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- “La misión de no dejarla ir”, cuento de Ruby Mata De La Cruz
En tercer semestre yo solo era el chico callado del último asiento. No levantaba la mano, no discutía, no defendía nada. Hasta que ella llegó. La maestra la presentó y luego me miró. —Siéntate junto a él —dijo, señalándome—. Y ayúdala con lo que necesite. Ahí empezó todo. La maestra, sin saberlo, me dio una misión. Valeria se sentó a mi lado. Sus manos temblaban mientras acomodaba sus cuadernos. En el recreo, dos compañeros comenzaron a burlarse de su acento y de su forma de vestir. Yo bajé la mirada… pero, cuando uno de ellos le arrebató su libreta y la lanzó al suelo, algo en mí cambió. Me levanté. —Déjenla en paz. Me empujaron, pero no retrocedí. Por primera vez no fui el chico que se quedaba callado. Ella recogió su cuaderno con los ojos brillosos, pero esta vez no estaba sola. Desde ese día caminábamos juntos. Un compañero llamado Diego siempre estaba cerca. Decía que quería ayudarnos, que hablaría con los demás para que la aceptaran. Sonreía demasiado. Pero después escuché cómo les contaba a otros que Valeria se iría pronto, que no valía la pena acercarse a ella. Fingía ser bueno, pero sembraba dudas. La verdadera amenaza llegó una tarde. —Mis papás ya decidieron —me dijo detrás de la biblioteca—. Nos vamos a otra ciudad el próximo mes. Sentí que me arrancaban algo del pecho. Ese mismo día, la maestra me llamó al escritorio. —Si quieres ayudarla, hazlo bien —me dijo—. Habla con la dirección. Hay una beca para que pueda quedarse si demuestra buen promedio. Ella fue quien me impulsó a actuar. Yo dudé. Siempre dudaba. Pero esta vez no. Busqué a mi mejor amigo. Él me acompañó a juntar firmas del grupo para pedir que le dieran la oportunidad de quedarse. Me ayudó a hablar con el director cuando mi voz quería apagarse. —No te rajes ahora —me susurró antes de tocar la puerta. Cuando salimos, todavía faltaba algo. Necesitábamos demostrar que ella merecía la beca. Entonces apareció la persona menos esperada: la señora de la biblioteca. Me entregó un fólder. —Valeria pasa horas aquí estudiando. Guardé sus trabajos y reconocimientos. Tal vez te sirvan. Me estaba dando lo necesario para luchar por ella. Con todo eso, pedimos la revisión de su caso. Diego intentó convencerla de que ya no hiciera nada. —Es mejor que te vayas —le dijo—. Aquí nadie te quiere de verdad. Pero esta vez ella no le creyó. El día de la respuesta, el director nos llamó. —La beca es suya. Puede quedarse. Valeria se llevó las manos a la cara y empezó a llorar. Yo solo pude abrazarla. Había empezado como el chico que se escondía al fondo del salón. Terminé enfrentando burlas, tocando puertas y levantando la voz. No la salvé con fuerza. La salvé no quedándome callado. Y cuando salimos de la oficina, ella sonrió. —Gracias por no rendirte. Esa fue la primera vez que entendí que un héroe no nace valiente. Se vuelve valiente cuando decide actuar. FIN Autor: Ruby Mata De La Cruz Título: La misión de no dejarla ir Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026
- “La misión de Elena”, cuento de José Adolfo Lira Santes
Era un día lluvioso y frío, un 15 de enero de 2025, en México, en una ciudad llamada Nueva Esperanza. Elena era una periodista y activista social que buscaba descubrir la verdad sobre la corrupción en su ciudad natal. Esa investigación la emprendió desde que su padre fue asesinado por indagar sobre la corrupción. Desde entonces deseaba saber la verdad y hacer justicia. Sin embargo, tenía un obstáculo: el actual alcalde de la ciudad, quien utilizaba su poder y recursos para silenciarla. Esto mantenía estresada a Elena, porque tenía miedo de fracasar en su misión o de perder a sus seres queridos. Su confidente, Carlos, la apoyaba y la ayudaba en su investigación, lo que hacía que Elena se tranquilizara y no se frustrara tanto, aunque no le gustaba que la ayudaran. Siguieron con la investigación y, poco a poco, fueron encontrando algunas pistas que los llevarían a descubrir la verdad. Pero el alcalde era demasiado astuto, por lo cual la información recolectada no funcionaba tan bien como esperaban. Les ponía demasiados obstáculos a Elena y a Carlos, porque no quería perder su poder ni que se divulgara lo que le hizo a su padre. Aun así, Elena no se quedaría con los brazos cruzados. No se rendiría tan fácil y haría lo imposible para descubrir la verdad. Su confidente Carlos la ayudaba, pero cada vez se complicaba más. No era algo imposible, pero tampoco fácil. Sabía que lo lograría. De repente, todo conectó. Toda la información que recolectó finalmente tuvo sentido; era como un rompecabezas. Duró tres meses en conocer toda la verdad. Descubrió que su padre fue asesinado por agentes del alcalde. Por fin, Elena hizo justicia y reveló a la comunidad la corrupción en la ciudad. Cuando terminó de investigar y conocer la verdad, sus días comenzaron a sentirse como primavera. Sentía paz y tranquilidad al haber hecho justicia y al revelar todo, junto a su confidente Carlos, quien la ayudó y apoyó en todo. Desde entonces, vive feliz y sin preocupaciones. FIN Autor: José Adolfo Lira Santes Título: La misión de Elena Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026
- "Perdido en lo permitido", cuento de Daniel Nahum Villegas Guzman
Siempre he dicho que el nacimiento es el primer acto de amor y, sin embargo, hoy me doy cuenta de que la muerte es también un primer y gran acto de amor —dijo Esteban tras confesar su crimen a las autoridades. Hace 16 años nació Francisco, su hijo mayor. Había nacido con una discapacidad mental. A lo largo de los años, Esteban había luchado por comprender y aceptar la condición de su hijo, justificando su comportamiento errático y, a menudo, violento. «Es solo un mal día», se repetía a sí mismo cada vez que Francisco maltrataba a su hermano menor, Vlad, un niño tímido que solo quería encajar y ser amado. La tensión en la casa aumentaba con cada nuevo incidente. Esteban se sentía atrapado en una red de culpa y desesperación. Intentaba ser un buen padre, pero cada vez que miraba a Francisco veía el reflejo de sus propios fallos. Elizabeth, su esposa, era su única luz, siempre tratando de calmar las aguas turbulentas; pero el peso de la situación estaba comenzando a desgastarla. Una noche, tras una discusión acalorada entre Esteban y Francisco, Elizabeth decidió intervenir. «Francisco necesita ayuda, no más excusas», le dijo a Esteban, su voz cargada de preocupación. Pero Francisco, sintiéndose amenazado, reaccionó de manera explosiva. En un momento de rabia, empujó a su madre desde el balcón del segundo piso. El grito de Elizabeth resonó en la casa, seguido por un silencio abrumador. Esteban, al llegar al lugar, encontró a su esposa sin vida y su mundo se desmoronó. El dolor de la pérdida se transformó rápidamente en rabia. Esteban se enfrentó a Francisco, pero el joven, con su mente perturbada, no comprendía el horror que había causado. En su interior, Esteban estaba atrapado entre el amor por su hijo y el odio por lo que había hecho. Se sintió como un prisionero en su propia casa, donde la sombra de su esposa y el espectro de su hijo lo seguían. Con el tiempo, la situación se tornó insostenible. Vlad, marcado por el trauma, se convirtió en el blanco perfecto para Francisco, quien continuaba su ciclo de abusos. Esteban, impotente, comenzó a perder la razón. Cada grito de su hijo menor resonaba en su mente como un eco de su propia culpa. Finalmente, un día, en un momento de desesperación, Esteban tomó una decisión que nunca imaginó que haría. En un intento por proteger a Vlad de su hermano, decidió actuar. En un giro trágico, se acercó a Francisco con una mezcla de amor y desesperación. «Eres mi hijo, pero no puedo permitir que lastimes a tu hermano», le dijo, con lágrimas en los ojos. En un instante de claridad, Esteban sintió que su corazón se desgarraba. Francisco, con su mirada perdida y confusa, no comprendía el horror que había causado. Sin embargo, en el fondo de su ser, Esteban sabía que la vida de Vlad estaba en juego. Con un acto desgarrador, se acercó a Francisco y lo abrazó con fuerza, mientras las lágrimas se deslizaban por su rostro. «Lo siento, hijo, pero debo proteger a tu hermano», susurró. Esteban, en un último acto de amor, asfixió a Francisco, liberándolo de su propio tormento y asegurando la seguridad de Vlad. En ese momento, el hombre que una vez justificó cada acción de su hijo se transformó en un padre dispuesto a hacer lo impensable. La casa se convirtió en un lugar de luto y culpa, donde los ecos de risas y amor se desvanecieron, dejando solo un silencio sepulcral. No podía dejar de pensarlo: aquella vida inocente a la que alguna vez vio dar su primera respiración, a quien alguna vez guio para poder caminar, esa alma tan pura e intacta, ahora convertida en un monstruo. No se lo podía perdonar a sí mismo, pero el amor de padre lo impulsó a hacer lo que hizo. Él amaba a sus hijos por igual e hizo lo necesario. Esteban, ahora marcado por sus decisiones, sabía que nunca podría escapar de la sombra del dolor que había caído sobre su familia. Había elegido el camino más oscuro, pero lo hizo por amor, dejando a Vlad con la esperanza de un futuro libre. FIN Autor: Daniel Nahum Villegas Guzman Título: Perdido en lo permitido Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026
- "El silencio del taller", cuento de Sofia Abigail Burgos Jaquez
