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- ¡Adiós, Cordera!", cuento de Leopoldo Alas (Clarín)
Eran tres: ¡siempre los tres! Rosa, Pinín y la Cordera . El prao Somonte era un recorte triangular de terciopelo verde tendido, como una colgadura, cuesta abajo por la loma. Uno de sus ángulos, el inferior, lo despuntaba el camino de hierro de Oviedo a Gijón. Un palo del telégrafo, plantado allí como pendón de conquista, con sus jícaras blancas y sus alambres paralelos, a derecha e izquierda, representaba para Rosa y Pinín el ancho mundo desconocido, misterioso, temible, eternamente ignorado. Pinín, después de pensarlo mucho, cuando a fuerza de ver días y días el poste tranquilo, inofensivo, campechano, con ganas, sin duda, de aclimatarse en la aldea y parecerse todo lo posible a un árbol seco, fue atreviéndose con él, llevó la confianza al extremo de abrazarse al leño y trepar hasta cerca de los alambres. Pero nunca llegaba a tocar la porcelana de arriba, que le recordaba las jícaras que había visto en la rectoral de Puao. Al verse tan cerca del misterio sagrado le acometía un pánico de respeto, y se dejaba resbalar de prisa hasta tropezar con los pies en el césped. Rosa, menos audaz, pero más enamorada de lo desconocido, se contentaba con arrimar el oído al palo del telégrafo, y minutos, y hasta cuartos de hora, pasaba escuchando los formidables rumores metálicos que el viento arrancaba a las fibras del pino seco en contacto con el alambre. Aquellas vibraciones, a veces intensas como las del diapasón, que aplicado al oído parece que quema con su vertiginoso latir, eran para Rosa los papeles que pasaban, las cartas que se escribían por los hilos , el lenguaje incomprensible que lo ignorado hablaba con lo ignorado; ella no tenía curiosidad por entender lo que los de allá, tan lejos, decían a los del otro extremo del mundo. ¿Qué le importaba? Su interés estaba en el ruido por el ruido mismo, por su timbre y su misterio. La Cordera , mucho más formal que sus compañeros, verdad es que, relativamente, de edad también mucho más madura, se abstenía de toda comunicación con el mundo civilizado, y miraba de lejos el palo del telégrafo como lo que era para ella efectivamente, como cosa muerta, inútil, que no le servía siquiera para rascarse. Era una vaca que había vivido mucho. Sentada horas y horas, pues, experta en pastos, sabía aprovechar el tiempo, meditaba más que comía, gozaba del placer de vivir en paz, bajo el cielo gris y tranquilo de su tierra, como quien alimenta el alma, que también tienen los brutos; y si no fuera profanación, podría decirse que los pensamientos de la vaca matrona, llena de experiencia, debían de parecerse todo lo posible a las más sosegadas y doctrinales odas de Horacio. Asistía a los juegos de los pastorcicos encargados de llindarla como una abuela. Si pudiera, se sonreiría al pensar que Rosa y Pinín tenían por misión en el prado cuidar de que ella, la Cordera , no se extralimitase, no se metiese por la vía del ferrocarril ni saltara a la heredad vecina. «¡Qué había de saltar! ¡Qué se había de meter!» Pastar de cuando en cuando, no mucho, cada día menos, pero con atención, sin perder el tiempo en levantar la cabeza por curiosidad necia, escogiendo sin vacilar los mejores bocados, y después sentarse sobre el cuarto trasero con delicia, a rumiar la vida, a gozar el deleite del no padecer, y todo lo demás aventuras peligrosas. Ya no recordaba cuándo le había picado la mosca. «El xatu (el toro), los saltos locos por las praderas adelante…, ¡todo eso estaba tan lejos!». Aquella paz sólo se había turbado en los días de prueba de la inauguración del ferrocarril. La primera vez que la Cordera vio pasar el tren se volvió loca. Saltó la sebe de lo más alto del Somonte, corrió por prados ajenos, y el terror duró muchos días, renovándose, más o menos violento, cada vez que la máquina asomaba por la trinchera vecina. Poco a poco se fue acostumbrando al estrépito inofensivo. Cuando llegó a convencerse de que era un peligro que pasaba, una catástrofe que amenazaba sin dar, redujo sus precauciones a ponerse en pie y a mirar de frente, con la cabeza erguida, al formidable monstruo; más adelante no hacía más que mirarle, sin levantarse, con antipatía y desconfianza; acabó por no mirar al tren siquiera. En Pinín y Rosa la novedad del ferrocarril produjo impresiones más agradables y persistentes. Si al principio era una alegría loca, algo mezclada de miedo supersticioso, una excitación nerviosa, que les hacía prorrumpir en gritos, gestos, pantomimas descabelladas, después fue un recreo pacífico, suave, renovado varias veces al día. Tardó mucho en gastarse aquella emoción de contemplar la marcha vertiginosa, acompañada del viento, de la gran culebra de hierro, que llevaba dentro de sí tanto ruido y tantas castas de gentes desconocidas, extrañas. Pero telégrafo, ferrocarril, todo eso era lo de menos: un accidente pasajero que se ahogaba en el mar de soledad que rodeaba el prao Somonte. Desde allí no se veía vivienda humana; allí no llegaban ruidos del mundo más que al pasar el tren. Mañanas sin fin, bajo los rayos del sol a veces, entre el zumbar de los insectos, la vaca y los niños esperaban la proximidad del mediodía para volver a casa. Y luego, tardes eternas, de dulce tristeza silenciosa, en el mismo prado, hasta venir la noche, con el lucero vespertino por testigo mudo en la altura. Rodaban las nubes allá arriba, caían las sombras de los árboles y de las peñas en la loma y en la cañada, se acostaban los pájaros, empezaban a brillar algunas estrellas en lo más oscuro del cielo azul, y Pinín y Rosa, los niños gemelos, los hijos de Antón de Chinta, teñida el alma de la dulce serenidad soñadora de la solemne y seria Naturaleza, callaban horas y horas, después de sus juegos, nunca muy estrepitosos, sentados cerca de la Cordera , que acompañaba el augusto silencio de tarde en tarde con un blanco son de perezosa esquila. En este silencio, en esta calma inactiva, había amores. Se amaban los dos hermanos como dos mitades de un fruto verde, unidos por la misma vida, con escasa conciencia de lo que en ellos era distinto, de cuanto los separaba; amaban Pinín y Rosa a la Cordera , la vaca abuela, grande, amarillenta, cuyo testuz parecía una cuna. La Cordera recordaría a un poeta la zavala del Ramayana [4] , la vaca santa; tenía en la amplitud de sus formas, en la solemne serenidad de sus pausados y nobles movimientos, aire y contornos de ídolo destronado, caído, contento con su suerte, más satisfecha con ser vaca verdadera que dios falso. La Cordera , hasta donde es posible adivinar estas cosas, puede decirse que también quería a los gemelos encargados de apacentarla. Era poco expresiva; pero la paciencia con que los toleraba cuando en sus juegos ella les servía de almohada, de escondite, de montura, y para otras cosas que ideaba la fantasía de los pastores, demostraba tácitamente el afecto del animal pacífico y pensativo. En tiempos difíciles Pinín y Rosa habían hecho por la Cordera los imposibles de solicitud y cuidado. No siempre Antón de Chinta había tenido el prado Somonte. Este regalo era cosa relativamente nueva. Años atrás la Cordera tenía que salir a la gramática , esto es, a apacentarse como podía, a la buena ventura de los caminos y callejas de las rapadas y escasas praderías del común, que tanto tenían de vía pública como de pastos. Pinín y Rosa, en tales días de penuria, la guiaban a los mejores altozanos, a los parajes más tranquilos y menos esquilmados, y la libraban de las mil injurias a que están expuestas las pobres reses que tienen que buscar su alimento en los azares de un camino. En los días de hambre, en el establo, cuando el heno escaseaba y el narvaso [5] para estrar el lecho caliente de la vaca faltaba también, a Rosa y a Pinín debía la Cordera mil industrias que le hacían más suave la miseria. ¡Y qué decir de los tiempos heroicos del parto y la cría, cuando se entablaba la lucha necesaria entre el alimento y regalo de la nación y el interés de los Chintos, que consistía en robar a las ubres de la pobre madre toda la leche que no fuera absolutamente indispensable para que el ternero subsistiese! Rosa y Pinín, en tal conflicto, siempre estaban de parte de la Cordera , y en cuanto había ocasión, a escondidas, soltaban el recental, que, ciego y como loco, a testaradas contra todo, corría a buscar el amparo de la madre, que le albergaba bajo su vientre, volviendo la cabeza agradecida y solícita, diciendo, a su manera: —Dejad a los niños y a los recentales que vengan a mí. Estos recuerdos, estos lazos son de los que no se olvidan. Añádase a todo que la Cordera tenía la mejor pasta de vaca sufrida del mundo. Cuando se veía emparejada bajo el yugo con cualquier compañera, fiel a la gamella, sabía meter su voluntad a la ajena, y horas y horas se la veía con la cerviz inclinada, la cabeza torcida, en incómoda postura, velando en pie mientras la pareja dormía en tierra. * Antón de Chinta comprendió que había nacido para pobre cuando palpó la imposibilidad de cumplir aquel sueño dorado suyo de tener un corral propio con dos yuntas por lo menos. Llegó, gracias a mil ahorros, que eran mares de sudor y purgatorios de privaciones, llegó a la primera vaca, la Cordera , y no pasó de ahí; antes de poder comprar la segunda se vio obligado, para pagar atrasos al amo , el dueño de la casería que llevaba en renta, a llevar al mercado a aquel pedazo de sus entrañas, la Cordera , el amor de sus hijos. Chinta había muerto a los dos años de tener la Cordera en casa. El establo y la cama del matrimonio estaban pared por medio, llamando pared a un tejido de ramas de castaño y de cañas de maíz. Ya Chinta, musa de la economía en aquel hogar miserable, había muerto mirando a la vaca por un boquete del destrozado tabique de ramaje, señalándola como salvación de la familia. «Cuidadla; es vuestro sustento», parecían decir los ojos de la pobre moribunda, que murió extenuada de hambre y de trabajo. El amor de los gemelos se había concentrado en la Cordera ; el regazo, que tiene su cariño especial, que el padre no puede reemplazar, estaba al calor de la vaca, en el establo, y allá en el Somonte. Todo esto lo comprendía Antón a su manera, confusamente. De la venta necesaria no había que decir palabra a los neños . Un sábado de julio, al ser de día, de mal jumor, Antón echó a andar hacia Gijón, llevando la Cordera por delante, sin más atavío que el collar de esquila. Pinín y Rosa dormían. Otros días había que despertarlos a azotes. El padre los dejó tranquilos. Al levantarse se encontraron sin la Cordera . «Sin duda, mío pá la había llevado al xatu ». No cabía otra conjetura. Pinín y Rosa opinaban que la vaca iba de mala gana; creían ellos que no deseaba más hijos, pues todos acababa por perderlos pronto, sin saber cómo ni cuándo. Al oscurecer, Antón y la Cordera entraban por la corrada mohínos, cansados y cubiertos de polvo. El padre no dio explicaciones, pero los hijos adivinaron el peligro. No había vendido porque nadie había querido llegar al precio que a él se le había puesto en la cabeza. Era excesivo: un sofisma del cariño. Pedía mucho por la vaca para que nadie se atreviese a llevársela. Los que se habían acercado a intentar fortuna se habían alejado pronto echando pestes de aquel hombre que miraba con ojos de rencor y desafío al que osaba insistir en acercarse al precio fijo en que él se abroquelaba. Hasta el último momento del mercado estuvo Antón de Chinta en el Humedal, dando plazo a la fatalidad. «No se dirá —pensaba— que yo no quiero vender: son ellos que no me pagan la Cordera en lo que vale». Y, por fin, suspirando, si no satisfecho, con cierto consuelo, volvió a emprender el camino por la carretera de Candás, adelante, entre la confusión y el ruido de cerdos y novillos, bueyes y vacas, que los aldeanos de muchas parroquias del contorno conducían con mayor o menor trabajo, según eran de antiguo las relaciones entre dueños y bestias. En el Natahoyo, en el cruce de dos caminos, todavía estuvo expuesto el de Chinta a quedarse sin la Cordera : un vecino de Carrió que le había rondado todo el día ofreciéndole pocos duros menos de los que pedía, le dio el último ataque, algo borracho. El de Carrió subía, subía, luchando entre la codicia y el capricho de llevar la vaca. Antón, como una roca. Llegaron a tener las manos enlazadas, parados en medio de la carretera, interrumpiendo el paso… Por fin la codicia pudo más; el pico de los cincuenta los separó como un abismo; se soltaron las manos, cada cual tiró por su lado; Antón, por una calleja que, entre madreselvas que aún no florecían y zarzamoras en flor, le condujo hasta su casa. * Desde aquel día en que adivinaron el peligro, Pinín y Rosa no sosegaron. A media semana se personó el mayordomo en el corral de Antón. Era otro aldeano de la misma parroquia, de malas pulgas, cruel con los caseros atrasados. Antón, que no admitía reprimendas, se puso lívido ante las amenazas de desahucio. El amo no esperaba más. Bueno, vendería la vaca a vil precio, por una merienda. Había que pagar o quedarse en la calle. Al sábado inmediato acompañó al Humedal Pinín a su padre. El niño miraba con horror a los contratistas de carne, que eran los tiranos del mercado. La Cordera fue comprada en su justo precio por un rematante de Castilla. Se la hizo una señal en la piel y volvió a su establo de Puao, ya vendida, ajena, tañendo tristemente la esquila. Detrás caminaban Antón de Chinta, taciturno, y Pinín, con ojos como puños. Rosa, al saber la venta, se abrazó al testuz de la Cordera , que inclinaba la cabeza a las caricias como al yugo. «¡Se iba la vieja!», pensaba con el alma destrozada Antón el huraño. «¡Ella será una bestia, pero sus hijos no tenían otra madre ni otra abuela!». Aquellos días, en el pasto, en la verdura del Somonte, el silencio era fúnebre. La Cordera , que ignoraba su suerte, descansaba y pacía como siempre, sub specie aetemitatis , como descansaría y comería un minuto antes de que el brutal porrazo la derribase muerta. Pero Rosa y Pinín yacían desolados, tendidos sobre la hierba, inútil en adelante. Miraban con rencor los trenes que pasaban, los alambres del telégrafo. Era aquel mundo desconocido, tan lejos de ellos por un lado y por otro, el que les llevaba su Cordera . El viernes, al oscurecer, fue la despedida. Vino un encargado del rematante de Castilla por la res. Pagó; bebieron un trago Antón y el comisionado, y se sacó a la quintana la Cordera . Antón había apurado la botella; estaba exaltado; el peso del dinero en el bolsillo le animaba también. Quería aturdirse. Hablaba mucho, alababa las excelencias de la vaca. El otro sonreía, porque las alabanzas de Antón eran impertinentes. ¿Que daba la res tanto y tantos xarros de leche? ¿Que era noble en el yugo, fuerte con la carga? ¿Y qué, si dentro de pocos días había de estar reducida a chuletas y otros bocados suculentos? Antón no quería imaginar esto; se la figuraba viva, trabajando, sirviendo a otro labrador, olvidada de él y de sus hijos, pero viva, feliz… Pinín y Rosa, sentados sobre el montón de cucho , recuerdo para ellos sentimental de la Cordera y de los propios afanes, unidos por las manos, miraban al enemigo con ojos de espanto. En el supremo instante se arrojaron sobre su amiga; besos, abrazos: hubo de todo. No podían separarse de ella. Antón, agotada de pronto la excitación del vino, cayó como en un marasmo; cruzó los brazos, y entró en el corral oscuro. Los hijos siguieron un buen trecho por la calleja, de altos setos, el triste grupo del indiferente comisionado y la Cordera , que iba de mala gana con un desconocido y a tales horas. Por fin, hubo de separarse. Antón malhumorado, clamaba desde casa: —¡Bah, bah, neños , acá vos digo; basta de pamemes ! —así gritaba de lejos el padre, con voz de lágrimas. Caía la noche; por la calleja oscura, que hacían casi negra los altos setos, formando casi bóveda, se perdió el bulto de la Cordera , que parecía negra de lejos. Después no quedó de ella más que el tintan pausado de la esquila, desvanecido con la distancia, entre los chirridos melancólicos de cigarras infinitas. —¡Adiós, Cordera ! —gritaba Rosa deshecha en llanto—. ¡Adiós, Cordera de mío alma! —¡Adiós, Cordera ! —repetía Pinín, no más sereno. —Adiós —contestó por último, a su modo, la esquila, perdiéndose su lamento triste, resignado, entre los demás sonidos de la noche de julio en la aldea… * Al día siguiente, muy temprano, a la hora de siempre, Pinín y Rosa fueron al prao Somonte. Aquella soledad no lo había sido nunca para ellos triste; aquel día, el Somonte sin la Cordera parecía el desierto. De repente silbó la máquina, apareció el humo, luego el tren. En un furgón cerrado, en unas estrechas ventanas altas o respiraderos, vislumbraron los hermanos gemelos cabezas de vacas que, pasmadas, miraban por aquellos tragaluces. —¡Adiós, Cordera ! —gritó Rosa, adivinando allí a su amiga, a la vaca abuela. —¡Adiós, Cordera ! —vociferó Pinín con la misma fe, enseñando los puños al tren, que volaba camino de Castilla. Y, llorando, repetía el rapaz, más enterado que su hermana de las picardías del mundo: —La llevan al Matadero… Carne de vaca, para comer los señores, los curas…, los indianos. —¡Adiós, Cordera ! —¡Adiós, Cordera ! Y Rosa y Pinín miraban con rencor la vía, el telégrafo, los símbolos de aquel mundo enemigo que les arrebataba, que les devoraba a su compañera de tantas soledades, de tantas ternuras silenciosas, para sus apetitos, para convertirla en manjares de ricos glotones… —¡Adiós, Cordera!… —¡Adiós, Cordera!… * Pasaron muchos años. Pinín se hizo mozo y se lo llevó el rey. Ardía la guerra carlista. Antón de Chinta era casero de un cacique de los vencidos; no hubo influencia para declarar inútil a Pinín que, por ser, era como un roble. Y una tarde triste de octubre, Rosa, en el prao Somonte, sola, esperaba el paso del tren correo de Gijón, que le llevaba a sus únicos amores, su hermano. Silbó a lo lejos la máquina, apareció el tren en la trinchera, pasó como un relámpago. Rosa, casi metida por las ruedas, pudo ver un instante en un coche de tercera multitud de cabezas de pobres quintos que gritaban, gesticulaban, saludando a los árboles, al suelo, a los campos, a toda la patria familiar, a la pequeña, que dejaban para ir a morir en las luchas fratricidas de la patria grande, al servicio de un rey y de unas ideas que no conocían. Pinín, con medio cuerpo afuera de una ventanilla, tendió los brazos a su hermana; casi se tocaron. Y Rosa pudo oír entre el estrépito de las ruedas y la gritería de los reclutas la voz distinta de su hermano, que sollozaba exclamando, como inspirado por un recuerdo de dolor lejano. —¡Adiós, Rosa!… ¡Adiós, Cordera ! —¡Adiós, Pinín! ¡Pinín de mío alma!… «Allá iba, como la otra, como la vaca abuela. Se lo llevaba el mundo. Carne de vaca para los glotones, para los indianos; carne de su alma, carne de cañón para las locuras del mundo, para las ambiciones ajenas». Entre confusiones de dolor y de ideas, pensaba así la pobre hermana viendo el tren perderse a lo lejos, silbando triste, con silbidos que repercutían los castaños, las vegas y los peñascos… ¡Qué sola se quedaba! Ahora sí, ahora sí que era un desierto el prao Somonte. —¡Adiós, Pinín! ¡Adiós, Cordera ! Con qué odio miraba Rosa la vía manchada de carbones apagados; con qué ira los alambres del telégrafo. ¡Oh!, bien hacía la Cordera en no acercarse. Aquello era el mundo, lo desconocido, que se lo llevaba todo. Y sin pensarlo, Rosa apoyó la cabeza sobre el palo clavado como un pendón en la punta del Somonte. El viento cantaba en las entrañas del pino seco su canción metálica. Ahora ya lo comprendía Rosa. Era canción de lágrimas, de abandono, de soledad, de muerte. En las vibraciones rápidas, como quejidos, creía oír, muy lejana, la voz que sollozaba por la vía adelante: —¡Adiós, Rosa! ¡Adiós, Cordera ! Autor: Leopoldo Alas (Clarín) Título: ¡Adiós, Cordera! Publicado en: El Liberal, 27 de julio de 1892
- "Un lugar embrujado", cuento de Nikolái Gógol
Historia verdadera narrada por el sacristán de la iglesia de *** Les juro que empiezo a estar harto de contarles historias. ¿Qué se creen ustedes? Les doy mi palabra de que estoy aburrido. Me paso el día cuenta que te cuenta. ¡No hay manera de que le dejen a uno tranquilo! Bueno, voy a narrarles una historia más, pero será la última. Sí, ustedes han dicho que el hombre puede vencer al espíritu maligno. Mirándolo bien, es evidente que se dan en el mundo toda suerte de casos… No obstante, yo no diría eso. Si la fuerza diabólica quiere burlarse de uno, ya lo creo que lo conseguirá. Y si no vean lo que sucedió en mi familia: éramos en total cuatro hermanos. En aquella época yo no era más que un tontuelo. Sólo tenía once años; pero qué digo: aún no los había cumplido. Recuerdo como si fuera ayer que en una ocasión me puse a cuatro patas y empecé a ladrar como un perro; mi padre me gritó, moviendo la cabeza: «¡Ay, Fomá, Fomá! ¡Estás ya en edad de casarte y aún sigues haciendo el tonto como un potrillo!». Mi abuelo —que todo le vaya bien en el otro mundo— todavía vivía y gozaba de buena salud. A veces se le ocurría… Pero ¿cómo quieren que les cuente nada en estas condiciones? Uno lleva ya una hora sacando brasas de la estufa para encender la pipa; otro no sé qué ha ido a hacer al granero. Pero ¿esto qué es? Aún podría entenderlo si les obligara a escucharme, pero son ustedes mismos los que me han pedido que les cuente una historia. ¡Si quieren escuchar, escuchen! A principios de la primavera mi padre se fue a Crimea a vender tabaco. No recuerdo si había equipado dos carros o tres. En aquella época el tabaco se pagaba caro. Llevó consigo a mi hermano de tres años, para que aprendiera desde pequeño el oficio de carretero. Nos quedamos mi abuelo, mi madre, un hermano, otro hermano y yo. El abuelo había sembrado melones hasta el borde mismo del camino y se había ido a vivir a una cabaña; nos había llevado con él para que espantáramos a los gorriones y las urracas que venían al melonar. No puede decirse que lo pasáramos mal. A veces comíamos en un solo día tantos pepinillos, melones, nabos, cebollas y guisantes que, a fe mía, parecía que en el estómago cacareaba un gallo. Además, sacábamos un buen beneficio. Pasaban muchas gentes por el camino y pocas se resistían a degustar un melón o una sandía. Y de las granjas vecinas traían pollos, huevos y pavos para intercambiar por productos de la huerta. Era una buena vida. Lo que más le gustaba a mi abuelo era que cada día pasaban unos cincuenta carreteros con sus carros. Era gente que había visto mucho mundo. Cuando se ponían a contar, sólo había que abrir bien las orejas. Y mi abuelo acogía esas historias como un hambriento unas galushhas. A veces se encontraba con viejos conocidos —a quién no conocía mi abuelo—, y ya saben ustedes lo que pasa cuando varios viejos se reúnen: tararí, tarará, que si en esa época, que si en la otra, que si pasó esto, que si pasó lo otro… Los recuerdos se desbordaban. ¡Dios sabe hasta qué época se remontaban! Una vez —me acuerdo como si hubiera sucedido ayer—, el sol había empezado a ponerse; mi abuelo paseaba por el melonar y quitaba las hojas con las que cubría las sandías durante el día para protegerlas del sol. —¡Mira, Ostap! —le dije a mi hermano—. ¡Por ahí van unos carreteros! —¿Dónde? —dijo el abuelo, que acababa de hacer una señal en un gran melón para que los muchachos no se lo comieran. Por el camino avanzaban seis carros. A la cabeza iba un carretero con el bigote ya ceniciento. Cuando llegó —cómo decirles— a unos diez pasos, se detuvo. —¡Hola, Maksim! ¡Mira dónde ha dispuesto Dios que nos encontremos! El abuelo entornó los ojos. —¡Ah! ¡Hola, hola! ¿Qué te trae por aquí? ¿Está Boliachka contigo? ¡Hola, hola, hermano! ¡Pero diablos! ¡Si están todos! ¡Krutorischenko, Pecheritsa, Kovelek, Stetsko! ¡Hola!, ¡ja, ja, ja!, ¡jo, jo, jo! —y empezaron todos a besarse. Desengancharon los bueyes y los dejaron pastar en la hierba. Los carros quedaron en el camino; los carreteros se sentaron en círculo delante de la cabaña y encendieron sus pipas. Pero no era ese momento para pipas. Mientras charlaban y contaban sus historias, apenas tuvieron tiempo de fumar una. Después del mediodía, mi abuelo ofreció melones a los invitados. Cada uno cogió un melón y lo limpió con su cuchillo (eran todos carreteros experimentados, habían visto mucho mundo, sabían incluso comer en sociedad; ni siquiera les habría importado sentarse a la mesa de un señor); una vez bien limpio, practicaron un agujero con el dedo, bebieron el zumo y empezaron a cortarlo en trozos y a llevárselo a la boca. —Y bien, muchachos —dijo el abuelo—. ¿Qué hacéis ahí parados? ¡Bailad un poco, hijos de perra! ¿Dónde está tu caramillo? ¡Vamos, un baile cosaco! ¡Fomá, los puños en la cintura! ¡Muy bien! ¡Así! ¡Jei!, ¡jop! Yo era entonces un muchacho ágil. ¡Maldita vejez! Ahora ya no puedo moverme así; en lugar de trazar giros, mis pies sólo tropiezan. Mi abuelo estuvo un buen rato sentado con los carreteros, mirando cómo bailábamos. Noté que sus pies no paraban en su sitio; parecía como si alguien tirara de ellos. —Apuesto a que el viejo va a salir a bailar, Fomá —me dijo Ostap. ¿Y qué creen ustedes? Apenas había tenido tiempo mi hermano de pronunciar esas palabras, cuando el viejo no pudo contenerse más. Quería presumir un poco delante de los carreteros, ¿entienden? —¡Mirad, hijos del diablo! ¿Ésa es manera de bailar? ¡Así es como se baila! —dijo, poniéndose en pie, extendiendo los brazos y taconeando. Bueno, no había nada que decir: hay que reconocer que el viejo sabía bailar; incluso habría podido danzar con la mujer del hetman. Nos apartamos y el viejo se puso a dar vueltas por todo el terreno llano que bordeaba el bancal de los pepinos. No obstante, cuando había recorrido la mitad y se aprestaba a saltar y ejecutar una de sus vertiginosas piruetas, no pudo levantar los pies del suelo. ¡No había manera! ¡Vaya una cosa rara! Se lanzó de nuevo, llegó hasta la mitad del terreno, pero las piernas no le obedecían. No había nada que hacer: no le obedecían y punto. Parecía como si se hubieran vuelto de madera. «¡Mirad qué sitio diabólico! ¡Mirad qué prodigio de Satanás! ¡Tiene que ser cosa de ese Herodes, de ese enemigo del género humano!». Bueno, ¡no iba a cubrirse de oprobio delante de todos los carreteros! Se lanzó de nuevo y empezó a dar unos pasos tan menudos y fulgurantes que daba gusto verlo; pero llegó a la mitad y se acabó. ¡No pudo seguir bailando, eso es todo! —¡Ah, maldito Satanás! ¡Ojalá te atragantes con un melón podrido! ¡Ojalá no hubieras llegado a la edad adulta, hijo de perra! ¡Hacerme pasar esta vergüenza a mi edad! Y en efecto, alguien se rió a sus espaldas. El abuelo se volvió, pero no quedaba ni rastro del melonar ni de los carreteros; por delante, por detrás y a los lados se extendía un terreno llano. —¡Eh! Tss… ¡Esta sí que es buena! Entornó los ojos para ver mejor; el lugar no le parecía del todo desconocido: a un lado había un bosque, detrás del cual despuntaba una vara que se internaba a gran altura en el cielo. ¡Qué cosa tan rara! ¡Si era el palomar que tenía el pope en el huerto! Al otro lado destacaba una extensión gris. La miró con mayor atención y advirtió que se trataba de la era del secretario provincial. ¡Adónde lo había llevado la fuerza impura! Tras deambular por el paraje, se topó con un sendero. No había luna; sólo se vislumbraba una mancha blanca detrás de las nubes. «Mañana hará mucho viento», pensó mi abuelo. De pronto, a un lado del camino, vio una vela encendida sobre una tumba. —¡Vaya! —el abuelo se detuvo, puso las manos en la cintura y examinó el lugar: la vela se apagó; un poco más lejos se encendió otra—. ¡Un tesoro! —gritó el abuelo—. ¡Apuesto lo que sea a que es un tesoro! —y ya se había escupido en las manos para empezar a cavar, cuando reparó en que no tenía pala ni azada—. ¡Ah, qué pena! Quién sabe si hubiera bastado con levantar el césped para encontrar el tesoro. Lo único que puedo hacer es señalar el lugar para no olvidarme. Cogió una gran rama, arrancada por lo visto por el vendaval, la colocó sobre la tumba, en el lugar mismo donde lucía la vela, y siguió andando por el camino. Los jóvenes robles del bosque empezaron a ralear y de pronto apareció una cerca. «¡Y bien!», dijo el abuelo. «¿No había dicho que era la era del pope? ¡Aquí está su cerca! Ya queda menos de un kilómetro para el melonar». Llegó bastante tarde y ni siquiera quiso probar las galushhas. Despertó a mi hermano Ostap sólo para preguntarle si hacía mucho tiempo que se habían marchado los carreteros y se envolvió en su zamarra. Cuando mi hermano le preguntó: —¿Dónde diablos te has metido, abuelo? —No me lo preguntes —exclamó éste, arrebujándose aún más en su zamarra—. No me lo preguntes, Ostap, si no quieres que te salgan canas —y empezó a roncar con tanta fuerza que los gorriones que habían penetrado en el melonar levantaron el vuelo asustados. ¡Claro que no se había quedado dormido! Hay que decir que el abuelo era un animal muy astuto, que Dios lo tenga en su gloria, y sabía escabullirse de cualquier situación. A veces tenía unas salidas que no había más remedio que morderse los labios. Al día siguiente, en cuanto empezó a oscurecer en los campos, mi abuelo se puso la casaca, se ajustó el cinturón, cogió una azada y una pala, se caló el gorro en la cabeza, se bebió una jarra de kvas, se secó los labios con el faldón y se dirigió derecho al huerto del pope. Dejó atrás la cerca y el pequeño robledal. Entre los árboles serpenteaba un camino que conducía a los campos. Se diría que el lugar era idéntico al de la noche anterior. Salió al campo; el paraje parecía el mismo: allí estaba el palomar, pero en cambio no se veía la era. «No, éste no es el lugar; debe de ser un poco más lejos; probablemente habrá que girar en dirección a la era». Dio la vuelta y se internó por otro camino. ¡Ahora se veía la era, pero no el palomar! De nuevo se acercó al palomar y desapareció la era. En el campo, como a propósito, empezó a llover. Corrió de nuevo a la era, pero el palomar ya no estaba; fue hacia el palomar y desapareció la era. —¡Ojalá no llegues a ver a tus hijos, maldito Satanás! Empezó a llover a cántaros. Mi abuelo se quitó las botas nuevas y las envolvió en un pañuelo para que la lluvia no las alabeara, y se puso a trotar como el caballo de un señor. Entró en la cabaña calado hasta los huesos, se cubrió con la pelliza y se puso a murmurar entre dientes, dedicando al diablo tales insultos como yo no había oído en mi vida. Reconozco que de haber sucedido la escena a la luz del día me habría ruborizado. Al día siguiente, cuando me desperté, vi que el abuelo, como si no hubiera sucedido nada, deambulaba por el melonar, cubriendo las sandías con hojas de bardana. Durante la comida el viejo estuvo un rato charlando y asustó a mi hermano pequeño con la amenaza de trocarlo por pollos en lugar de las sandías; después de la comida se fabricó él mismo un silbato de madera y estuvo tocando con él; y para que nos divirtiéramos nos dio un melón que se retorcía como una serpiente, al que llamaba melón turco. Ya no se ven melones así. Cierto que había recibido las semillas de muy lejos. Al anochecer, después de cenar, mi abuelo cogió la azada y se fue a cavar un nuevo bancal para plantar calabazas tardías. Al pasar junto al lugar embrujado no pudo contenerse y murmuró entre dientes: «¡Maldito lugar!»; luego se llegó hasta el punto donde no había podido bailar dos días antes y, furioso, descargó un golpe con la azada. En ese momento surgió a su alrededor el mismo panorama que la otra vez: a un lado apareció el palomar, y al otro la era. «Vaya, he hecho bien en traer conmigo la azada. ¡Allí está el camino! ¡Allí está la tumba! ¡Allí está la rama que coloqué! ¡Allí arde la vela! Espero no confundirme». Corrió sin hacer ruido, manteniendo la azada levantada, como si quisiera dar la bienvenida a un cerdo que se hubiera introducido en el melonar, y se paró ante la tumba. La vela se apagó; sobre la tumba había una piedra devorada por la hierba. «¡Hay que levantar esa piedra!», pensó el abuelo, y se puso a cavar a su alrededor. ¡Era grande la maldita piedra! No obstante, tras apoyar con fuerza los pies en el suelo, la empujó a un lado de la tumba. «¡Huuu!», resonó por todo el valle. «¡Ya está! ¡Ahora irá todo más deprisa!». A continuación mi abuelo se detuvo, sacó su tabaquera, vertió en el puño un poco de tabaco y ya se aprestaba a acercárselo a la nariz, cuando de pronto, por encima de su cabeza, se oyó un «achís». Alguien había estornudado con tanta fuerza que los árboles se balancearon y la cara de mi abuelo quedó toda salpicada. —¡Podías volverte del otro lado cuando tienes ganas de estornudar! —dijo mi abuelo, frotándose los ojos. Miró a su alrededor, pero no había nadie—. ¡No, por lo visto al diablo no le gusta el tabaco! —continuó, guardándose la tabaquera y cogiendo la azada—. ¡Qué tonto es! ¡Un tabaco como éste no lo han olido ni su padre ni su abuelo! Empezó a cavar; la tierra estaba blanda y la azada se hundía en ella sin esfuerzo. De pronto algo tintineó. Apartó la tierra y vio una olla. —¡Ah, ahí estabas, amigo mío! —gritó el abuelo, metiendo por debajo la azada. —¡Ah, ahí estabas, amigo mío! —pió un ave, picoteando la olla. Mi abuelo se apartó y soltó la azada. —¡Ah, ahí estabas, amigo mío! —baló una cabeza de cordero desde lo alto de un árbol. —¡Ah, ahí estabas, amigo mío! —rugió un oso, asomando el hocico detrás de un tronco. Mi abuelo se estremeció. —¡Vaya! ¡Cualquiera se atreve a pronunciar una palabra aquí! —dijo entre dientes. —¡Cualquiera se atreve a pronunciar una palabra aquí! —pió el pico del ave. —¡Cualquiera se atreve a pronunciar una palabra! —baló la cabeza de cordero. —¡Cualquiera se atreve! —rugió el oso. —¡Hum! —dijo asustado el abuelo. —¡Hum! —pió el pico. —¡Hum! —baló el cordero. —¡Hum! —rugió el oso. Lleno de terror, mi abuelo miró en torno suyo. ¡Dios mío, qué noche! Ni luna ni estrellas; a su alrededor sólo había barrancos; bajo sus pies se extendía un abismo sin fondo; sobre su cabeza colgaba una montaña que amenazaba con derrumbarse sobre él. El abuelo tuvo la impresión de que, detrás de ella, asomaba una cara. ¡Uf, menuda cara! La nariz como el fuelle de una herrería, con unos orificios nasales tan grandes que hubiera cabido un barreño de agua en cada uno de ellos; los labios, os lo juro, iguales a dos troncos; los ojos rojizos, salientes, miraban hacia arriba. Además, la cara sacaba la lengua y se burlaba. —¡Vete al diablo! —exclamó el abuelo, dejando la olla—. ¡Quédate con tu tesoro! ¡Qué jeta tan abominable! —y ya estaba a punto de echarse a correr, cuando miró a su alrededor y vio que todo volvía a ser como antes—. ¡Lo que quiere el espíritu impuro es asustarme! De nuevo trató de sacar la olla, pero era demasiado pesada. ¿Qué hacer? ¡No iba a dejarla allí! Haciendo acopio de todas sus fuerzas, el abuelo la agarró con las dos manos. —¡Vamos, otro tirón! ¡Otro, otro! —y la sacó—. ¡Uf! ¡Ahora es momento de oler un poco de tabaco! Cogió la tabaquera; pero antes de que tuviera tiempo de verter un poco de tabaco en la mano, miró atentamente a su alrededor para asegurarse de que no había nadie. En un principio pensó que estaba solo; pero de pronto le pareció ver que un tocón soplaba y jadeaba, que le salían orejas y unos ojos inyectados en sangre, que los orificios de la nariz se dilataban y la nariz se fruncía como si se dispusiera a estornudar. «No, no oleré tabaco», pensó mi abuelo, guardando la tabaquera—. «¡Ese Satanás volvería a llenarme los ojos de saliva!». Cogió la olla apresuradamente y echó a correr con todas sus fuerzas; pero sentía que por detrás alguien le rascaba las piernas con unas varillas… «¡Ay, ay, ay!», gritaba el abuelo, acelerando el paso; sólo cuando llegó al huerto del pope se detuvo para recuperar el aliento. «¿Dónde se habrá metido el abuelo?», pensábamos nosotros, que llevábamos tres horas esperándole. Hacía tiempo que nuestra madre había venido desde la granja con un puchero de galushkas calientes. ¡Y el abuelo seguía sin aparecer! Una vez más empezamos a cenar solos. Después de la cena, nuestra madre lavó el puchero y buscó con la vista un lugar en el que arrojar el agua sucia, pues alrededor sólo había bancales; de pronto vio un tonel que iba directamente a su encuentro. El cielo estaba bastante oscuro. Nuestra madre probablemente pensó que uno de los muchachos, para divertirse, se había ocultado detrás del tonel y lo empujaba. —¡Muy a propósito! ¡Voy a arrojar allí el agua sucia! —dijo, y vertió el agua hirviendo. —¡Ay! —gritó alguien con voz de bajo. Miramos y era el abuelo. ¡Quién iba a imaginarlo! Os juro que pensábamos que se trataba de un tonel. Reconozco, aunque no sea muy piadoso, que nos pareció muy divertido ver la cabeza canosa del abuelo empapada de agua sucia y toda cubierta de mondas de melón y de sandía. —¡Mira lo que has hecho, mujer del diablo! —dijo el abuelo, secándose la cabeza con el faldón de la casaca—. ¡Me ha escaldado como a un cerdo en Nochebuena! ¡Bueno, muchachos, ahora tendréis con qué compraros roscas de pan! ¡Llevaréis caftanes de oro, hijos de perra! ¡Mirad, mirad lo que os traigo! —dijo el abuelo abriendo la olla. ¿Y qué creen ustedes que contenía? Bueno, por lo menos debía haber, si bien se piensa… ¿Qué? ¿Oro? Pues no, no había oro; el interior estaba repleto de basura, de porquerías… Da vergüenza decir lo que había allí. Mi abuelo escupió, arrojó la olla y fue a lavarse las manos. Ese día nos hizo prometerle que jamás creeríamos al diablo. —¡Ni se os ocurra siquiera! —nos decía a menudo—. Todo lo que os diga ese hijo de perra, ese enemigo del señor Jesucristo, es mentira. ¡En ninguna de sus palabras hay un kopek de verdad! Y en cuanto se enteraba de que en alguna parte las cosas no estaban tranquilas, nos gritaba: —¡Vamos, muchachos, a santiguaros! ¡Así! ¡Así! ¡Muy bien! —y él mismo hacía la señal de la cruz. En cuanto al lugar embrujado, en el que no había podido bailar, lo cerró con una cerca y nos ordenó tirar allí los desperdicios, las malas hierbas y la basura que sacaba del melonar. ¡Así es cómo la fuerza impura se burla de los hombres! Conozco bien ese terreno. Después de ese suceso unos cosacos vecinos se lo alquilaron a mi padre para plantar melones. ¡Era una tierra estupenda y producía unas cosechas magníficas!; pero el lugar embrujado nunca dio nada bueno. Lo sembraban como es debido, pero brotaban unas plantas tan extrañas que no había manera de reconocerlas: sandías que no eran sandías, calabazas que no eran calabazas, pepinos que no eran pepinos… ¡El diablo sabe lo que era aquello! FIN Autor: Nikolái Gógol Título: Un lugar embrujado Título Original: Zakoldóvannoye mesto Publicado en: Vecherá na jútore bliz Dikanki (Las veladas de Dikanka), 1832. Traducción: Víctor Gallego Ballestero
- "¿Qué hora es?", cuento de Elena Garro
