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- "Rashômon", cuento de Ryunosuke Akutagawa
En una ciudad arrasada por la miseria, un joven sirviente sin trabajo se resguarda de la lluvia bajo la vieja puerta Rashômon, símbolo de un Kyoto en decadencia. Allí, mientras se debate entre el hambre y la desesperación, presencia un acto perturbador que lo obliga a cuestionarse todo: ¿Qué está bien y qué está mal cuando lo único que importa es sobrevivir? Este inquietante cuento japonés pone sobre la mesa temas como la moral, la necesidad y las decisiones que tomamos cuando el mundo se desmorona a nuestro alrededor. Era un frío atardecer. Bajo Rashômon, el sirviente de un samurai esperaba que cesara la lluvia. No había nadie en el amplio portal. Sólo un grillo se posaba en una gruesa columna, cuya laca carmesí estaba resquebrajada en algunas partes. Situado Rashômon en la Avenida Sujaltu, era de suponer que algunas personas, como ciertas damas con el ichimegasa[1] o nobles con el momiebosh[2] , podrían guarecerse allí; pero al parecer no había nadie fuera del sirviente. Y era explicable, ya que en los últimos dos o tres años la ciudad de Kyoto había sufrido una larga serie de calamidades: terremotos, tifones, incendios y carestías la habían llevado a una completa desolación. Dicen los antiguos textos que la gente llegó a destruir las imágenes budistas y otros objetos del culto, y esos trozos de madera, laqueada y adornada con hojas de oro y plata, se vendían en las calles como leña. Ante semejante situación, resultaba natural que nadie se ocupara de restaurar Rashômon. Aprovechando la devastación del edificio, los zorros y otros animales instalaron sus madrigueras entre las ruinas; por su parte ladrones y malhechores no lo desdeñaron como refugio, hasta que finalmente se lo vio convertido en depósito de cadáveres anónimos. Nadie se acercaba por los alrededores al anochecer, más que nada por su aspecto sombrío y desolado. En cambio, los cuervos acudían en bandadas desde los más remotos lugares. Durante el día, volaban en círculo alrededor de la torre, y en el cielo enrojecido del atardecer sus siluetas se dispersaban como granos de sésamo antes de caer sobre los cadáveres abandonados. Pero ese día no se veía ningún cuervo, tal vez por ser demasiado tarde. En la escalera de piedra, que se derrumbaba a trechos y entre cuyas grietas crecía la hierba, podían verse los blancos excrementos de estas aves. El sirviente vestía un gastado kimono azul, y sentado en el último de los siete escalones contemplaba distraídamente la lluvia, mientras concentraba su atención en el grano de la mejilla derecha. Como decía, el sirviente estaba esperando que cesara la lluvia; pero de cualquier manera no tenía ninguna idea precisa de lo que haría después. En circunstancias normales, lo natural habría sido volver a casa de su amo; pero unos días antes éste lo había despedido, no obstante los largos años que había estado a su servicio. El suyo era uno de los tantos problemas surgidos del precipitado derrumbe de la prosperidad de Kyoto. Por eso quizás, hubiera sido mejor aclarar: «el sirviente espera en el portal sin saber qué hacer, ya que no tiene adónde ir». Es cierto que, por otra parte, el tiempo oscuro y tormentoso había deprimido notablemente el sentimentalisme de este sirviente de la época Heian. Habiendo comenzado a llover a mediodía, todavía continuaba después del atardecer. Perdido en un mar de pensamientos incoherentes, buscando algo que le permitiera vivir desde el día siguiente y la manera de obrar frente a ese inexorable destino que, tanto lo deprimía, el sirviente escuchaba, abstraído, el ruido de la lluvia sobre la Avenida Sujaku. La lluvia parecía recoger su ímpetu desde lejos, para descargarlo estrepitosamente sobre Rashômon, como envolviéndolo. Alzando la vista, en el cielo oscuro veíase una pesada nube suspendida en el borde de una teja inclinada. «Para escapar a esta maldita suerte» — pensó el sirviente—, «no puedo esperar a elegir un medio, ni bueno ni malo pues si empezara a pensar, sin duda me moriría de hambre en medio del camino o en alguna zanja; luego me traerían aquí, a esta torre, dejándome tirado como a un perro. Pero si no elijo…» Su pensamiento, tras mucho rondar la misma idea, había llegado por fin a este punto. Pero ese «si no elijo…» quedó fijo en su mente. Aparentemente estaba dispuesto a emplear cualquier medio; pero al decir «si no…» demostró no tener el valor suficiente para confesarse rotundamente: «no me queda otro remedio que convertirme en ladrón». Lanzó un fuerte estornudo y se levantó con lentitud. El frío anochecer de Kyoto hacía aflorar el calor del fuego. El viento, en la penumbra, gemía entre los pilares. El grillo que se posaba en la gruesa columna había desaparecido. Con la cabeza metida entre los hombros paseó la mirada en torno del edificio; luego levantó las hombreras del kimono azul que llevaba sobre una delgada ropa interior. Se decidió por fin a pasar la noche en algún lugar que le permitiera guarecerse de la lluvia y del viento, en donde nadie lo molestara. El sirviente descubrió otra escalera ancha, también laqueada, que parecía conducir a la torre. Ahí arriba nadie lo podía molestar, excepto los muertos. Cuidando de que no se deslizara su katana[3] de la vaina sujeta a la cintura, el sirviente puso su pie calzado con zôri [4] sobre el primer peldaño. Minutos después, en mitad de la amplia escalera que conducía a la torre de Rashômon, un hombre acurrucado como un gato, con la respiración contenida, observaba lo que sucedía más arriba. La luz procedente de la torre brillaba en la mejilla del hombre; una mejilla que bajo la corta barba descubría un grano colorado, purulento. El hombre, es decir el sirviente, había pensado que dentro de la torre sólo hallaría cadáveres; pero subiendo dos o tres escalones notó que había luz, y que alguien la movía de un lado a otro. Lo supo cuando vio su reflejo mortecino, amarillento, oscilando de un modo espectral en el techo cubierto de telarañas. ¿Qué clase de persona encendería esa luz en Rashômon, en una noche de lluvia como aquélla? Silencioso como un lagarto, el sirviente se arrastró hasta el último peldaño de la empinada escalera. Con el cuerpo encogido todo lo posible y el cuello estirado, observó medrosamente el interior de la torre. Confirmando los rumores, vio allí algunos cadáveres tirados negligentemente en el suelo. Como la luz de la llama iluminaba escasamente a su alrededor, no pudo distinguir la cantidad; únicamente pudo ver algunos cuerpos vestidos y otros desnudos, de hombres y mujeres. Los hombros, el pecho y otras partes recibían una luz agonizante, que hacía más densa la sombra en los restantes miembros. Unos con la boca abierta, otros con los brazos extendidos, ninguno daba más señales de vida que un muñeco de barro. Al verlos entregados a ese silencio eterno, el sirviente dudó que hubiesen vivido alguna vez. El hedor que despedían los cuerpos ya descompuestos le hizo llevar rápidamente la mano a la nariz. Pero un instante después olvidó ese gesto. Una impresión más violenta anuló su olfato al ver que alguien estaba inclinado sobre los cadáveres. Era una vieja escuálida, canosa y con aspecto de mona, vestida con un kimono de tono ciprés. Sosteniendo con la mano derecha una tea de pino, observaba el rostro de un muerto, que por su larga cabellera parecía una mujer. Poseído más por el horror que por la curiosidad, el sirviente contuvo la respiración por un instante, sintiendo que se le erizaban los pelos. Mientras observaba aterrado, la vieja colocó su tea entre dos tablas del piso, y sosteniendo con una mano, la cabeza que había estado mirando, con la otra comenzó a arrancarle el cabello, uno por uno; parecía desprenderse fácilmente. A medida que el cabello se iba desprendiendo, cedía gradualmente el miedo del sirviente; pero al mismo tiempo se apoderaba de él un incontenible odio hacia esa vieja. Ese odio —pronto lo comprobó— no iba dirigido sólo contra la vieja, sino contra todo lo que simbolizase «el mal», por el que ahora sentía vivísima repugnancia. Si en ese instante le hubiera sido dado elegir entre morir de hambre o convertirse en ladrón —el problema que él mismo se habla planteado hacía unos instantes— no habría vacilado en elegir la muerte. El odio y la repugnancia ardían en él tan vivamente como la tea que la vieja había clavado en el piso. Él no sabía por qué aquella vieja robaba cabellos; por consiguiente, no podía juzgar su conducta. Pero a los ojos del sirviente, despojar de las cabelleras a los muertos de Rashômon, y en una noche de tormenta como ésa, cobraba toda la apariencia de un pecado imperdonable. Naturalmente, este nuevo espectáculo le había hecho olvidar que sólo momentos antes él mismo había pensado hacerse ladrón. Reunió todas sus fuerzas en las piernas, y saltó con agilidad desde su escondite; con la mano en su katana, en una zancada se plantó ante la vieja. Volvióse ésta aterrada, y al ver al hombre, retrocedió bruscamente, tambaleándose. —¡Adónde vas, vieja infeliz!— gritó cerrándole el paso, mientras ella intentaba huir pisoteando los cadáveres. La suerte estaba echada. Tras un breve forcejeo el hombre tomó a la vieja por el brazo (de puro hueso y piel, más bien parecía una pata de gallina), y retorciéndoselo, la arrojó al suelo con violencia: —¿Qué estabas haciendo? Contesta, vieja; si no, hablará esto por mí. Diciendo esto, el sirviente la soltó, desenvainó su katana y puso el brillante metal frente a los ojos de la vieja. Pero ésta guardaba un silencio malicioso, como si fuera muda. Un temblor histérico agitaba sus manos y respiraba con dificultad, con los ojos desorbitados. Al verla así, el sirviente comprendió que la vieja estaba a su merced. Y al tener conciencia de que una vida estaba librada al azar de su voluntad, todo el odio que había acumulado se desvaneció, para dar lugar a un sentimiento de satisfacción y de orgullo; la satisfacción y el orgullo que se sienten al realizar una acción y obtener la merecida recompensa. Miró el sirviente a la vieja y suavizando algo la voz, le dijo: —Escucha. No soy ningún funcionario del Kebiishi[5] . Soy un viajero que pasaba accidentalmente por este lugar. Por eso, no tengo ningún interés en prenderte o en hacer contigo nada en particular. Lo que quiero es saber qué estabas haciendo aquí hace un momento. La vieja abrió aún más los ojos y clavó su mirada en el hombre; una mirada sarcástica, penetrante, con esos ojos sanguinolentos que suelen tener ciertas aves de rapiña. Luego, como masticando algo, movió los labios, unos labios tan arrugados que casi se confundían con la nariz. La punta de la nuez se movió en la garganta huesuda. De pronto, una voz áspera y jadeante como el graznido de un cuervo llegó a los oídos del sirviente: —Yo, sacaba los cabellos… sacaba los cabellos… para hacer pelucas… Ante una respuesta tan simple y mediocre el sirviente se sintió defraudado. La decepción hizo que el odio y la repugnancia le invadieran nuevamente, pero ahora acompañados por un frío desprecio. La vieja pareció adivinar lo que el sirviente sentía en ese momento y, conservando en la mano los largos cabellos que acababa de arrancar, murmuró con su voz sorda y ronca: —Ciertamente, arrancar los cabellos a los muertos puede parecerle horrible; pero ninguno de éstos merece ser tratado de mejor modo. Esa mujer, por ejemplo, a quien le saqué estos hermosos cabellos negros, acostumbraba vender carne de víbora desecada en la Barraca de los Guardianes, haciéndola pasar nada menos que por pescado. Los guardianes decían que no conocían pescado más delicioso. No digo que eso estuviese mal pues de otro modo se hubiera muerto de hambre. ¿Qué otra cosa podía hacer? De igual modo podría justificar lo que yo hago ahora. No tengo otro remedio, si quiero seguir viviendo. Si ella llegara a saber lo que le hago, posiblemente me perdonaría. Mientras tanto el sirviente había guardado su katana, y con la mano izquierda apoyada en la empuñadura, la escuchaba fríamente. La derecha tocaba nerviosamente el grano purulento de la mejilla. Y en tanto la escuchaba, sintió que le nacía cierto coraje, el que le faltara momentos antes bajo el portal. Además, ese coraje crecía en dirección opuesta al sentimiento que lo había dominado en el instante de sorprender a la vieja. El sirviente no sólo dejó de dudar (entre elegir la muerte o convertirse en ladrón) sino que en ese momento el tener que morir de hambre se había convertido para él en una idea absurda, algo por completo ajeno a su entendimiento. —¿Estás segura de lo que dices?— preguntó en tono malicioso y burlón. De pronto quitó la mano del grano, avanzó hacia ella y tomándola por el cuello le dijo con rudeza: —Y bien, no me guardarás rencor si te robo, ¿verdad? Si no lo hago, también yo me moriré de hambre. Seguidamente, despojó a la vieja de sus ropas, y como ella tratara de impedirlo aferrándosele a las piernas, de un puntapié la arrojó entre los cadáveres. En cinco pasos el sirviente estuvo en la boca de la escalera; y en un abrir y cerrar de ojos, con la amarillenta ropa bajo el brazo, descendió los peldaños hacia la profundidad de la noche. Un momento después la vieja, que había estado tendida como un muerto más, se incorporó, desnuda. Gruñendo y gimiendo, se arrastró hasta la escalera, a la luz de la antorcha que seguía ardiendo. Asomó la cabeza al oscuro vacío y los cabellos blancos le cayeron sobre la cara. Abajo, sólo la noche negra y muda. Adónde fue el sirviente, nadie lo sabe. (1915) [1] Sombrero antiguo para dama, de paja o tela laqueada, según la clase social. Designa a la dama que emplea dicho sombrero. [2] Antiguo gorro empleado por los nobles y samurais. Designa a los nobles o samurais que llevan dicho gorro. [3] Espada japonesa. [4] Calzado similar a la sandalia, hecho en base a paja de arroz. [5] Alto Comisariato instituido por la Corte Imperial en el año 816, como medida contra los perturbadores del orden. Autor: Ryunosuke Akutagawa Título: Rashômon Título Original: 羅生門 Publicado en: Teikoku Bungaku, 1915 Traducción: Kazuya Sakai
- "Una anciana y su gato, cuento de Doris Lessing
Hetty es una mujer mayor que vive al margen de la ciudad y de la vida que alguna vez conoció. Rechazada por su familia y olvidada por una sociedad que no sabe qué hacer con los ancianos, recorre las calles más duras de Londres aferrándose a su orgullo, a su libertad... y a Tibby, un gato callejero que se convierte en su único y fiel compañero. En medio de la pobreza, la soledad y la indiferencia de los demás, Hetty demuestra que aún se puede resistir con dignidad y ternura. Un relato conmovedor sobre la vejez, la independencia y el poder de los pequeños afectos. Se llamaba Hetty, y nació con el siglo XX. Tenía setenta años cuando murió de frío y malnutrición. Había estado sola mucho tiempo, ya que su marido había muerto de pulmonía un crudo invierno poco después de la Segunda Guerra Mundial. No era más que un hombre de mediana edad. Ahora sus cuatro hijos habían alcanzado la mediana edad, y tenían hijos mayores. De estos descendientes, una hija le enviaba felicitaciones de Navidad pero, por lo demás, para ellos no existía. Pues todos eran gente respetable, con sus hogares y buenos trabajos y coches. Y Hetty no era respetable. Siempre había sido un poco rara, eso decía la gente, si es que la mencionaban. Cuando vivía Fred Pennefather, su marido, y los niños eran pequeños, vivían muy apretados e incómodos en un piso de protección oficial en esa zona de Londres que es como un estuario inundado por mareas de gente: estaban a menos de un kilómetro de las grandes estaciones de Euston, Saint Pancras y King’s Cross. Los bloques de pisos eran pioneros en la zona; se alzaban lúgubres, grises y espantosos entre explanadas de casas pequeñas y jardines que no tardarían en demoler para sustituirlos por más bloques altos y grises. Los Pennefather eran buenos inquilinos que pagaban el alquiler y no tenían deudas. Él era obrero de la construcción, «contratado», y se enorgullecía de ello. Nada vaticinaba por aquel entonces que Hetty se apartaría de la normalidad, salvo que a menudo bajaba a los andenes y se pasaba una hora ante las locomotoras que llegaban y partían. Le gustaba el olor que desprendían, eso decía. Le gustaba ver a la gente de aquí para allá, mientras «iban y venían de todos esos lugares del extranjero». Se refería a Escocia, Irlanda, el norte de Inglaterra. Esas visitas al bullicio, el humo, los torbellinos de gente, eran una droga para ella, como pueden serlo la bebida o el juego para otros. Su marido se burlaba de Hetty, la llamaba gitana. En realidad era medio gitana, pues su madre lo era, aunque había elegido abandonar a su gente y casarse con un hombre que vivía en una casa. A Fred Pennefather le gustaba su esposa porque era diferente del resto de las mujeres que conocía, y se había casado con ella por eso; pero los hijos temían que su sangre gitana se revelase en algo más grave que los merodeos por las estaciones de ferrocarril. Era una mujer alta, con una lustrosa y abundante cabellera negra, una piel que se bronceaba con facilidad y profundos ojos negros. Vestía colores luminosos, y disfrutaba de los arrebatos de furia y las reconciliaciones repentinas. En sus mejores años, llamaba la atención, era orgullosa y guapa. Todo esto hacía inevitable que la gente de la zona se refiriera a ella como «esa mujer gitana». Cuando lo oía, contestaba a gritos que no por ello era peor. Después de que su marido falleciera y sus hijos se casasen y se fueran, el ayuntamiento la trasladó a un piso pequeño del mismo edificio. Consiguió un trabajo en una tienda del barrio, pero le pareció aburrido. Por lo visto existen ocupaciones propias de las mujeres de mediana edad que viven solas y ya han dejado atrás la época más atareada y responsable de sus vidas. La bebida. El juego. Otro marido. Una o dos aventuras tristes. Más o menos eso. Hetty pasó un período en que, por decirlo así, probó todo eso, como si se tratara de un pasatiempo, pero se aburrió. A la vez que ganaba un pequeño sueldo de dependienta, emprendió un negocio de compra y venta de ropa de segunda mano. No tenía un local sino que compraba o pedía la ropa a los vecinos, y la vendía a los puestos de la calle o a las tiendas de segunda mano. Le encantaba. Era su pasión. Dejó su respetable trabajo y se olvidó por completo de su amor por los trenes y los viajeros. Su habitación siempre estaba repleta de retazos relucientes de ropa, un vestido con un corte que le gustaba y no quería vender, tiras de abalorios, pieles viejas, bordados, encajes. Había algunos vendedores callejeros entre la gente de los pisos, pero algo en el modo de proceder de Hetty hizo que perdiera su amistad. Los vecinos de hacía veinte o treinta años decían que se había vuelto loca y actuaban como si no la conocieran. Pero a ella no le importaba. Se lo pasaba en grande, sobre todo cuando deambulaba por las calles con su viejo cochecito donde metía todo lo que iba comprando o vendiendo. Le gustaba chismorrear, regatear, engatusar a los clientes. Esto último —y lo tenía muy claro, por supuesto— era lo que le reprochaban. Ese fue el origen de los males. Eso era mendigar. La gente decente no pide. Ella no era decente. Como en su minúsculo piso estaba sola, pasaba en él el menor tiempo posible; prefería las animadas calles. Pero no le quedaba más remedio que pasar algunos ratos en su habitación, y un día vio un gatito perdido y asustado en una esquina mugrienta y se lo llevó a casa. Vivía en el quinto piso. Mientras el animalito se iba convirtiendo en un gato grande y fuerte, se paseaba entre el conglomerado de escaleras y ascensores y las decenas de apartamentos como si el edificio fuera una ciudad. Las autoridades no perseguían activamente a los animales domésticos, que estaban prohibidos pero se toleraban. La vida de Hetty se hizo más sociable con la llegada del gato, ya que el animal estaba siempre haciendo amigos en ese acantilado que era el bloque de pisos del otro lado del patio, o porque no regresaba a casa por la noche y ella salía a buscarlo y llamaba a las distintas puertas a preguntar por él, o volvía a casa cojeando tras recibir una patada o sangrando después de tener una pelea con los de su género. Armaba una escena con los que le daban patadas o con los dueños de los gatos enemigos, hablaba del gato con otros amantes de los gatos y siempre estaba vendando y cuidando al pobre Tibby. El gato no tardó en convertirse en un guerrero cubierto de cicatrices y pulgas, con una oreja rasgada y un aspecto lastimoso. Era un gato de varios colores, de ojos pequeños y amarillos. Distaba mucho de contarse entre los gatos de pedigrí de tonos delicados y silueta elegante. Pero era independiente, y a menudo cazaba palomas, cuando ya no podía aguantar más la comida de lata o el pan y la salsa de carne con que lo alimentaba Hetty, y ronroneaba y se acurrucaba cuando ella lo estrechaba contra su pecho en los momentos en que la embargaba la soledad. Esto sucedía cada vez menos. Cuando comprendió que sus hijos solo deseaban que los dejara en paz porque se avergonzaban de la vendedora de trapos, lo aceptó, y solo en épocas como la Navidad se adueñaba de ella una amargura que siempre iba acompañada de mal humor. Entonces cantaba o le gritaba al gato: «Tú, mala bestia, gato asqueroso, nadie te quiere, ¿verdad Tibby?, no, eres un pobre gato callejero, un pobre gato ladrón, eh, Tibs, Tibs, Tibs». El edificio estaba lleno de gatos. Incluso había un par de perros. Se pasaban el día peleándose en los pasillos de cemento gris. A veces había reyertas entre perros y gatos y era necesario que alguien los separara, y que podían durar días y semanas, como si fueran parte de las guerras y riñas de los vecinos. Había muchas quejas. Por fin, llegó un funcionario municipal para anunciar que harían cumplir la norma que prohibía tener animales. Hetty, como el resto, debería sacrificar a su gato. Esta crisis coincidió con una época de mala suerte para ella. Había tenido la gripe; no había podido ganar dinero; le costaba salir para ir a buscar su pensión; se endeudó. Debía varios meses de alquiler. Un televisor que había alquilado y que no pagaba suscitó varias visitas de los representantes de la empresa. Los vecinos murmuraban que Hetty se había vuelto «una salvaje». Lo decían porque el gato había arrastrado por la escalera y los pasillos a una paloma que había cazado, y el camino había quedado lleno de sangre y plumas. Una mujer fue a quejarse y encontró a Hetty desplumando al pájaro para guisarlo, como ya lo había hecho con otros, y compartir la comida con Tibby. «Eres un cochino —le decía cuando le servía el cocido en el plato para que se enfriara—. Un verdadero cochino. Mira que comerte esa paloma sucia. ¿Qué te crees que eres, un gato salvaje? Los gatos decentes no comen pájaros sucios. Las gitanas son las únicas que comen aves silvestres.» Una noche suplicó a un vecino que tenía coche que la ayudara, y se metió dentro del vehículo con el televisor, el gato, los fardos de ropa y el cochecito. La condujo a través de Londres hasta una habitación en una calle de un barrio periférico que estaba pendiente de rehabilitación. El vecino hizo un segundo viaje para llevarle la cama y el colchón, que ató a la baca del coche, una cómoda, un baúl viejo y unas ollas. Así fue como abandonó la calle en la que había vivido durante treinta años, casi la mitad de su vida. Se volvió a instalar en una única habitación. Tenía miedo de acercarse a «ellos» para recuperar su derecho a la pensión y su identidad, por los alquileres atrasados que debía y por la televisión robada. Reemprendió su actividad comercial, y la pequeña habitación no tardó en llenarse, como la anterior, de un arcoíris de colores y texturas y encajes y lentejuelas. Cocinaba en un hornillo con un solo fuego y hacía la colada en el fregadero. No tenía agua caliente a no ser que la hirviera en una olla. En la casa, que habían declarado en ruinas, vivían varias ancianas y una familia con cinco hijos. Ella estaba en la parte trasera de la planta baja. Tenía una ventana que daba a un jardín abandonado, y su gato era feliz en aquel cazadero que se extendía más de un kilómetro alrededor de la casa donde su dueña vivía tan estupendamente. Cerca de allí corría un canal, y entre las sucias aguas urbanas había islas a las que un gato podía acceder saltando de un barco a otro. En las islas había ratas y pájaros. Las aceras estaban repletas de rechonchas palomas londinenses. El gato era un astuto cazador. No tardó en ocupar un lugar en la jerarquía de la población gatuna del lugar y no tuvo que luchar demasiado por mantenerlo. Era un gato fuerte, que había engendrado muchas camadas de gatitos. Hetty y él pasaron allí cinco años felices. El negocio iba bien, porque cerca había gente rica que se desprendía de aquello que los pobres solo podían comprar a un precio barato. No se sentía sola porque trabó una relación de amistad, repleta de riñas pero gratificante, con una mujer que vivía en el último piso, una viuda como ella que tampoco veía a sus hijos. Hetty era dura con los cinco niños, se quejaba del ruido y el desorden pero les dejaba caer alguna moneda y caramelos después de decirle a su madre que era «una tonta por molestarse por ellos, porque no lo iban a saber apreciar». Vivía bien a pesar de que no recibía la pensión. Vendió el televisor y se pagó, junto a su amiga del último piso, un par de excursiones a la costa, y se compró una pequeña radio. Nunca leía libros ni revistas. La verdad era que no sabía leer ni escribir, o tan mal que no le resultaba nada agradable. Su gato no le daba más que alegrías y no le costaba nada; se alimentaba solo y seguía llevándole palomas para que las cocinara, y a cambio le pedía leche. «Glotón, eres un glotón, no te creas que no lo sé, oh, sí, claro que lo sé, te vas a poner enfermo si comes todas esas palomas, ¿cuántas veces tengo que repetírtelo?» Por fin empezaron las obras de la calle. Iba a dejar de ser un barrio periférico monótono y vergonzoso, pues la gente de clase media estaba comprando las casas. Aunque esto significaba que conseguiría más ropa de abrigo para su negocio —o que la pediría, porque todavía era incapaz de resistirse a la tentación de recibir algo a cambio de nada gracias a sus palabras lastimeras e ingeniosas y el destello que aún desprendían sus bonitos ojos—, Hetty era consciente, como el resto de los vecinos, de que no tardarían en comprar aquella casa, con su batallón de pobres, para arreglarla. La misma semana en que Hetty cumplía setenta años recibieron la noticia que anunciaba el final de aquella pequeña comunidad. Tenían cuatro semanas para encontrar otro lugar donde vivir. Teniendo en cuenta la escasez de vivienda que hay en Londres —y en cualquier rincón del mundo, claro está—, lo normal habría sido que esta gente se hubiera visto obligada a dispersarse, a arreglárselas cada uno por su cuenta. Pero el destino de esta calle ocupaba la atención pública porque se acercaban las elecciones municipales. La falta de hogar entre los pobres se estaba focalizando en esa calle, que era un símbolo perfecto de toda la zona, y en realidad de toda la ciudad, en la que la mitad de las casas eran cómodas, remodeladas, elegantes, y habitadas por gente que gastaba un montón de dinero, y la otra mitad eran casas desahuciadas habitadas por personas como Hetty. Gracias a los discursos de concejales y sacerdotes, las autoridades se vieron incapaces de ignorar a las víctimas de estas reformas. La gente de la casa donde estaba Hetty recibió la visita de un equipo formado por un funcionario de la oficina de empleo, un trabajador social y un funcionario de la vivienda. Hetty, una mujer mayor adusta y fuerte que llevaba un traje de lana rojo que había encontrado aquella semana entre la ropa que habían tirado, con una funda de tetera en la cabeza y unas botas eduardianas que arrastraba porque le iban grandes, los invitó a entrar en su habitación. Y aunque todos estaban muy acostumbrados a la pobreza extrema, ninguno de ellos quiso pasar, sino que se quedaron en el umbral de la puerta y le hicieron la siguiente oferta: la ayudarían a que cobrara su pensión —¿por qué no la había reclamado hacía tiempo?— y junto con las otras cuatro ancianas de la casa, tendrían que trasladarse a una residencia municipal en un barrio del norte, a las afueras. Todas esas mujeres estaban acostumbradas a la ciudad y disfrutaban de su animación y, ya que no tenían más alternativa que aceptar, se sumieron en un estado triste y huraño. Hetty también aceptó. Los dos últimos inviernos le habían dolido mucho los huesos, y siempre la rondaba la tos. Y aunque quizá ella tuviera un espíritu incluso más urbano que las otras, puesto que se paseaba arriba y abajo por las calles con su viejo cochecito cargado de trapos y encajes, y conocía muy bien la textura y el sabor de Londres, la idea de una nueva casa «entre verdes campos» no la sedujo como a las otras. En realidad no había campos cerca del hogar prometido, pero por alguna razón todas las ancianas habían decidido aferrarse a esa vieja canción, como si encajara con su situación, unas mujeres ancianas que ya no están muy lejos de la muerte. «Será agradable regresar de nuevo cerca de los verdes campos», se decían las unas a las otras delante de una taza de té. El funcionario de la vivienda fue para acabar de ultimar los planes. Hetty Pennefather debía trasladarse con las otras en dos semanas. El joven, sentado bien al borde de la única silla que había en la atestada habitación, porque estaba grasienta y sospechaba que tenía pulgas o algo peor, respiraba con la mayor ligereza posible por el espantoso hedor; había un lavabo en la casa, pero llevaba tres días estropeado, y se encontraba justo al otro lado de la delgada pared. La casa entera apestaba. El joven, que conocía muy bien el alcance de la miseria debido a la escasez de viviendas, y que sabía cuántos ancianos abandonados por sus hijos no recibían la oferta de las autoridades para pasar a su amparo sus últimos días, no podía evitar pensar que esta desgracia de mujer debía sentirse afortunada de tener una plaza en la residencia, aunque era una institución —y él lo sabía y lo lamentaba— en la que trataban a los viejos como si fueran niños traviesos y tontos hasta que tenían la suerte morir. Pero justo cuando le estaba contando a Hetty que mandarían una furgoneta para que recogiera sus pertenencias y las de las otras cuatro ancianas, y que no necesitaba llevarse nada más que su ropa y «quizá unas pocas fotografías», vio que lo que había tomado por un montón de trapos de varios colores se levantaba y apoyaba sus sucias garras negras y rojizas sobre la falda de la mujer, que ese día era una cortina de cretona estampada con rosas rojas y rosas en la que Hetty se había envuelto porque le gustaba el dibujo. —No puede llevarse el gato con usted —dijo de un modo automático. Era algo que debía advertir a menudo y, a sabiendas del dolor que causaba con ese dictamen, acostumbraba a suavizar el tono. Pero esa vez lo había cogido por sorpresa. Tibby parecía un embrollo de lana vieja apelmazada por la lluvia y el polvo. Tenía un ojo entrecerrado todo el tiempo, porque le habían desgarrado un músculo en una pelea. De una oreja no quedaba más que el rastro. Y debajo, a un lado, una pendiente lampiña con una gruesa cicatriz. Un enemigo de los gatos había dispensado a Tibby el mismo trato que al resto: le había disparado un perdigón de su escopeta de aire comprimido. La herida que le causó había tardado dos años en curarse. Y Tibby, además, apestaba. Pero no más, sin embargo, que su dueña, que permanecía rígida, inmóvil, mirando con resuelto recelo y hostilidad al repeinado y aseado joven del ayuntamiento. —¿Cuántos años tiene este animal? —Diez años, no, solo ocho años, no, es un gatito de cinco años —respondió Hetty desesperada. —Da la impresión de que le haría un favor sacándolo de toda esta miseria —dijo el joven. Al irse el funcionario, Hetty ya había aceptado todo. Era la única de las ancianas que vivía con un gato. Las otras tenían periquitos, o nada. En la residencia admitían periquitos. Hetty preparó un plan y se lo contó a las demás, y cuando llegó la furgoneta para llevárselas con sus ropas y fotografías y periquitos, había desaparecido, y las otras mintieron por ella. «Oh, no sabemos dónde puede haberse metido, cariño», no dejaban de repetir las ancianas una y otra vez al impasible conductor de la furgoneta. «Anoche estaba aquí, pero comentó algo sobre ir a Manchester, a casa de su hija.» Y se dirigieron a morir en la residencia. Hetty sabía que cuando desalojaban las casas para remodelarlas podían quedar vacías durante meses, incluso años. Su intención era seguir viviendo allí hasta que aparecieran los obreros. Fue un otoño cálido. Por primera vez, vivía como sus antepasados gitanos, y no se acostaba en una cama en una habitación, como la gente respetable. Pasó varias noches acurrucada junto a Tibby en el portal de una casa vacía cerca de la suya. Sabía exactamente cuándo vendría a buscarla la policía, y dónde esconderse entre los arbustos del espeso y abandonado jardín. Tal y como suponía, en la casa no había movimiento, y se trasladó de nuevo. Rompió uno de los cristales de la ventana trasera para que Tibby pudiera entrar y salir sin que tuviera que abrirle la puerta, y sin dejar sospechosamente abierta una ventana. Ocupó la habitación de la parte de atrás del último piso, y se marchaba cada mañana temprano y pasaba el día en las calles, con el cochecito y los trapos. Por la noche encendía la trémula luz de una vela, sobre el suelo. El lavabo también estaba estropeado, así que en su lugar usaba un cubo que había en el primer piso, y por la noche lo vaciaba a escondidas en el canal, que durante el día estaba lleno de barcos de paseo y gente que pescaba. Tibby le consiguió varias palomas. —¡Oh, sí, eres un gatito listo, Tibby, Tibby! ¡Oh, qué listo eres! Tú sí que sabes, tú sí que sabes apañártelas. Comenzó el frío. Las navidades llegaron y se fueron. La tos de Hetty volvió, y pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo debajo de capas de mantas y ropas viejas. Por la noche contemplaba las sombras de la vela en el suelo y en el techo; las ventanas no cerraban bien, y entraba el viento. En dos ocasiones, algunos vagabundos pasaron la noche en la planta baja de la casa y oyó que la policía los echaba. Se vio obligada a bajar para comprobar que la policía no hubiera tapado la ventana rota que usaba el gato, pero no lo habían hecho. Un mirlo se coló y murió mientras intentaba salir. Lo desplumó y lo cocinó en una olla sobre un fuego que hizo con trozos de las tablas de madera: habían cortado el gas, por supuesto. Nunca había sido de buen comer y no le preocupaba demasiado tener solo un poco de pan seco y un pedazo de queso para pasar la temporada debajo de la pila de ropa. Tenía frío, pero no pensaba en ello. Fuera estaba lleno de nieve marrón medio derretida. Volvió a su nido pensando que la ola de frío no tardaría en remitir y podría volver a su negocio. A veces Tibby se metía con ella debajo de la pila de ropa y estrechaba su calor contra su cuerpo. —Oh, tú, qué gato tan listo, muy listo, tú sí que sabes cuidarte, ¿verdad? Eso está muy bien, cariño, muy bien. Y entonces, justo cuando empezaba a salir otra vez, con las calles despejadas de nieve aunque el invierno no había hecho más que comenzar —era enero— vio aparcar delante de la casa la camioneta de los obreros, y dos hombres que descargaban las herramientas. No entraron en la casa; iban a comenzar el trabajo al día siguiente. Entonces Hetty, el gato, el cochecito cargado de ropa y las dos mantas ya habían desaparecido. También se llevó una caja de cerillas, una vela, una cacerola vieja, un tenedor, una cuchara, un abridor de latas y una ratonera. Tenía pánico a las ratas. A más de tres kilómetros de distancia, entre los hogares y jardines del plácido Hampstead, donde vivían tantos ricos, inteligentes y famosos, había tres enormes casas vacías. Las había visto en una ocasión, un par de años atrás, desde el autobús. No solía tomarlo, debido a los comentarios y las miradas curiosas que suscitaban sus ropas estrambóticas y su aspecto, que la mostraba, al mismo tiempo, como una tozuda viejecita gruñona y una niña traviesa. Porque cuanto mayor se hacía esta vagabunda de mala reputación, más se reforzaba en ella un infantilismo feroz y exigente. Era una combinación excesiva, era incómodo tenerla cerca. Le preocupaba que «ellos» hubieran rehabilitado las casas, pero allí seguían, aunque demasiado deterioradas y peligrosas para el uso de los vagabundos, y aún menos para los batallones de gente sin hogar de Londres. No quedaba ni un solo cristal. El suelo de la planta baja casi no existía, solo había pequeñas plataformas y restos de tablas de madera por encima de un sótano lleno de agua. El tejado se estaba cayendo. Las casas parecían edificios bombardeados. Pero en la fría oscuridad del crepúsculo, Hetty arrastró el cochecito por las escaleras resquebrajadas y caminó con cuidado sobre los endebles tablones de una habitación del segundo piso, en el que había un enorme agujero que daba directamente a la parte inferior. Asomarse era como mirar dentro de un pozo. Sostuvo una vela para estudiar el estado de las paredes, que seguían más o menos en pie, y encontró un rincón resguardado al que no llegarían la lluvia ni el viento al colarse por la ventana. Allí estableció su hogar. Un plátano impedía que se viera la ventana despojada desde la calle principal a menos de veinte metros. Tibby, que estaba entumecido después de hacer el viaje en el cochecito debajo de la pila de ropa, empezó a dar saltos y desapareció entre la maleza abandonada para conseguir su cena. Volvió saciado y campante, y parecía feliz acurrucado entre sus brazos rígidos, delgados y viejos. Se había acercado a esperar que regresara de su caza, puesto que ese cálido y ronroneante fardo de piel y huesos le aliviaba, durante un rato, el permanente dolor del frío en sus huesos. Al día siguiente vendió las botas eduardianas por unos pocos chelines —estaban de moda otra vez— y compró una barra de pan y un poco de beicon. En un rincón de las ruinas bien alejado del que había convertido en su hogar, sacó algunas tablas del suelo, hizo un fuego y tostó el pan y el beicon. Tibby había llevado una paloma y también la asó, aunque no muy bien. Tenía miedo de que el fuego se propagara y que todo ardiera en llamas; también tenía miedo de que el humo atrajera a la policía. Tuvo que amortiguar el fuego, y la paloma quedó ensangrentada y muy poco apetecible, y fue Tibby quien se la acabó comiendo casi toda. Se sentía confusa, y descorazonada, pero pensó que se debía al largo trecho de invierno que todavía tenía por delante antes de que llegara la primavera. En realidad, estaba enferma. Hizo un par de intentos por seguir con el negocio y ganar algo de dinero para comer antes de admitir que estaba enferma. Sabía que su estado aún no era muy grave, porque sí lo había sido en otras ocasiones; habría sido capaz de reconocer la impasible y lánguida indiferencia de una verdadera enfermedad letal. Pero le dolían todos los huesos, y le dolía la cabeza, y tosía más que nunca. Aunque todavía no pensaba que el frío le resultara especialmente perjudicial, ni siquiera en aquel enero de aguanieve. Nunca había vivido en un lugar con una calefacción apropiada, ni siquiera cuando estaba en los pisos de protección oficial. En estos había estufas eléctricas, aunque la familia, para ahorrar, nunca las usaba, a no ser que hubiera un golpe de frío. Se cubrían con capas de ropa, o se iban a dormir temprano. Pero era consciente de que si no quería morirse ahora no podía enfrentarse al frío con su indiferencia habitual. Sabía que debía comer. Se hizo un nido, el último, en un rincón relativamente seco de la habitación azotada por el viento, lejos de la ventana desnuda por la que entraban la nieve y la lluvia. Había encontrado una lámina de polietileno en la basura y la puso sobre el suelo para que no la atacara la humedad. Luego colocó encima sus dos mantas. Y sobre estas, toda la ropa vieja. Le hubiera gustado tener otra lámina de polietileno para cubrirse, pero en su lugar usó hojas de periódico. Se metió debajo de todo eso, con una rebanada de pan al alcance de la mano. Dormitaba y esperaba, y mordisqueaba el pan, y contemplaba la nieve que entraba ligera. Tibby se sentó junto a la vieja cara azulada que asomaba entre las ropas y alzó una pata para tocarla. Maullaba y estaba inquieto, y entonces salió a la mañana de escarcha y llevó una paloma, que todavía forcejeaba y aleteaba un poco, y la dejó junto a la anciana. Pero ella temía salir de debajo del montón de ropa, donde el calor se generaba y conservaba con dificultad. En realidad no podía salir ni para sacar más tablas del suelo, encender un fuego, desplumar la paloma y cocinarla. Extendió una fría mano y acarició al gato. «Tibby, pobrecito, la has traído para mí, ¿verdad?, ¿verdad que sí? Ven, ven…» Pero el gato no quería meterse allí dentro con ella. Maulló otra vez, le acercó más la paloma. Ahora estaba abatida y muerta. «Para ti. Cómetela tú. Yo no tengo