El aire en la galería El Siglo de Oro era denso y estaba cargado con el aroma del aceite y el polvo acumulado en los marcos de madera vieja. Julián Estrada trabajaba bajo la luz amarillenta de su lámpara de escritorio. Frente a él descansaba una pintura impresionante: un campo de amapolas rojas que parecían cobrar vida bajo el pincel, aunque el color original estaba opacado por capas de suciedad de casi un siglo. Julián era un hombre de 45 años que veía en la restauración no solo un oficio, sino una forma de limpiar su propio pasado, manchado por mentiras ajenas. Vestía su bata azul de trabajo, con manchas de pintura de todos los colores, y sus anteojos gruesos le daban un aire de sabio. —¡No te acerques tanto con ese café, Bruno! —advirtió Julián sin quitar la vista de los pétalos rojos pintados—. Una sola gota en este lienzo y los pigmentos originales podrían disolverse para siempre. Bruno Valente se detuvo a pocos centímetros, con una sonrisa burlona. Bruno pretendía ser el aprendiz ideal ante Sara, pero su verdadera intención era aprovecharse de la concentración de Julián para sustituir el paisaje original por una réplica que él mismo había encargado a un falsificador. El conflicto había comenzado una semana atrás, cuando Sara Montiel, la dueña de la galería, le entregó el cuadro a Julián. Sara le explicó que un museo nacional pagaría una fortuna si lograban restaurar el brillo del campo de amapolas, depositando el futuro de la galería en su ética profesional. Para Julián, aquel paisaje no era solo tela y pigmento; era su camino hacia el premio final: recuperar el respeto de la comunidad artística y demostrar que su integridad era tan real como el rojo intenso de aquellas amapolas. Mientras limpiaba con cuidado el cielo azul de la pintura, Julián recordó a su padre, un viejo maestro del color.—Julián, la luz nunca engaña. Si el reflejo no coincide con la sombra, hay una mentira oculta —le decía mientras le regalaba una lupa de mano fabricada en plata, dándole el poder necesario para detectar cualquier falsedad en su entorno. Bruno vio que Julián estaba por terminar la limpieza del centro del cuadro. Sabía que, una vez restaurado, el lienzo sería escoltado por guardias. —Oye, Julián, ¿por qué esforzarte tanto? Firma el peritaje ahora y digamos que la pintura está demasiado dañada. Así el museo pagará más y nosotros podemos ganar más dinero —susurró Bruno, intentando corromperlo para usurpar su rol de autoridad. Julián, guiado por el consejo de su padre, notó que Bruno ya tenía preparado un plan oculto. Se dio cuenta de que intentaba engañarlo para robar el premio y culparlo después por negligencia. En el momento de mayor tensión, Sara entró al taller, trayendo los reportes de inventario y las grabaciones de seguridad de la entrada trasera. Su presencia oportuna ayudó a resolver la situación: desenmascarar las intenciones de Bruno antes de que el cuadro saliera de la sala. —He revisado los accesos, Bruno. Sé que intentaste entrar a la bodega anoche sin autorización —dijo Sara con firmeza. Bruno fue descubierto y expulsado antes de causar un daño irreversible al patrimonio. El taller volvió a su silencio habitual bajo la luz dorada del atardecer. Julián había superado los obstáculos y protegido el legado. Al final, obtuvo su recompensa: el campo de amapolas brillaba con un rojo radiante, y Julián encontró la paz al ser reconocido como el único capaz de devolverle la luz a la historia. FIN Autor: Sofia Abigail Burgos Jaquez Título: El silencio del taller Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026
- "Las sombras en la capilla", cuento de Cruz Emmanuel Franco Pérez
En una ciudad mediana del norte de México, donde el viento seco levantaba polvo al atardecer y el sol parecía quedarse suspendido demasiado tiempo en el cielo, se levantaba una parroquia sencilla, de fachada blanca y campanario pequeño. No tenía vitrales enormes ni puertas talladas con lujo; era humilde, discreta, pero para los jóvenes del barrio era un lugar seguro, casi un segundo hogar. Cada viernes por la tarde, el salón parroquial se llenaba de ruido: mochilas cayendo sobre las bancas, botellas rodando por el suelo, risas que se mezclaban con música baja desde un celular. Ahí se reunía el grupo juvenil. Ese año todo parecía normal… hasta que dejó de serlo. Una tarde, cuando el calor todavía se sentía en las paredes, el padre Ignacio pidió silencio. —Necesitamos un nuevo coordinador. El murmullo comenzó de inmediato. Algunos nombres se dijeron en voz baja; otros se miraron con curiosidad. —Sebastián Torres. El salón quedó en silencio. Sebastián sintió el golpe en el pecho antes de que los aplausos comenzaran. No estaba preparado. Sí era responsable, sí siempre llegaba temprano, sí ayudaba en misa y organizaba actividades, pero liderar era diferente. Liderar significaba cargar. Daniel Ruiz Salgado, sentado casi al fondo, dejó de aplaudir unos segundos antes que los demás. Nadie lo notó, o eso creyó. Daniel era inteligente, seguro, directo; sabía organizar, sabía hablar fuerte cuando hacía falta. Él pensó que ese nombramiento sería suyo. El padre Ignacio levantó entonces una pequeña caja de madera oscura. La abrió con lentitud. Dentro había una cruz de madera vieja. No estaba barnizada; tenía pequeñas marcas, como si hubiera sido usada antes. No brillaba, no decoraba; era sencilla. —Esta cruz será entregada al final del retiro anual. No es un premio, no es un trofeo; es un símbolo. Será para quien entienda lo que significa cargarla. Cuando Sebastián la sostuvo, sintió algo extraño. Estaba fría. No fría como madera normal, sino fría como piedra. Las semanas siguientes fueron distintas. Al principio eran detalles pequeños: comentarios cruzados, miradas largas, silencios incómodos. Daniel comenzó a cuestionar decisiones frente a todos. —Eso no va a funcionar.—Podemos hacerlo mejor.—Deberíamos cambiarlo —decía Daniel. Sebastián intentaba responder con calma, pero cada corrección pública le pesaba. El grupo comenzó a dividirse sin decirlo: unos preferían la calma de Sebastián; otros, la firmeza de Daniel. La cruz seguía guardada en la oficina del padre. Algunos juraban que, cuando pasaban cerca, sentían una corriente fría recorrerles los brazos. Llegó el retiro. La casa estaba a casi una hora de la ciudad, rodeada de terreno seco, árboles retorcidos y un silencio demasiado profundo por las noches. El segundo día ocurrió lo inevitable. Una actividad salió mal. Daniel cambió instrucciones sin avisar. Sebastián lo confrontó delante del grupo. Las palabras subieron de tono; no gritaron, pero dolieron. El ambiente quedó pesado, espeso. Esa noche el padre Ignacio los reunió. —Vayan a la capilla. Reflexionen, hablen. No regresen hasta resolverlo. Entraron en silencio. La capilla era pequeña: bancas viejas, un crucifijo al frente, luces amarillas en el techo que vibraban apenas. Sebastián respiró hondo. —No podemos seguir así… Las luces se apagaron. No parpadearon ni fallaron poco a poco; se apagaron completamente. Oscuridad total. El silencio fue inmediato. No se escuchaba ni la respiración. —¿Pa… pa… padre? —susurró alguien. Nadie respondió. Intentaron encender celulares. Pantallas negras. Intentaron abrir la puerta. No cedía. No estaba trabada; simplemente no se movía. Entonces comenzó el sonido. Un murmullo bajo, como muchas voces hablando al mismo tiempo, demasiado lejos para entenderlas… pero demasiado cerca para ignorarlas. El murmullo rodeaba la capilla, se movía, se acercaba. Luego comenzó a decir nombres, uno por uno, en un susurro claro. Gabriela sintió que algo le rozó el cuello. Sebastián sintió una mano fría en el hombro. Daniel escuchó su nombre justo detrás de su oído. El frío aumentó. El aire se volvió pesado. El sueño llegó. No fue normal; fue como si el suelo los jalara hacia abajo. Cayeron. Sebastián despertó de golpe. Estaba en el patio de su secundaria, pero el cielo no era azul; era negro. Las nubes giraban lentamente, como un remolino invertido. Las ventanas del edificio estaban abiertas, pero dentro no había nada. Oscuridad. Escuchó risas. Se giró. Sus antiguos compañeros estaban allí, pero sus rostros no estaban bien. Sus sonrisas eran demasiado amplias; sus ojos, completamente negros. —No eres suficiente… La frase se repetía desde todas partes. El suelo comenzó a hundirse bajo sus pies. Las sombras del edificio se desprendieron de las paredes. Se movían solas. Se arrastraban hacia él. Cuando intentó correr, sus piernas se movían lento, como si algo lo sujetara desde abajo. La cruz apareció flotando frente a él. Cuando la tocó, una sombra le sujetó la muñeca y apretó. Daniel despertó en la sala de su infancia. La televisión encendida mostraba estática. Las voces de sus padres discutían, pero no eran humanas; eran graves, distorsionadas. Las fotos familiares comenzaron a girar en las paredes. Las personas dentro de las fotos voltearon a verlo. El piso crujió. Se agrietó. De las grietas salió oscuridad espesa. Su versión más joven estaba en el rincón. —Hazlo solo. Nadie más importa. La cruz apareció sobre la mesa. Daniel dio un paso. El suelo cedió. Algo lo sujetó por los tobillos y comenzó a arrastrarlo hacia abajo. Gabriela despertó en un salón vacío. Las sillas formaban un círculo. En cada una había una figura oscura sentada, sin rostro, sin ojos; solo sombra. —Pudiste hablar… Las voces salían de todas las direcciones. Las paredes comenzaron a cerrarse lentamente. Las figuras se levantaron al mismo tiempo. No caminaban; se deslizaban. La cruz apareció suspendida frente a ella. La voz resonó en los tres sueños: —No saldrán hasta entender. —¿Qué se convierte en maldición cuando se busca solo, pero en salvación cuando se comparte? Las sombras casi alcanzaban a Sebastián. La oscuridad arrastraba a Daniel. Las figuras rodeaban a Gabriela. Entonces entendieron. No era solo la cruz. Era el liderazgo. Era la carga. Era el orgullo. Era el miedo. Sebastián gritó: —¡No es para uno solo! Daniel, mientras la oscuridad lo jalaba, gritó: —¡No puedo hacerlo solo! Gabriela dijo: —¡La cruz es de todos! La luz explotó. Las sombras se deshicieron. Las grietas se cerraron. El silencio regresó. Despertaron al mismo tiempo en la capilla. Las luces encendidas. La puerta abierta. La cruz en el suelo. Nadie habló durante varios segundos. Daniel miró a Sebastián. —No quiero ganarla solo. Sebastián respondió: —Entonces la cargamos juntos. A la mañana siguiente, el padre Ignacio entregó la cruz al grupo entero. Pero desde esa noche, cada vez que las luces de la capilla titilan apenas un segundo, más de uno recuerda el susurro que dijo su nombre en la oscuridad… y el frío invisible que casi los dejó atrapados para siempre. FIN Autor: Cruz Emmanuel Franco Pérez Título: Las sombras en la capilla Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026
