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- "Dos palabras", cuento de Isabel Allende
Tenía el nombre de Belisa Crepusculario, pero no por fe de bautismo o acierto de su madre, sino porque ella misma lo buscó hasta encontrarlo y se vistió con él. Su oficio era vender palabras. Recorría el país, desde las regiones más altas y frías hasta las costas calientes, instalándose en las ferias y en los mercados, donde montaba cuatro palos con un toldo de lienzo, bajo el cual se protegía del sol y de la lluvia para atender a su clientela. No necesitaba pregonar su mercadería, porque de tanto caminar por aquí y por allá, todos la conocían. Había quienes la aguardaban de un año para otro, y cuando aparecía por la aldea con su atado bajo el brazo hacían cola frente a su tenderete. Vendía a precios justos. Por cinco centavos entregaba versos de memoria, por siete mejoraba la calidad de los sueños, por nueve escribía cartas de enamorados, por doce inventaba insultos para enemigos irreconciliables. También vendía cuentos, pero no eran cuentos de fantasía, sino largas historias verdaderas que recitaba de corrido, sin saltarse nada. Así llevaba las nuevas de un pueblo a otro. La gente le pagaba por agregar una o dos líneas: nació un niño, murió fulano, se casaron nuestros hijos, se quemaron las cosechas. En cada lugar se juntaba una pequeña multitud a su alrededor para oírla cuando comenzaba a hablar y así se enteraban de las vidas de otros, de los parientes lejanos, de los pormenores de la Guerra Civil. A quien le comprara cincuenta centavos, ella le regalaba una palabra secreta para espantar la melancolía. No era la misma para todos, por supuesto, porque eso habría sido un engaño colectivo. Cada uno recibía la suya con la certeza de que nadie más la empleaba para ese fin en el universo y más allá. Belisa Crepusculario había nacido en una familia tan mísera, que ni siquiera poseía nombres para llamar a sus hijos. Vino al mundo y creció en la región más inhóspita, donde algunos años las lluvias se convierten en avalanchas de agua que se llevan todo, y en otros no cae ni una gota del cielo, el sol se agranda hasta ocupar el horizonte entero y el mundo se convierte en un desierto. Hasta que cumplió doce años no tuvo otra ocupación ni virtud que sobrevivir al hambre y la fatiga de siglos. Durante una interminable sequía le tocó enterrar a cuatro hermanos menores y cuando comprendió que llegaba su turno, decidió echar a andar por las llanuras en dirección al mar, a ver si en el viaje lograba burlar a la muerte. La tierra estaba erosionada, partida en profundas grietas, sembrada de piedras, fósiles de árboles y de arbustos espinudos, esqueletos de animales blanqueados por el calor. De vez en cuando tropezaba con familias que, como ella, iban hacia el sur siguiendo el espejismo del agua. Algunos habían iniciado la marcha llevando sus pertenencias al hombro o en carretillas, pero apenas podían mover sus propios huesos y a poco andar debían abandonar sus cosas. Se arrastraban penosamente, con la piel convertida en cuero de lagarto y los ojos quemados por la reverberación de la luz. Belisa los saludaba con un gesto al pasar, pero no se detenía, porque no podía gastar sus fuerzas en ejercicios de compasión. Muchos cayeron por el camino, pero ella era tan tozuda que consiguió atravesar el infierno y arribó por fin a los primeros manantiales, finos hilos de agua, casi invisibles, que alimentaban una vegetación raquítica, y que más adelante se convertían en riachuelos y esteros. Belisa Crepusculario salvó la vida y además descubrió por casualidad la escritura. Al llegar a una aldea en las proximidades de la costa, el viento colocó a sus pies una hoja de periódico. Ella tomó aquel papel amarillo y quebradizo y estuvo largo rato observándolo sin adivinar su uso, hasta que la curiosidad pudo más que su timidez. Se acercó a un hombre que lavaba un caballo en el mismo charco turbio donde ella saciara su sed. —¿Qué es esto? —preguntó. —La página deportiva del periódico —replicó el hombre sin dar muestras de asombro ante su ignorancia. La respuesta dejó atónita a la muchacha, pero no quiso parecer descarada y se limitó a inquirir el significado de las patitas de mosca dibujadas sobre el papel. —Son palabras, niña. Allí dice que Fulgencio Barba noqueó al Negro Tiznao en el tercer round. Ese día Belisa Crepusculario se enteró que las palabras andan sueltas sin dueño y cualquiera con un poco de maña puede apoderárselas para comerciar con ellas. Consideró su situación y concluyó que aparte de prostituirse o emplearse como sirvienta en las cocinas de los ricos, eran pocas las ocupaciones que podía desempeñar. Vender palabras le pareció una alternativa decente. A partir de ese momento ejerció esa profesión y nunca le interesó otra. Al principio ofrecía su mercancía sin sospechar que las palabras podían también escribirse fuera de los periódicos. Cuando lo supo calculó las infinitas proyecciones de su negocio, con sus ahorros le pagó veinte pesos a un cura para que le enseñara a leer y escribir y con los tres que le sobraron se compró un diccionario. Lo revisó desde la A hasta la Z y luego lo lanzó al mar, porque no era su intención estafar a los clientes con palabras envasadas. Varios años después, en una mañana de agosto, se encontraba Belisa Crepusculario en el centro de una plaza, sentada bajo su toldo vendiendo argumentos de justicia a un viejo que solicitaba su pensión desde hacía diecisiete años. Era día de mercado y había mucho bullicio a su alrededor. Se escucharon de pronto galopes y gritos, ella levantó los ojos de la escritura y vio primero una nube de polvo y enseguida un grupo de jinetes que irrumpió en el lugar. Se trataba de los hombres del Coronel, que venían al mando del Mulato, un gigante conocido en toda la zona por la rapidez de su cuchillo y la lealtad hacia su jefe. Ambos, el Coronel y el Mulato, habían pasado sus vidas ocupados en la Guerra Civil y sus nombres estaban irremisiblemente unidos al estropicio y la calamidad. Los guerreros entraron al pueblo como un rebaño en estampida, envueltos en ruido, bañados de sudor y dejando a su paso un espanto de huracán. Salieron volando las gallinas, dispararon a perderse los perros, corrieron las mujeres con sus hijos y no quedó en el sitio del mercado otra alma viviente que Belisa Crepusculario, quien no había visto jamás al Mulato y por lo mismo le extrañó que se dirigiera a ella. —A ti te busco —le gritó señalándola con su látigo enrollado y antes que terminara de decirlo, dos hombres cayeron encima de la mujer atropellando el toldo y rompiendo el tintero, la ataron de pies y manos y la colocaron atravesada como un bulto de marinero sobre la grupa de la bestia del Mulato. Emprendieron galope en dirección a las colinas. Horas más tarde, cuando Belisa Crepusculario estaba a punto de morir con el corazón convertido en arena por las sacudidas del caballo, sintió que se detenían y cuatro manos poderosas la depositaban en tierra. Intentó ponerse de pie y levantar la cabeza con dignidad, pero le fallaron las fuerzas y se desplomó con un suspiro, hundiéndose en un sueño ofuscado. Despertó varias horas después con el murmullo de la noche en el campo, pero no tuvo tiempo de descifrar esos sonidos, porque al abrir los ojos se encontró ante la mirada impaciente del Mulato, arrodillado a su lado. —Por fin despiertas, mujer —dijo alcanzándole su cantimplora para que bebiera un sorbo de aguardiente con pólvora y acabara de recuperar la vida. Ella quiso saber la causa de tanto maltrato y él le explicó que el Coronel necesitaba sus servicios. Le permitió mojarse la cara y enseguida la llevó a un extremo del campamento, donde el hombre más temido del país reposaba en una hamaca colgada entre dos árboles. Ella no pudo verle el rostro, porque tenía encima la sombra incierta del follaje y la sombra imborrable de muchos años viviendo como un bandido, pero imaginó que debía ser de expresión perdularia si su gigantesco ayudante se dirigía a él con tanta humildad. Le sorprendió su voz, suave y bien modulada como la de un profesor. —¿Eres la que vende palabras? —preguntó. —Para servirte —balbuceó ella oteando en la penumbra para verlo mejor. El Coronel se puso de pie y la luz de la antorcha que llevaba el Mulato le dio de frente. La mujer vio su piel oscura y sus fieros ojos de puma y supo al punto que estaba frente al hombre más solo de este mundo. —Quiero ser Presidente —dijo él. Estaba cansado de recorrer esa tierra maldita en guerras inútiles y derrotas que ningún subterfugio podía transformar en victorias. Llevaba muchos años durmiendo a la intemperie, picado de mosquitos, alimentándose de iguanas y sopa de culebra, pero esos inconvenientes menores no constituían razón suficiente para cambiar su destino. Lo que en verdad le fastidiaba era el terror en los ojos ajenos. Deseaba entrar a los pueblos bajo arcos de triunfo, entre banderas de colores y flores, que lo aplaudieran y le dieran de regalo huevos frescos y pan recién horneado. Estaba harto de comprobar cómo a su paso huían los hombres, abortaban de susto las mujeres y temblaban las criaturas, por eso había decidido ser Presidente. El Mulato le sugirió que fueran a la capital y entraran galopando al Palacio para apoderarse del gobierno, tal como tomaron tantas otras cosas sin pedir permiso, pero al Coronel no le interesaba convertirse en otro tirano, de ésos ya habían tenido bastantes por allí y, además, de ese modo no obtendría el afecto de las gentes. Su idea consistía en ser elegido por votación popular en los comicios de diciembre. —Para eso necesito hablar como un candidato. ¿Puedes venderme las palabras para un discurso? —preguntó el Coronel a Belisa Crepusculario. Ella había aceptado muchos encargos, pero ninguno como ése, sin embargo no pudo negarse, temiendo que el Mulato le metiera un tiro entre los ojos o, peor aún, que el Coronel se echara a llorar. Por otra parte, sintió el impulso de ayudarlo, porque percibió un palpitante calor en su piel, un deseo poderoso de tocar a ese hombre, de recorrerlo con sus manos, de estrecharlo entre sus brazos. Toda la noche y buena parte del día siguiente estuvo Belisa Crepusculario buscando en su repertorio las palabras apropiadas para un discurso presidencial, vigilada de cerca por el Mulato, quien no apartaba los ojos de sus firmes piernas de caminante y sus senos virginales. Descartó las palabras ásperas y secas, las demasiado floridas, las que estaban desteñidas por el abuso, las que ofrecían promesas improbables, las carentes de verdad y las confusas, para quedarse sólo con aquellas capaces de tocar con certeza el pensamiento de los hombres y la intuición de las mujeres. Haciendo uso de los conocimientos comprados al cura por veinte pesos, escribió el discurso en una hoja de papel y luego hizo señas al Mulato para que desatara la cuerda con la cual la había amarrado por los tobillos a un árbol. La condujeron nuevamente donde el Coronel y al verlo ella volvió a sentir la misma palpitante ansiedad del primer encuentro. Le pasó el papel y aguardó, mientras él lo miraba sujetándolo con la punta de los dedos. —¿Qué carajo dice aquí? —preguntó por último. —¿No sabes leer? —Lo que yo sé hacer es la guerra —replicó él. Ella leyó en alta voz el discurso. Lo leyó tres veces, para que su cliente pudiera grabárselo en la memoria. Cuando terminó vio la emoción en los rostros de los hombres de la tropa que se juntaron para escucharla y notó que los ojos amarillos del Coronel brillaban de entusiasmo, seguro de que con esas palabras el sillón presidencial sería suyo. —Si después de oírlo tres veces los muchachos siguen con la boca abierta, es que esta vaina sirve, Coronel —aprobó el Mulato. —¿Cuánto te debo por tu trabajo, mujer? —preguntó el jefe. —Un peso, Coronel. —No es caro —dijo él abriendo la bolsa que llevaba colgada del cinturón con los restos del último botín. —Además tienes derecho a una ñapa. Te corresponden dos palabras secretas —dijo Belisa Crepusculario. —¿Cómo es eso? Ella procedió a explicarle que por cada cincuenta centavos que pagaba un cliente, le obsequiaba una palabra de uso exclusivo. El jefe se encogió de hombros, pues no tenía ni el menor interés en la oferta, pero no quiso ser descortés con quien lo había servido tan bien. Ella se aproximó sin prisa al taburete de suela donde él estaba sentado y se inclinó para entregarle su regalo. Entonces el hombre sintió el olor de animal montuno que se desprendía de esa mujer, el calor de incendio que irradiaban sus caderas, el roce terrible de sus cabellos, el aliento de yerbabuena susurrando en su oreja las dos palabras secretas a las cuales tenía derecho. —Son tuyas, Coronel —dijo ella al retirarse—. Puedes emplearlas cuanto quieras. El Mulato acompañó a Belisa hasta el borde del camino, sin dejar de mirarla con ojos suplicantes de perro perdido, pero cuando estiró la mano para tocarla, ella lo detuvo con un chorro de palabras inventadas que tuvieron la virtud de espantarle el deseo, porque creyó que se trataba de alguna maldición irrevocable. En los meses de setiembre, octubre y noviembre el Coronel pronunció su discurso tantas veces, que de no haber sido hecho con palabras refulgentes y durables el uso lo habría vuelto ceniza. Recorrió el país en todas direcciones, entrando a las ciudades con aire triunfal y deteniéndose también en los pueblos más olvidados, allá donde sólo el rastro de basura indicaba la presencia humana, para convencer a los electores que votaran por él. Mientras hablaba sobre una tarima al centro de la plaza, el Mulato y sus hombres repartían caramelos y pintaban su nombre con escarcha dorada en las paredes, pero nadie prestaba atención a esos recursos de mercader, porque estaban deslumbrados por la claridad de sus proposiciones y la lucidez poética de sus argumentos, contagiados de su deseo tremendo de corregir los errores de la historia y alegres por primera vez en sus vidas. Al terminar la arenga del Candidato, la tropa lanzaba pistoletazos al aire y encendía petardos y cuando por fin se retiraban, quedaba atrás una estela de esperanza que perduraba muchos días en el aire, como el recuerdo magnífico de un cometa. Pronto el Coronel se convirtió en el político más popular. Era un fenómeno nunca visto, aquel hombre surgido de la guerra civil, lleno de cicatrices y hablando como un catedrático, cuyo prestigio se regaba por el territorio nacional conmoviendo el corazón de la patria. La prensa se ocupó de él. Viajaron de lejos los periodistas para entrevistarlo y repetir sus frases, y así creció el número de sus seguidores y de sus enemigos. —Vamos bien, Coronel —dijo el Mulato al cumplirse doce semanas de éxito. Pero el candidato no lo escuchó. Estaba repitiendo sus dos palabras secretas, como hacía cada vez con mayor frecuencia. Las decía cuando lo ablandaba la nostalgia, las murmuraba dormido, las llevaba consigo sobre su caballo, las pensaba antes de pronunciar su célebre discurso y se sorprendía saboreándolas en sus descuidos. Y en toda ocasión en que esas dos palabras venían a su mente, evocaba la presencia de Belisa Crepusculario y se le alborotaban los sentidos con el recuerdo del olor montuno, el calor de incendio, el roce terrible y el aliento de yerbabuena, hasta que empezó a andar como un sonámbulo y sus propios hombres comprendieron que se le terminaría la vida antes de alcanzar el sillón de los presidentes. —¿Qué es lo que te pasa, Coronel? —le preguntó muchas veces el Mulato, hasta que por fin un día el jefe no pudo más y le confesó que la culpa de su ánimo eran esas dos palabras que llevaba clavadas en el vientre. —Dímelas, a ver si pierden su poder —le pidió su fiel ayudante. —No te las diré, son sólo mías —replicó el Coronel. Cansado de ver a su jefe deteriorarse como un condenado a muerte el Mulato se echó el fusil al hombro y partió en busca de Belisa Crepusculario. Siguió sus huellas por toda esa vasta geografía hasta encontrarla en un pueblo del sur, instalada bajo el toldo de su oficio, contando su rosario de noticias. Se le plantó delante con las piernas abiertas y el arma empuñada. —Tú te vienes conmigo —ordenó. Ella lo estaba esperando. Recogió su tintero, plegó el lienzo de su tenderete, se echó el chal sobre los hombros y en silencio trepó al anca del caballo. No cruzaron ni un gesto en todo el camino, porque al Mulato el deseo por ella se le había convertido en rabia y sólo el miedo que le inspiraba su lengua le impedía destrozarla a latigazos. Tampoco estaba dispuesto a comentarle que el Coronel andaba alelado, y que lo que no habían logrado tantos años de batallas lo había conseguido un encantamiento susurrado al oído. Tres días después llegaron al campamento y de inmediato condujo a su prisionera hasta el candidato, delante de toda la tropa. —Te traje a esta bruja para que le devuelvas sus palabras, Coronel, y para que ella te devuelva la hombría —dijo apuntando el cañón de su fusil a la nuca de la mujer. El Coronel y Belisa Crepusculario se miraron largamente, midiéndose desde la distancia. Los hombres comprendieron entonces que ya su jefe no podía deshacerse del hechizo de esas dos palabras endemoniadas, porque todos pudieron ver los ojos carnívoros del puma tornarse mansos cuando ella avanzó y le tomó la mano. FIN Autor: Isabel Allende Título: Dos palabras Publicado en: Cuentos de Eva Luna (1989)
- "Una cerveza", cuento de Santiago Pedraza
El lugar era una fuente de sodas. Un local abarrotado de risas espontáneas, besos efusivos y amigos encontrándose. La música escapaba de la garganta de una rockola, la cual acataba la voluntad de aquellos que insertaban monedas en su vientre. Las bebidas adornaban las mesas y animaban las conversaciones. Los vasos chocaban, las sonrisas se abrían paso en los labios de las personas y las bromas se colaban a las mesas más cercanas, haciendo reír incluso a los que no participaban en la plática. En el centro del lugar, había una mesa color naranja donde se desarrollaba una escena muy peculiar. Se trataba de una cita a ciegas, cuyos integrantes eran una mujer espectacularmente hermosa y un hombre muy nervioso. Se miraban el uno al otro. Ella no dejaba de sonreír, sus facciones parecían pinceladas artísticas. Él no dejaba de sudar, su frente era un iceberg derritiéndose tras el impacto de un meteoro. —¿Puedo besarte? —preguntó la mujer, con una deleitante voz de arpa. —No, yo..., eh..., no..., mejor sólo... conversemos, ¿te parece? Hay que conversar —dijo él con un nerviosismo que hacía que sus palabras se derraparan. —En serio quiero besarte —respondió ella mientras estampaba sus pupilas directamente en las de él. —¡No! Por favor, conversemos. Sólo... hablemos, ¿sí? Sólo conversemos... —¿Y de qué quieres que hablemos? —preguntó la mujer mientras recargaba la barbilla en uno de sus puños. —No lo sé... ¡De lo que sea! ¡De lo que tú quieras! —Hablemos... mmm... de tu exnovia, ¿qué te parece? —preguntó ella. El hombre sintió que el invierno entraba por sus venas, quería levantarse del asiento, pero éste parecía tener garras que lo sostenían por la cintura. —Se llamaba Roxana, ¿no es así? —prosiguió la mujer—. Dime, ¿qué le gustaba a Roxana? ¿Ver películas? ¿Ir a conciertos? ¿Hablar con otros tipos enfrente de ti? Los puños del hombre se cerraron frenéticamente, provocando que la mesa temblara un poco. Miraba el suelo para no enfrentar las pupilas grises de la mujer. Su garganta empezaba a llenarse de nudos, y habló antes de que estos se lo impidieran. —Ella era hermosa. En serio lo era. La amaba tanto, era mi princesa —dijo el hombre al borde del llanto. —Entonces, ¿la amabas? —Sí... claro que la amaba, la amaba como nadie lo había hecho —respondió el hombre con lágrimas bajando igual que serpientes por sus mejillas. —¿Entonces por qué hiciste lo que hiciste? —preguntó ella. El hombre se quebró, su llanto fue un relámpago que peleó contra la música del lugar. Sin embargo, nadie pareció notarlo. —Yo la amaba —dijo gimoteando—. Pero ella... tú debes saberlo... ella tenía muchos amigos, hablaba con muchos tipos —el hombre hizo una pausa y luego prosiguió con un leve cambió de molestia en la voz—. ¡Ella sabía que eso no me gustaba! Lo hacía a propósito para ponerme celoso —el hombre volvió a llorar —. Ella... ella... disfrutaba viéndome así... —Tenía un hermano, ¿verdad? —preguntó la mujer, con malicia juguetona. —¿Te refieres a Marcos? Sí... él siempre fue mi amigo. Veíamos los partidos juntos. —¿Y ya se lo dijiste? —la mujer esbozo una sonrisa cruel y sensual al mismo tiempo. El hombre tragó saliva. La rockola se calló un momento para escuchar su respuesta, pero al ver que se demoraba demasiado, reprodujo otra canción. El hombre miró a la mujer con ojos de cordero temeroso. —¿Puedo besarte? —peguntó ella de nuevo.—¡Nooooo! —contestó eufórico el hombre.—Entonces dime qué le pasó a Roxana —exigió sutilmente la mujer. El cuerpo del hombre temblaba como si su corazón luchara por escapar de su pecho. Sus labios aterrados no querían seguir con la conversación, pero aun así, emitieron una frase tajante. —Yo la maté. —¿Cómo? —preguntó emocionada la mujer, quería escuchar algo que ya sabía, pero esta vez, directamente de la voz del hombre, como si se tratara de un poema recitado por el propio autor. —Presioné su cuello demasiado tiempo —dijo el hombre y el llanto vino nuevamente como un cantante al que le piden una última canción—. No quería hacerlo... Yo la amaba... ¿Por qué tantos amigos? ¿Por qué tenía que hablar tanto con otros imbéciles? ¡Yo era su novio! ¡El hombre de su vida! ¡Su dueño! —el hombre se arrepintió de pronunciar esta última palabra al darse cuenta de que sonaba grotesca. La mujer se despegó del asiento y tomó la cabeza del hombre con ambas manos. Lo miró con ternura, o quizá con malicia, era difícil diferenciarlo. Le acarició el cabello mientras él lloraba desconsolado, abatido, aterrado. —Tranquilo, ya estoy aquí —dijo la mujer con sus ojos grises pegados a los del hombre. Después acercó lentamente sus labios, y lo besó delicadamente, como si aquel tipo atormentado estuviera hecho de porcelana y cualquier movimiento brusco fuera a quebrarlo. Él no dejaba de llorar, intentó resistirse al beso, pero eso no era posible. La mujer volvió a su lugar y encendió un cigarro. El humo formó figuras que se invitaban a bailar entre ellas, y algunas cenizas cayeron en su elegante vestido negro. Entonces un joven hizo una estrepitosa entrada a la fuente de sodas. Sus ojos rojos y llorosos eran la evidencia de que acababa de enterarse de algo terrible apenas unas horas antes. Su mirada exploró todo el lugar hasta encontrar lo que buscaba. El hombre reconoció inmediatamente al joven, a pesar de su aspecto furioso y desencajado: era Marcos, el hermano de Roxana. Pudo sentir el pesado retumbar de cada uno de sus pasos, como si se tratara de un gigante de piedra caminando en dirección a él. Marcos, después de tres semanas, finalmente había descubierto lo que le ocurrió a Roxana. Cuando el hombre y el joven estuvieron frente a frente, las palabras se convirtieron en criaturas que se negaron a salir de su guarida. La rockola se calló de nuevo, y el silencio se volvió monarca. Marcos sacó un revólver. Su frente dejó caer dos gotas zigzagueantes, la piedad salió corriendo del lugar, y una bala atravesó furiosa el cráneo del hombre sentado en la mesa. Una oleada de gritos y pánico abarrotó la fuente de sodas. Todos corrieron hacia la salida, interrumpiendo sus risas espontáneas, besos efusivos y encuentros amigables. La muerte terminó su cigarro, se sacudió las cenizas del elegante vestido negro, y miró su reloj... aún tenía tiempo para una cerveza. FIN Título: Una cerveza Autor: Santiago Pedraza Nacionalidad: Mexicano Género literario: Narrativo Subgénero: Cuento contemporáneo / cuento de suspenso y terror psicológico
- "La imagen de la muerte", cuento de Stephen King