—¿Qué hora es, señor Brunier? Los ojos castaños de Lucía recobraron en ese instante el asombro perdido de la infancia. El señor Brunier esperaba la pregunta. Miró su reloj pulsera y dijo marcando las sílabas para que Lucía entendiera bien la respuesta: —Las nueve y cuarenta y cuatro. —Faltaban todavía tres minutos… ¡qué día tan largo! Ha durado toda la vida. ¿Dios me regalará estos tres minutos? Brunier la miró unos segundos: recostada, con los ojos muy abiertos y mirando hacia ese largo día que había sido su vida. —Dios le regalará muchos años —dijo el señor Brunier, inclinándose sobre ella y mirándole los ojos castaños: hojas marchitas que un viento frío barría en aquel momento lejos, muy lejos de ese cuarto estrecho. —Alguien está entrando en este cuarto… el amor es para este mundo y para el otro. ¿Qué hora es, señor Brunier? Brunier volvió a inclinarse para ver aquellos ojos color té, que empezaban a irse, girando por los aires como hojas. —Las nueve cuarenta y siete, señora Lucía —dijo con tono respetuoso mirando a los ojos, que ahora parecían estar tirados en cualquier acera. —Las nueve y cuarenta y siete —repitió supersticioso y deseando que ella lo oyera. Pero ella estaba quieta, liberada de la hora, tendida en la cama de un cuarto barato de un hotel de lujo. Brunier le tomó una mano, tratando de hallarle un pulso que él sabía inexistente. Con mano firme le bajó los párpados. El cuarto se llenó de un silencio grave, que iba del techo al suelo y de muro a muro. Sobre una maleta marchita estaba la chalina de gasa color durazno. La cogió y la extendió sobre el cadáver. Apenas hacía bulto en la cama. El pelo sepia formaba una mancha desordenada debajo de la gasa. Brunier se dejó caer en un sillón y se quedó mirando los cristales brillantes de las ventanas. Afuera los automóviles de colores claros se llenaban y se vaciaban de jóvenes ruidosos. ¿Cuántos años hacía que, metido en aquel uniforme verde y dorado, cuidaba la puerta del hotel? Veintitrés años. Así se le había ido toda la vida. Le pareció que sólo había abierto la puerta a malhechores. La banda era interminable y los «Buenos días», «Buenas tardes» y «Buenas noches», también interminables. Sólo la señora Mitre le había dicho al entrar «¿Qué hora son?». La recordó perfectamente: venía seguida de dos mozos que le llevaban las maletas. No era demasiado joven, tal vez ya llegaba a los treinta años. Sin embargo, al pasar junto a él le sonrió con una sonrisa descarada. «Las señoras no sonreían así, sólo los muchachos», se dijo Brunier. Y para colmo, aquella señora le guiñó el ojo. Se sintió desconcertado. La viajera llevaba al cuello una amplia chalina de gasa color durazno cuyas puntas flotaban a sus espaldas como alas. Uno de los extremos de la chalina se quedó prisionero en una de las puertas y la sonriente extranjera dio un paso hacia atrás al sentirse estrangulada por la gasa. Brunier se precipitó a liberar la prenda y luego se inclinó respetuosamente ante la viajera. —¡Gracias, gracias! —repitió la señora con un fuerte acento extranjero. Brunier hizo una nueva reverencia dispuesto a retirarse. La extranjera lo detuvo sonriente. —¿Cómo se llama? —Brunier —contestó avergonzado por la falta de discreción de la señora. —¿Qué hora es, señor Brunier? Brunier vio su reloj pulsera. —Las seis y diez, señora. —El avión de Londres llega a las nueve y cuarenta y siete, ¿verdad? —Creo que sí… —contestó el portero. —Faltan tres horas y treinta y siete minutos —dijo la desconocida con voz trágica. La extranjera cruzó el vestíbulo del hotel a grandes pasos. Su abrigo corto dejaba ver dos piernas delgadas y largas, que caminaban, no como si estuvieran acostumbradas a cruzar salones, sino a correr de prisa por las llanuras. Se inscribió en el hotel como Lucía Mitre, recibió su llave y anunció con desenvoltura: —Reserven el cuarto 410 para el señor Gabriel Cortina que llega hoy en el avión de Londres a las nueve y cuarenta y siete minutos. El cuarto 410 estaba al lado del cuarto 412, el número que le había tocado a ella. Durante varios días la señora Mitre comió y cenó en su habitación. Nadie la vio salir. El cuarto 410 permaneció vacío. En la vida del hotel llena de grupos de gentes que entran y salen, estos hechos insignificantes pasaron inadvertidos. Sólo Brunier espiaba con atención las entradas y salidas de los clientes, esperando ver reaparecer a la señora de la chalina color durazno, que le había guiñado el ojo y preguntado la hora. Con discreción indagó entre las doncellas y los camareros. —¿Qué? ¿La sudamericana? Está tocada. Se arregla, se sienta en un sillón y pregunta: «¿Qué hora es?». Marie Claire, después de imitar la voz y los ademanes de la extranjera, se echó a reír. —¡Qué manía! A mí también no hace sino preguntarme la hora —dijo Albert, el camarero que le llevaba los desayunos. —Algo le pasa —comentó Brunier pensativo. —Está esperando a su amante… —exclamó Marie Claire soltando una carcajada rencorosa. Brunier escuchó las confidencias y siguió cuidando la gran puerta de la entrada. Pasaron dos meses. De la gerencia del hotel le preguntaron a la señora Mitre si pensaba seguir guardando la habitación 410. —¡Claro! El señor Gabriel Cortina llega hoy en el avión de las nueve y cuarenta y siete —contestó ella con aplomo. —¡Es una extravagante! —dijeron en la administración. —Los ricos pueden serlo. ¿Qué le importan esos francos si en su país tiene cien mil caballos y trescientas mil vacas? —replicó mademoiselle Ivonne con voz amarga y dejando por unos momentos las cuentas para entrar en la conversación. —Todos los sudamericanos tienen muy buenas vacas y muy malas maneras. Como carecen de ideas están llenos de manías —dijo el señor Gilbert, asomándose por encima de su cuello duro. La señora Mitre no tenía tantas vacas y al terminar el tercer mes no tuvo con qué pagar la última cuenta del hotel. El señor Gilbert subió a su habitación. La señora Mitre le abrió la puerta sonriente, lo hizo pasar y le ofreció asiento. —Señora, lo siento, estoy totalmente desconcertado, pero… debe usted mudarse de hotel. —¿Mudarme? —preguntó la señora asombrada. El señor Gilbert estaba apenadísimo. La cuenta del hotel no había sido cubierta. —Según tengo entendido, la señora no tiene dinero para cubrir la cuenta. —¿Dinero? No, no tengo nada —dijo la señora echando la cabeza para atrás y riendo de buena gana. —¿Nada? —preguntó el señor Gilbert aterrado. —¡Nada! Lo que se dice nada —aseguró ella sin dejar de reír. El señor Gilbert la miró sin entender lo que ella le decía. Realmente era aterradora la confesión de la señora que tenía delante. —¿Por qué duda usted de su palabra si me dijo que llegaba hoy en el avión de las nueve y cuarenta y siete…? —No, no lo dudo… —dijo Gilbert desconcertado. La señora Mitre lo miró un rato con sus ojos color té. Luego pareció nerviosa, se torció las manos y acercó mucho su rostro al del señor Gilbert. —¿Qué hora es…? —preguntó inquieta. —Las cuatro y cinco —contestó el hombre casi a pesar suyo. Las tardes eran ahora muy cortas y por las ventanas entraba el oscurecer gris y frío. El señor Gilbert encendió una lámpara que estaba sobre una consola y su luz rosada iluminó la cara pálida de la señora Mitre. Era duro decirle a aquella mujer sonriente y delicada que debía desalojar el cuarto ahora mismo. La miró con valor. —¡Señora…! Ella se volvió hacia él, sonriendo con aquella sonrisa de muchacho de campo y le guiñó el ojo. —Sí, señor… —Si pudiera usted, al menos, dejar algo… —¿Algo? —preguntó ella asombrada y descruzando las piernas. —Sí, algo de valor —dijo el señor Gilbert impaciente. ¿Por qué le tocaría a él precisamente venir a decirle a la señora Mitre esta estupidez? Lucía Mitre apoyó los codos sobre las rodillas, sostuvo la cara entre sus manos y lo miró con fijeza como si no entendiera lo que le pedía. Gilbert guardó silencio. No se le ocurría agregar ninguna palabra. —¡Ah! ¿De valor? —repitió Lucía, como para sí misma. Entrecerró los ojos y volvió a cruzar las piernas. De pronto se llevó las manos a la nuca y con decisión se quitó el collar de perlas de varios hilos que llevaba puesto. —¿Esto? —dijo extendiendo las manos que sostenías las perlas. El señor Gilbert apreció desde lejos sus reflejos tornasoles y pareció tranquilizarse. —Son muy caras… Cuánto rogué para que me las regalaran. ¿Ya ve? Nadie sabe para quién ruega. Si Ignacio supiera… —agregó para sí misma. El señor Gilbert no supo qué contestar. Lucía le tendió el collar con un gesto amplio. —Ignacio es mi marido —dijo a modo explicativo. —¿Su marido? —pregunto Gilbert al mismo tiempo que recogía la alhaja. —Sí, mi marido… Madame Mitre se quedó mirando al vacío, como si la palabra marido la hubiera transportado a un mundo hueco. —Es una historia muy complicada. ¿Verdad, que las complicaciones son odiosas, señor…? —Gilbert —contestó su interlocutor casi mecánicamente. —Gilbert —completó ella su frase trunca. Las palabras de Lucía sonaban irreales en la habitación de luz rosada. Su voz salía con lentitud y parecía que no iba dirigida a nadie. Las frases apenas dichas rodaban frágiles por el aire y caían sin ruido sobre la alfombra. Lucía miró a Gilbert, para que este no olvidara lo que iba a decirle. —Ahora comprende usted por qué Gabriel Cortina llega esta noche en el avión de las nueve y cuarenta y siete, ¿verdad? Gilbert guardó silencio y guardó el collar para examinarlo más tarde con calma. La voz corrió entre los empleados del hotel: «La señora Mitre entregó un fabuloso collar de perlas, para seguir esperando la llegada de su amante». El rumor llegó a los oídos de Brunier. Habían pasado ya cinco meses desde la tarde en que la señora Lucía le había guiñado el ojo, y Brunier, a pesar de no haberla visto más, no la había olvidado. Esperaba siempre que apareciera la larga chalina flotante y la sonrisa hospitalaria. El cuarto 410 había sido ocupado por un sin fin de viajeros, que se dirigían a las montañas de Austria o a los soles de España y Portugal y la señora Mitre permanecía invisible en el cuarto 412 del hotel. Brunier estaba intranquilo. Sabía que más tarde o más temprano, la señora se acabaría las perlas, una por una, y entonces tendría que irse a la calle. Esta idea lo mortificaba. —Señorita Ivonne, ¿cuántas perlas le quedan todavía a la señora Mitre? —preguntó Brunier, temeroso de la respuesta. —Veintidós —contestó Ivonne. —¿Y después? —Después, ¡up! —contestó Ivonne haciendo sonar los dedos. —Hay que hablar con ella —dijo Brunier pensativo. —No lo va a escuchar. Está esperando a su amante, que no va a llegar —dijo Ivonne convencida. —Lo que hace es una niñería —insistió el señor Brunier. El domingo por la tarde, el señor Brunier subió al cuarto 412. Se alisó los cabellos antes de llamar. Sentía que iba a cumplir con una misión importante y que no debía fallar en sus gestiones. Lucía Mitre le abrió la puerta. Lo miró sonriente, lo invitó a pasar y le ofreció asiento con su mismo gesto amplio y alegre. —Realmente, tiene buenas maneras. Sólo que no me escuchó. Lo único que logré fue convencerla de que se mudara al cuarto 101, pues así tendrá dos días por cada perla. Mañana temprano le bajo las maletas —comentó Brunier más tarde. —Esta historia empieza a ponerme nervioso —dijo Albert. —¿Y el tal Gabriel, en dónde está? —preguntó exasperada Marie Claire. —A lo mejor no existe. A lo mejor ella lo inventó —dijo Mauricio, uno de los elevadoristas. —Es muy posible. Si no, ya hubiera dado señales de vida —asintió Marie Claire. Más tarde Ivonne atrapó al señor Brunier en los vestidores. Hasta ella había llegado la hipótesis de Mauricio y quería consultarlo con el viejo portero, que parecía tener tanto interés en la extranjera. —¿Sabes Brunier que nunca ha recibido carta de ningún lado del mundo? —¿Y ella no pregunta si ha tenido correspondencia? —preguntó Brunier pensativo. —No, no dice nada. Sólo pregunta la hora. Dice que su reloj va muy despacio —explicó Ivonne con avidez. —Pero tiene que haber vivido antes en algún lugar. No me diga que apareció ¡así!, de pronto, en la mitad de París. Durante muchos días Lucía Mitre vivió en el cuarto 101. Sólo los criados la veían. Comía y cenaba en su habitación y no hablaba con nadie. De pronto el señor Gilbert volvió a visitarla. Otra vez debía pedirle que abandonara el hotel. Pero Lucía buscó sonriente en su alhajero unos aretes de diamantes y se los entregó al visitante. Brunier subió al cuarto 101. Quería convencer a la señora Mitre de algo muy penoso: que se mudara a un hotel más barato. De esa manera sus diamantes se convertirían en muchos días. —¿Muchos días…? Pero si Gabriel llega hoy en el avión de las nueve y cuarenta y siete minutos. ¿Por qué tienen ustedes tanta prisa…? ¿Nunca han visto a nadie que espera a su amante todo el día? —Sí… un día —dijo Brunier. —¿Entonces…? ¿Qué hora es? —dijo ella. —Las doce y media de la mañana —contestó Brunier mirándola con desesperación. —Bueno, pues dentro de nueve horas y diecisiete minutos llega Gabriel… Lucía agachó la cabeza, parecía cansada. Se miró las puntas de los pies y se arregló los pliegues de su falda de seda color durazno. Después sonrió levemente al portero; éste, se sintió avergonzado. Nada de lo que él pudiera decirle resultaba válido, porque Lucía Mitre giraba como una mariposa alrededor de un fuego que él no percibía, pero que estaba allí, en la misma habitación, cegándola. —Claro, señor Brunier, que el tiempo se ha vuelto de piedra… cada minuto que pasa es tan enorme como una enorme roca. Se construyeron ciudades nuevas que florecen, decaen y desaparecen, y van pasando las ciudades y los minutos; y el minuto de las nueve y cuarenta y siete llegará cuando hayan pasado estos minutos de piedra con sus enormes ciudades, que están antes del minuto que yo espero. Cuando suene ese instante la ciudad de los pájaros surgirá de este amontonamiento de minutos y rocas… —Sí, señora —dijo Brunier con respeto. —Estoy muy cansada… muy cansada… son las piedras —agregó Lucía mirando con sus ojos fatigados al portero. Después, como si hiciera un esfuerzo, le hizo un guiño y sonrió con su sonrisa abierta de muchacho. Brunier quiso devolverle la sonrisa, pero lo invadió una tristeza inexplicable, que lo dejó paralizado. —De niña, señor Brunier, el tiempo corría como la música en las flautas. Entonces no hacía sino jugar, no esperaba. Si los grandes jugáramos, acabaríamos con las piedras adentro del reloj. En ese tiempo el amor estaba fuera de las tapias de mi casa, esperándome como una gran hoguera, todo de oro, y cuando mi padre abrió el portón y me dijo: «¡Sal, Lucía!», corrí hacia las llamas: mi vocación era ser salamandra. Brunier supo que la señora Lucía estaba hechizada. ¿Pero, por quién o por qué? —¿Y usted, señor Brunier, cuántas salamandras tuvo? —preguntó Lucía con interés, como si de pronto recordara que debía hablar más de su interlocutor y menos de ella misma. —Dos, pero ellas son verdaderas salamandras, no se quemaron en el fuego —contestó Brunier. Después de la visita del portero, la señora se quedó aún más quieta. Nunca tocaba el timbre ni pedía nada. Acabaron por mandarle las bandejas casi vacías. El señor Gilbert la visitaba de cuando en cuando y se llevaba una por una sus alhajas. Le preocupaba aquella presencia constante en el cuarto más barato del hotel. La primavera pasó con sus racimos de nieve y cubriendo a los castaños; se deshojó el verano en un otoño amarillo, volvió el invierno con sus teteras humeantes, y Lucía Mitre siguió preguntando la hora, encerrada en su cuarto. El señor Gilbert la tenía muy presente. —Señora, ¿no sería conveniente que le escribiera usted a su marido? —¿A mi marido?… ¿Para qué? —Para que haga algo por la señora… para que la recoja. Un señor mexicano es, donde quiera, siempre un caballero. —¡Ah! Sí, él es el mejor de los hombres. Siempre le viviré agradecida, señor Gilbert. Si usted supiera… vivimos casados ocho años… Nunca olvidaré las noches que pasé en la habitación inmensa de su casa. Mi suegra me oía llorar y venía envuelta en un kimono japonés… La señora Mitre guardó silencio, como si oyera venir los pasos de aquella mujer a la que por primera vez nombraba. El señor Gilbert miró hacia la puerta, tuvo la impresión de que alguien envuelto en un traje oriental entraba sin ruido en la habitación. La señora Mitre se tapó la cara con las manos y empezó a sollozar. Gilbert se puso de pie. —¡Señora! Por favor… —El cuarto era enorme, estaba lleno de espejos y yo me sentía muy sola. Eso enojaba a mi suegra… ¿Le parece muy mal, señor Gilbert? —No, no, me parece natural —contestó Gilbert ruborizándose. —A Ignacio le veía en el comedor. El día que me escribió la carta me extrañó mucho, porque podía habérmelo dicho en la comida. Luego vi que esa era la mejor manera de decirme algo tan delicado. ¿Quiere usted leerla? Gilbert no supo qué decir. La señora Mitre se levantó con presteza y buscó adentro de su maleta un pequeño cofre de madera muy olorosa. Al abrirla respiró con deleite el perfume y exclamó: —¡Es de Olinalá! Luego encontró una carta escrita tiempo antes y leída muchas veces, y la entregó a Gilbert con aquel gesto suyo, amplio y sonriente, que tomaba siempre que tenía que dar algo, ya fueran sus perlas, sus brillantes, o su carta. —¡Léala, por favor! El señor Gilbert recorrió la carta con los ojos sin entender nada. La carta estaba escrita en español, sólo alcanzó a descifrar la firma: «Ignacio». Movió la cabeza, como si entendiera el contenido de aquella carta, la dobló con cuidado y quiso guardarla como las perlas, para que alguien se la tradujera más tarde. Pero Lucía Mitre tendió la mano y a él no le quedó más remedio que entregarla. —¿Ve usted? —dijo ella con simplicidad. Luego se puso de pie, alcanzó una cerilla y le prendió fuego al papel. Gilbert no pudo impedir su gesto y la carta se retorció en las llamas, hasta convertirse en una telita negra que cayó hecha añicos. —¿Ahora ya no sirve, verdad? —preguntó asombrada. —No, ya no sirve —comentó Gilbert descorazonado. Estaba seguro de que esa carta contenía el secreto de Lucía Mitre. —¿Qué hora es? ¿Cuánto tiempo falta para las nueve y cuarenta y siete? —Cuatro horas y veintitrés minutos —dijo el señor Gilbert con voz melancólica. —¡Cuatro horas…! —Mientras dan las nueve, ¿por qué no sale usted a dar un paseo por París? Si viera qué hermosos están los muelles, llenos de libros, de paseantes… —¿Una vuelta?… No, no puedo. Me voy a arreglar un poco… estoy tan nerviosa —dijo tocándose la cara con angustia. El señor Gilbert vio sus mejillas hundidas y sus manos delgadas y temblorosas. —Es usted muy bella, señora Mitre —dijo convencido de que la tragedia embellece a sus personajes. La luz que rodeaba a la mujer que tenía sentada frente a él, era una luz que se alimentaba de ella misma. Toda ella ardía adentro de unas llamas invisibles y luminosas. Tuvo la impresión de que pronto no la vería más. Admiró sus huesos calcinados de sus pómulos y de sus dedos traslúcidos. ¿Cuándo, y cómo, y por qué, habían entrado en aquella hermosa dimensión suicida? Se sintió grosero junto a la dama vestida de color durazno que se transmutaba cada día más en una materia incandescente que a él le estaba vedada. —Después de esa carta ya no podía quedarme en la casa de Ignacio… Recuerdo que la noche de la cena, la seda de las paredes del comedor ardía en llamas pequeñísimas, y que las flores de la mesa olían con la frescura que sólo se encuentra en los jardines. Cuando vi las manos de Ignacio y de Emilia acariciándose sobre el mantel, me parecieron las manos desconocidas de personajes desconocidos. En ese momento me fui a vivir a otro palacio, aunque aparentemente seguí durmiendo en el cuarto de la casa de Ignacio. Por las noches después de la visita de mi suegra entraba Gabriel… ¿Usted conoce México? Pues Gabriel es como México, lleno de montañas y de valles inmensos… Siempre hay sol y los árboles no cambian de hojas sino de verdes… La señora Mitre se quedó buscando aquellos soles brillando sobre las copas de los árboles de su país. Gilbert la dejó acompañada de sus fantasmas. «Su marido y su amante la engañaron», se dijo, mientras llegaba a su despacho y se sintió responsable de la suerte de aquella mujer. Durante los dos meses que todavía vivió en el hotel, el señor Gilbert se negaba a comentarla. —¡Por favor! No me hablen de la señora Mitre… Me da escalofríos. Ahora Lucía Mitre estaba cubierta con su chalina de gasa color durazno. Una ira antigua y caballeresca se apoderó de Brunier; «pobre pequeña», se dijo pensando en Gabriel. «¡Pobre pequeña!» se repitió recordando a Ignacio. Debía advertir a Gilbert de lo que acaba de ocurrir en el cuarto 101. Los divanes y las sillas de época cubiertas de sedas de color pastel, los espejos, los ramos de flores silvestres y las alfombras color miel, le dieron la sensación de entrar al centro tibio del oro. Contempló a las parejas reflejadas en las luces de los espejos, deslizándose frágiles por caminos invisibles y perfumados, en busca de amores que quizás apenas durarían unas horas. Parecían hermosos tigres olfateando intrincados vericuetos y tuvo la impresión de que algunos de aquellos personajes fugaces se quedarían tal como Lucía, prendidos a un minuto irrecuperable. Brunier se acercó a Gilbert, que de pie, muy sonrosado y vestido con su impecable jacquet , sonreía a una de aquellas parejas elegidas. Esperó unos minutos. —La señora Lucía acaba de morir —anunció sin dejar traslucir su emoción. —¿Qué dice? —preguntó Gilbert adoptando el rostro más inexpresivo que encontró. —Que la señora Lucía Mitre acaba de morir —repitió Brunier sin cambiar de actitud. —¡Qué desdicha! —exclamó el señor Gilbert en voz baja. Luego atendió sonriente al cliente que le preguntaba por el bar. —Voy a llamar a la policía. Hay que evitar que los clientes se den cuenta de lo sucedido. —Murió exactamente a las nueve y cuarenta y siete minutos —explicó Brunier con una voz que quiso ser natural. Gilbert iba a decir algo, pero la llegada de un cliente lo distrajo. El cliente era joven, llevaba una raqueta en la mano y su rostro era asoleado y sonriente. Con voz juguetona, explicó que desde hacía once meses, una amiga suya le había reservado el cuarto 410. No sabía si su reservación se había hecho a nombre de su amiga: Lucía Mitre, o al suyo: Gabriel Cortina. —Pero es lo mismo —explicó sonriente. Gilbert asombrado, no supo qué decir, buscó en los ficheros y vio que el cuarto 410 estaba vacío. Cogió la llave y se la tendió al joven que distraído daba golpecitos en el escritorio, con el filo de la raqueta. Gilbert y Brunier, mudos por la sorpresa, vieron cómo se alejaba Gabriel Cortina, rumbo a los elevadores. Iba jugando con la llave, ajeno a su desdicha. Sus pantalones de franela y su saco sport le daban una elegancia infantil y americana. Los dos hombres se miraron consternados. Deliberaron unos momentos y decidieron que cuando llegara la policía explicarían lo sucedido al recién llegado. —¡Es una catástrofe! —¡Una verdadera catástrofe! A las diez y media de la noche tres hombres correctamente vestidos cruzaron el vestíbulo del hotel acompañados de Brunier y de Gilbert. Los cinco hombres subieron primero al cuarto 410, para decirle a Gabriel Cortina lo sucedido. Llamaron a la puerta con suavidad. Al ver que nadie contestaba a sus repetidas llamadas decidieron abrir con la llave maestra. Encontraron el cuarto vació e intacto. Brunier y Gilbert se miraron atónitos, pero recordaron que el cliente no llevaba más equipaje que su raqueta. Buscaron la raqueta sin hallarla. Entonces llamaron a los criados, pero ninguno de ellos había visto al joven que buscaban. Los tres policías revisaron el baño y los armarios. Todo estaba en orden: nadie había entrado en aquella habitación. Perplejos, los cinco hombres bajaron a la administración; tampoco allí, ninguno de los empleados, ni siquiera Ivonne, recordaba la llegada de aquel huésped. La llave del cuarto 410 estaba colgada en el fichero, intocada. Gilbert y Brunier discutieron acalorados con el personal de la administración la presencia de Gabriel Cortina en el hotel. Los policías ordenaron pesquisas que resultaron inútiles, pues el joven risueño, propietario de la raqueta, no apareció en ninguna parte del hotel. Había desaparecido sin dejar huella. Después de muchas discusiones adoptaron la hipótesis de que habían sido víctimas de una alucinación. —Fue el deseo de que llegara —aceptó vencido y melancólico el señor Gilbert. —Sí, eso debe haber sucedido, los dos la amábamos —confesó Brunier. Los tres policías se enternecieron con lo sucedido. Uno de ellos era de la Bretaña y contó que en su país sucedían cosas semejantes. Sombríos, los cinco hombres se dirigieron al cuarto de Lucía Mitre para terminar con su triste diligencia. Al entrar en la habitación los policías se quitaron los sombreros y se inclinaron respetuosos ante el cuerpo de la señora. Brunier, solemne, señaló a los pies de la cama. —¡Ahí está! —dijo casi sin voz. Sus cuatro acompañantes vieron la raqueta blanca deportiva con descuido a los pies de la cama de Lucía Mitre. Se lanzaron nuevamente a la búsqueda del joven propietario de la raqueta, pero su búsqueda fue infructuosa, pues el cliente risueño, tostado por el sol de América, no volvió a aparecer nunca más en el Hotel del Príncipe. Gilbert se inclinó por última vez sobre el rostro de Lucía Mitre, también ella se había ido para siempre del hotel, pues en su rostro no quedaba de ella, nada. FIN Autor: Elena Garro Título: ¿Qué hora es? Publicado en: Diálogos 1, noviembre-diciembre de 1964 Aparece en: La semana de colores (1964)
- "¿Cuánta tierra necesita un hombre?", cuento de Lev Tolstói
I La hermana mayor, que estaba casada con un comerciante y residía en la ciudad, fue a la aldea a visitar a su hermana menor, mujer de un campesino. Mientras tomaban el té, la mayor no hacía más que elogiar la vida de la ciudad; vivía allí con sus hijos en una casa limpia y espaciosa, comía dulces, bebía lo que le gustaba y solía ir de paseo y frecuentar los teatros. La hermana menor, sintiéndose dolorida, comenzó a despreciar la vida de los comerciantes, realzando la de los campesinos. —No cambiaría mi vida por la tuya. Nuestra existencia es gris, pero no conocemos el miedo. Bien es verdad que vosotros vivís mejor; sin embargo, si unas veces vendéis mucho, otras estáis expuestos a arruinaros. Bien dice el refrán: “Las ganancias y las pérdidas, hermanas gemelas.” A veces suele suceder que uno es rico hoy y mañana tiene que mendigar. La vida de los campesinos es más segura; nunca seremos ricos; pero siempre tendremos qué comer. — ¡Pero cómo! ¡En compañía de cerdos y terneros! Vivís sin ninguna comodidad; y, por más que se afane tu hombre, moriréis entre el estiércol que os rodea. Y vuestros hijos tampoco verán otra cosa —replicó la hermana mayor. — ¡Qué le vamos a hacer! Nuestro oficio lo exige. En cambio, no tenemos que doblegarnos ante nadie y a nadie tememos. En la ciudad vivís entre una serie de tentaciones. Hoy estáis bien, pero quizá mañana tiente el diablo a tu marido con las cartas, el vino o cualquiera otra cosa por el estilo. Entonces, todo irá manga por hombro. ¿Acaso no suceden estas cosas? Pajom, el marido de la hermana menor, sentado en la estufa, escuchaba la charla de las mujeres. —Es la purísima verdad —exclamó—. Cuando uno se acostumbra desde pequeño a trabajar la madrecita tierra, ninguna materia puede sorberle el seso. Lo único malo es que tenemos pocas tierras. Si tuviésemos todas las que queremos, no temeríamos ni al diablo. Después de tomar el té, las mujeres hablaron de trajes, recogieron los cacharros y se fueron a acostar. El diablo estaba tras de la estufa y había oído esa conversación. Se alegró de que la mujer del campesino indujera a éste a jactarse de que, si tuviera tierras, no temería al diablo. “Está bien; te daré mucha tierra y así podré apoderarme de ti”, pensó. II Junto a los campesinos vivía una propietaria, dueña de ciento veinte desiatinas de tierra. Trataba bien a los campesinos, y nunca les había perjudicado. Pero un día tomó a un soldado retirado como administrador; y éste empezó a poner multas a diestro y siniestro. Por más cuidado que tuviera Pajom, tan pronto se metía un caballo en un campo de avena, tan pronto una vaca entraba en el huerto o las terneras se internaban en los prados; y constantemente tenía que pagar multas. Pajom las pagaba; pero luego reñía y pegaba a los suyos. Aquel verano sufrió mucho, por culpa del administrador. Cuando llegó la época de encerrar al ganado, sintió un gran alivio, a pesar de que tendría que procurarle el pienso. En invierno circuló el rumor de que la propietaria quería vender sus tierras y que las iba a comprar el posadero del camino real. Al enterarse de ello, los mujiks se desanimaron. “El posadero acabará con nosotros, a fuerza de multas. Estaremos mucho peor que con nuestra ama. No podemos vivir sin esta tierra”, se dijeron. Fueron, pues, a ver a la propietaria, para rogarle que no vendiera la tierra al posadero; y le dijeron que estaban dispuestos a pagarla más cara. La propietaria accedió. Los campesinos se unieron en consejo, para tratar de comprar la tierra entre todos; pero no se pusieron de acuerdo. Era como si interviniera el diablo; no había manera de concretar el asunto. Entonces decidieron comprar parcelas por separado y que cada cual adquiriese la cantidad que pudiera. La propietaria accedió a esto también. Pajom se enteró de que su vecino había comprado veinte desiatinas, que había pagado la mitad y que la otra mitad la pagaría a plazos, en varios años; y sintió envidia. “Van a comprar toda la tierra y me quedaré sin una sola parcela”, pensó. Entonces dijo a su mujer. —Todos compran tierras; también nosotros deberíamos comprar unas cuantas desiatinas. No podemos continuar así. El administrador acabará con nosotros, a fuerza de multas. Meditaron sobre la manera de comprar la tierra. Tenían cien rublos ahorrados, vendieron un potro y la mitad de las colmenas, colocaron de obrero al hijo y pidieron prestada una cantidad a su cuñado. Con todo eso reunieron la mitad del dinero necesario. Entonces Pajom fue a examinar la tierra, eligió quince desiatinas que tenían una parte de bosque y fue a ver a la dueña. Después de discutir sobre el precio, llegaron a un acuerdo; y Pajom entregó una señal. Fueron a la ciudad, para hacer la escritura de venta. Pajom entregó la mitad del dinero, comprometiéndose a pagar la otra mitad en un plazo de dos años. Así fue como adquirió aquella tierra. Compró grano y sembró. Tuvo tan buena cosecha, que en un año pudo pagar la deuda a la dueña y a su cuñado. Desde entonces fue propietario. Araba, sembraba, segaba, talaba árboles y llevaba a pastar a los animales a sus propias tierras. Cuando salía a dar una vuelta por los prados, se quedaba embelesado. Le parecía que hasta la hierba y las flores eran distintas en su tierra. Antes, cuando pasaba por aquellos lugares, le parecía que no tenían nada de extraordinario; en cambio, ahora se le antojaban con cualidades especiales. III Pajom estaba muy contento de su vida. Todo hubiera sido perfecto, a no ser porque los campesinos empezaron a hollar sus campos de mieses y sus prados. Pajom les suplicó que no lo hicieran; pero aquéllos no se enmendaban: tan pronto los pastores dejaban entrar las vacas en los prados, como los caballos pisoteaban los sembrados. Al principio, Pajom les echaba de allí y perdonaba a los campesinos; pero llegó un momento en que se hartó y fue a quejarse a las autoridades de la aldea. Pajom sabía que los mujiks no hacían esto intencionadamente, sino por falta material de espacio; no obstante, se decía: «No es posible dejarlos; me echarían a perder toda la cosecha. Hay que darles una lección.” Dio la queja una y otra vez, y pusieron multas a algunos campesinos. Los vecinos empezaron a tenerle ojeriza y, a veces, le hollaban los sembrados a propósito. Una vez, uno de ellos le robó diez tilos, para aprovechar la corteza. Al pasar por el bosque, Pajom advirtió que algo blanqueaba en el suelo y vio unos troncos derribados. ¡Si al menos hubiesen cortado los tilos de los extremos, dejando algunos aquí o allá, pero no, los habían talado todos seguidos! Pajom se encolerizó. “Si me enterase quién ha sido, me vengaría con todas las de la ley”, se dijo. Después de pensarlo mucho, decidió que no podía ser nadie más que Siomka. Se dirigió al corral de éste; pero no encontró ninguna prueba, y lo único que consiguió fue reñir con él. Entonces se convenció aún más de su culpabilidad. Presentó una denuncia. Formaron juicio a Siomka; pero salió absuelto, ya que no había pruebas en contra. Entonces Pajom se enfadó mucho y riñó con los jueces y con el starshina. “Estáis confabulados con los ladrones. Si vivierais honradamente, no podríais absolverlos.” Desde entonces, Pajom vivía más holgadamente en la tierra; pero con más estrechez en el mundo. Por aquella época, corrió el rumor de que los campesinos emigraban para instalarse en lugares nuevos. “Yo no tengo por qué abandonar mis tierras; pero si se fueran algunos vecinos nuestros, estaríamos más anchos. Compraría sus tierras y viviríamos mejor. De otro modo, estamos estrechos”, pensó Pajom. Un día en que se hallaba en su casa, entró un caminante. Pajom le ofreció de comer y cama para pasar la noche. Cambiaron unas palabras y Pajom le preguntó de dónde venía. El caminante contó que regresaba desde más allá del Volga, donde había estado trabajando. Dijo que algunos campesinos habían ido a instalarse allí. “Se han inscrito en el Municipio y les han dado diez desiatinas de tierra por persona. Es tan fértil, que el centeno es altísimo; no se podría ver a un caballo en pie; y tan grueso, que cinco puñados forman un haz. Uno de los campesinos que al llegar era muy pobre, cuenta ahora con seis caballos y dos vacas”, terminó diciendo el caminante. Pajom sintió que se le henchía el corazón de gozo. “¿Por qué había de penar aquí, en estas estrechuras, si puedo vivir a gusto en otro lugar? Venderé mis tierras y mis animales; y, con ese dinero, me construiré una casa y pondré una granja. Es un pecado vivir estas estrechuras. Pero tengo que enterarme de todo personalmente”, se dijo. Preparó las cosas y, al comenzar el verano, emprendió el camino. Fue a Samará por el Volga, embarcado en un vapor; y luego recorrió cuatrocientas verstas a pie. Al llegar, comprobó que todo lo que le había dicho el caminante era cierto. Los campesinos vivían holgadamente, cadauno tenía sus diez desiatinas de tierra y el Municipio acogía de buena gana a los nuevos. Si alguno tenía dinero, además de la parcela que se le asignaba, podía comprar, con derecho a perpetuidad, la cantidad que quisiera. La mejor tierra costaba a tres rublos la desiatina y uno podía comprar toda la que le viniera en gana. Enterado de todo, Pajom volvió a su casa a principios del otoño. Vendió sus tierras con beneficio, así como los animales, se dio de baja en el Municipio; y, al llegar la primavera, se trasladó con su familia al nuevo lugar. IV Una vez allí, se inscribió en el Municipio de una gran aldea. Obsequió a los viejos con unas copitas y arregló los documentos. Para las cinco personas que formaban su familia, le asignaron cincuenta desiatinas de tierra, en diferentes campos, además de los terrenos de pasto; y Pajom se construyó una casa y compró animales. Sólo en tierras concedidas tenía ahora tres veces más que antes. Además, la tierra era muy fértil. Su vida en la aldea nueva resultaba diez veces mejor que la anterior. Podía mantener a todos los animales que quisiera. Al principio, mientras construía la casa y se instalaba, estaba muy contento; pero no tardó en sentirse estrecho allí también. El primer año sembró trigo en la tierra que le concedieron, y tuvo buena cosecha. Hubiera querido sembrar más cantidad; pero eran escasas las tierras que servían para ello. Allí se siembra el trigo en tierras de pan llevar. Se cultivan un año o dos y luego se las deja descansar hasta que estén en condiciones de dar nueva cosecha. Son muchos los aldeanos que quieren tener tierras de pan llevar; y no hay bastantes para todos. Así, pues, surgen disputas. Los más ricos las cultivan; pero los pobres las arriendan a los comerciantes, para poder pagar las contribuciones. Pajom tomó tierras en arriendo por un año. La cosecha se le dio bien; pero el campo estaba lejos de la aldea, a unas quince verstas. Advirtió que en aquella región los comerciantes y campesinos vivían en granjas, y se enriquecían. “Me vendría muy bien comprar aquí una parcela de tierra a perpetuidad, y edificar una casa de campo”, se dijo. Desde entonces no hizo más que pensar en la manera de adquirir tierras a perpetuidad. Vivió así por espacio de tres años. Tuvo magnificas cosechas de trigo; y esto le permitió ganar dinero. Pero le molestaba tener que arrendar las tierras, porque dondequiera que hubiera una buena parcela también acudían otros campesinos, y si no llegaba a tiempo, se quedaba sin ella. Así, pues, al tercer año compró unos prados a medias con un comerciante; pero cuando ya los había labrado, tuvieron un juicio y perdió su trabajo: “Si la tierra fuese mía, no habría de rebajarme ante nadie, ni tendría disgustos”, pensó Pajom. Al informarse dónde podría comprar tierras a perpetuidad, se encontró con un mujik que vendía quinientas desiatinas, a precio muy barato, porque se había arruinado. Pajom entró en tratos con él. Tras de regatear mucho, convinieron en mil quinientos rublos, pagaderos, mitad al contado, mitad a plazos. Un día, un comerciante se detuvo en casa de Pajom, para dar pienso a los caballos. Él le ofreció té y empezaron a charlar. El comerciante refirió que venía del territorio de los bashkires, donde había comprado cinco mil desiatinas de tierra por mil rublos. Pajom le hizo una serie de preguntas. El comerciante dijo las siguientes palabras: —Lo único que he hecho ha sido halagar a los viejos. Les he regalado vestidos, alfombras y té, por valor de cien rublos; y obsequié con buen vino a los que bebían. Así pude comprar la tierra a razón de veinte copecks la desiatina. Enseñó a Pajom el contrato de venta. —La tierra está situada a lo largo de un riachuelo y es de pan llevar. —No es posible recorrer ese territorio ni en un año. Pertenece a los bashkires, que son inocentes como unos corderos. Se pueden conseguir sus tierras casi de balde. “¿Por qué he de gastar mil quinientos rublos en quinientas desiatinas y contraer una deuda cuando allí, por el mismo dinero, podría ser propietario Dios sabe de cuánta tierra?”, se dijo Pajom. V Después de enterarse del camino para ir a aquellas tierras, Pajom se dispuso a emprender el viaje. Dejó la casa en manos de su mujer; y se fue, acompañado de un obrero. Al pasar por la ciudad, compró una caja de té, vino y todo lo que el comerciante había dicho. Recorrieron unas quinientas verstas; y, al séptimo día, llegaron al campamento de los bashkires. Todo era, en efecto, tal y como el negociante le había referido. Los bashkires vivían en la estepa, a lo largo de un riachuelo, en unas tiendas de campaña, de fieltro. No cultivaban la tierra ni comían pan. En las estepas pastaba el ganado. Los potros estaban atados junto a las tiendas de campaña; y, dos veces al día, llevaban allí a las yeguas, las ordeñaban y con su leche preparaban kumys. Las mujeres hacían quesos y los hombres no se dedicaban más que a beber kumys y té, comer carnero y tocar la flauta. Todos eran sanos y alegres; y pasaban el verano en continua fiesta. Los bashkires eran ignorantes y no sabían hablar ruso; pero se mostraban muy acogedores con los forasteros. En cuanto vieron a Pajom, salieron de sus tiendas a recibirle. Había entre ellos un intérprete. Pajom le dijo que venía a comprar tierras. Los bashkires se alegraron mucho. Llevaron a Pajom a una tienda muy confortable, donde lo invitaron a sentarse en alfombras y cojinetes de plumón. Luego, mientras se instalaban en torno a él, le ofrecieron té y kumys. También lo obsequiaron con carne de carnero. Pajom sacó los regalos que había traído en el carro; y los repartió entre los bashkires. Estos, muy contentos, charlaron entre sí, ordenando después al intérprete que tradujera sus palabras. —Me mandan decirte que te han tomado afecto y que tenemos por costumbre dar a un huésped cuanto el plazca y devolverle regalo por regalo —dijo éste—: Tú trajiste cosas; ahora vas a decimos lo que te gustaría tener, para que te lo ofrezcamos. —Lo que más me gusta es vuestra tierra—replicó Pajom—. En nuestro país estamos estrechos y, además, la tierra está agotada. En cambio, vosotros tenéis grandes extensiones de buena tierra. Jamás he visto otra igual. El intérprete tradujo las palabras de Pajom. Los bashkires discutieron entre sí. Pajom no entendió lo que decían; pero comprendió que estaban contentos, porque gritaban y reían. Finalmente, se quedaron mirando a Pajom, mientras el intérprete le decía: —Me encargan de comunicarte que, por tus regalos, te darán, con mucho gusto, toda la tierra que deseas. No tienes más que señalar con un dedo la que te agrada, para que sea tuya. Los bashkires volvieron a hablar entre sí; y Pajom preguntó qué decían. —Unos dicen que es preciso consultar al starshina; creen que no pueden tomar esa decisión sin su consentimiento. En cambio, otros opinan que no hay por qué hacerlo —explicó el intérprete. VI Los bashkires estaban en plena discusión cuando, de pronto, apareció un hombre con gorro de piel de zorro. Todos guardaron silencio y se pusieron en pie. —Es el starshina —dijo el intérprete. Pajom sacó el mejor vestido que traía y cinco libras de té y se las ofreció al starshina. Este aceptó los regalos y se colocó en el lugar de la presidencia. Acto seguido los bashkires empezaron a charlar con él. Tras de escucharlos largo rato, el starshina hizo un movimiento de cabeza, para que callaran; y, dirigiéndose a Pajom, pronunció en ruso las siguientes palabras: —Puedes coger la tierra que te agrade; poseemos mucha. “¿Cómo hacer? Será preciso cerrar un trato, porque si no, tal vez puedan decirme un día que la tierra no es mía, y me la quiten”, pensó Pajom. —Les agradezco sus buenas palabras. Pero ustedes tienen muchas tierras y yo no necesito más que una parcela. Quisiera saber cuál será la mía, y para ello es preciso delimitarla y cerrar el trato en su debida forma. Porque nuestras vidas no dependen de nosotros, sino de Dios. Ustedes son buenas personas y me dan esa tierra; pero puede suceder que sus hijos me la quiten. —Tienes razón —convino el starshina. —He oído decir que les ha visitado un comerciante y que le han vendido ustedes tierras, firmando un contrato. Me gustaría hacer lo mismo —propuso Pajom. El starshina comprendió lo que éste deseaba. —Podemos hacerlo. Tenemos un escribiente. Iremos a la ciudad a levantar un acta de venta y poner los sellos necesarios. —¿Cuál será el precio? —preguntó Pajom. —Nuestro precio es único: mil rublos por jornada. —¿Qué medida es ésa? ¿Cuántas desiatinas tiene? —preguntó Pajom, sin entender. —No sabemos hacer el cálculo. Vendemos por jornadas. El terreno que recorras en una jornada será tuyo; y su precio es de mil rublos. —Se puede recorrer mucha tierra en un día—exclamó Pajom, sorprendido. —Pues, toda será tuya—replicó el starshina echándose a reír—. Pero con una condición: si no vuelves el mismo día al punto de partida, perderás el dinero. —¿Cómo vamos a marcar los lugares por donde pase? —preguntó Pajom. —Nos colocaremos en el sitio que elijas como punto de partida y permaneceremos allí mientras des la vuelta. Además, te llevarás un azadón para hacer señales donde quieras. Colocarás jalones en los extremos; y luego trazaremos un surco, con el arado, de un jalón al otro. Puedes dar la vuelta que quieras; pero has de regresar al punto de partida antes que se ponga el sol. Todo lo que hayas abarcado será tuyo. Pajom se alegró de oír aquello. Decidieron que emprenderían la partida al amanecer. Después de hablar un rato, bebieron kumys, comieron carnero y volvieron a tomar té. Anochecido, acomodaron a Pajom sobre unos cojines de plumón y los bashkires se dispersaron. Convinieron en que se reunirían de madrugada, para llegar al lugar señalado antes que saliera el sol. VII Pajom se tendió sobre los cojines de plumón; pero no pudo conciliar el sueño, pensando sin cesar en la tierra. “Recorreré una extensión muy grande. Probablemente cincuenta verstas en una jornada, ya que en esta estación el día es tan largo como la noche. Cincuenta verstas comprenden mucha tierra. Arrendaré la peor a los campesinos y cultivaré la otra con mis propias manos. Adquiriré dos yuntas de bueyes y tomaré dos mozos. Sembraré cincuenta desiatinas y dejaré el resto para pastos”, se decía. No pegó el ojo en toda la noche. Pero antes de amanecer se quedó adormilado. Soñó que estaba acostado en la tienda de los bashkires y que oía reír a alguien desde fuera. Quiso ver quién reía de ese modo. Al salir fuera vio al starshina de los bashkires que, sujetándose la barriga con ambas manos, lanzaba estruendosas carcajadas. Pajom se acercó a él y le preguntó: —¿De qué te ríes? Entonces se dio cuenta de que el starshina era el negociante que había ido a su casa y le había hablado de esas tierras. Pero en cuanto le preguntó: “¿Hace mucho que estás aquí?”, vio que no era él, sino el primer mujik que venía desde más allá del Volga. Finalmente, advirtió que tampoco era éste, sino el diablo en persona, con sus cuernos y patas de macho cabrío. Se hallaba sentado, riendo a carcajadas, ante un hombre muerto que yacía descalzo y en mangas de camisa. Pajom examinó con gran atención al hombre muerto. Y entonces vio que era él mismo. Se despertó horrorizado. “¡Hay que ver las cosas que se sueñan!”, se dijo. Por la puerta abierta vio que comenzaba a clarear. “Es preciso despertar a las gentes, pues ya es hora de ponerse en camino”, pensó. Se levantó; despertó a su obrero, que dormía en el carro, le ordenó que enganchara; y se fue a despertar a los bashkires. —Ya es hora de que vayamos a la estepa a medir la tierra —les dijo. Los bashkires se reunieron para esperar al starshina. Cuando éste llegó, se pusieron a beber kumys y ofrecieron té a Pajom; pero éste no quiso entretenerse. —Si hemos de ir, partamos en seguida, que ya es hora —dijo. VIII Los bashkires se reunieron, unos montaron a caballo, otros en carros; y partieron. Pajom y su obrero se instalaron en su propio carro, armados de un azadón. Llegaron a la estepa cuando apuntaba la aurora. Subieron a una colina, se apearon de los carros, descabalgaron y se agruparon. El starshina se acercó a Pajom; y designándole esa región con la mano, le dijo: —Toda la tierra que abarcas con la vista es de nuestra propiedad. Elige la parte que quieras. Brillaron los ojos de Pajom. Toda aquella tierra era de pan llevar, llana como la palma de la mano, y negra, como la semilla de la adormidera. Los valles estaban cubiertos de hierba de diferentes clases, que llegaba hasta el pecho. —Esta será la señal del punto de partida —exclamó el starshina quitándose el gorro y colocándolo en un lugar determinado. —Partirás desde aquí y volverás al mismo sitio. Tuya será la tierra que abarques en tu recorrido. Pajom sacó el dinero, lo puso sobre el gorro del starshina y luego se quitó el caftán. Conservó sólo la podiovka, se ciñó bien el cinturón, colgó de éste una bolsita con pan, y una botella con agua, se arregló las botas; y, tomando el azadón de manos del obrero, se dispuso a partir. Durante un ratito permaneció pensando la dirección que habría de tomar. Pero como la tierra era buena por doquier, creyó que daba igual, y decidió ir hacia el levante. Se colocó de cara al lugar en que debía de salir el sol y esperó a que apareciera. Se dijo que no debía perder un solo minuto. Además sería más fácil caminar con la fresca. En cuanto surgió el sol, Pajom emprendió el camino, con el azadón al hombro. Echó a andar con un paso uniforme, ni lento ni rápido. Al recorrer una versta se detuvo, cavó un hoyito, colocó los jalones, de manera que fuesen muy visibles; y prosiguió su camino. Animado, aceleró el paso. Después de recorrer un buen trecho, cavó otro hoyo. Luego volvió la cabeza y pudo ver perfectamente la colina, iluminada por el sol, y sobre ella a los bashkires, junto a sus carros, cuyas ruedas lanzaban destellos. Calculó que habría recorrido ya unas cinco verstas. Tuvo calor, se quitó la podiovka; y, echándosela al hombro, continuó andando. Recorrió otras cinco verstas. El calor apretaba. Al mirar al sol, Pajom vio que era la hora del almuerzo. “Ha transcurrido ya la cuarta parte de la jornada, aún es pronto para dar la vuelta. Me voy a descalzar”, se dijo. Se sentó para quitarse las botas; las colgó del cinturón y reemprendió la marcha. Así podía caminar más ligero. “Recorreré otras cinco verstas y luego torceré hacia la izquierda. Este lugar es magnífico; da lástima abandonarlo. Cuanto más avanzo mejor me parece”, pensó. Y continuó andando, en línea recta. Al volver la cabeza, apenas si pudo divisar el cerro. Los hombres que estaban en él parecían hormigas y era imperceptible ya el brillo de las ruedas. “He recorrido bastante por este lado, ahora debo torcer. Además, estoy sofocado y tengo sed”, se dijo Pajom. Y, deteniéndose, cavó un hoyo un poco más grande y colocó los jalones. Luego, desatando la botella que llevaba al cinto, bebió agua y se dirigió hacia la izquierda. Después de andar mucho rato, llegó a un lugar cubierto de hierba muy alta. Hacía calor. Empezaba a sentirse cansado. Miró al sol y se dio cuenta de que era la hora de comer. “Es preciso descansar”, se dijo. Se sentó; comió un poco de pan y bebió agua; pero no se atrevió a acostarse, por temor a quedarse dormido. Al cabo de un ratito, reemprendió la marcha. Al principio caminó a buen paso. La comida le había devuelto las fuerzas. Pero el calor apretaba y tenía sueño. Sin embargo, siguió andando. Se decía que se trataba de unas horas de sufrimiento, a cambio de muchos años de buena vida. Había recorrido mucho espacio en aquella dirección y ya se disponía a torcer hacia la izquierda, cuando de pronto vio un valle y le dio lástima abandonarlo. “Aquí se dará bien el lino”, pensó, siguiendo en línea recta. Tras de rodear el valle, cavó un hoyo y torció de nuevo formando de este modo la segunda esquina. Cuando volvió la cabeza, el cerro estaba envuelto en niebla y difícilmente pudo vislumbrar a los bashkires que habían quedado en él. Debía de estar separado de aquel lugar al menos por unas quince verstas. “Los dos lados que he recorrido son demasiado largos, tendré que acortar el tercero”, se dijo. Al emprender la nueva dirección, apretó el paso. Miró al sol; estaba declinando. Sólo había recorrido dos verstas del tercer lado, y la meta se hallaba a quince. “Aunque mi finca resulte irregular, es preciso que emprenda una línea recta, no vaya a ser que me extienda demasiado. De todas formas, con esta tierra me bastará”, se dijo. Se apresuró a cavar un hoyo; y fue derecho hacia el cerro. IX Sentía un gran cansancio. Estaba sofocado; tenía los pies doloridos, por haber caminado descalzo, y le flaqueaban las piernas. Le hubiera gustado descansar; pero no podía hacerlo, porque no llegaría a la meta antes de la puesta del sol. Y el sol no esperaba; seguía declinando por momentos. “¿Dios mío, no me habré equivocado? Tal vez haya abarcado una extensión demasiado grande. ¿Qué será de mí, si no llego a tiempo?” Volvió la cabeza hacia el cerro y miró de nuevo al sol. Aún faltaba mucho para llegar a la meta y el sol estaba muy cerca del horizonte. Siguió andando aunque estaba cansadísimo; cada vez apretaba más el paso. Finalmente, al ver que todavía estaba lejos de la meta, optó por echar a correr. Arrojó la podiovka, las botas, la botella del agua y la gorra, conservando tan sólo el azadón. “¡Ay! ¡He sido demasiado ambicioso! Lo he echado a perder todo; no podré llegar antes que se ponga el sol”, pensó. Y el miedo le cortó el aliento. La ropa, empapada de sudor, se le pagó al cuerpo; se le resecó la boca. El pecho se le dilataba, semejando un fuelle de fragua; el corazón le golpeaba, como un martillo; ya no sentía sus propias piernas. Tuvo miedo. “No vaya a morirme de cansancio», se dijo. Temió caer muerto; pero no era capaz de detenerse. “Si me detengo ahora, después de lo que he recorrido, dirán que soy tonto.” Siguió corriendo y cuando ya estaba muy cerca, oyó silbar y gritar a los bashkires. Esos gritos lo enardecieron. Reunió sus últimas fuerzas, continuó su carrera, mientras el sol que descendía hacia el horizonte se volvía grande y rojo. No tardaría en desaparecer. Pero Pajom estaba muy cerca de la meta. Ya veía a los hombres que lo animaban, haciéndole gestos. Ya divisaba el gorro de piel de zorro y el dinero que había depositado encima; y ya veía al starshina, que, sentado en el suelo, se sostenía la barriga con las manos. En aquel momento recordó el sueño que había tenido. “He adquirido mucha tierra, pero no sé si Dios me permitirá vivir en ella. ¡Ay! Creo que todo está perdido, no podré llegar”, se lamentó. Miró al sol que había llegado al horizonte; uno de sus bordes empezaba a desaparecer ya. Hizo acopio de fuerzas, y corrió tan de prisa, que apenas si le obedecían las piernas. Cuando llegaba al cerro, advirtió, de pronto, que había oscurecido. Volvió la cabeza, el sol se había ocultado ya. Pajom se horrorizó. “Todos mis esfuerzos han sido vanos”, pensó. Estaba dispuesto a detenerse; pero vio que los bashkires lo animaban silbándole. Entonces comprendió que, aunque no viera el sol desde abajo, aún estaba visible desde el cerro. Tomó aliento y subió. Allí era aún de día. Lo primero que vio Pajom fue el gorro. Junto a éste se hallaba sentado el starshina, que reía sujetándose la barriga Pajom recordó el sueño que había tenido y fue tal su horror que le flaquearon las piernas. Cayó de bruces, alcanzando el gorro con las manos. —¡Eres un valiente! ¡Qué cantidad de tierra abarcaste! —exclamó el starshina. El criado acudió corriendo para levantarlo; pero Pajom sangraba por la boca: había muerto. Los bashkires chascaron la lengua para demostrar que sentían la muerte de Pajom. El obrero cavó una fosa de tres arshines, aproximadamente la longitud del cadáver, y enterró a su amo. (1885) Autor: Lev Tolstói Título: ¿Cuánta tierra necesita un hombre? Título Original: Много ли человеку земли нужно? (Mnogo li cheloveku zemli nuzhno?) Publicado en: Русское богатство (Russkoe bogatstvo), Nº 4, 1886. Traducción: Irene y Laura Andresco