- "La Sombra del Pasado", cuento de Ángel Alfonso Zenteno Martínez
En la tierra de Azura, donde las montañas se elevan hacia el cielo y los ríos cantan canciones antiguas, Nazz, un joven de 22 años, había crecido escuchando historias sobre la legendaria Espada de los 9, un arma forjada en la era mítica por los 9 nigromantes corrompidos. Se decía que quien la empuñara se convertiría en el líder indiscutible de los clanes. Nazz había jurado encontrar la espada y liderar el clan de los 9 hacia la gloria. Durante años, había entrenado incansablemente, estudiado antiguas escrituras y buscado pistas en ruinas olvidadas. Finalmente, después de mucho esfuerzo, descubrió que la espada se perdió en la Guerra Lejana, un conflicto devastador que había sacudido las bases del mundo. Con determinación, Nazz partió en busca de la espada, enfrentando peligros y superando obstáculos. En su viaje, conoció a Lyra, una guerrera valiente y hermosa, de quien se enamoró profundamente. Se casaron en una ceremonia sencilla pero llena de significado, y Nazz creyó haber encontrado la felicidad. Pero la sombra de la traición se cernía sobre ellos. El falso héroe, Arin, un antiguo compañero de armas de Nazz, había estado trabajando en secreto para sabotear sus planes. Arin, celoso del destino de Nazz, había hecho un pacto con fuerzas oscuras para obtener poder. Una noche, mientras Nazz y Lyra descansaban en su campamento, Arin los atacó. Nazz, herido y debilitado, no pudo proteger a Lyra, quien murió en sus brazos. El dolor y la ira se apoderaron de Nazz, y juró venganza contra Arin y cualquiera que se interpusiera en su camino. Con la muerte de Lyra, la determinación de Nazz se convirtió en una sed de venganza. Continuó su búsqueda de la Espada de los 9, decidido a usar su poder para destruir a Arin y reclamar su lugar como líder del clan. Nazz siguió adelante, impulsado por la ira y el dolor. Después de meses de búsqueda, finalmente encontró un mapa antiguo que lo llevó a una cueva escondida en las montañas. Allí encontró la Espada de los 9, incrustada en una roca y rodeada de un aura de poder. Con un grito de triunfo, Nazz agarró la empuñadura de la espada y la sacó de la roca. La espada brilló con un resplandor intenso, y Nazz sintió su poder corriendo por sus venas. Ahora era el líder indiscutible del clan de los 9. Pero algo cambió. Nazz portaba la marca de los 9, una señal que le daba legitimidad a su descendencia. La espada, con su poder antiguo y oscuro, comenzó a susurrarle al oído, alimentando su ira y su sed de venganza. Nazz, con la mente nublada por la rabia, no se dio cuenta de que la espada lo estaba corrompiendo. Con la espada en mano, Nazz reunió a sus aliados y marchó hacia la fortaleza de Arin. La batalla fue intensa, pero Nazz, con la Espada de los 9, era invencible. Arin, desesperado, intentó huir, pero Nazz lo alcanzó y lo enfrentó. —¿Por qué mataste a Lyra? —preguntó Nazz. La espada estaba lista, sedienta por cortarle la cabeza. Arin se rió, con un sonido cruel y despiadado. —Porque ella era un obstáculo para mi poder. Y tú, Nazz, eres un tonto por creer en la justicia y la lealtad. Nazz, con un rugido de ira, le cortó la cabeza, acabando con su vida. La fortaleza de Arin cayó y el clan de los 9 se rindió. Pero Nazz no se detuvo allí. La espada lo había corrompido y su sed de venganza no se había saciado. Comenzó a matar inocentes, a destruir aldeas y ciudades, a sembrar el terror en el corazón de Azura. La gente comenzó a llamarlo Nazz el Destajador. Nazz había perdido la cordura y la espada lo había convertido en un monstruo. La leyenda de Nazz, el guerrero vengativo, se transformó en la de Nazz, el destructor de mundos. La oscuridad se cierne sobre Azura y la gente se esconde en sus hogares, temiendo la llegada de Nazz. Los guerreros más valientes intentaron detenerlo, pero Nazz los derrotó a todos. La Espada de los 9 parecía tener voluntad propia, y Nazz era solo un títere en sus manos. FIN Autor: Ángel Alfonso Zenteno Martínez Título: La Sombra del Pasado Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026
- "Entre el amor y el silencio", cuento de Geraldine Ramírez.
Muchos creen que el amor es el final feliz de la historia. En realidad, a veces es el comienzo de una condena. Londres, 1825. Dos familias atadas por una deuda que llevaba años creciendo en silencio, la mansión Ravenshire, antigua y respetada, estaba al borde del embargo y lo que comenzó como una ayuda por parte de los Montclair terminó convirtiéndose en un contrato. Era simple. Si la deuda no se saldaba en el plazo acordado, los herederos sellarían la unión con matrimonio. Un buen padre habría hecho lo imposible por evitarlo. Pero Lord Ravenshire no era ese tipo de hombre. Las apuestas se acumulaban, el dinero desaparecía con la misma facilidad con la que regresaba el olor a licor en su aliento. La familia iba en decadencia y no solo en económica. Fue por eso que, una noche ambas familias se reunieron en la residencia Montclair, Dahlia creyó que se trataba de negocios, y si lo eran, pero no el tipo que ella pensaba. La mesa estaba impecable, era un festín. Luces bajas, telas suaves y brillantes, copas con vino y una conversación que parecía medida, con sonrisas practicadas y ensayadas. Y entonces, cuando el postre fue retirado y las copas quedaron casi vacías, el anuncio cayó directo, sin tantas explicaciones. El matrimonio se celebraría antes de que terminara la temporada. Dahlia no preguntó,nunca lo hacía, pero no pudo evitar poner una expresión de sorpresa y confusión, no entendía cómo era que se casaría con alguien con quien ni siquiera había compartido una conversación. Lucien Montclair observaba a su padre con una mezcla de incredulidad y furia contenida. El silencio fue casi nulo —¿Perdón?,¿Están decidiendo mi vida como si no tuviera cerebro para poder decidir? La tensión se hizo evidente. Su padre Lord Montclair volteo a verlo con una mirada fría y penetrante en modo de regaño, como si le estuviera dando la orden de que se callara, entonces dijo. —Tu eres el heredero y si quieres seguir con el apellido vas a hacer lo que te diga y me obedecerás. Lucien apretó la mandíbula, pero no respondió. —Es un acuerdo necesario, ambas familias se favorecerán— habló Lord Ravenshire. Dahlia al escuchar que era por beneficio se sintió como un objeto, sin palabra. Pensaba en que pudo haber pasado entre su padre y Lord Montclair; qué clase de deuda podía comprarse con una vida?. Después de esa conversación no se volvió a mencionar el tema en esa mesa y antes de salir de la gran morada, Dahlia y Lucien por primera vez se miraron y se despidieron cordialmente, se veían tensos y se mantenían serios sin mencionar ni una palabra. Ambos tenían miedo internamente, de sus padres, de lo que podría pasar en el futuro, y de todos los sueños que perderán en el camino. Ninguno de los dos tenía elección. La temporada comenzaba y según se había planeado a la visión de la demás sociedad se verían como dos jóvenes enamorándose poco a poco. Y al llegar al primer baile las dos familias se reunieron fuera de la pista y se saludaron amablemente, como si siempre fuera así. Parecían raramente impecables y si alguien se tomara el tiempo de analizarlos un poco más de una mirada, podrían notar el rostro serio de Lucien, la sonrisa practicada de la señora Ravenshire, las conversaciones forzadas entre entre los caballeros, y la mirada vacía y sin brillo de la joven Dahlia. Para esta era todo una ilusión que había tenido desde pequeña, todo lo que había escuchado de los grandes bailes, los amores que parecían un sueños y las historias perfectas, ahora sentía como si todo eso se hubiera desmoronado, como si todo eso solo fueran mentiras. El salón brillaba con los candelabros llenos de cristales, las damas giraban con sus vestidos finos, la música suave y delicada se hacía presente. Y cuando anunciaron el inicio del próximo vals, Lord Montclair le lanzó una mirada algo autoritaria a Lucien, dándole a entender lo que tenía que hacer. El obedeció, dio un paso al frente y se inclinó ligeramente frente a Dahlia, extendiendo su mano, la chica, ella aceptó no era como si pudiera hacer otra cosa; colocó su mano sobre la de él y caminaron hacia la pista. Sus primeros movimientos fueron mecánicos, perfectos. No se miraban, solo cumplían. Entonces los roces suaves y los giros se hicieron presentes mientras sincronizadamente sus pies se movían. —Y a ti te gusta bailar?