El relato gira en torno a un espejo maldito, llamado Espejo de Delver , que según la leyenda refleja la imagen de la Muerte detrás de quien se mira en él. —Lo trasladamos el año pasado, y fue de lo más complicado —explicó Mr. Carlin, mientras subían la escalera—. Además, tuvimos que hacerlo a mano. No había otra forma. —Lo aseguramos de accidentes en «Lloyd’s» antes incluso de sacarlo de su caja, en el salón. Fue la única compañía que quiso asegurarlo por la cantidad que habíamos previsto. Spangler no dijo nada. El hombre era un imbécil. Johnson Spangler hacía tiempo que había aprendido que la única forma de tratar con un imbécil era ignorarle. —Lo aseguramos por un cuarto de millón de dólares —terminó Mr. Carlin cuando llegaban al rellano del segundo piso—. Y nos costó un buen pico. Era un hombrecito, no del todo gordo, con gafas sin montura y una calva morena que brillaba como una pelota de voleo barnizada. Una armadura, que guardaba la oscuridad de caoba del corredor del segundo piso, les contempló impasible. Era un corredor largo, y Spangler miró las paredes, y lo que estaba colgado en ellas, con un frío ojo profesional. Samuel Glaggert había comprado cantidades ingentes, pero no había comprado bien. Como muchos de los grandes industriales, que se habían hecho solos, en el pasado 1800, había resultado ser poco más que un amo de casa de empeños disfrazado de coleccionista, un experto en pinturas monstruosas, novelas y colecciones de poesías sin valor encuadernadas en cuero valioso, y atroces esculturas, todo ello considerado como Arte, por él. En aquel piso las paredes estaban cubiertas —festoneadas sería una mejor descripción— de tapices marroquíes de imitación, innumerables (y sin duda anónimas) madonnas sosteniendo innumerables niños nimbados, mientras innumerables ángeles revoloteaban de un lado a otro en el fondo, grotescos candelabros repletos de volutas, y una lámpara monstruosa, asquerosamente ornamentada y rematada por una ninfa sonriente y salaz. Naturalmente, el viejo pirata había conseguido algunas piezas interesantes; la ley de los promedios lo requiere así. Y si el Museo Particular en Memoria de Samuel Claggert (visitas acompañadas cada hora… 1 dólar la entrada para los adultos, 50 centavos los niños…, nauseabundo) contenía un 98 por ciento de flagrante basura, el 2 por ciento restante —cosas como el rifle Coombs colgado sobre la chimenea de la cocina, la curiosa y pequeña cámara oscura en el salón, y por supuesto el… —El espejo Delver fue retirado del piso bajo, después de un desgraciado… incidente —terminó bruscamente Mr. Carlin, motivado aparentemente, por un horrendo retrato de nadie en particular, colgado en la base del tramo de escaleras siguiente—. Hubo otros…, palabras agresivas, declaraciones destinadas…, pero ese fue un intento deliberado para destruir realmente el espejo. La mujer, una tal Miss Sandra Bates, llegó con una piedra en el bolsillo. Afortunadamente tenía mala puntería y solamente estropeó una esquina del marco. El espejo no sufrió daños. Esa muchacha Bates tenía un hermano… —No necesito que me recite el recorrido de a dólar —le cortó Spangler tranquilamente—. Conozco bien la historia del espejo Delver. —¿Fascinante, ¿no le parece? —Carlin le dirigió una extraña mirada de soslayo—. Tenemos a la duquesa inglesa, de 1709…, y el comerciante de alfombras, de Pensilvania, en 1746…, por no hablar de… —Conozco bien la historia —repitió Spangler sin inmutarse—. Lo que a mí me interesa es el trabajo. Y luego, naturalmente, la cuestión de autenticidad… —¡Autenticidad! —exclamó Carlin con una seca risita que sonó como si se hubieran sacudido huesos en la alacena, debajo de la escalera—. Toda ha sido examinado por expertos, Mr. Spangler. —Claro, también lo fue el Stradivarius de Lemlier. —Cierto —suspiró Mr. Carlin—. Pero ningún Stradivarius tuvo jamás la…, jamás causó tantas perturbaciones como el espejo Delver. —En efecto —dijo Spangler con su dulce voz despectiva. Comprendía, ahora, que no habría forma de acallar a Carlin; tenía una mente perfectamente acorde con su edad. En efecto. En silencio, subieron al tercer y cuarto piso. Al acercarse a la parte alta de la vieja estructura, notaron un calor agobiante en las oscuras galerías superiores. Con el calor, se notó un olor que Spangler conocía bien porque había pasado toda su vida de adulto envuelto en él…, un olor a moscas muertas en oscuros rincones, humedad, y carcoma detrás —del yeso. El olor a vejez. Era un olor común, únicamente, a museos y mausoleos. Imaginó que este mismo olor podía salir de la tumba de una joven virginal que llevara cuarenta años muerta. Allá arriba, las reliquias estaban amontonadas de cualquier modo, con la profusión típica de las almonedas; Mr. Carlin condujo a Spangler por un laberinto de estatuas, retratos dentro de sus marcos partidos, pajarreras, doradas y pomposas, las piezas desmontadas de una antigua bicicletatándem. Le guió hasta el fondo, a una pared a la que se había adosado una escalera, debajo de una escotilla en el techo. De la escotilla pendía un viejo candado polvoriento. A la izquierda, una imitación de Adonis les contemplaba despiadado con sus ojos sin pupilas. Uno de sus brazos se tendía y de la muñeca colgaba un letrero donde se leía: ABSOLUTAMENTE PROHIBIDA LA ENTRADA. Carlin sacó un llavero del bolsillo de su chaqueta, eligió una llave, y subió la escalera de mano. Se detuvo en el tercer barrote con la calva brillando levemente en la sombra: —No me gusta el espejo —dijo—. Nunca me gustó. Me da miedo mirarlo. Temo mirar algún día y ver… lo que los demás vieron. —No vieron otra que su imagen —aclaró Spangler. Mr. Carlin empezó a hablar, calló, movió la cabeza, y tanteó en el techo, torciendo el cuello para meter la llave en la cerradura. —Habría que cambiarlo —masculló—. Es… ¡Maldición! El candado se abrió de pronto y se soltó de las anillas. Mr. Carlin hizo un gesto brusco para recuperarlo y casi cayó de la escalera. Spangler lo cazó al vuelo, oportunamente, y miró hacia arriba. Carlin se agarraba tembloroso al último barrote de la escalera, con la cara descolorida en la oscura penumbra. —¿Está usted nervioso , verdad? —preguntó Spangler asombrado. Carlin no contestó. Parecía paralizado. —Baje, por favor —dijo Spangler—. Baja, antes de que se caiga. Carlin bajó despacio, agarrándose a cada barrote como un hombre suspendido sobre un abismo sin fondo. Cuando sus pies tocaron el suelo empezó a temblar, como si el suelo contuviera alguna corriente que le había conectado, como si fuera una luz eléctrica. —Un cuarto de millón —repitió—. Un cuarto de millón de dólares de seguro para sacar… esa cosa del piso bajo y subirla aquí. Esa maldita cosa . Tuvieron que montar un gancho especial, y su cable, para subirla al almacén del desván. Y yo tenía la esperanza, casi recé, de que las manos de alguien estarían resbaladizas…, que el cable no sería lo bastante resistente…, que la cosa caería y se rompiera en mil, en un mil, de pedazos… — Hechos —dijo Spangler—. Hechos, Carlin. Déjese de novelas, de historias truculentas, o películas de horror, baratas y truculentas. Hechos . Primero: John Delver era un artesano inglés de ascendencia normanda que fabricaba espejos en lo que llamamos el período isabelino de la historia de Inglaterra. Vivió y murió normalmente. Nada de palabras mágicas en el suelo que tuviera que limpiar el ama de llaves, nada de documentos con olor a azufre, o con unas manchas de sangre junto a la firma. Segundo: Sus espejos son joyas de coleccionista debido principalmente a su trabajo perfecto y a que empleó un tipo de cristal de efecto levemente distorsionante y de aumento para el que mirara…, algo que los distinguía de los demás. Tercero: Por lo que sabemos sólo …existen cinco espejos Delver…, dos de ellos en América. No tienen precio. Cuarto: este Delver, y el que fue destruido durante el bombardeo de Londres, se han ganado cierta dudosa reputación debida sobre todo a falsedades, exageraciones y coincidencias… —Quinto —añadió Mr. Carlin—: ¿Es usted una mala bestia, verdad? Spangler contempló con cierto asco al ciego Adonis. —Yo acompañaba al grupo del que formaba parte el hermano de Sandra Bates, cuando echó una mirada a su precioso espejo Delver, Spangler. Contaba unos dieciséis años y formaba parte de un grupo de estudiantes de escuela superior. Yo estaba contándoles la historia del espejo y había llegado a la parte que usted apreciaría…, insistiendo en la hermosa factura, la perfección del cristal…, cuando el muchacho levantó la mano. —«Pero ¿qué me dice de esa mancha negra que hay en el ángulo superior izquierdo?» —preguntó—. «Esto parece una tara.» Y uno de sus amigos le preguntó a qué se refería, así que el muchacho Bates empezó a explicarle, pero cayó de pronto. Miró el espejo fijamente, acercándose lo más que pudo al cordón de terciopelo rojo que lo protegía…, luego miró hacia atrás, como si lo que había visto fuera el reflejo de alguien…, de alguien vestido de negro…, de pie detrás de él. —Parecía un hombre —dijo—. Pero no le pude ver la cara. Ya no está. —Y no dijo más. —Siga —insistió Spangler—. Está muriéndose de ganas de decirme que era el Segador…, creo que esto es lo que se dice, ¿verdad? ¿Que algunas personas ven la imagen de la ‘muerte en el espejo’? Venga, hombre, suéltelo de una vez. ¡Al Wational Enguirer le encantaría la historia! Cuénteme las horrorosas consecuencias y desafíeme a que pueda explicarlo. ¿Qué pasó, le atropelló un coche? ¿Se tiró de una ventana? ¿O qué? Carlin rió con una risita triste. —Debería saberlo mejor, Spangler. ¡No me ha dicho por dos veces que usted es…, ah…, que está perfectamente enterado de la historia del espejo Delver? No hubo consecuencias horribles. No las ha habido nunca. Por esa razón el espejo Delver no figura en las ediciones domingueras como el diamante Koh-i-noor o la maldición de la tumba del faraón Tut. Es manso comparado a esos dos. ¿Cree que soy un imbécil, verdad? —Sí —le contestó Spangler—. ¿Podemos subir, ahora? —¡Claro que sí! —dijo Carlin apasionadamente. Subió por la escalera de mano y empujó la escotilla. Se oyó un cliqueticliqueti-bum al levantar el contrapeso en la oscuridad y Mr. Carlin se perdió en las sombras. Spangler le siguió. El Adonis ciego se les quedó mirando sin conocerlos. El desván era explosivamente caliente, iluminado sólo por una ventana llena de telarañas, en un ángulo, filtrando la luz exterior con un resplandor lechoso y sucio. El espejo estaba apoyado en una esquina, de cara a la luz, recogiendo la mayor parte y reflejándola como una mancha blancuzca en la pared opuesta. Había sido atornillado para mayor seguridad a un armazón de madera. Mr. Carlin no lo miró. Se esforzó por no mirar. —Ni siquiera lo ha cubierto con un trapo —protestó Spangler visiblemente indignado por primera vez. —Yo lo veo como un ojo —dijo Carlin. Su voz seguía agotada, perfectamente vacía—. Si se le deja abierto, siempre abierto, a lo mejor se queda ciego. Spangler no le prestó la menor atención. Se quitó la americana, la dobló cuidadosamente con los botones hacia dentro, y con infinita ternura limpió el polvo de la superficie convexa del espejo. Luego, dio un paso atrás y lo contempló. Era genuino. No cabía la menor duda, nunca había habido la más mínima duda. Era un ejemplo perfecto del genio de Delver. La habitación llena de trastos, detrás de él, su imagen reflejada, la silueta medio vuelta de Carlin…, todo estaba claro, bien definido, casi tridimensional. La leve impresión de aumento del cristal daba a todas las cosas un efecto ligeramente curvo que añadía una distorsión casi cuatridimensional. Era… Se le fue la idea y sintió otro ramalazo de ira: —Carlin. Carlin no dijo nada. —¡Carlin, maldito imbécil, pensé que me había dicho que la muchacha no había dañado el espejo! No obtuvo respuesta. Spangler se le quedó mirando fríamente, por el espejo. —¡Hay un trozo de esparadrapo en la parte de arriba, en el ángulo izquierdo! ¿Llegó a partirlo? ¡Por el amor de Dios, hombre, diga algo! —Está viendo al Segador —contestó Carlin. Su voz era abrumadora, sin pasión—. No hay esparadrapo en el espejo. ¡Pase la mano por encima… Santo Dios! Spangler se envolvió cuidadosamente la mano con la parte alta de la manga de su chaqueta, la alargó, y la apoyó blandamente sobre el espejo. —¿Lo ve? No hay nada sobrenatural. Se ha ido. Mi mano lo cubre. —¿Lo cubre? ¿Nota el esparadrapo? ¿Por qué no lo arranca? Spangler apartó cuidadosamente su mano y miró el espejo. Todo en él parecía algo más distorsionado; las esquinas del desván parecían curiosamente inclinadas como si fueran a resbalar hacia una ignota eternidad. No había la menor mancha oscura en el espejo. Estaba impecable. Sintió despertar en su interior un terror malsano, y se despreció por haberlo sentido. —Parecía él, ¿no cree? —preguntó Mr. Carlin. Su rostro estaba muy pálido y sus ojos miraban directamente al suelo. En su cuello latía un músculo, espasmódicamente—. Admítalo, Spangler. Parecía una figura embozada, de pie detrás de usted, ¿verdad? —Parecía una cinta adhesiva cubriendo una pequeña rotura —dijo Spangler con firmeza—. Ni más, ni menos… —El joven Bates era muy fuerte —evocó Carlin. Sus palabras parecían caer en la atmósfera, calurosa y quieta, como piedras en un charco de agua oscura—. Era como un jugador de fútbol. Llevaba una camiseta con una gran letra y pantalones verde oscuro. Nos encontrábamos a mitad de camino de la exposición de arriba cuando… —El calor me está mareando —dijo Spangler con dificultad. Había sacado un pañuelo y se secaba el cuello. Sus ojos recorrieron la superficie convexa del espejo, a sacudidas. —… Cuando dijo que necesitaba beber agua… Un poco de agua, ¡por el amor de Dios! Carlin se volvió a mirar a Spangler, como loco, y prosiguió: —¿Cómo iba a saberlo yo? ¿Cómo podía saberlo? —¿Hay un lavabo por aquí? Creo que voy a… —Su camiseta…, vi fugazmente su camiseta mientras iba bajando la escalera… Después… —… vomitar. Carlin sacudió la cabeza, como para despejarse, y volvió a mirar al suelo. —Naturalmente. En el segundo piso, la tercera puerta a su izquierda, en dirección a la escalera —levantó la cabeza, suplicante—. ¿Cómo iba a saberlo? Pero Spangler ya estaba bajando la escalera de mano. Se movió bajo su peso y por un momento Carlin pensó…, deseó… que se cayera. No lo hizo. Por el recuadro abierto en el suelo, Carlin le vio bajar, tapándose la boca con la mano. —¿Spangler…? Pero ya se había ido. Carlin escuchó sus pasos, el eco de sus pasos, y luego nada. Cuando ya se hubieron apagado, se estremeció violentamente. Trató de llevar sus pies hacia la escotilla, pero los tenía helados. Sólo aquella última mirada, fugaz, a la camiseta del muchacho… ¡Dios…! Era como si unas manos enormes, invisibles, tiraran de su cabeza, obligándole a levantarla. Aunque no quería mirar, Carlin fijó la vista en la brillante profundidad del espejo Delver. No había nada. La habitación se reflejaba con toda fidelidad, sus polvorientos confines transformados en brillante infinitud. Unas líneas de un poema de Tennyson, casi olvidado, se le ocurrieron de pronto y recitó en voz alta: «Estoy medio mareada por las sombras, dijo la Dama de Shalott…» Y seguía sin poder apartar la mirada, y la quietud palpitante le retenía. Junto a una esquina del espejo, una cabeza de búfalo, comida por las polillas, le miró con sus ojos de obsidiana, planos. El muchacho había querido beber agua y la fuente estaba en el vestíbulo del primer piso. Había bajado y… Y nunca más había vuelto. Jamás. A ninguna parte. Lo mismo que la duquesa que se había detenido a admirarse en su espejo, antes de una soirée , y decidió volver al gabinete en busca de sus perlas. Como el vendedor de alfombras que había ido a pasear en coche y había dejado tras él sólo un coche vacío y dos caballos mudos. Y el espejo Delver había estado en Nueva York desde 1897 hasta 1920, estaba allí cuando el juez Crater… Carlin miró como si estuviera hipnotizado a lo más profundo del espejo. Abajo, el Adonis ciego vigilaba. Estuvo esperando a Spangler, casi como la familia Bates debió haber estado esperando a su hijo, como el marido de la duquesa esperaría que su esposa volviera del gabinete. Miró al espejo y esperó. Y esperó. Y esperó. Título en español: La imagen de la muerte Título original (en inglés): The Reaper’s Image Autor: Stephen King Género: Terror / Horror Primera publicación: 1969 en la revista Startling Mystery Stories (cuando King tenía apenas 22 años). Posterior inclusión en libros: Aparece en la antología Skeleton Crew ( El umbral de la noche en español, aunque en algunas ediciones se omite).
- "Los nervios", cuento de Antón Chéjov
Dmitri Vaksin, de regreso a su casa tras una velada de espiritismo, se acuesta solo y empieza a recordar historias de muertos y fantasmas. Poco a poco, sus nervios lo dominan y siente presencias inquietantes: cree que el retrato de su tío muerto lo observa y que alguien respira sobre su cabeza. El arquitecto Dmitri Osipovich Vaksin volvía a su casa de campo bajo la impresión reciente de una sesión de espiritismo en la que acababa de participar en la ciudad. Mientras se desvestía y se tumbaba en su lecho solitario (la señora Vaksin había partido para la fiesta de la Trinidad), empezó a recordar involuntariamente todo lo que había visto y oído. No había habido sesión, en el sentido estricto del término, pero toda la velada había transcurrido entre terribles conversaciones. Una señorita, sin venir a cuento, se puso a hablar de la adivinación de los pensamientos. De los pensamientos pasaron, sin darse cuenta, a los espíritus, de los espíritus a las apariciones y de las apariciones a los sepultados vivos… Cierto señor leyó un relato escalofriante sobre un muerto que se había dado la vuelta en su ataúd. El propio Vaksin había pedido un platillo para demostrar a las señoritas cómo había que conversar con los espíritus. Había invocado, entre otros, a su tío Klavdi Mironovich y le había preguntado mentalmente: “¿No ha llegado el momento de que ponga la casa a nombre de mi mujer?”. A lo que el tío le había respondido: “Todo lo que se hace a su debido tiempo está bien”. “Hay muchas cosas misteriosas y terribles… en la naturaleza… —reflexionaba Vaksin, cubriéndose con la manta—. Lo que aterra no son los muertos, sino lo desconocido…”. Los relojes dieron la una de la madrugada. Vaksin se volvió del otro lado y miró desde debajo de la manta la luz azul de la lamparilla. La llama temblaba y apenas alumbraba la urna de los iconos y el gran retrato del tío Klavdi Mironovich, colgado enfrente de la cama. “¿Y si aparece en esta semioscuridad la sombra de mi tío? —se le pasó por la cabeza a Vaksin—. ¡No, es imposible!”. Las apariciones son hijas del prejuicio, fruto de cerebros inmaduros, pero, en cualquier caso, Vaksin se cubrió con la manta hasta la cabeza y cerró los ojos con mayor fuerza. Por su imaginación desfilaron el cadáver que se había dado la vuelta en el ataúd, la imagen de su difunta suegra, un colega que se había ahorcado, una joven ahogada… Vaksin trató de expulsar de su cabeza esos pensamientos sombríos, pero cuanta mayor energía ponía en ese intento, mayor claridad adquirían esas imágenes y pensamientos espantosos. Estaba aterrado. “El diablo lo entiende… Me asustó como un muchacho… ¡Es estúpido!”. “Tic… tic… tic…”, sonaba el reloj al otro lado de la pared. En la iglesia de la aldea, junto al cementerio, el guardián se puso a tocar la campana. Era un sonido lento, lúgubre, que helaba la sangre… Vaksin sintió escalofríos en la nuca y en la espalda. Teníala impresión de que alguien respiraba con dificultad sobre su cabeza, como si su tío hubiera salido del cuadro y se inclinara sobre su sobrino… Un terror insoportable se apoderó de él. Apretó los dientes de miedo y contuvo la respiración. Por último, cuando por la ventana abierta entró un abejorro y se puso a zumbar por encima de la cama, no pudo soportarlo más y tiró con desesperación de la campanilla. —Dmitri Osipich, was wollen Sie? —se oye al cabo de un minuto la voz de la institutriz detrás de la puerta. —¡Ah! ¿Es usted, Rosalía Kárlovna? —dice Vaksin con voz alegre—, ¿Por qué se molesta usted? Podría haber venido Gavrila… —A Gavrila usted mismo le dio permiso para ir a la ciudad y, en cuanto a Glafira, se marchó esta tarde no sé adónde… No hay nadie en la casa… Was wollen Sie dock? —Mi buena Rosalía, quería decirle… Eh… ¡Pero entre, no sea tímida! La habitación está a oscuras… Rosalía Kárlovna, mujer gruesa y rubicunda, entró en el dormitorio y se quedó parada en medio de la pieza, en actitud expectante. —Siéntese, querida… Se trata de lo siguiente… —“¿Qué podría pedirle?”, pensó Vaksin, mirando de soslayo el retrato de su tío y sintiendo que poco a poco su alma se tranquilizaba— A decir verdad, lo que quería pedirle es lo siguiente… Mañana, cuando un criado vaya a la ciudad, no se olvide de decirle que… eh… que me compre papel para los cigarrillos… ¡Pero siéntese usted! —¿Papel para los cigarrillos? ¡Muy bien! Was wollen Sie noch? —Ich will… Yo no will nada, pero… ¡Siéntese! Todavía tengo que acordarme de otra cosa… —No es conveniente que una doncella esté en la habitación de un hombre… Ya veo, Dmitri Ósipich, que es usted un poco travieso y pícaro… Me hago cargo… No se despierta a nadie por el papel de los cigarrillos… Ya entiendo… Rosalía Kárlovna se dio media vuelta y salió. Vaksin, algo más sereno después de la conversación que había tenido con ella y avergonzado de su pusilanimidad, se cubrió la cabeza con la manta y cerró los ojos. Durante unos diez minutos se sintió más o menos bien, pero luego los mismos disparates de antes volvieron a ocupar su cabeza… Escupió, buscó a tientas las cerillas y, sin abrir los ojos, encendió la vela. Pero esa luz no le ayudó. A su imaginación asustada le parecía que alguien le vigilaba desde un rincón y que su tío guiñaba un ojo. —Volveré a llamarla… ¡Que se la lleve al diablo! —decidió—. Le diré que me encuentro mal… Le pediré unas gotas. Vaksin llamó, pero no recibió respuesta. Volvió a llamar y la campana del cementerio sonó a modo de réplica. Dominado por el miedo y con el cuerpo helado, salió a todo correr de la habitación y, santiguándose y censurándose por su cobardía, se dirigió a toda prisa, con los pies desnudos y en ropa interior, a la habitación de la institutriz. —¡Rosalía Kárlovna! —dijo con voz temblorosa, llamando a la puerta—. ¡Rosalía Kárlovna! ¿Duerme… usted? Yo… eh… me encuentro mal… ¡Necesito unas gotas! No obtuvo respuesta. A su alrededor todo era silencio… —Se lo ruego… ¿Entiende? ¡Se lo ruego! No comprendo porque es usted… tan susceptible, sobre todo cuando una persona… está enferma. La verdad, qué mojigata es usted. A su edad… —Se lo diré a su mujer… No deja usted en paz a una muchacha honesta… Cuando vivía en casa del barón Anzig y este quiso venir a mi habitación a buscar cerillas, comprendí… Enseguida me di cuenta de la clase de cerillas a las que se refería y se lo dije a la baronesa… Soy una muchacha honesta… —¡Ah, qué diablos me importa a mí su honestidad! Me encuentro mal… y le pido unas gotas. ¿Lo entiende? ¡Estoy enfermo! —Su esposa es una mujer buena y honrada, y usted debe quererla. ¡Ja! ¡Es una mujer respetable! ¡No quiero convertirme en su enemiga! —¡Es usted tonta, eso es todo! ¿Lo entiende? ¡Tonta! Vaksin se apoyó en una jamba, cruzó los brazos y esperó a que se le pasara el miedo. No tenía fuerzas para volver a su habitación, donde la lamparilla parpadeaba y su tío le miraba desde el marco, y quedarse junto a la puerta de la institutriz en paños menores resultaba embarazoso desde todos los puntos de vista, ¿Qué hacer? Dieron las dos, pero su miedo no menguaba ni disminuía. El pasillo estaba a oscuras y desde cada rincón le miraba una cosa oscura. Vaksin volvió la cara hacia la jamba, pero en ese momento le pareció que alguien le tiraba ligeramente de la camisa y le tocaba el hombro… —¡Por todos los diablos… Rosalía Kárlovna! Nadie le respondió. Vaksin abrió la puerta con indecisión y echó un vistazo. La virtuosa alemana dormía apaciblemente. Una pequeña lamparilla iluminaba los contornos de su cuerpo pesado y rebosante de salud. Vaksin entró en la habitación y se sentó en un baúl de mimbre que había junto a la puerta. Se sentía más tranquilo en presencia de un ser vivo, aunque estuviera dormido. “Que duerma la alemanota… —pensó—. Me quedaré a su lado y, en cuanto se haga de día, me marcharé… En esta época amanece temprano”. Mientras esperaba la llegada del alba, Vaksin se acurrucó en el baúl, acomodó los brazos debajo de la cabeza y se puso a cavilar. “¡Hay que ver lo que hacen los nervios! Soy un hombre sensato, reflexivo y sin embargo… ¡El diablo lo entiende! ¡Hasta me da vergüenza!”. Poco después, al escuchar la respiración serena y acompasada de Rosalía Kárlovna, se tranquilizó del todo… A las seis de la mañana la mujer de Vaksin volvió de la fiesta de la Trinidad y, al no hallar a su marido en la habitación, se dirigió al cuarto de la institutriz en busca de unas monedas para pagar al cochero. Nada más entrar, se encontró con el siguiente cuadro: en la cama, toda destapada por el calor, dormía Rosalía Kárlovna y apenas a unos metros, hecho un ovillo sobre el baúl, roncaba, con el sueño de los justos, su marido. Dejo a otros la tarea de referir lo que dijo la mujer y la cara de tonto que puso el marido cuando se despertó. Yo, por mi parte, me declaro vencido y rindo las armas. FIN Título en español: Los nervios Título original en ruso: Нервные люди ( Nervnye lyudi ) Autor: Antón Pávlovich Chéjov (1860-1904) Año de publicación: 1885 Género: Relato breve / humorístico con tintes psicológicos Corriente literaria: Realismo ruso Idioma original: Ruso
- "La jarra de plata", cuento de Truman Capote
