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- "El último taxista de la calle del Olvido", cuento de Aslhey Ximena Fernandez Lagunes
El motor temblaba bajo el capó del coche amarillo, como si intentara contener un suspiro viejo. El hombre de la corbata arrugada subió sin decir palabra, depositando una maleta de cuero desgastado en el suelo del pasajero. Las calles de la ciudad se desvanecían en niebla, y los faroles proyectaban círculos de luz que parecían flotar en el aire. Al frente, el taxista mantenía las manos en el volante con una firmeza que contrastaba con la lentitud de su mirada. No preguntó por la dirección; simplemente puso en marcha el vehículo, y los edificios altos comenzaron a pasar como sombras gigantes. El pasajero observó por la ventanilla: en algunas esquinas, parecía ver figuras pequeñas que se agazapaban detrás de los postes, pero cuando intentaba fijarse, ya no estaban allí. —No creía que aún existieran taxis como este —murmuró el hombre, tocando el respaldo de cuero del asiento. El taxista asintió sin girar la cabeza. Había llevado miles de personas por esos caminos, pero esta vez algo era distinto: la maleta del pasajero emitía un leve zumbido, y en el espejo retrovisor, veía reflejos que no correspondían a la calle que transitaban. A medida que avanzaban, los nombres de las calles iban cambiando en los letreros: primero Calle de la Memoria, luego Calle de los Susurros, hasta llegar a una vía que no aparecía en ningún mapa: Calle del Olvido. Allí, los edificios eran más antiguos, con ventanas tapiadas y puertas que parecían esperar a alguien desde hace siglos. El pasajero se estremeció; notó que su corbata ya no estaba arrugada, sino como nueva, y que en su bolsillo había un billete con una fecha que no reconocía. El coche se detuvo frente a una casa de fachada azul. La maleta se abrió sola, y de dentro salieron fotografías, documentos y objetos pequeños que comenzaron a flotar en el aire, formando una especie de telaraña luminosa. El pasajero se levantó, pero su cuerpo era translúcido, y cuando miró hacia el taxista, vio que este también lo era. —Todos llegamos aquí tarde o temprano —dijo el taxista, finalmente girándose. Su rostro era el de un hombre joven, pero sus ojos tenían la edad de los siglos—. La ciudad no borra nada; solo guarda las historias que nadie quiere recordar. Las figuras que el pasajero había visto en las esquinas comenzaron a acercarse: eran otras personas, con maletas en la mano, esperando su turno para subir al taxi amarillo. El hombre entendió entonces: nunca había bajado de ese coche. Había muerto en un accidente años atrás, y su alma había estado vagando, buscando el lugar donde pertenecía. La maleta se cerró, y los objetos volvieron a su interior. El taxista puso en marcha el vehículo de nuevo, y la casa azul se desvaneció en la niebla. Ahora era el turno de los otros, de llevar sus historias al lugar donde el tiempo no existía. El coche se alejó por la Calle del Olvido, hasta desaparecer en la penumbra, dejando solo el eco de su motor en un mundo que ya no era el de los vivos. FIN Autor: Aslhey Ximena Fernandez Lagunes Título: El último taxista de la calle del Olvido Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026
- "La chica que guardaba los atardeceres", cuento de Grisel Natsumi Epitacio Margarito
En un pueblo donde el viento olía a pan dulce y tierra mojada, vivía una chica llamada Emilia. Tenía una costumbre extraña: coleccionaba atardeceres. No los pintaba. No los fotografiaba. Los guardaba. Cada tarde subía a la azotea con un frasco de vidrio transparente. Cuando el cielo se encendía en tonos naranja, rosa y violeta, Emilia abría el frasco y lo dejaba unos minutos frente al horizonte. Luego lo cerraba con cuidado, como quien guarda un secreto. Y funcionaba. Dentro del frasco quedaba atrapada una pequeña nube dorada que brillaba suavecito, como si el sol hubiera decidido quedarse a dormir ahí. Emilia tenía frascos para todo. Uno para los días en que el cielo parecía incendio tranquilo. Otro para los atardeceres tímidos, casi grises. Uno especial para el día en que creyó que su corazón se rompía… porque ese atardecer fue el más rojo de todos. Cuando alguien en el pueblo estaba triste, ella no decía mucho. Solo iba a su cuarto, elegía un frasco y lo abría despacio. La habitación se llenaba de luz tibia, como abrazo sin brazos. Y la tristeza, aunque no desaparecía del todo, aprendía a respirar. Un día, una tormenta oscureció el cielo durante semanas. No hubo atardeceres. No hubo colores. El pueblo empezó a sentirse gris por dentro. Emilia miró su estante. Tenía decenas de frascos brillando en silencio. Entonces entendió algo importante: los atardeceres no eran solo suyos. Esa noche tocó puerta por puerta. Entregó un frasco a cada familia. “Para cuando el cielo se olvide de brillar”, decía. Y cuando por fin volvió el sol, el pueblo ya no era el mismo. Ahora todos guardaban algo bonito en frascos: risas, canciones, promesas, recuerdos. Porque Emilia había descubierto que la luz no se colecciona para esconderla. Se guarda para compartirla. FIN Autor: Grisel Natsumi Epitacio Margarito Título: La chica que guardaba los atardeceres Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026
- "Desde el principio hasta la eternidad", cuento de Nahomi Carrera Pureco