—Comentó Dahlia tratando de que la conversación se hiciera presente y esa vibra tensa se desvaneciera un poco. —No, pero si tengo que hacerlo, lo hago. — Dijo sin más la frase cayó seca directa, cortando la conversación de inmediato. —No tiene que hablar si no quiere—Dijo en voz baja pero firme. Y así fue, no hablo más. La pieza terminó, se separaron demasiado rápido, como si ambos quisieran escapar de ahí. Esto seria mas dificil de lo que esperaba, pensó Dahlia. Los días pasaron y, con ellos, la boda se acercaba cada vez más. Ante la mirada de la sociedad parecían dos jóvenes enamorados; el plan estaba funcionando. Sonreían cuando era necesario, caminaban juntos, compartían bailes y visitas. Pero entre ellos las palabras eran casi nulas, tal vez se debía al carácter cortante y distante de Lucien y a pesar de que pasaban la mayor parte del tiempo juntos, todo se sentía vacío. Dahlia pensaba que si no podían elegir el matrimonio, al menos podrían intentar ser amigos, trataba de entablar conversación hablaba del clima, de la música, de libros, de cualquier cosa…Pero él no ayudaba. Por parte de lucien, solo la veía como una marioneta de sus padres, los cuales eran unos interesados y pensaba que ella era igual. En realidad no estaba molesto con ella, estaba molesto con su padre el cual cada día le exigía más de si mismo. … Los bailes continuaban y este estaba en su punto más alto cuando Dahlia decidió tomar un poco de aire, el salón estaba sofocante. Se dirigió hacia el pasillo lateral que daba al jardín, buscando un instante de silencio…no lo encontró. —Por Dios, te he estado buscando desde hace rato. —La voz de Lucien sonó detrás de ella, más brusca de lo habitual. Dahlia se giró, sorprendida. Él parecía alterado, tenso, irritado. —¿Sucede algo? —preguntó ella tranquila. —Sí, tenemos que salir nuevamente. Mi padre quiere que abramos el próximo baile. Así que apresúrate, tenemos que terminar con esto de una vez. La frase cayó pesada, no le dio tiempo a responder y él ya se había dado la vuelta, esperando que lo siguiera. Dahlia sintió un nudo en el pecho no por la orden,sino por el tono. Y desde el extremo del pasillo, alguien observaba. La señorita Whitmore, siempre atenta, siempre curiosa, había escuchado lo suficiente. Vio la expresión herida de Dahlia, vio la impaciencia de Lucien y sonrió ligeramente. … A la mañana siguiente, mientras Dahlia paseaba, una joven se acercó con una sonrisa demasiado amable. —Señorita Ravenshire… anoche usted y el señor Montclair parecían… interesantes. Dahlia mantuvo la compostura. —¿Interesantes? —Sí, es curioso cómo ante todos parecen tan enamorados… y cuando nadie los observa, la máscara cae. —La frase fue dicha con suavidad, pero llevaba filo. Rio un poco, después se despidió. —Que tenga un lindo dia Dahlia Dahlia no respondió, solo la observó mientras se alejaba como sin nada. … Días después la familias organizaron un paseo, y Lucien la noto más seria de lo habitual a Dahlia. —¿He hecho algo? —preguntó él, más serio que molesto. Ella lo miró por primera vez sin suavidad. —Si está molesto con su padre, no se desquite conmigo. Él frunció el ceño. —No me desquito. —Sí lo hace, yo no soy responsable de este acuerdo. —La firmeza en su voz lo desarmó más que un grito. —He intentado que al menos podamos convivir con respeto —continuó ella— Pero no permitiré que me trate como si yo fuera parte de su castigo. Una brisa de aire golpeaba sus rostros y entonces fue ahí cuando Dahlia siguió caminando dejando atrás a Lucien sin importar que la gente los mirara, ella ya no soportaría sus comportamientos inmaduros. Y mientras ella se alejaba, esta vez fue él quien se quedó inmóvil. Recordó cada intento de conversación de ella, cada sonrisa pequeña, cada saludo amable y cada esfuerzo. Y por primera vez comprendió algo que no quería admitir. Ella no era su enemiga, era la única persona tan atrapada como él, y la había tratado como si fuera culpable. … La mesa estaba perfectamente puesta, candelabros encendidos, cristalería impecable. El padre de Dahlia encabezaba la conversación, animado como pocas veces. —Las exportaciones del norte han mejorado este trimestre —comentaba con orgullo— Aunque claro, todo depende de las nuevas rutas comerciales. El hermano mayor intervenía con entusiasmo. —Si se consolidan las alianzas correctas, el crecimiento será inevitable. Lord Montclair asentía, interesado, los tres hablaban como si estuvieran cerrando un trato en vez de compartiendo una cena, Lucien participaba cuando era necesario. Podía observar más de cerca está familia. La madre de Dahlia sonreía con cortesía constante y reía suavemente cuando correspondía, pero no aportaba. Dahlia estaba sentada a dos puestos de él, silenciosa, no parecía incómoda, al contrario parecía acostumbrada. —Dahlia —intervino su padre de pronto—, ¿qué opinas sobre lo que hemos discutido?—La pregunta no sonaba a invitación, sonaba a evaluación. Ella levantó la mirada con serenidad. —Confío en que las decisiones que tomen serán las más convenientes para ambas familias. —Eso espero —respondió su padre, retomando la conversación. Y ella volvió a bajar la mirada hacia el plato. Lucien sintió algo extraño en el pecho, podía ver qué hablaba cuando se lo ordenaban y cuando no, simplemente existía. Después de seguir hablando de negocios en el salón y de algunos deleites de piano por parte de Dahlia la cual fue ordenada a hacerlo, la reunión acabó y al despedirse, Lucien estaba consciente de que le debía una disculpa a Dahlia entonces dijo… —Sobre la otra noche… no debí hablarle de esa manera. Ella no respondió solo lo observaba. —Intentaré no repetirlo. —No tenemos que ser enemigos —dice Dahlia — Eso haría todo más difícil de lo que ya es. —No —responde él— No tenemos que serlo. Entonces ambos sonrieron un poco e hicieron una pequeña reverencia en forma de despedida. … Las visitas, paseos y salidas se volvieron más usuales. Estaban sentados en una banca,al principio con distancia prudente, y ahora la conversación fluía hablaban de cosas pequeñas. —¿Siempre lee novelas? —Es casi lo único que me permiten leer. —Mi madre me leía poesía a escondidas de mi padre ya que el decía que no era apto para mí.— Confesó con confianza. … Las últimas semanas de la temporada estaban llegando. La música llenaba el salón, más animada que de costumbre, risas, copas, comentarios. Lucien notó primero que ella estaba cansada, cuando la siguiente pieza terminó y se inclinó levemente hacia ella. —¿Desea tomar un poco de aire?. Ella asintió y salieron al balcón, el contraste con el salón fue inmediato, la noche era fresca. Por un momento ninguno habló y aún así no era un silencio incómodo. —¿Por qué a veces eres tan callada?—Dijo él. —No lo se desde niña era así, la que siempre estaba hablando era mi hermana. —¿Tiene una hermana? —Si, es mayor que yo, pero ya está casada, ella era la rebelde de la familia— Dijo y rió un poco. — Ella siempre discutía con mi padre, siempre decía que no, yo aprendí a decir que sí. —Continuo— Mi hermano a veces es un odioso, tal vez por eso se casó mi hermana la presionaban mucho… y el, cada vez se parece más a mi padre, habla como él, decide como él. A veces creo que ni siquiera se da cuenta. Lucien apoya los codos en la barandal del balcón. —Mi padre cree que el deber es la única forma correcta de vivir —dice con una media sonrisa amarga—. Desde que mi madre murió, todo se volvió más rígido. Ella lo mira, esta vez sí lo mira. —¿La extrañas?—La pregunta no es imprudente, es sincera. —La verdad si, mucho; era mi luz y la de mi padre, y cuando murió mi padre se apagó con ella, se volvió más frío. Y no lo sé, mi padre cambió, ese hombre cariñoso y lleno de felicidad, se perdió en la tristeza. Ella no intentó consolarlo con palabras vacías, solo se acercó un poco más a el barandal, quedando a su lado. —Debe haber sido difícil —murmuró finalmente. Lucien soltó una exhalación leve, casi una risa sin humor. —Lo fue, pero lo peor también fue perderlo a él también y en todo lo que se convirtió. Dahlia entendió. Aunque ella nunca había perdido a su padre, pero en si jamás lo había tenido realmente, él siempre había sido así. El silencio volvió, pero esta vez era distinto, más cercano, más frágil. Lucien habló sin mirarla directamente. —Cuando estoy con usted… no siento que tenga que demostrar nada. Ella tragó saliva, y lo miro de nuevo a los ojos. Una ráfaga de viento la hizo estremecerse apenas sin pensarlo, él se quitó la chaqueta y la colocó sobre sus hombros, sus dedos rozaron su piel, esta vez ninguno se apartó rápido. El mundo dentro del salón seguía girando, pero en el balcón el tiempo parecía haberse reducido a esa distancia mínima entre ambos. —Tal vez —dijo Lucien en voz baja— no estamos tan atrapados como creíamos. Ella lo miró con una suavidad nueva. —Tal vez no. Y por primera vez, la idea de ese compromiso no se sintió como una jaula, se sintió como posibilidad. … En las últimas semanas, la presencia de Lucien dejó de sentirse como una carga.Dahlia notó que comenzaba a esperarlo, a veces incluso sonreía antes de verlo, como si su cuerpo lo reconociera antes que su razón y el ya no caminaba medio paso delante de ella, caminaba a su lado. Y cuando hablaban, no era por deber era porque realmente quería hacerlo. —No parece tan terrible después de todo —dijo él una tarde. —¿El matrimonio? —No… usted. —¿Y es un cumplido, o una ofensa? —Como usted quiera verlo … El día había llegado. La casa estaba en movimiento por la boda. Flores blancas, trabajadores de un lado al otro. La gran casa era un caos. Dahlia camina por el pasillo, buscando un poco de calma y entonces en el despacho de su padre escucha su nombre. Se detiene. La puerta se encontraba entreabierta, y no entra, pero escucha claramente. —Una semana es prudente. Si se hace de inmediato levantaría sospechas. Dominic hermano de Dahlia responde con tranquilidad inquietante. —Perfecto. Que se acostumbre a la felicidad antes de perderla. —Después del funeral, todo pasará a manos de mi hija. —¿Y la joven…? Hubo un silencio breve. Dominic ríe bajo. —Mi hermana no cuestiona, nunca lo ha hecho. Su padre corrige con frialdad —Y aunque lo hiciera, entiende el deber. Ahí Dahlia empuja la puerta sin querer. Cruje y los tres miran. Su padre la observa como si la hubiera esperado. La seda del vestido rozaba el suelo,era blanco demasiado blanco,demasiado puro para lo que acababa de escuchar. Sus manos que sostenían un pequeño ramo de flores temblaba apenas. —Adelante. La puerta se abrió. Su padre la observó de arriba abajo. —Ya estás lista. Dominic dejó escapar una sonrisa breve. —Impecable. El hombre contratado evitó mirarla directamente y por un segundo, Dahlia tuvo la absurda sensación de que era un espectro en su propio hogar. Como si el vestido no fuera un símbolo de unión, sino de sacrificio. —No es necesario que pongas esa cara —dijo su padre con suavidad calculada—Todo esto es por el bien de la familia. Ella quiso hablar, pero la garganta le ardía. —Ya es hora de que entiendas la magnitud de lo que estás haciendo por esta familia.