El protagonista, William (“Willie”), es un hombre ya maduro que recuerda su juventud y la compleja relación con su padre, Olaf, un inmigrante carismático pero irresponsable. En su memoria revive un episodio decisivo: cuando era joven, fue utilizado por su padre para robar una jarra de plata de una señora adinerada que había sido su protectora y benefactora. Saliendo del colegio me iba a trabajar a la farmacia Valhalla. El dueño era mi tío, el señor Ed Marshall. Lo llamaba «Señor Marshall» porque todo el mundo, incluida su esposa, lo llamaba así. Con todo, era un hombre simpático. Tal vez la farmacia fuera un poco anticuada, pero era amplia, oscura y fresca: en los meses de verano no había en el pueblo un lugar más agradable. A la izquierda, según entrabas, había un mostrador con cigarrillos y revistas donde generalmente se encontraba el señor Marshall, un hombre regordete, de cara cuadrada, piel color de rosa y bigotes blancos, viriles, retorcidos en las puntas. Más allá del mostrador estaba la hermosa fuente de soda. Era muy antigua y estaba hecha de mármol fino, color amarillo claro, suave al tacto, sin el menor brillo barato. El señor Marshall la compró en una subasta en Nueva Orleáns, allá por 1910, y estaba sencillamente orgulloso de ella. Cuando te sentabas en aquellos taburetes altos y gráciles te veías reflejado de un modo tenue, como a la luz de las velas, en una serie de espejos antiguos enmarcados en caoba. Todas las mercancías eran exhibidas en cajitas de cristal que parecían vitrinas de anticuario y se abrían con llaves de bronce. En el aire siempre flotaba un aroma a almíbar, nuez moscada y otras delicias. Valhalla fue el lugar de reunión del condado de Wachata hasta que un tal Rufus McPherson llegó al pueblo y abrió una segunda farmacia, justo en el lado opuesto de la plaza del juzgado. El viejo Rufus McPherson era un villano, es decir, le ganó el negocio a mi tío. Hizo instalar un equipo muy moderno: ventiladores eléctricos, luces de colores, autoservicio y emparedados de queso fundido para llevar. Aunque obviamente hubo quienes se mantuvieron fieles al señor Marshall, la mayoría no pudo resistirse a Rufus McPherson. Durante un tiempo, el señor Marshall decidió ignorarlo: si mencionabas a McPherson emitía una especie de ronquido, se llevaba los dedos al bigote y desviaba la vista. Pero era evidente que estaba furioso. Y cada vez más. Un día, a mediados de octubre, entré en Valhalla y lo encontré en la fuente de soda jugando al dominó y bebiendo vino con Hamurabi. Hamurabi era egipcio y más o menos dentista; no tenía muchos clientes porque, gracias a un elemento del agua de aquí, los de estos alrededores tienen unos dientes excepcionalmente fuertes. Pasaba gran parte del tiempo en Valhalla y era el mejor amigo de mi tío. Tenía muy buena pinta: piel morena y sobre dos metros de estatura. Las matronas del pueblo encerraban a sus hijas bajo llave y aprovechaban para mirarlo ellas. No tenía el menor acento extranjero; siempre pensé que era tan egipcio como un marciano. El caso es que allí estaban, dando cuenta de una enorme jarra de vino tinto italiano; una escena inquietante, pues el señor Marshall era un abstemio consumado. Obviamente pensé: al fin Rufus McPherson le ha hecho perder los estribos. Sin embargo, no era así. -Ven, hijo -me llamó-, toma una copa de vino. -Claro -dijo Hamurabi-, ayúdanos a acabarlo. Es comprado; no podemos desperdiciarlo. Mucho más tarde, cuando la jarra se secó, el señor Marshall dijo, poniéndola en alto: -¡Ahora veremos! -y así desapareció en la tarde. -¿Adonde va? -pregunté. -Ah -fue todo lo que Hamurabi pudo decir. Le gustaba fastidiarme. Pasó media hora antes de que mi tío regresara. Traía una carga que lo hacía encorvarse entre gemidos. Colocó la jarra sobre la fuente y retrocedió, frotándose las manos, sonriente. -Y bien, ¿qué les parece? -Ah -musitó Hamurabi. -¡Caramba! -dije. Era la misma jarra de vino, pero maravillosamente distinta, pues ahora estaba repleta de monedas de diez y de cinco centavos que lanzaban un brillo opaco a través del grueso vidrio. -Es bonita, ¿no? -dijo mi tío-. Me la han llenado en el banco. Las monedas más grandes que han entrado son las de cinco centavos; pero bueno, ahí hay mucho dinero. -Pero… ¿para qué, señor Marshall? -pregunté-, quiero decir, ¿de qué se trata? La sonrisa del señor Marshall se transformó en una mueca. -Es una jarra de plata… -El tesoro al final del arco iris -interrumpió Hamurabi. -…se trata, como tú dices, de que la gente adivine cuánto dinero hay ahí. Pongamos que compras por valor de veinticinco centavos; pues ya tienes una oportunidad de adivinar. Cuanto más compras, más oportunidades tienes. De aquí a Navidad voy a llevar todas las apuestas en un libro de cuentas, y el que se acerque más a la cifra se llevará el montón. Hamurabi asintió con solemnidad. -Se ha convertido en un Santa Claus astuto -me dijo-. Voy a casa a escribir un libro: El ingenioso asesinato de Rufus McPherson. A decir verdad, Hamurabi escribía relatos de vez en cuando y los enviaba a revistas. Siempre se los devolvían. Fue casi milagrosa la forma en que el condado de Wachata se aficionó a la jarra de plata. Valhalla no había dado tanto dinero desde que el pobre Tully, el jefe de estación, se volvió loco y dijo que había encontrado petróleo detrás de la estación, y el pueblo se llenó de perforadores de pozos. Hasta los haraganes del billar, que jamás gastaban un céntimo en algo no relacionado con el whisky o las mujeres, invirtieron sus ahorros en leches batidas. Algunas damas ya entradas en años condenaron públicamente la iniciativa del señor Marshall por considerarla un juego de azar, pero no causaron mayor problema y algunas incluso encontraron un rato libre para visitarnos y aventurar una apuesta. Los de mi clase enloquecieron con el asunto, y yo me hice muy popular entre ellos, pues creían que sabía la respuesta. -Te diré lo que pasa -me dijo Hamurabi, encendiendo uno de los cigarrillos egipcios que compraba por correo a un estanco de Nueva York-. No es lo que te imaginas, no se trata de codicia. No. Lo que fascina es el misterio. Si ves todas esas monedas no piensas «¡Qué dineral!» sino «¿Cuánto debe haber?». Es una pregunta profunda de verdad; puede significar cosas distintas para gente distinta. ¿Entiendes? En lo que respecta a Rufus McPherson, ¡vaya si estaba enfurecido! Cuando se hacen negocios se cuenta con la Navidad para obtener buena parte de las ganancias anuales. Ahora estaba más que obligado a encontrar clientes, así que trató de imitar lo de la jarra, pero era tan tacaño que la llenó con monedas de un centavo. También escribió una carta al director de The Banner, el semanario del pueblo, diciendo que el señor Marshall merecía ser «embarrado de brea, emplumado y ahorcado por convertir a niñitos inocentes en apostadores empedernidos y conducirlos al camino del averno». Obviamente fue el hazmerreír del pueblo; no suscitó otra cosa que desprecio. Así, para mediados de noviembre, se limitaba a sentarse en la acera, frente a su farmacia, y mirar con amargura la algarabía al otro lado de la plaza. Por esa época llegó Appleseed, en compañía de su hermana. Era un desconocido, al menos nadie recordaba haberlo visto antes. Después le oiríamos decir que vivía en una granja a un kilómetro y medio de Indian Branches, que su madre apenas pesaba treinta kilos y que tenía un hermano dispuesto a tocar el violín en cualquier boda a cambio de cincuenta centavos; aseguró que solamente se llamaba Appleseed y que había cumplido doce años (pero Middy, su hermana, dijo que ocho). Tenía el pelo lacio y rubio, un rostro enjuto, curtido por el clima, con ansiosos ojos verdes que miraban de un modo sagaz y penetrante; era pequeño, frágil, y siempre iba vestido del mismo modo: suéter rojo, pantalones de dril azul y botas de adulto que hacían clop clop a cada paso. Aquel primer día en que entró en Valhalla estaba lloviendo; el pelo se le había aplastado como una gorra sobre la cabeza y sus botas estaban embadurnadas del barro rojizo de los caminos del condado. Fue contoneándose hasta la fuente como un vaquero y Middy le siguió. Yo estaba secando vasos. -Oí lo de la jarra esa llena de dinero que regalan -dijo, mirándome directamente a los ojos-. Ya que la regalan, nos la pueden dar a nosotros. Me llamo Appleseed; mi hermana Middy. Middy era una niña triste, muy triste, de rostro pálido y lastimero, bastante más alta que su hermano: un verdadero espárrago. Le habían dejado el pelo color de estopa cortado como un casquete, llevaba un vestido de algodón deshilachado que ni siquiera le cubría sus huesudas rodillas y tenía algún defecto en los dientes que trataba de ocultar presionando los labios como una señora vieja. -Lo siento -dije-, tienes que hablar con el señor Marshall. Y así lo hizo. Pude oír cómo mi tío le explicaba lo que había que hacer para ganar la jarra. Appleseed escuchaba con atención, asintiendo de vez en cuando. Finalmente regresó, se puso frente a la botella, la tocó apenas y dijo: -¿Verdad que es bonita, Middy? Middy dijo: -¿Nos la darán? -Hay que adivinar cuánto dinero hay dentro. Hay que gastarse veinticinco centavos para poder apostar. -Uy, ¿de dónde vas a sacar veinticinco centavos? Appleseed encogió los hombros y se rascó la barbilla. -Eso es muy fácil, déjamelo a mí. Pero no puedo correr riesgos, tengo que saberlo. Regresaron a los pocos días. Appleseed trepó a un taburete y pidió atrevidamente dos vasos de agua, uno para él, otro para Middy. Entonces fue cuando habló de su familia: -…y luego está Papi Pa, el padre de mi mamá. Es un francés cajún porque no habla bien inglés. Mi hermano, el del violín, lleva tres veces en la cárcel… por su culpa tuvimos que irnos de Luisiana. Le dio un mal pinchazo a un tío en una pelea a navajazos por una mujer diez años mayor que él. Ella era rubia. Middy, que estaba a sus espaldas, dijo nerviosa: -No deberías andar contando nuestros asuntos personales de ese modo, Appleseed. -Tú te callas -y se calló-. Es muy buena -añadió, volviéndose para darle una palmada en la cabeza-, pero hay que controlarla. Deja de hacer rechinar los dientes y ve a ver los libros de dibujitos. Appleseed tiene que hacer cálculos. «Hacer cálculos» significó contemplar la jarra fijamente, como si quisiera devorarla con los ojos. La examinó un buen rato, la barbilla apoyada en su mano, sin parpadear una sola vez. -Una señora de Luisiana me dijo que yo podía ver más cosas que otros porque nací con una vuelta de cordón. -A que no ves cuánto hay ahí -le dije-. ¿Por qué no dejas que te venga un número a la cabeza? Tal vez sea el bueno. -No, no -dijo-, es arriesgadísimo. No puedo arriesgarme; solo hay una manera, contar las monedas. -¡Contar! -¿Contar qué? -preguntó Hamurabi, que acababa de entrar y se estaba acomodando junto a la fuente. -Este chico dice que va a contar cuánto hay en la jarra -expliqué. Hamurabi miró a Appleseed con interés. -¿Cómo piensas hacerlo, hijo? -Pues contando -aclaró como algo obvio. Hamurabi rió. -Deberías tener rayos X en los ojos, chico. Es todo lo que puedo decirte. -Qué va. Solo has de nacer con una vuelta de cordón. Me lo dijo una señora de Luisiana. Era una bruja y me quería tanto que cuando mi mamá no quiso dejarme con ella le echó una maldición y ahora solo pesa treinta kilos. -Qué in-te-re-san-te -comentó Hamurabi, mirándolo con desconfianza. Entonces intervino Middy mostrando un ejemplar de Secretos de la Pantalla. Le señaló una determinada fotografía a Appleseed y dijo: -A que es la mujer más guapa del mundo. Mira, Appleseed, mira qué dientes tan bonitos. Ni uno fuera de sitio. -Ten quietos los tuyos. Cuando se fueron Hamurabi pidió una naranjada y se la bebió lentamente mientras fumaba un cigarrillo. -¿Crees que ese chico está bien de la azotea? -preguntó finalmente, con voz intrigada. Los pueblos son lo mejor para pasar la Navidad; enseguida se crea el ambiente y su influjo los hace revivir. Para la primera semana de diciembre, las puertas de las casas estaban decoradas con guirnaldas y los escaparates relumbraban con campanas de papel rojo y copos de nieve de gelatina centelleante; los chicos iban de excursión al bosque y regresaban arrastrando fragantes árboles de hoja perenne; las mujeres se encargaban de hornear pasteles de fruta, destapar frascos de compota de manzana y pasas, abrir botellas de licor de uva y de zarzamora; en la plaza habían adornado un enorme árbol con celofanes plateados y focos de colores que se encendían de noche; ya entrada la tarde se podía oír el coro de la iglesia presbiteriana ensayando los villancicos para la función anual; en todo el pueblo florecían las camelias japonesas. La única persona que parecía al margen de esa atmósfera cordial era Appleseed. Insistía en su tarea declarada: contaba el dinero de la botella con sumo cuidado. Iba todos los días a Valhalla a concentrarse en la jarra, frunciendo el entrecejo y farfullando para sí. En un principio esto fue causa de asombro, pero después de un tiempo nos aburría y ya nadie hacía el menor caso. Appleseed no compraba nunca nada, parecía incapaz de reunir los veinticinco centavos. A veces hablaba con Hamurabi, que le había cobrado afecto y de vez en cuando le invitaba a un caramelo, a una barrita de regaliz. -¿Todavía cree que está loco? -le pregunté. -No estoy seguro -dijo Hamurabi-, pero te diré una cosa: no come lo suficiente. Le voy a pagar un plato de carne asada en el Rainbow. -Seguramente él le agradecería más que le diera veinticinco centavos. -No. Lo que necesita es un plato de carne. Sería mejor que no se hubiera propuesto adivinar nada. Un chico tan excitable, tan raro… No me gustaría ser el responsable de que pierda. Sería de verdad una lástima. Debo admitir que en aquel tiempo Appleseed solo me parecía extravagante. El señor Marshall le tenía compasión y los chavales habían tratado de burlarse de él, pero se dieron por vencidos al ver que no reaccionaba. Que Appleseed estaba allí, sentado en la fuente de soda con el rostro arrugado y los ojos siempre fijos en la jarra, era algo tan claro como el agua, pero se abstraía tanto que en ocasiones causaba la macabra impresión de, bueno, de no estar allí. Y apenas sentías esto, despertaba para decir algo como «¿Sabes?, ojalá ahí dentro haya una moneda con búfalo, de las de 1913; un tipo me dijo que sabe un sitio donde las monedas con búfalo valen cincuenta dólares», o «Middy será toda una estrella de cine; las estrellas de cine ganan mucho dinero, nunca más volveremos a comer col verde. Pero Middy dice que mientras sus dientes no sean bonitos no podrá hacer películas». Middy no siempre lo acompañaba. En esas ocasiones en que iba solo, Appleseed no era el mismo; se comportaba con timidez y se marchaba pronto. Hamurabi mantuvo su promesa y le invitó a un plato de carne asada en el café. -Mr. Hamurabi es muy bueno -diría Appleseed-, pero tiene unas ideas raras; se cree que si viviera en ese sitio, Egipto, sería rey o algo así. Y Hamurabi dijo: -El chico tiene la fe más conmovedora del mundo, es una maravilla verlo, pero todo este asunto empieza a hartarme -hizo un gesto señalando la jarra-. Es cruel despertar esa clase de esperanza en cualquier persona, y me arrepiento de haber tenido que ver en ello. El pasatiempo más popular relacionado con Valhalla consistía en decidir lo que uno haría si ganaba la botella. Entre los involucrados en esto se encontraban Solomon Katz, Phoebe Jones, Carl Kuhnhardt, Puly Simmons, Addie Foxcroft, Marvin Finkle, Trudy Edwards y un hombre de color llamado Erskine Washington. Algunas de las respuestas: un viaje a Birmingham para hacerse la permanente, un piano de segunda mano, un pony Shetlan, un brazalete de oro, una colección de libros Rover Boys y un seguro de vida. En una ocasión, el señor Marshall le preguntó a Appleseed qué compraría. -Es un secreto -contestó. No había súplicas suficientes para hacerle hablar, pero fuera lo que fuese, era obvio que lo necesitaba muchísimo. En esta parte del país el verdadero invierno no llega hasta fines de enero, y suele ser bastante moderado y corto. Pero en el año del que escribo, recibimos las bendiciones de una ola de frío una semana antes de Navidad. Hay quienes todavía hablan de eso, tan terrible fue: las tuberías se congelaron; muchos tuvieron que pasar días enteros acurrucados bajo sus edredones por no haber recogido leña a tiempo; el cielo cobró ese extraño tono gris opaco que precede a las tormentas y el sol era más pálido que una luna evanescente; un viento afilado hacía que las ramas, secas desde el último otoño, cayeran a pedazos en el suelo helado, y en dos ocasiones el pino de la plaza del juzgado perdió sus adornos navideños; respirabas y el vaho formaba nubes humeantes. En las afueras donde vivía la gente pobre, cerca de la hilandería, las familias se apretujaban por las noches y contaban cuentos para olvidarse del frío. En el campo los granjeros cubrían sus plantas delicadas con sacos de yute y luego rezaban. Algunos aprovecharon el clima para sacrificar sus cerdos y llevar al pueblo salchichas frescas. El señor R. C. Judkins, nuestro borracho local, se disfrazó con un traje rojo e hizo de Santa Claus en un almacén. Judkins era padre de una familia numerosa, de modo que todos se alegraron al verlo suficientemente sobrio para ganarse un dólar. Hubo muchos actos en la parroquia, y en uno de ellos el señor Marshall se encontró frente a frente con Rufus McPherson. Hubo intercambio de palabras pero no de golpes. Como ya dije, Appleseed vivía en una granja, a kilómetro y medio de Indian Branches, es decir, estaba a unos cinco kilómetros del pueblo. Sin embargo, a pesar del frío, iba a Valhalla todos los días y se quedaba hasta la hora de cerrar, cuando ya era de noche, pues los días se habían vuelto más cortos. En ocasiones se iba con el capataz de la hilandería, pero eso sucedía rara vez. Se le veía cansado, tenía arrugas de preocupación en las comisuras de la boca; siempre tenía frío y temblaba mucho; no creo que usara ropa de abrigo bajo el suéter rojo y el pantalón azul. Tres días antes de Navidad anunció de improviso: -Bien, ya he terminado. Sé cuánto hay en la botella. Lo dijo de forma tan absolutamente segura y solemne que era difícil ponerlo en duda. -¡Cómo! ¿A ver? No, espera un momento, hijo -Hamurabi estaba presente-. Es imposible que lo sepas, te equivocas si lo crees: solo tendrás un disgusto. -No me sermonee, Mr. Hamurabi. Sé lo que me hago. Una señora de Luisiana me dijo… -Sí, sí, sí, pero debes olvidarlo. Yo que tú me iría a casa, me estaría tranquilo y me olvidaría de la maldita jarra. -Esta noche mi hermano va a tocar el violín en una boda en Ciudad Cherokee y me va a dar el dinero -dijo con terquedad Appleseed-. Mañana apostaré. Cuando Appleseed y Middy llegaron al día siguiente, me sentí emocionado. Tenía, en efecto, la moneda de veinticinco centavos cosida al pañuelo rojo que llevaba en la cabeza. Deambularon ante las vitrinas, tomados de la mano, intercambiando murmullos para ver qué adquirían. Finalmente se decidieron por una botella de loción de gardenia del tamaño de un dedal. Middy la abrió de inmediato y vació en su pelo casi todo el contenido. -Huelo como… ¡Virgen María, no había olido nada tan dulce! Appleseed, déjame ponerte un poco en el pelo. Pero él no se dejó. El señor Marshall sacó la libreta donde llevaba las apuestas; mientras tanto, Appleseed trepó a la fuente y acarició la jarra. Sus ojos brillaban y sus mejillas estaban rojas de excitación. Casi todos los que estaban en Valhalla se le acercaron. Middy se quedó al fondo, en silencio, rascándose una pierna y oliendo la loción. Hamurabi no estaba. El señor Marshall lamió la punta de su lápiz y sonrió: -Bueno, hijo, ¿qué dices? Appleseed respiró hondo. -Setenta y siete dólares y treinta y cinco centavos -exclamó. Era original escoger una cifra tan irregular; normalmente las apuestas eran cifras redondas. El señor Marshall repitió la cifra solemnemente mientras la anotaba. -¿Cuándo sabré si he ganado? -En Nochebuena -dijo alguien. -Es mañana, ¿no? -Sí, claro que sí -dijo el señor Marshall, en tono neutro-. Ven a las cuatro. Por la noche el termómetro descendió aún más, y hacia la madrugada hubo una de esas lluvias rápidas que parecen tormentas de verano; así, el día siguiente amaneció despejado y muy frío. El pueblo parecía la tarjeta postal de un escenario nórdico, con carámbanos que brillaban blanquísimos en los árboles y flores de escarcha que cubrían todas las ventanas. El señor R. C. Judkins se levantó temprano, sin motivo aparente, y recorrió las calles haciendo sonar una campana para la cena; de vez en cuando se detenía a tomar un trago de la pinta de whisky que llevaba en el bolsillo. Como no hacía viento, el humo se alzaba perezoso en las chimeneas hacia un cielo todavía congelado, quieto. A media mañana el coro presbiteriano estaba en pleno apogeo y los chicos del pueblo (con máscaras terroríficas, como en Halloween) se perseguían incansablemente alrededor de la plaza con tremendo alboroto. Hamurabi llegó al mediodía para ayudarnos a arreglar Valhalla. Había comprado en el camino una rolliza bolsa de castañas que comimos entre los dos, arrojando las cáscaras a una estufa barrigona recién instalada en medio de la sala (un regalo que el señor Marshall se había hecho a sí mismo). Entonces mi tío cogió la jarra, la limpió bien y la colocó en una mesa situada en un lugar prominente. Después no fue de gran ayuda, pues se pasó horas atando y desatando una raída cinta verde en torno a la jarra. Hamurabi y yo tuvimos que hacer lo demás: fregamos el suelo, limpiamos los espejos y las vitrinas y colocamos guirnaldas verdes y rojas de papel crepé de pared a pared. Cuando terminamos, el local tenía un aspecto sumamente refinado y elegante, pero Hamurabi contempló nuestra obra con tristeza y dijo: -Bueno, creo que es mejor que me vaya. -¿No te quedas? -preguntó el señor Marshall, muy asombrado. -No, no -dijo Hamurabi, negando con la cabeza-. No quiero ver la cara de ese niño. Estamos en Navidad y tengo intenciones de pasar un rato alegre; no podría con eso en la conciencia. ¡Diablos!, no podría ni dormir. -Como quieras -dijo el señor Marshall, encogiéndose de hombros, pero era obvio que estaba ofendido-. Así es la vida y, quién sabe, tal vez gane. Hamurabi suspiró desolado: -¿Cuánto ha dicho? -Setenta y siete dólares con treinta y cinco centavos -dije. -Es fantástico -Hamurabi se sentó en una silla junto al señor Marshall, cruzó las piernas y encendió un cigarrillo-. Si hay chocolates Baby Ruth me comería uno, tengo la boca amarga. Nos quedamos los tres en la mesa, y a medida que avanzaba la tarde nos fuimos sintiendo cada vez más tristes. Apenas cruzamos palabra. Cuando los chicos se alejaron de la plaza del juzgado el único sonido provino del reloj que tañía las horas en el campanario. Valhalla estaba cerrado, pero la gente no dejaba de pasar ni de asomarse por el ventanal. A las tres el señor Marshall me dijo que abriera la puerta. En veinte minutos el sitio quedó atestado. Todo el mundo iba endomingado y el aire se impregnó de un aroma dulce, pues las chicas de la hilandería se habían perfumado con vainilla. Había gente apoyada en la pared, subida a la fuente, apretujada como podía; pronto la multitud se extendió a la acera y la calle. La plaza estaba circundada de camionetas y Fords modelo T en los que habían venido los granjeros y sus familias. Menudeaban las risas, los gritos, las bromas (algunas damas se quejaron de las groserías y los burdos modales de los muchachos, pero nadie se fue). En la entrada lateral había un grupo de gente de color; parecían ser los más divertidos. Todo el mundo trataba de sacarle el mayor provecho al acontecimiento, y es que aquí todo está siempre tan tranquilo: no suelen pasar cosas. No me equivoco si digo que todo el condado de Wachata estaba presente, salvo los inválidos y Rufus McPherson. Entonces busqué a Appleseed y no lo encontré por ningún lado. El señor Marshall se abrió paso y dio una palmada de atención. Esperó hasta que se hizo el silencio y el ambiente estuvo apropiadamente tenso, alzó la voz como un subastador y dijo: -Escuchen todos, en este sobre que ven en mi mano -sostenía un sobre manila sobre su cabeza-, bien, ahí está la respuesta que hasta ahora solo conocen Dios y el First National Bank, ja, ja, ja. Y en este libro -lo alzó con la otra mano- tengo escritas sus apuestas. ¿Alguna pregunta? -un silencio absoluto-. Bien. Veamos, necesitaríamos un voluntario… No hubo alma que se moviera un centímetro, fue como si una espantosa timidez se apoderara de la multitud, incluso los más fanfarrones del lugar se limitaron a arrastrar los pies, intimidados. Luego una voz aulló. Pertenecía a Appleseed: -Déjenme pasar… apártese, por favor, señora -Appleseed empujaba desde atrás. A su lado iban Middy y un muchacho larguirucho de ojos soñolientos, el hermano violinista, evidentemente. Appleseed iba vestido igual que siempre, pero se había frotado hasta hacer que su cara cobrara una rosácea pulcritud. Tenía las botas lustradas y el pelo peinado hacia atrás y engominado. -¿Llegamos a tiempo? -jadeó. Pero el señor Marshall dijo: -¿Conque tú deseas ser el voluntario? Appleseed lo miró perplejo; luego asintió vigorosamente. -¿Alguien tiene algo en contra de este joven? Como hubo absoluto silencio, el señor Marshall dio el sobre a Appleseed, quien lo aceptó con tranquilidad. Se mordió el labio interior mientras lo examinaba un momento antes de rasgarlo. A no ser por una tos ocasional o por el suave tintineo de la campana para la cena del señor R. C. Judkins, ningún sonido perturbaba la congregación. Hamurabi se apoyaba en la fuente, mirando al techo; Middy estaba embobada mirando por encima del hombro de su hermano; cuando este empezó a abrir el sobre dejó escapar un sofocado gritito. Appleseed sacó una hoja de color rosa, la sostuvo como si fuera muy frágil y murmuró para sí mismo el mensaje escrito. De repente, su rostro empalideció y las lágrimas brillaron en sus ojos. -Vamos, muchacho, ¡habla! -exclamó alguien. Hamurabi se adelantó y casi le arranca la hoja. Carraspeó y comenzó a leer hasta que su expresión cambió de la manera más cómica. -¡Válgame Dios…! -dijo. -¡Más fuerte!, ¡más fuerte! -exigió un coro molesto. -¡Ladrones! -gritó furioso R. C. Judkins, que para entonces ya estaba bien entonado-, él olerá a gloria, pero yo huelo una rata. Súbitamente el aire se llenó de silbidos y abucheos. El hermano de Appleseed se volvió con el puño en alto: -A callar. A callar antes de que les parta la cabeza y les salgan chichones del tamaño de un melón, ¿entendido? -¡Ciudadanos! -gritó el alcalde Mawes-, ciudadanos, escúchenme, estamos en Navidad… El señor Marshall subió a una silla y se puso a patear y dar palmadas hasta que se restableció un mínimo de orden. Cabe señalar que después se supo que Rufus McPherson había pagado a R. C. Judkins para que iniciara el revuelo. De cualquier forma, contenido el alboroto, aquel sobre quedó nada menos que en mi poder. Cómo, no lo sé. Sin pensar, grité: -Setenta y siete dólares con treinta y cinco centavos. Naturalmente, la emoción hizo que yo mismo tardara en captar el sentido de mis palabras. Al principio solo era un número, pero el hermano de Appleseed lanzó un alarido triunfal y entonces me di cuenta. El nombre del ganador se propagó con rapidez, seguido de una llovizna de murmullos de admiración. Daba lástima ver a Appleseed; lloraba como si estuviera herido de muerte, pero cuando Hamurabi lo alzó en hombros para que lo viera la multitud, se secó los ojos con las mangas del suéter y empezó a reír. R. C. Judkins gritó: -¡Tramposo! -pero fue ahogado por una ensordecedora ronda de aplausos. Middy me tomó del brazo. -Mis dientes -musitó-, ahora sí que voy a tener dientes. -¿Dientes? -dije, un poco aturdido. -De los falsos -dijo ella-. Es lo que compraremos con el dinero, una hermosa y blanca dentadura postiza. Pero en aquel momento solo me interesaba averiguar cómo lo había sabido Appleseed. -Dime… -le dije a Middy, desesperado-, por Dios bendito, dime cómo sabía que eran setenta y siete dólares con treinta y cinco centavos, exactos. Middy me dirigió una mirada extraña. -Vaya. Si ya te lo dijo él -respondió muy seria-. Contó las monedas. -Sí, pero ¿cómo?, ¿cómo? -¡Caray!, ¿es que no sabes contar? -¿Y no hizo nada más? -Bueno -dijo, después de un momento de reflexión-, también rezó un poquito -se dirigió hacia la puerta, luego se volvió y gritó-: Además, nació con una vuelta de cordón. Y eso fue lo más cerca que estuvo nadie de resolver el misterio. A partir de entonces, si uno le preguntaba a Appleseed: «¿Cómo lo hiciste?», sonreía de un modo extraño y cambiaba de tema. Muchos años después se mudó con su familia a algún lugar de Florida, y no se volvió a saber de él. Pero en nuestro pueblo su leyenda florece todavía. El señor Marshall murió en abril pasado. Cada año, por Navidad, la escuela baptista le invitaba para que contara la historia de Appleseed en la clase de religión. En una ocasión, Hamurabi escribió a máquina una crónica y la envió a varias revistas. No se la publicaron. El director de una de ellas le escribió: «Si la chica se hubiera convertido en estrella de cine, tal vez su historia tendría interés.» Y esto no fue lo que sucedió, así que ¿para qué mentir? FIN Título en español: La jarra de plata Título original en inglés: A Silver Dish Autor: Truman Capote (1924–1984) Primera publicación: 1978, en la revista Esquire . Incluido en: Música para camaleones (1980), colección de relatos y crónicas. Género: Relato breve / realismo psicológico.
