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  • "El bosque donde el tiempo susurraba", cuento de Jaqueline Paola Venegas Lira

    En un reino escondido entre montañas y neblina vivía Luna, una joven que podía escuchar lo que nadie más oía: los susurros del tiempo. Desde pequeña sabía que era diferente. Mientras los demás jugaban, ella escuchaba voces en el viento… advertencias, recuerdos… futuros posibles. Pero nunca estuvo sola. Su mejor amigo era Elías, un chico valiente que no tenía ningún poder mágico, pero sí algo más fuerte: una lealtad inquebrantable. Él era quien la hacía reír cuando los susurros se volvían demasiado pesados. Un día, el bosque comenzó a marchitarse. Los árboles dejaron de cantar. Los ríos corrían en silencio. El tiempo estaba muriendo. Fue entonces cuando apareció el tercer viajero… Un misterioso guardián llamado Aren, mitad humano, mitad sombra, protector del Reloj Antiguo que mantenía el equilibrio del mundo. Él les reveló la verdad: Alguien había robado el corazón del tiempo. Sin él… el pasado desaparecería, el presente se rompería y el futuro jamás existiría. Los tres emprendieron el viaje. Luna guiaba con los susurros. Elías protegía con su valentía. Aren abría caminos entre sombras. Atravesaron montañas flotantes, lagos que reflejaban recuerdos y tormentas hechas de horas perdidas. Hasta llegar al lugar donde el tiempo estaba encadenado. Para liberarlo, alguien debía quedarse atrás. Elías dio un paso. Pero Luna escuchó algo… el tiempo no pedía sacrificio… pedía confianza. Tomó la mano de sus amigos y juntos rompieron las cadenas. El tiempo volvió a latir. El bosque floreció. Y desde entonces, los susurros ya no eran advertencias… Eran promesas. Porque el destino no se carga solo… Se comparte. FIN Autor: Jaqueline Paola Venegas Lira Título: El bosque donde el tiempo susurraba Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026

  • "Los que se quedan donde mueren", cuento de Kiara Estefania García Herrera  

    No todos los fantasmas aparecen para asustarte. Algunos solo esperan. Me llamo Lucía y hace un mes me mudé con mi mamá a un departamento antiguo en el centro de la ciudad. Es de esos edificios viejos con pasillos largos, pisos de mosaico frío y luces que tardan en encender. Desde el primer día sentí algo raro. No era miedo exactamente, era la sensación de que alguien más estaba ahí. La primera noche escuché pasos. No en el pasillo del edificio, sino dentro del departamento. Pasos suaves, arrastrados. Pensé que era mi mamá, pero cuando fui a su cuarto estaba profundamente dormida. Volví al mío y los pasos se detuvieron justo detrás de mi puerta. No tocaron. No intentaron entrar. Solo se quedaron ahí, esperando. Al día siguiente revisé el departamento con atención. Noté manchas alargadas en la pared del pasillo, casi invisibles, como si algo húmedo hubiera escurrido hacia abajo hace mucho tiempo. No pregunté nada. No quería parecer paranoica. El conflicto comenzó cuando vi al primero. Fue en el reflejo del microondas. Mientras calentaba comida, vi a alguien parado detrás de mí: un hombre delgado e inmóvil. Giré de inmediato, pero no había nadie. Sin embargo, al volver a mirar el reflejo, seguía ahí. No hacía nada, solo observaba. Esa noche soñé que el departamento estaba lleno de personas. No se movían ni hablaban, solo ocupaban espacio: en la cocina, en la sala y sentados en el pasillo. Al despertar, el aire se sentía más pesado. Entonces escuché un susurro que venía de las paredes: —No te vayas. Con el paso de los días comencé a ver más figuras: una mujer sentada en la esquina del techo, un niño en el baño con la cabeza inclinada y una sombra cruzando el pasillo aunque todas las luces estuvieran encendidas. No desaparecían cuando las miraba. Eso era lo peor. No hacían nada. Solo estaban. Una noche escuché golpes en el departamento de arriba, después gritos y un ruido seco. Luego, silencio absoluto. Mi mamá y yo subimos corriendo. La puerta estaba entreabierta. Había sangre en el suelo y un hombre tirado, inmóvil. La policía dijo que fue un accidente. Que el hombre había resbalado. Que nadie más estaba involucrado. Hablaron con mi mamá unos minutos y luego se fueron. Todo volvió a quedarse en silencio, como si el edificio hubiera decidido guardar el secreto. Esa noche casi no dormí. Cada sonido me hacía saltar: el crujido de la madera, el viento colándose por las ventanas, incluso el leve zumbido del refrigerador. Sentía que algo había cambiado, como si el aire mismo estuviera más denso. A la mañana siguiente, mientras desayunábamos, quise preguntarle a mi mamá si ella también sentía algo extraño. Pero cuando la miré, parecía tranquila, como si nada hubiera pasado. Me dijo que no pensara demasiado en lo ocurrido, que esas cosas pasan en edificios viejos. Pero yo sabía que no era solo eso. Esa tarde, mientras hacía tarea en la mesa de la cocina, sentí que alguien estaba parado detrás de mí. No escuché pasos. No escuché respiración. Solo lo supe. El mismo frío recorrió mi espalda lentamente. No quería voltear. Cuando reuní el valor y lo hice… ahí estaba. El hombre. Más cerca que antes. Ya no se veía tan borroso como en el reflejo. Ahora podía distinguir su rostro pálido, sus ojos abiertos sin parpadear y la mancha oscura que atravesaba su camisa. No parecía enojado. No parecía triste. Solo… vacío. Retrocedí hasta chocar con la pared. Parpadeé varias veces esperando que desapareciera. No lo hizo. Y entonces escuché algo más. No una voz. Muchas. Susurros superpuestos, como si varias personas hablaran al mismo tiempo desde distintos rincones del departamento. No entendía lo que decían, pero repetían una misma idea, una y otra vez: Quédate. Esa noche comprendí que el edificio no estaba embrujado. Estaba lleno. Lleno de personas que nunca se fueron. Y yo ahora podía verlas. El problema es que ahora ellos también pueden verme. FIN Autor: Kiara Estefania García Herrera   Título: Los que se quedan donde mueren Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026

