dejó oculta en el hueco de un muro. Como era muy rico y vivía con magnificencia, su gran salón, contiguo al comedor, era semejante a una galería de museo. Las paredes estaban cubiertas de cuadros al óleo, acuarelas y dibujos de gran precio, mientras que sobre los muebles, en ménsulas y en elegantes vitrinas, mil preciosidades: figuras de Sajonia, estatuitas, ídolos chinos, marfiles antiguos, vasos de Venecia poblaban la estancia con abundante variedad. Ya quedaba poco de todo aquello. No porque lo hubiesen robado: el mayor, conde de Falsberg, no lo hubiese consentido; pero mademoiselle Fifí de cuando en cuando preparaba una mina, y todos los oficiales, con tal diversión, espantaban el tedio durante cinco minutos. El marquesito fue a buscar lo que necesitaba y volvió con una preciosa tetera de China, que llenó de pólvora; introduciendo por el pitorro una mecha, encendióla y fue a dejar la máquina infernal en el salón. Al volver cerró la puerta. En pie, con el rostro risueño y con infantil curiosidad, aguardaban todos en silencio, y cuando la explosión hubo estallado, precipitáronse a la puerta. Mademoiselle Fifí entró el primero, palmoteando con gozo delirante ante una Venus de barro cocido que se había quedado sin cabeza; todos cogían fragmentos de porcelana, examinando los destrozos nuevos, y el mayor contemplaba, sin perder su paternal expresión, los estragos hechos en la regia estancia por las minas de mademoiselle Fifí, que hacían añicos tantas obras de arte. Se adelantó a todos, diciendo bondadosamente: —Ha salido muy bien esta vez. Pero tal cantidad de humo de pólvora había entrado en el comedor, mezclándose con el humo del tabaco, que apenas era posible respirar. El comandante abrió la ventana, y todos los criados, que le habían seguido para beber la última copita de coñac, se acercaron. El aire húmedo entró en la habitación, arrastrando una especie de agua menuda que roció las barbas, y un olor de inundación. Miraban los árboles próximos agobiados por la tormenta, el ancho valle cubierto de bruma y, a lo lejos, el campanario de la iglesia, como una punta gris, asomando entre las nubes blancas. Desde la invasión, las campanas de la iglesia no habian sonado. Era la única resistencia que los dominadores encontraban allí: el campanario. El cura no se negaba a dar de comer y alojar a los prusianos; algunas veces hasta bebió una botella de cerveza o de burdeos en compañía del comandante del destacamento enemigo, que solía emplearle como pacífico mediador; no obstante, no había que pedirle ni una sola vibración de la campana: primero se dejaría fusilar. Así protestaba contra la invasión: con el silencio, única protesta propia de un sacerdote que profesa la piedad, y, en diez leguas a la redonda, todo el mundo alababa la firmeza de su actitud, el heroísmo del padre Chantavoine, que protestaba públicamente contra los invasores con el obstinado mutismo de la iglesia. El pueblo entero, entusiasmado por aquella resistencia, estaba dispuesto a sostener hasta el fin a su párroco, arrostrándolo todo por él, considerando la tácita protesta como salvaguardia del honor nacional. Creíanse los campesinos de aquella comarca más beneméritos de la patria que Belfort y Estrasburgo; consideraban su ejemplo equivalente al denuedo mayor, y digno de la inmortalidad y, aparte de esto, todo se lo consentían a los prusianos vencedores. El comandante y los oficiales reían de aquel tesón inofensivo, y como toda la comarca mostrábase humilde y servicial con ellos, toleraban sin esfuerzo aquel mudo patriotismo. Solamente el marquesito Wilhem deseaba subir al campanario y tocar. Le desesperaba la condescendencia política de su jefe para con el párroco, y todos los días suplicaba al comandante que le dejase hacer «din-don-don» una vez siquiera, sólo un poquito, para divertirse un rato. Y suplicaba con insistencias felinas, con halagos femeninos, con dulzuras de querida hostigada por un deseo, pero el comandante no accedió nunca, y mademoiselle Fifí se consolaba preparando minas en el palacio de Uville. Los cinco militares permanecieron junto a la ventana, silenciosos, durante algunos minutos, respirando la humedad. El teniente Fritz dijo al cabo, riendo: —No está el tiempo muy a propósito para que salgan de paseo esas damas. Cada uno se fue a sus obligaciones, y el capitán quedó encargado de los preparativos para la cena. * Al anochecer volvieron a reunirse, y les hizo mucha gracia verse todos acicalados y resplandecientes, como en los días de gala y revista; muy acepillados muy peinados, muy perfumados. Los cabellos del comandante parecían menos grises que por la mañana, y el capitán habíase afeitado, conservando solamente sus bigotes rojos, que parecían dos llamas bajo su nariz. A pesar de la lluvia, dejaron abierta la ventana, y siempre había uno asomado para escuchar mejor. A las seis y diez minutos el barón anunció un lejano ruido. Todos se precipitaron: al fin vieron aparecer el coche con los cuatro caballos al galope, llenos de barro, sudorosos, humeantes. Y se apearon cinco mujeres, cinco guapas mozas, elegidas cuidadosamente por un amigo del capitán, a quien el sargento había llevado la carta. No se habían hecho rogar, seguras de ser bien pagadas, conociendo bastante a los prusianos, después de tres meses de trato continuo con los invasores y acostumbradas a todo. —Son cosas del oficio —decíanse las unas a las otras en el coche, para contestar acaso a ciertos escrúpulos de con ciencia. Entraron en el comedor iluminado, en el cual resaltaban, más lúgubres aún que de día, los miserables destrozos; y la mesa llena de manjares, de vajilla fina y cubiertos de plata, encontrados al fin en el agujero del muro donde los ocultó su dueño, daban a la estancia las apariencias de un escondrijo de salteadores que cenan después de un saqueo. El capitán, radiante de gozo, se apoderó de las mujeres como de algo que fuera suyo; las examinaba, las besaba, las olfateaba, las avaloraba conforme a los méritos que descubría; y cuando los jóvenes quisieron adjudicarse una hembra, se opuso con autoridad, ofreciéndose a distribuirlas equitativamente, según la categoría de cada cual, y que no padecieran los fueros de la ordenanza. Luego, para evitar discusiones y para que no le acusaran de parcialidad, las puso en fila, ordenándolas por estaturas, y dirigiéndose a la más alta, dijo con voz de mando: —¿Tu nombre? La moza respondió: —Pamela. Y el capitán repuso: —Número uno: la llamada Pamela se le adjudica al comandante. Besó a la segunda, Blondina, para corroborar su pertenencia, y entregó al teniente Otto la gruesa Amanda; Eva, al alférez Fritz, y la más pequeña, Raquel, una morena muy joven, con ojos negros, una judía cuya nariz respingona confirmaba la raza, al más joven de los oficiales, al marquesito Wilhem de Eyrik. Todas eran bonitas y carnosas; no se diferenciaban mucho sus facciones y nada su expresión, adquirida en las prácticas del amor cotidiano y en la existencia común de la casa pública. Los tres jóvenes pretendieron retirarse al punto con sus hembras pretextando que iban a darles cepillos y jabón para limpiarse; pero el capitán se opuso prudentemente, afirmando que las mozas podían sentarse a la mesa como estaban, y si alguno subía con la suya, luego tendría la pretensión de cambiar, turnando las otras parejas. Su experiencia le aconsejó. Limitáronse todos a besuquearlas con afán, para entretener sus impaciencias. De pronto, Raquel tosió fuertemente, ahogándose, arrojando humo por las narices. El marqués, acercándose a ella para darle un beso en los labios, habíale hecho tragar una bocanada de humo de tabaco. Ella no se disgustó ni dijo una palabra, mirando fijamente a su dueño, mientras brillaba la cólera en el fondo de sus ojos negros. Sentáronse. Hasta el comandante se mostraba satisfecho. Colocado entre Pamela y Blondina, dijo al desdoblar la servilleta: —El capitán ha tenido una idea feliz. Los tenientes Otto y Fritz, atentos con las mozas como si las creyesen verdaderas damas, las intimidaron un poco; pero el barón de Kelweingstein, familiarizado con el vicio, lanzaba frases obscenas, radiantes, bajo su corona de cabellos rojos. Galanteaba en francés del Rin, y sus finezas tabernarias, como escupidas por el hueco de sus dientes rotos, llegaban a las mozas rociadas con saliva. Ellas no entendían los discursos del capitán, y su inteligencia sólo se mostraba despierta cuando el barón vomitaba palabras lúbricas o frases crueles, deformadas por su acento. Entonces reían como locas, inclinándose bruscamente sobre sus vecinos, repitiendo las palabras más torpes y soeces, borrachas ya, recobrando sus costumbres de lupanar, besando a derecha e izquierda, pellizcando, gritando, bebiendo en todos los vasos, cantando coplas francesas y trozos de canciones alemanas, aprendidas en su roce constante con el enemigo. Pronto los hombres, también embriagados por aquella carne fresca y femenina, que se mostraba impúdicamente a sus ojos y ofrecíase a sus manos, enloquecieron, gritaron, echaron al aire platos y copas, mientras a su espalda, soldados impasibles continuaban sirviendo la mesa. Sólo el comandante guardó compostura. Mademoiselle Fifí, sentando sobre sus rodillas a Raquel, procuraba exaltarse, ya besando sus cabellos negros y absorbiendo el dulce calor de su piel rosada y tibia, ya pellizcándola rabiosamente, haciéndola chillar, dominado por una ferocidad odiosa, por su instinto de destrucción. Con frecuencia también la oprimía entre sus brazos, como si quisiera fundirse con ella, y apoyaba largo tiempo sus labios en la boca fresca de la judía, besándola con ardor; pero de pronto la mordió con tanta rabia, que un hilo de sangre, corriendo por la barba de la moza, goteaba en su vestido. Una vez más ella le miró frente a frente, lavándose la herida y murmurando: —Esto se paga. Él, riendo con una risa cruel, dijo: —Lo pagaré. Sirvieron los postres, descorcharon el champaña. El comandante se levantó y con la misma solemnidad que hubiera empleado para brindar por la emperatriz, brindó por las mozas. Y siguieron los brindis: galanterías de soldado y de tahúr, bromas obscenas, más brutales aún al ser expresadas en un idioma mal conocido. Levantáronse uno tras otro, esforzándose por aparecer graciosos y divertidos, y las mujeres, del todo borrachas, con los ojos extraviados y las bocas pastosas, aplaudían a rabiar. El capitán, queriendo imprimir a la orgia un carácter galante, alzó una vez más la copa, y se dispuso a brindar. —Por nuestras victorias amorosas. Entonces, el teniente Otto, especie de oso de la selva negra, se levantó, inflamado, saturado de bebida, y dominado bruscamente por el patriotismo alcohólico, gritó a su vez: —Por nuestras victorias en Francia. A pesar de su borrachera, las mujeres enmudecieron; sólo Raquel, agitada y violenta, exclamó: —Conozco franceses en cuya presencia no repetirías lo que has dicho. Pero el marquesito, que la tenía sentada sobre sus rodillas, riendo a carcajadas, muy alegre, repuso: —¡Je, je, je! No he visto franceses desde que invadimos a Francia, porque al llegar nosotros… ¡huyen! La moza, estremecida, le arrojó al rostro estas palabras: —¡Mientes, cochino! Durante un segundo el oficial fijó en ella sus ojos claros, como los fijaba en los objetos que solía destruir a tiros de revólver para entretenerse; luego, riendo, añadió: —Vamos a ver, nena mía: ¿estaríamos nosotros aquí si ellos fueran valientes? —y animándose, prosiguió—: Somos los dueños; Francia es nuestra. Raquel, levantándose bruscamente de las rodillas del oficial, sentóse de nuevo en la silla. El marquesito se puso en pie, y tendiendo su vaso hasta el centro de la mesa, dijo: —¡Nuestra es Francia y nuestros los franceses; nuestros los bosques, los campos, las casas: todo es nuestro aquí! Los otros, completamente borrachos, movidos por un repentino entusiasmo bélico y brutal, cogieron sus copas, vociferando: —¡Viva Prusia! —y las vaciaron de un sorbo. Las mozas no protestaron, enmudecidas y acobardadas. Raquel, impotente para contestar como hubiera querido, callóse también. El marquesito apoyó en la cabeza de la judía una copa de champaña, y añadió: —Para nosotros las mujeres de Francia. Irguióse Raquel tan violentamente, que derramó el dorado líquido, bautizando su pelo negro. El cristal se hizo pedazos. Con los labios temblorosos, desafiaba la mirada del oficial, que seguía riendo, y con la voz ahogada por la cólera, balbució: —¡Mentira! No son vuestras las mujeres de Francia. El marquesito sentóse para reír más cómodamente, y, entre risas, pronunciaba, imitando el acento parisiense: —¡Muy graciosa, muy graciosa! ¿Pues a qué viniste sino a eso, niña? Raquel no entendió bien al pronto; pero cuando, ya repuesta de su turbación, pudo apreciar el valor de aquellas palabras, vociferó indignada, vehemente: —¿Yo? Yo no soy una mujer, soy una prostituta, lo más que merecen los prusianos: una prostituta. No había terminado la última palabra cuando la mano del marqués golpeó su rostro; y como le viese alzándola de nuevo contra ella, loca de rabia, cogió un cuchillo de punta que había sobre la mesa, y abalanzándose con rapidez, lo clavó en el cuello del oficial, atravesándole la garganta; él quedó vacilando, con una mirada terrible. Todos lanzaron un rugido y se levantaron tumultuosamente; pero habiendo empujado su silla entre las piernas del teniente Otto, que dio una tremenda caída, Raquel pudo acercarse a la ventana, y saltando al jardín, se perdió bajo la lluvia, entre la sombra de la noche. Mademoiselle Fifí agonizaba; murió en pocos minutos. Fritz y Otto querían vengarle asesinando a las mujeres, que se arrodillaban a sus pies. El mayor, con toda su autoridad, pudo apenas evitar una carnicería; hizo encerrar en un cuarto a las cuatro mozas; luego, como si dispusiera los soldados para un combate, organizó la caza de la fugitiva, seguro de recobrarla. Cincuenta hombres fustigados por terribles amenazas, salieron a recorrer el jardín, y doscientos registraron los bosques y todas las casas del valle. La mesa, de donde los ordenanzas retiraron todo el servicio, en un instante se había convertido en lecho mortuorio; y los cuatro militares, rígidos, ya serenos, permanecían en pie junto a las ventanas, con los ojos amenazadores, fijos en el oscuro misterio de la noche. La lluvia torrencial seguía sin cesar; mezclábanse los murmullos del agua que cae y del agua que corre. De pronto, resonó un tiro, después otro, y durante cuatro horas oyéronse de cuando en cuando, próximas o lejanas, detonaciones, voces de aviso, palabras de contraseña. Por la mañana, todos regresaron. Habían sido muertos dos soldados y heridos tres por sus propios camaradas, en el ardor de aquella cacería, en el espanto de aquella persecución nocturna. Pero nadie había encontrado a Raquel. Entonces aterrorizaron a todos los habitantes de los contornos, desmantelaron sus casas, recorrieron una y otra vez los mismos parajes. No fue posible hallar ni rastro de la judía. Advertido el general, mandó echar tierra sobre aquel asunto para que no se propagara el mal ejemplo, y castigó al comandante, quien a su vez castigó a los oficiales. El general había dicho: —No hacemos la guerra para divertirnos y entretenernos con mujeres públicas. Y el conde de Falsberg, exasperado, resolvió hallar venganza en sus dominios. Como necesitaba un pretexto para justificar sus tiranías, hizo llamar al cura y le ordenó que tocara la campana en el entierro del marqués de Eyrik. Contra lo que sospechaba, el cura se mostró dócil, humilde, lleno de atenciones. Y cuando el cadáver de mademoiselle Fifí, conducido por soldados, precedido, seguido y rodeado por los soldados con las armas dispuestas para disparar al menor pretexto, salió del palacio de Uville camino del cementerio, la campana vibró; en su toque fúnebre notábase cierta expresión alegre, como si una mano amiga la estuviese acariciando. Tocó al anochecer, y a la mañana siguiente, y todos los días; repiqueteó mucho. A veces, de noche, se la oía también, lanzando al aire sus vibraciones dulces, como muestra de alegría extraña, despertando sola, sin que nadie supiera por qué. Todos los campesinos la creyeron embrujada; nadie, exceptuando al cura y al sacristán, se acercó al campanario en lo sucesivo. Y era que vivía una pobre moza debajo de la campana, en triste soledad, socorrida por el cuidado de los dos hombres. Allí estuvo hasta que abandonaron el país las tropas alemanas. Luego, un día, pidió el cura la tartana del panadero, y la condujo hasta Ruán. Al despedirse de la moza, el sacerdote la besó; ella volvió a la casa pública de donde había salido, y cuya ama la creía muerta Más adelante, un patriota sin prejuicios y amante de las honradas acciones la sacó de allí para premiar su noble brío. Y, al fin, encariñándose con su trato, se casó con ella, convirtiéndola en una señora que valió tanto como cualquiera otra FIN Autor: Guy de Maupassant Título: Mademoiselle Fifí Título Original: Mademoiselle Fifi Publicado en: Gil Blas, 23 de marzo de 1882
- "Los ojos sombríos", cuento de Horacio Quiroga
Los ojos sombríos Horacio Quiroga Después de las primeras semanas de romper con Elena, una noche no pude evitar asistir a un baile. Hallábame hacía largo rato sentado y aburrido en exceso, cuando Julio Zapiola, viéndome allí, vino a saludarme. Zapiola es un hombre joven, dotado de rara elegancia y virilidad de carácter. Lo había estimado muchos años atrás, y entonces volvía de Europa, después de larga ausencia. Así nuestra charla, que en otra ocasión no hubiera pasado de ocho o diez frases, se prolongó esta vez en larga y desahogada sinceridad. Supe que se había casado: su mujer estaba allí mismo esa noche. Por mi parte, lo informé de mi noviazgo con Elena y su reciente ruptura. Posiblemente me quejé de la amarga situación, pues recuerdo haberle dicho que creía de todo punto imposible cualquier arreglo. —No crea en esas sacudidas —me dijo Zapiola con aire tranquilo y serio—. Casi nunca se sabe al principio lo que pasará o se hará después. Yo tengo en mi matrimonio una novela infinitamente más complicada que la suya; lo cual no obsta para que yo sea hoy el marido más feliz de la tierra. Óigala, porque a usted podrá serle de gran provecho. Hace cinco años me vi con gran frecuencia con Vezzera, un amigo del colegio a quien había querido mucho antes, y sobre todo él a mí. Cuanto prometía el muchacho se realizó plenamente en el hombre; era como antes, inconstante, apasionado, con depresiones y exaltamientos femeniles. Todas sus ansias y suspicacias eran enfermizas, y usted no ignora de qué modo se sufre y se hace sufrir con este modo de ser. Un día me dijo que estaba enamorado, y que posiblemente se casaría muy pronto. Aunque me habló con loco entusiasmo de la belleza de su novia, esta apreciación suya de la hermosura en cuestión no tenía para mí ningún valor. Vezzera insistió, irritándose con mi orgullo. —No sé qué tiene que ver el orgullo con esto —le observé. —¡Si es eso! Yo soy enfermizo, excitable, expuesto a continuos mirajes y debo equivocarme siempre. ¡Tú, no! ¡Lo que dices es la ponderación justa de lo que has visto! —Te juro… —¡Bah; déjame en paz! —concluyó cada vez más irritado con mi tranquilidad, que era para él otra manifestación de orgullo. Cada vez que volví a verlo en los días sucesivos, lo hallé más exaltado con su amor. Estaba más delgado, y sus ojos cargados de ojeras brillaban de fiebre. —¿Quieres hacer una cosa? Vamos esta noche a su casa. Ya le he hablado de ti. Vas a ver si es o no como te he dicho. Fuimos. No sé si usted ha sufrido una impresión semejante; pero cuando ella me extendió la mano y nos miramos, sentí que por ese contacto tibio, la espléndida belleza de aquellos ojos sombríos y de aquel cuerpo mudo se infiltraba en una caliente onda en todo mi ser. Cuando salimos, Vezzera me dijo: —¿Y?… ¿es como te he dicho? —Sí —le respondí. —¿La gente impresionable puede entonces comunicar una impresión conforme a la realidad? —Esta vez, sí —no pude menos de reírme. Vezzera me miró de reojo y se calló por largo rato. —¡Parece —me dijo de pronto— que no hicieras sino concederme por suma gracia su belleza! —¿Pero estás loco? —le respondí. Vezzera se encogió de hombros como si yo hubiera esquivado su respuesta. Siguió sin hablarme, visiblemente disgustado, hasta que al fin volvió otra vez a mí sus ojos de fiebre. —¿De veras, de veras me juras que te parece linda? —¡Pero claro, idiota! Me parece lindísima, ¿quieres más? Se calmó entonces, y con la reacción inevitable de sus nervios femeninos, pasó conmigo una hora de loco entusiasmo, abrasándose al recuerdo de su novia. Fui varias veces más con Vezzera. Una noche, a una nueva invitación, respondí que no me hallaba bien y que lo dejaríamos para otro momento. Diez días más tarde respondí lo mismo, y de igual modo en la siguiente semana. Esta vez Vezzera me miró fijamente a los ojos: —¿Por qué no quieres ir? —No es que no quiera ir, sino que me hallo hoy con poco humor para esas cosas. —¡No es eso! ¡Es que no quieres ir más! —¿Yo? —Sí, y te exijo como a un amigo, o como a ti mismo, que me digas justamente esto: ¿Por qué no quieres ir más? —¡No tengo ganas! ¿Te gusta? Vezzera me miró como miran los tuberculosos condenados al reposo, a un hombre fuerte que no se jacta de ello. Y en realidad, creo que ya se precipitaba su tisis. Se observó enseguida las manos sudorosas, que le temblaban. —Hace días que las noto más flacas… ¿Sabes por qué no quieres ir más? ¿Quieres que te lo diga? Tenía las ventanas de la nariz contraídas, y su respiración acelerada le cerraba los labios. —¡Vamos! No seas… cálmate, que es lo mejor. —¡Es que te lo voy a decir! —¿Pero no ves que estás delirando, que estás muerto de fiebre? —le interrumpí. Por dicha, un violento acceso de tos lo detuvo. Lo empujé cariñosamente. —Acuéstate un momento… estás mal. Vezzera se recostó en mi cama y cruzó sus dos manos sobre la frente. Pasó un largo rato en silencio. De pronto me llegó su voz, lenta: —¿Sabes lo que te iba a decir?… Que no querías que María se enamorara de ti… Por eso no ibas. —¡Qué estúpido! —me sonreí. —¡Sí, estúpido! ¡Todo, todo lo que quieras! Quedamos mudos otra vez. Al fin me acerqué a él. —Esta noche vamos —le dije—. ¿Quieres? —Sí, quiero. Cuatro horas más tarde llegábamos allá. María me saludó con toda naturalidad, como si hubiera dejado de verme apenas el día anterior, y sin parecer en lo más mínimo preocupada de mi larga ausencia. —Pregúntale siquiera —se rio Vezzera con visible afectación— por qué ha pasado tanto tiempo sin venir. María arrugó imperceptiblemente el ceño, y se volvió a mí con risueña sorpresa. —¡Pero supongo que no tendría deseo de visitarnos! Aunque el tono de la exclamación no pedía respuesta, María quedó un instante en suspenso, como si la esperara. Vi que Vezzera me devoraba con los ojos. —Aunque deba avergonzarme eternamente —repuse— confieso que hay algo de verdad… —¿No es verdad? —se rio ella. Pero ya en el movimiento de los pies y en la dilatación de las narices de Vezzera, conocí su tensión de nervios. —Dile que te diga —se dirigió a María— por qué realmente no quería venir. Era tan perverso y cobarde el ataque, que lo miré con verdadera rabia. Vezzera afectó no darse cuenta y sostuvo la tirante expectativa con el convulsivo golpeteo del pie, mientras María tornaba a contraer las cejas. —¿Hay otra cosa? —se sonrió con esfuerzo. —Sí, Zapiola te va a decir… —¡Vezzera! —exclamé. —… Es decir, no el motivo suyo, sino el que yo le atribuía para no venir más aquí… ¿sabes por qué? —Porque él cree que usted se va a enamorar de mí —me adelanté, dirigiéndome a María. Ya antes de decir esto, vi bien claro la ridiculez en que iba a caer; pero tuve que hacerlo. María soltó la risa, notándose así mucho más el cansancio de sus ojos. —¿Sí? ¿Pensabas eso, Antenor? —No, supondrás… era una broma —se rio él también. La madre entró de nuevo en la sala, y la conversación cambió de rumbo. —Eres un canalla —me apresuré a decirle a Vezzera, cuando salimos. —Sí —me respondió—. Lo hice a propósito. —¿Querías ridiculizarme? —Sí… quería. —¿Y no te da vergüenza? ¿Pero qué diablos te pasa? ¿Qué tienes contra mí? No me contestó, encogiéndose de hombros. —¡Anda al demonio! —murmuré. Pero un momento después, al separarme, sentí su mirada cruel y desconfiada fija en la mía. —¿Me juras por lo que más quieras, por lo que quieras más, que no sabes lo que pienso? —No —le respondí secamente. —¿No mientes, no estás mintiendo? —No miento. Y mentía profundamente. —Bueno, me alegro… Dejemos esto. Hasta mañana. ¿Cuándo quieres que volvamos allá? —¡Nunca! Se acabó. Vi que verdadera angustia le dilataba los ojos. —¿No quieres ir más? —me dijo con voz ronca y cambiada. —No, nunca más. —Como quieras, mejor… No estás enojado, ¿verdad? —¡Oh, no seas criatura! —me reí. Y estaba verdaderamente irritado contra Vezzera, contra mí… Al día siguiente Vezzera entró al anochecer en mi cuarto. Llovía desde la mañana, con fuerte temporal, y la humedad y el frío me agobiaban. Desde el primer momento noté que Vezzera ardía en fiebre. —Vengo a pedirte una cosa —comenzó. —¡Déjate de cosas! —interrumpí—. ¿Por qué has salido con esta noche? ¿No ves que estás jugando tu vida con esto? —La vida no me importa… dentro de unos meses esto se acaba… Mejor. Lo que quiero es que vayas otra vez allá. —¡No! Ya te dije. —¡No, vamos! ¡No quiero que no quieras ir! ¡Me mata esto! ¿Por qué no quieres ir? —Ya te he dicho: ¡no qui-e-ro! Ni una palabra más sobre esto, ¿me oyes? La angustia de la noche anterior tornó a desmesurarle los ojos. —Entonces —articuló con voz profundamente tomada— es lo que pienso, lo que tú sabes que yo pensaba cuando mentiste anoche. De modo… Bueno, dejemos, no es nada. Hasta mañana. Lo detuve del hombro y se dejó caer enseguida de brazos en la mesa. —Quédate —le dije—. Vas a dormir aquí conmigo. No estés solo. Durante un rato nos quedamos en profundo silencio. Al fin articuló, con la voz blanca: —Es que me dan unas ganas locas de matarme… —¡Por eso! ¡Quédate aquí!… No estés solo. Pero no pude contenerlo, y pasé toda la noche inquieto. Usted sabe qué terrible fuerza de atracción tiene el suicidio, cuando la idea fija se ha enredado en una madeja de nervios enfermos. Habría sido menester que a toda costa Vezzera no estuviera solo en su cuarto. Y aun así, persistía siempre el motivo. Pasó lo que temía. A las siete de la mañana me trajeron una carta de Vezzera. Me decía en ella que era demasiado claro que yo estaba enamorado de su novia, y ella de mí. Que en cuanto a María, tenía la más completa certidumbre; y que yo no había hecho sino confirmarle mi amor con mi negativa a ir más allá. Que estuviera yo lejos de creer que se mataba de dolor, absolutamente no. Pero él no era hombre capaz de sacrificar a nadie a su egoísta felicidad, y por eso nos dejaba libres a mí y a ella. Además, sus pulmones no daban más… era cuestión de tiempo. Que hiciera feliz a María, como él hubiera deseado… etcétera. Y dos o tres frases más. Inútil que le cuente en detalle mi perturbación de esos días. Pero lo que resaltaba claro para mí en su carta —para mí que lo conocía— era la desesperación de celos que lo llevó al suicidio. Ése era el único motivo; lo demás: sacrificio y conciencia tranquila, no tenía ningún valor. En medio de todo quedaba vivísima, radiante de brusca felicidad, la imagen de María. Yo sé el esfuerzo que debí hacer, cuando era de Vezzera, para dejar de ir a verla. Y había creído adivinar también que algo semejante pasaba en ella. Y ahora, ¡libres!, sí, solos los dos, pero con un cadáver entre nosotros. Después de quince días fui a su casa. Hablamos vagamente, evitando la menor alusión. Apenas me respondía; y aunque se esforzaba en ello, no podía sostener mi mirada un solo momento. —Entonces —le dije al fin levantándome— creo que lo más discreto es que no vuelva más a verla. —Creo lo mismo —me respondió. Pero no me moví. —¿Nunca más? —añadí. —No, nunca… como usted quiera —rompió en un sollozo, mientras dos lágrimas vencidas rodaban por sus mejillas. Al acercarme se llevó las manos a la cara, y apenas sintió mi contacto se estremeció violentamente y rompió en sollozos. Le abracé la cabeza por detrás. —Sí, mi alma querida… ¿quieres? Podremos ser muy felices. Eso no importa nada… ¿quieres? —¡No, no! —me respondió—, no podríamos… no, ¡imposible! —¡Después, sí, mi amor!… ¿Sí, después? —¡No, no, no! —redobló aún sus sollozos. Entonces salí desesperado y pensando con rabiosa amargura que aquel imbécil, al matarse, nos había muerto también a nosotros dos. Aquí termina mi novela. Ahora, ¿quiere verla a ella? ¡María! —se dirigió a una joven que pasaba del brazo—. Es hora ya: son las tres. —¿Ya? ¿Las tres? —se volvió ella—. No hubiera creído. Bueno, vamos. Un momentito. Zapiola me dijo entonces: —Ya ve, amigo mío, cómo se puede ser feliz después de lo que le he contado. Y su caso… Espere un segundo. Y mientras me presentaba a su mujer: —Le contaba a X cómo estuvimos nosotros a punto de no ser felices. La joven sonrió a su marido, y reconocí aquellos ojos sombríos de que él me había hablado, y que como todos los de ese carácter, al reír destellan felicidad. —Sí —repuso sencillamente—, sufrimos un poco… —¡Ya ve! —se rio Zapiola despidiéndose—. Yo en lugar suyo volvería al salón. Me quedé solo. El pensamiento de Elena volvió otra vez; pero en medio de mi disgusto me acordaba a cada instante de la impresión que recibió Zapiola al ver por primera vez los ojos de María. Y yo no hacía sino recordarlos. FIN Autor: Horacio Quiroga Título: Los ojos sombríos Publicado en: Cuentos de amor de locura y de muerte (1917)
- "Las brumas se ponen por la mañana", cuento de George R. R. Martin
Todavía era temprano para desayunar esa mañana del día siguiente a mi llegada. Pero Sanders ya estaba en el balcón del comedor cuando llegué. Estaba solo, de pie en un rincón, contemplando las montañas y las brumas. Fui hacia él mascullando un saludo. Ni siquiera me respondió. —¿Hermoso, no es cierto? —dijo, sin volverse. Y lo era. Tan sólo unos metros bajo el nivel del balcón las brumas ondulaban, lanzando olas fantasmales que rompían contra las piedras de su castillo. Un espeso manto blanco se extendía hasta donde alcanzaba la vista, envolviéndolo todo. Podía verse la cima del Duende Rojo, al Norte; una roca escarlata que, como aguzada daga, hendía el cielo. Pero eso era todo. Las otras montañas se hallaban bajo el nivel de las brumas. Estábamos sobre las brumas: Sanders había mandado construir su hotel en la cima de la montaña más alta de la cadena. Nos encontrábamos flotando solos en el arremolinado océano blanco, en un castillo volante en medio de un mar de nubes. Un Castillo de las Nubes en verdad. Así llamó Sanders al lugar. Era fácil ver por qué. —¿Siempre es así? —pregunté a Sanders, después de observar durante un rato. —Cada vez que se ponen las brumas —replicó—, dirigiéndome una sonrisa melancólica. Era un hombre gordo, de rostro rubicundo y talante jovial. No era de los que sonríen con melancolía. Ahora, sin embargo, es lo que hacía. Señaló al Este, donde el sol del Planeta de los Fantasmas se elevaba sobre las brumas y convertía en un espectáculo naranja y carmesí el cielo del amanecer. —El sol —dijo—. Cuando se eleva, el calor empuja las brumas de vuelta hacia los valles. Las obliga a abandonar las montañas que conquistaron durante la noche. Las brumas caen y uno por uno los picos reaparecen. Hacia mediodía la cadena entera es visible: kilómetros y kilómetros de montañas. No existe nada parecido ni en la Tierra, ni en ningún otro lugar. Sonrió nuevamente, y me condujo a una de las mesas diseminadas por la terraza. —Y cuando se pone el sol, es a la inversa. Debe ver la salida de las brumas esta noche —dijo. Nos sentamos, y un atildado camarero-robot vino rodando a servirnos tan pronto como las sillas le señalaron nuestra presencia. Sanders no hizo caso. —Es la guerra, sabe usted —continuó—, la guerra eterna entre el sol y las brumas. Y las brumas llevan las de ganar. Cuentan con los valles, los llanos y las costas. El sol sólo con algunas cimas. Y sólo durante el día. Se volvió hacia el robot y ordenó café para ambos, para entretenernos hasta que llegaran los otros. Debía ser recién hecho, por supuesto. Sanders no toleraba ni el café instantáneo ni sucedáneos en su planeta. —Parece que se encuentra a gusto aquí —dije, mientras esperábamos el café. —¿Acaso hay algo aquí que no me deba gustar? —Sanders rió—. El Castillo de las Nubes lo tiene todo. Buena comida, pasatiempos, juego, y todo el confort del hogar. Además del planeta. Cuento con lo mejor de ambos mundos, ¿no es así? —Eso creo. Pero la mayoría de la gente no piensa igual. Nadie viene al Planeta de los Fantasmas por el juego, ni por la comida. Sanders asintió. —Pero sí vienen algunos cazadores, que acosan a los gatos monteses y a los demonios de la llanura. Y de vez en cuando alguno viene por las ruinas. —Tal vez así sea —dije—, pero representan la excepción, no la regla. La mayoría de sus invitados están aquí por una única razón. —Por supuesto —admitió, sonriendo—. Por los fantasmas. —Los fantasmas —repetí—. Tiene usted muchos atractivos aquí, caza, pesca y montañismo. Pero no es eso lo que atrae a los turistas. Vienen por los fantasmas. En ese momento llegó el café; dos tazas grandes y humeantes, acompañadas de un jarro de crema espesa. Un café muy fuerte, caliente, y bueno. Después de semanas de sucedáneos, en la nave espacial, ese café era un verdadero estimulante. Sanders lo sorbió con cuidado, y sus ojos me estudiaron por encima de la taza. Luego la dejó sobre la mesa pensativo. —Y también usted ha venido por los fantasmas —dijo. —Claro. A mis lectores no les interesa el paisaje, aunque sea espectacular. Dubowski y sus hombres están aquí para descubrir los fantasmas, y yo para informar de la búsqueda. Sanders iba a responder, pero no tuvo oportunidad. Una voz precisa y afilada irrumpió en escena. —Si es que hay algún fantasma que descubrir —dijo la voz. Nos volvimos hacia la puerta de entrada a la terraza. El doctor Charles Dubowski, jefe del equipo de investigación para el Planeta de los Fantasmas, estaba parado en el pasillo, bizqueando ante la luz. Se había librado de algún modo de la bandada de asistentes que solía llevar a remolque dondequiera que iba. Dubowski se detuvo un momento, y luego se acercó a nuestra mesa, apartó una silla y se sentó. El robot-camarero rodó de nuevo hasta donde estábamos. Sanders observó al delgado científico con indisimulado desagrado. —¿Qué le hace pensar que allí no hay fantasmas, doctor? —preguntó, mirando hacia fuera. Dubowski se encogió de hombros y esbozó una sonrisa. —Sólo pienso que no hay suficiente evidencia —dijo—. Pero no se preocupe, nunca dejo que mis sentimientos interfieran con mi trabajo. Voy tras la verdad como cualquiera. De modo que llevaré a cabo una investigación imparcial. Si hay fantasmas, los encontraré. —O ellos a usted —replicó Sanders, con tono grave—, lo que puede no resultarle demasiado agradable. —Oh, vamos, Sanders —Dubowski rió—. No tiene que ponerse tan melodramático sólo porque viva en un castillo. —No se ría, doctor. Los fantasmas ya han matado gente. ¿Lo sabía? —No tenemos pruebas de ello —dijo Dubowski—. Ninguna. Ni siquiera las hay de la existencia de fantasmas. Pero ése es el motivo que nos trajo. Encontrar pruebas, en uno u otro sentido. Pero bueno, estoy hambriento… Se dirigió al robot-camarero, que había permanecido todo el tiempo allí, zumbando impacientemente. Dubowski y yo ordenamos bistec de gato montés y una bandeja de galletas calientes recién amasadas. Sanders aprovechó las provisiones traídas de la Tierra por nuestra nave la noche anterior, y pidió una buena ración de jamón y media docena de huevos. La carne de gato montés tiene un sabor del que la carne de la Tierra carece desde hace siglos. A mí me gustó mucho, aunque Dubowski dejó buena parte de su bistec sin comer. Estaba muy ocupado hablando. —No debería descartar la existencia de los fantasmas tan rápido —había dicho Sanders una vez que el robot se hubo marchado con la orden—. Hay evidencias. Muchas. Se han dado veintidós muertes desde el descubrimiento de este planeta. Y hay docenas de testigos oculares de apariciones. —Es cierto —dijo Dubowski—. Pero yo no le llamaría evidencia. ¿Muertes? Sí, pero la mayor parte simples desapariciones. Probablemente gente que se cayó de una montaña, o que fue devorada por alguna alimaña o algo así. Imposible encontrar sus cuerpos en la niebla. Más gente desaparece a diario en la Tierra, y no se saca ninguna conclusión de ello. Aquí, cada vez que alguien desaparece, la gente pretende que fueron los fantasmas. Lo siento, pero para a mí no me basta. —Se han encontrado cuerpos, doctor —dijo Sanders en voz baja—, horriblemente mutilados. Y no por caídas o por gatos monteses. Era mi turno para intervenir. —Sólo cuatro cuerpos fueron recuperados, que yo sepa —dije—. Me he documentado extensamente al respecto. —De acuerdo —concedió Sanders frunciendo el ceño—. ¿Pero qué pasó con esos cuatros casos? Se cuenta con evidencia bastante concluyente, si quieren mi opinión… En ese momento llegó la comida, pero Sanders prosiguió mientras comíamos. —La primera aparición, por ejemplo, nunca fue explicada satisfactoriamente. Me refiero a la expedición de Gregor. Asentí. Dave Gregor había pilotado la nave que descubrió el Planeta de los Fantasmas, casi setenta y cinco años atrás. Sondeó con sus sensores a través de las brumas e hizo descender la nave en las planicies costeras. Luego envió patrullas a explorar. Cada patrulla la integraban dos hombres bien armados. Pero en un caso volvió sólo uno de ellos, en estado histérico. Él y su acompañante se habían separado en la niebla y de pronto escuchó un grito que le heló la sangre. Cuando encontró a su compañero, ya estaba muerto. Pero había algo sobre su cuerpo. El superviviente describió al agresor como algo similar a un hombre, de ocho pies de altura, y, en cierto modo, incorpóreo. Sostuvo que cuando le disparó la ráfaga pasó a su través. Luego la criatura vaciló, y desapareció entre las brumas. Gregor envió otras patrullas a capturarla. Recuperaron el cadáver, pero nada más. Era difícil encontrar dos veces el mismo sitio sin instrumental especial, y más aún una criatura como la descrita. De modo que la historia nunca pudo confirmarse. Sin embargo, cuando Gregor volvió a la Tierra causó sensación. Se envió otra nave para llevar adelante una búsqueda más minuciosa. No encontraron nada. Pero uno de los equipos de patrulla desapareció sin dejar rastro. Así nació y pronto empezó a crecer la leyenda de los fantasmas de las brumas. Otras naves arribaron al Planeta, y unos cuantos colonos vinieron y se fueron. Un día llegó Paul Sanders y construyó su castillo a fin de que la gente pudiera visitar con seguridad el misterioso mundo de los fantasmas. Y hubo más muertes y desapariciones, y muchas personas afirmaron haber tenido fugaces visiones de fantasmas apareciendo entre las brumas. Más tarde, alguien encontró las ruinas, que no son hoy más que bloques de piedra derrumbados, pero que alguna vez fueron estructuras de algún tipo (moradas de fantasmas, decía la gente). Creo que existían pruebas. Algunas difíciles de rebatir. Pero Dubowski negaba firmemente con la cabeza. —El caso Gregor no prueba nada —dijo—. Usted sabe tan bien como yo que este planeta nunca ha sido explorado a fondo. En particular las planicies, donde descendió la nave de Gregor. Es probable que haya sido algún tipo de animal que mató a ese hombre. Un animal raro, originario de esa zona. —¿Y qué me dice de lo manifestado por su acompañante? —preguntó Sanders. —Histeria, pura y simple. —¿Y las otras observaciones? Las ha habido en cantidad impresionante, no todos los testigos eran histéricos. —No prueban nada —dijo Dubowski, moviendo la cabeza—. En la Tierra hay mucha gente que dice haber visto fantasmas y platillos volantes. Aquí, con estas malditas brumas, los errores y las alucinaciones son aún más explicables. Señaló a Sanders con el cuchillo con el que untaba de mantequilla una galleta. —Son estas brumas las que todo lo confunden. El mito de los fantasmas habría desaparecido hace tiempo si no fuera por las brumas. Hasta ahora, nadie tuvo el equipo o el dinero para llevar a cabo una investigación en profundidad. Nosotros lo tenemos. Y la haremos. Probaremos la verdad de una vez por todas. —Si no se hace matar antes —dijo Sanders haciendo una mueca—. Puede que a los fantasmas no les guste ser investigados. —No lo entiendo, Sanders —dijo Dubowski—. Si está asustado por