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- "Josefina la cantora o el "pueblo de los ratones", cuento de Franz Kafka
Nuestra cantora se llama Josefina. Quien no la ha oído no conoce el poder del canto. No hay nadie a quien su canto no arrebate, lo que debe valorarse tanto más cuanto que nuestra especie, en general, no ama la música. La paz silenciosa es para nosotros la música más querida; nuestra vida es dura, y aun cuando alguna vez hayamos intentado sacudirnos todas las preocupaciones cotidianas, ya no logramos elevarnos hacia cosas tan alejadas de nuestra existencia habitual como la música. Pero tampoco lo lamentamos demasiado; ni siquiera llegamos a eso. Consideramos nuestra mayor virtud cierta astucia práctica, que por lo demás necesitamos con extrema urgencia, y con la sonrisa de esa astucia solemos consolarnos de todo, incluso si alguna vez —cosa que no sucede— llegáramos a sentir nostalgia de la dicha que tal vez procede de la música. Solo Josefina es la excepción: ella ama la música y también sabe transmitirla; es la única; con su partida, la música —quién sabe por cuánto tiempo— desaparecerá de nuestra vida. He pensado a menudo en qué consiste realmente esa música. Al fin y al cabo, carecemos por completo de sentido musical; ¿cómo es que comprendemos el canto de Josefina o, puesto que Josefina niega que lo comprendamos, creemos al menos comprenderlo? La respuesta más sencilla sería que la belleza de ese canto es tan grande que ni el oído más torpe puede resistírsele, pero esa respuesta no resulta satisfactoria. Si realmente fuera así, ante ese canto tendría que sentirse, antes que nada y siempre, la impresión de lo extraordinario, la impresión de que de esa garganta brota algo que nunca hemos oído antes y que ni siquiera tenemos capacidad de oír, algo para cuya percepción solo esta Josefina, y nadie más, nos habilita. Pero justamente eso, a mi juicio, no ocurre. Yo no lo siento, ni he observado nada semejante en los demás. En confianza, dentro de nuestro círculo más cercano, nos confesamos abiertamente que el canto de Josefina, considerado como canto, no tiene nada de extraordinario. ¿Pero es en realidad canto? A pesar de nuestra falta de musicalidad, tenemos tradiciones de canto; en los antiguos tiempos de nuestro pueblo hubo canto, las leyendas hablan de ello e incluso se han conservado canciones que, eso sí, ya nadie puede cantar. Tenemos, por lo tanto, una noción de lo que es el canto, y a esa noción el arte de Josefina no corresponde del todo. ¿Es, entonces, canto? ¿No será quizá nada más que un silbido? Y silbar, desde luego, todos sabemos; es la verdadera habilidad de nuestro pueblo o, mejor dicho, no es una habilidad, sino una manifestación característica de nuestra vida. Todos silbamos, aunque, por supuesto, a nadie se le ocurre presentar eso como arte; silbamos sin prestar atención, sin siquiera darnos cuenta, y hay muchos entre nosotros que ni siquiera saben que el silbido forma parte de nuestras peculiaridades. Si fuera cierto, por tanto, que Josefina no canta, sino que solo silba, y quizá, como al menos a mí me parece, apenas sobrepasa los límites del silbido común —más aún, tal vez ni siquiera tenga fuerzas suficientes para ese silbido corriente que un simple peón produce sin esfuerzo durante todo el día mientras trabaja—, si todo eso fuera cierto, quedaría refutada la supuesta condición artística de Josefina, pero entonces habría que resolver con mayor razón el enigma de su gran efecto. Sin embargo, lo que ella produce no es simplemente un silbido. Si uno se coloca bastante lejos de ella y escucha, o mejor aún, si se somete a una prueba: si Josefina canta, por ejemplo, entre otras voces y uno se propone reconocer la suya, inevitablemente no percibirá otra cosa que un silbido común, apenas llamativo quizá por cierta delicadeza o debilidad. Pero si uno está frente a ella, ya no es solo un silbido; para comprender su arte es necesario no solo oírla, sino también verla. Incluso si no fuera más que nuestro silbido de todos los días, ya habría ahí, para empezar, la singularidad de que alguien se plante solemnemente a hacer nada más que lo habitual. Cascar una nuez no es, en verdad, ningún arte; por eso tampoco nadie se atrevería a convocar a un público y, para entretenerlo, ponerse a cascar nueces delante de él. Pero si alguien lo hace de todos modos y logra su propósito, entonces ya no puede tratarse simplemente de cascar nueces. O bien se trata, en efecto, de cascar nueces, pero resulta que habíamos pasado por alto ese arte porque lo dominábamos sin dificultad, y que este nuevo cascanueces nos muestra por primera vez su verdadera esencia; y en ese caso, incluso podría ser útil para el efecto que fuera algo menos hábil que la mayoría de nosotros en cascar nueces. Tal vez ocurra algo parecido con el canto de Josefina: admiramos en ella aquello que no admiramos en nosotros mismos; y en esto último, por cierto, ella coincide por completo con nosotros. Una vez estuve presente cuando alguien, como naturalmente ocurre a menudo, le señaló el silbido común del pueblo, y lo hizo con mucha modestia; pero para Josefina aquello ya fue demasiado. Nunca he visto una sonrisa tan insolente y altiva como la que puso entonces; ella, que por fuera es la fragilidad misma, notablemente delicada incluso dentro de nuestro pueblo, donde abundan mujeres así de finas, pareció en ese momento francamente ordinaria. Por lo demás, con esa gran sensibilidad suya, probablemente lo sintió ella misma de inmediato, y se recompuso. En cualquier caso, niega toda relación entre su arte y el silbido. Para quienes opinan lo contrario solo tiene desprecio y probablemente un odio que no se atreve a confesarse. No se trata de vanidad común, pues esa oposición, a la que también yo pertenezco a medias, la admira sin duda no menos que la multitud; pero Josefina no quiere solo ser admirada, sino ser admirada exactamente de la manera que ella determina; la admiración por sí sola no le importa. Y cuando uno se sienta frente a ella, la comprende; la oposición solo se sostiene a la distancia; cuando uno está delante de ella, sabe que lo que ella silba allí no es un silbido. Como silbar forma parte de nuestras costumbres irreflexivas, podría creerse que también se silba en el auditorio de Josefina. Su arte nos hace sentir bien, y cuando nos sentimos bien, silbamos; pero su auditorio no silba, reina un silencio de ratón, como si hubiéramos alcanzado la paz anhelada, de la que al menos nuestro propio silbido nos aparta; callamos. ¿Es su canto lo que nos cautiva, o más bien el silencio solemne que rodea a esa débil vocecita? Una vez ocurrió que una pequeña criatura tonta empezó también, con toda inocencia, a silbar durante el canto de Josefina. Pues bien, era exactamente lo mismo que oíamos de Josefina: allí adelante, a pesar de toda la rutina, el silbido todavía tímido; aquí, en el público, el silbido infantil y ensimismado. Habría sido imposible señalar la diferencia. Y sin embargo, de inmediato siseamos y silbamos para acallar a la entrometida, aunque no habría hecho falta, pues seguramente se habría encogido por sí misma de miedo y vergüenza, mientras Josefina entonaba su silbido triunfal y estaba fuera de sí, con los brazos abiertos y el cuello estirado hasta donde ya no podía estirarse más. Así es ella siempre, por lo demás. Cualquier pequeñez, cualquier azar, cualquier contrariedad, un crujido en el piso, un rechinar de dientes, una falla en la iluminación, le parece apropiado para aumentar el efecto de su canto. Según ella, canta para oídos sordos; no le faltan entusiasmo ni aplausos, pero hace mucho que aprendió a renunciar a una verdadera comprensión, tal como ella la entiende. Por eso todas las molestias le vienen muy bien. Todo lo que desde afuera se opone a la pureza de su canto, todo lo que es vencido en una lucha leve, incluso sin lucha, por la simple confrontación, puede contribuir a despertar a la multitud y a enseñarle, si no comprensión, al menos un respeto instintivo. Pero si lo pequeño le sirve de ese modo, cuánto más lo grande. Nuestra vida es muy agitada; cada día trae sorpresas, angustias, esperanzas y terrores, de tal modo que nadie podría soportarlo todo si no contara, a cualquier hora del día o de la noche, con el respaldo de sus compañeros. Incluso así, con frecuencia se vuelve muy difícil; a veces tiemblan mil hombros bajo una carga que en realidad estaba destinada a uno solo. Entonces Josefina considera que ha llegado su hora. Ya está allí, la criatura delicada, vibrando de manera inquietante sobre todo bajo el pecho; es como si hubiera reunido toda su fuerza en el canto, como si a todo lo que en ella no sirve directamente al canto se le hubiera quitado toda energía, casi toda posibilidad de vida; como si estuviera desnuda, abandonada, confiada únicamente a la protección de buenos espíritus; como si, mientras así, completamente ajena a sí misma, habita en el canto, un soplo frío al pasar pudiera matarla. Pero precisamente ante esa visión, nosotros, sus supuestos adversarios, solemos decirnos: «Ni siquiera sabe silbar; tiene que esforzarse de un modo terrible, no para cantar —no hablemos de cantar—, sino para forzarse a emitir, más o menos, el silbido habitual de nuestro pueblo». Así nos parece, pero, como ya he dicho, esa impresión, aunque inevitable, es fugaz y pasa pronto. También nosotros nos sumergimos entonces en el sentimiento de la multitud que escucha, cálida, cuerpo contra cuerpo, respirando con recogimiento. Y para reunir a su alrededor a esa multitud, casi siempre en movimiento y yendo de un lado a otro por motivos que a menudo no están muy claros, Josefina no necesita por lo general hacer otra cosa que echar hacia atrás la cabecita, entreabrir la boca y volver los ojos hacia lo alto, en esa postura que indica que tiene intención de cantar. Puede hacerlo donde quiera; no es necesario que sea un lugar visible desde lejos: cualquier rincón escondido, elegido por un capricho momentáneo, sirve igual. La noticia de que quiere cantar se difunde de inmediato, y pronto las procesiones se encaminan hacia allí. A veces, claro, surgen obstáculos; Josefina canta con preferencia justamente en tiempos agitados, cuando las preocupaciones y necesidades nos obligan a tomar muchos caminos distintos; entonces, ni con la mejor voluntad, podemos reunirnos tan rápido como Josefina desea, y ella permanece allí, en su gran actitud, quizá durante un buen rato, sin un número suficiente de oyentes. Entonces, por supuesto, se enfurece; patalea, maldice de una manera muy poco femenina, incluso muerde. Pero ni siquiera una conducta así perjudica su fama; en vez de contener un poco sus excesivas pretensiones, nos esforzamos por satisfacerlas. Se envían mensajeros para traer oyentes; se mantiene en secreto ante ella que eso ocurre; se ven apostados centinelas en los caminos de los alrededores, que les hacen señas a los que llegan para que se apresuren; y todo esto hasta que finalmente se reúne un número aceptable. ¿Qué impulsa al pueblo a esforzarse tanto por Josefina? Una pregunta nada fácil de responder, y que además está ligada a la del canto de Josefina. Podría descartarse y unirse por completo a esa segunda pregunta si pudiera afirmarse, por ejemplo, que el pueblo está incondicionalmente entregado a Josefina por su canto. Pero justamente no es así; nuestro pueblo apenas conoce la entrega incondicional. Este pueblo, que por encima de todo ama la astucia, por inofensiva que sea, el susurro infantil, el chisme inocente que apenas mueve los labios, un pueblo así no puede entregarse incondicionalmente. También Josefina lo siente, y eso es lo que combate con todo el esfuerzo de su débil garganta. Desde luego, no hay que llevar demasiado lejos estos juicios generales: el pueblo sí está entregado a Josefina, solo que no incondicionalmente. Por ejemplo, sería incapaz de reírse de ella. Podemos admitirlo: en Josefina hay muchas cosas que invitan a la risa; y la risa, de por sí, siempre está cerca de nosotros; pese a toda la miseria de nuestra vida, una risa leve vive siempre, de algún modo, entre nosotros. Pero de Josefina no nos reímos. A veces tengo la impresión de que el pueblo concibe su relación con Josefina de este modo: ella, esa criatura frágil, necesitada de cuidado, distinguida de alguna manera —según ella, distinguida por el canto—, le ha sido confiada, y el pueblo debe velar por ella. La razón de esto nadie la conoce; solo el hecho parece estar firmemente establecido. Pero de aquello que nos ha sido confiado uno no se ríe; reírse sería faltar a un deber. La mayor maldad que los más malvados de entre nosotros pueden infligirle a Josefina consiste en decir a veces: «Las ganas de reír se nos quitan cuando vemos a Josefina». Así cuida el pueblo de Josefina, a la manera de un padre que se hace cargo de un niño que le tiende la manita —no se sabe bien si pidiendo o exigiendo—. Podría pensarse que nuestro pueblo no sirve para cumplir esos deberes paternales, pero en realidad los cumple, al menos en este caso, de manera ejemplar; ningún individuo podría hacer, en este sentido, lo que el pueblo en su conjunto es capaz de hacer. Es cierto que la diferencia de fuerza entre el pueblo y el individuo es tan enorme que basta con que el pueblo atraiga al desvalido hacia el calor de su cercanía para que quede suficientemente protegido. A Josefina, sin embargo, no se le puede hablar de estas cosas. «Me importa un silbido su protección», dice entonces. «Sí, sí, tú silbas», pensamos nosotros. Y además, en verdad, no es ninguna refutación que ella se rebele; más bien eso es enteramente propio de los niños y de la gratitud infantil, y propio del padre es no hacerle caso. Pero interviene aquí todavía otra cosa, más difícil de explicar a partir de esta relación entre el pueblo y Josefina. Josefina, en efecto, opina lo contrario: cree que es ella quien protege al pueblo. Su canto, según ella, nos salva de una mala situación política o económica; nada menos que eso consigue, y si no aleja la desgracia, al menos nos da fuerzas para soportarla. Ella no lo dice así ni de ninguna otra manera; en general habla poco, es callada entre los parlanchines, pero eso destella en sus ojos y se lee en su boca cerrada —entre nosotros pocos logran mantener la boca cerrada; ella sí—. Ante cada mala noticia —y hay días en que se atropellan unas a otras, entre ellas falsas y a medias ciertas—, se levanta de inmediato, ella, a quien de ordinario el cansancio parece arrastrar hacia el suelo; se levanta, estira el cuello y busca abarcar con la mirada su rebaño, como el pastor antes de la tormenta. Es verdad que también los niños plantean exigencias semejantes, en su manera salvaje y descontrolada, pero en Josefina no son tan infundadas como en ellos. Desde luego, no nos salva ni nos da fuerzas; es fácil presentarse después como salvadora de este pueblo acostumbrado al sufrimiento, que no se cuida a sí mismo, rápido en sus decisiones, conocedor de la muerte, solo en apariencia temeroso dentro de la atmósfera de audacia en que vive constantemente y, además, tan fecundo como valeroso. Es fácil, digo, presentarse después como salvadora de este pueblo que siempre, de algún modo, se ha salvado a sí mismo, aunque haya sido a costa de sacrificios ante los cuales el historiador —en general descuidamos por completo la investigación histórica— quedaría paralizado de espanto. Y, sin embargo, es verdad que justamente en los momentos de necesidad escuchamos la voz de Josefina mejor que de costumbre. Las amenazas que se ciernen sobre nosotros nos vuelven más silenciosos, más modestos, más dóciles ante la actitud mandona de Josefina; nos reunimos con gusto, nos apretujamos con gusto unos contra otros, sobre todo porque se trata de una ocasión que queda por completo al margen de lo principal que nos atormenta. Es como si, antes del combate, bebiéramos juntos y de prisa —sí, la prisa es necesaria, y Josefina lo olvida con demasiada frecuencia— una copa de paz. No es tanto una presentación de canto como una asamblea del pueblo, y una asamblea en la que, salvo por el pequeño silbido de adelante, reina un silencio absoluto; la hora es demasiado seria para gastarla en parloteos. Una relación así, por supuesto, no podría satisfacer a Josefina. A pesar de toda la nerviosa desazón que le provoca su posición nunca del todo aclarada, enceguecida por la conciencia que tiene de sí misma, hay muchas cosas que no ve, y sin gran esfuerzo se la puede llevar a pasar por alto muchas más; un enjambre de aduladores trabaja siempre en ese sentido, es decir, en realidad, en un sentido útil para todos. Pero cantar solo de paso, inadvertida, en el rincón de una asamblea del pueblo: para eso, aunque en sí mismo no sería poca cosa, Josefina no sacrificaría su canto. Pero tampoco tiene que hacerlo, pues su arte no pasa inadvertido. Aunque en el fondo estemos ocupados en cosas muy distintas y el silencio no reine solo por amor al canto, y aunque más de uno ni siquiera levante la vista, sino que hunda la cara en el pelaje del vecino, de modo que Josefina, allá arriba, parece esforzarse en vano, algo de su silbido, sin embargo —esto no puede negarse—, llega inevitablemente hasta nosotros. Ese silbido que se eleva allí donde a todos los demás se les ha impuesto silencio llega casi como un mensaje del pueblo al individuo; el débil silbido de Josefina en medio de decisiones graves es casi como la pobre existencia de nuestro pueblo en medio del tumulto del mundo enemigo. Josefina se sostiene; esa nada de voz, esa nada de ejecución se sostiene y se abre camino hasta nosotros; reconforta pensar en ello. A un verdadero artista del canto, si alguna vez apareciera uno entre nosotros, en semejantes momentos no lo soportaríamos, y rechazaríamos por unanimidad lo absurdo de semejante representación. Ojalá Josefina nunca llegue a comprender que el hecho de que la escuchemos es una prueba contra su canto. Alguna sospecha de esto debe de tener; ¿por qué, si no, negaría con tanta pasión que la escuchamos? Pero vuelve una y otra vez a cantar, y con su silbido se sobrepone a esa sospecha. De todos modos, todavía le quedaría un consuelo: en cierto sentido la escuchamos de verdad, probablemente de una manera parecida a como se escucha a un artista del canto. Ella alcanza efectos que un artista del canto intentaría en vano lograr entre nosotros, y que solo le son concedidos precisamente a sus medios insuficientes. Esto se relaciona, sin duda, sobre todo con nuestro modo de vida. En nuestro pueblo no se conoce la juventud; apenas una brevísima niñez. Es cierto que periódicamente surgen reclamos para que se les garantice a los niños una libertad especial, un cuidado especial; para que se reconozca su derecho a un poco de despreocupación, a un poco de correteo sin sentido, a un poco de juego, y se les ayude a disfrutarlo. Tales reclamos surgen, y casi todos los aprueban; no hay nada más digno de aprobación, pero tampoco hay nada que en la realidad de nuestra vida pueda concederse menos. Se aprueban los reclamos, se hacen intentos en ese sentido, pero pronto todo vuelve a estar como