  • "La torre del caos", cuento de Priscila Gamboa Montoya

    En medio del bosque, donde casi nadie se atrevía a entrar, había una torre inclinada que parecía estar a punto de caer. Allí vivía Lucía. No recordaba cómo había llegado. Desde pequeña, el hombre que la cuidaba —al que llamaba Julián— le decía que el mundo era peligroso y que ella tenía algo especial que debía mantenerse oculto. Lucía no tenía un poder como lanzar fuego ni volar. Lo suyo era más extraño: cuando cantaba, el aire vibraba y pequeñas luces aparecían alrededor, como luciérnagas hechas de cristal. Julián decía que esa habilidad podía traer problemas. Cada año, desde la ventana más alta, Lucía veía algo que la llenaba de preguntas: cientos de luces flotando en el cielo, elevándose desde el pueblo cercano. —Es una tradición sin sentido —decía Julián con tono seco—. No tiene nada que ver contigo. Pero algo dentro de ella le decía que sí. Un día, mientras Julián estaba fuera buscando provisiones, un joven llamado Mateo llegó al bosque huyendo de unos guardias. No era ladrón famoso ni héroe valiente, solo alguien que se metía en problemas por curiosidad. Al ver la torre decidió subir, más por desafío que por necesidad. Cuando entró y vio a Lucía, ambos se quedaron en silencio. Para ella era la primera vez viendo a alguien de su edad. Para él, era imposible no notar que algo en esa torre era diferente. Mateo le habló del pueblo, de la celebración de las luces, de cómo cada año se recordaba el incendio que había destruido parte del lugar hace diecisiete años. Nadie sabía exactamente cómo empezó el fuego, solo que aquella noche el cielo se llenó de luces extrañas. Lucía sintió un escalofrío. Ella tenía diecisiete años. Cuando Julián regresó y encontró a Mateo, su reacción fue inmediata. Le ordenó irse y le dijo a Lucía que jamás debía confiar en extraños. Esa noche discutieron por primera vez. Lucía quería respuestas. Julián solo quería silencio. Al día siguiente, Lucía decidió salir de la torre. El bosque no la atacó. No había monstruos esperándola. Solo árboles, viento y el sonido lejano del lago. Mateo la guio hasta el pueblo justo el día de la ceremonia. La plaza estaba llena de personas sosteniendo pequeñas lámparas de papel. En el centro había un mural antiguo, medio quemado por el tiempo. Mostraba a una mujer cantando mientras luces salían de sus manos y subían al cielo. Abajo, una frase: "La luz puede salvar, pero también puede destruir." Lucía entendió todo de golpe. El incendio de hace diecisiete años no había sido un ataque. Había sido un accidente provocado por alguien que no sabía controlar su don. Julián apareció entre la multitud. Confesó que él había sido guardia del pueblo aquella noche. Había visto cómo una joven con el mismo poder que Lucía perdió el control. Para evitar que volviera a pasar, decidió llevarse a la bebé que sobrevivió… ella. No por maldad. Por miedo. Pero el miedo también puede encerrar. La ceremonia comenzó. Las luces empezaron a elevarse. Lucía sintió que su voz quería salir. Dudó. Si cantaba, podía pasar lo mismo que años atrás. Pero si no lo hacía, seguiría viviendo escondida. Respiró profundo y comenzó a cantar, suave al principio. Las luces del pueblo empezaron a brillar más fuerte, pero esta vez no eran inestables ni violentas. Se movían con calma, como si respondieran a algo más firme. No hubo fuego. No hubo destrucción. Solo un cielo lleno de luz. Julián entendió que proteger no siempre significa encerrar. Y Lucía comprendió que su poder no era una maldición, sino algo que debía aprender a manejar. Cuando el último farol desapareció entre las estrellas, Lucía no regresó a la torre. La torre quedó vacía. Pero el cielo, por primera vez, se sintió completo. FIN Autor: Priscila Gamboa Montoya Título: La torre del caos Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026

  • "El corazón de las manecillas", cuento de Alexa Paola Guzmán Hernández

    El reloj del pueblo estaba detenido desde hacía once años, siete meses y tres días. Nadie recordaba la hora exacta en la que dejó de latir, pero todos recordaban por qué. Desde entonces, San Bruna vivía en una especie de pausa invisible. Los días pasaban, la gente envejecía, pero algo profundo permanecía inmóvil, como una herida que nunca terminaba de cerrar. Tomás tenía diecisiete años y odiaba ese reloj. Cada mañana lo miraba desde la ventana de su cuarto: oxidado, con las manecillas clavadas como un par de ojos muertos. Su madre decía que no había que remover el pasado, que algunas cosas se rompían para siempre. Pero Tomás no pensaba igual. Él había perdido a su padre el día que el reloj se detuvo y, desde entonces, sentía que el tiempo también se le había roto por dentro. San Bruna era un pueblo pequeño, de calles de tierra y silencios largos. Todos se conocían, todos se cuidaban y todos evitaban hablar de aquella noche. Tomás creció entre miradas esquivas y frases incompletas, con la sensación constante de que le estaban ocultando algo. Hasta que una tarde, revolviendo el viejo taller de su padre, encontró una libreta cubierta de polvo. La libreta estaba llena de dibujos, fórmulas extrañas y anotaciones escritas con una letra nerviosa. En la primera página, una frase lo dejó helado: “𝑬𝒍 𝒕𝒊𝒆𝒎𝒑𝒐 𝒏𝒐 𝒔𝒆 𝒓𝒐𝒎𝒑𝒊𝒐́, 𝒍𝒐 𝒅𝒆𝒕𝒖𝒗𝒊𝒎𝒐𝒔.” Tomás sintió un golpe seco en el pecho. Pasó las hojas con rapidez, leyendo sobre un experimento, sobre un intento desesperado por “salvar el pueblo”. Su padre había sido relojero, sí, pero también algo más: un obsesivo del tiempo, de los segundos que se escapan y de las decisiones que no se pueden deshacer. Según la libreta, la noche del accidente hubo una tormenta brutal. El molino cayó, el cerro amenazó con venirse abajo y San Bruna estuvo a punto de desaparecer. El experimento de su padre buscaba ganar tiempo, solo unos minutos para evacuar. Pero algo salió mal. Desde ese día, Tomás empezó a notar cosas extrañas: personas que repetían las mismas frases sin darse cuenta, recuerdos que no encajaban y sueños que parecían ajenos. Cada vez que se acercaba al reloj, escuchaba un tic-tac apenas perceptible, como un corazón latiendo. Decidido a hacer lo que nadie se había atrevido, quiso terminar lo que su padre empezó. No fue fácil. El pueblo reaccionó con miedo y rabia cuando lo vieron manipulando el reloj. Todos le decían que se detuviera, que no moviera la desgracia, que el pasado debía quedarse enterrado. Pero Tomás ya estaba demasiado firme en su decisión. No buscaba héroes ni perdón, solo quería respuestas. La noche que decidió activar el mecanismo, una tormenta idéntica a la de años atrás se desató sobre el pueblo. El viento rugía, los truenos sacudían el cielo y parecía que todo iba a romperse otra vez. Tomás subió al campanario con las manos temblando y el corazón desbocado. Cada engranaje que ajustaba parecía resistirse, como si el tiempo no quisiera moverse. Y entonces lo entendió… El reloj no estaba roto. Estaba sosteniendo algo. Al reactivarlo, el tiempo volvió a fluir, pero también regresó todo lo que había quedado atrapado. Con lágrimas mezcladas con la lluvia, giró la última llave. El reloj sonó: tic-tac. Y el pueblo entero se estremeció. Los recuerdos reprimidos estallaron en la mente de todos. Tomás cayó de rodillas, destrozado, mientras el reloj marcaba la hora exacta. Al amanecer, el pueblo era distinto. No había destrucción ni tragedia… solo memoria. Por primera vez, la gente lloraba y se abrazaba. Tomás volvió al taller de su padre y colocó la libreta en una repisa. Ya no dolía igual, porque ahora entendía todo. El reloj seguía funcionando, marcando cada segundo sin piedad ni pausas. Cada mañana, Tomás volvía a mirarlo desde su ventana. Y lo que entendió fue esto: el tiempo no lo cura todo, pero avanzar es la única forma de vivir, porque mientras el tiempo avanza, él también puede hacerlo. FIN Autor: Alexa Paola Guzmán Hernández Título: El corazón de las manecillas Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026

