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  • "El gato que buscaba oro", cuento de Santiago Ramos Zavala.

    Hace aproximadamente un año cayó un meteorito en la famosa ciudad de Nueva York. Del meteorito surgió una luz tan cegadora como el sol. Cuando el destello desapareció, emergió una extraña criatura con forma de gato. Era verde y tenía una apariencia peculiar: de su cabeza sobresalían unas antenas que vibraban constantemente. De ellas surgió una voz mecánica: —Tierra, planeta abundante en recursos… y oro. El suficiente oro para pagar tu deuda y aun así vivir como millonario. El gato sonrió y miró la ciudad. Estaba convencido de que allí su vida cambiaría. Al día siguiente caminaba por las calles como si nada hubiera ocurrido. Gracias a un sistema de camuflaje podía parecer un gato común y corriente. Durante una de sus caminatas observó una revuelta política que escalaba lentamente, pero con seguridad. Primero fueron insultos, luego empujones y finalmente un tiroteo, justo en el lugar donde él se encontraba. En el suelo vio muchos casquillos de bala y pensó que eran de oro. Sin embargo, la inteligencia artificial de sus antenas habló: —Este material no es oro. Es otro mineral más blando y menos valioso, conocido como cobre. El gato se marchó decepcionado. Mientras corría para salir del tiroteo, casi fue atropellado por un automóvil. El conductor frenó bruscamente y provocó un choque aún mayor. Al seguir caminando por la calle encontró a varias personas inmóviles, con la mirada perdida, babeando y cubiertas de suciedad. Parecían zombis. Intentó hablar con una de ellas, pero no respondió. Entonces la inteligencia artificial explicó: —Estas personas están bajo el efecto de un estupefaciente conocido como fentanilo. El gato preguntó: —¿Y qué hace ese fentanilo para que la gente termine así? La IA respondió: —Daña gravemente los sentidos. Produce una sensación intensa de placer momentáneo, pero deja consecuencias mucho más profundas con el tiempo. Días después, durante otra caminata, entró a una tienda cualquiera y vio a un hombre vestido con ropa costosa y cubierto de joyas. La IA habló nuevamente: —Esa persona lleva oro. No es suficiente para pagar tu deuda, pero reduciría un diez por ciento. Sin pensarlo, el gato saltó para robarle las joyas. Mientras escapaba corriendo, una persona gritó: —¡Ese gato parece hecho de oro! El camuflaje lo hacía ver extremadamente naranja, casi brillante, como si su pelaje estuviera hecho del metal precioso. La inteligencia artificial decidió entonces bautizarlo. —Tu nombre será Oro . El gato aceptó el nombre con orgullo, pues su obsesión con aquel recurso era evidente. Esa misma noche le preguntó a la IA dónde podía encontrar más oro para pagar su deuda. —En este planeta existen lugares llamados joyerías  —respondió la voz—. Allí guardan grandes cantidades de oro. Oro salió a buscarlas lo más rápido que pudo. Esa noche encontró una gran joyería y entró. La cantidad de oro que vio lo deslumbró. No había nadie dentro, así que comenzó a tragarse las piezas para poder transportarlas con facilidad. De pronto, las alarmas comenzaron a sonar. Oro salió corriendo hacia su nave, la misma en la que había llegado a la Tierra. Poco después partió rumbo a su planeta de origen: Plutón . Al llegar fue directamente al banco para pagar su deuda. El encargado revisó el oro y dijo: —Esto es suficiente para pagar tu deuda inicial… pero no cubre lo que gastaste durante tu búsqueda. Tendrás que volver a conseguir más o trabajar como cazarrecompensas. Oro miró sus patas en silencio. Luego respondió: —Elijo la segunda opción. Sin decir nada más, se dirigió a su nave y partió nuevamente hacia la Tierra. Pero esta vez no regresaría por oro. Regresaría a cazar recompensas . Y quizá pasaría mucho, mucho tiempo antes de que volviera a casa. FIN Autor: Santiago Ramos Zavala Título: El gato que buscaba oro Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026

  • "El cuaderno de las decisiones", cuento de Joanna Díaz González

    Leilany era una chica de 15 años que cursaba tercer grado de secundaria. Tenía el cabello negro y largo que le caía hasta la cintura, y siempre llevaba pantalones y tenis blancos. Era tranquila, inteligente y algo reservada. Un día, en la biblioteca de la escuela, encontró un cuaderno antiguo escondido entre libros viejos. Al abrirlo, descubrió algo imposible: todo lo que escribía en él comenzaba a hacerse realidad. Semanas después llegó un alumno nuevo al salón: Iván. Era callado, atractivo y llevaba brackets. Al principio parecía amable, pero en realidad era observador y manipulador. Era jueves. Última hora. El salón estaba casi vacío. Leilany estaba nerviosa porque había escrito algo en el cuaderno esa mañana: “Que no me llamen a exponer.” Cuando sonó el timbre, guardó todo rápido. Pero al levantarse, su mochila mal cerrada se abrió. El cuaderno negro cayó al suelo. No hizo ruido fuerte… pero se abrió justo en la página donde había escrito. Iván, que estaba dos filas atrás, lo vio. Se acercó y lo recogió. Y antes de cerrarlo… leyó. “Que no me llamen a exponer.” Sonrió levemente. —Se te cayó —dijo tranquilo. Leilany se puso pálida. —Gracias… Minutos después, la maestra dijo: —Hoy no habrá exposiciones, se me olvidó la lista en la dirección. Iván miró a Leilany. Y Leilany bajó la mirada. Ahí fue cuando algo no encajó. No fue inmediato. Iván no dijo nada. Pero empezó a observar. Notó que Leilany escribía siempre antes de que ocurrieran cosas “casuales”. Un día escribió algo y al rato pasó. Otro día lo mismo. No era coincidencia. Era patrón. Y él era muy bueno detectando patrones. Una tarde, en la biblioteca, Leilany dejó el cuaderno sobre la mesa mientras iba por un libro. Iván lo abrió con cuidado. En la primera página decía: “Escribe con intención. Cada deseo tiene un precio.” Y más abajo, páginas llenas de frases que luego se habían cumplido. Iván no sintió miedo. Sintió emoción. Ambición. Y decidió que no lo arrebataría. Lo ganaría. Después de confirmar que el cuaderno funcionaba, Iván cambió su estrategia. No lo pidió. No lo robó. No lo amenazó. La conquistó. Comenzó con pequeños detalles: — Le guardaba asiento. — Le ayudaba en matemáticas. — La defendía cuando alguien se burlaba. Leilany empezó a sentirse protegida. Victoria lo notó desde el principio. — No me gusta cómo te mira —le dijo un día en el recreo. — Estás exagerando. Pero Victoria no exageraba. Iván no miraba a Leilany como alguien enamorado. La miraba como alguien que quiere poseer algo Un día, Iván habló con suavidad: — ¿Y si escribes algo pequeño? Solo para probar… conmigo. Leilany dudó. — ¿Qué cosa? — Algo que nos beneficie a los dos. Ella escribió: “Que Iván y yo saquemos 10 en el examen de historia.” Al día siguiente, el examen fue sorprendentemente fácil. Ambos sacaron 10. Iván confirmó lo que ya sabía. El poder era real. Y ahora… también era suyo. La ambición empezó a crecer. Iván quería más. Leilany empezó a sentirse incómoda. Cada deseo parecía sentirse más pesado. Hasta que pasó. En la escuela hubo un accidente extraño en las escaleras. Un empujón que nadie vio bien. Un alumno terminó lastimado. Días antes, Iván había insinuado: — A veces los obstáculos desaparecen solos… Leilany sintió frío. ¿Él había escrito algo? ¿O la había convencido de escribir algo sin recordar bien? El cuaderno ya no estaba siempre con ella. Iván pedía verlo “solo un momento”. Iván cambió. Ya no era dulce. Era intenso. Controlador. — No le cuentes nada a Victoria. — Solo nosotros entendemos esto. — Confía en mí. Leilany empezó a depender emocionalmente de él. Si dudaba, él la hacía sentir culpable. — Después de todo lo que hice por ti… Victoria intentó abrirle los ojos. — Te está manipulando. — No entiendes nada —respondía Leilany. Pero en el fondo… empezaba a entender. Una tarde, Leilany encontró el cuaderno abierto en manos de Iván. Y leyó una frase que no era su letra. “Que Leilany nunca se aleje de mí.” Sintió que el aire se le iba. — ¿Qué hiciste…? Iván sonrió. — Solo aseguré lo que es mío. Ahí lo vio claro. Nunca fue amor. Fue obsesión. Intentó quitarle el cuaderno, pero Iván ya no era el chico tranquilo del principio. La ambición lo había consumido. El poder lo había vuelto dependienteVictoria llegó justo cuando todo explotó emocionalmente. Gritos. Lágrimas. El cuaderno cayó al suelo una vez más. Leilany, temblando, escribió con lo último que le quedaba de voluntad: “Que este poder termine aquí.” El cuaderno comenzó a deshacerse hoja por hoja. Iván gritó que no. Pero ya no había nada que hacer. Sin el poder, solo quedó la verdad. Iván no tenía control. No tenía magia. No tenía a Leilany. Solo tenía su obsesión. Y cuando todo terminó, la escuela volvió a la normalidad… Pero Leilany no volvió a ser la misma. Aprendió que el amor sin libertad no es amor. Y que el mayor peligro no era el cuaderno. Era confiar en alguien que solo veía poder donde debía ver corazón. FIN Autor:  Joanna Díaz González Título: El cuaderno de las decisiones Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026