antes. Nuestra vida es de tal naturaleza que un niño, apenas puede correr un poco y distinguir un poco su entorno, debe valerse por sí mismo igual que un adulto. Los territorios en los que por razones económicas tenemos que vivir dispersos son demasiado extensos, nuestros enemigos son demasiados, los peligros que nos acechan en todas partes demasiado incalculables; no podemos mantener a los niños alejados de la lucha por la existencia; si lo hiciéramos, sería su fin prematuro. A estas tristes razones se suma, eso sí, una razón que eleva el ánimo: la fecundidad de nuestra estirpe. Una generación —y cada una es numerosa— empuja a la otra; los niños no tienen tiempo de ser niños. Tal vez en otros pueblos los niños sean cuidadosamente atendidos, tal vez allí se levanten escuelas para los pequeños, tal vez de esas escuelas salgan cada día los niños, el futuro del pueblo; pero durante mucho tiempo, día tras día, son siempre los mismos niños los que salen de allí. Nosotros no tenemos escuelas, pero de nuestro pueblo brotan, en brevísimos intervalos, las multitudes incontables de nuestros niños, alegres, siseando o piando mientras aún no pueden silbar, revolcándose o rodando empujados por la presión mientras aún no pueden caminar, arrastrando torpemente todo con su masa mientras aún no pueden ver. ¡Nuestros niños! Y no como en aquellas escuelas, donde son siempre los mismos; no, siempre, una y otra vez, nuevos, sin fin, sin interrupción. Apenas aparece un niño, ya no es niño, pero detrás de él empujan ya los nuevos rostros infantiles, indistinguibles en su multitud y en su prisa, sonrosados de felicidad. Por hermoso que esto sea, y por mucho que otros puedan envidiarnos con razón, no podemos darles a nuestros niños una verdadera infancia. Y eso tiene sus consecuencias. Una cierta infantilidad que no muere ni puede arrancarse penetra nuestro pueblo. En contradicción directa con nuestra mejor cualidad, el infalible sentido práctico, a veces actuamos de un modo completamente necio, y precisamente como actúan los niños cuando son necios: sin sentido, pródigos, generosos, ligeros, y todo eso a menudo solo por una pequeña diversión. Y aunque nuestra alegría, desde luego, ya no puede tener toda la fuerza de la alegría infantil, algo de ella vive todavía en nosotros. De esta infantilidad de nuestro pueblo se aprovecha Josefina desde siempre. Pero nuestro pueblo no solo es infantil; también es, en cierto modo, prematuramente viejo. Infancia y vejez se manifiestan entre nosotros de manera distinta que en otros pueblos. No tenemos juventud; somos de inmediato adultos, y luego somos adultos durante demasiado tiempo. De ahí que una cierta fatiga y desesperanza cruce con amplia huella el carácter de nuestro pueblo, que en conjunto es, sin embargo, tan tenaz y tan fuerte en la esperanza. Con esto se relaciona quizá también nuestra falta de musicalidad; somos demasiado viejos para la música. Su agitación, su arrebato, no se ajustan a nuestra pesadez; cansados, la apartamos con un gesto. Nos hemos retirado al silbido: un poco de silbido aquí y allá, eso es lo adecuado para nosotros. Quién sabe si no habrá talentos musicales entre nosotros; pero si los hubiera, el carácter de los demás tendría que sofocarlos antes de que pudieran desarrollarse. En cambio, Josefina puede silbar o cantar o llamarlo como quiera; eso no nos molesta, eso nos va bien, eso sí podemos soportarlo. Si en ello hubiera algo de música, estaría reducido a la mayor insignificancia posible; se conserva cierta tradición musical, pero sin que nos pese en lo más mínimo. Pero Josefina le ofrece todavía algo más a este pueblo así dispuesto. En sus conciertos, sobre todo en tiempos difíciles, solo los más jóvenes se interesan aún por la cantora como tal; solo ellos miran con asombro cómo frunce los labios, expulsa el aire entre los lindos dientecitos delanteros, se queda extasiada ante los sonidos que ella misma produce y aprovecha ese desfallecimiento para animarse a una nueva ejecución, cada vez más incomprensible incluso para ella. Pero la verdadera multitud —esto se reconoce claramente— se ha replegado sobre sí misma. Aquí, en las pobres pausas entre las luchas, el pueblo sueña; es como si al individuo se le aflojaran los miembros, como si al inquieto le fuera permitido estirarse y desperezarse a gusto, por una vez, en la gran cama tibia del pueblo. Y en esos sueños resuena de vez en cuando el silbido de Josefina. Ella lo llama perlado; nosotros lo llamamos entrecortado. En cualquier caso, está aquí en su lugar como en ninguna otra parte, como rara vez la música encuentra el instante que la espera. Hay en él algo de la pobre y breve infancia, algo de una felicidad perdida que nunca volverá a encontrarse, pero también algo de la vida activa de hoy, de su pequeña, incomprensible y sin embargo existente e indestructible alegría. Y todo eso, en verdad, no se dice con grandes tonos, sino de manera leve, susurrante, confidencial, a veces un poco ronca. Naturalmente, es un silbido. ¿Cómo no habría de serlo? El silbido es la lengua de nuestro pueblo; solo que muchos silban toda la vida sin saberlo, mientras que aquí el silbido queda liberado de las ataduras de la vida cotidiana y también nos libera a nosotros por un breve rato. Sin duda, no querríamos prescindir de estas presentaciones. Pero de ahí a la afirmación de Josefina de que en tales tiempos nos da nuevas fuerzas, y así sucesivamente, hay todavía un largo camino. Para la gente común, por supuesto, no para los aduladores de Josefina. «¿Cómo podría ser de otro modo?», dicen ellos con una audacia bastante despreocupada. «¿De qué otra manera podría explicarse la gran afluencia de público, sobre todo bajo un peligro inmediato y apremiante, que ya a veces incluso ha impedido la defensa suficiente y oportuna contra ese mismo peligro?». Pues bien, esto último, por desgracia, es cierto; pero no es ninguna gloria de Josefina, especialmente si se añade que, cuando tales reuniones fueron dispersadas por sorpresa por el enemigo y más de uno de los nuestros tuvo que dejar la vida, Josefina, que había causado todo aquello e incluso quizá había atraído al enemigo con su silbido, siempre estuvo en el lugar más seguro y desapareció primero, muy callada y a toda prisa, bajo la protección de sus partidarios. En el fondo, todos lo saben, y sin embargo vuelven a correr hacia ella cuando Josefina, en cualquier lugar y en cualquier momento, se levanta a cantar según su antojo. De esto podría concluirse que Josefina está casi fuera de la ley, que se le permite hacer lo que quiera, incluso si pone en peligro a la comunidad, y que todo se le perdona. Si así fuera, sus pretensiones serían plenamente comprensibles; es más, en esa libertad que el pueblo le concedería, en ese regalo extraordinario, no otorgado a nadie más, que en realidad contradice las leyes, podría verse en cierto modo la confesión de que el pueblo no comprende a Josefina, tal como ella afirma, de que contempla su arte sin poder hacer nada, se siente indigno de él y se esfuerza por compensar con un esfuerzo verdaderamente desesperado el dolor que eso le causa; y así como su arte está fuera de su capacidad de comprensión, también coloca a su persona y sus deseos fuera del alcance de sus mandatos. Pues bien, esto no es en absoluto cierto. Tal vez en casos aislados el pueblo capitule demasiado pronto ante Josefina, pero así como no capitula incondicionalmente ante nadie, tampoco lo hace ante ella. Desde hace mucho tiempo, quizá desde el comienzo de su carrera artística, Josefina lucha para que, en consideración a su canto, se la libere de todo trabajo; habría que quitarle, por tanto, la preocupación por el pan de cada día y por todo lo que está ligado a nuestra lucha por la existencia, y cargársela —probablemente— al pueblo en su conjunto. Un entusiasta fácil —también los hay— podría deducir ya de la mera singularidad de esta exigencia, del estado de ánimo capaz de concebir semejante exigencia, su legitimidad interior. Pero nuestro pueblo saca otras conclusiones y rechaza la petición con calma. Tampoco se esfuerza mucho en refutar sus argumentos. Josefina señala, por ejemplo, que el esfuerzo del trabajo perjudica su voz; que, aunque el esfuerzo del trabajo es pequeño en comparación con el del canto, le quita la posibilidad de descansar lo suficiente después de cantar y de fortalecerse para un nuevo canto; que debe agotarse por completo y que, sin embargo, en esas circunstancias nunca puede alcanzar su máximo rendimiento. El pueblo la escucha y pasa de largo. Este pueblo tan fácil de conmover a veces no se deja conmover en absoluto. El rechazo es a veces tan duro que la propia Josefina se queda perpleja; parece someterse, trabaja como corresponde, canta tan bien como puede, pero todo eso solo por un tiempo; luego reanuda la lucha con nuevas fuerzas —para eso parece tenerlas ilimitadas—. Ahora bien, está claro que Josefina no aspira en realidad a lo que pide literalmente. Es sensata, no le teme al trabajo, como tampoco la pereza se conoce entre nosotros; aun si su exigencia fuera concedida, seguramente no viviría de otro modo que antes. El trabajo no le estorbaría en absoluto el canto, y el canto, por cierto, tampoco se volvería más hermoso. Lo que busca es, por tanto, solo el reconocimiento público, inequívoco, duradero, que atraviese los tiempos y se eleve por encima de todo lo conocido hasta ahora, de su arte. Pero mientras casi todo lo demás parece estar a su alcance, esto se le niega obstinadamente. Tal vez debió dirigir el ataque en otra dirección desde el principio; tal vez ahora ella misma ve el error, pero ya no puede retroceder. Retroceder sería traicionarse a sí misma; ahora tiene que sostenerse o caer con esta exigencia. Si de verdad tuviera enemigos, como dice, estos podrían contemplar divertidos esta lucha sin mover un dedo. Pero no tiene enemigos, y aunque alguno que otro le haga objeciones, esta lucha no divierte a nadie. Ya por el solo hecho de que aquí el pueblo se muestra en su fría actitud de juez, como muy rara vez se lo ve entre nosotros. Y aunque uno apruebe esa actitud en este caso, la sola idea de que alguna vez el pueblo pudiera comportarse de modo semejante con uno mismo excluye toda alegría. Tanto en el rechazo como en la exigencia, no se trata de la cosa misma, sino de que el pueblo pueda cerrarse de un modo tan impenetrable ante uno de sus miembros, y tanto más impenetrablemente cuanto que por lo demás cuida de ese mismo miembro de manera paternal y más que paternal, con humildad. Si en lugar del pueblo hubiera aquí un individuo, podría creerse que ese hombre cedió todo el tiempo ante Josefina bajo el ardiente y continuo deseo de poner por fin término a su condescendencia; que cedió de manera sobrehumana, en la firme creencia de que las concesiones encontrarían a pesar de todo su límite justo; es más, que cedió más de lo necesario solo para acelerar las cosas, solo para malcriar a Josefina e impulsarla a deseos siempre nuevos, hasta que ella formulara de verdad esa última exigencia; y entonces, como todo estaba preparado desde hacía tiempo, habría ejecutado por fin, de manera breve, el rechazo definitivo. Pues bien, no ocurre así en absoluto. El pueblo no necesita esas astucias; además, su veneración por Josefina es sincera y probada, y la exigencia de Josefina es tan desmesurada que cualquier niño sin prejuicios habría podido prever su desenlace. Con todo, puede ser que en la idea que Josefina tiene del asunto intervengan también sospechas de ese tipo y que ellas añadan amargura al dolor de la rechazada. Pero aunque tenga tales sospechas, no se deja intimidar. En los últimos tiempos, incluso, la lucha se ha agudizado; si hasta ahora la había llevado solo con palabras, ahora empieza a emplear otros medios que, según ella, son más eficaces y, según nosotros, más peligrosos para ella misma. Algunos creen que Josefina se vuelve tan insistente porque siente que envejece, que la voz muestra debilidades y que, por lo tanto, le parece que ha llegado la hora suprema de librar la última lucha por su reconocimiento. Yo no lo creo. Josefina no sería Josefina si eso fuera verdad. Para ella no hay vejez ni debilidades de la voz. Cuando exige algo, no la mueven circunstancias externas, sino una coherencia interior. Extiende la mano hacia la corona más alta, no porque en ese momento cuelgue un poco más baja, sino porque es la más alta; si estuviera en su poder, la colgaría todavía más arriba. Este desprecio por las dificultades externas no le impide, desde luego, emplear los medios más indignos. Su derecho no le ofrece ninguna duda; ¿qué importa entonces cómo lo alcance, sobre todo si, en este mundo tal como ella se lo representa, precisamente los medios dignos tienen que fracasar? Tal vez por eso mismo ha trasladado la lucha por su derecho fuera del ámbito del canto, hacia otro que le importa poco. Su séquito ha hecho circular declaraciones suyas según las cuales se siente plenamente capaz de cantar de tal modo que para el pueblo, en todas sus capas y hasta en la oposición más oculta, sería un verdadero placer; verdadero placer no en el sentido del pueblo, que afirma sentir ese placer desde siempre ante el canto de Josefina, sino placer en el sentido del anhelo de Josefina. Pero, añade ella, como no puede falsificar lo elevado ni halagar lo vulgar, las cosas deben quedar como están. Distinto es el caso de su lucha por la exención del trabajo: también es, sin duda, una lucha por su canto, pero aquí no combate directamente con la preciosa arma del canto; cualquier medio que emplee es, por lo tanto, lo bastante bueno. Así se difundió, por ejemplo, el rumor de que Josefina tenía intención, si no cedían ante ella, de recortar las coloraturas. Yo no sé nada de coloraturas; nunca he notado nada semejante en su canto. Pero Josefina quiere recortar las coloraturas, por ahora no suprimirlas, sino solo recortarlas. Según se dice, ha cumplido su amenaza; por mi parte, no he notado diferencia alguna respecto de sus presentaciones anteriores. El pueblo en su conjunto la escuchó como siempre, sin pronunciarse sobre las coloraturas, y tampoco cambió el tratamiento de la exigencia de Josefina. Por lo demás, Josefina, así como en su figura, también en su pensamiento tiene a veces algo indudablemente gracioso. Así, por ejemplo, después de aquella presentación, como si su decisión respecto de las coloraturas hubiera sido demasiado dura o demasiado repentina para el pueblo, declaró que la próxima vez volvería a cantar las coloraturas completas. Pero después del concierto siguiente volvió a cambiar de opinión: ahora sí se habían acabado definitivamente las grandes coloraturas y no volverían antes de una decisión favorable para Josefina. Pues bien, el pueblo pasa por alto todas estas declaraciones, decisiones y cambios de opinión, como un adulto sumido en sus pensamientos pasa por alto la charla de un niño, con buena disposición, pero inalcanzable. Josefina, sin embargo, no cede. Hace poco afirmó, por ejemplo, que se había lastimado un pie durante el trabajo, lo que le hacía difícil permanecer de pie mientras cantaba; pero como solo puede cantar de pie, ahora incluso debe acortar los cantos. Aunque cojea y se deja sostener por su séquito, nadie cree en una lesión verdadera. Aun admitiendo la especial sensibilidad de su cuerpecito, nosotros somos un pueblo trabajador y Josefina pertenece a él; si quisiéramos cojear por cada rasguño, el pueblo entero no dejaría nunca de cojear. Pero aunque se deje llevar como una inválida, aunque en ese estado lamentable se muestre con más frecuencia que de costumbre, el pueblo escucha su canto con gratitud y embeleso, igual que antes, y no hace mucho caso por el acortamiento. Como no puede cojear sin descanso, inventa otra cosa: alega cansancio, mal humor, debilidad. Además del concierto, ahora tenemos también un espectáculo. Vemos detrás de Josefina a su séquito, que le ruega y le suplica que cante. Ella querría, pero no puede. La consuelan, la miman, casi la llevan en brazos al lugar ya elegido donde debe cantar. Finalmente, con lágrimas inexplicables, cede. Pero cuando quiere disponerse a cantar, con lo que parece ser su última voluntad, cuando está allí de pie, exhausta, no con los brazos extendidos como de costumbre sino colgando inertes a los costados, de modo que se tiene la impresión de que quizá son un poco demasiado cortos; cuando quiere empezar, he aquí que no puede. Un involuntario movimiento de cabeza nos lo indica, y ella se derrumba ante nuestros ojos. Luego, sin embargo, se repone y canta; a mí me parece que no muy distinto de lo habitual. Tal vez, si uno tiene oído para los matices más finos, advierta una excitación poco común, que por lo demás le sienta bien a la cosa. Al final está incluso menos cansada que antes; con paso firme —si se puede llamar así a su menudo trotecito— se aleja, rechaza toda ayuda de sus partidarios y mide con fría mirada a la multitud, que se aparta respetuosamente ante ella. Así ocurrió la última vez. Pero lo más reciente es que, cuando se esperaba que cantara, Josefina desapareció. No solo la busca su séquito; muchos salen también a buscarla. Todo es en vano. Josefina ha desaparecido; no quiere cantar, ni siquiera quiere que se lo pidan; esta vez nos ha abandonado por completo. Es extraño lo mal que calcula, la astuta; calcula tan mal que podría creerse que no calcula en absoluto, sino que es arrastrada por su destino, que en nuestro mundo solo puede ser triste. Ella misma se aparta del canto, ella misma destruye el poder que se había ganado sobre los ánimos. ¿Cómo pudo ganarse ese poder, si conoce tan poco esos ánimos? Se esconde y no canta, pero el pueblo, tranquilo, sin decepción visible, dueño de sí mismo, masa que reposa en sí misma y que, aunque las apariencias digan lo contrario, solo puede dar y nunca recibir, ni siquiera de Josefina; el pueblo sigue su camino. Pero a Josefina las cosas tendrán que irle cuesta abajo. Pronto llegará el momento en que su último silbido suene y se apague. Ella es un pequeño episodio en la eterna historia de nuestro pueblo, y el pueblo superará la pérdida. No nos será fácil; ¿cómo podrán celebrarse nuestras asambleas en completo silencio? Aunque, ¿no eran silenciosas también con Josefina? ¿Era su silbido real mucho más sonoro y vivo de lo que será el recuerdo? ¿Fue acaso, incluso mientras ella vivía, algo más que un simple recuerdo? ¿No habrá sido más bien que el pueblo, en su sabiduría, elevó tanto el canto de Josefina precisamente porque, de ese modo, era imposible perderlo? Quizá, entonces, no extrañemos demasiado; Josefina, en cambio, liberada del tormento terrenal que, según ella, está reservado a los elegidos, se perderá alegremente en la innumerable multitud de los héroes de nuestro pueblo, y pronto, puesto que no cultivamos la historia, será olvidada, como todos sus hermanos, en una redención más alta. FIN Autor: Franz Kafka Título: Josefina la cantora o el pueblo de los ratones Título Original: Josefine, die Sängerin oder Das Volk der Mäuse Publicado en: Prager Presse, 20 de abril de 1924
- "El otro", cuento de Jorge Luis Borges.