En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.Este era en el principio con Dios.Todas las cosas por Él fueron hechas, y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho.En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.Y la luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros, lleno de gracia y de verdad. Mucho antes de que el mundo existiera, Dios, con su poder infinito, creó los cielos y la tierra.Y dijo Dios: «Sea la luz»; y fue la luz.Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas.Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Después separó las aguas, levantó la tierra firme, llenó el mundo de árboles cargados de fruto, flores de colores y semillas que darían más vida. Colocó el sol para gobernar el día, y la luna y las estrellas para la noche. Creó peces que se movían como destellos en el mar y aves que cruzaban el cielo como pinceladas vivas. Hizo animales grandes y pequeños, y finalmente creó al ser humano a su imagen, soplando aliento de vida en él. Todo era bueno. Pero un ángel lleno de belleza permitió que el orgullo creciera en su corazón. Quiso ser como Dios. Fue expulsado del cielo y se convirtió en Satanás. En el jardín del Edén engañó con palabras suaves como susurros, y así el pecado entró al mundo. Desde entonces, el dolor, el miedo y la muerte comenzaron a existir. Aun así, Dios prometió que enviaría un Salvador que aplastaría la oscuridad. Pasaron los años. Noé construyó un arca mientras el cielo se llenaba de lluvia. Abraham creyó en una promesa bajo un cielo lleno de estrellas. Moisés vio una zarza que ardía sin consumirse y abrió el mar para que el pueblo cruzara en seco. David cantó salmos. Los profetas anunciaron que vendría el Mesías. Y cuando llegó el tiempo perfecto, en Nazaret vivía una joven llamada María. Un día, el ángel Gabriel se le apareció y le dijo: «¡Alégrate, muy favorecida! El Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres». María se turbó, pero el ángel le dijo que no temiera. El Espíritu Santo vendría sobre ella y el poder del Altísimo la cubriría con su sombra. El niño sería llamado Hijo de Dios. En Belén nació Jesús. No en un palacio, sino en un pesebre humilde. Ángeles llenaron el cielo cantando: «Gloria a Dios en las alturas». Pastores fueron a verlo. Una estrella guio a sabios que trajeron oro, incienso y mirra. Jesús creció en sabiduría y gracia. A los doce años habló en el templo, y todos se maravillaban. Cuando fue bautizado en el río Jordán, los cielos se abrieron y se oyó una voz: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia». El Espíritu descendió como paloma. Luego fue llevado al desierto cuarenta días. Allí el diablo intentó tentarlo.Le dijo que convirtiera piedras en pan, pero Jesús respondió con la Escritura.Le ofreció reinos y gloria si lo adoraba, pero Jesús declaró: «Solo a Dios se adora».Intentó que probara a Dios lanzándose desde el templo, pero Jesús no cayó en la trampa. El enemigo se apartó. Jesús llamó a doce discípulos: Pedro, Andrés, Jacobo, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Jacobo hijo de Alfeo, Simón el zelote, Judas Tadeo y Judas Iscariote. Hombres sencillos que dejaron sus redes. Y comenzaron los milagros: el agua se volvió vino en una boda; un leproso fue limpiado con un toque; un paralítico, bajado por el techo, se levantó y caminó; una tormenta se calmó con una palabra; cinco panes y dos peces alimentaron a miles; un ciego recobró la vista; una mujer enferma fue sanada al tocar su manto; una niña volvió a vivir; Lázaro salió de la tumba. Contaba parábolas: del hijo pródigo, del buen samaritano, del sembrador, de la oveja perdida. Entró en Jerusalén montado en un burrito mientras la multitud gritaba: «¡Hosanna!». Pero los líderes religiosos sintieron envidia. Judas, uno de los doce, fue donde los sacerdotes y, por treinta monedas de plata, acordó entregarlo. En el huerto de Getsemaní, Jesús oró con angustia: «Padre, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea mi voluntad, sino la tuya». Judas lo traicionó con un beso. Fue arrestado. Pedro lo negó tres veces. Fue llevado ante Pilato. Aunque no hallaron culpa en Él, la multitud pidió su crucifixión. Fue azotado. Le pusieron una corona de espinas. Se burlaban de Él. Cargó la cruz hasta el Gólgota. Fue clavado. Desde la cruz dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».«Hoy estarás conmigo en el paraíso».«Mujer, he ahí tu hijo… He ahí tu madre».«Tengo sed».«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?».«Consumado es».«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». El cielo se oscureció. La tierra tembló. El velo del templo se rasgó. Fue sepultado. Pero al tercer día, la piedra fue removida. La tumba estaba vacía. Jesús resucitó. Se apareció a María Magdalena. A los discípulos. A Tomás le mostró sus heridas y este dijo: «¡Señor mío y Dios mío!». Caminó en Emaús. Comió junto al mar. Luego ascendió al cielo, diciendo: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura». El Espíritu Santo vino como viento fuerte y fuego sobre los discípulos. Y la Iglesia comenzó. Y la Biblia promete que un día habrá cielo nuevo y tierra nueva, donde no habrá más dolor ni lágrimas. Porque el Verbo que estaba con Dios desde el principio, el que fue hecho carne, el que venció al enemigo y venció la muerte… vive para siempre. Y su luz jamás será vencida. FIN Autor: Nahomi Carrera Pureco Título: Desde el principio hasta la eternidad Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026
- "El reflejo en la ventana", cuento de: Iker Caleb Granados Jaime