— Dijo su padre. Dahlia con un hilo de voz dice… —¿Matarlo? —No seas dramática. —Responde su hermano—Será un accidente. —Una caída de caballo, un asalto en el camino o…un disparo perdido durante una cacería. —Los Montclair no tienen más herederos, tú serás viuda, respetable, rica. Silencio pesado, el hombre contratado se aclara la garganta. —Necesito confirmación final en unos días. Su padre asiente. Y por parte de Dahlia siente que no puede respirar. —Sabemos que no querías este matrimonio —continúa su padre con falsa suavidad— Esto te liberará. Dominic añade, casi como si fuera bondadoso… —No tendrás que fingir por mucho tiempo. —¿Cuándo? —preguntó ella finalmente. —Pronto —respondió Dominic— No seas impaciente. Impaciente. La palabra fue casi cruel. Entonces pasos en el pasillo se escucharon, y su madre apareció. Al verla, los tres hombres cambiaron de postura como si nada hubiera ocurrido. —Ah, querida —dijo su madre con emoción genuina— Estás hermosa. Su padre se acercó a besar su frente con un gesto que parecía afectuoso ante los ojos de cualquiera. —Tu madre necesita que estés tranquila. Y se retiraron. Su madre acomodó el velo con manos delicadas. —Toda novia está nerviosa el día de su boda —dijo con una sonrisa suave—Yo también lo estaba. Dahlia la miró —Confía en tu padre —susurró su madre. El corazón de Dahlia se contrajo. Quiso decirle la verdad, quiso sacudirla, quiso romper el silencio que llevaba años heredando. Pero solo tragó saliva. —Sí, madre. Sonrió perfecta. Como había practicado toda su vida. Y mientras caminaba hacia la ceremonia, el vestido blanco dejó de sentirse como una promesa. Se sintió como una cuenta regresiva. Por parte de Lucien todo estaba listo. Se encontraba sentado al borde de la cama pensando. Entonces cerro los ojos y recordó una tarde de su infancia. Su madre sentada junto a la ventana. —¿Cómo sabes que amas a alguien? —le preguntó él una vez, pequeño. Ella sonrió. —Cuando estar cerca de esa persona se siente como descansar. Cuando no tienes que ser más grande, más fuerte, más perfecto, solo tú. —¿Y si duele? —Entonces es real. Lucien abre los ojos de nuevo. Y por primera vez entiende lo que ella quiso decir. Porque cuando está con Dahlia, no necesita ser alguien perfecto. Solo él. Y por primera vez no siente que camina hacia una obligación, siente que camina hacia algo que quiere intentar. … La iglesia estaba iluminada por cientos de velas,el aroma de flores blancas llenaba el aire, la música comenzó, suave, casi celestial. Lucien levantó la mirada y entonces la vio. Dahlia avanzaba por el pasillo. Ella caminaba con elegancia pero cada paso era una pregunta sin respuesta, cada nota musical, un recordatorio del secreto que llevaba en el pecho. Y cuando finalmente estuvieron frente a frente, sus miradas se encontraron. todo el ruido desapareció. Lucien vio algo en sus ojos. No era duda, era profundidad. Quiso preguntarle si estaba bien, pero el sacerdote comenzó a hablar. Cuando sus manos se tocaron para intercambiar votos, un leve temblor los recorrió a ambos. Y entonces cuando la ceremonia termino, mientras el murmullo de los invitados crecía y las campanas comenzaban a sonar, ambos sintieron lo mismo… No era deber, no era estrategia, no era conveniencia, ya no lo era. Era algo que estaba creciendo, algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar todavía, pero que ya era imposible de ignorar. … Los invitados hablaban de lo hermosa que había sido la ceremonia, de lo bien que lucían juntos, de lo natural que parecía la unión. Lucien no se apartaba demasiado de Dahlia, no por obligación, sino porque quería estar ahí. —¿Estás cansada? —murmuró cerca de su oído. —No, solo ha sido un día largo. Lucien le sonrió levemente. Hubo brindis, discursos largos. Risas de jóvenes que soñaban con su propia historia algún día, aplausos… Pero entre todo eso hubo momentos pequeños, una mirada cómplice cuando alguien exageraba en un discurso, un roce de dedos bajo la mesa, una risa compartida. Y por un instante, Dahlia casi logró olvidar. Casi. … No abandonaron la ciudad. En lugar de partir a un viaje largo, se trasladaron a otra residencia de la familia. Una casa amplia rodeada de jardines, con balcones que daban al río y ventanales que dejaban entrar la luz de la mañana. Los primeros días allí fueron extrañamente tranquilos. Solo ellos. Desayunaban sin prisas, caminaban por los jardines hablando de cosas pequeñas, se sentaban juntos por la tarde a leer, a veces en silencio y en esas pequeñas rutinas, la distancia inicial terminó de disolverse. Lucien ya no medía tanto sus palabras y Dahlia ya no fingía tanta serenidad. Había momentos en los que reían sin pensar en nada más, momentos en los que sus miradas se sostenían un segundo demasiado largo. Y ahí estaba la magia. Pero incluso en medio de esa paz, Dahlia cargaba algo invisible. Cada vez que Lucien se alejaba, su corazón se tensaba. Él hablaba del futuro con una naturalidad que la desarmaba. —Podríamos quedarnos aquí hasta el final del verano —comentó una tarde mientras caminaban junto al río— No tengo prisa por volver a las obligaciones. Obligaciones… Ella pensó en las verdaderas obligaciones, en la lealtad, en el plan que avanzaba silenciosamente en algún lugar… Lo miraba, tan tranquilo, tan confiado.Y eso la hizo sentir algo nuevo; no solo miedo. Culpa. Porque en esos días entre risas suaves y tardes doradas ella ya no dudaba de lo que sentía. Dudaba de sí misma. … Habían sido invitados al último baile de la temporada. Lucien había salido más temprano esa tarde para reunirse con algunos socios en un bar discreto. Conversaciones de negocios, planes, alianzas futuras. Pero al salir, cuando cruzaba el pasillo hacia la calle, una voz lo detuvo. La reconoció. El hermano de Dahlia. Lucien permaneció en la sombra, sin intención de escuchar, hasta que escuchó su nombre. —Sí, ella lo sabe —decía el hermano con una frialdad que helaba— Está de acuerdo. Podrás casarte con ella cuando todo esté resuelto, pero primero tenemos que terminar con él. Que parezca un accidente. Nadie debe sospechar. Lucien sintió que algo dentro de él se quebraba. ¿Ella lo sabía?, ¿Estaba de acuerdo? Las tardes en el jardín, las confesiones, las miradas que parecían sinceras… ¿Había sido todo una mentira? No esperó más. Salió de allí con el pecho ardiendo y la cabeza llena de ruido… En la residencia, Dahlia lo esperaba. Vestía un vestido claro que resaltaba con la luz. Su cabello recogido con delicadeza, el brillo suave en sus ojos. Cuando la puerta se abrió, sonrió. Pero la sonrisa murió lentamente al ver su expresión. Lucien no parecía furioso. Parecía devastado, decepcionado. —¿Lucien…? Él no respondió de inmediato y la miró analizándola como si intentara reconocerla. —Lo sabía —dijo finalmente, con voz baja pero temblorosa— Lo sabía y aún así quise creer que no. Ella frunció el ceño confundida. —¿Qué sucede? —Escuché a su hermano El silencio se volvió pesado. —¿Qué escucho?.... — Que todo estaba planeado, que usted está de acuerdo, que primero debían terminar conmigo. La palabra quedó suspendida entre ambos y Dahlia palideció. —No es lo que usted cree —¿No? —su voz se quebró por primera vez—¿Entonces qué es? Ella dio un paso hacia él. —Lucien, escúchame— —Le di mi confianza. Le conté cosas que jamás había dicho en voz alta. Ella intentó acercarse, pero él retrocedió, entonces el comenzó a caminar hacia la salida. —Lucien, por favor. —No pensaba que fuera así —dijo sin mirarla— Tan interesada en cumplir con su familia. La puerta se abrió con fuerza y ella lo siguió. El jardín los recibió con aire frío y un cielo que comenzaba a oscurecerse. Las primeras gotas de lluvia cayeron, ligeras pero insistentes. —¡No sabía cómo detenerlo! —gritó ella finalmente—. Lo escuché antes de la boda, no estaba de acuerdo, nunca lo estuve. Él no se detuvo. —¿Y decidió callar? —¡Porque tenía miedo! Eso lo hizo frenar. Pero no volteó. La lluvia empezó a intensificarse. —Tenía miedo de perderlo —continuó ella, la voz quebrándose—. Miedo de que si le decía, usted se alejara. Lucien cerró los ojos. — Y por eso me paralice, porque por primera vez tenía algo que perder. Él empezó a girar lentamente. Y entonces Dahlia lo vio. Entre los árboles. El hombre…el que estaba en el despacho de su padre antes de su boda. El miedo no fue un pensamiento, fue un instinto. Lucien apenas había terminado de voltearse cuando ella se movió. Un sonido seco rompió el aire. Por un segundo, Lucien no entendió lo que había pasado. Solo sintió el impacto de su cuerpo contra el suyo.Dahlia lo abrazaba con fuerza. Y en cuestión de segundos, esa fuerza comenzó a debilitarse. —No… —susurró él, sosteniéndola mientras sus rodillas cedían lentamente. —¡Guardias! —su voz salió desesperada— ¡AYUDA! Pasos lejanos, voces, pero él no los escuchaba. El mundo parecía desvanecerse. La lluvia seguía cayendo. Y en medio del jardín, él la sostenía como si pudiera impedir que el tiempo avanzara. —Dahlia… —su voz ya no era furia, era miedo. Ella lo miró y Lucien no la soltó, no ahora. —Mírame —sus manos temblaban mientras la acercaba a su pecho— Mírame, Dahlia. No me hagas esto. —Escúchame… ahora tienes que escucharme tú… Él negó con la cabeza —No hables. Solo quédate conmigo. … quédate conmigo,porfavor… — Solo quiero que sepas que a pesar de todo…— que vivimos y que senti, por mi parte si fue real, y te ame aun que no te lo dijera… —Entonces quédate —dijo con la voz rota— quédate y repítelo mil veces más… FIN Autor: Geraldine Ramírez Título: Entre el amor y el silencio Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026
- "El pueblo abandonado", cuento de Diego Sebastian Amaya García