- "Guerra de brujas", cuento de Richard Matheson
Siete chicas bonitas sentadas en fila. Fuera, la noche, la lluvia a cántaros; tiempo de guerra. Dentro, calidez confortable. Siete chicas abrigadas cantando. Una placa en la pared dice: Centro de Mando. El cielo se aclara la garganta con truenos, recogiendo y dejando caer hilos de relámpagos desde sus hombros inconmensurables. La lluvia manda callar al mundo, hace que los árboles hagan reverencias, picotea la tierra. Un edificio cuadrado, bajo, con un plástico en la pared. Dentro, el zumbido de la charla de siete chicas bonitas. —Así que le dije: «No me vengas con ésas, Don Perfecto». Y él me dijo: «¿Ah, sí?». Y yo le dije: «¡Sí!». —Os juro que me alegraré cuando todo esto se acabe. En mi último permiso vi un sombrero monísimo. ¡Lo que daría por poder ponérmelo! —¿Tú también? ¡No me digas! Con este tiempo no hay manera de arreglarse el pelo. ¿Por qué no nos dejan acabar con él? —¡Hombres! Me ponen mala. Siete gestos, siete posturas, siete risas tintineando bajo los truenos. Dientes asomando en carcajadas de chica. Manos incansables, pintando cuadros en el aire. Centro de Mando. Chicas. Siete. Bonitas. Ninguna mayor de dieciséis años. Rizos. Coletas. Flequillos. Labios mohínos, sonriendo, frunciéndose, dando forma a emociones con sus emociones. Ojos jóvenes y centelleantes, refulgiendo, resplandeciendo, estrechándose, fríos o calientes. Siete cuerpos jóvenes y sanos, inquietos sobre sillas de madera. Suaves extremidades adolescentes. Chicas, chicas guapas, siete. Un ejército de hombres feos y amorfos, tambaleantes en el barro, avanzando a tientas por la carretera negra y llena de barro. Lluvia a mares. Cántaros cayendo sobre cada uno de los exhaustos hombres. Sonido chapoteante de grandes botas hundiéndose en el barro amarillento y marrón, desmenuzado. Fango goteando de tacones y suelas. Hombres pesados, a centenares, empapados, abatidos, deprimidos. Jóvenes doblados como viejos. Mandíbulas colgando sin fuerza, bocas abiertas al aire negro y húmedo, lenguas caídas, ojos hundidos mirando la nada, revelando nada. Descanso. Hombres que se hunden en el barro, que se desploman sobre sus mochilas. Cabezas echadas hacia atrás, bocas abiertas, lluvia salpicando dientes amarillos. Manos inmóviles, montones descarnados de carne y huesos. Piernas sin movimiento, pedazos de madera caqui carcomida por los gusanos. Centenares de extremidades inútiles unidas a centenares de troncos inútiles. Por detrás, por delante, al lado, el murmullo de camiones y tanques y coches pequeños. Neumáticos gruesos salpicando barro. Ruedas gordas hundiéndose, resbalando en fango pegajoso. Lluvia tamborileando sobre dedos húmedos, sobre metal y lienzo. El relámpago hace de flash sin fotos. Un estallido momentáneo de luz. La cara de la guerra vista por un segundo, hecha de cañones oxidados y ruedas que giran y rostros que miran. Negrura. Una mano nocturna tapando el breve resplandor de la tormenta. La lluvia barrida por el viento revoloteando sobre campos y caminos. Riachuelos de lluvia burbujeante abriendo cicatrices en la tierra. Truenos, relámpagos. Un silbido. Hombres muertos que resucitan. Botas hundiéndose en el barro de nuevo, cada vez más profundas, más cerca, más próximas. Acercándose a una ciudad que cierra el camino a una ciudad que cierra el camino a… Un oficial sentado en la sala de comunicaciones del Centro de Mando. Observó al operador, que se sentaba agazapado sobre el panel de control, con audífonos sobre los oídos, escribiendo un mensaje. El oficial observó al operador. Vienen, pensó. Con frío, humedad y miedo, marchan sobre nosotros. Se estremeció y cerró los ojos. Los abrió rápidamente. Las visiones llenaron sus pupilas oscurecidas. Visiones de remolinos de humo, de hombres encendidos, de horrores inimaginables que tomaban forma sin palabras o imágenes. —Señor —dijo el operador—, mensaje del puesto avanzado de vigilancia. Han avistado fuerzas enemigas. El oficial se levantó, se acercó al operador y cogió el mensaje. Lo leyó, con el rostro inexpresivo, la boca haciendo un paréntesis. —Sí —dijo. Se giró sobre los talones y se dirigió a la puerta. La abrió y entró en la habitación de al lado. Las siete chicas dejaron de hablar. El silencio impregnó las paredes. El oficial se quedó dando la espalda a la ventana de plástico. —Enemigos —dijo—, a dos millas de distancia. Delante de vosotras. Se volvió y señaló la ventana. —Ahí mismo. A dos millas. ¿Alguna pregunta? Una chica se rió. —¿Vehículos? —preguntó otra. —Sí. Cinco camiones, cinco coches pequeños de oficiales, dos tanques. —Es demasiado fácil —se rió la chica, sus esbeltos dedos jugueteando con el pelo. —Eso es todo —dijo el oficial. Salió de la habitación—. Adelante —añadió, y, entre dientes—: ¡Monstruos! Se marchó. —Oh, cielos —suspiró una de las chicas—, otra vez con lo mismo. —Qué aburrimiento —dijo otra. Abrió su delicada boca y sacó un chicle. Lo puso debajo del asiento de su silla. —Por lo menos ha dejado de llover —dijo una pelirroja, atándose los cordones del zapato. Las siete chicas se miraron unas a otras. ¿Estás lista?, decían sus ojos. Sí, supongo que estoy lista. Se acomodaron en las sillas con gruñidos y suspiros de niñas. Engancharon los pies alrededor de las patas de las sillas. Todos los chicles se pusieron en reserva. Las bocas se apretaron en un mohín remilgado. Las chicas guapas estaban listas para jugar. Al cabo, se quedaron sentadas en silencio. Una de ellas respiró hondo. También otra. Todas tensaron su piel lechosa y apretaron sus frágiles dedos. Una se rascó rápidamente la cabeza para quitarse un picor. Otra estornudó adorablemente. —Ahora —dijo una chica que estaba en el extremo derecho de la fila. Siete pares de ojos brillantes se cerraron. Siete mentes inocentes empezaron a imaginar, a visualizar, a transportar. Los labios se fruncieron en finas grietas, las caras perdieron el color, los cuerpos se estremecieron con pasión. Sus dedos se sacudieron con concentración, y siete chicas bonitas libraron una guerra. Los hombres estaban llegando a lo alto de una colina cuando empezó el ataque. Los hombres que iban en cabeza, los pies preparados a dar el siguiente paso, estallaron en llamas. No hubo tiempo para gritar. Sus rifles cayeron al barro, sus ojos se perdieron en el fuego. Avanzaron dando tumbos un par de pasos y se desplomaron en el barro blando, siseantes y calcinados. Los hombres chillaron. Las filas se rompieron. Empezaron a sacar sus armas y a disparar a la noche. Más tropas resoplaron incandescentes, se incineraron y cayeron muertas. —¡Dispersaos! —gritó un oficial mientras sus dedos desprendían llamaradas y su cara se iluminaba con un calor amarillo. Los hombres miraban a todas partes. Sus ojos estupefactos y aterrorizados buscaban un enemigo. Dispararon a los campos y los bosques. Se dispararon unos a otros. Echaron a correr sin sentido sobre el barro. Un camión estalló en llamas. Su conductor saltó, convertido en una antorcha con piernas. El camión siguió traqueteando sobre el camino, giró, fue haciendo eses hasta un campo, chocó contra un árbol, explotó y fue devorado por una luz ardiente. Sombras negras revolotearon entrando y saliendo del aura de luz alrededor de las llamas. Los chillidos desgarraron la noche. Un hombre tras otro estallaron en llamas, cayeron de cara sobre el barro. Puntos de luz abrasadora desgarraron la húmeda oscuridad; gritos; tizones a la carrera, chisporroteando, refulgiendo, muriendo; filas incendiarias; camiones calcinados; tanques estallando. Una rubita, su cuerpo tenso con emoción reprimida. Sus labios dan sacudidas, una risita flota en su garganta. Sus narices se dilatan. Se estremece con miedo vertiginoso. Imagina, imagina … Un soldado corre frenético por el campo, chillando, sus ojos desquiciados por el horror. Un peñasco gigantesco se precipita hacia él desde el cielo negro. Su cuerpo se hunde en la tierra, deformado. Desde debajo del borde de la piedra, asoman dedos. El peñasco se levanta del suelo y vuelve a caer, como un martillo amorfo. Un camión ardiente es aplanado. El peñasco vuelve a volar al cielo negro. Una morena bonita, su cara una máscara febril. Pensamientos salvajes avanzan dando tumbos por su cerebro virginal. Su cabellera se tensa con el éxtasis del miedo. Sus labios dejan a la vista dientes apretados. Un gemido de terror sisea en sus labios. Imagina, imagina … Un soldado cae de rodillas. Su cabeza se echa hacia atrás. Bajo la luz de los camaradas ardientes, mira estupefacto la ola de espuma blanca que se yergue sobre él. Se abate, arrastra su cuerpo sobre la tierra fangosa, llena sus pulmones con agua salada. El maremoto ruge sobre el campo, ahoga a cien hombres ardientes, hace volar sus cuerpos por el aire sobre crestas blancas. De pronto, el agua se detiene, vuela en un millón de pedazos y se desintegra. Una pelirroja preciosa, las manos metidas bajo su mentón en puños apretados hasta que se les corta la circulación. Sus labios tiemblan, una palpitación de deleite hincha su pecho. Su garganta blanca se contrae, traga una bocanada de aire. Su nariz se arruga con un placer espantoso. Imagina, imagina … Un soldado que corre choca con un león. No puede ver en la oscuridad. Sus manos golpean salvajemente la enredada pelambrera. Lo aporrea con la culata de su rifle. Un chillido. Su cara se abre con un zarpazo de las gruesas garras. Un rugido selvático crece en la noche. Un elefante de ojos enrojecidos pisotea furioso sobre el barro, agarrando hombres con su gruesa trompa, arrojándolos por el aire, aplastándolos bajo poderosas columnas negras. Desde la oscuridad se abalanzan los lobos, destrozando gargantas. Los gorilas chillan y reparten golpes en el barro, saltan sobre los soldados caídos. Un rinoceronte, su piel de cuero resplandeciente bajo la luz de las antorchas vivas, embiste a un tanque incendiado, gira y se pierde en la negrura. Colmillos, zarpas, dientes desgarradores, chillidos, trompas, rugidos. Del cielo llueven serpientes. Silencio. Un inmenso y sombrío silencio. Ni una brisa, ni una gota de lluvia, ni un gruñido del trueno distante. La batalla ha terminado. La grisácea bruma matutina rueda sobre los quemados, los destrozados, los ahogados, los aplastados, los envenenados, los muertos por doquier. Camiones inmóviles, camiones silenciosos, volutas de humo aceitoso elevándose de sus bultos vacíos. Una gran muerte cubriendo el campo. Otra batalla en otra guerra. Victoria. Todos están muertos. Las chicas se estiraron lánguidamente. Extendieron los brazos y movieron los hombros redondeados. Labios rosados se abrieron en delicados bostezos. Se miraron unas a otras y se rieron avergonzadas. Algunas se ruborizaron. Unas pocas tenían un aire culpable. Luego todas se rieron a carcajadas. Abrieron chicles nuevos, sacaron polveras del bolsillo, hablaron con susurros de colegialas, con susurros de dormitorio a última hora de la noche. Risitas ahogadas se elevaron revoloteando por la cálida habitación. —¿Verdad que somos terribles? —dijo una de ellas, empolvándose la naricilla respingona. Luego bajaron todas a desayunar. FIN Autor: Richard Matheson Título: Guerra de brujas Título Original: Witch War Publicado en: Startling Stories, julio de 1951 Traducción: Santiago García
- "Se lo podemos hacer al por mayor", cuento de Neil Gaiman
Peter Pinter no había oído hablar nunca de Arístipo de los cirenaicos, un discípulo de Sócrates no muy conocido que sostenía que el evitar problemas era el bien más alto que se podía alcanzar; sin embargo, había vivido su vida sin acontecimientos notorios según este precepto. En todos los sentidos excepto uno (su incapacidad para dejar escapar una ganga, ¿y quién de nosotros está completamente libre de eso?), era un hombre muy moderado. No llegaba a ningún extremo. Su forma de hablar era correcta y reservada; casi nunca comía demasiado; bebía lo suficiente para ser sociable y no más; no era rico ni mucho menos y en modo alguno era pobre. Le gustaba la gente y a la gente le gustaba él. Teniendo todo eso en cuenta, ¿esperaríais encontrarle en un bar de dudosa reputación en el lado más sórdido del East End de Londres, poniendo lo que se conoce coloquialmente como un «precio» a la cabeza de alguien al que apenas conocía? No. Ni siquiera os esperaríais encontrarle en el bar. Y, hasta un cierto viernes por la tarde, habríais tenido razón. No obstante, el amor de una mujer puede hacerle cosas extrañas a un hombre, incluso a uno tan anodino como Peter Pinter, y el descubrimiento de que la Srta. Gwendolyn Thorpe, de veintitrés años de edad, y de Oaktree Terrace, nº 9, Purley, estaba teniendo un lío (como dirían los ordinarios) con un caballero joven y agradable de la sección de contabilidad — después , tenedlo en cuenta, de que ella hubiera consentido en llevar el anillo de compromiso, compuesto de esquirlas de rubí auténtico, oro de nueve quilates y algo que podría muy bien haber sido un diamante (de 37,50 libras) y que Peter había tardado casi toda la hora de la comida en elegir— puede hacerle cosas extrañísimas a un hombre. Tras hacer aquel descubrimiento horrible, Peter pasó la noche del viernes en blanco, dando vueltas en la cama con visiones de Gwendolyn y Archie Gibbons (el Don Juan de la sección de contabilidad de Clamages), bailando y nadando ante sus propios ojos, haciendo actos que incluso Peter, si le presionaran, tendría que admitir que eran de lo más improbable. No obstante, la bilis de los celos había crecido en su interior y, por la mañana, Peter había decidido que había que eliminar a su rival. La mañana del sábado la pasó preguntándose cómo se contactaba con un asesino, porque, según tenía entendido, no había ninguno en Clamages (los grandes almacenes que empleaban a los tres integrantes de nuestro eterno triángulo y que, por cierto, proporcionaron el anillo), y se resistía a preguntarle directamente a alguien por miedo a llamar la atención. Así fue como el sábado por la tarde se encontró buscando en las Páginas Amarillas. Descubrió que ASESINOS no estaba entre ASERRADEROS DE PIEDRA y ASESORÍAS CONTABLES; CRIMINALES no estaba entre CRIANZA DE VINOS y CRISOLES; HOMICIDAS no estaba entre HOMEOPATÍA y HORCHATAS. FUMIGACIÓN parecía prometedor; sin embargo, un examen más detenido de los anuncios de fumigación demostró que casi sólo se ocupaban de «ratas, ratones, pulgas, cucarachas, conejos, topos y ratas» (por citar uno que a Peter le dio la sensación de que era bastante duro con las ratas) y no eran exactamente lo que él buscaba. Aun así, como era de naturaleza meticulosa, revisó diligentemente las entradas de aquella categoría y, al final de la segunda página, en letra pequeña, encontró una empresa que parecía prometedora. «Eliminación completa y discreta de mamíferos fastidiosos y no deseados, etc.» , decía la entrada, «Ketch, Hare, Burke y Ketch. La Vieja Empresa». A continuación no daba ninguna dirección, sino sólo un número de teléfono. Peter marcó el número, sorprendiéndose a sí mismo al hacerlo. El corazón le latía con fuerza e intentó parecer despreocupado. El teléfono sonó una, dos, tres veces. Peter ya empezaba a esperar que no contestarían y que podría olvidarse de todo el asunto, cuando se oyó un chasquido y una voz de mujer joven y enérgica dijo, «Ketch Hare Burke Ketch. ¿Qué desea?» Cuidándose mucho de dar su nombre, Peter dijo: —Esto, ¿cómo de grandes, quiero decir, hasta qué tamaño de mamíferos llegan? ¿Para, eh, eliminar? —Bueno, eso dependería del tamaño que necesite el señor. Peter se armó de todo su valor. —¿Una persona? La voz de la mujer continuó enérgica y serena. —Por supuesto. ¿Tiene usted un bolígrafo y un papel a mano? Bien. Vaya al bar Burro Sucio, frente a la calle Little Courtney, E3, esta noche a las ocho. Lleve un ejemplar enrollado del Financial Times (es el de color rosa, señor), y nuestro agente le abordará allí. Entonces, la mujer colgó el teléfono. Peter estaba eufórico. Había sido mucho más fácil de lo que había imaginado. Bajó al quiosco y compró un ejemplar del Financial Times , encontró la calle Little Courtney en su Londres de la A a la Z y pasó el resto de la tarde viendo fútbol por la televisión e imaginando el funeral del caballero joven y agradable de contabilidad. Peter tardó un rato en encontrar el bar. Al final, vio el letrero del bar, en el que había un burro y que estaba increíblemente sucio. El Burro Sucio era un bar pequeño, más o menos mugriento, mal iluminado y en el que un puñado de personas sin afeitar que llevaban chaquetones de trabajo cubiertos de polvo se observaban unos a otros con desconfianza, mientras comían patatas fritas y bebían pintas de Guinness, una bebida que a Peter nunca le había gustado. Peter llevaba el Financial Times bajo el brazo de la forma más visible que podía, pero nadie le abordó, así que pidió media pinta de clara y se retiró a una mesa del rincón. Incapaz de pensar en otra cosa que hacer mientras esperaba, intentó leer el periódico, pero, perdido y confundido por un laberinto de futuros de grano y una compañía de caucho que vendía algo al descubierto (no sabría decir exactamente qué eran las cosas al descubierto), lo dejó y se quedó mirando la puerta. Había esperado casi diez minutos cuando un hombrecito ocupado entró con prisas, miró rápidamente a su alrededor y entonces fue directo a la mesa de Peter y se sentó. El hombre extendió la mano. —Kemble. Burton Kemble de Ketch Hare Burke Ketch. Me han dicho que tiene un trabajo para nosotros. No tenía aspecto de asesino y Peter se lo dijo. —Válgame Dios, claro que no. En realidad no soy parte de la plantilla. Estoy en ventas. Peter asintió con la cabeza. Eso tenía sentido, desde luego. —¿Podemos, esto, hablar con libertad aquí? —Por supuesto. Nadie está interesado. Veamos, pues, ¿de cuántas personas querría deshacerse? —Sólo una. Se llama Archibald Gibbons y trabaja en la sección de contabilidad de Clamages. Su dirección es… Kemble le interrumpió. —Entraremos en ese tema más tarde, señor, si no le importa. De momento, revisemos rápidamente el lado financiero. En primer lugar, el contrato le costará quinientas libras… Peter asintió. Podía permitírselo y, de hecho, había calculado que le iba a costar un poco más. —… aunque siempre está la oferta especial —concluyó Kemble con mucha labia. A Peter le brillaron los ojos. Como he mencionado anteriormente, le encantaban las gangas y a menudo compraba cosas sin ninguna utilidad imaginable en rebajas o en ofertas especiales. Aparte de este único defecto (uno que tantos compartimos), era un joven de lo más moderado. —¿Oferta especial? —Dos por el precio de uno, señor. Mmm. Peter se lo pensó. Eso salía a sólo 250 libras cada uno, lo que no estaba mal te lo mirases como te lo mirases. Había un único inconveniente. —Me temo que no hay nadie más a quien quiera que maten. Kemble parecía decepcionado. —Es una lástima. Por dos es probable que hasta le hubiésemos podido rebajar el precio a, bueno, digamos, cuatrocientas cincuenta libras por los dos. —¿En serio? —Bueno, les da algo que hacer a nuestros operarios. Por si quiere saberlo —y entonces bajó la voz—, lo cierto es que no hay bastante trabajo en esta línea en concreto para tenerlos ocupados. No es como en los viejos tiempos. ¿No hay sólo una persona más a la que le gustaría ver muerta? Peter reflexionó. Odiaba desperdiciar una ganga, pero por nada del mundo se le ocurría nadie más. Le gustaba la gente. Aun así, una ganga era una ganga… —Mire —dijo Peter—. ¿Podría pensármelo y verle aquí mañana por la noche? El vendedor parecía satisfecho. —Por supuesto —dijo—. Estoy seguro de que se le ocurrirá alguien. La respuesta, la respuesta obvia, le llegó a Peter cuando empezaba a quedarse dormido aquella noche. Se enderezó en la cama, buscó a tientas la luz de la mesa de noche y la encendió y escribió un nombre en el reverso de un sobre, por si lo olvidaba. A decir verdad, no creía que pudiera olvidarlo, porque era demasiado obvio, pero con las ideas de medianoche nunca se sabe. El nombre que había escrito en el reverso del sobre era éste: Gwendolyn Thorpe . Apagó la luz, se puso de lado y no tardó en estar dormido y soñando sueños tranquilos y sorprendentemente nada criminales. Kemble le estaba esperando cuando llegó al Burro Sucio el domingo por la noche. Peter pidió algo para beber y se sentó junto a él. —Acepto la oferta especial —dijo, a modo de saludo. Kemble asintió enérgicamente con la cabeza. —Una decisión muy sabia, si no le importa que se lo diga, señor. Peter Pinter sonrió modestamente, del modo en que lo haría alguien que leyese el Financial Times y tomase decisiones sabias. —Tengo entendido que eso costará cuatrocientas cincuenta libras. —¿Dije cuatrocientas cincuenta libras? Dios santo, le pido disculpas. Le ruego que me perdone, estaba pensando en nuestra tarifa por grandes cantidades. Dos personas costarían cuatrocientas setenta y cinco libras. Una mezcla de decepción y codicia apareció en el rostro insulso de Peter. Eso eran 25 libras de más. Sin embargo, algo que Kemble había dicho le había llamado la atención. —¿Precio por grandes cantidades? —Por supuesto, pero dudo que a usted le interese. —No, no, me interesa. Hábleme de ello. —Muy bien, señor. El precio por grandes cantidades, cuatrocientas cincuenta libras, sería por un trabajo grande. Diez personas. Peter se preguntó si le había oído bien. —¿Diez personas? Pero eso sólo son cuarenta y cinco libras por persona. —Así es. Es el pedido grande lo que lo hace rentable. —Ya veo —dijo Peter, y— hmm —dijo Peter, y— ¿podría volver a la misma hora mañana por la noche? —Por supuesto. Al llegar a casa, Peter sacó un trozo de papel y un bolígrafo. Escribió los números del uno al diez en un lado y luego lo llenó como sigue: 1. … Archie G . 2. … Gwennie . 3. … etcétera. Tras llenar los dos primeros, se quedó sentado chupando el bolígrafo, buscando injusticias que le hubieran hecho y gente sin la que el mundo estaría mucho mejor. Se fumó un cigarrillo. Se paseó por la habitación. ¡Ajá! Había un profesor de física en un colegio al que había ido que se había deleitado amargándole la vida. ¿Cómo se llamaba el hombre? Y, a propósito, ¿seguía vivo? Peter no estaba seguro, pero escribió El profesor de física, Instituto de la calle Abbot junto al número tres. El siguiente se le ocurrió más fácilmente: su jefe de sección se había negado a subirle el sueldo hacía un par de meses; que al final el aumento hubiese llegado era irrelevante. Sr. Hunterson fue el número cuatro. Cuando tenía cinco años, un niño llamado Simon Ellis le había vertido pintura sobre la cabeza mientras otro niño llamado James no sé cuántos le había sujetado y una niña llamada Sharon Hartsharpe se había reído. Fueron los números del cinco al siete, respectivamente. ¿Quién más? Estaba el hombre de la televisión, el de la risita molesta que daba las noticias. Lo puso en la lista. ¿Y qué había de la mujer del piso de al lado y su perrito ladrador que se cagaba en el vestíbulo? Los puso a ella y a su perro en el nueve. El diez fue el más difícil. Se rascó la cabeza y fue a la cocina para prepararse una taza de café, entonces volvió corriendo y escribió Mi tío abuelo Mervyn en décimo lugar. Se rumoreaba que el anciano era bastante rico y había una posibilidad (aunque algo escasa) de que le dejara algún dinero a Peter. Con la satisfacción de haber aprovechado bien la noche, se fue a la cama. El lunes en Clamages fue rutinario; Peter era dependiente superior en la sección de libros, un trabajo que en realidad implicaba muy poco. Llevaba la lista firmemente agarrada en la mano, dentro del bolsillo, y se regocijaba por la sensación de poder que le daba. Pasó una hora de comer muy agradable en la cantina con la joven Gwendolyn (que no sabía que él les había visto a ella y a Archie cuando entraron juntos en el almacén) e incluso le había sonreído al joven refinado de la sección de contabilidad cuando se cruzó con él en el pasillo. Le expuso su lista con orgullo a Kemble aquella noche. El pequeño vendedor puso cara larga. —Me temo que esto no son diez personas, Sr. Pinter —explicó—. Ha contado a la mujer del piso de al lado y a su perro como una persona, lo que lo sube a once, y eso costaría —hizo uso rápidamente de su calculadora de bolsillo—, setenta libras más. ¿Y si nos olvidamos del perro? Peter negó con la cabeza. —El perro es tan malo como la mujer. O peor. —Entonces, me temo que tenemos un pequeño problema. A menos que… —¿Qué? —A menos que quisiera usted aprovechar nuestra tarifa al por mayor. Pero, claro, el señor no estaría… Hay palabras que le hacen cosas a la gente; palabras que hacen que los rostros de la gente enrojezcan por la felicidad, la emoción o la pasión. Medioambiental puede ser una de ellas; ocultismo es otra. Al por mayor era la de Peter. Se reclinó en la silla. —Hábleme de ello —dijo con la seguridad en sí mismo de un comprador con experiencia. —Bien, señor —dijo Kemble, permitiéndose una risita—, se lo podemos, eh, hacer al por mayor, a diecisiete libras con cincuenta por persona por cada presa después de las primeras cincuenta o a un billete de diez libras por cada una a partir de las doscientas. —¿Supongo que bajarían a un billete de cinco si quisiera que liquidasen a mil personas? —Oh, no, señor —Kemble puso cara de asombro—. Si hablamos de cifras así, podemos hacerlo a una libra por persona. —¿Una libra ? —Exacto. No hay un margen de beneficios muy grande, pero la alta facturación y productividad lo justifican de sobra. Kemble se levantó. —¿Mañana a la misma hora, señor? Peter asintió con la cabeza. Mil libras. Mil personas. Peter Pinter ni siquiera conocía a mil personas. Aun así… estaba el Parlamento. No le gustaban los políticos; se peleaban y discutían y reñían tanto. Y en realidad… Tuvo una idea, escandalosa por su descaro. Atrevida. Audaz. Aun así, la idea estaba allí y no quería irse. Una prima lejana suya se había casado con el hermano menor de un conde o un barón o algo parecido… De camino a casa del trabajo aquella tarde, pasó por una tiendecita junto a la que había pasado mil veces sin entrar. Tenía un letrero grande en el escaparate —que te garantizaba que averiguaban tu linaje e incluso te dibujaban un escudo de armas si daba la casualidad de que habías perdido el tuyo—, y un mapa heráldico digno de admiración. Fueron muy amables y le telefonearon justo después de las siete para darle la información. Si aproximadamente catorce millones setenta y dos mil ochocientas once personas morían, él, Peter Pinter, sería Rey de Inglaterra . No tenía catorce millones setenta y dos mil ochocientas once libras: pero sospechaba que cuando se hablaba de cifras así, el Sr. Kemble tendría uno de sus descuentos especiales. El Sr. Kemble lo tenía. Ni siquiera enarcó las cejas. —La verdad —explicó—, es que sale bastante barato; verá, no tendríamos que hacerlos a todos individualmente. Armas nucleares a pequeña escala, unos bombardeos acertados, asfixia con gas, la peste, dejar caer radios en piscinas y, luego, reducir a los rezagados. Digamos cuatro mil libras. —¿Cuatro mi…? ¡Eso es increíble! El vendedor parecía satisfecho consigo mismo. —Nuestros operarios se alegrarán del trabajo, señor —sonrió—. Nos preciamos del servicio que ofrecemos a nuestros clientes al por mayor. El viento sopló frío cuando Peter salió del bar e hizo que el viejo letrero se balancease. No se parecía mucho a un burro sucio, pensó Peter. Se parecía más a un caballo pálido. Peter se estaba quedando dormido aquella noche, ensayando mentalmente su discurso de coronación, cuando un pensamiento entró en su cabeza y se quedó allí. No quería irse. ¿Podría… podría estar dejando pasar un ahorro aún más grande que el que ya iba a conseguir? ¿Podría estar desperdiciando una ganga? Peter salió de la cama y caminó hasta el teléfono. Eran casi las tres de la madrugada, pero aun así… Sus Páginas Amarillas estaban abiertas por donde las había dejado el sábado anterior, y marcó el número. Pareció que el teléfono sonaba una eternidad. Hubo un chasquido y una voz aburrida dijo: —Burke Hare Ketch. ¿Qué desea? —Espero que no esté llamando demasiado tarde… —empezó Peter. —Por supuesto que no, señor. —Me preguntaba si podría hablar con el Sr. Kemble. —No cuelgue, por favor. Veré si está libre. Peter esperó un par de minutos, escuchando los ruidos y susurros fantasmales que siempre resuenan por las líneas telefónicas vacías. —¿Sigue ahí? —Sí. —Ahora le pongo —hubo un zumbido y, después—, Kemble al habla. —Ah, Sr. Kemble. Hola. Perdone si le he hecho salir de la cama o si le he molestado. Soy, hum, Peter Pinter. —¿Sí, Sr. Pinter? —Bueno, siento que sea tan tarde, es sólo que me estaba preguntando… ¿Cuánto costaría matar a todo el mundo? ¿A toda la gente del mundo? —¿A todo el mundo? ¿A toda la gente? —Sí. ¿Cuánto? Es decir, por un pedido como éste, seguro que tendrían algún tipo de descuento grande. ¿Cuánto costaría? ¿Por todo el mundo? —Nada en absoluto, Sr. Pinter. —¿Quiere decir que no lo harían? —Quiero decir que lo haríamos por nada, Sr. Pinter. Sólo tienen que pedírnoslo, sabe. Siempre tienen que pedírnoslo. Peter estaba perplejo. —Pero… ¿cuándo empezarían? —¿Empezar? Enseguida. Ahora. Hace mucho tiempo que estamos preparados, pero nos lo tenían que pedir, Sr. Pinter. Buenas noches. Ha sido un placer trabajar con usted. Se cortó la comunicación. Peter se sentía extraño. Todo parecía muy lejano. Quería sentarse. ¿Qué demonios había querido decir el hombre? «Siempre tienen que pedírnoslo». En efecto, era muy extraño. Nadie hace nada por nada en este mundo; tenía ganas de volver a llamar a Kemble y olvidarse de todo el asunto. Quizá había reaccionado de forma exagerada, quizá había una razón totalmente inocente por la que Archie y Gwendolyn habían entrado juntos en el almacén. Hablaría con ella; eso es lo que haría. Hablaría con Gwennie por la mañana a primera hora… Fue entonces cuando empezaron los ruidos. Gritos raros al otro lado de la calle. ¿Una pelea de gatos? Zorros, probablemente. Esperaba que alguien les tirara un zapato. Entonces, desde el pasillo fuera de su piso, oyó un ruido apagado de pisadas fuertes, como si alguien estuviese arrastrando algo muy pesado por el suelo. Se detuvo. Alguien llamó a su puerta, dos veces, muy bajo. Fuera de la ventana los gritos eran cada vez más fuertes. Peter se quedó sentado en la silla, sabiendo que de algún modo, en algún sitio, se había perdido algo. Algo importante. Los golpes aumentaron. Dio gracias a Dios porque siempre cerraba la puerta con llave y cadena por la noche. Hacía mucho tiempo que estaban preparados, pero tenían que pedírselo… Cuando la cosa pasó por la puerta. Peter empezó a gritar, pero la verdad es que no gritó mucho tiempo. FIN Autor: Neil Gaiman Título: Se lo podemos hacer al por mayor Título Original: We Can Get Them for You Wholesale Publicado en: Knave, 1984 Traducción: Olinda Cordukes
- "La jaula de la tía Enedina", cuento de Adela Fernández
Desde que tenía ocho años me mandaban a llevarle la comida a mi tía Enedina, la loca. Según mi madre, enloqueció de soledad. Tía Enedina vivía en el cuarto de trebejos que está al fondo del traspatio. Conforme me acostumbraron a que yo le llevara los alimentos, nadie volvió a visitarla, ni siquiera tenían curiosidad por ella. Yo también les daba de comer a las gallinas y a los marranos. Por éstos sí me preguntaban, y con sumo interés. Era importante para ellos saber cómo iba la engorda; en cambio, a nadie le interesaba que tía Enedina se consumiera poco a poco. Así eran las cosas, así fueron siempre; así me hice hombre, en la diaria tarea de llevarles comida a los animales y a mi tía. Ahora tengo diecinueve años y nada ha cambiado. A la tía nadie la quiere. A mí tampoco porque soy negro. Mi madre nunca me ha dado un beso y mi padre niega que soy hijo suyo. Goyita, la vieja cocinera, es la única que habla conmigo. Ella me dice que mi piel es negra porque nací aquel día del eclipse, cuando todo se puso oscuro y los perros aullaron. Por ella he aprendido a comprender la razón por la que no me quieren. Piensan que al igual que el eclipse, yo le quito la luz a la gente. Goyita es abierta, hablantina y me cuenta muchas cosas. Entre ellas, cómo fue que enloqueció mi tía Enedina. Dice que estaba a punto de casarse y en la víspera de su boda un hombre sucio y harapiento tocó la puerta preguntando por ella. Le auguró que su novio no se presentaría a la iglesia y que para siempre sería una mujer soltera. Compadecido de su futuro, le regaló una enorme jaula de latón para que en su vejez se consolara cuidando canarios. Nunca se supo si aquel hombre que se fue sin dar más detalles era un enviado de Dios o del diablo. Tal como se lo pronosticó aquel extraño, su prometido sin aclaración alguna desertó de contraer nupcias y mi tía Enedina, bajo el desconcierto y la inútil espera, enloqueció de soledad. Goyita me cuenta que así fueron las cosas y deben haber sido así. Tía Enedina, vive con su jaula y con su sueño: tener un canario. Cuando voy a verla es lo único que me pide, y en todos estos años yo no he podido llevárselo. En casa a mí no me dan dinero. El pajarero de la plaza no ha querido regalarme uno, y el día que le robé el suyo a doña Ruperta por poco me cuesta la vida. Lo escondí en una caja de zapatos, me descubrieron y a golpes me obligaron a devolvérselo. La verdad, a mí me da mucha lástima mi tía, y como no he podido llevarle su canario, decidí darle caricias. Entré al cuarto… ella, acostumbrada a la oscuridad, se movía de un lado para otro. Se dio cuenta de que su agilidad huidiza fue para mí fascinante. Apenas podía distinguirla, ya subiéndose a los muebles o encaramándose en un montón de periódicos. Parecía una rata gris metiéndose entre la chatarra. Se subía sobre la jaula y se mecía con un balanceo algo más que triste. Era muy semejante a una de esas arañas grandes y zancudas de pancita pequeña y patas largas. A tientas, entre tumbos y tropezones comencé a perseguirla. Qué difícil me fue atraparla. Estaba sucia y apestosa. Su rostro tenía una gran similitud con la imagen de la santa Leprosa de la capilla de San Lázaro; huesuda, cadavérica, con un Dios adentro que se gana mediante la conformidad. No fue fácil hacerle el amor. Me enredaba en los hilachos de su vestido de organdí, pero me las arreglé bien para estar con ella. Todo esto a cambio de un canario que, por más empeño que puse, no podía regalarle. Después de aquella amorosidad, cada vez que llegaba con sus alimentos sacaba la mano de uñas largas en busca de mi contacto. Llegué a entrar repetidas veces, pero eso comenzó a fastidiarme. Tía Enedina me lastimaba, incrustando en mi piel sus uñas, mordiendo, y sus huesos afilados, puntiagudos se encarnaban en mi carne. Así que decidí buscar la manera de darle un canario costara lo que costara. Han pasado ya tres meses que no entro al cuarto. Le hablo de mi promesa y ella ríe como un ratón, babea y pega de saltos. Me pide alpiste. Posiblemente quiere asegurar el alimento del prometido canario. Todos los días le llevo un poco de ese que compra Goyita para su jilguero. Ha transcurrido más de un año y lo del canario parece imposible. Me duele comunicarle tal desesperanza, tampoco quiero hacerle de nuevo el amor. Le he propuesto, a cambio de caricias y canario, el jilguero de Goyita. Salta, ríe, mueve negativamente su cabeza. Parece no desear más que tener un pájaro; sin embargo, insiste en los puños diarios de alpiste que le llevo. Cosas de su locura, el dorado de las semillas debe en mucho regocijarla. Me sentí demasiado solo, tanto que decidí volver a entrar al oscuro aposento de la tía Enedina. Desde aquellos días en que yo le hacía el amor han pasado ya dos años. A ella la he notado más calmada, puedo decir que vive en mansedumbre. Pensé que ya no me arañaría. Por eso entré, a causa de mi soledad y de haberla notado apacible. Ya dentro del cuarto, quise hacerle el amor, pero ella se encaramó en la jaula. Motivado por mi apetito de caricias, esperé largo rato, tiempo en el que me fui acostumbrando a la penumbra. Fue entonces cuando dentro de la jaula pude ver dos niñitos gemelos, escuálidos, albinos. Tía Enedina los contemplaba con ternura y felizmente, como pájara, les daba el diminuto alimento. Mis hijos, flacos, dementes, comían alpiste y trinaban… FIN Autor: Adela Fernández Título: La jaula de la tía Enedina Publicado en: Duermevelas (1986)
- "El dueño de Rampling Gate", Anne Rice