El hecho ocurrió en el mes de febrero de 1969, al norte de Boston, en Cambridge. No lo escribí inmediatamente porque mi primer propósito fue olvidarlo, para no perder la razón. Ahora, en 1972, pienso que si lo escribo, los otros lo leerán como un cuento y, con los años, lo será tal vez para mí. Sé que fue casi atroz mientras duró y más aún durante las desveladas noches que lo siguieron. Ello no significa que su relato pueda conmover a un tercero. Serían las diez de la mañana. Yo estaba recostado en un banco, frente al río Charles. A unos quinientos metros a mi derecha había un alto edificio, cuyo nombre no supe nunca. El agua gris acarreaba largos trozos de hielo. Inevitablemente, el río hizo que yo pensara en el tiempo. La milenaria imagen de Heráclito. Yo había dormido bien, mi clase de la tarde anterior había logrado, creo, interesar a los alumnos. No había un alma a la vista. Sentí de golpe la impresión (que según los psicólogos corresponde a los estados de fatiga) de haber vivido ya aquel momento. En la otra punta de mi banco alguien se había sentado. Yo hubiera preferido estar solo, pero no quise levantarme en seguida, para no mostrarme incivil. El otro se había puesto a silbar. Fue entonces cuando ocurrió la primera de las muchas zozobras de esa mañana. Lo que silbaba, lo que trataba de silbar (nunca he sido muy entonado), era el estilo criollo de «La tapera» de Elías Regules. El estilo me retrajo a un patio, que ha desaparecido, y a la memoria de Álvaro Melián Lafinur, que hace tantos años ha muerto. Luego vinieron las palabras. Eran las de la décima del principio. La voz no era la de Álvaro, pero quería parecerse a la de Álvaro. La reconocí con horror. Me le acerqué y le dije: —Señor, ¿usted es oriental o argentino? —Argentino, pero desde el 14 vivo en Ginebra —fue la contestación. Hubo un silencio largo. Le pregunté: —¿En el número 17 de Malagnou, frente a la iglesia rusa? Me contestó que sí. —En tal caso —le dije resueltamente— usted se llama Jorge Luis Borges. Yo también soy Jorge Luis Borges. Estamos en 1969, en la ciudad de Cambridge. —No —me respondió con mi propia voz un poco lejana. Al cabo de un tiempo insistió: —Yo estoy aquí en Ginebra, en un banco, a unos pasos del Ródano. Lo raro es que nos parecemos, pero usted es mucho mayor, con la cabeza gris. Yo le contesté: —Puedo probarte que no miento. Voy a decirte cosas que no puede saber un desconocido. En casa hay un mate de plata con un pie de serpientes, que trajo del Perú nuestro bisabuelo. También hay una palangana de plata, que pendía del arzón. En el armario de tu cuarto hay dos filas de libros. Los tres volúmenes de Las mil y una noches de Lane, con grabados en acero y notas en cuerpo menor entre capítulo y capítulo, el diccionario latino de Quicherat, la Germania de Tácito en latín y en la versión de Gordon, un Don Quijote de la casa Garnier, las Tablas de sangre de Rivera Indarte, con la dedicatoria del autor, el Sartor Resartus de Carlyle, una biografía de Amiel y, escondido detrás de los demás, un libro en rústica sobre las costumbres sexuales de los pueblos balcánicos. No he olvidado tampoco un atardecer en un primer piso de la plaza Dubourg. —Dufour —corrigió. —Está bien, Dufour. ¿Te basta con todo eso? —No —respondió—. Esas pruebas no prueban nada. Si yo lo estoy soñando, es natural que sepa lo que yo sé. Su catálogo prolijo es del todo vano. La objeción era justa. Le contesté: —Si esta mañana y este encuentro son sueños, cada uno de los dos tiene que pensar que el soñador es él. Tal vez dejemos de soñar, tal vez no. Nuestra evidente obligación, mientras tanto, es aceptar el sueño, como hemos aceptado el universo y haber sido engendrados y mirar con los ojos y respirar. —¿Y si el sueño durara? —dijo con ansiedad. Para tranquilizarlo y tranquilizarme, fingí un aplomo que ciertamente no sentía. Le dije: —Mi sueño ha durado ya setenta años. Al fin y al cabo, al recordarse, no hay persona que no se encuentre consigo misma. Es lo que nos está pasando ahora, salvo que somos dos. ¿No querés saber algo de mi pasado, que es el porvenir que te espera? Asintió sin una palabra. Yo proseguí un poco perdido: —Madre está sana y buena en su casa de Charcas y Maipú, en Buenos Aires, pero padre murió hace unos treinta años. Murió del corazón. Lo acabó una hemiplejia; la mano izquierda puesta sobre la mano derecha era como la mano de un niño sobre la mano de un gigante. Murió con impaciencia de morir, pero sin una queja. Nuestra abuela había muerto en la misma casa. Unos días antes del fin, nos llamó a todos y nos dijo: «Soy una mujer muy vieja, que está muriéndose muy despacio. Que nadie se alborote por una cosa tan común y corriente». Norah, tu hermana, se casó y tiene dos hijos. A propósito, en casa, ¿cómo están? —Bien. Padre siempre con sus bromas contra la fe. Anoche dijo que Jesús era como los gauchos, que no quieren comprometerse, y que por eso predicaba en parábolas. Vaciló y me dijo: —¿Y usted? —No sé la cifra de los libros que escribirás, pero sé que son demasiados. Escribirás poesías que te darán un agrado no compartido y cuentos de índole fantástica. Darás clases como tu padre y como tantos otros de nuestra sangre. Me agradó que nada me preguntara sobre el fracaso o éxito de los libros. Cambié de tono y proseguí: —En lo que se refiere a la historia… Hubo otra guerra, casi entre los mismos antagonistas. Francia no tardó en capitular; Inglaterra y América libraron contra un dictador alemán, que se llamaba Hitler, la cíclica batalla de Waterloo. Buenos Aires, hacia 1946, engendró otro Rosas, bastante parecido a nuestro pariente. El 55, la provincia de Córdoba nos salvó, como antes Entre Ríos. Ahora, las cosas andan mal. Rusia está apoderándose del planeta; América, trabada por la superstición de la democracia, no se resuelve a ser un imperio. Cada día que pasa nuestro país es más provinciano. Más provinciano y más engreído, como si cerrara los ojos. No me sorprendería que la enseñanza del latín fuera reemplazada por la del guaraní. Noté que apenas me prestaba atención. El miedo elemental de lo imposible y sin embargo cierto lo amilanaba. Yo, que no he sido padre, sentí por ese pobre muchacho, más íntimo que un hijo de mi carne, una oleada de amor. Vi que apretaba entre las manos un libro. Le pregunté qué era. —Los poseídos o, según creo, Los demonios de Fyodor Dostoievski —me replicó no sin vanidad. —Se me ha desdibujado. ¿Qué tal es? No bien lo dije, sentí que la pregunta era una blasfemia. —El maestro ruso —dictaminó— ha penetrado más que nadie en los laberintos del alma eslava. Esa tentativa retórica me pareció una prueba de que se había serenado. Le pregunté qué otros volúmenes del maestro había recorrido. Enumeró dos o tres, entre ellos El doble. Le pregunté si al leerlos distinguía bien los personajes, como en el caso de Joseph Conrad, y si pensaba proseguir el examen de la obra completa. —La verdad es que no —me respondió con cierta sorpresa. Le pregunté qué estaba escribiendo y me dijo que preparaba un libro de versos que se titularía Los himnos rojos. También había pensado en Los ritmos rojos. —¿Por qué no? —le dije—. Podés alegar buenos antecedentes. El verso azul de Rubén Darío y la canción gris de Verlaine. Sin hacerme caso, me aclaró que su libro cantaría la fraternidad de todos los hombres. El poeta de nuestro tiempo no puede dar la espalda a su época. Me quedé pensando y le pregunté si verdaderamente se sentía hermano de todos. Por ejemplo, de todos los empresarios de pompas fúnebres, de todos los carteros, de todos los buzos, de todos los que viven en la acera de los números pares, de todos los afónicos, etcétera. Me dijo que su libro se refería a la gran masa de los oprimidos y parias. —Tu masa de oprimidos y de parias —le contesté— no es más que una abstracción. Sólo los individuos existen, si es que existe alguien. «El hombre de ayer no es el hombre de hoy» sentenció algún griego. Nosotros dos, en este banco de Ginebra o de Cambridge, somos tal vez la prueba. Salvo en las severas páginas de la historia, los hechos memorables prescinden de frases memorables. Un hombre a punto de morir quiere acordarse de un grabado entrevisto en la infancia; los soldados que están por entrar en la batalla hablan del barro o del sargento. Nuestra situación era única y, francamente, no estábamos preparados. Hablamos, fatalmente, de letras; temo no haber dicho otras cosas que las que suelo decir a los periodistas. Mi alter ego creía en la invención o descubrimiento de metáforas nuevas; yo en las que corresponden a afinidades íntimas y notorias y que nuestra imaginación ya ha aceptado. La vejez de los hombres y el ocaso, los sueños y la vida, el correr del tiempo y del agua. Le expuse esta opinión, que expondría en un libro años después. Casi no me escuchaba. De pronto dijo: —Si usted ha sido yo, ¿cómo explicar que haya olvidado su encuentro con un señor de edad que en 1918 le dijo que él también era Borges? No había pensado en esa dificultad. Le respondí sin convicción: —Tal vez el hecho fue tan extraño que traté de olvidarlo. Aventuró una tímida pregunta: —¿Cómo anda su memoria? Comprendí que para un muchacho que no había cumplido veinte años, un hombre de más de setenta era casi un muerto. Le contesté: —Suele parecerse al olvido, pero todavía encuentra lo que le encargan. Estudio anglosajón y no soy el último de la clase. Nuestra conversación ya había durado demasiado para ser la de un sueño. Una brusca idea se me ocurrió. —Yo te puedo probar inmediatamente —le dije— que no estás soñando conmigo. Oí bien este verso, que no has leído nunca, que yo recuerde. Lentamente entoné la famosa línea: L’hydre-univers tordant son corps écaillé d’astres. Sentí su casi temeroso estupor. Lo repitió en voz baja, saboreando cada resplandeciente palabra. —Es verdad —balbuceó—. Yo no podré nunca escribir una línea como ésa. Hugo nos había unido. Antes, él había repetido con fervor, ahora lo recuerdo, aquella breve pieza en que Walt Whitman rememora una compartida noche ante el mar, en que fue realmente feliz. —Si Whitman la ha cantado —observé— es porque la deseaba y no sucedió. El poema gana si adivinamos que es la manifestación de un anhelo, no la historia de un hecho. Se quedó mirándome. —Usted no lo conoce —exclamó—. Whitman es incapaz de mentir. Medio siglo no pasa en vano. Bajo nuestra conversación de personas de miscelánea lectura y gustos diversos, comprendí que no podíamos entendernos. Éramos demasiado distintos y demasiado parecidos. No podíamos engañarnos, lo cual hace difícil el diálogo. Cada uno de los dos era el remedo caricaturesco del otro. La situación era harto anormal para durar mucho más tiempo. Aconsejar o discutir era inútil, porque su inevitable destino era ser el que soy. De pronto recordé una fantasía de Coleridge. Alguien sueña que cruza el paraíso y le dan como prueba una flor. Al despertarse, ahí está la flor. Se me ocurrió un artificio análogo. —Oí —le dije—, ¿tenés algún dinero? —Sí —me replicó—. Tengo unos veinte francos. Esta noche lo convidé a Simón Jichlinski en el Crocodile. —Dile a Simón que ejercerá la medicina en Carouge, y que hará mucho bien… ahora, me das una de tus monedas. Sacó tres escudos de plata y unas piezas menores. Sin comprender me ofreció uno de los primeros. Yo le tendí uno de esos imprudentes billetes americanos que tienen muy diverso valor y el mismo tamaño. Lo examinó con avidez. —No puede ser —gritó—. Lleva la fecha de 1974. (Meses después alguien me dijo que los billetes de Banco no llevan fecha). —Todo esto es un milagro —alcanzó a decir— y lo milagroso da miedo. Quienes fueron testigos de la resurrección de Lázaro habrán quedado horrorizados. No hemos cambiado nada, pensé. Siempre las referencias librescas. Hizo pedazos el billete y guardó la moneda. Yo resolví tirarla al río. El arco del escudo de plata perdiéndose en el río de plata hubiera conferido a mi historia una imagen vívida, pero la suerte no lo quiso. Respondí que lo sobrenatural, si ocurre dos veces, deja de ser aterrador. Le propuse que nos viéramos al día siguiente, en ese mismo banco que está en dos tiempos y en dos sitios. Asintió en el acto y me dijo, sin mirar el reloj, que se le había hecho tarde. Los dos mentíamos y cada cual sabía que su interlocutor estaba mintiendo. Le dije que iban a venir a buscarme. —¿A buscarlo? —me interrogó. —Sí. Cuando alcances mi edad habrás perdido casi por completo la vista. Verás el color amarillo y sombras y luces. No te preocupes. La ceguera gradual no es una cosa trágica. Es como un lento atardecer de verano. Nos despedimos sin habernos tocado. Al día siguiente no fui. El otro tampoco habrá ido. He cavilado mucho sobre este encuentro, que no he contado a nadie. Creo haber descubierto la clave. El encuentro fue real, pero el otro conversó conmigo en un sueño y fue así que pudo olvidarme; yo conversé con él en la vigilia y todavía me atormenta el recuerdo. El otro me soñó, pero no me soñó rigurosamente. Soñó, ahora lo entiendo, la imposible fecha en el dólar. FIN Autor: Jorge Luis Borges Título: El otro Publicado en: El libro de arena (1975)
- "Mi hermana Antonia", cuento de Ramón del Valle-Inclán.