En el reino olvidado de Hallownest, donde las sombras danzaban al ritmo de los susurros de los dioses, un pequeño guerrero llamado el Caballero emergió de las profundidades de la tierra. Su misión era descubrir el origen de la infección que había consumido a los habitantes de Hallownest, convirtiéndolos en criaturas monstruosas y sin alma. El Caballero comenzó su viaje en la ciudad de Dirtmouth, donde se enteró de la existencia de un poderoso ser conocido como el Caballero Blanco, quien poseía la clave para detener la infección. Sin embargo, el camino hacia el Caballero Blanco estaba lleno de peligros, incluyendo a los feroces Insectos y los misteriosos Hallowed. A medida que el Caballero avanzaba, se encontró con una serie de personajes enigmáticos, como la sabia y anciana Oráculo, quien le otorgó la capacidad de comunicarse con los espíritus de los muertos, y el misterioso Grimm, quien parecía tener sus propios motivos para ayudar al Caballero. La infección había cambiado a Hallownest, convirtiendo sus hermosos paisajes en lugares oscuros y retorcidos. El Caballero se enfrentó a criaturas como los gigantescos y feroces Zergs, los silenciosos y mortales Assassins, y los poderosos y enigmáticos Radiantes. A medida que se acercaba al corazón de Hallownest, el Caballero descubrió que la infección era el resultado de una antigua guerra entre los dioses y los seres que habían creado. La infección era un intento de los dioses de detener la destrucción de Hallownest, pero había salido mal y ahora amenazaba con consumir todo. El Caballero finalmente llegó al corazón de Hallownest, donde se enfrentó al Absoluto, un ser poderoso y antiguo que era la fuente de la infección. Después de una batalla épica, el Caballero logró derrotar al Absoluto y detener la infección, pero no sin sacrificar algo valioso en el proceso. Con la infección detenida, Hallownest comenzó a sanar, y el Caballero se convirtió en un héroe para los habitantes del reino. Sin embargo, el Caballero sabía que su viaje había cambiado a él también, y que nunca sería el mismo. Se sentó en silencio, reflexionando sobre el costo de su victoria, mientras las sombras de Hallownest se cerraban a su alrededor. FIN Autor: El pueblo abandonado Título: El reflejo en la ventana Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026
- "La última Pillis", cuento de Martha Brisa Gámez Palacio
Todo comenzó con un gen extremadamente inusual en una familia millonaria en Corea del Sur. Cualquiera diría que esto era mentira, pero ese gen se pasaba de generación en generación solamente en las mujeres de esa familia. La señora Pill tuvo una hija llamada Nessi, la cual hizo la fortuna más grande del mundo vendiendo ramen en un puesto local. Justo en ese puesto conoció a Shio y se casaron. Tuvieron 2 gemelos: Yurina y Yuko, de los cuales, por herencia, Yurina había obtenido el poder de su linaje: la superfuerza, pero en ella no era como en las demás; en ella era diferente. Shio era un aficionado a la fotografía, pero Nessi era una gran mujer de negocios, ambos dignos de admirar. En un viaje a tomar fotografías, Shio se llevó a Yurina a observar las auroras boreales en Noruega. Ella tenía 5 años y era una niña muy curiosa; le gustaba saltar y correr de un lado a otro, porque además de ser superfuerte y poder levantar 1 coche con una mano, tenía supervisión, supervelocidad y supersalto. En el máximo punto de resplandor de las auroras, Shio le dijo a Yurina: —Espera, le tomaré una foto al cielo para enseñársela a mamá. Yurina asintió con la cabeza, pero al otro lado del campo vio un venado bebé y aprovechó que su papá estaba ocupado para correr tras él. Cuando Shio volteó a su derecha para volver a tomar la mano de ella, entró en pánico, pues Yurina ya no estaba, y así fue como en 17 años los padres biológicos de Yurina pagaron fortunas y fortunas para poder encontrarla. Por otro lado, en Noruega, al día siguiente de que ocurrió la tragedia, una familia campestre escuchó a lo lejos el llanto de una niña desesperada gritando: ¡Appa! ¡Appa! (Papá en coreano). Así que siguieron el llanto y dieron con Yurina, la cual aún batallaba para expresarse y no pudo decir bien su nombre, por lo cual la acogieron y decidieron llamarla Nora. Yurina creció con ese nombre, esas costumbres y ese idioma, y se le fue olvidando su lugar de procedencia y los recuerdos que tenía con su familia. Pero pasaron 13 años. Yurina (Nora) empezaba a tener flashbacks de momentos en Corea y empezó a recordar algunas palabras de ese idioma, incluso su propio nombre, por lo cual se empezó a interesar por esa cultura. Empezó a escuchar música de ahí y a estudiar coreano, ya que su mayor sueño era casarse con un coreano y encontrar a su verdadera familia, pues su familia en Noruega nunca le ocultó su verdad. Al cumplir los 22 años, ella ahorró trabajando duro en Noruega para poder comprarse un boleto de avión hacia Corea. Pero las cosas allá estaban más que fuertes. Una nueva droga se empezaba a distribuir por toda Corea del Sur. No se sabía quién la vendía, quién la creaba o incluso cómo detectarla. Entonces debían tomar muchas medidas de seguridad, incluyendo revisar a fondo el equipaje de los pasajeros que abordaban los aviones. Yurina se bajó del avión y pasó al chequeo de pertenencias. El oficial que la revisó era un chico muy apuesto, su tipo ideal, igual a los actores que veía en la televisión; cuando lo vio por primera vez quedó flechada. Él la empezó a revisar cuando en la maleta se encontró con un troll de oro (mismo que le compró el papá biológico de Yurina antes de perderla y que había conservado en todo este tiempo). Él vio el troll, la vio a los ojos y le dijo: —¿Y esto? Es oro puro, ¿por qué lo tienes? —Eso no lo toques —dijo Yurina un poco exaltada. —Lo siento, pero lo tengo que llevar a chequeo, señorita. —Es que... es para encontrar a mi mamá y a mi papá coreanos —dijo con un nudo en la garganta. El policía le dijo: —¿Estás perdida? ¿Cómo que encontrar a tus padres? —Vengo de Noruega y quiero encontrar a mi mamá. —De acuerdo, si necesitas algo, aquí estoy para ti. Dijo mientras le escribía su número de teléfono en una nota. —Llámame si necesitas algo, pero esto se va conmigo. Dijo mientras guardaba el troll pesado y brillante en una bolsa. —Debo checar que no contenga nada ilícito. Yurina asintió con la cabeza y se fue muy feliz porque este policía le había flechado el corazón. Con sus ahorros se pudo pagar una habitación de hotel y pudo comprar algunos víveres, incluso un teléfono celular para realizar llamadas. Al día siguiente, vio un alboroto local: una bola de vagabundos peleaban contra vecinos de la zona, debido a que querían desalojarlos de los parques y que no estorbaran en las banquetas, pero estaban usando la violencia contra ellos, lo cual molestó muchísimo a Yurina. Grave error, pues con una sola mano mandó a volar a varios, quebrándoles algunos huesos; nada grave, pero sí necesitaba reparar el daño y pagar una multa. Cuando el oficial guapo se enteró de la situación, bajó a decirles a los encargados que solo le pusieran la multa; él se encargaba de lo demás. —¿Por qué me ayudas tanto? Ni siquiera sé tu nombre —dijo Yurina, un poco tímida y confusa. —Me llamo Taeyu, pero tú dime Tae, ¿y sabes? Si yo no supiera dónde está mi mamá, también me gustaría que alguien me ayudara. —Mucho gusto, Tae. Yo me llamo Yurina, y la verdad no sé qué voy a hacer con la multa, es mucho dinero y ya no me queda absolutamente nada. —No te preocupes, cuando sepa de algún trabajo para ti, te lo haré saber. —¡Mil gracias, Tae, me salvaste! Bueno, te dejo, me tengo que ir. De camino al departamento que estaba rentando, vio que un supermercado se estaba incendiando y madres gritaban: ¡Auxilio! ¡Mis hijos están dentro! A lo que Yurina arriesgó su vida para poder salvarlos y se metió al supermercado en llamas. Nessi también se percató del incidente y rápidamente movió los coches para no generar tráfico y que las ambulancias y los bomberos pudieran pasar. Cuando de repente sintió un presentimiento y fue corriendo hacia el supermercado. Fue ahí cuando la vio: vio a una chica entrando y saliendo rápidamente, muy veloz para ser verdad, llevando y trayendo personas en sus brazos, pero ella ya estaba agotada, casi sin fuerzas. Nessi quedó en shock, no podía creer lo que estaba viendo; era su Yurina, pero ahora siendo adulta. Cuando Yurina estaba saliendo del supermercado, se desmayó y Nessi la cargó y la llevó a un hospital. Al abrir los ojos, Yurina vio a una mujer preciosa, muy parecida a ella, y no dudó en decirle: mamá. Un momento muy emotivo. Así pasaron los días y ella fue conociendo a los demás miembros de su familia, y fue coincidiendo más con Taeyu. Hasta que un día Taeyu le dijo: —Necesito que me ayudes con una tarea especial. —¿Cuál? —respondió Yurina. —Estamos sospechando que la droga se está distribuyendo a través de una empresa comerciante de productos en línea, llamada Coral. —¿Y qué necesitas que yo haga? —Quiero que te hagas pasar por una empleada y que estés en la bodega de productos, para que me traigas muestras de cosas que veas sospechosas y poder examinarlas, ¿te animas? —¡Claro que sí! —Igual te juro que no te va a pasar nada malo, nunca me lo perdonaría. Ambos se miraban fijamente; estaban enamorados, pero ninguno lo sabía. La contrataron fácilmente, se registró con sus datos de Noruega, así que todos la conocían como Nora, debido a que nadie debía saber su identidad. El primer día de trabajo en la noche, se llevó todos los objetos blancos que encontraba: mascarillas, maquillaje, todo, para que los narcóticos pudieran examinarlos, y recolectó una pila de al menos 4 metros de productos apilados, algo lo suficientemente pesado incluso para el hombre más musculoso de ese trabajo. Lo que ella no sabía es que todo el tiempo la estaban grabando las cámaras de seguridad. Al día siguiente, el CEO de la empresa, llamado Mino, la mandó a llamar; algo en su fuerza lo había atrapado. Todos murmuraban sobre el motivo por el que se le había mandado a hablar: —Seguro hizo algo muy malo. —Qué miedo, el CEO nunca manda a hablar a casi nadie de este puesto. Pero Yurina no tenía miedo, pues su superfuerza era casi imposible de derrotar, o al menos eso creía ella. Al entrar en su oficina, se