  • "El secreto de la esmeralda", cuento de Kevin Omar Santiago Quintero

    Había una vez un niño llamado Eitan, que se había mudado con su madre a la vieja casa de su abuelo. Nadie conocía bien al anciano; su familia lo había abandonado y lo último que supieron de él fue que había desaparecido. La tarde comenzaba a caer y la noche llegaba junto con una gran tormenta. Eitan caminaba por el pasillo con una caja entre sus manos, pues aún no terminaba de desempacar sus cosas en su habitación. Mientras avanzaba, un estruendo parecido a un relámpago lo sobresaltó, provocando que soltara la caja. Al caer, esta movió por accidente una vieja alfombra, dejando al descubierto una puerta que conducía a un sótano secreto. A Eitan le pareció extraño, pero recogió la caja y siguió adelante. La dejó en su habitación y acomodó lo que llevaba dentro. Al regresar al pasillo, notó que la puerta estaba descubierta y de ella emanaba una luz brillante de color esmeralda. Le pareció demasiado extraño, sobre todo porque la luz era muy intensa, pero la ignoró y continuó su camino. Mientras se dirigía a la cocina, escuchó la voz de su madre decir: — Hijo, ya está la cena. Ven a cenar. — Gracias, madre, iré enseguida — respondió él. Aunque quedó extrañado por un momento, se sentó a cenar. Durante la comida, le preguntó: — Ma, ¿tú sabías que el abuelo tenía un sótano? La madre se quedó sorprendida y contestó: — No, en lo absoluto. No solía visitar mucho al abuelo. Eitan se sorprendió un poco. Terminó de cenar, levantó su plato y regresó a su habitación. Mientras pasaba nuevamente por el pequeño pasillo, volvió a ver la luz resplandeciente bajo el borde de la vieja alfombra. Su corazón y su mente se llenaron de intriga. ¿Qué era lo que ocultaba aquel sótano? Se lo preguntaba una y otra vez. Se acostó y se quedó dormido. Fue una noche muy lluviosa; los relámpagos resonaban sin parar. Eitan se despertó de madrugada con ganas de ir al baño. Tomó una lámpara, pues la noche era muy oscura, y además sabía que su madre trabajaría todo el día y toda la noche al día siguiente. Al salir del baño y regresar por el pasillo, volvió a ver aquella luz resplandeciente, pero ahora era aún más brillante. La intriga lo invadió por completo; ya no podía controlar su mente. Por fin decidió descubrir qué se ocultaba en aquel sótano. Movió la vieja alfombra y abrió la puerta. Era una puerta antigua, cubierta de polvo, que crujía al abrirse. Estaba muy nervioso, pues no quería hacer ruido: su madre dormía y sabía que pronto se iría a trabajar. Entró con cuidado y cerró la puerta tras de sí. Al darse la vuelta, vio cómo aquella luz esmeralda provenía de un viejo baúl que estaba sobre un escritorio antiguo, con bordes dorados y acabados elegantes. Tenía un gran cerrojo y, a su lado, una llave dorada con una pequeña esmeralda incrustada. La curiosidad lo invadió. Abrió el baúl, tomó la llave, la colocó en el cerrojo y lo abrió. Dentro encontró un enorme libro que brillaba intensamente. Se cubrió los ojos, pues la luz era tan resplandeciente que no podía distinguirlo bien. El libro tenía detalles dorados, parecía de cuero y mostraba incrustaciones de oro. En el centro había una gran esmeralda verde en forma de corazón que iluminaba toda la habitación. Tomó el libro sin abrirlo, ya que también tenía un cerrojo. Lo sostuvo y lo observó detenidamente. — Qué raro libro — dijo. En ese instante sonó un estruendo como de relámpago y la lluvia arreció con más fuerza. Eitan se asustó y, por accidente, dejó caer el libro. Al hacerlo, la esmeralda en forma de corazón cayó al suelo y se partió en tres. Asustado, confundido y triste, recogió los fragmentos y dijo: — ¿Qué he hecho? Intentó recomponer la esmeralda, pero no pudo. Ya no resplandecía; se había oscurecido como una roca. Entonces tomó la llave y abrió el libro, con la esperanza de encontrar en su interior alguna solución para reparar la esmeralda convertida en piedra. Al abrirlo, las hojas comenzaron a moverse solas y de su interior brotó una luz intensa. Luego salió un viento recio que estremeció todo su cuerpo. La esmeralda, ya convertida en roca, se transformó en tinta y el libro la absorbió. Sus ojos quedaron impactados al ver cómo aquella roca se convertía en tinta frente a él. De pronto, comenzó a sentirse atraído hacia el libro. Pensó que estaba soñando, pero sus manos empezaron a convertirse en tinta líquida y fueron absorbidas. El viento soplaba con fuerza sobre todo su ser; poco a poco, él mismo se transformaba en tinta mientras el libro no dejaba de agitar sus páginas. La luz se volvió cada vez más intensa hasta que, de un momento a otro, todo se convirtió en una luz blanca. Cuando abrió los ojos, ya no estaba en el sótano. Se encontraba en un pueblo medieval muy extraño. Pensó que era un sueño, algo que solo había visto en películas o cuentos. Parpadeó varias veces, esperando despertar, pero seguía allí: casas antiguas de piedra y madera lo rodeaban. Se levantó y caminó un poco. Frente a él vio una gran multitud y, a lo lejos, un enorme castillo con grandes banderas azules. El pueblo estaba amurallado y el castillo imponía aún más respeto. De pronto, sonaron unas trompetas y Eitan quedó completamente confundido. Un hombre con vestimentas extrañas abrió un gran pergamino y dijo: — ¡Atención! Guarden silencio. Su alteza, el rey Edramont, tiene un mensaje para ustedes. Apareció entonces un hombre elegante, con ropas finas, una gran capa roja, armadura dorada y una corona de oro. La multitud se alteró, llena de miedo y preocupación. Eitan no entendía nada. — ¡Orden, orden! Tranquilos, pueblo mío — dijo el rey. Un hombre gritó desde la multitud: — ¡Oh, rey! ¿Cómo no preocuparnos si la gran hechicera ha regresado y amenaza con destruir los reinos? El rey, nervioso, respondió: — ¡Claro que no! Esa hechicera no podrá contra nosotros. Otra mujer gritó: — ¿Cómo no temer, si en su corazón solo reina la maldad y ya ha atacado estas tierras antes? El rey, incapaz de responder a tantas preocupaciones, se retiró. Eitan, confundido, comenzó a caminar sin rumbo hasta llegar a una montaña. Desde lo alto vio un gran árbol y, bajo él, a una bella doncella con vestimenta fina. En el suelo había una diadema dorada. Preocupado por su madre y sin saber dónde estaba, se acercó con educación: — Disculpe, ¿me podría ayudar? — Claro, ¿en qué puedo ayudarte? — respondió ella. — Necesito encontrar el camino a mi casa. Vivo en un pequeño pueblo llamado Savannah, Georgia. Ella lo miró confundida. — No conozco ningún reino con ese nombre. Tal vez esté al sur... No he explorado más allá de las murallas. Tal vez Sir Rowan pueda ayudarte. Él conoce muchos lugares. Sígueme. Caminaron bordeando la muralla hasta llegar a un acceso secreto. Subieron muchas escaleras hasta una torre. Eitan estaba exhausto, pero la doncella no mostraba cansancio alguno. Entraron a una sala llena de mapas, armas y escudos, donde se encontraba un gran caballero. — Sir, he encontrado a este joven en el camino. Está perdido y pide ayuda para regresar a su reino — dijo ella. El caballero, serio, respondió: — Princesa mía, sabes que tu padre prohíbe la entrada de pueblerinos al castillo. — Mi padre me dio permiso — mintió ella con tristeza. — Entonces podré ayudarlos — aceptó el caballero. Eitan comenzaba a explicarle a Sir Rowan todo, hasta que sonaron las trompetas reales del castillo. Sir Rowan y la joven doncella corrieron hasta la sala real. De repente, unas sombras en forma de serpiente se hicieron presentes y se convirtieron en una nube negra; apareció una anciana con vestiduras negras y un báculo con una serpiente en su cuello. — Ah, mi alteza, qué gran recibimiento para una noble hechicera — dijo la anciana con voz burlona. — Cuánto tiempo ha pasado, veo el castillo más grande. De pronto desapareció y tomó a la princesa. — Qué hermosa muchachita — dijo con una gran voz de maldad. Eitan se escondió, pero en el fondo sintió mucha preocupación por la doncella. — No, Morgana, toma lo que desees, pero no te metas con ella — gritó el rey con autoridad. — Ja, ahora tú pones las reglas, tú conoces lo que quiero — contestó la anciana. El rey, derrotado, entregó lo que la anciana le pedía: un fragmento del corazón de la esmeralda. Eitan quedó impactado al reconocerla. La hechicera desapareció con la princesa y el rey cayó postrado, derrotado. De pronto, un guardia gritó: — ¡Mi alteza, un intruso! El guardia no tuvo tiempo de desenvainar su espada. Antes de que pudiera acercarse, el Rey Edramont, con los ojos empañados por las lágrimas, levantó una mano temblorosa para detenerlo. El monarca miró fijamente a Eitan, reconociendo en la ropa del niño —aquella pijama de algodón tan ajena a las armaduras de acero— una señal de que lo imposible acababa de ocurrir. — Tú... tú estabas en la luz — susurró el Rey, recordando el destello que precedió a la llegada de la hechicera. Eitan, aunque aterrorizado, dio un paso al frente. Sus manos aún se sentían extrañas, como si la sensación de ser tinta líquida no se hubiera desvanecido del todo. Recordó el libro, la esmeralda y cómo se había partido en tres bajo la tormenta de Savannah. — Yo causé esto, Majestad — dijo Eitan con voz firme —. Rompí el corazón de la esmeralda en mi mundo, y por eso ella tiene una parte ahora. Si ella consigue las tres piezas, no solo destruirá su reino, sino que el mío se desvanecerá en la oscuridad. Sir Rowan se arrodilló ante el Rey: — Mi señor, este joven posee un vínculo con el artefacto que ni siquiera la magia de Morgana comprende. Permítame llevarlo a las Tierras del Olvido. Si recuperamos el fragmento, recuperaremos a la Princesa. Partieron al amanecer. Eitan observaba las casas de piedra mientras abandonaban la muralla, sintiendo que caminaba a través de las páginas del libro de su abuelo. Durante el viaje, Rowan le explicó que la esmeralda era el núcleo que mantenía la realidad unida. — Tu abuelo no desapareció, Eitan — le confió el caballero —. Él era el Guardián del Códice. Al morir o partir, el libro buscó un nuevo linaje. Te buscó a ti. Eitan miró sus manos. Al concentrarse, pudo ver cómo pequeñas gotas de tinta negra brotaban de sus yemas, formando figuras: un mapa del bosque, la silueta de su madre y la llave dorada. Llegaron a la guarida de Morgana, una torre de roca negra. Allí, la hechicera ya había colocado el primer fragmento en un altar. La Princesa, encerrada en una jaula de sombras, gritó al verlos. Morgana rió y lanzó una ráfaga de viento recio. Sir Rowan fue lanzado contra la pared, pero Eitan corrió hacia el altar. Cuando Morgana intentó hechizarlo, el cuerpo de Eitan se volvió fluido; los ataques lo atravesaban porque él era de la misma sustancia mágica que el libro. Eitan alcanzó el fragmento. Al tocarlo, una explosión de luz esmeralda recorrió sus venas. — ¡No perteneces aquí, Morgana! ¡Vuelve a las páginas! — gritó Eitan. El suelo tembló. El libro apareció flotando en el aire, succionando la luz y la oscuridad. La hechicera fue absorbida por las páginas, convirtiéndose en una ilustración más. Con la hechicera derrotada, el mundo comenzó a desdibujarse. Eitan sentía que su peso regresaba. — Debes irte, Guardián — dijo la Princesa, dándole un beso en la mejilla. Eitan despertó en el suelo del sótano. La lámpara seguía encendida. Se levantó y vio el baúl; dentro, el libro estaba cerrado y la esmeralda de la portada estaba perfectamente unida, brillando con calidez. Cerró el sótano y volvió a colocar la alfombra. Caminó por el pasillo hacia la cocina. Allí estaba su madre sirviendo la comida. — Te quedaste dormido en el pasillo, hijo — dijo ella con una sonrisa —. Debes estar cansado por la mudanza. Eitan se sentó a la mesa. Sus manos estaban limpias. Pero al mirar por la ventana hacia la noche de Savannah, juró ver entre los relámpagos la silueta de un castillo con banderas azules. — Ma — dijo Eitan —, creo que el abuelo no desapareció. Creo que simplemente se fue de viaje. Eitan terminó su cena, sabiendo que el sótano era la puerta al secreto más grande del mundo. Mientras el libro descansará bajo la alfombra, él se encargaría de que la luz esmeralda nunca volviera a apagarse. FIN Autor: Kevin Omar Santiago Quintero Título: El secreto de la esmeralda Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026

  • "Entre estrellas y cenizas", cuento de Daira García López.