  • "Latencia", cuento de Geovani Alexander Méndez Vázquez

    Despiertas sin recordar cuándo cerraste los ojos. No hay transición entre sueño y vigilia. Solo conciencia repentina, como si alguien hubiera encendido la luz dentro de tu mente. El aire está tibio. Demasiado tibio. Respiras y algo huele… vivo. Parpadeas. La pared frente a ti se mueve. No es imaginación. No es sombra. No es un truco de luz. La superficie se contrae y se expande con un ritmo lento, húmedo, casi orgánico. La textura parece blanda, irregular, como si estuviera hecha de capas superpuestas que laten. Entonces notas a las personas. Dos están frente a la pared. Uno está atrapado en ella hasta el pecho. El otro está sobre una escalera, sujetándolo de los brazos. —Resiste —dice el de arriba. Su voz no suena desesperada. Suena obligada. Como si no pudiera decir otra cosa. A tu derecha hay dos niños. No se mueven. No parpadean. Sus ojos no están en la pared. Están en ti. Esperan algo. No sabes qué. El hombre de la escalera tira. Sus manos resbalan. La pared parece hundirse alrededor del cuerpo atrapado, como si lo abrazara lentamente. No lo aprieta. No lo devora. Solo… lo integra. —No te duermas —insiste. El atrapado no responde. La pared palpita. Sientes el latido en el suelo, en el aire, en tu pecho. Por un instante crees que es tu propio corazón… hasta que notas que tu pulso no coincide con el ritmo de la habitación. Entonces entiendes algo que no debería poder entenderse: Ese lugar tiene vida propia. El hombre de la escalera vuelve a jalar. —¡Despierta! Silencio. El cuerpo atrapado se vuelve más pesado, más inerte, más ajeno. No hace falta tocarlo para saber que ya no está ahí. Pero el hombre sigue tirando. Sigue hablándole. Sigue negándolo. La pared se abre apenas. No como una boca. Como una herida. Y lo absorbe. No rápido. No violento. Solo inevitable. La escalera cae al suelo con un golpe seco que resuena demasiado fuerte para un cuarto tan pequeño. Los niños se estremecen. Uno susurra: —Papá… No sabes a cuál se refiere. Dentro de la pared ahora hay dos siluetas. Una quieta. Otra moviéndose cada vez menos. Quieres moverte. Tu mente lo ordena. Tu cuerpo no obedece. Es como si el suelo te sostuviera con más fuerza de la necesaria. La pared vuelve a latir. Algo oscuro empieza a deslizarse por su superficie. No gotea todavía. Solo se forma. Se acumula. Se espesa. El hombre atrapado, que aún vive, gira apenas la cabeza. Te mira. No parece asustado. Parece… consciente. —Ellos… —murmura. Su voz suena como si viniera desde el fondo de un pasillo largo. Miras a los niños. Siguen viéndote. No lloran. Eso es lo peor. La pared deja caer la primera gota. Cuando toca el suelo, el material se oscurece y se hunde un poco, como si se hubiera cansado de existir. El metal de la escalera cruje suavemente al contacto con otra gota. No necesitas pruebas para saber que no debes tocar eso. El hombre respira con dificultad. —Sácalos… No te pide que lo salves. Te pide que los salves a ellos. Tu mente empieza a llenarse de ideas que no son tuyas: Si te acercas, te atrapará.Si corres, te seguirá.Si dudas, te elegirá. Parpadeas fuerte. Las voces se detienen. El hombre atrapado sigue mirándote. No suplica. No exige. Solo espera. La pared sube un poco más sobre su torso. Los niños se acercan a ti sin tocarte. Buscan refugio. No en tus brazos. En tu decisión. El cuarto late más rápido. Late como si algo dentro de él se impacientara. Entonces lo entiendes. No es una trampa. Es una prueba. No quiere cuerpos. Quiere elecciones. Respiras hondo. El aire sabe a hierro y a sueño viejo. Tomas las manos de los niños. Son pequeñas. Tibias. Reales. Das un paso hacia la única puerta. La pared se contrae de golpe. Un sonido profundo recorre la habitación, como un gruñido contenido. No volteas. El hombre atrapado exhala. No suena triste. Suena aliviado. Abres la puerta. Luz blanca. Silencio absoluto. Sales. Los niños, contigo. La puerta se cierra sola. El latido desaparece. El aire ya no está tibio. Pasan unos segundos. Tal vez minutos. Tal vez nada. Miras atrás. No hay puerta. Solo una pared lisa. Fría. Inmóvil. Normal. Los niños aprietan tus manos. Y entonces sientes algo que te congela por dentro: tu corazón… late con el mismo ritmo que la habitación. FIN Autor: Geovani Alexander Méndez Vázquez Título: Latencia Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026