sorprendió al ver que el temido CEO era un hombre joven y bastante atractivo. —Pasa, Nora, ¿verdad? —dijo Mino con un tono serio y neutro. —¡Sí, soy yo! Mucho gusto, que estés bien. —Veo que tienes un acento diferente y me hablas de tú, y apenas me conoces. —Una disculpa, es que aprendí coreano en Noruega y el coreano que aprendí es un poco malo. —No te preocupes, no pasa nada. ¿Sabes? Vi las cámaras de la bodega. —Sobre eso, perdón, es que en Noruega el blanco se considera algo muy preciado y hermoso de regalar, pero me lo descuentas de mi sueldo, si eso te parece bien. —Por eso no te preocupes —dijo con una sonrisa; al parecer, alguien se había flechado—. ¿No crees que eso estaba muy pesado? ¿Cómo pudiste con tanto? —En Noruega mi familia comía mucha carne y me alimentaron muy bien, luego te paso mi receta para tener esta fuerza —dijo Yurina intentando parecer ingenua. —¿Sabes? Si pasas algunas pruebas, probablemente te suba de puesto. —¿Cuáles pruebas? —dijo Yurina con desconfianza. —Sígueme. La subió a su carro y la llevó a un lugar en donde le dejaba caer placas enormes de metal, algo muy psicópata de su parte. Pruebas que Yurina superó sin tanto esfuerzo. Mino tenía un brillo en los ojos; encontró a su mejor aliada. Mino era el narcotraficante más grande de Corea, pero nadie sabía de eso. Él estaba manejado por una mafia rusa llamada Bratva, la cual lo raptó cuando a él lo dejaron abandonado cerca de un contenedor de basura. Ahí lo torturaban y le enseñaban a hacer las cosas más horribles, incluso matar a sus propios compañeros para ganarse el pan de cada día. Él fue estudiando con un perfil bajo para así poder generar ganancias y crear su propia empresa. Él tenía todo fríamente calculado; ya tenía en mente lo que quería hacer. Cuando tuvo el dinero suficiente, logró inaugurar su empresa de productos en línea “Coral”, en donde empezaba a distribuir droga a grandes multimillonarios. Pero no le estaba funcionando, ya que eran fáciles de detectar, así que contrató a un científico que trabajaba de manera clandestina para hacer diferentes pruebas y crear una droga letal, 100 veces más fuerte que el fentanilo, que no era detectable en ensayos médicos. La droga perfecta para el maniático de Mino se podía convertir en bolsas, mascarillas, relleno de chamarras, y esta se deshacía en contacto con el agua, dejando así la droga totalmente expuesta. Pero Mino la usaba de otra forma: él se inyectaba esta droga, la cual generaba una sed terrible. Cada persona que la consumía moría en algún lugar cerca de agua: inodoros, regaderas, albercas, cualquier lugar cerca de agua. Pero Mino se drogaba una y otra vez y no le pasaba nada; solo tenía una fuerza sobrehumana por la droga, no tomaba agua y usaba un antídoto que solo él y el científico sabían de su fórmula. Por eso se maravilló al ver la superfuerza de Nora. Al ver que sobrevivió a todas las pruebas, la subió de puesto y la puso en un lugar en la empresa donde estuviera cerca de él. Yurina esperó a que todos se fueran, incluso Mino, y cuando todo estaba completamente solo, se infiltró en su oficina para ver si ahí no encontraba nada. Revisó cajones, carpetas, todo lo que pudiera, y ahí vio una carpeta llamada: “Pillis Gen”. —¿Pillis Gen? ¿El apellido de mi familia? Continuó leyendo el archivo, y resulta que en este se estudiaba el gen de la familia Pill. La señora Nessi, 20 años atrás, había contratado al científico clandestino llamado Cher. Cher había hecho pruebas para poder replicar el gen, claro, con órdenes de Nessi, para que este gen nunca se acabara, pero las cosas no salieron como esperaba. No pudieron clonar el gen; sin embargo, crearon sin querer otra sustancia similar, casi igual, pero muy letal para quienes no estaban preparadas para esto, así que el proyecto Pillis Gen fue cancelado. Pero Mino, detrás de años de investigaciones sobre drogas, se encontró con el científico Cher, le pagó una fortuna para trabajar con él y utilizar ese antiguo proyecto para así poder crear la droga “KgPh001”, la nueva droga indetectable más letal del mundo. Yurina quedó sin palabras, en un completo shock; dejó caer la carpeta al suelo y se quedó así por al menos 2 minutos. Cuando volvió en sí y se dio cuenta de que algunos pasos se aproximaban hacia la oficina, se escondió bajo el escritorio, en un total silencio donde solo escuchaba su corazón latir violentamente. Era Mino, había dejado su celular en el sillón; por suerte solo lo recogió y se fue. Yurina hizo una reunión con su madre Nessi y Tae, quería explicaciones. Nessi quedó en total shock y empezó a soltar un llanto. —¡Perdónenme todos! ¡Es mi culpa! ¡Mi avaricia está destruyendo Corea! ¡Solo por querer duplicar otra Yurina! —decía mientras lágrimas recorrían sus ojos. —¿Otra yo? —dijo Yurina. —Sí… quedé devastada cuando tu padre te perdió en Noruega y… y… so… solo quería volver a tenerte en mis brazos. Yurina no sabía ni siquiera qué decir, no le salían las palabras. Pero Tae dijo: —Esto se está saliendo de control; incluso ya hay más de 15 muertos por día a causa de esta droga, que ni sabemos cómo se llama. —¡Yo sé el nombre! Lo vi en la carpeta —dijo Yurina. —¿Cuál es el nombre? —dijo Tae. —KgPh001, así estaba en la carpeta del proyecto Pillis Gen. Fue así como en cuestión de horas lo publicaron en las noticias, en redes sociales, periódicos, en todos lados. Mino no sabía ni siquiera quién lo había hecho, pero revisó las cámaras de su oficina y vio a Nora (Yurina). —Fui un imbécil en haber confiado en ella, ¿cómo pude pensar que podría ser mi aliada para poder separarme de Bratva? —dijo con una furia inmensa mientras se inyectaba la droga KgPh001 de manera intravenosa. Se inyectó la droga y localizó a Yurina, pues era un psicópata, y en aquella prueba, sin que Yurina se diera cuenta, le colocó un rastreador en el bolsillo de su bolsa. Nada iba a arruinar sus planes, no dejaría que alguien tan especial y fuerte como Nora se le escapara. Cuando vio la localización de Nora no lo podía creer, pero estaba fascinado. —¡Es Yurina! ¡YURINA PILLIS! De mí no te vas a escapar esta vez, esta vez te juro que no. Estaba dispuesto a raptarla, no quería hacerle daño, pues arruinaría sus planes, pero la vio ahí, abrazando a uno de sus peores enemigos, Tae Yu. —¿Qué haces aquí tú? ¿No te dije que no te quería volver a ver? —Con que tú eres el de la droga, yo sabía que de ti nada se podía esperar. —¿Cómo? ¿Se conocen? —dijo Yurina aterrada de miedo y confusa a la vez. —Este fue una de las primeras personas que atrapé y llevé a la cárcel, pero no sabía que llegaría a tanto —dijo Tae. —¡Esta vez no, esta vez me toca ganar a mí! —dijo Mino mientras ya tenía una pistola apuntándole por detrás a Yurina. Quería vengarse ahora de los dos. Cuando disparó, Tae se puso frente a ella, recibiendo el impacto en el corazón. —¡TAEYU! —gritó Yurina con un grito desgarrador. Estaba tirado a sus pies, viéndola con ojos de amor como siempre, pero esta vez era la última vez. Yurina solo lo acariciaba desesperada y le decía que aguantara, que todo estaría bien, mientras maldecía a Mino y le decía que ahora la que se iba a vengar con sus propias manos sería ella. Mino soltó una carcajada y dijo: —Ahora es tu turno, Nora… ¿o debería decirte Yurina? Cuando de repente por detrás apareció su mejor amigo, el único que nunca lo lastimó en la organización Bratva, el único que siempre estuvo ahí con él. —¿Qué haces, Mino? ¡Dijiste que no lo volverías a hacer! ¡Tú lo prometiste! Mino soltó el arma y, cuando la soltó, un disparo de un oficial atravesó su cabeza. Fue demasiado tarde para poder arrepentirse. Ya se había llevado la vida de alguien inocente. Corea quedó libre de esa droga, de la droga más letal, de “KgPh001”, pero se llevó la vida de una persona que no merecía morir. Yurina quedó devastada. —¿Por qué? ¿Por qué, Tae? ¿Por qué? —decía mientras ya había pasado un año de lo sucedido. —No sé, hija, las cosas así tenían que ser, supongo. Estoy seguro de que a Tae le gustaría verte feliz —dijo Shio, consolando a su hija. —No, papá, no. No voy a seguir con esto. Si las personas mueren siendo inocentes, yo quiero romper ese patrón. —¡Hija, qué dices! ¿Qué piensas hacer? —Yo seré la última Pillis, pero la última Pillis que intenta salvar al mundo; ahora la que lo va a intentar arruinar seré yo. FIN Autor: Martha Brisa Gámez Palacio Título: La última Pillis Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026
- "La estrella que llegó tarde", cuento de Keila Noemí Alor García