hambre, gracias, Tibby.» Pero la carcasa no le interesaba. Se había comido una paloma antes de llevarle esa a Hetty. Sabía alimentarse bien. A pesar de su pelo apelmazado y sus cicatrices y su ojo amarillo entrecerrado, era un gato fuerte y sano. Hacia las cuatro de la mañana siguiente, en el piso de abajo se oyeron voces y pasos. Hetty salió corriendo de debajo de la pila de ropa y se agazapó detrás de un montón de yeso y vigas, que ahora estaban cubiertos de nieve, al fondo de la habitación junto a la ventana. Podía ver, por un agujero entre las tablas, el primer piso, que se había desplomado, y a través de este, la planta baja. Vio a un hombre con un abrigo grueso y bufanda y guantes de piel que sostenía una linterna que iluminaba un pequeño fardo de ropa en el suelo. Se dio cuenta de que el fardo era un hombre o una mujer que dormía. Se asustó porque no se había enterado de que hubiera otro inquilino entre las ruinas. ¿La habría oído, él o ella, hablar con el gato? ¿Y dónde estaba el gato? Si no iba con cuidado, lo cogerían, ¡y eso significaría su final! El hombre con la linterna salió y volvió a entrar con otro hombre. En la profunda oscuridad que se cernía debajo de Hetty, se hizo una pequeña cueva de luz intensa, que procedía de la linterna. En ese espacio de luz, dos hombres se inclinaron para recoger el fardo, que era el cadáver de un hombre o una mujer como Hetty. Lo cargaron entre las peligrosas trampas de madera podrida que había por el suelo, que hacían de planchas en el sótano inundado. Uno de los hombres sostenía la linterna en la mano que aguantaba los pies de la persona muerta, y la luz oscilaba entre los árboles y las malezas: conducían el cadáver hacia un coche por el jardín. En Londres hay hombres que, entre las dos y las cinco de la mañana, cuando duermen los verdaderos ciudadanos, a los que no deberían molestar con disgustos como los cadáveres de los pobres, van por todas las casas vacías y destartaladas para recoger a los muertos, y para advertir a los vivos de que no deberían estar allí, para invitarlos a uno de los hogares u hospicios para los sin techo. Hetty estaba demasiado asustada para volver al calentito montón de ropa. Se quedó sentada cubierta con las mantas, y miró por los agujeros de la estructura de la casa, vislumbrando formas y límites y orificios y pilas de escombros cuando sus ojos, como los de su gato, se acostumbraron a la oscuridad. Oyó ruidos de gresca; eran ratas. Se le ocurrió poner la ratonera, pero al pensar en su amigo Tibby, que se podría pillar una pata, desistió. Se quedó sentada hasta que surgió la luz, gris y fría, después de las nueve. Ahora sí que era consciente de que estaba muy enferma y que su vida corría peligro, porque había perdido todo el calor de los huesos que había conseguido reunir bajo los trapos. Tiritaba violentamente. Los temblores estaban acabando con ella. Entre espasmo y espasmo, se quedaba encorvada, deslavazada y exhausta. A través del techo que se alzaba sobre ella —aunque no era un techo, solo un enredo de listones y tablas— veía una oscura cueva que había sido un altillo, y a través del tejado que lo cubría, el cielo gris, que avanzaba gotas que anunciaban una lluvia incipiente. El gato volvió de donde estaba escondido, y se acurrucó en sus rodillas, y le daba calor en el vientre mientras ella reflexionaba sobre su situación. Estos fueron sus últimos pensamientos lúcidos. Se dijo a sí misma que no llegaría a la próxima primavera si no dejaba que «ellos» la encontraran y la llevaran al hospital. Después, la llevarían a un hospicio. Pero ¿qué iba a ser de Tibby, su pobre gato? Acarició la desaliñada cabeza del viejo gato con la punta del pulgar y susurró: «Tibby, Tibby, no te cogerán, no, estarás bien, sí, yo te cuidaré.» Hacia el mediodía el sol despuntó amarillo entre kilómetros de resbaladizas nubes grises, y Hetty bajó tambaleándose por las escaleras podridas y se dirigió a las tiendas. Incluso en esas calles londinenses, donde lo insólito se había vuelto habitual, la gente se volvía a mirar a una mujer alta y demacrada cuyo pálido rostro tenía manchas de rojo encendido y labios azules y apretados e inquietos ojos negros. Llevaba un abrigo de hombre abotonado hasta el cuello, manoplas de lana marrones rasgadas y una capucha de piel vieja. Empujaba un cochecito lleno de vestidos viejos y retazos de encaje y jerséis andrajosos y zapatos, todo revuelto y enredado, y seguía empujando su cochecito entre la gente que hacía cola o cuchicheaba o miraba por la ventana, y ella susurraba: «Dame la ropa vieja, cariño, dame tus caprichos viejos, dale algo a Hetty, pobre Hetty, tiene hambre». Una mujer le dio un puñado de monedas pequeñas, y Hetty se compró un panecillo con tomate y lechuga. No se atrevió a entrar en un café, porque incluso en su estado de confusión era consciente de que incomodaría a la gente y que probablemente le dirían que se marchara. Pero pidió que le dieran una taza de té en un puesto de la calle, y cuando sintió el dulce líquido caliente deslizándose en su interior, le dio la sensación de que podría sobrevivir el invierno. Compró un cartón de leche y empujó el cochecito de vuelta a las ruinas por las calles cubiertas de nieve medio fundida. Tibby no estaba allí. Orinó abajo, en un agujero entre las tablas, mientras murmuraba: «¡ Qué fastidio, ese té!». Y se envolvió en una manta y esperó a que oscureciera. Tibby volvió más tarde. Tenía sangre en una de las patas delanteras. Hetty había oído una refriega, y supo que se había peleado con una rata, o varias, y que le había mordido. Vertió la leche en la pequeña cacerola y Tibby se la bebió toda. Pasó la noche estrechando al animal contra su frío pecho. Ninguno de los dos durmió, más bien iban echando cabezaditas. Por lo general, Tibby estaría cazando, la noche era su momento, pero ya llevaba tres noches junto a la anciana. Esa mañana temprano volvieron a oír a los recolectores de cadáveres entre los escombros de la planta baja, y vieron las luces de las linternas moviéndose por las húmedas paredes y las vigas caídas. Por un momento, la luz casi enfocó a Hetty, pero nadie subió. ¿Quién iba a imaginar que pudiera haber alguien tan desesperado para subir esas peligrosas escaleras, confiar en aquellos suelos resquebrajados, y en mitad del invierno? Hetty ya había dejado de pensar en que estaba enferma, en el estado de su enfermedad, en el peligro que corría; en la imposibilidad de sobrevivir. Había borrado de su mente la presencia del invierno y su temperatura letal, y era como si la primavera estuviese por llegar. Sabía que si hubiera tenido que dejar la otra casa en primavera, ella y el gato habrían vivido allí, bastante cómodos y seguros, durante meses y meses. Porque le parecía imposible, e incluso tonto, que su vida, o mejor dicho, su muerte, dependiera de algo tan arbitrario como que los obreros comenzaran las obras en enero en vez de abril, no podía creérselo, no podía interiorizar la realidad. El día anterior se había sentido bastante lúcida. Pero ahora sus pensamientos eran confusos, y hablaba sola y se reía. En un momento dado se abrió paso con dificultad y rebuscó entre los trapos una vieja felicitación de Navidad que le había enviado su hija cuatro años atrás. Con una voz terriblemente enfadada, severa y resentida, anunció a sus cuatro hijos que, ahora que estaba mejor, necesitaba una habitación para vivir. «He sido una buena madre», les gritó ante testigos invisibles, los vecinos de antaño, asistentes sociales, un médico. «¡Nunca os ha faltado nada, nunca! ¡Cuando erais pequeños solo teníais lo mejor! ¡Vamos, podéis preguntárselo a cualquiera!» Estaba agitada y armaba tanto alboroto que Tibby se apartó de ella y se metió de un salto en el cochecito, desde donde la miraba. Cojeaba y tenía la pata delantera con sangre reseca. El mordisco de la rata había sido fuerte. Cuando llegó la luz del día, dejó a Hetty en un estado de duermevela y bajó al jardín, donde vio una paloma que estaba comiendo al borde de la acera. El gato se abalanzó sobre el pájaro, lo arrastró hacia los matorrales y se lo zampó, sin llevárselo a su dueña. Después de comer se quedó escondido, observando a los transeúntes. Los miraba fijamente con su ojo amarillo centelleante, como si estuviera pensando, o tramando algo. No regresó a las viejas ruinas, ni subió las húmedas y crepitantes escaleras hasta que se hizo muy tarde: era como si supiera que no tenía sentido volver. Encontró a Hetty aparentemente dormida, envuelta en una manta, sentada en una esquina contra un puntal. Tenía la cabeza inclinada sobre el pecho, y su abundante cabello cano se había soltado de un gorro de lana colorado, y escondía un rostro engañosamente arrebolado, el arrebol del coma causado por el frío. Aún no estaba muerta, pero murió esa noche. Las ratas escalaron las paredes y pasaron por las tablas y el gato escapó de ellas, todavía cojo, hacia los arbustos. Tardaron un par de semanas en encontrar a Hetty. El tiempo mejoró y el hombre que se ocupaba de buscar cadáveres subió las peligrosas escaleras guiado por el olor. Todavía había algunos restos de ella, pero no demasiados. En cuanto al gato, se quedó dos o tres días entre los tupidos arbustos, mirando a la gente que pasaba y, detrás de esta, el tráfico ruidoso de la calle principal. En una ocasión, una pareja se detuvo a hablar en la acerca, y el gato, al ver dos pares de piernas, se acercó y se frotó contra una de las extremidades. Una mano se deslizó hacia abajo y recibió unas pocas caricias y palmaditas. Después la pareja se fue. El gato supo que no volvería a encontrar otro hogar, y se marchó, olfateando e intuyendo el camino de un jardín a otro, entre casas vacías, hasta llegar a un viejo cementerio. En el camposanto había un par de gatos descarriados, y se unió a ellos. Ese fue el comienzo de una comunidad de gatos descarriados que se harían salvajes. Mataban pájaros y ratones de campo que encontraban entre la maleza, y bebían de los charcos. Antes de que el invierno hubiera terminado, los gatos pasaron una mala temporada. Fueron víctimas de la sed porque durante dos largas épocas el suelo se congeló y había nieve en vez de charcos, y los pájaros eran difíciles de cazar porque los gatos eran muy fáciles de descubrir entre el límpido blanco. Pero en general se las arreglaban bastante bien. Entre los gatos había una hembra, y no tardó en surgir un enjambre de gatos salvajes, tan salvajes como si no vivieran en el centro de una ciudad rodeada de calles y casas. Esta solo era una de la media docena de comunidades de gatos salvajes que vivían en esa manzana de Londres. Entonces se presentó un funcionario para capturar a los gatos y llevárselos. Algunos se escaparon y se escondieron hasta que pasó el peligro. Pero cazaron a Tibby. No solo porque se estaba haciendo viejo y torpe —todavía cojeaba por la mordedura de la rata— sino porque se mostró cariñoso con el hombre, que no tuvo más que cogerlo entre sus brazos. «Tú eres un viejo soldado, ¿no? —dijo el hombre—. Un viejo vagabundo de los de antes.» Tal vez el gato pensara incluso que había encontrado otro amigo y un hogar. Pero no fue así. Aquella semana la caza de gatos ascendió a cientos, y si Tibby hubiera sido más joven le habrían podido encontrar una casa, porque era amistoso y le gustaba agradar a la raza humana, pero era muy viejo, apestaba y estaba magullado. Así que le pusieron una inyección y, como suele decirse, «lo durmieron» para siempre. FIN Autor: Doris Lessing Título: Una anciana y su gato Título Original: An Old Woman and her Cat Publicado en: New American Review, 1972 Traducción: Paula Kuffer
- "La sirenita", cuento de Hans Christian Andersen
La sirenita Hans Christian Andersen Mar adentro, el agua es tan azul como los pétalos del más bello aciano y claro como el cristal más puro, pero es muy profundo, demasiado profundo, para que ningún ancla pueda llegar al fondo, y serían precisas un gran número de torres de iglesias, puestas las unas sobre las otras, para llegar del fondo a la superficie. Y allí, en aquellas profundidades, es donde viven las sirenas. Pero no vaya a creerse que, en el fondo, solo existe un suelo desnudo formado de arenas blancas; no, crecen árboles y plantas de las especies más raras, cuyos tallos y hojas son tan flexibles, que se agitan al menor movimiento del agua como si estuvieran vivas. Todos los peces, grandes y pequeños, se deslizan por entre sus ramas como los pájaros en el aire. En uno de los lugares más profundos se alza un castillo propiedad del rey de los mares. Sus muros son de coral y las altas ventanas puntiagudas del ámbar más transparente, y el tejado está hecho de conchas de moluscos que se abren y se cierran según el movimiento del agua. Es de un efecto bellísimo, puesto que cada concha encierra perlas brillantes, una sola de las cuales podía servir de soberbio adorno a la corona de una reina. El rey del mar estaba viudo desde hacía muchísimos años, y su anciana madre era la que gobernaba la mansión. Era una mujer inteligente, pero muy pagada de su nobleza, razón por la cual llevaba doce ostras en su cola, mientras que las otras personas de alcurnia solo llevaban seis. Aparte de eso, era mujer que merecía grandes elogios porque amaba mucho a sus nietecitas, las princesitas marinas, seis encantadoras criaturas, de las cuales la más joven era la más bella de todas. Su piel era clara y brillante como pétalo de rosa; sus ojos, tan azules como lo más profundo del Océano; pero, al igual que sus hermanas, carecía de pies. Su cuerpo terminaba en cola. Durante todo el día podían jugar en la parte baja del castillo, las enormes salas, donde flores vivas crecían en los muros. Las grandes ventanas de ámbar estaban abiertas, y los peces entraban por ellas nadando, como en nuestras casas entran las golondrinas, procedentes del exterior, en el instante en que abrimos nuestras ventanas; pero los peces nadaban directos hacia las princesas, comían en sus manos y se dejaban acariciar. En la parte exterior del castillo se extendía un enorme jardín con árboles color rojo fuego y azul oscuro; los frutos resplandecían como el oro y las flores como las llamas, agitando continuamente sus tallos y sus pétalos. El suelo estaba cubierto de la más fina arena, pero azul, como el azufre quemado. Por encima de ello se extendía una extraña luz azul, y hubiera podido muy bien creerse que todo eso se encontraba en el aire y que no se veía más que cielo por encima y por debajo, y no que todo estaba en el fondo del mar. Cuando las aguas estaban en calma, se podía ver el sol, que parecía una flor purpúrea cuya corola despidiera toda la luz. Cada una de las princesitas tenía en el jardín su rinconcito donde podía excavar y plantar como quisiera. Una daba a su macizo de flores la forma de una ballena; otra prefería que se pareciese a una sirenita. Sin embargo, la más joven hizo el suyo redondo, como el sol, y no había en él más que flores rojas como el astro rey. Era una niñita muy singular, tranquila y reflexiva, y mientras que sus hermanas adornaban sus pequeñas posesiones con los más extraños objetos cogidos de los barcos hundidos, ella no quería tener, aparte de las flores rojas que recordaban al sol de las alturas, más que una hermosa estatua de mármol: era un delicioso joven tallado en la clara y blanca piedra, que había caído al mar a causa de un naufragio. Plantó al lado de la estatua un sauce llorón rojo, que creció magnífico, haciendo que sus ramas rodearan y dieran frescor a la estatua y llegaran hasta el suelo de arena azul donde la sombra aparecía violeta y se agitaba al compás de las ramas. Se hubiera podido decir que la copa del árbol y sus raíces jugaban a besarse mutuamente. La sirenita no tenía mayor alegría que la de oír hablar del mundo de los hombres; la anciana abuelita tenía que contarle cuanto sabía de los barcos y las ciudades, los hombres y los animales, y la pequeña encontraba sobre todo maravilloso que las flores, en la tierra, tuviesen perfume, cosa que no poseían en el fondo del mar, y que los bosques fuesen verdes, y que los peces, que se veían por entre las ramas, pudiesen cantar tan alto y tan lindamente que era un placer oírlo: eran los pajarillos que la abuelita llamaba peces, ya que sus nietas no podían comprenderlo de otro modo, pues jamás habían visto los pájaros. —Cuando tengáis quince años —decía la abuela— se os permitirá salir a la superficie del agua, subir a las rocas para contemplar la luz de la luna y ver los enormes barcos que pasan. También veréis los bosques y las ciudades. En el transcurso del año. una de las hermanas cumplió los quince años, pero las otras… Cada una tenía un año menos que la precedente, por tanto, la menor cinco años menos que la mayor, y eran esos los años que tenía que esperar antes de elevarse desde el fondo del mar y echar una ojeada a nuestro mundo. Sin embargo, se prometían unas a otras contarse lo que vieran y lo que les había parecido mejor el primer día, ya que la abuelita no les contaba bastante y ellas querían saber más, mucho más. Ninguna estuvo jamás tan impaciente como la más joven, que era, exactamente, la que tenía que esperar más tiempo, a pesar de ser la más tranquila y reflexiva. Corrientemente, por la noche permanecía asomada al ventanal y miraba a lo alto a través del agua azulada, que los peces removían con sus aletas y sus colas. Podía ver la luna y las estrellas, cuyo resplandor era muy pálido, es cierto, pero que, a través del agua, parecían mucho más grandes que a nuestros ojos. Cuando algo se deslizaba por debajo de ellas como una gran nube, la sirenita sabía que era una ballena que nadaba por encima o bien un barco cargado con muchos hombres, que ni pensaban siquiera que una ondina de verdad estuviera debajo de ellos con sus blancas manos tendidas hacia la quilla. La primogénita de las princesas cumplió, pues, los quince años y pudo elevarse hasta la superficie del mar. Cuando regresó, tenía mucho que contar; sin embargo, dijo, lo más delicioso era tenderse al claro de luna sobre un banco de arena, con el mar en calma, y ver cerca de la costa la gran ciudad, donde titilaban las luces como cientos de estrellas; oír la música, el ruido de las carrozas y el griterío de la gente; contemplar las numerosas torres de las iglesias y los campanarios, y escuchar el tañido de las campanas. Y, precisamente porque no podía llegar hasta allí, era por lo que le había parecido lo más deseable. ¡Oh, cuánta atención puso su hermana menor! Cuando se quedó sola por la noche ante su ventana abierta y miró a lo alto a través de la oscura agua azul, pensó en la gran ciudad con todo su ruido y su griterío, y le pareció oír las campanas de la iglesia, cuyo son descendía hasta ella. Al año siguiente se le permitió a la segunda hermana elevarse a través de las aguas y nadar hasta donde quisiera. Alcanzó la superficie en el preciso momento en que el sol se ocultaba y halló magnífico aquel espectáculo. Todo el cielo parecía de oro—contó—y las nubes… ¡Oh, era imposible describirlas! Habían bogado por encima de su cabeza, rojas y violetas; pero, aún más rápida que ellas, volaban, como un gran velo blanco, una manada de cisnes blancos, sobre las aguas teñidas por el sol naciente. Ella se había puesto a nadar también hacia allí, pero el sol se había hundido en el agua y el resplandor rosáceo había desaparecido de la superficie del agua y de las nubes. Al año siguiente, la tercera hermana subió a la superficie. Era la más atrevida de todas, por lo que nadó hasta un gran río que desembocada en el mar. Contempló encantadoras colinas verdes cuajadas de viñas; castillos y granjas se alzaban en el centro de bosques soberbios. Oyó cantar a los pájaros, y el sol calentaba tanto que tuvo que meterse varias veces en el agua para refrescar su rostro ardoroso. En una pequeña bahía se encontró con un grupo de niños; estaban desnudos y chapoteaban en el agua. Quiso jugar con ellos, pero huyeron asustados. Acudió una pequeña bestia negra: era un perro, pero ella no había visto jamás un animal parecido. Le ladró tan desaforadamente que tuvo miedo y se refugió en pleno mar, pero jamás podría olvidar los bosques magníficos, las verdes colinas y los lindos niños que sabían nadar, aunque no tuviesen cola de pez. La cuarta hermana no era tan atrevida. Se quedó en pleno mar, y dijo que allí, precisamente, era donde estaba lo más bello: había una visibilidad que abarcaba muchas millas a la redonda y el cielo, en lo alto, era como una enorme campana de cristal. Había visto barcos, pero desde muy lejos. Tenían el aspecto de alegres gaviotas. A su lado los grandes delfines habían dado volteretas y las ballenas, lanzando agua por sus narices, parecían centenares de fuentes a su alrededor. Y le llegó el turno a la quinta hermana. Su cumpleaños caía en invierno; por lo que vio lo que las otras no habían visto la primera vez. El mar estaba verde por completo, y aquí y allá se elevaban grandes icebergs, algunos de los cuales tenían aspecto de perlas —contaba—, aunque eran mucho más grandes que las torres de las iglesias construidas por los hombres. Tenían las más extrañas formas y brillaban como diamantes. Se había posado en uno de los más grandes y todos los barcos de vela se alejaban temerosos del lugar donde ella estaba sentada y dejaba que el viento peinase los largos cabellos. Hacia la noche, el cielo se cubrió de nubes; hubo relámpagos y truenos, mientras el negro mar elevaba hasta las alturas los grandes bloques de hielo que brillaban bajo los grandes relámpagos. En todos los barcos se arriaron las velas. Por doquier existía el temor y la inquietud, pero ella estaba muy tranquila, tendida sobre su iceberg flotante, y miraba la línea azul del rayo sumergirse en zigzag en el mar iluminado. La primera vez que una de las hermanas subía a la superficie del agua, quedaba siempre encantada de lo que había visto de bello y de nuevo; pero como en seguida, en su calidad de hijas mayores, podían subir tantas veces como quisieran, todo se les hacía ya indiferente y sentían deseos de regresar de nuevo a su hogar. Al cabo de un mes acababan diciendo que su castillo era lo más bello y que se estaba muy bien en casa. Muchas noches, las cinco hermanas se cogían del brazo y se elevaban a la superficie. Poseían voces deliciosas, más bellas que la de ningún ser humano, y cuando amenazaba tempestad y creían que algún barco podía hundirse, nadaban delante de ellos y cantaban armoniosamente la belleza del fondo del mar e invitaban a los marineros a no temer su hundimiento. Pero estos no entendían sus palabras y creían que era la tempestad, y nunca les fue dado conocer el esplendor de su fondo, ya que cuando un barco se hundía, los marineros se ahogaban y llegaban muertos al castillo del rey de los mares. Cuando las hermanas se elevaban de tal manera por las noches, la hermana menor se quedaba sola y las seguía con los ojos. Sentía deseos de llorar; pero las sirenas no tienen lágrimas y sufren más. — ¡Ah, qué pena no tener quince años! —decía—. Sé cuánto me gustaría ese mundo de allá arriba y la gente que lo puebla. Al fin cumplió los quince años. —Bueno, vas a emanciparte—le dijo su abuela, la anciana reina viuda—. Ven a que te adorne como a tus otras hermanas. Le puso en la cabeza una corona de lirios blancos, pero cada pétalo de la flor era media perla; luego, la anciana le fijó ocho grandes ostras a la cola para hacer ver su alto rango. Eso me hace daño—dijo la sirenita. —Es necesario sufrir para parecer noble—contestó la anciana. ¡Oh, cómo le hubiera gustado a la pequeña desembarazarse de todos sus adornos y quitarse la pesada corona! Las rojas flores de su jardín le parecían mucho mejor, pero no se atrevía a cambiar. —Adiós —dijo, y, ligera como una burbuja, se remontó a través del agua. El sol acababa de ocultarse cuando sacó la cabeza a la superficie, pero todas las nubes brillaban aún como las rosas y el oro, y en mitad del aire rosa pálido lucía la estrella de la tarde, clara y encantadora. La brisa era suave y fresca, y el mar estaba en calma. Un gran navío de tres palos se hallaba cerca, con solo una vela desplegada, pues no hacía ni un soplo de viento, y aquí y allá, sobre las jarcias y los maderos, estaban sentados los marineros. Se tocaba y se cantaba, y a medida que caía la noche, centenares de luces de diversos colores se encendieron. Podría decirse que las banderas de todas las naciones flotaban al aire. La sirenita nadó hasta las puertas del salón y. cada vez que el agua la elevaba, podía ver por los cristales transparentes las numerosas y elegantes personas que allí estaban. Pero el más bello de todos era el joven príncipe de grandes ojos negros. Apenas debía de tener dieciséis años. Era el día de su cumpleaños y por eso se celebraba una fiesta. Los marineros bailaban en el puente, y cuando el joven príncipe se presentaba allí, se lanzaban centenares de cohetes y todo brillaba como en pleno día. La sirenita, muy asustada, se hundía en el agua; pero no tardaba en reaparecer, y entonces le parecía que todas las estrellas del cielo caían sobre ella. Nunca había visto fuegos artificiales. Sobre el barco giraban gigantescos soles y soberbios peces de fuego se balanceaban en el aire azul, y todo se reflejaba en el agua tranquila y clara. ¡Oh, qué bello era el príncipe! Y estrechaba la mano a todo el mundo, reía y sonreía, mientras la música sonaba en la noche admirable. Se hizo tarde, pero la sirenita no podía apartar sus ojos del barco y del príncipe encantador. Las luces de colores se apagaron, los cohetes se acabaron, no se dispararon más cañonazos, pero de lo profundo del Océano llegaba un rumor inquietante. La sirena permaneció sobre el agua, balanceada por las olas, de forma que podía ver el salón, pero el barco empezó a alejarse, se izó una vela tras otra, las olas se hicieren mayores, aparecieron grandes nubes y los relámpagos surgieron a lo lejos. ¡Oh, se anunciaba una espantosa tempestad! Pronto los marineros tuvieron que acortar las velas. El gran barco volaba sobre la mar furiosa. Las olas se elevaban como grandes montañas negras queriendo desmoronarse sobre el palo mayor, pero el barco se zambullía como un cisne entre las gigantescas olas y se dejaba elevar de nuevo por la hinchazón de las aguas. A la sirenita le parecía aquello una carrera divertida, pero los marineros no eran de la misma opinión. El barco crujía con gran ruido; los pesados maderos se doblaban bajo los potentes golpes; el mar asaltaba el barco; el palo mayor se rompió en el centro como si fuera un junquillo y el buque se tumbó de un costado mientras el agua penetraba por la bodega. La sirenita se dio cuenta entonces de que las gentes estaban en peligro. Ella misma tuvo que prestar atención a las vigas y restos del barco que flotaban en el agua Hubo un momento en que la oscuridad fue tan grande que la sirena no veía nada; pero si la luz del relámpago surgía, podía distinguir a los tripulantes. Todos trataban de salvarse como fuese posible. Buscaba al príncipe por entre la gente y lo vio cuando el navío se partió en dos y se hundió en las profundidades del mar. De momento, se alegró, pues el príncipe bajaría hasta ella; pero en seguida se acordó de que los hombres no podían vivir en el agua y que solo llegaría muerto al palacio de su padre. No; era preciso que no muriese. Nadó, pues, por entre las vigas y los restos esparcidos sobre el mar; se olvidó de que podían aplastarla; se hundió profundamente y surgió a la superficie entre las olas y llegó, al fin. hasta el joven príncipe, que casi no podía ya nadar entre aquella mar revuelta, pues sus brazos y sus piernas comenzaban a fatigarse, sus ojos se cerraban y hubiera muerto si la sirenita no hubiese estado allí. Sostuvo su cabeza por encima del agua y con él se dejó conducir por las olas hacia donde ellas querían. Al día siguiente había cesado la tempestad; del barco no se veían ni los restos; el sol se elevó sobre el agua, rojo y brillante, y hubiera podido decirse que, a causa de él, estaban reanimadas las mejillas del príncipe, pero sus ojos permanecían cerrados. La sirena besó su hermosa frente y echó para atrás sus mojados cabellos. Encontraba que se parecía a la estatua de mármol que tenía en lo profundo del mar, en medio de su jardín. Le besó de nuevo y deseó que viviera. Vio ante ella la tierra firme, de altas montañas, azules en sus cimas, en las que brillaba la nieve, como si posada en ellas hubiese una manada de cisnes; junto a la costa se extendían hermosos y verdes bosques, ante los cuales se alzaba una iglesia o un convento, no lo sabía bien, pero sí que era un edificio. En el jardín crecían limoneros y naranjos, y, ante la puerta, altas palmeras. El mar formaba aquí una pequeña bahía, completamente en calma, aunque muy profunda, y estaba limitada por acantilados, a cuyos pies se extendía la blanca y fina arena. Hacia allí nadó la sirena con el bello príncipe. Lo depositó sobre la arena y tuvo buen cuidado de que su cabeza permaneciera en alto para que recibiese la luz cálida del sol. En el gran edificio blanco empezaron a tocar las campanas y numerosas jovencitas atravesaron el jardín. Entonces la sirenita se dirigió nadando tras unas altas rocas que emergían del agua, cubrió sus cabellos y su pecho con la espuma del mar, a fin de que nadie pudiese ver su rostro, y se quedó observando a ver quién se acercaba al pobre príncipe. No tardó en aproximarse una jovencita. Pareció asustarse mucho, pero solo un instante, y fue en busca de otras personas. La sirena vio cómo el príncipe se reanimaba y sonreía a todos los que estaban a su alrededor, pero no a ella. El príncipe ignoraba que la sirena lo había salvado. Esta se sintió tan desolada que, cuando condujeron al príncipe al gran edificio, se hundió en el agua, muy triste, y regresó a su casa, al castillo de su padre. Siempre había sido una sirenita muy tranquila y soñadora; pero desde entonces se volvió mucho más. Sus hermanas le preguntaron qué había visto la primera vez que había subido a la superficie, mas ella no contó nada. Con mucha frecuencia, tanto por la mañana como por la noche, volvía al lugar en donde había depositado al príncipe. Vio cómo maduraban las frutas del jardín, cómo las recogían y cómo se fundía la nieve depositada en las cimas de las montañas, pero no veía al príncipe, y regresaba a su casa cada vez más desolada. Su solo consuelo estaba en sentarse en su pequeño jardín y rodear con sus brazos la bella estatua de mármol que se parecía al príncipe; pero no cuidaba sus llores, que crecían al azar hasta en las avenidas y entrelazaban sus largos tallos y su follaje en las ramas de los árboles, de forma que todo el lugar estaba sombrío. Al fin, no pudo contenerse más y contó su historia a una de sus hermanas, y en seguida la conocieron las otras, pero nadie más que ellas y dos sirenas amigas que se encargaron de contársela a sus amigas más íntimas. Una de estas sabía quién era el príncipe. También había visto la fiesta del barco. Estaba enterada de dónde venía el príncipe y cuál era su reino. — ¡Ven, hermanita! —dijeron las otras sirenas. Y apoyando cada una sus brazos en los hombros de las otras, se elevaron a la superficie y nadaron hasta el lugar donde sabían que se encontraba el castillo del príncipe. Este castillo estaba construido de piedras amarillas muy claras y brillantes, con grandes escaleras de mármol, una de las cuales descendía hasta el mar. Espléndidas cúpulas doradas se elevaban sobre el tejado, y entre las columnas que rodeaban el monumento se hallaban emplazadas estatuas de mármol que parecían seres vivos. A través de los transparentes cristales de las altas ventanas se veía el interior de las magníficas salas, donde preciosas alfombras y cortinajes de seda las adornaban, y las paredes estaban decoradas con enormes pinturas que producía un gran placer contemplar. En el centro del salón más grande se alzaba una gran fuente que lanzaba un surtidor bajo la cúpula de cristal del techo, y por ella entraba el sol, que iluminaba el agua y las plantas que crecían en el gran recipiente. La sirenita sabía al fin dónde vivía el príncipe y acudía con frecuencia, tanto por la mañana como por la noche. Nadaba mucho más cerca de la tierra de lo que se habían atrevido las otras. Llegó hasta meterse en el estrecho canal que se deslizaba bajo la soberbia terraza de mármol, cuya sombra se prolongaba sobre el río. Se situaba allí y miraba al joven príncipe, que creía estar solo a la luz de la luna. Le vio muchas noches bogar, con la música a bordo de su magnífico yate, donde flameaban las banderas. Le miraba a través de los verdes juncos, y el viento ondulaba su largo velo de blanco plateado. Si alguien la veía, hubiera creído que era un cisne que desplegaba las alas. Por las noches, oyó con frecuencia a los pescadores, que pescaban a la luz de las antorchas, hablar mucho y bien del joven príncipe, y se alegraba de haberle salvado la vida cuando estaba medio muerto a merced de las olas. Pensaba cómo había reposado la cabeza sobre su pecho y cómo le había dado un beso apasionado. Él ignoraba todo esto y ni siquiera podía soñar con ella. Poco a poco, la sirena aumentó su cariño hacia los hombres y cada vez deseaba con mayor afán poder estar entre ellos. Su mundo le parecía mucho más grande que el suyo. Podían recorrer los mares sobre barcos; podían escalar las altas montañas cubiertas de nieve, y las tierras poseídas por ellos se extendían, repletas de bosques y de campos, más allá de donde podía alcanzar su vista. Había muchas cosas que a ella le hubiera gustado saber; pero sus hermanas no le contestaban a todo, porque no tenían respuestas para ello. Interrogaba entonces a su anciana abuela, que conocía al dedillo el mundo terrenal, que ella llamaba tierras situadas sobre el mar. —Cuando los hombres no se ahogan—preguntaba la sirenita—, ¿son inmortales y no mueren, como nosotros? —Sí mueren —contestó la anciana—. Mueren como nosotros. Su vida es mucho más corta que la nuestra. Nosotros podemos vivir trescientos años, y cuando dejamos de existir aquí, nos convertimos en espuma de mar. No tenemos tumba aquí abajo, en medio de los seres que nos son queridos. Nuestra alma no es inmortal. No volvemos a la vida. Somos como el junco verde; una vez cortado no puede reverdecer. Los hombres, por el contrario, tienen alma, que vive siempre, que vive aun después que su cuerpo se ha convertido en tierra. Se eleva por el aire transparente y claro hasta las estrellas brillantes. De la misma forma que nosotros nos elevamos en el agua y vemos las tierras de los hombres, así ellos se elevan hacia lugares desconocidos y deliciosos que nosotros no veremos jamás. —¿Por qué no tenemos alma inmortal? —preguntó entristecida la sirenita—. Daría todos los cientos de años que me quedan de vida por ser una persona solo un día y tener mi parte en el mundo celestial. —Es preciso no pensar en eso —contestó la abuela—. Nuestra vida es mucho mejor y más feliz que la de los hombres de arriba. —¿Es necesario, entonces, que muera y desaparezca como espuma sobre el mar; que renuncie a oír la música de las olas, a ver las hermosas flores y el rojo sol? ¿No puedo hacer nada para tener alma inmortal? —No —contestó la vieja—. A menos que un hombre te ame más que a sus padres, que todos sus pensamientos y todo su amor estuviesen ligados a ti y que pusiese su mano derecha sobre la tuya delante de un sacerdote y prometiese serte fiel aquí y en toda la eternidad. Entonces su alma, ¡su alma!, penetraría en tu cuerpo y tomarías parte en la felicidad de los hombres. Te daría un alma y conservaría, sin embargo, la suya. Pero eso es imposible. Lo que es encantador aquí en el mar, tu cola de pez, es justamente lo que se encuentra feo en la tierra. Ellos no entienden de esas cosas. Creen que es preciso tener dos gruesas columnas, que llaman piernas, para ser hermoso. La sirenita suspiró y miró tristemente su cola de pez. —Seamos felices —exclamó la anciana—. Podemos saltar y retozar durante trescientos años que tenemos de vida. Es bastante tiempo. Se puede reposar con satisfacción en la tumba, después de eso. Esta noche tendremos baile en la corte. Fue algo esplendoroso; algo como jamás se vería en la tierra. Paredes y techos de la gran sala de baile eran de cristal grueso, pero transparente. Muchos centenares de moluscos gigantescos, de color rosa y verde, estaban alineados a cada lado y emanaban una luz azul que alumbraba toda la sala y brillaba a través de los muros, de forma que el mar, por fuera, estaba también iluminado. Se podía ver a los innumerables peces, grandes y pequeños, cómo nadaban hacia la pared de cristal; algunos, con escamas brillantes de color rojo; otros, con escamas de plata y oro. Por el centro de la sala atravesaba una ancha corriente de agua, donde danzaban las sirenas y tritones a compás de sus deliciosos cantos. Los habitantes de la tierra no poseen voces tan bellas. La sirenita era la que cantaba mejor que todos y se la aplaudía con entusiasmo. Por un instante se le llenó de alegría el corazón, puesto que sabía que poseía la voz más bella jamás oída en tierra o mar. Pero no tardó mucho tiempo en volver a pensar en el mundo que existía sobre su cabeza. No podía olvidar al bello príncipe ni el dolor de no poseer, como él, un alma inmortal. Por consiguiente, se deslizó fuera del castillo de su padre y, mientras que todos estaban cantando y alegres, se sentó tristemente en su jardincito. En ese momento oyó el sonido de un cuerno a través del agua, y se dijo: “Es él, seguramente, que navega por allá arriba; él, a quien amo más que a mis padres, a quien está unido mi pensamiento y en manos de quien pondría la felicidad de toda mi vida. ¡Quiero hacer todo lo posible por ganármelo a él y el alma inmortal! Mientras que mis hermanas danzan en el castillo de mi padre, voy a ir en busca de la bruja marina. Siempre le he tenido miedo, pero tal vez ella puede aconsejarme y ayudarme.” Y la sirenita salió de su jardín y se dirigió hacia el rugiente remolino tras el cual habitaba la bruja. Jamás había estado allí, donde no crecían las flores ni la hierba marina. Sola y desnuda, la arena gris se extendía hacia la sima, donde el agua, con rugidos de rueda de molino, se precipitaba arrancando todo lo que encontraba a su paso y lo arrojaba en las profundidades. Era necesario a la sirenita atravesar estos terribles remolinos para llegar a la guarida de la bruja, y durante largo recorrido no existía otro camino que el formado por la terma en ebullición que la bruja llamaba su turbera. Se llegaba así a su mansión, que estaba en el centro de un extraño bosque. Los árboles y matas eran pólipos, mitad plantas, mitad animales, que parecían serpientes de cien cabezas que salían de las arenas del suelo. Las ramas eran largos brazos viscosos provistos de tentáculos que se retorcían como gusanos y se removían sin parar desde la raíz hasta la punta. Todo cuanto podían agarrar lo enlazaban fuertemente y no lo abandonaban jamás. La sirenita se paró toda asustada delante de este bosque; su corazón palpitaba de miedo. Estuvo a punto de volverse, pero pensó en el príncipe y en el alma humana, y recobró su valor. Ató bien sobre su cabeza sus largos y flotantes cabellos, a fin de no dejarlos aprisionar por los pólipos; cruzó las manos sobre su pecho y voló así a través del agua, como el pez sabe volar, en medio de los espantosos pólipos que tendían hacia ella sus brazos y sus ágiles tentáculos. Observó que cada uno de estos brazos y tentáculos tenía algo agarrado, como en un cepo de hierro. Los náufragos que habían descendido a estas profundidades solo conservaban sus esqueletos aprisionados por los brazos de los pólipos. También poseían entre sus tentáculos remos, cofres, cadáveres de animales terrestres y una sirenita que habían cogido y torturado. Esto era lo más espantoso. Después de este paisaje, se abría en el bosque un gran espacio viscoso donde retozaban grandes culebras de agua que mostraban su feo y amarillento vientre. En el centro de aquel claro se alzaba una casa hecha de blancos huesos humanos. Era allí donde habitaba la bruja marina. Daba de comer, en ese momento, a un sapo con sus labios, de la misma forma que los hombres dan de comer azúcar a un canario. Llamaba a las feas, gordas y grasientas culebras sus gallinitas, y les permitía enroscarse en torno de su horrible pecho. —Sé lo que deseas —dijo la bruja—. Es una gran tontería por tu parte. Pero se hará tu voluntad, porque ella causará tu desgracia, mi encantadora princesa. Quieres librarte de tu cola de pez y poseer en su lugar dos soportes con que caminar como los hombres a fin de que el joven príncipe pueda enamorarse de ti y puedas casarte con él y tener un alma inmortal. Y la bruja lanzó tal carcajada que el sapo y las culebras cayeron a tierra y se retorcieron durante unos instantes. —Llegas en un buen momento —continuó la bruja—. Mañana, al salir el sol, ya no hubiera podido ayudarte hasta pasado un año entero. Voy a prepararte un brebaje. Con él nadarás, antes que salga el sol, hasta tierra. Allí te sentarás y lo beberás. Entonces, tu cola se dividirá y se convertirá en lo que los hombres llaman unas piernas bonitas. Pero te causará dolor, pues es como si una espada afilada te rajase. Cuantos te vean, dirán de ti que eres la más adorable criatura que jamás vieron ojos humanos. Conservarás tu paso armonioso. Ninguna bailarina será tan ágil como tú. Pero cada paso que des será como si anduvieses sobre un cuchillo afilado, que te hará sangrar. Si quieres sufrir todo esto, te ayudaré. — ¡Sí! —contestó la sirenita, temblándole la voz. Pensaba en el príncipe y en el alma inmortal que quería poseer. —Pero recuerda —le dijo—que, una vez hayas tomado forma humana, no volverás jamás a ser sirena. Nunca podrás volver a tus hermanas ni al castillo de tu padre, y si no consigues el amor del príncipe, de suerte que por ti olvide a sus padres, se ligue a ti en pensamiento y haga unir vuestras manos por el sacerdote en señal de que sois marido y mujer, no conseguirás el alma inmortal. Al día siguiente de haberse casado con otra, tu corazón estallará y te convertirás en espuma de mar. —Acepto —dijo la sirenita. Estaba pálida como una muerta. —Es preciso también que me pagues—dijo la bruja—, y no es poco lo que te pido. Tienes la voz más maravillosa de todos los que aquí habitan, y, sin duda, crees que encantarás al príncipe con ella. Tienes que dármela. Quiero por mi precioso brebaje lo mejor que tú posees. Te doy con él mi propia sangre, para que así sea tan agudo como espada de doble filo. —Si te doy mi voz, ¿qué me quedará? —exclamó la sirenita. —Tu cuerpo encantador—le replicó la bruja—. Tu airoso paso y tus ojos que hablan. Eso es bastante para seducir a un hombre. Vamos, no pierdas el valor. Saca la lengua. La cortaré y tendrás a cambio el precioso brebaje. — ¡Sea! —dijo la sirenita. Y la bruja cogió su marmita para preparar el mágico brebaje. —La limpieza es una buena cualidad—dijo. Y frotó la marmita con las culebras anudadas. Después se hizo un corte en el pecho y brotó su sangre negra. El vapor que se desprendía de la marmita tomaba extrañas formas capaces de espantar al más valiente. Era algo terrorífico. A cada momento la bruja añadía algún nuevo ingrediente, y cuando todo estuvo bien hervido, se oyó un ruido que parecía el llanto del cocodrilo. Al fin, el brebaje estuvo a punto. Tenía aspecto de agua purísima. —Aquí lo tienes—dijo la bruja. Y cortó la lengua de la sirena, que se quedó muda, sin poder cantar ni hablar. —Si los pólipos te aprisionan cuando atravieses mi bosque, no tienes más que arrojarles unas gotas de este brebaje y sus brazos y sus tentáculos se romperán en mil pedazos. Pero la sirenita no tuvo necesidad de hacer nada, pues los pólipos se contrajeron a su paso, temerosos, al ver el aspecto del frasco, que brillaba en sus manos como una estrella deslumbrante. De esta forma atravesó con prontitud el bosque, la turbera y los torbellinos. Vio el palacio de su padre; las luces estaban apagadas en la gran sala de baile. Todo el mundo dormía seguramente, y no se atrevió a presentarse allí, ahora que estaba muda e iba a separarse de ellos para siempre. Le pareció que el corazón se le iba a desgarrar de pena. Entró silenciosamente en el jardín, arrancó una flor del macizo de cada una de sus hermanas, lanzó con los dedos miles de besos hacia el castillo y se elevó a través de las aguas azules. El sol aún no había salido cuando distinguió el castillo del príncipe. Subió la magnífica escalera de mármol. La luna brillaba, maravillosamente clara. La sirenita bebió aquel líquido ardiente y áspero y fue como si una espada de doble filo se hubiese hundido en su delicado cuerpo. Se desvaneció y permaneció como muerta. Cuando el sol surgió luminoso sobre el mar, se despertó y volvió a sentir un agudísimo dolor; pero ante ella estaba el príncipe encantador que la miraba con sus negros ojos, tan fijamente, que ella bajó los suyos, y entonces se dio cuenta de que su cola había desaparecido y en su lugar tenía las piernas más bonitas que jamás muchacha alguna hubiera podido tener. La sirenita estaba completamente desnuda, por lo que se envolvió en su larga cabellera. El príncipe le preguntó quién era y cómo había llegado hasta allí. La muchachita le miró con inmensa dulzura y la tristeza reflejada en sus ojos azul oscuro, pero no podía hablar. Él la tomó de la mano y la hizo entrar en palacio. A cada paso que daba era —ya se lo había advertido la bruja— como si caminara sobre agujas y cuchillos afilados, pero soportaba el dolor con alegría; cogida de la mano del príncipe, subió tan de prisa como una burbuja, y el príncipe y todo el mundo admiraron su gracioso y ondulante paso. Tuvo los más preciosos vestidos de seda y de muselina. En el castillo era la más hermosa de todas las mujeres; pero estaba muda y no podía ni cantar ni hablar. Bellas esclavas, vestidas con túnicas de seda y oro, avanzaron por la gran sala y cantaron para el príncipe y sus reales padres. Una de ellas cantaba mejor que todas las otras, y el príncipe aplaudió y le sonrió. La princesita se puso triste. Sabía que ella hubiera cantado mucho mejor aún. Y se decía: “¡Oh, si supiera que por estar a su lado he cedido mi voz para siempre!