los fantasmas y tan convencido de que andan por ahí rondando, ¿por qué ha vivido aquí tanto tiempo? —El castillo fue construido incluyendo medidas de seguridad —dijo Sanders—. El folleto que enviamos a nuestros eventuales clientes las describe. Aquí nadie se siente en peligro. Una cosa es cierta, y es que los fantasmas no salen de las brumas. Estamos a la luz la mayor parte del día. Claro que en los valles es otra historia. —¡Eso son tonterías, supersticiones! Si tuviera que adivinar diría que sus fantasmas de las brumas no son nada más que espectros de la Tierra trasplantados. Fantasmas de la imaginación. Pero no quiero adivinar: pienso esperar hasta ver los resultados. Entonces veremos. Si son reales, no podrán ocultársenos. Sanders me miró. —¿Y usted qué piensa? ¿Está de acuerdo con él? —Yo soy periodista —dije, con tacto—. Estoy aquí para relatar lo que suceda. Los fantasmas son famosos, interesan a mis lectores. De modo que no tengo opinión personal. O, al menos, ninguna que me interese propagar. Sanders cayó en un silencio malhumorado, y atacó el jamón y los huevos con vigor renovado. Dubowski desempeñó su papel y desvió la conversación hacia los detalles de la investigación que estaba planeando. El resto de la comida fue un despliegue de afanosas descripciones acerca de trampas para fantasmas, rutas de exploración, robots-sondas y sensores. Yo escuchaba con atención y tomaba nota mental para un artículo sobre el tema. Sanders también escuchaba atentamente. Pero por la cara que ponía se podía decir que distaba de estar satisfecho con lo que oía. Ese día no hubo mucho más. Dubowski pasó su tiempo en la pista espacial, construida sobre una pequeña meseta al pie del castillo, supervisando el desembarque de los instrumentos. Yo escribí un artículo acerca de sus planes para la expedición, y lo irradié a la Tierra. Sanders atendía sus clientes, y hacía todo lo que debe hacer un director de hotel, según creo. Volví a salir a la terraza al ocaso, para ver el ascenso de las brumas. Era la guerra, como decía Sanders. En el ocaso de las brumas, había visto al sol salir victorioso en la primera de las batallas cotidianas. Pero ahora el conflicto se reanudaba. Las brumas empezaban a arrastrarse de nuevo hacia las cumbres a medida que descendía la temperatura. Tenues zarcillos de color grisáceo se deslizaban silenciosamente desde los valles, enroscándose alrededor de los picos dentados de las montañas como garras espectrales. Luego las garras se hacían más gruesas y fuertes, y en un momento habían arrastrado las brumas tras ellas. La noche se tragaba una tras otra las rígidas cimas esculpidas por el viento. El Duende Rojo, el gigante del Norte, era la última montaña que se desvanecía en el creciente océano blanco. Luego, las brumas empezaron a envolver la terraza y a rodear el propio castillo. Volví al interior. Sanders estaba parado ahí, al borde mismo de la puerta. Me había estado observando. —Tenía usted razón —le dije—. Es hermoso. Asintió. —Sabe, no creo que Dubowski se haya tomado el trabajo de mirar —dijo. —Estará ocupado, me imagino. Sanders, suspiró. —Terriblemente ocupado. Vamos, le invito a una copa. El bar del hotel estaba tranquilo y oscuro, el tipo de atmósfera que propicia una buena charla. Cuanto más conocía del castillo, más me gustaba su dueño. Nuestros gustos se acordaban notablemente. Encontramos una mesa en el rincón más oscuro e íntimo de la sala, y ordenamos tragos de una lista que incluía licores de una docena de mundos. Y hablamos. —No parece muy contento de tener a Dubowski por aquí —dije, después que trajeron las bebidas—. Pero ¿por qué? Gracias a él se llena su hotel. Sanders levantó la vista de su vaso, y sonrió. —Es cierto, es la temporada baja. Pero no me gusta lo que él pretende hacer. —Y pretende asustarlo para que se vaya… La sonrisa de Sanders desapareció de su rostro. —¿Fue tan transparente? Asentí, y Sanders suspiró. —No pensé que fuera a dar resultado —dijo. Bebió pensativo y agregó—: Pero debía intentarlo. —¿Por qué? —Porque sí. Porque sí le dejo destruirá este mundo. Cuando él y gente como él hayan terminado su tarea, no quedará un solo misterio en el Universo. —Él sólo trata de encontrar algunas respuestas. ¿Existen los fantasmas? ¿Qué pasa con las ruinas? ¿Quién construyó? ¿Nunca trató de averiguarlo, Sanders? Sanders apuró su copa, miró a su alrededor y llamó al camarero para pedirle otra. Aquí no había robots. Sólo personal humano. Sanders cuidaba el ambiente. —Por supuesto —dijo, cuando tuvo su copa—. Todo el mundo se ha planteado esas preguntas. Por eso la gente viene al Planeta de los Fantasmas, y a mi castillo. Cada tipo que aterriza aquí trae la secreta esperanza de toparse con los fantasmas, y responder a las preguntas por sí mismo. Y como no lo hace, se mete de cabeza en las brumas y vagabundea por los bosques durante algunos días, o algunas semanas, sin encontrar nada. Pero ¿qué importa? Puede volver y seguir buscando. El sueño sigue en pie, con el romance, el misterio. Y, quién sabe, tal vez en uno de los viajes alcanza a percibir un fantasma a la deriva a través de las brumas. O algo que se le parezca. De ese modo regresará contento a casa, porque habrá participado de la leyenda. Habrá rozado un trocito de creación a la que todavía gente como Dubowski no arrebataron su maravilla y fulgor. Se calló, mirando taciturno su copa. Luego, tras una larga pausa, prosiguió: —¡Dubowski! ¡Bah! Me saca de quicio. Viene aquí con su nave llena de lacayos, su subvención de millones y todos sus artilugios para perseguir fantasmas. Y los encontrará. Eso es lo que me preocupa. Es decir, probará que no existen, y si los encuentra resultarán ser alguna clase de subhombres o animales o algo por el estilo. Apuró de nuevo el contenido de su copa, rabioso. —Y lo echará todo a perder. Arruinarlo, ¿me oye? Responderá a las preguntas con sus artilugios, y no dejará nada para nadie. No es justo. Estaba sentado, bebiendo tranquilamente mi trago, sin decir nada. Sanders pidió otro. Un pensamiento tonto me daba vueltas por la cabeza. Al final tuve que decirlo en voz alta. —Si Dubowski responde a todas las preguntas —dije—, no habrá ya motivo para venir aquí. Usted deberá cerrar. ¿No será por eso que está tan preocupado? Sanders me dirigió una mirada airada, y por un segundo pensé que iba a pegarme. Pero no lo hizo. —Creí que usted sería diferente. Observó la puesta de las brumas, y comprendió. Al menos eso es lo que pensé. Pero seguramente me equivoqué. Meneó la cabeza hacia la puerta. —Largo de aquí —dijo. Me levanté. —Como quiera —dije—. Lo siento, Sanders, pero mi trabajo es hacer preguntas molestas como ésa. No me hizo caso y abandoné la mesa. Cuando llegué a la puerta, me volví para mirar hacia el rincón. Sanders tenía los ojos fijos en su copa y hablaba solo, en voz alta. —Respuestas —dijo, como si se tratara de algo obsceno—. Respuestas. Siempre necesitan encontrar respuestas. Las preguntas son mucho mejor. ¿Por qué no dejarlos en paz? Me fui, dejándolo solo. Solo con su copa. Las semanas siguientes fueron febriles, para la expedición y para mí. Dubowski se ocupó de las cosas en profundidad, era preciso reconocerlo. Había planeado su asalto al Planeta de los Fantasmas con meticulosa precisión. Primero se levantaron mapas. Debido a las brumas, los mapas que había del Planeta eran muy incompletos para los criterios modernos. De modo que Dubowski envió una flotilla entera de robots-sonda en vuelo rasante sobre las brumas para extraerles todos sus secretos, con sofisticados artefactos sensoriales. Con la información, que llegaba a raudales, se confeccionó una detallada topografía de la región. Hecho esto, Dubowski y sus asistentes utilizaron los mapas para ubicar cada observación de fantasmas registrada desde la expedición de Gregor. Antes de dejar la Tierra se había compilado y analizado una considerable cantidad de datos acerca de las apariciones. El uso riguroso de la incomparable colección de testimonios de la biblioteca del castillo completó las lagunas que quedaban. Como se esperaba, las observaciones se referían por lo común a sitios en los valles cercanos al hotel, único lugar del planeta habitado de modo permanente por humanos. Cuando se hubo completado el plan, Dubowski dispuso sus trampas para fantasmas, distribuyéndolas sobre todo en las áreas donde se habían observado fantasmas con mayor frecuencia. También colocó algunas en regiones distantes y aisladas, incluyendo las planicies costeras en donde la nave de Gregor efectuó el primer contacto. Las trampas no eran verdaderas trampas, por supuesto. Eran pilares de duralium, desproporcionadamente bajos, equipados con prácticamente todos los artefactos sensores y registradores conocidos por la ciencia de la Tierra. Para las trampas, las brumas no contaban. Si algún desafortunado fantasma se acercaba a la zona de detección, no tendría modo de escapar a la misma. Mientras tanto, los robots-sondas eran llamados para ser revisados y programados, y luego enviados de nuevo al aire. Conociendo la topografía en detalle, las sondas podían ser dirigidas a través de las brumas en vuelos de patrulla a bajo nivel sin miedo de chocar con una montaña oculta. El equipo sensor que llevaban las sondas no era, por supuesto, igual al de las trampas, pero las sondas tenían un radio de acción mucho mayor, y podían cubrir miles de kilómetros cuadrados por día. Por último, cuando hubo desplegado las trampas para fantasmas y los robots-sondas estaban en el aire, Dubowski y sus hombres se dirigieron en persona a los bosques en brumas. Cada uno de ellos llevaba una pesada mochila con artefactos de detección y registro. Los equipos de búsqueda humanos tenían más movilidad que las trampas, y aparatos más sofisticados que las sondas. Cubrían una zona distinta cada día, revisándolo todo en detalle y concienzudamente. Los acompañé en algunas de esas incursiones, cargado con una mochila. Obtuve algunos datos interesantes; aunque no encontramos nada. Mientras buscábamos, me enamoré de los bosques de brumas. La literatura turística se complace en llamarlos «los horribles bosques del Planeta encantado». Pero no son horribles. No, realmente. Hay en ellos una rara belleza, para quienes saben apreciarla. Los árboles son delgados y muy altos, con corteza blanca y hojas de color gris pálido. Pero los bosques no carecen de color. Hay un parásito, una especie de musgo colgante, que es muy común, y que cae de las ramas altas en cascadas de verde oscuro y escarlata. Y hay rocas, y parras, y arbustos bajos repletos de deformes frutos de color rojizo. Pero, por supuesto, no hay sol. Las brumas lo cubren todo. Se arremolinan y resbalan sobre uno mientras camina, acarician con manos invisibles y se aferran a los pies. De vez en cuando, las brumas juegan con uno. La mayoría de las veces se camina a través de una espesa niebla, incapaz de ver más allá de unos cuantos pasos en cualquier dirección, aún los zapatos perdidos en la alfombra de niebla. Sin embargo a veces las brumas se hacen más densas de improviso, y no se puede ver nada en absoluto. Choqué contra más de un árbol cuando esto sucedía. En otras ocasiones las brumas, sin motivo aparente, retrocedían súbitamente y dejaban a uno solo en medio de un claro, como un bolsón dentro de una nube. Era entonces cuando podía apreciarse el bosque en toda su grotesca belleza: una visión fugaz y pasmosa del país de nunca jamás. Tales momentos eran contados y de breve duración, pero imborrables. Permanecen en la memoria. En esas primeras semanas tuve poco tiempo para caminar por los bosques, salvo cuando me unía a las expediciones, para hacerme una idea de las mismas. Por lo general, estaba ocupado escribiendo. Escribí una serie de artículos acerca de la historia del planeta, adornada por el relato de las apariciones más famosas. Escribí crónicas con el perfil de los miembros más interesantes de la expedición. Dediqué una a Sanders y a los problemas que encontró y resolvió para construir el Castillo de las Nubes. Redacté notas científicas acerca de la poco conocida ecología del planeta, y fragmentos literarios acerca de los bosques y las montañas. Expuse algunas hipótesis acerca de las ruinas y, finalmente, escribí sobre la caza de los gatos monteses y sobre montañismo, y acerca de los enormes y peligrosos lagartos que habitaban algunas de las islas alejadas de la costa. Y, por supuesto, escribí acerca de Dubowski y sus investigaciones. Sobre este tema, llené resmas de papel. Poco a poco, la búsqueda empezó a convertirse en una rutina y comencé a agotar la miríada de temas que ofrecía el Planeta de los Fantasmas. Mi línea de trabajo empezó a declinar. Tuve más tiempo para mí. Fue entonces que empecé a disfrutar del Planeta de los Fantasmas. Inicié paseos diarios a través de los bosques, alejándome un poco más cada día. Visité las ruinas, y volé al otro lado del planeta para ver personalmente a los lagartos de los pantanos y no por medio de la holovisión. Entablé amistad con un grupo de cazadores y cobré un gato montés. Acompañé a otro grupo a la costa oeste, donde casi morí entre las garras de un demonio de las planicies. Y también volví a conversar con Sanders. En todo este tiempo, Sanders había ignorado casi por completo a Dubowski, a mí y a cualquier individuo conectado con la caza de fantasmas. Se dirigía a nosotros de mala gana cuando se veía obligado, nos despachaba a la brevedad, y dedicaba todo su tiempo libre a los otros huéspedes. Al principio, después de la forma como me había hablado aquella noche en el bar, me preocupaba lo que pudiera hacer. Lo veía asesinando a alguien en las brumas, tratando de hacerlo aparecer como obras de los fantasmas. O acaso saboteando las trampas. Estaba seguro de que intentaría algo para asustar a Dubowski o impedir al menos el desarrollo de su investigación. Supongo que esto se debía a ver mucha holovisión. Sanders no hizo nada de eso. Tan sólo estaba de mal humor, nos miraba con rencor cuando nos cruzábamos en los corredores, y nos brindaba cooperación a regañadientes cuando era necesario. Al poco tiempo, pese a todo, empezó a recobrar su amabilidad. No hacia Dubowski y sus hombres, sino hacia mí. Presumo que se debía a mis caminatas por el bosque. Dubowski nunca salía de las brumas a menos que estuviera obligado, y en esos casos, lo hacía con desgana y volvía cuanto antes. Sus hombres seguían su ejemplo. Yo era el único comodín de la baraja. Pero es que yo en realidad no formaba parte del mismo mazo. Sanders se había dado cuenta, por supuesto. No se le escapaba nada de cuanto acontecía en su castillo. Volvió a hablar conmigo, cortésmente. Un día, por fin, incluso me invitó de nuevo a tomar unos tragos. Habían pasado dos meses del inicio de la expedición. El invierno avanzaba sobre el planeta y el castillo, y el aire se tornaba frío y vivificante. Dubowski y yo nos encontrábamos en el comedor, rezagándonos con el café tras otra excelente comida. Sanders se sentó en una mesa contigua, hablando con unos turistas. No recuerdo qué discutíamos con Dubowski. Fuera lo que fuese, Dubowski se interrumpió en cierto punto por un escalofrío. —Empieza a hacer frío aquí fuera —se quejó—. ¿Por qué no entramos? A Dubowski nunca le atrajo demasiado la terraza comedor. No estuve de acuerdo. —No se está tan mal —dije—. Además, se acerca el ocaso, una de las mejores horas del día. Dubowski volvió a estremecerse, y se levantó. —Como guste —dijo—. Pero yo me marcho. No tengo ganas de coger un resfriado sólo para que usted pueda contemplar otra puesta de brumas. Echó a andar. Pero no había dado tres pasos cuando Sanders saltó de su asiento, gritando como una bestia herida. —Puesta de brumas —vociferaba—. ¡Puesta de brumas! Lanzó una larga e incoherente catarata de obscenidades. Nunca había visto a Sanders tan enojado, ni siquiera cuando me echó del bar la primera noche. Estaba allí, temblando literalmente de rabia, con el rostro enrojecido y sus gruesos puños abriéndose y cerrándose a los costados. Me levanté de un salto, y me puse entre los dos. Dubowski me miró. Aparecía desconcertado y asustado. —¿Qué…? —iba a decir. —Váyase para adentro —le interrumpí—. Váyase a su cuarto. Váyase al salón. Váyase a algún sitio. Váyase a cualquier parte, pero váyase de aquí antes que lo maten. —Pe… pero… ¿qué pasó? ¿Qué hice? No… —La puesta de brumas es por la mañana —le dije—. Por la noche, a la caída del sol, es su salida. Y ahora váyase. —¿Eso es todo? ¿Pero por qué se puso tan… tan…? —¡VÁYASE! Dubowski movió la cabeza, como dando a entender que aún no comprendía lo sucedido. Pero se fue. Me volví hacia Sanders. —Cálmese —le dije—. Cálmese. Dejó de temblar, pero sus ojos todavía echaban chispas a espaldas de Dubowski. —Puesta de brunas —murmuraba—. Hace dos meses que ese bastardo está aquí, y todavía no sabe la diferencia entre la salida y la puesta de las brumas. —Nunca se molestó en mirar —dije—. Ese tipo de cosas no le interesan. Él se lo pierde. No hay motivo para que usted se enoje. Me miró, frunciendo el ceño. Finalmente asintió. —Sí —dijo—. Tal vez esté en lo cierto. —Suspiró—. Pero «puesta de brumas…» Demonios. Hubo un silencio, luego dijo: —Necesito un trago. ¿Me acompaña? Asentí. Nos instalamos en el mismo rincón oscuro de la primera noche, en la que debía ser la mesa favorita de Sanders. Ya se había despachado tres tragos cuando yo iba por el primero. Tragos largos. Todo en el Castillo de las Nubes era en grande. Esta vez no discutimos. Hablamos acerca de la puesta de las brumas, de los bosques, y de las ruinas. Mencionamos los fantasmas, y Sanders me contó con cariño las historias acerca de las apariciones. Las conocía todas, por supuesto, pero no tal como las contaba Sanders. En cierto punto, mencioné que había nacido en Bradbury en el curso de unas vacaciones de mis padres en Marte. Sanders abrió los ojos, y pasamos la hora siguiente contando chistes acerca de los terrícolas. También los había escuchado antes, pero como estaba un poco alegre por las copas, me parecieron todos bastante graciosos. Luego de esa noche, pasé más tiempo con Sanders que con cualquier otra persona en el hotel. Para entonces creía conocer el Planeta de los Fantasmas bastante bien, pero Sanders me demostró que estaba equivocado. Me mostró lugares escondidos en los bosques que desde entonces me obsesionan. Me llevó a una isla pantanosa donde los árboles son de un tipo desconocido y se mueven en forma horrible aunque no sople viento. Volamos al lejano Norte a otra cadena montañosa donde los picos son más altos y están cubiertos de hielo, y a una meseta en el Sur en donde las brumas se derraman eternamente sobre los bordes en una fantástica imitación de las cataratas. Yo seguía escribiendo acerca de Dubowski y su cacería de fantasmas. Pero había poco de nuevo para escribir, de modo que pasaba la mayor parte de mi tiempo con Sanders. No me preocupaba demasiado mi producción. Mi serie acerca del Planeta de los Fantasmas había tenido una excelente acogida en la Tierra y en la mayoría de las colonias, de modo que pensé que podía estar tranquilo. Pero no fue así. Apenas llevaba unos tres meses en el planeta cuando mi agencia me irradió un mensaje. En algunos sistemas de allí, en un planeta llamado Nuevo Refugio, había estallado una guerra civil. Me pedían que informara sobre ella. De cualquier manera, no había novedades en el Planeta de los Fantasmas, decían, puesto que la expedición de Dubowski se mantendría allí un año más. Pese a lo que me gustaba ese planeta, aproveché la oportunidad. Mis artículos comenzaban a perder actualidad y sentía la falta de ideas. Lo de Nuevo Refugio prometía ser algo gordo. Así que me despedí de Sanders, de Dubowski y del Castillo de las Nubes, di un último paseo por los bosques de brumas, y saqué un pasaje para la próxima nave que pasara. La guerra civil de Nuevo Refugio parecía unos fuegos artificiales. Pasé menos de un aburrido mes en el planeta. El lugar había sido colonizado por fanáticos religiosos, pero el culto original se había escindido, y ambas partes se acusaban mutuamente de herejía. Todo muy sórdido. El planeta en sí tenía el encanto de un suburbio marciano. Me desplacé lo más rápido que pude, saltando de planeta en planeta, de reportaje en reportaje. En seis meses, me encontraba de vuelta a la Tierra. Se aproximaban las elecciones, y me vi envuelto en la campaña electoral. Era lo que necesitaba. La campaña era animada, y había un millón de historias en donde escarbar. Pero en todo este tiempo me mantuve al tanto de las pequeñas noticias que llegaban del Planeta de los Fantasmas. Al final, tal como lo esperaba, Dubowski anunció una conferencia de prensa. Como residente honorario del planeta, me asignaron la tarea informativa, y enfilé hacia allí en la nave estelar más rápida que conseguí. Llegué una semana antes de la conferencia, antes que nadie. Irradié a Sanders antes de coger la nave, y éste me esperaba en el aeropuerto espacial. Nos trasladamos al salón comedor, y nos trajeron unas bebidas. —¿Y bien? —le pregunté, después de las formalidades—. ¿Sabe usted qué va anunciar Dubowski? Sanders tenía un aire taciturno. —Lo puedo suponer —dijo—. Recuperó todos sus malditos artefactos hace un mes, y ha estado comparando los registros en una computadora. Hubo un par de observaciones desde que usted nos dejó. Dubowski se trasladó horas después de cada una, y revisó el área a fondo. Nada. Eso es lo que va a anunciar, según creo. Nada. Sacudí la cabeza. —¿Tan malo es? Gregor tampoco halló nada. —No es lo mismo —dijo Sanders—. Gregor no procedió igual que Dubowski. A éste la gente le creerá, diga lo que diga. Yo no estaba tan seguro, e iba a decírselo cuando llegó Dubowski. Alguien debía de haberle informado de mi llegada. Vino dando zancadas, sonriente, me miró y se sentó con nosotros. Sanders lo estudió, y luego observó su vaso. Dubowski dirigió toda su atención sobre mí. Parecía estar satisfecho de sí mismo. Me preguntó qué estuve haciendo desde que me fui. Se lo conté, y mostró su conformidad. Por fin me decidí a preguntarle por sus resultados. —Sin comentarios —dijo—. Para eso convoqué una conferencia de prensa. —Vamos —dije—, he dado cuenta de sus tareas durante meses, mientras todo el mundo ignoraba la expedición. Creo que podría darme un adelanto. ¿Qué consiguió? Titubeó. —Bueno, de acuerdo —dijo, con dudas aún—. Pero no le dé publicidad todavía. Puede irradiarlo unas horas antes de la conferencia. Así tendrá la primicia. Asentí con la cabeza. —¿Qué es lo que halló? —Los fantasmas —dijo—. Tengo los fantasmas, en un lindo paquete con un lazo. No existen. He reunido suficiente evidencia para probarlo sin sombra de duda. Sonrió abiertamente. —¿Sólo porque usted no encontró nada? —respondí—. Tal vez se ocultaban. Si son inteligentes, tal vez sean lo bastante listos. O tal vez escapen a la capacidad de detección de sus sensores. —Vamos —dijo Dubowski—. Usted no creerá eso. Nuestras trampas para fantasmas están dotadas de todas las clases de sensores con los que podíamos contar. Si los fantasmas existiesen, deberían quedar registrados en alguna parte. Pero no existen. Teníamos las trampas preparadas en las áreas donde tres de las llamadas apariciones de Sanders tuvieron lugar. Nada. Absolutamente nada. Prueba concluyente que la gente se imaginaba ver cosas, no seres vivientes. —¿Y qué me dice de las muertes y desapariciones? —pregunté—. ¿Qué pasó con la expedición de Gregor, y otros casos típicos? Su sonrisa se hizo más amplia. —No puedo refutar todas las muertes, claro está. Pero nuestra búsqueda dio como resultado el hallazgo de cuatro esqueletos. Sacó la cuenta con los dedos. —Dos murieron en un desmoronamiento, y uno tenía marcas de garra de alimaña en los huesos. —¿Y el cuarto? —Asesinado —dijo—. El cuerpo fue enterrado en una fosa poco profunda, evidentemente por manos humanas. Un aguacero de verano lo dejó al descubierto. Constaba en los registros como desaparecido. Estoy seguro de poder hallar los otros cadáveres, si buscamos lo suficiente. Y veremos que todos murieron de muerte natural. Sanders levantó los ojos del vaso. Había amargura en su mirada. —Gregor —testarudo—. Gregor y los otros casos clásicos. La sonrisa de Dubowski se tornó satisfecha. —Ah, sí. Rastreamos el área con sumo cuidado. Mi teoría era cierta. Encontramos una tribu de monos en las inmediaciones. Unas bestias enormes, como mandriles gigantes, de sucia piel blanca. No muy lograda como especie: hallamos sólo una pequeña tribu, y se están extinguiendo. Pero seguramente es lo que vio el hombre de Gregor, exagerando su relato. Hubo un silencio. Luego habló Sanders, pero su voz sonaba abatida. —Sólo una pregunta —dijo, en voz baja—. ¿Por qué? Esto cogió a Dubowski de sorpresa, y la sonrisa desapareció de su rostro. —Usted nunca lo entendió, Sanders, ¿no es cierto? —dijo—. Fue al servicio de la verdad. Para liberar este planeta de la ignorancia y la superstición. —¿Liberar al Planeta de los Fantasmas? —dijo Sanders—. ¿Estaba acaso oprimido? —Sí —contestó Dubowski—. Oprimido por mitos estúpidos, por el miedo. Ahora quedará libre, y abierto. Ahora podremos descubrir la verdad de esas ruinas sin leyendas oscuras acerca de fantasmas semihumanos que enturbien los hechos. Podemos abrir este planeta a la colonización. La gente no temerá venir y trabajar la tierra. Vencimos el miedo. —¿Colonias, aquí? —Sanders parecía divertido—. ¿Va a traer ventiladores gigantes para dispersar las brumas, o qué? Ya hubo colonos aquí, y se marcharon: la tierra no es buena. Con todas esas montañas, no se puede cultivar. Por lo menos, no en escala rentable. No hay manera de sacar beneficios de la agricultura en este planeta. Además, hay centenares de colonias planetarias que necesitan gente. ¿Tenía tanta necesidad de que hubiera otra? ¿El Planeta de los Fantasmas debe convertirse en otra Tierra? Sanders sacudió la cabeza con tristeza, terminó su trago, y prosiguió: —Es usted el que no entiende, doctor. No se engañe. Usted no ha liberado al Planeta de los Fantasmas. Lo ha destruido. Le ha robado los fantasmas, y ha dejado un planeta vacío. Dubowski sacudió la cabeza. —Creo que está equivocado. Se encontrarán maneras justas y provechosas para utilizar este planeta. Pero aún si estuviera en lo cierto, bueno, lo siento. Lo importante para el hombre es el conocimiento. La gente como usted ha tratado de frenar el progreso desde el comienzo de los tiempos. Pero fracasaron, como ha fracasado usted. El hombre necesita saber. —Puede ser —dijo Sanders—: Pero ¿es lo único que necesita? No lo creo así. Creo que también necesita misterio, poesía y romanticismo. Creo que necesita algunas preguntas sin respuesta, para hacerlo meditar e interrogarse. Dubowski se puso de pie de manera repentina, y frunció el ceño. —Esta conversación es tan inútil como su filosofía, Sanders. No hay lugar en mi Universo para preguntas sin su correspondiente respuesta. —Pues vive usted en un Universo muy monótono. —Y usted, Sanders, vive en el hedor de su propia ignorancia. Encuentre una nueva superstición si la necesita, pero no trate de engañarme con sus cuentos y leyendas. No tengo tiempo para fantasmas. —Se dirigió a mí—. Lo veré en la conferencia de prensa —dijo. Pegó media vuelta y salió del salón a zancadas. Sanders lo miró marcharse en silencio, luego giró su silla para observar las montañas. —Están saliendo las brumas —dijo. Luego se demostró que Sanders también estaba equivocado acerca de las colonias. De hecho se estableció una, aunque no tenía nada de que vanagloriarse: algunos viñedos, unas pocas fábricas, y algunos miles de personas, todo controlado por un par de grandes compañías. Los cultivos comerciales resultaron poco rentables, con una excepción, una uva local, gorda y gris, cada grano del tamaño de un limón. El Planeta de los Fantasmas tiene un sólo producto de exportación: un vino blanco ahumado con un sabor dulce persistente. Lo llaman vino de las brumas, por supuesto. Me he acostumbrado a él con los años. Su sabor me recuerda vagamente la puesta de las brumas, y me hace soñar. Aunque eso se deberá a mí, no al vino. La mayoría de la gente lo aprecia poco. Sin embargo, a escala secundaria, es un producto lucrativo. De modo que el Planeta de los Fantasmas sigue siendo un punto de parada regular en las rutas espaciales. Por lo menos, para las naves de carga. Los turistas tiempo ha que se fueron. Sanders tenía razón en este punto. Paisajes los pueden conseguir más cerca de su casa, y más baratos. Venían por los fantasmas. Sanders también hace tiempo que se ha marchado. Era muy testarudo y tenía poco espíritu práctico como para invertir en el negocio de vinos cuando tuvo la oportunidad, de modo que se quedó en su castillo hasta el final. No sé qué pasó luego, cuando el hotel se quedó sin clientes. El castillo en sí todavía está allí. Lo vi hace algunos años, cuando me detuve un día en mi ruta hacia Nuevo Refugio por un reportaje. Se está derrumbando. Su mantenimiento es demasiado costoso. En pocos años más, no se distinguirá de las otras ruinas antiguas. Por lo demás, el Planeta no ha cambiado mucho. Las brumas siguen saliendo con la puesta del sol, y se ponen al amanecer. El Duende Rojo sigue bello y erguido contra la luz temprana de la mañana. Los bosques siguen en su sitio, y los gatos monteses siguen aullando. Sólo faltan los fantasmas. Sólo los fantasmas. FIN Bayonne, New JerseyJune, 1971 Autor: George R. R. Martin Título: Las brumas se ponen por la mañana Título Original: With Morning Comes Mistfall Publicado en: Analog Science Fiction/Science Fact, mayo de 1973 Aparece en: A Song for Lya and Other Stories (1976) Traducción: Marcelo A. Sánchez
- "Zipelbrúm", cuento de Alejandro Jodorowsky
A nadie le importó cuando encontraron su pieza desierta. La dueña dijo: «El de la 13 ha desaparecido». Siguieron comiendo. Un pensionista volcó el arroz sobre su armadura. Mientras limpiaba, un mozo aprovechó para comentar: «Yo sabía que el tal Octavio iba a desaparecer: por eso no me preocupaba de asearle la pieza». Siguieron comiendo. Octavio, en la Universidad, fue mal considerado por faltar a los cursos de Alquimia y Lanza; el profesorado llegó a despreciarlo; el Abad le negó el ingreso al Centro de Investigaciones Fonéticas y no merecía ser rechazado; era un buen estudiante aunque no de las materias que interesaban a los otros. Había creado una teoría: «La Voz no surge de las cuerdas vocales ni del aire que las remece. Existe sin que nadie la produzca. Sólo que está prisionera en los músculos de la garganta y depende de la voluntad». «Quiero libertarla. Hacer que salga por cualquier parte del cuerpo: por un ojo, por una mano. Conseguido esto, independizarla de mi voluntad. Entonces sonará cuando y por donde ella quiera. Yo la oiré». Abandonó la ciudad universitaria y arrendó un cuarto en una pensión. Como no se asomaba al corredor, llegaron a olvidarlo. El mozo no lo atendía. Su cama se pobló de parásitos y tuvo que acostumbrarse a las privaciones: podía permanecer semanas masticando pan duro y bebiendo agua. Ni siquiera necesitaba dormir; afiebrado, velaba trabajando según sus métodos. Después de mucho, cuando, como las ratas a un barco derruido, los bichos iban abandonándolo por no tener qué succionar en su piel seca, encontró lo que buscaba. Al roer aquella noche el pan y herirse con la corteza, emitió una exclamación que salió por una pierna. Enloqueció de júbilo, escapó desnudo a la calle. A nadie le importó. Siguieron comiendo. Octavio, en cueros, no podía ir lejos. Los cubos de madera del pavimento se hinchaban absorbiendo lluvia. Las llaves colgadas ante el gremio de los maestros cerrajeros sonaban removidas por el viento del mar; al mismo tiempo se balanceaban los avisos neón de las bebidas gaseosas. Detrás de los vitrales las hijas, junto al teléfono, tocaban el laúd y lejos, las flores de los naranjos enanos perfumaban el aire revuelto de los extramuros mientras Octavio seguía, con los pies descalzos, caminando sin rumbo y hablando por todas partes de su cuerpo, incluyendo las secretas. Pronto, la baja temperatura lo volteó. Cayó ante una puerta carcomida. Lo oyó maese Brumstein. Maese Brumstein fabricaba a mano sus botines. En seguida los vendía a plazos. Nadie le pagaba más de la mitad del precio estipulado. Cuando iba a cobrar el saldo, se negaban, objetando que el calzado era de mala calidad. Si el zapatero insistía, le daban una botella de aguardiente y lo echaban a palos. El anciano regresaba a la zapatería; llorando, tragaba el alcohol y, ebrio, llamaba a su dios, Zipelbrúm, muñeco de madera con voz humana que un día iba a llegar para darle la felicidad. Entonaba sus salmos cuando sintió golpear contra la puerta. «¿Quién interrumpe mi oración a esta hora? ¡Iré a ver!». Vio a Octavio tendido. Sintió estremecimientos, comezón de ojos, zumbar de oídos. Con la lengua seca dijo: «¡Llegó Zipelbrúm!»… Octavio tenía la piel tan endurecida que fácilmente se le podía confundir con madera. Maese Brumstein entró al desmayado, buscó un martillo, y clavó a Octavio en la pared, encendió tres velas delante de él y esperó. Octavio al despertar creyó que soñaba. Se encontró clavado en una pieza obscura repleta de botellas vacías, trozos de cuero y hormas de yeso; con un viejo ebrio, de rodillas, que lloraba golpeándose el pecho con un zapato a medio hacer. —¿Quién eres? —preguntó. —¡Tiene voz humana! ¡Habla sin mover la boca: es de madera! Zipelbrúm: yo sabía que alguna vez ibas a venir para traerme la felicidad. —¿Qué felicidad esperas de mí? —¡Qué me paguen las deudas!. . . ¿Será eso? Si me las pagan tendré dinero. Si uno tiene dinero es pernicioso embriagarse. Vendrá el burgomaestre y me dará un sermón: vendrá un policía y me impondrá multas; vendrán los vecinos a pedirme que entre al club de los maestros abstemios; me harán la vida imposible y ya no podré beber ni cantar mis salmos… Cierto es que no hay necesidad de salmos pidiendo que vengas porque estás aquí. ¿Qué voy a cantar ahora? Esa era mi felicidad. Tú me tienes que decir cuál será la nueva. —No sé qué pueda ser la felicidad para ti estando yo en tu pieza. —¡O me dices o te golpeo! —dijo maese Brumstein, sacando un látigo. —¡Créeme, no sé —contestó Octavio asustado. —¡Zipelbrúm lo sabe todo! —gritó el viejo y comenzó a azotarlo. Vapuleaba con tanta furia que Octavio empezó a quejarse a través de todos sus poros. Estos lamentos enardecieron más al zapatero, quien, bebiendo aguardiente y dando latigazos, amenazaba continuar golpeando durante horas. ¡Ahora tengo qué hacer cuando bebo:Azoto a mi señor Zipelbrúm! Este nuevo canto no era místico sino sensual. Algo pasó en Octavio. Exhausto, había dejado de gritar y, sin embargo, la voz le sonaba a través de las vísceras. —¡Gracias, maese Brumstein! ¡La Voz se ha liberado de mi voluntad! El zapatero estaba perplejo. Empezó a buscar. Al cabo de un tiempo se acercó al cuerpo de Octavio y apoyó una oreja. Sonrió. «El canto tiene que ser para mí». Tomó un cuchillo y hundiéndolo en el cuerpo de su dios, lo fue abriendo. Octavio quiso pedir: «Ahora que lo he logrado, no me la quites», pero no tenía voz para decirlo. Ella vibraba libre, como un animal joven. Abandonó el cadáver de su antiguo amo, recorrió el cuarto para después salir por la ventana y perderse hacia lo lejos. Maese Brumstein la oyó alejarse. Bebió un último trago, desclavó los restos, los arrastró al fondo de la casa y trepándose por el cerco, dejó caer el cuerpo abierto en el patio de su vecino. Siete grandes perros se acercaron. Maese Brumstein, mientras se disponía a dormir, exclamó: —¡No era Zipelbrúm! FIN Autor: Alejandro Jodorowsky Título: Zipelbrúm Aparece en: Cuentos de la generación del 50 (1959)
- "Soledad", cuento de Miguel de Unamuno