Rampling Gate: ¡era tan real para nosotros en aquellas viejas pinturas, alzándose como un castillo de hadas por encima del bosque oscuro que lo rodeaba! Una mole de piedra rematada en tejados de caballete y chimeneas, entre dos inmensos torreones; paredes de piedra gris cubiertas de hiedra, ventanas que reflejaban las nubes huidizas. Pero ¿por qué papá nunca fue allí? ¿Por qué nunca nos llevó? ¿Y por qué en su lecho de muerte, en los meses sombríos que siguieron al fallecimiento de mamá, dijo a mi hermano Richard que Rampling Gate había de ser destruido piedra por piedra? Rampling Gate, que siempre había pertenecido a los Rampling; Rampling Gate, que había subsistido impávido más de cuatrocientos años. Estábamos asustados ante los trabajos que nos esperaban, y dolorosamente aturdidos. Richard acababa de cumplir su cuarto año en Oxford. Dos vertiginosas temporadas sociales en Londres me habían deparado algún tímido éxito. Todavía prefería borronear poemas y relatos en el silencio de mi habitación a pasar las noches bailando, pero mantenía en secreto aquella inclinación, y aunque distábamos mucho de ser dos niños mimados, nuestros padres nos proporcionaban cuanto podíamos desear. Pero ahora los años de despreocupación se habían terminado. Nos veíamos obligados a comportarnos con prudencia y sentido de la responsabilidad. Y nos sentíamos apesadumbrados, sentados en el estudio abarrotado de libros de papá, contemplando las antiguas pinturas de Rampling Gate, junto a la pequeña estufa de carbón. —Destrúyela, Richard —dijo papá—. En cuanto yo haya muerto. —Sencillamente no lo entiendo, Julie —confesó Richard, mientras vertía el jerez en la copa de cristal tallado que yo sostenía en la mano—. Es un valor genuino, una construcción de época, una auténtica mansión del siglo quince en excelente estado de conservación. Una tal Mrs . Blessington, nacida y criada en la aldea de Rampling, ha estado administrándola, al parecer, los últimos años. Estaba allí cuando falleció tío Baxter, que fue el último Rampling en vivir bajo aquel techo. —¿Recuerdas —le pregunté— que fue ese año cuando papá retiró todos los cuadros y los escondió? —No lo olvidaré nunca —dijo Richard—. No podría hacerlo. Fue algo tan extraño y tan impropio de papá. Se arrellanó en su asiento, chupando pensativo su pipa. —Luego hubo un incidente muy raro, cuando vio a aquel hombre joven en la estación Victoria. —Sí, exactamente —dije, haciéndome un ovillo en el sillón forrado de terciopelo, al tiempo que contemplaba las llamitas azuladas que bailaban en la estufa—. ¿Recuerdas lo alterado que estaba papá? Y sin embargo, había sido un incidente mínimo. En realidad, no había ocurrido nada en absoluto. En aquella época no podíamos tener más de seis y ocho años, respectivamente, y habíamos ido a la estación con nuestro padre para despedir a unos amigos. Por la ventanilla de un tren, papá vio a un hombre joven con cara de reproche, y aquello le molestó. Incluso hoy puedo recordar la cara con toda claridad. Era notablemente bien parecido, de nariz recta y delgada, cejas bien dibujadas, y con una mata de abundante cabello castaño. Sus grandes ojos negros miraron a papá con expresión de profunda tristeza; papá tiró de nosotros y nos llevó de allí a toda prisa. —Y la discusión que tuvieron esa noche papá y mamá —añadió Richard, pensativo—. Recuerdo que los escuchamos desde el rellano de la escalera, y lo asustados que estábamos. —Y papá dijo que él no se contentaba ya con ser únicamente el dueño de Rampling Gate; él había venido a Londres dispuesto a manifestarse también allí; aquel horror indecible , así lo llamó, había sobrepasado los límites de la audacia. —Sí, exactamente, y cuando mamá intentó tranquilizarle y sugirió que tal vez había imaginado cosas, él se enfureció todavía más. —Pero ¿quién podía ser el dueño de Rampling Gate, si no lo era papá? Por entonces, el tío Baxter hacía ya mucho tiempo que estaba muerto. —No sé exactamente lo que hacer con este asunto —murmuró Richard—. Y no hay nada en los papeles de papá que pueda sugerir alguna explicación al problema. Examinó el más reciente de los cuadros, un grabado deliciosamente coloreado que mostraba la mansión reflejada en las aguas azules del lago. —Pero te aseguro que lo peor de todo, Julie —añadió, meneando la cabeza—, es que nunca hemos visto la casa con nuestros propios ojos. Nuestras miradas se cruzaron y se produjo una momentánea confusión, que rápidamente se desvaneció. Me incliné hacia adelante. —Él no dijo que no fuéramos allí, ¿verdad, Richard? —pregunté—. Que no pudiéramos visitar la casa antes de destruirla. —¡No, por supuesto que no! —exclamó Richard, y una amplia sonrisa asomó a su rostro—. Después de todo, ¿no es eso algo que debemos a otras personas, Julie? Al tío Baxter, que se gastó los últimos restos de su fortuna restaurando la casa, y a Mrs . Blessington, que la ha administrado todos estos años. —¿Y qué me dices de la aldea? —añadí a toda prisa—. ¿Qué significará para sus habitantes ver destruido Rampling Gate? Está claro que debemos ir y ver el lugar nosotros mismos. —De acuerdo, entonces. Escribiré enseguida a Mrs . Blessington. Le diré que vamos allí y que no sabemos cuánto tiempo nos quedaremos. —¡Oh, Richard, va a ser maravilloso! No pude contenerme y le abracé, pero él se ruborizó, y chupó su pipa exactamente del mismo modo que lo habría hecho papá. —Tenemos que pasar allí una quincena por lo menos. Quiero conocer bien el lugar, en especial si… Pero me entristecía demasiado recordar el mandato de papá. Era mucho más divertido pensar únicamente en el viaje. Empaqueté mis manuscritos porque, quién sabe, tal vez en aquel ambiente melancólico y exquisito podía encontrar la inspiración que buscaba. Sentí un júbilo casi maligno, porque venía a quebrar el duelo que pesaba sobre nosotros desde el día en que papá nos abandonó. —Es lo más correcto que podemos hacer, ¿verdad, Richard? —pregunté dubitativa, un tanto desconcertada por lo mucho que deseaba ir. Había como un placer ilícito en el hecho de poder por fin visitar Rampling Gate. —«Un horror indecible» —repetí para mí las palabras de papá, con una ligera mueca. ¿Qué significaba aquello? Pensé de nuevo en el joven extraño, casi exquisito, al que apenas había alcanzado a ver en un vagón de tren, mirándonos con una expresión melancólica en su rostro enjuto. Llevaba un gran abrigo negro y una bufanda roja de lana, y podía recordar su intensa palidez en contraste con aquella mancha de color. Su cutis parecía de porcelana. Era extraño que lo recordara de modo tan vívido, incluso la ligera inclinación de la cabeza y el largo y espeso cabello castaño. Pero había sido tan solo un reflejo en una ventanilla, y ahora me daba cuenta de que aquel fugaz instante lo había revestido para mí de un ideal de belleza masculina que desde entonces jamás me había vuelto a cuestionar. Pero papá se puso tan furioso en aquel momento… Sentí una inconfundible punzada de remordimiento. —Por supuesto que es lo más correcto, Julie —respondió Richard. Siguió sentado al escritorio, redactando cartas, y yo me sentí incapaz de abarcar toda la profundidad de mis pensamientos. Atardecía ya cuando el viejo carricoche desvencijado nos subió por la suave ladera de la montaña, desde la pequeña estación del ferrocarril, y contemplamos por fin, por vez primera, la magnífica mansión. Creo que retuve el aliento. El cielo había palidecido hasta adquirir un matiz rosado por debajo de un estrato de nubes suavemente redondeadas, y los postreros rayos del sol se reflejaban en los paneles superiores de las ventanas emplomadas, cubriéndolas de una pátina dorada. —Oh, es majestuoso —susurré—, parece una gran catedral. ¡Y pensar que nos pertenece! Richard me dio un ligero beso en la mejilla. De súbito me sentí enloquecer, dispuesta de alguna forma a dejarme arrastrar a donde me llevara el temor o el encanto que emanaba de aquel lugar; no sabría decir con certeza cuál de las dos cosas, tal vez una mezcla sublime de ambas. Deseaba con toda mi alma saltar al suelo y acercarme a pie a la mansión, para ver cómo crecían más y más sus torreones delante de mí; pero nuestro caballo aceleró el paso, e instantes después se adelantó una fila de criados que se inclinaban con rígidas reverencias. La anciana y arrugada ama de llaves indicó con amplios gestos a los hombres que se hicieran cargo de los baúles y de las bolsas de viaje. Richard y yo fuimos introducidos en el enorme vestíbulo por la frágil y experta figura de Mrs . Blessington; nuestras pisadas resonaban con estruendo en el pavimento de mármol, y parpadeamos ante los polvorientos rayos de luz que caían sobre la larga mesa de roble, las macizas sillas de madera tallada y los tapices pesados y sombríos que colgaban de los altos muros. —Es un lugar encantado —exclamé, incapaz de contenerme—. ¡Oh, Richard, estamos en nuestra casa! Mrs . Blessington rio feliz, y su mano reseca apretó con fuerza la mía. Sus ojillos azules me contemplaban con una expresión curiosamente vacua, a pesar de su sonrisa. —¡De nuevo hay Ramplings en Rampling Gate! No saben lo feliz que es este día para mí. Y sí, querida —añadió, como si acabara de leerme el pensamiento en aquel mismo instante— soy casi ciega, y lo he sido durante muchos años. Pero si descubre una sola cosa fuera de lugar en esta casa, dígamelo enseguida, porque será la excepción, puedo asegurárselo, y no la regla. De su rostro arrugado emanaba una simpatía tan grande, que me cautivó de inmediato. Encontramos nuestros dormitorios, los mejores de la mansión, bien aireados, con sábanas blancas de hilo y con las chimeneas encendidas para expeler la humedad siempre presente entre los gruesos muros. Las ventanas de cristales emplomados en figura de rombos se abrían al espléndido paisaje del lago y del bosque de robles que lo rodeaba; algunas luces dispersas revelaban la aldea situada más allá. Aquella noche reímos como niños mientras cenábamos en la gran mesa de roble, iluminados únicamente por la débil luz de unas velas. Y después, jugamos una encarnizada partida de billar en la sala de juegos que había sido la última reforma del tío Baxter; y me temo que también bebimos alguna copa de coñac de más. En el momento en que me disponía ya a acostarme, pregunté a Mrs . Blessington si había vivido alguien en la casa desde la muerte del tío Baxter. Eso había sucedido en el año 1838, hacía casi cincuenta años, y ella era ya entonces el ama de llaves. —No, querida —respondió rápidamente, al tiempo que ahuecaba las almohadas de plumas—. Su padre vino ese año, como bien sabe, pero no estuvo aquí más que uno o dos meses, y enseguida regresó a su casa. —¿Nunca vivió aquí un hombre joven, después…? —insistí, aunque en realidad no tenía el menor deseo de averiguar nada que perturbara la felicidad que sentía. ¡Cuánto me gustaba la pulcritud espartana de aquel dormitorio, las paredes de piedra desnudas de todo tipo de papel o de adorno, el resplandor de la pulida madera de avellano del lecho! —¿Un hombre joven…? —Dejó escapar una risa fácil, casi condescendiente, y con la infalible seguridad con que manejaba las cosas que la rodeaban, levantó el hurgón y atizó el fuego de la chimenea—. ¡Qué cosas tan raras me pregunta! Quedé silenciosa por unos instantes, sentada frente al espejo, y retiré la última aguja de mi cabello, que cayó suelto, espeso y cálido, sobre mis hombros. Me daba una sensación agradable, como si se tratara de una suave capucha bajo la cual podía ocultarme. Pero ella se volvió como si percibiera en mí alguna incomodidad, y se aproximó. —¿Por qué habla de un hombre joven, señorita? —preguntó. Lenta, minuciosamente, sus dedos examinaron las largas trenzas que reposaban sobre mis hombros. Tomó el peine de mis manos. Contarle la historia me parecía perfectamente ridículo, de modo que recurrí a una versión abreviada; le dije, sencillamente, que nos habíamos tropezado inesperadamente con un joven diabólicamente guapo al que mi padre, furioso, había llamado más tarde el dueño de Rampling Gate. —¿Así que era guapo? —inquirió, mientras cepillaba mi cabello enredado con suavidad. Pareció pendiente de cada una de mis palabras, mientras yo volvía a describirlo. —¿No apareció ningún intruso en esta casa, por entonces, Mrs . Blessington?, le pregunté. —¿Ningún misterio sin resolver…? Respondió con una risa alegre. —¡Oh, no, querida, esta casa es el lugar más seguro del mundo! —se apresuró a declarar—. Es una casa feliz. ¡Ningún intruso se atrevería a perturbar Rampling Gate! Y en efecto, nada perturbó la serenidad de los días siguientes. Los humos y los ruidos de Londres, y las palabras de nuestro padre moribundo, pasaron a ser un sueño. Lo real eran nuestros largos paseos juntos por los jardines descuidados, y nuestros viajes de punta a punta del lago en el pequeño esquife. Tomábamos el té bajo el techo acristalado del invernadero vacío. Y por la noche subíamos las escaleras con los mejores libros de la biblioteca del tío Baxter en las manos, dispuestos a leerlos a la luz de las velas en la intimidad de nuestros dormitorios. Todas nuestras discretas investigaciones en la aldea nos llevaron a la misma conclusión: los aldeanos amaban la mansión y no contaban historias antiguas ni inquietantes. Por el contrario, repetidamente nos dijeron que Rampling era el pueblo más apacible de Inglaterra, y que nadie se atrevería —las mismas palabras de Mrs . Blessington— a perturbar el lugar. —Esa vieja casa es nuestro ángel de la guarda —dijo la anciana de la librería en la que Richard compraba los periódicos de Londres—. ¿Qué sería el pueblo de Rampling, sin la casa llamada Rampling Gate? ¿Cómo íbamos a explicarles la orden de nuestro padre? ¿Cómo podíamos tenerla presente nosotros mismos? No volvimos a hablar ni una sola vez del desastre propuesto, y Richard escribió a su empresa que no regresaría a Londres hasta el otoño. Había encontrado una mina de materiales clásicos en los viejos volúmenes de la biblioteca del tío Baxter, y yo instalé mis bártulos de escribir en el pequeño estudio situado junto a la biblioteca, del que me adueñé por completo. Nunca había conocido tanta paz y quietud. Parecía que la atmósfera de Rampling Gate permeaba las más simples descripciones que escribía, y enriquecía con un toque de añeja sabiduría las tramas y los personajes que creaba. El lunes después de nuestra llegada finalicé mi primera narración corta, y descendí a pie hasta el pueblo para enviarla con urgencia a los editores del Blackwood Magazine . ¿Qué era lo que había aterrorizado a mi padre en este precioso rincón de Inglaterra? —me pregunté—. ¿Qué recuerdo había podido ensombrecer sus horas postreras hasta el punto de llevarle a maldecir este lugar? Mi corazón se abrió a aquel silencio celestial, y a la innegable majestuosidad de un paisaje que me hacía olvidarme totalmente de mí misma. Había ocasiones en las que me sentía un intelecto incorpóreo flotando en un silencio insondable, mientras recorría los senderos del jardín o los pasillos de piedra que habían sido testigos de demasiados acontecimientos para percatarse de la presencia de una joven pequeña y frágil, que en algunos momentos llegaba incluso al extremo de hablar en voz alta a las armaduras que la rodeaban, a las estatuas rotas del jardín, a los querubes de las fuentes que desde hacía años y más años ya no tenían agua que verter desde las conchas que sostenían. Pero ¿había en aquel entorno idílico alguna fuerza maligna que aún se ocultaba de nosotros, alguna historia secreta que lo explicara todo? Un horror indecible… En mi recuerdo volvía a ver a aquel joven, y me invadía la extraña sensación de que en mi memoria o en mi imaginación se había enriquecido aquella imagen en los últimos días. Tal vez lo había reinventado en sueños, y había adornado con un rubor brillante sus labios y sus mejillas. Tal vez, al recrear su figura para Mrs . Blessington, le había permitido alzar la mano hasta la bufanda roja de modo que pude advertir entonces los dedos, largos, delicados y sugestivos, de una mano de músico. Todo aquello rondaba confusamente por mi mente cuando entré de nuevo en la casa, sin hacer ruido, y vi a Richard sentado en su sillón de piel favorito, junto al fuego. Un aire cálido entraba por la puerta abierta del jardín, y sin embargo el brillo de las llamas era invitador, y hacía que la amplia habitación, con sus estanterías abarrotadas de libros encuadernados en cuero, pareciera atractiva y pequeña como un refugio. —Siéntate —dijo gravemente Richard, sin dirigirme más que una mirada apresurada—. Quiero leerte algo de inmediato. Tenía en las manos un libro largo y estrecho. —Esto pertenecía al tío Baxter —dijo—. Y al principio creí que se trataba solo de un libro de cuentas que había llevado en la época de las reformas, pero he encontrado anotaciones de diario que corresponden a las últimas semanas de su vida. Están escritas apresuradamente y son casi indescifrables, pero he conseguido averiguar lo que dicen. —Muy bien, pues léemelas —manifesté, pero sentí un ligero escalofrío de temor al decirlo. No quería saber ninguna cosa terrible relativa a este lugar. Si pudiéramos permanecer siempre aquí…, pero eso era imposible, por supuesto. —Escucha esto —dijo Richard, pasando cuidadosamente una página—. «Cinco de mayo, mil ochocientos treinta y ocho: él está aquí, lo sé con toda seguridad. Ha vuelto otra vez». Y varios días más tarde: «Cree que esta es su casa, de verdad, y bebería mi vino y fumaría mis cigarros si pudiera. Lee mis libros y mis papeles, sin molestarse en disimular. He dado órdenes de cerrar todo con llave». Y finalmente, la última anotación, escrita la mañana del día en que murió: «Estoy cansado, cansado hasta la muerte, y él no es la causa menor de mi agotamiento. La última noche le vi con mis propios ojos. Estaba en esta misma habitación. Se mueve y habla exactamente igual que un mortal, y se atreve a contarme sus secretos. Él es un demonio astuto y yo un simple mortal. ¡Cómo voy a luchar con él!». —Buen Dios —susurré lentamente. Me levanté de la silla en la que me había sentado, y de pie a su lado leí yo misma aquella página. La escritura estaba garabateada, y era la última anotación del libro. Yo sabía que el corazón del tío Baxter había cedido. No tuvo una muerte violenta, sino pacífica, en aquella misma habitación, con un libro piadoso en las manos. —¿Podría tratarse de la misma persona de la que habló papá aquella noche? —preguntó Richard. A pesar del sol que entraba a raudales por las puertas abiertas, me sacudió un violento escalofrío. Por primera vez me sentí inquieta en esta casa, inquieta por nuestra audacia al venir aquí, sin hacer caso de las palabras de papá. —Pero eso sucedió muchos años antes, Richard… —dije—. ¡Y qué puede significar esa referencia a un ser sobrenatural! ¡Seguramente el pobre hombre estaba trastornado! ¡No era un espíritu lo que yo vi en el vagón del tren! Me dejé caer en el sillón colocado frente al suyo, y procuré aquietar los latidos de mi corazón. —Julie. —Richard habló en voz baja, al tiempo que cerraba el libro, Mrs . Blessington ha vivido aquí feliz durante años. Seis criados duermen todas las noches en el ala norte. Con toda seguridad, no existe nada de todo eso. —Y sin embargo, no resulta nada divertido, ¿no es cierto? —apunté tímidamente. No es nada parecido a las historias de fantasmas que solíamos contarnos el uno al otro, cuando poblábamos las tinieblas de seres imaginarios y nos reíamos de los amigos de la escuela que se asustaban al escucharnos. —Durante toda mi vida —dijo él, con la mirada clavada en la mía—, he oído historias de duendes y de espíritus, unas imaginarias y otras supuestamente verídicas, y casi invariablemente se menciona que la casa en cuestión está embrujada, o que posee una atmósfera que despierta un presentimiento peculiar, una sensación de amenaza o de alarma… —Sí, lo sé, y aquí no existe en absoluto esa atmósfera envenenada. —Al contrario, no me he sentido más a gusto en mi vida. —Hundió la mano en el bolsillo para extraer de él la inevitable cerilla con la que encender la pipa que enarbolaba—. Y a propósito, Julie, no sé cómo voy a poder cumplir el último deseo de papá, de destruir este edificio piedra por piedra. Asentí, llena de simpatía. Lo mismo pensaba yo desde el momento mismo de nuestra llegada. Incluso ahora, me sentía cómoda, natural, completamente segura. Súbitamente, de modo irracional, deseé que no hubiera encontrado las anotaciones del libro del tío Baxter. —¡Tendré que hablar una vez más con Mrs . Blessington! —dije, casi de mal humor—. Me refiero a una conversación seria… —Pero si ya lo he hecho yo —respondió él—. Le pregunté sobre todo el asunto esta mañana, en cuanto hube hecho el descubrimiento, y se echó a reír. Juró que nunca ha visto aquí nada fuera de lo normal, y que ninguna persona viva del pueblo puede contar historias sobre este lugar. Me repitió que está encantada de que hayamos regresado a Rampling Gate. No creo que tenga la menor sospecha de que nos proponemos destruir la casa. ¡Oh, si lo supiera, eso le destrozaría el corazón! —¿Nunca ha visto nada fuera de lo normal? —me sorprendí—. ¿Eso dijo? ¡Qué forma más extraña de expresarse, Richard, cuando apenas puede ver nada en absoluto! Pero no me escuchaba. Había dejado el libro a un lado y se había levantado muy despacio, casi perezosamente; salió paseando por la doble puerta al pequeño jardín, y miraba por encima de la alta barrera de los robles que inclinaban sus ramas acodadas casi hasta la superficie del lago. No había el menor ruido en aquella hora temprana del día, salvo el suave susurro de las hojas de los árboles sacudidas por la brisa, y el piar esporádico de algún pájaro. —Tal vez se ha ido, Julie —había dicho Richard por encima del hombro, y su voz sonó nítida en aquel silencio—, si alguna vez estuvo aquí. Tal vez nadie tiene ya nada que temer en este lugar. No pensarás quedarte aquí todo el invierno, ¿verdad? Supongo que querrás estar de vuelta en Londres para entonces. Parecía muy pequeño frente a los grandes árboles y el cielo roto en pequeños fragmentos relucientes por el entramado del follaje que filtraba tenuemente la luz. Rampling Gate se había apoderado de él. Y le comprendía a la perfección, porque también se había apoderado de mí. Podría muy bien quedarme aquí todo el invierno, sin importarme la soledad ni el frío. No quería volver nunca más a mi casa. Y la inmediatez del misterio contribuía a debilitar todavía más mi percepción de todas las cosas y lugares restantes. Después de una larga pausa, me levanté, salí al jardín y coloqué mi mano en el brazo de Richard. —Hay algo que sé de cierto, Julie —dijo, como si nos hubiéramos seguido hablando durante todo el rato—. Juré a papá que haría lo que me pidió, y eso me está destrozando. De una u otra manera lo llevaré siempre sobre mi conciencia, tanto si destruyo la casa como si me rebelo contra mi propio padre y contra la carga que me impuso en su postrer aliento. —Hemos de buscar ayuda, Richard. Consejo de nuestros abogados, de los confesores de papá. Debes escribirles y contarles todo el asunto. Papá estaba febril cuando te dio esa orden. Si podemos exponer lo ocurrido a esas personas, ellos nos ayudarán a decidir. Eran las tres en punto cuando abrí los ojos. Pero había estado despierta durante largo tiempo. Había oído las lejanas campanadas del reloj del salón, hora a hora. Y no sentía miedo al estar tendida sola en la oscuridad, sino algo distinto. Una especie de agitación vaga e inexorable, una sensación de vacío y de necesidad que me hizo finalmente levantarme de la cama. Me pregunté cómo podría hacer desaparecer aquella tensión. Miraba fijamente los objetos más sencillos en la sombra. El pequeño tapiz colocado sobre la chimenea, con sus esbeltos príncipes y princesas semidesvanecidos por el desgaste de las fibras y de los hilos. El retrato de una antepasada isabelina, que me miraba con un ojo almendrado desde su pequeño marco. ¿Qué era esta casa, en realidad? ¿Tan solo un lugar, o bien un estado de ánimo? ¿Qué le estaba haciendo a mi alma? ¿Por qué las anotaciones del libro del tío Baxter no nos habían devuelto a Londres a toda prisa? ¿Por qué nos habíamos quedado juntos hasta tan tarde en el gran salón, después de cenar, sin pronunciar una sola palabra? Me sentí de repente muy cansada, y al mismo tiempo excluida de algún secreto magno y deslumbrante; ¿y no era esa la misma palabra que había empleado el tío Baxter? Consciente únicamente de mi insoportable cansancio, me puse mi bata de lana, abroché el botón del cuello y anudé el cinturón. Luego me calcé las zapatillas, y me dirigí al salón. La luna iluminaba la escalera de madera de roble, y el rincón donde estaba la puerta abierta del dormitorio de Richard. Me acerqué de puntillas, y vi que la cama estaba vacía e intacta. De modo que también él estaba desvelado aquella noche, y había salido de su cuarto igual que yo. ¡Ah, si al menos hubiera venido a buscarme y me hubiera pedido que le acompañara! Me volví y descendí sin hacer ruido las largas escaleras. El gran salón se abrió delante de mí, oscuro como una gran caverna; la luz de la luna acariciaba, aquí y allá, un par de espadas cruzadas o un escudo colgado. Pero en el otro extremo de la estancia, en el estudio situado junto a la biblioteca, vi con toda claridad una lucecita que parpadeaba. Y la brisa que atravesaba la inmensa sala traía el inconfundible olor de un fuego de leña. Me encogí de hombros, aliviada. Richard estaba allí, podríamos hablar. O tal vez explorar los dos juntos todas las habitaciones, formando pantalla con las manos para preservar las frágiles llamas de nuestras velas. Una sensación de bienestar me invadió y me hizo sentirme en calma; y aunque la distancia que nos separaba parecía interminable, me entró una prisa desesperada por franquearla, y eché a correr de repente a lo largo de la gran mesa de comedor, con sus macizos candelabros, hasta precipitarme finalmente en la pequeña habitación que se abría junto a las puertas de la biblioteca. Si, Richard estaba allí. Estaba sentado, con los ojos cerrados, dormitando en el sillón de piel, y la brisa procedente del jardín hacía temblar las frágiles llamas de las velas colocadas sobre la chimenea de piedra y sobre la mesita situada a su lado. Me disponía a acudir junto a él, después de cerrar las puertas, para darle un ligero beso y preguntarle por qué no se iba a la cama, cuando de improviso vi por el rabillo del ojo a alguien más en la habitación. En el rincón más lejano, a la izquierda, junto al escritorio, había otra figura, inclinada sobre los papeles de Richard, con las manos pálidas en reposo sobre la superficie de madera. Sabía que no podía ser cierto. Sabía que tenía que estar soñando, que ninguna de las cosas que había en la habitación, y menos que ninguna otra aquella figura, podía ser real. Porque se trataba del mismo hombre que había visto quince años antes en un vagón de tren, y ni el más mínimo detalle de la apariencia de aquel joven sombrío había cambiado. Tenía el mismo pelo espeso y lustroso, peinado descuidadamente tan solo en la parte del cogote en que pendía sobre el cuello ancho de su chaqueta negra, y la piel era tan fina que casi resplandecía en la sombra. Los ojos oscuros se alzaron de repente y me miraron con una expresión tan curiosa que casi me hizo gritar. Nos miramos fijamente a través de la habitación oscura; yo de pie junto a la puerta, y él visible e innegablemente sobresaltado porque le había sorprendido de improviso. Mi corazón se detuvo. En una fracción de segundo avanzó hacia mí, abolió el espacio que nos separaba y se inclinó sobre mi rostro, mientras sus dedos blancos se cerraban con suavidad sobre mis brazos. —¡Julie! —susurró, en una voz tan baja que me pareció que me hablaban mis propios pensamientos. Pero no se trataba de un sueño; era una persona real. Me estaba sujetando, y de mi interior escapó un grito agudo, ensordecedor, incontrolable, cuyos ecos se extendieron por las cuatro paredes de la estancia. Vi que Richard se levantaba de su sillón. Yo estaba sola. Agarrada al marco de la puerta, di un traspié hacia adelante y entonces, de nuevo, con toda claridad vi al joven intruso: estaba de pie en el jardín, mirando hacia atrás por encima del hombro, y en el instante siguiente desapareció. No podía dejar de gritar. No pude ni siquiera cuando Richard me sostuvo, cargó conmigo y me hizo sentar en el sillón. Todavía seguía sollozando cuando finalmente llegó Mrs . Blessington. Me tendió una copita de cordial, mientras Richard me suplicaba una vez más que dijera lo que había visto. —¡Tú ya le conoces! —dije a Richard, casi histérica—. Era él, el joven del tren. Solo que ahora llevaba una levita pasada de moda desde hace muchos años, y un corbatín de seda desanudado al cuello. Richard, estaba leyendo tus papeles, revolviéndolos y leyéndolos en una oscuridad completa. —De acuerdo —contestó Richard, y con un gesto expresivo me pidió calma. —Él estaba sentado en el escritorio. Y como allí no había luz, no pudiste verle bien. —¡Richard, era él! ¿No lo entiendes? ¡Me tocó, me sujetó los brazos! Miré implorante a Mrs . Blessington, que meneaba de un lado a otro su cabeza en la que los ojillos brillaban a la luz como cuentas de cristal azules. —¡Me llamó Julie! —susurré—. ¡Conoce mi nombre! Me levanté, me apoderé de una vela, y empujando a Richard fuera de mi camino me acerqué al escritorio. —¡Buen Dios! —exclamé—. ¿No ves lo que ha ocurrido? ¡Son tus cartas al doctor Partridge y a Mrs . Sellers, sobre el asunto del derribo de la casa! Mrs . Blessington dio un leve grito y se llevó una mano a la mejilla. Parecía un pájaro disecado con un gorro de noche. Abrumada, se dejó caer en la silla de respaldo recto colocada junto a la puerta. —Seguro que no crees que pueda tratarse del mismo hombre, Julie, después de tantos años… —Pero no ha cambiado ni en el más mínimo detalle. No hay confusión posible, Richard, era él, te lo aseguro, él mismo. —Oh, querida, querida… —susurró Mrs . Blessington— ¿Qué hará él si intentan derribar la casa? ¿Qué va a hacer ahora? —¿Qué va a hacer quién? —preguntó despacio Richard, al tiempo que sus ojos se estrechaban. Me arrebató la vela y se acercó a ella. Yo me había quedado mirándola con la boca abierta, sin darme del todo cuenta de lo que acababa de decir. —¡De modo que sabe quién es él! —murmuré. —¡Julie, calla de una vez! —dijo Richard. Pero el rostro del ama de llaves se había vuelto rígido, su palidez había desaparecido, y los ojos eran de nuevo distantes y apagados. —¡Usted sabía que él estaba aquí! —insistí—. Debe contárnoslo de una vez. Con un esfuerzo, se puso en pie. —No hay nada en esta casa que pueda hacerle daño a usted —dijo—, ni a ninguno de nosotros. Se volvió, rechazando a Richard que intentaba ayudarla, y cruzó sola el salón oscuro. —Ya no me necesitan aquí —declaró, en voz baja—, y si van a derribar esta casa construida por los abuelos de sus abuelos, podrán hacerlo perfectamente sin mi ayuda. —¡Oh, no pensamos hacer una cosa así, Mrs . Blessington! —insistí. Pero ella se dirigía ya a la galería que llevaba al ala norte. —Ve tras ella, Richard. Ya la has oído. Sabe quién es él. —He oído lo suficiente por esta noche —contestó Richard, casi irritado—. Los dos tenemos que irnos a la cama. A la luz del día analizaremos todo este embrollo y registraremos la casa. —Pero alguien tiene que decírselo a él, ¿no es así? —pregunté. —¿Decir qué? ¿Y a quién te refieres? —¡Decirle que no vamos a derribar la casa! —contesté pronunciando con claridad las palabras, en voz muy alta, escuchando el eco de mi propia voz. El día siguiente fue el más agotador que habíamos vivido desde nuestra llegada. Nos costó buena parte de la mañana convencer a Mrs . Blessington de que no teníamos intención de destruir Rampling Gate. Richard echó las cartas al correo y decidió no hacer nada hasta que recibiéramos ayuda. Y los dos juntos, empezamos a registrar la casa. Pero la noche nos sorprendió a media tarea, después de haber cubierto el torreón, el ala sur y la mayor parte de la casa propiamente dicha. Nos quedaba todavía por registrar el torreón norte, que se encontraba en un estado de ruina casi total, y algunas estancias subterráneas que en épocas pasadas habían servido de mazmorras, y ahora estaban tapiadas. También había armarios y escaleras ocultos por todas partes, en los que apenas habíamos mirado, y en determinados momentos no podíamos decir con precisión dónde habíamos estado registrando y dónde no. Pero a la hora de la cena también había quedado meridianamente claro que Richard se encontraba en un estado próximo a la exasperación, y convencido de que yo no había visto nada en absoluto la noche anterior, en el estudio. También había llegado a la conclusión de que tío Baxter se había vuelto loco antes de morir, o bien de que las notas garabateadas en su diario se referían en clave a algún acontecimiento social que le había afectado de forma inusual. Pero yo sabía lo que había visto. Y a medida que avanzaba el día, me fui haciendo más callada y distraída. Mrs . Blessington y yo no cruzábamos la menor palabra, y pude comprender demasiado bien la rabia que había advertido en la voz de mi padre en aquella noche lejana en la que, de regreso de la estación Victoria, mi madre le acusó de imaginar cosas. Pero lo que me obsesionaba por encima de todo era el aspecto amable del hombre misterioso al que había conseguido ver por un instante; los ojos oscuros casi inocentes que me habían mirado brevemente antes de que yo empezara a gritar. —Es extraño que a Mrs . Blessington no le asuste —dije en voz baja y distraída, sin preocuparme de que Richard me oyera o no—. Y ninguna otra persona de por aquí parece tenerle miedo. Me asaltaban las más extrañas fantasías. Volvían a mi cabeza las palabras despreocupadas de los habitantes del pueblo. —Lo más sensato es que hagas una cosa de la mayor importancia, antes de irte a dormir —dije a Richard—. Deja escrita una nota con la declaración de que no tienes intención de derribar la casa. —Julie, has creado un dilema imposible —protestó Richard—. Insistes en tranquilizar a la aparición asegurándole que la casa no va ser destruida, cuando de hecho afirmas haber comprobado la existencia de la criatura que precisamente impulsó a nuestro padre a darnos la orden que nos dio. —¡Ah, desearía no haber venido nunca aquí! —estallé de repente. —En ese caso, vámonos los dos, y decidamos sobre este asunto en casa. —No, de eso se trata. No podría irme jamás sin conocer antes… «sus secretos»…, «el demonio astuto». ¡No podría seguir viviendo sin saber la verdad! La rabia debe de ser un excelente antídoto contra el miedo, porque sin duda contribuyó a paliar mi natural alarma. Aquella noche no me desvestí, ni siquiera me quité los zapatos, sino que me senté en el dormitorio oscuro y vacío, mirando con fijeza la ventana de vidrios emplomados en forma de rombos hasta que toda la mansión quedó en silencio. Por fin, oí cerrarse la puerta de Richard. Después llegaron los chasquidos distantes que indicaban que otros cerrojos habían sido colocados en su lugar. Y cuando el reloj del abuelo dio las once campanadas en el gran salón, Rampling Gate se sumió en el sueño como de costumbre. Escuché atentamente, por si oía los pasos de mi hermano en el salón. Y cuando no le oí moverse de su habitación, me pregunté si la misma curiosidad que yo sentía no le impulsaría a venir a buscarme, para invitarme a que fuéramos juntos a descubrir la verdad. Pero las cosas estaban bien así. No le quería a mi lado. Y sentía un oscuro júbilo al imaginarme a mí misma saliendo de mi dormitorio y bajando las escaleras, como lo había hecho la noche anterior. Esperaría una hora más, sin embargo, para estar segura. Dejaría que la noche llegara hasta el fondo: las doce, la hora embrujada. Mi corazón latía acelerado al pensarlo, y en sueños reconstruía el rostro que había visto, la voz que había pronunciado mi nombre. ¡Ah! ¿Por qué me parecía retrospectivamente tan íntima, como si nos hubiéramos conocido antes y hablado juntos a menudo, como si se tratara de alguien a quien reconocía en lo más profundo de mi ser? —¿Cómo te llamas? —Creo que lo murmuré en voz alta. Y entonces me asaltó un espasmo de miedo. ¿Tendría valor suficiente para ir en su busca, para abrirle la puerta? ¿Estaba perdiendo la razón? Cerré los ojos y dejé reposar mi cabeza en el respaldo de mi sillón de terciopelo. ¿Qué había más vacío que esta noche rural? ¿Qué cosa podía ser más dulce? Abrí los ojos. Había estado dormitando o hablándome a mí misma, intentando explicar a papá por qué era necesario que comprendiéramos nosotros mismos sus razones. Y entonces me di cuenta, me di plena y perfecta cuenta —creo que antes incluso de despertar— de que él estaba en pie junto a mi cama. La puerta estaba abierta. Y él estaba allí, erguido, vestido exactamente igual que la noche anterior, y sus ojos oscuros se clavaban en mí con la misma curiosidad obvia; su boca era un simple pliegue, como la de un escolar, y se apoyaba en el listón de la cabecera de la cama con la mano derecha, en una postura casi indolente. Parecía absorto en la contemplación de mi persona, sin advertir que yo le estaba mirando a mi vez. Pero cuando me incorporé a medias, alzó un dedo como para imponerme silencio, y me hizo una ligera seña con la cabeza. —¡Ah, eres tú! —susurré. —Sí —contestó, en una voz discreta y casi imperceptible. Pero habíamos estado hablando los dos, ¿no era así? Y yo le había estado haciendo preguntas, no, contándole cosas. Sentí de súbito que perdía el equilibrio y me sumergía en un sueño. No, no era eso, sino la recuperación de un fragmento de algún sueño del pasado. Era esa especie de arrebato que nos arrastra en cualquier momento del día siguiente, al evocar el universo en el que nos encontrábamos totalmente sumergidos en sueños. Creo que por un instante oí nuestras voces, casi discutiendo, y vi a papá con su sombrero de copa y su abrigo negro, caminando solo por las calles del West End de Londres y asomándose a una puerta detrás de otra; y luego, alzándose por encima de la superficie de mármol de una mesa de un vago music-hall lleno de humo, tú…, tu rostro. —Sí… «¡Vuelve, Julie!». Era la voz de papá. —… penetrar en su alma —insistía yo, recuperando el hilo perdido. ¿Pero se movían mis labios?—. Comprender qué es lo que le asustó, lo que le enfureció. Dijo: «¡Derribadlo!». —… nunca, nunca podrás hacer una cosa así. —Su rostro estaba afligido como el de un escolar a punto de echarse a llorar. —No, en absoluto, nosotros no queremos, ninguno de los dos, lo sabes bien… ¡Y tú no eres un fantasma! —Miré sus botas salpicadas de barro, la débil huella del polvo en aquella mejilla perfectamente blanca. —¿Un fantasma? —preguntó casi enfurruñado, casi con amargura—. Ojalá lo fuera. Como hipnotizada, le vi acercarse a mí y la habitación se oscureció cuando sentí en mi cara sus frías manos de seda. Yo me había levantado, estaba en pie delante de él, y le miraba a los ojos. Oía los latidos de mi propio corazón. Los oía igual que la noche anterior, en el momento en que rompí a gritar. ¡Buen Dios, estaba hablando con él! ¡Él estaba dentro de mi dormitorio, y yo hablaba con él! Y estaba en sus brazos, además. —¡Real, absolutamente real! —susurré, y un profundo estremecimiento recorrió mi cuerpo, obligándome a buscar un punto de apoyo en la cama para no caer al suelo. Me miraba como si intentara comprender algo terriblemente importante para él, y no me respondió. Sus labios tenían un tono oscuro y una suavidad que aumentaba su atractivo, como si nunca hubiera sido besado. Yo me sentí presa de un ligero vértigo, de cierta confusión, y ni siquiera me sentía segura de que realmente él estuviera allí. —Oh, pero sí que lo estoy… —dijo en voz baja, y sentí su aliento en mi mejilla, casi dulce—. Estoy aquí y tú estás conmigo, Julie… —Sí… Mis ojos se cerraban. Tío Baxter estaba sentado a su escritorio, y yo podía oír el furioso rasgueo de su pluma. —¡Demonio astuto! —dijo al viento de la noche, que entraba por las puertas abiertas. —¡No! —exclamé yo. Papá se giró, en la puerta del music–hall , y gritó mi nombre. —Ámame, Julie —dijo su voz en mi oído, y sentí sus labios en mi garganta—. Solo un beso, Julie, no hay ningún mal en ello… Y el centro de mi ser, ese lugar secreto en el que crecen todos los deseos y todas las exigencias, se abrió a él sin lucha y sin ruido. Habría caído de no haberme sostenido él. Mis brazos se cerraron en torno suyo, mis manos se deslizaron por la suave masa sedosa de sus cabellos. Yo flotaba, y por Rampling Gate se extendía, como siempre, una paz infinita. Era Rampling Gate lo que yo sentía a mi alrededor; era su alma intemporal e impenetrable, que finalmente se había abierto como una flor… Sentí en mi interior una enorme sabiduría, el poder de ver tal como ve un dios, y captar la profundidad de las cosas con la misma destreza con la que los ojos exteriores registran su tamaño y su forma… Si, susurré en voz alta, esas palabras de Keats, esas palabras…, planear sobre la medianoche sin esfuerzo… No. En un instante violento nos separamos, y él se echó atrás con la misma brusquedad que yo. Crucé tambaleante el suelo del dormitorio, me así al marco de la ventana, y apoyé la frente en la pared de piedra. Durante un largo instante permanecí inmóvil, con los ojos cerrados. Sentía un dolor agudo, pero casi placentero, en la garganta, en el lugar que sus labios habían rozado; y un hormigueo delicioso que ya no había de cesar. Después me volví, y vi con toda claridad la habitación, la cama, la chimenea, el sillón. Él seguía en pie, exactamente en el mismo lugar en el que lo había dejado, y en su rostro se reflejaba la más desolada angustia. —¿Qué es lo que han hecho conmigo? —murmuró—. ¿Me han hecho caer en la trampa más cruel de todas? —Algo amenazador, de una amenaza inexpresable —susurré yo. —Algo antiguo, Julie, algo que desafía el entendimiento, algo que puede suceder y que seguirá sucediendo. —Pero entonces, ¿qué es lo que eres tú? —Toqué aquel doloroso latido con la punta de los dedos y, al bajar la vista, tragué saliva—. Sufres tanto, y eres aparentemente tan inocente, ¡y pareces capaz de amar! Su rostro estaba tenso, como presa de un violento conflicto interior. Se volvió para irse. Apelé a toda mi voluntad para no ir detrás de él, y no rogarle que regresara. Pero él se volvió, desconcertado; luchó aún brevemente consigo mismo y luego, decidido ya, se inclinó y tomó mi mano. —Ven conmigo —dijo. Me atrajo hacia él con la misma suavidad de todos sus gestos, y deslizando su brazo por mi hombro, me guió hasta la puerta. Subimos unas escaleras, cruzamos apresuradamente un largo pasillo, y a través de una pequeña puerta de madera accedimos a unas escaleras de caracol que yo no había visto anteriormente. Pronto me di cuenta de que estábamos subiendo a lo alto del torreón norte de la casa, la parte en ruinas de la estructura que Richard y yo habíamos dejado sin registrar. Por los estrechos ventanucos veía el paisaje suavemente ondulado que se extendía desde el bosque que rodeaba la mansión, y el pequeño grupo de luces tenues que señalaba el lugar en el que se alzaba la aldea de Rampling, junto a la pálida estela de la carretera de Londres. Subimos más y más hasta llegar a la cámara más alta de la torre, que él abrió con una llave de hierro. Sostuvo la puerta para dejarme paso, y me encontré en una habitación espaciosa cuyas estrechas ventanas no estaban cerradas con cristales. La luz de la luna revelaba una curiosa mezcla de muebles y objetos diversos, como los que se encuentran en muchos desvanes. Había un escritorio, un gran estante con libros, sillones antiguos de piel, rollos amarillentos de viejos mapas, y pinturas enmarcadas colgadas de las paredes. Por todas partes había velas, colocadas en nichos de piedra abiertos en el muro o dispuestas sobre las mesas y los estantes. Aquí y allá, un barril servía de mesa y contrastaba con alguna silla de fina talla isabelina. La cera había goteado un poco por todas partes, y en medio de aquel desorden había abiertos ejemplares de periódicos recientes: el Mercure de París, y el Times de Londres entre otros. No había ningún lugar donde dormir en aquella habitación. Y al pensar en ello, en dónde se echaría para descansar, me asaltó un estremecimiento. Volví a sentir, vívidamente, sus labios rozando mi garganta, y sentí un súbito deseo de gritar. Pero él me tenía en sus brazos, y besaba de nuevo mis mejillas y mis labios con toda delicadeza. Luego me hizo sentar en un sillón y encendió, una a una, las velas dispersas por la habitación. Me estremecí, y mis ojos se humedecieron ligeramente a la luz. Vi más objetos inusuales: telescopios, cristales de aumento, un violín en su estuche abierto, y un puñado de conchas marinas relucientes y exquisitamente modeladas. También había joyas descuidadamente dispuestas, un sombrero de copa de seda negra y un bastón, un ramillete de flores marchitas y secas, daguerrotipos y camafeos en sus pequeños estuches de terciopelo, y libros abiertos. Pero ahora estaba demasiado absorta por la visión de él a plena luz: el brillo de sus grandes ojos negros, el lustre de su cabello. Ni siquiera en la estación del ferrocarril le había visto con tanta claridad como ahora, a la suave luminosidad de las velas. Me destrozó el corazón. Y sin embargo, me miraba como si yo fuera un festín para sus ojos, y pronunció de nuevo mi nombre de tal modo que sentí que la sangre se agolpaba en mi cara. Pero de súbito pareció producirse un corte brusco en el paso del tiempo. Yo había estado pensando, eso es, «qué es lo que tú eres, cuánto tiempo hace que existes…», y de nuevo me sentí dominada por el vértigo. Me di cuenta de que me había levantado y estaba en pie a su lado, junto a la ventana; él se había vuelto a mirarme, y el paisaje que se extendía debajo de nosotros había cambiado imperceptiblemente. Las luces de Rampling habían desaparecido en la oscuridad que se extendía como una niebla espesa sobre la tierra. Un gran bosque, mucho más antiguo y denso que el de Rampling Gate, se extendía por las colinas, y súbitamente me sobrecogió el temor, como si me estuviera deslizando en un maelstrom del que nunca podría regresar por mi sola voluntad. Seguía presente la sensación de que hablábamos y hablábamos los dos, con voces bajas y agitadas, y yo decía que no pensaba ceder. —Sé mi testigo, es todo lo que te pido… Y en mi interior había una tenue certeza de que la revelación que se avecinaba me había de cambiar fatalmente. Era como la lectura de un libro prohibido, o el recitado de un conjuro secreto. —No, es solamente lo que fue —susurró él. Y entonces, incluso la forma del terreno varió. La habitación misma había perdido su sustancia, como si un viento silencioso de terrible fuerza hubiera entrado en aquel lugar y lo arrastrara muy lejos. Cabalgábamos en un carruaje, a través de la noche. Habíamos dejado el torreón hacía ya mucho tiempo, era la hora del crepúsculo y el cielo tenía el color de la sangre. Cruzábamos un bosque cuyos árboles eran tan altos y gruesos que apenas algún rayo del sol poniente llegaba a acariciar el suelo cubierto por una blanda alfombra de hojas caídas. No tuvimos tiempo de disfrutar de aquel lugar mágico. Llegamos a terreno abierto, a las pequeñas parcelas de tierra labrada que rodeaban el antiguo pueblo de Knorwood, con sus tejados de caballete y sus calles estrechas y sinuosas. Vimos los muros del monasterio de Knorwood y la pequeña iglesia parroquial, con su campana que llamaba a vísperas bajo el cielo crepuscular. Knorwood bullía de vida, mil corazones latían en Knorwood, mil voces se alzaban en una plegaria comunitaria. Pero muy lejos del pueblo, en lo alto de la colina que dominaba el bosque, se alzaba el torreón redondo de un castillo realmente antiguo; y hacia ese castillo en ruinas, apenas ya una sombra de sí mismo, nos dirigimos. Irrumpimos en sus estancias vacías como niños impetuosos, olvidados ya del caballo y del camino, y así llegamos al lugar en que esperaba el Señor del Castillo, una criatura adusta, de piel muy blanca, erguida delante del fuego crepitante del salón sin techo. Se giró, y clavó en nosotros sus ojillos estrechos y relucientes. Era un cuerpo muerto, lo comprendí de inmediato, pero en su interior vivía una magia inapreciable. Y mi joven compañero, aquel muchacho inocente, pasó junto a mí y cayó en los brazos del Señor. Vi el beso. Vi cómo el joven palidecía y luchaba por apartarse. Era lo mismo que yo había hecho aquella misma noche, fuera del sueño, en mi propio dormitorio; y se apartó del Señor, llevándose la mano al agudo dolor de su garganta. Comprendí. Supe. Pero el castillo se disolvía ya con la misma seguridad con la que se disuelve todo en los sueños, y nos encontramos en algún lugar húmedo y cerrado. La fetidez me resultaba insoportable, y era la más terrible de las fetideces: la de la muerte. Oí mis propios pasos sobre las losas del pavimento, y conseguí apoyarme en el muro. La minúscula plaza estaba desierta; un viento vagabundo hacía batir las puertas y las ventanas. Arriba y abajo de la estrecha callejuela vi las marcas en los dinteles de las casas. La peste, la Muerte Negra, había llegado al pueblo de Knorwood. La Muerte Negra lo había dejado desierto. En un instante de angustioso horror comprendí