II Una tarde, mi hermana Antonia me tomó de la mano para llevarme a la catedral. Antonia tenía muchos años más que yo: Era alta y pálida, con los ojos negros y la sonrisa un poco triste. Murió siendo yo niño. ¡Pero cómo recuerdo su voz y su sonrisa y el hielo de su mano cuando me llevaba por las tardes a la catedral!… Sobre todo, recuerdo sus ojos y la llama luminosa y trágica con que miraban a un estudiante que paseaba en el atrio, embozado en una capa azul. Aquel estudiante a mí me daba miedo: Era alto y cenceño, con cara de muerto y ojos de tigre, unos ojos terribles bajo el entrecejo fino y duro. Para que fuese mayor su semejanza con los muertos, al andar le crujían los huesos de la rodilla. Mi madre le odiaba, y por no verle, tenía cerradas las ventanas de nuestra casa, que daban al Atrio de las Platerías. Aquella tarde recuerdo que paseaba, como todas las tardes, embozado en su capa azul. Nos alcanzó en la puerta de la catedral, y sacando por debajo del embozo su mano de esqueleto, tomó agua bendita y se la ofreció a mi hermana, que temblaba. Antonia le dirigió una mirada de súplica, y él murmuró con una sonrisa: —¡Estoy desesperado! III Entramos en una capilla, donde algunas viejas rezaban las Cruces. Es una capilla grande y oscura, con su tarima llena de ruidos bajo la bóveda románica. Cuando yo era niño, aquella capilla tenía para mí una sensación de paz campesina. Me daba un goce de sombra como la copa de un viejo castaño, como las parras delante de algunas puertas, como una cueva de ermitaño en el monte. Por las tardes siempre había corro de viejas rezando las Cruces. Las voces, fundidas en un murmullo de fervor, abríanse bajo las bóvedas y parecían iluminar las rosas de la vidriera como el sol poniente. Sentíase un vuelo de oraciones glorioso y gangoso, y un sordo arrastrarse sobre la tarima, y una campanilla de plata agitada por el niño acólito, mientras levanta su vela encendida, sobre el hombro del capellán, que deletrea en su breviario la Pasión. ¡Oh, Capilla de la Corticela, cuándo esta alma mía, tan vieja y tan cansada, volverá a sumergirse en tu sombra balsámica! IV Lloviznaba, anochecido, cuando atravesábamos el atrio de la catedral para volver a casa. En el zaguán, como era grande y oscuro, mi hermana debió de tener miedo, porque corría al subir las escaleras, sin soltarme la mano. Al entrar vimos a nuestra madre que cruzaba la antesala y se desvanecía por una puerta. Yo, sin saber por qué, lleno de curiosidad y de temor, levanté los ojos mirando a mi hermana, y ella, sin decir nada, se inclinó y me besó. En medio de una gran ignorancia de la vida, adiviné el secreto de mi hermana Antonia. Lo sentí pesar sobre mí como pecado mortal, al cruzar aquella antesala donde ahumaba un quinqué de petróleo que tenía el tubo roto. La llama hacía dos cuernos, y me recordaba al Diablo. Por la noche, acostado y a oscuras, esta semejanza se agrandó dentro de mí sin dejarme dormir, y volvió a turbarme otras muchas noches. V Siguieron algunas tardes de lluvia. El estudiante paseaba en el atrio de la catedral durante los escampos, pero mi hermana no salía para rezar las Cruces. Yo, algunas veces, mientras estudiaba mi lección en la sala llena con el aroma de las rosas marchitas, entornaba una ventana para verle: Paseaba solo, con una sonrisa crispada, y al anochecer su aspecto de muerto era tal, que daba miedo. Yo me retiraba temblando de la ventana, pero seguía viéndole, sin poder aprenderme la lección. En la sala grande, cerrada y sonora, sentía su andar con crujir de canillas y choquezuelas… Maullaba el gato tras de la puerta, y me parecía que conformaba su maullido sobre el nombre del estudiante: ¡Máximo Bretal! VI Bretal es un caserío en la montaña, cerca de Santiago. Los viejos llevan allí montera picuda y sayo de estameña, las viejas hilan en los establos por ser más abrigados que las casas, y el sacristán pone escuela en el atrio de la iglesia: Bajo su palmeta, los niños aprenden la letra procesal de alcaldes y escribanos, salmodiando las escrituras forales de una casa de mayorazgos ya deshecha. Máximo Bretal era de aquella casa. Vino a Santiago para estudiar Teología, y los primeros tiempos, una vieja que vendía miel, traíale de su aldea el pan de borona para la semana, y el tocino. Vivía con otros estudiantes de clérigo en una posada donde sólo pagaban la cama. Son estos los seminaristas pobres a quienes llaman códeos. Máximo Bretal ya tenía Órdenes Menores cuando entró en nuestra casa para ser mi pasante de Gramática Latina. A mi madre se lo había recomendado como una obra de caridad el Cura de Bretal. Vino una vieja con cofia a darle las gracias, y trajo de regalo un azafate de manzanas reinetas. En una de aquellas manzanas dijeron después que debía de estar el hechizo que hechizó a mi hermana Antonia. VII Nuestra madre era muy piadosa y no creía en agüeros ni brujerías, pero alguna vez lo aparentaba por disculpar la pasión que consumía a su hija. Antonia, por entonces, ya comenzaba a tener un aire del otro mundo, como el estudiante de Bretal. La recuerdo bordando en el fondo de la sala, desvanecida como si la viese en el fondo de un espejo, toda desvanecida, con sus movimientos lentos que parecían responder al ritmo de otra vida, y la voz apagada, y la sonrisa lejana de nosotros: Toda blanca y triste, flotante en un misterio crepuscular, y tan pálida, que parecía tener cerco como la luna… ¡Y mi madre, que levanta la cortina de una puerta, y la mira, y otra vez se aleja sin ruido! VIII Volvían las tardes de sol con sus tenues oros, y mi hermana, igual que antes, me llevaba a rezar con las viejas en la Capilla de la Corticela. Yo temblaba de que otra vez se apareciese el estudiante y alargase a nuestro paso su mano de fantasma, goteando agua bendita. Con el susto miraba a mi hermana, y veía temblar su boca. Máximo Bretal, que estaba todas las tardes en el atrio, al acercarnos nosotros desaparecía, y luego, al cruzar las naves de la catedral, le veíamos surgir en la sombra de los arcos. Entrábamos en la capilla, y él se arrodillaba en las gradas de la puerta besando las losas donde acababa de pisar mi hermana Antonia. Quedaba allí arrodillado como el bulto de un sepulcro, con la capa sobre los hombros y las manos juntas. Una tarde, cuando salíamos, vi su brazo de sombra alargarse por delante de mí, y enclavijar entre los dedos un pico de la falda de Antonia: —¡Estoy desesperado!… Tienes que oírme, tienes que saber cuánto sufro… ¿Ya no quieres mirarme?… Antonia murmuró, blanca como una flor: —¡Déjeme usted, don Máximo! —No te dejo. Tú eres mía, tu alma es mía… El cuerpo no lo quiero, ya vendrá por él la muerte. Mírame, que tus ojos se confiesen con los míos. ¡Mírame! Y la mano de cera tiraba tanto de la falda de mi hermana, que la desgarró. Pero los ojos inocentes se confesaron con aquellos ojos claros y terribles. Yo, recordándolo, lloré aquella noche en la oscuridad, como si mi hermana se hubiera escapado de nuestra casa. IX Yo seguía estudiando mi lección de latín en aquella sala, llena con el aroma de las rosas marchitas. Algunas tardes, mi madre entraba como una sombra y se desvanecía en el estrado. Yo la sentía suspirar hundida en un rincón del gran sofá de damasco carmesí, y percibía el rumor de su rosario. Mi madre era muy bella, blanca y rubia, siempre vestida de seda, con guante negro en una mano, por la falta de dos dedos, y la otra, que era como una camelia, toda cubierta de sortijas. Esta fue siempre la que besamos nosotros y la mano con que ella nos acariciaba. La otra, la del guante negro, solía disimularla entre el pañolito de encaje, y sólo al santiguarse la mostraba entera, tan triste y tan sombría sobre la albura de su frente, sobre la rosa de su boca, sobre su seno de Madona Litta. Mi madre rezaba sumida en el sofá del estrado, y yo, para aprovechar la raya de luz que entraba por los balcones entornados, estudiaba mi latín en el otro extremo, abierta la Gramática sobre uno de esos antiguos veladores con tablero de damas. Apenas se veía en aquella sala de respeto, grande, cerrada y sonora. Alguna vez, mi madre, saliendo de sus rezos, me decía que abriese más el balcón. Yo obedecía en silencio, y aprovechaba el permiso para mirar al atrio, donde seguía paseando el estudiante, entre la bruma del crepúsculo. De pronto, aquella tarde, estando mirándolo, desapareció. Volví a salmodiar mi latín, y llamaron en la puerta de la sala. Era un fraile franciscano, hacía poco llegado de Tierra Santa. X El Padre Bernardo en otro tiempo había sido confesor de mi madre, y al volver de su peregrinación no olvidó traerle un rosario hecho con huesos de olivas del Monte Oliveto. Era viejo, pequeño, con la cabeza grande y calva, recordaba los santos románicos del Pórtico de la Catedral. Aquella tarde era la segunda vez que visitaba nuestra casa, desde que estaba devuelto a su convento de Santiago. Yo, al verle entrar, dejé mi Gramática y corrí a besarle la mano. Quedé arrodillado mirándole y esperando su bendición, y me pareció que hacía los cuernos. ¡Ay, cerré los ojos, espantado de aquella burla del Demonio! Con un escalofrío comprendí que era asechanza suya, y como aquellas que traían las historias de santos que yo comenzaba a leer en voz alta delante de mi madre y de Antonia. Era una asechanza para hacerme pecar, parecida a otra que se cuenta en la vida de San Antonio de Padua. El Padre Bernardo, que mi abuela diría un santo sobre la tierra, se distrajo saludando a la oveja de otro tiempo, y olvidó formular su bendición sobre mi cabeza trasquilada y triste, con las orejas muy separadas, como para volar. Cabeza de niño sobre quien pesan las lúgubres cadenas de la infancia: El latín de día, y el miedo a los muertos, de noche. El fraile habló en voz baja con mi madre, y mi madre levantó su mano del guante: —¡Sal de aquí, niño! XI Basilisa la Galinda, una vieja que había sido nodriza de mi madre, se agachaba tras de la puerta. La vi y me retuvo del vestido, poniéndome en la boca su palma arrugada: —No grites, picarito. Yo la miré fijamente porque le hallaba un extraño parecido con las gárgolas de la catedral. Ella, después de un momento, me empujó con blandura: —¡Vete, neno! Sacudí los hombros para desprenderme de su mano, que tenía las arrugas negras como tiznes, y quedé a su lado. Oíase la voz del franciscano: —Se trata de salvar un alma… Basilisa volvió a empujarme: —Vete, que tú no puedes oír… Y toda encorvada metía los ojos por la rendija de la puerta. Me agaché cerca de ella. Ya sólo me dijo estas palabras: —¡No recuerdes más lo que oigas, picarito! Yo me puse a reír. Era verdad que parecía una gárgola. No podía saber si perro, si gato, si lobo. Pero tenía un extraño parecido con aquellas figuras de piedra, asomadas o tendidas sobre el atrio, en la cornisa de la catedral. XII Se oía conversar en la sala. Un tiempo largo la voz del franciscano: —Esta mañana fue a nuestro convento un joven tentado por el Diablo. Me contó que había tenido la desgracia de enamorarse, y que desesperado, quiso tener la ciencia infernal… Siendo la media noche había impetrado el poder del Demonio. El ángel malo se le apareció en un vasto arenal de ceniza, lleno con gran rumor de viento, que lo causaban sus alas de murciélago, al agitarse bajo las estrellas. Se oyó un suspiro de mi madre: —¡Ay Dios! Proseguía el fraile: —Satanás le dijo que le firmase un pacto y que le haría feliz en sus amores. Dudó el joven, porque tiene el agua del bautismo que hace a los cristianos, y le alejó con la cruz. Esta mañana, amaneciendo, llegó a nuestro convento, y en el secreto del confesonario me hizo su confesión. Le dije que renunciase a sus prácticas diabólicas, y se negó. Mis consejos no bastaron a persuadirle. ¡Es un alma que se condenará!… Otra vez gimió mi madre: —¡Prefería muerta a mi hija! Y la voz del fraile, en un misterio de terror, proseguía: —Muerta ella, acaso él triunfase del Infierno. Viva, quizá se pierdan los dos… No basta el poder de una pobre mujer como tú para luchar contra la ciencia infernal… Sollozó mi madre: —¡Y la gracia de Dios! Hubo un largo silencio. El fraile debía de estar en oración meditando su respuesta: Basilisa la Galinda me tenía apretado contra su pecho. Se oyeron las sandalias del fraile, y la vieja me aflojó un poco los brazos para incorporarse y huir. Pero quedó inmóvil, retenida por aquella voz que luego sonó: —La Gracia no está siempre con nosotros, hija mía. Mana como una fuente y se seca como ella. Hay almas que sólo piensan en su salvación, y nunca sintieron amor por las otras criaturas: Son las fuentes secas. ¡Dime: Qué cuidado sintió tu corazón al anuncio de estar en riesgo de perderse un cristiano? ¿Qué haces tú por evitar ese negro concierto con los poderes infernales? ¡Negarle tu hija para que la tenga de manos de Satanás! Gritó mi madre: —¡Más puede el Divino Jesús! Y el fraile replicó con una voz de venganza: —El amor debe ser por igual para todas las criaturas. Amar al padre, al hijo o al marido, es amar figuras de lodo. Sin saberlo, con tu mano negra también azotas la cruz como el estudiante de Bretal. Debía tener los brazos extendidos hacia mi madre. Después se oyó un rumor como si se alejase. Basilisa escapó conmigo, y vimos pasar a nuestro lado un gato negro. Al Padre Bernardo nadie le vio salir. Basilisa fue aquella tarde al convento, y vino contando que estaba en una misión, a muchas leguas. XIII ¡Cómo la lluvia azotaba los cristales y cómo era triste la luz de la tarde en todas las estancias!… Antonia borda cerca del balcón, y nuestra madre, recostada en el canapé, la mira fijamente, con esa mirada fascinante de las imágenes que tienen los ojos de cristal. Era un gran silencio en torno de nuestras almas, y sólo se oía el péndulo del reloj. Antonia quedó una vez soñando con la aguja en alto. Allá en el estrado suspiró nuestra madre, y mi hermana agitó los párpados como si despertase. Tocaban entonces todas las campanas de muchas iglesias. Basilisa entró con luces, miró detrás de las puertas y puso los tranqueros en las ventanas. Antonia volvió a soñar inclinada sobre el bordado. Mi madre me llamó con la mano, y me retuvo. Basilisa trajo su rueca, y sentóse en el suelo, cerca del canapé. Yo sentía que los dientes de mi madre hacían el ruido de una castañeta. Basilisa se puso de rodillas mirándola, y mi madre gimió: —Echa el gato que araña bajo el canapé. Basilisa se inclinó: —¿Dónde está el gato? Yo no lo veo. —¿Y tampoco lo sientes? Replicó la vieja, golpeando con la rueca: —¡Tampoco lo siento! Gritó mi madre: —¡Antonia! ¡Antonia! —¡Ay, diga, señora! —¿En qué piensas? —¡En nada, señora! —¿Tú oyes cómo araña el gato? Antonia escuchó un momento: —¡Ya no araña! Mi madre se estremeció toda: —Araña delante de mis pies, pero tampoco lo veo. Crispaba los dedos sobre mis hombros. Basilisa quiso acercar una luz, y se le apagó en la mano bajo una ráfaga que hizo batir todas las puertas. Entonces, mientras nuestra madre gritaba, sujetando a mi hermana por los cabellos, la vieja, provista de una rama de olivo, se puso a rociar agua bendita por los rincones. XIV Mi madre se retiró a su alcoba, sonó la campanilla y acudió corriendo Basilisa. Después, Antonia abrió el balcón y miró a la plaza con ojos de sonámbula. Se retiró andando hacia tras atrás, y luego escapó. Yo quedé solo, con la frente pegada a los cristales del balcón, donde moría la luz de la tarde. Me pareció oír gritos en el interior de la casa, y no osé moverme, con la vaga impresión de que eran aquellos gritos algo que yo debía ignorar por ser niño. Y no me movía del hueco del balcón, devanando un razonar medroso y pueril, todo confuso con aquel nebuloso recordar de reprensiones bruscas y de encierros en una sala oscura. Era como envoltura de mi alma, esa memoria dolorosa de los niños precoces, que con los ojos agrandados oyen las conversaciones de las viejas y dejan los juegos por oírlas. Poco a poco cesaron los gritos, y cuando la casa quedó en silencio escapé de la sala. Saliendo por una puerta encontré a la Galinda: —¡No barulles, picarito! Me detuve sobre la punta de los pies ante la alcoba de mi madre. Tenía la puerta entornada, y llegaba de dentro un murmullo apenado y un gran olor de vinagre. Entré por el entorno de la puerta, sin moverla y sin ruido. Mi madre estaba acostada, con muchos pañuelos a la cabeza. Sobre la blancura de la sábana destacaba el perfil de su mano en el guante negro. Tenía los ojos abiertos, y al entrar yo los giró hacia la puerta, sin remover la cabeza: —¡Hijo mío, espántame ese gato que tengo a los pies! Me acerqué, y saltó al suelo un gato negro, que salió corriendo. Basilisa la Galinda, que estaba en la puerta, también lo vio, y dijo que yo había podido espantarlo porque era un inocente. XV Y recuerdo a mi madre un día muy largo, en la luz triste de una habitación sin sol, que tiene las ventanas entornadas. Está inmóvil en su sillón, con las manos en cruz, con muchos pañuelos a la cabeza y la cara blanca. No habla, y vuelve los ojos cuando otros hablan, y mira fija, imponiendo silencio. Es aquel un día sin horas, todo en penumbra de media tarde. Y este día se acaba de repente, porque entran con luces en la alcoba. Mi madre está dando gritos: —¡Ese gato!… ¡Ese gato!… ¡Arrancármelo, que se me cuelga a la espalda! Basilisa la Galinda vino a mí, y con mucho misterio me empujó hacia mi madre. Se agachó y me habló al oído, con la barbeta temblona, rozándome la cara con sus lunares de pelo. —¡Cruza las manos! Yo crucé las manos, y Basilisa me las impuso sobre la espalda de mi madre. Me acosó después en voz baja: —¿Qué sientes, neno? Respondí asustado, en el mismo tono que la vieja: —¡Nada!… No siento nada, Basilisa. —¿No sientes como lumbre? —No siento nada, Basilisa. —¿Ni los pelos del gato? —¡Nada! Y rompí a llorar, asustado por los gritos de mi madre. Basilisa me tomó en brazos y me sacó al corredor: —¡Ay, picarito, tú has cometido algún pecado, por eso no pudiste espantar al enemigo malo! Se volvió a la alcoba. Quedé en el corredor, lleno de miedo y de angustia, pensando en mis pecados de niño. Seguían los gritos en la alcoba, e iban con luces por toda la casa. XVI Después de aquel día tan largo, es una noche también muy larga, con luces encendidas delante de las imágenes y conversaciones en voz baja, sostenidas en el hueco de las puertas que rechinan al abrirse. Yo me senté en el corredor, cerca de una mesa donde había un candelero con dos velas, y me puse a pensar en la historia del Gigante Goliat. Antonia, que pasó con el pañuelo sobre los ojos, me dijo con una voz de sombra: —¿Qué haces ahí? —Nada. —¿Por qué no estudias? La miré asombrado de que me preguntase por qué no estudiaba, estando enferma nuestra madre. Antonia se alejó por el corredor, y volví a pensar en la historia de aquel gigante pagano que pudo morir de un tiro de piedra. Por aquel tiempo, nada admiraba tanto como la destreza con que manejó la honda el niño David: Hacía propósito de ejercitarme en ella cuando saliese de paseo por la orilla del río. Tenía como un vago y novelesco presentimiento de poner mis tiros en la frente pálida del estudiante de Bretal. Y volvió a pasar Antonia con un braserillo donde se quemaba espliego: —¿Por qué no te acuestas, niño? Y otra vez se fue corriendo por el corredor. No me acosté, pero me dormí con la cabeza apoyada en la mesa. XVII No sé si fue una noche, si fueron muchas, porque la casa estaba siempre oscura y las luces encendidas ante las imágenes. Recuerdo que entre sueños oía los gritos de mi madre, las conversaciones misteriosas de los criados, el rechinar de las puertas y una campanilla que pasaba por la calle. Basilisa la Galinda venía por el candelero, se lo llevaba un momento y lo traía con dos velas nuevas, que apenas alumbraban. Una de estas veces, al levantar la sien de encima de la mesa, vi a un hombre en mangas de camisa que estaba cosiendo, sentado al otro lado: Era muy pequeño, con la frente calva y un chaleco encarnado. Me saludó sonriendo: —¿Se dormía, estudioso puer? Basilisa espabiló las velas: —¿No te recuerdas de mi hermano, picarito? Entre las nieblas del sueño, recordé al señor Juan de Alberte. Le había visto algunas tardes que me llevó la vieja a las torres de la Catedral. El hermano de Basilisa cosía bajo una bóveda, remendando sotanas. Suspiró la Galinda: —Está aquí para avisar los óleos en la Corticela. Yo empecé a llorar, y los dos viejos me dijeron que no hiciese ruido. Se oía la voz de mi madre: —¡Espantarme ese gato! ¡Espantar ese gato! Basilisa la Galinda entra en aquella alcoba, que estaba al pie de la escalera del fayado, y sale con una cruz de madera negra. Murmura unas palabras oscuras, y me santigua por el pecho, por la espalda y por los costados. Después, me entrega la cruz, y ella toma las tijeras de su hermano, esas tijeras de sastre, grandes y mohosas, que tienen un son de hierro al abrirse: —Habemos de libertarla, como pide… Me condujo por la mano a la alcoba de mi madre, que seguía gritando: —¡Espantarme ese gato! ¡Espantarme ese gato! Sobre el umbral me aconsejó en voz baja: —Llega muy paso y pon la cruz sobre la almohada… Yo quedo aquí, en la puerta. Entré en la alcoba. Mi madre estaba incorporada, con el pelo revuelto, las