    ¿Cuándo comienza una vida? en el momento en el que naces o cuando tomas conciencia de que estás vivo?, cuándo empiezas a tener recuerdos a elegir a dónde te mueves, que te gusta, que no. Se siente como si hubieras estado dormido todo ese tiempo, y todo lo anterior, fuera sueño, que no recuerdas pero intuyes. Yo creo, que en ese momento, cuando sientes despertar tu conciencia, es cuando empiezas una vida de verdad. Capitulo 1. Donde el cielo tocó la tierra; El espacio no es aburrido, menos para alguien como yo, que lleva desde el inicio de la existencia aquí, solo es muy, bueno, silencioso y muy extenso. Como tal, no es posible caminar en el espacio. Así que suelo impulsarme para moverme con algunas estrellas, tampoco tengo piernas de todos modos. -Y este?, que tal?- Pregunté, claro que en el espacio no es posible hablar o hacer ruido como todos los terrestres, pero no necesitaba eso para que ella me escuchara. -Vez algo interesante ahí?- Continúe rodeando el pequeño planeta para que pudiéramos verlo más de cerca. Mi única respuesta fue el brillo que emanaba. Fue suficiente para entender que tal vez esa esfera imperfecta sería nuestro hogar durante un tiempo Así con lo que es un empujón de las estrellas me dispuse a atravesar lo que yo llamo la invisible difícil. Cada lugar en el espacio es diferente así como en cada esfera hay una invisibilidad diferente. Capitulo 2. Humanos / Tribu Cazar, siempre cazar, para conseguir con pieles comida, ahuyentar animales peligrosos, para sobrevivir. No es fácil en muchos sentidos, tener que acabar con una vida para seguir con la tuya. Por otro lado, es interesante la de adrenalina que se siente al seguir las huellas de un animal grande, el orgullo que te da cuando con una flecha en cesa directo al ojo de algún conejo, un ave, o incluso un pez. La caza también te define, cuando una mujer, que normalmente se dedica a la recolección, al tejido o a cuidar a los ancianos, caza algo, lo que sea, una ardilla, viejo conejo, incluso si simplemente coloca bien una trampa. Todos lo consideran alguien fuerte, inteligente, y deseada por los hombres. Con los hombres no pasa lo mismo, ya que su deber, y aprenden desde muy jóvenes, si para los 12 no sales a ayudarle a tu padre a cazar, ya estás retrasada. Y si a los 14 ya no casas para ti mismo, eres una deshonra, el raro, el atrasado. Yo vivía con mis padres a los 16, no sabía casar bien del todo, así que a veces mi padre casaba para mí. No me fui de con ellos hasta que había cumplido mis 19 inviernos. Akari, mi mejor amiga, por otro lado ya era considerada una mujer hecha y derecha. Se había casado a los 16, con Apolo, un joven de 19 en ese entonces, qué había evitado casarse, por esperarla a ella. Akari es fuerte, excelente cazadora, la mejor, que incluso está por encima de muchos hombres, y también es muy hermosa. Cuando éramos niños, solíamos fantasear con casaros y formar una familia, a pesar de que ese sueño se rompió en el momento en que ella decidió casarse con alguien que si supiera cazar, con alguien que a sus 16 no viviera con sus padres. Ahora tenemos 20, ya no vivo con mis padres, Y acaso mejor, pero ella tiene dos hijos y lleva 4 años con Apolo. -Nanteck muévete!- Espetó Alonk, mientras me miraba con impaciencia, sacándome de mis pensamientos. Si, ya voy- Respondí entre dientes mientras recogía mi arco, quitándome de la entrada y dejando pasar a los cazadores. Ya era hora de salir a cazar, normalmente van en grupo, yo no, porque antes nunca estaba bien Y aunque ahora caso mejor eso es algo que piensan todos cuando me ven, el atrasado. -Conejos...- Murmuré para mí mismo mientras seguía el sonido entre los arbustos, suave, pequeño, y confiado, como el de un conejo. Lo seguí hasta la orilla de un río agachado flexionando el arco y justo en el momento exacto.. -¡Agh!..- Exclamé, soltando la flecha descuidadamente cayendo hacia atrás, con el corazón a mil, viéndola a ella, una niña, no, se ve demasiado grande. Una joven, desnuda, qué había aparecido de la nada, asustándome y ahuyentando al conejo. La mire un momento, nunca había visto una mujer desnuda, menos a una que solo se quedara ahí parada, mirándome como si yo fuera alguna especie de exposición rara Yo..yo lo siento!- Exclamé demasiado alto, apartando la mirada con la cara roja de vergüenza - No sabía que había alguien aquí!- Me disculpé, tratando de no tatamudea. El sonido del río siguió corriendo como si nada hubiera pasado. Como si no hubiera una joven desconocida, completamente desnuda, de pie frente a mí, mirándome con la misma curiosidad con la que un niño observa un insecto extraño. Yo, en cambio, sentía que el corazón me golpeaba las costillas. Ella no dijo nada, no gritó, no intentó cubrirse. Solo inclinó ligeramente la cabeza, como si me estuviera, bueno,nanalizando. Tragué saliva antes de continuar —De verdad lo siento… —murmuré otra vez, sin atreverme a mirarla directamente. Silencio, un silencio pesado, denso incómodo. Levanté la vista apenas lo suficiente para comprobar si seguía ahí. Seguía ahí, y ahora me estaba mirando más de cerca Sus ojos, parpadeé no eran verdes, ni cafés, ni negros. Eran… azules. Pero no el azul del río. Eran brillantes, y dentro de ese azul había vetas doradas que parecían moverse lentamente, como si tuvieran vida propia. Mi mirada subió, cabello azul. Con mechones amarillos que parecían atrapar la luz del sol. Un escalofrío me recorrió la espalda, eso no era normal, nada de eso era normal. —¿E-estás… perdida? —pregunté despacio, señalando a mi alrededor. Ella siguió mirándome, sin responder, ni una palabra, ni un gesto, solo observando sentí una incomodidad extraña. No era miedo exactamente, era la sensación de estar frente a algo que no entendía. Intenté otra cosa —¿Tribu? —dije señalándome el pecho— Yo… tribu. Luego señalé hacia el bosque ella miró mi dedo, después miró mi cara y volvió a inclinar la cabeza, silencio otra vez. —…bien —susurré para mí. Esto era malo. Muy malo. No hablaba, no reaccionaba, no parecía entender. Y estaba sola, completamente sola. Miré alrededor. No había huellas, no había ropa, no había herramientas, no había señales de otra persona. Solo ella. Y el río. Ella dio un paso hacia mí y mi cuerpo se tensó. No parecía agresiva, pero tampoco parecía… humana del todo. Se acercó lo suficiente para quedar a unos pasos. Me observó la cara, luego el arco, luego mis manos, luego mi ropa. Sus dedos se extendieron lentamente hacia mi hombro, e quedé rígido. Su mano tocó la piel de mi brazo. Fría. No como la piel de alguien que viene del agua. Fría como la sombra. Sus dedos apretaron ligeramente. Y sonrió. No una sonrisa social. No una sonrisa tímida. Una sonrisa fascinada, como si acabara de descubrir algo nuevo. Y en cierto modo… supongo que sí. Respiré profundo. —Está bien… —murmuré— Está bien… Me quité la capa de piel lentamente. Ella observó cada movimiento como si fuera un ritual sagrado. Se la extendí, dudó, miró la piel, me miró, volvió a mirar la piel. Finalmente la tomó, no se la puso, la sostuvo, la olfateó, luego la presionó contra su mejilla. Y cuando volvió a sonreír, me quedé sin palabras. conejo se había ido, la caza se había perdido, pero yo no podía irme, no podía dejarla ahí. Así que el día transcurrió… extraño. La seguí, o más bien caminamos juntos sin acordarlo, ella tocaba todo: hojas, agua, piedras, insectos. En un momento intentó meter una piedra en su boca. —¡NO! —dije, sobresaltado. Se detuvo, me miró, miró la piedra y lentamente la dejó caer. Después me sonrió otra vez, como si hubiera aprendido algo. A ratos se alejaba, a ratos volvía. No parecía temerme, pero tampoco parecía depender de mí. Solo… estaba, existiendo, observando, aprendiendo. Cuando el sol comenzó a caer, el miedo real llegó: la noche. El bosque nocturno no perdona a quien está solo, y ella estaba sola. Suspire —…vamos. Señalé el camino, no sabía si entendería, pero di un paso, luego otro. Escuché hojas detrás, giré, y ella venía, sosteniendo aún la capa contra su pecho. La oscuridad creció entre los árboles y las luces de la tribu aún no eran visibles. Ella caminaba a mi lado en silencio; a veces se detenía, a veces miraba el cielo, a veces miraba mi cara, como si comparara cosas. Cuando finalmente las fogatas lejanas se insinuaron entre los troncos, me detuve. Ella también. Miré la aldea, luego a ella, luego otra vez la aldea. Un nudo se formó en mi estómago. No sabía qué iba a pasar, no sabía qué era ella, no sabía si debía llevarla, pero tampoco podía dejarla. Respiré profundo. —Ven. Di el primer paso y, por primera vez en todo el día, ella dudó. Sus ojos se alzaron hacia la aldea iluminada, luego a mí, luego otra vez a la aldea. Finalmente, avanzó. Y en ese momento, sin saberlo, una estrella cruzó el límite invisible del bosque y entró por primera vez al mundo humano. Capitulo tres. Dónde nadie debería ver; La tribu estaba viva incluso de noche, no como en el día, donde los niños corren y los cazadores discuten, sino viva de esa manera silenciosa y peligrosa: brasas encendidas, susurros bajos, sombras moviéndose detrás de pieles que hacen de puertas. Y mi cabaña… mi cabaña estaba en el centro, en el maldito centro. Respiré hondo. Ella estaba detrás de mí, envuelta torpemente en la capa que le había dado, aunque no parecía entender muy bien cómo sostenerla, a cada paso que daba un mechón azul escapaba, luego uno amarillo, luego el viento levantaba la piel lo suficiente para que casi me diera un infarto. —No te detengas —susurré sin mirarla. Ella se detuvo, claro que se detuvo, miraba el fuego más cercano con fascinación absoluta, sus ojos reflejaban las llamas como si las llamas la reconocieran. —No… eso no —murmuré, regresando dos pasos para tomarle la muñeca. Su piel estaba fría otra vez, la jalé suavemente y ella me siguió, tres pasos, cuatro. Un niño salió corriendo entre dos cabañas, me quedé helado, la empujé contra mi espalda intentando cubrirla con mi cuerpo, el niño ni siquiera nos miró, se perdió entre las sombras. Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo. —Por favor… —susurré, más para mí que para ella. Avanzamos de nuevo, mi cabaña estaba a unos veinte pasos, solo veinte, y parecían cien. Alonk estaba sentado frente a su cabaña, afilando una punta de lanza, por supuesto que estaba despierto, siempre estaba despierto. Sentí que el sudor me corría por la espalda, ella en cambio asomó la cabeza desde detrás de mí para mirar mejor. No. No, no, no. Le bajé la cabeza con la mano. —Quiet… —susurré. No sabía si entendía las palabras, pero parecía reconocer el tono, se quedó inmóvil, milagro. Caminé con naturalidad forzada, como si no estuviera ocultando a una mujer desnuda de cabello imposible bajo una capa mal acomodada. —¿Cazaste algo? —preguntó Alonk sin levantar la vista. Mi garganta se secó. —No. Silencio, sentí su mirada subir lentamente, recorrer mi rostro, bajar por mi cuerpo, detenerse un segundo de más. —Hueles raro. Mi corazón dejó de latir, ella decidió moverse justo en ese instante, la capa se abrió un poco, un destello azul y amarillo brilló bajo la luz del fuego. Tosí, demasiado fuerte. —Río —dije rápido— Me caí al río. Alonk frunció el ceño, luego bufó. —Siempre distraído. Y volvió a su lanza. Caminé, no corrí, no podía correr, pero cada paso era una batalla contra el impulso de huir. Al fin frente a mi cabaña, levanté la piel que cubría la entrada y la empujé suavemente hacia adentro. Ella se detuvo en el umbral, miró la tribu, las fogatas, el cielo, luego me miró, sus ojos brillaron de una manera extraña, como si estuviera cruzando algo importante. —Entra —susurré. No entendía la palabra, pero entendió el gesto, cruzó. Entré detrás y dejé caer la piel de la puerta, oscuridad, silencio. Mis piernas casi cedieron y apoyé la espalda contra la pared. Ella ya estaba caminando por la cabaña, tocando una vasija, una piel doblada, una herramienta, como si todo le perteneciera, como si siempre hubiera estado ahí. Me llevé las manos al rostro, había metido a una desconocida, desnuda, de cabello azul y amarillo, con ojos que no eran humanos, al centro mismo de la tribu. Si alguien la veía… no sabía qué harían, no sabía qué era ella, pero sabía algo con certeza inquietante: cuando cruzó el umbral de mi cabaña no fue solo una mujer la que entró, fue algo más, algo que no pertenecía a este lugar, y ahora estaba bajo mi techo. Apenas cerré la entrada, el silencio se volvió más pesado que afuera. Pensé que, al menos dentro, podría respirar, pero me equivoqué. Ella ya estaba moviéndose, explorando como si la cabaña fuera territorio recién descubierto. Primero tocó una vasija, luego levantó una piel doblada, después pasó los dedos por mi arco como si fuera una criatura viva que pudiera responderle. —No… eso no —murmuré, quitándoselo con cuidado. Me miró, inclinó la cabeza, y sin discutir caminó hacia la puerta. La puerta. Mi corazón volvió a acelerarse. —No. Di un paso rápido y me interpuse. Intentó asomarse por un costado, moví el cuerpo para cubrirla; probó por el otro lado, la bloqueé otra vez. Desde afuera habría parecido un juego silencioso, casi infantil, pero yo no estaba jugando. Se inclinó por debajo de mi brazo para mirar hacia la rendija, le tomé los hombros y la detuve con firmeza. —No puedes salir. No entendía mis palabras, pero sí entendía que la estaba frenando. Frunció ligeramente el ceño, no en enojo sino en curiosidad, como si estuviera estudiando una regla nueva. Volvió a intentar, y otra vez, y otra, cada vez más decidida, no por rebeldía sino porque afuera había luces, sonidos, voces, y ella quería verlo todo. En un descuido mío levantó la piel de la entrada apenas un dedo; un hilo de luz se filtró y voces lejanas se colaron con él. La bajé de golpe. —¡No! Sus ojos se abrieron un poco más grandes, sorprendida por el tono. Respiré hondo. No podía vigilarla toda la noche, no podía arriesgarme a que saliera mientras yo dormía. Miré alrededor y vi las telas, las tiras resistentes que usábamos para asegurar cargas. No quería hacerlo, pero tampoco tenía otra opción. Tomé una tira larga. Ella observó cada movimiento con atención, sin retroceder, sin miedo, solo interesada. Me acerqué despacio. —No es para hacerte daño —murmuré, aunque sabía que no comprendía. Le rodeé la cintura con la tela, ella miró hacia abajo, luego mis manos, luego mi rostro. No opuso resistencia. Até el otro extremo a uno de los postes internos, lo suficientemente largo para que pudiera moverse dentro de la cabaña pero no llegar a la entrada. Me alejé un paso. Ella dio uno hacia la puerta; la tela se tensó y la regresó suavemente. Se detuvo, miró la tela, tiró un poco más fuerte, volvió a sentir el límite. Parpadeó, levantó la vista hacia mí y, para mi sorpresa, sonrió como si acabara de descubrir una nueva ley del mundo. Me dejé caer junto a la entrada, apoyando la espalda contra la pared. Ella comenzó a caminar en pequeños círculos, probando la distancia, tocando cosas, sentándose, levantándose, midiendo el espacio como si fuera un experimento. Cada vez que la tela se tensaba inclinaba la cabeza, analizando algo invisible. No parecía ofendida ni humillada, no parecía entender el concepto de estar atada; solo estaba aprendiendo. El cansancio me cayó encima de golpe. El día había sido demasiado largo, demasiado extraño. La vi sentarse finalmente cerca del centro de la cabaña, con las piernas cruzadas, mirando la pequeña fogata reducida a brasas. La luz rojiza danzaba en sus ojos azules y amarillos, y por un segundo juraría que el brillo venía más de ella que del fuego. Parpadeé, quizá era el agotamiento. Apoyé la cabeza contra el poste. —Mañana… veré qué hacer… Ella giró la mirada hacia mí, silenciosa, atenta, completamente despierta. Mis ojos se cerraron sin permiso. Lo último que recuerdo antes de dormir fue verla inclinarse hacia adelante, queriendo acercarse más, detenida por la tela que la sujetaba, y aun así sin apartar los ojos de mí. Cuando el sueño finalmente me venció, estaba sentado junto a la entrada, custodiando algo que no entendía, con una estrella atada suavemente dentro de mi cabaña, sin saber que aquella noche sería la última en la que mi vida sería simple. Capitulo 4, Con o sin tiempo; El tiempo no hizo ruido cuando pasó. No hubo anuncio. No hubo un instante exacto en que todo dejara de sentirse extraño. Solo una mañana, mientras tensaba el arco con el primer frío del amanecer, me di cuenta de que ya no miraba la puerta cada segundo con miedo. Llevaba semanas ahí. Semanas con ella. Al tercer día entendí que no podía tenerla desnuda para siempre. No por vergüenza, sino porque alguien terminaría viéndola. Con paciencia —y demasiados intentos fallidos— logré ponerle ropa sencilla: una túnica ligera y una cuerda a la cintura. La primera vez intentó meter el brazo por el cuello. Luego la cabeza por la manga. Después se quedó completamente quieta mientras yo trataba de acomodarla, observando cada movimiento como si estuviera aprendiendo una técnica de caza. Cuando por fin quedó vestida, se miró las manos. Luego la tela. Luego me miró a mí. No parecía entender por qué ahora tenía una segunda piel, pero tampoco intentó quitársela. Eso, para mí, fue una victoria. No sabía cómo llamarla. No hablaba. Ni una palabra. Ni siquiera sonidos claros. Solo silencio. Pero no podía seguir refiriéndome a ella como “ella”. Una noche, mientras el río sonaba afuera y ella observaba las brasas como si recordara algo lejano, la palabra vino sola. —Yoserin. En mi lengua significa cielo. También puede significar río. Ella levantó la mirada. Sus ojos reflejaron el fuego. —Yoserin —repetí, señalándola. Se