Desde la ventana de mi cuarto se ve el estacionamiento del edificio, un rectángulo de concreto iluminado por un foco amarillento que parpadea cada tanto. No es una gran vista, pero de noche tiene algo hipnótico: los autos quietos, las sombras largas, el silencio que parece más profundo de lo normal. Fue en una de esas noches cuando noté el coche. No porque fuera raro, sino porque no estaba ahí cuando me dormí. Era un sedán oscuro, estacionado justo bajo la luz intermitente. Tenía el motor apagado, pero las luces interiores encendidas. Pensé que alguien habría llegado tarde y se habría quedado buscando algo en la guantera o enviando un mensaje. Lo extraño fue que, al mirar unos minutos después, nadie salió. Ni una puerta abrió. Ni una silueta se movió. Al día siguiente, el coche seguía ahí. Mismo lugar. Mismas luces encendidas. Por la tarde ya no estaba. No le di importancia hasta que volvió a aparecer dos noches después, exactamente a la misma hora en que yo solía asomarme: poco después de las dos de la madrugada. Otra vez con la luz interior encendida, como si alguien estuviera sentado dentro, aunque desde mi ventana no podía ver a nadie. Empezó a volverse un hábito. Cada vez que no podía dormir, miraba. Y muchas veces ahí estaba: el sedán oscuro, inmóvil, esperando bajo el foco que zumbaba. Una noche tomé mi celular para acercar la imagen con la cámara. La calidad era mala, granulada, pero suficiente para notar algo que me erizó la piel: el asiento del conductor parecía hundido, como si hubiera peso sobre él. Pero no se distinguía ninguna figura. Cerré la cortina esa noche, con una incomodidad difícil de explicar. No era exactamente miedo, más bien la sensación de estar observando algo que no debía. Pasaron varios días sin que apareciera y pensé que todo había sido coincidencia. Hasta que regresó. Esta vez, además de las luces, el parabrisas estaba empañado por dentro. No hacía frío suficiente para eso. Me quedé mirando más tiempo del que debería. El foco parpadeó y, por un segundo, la luz interior del coche pareció apagarse… y encenderse otra vez. Fue entonces cuando lo vi. No una persona, no una cara. Solo una marca en el vaho del vidrio, como si algo hubiera apoyado la palma desde dentro. La forma no era nítida, pero el gesto sí: una mano extendida, presionando suavemente contra el cristal. Sentí un impulso absurdo de devolver el gesto, como si la distancia no importara. No lo hice. Cerré la cortina de golpe. Esa noche casi no dormí. Cada sonido del edificio —tuberías, pasos lejanos, el ascensor— me parecía demasiado fuerte. En algún momento reuní valor y volví a mirar. El coche ya no estaba. La noche siguiente decidí no asomarme. Me repetí que no ganaba nada alimentando esa obsesión. Me metí en la cama, apagué la luz y traté de ignorar la curiosidad. No funcionó. A las 2:07, antes de la hora habitual, escuché un sonido suave que venía de la calle. No era un motor ni una puerta. Era más bien un clic, como el de un seguro abriéndose. No quería mirar. Pero lo hice. El sedán estaba ahí otra vez. Solo que ahora no estaba estacionado bajo el foco. Estaba más cerca del edificio, en un lugar donde nunca se permitía aparcar. Y las luces interiores estaban apagadas. Me incliné un poco más hacia la ventana, intentando distinguir algo dentro. El parabrisas ya no estaba empañado. Era un rectángulo negro que reflejaba la luz lejana de la calle. Entonces ocurrió algo casi imperceptible: la luz del tablero se encendió por un segundo, apenas un destello tenue. Y en ese reflejo, vi claramente que el asiento del conductor estaba ocupado. No pude ver rasgos ni forma exacta, solo la certeza de que había algo ahí, sentado, mirando hacia el edificio. Hacia arriba. Hacia mi ventana. Sentí el impulso de apartarme, pero me quedé congelado, como si moverme confirmara que yo también podía ser visto. La luz del tablero se apagó. Y el coche permaneció inmóvil. No sé cuánto tiempo pasó. Quizá minutos, quizá más. Parpadeé, y en ese instante breve en que mis ojos se cerraron, escuché algo en mi cuarto. Un sonido mínimo, casi nada. Como tela rozando el piso. Me giré de inmediato. La habitación estaba oscura y quieta, pero la sensación era inequívoca: no estaba solo. No porque viera algo, sino porque el espacio se sentía ocupado, como si el aire tuviera más peso del normal. Volví la mirada hacia la ventana. El estacionamiento estaba vacío. El coche había desaparecido. Me levanté para encender la luz, intentando convencerme de que todo era sugestión, que la falta de sueño me estaba jugando una broma. El cuarto parecía normal: escritorio, silla, la puerta cerrada, la ropa sobre la mochila. Pero algo no encajaba. La cortina. Estaba ligeramente abierta, unos centímetros más de lo que la había dejado. Me acerqué despacio y miré hacia afuera. El foco seguía parpadeando sobre el concreto vacío. Y entonces noté el reflejo en el vidrio. No venía de la calle. Venía de detrás de mí. Una luz suave, como la de un tablero encendido por un instante, iluminando tenuemente la habitación. No quise girarme. No de inmediato. Me quedé mirando el reflejo, viendo cómo esa claridad débil dibujaba la silueta de algo a mi espalda, justo fuera de foco, sentado… quieto. La luz se apagó. El reflejo desapareció. Cuando finalmente me atreví a voltear, el cuarto estaba vacío otra vez. Desde entonces ya no miro el estacionamiento por las noches. Mantengo la cortina cerrada y la luz apagada. Aun así, a veces despierto con la certeza de haber visto un destello tenue antes de abrir los ojos, como si algo comprobara si sigo ahí. Y en esas madrugadas, cuando el edificio está completamente en silencio, hay un momento en que me parece escuchar, muy cerca, el clic suave de un seguro liberándose. Como si una puerta que no puedo ver acabara de abrirse. FIN Autor: Iker Caleb Granados Jaime Título: El reflejo en la ventana Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026