manos tendidas y los dedos abiertos como garfios. Una mano era negra y otra blanca. Antonia la miraba, pálida y suplicante. Yo pasé rodeando, y vi de frente los ojos de mi hermana, negros, profundos y sin lágrimas. Me subí a la cama sin ruido, y puse la cruz sobre las almohadas. Allá en la puerta, toda encogida sobre el umbral, estaba Basilisa la Galinda. Sólo la vi un momento, mientras trepé a la cama, porque apenas puse la cruz en las almohadas, mi madre empezó a retorcerse, y un gato negro escapó de entre las ropas hacia la puerta. Cerré los ojos, y con ellos cerrados, oí sonar las tijeras de Basilisa: Después la vieja llegóse a la cama donde mi madre se retorcía, y me sacó en brazos de la alcoba: En el corredor cerca de la mesa que tenía detrás la sombra enana del sastre, a la luz de las velas, enseñaba dos recortes negros que le manchaban las manos de sangre, y decía que eran las orejas del gato. Y el viejo se ponía la capa, para avisar los santos óleos. XVIII Llenóse la casa de olor de cera y murmullo de gente que reza en confuso son… Entró un clérigo revestido, andando de prisa, con una mano de perfil sobre la boca. Se metía por las puertas guiado por Juan de Alberte: El sastre, con la cabeza vuelta, corretea tieso y enano, arrastra la capa y mece en dos dedos, muy gentil, la gorra por la visera, como hacen los menestrales en las procesiones. Detrás seguía un grupo oscuro y lento, rezando en voz baja. Iba por el centro de las estancias, de una puerta a otra puerta, sin extenderse. En el corredor se arrodillaron algunos bultos, y comenzaron a desgranarse las cabezas. Se hizo una fila que llegó hasta las puertas abiertas de la alcoba de mi madre. Dentro, con mantillas y una vela en la mano, estaban arrodilladas Antonia y la Galinda. Me fueron empujando hacia delante algunas manos que salían de los manteos oscuros, y volvían prestamente a juntarse sobre las cruces de los rosarios: Eran las manos sarmentosas de las viejas que rezaban en el corredor, alineadas a lo largo de la pared, con el perfil de la sombra pegado al cuerpo. En la alcoba de mi madre, una señora llorosa que tenía un pañuelo perfumado, y me pareció toda morada como una dalia con el hábito nazareno, me tomó de la mano y se arrodilló conmigo, ayudándome a tener una vela. El clérigo anduvo en torno de la cama, con un murmullo latino, leyendo en su libro… Después alzaron las coberturas y descubrieron los pies de mi madre rígidos y amarillentos. Yo comprendí que estaba muerta, y quedé aterrado y silencioso entre los brazos tibios de aquella señora tan hermosa, toda blanca y morada. Sentía un terror de gritar, una prudencia helada, una aridez sutil, un recato perverso de moverme entre los brazos y el seno de aquella dama toda blanca y morada, que inclinaba el perfil del rostro al par de mi mejilla y me ayudaba a sostener la vela funeraria. XIX La Galinda vino a retirarme de los brazos de aquella señora, y me condujo al borde de la cama donde mi madre estaba yerta y amarilla, con las manos arrebujadas entre los pliegues de la sábana. Basilisa me alzó del suelo para que viese bien aquel rostro de cera: —Dile adiós, neno. Dile: Adiós, madre mía, más no te veré. Me puso en el suelo la vieja, porque se cansaba, y después de respirar, volvió a levantarme metiendo bajo mis brazos sus manos sarmentosas: —¡Mírala bien! Guarda el recuerdo para cuando seas mayor… Bésala, neno. Y me dobló sobre el rostro de la muerta. Casi rozando aquellos párpados inmóviles, empecé a gritar, revolviéndome entre los brazos de la Galinda. De pronto, con el pelo suelto, al otro lado de la cama aparecióse Antonia. Me arrebató a la vieja criada y me apretó contra el pecho sollozando y ahogándose. Bajo los besos acongojados de mi hermana, bajo la mirada de sus ojos enrojecidos, sentí un gran desconsuelo… Antonia estaba yerta, y llevaba en la cara una expresión de dolor extraño y obstinado. Ya en otra estancia, sentada en una silla baja, me tiene sobre su falda, me acaricia, vuelve a besarme sollozando, y luego, retorciéndome una mano, ríe, ríe, ríe… Una señora le da aire con su pañolito; otra, con los ojos asustados, destapa un pomo; otra entra por una puerta con un vaso de agua, tembloroso en la bandeja de metal. XX Yo estaba en un rincón, sumido en una pena confusa, que me hacía doler las sienes como la angustia del mareo. Lloraba a ratos y a ratos me distraía oyendo otros lloros. Debía ser cerca de media noche cuando abrieron de par en par una puerta, y temblaron en el fondo las luces de cuatro velas. Mi madre estaba amortajada en su caja negra. Yo entré en la alcoba sin ruido, y me senté en el hueco de la ventana. Alrededor de la caja velaban tres mujeres y el hermano de Basilisa. De tiempo en tiempo el sastre se levantaba y escupía en los dedos para espabilar las velas. Aquel sastre enano y garboso, del chaleco encarnado, tenía no sé qué destreza bufonesca al arrancar el pabilo e inflar los carrillos soplándose los dedos. Oyendo los cuentos de las mujeres, poco a poco fui dejando de llorar: Eran relatos de aparecidos y de personas enterradas vivas. XXI Rayando el día, entró en la alcoba una señora muy alta, con los ojos negros y el cabello blanco. Aquella señora besó a mi madre en los ojos mal cerrados, sin miedo al frío de la muerte y casi sin llorar. Después se arrodilló entre dos cirios, y mojaba en agua bendita una rama de olivo y la sacudía sobre el cuerpo de la muerta. Entró Basilisa buscándome con la mirada, y alzó la mano llamándome: —¡Mira la abuela, picarito! ¡Era la abuela! Había venido en una mula desde su casa de la montaña, que estaba a siete leguas de Santiago. Yo sentía en aquel momento un golpe de herraduras sobre las losas del zaguán donde la mula había quedado atada. Era un golpe que parecía resonar en el vacío de la casa llena de lloros. Y me llamó desde la puerta mi hermana Antonia: —¡Niño! ¡Niño! Salí muy despacio, bajo la recomendación de la vieja criada. Antonia me tomó de la mano y me llevó a un rincón: —¡Esa señora es la abuela! En adelante viviremos con ella. Yo suspiré: —¿Y por qué no me besa? Antonia quedó un momento pensativa, mientras se enjugaba los ojos: —¡Eres tonto! Primero tiene que rezar por mamá. Rezó mucho tiempo. Al fin se levantó preguntando por nosotros, y Antonia me arrastró de la mano. La abuela ya llevaba un pañuelo de luto sobre el crespo cabello, todo de plata, que parecía realzar el negro fuego de los ojos. Sus dedos rozaron levemente mi mejilla, y todavía recuerdo la impresión que me produjo aquella mano de aldeana, áspera y sin ternura. Nos habló en dialecto: —Murió la vuestra madre y ahora la madre lo seré yo… Otro amparo no tenéis en el mundo… Os llevo conmigo porque esta casa se cierra. Mañana, después de las misas, nos pondremos al camino. XXII Al día siguiente mi abuela cerró la casa, y nos pusimos en camino para San Clemente de Brandeso. Ya estaba yo en la calle montado en la mula de un montañés que me llevaba delante en el arzón, y oía en la casa batir las puertas, y gritar buscando a mi hermana Antonia. No la encontraban, y con los rostros demudados salían a los balcones, y tornaban a entrarse y a correr las estancias vacías, donde andaba el viento a batir las puertas, y las voces gritando por mi hermana. Desde la puerta de la catedral una beata la descubrió desmayada en el tejado. La llamamos y abrió los ojos bajo el sol matinal, asustada como si despertase de un mal sueño. Para bajarla del tejado, un sacristán con sotana y en mangas de camisa saca una larga escalera. Y cuando partíamos, se apareció en el atrio, con la capa revuelta por el viento, el estudiante de Bretal. Llevaba a la cara una venda negra y bajo ella creí ver el recorte sangriento de las orejas rebanadas a cercén. XXIII En Santiago de Galicia, como ha sido uno de los santuarios del mundo, las almas todavía conservan los ojos abiertos para el milagro. FIN Autor: Ramón del Valle-Inclán Título: Mi hermana Antonia Publicado en: Caras y Caretas, 21 de agosto de 1909 Aparece en: Cofre de sándalo (1909)
- "El hambre" (1536) cuento de Manuel Mujica Láinez.
Alrededor de la empalizada desigual que corona la meseta frente al río, las hogueras de los indios chisporrotean día y noche. En la negrura sin estrellas meten más miedo todavía. Los españoles, apostados cautelosamente entre los troncos, ven al fulgor de las hogueras destrenzadas por la locura del viento, las sombras bailoteantes de los salvajes. De tanto en tanto, un soplo de aire helado, al colarse en las casucas de barro y paja, trae con él los alaridos y los cantos de guerra. Y en seguida recomienza la lluvia de flechas incendiarias cuyos cometas iluminan el paisaje desnudo. En las treguas, los gemidos del Adelantado, que no abandona el lecho, añaden pavor a los conquistadores. Hubieran querido sacarle de allí; hubieran querido arrastrarle en su silla de manos, blandiendo la espada como un demente, hasta los navíos que cabecean más allá de la playa de toscas, desplegar las velas y escapar de esta tierra maldita; pero no lo permite el cerco de los indios. Y cuando no son los gritos de los sitiadores ni los lamentos de Mendoza, ahí está el angustiado implorar de los que roe el hambre, y cuya queja crece a modo de una marea, debajo de las otras voces, del golpear de las ráfagas, del tiroteo espaciado de los arcabuces, del crujir y derrumbarse de las construcciones ardientes. Así han transcurrido varios días; muchos días. No los cuentan ya. Hoy no queda mendrugo que llevarse a la boca. Todo ha sido arrebatado, arrancado, triturado: las flacas raciones primero, luego la harina podrida, las ratas, las sabandijas inmundas, las botas hervidas cuyo cuero chuparon desesperadamente. Ahora jefes y soldados yacen doquier, junto a los fuegos débiles o arrimados a las estacas defensoras. Es difícil distinguir a los vivos de los muertos. Don Pedro se niega a ver sus ojos hinchados y sus labios como higos secos, pero en el interior de su choza miserable y rica le acosa el fantasma de esas caras sin torsos, que reptan sobre el lujo burlón de los muebles traídos de Guadix, se adhieren al gran tapiz con los emblemas de la Orden de Santiago, aparecen en las mesas, cerca del Erasmo y el Virgilio inútiles, entre la revuelta vajilla que, limpia de viandas, muestra en su tersura el «Ave María» heráldico del fundador. El enfermo se retuerce como endemoniado. Su diestra, en la que se enrosca el rosario de madera, se aferra a las borlas del lecho. Tira de ellas enfurecido, como si quisiera arrastrar el pabellón de damasco y sepultarse bajo sus bordadas alegorías. Pero hasta allí le hubieran alcanzado los quejidos de la tropa. Hasta allí se hubiera deslizado la voz espectral de Osorio, el que hizo asesinar en la playa del Janeiro, y la de su hermano don Diego, ultimado por los querandíes el día de Corpus Christi, y las otras voces, más distantes, de los que condujo al saqueo de Roma, cuando el Papa tuvo que refugiarse con sus cardenales en el castillo de Sant Angelo. Y si no hubiera llegado aquel plañir atroz de bocas sin lenguas, nunca hubiera logrado eludir la persecución de la carne corrupta, cuyo olor invade el aposento y es más fuerte que el de las medicinas. ¡Ay!, no necesita asomarse a la ventana para recordar que allá afuera, en el centro mismo del real, oscilan los cadáveres de los tres españoles que mandó a la horca por haber hurtado un caballo y habérselo comido. Les imagina, despedazados, pues sabe que otros compañeros les devoraron los muslos. ¿Cuándo regresará Ayolas, Virgen del Buen Aire? ¿Cuándo regresarán los que fueron al Brasil en pos de víveres? ¿Cuándo terminará este martirio y partirán hacia la comarca del metal y de las perlas? Se muerde los labios, pero de ellos brota el rugido que aterroriza. Y su mirada turbia vuelve hacia los platos donde el pintado escudo del Marqués de Santillana finge a su extravío una fruta roja y verde. Baitos, el ballestero, también imagina. Acurrucado en un rincón de su tienda, sobre el suelo duro, piensa que el Adelantado y sus capitanes se regalan con maravillosos festines, mientras él perece con las entrañas arañadas por el hambre. Su odio contra los jefes se torna entonces más frenético. Esa rabia le mantiene, le alimenta, le impide echarse a morir. Es un odio que nada justifica, pero que en su vida sin fervores obra como un estímulo violento. En Morón de la Frontera detestaba al señorío. Si vino a América fue porque creyó que aquí se harían ricos los caballeros y los villanos, y no existirían diferencias. ¡Cómo se equivocó! España no envió a las Indias armada con tanta hidalguía como la que fondeó en el Río de la Plata. Todos se las daban de duques. En los puentes y en las cámaras departían como si estuvieran en palacios. Baitos les ha espiado con los ojos pequeños, entrecerrándolos bajo las cejas pobladas. El único que para él algo valía, pues se acercaba a veces a la soldadesca, era Juan Osorio, y ya se sabe lo que pasó: le asesinaron en el Janeiro. Le asesinaron los señores por temor y por envidia. ¡Ah, cuánto, cuánto les odia, con sus ceremonias y sus aires! ¡Cómo si no nacieran todos de idéntica manera! Y más ira le causan cuando pretenden endulzar el tono y hablar a los marineros como si fueran sus iguales. ¡Mentira, mentiras! Tentado está de alegrarse por el desastre de la fundación que tan recio golpe ha asestado a las ambiciones de esos falsos príncipes. ¡Sí! ¿Y por qué no alegrarse? El hambre le nubla el cerebro y le hace desvariar. Ahora culpa a los jefes de la situación. ¡El hambre!, ¡el hambre!, ¡ay!; ¡clavar los dientes en un trozo de carne! Pero no lo hay… no lo hay… Hoy mismo, con su hermano Francisco, sosteniéndose el uno al otro, registraron el campamento. No queda nada que robar. Su hermano ha ofrecido vanamente, a cambio de un armadillo, de una culebra, de un cuero, de un bocado, la única alhaja que posee: ese anillo de plata que le entregó su madre al zarpar de San Lúcar y en el que hay labrada una cruz. Pero así hubiera ofrecido una montaña de oro, no lo hubiera logrado, porque no lo hay, porque no lo hay. No hay más que ceñirse el vientre que punzan los dolores y doblarse en dos y tiritar en un rincón de la tienda. El viento esparce el hedor de los ahorcados. Baitos abre los ojos y se pasa la lengua sobre los labios deformes. ¡Los ahorcados! Esta noche le toca a su hermano montar guardia junto al patíbulo. Allí estará ahora, con la ballesta. ¿Por qué no arrastrarse hasta él? Entre los dos podrán descender uno de los cuerpos y entonces… Toma su ancho cuchillo de caza y sale tambaleándose. Es una noche muy fría del mes de junio. La luna macilenta hace palidecer las chozas, las tiendas y los fuegos escasos. Dijérase que por unas horas habrá paz con los indios, famélicos también, pues ha amenguado el ataque. Baitos busca su camino a ciegas entre las matas, hacia las horcas. Por aquí debe de ser. Sí, allí están, allí están, como tres péndulos grotescos, los tres cuerpos mutilados. Cuelgan, sin brazos, sin piernas… Unos pasos más y los alcanzará. Su hermano andará cerca. Unos pasos más… Pero de repente surgen de la noche cuatro sombras. Se aproximan a una de las hogueras y el ballestero siente que se aviva su cólera, atizada por las presencias inoportunas. Ahora les ve. Son cuatro hidalgos, cuatro jefes: don Francisco de Mendoza, el adolescente que fuera mayordomo de don Fernando, Rey de los Romanos; don Diego Barba, muy joven, caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén; Carlos Dubrin, hermano de leche de nuestro señor Carlos V; y Bernardo Centurión, el genovés, antiguo cuatralbo de las galeras del Príncipe Andrea Doria. Baitos se disimula detrás de una barrica. Le irrita observar que ni aun en estos momentos en que la muerte asedia a todos han perdido nada de su empaque y de su orgullo. Por lo menos lo cree él así. Y tomándose de la cuba para no caer, pues ya no le restan casi fuerzas, comprueba que el caballero de San Juan luce todavía su roja cota de armas, con la cruz blanca de ocho puntas abierta como una flor en el lado izquierdo, y que el italiano lleva sobre la armadura la enorme capa de pieles de nutria que le envanece tanto. A este Bernardo Centurión le execra más que a ningún otro. Ya en San Lúcar de Barrameda, cuando embarcaron, le cobró una aversión que ha crecido durante el viaje. Los cuentos de los soldados que a él se refieren fomentaron su animosidad. Sabe que ha sido capitán de cuatro galeras del Príncipe Doria y que ha luchado a sus órdenes en Nápoles y en Grecia. Los esclavos turcos bramaban bajo su látigo, encadenados a los remos. Sabe también que el gran almirante le dio ese manto de pieles el mismo día en que el Emperador le hizo a él la gracia del Toisón. ¿Y qué? ¿Acaso se explica tanto engreimiento? De verle, cuando venía a bordo de la nao, hubieran podido pensar que era el propio Andrea Doria quien venía a América. Tiene un modo de volver la cabeza morena, casi africana, y de hacer relampaguear los aros de oro sobre el cuello de pieles, que a Baitos le obliga a apretar los dientes y los puños. ¡Cuatralbo, cuatralbo de la armada del Príncipe Andrea Doria! ¿Y qué? ¿Será él menos hombre, por ventura? También dispone de dos brazos y de dos piernas y de cuanto es menester… Conversan los señores en la claridad de la fogata. Brillan sus palmas y sus sortijas cuando las mueven con la sobriedad del ademán cortesano; brilla la cruz de Malta; brilla el encaje del mayordomo del Rey de los Romanos, sobre el desgarrado jubón; y el manto de nutrias se abre, suntuoso, cuando su dueño afirma las manos en las caderas. El genovés dobla la cabeza crespa con altanería y le tiemblan los aros redondos. Detrás, los tres cadáveres giran en los dedos del viento. El hambre y el odio ahogan al ballestero. Quiere gritar mas no lo consigue y cae silenciosamente desvanecido sobre la hierba rala. Cuando recobró el sentido, se había ocultado la luna y el fuego parpadeaba apenas, pronto a apagarse. Había callado el viento y se oían, remotos, los aullidos de la indiada. Se incorporó pesadamente y miró hacia las horcas. Casi no divisaba a los ajusticiados. Lo veía todo como arropado por una bruma leve. Alguien se movió, muy cerca. Retuvo la respiración, y el manto de nutrias del capitán de Doria se recortó, magnífico, a la luz roja de las brasas. Los otros ya no estaban allí. Nadie: ni el mayordomo del Rey, ni Carlos Dubrin, ni el caballero de San Juan. Nadie. Escudriñó en la oscuridad. Nadie: ni su hermano, ni tan siquiera el señor don Rodrigo de Cepeda, que a esa hora solía andar de ronda, con su libro de oraciones. Bernardo Centurión se interpone entre él y los cadáveres: sólo Bernardo Centurión, pues los centinelas están lejos. Y a pocos metros se balancean los cuerpos desflecados. El hambre le tortura en forma tal que comprende que si no la apacigua en seguida enloquecerá. Se muerde un brazo hasta que siente, sobre la lengua, la tibieza de la sangre. Se devoraría a sí mismo, si pudiera. Se troncharía ese brazo. Y los tres cuerpos lívidos penden, con su espantosa tentación… Si el genovés se fuera de una vez por todas… de una vez por todas… ¿Y por qué no, en verdad, en su más terrible verdad, de una vez por todas? ¿Por qué no aprovechar la ocasión que se le brinda y suprimirle para siempre? Ninguno lo sabrá. Un salto y el cuchillo de caza se hundirá en la espalda del italiano. Pero ¿podrá él, exhausto, saltar así? En Morón de la Frontera hubiera estado seguro de su destreza, de su agilidad… No, no fue un salto; fue un abalanzarse de acorralado cazador. Tuvo que levantar la empuñadura afirmándose con las dos manos para clavar la hoja. ¡Y cómo desapareció en la suavidad de las nutrias! ¡Cómo se le fue hacia adentro, camino del corazón, en la carne de ese animal que está cazando y que ha logrado por fin! La bestia cae con un sordo gruñido, estremecida de convulsiones, y él cae encima y siente, sobre la cara, en la frente, en la nariz, en los pómulos, la caricia de la piel. Dos, tres veces arranca el cuchillo. En su delirio no sabe ya si ha muerto al cuatralbo del Príncipe Doria o a uno de los tigres que merodean en torno del campamento. Hasta que cesa todo estertor. Busca bajo el manto y al topar con un brazo del hombre que acaba de apuñalar, lo cercena con la faca e hinca en él los dientes que aguza el hambre. No piensa en el horror de lo que está haciendo, sino en morder, en saciarse. Sólo entonces la pincelada bermeja de las brasas le muestra más allá, mucho más allá, tumbado junto a la empalizada, al corsario italiano. Tiene una flecha plantada entre los ojos de vidrio. Los dientes de Baitos tropiezan con el anillo de plata de su madre, el anillo con una labrada cruz, y ve el rostro torcido de su hermano, entre esas pieles que Francisco le quitó al cuatralbo después de su muerte, para abrigarse. El ballestero lanza un grito inhumano. Como un borracho se encarama en la estacada de troncos de sauce y ceibo, y se echa a correr barranca abajo, hacia las hogueras de los indios. Los ojos se le salen de las órbitas, como si la mano trunca de su hermano le fuera apretando la garganta más y más. FIN Autor: Manuel Mujica Láinez Título: El hambre (1536) Publicado en: Misteriosa Buenos Aires (1950)
- "Los monos", cuento de Juan José Arreola.