tocó el pecho. Luego me miró. No dijo nada. Pero no apartó la mirada. Y desde entonces, para mí, fue Yoserin. Tardé más de lo que me gustaría admitir en notarlo: no comía. Yo traía carne, raíces, frutos. Los dejaba frente a ella. Ella los tocaba, los olía, los observaba como si fueran herramientas curiosas, pero nunca los llevaba a la boca. Nunca. Al principio pensé que esperaba que yo lo hiciera primero. Así que lo hice. Mordí frente a ella. Exageré el gesto. Nada. Solo miraba. Día tras día no comía, y no parecía debilitarse, no parecía cansarse, no parecía necesitar nada. Eso me inquietaba más que si hubiera comido demasiado. Una tarde, mientras regresaba con dos conejos al hombro, Akari se cruzó frente a mí. El sol caía sobre su cabello oscuro y su postura era firme, como siempre. —Estás cazando más. —¿Y? —respondí, encogiéndome de hombros. —Antes volvías con uno. A veces con ninguno. Ahora vuelves con dos. A veces tres. No supe qué decir. Era verdad. Cazaba más porque necesitaba distraerme, porque necesitaba pensar, porque no sabía qué estaba alimentando en mi cabaña. Akari entrecerró los ojos. —Hueles diferente. Mi estómago se tensó. —Es el río —mentí. Ella no respondió. Solo me sostuvo la mirada un segundo más de lo normal. Akari siempre notaba cosas. Demasiadas cosas. Yoserin tocaba todo. Siempre. Mi arco, las puntas de flecha, las pieles secándose, las herramientas. Si le decía: —No. Lo hacía más lento. Más evidente. Si repetía: —No. Lo hacía mirándome fijamente, como si quisiera comprobar algo. Descubrí, con frustración creciente, que entre más firme fuera mi tono, más insistía. Una tarde la encontré desarmando una trampa que me había costado horas preparar. —¡No toques eso! Se detuvo. Me miró. Esperó. Y volvió a tocarla. Más despacio. Como si estuviera desafiando una ley invisible, no por maldad, sino por pura curiosidad, como si necesitara entender por qué existía el “no”. A veces la encontraba de pie, mirando el cielo nocturno por la pequeña abertura de la cabaña. Inmóvil durante largos minutos. Sus ojos brillaban distinto bajo la luna. Había algo en esa mirada que no era de aquí, algo que parecía extrañar algo que yo no podía ver. Y entonces, por un instante breve y frío, me preguntaba si la había traído yo a este mundo o si había sido ella quien me eligió a mí. Capitulo 5, Antes de la tormenta; El lenguaje no llegó de golpe. No fue un milagro. Fue lento. Torpe. Casi doloroso. Al principio solo repetía sonidos, como si cada palabra fuera una piedra nueva que debía aprender a sostener sin que se le cayera. —Agua —decía yo, señalando el cuenco. Ella miraba el cuenco. Luego mi boca. —A… gua —intentaba. La “g” se le quedaba atorada, áspera. La “a” salía más suave de lo normal, casi como un suspiro. Cuando por fin logró decirlo claro, no sonrió. No era de sonreír por cosas pequeñas. Pero sus ojos brillaron. Como si hubiera conquistado algo invisible. Después vinieron más. —Fuego. —Arco. —Río. A veces confundía las palabras. A veces las decía al revés. A veces las unía en un murmullo extraño que solo ella entendía. Pero comprendía cada vez más. Ya no necesitaba jalarla de la muñeca para que no saliera. Bastaba un: —No. Y aunque fruncía el ceño… se detenía. La mayoría de las veces. Porque seguía teniendo esa cosa dentro, esa voluntad que no se doblegaba fácil, esa mirada que parecía preguntar siempre “¿por qué?”. Una noche, mientras la luna se filtraba por la abertura del techo, señaló el cielo. —Casa —susurró. Me quedé quieto. —No —respondí despacio—. Eso no es casa. Ella me miró. Luego volvió a mirar las estrellas. —Casa —repitió, pero más bajo. No discutí. No supe cómo discutir contra algo que no entendía. Akari empezó a aparecer más. Demasiado. Primero con excusas. —Te traje hierbas. —Apolo no necesita esto. —Pasaba por aquí. Sus ojos recorrían mi cabaña cada vez que entraba, demasiado atentos, demasiado calculadores. Una tarde se quedó más tiempo del habitual, observando las pieles, el suelo, el rincón donde Yoserin solía sentarse. —¿Vives solo? —preguntó de pronto. —Sí. Mentí. Ella sostuvo mi mirada un segundo más de lo necesario. No parecía convencida. No golpeó la entrada al día siguiente. No anunció su presencia. Solo levantó la piel de la puerta y entró. Yo estaba de espaldas. Yoserin estaba sentada en el suelo, jugando con una tira de tela, murmurando palabras sueltas. —Rí… o… fue… go… El silencio que siguió fue distinto. Pesado. Giré. Akari estaba ahí. Inmóvil. Mirando. Primero a mí. Luego a Yoserin. Y entonces lo vio. No solo la ropa. No solo el cabello azul con mechones dorados. Sino el brillo. Ese brillo tenue que parecía moverse bajo la piel, como polvo de estrellas desplazándose lentamente en los brazos, en el cuello, en los pómulos, en los ojos. Akari dio un paso atrás. —¿Qué es eso…? —susurró. Yoserin la miró. Sin miedo. Pero con algo nuevo en la expresión. Seria. Tensa. Casi protectora. Me puse delante de ella sin pensarlo. —No es asunto tuyo. Akari me miró con rabia… y algo más. —Me mentiste. —No te debo nada. —Dijiste que vivías solo. —Y tú estás casada. El golpe fue directo. Su mandíbula se tensó. —Eso no tiene nada que ver. —Tiene todo que ver. El aire se volvió espeso, difícil de respirar. Akari dio un paso hacia mí. —¿Desde cuándo está aquí? No respondí. —¿La escondías? —No te metas en lo que no te importa. Su mirada se quebró apenas un instante. Ahí estaba lo que siempre había estado. No quería estar conmigo. Pero tampoco quería que dejara de quererla. —Le diré a todos —espetó finalmente. El corazón me golpeó el pecho. —No lo harás. —¿Y por qué no? Silencio. No tenía respuesta. Ella volvió a mirar a Yoserin. Y ahí sí hubo miedo. Verdadero miedo. Porque Yoserin ya no estaba sentada tranquila. Estaba de pie, detrás de mí. Con los ojos brillando más intensamente, el dorado dentro del azul moviéndose como si estuviera vivo. Las pequeñas luces bajo su piel parecían latir con su respiración. No avanzó. No habló. Pero su expresión era clara. Akari tragó saliva y retrocedió otro paso. —Eso no es humano —murmuró. Nadie respondió. El silencio fue suficiente. Finalmente bajó la entrada de golpe y salió. Sus pasos se alejaron rápido, demasiado rápido para alguien que intentaba parecer firme. La cabaña quedó en silencio. Mi respiración era pesada. Yoserin dio un paso a mi lado. —Ir —dijo de pronto. La miré. —No. Ella frunció el ceño. —Ir… ella. —No. Su mirada volvió a endurecerse, pero no insistió. Solo observó la entrada, como si estuviera calculando algo nuevo. Como si hubiera entendido algo sobre los humanos: sobre celos, sobre posesión, sobre amenaza. Yo, en cambio, entendí algo más frío. El cielo puede ser inmenso. Pero la tribu es pequeña. Y los secretos no sobreviven mucho tiempo en lugares pequeños. Capitulo 6, Los 14 soles más tensos; Dicen que cuando alguien sabe tu secreto, aunque no lo diga… el mundo cambia. Las fogatas eran las mismas, las voces eran las mismas, la tribu seguía respirando igual. Pero yo no. Yo vivía con el pecho apretado. Akari no había dicho nada, nadie me señalaba, nadie murmuraba cuando pasaba, y eso era peor, porque el silencio no significa olvido, significa espera. Cada vez que alguien levantaba la voz en la plaza pensaba: ya lo dijo. Cada vez que veía a Akari caminar entre las cabañas sentía el estómago caerme hasta los pies. Pero ella no hablaba, solo me miraba a veces, una mirada distinta, más dura, más herida, más orgullosa. Y yo cazaba más, porque si estaba en el bosque no pensaba, si estaba en movimiento no imaginaba, si tensaba el arco el miedo tenía menos espacio. Una tarde; Lo descubrí por accidente. Regresé antes de lo previsto una tarde, entré en silencio y me quedé inmóvil. Mis cosas estaban apiladas, no desordenadas, no tiradas, apiladas en columnas perfectamente alineadas. Las vasijas una sobre otra, las pieles dobladas con una precisión imposible, las herramientas agrupadas por tamaño. Y ella… de pie en medio, con las manos ligeramente levantadas, sin tocarlas. Las cosas flotaban, no alto, no exagerado, pero lo suficiente para no tocar el suelo, un dedo de distancia, tal vez dos, girando lentamente como si obedecieran una música que yo no escuchaba. Tragué saliva. —Yoserin. Todo cayó de golpe, las vasijas golpearon el suelo, una se rompió. Ella me miró sin culpa, sin vergüenza. —Orden —dijo con naturalidad. Ya hablaba, bien, demasiado bien. —Eso no es… orden —respondí intentando mantener la voz firme. Frunció el ceño. —Sí es. —No puedes hacer eso. —¿Por qué? No tenía respuesta que no sonara débil. —Porque no. Y ahí estaba otra vez, entre más firme mi “no”… más brillante su mirada. Otra cosa que tardé demasiado en aceptar era que no dormía. Yo caía rendido, y cada vez que despertaba en mitad de la noche ahí estaba, mirándome, no de forma inquietante, no como una amenaza, solo observando. A veces tocaba mi cabello, a veces seguía con el dedo el contorno de mi mano, a veces susurraba palabras nuevas para practicar. —Nanteck. —Río. —Fuego. —No. Esa última la decía con especial claridad. Se acostaba conmigo siempre, no importaba dónde me acomodara, si me giraba ella se acomodaba, si me apartaba se acercaba. Su cuerpo estaba frío al inicio, pero no desagradable, solo distinto. Aprendió rápido, demasiado rápido. —No salgas —le decía. —Quiero salir. —No puedes. —¿Por qué? —Porque te verán. —Que miren. —No entiendes. —Explícame. Y ahí me dejaba sin palabras. A veces cruzaba los brazos, a veces me miraba con los ojos entrecerrados, a veces se acercaba tanto que olvidaba qué estaba diciendo. —No soy cosa tuya —dijo una vez. Me quedé helado. —No dije eso. —Actúas como si sí. Silencio, maldito silencio, porque tenía razón. La había atado la primera noche, la escondía, le decía que no, le ponía límites que ella no entendía. —Es para protegerte —murmuré. Ella inclinó la cabeza. —No necesito. Esa frase me dio más miedo que cualquier cosa que hubiera hecho flotar. Entre el miedo, la tensión, el secreto y las discusiones, había algo creciendo, algo que no quería nombrar. La forma en que pronunciaba mi nombre, la manera en que me buscaba cuando entraba, cómo se sentaba demasiado cerca, cómo su ceño se fruncía si hablaba de Akari, cómo aprendía mis gestos, mis silencios, mis costumbres. Una noche, mientras discutíamos porque quería salir a ver la luna, se quedó callada de pronto. Me miró fijo, muy fijo. —Corazón rápido —dijo. —¿Qué? Apoyó la mano en mi pecho. —Aquí. Tragué saliva. —Es normal. —No lo es. Su pulgar presionó ligeramente. —Cuando me miras, es diferente. No supe qué responder, porque era verdad. Lo peor de esas dos semanas no fue el miedo a que la descubrieran, no fue Akari, no fue el secreto. Fue darme cuenta de que ya no podía imaginar la cabaña sin ella, que el silencio sería demasiado grande, que el bosque sería demasiado vacío, y que si la tribu descubría que había algo del cielo bajo mi techo… no sabría si estaba más asustado por perder mi lugar entre los humanos o por perderla a ella. Capitulo 7, El vaso; Fue una pelea estúpida, absolutamente estúpida. Había más vasos, tres más, exactamente iguales, mismo barro, mismo tamaño, misma forma. Pero no. Ella quería ese. Y yo también. Entré con el agua recién traída del río, la dejé sobre la mesa baja y tomé mi vaso, el de siempre, el que uso desde hace años, el que reconozco por la pequeña grieta casi invisible en el borde. Justo cuando iba a llevarlo a mis labios, una mano fría lo tomó primero. Me quedé congelado. Yoserin lo sostuvo con total naturalidad. —Ese es mío —dije. Ella lo observó, luego a mí. —No. —Sí. —Yo primero. —Pero es mío. Parpadeó, miró el vaso otra vez. —No tiene nombre. La miré fijo. —No necesita. Intenté recuperarlo y ella lo jaló hacia su pecho. —Yo primero —repitió con firmeza. —Yoserin… —Nanteck. —Devuélvelo. —No. —Hay más. —Quiero este. —¿Por qué? Se encogió de hombros. —Porque sí. Eso fue, ese fue todo su argumento. Intenté tomarlo otra vez, ella giró el cuerpo y el vaso quedó atrapado entre los dos. —Vas a romperlo. —Entonces suelta. —Suelta tú. —No. La escena era ridícula. Yo, un cazador de veinte inviernos, peleando por un vaso. Ella, una criatura que puede hacer flotar cosas, negándose a perder. Tiré un poco más fuerte, ella también. —¡Yoserin! —¡Nanteck! Nos quedamos mirándonos, desafiantes, como dos niños de seis años. —Soy el adulto aquí —murmuré. —¿Eso qué significa? —Que yo— Tiró más fuerte y casi pierdo el equilibrio. —¡Oye! —Yo primero. —¡Pero es mío! —No lo dice. —¡Lo digo yo! Entrecerró los ojos, ese brillo azul con dorado se intensificó apenas. —¿Quieres pelear? —¡No estamos peleando! —Sí estamos. Y jaló otra vez. Había más vasos, podía haber soltado, podía haber tomado otro, podía haber terminado con eso en un segundo, pero no quería perder, y ella tampoco. Era absurdo y, sin embargo, ahí estábamos, forcejeando, resbalando un poco, el vaso atrapado entre manos tercas. —Suéltalo. —No. —Yoserin. —Nanteck. —Voy a contar hasta tres. —¿Qué es contar? —Uno… —Eso no me asusta. —Dos… Ella sonrió. —Tres— Tiré, ella tiró, el vaso se inclinó peligrosamente. Nos quedamos quietos al mismo tiempo, mirándolo. Si se rompía, perdíamos los dos. Lentamente, muy lentamente, ella aflojó apenas, apenas, no suficiente para perder, suficiente para negociar. —Mitad —dijo. —¿Mitad qué? —Tú primero. Luego yo. La miré. —Lo tenía primero. —Lo estaba mirando primero. —Eso no cuenta. —Cuenta para mí. Suspiré. —Bien. Yo tomo primero. —No. Yo. —¡Pero dijiste mitad! —Sí. Yo primero. Luego tú. La miré con incredulidad. —Eso no es mitad. —Lo es si empiezo yo. Silencio. Me estaba agotando, me estaba ganando, y lo sabía. Finalmente solté. Ella casi pierde el equilibrio hacia atrás, pero sostuvo el vaso victoriosa. Sonrió, pequeña, satisfecha. Bebió muy despacio, sin apartar los ojos de mí. Luego me extendió el vaso. —Mitad. Lo tomé. El borde aún estaba frío donde habían estado sus labios. Bebí. —Ridícula —murmuré. Ella inclinó la cabeza. —Aprendí de ti. Me quedé callado, porque no sabía si sentirme ofendido o orgulloso, probablemente ambas cosas. Y ahí estábamos, dos semanas de tensión, un secreto del cielo, una amenaza latente, y nosotros peleando por un vaso como si fuera lo más importante del mundo. Lo peor no fue la pelea. Fue darme cuenta de que, cuando sonrió al ganar, sentí algo tibio en el pecho, y no era enojo… era algo mucho más peligroso. Capitulo 8, La caza, los hombres, y lo que debería ser El bosque siempre huele distinto al amanecer, húmedo, frío, honesto, como si no supiera mentir, como si no necesitara hacerlo. Los hombres no, los hombres se ríen, murmuran, esconden cosas detrás de los dientes. Esa mañana íbamos en grupo, Alonk delante marcando el paso, Tarek inclinado revisando huellas en la tierra blanda, dos más detrás murmurando cosas que fingían no ser sobre mí, y yo tensaba el arco en silencio, respirando despacio para no tensar también la paciencia. —Veinte inviernos —dijo Tarek sin mirarme— y todavía duerme solo. Las risas no tardaron, bajas, pesadas, como piedras cayendo al agua. —Tal vez espera que le caiga una del cielo —añadió otro. Si supieran. —Déjenlo —dijo Alonk, aunque su tono no era precisamente amable—, algunos nacen para cazar, no para casarse. —O tal vez nadie lo quiere —insistió Tarek. —Ni siquiera Akari lo quiso. Ese nombre me tensó el brazo más que cualquier cuerda, la flecha salió antes de que pudiera pensar, directa al cuello de un ave entre los árboles, cayó limpia, rápida, definitiva. Hubo un silencio breve, de esos que duran lo suficiente para medir algo. —Al menos caza mejor ahora —murmuró alguien. —Claro —dijo Tarek—, tiene que compensar algo. Otra vez las risas. No respondí, no porque no tuviera qué decir, sino porque si abría la boca algo más iba a salir, algo menos controlado que palabras. Cuando regresamos con las presas colgando de los hombros, el tema volvió como siempre vuelve lo que no se suelta. —Mi mujer me espera con sopa caliente —dijo uno. —La mía me espera con quejas —contestó otro, riendo. —¿Y tú, Nanteck?, ¿quién te espera? —preguntó Tarek. Sentí el peso de la pregunta más que el de cualquier animal sobre mis hombros, y la imagen apareció sola, cabello azul y amarillo bajo la luz del fuego, ojos brillando como si ocultaran constelaciones enteras, una discusión absurda por un vaso, una voz diciendo mi nombre con demasiada claridad. —Nadie —respondí. Mentí con facilidad, las carcajadas fueron inmediatas. —Tal vez deberíamos buscarte una. —Antes de que envejezcas y te vuelvas raro. —Ya es raro. —Siempre lo fue. No sabían nada, nada en absoluto, mientras se burlaban del único cazador de veinte inviernos sin mujer, yo tenía algo del cielo escondido bajo mi techo, algo que no era exactamente mujer, pero que tampoco era cualquier cosa. Esa noche, al volver a la cabaña, ella estaba sentada junto al fuego, la luz danzando sobre su cabello imposible. —Tardaste —dijo. Ya no tartamudeaba, ya no dudaba, hablaba como si siempre hubiera sabido hacerlo. —Estaba cazando. —Siempre estás cazando. —Es lo que hago. Me miró con esa expresión que empezaba a conocer demasiado bien, entre curiosidad y algo más difícil de nombrar. —Ellos hablan de ti. Me detuve. —¿Qué? —Escuché hoy. Fruncí el ceño. —¿Escuchaste? Sonrió apenas. —No necesito estar cerca para oír. Claro, eso también. —¿Qué dijeron? —pregunté, aunque sabía. —Que no tienes mujer. La miré esperando burla, pero no había burla, solo observación, como si estuviera estudiando una herida que no entendía. —¿Eso te molesta? —No. Mentí otra vez. Se acercó un paso. —Tienes. Mi corazón hizo algo extraño, incómodo, evidente. —No. —Sí. —No cuenta. —¿Por qué? Porque estás escondida, porque no