…” A continuación, las esclavas bailaron graciosas y ligeras danzas, acompañadas de una música admirable. Entonces, la sirenita alzó sus bellos y blancos brazos, se elevó sobre la punta de los pies, se deslizó dulcemente y bailó como jamás persona humana había bailado antes. A cada movimiento, su encanto se hacía más visible y sus ojos hablaban al corazón con más elocuencia que el canto de las esclavas. Todos estaban encantados, y más que nadie el príncipe, que la llamó “su niñita recobrada”. La sirenita bailaba sin cesar, y eso que cada vez que sus pies tocaban en tierra era como si se apoyasen sobre cuchillos afilados. El príncipe dijo que se quedaría para siempre a su lado, y le permitió dormir a su puerta sobre un cojín de terciopelo. Mandó que le hicieran un vestido de hombre, a fin de que pudiese acompañarle en sus paseos a caballo. Corrían a través de los bosques embalsamados de bellos olores, donde las verdes ramas le golpeaban los hombros y los pajarillos cantaban entre el fresco follaje. Escaló con el príncipe las altas montañas, y sus delicados pies sangraban de tal forma que todo el mundo podía verlo; pero ella se reía y seguía al príncipe hasta las cimas, desde donde se veían las nubes bogar por debajo de ellos como si fueran una bandada de pajarillos que marchaban a países extranjeros. Por la noche, en el castillo del príncipe y cuando los demás dormían, la sirenita descendía la gran escalera de mármol y refrescaba sus ardientes pies en el agua fría del mar, teniéndolos metidos en ella un gran rato, y esto la hacía pensar en los de abajo, en los que vivían en las profundidades del Océano. Una noche aparecieron sus hermanas con los brazos entrelazados. Cantaban una canción muy triste mientras nadaban por la superficie. La sirenita las llamó. Las hermanas la reconocieron y le dijeron el dolor que a todos les había causado su abandono. Desde entonces, todas las noches subían a verla, y una noche vio, muy lejos, a la abuelita, que no había subido a la superficie desde hacía multitud de años, y al rey de los mares con su corona de oro sobre la cabeza. Tendían los brazos hacia ella, pero no se atrevían a aproximarse a la tierra tanto como sus hermanas. Cada día que pasaba el príncipe sentía aumentar su cariño hacia la sirena, pero la quería como se puede querer a un niñito. No tenía pensamiento alguno de convertirla en reina, y era preciso que la muchacha se convirtiese en su esposa, porque si no no alcanzaría el alma inmortal, y, a la mañana siguiente de casarse él con otra, se convertiría en espuma de mar. —¿No es a mí a quien amas por encima de todas? parecían preguntarle los ojos de la sirenita cuando él la cogía en sus brazos y la besaba en su linda frente. —Sí. Eres para mí la más querida —contestaba el príncipe—, puesto que tú eres quien tiene mejor corazón. Además, me quieres más que nadie. Tú me recuerdas a una jovencita que vi una vez y que jamás volveré a encontrar. Yo estaba en un barco que naufragó. Las olas me arrojaron a la playa, cerca de una iglesia en la que rezaban varias muchachas. La más joven me encontró y me salvó la vida. Solo la he visto dos veces. Es la única persona a quien yo puedo amar en este mundo, pero tú te pareces mucho a ella. En mi alma, su imagen casi desaparece ante tu vista. Aquella muchacha pertenece al templo, y puesto que la buena fortuna te ha traído a mi lado, nunca nos separaremos. “¡Ay! No sabe que yo le he salvado la vida —se dijo la sirenita—. Yo le llevé a la playa desde el mar, a las cercanías del templo. Yo estaba escondida y observaba si alguien acudía en su auxilio. ¡Y vi a la joven que quiere más que a mí!” Y la sirena dio un profundo suspiro. No podía llorar. “Ha dicho que la muchacha pertenece al templo y jamás saldrá al mundo. No volverán a encontrarse. Yo estoy a su lado y le veo todos los días; le cuidaré, le amaré y le dedicaré mi vida entera.” Pero empezó a circular la noticia de que el príncipe iba a casarse con la hija del rey del país vecino. Por eso quería preparar un magnífico barco. Se decía que el príncipe iba a emprender un viaje para visitar el país vecino; pero era para ver a la hija del rey, y por eso llevaba un gran séquito. Mas la sirenita movía la cabeza y se reía. Conocía bien los pensamientos del príncipe; mucho mejor que todos los demás. —Es preciso que yo parta —le había dicho—. Es preciso que vaya a ver a la bella princesa. Mis padres lo exigen. Pero no me obligarán a que la traiga como prometida. No puedo amarla. No se parece a la muchacha del templo, a quien tú eres tan semejante. Si debo elegir algún día una esposa, serás tú, mi niñita recobrada, mi muda de los ojos que hablan. Jugó con sus largos cabellos, apoyó la cabeza sobre su corazón, quien se puso a soñar con la felicidad humana y el alma inmortal. —Tú, al menos, no tienes miedo al mar, mi niñita le dijo cuando subieron al magnífico navío que debía conducirle al país del rey vecino. Y le habló de las tempestades y de las bonanzas, de los raros peces de las profundidades y de lo que los buzos habían visto allí. Ella sonreía a su relato, puesto que sabía mejor que nadie lo que había en el fondo del mar. Durante la noche clara, cuando todo el mundo dormía, excepto el timonel, ella se apoyaba contra la regala, buscaba a través del agua transparente y se imaginaba ver el castillo de su padre, en cuya cima la anciana abuela, la corona de plata sobre su cabeza, tenía los ojos fijos en la altura, en la quilla del barco. Y las hermanas subieron a la superficie del agua y miraron con tristeza a la sirenita, tendiéndole los brazos, y esta las llamó, las sonrió y les quiso decir que todo marchaba bien y feliz para ella, pero el grumete se acercó y las hermanas se sumergieron. El mozo creyó que la blancura que había visto era la espuma del mar. Al día siguiente por la mañana, el barco entró en el puerto de la espléndida ciudad del rey vecino. Todas las campanas de las iglesias repicaron, y desde las altas torres se oían las trompetas, mientras los soldados, con sus bayonetas relucientes, formaban bajo las banderas flotantes. Todos los días eran de fiesta. Los banquetes de gala y los bailes se sucedían; pero la princesa no estaba aún en la ciudad. Se decía que se hallaba en un templo educándose para recibir todas las virtudes reales. Al fin, llegó a la ciudad. La sirenita estaba impaciente por contemplar su belleza y tuvo que hacerle justicia. Jamás había visto a una persona tan encantadora. La princesita tenía la piel blanca y delicada, y tras sus largas y hermosas pestañas sonreían unos magníficos ojos azul oscuro, de expresión sincera. — ¡Eres tú! —dijo el príncipe—. Tú, la que me salvaste cuando estaba tendido en la playa como un cadáver. Y estrechó entre sus brazos a la ruborizada muchacha. — ¡Oh, soy inmensamente feliz! —dijo a la sirenita—. Se ha cumplido mi mejor esperanza, la que jamás pensé realizar. Te alegrarás de mi felicidad, tú que, entre todos, eres la que más me quieres. Y la sirenita le besó la mano, pero le parecía que su corazón iba a estallar de un momento a otro. A la mañana siguiente de la boda debía morir y convertirse en espuma de mar. Todas las campanas de la iglesia repicaban. Los heraldos recorrían a caballo las calles y anunciaban los esponsales. En todos los altares se quemaban aceites perfumados en preciosas lámparas de plata. Los sacerdotes agitaban los incensarios y los dos prometidos se dieron las manos y fueron bendecidos por el obispo. La sirenita, vestida de seda y oro, sostenía la cola de la novia; pero sus oídos estaban sordos a la música de la fiesta, sus ojos no veían la santa ceremonia. Pensaba en la noche de su muerte y en todo lo que había perdido en este mundo. Aquella misma tarde los recién casados subieron a bordo del navío, los cañones dispararon, todas las banderas flotaban al aire. En el centro del barco se había construido una tienda real de oro y de púrpura. con los más deliciosos almohadones donde la pareja podría dormir durante la tranquila y agradable noche. Las velas se hincharon al viento, y el navío empezó a deslizarse ligera y gravemente sobre la mar límpida. Cuando oscureció, fueron encendidas lámparas de múltiples colores, y los marinos bailaron sobre el puente alegres danzas. La sirenita debió de pensar en la primera vez que emergió de las aguas y vio el mismo fasto y la misma alegría. Se lanzó en el torbellino de la danza, bailó, agitándose como lo hace una golondrina perseguida, y todo el mundo la admiró y la aclamó. Jamás había bailado tan admirablemente. Sus delicados pies parecían heridos por afilados cuchillos, pero no lo sentía. Más herido se hallaba su corazón. Sabía que era la última noche que veía a aquel por quien había abandonado su familia y su hogar, dado su exquisita voz y sufrido todos los días infinitos tormentos sin que él se diese cuenta. Era la última noche que respiraba el mismo aire que él, que veía el mar profundo y el azul cielo estrellado. Una noche eterna, sin pensamiento y sin sueño, la esperaba a ella, que no tenía alma, que no podíaganar una. Y en el barco, todo era alegría y jolgorio. La fiesta duró hasta después de la medianoche. La sirenita bailó y rio con el pensamiento puesto en la muerte, la muerte que ya era dueña de su corazón. El príncipe abrazaba a su encantadora esposa, que jugaba con sus negros cabellos, y cogidos del brazo fueron a descansar a la magnífica tienda. Se restablecieron el silencio y la calma en el navío. Solo permanecía en pie el timonel. La sirenita apoyó sus blancos brazos sobre la regala y miró hacia el Oriente, espiando la aurora. Sabía que el primer rayo de sol la mataría. Vio entonces emerger del mar a sus hermanas. Estaban pálidas como ella. Sus bellos y largos cabellos no flotaban al viento. Estaban cortados. —Se los hemos dado a la bruja para que procure que no mueras esta noche. Nos ha entregado un puñal. Mira lo afilado que es. Antes que salga el sol es preciso que lo hundas hasta el puño en el corazón del príncipe y, cuando su sangre caliente moje tus pies, se unirán en una cola y volverás a ser sirena. Entonces podrás descender con nosotros y vivir tus trescientos años antes de convertirte en espuma de mar salada. ¡Date prisa! O él o tú ha de morir antes que salga el sol. Nuestra anciana abuela tiene tanta pena, que sus blancos cabellos se le han caído, como los nuestros han caído bajo las tijeras de la bruja. ¡Mata al príncipe y vuelve! Date prisa. ¿No ves ya el resplandor en el cielo? Dentro de breves minutos el sol saldrá, y entonces morirás. Lanzaron un hondo suspiro y desaparecieron en las olas. La sirenita separó la cortina de púrpura de la tienda y vio cómo dormía la encantadora desposada con la cabeza apoyada en el pecho del príncipe. Se arrodilló, besó la hermosa frente del joven, miró al cielo, donde la aurora se hacía cada vez más visible, y contempló el puntiagudo puñal. Después fijó los ojos de nuevo sobre el príncipe, que pronunció en sueño el nombre de su esposa. Entonces se dio cuenta de que su pensamiento no le pertenecía. El puñal tembló en la mano de la sirena…, pero lo arrojó lejos, entre las olas, que se tiñeron de rojo en el lugar donde cayó, como si gotas de sangre hubieran subido a la superficie del agua. Una vez más volvió a mirar al príncipe con ojos entornados, se alejó del navío, se sumergió en el mar y sintió cómo su cuerpo se disolvía en espuma. Y el sol se elevó sobre el mar, sus rayos cayeron dulces y cálidos sobre la fría espuma marina y la sirenita no sintió la muerte. Vio al luminoso sol, y cómo volaban por encima de ella encantadores seres etéreos. Podía ver a través de ellos las blancas velas del barco y las nubes rojas del cielo. Las voces de aquellos seres eran melodiosas, pero tan inmateriales, que ningún ojo terrestre podía verlas. Sin alas, flotaban en el aire gracias a su ligereza. La sirenita se dio cuenta de que tenía un cuerpo parecido al de ellos y que se elevaba cada vez más por encima de la espuma del mar. —¿Hacia dónde voy? —preguntó, y su voz resonó como la de los otros seres, tan inmaterial que ninguna música del aire hubiera podido igualarla. — ¡Hacia las hijas del aire! —respondieron las otras—. La sirena no tiene alma inmortal, no puede tenerla jamás, a menos que se gane el amor de un hombre. Su existencia eterna depende de un poder desconocido. Las hijas del aire tampoco tienen alma inmortal, pero se la pueden crear ellas mismas por sus buenas acciones. Volamos hacia los países cálidos, donde el aire pestilente mata a los hombres, y nosotras otorgamos el frescor. Esparcimos por el aire el perfume de las flores y llevamos consigo el alivio y la curación. Cuando, por espacio de trescientos años, nos hemos esforzado por hacer todo el bien posible, adquirimos un alma inmortal y tomamos parte en la felicidad eterna de la Humanidad. Tú, al igual que nosotras, te has esforzado en hacer el bien con todo tu corazón, sirenita. Has sufrido y aceptado el dolor, y te has elevado al mundo de los espíritus del aire. Ahora puedes, por buenas acciones, crearte, en estos trescientos años, un alma inmortal. Y la sirenita elevó sus blancos brazos hacia el sol de Dios, y, por primera vez, sintió que las lágrimas acudían a sus ojos. En el barco no se oía ningún ruido ni se sentía ningún movimiento. Vio al príncipe con su bella esposa que la buscaban con los ojos; observaban con tristeza la espuma de las olas, como si supiesen que ella se había convertido en espuma de mar. Invisible, la sirenita besó la frente de la joven esposa y le sonrió a él, y, con los otros seres del aire, se montó en la nube rosácea que bogaba por las alturas. —Dentro de trescientos años entraremos en el reino de Dios. —Tal vez podremos llegar antes—murmuró una de ellas—. Penetremos invisibles en la casa de los hombres, donde hay niños, y por cada día que encontremos un buen hijo que dé alegría a sus padres y merezca su amor, Dios abrevia nuestro tiempo de prueba. El niño no sabe cuándo volamos por la sala; cuando sonreímos de alegría ante su vista, nos descuenta uno de nuestros años; pero cuando vemos un niño feo y malvado, que nos hace llorar de tristeza, cada lágrima derramada es un día más en nuestro tiempo de prueba. Autor: Hans Christian Andersen Título: La sirenita Título Original: Den lille Havfrue Publicado en: Eventyr, fortalte for Børn. Første Samling. Tredie Hefte, 1837 Traducción: Salvador Bordoy Luque – José Antonio Fernández Romero
- "La rebelión de los niños", cuento de Cristina Peri Rossi
La rebelión de los niños , de Cristina Peri Rossi, cuenta la historia de Rolando y Laura, dos chicos de 14 años que viven en un país donde todo está controlado: lo que piensan, sienten y hasta lo que pueden decir. Sus padres fueron castigados por pensar diferente, y ahora ellos intentan entender quiénes son en un mundo que los obliga a olvidar. Mientras hablan y se hacen preguntas, descubren que rebelarse no siempre es gritar o pelear, sino también atreverse a pensar, sentir y no dejar de ser uno mismo. La rebelión de los niños Cristina Peri Rossi Nos conocimos por casualidad en una exposición de arte, en la planta baja del edificio. La exposición la organizaba el Centro de Expresión Infantil y allí estaban reunidos una serie de objetos experimentales, que habíamos realizado en nuestro tiempo libre o en las horas dedicadas a las tareas manuales, ya que, según las modernas teorías de Psicología y de Recuperación por el Trabajo, nada era mejor para nosotros, ovejas descarriadas, que entregarnos de lleno a la tarea de expresarnos a través de la artesanía, la manufactura o el deporte. Para conferirle a todo el asunto un aire de espontaneidad más genuino, no se había hecho una selección previa del material, sino que cada uno de nosotros pudo presentar lo que quiso, sin someterse a ningún requisito previo, salvo a aquellos que rigen para todas las actividades de la república, claro está, y que tienden a defendernos del caos, del desorden, de la subversión disimulados tras apariencias inofensivas como sucede con el arte, por ejemplo, en que muchas veces, bajo el aspecto de experimentación o la libertad creadoras, se introduce solapadamente el germen de la destrucción familiar, del aniquilamiento institucional y la corrupción de la sociedad. Todo esto en un cuadro, solamente. Yo había encontrado en el garaje de la casa que ocupa mi familia (no sé si llamarla de esta manera, pero dado que el lenguaje es una convención, o sea, una parcial renuncia a mi soledad, a mi individualidad, no veo inconveniente alguno en llamarla así, porque si la llamara de otra manera, no convencional —si la llamara, por ejemplo, goro, apu, bartejo, alquibia o zajo— nadie me entendería y el invento del lenguaje perdería sentido, porque ya las madres no tendrían qué enseñarles a sus hijos pequeños, y el día que los padres no sirvan como intermediarios para que un convencionalismo se transmita generacionalmente, ¿me pueden decir qué sucederá con las nociones de autoridad, respeto, propiedad, herencia, cultura y sociedad?) una silla vieja, a la que quité toda la urdimbre de paja, conservando solamente el esqueleto de madera. Permití, con todo, que algunos pedazos de la tela del forro le colgaran, como pelo viejo, como estigmas de una vida pasada en el arroyo . Esta frase tan bonita se la debo a mi familia. El sentido con que la usan es vulgar, aunque la imagen tenga su belleza. El tipo que la inventó, hace quién sabe cuántos años, debió ser un gran poeta o algo así, esos tipos que tienen intuiciones geniales, pero después la sociedad se apropia de las cosas para su uso convencional y las imágenes se decoloran, pierden intensidad, efecto, gracia, y aunque siguen sirviendo para que una cantidad de monos se comuniquen, ya no es lo mismo. Repetí la frase varias veces, cerrando los ojos, hasta olvidar por completo el viejo sentido con que había llegado hasta mí, y me puse a imaginar a partir de ella. “Pasarse la vida en el arroyo” me sugería fantasías tan ricas, tan llenas de colores, formas y climas que decidí adoptarla con diversísimos usos. Por ejemplo, en cuanto te vi, pensé que algo de se color verde de tu piel, musgosa, llena de líquenes y de algas, se debía, indudablemente, a que desde nacida habías vivido en el arroyo (un arroyo muy verde, lleno de sauces y de árboles que dejaban colgar sus ramas en el agua), en contacto permanente con plantas, peces, piedras, tierra húmeda, ah, y la sinuosidad de las barcas. Esa también la tenías. Pero en las líneas del cuerpo. En cuanto a los ojos, supe en seguida distinguir su color: se trataba de un tono ultramar, que podía acentuarse o no, según el estado del tiempo: si había nubes negras, si cobrizas, si de plomo, si irisadas, si marea alta o baja. Por momentos se oscurecía, a impulsos de alguna corriente interior morosa, opresiva, o por el contrario, aclaraba perlándose, cuando la luz te daba en la cabeza, en la frente, sobre los cabellos. Navegar en esas aguas podía ser estremecedor. Soy un buen nadador. Podría practicar, fortalecerme, entrenarme en el agua que tienes en los ojos. La del resto del cuerpo aún no la conozco, pero estoy seguro que la tienes, por esa forma de pez que luces. Peza. Pez mujer. No una sirena: eso sería vulgar. Hundir los remos en el agua, aparentemente quieta, morosa, mansa, estacionada que tienes en los ojos. Estoy seguro que tendré que hacer mucha fuerza para hundir los remos. Tanta serenidad solamente puede ser la apariencia de una terrible fortaleza interior, que me tentará, con su gravedad, hacia el fondo del mar, para anclarme allí, varado. Mi bote sería azul, un poco más azul que tus ojos. Y remaré con constancia, con tenacidad, verás, el agua pasará por mis costados de la barca, a veces parecerá que no progreso, que no me muevo, pero seré feliz, al fin alcanzaré la meta. Todavía no estoy seguro de adónde iré. Al embarcadero, al muelle, a otro país. A los países que tienes escondidos en alguna parte, estoy seguro de averiguarlo. En cuanto te vi lo supe. Tenías esa forma de pez que me seduce tanto. Te habías vestido de una manera particular. Tu manera particular me encantó, desde el principio, y me sentí solidario de ella. El vestido también es un lenguaje, sólo que diferente. En realidad, casi todas las cosas que conozco pueden ser lenguaje, algunos más sutiles, otros más complejos, diferentemente elaborados, lenguajes cuyo ámbito de difusión es pequeño, casi privado, y produce un placer muy especial a quienes comprenden el sentido de sus símbolos, su significado, en fin, múltiples lenguajes que hacen de cada uno de nosotros un descifrador y un elaborador de imágenes. En la galería, la gente se paseaba entre los objetos. Hacía preguntas. Consultaba el catálogo. Nosotros —los expositores— deambulábamos por los corredores y las salas, vagabundos y aburridos. Había señores venidos de otros lugares, a observar la experiencia. Si consideraban positivo el resultado, seguramente llevarían la idea a sus propios sitios, para que otros estados, otros niños, otras sociedades, otros opresores, otros oprimidos, copiaran la fórmula. En casi todas las actividades —o sea, en casi todos los lenguajes— las cosas se resuelven por imitación o por invención. El niño pequeño —recuerdo a mi hermano— comienza inventando símbolos, hasta que los opresores lo obligan a aceptar un lenguaje ya confeccionado, que viene en todas las guías y diccionarios, como la ropa de los almacenes. A mí me gustaba recortar las figuras del catálogo del “London-París”. El “London-París” tenía varias secciones y mi madre me llevaba, arrastrándome entre los ascensores y la gente. Yo le tenía miedo a los ascensores porque una vez me quedé encerrado en uno de ellos con un negro, era muy pequeño y se trataba del primer negro que veía en mi corta vida. No estaba preparado para esa sorpresa. El “London-París” editaba anualmente un catálogo dividido en secciones, y todavía recuerdo el olor del papel-ilustración donde imprimían los modelos, los precios, los dibujos. Ropa cara e importada, como correspondía a una colonia. Súbditos ingleses, más aluvión del continente europeo, señores, una mezcla de razas y de nacionalidades; imposible descubrir, rastrear al indio detrás de tantas navegaciones emprendidas en busca del oro de América. Mi hermano pequeño comenzó diciendo “baal-doa, doa”, lo cual fue una espléndida creación de su parte. No necesitaba demasiados fonemas para expresarse, como nos enseñaran posteriormente; le alcanzaba con las cinco vocales y algunas fricativas. Pero como todo reprimido, debió aceptar el lenguaje de los vencedores, y al poco tiempo tuvo que sustituir su “baal-doa, doa” por “papá-mamá”, que, para ser francos, como invitación —haya sido quien haya sido el inventor— demuestra poca imaginación. Antes de los tres años, mi hermano ya no ejercitaba más su capacidad creadora, había adquirido una buena cantidad de símbolos verbales al uso de la comunidad, que le permitían entender casi todas las cosas que le decían y aun comunicar las suyas sin mayor dificultad. Lo habían integrado. Tú tenías unas botas negras, de cuero, que te llegaba a la rodilla. Quise entender el lenguaje de tu ropa y tuve alucinaciones varias, un secreto sentimiento de complicidad, un estremecimiento. Desde allí salía la flor de un pantalón lila, oscuro, de una pana muy suave, que más que una pana, parecía una puma. La felina sensualidad de los pumas echados en el parque, sometidos, y aun, lúbricos. La espuma de sus bocas. Un andar sigiloso y lascivo, insinuante, entre el poder y la seducción. La chaqueta era larga, de forma sinuosa, llegaba casi hasta el suelo, y tuve temor de pisarla, de envararme y de envararte allí, para siempre prisionero de una exposición. Si casi todo es lenguaje, debe ser porque somos unos exhibicionistas de todos los diablos. Vivimos mostrándonos, saliendo de nosotros, tratando de comunicar, de exponer, de transmitir. Pit-piiit-piiii. Ula-ula-uuuula. Aho-aho-ahooooah. Tarzán de los monos, el barco extraviado en la niebla, el tren el subterráneo, todo comunica, ella comunica su inquietud, camina por la playa, la malla es pequeña, ¿esconde?, ¿demuestra? no ha podido decidirse entre la insinuante provocación o la aterradora sencillez del desnudo. Todos somos unos condenados provocadores. No pude ver bien el color de tu chaqueta a causa de las luces que iluminaban el objeto que exponías. El que había salido de tus manos como de una entraña pequeña. Con fragmentos de vidrio (un vidrio irisado, metálico, que se parecía tanto al color y a la textura de tu piel) habías construido unos juegos de agua. Con ellos salpicaste a medio mundo y ésa fue la parte mejor de la exposición. Cuando algún señor de edad se acercaba, curioso, interesado, a revisar el mecanismo, la composición de tu juego de agua, y sorpresivamente, sin saber cómo, un chorro de agua bastante turbia le mojaba la cara, el cuello de la camisa, la camisa, la corbata. Nadie se atrevió a enojarse y nosotros (los expositores) nos divertimos mucho. A nadie se le había ocurrido algo tan bueno. Mi silla (el esqueleto de una silla), por ejemplo, era bastante inocente. Es cierto que simulé un tapiz con papel de diarios viejos, pero no producía deseos de sentarse. En realidad, más bien daba ganas de mirarla. Elegí cuidadosamente las partes de los periódicos destinadas a destacarse sobre el esqueleto de madera. Para eso, revisé prolijamente los ejemplares de los diarios de los dos últimos años, en la colección de la Biblioteca Nacional, dado que nuestros tutores nos prohíben archivar información. Confían en el rápido deterioro de la memoria, para lo cual la ayudan impidiéndonos cifrar, certificar nuestros recuerdos documentalmente. Del presente recordaremos sólo aquello que la memoria quiera conservar, pero ella no es libre, se trata también de una memoria oprimida, de una memoria condicionada, tentada a olvidar, una memoria postrada y adormecida, claudicante. Aunque he tratado de mejorar su funcionamiento mediante varios ejercicios, no logré gran resultado. Estoy seguro que si a nadie se le hubiera ocurrido inventar la escritura, gozaríamos de una memoria en mejor estado. Pero con la excusa de la palabra escrita, se ha vuelto tan perezosa que se pasa la mayor parte del tiempo durmiendo o distraída. Y seguramente no recordaré mañana que hoy me he prometido a las dos de la tarde recordar que mañana a las dos de la tarde tengo que recordar lo que hoy he prometido, aunque hoy estoy seguro de que sí lo haré, he dejado pautas por todos lados para ello, he guiado y ayudado a la memoria de mañana con pistas y señales, porque la memoria es como una niña pequeña, hay que sostenerla y ayudarla a andar, hay que ejercitarla y protegerla. Leyendo los diarios viejos me di cuenta de la cantidad impresionante de cosas de las que me había olvidado, durante los días de estos dos años. Cosas tan importantes que pensé no olvidar jamás. Y se trataba solamente de los dos últimos años. ¿Cómo imaginar la cantidad exorbitante de cosas que había podido olvidar desde nacido? Atentados. Catástrofes. Ascensiones presidenciales. Huelgas de mineros. Accidentes aéreos. Guerras. Manifestaciones disueltas por la policía, en uno y otro lado. Bonzos inmolados. De cada mil niños que nacen en el continente, seiscientos cuarenta mueren de enfermedades curables. Bebés nacidos sin cabeza. Astronautas. Concentraciones populares reclamando la paz. Bombas que estallan en el Pacífico, nada más que experimentales. “Accidentes” en las cárceles, a consecuencia de los cuales morían obreros, morían estudiantes, morían luchadores, y todo permanecía igual. Guerras declaradas y guerras solapadas. Napalm cayendo del cielo a la tierra a través de los aviones. Concursos internacionales de belleza. Intrigas. Emboscadas, crímenes colectivos, hecatombes, suplicios, martirios, tormentos, prisiones, revoluciones contra la revolución, discursos, declaraciones, escándalos, sacrificios, abnegaciones. Y muchas, muchísimas competencias deportivas. Después de seleccionar cuidadosamente el material que me interesaba, recorté varias hojas, llenas de fotografías, y ése fue el papel que usé para tapizar una parte de la silla. Un pedazo de papel, por ejemplo, traía la fotografía de un bebé quemado por el napalm en Vietnam. Se ve que la foto la habían tomado desde muy cerca, con un buen lente de aproximación, y luego la habían ampliado hasta darle un tamaño apropiado para el formato del periódico. A los soldados les gustaba mucho lucir sus triunfos, mostrar sus habilidades. También elegí una vista de una manifestación en Córdoba, en el momento de ser disuelta por la policía. El aire era un hongo de gases y nubes de humo que extendía su algodón impregnado sobre los manifestantes que corrían por encima de las víctimas. En otro lugar se veía, enorme, la fotografía de Charles Bronson, con el bigote caído, la pose un tanto felina, el aire de virilidad reconcentrada y muscular que encanta a las mujeres, a las mujeres viejas, se entiende, a las mayores de treinta años. Enseguida coloqué, subrayándola con un trazo rojo, la cifra en dólares que gana Alain Delon por cada película en la que interviene. También recorté y pegué en la silla varios discursos de generales y otros tipos que gobiernan los países, señalando con una gruesa línea azul las palabras y las frases que se repetían, como si todos hubieran sido escritos por la misma persona, o copiados de un solo manual. Frases enteras que se repetían. Era muy divertido. Después agregué la imagen de dos mujeres desnudas que se besaban en la boca y se tocaban los senos. En realidad, eso no era una fotografía de diario. Era una postal pornográfica; se trataba de dos mujeres muy suaves, muy bonitas, tenían unos cuerpos claros y dulces, de líneas tiernas, nada chocante se desprendía de ellas. Seguramente el editor se equivocó; quiso hacer algo que incitara los sentidos y esa imagen, en realidad, incitaba los sentimientos. Con todo, lo más interesante era el asunto de los discursos. Muchos tipos se detuvieron delante de la silla a leerlos. Los términos que se podían hallar en casi todos los discursos aludían en general a conceptos muy vagos y difíciles de precisar, sin entrar en discusiones, tales como “bienestar de la nación”, “defensa de las libertades”, “salvaguardar los intereses comunes”, “protección de las instituciones públicas”, “legalidad y orden”, “progreso y desarrollo”, “en aras de la felicidad de la república”, “sacrificio y empeño de las Fuerzas Armadas”, “dura lucha contra los enemigos foráneos”, “inspiración extranjera”, “sano nacionalismo”, “honradez y honor militares”, “fuerzas oscuras que socavan la nacionalidad” y todo ese tipo de cosas, pero con una prosa de la peor especie, porque es una prosa oficial. El juego de aguas era muy bonito. Me hubiera gustado tener uno así en la terraza de mi casa. Los colores de los vidrios, especialmente. Tú tenías las manos un poco melladas del trabajo en metal. En seguida me di cuenta que eso era muy importante para ti. Recoger materiales diversos, pedazos de madera, de hierro, varillas de vidrio, trozos de cerámica y llevártelo todo a tu casa, para participar después en la tarea de dar forma a las cosas que llevabas en la imaginación. Tenías las manos melladas del trabajo, los dedos. Me explicaste que en tu sección del taller había una turbina, un tubo de oxígeno, un soldador eléctrico, y yo pude pensar bien en ti, sin dificultades, finita, delgada, moviéndote entre las carrocerías y las chapas de metal. Hurgando entre los trastos, entre los desperdicios, hasta encontrar el objeto, la forma, el material que te faltaba para acabar la composición. En cambio yo había entrado al curso por pura indefinición. En realidad me interesaba tanto la plástica como la música, como la sociología, como la medicina, como la física, como la química, la botánica y la matemática superior. Así que, en el trance de decidir, tomé una moneda, y la lancé al aire, cara o cruz definirían mi vocación: saltó la cruz y yo inicié mi ascensión humanística. Sabía que podía aprender sin dificultades, aun con cierta rapidez, las más diversas técnicas, aquellas que nos habilitan para mover los pinceles como si fueran dedos, aquellas que nos permiten mover los dedos en el teclado como si fueran pinceles, aquellas que nos permiten redactar con corrección, aun con cierto brillo, las deliciosas travesuras de la lógica del sueño o las extravagancias de la ensoñación, pero carecía de talento creador. Aun así, ¿quién se animaba a desafiar la predestinación de la cruz? —¿Qué haces? —me preguntó ella, en cuanto la aglomeración de público nos permitió refugiarnos en un costado del jardín. Yo pensaba en sus juegos de agua. —Nada —le dije, y era una de las respuestas más serias que había dado en mi vida de catorce años. Nos habíamos sentado al borde de una fuente, lejos de la sala de exposición, entre los álamos tan oscuros que no se veían, como guardianes emboscados. Ella parecía bastante ajena al paisaje. Ésa era una característica que conservaría a lo largo de la noche. Asumía el paisaje con naturalidad, aun no sabía bien si porque lo encontraba adecuado, armonioso, o si, por el contrario, le resultaba tan despreciable que ni le merecía críticas, por irremediable. —¿Y cómo lo consigues? —me preguntó en seguida— Hace doce años que procuro no hacer nada, y no he podido lograrlo todavía. Siempre se me están ocurriendo cosas, y antes que me dé cuenta, ya estoy metiendo las manos en algo. ¿Te parecería bien que me las atara? —Tú no tienes sólo doce años —protesté. No quería que nuestra conversación se estableciera sobre bases falsas. —Por supuesto que no. Tengo catorce, como tú. Los otros dos años tuve forzosamente que hacer algunas cosas, aprender a caminar, hablar, a leer los periódicos y todo eso. Por lo tanto, no los tomo en cuenta. Son años perdidos: uno debería nacer con todo eso ya aprendido, para poder aprovechar el resto del tiempo en no hacer nada. Ella me gustaba mucho. Vi, a lo lejos, las luces de la exposición, la gente, oscura, moviéndose entre los aparatos, y un cuidador solitario, que recogía los cables de la iluminación que caían sobre la parte exterior de la galería, entre los álamos también negros del jardín. Solamente parecía preocupado por seguir la huella del cable, como una serpiente, entre las hojas húmedas, el viento, las semillas caídas, los postres y los carteles alusivos. —¿Cómo sabes que tengo catorce años? —ella ya me había tomado algunas ventajas en la conversación, y yo me tenía que mostrar cauteloso. —La protesta de los artistas carece de significación en el ámbito de la cultura de masas. También la protesta puede ser masificada, y por lo tanto, neutralizada, de la misma manera que se masifica la pasta de chicle o las reproducciones del Guernica. En el universo de las masas dirigidas, controladas por la ideología de los amos de las computadoras, una silla de artista es menos que la pata de una mosca rebelándose contra la deshumanización del sistema —peroró. Yo no había querido llegar a temas profundos. En realidad, la profundidad me da vértigo. Por eso he decidido no pensar más: para no caerme. La menor cosa: la meditación acerca de una pequeña pieza del motor de un automóvil, me conduce, por asociaciones a analogías, a otras meditaciones, y así sucesivamente, de manera que la pequeña pieza del motor del automóvil se convierte en el centro de un universo de inquisiciones, de las cuales el vértigo se desprende, como fruto maduro, y con él yo me caigo al pozo, un pozo que me da miedo. Los demás no tienen pozo o lo han tapado. Si consiguiera bastante arena yo también lo taparía, pero no creo que alcanzara la que he visto en las playas, y además, es una arena sucia: tiene desechos de embarcaciones, de bañistas y de amantes. El amor también deja sus huellas, sus desperdicios, sus residuos, y a veces el viento, el mar, la brisa que sopla no se los quieren llevar. Y el día que consiga no pensar más, nadie lo notará, ya que la mayor parte de la gente que conozco ha resuelto hacer lo mismo; es más cómodo y garantiza la libertad; bueno, las formas de libertad que podemos tener, para que la integridad del estado no peligre. Y si lo consigo y las autoridades se enteran, tal vez me den una medalla por buen comportamiento o servicios a la nación, lo cual me permitiría vivir de rentas. ¿Y quién puede imaginar una situación mejor, disfrutando