- "El truco que salió mal", cuento de Luis Eduardo Padilla Raygoza
Un día, en la casa de mi abuela, encontré un libro viejo lleno de polvo. Tenía dibujos raros y decía algo sobre magia. Pensé que solo era un libro antiguo, pero me dio curiosidad y lo llevé a mi cuarto. Había una página que explicaba cómo mover una moneda sin tocarla. Solo tenías que concentrarte y decir unas palabras en voz alta. Decidí intentarlo, aunque no creía que fuera a pasar nada. Puse una moneda sobre el escritorio y leí las palabras. Al principio no ocurrió nada. Me quedé viendo la moneda unos segundos, sintiéndome un poco tonto. Entonces la moneda se movió. Fue algo pequeño, apenas un deslizamiento. Pensé que tal vez yo había movido el escritorio sin darme cuenta. Pero después la moneda volvió a moverse, esta vez más claro. Se deslizó hasta el borde y cayó al suelo. En ese momento, la puerta de mi cuarto se cerró sola. La luz empezó a parpadear y el ambiente se sentía raro, como más pesado. Mis hojas se movían aunque la ventana estaba cerrada. Intenté cerrar el libro, pero las páginas comenzaron a pasar solas, rápido, hasta que se detuvieron en una frase que no había visto antes: “No comiences lo que no sabes terminar.” Sentí que alguien estaba detrás de mí. No escuché nada, pero se sentía como si alguien me estuviera observando. No quería voltear. Cerré el libro con fuerza y todo se quedó en silencio. Cuando recogí la moneda del piso, estaba caliente. Guardé el libro en una caja y no lo he vuelto a abrir. Pero algunas noches escucho algo rodando sobre mi escritorio, aunque no haya dejado nada ahí. Ese día, Sofía y Marcos se quedaron un rato más en la escuela porque la maestra Julia les pidió que fueran por unos cuadernos al salón de artes. No era tan tarde, pero ya no se escuchaban casi voces en los pasillos. Sofía no creía en cosas raras, pero sí sabía que ese salón siempre estaba cerrado y que casi nadie entraba. A veces, cuando pasaban por ahí en clase, la puerta tenía candado, aunque no hubiera nada importante adentro. —Vamos rápido y ya —dijo Marcos, como si no le importara. Sofía asintió, aunque por dentro sentía esa incomodidad que no sabía explicar. Sofía abrió la puerta y entró despacio. Marcos se quedó afuera, recargado en la pared, usando su celular. El salón estaba igual que siempre: mesas chuecas, pinceles secos, hojas tiradas en el piso y el olor a pintura vieja. Sofía fue directo al escritorio de la maestra para buscar los cuadernos. Revisó una pila… nada. Movió otra… tampoco. El salón estaba demasiado callado. Entonces escuchó algo muy bajito. No era un golpe ni un paso… era como si alguien respirara cerca. —¿Marcos? —preguntó sin voltear. No le contestaron. Sofía pensó que a lo mejor estaba exagerando. Siguió buscando, aunque ya no tan tranquila. De pronto, sintió que el ambiente estaba raro, como pesado, como cuando va a empezar una tormenta. Le dio una rápida mirada a la puerta. Marcos seguía afuera. Eso la calmó un poco. Después, algo le llamó la atención. Una de las sillas, que estaba metida debajo de la mesa, ahora estaba un poco jalada hacia atrás. Sofía estaba segura de que nadie la había movido. —Marcos… ¿sí entraste hace rato? —preguntó desde dentro. —No —respondió él—. No me he movido. Sofía tragó saliva. Volvió al escritorio y abrió un cajón que antes no había revisado. Ahí estaban los cuadernos. Justo cuando los tomó, escuchó un pequeño ruido detrás de ella. Sofía levantó la cabeza y vio que la puerta ya no estaba abierta como antes. Estaba casi cerrada. No recordó haber escuchado cuando se movió. Y entonces lo vio. En una de las mesas había un cuaderno que no estaba ahí hace un momento. Era distinto a los demás. No tenía nombre, ni etiquetas ni dibujos. Encima, con letra chueca, decía: “No es para ustedes.” Sofía sintió un nudo en el estómago. Se acercó despacio, sin tocarlo. —Marcos… —dijo bajito—. ¿Estás jugando conmigo? —No… ¿por qué? —contestó desde afuera. Sofía ya no se sentía nada tranquila. De pronto, se escuchó el sonido de una hoja pasando, como si alguien hubiera abierto el cuaderno. Sofía no vio a nadie. Pero el cuaderno ahora estaba abierto. No se animó a mirar lo que tenía escrito. Sofía salió rápido del salón con los cuadernos en las manos y encontró a Marcos justo enfrente, guardando su celular. —¿Entraste? —le preguntó, casi sin aire. Marcos negó con la cabeza. —Te juro que no. Los dos se quedaron viendo la puerta del salón unos segundos. Desde afuera no se veía nada raro. Ni movimientos, ni sombras. Nada. Sin decir nada más, caminaron rápido hasta donde estaba la maestra Julia y le entregaron los cuadernos. Sofía no le contó lo del otro cuaderno. No supo por qué, pero sintió que no debía hacerlo. Al día siguiente, Sofía pasó por el pasillo del salón de artes antes de entrar a clases. La puerta estaba cerrada, como siempre. Pero en el piso, justo frente a la puerta, había una hoja blanca. Solo una. Sofía no se acercó. Siguió caminando. Y desde ese día, cada vez que alguien menciona el salón de artes, Sofía recuerda esa frase escrita con letra chueca… y la forma en que la puerta se fue cerrando sin que nadie la tocara. FIN Autor: Luis Eduardo Padilla Raygoza Título: El reflejo en la ventana Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026
- "Los zapatos del diablo, cuento de Camila Roque Cabrales