Soledad nació de la muerte de su madre; ya Leopardi cantó que es riesgo de muerte el nacimiento, nasce l’uomo a faticaed e rischio di morte il nascimento riesgo de muerte para el que nace, riesgo de muerte para quien le da el ser. La pobre Amparo, la madre de Soledad, había llevado en sus cinco años de casada una vida penumbrosa y calladamente trágica. Su marido era impenetrable y parecía insensible. No sabía la pobre cómo se había casado; se encontró ligada por matrimonio a aquel hombre como quien despierta de un sueño. Su vida toda de soltera se perdía en una lejanía brumosa, y cuando pensaba en ella se acordaba de sí misma, de la que fue antes de casarse, como de una persona extraña. No podía saber si su marido la quería o la detestaba. Se detenía en casa no más que para comer y dormir, para todo lo animal de la vida; trabajaba fuera, hablaba fuera, se distraía fuera. Jamás dirigió a su pobre mujer una palabra más alta o más agria que otra; jamás la contrarió en nada. Guando ella, la pobre Amparo, le preguntaba algo, consultaba su parecer, obtenía de él invariablemente la misma respuesta: «¡Bueno, sí, déjame en paz: como tú quieras!» Y este insistente «¡como tú quieras!» llegaba al corazón de la pobre Amparo, un corazón enfermo, como un agudo puñal. «¡Como tú quieras! —pensaba la pobre—; es decir, que mi voluntad no merece ni siquiera ser contradicha». Y luego el «¡déjame en paz!», ese terrible ¡déjame en paz! que amarga tantos hogares. En el de Amparo, en el que debía ser hogar de Amparo, esa terrible y agorera paz lo entenebrecía todo. Al año de casada tuvo Amparo un hijo; pero en el triste desamparo de su hogar ceniciento ansiaba una hija. «¡Un hijo! —pensaba— ¡Un hombre! ¡Los hombres siempre tienen que hacer fuera de casa!». Y así, cuando volvió a quedar encinta, no soñaba sino en la hija. Y habría de llamarse Soledad. La pobre cayó en cama gravemente enferma. Su corazón desfallecía por momentos. Comprendió que no vivía sino para dar a luz su hija, hasta ponerla en el hogar tenebroso. Llamó a su marido y dijo: «Mira, Pedro, si, como espero, es hija, le pondrás por nombre Soledad, ¿eh?». «Bueno, bien — respondió él—, tiempo habrá de pensar en ello», y pensaba que aquel día, con aquello del parto, iba a perder su partida de dominó. «Es que yo me muero, Pedro, es que no voy a poder resistir esto», añadió. «¡Aprensiones!», replicó él. «Sea —contestó Amparo—; pero si sale niña, le llamaréis Soledad, ¿eh?». «¡Bueno, sí, déjame en paz; como tú quieras!», concluyó él. Y le dejó en paz para siempre. Después de haber dado a luz a su hija sólo tuvo tiempo para percatarse de que era niña. Y sus últimas palabras fueron: «¿Soledad, eh, Pedro? ¡Soledad!». El hombre quedó suspenso y se habría anonadado si fuera él algo. ¡Viudo, a su edad, y con dos hijos pequeños! ¿Quién le cuidaría ahora la casa? ¿Quién se los criaría? Porque hasta que la niña se hiciese mayorcita y pudiera encargarse de las llaves y el gobierno… ¡Y cómo volver a casarse! No, no volvería a hacerlo. Ya sabía lo que era estar casado, ¡si lo hubiese sabido antes! Eso no le resolvía nada. No, decididamente no; no volvería a casarse. Hizo que llevasen a Soledad a un pueblo, a criarla fuera de casa. No quería molestias de niños e impertinencias de nodrizas. Harto tenía con el otro, con Pedrín, el niño de tres años ya. Soledad apenas se acordaba de los primeros años de su infancia. Allá, en la lejanía, sus últimos recuerdos eran los de aquel hogar hosco y ceniciento y aquel padre hermético, aquel hombre que comía junto a ella en la mesa y a quien veía un momento al levantarse y otro momento al ir a acostarse. Y aquellos besos litúrgicos, forzados. La única compañía le era Pedrín, su hermano. Pero Pedrín jugaba con ella en el más estricto sentido, es decir, que no jugaba en compañía de ella, sino que jugaba con ella como se juega con una muñeca. Ella, Soledad, Solita, era su juguete. Y era, como hombre que había de ser, un bruto. Como eran sus puños más fuertes, quería tener siempre razón. «Vosotras, las mujeres, no servís para nada. ¡Los que mandan son los hombres!», le dijo una vez. Era Soledad una naturaleza exquisitamente receptiva, un genio de sensibilidad. Se da con frecuencia en las mujeres este genio de la receptividad, que, como nada produce, se extingue sin que nadie lo haya conocido. Al principio acudió Soledad llorosa y herida en lo más vivo a su padre, a la esfinge, demandando justicia; pero el inflexible varón le contestaba secamente: «¡Bueno, bien, déjame en paz! ¡Daos un beso y cuidado con que esto se repita!». Así creía arreglarlo, quitándose de encima la molestia. Y acabó ello porque Soledad no volvió a quejarse a su padre de las brutalidades de su hermano, y lo soportó todo en silencio, dejando a aquél en paz y evitándose los fraternales besos de humillación. Fue espesándose y entenebreciéndose la tristeza cenicienta de su hogar. Sólo descansaba en el colegio, en el que le metió su padre como medio pensionista para quitársela así más tiempo de encima. Allí, en el colegio, supo que sus compañeras todas tenían o había tenido madre. Y un día, a la hora de cenar, se atrevió a molestar a su padre preguntándole: «Di, papá, ¿he tenido yo madre?». «¡Vaya una pregunta —respondió el hombre—, todos hemos tenido madre; ¿por qué lo preguntas?». «¿Y dónde está mi madre, papá?». «Se murió cuando tú naciste». ¡Ay, qué pena!», prorrumpió Soledad. Y entonces el padre rompió por un momento su salvaje taciturnidad, le dijo cómo su madre se había llamado Amparo y le enseñó un retrato de la difunta. «¡Qué guapa era!», exclamó la niña. Y el padre añadió: «¡Sí, pero no tanto como tú!». En esta exclamación, que se le escapó, iba el fondo de una de sus petulancias; creía que el ser su hija más guapa que la madre se lo debía a él. «Y tú, Pedrín —dijo Soledad a su hermano, animada por aquel fugitivo rescoldillo de hogar—, ¿te acuerdas tú de ella?». «¿Y cómo me he de acordar si cuando murió no tenía yo más que tres años!». «Pues yo en tu caso me acordaría», fue la respuesta de la niña. «¡Claro, las mujeres sois más listas!», exclamó el hombrecillo en ciernes. «No, pero sabemos recordar mejor». «Bueno, bueno, no digas tonterías y déjame en paz». Y se acabó el coloquio de aquella noche memorable en que Soledad supo que había tenido madre. Y tanto dio en pensar en ella, que casi la recordó. Pobló su soledad con ensueños maternales. Fueron corriendo los años, todos iguales, todos cenicientos y tristes en aquel hogar apagado. El padre no envejecía ni podía envejecer. A las mismas horas hacía todos los días las mismas cosas, con una regularidad mecánica. Y el hermano empezó a disiparse, a dar que hablar en el pueblo. Hasta que desapareció de él; Soledad no supo adónde. Quedaron padre e hija solos, solos y separados; viviendo, es decir, comiendo y durmiendo bajo el mismo techo. Por fin pareció que un día se le abriera el cielo a Soledad. Un gallardo mozo, que desde hacía algún tiempo la devoraba con los ojos cuando la veía en la calle, se dirigió a ella solicitando ser admitido a prueba como novio. La pobre Soledad vio que se le abría la vida, y aunque con unos ciertos presentimientos que en vano quería rechazar de sí, lo admitió. Y fue como una primavera. Empezó Soledad a vivir, empezó más bien a nacer. Descubriósele el sentido de muchas cosas que hasta entonces no lo tuvieran para ella; empezó a entender mucho que oyó a sus maestras y a sus compañeras de colegio, mucho que había leído. Todo parecía cantar dentro de ella. Pero a la vez descubrió toda la horrura de su hogar, y si no hubiera sido por la imagen, siempre en ella presente, de su novio, se habría arrecido allí junto a aquel hombre granítico. Fué un verdadero deslumbramiento aquel noviazgo para la pobre Soledad. Y el padre parecía no haberse enterado de nada o no querer enterarse: ni la más leve alusión de su parte. Si al salir de casa cruzaba con el novio de su hija que se acercaba a la reja, a las horas de sabroso coloquio, hacía como que no se enteraba. La pobre Soledad tuvo más de una vez intención de insinuar algo a su padre en la mesa, a la hora de cenar; pero las palabras se le cuajaban en la boca antes de salir. Y calló, siguió callando. Empezó Soledad a leer en libros que le traía su novio; empezó, gracias a él, a conocer el mundo. Y aquel joven no parecía hombre. Era cariñoso, alegre, abierto, irónico y hasta la contradecía a las veces. De su padre, del padre de ella, no le habló nunca. Fue la iniciación en la vida y fue el sueño del hogar. Soledad empezó, en efecto, a soñar lo que sería un hogar, a entrever lo que eran los hogares, los verdaderos hogares de sus compañeras que lo tenían. Y este conocimiento, este sentimiento más bien, acreció en ella el horror a la madriguera en que vivía. Y de repente, un día, cuando menos lo esperaba, vino el hundimiento. Su novio, que hacía un mes estaba ausente, le escribió una larga carta muy llena de expresiones de cariño, muy alambicadas, muy tortuosas, en que a vuelta de mil protestas de afecto le decía que aquellas sus relaciones no podían continuar. Y acababa con esta frase terrible: «Acaso llegue algún día otro que te pueda hacer feliz mejor que yo». Soledad sintió un tenebroso frío que le envolvía el alma y toda la brutalidad, toda la indecible brutalidad del hombre, es decir, del varón, del macho. Pero se contuvo devorando en silencio y con ojos enjutos su humillación y su dolor. No quería aparecer débil ante su padre, ante la esfinge. ¿Por qué? ¿Por qué la había dejado su novio? ¿Es que se había cansado de ella? ¿Por qué? ¿Es que puede un hombre cansarse de amar? ¿Cabe cansarse de amar? No, no; es que nunca la había querido. Y ella, la pobre Soledad, sedienta de amor desde que naciera, comprendió que no la había querido nunca aquel otro hombre. Y se hundió en sí misma, refugiándose en el culto a su madre, en el culto a la Virgen. Y no lloró porque su dolor no era de lágrimas; era un dolor seco y ardiente. Una noche, a la hora de cenar, la esfinge paternal abrió la boca para decir: «¿Qué? ¡Según parece se ha acabado ya eso!» Y Soledad sintió como si le atravesasen el corazón con una espada de hielo. Se levantó de la mesa, se fue a su cuarto, y exclamando «¡Madre mía!», cayó en un espasmo convulsivo. Y desde entonces el mundo le supo a vacío. Y pasaron dos años y una mañana se encontraron muerto en su cama al padre, a don Pedro. El corazón se le había parado. Y su hija, sola ahora en el mundo, no le lloró. Quedó sola Soledad, enteramente sola. Y para que su soledad fuese mayor vendió cuantas fincas le dejó su padre, realizó una modestísima fortunilla, y se fue a vivir lejos, muy lejos, donde nadie la conociera y donde ella a nadie conociera. Y esta es esa Soledad, hoy ya casi anciana, esa mujercita sencilla y noble que veis todas las tardes ir a tomar el sol a orillas del río, esa mujercita misteriosa de la que no se sabe ni de dónde vino ni de dónde es. Esa es la solitaria caritativa que en silencio remedia las necesidades ajenas que conoce y puede remediar; esa es la buena mujer a la que alguna vez se le escapa uno de esos dichos amargos, delatores del desconsuelo encallecido. Nadie sabía su historia y se llegó a propagar la leyenda de una terrible tragedia en ella. Pero, como veis, no hay en su vida tragedia alguna representable, sino a lo más esta tragedia vulgar, vulgarísima, irrepresentable, callada, que tantas vidas humanas destroza: la tragedia de la soledad. Sólo se recuerda que hace unos años vino en busca de Soledad un hombre avejentado, de prematura decrepitud, encorvado como bajo el peso del vicio, y a los pocos días de llegar murió en casa de la mujercita. «¡Era mi hermano!» Es lo único que a esta se le oyó. Y ahora, ¿comprendéis lo que es la soledad en un alma de mujer, y de mujer sedienta de cariño y hambrienta de hogar? El hombre tiene en nuestras sociedades campos en que distraer su soledad; pero una mujer que no quiere encerrarse en un convento, ¿qué ha de hacer solitaria entre nosotros? Esa pobre mujercita, a la que veis vagar a orillas del río, sin fin ni objeto, ha sentido toda la enorme brutalidad del egoísmo animal del hombre. ¿Qué piensa? ¿Para qué vive? ¿Qué lejana esperanza la mantiene? He trabado relación, no digo amistad, con Soledad y he procurado sonsacarle su sentimiento total de la vida y del destino, lo que alguien llamaría su filosofía. Hasta hoy poco o nada he conseguido; mas espero conseguirlo. Todo lo que he logrado es saber su historia, la que os acabo de contar. Fuera de esto no le oído sino reflexiones llenas de buen sentido, pero de un buen sentido frío y al parecer rastrero. Es mujer de extraordinaria cultura de libros porque ha leído mucho y de una gran clarividencia. Pero lo que es sobre todo es extremadamente sensible a las groserías y brutalidades de toda clase. Vive así, solitaria y retraída, por no sufrir los empellones de la brutalidad humana. De nosotros, los hombres, tiene una singular idea. Cuando le he sacado la conversación al respecto de los hombres, se ha limitado a exclamar: «¡Pobrecillos!». Parece que nos compadece como quien compadeciera a un cangrejo. Me ha prometido hablarme alguna vez de los hombres y del magno, del máximo, del supremo problema de la relación entre hombre y mujer. «No de la relación sexual —me dijo —, ¿eh?, entienda usted bien, no de eso, sino de la relación general entre hombre y mujer; lo mismo que sean madre e hijo, hija y padre, hermana y hermano, amiga y amigo, respectivamente, como que sean marido y mujer, novio y novia o amantes; lo importante, lo capital, es la relación general, es cómo ha de sentir un hombre a una mujer, sea su madre, su hija, su hermana, su mujer o su querida, y cómo ha de sentir una mujer a un hombre, sea su padre, su hijo, su hermano, su marido o su amante». Y espero el día en que Soledad me hable de esto. Una vez hablé con ella de esa profusión de libros eróticos con que ahora nos inundan, porque con la buena Soledad se puede hablar de todo cuidando de no herirla. Cuando le saqué esa conversación me miró inquisitivamente con sus grandes ojos claros, ojos eternamente juveniles, y con una sombra de sonrisa sobre su boca me preguntó: «Diga usted. ¡Usted comerá! ¿No es así?». «¡Claro que como!», respondí, sorprendido por la pregunta. «Pues bien, si a usted, que come, le sorprendiera leyendo un libro de cocina y pudiese yo mandar, le enviaría a la cocina a fregar las cacerolas». Y no dijo más. FIN Autor: Miguel de Unamuno Título: Soledad Publicado en: El espejo de la muerte (1913)
- "Sauce ciego, mujer dormida", cuento de Haruki Murakami
Al cerrar los ojos percibí el olor del viento. Un airecillo de mayo con turgencias afrutadas. Ahí estaba la piel, y la pulpa, blanda y jugosa, y las semillas. La fruta reventó en el aire y las semillas, convertidas en una nube de blandos perdigones, dieron contra mi brazo desnudo. Atrás, sólo dejaron un dolor tenue. —¿Qué hora es? —me preguntó mi primo. Como yo le llevaba casi veinte centímetros de estatura, me hablaba con el rostro alzado hacia mí. Eché una ojeada al reloj de pulsera. —Las diez y veinte. —¿Va bien ese reloj? —me preguntó mi primo. —Yo diría que sí. Mi primo me tiró de la muñeca y observó el reloj. Sus dedos eran finos y suaves, más fuertes de lo que cabía esperar. —Oye, ¿es caro? —No, qué va. Es una baratija —contesté echándole otro vistazo a la esfera. No hubo respuesta. Al mirar a mi primo descubrí que me observaba con una expresión de desconcierto. Aquellos dientes blancos que le asomaban entre los labios parecían huesos atrofiados. — Es una baratija —repetí articulando bien cada sílaba y mirándolo a la cara—. Es una baratija, pero funciona muy bien . Él asintió en silencio. Mi primo es sordo de la oreja derecha. Justo al empezar primaria, una pelota de béisbol le dio en la oreja y su oído se resintió. Pero esto apenas supone un impedimento a la hora de llevar a cabo sus quehaceres diarios. Va a una escuela normal, su vida se desarrolla con normalidad. En clase, a fin de poder orientar hacia el profesor la oreja izquierda, se sienta siempre en el extremo derecho de la primera fila. No saca malas notas. Por lo que respecta a los ruidos ambientales, hay épocas en que los oye bastante bien y otras en las que no. Alternativamente, como el flujo y el reflujo de la marea. Y, muy de vez en cuando, a razón de una vez cada seis meses aproximadamente, pierde casi por completo la audición de ambos oídos. Como si el silencio de la oreja derecha se hiciera más profundo y acabara sofocando los sonidos de la oreja izquierda. Cuando esto sucede, como es lógico, deja de poder llevar una vida normal e incluso tiene que faltar durante un tiempo a clase. Por qué le ocurre semejante cosa no lo saben ni los médicos. Es un caso sin precedentes. Sin tratamiento posible. —Que un reloj sea caro no quiere decir que sea bueno —dijo mi primo como si intentara convencerse a sí mismo—. El que yo tenía antes era bastante caro, pero funcionaba fatal. Me lo compraron al empezar secundaria, pero al año lo perdí y desde entonces no llevo. Como no han vuelto a comprarme otro… —Pues debe de ser complicado apañárselas sin reloj, ¿no? —¿Qué? —repuso mi primo. —¿No es complicado eso de no llevar reloj? —repetí mirándolo a la cara. —No tanto —contestó moviendo la cabeza en un ademán negativo—. Yo no vivo solo en medio de la montaña. La hora se la puedo preguntar a cualquiera. —Sí, claro —dije. Y volvimos a enmudecer durante unos instantes. Era consciente de que debería ser un poco más amable con él, hablarle de esto y de lo otro. Intentar disipar el nerviosismo que sentía antes de llegar al hospital. Pero habían transcurrido cinco años desde que nos vimos por última vez. Durante esos cinco años, mi primo había pasado de los nueve a los catorce años, y yo, de los veinte a los veinticinco. Y ese lapso de tiempo había levantado entre nosotros una barrera opaca imposible de atravesar. Me esforzaba en pronunciar las palabras oportunas, pero éstas se negaban a acudir a mis labios. Y a cada balbuceo, a cada omisión, mi primo me miraba con expresión apurada. Con la oreja izquierda ligeramente vuelta hacia mí. —¿Qué hora es? —me preguntó mi primo. —Las diez y veintinueve —le contesté. El autobús llegó a las diez y treinta y dos minutos. El autobús era mucho más moderno que los de mi época de instituto. El cristal de la ventanilla del conductor era grande; parecía un enorme bombardero desprovisto de alas. Y estaba más lleno de lo que esperaba. No tanto como para que hubiese gente de pie en el pasillo, pero lo suficiente para que no pudiéramos sentarnos juntos. Así que optamos por permanecer de pie ante la salida posterior. De todas formas, el trayecto no era demasiado largo. Lo que yo no lograba explicarme era por qué había tanta gente a aquella hora. El autobús iniciaba su trayecto en una estación de los ferrocarriles privados, recorría una urbanización de la zona alta y volvía a la estación: a lo largo del camino no había ningún lugar de interés turístico ni ninguna institución. Había algunos colegios y, a la hora de ir a la escuela, el autobús estaba siempre lleno, pero a mediodía no tendría por qué estarlo tanto. Mi primo se agarró con una mano a la barra y yo, a la correa que colgaba del techo. El autobús brillaba, parecía recién salido de fábrica. Los metales relucían, sin una nube que los empañara, tan limpios que podías ver tu cara reflejada en su superficie. El tapizado de los asientos era tupido, y las señales de orgullo y optimismo características de las máquinas nuevas, eran evidentes, incluso, en cada uno de los pequeños tornillos. Que el autobús fuera nuevo y que estuviese más lleno de lo que yo suponía me desconcertó. Tal vez hubiese cambiado de trayecto sin que yo lo supiera. Recorrí el interior del vehículo con ojos atentos, miré hacia fuera. Pero allí sólo encontré la apacible zona residencial de costumbre. —Vamos bien con este autobús, ¿verdad? —me preguntó mi primo con inquietud. Tal vez le preocupara la expresión de desconcierto que asomaba a mi rostro desde que habíamos montado en el autobús. —Sí, tranquilo —le dije, a medias para convencerme a mí mismo—. No hay equivocación posible. Es la única línea que pasa por aquí. —Antes cogías este autobús para ir al colegio, ¿verdad? —me preguntó mi primo. —Sí. —¿Y a ti te gustaba la escuela? —No mucho —le dije con franqueza—. Pero allí veía a mis amigos, e ir a clase tampoco era tan duro que digamos. Mi primo reflexionó sobre lo que le había dicho. —Y a esos amigos, ¿los ves todavía? —No, ya hace mucho que no he vuelto a verlos —respondí eligiendo las palabras con cuidado. —¿Y por qué? ¿Por qué no os veis? —Porque vivimos muy lejos. —No era cierto, pero tampoco tenía otra explicación que darle. Cerca de mí estaba sentado un grupo de ancianos. Habría unos quince en total. A ellos se debía, en realidad, que el autobús estuviera tan lleno. Los ancianos estaban todos muy morenos. Lucían un bronceado uniforme hasta en el cogote. Y todos, sin excepción, estaban delgados. La mayoría de los hombres vestía camisa gruesa de montaña, la mayoría de las mujeres, una blusa sencilla sin adornos. Sobre sus rodillas descansaban mochilas pequeñas, de esas que se llevan a las pequeñas excursiones a la montaña. Todos los ancianos presentaban un aspecto sorprendentemente parecido. Como si alguien hubiera sacado un cajón de muestras clasificado al detalle y lo hubiera traído tal cual. Pensándolo bien, era muy extraño. Rutas para ir a la montaña, a lo largo de aquella línea, no había ninguna. ¿Adónde diablos se dirigían? Agarrado a la correa, intenté dilucidarlo, pero no se me ocurrió ninguna explicación. —¿Crees que esta vez me harán daño? —me preguntó mi primo. —Pues no lo sé —dije—. Apenas he oído nada sobre el tratamiento. —¿Y tú? ¿Has ido alguna vez al otorrino? Sacudí la cabeza en ademán negativo. Ahora que lo pensaba, no había ido jamás, ni siquiera una sola vez en toda mi vida. —¿Las otras veces te ha dolido mucho? —le pregunté. —No, no tanto —contestó mi primo poniendo cara hosca—. No es que no me haya dolido nada , algunas veces me ha dolido algo . Pero no se puede decir que me hayan hecho un daño horroroso . —Pues, entonces, esta vez irá igual. Por lo que dice tu madre, no parece que el tratamiento vaya a variar gran cosa. —Pero si me hacen lo mismo de siempre, esta vez tampoco me curaré, ¿no? —Vete a saber. A veces las cosas pasan así, por las buenas. —¿Como si se descorchara una botella de repente? —dijo mi primo. Le eché una rápida ojeada, pero en su rostro no advertí la menor sombra de sarcasmo. —Con un médico distinto, todo es diferente y quizás un cambio en el tratamiento, por pequeño que sea, pueda tener una gran importancia. No debes desanimarte tan fácilmente. —Yo no estoy desanimado —replicó mi primo. —¿Harto, entonces? —Pues sí, la verdad —suspiró—. Lo peor es el miedo. Lo más horrible, lo que más miedo me da, no es el dolor en sí, es imaginar el daño que pueden llegar a hacerme. ¿Me entiendes? —Creo que sí —le respondí. Aquella primavera me habían sucedido muchas cosas. Debido a una serie de circunstancias había dejado la pequeña agencia de publicidad de Tokio donde había trabajado los últimos dos años. Por esas mismas fechas, había roto con la chica con la que había estado saliendo desde la universidad. Un mes más tarde, mi abuela moría de cáncer de intestino y yo regresaba a esta ciudad, después de cinco años de ausencia, cargado sólo con una pequeña bolsa, para asistir a los funerales. Mi habitación seguía tal como yo la había dejado. En las estanterías se alineaban los libros que yo había leído, allí estaba la cama donde yo había dormido y el pupitre que había usado, los viejos discos que había escuchado. En aquella habitación todo estaba reseco, perdidos el color y el aroma que habían poseído en el pasado. Sólo el tiempo permanecía inalterado, de una manera casi prodigiosa. Pensaba tomarme unos dos o tres días de descanso tras los funerales y, luego, regresar a Tokio. Tenía contactos y quería ver si se concretaban en un nuevo empleo. También quería mudarme, empezar de nuevo en un decorado distinto. Pero conforme pasaba el tiempo se me hacía más difícil ponerme en pie. No. Hablando con propiedad, aunque me esforzara en moverme, era incapaz de hacerlo. Encerrado en mi habitación, escuchaba mis viejos discos, releía las novelas que había leído mucho tiempo atrás, a veces arrancaba los hierbajos del jardín. No veía a nadie, no hablaba con nadie excepto con los miembros de mi familia. Un día vino mi tía y me dijo que mi primo iba a iniciar un tratamiento en un nuevo hospital y que si podía acompañarlo. En realidad tenía que haber sido ella quien lo acompañara, pero le había surgido, según me explicó, un compromiso inexcusable. El hospital estaba cerca de mi antiguo instituto y yo conocía bien la zona, además, no tenía nada que hacer aquel día, así que no había ninguna razón para negarme. Mi tía me tendió un sobre con dinero diciendo que luego nos fuéramos a almorzar los dos juntos. El motivo por el cual mi primo cambiaba de hospital era porque el tratamiento que recibía en el anterior no había surtido efecto. Peor aún, los periodos en que empeoraba eran cada vez más frecuentes. Cuando mi tía se quejó, el médico apuntó que las causas no pertenecían al ámbito de la medicina, que debían de hallarse en el entorno familiar, y ambos se enzarzaron en una pelea. Hablando con franqueza, nadie esperaba que el cambio de hospital propiciara una súbita mejoría en las condiciones auditivas de mi primo. Nadie lo formulaba en voz alta, claro está, pero lo cierto es que todo el mundo había perdido ya la esperanza de que se recuperara. Mi primo y yo vivíamos cerca, pero, llevándonos como nos llevábamos más de diez años, jamás habíamos mantenido una relación muy estrecha. En las reuniones familiares, yo me limitaba a sacarlo a pasear o a jugar con él. A pesar de ello, los parientes empezaron a asociarnos el uno al otro. Empezaron a creer que él sentía un cariño especial por mí y que yo sentía, a mi vez, una debilidad especial hacia él. Durante mucho tiempo no entendí la razón. Pero, en aquel momento, al mirarlo con la cabeza un poco ladeada y la oreja izquierda vuelta hacia mí, me sentí extrañamente conmovido. Como el rumor de la lluvia oído largo tiempo atrás, aquella postura envarada caló en mi corazón. Y creí adivinar por qué nuestros parientes se empeñaban en asociarnos el uno al otro. Cuando el autobús hubo efectuado siete u ocho paradas, mi primo volvió a alzar inquieto los ojos hacia mí. —¿Falta mucho todavía? —Sí, tranquilo. El hospital es muy grande, es imposible que nos pasemos de largo. Yo miraba distraídamente cómo el aire que entraba por las ventanillas hacía ondear con dulzura la visera de los sombreros y los pañuelos anudados al cuello de los ancianos. ¿Quién diablos era aquella gente? ¿Y adónde diablos iba? —Oye, ¿vas a trabajar en la empresa de mi padre? —me preguntó mi primo. Lo miré sorprendido. Su padre, es decir, mi tío, poseía una imprenta bastante grande en Kobe. Pero yo jamás había contemplado la posibilidad de trabajar en ella. Tampoco me habían hecho ninguna propuesta en ese sentido. —A mí nadie me ha dicho nada —dije—. ¿Por qué? Mi primo enrojeció. —Se me ha ocurrido, así, sin más —respondió—. Pero a mí me gustaría. Así te quedarías aquí. Y todo el mundo estaría contento. La voz pregrabada anunció por los altavoces la siguiente parada de autobús, pero nadie apretó el botón solicitándola. Tampoco se veía a nadie en la calle esperando. —Es que tengo cosas que hacer en Tokio —dije. Mi primo asintió en silencio. «En realidad, no tengo nada que hacer en ninguna parte. Pero el último lugar donde puedo estar es aquí». Conforme el autobús fue subiendo la cuesta de la montaña, las hileras de edificios se hicieron más escasas. El tupido ramaje de los árboles arrojaba una densa sombra sobre la calzada. Empezaron a aparecer casas de estilo extranjero, de paredes pintadas y vallas bajas. El aire era fresco. Cada vez que el autobús tomaba una curva, el mar aparecía bajo nuestros ojos para desaparecer a continuación. Mi primo y yo fuimos siguiendo con la mirada el paisaje hasta llegar al hospital. Mi primo me dijo que la visita sería larga y que no me necesitaba, que lo esperara en alguna parte. Tras dirigir un breve saludo al médico, salí de la sala de consulta y me dirigí a la cafetería. Aquella mañana apenas había desayunado y tenía el estómago vacío, pero en el menú no encontré nada que me despertara el apetito. Al final, pedí sólo un café. Era un día laborable por la mañana y en el comedor, aparte de mí, únicamente había una familia. El que debía de ser el padre era un hombre cuarentón, con un pijama a rayas azul marino y unas zapatillas de plástico. La madre y las dos niñas pequeñas, gemelas, estaban de visita. Las dos gemelas vestían idénticos vestidos blancos y ambas estaban inclinadas sobre la mesa con cara muy seria tomándose un zumo de naranja. Las heridas o la enfermedad del padre no parecían ser graves y en el rostro de todos, tanto en el de los padres como en el de las hijas, se reflejaba el aburrimiento. Al otro lado de la ventana se extendía el césped. El sistema de aspersión giraba ruidosamente esparciendo sobre la hierba gotas de blancos destellos. Dos pájaros de largas colas y chillido estridente cruzaron el césped en línea recta para desaparecer, al instante, de mi campo visual. En un extremo de la extensión de hierba había unas canchas de tenis, sin redes, y no se veía un alma en ellas. Más allá de las pistas había unas hileras de olmos y, a través de las ramas, se divisaba el mar. Aquí y allá, pequeñas olas centelleaban al sol de principios de verano. El viento que soplaba a través de los árboles hacía oscilar las hojas verdes de los olmos y desviaba levemente la regular aspersión del sistema de riego. Tuve la sensación de haber visto aquella escena en el pasado, en algún otro lugar. Un amplio cuadro de césped, dos gemelas tomando zumo de naranja, unos pájaros de larga cola que volaban a alguna parte, el mar asomando tras unas pistas de tenis sin red… Pero se trataba de una ilusión. Era una sensación terriblemente vívida e intensa, pero yo sabía que no era más que una ilusión. Era la primera vez que pisaba aquel hospital. Apoyé los dos pies en la silla de delante, respiré hondo y cerré los ojos. En la oscuridad vi una masa blanca. Se dilataba y contraía en silencio como un microorganismo bajo la lente del microscopio. Mutaba y se multiplicaba, se dispersaba y volvía a agruparse. Hacía ochos años que había ido a aquel hospital. Un pequeño hospital junto al mar. Por las ventanas de la cafetería sólo se veían unos laureles. El edificio era viejo y olía siempre a lluvia. Habían operado del pecho a la novia de un amigo mío y habíamos ido a visitarla los dos. Eran las vacaciones estivales del segundo año de instituto. No fue una intervención quirúrgica importante. Sólo le corrigieron la posición de una costilla que, de nacimiento, ella tenía ligeramente desplazada hacia dentro. Tampoco se trató de una operación de urgencia, sino de una de esas operaciones ineludibles que, ya que tienes que hacértela un día u otro, te la quitas de encima en cuanto puedes. La intervención en sí fue muy breve, pero después tuvo que hacer reposo, así que permaneció hospitalizada unos diez días. Nosotros dos fuimos a verla al hospital montados en una Yamaha 125 c.c. A la ida condujo él, a la vuelta, yo. Me había pedido que lo acompañara. «No quiero ir solo al hospital», me dijo. Mi amigo se pasó por la confitería que había enfrente de la estación y compró unos bombones. Yo me agarraba con una mano a su cinturón mientras, con la otra, asía la caja de los bombones. Aquel día hacía calor y nuestras camisas se empaparon enseguida de sudor para, acto seguido, secarse al viento. Mientras conducía, mi amigo cantaba una cancioncita estúpida a voz en cuello. Aún recuerdo el olor de su sudor. Aquel amigo murió poco después. La novia llevaba un pijama azul y, sobre los hombros, una fina bata que le llegaba hasta las rodillas. En la cafetería nos sentamos los tres a una mesa, nos fumamos unos Short Hope, bebimos Coca-Cola y comimos helados. Ella tenía mucho apetito y se tomó dos donuts espolvoreados con azúcar y un cacao con toneladas de nata. Ni siquiera después de zamparse todo eso pareció satisfecha. —Aquí en el hospital te pondrás como una cerdita —dijo mi amigo, atónito. —Bueno, ¿y qué? Estoy convaleciente, ¿no? —replicó ella secándose con una servilleta las yemas de los dedos, impregnadas de la grasa de los donuts. Mientras ellos hablaban, yo contemplaba los laureles al otro lado de la ventana. Los arbustos eran tan grandes y tupidos que parecían un bosque. Se oía el rumor de las olas. La barandilla de la ventana estaba oxidada por el aire húmedo del mar. El ventilador que colgaba del techo, una auténtica pieza de anticuario, removía el aire caliente de la estancia. La cafetería olía a hospital. Incluso la comida y la bebida, como de común acuerdo, estaban impregnadas de ese olor. El pijama de la chica tenía dos bolsillos en el pecho. En uno llevaba un pequeño bolígrafo dorado. Cuando se inclinaba hacia delante, tras el escote de pico se veía un pecho liso y blanco al que no le había dado la luz del sol. Mis recuerdos se detenían en este punto. Intenté recordar qué sucedió a continuación. Me tomé una Coca-Cola, contemplé los laureles, le vi el pecho y, ¿qué ocurrió después? Me removí sobre la silla de plástico y, con la mejilla apoyada en el cuenco de la mano, hurgué en los estratos más profundos de mi memoria. Como si intentara extraer un tapón clavando la punta del cuchillo en el corcho. Yo aparté la mirada e intenté imaginar cómo los médicos le rasgaban la carne del pecho, cómo introducían los dedos enfundados en guantes de plástico, cómo le corregían la posición del hueso. Me pareció terriblemente irreal. Igual que una metáfora. Sí. Luego hablamos de sexo. Fue mi amigo quien lo hizo. ¿Qué dijo? Posiblemente contó alguna anécdota referida a mí. Algún ligue frustrado o algo por el estilo. Sí, creo que se trataba de eso. Nada del otro mundo, en realidad. Pero lo exageró tanto que ella acabó riéndose a carcajadas. Incluso yo me reí. Mi amigo era muy bueno contando historias. —No me hagas reír —dijo la novia con una mueca de dolor—. Al reír me duele el pecho. —¿Dónde? —le preguntó mi amigo. Ella se apretó, por encima del pijama, un punto en la parte interior del seno izquierdo, justo donde debía encontrarse el corazón. Mi amigo bromeó sobre ello y la novia volvió a reírse. Miro mi reloj de pulsera. Son las once y cuarenta y cinco minutos y mi primo aún no ha regresado. Como se acerca la hora del almuerzo, el comedor ha empezado a llenarse. Una mezcla de sonidos diversos y de voces envuelve la estancia como si fuera una nube de humo. Regreso a mis recuerdos. Pienso en el pequeño bolígrafo dorado que la novia de mi amigo llevaba en el bolsillo del pecho. … Sí. Con ese bolígrafo ella garabateó algo en una servilleta de papel. Hizo un dibujo. Pero el papel de la servilleta era demasiado blando y la punta del bolígrafo no se deslizaba bien por su superficie. Con todo, la novia de mi amigo dibujó una colina. En la cima había una casita. Dentro de la casita había una mujer durmiendo. Alrededor de la casa crecían los sauces ciegos. Y eran éstos los que le provocaban el sueño. —¿Y qué diablos son los sauces ciegos? —preguntó mi amigo. —Pues esos árboles de ahí. —Jamás he oído hablar de ellos. —Es que me los he inventado yo —sonrió ella—. Los sauces ciegos tienen un polen muy fuerte, y cuando unas pequeñas moscas portadoras de ese polen penetran en el oído de una mujer, ésta se queda dormida. La novia de mi amigo cogió una servilleta de papel y dibujó un sauce ciego. Era un árbol de tamaño similar a la azalea. Tenía flores, pero éstas estaban rodeadas de gruesas hojas verdes. Las hojas recordaban un ramillete de colas de lagartija. Los sauces ciegos no se parecían en absoluto a los sauces de verdad. —¿Tienes tabaco? —me preguntó mi amigo. Le arrojé por encima de la mesa un paquete de Short Hope y una caja de cerillas empapados de sudor. —Los sauces ciegos parecen pequeños, pero sus raíces son terriblemente profundas —explicó ella—. De hecho, cuando llegan a determinada edad, los sauces ciegos dejan de crecer hacia arriba y empiezan a extenderse hacia abajo. Como si se nutrieran de las tinieblas. —Entonces, las moscas transportan el polen, penetran en el oído de una mujer y la duermen, ¿no? —dijo mi amigo mientras intentaba trabajosamente encender un cigarrillo con una cerilla húmeda—. ¿Y qué hacen luego esas moscas? —Se quedan dentro del cuerpo de la mujer y van comiéndose su carne, claro —explicó ella. —¡Ñam! ¡Ñam! —dijo mi amigo. Sí. Aquel verano, ella estaba escribiendo un largo poema sobre los sauces ciegos y nos explicó de qué iba. Eran sus únicos deberes de verano. Se inventó una historia basada en un sueño que había tenido una noche y tardó una semana en escribir, en la cama, una larga poesía. Mi amigo dijo que la quería leer, pero ella se negó aduciendo que todavía no había perfilado los detalles y, a cambio, hizo un dibujo y nos explicó el contenido de la poesía. Un joven subió a la colina para salvar a la mujer dormida por el polen de los sauces ciegos. —Ése soy yo. Seguro —intervino mi amigo. Ella sacudió la cabeza. —No, no eres tú. —¿Y tú, eso, puedes saberlo? —preguntó mi amigo. —Sí —dijo ella con la cara muy seria—. No sé cómo, pero lo sé. ¿Te sienta mal? —Pues, claro. ¡Tú dirás! —dijo mi amigo, medio en broma, frunciendo el entrecejo. El joven iba subiendo despacio la colina y abriéndose paso entre los frondosos sauces ciegos. A decir verdad, era la primera persona que subía la colina desde que los sauces ciegos se habían adueñado de ella. Con la gorra encasquetada hasta la cejas, el joven avanzaba ahuyentando con una mano las moscas que pululaban a su alrededor. Para ver a la joven dormida. Para despertarla de su largo y profundo sueño. —Pero, allá en lo alto de la colina, las moscas ya habían devorado el cuerpo de la mujer, ¿verdad? —dijo mi amigo. —En cierto sentido —respondió ella. —Eso de que, en cierto sentido, su cuerpo haya sido devorado por las moscas debe de significar que, en cierto sentido, ésta es una historia triste. Seguro —dijo mi amigo. —Pues, tal vez —dijo ella tras reflexionar unos instantes—. ¿Qué te parece a ti? —me preguntó. —Pues que suena, en efecto, a historia triste —respondí. Mi primo volvió a las doce y veinte minutos. Tenía la mirada perdida y llevaba una bolsa con medicamentos en la mano. Plantado en la entrada de la cafetería, tardó mucho tiempo en localizar mi mesa. Sus pasos eran rígidos, como si le costara mantener el equilibrio. Al tomar asiento frente a mí, aspiró una profunda bocanada de aire, como si hubiera estado tan ocupado que se le hubiese olvidado respirar. —¿Cómo ha ido? —le pregunté. —¡Uf! —suspiró mi primo. Aguardé unos instantes a que empezara a hablar, pero no dijo nada. —¿Tienes hambre? —le pregunté. Mi primo asintió en silencio. —¿Tomamos algo aquí, entonces? ¿O cogemos el autobús y vamos a comer a la ciudad? ¿Qué prefieres? Mi primo recorrió el interior del local con mirada dubitativa y dijo: —Aquí mismo está bien. Compré los tiquets y pedí el almuerzo para dos. Hasta que nos trajeron la comida, mi primo estuvo contemplando en silencio el paisaje al otro lado de la ventana. El mar, la hilera de robles, los aspersores: la misma vista, en definitiva, que había estado contemplando yo hacía unos instantes. En la mesa contigua, un matrimonio de mediana edad, muy atildado, comía unos sándwiches y hablaba de un conocido suyo ingresado por cáncer. De que si cinco años atrás le habían prohibido fumar pero que, al parecer, ya entonces era demasiado tarde, de que si al levantarse escupía sangre, cosas por el estilo. La mujer preguntaba y el marido respondía. El marido le explicó que, en cierto sentido, el cáncer era el reflejo de la vida de quien lo padecía. Nuestro almuerzo consistió en hamburguesas y pescado blanco frito. Ensalada y pan. Comimos el uno frente al otro, en silencio. Mientras tanto, el matrimonio siguió hablando con pasión de la génesis del cáncer. Por qué se había extendido tanto en los últimos tiempos, por qué no había sido posible conseguir un medicamento eficaz, cosas por el estilo. —En todas partes, igual —dijo mi primo con voz carente de inflexión contemplándose las dos manos—. Siempre te preguntan las mismas cosas, todos te hacen las mismas pruebas. Estábamos delante del hospital, sentados en un banco esperando el autobús. Sobre nuestras cabezas, el viento mecía de vez en cuando las hojas de los árboles. —¿Y hay veces en que pierdes el oído por completo? —le pregunté a mi primo. —Sí —respondió él—. Y no oigo nada. —¿Y qué se siente en esos momentos? Mi primo se quedó reflexionando con la cabeza ladeada. —De pronto, va y no oyes nada. Pero tardas mucho tiempo en darte cuenta. No oyes ningún sonido. Como si estuvieras en el fondo del mar con tapones en los oídos. Eso continúa durante un tiempo. Mientras, no oyes nada, pero no se trata sólo del oído. No oír es sólo una parte de todo eso . —¿Es desagradable? Mi primo hizo un breve y categórico gesto negativo con la cabeza. —No sé por qué, pero no. Tiene inconvenientes, eso sí. No poder oír nada. Intenté hacerme una idea. Pero ninguna imagen acudió a mi cabeza. —¿Has visto Fuerte Apache de John Ford? —me preguntó mi primo. —Sí, la vi hace mucho tiempo —respondí. —El otro día la pusieron en la televisión. Es muy interesante. —Sí, sí que lo es —asentí. —Al principio de la película sale un general recién destinado al fuerte. A este general sale a recibirlo un capitán veterano, que es John Wayne. El general no conoce todavía la situación en la que se encuentra el Oeste. Y en los alrededores del fuerte los indios se han rebelado. Mi primo se sacó del bolsillo un pañuelo blanco doblado y se secó las comisuras de los labios. —Al llegar al fuerte, el general se dirige a John Wayne y le dice: «De camino hacia aquí he visto a algunos indios». Entonces, John Wayne, con rostro impasible, le responde: «No hay de qué preocuparse, mi general. Si dice usted que ha visto indios, es que los indios no estaban allí». No recuerdo las palabras exactas, pero era algo por el estilo. ¿Entiendes lo que quiere decir? No recordaba que en Fuerte Apache existiera tal diálogo. Me daba la impresión de que era un poco demasiado abstruso para tratarse de una película de John Ford. Pero hacía ya mucho tiempo que la había visto. —Pues querrá decir que lo que cualquiera puede ver no tiene gran importancia. Vaya, eso me parece. Mi primo frunció el entrecejo. —Tampoco acabo de entenderlo yo, pero cada vez que alguien me compadece por lo del oído, no sé por qué, pero me acuerdo de estas palabras: «Si dice usted que ha visto indios, es que los indios no estaban allí». Me reí. —¿Es raro? —me preguntó mi primo. —Sí, lo es —dije. Mi primo también se rió. Hacía tiempo que no lo veía reír. Tras dejar pasar unos instantes, mi primo dijo como si me confiara algo: —Oye, ¿puedes mirarme el oído? —¿Mirarte el oído? —le pregunté con una ligera sorpresa. —Basta con que lo mires desde fuera. —Sí, claro. Pero ¿por qué quieres que lo haga? —Pues, no sé —contestó mi primo sonrojándose—. Es que me gustaría que miraras qué aspecto tiene. —Vale —dije—. Ahora mismo te lo miro. Mi primo se sentó dándome la espalda y encaró hacia mí la oreja derecha. Tenía la oreja muy bien formada. En sí, era de pequeño tamaño, pero la carne del lóbulo aparecía abultada como una magdalena recién horneada. Se trataba de la primera vez que le inspeccionaba la oreja a alguien. Observándola con atención pude constatar que, en comparación con otros órganos del cuerpo humano, la oreja es, desde el punto de vista morfológico, un gran enigma. Presenta, en algunos puntos, pliegues y vueltas hasta lo irrazonable, en otros, protuberancias y depresiones. Posiblemente haya ido adoptando esta curiosa forma en el transcurso de la evolución con el objeto de captar mejor los sonidos, y retenerlos. Rodeado de paredes deformes, parece un único agujero negro que se abre como si fuera la entrada de una gruta misteriosa. Pensé en las minúsculas moscas del poema de la novia de mi amigo, anidando en los oídos. Penetraban en su cálido y oscuro interior transportando un dulce polen adherido a sus seis patitas, mordisqueaban la rosada y suave carne, sorbían su jugo, ponían sus pequeños huevos en el cerebro. Pero no logré verlas. Ni oír el zumbido de sus alas. —Ya está bien —dije yo. Mi primo se dio la vuelta, cambió de posición sobre el banco. —¿Qué? ¿Qué tal? ¿Ha habido algún cambio? —Por lo que he podido ver desde fuera no ha cambiado nada. —¿Tampoco hay ningún indicio, por pequeño que sea? —Pues, no. Está de lo más normal. Mi primo pareció decepcionado. Tal vez había pronunciado las palabras equivocadas. —¿Te han hecho daño durante la visita? —le pregunté. —No mucho. Como siempre. Todos te hurgan en el mismo lugar. Deben de haberlo desgastado ya. Ni siquiera me da la impresión de que la oreja sea mía. —¡El veintiocho! —dijo poco después mi primo volviéndose hacia mí—. El veintiocho nos va bien, ¿verdad? Yo me había pasado todo el tiempo pensando en otra cosa. Cuando le oí y alcé la mirada, vi cómo el autobús tomaba la curva de la cuesta disminuyendo la velocidad. No se trataba del autobús moderno de antes sino de aquel modelo antiguo al que yo estaba acostumbrado. Al frente, colgaba el número 28. Me dispuse a levantarme. Pero fui incapaz de moverme. Los brazos y las piernas, como si estuviera en medio de una fuerte corriente, no me obedecían. Entonces me acordé de la caja de bombones que llevamos aquella tarde de verano al hospital. Cuando la novia de mi amigo abrió la caja, no quedaba ni rastro de la docena de pequeños bombones, convertidos en una masa pegajosa adherida a los papeles separadores y a la tapa. A mitad de camino hacia el hospital, mi amigo y yo habíamos detenido la motocicleta en la playa. Nos habíamos tendido en la arena a charlar. Dejamos la caja de bombones bajo el ardiente sol de agosto. Y, debido a nuestra negligencia, a nuestra arrogancia, los dulces se habían estropeado, habían perdido su forma, se habían echado a perder. Aquel día, nosotros deberíamos haber sentido algo al respecto. Alguien, uno de los dos, debería haber dicho algo con sentido, aunque no fuera mucho, sobre aquello. Pero lo cierto es que aquella tarde, nosotros no sentimos nada, intercambiamos algunas bromas estúpidas y nos separamos. Nada más. Y dejamos atrás la colina donde proliferaban los sauces ciegos. Mi primo me agarró del brazo con fuerza . —¿Estás bien? —preguntó. Volví en mí, me puse de pie. Esta vez pude levantarme sin dificultad. Pude volver a sentir en la piel aquella preciosa brisa de mayo. Luego permanecí durante unos segundos en un extraño lugar envuelto en tinieblas. En un lugar donde no existía lo visible y sí existía lo invisible. Unos instantes después, el autobús 28 real se detenía ante nuestros ojos y abría sus puertas reales. Y nosotros pasábamos a su interior y nos dirigíamos a otra parte. Apoyé una mano en el hombro de mi primo. —Estoy bien —le dije. FIN Autor: Haruki Murakami Título: Sauce ciego, mujer dormida Título Original: Mekurayanagi to nemuru onna Publicado en: Bungakukai, 1983 Traducción: Lourdes Porta Fuentes