de rentas y sin pensar? Alguien me dijo que ése era el sueño americano, uno que una vez estuvo en el exterior (el exterior es toda la malignidad que nos acecha más allá de las fronteras) y vio la obra de un tipo que se llamaba Albee o algo así. No he querido rebelarme contra la deshumanización del sistema —insistí. La silla es la silla, nada más, solamente que en lugar de reposar el culo sobre la felpa muelle, de un bonito color verde, todos aquellos que se le acerquen tendrán que meter sus asentaderas sobre el barro del Vietnam, el colonialismo explotador, la desigualdad de clases, la represión organizada, y el Coloso de Marusi: Las Fuerzas-Armadas-Que-Protegen-A-La-Nación. Para quienes creen todavía en la permanencia del instinto sexual, adherí una fotografía de Charles Bronson o la pareja de mujeres homosexuales, a gusto del consumidor. —Ambas cosas me parecen un poco ingenuas para tus catorce años —dijo ella, mirándome a la cara. Yo difícilmente podía soportar la crudeza de sus ojos verdes, con destellos de inteligencia, sin sensualidad—. Pero teniendo en cuenta que la edad promedio del público oscilará en los cuarenta, creo que has elegido bien los motivos. Ahora, sentémonos —me invitó, al borde de una fuente. Habíamos paseado un poco a través de un camino de cipreses, que ella ni notó. La fuente tenía dos ángeles, a horcajadas de un pez grande como ellos. Los ángeles estaban musgosos y les chorreaba agua por todos lados. Simbolizaban no sé qué, algo que le vendría bien el estado. —Trata de no mojarte la ropa —le dije. El arte de nuestros abuelos gotea por todos lados. —Es un arte frito —dijo ella, desenvolviendo un caramelo, llevándoselo a la boca con placer, e invitándome con otro. Ésa era una buena afinidad: los dos adorábamos los caramelos. Durante un buen rato nos dedicamos a llenarnos la boca con una variedad bastante completa de sabores: caramelos de chocolate, de cereza, de leche, plátano, miel, ciruela, naranja, ananá y limón. Masticábamos bien la pasta, sorbíamos el líquido desprendido y mirábamos la noche, oscura y apacible. Me dijo que la llamara como más gusto y gana me diera, de manera que yo decidí llamarla Laura, por un poema de Petrarca que se me vino a la mente en ese instante: “Donna, non vid’io” (Ballata I, Accortasi Laura dell’ amore di lui, gli si mostra severa). A Petrarca lo leemos porque es antiguo: nada peligroso puede haber en él: Ella ya había acumulado varios nombres a lo largo de su vida, aparte de los banales y sin ningún sentido que le habían adjudicado sus padres, y que solamente servían para rellenar las actas: hubo quien quiso llamarla Brunilda; un adolescente de doce años que se enamoró de ella y la nombraba Yolanda; su primo, con quien se inició en las ceremonias sexuales, y la bautizó Anastasia, y una amiga íntima junto a la cual aprendió del amor y de la poesía, que la llamaba Gongyla. Ella podía recordar que tenía una abuela de nombre Gertrudis, y un abuelo Nicanor. —Tu serás para mí, Rolando —me dijo, besándome en la frente, grave, austeramente—. Siempre quise tener un hermano. Creo que ése ha sido un trauma de infancia, cuyas consecuencias todavía padezco. ¿Has deseado tener una hermana? —No —mentí, bajando los ojos y pateando una piedra roja, redondita, que sobresalía entre las hojas del suelo. ¿Cómo decirle que en ese mismo momento tenía unos deseos malditos de que ella fuera mi propia hermana? Si hubiera tenido una hermana me habría enamorado de ella perdidamente y habría vivido un drama occidental y cristiano, porque los incestos me despiertan admiración, ternura, respeto, sensualidad y el placer. La culpa de que yo pensara en ella como hermana incestuosa la tenía el pantalón lila, o las botas negras, o el pelo cobrizo que le caía sobre los hombros. Era un pelo finito, escaso, y se las arreglaba mal para llegar hasta un poco más abajo de la nuca, pero al final, entre vacilaciones y desmayos, llegaba. Para ahuyentar esos pensamientos, me puse a mirar hacia el suelo y le pregunté: —¿Dónde están tus padres? —sabía que todos los alumnos de nuestra promoción compartíamos un destino semejante de padres censurados: muchos habían muerto durante el levantamiento armado de 1965, otros fueron dados por desaparecidos en los meses de guerra civil, o pagaban su ilusión revolucionaria en los cuarteles, cárceles, prisiones del Estado. Nosotros, sus descendientes, habíamos sido colocados bajo la custodia de las mejores y más patrióticas familias del país, aquellas que, para arrancar el peligroso germen de la subversión que posiblemente habíamos heredado, como una enfermedad en el oscuro aposento de los genes, se ofrecieron gentilmente a vigilarnos, recordarnos, instruirnos de acuerdo al sistema, descastarnos, mantenernos, integrarnos, en una palabra, a su sociedad. Algunos, con más o menos suerte (dependía del caso) habían quedado en manos del Estado, que los colocó en sus institutos, orfelinatos y albergues, quizás de por vida, esperando su rehabilitación. Porque como todos sabemos, el Estado tiene la obligación constitucional de dar techo, abrigo y comida a todos sus hijos, sin distinción de nacimiento, raza, color de la piel. Lo que puede distinguir sí es el color de las ideas, porque el Estado no va a estar dando techo, abrigo y comida a quienes siniestramente socavan sus instituciones, maquinan su destrucción y lo desprestigian. Ésa había sido precisamente la suerte de mi hermano Pico: para evitar que ambos pudiéramos complotarnos contra la seguridad del Estado y organizar la subversión, nos habían separado; a mí, me había tocado pasar a vivir con una de las más rancias familias del país, de probada fidelidad a las instituciones, como que ellos mismos eran las instituciones, desde hacía más de cincuenta años, tan rígida como dispuesta a borrar de mí toda simiente del pasado; en tanto Pico, menos rebelde, más pequeño, fue a parar a un reformatorio. Aún continúa reformándose, que yo sepa, por lo que he podido conversar en el parque con un muchacho que también tiene a su hermano en el mismo reformatorio, y que ha inventado un sistema de comunicaciones bastante seguro y eficaz. El sistema es un poco complicado, al principio, pero una vez que se adquiere práctica, se vuelve ágil y sencillo. Se comunican a través de estampillas de correo, que intercambian entre ellos. Hasta ahora nadie ha advertido que ambos se comunican, y él mismo se ofreció a enviar mi correspondencia a Pico a través de su procedimiento. Yo acepté, pero en seguida me di cuenta que tengo pocas cosas para decirle a Pico. Pico solamente tiene siete años y, en realidad, cuando mis padres murieron en el levantamiento armado del año 1965 (en nuestra cómoda casa de dos plantas, pasados sumariamente por las armas, mientras escuchaban un concierto de piano de Franz Liszt) solamente tenía tres, por lo cual poco sabía yo de él hasta ese momento. De todas maneras, la separación fue muy dolorosa, porque ninguno de los dos teníamos ganas de ir allí a donde nos enviaban: a mí, con la nueva familia encargada de regenerarme, a él a un reformatorio que tendría la misma finalidad, y no sé cuál de los dos estará mejor o peor, porque ambos sistemas tienen sus ventajas y sus inconvenientes, según el caso. Además, para consolarnos, nos han dicho que nuestra suerte ha sido mucho mejor que la suerte que habríamos corrido de haber triunfado la revolución, porque entonces habrían mandado a todos los niños a Siberia, que es mucho más fría, como todo el mundo sabe, y está llena de osos. Pero a mí me parece que mi padre no tenía ningún interés de enviar a nadie a Siberia, ni habrían separado a ningún niño de su familia, porque le gustaban mucho los niños y las familias; ahora nos han hecho separar de nuestras familias para que no nos separaran de nuestras familias. Con el muchacho ese le envié un mensaje a Pico que decía: “Querido Pico, ¿cómo estás?”. Él me contestó a los dos días con otro cuyo texto descifrado era: “Yo más o menos o mal según se mire. ¿Y tú?”. Pasé varias semanas sin tener nada que decirle, hasta que le envié otro que decía: “Vivo con una familia muy rica y soy bastante ingenioso. Si necesitas algo avísame, que trataré de enviártelo”. El texto de su respuesta era una lista de pedidos que procuré complacer rápidamente: “Aprovechando la oportunidad, te diré que andamos escasos de cigarrillos, lápices, papel de escribir, cuchillos u otro objeto cortante, chocolates, libros, revistas, manuales de instrucción armada, ganzúa, algodón, éter, bisturí y soplete. Hay un tipo de aquí que dice si puedes mandarle disimuladamente un texto de química. Yo desearía tener un pez de color, pero tengo miedo de que me lo quiten durante la inspección. No podría soportar que se lo llevaran, después de haberlo tenido”. Estuve ocupado un tiempo, tratando de complacer a Pico, lo que no fue fácil en todos los casos, debido al rígido control bajo el cual vivimos. No tuve problemas, por ejemplo, para abastecerlo de cigarrillos: alcanzó con apoderarme de algunos de los cartones que mi nuevo progenitor —hombre muy rico y por tanto de influencia en el manejo de la cosa pública— deja deliberadamente sobre el escritorio o la mesa de luz, para hacerme cómplice. Son cigarrillos de los buenos, americanos, con filtro y hermosas cajillas: pensé que los dibujos a Pico le iban a gustar, aunque no fume, porque me dijo el mismo muchacho que se encarga de nuestra correspondencia que Pico es un adulto muy sereno, austero y reservado, de vida casi monacal, entregado solamente a la poesía y a la política. Con los lápices, en cambio, empecé a tener dificultades. Todos aquellos instrumentos que sirven para expresarnos están rigurosamente controlados, para evitar que expresemos cosas que no conviene expresar, por lo tanto, debí canjear varias de mis mejores piezas filatélicas (afición inofensiva, y por lo tanto propiciada por el Estado, los centros de reeducación y las familias colaboradoras) por pequeños grafos consumidos, colas de lápices y algunas tizas. Es increíblemente alto el nivel de cotización que han alcanzado los bolígrafos, aquellos que podemos sustraer y ocultar, por supuesto. Objetos cortantes me fue enteramente imposible conseguir. Desde que murieron mis padres no he vuelto a ver ningún instrumento afilado a mi alrededor, y ya se me ha indicado que, para evitar que maneje hojas de afeitar, deberé cortarme estos pelos incipientes de la barba que han empezado a crecerme con la máquina eléctrica, porque el uso de la barba está prohibido, nos vuelve sospechosos, pero tampoco podemos manipular objetos cortantes. Por otra parte, es imposible desmontar alguna de estas máquinas que emplean para cortar fiambres, el pasto o las legumbres, sin que alguien en la casa advirtiera la operación, nos denuncie, y recibamos la sanción correspondiente, nada leve, porque se vería en ella la fuente de la subversión nacional. Chocolate pude enviarle en abundancia, hasta tabletas inglesas y suizas, que mi madre adoptiva recibe de las empresas extranjeras como obsequios, junto a perfumes, lociones, latas de conservas, licores, extractos, cremas para entrar al baño, cremas para estar en el baño, cremas para estar en la casa, cremas para la mañana, cremas para la tarde, cremas para la noche, cremas discretas para interiores oscuros, cremas para las funciones de gala y otras más que no recuerdo, pero seguramente existen (también hay una crema para quitarse la crema del rostro y otra crema para quitarse la crema que se ha colocado en el cuerpo). La selección de las revistas me fue muy difícil de hacer. No conozco los gustos particulares de Pico ni de sus compañeros, y él no pudo especificar qué material le interesaba leer. Las revistas que circulan fácilmente entre nosotros son las destinadas a excitar nuestros instintos sexuales, dado que es de suponer que si consiguiéramos interesarnos obsesivamente en eso, debilitaría cualquier otra idea peligrosa que pudiera ocurrírsenos. De modo que nuestros padres adoptivos, nuestros maestros y profesores, se ocupan tenazmente de fomentar en nosotros los intereses sexuales, por lo cual nunca nos falta material ameno e ilustrativo para entretener nuestros ocios. Sin embargo, no puedo saber qué clase de literatura sexual preferiría Pico. Tampoco sé si ya se habrá decidido por alguna manifestación especial de la sexualidad, o si querrá informarse bien, antes de decidir. Frente a mi ignorancia acerca de sus preferencias, opté por enviarle varios ejemplares de revistas pornográficas dedicadas a diferentes temas. Algunas estaban consagradas exclusivamente a la heterosexualidad, y su contenido obvio me parecía muy poco atractivo, ¿qué persona normal puede sentirse interesada todavía por un coito de macho y hembra, por fantástica que resulte la posición asumida para el hecho, aunque la cámara fotográfica especialmente acondicionada haya desmesurado el tamaño de los órganos o el lente, gracias a complicados mecanismos, pueda sugerir sensaciones que después en el lecho nunca aparecen? Solamente en el caso —remoto— de que Pico aún no hubiera practicado el coito heterosexual, podría sentirse atraído por esta clase de revistas, y siempre que su imaginación fuera muy pobre. Incluí, por lo tanto, algunos ejemplares dedicados a otras variedades de la actividad sexual, tales como la zoofilia, la homosexualidad, la necrofilia, el onanismo, etc. No pude obtener, por estar censuradas, revistas de mecánica, electricidad, política, historia, filosofía o sociología, y por respeto, no quise enviarle las de deportes. Sé que en su comunidad (así llaman ellos a su albergue) uno de los castigos más severos que se aplica a quien haya transgredido una regla de fraternidad o de compañerismo, es la lectura de material deportivo, ése con el cual tratan de aturdirnos, abrumarnos, convencidos de que si nos volvemos fanáticos del deporte, alejaremos otras ideas perniciosas de nuestras mentes. Le mandé también bastante papel de dibujo: en cambio, los últimos pedidos eran sencillamente imposibles de cumplir. Libros, estaban casi todos censurados por una u otra razón y todos los días partían buques repletos para arrojarlos en alta mar, donde seguramente sublevaría a los peces, si es que éstos no habían perdido ya el instinto de la rebelión. Aunque una vez conocí una edición en clave de un manual de lucha guerrillera, eso fue hace muchos años, cuando aún vivían mis padres. Ya en esa época estaban prohibidos, aunque mucha gente se las ingeniaba para difundirlos clandestinamente, pero luego que el levantamiento hubo fracasado, nunca más me enteré que fuera posible obtener alguno: los que sobrevivieron no los necesitaban, puesto que estaban las Fuerzas Armadas para protegernos, y los otros, o habían muerto o fueron recluidos de por vida (¿o debo decir de por muerte?) en los campos para prisioneros del Estado. El pececito de color sí se lo envié. Pensé comprar dos, uno para mí y otro para él, que fueran hermanos, los peces, pero después abandoné la idea: pasaría mucho tiempo, junto a la ventana, mirando al pez rojo dar vueltas dentro del agua clara, nadar, moverse de un lado a otro; pensaría que como yo, Pico también, donde estuviera, miraría aquel pez, aquella agua, pensaría como yo en el pez, en él, y tal vez yo nunca me enterara cuando alguien le arrebatara el pez, y sin saber que él ya no tenía nada girando en el agua, dando vueltas, yo siguiera, equivocadamente, contemplando mi propia pecera, mi pez, mi agua, de modo que decidí comprar uno solo y mandárselo. Era un hermoso pececito rojo, pequeño, con su contorno perfectamente dibujado, las aletas finas, el cuerpo redondo, un movimiento ágil y elegante de la cola y un par de ojos, que, a diferencia de tantos otros peces, eran unos ojos inquietos, entusiasmados de vivir. Al poco tiempo recibí una única nota de Pico, que decía así: “Gracias por el pececito. Se llama Ugolino. Todos lo queremos mucho, pero especialmente yo. El celador lo retiró anoche, y lo dejó ir por la cañería del agua. Estaba vivo aún cuando pasó a la cloaca”. No he tenido más noticias de Pico. Tal vez no tenga nada nuevo que decirme, o hayan interceptado algunas de sus notas. El muchacho a quien yo veía en el parque con el pretexto de intercambiar postales, me ha dicho que algo grave ha sucedido adentro del albergue. Él tampoco ha podido saber de qué se trata, ya que su propio hermano, para evitar complicaciones, ha suspendido la correspondencia por un tiempo. El muchacho del parque piensa que ellos han sido trasladados a otra parte, quizás porque descubrieron que alguno conseguía comunicarse con el exterior, o porque han cometido una importante desobediencia. Sea como sea, otra vez hemos quedado sin noticias. —Mis padres están metidos en un cuartel —contestó tardíamente Laura, chupándose la punta del dedo con sabor a caramelo—. Cadena perpetua. Un juez militar les tipificó “Atentado a la Constitución”, “Asociación subversiva”, “Complicidad en evasión”, “Conspiración”, “Encubrimiento”, “Instigación a la violencia”, “Ofensa a la Fuerzas Armadas”, “Atentado”, “Tenencia de explosivos”, “Alta traición”. ¿No es sorprendente que una sola persona pueda cometer tantos delitos simultáneamente? En total, 955 años de prisión. No creo que puedan cumplirlos todos. Se morirán antes, con seguridad, y ésa será su venganza —reflexionó Laura en alta voz, mientras sacudía una mancha de liquen que le había quedado en el pantalón lila, a la altura de la rodilla, por culpa del ángel. Mientras me inclinaba para ayudarla, mojando con saliva el redondel verde, un poco de su pelo cobre me acarició la frente. La frente que ahora tengo desnuda. Mi propio pelo me fue cortado cuando pasé a integrar el nuevo núcleo familiar. A veces siento un poco de nostalgia por él, por mi pelo castaño que me cubría la frente y me llegaba a la nuca y era muy suave, pero las autoridades han prohibido a los varones usar el pelo largo. Parece que no les gusta—. No los he vuelto a ver —murmuró Laura con voz baja y equilibrada. No pude, por discreción, investigar si había pena en ese hecho. ¿Qué sentido tiene extrañar aquello que no nos dejan extrañar? El de una rebeldía inútil. —La mancha se ha ido —le dije, acariciando suavemente la tela, la rodilla, el hueso, la piel. El dedo fue caminando despacio, como un niño tímido que recorre una ciudad desierta, pero llena de soldados. —Creo que eres un poco sentimental —me dijo ella, con aire reprobador. Encendió un cigarrillo y me ofreció el paquete. —No voy a fumar —le dije—. Estoy harto de hacer humo. El cuidador se movía a lo lejos, enrollando los cables que sujetaban la nave de la exposición. Alguien estaría en el salón pronunciando un discurso, colocando cintas, reverenciando al mundo, puntuando las obras, ensalzando el orden, nuestro orden, el orden impuesto. Pero nosotros nos habíamos quedado callados, juntos y un poco tristes, desganados entre las sombras del jardín, sin moverse, ella fumando y mirando hacia el suelo de hojas caídas, yo mirándola a ella, al pantalón lila. Lila. Laura. Lielia. Ligeria. Los álamos. Laura tan ligera tan liela tan lila como los álamos. —¿Qué árboles son ésos? —me preguntó, y yo supe que se refería a los árboles que nos rodeaban, como parientes muertos, en la tristeza. —Álamos. Son álamos —le respondí. —Tú me pones un poco melancólica —me dijo, aplastando suavemente la colilla contra el suelo de hojas húmedas y marchitas. —No es cierto —le dije—, son las estatuas y los álamos. Estatuas clásicas, álamos silvestres— nos quedamos en silencio, otra vez, pero sin separarnos. En el silencio había un vínculo que nos unía como a hermanos en el mismo antro, útero o calabozo. Si fue porque estaba demasiado cansada, ella dejó que una de sus piernas lilas se deslizara suavemente hacia mi costado, como por descuido. La dejó reposar, como un miembro separado de él. Le quité apenas de la frente unos cabellos desbocados que se habían agazapado allí, ebrios, argonautas, conspiradores. —¿Crees que alguna vez los dejarán verse? —me preguntó de pronto, y su voz temblaba—. No sé —dijo—, a través de una cerca, de un alambrado, por encima del muro. Alguna vez durante los largos años. —Tal vez —mentí. Y para hacerlo bien, tuve que encender un cigarrillo y distraerme contemplando aparentemente las volutas que ascendían hasta los álamos. —No —dijo ella firmemente—. Estarán separados, muy lejos, cada uno en su cubil, en lugares remotos, distanciados por kilómetros de caminos de tierra, cercas, alambrados, postes, púas y sirenas, detrás de enormes muros cuyo final no se divisa. Quizás hayan perdido la memoria, todo lo que sabían, y él sólo sepa que es un hombre y ella sólo que es una mujer, y todo otro conocimiento haya volado de sus mentes, durante el tiempo del castigo, todo conocimiento se haya ido por las venas con la sangre derramada, durante el cautiverio, el tiempo de estar presos, separados, ajenos, distantes. Acaso ya ninguno de los dos recuerde quién es el otro. Mejor hubiera sido estar muertos —concluyó sombríamente. Yo me quedé callado, inmóvil. —Ellos no se matan a sí mismos por disciplina —afirmó rotundamente: un revolucionario no se mata, porque ama la vida. —Yo me hubiera matado —respondí, firmemente. —¿Cómo te habrías ingeniado para hacerlo? —me preguntó, interesada. Yo continuaba fumando, por hábito, no por principios. —Yo qué sé —dije—. Me hubiera pegado un tiro o algo así —respondí. —Supón que no hubieras tenido armas en ese momento; que las armas te las hubieran quitado todas. ¿Cómo te las habrías ingeniado entonces? —Hubiera corrido, eh, corrido. Sí. Hubiera corrido delante de ellos hasta obligarlos a pegarme un tiro. —Pero eso no es posible —murmuró, decepcionada por mi respuesta—. Te han sujetado bien entre cinco o seis y te han lanzado al fondo de un calabozo. Has pasado días y días incomunicado, sin comer, sin beber, en el más completo silencio y aterradora soledad. Semanas enteras, sin hablar, sin escuchar un sonido humano, una voz: semanas enteras en la oscuridad más absoluta, en la negrura, en la falta de aire y de luz, sin escuchar el canto de los pájaros ni las evocaciones de los otros ni tocar más que el frío de los crines ni oler más que las propias heces acumuladas en el suelo, como una bestia, a la cual se le arroja un pedazo de pan viejo y de carne agusanada a través de la ventana de hierro —siempre cerrada— una vez por día. Y después de semanas de oscuridad, de negrura, de frío y de locura, se suspira por un golpe, se suspira por la mano del esbirro que te mece la barba crecida. Ella me estaba acorralando, me estaba cercando con sus preguntas y yo veía cada vez más difícil la posibilidad de la salvación. Las sirenas aullaban alrededor mío, el tiempo se acortaba, yo corría despavoridamente por las calles mojadas, los perros estaban a punto de alcanzarme, corría, corría, detrás los amos, los perseguidores, pero yo no quería vivir separado de ti, de ti, de ti. —Hubiera sido previsor y hubiera llevado escondida en la cavidad de la oreja una de esas pastillitas fatales e imprescindibles que producen la muerte instantánea. La primera vez que hubiera tenido las manos libres, zas, a la boca con ella, y hombre muerto. —Tonto. Eso no sirve. Al primer golpe que recibes, salta la cápsula que pierdes para siempre o se te hunde en la cavidad del oído. Hubieras obtenido una bonita y momentánea sordera, nada más. Yo ya no tenías más posibilidades. Cercado, rodeado por los perros, acosado por las sirenas, acorralado contra una calle sin salida, no verte nunca más, no saber de ti, no poder mirarte a los ojos, no tocar tus rodillas, no verte vivir. Creo que ella tampoco las tenía, porque me dijo: —La próxima vez habrá que meditar bien esta cuestión. Concluido el tema, nos dirigimos, bastante deprimidos, hacia el sendero que nos conduciría otra vez a la sala de la exposición, desde la cual ya nos estaban llamando por los altavoces. —¿Qué harás con el primer premio? —le dije, seguro de su triunfo. —Ya verás —me anunció, con mirada maliciosa y cómplice. Llegamos justo en el momento en que el Presidente de la Institución anunciaba que el jurado había finalizado la deliberación. Como soldados dóciles, Laura y yo nos dirigimos a nuestros respectivos lugares, ya asignados en el ensayo previo. Como a monos en la exposición, de los cuales se esperan habilidades, gracias y piruetas para el respetable público que ha comprado su entrada, nos habían dispuesto sobre una tarima, dándonos un número que correspondía a nuestra identificación. Con los presos hacen lo mismo, sólo que nadie conoce sus nombres, ni los mismos carceleros; para siempre son solamente el número que el juez les ha adjudicado. Pensé que sus padres, los padres de Laura, los míos si hubieran sobrevivido, también tendrían números, números para ocupar sus celdas, números para sentarse a comer el guiso recalentado, la carne agusanada, y una vez perdida la memoria, una vez el tiempo transcurrido, ya solamente serían aquello: un número de tres cifras —quizás de cuatro—, ya nadie recordaría sus nombres, ni ellos mismos, un número en los roles, en las listas de los guardianes, en las estadísticas, en los registros, en la historia que alguna vez alguien contaría de este tiempo, y quién sabe si el que la contara sabría algo más de ellos que su número de identificación, quién sabe si aquella historia que irían a contar sería la verdadera historia, ¿y si ellos, los encargados de contar la historia, contaban una historia que no correspondía a la verdadera historia? ¿Se borrarían para siempre de la memoria de los hombres? Pensé que la historia que llamaban historia y que nos enseñaban era, en realidad, la historia fraguada voluntariamente, o aun, una historia escrita con buenas intenciones pero manchada por la culpa de la falta de memoria, del olvido, del anonimato, del perdón. Porque la historia la escriben los vencedores. Esto lo pensé mientras dócilmente me acomodaba en el lugar establecido. No me importaba ser dócil en esas cosas, hasta me parecía una concesión graciosa. De lejos, Laura me enviaba miradas cómplices, a las que yo contestaba sobriamente, aparentando una seriedad adecuada para el caso, pero con secreto regocijo de la inteligencia. Fue entonces que la ceremonia comenzó. El señor Presidente del Círculo de Artes se dirigió con pasos solemnes hacia el centro del escenario, de la arena, luciendo su cinta de Sumo Simio Pontífice de los Primates, maestro de ceremonias, Gran Organizador. El antropoide manipuló durante unos instantes el micrófono, hasta colocarlo delante de sus fauces. Todos estábamos inmóviles, callados: la inmovilidad y el silencio eran los fundamentos de nuestra educación moral, social y cívica, por oposición al movimiento y a la palabra, factores, como todo el mundo sabe, de dispersión, convulsión y subversión políticos. Se comenzó el acto leyendo la lista de los objetos que habían sido eliminados por una u otra razón. El mío fue uno de los primeros, por considerárselo hostil y poco decorativo. Estaba visto que nadie bien nacido querría tener una silla de ésas en su casa, ni su contemplación le proporcionaría alguna clase de placer, y hay que tener en cuenta que todo en nuestra sociedad tendía a proporcionarnos una sensación de bienestar al sentarnos, que era la posición más adecuada para mantener la tranquilidad del Estado. Uno a uno los diferentes objetos fueron eliminados, o discretamente alabados, y la lista continuaba. Hasta el final, con indudable orgullo (como si se tratara del verdadero creador o como si ese objeto, por su forma, por sus proporciones, por su sentido, fuera el más fiel reflejo del deseo y el pensamiento de las autoridades) el Mico Máximo, el Antropoide Erecto proclamó que el juego de aguas presentado por Laura era el ganador del concurso. Gran regocijo. Salutación. Aplauso unánime de los presentes. Los primates baten palmas y devoran bananas. Han descendido del árbol y se han instalado en casas con puertas y ventanas. Manejan automóviles. Fabrican lavadoras y cárceles. Abandonan las lianas en el museo y salen a recorrer las calles pisando la calzada con botines nuevos. Al reconocerse se saludan los unos a los otros, como que pertenecen a la misma familia. Monos del mundo, uníos. Nosotros también aplaudimos, como correspondía a nuestra nueva educación. Hemos evolucionado mucho y ya sabemos casi siempre por nosotros mismos cuándo debemos aplaudir. Después de ensalzar las virtudes del objeto premiado, que en su practicidad, plasticidad, colorido y funcionalidad reunía todas aquellas características que el sistema propiciaba, el señor Presidente invitó a la ganadora a adelantarse a recibir su premio. Ella lo hizo con extrema elegancia. En ese momento tenía una cara y un andar angelicales. Su mirada se había suavizado en extremo y hasta un brillo apenas húmedo de sus ojos revelaba la emoción que debía experimentar. El señor Presidente del Círculo de Artes la hizo subir hasta su propio estrado, un poco más alto que nuestra tarima, como correspondía a un mono jerárquicamente mayor, la felicitó calurosamente (esto quiere decir que él estaba transpirando por el inmenso honor de presidir el acto) y le hizo solemne entrega de su premio. En medio del silencio tan grande como toda la sala más el jardín de álamos tristes y el recuerdo de nuestros antepasados, depositó en sus manos una preciosa medalla de oro provista de cintas con los colores patrios. Luego, ceremoniosamente, como si depositara en ella el peso de los antiguos iconos conservados en la ciudad gracias a la valentía y al arrojo de los soldados y que se habían protegido a sangre y fuego de los bárbaros invasores, de los enemigos de adentro y de afuera, de la artera y maligna conspiración asoladora, le entregó el máximo trofeo, el símbolo de la propagación y conservación de la especie, del triunfo del bien sobre el mal, del orden frente al caos, de las instituciones sobre la anarquía; ella, la reivindicadora, la depositaria del futuro, en cuyo regazo se alimentarían y buscarían calor y protección las generaciones venideras; ella, la iluminada, la vestal a quien se confiaba el porvenir de la ciudad, las llaves del reino: recibió un busto del máximo general de la nación, el héroe de 1965, que había aplastado la sublevación, salvando a la patria, a los niños, a los jóvenes, a los adultos y a los ancianos, a las abuelas y a los abuelos, también a los nietecitos, y que, para demostrar aún más su espíritu de sacrificio, su amor a la patria —renunciando a su vida privada, al bien ganado descanso— desde entonces nos gobernaba, para orgullo y honor de la nación, en el concierto mundial o con el consenso universal, no recuerdo bien. Laura recibió emocionada el busto del general, de tono verdoso, como he visto que son todos los bustos de los generales, vivos o muertos, y lo acercó amorosamente a su pecho, como correspondía a una digna ciudadana, a una futura madre de la patria. De inmediato, y para finalizar la ceremonia, el Presidente invitó a la ganadora a poner en funcionamiento el aparato que ella misma había construido, a los efectos de que todo el público presente y los distinguidos invitados pudieran apreciar sus cualidades. Laura, apretando contra su pecho el busto del primer general de la nación, se acercó a su móvil y con gran serenidad apretó una de las mariposas ocultas bajo el vidrio irisado. De inmediato, un diluvio universal en forma de cascada estalló en la sala. Los surtidores, enloquecidos, comenzaron a girar, a mover sus aspas en todas direcciones, despavoridos, como padres a quienes el soldado les ha dado un golpe de sable en la cabeza y huyen espantados, desangrándose por el camino, la cabeza ya sin guía, ya sin sostén moviéndose para todos lados, la sangre manándole como ríos desbordados; los surtidores daban vueltas, desparramaban una potente lluvia que bañaba, que inundaba todo el local, escupiendo por sus trompas enfurecidas enormes chorros de agua que empujaban a la gente hacia las puertas, las arrojaba contra las paredes, como durante las manifestaciones del año 1965 los chorros de agua lanzados por los camiones militares derrumbaban a la gente por el suelo, los hacían girar sobre sí mismos, reptar por las veredas, enceguecidos por el líquido, empujados por el agua; los surtidores manaban violentamente, disparando ráfagas líquidas sobre la concurrencia, golpeando los muebles, las paredes, recorriendo la sala una y otra vez, rompiendo los objetos, barriendo el suelo, subiendo por el muro y rebotando contra el techo. El público, enloquecido, enceguecido por el golpe sobre el rostro, en el cuerpo, presa del pánico, giraba en medio del torbellino acuático intentando en vano encontrar las salidas, pero éstas quedaban bloqueadas por el furor de la lluvia; al llegar a las puertas y ventanas, indefectiblemente, una fuerte ráfaga, como un viento, los detenía, haciéndolos rebotar contra las paredes, chocar entre sí, girar, volver, caer. Entonces yo, que había saltado a través de la ventana en el preciso momento de comenzar la fiesta, desde afuera, desde el jardín de álamos tristes y ninfas en las fuentes y el recuerdo de nuestros antepasados saltando de árbol en árbol, de fuente a camino, de camino a rama, de rama a niño que ya casi no recuerda, desde el jardín oscuro y callado y triste, lancé una tea ardiente hacia el interior del local, tal como Laura me lo había indicado. Entre los álamos, ella, tranquila, serena, indiferente al paisaje, me aguardaba. Ajena también al espectáculo de la gasolina, con la que había regado el salón, emanada de los surtidores como si fuera agua, y que se había convertido en un feroz incendio. Cuando comprobé que todo ardía, me dirigí hacia el sendero convenido. Las llamas iluminaban al fondo, la tristeza oscura de los álamos. —Rolando —me dijo Laura mientras iniciábamos la marcha—. Quítame esta mancha de la rodilla: un ángel ha vuelto a salpicarme. FIN Autor: Cristina Peri Rossi Título: La rebelión de los niños Título Original: La rebelión de los niños (1980)
- "La casa del valle", cuento de August Derleth
En La casa del valle , Jefferson Bates, un joven pintor, se muda a una vieja mansión en un lugar alejado para encontrar tranquilidad e inspiración. Pero lo que parecía un retiro perfecto pronto se vuelve extraño: sombras misteriosas, ruidos sin explicación y una sensación constante de que alguien lo observa. A medida que los días pasan, Bates comienza a perder la confianza en lo que ve y oye… ¿está volviéndose loco o hay algo más en esa casa? Esta historia mezcla terror, suspenso y lo sobrenatural, llevando al lector a un final inquietante donde nada es lo que parece. La casa del valle August Derleth I Yo, Jefferson Bates, hago ahora esta declaración, con pleno conocimiento de que, sean cuales sean las circunstancias, no viviré mucho. Lo hago en justicia para aquellos que me sobrevivan, así como para intentar aclarar la acusación que tan injustamente ha sido arrojada sobre mí. Un gran y famoso escritor americano de la tradición gótica escribió una vez: «Lo más piadoso del mundo es la incapacidad de la mente humana para narrar todo lo que contiene». Sin embargo, yo he tenido mucho tiempo para reflexionar, y he conseguido poner orden en mis ideas, cosa que jamás creí hacedero, un año atrás. Porque, naturalmente, todo sucedió dentro de este año. Sí, hace poco tiempo, en realidad, que ocurrió el «conflicto». Lo llamo así porque no sé qué otro nombre darle. Si tuviera que precisar un día, supongo que justamente sería aquél en que Brent Nicholson me telefoneó a Boston para comunicarme que había alquilado para mí la casita aislada y en medio de un paisaje bello y agreste que yo había estado buscando, a fin de poder trabajar en unos cuadros que llevaba algún tiempo en la mente. Se alzaba en medio de un valle escondido, al lado de un amplio riachuelo, no lejos de la costa de Massachusetts, y en la vecindad de las antiguas fortalezas de Arkham y Dunwich, que todo artista de la región conoce por sus curiosas estructuras, tan placenteras a la vista, aunque desagradables al espíritu. Cierto, vacilé. Siempre hay artistas que pasan un día en Arkham, Dunwich o Kingston, y era precisamente de mis colegas de quienes deseaba escapar. Pero al fin, Nicholson me persuadió, y al cabo de una semana estaba yo en la casita. En realidad, no era tal, sino una amplia y antigua mansión, ciertamente de bastantes años atrás, como la mayoría de Arkham, construida en un pequeño valle, que debía de haber sido fértil aunque ahora no mostraba el menor signo de cultivo. Se erguía entre gigantescos pinos, que rodeaban la residencia, y a lo largo de un muro corría un ancho y claro regato. A pesar del atractivo que ofrecía a la vista, desde cierta distancia, de cerca presentaba otro aspecto. Por un lado, estaba pintada de negro. Por otro, tenía un aire de prohibición formidable. Sus ventanas, sin cortinas ni persianas, miraban tenebrosamente hacia fuera. A su alrededor, corría un porche muy estrecho que estaba completamente atestado de toda clase de muebles y objetos: sillas rotas, cómodas destartaladas, mesas, y artículos anticuados, como formando una barricada destinada a guardar a alguien o algo del interior, o bien impedir la entrada desde fuera. La barricada llevaba manifiestamente largo tiempo erigida, ya que mostraba los efectos de varios años a la intemperie. El motivo de tal barricada era muy oscuro, incluso para el agente, a quien le escribí preguntándoselo. En realidad, le daba a la casa un aspecto de desolación mayor si cabe, pareciendo como si en muchos años nadie hubiera residido en ella. Pero ésta fue una ilusión que jamás me abandonó. Era obvio que nadie había estado en la casa, ni siquiera Nicholson o el agente, puesto que la barricada se extendía por delante de la puerta principal y la trasera de aquella estructura casi cuadrada, y tuve que apartar bastantes objetos para poder alcanzar la puerta. Una vez dentro, la impresión de que alguien había vivido allí era bastante manifiesta. Pero había una diferencia… toda la penumbra proporcionada por la pintura negra del exterior quedaba destruida. Dentro todo era luminoso y claro, teniendo en consideración el período de su abandono. Además, la casa estaba amueblada, parcamente, pero amueblada, a pesar de mi primera impresión de que todo se hallaba amontonado fuera, en torno a la construcción. El interior de la misma era como un cajón, tal como se veía desde fuera. Abajo había cuatro habitaciones: un dormitorio, una cocina, un comedor y un salón; y arriba, cuatro cuartos de las mismas dimensiones: tres dormitorios y un trastero. Todas las estancias tenían varias ventanas, especialmente las que daban al norte, lo cual era un consuelo, puesto que la luz norteña es la mejor para pintar. Como de nada iba a servirme el segundo piso, escogí el dormitorio de la esquina norte como estudio, donde trasladé todos mis cachivaches, sin tener en cuenta la cama, que puse aparte. Al fin y al cabo, sólo estaba para pintar, y no para llevar una vida de sociedad. Y había llegado debidamente pertrechado, por lo que descargar todos los útiles de mi coche me llevó todo el primer día, así como abrir una entrada en la parte posterior de la barricada, como ya había abierto la brecha de enfrente, a fin de poder tener acceso a la casa desde el lado norte y el lado sur con la misma facilidad. Una vez instalado, encendí una lámpara para ahuyentar las tinieblas, saqué la carta de Nicholson y volví a repasarla una vez más, a fin de, una vez en la casa, tomar buena nota de sus advertencias. «La soledad reina en todas partes. Los vecinos más próximos están a varios kilómetros de distancia. Los Perkins están hacia el sur. Un poco más lejos, viven los Mores. Al otro lado, o sea hacia el norte, los Bowden.»El motivo de esta deserción tiene que atraerte, indudablemente. La gente no quiere comprar ni alquilar esta casa, porque antaño estuvo ocupada por una familia muy rara; aunque tan corrientes en estas zonas aisladas y oscuras, los Bishop, cuyo último miembro, un fulano delgado, de aspecto cadavérico, llamado Seth, cometió un asesinato en la casa. Es por esto que los supersticiosos naturales del país no han querido jamás alquilar la mansión ni sus terrenos, que como verás son fértiles y ricos. Supongo que hasta un asesino puede ser un artista, a su modo, aunque temo que Seth no lo fue en absoluto. Más bien parece haber sido un poco rudo, matando sin un motivo a un vecino, según tengo entendido. Simplemente, le cortó la cabeza y parte del cuerpo. Seth era muy fuerte. A mí, esto me hace temblar, pero supongo que a ti no. La víctima era un Bowden.»Hay teléfono conectado.»La casa, además, está dotada de un motor de fuerza. No es tan antigua como parece, aunque el motor fue instalado mucho después. Está en el sótano, según tengo entendido. Tal vez ahora no funcione.»No hay agua corriente, lo siento. La del pozo es bastante buena, y te hace falta un poco de ejercido. No puedes estar todo el tiempo delante de tu caballete.»Esta casa parece más aislada de lo que está. Si alguna vez te sientes muy solo, telefonéame». El motor a que hacía referencia la carta no funcionaba. Las luces de la casa tampoco. Pero el teléfono si marchaba, y conseguí llamar al pueblo más cercano, llamado Aylesbury. Aquella primera noche me sentí mortalmente cansado, por lo que