que nadie, ni una sola persona, había quedado con vida. Pero no era del todo cierto. Alguien caminaba a tropezones por el estrecho callejón. Se tambaleaba, estaba a punto de caer, pero iba asomándose a una puerta tras otra, y finalmente llegó a un lugar caluroso y nauseabundo donde un niño lloraba tendido en el suelo. El padre y la madre estaban muertos en la cama. Y el gato grande y gordo de la familia, no afectado por la enfermedad, se divertía jugando con el infante que lloraba, con los ojos hinchados en su carita bañada por las lágrimas. —Basta —me oí decir a mí misma. Me di cuenta de que estaba tomándome la cabeza con ambas manos—. ¡Basta, basta ya, por favor! Lloraba, y esperé que mi llanto consiguiera trascender aquella visión, de modo que el mísero cuarto se derrumbara a mi alrededor y volviera a encontrarme en la estancia de Rampling Gate. Pero no fue así. El joven se giró y me miró, y en aquel cuartucho fétido, no pude ver su rostro. Pero sabía que era él, mi compañero, y pude oler su fiebre y su enfermedad, y el hedor del bebé moribundo, y vi el cuerpo ágil y lustroso del gato cuando daba un zarpazo a la mano tendida del niño. —¡Basta, has perdido el control! —Debí de gritar con todas mis fuerzas, pero el llanto del niño era aún más fuerte—. ¡Haz que pare! —No puedo… —murmuró. ¡Seguirá siempre así! ¡No parará nunca! Con un penetrante alarido, di un puntapié al gato y lo envié volando fuera de aquel inmundo cuartucho, volcando al tiempo un cubo de leche, que se derramó sobre las piedras, tiñéndolas de blanco como por arte de brujería. Pálido y febril, con la camisa empapada de sudor, mi compañero me tomó de la mano, y me arrastró fuera de la casa y del llanto del niño. Muerte en los salones, muerte en los dormitorios, muerte en el claustro, muerte delante del altar mayor, muerte en los campos. Parecía el Juicio Final. Mil almas habían muerto en Knorwood —yo sollozaba y suplicaba que me alejara de allí—, y parecía el fin de toda la Creación. Finalmente, la noche cubrió el pueblo muerto y él seguía vivo, cruzando tambaleante las colinas, atravesando el bosque, en dirección hacia la torre redonda en la que el Señor, con la mano posada en el alféizar de piedra de la ventana rota, esperaba su llegada. —¡No vayas! —le supliqué. Corrí a su lado gritando, pero él no me oía. Por mucho que lo intentara, me era imposible cambiar el curso de las cosas. El Señor se inclinó sobre él sonriendo con tristeza; le vio tambalearse y caer, dilatarse el pecho tratando de aspirar las últimas boqueadas. Finalmente los labios se movieron para pedir salvación, cuando era condenación lo que ofrecía el Señor, condenación lo que el Señor iba a darle. —¡Sí, condenado pero vivo, respirando! —gritó el joven, alzándose en un postrer movimiento espasmódico. Y el Señor, que había permanecido inmóvil hasta ese instante, se inclinó a beber. De nuevo el beso, el beso letal, la sangre extraída del cuerpo moribundo, después, el Señor alzó la cabeza inerte del joven para devolverle la sangre, extraída ahora del cuerpo del propio Señor. Yo grité de nuevo: «No, no bebas». Se volvió a mirarme. Su rostro era ahora la imagen perfecta de la muerte, hasta el punto de que me pareció imposible que pudiera hablarme, y sin embargo lo hizo. Me preguntó: «¿Qué harías tú? ¿Regresarías a Knorwood, abrirías esas puertas una tras otra, tocarías la campana de la iglesia vacía? Y aunque lo hicieras, ¿revivirían los muertos?». No esperó mi respuesta. Y yo no tenía ninguna respuesta que ofrecerle. Se volvió hacia el Señor que le esperaba, y aplicó su boca inocente en la vena que latía con toda la apariencia de la vida bajo la piel fría y translúcida de la garganta del Señor. Y la sangre fluyó en el cuerpo joven, venciendo con su poderosa irrupción la fiebre y la enfermedad que lo aquejaban, pero arrastrándolo al mismo tiempo más allá de la vida mortal. Ahora estaba solo en el salón del Señor. La inmortalidad era suya, y con ella la sed de sangre que necesitaría para mantenerla. Yo podía sentir esa sed con todo mi ser. Contempló los muros desmoronados que se extendían a su alrededor, el fuego que lamía las piedras ennegrecidas de la gigantesca chimenea, el cielo nocturno visible a través del techo hundido con su infinita red de estrellas. Y cada una de aquellas cosas se transfiguraba en su visión, y en la mía —en la visión que él me prestaba ahora—, en la esencia exquisita de sí misma. Una voz inaudible y eterna hablaba desde el velo estrellado del cielo, cantaba en el viento que susurraba entre las vigas rotas, suspiraba en las llamas que roían las piedras ennegrecidas del hogar. Era el ritmo implacable del universo, presente debajo de todas las superficies, mientras dejaba de oírse el llanto de la última criatura viva —aquel frágil niño recién nacido— en el pueblo del valle. Se levantó un viento suave que dispersó el polvo de los terrones recién removidos de los campos de labranza desiertos. El cielo negro e infinito dejó caer la lluvia. Pasaron años y más años. Todo lo que había sido Knorwood se confundió con la simple tierra. El bosque envió allí a sus silenciosos centinelas, y troncos poderosos se alzaron donde había habido chozas y casas, y en el mismo lugar en el que se alzaron los muros del monasterio. Finalmente, nada quedó de Knorwood: ni el pequeño cementerio, ni la pequeña iglesia. Ni tan siquiera el nombre de Knorwood sobrevivió. Y era un horror superior a todos los demás horrores el hecho de que ya nadie supiera que mil almas habían vivido y muerto en aquella aldea insignificante; que en ningún lugar de los grandes archivos en los que se registra la historia se hiciera la menor mención a aquella población. Pero quedaba un ser que sí sabía, un ser que había sido testigo de todo y ahora miraba con fijeza el mismo lugar en el que había concluido su vida mortal. Aquel ser que había escapado arrastrándose a gatas del pozo del infierno que había sido aquella tragedia, era el joven que tenía a mi lado, el dueño de Rampling Gate. Y a través de los muros de la vieja mansión se alzaba el recuerdo de las piedras del castillo en ruinas, y en los techos y suelos de las estancias se entrecruzaban las ramas de los antiguos árboles. Todo lo que parecía sólido y majestuoso aquí, y seguro en la perspectiva de quienes dormían esta noche en la aldea de Rampling, era únicamente una frágil ciudadela contra el horror: solo eso era la casa a la que ahora él se veía atado. Sentí una inmensa pena. En algún momento de aquel desfile de imágenes me había perdido a mí misma, había perdido todo sentido del punto del espacio desde el que lo veía todo. Y en medio de una gran avalancha de luces y de ruidos regresé a la vida y me encontré de nuevo como había sido cuando viajábamos juntos por el bosque, salvo que ahora estábamos en el mundo actual, en la hora presente. Volábamos al parecer sobre los campos en tinieblas, siguiendo la vía del ferrocarril de Londres, donde la ciudad nocturna era un estallido de risas, agitación y luces deslumbrantes. Él caminaba a mi lado bajo las lámparas de gas, y en su rostro relucía la misma inocencia oscura, el mismo irresistible calor. Y parecía que nos apretábamos estrechamente el uno contra el otro en medio de la muchedumbre. Aquella muchedumbre era algo vivo, algo que se agitaba, y en todas partes emanaba un aroma excitante y oscuro, el aroma de la sangre fresca. Mujeres vestidas de pieles blancas y caballeros cubiertos con capas salían del teatro de la ópera brillantemente iluminado; el estrépito del music–hall nos invadió, y luego fue alejándose. Solo quedó una tenue voz de soprano que cantaba una canción aguda y triste. Yo estaba en los brazos de él, y sus labios se apretaban contra los míos, y de nuevo tuve la misma lejana sensación de desgarramiento, de apertura inmensa e incontrolable en mi interior. Era la sed, y la promesa de saciarla medida únicamente por la intensidad de esa sed. Subimos corriendo muchas escaleras, penetramos en dormitorios de techos muy altos y paredes forradas de damasco rojo, donde yacían las mujeres más hermosas reclinadas en lechos de cabeceras de bronce, y el aroma se hizo tan intenso que no podía soportarlo; ante mí, aquellas mujeres se ofrecían a sí mismas, con los brazos abiertos. —Bebe —susurró él—. Sí, bebe. Y sentí que me invadía un gran calor, que me sofocaba y hacía borrosa mi visión, hasta que de nuevo partíamos, libres, ligeros e invisibles al parecer, saltando por encima de los techos o caminando de nuevo por calles resplandecientes de lluvia. Pero la lluvia no nos tocaba, ni la nieve que caía nos hacía estremecer; teníamos en nuestro interior un calor grande e indisoluble. Juntos en el carricoche, conversamos en voz baja, con parrafadas exuberantes; éramos amantes, éramos constantes, éramos inmortales. Viviríamos tanto tiempo como Rampling Gate. Intenté hablar; intenté terminar el conjuro. Sentí que sus brazos me rodeaban y supe que estábamos juntos en la habitación del torreón, y que había habido algún terrible error de cálculo. —No me dejes —murmuró—. No entiendes lo que te estoy ofreciendo; te lo he contado todo; el resto no es sino vacío, fiebre e inquietud, las viejas palabras del poema. Bésame, Julie, ábrete a mí. No te tomaré contra tu voluntad… De nuevo oí mi propio grito. Mis manos descansaban sobre su piel blanca y fría, sus labios eran suaves pero ávidos, sus ojos rendidos y eternamente jóvenes. Papá se volvió en la calle londinense empapada de lluvia y gritó: «¡Julie!». Vi a Richard perdido entre la multitud, como si buscara a alguien; el ala del sombrero dejaba en sombra sus ojos, y los rasgos de su cara eran ásperos, rugosos como los de un anciano. ¡Un anciano! Me aparté. Estaba libre. Lloraba sin ruido y los dos estábamos en la extraña y abarrotada habitación del torreón. Él estaba de pie junto a la ventana, recortada su figura contra las pálidas nubes. La luz de las velas brillaba en sus ojos. Me parecieron inmensos, tristes y sabios, y ¡oh, sí!, inocentes como he repetido una y otra vez. —Me rebelé a ellos —dijo. Sí, conté mi secreto. Por rabia o por amargura los convertí en mis siniestros compañeros de conspiración, y siempre vencí. No pudieron hacer nada contra mí, y tampoco lo harás tú. Pero aun así, serán ellos quienes triunfen, porque ahora me atormentan con su flor más hermosa. No te alejes de mí, Julie. Eres mía, Julie, como es mío Rampling Gate. Déjame arrancar esa flor y colocarla junto a mi corazón. Después de muchas noches de discusiones, por fin Richard ha cedido. Me donará su parte de Rampling Gate, y yo me negaré en redondo a derribar el edificio. Entonces, él no podrá obedecer ya la orden de papá. Le he proporcionado el impedimento legal que necesitaba, y, por supuesto, legaré la casa en testamento a él y a sus hijos. Siempre deberá permanecer en manos de los Rampling. Es una solución hábil, a mi entender, porque papá no me ordenó a mí que destruyera la mansión, y yo ya no tengo ningún escrúpulo referente a esa cuestión. Todo lo que tiene que hacer él es llevarme a la pequeña estación del ferrocarril y verme marchar a Londres, y dejar de preocuparse por mí, que marcho a mi propia casa de Mayfair. —Quédate aquí todo el tiempo que desees, y no te preocupes —le he dicho. Siento por él más cariño del que nunca podría expresar—. Desde el mismo momento en que pusiste los pies en este lugar, supiste que papá estaba completamente equivocado. Tío Baxter le metió esa manía en la cabeza, evidentemente, y Mrs . Blessington siempre ha tenido razón. No hay nada perjudicial en este lugar, Richard. Disfruta de él, y trabaja o estudia, según tu gusto. La enorme locomotora pasa rugiendo a nuestro lado, y el tren frena su marcha hasta detenerse. —Ahora debo irme, querido, dame un beso —digo. —Pero qué te ha ocurrido, Julie, para convencerte tan aprisa… —Todos estábamos equivocados, Richard —contesto—. Lo que importa es que ahora todos somos felices. Y nos damos un fuerte abrazo. Agito el pañuelo hasta que dejo de verle. Las luces parpadeantes del pueblo se pierden en la profunda luz color lavanda del atardecer, y la mole oscura de Rampling Gate aparece por un instante como el fantasma de sí misma, en lo alto de la colina. Me siento y cierro los ojos. Luego los abro lentamente, saboreando el momento que he esperado tanto tiempo. Él me sonríe, sentado en el lugar en el que ha permanecido todo el rato, en el rincón más lejano del asiento forrado de piel de enfrente, y ahora se incorpora con un movimiento ágil, casi delicado; y sentándose a mi lado, me estrecha en sus brazos. —Tardaremos cinco horas en llegar a Londres —susurra a mi oído. —Puedo esperar —respondo, mientras la sed me invade como una fiebre y me aprieto contra él, sintiendo la presión de sus labios en mis párpados y en mi cuello. —Me gustaría ir de caza por las calles de Londres, esta noche —confieso, con cierta timidez; pero solo veo aprobación en sus ojos. —Hermosa Julie, mi Julie… —murmura él. —Te gustará la casa de Mayfair —comento. —Sí… —dice él. —Y cuando Richard se canse al fin de Rampling Gate, volveremos al hogar. FIN Autor: Anne Rice Título: El dueño de Rampling Gate Título Original: The Master of Rampling Gate Publicado en: Redbook, febrero de 1984 Traducción: Francisco Rodríguez de Lecea
- "Posesión", cuento de Emilia Pardo Bazán
El fraile dominico encargado de exhortar a la mujer poseída del demonio, para que no subiese a la hoguera en estado de impenitencia final, sintió, aunque tan acostumbrado a espectáculos dolorosos, una impresión de lástima cuando al entrar en el calabozo divisó, a la escasa luz que penetraba por un ventanillo enrejado y lleno de telarañas, a la rea. Escuálida y vestida de sucios harapos, reclinada sobre el miserable jergón que le servía de cama, y con el codo apoyado en un banquillo de madera, la endemoniada, que se había llamado en el siglo Dorotea de Guzmán, que había sido orgullo de una hidalga familia, alegría de una casa, gala y ornato de las fiestas, parecía un espectro, una de esas mendigas que a la puerta de los conventos presentaban la escudilla de barro para recibir la bazofia de limosna. Su estado de demacración era tal, que a pesar de verse por los desgarrones del mísero jubón las formas de su seno, el dominico, que era un asceta y solía luchar con tentaciones crueles, no sintió turbación ni rubor, y sólo la piedad, la dulce y santa piedad, le impulsó a ofrecer a Dorotea amplio pañuelo de hierbas, y a decir benignamente: —Cúbrase, hermana. De tanta miseria y abyección tomó pie el fraile para empezar a convencer a Dorotea de que sacudiese el yugo de un amo que así paga a sus fieles servidores. Y mientras la posesa clavaba en el religioso sus grandes pupilas color de humo, donde, de cuando en cuando brillaba fosfórica chispa, él habló copiosamente, con unción y ternura, encareciendo la amorosa efusión de Cristo, que siempre tiene abiertos los brazos para recibir al pecador, la continua intercesión de su Santa Madre, la infinita misericordia del Criador, que sólo nos pide un instante de contrición para borrar todos nuestros delitos. Mas no tardó en advertir el dominico que la sentenciada le oía con salvaje insensibilidad, bajo la cual trepidaba una cólera sorda; y entonces pensó que convendría, para abrir brecha en un alma contaminada por la presencia de Satanás, hablar un lenguaje humano, casi egoísta; buscar palabras que irritasen a la pecadora y la forzasen a una discusión, en que saldría vencedor el dominico. —Dorotea —dijo, tuteándola con violencia y enojo—, mira que ya pronto comparecerás ante ese Dios que va a pedirte cuenta de tus actos, y que a una vida de sufrimientos pasajeros seguirá otra de suplicios perdurables. Un paso, un segundo, es el tránsito a la eternidad, y esa eternidad es fuego, no como el de aquí, que causa la muerte, y con la muerte trae el descanso, sino interminable, horrendo, continuo, que renueva las carnes para volverlas a tostar y recuaja los huesos para calcinarlos otra vez. Pobre oveja que has seguido al hediondo macho cabrío, ahí tienes lo que te espera. ¿No te avergüenzas de ser esclava del demonio? ¿No lloras al menos tu esclavitud? La endemoniada seguía guardando el mismo hosco silencio; pero, de pronto, se estremeció. Era que el dominico, enternecido por sus propias palabras, había dejado asomar a sus ojos humedad de llanto; y la mujer, conmovida, tal vez a su pesar por aquel indicio inequívoco de conmiseración, dijo sombríamente: —Yo no puedo llorar. Lo primero que hizo mi dueño y señor Satanás fue quitarme las lágrimas de las pupilas y el calor de los miembros. Toca y verás. Y alargando una mano, rozó la del dominico, que retrocedió espantado de la glacial, de la mortuoria frigidez de aquella piel que creía abrasada por la fiebre. —No me compadezcas —añadió orgullosamente—. La sensibilidad y el ardor que faltan por fuera se han refugiado en mi corazón, que es un brasero de llama rabiosa. —Eso mismo les sucede a los santos —murmuró el dominico con angustioso afán—. Que ese fuego no se apague; pero purifícalo ofreciéndoselo a Jesucristo. —No —respondió con energía la endemoniada, cuyo rostro se contrajo y cuyos ojos, donde boqueaba el horno de la escondida hoguera, bizcaron repentinamente con frenético estrabismo. —Pero ¿por qué, desdichada hermana? Dame una razón, una siquiera. De cuantas sentenciadas me ha tocado exhortar, sólo tú has callado, en vez de blasfemar y maldecir. Maldice, que lo prefiero. Ya sé que han sido inútiles los exorcismos, los conjuros, el hisopo, las oraciones, las santas reliquias; ya sé que el demonio no ha salido de ti, porque no quisiste tú que saliese, y como Dios, que ha podido criarte sin tu voluntad, no puedo contra tu voluntad salvarte, el espíritu impuro se alberga aún en tu seno. No he pensado en emplear contra ti la fuerza; te pido y te ruego, si es menester de rodillas, que me des una explicación de tu ceguedad. Eras hermosa y eres horrible; eras dama principal y pudiente, y eres menos que las mujerzuelas de la calle; eras buena y honrada, y eres ludibrio y vergüenza de tu sexo… ¿En qué moneda te paga el maldito? ¿Qué felicidad ignominiosa te da a cambio de todo lo que sacrificas por él? Crispando los labios y arrancando del pecho un suspiro ronco, respondió la poseída: —Ya que te empeñas en saberlo, lo sabrás. No creas que en este momento habita en mí el que llamas espíritu maligno. Sufría con los exorcismos y las reliquias y se apartó de mí. Pero sé que volverá, y sé que cuando me achicharren nos vamos a reunir para siempre. —¡Qué horror! —exclamó, santiguándose, el dominico. —Escucha —prosiguió la endemoniada—. No ignoras que en el mundo fui mujer de calidad, ensalzada por linda, respetada por noble, codiciada por rica, aplaudida por discreta. Estas prendas me atrajeron rondadores y galanes; pero ninguno supo hacer que yo pagase sus finezas. Pasaron por delante de mis rejas o de mi estrado y los desdeñé, porque mi alma, que se remontaba muy alto, aspiraba, secretamente, a algo más grande, a un príncipe, a un monarca, a un ser extraordinario, desconocido y superior. Sucedió que una prima hermana mía, que acababa de vestir el sayal de las carmelitas y a quien yo solía visitar en su reja, comenzó a hablarme exaltadamente de sus nupcias con Jesús, de los éxtasis y deliquios que gozaba en brazos de su celestial Esposo y de lo despreciables que parecen, en cotejo de tan divinos regalos, los amoríos y las aventuras de la tierra. Estos coloquios me trastornaron y emprendí una vida de devoción y de mortificaciones que hizo creer a todos, y a mí la primera, que sentía una vocación monástica firme e irresistible. Mientras tanto, en mi interior yo me despedazaba de congoja, de inquietud y de tedio, y un día, en un arranque de sinceridad, dije a mi prima la monja: «Ya no te envidio. Soy demasiado altanera para envidiar un Esposo que con infinitas esposas habrás de repartir. Ahora mismo, en centenares de claustros y en miles de celdas, tu desposado visita a otras mujeres. Desprecio lo que no es sólo mío». —¡Diabólica soberbia! —gimió el fraile—. ¡Era el tentador quien te sugería esa locura! —Aquella noche —prosiguió Dorotea—, estando yo a punto de recogerme y habiendo soltado ya de la redecilla la mata de pelo, he aquí que se me aparece… —¿Un monstruo horrendo? —Un mancebo pálido y triste, pero hermoso, muy hermoso. —¿Con olor a azufre? ¿Con pezuña hendida? —No; con un cerco de luz rojiza alrededor de la rizada melena rubia. —¡Virgen santa! Era, sin duda, un íncubo. —¿Un íncubo? —repitió, sorprendida, Dorotea. —Así llamamos al demonio cuando toma bella forma de varón para manchar y escarnecer a una mujer desdichada como tú. —No se trata de escarnecer ni de manchar, pues el aparecido y yo entretuvimos la noche conversando castamente. Refirióme su historia punto por punto, y supe que era un gran príncipe, arrojado de los reinos de su padre por un instante de rebeldía, y que mientras a su padre todos le ensalzan y pronuncian su nombre con adoración, del hijo rebelde abominan y maldicen. Cuando supe que nadie le quería, cuando comprendí su desventura inmensa empecé a sentir que le quería yo y a soñar que mi amor le compensase todo cuanto había perdido, hasta los reinos de la gloria. Al amanecer se fue, pero volvió a la noche siguiente, trayendo un botecillo de un ungüento, con el cual me frotó las plantas de los pies y las palmas de las manos, y salí volando por el ventanillo. Cruzamos espacios inmensos, y abatiéndonos a tierra entramos en unas cuevas muy profundas, abiertas en el seno de altas montañas, y cuyo techo parecía de diamantes. Allí se apiñaba una muchedumbre inmensa, que reconocía la autoridad de mi señor, y bullía al pie de su trono una hueste de mujeres hermosísimas, cortesanas, reinas o diosas, desde la rubia Venus y la morena Cleopatra hasta la insaciable Mesalina y la suicida Lucrecia. Y como yo sintiese en el corazón la mordedura de los celos vi que las apartaba indiferente, sin mirarlas, y oí que decía: «No temas; yo no soy como el “Otro”, yo no me reparto…». «Te pertenezco, Dorotea, pero tú también me perteneces a mí en vida y muerte». Cada noche, al dar las doce, le esperé y le acompañé, y fui venturosa. —¡No llames ventura a las infames torpezas en que te encenegaba el enemigo de Dios! —protestó el dominico. —¡Si no he cometido torpeza alguna! —respondió altivamente Dorotea—. Lo primero en que convinimos él y yo fue en que nuestro cariño sería el de dos espíritus, y mantuvimos el pacto. Mi señor tuvo a menos sujetarme con las cadenas de la materia, y cifró su orgullo en poseer mi alma, y nada más que mi alma, por voluntad mía. Mil veces me ha repetido que gracias a mí, puede alabarse de un triunfo que sólo a Dios parecía reservado: el de ser querido espiritualmente, sin mancha de concupiscencia. En cambio, yo sé que no tengo rivales, y que soy el único bien de mi señor. Nada me importa el vilipendio ni el tormento que me han dado. La muerte, la deseo. Cuanto antes enciendan el brasero para mí, más pronto me reuniré con «él». Y volviendo la espalda al fraile, la posesa ocultó el rostro en la esquina de la pared resuelta a no decir otra palabra. Cuando salió el dominico de la prisión de la relapsa empedernida, sollozó, besando el Crucifijo pendiente de su grueso rosario: —¡Cómo permites, Jesús mío, que te parodie Satanás! FIN Autor: Emilia Pardo Bazán Título: Posesión Publicado en: El Imparcial, 13 de Mayo de 1895
- "Janet la contrahecha", cuento de Robert Louis Stevenson
El reverendo Murdoch Soulis llevaba muchos años al frente de la parroquia de Balweary, una zona de páramos en el valle del Dule, y era un anciano severo, de expresión sombría, que atemorizaba a sus feligreses, y que en los últimos años de su vida ocupaba, sin parientes, criados ni otra compañía humana, una pequeña y solitaria rectoría debajo de Hanging Shaw. A pesar de la férrea compostura de sus facciones, había inseguridad, espanto y un no sé qué de frenético en su mirada; y cuando se extendía, en una exhortación privada, sobre el destino de los réprobos, parecía como si sus ojos atravesaran las tormentas de la vida presente hasta llegar a los terrores de la eternidad. A muchos jóvenes que acudían a él para preparar la comunión anual por Pascua les afectaban en gran manera sus palabras. El reverendo Soulis tenía por costumbre predicar un sermón sobre el versículo octavo del capítulo cinco en la primera epístola de Pedro, “El demonio como león rugiente”, el primer domingo después del diecisiete de agosto todos los años, y solía superarse a sí mismo con ese texto tanto por la naturaleza misma de lo que comentaba como por el terror que inspiraba su comportamiento en el púlpito. Los niños tenían paroxismos de miedo y los ancianos se volvían más sentenciosos que de costumbre, y no cesaban de hacer, durante todo el día, aquellas advertencias que Hamlet menospreciara. La misma rectoría, situada junto a las aguas del Dule entre algunos árboles frondosos, con el imponente Shaw por un lado y con numerosos oteros, que se alzaban fríos y desolados hacia el cielo por el otro, había empezado, ya en los primeros años del ministerio del reverendo Soulis, a ser evitada durante las horas del crepúsculo por todos aquellos que se consideraban personas prudentes; y los hombres de bien que se reunían en la taberna de la aldea movían la cabeza con aprensión ante la idea de pasar tarde por aquel lugar tan peligroso. Había un sitio preciso, para ser más concretos, que inspiraba particular espanto. La rectoría se hallaba entre la carretera y las aguas del Dule, y alzaba un gablete por cada lado; la parte de atrás miraba hacia la aldea de Balweary, a más de medio kilómetro; y tenía delante un jardín casi vacío, con seto de espino, que ocupaba la tierra entre el río y la carretera. La casa era de dos pisos, con dos habitaciones amplias en cada uno. No se comunicaba directamente con el jardín, sino con un camino empedrado, o travesía, que llevaba por un lado hasta la carretera, y por el otro quedaba cerrado mediante los altos sauces y saúcos que bordeaban el río. Y era este trozo de camino empedrado el que tan ignominiosa reputación tenía entre los feligreses jóvenes de Balweary. El reverendo paseaba por allí con frecuencia después del anochecer, y el ímpetu de sus oraciones sin palabras le hacía estallar a veces en gemidos; y cuando él estaba ausente, y la puerta de la rectoría cerrada con llave, los escolares más audaces se atrevían, con el corazón saliéndoseles del pecho, a “seguir a la madre” atravesando aquel sitio legendario. Esta atmósfera de terror que rodeaba a un hombre de Dios de reputación sin tacha y reconocida ortodoxia, era motivo de asombro y tema de indagaciones entre los pocos forasteros que llegaban por casualidad o por negocios hasta aquellos lugares tan poco conocidos y tan a trasmano. Pero lo cierto es que incluso muchos de los feligreses ignoraban los extraños acontecimientos que habían marcado el primer año del ministerio del reverendo Soulis; y entre quienes estaban mejor informados, los había naturalmente reservados o simplemente poco comunicativos cuando se trataba de aquel tema particular. Sólo de vez en cuando uno de los hombres de más edad se armaba de valor después del tercer vaso y contaba la causa del extraño aspecto del párroco y de su vida solitaria. Cincuenta años antes, cuando el reverendo Soulis llegó a Balweary era todavía un hombre joven —un mozo, decía la gente— lleno de saberes aprendidos en los libros y muy elocuente al exponerlos, pero, como era lógico en una persona tan joven, sin experiencia vivida en cuestiones de religión. A los feligreses de menos años les impresionó mucho su talento y su facilidad de palabra; pero los hombres y mujeres de más edad, serios, conscientes, sintieron incluso la necesidad de rezar por el joven clérigo, que les parecía un hombre que se engañaba a sí mismo, y por la parroquia que, con toda probabilidad, iba a estar muy mal atendida. Todo esto sucedía antes de la época de los moderados (que Dios se apiade de ellos), pero las cosas malas son como las buenas: ambas vienen poquito a poco, por sus pasos contados; e incluso entonces había ya quien opinaba que los profesores de la universidad estaban dejados de la mano de Dios, y que los muchachos que iban a estudiar con ellos hubieran hecho mejor viviendo en una turbera, como sus antepasados durante la persecución, con una Biblia debajo del brazo y el espíritu de oración en sus corazones. En cualquier caso, no cabía la menor duda de que el reverendo Soulis había pasado demasiado tiempo en la universidad. Se interesaba y se preocupaba de muchas cosas además de la única verdaderamente necesaria. Poseía gran cantidad de libros: más de los que nunca se habían visto en aquella rectoría; y arduo trabajo tuvo el recadero que se ocupó de traerlos, porque el mismo demonio se hubiera quedado sin fuerzas acarreándolos desde Kilmackerlie. Se trataba de libros de teología, desde luego, o por lo menos así se los llamaba; pero las personas serias opinaban que no podía ser de mucha utilidad tener tantos cuando toda la palabra de Dios cabía en el extremo de una capa escocesa. Luego el reverendo se pasaba nada menos que la mitad del día y de la noche escribiendo, cosa muy poco decorosa; al principio se temía que fuese a leer sus sermones, pero más tarde se supo que estaba escribiendo un libro, lo que a todas luces no era apropiado para alguien de tan pocos años y escasa experiencia. En cualquier caso, le convenía buscar una mujer casada, honesta y entrada en años, que cuidara la rectoría y le preparase sus frugales comidas, pero le sugirieron una que había llevado en otro tiempo una vida poco recomendable —Janet M’Clour la llamaban— y el párroco estaba tan abandonado a sí mismo que se dejó convencer. Hubo muchos que le aconsejaron en contra, porque las mejores personas de Balweary tenían más que sospechas acerca de Janet, que había tenido un hijo de un soldado de caballería mucho antes de todo esto, que llevaba quizá treinta años sin acercarse a comulgar y a quien los niños habían visto mascullando consigo misma en Key’s Loan después de anochecer, un momento y un lugar muy extraños para una mujer poco temerosa de Dios. De cualquier modo, fue el mismo hacendado quien habló de Janet por primera vez al párroco, y en aquellos días el reverendo Soulis habría hecho cualquier esfuerzo por complacer al hacendado. Cuando la gente le decía que Janet tenía parentesco con el demonio, su punto de vista era que se trataba de supersticiones; y cuando le sacaban a relucir la Biblia y la bruja de Endor, él les cerraba la boca diciendo que los días del maligno ya habían pasado y que afortunadamente se hallaba muy limitado en sus actuaciones. Bien; cuando se supo en la aldea que Janet M’Clour iba a ser la criada de la rectoría, la gente se enfadó mucho, tanto con ella como con el reverendo; y a algunas de las amas de casa no se les ocurrió nada mejor que ir hasta su puerta y acusarla de todo lo que se sabía en contra suya, desde el hijo del soldado hasta las dos vacas de John Tamson. Janet no era muy habladora; la gente la dejaba de ordinario que se ocupara de sus asuntos y ella les dejaba que se ocuparan de los suyos, sin darles los buenos días ni las buenas noches; pero cuando se ponía a ello, Janet tenía una lengua capaz de sonrojar al molinero. De manera que se puso brava, y no quedó ningún viejo chisme en Balweary que no se lo atribuyera a alguien aquel día; y por cada cosa que decían las otras, ella les respondía con dos; hasta que, al final, las amas de casa la cogieron entre todas, le desgarraron la ropa, y la arrastraron desde la aldea hasta el río, para ver si era bruja o no, si salía a flote o se ahogaba. La mujer chilló tanto que se la oía desde Hanging Shaw, y peleó como diez; muchas amas de casa lucían aún al día siguiente, e incluso muchos días después, las marcas que les dejó; y en lo más acalorado de la riña, ¡he aquí que aparece (por culpa sin duda de sus pecados) nada menos que el nuevo ministro! —En el nombre de Dios —les dijo (y tenía una voz muy potente)— os conmino a que la dejéis marchar. Janet corrió hacia él —estaba completamente loca de terror—, se le agarró, y le suplicó, por el amor de Dios, que la salvara de las comadres; y ellas, por su parte, le contaron todo lo que sabían, y quizá algo más. —¿Es eso cierto? —le preguntó el párroco a Janet. —Ante Dios que me está viendo —dijo ella—, y que me creó, juro que no es verdad ni una palabra. Excepto el hijo que tuve, he sido una mujer decente toda mi vida. —¿Querrás —dijo el reverendo Soulis—, en el nombre de Dios y delante de mí, su indigno ministro, renunciar al demonio y a sus obras? Bien; parece que cuando le pidió esto, Janet hizo una mueca que heló la sangre en las venas a quienes la vieron, y también oyeron con qué fuerza le castañeteaban los dientes; pero no le quedaba más remedio que elegir entre aquello o el río; de manera que alzó la mano y renunció al demonio delante de todos. —Y ahora —dijo el reverendo Soulis a las mujeres de la aldea—, todo el mundo a su casa, y rezad para que Dios os conceda su perdón. A continuación dio el brazo a Janet, aunque apenas llevaba encima más que una camisa, y la acompañó hasta su puerta como si fuese toda una señora; y ella gritaba y reía de tal modo que era un escándalo oírla. Hubo muchas personas serias que prolongaron aquella noche sus oraciones; pero cuando llegó la mañana, fue tal el miedo que se apoderó de Balweary que los niños se escondieron e incluso los hombres miraban desde dentro de las casas. Porque allí estaba Janet cruzando la aldea —ella o alguien que se le parecía, nadie sabría decirlo—, con el cuello torcido, la cabeza hacia un lado, igual que la de un ahorcado, y una mueca en la cara como la de un cadáver sin amortajar. Poco a poco se fueron acostumbrando, e incluso le hicieron preguntas para saber qué le pasaba; pero desde aquel día Janet no fue capaz de hablar como una cristiana; tan sólo babeaba y hacía un ruido con los dientes semejante al de unas tijeras de podar; y a partir de entonces el nombre de Dios no salió nunca de su boca. A veces trataba de decirlo, pero no le era posible. Quienes más sabían fueron los que menos hablaron, pero nunca dieron a aquel ser el nombre de Janet M’Clour; porque la vieja Janet, tal como ellos lo entendían, estaba para entonces en lo más profundo del infierno. Pero el párroco ni cambió de actitud ni se mostró más comedido; sólo predicó acerca de la crueldad de los vecinos, que le habían provocado un ataque dejándola medio paralítica, pegó a los niños que la insultaban y aquella misma noche la llevó a la rectoría, donde habitó solo con ella, debajo de Hanging Shaw. El caso es que fue pasando el tiempo, y la gente más despreocupada empezó a darle menos importancia a aquel tenebroso asunto. El párroco estaba bien considerado; siempre se quedaba hasta tarde escribiendo; la gente veía la luz de su vela junto al río después de la medianoche; y parecía tan satisfecho de sí mismo y tan tranquilo como al principio, pero todo el mundo se daba cuenta de que se estaba consumiendo. En cuanto a Janet, iba y venía; si antes no hablaba mucho, estaba justificado que ahora hablase todavía menos; no se metía con nadie; pero era una criatura misteriosa, y nadie hubiera tenido tratos con ella ni por todas las tierras de Balweary. Hacia finales de julio hizo un tiempo como no se recordaba en aquella parte del país; nada se movía, hacía mucho calor y a todo el mundo le faltaban las fuerzas; los rebaños no podían subir a Black Hill, y los niños estaban demasiado cansados para jugar; y sin embargo era también un tiempo borrascoso, con ráfagas de viento cálido que hacían un ruido sordo en los vallecitos, y breves chaparrones que no arreglaban nada. Estábamos convencidos de que descargaría una tormenta al día siguiente; pero amanecía y pasaba la mañana y seguíamos teniendo el mismo tiempo extraño, desagradable para las personas y para el ganado. Entre los que se sentían más molestos, ninguno sufría tanto como el reverendo Soulis; a las personas de más edad les contó que no podía dormir ni comer; y cuando no estaba escribiendo su condenado libro, vagabundeaba de aquí para allá por los alrededores como un poseso, cuando cualquier otra persona preferiría resguardarse del calor dentro de casa. Enfrente de Hanging Shaw, al abrigo de Black Hill, hay un trozo de tierra con una cerca y un portón de hierro; y parece ser que en los viejos tiempos estaba allí el cementerio de Balweary, consagrado por los papistas antes de que la verdadera luz brillase en este reino. Era un lugar muy visitado, al menos por el párroco; allí se sentaba a pensar en sus sermones y, en realidad, es un sitio muy resguardado. El caso es que un día, cuando caminaba por el lado oeste de Black Hill, vio primero dos cuervos carroñeros, luego cuatro, y después siete, dando vueltas y más vueltas por encima del antiguo camposanto. Volaban bajo y pesadamente, y se graznaban unos a otros mientras giraban y giraban; y el reverendo Soulis comprendió en seguida que se habían encontrado con algo fuera de lo corriente. No era un hombre que se asustara con facilidad, y se fue directamente hacia la cerca; y he aquí que vio a un hombre, o algo con apariencia de hombre, sentado sobre una tumba. Era un individuo de aventajada estatura, tan negro como el infierno, y con unos ojos de lo más extraordinario. El párroco había oído hablar de los negros en muchas ocasiones, pero había algo tan fuera de lo común en aquel sujeto que le atemorizó. A pesar del calor tuvo un escalofrío que se le metió hasta la médula de los huesos; pero a pesar de todo habló y dijo: —Mi buen hombre, ¿es usted forastero? El negro no respondió ni una sola palabra; se puso en pie y empezó a moverse de forma extraña en dirección a la parte más alejada de la cerca, pero sin dejar nunca de mirar al párroco; y el reverendo Soulis permaneció inmóvil, devolviéndole la mirada; hasta que, en un instante, vio que el negro había saltado la tapia y corría ya hacia el refugio de los árboles. El reverendo Soulis, sin saber apenas por qué, corrió tras él; pero estaba muy cansado por el paseo y por el malsano calor que hacía; y por mucho que trató de correr no pudo más que vislumbrarlo entre los abedules; pero cuando llegó al pie de la colina, le vio atravesar el curso del Dule dando un salto tras otro y luego perderse de vista muy cerca de su casa. Al párroco no le pareció nada bien que aquel horrible vagabundo se tomara tantas libertades con la rectoría de Balweary, y corrió todavía más, mojándose los zapatos para vadear el arroyo, hasta llegar al camino empedrado; pero allí no había ningún negro. Se acercó a la carretera, pero tampoco había nadie; cruzó el jardín, y el negro brillaba por su ausencia. Al llegar al otro extremo, y un poco asustado como era más que natural, corrió la aldaba de la puerta y entró en la rectoría; y allí estaba Janet M’Clour delante de sus ojos, con el cuello torcido y no demasiado contenta de verle. Y el párroco siempre recordó desde entonces que al mirarla tuvo de nuevo el mismo escalofrío devastador. —¿Has visto a un negro? —le preguntó. —¡Un negro! —replicó ella—. ¡Cielo santo! ¡Qué cosas dice usted, reverendo. No hay ningún negro en todo Balweary! Pero no lo dijo claramente, ya se dan ustedes cuenta, sino que lo masculló, como un caballo con el bocado puesto. —Bueno —dijo él—, si no era un negro, será entonces con el maligno con quien he hablado. Y se sentó como una persona aquejada de fiebre y a quien le castañetean sin interrupción los dientes. —Debería darle vergüenza decir una cosa así, reverendo —respondió ella, y le sirvió un vasito de un aguardiente que siempre tenía a mano. Después el párroco se fue al estudio donde guardaba sus libros, que era una habitación alargada, de techo bajo, lóbrega, terriblemente fría en invierno y que, como la rectoría que se alzaba muy cerca del agua, tampoco acababa de perder la humedad ni en los días más calurosos del verano. El reverendo Soulis se sentó muy abatido, y pensó en todo lo sucedido desde su llegada a Balweary, y en la casa de su familia, y en los días en que no era más que un niño y corría feliz por los valles y los oteros; y el recuerdo del negro le volvía siempre a la cabeza como el estribillo de una canción. Y cuanto más pensaba, más se acordaba del negro. Trató de rezar, pero no le salían las palabras; y dicen que intentó también escribir su libro, pero tampoco le fue posible. Hubo momentos en que pensó que el negro estaba allí, a su lado, y tuvo un sudor tan frío como el agua de un pozo; y hubo otras veces en que recobró la calma y dominó el miedo, fortalecido por la gracia del bautismo. El resultado fue que se acercó a la ventana y se quedó contemplando fijamente el curso del río. Los árboles son extraordinariamente frondosos, y el agua queda muy honda y negra debajo de la rectoría; y allí estaba Janet lavando la ropa con la falda remangada. Se hallaba de espaldas al párroco, y él, por su parte, apenas sabía qué era lo que estaba mirando. Luego Janet se dio la vuelta, y mostró el rostro; el reverendo Soulis tuvo por tercera vez aquel día el mismo escalofrío, y por primera vez aceptó lo que la gente decía, que Janet llevaba mucho tiempo muerta, y que aquello era un espectro que habitaba en su carne, fría como el barro. El párroco se apartó un poco de la ventana y la observó con detenimiento. Janet golpeaba una y otra vez la ropa mientras canturreaba; y, Dios nos tenga de su mano, su rostro daba miedo. A veces cantaba más alto, pero no hay hombre nacido de mujer que pudiera repetir las palabras de su canción; y en ocasiones miraba de soslayo hacia abajo, pero no había allí nada que mirar. El párroco tuvo un sentimiento de rechazo que le atravesó la carne, llegándole hasta los huesos. Era una advertencia del cielo, pero el reverendo Soulis se sintió culpable, dijo después, por pensar tan mal de una pobre mujer, vieja y enferma, que no tenía más amigo que él; así que rezó unas oraciones por los dos, bebió un poco de agua fresca —porque se le hizo insoportable la idea de comer— y subió a acostarse en su austero lecho mientras aún oscurecía. Fue aquélla una noche que nadie ha olvidado en Balweary: la noche del diecisiete de agosto de mil setecientos doce. Anteriormente había hecho calor, como ya he contado, pero aquella noche hizo más que nunca. El sol se ocultó entre nubes de aspecto muy extraño; y el cielo se volvió tan oscuro como un pozo; ni una estrella, ni un soplo de aire; no veías tu propia mano al ponértela delante de la cara, e incluso la gente de más edad se quitaba la ropa de la cama y aun así respiraban con dificultad. Con todas las cosas que le rondaban por la cabeza, era muy poco probable que el reverendo Soulis consiguiera dormir mucho. Dio vueltas y más vueltas; y la cama limpia y fresca parecía quemarle hasta los mismos huesos; a ratos dormía y a ratos se despertaba; unas veces oía dar las horas al reloj y otras oía a un perro que aullaba en el páramo como si se hubiera muerto alguien; hubo momentos en que creyó escuchar a espectros que le decían cosas al oído, y otros en que vio fuegos fatuos por la habitación. Decidió que tenía que estar enfermo; y así era, efectivamente, aunque él no se imaginara cuál era la enfermedad. Al final se le aclaró la mente, se sentó en camisa a un lado de la cama, y empezó a pensar una vez más en el negro y en Janet. No podría bien explicar cómo —tal vez fuera el frío en los pies—, pero se le ocurrió, con repentina intensidad, que había alguna conexión entre ambos, y que uno o los dos eran espectros. Y justo en aquel momento, de la habitación de Janet, que estaba al lado de la suya, le llegó un ruido muy fuerte como de hombres que se pelearan, y luego un golpe terrible; a continuación una ráfaga de viento sacudió las cuatro esquinas de la casa, y después, una vez más, todo quedó tan en silencio como una tumba. El reverendo Soulis no tenía miedo ni de los hombres ni del demonio. Encendió una vela con el yesquero, y en tres zancadas alcanzó la puerta de Janet. Como no estaba cerrada por dentro, el párroco la abrió de un empujón y entró sin vacilar. Era una habitación grande, tan grande como la del mismo reverendo Soulis, llena de muebles antiguos de gran tamaño y muy sólidos, ya que el párroco no tenía pertenencias de otro tipo. Había una cama con dosel y pesadas colgaduras antiguas; un armario de roble de muy buena calidad, lleno con los libros de teología del reverendo, que habían colocado allí para que no estorbase; y unas cuantas prendas personales de Janet tiradas por el suelo. Pero a Janet no se la veía por ninguna parte, ni había tampoco señales de lucha. Y el párroco miró por todos los lados (y hay muy pocos hombres que hubieran sido capaces de hacer lo mismo) y escuchó con atención. Pero no se oía nada, ni dentro de la rectoría ni en todo Balweary; y tampoco se veía nada, si se exceptúan las muchas sombras que giraban en torno a la luz de la vela. Y luego, de repente, el corazón le latió con violencia y después se le paró; y sintió que un viento frío le agitaba el cabello. ¡Y qué espectáculo tan triste vieron los ojos de aquel pobre hombre! Porque allí estaba Janet, colgada de un clavo junto al viejo armario de madera de roble: la cabeza inclinada como siempre sobre el hombro, los ojos cerrados, la lengua fuera de la boca y los pies a medio metro del suelo. «¡Que Dios tenga misericordia de todos nosotros!» pensó el reverendo Soulis, «la pobre Janet está muerta». Luego, al avanzar un paso hacia el cadáver, el corazón le dio un vuelco dentro del pecho, porque advirtió que gracias a alguna hechicería que está por encima de la comprensión humana, Janet colgaba de un solo clavo y de un único hilo de estambre para zurcir medias. Es una cosa terrible estar solo de noche entre semejantes prodigios de los poderes de la oscuridad; pero el reverendo Soulis era un hombre que confiaba en el Señor. Se dio la vuelta, salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí; paso a paso descendió al piso inferior con las piernas pesándole como plomo y dejó la vela en la mesa que había al pie de la escalera. No era capaz de rezar ni de pensar, estaba empapado en sudor frío, y no oía otra cosa que el desenfrenado latir de su propio corazón. Quizá estuviera allí de pie una hora, o tal vez dos, apenas lo recordaba después; hasta que, de repente, oyó un extraño rumor muy suave en el piso alto; unos pasos que iban y venían por la habitación donde estaba el cadáver; luego se abrió la puerta, aunque él recordaba muy bien haberla cerrado con llave; y a continuación escuchó unos pasos en el descansillo; y el párroco tuvo la impresión de que el cadáver estaba mirando por encima de la barandilla hacia donde él permanecía inmóvil. Cogió de nuevo la vela (porque no podía quedarse sin luz), y, lo más silenciosamente que pudo, salió de la rectoría y se fue al extremo del camino empedrado que quedaba más lejos de la casa. La noche seguía tan oscura como el fondo de un pozo; la llama de la vela, cuando la dejó en el suelo, daba la misma luz y ardía tan recta como en una habitación; nada se movía, con la excepción del río, corriendo valle abajo, y, del otro lado, los pasos terribles que descendían pesadamente la escalera de la rectoría. El párroco sabía muy bien de quién se trataba, porque eran los pasos de Janet; y a cada paso que la acercaba un poquito más, el frío le atenazaba más profundamente las entrañas. El reverendo Soulis encomendó el alma a Aquel que le había creado y le seguía dando la vida. «Dame esta noche la fuerza, oh Señor», le pidió, «para luchar contra los poderes del mal». En aquel momento los pasos avanzaban ya por el corredor hacia la puerta; el párroco oía una mano que se deslizaba por la pared, como si aquel ser infernal buscase el camino a tientas. Los sauces se agitaron y gimieron, un largo suspiro llegó por encima de las colinas y la llama de la vela se movió en todas direcciones; y allí estaba el cadáver de Janet la Contrahecha, con su vestido de gorgorán y su cofia negra, la cabeza siempre apoyada sobre el hombro y el rostro todavía contraído en una mueca (viva, habría dicho usted, pero en realidad muerta, como el reverendo Soulis sabía muy bien), de pie en el umbral de la rectoría. Es una cosa extraña que el alma de un hombre esté tan ligada a su cuerpo perecedero; pero el párroco vio lo que vio, y el corazón no se le rompió dentro del pecho. Janet no estuvo inmóvil mucho tiempo; empezó en seguida a avanzar de nuevo y se acercó lentamente hacia el sitio donde el reverendo Soulis se había refugiado bajo los sauces. La vida de su cuerpo y la fortaleza de su espíritu brillaban en los ojos del párroco. Pareció que Janet se disponía a hablar, pero le faltaron las palabras, e hizo un signo con la mano izquierda. Hubo un golpe de viento, como el bufido de un gato; la vela se apagó, los sauces se agitaron como personas y el reverendo Soulis comprendió que aquello era el final, a vida o muerte. —¡Bruja, tarasca, demonio! —exclamó—, te ordeno, por el poder de Dios, que si estás muerta vuelvas a la tumba, y si estás condenada regreses al infierno. Y en aquel momento la misma mano del Señor golpeó desde el cielo a aquel horror en el lugar en que se hallaba; el cadáver profanado de la vieja bruja, durante tanto tiempo fuera de la tumba, torpemente manejado por los demonios, se prendió fuego como un trozo de azufre y cayó al suelo convertido en cenizas; estallaron los truenos, sucediéndose sin interrupción, y en seguida empezó a caer la lluvia con gran estrépito; y el reverendo Soulis atravesó de un salto el seto del jardín y corrió, sin dejar de gritar un momento, hasta refugiarse en la aldea. Aquella misma mañana, John Christie vio al Hombre Negro pasar Muckle Cairn cuando daban las seis; se sabe que antes de las ocho dejó atrás la taberna de Knockdown; y no mucho después Sandy M’Lellan le vio avanzando muy de prisa por los valles que quedaban más abajo de Kilmackerlie. Nadie duda de que fuera él quien habitó durante tanto tiempo en el cuerpo de Janet; pero finalmente se había marchado; y desde entonces no ha vuelto a molestarnos aquí en Balweary. Pero resultó una prueba muy difícil para el párroco; fue mucho el tiempo que pasó delirando en la cama; y desde aquel momento hasta ahora ha sido el hombre que usted ha conocido hoy. FIN Autor: Robert Louis Stevenson Título: Janet la contrahecha Título Original: Thrawn Janet Publicado en: The Cornhill Magazine, octubre de 1881 Traducción: José Luis López-Muñoz