  • "Proyecto VR1P", cuento de Ángel Gabriel González Holguín

    Alguna vez has tenido esa sensación de estar atado a algo o a alguien, de que por más que te alejes sientes que, tarde o temprano, vas a volver, porque sí, eso pasa. Cuando yo trabajaba para Cinema Flash Company, una industria de cine muy avanzada para su tiempo, empecé en el año 1935 como transportador de carga. Estuve dos años en el puesto hasta que me hicieron jefe. Era la última carga antes de que me ascendieran; debía recuperar los planos y el prototipo de un dispositivo que el equipo de invención estaba creando. Hasta que, un fatídico día, el plantel donde trabajaban se empezó a incendiar. El fuego consumió una cuarta parte del lugar. Cuando entraron a recuperar los cuerpos, no encontraron nada. No es que se hayan hecho ceniza; es que no estaban. Nadie sabe qué pasó, pero tampoco quieren saberlo. Feb./1936 Hora: 4:35 a. m. Lugar: Londres —Oye, David, ¿por qué rayos me haces trabajar tan tarde? —dijo, tapándose la boca mientras terminaba de vestirse.—Lo sé y lo siento, Arthur, pero no podemos perder los planos y el prototipo.—¿Planos? ¿Prototipo? —preguntó Arthur.—Sí, verás, los inventores, antes del incendio, estaban trabajando en algo llamado Cinema VR.LP. No sabemos exactamente qué hacía, pero por los informes creemos que sería como vivir la película en primera persona.—¿Cómo haría eso? —dijo Arthur.—Creo que era introduciendo un rollo de película en una especie de mini reproductor que estaría conectado por un cable a un casco con audífonos.—Ok, pero ¿otros saben dónde están los planos y el prototipo?—¡Sí! —exclamó David—. Los planos seguramente están en la oficina del encargado del proyecto y el prototipo debería estar en la sala de pruebas.—Bueno, ya estoy llegando al lugar, ¿me escuchas? …—¿David? ¿Me escuchas?—Sí, ya te escucho. Cuando encuentres los planos, comunícate por el radio de la oficina, ¿entendiste, Arthur?—Sí.—Ok, te estaré esperando. —Bueno, terminemos esto de una vez. Arthur bajó de la camioneta y caminó hacia la entrada. Una vez dentro empezó a buscar algún mapa del lugar y, después de media hora, lo encontró. Vio que la oficina estaba en el último piso y la sala de pruebas en el sótano. Empezó subiendo las escaleras hacia la oficina principal. Mientras lo hacía, sintió que lo observaban. Empezó a oír ruidos y, mientras más subía, más fuertes se volvían. Cuando llegó al pasillo frente a la oficina, vio que ésta estaba intacta, como si el tiempo se hubiera detenido. Al salir del trance empezó a buscar los planos, encontrándose en un cajón, e inmediatamente se comunicó con David a través del radio. —¡David! ¿Me escuchas?—Si, fuerte y claro. ¿Ya tienes los planos?—Sí, afirmativo, los tengo aquí. Ahora mejor ir dirigiéndome a la sala de pruebas.—Por cierto, cuidado. Ve para allá tranquilo, porque para entrar tienes que pasar por la sala de maquinaria y no sé si está en buenas condiciones. Hazlo con cuidado.—Ok, tendré cuidado. Te veo. Arthur se dirigió hacia el sótano rápidamente, sintiendo los ruidos más fuertes. Al voltear hacia atrás, sintió que unas cosas lo perseguían. Parecían cadáveres y, al mirarlos bien, se dio cuenta de que eran los cuerpos de los trabajadores. Alcanzó a ver la puerta de la sala de maquinaria; logró entrar a tiempo y bloquearla. Al mirar los cuerpos, vio un dispositivo en sus cabezas, parecía una cámara antigua. —¡Pero qué carajos eran esas cosas! ¡No puedo seguir con esto, me tengo que ir! ¡Pero no puedo salir con esas cosas afuera! Al voltear vio otra puerta y, al mirar adentro, observó más cadáveres con esas cámaras. Se puso a pensar en cómo pasar. —¿Debo correr directo? No, porque si no los voy a atraer y luego no voy a poder salir. ¿Qué puedo hacer? Entonces se le ocurrió que podía disfrazarse como uno de ellos, pero no sabía cómo. —Creo que tendré que quitarle la cámara a uno. Con temor abrió la puerta, atrajo a uno de los cuerpos haciendo poco ruido y empezó a forcejear con él. Mientras más lo mantenía a raya, más fuerza ponía en sus ataques. Después de un rato logró vencerlo y quitarle la cámara de la cabeza. Al retirarla, vio que la parte cubierta estaba totalmente hundida. —¡Qué mierda! En ese momento dudó en ponerse la cámara, pero aún así se la colocó. —Ja, ja… no pasó nada. Procedió a abrir la puerta y, con miedo, pasó entre los cuerpos hasta la sala de pruebas. Una vez dentro tiró el casco, quitándose la cámara de la cabeza y tomando el dispositivo. —David, ya tengo el casco. Voy a salir.—¿Dónde te estás ubicando, Arthur?—En un radio en la sala de pruebas. Ya voy a salir. En ese momento escuchó un rugido y, al ver por la puerta, observó una criatura enorme. Su piel pálida, con una postura encorvada; sus huesos podían verse a través de ella y tenía aspecto desnutrido. —¡David! ¡David!—¡Qué pasa!—¡Hay una criatura enorme junto con los demás cadáveres!—¿Criaturas? ¿Cadáveres? ¿De qué hablas?—¡Cuando bajé al sótano me persiguen unos cadáveres con cámaras en la cabeza! ¡Haz algo!—¿Pero qué? Si te digo algo tardará mucho en llegar.—¡Clave!—Espera, puedo guiarte para salir con cuidado. ¿Tienes los planos del plantel?—Si.—Vas a tener que correr con el radio. —Está bien. ¿Por dónde voy? —En uno de los cubículos de prueba debe haber una escotilla de emergencia. Búscala.—La encontré, estoy bajando por ella.—Debes estar en un pasillo largo.—Si.—¿Ves algo al final?—Sí. En ese momento se escucha el mismo rugido y, segundos después, un estruendo. El techo se agrieta y cae con el monstruo encima de los escombros. —¡Aaahhhh!—¿Qué pasa, Arthur?—Es esa cosa, rompió el techo y me está siguiendo. Arthur corre lo más rápido que puede, su respiración agitada y sus piernas dando lo mejor de sí. —¡David, ya vi la puerta!—¡Qué bien!—Hay un problema.—¿Cuál?—La puerta está abollada.—Da unos pasos atrás, corre y empújala con todas tus fuerzas. ¿Entendiste?—Sí. Arthur realiza los pasos mientras el monstruo está cada vez más cerca. Corre hacia la puerta y con su hombro la empuja, logrando abrirla. Sale y ve los primeros rayos de sol. Al voltear, observa al monstruo correr hacia él, pero al entrar en contacto con los rayos del sol retrocede instintivamente hacia la sombra. Arthur corre, rodea la fábrica, sube a su camioneta y se va de ahí. Al día siguiente, David se retiró de su puesto y yo tomé su lugar como jefe de carga y recuperación. Y hoy, veinte años después de esa noche, no dejo de pensar en ese lugar. FIN Autor: Ángel Gabriel González Holguín Título: Proyecto VR1P Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026