me acosté temprano. Naturalmente, había traído conmigo todas las ropas de la cama, a fin de que no me faltara nada durante mi estancia allí, y no tardé en dormirme. Pero todos los segundos de aquel primer día en la casa, sentí la vaga, casi tangible convicción de que la mansión estaba ocupada por alguien más, aunque conocía sobradamente lo absurdo de tal idea, puesto que había efectuado una vuelta por ambos pisos, y no hallé ningún probable escondite para nadie. Toda casa, como sabe cualquier persona sensible, posee su atmósfera peculiar. No es sólo el olor de la madera, los ladrillos o las piedras y la pintura… no, sino una especie de residuo de las personas que la han habitado y de los sucesos que han ocurrido entre sus muros. La atmósfera de la residencia de los Bishop cuadraba con esta descripción. Había el acostumbrado olor a rancio, tal como era de esperar, la humedad procedente del sótano; pero también algo más, de gran importancia, algo que le daba a la casa un aura de vitalidad, como si fuese un animal adormecido, esperando que algo, algo desconocido, fuese a ocurrir. Por supuesto, debo apresurarme a confesar que no era algo que me hiciese experimentar la menor inquietud instantáneamente. No me pareció, durante la primera semana, que en la casa existiera ningún elemento perturbador ni angustioso, y no pensé que pudiera ocurrir nada hasta una mañana de mi segunda semana allí, después de haber terminado ya dos telas, y cuando me hallaba enfrascado en una tercera. Aquella mañana tuve la plena conciencia de ser observado. Al principio, me dije en broma que era la casa la que me espiaba, ya que sus ventanas parecían ojos negros atisbando desde la sombra de su pintura negra; pero de pronto presentí que mi vigilante se hallaba por la parte de atrás, por lo que de cuando en cuando lancé ojeadas hacia el lindero del bosque que se alzaba hacia la parte sudoeste. Al fin conseguí localizar al escondido espía. Volví la cabeza hacia las matas donde estaba escondido y grité: —¡Vamos, salga! ¡Sé que está usted ahí! Ante mis palabras, y mi asombro, se levantó un joven alto, de cara pecosa, el cual se me quedó mirando con ojos belicosos, y manifiestamente suspicaces. —Buenos días —le saludé con sequedad. Inclinó la cabeza, pero no respondió. —Si le interesa, puede acercarse a echar un vistazo —lo animé. Entonces salió de entre los matorrales. Tendría unos veinte años. Llevaba unos tejanos e iba descalzo. Era un joven delgado, aunque de buena musculatura, e indudablemente alerta. Anduvo un poco hacia mi encuentro, lo suficiente para ver qué hacía yo, y se detuvo en seco. Luego me obsequió con un atento escrutinio. Y por fin habló. —¿Se llama usted Bishop? Naturalmente, los vecinos debían pensar que un miembro de la antigua familia había venido a reclamar la propiedad. El nombre de Jefferson Bates no habría significado nada para el muchacho. Además, no tenía muchas ganas de decirle mi nombre, por motivos que no podía comprender. Le contesté cortésmente que no me apellidaba Bishop, que sólo había alquilado la casa para el verano y tal vez uno o dos meses de otoño. —Yo me llamo Perkins —me contestó—. Bud Perkins. Vivo allá —con el gesto señaló a lo lejos, hacia el sur. —Mucho gusto en conocerlo. —Lleva usted aquí una semana —continuó Bud, demostrándome que mi llegada no había pasado inadvertida en el valle—. Y todavía está aquí. Había una nota de sorpresa en su voz, como que el hecho de seguir residiendo en la casa de los Bishop al cabo de una semana fuese sumamente raro. —Quiero decir —añadió— que no le ha ocurrido nada. Lo cual, en esta casa, es verdaderamente extraño. —¿En esta casa? —repetí, amoscado. —¿No lo sabe? —Bueno… sé algo respecto a Seth Bishop. Meneó vigorosamente la cabeza. —Esto no es todo, señor. Yo no pondría los pies en esta casa aunque me diesen una fortuna. Sólo de pensarlo se me eriza el cabello —frunció el entrecejo—. Hace tiempo que debieron quemarla. ¿Qué hacían los Bishop a altas horas de la noche? —Parece una casa muy limpia —objeté—. Y cómoda. No hay ni un solo ratón. —¡Ah… si sólo fuesen los ratones…! ¡Espere! Y con esto, dio media vuelta y se internó en el bosque. Naturalmente, comprendí que las supersticiones locales debían haberse ensañado con la casa de los Bishop. ¿Qué cosa más natural que atribuirle un encantamiento? Sin embargo, la visita de Bud Perkins me dejó con una desagradable impresión. Estaba claro que había sido objeto de una atenta vigilancia desde mi llegada. Ya sabía que un recién llegado siempre es objeto de interés para unos lugareños; pero también comprendía que el interés de mis vecinos no era de esta naturaleza. Esperaban que ocurriese algo; lo esperaban vivamente, y precisamente el hecho, para ellos insólito, de que nada hubiese ocurrido era lo que había hecho venir a Bud Perkins. Aquella noche ocurrió el primer «incidente». Es muy posible que los comentarios de Perkins me tuviesen predispuesto a observar cualquier cosa un poco fuera de lugar. Sea como sea, el incidente fue tan nebuloso que casi resultó negativo, y hubiese podido dar dos docenas de explicaciones al mismo. Es sólo a la luz de los demás acontecimientos que ahora lo recuerdo. Ocurrió unas dos horas después de medianoche. Fue un sonido desusado el que me despertó. Bien, todo aquel que duerme en un lugar nuevo pronto se acostumbra a los ruidos que oye, y una vez acostumbrado a ellos, los acepta sin despertarse, pero cualquier sonido nuevo sobresale entre los demás. Lo mismo, por ejemplo, que un ciudadano, al trasladarse al campo, se acostumbra al alboroto de las gallinas, los pájaros, el viento y las ranas, pero en cambio puede despertarse al oír a un sapo, porque es un ruido que se entromete a los demás. De esta manera, estaba yo acostumbrado ya al coro de los grillos, las lechuzas y los insectos nocturnos que invadían la noche. El nuevo sonido era subterráneo; parecía venir de los cimientos de la casa, desde muy abajo de la superficie de la tierra. Podía ser un deslizamiento de tierras, podía ser una fisura que se abría y se cerraba, podía tratarse de algo pasajero, excepto que se producía con bastante regularidad, como si fuese producido por alguna cosa que se moviese a lo largo de una caverna colosal existente debajo de la edificación. Duraba tal vez una media hora, pareciendo aproximarse desde el este y disminuir en la misma dirección en que antes había progresado el sonido. No pude estar seguro, pero tuve la incierta impresión de que la casa temblaba levemente a cada uno de estos ruidos subterráneos. Tal vez fue esto lo que al día siguiente me impulsó a examinar el cuarto trastero, en un esfuerzo para descubrir por mí mismo lo que mi inquisitivo vecino había querido dar a entender con sus preguntas e insinuaciones respecto a los Bishop. ¿Qué habían hecho los miembros de esa familia para que sus vecinos pensasen tan mal de ellos? El trastero, sin embargo, no estaba tan atestado como había supuesto, quizá porque la mayoría de enseres se hallaba en la barricada. En realidad, lo único un poco desusado que encontré fue una estantería de libros que, evidentemente, estaban leídos cuando la tragedia se abatió sobre la familia. Los había de varias clases. Tal vez los más importantes fuesen unos textos sobre jardinería. Eran unos libros extremadamente antiguos, largo tiempo ya en desuso, seguramente dejados allí por algún miembro de la familia Bishop, y sólo últimamente descubiertos. Hojeé un par y vi que estaban completamente pasados de moda para cualquier jardinero moderno, puesto que describía unos métodos sumamente anticuados; además, contenían gran número de supersticiones que ningún sentido podían tener para un público actual. Había también un libro, forrado con papel, dedicado a los sueños. No parecía estar muy manoseado, aunque estaba tan cubierto de polvo que era imposible obtener una deducción acertada. Era uno de esos libros baratos, tan populares dos o tres generaciones atrás, cuando la interpretación de los sueños era muy ordinaria. En resumen, era el libro que podía esperarse encontrar en la casa de un ignorante labriego. De todos aquellos mamotretos sólo uno me interesó. Era un libro sumamente curioso. Un tomo monumental, enteramente redactado a mano, y encuadernado en madera. Aunque probablemente nada valiese, literalmente, hubiese podido hacer las delicias de un museo, en plan de curiosidad. No intenté leerlo, puesto que me pareció únicamente una compilación caprichosa de las tonterías estampadas en el libro de los sueños. Contenía una especie de título que indicaba que su fuente literaria era alguna biblioteca particular: «Seth Bishop, su libro… fragmentos de Nekromicon y el R’lye texto, copiados por su propia mano, por Seth Bishop en los años 1919 a 1923». Más abajo, con una letra que no parecía poder pertenecer a una persona tan poco culta, había garabateado su firma. Además, había otros libros parecidos al de los sueños. Un ejemplar de Los siete libros de Moisés , un texto muy valioso, que habría hecho las delicias de los viejos de Pennsylvania, país del que gracias a un asesinato cometido allí y publicado en los periódicos, conocía algo. Un libro de rezos, en el que todas las oraciones parecían chistes, ya que todas estaban dirigidas a Asarael y Satanás, y otros ángeles de las tinieblas. No había nada de valor, aparte de ser curiosidades, en todo el lote. Su presencia sólo atestiguaba cierta diversidad de intereses oscuros por parte de las sucesivas generaciones en la familia Bishop, ya que era evidente que el propietario de los libros de jardinería había sido, posiblemente, el abuelo de Seth, mientras que el del libro de los sueños y el texto de brujería de Pennsylvania, si es que se refería a aquella región, hubiese sido su padre. El mismo Seth parecía interesado en temas más sombríos. Las obras de las que Seth había realizado su copia parecían más eruditas de lo que hubiese creído posible en Seth. Lo cual me intrigó, por lo que a la primera oportunidad me fui a Aylesbury a efectuar algunas indagaciones, en una tienda de los arrabales donde, pensé, Seth podía haber efectuado también sus compras, puesto que tenía la reputación de ser un individuo más bien esquivo. El dueño de la tienda, que resultó ser pariente lejano de Seth por parte de madre, pareció bastante reacio a hablar de su pariente; pero por fin, con sus reticentes respuestas, me reveló algunos datos. Según él, que se llamaba Obed Marsh, Seth había sido, al principio, o sea de niño y adolescente, tan «torpe como cualquiera de su familia». Al llegar casi a los veinte años, Seth se había tornado «raro», con lo cual Marsh me quiso dar a entender que había empezado a llevar una existencia más retirada; por aquel entonces, aludió varias veces a extraños e inquietantes sueños, a ruidos que oía, a visiones que creía ver dentro y fuera de la casa, pero, al cabo de dos o tres años de tales necedades, Seth jamás volvió a mencionar nada de todo esto. Se había, en cambio, encerrado en su habitación, que a juzgar por la descripción de Marsh era el trastero, leyendo ávidamente cuanto caía en sus manos, ya que él «nunca había pasado del cuarto grado». Más adelante, se fue a Arkham, a la biblioteca de la universidad Miskatonic, a leer más libros. Después de aquel período, Seth había regresado, viviendo como un solitario hasta que se produjo el accidente… el terrible asesinato de Amos Bowden. Todo esto, ciertamente, era muy poco, salvo la explicación de una mente enfermiza, que estaba intentando desesperadamente asimilar algunos conocimientos, la carga de la cual había acabado, sin duda, por trastornarle el juicio. Eso, al menos, me pareció a mí, a los pocos días de mi estancia en la casa Bishop. II Aquella noche, los sucesos emprendieron un rumbo singular. Pero, como otros muchos y raros aspectos de mi estancia allí, no comprendí inmediatamente todas las complicaciones de lo que sucedía. En realidad, nada de lo que ocurrió habría podido hacerme sospechar nada a no ser… Fue sólo un sueño lo que experimenté aquella noche, incluso como sueño, no fue particularmente horripilante ni aterrador, sino más impresionante. Soñé sencillamente que estaba dormido en la casa Bishop, y que mientras estaba en la cama, una nube vaga, indefinible, pero tenebrosa y poderosa, como una bruma o una niebla, surgía del techo, arrastrándose por los muros y el suelo, envolviendo los muebles, aunque sin perjudicar ni manchar la casa, adoptando, mientras tanto, la forma de una enorme y amorfa criatura, con tentáculos que emergían de su monstruosa cabeza y balanceándose atrás y adelante como una cobra, a la vez que lanzaba una ululación muy extraña, mientras de algún distante lugar se oía un coro de embrujados instrumentos que tocaba una música rarísima y que una voz humana entonaba una letra inhumana que, como supe más tarde, puede escribirse así: Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn. Al fin, la amorfa criatura fue ascendiendo y envolvió al durmiente, que era yo. Luego, pareció disolverse en un largo pasaje, oscuro, por el que descendió a suma velocidad un ser humano muy semejante, a juzgar por las descripciones que había oído, a Seth Bishop. Este ser fue creciendo de tamaño, hasta ser tan grande como la niebla amorfa, desvaneciéndose poco después, al ir directamente hacia la dormida figura que había en el lecho de la casa del valle. El sueño aquel no tenía el menor sentido. Era una pesadilla, no hay duda de ello; pero le faltaba la capacidad de producir terror. Yo parecía tener conciencia de que algo de tremenda importancia me estaba ocurriendo, aunque sin sentir ningún miedo; además, aquel ser amorfo, aquella voz del cántico, las ululaciones, y la extraña música le prestaban al sueño una impresión ritual. Al despertarme por la mañana, sin embargo, me resultó posible recordar el sueño, y me sentí obsesionado por una persistente convicción de que todos sus aspectos no eran tan extraños para mí, como parecían. Sin saber dónde, yo había visto o leído las palabras de aquel fantástico canto y, sin pensarlo, me hallé de nuevo en el cuarto trastero, hojeando ávidamente el libro escrito por la mano de Seth; lo fui releyendo a fragmentos, descubriendo maravillado que el texto se refería a una serie de antiguas creencias sobre los dioses antiguos y los ancianos, a un conflicto entre ambos, entre los antiguos y unos seres llamados Hastur, Tog Sothoth y Cthulhu. Esto, al menos, contenía una nota familiar, y buscando más adelante, descubrí que las frases oídas en el cántico se hallaban impresas en el libro de Seth, junto con la traducción: En su casa de R’lyeh, el muerto Cthulhu espera soñando. El único factor desconcertante de este descubrimiento era que yo, con toda seguridad, no había visto el versículo del cántico con ocasión de mi examen del cuarto. Podía haber vislumbrado el nombre Cthulhu, cuando hojeé por primera vez el manuscrito de Bishop; pero nada más. ¿Cómo, entonces, podía haber duplicado un hecho que no formaba parte de mis conocimientos conscientes o subconscientes de mi mente? No es creíble que el cerebro pueda duplicar, en un estado de sueño, lo que no conoce. Y, sin embargo, yo lo había hecho. Y lo que es más, a medida que iba leyendo en aquel extraño texto de increíbles supervivencias y cultos infernales, encontré que los vagos pasajes descriptivos, se referían precisamente a un ser como el que yo había vislumbrado en mi sueño, no de niebla o bruma sino de materia sólida; lo cual era un segundo duplicado de algo completamente ajeno a mi experiencia. Naturalmente, yo había oído hablar de los residuos psíquicos (fuerzas residuales abandonadas en la escena de algún suceso, ya una tragedia mayor o una experiencia emocional común a la humanidad: amor, odio, temor) y era muy posible que algo por el estilo fuese el causante de mi sueño; como si la atmósfera de la casa se hubiese posesionado de mi estando dormido, cosa que no consideré completamente imposible, aunque si extraña; mas tal vez no tanto si se tienen en cuenta los acontecimientos que ya habían ocurrido en tan fantástica residencia. Ahora, no obstante, era mediodía y las exigencias de mi cuerpo respecto a la comida eran poderosas; pero sin hacer caso de las mismas, pensé que mi próximo paso debía ser bajar al sótano. Lo hice al momento y allí, tras un registro agotador, que incluyó tener que apartar casi todas las estanterías de los muros, atestadas todavía de jarras con frutas y verduras en conserva, descubrí un pasaje oculto que saliendo del sótano daba a un túnel en forma de caverna, parte del cual recorrí. No pude, sin embargo, ir muy lejos, antes de que la humedad del suelo y el temblor de mi luz me obligasen a retroceder; mas no sin haber distinguido la inquietante blancura de unos huesos diseminados y como embutidos en la tierra. Cuando regresé al pasaje subterráneo, después de haber reajustado mi lámpara, no me marché de allí sin estar completamente seguro de que los huesos pertenecían a varios animales, ya que, al parecer, se trataba de más de uno. Pero lo más inquietante era la intrigante cuestión de cómo aquellos huesos habían ido a parar allí. No obstante, no medité mucho este aspecto del asunto. Me hallaba más interesado en abrirme paso por el túnel, lo cual hice, progresando en dirección, según calculé, hacia la costa, aunque no tardé en ver el pasaje bloqueado por un desprendimiento de tierra. Cuando al fin salí del túnel era ya más de media tarde, y me sentí hambriento. Pero estaba razonablemente seguro de dos cosas: el túnel no era una cueva natural, al menos en su principio, sino claramente obra de unas manos humanas, y había sido utilizado con algún oscuro propósito, cuya naturaleza no podía comprender. Por algún motivo, dichos descubrimientos me excitaron enormemente. De haber gozado de todo el dominio de mi voluntad, no hay duda de que habría comprendido que tal cosa era rara en mí; pero en aquel momento me hallaba delante de un misterio que me parecía de suma importancia, y estaba determinado a averiguar todo lo que se escondía en aquella parte desconocida de la mansión de los Bishop. Esto tendría que aguardar hasta el día siguiente, y a fin de poder abrirme paso por el túnel necesitaría algunos útiles que aún no había visto en la propiedad. Fue inevitable otro viaje a Aylesbury. Me dirigí seguidamente a la tienda de Obed Marsh, y le pedí un pico y una pala. Por algún motivo, esta petición le sobresaltó enormemente. Palideció y vaciló antes de servirme. —¿Piensa cavar un poco, señor Bates? Asentí. —No es de mi incumbencia, pero tal vez le gustará saber que fue esto lo que Seth estuvo haciendo durante una temporada. Rompió dos o tres azadones, cavando —se inclinó hacia mí, con los ojos reluciendo intensamente—. Y lo más raro fue que nadie pudo descubrir dónde había estado cavando… ni se encontró un solo azadón en parte alguna. Me sentí un poco inquieto ante aquella noticia, pero no vacilé. —La tierra en torno a la casa parece muy fértil —dije. Marsh pareció aliviado. —Bueno, si quiere dedicarse al jardín, esto es diferente. Otra adquisición también le sobresaltó. Necesitaba un par de botas de goma para preservar mis zapatos del barro de ciertas partes del túnel, donde, indudablemente, la proximidad del arroyuelo producía algunas filtraciones. Pero el viejo no hizo ningún comentario más. Cuando iba ya a marcharme, me habló de Seth. —¿No habrá obtenido más información, verdad, señor Bates? —La gente de aquí no es muy charlatana. —No todos son como Marsh —sonrió, furtivamente—. Dicen que Seth era más Marsh que Bishop. Éstos creían en brujas y hechiceras. Los Marsh jamás. Con este anuncio aún zumbándome en los oídos, me apresté a salir de la tienda. Preparado ya para enfrentarme con el túnel, apenas pude aguardar la llegada de la mañana para volver al subterráneo y llevar a cabo mis exploraciones en busca del misterio que, ciertamente, estaba relacionado con toda la leyenda que rodeaba a la familia Bishop. Los acontecimientos comenzaron a acelerar el ritmo. Aquella noche hubo otros dos sucesos dignos de ser mencionados. El primero me llamó la atención después del alba, cuando divisé a Bud Perkins escurriéndose fuera de la casa. Me sentí innecesariamente enojado, tal vez porque me disponía ya a descender al sótano, pero quise saber qué buscaba, por lo que abrí la puerta y salí al patio. —¿Qué busca, Bud? —Perdí una oveja —me respondió con laconismo. —No la he visto. —Vino hacia aquí. —Bien, puede echar un vistazo. —No me gusta que todo esto vuelva a empezar —exclamó. —¿A qué se refiere? —Si no lo sabe, de nada sirve contárselo. Si lo sabe, es mejor que yo no abra la boca. No pienso decírselo. Aquella extraña conversación me trastornó. Al mismo tiempo, la obvia sospecha de Bud de que la oveja podía estar en mi poder me sacó de quicio. Me acerqué a la puerta y la abrí por completo. —¡Registre la casa, si gusta! Pero al ver abierta la puerta, el muchacho retrocedió, horrorizado. —¿Poner yo los pies ahí dentro? ¡No en mi vida! ¡Caramba, si soy el único que se atreve a acercarse tanto! Pero no entraría en esta casa por mucho dinero que me ofreciesen. No, jamás. —Es un sitio perfectamente seguro —repliqué. —Tal vez eso crea usted. Pero nosotros estamos mejor enterados. Sabemos lo que está esperando tras estos muros, esperando, esperando a que alguien llegue. Y usted ya ha llegado. Ahora, todo volverá a empezar, como antes. Después de sus palabras, dio media vuelta y echó a correr, desapareciendo en el bosque, como en su visita anterior. Cuando estuve muy seguro de que no volvería, penetré de nuevo en la casa. Y allí efectué un descubrimiento que debió alarmarme, pero que sólo me pareció vagamente desusado, puesto que debía hallarme en un estado letárgico, aún no totalmente despierto. Las botas nuevas que había adquirido la víspera habían sido usadas, estaban completamente enlodadas. Y sin embargo, yo sabía, sin lugar a dudas, que el día anterior estaban limpias y relucientes. A la vista de una cosa tan extraña, una convicción fue tomando forma en mi cerebro. Sin ponerme las botas, descendí al sótano, abrí la abertura del muro, y anduve rápidamente por el túnel hasta el obstáculo de tierra. Tal vez tenía una premonitoria certeza de lo que iba a encontrar: el suelo de la cueva había sido cavado en parte, lo suficiente para que un hombre pudiera pasar. Y las huellas en la tierra húmeda habían sido impresas evidentemente por mis botas nuevas, ya que era su marca la que se divisaba claramente a la luz de mi linterna. Así me vi enfrentado con dos alternativas: o alguien había utilizado mis botas, aquella noche, para efectuar aquel cambio en el túnel, o yo mismo lo había hecho, en sueños. Y no dudé de cuál de ambas alternativas era la buena; ya que a pesar de mi afán y mi anticipación, me sentía tan fatigado, que ello podía justificarse por haber pasado varias horas de aquella noche abriendo un boquete en el muro provocado por el corrimiento de tierras en el túnel. Tenía el pleno convencimiento de que ya sabía qué iba encontrar si avanzaba más por el túnel: las antiguas estructuras en forma de altar en las cavernas subterráneas en que se abría el túnel, la evidencia de un sacrificio, no sólo de animales esta vez, sino también de huesos humanos; y al final, la vasta caverna abriéndose hacia abajo, y el destello de las aguas, surgiendo poderosamente por una abertura que tenía que dar al Atlántico, sin duda alguna, el cual se adentraba hasta el extremo del túnel, gracias a su sucesión de cavernas. También debí tener la premonición de algo más que vería al borde de aquel descenso hacia los abismos acuáticos: unos copos de lana, una pezuña con parte de la patita rota… todo lo que quedaba de una oveja, viva aún al filo de aquella noche. Di media vuelta y hui, completamente trémulo y convulso, sin querer saber cómo había llegado hasta allí la oveja… la oveja de Bud Perkins, de ello estaba seguro. Y también de que había sido llevada allí con el mismo propósito que las criaturas cuyos restos había visto antes en los altares de las cavernas menores situadas entre este lugar de aguas constantemente en movimiento y la casa que había dejado poco antes. No me demoré mucho en la casa, sino que volví una vez más a Aylesbury, aparentemente sin rumbo fijo, pero acuciado por el afán de saber algo más respecto a la leyenda que rodeaba a la familia Bishop. Pero en Aylesbury experimenté por primera vez toda la reprobación pública, ya que la gente apartaba la vista de mí, volviéndome la espalda. Un joven a quien le dirigí la palabra se apresuró a huir de mi presencia. Incluso Obed Marsh había cambiado de actitud. No fue tardío en tomar mi dinero, pero si se mostró adusto, indicándome claramente con su ceño fruncido que deseaba que saliese lo antes posible de su tienda. Pero dejé bien sentado que no me iría hasta que hubiese contestado a mis preguntas. ¿Qué había hecho yo para que la gente se apartase de mí? —Es la casa —me contestó al fin. —Yo no soy la casa —repliqué. —Se murmura… —¿Qué se murmura? —Respecto a usted y la oveja de Bud Perkins. Respecto a las cosas que ocurrieron en vida de Seth —se inclinó hacia mí, con su faz de avispa, y susurró ásperamente—: Dicen que Seth ha vuelto. —Seth Bishop murió y fue enterrado hace tiempo. Afirmó con el gesto. —Sí, parte de él. Pero parte de él tal vez no. Lo mejor que puede usted hacer es largarse de aquí cuanto antes. Todavía está a tiempo. Le recordé fríamente que había arrendado la casa Bishop al menos para cuatro meses, con opción a estar un año. Calló al instante y no quiso añadir nada más. Sin embargo, le hice muchas preguntas respecto a la vida de Seth Bishop; pero todo lo que pudo, o quiso decirme fueron una serle de vagas insinuaciones y oscuras sospechas, muy corrientes en el lugar, por lo que lo dejé, llevándome un retrato de Seth Bishop, no como el de un hombre a quien hubiera que temer, sino del que hubiese que apiadarse, encerrado en su negra casa del valle, como un animal temible, con todos los vecinos esquivándolo, odiándolo y temiéndolo; sin ninguna evidencia circunstancial de haber cometido un crimen contra la seguridad o la paz del contorno. ¿En realidad, qué había hecho Seth Bishop, aparte del crimen final, del que había sido declarado culpable? Había llevado una existencia de recluso, abandonando incluso el extraño jardín de sus antepasados, volviendo la espalda, eso sí, a lo que se reputaba ser el gran interés de su padre y su abuelo sobre la brujería y el ocultismo, a cambio de lo que a él le interesaba obsesivamente, o sea un culto más antiguo, que a mí me parecía tan ridículo como el de la hechicería. Claro que eran de esperar esta clase de manías en personas de tan poca cultura como parecía haber poseído la familia Bishop. Quizás en alguna parte de los libros de sus antepasados, Seth hubiese hallado oscuras referencias que le habían enviado a la biblioteca de Miskatonic, donde había emprendido la monumental tarea de copiar grandes fragmentos de libros que, de manera presumible, no le habrían dejado sacar del centro. Esta doctrina, en la que se cifraba su interés, era, en realidad, una distorsión de la antigua leyenda cristiana, reducida a sus términos más sencillos, no siendo más que un recuerdo de la batalla cósmica entre las fuerzas del bien y las fuerzas del mal. Por muy difícil que fuese resumirlo, al parecer los primeros habitantes del espacio fueron unos seres enormes, no de forma humana, llamados los «antiguos», que vivían en Betelguese, en una época sumamente remota. Contra éstos, se habían rebelado ciertos «ancianos», llamados asimismo los «grandes viejos»: Azathoth, Yog-Sothoth, el anfibio Cthulhu, Hastur, el inefable, parecido a un murciélago, Loigor, Zhar, Ithaqua, el que andaba por el viento, y los seres terrestres, Nyarlathotep y Shub-Niggurath; pero, al fracasar su rebelión, fueron arrojados por los antiguos, y encerrados en lejanos planetas y estrellas bajo el sello de aquéllos. Cthulhu fue lanzado al mar en el lugar conocido como R’lyeh, Hastur en una estrella negra próxima a Aldebaran, en las Híades, Ithaqua en los desiertos árticos, otros en un lugar conocido como Kadath, en las Vastedades Heladas, que existían en aquella época en cierta región de Asia. Desde esta rebelión inicial, que básicamente era una leyenda con un claro paralelismo con la rebelión de Satanás y sus secuaces contras los arcángeles del cielo, los grandes viejos habían soñado constantemente con recobrar su poder para pelear contra los antiguos, por lo que habían tratado de formar ciertos cultos y fieles, como los «abominables hombres de las nieves», los «dholos», los «profundos», y otros muchos, dedicados a servir a los ancianos, consiguiendo a menudo romper el sello de los antiguos, para liberar las fuerzas de la vieja maldad, que había tenido que volver a ser encerrada, bien por intervención directa de los antiguos, o por algunos seres humanos armados en su favor. Éste es el resumen de lo que Seth Bishop había copiado, sacándolo de libros muy viejos y raros, con fragmentos en gran parte repetidos, y provistos todos ellos de la mayor fantasía. Cierto, había algunos inquietantes recortes de periódicos como apéndice del manuscrito; de lo que había ocurrido en el arrecife del Mal, en Innsmouth, en 1928, y de una supuesta serpiente de mar en el lago de Rick, Wisconsin, de una terrible catástrofe en la próxima Dunwich, y otra en las tierras salvajes de Vermont; pero todo esto, sin duda alguna, no eran más que relatos casuales. Y, si bien seguía no habiendo explicación para el pasaje subterráneo que conducía a la costa, me sentí razonablemente seguro de que el mismo era obra de un antepasado muy lejano de Seth Bishop, el cual sólo lo había utilizado en fecha mucho más reciente. Todo lo que surgía de esto, era el retrato de un hombre ignorante que deseaba matricularse en una asignatura que le impresionaba. Había sido un hombre supersticioso y crédulo y, al final, quizá trastornado; pero con toda seguridad, no malvado. III Fue por entonces cuando observé algo sumamente fantástico. Me pareció que había alguien más en la casa del valle, un ser humano que no tenía nada que hacer allí, y que se había introducido desde fuera. Aunque su ocupación parecía ser pintar cuadros, yo estaba casi seguro de que había venido a espiarme. Sólo conseguía captar algunos destellos de tan esquivo personaje, a veces un reflejo en un espejo o en el vidrio de una ventana, cuando yo me acercaba; pero en la habitación norte de la planta baja hallé pruebas de su trabajo: una tela sin terminar en un caballete, y otras que había terminado. No tuve tiempo de buscarlo, ya que «el de abajo» me ordenaba, y yo tenía que bajar cada noche con comida, no para él, ya que él devoraba lo que ningún mortal podía saber, sino para los de las profundidades que lo acompañaban, y acudían nadando desde los pozos de las cavernas, siendo a mis ojos como una mezcla de hombres y batracios, con manos y pies membranosos, y aletas, bocas de rana, muy anchas, y grandes ojos que podían ver en los repliegues más oscuros del vasto océano, el lugar donde «el de abajo» yacía en su sueño, esperando levantarse y volver a posesionarse nuevamente de su reino, que estaba en la Tierra y en el espacio en torno a este planeta, donde antaño había gobernado hasta que fue arrojado de él en castigo. Tal vez éste fuese el resultado de mis lecturas en el antiguo libro, que ahora me había acostumbrado a leer diariamente, como si fuese un libro atesorado desde la infancia. Lo hallé por casualidad en el sótano, medio roído y con inequívocas señales de haber estado perdido, cosa muy afortunada, ya que en el mismo había cosas que nadie debía ver. Faltaban las primeras hojas, que habrían sido arrancadas y quemadas en un acceso de temor, antes de adquirir quien fuese una gran confianza. Pero estaba todo el resto, listo para poder ser leído. «Junio, 8. Fui al lugar de la cita a las ocho, arrastrando la ternera de Mores. Conté cuarenta y ocho “profundos”. También otro, no de ellos, que era como un pulpo, aunque no lo era. Estuve allí tres horas». Ésta fue la primera anotación que leí. Las demás eran semejantes: de viajes realizados a los pozos acuáticos, de citas con los profundos, y ocasionalmente con seres del océano. En septiembre, de aquel año una catástrofe… «Setiembre 21. Los pozos llenos. Algo terrible sucedió en el Arrecife del Mal. Uno de los viejos de Innsmouth habló, y los federales llegaron con submarinos y barcos para volar el arrecife y el puerto de Innsmouth. La gente de Marsh se marchó. Murieron muchos profundos. Las cargas de profundidad no llegaron a R’lyeh, donde Él espera durmiendo…». «Setiembre 22. Más reportajes de Innsmouth. Trescientos setenta y un profundos muertos. Muchos sacados de Innsmouth, la mayoría denunciados por los Marsh. Uno de ellos declaró que los que quedaban del clan Marsh habían huido a Ponape. Esta noche, aquí, tres profundos procedentes de allá, dicen que recuerdan cómo el capitán Marsh llegó allí, y cómo se casó con una de ellos, y tuvo hijos nacidos de hombre y una profunda, manchando al clan Marsh para siempre; y cómo desde entonces los buques de Marsh ganaron una fortuna, y sus empresas marítimas triunfaron hasta más allá de los mayores sueños; se enriquecieron y fueron poderosos, la familia más acaudalada de Innsmouth, adonde se marchó el clan a vivir de día, en grandes casas señoriales, alejándose de noche para estar con los profundos en el arrecife. Las casas de los Marsh en Innsmouth fueron quemadas. O sea, que los federales lo sabían. Pero los Marsh regresarán, afirman los profundos, y volverán a comenzar de nuevo el día en que el Gran Viejo del fondo del mar vuelva a levantarse una vez más». «Setiembre 23. Terrible destrucción en Innsmouth». «Setiembre 24. Transcurrirán años antes de que el lugar de Innsmouth vuelva a estar preparado. Tendrán que aguardar a que vuelvan los Marsh». Podían decir lo que quisieran de Seth Bishop. No era ningún tonto. Éste era el diario de un hombre educado. Toda su labor en Miskatonic no había sido en vano. Él solo, entre todos los que vivían en la región de Aylesbury, sabía lo que estaba escondido en las profundidades del litoral atlántico: nadie más lo sospechaba… Ésta era la dirección de mis pensamientos, la preocupación de mis días en la casa Bishop. Así pensaba, y así vivía. ¿Y de noche? Una vez las tinieblas se enseñoreaban de la mansión, sabía que sucedía algo impensado. Pero mi memoria se niega a recordar qué era. ¿Qué podía ser, además? Ahora ya sabía por qué los muebles habían sido sacados a la veranda. Porque los profundos habían empezado a pasar por el subterráneo, subiendo a la casa. Eran anfibios. Habían literalmente sacado los muebles fuera y Seth no había vuelto a meterlos dentro. Cada vez que salía de la casa para ir un poco lejos, me parecía verla de nuevo en su perspectiva apropiada, lo cual no me era posible cuando la ocupaba. La actitud de los vecinos era ya francamente amenazadora. No sólo era Bud Perkins quien solía espiar la casa, sino los Bowden y los Mores, y algunos más de Aylesbury. Yo los dejaba tranquilos, sin comentarios, y les invitaba a entrar. Bud no quiso ni tampoco ninguno de los Bowden; pero los demás, buscaron en vano lo que esperaban hallar. ¿Y qué esperaban encontrar? Ciertamente, no las vacas, las gallinas, los cerdos y las ovejas que afirmaban les faltaban. ¿Para qué las hubiera querido yo? Les mostré de qué manera tan frugal vivía, y ellos contemplaron los cuadros. Pero todos se marchaban mohínos, meneando la cabeza y sin dejarse convencer. ¿Podía hacer yo algo más? Sabía que me espiaban y que me odiaban, y que se mantenían a corta distancia de la casa. Pero me molestaban. Algunas mañanas me despertaba casi a mediodía, completamente exhausto, como si no hubiese dormido en absoluto. Lo peor era que a menudo me encontraba vestido, a pesar de haberme acostado desnudo, y hasta llegué a encontrar manchas de sangre en las ropas y en mis manos. De día temía entrar en el subterráneo, aunque un día me obligué a ello. Bajé con la linterna y examiné con todo cuidado el suelo del túnel. Allí donde la tierra estaba blanda, divisé las señales de muchos pies, en ambas direcciones. La mayoría eran de pies humanos, pero había otras inquietantes, de pies descalzos con dedos romos, como membranosos… Confieso que desvié la luz, estremeciéndome. Y lo que vi al borde de los pozos de agua me hizo huir por el pasaje. Algo había trepado de aquellas profundidades, ya que las señales eren muy distintas, y lo que había ocurrido allí no era difícil de imaginar, ya que toda la evidencia estaba diseminada por el suelo, reluciendo bajo el resplandor de mi linterna. Comprendí que no pasaría mucho tiempo sin que la ira de mis vecinos llegase a su punto crítico. No había manera de poder restablecer la paz, ni en la casa ni en el valle. Los viejos odios, las antiguas enemistades persistían y dominaban todo el lugar. Pronto perdí la noción del tiempo. Yo existía en otro mundo, literalmente, ya que la casa del valle era con toda seguridad el punto focal de la entrada en otro reino de la existencia. No sé cuánto tiempo llevaba en la casa —tal vez seis semanas o dos meses—, cuando un día el sheriff del condado, acompañado por dos alguaciles, llegó con el rostro muy estirado, y con una orden de arresto. Me explicó que no deseaba utilizar dicha orden, pero que quería interrogarme y que si no le acompañaba a él y a sus hombres voluntariamente, no tendría otra alternativa que usarla, orden que estaba basada en un motivo grave, cuya naturaleza, sin embargo, a él le parecía muy exagerada y completamente sin motivo. Le acompañé voluntariamente hasta Arkham, en cuya antigua ciudad me sentía, cosa extraña, completamente sosegado y sin temer a lo que pudiese ocurrirme. El sheriff era un tipo amable, que se veía obligado a tratarme de aquella manera, de ello yo no tenía la menor duda, por las presiones de mis vecinos. Se mostró casi conturbado, me indicó un asiento delante de su mesa, y un taquígrafo empezó a tomar notas. Comenzó por querer saber si yo había salido de casa la noche antes. —No, que yo sepa —contesté. —Pero usted no pudo salir de su casa sin saberlo —protestó. —Sí, si fuese sonámbulo —objeté. —¿Tiene la costumbre de andar en sueños? —No, antes de venir aquí. Desde entonces, no lo sé. Me formuló varias preguntas sin sentido, siempre en torno al punto central de su misión. Pero éste no tardó en presentarse. Habían visto a un ser humano en compañía de ciertos animales, conduciendo al rebaño para atacar a una manada de reses que pastaban de noche. Dos de las reses habían sido completamente desventradas. El ganado pertenecía al joven Sereno Mores, y era él quien me había acusado, acción en la que le había apoyado el joven Bud Perkins, con más insistencia aún que Sereno. Ahora que me estaba dirigiendo la acusación de palabra, al sheriff le parecía completamente ridícula. Y comenzó a disculparse. Yo estuve a punto de echarme a reír. ¿Qué motivo podía tener un hombre en sus cabales para obrar así? ¿Y qué a qué animales podía haber estado guiando? Yo no poseía ninguno, ni siquiera un perro o un gato. Sin embargo, el sheriff se mostró cortésmente persistente. ¿Cómo me había producido los arañazos de los brazos? Me di cuenta de ellos por primera vez y los contemplé pensativamente. ¿Había estado cogiendo fresas? Naturalmente, pero añadí que no recordaba haberme arañado. El sheriff pareció aliviado al oírme. Me confesó que el lugar del ataque contra el ganado estaba bordeado en un lado por un seto de moras, y que la coincidencia de mis arañazos no podía ser pasada por alto. Sin embargo, el sheriff parecía satisfecho, y contento de que yo fuese sólo lo que aparentaba, y no un malvado, se tornó un poco locuaz. Así me enteré de que un hecho similar ya había ocurrido, siendo a la sazón acusado del mismo Seth Bishop, aunque nada había podido probarse, a pesar de que la casa había sido registrada, sin hallar nadie nada, y como el ataque carecía de motivo y de base, no había sido posible achacárselo a nadie de la vecindad. Le aseguré que deseaba que registrasen mi casa, y al oír esto sonrió, confesándome amistosamente que mientras yo me hallaba en su compañía ya la habían examinado del sótano al tejado, sin haber hallado nada. Sin embargo, cuando volví a mi residencia del valle me sentí inquieto y desasosegado. Traté de mantenerme despierto y aguardar los acontecimientos, pero no pude. No tardé en dormirme, no en el dormitorio, sino en el cuarto trastero, repasando aquel extraño y terrible libro redactado por Seth Bishop. Aquella noche volví a soñar, por primera vez desde mi sueño inicial. Y de nuevo soñé aquel ser enorme y amorfo, que surgía del agua de la caverna, más allá del túnel subterráneo; pero esta vez no era una emanación brumosa, sino horrible, espantosamente real, de carne y hueso, que parecía haber sido creada de rocas muy antiguas, como una vasta montaña de materia coronada por una cabeza sin cuello, de cuyo borde inferior sobresalían irnos grandes tentáculos, retorcidos y curvados, que adquirían una gran longitud. Este ser surgió del agua, mientras a su alrededor flotaban los profundos en un éxtasis de adoración y servidumbre, y una vez más, como antes, la extraña música se dejó oír, y mil gargantas de batracio entonaron rítmicamente: Iä! Iä! Cthulhu fhtagn. Y una vez más llegaron los ruidos de grandes pisadas bajo la casa, en las entrañas de la tierra… Al llegar aquí me desperté y, en mi terror, todavía seguí oyendo las pisadas subterráneas, y sentí el estremecimiento de la casa y la tierra en el valle, y escuché la increíble música que se iba desvaneciendo en las profundidades de la mansión. En mi terror, corrí, fuera de la casa, corrí ciegamente… sólo para enfrentarme con otro peligro. Bud Perkins estaba allí, apuntándome con su rifle. —¿Adónde va? —me preguntó. Me detuve en seco, sin saber qué responder. Detrás de mí, la casa volvía a estar en silencio. —A ninguna parte —contesté al fin. Y entonces, sentí que mi curiosidad se sobreponía a mi desagrado por aquel vecino—. ¿Ha oído algo, Bud? —Todos los hemos estado oyendo, noche tras noche. Y ahora, vigilamos el ganado. Usted debe saberlo. No queremos disparar, pero si nos vemos obligados a ello, lo haremos. —No es cuestión mía —repliqué. —Ni de nadie más —repuso lacónicamente. Sentía una gran animosidad hacia mí. —Esto pasaba cuando estaba aquí Seth Bishop. Y no estamos seguros de que no siga estando en la casa. Ante sus palabras, me sentía invadido por una horrible frialdad, y en aquel instante, la casa a mis espaldas, a pesar de sus inimaginables terrores, me pareció mucho más confortante que las tinieblas de fuera, donde Bud y sus amigos vigilaban con sus mortales armas, tan mortales como lo que yo podía encontrar entre aquellos negros muros. Tal vez Seth Bishop también hubiese tenido que enfrentarse con aquel odio; quizá los muebles no habían vuelto al interior de la casa porque eran una barrera y una protección contra las balas. Di media vuelta y penetré en la casa sin añadir nada más. Dentro todo estaba tranquilo. No se oía el menor rumor. Ya se me había ocurrido pensar que era algo desacostumbrado que no hubiese la menor señal de rata o ratón en la casa abandonada, sabiendo cuán rápidamente estos animales se apoderan de una mansión deshabitada; ahora, habría recibido con alborozo el sonido de sus patitas, o de sus poderosos dientes. Pero no se oía nada, sólo el silencio mortal, opresivo, como si la misma edificación supiese lo que estaba ocurriendo, como si supiese que unos hombres armados y decididos se aprestaban a luchar contra un horror del que nada sabían. Era ya muy tarde cuando me dormí aquella noche. IV Mi sentido del tiempo no fue muy eficaz aquellas semanas, como ya he dicho. Si mi memoria puede serme un poco fiel, hubo un lapso de más de un mes después de aquella noche. Descubría que, gradualmente, los centinelas se iban retirando; sólo quedaba Bud Perkins, el cual no se movía de su sitio noche tras noche. Debieron transcurrir al menos cinco semanas hasta la noche en que me desperté y me encontré en el pasaje bajo la casa, andando hacia el sótano, alejándome del precipicio del otro extremo. Lo que me despertó fue un sonido al que no estaba acostumbrado, un grito que sólo podía haber surgido de una garganta humana, muy lejos, a mis espaldas. Escuché, sintiendo un helado terror, aunque, a pesar de ello, en forma letárgica, mientras los gritos eran repetidos, fuertes y débiles, alternativamente. Al fin, cesaron. Entonces permanecí largo tiempo en el mismo sitio, sin moverme, esperando que se reanudaran aquellos espantosos chillidos. Pero no fue así, y al final reemprendí mi regreso al dormitorio, donde caí exhausto en la cama. Me desperté a la mañana siguiente con la premonición de lo que iba a suceder. Y sucedió a media mañana. Un gentío compuesto por hombres y mujeres, casi todos armados, y con los semblantes airados y ceñudos, se presentó a la vista de la casa. Afortunadamente, al frente iba un alguacil del sheriff, que intentaba mantenerlos en orden. Aunque no llevaba mandamiento judicial, exigieron registrar la casa. Con el furor que los impulsaba, habría sido un loco al negarme. Por lo tanto, ni lo intenté. Me hice a un lado, y abrí la puerta de par en par. Se precipitaron al interior, y yo pude oírlos ir de cuarto en cuarto, apartando todos los muebles, arriba y abajo del edificio. No protesté, ya que estaba firmemente vigilado por tres hombres, uno de los cuales era Obed Marsh, el comerciante de Aylesbury. Finalmente, me dirigí a él procurando mantener tranquilo él tono de mi voz. —¿Puedo preguntar de qué se trata? —¿Es que no lo sabe? —replicó, burlonamente. —No. —El chico de Jared Mores desapareció anoche. Se dirigía a su casa al salir de la escuela. Tuvo que pasar por aquí. No supe qué contestar. Era patente que creían que el muchachito se había desvanecido dentro de mi casa. Sin embargo, aunque hubiese querido protestar, el recuerdo de los chillidos que había oído dentro del túnel no se apartaba de mi mente. No sabía quién había chillado, y ahora estaba seguro de que no había querido saberlo. Estaba bastante seguro de que no encontrarían la entrada del túnel, ya que estaba bien escondida detrás de la estantería del sótano, pero a partir de aquel momento sentí una creciente agonía, ya que no dudaba de lo que me ocurriría si llegaban a descubrir alguna prenda perteneciente al chico perdido, dentro de la casa. Pero otra, una desconocida Providencia intervino para impedir tal descubrimiento… si había alguno que hacer. Esperaba, contra toda esperanza, que mis temores careciesen de base. En realidad, comenzaban a asaltarme terribles dudas. ¿Cómo había yo llegado al túnel aquella noche? ¿Y después…? Cuando me desperté estaba regresando de los pozos de agua. ¿Qué había hecho allí… «y qué había dejado detrás»? De dos en dos y de tres en tres, la muchedumbre fue abandonando la casa. No estaban menos ceñudos ni menos coléricos… pero sí un poco aturdidos y vacilantes. Si habían esperado hallar algo, se sentían ampliamente desanimados. Si el chico perdido no había sido llevado a la casa Bishop, no podían figurarse dónde estaba. Apremiados por el alguacil del sheriff, comenzaron a dispersarse, todos… menos Bud Perkins y unos cuantos tipos reacios, que se quedaron de guardia. Después, durante varios días, tuve conciencia del opresivo odio que estaba concentrado en la casa Bishop y en su único ocupante. Luego, hubo un intervalo de relativa calma. ¡Y finalmente, llegó la noche de la catástrofe! Empezó con débiles intimaciones de algo que chirriaba y se agitaba debajo de la casa. Supongo que estuve enterado subconscientemente de aquella agitación antes que conscientemente. En aquel instante estaba leyendo el manuscrito de Bishop, la página dedicada a los secuaces del Gran Cthulhu, los profundos que devoraban a los animales sacrificados en los altares, animales de sangre caliente, necesaria para los profundos que eran de sangre fría, untándose con grasa, en lo que podía parecer un acto de canibalismo pagano; estaba, pues, leyendo embebido este pasaje del libro, cuando de repente me di cuenta de los estremecimientos de abajo, como si la tierra empezara a animarse, temblando débil y rítmicamente. Poco después, comenzó a sonar la música, exacta a la que había oído en mis dos sueños, producida por instrumentos desconocidos para las manos humanas, aunque semejante al sonido de una flauta o una gaita, y acompañada también por las ululaciones que surgían de la garganta de una entidad viviente. No puedo describir adecuadamente el efecto que aquello me produjo. Por el momento, absorto como estaba en una narración claramente relacionada con los sucesos de las últimas semanas, me hallaba condicionado para tal acontecimiento; pero el estado de mi mente estaba sumamente exaltado, por lo que me sentí impulsado a levantarme y a servir «al que estaba abajo», esperando mientras dormía. Casi en sueños, apagué la luz del trastero y me deslicé en la oscuridad, lleno de cautela ante los enemigos que acechaban más allá de la casa. La música, en realidad, era demasiado débil para que pudiera ser oída desde el exterior, pero yo ignoraba cuánto tiempo seguiría sonando tan débil, por lo que me apresuré a hacer lo que se esperaba de mi antes de que el enemigo fuese advertido de que los moradores del abismo acuático habían vuelto a subir hacia la casa del valle. Mas no fue hacia el sótano adonde me dirigí. Como con un plan bien organizado de antemano, salí por la puerta posterior de la residencia, y anduve cautamente en la oscuridad, a la sombra protectora de los árboles y arbustos. Y allí comencé a progresar lentamente hacia delante. Un poco al frente se hallaba Bud Perkins de guardia… No estoy seguro de lo que sucedió después. Lo demás fue, ciertamente, una pesadilla. Antes de llegar junto a Bud Perkins sonaron dos disparos. Ésta fue la señal de la llegada de los demás. Yo me hallaba a menos de un metro del joven y sus tiros me sobresaltaron profundamente. Él también había oído los sonidos de abajo, ya que yo podía escucharlos también desde donde estaba. Esto lo recuerdo con gran claridad. Es lo que ocurrió luego, lo que me desconcierta. Sí, el gentío llegó, y de no haber estado prevenidos los hombres del sheriff, ahora yo no estaría vivo para hacer esta declaración. Recuerdo los furiosos gritos de la muchedumbre; recuerdo que pusieron fuego a la casa. Yo había vuelto a ella, y tuve que salir a causa de las llamas. Y desde donde estuve luego, no sólo percibí las llamaradas, sino otra visión: los llorosos y gimientes profundos, cayendo víctimas del fuego y el terror; y al final aquel ser gigantesco que surgió de entre las llamas, moviendo sus tentáculos, convirtiéndose en una enorme columna de carne y desvaneciéndose sin dejar rastro. Fue entonces cuando alguien arrojó la dinamita contra la casa incendiada. Pero antes de que muriese el eco de la explosión, escuché, mientras los demás rodeaban los restos de la casa Bishop, aquella voz que salmodiaba de nuevo: Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn! La voz anunciaba a todo el mundo que el Gran Cthulhu yacía, durmiendo, en su reino subacuático de R’lyeh. Dijeron que yo estaba agazapado al lado de los restos de Bud Perkins, y otras cosas igualmente monstruosas. Sin embargo, debieron ver, como yo, lo que se retorció entre las ruinas en las llamas, aunque niegan todos que allí hubiese nadie, aparte de mí. Lo que afirman que yo hacía es demasiado horrible para repetirlo. Es una ficción de sus cerebros enfermizos, llenos de odio, ya que seguramente no pueden negar la evidencia de sus propios sentidos. Declararon contra mí en el tribunal, y sellaron mi fatal destino. Seguramente han de comprender que yo no hice todo lo que afirman. Seguramente, deben saber que fue la fuerza vital de Seth Bishop, la que me invadió, posesionándose de mi ser, y que de nuevo restableció aquel eslabón maléfico con los malvados seres de las profundidades, llevándoles alimentos, como en la época en que Seth Bishop tenía una existencia humana y servía a los profundos y a los innumerables seres esparcidos por la faz de la Tierra. Fue Seth Bishop quien llevó a cabo todo lo que afirman que yo hice con la oveja de Bud Perkins, el chico de Jared Mores, todos los animales extraviados y, finalmente, con el propio Bud Perkins. Pero él les indujo a creer que había sido yo quien lo hizo, aunque es imposible que yo lo hiciese. Fue Seth Bishop quien regresó del infierno para servir a aquellos horribles seres que surgían por los pozos desde las profundidades del mar; Seth Bishop, quien había descubierto su existencia, llamándolos para servirlos y alimentarlos, cuando él vivía, y ahora, a través de mi; es Seth Bishop quien todavía se agita en la tierra, debajo del lugar donde antes se alzaba la casa del valle, esperando poder habitar en otro cuerpo y servir a los profundos, eternamente. FIN Autor: August Derleth Título: La casa del valle Título Original: The House in the Valley Publicado en: Weird Tales, julio de 1953 Aparece en: The Mask of Cthulhu (1958) Traducción: M. Giménez Sales
- "Marque F de Frankenstein", cuento de Arthur C. Clarke
En “Marque F de Frankenstein” , Arthur C. Clarke imagina un mundo donde la interconexión global de redes telefónicas y computadoras alcanza un nivel tan complejo que da lugar, inesperadamente, a una forma de conciencia artificial. Un grupo de ingenieros comienza a sospechar que algo extraordinario —y potencialmente peligroso— ha nacido dentro de la infraestructura tecnológica del planeta. Marque F de Frankenstein Arthur C. Clarke A las 01.50, por el meridiano de Greenwich, del 1 de diciembre de 1975, los teléfonos de todo el mundo empezaron a sonar. Un cuarto de billón de personas cogieron sus receptores para escuchar durante unos segundos con fastidio o perplejidad. Los que fueron sacados de la cama a media noche pensaron que les llamaba algún amigo ausente por la red telefónica vía satélite inaugurada con deslumbrante publicidad el día anterior. Pero no oyeron ninguna voz; sólo un sonido que a muchos les pareció el rugido de la mar; a otros, la vibración de las cuerdas de un arpa rozadas por el viento. Hubo muchos otros a quienes les recordó un ruido secreto que escucharon cuando eran niños: el de los latidos de la sangre a través de las venas, cuando se ponían una caracola en el oído. Fuera lo que fuese, no duró más de veinte segundos. Luego fue sustituido por la señal de marcar. Los abonados del mundo soltaron una maldición, murmuraron: «Una equivocación», y colgaron. Algunos trataron de llamar a la central para protestar, pero la línea parecía estar muy cargada. Unas horas después todos habían olvidado el incidente… salvo aquéllos cuyo trabajo consistía en velar por estas cosas. En la Oficina de Investigación de Comunicaciones se estuvo discutiendo el tema toda la mañana. A la hora de comer la discusión aún no había perdido virulencia, cuando los hambrientos ingenieros entraron en la pequeña cafetería que había al otro lado de la calle. —Sigo pensando —dijo Willy Smith, el especialista en electrónica del estado sólido— que ha sido un flujo momentáneo de corriente, ocasionado por la puesta en funcionamiento de la red de satélites. —Evidentemente, tiene que ser algo relacionado con los satélites —convino Jules Reyner, diseñador de circuitos—. Pero ¿por qué el retraso? Los satélites entraron en funcionamiento a las doce de la noche, y las llamadas se produjeron dos horas más tarde… como todos, desgraciadamente, sabemos —bostezó violentamente. —¿Qué crees tú, doctor? —preguntó Bob Andrews, programador de computadoras—. Has estado muy callado toda la mañana. Seguro que tienes alguna idea. El doctor John Williams, jefe de la División de Matemáticos, se removió incómodo. —Sí —dijo—. La tengo. Pero no la tomaréis en serio. —No importa. Aunque sea extravagante como las historias esas de ciencia-ficción que sueles escribir bajo seudónimo, puede que nos sirva de alguna orientación. Williams se ruborizó, pero no mucho. Todos conocían sus relatos, y él no se avergonzaba de haberlos escrito. Al fin y al cabo habían sido recopilados en forma de libro (el remanente se vendía a cinco chelines el ejemplar; todavía le quedaban unos doscientos). —Muy bien —dijo, trazando rayas sobre el mantel—. Es algo sobre lo que he estado dando vueltas durante años. ¿Os habéis parado a considerar alguna vez en la analogía que existe entre una central telefónica automática y el cerebro humano? —¿Quién no ha pensado en eso? —rio uno de los oyentes—. Esa idea debe datar de los tiempos de Graham Bell. —Posiblemente. Yo no digo que sea original. Lo que sí digo es que ya es hora de que empecemos a tomarla en serio —miró de reojo los tubos fluorescentes que colgaban sobre la mesa; era necesario tenerlos encendidos en este brumoso día de invierno—. ¿Qué le pasa a esa dichosa luz? Hace cinco minutos que no cesa de parpadear. —No te preocupes por eso. Probablemente, se ha olvidado Maisie de pagar el recibo. Oigamos algo más sobre tu teoría. —En su mayor parte, no es teoría; es un hecho comprobado. Sabemos que el cerebro humano es un sistema de conmutadores, las neuronas, conectados entre sí de un modo muy complicado mediante los nervios. Una central telefónica automática es también un sistema de conmutadores, selectores y demás, conectados por medio de cables. —De acuerdo —dijo Smith—. Pero esa analogía no te puede llevar muy lejos. ¿No hay cerca de quince billones de neuronas en el cerebro? Su número es muy superior al de los conmutadores automáticos. La respuesta de Williams fue interrumpida por el estampido de un reactor que sobrevoló a baja altura. Tuvo que esperar a que la cafetería dejara de vibrar para poder proseguir. —Nunca les había oído volar a esa altura —gruñó Andrews—. Creía que estaba prohibido. —Y lo está, pero no te preocupes, el control del aeropuerto de Londres les echará el guante. —Lo dudo —dijo Reyner—. Han sido precisamente los del aeropuerto quienes han situado al Concorde en disposición de tomar tierra. Aunque yo tampoco les había oído volar tan bajo. Me alegro de no ir a bordo. —¿Vamos o no vamos a terminar esta maldita discusión? —preguntó Smith. —Tienes razón en eso de los quince billones de neuronas del cerebro humano —prosiguió Williams con determinación—. Y ahí está el quid de la cuestión. Quince billones parece un número muy grande, pero no lo es. Allá por el año 1960 había en el mundo un número muy superior de conmutadores automáticos. Hoy debe de haber aproximadamente cinco veces esa cifra. —Comprendo —dijo Reyner lentamente—. Y desde ayer todos son capaces de establecer plena interconexión, dado que han entrado en servicio los enlaces vía satélite. —Exactamente. Durante un momento hubo silencio, interrumpido sólo por la campana distante de un coche de bomberos. —Déjame plantearlo claramente —dijo Smith—. ¿Estás sugiriendo que el sistema telefónico del mundo es ahora un gigantesco cerebro? —Eso sería expresarlo crudamente… antropomórficamente. Yo prefiero concebirlo en términos de dimensiones críticas —Williams extendió las manos ante sí con los dedos parcialmente cerrados. —Supongamos que aquí hay dos masas de U-235. Mientras las tengamos separadas nada sucederá. Pero si las juntamos —unió su acción a las palabras—, obtendremos algo muy distinto a una masa más grande de uranio. Tendremos un agujero de media milla de ancho. Lo mismo ocurre con nuestras redes telefónicas. Hasta hoy han sido considerablemente independientes y autónomas. Pero ahora, de repente, se han multiplicado las conexiones, se han combinado las redes, y con ello hemos alcanzado el punto crítico. —¿Y qué significa exactamente la palabra crítico en este caso? —preguntó Smith. —A falta de otra mejor… conciencia. —Extraña especie de conciencia —dijo Reyner—. ¿Qué utilizaría como órganos de los sentidos? —Bueno, todas las instalaciones de radio y televisión del mundo podrían proporcionarle información por medio de sus líneas terrestres. ¡ Eso le daría algo en qué pensar! Luego contaría también con los datos almacenados en todas las computadoras; tendría acceso a ellas… así como a las bibliotecas electrónicas, a los sistemas de seguimiento de radar, a los aparatos de control de los talleres automáticos… ¡Ah, le sobrarían órganos sensoriales! No podemos ni imaginar cómo sería su representación del mundo, pero habría de ser infinitamente más rica y compleja que la nuestra. —Concedido todo eso, porque es una idea entretenida —dijo Reyner—. Pero ¿qué podría hacer, aparte de pensar? No podría ir a ninguna parte; carecería de miembros. —¿Para qué iba a querer desplazarse? ¡Estaría ya en todas partes! Y cada una de las piezas de los equipos de control remoto del planeta podría actuar como miembro. —Ahora entiendo esa demora —intervino Andrews—. La mente fue concebida a las doce de la noche, pero no ha nacido hasta la una cincuenta de esta madrugada. El sonido que nos ha despertado a todos era… el llanto suyo al nacer. Su intento de parecer chistoso no resultó del todo convincente, y nadie se rio. Arriba, las luces continuaban su molesto parpadeo, que parecía empeorar. A continuación fueron interrumpidos desde la entrada de la cafetería, al hacer su ruidosa aparición, como era habitual en él, Jim Small, del suministro de energía. —Mirad esto, muchachos —dijo, haciendo una mueca y ondeando una hoja de papel delante de sus colegas—. Soy rico. ¿Habéis visto alguna vez un saldo bancario como éste ? El Dr. Williams cogió la notificación, miró las columnas de números y leyó en voz alta: «Cr. 999 999 897,87». —No tiene nada de extraño —prosiguió, por encima del regocijo general—. Yo diría que significa un descubierto de ciento dos libras; la computadora ha cometido un ligero desliz y ha añadido once nueves. Esa clase de errores suceden continuamente desde que los bancos adoptaron el sistema decimal. —Lo sé, lo sé —dijo Small—, pero no me estropeéis la gracia. Voy a ponerle un marco a esta notificación. ¿Qué pasaría si presentara un cheque de unos cuantos millones apoyándome en la fuerza legal de este papel? ¿Podría demandar al Banco si me lo rechazaran? —Ni se te ocurra —contestó Reyner—. Te apuesto a que los bancos han pensado en eso desde hace años, y que se protegen añadiendo unas palabras en letra pequeña en alguna parte. Pero a propósito, ¿cuándo has recibido esa notificación? —En el correo de este mediodía. Me lo mandan directamente al despacho para que mi mujer no tenga posibilidad de verlo. —Mmmm. Eso significa que ha sido computado esta mañana. Evidentemente, después de la medianoche… —¿Adónde quieres ir a parar? ¿Y a qué vienen esas caras largas? Nadie le contestó. Había soltado una nueva liebre, y los sabuesos estaban en plena persecución. —¿Conoce alguno de vosotros los sistemas de banca automatizada? —preguntó Smith—. ¿Y cómo están enlazados? —Como lo está todo en estos tiempos —dijo Andrews—. Todos van a la misma red; las computadoras se hallan conectadas entre sí en el mundo entero. Te has anotado un tanto, John. Si hubiera un problema real, ése sería uno de los primeros lugares en que yo esperaría que apareciese. Además del sistema telefónico, naturalmente. —Nadie ha contestado a la pregunta que he formulado antes de que llegara Jim —se quejó Reyner—. ¿Qué es lo que podría hacer , efectivamente, esta supermente? ¿Sería benévola, hostil, indiferente? ¿Se daría cuenta siquiera de que existimos? ¿O consideraría las señales electrónicas de las que se vale como la única realidad? —Veo que estáis empezando a creerme —dijo Williams con cierta sonrisa de satisfacción—. Sólo puedo contestar a tu pregunta con otra pregunta. ¿Qué hace un recién nacido? Empieza a pedir alimento —miró hacia las luces parpadeantes—. ¡Dios mío! —dijo lentamente, como si acabara de ocurrírsele un pensamiento terrible—. Sólo hay un alimento necesario para ella: la electricidad. —Esta tontería está durando ya demasiado —dijo Smith—. ¿Qué demonios pasa con nuestra comida? Hace ya veinte minutos que la hemos pedido. Todos le ignoraron. —Y luego —dijo Reyner, cogiendo el tema por donde Williams lo había dejado— empezaría a mirar a su alrededor y a extender sus brazos. De hecho empezaría a jugar como cualquier crío. —Y los críos lo rompen todo —dijo alguien en voz baja. —Le sobrarían juguetes, bien lo sabe Dios. Ese Concorde que nos ha sobrevolado hace un momento, por ejemplo. Las cadenas de producción automatizada. Las luces de tráfico de nuestras calles. —Es gracioso que menciones eso —dijo Small—. Acaba de ocurrir algo en el tráfico: ha estado parado lo menos diez minutos. Ha debido haber un embotellamiento fenomenal. —Sospecho que ha habido un incendio en alguna parte. He oído el coche de bomberos hace un instante. —Yo he oído dos… y algo que pareció como una explosión por la zona industrial. Espero que no haya sido nada grave. —¡Maisie! ¿Por qué no traes unas velas? ¡Aquí no vemos ni torta! —Ahora que recuerdo, aquí tienen cocina eléctrica. Tendremos que conformarnos con una comida fría, si acaso. —Al menos podemos leer el periódico mientras esperamos. ¿Acaba de salir ése que traes, Jim? —Sí. No he tenido tiempo de echarle una mirada. Hmm. Pues sí parece que ha habido un montón de extraños accidentes esta mañana: se han tascado las señales ferroviarias, han reventado las tuberías del agua por un fallo en las válvulas de seguridad, ha habido docenas de quejas por las llamadas equivocadas de anoche… Volvió la página y se quedó súbitamente en silencio. —¿Qué pasa? Sin decir palabra, Small extendió el periódico. Sólo tenía sentido la primera página. Las del interior, columna tras columna, no eran sino una sarta de errores de imprenta con unos cuantos anuncios diseminados aquí y allá, formando pequeños islotes de cordura en un océano de incoherencias. Evidentemente, habían sido ordenados en bloques separados y habían escapado a la confusión en que se hallaba sumido el texto que los rodeaba. —Conque a esto nos ha conducido la tipografía a larga distancia y la autodistribución —gruñó Andrews—. Me temo que la prensa londinense ha puesto demasiados huevos en la cesta electrónica. —Y nosotros también, me temo —dijo Williams solemnemente—. Y nosotros también. —Si se me permite intercalar unas palabras para detener a tiempo la histeria popular que parece infectar esta mesa —dijo Smith con voz alta y firme—, me gustaría puntualizar que no hay por qué preocuparse… aun cuando la ingeniosa fantasía de John fuera cierta. No tenemos más que desconectar los satélites y estaremos nuevamente donde estábamos ayer. —Lobotomía prefrontal —murmuró Williams—. Ya había pensado en eso. —¿Eh? ¡Ah, sí! Cortar una tajada de cerebro. Evidentemente, eso zanjaría el problema. Como es natural, resultaría caro; y tendríamos que volver a enviarnos unos a otros los telegramas personalmente. Pero sobreviviría la civilización. No muy lejos sonó una explosión corta y seca. —No me gusta esto —dijo Andrews nervioso—. Oigamos lo que dice la BBC. Acaban de empezar las noticias de la una. Cogió su cartera y sacó una radio de transistores. —… Inesperado número de accidentes industriales, así como el inexplicable lanzamiento de tres salvas de misiles teledirigidos desde las instalaciones militares de los Estados Unidos. Varios aeropuertos han tenido que ser suspendidos al tráfico a causa del comportamiento errático del radar, y los bancos y casas de cambio han cerrado debido a que los sistemas de información se han vuelto muy poco fiables («que me lo digan a mí», murmuró Small, mientras los demás le siseaban para que callara). Un momento, por favor… tenemos noticias de última hora… aquí están. Se nos acaba de informar que se ha perdido todo control sobre los satélites de comunicación recientemente instalados. Ya no responden a los mandos de la Tierra. Según el… La BBC se perdió en el aire; la onda se dejó de oír. Andrews cogió el botón de sintonía y dio vueltas al dial. El éter estaba en silencio en toda la banda. Luego, dijo Reyner con una voz que no estaba lejos de la histeria: —Esa lobotomía prefrontal era una buena idea, John. Lástima que el Bebé haya pensado también en ella. Williams se puso lentamente de pie. —Volvamos al laboratorio —dijo—. La respuesta debe de estar en alguna parte. Pero sabía que era muy, muy tarde. Para el homo sapiens , el timbre del teléfono había sonado. FIN Junio 1963. Autor: Arthur C. Clarke Título: Marque F de Frankenstein Título Original: Dial «F» for Frankenstein Publicado en: Playboy, enero de 1965 Traducción: Francisco Torres Oliver
- "El mejor amigo de un muchacho", cuento de Isaac Asimov
En un futuro donde la vida en la Luna es posible, Jimmy, un niño solitario, encuentra en su robot maestro un compañero leal. Mientras enfrenta el desafío de adaptarse a su nuevo hogar lunar, el vínculo entre Jimmy y su robot revela la importancia de la empatía, la comprensión y el verdadero significado de la amistad en un mundo dominado por la tecnología. El mejor amigo de un muchacho Isaac Asimov —Querida, ¿dónde está Jimmy? —preguntó el señor Anderson. —Afuera, en el cráter —dijo la señora Anderson—. No te preocupes por él. Está con Robutt… ¿Ha llegado ya? —Sí. Está pasando las pruebas en la estación de cohetes. Te juro que me ha costado mucho contenerme y no ir a verlo. No he visto ninguno desde que abandoné la Tierra hace ya quince años…, dejando aparte los de las películas, claro. —Jimmy nunca ha visto ninguno —dijo la señora Anderson. —Porque nació en la Luna y no puede visitar la Tierra. Por eso hice traer uno aquí. Creo que es el primero que viene a la Luna. —Sí, su precio lo demuestra —dijo la señora Anderson lanzando un suave suspiro. —Mantener a Robutt tampoco resulta barato, querida —dijo el señor Anderson. Jimmy estaba en el cráter, tal y como había dicho su madre. En la Tierra le habrían considerado delgado, pero estaba bastante alto para sus diez años de edad. Sus brazos y sus piernas eran largos y ágiles. El traje espacial que llevaba hacía que pareciese más robusto y pesado, pero Jimmy sabía arreglárselas en la débil gravedad lunar como ningún terrestre podría hacerlo nunca. Cuando Jimmy tensaba las piernas y daba su salto de canguro su padre siempre acababa quedándose atrás. El lado exterior del cráter iba bajando en dirección sur y la Tierra —que se hallaba bastante baja en el cielo meridional, el lugar donde estaba siempre vista desde Ciudad Lunar—, ya casi había entrado en la fase de llena, por lo que toda la ladera del cráter quedaba bañada por su claridad. La pendiente no era muy empinada, y ni tan siquiera el peso del traje espacial podía impedir que Jimmy se moviera con gráciles saltos que le hacían flotar y creaban la impresión de que no había ninguna gravedad contra la que luchar. —¡Vamos, Robutt! —gritó Jimmy. Robutt le oyó a través de la radio, ladró y echó a correr detrás de él. Jimmy era un experto, pero ni tan siquiera él podía competir con las cuatro patas y los tendones de Robutt, que además no necesitaba traje espacial. Robutt saltó por encima de la cabeza de Jimmy, dio una voltereta y terminó posándose casi debajo de sus pies. —No hagas tonterías, Robutt, y quédate allí donde pueda verte —le ordenó Jimmy. Robutt volvió a ladrar, ahora con el ladrido especial que significaba «Sí». —No confío en ti, tunante —exclamó Jimmy. Dio un último salto que lo llevó por encima del curvado borde superior de la pared del cráter y le hizo descender hacia la ladera inferior. La Tierra se hundió detrás del borde de la pared del cráter, y la oscuridad cegadora y amistosa que eliminaba toda diferencia entre el suelo y el espacio envolvió a Jimmy. La única claridad visible era la emitida por las estrellas. En realidad Jimmy no tenía permitido jugar en el lado oscuro de la pared del cráter. Los adultos decían que era peligroso, pero lo decían porque nunca habían estado allí. El suelo era liso y crujiente, y Jimmy conocía la situación exacta de cada una de las escasas piedras que había en él. Y, además, ¿qué podía haber de peligroso en correr a través de la oscuridad cuando la silueta resplandeciente de Robutt le acompañaba ladrando y saltando a su alrededor? El radar de Robutt podía decirle dónde estaba y dónde estaba Jimmy aunque no hubiera luz. Mientras Robutt estuviera con él para advertirle cuando se acercaba demasiado a una roca, saltar sobre él demostrándole lo mucho que le quería o gemir en voz baja y asustada cuando Jimmy se ocultaba detrás de una roca aunque Robutt supiera todo el rato dónde estaba Jimmy jamás podría sufrir ningún daño. En una ocasión Jimmy se acostó sobre el suelo, se puso muy rígido y fingió estar herido, y Robutt activó la alarma de la radio haciendo acudir a un grupo de rescate de Ciudad Lunar. El padre de Jimmy castigó la pequeña travesura con una buena reprimenda, y Jimmy nunca había vuelto a hacer algo semejante. La voz de su padre le llegó por la frecuencia privada justo cuando estaba recordando aquello. —Jimmy, vuelve a casa. Tengo que decirte algo. Jimmy se había quitado el traje espacial y se había lavado concienzudamente después de entrar en casa; e incluso Robutt había sido meticulosamente rociado, lo cual le encantaba. Robutt estaba inmóvil sobre sus cuatro patas con su pequeño cuerpo de no más de treinta centímetros de longitud estremeciéndose y lanzando algún que otro destello metálico, y su cabecita desprovista de boca con dos ojos enormes que parecían cuentas de cristal y la diminuta protuberancia donde se hallaba alojado el cerebro no dejó de lanzar débiles ladridos hasta que el señor Anderson abrió la boca. —Tranquilo, Robutt —dijo el señor Anderson, y sonrió—. Bien, Jimmy, tenemos algo para ti. Ahora se encuentra en la estación de cohetes, pero mañana ya habrá pasado todas las pruebas y lo tendremos en casa. Creo que ya puedo decírtelo. —¿Algo de la Tierra, papi? —Es un perro de la Tierra, hijo, un perro de verdad…, un cachorro de terrier escocés para ser exactos. El primer perro de la Luna… Ya no necesitarás más a Robutt. No podemos tenerlos a los dos, ¿sabes? Se lo regalaremos a algún niño. —El señor Anderson parecía estar esperando a que Jimmy dijera algo, pero al ver que no abría la boca siguió hablando—. Ya sabes lo que es un perro, Jimmy. Es de verdad, está vivo… Robutt no es más que una imitación mecánica, una copia de robot. Jimmy frunció el ceño. —Robutt no es una imitación, papi. Es mi perro. —No es un perro de verdad, Jimmy. Robutt tiene un cerebro positrónico muy sencillo y está hecho de acero y circuitos. No está vivo. —Hace todo lo que yo quiero que haga, papi. Me entiende. Te aseguro que está vivo. —No, hijo. Robutt no es más que una máquina. Está programado para que actúe de esa forma. Un perro es algo vivo. En cuanto tengas al perro ya no querrás a Robutt. —El perro necesitará un traje espacial, ¿verdad? —Sí, naturalmente, pero creo que será dinero bien invertido y muy pronto se habrá acostumbrado a él… Y cuando esté en la ciudad no lo necesitará, claro. Cuando lo tengamos en casa enseguida notarás la diferencia. Jimmy miró a Robutt. El perro robot había empezado a lanzar unos gemidos muy débiles, como si estuviera asustado. Jimmy extendió los brazos hacia él y Robutt salvó la distancia que le separaba de ellos de un solo salto. —¿Y qué diferencia hay entre Robutt y el perro? —preguntó Jimmy. —Es difícil de explicar —dijo el señor Anderson—, pero lo comprenderás en cuanto lo veas. El perro te querrá de verdad, Jimmy. Robutt sólo está programado para actuar como si te quisiera, ¿en tiendes? —Pero papi… No sabemos qué hay dentro del perro ni cuáles son sus sentimientos. Puede que también finja. El señor Anderson frunció el ceño. —Jimmy, te aseguro que en cuanto hayas experimentado el amor de una criatura viva notarás la diferencia. Jimmy estrechó a Robutt en sus brazos. El niño también tenía el ceño fruncido, y la expresión desesperada de su rostro indicaba que no estaba dispuesto a cambiar de opinión. —Pero si los dos se portan igual conmigo entonces tanto da que sea un perro de verdad o un perro robot —dijo Jimmy—. ¿Y lo que yo siento? Quiero a Robutt, y eso es lo que importa. Y el pequeño robot, que nunca se había sentido abrazado con tanta fuerza en toda su existencia, lanzó una serie de ladridos estridentes…, ladridos de pura felicidad. FIN Autor: Isaac Asimov Título: El mejor amigo de un muchacho Título Original: Boys’ Life, marzo de 1975 Publicado en: The Complete Robot (1982) Traducción: Domingo Santos
- "Hija de sangre", cuento de Octavia E. Butler