- "La gorda de porcelana", cuento de Isabel Allende
El relato cuenta la vida de una joven mujer apodada “la gorda de porcelana”, objeto de burlas y marginación por su físico y su carácter retraído. Vive aislada, pero dentro de ella hay una sensibilidad profunda y un mundo interior lleno de ternura. Desde la primera vez que lo vi, don Cornelio ocupó un lugar en mi corazón. Era un caballero de ojos redondos y miopes, que vestía un traje gris algo antiguo, con catorce bolsillos. De lejos parecía dulce y amable. De cerca era tímido. Vivía en una pensión del barrio y nosotros, sus vecinos, ajustábamos los relojes cuando él pasaba por la mañana, porque su puntualidad desafiaba el cronómetro de la radio. Jamás se atrasaba ni adelantaba un segundo. Salía a las ocho y tres minutos en punto y echaba a andar con pasos medidos hacia la esquina, donde tomaba el bus verde que lo conducía a su trabajo. Muchas veces me encontré con él y así, con el transcurso del tiempo, nos hicimos amigos. Gracias a eso puedo contar su historia sin temor a equivocarme, porque la escuché de sus propios labios. Don Cornelio trabajaba en un lugar tenebroso una sala polvorienta, con una sola ventana que no se había abierto en muchos años, atiborrada de papeles importantes que nadie leía. Era una Notaría. Allí pasaba todo el día escribiendo con su hermosa caligrafía, en unos papelotes que luego eran archivados por toda la eternidad. Lo más notable de aquel sitio eran los ratones. Entre los pesados muebles metálicos y los antiguos armarios vivían numerosas familias, tribus, pueblos enteros de estas pequeñas bestias peludas. Una de las tareas de don Cornelio era combatirlos, pues debía impedir que devoraran los valiosos documentos. No sentía odio personal contra los roedores, al contrario, le gustaban, porque también eran tímidos y grises, con ojos redondos y miopes, pero cumplía con su obligación de eliminarlos. Cada día administraba a sus enemigos una dosis de veneno que transportaba en alguno de sus catorce bolsillos, y su primer deber al llegar a la Notaría era revisar el campo de batalla. Recorría los rincones a gatas, deseando que las trampas estuvieran vacías, y cuando encontraba un cadáver, lo agarraba con la punta de los dedos y lo echaba a la basura con un suspiro de lástima. Al mediodía cerraba su escritorio, tomaba la bolsa de su merienda y se dirigía a la Plaza, que quedaba justo a noventa y un pasos de la Notaría (los había contado). Allí, entre los árboles, rodeado de altos edificios, masticaba su pan con queso, calentándose con el tenue rayo de sol que iluminaba su sombrero gris. No hablaba con la gente, pero observaba a los otros paseantes con curiosidad. Había siempre algunos niños jugando, y, de vez en cuando, alguna pareja de enamorados besándose bajo el castaño. A menudo se encontraba con el Loco. Era éste un simpático personaje que alborotaba el paisaje con su risa sin motivo, sus pasitos de baile y sus cordiales saludos a las aves, a los automóviles y, por supuesto, a las personas, aunque nadie respondía a sus buenos días y volvían la cara, fingiendo que no lo habían visto. A don Cornelio le gustaba el Loco, pero tenía vergüenza de saludarlo, porque él se consideraba un hombre muy serio. Entre los que frecuentaban la Plaza, aparte del Loco, el ser más pintoresco era una anciana con capelina de flores y zapatos ortopédicos, poseedora de la más encantadora sonrisa, que alimentaba a las palomas con galletas de avena. Si éste fuera un cuento de hadas, ella sería el hada madrina, pero no lo es. Éste es un cuento de verdad-verdadera. Don Cornelio la observaba de reojo y muchas veces estuvo a punto de saludarla, pero su timidez lo detenía. A las siete de la tarde un timbre sonaba en la Notaría y los escribientes guardaban sus plumas, sus tinteros, sus sellos, y partían. El último en salir era don Cornelio, no sin antes revisar las trampas de los ratones, apagar las luces y echar los cerrojos. Luego tomaba el autobús verde de vuelta a la pensión donde vivía. Salvo los domingos, todos los días eran iguales para él. Estaba casi satisfecho con esa vida sin emociones y muy rara vez se daba cuenta de la monotonía de su existencia. Hasta ahora sólo he presentado al personaje principal de esta historia. Ahora contaré los extraños acontecimientos que cambiaron su vida. Todo comenzó un día de otoño dorado y frío. Vi salir a don Cornelio de su pensión, como todas las mañanas, y me apresuré a controlar los punteros de mi reloj. Llevaba al cuello una larga bufanda gris y contaba los ochenta y siete pasos que lo separaban del autobús, sin mirar hacia los lados porque, conocía la calle de memoria. Desde mi ventana lo vi avanzar como un velero con su bufanda al viento y pensé que ése sería otro día sin sorpresas. Pero no fue así. De pronto, a mitad de cuadra, se detuvo alarmado: había visto algo nuevo. Era una tienda recién inaugurada, con un escaparate azul y verde como un acuario, en medio de los severos edificios de nuestro barrio. El escribiente de la Notaría se aproximó fascinado, perdiendo la cuenta de los pasos que lo llevaban hasta la esquina. Vio muchos objetos extraños, el timón de un antiguo naufragio, una muñeca con una tristeza de pelos humanos, abanicos de plumas robadas a las aves del Paraíso y otros objetos provenientes de remotos lugares. En el centro de todos ellos, en lugar de honor, se encontraba la Gorda de Porcelana. ¿Cómo puedo describirla para que ustedes la imaginen? Era una rolliza dama, caótica y enorme, mal cubierta por velos de loza, sosteniendo en una mano un racimo de uvas y en la otra una paloma bizca. Cintas color vainilla sujetaban sus rizos y calzaba increíbles zapatillas de gladiador romano. Evidentemente no fue diseñada como lámpara, tampoco servía para colgar abrigos en un vestíbulo y nadie la habría puesto de adorno en parte alguna, pues ocupaba más espacio que una bicicleta y era frágil como una buena intención. Nuestro amigo la observaba petrificado y no reaccionó hasta un par de minutos después, cuando se dio cuenta de que iba a perder su habitual transporte. Salió disparado, enredándose en las puntas de su bufanda, y alcanzó a trepar al bus en el último instante. Estuvo todo el día distraído, trabajando sin ganas, con la mente ocupada en la figura de porcelana. No podía dejar de pensar en ella. A la mañana siguiente lo vi salir apresuradamente de la pensión cinco minutos más temprano, lo cual descontroló los relojes de todos los vecinos. Se instaló frente a la ventana del anticuario y allí estuvo un largo rato mirando con la boca abierta. Fue en ese momento, tal como él me contó mucho después, cuando la Gorda de Porcelana le guiñó un ojo. Don Cornelio, lógicamente, pensó que había visto mal. Era muy miope, como ya dijimos. Sacó sus lentes, los limpió con cuidado y se los colocó, pegando la nariz al vidrio para ver mejor. ¡Y entonces le pareció que la Gorda le guiñaba el otro ojo! Comprendió que por primera vez llegaría tarde a su trabajo, porque no pudo apartarse del escaparate. Se quedó allí haciendo morisquetas, saludos, pequeñas reverencias cortesanas, hasta que empezó a juntarse la gente a su alrededor para observar su curioso comportamiento. De súbito se percató de que era el centro de una aglomeración y, espantado, entró a toda prisa en la tienda para huir de los mirones. Al mover la puerta sonaron unas campanas chinas y tuvo otro sobresalto, porque pensó que había roto algo. Pero la sonrisa amable del anticuario lo tranquilizó. Nuestro amigo quedó de pie entre aquellos peculiares objetos, paseando la vista por todos lados, temeroso, tal vez, de que allí surgiera un pulpo o una profesora de matemáticas. —Lo vi mirando a la ninfa ¿le gusta? —inquirió el anticuario, mientras rociaba con naftalina una lechuza embalsamada. —Creo que me guiñó un ojo —dijo don Cornelio, sintiéndose como un imbécil. —Es muy antigua y muy rara —explicó el otro sin sorprenderse en absoluto. —Podría jurar que también me guiñó el otro —agregó don Cornelio con un hilo de voz. —Es posible… —¿Cuánto vale? —quiso saber el escribiente. —¿Cuánto gana usted? —preguntó a su vez el anticuario atusando sus bigotes de mosquetero. Don Cornelio, extrañado, se lo dijo. —Entonces, ése es su precio —dijo el dueño de la tienda sacudiendo a la Gorda con un plumero. Era una enorme cantidad, de dinero para un modesto empleado de Notaría. Se aproximó a la estatua, esperando que ella hiciera algún gesto amigable, pero nada ocurrió: permaneció inmóvil y silenciosa, tal como se espera de algo fabricado con loza. —Está bien, la compraré —decidió don Cornelio, dejándose llevar por un impulso irresistible. El anticuario recibió el dinero sin contarlo, lo metió en el bolsillo de su chaleco y dio un par de volteretas entusiasmado. —Ella le cambiará la vida —le aseguró a su cliente. No sabía don Cornelio cuán cierto era lo que oía. El escribiente levantó a la Gorda con cuidado, descubriendo que era más liviana de lo que parecía a simple vista. Salió así cargado de la tienda, despedido por las campanas chinas de la puerta. Pero, afuera, todavía se apiñaban los curiosos y, al sentirse observado con burla, retrocedió asustado. —¿Tiene algo para taparla? —pidió. El dueño de la tienda abrió un baúl de madera y pasó algunos minutos hurgando en su interior, mientras la habitación se impregnaba de un tenue olor a sándalo. Por fin, extrajo un gran paño negro que, al ser desplegado, resultó tener en el centro una calavera y dos tibias cruzadas. Era una bandera de pirata. —¿Cómo se llama? —preguntó don Cornelio arropando a la figura con la bandera. —Mi nombre es Baltasar —replicó el vendedor con una inclinación. —No, la estatua… —¡Ah! Su nombre es Fantasía —respondió con otra inclinación. Don Cornelio concluyó que aquel nombre le agradaba y salió a la calle con su nueva adquisición en los brazos, ignorando las miradas de los intrusos y el escándalo de las campanas chinas. Caminó de regreso a su pensión, sin acordarse para nada de la Notaría. Abrió la puerta y procuró deslizarse al interior con cautela, para no atraer la atención. Cruzó el vestíbulo en punta de pies y enfiló hacia la escalera, pero cuando ya se creía a salvo, la voz estridente de la patrona lo paralizó en su sitio. —¿Qué lleva allí? —inquirió asomando la nariz entre las hojas del helecho que decoraba la entrada. —Un simple adorno —replicó suavemente don Cornelio. Ella quiso verlo. Ese bulto del tamaño de un cadáver le pareció muy sospechoso y ella era muy estricta con sus inquilinos. Se enorgullecía de que la suya era una pensión respetable, donde no se admitían niños ni animales y, con mayor razón, debía ser inflexible respecto a los adornos. A nuestro amigo no le quedó más alternativa que obedecer. Al posar la estatua en el piso, resultó tan alta como la patrona, aunque no tan ancha. Retiró la bandera que la cubría y apareció Fantasía en todo su rosado esplendor. La dueña dio un respingo. —¡Caramba! ¡Está casi desnuda! —exclamó horrorizada. Se abrieron las puertas del vestíbulo y asomaron las cabezas de los otros pensionistas, que observaron la escena asombrados. Nunca habían visto algo semejante. Uno a uno se aproximaron para dar su opinión y ninguna fue favorable, pues todos estuvieron de acuerdo en que aquello era una monstruosidad. La patrona cortó los comentarios diciendo que no le interesaba que fuera una obra de arte, porque iba muy ligera de ropas y por lo tanto debía salir de su casa. Don Cornelio, vencido por su incurable timidez, no intentó disuadirla. Hacía varios años que habitaba allí y estaba acostumbrado. No quería mudarse a otra pensión, pero comprendió que no era posible separarse de Fantasía, así es que tendría que buscar otro sitio donde pudiera vivir con ella. Decidió llevarla provisionalmente a la Notaría, donde podría esconderla entre los anaqueles por un par de días. Salió nuevamente a la calle, apuntado por el dedo de la patrona que le señalaba el camino. Afuera, sin embargo, se sintió mejor y, por primera vez en mucho tiempo, tuvo deseos de silbar, pero no le resultó, porque no tenía práctica. Llegó hasta la esquina y esperó hasta que el bus verde se detuvo delante suyo, pero cuando quiso subir, el chófer se lo impidió con un gesto. —¿Qué lleva ahí, señor? —preguntó. —Es sólo una estatua… —Éste es un vehículo de pasajeros, no un camión de flete. No puede subir —dijo el chófer. Tuvo que ir caminando hasta la Notaría, pero eso no consiguió desanimarlo; por el contrario, le pareció que hacía menos frío, que la ciudad era hermosa y notó que en algunas ventanas aún anidaban las alondras del verano y empezaban a florecer las violetas de los Alpes en los maceteros. Se extrañó de no haber visto nada de eso antes. Llegó a su oficina con casi dos horas de retraso, pero nadie levantó la vista de su trabajo al oírlo pasar, ni le preguntaron qué era lo que llevaba en los brazos. Entró rápidamente a la sala de los archivos y colocó a Fantasía en un rincón, detrás de unos pesados muebles. Se sentía muy cansado, porque no tenía el hábito de las caminatas cargando bultos, ni de las emociones. Abrió su escritorio, preparó su pluma y comenzó a escribir, pero no pudo concentrarse. Se le escapaba la mirada hacia el lugar donde lo esperaba Fantasía. Por fin, la curiosidad fue más fuerte que su sentido del deber y se acercó a ella. Le quitó el paño negro y la miró arrobado, detallando los bucles retorcidos, los velos turbulentos, las uvas imposibles y los suaves rollos que decoraban su cintura. —Buenos días, señora —saludó con timidez. Y entonces la Gorda sonrió cordialmente, mostrando una doble fila de dientes de porcelana. Aterrado, el escribiente la volvió a cubrir y regresó apresurado a su mesa, donde comenzó a garabatear frenéticamente en sus papeles. Pero, un minuto después, la pluma vacilaba en sus dedos y, vencido por el impulso de su corazón, volvió al rincón de Fantasía. Levantó la bandera y esperó. Ella no se hizo rogar: sonrió, sacudió la cabeza y agitó las uvas mientras la paloma esponjaba las plumas. Para entonces don Cornelio estaba seguro de que había perdido el juicio, que soñaba, especialmente cuando escuchó una voz meliflua que le solicitaba que abriera la ventana. —Esto huele como una tumba —dijo ella. Desconcertado, don Cornelio fue a la ventana y forcejeó con el antiguo cerrojo hasta que consiguió moverlo. Al abrirla, una nube de polvo impalpable se desprendió de los vidrios, bañando al escribiente de la cabeza a los pies, y una brisa fría y limpia entró en la oficina. Entre los edificios del vecindario se coló un rayo de sol otoñal, dándole en la cara a un ratón curioso que observaba la escena. Al verlo, don Cornelio sintió como siempre una oleada de simpatía, que esta vez no reprimió por sentido del deber. Metió la mano en el bolsillo en busca de algo para darle de comer, pero sólo encontró el veneno que todas las mañanas llevaba consigo. «Tendré que traer queso y quitar esas trampas, son muy peligrosas», pensó. Entre tanto, Fantasía había caminado hasta la ventana con la mayor naturalidad, como cualquier señora que desea tomar aire entonando una canción. Convencido de que veía y oía alucinaciones, don Cornelio regresó a su mesa de trabajo, pero el canto lo distrajo, poniendo un calor desconocido en su pecho. Se sentía cada vez más feliz de haberla adquirido a costa de todo su sueldo. Sin duda, valía la pena. Era algo extraña, pero ya estaba acostumbrándose a su presencia y con seguridad llegarían a ser muy buenos amigos. —¿Vamos a pasear? —sugirió ella cuando se cansó de cantar. Don Cornelio nunca había salido a pasear en día de semana sin estar de vacaciones, pero la idea le pareció atractiva. —Esta vez no tendrás que llevarme en brazos —rió ella. Fantasía ató el racimo de uvas a la cinta del sombrero de don Cornelio y así le quedó libre una mano para tomar la de él. Luego recitó un verso algo cursi, pero muy efectivo: Cornelio, dame la manopara echar a volar,hasta la torre de la iglesia,como una campana más… Maravillado, el escribiente sintió que sus zapatos se desprendían del suelo y que le bastaba mover un poco los brazos para elevarse. Dieron una vuelta a media altura por la habitación, para adquirir práctica, y salieron volando por la ventana como dos ángeles estrafalarios, desafiando las leyes de la aerodinámica y del sentido común. Don Cornelio sintió el golpe del viento en el pecho y en la cara y a su espalda adivinó las puntas de su bufanda gris volando también. Se echó a reír como cuando era niño. Se sujetó el sombrero con la mano libre y no tuvo miedo cuando sobrepasaron las antenas de la televisión, la torre de los bomberos y la cúpula de la Sociedad Protectora de Animales, dejando atrás los últimos techos de la ciudad. Abajo vieron los bosques como manchas oscuras, las cimas de las montañas cubiertas de suave merengue, el increíble color del cielo en un claro día de otoño. Fantasía señaló el lugar donde terminaban los caminos y nacía, entre las colinas, la cinta luminosa del río. —¡Bajemos! —rogó el escribiente, que quería verlo de cerca, porque hasta entonces el único río que conocía era el negro canal lleno de basura que cruzaba la ciudad. Ella eligió un buen lugar para el aterrizaje, estabilizó sus ocultos motores, emparejó sus alas, perdón, sus velos y cintas color vainilla, y bajó limpiamente, como una gaviota. Por sugerencia suya, don Cornelio se quitó los zapatos y sus pies sintieron por vez primera la tierra en su estado natural, porque antes sólo la había visto en maceteros. Dio unos saltitos breves, gozando de la nueva sensación, y empezó a bailar, a darse vueltas, loco de felicidad. Pensó que aquella borrachera se debía al reciente vuelo y al exceso de aire puro. Pasaron una tarde inolvidable. Fantasía le enseñó a ponerse en el lugar de las hormigas, para ver el mundo desde abajo, a revolotear como las abejas, para apreciarlo desde media altura, a ser como los peces, para deslizarse bajo el agua, y a silbar como el viento entre las hojas. Eso fue lo que más entusiasmó al escribiente, porque su más secreto anhelo era silbar en la ducha, pero nunca había podido. También aprendió a palpar el mundo con los ojos cerrados, adivinando por su textura la secreta naturaleza de las cosas, y a diferenciar el olor de la hierbabuena, el tomillo y el laurel. Se comunicaron telepáticamente con los conejos, que contaron que los hombres los cazan por deporte, con las flores, que dijeron que las cortan para adornos de iglesia, con las abejas, que se quejaron de que les roban la miel, y con los pinos, que odian la Navidad, porque los mutilan sin piedad. Cuando se cansaron de jugar, los dos amigos se sentaron en medio del paisaje, escuchando el silencio con toda atención. Y, finalmente, cuando el sol comenzó a descender en el horizonte, decidieron que era hora de regresar. Ella se acomodó los velos, recuperó su paloma, tomó a don Cornelio de la mano y recitó los versos mágicos. Se elevaron sin tropiezos y volaron de vuelta con más gracia y seguridad que la primera vez. Penetraron en el colchón de humo que flotaba sobre los techos, pero don Cornelio llevaba en los ojos el recuerdo azul del cielo y todo le pareció menos gris y más amable. Planearon entre los edificios más altos sin que nadie los viera, porque los habitantes de la ciudad rara vez levantan la mirada del suelo y, por sugerencia de don Cornelio, que no deseaba llamar la atención, eligieron para el aterrizaje un edificio en construcción. Se posaron sobre las altas vigas de acero, a muchos metros sobre la calle. Cuando él miró hacia abajo, sintió que le flaqueaban las piernas: podía volar sin miedo, pero caminar en las alturas le daba vértigo. Se caló el sombrero hasta las orejas, para que el viento no se lo arrebatara, se aferró a la mano de su amiga y descendió con ella por una interminable escalera. A mitad de camino se encontraron con un obrero que pintaba un muro. No pareció sorprendido al ver en aquel lugar a una señora ataviada de tan extravagante manera y a un caballero maduro con un racimo de uvas colgando de su sombrero. Saludó agitando la brocha y don Cornelio le estrechó la mano, a pesar de que no era su costumbre relacionarse con personas no previamente presentadas. —¿Puede decorar con algunos colores la ropa de este caballero? —pidió Fantasía—. Es muy aburrido verlo todo vestido de gris… El obrero era un artista frustrado y se le presentaba una magnífica ocasión de poner a prueba su talento. Pintó flores, mariposas y angelotes en el traje del escribiente, dejándolo como una cortina de baño. Se despidieron efusivamente y don Cornelio, más tranquilo, concluyó que si ese hombre también podía comunicarse con Fantasía, él no era el único loco por allí. Iban llegando al nivel de la calle cuando escucharon a lo lejos las campanas de la catedral anunciando las seis de la tarde. Horrorizado, don Cornelio comprendió que había pasado el día de vacaciones, mientras sobre su escritorio se acumulaban papeles importantes. Echó a correr en dirección a la Notaría, cargando en los brazos a Fantasía que, sin previo aviso, había recuperado su rigidez, transformándose en un instante en estatua de porcelana. Poco después entraba en la oficina pegado a la pared, para no ser visto, hasta alcanzar su mesa de trabajo en la sala de los archivos. Escribía a toda prisa, cuando se abrió de par en par la puerta y entró el señor Notario en persona, resoplando como un fuelle. —¿Qué significa esto? —preguntó, señalando a Fantasía con su largo dedo afilado. —¿Qué cosa? —tembló don Cornelio, que en su apuro había olvidado disimularla bajo la bandera. —¡Esa mujer horrible que tiene allí! —Es… es nada más que un adorno —tartamudeó el escribiente. —¿Quién le ha autorizado para vestirse de floreado y traer esa indecente figura a esta honorable Notaría? —gritó el señor Notario cada vez más furioso. —Yo pensé… —¡No le pago para que piense! ¡Sáquela de aquí inmediatamente, vaya a ponerse un traje oscuro y cierre esa ventana! —ordenó el jefe saliendo con un portazo. Don Cornelio permaneció en su silla, paralizado por el estupor. —Siento ocasionarte tantas molestias —susurró Fantasía, sin moverse del rincón. El escribiente respondió con un profundo suspiro. —Puedes dejarme en cualquier lado. El camión de la basura me recogerá —dijo ella con cara de Santa Rita, mirando hacia el techo con los ojos húmedos. —¡De ningún modo! Ahora que somos amigos, no podemos separarnos. Buscaré un lugar donde me acepten contigo —replicó él. Fantasía sonrió con disimulo, mientras don Cornelio recogía sus escasos objetos personales del escritorio. Luego la cubrió con la bandera y salió echando una última mirada al sitio donde había trabajado durante más de veinte años. Nadie lo miró cuando se fue. Afuera estaba casi oscuro. Ya habían encendido los faroles de la plaza y hacia allá se dirigieron nuestros amigos. Se sentaron en un banco, dispuestos a pasar la noche, él envuelto en su bufanda, y ella sólo con sus velos, pues su naturaleza de porcelana era invulnerable al frío. A esa hora la plaza estaba casi vacía, no se veían niños jugando o enamorados bajo el castaño, ni siquiera el Loco saludando a la vida, y hasta las palomas dormían con las cabezas bajo las alas. Sólo una pequeña figura de capelina florida y zapatos ortopédicos ocupaba otro banco, disfrutando del fresco con un paquete de galletas de avena en el regazo. En esta oportunidad don Cornelio consiguió sobreponerse a su timidez y se acercó para desearle buenas noches. Ella le indicó que se sentara a su lado. —¿Puedo darle un poco de galleta a su paloma, señora? —ofreció la anciana, dirigiéndose a Fantasía. La Gorda de Porcelana aceptó agradecida y ambas se pusieron a charlar sobre encaje de bolillo y recetas de pastel, mientras don Cornelio aprovechaba la luz del farol más cercano para hojear un periódico que encontró sobre el banco, en busca de un aviso que le ofreciera pensión o trabajo. Al poco rato, la vieja dama se arropó en su chal y anunció que era muy tarde y debía retirarse. Su casa no estaba lejos, pero no le gustaba andar de noche con sus pesados zapatos. —¿Y ustedes no vuelven a casa? —preguntó al despedirse. Y entonces don Cornelio, que esperaba que ella se lo preguntara, abrió ampliamente su corazón, venciendo al fin tantos años de silencio y de pudor, y le contó su historia, desde el momento en que vio a Fantasía en la ventana del anticuario, hasta ese instante último en que se encontraban en la plaza, sin techo, sin trabajo y sin futuro, pero inundados de inexplicable alegría. La anciana escuchó con atención hasta el final sin interrumpir, y cuando él hubo vaciado toda su ansiedad, le dijo que tenía un cuarto desocupado en su casa y andaba, justamente, buscando a un caballero ordenado que quisiera alquilarlo. —Me sentiré muy contenta de tener a su Fantasía en mi casa —agregó. Por buena educación, don Cornelio rehusó con grandes protestas: no quería molestar, de ningún modo; qué pensaría ella de él; que abusaba de su bondad, etc. Pero Fantasía le dio una patadita disimulada para que no exagerara sus negativas, pues corrían el riesgo de que la señora lo tomara en serio y retirara su oferta. Por fin, transaron en un arreglo justo y los tres, tomados del brazo, echaron a andar hacia el nuevo hogar, perdiéndose entre las estrechas calles del barrio antiguo de la ciudad. He vuelto a ver a don Cornelio muchas veces. Nos encontramos en la calle y charlamos largamente. Por él supe esta historia y me autorizó para contarla a mi vez. Ha cambiado mucho, sin embargo. Yo diría que es un hombre diferente. Ya no usa el traje gris con catorce bolsillos, sino un delantal de muchos colores y un sombrero de pajilla con dos plumas de faisán. En invierno se abriga con su antigua bufanda, ahora amorosamente bordada de flores. Me contó que al dejar la Notaría encontró su verdadera vocación, que no era copiar documentos en el fondo de una sala polvorienta, sino andar por la calle silbando, conversar con la gente, cultivar la amistad del Loco en la plaza y alimentar con galletas de avena a las palomas, a los ratones y a otras bestias menores. Como siempre hay que ganarse la vida, combinó su necesidad con una ocupación adecuada: se hizo heladero en verano y vendedor de castañas calientes en invierno. Don Cornelio pasa por mi calle empujando su carrito y silbando como un mirlo desentonado. Los niños lo conocen y cuando lo escuchan dejan libros y juguetes para correr a su encuentro. A veces lo siguen las palomas. Durante todo el día reparte su mercancía y en las tardes, cuando está cansado, regresa a su casa, donde la anciana del moño florido y zapatos ortopédicos lo espera junto a Fantasía. Con la Gorda de Porcelana han vuelto a hacer los viajes increíbles, se meten bajo la tierra, vuelan como aeroplanos, nadan en todos los mares y se introducen en los libros para correr aventuras inolvidables. Ella no lo puede acompañar por las calles vendiendo helados o castañas, porque excitaría la atención de los transeúntes, pero su espíritu lo acompaña siempre. Gracias a ella, el pasado gris de escribiente es sólo un recuerdo lejano y hoy don Cornelio es un hombre vestido de muchos colores. Tal como dijo el anticuario, Fantasía le cambió la vida. ¡Ah! Olvidaba algo importante: don Cornelio no ha perdido su puntualidad y cada vez que pasa por mi calle y oigo su silbido, sé que son exactamente las cuatro y quince minutos… FIN Título: La gorda de porcelana Autora: Isabel Allende (Chile, 1942– ) Primera publicación: 1984 Incluido en: Cuentos de Eva Luna (1990), recopilación de veinte relatos. Género: Cuento / narrativa breve contemporánea Corriente literaria: Realismo mágico y realismo social latinoamericano