  • "El acosador", cuento de Cynthia Alejandra Hernández Medrano

    En una vieja y sombría ciudad vivía una chica, una joven estudiante de un pequeño pueblo. Ella le enviaba cartas a su familia, pues en su pequeño pueblo no existía la tecnología. Todos los días recibía cartas de su familia, o eso pensaba. Una tarde encontró una nota en su puerta. Al leerla, descubrió que eran unas coordenadas. Al buscarlas en internet, descubrió que llevaban a su pueblo. Su mente, picada por la curiosidad ante tal suceso, puso en marcha su plan y solicitó reunirse con RH para obtener las tan necesitadas vacaciones. La mañana siguiente llegó y empacó su maleta, planeando su viaje a su pueblo natal para ver a su familia. Al llegar, fue a casa de sus padres, pero ellos no estaban. Ella preguntó a un vecino, pero este le dijo que sus padres habían muerto hacía más de tres meses. La chica, al oírlo, comenzó a llorar. Después de unas horas se calmó y entonces se dio cuenta de algo: si sus padres habían muerto hacía meses, entonces ¿quién le mandaba las cartas? La chica empezó a preguntar si había alguien en esa casa, pero todos decían que jamás habían visto a alguien entrar o salir. La chica estaba confundida y quería respuestas. La chica fue a la policía y les contó lo sucedido, pero los policías la ignoraron todos, excepto uno. Un joven guapo y amable decidió ayudarla a investigar. Ambos empezaron a hablar sobre lo sucedido y a buscar pistas. Después de una semana, seguían sin descubrir quién contestaba las cartas. La chica regresó a la ciudad, pero desde entonces le empezaron a enviar notas muy extrañas, hasta que una noche encontró un sobre que contenía fotos de ella. La chica, asustada, llamó al policía que la estuvo ayudando cuando estaba en el pueblo. Él llegó a la mañana siguiente, dispuesto a ayudarla. Ella se sentía segura al saber que había un policía con ella, pero las notas y fotos seguían apareciendo. Una noche empezó a sospechar del policía, así que llamó a un investigador para que la ayudara a descubrir si él era el acosador. Lamentablemente, no lograron descubrir nada. Con el paso de los días, la chica empezó a recuperar la confianza. Sin darse cuenta, empezó a enamorarse del policía. Años después se casaron, formando una familia con dos hermosos hijos. Pero una tarde, mientras limpiaba, encontró una foto de ella antes de conocer al policía, con una nota que decía: “Serás mía”. Todo ese tiempo el policía fue el acosador y, lamentablemente, ella cayó en sus engaños. Intentó huir con sus hijos, pero su esposo la noqueó, haciendo que incluso perdiera la memoria y manteniéndola a su lado para siempre. FIN Autor: Cynthia Alejandra Hernández Medrano Título: El acosador Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026