Noche helada una vez más. Este invierno es la pesadilla de cualquiera que odie el frío. En una evacuación todos odian este clima, pero a esta gente solo le importa ella misma. ¿Desde cuándo se le niega un pan o un vaso de agua a alguien? Desde que ese hombre llegó, toda humanidad se fue con su llegada a Xilom, donde comes o serás comido; no hay punto medio ahora. Nadie sabe de dónde viene o qué quiere hacer. Solo unos pocos lo sabemos y entre ellos estoy yo… 17 de diciembre de 2072, ese día inició mi decaída y de la cual no me arrepentiría de entrar. Al trabajar bajo la misma organización que ese sádico investigador como subordinada, era una tortura. Loseila es aquella que gobierna dentro de este lugar donde el aire te llena los pulmones con traición, sangre y lástima. Y más para los que trabajábamos bajo el mando de ese atrae-muerte. Si tenías suerte, seguías completo y con todos tus órganos dentro de ti; y a los que les parecían interesantes o cualificados, los tomaba como sus ratas de laboratorio. Fui una de esas desafortunadas; no sé qué sucedió conmigo, pero me dejó ir. Estaba completa físicamente, pero las noches sabían qué tormento había pasado esos eternos días de dolor. Fui tan brillante que atraje a un codicioso. Era la estrella de toda mi vida; nunca me faltaron los halagos de físico o inteligencia. A los 17 entré temprano a la academia, universidad de sueños para todos y algo que logré como si fuera hacer un panqueque por la mañana, tan fácil que parecía ridículo. Y eso me condenó. Al momento de ser mi último ciclo recibí ese trato del demonio mismo. Loseila me solicitaba integrarme a las filas de los traicioneros come almas de las luces. Acepté sin saber que yo misma me ponía ese grillete. Observé y escribí mi alegre y afirmativa respuesta: ACEPTÉ TRABAJAR PARA ESE DEMONIO CODICIOSO DE SABER. Se le solicita que salga de su domicilio bajo disposición oficial de la dama noble Loseila. Salvatore, se le solicita volver a la organización bajo cuidado de Saoirse, tercera de Castilla… Nadie abrió; sé que estaba dentro por esos pasos que me producían escalofríos al escucharlos. No tengo idea de cuánto tiempo pasó hasta que esa bendita puerta se abrió de par en par para reclamar a quien había esperado por no sé qué tanto tiempo. Entré buscando a aquel hombre y lo que vi fue algo que no esperaba: era él, con una taza de té en su mano y otra en la mesa enfrente de él. Era ridículo el contraste de esas tazas tan frágiles y delicadas en comparación con ese hombre. Me estaba esperando y yo no lo sabía. Ese hombre me da un terror, siempre un paso adelante, como el cínico lunático que es… Él no habló; solo hizo un gesto para que tomara una taza y me sentara a su lado. Obedecí… No sé por qué, solo al ver esa máscara me hacía temblar. Me senté y repetí ese inútil trozo de papel y, a media frase, me interrumpió al aclararse la garganta, un gesto que él hacía cuando se consideraba ganador. Él tenía razón: él ganó y yo debía caer y portarme bien en esa jaula de cristal como la rata que fue perdonada en un cruel experimento. Loseila, la dama noble, solicita su regreso inmediato a la organización Sa… Las palabras murieron en mi garganta. Ese cínico sonrió de tal manera que parecía un demonio en un traje de seda y me respondió con ese tono sarcástico. —Loseila sabe bien qué piezas mover —respondió, y con esa corta frase entendí que cortó toda opción mía de cumplir con aquella orden. —Mi señora es de carácter inteligente… —respondí a medias antes de que su voz cargada de odio volviera a interrumpirme—. No seas ridícula. No te enviaron para que vinieras por mí; te envió para que trabajaras para mí. Si ella quisiera que volviera, estarías con escoltas y cientos de personas estarían acompañándote. ¿Por qué vienes sola si, según, te mandó para que regrese a las luces? —Los planes de mi señora son sagrados; si me envió sola es porque confía en mí —respondí con incertidumbre. Él tenía razón y era lo peor… —De verdad que acerté con darte la carta a ti, tan leal como un perro e inteligente como un halcón, pero tan tonta como un ratón —me respondió con una sonrisa que le achinaba esos ojos malditos llenos de avaricia y pecado. —Ya que aceptaste trabajar para mí…— Decidí interrumpirlo con un reclamo: —¡TRABAJAR PARA TI, NUNCA! Prefiero perder mi libertad que ser tu… Él hizo un gesto de silencio. —¿Libertad? ¡Qué gracia! Cuando tomaste esa carta entre tus dedos cansados de tantos exámenes, PERDISTE TODA LIBERTAD, SAOIRSE. Tomó mi rostro con una mueca burlona, se quitó esa máscara que recuerdo a detalle perfectamente y la puso sobre mis alguna vez libres ojos. Con ese simple gesto me hizo entender que yo ya había perdido incluso antes de iniciar a jugar el shatranj. Mis lágrimas sellaron el trato no hablado; vendí mi alma al diablo tiempo atrás. —Yo soy el demonio hambriento de saber o eres tú que vendiste tu Saoirse por un poco de conocimiento y poder. SOMOS DEL MISMO INFIERNO. TÚ NO LO RECONOCES, PERO YO SÍ. SÉ QUE SOY UN PECADOR, PERO TÚ TE CREES LA SANTA. Salvatore me dijo, acercándose a mi rostro ya cubierto por su máscara. Me convertí en el arlecchino que debe entretener al rey. Mi primera introducción a cómo ser un perfecto arlecchino comenzó. Aquel importante papel, carente de significado para los dos, ahora yacía en el piso, cubierto de trozos de mi caída taza de té. Mi identidad como estrella académica se redujo a un papel, como el gorrión que espera ser comido por el cuervo que lo encerró en una jaula de saber. Él me hizo caer en una mayor obsesión por el saber y el conocimiento; me ofreció inteligencia a cambio de entregarme y yo lo acepté por codicia. 