- "El que esquivaba las balas", cuento de Ray Bradbury
El trasporte estaba cargado, listo para partir a medianoche. Los pies se arrastraban sobre las largas planchadas de madera. Se oía cantar muchas canciones. Muchos se despedían silenciosamente del puerto de Nueva York. Las numerosas luces hacían brillar las insignias militares… Johnny Choir no tenía miedo. Sus brazos temblaban dentro de su uniforme color caqui por la excitación y la inseguridad; pero no tenía miedo. Se apoyó en la baranda y pensó. El pensamiento descendió sobre él como una envoltura brillante, aislándolo de los soldados, el trasporte, el ruido. Pensó en los días de su vida… Algunos años atrás… en esos días pasados casi inadvertidamente… Días en el verde parque, junto al arroyo, bajo los umbrosos robles y olmos, cerca de los bancos de tablones grises y las alegres flores. Los chicos, entre ellos él mismo, bajaban las altas laderas como una avalancha adolescente, gritando, riendo, saltando. A veces usaban trozos de madera tallada que tenían como gatillos broches sacados de la soga para tender ropa; y como municiones, tiras de goma que chasqueaban y revoloteaban en el aire estival. Otras tenían revólveres de cebita, que hacían estallar mientras se apuntaban uno al otro. Y la mayor parte de las veces, cuando no tenían dinero para cebitas, simplemente se apuntaban con sus revólveres de latón y gritaban: —¡Bang! Estás muerto. —¡Bang, bang! ¡Te di! Sin embargo, la cosa no era tan simple. Las disputas surgían, rápidas, cortas, violentas, y terminaban en un minuto. —¡Bang, te di! —¡No, erraste por una milla! ¡Bum! ¡Ahora yo te di! —¡No, tampoco me diste! ¿Cómo podías darme? Yo tiré antes. Estabas muerto. No podías tirarme. —Ya te dije que erraste. Yo me agaché. —Vamos, no puedes esquivar una bala. Yo te apunté bien. —Pero yo la esquivé. —Estás loco. Siempre dices eso, Johnny. No sabes jugar. Yo te disparé. ¡Tienes que estar tirado! —Pero yo soy el sargento; no puedo morir. —Y yo soy más que un sargento. Soy un capitán. —Si tú eres un capitán, yo soy un general. —Y yo soy un general de división. —No juego más. Tú no juegas limpio. Y la eterna pelea para ver quién tenía razón, y la sangre que salía por la nariz, y la prometida venganza: «Se lo voy a contar a mi papá». Todo esto como una parte importante de la existencia de un potrillo salvaje de once años, con el entusiasmo incomparable de un largo verano que nunca parecía concluir. Y sólo en otoño los padres salían a correr detrás de ti y los otros potrillos terribles, para atarte y ponerte la marca del agua y el jabón detrás de las orejas, y para encerrarte en ese corral de paredes de ladrillos rojos, y una mohosa campana en la torre… Eso fue hace tanto tiempo. Hace apenas… siete años. Por dentro seguía siendo un chico. Su cuerpo había crecido, se había estirado y alargado; su piel se había curtido; sus músculos se habían endurecido; la mata de sus cabellos, de color rubio oscuro, se había oscurecido; y las líneas de la mandíbula y los ojos se habían vuelto más marcadas; sus dedos y nudillos se habían engrosado; pero el cerebro no daba la impresión de haber crecido en armonía con el resto. Todo estaba verde aún, lleno de robles y olmos altos y lozanos en el verano; un arroyo corría por allí, y los chicos andaban trepando por sus curvas, gritando: —¡Por aquí, muchachos! ¡Tomaremos por el atajo y los detendremos en el Desfiladero del Hombre Muerto! Las sirenas del barco sonaron con toda su fuerza. Los edificios de metal de Manhattan lanzaron al aire el eco de su sonido. Las planchadas resonaron ruidosamente. Gritaban las voces de los hombres. Johnny Choir se dio cuenta de todo, súbitamente. Sus rápidos y desordenados pensamientos fueron ahuyentados por la realidad del barco que salía lentamente del puerto. Sintió que sus manos le temblaban sobre la fría barandilla de hierro. Algunos muchachos cantaban «Hay un largo camino a Tipperary», formando un grupo cálidamente bullicioso. —Termina con eso, Choir —dijo alguien. Era Eddie Smith. Se acercó y rozó el codo de Johnny Choir: —Un centavo por tus pensamientos —dijo. Johnny contemplaba toda esa agua oscura y reluciente. Dijo simplemente: —¿Por qué no estoy en 4-F? Eddie Smith contempló el agua él también y se rio. —¿Por qué? Johnny Choir dijo: —No soy más que un chico. Tengo diez años. Me gustan los cucuruchos, las barras de caramelo y los patines con ruedas. Quiero a mi mamá. Smith se acarició el pequeño mentón blanco. —Tienes el más retorcido sentido del humor, Choir. ¡Dios me ayude! Dices todo lo que tienes que decir con una expresión tan solemne, que cualquiera podría pensar que estás hablando en serio… Johnny escupió lentamente del otro lado de la barandilla, en forma experimental, para ver cuánto tardaba la saliva en llegar al agua. No mucho tiempo. Entonces trató de observar adonde caía para ver durante cuánto tiempo podía seguir viéndola. No mucho tiempo, tampoco. Smith dijo: —Y aquí vamos. No sabemos adónde, pero vamos. Quizás a Inglaterra, quizás al África; quizás, ¿quién sabe adónde? —Esos, ¿esos otros tipos juegan limpio, recluta Smith? —¿Eh? Johnny Choir gesticuló. —Si les disparas a esos otros tipos en el frente, ellos tienen que caer, ¿no? —Pues claro. Pero ¿por qué…? —Y ellos no pueden volver a tirar si les tiras primero. —Ése es uno de los principios básicos de la guerra. Tú le disparas primero al otro tipo, y lo dejas fuera de combate. Pero ¿por qué tú…? —Está bien, entonces —dijo Johnny Choir. Su estómago se aflojó en forma dulce y agradable en su interior. Quedó tranquilo y alegre, y sus manos no se volvieron a crispar sobre la barandilla. —Mientras que eso sea una regla básica, no tengo nada que temer, recluta Smith. Jugaré. Jugaré bien a la guerra. Smith miró con asombro a Johnny. —Si juegas a la guerra en la forma en que tú hablas, va a ser un tipo de guerra muy extraño, se me ocurre. El sonido de la sirena del barco chocó contra las nubes. El buque abandonaba el puerto de Nueva York bajo las estrellas. Y Johnny Choir durmió durante toda esa noche como un osito de juguete… El desembarco en África fue caluroso, rápido, simple y tranquilo. Johnny cargó su equipo en sus grandes manos, que balanceaba naturalmente, encontró el camión de la compañía a la que lo habían destinado, y comenzó la larga y tórrida salida hacia el interior desde Casablanca. Se sentó, el más alto de su fila, frente a otra fila de amigos en la parte trasera del camión. Saltaron, se movieron, rieron, fumaron y bromearon durante todo el trayecto, y fue bastante divertido. Una de las cosas que notó Johnny Choir fue la circunspección que mantenían los oficiales entre sí. Ninguno de los oficiales pataleaba o gritaba: «¡Si no soy general no juego!», «¡Si no soy capitán no juego!». Recibían órdenes, daban órdenes, anulaban órdenes y pedían órdenes en un cortante estilo militar que a Johnny le pareció el mejor juego que había visto jamás. Parecía una cosa difícil estar actuando de ese modo durante todo el tiempo, pero ellos lo hacían. Johnny los admiraba por ello y nunca discutía el derecho de ellos a darle órdenes. En todas las oportunidades en que él no sabía cómo hacer algo, ellos se lo decían. Eran serviciales. Seguro. Eran muy buenos. No era como en los viejos días cuando todos discutían sobre quién iba a ser general, sargento o cabo. Johnny no decía nada de lo que pensaba a nadie. Cuando tenía tiempo para ello, simplemente alimentaba sus pensamientos y rumiaba sobre ellos. Era algo tan asombroso. Éste era el juego más grande que había jugado en su vida, con uniformes, armas más grandes y todo lo demás y… El largo y polvoriento viaje tierra adentro, por caminos traqueteantes y benditos senderos para el ganado, significó poco más que porrazos, gritos y sudor para Johnny Choir. Esto no olía a África. Olía a sol, barro, calor, sudor, cigarrillos, camiones, aceite, gasolina. Olores universales que negaban toda la oscura amenaza del África de los viejos libros de geografía. Miraba atentamente pero no veía a ningún hombre de color con pintura juju en el rostro negro. El resto del tiempo estaba demasiado ocupado en llevarse comida a la boca, y en volverse a colocar en la fila de la comida para obtener una segunda ración. Y en un tórrido mediodía, a cien millas de la frontera de Túnez, y con Johnny terminando el almuerzo, surgió del sol un Stuka alemán, y vino derecho hacia Johnny. Lanzaba ráfagas de balas. Johnny permaneció donde estaba y lo observó. Los platos de hojalata, los cubiertos y los cascos cayeron estrepitosamente, brillando a la luz del sol, sobre la dura arena, mientras los restantes miembros de la compañía se dispersaban dando alaridos, y enterraban sus narices en las trincheras y detrás de las piedras, detrás de los camiones y de los jeeps . Johnny permaneció donde estaba, sonriendo con el tipo de sonrisa que uno siempre tiene cuando mira directamente al sol. Alguien gritó: —¡Agáchate, Choir! El bombardero que venía en picada ametralló con violencia, baleando, perforando. Johnny se mantuvo erguido, con la cuchara levantada en dirección a la boca. Los impactos trazaron una hilera de pequeños hoyos que hacían volar arena hasta una distancia de pocos centímetros de él. Observó cómo la línea se acercaba instantáneamente hacia él y seguía prolongándose unos pocos metros más, hasta que el Stuka levantó sus doradas alas y se fue. Johnny lo observó hasta que se perdió de vista. Eddie Smith se asomó por encima del borde del jeep : —Choir, eres un loco. ¿Por qué no te pusiste detrás del camión? Johnny volvió a comer. —Ese tipo no le acertaría ni a la hoja de la puerta de un granero con un balde de pintura. Smith lo miró como si fuera un santo en el nicho de una iglesia. —O eres el tipo más valiente que conozco, o si no el más estúpido. —Supongo que quizá soy valiente —dijo Johnny, aunque su voz sonó un poco insegura, como si le costara decidirse. Smith resopló. —Diablos, ¡qué manera de hablar! El movimiento hacia el interior continuaba. Rommel se había atrincherado en Mareth y la 8ª división británica se estaba alistando, preparando su artillería pesada para el fuego concentrado que, según los rumores, iba a comenzar en unos cinco días. La larga hilera de camiones llegaba hasta la frontera de Túnez. El Afrika Korps había lanzado un ataque por el paso de Kasserine hasta casi la frontera de Túnez, y ahora estaban retrocediendo hacia Gafsa. —Eso es magnífico —era todo lo que decía Johnny Choir—. Eso es lo que tenía que pasar. La infantería de Choir avanzó finalmente para entrar en acción por primera vez. Iban a ver por primera vez la forma en que el enemigo corría, caía, se levantaba o permanecía quieto durante un período más largo, se escapaba, disparaba, gritaba, o simplemente se desvanecía en una nube de polvo. Cierta cómica tensión recorrió a los miembros de su unidad. Johnny la sintió y no la pudo entender. Pero también fingió estar tenso, de vez en cuando. Era divertido. No fumaba los cigarrillos que le ofrecían. —Me hacen sofocar —explicaba. Ahora se habían dado las órdenes. Las unidades norteamericanas descenderían a la llanura de Túnez y efectuarían un rápido ataque contra Gafsa. Johnny Choir iría con ellos como soldado raso. Vociferaron instrucciones y proporcionaron mapas a los jefes de las compañías, a las agrupaciones de tanques, a los autos-orugas antitanques, a la artillería, a la infantería. Los aviones de caza surcaron el cielo brillando intensamente. Johnny pensó que tenían un aspecto muy hermoso. Comenzaron las explosiones. La ardiente planicie era atravesada por una marea letal de disparos de tiradores emboscados, fuego de ametralladoras, explosiones de artillería. Y Johnny Choir corrió detrás de una formación de tanques que avanzaban, con Eddie Smith a unos diez metros delante de él. —Mantén la cabeza agachada, Johnny. ¡No te quedes tan derecho! —No me pasará nada —jadeó Johnny—. Tú sigue. Yo estoy bien. —Sólo te digo que mantengas tu cabezota agachada, ¡nada más! Corrieron. Johnny respiraba afanosamente. Se sentía como debe sentirse un prestidigitador que traga brasas cuando toma una bocanada de llamas. El aire africano quemaba como los vapores de alcohol de gas. Secaba las gargantas y los pulmones. Corrieron. Tropezando sobre lagos de guijarros y repentinas elevaciones. Todavía no habían llegado completamente a la lucha de contacto. Los hombres corrían por todas partes, como hormigas de color caqui sobre el pasto quemado. Corrían por todas partes. Johnny vio que un par de ellos caían y se quedaban tirados. «Ah, no saben cómo hay que jugar», fue el comentario que hizo mentalmente. Las piedras que rodaban a sus pies eran exactamente como aquellos brillantes guijarros que regaban el viejo arroyo seco de Fox River, Illinois. Ese cielo era el cielo de Illinois, calcinado, de color azul muy oscuro, y que brillaba con luz trémula. Impulsó su húmedo cuerpo hacia adelante, con largos saltos. Ante su vista apareció una colina, verde, alta, vasta, extrañamente verde en medio de ese calor abrasador. En cualquier momento a partir de ahora los «chicos» bajarían gritando por la ladera de esa colina… Un fuego de artillería brotó de esa colina como la erupción de alguna febril enfermedad. La artillería abrió fuego desde atrás de la colina. Las bombas caían tras dejar oír el largo gemido de su paso. En el lugar donde caían levantaban la tierra y la sacudían, la sacudían, la sacudían. Y Johnny reía. La emoción del momento se apoderó de Johnny Choir. Con sus pies en continuo avance, los tímpanos oprimidos por el martilleo de la sangre en su cabeza, balanceando naturalmente los largos brazos, y aferrando su rifle automático… Un proyectil se desprendió del cálido cielo, enterró su cabeza a diez metros de Johnny Choir y estalló con fuego, roca, metralla, violencia. Johnny dio un largo salto. —¡Fallaste! ¡Fallaste! Saltó hacia adelante, apoyando continuamente un pie después del otro. —¡Baja la cabeza, Johnny! ¡Tírate al suelo, Johnny! —vociferaba Smith. Otro proyectil. Otra explosión. Más metralla. A sólo ocho metros esta vez. Johnny sintió la poderosa fuerza, el aire, el empuje y la potencia del proyectil. Gritó: —¡Fallaste otra vez! ¡Te engañé! ¡Fallaste otra vez! —y siguió corriendo. Treinta segundos más tarde se dio cuenta de que estaba solo. Los otros habían hecho cuerpo a tierra para enterrarse, porque los tanques que los habían protegido tenían que virar y dar vuelta a la colina. Ésta era demasiado empinada como para poder escalarla con un tanque. Y sin la protección de los tanques, los hombres se enterraban. Los proyectiles zumbaban por todos lados. Johnny Choir estaba solo y eso le gustaba. Por Dios, él mismo capturaría a esa maldita colina toda entera. Si los demás querían quedarse atrás, entonces toda la diversión sería para él solo. A doscientos metros delante de él había un vibrante nido de ametralladoras, del que salían ruido y fuego como el chorro de una potente manguera de jardín. Castigaba y rociaba. Los proyectiles que rebotaban llenaban el aire cálido y estremecido de la ladera. Choir corrió. Corrió, riéndose. Con su enorme boca abierta, mostrando los dientes, hizo alto súbitamente, apuntó, disparó, rio, y siguió corriendo nuevamente. Hablaron las ametralladoras. Una línea de balas se dibujó en la tierra, como un crochet tejido por un idiota, alrededor de Johnny. Saltó, zigzagueó, corrió, saltó y zigzagueó otra vez. Cada pocos segundos gritaba: «¡Erraste!» o «¡Pude esquivar ésa!» y entonces, como algún tipo especial de nuevo tanque, avanzaba trepando la ladera, blandiendo su fusil. Se detuvo. Apuntó. Disparó. —¡Bang! ¡Te di! —gritó. Un alemán cayó en el nido de ametralladoras. Corrió nuevamente. Las balas caían velozmente como una muralla sólida y mortífera. Johnny se deslizaba a través de ella, como se desliza un actor entre telones grises, tranquilo, con naturalidad, sereno. —¡Erraste! ¡Erraste, erraste! ¡La esquivé, la esquivé! Estaba tan lejos delante de los otros, que apenas podía verlos. Tropezando más allá, efectuó tres disparos. «¡Te di! ¡Y a ti, y a ti! ¡A los tres!». Tres alemanes cayeron. Johnny gritó con alegría. El sudor le hacía brillar las mejillas, sus ojos azules estaban luminosos y ardientes como el cielo. Las balas llovían. Las balas corrían, resbalaban, destrozaban las piedras que estaban encima, alrededor, cerca, debajo, detrás de él. Saltó. Zigzagueó. Se rio. Las esquivó. El primer nido de ametralladoras alemán había sido silenciado. Johnny se dirigió hacia el segundo. Escuchó que desde alguna parte, muy lejos, una ronca voz gritaba: —¡Regresa, Johnny, maldito tonto! ¡Regresa! —la voz de Eddie Smith. Pero había tanto ruido que no podía estar seguro. Vio la expresión de las caras de los cuatro alemanes que manejaban la ametralladora más arriba de la colina. Sus rostros estaban pálidos bajo el color tostado del desierto, y tiesa y ferozmente contraídos, sus bocas estaban abiertas, sus ojos muy abiertos. Apuntaron su ametralladora directamente hacia él y abrieron fuego. —¡Erraste! Un proyectil de artillería bajó silbando desde el otro lado de la colina, y aterrizó a unos diez metros de distancia. Johnny se arrojó violentamente. —¡Cerca! ¡Pero no lo suficiente! Dos de los alemanes, huyeron, corrieron fuera del nido, gritando extravagantes palabras. Los otros dos siguieron con la ametralladora, con los rostros pálidos, derramando plomo sobre Johnny. Johnny les disparó. Dejó que los otros dos se fueran. No quería dispararles por la espalda. Se sentó y se apoyó en el nido de ametralladoras, y esperó que el resto de su unidad lo alcanzara. Observó cómo los norteamericanos brotaban como muñecos de cajas de sorpresa de un extremo a otro de la base de la colina, y venían corriendo. En unos tres minutos Eddie Smith entró tropezando en el nido. En su cara tenía la misma mirada que habían tenido los alemanes en sus rostros. Gritó al ver a Johnny. Lo agarró, lo palpó y lo miró de arriba abajo. —¡Johnny! —gritó—. ¡Johnny, estás bien, no estás herido! Johnny pensó que lo que decía era algo muy gracioso. —Claro que no —respondió Johnny—. Te dije que no me pasaría nada. Smith abrió la boca. —Pero vi que caían proyectiles de artillería cerca de ti, y ese nido de ametralladora… Johnny frunció el ceño. —Eh, recluta Smith, mira tu mano. La mano de Ed estaba roja. La metralla, alojada en la muñeca, había hecho salir un veloz hilo de sangre. —Tendrías que haberte agachado, recluta Smith. Maldición, te lo digo todo el tiempo, pero tú nunca me haces caso. Eddie Smith lo miró en forma peculiar. —Tú no puedes esquivar las balas, Johnny. Johnny rio. Era el sonido de la risa de un chico. El sonido de un chico que conoce muy bien la rutina de la guerra, y cómo llega y pasa. Johnny rio. —No discutieron conmigo, recluta Smith —dijo tranquilamente—. Ninguno de ellos discutió. Eso fue extraño. Todos los otros chicos discutían en esos casos. —¿Qué otros chicos, Johnny? —Oh, pues, los otros chicos. En el arroyo, allá en casa. Siempre discutíamos sobre quién estaba herido y quién estaba muerto. Pero hace un momento cuando yo decía «Bang, estás muerto», esos tipos jugaban como se debe. Ninguno de ellos discutió. Ninguno de ellos dijo: «Bang, yo te di primero. ¡Tú estás muerto!». No. Me dejaron ganar todo el tiempo. En los viejos tiempos ellos discutían tanto… —¿Discutían? —Claro. —Ahora, ¿qué es lo que les decías, Johnny? ¿Realmente les decías «BANG, estás muerto»! —Claro. —¿Y ellos no discutían? —No. ¿No es eso magnífico de su parte? La próxima vez creo que es justo que yo juegue como muerto. —No —interrumpió Smith. Tragó saliva y se enjugó el sudor de la cara—. No, no lo hagas, Johnny. Sigue, sigue haciéndolo exactamente como lo has hecho hasta ahora. Volvió a tragar. —Escúchame… en cuanto a eso de que esquivaste las balas, y que ellos erraban… —Claro que erraban. Claro que las esquivé. Las manos de Smith temblaban. Johnny Choir lo miró. —¿Qué pasa, recluta? —Nada. Sólo… la excitación. Y ahora me preguntaba… —¿Qué? —Me preguntaba cuántos años tienes, Johnny. —¿Yo? Tengo diez, para once. —Johnny se interrumpió y se sonrojó con culpa—. No. ¿Qué me está pasando? Tengo dieciocho, para diecinueve. Johnny miró los cadáveres de los soldados alemanes. —Ahora diles que se levanten, recluta Smith. —¿Eh? —Diles que se levanten. Ya pueden levantarse si quieren. —Bueno, este… mira, Johnny. Claro… ¡Ah! Mira, Johnny, se levantarán después que nos vayamos. Sí, así es. Después que nos vayamos. Es contra las… reglas… que ellos se levanten ahora. Quieren descansar un rato. Sí… descansar. —Oh. —Oye, Johnny. ¡Quiero decirte algo ahora mismo! —¿Qué? Smith se pasó la lengua por los labios, movió los pies, tragó saliva y maldijo en voz baja. —Oh, no es nada. Absolutamente nada. Maldición. Excepto que estoy envidioso de ti. Ojalá… Ojalá no hubiera crecido tan duramente y tan rápido. Mira, Johnny, tú vas a salir de esta guerra. No me preguntes cómo, tengo la sensación de que saldrás, eso es todo. Algo de esto está en la Biblia… Quizá yo no salga. No soy ya una criatura… Y, como no soy un chico, quizá no tenga la protección que Dios da a un niño sólo porque es un chico. Quizás crecí creyendo en cosas equivocadas… aceptando como verdaderas la muerte y las balas. Quizá sea un loco por imaginar cosas acerca de ti. Claro que lo soy. Es sólo mi imaginación lo que me hace pensar que tú eres… oh. No importa lo que suceda. Johnny, recuerda esto: Yo te voy a apoyar. —Claro que sí. Ésa es la única forma en que jugaré —dijo Johnny. —Y si alguno tratara de decirte que no puedes esquivar las balas, ¿sabes lo que le voy a hacer? —¿Qué? —¡Le voy a dar una buena patada en los dientes! Eddie, sacudiéndose nerviosamente, mostró una extraña sonrisa en los labios. —Ahora ven, Johnny, vayámonos, y vayámonos rápido. Hay otro juego… que comienza a jugarse en la colina. Johnny se entusiasmó. —¿Hay otro? —Sí —dijo Smith—. Vamos. Pasaron juntos la colina. Johnny Choir saltando, zigzagueando y riendo, y Eddie Smith siguiéndolo de cerca, mirándolo con el rostro pálido y con los ojos grandes y llenos de envidia… FIN Autor: Ray Bradbury Título: El que esquivaba las balas Título Original: The Ducker Publicado en: Weird Tales, noviembre de 1943 Traducción: Alfredo Julio Grassi – Horacio Belsaguy
- "Primera ley", cuento de Isaac Asimov
Mike Donovan contempló su vacía jarra de cerveza, se sintió aburrido, y decidió que ya había escuchado lo suficiente. Dijo en voz alta: —Si tenemos que hablar acerca de robots poco habituales, yo conocí una vez a uno que desobedeció la Primera Ley. Y, puesto que aquello era algo completamente imposible, todo el mundo dejó de hablar y se volvió para mirar a Donovan. Donovan maldijo inmediatamente su bocaza y cambió de tema. —Ayer me contaron uno muy bueno —dijo en tono conversacional— acerca de… MacFarlane, en la silla contigua a la de Donovan, dijo: —¿Quieres decir que sabes de un robot que causó daño a un ser humano? Eso era lo que significaba la desobediencia a la Primera Ley, por supuesto. —En cierto sentido —dijo Donovan—. Digo que me contaron uno acerca de… —Cuéntanos eso del robot —ordenó MacFarlane. Algunos de los otros hicieron resonar sus jarras sobre la mesa. Donovan intentó sacarle el mejor partido al asunto. —Ocurrió en Titán, hará unos diez años —dijo, pensando rápidamente—. Sí, fue en el veinticinco. Acabábamos de recibir cargamento de tres nuevos modelos de robots, diseñados especialmente para Titán. Eran los primeros de los modelos MA. Los llamados Emma Uno, Dos y Tres. —Hizo chasquear los dedos pidiendo otra cerveza, y miró intensamente al camarero—. Veamos, ¿qué viene a continuación? —He estado metido en robótica toda mi vida, Mike —dijo MacFarlane—. Nunca he oído hablar de ninguna serie MA. —Eso se debe a que retiraron todos los MA de las cadenas de montaje inmediatamente después…, inmediatamente después de lo que voy a contaros. ¿No lo recordáis? —No. Apresuradamente, Donovan continuó: —Pusimos inmediatamente a los robots a trabajar. Entendedlo, hasta entonces, la base era completamente inutilizable durante la estación de las tormentas, que dura el ochenta por ciento del período de revolución de Titán en torno a Saturno. Durante las terribles nevadas, no puedes encontrar la base ni siquiera aunque estés tan sólo a cien metros de ella. Las brújulas no sirven para nada, puesto que Titán no posee campo magnético. »La virtud de esos robots MA, sin embargo, era que estaban equipados con vibrodetectores de un nuevo diseño, de modo que podían trazar una línea recta hasta la base a través de cualquier cosa, y eso significaba que los trabajos de minería podían proseguir durante todo el período de revolución. Y no digas una palabra, Mac. Los vibrodetectores fueron retirados también del mercado, y es por eso por lo que ninguno de vosotros ha oído hablar de ellos. —Donovan tosió—. Secreto militar, ya sabéis. Hizo una breve pausa y prosiguió: —Los robots trabajaron estupendamente durante la primera estación de las tormentas. Luego, al inicio de la estación de las calmas, Emma Dos empezó a comportarse mal. No dejaba de huronear por los rincones y bajo los fardos, y tenía que ser sacada constantemente de allí. Finalmente, salió de la base y no regresó. Decidimos que debía de haber algún fallo de fabricación en ella, y seguimos con los otros dos. Sin embargo, eso significaba que andábamos constantemente cortos de manos, o cortos de robots al menos, de modo que cuando a finales de la estación de las calmas alguien tuvo que ir a Kornsk, yo me presenté voluntario para efectuar el viaje sin ningún robot. Parecía bastante seguro; no esperábamos ninguna tormenta en dos días, y en el término de veinte horas estaría de vuelta. »Estaba ya en mi camino de vuelta, a unos buenos quince kilómetros de distancia de la base, cuando el viento empezó a soplar y el aire a espesarse. Hice aterrizar inmediatamente mi vehículo aéreo antes de que el viento pudiera destrozarlo, me orienté hacia la base y eché a correr. Podía correr una buena distancia sin dificultad en aquella baja gravedad, pero ¿cómo correr en línea recta? Ésa era la cuestión. Mi reserva de aire era amplia y los calefactores de mi traje satisfactorios, pero quince kilómetros en medio de una tormenta titaniana son el infinito. »Entonces, mientras las cortinas de nieve lo oscurecían todo, convirtiendo el paisaje en un lóbrego atardecer, haciendo que desapareciera incluso Saturno y el sol se convirtiera apenas en una mota pálida, me detuve en seco, inclinándome contra el viento. Había un pequeño objeto oscuro directamente frente a mí. Apenas podía verlo, pero sabía lo que era. Era un cachorro de las tormentas, la única cosa viva capaz de resistir una tormenta titaniana, y la cosa viva más maligna con la que puedas encontrarte en ningún lado. Sabía que mi traje espacial no iba a protegerme una vez viniera a por mí, y con aquella mala luz tenía que esperar a asegurarme un blanco perfecto o no atreverme a disparar. Un sólo fallo, y saltaría sobre mí. »Retrocedí lentamente, y la sombra me siguió. Se iba acercando, y yo empecé a sacar mi lanzarrayos con una plegaria, cuando una sombra mayor gravitó de pronto sobre mí, y lancé una exclamación de alivio. Era Emma Dos, el robot MA desaparecido. No me detuve ni un momento en preguntarme qué podía haberle pasado o preocuparme por sus dificultades. Simplemente aullé: »—¡Emma, muchacha, encárgate de ese cachorro de las tormentas, y luego llévame a la base! »Ella se me quedó mirando como si no me hubiera oído y dijo: »—Amo no dispare. No dispare. »Echó a correr a toda velocidad hacia aquel cachorro de las tormentas. »—¡Encárgate de ese maldito cachorro, Emma! —grité. Y, efectivamente, se encargó de él. Lo cogió en sus brazos, y siguió caminando. Le grité hasta que me quedé afónico, pero no regresó. Me dejó para que muriera en medio de la tormenta. Donovan hizo una dramática pausa. —Naturalmente, todos vosotros conocéis la Primera Ley: Un robot no puede dañar a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño. Bien, pues Emma Dos simplemente se marchó con aquel cachorro de las tormentas, dejándome atrás para que muriera. Quebrantó la Primera Ley. »Afortunadamente, conseguí ponerme a salvo. Media hora más tarde, la tormenta amainó. Había sido una racha prematura y temporal. Es algo que ocurre a veces. Corrí apresuradamente a la base, donde llegué con los pies hechos polvo, y las tormentas empezaron realmente al día siguiente. Emma Dos regresó dos horas más tarde que yo, y el misterio se aclaró entonces finalmente, y los modelos MA fueron retirados inmediatamente del mercado. —¿Y cuál era exactamente la explicación? —quiso saber MacFarlane. Donovan lo miró seriamente. —Es cierto que yo era un ser humano en peligro de muerte, Mac, pero para ese robot había algo más que pasaba por delante de eso, que pasaba por delante de mí, que pasaba por delante de la Primera Ley. No olvides que esos robots pertenecían a la serie MA, y que ese robot MA en particular había estado buscando escondites durante algún tiempo antes de desaparecer. Es como si estuviera esperando que algo especial y muy íntimo le ocurriera. Aparentemente, ese algo había ocurrido. Donovan alzó reverentemente los ojos, y su voz tembló. —Ese cachorro de las tormentas no era ningún cachorro de las tormentas. Lo llamamos Emma júnior cuando Emma Dos lo trajo consigo al volver. Emma Dos tenía que protegerlo de mi arma. ¿Qué es la Primera Ley, comparada con los sagrados lazos del amor materno? FIN Autor: Isaac Asimov Título: Primera ley Título Original: First Law Publicado en: Fantastic Universe, octubre de 1956 Traducción: Domingo Santos
- "Calaveras en las estrellas", cuento de Robert E. Howard
Él contó cómo caminan sobre la tierra asesinos bajo la maldición de Caín, con nubes rojas velando sus ojos y llamas alrededor de su cerebro: porque la sangre ha dejado sobre sus almas su estigma eterno. —Hood Dos caminos conducen a Yorkertown. Uno, la ruta más corta y directa, atraviesa un páramo elevado y árido, y el otro, que es mucho más largo, sigue las vueltas de su sinuoso curso entre las colinas y los cenagales de los pantanos, bordeando las colinas bajas por el este. Era un sendero peligroso y solitario; por eso Solomon Kane se detuvo asombrado cuando un joven casi sin aliento, procedente de la aldea que acababa de dejar, lo alcanzó y le imploró por el amor de Dios que tomara el camino del pantano. —¡El camino del pantano! —Kane miró fijamente al muchacho. Un hombre alto y delgado, era Solomon Kane, con su rostro sombríamente pálido y sus profundos ojos taciturnos ensombrecidos aún más por el traje puritano que vestía, de color marrón oscuro. —Sí, señor, es más seguro —respondió el jovencito a su sorprendida exclamación. —Entonces el camino del páramo debe ser frecuentado por el mismo Satanás, porque los de tu aldea me advirtieron que no atravesara el otro. —Es por los cenagales, señor, que usted no podría ver en la oscuridad. Más vale que vuelva a la aldea y continúe su viaje por la mañana, señor. —¿Tomando el camino del pantano? —Sí, señor. Kane se encogió de hombros y meneó la cabeza. —La luna sale casi al mismo tiempo que termina el crepúsculo. Con su luz puedo llegar a Yorkertown en pocas horas, cruzando el páramo. —Señor, es mejor que no lo haga. Nunca va nadie por ese camino. No hay ninguna casa en el páramo, mientras que en el pantano está la casa del viejo Ezra que vire allí completamente solo desde que su primo loco, Gideon, se perdió y murió en el pantano y nunca fue encontrado; y el viejo Ezra, aunque es un avaro, no le negaría hospedaje si usted decidiera detenerse hasta la mañana. Ya que usted tiene que ir, más vale que vaya por el camino del pantano. Kane clavó una mirada penetrante en el muchacho. Éste se movió, molesto, y restregó los pies. —Puesto que este camino del páramo es tan difícil para los viajeros —dijo el puritano— ¿por qué los aldeanos no me contaron toda la historia, en vez de tanto vano palabrerío? —Los hombres no quieren hablar de eso, señor. Esperábamos que usted tomara el camino del pantano después que los hombres se lo aconsejaron; pero cuando lo observamos y vimos que usted no doblaba en la encrucijada, me mandaron que corriera tras de usted y le suplicara que lo piense de nuevo. —¡En nombre del Demonio! —exclamó vivamente Kane, mostrando su irritación con el desacostumbrado juramento—; el camino del pantano y el camino del páramo, ¿qué es lo que me amenaza y por qué debo apartarme varias millas de mí camino y exponerme a los pantanos y cenagales? —Señor —dijo el muchacho, bajando la voz y acercándose—, somos unos simples aldeanos que no queremos hablar de esas cosas para que no nos alcance la desgracia; pero el camino del páramo es un sendero maldito y no ha sido atravesado por ningún hombre de la región desde hace un año o más. Andar por esos páramos de noche equivale a morir, como lo comprobaron una cantidad de infortunados. Algún horror maligno frecuenta el camino y reclama hombres como víctimas. —Ah, ¿sí? ¿Y cómo es eso? —Nadie lo sabe. Nadie que lo haya visto ha vivido para contarlo, pero viajeros retrasados han oído una terrible risa muy lejos sobre el pantano y hay quienes han escuchado los horribles gritos de sus víctimas. Señor, en nombre de Dios, vuelva a la aldea, pase allí la noche, y tome mañana el sendero del pantano para Yorkertown. Muy adentro de los sombríos ojos de Kane había comenzado a brillar una luz centellante, como los reflejos de la antorcha de una bruja bajo varias brazas de hielo gris. Su sangre se aceleró. ¡La aventura! ¡La tentación de exponer la vida y luchar! ¡La emoción del drama excitante y peligroso! No es que Kane comprendiera así sus sensaciones. Creía sinceramente que expresaba sus reales sentimientos cuando dijo: —Estos hechos son obra de alguna fuerza del mal. Los señores de las tinieblas han lanzado una maldición sobre la región. Hace falta un hombre fuerte para combatir a Satanás y a su poder. Por eso voy yo, que lo he desafiado muchas veces. —Señor —comenzó el muchacho, cerrando luego la boca cuando vio la inutilidad de sus argumentos. Sólo agregó—: Los cadáveres de las víctimas están golpeados y despedazados, señor. Y se quedó quieto en la encrucijada, suspirando con pena mientras contemplaba la figura alta y de largos miembros que se internaba en las curvas del camino que llevaba hacia los páramos. El sol se ponía cuando Kane cruzó la cima de la cuesta baja que desembocaba en el marjal de las tierras altas. Inmenso y de color rojo sangre, se hundía detrás del sombrío horizonte de los páramos, como si tocara la espesa hierba con fuego; de modo que por un momento el observador parecía estar contemplando un mar de sangre. Luego las sombras tenebrosas se fueron deslizando desde el este, el resplandor del oeste se apagó, y Solomon Kane penetró audazmente en las tinieblas crecientes. La senda era borrosa por falta de uso, pero estaba claramente definida. Kane iba rápidamente pero con cautela, con la espada y las pistolas a mano. Las estrellas titilaban y el viento nocturno soplaba entre la hierba como lamentos de espectros. La luna empezó a salir, enjuta y macilenta, como una calavera entre las estrellas. Entonces, de repente, Kane se detuvo bruscamente. Desde alguna parte delante de él resonó un extraño y pavoroso eco, o algo parecido a un eco. Y de nuevo, esta vez más fuerte. Kane reanudó la marcha nuevamente. ¿Lo estaban engañando sus sentidos? ¡No! Muy lejos, resonó el rumor de una espantosa risa. Y de nuevo, esta vez más cerca. Ningún ser humano rio jamás de ese modo; no había allí alegría, sólo odio y horror, y un terror que partía el alma. Kane se detuvo. No tenía miedo, pero durante un segundo estuvo casi acobardado. Entonces, abriéndose paso entre esa espantosa risa, llegó el sonido de un alarido que era indudablemente humano. Kane reanudó la marcha, apurando el paso. Maldijo las luces engañosas y las sombras fluctuantes que cubrían el páramo a la luna naciente, y que volvían imposible la vista exacta. La risa continuaba, haciéndose más fuerte, lo mismo que los alaridos. Entonces sonó débilmente el redoble de unos frenéticos pies humanos. Kane se lanzó a correr. Algún ser humano estaba siendo cazado a muerte allá en el marjal, y sólo Dios sabía en qué horrible forma. El ruido de los veloces pies se detuvo abruptamente y los alaridos aumentaron en forma insoportable, mezclados con otros sonidos innominables y espantosos. Evidentemente el hombre había sido atrapado, y Kane, sintiendo un hormigueo en su carne, pudo observar un horrible demonio de las tinieblas agazapado sobre la espalda de su víctima, agazapado y furioso. Entonces se oyó claramente el ruido de una terrible y corta lucha a través del abismal silencio del marjal y los pasos recomenzaron, ahora torpes e irregulares. Los alaridos continuaban, pero con un gorgoteo entrecortado. Un sudor frío cubrió la frente y el cuerpo de Kane. Esto era una acumulación de horror sobre horror de una manera intolerable. ¡Dios, un momento de claridad! El espantoso drama se estaba desarrollando a muy corta distancia de él, a juzgar por la facilidad con que le llegaban los sonidos. Pero esa infernal penumbra velaba todo con sombras cambiantes, de modo que los páramos parecían una bruma de espejismos borrosos, y los árboles y arbustos achaparrados parecían gigantes. Kane gritó, haciendo lo posible por aumentar la velocidad de su marcha. Los gritos del desconocido se convirtieron en un espantoso chillido agudo; hubo nuevamente ruido de lucha, y entonces de las sombras de las altas hierbas una cosa emergió tambaleándose —una cosa que alguna vez había sido un hombre— una cosa espantosa, cubierta de sangre, que cayó a los pies de Kane, se retorció, se arrastró y levantó su terrible rostro a la luna naciente, farfulló, gimió, cayó nuevamente, y murió ahogado en su propia sangre. La luna estaba alta ahora, y la luz era mejor. Kane se inclinó sobre el cuerpo, que yacía rígido en su mutilación, y se estremeció, cosa extraña en él, que había visto los procedimientos de la Inquisición española y de los cazadores de brujas. Algún caminante, supuso. Entonces, como una mano de hielo sobre su espina dorsal: se dio cuenta de que no estaba solo. Alzó la vista, penetrando con sus fríos ojos las sombras de las cuales había salido tambaleando el muerto. No vio nada, pero supo —sintió— que otros ojos le devolvían la mirada, unos ojos terribles que no eran de este mundo. Se enderezó y sacó una pistola, esperando. La luz de la luna se extendió como un lago de pálida sangre sobre el páramo, y los árboles y las hierbas adquirieron su tamaño propio. Las sombras se disiparon, y Kane ¡vio! Al principio creyó que era sólo una sombra de bruma, un fuego fatuo de la niebla del páramo que