  • "El verdadero guerrero", cuento de Carlos Rodolfo Martínez Romero

    En una aldea azotada por el viento del norte vivía Loki, hijo de un guerrero que había abandonado la violencia. Su padre le enseñó algo que pocos comprendían: —Un verdadero guerrero no necesita espada. Pero el mundo no estaba listo para esa idea. Una mañana, los barcos llegaron. Al frente estaba Artur, líder de mercenarios. No era un simple saqueador: era un estratega brillante, frío y paciente. Fingió negociar. Fingió retirarse. Fingió honor. Y cuando el padre de Loki aceptó enfrentarlo para proteger a su gente, Artur ya había ganado. El duelo fue brutal. El mar fue testigo. Loki observó escondido, con el corazón desgarrándose a cada golpe. Su padre cayó, no por debilidad, sino por traición. El grito de Loki se perdió entre las olas. Desde un risco lejano, Artur observaba con una sonrisa torcida. Loki no regresó a casa. Se coló en el barco de Artur, decidido a vengarse. Artur lo descubrió… y, en vez de matarlo, lo aceptó. —Si quieres matarme, hazte fuerte. Así comenzó el verdadero infierno. Loki luchó en guerras que no comprendía. Quemó aldeas. Vio niños llorar como él lloró. Sintió el peso de la espada atravesando carne. Cada victoria lo vaciaba más. Artur lo usaba como arma. Le prometía duelos que nunca llegaban. Siempre había otra misión. Otro enemigo. Otra manipulación. En sueños, Artur susurraba: —Tu odio es hermoso. No lo pierdas. A veces, Loki despertaba cubierto de sudor, viendo el rostro de su padre entre llamas. Años pasaron. Loki se convirtió en un guerrero temido. Rápido. Letal. Silencioso. Pero, por dentro, era un niño roto. Cuando al fin llegó el momento decisivo —cuando Artur estuvo vulnerable— el destino cambió el tablero: una traición mayor, un conflicto político, un asesinato inesperado. Artur murió sin que Loki pudiera cumplir su venganza. No hubo duelo.No hubo cierre.Solo vacío. Loki cayó de rodillas. Toda su vida había sido construida sobre una promesa que ya no podía cumplir. Artur apareció ante él, no como sombra, sino como figura tangible. —¿Ves? El odio es frágil. Sin él… no eres nada. Loki quiso atacar, pero su brazo tembló. No tenía fuerzas. No tenía propósito. Por primera vez, lloró sin rabia. Sin rumbo, terminó encadenado como esclavo en tierras lejanas. El guerrero invencible ahora araba campos bajo el sol ardiente. Cada noche tenía pesadillas: montañas de cadáveres, rostros que lo acusaban, sangre que no se lavaba. En sus sueños caminaba sobre un campo infinito de cuerpos. Al fondo, su padre lo esperaba. —¿Es este el camino que elegiste? Loki intentaba hablar, pero solo salía humo de su boca. Artur reaparecía entre los cadáveres, riendo. —Todo fue tu decisión. Y ahí estaba el verdadero dolor: no podía culpar solo a Artur. Él había elegido seguir matando. Un día, mientras trabajaba la tierra, vio brotar una pequeña planta del suelo que él mismo había preparado. Algo simple.Algo vivo. Por primera vez en años, creó en vez de destruir. Comprendió que su padre no hablaba de debilidad, sino de fuerza verdadera: la fuerza de romper el ciclo. Esa noche volvió a soñar con el campo de cadáveres. Pero esta vez caminó hacia adelante. Cada paso hacía que los cuerpos desaparecieran. Frente a Artur, se detuvo. —Ya no lucharé por odio. Artur inclinó la cabeza. —Entonces sufrirás aún más. El mundo no cambia por deseos. —Tal vez. Pero yo sí. Y, al decirlo, el paisaje oscuro comenzó a agrietarse. Loki no se convirtió en héroe de inmediato. La redención no es rápida ni gloriosa. Es lenta. Dolorosa. Pidió perdón a quienes pudo. Evitó peleas. Soportó humillaciones sin levantar el puño. Cada vez que la violencia lo llamaba, recordaba el mar… y el cuerpo de su padre cayendo. Decidió buscar una tierra donde nadie tuviera que empuñar espada para sobrevivir. Una tierra donde los niños no crecieran entre llamas. Vinland. Artur lo observó por última vez desde la costa. —Has elegido el camino más difícil. Loki respondió sin mirarlo: —No tengo enemigos. Y, por primera vez, Arthur no sonrió. FIN Autor: Carlos Rodolfo Martínez Romero Título: El verdadero guerrero Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026

  • "El edificio de las historias", cuento de Melissa Iveth Banda Romero

    La primera vez que entré al viejo edificio de la calle Morelos sentí que algo no estaba en su lugar. No era solo el polvo acumulado en las ventanas ni el eco de mis pasos en el pasillo vacío, sino una sensación extraña, como si las paredes guardaran secretos. Yo no solía meterme en lugares abandonados, pero esa tarde, después de la escuela, algo me impulsó a hacerlo. Tal vez fue la curiosidad… o tal vez necesitaba escapar un poco de mis propios pensamientos. El edificio había sido, según contaban los vecinos, una biblioteca. Mi abuela decía que ahí las personas no solo leían libros, sino que también escribían sus propias historias. Siempre pensé que eso era una exageración, porque las historias no se quedan atrapadas en un lugar… o al menos eso creía. Mientras avanzaba, encontré una sala amplia con un mural pintado en la pared. Mostraba un castillo dividido en cuatro escenas: un camino que llevaba a la entrada, una tormenta rodeándolo, un dragón lanzando fuego y, al final, un amanecer tranquilo. Debajo del mural había un letrero casi borrado que decía: «Toda historia tiene su estructura». No entendí el mensaje hasta que escuché un ruido detrás de mí. Me giré rápidamente, pero no había nadie. Sin embargo, en el centro del salón apareció una mesa que antes no estaba ahí. Sobre ella descansaba un cuaderno viejo. Lo abrí y en la primera página decía: «Introducción: presenta el contexto y los personajes». El ambiente cambió de inmediato. El aire se volvió más frío y el edificio dejó de parecer abandonado. Las luces se encendieron y escuché voces. Frente a mí apareció un joven con ropa antigua. Me miró sorprendido. —¿Quién eres? —preguntó. Se llamaba Tomás y buscaba un libro perdido que contenía las historias de todos los habitantes del pueblo. Sin ese libro, los recuerdos desaparecerían y nadie sabría quiénes fueron. Así comenzó nuestra aventura. Recorrimos pasillos que parecían interminables. Cada puerta mostraba un recuerdo distinto: una fiesta, una despedida, una promesa. El lugar cambiaba a cada paso, como si probara nuestro valor. Tomás parecía valiente, pero el miedo se notaba en su voz. —Si no lo encontramos, dejaré de existir —confesó. Entonces apareció el dragón del mural, enorme y amenazante, custodiando una puerta roja. —Solo quien entienda la historia podrá continuar —dijo con voz profunda. Recordé todo lo que habíamos vivido: el inicio, el conflicto y ese momento de mayor tensión. Respiré hondo. —Las historias no mueren si alguien las recuerda —respondí. El dragón comenzó a desvanecerse y la puerta se abrió. Detrás estaba el libro. Al abrirlo, vimos cientos de nombres escritos y, en la última página, estaba el mío. —Ahora tú también eres parte de esta historia —dijo Tomás con una sonrisa. El edificio volvió a quedar en silencio. Cuando salí, el sol se estaba ocultando, pero yo ya no era el mismo. Entendí que cada persona es protagonista de su propia historia y que todas siguen una estructura: inicio, conflicto y final. Desde ese día supe que las historias siguen vivas mientras alguien esté dispuesto a contarlas… y que yo también estoy escribiendo la mía. FIN Autor: Melissa Iveth Banda Romero Título: El edificio de las historias Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026