- "Un informe para una academia", cuento de Franz Kafka
Un simio, llamado Pedro el Rojo, capturado en África y llevado a Europa, presenta un informe ante una academia científica relatando cómo, para sobrevivir, aprendió a comportarse como un ser humano. Explica que no buscaba libertad, sino una “salida” a la jaula en la que se encontraba. Ilustrísimos señores académicos: Es para mí un honor que me hayan ustedes invitado a presentar a esta academia un informe sobre mi anterior vida de simio. En este sentido no puedo, por desgracia, atender a su invitación. Casi cinco años me separan de mi existencia simiesca, un período quizá breve si se mide por el calendario, pero infinitamente largo para recorrerlo al galope, como lo he hecho yo, acompañado a trechos por magníficas personas, consejos, aplausos y música orquestal, pero en el fondo solo, pues todo el acompañamiento se mantenía —para seguir con la imagen— lejos de la barrera. Esta proeza habría sido imposible de haber querido yo aferrarme obstinadamente a mis orígenes, a mis recuerdos de juventud. La renuncia a toda obstinación fue justamente el mandamiento supremo que me impuse; yo, mono libre, me sometí a ese yugo. Pero, a cambio, el acceso a los recuerdos se me fue cerrando cada vez más. Al principio, de haberlo querido los hombres, aún habría podido regresar a través del gran portón que forma el cielo sobre la tierra, pero a medida que mi fustigada evolución progresaba, el portón se volvía cada vez más bajo y más estrecho; me fui sintiendo mejor y más anclado en el mundo de los hombres; el vendaval que desde mi pasado soplaba sobre mí se ha ido calmando; hoy es sólo una corriente de aire que me refresca los talones; y ese agujero remoto por el cual ese aire llega y por el que yo mismo llegué un día se ha vuelto tan pequeño que, aunque tuviera la fuerza y la voluntad suficientes para regresar hasta él, me acabaría arrancando la piel del cuerpo al atravesarlo. Hablando con franqueza —y por más que me guste elegir imágenes para estas cosas—, hablando con toda franqueza: su condición simiesca, señores míos, en la medida en que ustedes puedan tener algo semejante en su pasado, no les puede resultar más lejana que a mí la mía. Pese a lo cual cosquillea en el talón a todo el que camina aquí en la tierra: al pequeño chimpancé tanto como al gran Aquiles. En un sentido muy restringido, sin embargo, quizá pueda responder a su invitación, y lo haré incluso con sumo agrado. Lo primero que aprendí fue a estrechar la mano; el apretón de manos es un signo de franqueza; que a ese primer apretón de manos se sume además, ahora que estoy en el cénit de mi carrera, mi palabra sincera. Nada esencialmente nuevo puede esta aportar a esta academia, y ha de quedar muy por debajo de lo que de mí se espera y de lo que yo pueda, aun con la mejor voluntad, decir. De todas formas, servirá para mostrar las pautas a partir de las cuales alguien que fue mono penetró en el mundo de los hombres y acabó estableciéndose en él. Sepan, con todo, que no podría contar siquiera las nimiedades que vienen a continuación si no estuviese totalmente seguro de mí mismo, y si mi posición en todos los grandes teatros de variedades del mundo civilizado no se hubiera consolidado hasta hacerse inconmovible. Provengo de la Costa de Oro. Por lo que respecta a las circunstancias de mi captura, dependo de informes ajenos. Una expedición de caza de la empresa Hagenbeck —con cuyo jefe, por cierto, he vaciado más de una botella de buen vino tinto desde entonces— se hallaba al acecho entre los matorrales de la orilla cuando, un atardecer, bajé al abrevadero en medio de una manada. Dispararon; yo fui el único herido; recibí dos disparos. Uno en la mejilla; fue leve, pero me dejó una gran cicatriz roja y sin pelos que me ha valido el repelente nombre de Rotpeter, Pedro el Rojo, totalmente inapropiado y que se diría inventado por un mono, como si sólo por la mancha roja en la mejilla me distinguiera yo de aquel mono amaestrado llamado Peter, que sucumbió hace poco y era más o menos conocido. Todo esto sea dicho de paso. El segundo disparo me alcanzó debajo de la cadera. Fue grave, y es el culpable de que aún cojee un poco. Recientemente leí un artículo de uno de esos diez mil mentecatos que se explayan sobre mí en los periódicos: mi naturaleza simiesca, decía, aún no ha sido reprimida del todo; la prueba de ello es que, cuando recibo visitas, me quito muy a gusto los pantalones para mostrar el sitio por donde entró la bala. Al tipo ese deberían arrancarle a tiros, y uno por uno, los deditos de la mano con la que escribe. Yo puedo quitarme los pantalones delante de quien me dé la gana; no encontrarán allí sino un pelaje bien cuidado y la cicatriz producto de un —elijamos aquí la palabra adecuada para el fin adecuado, sin que dé lugar a malentendidos—… la cicatriz producto de un disparo infamante. Todo es claro y evidente; no hay nada que ocultar; cuando se trata de la verdad, cualquier espíritu noble deja de lado los modales más refinados. Si, en cambio, fuera el escritorzuelo ese el que se quitara los pantalones al recibir visitas, la cosa sería muy distinta, y quiero considerar como un signo de sensatez el que no lo haga. ¡Pero que él también me deje en paz con sus remilgos! Después de esos disparos me desperté —y aquí empiezan poco a poco mis propios recuerdos— en una jaula, en el entrepuente del vapor de la empresa Hagenbeck. No era una jaula con rejas a los cuatro costados; más bien eran sólo tres rejas sujetas a un cajón, que formaba la cuarta pared. El conjunto era demasiado bajo para estar de pie, y demasiado estrecho para sentarse. De ahí que me estuviera acuclillado, con las rodillas dobladas y siempre temblorosas; y como al principio probablemente no quería ver a nadie y sólo me apetecía estar en la oscuridad, me instalé mirando al cajón, mientras, por detrás, los barrotes se me incrustaban en la carne. Se considera ventajosa esa forma de encerrar a los animales salvajes en la fase inicial de su cautiverio, y hoy, después de mi experiencia, no puedo negar que desde una perspectiva humana esto es, efectivamente, cierto. Pero entonces no pensaba así. Por vez primera en mi vida me hallaba en una situación sin salida, o al menos no veía ninguna frente a mí; frente a mí tenía el cajón con sus tablas firmemente ensambladas. Cierto es que entre las tablas había una rendija que lo atravesaba de un extremo a otro y que yo saludé, nada más descubrirla, con el feliz aullido de la insensatez; pero esa rendija no bastaba ni de lejos para pasar por ella la cola, y ni con toda mi fuerza de mono me fue posible ensancharla. Debí de haber sido insólitamente silencioso, según me dijeron más tarde, de lo cual dedujeron que, o bien me moriría muy pronto, o bien, en caso de que lograra sobrevivir al primer período crítico, sería muy fácil de amaestrar. Sobreviví a aquel período. Sollozar en sordina, buscar penosamente pulgas, lamer cansinamente un coco, golpetear la pared del cajón con la cabeza y sacar la lengua cuando alguien se me acercaba: tales fueron las primeras ocupaciones de mi nueva vida. En todas ellas, sin embargo, una única sensación: no hay salida. Claro que hoy sólo puedo reproducir con palabras humanas lo que entonces sentía como mono y, por consiguiente, lo estoy tergiversando, pero aunque ya no pueda recuperar la antigua verdad simiesca, esta se sitúa al menos en la dirección de mi relato, no cabe la menor duda. Había tenido muchas salidas hasta entonces y de pronto no tenía ni una sola. Estaba atascado. Si me hubieran clavado, mi libertad de movimiento no se habría visto mermada por ello. ¿Y eso por qué? Por mucho que te rasques la piel entre los dedos de los pies hasta sangrar, no encontrarás el motivo. Aprieta la espalda contra los barrotes de la jaula hasta que se te parta casi en dos: no encontrarás el motivo. No tenía salida, pero debía conseguirme una, pues sin ella no podía vivir. Todo el tiempo pegado a la pared de ese cajón… habría reventado irremisiblemente. Pero los monos de Hagenbeck han de estar pegados a la pared del cajón… y fue así como dejé de ser mono. Un razonamiento claro y hermoso, que en cierto modo debí de tramar con la barriga, pues los monos piensan con la barriga. Temo que no se comprenda exactamente lo que yo entiendo por salida. Utilizo la palabra en su acepción más llana y corriente. A propósito evito hablar de libertad. No me refiero a esa gran sensación de libertad hacia todos lados. Como mono quizá la conociera, y he conocido seres humanos que la deseaban ardientemente. En lo que a mí respecta, sin embargo, no he exigido libertad ni entonces ni ahora. A propósito: los hombres se engañan muy a menudo con la libertad. Y así como esta se cuenta entre los sentimientos más sublimes, el engaño correspondiente también figura entre los más sublimes. Antes de salir a escena, en los teatros de variedades, he visto muchas veces a alguna pareja de artistas ejercitarse arriba, junto al techo, en los trapecios. Se lanzaban al aire, se balanceaban, saltaban, volaban uno a los brazos del otro, o uno de ellos sujetaba al otro por el pelo con los dientes. «¡Esto también es libertad humana!», pensaba yo, «movimiento libre y soberano.» ¡Oh escarnio de la sacrosanta naturaleza! Ningún edificio aguantaría en pie las carcajadas de los simios ante semejante visión. No, no quería libertad. Solamente una salida; a la derecha, a la izquierda, a cualquier lado; no planteaba otras exigencias; aunque la salida sólo fuera una ilusión; la exigencia era pequeña, la ilusión no había de ser mucho mayor. ¡Avanzar, avanzar! ¡Nada de quedarse inmóvil con los brazos en alto, pegado a la pared de un cajón! Hoy lo veo claro: sin esa gran calma interior jamás habría logrado evadirme. Y, de hecho, quizá deba todo cuanto he llegado a ser a la calma que se apoderó de mí tras esos primeros días allí, en el barco. Aunque esa calma se la debía, a su vez, a la gente del barco. Eran buenas personas, pese a todo. Aún hoy recuerdo con agrado el sonido de sus pesados pasos, que entonces resonaban en mi duermevela. Tenían la costumbre de emprenderlo todo con una lentitud extrema. Si alguno quería frotarse los ojos, levantaba la mano como una pesa. Sus bromas eran soeces, pero entrañables. En sus risas se mezclaba siempre una tos que, si bien sonaba peligrosa, no significaba nada. Siempre tenían en la boca algo que escupir y les era indiferente hacia dónde escupían. Todo el tiempo se quejaban de que mis pulgas les saltaban encima, aunque nunca llegaron a enfadarse seriamente conmigo por eso; sabían muy bien que las pulgas medraban en mi pelaje y que son saltarinas, y eso les bastaba. A veces unos cuantos se sentaban en semicírculo a mi alrededor, cuando no estaban de servicio; casi no hablaban, sino que se arrullaban unos a otros; fumaban sus pipas tumbados sobre los cajones; al menor movimiento mío se daban una palmada en las rodillas, y de vez en cuando alguno cogía una varita y me hacía cosquillas donde me gustaba. Si hoy en día me invitaran a hacer un viaje en aquel barco, seguro que rechazaría la invitación; pero no es menos cierto que no son sólo recuerdos desagradables los que podría evocar del tiempo que pasé allí en el entrepuente. La calma que me procuró la compañía de esa gente me hizo descartar, ante todo, cualquier intento de fuga. Desde mi perspectiva actual creo haber barruntado, como mínimo, la necesidad de encontrar una salida si quería seguir viviendo, pero también el hecho de que esa salida no la encontraría en la fuga. No sabría decir si la fuga era posible, aunque creo que sí; para un mono debería ser siempre posible evadirse. Con mis dientes actuales he de tener cuidado hasta para cascar una simple nuez, pero entonces seguro que habría logrado, con el tiempo, abrir a mordiscos la cerradura de la jaula. No lo hice. ¿Qué habría ganado con ello? Nada más asomar la cabeza me habrían vuelto a capturar para encerrarme en una jaula todavía peor; o bien hubiera podido refugiarme sin ser visto donde otros animales, por ejemplo donde las boas gigantes que tenía enfrente, y exhalar el último suspiro abrazado por ellas; o bien, después de haber logrado deslizarme hasta cubierta y saltar por la borda, me habría mecido un ratito en el océano y me habría ahogado. Actos desesperados. No calculaba de manera tan humana, pero bajo el influjo de mi entorno me comportaba como si fuera así. No calculaba, pero sí observaba con toda calma. Veía a esos hombres ir de un lado para otro, siempre las mismas caras, los mismos movimientos, a menudo me parecían ser uno solo. Ese hombre o esos hombres se movían, pues, sin ser molestados. Un gran objetivo se abrió paso dentro de mí. Nadie me prometió que si me volvía como ellos se alzaría la reja. No se hacen promesas a cambio de cosas que, al parecer, son imposibles de cumplir. Pero si llegan a cumplirse, las promesas surgen justamente allí donde antes las habíamos buscado en vano. Ahora bien, esos hombres no tenían en sí nada que me atrajera particularmente. De haber sido partidario de esa libertad a la que me he referido, seguro que habría preferido el océano a la salida que se me ofrecía en la turbia mirada de aquellos hombres. En cualquier caso, hacía ya tiempo que venía observándolos, aun antes de pensar en esas cosas, y sólo las observaciones acumuladas acabaron impulsándome en la dirección que adopté. ¡Era tan fácil imitarlos! A escupir aprendí ya en los primeros días. Luego empezamos a escupirnos a la cara unos a otros; la única diferencia era que después yo me la lamía hasta dejarla limpia, y ellos no. Pronto comencé a fumar en pipa como un viejo; y si alguna vez metía el pulgar en la cazoleta, todo el entrepuente estallaba en gritos de júbilo; eso sí, durante mucho tiempo no entendí qué diferencia había entre una pipa vacía y una llena. Lo más dificultoso fue para mí la botella de aguardiente. El olor me repugnaba; hacía todos los esfuerzos posibles, pero pasaron semanas antes de que lograra vencer mi asco. Curiosamente, ellos se tomaban esas resistencias internas más en serio que cualquier otra cosa en mí. Ya no distingo a aquella gente en mi recuerdo, pero había uno que venía una y otra vez, solo o con amigos, de día, de noche, a las horas más diversas; se instalaba delante de mí con la botella y me daba lecciones. No me comprendía, quería descifrar el enigma de mi existencia. Descorchaba poco a poco la botella y luego me miraba para verificar si había comprendido; confieso que lo observaba siempre con una atención fogosa y precipitada; ningún maestro de hombres encontrará en toda la redondez de la Tierra un aprendiz de hombre semejante; una vez descorchada la botella, se la llevaba a la boca; yo la sigo con mi mirada; él asiente satisfecho, y la posa sobre los labios; yo, fascinado con mi comprensión gradual, empiezo a rascarme aquí y allá a lo largo y ancho, chillando; él se alegra, se pega el cuello de la botella a la boca y bebe un trago; yo, impaciente y desesperado por imitarlo, me ensucio en mi jaula, lo que vuelve a causarle una gran satisfacción; y entonces, alejando de sí la botella y elevándola otra vez con gesto enfático, la vacía de un trago inclinándose hacia atrás en un ademán exageradamente didáctico. Yo, extenuado por la intensidad de mi deseo, ya no puedo seguirlo y me cuelgo débilmente de los barrotes, mientras él concluye la clase teórica frotándose la barriga y sonriendo con malicia. Sólo entonces empieza la clase práctica. ¿Acaso no estoy ya demasiado exhausto por la teoría? Pues sí, demasiado exhausto. Es parte de mi destino. Pese a ello aferro como mejor puedo la botella que me tienden; la descorcho temblando; el éxito me infunde poco a poco nuevas fuerzas; levanto la botella, casi no se me distingue ya de mi modelo; me la pego a la boca y… y la tiro con asco, sí, con asco; aunque está vacía y sólo guarda el olor, la tiro al suelo con asco, para gran pesar de mi maestro y para mayor pesar mío. El que después de tirar la botella no olvide frotarme la barriga como es debido y sonreír con malicia no me reconcilia con él ni conmigo mismo. Muy a menudo transcurría así la clase. Y en honor a mi maestro he de decir que nunca se enfadaba conmigo; cierto es que a veces me acercaba la pipa encendida al pelaje hasta que empezaba a chamuscármelo en algún punto al que yo llegaba sólo con dificultad, pero él mismo lo apagaba luego con su mano gigantesca y bondadosa; no se enfadaba conmigo, era consciente de que ambos luchábamos desde el mismo bando contra la naturaleza simiesca y de que yo llevaba la peor parte. Sea como fuere, qué triunfo tanto para él como para mí cuando una noche, en presencia de un gran círculo de espectadores —tal vez fuera una fiesta, sonaba un gramófono, un oficial se paseaba entre los tripulantes—, cuando esa noche cogí, sin que se dieran cuenta, una botella de aguardiente que alguien había dejado por descuido delante de mi jaula, la descorché como es debido ante la creciente atención del público, me la llevé a la boca y, sin titubear ni hacer muecas, como un bebedor experto, haciendo girar los ojos, palpitante el gaznate, la vacié hasta la última gota; ya no cómo un desesperado, sino como un artista tiré luego la botella; cierto es que se me olvidó frotarme la barriga, pero, en cambio, dado que no podía evitarlo, dado que algo me impulsaba a hacerlo, dada la embriaguez que aturdía mis sentidos, exclamé sin más ni más: «¡Hola!», emitiendo sonidos humanos y penetrando de un salto en la comunidad de los hombres, al tiempo que sentía su eco —«¡Escuchad! ¡Habla!»— como un beso por todo mi cuerpo empapado en sudor. Repito: no me atraía la idea de imitar a los hombres; los imitaba porque buscaba una salida, por ninguna otra razón. Tampoco es que consiguiera mucho con aquel triunfo. La voz volvió a fallarme enseguida; no la recuperé sino al cabo de unos meses; la aversión hacia la botella de aguardiente se intensificó más todavía. Pero mi dirección me había sido dada de una vez para siempre. Cuando, en Hamburgo, fui entregado a mi primer amaestrador, no tardé en advertir las dos posibilidades que se me abrían: el parque zoológico o el teatro de variedades. No lo dudé. Me dije: «Intenta con todas tus fuerzas entrar en el teatro de variedades; esa es la salida; el parque zoológico es sólo una nueva jaula enrejada; si entras allí, estás perdido». Y aprendí, caballeros. ¡Ah!, cuando hay que aprender, se aprende; uno aprende cuando quiere hallar una salida, y aprende sin miramientos. Uno mismo se vigila con el látigo, desgarrándose a la menor resistencia. Mi naturaleza simiesca se precipitó rodando y huyendo con furia fuera de mí, de suerte que mi primer maestro estuvo a punto de volverse él mismo simiesco y tuvo que abandonar muy pronto las clases para ser internado en un manicomio. Por suerte volvió a salir poco después. Consumí, no obstante, a muchos maestros, incluso a varios al mismo tiempo. Cuando me sentí más seguro de mis capacidades, cuando la opinión pública ya seguía mis progresos y mi futuro empezó a resplandecer, yo mismo recibía a mis maestros, los hacía sentar en cinco habitaciones contiguas y aprendía con todos a la vez, saltando continuamente de una habitación a otra. ¡Qué progresos! ¡Esa irrupción concurrente de los rayos del saber en el cerebro que despierta! No lo niego: aquello me hacía feliz. Pero confieso asimismo que tampoco lo sobreestimaba, ni entonces ni, menos aún, ahora. Gracias a un esfuerzo que hasta ahora no se ha repetido en el mundo, he llegado a adquirir el grado de cultura media de un europeo. Esto quizá no sea nada en sí mismo, pero es algo en la medida en que me ayudó a salir de la jaula y me proporcionó esta salida peculiar, esta salida humana. Existe en nuestra lengua una expresión excelente: irse a leva y a monte; eso es lo que he hecho, me he ido a leva y a monte. No tenía otra salida, partiendo siempre del supuesto de que no era posible elegir la libertad. Si echo una ojeada retrospectiva a mi evolución y a lo que ha sido su objetivo hasta ahora, no me quejo ni me declaro satisfecho. Las manos en los bolsillos del pantalón, la botella de vino sobre la mesa, estoy entre tumbado y sentado en una mecedora y miro por la ventana. Si viene una visita, la recibo como es debido. Mi empresario está en el recibidor; cuando toco el timbre, viene y escucha lo que tengo que decirle. Por la noche casi siempre hay función, y mis éxitos son difícilmente superables. Cuando vuelvo a casa a una hora avanzada, después de un banquete, de una reunión científica o de alguna agradable tertulia, me espera una pequeña chimpancé semiamaestrada con la que paso un rato entrañable a la usanza simiesca. De día no quiero verla, pues tiene en la mirada esa locura propia del animal confuso y amaestrado; yo soy el único que me doy cuenta y no puedo soportarlo. En general puedo decir que he conseguido lo que quería conseguir. Y no se diga que no ha valido la pena. Además, no quiero ningún juicio humano, sólo quiero difundir conocimientos y me limito a informar; también a ustedes, ilustrísimos señores académicos, me he limitado a informarles. FIN Título: Ein Bericht für eine Akademie ( Informe para una Academia ) Autor: Franz Kafka Nacionalidad del autor: Austrohúngaro (checo de lengua alemana) Fecha de publicación: 1917 (en la revista Der Jude ). Género: Narrativo Subgénero: Relato / Cuento filosófico y alegórico Corriente literaria: Expresionismo – Existencialismo – Vanguardias del siglo XX Idioma original: Alemán Lugar en la obra de Kafka: Considerado uno de sus relatos más importantes, junto con La metamorfosis y En la colonia penitenciaria .
- ¡Diles que no me maten!, cuento de Juan Rulfo
Juvencio Nava, un hombre que cometió un asesinato años atrás, es capturado por la justicia. Mientras espera su ejecución, implora a su hijo que interceda por él y ruegue a las autoridades que no lo maten. El cuento narra, a través de flashbacks, la historia de su crimen, la persecución, y cómo su vida ha estado marcada por el miedo, la injusticia y la violencia. La obra refleja la fatalidad y el ciclo interminable de violencia en el campo mexicano. ¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad. —No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti. —Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios. —No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a deveras. Y yo ya no quiero volver allá. —Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues. —No. No tengo ganas de ir. Según eso, yo soy tu hijo. Y, si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño. —Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles. Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo: —No. Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato. —Dile al sargento que te deje ver al coronel. Y cuéntale lo viejo que estoy. Lo poco que valgo. ¿Qué ganancia sacará con matarme? Ninguna ganancia. Al fin y al cabo él debe de tener un alma. Dile que lo haga por la bendita salvación de su alma. Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir: —Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos? —La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge. Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba: Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales. Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca, para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo. Y él y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lupe le dijo: —Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato. Y él le contestó: —Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata. «Y me mató un novillo. »Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está. »Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo. »Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada que llegaba alguien al pueblo me avisaban: »—Por ahí andan unos fuereños, Juvencio. »Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo sólo verdolagas. A veces tenía que salir a la medianoche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida. No fue un año ni dos. Fue toda la vida.» Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilo. «Al menos esto —pensó— conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz.» Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos. Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora. Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron. Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago, que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran. Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él. Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos. Sus ojos, que se habían apeñuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el último. Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: «Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos», iba a decirles, pero se quedaba callado. «Más adelantito se los diré», pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino. Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron. Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo. Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir. Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo: —Yo nunca le he hecho daño a nadie —eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos. Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche. Mi coronel, aquí está el hombre. Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz: —¿Cuál hombre? —preguntaron. —El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer. —Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima —volvió a decir la voz de allá adentro. —¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? —repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él. —Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco. —Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros. —Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros. —¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió. Entonces la voz de allá adentro cambió de tono: —Ya sé que murió —dijo. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de carrizos. —Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó. »Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron, tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia. »Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca.» Desde acá, desde afuera, se oyó bien claro cuanto dijo. Después ordenó: —¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo! —¡Mírame, coronel! —pidió él—. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates…! —¡Llévenselo! —volvió a decir la voz de adentro. —… Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten! Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando. En seguida la voz de allá adentro dijo: —Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros. Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía. Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto. —Tu nuera y los nietos te extrañarán —iba diciéndole—. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote, cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron. FIN Título: Diles que no me maten Autor: Juan Rulfo (1917–1986) Nacionalidad: Mexicano Primera publicación: 1953, en la colección El llano en llamas Género: Cuento / narrativa breve Corriente literaria: Realismo social y costumbrismo mexicano Idioma original: Español Ubicación en la obra del autor: Es uno de los cuentos más destacados de El llano en llamas , mostrando la violencia rural y la fatalidad en el México postrevolucionario.