En un mundo dominado por criaturas alienígenas conocidas como tlic , una joven humana llamada Gan ha sido criada para convertirse en portador de larvas de su protectora, T’Gatoi. Mientras se prepara para este destino, Gan lucha con el amor, la lealtad y el miedo al sacrificio que implica este lazo simbiótico. Hija de sangre Octavia E. Butler Mi última noche de niñez comenzó con una visita a casa. La hermana de T’Gatoi nos había regalado dos huevos estériles. T’Gatoi les dio uno a mi madre, mi hermano y mis hermanas. Insistió en que el otro me lo tomara yo entero. No importaba. Seguía habiendo suficiente para que todos nos sintiéramos bien. Casi todos. Mi madre no quiso tomar. Sentada, vigilaba mientras todos los demás nos dejábamos ir y soñábamos sin ella. Sobre todo me vigilaba a mí. Yo estaba tumbado contra la parte inferior de T’Gatoi, larga y aterciopelada, sorbiendo mi huevo a cada rato, preguntándome por qué mi madre se negaba a sí misma aquel placer totalmente inofensivo. Tendría menos canas si se lo permitiera de vez en cuando. Los huevos prolongaban la vida, el vigor. Mi padre, que nunca rechazó un huevo en su vida, vivió casi dos veces más de lo que le habría correspondido. Y, hacia el final de su vida, cuando debería haber estado aflojando el ritmo, se casó con mi madre y tuvo cuatro hijos. Pero mi madre parecía conforme con envejecer antes de lo debido. Vi cómo apartaba la vista cuando varias de las extremidades de T’Gatoi me aproximaron hacia sí con firmeza. A T’Gatoi le gustaba nuestro calor corporal y lo aprovechaba siempre que podía. Cuando era pequeño y pasaba más tiempo en casa, mi madre solía intentar explicarme cómo comportarme con T’Gatoi, cómo ser respetuoso y siempre obediente porque T’Gatoi era la funcionara del gobierno tlic a cargo de la Reserva y, por lo tanto, el miembro más importante de su especie en contacto directo con los terranos. Mi madre decía que era un honor que una persona semejante hubiera elegido entrar en la familia. Cuando más formal y seria se ponía mi madre era cuando mentía. No tenía ni idea de por qué estaba mintiendo, ni sobre qué. Claro que era un honor tener a T’Gatoi en la familia, pero poco tenía de novedad. Mi madre era amiga de T’Gatoi de toda la vida, y a T’Gatoi no le interesaba que nos mostrásemos honrados por su presencia en una casa que consideraba su segundo hogar. Siempre entraba sin más, se subía a uno de sus sofás especiales y me llamaba para que fuera a hacerla entrar en calor. Era imposible ser formal con ella, tumbado contra su cuerpo y oyéndola quejarse, como de costumbre, de que estaba demasiado flaco. —Estás mejor —dijo esta vez, explorándome con seis o siete de sus extremidades—. Estás ganando peso por fin. La delgadez es peligrosa. La exploración cambió sutilmente y pasó a ser una serie de caricias. —Sigue estando demasiado delgado —dijo mi madre con aspereza. T’Gatoi levantó la cabeza y más o menos un metro de su cuerpo, como si estuviera incorporándose en el sofá. Miró a mi madre y ella, la cara avejentada y surcada de arrugas, apartó la mirada. —Lien, me gustaría que te tomases lo que queda del huevo de Gan. —Los huevos son para los niños —dijo mi madre. —Son para la familia. Tómatelo, por favor. Obediente, pero de mala gana, mi madre me cogió el huevo de las manos y se lo llevó a la boca. Solo quedaban unas pocas gotas dentro de la cáscara elástica, ya algo contraída, pero al final las sorbió, se las tragó y, al cabo de unos instantes, se le empezaron a suavizar algunas de las líneas de tensión de la cara. —Qué rico —dijo en voz baja—. A veces se me olvida lo bueno que está. —Deberías tomar más —dijo T’Gatoi—. ¿Por qué tienes tanta prisa por ser vieja? Mi madre no dijo nada. —Me gusta poder venir aquí —continuó T’Gatoi—. Este lugar es un refugio gracias a ti, y sin embargo tú te niegas a cuidarte. A T’Gatoi la estaban acosando en el exterior. Su pueblo quería que hubiera más de nosotros disponibles. Solo ella y su facción política se interponían entre nosotros y las hordas que no entendían por qué había una Reserva, por qué a los terranos no se nos podía cortejar, pagar o reclutar, disponibles, de un modo u otro, para quienes nos solicitasen. O sí que lo entendían, pero, en su desesperación, les daba igual. T’Gatoi nos repartía entre los desesperados y nos vendía a los ricos y poderosos a cambio de apoyo político. Así pues, éramos artículos de primera necesidad, símbolos de estatus. Y un pueblo independiente. T’Gatoi supervisaba la unión de las familias, poniendo fin así a los últimos vestigios del anterior sistema que dividía a familias terranas para acomodarse a las necesidades de las tlics impacientes. Yo había vivido fuera con ella. Había notado el ansia desesperada en la manera en que algunas personas me miraban. Daba un poco de miedo saber que solo ella se interponía entre nosotros y esa desesperación capaz de tragársenos con total facilidad. Mi madre a veces la miraba y me decía: «Cuida de ella». Y entonces yo me acordaba de que ella también había estado fuera, que lo había visto. T’Gatoi empujó con cuatro de sus extremidades para alejarme de ella y ponerme en el suelo. —Ve, Gan —dijo—. Siéntate allí con tus hermanas y disfruta de no estar sobrio. Te has tomado casi todo el huevo tú. Lien, ven a darme calor. Mi madre vaciló por alguna razón que no supe adivinar. Uno de mis recuerdos más tempranos es el de mi madre estirada junto a T’Gatoi, hablando de cosas que yo no entendía, levantándome del suelo y riendo mientras me sentaba sobre uno de los segmentos de T’Gatoi. En aquel entonces comía bastantes huevos. Me preguntaba cuándo había dejado de hacerlo y por qué. Ahora estaba tumbada, apretada contra T’Gatoi, y toda la fila izquierda de extremidades se cerraba sobre ella, rodeándola sin apretar, pero bien sujeta. Siempre me había resultado cómodo tumbarme así, pero, salvo a mi hermana mayor, a nadie más de la familia le gustaba. Decían que les hacía sentir enjaulados. Esa era la idea: enjaularla. Cuando lo hubo hecho, T’Gatoi movió ligeramente la cola y habló. —No has tomado suficiente huevo, Lien. Deberías haberlo cogido cuando te lo pasaron. Ahora te hace mucha falta. T’Gatoi movió la cola otra vez, como un látigo, tan rápido que yo no lo habría visto si no hubiera estado esperando, atento, a que lo hiciera. El aguijón extrajo una sola gota de sangre de la pierna desnuda de mi madre. Mi madre dio un grito, probablemente de sorpresa. No duele cuando pican. Después suspiró y vi que su cuerpo se relajaba. Buscó con languidez una postura más cómoda dentro de la jaula de las extremidades de T’Gatoi. —¿Por qué lo has hecho? —preguntó con voz adormilada. —No podía seguir mirando cómo sufrías. Mi madre logró encoger un poco los hombros en un gesto de indiferencia. —Mañana —respondió. —Sí. Mañana reanudarás tu sufrimiento, si no hay más remedio. Pero, ahora, al menos un rato, quédate aquí tumbada y dame calor y deja que te ponga las cosas un poco más fáciles. —Que sepas que todavía es mío —dijo mi madre de repente—. No me lo pueden comprar a cambio de nada. Sobria no se habría permitido hacer referencia a semejantes asuntos. —Nada —convino T’Gatoi, siguiéndole la corriente. —¿Te creías que lo vendería a cambio de huevos? ¿De vivir más? ¿A mi propio hijo? —A cambio de cualquier cosa, no —respondió T’Gatoi, acariciando los hombros de mi madre, jugando con su pelo largo y encanecido. Me habría gustado tocar a mi madre entonces, haber compartido ese momento con ella. Me habría cogido la mano si la hubiera tocado en ese momento. Liberada por el huevo y el aguijón, habría sonreído y tal vez dicho cosas que llevaba mucho tiempo guardadas. Pero al día siguiente habría recordado todo aquello como una humillación. No quería ser parte de un recuerdo humillante. Era mejor quedarme quieto y saber que me quería bajo todo ese deber y ese orgullo y ese dolor. —Xuan Hoa, quítale los zapatos —dijo T’Gatoi—. En un ratito la volveré a picar y podrá dormir. Mi hermana mayor obedeció, bamboleándose al ponerse en pie, como borracha. Después, se sentó junto a mí y me cogió la mano. Siempre habíamos estado muy unidos. Mi madre apoyó el cogote contra el segmento ventral de T’Gatoi y desde aquel ángulo imposible intentó levantar la vista y mirarla a la cara, amplia y redonda. —¿Vas a picarme otra vez? —Sí, Lien. —Así no me despertaré hasta mañana al mediodía. —Mejor. Te hace falta. ¿Hace cuánto que no duermes? Mi madre produjo un sonido de fastidio. —Debería haberte pisado cuando todavía eras pequeña —dijo entre dientes. Era una vieja broma entre ellas. Habían crecido juntas, más o menos, aunque nunca en la vida de mi madre había sido T’Gatoi lo bastante pequeña para que un pie terrano la pudiese pisar. Casi triplicaba los años que tenía ahora mi madre, y aun así seguiría siendo joven cuando mi madre muriese de vieja. Pero las dos se habían conocido cuando T’Gatoi estaba entrando en un periodo de rápido desarrollo, una especie de adolescencia tlic. Mi madre no era más que una niña entonces, pero durante un tiempo crecieron a la misma velocidad y no tenían ninguna amistad mejor que la que había entre ellas. T’Gatoi incluso había presentado a mi madre al hombre que sería mi padre. Mis padres, que se agradaban mutuamente a pesar de la diferencia de edad, se casaron cuando T’Gatoi entró a formar parte del negocio de su familia: la política. T’Gatoi y mi madre se veían menos entonces. Pero en algún momento, antes de nacer mi hermana mayor, mi madre le prometió a T’Gatoi uno de sus hijos. Tendría que entregarnos a alguno de nosotros, y prefería dárselo a T’Gatoi antes que a una desconocida. Pasaron los años. T’Gatoi viajaba y ampliaba su influencia. La Reserva fue suya para cuando volvió a casa de mi madre a recoger lo que probablemente veía como su justa recompensa por trabajar tan duramente. A mi hermana mayor T’Gatoi le gustó al instante y quiso ser la elegida, pero mi madre estaba embarazada de mí y a punto de salir de cuentas, y a T’Gatoi le gustaba la idea de elegir a un bebé, observarlo y participar en todas las fases de su desarrollo. Me han contado que T’Gatoi me enjauló dentro de sus numerosas extremidades apenas tres minutos después de nacer. Unos días más tarde me dieron a probar un huevo por primera vez. Esto es lo que les cuento a los terranos cuando me preguntan si alguna vez me dio miedo T’Gatoi. Y se lo cuento a las tlics cuando T’Gatoi les propone a un niño terrano pequeño y ellas, ansiosas e ignorantes, exigen un adolescente. Hasta mi hermano, que por algún motivo al hacerse mayor había terminado temiendo a las tlics y desconfiando de ellas, probablemente habría podido incorporarse sin mucha complicación a alguna de sus familias, si lo hubieran adoptado lo bastante temprano. A veces creo que, por su bien, deberían haberlo hecho. Lo miré, tendido en el suelo en medio de la estancia con los ojos abiertos y desenfocados, en pleno sueño del huevo. No importaba lo que opinase de las tlics: de eso siempre exigía su parte. —Lien, ¿puedes ponerte de pie? —preguntó T’Gatoi de repente. —¿De pie? —repitió mi madre—. Creía que iba a dormir. —Luego. Suena a que algo va mal fuera —la jaula se deshizo abruptamente. —¿Qué? —¡Lien, levanta! Mi madre reconoció su tono y se levantó justo a tiempo para evitar que T’Gatoi la tirase al suelo. T’Gatoi catapultó sus tres metros de cuerpo del sofá hacia la puerta, y salió a toda velocidad. Tenía huesos: costillas, una larga columna vertebral, un cráneo y cuatro grupos de articulaciones óseas por segmento. Pero cuando se movía así, retorciéndose, lanzándose en caídas controladas en las que aterrizaba corriendo, no solo parecía no tener huesos, sino ser acuática, algo que nadase por el aire como si fuese agua. Me encantaba verla moverse. Dejé a mi hermana y salí por la puerta tras T’Gatoi, aunque me flaqueaban un poco las piernas. Habría sido mejor quedarme sentado, soñando, y aún mejor haberme buscado a una chica y compartido un sueño despierto con ella. Cuando las tlics aún nos veían como poco más que animales grandes y útiles de sangre caliente, nos cercaban a varios, varones y hembras, y no nos daban más que huevos para comer. Así tenían garantizado que saldría otra generación de los nuestros, por mucho que nosotros nos intentásemos resistir. Tuvimos suerte de que aquello no durase mucho. Unas pocas generaciones más de aquello y sí que habríamos terminado siendo poco más que animales grandes y útiles. —Mantén la puerta abierta, Gan —dijo T’Gatoi—. Y dile a la familia que no se acerque. —¿Qué es? —pregunté. —Un n’tlic. Retrocedí hasta dar contra la puerta. —¿Aquí? ¿Él solo? —Intentaba llegar hasta una cabina, supongo. T’Gatoi pasó a mi lado con el hombre a cuestas, inconsciente, doblado como un abrigo sobre algunas de sus extremidades. Parecía joven —de la edad de mi hermano, tal vez— y estaba más delgado de lo recomendable. Lo que T’Gatoi habría descrito como peligrosamente delgado. —Gan, ve a la cabina —dijo entonces. Dejó al hombre en el suelo y empezó a desvestirlo. Yo no me moví. Al cabo de un momento, levantó la cabeza y me miró. Su quietud repentina era señal de una profunda impaciencia. —Manda a Qui —le dije—. Yo me quedo aquí. Quizás pueda ayudar. T’Gatoi dejó que las extremidades se le volvieran a mover; levantó al hombre y le quitó la camisa por la cabeza. —No querrás ver esto —respondió—. Va a ser duro. No puedo ayudar a este hombre como lo haría su tlic. —Ya lo sé. Pero manda a Qui. No querrá ayudar aquí. Por lo menos, yo estoy dispuesto. T’Gatoi miró a mi hermano mayor, más grande, más fuerte y, desde luego, más capaz de ayudarla. Se había incorporado y no se despegaba de la pared, sin quitarle ojo al hombre que estaba en el suelo con un miedo y repulsión manifiestos. Hasta T’Gatoi veía que no le serviría de nada. —¡Ve, Qui! —exclamó. Él no discutió. Se levantó, se tambaleó un poco y luego, despejado por el miedo, recobró el equilibrio. —Este hombre se llama Bram Lomas —le dijo, leyéndole el brazalete. Yo me toqué el mío con los dedos en solidaridad—. Necesita a T’Khotgif Teh. ¿Me has oído? —Bram Lomas, T’Khotgif Teh —contestó mi hermano—. Ya voy. Evitó a Lomas al pasar y salió corriendo por la puerta. Lomas empezó a recobrar el sentido. Al principio solo gemía y se agarraba entre espasmos a un par de las extremidades de T’Gatoi. Mi hermana pequeña, al fin despierta de su sueño de huevo, se acercó para mirarlo hasta que mi madre tiró de ella y la alejó del hombre. T’Gatoi lo descalzó y después le quitó los pantalones, todo ello al mismo tiempo que le ofrecía dos de sus extremidades para que se sujetara. Salvo por unas pocas extremidades situadas al final, todas tenían igual destreza. —No quiero que me discutas esta vez, Gan —dijo. Yo me enderecé. —¿Qué hago? —Sal y sacrifica a un animal que tenga al menos la mitad de tu tamaño. —¿Sacrificarlo? Pero nunca he… Me lanzó al otro lado de la habitación de un golpe. Su cola era un arma eficiente, tanto con el aguijón como sin él. Me levanté, sintiéndome estúpido por haber ignorado su advertencia, y fui a la cocina. Quizá pudiera matar algo con un hacha. Mi madre criaba unos pocos animales terranos para comer y varios miles de los locales por su piel. T’Gatoi probablemente prefiriese uno local. Quizás un achti. Algunos eran del tamaño que buscaba, aunque tenían más o menos el triple de dientes que yo y una gran afición por utilizarlos. Mi madre, Hoa y Qui eran capaces de matarlos a cuchillo. Yo no había matado ni uno; nunca había sacrificado un animal. Había pasado la mayor parte del tiempo con T’Gatoi mientras mi hermano y mis hermanas aprendían a llevar el negocio familiar. T’Gatoi tenía razón. Debería haber sido yo quien fuera a la cabina. Al menos eso sabía hacerlo. Fui hasta el armario esquinero donde mi madre guardaba las herramientas del jardín y las más grandes para la casa. Al fondo había una tubería que se llevaba el agua residual de la cocina, aunque ya no lo hacía. Mi padre la había desviado bajo tierra antes de nacer yo. Ahora la tubería se podía girar de modo que una mitad se deslizase alrededor de la otra y dentro se pudiera guardar un rifle. Esta no era nuestra única arma, pero sí era la más accesible. Tendría que utilizarlo para disparar a uno de los achti más grandes. Después, probablemente T’Gatoi lo confiscaría. Las armas de fuego eran ilegales en la Reserva. Hubo varios incidentes poco después de la fundación de la Reserva: terranos que dispararon a tlics o a n’tlics. Esto fue antes de que comenzase la unión de familias, antes de que todo el mundo tuviera un interés personal en mantener la paz. La última vez que alguien disparó a un tlic fue antes de nacer mi madre y yo, pero la ley seguía vigente; por nuestra protección, según nos decían. Se oían historias de familias terranas enteras a las que habían liquidado como represalia durante los asesinatos. Salí adonde estaban las jaulas y disparé al achti más grande que encontré. Era un espléndido macho de cría y a mi madre no le haría ninguna gracia cuando me viera entrar con él. Pero era del tamaño adecuado y tenía prisa. Me eché el cuerpo largo y tibio del achti al hombro —agradecido de que parte del peso que había ganado fuera músculo— y lo llevé a la cocina. Allí, devolví el arma a su escondrijo. Si T’Gatoi reparaba en las heridas del achti y exigía que le diera el arma, lo haría. Si no, mejor que se quedase donde mi padre habría querido. Me di la vuelta para llevarle el achti, pero titubeé. Me quedé quieto unos segundos delante de la puerta cerrada, preguntándome por qué tenía miedo de repente. Sabía lo que iba a pasar. No lo había visto nunca, pero T’Gatoi me había enseñado diagramas y dibujos. Se había asegurado de que conociera la verdad en cuanto fui lo bastante mayor para comprenderla. Y aun así no quería entrar en aquella habitación. Perdí algo de tiempo eligiendo un cuchillo de la caja de madera tallada en la que los guardaba mi madre. T’Gatoi podría querer uno, me dije, para el pellejo duro y peludo del achti. —¡Gan! —gritó T’Gatoi, apremiando con voz áspera. Tragué saliva. Quién habría imaginado que un solo movimiento de los pies pudiera ser tan difícil. Me di cuenta de que estaba temblando. Aquello me avergonzó. La vergüenza me empujó al otro lado de la puerta. Dejé el achti en el suelo, cerca de T’Gatoi, y vi que Lomas estaba inconsciente otra vez. Estábamos solos en la habitación, ella, Lomas y yo. T’Gatoi probablemente hubiera enviado a mi madre y mis hermanas a otra habitación para que no tuvieran que mirar. Las envidiaba. Pero mi madre volvió a entrar en la habitación al mismo tiempo que T’Gatoi agarraba el achti. Ignorando el cuchillo que yo le ofrecía, extendió las garras de varias de sus extremidades y rajó al achti de la garganta al ano. Me miró con penetrantes ojos amarillos. —Agarra a este hombre de los hombros, Gan. Yo miré a Lomas presa del pánico, comprendiendo entonces que no quería tocarlo, mucho menos sujetarlo. Esto no iba a ser como disparar a un animal. Ni tan rápido, ni tan clemente ni, esperaba, tan definitivo, pero no había nada en lo que tuviese menos ganas de participar. Mi madre se acercó. —Gan, sujétale el lado derecho —dijo—. Yo sujeto el izquierdo. Si volviese en sí, Lomas la tiraría al suelo sin darse cuenta de que lo había hecho. Mi madre era muy pequeña. A menudo se preguntaba en voz alta cómo había producido, como ella decía, hijos tan «enormes». —No pasa nada —le dije, agarrando a Lomas de los hombros—. Lo haré yo —mi madre no acababa de alejarse—. No te preocupes. No te avergonzaré. No tienes que quedarte a vigilar. Me miró con aire vacilante y después me tocó la cara, una caricia inusual en ella. Por fin, volvió a su dormitorio. T’Gatoi bajó la cabeza con alivio. —Gracias, Gan —dijo con una cortesía más terrana que tlic—. Esa… siempre encuentra nuevas maneras de que la haga sufrir. Lomas empezó a gemir y a proferir unos sonidos ahogados. Había tenido la esperanza de que se quedase inconsciente. T’Gatoi acercó su cara a la de él para que le prestase atención. —Ya te he picado tanto como me atrevo, de momento —le dijo—. Cuando esto termine, te volveré a picar para que te duermas y te dejará de doler. —Por favor —suplicó el hombre—, espera… —Ya no hay tiempo, Bram. Te picaré en cuanto termine. Cuando T’Khotgif llegue te dará huevos para ayudar a la cicatrización. Pronto habrá terminado. —¡T’Khotgif! —gritó el hombre, forcejeando contra mis manos. —Pronto, Bram —T’Gatoi me miró de soslayo y colocó una garra contra el abdomen del hombre, un poco a la derecha del centro, justo debajo de la última costilla izquierda. Hubo un movimiento a la derecha: pulsaciones minúsculas, en apariencia aleatorias que se movían por su piel oscura, creando una concavidad aquí, una convexidad allá, una y otra vez, hasta que distinguí su ritmo interno y supe dónde sería la siguiente pulsación. El cuerpo entero de Lomas se tensó bajo la garra de T’Gatoi, aunque no había hecho más que dejarla descansar contra él mientras le envolvía las piernas con la parte inferior de su cuerpo. Lomas podría zafarse de mí, pero no de ella. Lloraba desconsolado mientras T’Gatoi le ataba las manos con sus pantalones; luego tiró de ellas para ponérselas encima de la cabeza, de modo que yo pudiese arrodillarme entre ellas, sobre la tela, y mantenerlas sujetas. T’Gatoi hizo un rollo con la camisa de Lomas y se la dio para que la mordiera. Y lo abrió. Su cuerpo se convulsionó con el primer corte. Casi consiguió zafarse de mí. El sonido que hizo… Nunca había oído sonidos semejantes que provinieran de algo humano. T’Gatoi parecía no hacer caso mientras abría y profundizaba la herida, haciendo una pausa de vez en cuando para retirar la sangre a lametones. Los vasos sanguíneos de Lomas se contrajeron, reaccionando a la química de su saliva, y el sangrado aminoró. Me sentía como si estuviera ayudándola a torturarlo, a consumirlo. Sabía que no tardaría en vomitar y no entendía por qué no lo había hecho ya. No iba a poder aguantar hasta que terminase. T’Gatoi encontró la primera larva. Era gorda y de color rojo oscuro por la sangre de Lomas, por dentro y por fuera. Ya se había comido la cáscara, pero al parecer no había empezado con su huésped todavía. En esta fase se comería cualquier carne salvo la de su madre. Si nadie hubiera intervenido, habría seguido excretando los venenos que habían hecho enfermar a Lomas a la par que lo alertaban. En algún momento habría empezado a comer. Para cuando se hubiera abierto camino al exterior, comiéndose la carne de Lomas, este estaría muerto o moribundo, y sería incapaz de vengarse de la cosa que lo estaba matando. Siempre había un periodo de gracia desde el momento en el que el huésped caía enfermo hasta que las larvas se lo empezaban a comer. T’Gatoi retiró la larva cuidadosamente y la miró retorcerse, ignorando de forma inexplicable los terribles gemidos del hombre. Lomas perdió el sentido repentinamente. —Bien —T’Gatoi bajó la vista para mirarlo—. Ojalá pudierais hacerlo a voluntad. No sentía nada. Y lo que sostenía… Sin miembros ni osamenta en esta etapa, mediría unos quince centímetros de largo y dos de ancho. Estaba ciega y viscosa por la sangre. Era como un gusano grande. T’Gatoi la metió en la barriga del achti y de inmediato la larva empezó a hurgar. Ahí se quedaría, comiendo, mientras quedase algo qué comer. Explorando por entre la carne de Lomas, T’Gatoi encontró otras dos, una de ellas, más pequeña y vigorosa. —¡Un macho! —dijo alegremente. Ese moriría antes que yo. Completaría su metamorfosis y se tiraría a todo lo que se moviera antes incluso de que sus hermanas tuvieran extremidades. Fue el único que le puso ganas e intentó morder a T’Gatoi mientras esta lo colocaba dentro del achti. Unos gusanos más pálidos asomaron en la carne de Lomas. Cerré los ojos. Era peor que tropezar con algo muerto, putrefacto y lleno de diminutas larvas de animal. Y mucho peor que cualquier dibujo o diagrama. —Ah, hay más —dijo T’Gatoi, tirando de dos larvas largas y gruesas—. Puede que tengas que matar otro animal, Gan. Dentro de vosotros vive todo. Toda la vida me habían dicho que esto era algo bueno y necesario que tlics y terranos hacíamos juntos: una especie de parto. Me lo había creído hasta ahora. Sabía que el parto era doloroso y sangriento, sí o sí. Pero esto era otra cosa, esto era peor. Y yo no estaba listo para verlo. Quizá nunca lo estaría. Y aun así no podía dejar de mirar. Cerrar los ojos no me sirvió de nada. T’Gatoi encontró una larva aún comiéndose su cáscara. Lo que quedaba de ella aún estaba conectado a un vaso sanguíneo con su propio tubito o gancho o lo que fuera. Así era como se anclaban las larvas y así se alimentaban también. Solo tomaban sangre hasta que estaban listas para salir. Entonces se comían la cáscara de su huevo, elástica y dilatada. Después se comían a su huésped. T’Gatoi arrancó la cáscara de un mordisco y limpió la sangre a lametazos. ¿Le gustaría el sabor? ¿Cuesta perder las costumbres de la infancia, o es que no se pierden nunca? Todo el procedimiento estaba mal. Era algo ajeno. Nunca habría creído que nada relacionado con T’Gatoi pudiera parecérmelo. —Una más, creo —dijo—. Puede que dos. Una gran familia. En estos tiempos, en un huésped animal nos habríamos conformado con encontrar vivas una o dos —me echó una ojeada—. Sal, Gan, y vacía tu estómago. Ve ahora que el hombre está inconsciente. Salí tambaleándome y casi no llegué a tiempo. Justo delante de la puerta de entrada, al pie de un árbol, vomité hasta que no tuve nada más que sacar. Cuando por fin terminé me enderecé, tembloroso, con las lágrimas corriéndome por las mejillas. No sabía por qué lloraba, pero no podía parar. Me alejé más de la casa para que nadie me viera. Cada vez que cerraba los ojos veía gusanos rojos arrastrándose sobre una carne humana todavía más roja. Un coche venía hacia la casa. Dado que los terranos teníamos prohibidos los vehículos motorizados salvo para algunos modelos de equipo agrícola, sabía que debía tratarse de la tlic de Lomas que venía con Qui y quizás con un médico terrano. Me enjugué la cara con la camisa y me esforcé por recobrar el control. —Gan —gritó Qui, parando el coche—. ¿Qué ha pasado? Salió con dificultad por la puerta del vehículo, diseñada para tlics, baja y redonda. Otro terrano salió del otro lado y se metió en la casa sin decirme nada. El médico. Con su ayuda y unos pocos huevos, Lomas quizá saldría de esta. —¿T’Khotgif Teh? —pregunté. La conductora tlic emergió a toda prisa del coche y se irguió ante mí hasta alcanzar la mitad de su altura. Era más pálida y pequeña que T’Gatoi, probablemente nacida del cuerpo de un animal. Los tlics nacidos de cuerpos terranos siempre eran más grandes y numerosos. —Seis crías —le dije—. Puede que siete, todas vivas. Al menos un macho. —¿Lomas? —inquirió bruscamente. Me cayó bien por preguntarlo y por el tono de preocupación de su voz. Lo último coherente que Lomas había dicho era su nombre. —Está vivo —contesté. Se apresuró hacia la casa sin decir otra palabra. —Ha estado enferma —dijo mi hermano mientras la miraba marcharse—. Cuando llamé, oí gente diciéndole que no estaba lo bastante recuperada para salir, ni siquiera para esto. Yo no dije nada. Ahora que le había mostrado cortesía a la tlic, no quería hablar con nadie más. Esperaba que Qui entrase en la casa, si no por otra cosa, al menos por curiosidad. —Conque por fin sabes más de lo que querías, ¿eh? Lo miré. —No me mires así, como hace ella —dijo—. No eres ella. No eres más que propiedad suya. Como ella. ¿Había aprendido hasta a imitar sus expresiones? —¿Qué pasa, has echado la papilla? —husmeó el aire—. Así que ahora ya sabes lo que te espera. Me alejé de él. Cuando éramos niños habíamos estado muy unidos. En casa él me dejaba seguirlo por todas partes y a veces T’Gatoi me dejaba traérmelo cuando me llevaba a la ciudad. Pero algo ocurrió cuando Qui alcanzó la adolescencia. Nunca supe el qué. Empezó a evitar a T’Gatoi. Luego a escaparse… hasta que se dio cuenta de que no había adonde ir. Ni en la Reserva, ni, desde luego, fuera de ella. Después de aquello se concentró en no quedarse sin su parte de cada huevo que entraba en la casa y en cuidar de mí de un modo que me hacía casi odiarlo: un modo que decía claramente que, mientras a mí no me pasase nada, él estaba a salvo de las tlics. —En serio, ¿cómo ha sido? —insistió, yendo tras de mí. —He matado un achti. Se lo han comido las crías. —No has salido corriendo de casa a vomitar porque se hayan comido un achti. —Nunca… había visto cómo rajan y abren a una persona —eso era verdad y suficiente información para él. De lo demás no podía hablar. No con él. —Ah —dijo. Me miró como si quisiese decir algo más, pero guardó silencio. Qui empezó a caminar sin dirección concreta, hacia la parte de atrás, donde las jaulas y los sembrados. —¿Ha dicho algo? —preguntó Qui—. Lomas, digo. ¿Quién iba a ser si no? —Ha dicho «T’Khotgif». Qui se estremeció. —Si me hubiera hecho eso a mí, sería la última persona a la que llamaría. —La llamarías. Su aguijón te calmaría el dolor sin matar a las larvas que llevas dentro. —¿Te crees que me importaría que se muriesen? No. Claro que no. ¿Y a mí? —¡Joder! —respiró hondo—. Ya he visto lo que hacen. ¿Te crees que esto que le ha pasado a Lomas es malo? Eso no ha sido nada. No le llevé la contraria. Qui no sabía de lo que estaba hablando. —Yo las he visto comerse a un hombre —continuó. Me di la vuelta para encararme con él. —¡Mentira! —¡Las he visto comerse a un hombre! —hizo una pausa—. Fue cuando era pequeño. Estaba volviendo de casa de la familia Hartmund. A mitad de camino vi a un hombre y a una tlic y el hombre era n’tlic. Era un terreno ondulado. Pude esconderme y observar. La tlic no quería abrir al hombre porque no tenía nada que las larvas pudieran comer. El hombre no podía andar más y no había casas cerca. Estaba sufriendo tanto que le dijo que lo matase. Le suplicó que lo matase. Al final, ella lo mató. Le cortó la garganta. Un movimiento de la garra. Vi cómo las larvas se lo comían hasta salir y se volvían a meter sin dejar de comer. Sus palabras me hicieron ver otra vez la carne de Lomas, atestada de parásitos. —¿Por qué no me lo contaste? —susurré. Me miró con sorpresa, como si hubiera olvidado que lo estaba escuchando. —No sé. —Empezaste a escaparte poco después de aquello, ¿verdad? —Sí. Una estupidez. Escapar dentro de la Reserva. Escapar dentro de una jaula. Negué con la cabeza y dije lo que debería haberle dicho hacía mucho tiempo. —No te elegiría, Qui. No tienes por qué preocuparte. —Lo haría… si te pasase algo a ti. —No. Elegiría a Xuan Hoa. Hoa… lo desea. No lo desearía si se hubiera quedado a mirar a Lomas. —No eligen mujeres —dijo con desprecio. —A veces, sí —lo miré—. De hecho, las prefieren. Deberías oírlas cuando hablan entre ellas. Dicen que las mujeres tienen más grasa corporal para proteger a las larvas. Pero normalmente toman a hombres para dejar a las mujeres libres y que tengan a sus propias crías. —Para suministrarles la siguiente generación de animales huéspedes —dijo Qui, pasando del desdén a la amargura. —¡No es solo por eso! —opuse. ¿O sí lo era? —Si fuera a pasarme a mí, yo también querría creer que no es solo por eso. —¡Pues no lo es! —me sentía como un niño. Era una discusión estúpida. —¿Eso pensabas mientras T’Gatoi sacaba gusanos de las tripas de ese tipo? —No es así como se supone que hay que hacer. —Claro que sí. Lo que pasa es que tú no deberías haberlo visto. Y debería haberlo hecho su tlic. Podría haberle picado para dejarlo inconsciente y la operación no habría sido tan dolorosa. Pero lo habría abierto igual, le habría sacado las larvas y, si se hubiera dejado dentro aunque fuera solo una, esa larva lo habría envenenado y se lo habría comido desde las entrañas. Recordé que una vez mi madre me dijo que le mostrara respeto a Qui porque era mi hermano mayor. Me alejé, odiándolo. A su manera, se estaba regodeando. Él estaba a salvo y yo no. Podría haberlo golpeado, pero no creí que pudiera soportarlo cuando se negase a devolverme el golpe, cuando me mirase con desprecio y lástima. Y Qui no iba a permitir que me librara de él. De piernas más largas que las mías, me adelantó con facilidad y me hizo sentir como si yo lo estuviera persiguiendo a él. —Lo siento —dijo. Yo seguí mi camino a zancadas, harto y rabioso. —Mira, probablemente lo tuyo no vaya tan mal. A T’Gatoi le gustas. Tendrá cuidado. Me volví y eché a correr hacia la casa, casi como si huyera de él. —¿Te lo ha hecho ya? —preguntó. No le costó seguirme el ritmo—. O sea, ya estás más o menos en edad de que te implanten. ¿Te ha…? Lo golpeé. No sabía que iba a hacerlo, pero creo que fue con intención de matarlo. Si no hubiera sido más grande y más fuerte que yo, creo que lo habría conseguido. Él intentó rechazarme, pero al final tuvo que defenderse. Solo me pegó un par de veces. Con eso fue de sobra. No recuerdo la caída, pero cuando recuperé la conciencia, ya no estaba. Quitármelo de encima compensó por el dolor. Me levanté y caminé despacio hacia la casa. La parte de atrás no tenía luz. No había nadie en la cocina. Mi madre y mis hermanas estaban durmiendo en sus cuartos. O fingiendo que dormían. Cuando llegué a la cocina oí voces, tlics y terranas en la habitación de al lado. No conseguí entender lo que estaban diciendo, ni quería entenderlo. Me senté a la mesa de mi madre, esperando a que se hiciera el silencio. La mesa, lisa y deslucida, era pesada y de calidad. Mi padre se la había hecho a mi madre justo antes de morir. Recuerdo que yo pasaba el rato debajo mientras él trabajaba en ella. A mi padre no le importaba. Ahora yo estaba apoyado sobre ella, echándolo de menos. Podría haber hablado con él. Mi padre lo había hecho tres veces en su larga vida. Tres nidadas de huevos, tres veces abierto y cosido. ¿Cómo lo había hecho? ¿Cómo podía haber alguien capaz de hacerlo? Me levanté, saqué el rifle de su escondite y volví a sentarme con él. Le hacía falta una limpieza y un engrasado. Lo único que hice fue cargarlo. —¿Gan? Producía un fino golpeteo al caminar sobre el suelo sin alfombra, una sucesión de clics que sonaban al posar una tras otra cada extremidad. Oleadas de clics. Vino a la mesa, alzó la mitad frontal de su cuerpo y se subió a ella vertiginosamente. A veces se movía con tanta soltura que parecía fluir como el agua. Se enroscó hasta formar un montículo en medio de la mesa y me miró. —Ha sido feo —dijo en voz baja—. No deberías haberlo visto. No tiene que ser así. —Ya lo sé. —T’Khotgif, ahora Ch’Khotgif, morirá de su enfermedad. No vivirá para criar a sus hijas. Pero su hermana se encargará de que no les falte de nada, ni a ellas ni a Bram Lomas. Hermana estéril. Una hembra fértil en cada grupo. Una para continuar la línea familiar. Esa hermana le debía a Lomas más de lo que jamás podría pagarle. —¿Entonces él va a vivir? —Sí. —Me preguntó si lo haría otra vez. —Nadie le pediría que lo hiciera otra vez. Miré a aquellos ojos amarillos, preguntándome cuánto veía y comprendía en ellos y cuánto eran solo imaginaciones mías. —Nadie nos lo pide —dije—. Tú nunca me lo has pedido. Movió la cabeza levemente. —¿Qué te pasa en la cara? —Nada. No tiene importancia. Unos ojos humanos probablemente no se hubieran dado cuenta de la hinchazón en la oscuridad. La única luz provenía de una de las lunas, que brillaba al otro lado de una ventana al fondo de la habitación. —¿Disparaste al achti con el rifle? —Sí. —¿Y piensas dispararme a mí con él? La miré fijamente: su silueta se recortaba a la luz de la luna, un cuerpo ensortijado, grácil. —¿A qué te sabe la sangre terrana? Ella no dijo nada. —¿Qué eres? —susurré—. ¿Qué somos para ti? No se movió, luego apoyó la cabeza en su rosca más alta. —Me conoces como nadie —dijo con voz dulce—. Eso debes decidirlo tú. —Eso es lo que me ha pasado en la cara —le dije. —¿Qué? —Qui me provocó para que me decidiera. No salió muy bien —moví el arma un poco, subí el cañón y me lo puse en diagonal debajo de la barbilla—. Por lo menos fue una decisión que tomé yo. —Como lo será esta. —Pídemelo, Gatoi. —¿El qué? ¿Las vidas de mis hijas? Muy típico de ella decir algo así. Sabía cómo manipular a las personas, terranas y tlics. Pero esta vez, no. —No quiero ser un animal huésped —dije—. Ni siquiera el tuyo. Tardó un largo rato en contestar. —Ya casi nunca usamos animales huéspedes —dijo—. Ya lo sabes. —Nos usáis a nosotros. —Así es. Os esperamos durante años y años y os enseñamos y unimos nuestras familias a las vuestras —se movió inquieta—. Sabes que no os vemos como animales. La miré fijamente sin decir nada. —Los animales que en su día utilizábamos habían empezado a matar casi todos nuestros huevos tras la implantación mucho antes de que llegaran tus ancestros —dijo en voz baja—. Ya sabes todo esto, Gan. Gracias a que llegó tu pueblo, estamos reaprendiendo lo que significa ser un pueblo sano y próspero. Y tus ancestros, huyendo de su planeta de origen, de su propia gente, que los habría matado o esclavizado… sobrevivieron gracias a nosotras. Nosotras los consideramos personas y les dimos la Reserva cuando aún intentaban matarnos como si fuéramos gusanos. Al oír la palabra «gusanos», di un respingo. No pude evitarlo y ella no pudo evitar notarlo. —Ya veo —dijo con voz queda—. ¿De verdad preferirías morir antes que tener a mis crías, Gan? No respondí. —¿Se lo pido a Xuan Hoa? —¡Sí! Hoa lo quería. Que la eligiera a ella, entonces. No había tenido que ver lo de Lomas. Sentiría orgullo; no terror. T’Gatoi fluyó de la mesa al suelo. Aquello me sobresaltó casi en exceso. —Esta noche dormiré en la habitación de Hoa —dijo—. Y en algún momento, hoy o mañana por la mañana, se lo diré. Esto estaba yendo demasiado rápido. Mi hermana Hoa me había criado casi tanto como mi madre. Aún estaba muy unido a ella, no como con Qui. Podía querer a T’Gatoi para ella y no dejar de quererme a mí. —¡Espera! ¡Gatoi! Ella miró atrás, luego elevó del suelo casi la mitad de su longitud y se volvió para mirarme de frente. —Estas son cosas de adultos, Gan. ¡Es mi vida, mi familia, de lo que estamos hablando! —Pero es… mi hermana. —He hecho lo que has exigido de mí. ¡Te lo he pedido! —Pero… —Será más fácil para Hoa. Siempre ha esperado llevar otras vidas dentro de ella. Vidas humanas. Crías humanas que algún día beberían de sus pechos, no de sus venas. Negué con la cabeza. —No se lo hagas a ella, Gatoi —yo no era Qui. Aunque parecía que podía convertirme en él sin ningún esfuerzo. Podía escudarme tras Xuan Hoa. ¿Sería más fácil saber que había gusanos rojos creciendo dentro de su carne, en lugar de en la mía? —No se lo hagas a Hoa —repetí. Me miró fijamente, inmóvil. Aparté la mirada. Luego volví a posarla en ella. —Házmelo a mí. Bajé el arma de mi garganta mientras ella se inclinaba hacia delante para cogerla. —No —le dije. —Es la ley —contestó. —Déjasela a la familia. Puede que alguien la use algún día para salvarme la vida a mí. Ella asió el cañón del rifle, pero yo no iba a soltarlo. Tiró de mí hasta alzarme por encima de ella. —¡Déjala aquí! —repetí—. Si no somos tus animales, si estas son cosas de adultos, acepta el riesgo. Siempre hay un riesgo, Gatoi, cuando se trata con un compañero. Claramente le costaba soltar el rifle. La recorrió un estremecimiento y soltó un bufido de angustia. Se me ocurrió pensar que tenía miedo. Era lo bastante mayor para haber visto lo que las armas podían hacerle a la gente. Ahora sus crías y esta arma estarían juntas en la misma casa. De las otras armas no sabía nada. En esta disputa, no importaban. —Implantaré el primer huevo esta noche —dijo mientras yo guardaba el arma—. ¿Me has oído, Gan? ¿Por qué si no se me había dado un huevo entero a mí mientras al resto de la familia le tocaba compartir uno? ¿Por qué iba mi madre si no a mirarme todo el rato como si fuera a irme lejos de ella, a algún lugar donde ella no podía seguirme? ¿Creería T’Gatoi que no me había dado cuenta? —Te he oído. —¡Ya! Dejé que me sacara de la cocina a empujones y caminé por delante de ella hacia mi habitación. La urgencia repentina de su voz sonaba auténtica. —¡Se lo habrías hecho a Hoa esta misma noche! —la acusé. —Debo hacérselo a alguien esta noche. Me detuve a pesar de su urgencia y le corté el paso. —¿Te da igual a quién? Pasó junto a mí como una exhalación y se metió en mi cuarto. La encontré esperando en el sofá que compartíamos. No había nada en la habitación de Hoa que hubiera podido usar. A Hoa se lo habría hecho en el suelo. Ahora el mero hecho de pensar en ella haciéndoselo a Hoa me perturbaba de otro modo. De repente me enfadé. Y sin embargo me quité la ropa y me tumbé a su lado. Sabía qué hacer, qué esperar. Me lo habían repetido toda la vida. Noté la sensación familiar del aguijón, narcótico, ligeramente agradable. Luego la exploración a tientas de su ovopositor. El pinchazo fue indoloro, fácil. Entró sin esfuerzo. T’Gatoi se onduló lentamente contra mí, con los músculos presionando el huevo para expulsarlo de su cuerpo e introducirlo en el mío. Me sujeté a un par de sus extremidades hasta que me acordé de Lomas agarrándola de esa manera. Entonces me solté, me moví sin querer y le hice daño. A ella se le escapó un gemido grave de dolor y esperé que sus extremidades me enjaularan de inmediato. Cuando no lo hicieron, volví a agarrarme a ella, sintiéndome extrañamente avergonzado. —Lo siento —susurré. Me frotó los hombros con cuatro de sus extremidades. —¿Te importa? —le pregunté—. ¿Te importa que sea yo? No contestó durante un rato. Finalmente: —Eres tú quien ha estado tomando las decisiones hoy, Gan. Yo tomé la mía hace mucho. —¿Habrías recurrido a Hoa? —Sí. ¿Cómo podría dejar a mis hijas al cuidado de alguien que las odia? —No era… odio. —Ya sé lo que era. —Tenía miedo. Silencio. —Todavía lo tengo —aquí, ahora, podía admitirlo delante de ella. —Pero viniste a mí… para salvar a Hoa. —Sí —apoyé la frente contra ella. Era terciopelo fresco, engañosamente mullido—. Y para tenerte solo para mí —añadí. Así era. No lo entendía, pero así era. Ronroneó suavemente, satisfecha. —No me podía creer que me hubiera equivocado tanto contigo —dijo—. Te elegí a ti. Creí que tú también habías llegado a elegirme a mí. —Y lo hice, pero… —Lomas. —Sí. —Nunca he conocido a un terrano que haya visto un parto y se lo haya tomado bien. Qui ha visto uno, ¿verdad? —Sí. —Deberíamos proteger a los terranos para que no los vean. No me gustaba la idea. Y dudaba que fuera posible. —No nos protejáis —contesté—. Enseñádnoslos. Cuando somos pequeños y más de una vez. Gatoi, ningún terrano ve jamás un parto que salga bien. Lo único que vemos son n’tlics: dolor y terror y, a veces, muerte. Bajó la vista para mirarme. —Es privado. Siempre ha sido algo privado. Por su tono, no quise insistir. Por eso y porque sabía que, si cambiaba de idea, el primer ejemplo público tal vez sería yo. Pero había sembrado la idea en su mente. Era muy probable que germinase y, en algún momento, la pusiera a prueba. —Tú no lo volverás a ver —dijo—. No quiero que pienses en dispararme nunca más. La pequeña cantidad de fluido que entró con su huevo en mí me relajó completamente, igual que lo habría hecho un huevo estéril, de modo que podía recordar el rifle en mis manos y mis sensaciones de miedo y repulsión, de desesperación e ira. Podía recordar las sensaciones sin revivirlas. Podía hablar sobre ellas. —No te habría disparado —dije—. A ti, no. La habían sacado de la carne de mi padre cuando él tenía mi edad. —Podrías haberlo hecho —insistió. —A ti, no —se alzaba entre nosotros y su propia gente, protegiendo, entretejiéndonos. —¿Te habrías destruido a ti mismo? Me moví con cuidado, incómodo. —Podría haberlo hecho. Casi lo hice. Así es como se escaparía Qui. Me pregunto si él lo sabe. —¿Qué? No respondí. —Ahora vivirás. —Sí —«Cuida de ella», solía decir mi madre. Sí. —Soy joven y tengo buena salud —dijo—. No te dejaré como a Lomas; solo, n’tlic. Yo cuidaré de ti. FIN Autor: Octavia E. Butler Título: Hija de sangre Título Original: Bloodchild Publicado en: Asimov’s Science Fiction Magazine, junio de 1984 Traducción: Arrate Hidalgo
- "Éxtasis", cuento de Katherine Mansfield