puedes salir, porque si alguien te ve todo se acaba, pero no dije nada de eso, solo la sostuve con la mirada. —Si dicen que no tienes, es porque no me ven —dijo. —Exacto. —Entonces el problema es que no me ven. —El problema es que no deben verte. Su ceño se frunció. —No me gusta esconderme. —No me gusta que te vean. El silencio se estiró entre nosotros como una cuerda demasiado tensa. —Eres contradictorio —murmuró. No supe qué responder, porque lo era. Se sentó cerca, demasiado cerca, el calor del fuego mezclándose con el frío sutil de su piel. —¿Te importa que se burlen? Negué con la cabeza. —No. Mintiendo por tercera vez en un solo día. Apoyó la frente contra mi hombro. —Corazón rápido —susurró. Maldita sea. Sí me importaba, no por lo que decían, sino porque si supieran la verdad dejarían de reír y empezarían a temer, y no sabía qué sería peor, seguir siendo el único cazador sin mujer, o convertirme en el hombre que escondía algo del cielo. Y lo más peligroso de todo era que ya no sabía cuál de las dos cosas me dolería más perder. Capitulo 9, El cielo atado y juzgado El aire en la explanada no era como el del bosque, no era limpio ni libre, era denso, pesado, lleno de miradas que no necesitaban palabras para acusar. Me dijeron que el jefe quería verme antes de que pudiera volver a mi cabaña, no explicaron más porque no hacía falta, algo en el tono me apretó el estómago y caminé directo hacia el centro del poblado sin pasar por mi puerta, sin verla, sin saber, y entonces la vi. Atada. En medio de la explanada. Las manos sujetas con cuerdas gruesas, ásperas, no como aquella primera noche en que la até por miedo y desconocimiento, esto era distinto, esto era juicio. Los ancianos estaban sentados en círculo, las mujeres murmuraban detrás de sus manos, los niños eran sostenidos lejos como si el aire mismo pudiera contaminarse, y ella… ella estaba tranquila, demasiado tranquila, de pie, mirando a todos como si observara un fenómeno interesante, sin miedo, sin súplica, sin vergüenza, solo curiosidad. —¡Yoserin! —di un paso hacia ella y dos hombres me sujetaron de los brazos. —¡Suéltenme! Forcejeé, la cuerda en sus muñecas parecía absurda, ridícula, como intentar atar el viento, como creer que el cielo se deja contener con fibras secas. —¡Déjenla! Los ancianos golpearon el suelo con sus bastones. —¡Silencio! Mi mirada no se apartaba de ella. —Estoy aquí —murmuré. Giró la cabeza apenas, nuestros ojos se encontraron y por primera vez desde que la conocí no estaba discutiendo, no estaba sonriendo, no estaba desafiando, solo miraba, como si intentara entender algo que no encajaba en lo que había aprendido de nosotros. Apolo avanzó desde el círculo, alto, seguro, con esa autoridad que siempre cargaba como si fuera parte de su piel, pero sus ojos no estaban en Yoserin, estaban en mí. —Nos mentiste. No respondí. —Trajiste un demonio a nuestra tribu. —No es un demonio. No grité, pero mi voz tembló igual. —¿Entonces qué es? Silencio, porque no sabía, porque nunca supe ponerle nombre a algo que parecía cielo atrapado en forma humana. Apolo dio un paso más. —Desde que llegó cazas más, te comportas extraño, la escondías. —No la escondía. —¿Ah no? Señaló a Yoserin con desprecio. —¿La presentaste?, ¿la trajiste ante los ancianos? No, no lo hice, porque sabía, sabía que esto pasaría, que el brillo en su piel no sería visto como milagro sino como amenaza. —Es mía —dije sin pensar. Un murmullo recorrió la explanada como viento entre hojas secas, los ancianos fruncieron el ceño, Yoserin me miró al oír esa palabra, mía, como si la estuviera pesando en silencio. Apolo sonrió sin humor. —¿Tuya?, ¿esa cosa? Y antes de que pudiera reaccionar llegó el golpe, directo al rostro, el mundo giró, la sangre me llenó la boca con sabor a hierro y tierra, caí de rodillas sintiendo el peso de todas las miradas encima. —¡Es un demonio! —gritó Apolo— ¡Mírenla, brilla como maldición! Los murmullos crecieron y entonces lo noté, el brillo bajo su piel ya no era discreto, pequeñas luces se movían más intensas que nunca, como estrellas inquietas buscando posición. Hasta ese momento Yoserin había estado observando, aprendiendo, absorbiendo cada gesto humano como si fuera nuevo, pero cuando Apolo me golpeó algo cambió, no fue inmediato ni dramático, fue lento, casi imperceptible, su ceño se frunció apenas, sus ojos dejaron de moverse curiosos y se fijaron, firmes, en Apolo. La cuerda en sus muñecas comenzó a tensarse no porque ella tirara sino porque el aire alrededor vibraba, las pequeñas luces bajo su piel se movían más rápido, más densas, como si el cielo entero se hubiera inquietado bajo carne prestada. Los ancianos retrocedieron un paso. —¿Ven?, ¡es brujería! —dijo uno. Intenté levantarme y Apolo me empujó otra vez contra la tierra. —¡La trajiste aquí, condenaste a la tribu! —No la toquen —murmuré, y no era amenaza, era súplica. Yoserin inclinó la cabeza ligeramente, pero esta vez no era curiosidad lo que habitaba en su gesto, era algo más frío, más distante, como si la estuviera perdiendo, como si algo antiguo estuviera despertando detrás de sus ojos. —Nanteck —dijo, claro, firme, sin titubeo. La multitud se quedó en silencio un segundo, ella nunca había hablado frente a todos. —No es demonio —continué, aunque mi voz sonaba pequeña— no es… Las palabras murieron porque el aire se volvió más pesado, porque el brillo bajo su piel ya no era tenue sino visible, constelaciones desplazándose lentamente bajo carne humana, y su mirada ya no era la de alguien que estaba aprendiendo a ser humana, era la de alguien que estaba recordando que no lo era. Y en ese instante, de rodillas en la tierra, con sangre en la boca y el corazón golpeándome las costillas, entendí que el mayor error no fue traer algo del cielo a la tribu, fue hacerla sentir humana el tiempo suficiente para que ahora doliera, para que el vínculo pesara, para que la elección fuera real. Y lo que fuera a pasar después no iba a ser pequeño, no iba a ser silencioso, no iba a ser algo que pudiera resolverse con palabras, porque el cielo ya no estaba escondido, y la tierra estaba a punto de darse cuenta. Capitulo 10, Viento Siempre pensé que Yoserin no entendía del todo a los humanos, que miraba todo como si fuera un juego extraño, que discutía por vasos y hacía flotar cosas por aburrimiento, como una niña curiosa atrapada en reglas que no terminaba de comprender. Pero ese día entendí algo peor, sí entendía, y estaba mirando. Al principio estaba tranquila, observando, absorbiendo cada gesto como hacía siempre. Luego me golpearon. El primer puñetazo me hizo doblarme, el segundo me tiró al suelo. Escuché murmullos, escuché “demonio”, escuché “maldición”, y cuando levanté la vista hacia ella ya no estaba tranquila. Estaba confundida, mirándome a mí, luego miró a Apolo con el ceño apenas fruncido, como si intentara entender una regla nueva. ¿Por qué golpean?, ¿por qué gritan?, ¿por qué él? Apolo volvió a empujarme, mi rodilla chocó contra la tierra y escupí sangre. Entonces algo cambió. No fue un grito ni una explosión, fue un ajuste silencioso en su mirada. Sus ojos dejaron de ser curiosos y se volvieron fijos, la luz bajo su piel comenzó a moverse más rápido, no brillante como fuego sino como estrellas agitadas bajo la superficie. Las cuerdas en sus muñecas eran gruesas, hechas para animales grandes, tensas, firmes. Y sin embargo no las rompió. No hubo fuerza ni esfuerzo. Simplemente cayeron, como si hubieran decidido dejar de ser cuerdas, como si nunca hubieran sido nada. Un murmullo recorrió la explanada y algunos retrocedieron. Yo intenté levantarme. —Yoserin… —murmuré. Ella no miraba a nadie más, solo a mí, y caminó paso tras paso hasta donde yo estaba arrodillado. No corría, no temblaba, no parecía peligrosa, solo decidida. Se detuvo frente a mí, observó mi boca ensangrentada y su ceño se frunció más. Levantó la mano y tocó mi mejilla con esa frialdad suave que siempre me desconcierta. —Dolor —dijo. Asentí apenas. Apolo avanzó. —¡Aléjate de él, cosa! La empujó, no fuerte pero suficiente. Ella dio un paso atrás y se dejó, sin resistencia. Miró su propia mano, luego lo miró a él. No había odio en su expresión ni rabia descontrolada, solo una conclusión simple, casi infantil en su lógica: me empujó, entonces yo empujo. Dio un paso al frente. Apolo levantó el mentón, desafiante. —¿Vas a atacarme, demonio? Yoserin extendió la mano, la apoyó en su pecho y empujó. No fue violento, no gritó ni mostró los dientes, fue el mismo gesto con el que pelea por un vaso, el mismo con el que insiste cuando cree que algo es injusto. El resultado, sin embargo, fue distinto. Apolo salió despedido hacia atrás como si el viento lo hubiera golpeado, cayó varios pasos lejos, de espaldas, el impacto seco contra la tierra rompió el aire. El silencio después fue peor que cualquier grito. Nadie se movió. Nadie respiró. Ella bajó la mano, miró a Apolo en el suelo y luego me miró a mí. —Empujó —dijo, como si eso explicara todo. Quise reír, quise llorar, quise gritarles que no entendían, que no era un demonio, que era así de directa, que si la empujas te empuja, sin maldad, sin cálculo, sin miedo. Pero alrededor ya no había curiosidad, había terror. Y yo, todavía arrodillado con la sangre secándose en mi boca, entendí algo frío y claro: el cielo no odia, pero tampoco acepta ser tratado como cosa. Y si seguían empujando, la próxima vez tal vez no sería solo un empujón. Capitulo 11, De rodillas; La tierra estaba fría contra mis rodillas, no dolía tanto como el golpe, dolía más la mirada de todos, esa distancia que se abre cuando dejan de verte como uno de los suyos. Sentí algo húmedo en el rostro, no sabía si era sangre o lágrimas, tal vez ambas. Siempre me burlé de los hombres que lloraban en público, y ahí estaba yo, de rodillas frente a toda la tribu. Ella no miraba a los ancianos ni a Apolo en el suelo, me miraba a mí. Se arrodilló frente a mí lentamente, como si el resto del mundo no existiera. Su mano fría volvió a mi rostro y esta vez no dijo “dolor”, solo limpió con el pulgar, la sangre primero, luego el rastro húmedo bajo mis ojos, con cuidado, como si yo fuera lo frágil. —Nanteck —dijo. No había desafío en su voz, solo algo firme, algo nuevo. Preocupación. —¡Apolo! La voz de Akari rompió el silencio. Corrió hacia él, lo ayudó a sentarse. —¿Estás bien? Apolo respiraba con dificultad, pero estaba consciente. —Es un demonio —escupió. Akari levantó la vista hacia los ancianos y luego hacia Yoserin. Su rostro estaba pálido. —¿No lo ven? Esos colores no son humanos. Eso es impuro, es una maldición. Los murmullos volvieron, más nerviosos, algunos retrocedieron, otros apretaron amuletos contra el pecho. Los ancianos no gritaban ni se movían, pero sus ojos estaban demasiado abiertos. Uno golpeó el suelo con su bastón. —Silencio. Pero el silencio ya no era obediencia, era miedo. Miraban a Yoserin como si fuera tormenta, como si fuera fuego, como si fuera algo que no podían controlar. Y los humanos toleran muchas cosas, menos lo que no entienden. Yoserin giró el rostro hacia Akari, no con odio sino con esa expresión más seria y distante. —Impuro —repitió, probando la palabra. Miró sus propias manos, las pequeñas luces bajo su piel seguían moviéndose, no parecían malignas, parecían vivas. Volvió a mirarme. —¿Soy impuro? Mi pecho se apretó. —No —dije sin dudar—, no lo eres. Sostuvo mi mirada un segundo más y luego observó a los ancianos. El aire alrededor vibraba apenas, no violento, solo atento, como si algo estuviera esperando una decisión. Akari abrazaba a Apolo, los cazadores murmuraban, las mujeres sostenían a los niños, y yo seguía de rodillas con el cielo arrodillado frente a mí, limpiándome el rostro como si eso fuera lo único que importara. Y en medio de todo ese miedo entendí algo que me dio más vértigo que cualquier amenaza: si decidían atacarla, yo me pondría de pie, aunque me costara la tribu, aunque me costara el nombre, aunque me costara todo. Porque verla ahí, con esa pregunta en los ojos, preguntándome si era impura, dolía más que cualquier golpe. Los ancianos aún no hablaban. Aún no decidían. Y el silencio que precede a una decisión siempre es el más peligroso. Capitulo 12, Tregua; El suelo ya no estaba bajo mis rodillas, pero seguía sintiéndome igual de expuesto. Me obligaron a ponerme de pie, no por respeto sino por procedimiento, como si mi postura cambiara algo. Los ancianos se reunieron en un círculo más cerrado que antes, Apolo estaba sentado a un lado con el orgullo más herido que el cuerpo, Akari no apartaba la mirada de Yoserin, y Yoserin… estaba detrás de mí, en silencio, con esa expresión ambigua entre curiosidad y una media sonrisa leve, como si estuviera viendo una obra que aún no decide si es tragedia o comedia. —Nanteck —dijo el anciano mayor—. Explica. No supe por dónde empezar. No podía decir que cayó del cielo, no podía decir que no comía, no podía decir que hacía flotar cosas, así que dije lo único que era verdad sin ser imposible. —No es un demonio. Silencio. —No ha hecho daño a nadie. Apolo soltó una risa seca. —Me lanzó como si fuera una hoja. —La empujaste primero —respondí, firme. Hubo un murmullo incómodo hasta que el anciano levantó la mano y el silencio regresó. —¿Puede controlar lo que es? —preguntó otro. Miré hacia atrás. Yoserin me miraba a mí, no parecía preocupada ni nerviosa, solo atenta, aprendiendo incluso ahí. —Sí —mentí. No estaba seguro, pero lo dije igual. —¿Volverá a atacar? Tragué saliva. —No. Desde atrás, su voz tranquila cortó el aire. —No si no empujan. Algunos se sobresaltaron. El anciano la observó con cautela. —Habla —murmuró uno. —Aprendo —respondió ella, con esa naturalidad inquietante, como si aquello fuera un detalle interesante y no el centro de un juicio. Los ancianos hablaron entre ellos en voz baja, largo, tenso, mientras la tribu entera esperaba. Yo apenas respiraba. Finalmente, el mayor golpeó el suelo con el bastón. —Se le dará el beneficio de la duda. Un murmullo recorrió el círculo. —Pero escucha bien, Nanteck. Si vuelve a ocurrir algo así, si vuelve a haber un ataque… no dudaremos. La sacrificaremos. La palabra cayó pesada. Sacrificio. Como si fuera ganado, como si fuera ofrenda, como si fuera reemplazable. Sentí la sangre hervir, pero asentí, porque no tenía opción. —Entiendo. Mentí otra vez. Sentí su presencia acercarse, no invadía ni se imponía, solo estaba. —Sacrificar —repitió, probando la palabra—. ¿Eso significa matar? Un murmullo incómodo volvió a levantarse. —Sí —respondí en voz baja. Me miró, inclinó la cabeza. —No quiero. Como si fuera así de simple. —Entonces no empujes a nadie —murmuré. Sus labios se curvaron apenas. —Que no me empujen. No supe si reír o desesperarme. Nos dejaron ir, pero no era libertad, era vigilancia. Las miradas nos siguieron hasta salir de la explanada. Apolo no dijo nada más, Akari tampoco, pero sus ojos hablaban suficiente. Mientras caminábamos hacia la cabaña el aire se sentía más estrecho, más pequeño, más frágil. —¿Estás triste? —preguntó ella. —No. Mentira número cuatro del día. —Corazón rápido —murmuró. Siempre lo nota. —No puedes volver a hacer eso —dije. —Él te golpeó. —Lo sé. —No me gustó. La sinceridad en su voz fue peor que cualquier desafío. —Si vuelves a hacerlo, te matarán. Parpadeó, no asustada, solo evaluando. —Intentarán. La miré con dureza. —No es un juego. Su expresión se suavizó apenas. —Lo sé. Y por primera vez desde que la encontré no parecía curiosa, parecía consciente, y eso era mucho más peligroso, porque ahora sabía lo que estaba en juego y aun así seguía caminando a mi lado como si el mundo entero no acabara de decidir que su vida pendía de un hilo. Capitulo 12, Por ahora, todo está bien; La cabaña volvió a cerrarse y el murmullo de la tribu quedó lejos, lo suficiente para no oír palabras, lo bastante cerca para no olvidar que existían. Encendí el fuego sin decir nada, las manos todavía me dolían, el pómulo también, pero lo que más pesaba no era el cuerpo sino la advertencia. Sacrificio. La palabra seguía flotando en el aire como humo que no se disipa. Ella se sentó frente al fuego y observó las llamas. No discutió, no hizo preguntas, no hizo flotar nada, solo miraba. De vez en cuando levantaba la vista hacia mí, como asegurándose de que seguía ahí. —¿Sigues? —preguntó de pronto. —Sí. —Bien. Como si bastara. Me recosté finalmente y el cansancio cayó de golpe. El techo de piel parecía más bajo que antes, más frágil. Sentí el movimiento leve a mi lado y, sin pedir permiso ni anunciarlo, Yoserin se acomodó sobre mí, no con peso sino con presencia, la cabeza apoyada en mi pecho, los brazos rodeándome como si yo fuera el que necesitara protección. —Corazón —murmuró. —¿Qué pasa con él? —Rápido. —Es normal. —Siempre dices eso. Su voz ya no era infantil, era clara, segura, demasiado adaptada. Cerré los ojos. Su cabello rozó mi mentón y las pequeñas luces bajo su piel estaban tranquilas ahora, no vibraban ni se agitaban, solo existían, como estrellas en una noche serena. —No empujaré —dijo después de un rato. —Bien. —Pero si te golpean otra vez… Suspiré. —Yoserin. Guardó silencio. —Está bien —cedió al fin. Apoyó un poco más su presencia sobre mí. No dormía, nunca dormía, pero se quedaba. Y por un instante breve, casi peligroso, la tribu no importaba, Apolo no importaba, los ancianos no importaban, la amenaza no importaba. Solo el calor del fuego, el sonido suave del viento afuera, y el cielo acostado sobre mi pecho, decidiendo quedarse. Y por ahora, eso era suficiente. FIN Autor: Daira García López Título: Entre estrellas y cenizas Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026