- "Chac Mool", cuento de Carlos Fuentes
Filiberto, un hombre aficionado a coleccionar objetos antiguos, compra una estatua de Chac Mool, el dios de la lluvia de la civilización maya. Tras dejarla en su sótano, la estatua comienza a adquirir vida propia: se mueve, habla y desarrolla comportamientos humanos. La relación entre Filiberto y Chac Mool se vuelve creciente y peligrosa, hasta que la presencia del dios comienza a amenazar la vida del coleccionista, reflejando un choque entre lo moderno y lo ancestral, entre la civilización contemporánea y la mitología prehispánica. Hace poco tiempo, Filiberto murió ahogado en Acapulco. Sucedió en Semana Santa. Aunque despedido de su empleo en la Secretaría, Filiberto no pudo resistir la tentación burocrática de ir, como todos los años, a la pensión alemana, comer el choucrout endulzado por el sudor de la cocina tropical, bailar el sábado de gloria en La Quebrada, y sentirse “gente conocida” en el oscuro anonimato vespertino de la Playa de Hornos. Claro, sabíamos que en su juventud había nadado bien, pero ahora, a los cuarenta, y tan desmejorado como se le veía, ¡intentar salvar, y a medianoche, un trecho tan largo! Frau Müller no permitió que se velara —cliente tan antiguo— en la pensión; por el contrario, esa noche organizó un baile en la terracita sofocada, mientras Filiberto esperaba, muy pálido en su caja, a que saliera el camión matutino de la terminal, y pasó acompañado de huacales y fardos la primera noche de su nueva vida. Cuando llegué, temprano, a vigilar el embarque del féretro, Filiberto estaba bajo un túmulo de cocos; el chofer dijo que lo acomodáramos rápidamente en el toldo y lo cubriéramos de lonas, para que no se espantaran los pasajeros, y a ver si no le habíamos echado la sal al viaje. Salimos de Acapulco, todavía en la brisa. Hasta Tierra Colorada nacieron el calor y la luz. Con el desayuno de huevos y chorizo, abrí el cartapacio de Filiberto, recogido el día anterior, junto con sus otras pertenencias, en la pensión de los Müller. Doscientos pesos. Un periódico derogado en México; cachos de la lotería; el pasaje de ida —¿sólo de ida?—. Y el cuaderno barato, de hojas cuadriculadas y tapas de papel mármol. Me aventuré a leerlo, a pesar de las curvas, el hedor a vómito, y cierto sentimiento natural de respeto a la vida privada de mi difunto amigo. Recordaría — sí, empezaba con eso— nuestra cotidiana labor en la oficina, quizá, sabría por qué fue declinando, olvidando sus deberes, por qué dictaba oficios sin sentido, ni número, ni “Sufragio Efectivo”. Por qué, en fin, fue corrido, olvidada la pensión, sin respetar los escalafones. ”Hoy fui a arreglar lo de mi pensión. El licenciado, amabilísimo. Salí tan contento que decidí gastar cinco pesos en un Café. Es el mismo al que íbamos de jóvenes y al que ahora nunca concurro, porque me recuerda que a los veinte años podía darme más lujos que a los cuarenta. Entonces todos estábamos en un mismo plano, hubiéramos rechazado con energía cualquier opinión peyorativa hacia los compañeros —de hecho librábamos la batalla por aquellos a quienes en la casa discutían la baja extracción o falta de elegancia. Yo sabía que muchos (quizá los más humildes) llegarían muy alto, y aquí, en la Escuela, se iban a forjar las amistades duraderas en cuya compañía cursaríamos el mar bravío. No, no fue así. No hubo reglas. Muchos de los humildes quedaron allí, muchos llegaron más arriba de lo que pudimos pronosticar en aquellas fogosas, amables tertulias. Otros, que parecíamos prometerlo todo, quedamos a la mitad del camino, destripados en un examen extracurricular, aislados por una zanja invisible de los que triunfaron y de los que nada alcanzaron. En fin, hoy volví a sentarme en las sillas, modernizadas — también, como barricada de una invasión, la fuente de sodas— y pretendí leer expedientes. Vi a muchos, cambiados, amnésicos, retocados de luz neón, prósperos. Con el Café que casi no reconocía, con la ciudad misma, habían ido cincelándose a ritmo distinto del mío. No, ya no me reconocían, o no me querían reconocer. A lo sumo —uno o dos— una mano gorda y rápida en el hombro. Adiós viejo, qué tal. Entre ellos y yo, mediaban los dieciocho agujeros del Country Club. Me disfracé en los expedientes. Desfilaron los años de las grandes ilusiones, de los pronósticos felices y también todas las omisiones que impidieron su realización. Sentí la angustia de no poder meter los dedos en el pasado y pegar los trozos de algún rompecabezas abandonado; pero el arcón de los juguetes se va olvidando, y al cabo, quién sabrá adónde fueron a dar los soldados de plomo, los cascos, las espadas de madera. Los disfraces tan queridos, no fueron más que eso. Y sin embargo había habido constancia, disciplina, apego al deber. ¿No era suficiente, o sobraba? No dejaba, en ocasiones, de asaltarme el recuerdo de Rilke. La gran recompensa de la aventura de juventud debe ser la muerte; jóvenes, debemos partir con todos nuestros secretos. Hoy, no tendría que volver la vista a las ciudades de sal. ¿Cinco pesos? Dos de propina”. “Pepe, aparte de su pasión por el derecho mercantil, gusta de teorizar. Me vio salir de Catedral, y juntos nos encaminamos a Palacio. Él es descreído, pero no les basta: en media cuadra tuvo que fabricar una teoría. Que si no fuera mexicano, no adoraría a Cristo, y —No, mira, parece evidente. Llegan los españoles y te proponen adores a un Dios, muerto hecho un coágulo, con el costado herido, clavado en una cruz. Sacrificado. Ofrendado. ¿Qué cosa más natural que aceptar un sentimiento tan cercano a todo tu ceremonial, a toda tu vida?… Figúrate, en cambio, que México hubiera sido conquistado por budistas o mahometanos. No es concebible que nuestros indios veneraran a un individuo que murió de indigestión. Pero un Dios al que no le basta que se sacrifiquen por él, sino que incluso va a que le arranquen el corazón, ¡caramba, jaque mate a Huitzilopochtli! El cristianismo, en su sentido cálido, sangriento, de sacrificio y liturgia, se vuelve una prolongación natural y novedosa de la religión indígena. Los aspectos de caridad, amor y la otra mejilla, en cambio, son rechazados. Y todo en México es eso: hay que matar a los hombres para poder creer en ellos. ”Pepe sabía mi afición, desde joven, por ciertas formas del arte indígena mexicano. Yo colecciono estatuillas, ídolos, cacharros. Mis fines de semana los paso en Tlaxcala, o en Teotihuacán. Acaso por esto le guste relacionar todas las teorías que elabora para mi consumo con estos temas. Por cierto que busco una réplica razonable del Chac Mool desde hace tiempo, y hoy Pepe me informa de un lugar en la Lagunilla donde venden uno de piedra y parece que barato. Voy a ir el domingo. ”Un guasón pintó de rojo el agua del garrafón en la oficina, con la consiguiente perturbación de las labores. He debido consignarlo al Director, a quien sólo le dio mucha risa. El culpable se ha valido de esta circunstancia para hacer sarcasmos a mis costillas el día entero, todos en torno al agua. Ch…!” “Hoy, domingo, aproveché para ir a la Lagunilla. Encontré el Chac Mool en la tienducha que me señaló Pepe. Es una pieza preciosa, de tamaño natural, y aunque el marchante asegura su originalidad, lo dudo. La piedra es corriente, pero ello no aminora la elegancia de la postura o lo macizo del bloque. El desleal vendedor le ha embarrado salsa de tomate en la barriga para convencer a los turistas de la autenticidad sangrienta de la escultura. ”El traslado a la casa me costó más que la adquisición. Pero ya está aquí, por el momento en el sótano mientras reorganizo mi cuarto de trofeos a fin de darle cabida. Estas figuras necesitan sol, vertical y fogoso: ese fue su elemento y condición. Pierde mucho en la oscuridad del sótano, como simple bulto exactamente vertical a la escultura, que recortaba todas las aristas, y le daba una expresión más amable a mi Chac Mool. Habría que seguir su ejemplo.” ”Amanecí con la tubería descompuesta. Incauto, dejé correr el agua de la cocina, y se desbordó, corrió por el suelo y llegó hasta el sótano, sin que me percatara. El Chac Mool resiste la humedad, pero mis maletas sufrieron, y todo esto en día de labores, me ha obligado a llegar tarde a la oficina.” Vinieron, por fin, a arreglar la tubería. Las maletas, torcidas. Y el Chac Mool, con lama en la base”. Desperté a la una: había escuchado un quejido terrible. Pensé en ladrones. Pura imaginación”. ”Los lamentos nocturnos han seguido. No sé a qué atribuirlos, pero estoy nervioso. Para colmo de males, la tubería volvió a descomponerse, y las lluvias se han colado, inundando el sótano”. ”El plomero no viene, estoy desesperado. Del departamento del Distrito Federal, más vale no hablar. Es la primera vez que el agua de las lluvias no obedece a las coladeras y viene a dar a mi sótano. Los quejidos han cesado: vaya una cosa por otra”. Secaron el sótano, y el Chac Mool está cubierto de lama. Le da un aspecto grotesco, porque toda la masa de la escultura parece padecer de una erisipela verde, salvo los ojos, que han permanecido de piedra. Voy a aprovechar el domingo para raspar el musgo. Pepe me ha recomendado cambiarme a un apartamento, y en el último piso, para evitar estas tragedias acuáticas. Pero no puedo dejar este caserón, ciertamente muy grande para mí solo, un poco lúgubre en su arquitectura porfiriana, pero que es la única herencia y recuerdo de mis padres. No sé qué me daría ver una fuente de sodas con sinfonola en el sótano y una casa de decoración en la planta baja”. ”Fui a raspar la lama del Chac Mool con una espátula. El musgo parecía ser ya parte de la piedra; fue labor de más de una hora, y sólo a las seis de la tarde pude terminar. No era posible distinguir en la penumbra, y dar fin al trabajo, con la mano seguí los contornos de la piedra. Cada vez que repasaba el bloque parecía reblandecerse. No quise creerlo: era ya casi una pasta. Este mercader de la Lagunilla me ha timado. Su escultura precolombina es puro yeso, y la humedad acabará por arruinarla. Le he puesto encima unos trapos, y mañana le pasaré a la pieza de arriba, antes de que sufra un deterioro total”. “Los trapos están en el suelo. Increíble. Volví a palpar al Chac Mool. Se ha endurecido pero no vuelve a la piedra. No quiero escribirlo: hay en el dorso algo de la textura de la carne, lo aprieto como goma, siento que algo corre por esa figura recostada… Volví a bajar en la noche. No cabe duda: el Chac Mool tiene vello en los brazos”. ”Esto nunca me había sucedido. Tergiversé los asuntos en la oficina; giré una orden de pago que no estaba autorizada, y el Director tuvo que llamarme la atención. Quizá me mostré hasta descortés con los compañeros. Tendré que ver a un médico, saber si es imaginación, o delirio, o qué, y deshacerme de ese maldito Chac Mool”. Hasta aquí, la escritura de Filiberto era la vieja, la que tantas veces vi en memoranda y formas, ancha y ovalada. La entrada del 25 de agosto, parecía escrita por otra persona. A veces como niño, separando trabajosamente cada letra; otras, nerviosa, hasta diluirse en lo ininteligible. Hay tres días vacíos, y el relato continúa. ”Todo es tan natural; y luego se cree en lo real… pero esto lo es, más que lo creído por mí. Si es real un garrafón, y más, porque nos damos mejor cuenta de su existencia, o estar, si pinta un bromista de rojo al agua… Real bocanada de cigarro efímera, real imagen monstruosa en un espejo de circo, reales, ¿no lo son todos los muertos, presentes y olvidados?… Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces, qué?… Realidad: cierto día la quebraron en mil pedazos, la cabeza fue a dar allá, la cola aquí, y nosotros no conocemos más que uno de los trozos desprendidos de su gran cuerpo. Océano libre y ficticio, sólo real cuando se le aprisiona en un caracol. Hasta hace tres días, mi realidad lo era al grado de haberse borrado hoy: era movimiento reflejo, rutina, memoria, cartapacio. Y luego, como la tierra que un día tiembla para que recordemos su poder, o la muerte que llegará, recriminando mi olvido de toda la vida, se presenta otra realidad que sabíamos estaba allí, mostrenca, y que debe sacudirnos para hacerse viva y presente. Creía, nuevamente, que era imaginación: el Chac Mool, blando y elegante, había cambiado de color en una noche; amarillo, casi dorado, parecía indicarme que era un Dios, por ahora laxo, con las rodillas menos tensas que antes, con la sonrisa más benévola. Y ayer, por fin, un despertar sobresaltado, con esa seguridad espantosa de que hay dos respiraciones en la noche, de que en la oscuridad laten más pulsos que el propio. Sí, se escuchaban pasos en la escalera. Pesadilla. Vuelta a dormir… No sé cuánto tiempo pretendí dormir. Cuando volví a abrir los ojos, aún no amanecía. El cuarto olía a horror, a incienso y sangre. Con la mirada negra, recorrí la recámara, hasta detenerme en dos orificios de luz parpadeante, en dos flámulas crueles y amarillas. Casi sin aliento encendí la luz. ”Allí estaba Chac Mool, erguido, sonriente, ocre, con su barriga encarnada. Me paralizaban los dos ojillos, casi bizcos, muy pegados a la nariz triangular. Los dientes inferiores, mordiendo el labio superior, inmóviles; sólo el brillo del casquetón cuadrado sobre la cabeza anormalmente voluminosa, delataba vida. Chac Mool avanzó hacia la cama; entonces empezó a llover”. Recuerdo que a fines de agosto, Filiberto fue despedido de la Secretaría, con una recriminación pública del Director, y rumores de locura y aun robo. Esto no lo creí. Si vi unos oficios descabellados, preguntando al Oficial Mayor si el agua podía olerse, ofreciendo sus servicios al Secretario de Recursos Hidráulicos para hacer llover en el desierto. No supe qué explicación darme; pensé que las lluvias excepcionalmente fuertes, de ese verano, lo habían crispado. O que alguna depresión moral debía producir la vida en aquel caserón antiguo, con la mitad de los cuartos bajo llave y empolvados, sin criados ni vida de familia. Los apuntes siguientes son de fines de septiembre: ”Chac Mool puede ser simpático cuando quiere, …un glu-glu de agua embelesada… Sabe historias fantásticas sobre los monzones, las lluvias ecuatoriales, el castigo de los desiertos; cada planta arranca su paternidad mítica: el sauce, su hija descarriada; los lotos, sus mimados; su suegra: el cacto. Lo que no puedo tolerar es el olor, extrahumano, que emana de esa carne que no lo es, de las chanclas flameantes de ancianidad. Con risa estridente, el Chac Mool revela cómo fue descubierto por Le Plongeon, y puesto físicamente en contacto con hombres de otros símbolos. Su espíritu ha vivido en el cántaro y la tempestad, natural; otra cosa es su piedra, y haberla arrancado al escondite es artificial y cruel. Creo que nunca lo perdonará el Chac Mool. Él sabe de la inminencia del hecho estético. “He debido proporcionarle sapolio para que se lave el estómago que el mercader le untó de ketchup al creerlo azteca. No pareció gustarle mi pregunta sobre su parentesco con Tláloc, y, cuando se enoja, sus dientes, de por sí repulsivos, se afilan y brillan. Los primero días, bajó a dormir al sótano, desde ayer, en mi cama”. ”Ha empezado la temporada seca. Ayer, desde la sala en que duermo ahora, comencé a oír los mismos lamentos roncos del principio, seguidos de ruidos terribles. Subí y entreabrí la puerta de la recámara: el Chac Mool estaba rompiendo las lámparas, los muebles; saltó hacia la puerta con las manos arañadas, y apenas pude cerrar e irme a esconder al baño… Luego bajó jadeante y pidió agua; todo el día tiene corriendo las llaves, no queda un centímetro seco en la casa. Tengo que dormir muy abrigado, y le he pedido no empapar la sala más”. ”El Chac Mool inundó hoy la sala. Exasperado, dije que lo iba a devolver a la Lagunilla. Tan terrible como su risilla —horrorosamente distinta a cualquier risa de hombre o animal— fue la bofetada que me dio, con ese brazo cargado de brazaletes pesados. Debo reconocerlo: soy su prisionero. Mi idea original era distinta: yo dominaría al Chac Mool, como se domina a un juguete; era, acaso, una prolongación de mi seguridad infantil; pero la niñez —¿quién lo dijo?— es fruto comido por los años, y yo no me he dado cuenta… Ha tomado mi ropa, y se pone las batas cuando empieza a brotarle musgo verde. El Chac Mool está acostumbrado a que se le obedezca, por siempre; yo, que nunca he debido mandar, sólo puedo doblegarme. Mientras no llueva —¿y su poder mágico?— vivirá colérico o irritable”. “Hoy descubrí que en las noches el Chac Mool sale de la casa. Siempre, al oscurecer, canta una canción chirriona y anciana, más vieja que el canto mismo. Luego cesa. Toqué varias veces a su puerta, y cuando no me contestó, me atreví a entrar. La recámara, que no había vuelto a ver desde el día en que intentó atacarme la estatua, está en ruinas, y allí se concentra ese olor a incienso y sangre que ha permeado la casa. Pero detrás de la puerta, hay huesos: huesos de perros, de ratones y gatos. Esto es lo que roba en la noche el Chac Mool para sustentarse. Esto explica los ladridos espantosos de todas las madrugadas”. “Febrero, seco. Chac Mool vigila cada paso mío; ha hecho que telefonee a una fonda para que me traigan diariamente arroz con pollo. Pero lo sustraído de la oficina ya se va a acabar. Sucedió lo inevitable: desde el día primero, cortaron el agua y la luz por falta de pago. Pero Chac ha descubierto una fuente pública a dos cuadras de aquí; todos los días hago diez o doce viajes por agua, y él me observa desde la azotea. Dice que si intento huir me fulminará; también es Dios del Rayo. Lo que él no sabe es que estoy al tanto de sus correrías nocturnas… Como no hay luz, debo acostarme a la ocho. Ya debería estar acostumbrado al Chac Mool, pero hace poco, en la oscuridad, me topé con él en la escalera, sentí sus brazos helados, las escamas de su piel renovada, y quise gritar. ”Si no llueve pronto, el Chac Mool va a convertirse en piedra otra vez. He notado su dificultad reciente para moverse; a veces se reclina durante horas, paralizado, y parece ser, de nuevo, un ídolo. Pero estos reposos sólo le dan nuevas fuerzas para vejarme, arañarme como si pudiera arrancar algún líquido de mi carne. Ya no tienen lugar aquellos intermedios amables en que relataba viejos cuentos; creo notar un resentimiento concentrado. Ha habido otros indicios que me han puesto a pensar: se está acabando mi bodega; acaricia la seda de las batas; quiere que traiga una criada a la casa; me ha hecho enseñarle a usar jabón y lociones. Creo que el Chac Mool está cayendo en tentaciones humanas, incluso hay algo viejo en su cara que antes parecía eterna. Aquí puede estar mi salvación: si el Chac se humaniza, posiblemente todos sus siglos de vida se acumulen en un instante y caiga fulminado. Pero también, aquí, puede germinar mi muerte; el Chac no querrá que asista a su derrumbe, es posible que desee matarme. “Hoy aprovecharé la excursión nocturna de Chac para huir. Me iré a Acapulco; veremos qué puede hacerse para adquirir trabajo, y esperar la muerte de Chac Mool; sí, se avecina; está canoso, abotagado. Necesito asolearme, nadar, recuperar fuerza. Me quedan cuatrocientos pesos. Iré a la Pensión Müller, que es barata y cómoda. Que se adueñe de todo el Chac Mool; a ver cuánto dura sin mil baldes de agua”. Aquí termina el diario de Filiberto. No quise volver a pensar en su relato; dormí hasta Cuernavaca. De ahí a México pretendí dar coherencia al escrito, relacionarlo con exceso de trabajo, con algún motivo psicológico. Cuando a las nueve de la noche llegamos a la terminal, aún no podía concebir la locura de mi amigo. Contraté una camioneta para llevar el féretro a casa de Filiberto, y desde allí ordenar su entierro. Antes de que pudiera introducir la llave en la cerradura, la puerta se abrió. Apareció un indio amarillo, en bata de casa, con bufanda. Su aspecto no podía ser más repulsivo; despedía un olor a loción barata; su cara, polveada, quería cubrir las arrugas; tenía la boca embarrada de lápiz labial mal aplicado, y el pelo daba la impresión de estar teñido. —Perdone… no sabía que Filiberto hubiera… —No importa; lo sé todo. Dígale a los hombres que lleven el cadáver al sótano. Título: Chac Mool Autor: Carlos Fuentes (1928–2012) Nacionalidad: Mexicano Primera publicación: 1954, en la colección Los días enmascarados Género: Cuento / narrativa breve Subgénero: Fantástico / realismo mágico Corriente literaria: Vanguardismo mexicano, narrativa fantástica latinoamericana Idioma original: Español Ubicación en la obra del autor: Es uno de los cuentos más famosos de Fuentes, ejemplificando su interés por la historia, la mitología y la identidad cultural mexicana.
- "La culpa es de los tlaxcaltecas", cuento de Elena Garro
El cuento relata los conflictos y tensiones de la sociedad mexicana, usando la historia de los tlaxcaltecas y los mexicas como un pretexto simbólico. Garro mezcla lo histórico con lo imaginario para mostrar cómo la culpa, la violencia y las divisiones sociales se heredan y persisten a través del tiempo. Los personajes y hechos se convierten en una reflexión sobre la identidad y los conflictos culturales de México, mostrando la influencia de la historia prehispánica en la vida moderna. Nacha oyó que llamaban en la puerta de la cocina y se quedó quieta. Cuando volvieron a insistir abrió con sigilo y miró la noche. La señora Laura apareció con un dedo en los labios en señal de silencio. Todavía llevaba el traje blanco quemado y sucio de tierra y sangre. —¡Señora!… —suspiró Nacha. La señora Laura entró de puntillas y miró con ojos interrogantes a la cocinera. Luego, confiada, se sentó junto a la estufa y miró su cocina como si no la hubiera visto nunca. —Nachita, dame un cafecito… Tengo frío. —Señora, el señor… el señor la va a matar. Nosotros ya la dábamos por muerta. —¿Por muerta? Laura miró con asombro los mosaicos blancos de la cocina, subió las piernas sobre la silla, se abrazó las rodillas y se quedó pensativa. Nacha puso a hervir el agua para hacer el café y miró de reojo a su patrona; no se le ocurrió ni una palabra más. La señora recargó la cabeza sobre las rodillas, parecía muy triste. —¿Sabes, Nacha? La culpa es de los tlaxcaltecas. Nacha no contestó, prefirió mirar el agua que no hervía. Afuera la noche desdibujaba a las rosas del jardín y ensombrecía a las higueras. Muy atrás de las ramas brillaban las ventanas iluminadas de las casas vecinas. La cocina estaba separada del mundo por un muro invisible de tristeza, por un compás de espera. —¿No estás de acuerdo, Nacha? —Sí, señora… —Yo soy como ellos: traidora… —dijo Laura con melancolía. La cocinera se cruzó de brazos en espera de que el agua soltara sus hervores. —¿Y tú, Nachita, eres traidora? La miró con esperanzas. Si Nacha compartía su calidad traidora, la entendería, y Laura necesitaba que alguien la entendiera esa noche. Nacha reflexionó unos instantes, se volvió a mirar el agua que empezaba a hervir con estrépito, la sirvió sobre el café y el aroma caliente la hizo sentirse a gusto cerca de su patrona. —Sí, yo también soy traicionera, señora Laurita. Contenta, sirvió el café en una tacita blanca, le puso dos cuadritos de azúcar y lo colocó en la mesa, frente a la señora. Esta, ensimismada, dio unos sorbitos. —¿Sabes, Nachita? Ahora sé por qué tuvimos tantos accidentes en el famoso viaje a Guanajuato. En Mil Cumbres se nos acabó la gasolina. Margarita se asustó porque ya estaba anocheciendo. Un camionero nos regaló una poquita para llegar a Morelia. En Cuitzeo, al cruzar el puente blanco, el coche se paró de repente. Margarita se disgustó conmigo, ya sabes que le dan miedo los caminos vacíos y los ojos de los indios. Cuando pasó un coche lleno de turistas, ella se fue al pueblo a buscar un mecánico y yo me quedé en la mitad del puente blanco, que atraviesa el lago seco con fondo de lajas blancas. La luz era muy blanca y el puente, las lajas y el automóvil empezaron a flotar en ella. Luego la luz se partió en varios pedazos para convertirse en miles de puntitos y empezó a girar hasta que se quedó fija como un retrato. El tiempo había dado la vuelta completa, como cuando ves una tarjeta postal y luego la vuelves para ver lo que hay escrito atrás. Así llegué en el lago de Cuitzeo, hasta la otra niña que fui. La luz produce esas catástrofes, cuando el sol se vuelve blanco y uno está en el mismo centro de sus rayos. Los pensamientos también se vuelven mil puntitos, y uno sufre vértigo. Yo, en ese momento, miré el tejido de mi vestido blanco y en ese instante oí sus pasos. No me asombré. Levanté los ojos y lo vi venir. En ese instante, también recordé la magnitud de mi traición, tuve miedo y quise huir. Pero el tiempo se cerró alrededor de mí, se volvió único y perecedero y no pude moverme del asiento del automóvil. «Alguna vez te encontrarás frente a tus acciones convertidas en piedras irrevocables como ésa», me dijeron de niña al enseñarme la imagen de un dios, que ahora no recuerdo cuál era. Todo se olvida, ¿verdad Nachita?, pero se olvida sólo por un tiempo. En aquel entonces también las palabras me parecieron de piedra, sólo que de una piedra fluida y cristalina. La piedra se solidificaba al terminar cada palabra, para quedar escrita para siempre en el tiempo. ¿No eran así las palabras de tus mayores? Nacha reflexionó unos instantes, luego asintió convencida. —Así eran, señora Laurita. —Lo terrible es, lo descubrí en ese instante, que todo lo increíble es verdadero. Allí venía él, avanzando por la orilla del puente, con la piel ardida por el sol y el peso de la derrota sobre los hombros desnudos. Sus pasos sonaban como hojas secas. Traía los ojos brillantes. Desde lejos me llegaron sus chispas negras y vi ondear sus cabellos negros en medio de la luz blanquísima del encuentro. Antes de que pudiera evitarlo lo tuve frente a mis ojos. Se detuvo, se cogió de la portezuela del coche y me miró. Tenía una cortada en la mano izquierda, los cabellos llenos de polvo, y por la herida del hombro le escurría una sangre tan roja, que parecía negra. No me dijo nada. Pero yo supe que iba huyendo, vencido. Quiso decirme que yo merecía la muerte, y al mismo tiempo me dijo que mi muerte ocasionaría la suya. Andaba malherido, en busca mía. —La culpa es de los tlaxcaltecas —le dije. El se volvió a mirar al cielo. Después recogió otra vez sus ojos sobre los míos. —¿Qué te haces? —me preguntó con su voz profunda. No pude decirle que me había casado, porque estoy casada con él. Hay cosas que no se pueden decir, tú lo sabes, Nachita. —¿Y los otros? —le pregunté. —Los otros salieron vivos andan en las mismas trazas que yo —vi que cada palabra le lastimaba la lengua y me callé, pensando en la vergüenza de mi traición. —Ya sabes que tengo miedo y que por eso traiciono… —Ya lo sé —me contestó y agachó la cabeza. Me conoce desde chica, Nacha. Su padre y el mío eran hermanos y nosotros primos. Siempre me quiso, al menos eso dijo y así lo creímos todos. En el puente yo tenía vergüenza. La sangre le seguía corriendo por el pecho. Saqué un pañuelito de mi bolso y sin una palabra, empecé a limpiársela. También yo siempre lo quise, Nachita, porque él es lo contrario de mí: no tiene miedo y no es traidor. Me cogió la mano y me la miró. —Está muy desteñida, parece una mano de ellos —me dijo. —Hace tiempo que no me pega el sol —bajó los ojos y me dejó caer la mano. Estuvimos así, en silencio, oyendo correr la sangre sobre su pecho. No me reprochaba nada, bien sabe de lo que soy capaz. Pero los hilitos de su sangre escribían sobre su pecho que su corazón seguía guardando mis palabras y mi cuerpo. Allí supe, Nachita, que el tiempo y el amor son uno solo. —¿Y mi casa? —le pregunté. —Vamos a verla —me agarró con su mano caliente, como agarraba a su escudo y me di cuenta de que no lo llevaba. Lo perdió en la huida, me dije, y me dejé llevar. Sus pasos sonaban en la luz de Cuitzeo iguales que en la otra luz: sordos y apacibles. Caminamos por la ciudad que ardía en las orillas del agua. Cerré los ojos. Ya te dije, Nacha, que soy cobarde. O tal vez el humo y el polvo me sacaron lágrimas. Me senté en una piedra y me tapé la cara con las manos. —Yo no camino… —le dije. —Ya llegamos —me contestó. Se puso en cuclillas junto a mí y con la punta de los dedos acarició mi vestido blanco. —Si no quieres ver cómo quedó, no lo veas —me dijo quedito. Su pelo negro me hacía sombra. No estaba enojado, nada más estaba triste. Antes nunca me hubiera atrevido a besarlo, pero ahora he aprendido a no tenerle respeto al hombre, y me abracé a su cuello y lo besé en la boca. —Siempre has estado en la alcoba más preciosa de mi pecho —me dijo. Agachó la cabeza y miró la tierra llena de piedras secas. Con una de ellas dibujó dos rayitas paralelas, que prolongó hasta que se juntaron y se hicieron una sola. —Somos tú y yo —me dijo sin levantar la vista. Yo, Nachita, me quedé sin palabras. —Ya falta poco para que se acabe el tiempo y seamos uno solo… por eso te andaba buscando —se me había olvidado, Nacha, que cuando se gaste el tiempo, los dos hemos de quedarnos el uno en el otro, para entrar en el tiempo verdadero convertidos en uno solo. Cuando me dijo eso lo miré a los ojos. Antes sólo me atrevía a mirárselos cuando me tomaba, pero ahora, como ya te dije, he aprendido a no respetar los ojos del hombre. También es cierto que no quería ver lo que sucedía a mi alrededor… soy muy cobarde. Recordé los alaridos y volví a oírlos: estridentes, llameantes en mitad de la mañana. También oí los golpes de las piedras y las vi pasar zumbando sobre mi cabeza. Él se puso de rodillas frente a mí y cruzó los brazos sobre mi cabeza para hacerme un tejadito. —Este es el final del hombre —dije. —Así es —contestó con su voz encima de la mía. Y me vi en sus ojos y en su cuerpo. ¿Sería un venado el que me llevaba hasta su ladera? ¿O una estrella que me lanzaba a escribir señales en el cielo? Su voz escribió signos de sangre en mi pecho y mi vestido blanco quedó rayado con un tigre rojo y blanco. —A la noche vuelvo, espérame… —suspiró. Agarró su escudo y me miró desde muy arriba. —Nos falta poco para ser uno —agregó con su misma cortesía. Cuando se fue, volví a oír los gritos del combate y salí corriendo en medio de la lluvia de piedras y me perdí hasta el coche parado en el puente del Lago de Cuitzeo. —¿Qué pasa? ¿Estás herida? —me gritó Margarita cuando llegó. Asustada, tocaba la sangre de mi vestido blanco y señalaba la sangre que tenía en los labios y la tierra que se había metido en mis cabellos. Desde otro coche, el mecánico de Cuitzeo me miraba con sus ojos muertos. —¡Esos indios salvajes!