  • "El eco de lo que somos", cuento de Lenny Axel Bustamante Esparza

    Nadie recordaba cuándo apareció la Torre. No figuraba en mapas antiguos ni en relatos de viajeros, pero una mañana estaba ahí: negra, infinita, clavada en medio del desierto como una pregunta sin respuesta. No proyectaba sombra, y aun así oscurecía todo a su alrededor. A quienes se acercaban, la Torre no los llamaba con palabras, sino con ideas. Pensamientos que no eran propios. Dudas que no se habían formulado jamás. Elian fue uno de ellos. No era un héroe ni un sabio. Era un corredor: transportaba mensajes entre ciudades que ya no confiaban unas en otras. En un mundo donde la verdad se fragmentaba según quien la contara, Elian solo creía en el movimiento. Mientras avanzara, no tenía que pensar. Hasta que la Torre se cruzó en su camino. La noche en que la vio por primera vez, el viento se detuvo. El silencio cayó como una orden. Y entonces escuchó una voz, no afuera, sino dentro: —¿Eres lo que eliges… o lo que te obligaron a ser? Elian huyó. Corrió durante horas, con el corazón golpeándole las costillas, pero la voz seguía ahí. No gritaba. Esperaba. El primer guardián Al tercer día, Elian regresó. No por valentía, sino por cansancio. Porque huir también es una decisión, y toda decisión tiene un peso. La entrada de la Torre no tenía puertas. Solo una grieta en el aire, como si el mundo se hubiera quebrado. Al cruzarla, el calor del desierto desapareció. Dentro, todo era piedra y ecos. Un guardián emergió de la oscuridad. No era un monstruo, ni un hombre. Cambiaba de forma según los recuerdos de quien lo miraba. —¿Vienes a subir o a justificarte? —preguntó. —No sé qué busco —respondió Elian. El guardián sonrió. —Entonces buscas lo mismo que todos. La pelea fue brutal. Elian no luchaba contra un cuerpo, sino contra imágenes de sí mismo: momentos en los que calló cuando debió hablar, cuando obedeció por miedo, cuando eligió el camino fácil. Cada golpe que daba, lo recibía también. Sangrando y exhausto, entendió algo: no podía vencer negándose. Solo aceptándose. Cuando bajó su arma, el guardián se desvaneció. —La violencia sin conciencia es solo ruido —dijo antes de desaparecer. Los niveles de la verdad La Torre no subía en línea recta. Giraba sobre sí misma, como si quisiera confundir al tiempo. En cada nivel, Elian encontraba a otros: guerreros, pensadores, fugitivos. Todos atrapados en pruebas distintas, pero unidas por una misma pregunta: ¿Quién eres cuando nadie te mira? Algunos se aliaban con él, pero la Torre los separaba tarde o temprano. Porque el camino interior no admite acompañantes. En el quinto nivel, una ciudad entera lo atacó. Habitantes armados, convencidos de que Elian era la causa de su sufrimiento. Él se defendió, luchó, gritó… hasta que comprendió la trampa. No eran enemigos reales. Eran proyecciones de la culpa colectiva. Dejó caer su espada. La ciudad se desmoronó. El núcleo En la cima no había gloria. Solo una sala vacía y un espejo. La voz regresó, ya sin misterio: —La Torre no juzga. Refleja. Elian vio su vida entera en el espejo, pero no como la recordaba, sino como realmente fue: decisiones pequeñas que construyeron consecuencias enormes. Miedos que gobernaron más que la razón. Momentos en los que pudo cambiarlo todo… y no lo hizo. —¿Esto es el castigo? —preguntó. —No —respondió la voz—. Esto es la libertad. La Torre empezó a colapsar. No con explosiones, sino con sentido. Como si su existencia ya no fuera necesaria. Elian salió al desierto justo cuando la primera luz del amanecer tocaba la arena. La Torre ya no estaba. El mundo después Elian volvió a correr mensajes, pero algo había cambiado. Ya no solo llevaba palabras ajenas. A veces, se detenía. A veces, cuestionaba órdenes. A veces, decía no. El mundo no se volvió mejor de inmediato. Nunca lo hace. Pero cada decisión consciente era una grieta nueva en las torres invisibles que gobiernan a las personas. Y en las noches silenciosas, cuando el viento parecía escuchar, Elian pensaba: Tal vez el sentido de la vida no sea llegar a la cima… sino elegir subir, sabiendo que el camino te cambiará. FIN Autor: Lenny Axel Bustamante Esparza Título: El eco de lo que somos Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026

  • "Garnacho y el gancho al destino", cuento de José Manuel Mata De La Cruz

    Hace muchos años existía un joven llamado Garnacho, quien se crió en Cd. Juárez, Chihuahua. Tenía veintisiete años y su profesión era ser padre de iglesia. Era una persona muy carismática con los niños, quienes lo querían mucho y pasaban tiempo con él jugando a las atrapadas o a la pelota. Los niños eran muy fans de un cantante: nada más y nada menos que Juan Gabriel. Un día, mientras jugaban a la pelota, lo vieron salir de una Michoacana. Los niños querían pedirle una foto, pero les daba un poco de vergüenza, así que le dijeron a Garnacho. Él se tomó el atrevimiento de pedirle una foto para los niños, a lo cual Juan Gabriel le dijo que no y que no le estuviera quitando su tiempo, ya que él era una estrella y no un simple padre. Garnacho le contestó: —Solo una foto, amigo. Ellos son tus fans, ¿a poco les harías eso a los niños? A lo que Juan Gabriel respondió que sí y que Garnacho se le cuadrara y le dijera: «¿A poco sí?». En eso llegó el mejor amigo de Garnacho, Pánfilo, quien rápidamente intervino y dijo: —Dale suave, dale suave. Y así, agarrando a Garnacho, se lo llevó del lugar. En camino a la iglesia, Garnacho vio a María, una muchacha muy linda cuya profesión era trabajar en la maquila. Se quedó embobado viéndola y se regresó, pero su amigo Pánfilo lo agarró de la camisa y le dijo: —Vámonos. Ya yéndose, Garnacho vio la casa de un viejo amigo, David, un señor de la tercera edad. Garnacho y Pánfilo tocaron la puerta y salió David, quien los recibió con mucha alegría en su jacal. Después, hablando del sueño que tenía Garnacho de ser boxeador, David le regaló unos guantes de box que usó en su juventud. En ese momento, Garnacho se propuso cumplir su sueño de ser un gran boxeador. Al día siguiente, su amigo Pánfilo fue por él con guantes, cuerdas y manoplas, y lo llevó a un lugar donde solo había un árbol con un costal. Así entrenó durante un mes, hasta que se encontró con un obstáculo: otro boxeador llamado el Canelo Álvarez, con quien se enfrentó y perdió por nocaut. Su amigo Pánfilo y David comenzaron a entrenarlo nuevamente y, un día, Garnacho, regresando de entrenar, vio a Canelo Álvarez con la muchacha que le gustaba. Entonces se propuso entrenar más y más para vencerlo. Peleó por segunda vez y ganó con un gancho al hígado, haciendo caer a Canelo Álvarez. Después, Garnacho se dirigió a su casa y se topó con David, quien le dijo que Juan Gabriel los había humillado nuevamente. Garnacho corrió hasta encontrarlo otra vez en la Michoacana. Se le acercó y le dio un gancho, haciendo que Juan Gabriel cayera directamente a sus pies. En camino a casa, Garnacho se volvió a encontrar con María, quien lo felicitó por su logro y por lo que había hecho. Desde entonces se hicieron grandes amigos hasta el final. FIN Autor: José Manuel Mata De La Cruz Título: Garnacho y el gancho al destino Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026