- "La familia del vurdalak", cuento de Alekséi Tolstói
El año 1815, se reunió en Viena la flor y nata de Europa: los espíritus más eruditos, los personajes más brillantes de la sociedad y los más capacitados diplomáticos. El Congreso acababa de terminar sus tareas. Los emigrados realistas se disponían a tomar de nuevo posesión de sus castillos; los guerreros rusos a volver a sus hogares abandonados y los descontentos polacos a llevar a Cracovia su amor a la libertad, para guardarla bajo la triple y dudosa independencia que les habían arreglado entre el príncipe de Metternich, el príncipe de Hardenberg y el conde de Nesselrode. Semejante al final de un baile animado, la reunión, aunque brillante, se reducía a un pequeño grupo de personas, escogidas a capricho, que, fascinadas por el encanto de las damas austríacas, diferían su partida. Aquella alegre sociedad, de la que yo tomaba parte, se reunía dos veces por semana en el castillo de la princesa viuda de Schwarzenberg, a poca distancia de la ciudad, cerca de un lugar llamado Hitzing. Los exquisitos modales de la castellana, realzados por su graciosa amabilidad y la finura de su espíritu, hacían que la estancia en su residencia fuera en extremo agradable. Las mañanas estaban consagradas a pasear; comíamos todos juntos, ya en el castillo, ya en los alrededores y por la tarde, sentados en torno a un hermoso fuego en la chimenea, nos entreteníamos contando historias. Estaba formalmente prohibido hablar de política, ya que todos nos sentíamos cansados de ella. Contábamos leyendas de nuestros países respectivos, o hablábamos de nuestros propios recuerdos. Una noche, cuando cada uno había contado su historia y nuestros espíritus se hallaban bajo una extraña tensión, aumentada por la oscuridad y el silencio, el marqués de Urfé, viejo amigo muy querido por todos por su alegría juvenil y la manera picante que tenía de hablar de sus antiguos éxitos, aprovechó una pausa y tomó la palabra: —Sus historias, señores —nos dijo— son asombrosas sin duda alguna, pero en mi opinión les falta algo esencial: me refiero a la autenticidad, puesto que no creo que ninguno de ustedes haya visto las cosas extraordinarias que acaban de contar, ni que pueda respaldarlas con su palabra de caballero. No tuvimos más remedio que asentir y el anciano continuó, acariciándose el estómago: —En cuanto a mí, sólo conozco una aventura de este género, pero es a la vez tan extraña, tan horrible y tan verídica que bastará para estremecer de espanto la imaginación de los más incrédulos. Yo he sido, desgraciadamente, testigo y actor al mismo tiempo y, aunque generalmente procuro no acordarme de lo acaecido, ahora lo contaré con mucho gusto, si las señoras me lo permiten. El asentimiento fue unánime. Algunas miradas miedosas se posaron en las manchas luminosas que el fuego dibujaba en el parqué; el círculo se estrechó y todo el mundo se calló para escuchar la historia del marqués. Urfé tomó un poco de rapé, lo sorbió lentamente y empezó, en estos términos: —Antes que nada, señoras mías, les pido perdón si en el curso de mi relato tengo que hablar de mis asuntos sentimentales más de lo que convendría a un hombre de mi edad; pero tengo que referirme a ellos para que se comprenda mi narración. Además, la falta de memoria es privilegio de la edad y será culpa suya, señoras, si viéndolas tan encantadoras, me siento tentado a olvidar que ya no soy joven. Les diré, pues, sin más preámbulos, que en el año 1756 yo estaba perdidamente enamorado de la duquesa de Gramont. Aquella pasión, que yo entonces creía profunda y eterna, no me daba punto de reposo ni de día ni de noche y la duquesa, como toda mujer bonita, se complacía, por coquetería, en avivar mi tormento. Tanto es así, que en un momento de despecho solicité y obtuve una misión diplomática cerca del Hospodar de Moldavia, que se hallaba en tratos con Versalles, acerca de asuntos que sería tan inútil como engorroso explicar. La víspera de mi marcha me presenté en casa de la duquesa. Me recibió con un aire menos burlón que de costumbre y me dijo, con una voz en la que se reflejaba cierto deje de emoción: »Urfé, comete usted una locura. Pero como le conozco y sé que no volverá jamás sobre una decisión tomada, no le pido más que una cosa: Acepte esta crucecita como una prueba de mi amistad y llévela puesta hasta su vuelta. Es una reliquia de familia a la que atribuimos un gran valor. »Con una galantería un poco fuera de lugar en aquel momento, besé no la reliquia, sino la mano que me la tendía y me colgué del cuello la cruz que aquí ven ustedes y que no me he quitado desde entonces. »No las cansaré, señoras, con los detalles de mi viaje, ni con las observaciones que hice acerca de los húngaros y los serbios, ese pueblo pobre e ignorante, pero honrado y valiente que a pesar del vasallaje a que le sometían los turcos no había olvidado ni su dignidad ni su antigua independencia. Bastará con que les diga que, como había aprendido un poco de polaco cuando pasé una temporada en Varsovia, pronto comprendí el serbio, puesto que ambos idiomas, así como el ruso y el bohemio, no son, como saben ustedes bien, más que ramas de una misma lengua: la eslava. »O sea que sabía lo suficiente, para hacerme comprender, cuando llegué a una ciudad cuyo nombre no hace al caso. Los habitantes de la casa en la cual iba a hospedarme estaban tan consternados que me asombró, tanto más cuanto que era domingo, día en que el pueblo serbio se entrega a fiestas como bailes, tiro con arcabuz, luchas, etcétera. Atribuí la actitud de mis huéspedes a una desgracia reciente e iba a retirarme cuando se acercó a mí un hombre de gran estatura, de unos treinta años, que me cogió de la mano. »—Pase, pase, forastero —me dijo— y no se deje impresionar por nuestra tristeza; la comprenderá muy bien cuando sepa la causa. »Entonces me contó que su padre, que se llamaba Gorcha, hombre de un carácter inquieto e irritable, se levantó un día de la cama y descolgó de la pared su arcabuz turco. »—Hijos —les dijo a los dos que tenía, uno llamado Jorge y el otro Pedro—. Me voy a las montañas a unirme a los valientes que están dando caza a ese perro de Alibek. (Este era un bandido turco que llevaba mucho tiempo devastando el país). Esperadme durante diez días y si al décimo no he vuelto hacedme decir una misa de difuntos, puesto que habré muerto. Pero —añadió Gorcha— si (Dios os libre de ello) vuelvo después de los diez días cumplidos, no me dejéis entrar, por vuestra salud. Os ordeno que, en ese caso, olvidéis que soy vuestro padre y me atraveséis el corazón con una estaca de álamo, aunque diga y haga lo que quiera que sea, porque entonces yo seré un maldito vourdalak que vendrá a chuparos la sangre. »Tengo que aclarar que los vourdalaks o vampiros de los pueblos eslavos, no son, en opinión de las gentes, más que cuerpos muertos que salen de sus tumbas para chupar la sangre de los vivos. Hasta aquí sus costumbres son las mismas que las de los demás vampiros, pero tienen una particularidad que los hace especialmente horribles y es que los vourdalaks, señoras mías, prefieren chupar la sangre de sus padres, parientes y amigos más allegados e íntimos, que, una vez muertos, se convierten en vampiros a su vez, de suerte que se dice que en Bosnia y Hungría hay pueblos enteros convertidos en vourdalaks. »Con estos datos les será fácil comprender el efecto que las palabras de Gorcha produjeron en sus hijos. Los dos se echaron a sus pies y le suplicaron que les dejase ir en su lugar, pero por toda respuesta él les volvió la espalda y se alejó tarareando el estribillo de una vieja balada. Yo llegué al pueblo precisamente el día en que finalizaba el plazo fijado por Gorcha y pude comprender fácilmente la inquietud de los hijos. »Era una familia buena y honesta. Jorge, el mayor, tenía los rasgos muy varoniles y marcados y parecía un hombre serio y resuelto; estaba casado y tenía dos hijos. Pedro era un guapo muchacho de dieciocho años; sus rasgos eran suaves y parecía el favorito de su hermana, llamada Sdenka, que podía pasar por el prototipo de la belleza eslava. Además de su gran belleza, tenía un vago parecido con la duquesa de Gramont, cosa que me atrajo desde el principio; tenía, sobre todo, en la frente, un rasgo característico que nunca he encontrado más que en ellas dos. Era algo que podía no gustar la primera vez que se veía, pero que atraía irresistiblemente en veces sucesivas. »Sea que yo era muy joven, sea que el parecido, unido a un carácter original e ingenuo, fuera realmente irresistible, apenas hacía dos minutos que conocía a Sdenka cuando ya sentía hacia ella una simpatía tan viva que muy bien podía trocarse en un sentimiento más profundo si permanecía mucho tiempo en el pueblo. »Estábamos todos reunidos delante de la casa ante una mesa provista de queso y jarras de leche. Sdenka hilaba, su cuñada preparaba la cena de los niños, que jugaban en la arena. Pedro, con una tranquilidad fingida, silbaba mientras limpiaba un yatagán o largo cuchillo turco. Jorge, de codos sobre la mesa, la cabeza entre las manos y el pensamiento ausente, devoraba el camino con los ojos, sin decir una palabra. »En cuanto a mí, vencido por la tristeza general, contemplaba melancólicamente las nubes que encuadraban el fondo dorado del cielo y la silueta de un convento medio oculto entre un bosque de pinos. »Aquel convento, lo supe más tarde, gozó de una gran celebridad en otros tiempos gracias a una imagen milagrosa de la Virgen que, según la leyenda, había sido transportada por los ángeles y depositada sobre un roble. Pero, a principios del siglo pasado, los turcos invadieron el país, saquearon el convento y degollaron a los monjes. Ahora no quedaba más que los muros y una capilla atendida por una especie de ermitaño que hacía los honores de las ruinas a los curiosos y daba posada a los peregrinos que iban, andando, de un santuario a otro y paraban unos días en el convento de la Virgen del Roble. Como ya les he dicho, fui enterándome de todo esto más adelante, porque aquella noche tenía otras cosas en qué pensar y no en la arqueología serbia. Como pasa muy a menudo cuando se deja libre la imaginación, empecé a pensar en las cosas pasadas, en mi infancia, en mi querida Francia que había abandonado por un país lejano y salvaje. »Pensé en la duquesa de Gramont y, a qué negarlo, en otras contemporáneas de sus abuelas de ustedes, cuyas imágenes se deslizaban en mi corazón detrás de la de la encantadora duquesa. »Tardé muy poco en olvidar a mis huéspedes y sus inquietudes. »De pronto, Jorge rompió el silencio: »—Mujer, ¿a qué hora se fue el viejo ? »—A las ocho —dijo la mujer—. Oí sonar la campana del convento. »—Muy bien, ahora no pueden ser más de las siete y media. —Y se calló de nuevo, fijando los ojos, como antes, en el camino, que se adentraba en el bosque. »Se me había olvidado decirles que cuando los serbios sospechan que alguien pueda ser un vampiro evitan llamarlo por su nombre y referirse a él directamente, porque sería como llamar a su tumba. Por eso Jorge desde hacía algún tiempo llamaba el viejo a su padre. »Transcurrieron unos instantes de silencio. De pronto uno de los niños le dijo a Sdenka, tirándole del delantal: »—¿Cuándo volverá el abuelo a casa, tía? »Jorge le dio una bofetada, en respuesta a esa pregunta intempestiva. »El niño se puso a llorar, su hermano dijo, en un tono de voz a la vez asombrado y miedoso: »—¿Por qué nos prohíbe papá hablar del abuelo? »Otra bofetada le cerró la boca; los dos niños lloraron a más y mejor y la familia se santiguó. »El reloj del convento dio, lentamente, las ocho. Apenas sonó la primera campanada vimos una forma humana salir del bosque y acercarse a nosotros. »—¡Es él! ¡Que Dios sea loado! —gritaron a la vez Pedro, Sdenka y su cuñada. »—Dios nos tenga bajo su amparo —dijo Jorge solemnemente—. ¿Cómo saber si los diez días han pasado ya o no? »Todos le miraron consternados. La figura humana seguía avanzando. Era un viejo con grandes mostachos de plata, la cara pálida y severa, que andaba pesadamente, apoyándose en un bastón. A medida que iba avanzando, Jorge se tornaba más y más sombrío. Cuando el recién llegado estuvo cerca de nosotros se paró y paseó la mirada por la familia. Sus ojos parecían no ver, tan empañados y hundidos en las cuencas estaban. »—Bueno —dijo con voz hueca—. ¿No se levanta nadie para recibirme? ¿Qué significa este silencio? ¿No veis que vengo herido? »Entonces me di cuenta de que el costado izquierdo del viejo estaba ensangrentado. »—Ayude a su padre —dije a Jorge—. Y usted, Sdenka, debería prepararle algún cordial porque está a punto de desfallecer. »—Padre —dijo Jorge, aproximándose a Gorcha—. Muéstreme la herida para que pueda lavarla un poco y curarla… »Hizo ademán de abrirle el vestido, pero el viejo le empujó bruscamente y se tapó el costado con las manos. »—¡Quita, torpe —gruñó—; me has hecho daño! »—Pero está usted herido en el corazón —gritó Jorge, palideciendo—. Vamos, vamos; quítese el vestido, es necesario. »El viejo se levantó de un salto. »—¡Ocúpate de ti mismo! —dijo amenazadoramente—. ¡Maldito seas si me tocas! »Pedro intervino. »—¡Déjale! —dijo—. Ya ves que está sufriendo. »—No le contraríes —añadió su mujer—. Ya sabes que jamás lo ha tolerado. »En aquel momento vimos un rebaño que volvía de los pastos y venía hacia la casa, envuelto en una nube de polvo. Sea que el perro que lo acompañaba no hubiera reconocido a su amo, o por otro motivo cualquiera, en cuanto vio a Gorcha se paró en seco, con los pelos erizados y se puso a aullar, como si estuviera viendo algo sobrenatural. »—¿Qué le pasa a ese perro? —dijo el viejo, cada vez más enfadado—. ¿Qué quiere decir todo esto? ¿Soy, por ventura, un extraño en mi propia casa? ¿Tanto he cambiado en diez días pasados en las montañas que mis perros ya no me reconocen? »—¿Lo has oído? —dijo Jorge a su mujer. »—¿Qué? »—Dice que los diez días ya han pasado. »—No, puesto que llegó al término fijado. »—Bueno, está bien; yo sabré lo que hay que hacer. »Como el perro seguía aullando, Gorcha gritó: »—¡Quiero que lo matéis!, ¿lo estáis oyendo? «Jorge no dijo nada. Pedro se levantó, con los ojos llenos de lágrimas y cogiendo el arcabuz de su padre disparó contra el perro que rodó en el polvo. »—Era mi perro favorito —murmuró Pedro en voz baja—. No comprendo que mi padre haya querido que lo matara. »—Porque lo ha merecido —replicó Gorcha—. Vamos, empieza a hacer frío; quiero entrar en la casa. «Mientras ocurría todo esto fuera, Sdenka había preparado para el viejo una taza de tisana compuesta de aguardiente con peras, miel y pasas, pero su padre lo rechazó con disgusto. La misma aversión demostró por el plato de cordero con arroz que le presentó Jorge y se fue a sentar en un rincón del hogar, murmurando entre dientes cosas ininteligibles. »En el hogar ardía un fuego de pino que con su tembloroso resplandor iluminaba la cara del viejo, tan pálida y demacrada que sin aquella luz hubiera parecido la de un muerto. Sdenka fue a sentarse a su lado. »—Padre —dijo—. No quiere usted tomar nada ni descansar. ¿Querría acaso contarnos sus aventuras en las montañas? »La joven sabía que así tocaba una cuerda sensible de su padre, pues al viejo le agradaba hablar de guerras y luchas. Una extraña sonrisa apareció en sus labios, sin que los ojos perdiesen su adustez y acarició la encantadora cabellera rubia. »—Sí, hija mía; sí, Sdenka, quiero contarte todo lo que me ha ocurrido en las montañas, pero será otro día, porque hoy estoy muy fatigado. Te diré, no obstante, que Alibek ya no existe, le he matado yo, con mis propias manos. ¡Y si alguno lo duda, he aquí la prueba! »Deshizo una especie de hatillo que llevaba a la espalda y sacó una cabeza lívida y sangrante, a la cual, sin embargo, ganaba en palidez la suya propia. Todos nos volvimos horrorizados, mas el viejo se la dio a Pedro. »—¡Toma —le dijo—, cuélgala sobre la puerta, para que todos los que pasen sepan que Alibek está muerto y que los caminos quedan limpios de bandidos, si exceptuamos a los jenízaros del Sultán! »Pedro obedeció de mala gana. »—Ahora comprendo —decía— por qué aullaba tanto el perro que he matado; olfateaba la carne muerta. »—Sí, venteaba carne muerta —respondió Jorge, que había salido sin que nos apercibiéramos y volvía a entrar en aquel momento, trayendo algo que depositó en un rincón y que a mí me pareció una estaca. »—Jorge —le dijo su mujer a media voz— supongo que no irás a… »—¿Qué vas a hacer, hermano? —añadió Sdenka—. Pero no, no; tú no harás nada, ¿verdad? »—¡Dejadme! —respondió Jorge—, yo sé lo que tengo que hacer y no haré nada que no sea necesario. »Mientras tanto, la noche había llegado y la familia se fue a acostar a una parte de la casa separada de mi dormitorio por un tabique muy delgado. Todo lo ocurrido había impresionado mi imaginación, La luz estaba apagada, la luna daba de lleno en mi ventana, cerca de la cama, iluminando con su pálido resplandor la habitación, como ocurre ahora, señoras mías, en esta sala donde nos hallamos… Yo quería dormir y no podía. Atribuí mi insomnio a la luz de la luna; busqué algo que pudiera servirme de cortina y no lo encontré. Entonces oí murmullo de voces al otro lado del tabique y me puse a escuchar. »—Acuéstate, mujer —decía Jorge—. Y tú, Pedro y tú, Sdenka. No os preocupéis por nada, yo velaré por vosotros. »—Pero Jorge —replicó su mujer—, sería mejor que velase yo, tú estuviste trabajando toda la noche pasada y estás fatigado; además yo debo velar a nuestro hijo mayor que no se encuentra bien. »—Acuéstate y permanece tranquila, yo velaré por los dos. »—Pero hermano —dijo Sdenka con su voz más dulce—. No será necesario velar; nuestro padre se ha dormido ya y parece calmado y pacífico. »—No entendéis nada ninguna de las dos —dijo Jorge de una forma que no admitía réplica—. Os he dicho que os acostéis y me dejéis velar. »Se hizo un profundo silencio. Muy poco después sentí una gran pesadez en los párpados y me quedé adormecido. »Creí ver que mi puerta se abría y el viejo Gorcha aparecía en el umbral. Más que verlo lo adiviné, porque la habitación de donde venía estaba muy oscura. Me pareció que sus ojos trataban de adivinar mis pensamientos y seguían los movimientos de mi respiración. Avanzó lentamente hacia mí, adelantando ahora un pie, luego otro, con paso de lobo. Luego dio un salto y se puso al lado de mi cama. Yo sentía una angustia indescriptible, pero una fuerza invisible me obligaba a permanecer inmóvil. El viejo se inclinó hacia mí y acercó tanto su cara que creí sentir su aliento cadavérico. Entonces hice un esfuerzo sobrenatural y me desperté, bañado en sudor. No había nadie en la habitación, pero mirando hacia la ventana pude distinguir perfectamente al viejo Gorcha que, desde el exterior, me contemplaba a través de los cristales, dirigiéndome una mirada espantable. Tuve la fuerza de voluntad de no gritar y la presencia de ánimo de permanecer quieto en la cama, como si nada hubiera visto. El viejo parecía haber venido sólo para asegurarse de que yo estaba dormido, puesto que no hizo tentativa alguna de entrar; después de contemplarme un buen rato se alejó de la ventana y le oí dirigirse a la habitación vecina. Jorge se había dormido y sus ronquidos hacían temblar las paredes. El niño tosió en aquel momento y oí la voz de Gorcha. »—¿No duermes, pequeño? —decía. »—No, abuelo; y me gustaría charlar contigo. »—¡Ah, te gustaría charlar conmigo! ¿Y de qué vamos a hablar? »—Me gustaría que me contases tus aventuras con los turcos. ¡Yo también quisiera luchar contra ellos! »—Ya lo suponía, hijo; y te he traído un pequeño yatagán que te daré mañana. »—¡Oh, abuelo; dámelo ahora, ya que no tienes sueño! »—¿Por qué no me hablabas esta tarde, antes de que anocheciera? »—Porque papá lo había prohibido. »—Tu padre es muy prudente. ¿De veras te gustaría tener el yatagán? »—Me encantaría; sólo que aquí no, porque papá podría despertarse. »—Entonces, ¿dónde? »—Si salimos fuera te prometo ir con cuidado y no hacer ruido. »Creí oír el gruñido de satisfacción de Gorcha y comprendí que el niño se estaba levantando. Yo no creía en vampiros, pero la pesadilla que había tenido me dejó impresionado y, no queriendo tener nada que reprocharme, salté de la cama y di un golpe en el tabique, que hubiera bastado para despertar a un leño, pero nadie de la familia pareció oírlo. Fui hacia la puerta, decidido a salvar al niño, pero la habían cerrado desde fuera y los cerrojos resistieron mis mayores esfuerzos. Mientras trataba de abrir vi al viejo pasar por delante de la ventana, con el niño en brazos. »—¡Despiértense, levántense! —grité con todas mis fuerzas, sacudiendo el tabique a fuerza de golpes. Sólo me oyó Jorge. »—¿Dónde está el viejo? —preguntó. »—Salga de la casa, rápido —grité—. Acaba de llevarse a su hijo. Jorge hizo saltar la puerta que, al igual que la mía, estaba cerrada por fuera y echó a correr en dirección al bosque. Yo fui a despertar a Pedro, su cuñada y Sdenka. Nos reunimos todos en la puerta de la casa y, unos minutos después, vimos llegar a Jorge con su hijo. Lo había encontrado desvanecido en medio del camino, pero pronto volvió en sí y no parecía encontrarse mal en absoluto. A las preguntas que le hicieron contestó que su abuelo y él habían salido para charlar más a sus anchas y que de pronto él perdió el conocimiento. El abuelo había desaparecido. »El resto de la noche la pasamos desvelados, como se puede comprender. »Al día siguiente supe que el Danubio, que cortaba el camino, a un cuarto de legua del pueblo, empezaba a acarrear témpanos, cosa que pasaba todos los años, a finales del otoño y principios de la primavera. El paso quedaría interceptado durante algunos días y no podía pensar en marcharme. Además, aunque hubiese podido, la curiosidad, unida a una atracción más poderosa, me hubiera retenido. Cuanto más veía a Sdenka mejor comprendía que acabaría por amarla. Yo no creo en esas pasiones súbitas e irresistibles que nos pintan las novelas, pero opino que hay ocasiones en que el amor se desenvuelve más deprisa que de costumbre. La original belleza de Sdenka, su singular parecido con la duquesa de Gramont, por la que yo había huido dé París para encontrarla allí, vestida con un traje pintoresco y hablando una lengua extraña y armoniosa; el rasgo característico de la frente por el que, en Francia, me hubiera dejado matar veinte veces; todo ello, unido a lo singular de la situación y a los misterios que me rodeaban, hicieron madurar un sentimiento que, de otra forma, se hubiera manifestado muy vagamente. »En el curso del día siguiente sorprendí una conversación entre Sdenka y su hermano menor: »—¿Qué piensas tú de todo esto? —decía ella—. ¿Tú también sospechas de nuestro padre? »—No me atrevo a sospechar. Y menos desde que el niño dijo que no le había hecho daño. En cuanto a su desaparición, ya sabes que nunca nos dice dónde va. »—Sí, ya lo sé. Pero ahora hay que salvarlo, ya conoces a Jorge… »—Sí, le conozco; sería inútil hablarle, pero voy a esconder la estaca y no podrá encontrar otra, porque no hay un solo álamo en esta parte de las montañas. »—Muy bien, escondámosla. Y no digamos nada delante de los niños para que no vayan a contárselo a Jorge. »—Tendremos mucho cuidado —dijo Pedro; y se separaron. »Llegó la noche sin que se supiera nada del viejo Gorcha. Yo estaba, como la noche anterior, tendido en mi cama, recibiendo de lleno los rayos de la luna; cuando el sueño empezaba a entorpecer mis sentidos, noté como por instinto, la proximidad del anciano. Abrí los ojos y vi su cara, lívida, contra mi ventana. »Esta vez quise levantarme pero me fue imposible, era como si todos mis miembros estuvieran paralizados. Después de contemplarme un rato, el viejo sé alejó. Le oí dar la vuelta a la casa y llamar suavemente en la ventana de la habitación donde dormían Jorge y su mujer. El niño dio una vuelta en la cama y gimió dormido. Pasaron unos minutos de silencio y después volvieron a sonar los golpes en la ventana. El niño gimió de nuevo y se despertó… »—¿Eres tú, abuelo? —dijo. »—Soy yo —respondió sordamente—. Te he traído el yatagán. »—Pero no me atrevo a salir; papá me lo ha prohibido. »—No tienes necesidad de salir. Abre la ventana y ven a abrazarme. »El niño se levantó y le oí abrir la ventana. Haciendo acopio de todas mis energías salté de la cama y corrí a golpear el tabique. Jorge se levantó en un segundo. Le oí jurar y su mujer lanzó un grito. Muy pronto nos hallamos todos junto al niño inanimado. Gorcha, igual que la víspera, había desaparecido. A fuerza de cuidados conseguimos que el niño volviera en sí, pero estaba muy débil y le costaba un gran esfuerzo respirar. El pobre ignoraba la causa de su desvanecimiento. Su madre y Sdenka lo atribuyeron al susto de haberse visto sorprendido charlando con el abuelo. Yo preferí no decir nada. Poco a poco el niño se fue calmando y todo el mundo, menos Jorge, volvió a acostarse. »Hacia el alba, le oí despertar a su mujer y hablarle en voz baja; Sdenka se unió a ellos y la oí llorar, igual que su cuñada. »El niño estaba muerto. »Prefiero no hablar de la desesperación de la familia. Sin embargo, nadie le echaba la culpa al viejo Gorcha o por lo menos, no lo mencionaban abiertamente. »Jorge permanecía mudo pero su semblante, siempre sombrío, tenía algo terrible ahora. El viejo estuvo dos días sin aparecer. La noche del tercero (el día en que tuvo lugar el entierro del niño) creí oír pasos alrededor de la casa y la voz de un viejo llamando al hermanito del difunto. También me pareció, durante un momento, ver la cara de Gorcha en mi ventana, pero no pude asegurarme de si era realidad o producto de mi imaginación, porque aquella noche la luna estaba velada. Como quiera que sea, consideré un deber decírselo a Jorge. Este preguntó al niño, quien dijo que sí, que había oído la voz de su abuelo llamándole y visto su cara al otro lado de la ventana. Jorge le conminó severamente a que lo despertara si su abuelo volvía de nuevo. »Todas estas cosas no impedían que mi afecto hacia Sdenka creciera cada vez más. Durante el día no había podido hablarle sin testigos. Al llegar la noche, la idea de mi próxima partida me estremeció el corazón. »La habitación de Sdenka estaba separada de la mía por un estrecho pasillo que daba a la calle por un lado y al patio por el otro. »Ya estaban mis huéspedes acostados cuando sentí deseos de salir a dar un paseo por el campo para tranquilizarme. Al cruzar el pasillo vi que la puerta de Sdenka estaba entreabierta. »Me paré involuntariamente, el roce de la tela de sus vestidos hizo que mi corazón latiera con más fuerza. Luego la oí cantar a media voz. Cantaba un romance de despedida, que un viejo rey serbio canta a su amada: —¡Oh, mi bella flor —decía el rey— me voy a la guerra y tú me olvidarás! Los árboles que crecen al pie de las montañas son esbeltos y flexibles, pero no tanto como tu talle. Los frutos del cerezo, que el viento mece, son rojos; pero tus labios son más rojos que sus frutos. Y yo soy como un viejo roble, desnudo de sus hojas y mi barba es más blanca que la espuma del Danubio. Tú me olvidarás, alma mía, y yo moriré de nostalgia, porque el enemigo no osará matar al viejo rey. —La bella respondió: Juro permanecer fiel y no olvidarte y, si falto a mi juramento, ven después de tu muerte a chupar toda la sangre de mi corazón. —El rey dijo: ¡Que así sea!, y partió para la guerra. Y la bella le olvidó muy pronto… »Aquí se calló Sdenka, como si temiera acabar la balada. Yo no pude contenerme. Aquella voz, tan dulce, tan expresiva, era la de la duquesa de Gramont… entré en la habitación sin pararme a reflexionar. »Sdenka acababa de quitarse una especie de casaquín que usan las mujeres de su país. Vestía una blusa bordada en oro y seda roja ajustada al talle por una falda a cuadros. Se había deshecho las largas trenzas rubias y aquel descuido en su atavío realzaba sus encantos. No se enfadó por mi brusca entrada; sólo pareció confusa y enrojeció ligeramente. »—¡Oh! —exclamó—. ¿Por qué ha venido? ¿Qué pensarán de mí si le sorprenden aquí? »—Sdenka, alma mía —contesté—, tranquilícese. Todo duerme en torno nuestro; sólo el grillo, en la hierba y el saltamontes, en los aires, pueden oír lo que tengo que decirle. »—¡Váyase, huya, amigo mío! Si mi hermano nos sorprende estoy perdida. »—Sdenka, sólo me iré cuando me haya prometido amarme para siempre, como la bella se lo promete al rey de la balada. Yo me iré muy pronto Sdenka, y ¿quién sabe cuándo volveremos a vernos? Sdenka, yo la amo más que a mi alma, más que a mi salud… mi vida y mi sangre son suyas… ¿No me concederá una hora a cambio? »—En una hora pueden pasar muchas cosas —dijo Sdenka, pensativamente, abandonando su mano en la mía—. No conoce usted a mi hermano —añadió, estremeciéndose—. Tengo el presentimiento de que vendrá. »—Cálmese Sdenka mía; su hermano está fatigado por sus vigilias, el viento que juega entre los árboles lo ha adormecido; su sueño es muy pesado y muy larga la noche ¡y yo sólo le pido una hora! ¡Y después adiós… para siempre, tal vez! »—¡Oh no, no! ¡Para siempre no! —dijo Sdenka vivamente; después retrocedió, asustada de su propia voz. »—Sdenka, no veo más que su rostro, ni oigo más que su voz; ya no soy dueño de mí mismo, una fuerza superior me arrastra. ¡Perdóneme, Sdenka! »Al decirlo la estreché entre mis brazos. »—¡Usted no es mi amigo! —dijo ella rechazándome y yéndose a refugiar en el fondo de la habitación. »No supe qué decir, porque yo mismo estaba asustado de mi atrevimiento, no porque lo considerase improcedente para estas ocasiones, sino porque, a pesar de mi pasión, no podía evitar sentir respeto por la inocencia de Sdenka. »Algunas de mis galanterías, que tanto gustaban a las bellas de mi época, no habían sido del todo sinceras, pero pronto me avergoncé de mí mismo y renuncié, viendo que el candor de la joven le impedía comprender lo que ustedes señoras mías, lo veo en sus sonrisas, han adivinado con medias palabras. »Permanecí allí, delante de ella, sin saber qué decirle, cuando de pronto observé que temblaba, mirando horrorizada hacia la ventana. Yo miré en la misma dirección y vi, distintamente, la cara inmóvil de Gorcha, observándonos desde el exterior. »Al mismo tiempo noté que una pesada mano se posaba en mi espalda y me volví; era Jorge. »—¿Qué hace usted aquí? —me preguntó. «Desconcertado, le mostré a su padre que nos miraba por la ventana y que desapareció en cuanto Jorge miró. »—Había oído al viejo y vine a prevenir a su hermana —dije. »Jorge me miró como si quisiera leer en el fondo de mi alma. Luego me cogió del brazo, me llevó a mi habitación y se fue sin decir una palabra. »Al día siguiente nos hallábamos todos reunidos en torno a la mesa, delante de la puerta de la casa. »—¿Dónde está el niño? —preguntó Jorge. »—En el patio —respondió su madre— jugando a su juego favorito: combatir contra los turcos. »Apenas había pronunciado estas palabras cuando, para gran sorpresa nuestra, vimos al viejo Gorcha salir del bosque, acercarse a nosotros y sentarse a la mesa, como hiciera el día de mi llegada. »—Sea bien venido, padre —dijo su nuera, con voz apenas audible. »—Bienvenido, padre —repitieron Pedro y Sdenka en voz baja. »Jorge se había quedado pálido al ver al viejo, no obstante, dijo firmemente: »—Estamos esperando que rece la plegaria, padre. »El viejo se volvió, frunciendo las cejas. »—¡La plegaria ahora mismo! —insistió el hijo—. Y haga la señal de la cruz, o, por San Jorge… »Sdenka y su cuñada se acercaron al viejo y le suplicaron que rezara la plegaria. »—¡No, no, no! —gritaba el anciano—. ¡No tiene derecho a pedírmelo y si insiste lo maldeciré! »Jorge se levantó y entró en la casa corriendo. Volvió a los pocos segundos, furioso. »—¿Dónde está la estaca? —gritó—. ¿Dónde habéis escondido la estaca? »Sdenka y Pedro se miraron. »—¡Cadáver! —dijo entonces Jorge, dirigiéndose al viejo—. ¿Qué has hecho de mi primogénito? ¿Por qué has matado a mi hijo? ¡Devuélveme a mi hijo, cadáver! »Iba palideciendo más a medida que hablaba, pero sus ojos se animaban por instantes. »El viejo le dirigió una mirada maligna, pero no dijo nada. »—¡La estaca de álamo! —se lamentaba Jorge—. ¡Que el que la haya escondido responda de las desgracias que nos aguardan! »En aquel momento oímos las alegres carcajadas del niño pequeño y le vimos venir montado a horcajadas en una enorme estaca que hacía caracolear bajo las piernas, lanzando, con su vocecilla menuda, el grito de guerra de los serbios, cuando atacan al enemigo. »Al verlo, los ojos de Jorge centellearon; quitó la estaca al niño y se precipitó sobre su padre. Este gritó y echó a correr en dirección al bosque, a una velocidad tan poco de acuerdo con su edad que parecía sobrenatural. »Jorge lo persiguió y muy pronto les perdimos de vista. »Era ya de noche cuando volvió Jorge, pálido como la muerte, con los cabellos erizados. Se sentó cerca del fuego y yo creí percibir el castañeteo de sus dientes. Nadie se atrevió a preguntar nada. Hacia la hora en que la familia tenía la costumbre de recogerse pareció recobrar su energía; me llevó aparte y me dijo de la manera más natural posible: »—Querido huésped, acabo de ver el río y ya no arrastra témpanos; el camino está libre, no hay obstáculo alguno para su partida. No es necesario —añadió mirando a Sdenka— despedirse de la familia; todos, por mi boca, le desean la mayor felicidad que se pueda alcanzar aquí abajo y espero que guarde usted un buen recuerdo de nosotros. Mañana, en cuanto amanezca, su caballo estará ensillado y un guía dispuesto a seguirle. Adiós; acuérdese de nosotros de vez en cuando y perdónenos, si su estancia aquí no ha sido todo lo agradable que fuera de desear. »Los adustos rasgos de Jorge tenían entonces una expresión casi cordial. Me llevó hasta mi habitación y me estrechó la mano una vez más. Luego tuvo un estremecimiento y sus dientes sonaron como si tiritaran de frío. »Me quedé solo. No tenía el menor deseo de acostarme, como pueden ustedes comprender. Había amado muchas veces en mi vida. Había tenido momentos de ternura, de despecho y de celos, pero jamás, sin exceptuar siquiera a la duquesa de Gramont, sentí una tristeza semejante a la que me partía el corazón en aquellos momentos. Antes de que el sol se levantara me puse mi traje de viaje y quise intentar una nueva entrevista con Sdenka, pero Jorge ya estaba esperando en el vestíbulo; no tenía posibilidad alguna de volverla a ver. »Salté sobre mi caballo y piqué espuelas. Me prometí que cuando volviera de Jassy pasaría de nuevo por aquel pueblo y esta esperanza, por muy remota que fuera, templó un poco mi pena. Iba pensando, con complacencia en el momento del retorno y mi imaginación me pintaba por adelantado todos los detalles, cuando el caballo hizo un brusco movimiento que estuvo a punto de hacerme perder los estribos; el animal se paró en seco y levantó las patas delanteras, lanzando un relincho de alarma, como si se hallase ante un peligro. »Miré los alrededores y vi, unos cien pasos más allá, a un lobo escarbando la tierra. Al oírme huyó al bosque y yo hinqué las espuelas en los costados de mi montura para hacerle avanzar. En el lugar de donde huyera el lobo había una fosa reciente. Me pareció distinguir una estaca de álamo sobresaliendo unos centímetros de la tierra que el lobo había removido; sin embargo, no me atrevo a afirmarlo porque pasé muy deprisa». El marqués se calló y tomó un poco de rapé. —¿Eso es todo? —preguntaron las señoras. —Desgraciadamente no —respondió Urfé—. Lo que voy a contarles es aún más penoso para mí y daría algo para poderlo evitar. »Los asuntos que me habían llevado a Jassy duraron más de lo que yo supuse; tardé seis meses en llevarlos a buen término. ¿Qué les diría yo? Es triste tener que confesarlo, pero no por eso es menos cierto que hay pocos sentimientos constantes aquí abajo. El éxito de mis negociaciones, las felicitaciones que recibí del gabinete de Versalles, en una palabra: la política, la triste política, que tanto nos ha fastidiado en estos últimos tiempos, no tardó en entibiar en mi alma el recuerdo de Sdenka. Además la mujer del Hospodar, persona de una gran belleza, y que hablaba mi idioma a la perfección, desde el principio me había distinguido entre todos los jóvenes extranjeros que residían en Jassy. Educado, como estaba, en los principios de la galantería francesa, mi sangre gala se hubiera sublevado en mis venas ante la idea de pagar con ingratitud la bienvenida que me testimoniara la belleza. Por eso respondí cortésmente a los avances de que fui objeto y, para servir mejor a los intereses de Francia empecé por identificarme con los del Hospodar. »Cuando me llamaron de mi país volví a emprender el camino que me condujo a Jassy. »Ya no me acordaba ni de Sdenka ni de su familia. »Un día en que cabalgaba por el campo oí que una campana daba las ocho. Su sonido no me pareció desconocido y mi guía me dijo que era la campana de un convento poco distante de donde nos hallábamos. Le pregunté cómo se llamaba y me dijo que era el de la Virgen del Roble. Yo apresuré el paso de mi montura y muy pronto nos encontramos llamando a las puertas del convento. El ermitaño nos abrió y nos condujo a la hospedería destinada a los forasteros. Estaba tan llena de peregrinos que perdí el deseo de pasar allí la noche y pregunté al ermitaño si podría hallar albergue en el pueblo. »—Encontrará usted más de uno —me dijo el ermitaño, suspirando—. Gracias al malhadado Gorcha no faltan casas vacías en el pueblo. »—¿O sea que el anciano Gorcha vive aún? »—¡Oh, no! Está bien muerto y enterrado, con una estaca de álamo en el corazón. Pero antes chupó la sangre del hijo de Jorge. El niño volvió una noche a la puerta de su casa, llorando y diciendo que tenía frío y quería entrar. La insensatez de su madre, a pesar de haberlo enterrado ella misma, no tuvo el valor de echarlo y lo dejó entrar. Entonces el niño se abalanzó contra ella y le succionó la sangre hasta dejarla muerta. Enterrada a su vez, se apareció para chupar la sangre de su hijo menor, luego la de su marido y después la de su cuñado. Todos han muerto. »—¿Y Sdenka? —pregunté. »—Se volvió loca de pena. ¡Pobre criatura, no hablemos de ella! »La respuesta del ermitaño no me aclaró si vivía o no, pero no me atreví a preguntárselo de nuevo. »—El vampirismo es contagioso —continuó éste, santiguándose—. Muchas familias del pueblo se sintieron atacadas, muchas han muerto, hasta el último de sus miembros y si sigue usted mi consejo pasará aquí la noche, porque aunque los vourdalaks no lo mataran en el pueblo, pasará usted un miedo tan atroz que bastará para hacerle encanecer antes de que toque a maitines. Yo no soy más que un pobre fraile —continuó—, pero la generosidad de los viajeros me permite proveer a sus necesidades. ¡Tengo un queso exquisito, unas pasas que harán que la boca se le haga agua sólo de verlas y unas botellas de un vino de Tokay que no desmerecen en nada de las que sirven a Su Santidad el Patriarca! »Me pareció que el ermitaño se tornaba un tanto mesonero. Tuve la sensación de que me había contado todo aquello para darme la