ondulaba en las altas hierbas, delante de él. Miró fijamente. Otro espejismo, pensó. Entonces la cosa empezó a tomar forma, vaga y confusa. Dos horribles ojos brillaban en ella, ojos que contenían todo el horror que es la herencia del hombre desde las terribles épocas primordiales, ojos horribles e insanos, con una insanidad que trascendía la insanidad terrenal. La forma de la cosa era brumosa y vaga, una espeluznante imitación de la forma humana, semejante a ella, pero horriblemente distinta. A través de ella se distinguían claramente la hierba y los matorrales situados más allá. Kane sintió el fuerte latido de la sangre en sus sienes, a pesar de estar frío como el hielo. Cómo un ser tan inestable como ese que ondulaba ante él podía dañar físicamente a un hombre era algo que no llegaba a comprender, aunque el sangriento horror que yacía a sus pies pudiera dar mudo testimonio de que el demonio podía actuar con un terrible efecto material. De una cosa estaba seguro Kane: no sería cazado a través de los sombríos páramos, ni gritaría y huiría para ser derribado una y otra vez. Si tenía que morir, moriría donde estaba, recibiendo los golpes de frente. En ese momento se abrió una indefinida y espantosa boca y estalló nuevamente la risa demoníaca, estremeciendo el alma por su proximidad. Y en medio de esa amenaza de muerte, Kane apuntó cautelosamente su larga pistola e hizo fuego. Un furioso aullido de rabia y de burla respondió al estampido, y la cosa lo atacó como una sábana de humo flotante, con largos e indefinidos brazos extendidos para derribarlo. Kane, moviéndose con la dinámica velocidad de un lobo famélico, disparó su segunda pistola con idéntico resultado, sacó su largo estoque de la vaina y tiró una estocada al centro del brumoso atacante. La hoja zumbó cuando lo atravesó limpiamente, sin encontrar resistencia sólida, y Kane sintió que dedos helados agarraban con fuerza sus miembros, y garras bestiales rasguñaban sus ropas, y debajo de ellas su piel. Soltó la espada inservible y trató de forcejear con su enemigo. Era como luchar contra una bruma fluctuante, o una sombra flotante provista de garras como puñales. Sus enfurecidos golpes chocaban con el aire vacío, sus brazos inútilmente poderosos, en cuyo abrazo habían muerto hombres fuertes, barrían la nada y apretaban el vacío. Nada era sólido ni real, excepto los dedos simiescos y desollantes, con sus garras curvas, y los enloquecidos ojos que ardían en las estremecidas profundidades de su alma. Kane se dio cuenta de que estaba realmente en una situación desesperada. Sus ropas ya caían en jirones y sangraba de una veintena de heridas profundas. Pero no se acobardó, y la idea de huir no pasó por su mente. Nunca había huido de un enemigo solo, y si se le hubiera ocurrido la idea se habría sonrojado de vergüenza. Vio que su situación no tenía otra salida que dejar su esqueleto yaciendo allí junto a los restos de la otra víctima; pero la idea no lo aterrorizaba. Su único deseo era pelear lo mejor que pudiera antes que llegara el fin, y, si podía, infligir algún daño a su sobrenatural enemigo. Sobre el cuerpo despedazado del muerto, el hombre luchaba contra el demonio bajo la pálida luz de la luna, todas las ventajas estaban de la parte del demonio, excepto una. Y ésta bastaba para superar a todas las demás. Ya que si el odio abstracto puede convertir en substancia material a una cosa fantasmal, ¿no puede acaso el valor, igualmente abstracto, constituir una arma concreta para combatir a ese fantasma? Kane peleó con sus brazos, sus pies y sus manos, y finalmente se dio cuenta de que el fantasma comenzaba a ceder ante él, y que la espantosa risa se trasformaba en alaridos de furia contrariada. Porque la única arma del hombre es el valor que no retrocede ante las puertas del mismo infierno, y al que ni siquiera las legiones del infierno pueden hacer frente. Kane no sabía nada de esto; sólo sabía que las garras que lo rasguñaban y laceraban parecían volverse cada vez más débiles y vacilantes, y que una feroz luminosidad crecía cada vez más en los horribles ojos. Bamboleándose y jadeando, se lanzó sobre la cosa, la aferró al fin y la arrojó, y mientras rodaban por el páramo y la cosa se retorcía y replegaba sus miembros como una serpiente de humo, su carne hormigueó y sus cabellos se erizaron, porque comenzó a comprender lo que aquélla farfullaba. No oyó y comprendió como un hombre oye y comprende el habla de un hombre, sino que los terribles secretos que le comunicó entre susurros, gemidos, y silencios que eran gritos, deslizaron dedos de hielo en su alma, y entonces él supo. 2 La cabaña del viejo Ezra, el avaro, se alzaba junto al camino en el centro del pantano, medio oculta por los sombríos árboles que crecían a su alrededor. Las paredes se pudrían, el techo se desmoronaba, y unos hongos gigantes, grandes, pálidos y verdes, se adherían a ella y se retorcían alrededor de las puertas y ventanas, como si trataran de espiar el interior. Los árboles se encorvaban sobre la cabaña y sus grises ramas se entrelazaban de tal modo que parecía estar agazapada en la penumbra como un monstruo enano, por encima de cuyos hombros miraran maliciosamente ogros. El camino que se enroscaba en el pantano, entre tocones podridos, colinas cubiertas de espesa vegetación, y estanques y ciénagas espumosos, infestado de reptiles, serpenteaba frente a la cabaña. Muchos pasaban en aquellos días por ese camino; pero pocos veían al viejo Ezra, excepto la vislumbre de un rostro amarillento, que aparecía en las ventanas cubiertas de hongos; él mismo como un repugnante hongo. El viejo Ezra, el avaro, compartía gran parte de las características del pantano, porque era gruñón, encorvado y hosco; sus dedos eran como garras de plantas parásitas y sus cabellos caían como musgo parduzco sobre ojos acostumbrados a la lobreguez de las tierras pantanosas. Los ojos eran como los de un muerto; y, sin embargo, sugerían profundidades abismales y repugnantes como los lagos muertos de la zonas pantanosas. Estos ojos observaron al hombre detenido frente a su cabaña. El hombre era alto, delgado y enigmático; su rostro, macilento; tenía marcas de garras; y los brazos y piernas, vendados. Un poco atrás de este hombre se encontraba una cantidad de aldeanos. —¿Tú eres Ezra, el del camino del pantano? —Sí. ¿Qué quieres tú de mí? —¿Dónde está tu primo Gideon, el joven demente que habitaba contigo? —¿Gideon? —Sí. —Se internó en el pantano y nunca regresó. Sin duda se extravió y fue atacado por los lobos o murió en un cenagal o fue picado por una víbora. —¿Hace cuánto tiempo? —Más de un año. —Así es. Escucha, Ezra el avaro. Poco después de la desaparición de tu primo, un campesino, al volver a su casa atravesando los páramos, fue atacado por un demonio desconocido y despedazado, y a partir de entonces cruzar esos páramos significó la muerte. Primero, gente de la región; luego, extranjeros que recorrían el pantano, cayeron en las garras de la cosa. Muchos hombres han muerto, desde el primero. Anoche crucé los páramos, y escuché la huida y persecución de otra víctima, un extranjero que no conocía el mal de los páramos. Ezra, el avaro, era una cosa espantosa, porque el desventurado logró zafarse dos veces del demonio, terriblemente herido, y las dos veces el demonio lo atrapó y lo derribó nuevamente. Y finalmente cayó muerto a mis propios pies, ultimado en una forma que helaría la estatua de un santo. Los aldeanos se movieron con inquietud, y murmuraron con temor unos a otros, y los ojos del viejo Ezra miraron furtivamente. Sin embargo, la sombría expresión de Solomon Kane no se alteró, y su mirada de cóndor pareció atravesar al avaro. —¡Sí! ¡Sí! —murmuró el viejo Ezra apresuradamente—. ¡Una cosa mala, una cosa mala! Pero ¿por qué me cuentas esto a mí? —Sí, es una cosa triste. Escucha aún más, Ezra. El demonio surgió de entre las sombras, y yo luché con él, sobre el cuerpo de su víctima. Sí, cómo lo vencí, no sé, porque el combate fue difícil y largo; pero las potencias del bien y de la luz estaban de mi parte, y son más poderosas que las potencias del infierno. Finalmente fui el más fuerte, y eso se separó de mí y escapó, y yo lo perseguí sin resultado. Sin embargo, antes de escapar murmuró una monstruosa verdad. El viejo Ezra miró con asombro, desatinadamente, pareció encogerse dentro de sí mismo. —No, ¿por qué me cuentas eso? —murmuró. —Volví a la aldea y conté mi relato —dijo Kane— porque supe que tenía entonces el poder de librar los páramos de su maldición para siempre. Ezra, ven con nosotros. —¿Adónde? —jadeó entrecortadamente el avaro. — Al roble podrido que hay en los páramos . Ezra se tambaleó como si lo hubieran golpeado; gritó incoherentemente y se dio a la fuga. Al instante, y a la severa orden de Kane, dos fuertes aldeanos se abalanzaron sobre el avaro y se apoderaron de él. Arrancaron la daga de su débil mano, y le ataron los brazos, estremeciéndose al tocar con los dedos su viscosa carne. Kane les hizo señas para que lo siguieran, y volviéndose inició la marcha, seguido por los aldeanos, que tuvieron que emplear toda su fuerza para llevar consigo al prisionero. Fueron atravesando el pantano, tomando una senda poco usada que iba por sobre las colinas bajas y salía a los páramos. El sol se ponía en el horizonte y el viejo Ezra fijó la vista en él con ojos salientes: fijó la vista como si no pudiera ver lo suficiente. A lo lejos, en los páramos, se alzaba el gran roble como una horca, ahora sólo una cáscara podrida. Allí se detuvo Solomon Kane. El viejo Ezra se retorció en el puño de su aprehensor y emitió unos ruidos inarticulados. —Hace más de un año —dijo Solomon Kane—, tú, temiendo que tu insano primo Gideon contara a la gente tus crueldades con él, lo trajiste desde el pantano por la misma senda por la que vinimos, y lo asesinaste aquí de noche. Ezra se encogió y gruñó: —¡Tú no puedes probar esa mentira! Kane dijo unas pocas palabras a un ágil aldeano. El joven trepó por el tronco podrido del árbol, y de una hendidura situada muy arriba extrajo algo que cayó ruidosamente a los pies del avaro. Ezra perdió la firmeza, profiriendo un terrible alarido. El objeto era el esqueleto de un hombre, con el cráneo partido. —Tú, ¿cómo supiste de esto? ¡Tú eres Satanás! —farfulló el viejo Ezra. Kane se cruzó de brazos. —La cosa con la que peleé anoche me dijo esto mientras combatíamos, y yo lo seguí hasta este árbol. ¡Porque el demonio es el fantasma de Gideon! Ezra gritó de nuevo y luchó fieramente. —Sabías —dijo Kane sombríamente—, sabías qué cosa era el autor de estos hechos. »Temías al fantasma del loco, y por eso optaste por dejar su cuerpo en el fangal en vez de esconderlo en el pantano. Porque sabías que el fantasma rondaría el lugar de su muerte. »Era loco mientras vivía, y al morir no supo dónde encontrar a su matador; de otro modo, hubiera ido por ti a tu cabaña. Él no odia a nadie más que a ti; pero su espíritu confundido no puede distinguir a un hombre de otro, y mata a todos, para no dejar escapar a su asesino. Sin embargo, te conocerá y descansará en paz para siempre, a partir de ese momento. El odio ha convertido a ese fantasma en una cosa sólida que puede desgarrar y matar, y aunque él te temía terriblemente cuando estaba vivo, en la muerte él no te teme. Kane cesó de hablar. Miró de soslayo al sol. —Todo esto lo supe por el fantasma de Gideon, en sus gemidos, sus susurros y sus silencios que eran gritos. Sólo tu muerte apaciguará a ese espíritu. Ezra escuchó en un silencio expectante y Kane pronunció las palabras de su sentencia. —Es una cosa difícil —dijo Kane sombríamente— que un hombre sea condenado a muerte a sangre fría y en una forma como aquélla en que estoy pensando; pero tú debes morir para que otros vivan, y Dios sabe que mereces la muerte. »No morirás por la horca, la bala o la espada, sino en las garras de aquél a quien asesinaste: porque nada más lo podrá saciar. Ante estas palabras el cerebro de Ezra estalló, sus rodillas cedieron y cayó arrastrándose y pidiendo a gritos la muerte, suplicándoles que lo quemaran en la hoguera, que lo desollaran vivo. El rostro de Kane estaba rígido como la muerte, y los aldeanos, despertada su crueldad por el miedo, ataron al ululante infeliz al roble, y uno de ellos lo invitó a reconciliarse con Dios. Pero Ezra no dio respuesta, gritando agudamente con insoportable monotonía. Entonces el aldeano quiso golpear al avaro en la cara, pero Kane lo detuvo. —Déjalo que haga las paces con Satanás, con quien es más probable que vaya a encontrarse —dijo torvamente el puritano—. Está por ponerse el sol. Aflojad las cuerdas para que pueda moverse libremente en la oscuridad, ya que es mejor encontrar la muerte libre y sin trabas que atado como un sacrificado. Al volverse para dejarlo, el viejo Ezra gimió y farfulló sonidos no humanos, y luego quedó en silencio, con la vista fija en el sol con terrible intensidad. Se marcharon cruzando el marjal, y Kane echó una última mirada a la grotesca forma atada al roble, que parecía a causa de la incierta luz un gran hongo crecido en el tronco. Y repentinamente el avaro gritó espantosamente: —¡Muerte! ¡Muerte! ¡Hay calaveras en las estrellas! —La vida fue buena para él, aunque era gruñón, avaro y maligno —suspiró Kane—; quizá Dios tenga para esas almas un lugar donde el fuego y el sacrificio las purifiquen de sus impurezas, así como el fuego limpia de hongos el bosque. Sin embargo, mi corazón está triste dentro de mí. —No, señor —habló uno de los aldeanos—, usted no ha hecho más que la voluntad de Dios, y lo que va a ocurrir esta noche sólo producirá bien. —No —respondió tristemente Kane—. No lo sé. No lo sé. El sol se había ocultado y la noche se extendía con pasmosa rapidez, como si grandes sombras fueran descendiendo desde vacíos desconocidos para cubrir el mundo con precipitada oscuridad. A través de la oscura noche llegó un eco horripilante, y los hombres se detuvieron y se volvieron para mirar el camino que habían recorrido. No se podía ver nada. El páramo era un océano de sombras y las altas hierbas se inclinaban alrededor de ellos en largas ondulaciones ante el débil viento, rompiendo la mortal quietud con intensos susurros. Entonces en lontananza el disco rojo de la luna apareció sobre el marjal, y por un instante una horrenda silueta se recortó tétricamente sobre él. Una forma huía cruzando la cara de la luna, una cosa grotesca y encorvada cuyos pies apenas parecían tocar el suelo; y detrás, muy cerca, corría una cosa como una sombra flotante, un horror sin nombre, sin forma. Durante un instante los dos corredores se destacaron claramente contra la luna; luego se confundieron en una masa informe e innominable, y desaparecieron en las sombras. Por todo el marjal resonó el estallido de una sola y terrible carcajada. FIN Autor: Robert E. Howard Título: Calaveras en las estrellas Título Original: Skulls in the Stars Publicado en: Weird Tales, enero de 1929 Traducción: Alfredo Julio Grassi – Horacio Belsaguy
- "Las noches blancas", cuento de Fiódor Dostoyevski
El narrador es un joven residente en San Petersburgo que sufre de soledad. Conoce a una joven y se enamora de ella, pero el amor no es correspondido porque la mujer extraña a su amante, con quien finalmente se reencuentra. Las noches blancas Fiódor Dostoyevski UN RELATO SENTIMENTAL(de los recuerdos de un soñador) … ¿Acaso fue creado para existir solo un instante en compañía de tu corazón…? I. Turguénev Noche primera Hacía una noche extraordinaria, como solo puede hacer, querido lector, cuando somos jóvenes. El cielo estaba tan estrellado y claro que, mirándolo, sin querer te preguntabas: ¿acaso bajo un cielo así puede vivir gente malhumorada y caprichosa? ¡También ésta, querido lector, es una pregunta que se hace uno cuando es muy, muy joven, pero quiera Dios que te la hagas más veces…! Hablando de personas caprichosas y de todo tipo de caballeros malhumorados, no he podido dejar de recordar mi propio proceder con tan buena conducta durante todo ese día. Desde por la mañana me estuvo martirizando una extraña melancolía. De pronto me dio la impresión de que al solitario que era yo todos le habían abandonado y le daban la espalda. Claro que cualquiera estaría en su derecho de preguntar: ¿y quiénes son esos todos? Porque llevo ya ocho años viviendo en San Petersburgo, sin poder fraguar una sola amistad. Pero ¿para qué sirven las amistades? Pues, sin necesidad de ellas, conozco toda la ciudad. Y esta es la razón por la que me dio la impresión de que todos me abandonaban cuando los habitantes de San Petersburgo se levantaban para marcharse a sus casas de campo. Me entró un terrible miedo de quedarme solo y me pasé tres días deambulando por la ciudad sumido en una profunda melancolía, sin comprender qué era lo que me sucedía exactamente. Bien caminando por la avenida Nevski o por el jardín, bien paseando por el muelle, no hallaba ni a una sola de las personas con las que solía encontrarme en esos lugares a la misma hora durante todo el año. Ellos, claro está, no me conocen, pero yo a ellos sí. Los conozco bien. Casi tengo estudiadas sus fisonomías y me alegra verlos cuando están contentos y me entristezco cuando sus semblantes se nublan. Prácticamente me he hecho amigo de un ancianito al que veía en la Fontanka todos los días a la misma hora. ¡Qué rostro tan interesante y pensativo! No cesa de murmurar y mover la mano izquierda, mientras que en la derecha lleva un largo bastón de pomo dorado. Incluso se da cuenta de mi presencia y se alegra de verme. Si algo sucediera y yo no pudiera estar en el lugar conocido de la Fontanka, estoy convencido de que se pondría melancólico. He aquí por qué a veces casi nos inclinamos el uno ante el otro, especialmente cuando estamos de buen humor. Hace poco, cuando estuvimos dos días enteros sin vernos, y nos encontramos al tercero, estábamos a punto de quitarnos el sombrero, pero afortunadamente nos dimos cuenta a tiempo, y bajamos las manos, cruzándonos los dos con manifiesto interés. También conozco las casas. Cuando voy andando, parece que cada una de ellas sale corriendo delante de mí por la calle, me mira con todas sus ventanas faltándole poco para decirme: «¡Hola! ¿Cómo está? ¡Yo también, gracias a Dios estoy bien de salud, y en el mes de mayo me van a añadir una planta más!». O bien: «¿Cómo está? ¡A mí mañana me empiezan a hacer obras!». O incluso: «¡Casi me quemo! ¡Qué susto!», etc. De todas ellas, hay algunas casas por las que tengo predilección y con las que también tengo algo de amistad. Una de ellas está dispuesta a curarse este verano bajo la dirección de un arquitecto. ¡Pasaré por allí a propósito todos los días para ver si le hacen algún trabajo malo! ¡Que Dios la ampare…! Pero jamás olvidaré la historia de una maravillosa casita de color rosa claro. Era una preciosa casita de piedra que a mí me miraba de un modo tan hospitalario, y a sus torpes vecinas con tanto orgullo, que mi corazón se alegraba cuando tenía ocasión de pasar junto a ella. De pronto, la semana pasada, cuando iba por la calle y miré a mi amiga, en tono lastimoso le oí exclamar: «¡Me van a pintar de amarillo!». ¡Malvados! ¡Bárbaros! No se apiadan de nada, ni de las columnas ni de las cornisas, y mi amiga lució un color amarillo canario. Por este motivo casi me da un ataque de bilis y aún no he recobrado fuerzas para encontrarme con esa pobre y desfigurada casa, que pintaron del color que mejor le fuera al cielo del imperio. De modo que comprenderá usted, lector, de qué manera conozco todo San Petersburgo. Como ya dije antes, llevaba tres días martirizándome el desasosiego, hasta que me di cuenta de lo que se trataba. También me encontraba mal en la calle (no está éste, tampoco aquel, ¿dónde se habrá metido ese otro?). Y ni siquiera en casa me encontraba a gusto. Dos tardes enteras me he estado preguntando: ¿qué es lo que echaba yo de menos en mi rincón? ¿Por qué me encontraba tan a disgusto en él? Y, sin comprenderlo, observaba sus paredes verdosas, llenas de hollín, el techo cubierto de telas de araña que, con grandes esfuerzos, quitaba Matriona. Miraba los muebles, observaba cada silla pensando si la tristeza pudiera deberse a eso (pues con que hubiera sólo una silla mal colocada, como lo estuvo ayer, yo ya no era el mismo), me asomaba a la ventana, y todo era en vano… ¡Nada me aliviaba! Incluso se me ocurrió llamar a Matriona y al instante la reprendí paternalmente por las telas de araña y el desorden general; pero ella solo me miró con asombro y se dio la vuelta, sin responder palabra, de manera que las telas de araña siguen hasta ahora colgando felizmente en su sitio. Por fin, solo esta mañana me he dado cuenta de lo que se trataba. ¡Eh! ¡Pero si se marchan a sus casas de campo huyendo de mí! Pido disculpas por la trivialidad de la frase, pero hoy no estaba yo para expresarme con estilo pulido… ya que todos cuantos había en San Petersburgo, bien se habían trasladado ya a sus casas de campo, bien lo estaban haciendo ahora; porque cada caballero de buena presencia y buen aspecto que alquilaba un coche se convertía ante mis ojos en el respetabilísimo padre de familia que, después de sus quehaceres y obligaciones rutinarios, se dirigía ligero de equipaje al seno de su familia, a la casa de campo; porque cada uno de los transeúntes tenía ahora un aspecto especialmente particular, al que solo faltaba decirle a quien se cruzara: «Nosotros, caballeros, estamos aquí solo de paso, porque dentro de dos horas nos marchamos a la casa de campo». Si se abría una ventana en la que repiqueteaban unos dedos tan finos y blancos como el azúcar, y se asomaba la cabeza de alguna bella muchacha que llamaba al vendedor ambulante de flores, al instante me daba la impresión de que aquellas flores se compraban sólo por comprar, es decir, que ello en absoluto se hacía para disfrutar del placer primaveral en el corazón de un piso de la capital, y que muy pronto todos se trasladarían a sus casas de campo llevándose consigo las flores. Por si fuera poco, ya había logrado yo tales éxitos en este nuevo tipo de descubrimientos que ya podía, sin temor a equivocarme, y a juzgar simplemente por el aspecto, adivinar en qué casa de campo vivía cada cual. Los habitantes de las islas Kámenny y Aptékarski, o los del camino de Petergof, se distinguían por la delicadeza de sus maneras, por la elegancia de sus trajes y los maravillosos coches con que venían a la ciudad. Los habitantes de Pargólovo y sus afueras, al primer golpe de vista, «impresionaban» por su nobleza y buen porte. El que vivía en la isla de Krestovski se distinguía por su imperturbable y alegre aspecto. Si se me presentaba la ocasión de cruzarme con una larga hilera de transportistas que caminaban perezosamente con las riendas en la mano junto a sus carretas, llenas hasta arriba, con montañas enteras de todo tipo de muebles, mesas, sillas, sofás turcos y de otras procedencias, y todo tipo de artículos domésticos, encima de los cuales, en lo más alto de la carreta, a menudo iba sentada una cocinera bajita, protegiendo los bienes de sus señores como oro en paño; y si se me ocurría mirar a las pesadas barcas llenas de carga doméstica que se deslizaban por el río Nevá, o por la Fontanka, hasta el río Chiorny o hasta las islas, tanto las cargas como las barcas se multiplicaban ante mis ojos, por diez y por cien. Parecía que todo se había levantado y había emprendido el camino, que se trasladaba en caravanas enteras a las casas de campo; parecía que todo San Petersburgo amenazaba con convertirse en un desierto, de modo que al final me sentía avergonzado, incómodo y triste. En verdad, no tenía nada que hacer y ninguna casa de campo a la cual dirigirme. Estaba dispuesto a marcharme con cada carga, irme con cualquier caballero de aspecto honorable que alquilaba un coche. Pero decididamente ninguno me invitaba. Era como si se hubieran olvidado de mí, como si realmente les fuera ajeno. Estuve andando mucho rato, de modo que ya me había dado tiempo, como me ocurre a menudo, de olvidarme de dónde me encontraba. Cuando quise darme cuenta estaba a las puertas de la ciudad. De pronto sentí alegría, rebasé la barrera del paso a nivel para cruzarla y caminé por entre los campos y praderas sembrados, sin reparar en el cansancio, más bien sintiendo con todo mi cuerpo que me quitaba un peso del alma. Todos los transeúntes me miraban de un modo tan cordial que solo les faltaba saludarme; absolutamente todos estaban por alguna razón tan contentos que todos ellos, sin excluir a ninguno, fumaban puros. También yo estaba tan alegre como no lo había estado hasta entonces. Es como si de pronto me encontrara en Italia… tanta fue la impresión que causó la naturaleza a un caballero enclenque como yo, que estaba a punto de ahogarse entre las paredes de la ciudad. Hay algo inexplicablemente conmovedor en nuestra naturaleza petersburguesa cuando, al comenzar la primavera, de pronto muestra toda su potencia, todas las fuerzas que le deparó el cielo; se reviste toda, se engalana, se llena de abigarradas flores… Involuntariamente, me evoca a una muchacha enfermiza y marchita, a la que unas veces se mira con lástima, otras, con cariño y compadecimiento, otras simplemente uno no se percata de ella; y que de pronto, inesperadamente, se convierte en extraordinariamente bella, y usted, impresionado y extasiado, se pregunta sin querer: ¿qué fuerza ha hecho brillar con fuego esos ojos tristes y pensativos?, ¿qué ha hecho sonrosarse esas pálidas y flacas mejillas?, ¿qué cubrió de pasión esos delicados rasgos de la cara?, ¿qué hace que su corazón palpite así?, ¿qué ha suscitado esa fuerza, vida y belleza en el rostro de la pobre joven, obligándolo a iluminarse con esa sonrisa, a revivir con esa resplandeciente y chispeante risa? Uno mira alrededor y busca algo, se da cuenta de algo… Pero pasado un instante, e incluso probablemente al día siguiente, vuelve usted a ver de nuevo la mirada pensativa y despistada de antes, el mismo semblante pálido, la misma humildad y timidez en sus movimientos, e incluso remordimiento y huellas de alguna tristeza mortecina y enojo por un momento de pasión… Y uno siente lástima de que tan pronto, y sin retorno, se haya marchitado aquella instantánea belleza que tan engañosamente y en vano brilló ante usted; se siente triste por no haber tenido tiempo a enamorarse de ella… Pero ¡a pesar de todo mi noche fue aún mejor que el día! He aquí lo que sucedió. Regresé a la ciudad muy tarde, y ya habían dado las diez de la noche cuando me propuse volver a mi piso. Mi camino me llevaba a lo largo del muelle del canal, en el que a esas horas no encuentras un alma. A decir verdad, vivo en una zona alejada de la ciudad. Iba caminando y cantando, porque cuando me siento feliz irremediablemente maúllo alguna melodía dentro de mí, como cualquier hombre feliz que no tiene amigos, ni buenos conocidos, y quien en momentos felices de la vida no tiene con quién compartir su alegría. De pronto me sucedió una aventura de lo más inesperada. Cerca de mí, con los codos en la barandilla del muelle, había una mujer apoyada en la rejilla mirando atentamente las turbias aguas del canal. Llevaba un bonito sombrero de color amarillo y una mantilla muy coqueta de color negro. «Es una joven, y seguramente morena», pensé yo. Al parecer, no se había percatado de mis pasos, y ni siquiera se inmutó cuando pasé junto a ella, con la respiración entrecortada y el corazón palpitando. «¡Qué raro!», pensé, «seguramente estará sumida en algún pensamiento»; y de pronto me detuve como si me hubiera quedado petrificado. Me pareció oír un sordo sollozo. ¡Sí! No me había equivocado: la muchacha estaba llorando, y a cada minuto le sobrevenían sollozos. ¡Dios mío! Se me encogió el corazón. Y por muy vergonzoso que fuera yo con las mujeres, al tratarse de una cuestión así… me di la vuelta, retrocedí un paso hacia ella y al instante habría querido decirle: «¡Señorita!», de no ser porque esa exclamación había sido miles de veces empleada en todas las novelas rusas de alta sociedad. Eso fue lo único que me detuvo. Pero, mientras rebuscaba la palabra, la muchacha se repuso, se dio la vuelta, se percató de mi presencia, bajó la mirada y me esquivó por el muelle. Yo la seguí al instante, pero ella se dio cuenta, abandonó el muelle, cruzó la calle y siguió caminando por la otra acera. Yo no me atreví a cruzar la calle. Mi corazón se estremecía como el de un pajarillo recién capturado. De pronto un suceso salió en mi ayuda. Al otro lado de la acera, cerca de mi desconocida, de repente apareció un caballero vestido de frac, entrado en años, aunque con unos andares poco nobles. Iba tambaleándose y apoyándose cuidadosamente sobre la pared. La muchacha, por el contrario, caminaba como una flecha, deprisa y tímidamente, tal y como andan todas las jóvenes que no desean que alguien les ofrezca acompañarlas de noche a su casa, y claro está que el caballero que se tambaleaba no la habría alcanzado por nada del mundo, si en mi destino no se hubiera interpuesto una artificiosa estratagema. De pronto, sin decir palabra, el caballero arrancó a correr tras la joven para alcanzar a mi desconocida. Ella caminaba tan rauda como el viento, pero el tambaleante caballero que iba en pos de ella la alcanzó, la muchacha lanzó un grito… y ¡yo bendigo el destino por llevar en aquella ocasión un bastón de nudos en mi mano derecha! Al instante me encontré en la otra acera y el inesperado caballero enseguida comprendió de qué se trataba, y se percató de mi irrebatible motivo. No dijo palabra, se quedó rezagado, y solo cuando ya estábamos muy lejos comenzó a protestar, insultándome en unos términos muy enérgicos. Pero sus palabras apenas llegaban hasta nosotros. —Deme la mano —dije yo a mi desconocida—, y él ya no se atreverá a molestarla. Ella en silencio me dio su mano todavía temblorosa por el miedo y el sobresalto. ¡Oh, inesperado caballero, cuánto te agradecí aquel momento! La miré de soslayo: era muy bella y morena: había acertado; en sus negras pestañas todavía brillaban lágrimas de un reciente disgusto o alguna desgracia acaecida. No lo sé. Pero en sus labios ya resplandecía una sonrisa. También ella me miró a hurtadillas. Se sonrojó ligeramente y bajó la mirada. —Lo ve. ¿Por qué me rehuyó usted antes? Si yo hubiera estado aquí, nada habría ocurrido… —Pero si yo no le conocía: pensaba que usted también… —Pero ¿acaso me conoce ahora? —Un poco. Por ejemplo, ¿por qué está usted temblando? —¡Oh! ¡Ha acertado al primer golpe de vista! —respondí yo, completamente entusiasmado de que mi muchacha fuera inteligente: eso nunca estorba a la belleza—. Pero si desde el primer momento se dio cuenta usted de con quién trataba. Es cierto, soy tímido con las mujeres. No estoy menos turbado que usted hace un momento, cuando ese caballero le dio el susto… Ahora estoy algo avergonzado. Parece un sueño, y ni siquiera en un sueño podría presentárseme la idea de hablar con una mujer. —¿Cómo es eso? ¿Es cierto…? —Y si mi mano está temblorosa es porque nunca había cogido una mano tan agradable y pequeñita como la suya. He perdido la costumbre de tratar con las mujeres; quiero decir que nunca he tratado con ellas, soy un solitario… Si ni siquiera sé cómo hablarles. He aquí que no sé cómo dirigirme a ellas. Tampoco sé ahora mismo si le habré dicho alguna tontería. Dígamelo directamente; se lo aseguro, no soy de los que se ofenden… —No, nada, nada, al contrario. Y si usted exige que yo sea sincera, entonces le diré que a las mujeres les gusta este tipo de timidez; y si desea saber algo más, le diré que también a mí me gusta, y no le echaré de mi lado hasta llegar a casa. —Va a conseguir usted que deje de sentirme intimidado —empecé a decirle entusiasmado— y de tener vergüenza al momento, y entonces ¡adiós a todos mis procedimientos…! —¿Procedimientos? ¿Qué procedimientos? Y ¿para qué? Esto ya sí es una tontería. —Yo tengo la culpa, se me ha escapado. Pero ¿cómo quiere que en un momento así no tenga yo algún deseo…? —¿De agradar, acaso? —Pues sí; pero, por favor, tenga usted la bondad. ¡Júzgueme tal y como soy! Porque yo ya tengo veintiséis años, y jamás he tratado con nadie. ¿Cómo puedo hablar bien, con habilidad y oportunamente? A usted le resultará más cómodo cuando todo quede explicado con claridad… No sé callar cuando me habla el corazón. Bueno, si da lo mismo. ¡Créame que no he conocido jamás a ninguna mujer! ¡Jamás! ¡No he conocido a ninguna! Y no hago más que soñar que finalmente algún día me encontraré con alguien. ¡Oh! ¡Si supiera cuántas veces he estado enamorado de ese modo…! —Pero ¿cómo? ¿De quién? —Pues de nadie, de un ideal, de la que se me aparece en sueños. Creo en mi imaginación novelas enteras. ¡Oh, usted no me conoce! A decir verdad, sí he conocido a dos o tres mujeres, pero ¡qué mujeres! Son una especie de patronas que… Le voy a hacer reír si le cuento que en unas cuantas ocasiones estuve tentado de entablar una conversación (así, por las buenas) con alguna aristócrata en la calle, cuando estaba ella sola, claro está; entablar una conversación tímida, respetuosa y apasionadamente; decirle que me muero de soledad, que no me eche de su lado, que no tengo posibilidad de conocer a mujer alguna; infundirle, incluso, que está obligada como mujer a no despreciar una petición tan tímida que procede de alguien tan infeliz como yo. Que, finalmente, cuanto estoy pidiendo se limita únicamente a dirigirme un par de palabras amistosas, participando, sin echarme desde el primer momento de su lado; a creer en lo que digo, escucharme, reírse de mí, si viniera al caso, a que me diera esperanzas, que me dijera un par de palabras, solo un par, ¡aunque después ya no nos volviéramos a ver más…! Pero se ríe usted… Por lo demás, hablo solo para hacerla reír… —No se enoje; me río porque es usted su propio enemigo, y si lo intentara lo conseguiría, aunque la ocasión surgiera en la calle: cuanto más sencillo, mejor… Ninguna mujer buena, a menos que fuera una estúpida, o estuviera especialmente enfadada por algo en aquel momento, se decidiría a echarle de su lado sin haberle dejado pronunciar esas dos palabras que usted suplica tan tímidamente… ¡Además, quién soy yo para hablar! Lo más probable es que lo tomara por un loco. Pero juzgo por mí misma. ¡Como si yo supiera mucho de cómo vive la gente en este mundo! —¡Oh, se lo agradezco! —exclamé yo—, ¡no sabe cuánto ha hecho ahora por mí! —¡Está bien! ¡Está bien! Pero, dígame, ¿por qué ha sabido que yo era una de esas mujeres con las que… bueno, bueno, a las que considera dignas… de atención y amistad… en una palabra, que no era una patrona, como usted las llama? ¿Por qué ha decidido acercarse a mí? —¿Que por qué? ¿Por qué? Pues porque estaba usted sola y aquel señor era excesivamente atrevido, y ahora es de noche: reconózcalo, tenía que hacerlo… —No, no, antes de eso, estando allí, en la otra acera. Porque usted quería acercarse a mí, ¿no es cierto? —¿Allí, en aquella acera? A decir verdad, no sé qué decir; temo… ¿Sabe una cosa? Hoy me he sentido feliz; iba caminando y cantando. Estuve en las afueras de la ciudad; hasta ahora no había sentido momentos tan felices. Usted… a mí, puede que me haya parecido… Bueno, disculpe si se lo recuerdo: me pareció que estaba usted llorando, y no podía oírlo… el corazón se me estremeció… ¡Oh, Dios mío! Bueno, pues sí, ¿acaso no podía sentir lástima hacia usted? ¿Acaso sería un pecado sentir hacia usted una compasión fraternal…? Perdone, he dicho compasión… Bueno, pues sí, en una palabra, ¿acaso podía ofenderla porque involuntariamente se me ocurriera acercarme a usted…? —Déjelo, ya es suficiente, no hable más… —dijo la muchacha, bajando la mirada y apretando mi mano—. La culpa es mía por haber empezado a hablar de eso; pero estoy contenta de no haberme confundido respecto a usted… Bueno, pues ya he llegado a casa. Tengo que ir por aquí, por esta callejuela. Estoy a dos pasos… Adiós, le agradezco… —Pero ¿acaso es posible que no nos volvamos a ver más…? ¿Es que esto se va a quedar así? —Lo ve —dijo la muchacha sonriendo—, usted deseaba primero intercambiar solo un par de palabras, y ahora… Por lo demás, no le prometo nada… Puede que nos encontremos… —Vendré aquí mañana —dije yo—. ¡Oh, disculpe, ya estoy exigiendo…! —Sí, es usted muy impaciente… casi está exigiendo… —¡Escuche, escuche! —la interrumpí—. Discúlpeme si de nuevo le digo algo por el estilo… Pero atienda una cosa: no podré dejar de venir aquí mañana. Soy un soñador; tengo tan poca vida privada, y unos minutos como estos, como los de ahora, se me presentan en tan escasas ocasiones que no puedo dejar de repetirlos en mis pensamientos. Estaré soñando con usted toda la noche, toda la semana y el año entero. Irremediablemente vendré aquí mañana, exactamente aquí, a este mismo lugar, a la misma hora, y seré feliz recordando lo de ayer. Este lugar ya me es querido. Tengo dos o tres lugares de estos en San Petersburgo. En una ocasión hasta lloré recordando algo, igual que usted… ¿Quién sabe? Puede que usted, hace diez minutos, también llorara recordando algo… Pero discúlpeme, de nuevo se me ha pasado; puede que usted en alguna ocasión haya sido especialmente feliz aquí… —Está bien —dijo la joven—, a lo mejor yo también vendré aquí mañana, a las diez. Veo que ya no se lo puedo prohibir… La cuestión está en que tengo que estar aquí; no piense que le estoy citando. Le aseguro que yo tengo que estar aquí. Bueno… se lo diré directamente: no estaría mal que también viniera usted. Por un lado, de nuevo podríamos tener algún disgusto como el de hoy, y por otro… en una palabra, simplemente me gustaría verle… para intercambiar con usted un par de palabras. Pero, lo ve, ¿no me estará juzgando usted ahora? ¿No se pensará que estoy dándole una cita con mucha ligereza…? Yo se la daría, a no ser… Pero ¡que eso sea un secreto mío! Antes de todo una condición… —¡Una condición!