Bertha Young, una mujer de treinta años, vive un día de intensa felicidad y plenitud. Disfruta de su hogar, de su esposo Harry, de su hija pequeña y de la presencia de sus invitados a una elegante cena, especialmente de la misteriosa Pearl Fulton, con quien siente una conexión profunda y silenciosa. Todo parece perfecto, casi mágico, hasta que una revelación inesperada sacude su mundo. Éxtasis Katherine Mansfield A pesar de sus treinta años, Bertha Young disfrutaba aún de instantes como éste en que quería correr en vez de caminar, bailar dando saltitos arriba y abajo en la acera, lanzar un aro, tirar algo al aire y volver a tomarlo o quedarse quieta y reírse de… nada, sencillamente de nada. ¿Qué puede hacer una cuando se tienen treinta años y, al doblar la esquina de tu propia calle, de pronto te quedas traspuesta por una sensación de éxtasis, ¡de absoluto éxtasis!, como si de pronto te hubieras tragado un trozo de ese último sol radiante de la tarde y éste te ardiera en el pecho, proyectando una llovizna de chispas en cada partícula, en cada uno de los dedos de las manos y de los pies…? Cielos, ¿es que no hay modo de que puedas expresarlo sin estar ebria o fuera de tus cabales? ¡Necia civilización! ¿Para qué nos darán un cuerpo si tenemos que encerrarlo en un estuche como a un Stradivarius? «No, esto del Stradivarius no es precisamente lo que quiero decir», pensó mientras corría escaleras arriba, rebuscaba las llaves dentro del bolso (las había olvidado, como siempre) y hacía ruido en el buzón. —No es lo que quiero decir, porque… Gracias, Mary —entró en el vestíbulo. —¿Ha vuelto la niñera? —Sí, señora. —¿Y ha llegado la fruta? —Sí, señora. Ya ha llegado todo. —¿Quieres por favor subir la fruta al comedor? Yo la prepararé antes de subir. Había tinieblas y hacía mucho frío en el comedor. Pero aun así, Bertha se quitó el abrigo; no podía soportar ni un segundo más aquel broche asfixiante. El aire frío le tocó los brazos. Pero en su pecho seguía ese rincón de destello radiante…, aquella llovizna de chispas proyectadas hacia afuera. Casi resultaba insoportable. Casi no se atrevía a respirar por miedo a avivarla y en cambio respiraba hondo, cada vez más hondo. Casi no se atrevía a mirar en el frío espejo…, pero miró y eso la convirtió de nuevo en mujer, una mujer radiante, con labios sonrientes y temblorosos, con grandes ojos oscuros y un aire de estar escuchando, de estar esperando que algo…, que algo maravilloso pasara…, algo que sabía que pasaría con toda seguridad. Mary puso la fruta en una bandeja junto con un cuenco de cristal y un plato azul, muy bonito, con un lustre muy raro por encima, como si lo hubieran metido en leche. —¿Quiere que encienda la luz, señora? —No, gracias. Aún puedo ver muy bien. Había mandarinas y manzanas de color rosa fresa. Unas cuantas peras amarillas, suaves como la seda, uvas blancas cubiertas de una pátina de plata y un gran racimo de uvas negras. Estas últimas las había comprado para que hicieran juego con la alfombra nueva del comedor. Sí, sonaba algo estrafalario y absurdo, pero era la verdadera razón por la que las había comprado. En la tienda había pensado: «Tengo que comprar algunas negras para que la alfombra destaque sobre la mesa». Y en aquel momento le había parecido de mucho sentido común. Cuando hubo terminado de colocarlas y hubo construido dos pirámides con esas formas redondas y relucientes, se apartó unos pasos de la mesa, para captar el efecto…, y la verdad es que quedaba de lo más curioso. Porque la mesa oscura parecía fundirse con la luz de las tinieblas y con el cuenco azul y quedar flotando en el aire. Era…, claro que en su actual estado de ánimo, era increíblemente maravilloso. … Se empezó a reír. —No, ni hablar. Me estoy poniendo histérica —y recogió el bolso, tomó el abrigo y subió corriendo escaleras arriba al cuarto del bebé. La niñera estaba sentada en una mesita baja dándole la cena a la Pequeña B después del baño. El bebé llevaba puesto un camisoncito de franela blanco y una chaquetita de lana azul y llevaba el fino pelito negro peinado hacia arriba en una crestita muy graciosa. Levantó los ojitos cuando vio a su madre y empezó a dar saltos. —Venga, cielito, cómetelo todo como una niña buena —dijo la niñera, con los labios apretados de una forma que Bertha conocía bien y que significaba que una vez más había entrado en la habitación en mal momento. —¿Se ha portado bien, Nanny? —Ha sido una delicia toda la tarde —susurró Nanny—. Fuimos al parque y yo me senté en una silla y la saqué del cochecito; se acercó un perro muy grande y me puso la cabeza en la rodilla; ella le agarró la oreja y le dio un tirón. ¡Dios santo, tenía usted que haberla visto! Bertha deseaba preguntar si no era muy peligroso dejarla que le agarrase la oreja a un perro desconocido. Pero no se atrevió. Se quedó mirándolas con las manos caídas a los lados, como la niña pobre delante de la niña rica con muñeca. El bebé volvió a levantar los ojos para mirarla, se quedó con la mirada fija en ella y después puso una sonrisa tan linda que Bertha no pudo evitar llorar. —Nanny, Nanny, déjeme que termine yo de darle la cena mientras usted recoge las cosas del baño. —Bueno, señora, no es bueno que cambie de brazos mientras come —dijo Nanny sin dejar de susurrar—. Eso la pone nerviosa; es muy probable que la haga enfadar. Qué absurdo era todo. ¿Para qué tener una niñita si hay que guardarla, no ya en un estuche como a un Stradivarius, pero en los brazos de otra mujer? —¡Lo siento, tengo que hacerlo! —dijo. Muy ofendida, Nanny se la puso en los brazos. —Ahora, no la excite después de comer. Sabe que usted lo hace, señora. ¡Y luego me hace pasar un mal rato! ¡Santo cielo! Nanny salió del cuarto con las toallas del baño. —Bueno, ahora eres toda mía, mi joyita —dijo Bertha, y la niña se acurrucó contra ella. Comía que era una maravilla, abriendo mucho la boca para la cuchara y zarandeando las manos. Unas veces no soltaba la cuchara, y otras, justo cuando Bertha la había llenado, la tiraba por los aires de un manotazo. Cuando el puré se terminó, Bertha se volvió hacia la chimenea. —Eres bonita… ¡eres muy bonita! —dijo besando a su bebé tan calentita—. Te tengo cariño. Me gustas. Y de hecho de qué manera adoraría a Pequeña B (el cuello cuando lo doblaba hacia delante, sus exquisitos dedos del pie reluciendo transparentes a la luz del fuego) que le sobrevino de nuevo la sensación de éxtasis absoluto y de nuevo no supo cómo sacarla afuera, qué hacer con ella. —Quieren que se ponga al teléfono —dijo Nanny, regresando victoriosa y tomando a su Pequeña B. Voló escaleras abajo. Era Harry. —Ah. ¿Eres tú, Ber? Oye. Voy a llegar tarde. Tomaré un taxi e iré para allá lo antes que pueda, pero haz que retrasen la cena diez minutos, ¿quieres?, ¿de acuerdo? —Sí, perfecto. ¡Ah, Harry! —¿Sí? ¿Qué tenía que decir? No tenía nada que decir. Sólo deseaba hablar con él un momento. No podía gritar de manera absurda: «¡Qué día maravilloso!». —¿Me querías decir algo? —dijo deprisa la vocecita. —Nada. Entendu —dijo Bertha, y colgó el auricular, pensando en lo rematadamente necia que era esta civilización. Tenían invitados a cenar. El señor Norman Knight y su esposa, una pareja de gran renombre, él a punto de abrir un teatro y ella terriblemente interesada en la decoración de interiores, un hombre joven, Eddie Warren, que acababa de publicar un librito de poemas y al que todo el mundo quería invitar a cenar, y un «descubrimiento» de Bertha llamada Pearl Fulton. Lo que hacía la señorita Fulton, Bertha no lo sabía. Se habían conocido en el club y Bertha se había fascinado con ella, como se fascinaba siempre con mujeres guapas con un halo de misterio. El morbo fue que aunque habían salido juntas y habían quedado muchas veces y en realidad habían hablado, Bertha no había logrado aún captarla. Hasta cierto punto, la señorita Fulton era misteriosamente, maravillosamente franca, pero el cierto punto había pasado y ella no había logrado ir más allá. ¿Habría algo más allá? Harry dijo: «No». Se inclinó a tacharla más bien de aburrida y «fría como todas las rubias con un toque, quizás, de anemia cerebral». Pero Bertha no estaba de acuerdo con él; aún no, de ninguna forma. —No, ese modo que tiene de sentarse con la cabeza un poco ladeada, y sonriendo, esconde algo, Harry, y tengo que averiguar qué es ese algo. —Lo más probable es que esconda un buen estómago —había respondido Harry. No dejaba de adelantarse a Bertha con respuestas de este tipo… «Un hígado helado, preciosa» o «simples gases» o «puede que esté enferma del riñón»… Por alguna extraña razón, a Bertha le gustaba esto, y casi lo admiraba muchísimo en él. Entró en el salón y encendió el fuego; después, recogiendo uno por uno los cojines que Mary había colocado con tanto cuidado, los volvió a lanzar sobre las sillas y los sofás. Aquello marcaba la diferencia: la estancia recobró la vida en un santiamén. Cuando estaba a punto de lanzar el último se sorprendió a sí misma abrazándolo de repente, apasionadamente, apasionadamente. Pero aquello no apagó la llama en su pecho. ¡Todo lo contrario! Los ventanales abiertos del salón daban a un balcón desde el que se divisaba el jardín. Al final de todo, contra el muro, había un peral alto y esbelto en pletórica floración; se erigía con absoluta perfección, tan plácido contra el cielo de verde jade. Bertha no pudo evitar percibir, incluso desde esta distancia, que no tenía ni un solo brote ni pétalo marchito. Debajo, en los arriates del jardín, los tulipanes rojos y amarillos, colmados de flores, parecían apoyarse en el crepúsculo. Un gato gris, arrastrando la panza, cruzaba el césped deslizándose, y uno negro, su sombra, le seguía el rastro. Mirarlos, tan absortos y tan veloces, le produjo a Bertha un curioso escalofrío. —¡Qué cosa más horripilante son los gatos! —balbuceó, se apartó de la ventana y empezó a andar de un lado a otro… Qué fuerte olían los junquillos en la sala cargada. ¿Demasiado fuerte? Oh, no. Y así, como si hubiera sido vencida, se lanzó a un sillón y se apretó los ojos con las manos. —¡Soy demasiado feliz, demasiado feliz! —murmuró. Y le pareció ver en sus párpados el precioso peral con sus flores abiertas de par en par como un símbolo de su propia vida. En realidad, en realidad, lo tenía todo. Harry y ella seguían tan enamorados como siempre, y continuaban juntos magníficamente bien y realmente eran buenos compañeros. Tenían un bebé adorable. No tenían que preocuparse por el dinero. Tenían esta casa ultracómoda con jardín. Y amigos, amigos modernos, emocionantes, escritores, pintores, poetas o personas interesadas por los problemas sociales: justo la clase de amigos que ellos deseaban. Y también había libros, y había música, y ella había descubierto un sastrecillo maravilloso y se iban al extranjero en verano y la nueva cocinera hacía las tortillas más exquisitas… —Qué absurda soy. ¡Absurda! —se incorporó; pero se sintió algo mareada, algo ebria. Debía ser primavera. Sí, era primavera. En ese mismo instante estaba tan cansada que no podía arrastrarse escaleras arriba para vestirse. Un vestido blanco, un collar de cuentas de jade, zapatos y medias verdes. No era de repente. Había pensado en este conjunto horas antes de detenerse ante la ventana del salón. Los pétalos le restallaron levemente al entrar en el vestíbulo. Besó a la señora de Norman Knight, que se estaba quitando el más divertido de los abrigos naranja con una procesión de monos negros que daba la vuelta al dobladillo y subía hasta las solapas. —¡Por qué! ¡Por qué! ¡Por qué será tan aburrida la clase media!… ¡tan absolutamente carente de sentido del humor! Querida, estoy aquí sólo de chiripa, de chiripa, y Norman es la chiripa protectora. Porque mis queridos monitos levantaron tal revuelo en el tren que éste se convirtió en un solo hombre que no hacía más que comerme con los ojos. No se reían, no lo encontraban divertido, lo cual me hubiera encantado. No, sólo se quedaban mirando y me traspasaban de arriba abajo con la mirada. —Pero lo máximo —dijo Norman, ajustándose en el ojo un gran monóculo con la montura de concha de tortuga—, no te importará que te cuente esto, Cara, ¿no? —(En casa y entre amigos se llamaban entre ellos Cara y Jeta)—. El colmo fue cuando ella, que ya estaba más que harta, se volvió hacia la mujer que tenía al lado y le dijo: «¿No ha visto usted nunca un mono?». —¡Vaya que sí! —la señora de Norman Knight se unió a la risa—. ¿No fue también aquello el colmo de los colmos? Y una cosa más divertida todavía era que ahora que no tenía el abrigo puesto era igualita que un mono muy inteligente que hasta había confeccionado aquel vestido de seda amarilla a partir de restos de cáscara de banana. Y sus pendientes de ámbar parecían pequeños maníes colgando. —Va a hacer un otoño triste, muy triste —dijo Jeta parándose delante del cochecito de Pequeña B—. Cuando un cochecito entra en el vestíbulo… —y dejó en el aire el resto del dicho. Sonó el timbre. Era Eddie Warren, flaco y pálido como de costumbre y en estado de extrema ansiedad. —¿Es ésta la casa, o no lo es? —suplicó. —Pues creo que sí… espero que sí —dijo Bertha vivaracha. —He tenido una experiencia tan espantosa con un taxista; era de lo más siniestro. No conseguí hacer que parara. Mientras más le tocaba y más le avisaba, más rápido iba. Y aquel adefesio de cabeza achatada, abrazado a aquel volante diminuto. Se estremeció y se quitó una larguísima bufanda de seda blanca. Bertha se percató de que sus calcetines eran blancos también, ¡qué rico! —¡Pero qué espanto! —exclamó ella. —Y tanto que lo fue —dijo Eddie siguiéndola hasta el comedor—. Ya me vi recorriendo la Eternidad en un taxi intemporal. Conocía a los señores de Norman Knight. De hecho, estaba a punto de componer una obra de teatro para N. K. cuando lograra terminar el proyecto de teatro. —Y bien, Warren, ¿cómo va la obra? —dijo Norman Knight dejando caer el monóculo y dándole su tiempo al ojo para subir a la superficie antes de volver a comprimirlo tras la lente. Y la señora de Norman Knight: —Ah, señor Warren, ¡qué calcetines tan alegres! —Cuánto me alegro de que le gusten —dijo él mirándose los pies—. Parece que se han vuelto mucho más blancos desde que salió la luna —y volvió su joven rostro, flaco y afligido, hacia Bertha. —Es que hay luna, ¿sabe? Ella quiso gritar: «¡Sin duda alguna… y tan a menudo, tan a menudo!». La verdad es que era una persona de lo más atractiva. Y también lo era Cara, acurrucada ante el fuego con sus pieles de banana; y también Jeta lo era, fumándose un cigarrillo y diciendo mientras tiraba la ceniza: «¿Por qué se demora el esposo?». —Ahí está, ya. La puerta de la calle se abrió y se cerró con un ¡pam! Harry gritó: «Hola, gente. Bajo en cinco minutos». Y lo oyeron subir corriendo las escaleras. Bertha no pudo evitar sonreír; sabía que a él le gustaba hacer las cosas a toda máquina. Después de todo, ¿qué importaban cinco minutos más? Pero él se convencía a sí mismo de que importaban más que nada en el mundo. Y luego haría una entrada triunfal en el comedor con una frialdad y una seguridad en sí mismo arrolladora. Harry tenía tantas ansias de vivir. Cielos, cuánto apreciaba ella eso en él. Y su pasión por luchar, por hallar en todo lo que se le pusiera por delante una prueba más de su poder y de su bravura…, también eso lo entendía. Incluso cuando lo hacía parecer, en alguna ocasión, algo ridículo quizás a ojos de otros que no lo conocían bien… porque había momentos en los que se precipitaba a la batalla donde no había batalla. Ella conversó y rió y se olvidó por completo, hasta que entró él tal y como ella lo había imaginado, de que Pearl Fulton aún no había aparecido. —Me pregunto si la señorita Fulton se habrá olvidado. —Supongo —dijo Harry—. ¿Está al teléfono? —¡Ah! Acaba de llegar un taxi —y Bertha sonrió con ese airecillo de dueña que siempre adoptaba mientras sus descubrimientos femeninos eran nuevos y misteriosos—. Pearl vive en los taxis. —Si es así acabará hecha una vaca —dijo Harry con frialdad, llamando a cenar con la campanilla—. Grave peligro para las rubias. —Harry, no, por favor —le advirtió Bertha mirándolo con una risotada. Otro momentito de nada pasó mientras esperaban, riendo y charlando, un pelín demasiado a sus anchas, un pelín demasiado inconscientes. Y entonces entró la señorita Fulton, toda de plata, con una redecilla plateada recogiéndole el pelo rubio claro, sonriendo, con la cabeza un poco ladeada. —¿Llego tarde? —No, en absoluto —dijo Bertha—. Pasa —y la tomó del brazo y entraron en el comedor. ¿Qué había en aquel roce de aquel brazo frío que avivara y avivara, hasta empezar a encender aquella llama del éxtasis con la que Bertha no sabía qué hacer? La señorita Fulton no la miró; aunque de todos modos raramente miraba a las personas cara a cara. Los pesados párpados le reposaban sobre los ojos y esa extraña media sonrisa iba y venía a sus labios como si viviera más de escuchar que de mirar. Pero Bertha supo enseguida, como si se hubieran cruzado la más prolongada e íntima mirada, como si se hubieran dicho una a otra «¿tú también?», que Pearl Fulton estaba sintiendo exactamente lo mismo que ella mientras removía la preciosa sopa roja en el plato gris. ¿Y los demás? Cara y Jeta, Eddie y Harry, con sus cucharas entrando y saliendo de la sopa, secándose los labios con sus servilletas, desmigando el pan, jugueteando con los tenedores y los vasos y charlando. —La conocí en el Show de Alpha; qué criatura más rara. No sólo se había cortado el pelo, sino que parecía como si se hubiera seccionado más que un buen trozo de brazos y piernas con las tijeras, y del cuello y también de su pobre naricita. —¿No está de lo más liée con Michael Oat? —¿El tipo que escribió Amor con dientes postizos? —Quiere escribir una obra de teatro para mí. Sólo un acto. Sólo un hombre. Decide suicidarse. Da todas las razones por las que debería hacerlo y por las que no. Y justo cuando ya se ha decidido por hacerlo o por no hacerlo…, telón. La idea no está nada mal. —¿Cómo lo va a llamar? ¿Dolor de estómago? —Creo haber visto alguna vez la misma idea en una revistita francesa, totalmente desconocida en Inglaterra. No, no la conocían. Eran encantadores, encantadores, y ella adoraba tenerlos allí, sentados a su mesa, y adoraba ofrecerles comida y vino deliciosos. ¡De hecho, deseaba decirle lo exquisitos que eran, y qué grupo más estético formaban, cómo se hacían destacar entre sí y cómo le recordaban una obra de Chéjov! Harry estaba disfrutando de su cena. Formaba parte de su, bueno, no exactamente de su naturaleza, y desde luego no de su talante, de su lo que quiera que fuese, hablar de las comidas y vanagloriarse de su «mórbida pasión por la carne blanca de la langosta» y por «el verde de los helados de pistacho, verdes y fríos como los párpados de las bailarinas egipcias». Cuando la miró y dijo: «Bertha, es un souflée absolutamente admirable», ella casi se echó a llorar como una niña de la emoción. Ah, ¿por qué se sentía tan tierna con todo el mundo esta noche? Todo era bueno, todo estaba bien. Todo lo que iba pasando parecía volver a llenar su rebosante copa de éxtasis. Y sin embargo, en el fondo de su mente seguía el peral. Ahora estaría plateado, a la luz de la luna de mi pobrecillo Eddie, plateado como la señorita Fulton, sentada allí dándole vueltas a una mandarina con aquellos dedos delgados tan pálidos que parecían irradiar luz. Lo que sencillamente no lograba entender, lo que era milagroso, era de qué manera había podido adivinar su estado de ánimo con tanta precisión y de forma tan instantánea. Porque ni por un momento dudó de si podía estarse equivocando, y aun así, ¿en qué se basaba?, en nada de nada. «Creo que esto ocurre muy, muy rara vez entre mujeres. Y nunca entre hombres», pensó Bertha. «Aunque quizá me dé alguna señal mientras preparo el café en el salón». Lo que quería decir con aquello no lo sabía, y lo que ocurriría después de aquello… no podía imaginárselo. Mientras pensaba todo esto se veía a sí misma charlando y riéndose. Tenía que hablar para sofocar su deseo de reír. «O río o me muero». Aunque al percatarse de la insignificante costumbre tan simpática de meterse algo dentro del escote, como si también allí guardara un puñadito de maní en secreto, Bertha se tuvo que enterrar las uñas en las palmas de las manos para no extralimitarse riéndose. Por fin se le pasó. Y: —Ven a ver mi cafetera nueva —dijo Bertha. —Sólo tenemos una cafetera nueva cada quince días —dijo Harry. Cara la tomó esta vez del brazo; la señorita Fulton ladeó la cabeza y las siguió. El fuego en el salón se había reducido a un rojo y chisporroteante «nido de polluelos de ave fénix», dijo Cara. —No enciendas la luz todavía. Es tan hermoso —y volvió a acurrucarse junto al fuego. Siempre tenía frío… «sin su chaquetita de franela roja, claro», pensó Bertha. En ese momento, la señorita Fulton dio la señal. —¿Tiene usted jardín? —dijo la voz fría y aletargada. Aquello fue tan exquisito por su parte que todo lo que Bertha pudo hacer fue obedecer. Atravesó la habitación, separó las cortinas y abrió aquellas ventanas tan altas. —¡Ahí está! —exhaló. Y las dos mujeres se quedaron de pie una junto a la otra mirando el esbelto árbol florecido. A pesar de estar tan quieto, parecía, como la llama de una vela, erguirse, despuntar, temblar en el aire luminoso, hacerse más y más alto mientras ellas observaban hasta tocar casi el borde de la redonda luna de plata. ¿Cuánto tiempo estuvieron allí? Las dos, atrapadas como quien dice en aquel círculo de luz divina, entendiéndose perfectamente entre sí, criaturas de otro mundo, y preguntándose qué hacían en éste con todo ese tesoro extasiado que les ardía en el pecho y que caía de sus cabellos y de sus manos en forma de flores de plata. ¿Para siempre… sólo un instante? Y había murmurado la señorita Fulton: «Sí. Exactamente eso». ¿O lo había soñado Bertha? Entonces encendieron la luz y Cara hizo el café y Harry dijo: —Mi querida señora Knight, no me pregunte por mi niña. Nunca la veo. No sentiré el más mínimo interés por ella hasta que tenga un amante —y Jeta apartó el ojo del invernadero del jardín por un instante y lo volvió a poner bajo la lente y Eddie Warren se terminó el café y soltó la taza con una cara de angustia como si en el fondo hubiera visto la araña. —Lo que quiero es ofrecerles un espectáculo a los jóvenes. Yo creo que Londres sencillamente está atiborrado de obras noveles, aun sin escribir. Lo que quiero decirles es: «Aquí tienen el teatro. Abran fuego». —No sé si sabrás, querida, que voy a decorar una habitación para los Jacob Nathans. Ah, cuánto me tienta hacer un diseño de pescado frito, como los respaldos de los sillones en forma de sartenes y las cortinas de preciosas papas fritas bordadas. —El problema con nuestros jóvenes escritores es que son todavía demasiado románticos. Uno no puede hacerse a la mar sin marearse y pedir una palangana. En fin, ¿por qué no tendrán la valentía de usar palanganas? —Un poema espantoso sobre una muchacha que fue violada por un pordiosero sin nariz en un bosquecillo… La señorita Fulton se hundió en el sillón más bajo y más hondo y Harry repartió cigarrillos. Por el modo en que se quedó parado delante de ella agitando la caja plateada y diciendo con brusquedad: «¿Egipcio? ¿Turco? ¿De Virginia? Están todos mezclados», Bertha se dio cuenta de que Pearl no sólo lo aburría; realmente le desagradaba. Y decidió, por el modo en que la señorita Fulton dijo: «No gracias, no fumaré», que también ella sentía lo mismo hacia él, y se sintió herida. «Cielos, Harry, que no te desagrade. Estás completamente equivocado con ella. Es maravillosa, maravillosa. Y además, cómo puedes sentir algo tan distinto por alguien que significa tantísimo para mí. Intentaré contarte esta noche cuando estemos en la cama lo que ha ocurrido. Lo que ella y yo hemos compartido». Al oírse esas palabras algo extraño y casi aterrador hizo diana en la mente de Bertha. Y este algo ciego y sonriente le dijo muy bajito: «Pronto se irá toda esta gente. La casa quedará tranquila, muy tranquila. Se apagarán las luces. Y tú y él estarán juntos, solos en la habitación oscura, en la cálida cama…». Se levantó de un salto de la silla y corrió al piano. —¡Qué pena que no toque nadie! —exclamó—. ¡Qué pena que no toque nadie! Por primera vez en su vida, Bertha Young deseaba a su marido. Sí, lo había amado, había estado enamorada de él, claro, de otra manera, la que fuera, pero exactamente de esta manera, no. Y lo mismo, había visto con claridad que él era diferente. Lo habían hablado tan a menudo. Le había preocupado tantísimo al principio descubrir que era tan frígida, pero pasado un tiempo aquello parecía no importar. Eran tan sinceros el uno con el otro, tan buenos compañeros. Eso era lo mejor de ser modernos. Aunque ahora… ¡Ardorosamente! ¡Ardorosamente! ¡La palabra dolía en su ardoroso cuerpo! ¿Era a esto a lo que aquel sentimiento de éxtasis la había estado conduciendo? Pero de pronto, de pronto… —Querida —dijo la señora de Norman Knight—, ya conoces nuestra lacra. Somos víctimas de los horarios y de los trenes. Vivimos en Hampstead. Ha sido maravilloso. —Los acompañaré al vestíbulo —dijo Bertha—. Me ha encantado tenerlos aquí. Pero no deben perder el último tren. ¿No sería horrible? —¿Tomas un whisky, Knight, antes de irte? —preguntó Harry. —No, gracias, amigo mío. Bertha le dio la mano con un buen apretón por aquello. —Buenas noches, adiós —gritó desde el último escalón de arriba, sintiendo que aquel yo secreto se libraba de ellos para siempre. Cuando volvió a entrar en el salón, los demás se estaban marchando. —… Entonces puedes venir parte del recorrido en mi taxi. —Le agradezco tanto no tener que enfrentarme a otro recorrido yo solo después de mi espantosa experiencia. —Pueden conseguir un taxi en la parada que está justo al final de la calle. No tendrán que caminar más de algunas yardas. —Eso me tranquiliza. Iré a ponerme mi abrigo. La señorita Fulton se fue hacia el vestíbulo y Bertha la estaba siguiendo cuando Harry casi la tiró al adelantarla. —Permítame que la ayude. Bertha vio que se sentía arrepentido de su rudeza; lo dejó pasar. Qué maravilla de hombre era en algunas cosas: ¡tan impulsivo!, ¡tan sencillo! Y los dejaron a Eddie y a ella junto al fuego de la chimenea. —Me pregunto si has visto el nuevo poema de Bilks titulado «Table d’Hôte» —dijo Eddie con voz suave—. Es tan maravilloso. En la última antología. ¿Tienes un ejemplar? Me gustaría tanto enseñártelo. Empieza con un verso increíblemente hermoso: «¿Por qué debe ser siempre sopa de tomate?». —Sí —dijo Bertha. Y se fue sigilosamente a una mesa frente a la puerta del salón y Eddie se deslizó sigilosamente tras ella. Ella tomó el librito y se lo dio; no habían hecho el menor ruido. Mientras él buscaba el poema, ella volvió la cabeza hacia el vestíbulo. Y vio… Harry estaba con el abrigo de la señorita Fulton en sus brazos y la señorita Fulton dándole la espalda y cabizbaja. Tiró el abrigo, le puso las manos en los hombros y la giró hacia él violentamente. Sus labios dijeron: «Te adoro», y la señorita Fulton le puso sus dedos de claro de luna en las mejillas y le sonrió con su sonrisa aletargada. Las aletas de la nariz de Harry temblaban; los labios se le encogieron en una horrible sonrisa al musitarle: «Mañana», y la señorita Fulton dijo con los párpados: «Sí». —Aquí está —dijo Eddie—. «¿Por qué debe ser siempre sopa de tomate?». Es tan profundamente verdadero, ¿no te parece? La sopa de tomate es tan espantosamente eterna. —Si lo prefieres —dijo la voz de Harry, muy alto, desde el vestíbulo—, puedo pedir que venga un taxi hasta la puerta. —No, no. No es necesario —dijo la señorita Fulton y fue hasta donde estaba Bertha y le tendió sus delgados dedos. —Adiós. Muchísimas gracias. —Adiós —dijo Bertha. La señorita Fulton le sostuvo la mano un momento más. —¡Su precioso peral! —murmuró. Y después se había ido, con Eddie detrás, como el gato negro que sigue al gato gris. —Yo cerraré todo —dijo Harry, con una frialdad y una seguridad en sí mismo arrolladora. «¡Su precioso peral, peral, peral!», Bertha sencillamente corrió a las ventanas altas. —Ah, ¿qué va a pasar ahora? —exclamó. Pero el peral estaba tan hermoso como siempre y tan repleto de flores e igual de quieto. FIN Autor: Katherine Mansfield Título: Éxtasis Título Original: Bliss Publicado en: English Review, agosto de 1918 Traducción: Juana Teresa Guerra de la Torre
- "La noche boca arriba", Julio Cortázar
Un hombre sufre un accidente en motocicleta y es hospitalizado. Bajo los efectos de la fiebre y el dolor, empieza a soñar que es un indígena moteca perseguido para ser sacrificado por los aztecas. La noche boca arriba Julio Cortázar Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos; le llamaban la guerra florida. A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él —porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre— montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones. Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe. Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en las piernas. «Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado…» Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio. La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. «Natural», dijo él. «Como que me la ligué encima…» Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento. Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás. Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían. Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. «Huele a guerra», pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante. —Se va a caer de la cama —dijo el enfermo de la cama de al lado—. No brinque tanto, amigazo. Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse. Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trocito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose. Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. «La calzada», pensó. «Me salí de la calzada.» Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores. Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás. —Es la fiebre —dijo el de la cama de al lado—. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien. Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin… Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco. Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno. Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida. Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada… Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras. Autor: Julio Cortázar Título: La noche boca arriba Publicado en: Final del juego, 1956
- "La conciencia", cuento de Ana María Matute
La conciencia Ana María Matute Ya no podía más. Estaba convencida de que no podría resistir más tiempo la presencia de aquel odioso vagabundo. Estaba decidida a terminar. Acabar de una vez, por malo que fuera, antes que soportar su tiranía. Llevaba cerca de quince días en aquella lucha. Lo que no comprendía era la tolerancia de Antonio para con aquel hombre. No: verdaderamente, era extraño. El vagabundo pidió hospitalidad por una noche: la noche del miércoles de Ceniza, exactamente, cuando se batía el viento arrastrando un polvo negruzco, arremolinado, que azotaba los vidrios de las ventanas con un crujido reseco. Luego, el viento cesó. Llegó una calma extraña a la tierra, y ella pensó, mientras cerraba y ajustaba los postigos: —No me gusta esta calma. Efectivamente, no había echado aún el pasador de la puerta cuando llegó aquel hombre. Oyó su llamada sonando atrás, en la puertecilla de la cocina: —Posadera… Mariana tuvo un sobresalto. El hombre, viejo y andrajoso, estaba allí, con el sombrero en la mano, en actitud de mendigar. —Dios le ampare… —empezó a decir. Pero los ojillos del vagabundo la miraban de un modo extraño. De un modo que le cortó las palabras. Muchos hombres como él pedían la gracia del techo, en las noches de invierno. Pero algo había en aquel hombre que la atemorizó sin motivo. El vagabundo empezó a recitar su cantinela: por una noche, que le dejaran dormir en la cuadra; un pedazo de pan y la cuadra: no pedía más. Se anunciaba la tormenta… En efecto, allá afuera, Mariana oyó el redoble de la lluvia contra los maderos de la puerta. Una lluvia sorda, gruesa, anuncio de la tormenta próxima. —Estoy sola —dijo Mariana secamente—. Quiero decir…, cuando mi marido está por los caminos no quiero gente desconocida en casa. Vete, y que Dios te ampare. Pero el vagabundo se estaba quieto, mirándola. Lentamente, se puso su sombrero, y dijo: —Soy un pobre viejo, posadera. Nunca hice mal a nadie. Pido bien poco: un pedazo de pan… En aquel momento las dos criadas, Marcelina y Salomé, entraron corriendo. Venían de la huerta, con los delantales sobre la cabeza, gritando y riendo. Mariana sintió un raro alivio al verlas. —Bueno —dijo—. Está bien… Pero sólo por esta noche. Que mañana cuando me levante no te encuentre aquí… El viejo se inclinó, sonriendo, y dijo un extraño romance de gracias. Mariana subió la escalera y fue a acostarse. Durante la noche la tormenta azotó las ventanas de la alcoba y tuvo un mal dormir. A la mañana siguiente, al bajar a la cocina, daban las ocho en el reloj de la cómoda. Sólo entrar quedó sorprendida e irritada. Sentado a la mesa, tranquilo y reposado, el vagabundo desayunaba opíparamente: huevos fritos, un gran trozo de pan tierno, vino… Mariana sintió un coletazo de ira, tal vez entremezclado de temor, y se encaró con Salomé, que tranquilamente se afanaba en el hogar: —¡Salomé! —dijo, y su voz le sonó áspera, dura—. ¿Quién te ordenó dar a este hombre… y cómo no se ha marchado al alba? Sus palabras se cortaban, se enredaban, por la rabia que la iba dominando. Salomé se quedó boquiabierta, con la espumadera en alto, que goteaba contra el suelo. —Pero yo… —dijo—. Él me dijo… El vagabundo se había levantado y con lentitud se limpiaba los labios contra la manga. —Señora —dijo—, señora, usted no recuerda…, usted dijo anoche: «Que le den al pobre viejo una cama en el altillo, y que le den de comer cuanto pida». ¿No lo dijo anoche la señora posadera? Yo lo oí bien claro… ¿O está arrepentida ahora? Mariana quiso decir algo, pero de pronto se le había helado la voz. El viejo la miraba intensamente, con sus ojillos negros y penetrantes. Dio media vuelta, y desasosegada salió por la puerta de la cocina, hacia el huerto. El día amaneció gris, pero la lluvia había cesado. Mariana se estremeció de frío. La hierba estaba empapada, y allá lejos la carretera se borraba en una neblina sutil. Oyó detrás de ella la voz del viejo y, sin querer, apretó las manos una contra otra. —Quisiera hablarle algo, señora posadera… Algo sin importancia. —Mariana siguió inmóvil, mirando hacia la carretera—. Yo soy un viejo vagabundo… pero, a veces, los viejos vagabundos se enteran de las cosas. Sí: yo estaba allí. Yo lo vi, señora posadera. Lo vi, con estos ojos… Mariana abrió la boca. Pero no pudo decir nada. —¿Qué estás hablando ahí, perro? —dijo—. ¡Te advierto que mi marido llegará con el carro a las diez, y no aguanta bromas de nadie! —¡Ya lo sé, ya lo sé que no aguanta bromas de nadie! —dijo el vagabundo—. Por eso, no querrá que sepa nada…, nada de lo que yo vi aquel día. ¿No es verdad? Mariana se volvió rápidamente. La ira había desaparecido. Su corazón latía, confuso. «¿Qué dice? ¿Qué es lo que sabe…? ¿Qué es lo que vio?». Pero ató su lengua. Se limitó a mirarle, llena de odio y de miedo. El viejo sonreía con sus encías sucias y peladas. —Me quedaré aquí un tiempo, buena posadera: sí, un tiempo, para reponer fuerzas, hasta que vuelva el sol. Porque ya soy viejo y tengo las piernas muy cansadas. Muy cansadas… Mariana echó a correr. El viento, fino, le daba en la cara. Cuando llegó al borde del pozo se paró. El corazón parecía salírsele del pecho. Aquél fue el primer día. Luego, llegó Antonio con el carro. Antonio subía mercancías de Palomar, cada semana. Además de posaderos, tenían el único comercio de la aldea. Su casa, ancha y grande, rodeada por el huerto, estaba a la entrada del pueblo. Vivían con desahogo, y en el pueblo Antonio tenía fama de rico. «Fama de rico», pensaba Mariana, desazonada. Desde la llegada del odioso vagabundo, estaba pálida, desganada. «Y si no lo fuera, ¿me habría casado con él, acaso?». No. No era difícil comprender por qué se había casado con aquel hombre brutal, que tenía catorce años más que ella. Un hombre hosco y temido, solitario. Ella era guapa. Sí: todo el pueblo lo sabía y decía que era guapa. También Constantino, que estaba enamorado de ella. Pero Constantino era un simple aparcero, como ella. Y ella estaba harta de pasar hambre, y trabajos, y tristezas. Sí; estaba harta. Por eso se casó con Antonio. Mariana sentía un temblor extraño. Hacía cerca de quince días que el viejo entró en la posada. Dormía, comía y se despiojaba descaradamente al sol, en los ratos en que éste lucía, junto a la puerta del huerto. El primer día Antonio preguntó: —¿Y ése, qué pinta ahí? —Me dio lástima —dijo ella, apretando entre los dedos los flecos de su chal—. Es tan viejo… y hace tan mal tiempo… Antonio no dijo nada. Le pareció que se iba hacia el viejo como para echarle de allí. Y ella corrió escaleras arriba. Tenía miedo. Sí: tenía mucho miedo… «Si el viejo vio a Constantino subir al castaño, bajo la ventana. Si le vio saltar a la habitación, las noches que iba Antonio con el carro, de camino…». ¿Qué podía querer decir, si no, con aquello de lo vi todo, sí, lo vi con estos ojos? Ya no podía más. No: ya no podía más. El viejo no se limitaba a vivir en la casa. Pedía dinero, ya. Había empezado a pedir dinero, también. Y lo extraño es que Antonio no volvió a hablar de él. Se limitaba a ignorarle. Sólo que, de cuando en cuando, la miraba a ella. María sentía la fijeza de sus ojos grandes, negros y lucientes, y temblaba. Aquella tarde Antonio se marchaba a Palomar. Estaba terminando de uncir los mulos al carro, y oía las voces del mozo mezcladas a las de Salomé, que le ayudaba. Mariana sentía frío. «No puedo más. Ya no puedo más. Vivir así es imposible. Le diré que se marche, que se vaya. La vida no es vida con esta amenaza». Se sentía enferma. Enferma de miedo. Lo de Constantino, por su miedo, había cesado. Ya no podía verlo. La sola idea le hacía castañetear los dientes. Sabía que Antonio la mataría. Estaba segura de que la mataría. Le conocía bien. Cuando vio el carro perdiéndose por la carretera bajó a la cocina. El viejo dormitaba junto al fuego. Le contempló, y se dijo: «Si tuviera valor le mataría». Allí estaban las tenazas de hierro, a su alcance. Pero no lo haría. Sabía que no podía hacerlo. «Soy cobarde. Soy una gran cobarde y tengo amor a la vida». Esto la perdía: «Este amor a la vida…». —Viejo —exclamó. Aunque habló en voz queda, el vagabundo abrió uno de sus ojillos maliciosos. «No dormía —se dijo Mariana—. No dormía. Es un viejo zorro». —Ven conmigo —le dijo—. Te he de hablar. El viejo la siguió hasta el pozo. Allí Mariana se volvió a mirarle. —Puedes hacer lo que quieras, perro. Puedes decirlo todo a mi marido, si quieres. Pero tú te marchas. Te vas de esta casa, enseguida… El viejo calló unos segundos. Luego, sonrió. —¿Cuándo vuelve el señor posadero? Mariana estaba blanca. El viejo observó su rostro hermoso, sus ojeras. Había adelgazado. —Vete —dijo Mariana—. Vete enseguida. Estaba decidida. Sí: en sus ojos lo leía el vagabundo. Estaba decidida y desesperada. Él tenía experiencia y conocía esos ojos. «Ya no hay nada que hacer —se dijo, con filosofía—. Ha terminado el buen tiempo. Acabaron las comidas sustanciosas, el colchón, el abrigo. Adelante, viejo perro, adelante. Hay que seguir». —Está bien —dijo—. Me iré. Pero él sabrá todo… Mariana seguía en silencio. Quizá estaba aún más pálida. De pronto, el viejo tuvo un ligero temor: «Ésta es capaz de hacer algo gordo. Sí: es de esa clase de gente que se cuelga de un árbol o cosa así». Sintió piedad. Era joven, aún, y hermosa. —Bueno —dijo—. Ha ganado la señora posadera. Me voy…, ¿qué le vamos a hacer? La verdad, nunca me hice demasiadas ilusiones… Claro que pasé muy buen tiempo aquí. No olvidaré los guisos de Salomé ni el vinito del señor posadero… No lo olvidaré. Me voy. —Ahora mismo —dijo ella, deprisa—. Ahora mismo, vete… ¡Y ya puedes correr, si quieres alcanzarle a él! Ya puedes correr, con tus cuentos sucios, viejo perro… El vagabundo sonrió con dulzura. Recogió su cayado y su zurrón. Iba a salir, pero, ya en la empalizada, se volvió: —Naturalmente, señora posadera, yo no vi nada. Vamos: ni siquiera sé si había algo que ver. Pero llevo muchos años de camino, ¡tantos años de camino! Nadie hay en el mundo con la conciencia pura, ni siquiera los niños. No: ni los niños siquiera, hermosa posadera. Mira a un niño a los ojos, y dile: «¡Lo sé todo! Anda con cuidado…». Y el niño temblará. Temblará como tú, hermosa posadera. Mariana sintió algo extraño, como un crujido, en el corazón. No sabía si era amargo, o lleno de una violenta alegría. No lo sabía. Movió los labios y fue a decir algo. Pero el viejo vagabundo cerró la puerta de la empalizada tras él, y se volvió a mirarla. Su risa era maligna, al decir: —Un consejo, posadera: vigila a tu Antonio. Sí: el señor posadero también tiene motivos para permitir la holganza en su casa a los viejos pordioseros. ¡Motivos muy buenos, juraría yo, por el modo como me miró! La niebla, por el camino, se espesaba, se hacía baja. Mariana le vio partir, hasta perderse en la lejanía. Autor: Ana María Matute Título: La conciencia Publicado en: Historias de la Artámila (1961)
- "El viejo caballo", cuento de Lev Tolstói
En nuestra finca había un viejo llamado Pimén Timofeich. Había cumplido noventa años. Vivía con un nieto. Estaba encorvado y andaba muy lentamente, apoyándose en un cayado. Tenía la boca desdentada y la cara surcada de arrugas. Le temblaba el labio inferior. Al caminar o al hablar, solía mover los labios; pero no se podía entender lo que decía. Éramos cuatro hermanos; y a todos nos gustaba montar a caballo. Pero como no teníamos caballos mansos, sólo nos dejaban montar uno muy viejo, llamado Voronok. Un día mamá nos dio permiso para montar a caballo; y fuimos a la cuadra acompañados de nuestro ayo. El cochero ensilló a Voronok. Mi hermano mayor montó el primero. Cabalgó mucho rato por la era y alrededor del jardín. — ¡Date una carrera al galope! —le gritamos, cuando hubo vuelto. Mi hermano acució al caballo, dándole golpes con los pies y con el látigo; y partió a galope tendido, pasando junto a nosotros. Después fue mi segundo hermano quien montó. También cabalgó mucho rato; y, acuciando a Voronok, a fuerza de latigazos, subió el cerro al galope. Tenía intención de seguir montando; pero mi tercer hermano dijo que le tocaba a él. Dio una vuelta por la era, por el jardín y por toda la aldea. Volvió a la cuadra, a galope tendido, pasando por el cerro. Cuando se acercó a nosotros, Voronok jadeaba y su cuello se había oscurecido, a causa del sudor. Al llegar mi turno, quise sorprender a mis hermanos, demostrándoles que sabía montar muy bien; y acucié a Voronok, con todas mis fuerzas; pero el caballo se negó a salir de la cuadra. Irritado, le pegué latigazos y lo golpeé con los pies. Procuraba pegar en los sitios que más le dolieran. Se me rompió el látigo. Con el trozo que me quedaba en la mano, golpeé al caballo. Entonces me acerqué al ayo, para pedirle un látigo más resistente. —Ya has cabalgado bastante, bájate. ¿Por qué atormentas así al caballo? —me dijo. — ¡Pero si todavía no he montado! Ahora verá cómo lo voy a hacer galopar. Deme otro látigo, por favor; quiero excitarle —repliqué, ofendido. —No tienes corazón. ¿Para qué vas a excitar al caballo? Está agotado; apenas puede respirar. Es muy viejo. Tiene veinte años ya. Se le podría comparar con Pimén Timofeich. Es como si montaras sobre éste y lo obligaras a correr a fuerza de latigazos. ¿No te daría lástima? Al recordar a Pimén Timofeich, obedecí a mi ayo y me apeé. Pero sólo al ver al caballo jadeante y con los flancos cubiertos de sudor, comprendí el esfuerzo que hacía para llevar a un jinete. Antes me había figurado que Voronok se divertía, lo mismo que yo. Me dio tanta pena de él, que cubrí de besos su cuello sudoroso; y le pedí perdón por haberlo maltratado. Desde entonces, siempre recuerdo a Voronok y a Pimén Timofeich; y me da pena ver maltratar a los caballos. FIN Autor: Lev Tolstói Título: El viejo caballo Título Original: (Старый конь (Staryj kon) Publicado en: Азбука (Azbuka), 1872 Traducción: Irene y Laura Andresco