  • El día en que Elizabeth dejó de esperar permiso", cuento de Iker Jahir Calzada Carbajal

    Elizabeth no era una princesa. No tenía corona, ni castillo, ni vestidos que brillara bajo la luz. Pero tenía algo que muchas historias olvidan mencionar: Una fuerza tranquila que crecía despacio… como una semilla bajo tierra. ⸻ Desde fuera, su vida parecía normal. Iba a la universidad, caminaba siempre por la misma calle arbolada, tomaba café demasiado caliente y se sentaba cerca de la ventana para ver pasar a la gente. Le gustaba observar cómo todos parecían saber hacia dónde iban. Ella no siempre lo sabía. Y eso estaba bien… o al menos, eso intentaba decirse. ⸻ Elizabeth era reflexiva. Pensaba mucho antes de hablar. Analizaba cada decisión como si fuera una puerta importante. Y, aunque era valiente cuando era necesario, muchas veces esperaba algo que no sabía nombrar. Permiso. Permiso para elegir.Permiso para equivocarse.Permiso para ser quien realmente quería ser. ⸻ En su casa, las cosas eran tranquilas… pero firmes. Su padre creía en el esfuerzo, en la disciplina, en hacer lo correcto. No era cruel; solo rígido, como alguien que había aprendido a vivir sin doblarse nunca. —Piensa bien lo que haces —le decía con frecuencia—. Las decisiones importantes no se toman a la ligera. Elizabeth asentía. Siempre. Pero dentro de ella había preguntas que no se atrevían a salir. ⸻ Un día, mientras caminaba por el campus, vio un cartel. Anunciaba un proyecto universitario abierto a estudiantes de cualquier carrera. Un programa creativo en el que podían diseñar algo propio… algo que representara quiénes eran realmente. No había instrucciones claras. No había reglas estrictas. Solo una pregunta: “Si pudieras mostrarle al mundo quién eres de verdad… ¿qué crearías?” Elizabeth se quedó mirando el cartel durante mucho tiempo. Sintió emoción.Luego duda.Luego miedo. Y después… algo pequeño, pero distinto. Curiosidad. ⸻ Esa noche pensó en inscribirse.Pensó en no hacerlo.Pensó en lo que dirían los demás.Pensó en lo que diría su padre. Pensó tanto… que el día casi terminó sin que decidiera nada. Hasta que comprendió algo simple: No decidir también era una decisión. ⸻ Se inscribió. ⸻ Durante semanas trabajó en silencio. Dibujó, escribió, borró y volvió a empezar. No creó algo perfecto; creó algo honesto. Un proyecto sobre el crecimiento invisible. Sobre las cosas que cambian dentro de una persona sin que nadie lo note. Sobre aprender a sostenerse sin esperar aprobación. Cada detalle tenía algo de ella. ⸻ El día de la presentación sintió los nervios subirle por el pecho como burbujas. Sus manos estaban frías. Su voz, al principio, tembló. Pero no se detuvo. Habló del miedo.Habló de la duda.Habló de aprender a caminar sin que nadie te diga que ya es momento. Cuando terminó… hubo silencio. Un silencio distinto al que conocía. Un silencio lleno de atención. De respeto. De algo que brillaba en los ojos de quienes escuchaban. ⸻ Ganó el reconocimiento principal del proyecto. Pero eso no fue lo que más la impactó. Esa tarde, al llegar a casa, su padre estaba sentado en la mesa con unas hojas impresas. Su proyecto. —Lo leí —dijo él. Elizabeth esperó correcciones. Observaciones. Consejos. Pero su padre solo respiró hondo. —No sabía que pensabas todo eso… —dijo finalmente—. Es fuerte. Muy claro. No sonrió. No aplaudió. Pero su voz era distinta. Más suave. —Tomaste tu propia decisión —añadió—. Y fue buena. ⸻ Fue una frase pequeña. Pero Elizabeth sintió algo enorme. No porque necesitara su aprobación… sino porque ya no dependía de ella. Había elegido por sí misma antes de escuchar esas palabras. Y eso lo cambiaba todo. ⸻ Esa noche, al mirarse en el espejo, no vio a alguien que necesitara volverse fuerte. Vio a alguien que ya lo era. No una princesa de cuento. Sino algo mejor. Alguien que había aprendido a elegir su propio camino… sin esperar permiso. Y por primera vez, su reflejo le sonrió, como si dijera: “Este final… te lo ganaste.” FIN Autor: Iker Jahir Calzada Carbajal Título: El día en que Elizabeth dejó de esperar permiso Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026