Wolfgang Köhler perdió cinco años en Tetuán tratando de hacer pensar a un chimpancé. Le propuso, como buen alemán, toda una serie de trampas mentales. Lo obligó a encontrar la salida de complicados laberintos; lo hizo alcanzar difíciles golosinas, valiéndose de escaleras, puertas, perchas y bastones. Después de semejante entrenamiento, Momo llegó a ser el simio más inteligente del mundo; pero fiel a su especie, distrajo todos los ocios del psicólogo y obtuvo sus raciones sin trasponer el umbral de la conciencia. Le ofrecían la libertad, pero prefirió quedarse en la jaula. Ya muchos milenios antes (¿cuántos?), los monos decidieron acerca de su destino oponiéndose a la tentación de ser hombres. No cayeron en la empresa racional y siguen todavía en el paraíso: caricaturales, obscenos y libres a su manera. Los vemos ahora en el zoológico, como un espejo depresivo: nos miran con sarcasmo y con pena, porque seguimos observando su conducta animal. Atados a una dependencia invisible, danzamos al son que nos tocan, como el mono de organillo. Buscamos sin hallar las salidas del laberinto en que caímos, y la razón fracasa en la captura de inalcanzables frutas metafísicas. La dilatada entrevista de Momo y Wolfgang Köhler ha cancelado para siempre toda esperanza, y acabó en otra despedida melancólica que suena a fracaso. (El Homo sapiens se fue a la universidad alemana para redactar el célebre tratado sobre la inteligencia de los antropoides, que le dio fama y fortuna, mientras Momo se quedaba para siempre en Tetuán, gozando una pensión vitalicia de frutas al alcance de su mano.) FIN Autor: Juan José Arreola Título: Los monos Publicado en: Bestiario (1972)
- "El guardagujas", cuento de Juan José Arreola.
El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir. Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al volverse, el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Llevaba en la mano una linterna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete. Miró sonriendo al viajero, que le preguntó con ansiedad: —Usted perdone, ¿ha salido ya el tren? —¿Lleva usted poco tiempo en este país? —Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. mañana mismo. —Se ve que usted ignora las cosas por completo. Lo que debe hacer ahora mismo es buscar alojamiento en la fonda para viajeros —y señaló un extraño edificio ceniciento que más bien parecía un presidio. —Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren. —Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso de que pueda conseguirlo, contrátelo por mes, le resultará más barato y recibirá mejor atención. —¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo. —Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le daré unos informes. —Por favor… —Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho grandes cosas en lo que se refiere a la publicación de itinerarios y a la expedición de boletos. Las guías ferroviarias abarcan y enlazan todas las poblaciones de la nación; se expenden boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente que los convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mientras tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su patriotismo les impide cualquier manifestación de desagrado. —Pero ¿hay un tren que pasa por esta ciudad? —Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas poblaciones están sencillamente indicados en el suelo mediante dos rayas de gis. Dadas las condiciones actuales, ningún tren tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada impide que eso pueda suceder. Yo he visto pasar muchos trenes en mi vida y conocí algunos viajeros que pudieron abordarlos. Si usted espera convenientemente, tal vez yo mismo tenga el honor de ayudarle a subir a un hermoso y confortable vagón. —¿Me llevará ese tren a T.? —¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? Debería darse por satisfecho si pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida tomará efectivamente algún rumbo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T? —Es que yo tengo un boleto en regla para ir a T. Lógicamente, debo ser conducido a ese lugar, ¿no es así? —Cualquiera diría que usted tiene razón. En la fonda para viajeros podrá usted hablar con personas que han tomado sus precauciones, adquiriendo grandes cantidades de boletos. Por regla general, las gentes previsoras compran pasajes para todos los puntos del país. Hay quien ha gastado en boletos una verdadera fortuna… —Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto. Mírelo usted… —El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser construido con el dinero de una sola persona que acaba de gastar su inmenso capital en pasajes de ida y vuelta para un trayecto ferroviario cuyos planos, que incluyen extensos túneles y puentes, ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la empresa. —Pero el tren que pasa por T., ¿ya se encuentra en servicio? —Y no sólo ése. En realidad, hay muchísimos trenes en la nación, y los viajeros pueden utilizarlos con relativa frecuencia, pero tomando en cuenta que no se trata de un servicio formal y definitivo. En otras palabras, al subir a un tren, nadie espera ser conducido al sitio que desea. —¿Cómo es eso? —En su afán de servir a los ciudadanos, la empresa debe recurrir a ciertas medidas desesperadas. Hace circular trenes por lugares intransitables. Esos convoyes expedicionarios emplean a veces varios años en su trayecto, y la vida de los viajeros sufre algunas transformaciones importantes. Los fallecimientos no son raros en tales casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, añade a esos trenes un vagón capilla ardiente y un vagón cementerio. Es motivo de orgullo para los conductores depositar el cadáver de un viajero —lujosamente embalsamado— en los andenes de la estación que prescribe su boleto. En ocasiones, estos trenes forzados recorren trayectos en que falta uno de los rieles. Todo un lado de los vagones se estremece lamentablemente con los golpes que dan las ruedas sobre los durmientes. Los viajeros de primera —es otra de las previsiones de la empresa— se colocan del lado en que hay riel. Los de segunda padecen los golpes con resignación. Pero hay otros tramos en que faltan ambos rieles; allí los viajeros sufren por igual, hasta que el tren queda totalmente destruido. —¡Santo Dios! —Mire usted: la aldea de F. surgió a causa de uno de esos accidentes. El tren fue a dar en un terreno impracticable. Lijadas por la arena, las ruedas se gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo juntos, que de las obligadas conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F., una aldea progresista llena de niños traviesos que juegan con los vestigios enmohecidos del tren. —¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras! —Necesita usted ir templando su ánimo; tal vez llegue usted a convertirse en héroe. No crea que faltan ocasiones para que los viajeros demuestren su valor y sus capacidades de sacrificio. Recientemente, doscientos pasajeros anónimos escribieron una de las páginas más gloriosas en nuestros anales ferroviarios. Sucede que en un viaje de prueba, el maquinista advirtió a tiempo una grave omisión de los constructores de la línea. En la ruta faltaba el puente que debía salvar un abismo. Pues bien, el maquinista, en vez de poner marcha atrás, arengó a los pasajeros y obtuvo de ellos el esfuerzo necesario para seguir adelante. Bajo su enérgica dirección, el tren fue desarmado pieza por pieza y conducido en hombros al otro lado del abismo, que todavía reservaba la sorpresa de contener en su fondo un río caudaloso. El resultado de la hazaña fue tan satisfactorio que la empresa renunció definitivamente a la construcción del puente, conformándose con hacer un atractivo descuento en las tarifas de los pasajeros que se atreven a afrontar esa molestia suplementaria. —¡Pero yo debo llegar a T. mañana mismo! —¡Muy bien! Me gusta que no abandone usted su proyecto. Se ve que es usted un hombre de convicciones. Alójese por lo pronto en la fonda y tome el primer tren que pase. Trate de hacerlo cuando menos; mil personas estarán para impedírselo. Al llegar un convoy, los viajeros, irritados por una espera demasiado larga, salen de la fonda en tumulto para invadir ruidosamente la estación. Muchas veces provocan accidentes con su increíble falta de cortesía y de prudencia. En vez de subir ordenadamente se dedican a aplastarse unos a otros; por lo menos, se impiden para siempre el abordaje, y el tren se va dejándolos amotinados en los andenes de la estación. Los viajeros, agotados y furiosos, maldicen su falta de educación, y pasan mucho tiempo insultándose y dándose de golpes. —¿Y la policía no interviene? —Se ha intentado organizar un cuerpo de policía en cada estación, pero la imprevisible llegada de los trenes hacía tal servicio inútil y sumamente costoso. Además, los miembros de ese cuerpo demostraron muy pronto su venalidad, dedicándose a proteger la salida exclusiva de pasajeros adinerados que les daban a cambio de esa ayuda todo lo que llevaban encima. Se resolvió entonces el establecimiento de un tipo especial de escuelas, donde los futuros viajeros reciben lecciones de urbanidad y un entrenamiento adecuado. Allí se les enseña la manera correcta de abordar un convoy, aunque esté en movimiento y a gran velocidad. También se les proporciona una especie de armadura para evitar que los demás pasajeros les rompan las costillas. —Pero una vez en el tren, ¿está uno a cubierto de nuevas contingencias? —Relativamente. Sólo le recomiendo que se fije muy bien en las estaciones. Podría darse el caso de que usted creyera haber llegado a T., y sólo fuese una ilusión. Para regular la vida a bordo de los vagones demasiado repletos, la empresa se ve obligada a echar mano de ciertos expedientes. Hay estaciones que son pura apariencia: han sido construidas en plena selva y llevan el nombre de alguna ciudad importante. Pero basta poner un poco de atención para descubrir el engaño. Son como las decoraciones del teatro, y las personas que figuran en ellas están llenas de aserrín. Esos muñecos revelan fácilmente los estragos de la intemperie, pero son a veces una perfecta imagen de la realidad: llevan en el rostro las señales de un cansancio infinito. —Por fortuna, T. no se halla muy lejos de aquí. —Pero carecemos por el momento de trenes directos. Sin embargo, no debe excluirse la posibilidad de que usted llegue mañana mismo, tal como desea. La organización de los ferrocarriles, aunque deficiente, no excluye la posibilidad de un viaje sin escalas. Vea usted, hay personas que ni siquiera se han dado cuenta de lo que pasa. Compran un boleto para ir a T. Viene un tren, suben, y al día siguiente oyen que el conductor anuncia: «Hemos llegado a T.» Sin tomar precaución alguna, los viajeros descienden y se hallan efectivamente en T. —¿Podría yo hacer alguna cosa para facilitar ese resultado? —Claro que puede usted. Lo que no se sabe es si le servirá de algo. Inténtelo de todas maneras. Suba usted al tren con la idea fija de que va a llegar a T. No trate a ninguno de los pasajeros. Podrán desilusionarlo con sus historias de viaje, y hasta denunciarlo a las autoridades. —¿Qué está usted diciendo? —En virtud del estado actual de las cosas los trenes viajan llenos de espías. Estos espías, voluntarios en su mayor parte, dedican su vida a fomentar el espíritu constructivo de la empresa. A veces uno no sabe lo que dice y habla sólo por hablar. Pero ellos se dan cuenta en seguida de todos los sentidos que puede tener una frase, por sencilla que sea. Del comentario más inocente saben sacar una opinión culpable. Si usted llegara a cometer la menor imprudencia, sería aprehendido sin más; pasaría el resto de su vida en un vagón cárcel o le obligarían a descender en una falsa estación perdida en la selva. Viaje usted lleno de fe, consuma la menor cantidad posible de alimentos y no ponga los pies en el andén antes de que vea en T. alguna cara conocida. —Pero yo no conozco en T. a ninguna persona. —En ese caso redoble usted sus precauciones. Tendrá, se lo aseguro, muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está expuesto a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace falta ser débil para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados desde la locomotora, hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren está en marcha. Sin embargo, el tren permanece detenido semanas enteras, mientras los viajeros ven pasar cautivadores paisajes a través de los cristales. —¿Y eso qué objeto tiene? —Todo esto lo hace la empresa con el sano propósito de disminuir la ansiedad de los viajeros y de anular en todo lo posible las sensaciones de traslado. Se aspira a que un día se entreguen plenamente al azar, en manos de una empresa omnipotente, y que ya no les importe saber a dónde van ni de dónde vienen. —Y usted, ¿ha viajado mucho en los trenes? —Yo, señor, sólo soy guardagujas. A decir verdad, soy un guardagujas jubilado, y sólo aparezco aquí de vez en cuando para recordar los buenos tiempos. No he viajado nunca, ni tengo ganas de hacerlo. Pero los viajeros me cuentan historias. Sé que los trenes han creado muchas poblaciones además de la aldea de F. cuyo origen le he referido. Ocurre a veces que los tripulantes de un tren reciben órdenes misteriosas. Invitan a los pasajeros a que desciendan de los vagones, generalmente con el pretexto de que admiren las bellezas de un determinado lugar. Se les habla de grutas, de cataratas o de ruinas célebres: «Quince minutos para que admiren ustedes la gruta tal o cual», dice amablemente el conductor. Una vez que los viajeros se hallan a cierta distancia, el tren escapa a todo vapor. —¿Y los viajeros? —Vagan desconcertados de un sitio a otro durante algún tiempo, pero acaban por congregarse y se establecen en colonia. Estas paradas intempestivas se hacen en lugares adecuados, muy lejos de toda civilización y con riquezas naturales suficientes. Allí se abandonan lotes selectos, de gente joven, y sobre todo con mujeres abundantes. ¿No le gustaría a usted pasar sus últimos días en un pintoresco lugar desconocido, en compañía de una muchachita? El viejecillo sonriente hizo un guiño y se quedó mirando al viajero, lleno de bondad y de picardía. En ese momento se oyó un silbido lejano. El guardagujas dio un brinco, y se puso a hacer señales ridículas y desordenadas con su linterna. —¿Es el tren? —preguntó el forastero. El anciano echó a correr por la vía, desaforadamente. Cuando estuvo a cierta distancia, se volvió para gritar: —¡Tiene usted suerte! Mañana llegará a su famosa estación. ¿Cómo dice usted que se llama? —¡X! —contestó el viajero. En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudente, al encuentro del tren. Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento. FIN Autor: Juan José Arreola Título: El guardagujas Publicado en: Confabulario, 1952
- "Cerezas", cuento de Osamu Dazai
Alzo mis ojos a los montes.—Salmo 121. Quisiera creer que los padres importan más que los hijos. Aunque uno intente pensar, con aire edificante, como un moralista a la antigua, que todo debe hacerse por los hijos, la verdad es que los padres son más débiles que ellos. Al menos en mi familia es así. No tengo, por supuesto, la menor intención egoísta de que, cuando llegue a viejo, mis hijos me ayuden o se hagan cargo de mí; pero este padre, dentro de su propia casa, vive siempre pendiente del humor de sus hijos. Y cuando digo hijos, los míos son todavía muy pequeños. La mayor tiene siete años; el varón, cuatro; la menor, uno. Aun así, cada uno de ellos empieza ya a imponerse a sus padres. El padre y la madre han acabado por parecer los criados de sus propios hijos. Una noche de verano, toda la familia se reunió a cenar en el cuarto de tres tatamis, entre gran alboroto y gran confusión. El padre se secaba una y otra vez el sudor de la cara con una toalla. —En el Yanagidaru leí algo así como: «Comer y sudar a mares, qué cosa tan vulgar». Pero, con estos niños tan ruidosos, hasta un padre tan refinado como yo termina sudando a chorros —empezó a quejarse, murmurando para sí. La madre, mientras daba el pecho a la niña menor, servía al padre, a la hija mayor y al hijo; limpiaba lo que los niños derramaban, recogía lo que se les caía, les sonaba la nariz, y se multiplicaba con una energía prodigiosa. —Parece que a papá donde más le sale sudor es en la nariz. Siempre estás secándotela a toda prisa. El padre sonrió con amargura. —¿Y a ti dónde te sale? ¿En la entrepierna? —Qué padre tan fino. —No, mujer, si estoy hablando de algo médico. No hay nada fino ni grosero en eso. —En mi caso —dijo la madre, poniéndose un poco seria—, entre pecho y pecho… el valle de las lágrimas… El valle de las lágrimas. El padre guardó silencio y siguió comiendo. Cuando estoy en casa, siempre estoy haciendo bromas. Precisamente porque mi corazón vive lleno de preocupaciones y tormentos, no me queda más remedio que mostrar una alegría exterior. O tal vez no sea solo cuando estoy en casa: también cuando trato con otras personas, por mucho que sufra mi ánimo o por mucho que me duela el cuerpo, me esfuerzo casi desesperadamente por crear un ambiente agradable. Luego, cuando el visitante se marcha, quedo tambaleándome de cansancio y pienso en el dinero, en la moral, en el suicidio. Y no es algo que me ocurra únicamente al tratar con la gente. También me sucede cuando escribo. Cuando estoy triste, me esfuerzo todavía más por crear relatos ligeros y divertidos. Yo, al menos, creo estar ofreciendo mi servicio más delicado; pero la gente no lo advierte y me desprecia: Dazai, dicen, se ha vuelto superficial últimamente, pesca lectores solo con lo entretenido, escribe con una facilidad intolerable. ¿Es malo que un ser humano quiera servir a otro ser humano? ¿Es bueno darse importancia y no reírse casi nunca? En resumen, no soporto las cosas torpemente serias, desabridas e incómodas. Por eso, incluso en mi casa, estoy siempre haciendo bromas, y las hago con la sensación de caminar sobre una capa delgada de hielo. Contra lo que imaginan algunos lectores y críticos, los tatamis de mi habitación son nuevos, el escritorio está ordenado, marido y mujer se cuidan y se respetan; por supuesto, el marido jamás ha golpeado a la esposa, y ni siquiera han tenido una de esas discusiones violentas de «¡vete de la casa!» y «¡me voy!». El padre y la madre, sin dejarse ganar el uno por el otro, quieren mucho a sus hijos, y los niños, alegres, se muestran muy apegados a ambos. Pero eso es solo apariencia. Cuando la madre se abre el pecho, está el valle de las lágrimas; los sudores nocturnos del padre son cada vez peores. Los esposos conocen el sufrimiento del otro, pero procuran no tocarlo. Si el padre hace una broma, la madre se ríe. Sin embargo, aquella vez, cuando la madre dijo «el valle de las lágrimas», el padre se quedó callado. Quiso salir del paso con alguna broma, pero no se le ocurrió nada a tiempo. Al seguir callado, la incomodidad fue creciendo, y hasta aquel padre tan “hombre de mundo” terminó por ponerse serio. —C-contrata a alguien. De un modo u otro, hay que hacerlo. Lo murmuró como si hablara solo, con miedo de contrariar a la madre. Tres hijos. El padre es completamente inútil para las tareas de la casa. Ni siquiera levanta su propio futón. No hace más que decir bromas absurdas. No sabe nada de racionamientos ni de registros. Vive como si estuviera alojado en una posada. Visitas. Agasajos. Sale con una vianda hacia su cuarto de trabajo y a veces pasa una semana entera sin volver a casa. Trabajo, trabajo, dice siempre con gran escándalo, aunque parece que apenas logra escribir dos o tres páginas al día. El resto es alcohol. Cuando bebe demasiado, se demacra y termina postrado en cama. Además, por lo visto, tiene por ahí algunas jóvenes amigas. Los niños… La hija mayor, de siete años, y la menor, nacida esa primavera, se resfrían con facilidad, pero en general son como cualquier niño. El varón, en cambio, tiene cuatro años, está en los huesos y todavía no puede ponerse de pie. No habla una sola palabra: solo dice “aa” o “daa”; tampoco comprende lo que otros