… ¡No se puede dejar sola a una señora! —dijo al saltar de su automóvil, dizque para venir a auxiliarme. Al anochecer llegamos a la ciudad de México. ¡Cómo había cambiado, Nachita, casi no pude creerlo! A las doce del día todavía estaban los guerreros y ahora ya ni huella de su paso. Tampoco quedaban escombros. Pasamos por el Zócalo silencioso y triste; de la otra plaza, no quedaba ¡nada! Margarita me miraba de reojo. Al llegar a la casa nos abriste tú. ¿Te acuerdas? Nacha asintió con la cabeza. Era muy cierto que hacía apenas dos meses escasos que la señora Laurita y su suegra habían ido a pasear a Guanajuato. La noche en que volvieron, Josefina la recamarera y ella, Nacha, notaron la sangre en el vestido y los ojos ausentes de la señora, pero Margarita, la señora grande, les hizo señas de que se callaran. Parecía muy preocupada. Más tarde Josefina le contó que en la mesa el señor se le quedó mirando malhumorado a su mujer y le dijo: —¿Por qué no te cambiaste? ¿Te gustas recordar lo malo? La señora Margarita, su mamá, ya le había contado lo sucedido y le hizo una seña como diciéndole: «¡Cállate, tenle lástima!» la señora Laurita no contestó; se acarició los labios y sonrió ladina. Entonces el señor, volvió a hablar del presidente López Mateos. —Ya sabes que ese nombre no se le cae de la boca —había comentado Josefina, desdeñosamente. En sus adentros ellas pensaban que la señora Laurita se aburría oyendo hablar siempre del señor presidente y de las visitas oficiales. —¡Lo que son las cosas, Nachita, yo nunca había notado lo que me aburría con Pablo hasta esa noche! —comentó la señora abrazándose con cariño las rodillas y dándoles súbitamente la razón a Josefina y a Nachita. La cocinera se cruzó de brazos y asintió con la cabeza. —Desde que entré en la casa, los muebles, los jarrones y los espejos se me vinieron encima y me dejaron más triste de lo que venía. ¿Cuántos días, cuántos años tendré que esperar todavía para que mi primo venga a buscarme? Así me dije y me arrepentí de mi traición. Cuando estábamos cenando me fijé en que Pablo no hablaba con palabras sino con letras. Y me puse a contarlas mientras le miraba la boca gruesa y el ojo muerto. De pronto se calló. Ya sabes que se le olvida todo. Se quedó con los brazos caídos. «Este marido nuevo no tiene memoria y no sabe más que las cosas de cada día». —Tienes un marido turbio y confuso —me dijo él volviendo a mirar las manchas de mi vestido. La pobre de mi suegra se turbó y como estábamos tomando el café se levantó a poner un twist. —Para que se animen —nos dijo, dizque sonriendo, porque veía venir el pleito. Nosotros nos quedamos callados. La casa se llenó de ruidos. Yo miré a Pablo. «Se parece a…», y no me atreví a decir su nombre, por miedo a que me oyeran el pensamiento. Es verdad que se le parece, Nacha. A los dos les gusta el agua y las casas frescas. Los dos miran al cielo por las tardes y tienen el pelo negro y los dientes blancos. Pero Pablo habla a saltitos, se enfurece por nada y pregunta a cada instante: ¿En qué piensas? Mi primo marido no hace ni dice nada de eso. —¡Muy cierto! ¡Muy cierto que el señor es fregón! —dijo Nacha con disgusto. Laura suspiró y miró a su cocinera con alivio. Menos mal que la tenía de confidente. —Por la noche, mientras Pablo me besaba, yo me repetía: «¿A qué horas vendrá a buscarme?». Y casi lloraba al recordar la sangre de la herida que tenía en el hombro. Tampoco podía olvidar los brazos cruzados sobre mi cabeza para hacerme un tejadito. Al mismo tiempo tenía miedo de que Pablo notara que mi primo me había besado en la mañana. Pero no notó nada y si no hubiera sido por Josefina que me asustó en la mañana, Pablo nunca lo hubiera sabido. Nachita estuvo de acuerdo. Esa Josefina con su gusto por el escándalo tenía la culpa de todo. Ella, Nacha, bien se lo dio: «¡Cállate! ¡Cállate por el amor de Dios, si no oyeron nuestros gritos por algo sería!». Pero, qué esperanzas, Josefina apenas entró a la pieza de los patrones con la bandeja del desayuno, soltó lo que debería haber callado. —¡Señora, anoche un hombre estuvo espiando por la ventana de su cuarto! ¡Nacha y yo gritamos y gritamos! —No oímos nada… —dijo el señor asombrado. —¡Es él…! —gritó la tonta de la señora. —¿Quién es él? —preguntó el señor mirando a la señora como si la fuera a matar. Al menos eso dijo Josefina después. La señora asustadísima se tapó la boca con la mano y cuando el señor le volvió a hacer la misma pregunta, cada vez con más enojo, ella contestó: —El indio… el indio que me siguió desde Cuitzeo hasta la ciudad de México. Así supo Josefina del indio y así se lo contó a Nachita. —¡Hay que avisarle inmediatamente a la policía! —gritó el señor. Josefina le enseñó la ventana por la que el desconocido había estado fisgando y Pablo la examinó con atención: en el alféizar había huellas de sangre casi frescas. —Está herido… —dijo el señor Pablo preocupado. Dio unos pasos por la recámara y se detuvo frente a su mujer. —Era un indio, señor —dijo Josefina corroborando las palabras de Laura. Pablo vio el traje blanco tirado sobre una silla y lo cogió con violencia. —¿Puedes explicarme el origen de estas manchas? La señora se quedó sin habla, mirando las manchas de sangre sobre el pecho de su traje y el señor golpeó la cómoda con el puño cerrado. Luego se acercó a la señora y le dio una santa bofetada. Eso lo vio y lo oyó Josefina. —Sus gestos son feroces y su conducta es tan incoherente como sus palabras. —Yo no tengo la culpa de que aceptara la derrota —dijo Laura con desdén. —Muy cierto —afirmó Nachita. Se produjo un largo silencio en la cocina. Laura metió la punta del dedo hasta el fondo de la taza, para sacar el pozo negro del café que se había quedado asentado, y Nacha al ver esto volvió a servirle un café calientito. —Bébase su café, señora —dijo compadecida de la tristeza de su patrona. ¿Después de todo de qué se quejaba el señor? A leguas se veía que la señora Laurita no era para él. —Yo me enamoré de Pablo en una carretera, durante un minuto en el cual me recordó a alguien conocido, a quien yo no recordaba. Después, a veces, recuperaba aquel instante en el que parecía que iba a convertirse en ese otro al cual se parecía. Pero no era verdad. Inmediatamente volvía a ser absurdo, sin memoria, y sólo repetía los gestos de todos los hombres de la ciudad de México. ¿Cómo querías que no me diera cuenta del engaño? Cuando se enoja me prohíbe salir. ¡A ti te consta! ¿Cuántas veces arma pleitos en los cines y en los restaurantes? Tú lo sabes, Nachita. En cambio mi primo marido, nunca, pero nunca, se enoja con la mujer. Nacha sabía que era cierto lo que ahora le decía la señora, por eso aquella mañana en que Josefina entró en la cocina espantada y gritando: «¡Despierta a la señora Margarita, que el señor está golpeando a la señora!», ella, Nacha, corrió al cuarto de la señora grande. La presencia de su madre calmó al señor Pablo. Margarita se quedó muy asombrada al oír lo del indio, porque ella no lo había visto en el Lago de Cuitzeo, sólo había visto la sangre como la que podíamos ver todos. —Tal vez en el lago tuviste una insolación, Laura, y te salió sangre por las narices. Fíjate, hijo, que llevábamos el coche descubierto —dijo casi sin saber qué decir. La señora Laura se tendió boca abajo en la cama y se encerró en sus pensamientos, mientras su marido y su suegra discutían. —¿Sabes, Nachita, lo que yo estaba pensando esa mañana? ¿Y si me vio anoche cuando Pablo me besaba? Y tenía ganas de llorar. En ese momento me acordé de que cuando un hombre y una mujer se aman y no tienen hijos están condenados a convertirse en uno solo. Así me lo decía mi otro padre, cuando yo le llevaba el agua y él miraba la puerta detrás de la que dormíamos mi primo marido y yo. Todo lo que mi otro padre me había dicho ahora se estaba haciendo verdad. Desde la almohada oí las palabras de Pablo y de Margarita y no eran sino tonterías. «Lo voy a ir a buscar», me dije. «Pero ¿a dónde?». Más tarde cuando tú volviste a mi cuarto a preguntarme qué hacíamos de comida, me vino un pensamiento a la cabeza: «¡Al café de Tacuba!». Y ni siquiera conocía ese café, Nachita, sólo lo había oído mentar. Nacha recordó a la señora como si la viera ahora, poniéndose su vestido blanco manchado de sangre, el mismo que traía en ese momento en la cocina. —¡Por Dios, Laura, no te pongas ese vestido! —le dijo su suegra. Pero ella no hizo caso. Para esconder las manchas, se puso un suéter blanco encima, se lo abotonó hasta el cuello y se fue a la calle sin decir adiós. Después vino lo peor. No, lo peor no. Lo peor iba a venir ahora en la cocina, si la señora Margarita se llegaba a despertar. —En el café de Tacuba no había nadie. Es muy triste ese lugar, Nachita. Se me acercó el camarero. «¿Qué le sirvo?». Yo no quería nada, pero tuve que pedir algo. «Una cocada». Mi primo y yo comíamos cocos de chiquitos… En el café un reloj marcaba el tiempo. «En todas las ciudades hay relojes que marcan el tiempo, se debe estar gastando a pasitos. Cuando ya no quede sino una capa transparente, llegará él y las dos rayas dibujadas se volverán una sola y yo habitaré la alcoba más preciosa de su pecho». Así me decía mientras comía la cocada. —¿Qué horas son? —le pregunté al camarero. —Las doce, señorita. A la una llega Pablo, me dije; si le digo a un taxi que me lleve por el periférico, puedo esperar todavía un rato. Pero no esperé y me salí a la calle. El sol estaba plateado, el pensamiento se me hizo un polvo brillante y no hubo presente, pasado ni futuro. En la acera estaba mi primo, se me puso delante, tenía los ojos tristes, me miró largo rato. —¿Qué haces? —me preguntó con voz profunda. —Te estaba esperando. Se quedó quieto como las panteras. Le vi el pelo negro y la herida roja en el hombro. —¿No tenías miedo de estar aquí solita? Las piedras y los gritos volvieron a zumbar alrededor nuestro y yo sentí que algo ardía a mis espaldas. —No mires —me dijo. Puso una rodilla en tierra y con los dedos apagó mi vestido que empezaba a arder. Le vi los ojos muy afligidos. —¡Sácame de aquí! —le grité con todas mis fuerzas, porque me acordé de que estaba frente a la casa de mi papá, que la casa estaba ardiendo y que atrás de mí estaban mis padres y mis hermanitos muertos. Todo lo veía retratado en sus ojos, mientras él estaba con la rodilla hincada en tierra apagando mi vestido. Me dejé caer sobre él, que me recibió en sus brazos. Con su mano caliente me tapó los ojos. —Este es el final del hombre —le dije con los ojos en su manos. —¡No lo veas! Me guardó contra su corazón. Yo lo oí sonar como rueda el trueno sobre las montañas. ¿Cuánto faltaría para que el tiempo se acabara y yo pudiera oírlo siempre? Mis lágrimas refrescaron su mano que ardía en el incendio de la ciudad. Los alaridos y las piedras nos cercaban, pero yo estaba a salvo bajo su pecho. —Duerme conmigo… —me dijo en voz muy baja. —¿Me viste anoche? —le pregunté. —Te vi… Nos dormimos en la luz de la mañana, en el calor del incendio. Cuando recordamos, se levantó y agarró su escudo. —Escóndete hasta el amanecer. Yo vendré por ti. Se fue corriendo ligero sobre sus piernas desnudas… Y yo me escapé otra vez Nachita, porque sola tuve miedo. —Señorita, ¿se siente mal? Una voz igual a la de Pablo se me acercó a media calle. —¡Insolente! ¡Déjeme tranquila! Tomé un taxi que me trajo a la casa por el periférico y llegué… Nacha recordó su llegada: ella misma le había abierto la puerta. Y ella fue la que le dio la noticia. Josefina bajó después, desbarrancándose por las escaleras. —¡Señora, el señor y la señora Margarita están en la policía! Laura se quedó mirando asombrada, muda. —¿Dónde anduvo, señora? —Fui al café de Tacuba. —Pero eso fue hace dos días. Josefina traía el Ultimas Noticias. Leyó en voz alta: «La señora Aldama continúa desaparecida. Se cree que el siniestro individuo de aspecto indígena que la siguió desde Cuitzeo, sea un sádico. La policía investiga en los estado de Michoacán y Guanajuato». La señora Laurita arrebató el periódico de las manos de Josefina y lo desgarró con ira. Luego se fue a su cuarto. Nacha y Josefina la siguieron, era mejor no dejarla sola. La vieron echarse en su cama y soñar con los ojos muy abiertos. Las dos tuvieron el mismo pensamiento y así se lo dijeron después en la cocina: «Para mí, la señora Laurita anda enamorada». Cuando el señor llegó ellas estaban todavía en el cuarto de su patrona. —¡Laura! —gritó. Se precipitó a la cama y tomó a su mujer en sus brazos. —¡Alma de mi alma! —sollozó el señor. La señora Laurita pareció enternecida unos segundos. —¡Señor! —gritó Josefina—. El vestido de la señora está bien chamuscado. Nacha miró desaprobándola. El señor revisó el vestido y las piernas de la señora. —Es verdad… también las suelas de sus zapatos están ardidas. Mi amor, ¿qué pasó?, ¿dónde estuviste? —En el café de Tacuba —contestó la señora muy tranquila. La señora Margarita se torció las manos y se acercó a su nuera. —Ya sabemos que anteayer estuviste allí y comiste una cocada. ¿Y luego? —Luego tomé un taxi y me vine para acá por el periférico. Nacha bajó los ojos, Josefina abrió la boca como para decir algo y la señora Margarita se mordió los labios. Pablo, en cambio, agarró a su mujer por los hombros y la sacudió con fuerza. —¡Déjate de hacer la idiota! ¿En dónde estuviste dos días?… ¿Por qué traes el vestido quemado? —¿Quemado? Si él lo apagó… —dejó escapar la señora Laura. —¿Él?… ¿El indio asqueroso? —Pablo la volvió a zarandear con ira. —Me lo encontré a la salida del café de Tacuba… —sollozó la señora muerta de miedo. —¡Nunca pensé que fueras tan baja! —dijo el señor y la aventó sobre la cama. —Dinos quién es —preguntó la suegra suavizando la voz. —¿Verdad, Nachita, que no podía decirles que era mi marido? —preguntó Laura pidiendo la aprobación de la cocinera. Nacha aplaudió la discreción de su patrona y recordó que aquel mediodía, ella, apenada por la situación de su ama, había opinado: —Tal vez el indio de Cuitzeo es un brujo. Pero la señora Margarita se había vuelto a ella con ojos fulgurantes para contestarle casi a gritos: —¿Un brujo? ¡Dirás un asesino! Después, en muchos días no dejaron salir a la señora Laurita. El señor ordenó que se vigilaran las puertas y ventanas de la casa. Ellas, las sirvientas, entraban continuamente al cuarto de la señora para echarle un vistazo. Nacha se negó siempre a exteriorizar su opinión sobre el caso o a decir las anomalías que sorprendía. Pero ¿quién podía callar a Josefina? —Señor, al amanecer, el indio estaba otra vez junto a la ventana —anunció al llevar la bandeja con el desayuno. El señor se precipitó a la ventana y encontró otra vez la huella de sangre fresca. La señora se puso a llorar. —¡Pobrecito!… ¡pobrecito!… —dijo entre sollozos. Fue esa tarde cuando el señor llegó con un médico. Después el doctor volvió todos los atardeceres. —Me preguntaba por mi infancia, por mi padre y por madre. Pero, yo, Nachita, no sabía de cuál infancia, ni de cuál padre, ni de cuál madre quería saber. Por eso le platicaba de la conquista de México. ¿Tú me entiendes verdad? —preguntó Laura con los ojos puestos sobre las cacerolas amarillas. —Sí, señora… —Y Nachita nerviosa, escrutó el jardín a través de los vidrios de la ventana. La noche apenas si dejaba ver entre sus sombras. Recordó la cara desganada del señor frente a su cena y la mirada acongojada de su madre. —Mamá, Laura le pidió al doctor la Historia… de Bernal Díaz del Castillo, dice que es lo único que le interesa. La señora Margarita había dejado caer el tenedor. —¡Pobre hijo mío, tu mujer está loca! —No habla sino de la caída de la Gran Tenochtitlán —agregó el señor Pablo con aire sombrío. Dos días después, el médico, la señora Margarita y el señor Pablo decidieron que la depresión de Laura aumentaba con el encierro. Debía tomar contacto con el mundo y enfrentarse con sus responsabilidades. Desde ese día, el señor mandaba el automóvil para que su mujer saliera a dar paseítos por el Bosque de Chapultepec. La señora salía acompañada de su suegra y el chofer tenía órdenes de vigilarlas estrechamente. Sólo que el aire de los eucaliptos no la mejoraba, pues apenas volvía a su casa, la señora Laurita se encerraba en su cuarto para leer la Conquista de México de Bernal Díaz. Una mañana la señora Margarita regresó del Bosque de Chapultepec sola y desamparada. —¡Se escapó la loca! —gritó con voz estentórea al entrar en la casa. —Fíjate, Nacha, me senté en la misma banquita de siempre y me dije: «No me lo perdona. Un hombre puede perdonar una, dos, tres, cuatro traiciones, pero la traición permanente, no». Este pensamiento me dejó muy triste. Hacía calor y Margarita se compró un helado de vainilla; yo no quise, entonces ella se metió al automóvil a comerlo. Me fijé que estaba tan aburrida de mí, como yo de ella. A mí no me gusta que me vigilen y traté de ver otras cosas para no verla comiendo su barquillo mirándome. Vi el heno gris que colgaba de los ahuehuetes y no sé por qué, la mañana se volvió tan triste como esos árboles. «Ellos y yo hemos visto las mismas catástrofes», me dije. Por la calzada vacía, se paseaban las horas solas. Como las horas estaba yo: sola en una calzada vacía. Mi marido había contemplado por la ventana mi traición permanente y me había abandonado en esa calzada hecha de cosas que no existían, recordé el olor de las hojas de maíz y el rumor sosegado de sus pasos. «Así caminaba, con el ritmo de las hojas secas cuando el viento de febrero las lleva sobre las piedras. Antes no necesitaba volver la cabeza para saber que él estaba ahí mirándome las espaldas»… Andaba en esos tristes pensamientos, cuando oí correr al sol y las hojas secas empezaron a cambiar de sitio. Su respiración se acercó a mis espaldas, luego se puso frente a mí, vi sus pies desnudos delante de los míos. Tenía un arañazo en la rodilla. Levanté los ojos y me hallé bajo los suyos. Nos quedamos mucho rato sin hablar. Por respeto yo esperaba sus palabras. —¿Qué te haces? —me dijo. Vi que no se movía y que parecía más triste que antes. —Te estaba esperando —contesté. —Ya va a llegar el último día… Me pareció que su voz salía del fondo de los tiempos. Del hombro le seguía brotando sangre. Me llené de vergüenza, bajé los ojos, abrí mi bolso y saqué un pañuelito para limpiarle el pecho. Luego lo volví a guardar. Él siguió quieto, observándome. —Vamos a la salida de Tacuba… Hay muchas traiciones. Me agarró de la mano y nos fuimos caminando entre la gente, que gritaba y se quejaba. Había muchos muertos que flotaban en el agua de los canales. Había mujeres sentadas en la hierba mirándolos flotar. De todas partes surgía la pestilencia y los niños lloraban corriendo de un lado para otro, perdidos de sus padres. Yo miraba todo sin querer verlo. Las canoas despedazadas no llevaban a nadie, sólo daban tristeza. El marido me sentó debajo de un árbol roto. Puso una rodilla en tierra y miró alerta lo que sucedía a nuestro alrededor. Él no tenía miedo. Después me miró a mí. —Ya sé que eres traidora y que me tienes buena voluntad. Lo bueno crece junto a lo malo. Los gritos de los niños apenas me dejaban oírlo. Venían de lejos, pero eran tan fuertes que rompían la luz del día. Parecía que era la última vez que iban a llorar. —Son las criaturas… —me dijo. —Este es el final del hombre —repetí, porque no se me ocurría otro pensamiento. Él me puso las manos sobre los oídos y luego me guardó contra su pecho. —Traidora te conocí y así te quise. —Naciste sin suerte —le dije. Me abracé a él. Mi primo marido cerró los ojos para no dejar correr las lágrimas. Nos acostamos sobre las ramas rotas del pirú. Hasta allí nos llegaron los gritos de los guerreros, las piedras y los llantos de los niños. —El tiempo se está acabando… —suspiró mi marido. Por una grieta se escapaban las mujeres que no querían morir junto con la fecha. Las filas de hombres caían una después de la otra, en cadena como si estuvieran cogidos de la mano y el mismo golpe los derribara a todos. Algunos daban un alarido tan fuerte, que quedaba resonando mucho rato después de su muerte. Faltaba poco para que nos fuéramos para siempre en uno solo cuando mi primo se levantó, me juntó ramas y me hizo una cuevita. —Aquí me esperas. Me miró y se fue a combatir con la esperanza de evitar la derrota. Yo me quedé acurrucada. No quise ver a las gentes que huían, para no tener la tentación, ni tampoco quise ver a los muertos que flotaban en el agua para no llorar. Me puse a contar los frutitos que colgaban de las ramas cortadas: estaban secos y cuando los tocaba con los dedos, la cáscara roja se les caía. No sé por qué me parecieron de mal agüero y preferí mirar el cielo, que empezó a oscurecerse. Primero se puso pardo, luego empezó a coger el color de los ahogados de los canales. Me quedé recordando los colores de otras tardes, pero la tarde siguió amoratándose, hinchándose, como si de pronto fuera a reventar y supe que se había acabado el tiempo, si mi primo no volvía, ¿qué sería de mí? Tal vez que ya estaba muerto en el combate. No me importó su suerte y me salí de allí a toda carrera perseguida por el miedo. Cuando llegue y me busque… No tuve tiempo de acabar mi pensamiento porque me hallé en el anochecer de México. Margarita ya se debe haber acabado su helado de vainilla y Pablo debe de estar muy enojado… Un taxi me trajo por el periférico. ¿Y sabes, Nachita?, los periféricos eran los canales infestados de cadáveres… por eso llegué tan triste… Ahora, Nachita, no le cuentes al señor que me pasé la tarde con mi marido. Nachita se acomodó los brazos sobre la falda lila. —El señor Pablo hace ya diez días que se fue a Acapulco. Se quedó muy flaco con las semanas que duró la investigación —explicó Nachita satisfecha. Laura la miró sin sorpresa y suspiró con alivio. —La que está arriba es la señora Margarita —agregó Nacha volviendo los ojos hacia el techo de la cocina. Laura se abrazó la rodillas y miró por los cristales de la ventana a las rosas borradas por las sombras nocturnas y a las ventanas vecinas que empezaban a apagarse. Nachita se sirvió sal sobre el dorso de la mano y la comió golosa. —¡Cuánto coyote! ¡Anda muy alborotada la coyotada! —dijo con la voz llena de sal. Laura se quedó escuchando unos instantes. —Malditos animales, los hubieras visto hoy en la tarde —dijo. —Con tal de que no estorben el paso del señor, o que le equivoquen el camino —comentó Nachita con miedo. —Si nunca los temió, ¿por qué había de temerlos esta noche? —preguntó Laura molesta. Nacha se aproximó a su patrona para estrechar la intimidad súbita que se había establecido entre ellas. —Son más canijos que los tlaxcaltecas —le dio en voz muy baja. Las dos mujeres se quedaron quietas. Nacha devorando poco a poco otro puñito de sal. Laura escuchando preocupada los aullidos de los coyotes que llenaban la noche. Fue Nacha la que lo vio llegar y le abrió la puerta. —¡Señora!… Ya llegó por usted… —le susurró en una voz tan baja que sólo Laura pudo oírla. Después, cuando Laura se había ido para siempre con él, Nachita limpió la sangre de la ventana y espantó a los coyotes, que entraron en su siglo que acababa de gastarse en ese instante. Nacha miró con sus ojos viejísimos, para ver si todo estaba en orden: lavó la taza de café, tiró al bote de la basura las colillas manchadas de rojo de labios, guardó la cafetera en la alacena y apagó la luz. —Yo digo que la señora Laurita no era de este tiempo, ni era para el señor —dijo en la mañana cuando le llevó el desayuno a la señora Margarita. —Ya no me hallo en casa de los Aldama. Voy a buscarme otro destino —le confió a Josefina. Y en un descuido de la recamarera, Nacha se fue hasta sin cobrar su sueldo. FIN Título: La culpa es de los tlaxcaltecas Autora: Elena Garro (México, 1916–1998) Primera publicación: 1964, en la colección La semana de colores Género: Cuento / narrativa breve Subgénero: Fantástico, costumbrista y simbólico Corriente literaria: Realismo mágico y literatura mexicana contemporánea Idioma original: Español
- "La sunamita", cuento de Inés Arredondo