  • "El aula de las estrellas", cuento de Esmeralda Chavira Arellano.

    Geraldine tenía seis años cuando convirtió el garaje de su casa en un aula improvisada. Usó cajas de cartón como pupitres, un pizarrón viejo que encontró en la basura y tizas de colores que robaba de la caja de útiles de su hermano mayor. Enseñaba a sus primos pequeños y a los niños del vecindario a leer cuentos que ella misma escribía, con dibujos de animales y planetas. Desde ese momento, supo que su destino estaba entre pupitres y risas infantiles. Pero sus padres, ambos cirujanos de renombre en Juárez, tenían otros planes. Para ellos, la enseñanza era un trabajo "sin futuro", una carrera para quienes no tenían el talento para la medicina. —La medicina te dará estatus, seguridad y la posibilidad de cambiar vidas de verdad —le decía su padre, mientras le mostraba fotos de sus operaciones exitosas—. Ser maestra es solo cuidar niños y ganar poco dinero. Su madre asentía, inscribiéndola en cursos de biología y química desde pequeña, ocultando los libros de cuentos y pedagogía que Geraldine amaba. Pero ella no se rindió: escondía sus sueños en cuadernos secretos y seguía enseñando a los niños del barrio en secreto. A los 18, ingresó a la universidad. Pero no a la facultad de medicina como sus padres esperaban, sino a pedagogía. Lo hizo en secreto, trabajando de noche en una cafetería del centro para pagar sus matrículas y gastos. A los 20 años, conoció a Julián, un chico de familia adinerada que estudiaba derecho. Era encantador al principio, pero cuando Geraldine le confesó su carrera y su sueño, su cara se oscureció. —¿Maestra? —dijo, con un tono de burla—. Eso es un paso atrás, Geraldine. Tú tienes potencial para algo más grande. Mis padres esperan que mi pareja sea alguien respetable, como una doctora o una abogada. No puedo estar con alguien que va a pasar su vida rodeada de niños sucios y ruidosos. Geraldine se sintió como si le hubieran clavado un cuchillo en el corazón. La persona que amaba no solo no entendía su pasión, sino que la despreciaba. Un día, en la biblioteca de la universidad, mientras lloraba escondida entre estanterías con sus libros de pedagogía, un chico se sentó a su lado. —No llores por alguien que no valora lo que eres —dijo, con una voz suave pero firme. Se llamaba Thiago, y estudiaba astronomía, pero también tomaba clases de pedagogía por curiosidad. Geraldine le contó todo: la oposición de su familia, la de Julián, su miedo a no poder cumplir su sueño. Thiago escuchó atentamente, y cuando ella terminó, le mostró un dibujo que había hecho: un aula llena de niños mirando al cielo, con estrellas que brillaban en sus ojos. —Ser maestra es como ser un astrónomo de las almas —dijo él—. Tú ayudas a los niños a encontrar su propia luz, a explorar el mundo y a soñar en grande. Eso es más valioso que cualquier operación o juicio. Yo te apoyaré en todo lo que necesites. Desde ese día, Thiago y Geraldine se volvieron inseparables. Él la acompañaba a sus clases, le ayudaba a preparar materiales didácticos y le contaba historias sobre las estrellas para que ella las usara en sus clases. Juntos, crearon un proyecto llamado "El Aula de las Estrellas", donde enseñaban a los niños de barrios marginados de Juárez no solo a leer y escribir, sino también a conocer el universo, a observar las estrellas y a creer que sus sueños eran posibles. Un mes después, Julián le dio un ultimátum: o dejaba la pedagogía y se matriculaba en medicina, o se separaban para siempre. Geraldine miró a los ojos de Julián, y luego pensó en Thiago, en los niños del Aula de las Estrellas, en su propio corazón. —Me voy, Julián —dijo ella, con voz firme—. No voy a renunciar a lo que me hace feliz y a lo que creo que es importante. Tu camino no es el mío. Julián se fue, y Geraldine se sintió libre, pero también sabía que tenía que enfrentar a sus padres. Un día, reunió todo su valor y les contó la verdad. Su padre se enojó tanto que le gritó que no era su hija, su madre lloró y le dijo que le había fallado a la familia. Le dijeron que no le darían ni un centavo más, que se las arreglara sola. —Lo haré —dijo Geraldine, con lágrimas en los ojos pero con la cabeza alta—. Y algún día, ustedes verán que mi trabajo es tan noble como el de ustedes. Pasaron tres años. Geraldine se graduó con honores, y el Aula de las Estrellas se convirtió en un proyecto reconocido en toda la ciudad. Tenía su propio espacio, donado por un grupo de empresarios que habían visto su labor, y contaba con voluntarios y donaciones de todo el mundo. Thiago seguía a su lado, no solo como su mejor amigo, sino como su compañero de vida. Un día, mientras Geraldine estaba sentada al lado de la cama de su madre, su padre se acercó a ella y le tomó la mano. —Lo siento, hija —dijo, con lágrimas en los ojos—. Fui un tonto. No entendía que cambiar vidas no solo se hace con un bisturí. Tú estás cambiando el futuro, uno por uno, y eso es algo maravilloso. Estoy orgulloso de ti. —Nos equivocamos, Geraldine. Tu felicidad es lo más importante para nosotros. Perdónanos. Geraldine lloró de alegría. Por fin, su familia la entendía. FIN Autor: Esmeralda Chavira Arellano Título: El aula de las estrellas Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026

  • "El secreto en el lago", cuento de Valeria Isabel Valles Rodríguez

    En un pequeño pueblo rodeado de bosques y cubierto casi siempre por una neblina fría, existía un lago enorme que guardaba más historias de las que el viento se atrevía a contar. Georgina, una joven de tan solo 16 años, caminaba cada tarde por la orilla del lago con su suéter amplio y una mochila. Era alta, delgada y de ojos negros. Parecía tranquila, pero por dentro había una duda que la acompañaba desde pequeña: la desaparición de su abuelo. Georgina había escuchado rumores sobre la misteriosa desaparición de su abuelo, un antiguo pescador del pueblo. Nadie hablaba del tema. Solo silencio. Georgina vivía con su madre y su hermano menor. Su madre evitaba hablar del tema, pues le pesaba mucho hacerlo, ya que sentía que nadie la escucharía o haría justicia. Pero Georgina no se quedaría con la duda. Desconfiaba con facilidad y deseaba descubrir qué había ocurrido realmente, no solo por su abuelo, sino porque algo en el pueblo no estaba bien. Todo cambió cuando encontró una caja con cartas escondidas en el cuarto de su madre. Las cartas hablaban de amenazas, de discusiones con el alcalde del pueblo, Pablo Flores, y de algo que había ocurrido en el lago. —Esto no fue un accidente… —susurró nerviosa. Georgina decidió investigar. No estaba sola: su mejor amigo, Manuel Reyes, la apoyaba desde el principio. Él era observador, respetuoso y la acompañaba en cada cosa que Georgina hacía. El alcalde, un hombre alto, elegante y de sonrisa falsa, comenzó a notar las preguntas incómodas de Georgina. Tenía miedo de que la verdad saliera a la luz, porque si eso ocurría, su secreto también lo haría. Las pistas los llevaron al bosque cercano y, finalmente, a una vieja cabaña abandonada. Allí encontraron un documento que demostraba que el lago había sido contaminado por negocios ilegales autorizados por el alcalde años atrás. El abuelo de Georgina lo había descubierto y quiso denunciarlo; por eso desapareció. Con pruebas en mano, Georgina enfrentó su mayor miedo: el poder. Pero entendió algo importante: debía proteger a quienes más amaba. La noticia se hizo pública. El pueblo se enteró y supo lo que había ocurrido. Pablo Flores fue arrestado y el silencio que había cubierto al lago durante años finalmente se rompió. El lago seguía allí, tranquilo, reflejando el cielo gris del pueblo. Pero ahora, cuando el viento soplaba entre los árboles, no llevaba rumores… llevaba justicia. Y Georgina, por primera vez, sintió que el peso en su corazón se había ido. FIN Autor: Valeria Isabel Valles Rodríguez Título: El secreto en el lago Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026

  • “No soy tu proyecto”, cuento de Ilse Abigail Pesina Ontiveros

    El verano en la universidad siempre tenía algo extraño. Los pasillos se quedaban casi vacíos por los fuertes grados de calor el aire caliente parecía colarse por las ventanas aunque el aire acondicionado estuviera encendido.  Liz odiaba el calor. Decía que el verano obligaba a las personas a mostrar lo que no querían enseñar - el calor te desnuda, aunque estés vestida- le dijo una vez el profesor Damián Cruz.  Damián río.  -O tal vez solo derrite las máscaras- respondió él.   Liz pensó que era una frase inteligente, no sabía que algún día tendría otro significado.  Liz era una estudiante de sexto semestre en psicología. Tenía una libreta llena de anotaciones, sueños subrayados y metas escritas en tinta azul. Admiraba al profesor Damián desde el primer semestre.  Él la había elegido para participar en un proyecto de investigación.  -Tienes talento, Liz- le dijo la primera vez que revisó su ensayo- no lo desperdicies por miedo.  Ella guardó esa frase como si fuera un premio. Con el tiempo empezaron a hablar más. Al principio solo temas académicos, después libros, música y teorías sobre la mente humana. -Eres diferente a los demás alumnos- le decía a Damián. Liz solo sonreía.  Porque cuando alguien en quien confías te dice que eres especial el corazón no cuestiona, late.  Para la universidad Damián era perfecto, preparado y carismático.  El profesor que organizaba conferencias y se quedaba horas extras asesorando estudiantes.  -Ojalá todos los maestros fueran como él- le decía Matías, el mejor amigo de Liz.  Liz asentía.  Pero el verano cambia ritmos, las clases se redujeron a seminarios intensivos. Los grupos eran pequeños y las horas más largas.  Un día después de clase Damián cerró la puerta. -Necesito hablar contigo sobre tu futuro académico.  Liz no sospechó nada.  -Claro, profe. -Damián- corrigió él, sonriendo- no siempre tienes que decirme profesor.  Fue pequeño, casi invisible. Pero algo cambió. Los mensajes comenzaron esa misma semana. “Hoy te veías particularmente bonita” “Ese vestido te queda increíble” Liz le mostró el celular a Matías bajo la sombra de un árbol seco del campus.  -¿Estoy exagerando?  Matías frunció el ceño. -No Liz intentó justificarlo.  -Tal vez solo es amable.  -Liz, ningún profesor necesita decirte que tu vestido le gusta.  El sol caía directo sobre ellos. El aire parecía no moverse. Esa noche Damián volvió a escribir.  “Sabes que nuestra conexión va más allá de lo académico” Liz no respondió.  Al día siguiente en clase, el actuó normal.  -Liz, ¿quieres explicar la teoría del apego?- preguntó frente a todos. Su voz era firme y profesional.  Ella habló pero sentía que cada palabra tenía peso.  Cuando terminó, Damián sonrió. -Siempre brillante.  El salón aplaudió y ella sentía vergüenza, no sabía porqué.  Una tarde Matías llegó con su laptop.  -Necesito mostrarte algo.  Abrió una carpeta. Capturas de pantalla, correos antiguos.  -Hace 2 años a una amiga le escribió lo mismo.  Liz sintió que el estómago se le vaciaba. -¿Qué hiciste?  -Nada, ella tenía miedo.  Silencio.  -No quiero que tú te quedes callada- Dijo Matías.  Liz comenzó a guardar todo.  Mensajes, horarios y correos.  Una tarde enfrentó a Damián en su oficina, el ventilador giraba lento sobre ellos y el calor entraba por la ventana. -Damián, tenemos que hablar. Él sonrío.  -Siempre tenemos que hablar.  -No me escribas más cosas personales. La sonrisa se quebró apenas.  -Estás malinterpretando.  -No.  Damián se inclinó hacia adelante. -Liz yo te ayudé, yo impulsé tu carrera. No me hagas quedar como un monstruo por un malentendido.  Esa frase dolió.  Porque ahí estaba la manipulación, desnuda.  -No soy tu proyecto- respondió ella.  Salió con las manos temblando, Matías la abrazó afuera.  -No estás sola.  Otros compañeros empezaron a hablar. Historias pequeñas, comentarios incómodos y miradas repetidas. Ya no era una sensación, era un patrón.  La universidad lanza una convocatoria anónima contra el acoso docente, Liz miró el formulario por una hora.  El verano estaba por terminar, nubes negras comenzaban a acumularse en el cielo.  -Si denuncias esto, cambia todo- dijo Matías.  -Ya cambió- respondió Liz.  Envió la denuncia.  Su dedo tembló al presionar “enviar”. El comité inició investigación.  Damián la buscó una última vez en el pasillo.  -¿Fuiste tú?  Liz sostuvo su mirada.  -Sí.  Él negó con la cabeza. -Arruinarás mi carrera por un malentendido.  -No, tú la arruinaste cuando cruzaste el límite.  Una tormenta estalló esa misma tarde. Lluvia intensa golpeando ventanas.  Semanas después, la universidad anunció su destitución.  El último día de verano, Liz caminó por el campus mojado. El aire estaba más fresco. Matías la alcanzó.  -¿Te arrepientes?  Liz pensó en el mentor que creía tener, en la amistad que imaginó y en la traición que descubrió. -No- dijo al fin- extraño lo que creía que era, pero no lo que fué.  El sol salió entre las nubes, y por primera vez en meses, el sol no quemaba. Quemaba menos.  FIN Autor: Ilse Abigail Pesina Ontiveros Título: No soy tu proyecto Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026