le dicen. Se arrastra por el suelo y no avisa cuando hace caca o pipí. Y, sin embargo, come muchísimo. Pero siempre está flaco y pequeño, tiene poco pelo y no crece nada. El padre y la madre evitan hablar a fondo de este hijo. Idiota, mudo… Pronunciar siquiera una de esas palabras y confirmarla entre los dos sería demasiado atroz. A veces la madre abraza al niño con fuerza. A menudo, en un arrebato, el padre siente deseos de tomarlo en brazos, arrojarse con él al río y morir. «Padre mata a hachazos a su segundo hijo mudo. Poco después del mediodía del día X, en el distrito X, barrio X, número X, el comerciante Fulano de Tal, de cincuenta y tres años, mató en la habitación de seis tatamis de su casa a su segundo hijo, Fulano, de dieciocho, golpeándolo una vez en la cabeza con una hachuela para leña. Luego se hirió la garganta con unas tijeras, pero no logró morir. Fue trasladado a una clínica cercana, donde se encuentra en estado crítico. En la familia habían adoptado recientemente a un marido para la segunda hija, Fulana, de veintidós años, y, al parecer, el padre, movido por el cariño hacia ella, llegó a tal extremo al pensar que su segundo hijo, además de mudo, era algo débil de entendimiento.» Noticias como esa en el periódico también me hacen beber por desesperación. ¡Ah, ojalá se tratara solo de un retraso en el desarrollo! ¡Ojalá este hijo creciera de pronto algún día y se burlara con indignación de las preocupaciones de sus padres! Sin decírselo a parientes ni amigos, marido y mujer lo desean en secreto, mientras por fuera fingen que nada les preocupa y se ríen haciéndole bromas al niño. La madre, seguramente, vive haciendo el mayor esfuerzo posible; pero el padre también se esfuerza con todo su empeño. Para empezar, no es un novelista capaz de escribir mucho. Es un hombre de una timidez extrema. Lo han arrastrado ante el público, y escribe desconcertado, dando tumbos. Como escribir le resulta penoso, busca refugio en el alcohol desesperado. El alcohol desesperado es el que uno bebe por la irritación, la impaciencia de no poder afirmar lo que piensa. Quien puede afirmar siempre con claridad lo que piensa no bebe por desesperación. (Por eso hay pocas mujeres bebedoras.) Nunca he ganado una discusión. Siempre pierdo. Me abruma la fuerza de la convicción ajena, la violencia con que el otro se afirma a sí mismo. Entonces callo. Pero, a medida que lo pienso, advierto el egoísmo del otro y empiezo a convencerme de que no toda la culpa es mía. Sin embargo, después de haber perdido una vez la discusión, recomenzar obstinadamente la pelea me parece sombrío; además, las disputas me dejan durante mucho tiempo un odio desagradable, como si fueran peleas a golpes. Por eso, aunque tiemblo de rabia, sonrío, callo, pienso toda clase de cosas y al final termino bebiendo por desesperación. Lo diré con claridad. He escrito dando rodeos cansadores por todas partes, pero lo cierto es que este relato es una historia de una pelea conyugal. «El valle de las lágrimas». Eso fue la mecha. Como ya he dicho, esta pareja era extraordinariamente apacible: nunca habían llegado, por supuesto, a una agresión física, ni siquiera se habían insultado con palabras groseras. Pero precisamente por eso vivían temblando ante el peligro de que cualquier cosa provocara una explosión. El peligro de que ambos, en silencio, fueran reuniendo pruebas contra el otro; el peligro de mirar apenas una carta y dejarla boca abajo, mirar apenas otra y dejarla boca abajo, hasta que un día, de improviso, alguien dijera «ya está» y extendiera ante los ojos del otro la serie completa. No sería del todo falso decir que ese peligro los hacía tan considerados entre sí. En cuanto a la esposa, no sé; pero el marido era de esos hombres a los que, cuanto más se los sacude, más polvo les sale. «El valle de las lágrimas». Al oírlo, el marido se sintió agraviado. Pero no le gustaban las discusiones. Calló. Tú me lo has dicho, pensaba, con algo de reproche; pero no eres la única que llora. Yo también, no menos que tú, pienso en los niños. Mi familia me importa. Si un niño tose de un modo raro en mitad de la noche, me despierto sin falta y me invade una angustia insoportable. Quisiera mudarnos a una casa un poco mejor y darles una alegría a ti y a los niños, pero sencillamente no me alcanzan las fuerzas. Con esto ya hago todo lo que puedo. Tampoco soy un monstruo feroz. No tengo el «valor» de mirar tranquilamente cómo mi mujer y mis hijos se hunden. Lo de los racionamientos y los registros no es que no lo sepa: es que no tengo tiempo para ocuparme de eso… El padre murmuraba así en su interior, pero no tenía confianza para decirlo en voz alta; además, si lo decía y la madre le respondía algo, sentía que no podría contestar ni una palabra. Por eso apenas consiguió afirmar, como quien habla solo: —Contrata a alguien. La madre, en realidad, también era más bien callada. Pero en lo que decía había siempre una confianza fría. (No solo esta madre: casi todas las mujeres son así.) —Pero no es fácil encontrar a alguien que quiera venir. —Si buscas, seguro que encuentras. Tal vez el problema no sea que no haya quien quiera venir, sino que no hay quien quiera quedarse. —¿Estás diciendo que no sé tratar a la gente que trabaja en la casa? —No, eso… El padre volvió a callar. En realidad, eso era exactamente lo que pensaba. Pero calló. Ah, si tan solo contrataran a una persona. Cuando la madre sale a hacer recados con la menor a la espalda, el padre tiene que encargarse de los otros dos niños. Y, además, todos los días llegan, sin falta, unas diez visitas. —Quisiera irme al cuarto de trabajo. —¿Ahora? —Sí. Hay un trabajo que tengo que terminar esta misma noche, pase lo que pase. No era mentira. Pero también sentía deseos de escapar de la melancolía de la casa. —Esta noche pensaba ir a ver a mi hermana. Yo también lo sabía. Su hermana estaba grave. Pero, si mi mujer iba a visitarla, yo tendría que quedarme cuidando a los niños. —Por eso digo que hay que contratar a alguien… Empecé a decirlo, pero me detuve. Si rozaba siquiera cualquier asunto relacionado con la familia de mi mujer, los sentimientos de ambos se enredaban terriblemente. Vivir es algo tremendo. Las cadenas se enredan por todas partes y, al menor movimiento, brota la sangre. Me levanté en silencio, saqué del cajón del escritorio de la habitación de seis tatamis un sobre con dinero de mis honorarios y me lo metí en la manga del kimono. Luego envolví papel de manuscrito y un diccionario en un furoshiki negro, y salí suavemente de la casa, como si no fuera un cuerpo. Ya no estaba para trabajar. Solo pensaba en el suicidio. Fui directo al lugar donde bebía. —Bienvenido. — Bebamos. Hoy traes un kimono de lo más bonito… —No está mal, ¿verdad? Pensé que era de los que te gustan. —Hoy tuve una pelea con mi mujer. De esas que se quedan dentro, oscuras, y no hay quien las aguante. Bebamos. Esta noche me quedo. Me quedo sin falta. Quisiera creer que los padres importan más que los hijos. Los padres son más débiles que los hijos. Sirvieron cerezas. En mi casa no damos de comer lujos a los niños. Quizá mis hijos ni siquiera hayan visto cerezas. Si se las diera, se alegrarían. Si el padre las llevara a casa, se alegrarían. Si las ensartara con un hilo y se las colgara del cuello, las cerezas parecerían un collar de coral. Pero el padre comía con evidente disgusto las cerezas servidas en una gran fuente, escupía el carozo; comía y escupía el carozo; comía y escupía el carozo. Y las palabras que murmuraba en su interior, como una bravata, eran: los padres importan más que los hijos. FIN Autor: Osamu Dazai Título: Cerezas Título Original: 桜桃 (Ōtō) Publicado en: 世界 (Sekai), 1 de mayo de 1948
- "Jack el destripador V2.0", cuento de Ángel Sebastián Molinar Ríos.
Jack creció entre bolsas negras y olores podridos. Desde pequeño aprendió que la comida no estaba en la mesa… estaba en la calle. Las otras personas no veían nada especial en él, pero Jack sí veía algo en los demás: los colores. No eran colores reales, eran como un brillo alrededor de la gente. Rojo: enojo. Azul: tristeza. Gris: vacío. Y el amarillo… el amarillo era paz. Ese color solo lo veía en su madre. Ella volvía cada noche cansada, con los ojos hundidos y los labios temblorosos, pero cuando miraba a Jack siempre aparecía ese brillo amarillo. Era lo único cálido en su mundo. Jack nunca conoció a su padre, solo sabía una cosa: era rico. Muy rico. Lo suficiente como para olvidarse de ellos. Un día todo cambió. Jack llegó corriendo a casa, emocionado porque había encontrado una manzana casi intacta. Pero al abrir la puerta encontró a su madre llorando. No era azul. No era gris. Era rojo oscuro… casi negro. Ella gritaba el nombre del hombre que los abandonó. Decía que se había casado con otra mujer. Que ahora tenía una vida perfecta. Cuando vio a Jack, el rojo explotó. Lo culpó. Lo empujó. Lo golpeó. Jack retrocedió confundido. Buscó el amarillo… pero no estaba. Por primera vez su madre era alguien desconocido. El miedo empezó a crecer dentro de él. Y entonces ocurrió algo. Al defenderse, Jack vio un color nuevo. Morado. No venía de él. Venía de ella. El morado era terror. Después… silencio. El amarillo nunca volvió. Jack no lloró. Se quedó observando el vacío de la habitación. Y descubrió algo inquietante: la calma que sentía era mayor que cualquier tristeza. Esa noche huyó. Los días siguientes fueron borrosos. Calles, parques, estaciones, gente desconocida. Pero Jack no veía personas… veía colores. Y cada vez que alguien mentía, el color temblaba. Cada vez que alguien fingía cariño, el brillo se volvía opaco. El mundo estaba lleno de máscaras. Con el tiempo encontró la casa de su padre. Grande. Blanca. Perfecta. El hombre reía con su nueva esposa bajo una luz amarilla artificial… pero Jack no veía amarillo real. Solo vio gris. Vacío. Esa fue la primera vez que entendió algo: El amarillo verdadero no era felicidad. Era amor. Y casi nadie lo tenía. Pasaron años. Jack dejó de ser un niño sucio de la calle. Aprendió a hablar bien. A vestirse bien. A sonreír. Tomó ropa elegante, adoptó nombres distintos, fingió vidas diferentes. La gente confiaba en él porque proyectaba lo que querían ver. Pero él solo buscaba un color. El amarillo real. Nunca lo encontraba. Solo miedo… mentiras… y soledad. Y cada vez que confirmaba que una persona fingía ser buena, sentía la misma calma de aquella noche. No rabia. No placer. Solo silencio interior. FIN Autor: Ángel Sebastián Molinar Ríos Título: Jack el destripador V2.0 Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026
- "Electric in the Rain", cuento de Elisa Salcido García
El cielo de Manchester casi siempre estaba cubierto de nubes grises, pero para Michael Laurent eso no era algo triste. Decía que esa ciudad tenía el clima perfecto para escribir canciones. Michael tenía 16 años y estudiaba en una preparatoria pública cerca del centro. No era el más popular, pero cuando se sentaba en las escaleras con su guitarra, algunos se quedaban escuchando. No por fama… sino porque tocaba como si estuviera contando un secreto. Todo cambió cuando anunció que quería formar una banda para el festival escolar de invierno. —No solo tocar covers —dijo una tarde en el salón de música—. Quiero algo nuestro. El primero en unirse fue Nicolas Benett Energía pura. Golpeaba la batería como si estuviera liberando tormentas. Tenía fama de problemático, pero cuando tocaba, todo tenía sentido. Entre los dos comenzaron a construir algo crudo, intenso, diferente. Pero no eran los únicos con ambición musical. Edward Hall , líder de la banda más conocida del colegio, ya estaba inscrito en el festival. Alto, seguro, con una presencia que llenaba el escenario incluso antes de tocar una nota. Cuando escuchó que “los de segundo” querían competir, sonrió de lado. —La música no es un juego —comentó frente a otros alumnos—. Algunos deberían saber eso antes de hacer el ridículo. El comentario llegó a oídos de Michael. Y aunque fingió que no le importaba, esa noche no pudo dormir. Los ensayos comenzaron a ponerse tensos. Nicolás quería algo más agresivo. Michael quería algo más emocional. Discutían, se frustraban, pero también mejoraban. Cada desacuerdo hacía que las canciones sonaran más reales. Una noche, después de un ensayo fallido, casi deciden rendirse. —Tal vez Edward tiene razón —murmuró Michael—. Tal vez no estamos listos. Nicolas dejó las baquetas sobre la batería. —No tocamos para ganarle a él. Tocamos porque si no lo hacemos, explotamos. Eso lo cambió todo. El día del festival, el auditorio estaba lleno. Luces blancas, murmullos nerviosos, profesores en primera fila. La banda de Edward abrió el evento. Sonaban perfectos. Técnicos. Ensayados al milímetro. El público aplaudió fuerte. Entonces fue turno de Michael y Nicolás . Las primeras notas fueron suaves, casi frágiles. Luego la batería entró como un latido acelerado. La canción hablaba de sentirse invisible, de querer ser escuchado en medio del ruido del mundo. No era perfecta. No era pulida. Pero era honesta. Y eso se sintió. El público no gritó al inicio… guardó silencio. Un silencio atento. Después, aplausos que crecieron poco a poco hasta llenar el auditorio. No ganaron el primer lugar. Pero algo más importante pasó. Cuando bajaron del escenario, Edward se acercó. No había burla en su expresión esta vez. —No estuvo mal —dijo, casi serio—. Fue… real. Para alguien como él, eso era casi un reconocimiento. Esa noche, caminando por las calles húmedas de Manchester, bajo faroles reflejados en el pavimento mojado, Michael entendió algo: el éxito no era un trofeo. Era ese momento en el que las luces te ciegan un poco y aun así decides seguir tocando. La banda no se hizo famosa al día siguiente. No firmaron contratos. No cambiaron el mundo. Dos meses después del festival escolar en Manchester, el video de su presentación —grabado con un móvil tembloroso— empezó a circular en redes. No era viral, pero sí lo suficiente para que alguien importante lo notara. Un mensaje llegó al correo de la banda. “The Lantern Pub – Audiciones para bandas emergentes.” The Lantern era un pub pequeño, con escenario diminuto y luces cálidas, conocido por dar oportunidad a jóvenes músicos. No era fama. Era algo más real. Más crudo. —Es nuestra oportunidad —dijo Nicolás , con esa chispa peligrosa en los ojos. Michael dudó. Manchester estaba bien. Era su ciudad. Pero tocar en un pub significaba exponerse a un público que no iba a aplaudir por cortesía escolar. Mientras tanto, Edward también había visto el anuncio. La competencia ya no era solo académica. La noche en The Lantern El pub olía a madera vieja y cerveza. Las paredes estaban cubiertas de fotos de bandas que habían pasado por ahí años atrás. El escenario era tan pequeño que casi podían tocarse sin moverse. Edward y su banda tocaron primero. Sonaban sólidos. Profesionales. La gente movía la cabeza siguiendo el ritmo. Cuando fue el turno de Michael y Nicolás , algo falló. El micrófono hizo un ruido agudo. La guitarra se desafinó ligeramente. Nicolás entró antes de tiempo. Michael sintió el pánico subirle por el pecho. Por un segundo pensó en detenerse. Pero recordó aquella frase que había dicho meses atrás: si una canción puede hacer sentir algo, vale la pena intentarlo. Cerró los ojos y siguió tocando. Nicolás lo miró. Ajustó el ritmo. Se encontraron en medio del caos. Y entonces pasó algo inesperado: el error hizo que la canción sonara más intensa. Más humana. El público dejó de hablar. Un hombre en la barra bajó su vaso. Una chica en la primera fila empezó a grabar. No era perfección. Era electricidad. Cuando terminaron, el aplauso no fue ensordecedor… pero fue genuino. Después del show Afuera, bajo la lluvia ligera típica del norte de Inglaterra, Edward se acercó otra vez. —Tocaste mejor cuando casi todo salió mal —dijo, sin ironía. —Quizá porque dejamos de intentar sonar perfectos —respondió Michael. Por primera vez, no se sintieron enemigos. Solo músicos intentando sobrevivir al mismo sueño. El giro Una mujer que había estado observando desde el fondo del pub salió detrás de ellos. —Me llamo Eleanor Briggs. Trabajo con bandas independientes en London. No prometo fama. Pero sí oportunidades. Les entregó una tarjeta. Nicolas sonrió como si hubiera ganado el mundo. Michael, en cambio, sintió miedo. Ir a Londres significaba dejar la comodidad. Dejar la seguridad. Arriesgarse de verdad. Esa noche no celebraron. No discutieron. Solo caminaron en silencio por las calles mojadas de Manchester. El sueño ya no era un juego escolar. Ahora era una decisión. Y las decisiones cambian vidas. La tarjeta de Eleanor Briggs pasó tres días sobre el escritorio de Michael sin que nadie se atreviera a tocarla. Ir a London significaba audicionar frente a productores reales. Significaba viajar solos, gastar dinero que no tenían y, sobre todo, aceptar que esto ya no era un pasatiempo. Nicolas fue el primero en romper el silencio. —Si no vamos, siempre nos vamos a preguntar qué habría pasado. Michael sabía que tenía razón. Lo que no sabía era si estaba listo para descubrir la respuesta. Edward inesperadamente, apareció una tarde en el salón de música. —Escuché que tienen reunión en Londres —dijo, apoyado contra la puerta—. Eleanor no llama a cualquiera. —¿Vienes a desearnos suerte o a burlarte? —respondió Nicolás. Edward negó con la cabeza. —Vengo a decirles algo que nadie me dijo a mí: Londres no es Manchester. Allá no les importa su historia. Solo quieren ver si pueden sostener el escenario. No era una amenaza. Era una advertencia. El viaje El tren hacia Londres avanzaba bajo un cielo gris. Michael miraba por la ventana, viendo cómo los edificios industriales se convertían en campos abiertos y luego en suburbios infinitos. Nicolás no podía estarse quieto. Golpeaba el asiento marcando ritmos. Estaba emocionado… pero también nervioso. Cuando llegaron, la ciudad los envolvió con ruido, luces y movimiento. Londres era más rápida, más fría, más grande. La audición sería en un pequeño estudio en el este de la ciudad. Nada glamuroso. Paredes blancas. Un sofá gastado. Instrumentos listos. Eleanor estaba ahí. —No quiero que toquen su mejor canción —les dijo—. Quiero que toquen la más honesta. Eso descolocó a Michael. Habían ensayado algo técnico, impresionante. Algo que demostrara habilidad. Pero honestidad… era otra cosa. El conflicto Antes de entrar al estudio, Nicolás lo tomó del brazo. —Tocamos “Grey Skies”, ¿sí? Era la canción más personal de Michael. La que hablaba de sentirse invisible en Manchester, de la presión, del miedo. —No está perfecta —dijo Michael. —Precisamente. Discutieron. Por primera vez, la discusión no era sobre ritmo o volumen. Era sobre vulnerabilidad. Michael tenía miedo de mostrar demasiado. Nicolas tenía miedo de que, si no lo hacían, nadie los recordaría. El silencio entre ellos pesó. Al final, Michael respiró hondo. —Está bien. “Grey Skies”. La audición Las primeras notas fueron suaves. La voz de Michael tembló al inicio… pero no se quebró. Nicolas entró con un ritmo contenido, sin explosión exagerada, dejando espacio para que la letra respirara. No estaban tocando para impresionar. Estaban tocando como si nadie más existiera. Cuando terminaron, el estudio quedó en silencio. Eleanor no aplaudió. Solo dijo: —Eso. Eso es lo que tienen que proteger. No su técnica. No su imagen. Eso. No les ofreció contrato. No les prometió nada. Pero les dio algo más peligroso: una invitación para abrir un show pequeño en un club independiente en Londres dentro de un mes. Un público real. Entrada pagada. Sin red de seguridad. Después Esa noche, caminando por el río Támesis, las luces reflejándose en el agua oscura, Michael sintió algo distinto. No miedo. Responsabilidad. Nicolas sonrió. —Ya no somos la banda del festival escolar. Michael miró el horizonte de la ciudad y respondió: —No. Pero tampoco somos famosos. —Todavía. Y por primera vez, la palabra no sonó como fantasía. Sonó como posibilidad. FIN Autor: Elisa Salcido García Título: Electric in the Rain Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026
- "El monstruo verde", cuento de Brian Zenteno Aguilar.