… Dígala, cuénteme, cuéntemelo todo. Estoy dispuesto a todo, a todo —exclamé yo entusiasmado—. Yo respondo por mí: seré obediente, respetuoso… Usted me conoce… —Porque le conozco, le estoy invitando mañana —dijo la muchacha sonriendo—. Le conozco perfectamente. Pero tenga en cuenta una cosa, venga con una condición. Sobre todo (sea amable y cumpla lo que le pida: está viendo que le hablo con franqueza): no se enamore de mí… Eso está prohibido, se lo aseguro. Estoy dispuesta a una amistad, y aquí tiene mi mano… Pero ¡no se enamore, se lo ruego! —¡Se lo juro! —exclamé yo cogiéndole la mano… —Es suficiente. No jure, porque sé que es usted capaz de estallar como la pólvora. No me juzgue por hablar así. Si usted supiera… Tampoco yo tengo a nadie con quien intercambiar palabra, y a quien pedirle un consejo. Claro está que no iba a buscar un consejero en la calle, pero usted es una excepción. Le conozco como si fuéramos amigos desde hace veinte años… ¿Verdad que no va usted a cambiar? —Ya lo verá… sólo que no sé cómo sobreviviré estas veinticuatro horas. —¡Que tenga un feliz sueño! Buenas noches; y recuerde que ya he confiado en usted. Pero hace un rato lanzó usted una exclamación tan hermosa que ¡acaso hay que dar explicaciones de cada sentimiento, incluso en el sentido fraternal! ¿Sabe una cosa? Lo expresó usted de una forma tan bella que al instante se me pasó por la cabeza la idea de confiar en usted… —¡Por el amor de Dios! Pero ¿de qué se trata? ¿Qué es? —Hasta mañana. Que de momento sea un secreto. Será mejor para usted; aunque lejanamente se parezca a una novela. Puede que se lo diga mañana y puede que no… Todavía tengo que hablar más con usted, conocernos mejor… —¡Oh, sí! Mañana le contaré todo sobre mi persona. Pero ¿qué es esto? ¡Parece que me está sucediendo un milagro…! ¿Dónde estoy? ¡Dios mío! Pero, dígame, ¿acaso no está satisfecha de sí misma por no haberse enfadado conmigo como lo hubiera hecho otra mujer? ¿Por no haberme rechazado desde el primer momento? Dos minutos, y me ha convertido usted para siempre en una persona feliz. ¡Sí! ¡Feliz! ¿Quién sabe? Puede que me haya reconciliado conmigo mismo y haya resuelto mis dudas… Es posible que me sobrevengan minutos de esa naturaleza… Pero bueno, ya mañana le contaré todo, y usted lo sabrá todo, todo… —Está bien, estoy de acuerdo. Empezará usted. —Estoy conforme. —¡Adiós! Y nos despedimos. Estuve deambulando toda la noche. No me decidía regresar a casa. ¡Estaba tan feliz…! ¡Hasta mañana! Noche segunda —¡Bueno, ya veo que ha sobrevivido! —me dijo ella sonriendo y estrechándome las manos. —Llevo aquí ya dos horas. ¡No sabe cómo lo he pasado durante el día! —Lo sé, lo sé… pero vayamos al asunto. ¿Sabe por qué he venido? Pues no para decir cosas absurdas como ayer. Mire una cosa: debemos actuar con más inteligencia. Estuve dando muchas vueltas a todo esto ayer por la noche. —¿En qué aspecto he de actuar con más inteligencia? Por mi parte, estoy dispuesto. Pero, a decir verdad, nunca en la vida me han ocurrido cosas tan sensatas como las de ahora. —¿De veras? En primer lugar, se lo suplico, no me apriete tanto las manos; y en segundo lugar, le confieso que hoy he estado pensando durante mucho rato en usted. —Y bien, ¿qué ha concluido? —¿Qué he concluido? He concluido que es preciso comenzar por el principio, porque hoy he decidido que usted es completamente desconocido para mí, y que ayer me comporté como una cría, una jovencita; claro está, mi buen corazón tiene la culpa de todo. Es decir, yo me alabé, como siempre sucede cuando uno empieza a examinar su vida. Y por ello, para enmendar el error, he decidido enterarme ahora acerca de su vida de la manera más detallada posible. Y como no tengo a nadie que me la cuente, deberá hacerlo usted mismo, para que se conozca todo el intríngulis. Por ejemplo, ¿qué tipo de persona es usted? ¡Vamos! ¡Cuente su historia! —¡Historia! —exclamé yo asustado—. ¡Historia! Pero ¿quién le ha dicho que yo tengo una historia? No tengo historia… —Entonces, ¿cómo ha vivido usted sin una historia? —interrumpió ella, sonriendo. —Pues ¡sin historia alguna! Como dicen aquí, simplemente viviendo, es decir, completamente solo; solo del todo. ¿Comprende lo que quiere decir solo? —Pero ¿cómo que solo? ¿Quiere decir que jamás ha visto a nadie? —¡Oh, no! Veía a gente, pero a pesar de todo estaba solo. —Pero ¿acaso no habla usted con nadie? —En sentido estricto, con nadie. —Entonces, explíquese: ¿quién es usted? Espere, yo misma lo adivinaré: usted, al igual que yo, tiene una abuela. La mía es ciega y lleva toda la vida sin dejarme ir a ninguna parte, de modo que hasta casi se me olvida hablar. Y cuando hace dos años hice una trastada, al darse ella cuenta de que no había forma de sujetarme, cosió mi vestido al suyo con un imperdible y así nos pasamos sentadas días enteros; ella tejiendo calcetines aunque esté ciega, y yo junto a ella, cosiendo o leyendo un libro en voz alta. De esta forma tan rara, llevo ya dos años prendida con un imperdible a su vestido… —¡Oh, Dios mío, qué desgracia! Pues no, yo no tengo una abuela como la suya. —Y si no es así, ¿cómo puede quedarse sentado en casa…? —Espere, ¿quiere saber quién soy? —¡Pues sí!, ¡sí! —¿En el estricto sentido de la palabra? —¡En el más estricto! —Disculpe, soy… un tipo. —¡Un tipo, un tipo! ¿Qué tipo? —exclamó la muchacha riéndose como si no tuviera oportunidad de reírse así durante todo el año—. Pero ¡si es muy divertido estar con usted! Mire: aquí hay un banco. ¡Sentémonos! ¡Por aquí no pasa nadie y nadie nos oirá! ¡Comience ya a contar su historia! Porque usted no me convencerá, tiene una historia, solo que la está ocultando. En primer lugar, ¿qué es un… tipo? —¿Un tipo? Un tipo es algo original, un hombre muy gracioso —respondí yo, soltando una carcajada a continuación de su risa infantil—. Es un tipo de carácter. Escuche: ¿sabe usted lo que es un soñador? —¿Un soñador? Disculpe, ¿cómo no iba a saberlo? ¡Yo misma soy una soñadora! Algunas veces, mientras estoy sentada junto a la abuela, hay que ver la de ideas que me vienen a la cabeza. Te pones a soñar y te quedas tan ensimismada en los pensamientos que vas y te casas con un príncipe chino… ¡O quizás no, sabe Dios! Especialmente cuando tienes en qué pensar sin necesidad de recurrir a eso —añadió la joven esta vez con un tono bastante serio. —¡Excelente! Puesto que si en una ocasión se casó con un emperador chino, en tal caso, me entenderá a la perfección. Escuche… Pero permítame: si todavía no sé cómo se llama usted. —¡Por fin! ¡A buenas horas! —¡Ay, Dios mío!; es que no me dio por pensar en ello, me encontraba muy a gusto sin necesidad de saberlo… —Me llamo Nástenka. —¡Nástenka! Y ¿nada más? —Nada más. ¿Acaso es poco? ¡Qué insaciable es usted! —¿Que si es poco? Mucho, mucho, al contrario, es muchísimo, Nástenka. Es usted una muchacha muy bondadosa, ya que desde el principio ha sido Nástenka para mí. —¡Eso es! ¡Bueno! —Pues bien, escuche, Nástenka, qué historia más ridícula me va a salir. Me senté junto a ella, adopté una pose entre pedante y seria y comencé a hablar como si estuviera leyendo un libro: —Hay en San Petersburgo, Nástenka, si no lo sabe usted, unos rincones bastante curiosos. En esos lugares parece que no asoma el mismo sol que para el resto de los petersburgueses, sino otro, nuevo, como si se encargara a propósito para esos rincones, luciendo con una luz diferente, muy particular. En esos rincones, querida Nástenka, se vive de una forma completamente diferente que en nada se parece a la que bulle en torno a nosotros, sino que por el contrario se vive una vida que bien pudiera transcurrir en otro reino desconocido, y no aquí en este tiempo tan tremendamente serio. Pues precisamente esa vida viene a ser una mezcla de algo puramente fantástico, ardiente e ideal, con (¡oh, Nástenka!) algo terriblemente prosaico y corriente, por no decir trivial hasta más no poder. —¡Uf! ¡Oh, Dios mío! ¡Vaya introducción! ¿Qué es lo que oigo? —Lo que oye usted, Nástenka (creo que jamás me cansaría de llamarla Nástenka). Sí, lo que oye usted es que en esos rincones vive gente rara, soñadora. El soñador, si es necesario definirlo con más precisión, no es un hombre, sino, si quiere saberlo, un ser de género neutro. Se ubica generalmente en algún rincón inaccesible, como si se escondiera del mundo, y se introduce en él apegándose a su rincón como un caracol, o al menos pareciéndose mucho a ese curioso animal que es casa y animal a la vez, como la tortuga. ¿Por qué cree usted que ama tanto sus cuatro paredes, pintadas precisamente de verde, cubiertas de hollín, tristes e inadmisiblemente impregnadas de tabaco? ¿Por qué ese ridículo caballero, cuando le visita alguno de sus pocos conocidos (y lo que sucede es que se queda sin amigos), lo recibe de un modo tan tímido, demudándosele la cara y quedándose tan azorado como si acabara de cometer un crimen entre esas cuatro paredes, o de hacer unos billetes falsos o algunos versos para enviar a una revista con carta anónima, dejando constancia en ella de que el verdadero poeta ha muerto y de que su amigo considera un deber sagrado publicar sus versos? ¿Por qué, dígame, Nástenka, no fluye la conversación entre esos dos interlocutores? ¿Por qué ni la risa ni una palabra alegre salen de la boca del desconcertado compañero que acababa de irrumpir en su casa, y al que en otras ocasiones le gusta tanto la risa como las palabras alegres, así como las conversaciones sobre el bello sexo, y otros temas amenos? ¿Por qué, finalmente, ese compañero, al que probablemente conociera no hace mucho, ya en su primera visita (dado que no habrá otra, pues el compañero ya no volverá más), se queda tan confuso, petrificado, con lo ocurrente que es (¡eso solo si lo es!), al mirar la cara de zozobra del dueño, a quien a su vez ya le dio tiempo a quedarse completamente confuso, embrollarse tras los gigantescos y vanos esfuerzos de allanar y adornar la conversación, mostrándole a su vez desde su perspectiva los conocimientos que tiene de la sociedad, y hablarle de la belleza del sexo opuesto, aunque solo fuera por agradar con este humilde gesto al pobre hombre que cayó en un lugar inapropiado visitándole por error? ¿Por qué razón el huésped de pronto coge su sombrero y sale apresuradamente acordándose de un asunto muy importante, que jamás existió, y libera como puede su mano de los calurosos apretones del dueño, que por todos los medios intenta demostrar su arrepentimiento y enderezar el asunto? ¿Por qué el compañero que sale de su casa suelta una carcajada al cerrar la puerta, y se da palabra de no volver a entrar en casa de ese ser tan estrafalario, aunque éste, en esencia, sea un joven maravilloso que a su vez no puede dejar de imaginar algo caprichoso: de comparar, aunque sea muy lejanamente, la fisonomía de su compañero de conversación durante el tiempo que duró la visita con el aspecto de aquel gatito infeliz al que estrujaron los niños, espachurrándolo y ofendiéndolo de todas las maneras posibles, tomándolo a la fuerza como presa, confundiéndole hasta más no poder, para meterse finalmente debajo de una silla, en la oscuridad, donde se vio obligado a pasar una hora entera, con el pelo erizado, bufando y lavando con sus dos patitas su ofendido hociquito; y que, transcurrido un buen rato, mira hostil el mundo y la vida, e incluso los restos de la comida de los señores que le lleva la compasiva ama de llaves? —Escuche —interrumpió Nástenka, que durante todo ese tiempo estuvo escuchándome asombrada y boquiabierta—. Escuche: ignoro por completo por qué ha sucedido todo esto y por qué me hace usted preguntas tan ridículas. Pero de lo que estoy segura es de que todas esas aventuras de cabo a rabo le ocurrieron irremediablemente a usted. —Sin duda alguna —respondí yo con cara muy seria. —Pues, si no cabe duda, entonces continúe —respondió Nástenka—, porque tengo muchas ganas de saber cómo termina eso. —¿Desea saber, Nástenka, lo que hacía nuestro héroe en su rincón, o mejor dicho, yo, porque el héroe de todo esto soy yo, con la particular timidez que me caracteriza? ¿Quiere saber por qué me había alarmado y turbado tanto durante el resto del día la inesperada visita del compañero? ¿Desea saber por qué me estremecí y me sonrojé tanto al abrir la puerta de mi casa? ¿Por qué no supe recibir la visita y me sentí morir, avergonzado bajo el peso de mi propia hospitalidad? —Pues ¡sí! ¡Sí! —respondió Nástenka—, en ello está la cuestión. Escuche: usted lo narra maravillosamente, pero ¿no se podría contar de un modo más sencillo? Porque habla usted como si leyera un libro. —¡Nástenka! —le respondí con voz grave y severa, sin poder apenas aguantar la risa—. ¡Querida Nástenka, sé que lo cuento muy bien, pero siento no poder contarlo de otro modo! Ahora, querida Nástenka, me parezco al espíritu del rey Salomón, que permaneció durante mil años encerrado en una urna bajo siete sellos, y al que finalmente liberaron. Y ahora, cuando nos hemos encontrado de nuevo tras una larga separación… porque yo ya la conozco desde hace mucho, y porque desde hace tiempo estuve buscando a alguien, lo que significa que la estuve buscando precisamente a usted y que nos estaba destinado encontrarnos; ahora en mi cabeza se han abierto miles de válvulas y tengo que derramar un río de palabras, pues de lo contrario me ahogaría. De manera que le suplico que no me interrumpa, Nástenka, sino que me escuche paciente y atentamente. De lo contrario, me callaré. —¡De ninguna manera! ¡Hable! Ahora no diré ni una palabra. —Continúo: hay en el día, mi querida amiga Nástenka, una hora que yo adoro extraordinariamente. Viene a ser la hora en que la gente termina casi todos sus quehaceres, obligaciones y deberes, y todos corren deprisa hacia sus casas para comer, descansar, y, mientras tanto, él camina y se inventa otros temas divertidos relacionados con la tarde, la noche y el tiempo restante. A esa hora, también nuestro héroe, y permítame, Nástenka, hablar en tercera persona, porque en primera me resultaría tremendamente bochornoso contarle todo esto, de modo que a esa hora, nuestro héroe, que también tiene cosas que hacer, va caminando con los demás. Pero un extraño sentimiento de satisfacción juguetea en su semblante pálido y ligeramente arrugado. Mira con indiferencia el crepúsculo vespertino que se apaga lentamente en el frío cielo petersburgués. Miento cuando digo que mira. Porque no mira, sino que contempla inconscientemente como si a la vez estuviera cansado o ensimismado en alguna otra cuestión más interesante, de modo que solo de pasada, y casi involuntariamente, repara en lo que le rodea. Se siente satisfecho porque ha finalizado hasta mañana los asuntos que le resultan tediosos, y está tan contento como un colegial al que liberan del pupitre para que se distraiga con travesuras y juegos divertidos. Mírele de reojo, Nástenka: al instante verá que la alegría ya afectó felizmente a sus débiles nervios y su fantasía, enfermizamente irritada. Y he aquí lo que piensa… ¿Cree usted que en la comida? ¿En la tarde de hoy? ¿Qué es lo que mira de ese modo? ¿A ese caballero de tan buen aspecto cual si estuviera plasmado en un cuadro, inclinándose ante la dama que acaba de pasar junto a él en un espléndido coche de veloces caballos? No, Nástenka, ¡qué le importan todas esas pequeñeces! Ahora ya es rico con su particular vida. De repente parece convertirse en un hombre rico, y el rayo de despedida del sol que se apaga no brilló en vano alegremente delante de él, sino que suscitó en su cálido corazón todo un enjambre de recuerdos. Ahora apenas se fija en aquel camino en el que antes le podía sorprender la cosa más nimia. Ahora la diosa Fantasía (si ha leído usted a Zhukovski, querida Nástenka) ya bordó con caprichosa mano su pátina de oro, desplegando ante él bordados de una vida desconocida, extravagante; y ¿quién sabe?, puede que lo transporte con su mágica mano hasta el séptimo cielo de cristal, arrancándole del espléndido suelo de granito por el que está caminando. Intente detenerle ahora y pregúntele: ¿dónde se encuentra ahora y por qué calles caminó? Probablemente no recuerde nada, ni por dónde anduvo, ni dónde se encuentra ahora, y, sonrojándose de angustia, mentiría ligeramente para salvar las apariencias. Esa es la respuesta a por qué se estremeció casi hasta gritar al mirar temeroso alrededor cuando una distinguida anciana que se había equivocado de camino le detuvo cortésmente en la acera para preguntarle por una calle. Sigue adelante con el entrecejo arrugado sin percatarse apenas de que más de un transeúnte sonrió al verle, volviéndose para mirarle, y de que alguna pequeña, que le cedió tímida el paso, soltó una carcajada al mirar con ojos como platos su amplia sonrisa contemplativa y sus gestos de manos. Y, sin embargo, esa misma Fantasía arrancó también en su vuelo juguetón a la anciana, a los curiosos transeúntes, a la niña que se rio, y a los muzhiks que se pasan la tarde en sus barcas que invaden la Fontanka (supongamos que en ese momento nuestro héroe está pasando por ella), prendiendo traviesamente todo y a todos en su cañamazo como moscas en una tela de araña. Con su nueva adquisición, el estrafalario entra en su acogedora madriguera, se sienta a cenar, termina, y solo regresa a la realidad cuando la pensativa y siempre triste Matriona, que le sirve, haya recogido la mesa y entregado la pipa. Es cuando se despabila y con sorpresa recuerda que ya cenó, completamente abstraído de cómo había transcurrido aquello. La habitación se queda a oscuras. Siente vacío y tristeza en su alma. Todo un reino de sueños se acaba de derrumbar alrededor de él, destruyéndose sin dejar huella, sin ruido ni estrépito, pasando junto a él como una visión, sin que él mismo pueda recordar lo que ha visto. Pero una sensación oscura hace gemir y atormentar su pecho. Una sensación nueva que tienta e irrita su fantasía suscita imperceptiblemente todo un enjambre de nuevos espectros. El silencio reina en la pequeña habitación. La soledad y la pereza acarician la fantasía. Esta se enciende con suavidad, y se pone ligeramente en ebullición como el agua en la tetera de la vieja Matriona, que prosigue tranquilamente con sus quehaceres en la cocina, preparando el café. He aquí que ya se empieza a abrir camino entrecortadamente, y el libro cogido sin finalidad alguna y al azar le resbala entre las manos a mi soñador, que no ha llegado ni a la tercera página. Su imaginación de nuevo está lista para despertar, suscitarse, y de pronto otra vez un nuevo mundo, una nueva y maravillosa vida brilla junto a él en su centelleante perspectiva. ¡Un nuevo sueño, una nueva vida! ¡Una nueva dosis de un veneno refinado y voluptuoso! ¡Oh! ¡Qué le importa nuestra vida real! Para su mirada cautiva, usted y yo, Nástenka, llevamos una vida perezosa, lenta y desvaída. ¡Para su mirada, todos nosotros estamos tan descontentos de nuestro destino y tan fatigados de nuestra vida! Y, verdaderamente, fíjese y verá cómo en realidad, al primer golpe de vista, todo entre nosotros parece frío, lúgubre, como si estuviéramos enfadados… «¡Pobres!», piensa mi soñador. Y no es de extrañar que piense así. ¡Fíjese en esas visiones mágicas! ¡De qué modo tan encantador, con qué filigranas, y de qué manera tan caprichosa e ilimitada se compone ante él un cuadro mágico y animado, donde en primer plano y en primera persona, evidentemente, aparece él, nuestro soñador, con su especial particularidad! ¡Fíjese en qué diferentes acontecimientos, y qué infinito enjambre de sueños ardientes! Tal vez se pregunte usted qué está soñando. ¿Para qué preguntarlo? Pues sueña con todo, con el destino del poeta, desconocido al principio y coronado después; con la amistad de Hoffmann; con la noche de san Bartolomé, con la Diana de Vernon, con el papel heroico ante la toma de Kazán por Iván Vasílievich; Clara Mowbray, Effie Deans, el concilio de los prelados y Huss ante ellos, con la rebelión de los muertos en la obertura (¿se acuerda de la música?: ¡huele a cementerio!) con Minna y Brenda, la batalla de Berezina, la lectura del poema en casa de la condesa V. D., con Danton, con Cleopatra, e i suoi amanti , La casita en Kolomna , de Pushkin, con su rinconcito junto a un ser querido, que le escucha en una tarde de invierno con los ojos y la boca abiertos, tal y como me escucha usted ahora, mi pequeño ángel… ¡No, Nástenka, qué más le da, qué le importa al voluptuoso holgazán esta vida, a la que tanto nos aferramos! Él piensa que esta vida es pobre y triste, sin adivinar que también le llegará el día en que suene la hora fatal, en que por un día de esta triste vida entregaría él todos sus años fantásticos, y no ya a cambio de la alegría o la felicidad, pues no tendría preferencias en esa hora de tristeza, arrepentimientos y dolor sin obstáculos. Pero, hasta que llegue ese momento amenazador, no desea nada, pues está por encima de los deseos porque lo tiene todo, está saciado, él mismo es el artífice de su vida, que va creando a su antojo a cada momento. ¡Y es que ese mundo de cuento y fantasía se va creando de un modo tan fácil y natural! Como si realmente todo ello no fueran visiones. Pero a decir verdad está dispuesto a aceptar, en ese momento, que toda esa vida no es efecto de la excitación de los sentidos, sino que todo ello es verdaderamente real, auténtico y tangible. Y ¿por qué, dígame, Nástenka, por qué durante esos minutos se le estremece el alma? ¿Por qué tipo de magia o voluntad invisible se le acelera el pulso, las lágrimas brotan de los ojos del soñador, arden sus pálidas y humedecidas mejillas y toda su existencia se llena de ese irresistible deleite? ¿Por qué noches enteras de insomnio duran un instante, lleno de inagotable alegría y felicidad, y cuando en su ventana brilla el alba con su rayo de color rosa iluminando al amanecer la sombría habitación con una luz incierta y fantástica, como ocurre en nuestras casas de San Petersburgo, nuestro soñador, fatigado y agotado, se deja caer sobre la cama para quedarse dormido con el alma presa de éxtasis por la enfermiza exaltación de su espíritu y el dulce y agotador dolor de su corazón? Sí, Nástenka, nuestro héroe le hace involuntariamente creer a uno que una pasión verdadera y genuina le atormenta el alma, cree que hay algo vivo, tangible, en sus sueños incorpóreos. ¡Y, sin embargo, qué engaño! El amor ha penetrado en su pecho con toda su inagotable alegría y sus agotadores sufrimientos… Basta mirarle para convencerse. ¿Podrá creer al mirarle, querida Nástenka, que realmente jamás conoció a la que tanto amó en sus frenéticos sueños? ¿Acaso solo la vio en sus seductoras visiones y solo ha soñado esa pasión? ¿Es posible que de veras no hayan caminado cogidos de la mano en todos los años de su vida, solos los dos, dejando el mundo a un lado y uniendo cada uno su mundo y su vida con los del compañero? ¿Acaso no era ella quien, a última hora de la separación, estaba apoyada en su pecho sollozando y triste, sin oír la tormenta que se preparaba bajo el cielo amenazador, ni el viento que le arrancaba las lágrimas de sus negras pestañas? ¿Acaso todo ello había sido un sueño? ¡Y ese jardín, melancólico, abandonado y salvaje, con sus caminitos cubiertos de musgo, solitario y sombrío, donde tanto pasearon los dos, presos de esperanza y melancolía y amándose tan intensamente el uno al otro, «tanto tiempo y con tanta ternura»! ¿Y aquella extraña y vieja casa, en la que durante tanto tiempo vivió ella en soledad y tristeza junto a su viejo y lúgubre marido, eternamente callado y bilioso, que los asustaba como a niños tímidos que ocultaban el amor que se tenían? ¡Cómo sufrían! ¡Cómo temían y qué puro e inocente era su amor! ¡Y, por supuesto, Nástenka, qué malvada era la gente! ¡Dios mío! ¿Acaso él no la encontró a ella después lejos de su tierra, bajo un cielo extraño, meridional y cálido, en una ciudad maravillosa y eterna, en el esplendor de un baile, bajo el estruendo de la música, en un palazzo , «precisamente un palazzo », ahogado en el mar de luces, sobre un balcón cubierto de mirto y rosas, en el que ella, reconociéndole, se quitó apresuradamente la máscara y susurrando: «¡Soy libre!» se lanzó temblorosa a sus brazos? Y exclamando de entusiasmo, abrazándose los dos, se olvidaron por un instante de la pena, la separación, los sufrimientos, la casa lúgubre, el anciano y el jardín sombrío en la lejana tierra, y del banco en que, tras el último beso apasionado, ella se arrancó de sus brazos petrificados por la tristeza y la desesperación… ¡Oh!, reconocerá, Nástenka, que uno se agitará, se turbará y se ruborizará como un colegial que acaba de meter en su bolsillo la manzana robada del jardín vecino cuando un muchacho alto y fuerte, juguetón y bromista, su amigo anónimo, abre la puerta y grita como si nada pasara: «¡Hermano, acabo de llegar de Pavlovsk!». ¡Dios mío! ¡Ha muerto el viejo conde, comienza una felicidad inenarrable…! ¡Y en ese momento llega gente de Pavlovsk! Me callé patéticamente, finalizando mis conmovedoras exclamaciones. Recuerdo que tenía enormes ganas de echarme a reír a carcajadas, porque sentía un malévolo diablillo agitarse en mi interior; se me ponía un nudo en la garganta, me temblaba la barbilla y los ojos se me humedecían cada vez más… Yo esperaba que Nástenka, que me estaba escuchando con sus inteligentes y abiertos ojos, se echara a reír con su risa infantil e irresistiblemente alegre. Me arrepentía de haber llegado tan lejos y de haber contado en vano aquello que bullía en mi corazón desde hacía tiempo y acerca de lo cual podía hablar como si leyera un libro; porque desde hacía mucho había preparado la sentencia en contra de mí mismo, y no me resistía ahora a leerla, sin esperar que se me comprendiera. Pero para mi sorpresa ella se quedó callada, y después de un rato me estrechó la mano y me dijo tímidamente: —¿De veras que ha vivido usted así durante toda su vida? —¡Toda la vida, Nástenka! —respondí—. ¡Toda la vida, y me parece que también la acabaré del mismo modo! —¡No, eso no puede ser! —dijo ella, inquieta—. Eso no sucederá; del mismo modo tampoco yo puedo pasarme la vida entera junto a mi abuela. ¡Escuche! ¿Sabe usted que no está bien vivir de ese modo? —¡Lo sé, Nástenka! ¡Lo sé! —exclamé sin poder contener mi emoción—. ¡Ahora más que nunca sé que he malgastado los mejores años de mi vida! ¡Ahora lo sé, y eso me causa más dolor, porque Dios mismo me ha enviado a usted, a mi bondadoso ángel, para decirme esto y demostrármelo! Ahora que estoy sentado junto a usted y le hablo, hasta me da miedo pensar en el futuro, porque en el futuro… de nuevo me espera la soledad, de nuevo esa vida rancia e inútil. Y ¿con qué podría soñar cuando ya he sido tan feliz en la vida real junto a usted? ¡Que Dios la bendiga, querida muchacha, porque no me rechazó desde el primer momento, y porque ya puedo decir que he vivido dos noches en mi vida! —¡Oh, no, no! —exclamó Nástenka, y unas lagrimillas brillaron en sus ojos—. ¡Eso ya no sucederá! ¡No nos separaremos de ese modo! ¿Qué es eso de dos noches? —¡Oh, Nástenka, Nástenka! ¿Sabe para cuánto tiempo me ha reconciliado conmigo mismo? ¿Sabe que ahora ya no pensaré tan mal de mí mismo como lo he hecho otras veces? ¿Sabe que posiblemente ya no me entristeceré por haber cometido un crimen o un pecado en mi vida, porque esta vida es un delito y un pecado? ¡Y no piense que le estoy exagerando, por el amor de Dios, no lo piense, Nástenka, porque a veces me sobrevienen momentos de tanta, tanta melancolía…! Porque entonces me parece que ya no seré capaz de empezar a vivir de otro modo; porque me parece que he perdido todo el tacto y la intuición en lo real, en lo tangible; porque finalmente lancé maldiciones contra mí mismo; porque a mis noches de fantasía les sobrevienen momentos de desembriagamiento, que son horribles. Y mientras tanto oyes cómo a tu alrededor, en un torbellino vital, la muchedumbre humana da vueltas estruendosamente; oyes y ves cómo vive la gente (que vive de verdad), y ves que la vida para ellos no está hecha por encargo, que su vida no se esfumará como un sueño o una visión; que su vida, siempre joven, se renueva continuamente, y ni una sola de sus horas se parece a otra, que lo que resulta aburrido y monótono hasta el extremo es la asustadiza fantasía, sierva de la sombra, de la idea; sierva de la primera nube que repentinamente ha tapado el sol y estruja en la melancolía el verdadero corazón petersburgués, que tanto aprecia su sol. Y ¿qué fantasía puede haber en la tristeza? Sientes que ella finalmente se cansa, se agota en su continua tensión, porque uno finalmente madura dejando atrás sus ideales de antes, que se esfuman como el polvo y se rompen en pedazos; y si no hay otra vida, es preciso construirla con esos mismos pedazos. ¡Mientras tanto el alma ansía y te pide algo diferente! ¡Y en vano escarba el soñador entre sus viejas fantasías, como si fueran ceniza en la que busca algún rescoldo para reavivar el fuego y calentar su frío corazón, haciendo resurgir de nuevo en él todo cuanto ha sido tan querido, cuanto arrebataba el alma, cuanto le hacía hervir la sangre, arrancando lágrimas y cautivando sutilmente! ¿Sabe a lo que he llegado, Nástenka? ¿Sabe que hasta me siento obligado a celebrar el aniversario de mis sensaciones, el aniversario de aquello que antes me resultaba tan querido?; algo que en realidad nunca existió (porque ese aniversario se celebra conforme a aquellos sueños absurdos e incorpóreos), y esos sueños absurdos ni siquiera existen y no hay por qué sobrevivirlos: porque también los sueños se sobreviven. ¿Sabe que ahora, en una fecha determinada, me gusta recordar y visitar aquellos lugares donde algún día fui feliz a mi manera? ¿Sabe que me gusta construir lo presente conforme a lo que se fue sin retorno, y a menudo deambulo por las callejuelas y avenidas petersburguesas como una sombra triste y afligida, sin finalidad ni necesidad alguna? Y ¡qué recuerdos! Me viene a la memoria, por ejemplo, que justo en ese lugar, hace un año, a la misma hora, caminé por esa acera igual de solitario que ahora. Recuerdo que también entonces las ideas eran tristes y, aunque no estuviera mejor, parece que de alguna manera resultaba más fácil vivir, y que no te atormentaba esa idea oscura que ahora no te abandona; que no tenías esos remordimientos de conciencia; remordimientos oscuros, lúgubres, que ahora no te dejan en paz ni de día ni de noche. Y te preguntas: ¿dónde están tus sueños? Y sacudes la cabeza diciendo: ¡cómo pasan los años! Y de nuevo te preguntas: ¿qué has hecho con tus años?, ¿dónde has enterrado tus mejores años? ¿Has vivido o no? ¡Mira!, te dices a ti mismo. ¡Qué frío se llega a sentir en esta vida! Pasarán los años y vendrá la lúgubre soledad, y después, junto al bastón, la trémula vejez y, detrás de ella, la tristeza y la melancolía. Palidecerá tu mundo fantástico, se petrificarán y ahogarán tus sueños, y caerán cual hojas amarillentas de los árboles… ¡Oh, Nástenka, será triste quedarse solo, completamente solo sin tener nada que lamentar! Nada, absolutamente nada… ¡porque todo cuanto has perdido, todo eso no ha sido nada, porque el absurdo y aberrante cero no ha sido más que un sueño! —¡Bueno, no me haga ponerme más triste! —dijo Nástenka, secándose una lagrimilla que salía de sus ojos—. ¡Ahora ya ha terminado! Ahora estaremos los dos juntos; me pase lo que me pase, no nos separaremos jamás. Escuche. Soy una muchacha sencilla, he estudiado poco, aunque la abuela pagaba a un profesor para darme clases. Pero, a decir verdad, yo le entiendo, porque todo cuanto usted me acaba de contar también lo he vivido yo cuando la abuela me cosió con imperdibles a su vestido. Yo no lo habría podido contar tan bien como usted, porque no he estudiado —repitió tímidamente, expresando todavía admiración y respeto por mi discurso patético y mi elevado estilo—; pero estoy muy contenta de que haya confiado en mí. Ahora yo le conozco bien, le conozco a fondo. Y ¿sabe una cosa? Me gustaría contarle también mi historia, toda íntegra, sin ocultar nada, y después de ello me dará usted un consejo. Es usted una persona muy inteligente, ¿me da su palabra de que me dará ese consejo? —¡Oh, Nástenka! —respondí—. Aunque antes jamás había sido consejero, y menos aún consejero inteligente, me parece sensato lo que usted me propone. Bueno, mi querida Nástenka, ¿de qué consejo se trata? Dígamelo abiertamente. Ahora me siento tan contento y feliz, tan valiente y ocurrente, que no será necesario recurrir a trucos para responder con palabras precisas. —¡No, no! —interrumpió Nástenka echándose a reír—, no me hace falta un consejo inteligente, sino uno que salga del corazón, fraternal, como si me quisiera usted hace ya un siglo. —¡De acuerdo, Nástenka! ¡De acuerdo! —exclamé entusiasmado—. ¡Si yo la quisiera veinte años, a pesar de ello no la querría más de lo que la quiero ahora! —¡Deme su mano! —dijo Nástenka. —¡Aquí está! —le respondí yo, dándole la mano. —Comencemos mi historia, pues. La historia de Nástenka —Ya conoce usted la mitad de la historia, es decir, ya sabe usted que tengo una abuela anciana… —Y si la segunda mitad es tan corta como esta… —la interrumpí yo sonriendo. —Calle y escuche. Antes que nada vamos a poner la condición de no interrumpir, porque de lo contrario me equivocaré. Bueno, pues escuche atentamente: »Yo tengo una abuela anciana. Vivo con ella desde que era muy pequeña, porque mis padres murieron. Hay que tener en cuenta que antes la abuela vivía mejor, pues hasta hoy recuerda días mejores. Ella fue quien me enseñó francés y después me buscó un profesor particular. Cuando yo tenía quince años, pues ahora tengo diecisiete, terminaron mis estudios. Y en ese tiempo fue cuando hice algunas travesuras; lo que hice no se lo voy a contar, pero es suficiente con que le diga que no fue nada grave. Entonces una mañana me llamó la abuela y me dijo que, como estaba ciega, no podía vigilarme. Cogió entonces un imperdible y prendió su vestido al mío, diciendo que así es como viviríamos siempre, si yo, claro está, no sentaba la cabeza. En una palabra, al principio no podía apartarme de ella de ninguna de las maneras: tenía que hacerlo todo junto a la abuela: trabajar, leer, estudiar. Una vez se me ocurrió hacer un truco y convencí a Fiokla para que se sentara en mi lugar. Fiokla es nuestra criada y está sorda. Se sentó en mi lugar. Durante ese rato la abuela se quedó dormida en su sillón, y yo me fui a casa de una amiga que no vive lejos. Pero la cosa terminó mal. La abuela se despertó cuando yo no había regresado aún y preguntó algo pensando que yo estaba quieta sentada en mi sitio. Fiokla, al ver que la abuela la preguntaba, y ella que no oía lo que le decía, sin saber qué hacer, desabrochó el imperdible y salió corriendo… Llegado este punto Nástenka se calló y se echó a reír. Yo me reí con ella. Pero ella al instante se detuvo. —Escuche: usted no se ría de la abuela. Yo me río, porque me hace gracia… Pero ¿qué se puede hacer cuando la abuela es así? Pero yo, a pesar de todo, la quiero un poco. Y bien, entonces recibí mi merecido: al instante me sentó nuevamente a su lado sin que ya pudiera moverme ni hacer nada. »Bueno, se me había olvidado decirle que tenemos, más bien que la abuela tiene, su propia casa, es decir, una casita pequeña, con solo tres ventanas, de madera y tan vieja como la abuela. Arriba hay un desván; y un día un inquilino nuevo se instaló en nuestro desván… —¿Se entiende que era un inquilino mayor? —puntualicé yo de pasada. —Pues claro —respondió Nástenka—, y sabía estar callado mejor que usted. Aunque a decir verdad apenas hablaba. Era un anciano seco, mudo, ciego y cojo, de manera que finalmente se le hizo imposible vivir en este mundo y murió. Después de aquello tuvimos que instalar a otro inquilino, pues no podíamos vivir sin alquilar. Nuestros únicos ingresos eran la pensión de la abuela y lo que cobrábamos por el alquiler. Y, como si fuera a propósito, el nuevo inquilino era un hombre joven que no era de aquí sino que estaba de paso. Como no regateó, la abuela lo aceptó. Después me preguntó: «¿Qué, Nástenka, es joven nuestro inquilino?». No quise mentirle y dije: «Bueno, abuela, no es del todo joven, pero tampoco parece viejo». «Bueno ¿y tiene buen aspecto?», preguntó la abuela. »Tampoco quise mentirle. «Sí, tiene buen aspecto, abuela». Y la abuela me dijo: «¡Ay, qué castigo! Te lo digo, nieta, para que no le mires a la cara. ¡Vaya tiempos que corren! ¡Hay que ver, un inquilino tan insignificante, y tiene que tener buen aspecto! ¡Eso no pasaba en mis tiempos!». »La abuela lo relacionaba todo con sus tiempos. En sus tiempos ella era más joven, el sol calentaba más, las ciruelas no se ponían tan pronto ácidas… y todo lo relacionaba con sus tiempos mozos. Y he aquí que estoy yo sentada y pensando: «¿Por qué la abuela me hace esas preguntas: que si el inquilino tiene buen aspecto, que si es joven?». Pero eso solo lo pensé un momento y continué sentada contando los puntos y haciendo calceta, olvidándome después de ello por completo. »Un día por la mañana vino a vernos el nuevo inquilino para recordarnos que habíamos prometido empapelarle la habitación. Una palabra siguió a la otra, y como la abuela es charlatana me dice: «Ve, Nástenka, a mi dormitorio y tráeme las cuentas». Yo me levanté deprisa y sin saber por qué me sonrojé toda, olvidándoseme además que estaba sentada y prendida con un imperdible. En lugar de desabrochar despacito el imperdible para que el inquilino no se percatara, di un tirón tan fuerte que arrastré el sillón de la abuela. Al darme cuenta de que ahora el inquilino lo sabía todo sobre mí, me sonrojé, me quedé clavada en el sitio y de pronto rompí a llorar. ¡Sentí en aquellos momentos tanta vergüenza y amargura que quería morirme! Y la abuela gritó: «¿Qué haces quedándote ahí parada?», y yo lloraba aún más… Al ver el inquilino que estaba abochornada delante de él, hizo una reverencia y se marchó. »Desde entonces, cuando oía un ruido en el zaguán, me quedaba paralizada. «Ya está», pensaba yo, «ya viene el inquilino», y por si acaso desabrochaba despacito el imperdible. Pero no era él. No venía. Pasaron dos semanas: el inquilino nos envió un recado a través de Fiokla en que decía que tenía muchos libros en francés que eran muy buenos, y que podíamos leerlos. Que si no le gustaría a la abuela que yo se los leyera para no aburrirse. La abuela aceptó agradecida, pero no paró de preguntar si eran libros morales, «en caso de que no lo sean, tú, Nástenka, no debes leerlos pues aprenderías cosas malas». »—¿Y qué puedo aprender, abuela? ¿Qué es lo que dicen? »—¡Ah! —me dijo—. Escriben cómo los jóvenes seducen a las muchachas, y bajo el pretexto de casarse con ellas se las llevan de la casa paterna para después abandonar a las pobres muchachas a la voluntad de Dios, que se pierden de la manera más lamentable. Yo —dijo la abuela— he leído muchos de esos libros, y todo está tan maravillosamente expresado que te pasas la noche leyéndolos en silencio. Así que tú —dijo—, Nástenka, ten cuidado, no los leas. ¿Y qué libros ha traído? —preguntó la abuela. »—Todos son novelas de Walter Scott, abuela. »—¡Las novelas de Walter Scott! Bueno, ¿y no habrá en ellas algún truco? Mira a ver si no habrá introducido él dentro alguna notita de amor. »—No, abuela —le dije—, no hay ninguna nota. »—Mira debajo de la encuadernación. ¡A veces, ellos las introducen allí, entremedias, los muy tunantes…! »—No abuela. Tampoco hay nada debajo de la encuadernación. »—Bueno, está bien. »De modo que nos pusimos a leer a Walter Scott y en cosa de un mes nos leímos casi la mitad de los libros. Después él continuó enviándonos más. Nos mandó la obra de Pushkin, de modo que yo ya no podía vivir sin libros y dejé de pensar en casarme con un príncipe chino. »Así transcurrían las cosas cuando un día me crucé en la escalera con nuestro inquilino. La abuela me había mandado a hacer un recado. Él se detuvo, yo me sonrojé toda, y él también, pero se echó a reír, me saludó y preguntó por la salud de la abuela, y me dijo: «Y bien, ¿ha leído usted los libros?». Y yo le respondí: «Los he leído». «¿Y cuál le ha gustado más?». Y yo le dije: « Ivanhoe y Pushkin son los que más me han gustado». Con esto concluyó aquella vez la conversación. »Al cabo de una semana de nuevo me topé con él en la escalera. En aquella ocasión no iba a hacer ningún recado de la abuela sino que era yo quien necesitaba algo. Eran cerca de las tres y el inquilino volvía a esa hora a casa. «¡Hola!», me dijo. Y yo le respondí: «¡Hola!». »—¿Y qué? —me dijo—, ¿no se aburre usted de estar todo el día sentada junto a la abuela? »Cuando me preguntó aquello, no sé por qué me ruboricé toda, me avergoncé y me sentí ofendida, seguramente al pensar que ya era un tema que estaba en boca de todos. Estuve a punto de no responderle y marcharme, pero no tuve fuerzas. »—¡Escuche! —me dijo—, ¡si usted es una buena muchacha! Disculpe que le hable en este tono, pero le aseguro que deseo su bien más que su abuela. ¿No tiene usted ninguna amiga a la que pudiera visitar? »Le respondí que no tenía ninguna, que tuve una, Máshenka, pero que se había marchado a vivir a Pskov. »—Escuche —me dijo él—. ¿Quiere venir conmigo al teatro? »—¿Al teatro? Pero ¿y la abuela? »—Pues márchese usted despacito de su lado… »—No —le dije—. No quiero engañar a la abuela. ¡Adiós! »—Bueno, pues adiós —respondió él, y no dijo más. »Pero después de la comida vino a vernos. Se sentó y estuvo largo rato hablando con la abuela, preguntando si salía a alguna parte, si tenía conocidos. Y de pronto dijo: —Pues hoy he sacado un palco para la ópera. Representan El barbero de Sevilla . Unos conocidos querían ir a verlo, pero después desistieron y me he quedado con una entrada en la mano. »—¡ El barbero de Sevilla ! —exclamó la abuela—. ¿Y es el mismo Barbero que representaban en mis tiempos? »—Sí, el mismo —dijo él mirándome—; ¿lo conoce? —yo ya lo había comprendido todo, me sonrojé, y el corazón me saltaba por la espera. »—¡Cómo no iba a conocerlo! —respondió la abuela—. En mis tiempos yo misma representé el papel de Rosina en un teatro casero. »—¿Y no querría ir hoy? —dijo el inquilino—. La entrada que tengo se perdería en vano. »—¡Pues sí, vayamos! —dijo la abuela—. ¿Por qué no habíamos de ir? Pero resulta que mi Nástenka nunca ha estado en el teatro. »¡Dios mío, qué alegría! Al momento nos pusimos en marcha, nos arreglamos y partimos al teatro. La abuela aunque estuviera ciega deseaba oír música, pero aparte de eso es buena, pues lo que más quería era agradarme a mí, porque por nuestra cuenta nosotras nunca nos habríamos decidido a ir. No le voy a contar la impresión que me causó El barbero de Sevilla , solo que durante toda la tarde nuestro inquilino me miraba de un modo tan agradable, se dirigía a mí en un tono tan cortés, que enseguida comprendí que por la mañana me pondría a prueba proponiéndome que me fuera sola con él al teatro. ¡Bueno, qué alegría! Me fui a dormir tan orgullosa, tan alegre, y el corazón me latía con tanta fuerza que hasta tuve un poco de fiebre y me pasé la noche delirando con El barbero de Sevilla . »Yo creí que después de aquello el inquilino vendría a vernos más a menudo, pero no lo hizo. Casi dejó de visitarnos. Como máximo un par de veces al mes y solo para invitarnos al teatro. Fuimos