En el Nido Celeste, donde nacen todas las estrellas, todo funcionaba con una regla muy clara: cada estrella debía encender un segundo del tiempo universal. Sin excepción. Sin retrasos. Sin errores. Pero ese día algo salió diferente. Nix Aster Lumina nació pequeña. Muy pequeña. No brillaba como las demás. Mientras las otras estrellas recién nacidas iluminaban el cielo con destellos fuertes y seguros, Nix apenas emitía un poco de calor, como una luciérnaga tímida perdida en la oscuridad. —No puede ser… —susurraron algunas estrellas mayores—. No brilla. Nix escuchó esos comentarios. Aunque era nueva, entendía lo suficiente como para saber que algo no estaba bien. Su turno llegó. Ella debía encender su segundo. Pero cuando intentó brillar… no pasó nada. El segundo quedó oscuro. Y en algún lugar del universo, el tiempo se retrasó un instante. Fue entonces cuando apareció Cron Voraz. Salió de la grieta entre los minutos, formado por engranajes flotantes y con una cabeza de reloj sin manecillas. Su sombra se movía hacia atrás, como si no obedeciera las mismas reglas que los demás. —Si un segundo falla, todo debe reiniciarse —dijo con voz fría. Nix sintió miedo. Había escuchado historias sobre él. Era quien eliminaba los errores del tiempo. Y ahora ella era un error. —Yo… yo lo intento —respondió Nix, pero su voz temblaba. Cron la observó sin emoción. —No brillas. No cumples tu función. Y eso fue lo que más le dolió. No el miedo. No la amenaza. Sino sentir que no servía. Antes de que Cron pudiera acercarse más, una luz azul cruzó el cielo a toda velocidad. —¡Hey! ¡No tan rápido, reloj viejo! —gritó Tilo Cola Azul, el cometa que nunca se quedaba quieto. Tilo giró alrededor de Nix, dejando una estela brillante llena de pequeños objetos: recuerdos perdidos, risas olvidadas, promesas rotas. —Ella no es un error —dijo Tilo—. Solo es diferente. Cron no entendía eso. Para él solo existía lo exacto y lo correcto. Nix, sintiéndose culpable, huyó. Subió más alto, dejando un rastro de polvo hacia arriba. No sabía a dónde iba, solo quería entender por qué era así. Mientras viajaba, algo extraño ocurrió. Una estrella antigua, ya apagada, quedó cerca de ella. Nix no brillaba, pero su calor tocó los restos de esa estrella vieja. Y entonces pasó algo increíble. Imágenes comenzaron a aparecer en el vacío. Momentos del pasado. La primera risa del universo. El primer amanecer en un planeta lejano. Recuerdos que ya nadie podía ver… regresaron. Nix no daba luz. Pero despertaba recuerdos. —¿Qué es esto? —preguntó Cron, que la había seguido. Por primera vez, algo cambió en él. Cuando el calor de Nix tocó uno de sus engranajes, una imagen cruzó su mente. Recordó el primer error del tiempo. Recordó que no siempre había sido tan rígido. Recordó que antes de volverse guardián… también fue creación. Sintió algo extraño. Curiosidad. —Tu segundo no ilumina el presente —dijo lentamente—. Ilumina el pasado. Nix dejó de huir. —Tal vez no brillo… pero tampoco me voy a apagar —dijo con más firmeza. Cron guardó silencio. Sus péndulos dejaron de moverse tan rápido. El universo no necesitaba que todos los segundos fueran iguales. Algunos segundos servían para avanzar. Y otros… para recordar. Desde entonces, cuando llega el segundo de Nix, el universo no se ilumina. Se siente cálido. Y por un instante, todo recuerda de dónde viene. Tilo, por primera vez en sus 300 vueltas solares, decidió quedarse cerca de ella. Porque entendió que viajar es fácil, pero quedarse por alguien especial es lo que realmente importa. Y Cron Voraz ya no reinicia el tiempo cuando algo es diferente. Ahora espera. Porque aprendió que no todo error debe borrarse. Algunos errores… son el inicio de algo nuevo. FIN Autor: Keila Noemí Alor García Título: La estrella que llegó tarde Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026
- "La Luz que no se roba", cuento de Jailyn Alaisha Morales Castro
El Reino de Luminara era conocido por algo especial. No era su oro. No eran sus ejércitos. Era su luz. Cada persona nacía con un pequeño resplandor en el pecho, invisible para la mayoría, pero perceptible en la alegría, el talento y la bondad. Hasta que la luz comenzó a apagarse. Primero en aldeas lejanas. Luego en la capital. Las personas despertaban cansadas, sin sueños, sin esperanza. La princesa Emilia fue la primera en notar que el cielo ya no amanecía tan brillante. —No es el sol —susurró Renata, mirando los árboles marchitarse—. Es algo más. Tomás investigó antiguos pergaminos en el castillo. Encontró un nombre prohibido: Armand Vélez. Antiguo consejero real. Desterrado años atrás por practicar magia oscura. La leyenda decía que deseaba dominar la luz interior de las personas. Durante la segunda noche, bajo rumores de una luna que pronto se teñiría de rojo, Emilia decidió salir del castillo. No como princesa, sino como guerrera. Tomás la acompañó con espada en mano. Renata llevaba un amuleto de cristal que vibraba cuando la oscuridad estaba cerca. El Bosque de los Susurros parecía respirar. Sombras se movían entre los árboles. Y en el centro del bosque encontraron la torre abandonada. De sus ventanas escapaba una luz extraña… pálida, artificial. Dentro de la torre, cientos de pequeñas esferas flotaban en el aire. Eran luces. Pequeñas, doradas, vivas. La luz robada del pueblo. Y en el centro, Armand Vélez. Ya no parecía completamente humano. Su piel era casi translúcida, y en sus ojos ardía una claridad antinatural. —La luz es poder —dijo con voz suave—. Y el poder no debe desperdiciarse en manos débiles. Confesó su plan: absorber toda la luz de Luminara para convertirse en un ser eterno. No era un malentendido. No era confusión. Era ambición pura. La luna roja apareció en el cielo. Armand extendió las manos hacia Emilia. —Tú tienes la luz más intensa de todas. Intentó arrebatársela. Pero Emilia no retrocedió. En lugar de proteger su luz, la compartió. Tomás se colocó frente a ella, resistiendo la energía oscura. Renata elevó el amuleto, que comenzó a brillar con fuerza. La luz de Emilia no se debilitó al compartirse. Se multiplicó. Las esferas robadas comenzaron a vibrar. Armand gritó mientras la luz escapaba de su control. No podía dominar algo que nacía de la voluntad y la unión. La torre comenzó a derrumbarse. La oscuridad se fragmentó. Y el hechicero fue consumido por la misma sombra que había creado. Cuando el sol volvió a salir, Luminara brillaba más que antes. Las personas despertaron con fuerza renovada. El cielo volvió a teñirse de dorado. Emilia regresó al castillo no solo como princesa, sino como líder verdadera. Tomás ya no dudaba del poder del corazón sobre la lógica. Renata comprendió que la magia más fuerte no es la que se roba… sino la que se comparte. Y desde entonces, en Luminara, se cuenta una historia: La luz no pertenece a quien intenta guardarla. Pertenece a quien decide protegerla. FIN Autor: Jailyn Alaisha Morales Castro. Título: La Luz que no se roba Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026
- "La noche en el faro abandonado", cuento de Alan Omar Delgado Andrade
Era una noche oscura y tormentosa en la costa de México. El faro abandonado se erguía en la punta del acantilado, como un gigante dormido. Tres amigos, Ana, Luis y Carlos, decidieron explorar el faro en busca de un tesoro legendario. Ana era una joven aventurera, siempre en busca de emociones fuertes. Luis era un experto en historia y leyendas, y Carlos era un genio de la tecnología. Juntos, formaban un equipo formidable. Al llegar al faro, se encontraron con una figura misteriosa, la señora García, que les advirtió que no debían subir al faro. "Es peligroso", dijo. "No es un lugar para jóvenes como ustedes". Pero los tres amigos, ansiosos por encontrar el tesoro, no le prestaron atención. Comenzaron a subir las escaleras en espiral, mientras la tormenta rugía afuera. De repente, escucharon un ruido extraño, como un susurro en el viento. Ana se detuvo en seco. "¿Qué fue eso?", preguntó. Luis y Carlos se rieron, pensando que era solo el viento. Pero entonces, la luz del faro parpadeó y se apagó. La oscuridad era total. De repente, la voz de la señora García se escuchó en la oscuridad. "¡Salgan de aquí, ahora! ¡No es seguro!" Pero era demasiado tarde. El faro comenzó a temblar y los tres amigos se dieron cuenta de que estaban atrapados. Mientras intentaban encontrar una salida, se encontraron con un hombre misterioso, el señor Jenkins, que les dijo que era un guardián del faro. "Ustedes no deberían estar aquí", dijo. "El faro tiene un secreto, y no puedo dejar que lo descubran". Ana, Luis y Carlos se miraron entre sí, confundidos. ¿Qué secreto podía tener el faro? Decidieron seguir al señor Jenkins, que les llevó a una habitación secreta en el fondo del faro. Allí, encontraron un cofre antiguo con un mensaje encriptado. Carlos comenzó a trabajar en el código, mientras Ana y Luis exploraban la habitación. De repente, Luis gritó. "¡Miren esto!" En la pared, había un mural que mostraba una escena de un naufragio. Ana se dio cuenta de que el mural era una pista para resolver el misterio del faro. "El tesoro no es oro ni joyas", dijo Carlos, descifrando el código. "Es un secreto que puede cambiar la historia". De repente, la señora García apareció en la habitación. "Ustedes no deberían saber esto", dijo. "Pero ya es demasiado tarde. El secreto del faro es que fue construido sobre un antiguo templo maya. Y el tesoro es la llave para desbloquear su poder". El faro comenzó a temblar de nuevo, y los tres amigos se dieron cuenta de que debían escapar. Pero ¿cómo? El señor Jenkins les dio un mapa y les dijo que siguieran el camino secreto. Ana, Luis y Carlos corrieron por el laberinto de pasillos, perseguidos por la señora García y el señor Jenkins. Finalmente, llegaron a la salida y se lanzaron al mar, justo cuando el faro se derrumbaba detrás de ellos. Cuando llegaron a la orilla, se dieron cuenta de que el tesoro no era lo que esperaban. Pero habían descubierto un secreto que cambiaría su vida para siempre. Meses después, Ana, Luis y Carlos se encontraban en la selva maya, en busca del templo. Habían recibido un mensaje anónimo que les indicaba que el templo estaba en peligro. Al llegar al templo, se encontraron con un grupo de hombres armados que intentaban activar la máquina. "¡No lo hagan!", gritó Ana. Pero era demasiado tarde. La máquina se activó, y una energía intensa comenzó a emanar del templo. Los hombres armados se retiraron, y los tres amigos se quedaron solos. "¿Qué hemos hecho?", preguntó Luis. "No sé", respondió Carlos, "pero creo que deberíamos encontrar una manera de apagarla". Ana se dio cuenta de que la energía del templo estaba conectada a la luna. "La luna está llena esta noche", dijo. "Si podemos sincronizar la máquina con la luna, podríamos apagarla". Los tres amigos trabajaron juntos, utilizando sus habilidades para sincronizar la máquina con la luna. Finalmente, la energía se apagó, y el templo se calmó. Cuando salieron del templo, se encontraron con la señora García y el señor Jenkins. "Ustedes han pasado la prueba", dijo la señora García. "Son los nuevos guardianes del templo". Ana, Luis y Carlos se miraron entre sí, sabiendo que su aventura había terminado. Pero también sabían que siempre estarían listos para la próxima aventura. FIN Autor: Alan Omar Delgado Andrade Título: La noche en el faro abandonado Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026