ocasión de hacerme agradable al cielo imitando la generosidad de los viajeros, que lo abastecían a fin de que pudiera proveer a sus necesidades. »Además, la palabra miedo siempre ha tenido para mí el mismo efecto que el clarín para un corcel de guerra. Me hubiera avergonzado de mí mismo si no hubiera partido en aquel momento. Mi guía, lleno de espanto, me pidió permiso para quedarse en el convento y se lo concedí de buen grado. »Tardé una media hora en llegar al pueblo y lo encontré desierto. No brillaba una sola luz en las ventanas ni se oía una canción en los interiores. Pasé en silencio delante de todas las casas, la mayor parte de las cuales me eran conocidas, y llegué a la de Jorge. Sea por un resto de sentimentalismo o de temeridad de la juventud, el caso es que resolví pasar la noche en ella. »Descendí del caballo y llamé a la puerta de la cochera; nadie respondió. Empujé la puerta y se abrió, rechinando en los goznes, y entré en el patio. »Até mi caballo en el cobertizo, sin quitarle la silla; luego comprobé que tendría avena suficiente para aquella noche y entré en la casa. »Todas las puertas estaban abiertas y, sin embargo, la casa parecía deshabitada. Sólo la habitación de Sdenka daba alguna sensación de vida. Un vestido estaba tirado sobre la cama. Algunas joyas, que yo le había regalado, entre las cuales reconocí una cruz de esmalte que compré en Pest, descansaban en la mesa, brillando a la luz de la luna. No pude evitar que se me encogiera el corazón por mi amor perdido. No obstante, me envolví en mi abrigo y me tendí en la cama. Me quedé dormido en seguida. No recuerdo los detalles de mi sueño pero sé que vi a Sdenka, bella e ingenua, como en otro tiempo. Viéndola me reproché mi egoísmo e inconstancia. ¿Cómo había podido, me dije, abandonar a aquella criatura que me amaba? ¿Cómo pude olvidarla? Luego su imagen se confundió con la de la duquesa de Gramont y las dos se tornaron una sola persona. Me eché a los pies de Sdenka y le pedí perdón. Todo mi ser, toda mi alma se derretía en un sentimiento de inefable melancolía y felicidad. »Un sonido armonioso, semejante al del trigo mecido por la brisa, me despertó; me pareció oír las espigas entrechocando cadenciosamente y el canto de los pájaros mezclado con el caer argentino de una cascada y el murmullo de los árboles. Luego pensé que todos aquellos sonidos no eran más que el suave roce de un vestido femenino y aquella idea me sorprendió. Abrí los ojos y vi a Sdenka al lado de la cama. La luz de la luna era tan nítida que pude distinguir todos y cada uno de los rasgos que tan caros me habían sido en otro tiempo. Sdenka me pareció más bella y desenvuelta. Llevaba la misma blusa bordada en oro y seda con que la vi la última vez, a solas, y también la misma falda. »—Sdenka —exclamé, incorporándome—. ¿Es usted, Sdenka? »—Sí, soy yo —contestó con voz triste y dulce—. Soy tu Sdenka a la que has olvidado. ¡Ah! ¿Por qué no volviste antes? Ahora todo ha terminado; es necesario que te vayas. ¡Un momento más y estás perdido! ¡Adiós, adiós para siempre! »—Sdenka, sé cuánto has sufrido; me lo han dicho. Ven; cuéntame tus penas y eso te consolará. »—No hagas mucho caso de lo que te cuenten de nosotros. Pero vete; cuanto antes mejor, porque si permaneces aquí será tu perdición. »—Pero Sdenka, dime entonces cuál es el peligro que me amenaza. ¿No puedes concederme una hora, nada más que una hora, para hablar conmigo? »Sdenka se puso a temblar; un cambio extraño se operó en toda su persona. »—Sí —dijo—. Una hora. Como cuando yo cantaba la balada del viejo rey y tú entraste en mi habitación. ¿No es eso lo que quieres decir? ¡Bueno, sea; te concedo una hora! Pero no, no —negó, reponiéndose—. Vete, márchate de aquí, yo te lo pido; huye. ¡Huye, ahora que estás a tiempo! »En su cara se reflejaba una gran energía. »Yo no comprendía qué motivo pudiera haber para que se obstinara en mi partida, pero estaba tan bella que resolví quedarme a pesar de todo. Ella se sentó junto a mí, cediendo a mis instancias; me habló de los días que pasamos juntos y me confesó, enrojeciendo, que me había amado desde que me vio. Poco a poco, me fui dando cuenta del cambio que se había operado en Sdenka; su reserva de antes se había traducido en un extraño abandono; su mirada, tan tímida en otro tiempo, ahora era osada; en fin, su manera de comportarse conmigo, estaba lejos de la modestia que antes me demostrara. »¿Será posible, me dije, que Sdenka no sea la muchacha pura e inocente que parecía ser hace dos años? ¿Fingía entonces por temor a su hermano? ¿Me había yo dejado engañar, tan cándidamente, por virtud de pacotilla? Pero si era así, ¿por qué me pedía que me fuera? ¿Sería éste, acaso, un refinamiento de coquetería? ¡Y yo que creía conocerla! Pero no importaba; si Sdenka no era precisamente Diana, podía compararla con otra deidad y ¡vive Dios!, prefiero el papel de Adonis que el de Actéon! »Si esta frase clásica que me acabo de dirigir a mí mismo les parece pasada de moda, señoras mías, tengan la bondad de recordar que lo que tengo el honor de contarles ocurría en el año 1758. La mitología estaba entonces a la orden del día y yo no pretendo ir más de prisa que mi siglo. Las cosas han cambiado y no hace mucho tiempo que la Revolución, pretendiendo sustituir la religión cristiana por el paganismo, colocó sobre un pedestal a la diosa Razón. Dicha diosa, señoras, jamás se encontró a mi lado cuando de ustedes se trataba y, en la época de que hablo, estaba menos dispuesto que nunca a rendirle pleitesía. Me dejé llevar del sentimiento que me atraía hacia Sdenka y continué allí. Poco a poco fue creándose entre los dos una dulce intimidad; yo me entretenía en adornar a Sdenka con las joyas que tenía sobre la mesa; cuando quise colgarle del cuello la crucecita de esmalte, Sdenka retrocedió temblando. »—¡Basta de niñerías! —dijo—. Deja esas baratijas y hablemos de ti y tus proyectos. »La turbación de Sdenka me hizo entrar en sospechas; mirándola con atención, noté que no llevaba colgadas del cuello, como antes, una gran cantidad de medallitas, relicarios y bolsitas con incienso, que los serbios acostumbran a llevar desde la infancia y que no se quitan hasta la muerte. »—Sdenka —le dije—, ¿dónde están las medallas que llevabas al cuello? »—Las perdí —contestó, haciendo un gesto de impaciencia, y cambió de conversación. »Se apoderó de mí un vago presentimiento, apenas consciente. Quise levantarme y partir, pero Sdenka me retuvo. »—¡Cómo! —dijo—. Me pediste una hora y ahora quieres irte, cuando apenas han pasado unos minutos. »—Tenías razón, Sdenka, cuando querías que me fuera he oído ruidos y temo que alguien nos sorprenda. »—¡Permanece tranquilo! Todo duerme en torno nuestro; sólo el grillo en la hierba, y el saltamontes en los aires, pueden oír lo que tengo que decirte. »—No, no, Sdenka; debo irme… »—Quédate, quédate —insistió Sdenka—. Te amo más que a mi alma, más que a mi salud; tú me dijiste que tu vida y tu sangre me pertenecían… »—Pero tu hermano, Sdenka, tu hermano… tengo el presentimiento de que vendrá. »—Cálmate, alma mía; mi hermano está adormecido por el viento que juega entre los árboles; su sueño es muy pesado y muy larga la noche, y yo sólo te pido una hora. »Sdenka estaba tan bella que el terror inconsciente que me agitaba cedió su puesto al deseo de permanecer a su lado. A medida que iba cediendo, Sdenka se mostraba más amable; decidí quedarme, pero prometiéndome a mí mismo permanecer alerta. Sin embargo, y como ya les he dicho antes, nunca he sido sensato más que a medias y cuando Sdenka, que había notado mi reserva, me propuso que bebiéramos unos vasos de un excelente vino que le diera el ermitaño, para defendernos del frío de la noche, acepté con un entusiasmo que le hizo sonreír. El vino hizo su efecto; al segundo vaso, el miedo y la mala impresión que me dejaron los detalles de la cruz y las medallas desaparecieron por completo. Sdenka, con sus hermosos cabellos destrenzados, con sus joyas iluminadas por la luna, me pareció irresistible. No me contuve más y la estreché entre mis brazos. »Entonces, señoras, tuvo lugar una de esas revelaciones misteriosas que no sabría explicar, pero en las que la experiencia me obliga a creer, aunque no siempre se esté dispuesto a confesarlo. »Al estrecharla entre mis brazos se me clavó en el pecho una punta de la cruz que me diera la duquesa de Gramont cuando salí de París. El agudo dolor que me produjo fue como un rayo de luz que me traspasara de parte a parte. Miré a Sdenka y vi que sus facciones, por bellas que fueran, tenían el aspecto de la muerte, que sus ojos no veían y su sonrisa no era más que la mueca que la agonía había dejado impresa en un cadáver. Al mismo tiempo noté en la habitación un olor nauseabundo, como de tumba mal cerrada. La espantosa verdad se alzó ante mí con toda su fealdad y al punto recordé las advertencias del ermitaño. Comprendí lo apurado de mi situación y vi claramente que todo dependía de mi valor y sangre fría. Me volví de espaldas a Sdenka para que no viera el horror pintado en mis facciones. Mi mirada cayó sobre la ventana y entonces vi al infame Gorcha, apoyado en una estaca ensangrentada, que me miraba con sus ojos de hiena. En la otra ventana estaba Jorge, que, en aquellos momentos, se parecía a su padre de un modo espantoso. Los dos parecían espiar mis movimientos y yo no dudé ni un segundo que se abalanzarían sobre mí a la menor tentativa de huida. No quise demostrar que los había visto y continué prodigando, sí, señoras; continué prodigando a Sdenka las caricias que me complacía en hacerle antes de descubrir la horrible verdad. Durante todo el tiempo estuve pensando, lleno de angustia, en el modo de escapar. Vi que Gorcha y Jorge cambiaban miradas de inteligencia con Sdenka y que empezaban a sentirse impacientes. También oí voces de mujer y gritos de niños, aunque tan bajos que hubieran podido tomarse por maullidos de gatos salvajes. »Ha llegado el momento de huir, me dije, y cuanto antes mejor. »Dirigiéndome a Sdenka, le dije en voz alta, para que pudieran oírla sus odiosos parientes: »—Estoy muy cansado, niña mía; quisiera acostarme y dormir unas horas; pero antes tengo que ir a ver si mi caballo se ha comido el forraje que le dejé. No te vayas de aquí y espérame. »Posé mis labios en los suyos, lívidos y fríos y salí. Encontré el caballo cubierto de espuma, encabritándose bajo el cobertizo. No había probado la avena y el relincho que lanzó al verme hizo que se me pusiera la carne de gallina, temiendo que me traicionara. Pero los vampiros, que habían oído mi conversación con Sdenka, no entraron en sospechas. Me aseguré de que la puerta cochera estuviera abierta y saltando sobre la silla, hundí espuelas en los costados de mi caballo. »Al salir de la cochera tuve tiempo de ver que el tropel de gente que se había reunido en torno a la casa, la mayoría de los cuales estaban mirando a través de los cristales, era muy numeroso. Creo que mi brusca salida les dejó paralizados al principio porque durante unos minutos no distinguí, en el silencio de la noche, más que el ruido de los cascos de mi montura. Empezaba a felicitarme por mi buena suerte cuando oí a mis espaldas un ruido parecido al huracán estallando en las montañas. Mil voces confusas, lloraban, gritaban y parecían discutir entre ellas. Luego todas callaron, como de común acuerdo y sólo oí unas pisadas atropelladas, como si una tropa de infantería se acercara a paso de marcha. »Piqué espuelas hasta deshacer los flancos de mi caballo. Una fiebre ardiente hacía latir mis venas y mientras hacía esfuerzos inauditos para recuperar la calma, oí detrás de mí una voz que me llamaba: »—¡Párate, párate! ¡Te amo más que a mi alma; te amo más que a mi salud! ¡Párate, tu sangre me pertenece! »Al mismo tiempo un hálito helado rozó mi oreja; Sdenka había saltado a la grupa. »—¡Corazón mío, mi vida! —me decía—. No veo más que a ti, no oigo más que a ti; ya no soy dueña de mí misma, una fuerza superior me empuja. ¡Perdóname, amor mío, perdóname! »Así diciendo, me estrechó entre sus brazos y trató de hacerme volver, para morderme en la garganta. Nos enzarzamos en una lucha terrible. Al principio me resistí a emplear la violencia con Sdenka, pero por fin la cogí por la cintura con una mano y por las trenzas con la otra e irguiéndome sobre los estribos, la tiré al suelo. »En el acto me abandonaron las fuerzas y el delirio se apoderó de mí. Miles de imágenes locas y terribles me perseguían, haciéndome muecas. Primero Jorge y Pedro flanquearon el camino y trataron de cerrarme el paso; no lo consiguieron y ya empezaba a sentirme a salvo cuando, al volver la vista, vi que el viejo Gorcha se servía de la estaca como de una pértiga, como hacen los montañeros tiroleses para saltar abismos. También Gorcha quedó atrás y entonces su nuera, que tenía a los niños a su lado, le tiró uno, que él recogió con la punta de la estaca y usándola ahora como una catapulta, lanzó el niño hacia mí, con todas sus fuerzas. Esquivé el golpe mas, con un verdadero instinto de perro de presa, el niño se agarró al cuello del caballo y tuve que usar de todas mis fuerzas para arrancarle de allí. Gorcha lanzó el segundo niño, pero fue a parar más allá del caballo y se estrelló contra el suelo. No sé qué más pasó; cuando volví en mí era ya pleno día y me encontré tirado en el camino, al lado de mi caballo, moribundo. »Así terminó, señoras mías, una aventura amorosa, que hubiera debido servirme para evitar, en lo sucesivo, meterme en otras nuevas. Algunas contemporáneas de sus abuelas podrán decirles que no fui lo suficientemente sensato como para eso. »Como quiera que sea, todavía tiemblo al pensar que si llego a sucumbir a mis enemigos, yo a mi vez sería un vampiro; pero el cielo no permitió que las cosas llegaran a ese punto, y lejos de tener sed de su sangre, señoras, deseo más bien, a pesar de lo viejo que soy, derramar la mía en su servicio.» FIN Autor: Alekséi Tolstói Título: La familia del vurdalak Título Original: Sem’ya Vurdalaka Publicado en: Russkiy Véstnik (1884) Traducción: Alfredo Herrera – José María Aroca
- "El monje negro", cuento de Antón Chéjov
Andrei Vasilievich Kovrin, Magister , estaba agotado y tenía los nervios deshechos. No hacía nada por seguir el tratamiento médico. Algunas veces, mientras tomaba una copa con su amigo el doctor, éste le aconsejaba pasar una temporada en el campo, mejor dicho, toda la primavera y el verano, pero Andrei nunca le hacía caso. Pocos días después, recibió una extensa carta de Tania Pesotski, que le invitaba a pasar unos días en la casa de su padre en Borisovka. Kovrin decidió ir. Pero antes de hacerlo —era el mes de abril— se marchó a su tierra nativa, Kovrinka, y pasó allí tres semanas en absoluta soledad. Cuando llegó el buen tiempo, se dirigió a la casa de campo de su antiguo tutor y pariente, Pesotski, el famoso horticultor ruso. Desde Kovrinka a Borisovka había una distancia de unos setenta versts , y el viaje en la magnífica y cómoda calesa a lo largo de aquellos caminos, tan excelentes durante la primavera, prometía ser muy placentero. La casa de Pesotski, en Borisovka, era muy grande, con una fachada repleta de columnas y adornada con esculturas de leones, a las que se les estaba cayendo el estuco. En la entrada principal había un sirviente de librea. El viejo parque, lúgubre y obscuro, era de estilo inglés, y se extendía desde la mansión hasta el río en una distancia de un verst , donde terminaba en un talud arcilloso cubierto de pinos, cuyas raíces desnudas parecían garras peludas. Más abajo se deslizaba un arroyuelo solitario, y el murmullo de sus aguas rivalizaba con el trinar de los pájaros. En una palabra, todo invitaba al visitante a sentarse y escribir una balada. Pero los jardines y los huertos, que junto con los viveros ocupaban una extensión de unos ochenta acres, inspiraban sensaciones muy distintas. Incluso durante el mal tiempo eran esplendorosos y alegres. Aquellas hermosas rosas, los lirios, camelias, tulipanes y tantas plantas floridas de toda clase y colores nunca habían sido contempladas por los ojos de Kovrin. La primavera acababa de comenzar, y las variedades de flores exóticas aún estaban protegidas por campanas de cristal, pero a simple vista se veía que pronto brotarían por todas partes, formando un imperio de delicadas sombras. Pero lo más encantador de todo este esplendoroso cuadro era contemplar, en las primeras horas de la mañana, las gotas cristalinas de rocío sobre los pétalos y hojas de aquella exuberante vegetación. Durante su infancia la parte decorativa del jardín, llamada despectivamente por Pesotski «el estercolero», había producido en Kovrin una impresión fabulosa. ¡Cuántos milagros de arte, cuántas estudiadas monstruosidades, cuántas burlas de la Naturaleza! Los espaldares de árboles frutales, ese peral que parecía un álamo de forma piramidal, aquellas encinas y tilos de abundante follaje, las bóvedas formadas por los manzanos, todo tenía el sello característico del dominio de la floricultura de que hacía gala su amigo Pesotski; incluso en los ciruelos estaba grabada la fecha 1862, para conmemorar el año en que su amigo se consagró al arte del cultivo de plantas y flores. Había también unas hileras de árboles erectos, simétricos, cuyos troncos se alzaban verticales como palmeras, pero que, vistos de cerca, resultaban ser árboles vulgares. Pero lo que más alegría y vida daba a los jardines y huertos era el constante quehacer de los jardineros de Pesotski. Desde el alba hasta la puerta del sol, aquellos hombres parecían infatigables y activas hormigas, trabajando entre los árboles, arbustos y planteles, unos regando, otros excavando la tierra, otros sembrando. Kovrin llegó a Borisovka a las nueve. Encontró a Tania y a su padre muy alarmados. Aquella noche clara y estrellada predecía que habría una helada, y el jefe de los jardineros, Iván Karlich, se había ido al pueblo, por lo que no tenían a ningún responsable en quien confiar. Durante la cena sólo se habló de la inminente helada; y se decidió que Tania no se acostaría, sino que permanecería despierta hasta la una de la madrugada. Iría a inspeccionar los jardines para ver si todo estaba en orden, mientras que Igor Semionovich, por su parte, se levantaría a las tres de la madrugada o quizá aún más temprano. Kovrin estuvo con Tania toda la noche, y al llegar las doce, la acompañó al jardín. El aire tenía un olor muy fuerte, como si estuviera ardiendo. En el huerto más grande, llamado «huerta comercial», ya que cada año producía millares de rublos de beneficios a Igor Semionovich, había una fina y negra capa de estiércol que cubría todas las hojas jóvenes, con el fin de salvar las plantas. Los árboles estaban alineados como jugadores de ajedrez en rectas hileras, como filas de soldados; y esta pedante regularidad, junto con el peso de la uniformidad, hacía parecer monótono y fastidioso al jardín. Kovrin y Tania se movían de un lado para otro, arriba y abajo, por los senderos y por todos los vericuetos del jardín, comprobando el buen estado del estiércol, las pajas y las coberturas de parihuelas. En raras ocasiones se encontraron con los trabajadores, que se movían como sombras entre aquella humareda. Sólo los cerezos, los ciruelos y algunos manzanos estaban floreciendo, pero el jardín entero se hallaba envuelto en aquella densa humareda producida por el estiércol fermentado, causa por la cual Kovrin sólo se halló en condiciones de poder respirar aire puro al llegar a los viveros. —Me acuerdo de que, cuando era niño —dijo Kovrin—, siempre me hacía estornudar el humo, pero no comprendo cómo puede salvar a las plantas de la helada. —El humo es un buen sustituto cuando no hay nubes —respondió Tania. —¿Para qué quiere las nubes? —Cuando el tiempo es nuboso y suave no se producen las heladas mañaneras. —¿Es cierto eso? Kovrin se echó a reír y cogió de la mano a Tania. Su rostro serio, frío; sus finas y negras cejas; el rígido cuello de su chaqueta, que le dificultaba girar la cabeza; su vestido bien arropado para defenderse del helado rocío; y toda su figura, esbelta y ligera le agradaban mucho. —¡Santo cielo, cuánto ha crecido esta criatura! —dijo Kovrin—. La última vez que estuve aquí, hace unos cinco años, era usted aún una niña. Era delgada, de piernas largas y desaliñada, y yo siempre me estaba metiendo con usted. ¡Cuánto cambió en cinco años! —Sí, cinco años —repitió Tania—. ¡Muchas cosas han pasado desde entonces! Dígame con sinceridad, Andrei —continuó ella, mirándole burlonamente—, ¿cree que durante todos estos cinco años se ha olvidado de nosotros? No sé cómo me he atrevido a hacerle esta pregunta. Además, después de todo, usted es un hombre libre de hacer lo que quiera, de llevar la vida que desee. Sí, tiene que ser de este modo; es natural. Pero, de todas formas, quiero que sepa una cosa: hayan cambiado o no sus relaciones con mi familia con el paso de los años, en esta casa se le considera como un miembro más. Tenemos derecho a ello. —Estoy completamente convencido de que así me consideran, Tania —respondió Kovrin. —¿Palabra de honor? —Palabra de honor. —Antes me di cuenta de que se sorprendió al ver tantas fotografías suyas en nuestro hogar —prosiguió Tania—. Sin embargo, bien sabe cuánto le adora mi padre, cuánto le estima. Usted es un erudito, no un hombre vulgar y corriente. Sí, se ha labrado una brillante carrera. Pues bien, mi padre cree que a él le debe usted su triunfo. ¡Deje que siga creyéndolo! Empezaba a amanecer. Cambió la tonalidad del cielo, y el follaje y las nubes comenzaron a mostrarse cada vez más claros. Los ruiseñores empezaron a cantar y procedente de los campos llegó el grito de las codornices. —Ya es hora de irnos a la cama —dijo Tania—. Además, también hace mucho frío. Luego se acercó a Kovrin, le cogió la mano y dijo: —Gracias, Andrei, por haber venido. En este lugar no estamos acostumbrados a los grandes sucesos. Aquí la vida transcurre apacible y monótonamente, sin ningún acontecimiento descollante. Siempre los jardines, sólo los jardines y nada más que jardines. Sí, una existencia muy monótona. Bosques, madera, camuesas, cardos lecheros, esquejes, podar, hacer injertos, trasplantar… Toda nuestra vida se limita a esto, ni siquiera soñamos con otra cosa que no sea manzanas y peras. Desde luego, todo esto es muy útil y muy bueno, pero algunas veces no puedo resistir la tentación de desear un cambio en mi vida. Recuerdo aquella época en que usted solía visitarnos, cuando venía a pasar aquí las vacaciones, cómo cambiaba toda la casa; parecía más fresca, más alegre, como si alguien hubiese quitado las telas que cubrían los muebles. Yo era entonces una niña, pero comprendía… Tania siguió hablando durante cierto tiempo, expresando sus sentimientos y recuerdos. De repente a la mente de Kovrin vino la idea de que era muy posible que durante aquel verano se sentiría tan atraído hacia aquella criatura vivaz y parlanchina, que podía llegar a enamorarse de ella. Dadas las circunstancias, nada más natural y posible. Aquel pensamiento le agradó y divirtió, y mientras dirigía su mirada hacia Tania, a su mente acudieron aquellos versos de Pushkin: Oniegin, no ocultaréque amo a Tatiana locamente Cuando llegaron a la mansión, Igor Semionovich ya se había levantado. Kovrin no sentía ningún deseo de dormir; se puso a hablar con el anciano, y volvió con él al jardín. Igor Semionovich era alto, ancho de hombros y grueso. Padecía de dificultad respiratoria, y sin embargo, caminaba a un paso tan rápido, que era difícil seguirle de cerca. La expresión de su rostro era siempre la de un hombre preocupado, como si pensase que, de retrasarse un minuto en hacer las cosas, todo el mundo se vendría abajo. —Y ahora, hermano, le voy a revelar un misterio —dijo Igor, deteniéndose para recuperar el aliento—. En la superficie de la tierra, como puede ver, hay escarcha, está helada, pero eleve el termómetro unas yardas y verá que hay calor… ¿A qué se debe este misterio? —Confieso que no lo sé —dijo Kovrin, riendo. —¡No! Usted no puede saberlo todo. El cerebro más privilegiado de todo el mundo no puede comprender todo. ¿Todavía sigue estudiando filosofía? —Sí —respondió Kovrin—; siempre estoy estudiando filosofía y psicología. —¿Y no se aburre? —Al contrario, no puedo vivir sin ello. —Alabado sea Dios —respondió Semionovich, mientras se retorcía las puntas de su poblado bigote—. Alabado sea Dios; sí, todo eso le será útil en la vida… Me alegro mucho, hermano, muchísimo… De repente se calló y se puso a escuchar. Sus facciones se endurecieron, echó a correr por el sendero y pronto desapareció entre los árboles, en medio de una nube de polvo y arena. —¿Quién ha sido el que ha trabado este caballo al árbol? —gritó con voz desesperada—. ¿Quién de ustedes, ladrones y asesinos, se atrevió a atar este caballo al manzano? ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Arruinado, destruido, estropeado! ¡El jardín está arruinado, el jardín está destruido! ¡Oh, Dios mío! Cuando regresó junto a Kovrin, su rostro reflejaba una expresión de lástima e impotencia. —¿Qué se puede hacer con esta clase de gente? —le preguntó a Kovrin con voz quejumbrosa, mientras se retorcía las manos—. Anoche Stepka trajo una carga de abono y dejó atado al pobre animal al árbol. Y lo ató con tanta fuerza que ha producido unos daños irreparables en la corteza del manzano. ¿Qué se puede hacer con hombres de esta calaña? Acabo de hablarle y se ha limitado a bajar los ojos a tierra, igual que un estúpido. ¡Este miserable debería ser ahorcado! Cuando al fin se calmó, abrazó a Kovrin y le besó en la mejilla. —Bueno, ¡bendito sea Dios…! ¡Bendito sea Dios! —murmuró—. Me alegro de que haya llegado, hermano Kovrin. No tengo palabras para expresarle lo contento que estoy porque vino a vernos, gracias. Luego, con la misma expresión ansiosa, y caminando con paso rápido, se puso a dar vueltas por todo el jardín, enseñando a Kovrin los naranjos, los viveros de temperatura constante, los cobertizos y dos colmenas a las que describió como el milagro del siglo. A medida que caminaban, el sol empezó a despuntar, iluminando el jardín y calentando la tierra y el aire. Kovrin pensó que, si aquel hermoso sol se mostraba ya a principios de la primavera, le esperaban muchos días soleados y felices durante todo el largo verano. Y de repente experimentó la misma alegría y felicidad que sintiera durante su infancia en aquel jardín. Entonces se sintió dominado por una profunda emoción y abrazó al anciano, besándole con ternura. Ambos se dirigieron a la casa y tomaron té en antiguas tazas de porcelana de China, además de galletas y crema; y esto también le recordó a Kovrin sus días de infancia y juventud. Durante aquel pequeño ágape, las reminiscencias brotaron en la mente de ambos hombres, y un sentimiento de intensa felicidad inundó sus corazones. Esperó a que Tania se despertase, y después de tomar café con ella, se fue a pasear al jardín. Luego se dirigió a su habitación y se puso a trabajar. Leyó con atención, tomando notas de todo lo que creía importante. Sólo levantaba la vista cuando creía sentir la necesidad de mirar a través de la ventana o contemplar las rosas, frescas aún por el rocío, colocadas en un florero sobre su mesa. Kovrin creyó sentir por un instante que todas las venas de su cuerpo temblaban de alegría. II Pero en el campo, Kovrin siguió con aquella nerviosa e intranquila vida que había llevado en la ciudad. Leía y escribía mucho, estudió lengua italiana, y cuando salía a dar un paseo, al rato ya pensaba en regresar y ponerse a trabajar. Dormía tan poco que todo el mundo en la casa estaba desconcertado; si alguna vez, por pura casualidad, descansaba media hora durante el día, por la noche no podía hacerlo. Sin embargo, al día siguiente de estas involuntarias vigilias, se sentía alegre y dinámico. Hablaba mucho, bebía vino y fumaba caros puros. A menudo, casi todos los días, algunas muchachas de las casas de los alrededores venían a la mansión de Vasilievich, tocaban el piano con Tania y cantaban. Algunas veces también venía un vecino, un hombre joven, quien tocaba muy bien el violín. Kovrin oía con agrado su música y canciones, pero había llegado a un extremo en que todo aquello le abrumaba; tanto, que algunas veces sus ojos se cerraban involuntariamente, adormilándose. Una tarde, después de la hora del té, se sentó en la terraza para dedicarse a la lectura. Mientras, en el salón, Tania, una amiga soprano, otra contralto y el ya citado violinista, ensayaban la conocida serenata de Braga. Kovrin atendió a la letra, y aunque ésta era en ruso, no logró entender su significado. Al final dejó el libro, se puso a escuchar con atención y logró comprenderla. Una chica de imaginación febril oyó durante la noche unos sonidos misteriosos en su jardín; un sonido tan maravilloso y extraño que se vio forzada a admitir su armonía y «santidad», que para nosotros los mortales son incomprensibles; luego aquellos sones se elevaron al cielo, desapareciendo. Kovrin despertó. Se dirigió al salón y luego al vestíbulo, donde comenzó a pasearse. Cuando cesó la música, cogió de la mano a Tania y la llevó a la terraza. —Durante todo el día —le dijo Kovrin— he tenido metida en la cabeza una extraña leyenda. No sé si la he leído o se la he escuchado contar a alguien; no lo recuerdo. Se trata de una leyenda muy curiosa, aunque no muy coherente. Antes de contársela, quiero advertirle de que no está muy clara. Hace mil años, un monje, vestido de negro, erraba por unos parajes solitarios, no sé si en Siria o en Arabia. A unas millas de distancia de aquel lugar unos pescadores vieron a otro monje negro caminando lentamente sobre la superficie del agua de un lago. El segundo monje era un espejismo. Tenga usted en cuenta que las leyendas prescinden de las leyes de la óptica, como es lógico, y escuche lo que viene a continuación. Del primer espejismo se produjo otro espejismo; del segundo espejismo se produjo un tercero, de forma que la imagen del Monje Negro se refleja eternamente desde un estrato de la atmósfera a otro. En cierta ocasión fue visto en África, luego en la India, en otra ocasión en España, luego en el extremo norte. Al fin, se eclipsó de la atmósfera de la Tierra, pero nunca se presentaron las condiciones necesarias como para que desapareciera del todo. Quizá hoy sea visto en Marte o en la constelación de la Cruz del Sur. Ahora bien, la esencia de todo esto, su verdadero meollo, por emplear esta palabra vulgar, radica en una profecía que sostiene que exactamente mil años después de que el monje se retirara a aquellos parajes desiertos, el espejismo volverá a ser captado en la atmósfera de la Tierra y se mostrará a todos los hombres del mundo. Este plazo de mil años, según mis cálculos, está a punto de expirar. Según la leyenda, debemos ver al Monje Negro hoy o mañana. —Es una historia muy extraña —dijo Tania, a quien no le había agradado. —Pero lo más sorprendente de todo —dijo Kovrin riéndose— es que no recuerdo cómo esta leyenda se me ha metido en la cabeza. ¿La he leído? ¿Me la han contado? ¿Se trata simplemente de un sueño? No lo sé. Pero me interesa. Durante todo el día no he podido pensar en otra cosa; la tengo clavada en la mente. Kovrin se despidió de Tania, quien regresó al salón, y salió de la casa para pasear por entre los planteles de flores del jardín, meditando sobre aquella extraña leyenda. El sol acababa de ponerse. Las flores recién regadas emanaban un fuerte y delicado aroma. En la mansión, la música había comenzado a sonar de nuevo, y a la distancia, el violín parecía producir el efecto de una voz humana. Mientras forzaba su memoria para recordar cómo había llegado a conocer aquella leyenda, Kovrin, ensimismado, paseaba por el parque, sin darse cuenta de que caminaba en dirección a la orilla del riachuelo. Descendió por un sendero repleto de raíces al descubierto, espantando las agachadizas y poniendo en fuga a dos patos. En las ramas obscuras de los pinos se reflejaban los últimos rayos del sol. Kovrin pasó al otro lado del riachuelo. Ahora, delante de él, se extendía un hermoso y extenso campo cubierto de centeno. En todo lo que alcanzaba su vista no se veía un alma viviente; y le pareció que aquel sendero debía conducirle a una región enigmática e inexplorada donde aún quedaba el resplandor del sol. «¡Qué lugar más tranquilo y bucólico! —pensó para sí—. Tengo la impresión de que en este instante todo el mundo me contempla desde arriba, esperando que yo descubra algo importante.» Una ráfaga de aire dobló los tallos verdes de los centenos. De nuevo sopló el viento, pero esta vez con más fuerza, rivalizando con el suave murmullo de las hojas de los pinos. Kovrin se detuvo asombrado. En el horizonte, como un ciclón o una tromba de agua, algo negro, alto, se elevó del suelo. Sus formas eran indefinidas; pero, después de fijarse con atención en aquella cosa tan extraña, Kovrin se dio cuenta de que no estaba fija al suelo, sino que se movía a una velocidad increíble, en dirección a él. Y a medida que se acercaba, se hacía cada vez más y más pequeña. Involuntariamente, Kovrin se echó a un lado del sendero para dejarla pasar. Pasó ante él un monje vestido de negro, de cabellos grises y cejas negras, con las manos cruzadas sobre el pecho. Caminaba sobre el duro suelo con los pies descalzos. Una vez que se hubo alejado unos veinte metros, el monje volvió el rostro hacia Kovrin, le hizo una señal con la cabeza, y le sonrió con bondad. Su rostro delgado estaba pálido como la cera. Luego, a medida que se alejaba, empezó a aumentar de tamaño, cruzó el río caminando sin hundirse sobre su superficie, y atravesó sin ruido alguno el muro de piedra caliza, desapareciendo como el humo. —Ahora comprendo —dijo Kovrin para sí— que la leyenda tenía su fundamento. Regresó a la casa sin intentar siquiera explicarse este extraño fenómeno, pero vanagloriándose de haber visto no sólo sus ropas negras, sino su fino y pálido rostro, y la fija mirada de sus ojos. En el parque y en los jardines de la mansión, los visitantes se paseaban tranquilamente; en el interior la música seguía sonando. De modo que sólo él había visto al Monje Negro. Sintió un inmenso deseo de contar a Tania y a Igor Semionovich lo que había visto con sus propios ojos, pero desistió al pensar que lo interpretarían como una alucinación. Se unió a aquella alegre compañía, rio, bebió y bailó una mazurca dominado por una inmensa alegría interna. Pero lo más curioso de todo fue que tanto Tania como los demás invitados creyeron ver en su rostro una expresión de éxtasis, lo que encontraron muy divertido. III Cuando terminó la cena y todos se hubieron marchado, subió a su habitación y se echó en el diván. Había decidido reflexionar sobre el monje, aclarar aquel extraño misterio; mas en aquel instante, Tania entró en su habitación, interrumpiendo sus proyectos. —Aquí te traigo, Andrei —le dijo Tania—, los artículos de mi padre… Son muy interesantes. Mi padre escribe muy bien. —¡Espléndida idea! —exclamó Igor Semionovich, que entró tras ella en la habitación de Kovrin—. Ahora bien, no le haga caso a esta bella muchacha. Aunque puede leerlos, si desea dormirse: constituyen un espléndido soporífero. —Pues según mi opinión —respondió Tania—, estos artículos son magníficos. Le agradeceré, querido Andrei, que los lea, y luego convenza a mi padre para que escriba con más frecuencia. Es capaz de escribir un tratado entero de jardinería. Igor Semionovich se echó a reír, pero luego se disculpó amablemente, alabó las cualidades de su viejo amigo y dando la razón a su hija: —Si desea leer esos artículos, querido Andrei —dijo Igor—, le aconsejo que comience con los documentos sobre Gauche y los artículos rusos, pues de otro modo no podrá entenderlos. Antes de precipitarse en valorar mis palabras, le aconsejo que las sopese detenidamente. Aunque no creo que le interesen. Bueno, ya es hora de irse a la cama, querida Tania, pues anoche dormiste muy poco. Tania salió de la habitación. Igor Semionovich se sentó en un extremo del sofá y exclamó: —Ah, hermano mío… Ve que escribo artículos, y exhibo en exposiciones e incluso a veces gano medallas… Pesotski, dicen ellos, tiene unas manzanas tan gordas como su cabeza; Pesotski ha hecho una gran fortuna con sus jardines y huertas… En una palabra: « Kochubei es rico y glorioso » Pero mucho me agradaría preguntarle cuál será el final de todo esto. No se trata de mis jardines y viveros; ya sé que son espléndidos, auténticos modelos entre todos los de la región. Aunque también debo confesar que me siento orgulloso de que sean en realidad una institución completa de gran importancia política, y otro paso hacia una nueva era en la agricultura rusa, como asimismo en su industria. Pero todo esto, ¿para qué? ¿Con qué fin? ¿Cuál es la meta final de una vida consagrada a mejorar la agricultura, las flores, las plantas, todo lo relacionado con la tierra? —Esa pregunta tiene una respuesta muy fácil. —No me refiero a ese sentido. Lo que quiero saber es qué ocurrirá con mis jardines el día en que muera. Tal como están las cosas, puedo asegurarle que todo se vendría abajo si algún día yo faltara. El secreto no radica en que los jardines son grandes y en que tengo muchos trabajadores bajo mis órdenes, sino en el hecho de que adoro el trabajo, ¿me comprende? Lo quiero quizá más que a mí mismo. ¡Míreme! Trabajo desde que sale el sol hasta que se pone. Todo lo hago con mis propias manos. Siembro, trasplanto, riego, hago injertos, todo está hecho por mí. Cuando alguien trata de ayudarme me siento celoso, y me vuelvo irritable hasta el extremo de parecerle rudo a muchas personas. El verdadero secreto radica en el amor, en el ojo del amo que engorda al caballo, y en estar pendiente de todo y de todos. Por eso, cuando voy a visitar a un amigo y charlamos media hora ante un buen vaso de vino, mi imaginación está en los jardines, y temo que algo pueda sucederles durante mi ausencia. Suponga que me muero mañana, ¿quién se ocupará de todo esto?, ¿quién hará el trabajo? ¿Los jefes jardineros? ¿Los trabajadores? Puede usted creerme si le digo, mi querido amigo, que todas mis preocupaciones no se centran en estas personas, sino en la idea de que esto vaya a manos extrañas el día en que yo muera. —Pero, mi querido amigo —respondió Kovrin—, está Tania; supongo que no desconfiará de ella. Ella ama y sabe llevar esta clase de trabajo. —Sí, Tania ama y comprende este trabajo; sabe llevarlo mejor que un ingeniero agrónomo del Ministerio de Agricultura. Si después de mi muerte yo estuviera seguro de que todo iría a parar a sus manos, de que ella sola sería la dueña y directora de todo esto, no me importaría nada, moriría a gusto. Pero suponga por un momento —Dios no lo quiera— que se casa. He aquí lo que me atormenta y mortifica, lo que me hace pasar las noches sin pegar los ojos. Porque al casarse, lo lógico es que tenga hijos y que se preocupe más de ellos que de los jardines y viveros. Eso es lo malo. Pero hay algo que temo más aún: que se case con uno de esos individuos que van en busca de una buena dote, que no tienen escrúpulos y gastan el dinero a manos llenas, y que al cabo de un año se haya ido al diablo lo que tanto me ha costado ganar durante años de sacrificio y trabajo. En un negocio como éste, una mujer es el azote de Dios. Igor Semionovich permaneció callado durante unos instantes, moviendo la cabeza de arriba abajo repetidas veces. Luego continuó: —Quizá me considere usted un egoísta, pero no quiero que Tania se case. Me da miedo. ¿Se ha fijado en esos jóvenes que acuden constantemente a esta casa a visitarla, bajo la excusa de organizar veladas musicales? Todos vienen a lo mismo: a pescar una buena dote. Sobre todo está ese joven del violín, que no le quita la vista de encima. Pero tampoco yo se la quito a él. Me consta que Tania nunca se casaría con él, pero no puedo remediarlo, desconfío mucho… En resumen, hermano, soy un hombre de carácter, y sé lo que debo hacer. Igor Semionovich se levantó y paseó por la habitación. Se veía que tenía algo muy importante que decir, algo muy serio, pero, por lo visto, no encontraba las palabras exactas para expresarlo. —Le quiero y le aprecio mucho —prosiguió Igor—y por ello creo que debo hablarle francamente y sin rodeos. En cualquier asunto de suma gravedad o importancia, siempre acostumbro decir lo que pienso, huyendo de toda mistificación. Por consiguiente, debo decirle que es usted el único hombre con el que no me importaría que Tania se casara. Es inteligente, tiene buen corazón, y me consta que no consentirá que todo esto que he labrado con mis propias manos se malogre estérilmente. Más aún, le quiero como si fuera mi propio hijo, y estoy orgulloso de usted. De modo que si usted y Tania… empezaran un romance amoroso que acabara en matrimonio, créame que merecería todas mis bendiciones. Sí, me consideraría el hombre más feliz del mundo. Se lo digo en la cara, sin rodeos, como corresponde a un hombre honrado. Kovrin sonrió. Igor Semionovich abrió la puerta y se dispuso a abandonar la habitación, pero se detuvo en el umbral: —Y si usted y Tania llegasen a tener un hijo, haría de él el mejor horticultor. Pero esto, de momento, es una mera hipótesis. Buenas noches. Cuando Kovrin quedó solo, se instaló cómodamente en un sillón y se puso a leer los artículos de su huésped. El primero de ellos se titulaba Cultivo intermedio , el segundo, Unas cuantas palabras en respuesta a las observaciones del señor Z… sobre el tratamiento de las tierras de jardín , y el tercero, Más sobre los injertos . Los demás artículos venían a ser lo mismo. Pero todos reflejaban desazón e irritabilidad. Incluso una simple hoja con el mero título pacífico Los manzanos rusos exhalaba irritabilidad. Igor Semionovich comenzaba este trabajo con las palabras « Audi alteram partem », y lo finalizaba con estas otras: « Sapienti sat »; pero entre las dos pacíficas frases latinas se desgranaba un torrente de palabras agrias, dirigidas contra «la aprendida ignorancia de nuestros modernos horticultores que observan a la madre Naturaleza desde sus sillones en la Academia de Ciencias Naturales», y contra el señor Gauche «cuya fama está basada en la admiración de los profanos en la materia de agricultura y dilettanti ». También había un párrafo en el que Igor censuraba a aquella gente por castigar a un pobre muerto de hambre a causa de robar unas cuantas frutas en un huerto, destrozando sus espaldas a latigazos. —Admito que estos artículos son muy buenos —dijo Kovrin para sí—, incluso excelentes, pero también veo que revelan a su autor como un hombre de temperamento duro y de lanza en ristre. Supongo que será igual en todas partes; en todas las carreras, los hombres de ideas geniales son siempre personas muy nerviosas, y víctimas de esta especie de exaltada sensibilidad. Supongo que tiene que ser así. Pensó en Tania, tan orgullosa de los artículos de su padre, y luego en Igor Semionovich. Tania, pequeña, pálida, ligera, con sus clavículas visibles, con aquellos ojazos tan grandes que parecían estar siempre escudriñando algo. Igor Semionovich, con sus apresurados y pequeños pasos. Volvió a pensar en Tania, tan inclinada a hablar constantemente, tan amante de dialogar y discutir, con todos, siempre acompañando la más insignificante frase con gestos y gesticulaciones. En cuanto a si era nerviosa, pues sí, estaba seguro de que lo era en grado sumo. Kovrin se puso a leer otra vez, pero como no se enteraba de nada de lo que se exponía en aquellos artículos de Semionovich, los tiró al suelo. Aún perduraba en todo su ser la agradable emoción con que había bailado la mazurca y oído aquella música. Todo ello hizo acudir a su mente numerosos pensamientos. Meditó sobre lo que le había ocurrido en el campo de centeno. Si él había visto a solas aquel extraño y misterioso monje, debería estar enloquecido o enfermo, al punto de llegar a padecer alucinaciones. Aquel pensamiento le espantó, pero no por mucho tiempo. Se sentó en el diván y apoyó la cabeza en sus manos, y se dispuso a gozar pensando en el extraño suceso del que había sido testigo durante la tarde. No podía comprenderlo, pero todo su ser se llenó de gozo. Se levantó y dio algunos pasos por su habitación, disponiéndose a iniciar su trabajo. Pero lo que leía en los libros ya no le satisfacía. Ahora sólo deseaba pensar en algo inmenso, vasto, infinito. Después, Kovrin se desnudó y se acostó, pensando que haría bien en descansar después de las emociones sentidas durante el día. Cuando al final oyó a Igor Semionovich dirigirse a trabajar al jardín, llamó a un criado y le ordenó que trajera una botella de vino. Bebió varios vasos; el vino le atontó y se quedó dormido. IV Igor Semionovich y Tania discutían con frecuencia y se decían uno al otro