al teatro dos veces más. Solo que yo no estaba contenta. Me percaté de que a él simplemente le daba lástima que yo viviera en esas condiciones con la abuela; nada más. Según pasaba el tiempo me di cuenta de que no podía estarme quieta sentada: no leía, tampoco hacía mis labores, a veces me echaba a reír y le hacía alguna travesura a la abuela para hacerla rabiar, y otras, simplemente me echaba a llorar. Finalmente adelgacé y casi caigo enferma. Pasó la temporada de ópera y el inquilino dejó de visitarnos por completo. Cuando nos encontrábamos (siempre en la misma escalera, se entiende), él se inclinaba sin decir nada, todo serio, como si no quisiera hablar, y bajaba después al porche mientras yo seguía aún en mitad de la escalera, colorada como una cereza, porque al cruzarme con él empezaba a subírseme toda la sangre a la cabeza. »Y ahora ya viene el final. Hace ahora justo un año, en el mes de mayo, vino el inquilino a casa diciendo a la abuela que ya había concluido todas sus gestiones aquí y que debía partir de nuevo a Moscú por un año. En cuanto lo oí, me quedé pálida y como muerta me dejé caer en la silla. La abuela no se percató de nada. Y él, tras decirnos que nos dejaba, se despidió y se marchó. »¿Qué iba yo a hacer? Le di muchas vueltas, estaba muy triste, hasta que por fin tomé una decisión. Él se marchaba al día siguiente y decidí resolverlo todo por la noche, cuando la abuela se fuera a dormir. Y así pasó. Hice un hatillo y metí todo dentro; todo cuanto tenía de vestidos y ropa, y con él en la mano, ni viva ni muerta, me dirigí al desván donde vivía nuestro inquilino. Creo que tardé una hora en subir la escalera. En cuanto abrí la puerta para entrar en su habitación, él me vio y dio un grito. Debió de pensar que era un fantasma y fue corriendo a ofrecerme agua, porque apenas me tenía en pie. El corazón me latía con fuerza, me dolía la cabeza y estaba mareada. Cuando me recompuse, puse mi hatillo en su cama, me senté junto a él, me tapé la cara con las manos y rompí a llorar desconsoladamente. Él pareció comprenderlo todo al instante, y permanecía delante de mí pálido y mirándome de un modo tan triste que faltaba poco para que me estallara el corazón. »—Escúcheme —dijo él—. Escúcheme, Nástenka, no puedo hacer nada. Soy pobre y de momento no puedo ofrecer nada, ni siquiera un puesto de trabajo decente. ¿Cómo íbamos a vivir si yo me casara con usted? »Estuvimos hablando largo rato, pero finalmente yo estallé y le dije que no podía vivir con la abuela, que me escaparía de su lado, que no quería que me cosiera con un imperdible, y que si él quería me iría con él a Moscú, porque no podía vivir sin él. La vergüenza, el amor y el orgullo… todo ello hablaba al mismo tiempo en mi interior, y me faltó poco para caer en la cama y delirar. ¡Temía tanto el rechazo! »Estuvo un rato sentado en silencio, después se levantó, se acercó a mí y me cogió de la mano. »—¡Escuche, mi buena y querida Nástenka! —dijo con lágrimas en la voz—. Escuche. Le juro que si en algún momento tengo posibilidades de casarme, inmediatamente formaría usted parte de mi felicidad. Le aseguro que ahora solo usted puede hacerme feliz. Escuche, yo me voy a Moscú y permaneceré allí justo un año. Espero arreglar mis asuntos. Cuando regrese y si usted sigue queriéndome, le juro que seremos felices. Pero ahora es imposible, no puedo, no tengo derecho a ofrecerle nada. Le juro que, si no es al cabo de un año, algún día se hará realidad; se entiende que en caso de que no prefiera usted a otro, porque no puedo ni me atrevo a pedirle que me dé su palabra. »Eso fue lo que me dijo, y al día siguiente se marchó. Lógicamente acordamos no decir ni palabra de aquello a la abuela. Así lo quiso él. Y, bueno, ahora ya casi termina mi historia. Pasó justo un año. Él regresó, y ya lleva aquí tres días y… —Y ¿qué? —exclamé yo impaciente por oír el final. —¡Hasta ahora no se ha presentado! —respondió Nástenka como si quisiera recobrar fuerzas—. No se sabe nada de él… Llegado este punto se detuvo, se quedó callada, bajó la cabeza y de pronto, tapándose la cara con las manos, empezó a sollozar de tal modo que mi corazón al oír su llanto dio un vuelco. No podía imaginarme un desenlace así. —¡Nástenka! —dije con voz tímida e insinuante—. ¡Nástenka, no llore, por el amor de Dios! ¿Cómo lo sabe usted? Puede que aún no haya venido… —¡Está aquí! ¡Está aquí! —respondió rápidamente Nástenka—. Yo sé que se encuentra aquí. Habíamos acordado una cosa. Aquella noche, antes de su marcha, cuando nos dijimos todo lo que yo le conté, acordamos salir a dar un paseo por aquí, justamente en este muelle. Eran las diez de la noche. Estuvimos sentados en este banco. Yo ya no lloraba, me deleitaba escuchándole… Me dijo que en cuanto regresara vendría a nuestra casa y, si yo no lo rechazaba, le contaríamos todo a la abuela. ¡Ahora ha regresado, lo sé, pero no viene! Y de nuevo se echó a llorar. —¡Dios mío! ¿Acaso no hay forma de ayudarla? —exclamé yo, saltando del banco verdaderamente desesperado—. Dígame, Nástenka, ¿y no podría yo ir a verle…? —¿Acaso es posible? —dijo ella, levantando de pronto la cabeza. —¡No! ¡Claro que no! —señalé yo, ocurriéndoseme de repente—. Pero mire, escríbale una carta. —¡No, de ninguna de manera! ¡No lo puedo hacer! —respondió ella decididamente, pero ya con la cabeza gacha y sin mirarme. —¿Cómo que no puede? ¿Por qué es imposible? —continué yo, aferrándome a mi idea—. Sepa una cosa, Nástenka: que no se trata de una carta cualquiera. Porque hay cartas y cartas y… ¡Oh, Nástenka, es así! ¡Créame! No le voy a dar un consejo absurdo. Todo eso se puede preparar. Si usted ha dado el primer paso, y ahora ya… —¡No puede ser! ¡No puede ser! Podría parecer que quiero comprometerlo… —¡Oh, mi querida Nástenka! —interrumpí yo, sin ocultar la sonrisa—. ¡Le digo a usted que no! Usted, a decir verdad, está en su derecho porque él le hizo una promesa. Y por lo que veo se trata de una persona delicada, que ha actuado correctamente —continué yo, entusiasmándome cada vez más por la lógica de mis propias conclusiones y mis convencimientos—. ¿Cómo ha actuado él? Dio su palabra de compromiso. Le dijo que en caso de casarse, no lo haría con nadie que no fuera usted y le dio plena libertad para rechazarle en cualquier momento… En un caso así, usted puede dar el primer paso, tiene derecho a hacerlo, lleva ventaja, aunque solo fuera, por ejemplo, para liberarle del compromiso dado… —¡Escuche! ¿Cómo la escribiría? —¿Qué? —Pues esa carta. —Yo por ejemplo la escribiría del siguiente modo: «Muy señor mío…». —¿Y necesariamente ha de ser así? ¿«Muy señor mío»? —¡Necesariamente! Además, qué más da. Yo creo… —¡Bueno, bueno, continúe! —«¡Muy señor mío! Disculpe que yo…». ¡Por lo demás, no, no hace falta dar ningún tipo de excusas! El propio hecho lo justifica todo. Diga simplemente: Me dirijo a usted. Perdone mi impaciencia. Durante todo el año fui feliz esperándole. ¿Acaso ahora soy culpable por no soportar un solo día de duda? Ahora que ha regresado usted, puede que haya cambiado de intención. En tal caso esta carta le demostrará que ni me quejo ni le recrimino. No le culpo porque no soy dueña de su corazón. ¡Mi destino es así!Es usted una persona honesta. No se burle ni se enfade al leer estas impacientes líneas mías. Recuerde que las escribe una pobre joven, que está sola, sin nadie que la pueda orientar ni aconsejar, y que nunca supo dominar su corazón. Pero disculpe que por un instante la duda haya penetrado en mi corazón. No sería usted capaz de ofender ni siquiera mentalmente a la persona que tanto le amó y le ama. —¡Sí, sí! Así es exactamente como yo lo he pensado —exclamó Nástenka, y la alegría brilló en sus ojos—. ¡Oh! Ha disipado usted mis dudas, Dios mismo le ha enviado a mí. ¡Se lo agradezco! ¡Se lo agradezco! —¿El qué? ¿Haber sido enviado por Dios? —respondí yo, mirando entusiasmado su rostro lleno de felicidad. —Sí, aunque sea eso. —¡Ay, Nástenka! ¡Debemos agradecer a algunas personas el simple hecho de vivir junto a nosotros! ¡Yo le agradezco que nos hayamos encontrado, y que la recordaré todo un siglo! —Bueno, basta. Y ahora escuche: entonces acordamos que en cuanto él llegara haría saber de su presencia dejándome una carta en casa de unos conocidos míos, gente buena y sencilla, que no saben nada de esto; y en caso de no poder escribirme la carta, porque no siempre se puede contar todo en una carta, entonces el día de su llegada vendría aquí, donde nos citamos, a las diez en punto de la noche. Sé que ya ha llegado; pero ya lleva aquí tres días y no tengo carta suya ni ha venido. Escaparme de la abuela por la mañana me resulta imposible. Entregue mañana usted mismo mi carta a esa buena gente de la que le hablo: ellos se la harán llegar; y en caso de haber respuesta, usted me la traerá a las diez de la noche. —¡Pero la carta, la carta! Si lo primero que hay que hacer es escribir la carta. De este modo, quizás todo podría solucionarse pasado mañana. —¡La carta…! —respondió Nástenka, ligeramente confusa—, ¡la carta…!; pero… No finalizó la frase. Al principio volvió la cara, se sonrojó como una rosa, y de pronto sentí la carta en mi mano, escrita al parecer ya hacía tiempo, completamente preparada y con el sobre cerrado. ¡Un recuerdo conocido, tierno y simpático, pasó por mi cabeza! —¡ Ro-ro-si-si-na-na ! —dije yo. —¡ Rosina ! —entonamos los dos, yo casi abrazándola de entusiasmo, y ella sonrojándose hasta más no poder, y riendo entre lágrimas, que como perlas temblaban sobre sus negras pestañas. —¡Bueno, basta! Ahora, adiós —dijo ella deprisa—. Aquí tiene usted la carta y la dirección donde debe llevarla. ¡Adiós! ¡Hasta la vista! ¡Hasta mañana! Me apretó con fuerza las dos manos, hizo un ademán con la cabeza y como una flecha desapareció en su callejuela. Permanecí un largo rato en el sitio, acompañándola con la vista. «¡Hasta mañana! ¡Hasta mañana!», se me pasó por la cabeza cuando hubo desaparecido. Noche tercera Hoy ha sido un día triste, lluvioso, sin un rayo de luz, igual que lo será mi vejez. Pensamientos extraños, sensaciones oscuras e interrogaciones poco claras se agolpan en mi cabeza, sin que me encuentre con fuerzas ni ganas para resolverlos. ¡No seré yo quien resuelva todo esto! Hoy no nos veremos. Ayer, cuando nos estábamos despidiendo, las nubes comenzaron a cubrir el cielo y empezó a levantarse la niebla. Le dije que al día siguiente haría mal tiempo. No me respondió, no quería contrariarse; para ella ese día era claro y luminoso y ninguna nube cubriría su felicidad. —¡Si llueve no nos veremos! —dijo ella—. No vendré. Pensé que no se daría cuenta de la lluvia de hoy, pero a pesar de ello no apareció. Ayer fue nuestro tercer encuentro, nuestra tercera noche blanca… ¡Y hay que ver cómo la alegría y la felicidad hacen que el hombre sea algo maravilloso! ¡Cómo bulle de amor el corazón! Parece que quieres fundir tu corazón con el otro, deseando que todo transcurra de la forma más alegre y que todo sonría. ¡Y qué contagiosa es esa alegría! Ayer en sus palabras había tanta complacencia, tanta bondad suya hacia mi corazón… ¡Cómo me cortejaba, qué tierna se mostraba y cómo alentaba y mimaba mi corazón! ¡Oh, cuánta coquetería encierra la felicidad! Y yo… Yo me lo tomaba todo como un juego limpio; pensaba que ella… Pero Dios mío, ¿cómo podía pensar yo eso? ¿Cómo podía estar tan ciego cuando todo estaba ya en manos de otro, y nada me pertenecía; cuando, finalmente, incluso la misma ternura, su solicitud, su amor, sí, amor hacia mí, no eran más que la felicidad por la próxima cita con el otro, el deseo de trasladarme también a su felicidad…? Cuando él no apareció y esperábamos en vano, ella frunció el entrecejo y se quedó cohibida y acobardada. Todos sus gestos y palabras ya no eran tan suaves, juguetones y alegres. Y, cosa extraña, se mostró más atenta conmigo, como si instintivamente quisiera verter sobre mí aquello que deseaba y lo que temía si la cosa no se cumpliera. Mi Nástenka se quedó tan apocada y asustada que finalmente parecía creer que yo la amaba y se apiadó de mi pobre amor. Ello sucede cuando somos infelices y sentimos con más fuerza la desgracia de los demás; el sentimiento no se rompe, sino que se concentra… Acudí al encuentro con el corazón rebosante, haciéndoseme interminable la espera. No presentía lo que iba a experimentar; ni que todo aquello tuviera el desenlace que tuvo. Estaba radiante de felicidad, esperaba una respuesta. Y la respuesta fue ella misma. Él debía venir, llegar corriendo a su llamamiento. Ella llegó una hora antes que yo. Al principio se reía de todo, y sonreía a cada palabra mía. Yo empecé a hablar y me quedé callado. —¿Sabe por qué estoy tan contenta? —dijo ella—. ¿Por qué estoy tan contenta de verle? ¿Y por qué le quiero tanto hoy? —¿Y bien? —dije yo con el corazón encogido. —Le quiero porque no se ha enamorado usted de mí. Porque cualquier otro en su lugar estaría molestándome, dándome la lata, quejándose, haciéndose el enfermo, ¡mientras que usted es tan adorable! En ese momento apretó tanto mi mano que me faltó poco para lanzar un grito. Se echó a reír. —¡Dios mío, qué buen amigo es usted! —dijo pasado un minuto, en tono serio—. ¡Si el mismo Dios le ha enviado a mí! Pero ¿qué sería de mí si no estuviera usted ahora conmigo? ¡Qué desinteresado! ¡Cuánto me quiere! Cuando me case mantendremos una gran amistad, más que si fuéramos hermanos. Yo le querré casi tanto como a él… En aquel instante sentí mucha tristeza y, sin embargo, algo similar a la risa se removió en mi alma. —Usted tiene un ataque de nervios —dije yo—. Cree que él no vendrá. —¡Vaya por Dios! —respondió ella—. Si no fuera tan feliz creo que me echaría a llorar por su desconfianza y sus reproches. Por lo demás, usted me dio la idea y me hizo pensar mucho; pero lo pensaré más tarde, y ahora le confieso que tiene usted razón. ¡Sí! No parezco la misma. Estoy completamente a la expectativa y todo me llega con demasiada susceptibilidad. Pero ¡ya es suficiente, dejemos a un lado los sentimientos…! En ese momento se oyeron unos pasos y en la oscuridad apareció un transeúnte que se dirigía justo hacia nosotros. Los dos nos echamos a temblar, a ella le faltó poco para lanzar un grito. Yo bajé su mano e hice un gesto como si fuera a apartarme. Pero estábamos equivocados: no era él. —¿De qué tiene miedo? ¿Por qué ha retirado mi mano? —dijo ella, dándomela de nuevo—. ¿Y bien? Lo encontraremos juntos. Yo quiero que vea cuánto nos queremos el uno al otro. —¡Cómo nos queremos el uno al otro! —exclamé. «¡Oh, Nástenka, Nástenka!», pensé yo, «¡cuánto has dicho con esas palabras! ¡Un amor como este, Nástenka, en determinados momentos enfría el corazón y vuelve pesarosa el alma! Tu mano está fría y la mía arde como el fuego. ¡Qué ciega estás, Nástenka…! ¡Oh! ¡Qué insufrible resulta una persona feliz en momentos como este! Pero no puedo enfadarme contigo…». Finalmente sentí que mi corazón estallaba. —¡Escuche, Nástenka! —exclamé—. ¿Sabe cómo me he sentido durante todo el día? —¿Qué? ¿Qué es lo que le ha sucedido? ¡Cuéntemelo deprisa! ¿Por qué ha estado todo este rato callado? —En primer lugar, Nástenka, hice todos sus recados, entregué la carta, estuve en casa de sus conocidos; después… me fui a casa y me eché a dormir. —¿Solo eso? —interrumpió ella echándose a reír. —Sí, casi nada más —respondí con esfuerzo, porque unas absurdas lagrimillas empezaron a aflorar en mis ojos—. Me desperté una hora antes de la cita, con la impresión de no haber dormido. No sé qué me sucedió. Venía para contarle todo esto, como si el tiempo se hubiera detenido para mí, como si solo una sensación, un sentimiento, desde este momento debiera quedarse para siempre dentro de mí, como si un minuto debiera continuar toda la eternidad y toda mi vida se hubiera detenido… Cuando desperté, creí que una dulce melodía que había oído en algún lugar volvía a aflorar en mi memoria. Tenía la impresión de que durante toda la vida había estado queriendo salir de mi alma y solo ahora… —¡Ay, Dios mío, Dios mío! —interrumpió Nástenka—. ¿Cómo es que ha sucedido esto? No entiendo nada. —¡Ay, Nástenka! Me gustaría, de algún modo, transmitirle esa extraña sensación… —dije yo con voz lastimera, en la que aún remotamente latía la esperanza. —¡Basta, basta, no siga! —dijo ella. ¡Y al instante se dio cuenta, la muy tunanta! De pronto se puso muy habladora, alegre y traviesa. Me cogía del brazo, sonreía, invitándome también a reír, y cada tímida palabra mía se reflejaba en ella en forma de una sonora y prolongada risa… Empecé a enojarme y ella de pronto se puso a coquetear. —Escuche —dijo ella—, me sienta mal que no se haya enamorado usted de mí. Después de esto, ¿quién entiende a los hombres? Pero a pesar de todo, caballero inflexible, no podrá usted dejar de alabarme por lo sencilla que soy. Yo le cuento absolutamente todo, hasta las tonterías que se me pasan por la cabeza. —¡Escuche! ¡Parece que han dado las once! —dije yo, cuando se oyeron las campanadas de una lejana torre de la ciudad. De pronto Nástenka se detuvo, dejó de sonreír y se puso a contar. —Sí, son las once —dijo finalmente con voz tímida e indecisa. Al instante me quedé compungido por haberla asustado haciéndole contar las horas y me maldije por mi ataque de rabia. Me producía lástima y no sabía cómo redimir mi pecado. Me puse a tranquilizarla y a buscar razones que justificaran su ausencia, a esgrimir argumentos y pruebas. Nadie era más fácil de engañar entonces que ella, y además en momentos así todos escuchamos con alegría una palabra de consuelo, y nos sentimos felices con solo una sombra de justificación. —Pero ¡si esto es ridículo! —dije yo, acalorándome cada vez más y satisfecho por la claridad de mis pruebas—. Si no podía venir. También a mí me ha engañado y engatusado usted, Nástenka, haciéndome incluso perder la noción del tiempo… Dese cuenta de que apenas le dio tiempo a recibir la carta; supongamos que no pudiera venir, supongamos que piensa contestar, en cuyo caso la carta no llegaría hasta mañana. Mañana en cuanto amanezca iré a recogerla y le haré saber lo que sea. Suponga, finalmente, miles de posibilidades: como, por ejemplo, que no estuviera en casa cuando llegara la carta, y puede que no la haya leído hasta ahora. Todo es posible. —¡Sí, sí! —respondió Nástenka—, ni siquiera lo pensé: claro que todo es posible —dijo con voz complaciente en la que en forma de disonancia dolorosa se percibía otra idea lejana—. Ya sé lo que tiene que hacer usted mañana —dijo—. Vaya lo más temprano posible y si hay algo me lo dice enseguida. Porque usted sabe dónde vivo —y de nuevo empezó a repetirme la dirección de su casa. Después, de pronto se puso muy tierna y tímida conmigo… Parecía escuchar atentamente lo que le decía; pero cuando me dirigí a ella con una pregunta, se quedó confusa y en silencio giró la cabeza. La miré a los ojos, y efectivamente: estaba llorando. —Pero ¿es posible? Pero ¡qué niña es! ¡Qué infantil…! ¡Vamos, basta! Intentó sonreír y tranquilizarse, pero le temblaba la barbilla y le palpitaba el pecho. —Estoy pensando en usted —dijo tras un minuto de silencio—. Es usted tan bondadoso, que tendría que ser de piedra para no sentirlo. ¿Sabe lo que me ha venido ahora a la cabeza? Los he comparado a los dos. ¿Por qué él, y no usted? ¿Por qué él no es como usted? Él no es tan bueno como usted, aunque yo le quiera más. No respondí nada. Parecía que Nástenka estaba esperando que yo dijera algo. —Claro que puede que no lo comprenda bien todavía, no lo conozco bien. ¿Sabe una cosa? Siempre he tenido la sensación de tenerle respeto. Siempre se ha mostrado tan serio, tan orgulloso. Cierto que esa es la impresión que da, y que su corazón es más tierno que el mío… Recuerdo cómo me miraba cuando me dirigí a él con mi hatillo; pero a pesar de todo le respeto demasiado, como si no estuviéramos en pie de igualdad. —¡No, Nástenka! ¡No! —respondí yo—, ¡eso quiere decir que le ama usted más que a nada en el mundo, incluso más que a sí misma! —Sí, supongamos que así sea —respondió ingenuamente ella—, pero ¿sabe lo que se me ha pasado ahora por la cabeza? Solo que no voy a hablar de él, sino en general. Ya lo pensé hace tiempo. Escuche, ¿por qué no nos tratamos fraternalmente los unos a los otros? ¿Por qué hasta el hombre más bondadoso parece siempre disimular y callar en presencia de otro? ¿Por qué no se puede expresar en el momento lo que tienes en el corazón, sabiendo que tus palabras no se las llevará el viento? Porque todo el mundo se cree más severo de lo que realmente es, como si temiera ofender con sus sentimientos si los muestra demasiado deprisa… —¡Ay, Nástenka!, es cierto lo que dice. Pero sucede a menudo —interrumpí yo, conteniendo en aquellos momentos mis sentimientos más que nunca. —¡No, no! —respondió ella con gran pesar—. Usted, por ejemplo, no es como los demás. Yo, a decir verdad, no sabría expresar lo que siento. Me parece que, por ejemplo, usted… aunque solo fuera ahora… creo que se sacrifica por mí —añadió ella tímidamente y mirándome de soslayo—. Usted… y disculpe si le hablo de este modo: soy una muchacha sencilla. He visto poco en esta vida y la verdad es que a veces no sé ni hablar —dijo con una voz temblorosa que parecía ocultar algún sentimiento y procuraba a su vez sonreír—, pero me gustaría expresarle que le estoy agradecida y que también siento todo esto… ¡Oh! ¡Que Dios se lo pague haciéndole feliz! Porque lo que usted me describió con su soñador no es en absoluto cierto, o sea, quiero decir, que en absoluto le corresponde a usted. Usted se está reponiendo, realmente no es la misma persona que describió. Si algún día se enamora, ¡que Dios le haga feliz junto a ella! A ella no le deseo nada, porque ya será feliz con usted. Lo sé, yo soy una mujer, y debe creer lo que digo… Se quedó callada y me apretó fuertemente la mano. De la agitación que tenía no podía hablar. Pasaron varios minutos. —Sí, por lo que se ve, hoy no vendrá —dijo finalmente levantando la cabeza—. ¡Es muy tarde…! —Vendrá mañana —dije yo en un tono convincente y severo. —Sí —añadió ella, alegrándose—. Yo misma veo ahora que vendrá mañana. ¡Entonces hasta mañana, pues! ¡Hasta mañana! Si llueve, posiblemente no vendré. Pero pasado mañana vendré, lo haré sin falta, ocurra lo que ocurra. Esté aquí, pase lo que pase. Deseo verle y contarle todo. Y después, cuando nos estábamos despidiendo, me dio su mano y me dijo en tono claro y mirándome a los ojos: —Porque desde ahora siempre estaremos juntos, ¿no es así? ¡Oh, Nástenka, Nástenka! ¡Si supieras qué solo me siento ahora! Cuando dieron las nueve de la noche, no pude permanecer más tiempo en la habitación, me vestí y salí sin reparar en el desapacible tiempo que hacía. Estuve sentado allí, en nuestro banco. Ya me había dirigido a su callejuela, pero me sentí incómodo y me di la vuelta sin mirar sus ventanas y a dos pasos de su casa. Regresé a casa tan triste como no lo estaba desde hacía tiempo. ¡Qué tiempo más malo, húmedo y aburrido! Si hiciera bueno, me estaría paseando toda la noche… Pero ¡hasta mañana! Mañana ella me lo contará todo. Sin embargo, hoy no ha habido carta. Por lo demás, así es como debía ser. Ya estarán juntos… Noche cuarta ¡Dios mío, cómo ha terminado todo esto! ¡Qué fin ha tenido! Llegué a las nueve de la noche. Ella ya estaba allí. La vi desde lejos. Estaba de pie como la primera vez, apoyada en la barandilla del muelle y sin darse cuenta de que me acercaba. —¡Nástenka! —le dije, sobreponiéndome y superando la agitación. Ella se dio rápidamente la vuelta. —¡Venga! —dijo ella—. ¡Venga, más rápido! Yo la miraba asombrado. —Pero ¿dónde está la carta? ¿Trajo usted la carta? —repitió ella, agarrándose con la mano a la barandilla. —No, yo no tengo la carta —dije finalmente—. Pero ¿es que él no ha venido? Ella palideció terriblemente, y permaneció un largo rato mirándome inmóvil. Yo había destruido su última esperanza. —¡Allá él! —dijo finalmente con voz entrecortada—. ¡Allá él si ha decidido dejarme así! Bajó los ojos; después hizo un gesto para mirarme, pero no pudo. Todavía durante unos minutos estuvo haciendo el esfuerzo de sobreponerse a su agitación, pero de pronto se dio la vuelta, se apoyó en la balaustrada del muelle y se echó a llorar. —¡Basta, basta! —empecé a decirle yo, sin que me quedaran fuerzas para continuar; además ¿qué podía decirle? —No me tranquilice —me decía ella llorando—. No me hable de él, ni me diga que va a venir, ni que no me ha abandonado de un modo tan cruel e inhumano. ¿Por qué, por qué? ¿Acaso había algo en mi carta, en mi infeliz carta? En ese momento sus sollozos interrumpieron su voz. Me dolía el corazón de verla. —¡Oh, qué inhumano y cruel es esto! —dijo de nuevo—. ¡Y ni una sola línea! ¡Ni una línea! Podía haber respondido que no le hacía falta alguna, que me rechaza, pero no escribir ni una sola línea a lo largo de tres días enteros… ¡Qué fácil le resulta insultar y ofender a una pobre e indefensa muchacha culpable únicamente de amarle! ¡Oh, cuánto he llegado a soportar durante estos tres días! ¡Dios mío! Cuando recuerdo que fui yo quien acudió a verle la primera vez, que me humillé ante él, lloré y supliqué una gota de amor… ¡Y después de eso…! Escuche —dijo dirigiéndose a mí, y sus negros ojos brillaron—. ¡Si no es así! ¡No puede ser así! ¡No es natural! O usted o yo estamos equivocados. ¿Es posible que no haya recibido la carta? ¿Puede que hasta hoy no sepa nada? ¿Cómo es posible? Júzguelo usted mismo, dígame, por el amor de Dios, explíqueme, porque no consigo entenderlo, ¿cómo es posible actuar de un modo tan bárbaro como ha hecho él conmigo? ¡Ni una sola palabra! ¡Si hasta con las peores personas se porta la gente con más compasión! ¿Es posible que él haya oído algo? ¿Que alguien le haya dicho algo sobre mí? —exclamó ella dirigiéndose a mí—. ¿Qué piensa usted? —Escuche, Nástenka, mañana iré a verle de su parte. —¿Y bien? —Le preguntaré todo, y le contaré todo. —¿Y qué más?, ¿qué más? —Usted escriba una carta. ¡No diga que no, Nástenka! ¡No diga que no! Yo haré que vea digno su proceder, él lo sabrá todo, y si… —¡No, amigo mío! ¡No! —interrumpió ella—. ¡Ya está bien! ¡No recibirá de mí ni una palabra, ni una línea! ¡Es suficiente! ¡No le conozco, ya no le quiero y le ol-vi-da-ré…! No terminó la frase. —¡Tranquilícese, tranquilícese! Siéntese aquí, Nástenka —dije yo indicándole el banco. —Estoy tranquila. ¡Está bien! ¡No es nada! ¡Solo son unas lágrimas! ¡Ya se me secarán! ¿Cree usted que me voy a suicidar? ¿Que me voy a tirar al agua…? Mi corazón estallaba de emoción. Quise empezar a hablar, pero no pude. —¡Escuche! —continuó ella, cogiéndome la mano—. Dígame: usted no actuaría así, ¿verdad? ¿Abandonaría a una muchacha que vino donde usted por su propio pie? No se burlaría cruelmente de ella por tener un corazón tan débil y absurdo. ¿Usted la protegería? ¡Usted sabría que estaba sola, que no podía mirar por sí misma, que no supo actuar de otro modo respecto al amor que sentía por usted! ¡Sabría que no era culpable, que finalmente no tenía la culpa… que no había hecho nada…! ¡Oh, Dios mío, Dios mío…! —¡Nástenka! —exclamé yo finalmente, sin poder sobreponerme a la agitación—. ¡Me está usted martirizando! ¡Me está destrozando el corazón, me está matando! ¡No puedo callar! ¡Tengo que hablar y expresar lo que bulle aquí, en mi corazón…! Al decirlo, me levanté del banco. Ella me cogió de la mano y me miró asombrada. —¿Qué le ocurre? —dijo finalmente. —¡Escuche! —dije yo en tono decidido—. Escúcheme, Nástenka. ¡Lo que voy a decirle ahora es absurdo, son ilusiones vanas y una estupidez! Sé que eso nunca se podrá realizar, pero no puedo callar más. ¡Le pido anticipadamente disculpas por lo que está sufriendo ahora…! —¿De qué se trata?, ¿qué es? —dijo ella dejando de llorar y mirándome fijamente con una extraña curiosidad brillando en sus sorprendidos ojos—. ¿Qué le ocurre? —Es una quimera, pero yo la amo, Nástenka. ¡Eso es! Bueno, ya lo sabe usted todo —dije gesticulando con la mano—. Ahora usted misma juzgará si puede hablar conmigo como hasta este momento, y si finalmente escuchará lo que le vaya a decir… —Bueno, ¿y qué? —interrumpió Nástenka—. ¿Qué hay de nuevo en eso? Ya sabía desde hacía tiempo que usted me amaba, solo que creía que me quería así, sencillamente… ¡Ay, Dios mío! ¡Dios mío! —Al principio todo era muy sencillo, Nástenka, mientras que ahora, ahora… me siento igual que usted cuando se dirigió donde él con su hatillo de ropa. Peor de lo que se sentía usted, porque entonces él no quería a nadie, mientras que ahora usted quiere a otro… —Pero ¿qué me está diciendo? Ahora no le comprendo en absoluto. Pero escuche, ¿por qué todo esto?; o mejor dicho, ¿por qué me dice esto, y así de repente…? ¡Dios mío! ¡Estoy diciendo tonterías! Pero usted… Y Nástenka se quedó completamente turbada. Sus mejillas se encendieron y bajó la mirada. —¿Qué puedo hacer, Nástenka? ¿Qué puedo hacer? Soy culpable, y he abusado… Pero no, yo no tengo la culpa, Nástenka, soy consciente de esto y lo siento, pues mi corazón me dice que tengo razón, y que en absoluto puedo ofenderla ni agraviarla. Fui su amigo; bueno, y también lo soy ahora, no he cambiado en nada. Mire cómo me corren las lágrimas, Nástenka. Allá ellas, que corran… no molestan a nadie. Ya se secarán… —Pero ¡siéntese, siéntese! —dijo ella, haciéndome sentar en el banco—. ¡Ay, Dios mío! —¡No, Nástenka! No me voy a sentar. Ya no puedo estar aquí más tiempo, usted no me verá ya más. Lo diré todo y me marcharé. Solo quiero decirle que usted jamás se habría enterado de que yo la amaba. Yo habría guardado mi secreto. Y no la estaría martirizando en estos momentos con mi egoísmo. ¡No! Pero no he podido soportarlo ya. Usted misma empezó a hablar de ello, usted tiene la culpa… tiene toda la culpa, y no yo. No puede alejarme de su lado… —Pero ¡no! ¡Yo no le echo de mi lado! —dijo Nástenka, ocultando la pobre como podía su turbación. —¿No me aleja de su lado? ¿No? Yo mismo quería irme. Y me marcharé, solo que antes le contaré todo, porque cuando me hablaba yo no podía permanecer indiferente al verla llorar y martirizarse porque, bueno, porque… (lo diré, Nástenka), porque la rechazaban, rechazaban su amor, y yo sentía que en mi corazón ¡hay tanto amor para usted, Nástenka! ¡Tanto…! Y he estado tan triste por no poderla ayudar en ese amor… que el corazón se me rompía, y no podía callar porque tenía que hablar, Nástenka. ¡He tenido que hablar…! —¡Sí, sí, dígamelo!… hábleme así —dijo Nástenka con un gesto delicado—. A lo mejor le extraña que le hable así, pero… hable. ¡Ya le diré más tarde! ¡Le contaré todo! —Usted siente lástima de mí, Nástenka. Sencillamente siente lástima de mí, amiga mía. Lo que se ha perdido, perdido está, y lo que se ha dicho ya no vuelve atrás. ¿No es así? Bueno, ahora ya lo sabe usted todo. Esto es un punto de apoyo. ¡Todo está bien ahora! Pero escuche. Cuando usted estaba ahí sentada y llorando, yo pensaba para mis adentros (¡oh, déjeme decir lo que pensaba!), pensaba que usted… bueno, que de alguna manera absolutamente indirecta ya no le quería. Entonces, yo ya pensaba esto, Nástenka, ayer y anteayer… entonces yo haría todo lo posible para que usted me quisiera: si usted misma dijo que ya casi me quería. Y ahora ¿qué más? Bueno, esto es casi todo lo que quería decir; solo queda preguntar: ¿qué es lo que ocurriría si se enamorara usted de mí? Solo quería decir eso, nada más. Escúcheme, amiga mía, porque a pesar de todo sigue siendo mi amiga, y yo, claro está, soy un hombre sencillo, pobre e insignificante, solo que no se trata de eso (parece que no estoy hablando de lo que debo, pero es por lo confuso que estoy, Nástenka)… Yo la amaría tanto, que si usted le siguiera queriendo a él y continuara amando al que yo no conozco, a pesar de todo no se percataría del peso de mi amor. Usted únicamente oiría y sentiría que junto a usted late un corazón noble y apasionado, que para usted… ¡Oh, Nástenka! ¿Qué ha hecho usted conmigo? —¡No llore! ¡No quiero que llore usted! —dijo Nástenka, levantándose rápidamente del banco—. ¡Vamos, levántese, levántese! ¡Venga conmigo, no llore, no llore! —dijo, limpiándome las lágrimas con su pañuelo—. Bueno, ahora vámonos. Puede que le diga algo… Si él ahora me ha abandonado porque ya me olvidó, y aunque todavía le ame (pues no quiero engañarle…), pero escúcheme y responda. Por ejemplo, en el caso de que yo le tomara cariño a usted, es decir, solo si… ¡Oh, amigo mío! ¡Ahora me doy cuenta de cómo le ofendí entonces, cuando me reí de su amor! ¡Cuando le elogiaba por no haberse enamorado de mí…! ¡Oh, Dios mío! Pero ¡cómo pude yo no darme cuenta! ¿Cómo pudo pasárseme? ¡Qué estúpida fui! Pero… bueno, he tomado la decisión de decirlo todo… —Escúcheme, Nástenka, ¿sabe una cosa? Yo me alejaré de usted. ¡Eso es! Porque de este modo solo la estoy martirizando. Porque ahora le remuerde la conciencia por haberse reído de mí, pero yo no quiero, no quiero, que junto a la pena que siente… ¡Claro que yo tengo la culpa, Nástenka! Pero ¡adiós! —Espere, escúcheme: ¿puede esperar? —¿Esperar qué? ¿Cómo? —Yo le quiero a él, pero eso pasará, debe pasar, no puede no pasar. Ya se está pasando, lo siento… Tal vez termine hoy mismo, porque le odio, porque se rio de mí, cuando usted lloraba a mi lado, porque usted no me habría rechazado como él, porque me quiere, mientras que él no, y porque en suma yo misma le quiero a usted. ¡Sí, le quiero! Le quiero como usted me quiere a mí. Si yo misma le dije eso antes, usted mismo lo escuchó… le quiero porque es usted mejor que él, porque es más noble que él, porque, porque, él… La emoción de la pobre era tal, que no pudo terminar la frase; apoyó su cabeza en mi hombro, después en mi pecho, y rompió a llorar amargamente. Yo la tranquilizaba, la calmaba, pero ella no cesaba de llorar. No hacía más que apretarme la mano y decir entre sollozos: «¡Espere, espere! ¡Ya se me pasa! ¡Quiero hablarle… no piense que estas lágrimas… son debilidad, espere a que se me pase…!». Por fin cesó de llorar, se secó los ojos y de nuevo nos pusimos a andar. Yo quería hablar, pero ella estuvo un largo rato rogándome que me esperara. Nos quedamos en silencio… Finalmente se recompuso y se puso a hablar… —Mire —dijo Nástenka con voz débil y temblorosa, en la que de pronto sonó una nota que me llegó directamente al corazón gimiendo dulcemente—: no piense que soy tan inestable y voluble. No crea que puedo olvidarme y cambiar tan rápidamente y tan a la ligera… Le he amado a él durante todo el año, y por Dios juro que jamás, jamás, le fui infiel siquiera en el pensamiento. Él ha despreciado esto. Se ha reído de mí… allá él. Pero me ha herido y ha ofendido mi corazón. Yo, yo no le quiero, porque solo puedo amar al que es generoso, al que me entiende y es noble, pues yo misma soy así y él no se merece a alguien como yo. Bueno, ¡allá él! Es mejor que haya actuado así, que yo me desengañara de él esperanzada, y que me enterara después de cómo es realmente… ¡Bueno, ya se acabó! Pero ¿quién sabe, amigo mío? —continuó ella, apretándome la mano—, ¿quién sabe? Es posible que todo mi amor fuera un engaño de los sentimientos, una imaginación. Es posible que haya comenzado como una travesura, absurdamente, por encontrarme bajo la vigilancia de la abuela. Quizás debiera amar a otro y no a él, a otra persona que se apiadara de mí, y, y… Pero dejemos, dejemos eso —se interrumpió Nástenka ahogándose de agitación—. Yo solo quería decirle… quería decirle que si a pesar de que le quiero a él (no, mejor dicho, de que le quería), si a pesar de ello, dice usted todavía… si siente que su amor es tan grande que puede reemplazar finalmente en mi corazón al otro… si desea apiadarse de mí, si no quiere dejarme a solas con mi destino, desconsolada y desesperanzada, si quiere amarme siempre, tal y como lo está haciendo ahora, entonces le juro que el agradecimiento… que mi amor será finalmente digno del suyo. ¿Me cogerá usted ahora de la mano? —¡Nástenka! —exclamé yo, ahogándome en sollozos—. ¡Nástenka…! ¡Oh, Nástenka! —Bueno, ¡basta, basta! ¡De veras! —dijo sin poder apenas sobreponerse—. Ahora ya está dicho todo. ¿No es verdad? ¿No es así? Usted es feliz y yo también. Ni una palabra más de ello. ¡Espere, compadézcase de mí…! ¡Hable de otra cosa, por el amor de Dios…! —¡Sí, Nástenka, sí! Bueno, dejémoslo, ahora soy feliz; yo… Hablemos de otra cosa. Cambiemos de tema, vamos. ¡Sí! Estoy dispuesto… Y, sin saber de qué hablar, nos pusimos a reír, a llorar, a decir mil palabras sin sentido y que no venían a cuento. Tan pronto caminábamos por la acera como retrocedíamos y cruzábamos la calle. Después nos parábamos y de nuevo cruzábamos el muelle. Parecíamos unos críos… —Ahora, Nástenka, estoy viviendo solo —dije yo—. Y mañana… Nástenka, usted sabrá que soy pobre, y que todo mi capital asciende a mil doscientos rublos, pero no importa… —Por supuesto que no; pero la abuela tiene una pensión y no será una carga. Tendríamos que llevarnos a la abuela. —Claro que nos llevaremos a la abuela… solo que también está Matriona… ¡Ay, si usted también tiene a Fiokla! Matriona es bondadosa, solo que tiene un defecto: carece absolutamente de imaginación, Nástenka. Pero ¡eso no importa…! —Da lo mismo. Ellas pueden estar juntas. Entonces, múdese a nuestra casa. —¿Cómo es eso? ¿Donde usted? Está bien, estoy dispuesto… —Sí, como inquilino. Arriba tenemos una buhardilla; está vacía. Teníamos una inquilina, una anciana de familia noble, pero se mudó, y sé que la abuela quiere alquilárselo a algún joven. Y yo le pregunto: «¿Y por qué a un joven?». Y ella me responde: «Pues porque yo ya estoy vieja; pero no te pienses, Nástenka, que quiero casarte con él». Y me percaté de que precisamente de eso se trataba… —¡Ay, Nástenka…! Y los dos nos echamos a reír. —¡Ya basta! ¿Y dónde vive usted? Se me ha olvidado. —Allí, cerca del puente, en la casa de Barannikov. —¿Esa casa que es tan grande? —Sí, esa casa tan grande. —¡Ay, la conozco, es una buena casa! Es solo que… ¿sabe una cosa? Déjela y múdese a vivir con nosotras cuanto antes… —Mañana mismo, Nástenka, mañana mismo. Debo algo por el alquiler, pero no importa… Pronto cobraré… —¿Sabe? A lo mejor me pongo a dar clases. Me prepararé y me pondré a dar clases… —¡Estupendo…! Y a mí me ascenderán pronto, Nástenka… —De modo que mañana será usted mi inquilino… —Sí, e iremos a ver El barbero de Sevilla , porque pronto lo volverán a representar otra vez. —Sí, iremos —dijo sonriendo Nástenka—. No, mejor sería que fuéramos a oír otra cosa y no El barbero … —Bueno, está bien, otra cosa. Claro, mejor será, no me había dado cuenta… Mientras hablábamos, los dos caminábamos como si estuviéramos embriagados, como si no supiéramos lo que nos sucedía. Tan pronto nos deteníamos y nos quedábamos un largo rato hablando en el mismo lugar, como de pronto nuevamente arrancábamos a andar para llegar Dios sabe dónde, para otra vez más echarnos a reír y a llorar… De repente, Nástenka expresaba su deseo de regresar a casa sin que yo me atreviera a retenerla. Arrancábamos a andar y al cabo de un cuarto de hora de nuevo nos encontrábamos en nuestro banco en el muelle. Allí Nástenka suspiró, y le brotaron nuevamente lágrimas en los ojos. Me quedé acobardado y sobrecogido de frío… Pero al instante ella me apretó la mano, tirando nuevamente de mí para volver a andar, charlar y conversar… —¡Ya es hora, debo regresar a casa! Creo que ya es muy tarde —dijo finalmente Nástenka—, ¡dejémonos de tantas chiquilladas! —Sí, Nástenka, solo que ahora ya no podré conciliar el sueño. No voy a ir a casa. —Creo que yo tampoco podré dormirme. Pero acompáñeme usted… —Por supuesto. —Ahora es preciso que lleguemos hasta mi casa. —Por supuesto, por supuesto… —¿Palabra de honor?… ¡Porque alguna vez habrá que volver a casa! —Palabra de honor —respondí yo sonriendo. —¡Vamos pues! —Vamos. ¡Mire el cielo, Nástenka, mírelo! Mañana hará una mañana estupenda. ¡Qué cielo tan azul y qué luna! Mire cómo esa nube amarilla va a cubrirla ahora. ¡Mire, mire…! No. Ha pasado de largo. ¡Mírelo, mírelo…! Pero Nástenka no miraba la nube y permanecía callada como si se hubiera quedado petrificada. Al cabo de un minuto empezó a apretarse contra mí con cierta timidez. Su mano temblaba en la mía. La miré… Ella se apretó contra mí con más fuerza todavía. En ese instante junto a nosotros pasó un caballero joven. De pronto se detuvo, se quedó mirándonos fijamente y después avanzó unos pasos hacia nosotros. Mi corazón se estremeció… —Nástenka —dije yo a media voz—. ¿Quién es, Nástenka? —¡Es él! —respondió ella susurrando, apretándose contra mí, aún más estremecida… Yo apenas podía sostenerme en pie. —¡Nástenka! ¡Nástenka! ¡Eres tú! —se oyó una voz detrás de nosotros, y en aquel instante el joven caballero avanzó unos pasos más hacia nosotros. ¡Dios mío, qué grito dio ella, cómo se estremeció! ¡Cómo se arrancó de mis brazos y se lanzó a su encuentro…! Me quedé mirándoles con el corazón hecho pedazos. Pero, apenas le hubo extendido tímidamente la mano y se hubo echado en sus brazos, de pronto se dio la vuelta y como una ráfaga de aire o un relámpago se lanzó hacia mí, y sin que me diera tiempo de reponerme me rodeó el cuello con los brazos y me dio un fuerte y ardiente beso. Después, sin decir palabra, de nuevo se lanzó hacia él, le cogió de las manos y le arrastró tras ella. Permanecí un largo rato mirándoles… Finalmente los dos desaparecieron de mi vista. La mañana Mis noches terminaron por la mañana. Hacía un día desapacible. Llovía, y la lluvia golpeaba tristemente en mis cristales. La habitación estaba oscura y el patio sombrío. Me dolía la cabeza y estaba mareado. La fiebre recorría todos los miembros de mi cuerpo. —Señor, el cartero le ha traído una carta —dijo Matriona inclinándose sobre mí. —¡Una carta! ¿De quién? —exclamé yo, saltando de la silla. —No veo, señor, mírelo, puede que aquí ponga quién lo envía. Rompí el sello. ¡Era de Nástenka! ¡Oh, perdone, disculpe! De rodillas le ruego que me perdone… Le he engañado a usted y a mí misma. Ha sido un sueño, una ilusión… Hoy estoy sufriendo por usted hasta más no poder. ¡Perdóneme, perdóneme…!No me culpe, porque en absoluto he cambiado respecto a usted. Dije que le iba a querer, y le quiero ahora, y aún más que eso. ¡Oh, Dios mío! ¡Si pudiera amarles a los dos a la vez! ¡Oh, si usted fuera él! «¡Oh, si él fuera usted!», se me pasó por la cabeza. ¡Recordé tus propias palabras, Nástenka! ¡Dios sería testigo de lo que sería capaz de hacer ahora por usted! Yo sé que se siente mal y está triste. Yo le ofendí, pero ya sabe que, cuando se ama, la ofensa no puede sostenerse mucho tiempo. ¡Y usted me ama!¡Se lo agradezco! ¡Sí, le agradezco ese amor! Porque ha impregnado mi memoria como un dulce sueño que al despertar se recuerda largo tiempo. Porque recordaré eternamente aquel momento en que me abrió usted su corazón tan fraternalmente acogiendo generosamente el mío, que estaba destrozado, para protegerlo, cuidarlo con ternura y curarlo… Si usted me perdona, su recuerdo se enaltecerá en mí con un eterno sentimiento de gratitud que jamás se borrará de mi alma… Guardaré ese recuerdo y le seré fiel, no lo cambiaré ni traicionaré mi corazón: es demasiado constante. Ayer mismo se volvió rápidamente hacia aquel a quien ha pertenecido siempre.Nos encontraremos, usted vendrá a vernos, no nos dejará, y será eternamente un amigo mío, un hermano… Y cuando me vea, ¿me tenderá usted su mano? ¿Verdad que sí? Usted me la tenderá, me perdonará, ¿no es cierto? ¿Me ama como antes?¡Oh, quiérame, no me abandone, porque le quiero tanto en estos momentos!, porque soy digna de su amor… porque lo mereceré… mi querido amigo. La semana que viene me caso con él. Regresó enamorado y jamás se olvidó de mí… No se moleste porque le escriba sobre él. Pero me gustaría ir con él a su casa. Le cogerá simpatía, ¿verdad?¡Perdóneme y recuerde y quiera a su Nástenka! Estuve un largo rato releyendo la carta. Los ojos se me llenaron de lágrimas. Finalmente la carta resbaló de mis manos y me cubrí la cara. —¡Caramba! ¡Caramba! —dijo Matriona. —¿Qué sucede, mujer? —Pues que he quitado todas las telarañas del techo. Ahora incluso puede casarse e invitar a la gente, antes de que se ensucie de nuevo… Miré a Matriona… Todavía era una mujer vital y joven, y no sé por qué se me presentó de pronto con la mirada apagada, arrugas en la cara, encorvada y senil… No sé la razón por la que me figuré mi habitación tan envejecida como ella. Las paredes y los suelos parecían descoloridos y todo estaba ensombrecido. No sé por qué al mirar por la ventana me dio la impresión de que la casa de enfrente también se tornaba decrépita y sombría, a la vez que la pintura de sus columnas se ahuecaba y caía; que las cornisas se habían ennegrecido y agrietado y en las paredes de color ocre chillón aparecían manchas… Tal vez un rayo de sol que asomaba detrás de una nube se ocultara detrás de otra, preñada de lluvia, oscureciendo nuevamente todo ante mis ojos. Probablemente me figuraría pasar fugaz y tristemente toda la perspectiva de mi futuro, viéndome en aquel momento quince años después, como un hombre envejecido en aquella misma habitación, igual de solitario y junto a la misma Matriona que no había ganado en luces durante esos años. Pero ¡recordar yo mi ofensa, Nástenka! ¿Ensombrecer con una oscura nube tu felicidad clara y serena? ¿Envenenar tu corazón con secretos remordimientos, obligándolo a latir con tristeza en los momentos de tu felicidad? ¿Ajar un solo pétalo de esas delicadas flores que entrelaces en tus negros rizos cuando junto a él te dirijas al altar…? ¡Eso jamás, jamás! ¡Que resplandezca tu cielo, que tu tierna sonrisa sea clara y serena, que Dios te bendiga por un minuto de felicidad que des a otro corazón solitario y agradecido! ¡Dios mío! ¡Un minuto entero de felicidad! ¿Acaso es poco para toda una vida humana…? FIN Autor: Fiódor Dostoyevski Título: Las noches blancas. Novela sentimental (de las memorias de un soñador) Título Original: Belyye nochi. Sentimental’nyy roman (Iz vospominaniy mechtatelya) Publicado en: Otéchestvennye Zapiski, 1848 Traducción: Bela Martinova