En el año 2026 vivía un chico llamado Jorge Martínez, un joven de 16 años que estudiaba la preparatoria. Su mejor amigo era Andrés López, un compañero de salón de 17 años. Andrés era delgado, algo nervioso, pero muy valiente; nunca se negaba a ayudar a los demás. Ambos vivían en un pequeño pueblo que apenas comenzaba a crecer. Había pocas escuelas, pocos edificios y las calles casi siempre estaban tranquilas. Para ellos era un lugar simple, pero lleno de recuerdos. Después de unas largas vacaciones regresaron a la preparatoria. Durante las primeras dos semanas todo parecía normal. Sin embargo, un día algo comenzó a llamar su atención. Cerca de la escuela había un edificio alto que funcionaba como oficina. Allí trabajaba un hombre llamado Víctor. Siempre vestía traje negro y gafas oscuras, y llegaba con una maleta que parecía demasiado llena, como si estuviera a punto de romperse. Jorge y Andrés sospechaban que dentro no había dinero. En realidad, Víctor había creado una sustancia extraña: un suero capaz de transformar a cualquier persona en un ser monstruoso. Quien se lo inyectara no solo cambiaría físicamente, sino que también perdería su razón y solo pensaría en destruir todo a su paso. Al día siguiente ocurrió algo extraño. El pueblo, que normalmente era silencioso, comenzó a temblar ligeramente. Algunas personas ni siquiera lo notaron, pero Jorge y Andrés estaban seguros de que no era normal. Decidieron seguir el origen del temblor. Mientras más avanzaban, más fuerte se volvía. Finalmente llegaron al edificio de Víctor. De repente, el lugar empezó a derrumbarse. Era uno de los pocos edificios grandes del pueblo, y estaba cayendo frente a sus ojos. Cuando todo quedó en silencio, pensaron que había terminado. Pero entonces… algo emergió de entre los escombros. Era un monstruo verde gigante, de más de tres metros de altura. Los dos amigos salieron corriendo. La criatura era lenta, pero aterradora. Poco después llegaron la policía y los reporteros, aunque el caos fue tan grande que muchas personas tuvieron que evacuar. Horas después, Jorge y Andrés lograron reunirse con sus familias y se refugiaron en un hotel fuera del pueblo. Encendieron la televisión. El lugar donde habían vivido toda su vida estaba completamente destruido. Al principio solo sintieron miedo. Pero Jorge decidió investigar. Buscó información en internet hasta encontrar un caso muy parecido ocurrido veinte años atrás. En ese entonces también había aparecido un monstruo similar. La diferencia era que en aquel tiempo existía una cura. El problema era que el científico que conocía la fórmula había muerto seis años antes. Investigando más, descubrieron algo impactante: ese científico era el padre de Víctor. Víctor no solo había recreado el experimento… también había usado el suero en sí mismo para destruir todo a su paso. El pueblo quedó completamente devastado. Jorge no podía quedarse de brazos cruzados. Decidió ir al laboratorio donde, según los registros, el padre de Víctor había creado el invento por primera vez. Andrés decidió acompañarlo. El lugar estaba abandonado, lleno de polvo y telarañas. Buscaron durante horas sin encontrar nada… hasta que Andrés descubrió una puerta secreta. Estaba vieja, pero abierta. En el centro de la habitación había un libro antiguo. Al leerlo descubrieron algo importante: la cura ya existía, pero estaba escondida en otro compartimiento secreto que solo conocía el padre de Víctor. Parecía que todo estaba perdido. Sin embargo, encontraron un pequeño cuaderno con una dirección. La cura estaba en el mismo lugar, pero enterrada a cien metros bajo tierra. Sin perder tiempo, llamaron refuerzos para excavar. Después de varios días de trabajo finalmente lograron encontrar el frasco con la cura. Pero había otro problema. El monstruo ya se dirigía hacia la ciudad donde estaban refugiados. Jorge y Andrés viajaron rápidamente hacia allí. Cuando llegaron, la criatura ya había destruido gran parte del lugar. Ahora era aún más grande. Medía más de seis metros. Intentaron inyectarle la cura varias veces, pero el monstruo destruía todo a su alrededor. Muchos rescatistas tuvieron que retirarse. Entonces Jorge tomó una decisión. —Si nadie lo hace… lo haré yo. Tomó la cura y corrió hacia la criatura. El monstruo intentó aplastarlo con su enorme mano, pero Jorge esquivaba cada golpe con saltos y acrobacias. Finalmente logró acercarse lo suficiente. Y le inyectó la cura. El efecto fue inmediato. La criatura comenzó a debilitarse hasta volver a su forma humana: Víctor. La policía lo arrestó mientras los sobrevivientes de la ciudad celebraban. Entre la multitud solo se escuchaba un nombre repetirse una y otra vez: —¡JORGE! ¡JORGE! ¡JORGE! Aquel día, un joven de 16 años salvó a toda una ciudad. Y su valentía se convirtió en una historia que nadie en ese lugar olvidaría jamás. FIN Autor: Brian Zenteno Aguilar Título: El monstruo verde Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026
- "Gol al destino", cuento de Irving Alfonso Alvarado Fraire.
El joven Yuma Kurogane acababa de salir del estadio tras perder un amistoso con sus compañeros. Se encontraba algo triste porque, a pesar de haber marcado dos goles, igualmente su equipo había perdido. Mientras caminaba con la mirada puesta en el suelo, se percató de una carta tirada. La levantó con curiosidad y, al leerla, se dio cuenta de que era una solicitud para ingresar a un proyecto que lo pondría dentro de la sub-20 de su país y lo convertiría en el mejor delantero del mundo. Pero obviamente no le pertenecía. Al mirar a su alrededor, notó que no había nadie cerca. Dudó unos segundos… y al ver que nadie regresaba por ella, decidió llevársela a casa. Ya en su hogar, el joven se sentó con sus padres y les contó lo ocurrido. Ellos le aconsejaron guardarla y buscar al dueño al día siguiente. Sin embargo, Yuma sentía algo extraño, como si esa carta lo llamara. Fue a su habitación y se quedó pensando si debía ir, aunque no tuviera nombre ni destinatario. A la mañana siguiente se levantó temprano con la carta aún en sus manos. No sabía si debía seguir la dirección escrita o no, pero algo dentro de él le decía que esa oportunidad no era casualidad. Decidió salir a caminar para aclarar su mente. Sin darse cuenta, sus pasos lo llevaron hasta la cancha donde solía entrenar con sus amigos. Allí estaban, esperándolo. —Sabíamos que vendrías —dijo Haru, su mejor amigo—. No importa que hayamos perdido… todavía podemos mejorar. Yuma sonrió levemente y guardó la carta en su bolsillo. En ese momento, otro equipo apareció en la cancha. Su capitán, un delantero arrogante llamado Raiden, soltó una risa burlona. —¿Ustedes otra vez? Pensé que después de la derrota de ayer se habrían retirado. Los amigos de Yuma se molestaron, pero él dio un paso al frente. —Juguemos un partido —respondió con calma—. Si ganamos, dejarás de subestimarnos. Raiden aceptó con una sonrisa confiada. El partido comenzó intenso. El equipo rival dominaba el balón y anotó primero. Luego marcó otro gol. El marcador 2-0 pesaba como una roca. Los compañeros de Yuma empezaron a desesperarse, pero él recordó la carta y las palabras que había leído: “El mejor delantero del mundo.” Respiró hondo. —No importa el marcador —dijo—. Confíen en mí… y en ustedes. Sus amigos asintieron. El partido continuó y, poco a poco, Yuma empezó a leer cada movimiento rival. Recuperó un balón, esquivó a dos jugadores y anotó el primero. Minutos después, asistió a Haru para el empate. Última jugada. El balón llegó a Yuma. Raiden se puso frente a él. —No pasarás. Yuma sonrió. —No necesito pasar. Con un movimiento rápido, levantó el balón y disparó de volea. El tiro cruzó el aire y entró justo en el ángulo. Gol. Sus amigos corrieron a abrazarlo mientras el rival se quedaba en silencio. Raiden, serio, se acercó y dijo: —Tal vez… sí tienes lo necesario para ser el mejor. Yuma apretó la carta dentro de su bolsillo. Ahora lo entendía: no importaba quién la hubiera perdido. Lo importante era lo que había despertado en él. Ese día no solo ganó un partido. Ese día nació su ambición. Y con ella… comenzó la verdadera historia de Yuma Kurogane, el delantero que algún día desafiaría al mundo. FIN Autor: Irving Alfonso Alvarado Fraire Título: Gol al destino Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026
- "El tatuaje de los secretos", Cuento de Jenifer Valadez
El letrero de Luna negra parpadeaba suavemente aquella tarde. Afuera el cielo estaba teñido de tonos anaranjados y rosados, como si el día no quisiera terminar. Emma llevaba varios minutos frente a la puerta antes de decidirse a entrar. Tenía 17 años y nunca antes se había hecho un tatuaje. Pero necesitaba un cambio en su vida. Algo que simbolizara que ya no era la niña insegura de antes. Cuando abrió la puerta, la pequeña campanita anunció su llegada. El estudio era acogedor: luces cálidas, dibujos enmarcados, plantas pequeñas en las esquinas y el sonido suave de música instrumental. En una mesa, concentrado en su diseño estaba Logan. Logan tenía 19 años. Sus brazos estaban cubiertos de tinta: frases en otros idiomas, serpientes. Pero sus ojos eran suaves Cuando la vio, algo en el ambiente cambió — ¿Te puedo ayudar? — preguntó él con una media sonrisa Emma respiró hondo — Quiero un tatuaje pequeño…una luna con una estrella. Logan dibujó frente a ella. La luna elegante, y la estrella parecía brillar incluso en el papel. Cuando comenzó el tatuaje, la aguja zumbó suavemente. Emma cerró los ojos. Y entonces ocurrió Una corriente tibia recorrió su brazo Y en la mente de Logan apareció un pensamiento claro como un susurro: “Ojalá no note que estoy nerviosa…? Él levantó la mirada de golpe. Emma seguía en silencio. Logan intentó ignorarlo. Pensó que era imaginación. Cansancio. Pero cuando terminó el tatuaje y Emma sonrió al verse en el espejo, volvió a escucharlo. “Es perfecto…él es diferente.” Esa noche, Logan no pudo dejar de pensar en ella. Y cada que lo hacía…escuchaba fragmentos de su voz en su mente. No eran palabras habladas. Eran pensamientos. Durante los días, la conexión se volvió más fuerte. Cuando estaba se vuelven más fuerte. Cuando Emma estaba cerca, Logan podía sentir su alegría, sus dudas y sus recuerdos. Un día, mientras ella le contaba que siempre había querido estudiar arte pero tenía miedo de no se suficiente, Logan escuchó algo más profundo: “No quiero volver a confiar en en alguien y que me fallen” Ese pensamiento no venía acompañado de una sonrisa. Venía con miedo. Logan comenzó a sentirse dividido. Por un lado sabía exactamente cómo hacerla feliz , que decir, cuando abrazarla. Por otro lado…sabía cosas de ella que nunca había decidido compartir. Era como tener acceso a su parte más frágil. Y eso no era justo Emma empezó a notar cosas extrañas. — ¿Cómo sabes lo que iba a decir? — preguntó una tarde Logan dudo — Solo…te observo mucho. Per la verdad pesaba. La conexión empezó a intensificarse. A veces Logan escuchaba pensamientos de Emma incluso cuando ella no estaba cerca. Especialmente cuando sus emociones no eran fuertes. Una noche, mientras la lluvia golpeaba las ventanas del estudio vacío, Logan escuchó con claridad: “Creo que me estoy enamorando…y eso me asusta” Su corazón se aceleró. Porque él también lo estaba. Pero sabía que si seguía ahí . Su relación no sería real. Sería guiada por secretos. Decidido a entender que estaba pasando, Logan investigó la tinta que había usado. Recordó que el proveedor le habló de una edición especial hecha con pigmentos naturales mezclados con minerales antiguos. Según una vieja creencia, esos minerales reaccionaban a la energía emocional en el momento de ser aplicados. Logan comprendió algo importante. La conexión no fue un accidente. Se creó porque ambos sintieron algo intenso y sincero al mismo tiempo. La tinta solo amplifico lo que ya existía. Pero si seguía activa, nunca habría verdadera confianza. Un atardecer, Logan cito a Emma en él estudio. El ambiente era diferente. Más serio. — Necesito contarte algo — dijo el Le explicó todo. Al principio Emma pensó era broma. Pero cuando él respondió a un pensamiento que ella acababa de tener en silencio, el miedo cruzó su rostro. — Entonces…¿nunca he estado sola en mi mente? — susurró Logan negó con la cabeza — No fue mi intención. Pero ya no quiero que sea así. No quiero saber lo que no decides decirme. Emma miró su tatuaje. La luna parecía más brillante bajo la luz. — ¿Y se puede romper? — Creo que sí Logan preparó su equipo. Esta vez no sería para crear…sino para transformar. Agregó un pequeño símbolo antiguo dentro de la estrella : un círculo cerrado. Mientras la aguja tocaba su piel otra vez, la corriente volvió…pero esta vez fue más ligera . Más suave. Logan esperó. Silencio. Por primera vez en semanas su mente estaba vacía. La conexión había desaparecido. Emma lo miró fijamente. — Ahora tendrás que preguntarme lo que pienso — dijo con una sonrisa tímida. Logan tomó su mano — Prefiero mil veces escucharlo de tus labios. Y así, la luna dejó de susurrar pensamientos…pero empezó a brillar cada vez que Emma reía. Porque el verdadero amor no se trata de saberlo todo. Se trata de elegir confiar. FIN Autor: Jenifer Valadez Título: El tatuaje de los secretos Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026