duras palabras. Aquella mañana habían tenido un altercado, y Tania, después de haber estado llorando se refugió en su habitación, y se negó a bajar a desayunar y a almorzar. Pero Igor era testarudo. Al principio no hizo ningún caso de la conducta de su hija, y se marchó con aire digno y solemne, como queriendo dar a entender a todo el mundo que era un hombre de ideas fijas, y que para él la justicia y el orden eran lo primero en la vida, lo más importante de todo. Pero Igor era incapaz de mantener aquella actitud durante mucho tiempo, pues idolatraba a Tania. No comió nada a la hora de cenar y durante todo el día, su mente había estado torturada por aquel suceso. Al final no pudo aguantar más, y, después de un profundo «¡Dios mío!» que le brotó de lo más hondo de su corazón, se dirigió a la habitación de Tania y golpeó con suavidad la puerta, mientras gritaba con toda dulzura, casi tímidamente: —¡Tania! ¡Tania! A través de la puerta llegó una voz llorosa, pero firme y decidida: —¡Déjame en paz…!, te lo ruego. Los incidentes sentimentales entre padre e hija repercutían no sólo entre los habitantes de la casa, sino incluso entre todos los trabajadores de las plantaciones. Kovrin, como era usual en él, permaneció enfrascado en su trabajo, pero al final no pudo soportar más la situación y decidió intervenir como mediador entre padre e hija, y dispersar aquella nube negra que se había interpuesto entre ambos seres, tan queridos para él. Sin dudarlo un instante más, se dirigió a la puerta de Tania, la golpeó y fue recibido. —Vamos, vamos, querida Tania, esto no está bien —empezó a decir en broma, pero dulcemente, mientras contemplaba aquel rostro femenino cubierto de lágrimas—. No es para tanto. Después de todo, son discusiones que se presentan todos los días, en todas las casas. Vamos, querida Tania, hay que saber perdonar. ¿De acuerdo? —Es que usted no sabe cuánto me tortura —y al decir esto, una lluvia de lágrimas brotaron de sus hermosos y grandes ojazos—. Siempre me está atormentando —continuó, mientras se retorcía las manos—. Nunca he dicho nada que pudiera ofenderle. En este caso, sólo me limité a decir que era innecesario mantener tantos trabajadores, pues resultaba un gasto que se podía evitar con facilidad. Me limité simplemente a decir que lo que había que hacer era contratar trabajadores por horas. Usted sabe que esos hombres no han hecho nada durante toda la semana. Yo… lo único que le dije fue esto. Y entonces se puso a gritarme como un energúmeno, diciéndome un montón de cosas, todas ofensivas, profundamente insultantes. Y todo por nada. —Bueno, no hay que preocuparse por eso —trató de calmarla Kovrin—. Ha estado gritando, chillando, llorando, pataleando: ya es suficiente, ¿no le parece? No puede seguir así todo el día, no sería justo. Sabe que su padre, más que quererla, la adora, la idolatra. —Mi padre ha arruinado toda mi vida —dijo Tania entre sollozos—. Durante toda mi existencia sólo he oído insultos de sus labios, y sufrido afrenta tras afrenta. Mi padre me considera como algo superfluo en su propia casa. ¡Pues que se quede con su casa! Mañana me marcho de ella. Él es el único responsable de mi marcha. Sí, mañana me iré de este lugar y me pondré a estudiar para luego conseguir un empleo. ¡Que se quede con su dichosa casa! —Vamos, Tania, vamos, no se ponga así —dijo Kovrin—. Vamos, deje de llorar. Le diré lo que pienso: tanto el uno como el otro son irritables, impulsivos y, si quiere que le diga toda la verdad, los dos están equivocados; sí, los dos, pues exageran las cosas más nimias. Vamos, ya me encargaré yo de que hagan las paces. Durante todo este tiempo, Kovrin estuvo hablando con un tono persuasivo y suave, pero Tania seguía llorando, encogiéndose de hombros ante todo lo que él le decía, y retorciéndose las manos como si hubiera sufrido un verdadero infortunio. Kovrin trató de hacerle comprender que exageraba la cosa más de lo que debía. Le parecía mentira que por una cosa tan banal aquella criatura quisiera amargarse todo el día y quizá toda su existencia. Mientras la consolaba, pensó que excepto Tania y su padre, no había nadie en el mundo que le quisiera tanto; y que de no haber sido por ellos, él, que había quedado huérfano durante su tierna infancia, habría pasado el resto de su existencia sin una caricia, sin palabras de consuelo, y sin ese cariño que sólo pueden dar las personas que son de nuestra misma sangre. Pero también percibió que sus desequilibrados e irritados nervios estaban reaccionando como magnetos a los gritos y sollozos de aquella testaruda muchacha. Se dio cuenta de que nunca podría amar a una mujer robusta y saludable, fresca y sonrosada; pero le conmovía aquella Tania pálida, débil y desgraciada. Kovrin sentía un gran placer al contemplar sus cabellos sedosos y sus redondeados hombros. Se acercó más a ella y le apretó la mano, mientras con su pañuelo enjugaba las lágrimas que se deslizaban por las sonrosadas mejillas. Por fin, Tania dejó de llorar. Pero siguió quejándose de su padre, censurando su conducta hacia ella, lamentándose de la vida que llevaba en aquella casa, tratando de que Kovrin comprendiese la situación en que se hallaba. Luego, poco a poco, empezó a sonreír, mientras afirmaba solemnemente que Dios la había castigado dándole aquel carácter tan impulsivo. Y al fin se echó a reír como una loca, se calificó a sí misma de atolondrada e inconsecuente y salió corriendo de la habitación. Instantes después, Kovrin se dirigió al jardín. Igor Semionovich y Tania, como si nada hubiese pasado, paseaban abrazados por el césped, comiendo pan de centeno y sal. Ambos tenían mucha hambre. V Satisfecho por su papel de intermediario pacificador, Kovrin se dirigió al parque. Mientras se hallaba sentado en un banco, oyó el ruido de un carricoche y la risa de una mujer. De inmediato pensó que aquello significaba que llegaban nuevos visitantes. Las sombras cubrieron el jardín, y a lo lejos se podía oír algo confusamente la música de un violín, las risas de las mujeres y el alborozado jolgorio de los jóvenes participantes en aquella fiesta. Estos detalles le hicieron recordar al Monje Negro, pues fue en idénticas circunstancias cuando lo vio por primera vez. ¿A qué país, a qué planeta, habría ido aquel absurdo efecto óptico? Trató de acordarse de aquella vez en que lo vio en el campo de centeno, detrás de los pinos situados en ese instante frente a él. De repente, y precisamente de los mismos pinos, emergió un hombre de mediana estatura, que caminaba lentamente sin hacer el más mínimo ruido. Sus cabellos grises estaban descubiertos, iba vestido de negro y tenía los pies descalzos como un mendigo. Su pálido y cadavérico rostro estaba cubierto de manchas negras. Después de saludarle con una gentil inclinación de cabeza, el extranjero o mendigo se dirigió al banco y se sentó en él. Kovrin se dio cuenta de inmediato de que era el Monje Negro. Durante un instante ambos se miraron; Kovrin, asombrado, pero el monje bondadosamente, aunque con una expresión taimada y astuta en su rostro. —Pero si es un espejismo —dijo Kovrin—, ¿cómo es que está aquí, y cómo se sienta en este banco? Esto no está de acuerdo con la leyenda. —Es lo mismo —respondió el monje con tono suave, volviendo su rostro hacia Kovrin—. La leyenda, el espejismo, yo mismo, todo no es más que el fruto de su imaginación exaltada. Yo soy un fantasma. —¿Es decir —respondió Kovrin— que no existe? —Piense lo que quiera —respondió el monje, sonriendo burlonamente—. Yo existo en su imaginación, y dado que su imaginación forma parte de la Naturaleza, es evidente que yo debo existir en la Naturaleza. —Veo que su rostro demuestra inteligencia y distinción —dijo Kovrin—. Sin embargo, tengo la extraña impresión de que usted ha vivido más de mil años. No creía que mi imaginación fuera capaz de crear tal fenómeno. ¿Por qué me mira con tanto arrobamiento? ¿Acaso está satisfecho de haberme encontrado? ¿Le agrada mi persona? —Sí; ya que es uno de los pocos a los que se puede llamar con toda justicia «un elegido de Dios». Usted siempre sirve y obedece a la verdad eterna. Sus pensamientos, sus intenciones, su elevada formación científica, su vida entera están marcados con el sello de la divinidad, una impronta celestial. Estas características están reservadas a lo racional y hermoso, es decir, al Eterno. —Se refiere usted a la verdad eterna. Por consiguiente, ¿puede ser accesible y necesaria la verdad eterna para los hombres si no existe la vida eterna? —Existe una vida eterna —respondió el monje. —Por la forma en que me habla veo que cree en la inmortalidad de los hombres. —Desde luego. A vosotros, los hombres, os espera un maravilloso y grandioso futuro. Y cuantos más hombres como usted tenga el mundo, más pronto llegará. Sin ustedes, ministros de los más altos principios, que viven libre y honradamente, la humanidad no sería nada; desarrollándose en su orden natural, debería esperar el fin de su vida terrena. Pero usted, ha acelerado en miles de años la llegada de este maravilloso futuro existente dentro del reino de la eterna verdad: y éste es el grandioso servicio que ha sabido llevar a cabo. Usted lleva dentro de su ser aquella bendición de Dios que descansa sobre la gente buena, sobre los hombres de corazón limpio y puro. —¿Y cuál es el objetivo de la vida eterna? —preguntó cada vez más intrigado Kovrin. —El mismo que el de toda vida. La verdadera felicidad radica en el conocimiento, y la vida eterna presenta innumerables e inextinguibles fuentes de conocimientos. Fue en este sentido que Jesucristo dijo: «En la casa de Mi Padre existen muchas moradas…» —No puede hacerse una idea —respondió Kovrin— de la alegría tan grande que siento al oírle decir esas hermosas palabras. —Me congratulo de ello. —Sin embargo —respondió Kovrin— tengo la plena certeza de que apenas se marche, me veré atormentado por la incertidumbre en cuanto a su realidad. Usted es un fantasma, una alucinación. ¿Quiere decir que estoy físicamente enfermo, que mi estado no es normal? —¿Y qué si lo está? Eso no debe preocuparle. Usted está enfermo porque ha sometido a una tensión excesiva sus poderes, porque ha ofrendado su salud en sacrificio a una idea, y está cerca el día en que sacrificará no solamente esto, sino también su vida. ¿Qué más puede desear? Es a lo que aspira todo ser noble y puro. —Pero si estoy físicamente enfermo, ¿cómo puedo confiar en mí mismo? —¿Y cómo sabe que todos los hombres geniales en quienes ha creído todo el mundo no han visto también visiones? Ser un genio es análogo a la demencia. Créame, las personas saludables y normales no son más que hombres ordinarios, vulgares, corrientes; un rebaño de ganado. Los temores a las enfermedades nerviosas, agotamiento y decrepitud sólo pueden tenerlos aquellos cuyos ideales en esta vida se basan en el presente; ése es el rebaño. —Sin embargo —dijo Kovrin—, los romanos tenían por ideal aquello de mens sana in corpore sano. —Todo lo que dijeron los romanos y los griegos no era verdad. Exaltaciones, aspiraciones, excitaciones, éxtasis, todas esas cosas que distinguen a los profetas, poetas y mártires de los hombres ordinarios, son incompatibles con la vida animal, es decir, con la salud física. Se lo repito, si quiere ser un hombre saludable y normal únase al rebaño. —¡Qué extraño es que usted repita ahora cosas que yo pensé en tantas ocasiones! —dijo Kovrin—. Parece como si me hubiera estado espiando y hubiera llegado a enterarse de mis pensamientos secretos. Pero no hablemos de mí. ¿Qué me quiso decir con las palabras «verdad eterna»? El monje no respondió. Kovrin le miró, pero no pudo ver su rostro. Sus formas se nublaron y desaparecieron; su cabeza y sus brazos se esfumaron; su cuerpo empezó a hacerse difuso, y llegó finalmente a confundirse con las sombras del crepúsculo. —La alucinación se ha marchado —dijo riéndose Kovrin—. Es una verdadera lástima. Volvió a la mansión, feliz y satisfecho. Lo que le había dicho el Monje Negro no sólo había halagado su amor propio, sino su espíritu, y todo su ser. ¡Qué ideal más glorioso era ser el elegido, ser ministro de la verdad eterna, poder formar en las filas de aquellos que se apresuraron durante cientos de años en entrar en el reino de Cristo, de aquellos que se sacrificaron para que la Humanidad fuese mejor, y se viera libre de pecado y de sufrimientos, el consagrarlo todo a un ideal, juventud, fuerza, salud, morir por el bienestar de todos! Y cuando le vino a la mente su pasado, una vida casta y pura, consagrada completamente al trabajo, recordó todo lo que había aprendido y lo que había enseñado y, al final tuvo que admitir que lo que le había dicho el Monje Negro no era más que la pura verdad. No, el monje aquél no había exagerado nada. Atravesando el parque, corriendo a su encuentro, se acercaba Tania. Llevaba un vestido distinto al que le había visto la última vez. —¿Ya regresó? —le gritó entusiasmada, pero con cierto asombro en su cristalina voz— Estuvimos buscándole por todas partes… ¿Pero qué le ha ocurrido? —preguntó sorprendida, mirándole fijamente a los ojos, unos ojos en los que había un extraño y misterioso reflejo—. Le encuentro muy extraño. —Estoy muy satisfecho, querida Tania —repuso Kovrin, mientras le ponía una mano sobre los hombros—. Bueno, en realidad, estoy más que satisfecho: ¡soy feliz! Tania, no encuentro las palabras exactas para decirte lo muy querida que eres para mí. Sí, Tania, estoy muy satisfecho; no puedes hacerte una idea de ello. Besó ardorosamente sus manos, y continuó: —Acabo de vivir los momentos más maravillosos, más felices, más encantadores de toda mi vida; algo que es imposible que pueda sucederle a un hombre sobre esta superficie terráquea… Pero no te lo puedo contar todo, ya que me tomarías por un loco, o te negarías a creerme. Deja que te hable de tu persona. Tania, te quiero. No sabes durante cuánto tiempo te he querido. El estar cerca de ti, el verte diez veces al día, ha llegado a convertirse en una necesidad para mí. No sé cómo voy a poder vivir sin ti cuando regrese a casa. —No te creo —respondió Tania—. Estoy segura de que te olvidarás de nosotros a los dos días. Somos gente modesta, y tú eres un gran hombre. —Estoy hablando en serio, Tania —le contestó Kovrin—. ¡Te llevaré conmigo! ¿Qué me contestas? ¿Vendrás conmigo? ¿Serás mía? —¿Pero qué tonterías estás diciendo, Andrei? —dijo Tania, tratando de reír. Pero la risa no brotó de sus labios; en su lugar, se ruborizó. Empezó a respirar aceleradamente, y luego se puso a caminar con paso rápido por el parque—. No pienso, nunca he pensado en esto, nunca pensé que podría ocurrir esto —continuó Tania, juntando las manos como en un acto de desesperación. Kovrin se acercó más a ella, y con aquella misma expresión extraña en su rostro, trató de convencerla, diciéndole apasionadamente: —Yo anhelo un amor que tome posesión de todo mi ser, de toda mi alma; y ese amor sólo tú puedes dármelo. ¡Soy feliz! ¡Cuan feliz soy! Tania estaba asombrada y confusa, y no sabía qué decir. Fue tanta la emoción que le produjeron las palabras de Kovrin que parecía haber envejecido diez años. Pero Kovrin la vio más hermosa que nunca, y, arrastrado por la pasión que le dominaba, gritó como en éxtasis: —¡Qué hermosa eres, querida Tania! VI Cuando Igor Semionovich se enteró no sólo del noviazgo repentino de Tania, sino también de su próximo matrimonio, se puso a dar pasos agigantados por la estancia, tratando de coordinar sus ideas y dominar su agitación. Se retorcía las manos y las venas de su cuello parecían tan amoratadas como las violetas que cultivaba en sus viveros. Ordenó que engancharan los caballos en su carricoche y se ausentó de la casa. Tania, al ver cómo fustigaba los caballos y se cubría las orejas con su gorra de cuero, comprendió lo que le pasaba a su padre, se encerró en su habitación, cerró la puerta, y lloró todo el día. En los huertos, los melocotones y las ciruelas estaban a punto de madurar. El empaquetado y envío de tan delicada mercancía a Moscú requería la máxima atención, como asimismo jaleo y bullicio. Teniendo en cuenta el intenso calor del verano, cada árbol tenía que ser regado; el procedimiento era muy costoso en aquella época, tanto por el tiempo empleado como por la energía que se debía gastar. Aparecieron los sempiternos gusanos, que los trabajadores, y hasta Igor Semionovich y Tania mataban apretándolos con los dedos, a disgusto de Kovrin, a quien asqueaba ese acto repugnante. También había que tener en cuenta los cuidados prodigados a las frutas que madurarían en otoño, y de la que habría gran demanda desde las ciudades, como lo demostraba la gran correspondencia que recibían. En el momento en que todos estaban más atareados, cuando parecía que nadie disponía ni de un segundo libre, empezaron las labores en los campos, privando a los viveros de flores de la mitad de sus floricultores. Igor Semionovich, tostado por el sol, nervioso e irritado, galopaba de un lado para otro; ahora a los jardines, luego a los campos, mientras gritaba con todas las fuerzas de sus pulmones que aquel trabajo le estaba haciendo pedazos y que terminaría pegándose un tiro en la sien para acabar de una vez por todas. Por encima de todo estaba el ajuar de Tania, al que la familia Pesotski atribuía suma importancia. Toda la casa parecía un hormiguero: ruido de máquinas de coser y de tijeras, vapor de agua producido por las planchas de hierro, aparte de los caprichos de la nerviosa y escrupulosa modista. Y para colmo de males, cada día llegaban más visitas, y todas debían ser atendidas, alimentadas y alojadas. Sin embargo, el trabajo y las preocupaciones pasaban desapercibidos en medio de la inmensa alegría que inundaba toda la extensa mansión. Tania tenía la impresión de que el amor y la felicidad habían caído sobre ella como una de esas inesperadas lluvias de verano; aunque desde los catorce años estuvo segura de que Kovrin no se casaría más que con ella. Se hallaba en un estado de eterno asombro, duda y, desconfiaba de sí misma. En un momento se hallaba tan contenta que pensaba que volaría al cielo, y se sentaría sobre las nubes para rezarle a Dios; pero instantes después pensaba que pronto llegaría el otoño y debería abandonar la casa de su infancia y a su padre. Pero lo más curioso de todo es que tenía la idea fija de que era una mujer muy insignificante, trivial y sin importancia para casarse con alguien tan famoso como Kovrin, un gran hombre de la capital. Cuando estos pensamientos le venían a la mente, Tania subía corriendo a su habitación cerraba la puerta y se echaba a llorar desesperadamente. Pero cuando estaban presentes los visitantes, decía que Kovrin era muy guapo, que todas las mujeres iban detrás de él y que por ello la envidiaban; y en ese instante su corazón se hallaba tan repleto de orgullo y de gozo que daba la impresión de haber conquistado el mundo entero. Cuando Kovrin le sonreía a alguna mujer, los celos la devoraban, se echaba a temblar, y subía a su habitación, cerraba la puerta y volvía a echarse a llorar. Pero este estado de nervios se extendía a todo lo que hacía durante el día: ayudaba a su padre mecánicamente, sin fijarse en los papeles, los gusanos ni en si los trabajadores cumplían con sus faenas, sin siquiera darse cuenta del paso del tiempo. Igor Semionovich se encontraba casi en el mismo estado de espíritu. Aún seguía trabajando de la mañana a la noche, yendo de los jardines a los campos y de éstos a los jardines, e incluso su mal carácter había desaparecido; pero durante todo este tiempo parecía hallarse envuelto en un mágico sueño. Dentro de su robusto cuerpo parecían luchar dos hombres: uno, el verdadero Igor Semionovich, el cual, cuando oía decir a un jardinero que se había producido algún error en las plantaciones, se volvía loco por la excitación y se tiraba de los pelos; y el otro, el irreal Igor Semionovich, era un hombre que, en medio de una conversación, ponía su mano sobre el hombro del jardinero y balbuceaba emocionado: —Puedes decir lo que te plazca, amigo mío, pero la sangre es más espesa que el agua. Su madre era una mujer deslumbrante, noble, buena, una verdadera santa. Era un placer contemplar su rostro bondadoso, puro, igual que el de un ángel. Pintaba maravillosamente, escribía poesías, hablaba cinco idiomas y cantaba… Pobrecita mía. Su alma reposa en el cielo. Murió tuberculosa. El irreal Igor Semionovich hacía un gesto afirmativo con la cabeza al pronunciar estas palabras, y, después de unos momentos de silencio, proseguía: —Cuando él era aún un muchacho, camino de ser un hombre hecho y derecho, daba gusto verlo por la casa con aquel rostro de ángel, de mirada bondadosa y expresión noble. Su mirada, sus movimientos, su forma de hablar, todo era tan gentil y gracioso como su madre. ¡Y cuan inteligente era! No es por nada que tiene el título de Magister , no señor. Se lo ganó, no se lo regalaron. Pero espere un poco más, querido Iván Karlich, y ya verá lo que será dentro de diez años. Pero al llegar a este extremo, el real Igor Semionovich se acordaba de sí mismo, se cogía la cabeza entre las manos y rugía como un toro: —¡Malditos demonios! ¡Condenada escarcha! ¡Me han arruinado, me han destruido! ¡El jardín está arruinado; el jardín está destruido! Kovrin seguía trabajando con su habitual tenacidad sin apenas darse cuenta del bullicio que reinaba en la casa. El amor sólo vertía aceite en las llamas. Después de cada encuentro con Tania, regresaba a sus aposentos rebosante de dicha y felicidad, y se sentaba a trabajar entre sus libros y manuscritos con la misma pasión con la que la había besado y jurado su amor. Lo que el Monje Negro le había dicho sobre la elección divina, la verdad eterna y el glorioso futuro de la Humanidad proporcionó a todo su trabajo un significado peculiar, fuera de lo corriente. Una o dos veces por semana se encontraba con el monje, tanto en el parque como en la casa y hablaba con él durante horas y horas; pero esto no le asustaba; por el contrario, hallaba sumo placer en ello, ya que ahora estaba seguro de que el monje sólo efectuaba tales visitas a las personas elegidas y excepcionales que se habían dedicado a los ideales más puros. Pasó el día de la Asunción. Luego vino el día de la boda, que fue celebrada con lo que Igor Semionovich llamaba grand éclat , es decir, con grandes fiestas y banquetes que duraron dos días. Tres mil rublos se gastaron en comidas y bebidas; pero debido a la vil música, los ruidosos brindis y discursos, el ajetreo de los criados, las aclamaciones a los novios y a aquella atmósfera densa y asfixiante, nadie pudo apreciar ni los costosísimos vinos ni los maravillosos hors d’oeuvres traídos especialmente de Moscú. VII Era una de aquellas largas noches de invierno. Kovrin se hallaba acostado en la cama, leyendo una novela francesa. La pobre Tania, a quien cada noche le dolía la cabeza debido a que no estaba acostumbrada a vivir en una ciudad, hacía ya tiempo que estaba durmiendo, y murmuraba frases incoherentes en sus sueños. El reloj dio las tres campanadas de la madrugada. Kovrin apagó la luz y se dispuso a dormir, pero aunque permaneció con los ojos cerrados durante mucho tiempo, no logró conciliar el sueño, debido al calor dé la habitación y a que Tania no cesaba de murmurar. A las cuatro y media, Kovrin volvió a encender la luz. El Monje Negro estaba sentado en una silla junto a su cama. —¡Buenas noches! —le dijo el monje, y, después de unos segundos de silencio, preguntó—: ¿En qué pensaba en este instante? —En la gloria —respondió Kovrin—. En una novela francesa que acabo de leer, el héroe es un hombre joven que no hace más que locuras, y muere víctima de su pasión por alcanzar la gloria. Para mí esto es inconcebible. —Porque usted es demasiado inteligente. Considera indiferentemente la gloria como un juguete que no puede interesarle. —Eso es cierto. —No le interesa ser célebre. ¿De qué le sirve a un hombre que en su tumba se grabe que fue famoso y célebre, si al cabo de los años el tiempo borrará, tarde o temprano, aquella inscripción? Por suerte, para las pocas personas que son como usted, sus nombres serán olvidados con prontitud por el resto de los mortales. —Desde luego —respondió Kovrin—. ¿Para qué recordar sus nombres? ¿Para qué acordarse de ellos? En fin, dejemos esto y hablemos de otra cosa. De la felicidad, por ejemplo. ¿Qué es la felicidad? Cuando el reloj dio las cinco, Kovrin se hallaba sentado en el borde de la cama, con los pies apoyados en la alfombra, mirando hacia el monje y diciéndole: —En tiempos remotos, los hombres se asustaban de su felicidad, por muy grande que ésta fuese y, para aplacar a los dioses, depositaban delante de sus altares su querido anillo de boda. ¿Me ha comprendido? Pues bien, actualmente, yo, igual que Polícrates, estoy un poco asustado de mi propia felicidad. Desde la mañana a la noche sólo experimento dichas y alegrías; ambas cosas me absorben y ahogan cualquier otro sentimiento. Ignoro lo que es la aflicción, la desgracia, el tedio. Todo mi ser desborda felicidad por sus cuatro costados. Le hablo en serio; estoy empezando a dudar. —¿Por qué? —preguntó asombrado el monje—. ¿Acaso piensa que la felicidad es un sentimiento supernatural? ¡No! ¿Cree que no es la condición normal de las cosas? ¡No! Cuanto más alto ha subido un hombre en su desarrollo mental y moral, más libre es; su mayor satisfacción emana de su propia vida. Sócrates, Diógenes, Marco Aurelio conocieron la dicha, pero no la aflicción. Y el apóstol dice: «Regocíjate todo lo que puedas». Regocíjese y sea feliz. —Y los dioses se encolerizarán inmediatamente —dijo bromeando Kovrin—. Aunque también admito que me dolería mucho que ellos me robaran la felicidad, me obligaran a ser un desgraciado y a morirme de hambre. En aquel momento se despertó Tania. Miró extrañada y aterrorizada a su marido. Vio que hablaba, que gesticulaba y reía dirigiéndose hacia la silla, sus ojos brillaban misteriosamente y su risa tenía un tono muy extraño. —Pero Andrei, ¿con quién estás hablando? —dijo Tania, cogiendo la mano que Kovrin extendía en dirección al monje—. ¿Con quién estás hablando? —¿Con quién? —respondió Kovrin—. ¡Pues con el monje! Está sentado ahí —añadió, señalando hacia el Monje Negro. —No hay nadie ahí… nadie, Andrei; tengo la impresión de que estás enfermo. Tania abrazó a su marido, apretándolo contra ella como si quisiera defenderlo de la aparición fantasmagórica, y le tapó los ojos con su mano. —Sí, estás enfermo —dijo sollozando estremecida—. No te enfades por lo que voy a decirte, pero desde hace mucho tiempo estaba segura de que padecías de los nervios o de algo parecido. Estás enfermo… psíquicamente, Andrei. El temor de su esposa se le contagió. Una vez más miró en dirección al butacón, ahora vacío, y sintió una gran flojedad en sus brazos y piernas. Empezó a vestirse, mientras le decía a su esposa: —No es nada, querida Tania, nada… Pero admito que no estoy bien del todo. Ya es hora de que lo reconozca yo mismo. —Ya me di cuenta hace mucho tiempo, y mi padre también —respondió ella, tratando de contener sus sollozos—. Hacía tiempo que había observado que hablabas contigo mismo y que te reías de una forma muy extraña. Además, no dormías, no podías dormir por las noches. ¡Oh, Dios mío, sálvanos! —gritó, presa de terror—. Pero no te preocupes, Andrei, no te asustes. Por el amor de Dios, no te asustes. Tania también se vistió. Hasta que no se fijó en la expresión de su esposa, Kovrin no comprendió el peligro en que se hallaba. Se dio cuenta de lo que significaban el Monje Negro y sus conversaciones. Entonces se vio obligado a admitir con toda certeza de que se había vuelto loco. Ambos, sin saber cómo, se dirigieron al salón; primero él, detrás ella. Allí encontraron a Igor Semionovich envuelto en su batín. Se había despertado al oír los sollozos de su hija. —No te asustes, Andrei —dijo Tania, temblando como si tuviera fiebre—. No te asustes. Padre, ya se le pasará esto…, ya se le pasará. Kovrin estaba tan nervioso que apenas podía hablar. Para despistar, procuró tratar aquel asunto en broma. En efecto, dirigiéndose a su suegro, intentó decirle: —Felicíteme, mi querido suegro, pues ya ve que me he vuelto loco. Pero sus labios sólo se movieron, sin poder emitir sonido alguno, y sonrió amargamente. A las nueve de la mañana, Igor y su hija lo envolvieron en un abrigo, le cubrieron con una capa de pieles, y lo condujeron al médico. Este le puso en tratamiento. VIII De nuevo llegó el verano. Siguiendo las órdenes del doctor, Kovrin regresó al campo. Recuperó la salud y no volvió a ver al Monje Negro. En el campo recuperó su fuerza física. Vivía con su suegro, bebía mucha leche, trabajaba sólo dos horas al día, y dejó de beber y fumar. La tarde del 19 de junio, víspera de la fiesta más importante de la comarca, se celebró un servicio religioso en la casa. Cuando el sacerdote esparció el incienso, todo el vasto salón empezó a oler como una iglesia. Aquella atmósfera irritaba los pulmones de Kovrin, por lo que salió de la casa y se dirigió al jardín. Una vez allí, se puso a pasear arriba y abajo hasta que, cansado, se sentó en un banco. Al cabo de unos minutos, sintiéndose ya con fuerzas, se levantó y echó a caminar por el parque. Se dirigió a la orilla del riachuelo y estuvo contemplando el agua cristalina hasta que el piar melodioso de un ruiseñor le sacó de su abstracción. Se puso a caminar de nuevo, y llegó al pinar donde viera por primera vez al Monje Negro, pero ni los pinos ni las flores le reconocieron. Y es que, realmente, con aquellos cabellos al rape, su caminar cansino, su alterado rostro, tan pálido y arrugado, y aquel cuerpo pesado, era imposible que alguien lo hiciera. Cruzó el arroyuelo y atravesó los campos que en ese entonces estaban cubiertos de centeno y ahora habían sido plantados de avena. El sol acababa de ponerse, y en el amplio horizonte brillaba como un horno al rojo vivo su inmensa aureola de oro. Cuando regresó a la casa, cansado y aburrido, Tania e Igor Semionovich se hallaban sentados en los escalones de la entrada principal, tomando una taza de té. Estaban conversando, pero cuando divisaron a Kovrin se callaron, por lo que éste dedujo que habían estado hablando de él. —Es la hora en que tomes tu leche —díjole Tania. —No, aún no. Tómala tú, yo no tengo ganas. Tania miró de reojo a su padre e insistió: —Sabes perfectamente que la leche te hace bien. —Sí, sobre todo si es en grandes cantidades —repuso Kovrin—. Te felicito, he ganado una libra de peso desde el último viernes. —Se apretó la cabeza entre las manos y continuó—: ¿Por qué, por qué me has curado? Bromuros, mezclas de hierbas sedativas, baños calientes, observándome constantemente: todo esto acabará por convertirme en un idiota. Has acabado por sacarme de mis casillas. Antes tenía delirios de grandeza, pero al menos era activo, trabajador, dinámico e incluso feliz… siempre estaba contento con mi felicidad. Pero ahora me he convertido en un ser racional, materializado, como el resto del mundo. ¡Me he convertido en una mediocridad, y estoy aburrido y cansado de esta vida! ¡Oh, cuan cruelmente…, cuan cruelmente me has tratado! Admito que antes tenía alucinaciones, ¿pero qué daño le hacía a nadie el que las tuviera? Te lo repito, ¿qué daño hacía? —¡Sólo Dios sabe lo que quieres dar a entender! — intervino Igor Semionovich—. No vale la pena oírte hablar. —Pues no necesita hacerlo. La presencia de Igor Semionovich, sobre todo, irritaba ahora a Kovrin. Siempre le contestaba seca y agriamente a su padre político, incluso con rudeza, y no podía contener la rabia que le producía el mero hecho de que le mirase. Igor Semionovich estaba confuso, se consideraba culpable, pero sin saber qué daño le había podido causar a su yerno. Le parecía mentira que hubieran cambiado de tal forma aquellas excelentes relaciones que los unían. Tania también se había dado cuenta de ello. Cada día era más claro para ella que las relaciones entre su padre y su esposo iban de mal en peor; que su padre se había hecho más viejo y que Kovrin cada vez era más intratable y nervioso. Ya no cantaba ni reía como antes, apenas comía nada y no podía dormir por las noches. —¡Cuan felices eran Buda, Mahoma y Shakespeare al tener la dicha de que sus médicos no tratasen de curar sus éxtasis, alucinaciones e inspiraciones! —se decía a sí mismo Kovrin—. Si Mahoma hubiese tomado bromuro de potasio para sus nervios, trabajado dos horas al día y sólo hubiese bebido leche, estoy seguro de que no habría dejado tras de su muerte absolutamente nada. Los médicos hacen todo lo que está en sus manos para convertir en idiotas a todos los hombres, y a este paso llegará el momento en que la mediocridad será considerada genialidad, y la Humanidad perecerá. ¡Si ahora pudiese tener sólo una idea, cuan feliz me consideraría! Sintió una tremenda irritación al pensar en todo esto, y para evitar decir más cosas duras e hirientes, se levantó y entró en la casa. Era una noche de fuerte ventolera, y el aroma a tabaco procedente de las plantaciones penetraba por las ventanas de su habitación. Encendió un puro y ordenó a un criado que le trajera vino: quería recordar «los viejos tiempos»… Pero ahora el tabaco era agrio y detestable, y el vino ya no tenía aquel aroma de antaño. ¡Cuántas repercusiones tiene el salirse de la práctica cotidiana, el dejar de hacer lo que se ha hecho durante años y años! Bastaron unas chupadas al puro y dos sorbos de vino para que se sintiera mareado, y se vio obligado a tomar el bromuro de potasio. Antes de acostarse, Tania le dijo: —Escúchame con un poco de paciencia, querido Andrei: mi padre te quiere mucho, pero tú no haces más que enfadarte con él por la mínima tontería, y esto lo está matando. Contempla su rostro; se está haciendo viejo, pero no cada día, sino en cada hora que pasa. Te lo imploro, Andrei, por el amor de Cristo, en nombre de tu difunto padre, en nombre de la paz de mi espíritu: sé bondadoso con él. —No puedo, y tampoco lo deseo. —¿Pero por qué? —repuso Tania, temblando—. Explícame por qué. —Porque no me cae en gracia; eso es todo —respondió Kovrin con indiferencia, encogiéndose de hombros—. Prefiero no hablar más de esto: es tu padre. —No puedo comprenderlo, no puedo comprenderlo —repitió Tania, mientras se llevaba las manos a la cabeza y fijaba su mirada en el vacío—. Algo terrible, espantoso, ha tenido que ocurrir en esta casa. Tú mismo, Andrei, has cambiado; ya no eres el mismo de antes. Te molestas por cosas insignificantes de las que en otro tiempo no hubieras hecho caso. No, no te enfades…, no te enfades —díjole cariñosamente Tania, mientras le acariciaba los cabellos, asustada por las palabras que acababa de pronunciar—. Eres inteligente, bueno y noble. Estoy segura de que serás justo con mi padre. ¡Él es tan bueno! —No, no es bueno, sino que tiene buen humor —respondió Kovrin—. Estos tíos de vaudeville —del tipo de tu padre—, de rostros bien alimentados y sonrientes, tienen su carácter especial, y en otra época acostumbraba a divertirme con ellos, ya fuese en las novelas, en el teatro o en la misma calle. Son egoístas hasta el tuétano de sus huesos. Lo más desagradable de ellos es su saciedad y ese optimismo estomacal, puro bovino, o porcino. Tania se echó a llorar y recostó su cabeza en la almohada. —¡Esto es una tortura! —Por el tono en que pronunció estas palabras se adivinaba que estaba desesperada y que le costaba trabajo hablar sin rodeos ni tapujos—. Desde el invierno pasado no he tenido un momento de tranquilidad. ¡Es terrible, Dios mío! No hago más que sufrir y padecer… —¡Oh, sí, desde luego! Por lo visto yo soy Herodes y tú y tu papá, unos niños inocentes. En aquel momento la cara de Kovrin le resultó repugnante y desagradable. La expresión de odio y furor era ajena a ella. Incluso observó que algo faltaba en su rostro: aunque a su esposo le habían cortado el cabello, no era aquello lo que le hacía parecer extraño. Tania sintió un deseo intenso de decir algo insultante, pero se contuvo, y, dominada por el terror, abandonó el dormitorio. IX Kovrin consiguió una cátedra libre en la Universidad. El día de su primera lección como profesor fue fijado para el 2 de diciembre, y una nota a tal efecto fue colocada en el tablón de anuncios de los pasillos de la Universidad. Pero cuando llegó esta fecha, las autoridades académicas recibieron un telegrama en el que Kovrin les comunicaba que no podía cumplir con aquel compromiso debido a su enfermedad. Empezó a escupir sangre de la garganta. Al principio fue eventual, de tarde en tarde, pero más adelante los escupitajos sanguinolentos se convirtieron en torrentes de sangre. Se sintió horriblemente débil, y cayó en un estado de somnolencia. Pero esta enfermedad no le asustó, pues sabía que su difunta madre había vivido con ella durante diez años. Los médicos, también, aseguraron que no había ningún peligro, y le aconsejaron que no se preocupara, que llevara una vida normal y que hablara poco. Al llegar el mes de enero, tampoco pudo ocupar la cátedra por el mismo motivo, y en febrero ya era muy tarde, pues el curso estaba avanzado. Por consiguiente, todo fue pospuesto para el año próximo. Ya no vivía con Tania, sino con otra mujer, mucho más vieja que él y que lo cuidaba como si fuera su hijo. Tenía un carácter pacífico y obediente, y por ello, cuando Bárbara Nicolayevna hizo los trámites necesarios para llevarlo a Crimea, Kovrin consintió en ir, a pesar de que sabía que el cambio de clima y lugar le haría daño. Llegaron a Sebastopol un atardecer, y se quedaron allí para descansar, pensando marchar al día siguiente a Yalta. Ambos estaban agotados por el viaje. Bárbara tomó un poco de té y se fue a la cama. Pero Kovrin no se acostó. Una hora antes de tomar el tren había recibido una carta de Tania que no había leído, y pensar en ella le producía agitación. En el fondo de su corazón, él sabía que su matrimonio con Tania había sido un error. También aceptaba que había hecho bien en alejarse de ella, pero no podía dejar de admitir que el haberse ido a vivir con esta nueva mujer lo había convertido en un pelele entre sus manos, y se sintió vejado. Al contemplar la letra de Tania en el sobre, recordó lo injusto que había sido con ella y con su padre. Evocó aquella tarde en que, presa de un ataque de nervios, cogió todos los artículos de su suegro, los hizo añicos, los arrojó por la ventana, y contempló cómo el viento los arrastraba depositándolos en las hojas de los árboles y las flores del jardín; en cada página había creído ver unas pretensiones desmedidas, una manía de grandeza y un carácter frívolo. Esto le había producido tal impresión que se apresuró en escribirle una carta en la que confesaba su culpa. En cuanto a Tania, debía admitir que había arruinado su vida. Recordó que en cierta ocasión había sido terriblemente cruel con ella, al decirle que su padre había desempeñado el papel de casamentero, y le había insinuado que se casara con ella. Y que cuando Igor Semionovich se enteró de esto, penetró en su habitación, enfurecido como un toro salvaje, y tan enloquecido que después de echarle en cara que había pisoteado su honor, ya no pudo murmurar una sola palabra, como si le hubieran cortado la lengua. Tania, viendo a su padre en aquel estado, se puso a gritar como una loca, y cayó desvanecida al suelo. Sí, admitía que se había comportado como un ser monstruoso y repugnante. Se dirigió al balcón, abrió la puerta y se sentó en la terraza. Desde el piso inferior de aquella posada llegaban gritos y algarabías; seguramente estaban festejando algo importante. Kovrin hizo un esfuerzo, abrió la carta de Tania y, tras regresar a la habitación, se dispuso a leerla. «Mi padre acaba de morir. Por esto estoy en deuda contigo, ya que has sido tú quien le ha matado. Nuestras plantaciones están arruinadas; están administradas por extraños; lo que mi padre siempre temió ha sucedido. Esto también te lo debo a ti, ya que eres el culpable de todo. ¡Te odio con toda mi alma, y deseo que pronto te mueras! ¡Sólo Dios sabe cuánto estoy sufriendo! ¡Sólo Él sabe el dolor que me destroza el corazón! ¡Te maldigo con todas las fuerzas de mi alma! Creí que eras un hombre excepcional, un genio; por ello te amé, pero me demostraste que sólo eras un loco…» Kovrin no pudo seguir leyendo; rompió la carta y tiró al suelo los pedazos. Se hallaba dominado por el agotamiento y la desesperación. Al otro lado del biombo dormía Bárbara Nikolayevna; podía oír su respiración. Aquella carta le había aterrorizado. Tania le maldecía, le deseaba que se muriese. Miró hacia la puerta, como temiendo que por ella entrara aquel poder desconocido que durante dos años había arruinado su vida y las de quienes le habían rodeado. Por experiencia sabía que, cuando los nervios se desataban, lo mejor era refugiarse en un trabajo. De modo que cogió su cartera de mano y sacó una compilación que había pensado acabar durante su estancia en Crimea si se aburría con la inactividad. Se acomodó frente a la mesa y se puso a trabajar en aquella compilación, creyendo que sus nervios se calmaban, poco a poco. Luego pensó que para conseguir aquella cátedra de filosofía había debido estudiar durante quince años, llegado a los cuarenta, trabajado día y noche, padecido una grave enfermedad, sobrevivido a un matrimonio frustrado; había sido culpable de mil injurias y crueldades que le torturaba recordar. Sí, tenía que admitir todo esto. Había sufrido y había hecho sufrir sólo para ser una mediocridad. Sí, se dio cuenta de que era una mediocridad, y lo aceptó así, pensando que cada hombre debe estar satisfecho con lo que realmente es. Pero había muchas cosas que no podía olvidar. Los trozos de la carta de Tania, esparcidos por el suelo, avivaron más aún su tortura psíquica. Se agachó y los recogió; lanzó aquellos fragmentos por la ventana. Se sintió dominado por el terror, y tuvo la extraña sensación de que en aquella posada no había ningún ser viviente excepto él… Se dirigió al balcón. Desde allí se divisaba la bahía, con sus aguas tranquilas y las luces de los barcos. Hacía calor y bochorno, y por un instante pensó lo agradable que sería bañarse en aquellas aguas. De repente, debajo de su balcón, oyó la música de un violín y el canto de dos mujeres. Eso le hizo recordar una escena lejana, allá en las plantaciones de Igor Semionovich. La letra de aquella canción se refería a una muchacha, enferma imaginativa, que oía por la noche en su jardín unos sones misteriosos, y hallaba en ellos una armonía y un tono de santidad incomprensibles para nosotros los mortales… Kovrin se cogió la cabeza entre las manos, su corazón dejó de latir, y el mágico y misterioso éxtasis, olvidado hacía ya mucho tiempo, volvió a temblar en su corazón. Una columna alta y negra, como un ciclón o una tromba marina, apareció en la costa opuesta. Se deslizaba con increíble velocidad en dirección a la posada; luego se hizo más y más pequeña, y Kovrin se apartó para dejarle paso… El monje, aquel monje de cabellos grises, cejas negras y pies desnudos, con las manos cruzadas sobre su pecho, pasó junto a él y se detuvo en el centro de la habitación. —¿Por qué no me creyó? —preguntó en un tono de reproche, mirándole a los ojos—. Si hubiese creído en mí cuando le dije que era un genio, estos dos últimos años no habrían pasado tan triste y estérilmente. Kovrin volvió a creer que era un elegido de Dios y un genio; recordó todas las conversaciones que sostuvo con el Monje Negro, y quiso responderle. Pero la sangre fluyó de su garganta; no supo qué hacer y se llevó las manos al pecho, empapando de sangre los puños de su camisa. Quiso llamar a Barbara Nikolayevna, que dormía tras el biombo, y haciendo un esfuerzo, gritó: —¡Tania! Cayó al suelo, y, levantando las manos, volvió a gritar: —¡Tania! Gritó llamando a Tania, al gran jardín con sus maravillosas flores, al parque, a los pinos con sus raíces al descubierto, al campo de centeno, a su ciencia, su juventud, su osadía y su felicidad, gritó llamando a la vida que había sido tan hermosa. Vio en el suelo, delante suyo, un gran charco de sangre, y era tanta su debilidad que no pudo articular ni una sola palabra. Pero, cosa extraña, una infinita e inexplicable alegría llenó todo su ser. Debajo del balcón seguía oyéndose la música de la serenata. El Monje Negro se acercó a él y le susurró al oído que era un genio, y que moría porque su débil cuerpo había perdido el equilibrio y no podía servir más de cobertura de un genio. Cuando Barbara Nikolayevna se despertó y salió de atrás del biombo, Kovrin estaba muerto. Pero su rostro estaba helado en una impasible sonrisa de felicidad. FIN Autor: Antón Chéjov Título: El monje negro Título Original: Чёрный монах Publicado en: Артистъ (Artista), enero de 1894 Traducción: Ricardo Joancomartí Velasco