El cuento narra la historia de una mujer conocida como “la Sunamita”, cuya belleza y misterio atraen la atención de hombres y vecinos. La narración profundiza en la psicología de los personajes, la sexualidad femenina, y los conflictos internos y sociales que surgen por los deseos, la obsesión y la envidia. Inés Arredondo explora las tensiones entre lo individual y lo colectivo, y cómo la sociedad percibe y juzga a la mujer que rompe con las normas tradicionales. Y buscaron una moza hermosa por todo el término de Israel, y hallaron a Abisag Sunamita, y trajéronla al rey. Y la moza era hermosa, la cual calentaba al rey, y le servía: mas el rey nunca la conoció. Reyes I, 3-4. Aquél fue un verano abrasador. El último de mi juventud. Tensa concentrada en el desafío que precede a la combustión, la ciudad ardía en una sola llama reseca y deslumbrante. En el centro de la llama estaba yo, vestida de negro, orgullosa, alimentando el fuego con mis cabellos rubios, sola. Las miradas de los hombres resbalaban por mi cuerpo sin mancharlo y mi altivo recato obligaba al saludo deferente. Estaba segura de tener el poder de domeñar las pasiones, de purificarlo todo en el aire encendido que me cercaba y no me consumía. Nada cambió cuando recibí el telegrama; la tristeza que me trajo no afectaba en absoluto la manera de sentirme en el mundo: mi tío Apolonio se moría a los setenta y tantos años de edad; quería verme por última vez puesto que yo había vivido en su casa como una hija durante mucho tiempo, y yo sentía un sincero dolor ante aquella muerte inevitable. Todo esto era perfectamente normal, y ningún estremecimiento, ningún augurio me hizo sospechar nada. Hice los rápidos preparativos para el viaje en aquel mismo centro intocable en que me envolvía el verano estático. Llegué al pueblo a la hora de la siesta. Caminando por las calles solitarias con mi pequeño veliz en la mano, fui cayendo en el entresueño privado de realidad y de tiempo que da el calor excesivo. No, no recordaba, vivía a medias, como entonces. “Mira, Licha, están floreciendo las amapas”. La voz clara, casi infantil. “Para el dieciséis quiero que te hagas un vestido como el de Margarita Ibarra”. La oía, la sentía caminar a mi lado, un poco encorvada, ligera a pesar de su gordura, alegre y vieja; yo seguía adelante con los ojos entrecerrados, atesorando mi vaga, tierna angustia, dulcemente sometida a la compañía de mi tía Panchita, la hermana de mi madre. “Bueno, hija, si Pepe no te gusta… pero no es un mal muchacho”. Sí, había dicho eso justamente aquí, frente a la ventana de la Tichi Valenzuela, con aquel gozo suyo, inocente y maligno. Caminé un poco más, nublados ya los ladrillos de la acera, y cuando las campanadas resonaron pesadas y reales, dando por terminada la siesta y llamando al rosario, abrí los ojos y miré verdaderamente el pueblo: era otro, las amapas no habían florecido y yo estaba llorando, con mi vestido de luto, delante de la casa de mi tío. El zaguán se encontraba abierto, como siempre, y en el fondo del patio estaba la buganvilia. Como siempre. Pero no igual. Me sequé las lágrimas y no sentí que llegaba, sino que me despedía. Las cosas aparecían inmóviles, como en el recuerdo, y el calor y el silencio lo marchitaban todo. Mis pasos resonaron desconocidos, y María salió a mi encuentro. —¿Por qué no avisaste? Hubiéramos mandado… Fuimos directamente a la habitación del enfermo. Al entrar casi sentí frío. El silencio y la penumbra precedían a la muerte. —Luisa, ¿eres tú? Aquella voz cariñosa se iba haciendo queda y pronto enmudecería del todo. —Aquí estoy, tío. — Bendito sea Dios, ya no me moriré solo. —No diga eso, pronto se va a aliviar. Sonrió tristemente; sabía que le estaba mintiendo, pero no quería hacerme llorar. —Sí, hija, sí. Ahora descansa, toma posesión de la casa y luego ven a acompañarme. Voy a tratar de dormir un poco. Más pequeño que antes, enjuto, sin dientes, perdido en la cama enorme y sobrenadando sin sentido en lo poco que le quedaba de vida, atormentaba como algo superfluo, fuera de lugar, igual que tantos moribundos. Esto se hacía evidente al salir al corredor caldeado y respirar hondamente, por instinto, la luz y el aire. Comencé a cuidarlo y a sentirme contenta de hacerlo. La casa era mi casa y muchas mañanas al arreglarla tarareaba olvidadas canciones. La calma que me rodeaba venía tal vez de que mi tío ya no esperaba la muerte como una cosa inminente y terrible, sino que se abandonaba a los días, a un futuro más o menos corto o largo, con una dulzura inconsciente de niño. Repasaba con gusto su vida y se complacía en la ilusión de dejar en mí sus imágenes, como hacen los abuelos con sus nietos. — Tráeme el cofrecito ese que hay en el ropero grande. Sí, ése. La llave está debajo de la carpeta, junto a San Antonio, tráela también. Y revivían sus ojos hundidos a la vista de sus tesoros. —Mira, este collar se lo regalé a tu tía cuando cumplimos diez años de casados, lo compré en Mazatlán a un joyero polaco que me contó no sé qué cuentos de princesas austriacas y me lo vendió bien caro. Lo traje escondido en la funda de mi pistola y no dormí un minuto en la diligencia por miedo a que me lo robaran… La luz de sol poniente hizo centellear las piedras jóvenes y vivas en sus manos esclerosadas. —… este anillo de montura tan antigua de mi madre, fíjate bien en la miniatura que hay en la sala y verás que lo tiene puesto. La prima Begoña murmuraba a su espaldas que un novio… Volvían a hablar, a respirar aquellas señoras de los retratos a quienes él había visto, tocado. Yo las imaginaba, y me parecía entender el sentido de las alhajas de familia. —¿Te he contado de cuando fuimos a Europa en 1908, antes de la Revolución? Había que ir en barco a Colima… y en Venecia tu tía Panchita se encaprichó con estos aretes. Eran demasiado caros y se lo dije: “Son para una reina”… Al día siguiente se los compré. Tú no te lo puedes imaginar porque cuando naciste ya hacía mucho de esto, pero entonces, en 1908, cuando estuvimos en Venecia, tu tía era tan joven, tan… —Tío, se fatiga demasiado, descanse. —Tienes razón, estoy cansado. Déjame solo un rato y llévate el cofre a tu cuarto, es tuyo. —Pero tío… —Todo es tuyo ¡y se acabó!… Regalo lo que me da la gana. Su voz se quebró en un sollozo terrible: la ilusión se desvanecía, y se encontraba de nuevo a punto de morir, en el momento de despedirse de sus cosas más queridas. Se dio vuelta en la cama y me dejó con la caja en las manos sin saber qué hacer. Otras veces me hablaba del “año del hambre”, del “año del maíz amarillo”, de la peste, y me contaba historias muy antiguas de asesinos y aparecidos. Alguna vez hasta canturreó un corrido de su juventud que se hizo pedazos en su voz cascada. Pero me iba heredando su vida, estaba contento. El médico decía que sí, que veía una mejoría, pero que no había que hacerse ilusiones, no tenía remedio, todo era cuestión de días más o menos. Una tarde oscurecida por nubarrones amenazantes, cuando estaba recogiendo la ropa tendida en el patio, oí el grito de María. Me quedé quieta, escuchando aquel grito como un trueno, el primero de la tormenta. Después el silencio, y yo sola en el patio, inmóvil. Una abeja pasó zumbando y la lluvia no se desencadenó. Nadie sabe como yo lo terribles que son los presagios que se quedan suspensos sobre una cabeza vuelta al cielo. —Lichita, ¡se muere!, ¡está boqueando! —Vete a buscar al médico… ¡No! Iré yo… llama a doña Clara para que te acompañe mientras vuelvo. —Y el padre… Tráete al padre. Salí corriendo, huyendo de aquel momento insoportable, de aquella inminencia sorda y asfixiante. Fui, vine, regresé a la casa, serví café, recibí a los parientes que empezaron a llegar ya medio vestidos de luto, encargué velas, pedí reliquias, continué huyendo enloquecida para no cumplir con el único deber que en ese momento tenía: estar junto a mi tío. Interrogué al médico: le había puesto una inyección por no dejar, todo era inútil ya. Vi llegar al señor cura con el Viático, pero ni entonces tuve fuerzas para entrar. Sabía que después tendría remordimientos — Bendito sea Dios, ya no me moriré solo —, pero no podía. Me tapé la cara con las manos y empecé a rezar. Vino el señor cura y me tocó en el hombro. Creí que todo había terminado y un escalofrío me recorrió la espalda. —Te llama. Entra. No sé cómo llegué hasta el umbral. Era ya de noche y la habitación iluminada por una lámpara veladora parecía enorme. Los muebles, agigantados, sombríos, y un aire extraño estancado en torno a la cama. La piel se me erizó, por los poros respiraba el horror a todo aquello, a la muerte. —Acércate —dijo el sacerdote. Obedecí yendo hasta los pies de la cama, sin atreverme a mirar ni las sábanas. —Es la voluntad de tu tío, si no tienes algo que oponer, casarse contigo in articulo mortis , con la intención de que heredes sus bienes. ¿Aceptas? Ahogué un grito de terror. Abrí los ojos como para abarcar todo el espanto que aquel cuarto encerraba. “¿Por qué me quiere arrastrar a la tumba?…”. Sentí que la muerte rozaba mi propia carne. —Luisa… Era don Apolonio. Tuve que mirarlo: casi no podía articular las sílabas, tenía la quijada caída y hablaba moviéndola como un muñeco de ventrílocuo. —… por favor. Y calló, extenuado. No podía más. Salí de la habitación. Aquél no era mi tío, no se le parecía… Heredarme, sí, pero no los bienes solamente, las historias, la vida… Yo no quería nada, su vida, su muerte. No quería. Cuando abrí los ojos estaba en el patio y el cielo seguía encapotado. Respiré profundamente, dolorosamente. —¿Ya?… —se acercaron a preguntarme los parientes, al verme tan descompuesta. Yo moví la cabeza, negando. A mi espalda habló el sacerdote. —Don Apolonio quiere casarse con ella en el último momento, para heredarla. —¿Y tú no quieres? —preguntó ansiosamente la vieja criada—. No seas tonta, sólo tú te lo mereces. Fuiste una hija para ellos y te has matado cuidándolo. Si no te casas, los sobrinos de México no te van a dar nada. ¡No seas tonta! —Es una delicadeza de su parte… —Y luego te quedas viuda y rica y tan virgen como ahora —rio nerviosamente una prima jovencilla y pizpireta. —La fortuna es considerable, y yo, como tío lejano tuyo, te aconsejaría que… —Pensándolo bien, el no aceptar es una falta de caridad y de humildad. “Eso es verdad, eso sí que es verdad”. No quería darle un último gusto al viejo, un gusto que después de todo debía agradecer, porque mi cuerpo joven, del que en el fondo estaba tan satisfecha, no tuviera ninguna clase de vínculos con la muerte. Me vinieron náuseas y fue el último pensamiento claro que tuve esa noche. Desperté como de un sopor hipnótico cuando me obligaron a tomar la mano cubierta de sudor frío. Me vino otra arcada, pero dije “Sí”. Recordaba vagamente que me habían cercado todo el tiempo, que todos hablaban a la vez, que me llevaban, me traían, me hacían firmar, y responder. La sensación que de esa noche me quedó para siempre fue la de una maléfica ronda que giraba vertiginosamente en torno mío y reía, grotesca, cantando. yo soy la viudita que manda la ley. y yo en medio era una esclava. Sufría y no podía levantar la cara al cielo. Cuando me di cuenta, todo había pasado, y en mi mano brillaba el anillo torzal que vi tantas veces en el anular de mi tía Panchita: no había habido tiempo para otra cosa. Todos empezaron a irse. —Si me necesita, llámeme. Dele mientras tanto las gotas cada seis horas. —Que Dios te bendiga y te dé fuerzas. —Feliz noche de bodas —susurró a mi oído con una risita mezquina la prima jovencita. Volví junto al enfermo. “Nada ha cambiado, nada ha cambiado”. Por lo menos mi miedo no había cambiado. Convencí a María de que se quedara conmigo a velar a don Apolonio, y sólo recobré el control de mis nervios cuando vi que amanecía. Había empezado a llover, pero sin rayos, sin tormenta, quedamente. Continuó lloviznando todo el día, y el otro, y el otro aún. Cuatro días de agonía. No teníamos apenas más visitas que las del médico y el señor cura; en días así nadie sale de su casa, todos se recogen y esperan a que la vida vuelva a comenzar. Son días espirituales, casi sagrados. Si cuando menos el enfermo hubiera necesitado muchos cuidados mis horas hubieran sido menos largas, pero lo que se podía hacer por aquel cuerpo aletargado era bien poco. La cuarta noche María se acostó en una pieza próxima y me quedé a solas con el moribundo. Oía la lluvia monótona y rezaba sin conciencia de lo que decía, adormilada y sin miedo, esperando. Los dedos se me fueron aquietando, poniendo morosos sobre las cuentas del rosario, y al acariciarlas sentía que por las yemas me entraba ese calor ajeno y propio que vamos dejando en las cosas y que nos es devuelto transformado: compañero, hermano que nos anticipa la dulce tibieza del otro , desconocida y sabida, nunca sentida y que habita en la médula de nuestros huesos. Suavemente, con delicia, distendidos los nervios, liviana la carne, fui cayendo en el sueño. Debo de haber dormido muchas horas: era la madrugada cuando desperté; me di cuenta porque las luces estaban apagadas y la planta eléctrica deja de funcionar a las dos de la mañana. La habitación, apenas iluminada por la lámpara de aceite que ardía sobre la cómoda a los pies de la Virgen, me recordó la noche de la boda, de mi boda… Hacía mucho tiempo de eso, una eternidad vacía. Desde el fondo de la penumbra llegó hasta mí la respiración fatigosa y quebrada de don Apolonio. Ahí estaba todavía, pero no él, el despojo persistente e incomprensible que se obstinaba en seguir aquí sin finalidad, sin motivo aparente alguno. La muerte da miedo, pero la vida mezclada, imbuida en la muerte, da un horror que tiene muy poco que ver con la muerte y con la vida. El silencio, la corrupción, el hedor, la deformación monstruosa, la desaparición final, eso es doloroso, pero llega a un clímax y luego va cediendo, se va diluyendo en la tierra, en el recuerdo, en la historia. Y esto no, el pacto terrible entre la vida y la muerte que se manifestaba en ese estertor inútil, podía continuar eternamente. Lo oía raspar la garganta insensible y se me ocurrió que no era aire lo que entraba en aquel cuerpo, o más bien que no era un cuerpo humano el que lo aspiraba y lo expelía; se trataba de una máquina que resoplaba y hacía pausas caprichosas por juego, para matar el tiempo sin fin. No había allí un ser humano, alguien jugaba con aquel ronquido. Y el horror contra el que nada pude me conquistó: empecé a respirar al ritmo entrecortado de los estertores, respirar, cortar de pronto, ahogarme, respirar, ahogarme… sin poderme ya detener, hasta que me di cuenta de que me había engañado en cuanto al sentido que tenía el juego, porque lo que en realidad sentía era el sufrimiento y la asfixia de un moribundo. De todos modos, seguí, seguí, hasta que no quedó más que un solo respirar, un solo aliento inhumano, una sola agonía. Me sentí más tranquila, aterrada pero tranquila: había quitado la barrera, podía abandonarme simplemente y esperar el final común. Me pareció que con mi abandono, con mi alianza incondicional, aquello se resolvería con rapidez; no podría continuar, habría cumplido su finalidad y su búsqueda persistente en el vacío. Ni una despedida, ni un destello de piedad hacia mí. Continué el juego mortal largamente, desde un lugar donde el tiempo no importaba ya. La respiración común se fue haciendo más regular, más calmada, aunque también más débil. Me pareció regresar. Pero estaba tan cansada que no podía moverme, sentía el letargo definitivamente anidado dentro de mi cuerpo. Abrí los ojos. Todo estaba igual. No. Lejos, en la sombra, hay una rosa; sola, única y viva. Está ahí, recortada, nítida, con sus pétalos carnosos y leves, resplandeciente. Es una presencia hermosa y simple. La miro y mi mano se mueve y recuerda su contacto y la acción sencilla de ponerla en el vaso. La miré entonces, ahora la conozco. Me muevo un poco, parpadeo, y ella sigue ahí, plena, igual a sí misma. Respiro libremente, con mi propia respiración. Rezo, recuerdo, dormito, y la rosa intacta monta la guardia de la luz y del secreto. La muerte y la esperanza se transforman. Pero ahora comienza a amanecer y en el cielo limpio veo, ¡al fin!, que los días de lluvia han terminado. Me quedo largo rato contemplando por la ventana cómo cambia todo al nacer el sol. Un rayo poderoso entra y la agonía me parece una mentira; un gozo injustificado me llena los pulmones y sin querer sonrío. Me vuelvo a la rosa como a una cómplice, pero no la encuentro: el sol la ha marchitado. Volvieron los días luminosos, el calor enervante; las gentes trabajaban, cantaban, pero don Apolonio no se moría, antes bien parecía mejorar. Yo lo seguía cuidando, pero ya sin alegría, con los ojos bajos y descargando en el esmero por servirlo toda mi abnegación remordida y exacerbada: lo que deseaba, ya con toda claridad, era que aquello terminara pronto, que se muriera de una vez. El miedo, el horror, que me producían su vista, su contacto, su voz, eran injustificados, porque el lazo que nos unía no era real, no podía serlo, y sin embargo, yo lo sentía sobre mí como un peso, y a fuerza de bondad y de remordimientos quería desembarazarme de él. Sí, don Apolonio mejoraba a ojos vistas. Hasta el médico estaba sorprendido, no podía explicarlo. Precisamente la mañana en que lo senté por primera vez recargado sobre los almohadones sorprendí aquella mirada en los ojos de mi tío. Hacía un calor sofocante y lo había tenido que levantar casi en vilo. Cuando lo dejé acomodado me di cuenta: el viejo estaba mirando con una fijeza estrábica mi pecho jadeante, el rostro descompuesto y las manos temblonas inconscientemente tendidas hacia mí. Me retiré instintivamente, desviando la cabeza. —Por favor, entrecierra los postigos, hace demasiado calor. Su cuerpo casi muerto se calentaba. —Ven aquí, Luisa. Siéntate a mi lado. Ven. —Sí, tío —me senté encogida a los pies de la cama, sin mirarlo. —No me llames tío, dime Polo, después de todo ahora somos más cercanos parientes —había un dejo burlón en el tono con que lo dijo. —Sí, tío. —Polo, Polo —su voz era otra vez dulce y tersa—. Tendrás que perdonarme muchas cosas; soy viejo y estoy enfermo, y un hombre así es como un niño. —Sí. —A ver, di “Sí, Polo”. —Sí, Polo… Aquel nombre pronunciado por mis labios me parecía una aberración, me producía una repugnancia invencible. Y Polo mejoró, pero se tornó irritable y quisquilloso. Yo me daba cuenta de que luchaba por volver a ser el que había sido; pero no, el que resucitaba no era él mismo, era otro. —Luisa, tráeme… Luisa, dame… Luisa, arréglame las almohadas… dame agua… acomódame esta pierna… Me quería todo el día rodeándolo, alejándome, acercándome, tocándolo. Y aquella mirada fija y aquella cara descompuesta del primer día reaparecían cada vez con mayor frecuencia, se iban superponiendo a sus facciones como una máscara. —Recoge el libro. Se me cayó debajo de la cama, de este lado. Me arrodillé y metí la cabeza y casi todo el torso debajo de la cama, pero tenía que alargar lo más posible el brazo para alcanzarlo. Primero me pareció que había sido mi propio movimiento, o quizá el roce de la ropa, pero ya con el libro cogido y cuando me reacomodaba para salir, me quedé inmóvil, anonadada por aquello que había presentido, esperado: el desencadenamiento, el grito, el trueno. Una rabia nunca sentida me estremeció cuando pude creer que era verdad aquello que estaba sucediendo, y que aprovechándose de mi asombro su mano temblona se hacía más segura y más pesada y se recreaba, se aventuraba ya sin freno palpando y recorriendo mis caderas; una mano descarnada que se pegaba a mi carne y la estrujaba con deleite, una mano muerta que buscaba impaciente el hueco entre mis piernas, una mano sola, sin cuerpo. Me levanté lo más rápidamente que pude, con la cara ardiéndome de coraje y vergüenza, pero al enfrentarme a él me olvidé de mí y entré como un autómata en la pesadilla: se reía quedito, con su boca sin dientes. Y luego, poniéndose serio de golpe, con una frialdad que me dejó aterrada: —¡Qué! ¿No eres mi mujer ante Dios y ante los hombres? Ven, tengo frío, caliéntame la cama. Pero quítate el vestido, lo vas a arrugar. Lo que siguió ya sé que es mi historia, mi vida, pero apenas lo puedo recordar como un sueño repugnante, no sé siquiera si muy corto o muy largo. Hubo una sola idea que me sostuvo durante los primeros tiempos: “Esto no puede continuar, no puede continuar”. Creí que Dios no podría permitir aquello, que lo impediría de alguna manera, él, personalmente. Antes tan temida, ahora la muerte me parecía la única salvación. No la de Apolonio, no, él era un demonio de la muerte, sino la mía, la justa y necesaria muerte para mi carne corrompida. Pero nada sucedió. Todo continuó suspendido en el tiempo, sin futuro posible. Entonces una mañana, sin equipaje, me marché. Resultó inútil. Tres días después me avisaron que mi marido se estaba muriendo y me llamaba. Fui a ver al confesor y le conté mi historia. —Lo que lo hace vivir es la lujuria, el más horrible pecado. Eso no es la vida, padre, es la muerte, ¡déjelo morir! —Moriría en la desesperación. No puede ser. —¿Y yo? —Comprendo, pero si no vas será un asesinato. Procura no dar ocasión, encomiéndate a la Virgen, y piensa que tus deberes… Regresé. Y el pecado lo volvió a sacar de la tumba. Luchando, luchando sin tregua, pude vencer al cabo de los años, vencer mi odio, y al final, muy al final, también vencí a la bestia: Apolonio murió tranquilo, dulce, él mismo. Pero yo no pude volver a ser la que fui. Ahora la vileza y la malicia brillan en los ojos de los hombres que me miran y yo me siento ocasión de pecado para todos, peor que la más abyecta de las prostitutas. Sola, pecadora, consumida totalmente por la llama implacable que nos envuelve a todos los que, como hormigas, habitamos este verano cruel que no termina nunca. FIN Título: La Sunamita Autora: Inés Arredondo (Culiacán, México, 1928–1989) Primera publicación: 1965, en la colección La señal Género: Cuento / narrativa breve Subgénero: Realismo psicológico / realismo social Corriente literaria: Literatura mexicana contemporánea / realismo crítico Idioma original: Español
- "Nos han dado la tierra", cuento de Juan Rulfo
El cuento narra la historia de un grupo de campesinos que reciben tierras estériles del gobierno después de la Revolución Mexicana. A medida que recorren el terreno seco y árido, reflexionan sobre la inutilidad de la tierra que les han dado y sobre la miseria y abandono en que viven. La historia refleja la desilusión campesina, la burocracia gubernamental y la brecha entre promesas políticas y realidad social. Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros. Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza. Pero el pueblo está todavía muy allá. Es el viento el que lo acerca. Hemos venido caminando desde el amanecer. Ahorita son algo así como las cuatro de la tarde. Alguien se asoma al cielo, estira los ojos hacia donde está colgado el sol y dice: —Son como las cuatro de la tarde. Ese alguien es Melitón. Junto con él, vamos Faustino, Esteban y yo. Somos cuatro. Yo los cuento: dos adelante, otros dos atrás. Miro más atrás y no veo a nadie. Entonces me digo: «Somos cuatro.» Hace rato, como a eso de las once, éramos veintitantos; pero puñito a puñito se han ido desperdigando hasta quedar nada más este nudo que somos nosotros. Faustino dice: —Puede que llueva. Todos levantamos la cara y miramos una nube negra y pesada que pasa por encima de nuestras cabezas. Y pensamos: «Puede que sí.» No decimos lo que pensamos. Hace ya tiempo que se nos acabaron las ganas de hablar. Se nos acabaron con el calor. Uno platicaría muy a gusto en otra parte, pero aquí cuesta trabajo. Uno platica aquí y las palabras se calientan en la boca con el calor de afuera, y se le resecan a uno en la lengua hasta que acaban con el resuello. Aquí así son las cosas. Por eso a nadie le da por platicar. Cae una gota de agua, grande, gorda, haciendo un agujero en la tierra y dejando una plasta como la de un salivazo. Cae sola. Nosotros esperamos a que sigan cayendo más y las buscamos con los ojos. Pero no hay ninguna más. No llueve. Ahora si se mira el cielo se ve a la nube aguacera corriéndose muy lejos, a toda prisa. El viento que viene del pueblo se le arrima empujándola contra las sombras azules de los cerros. Y a la gota caída por equivocación se la come la tierra y la desaparece en su sed. ¿Quién diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh? Hemos vuelto a caminar, nos habíamos detenido para ver llover. No llovió. Ahora volvemos a caminar. Y a mí se me ocurre que hemos caminado más de lo que llevamos andando. Se me ocurre eso. De haber llovido quizá se me ocurrieran otras cosas. Con todo, yo sé que desde que yo era muchacho, no vi llover nunca sobre el llano, lo que se llama llover. No, el llano no es cosa que sirva. No hay ni conejos ni pájaros. No hay nada. A no ser unos cuantos huizaches trespeleques y una que otra manchita de zacate con las hojas enroscadas; a no ser eso, no hay nada. Y por aquí vamos nosotros. Los cuatro a pie. Antes andábamos a caballo y traíamos terciada una carabina. Ahora no traemos ni siquiera la carabina. Yo siempre he pensado que en eso de quitarnos la carabina hicieron bien. Por acá resulta peligroso andar armado. Lo matan a uno sin avisarle, viéndolo a toda hora con «la 30» amarrada a las correas. Pero los caballos son otro asunto. De venir a caballo ya hubiéramos probado el agua verde del río, y paseado nuestros estómagos por las calles del pueblo para que se les bajara la comida. Ya lo hubiéramos hecho de tener todos aquellos caballos que teníamos. Pero también nos quitaron los caballos junto con la carabina. Vuelvo hacia todos lados y miro el llano. Tanta y tamaña tierra para nada. Se le resbalan a uno los ojos al no encontrar cosa que los detenga. Sólo unas cuantas lagartijas salen a asomar la cabeza por encima de sus agujeros, y luego que sienten la tatema del sol corren a esconderse en la sombrita de una piedra. Pero nosotros, cuando tengamos que trabajar aquí, ¿qué haremos para enfriarnos del sol, eh? Porque a nosotros nos dieron esta costra de tepetate para que la sembráramos. Nos dijeron: —Del pueblo para acá es de ustedes. Nosotros preguntamos: — ¿El Llano? —Sí, el llano. Todo el Llano Grande. Nosotros paramos la jeta para decir que el llano no lo queríamos. Que queríamos lo que estaba junto al río. Del río para allá, por las vegas, donde están esos árboles llamados casuarinas y las paraneras y la tierra buena. No este duro pellejo de vaca que se llama el Llano. Pero no nos dejaron decir nuestras cosas. El delegado no venía a conversar con nosotros. Nos puso los papeles en la mano y nos dijo: —No se vayan a asustar por tener tanto terreno para ustedes solos. —Es que el llano, señor delegado… —Son miles y miles de yuntas. —Pero no hay agua. Ni siquiera para hacer un buche hay agua. — ¿Y el temporal? Nadie les dijo que se les iba a dotar con tierras de riego. En cuanto allí llueva, se levantará el maíz como si lo estiraran. —Pero, señor delegado, la tierra está deslavada, dura. No creemos que el arado se entierre en esa como cantera que es la tierra del Llano. Habría que hacer agujeros con el azadón para sembrar la semilla y ni aun así es positivo que nazca nada; ni maíz ni nada nacerá. —Eso manifiéstenlo por escrito. Y ahora váyanse. Es al latifundio al que tienen que atacar, no al Gobierno que les da la tierra. —Espérenos usted, señor delegado. Nosotros no hemos dicho nada contra el Centro. Todo es contra el Llano… No se puede contra lo que no se puede. Eso es lo que hemos dicho… Espérenos usted para explicarle. Mire, vamos a comenzar por donde íbamos… Pero él no nos quiso oír. Así nos han dado esta tierra. Y en este comal acalorado quieren que sembremos semillas de algo, para ver si algo retoña y se levanta. Pero nada se levantará de aquí. Ni zopilotes. Uno los ve allá cada y cuando, muy arriba, volando a la carrera; tratando de salir lo más pronto posible de este blanco terregal endurecido, donde nada se mueve y por donde uno camina como reculando. Melitón dice: —Ésta es la tierra que nos han dado. Faustino dice: — ¿Qué? Yo no digo nada. Yo pienso: «Melitón no tiene la cabeza en su lugar ha de ser el calor el que lo hace hablar así. El calor que le ha traspasado el sombrero y le ha calentado la cabeza. Y si no, ¿por qué dice lo que dice? ¿Cuál tierra nos han dado, Melitón? Aquí no hay ni la tantita que necesitaría el viento para jugar a los remolinos.» Melitón vuelve a decir: —Servirá de algo. Servirá aunque sea para correr yeguas. — ¿Cuáles yeguas? —le pregunta Esteban. Yo no me había fijado bien a bien en Esteban. Ahora que habla, me fijo en él. Lleva puesto un gabán que le llega al ombligo, y debajo del gabán saca la cabeza algo así como una gallina. Sí, es una gallina colorada la que lleva Esteban debajo del gabán. Se le ven los ojos dormidos y el pico abierto como si bostezara. Yo le pregunto: —Oye, Teban, ¿de dónde pepenaste esa gallina? — ¡Es la mía! —dice él. —No la traías antes. ¿Dónde la mercaste, eh? —No la merqué, es la gallina de mi corral. —Entonces te la trajiste de bastimento, ¿no? —No, la traigo para cuidarla. Mi casa se quedó sola y sin nadie para que le diera de comer; por eso me la traje. Siempre que salgo lejos cargo con ella. —Allí escondida se te va a ahogar. Mejor sácala al aire. Él se la acomoda debajo del brazo y le sopla el aire caliente de su boca. Luego dice: —Estamos llegando al derrumbadero. Yo ya no oigo lo que sigue diciendo Esteban. Nos hemos puesto en fila para bajar la barranca y él va mero adelante. Se ve que ha agarrado a la gallina por las patas y la zangolotea a cada rato, para no golpearle la cabeza contra las piedras. Conforme bajamos, la tierra se hace buena. Sube polvo desde nosotros como si fuera un atajo de mulas lo que bajara por allí; pero nos gusta llenarnos de polvo. Nos gusta. Después de venir durante once horas pisando la dureza del llano, nos sentimos muy a gusto envueltos en aquella cosa que brinca sobre nosotros y sabe a tierra. Por encima del río, sobre las copas verdes de las casuarinas, vuelan parvadas de chachalacas verdes. Eso también es lo que nos gusta. Ahora los ladridos de los perros se oyen aquí, junto a nosotros, y es que el viento que viene del pueblo retacha en la barranca y la llena de todos sus ruidos. Esteban ha vuelto a abrazar su gallina cuando nos acercamos a las primeras casas. Le desata las patas para desentumecerla, y luego él y su gallina desaparecen detrás de unos tepemezquites. — ¡Por aquí arriendo yo! —nos dice Esteban. Nosotros seguimos adelante, más adentro del pueblo. La tierra que nos han dado está allá arriba. FIN Título: Nos han dado la tierra Autor: Juan Rulfo (1917–1986) Nacionalidad: Mexicano Primera publicación: 1953, en la colección El llano en llamas Género: Cuento / narrativa breve Subgénero: Realismo social, costumbrismo mexicano Corriente literaria: Realismo rural mexicano, narrativa de posrevolución Idioma original: Español