  • "Hilos de sangre", cuento de Alejandra Nantos Sánchez 

    La lluvia caía sobre Berlín como si la ciudad intentara limpiarse de algo que nunca terminaba de desaparecer. Adrian Krüger observaba el despacho vacío. Sin cuerpos. Sin rastros evidentes. Solo orden perfecto. Demasiado perfecto. Sobre el escritorio encontró un encendedor antiguo con un grabado: dos lobos enfrentados. Sintió un golpe extraño en el pecho. No era una pista cualquiera. Era una llamada. Esa misma noche, en lo alto de un edificio iluminado por relámpagos, Dereck Krüger observaba la ciudad. —El investigador está cerca —informó un subordinado. Dereck guardó silencio. —Déjenlo avanzar. No era un error. Era una decisión. Porque el conflicto no era solo profesional.Era de sangre. Días después, Adrián recibió un mensaje anónimo con una ubicación y una frase: «Si quieres respuestas, ven solo». Dudó. Ir significaba arriesgar su carrera. No ir significaba renunciar a la verdad. Eligió avanzar. El estacionamiento subterráneo estaba casi vacío. Las luces parpadeaban. Y entonces lo vio. Era como mirarse en un espejo deformado por la sombra. —Llegaste —dijo Derek. Adrián sintió que el aire desaparecía. —¿Quién eres? —Tu origen. El silencio fue más pesado que cualquier arma. Dereck habló primero. Le contó sobre su padre. Sobre el poder. Sobre las pruebas diseñadas para convertir a un niño en líder. Y luego dijo algo que quebró el equilibrio: —Tú no fuiste descartado. Fuiste protegido. Adrián retrocedió un paso. —¿Protegido… de qué? —De convertirte en mí. Las sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos. —Tienes una elección —dijo Dereck—: arrestarme… o escuchar lo que todavía no sabes. Adrián levantó el arma. Sus manos temblaban. Era su deber. Pero frente a él no había solo un criminal. Había su reflejo. Su sangre. Su otra posibilidad. Las sirenas estaban a segundos. El mundo exigía una decisión. Las luces se apagaron. Oscuridad total. Un disparo lejano. Un grito. Un eco metálico. Cuando la luz volvió… Solo uno de los dos seguía ahí. Adrián permanecía inmóvil. Pero el arma ya no estaba en su mano. Y las sirenas seguían acercándose. En el suelo, junto al encendedor, había una carpeta que antes no estaba. Dentro: documentos. Nombres. Una red aún más grande que la que Adrián había imaginado. En la última hoja, una frase escrita a mano: «El verdadero enemigo no soy yo». Adrián cerró los ojos. Ahora no sabía si debía perseguir a su hermano…o al sistema que lo creó. La lluvia seguía cayendo. Y la historia apenas comenzaba. FIN Autor: Alejandra Nantos Sánchez Título: Hilos de sangre Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026

  • "El mensaje que nunca llegó", cuento de William Santiago Santana Ortíz

    El teléfono vibró una sola vez sobre mi escritorio. No lo tomé. No fue por descuido, fue por miedo. A veces el miedo se disfraza de cansancio, de “luego lo veo”, de “seguro no es tan importante”. Afuera, el día seguía como siempre: voces, pasos, el reloj avanzando sin pedir permiso. Yo también seguí… creyendo que el tiempo esperaba por mí. Horas después, cuando por fin miré la pantalla, el mensaje ya no estaba. Esa noche no pude dormir. Algo en el pecho me pesaba, como si hubiera dejado una puerta abierta en medio de una tormenta. Cerré los ojos y entonces lo vi: era yo, pero no exactamente. Tenía la misma voz, el mismo rostro, solo que los ojos le dolían de tanto recordar. —Tenías que leerlo —me dijo con un susurro—. Ese mensaje podría cambiarlo todo. Quise responderle, explicarle que no lo hice a propósito, que estaba confundido, que no sabía qué decidir. Pero él negó con la cabeza. No estaba enojado… estaba cansado. —Yo soy lo que pasa cuando callas —continuó—. Cuando dejas que el miedo decida por ti. Intenté tocarlo, pero se desvaneció como humo. En su lugar quedó el silencio. Ese mismo silencio que antes me parecía cómodo, ahora se sentía cruel. Al día siguiente entendí lo que había perdido. No era solo un mensaje. Era una oportunidad. Era la posibilidad de haber hecho lo correcto, de haber sido valiente aunque temblaran las manos. Nadie vino a salvarme. No hubo héroes ni finales felices inmediatos. Solo consecuencias… y aprendizaje. Ahora sé que el verdadero villano nunca estuvo afuera. Vivía dentro de mí, susurrándome que esperar era más fácil que actuar. También aprendí que a veces el único regalo que recibimos es una advertencia, y si no la escuchamos, la vida se encarga de repetir la lección de otra forma. Hoy miro mi teléfono cada vez que vibra. No porque tenga miedo de perder un mensaje, sino porque entendí algo más importante: Las decisiones que ignoramos también escriben nuestra historia. Y algunas, aunque no lleguen a tiempo, nos cambian para siempre. FIN Autor: William Santiago Santana Ortíz Título: El mensaje que nunca llegó Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026

  • "Un invierno de lágrimas", cuento de Sofía Pedroza Ortíz

    Un gran invierno se encontraba; un viento tan helado soplaba que mis manos se tornaban rojas. Yo estaba desvelada; tenía que acabar mis trabajos porque por la mañana tendría clases. Estudiaba enfermería y por la tarde tenía que irme a trabajar. El estrés y el cansancio me consumían. —¿Por qué a mí? —me preguntaba una y otra vez en la cabeza. Vivía sola, sin familia; mis padres estaban lejos porque solo discutían. La única persona que tenía en mi vida era Neythan… mi único apoyo. Pero no era suficiente. ¿No había más personas? No… No sé qué siento, si es ira o tristeza. ¡No sé! Ni siquiera sabía lo que sentía, pero lo que sí sé es que la culpa me consumía; un gran tormento habitaba en mi cabeza. (Flashback). Hace meses me tocó cuidar a una paciente que había tenido un accidente automovilístico… pero murió… y yo sin hacer nada para salvarla. Ese momento se quedó grabado en mi memoria. Mi miedo de que me volviera a pasar era tan grande que lo soñaba una y otra vez… Sin darme cuenta ya había amanecido. Me cegué en mis propios pensamientos y no supe la hora. Me metí a bañar con agua fría; mi cuerpo temblaba y mi piel se tornaba roja por el agua helada que recorría mi piel, pues en pleno invierno estábamos. Yo solo quería desaparecer. Cuando iba a la universidad siempre estaba sola. Todos me decían: “Eres como un robot”. Nadie quería hablarme; mi condición los alejaba. Yo confundía mis sentimientos y emociones, pero… ¿era tan malo? ¿Era lo suficientemente malo para que la gente se alejara de mí? Cuando salí de la universidad fui a mi casa a cambiarme lo más rápido que podía. ¡Se me hacía tarde para ir a trabajar! Salí de mi casa mientras llovía. Cuando llegué al trabajo, ahí lo vi… Neythan, la única persona que me entendía. —Hola, May —escuché esa voz que transmitía paz, que me hacía sonreír, aunque no sabía exactamente qué me hacía sentir. Cuando iba a contestar, una chica joven de cabello café claro habló. —Perdón por interrumpir —exclamó la joven—. Me llamo Neli, un gusto. ¿Tú eres la mesera, Maylin? Es que el jefe me dijo que tú me podrías guiar para saber meserear. Su voz era dulce, igual que su mirada. La escuché atentamente. Neythan se tuvo que ir para atender a unos clientes. —Sí, soy yo —dije con voz indiferente. Pasé todo el día corrigiéndola y enseñándole, y así día tras día durante semanas, hasta que pasó el mes. Ella se volvió muy unida a Neythan y a mí. Se unió tanto que me reveló su pasado: cómo su mamá falleció en un accidente automovilístico y cómo no la pudieron salvar; eso la llenaba de ira. Yo le revelé que estudiaba enfermería; también le conté sobre mi tormento, pues le tuve mucha confianza. La muerte de su madre concordaba con la paciente que falleció a mi cuidado, pero supuse que era pura coincidencia. Terrible error. Cuando se lo conté… noté un cambio. Tal vez estaba molesta… no sé qué tenía, pero la notaba rara. Incluso Neythan me lo confirmó, pero no le tomé importancia. Meses después, Neli me convenció de vivir juntas en mi departamento para apoyarnos mutuamente… pero, con el paso de los días, todo se sentía más frío; incluso nevaba. Los días se sentían más extraños: mis tareas se perdían, las cosas que necesitaba para la universidad no las encontraba. Mis calificaciones bajaron tanto que casi pierdo materias. ¡Pero al parecer yo era ciega! La persona que me hacía todo eso no era más ni menos que Neli. Pero… ¿por qué? ¿Cómo? Ella me ayudaba a buscar mis cosas… Entonces, ella era la única que vivía conmigo, sin nadie más, sin familia. Confié ciegamente en ella, pues jamás pensé que detrás de esa alegría y amabilidad se encontraba alguien llena de rencor y odio. Me estaba arruinando la vida; hasta ya quería dejar de estudiar, pero Neythan me apoyó para seguir adelante. Un día Neli se enfermó gravemente. Falté a clases y al trabajo por cuidarla, haciendo que casi perdiera mi empleo. Neli se alegraba al ver cómo me estaba afectando, pues esa paciente que no pude salvar era su madre. Esa era su motivación, su razón para arruinar mi vida. Aprovechaba que yo no podía ver a Neythan porque él también estudiaba. Cuando me enteré de que ella era quien me hacía todo eso, la enfrenté. —¿Por qué? ¿Por qué lo haces? —le dije con seriedad. Ella, con lágrimas en los ojos, respondió: —¡Porque no salvaste a mi madre! Me quitaste lo que más quería y juré que te arruinaría la vida como tú lo hiciste conmigo. Sus palabras me cayeron como un balde de agua fría. Mis recuerdos volvieron. Todos esos meses que fui al psicólogo parecían en vano. No sabía qué hacer ni qué sentía. Solo vi cómo Neli empezó a toser y a temblar. Yo la miré, pero no podía no hacer nada. Me acerqué y la senté en el sofá mientras le traía un vaso con agua. Pero ella lo tiró. —No quiero nada de ti —me gritó molesta. No me importó. Jamás dejaría a una persona sufrir. Así que la cuidé, aunque me gritara e intentara arruinar mi vida. Con el paso de los días volví a la universidad; casi repruebo. En el trabajo me despidieron, pero Neythan me ayudaba, me daba algo de dinero y cuidaba de mí y de Neli. Sin embargo, la salud de Neli empeoró y la llevé a un hospital, donde quedó internada. La visitaba todos los días, pero no me dejaban pasar porque no era familiar. Con el tiempo conseguí un trabajo temporal y seguí con mis estudios. Ya a punto de graduarme, aproveché para ir a visitar a Neli con la excusa de que, como estudiante de enfermería, iría a tomar apuntes. No sé cómo logré pasar, pero lo hice. Cuando Neli me vio, lágrimas cayeron por sus mejillas. —¿Por qué estás aquí? —su voz baja ya no era alegre ni amable, sino llena de agonía. —Vine a visitarte, para ver cómo estabas. —Después de que intenté arruinarte la vida… El silencio quedó suspendido. Ella, con tan solo ver mis ojos, entendió. Yo solo quería ser enfermera y salvar personas. Puse una sonrisa suave, algo que jamás había hecho, excepto con Neythan. Al verla, Neli se llenó de arrepentimiento, pero antes de que pudiera decir algo, los doctores me pidieron que me retirara. Esa fue la última vez que la vi. Cuando por fin me gradué, el día se sentía bien. Seguí yendo al psicólogo para aprender más sobre mis emociones y saber identificarlas mejor. Tiempo después me enteré de algo horrible: la mujer con la que viví, a quien cuidé… la enfermedad le había arrebatado la vida. Nunca supe cuál fue. Me sentía mal, pero no sabía qué sentimiento era; solo sabía que no era bueno. Neythan me apoyó siempre, me acompañó a todo y me ayudó a superar a las dos personas que no pude salvar. Actualmente soy una enfermera que ayuda a salvar vidas. Aunque en el pasado cargué con la muerte de dos personas, hoy son mi motivación. Ya puedo diferenciar mejor mis sentimientos gracias a la ayuda que recibí, y me volví aún más unida a la persona que siempre estuvo conmigo desde pequeña. Y aunque no sé exactamente lo que siento todavía, lo que sí puedo decir es que sé que lo amo. FIN Autor: Sofía Pedroza Ortíz Título: Un invierno de lágrimas Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026

  • "El miedo vive conmigo", cuento de Ángel Iván Flores Venegas

    Todo comenzó el día que ella decidió irse. Después de tanto tiempo juntos, me dijo que ya no sentía lo mismo. No supe qué responder. Solo sentí que algo dentro de mí se rompía. Desde entonces, mi casa dejó de sentirse como hogar  Los días pasaban y yo intentaba convencerme de que estaba bien, pero el silencio era más fuerte que mis palabras. Cada rincón guardaba un recuerdo: una risa, una conversación, una promesa que nunca se cumplió. Una noche, mientras estaba acostado, sentí que no estaba completamente solo. No escuché pasos ni vi una sombra clara, pero había algo ahí. Una presencia. Desde ese momento supe que había un fantasma en mi casa. No lo veo con mis ojos, pero lo siento. Está en el pasillo cuando apago la luz. Está detrás de mí cuando camino hacia mi cuarto. A veces, en la madrugada, el silencio parece susurrar mi nombre. Con el tiempo entendí algo: ese fantasma no vino de afuera. Nació del miedo que guardé, de la tristeza que no quise enfrentar. Vive conmigo porque yo mismo lo dejé quedarse. Ahora sé que no es el fantasma lo que me persigue… es el recuerdo. Y mientras no aprenda a soltar el pasado, seguirá aquí, acompañándome en cada sombra. Porque el miedo no siempre se ve… pero siempre vive conmigo. FIN Autor: Ángel Iván Flores Venegas Título: El miedo vive conmigo Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026

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