  • "El amor en tiempos de guerra", cuento de Julio César Medina Cervantes

    Había un chico llamado César, de 15 años de edad, que vivía con su familia: papá, mamá, hermano y abuelos. Tenía un conflicto consigo mismo, problemas que le empezaron a causar una mancha negra imaginaria que cada vez se fue haciendo más grande. Esto se debía a que sobre pensaba, problemas, riñas y, sobre todo, trataba de ser perfeccionista. Esto siempre ha sido un problema para platicar con otras personas o socializar. Siempre se aparecía una mancha en la cual, cada vez que empezaba, se ponía nervioso, siempre tembloroso e, incluso, muy serio. Esto se debe a problemas de secundaria. Esto fue el problema del estrés, así le dice a la mancha negra que empezó como una simple mancha oscura como el abismo y, con el paso del tiempo, fue tomando una forma tan idéntica a Cesar como si fuera una sombra que lo persigue y lo atormenta siempre. El estrés ha provocado que cambie de opinión sobre las cosas, a no dejar brillar a Cesar totalmente, haciéndole cambiar de opinión, siendo discreto, y, sobre todo, desconfiar muchas veces de él o de las personas que lo rodean, de que si está haciendo bien las cosas, que sí debería de dejar todo lo que estaba haciendo. El estrés se siente en cada lugar y en cada momento, no importa lo que haga, simplemente me domina y me ahoga en su oscuridad total. Siempre ha estado rodeado de su familia, que lo apoya, pero cada vez se notaba más en su rostro, con ojeras, el pelo despeinado, sin ganas de hablar y solo estar escuchando música. Para él, la música ha sido un refugio para olvidar los problemas que pasan en su vida diaria. Su mejor amigo, Fernando, siempre lo ha apoyado, ya que es tres años mayor que él, siempre lo ayuda con sus problemas y le da consejos, al igual que sus amigos Max y Santiago. El estrés cada vez era más contra él, César sentía que se ahogaría tarde o temprano, al ver sus resultados de bachillerato, al ver que no había quedado con nadie de sus compañeros, ver cómo todo su mundo se venía abajo, que no tenía un plan para el futuro y que no sabía en nada, por el estrés que se apoderaba de su mente, pensamiento y nublaba su vista. Él solo rezaba y pedía una mano la cual le diera el brillo y lo salvaría de ahogarse en ese estrés. La música relajaba, pero no quitaba el estrés, era parte de él y era una forma tan sincera de tratar con ello. Así empezó a practicar un instrumento y se metió en la iglesia. El estrés se controló, pero cada vez que pasaba un problema, regresaba más fuerte y más. Un día, fue a misa temprano y a ayudar en el servicio. Una chica, cuyo gran brillo era simplemente perfecto, verla y hablarla con esa seguridad y ver esa belleza a simple vista era espectacular. Se presentó con el nombre de Ximena. César quedó cautivado, hasta con el nombre, simplemente eres perfecta. Así fue como, a la semana siguiente, empezaron a hablar. César fue el primero en conversar con ella, estaba muy nervioso y no podía controlar por ese mismo estrés, pero Ximena tenía un brillo tan fuerte que la oscuridad que atormentaba a César fue simplemente desapareciendo. Así mismo, había algo en César que le decía por qué ella es tan perfecta y tiene un gran brillo, es como si ya la hubiera conocido desde otra vida. Así mismo, empezaron a hablar y cada día fue mejor para Cesar desde que la conoció, fue perfecto. Parece que su brillo estaba ocultando al estrés y lo estaba regresando a su forma de inicio. Esto es grandioso, es simplemente perfecta y mi corazón es de ella totalmente. Nuestra química parece de otro mundo, como si estuviéramos conectados por siempre y como si fuéramos el uno para el otro. Así fue como Cesar se confesó a Ximena, pidiendo su mano y su corazón, a lo que Ximena reaccionó con nervios y dijo sí. El amor surgió con fuerza. Ximena lo abrazó y empezó a transmitir un color diferente, un color brillante, y, por primera vez, me sentí amado y que mi estrés se estaba borrando con el amor de ella. Así empezó César con la preparatoria, la cual no conocía a nadie de su salón y tenía miedo, pero aun así tenía ese brillo que Ximena le dio y, para César, le dio seguridad. Y así empezó a hablar con la gente, dejó de pelear y se empezó a adaptar a este estilo propio. Cesar empezó a ser el mismo, sin filtros, ayudando a las personas de corazón y con alegría, siempre dándole consejos a las personas que más lo necesitaban y apoyando. Y en eso surgió una meta propia: cambiarse al turno matutino. Estuvo mucho tiempo esforzándose arduamente, noche tras noche, proyectos, tareas, estudiando para exámenes finales y, así, poco a poco, fue reconocido por maestros y alumnos. Incluso logró hacer cosas que nunca había hecho. Con el apoyo de Ximena y su familia, logró hacer cosas increíbles. Así fue como el estrés fue derrotado totalmente, fue encerrado en una prisión llena de luz, la cual no puede manifestarse de ninguna manera. Y así César comprendió que pudo superarse cada vez más y cada día, dejando una nueva luz y meta que seguir en su día a día, concluyendo con un César motivado y disciplinado, levantándose cada mañana y siempre llevando una gran sonrisa con él, así concluyendo la derrota del estrés para siempre. FIN Autor: Julio César Medina Cervantes Título: El amor en tiempos de guerra Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026

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