- "El fantasma de la señora Crowl", cuento de Sheridan Le Fanu
Una anciana recuerda uno de los momentos más extraños y aterradores de su vida: cuando, siendo apenas una niña, fue enviada a trabajar a la siniestra mansión Applewale House. El lugar, oscuro y casi en ruinas, estaba lleno de silencios incómodos, sirvientes que parecían esconder algo... y una mujer que daba escalofríos: la señora Crowl. Poco a poco, la joven empieza a notar cosas que no puede explicar, a escuchar rumores y a descubrir que hay un secreto aterrador escondido en esa casa. Una historia de suspenso gótico que mezcla misterio, miedo y una atmósfera que te atrapa desde el primer momento. Dos décadas han pasado desde la última vez que se vio la figura larga y delgada de Mrs. Jolliffe. Hoy ella tiene más de setenta años y no le debe quedar demasiado por recorrer en este viaje que la conduce a su última morada. Sus cabellos se han puesto blancos como la nieve; ella los peina con raya al medio y los luce bajo una gorra, por encima de un rostro serio pero bondadoso. Su cuerpo se conserva todavía erguido y su andar es firme y vivaz. Los últimos veinte años los ha dedicado a cuidar adultos inválidos, tras haber dejado en manos más jóvenes el cuidado de esas criaturas pequeñas que viven en cunas y reptan con pies y manos. Quienes recuerdan entre las primeras imágenes de infancia su cara bonachona, quienes le deben unas lecciones iniciales en el arte de caminar, como también unas efusivas palabras de aliento por los más tempranos balbuceos o por los primeros dientes, han crecido hasta volverse grandes muchachos o bellas señoritas. Algunos incluso han visto surgir las primeras canas en los mismos cabellos que ella solía peinar con tanto esmero antes de exhibirlos a esas orgullosas madres que ya no se ven hoy en los parques de Golden Friars y cuyos nombres están ahora grabados en las lápidas del cementerio local. Con el paso del tiempo, unos maduran y otros se marchitan. Ha llegado la hora de que el sol se ponga con tierna tristeza. Es de noche para la mujer que cuida a Laura Mildmay. La niña corretea en su habitación y sonríe colmada de dicha; se arroja en los brazos de su anciana gobernanta y le da dos besos. —¡Vaya, qué suerte! —dice Mrs. Jenner—. Has llegado justo a tiempo para oír un cuento. —¿En serio? ¡Qué bien! —Bueno, no es un cuento. Es demasiado verídico para ser un cuento. Aunque quizás a la señorita no le agrade oír hablar de fantasmas y duendes. —¿Fantasmas? De todos los temas posibles, es sin dudas mi favorito. —Entonces, querida, si no estás muy asustada ven a sentarte aquí con nosotras —dijo Mrs. Jenner—. Ella estaba a punto de contarme todos los detalles de la primera vez que debió ocuparse de una mujer que iba a morir… Y del fantasma que vio allí. Vamos, Mrs. Jolliffe, prepárese primero su té y después nos cuenta. La anciana obedeció y tras preparar una taza de este néctar tan noble y compañero, dio un ligero sorbo, frunció apenas las cejas para reordenar sus recuerdos y por fin alzó los ojos con expresión de extraordinaria solemnidad. La eficaz Mrs. Jenner y la bonita niña, muy expectantes, no quitaban sus ojos del rostro de la anciana, que parecía atemorizada con esta evocación de sus propios recuerdos. La vieja habitación era un escenario ideal para esta clase de relato, con sus paredes revestidas de roble, su vetusto mobiliario, las pesadas vigas que recorrían el cielo raso y aquella inmensa cama rodeada de cortinas negras, tras las cuales uno podía imaginar cualquier clase de espectros. Mrs. Jolliffe se aclaró la garganta, revoleó los ojos y empezó el relato diciendo: EL FANTASMA DE LA SENORA CROWL Soy ahora una anciana, pero tenía trece años recién cumplidos la noche que llegué a Applewale House. Mi tía era allí el ama de llaves, y una especie de coche tirado por un solo caballo bajó hasta Lexhoe para recogerme con mi equipaje y transportarme a Applewale. Mientras esperaba en Lexhoe sentí un poco de miedo, y en cuanto vi el coche y el caballo decidí que regresaría a casa de mi madre, en Hazelden. Lloraba cuando subí en el “shay” —así era como se llamaba a este modelo de coche—, de modo que el viejo John Mulbery, el chofer, me compró unas manzanas en Golden Lion a fin de darme ánimos y me dijo que al llegar me esperaban costillas de cerdo, pastel de grosellas y té, todo para mí, bien caliente, en la habitación que mi tía ocupaba en aquella gran casa. Era una hermosa noche de luna llena, así que comí mis manzanas mientras contemplaba el paisaje por la ventana del “shay”. Es una vergüenza que la gente distinguida se divierta asustando a una pobre criatura inocente, y eso mismo era entonces yo. A veces pienso que no hacen esas cosas sino en broma. El asunto es que en la misma diligencia que me había llevado a Lexhoe habían viajado, a mis espaldas, dos hombres que empezaron a hacerme preguntas no bien salió la luna. Querían saber a dónde iba. Les respondí que iba a la casa de la señora Arabella Crowl, en Applewale House, cerca de allá. —¡Ay! —me dijo uno de ellos—, ¡no vas a durar mucho tiempo ahí! Lo miré y alcancé a preguntar: —¿Por qué no? —Porque —me dijo—, pero por nada del mundo le cuentes esto a nadie, sólo obsérvala y verás… la vieja está poseída por el Diablo y ya es un fantasma. ¿Llevas contigo un ejemplar de la Biblia? —Sí, señor —repuse porque mi madre había puesto su pequeña Biblia entre mis cosas y yo sabía que estaba allí. Ahora que lo pienso, las letras de esa Biblia hoy serían demasiado diminutas para mis ojos cansados. Así y todo, la conservo todavía en un armario. Como sea, mientras lo miraba para decirle “sí, señor”, me pareció advertir que él le guiñaba un ojo al otro hombre. Pero no estoy segura de ello. —Bueno —me dijo—, no olvides poner la Biblia todas las noches bajo tu almohada, porque te protegerá de las garras de esa solterona. Me asustó mucho oírle decir eso. Me habría gustado preguntarle más cosas acerca de la mujer, pero yo era muy tímida y los dos hombres empezaron a hablar entre ellos de otros asuntos. De modo que llegué aterrorizada a Lexhoe. Y mi corazón estuvo a punto de desfallecer poco después, mientras el “shay” avanzaba por el oscuro sendero bordeado de árboles. Los árboles eran enormes y frondosos, tan viejos como la casa; algunos tenían un tronco tan gordo que habrían sido necesarios cuatro hombres para abrazarlos. Asomé mi cuello por la ventana a fin de obtener una primera imagen de la gran casa; de inmediato nos detuvimos ante la fachada. Era una enorme casa en blanco y negro, con gruesas vigas oscuras que la atravesaban y unos gabletes en lo alto, blancos como la luna. Las sombras de los árboles se reflejaban con semejante claridad en la fachada, que podían contarse sus hojas. En la ventana del salón principal centelleaban muchos paneles pequeños de vidrio, con forma de diamante, y una fila de inmensas persianas de estilo antiguo impedían ver las ventanas restantes, dado que no había más de tres o cuatro sirvientes en el lugar y casi todas las habitaciones estaban cerradas. Al ver que el viaje había llegado a su fin, sentí que mi corazón pegaba un salto. Volví a contemplar la casa. Después me aproximé a mi tía, a quien nunca antes había visto, como tampoco a la señora Crowl, a quien había venido a servir y ya le tenía miedo. Mi tía, tras darme un beso en el vestíbulo, me condujo a mi habitación. Era una mujer esbelta, de cara pálida, ojos oscuros y unas manos largas y huesudas en las que llevaba guantes negros. Tenía más de cincuenta años y hablaba poco; pero cuanto decía era sagrado. No puedo quejarme de ella, si bien fue un tanto severa; creo que habría sido más amable y cariñosa conmigo de haber sido yo la hija de su hermana y no de su hermano. Pero eso es historia antigua y ya no tiene importancia. El Squire, un señorito llamado Mr. Chenevix Crowl, nieto de la señora Crowl, visitaba cada tanto la casa, dos o tres veces al año, para ver si la anciana estaba bien atendida. Lo vi tan sólo en dos oportunidades durante el tiempo que pasé en Applewale House, pero puedo asegurarles que la anciana estaba muy bien atendida porque mi tía y Meg Wyvern, la doncella, cumplían su trabajo a conciencia. Mrs. Wyvern (a quien mi tía llamaba Meg Wyvern salvo cuando, al dirigirse a mí, le decía Mrs. Wyvern) era una mujer robusta, de unos cincuenta años, bastante alta y saludable, siempre de buen humor, lenta y pesada al andar. Cobraba un sueldo excelente, pero era muy tacaña, guardaba sus ropas bajo llave y usaba todo el tiempo un vestido de algodón color marrón, con puntillas y bordados rojos y amarillos, aparte de ciertos detalles en verde. Aquel vestido le sentaba bien. En todo el tiempo que pasé allí, nunca me pidió nada, ni siquiera que cosiera un botón; invariablemente se la veía de buen humor y tenía siempre algo para contar o una taza de té recién preparado. Si yo estaba cansada o abatida, ella me animaba con risas y anécdotas. Puesto que los jóvenes prefieren la diversión y las historias jocosas, creo que llegué a quererla más que a mi tía ruda y callada, aunque bondadosa conmigo. Mi tía me instaló en su cuarto, así yo descansaba mientras ella preparaba el té en otra habitación. Pero primero me palmeó la espalda, me dijo que era yo una bella muchacha, muy bien desarrollada para mi edad, y me preguntó si me creía capaz de cumplir las tareas con eficacia. A la postre me miró fijamente y soltó que me parecía a mi padre, su hermano muerto, si bien esperaba que fuese mejor cristiana que él y que no repitiera sus errores. Estas palabras fueron algo secas, pienso, por ser la primera vez que yo la visitaba. Cuando entré en la habitación de al lado, la que ocupaba Mrs. Wyvern (una habitación confortable, con todas las paredes revestidas de roble), en el hogar ardía un maravilloso fuego hecho con carbón, turba y leña, había una taza de té sobre la mesa, una torta caliente, un plato humeante de carne, y allí estaba Mrs. Wyvern, obesa, feliz y tan parlanchina que en una hora era capaz de contar más cosas que mi tía en un año entero. Mientras yo probaba el té, mi tía subió las escaleras a fin de echar un vistazo. —Fue a ver si la vieja Judith Squailes está despierta —me explicó Mrs. Wyvern—. Es Judith quien se ocupa de la señora Crowl cuando la señora Shutters —este era el nombre de mi tía— y yo estamos descansando. Vaya anciana más exigente. Tendrás que prestar mucha atención, ya que es capaz de arrojarse al fuego o de saltar por la ventana cuando se pone chiflada. —¿Qué edad tiene? —pregunté —Cumplió noventa y tres hace ocho meses —me informó y soltó una risa—. Y no hagas ninguna pregunta sobre ella delante de tu tía. Te lo advierto. Simplemente acéptala tal como es. —Pero, ¿cuál será mi exacta tarea con ella? —quise saber. —¿Con la señora Crowl? Te lo explicará tu tía —me dijo—, aunque imagino que tendrás que pasar el tiempo sentada en su habitación, mientras haces tus labores, vigilando que no cometa ninguna locura y dejándola que se divierta con las cosas que tiene sobre la mesa. Le darás de comer y de beber cuanto ella te lo pida y harás sonar la campana si algo anda mal. —¿Ella está sorda? —En absoluto. Y tiene una vista de lince. Pero está un poco chocha, como si hubiese regresado a la infancia, y su memoria flaquea. —¿Y a qué se debe que la muchacha que la cuidaba haya partido el viernes pasado? Mi tía le dijo a mi madre que la muchacha renunció de pronto. —Es cierto. Se ha ido. —¿Por qué motivo? —volví a preguntar. —No respondía a las exigencias de tu tía, supongo… En fin, no lo sé. Mejor no hablemos más de eso. A tu tía no le gustan los chismes. —Discúlpeme, señora —insistí—, pero… dígame, ¿la dueña de casa goza de buena salud? —No hay nada de malo en preguntar algo así —me contestó—. La pobre anduvo con catarro hace unos días, pero esta semana mejoró bastante. Supongo que llegará a vivir cien años. ¡Shhh! ¡Silencio! Ahí viene tu tía. Mi tía entró y se puso a conversar con Mrs. Wyvern. Como empezaba a sentirme más a gusto, recorrí la habitación, inspeccionándola sin prisa. Había unas piezas antiguas de porcelana; en las paredes colgaban unos cuadros, y por una puerta abierta del guardarropas alcancé a ver una extraña camisa de cuero con unas correas, unas hebillas y unas mangas más largas que la columna del lecho. —¿Qué estás haciendo, niña? —dijo mi tía, con voz severa, cuando yo menos esperaba oír su voz—. ¿Qué tienes en la mano? —¿Esto? —alcancé a pronunciar, mientras me apartaba del armario—. No sé qué es esto, señora… Tan pálida era mi tía que sus mejillas enrojecieron de inmediato. Sus ojos soltaron unas chispas de cólera. Calculé rápidamente que entre mi tía y yo no había más de media docena de pasos y que ella iba a abalanzarse sobre mí para castigarme. Se limitó, sin embargo, a acercarse lentamente, darme un golpecito en el hombro y sacarme la chaqueta de las manos, al tiempo que decía: —Mientras vivas aquí, no meterás tus narices en las cosas ajenas. Dicho esto, volvió a colgar la camisa en su percha, cerró la puerta del armario de forma brusca y ruidosa, y echó llave velozmente. Mrs. Wyvern, entre tanto, no había parado de reír levantando ambas manos y sin moverse de su silla, retorciéndose como era su costumbre cada vez que algo la divertía. Yo estaba al borde del llanto. Pero ella le guiñó un ojo a mi tía y le dijo, enjugando sus lágrimas de hilaridad: —Vamos, déjala, ¡la muchacha no quiso hacer nada malo! Ven aquí, niña. Eso no es más que un camisón para las chicas que se portan mal. Ya basta, olvidemos el asunto. Siéntate aquí, a nuestro lado, y bebe un poco de cerveza antes de dormir. Mi habitación quedaba en la planta superior, al lado del dormitorio de la anciana, y la cama de Mrs. Wyvern estaba situada junto a la cama de la señora Crowl. Yo tenía que estar siempre lista para cualquier llamado. La noche previa a mi arribo, la anciana había sufrido uno de sus ataques de nervios. A menudo, durante estas crisis, no permitía que nadie la vistiese; en otras ocasiones no dejaba que le quitaran la ropa. Cuando joven, al parecer, había sido muy hermosa; aunque ya no quedaba nadie en Applewale que conservara algún recuerdo de su esplendor. Ella amaba la ropa con pasión y atesoraba unas prendas de seda espesa y de terciopelo, con grandes lazos de mil formas y colores que habrían bastado para poner por lo menos siete tiendas de ropa. Sin duda todos sus vestidos estaban pasados de moda, pero eran extravagantes y valían una fortuna. Me fui entonces a la cama y pasé buen rato despierta, porque todo era nuevo para mí y, además, pienso, el té me había puesto más nerviosa, ya que no estaba habituada a beberlo, excepto en las vacaciones o en las fiestas. A ratos llegaba a oír a Mrs. Wyvern, por más que me tapara las orejas; pero no pude oír a la señora Crowl y dudo que ella hubiera dicho algo. Todos se esmeraban en ocuparse de la señora. El personal de Applewale sabía que, al morir la anciana, cada uno de ellos se quedaría sin nada, mientras que por el momento estaban cobrando un buen sueldo. El médico venía dos veces por semana y examinaba a la señora. Desde luego, las órdenes que él impartía eran cumplidas al pie de la letra; su recomendación más usual era que nadie debía contradecirla, sino seguirle la corriente y darle todos los gustos. Esa noche, la señora Crowl la pasó vestida y sin decir una palabra, lo mismo que todo el día siguiente, en el que estuve cosiendo sin salir de mi habitación, excepto cuando bajé a comer. Yo tenía ganas de ver a la anciana o, por lo menos, de oír su voz. Pero había tanto silencio como si ella hubiera viajado a Londres. Apenas terminé de comer, mi tía me mandó a dar un paseo de una hora. Me alegré al regresar a la casa; los árboles del parque eran tan altos, el lugar parecía tan penumbroso y solitario, más aun al estar nublado el cielo, que sentí miedo y hasta quise volver con mi madre. Por la noche, ya encendidas las velas, mientras yacía en mi cama, mi tía fue a pasar la noche junto con la señora Crowl y dejó abierta la puerta de la habitación. Fue entonces cuando, por vez primera, oí lo que sin duda era la voz de la anciana. Al hablar emitía un sonido similar, me atrevo a decir, al de un pájaro o algún otro animal, aunque había también una especie de balido en esa voz tan débil. Agucé mis oídos, pero no alcancé a descifrar una sola palabra. De pronto mi tía le dijo: —El demonio puede hacerle daño a alguien, señora, sólo si Dios se lo permite. La otra voz, desde la cama, respondió algo que tampoco pude entender. Entonces mi tía siguió hablando: —Déjelos que se burlen, señora, y que digan lo que se les antoje. Si Dios está de nuestro lado, nadie puede estar en contra. Yo seguía escuchando. Con una oreja apunté a la puerta y contuve el aliento, pero no volvió a llegar ningún sonido de aquella habitación. Pasados veinte minutos, estaba yo sentada observando las ilustraciones de un viejo libro con las fábulas de Esopo, cuando me pareció advertir que alguien andaba por el pasillo, de modo que alcé los ojos y en el vano de la puerta vi a mi tía. —¡Silencio! —susurró, alzando una mano y acercándose en puntas de pie—. Se ha dormido, gracias al cielo. No hagas el menor ruido mientras desciendo. Voy a prepararme una taza de té y volveré con Mrs. Wyvern, que vendrá a dormir. Después Judith llevará tu cena a mi dormitorio. Mi tía se fue y yo me quedé mirando el libro de las ilustraciones. A ratos volvía a aguzar los oídos, sin oír el más mínimo ruido. Tanto miedo me daba estar a solas en ese cuarto que, para darme valor, me puse a decirles cosas en voz baja a los dibujos del libro y a hablar para mí. Al final, me incorporé y caminé por la habitación, mientras estudiaba los objetos a fin de ocupar mi mente con algo. Como ustedes ya habrán adivinado, todo esto me condujo a escudriñar el dormitorio de la señora Crowl. Era un dormitorio espacioso, con una amplia cama rodeada de cuatro columnas y unas largas cortinas de seda cuidadosamente cerradas alrededor del lecho. Había un espejo, el más grande que jamás haya visto, y el espacio estaba inundado de luz. Conté hasta veintidós velas de cera, todas encendidas: uno de sus muchos caprichos, que nadie osaba contradecir. Permanecí junto a la puerta, espiando. Como tuve la certeza de que nadie respiraba allí, puesto que no se producía el menor movimiento en las cortinas, me armé de valor y entré en puntas de pie. Frente al espejo, al tiempo que me observaba, se me ocurrió esta idea: “¿Por qué no espiar a la anciana mientras duerme?” Dirán que estaba loca, pero me moría de ganas de ver a la señora Crowl y pensaba que debía aprovechar esta oportunidad; quién sabe cuánto tiempo tendría que esperar hasta que se presentara otra vez una ocasión así. Mientras me acercaba al lecho envuelto por aquellas cortinas, poco faltó para que me desmayara. Pero al fin reuní coraje, puse un dedo en un extremo del grueso cortinado, luego la mano entera, e hice una pausa. Reinaba un silencio total. Muy despacio, poco a poco, descorrí la cortina y pude ver, ante mí, a la famosa señora Crowl de Applewale House, tendida como esa dama que han pintado en una tumba de la capilla de Lexhoe. Sí, allí estaba la anciana, elegantemente vestida con terciopelo, con seda, en escarlata y en verde, con satenes color rosa y brocados de oro. ¡Vaya espectáculo! Coronaba su cabeza una gran peluca empolvada, casi tan grande como ella; en su semblante y en su cuello había muchas arrugas, sus mejillas estaban pintadas de rojo y sus cejas, que solían ser delineadas por Mrs. Wyvern, le conferían una expresión entre orgullosa y enérgica, al igual que sus medias de seda a cuadros y sus zapatos de tacones muy altos. Pero su nariz, demasiado delgada, estaba algo torcida. Y podía verse lo blanco de sus ojos entreabiertos. Ella solía pasar horas así vestida, haciendo muecas algo exageradas ante el espejo, con un abanico en la mano y unas flores en su corpiño. Sus manos estaban llenas de pecas, y en mi vida he visto unas uñas tan largas y filosas. ¿Alguna vez habrá estado de moda usar así las uñas? Creo que cualquiera, al ver semejante espectáculo, habría temblado de miedo. Yo era incapaz de cerrar de nuevo la cortina, de dar el menor paso o de quitarle los ojos de encima. Mi corazón se había paralizado. Y en ese preciso instante vi que ella abría los ojos, se sentaba y giraba; sus talones fueron a parar al suelo de repente, con un ruido seco; antes de que yo pudiera reaccionar, tuve a la anciana cara a cara, mirándome sin pestañear con sus ojos vidriosos, mientras una mueca torcida despegaba sus labios deformes y exhibía una hilera de dientes postizos. Se supone que el cuerpo humano es algo natural; pero esto era atroz de ver. La anciana me apuntaba con los dedos; su espalda estaba totalmente encorvada. —¡Diablillo! —exclamó—. ¿Por qué dices que yo he matado al niño? Voy a cortarte ya mismo las orejas. De haber actuado con mínima cordura, tendría que haber escapado de ahí. Sin embargo, no podía reaccionar ni dejar de observarla. Alcancé, finalmente, a retroceder; ella me siguió y sus zapatos dejaron oír una suerte de ruido metálico, mientras sus dedos ahora apuntaban a mi garganta y ella hacía con la lengua un ruido que sonaba zizz-zizz-zizz. Retrocedí cuanto pude, pero sus dedos se hallaban cada vez más cerca de mi cuello; pensé que, si me daba alcance, iba a desmayarme. Así, en mi fuga, llegué a un rincón del cuarto y solté un grito desgarrador. Sentía que mi cuerpo y mi alma estaban en peligro, pero justo entonces mi tía me llamó desde lejos, con un grito; eso hizo titubear a la anciana y me permitió escapar de sus garras, salir corriendo y bajar las escaleras lo más rápido que lo permitían mis piernas. Lloraba a mares, les aseguro, cuando entré en la habitación de Mrs. Wyvern. Ella se rió no bien narré lo ocurrido, aunque cambió súbitamente de actitud cuando le referí las palabras de la señora Crowl. —Repítelas —me pidió. Obedeciendo, pronuncié: “¡Diablillo! ¿Por qué dices que yo he matado al niño? Voy a cortarte ya mismo las orejas”. —¿Pero tú le dijiste que ella había matado a un niño? —me preguntó. —No, señora —respondí. Como consecuencia de este hecho, Judith empezó a acompañarme siempre que las otras dos mujeres no estaban allí. Aproximadamente una semana después, si mal no recuerdo, Mrs. Wyvern aprovechó cierta ocasión en que estábamos las dos a solas para contarme algo que yo ignoraba acerca de la señora Crowl. Me dijo que, cuando la anciana era joven y hermosa, unos setenta años atrás, se había casado con el Squire Crowl, de Applewale, quien era viudo y tenía un hijo de unos nueve años de edad. Pero que, al cabo de cierta noche, no se había oído hablar más del niño. Nadie supo jamás lo sucedido. Al parecer sus padres le daban demasiada libertad, de modo que el niño a veces salía a pasear y terminaba comiendo con el guardián del parque o en el lago, bañándose o pescando o andando en bote sin ninguna vigilancia. Aun cuando nadie era capaz de explicar lo ocurrido, tras su desaparición se había hallado su sombrero a la orilla del lago y la opinión general era que había muerto ahogado. A raíz de esto, quien heredó todo fue el segundo hijo del Squire, fruto de su segundo matrimonio con la longeva señora Crowl. Y era el hijo de este último, o sea, el nieto de la anciana, Chevenix Crowl, el poseedor de las tierras en el momento de mi llegada a Applewale. Desde antes de que mi tía entrara a trabajar allá, corrían diversos rumores sobre aquella desaparición. Se opinaba, por ejemplo, que la madrastra sabía más de lo que decía saber; que había dominado a su esposo, el viejo Squire, con artimañas y halagos. No obstante, como el niño no había sido vuelto a ver jamás, con el paso del tiempo su recuerdo se había esfumado. Y yo no voy a contar nada que no haya visto con mis propios ojos. No llevaba seis meses yo en el lugar cuando la anciana se pescó su última enfermedad. Puesto que el médico temía que la paciente sufriera un ataque de locura, como el que la había afectado hacía quince años, hubo que ponerle más de una vez una especie de camisa de fuerza, que resultó ser aquel vestido de cuero que yo había visto en el armario de la habitación de mi tía. Sin embargo, la crisis no se produjo. La pobre fue debilitándose, consumiéndose; tosió y tosió sin parar, quieta y callada, hasta la víspera de su muerte, en que se puso a gritar y a retorcerse en la cama, como si un malhechor le estuviera clavando un cuchillo. De súbito, con gran esfuerzo, dejó la cama, se puso de pie y, dado que sus piernas no podían sostenerla, cayó al suelo cuan larga era, estirando sus manos quebradizas mientras imploraba piedad. No se equivocan si piensan que yo no fui en esos días a su habitación, ya que me quedé en mi cama, temblando de miedo con cada grito y con cada una de sus maldiciones, que me ponían la carne de gallina. Mi tía, Mrs. Wyvern, Judith Squailes y una mujer de Lexhoe estaban siempre a su lado. Finalmente, la anciana tuvo un severo ataque de tos y esto fue lo que la mató. El pastor ya había acudido y oraba por ella, aunque era demasiado tarde para plegarias. Desde luego, nunca está de más rezar, sin embargo, nadie pensaba que eso fuera a modificar el desenlace, de modo que la anciana tardó bastante tiempo en expirar pero su muerte llegó al fin, y la señora Crowl fue envuelta en una mortaja y metida en un ataúd, y se le escribió con la noticia al Squire Chevenix. Pero el nieto estaba de viaje por Francia; tardaría bastante en regresar. El médico y el pastor convinieron, por lo tanto, que no se podía retrasar mucho más el entierro, al que acudieron tan sólo estos caballeros, mi tía y el resto de los sirvientes de Applewale. La anciana fue inhumada en la cripta bajo la iglesia de Lexhoe. Todos seguimos viviendo en la casa, a la espera de que el Squire regresara, resolviese qué hacer con el lugar y despidiera, o no, a parte del personal. Entre tanto me instalaron en otra pieza, a dos puertas del que había sido el dormitorio de la señora Crowl, y lo que quiero contarles ocurrió la noche previa a la llegada del Squire Chevenix a Applewale. Esta nueva habitación era enorme, cuadrada, con las paredes revestidas de paneles de roble, sin cortinas y sin muebles, a excepción de mi cama y de una silla que parecía insignificante dado el tamaño de la pieza. El gran espejo que la anciana solía emplear para hacer muecas y admirarse de pies a cabeza (ya no quedaba nada de todo eso), el espejo había sido trasladado a esta pieza, puesto que durante su agonía varias cosas habían sido sacadas de su habitación. Esa misma mañana había corrido la noticia de que el Squire arribaría a Applewale el día siguiente. Esto no me preocupaba porque estaba segura de que iban a enviarme de vuelta a casa de mi madre; más aún, me sentía feliz pensando en mi hogar, en mi hermana Janet, en el pequeño gato, en las empanadas, en el perro Trimmer y en todo el resto, tan excitada que no pude dormir. Cuando el reloj marcó las doce, seguía despierta en aquel cuarto oscuro, dándole la espalda a la puerta y con los ojos clavados en la pared. Fue entonces, a eso de las doce y cuarto, cuando vi una luz en la pared, como si detrás de mí algo se hubiese encendido. Las sombras de la cama, de la silla y de mi vestido colgado en un rincón empezaron a danzar, arriba y abajo, en el techo y la pared. Miré por sobre mis hombros con la certeza de que una especie de incendio se había producido. ¿Y qué vi? ¡Cielo santo! Nada menos que la imagen de la anciana, sonriendo tontamente, vestida con la misma ropa de terciopelo y satén que le habían puesto a su cadáver. Con los ojos abiertos al máximo, su cara parecía la del Diablo. Su cuerpo estaba todo envuelto en una luz roja que brotaba de los pies, como si su vestido hubiera comenzado a prenderse fuego. La anciana dio unos pasos en mi dirección y sus manos, extendidas hacia delante, me apuntaban como dispuestas a ahorcarme. Era incapaz de moverme, pero ella se limitó a pasar a mi lado y a seguir de largo con una especie de viento helado. Vi que avanzaba rumbo a una pequeña pieza que mi tía llamaba “la alcoba”, lugar donde antaño había estado la cama de gala y al que podía accederse por una gran puerta abierta que yo no había notado anteriormente. La vi buscar determinado objeto y girar para observarme. La habitación volvió a oscurecerse de pronto y yo advertí que me encontraba al otro lado de la cama. Cómo aparecí allí, lo ignoro. Sólo sé que por fin pude hablar y que, aunque no grité ni aullé, bajé corriendo y por poco tiro abajo la puerta de Mrs. Wyvern, a la que casi maté de un susto. Imaginarán con razón que esa noche no dormí. Y que, con las primeras luces del alba, fui lo más deprisa que pude en busca de mi tía. Esperaba una reprimenda o un castigo de su parte, pero no hizo nada de eso; en verdad, tan sólo aferró mis manos y me miró fijamente, antes de decirme que no tuviera miedo y de preguntarme: —¿Has visto en la mano de la señora Crowl algo semejante a una llave? —Sí —le dije. Acababa de recordar ese detalle—. Una pequeña llave de lata. —A ver, espera un poco —dijo, soltando mis manos y abriendo un cajón—. ¿Una llave idéntica a esta? —y puso entre mis dedos una llavecita. —Idéntica —dije, sin titubear. —¿Estás segura? —Por completo. —Muy bien, suficiente, mi niña —dijo y volvió a guardar la llave en el cajón—. Hoy vendrá el Squire, antes del mediodía, y le contarás acerca de esto. Algo me dice que me iré pronto de aquí. Mi consejo, por lo tanto, es que vuelvas a tu hogar esta misma tarde. En cuanto pueda, te conseguiré otro empleo. Estas palabras me hicieron sentir dichosa. Mi tía empacó mis pertenencias y me dio las tres libras que me debían, para que las llevara a casa. Horas después, el Squire Crowl llegó a Applewale. Era un hombre muy apuesto, de unos treinta años. Yo ya lo había visto una vez, pero en aquella ocasión él no me había dirigido la palabra. Mi tía conversó con él en el cuarto de llaves. Ignoro lo que se dijeron. Yo tenía miedo de hablar con el Squire, ya que era considerado alguien importante; él rompió el silencio, con una sonrisa: —¿Qué es lo que has visto, niña? Tuvo que ser un sueño, ya que esas cosas como los fantasmas y los espectros no existen. De todas maneras, siéntate y cuéntame todo con lujo de detalles. Así lo hice y, apenas terminé, el Squire reflexionó un instante y le dijo a mi tía: —Conozco bien ese lugar. El rengo Wyndel me contó que, en tiempos del viejo Sir Oliver, había una abertura en ese rincón, ahí mismo donde ella soñó que mi tía abría una puerta. El rengo tenía más de ochenta años cuando me lo contó y yo era entonces un niño. Veinte años han pasado ya. Se escondían allí las vajillas y las joyas, antes de que hubiese una caja fuerte en el salón de los tapices. El rengo también me contó que la llave era de lata, como la que usted ha encontrado. ¿No sería divertido si hallásemos allí, olvidados, unos diamantes o unas cucharas de plata? Tienes que mostrarnos, niña, el lugar exacto. Sin muchas ganas, con el corazón en la boca, tomé a mi tía de la mano, subí las escaleras y les mostré a los dos por dónde había entrado la anciana, cuál era el recorrido exacto que ella había hecho y dónde estaba la puerta que yo le había visto abrir. Había allí, contra la pared, un gran armario vacío. Al correr un poco este mueble, apareció la marca de una puerta clausurada. Alguien había rellenado con madera el hueco de la cerradura para que no llamase la atención; en cuanto a las juntas de la puerta, habían sido disimuladas con una especie de masilla del mismo color del roble. Salvo por unos diminutos goznes que podían verse únicamente de cerca, prestando mucha atención, era imposible detectar la presencia de una puerta. —¡Vaya! —dijo el Squire—. Parece que es aquí. En escasos minutos, con ayuda de un formón y un martillo, él retiró el tarugo de madera que había dentro del cerrojo. La llavecita cabía allí a la perfección y, tras un largo crujido, la cerradura cedió y la puerta pudo abrirse. Había en el interior una segunda puerta, todavía más extraña que la primera, pero sin cerradura y fácil de abrir. Daba a un lugar estrecho, con paredes y bóveda de ladrillo, donde reinaba la penumbra. Mi tía encendió al fin una vela. Se la dio al Squire y trató, en vano, de espiar por encima de sus hombros, pero ni ella ni yo veíamos nada. —¡Ajá! —dijo el Squire—. ¿Qué es esto? Pronto, deme el atizador —le ordenó a mi tía. Entonces, siempre a espaldas de ella, desde un rincón alejado, pude ver que había, hecho un ovillo, una criatura parecida a un simio o a una mujer muy vieja, la criatura más arrugada que jamás hubiese pisado la tierra. —¡Vaya! —dijo mi tía, mientras le daba el atizador al Squire—. ¡Tenga cuidado, señor! ¿Qué piensa hacer? Mejor salgamos ya mismo y cerremos la puerta. En lugar de hacerle caso, él avanzó lentamente con el atizador en punta como si fuese una espada. Bastó una débil estocada para que la cosa se desmoronase. Eran los restos de un niño; los huesos se pulverizaron. Hubo un momento de silencio. Después el Squire examinó una calavera que yacía en el suelo. Por más joven que fuera yo entonces, comprendía de sobra lo que ellos dos estaban pensando. —¡Bueno, era tan sólo un gato muerto! —dijo de pronto el Squire, antes de alejarse de allí, soplar la vela y cerrar la puerta—. Más tarde volveremos usted y yo, Mrs. Shutters, e inspeccionaremos uno por uno los estantes. Antes, hay asuntos más urgentes. Esta niña vuelve ahora mismo a su hogar, ¿no es cierto? A sus honorarios, agréguele un regalo de mi parte —concluyó, dándome una suave palmada en el hombro. Recibí un bonito billete de una libra y partí una hora más tarde. Tomé la diligencia, feliz de regresar a casa. Tras este incidente, gracias a Dios, no volví a ver nunca más a la señora Crowl, ni en sueños ni convertida en fantasma. Muchos años después, cuando ya era una mujer, mi tía vino a pasar una noche y un día conmigo en Littleham y me dijo que, sin lugar a dudas, lo que habíamos visto aquel día eran los restos del niño desaparecido tiempo atrás. La anciana lo había encerrado allí, hasta que muriera. Nadie había oído sus gritos, ni sus lamentos, ni los golpes que daba contra las paredes. El sombrero a orillas del lago había sido una artimaña para que todos pensaran que se había ahogado. Con los años, las ropas del niño se habían reducido a polvo, lo mismo que sus huesos. Pero habían quedado intactos unos botones de jade, un cuchillo con un mango color verde y dos peniques que el pobre llevaba a cuestas en el preciso instante en que lo habían encerrado. Entre los documentos del Squire había un anuncio redactado por el padre tras la desaparición del niño; el hombre creía que el niño se había fugado o que había sido raptado por los gitanos; en el anuncio podía leerse que el niño llevaba consigo un cuchillo de mango verde y que vestía una chaqueta con botones de jade. Aquí termina la historia y esto es lo que quería contarles acerca de la señora Crowl, de Applewale House. FIN Autor: Sheridan Le Fanu: Título: El fantasma de la señora Crowl Título Original: Madam Crowl’s Ghost Publicado en: All the Year Round, 31 de diciembre de 1870 Traducción: Eduardo Berti