18 de marzo de 2073 —¡SAOIRSE! MI LIVIA BLANCA… Esa frase interrumpió la investigación de Salvatore bajo mi ayuda como prueba de testeo. Pero yo reconozco esa voz; me dio calma cuando solo dolor tenía mi alma. Era Gideon, mi dulce amor. —Gideon… aquí estoy. Mi corazón respondió antes que mi quebrada mente. Vi cómo el rostro de Salvatore se convertía en una mueca de decepción y coraje, pero solo podía pensar en aquel sonido de la voz de mi una vez compañero. —¡SABÍA QUE ÉL ERA UN PELIGRO PARA TI, LIVIA! Dime y yo te rescato, mi dolce… Salvatore dio una risita de burla y habló: —No es necesario tanto esfuerzo. Livia es mi arlecchino. Retírate, zanate de cuarta. Ella decidió todo por sí misma. —Livia no tiene un libro de chistes para entretenerte. Saoirse es libertad y ese nombre lo lleva desde que respiró por primera vez este fresco aire, mientras que tú, salvador que rompe almas, eres algo que repudia Xilom. —Gideon, vete. Por fin tendré un conocimiento que nadie tendrá. Yo acepté… YO ME PUSE LA MÁSCARA. Le grité, cortando el intento de Gideon de hacer todo por mí. Una vez me dijo que no lo amaba lo suficiente; le dije que estaba equivocado, pero qué razón tenía él: la verdad no lo amaba como amaba ese deseo de conocer. Salvatore me tenía como su bufón, pero yo sentía que era un amor verdadero. Él le dio el mundo y amor, pero nunca fue suficiente. Siempre quería todo. Podía escuchar su conversación, que en realidad eran reclamos y gritos uno al otro. Uno pedía mi libertad y el otro poder experimentar todo en mí. Podía escuchar los violines que me daban la bienvenida a otro lugar, las sirenas que sonaban afuera de esa puerta de madera y los gritos de un amor negado y otro lleno de pecado y horror. En un momento donde ambos hombres sangraban y no dejaban de pedir que fuera con ellos y no con el otro, decidí hablar: —Él es mi hombre. Estamos tomados de la mano, caminando como colegas hambrientos de saber por este infierno. Le quiero como a nadie porque es mi cuervo y mi hombre. Sé que me condené, pero nadie tiene que entender. Vete y déjame vivir este cálido cielo, Gideon… Esas fueron las palabras que le dije a Gideon antes de que él desapareciera ante la puerta para ya no volver. Salvatore, lleno de orgullo, tomó mi mano victorioso tras la derrota del zanate. Me encaminó a una sala que parecía una jaula y no tanto recámara. El cuervo ya comió y fue al gorrión. Decidí quedarme como la máscara dos. Los zapatos del diablo recorren mi vida ahora y siempre, porque yo firmé mi libertad por su saber. 12 de mayo de 2093 MI GORRIÓN SE DESVANECIÓ EN SU JAULA. LÁSTIMA… DEBERÉ ENCONTRAR UN NUEVO ARLECCHINO… ATENTAMENTE, TU DIABLO: SAOIRSE.ABRAZOS, “SALVATORE”. FIN Autor: Camila Roque Cabrales Título: Los zapatos del diablo Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II Año: 2026
- "No oyes ladrar a los perros", cuento de Juan Rulfo
—Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte. —No se ve nada. —Ya debemos estar cerca. —Sí, pero no se oye nada. —Mira bien. —No se ve nada. —Pobre de ti, Ignacio. La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante. La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda. —Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acuérdate que nos dijeron que Tonaya estaba detrasito del monte. Y desde qué horas que hemos dejado el monte. Acuérdate, Ignacio. —Sí, pero no veo rastro de nada. —Me estoy cansando. —Bájame. El viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó allí, sin soltar la carga de sus hombros. Aunque se le doblaban las piernas, no quería sentarse, porque después no hubiera podido levantar el cuerpo de su hijo, al que allá atrás, horas antes, le habían ayudado a echárselo a la espalda. Y así lo había traído desde entonces. —¿Cómo te sientes? —Mal. Hablaba poco. Cada vez menos. En ratos parecía dormir. En ratos parecía tener frío. Temblaba. Sabía cuándo le agarraba a su hijo el temblor por las sacudidas que le daba, y porque los pies se le encajaban en los ijares como espuelas. Luego las manos del hijo, que traía trabadas en su pescuezo, le zarandeaban la cabeza como si fuera una sonaja. Él apretaba los dientes para no morderse la lengua y cuando acababa aquello le preguntaba: —¿Te duele mucho? —Algo —contestaba él. Primero le había dicho: "Apéame aquí... Déjame aquí... Vete tú solo. Yo te alcanzaré mañana o en cuanto me reponga un poco." Se lo había dicho como cincuenta veces. Ahora ni siquiera eso decía. Allí estaba la luna. Enfrente de ellos. Una luna grande y colorada que les llenaba de luz los ojos y que estiraba y oscurecía más su sombra sobre la tierra. —No veo ya por dónde voy —decía él. Pero nadie le contestaba. El otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su cara descolorida, sin sangre, reflejando una luz opaca. Y él acá abajo. —¿Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien. Y el otro se quedaba callado.Siguió caminando, a tropezones. Encogía el cuerpo y luego se enderezaba para volver a tropezar de nuevo. —Este no es ningún camino. Nos dijeron que detrás del cerro estaba Tonaya. Ya hemos pasado el cerro. Y Tonaya no se ve, ni se oye ningún ruido que nos diga que está cerca. ¿Por qué no quieres decirme qué ves, tú que vas allá arriba, Ignacio? —Bájame, padre. —¿Te sientes mal? —Sí —Te llevaré a Tonaya a como dé lugar. Allí encontraré quien te cuide. Dicen que allí hay un doctor. Yo te llevaré con él. Te he traído cargando desde hace horas y no te dejaré tirado aquí para que acaben contigo quienes sean. Se tambaleó un poco. Dio dos o tres pasos de lado y volvió a enderezarse. —Te llevaré a Tonaya. —Bájame. Su voz se hizo quedita, apenas murmurada: —Quiero acostarme un rato. —Duérmete allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado.La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La cara del viejo, mojada en sudor, se llenó de luz. Escondió los ojos para no mirar de frente, ya que no podía agachar la cabeza agarrotada entre las manos de su hijo. —Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago. Ella me reconvendría si yo lo hubiera dejado tirado allí, donde lo encontré, y no lo hubiera recogido para llevarlo a que lo curen, como estoy haciéndolo. Es ella la que me da ánimos, no usted. Comenzando porque a usted no le debo más que puras dificultades, puras mortificaciones, puras vergüenzas. Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y sobre el sudor seco, volvía a sudar. —Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien esas heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, en cuanto se sienta usted bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no me importa. Con tal que se vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso... Porque para mí usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de mí. La parte que a mí me tocaba la he maldecido. He dicho: “¡Que se le pudra en los riñones la sangre que yo le di!” Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente... Y gente buena. Y si no, allí está mi compadre Tranquilino. El que lo bautizó a usted. El que le dio su nombre. A él también le tocó la mala suerte de encontrarse con usted. Desde entonces dije: “Ese no puede ser mi hijo.” —Mira a ver si ya ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo desde allá arriba, porque yo me siento sordo. —No veo nada. —Peor para ti, Ignacio. —Tengo sed. —¡Aguántate! Ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es muy noche y han de haber apagado la luz en el pueblo. Pero al menos debías de oír si ladran los perros. Haz por oír. —Dame agua. —Aquí no hay agua. No hay más que piedras. Aguántate. Y aunque la hubiera, no te bajaría a tomar agua. Nadie me ayudaría a subirte otra vez y yo solo no puedo. —Tengo mucha sed y mucho sueño.—Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces. Despertabas con hambre y comías para volver a dormirte. Y tu madre te daba agua, porque ya te habías acabado la leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy rabioso. Nunca pensé que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza... Pero así fue. Tu madre, que descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando tú crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a ti. El otro hijo que iba a tener la mató. Y tú la hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas alturas. Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar las rodillas y comenzó a soltar los pies, balanceándolo de un lado para otro. Y le pareció que la cabeza; allá arriba, se sacudía como si sollozara. Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas. —¿Lloras, Ignacio? Lo hace llorar a usted el recuerdo de su madre, ¿verdad? Pero nunca hizo usted nada por ella. Nos pagó siempre mal. Parece que en lugar de cariño, le hubiéramos retacado el cuerpo de maldad. ¿Y ya ve? Ahora lo han herido. ¿Qué pasó con sus amigos? Los mataron a todos. Pero ellos no tenían a nadie. Ellos bien hubieran podido decir: “No tenemos a quién darle nuestra lástima”. ¿Pero usted, Ignacio? Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna. Tuvo la impresión de que lo aplastaba el peso de su hijo al sentir que las corvas se le doblaban en el último esfuerzo. Al llegar al primer tejaván, se recostó sobre el pretil de la acera y soltó el cuerpo, flojo, como si lo hubieran descoyuntado. Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido sosteniéndose de su cuello y, al quedar libre, oyó cómo por todas partes ladraban los perros. —¿Y tú no los oías, Ignacio? —dijo—. No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza. FIN Autor: Juan Rulfo Título: No oyes ladrar a los perros Publicado en: Libro de cuentos El Llano en llamas Año: 1953
- "Algo muy grave va a suceder en este pueblo", cuento de Gabriel García Márquez
Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde: -No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo. Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice: -Te apuesto un peso a que no la haces. Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Contesta: -Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo. Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mamá o una nieta o en fin, cualquier pariente. Feliz con su peso, dice: -Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto. -¿Y por qué es un tonto? -Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo. Entonces le dice su madre: -No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen. La pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero: -Véndame una libra de carne -y en el momento que se la están cortando, agrega-: Mejor véndame dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado. El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice: -Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas. Entonces la vieja responde: -Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras. Se lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo, en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice: -¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo? -¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor! Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos. -Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor. -Pero a las dos de la tarde es cuando hay más calor. -Sí, pero no tanto calor como ahora. Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz: -Hay un pajarito en la plaza. Y viene todo el mundo, espantado, a ver el pajarito. -Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan. -Sí, pero nunca a esta hora. Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo. -Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy. Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que dicen: -Si éste se atreve, pues nosotros también nos vamos. Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo. Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice: -"Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa" -y entonces la incendia y otros incendian también sus casas. Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio que le dice a su hijo que está a su lado: “¿Viste, mi hijo, que algo muy grave iba a suceder en este pueblo?” FIN Autor: Gabriel García Márquez Título: Algo muy grave va a suceder en este pueblo Publicado en: Incluido originalmente como relato dentro del libro “Presagio” y posteriormente en diversas antologías y recopilaciones de cuentos. Año: 1972 (año en que aparece en Presagio , la colección donde se difundió este cuento)
- “La parábola del joven tuerto”, cuento de Francisco Rojas González
…“Y vivió feliz largos años.” Tantos, como aquéllos en que la gente no puso reparos en su falla. Él mismo no había concedido mayor importancia a la oscuridad que le arrebataba media visión. Desde pequeñuelo se advirtió el defecto; pero con filosófica resignación habíase dicho: “Teniendo uno bueno, el otro resultaba un lujo.” Y fue así como se impuso el deber de no molestarse a sí mismo, al grado de que llegó a suponer que todos veían con la propia misericordia su tacha; porque “teniendo uno bueno…” Mas llegó un día infausto; fue aquél cuando se le ocurrió pasar frente a la escuela, en el preciso momento en que los muchachos salían. Llevaba él su cara alta y el paso garboso, en una mano la cesta desbordante de frutas, verduras y legumbres destinadas a la vieja clientela. “Ahí va el tuerto”, dijo a sus espaldas una vocecita tipluda. La frase rodó en medio del silencio. No hubo comentarios, ni risas, ni algarada… Era que acababa de hacerse un descubrimiento. Sí, un descubrimiento que a él mismo le había sorprendido. “Ahí va el tuerto”… “el tuerto”… “tuerto”, masculló durante todo el tiempo que tardó su recorrido de puerta en puerta dejando sus “entregos”. Tuerto, sí señor, él acabó por aceptarlo: en el fondo del espejo, trémulo entre sus manos, la impar pupila se clavaba sobre un cúmulo que se interponía entre él y el sol… Sin embargo, bien podría ser que nadie diera valor al hallazgo del indiscreto escolar… ¡Andaban tantos tuertos por el mundo! Ocurriósele entonces –imprudente– poner a prueba tan optimista suposición. Así lo hizo. Pero cuando pasó frente a la escuela, un peso terrible lo hizo bajar la cara y abatir el garbo del paso. Evitó un encuentro entre su ojo huérfano y los múltiples y burlones que lo siguieron tras de la cuchufleta: “Adiós, media luz.” Detuvo la marcha y por primera vez miró como ven los tuertos; era la multitud infantil una mácula brillante en medio de la calle, algo sin perfiles, ni relieves, ni volumen. Entonces las risas y las burlas llegaron a sus oídos con acentos nuevos: empezaba a oír como oyen los tuertos. Desde entonces la vida se le hizo ingrata. Los escolares dejaron el aula porque habían llegado las vacaciones: la muchachada se dispersó por el pueblo. Para él la zona peligrosa se había diluido: ahora era como un manchón de aceite que se extendía por todas las calles, por todas las plazas… Ya el expediente de rehuir su paso por el portón del colegio no tenía valimiento: la desazón le salía al paso, desenfrenada, agresiva. Era la parvada de rapaces que a coro le gritaban: Uno, dos tres,tuerto es… O era el mocoso que tras del parapeto de una esquina lo increpaba: “Eh, tú, prende el otro farol…” Sus reacciones fueron evolucionando: el estupor se hizo pesar, el pesar vergüenza y la vergüenza rabia, porque la broma, la sentía como injuria y la gresca como provocación. Con su estado de ánimo mudaron también sus actitudes, pero sin perder aquel aspecto ridículo, aquel aire cómico que tanto gustaba a los muchachos: Uno, dos tres,tuerto es… Y él ya no lloraba; se mordía los labios, berreaba, maldecía y amenazaba con los puños apretados. Mas la cantaleta era tozuda y la voluntad caía en resultados funestos. Un día echó mano de piedras y las lanzó una a una con endemoniada puntería contra la valla de muchachos que le cerraban el paso; la pandilla se dispersó entre carcajadas. Un nuevo mote salió en esta ocasión: “Ojo de tirador.” Desde entonces no hubo distracción mejor para la caterva que provocar al tuerto. Claro que había que buscar remedio a los males. La madre amante recurrió a la terapéutica de todas las comadres: cocimientos de renuevos de mezquite, lavatorios con agua de malva, cataplasmas de vinagre aromático… Pero la porfía no encontraba dique: Uno, dos tres,tuerto es… Pescó por una oreja al mentecato y, trémulo de sañas, le apretó el cogote, hasta hacerlo escupir la lengua. Estaban en las orillas del pueblo, sin testigos; ahí pudo erigirse la venganza, que ya surgía en espumarajos y quejidos… Pero la inopinada presencia de dos hombres vino a evitar aquello que ya palpitaba en el pecho del tuerto como un goce sublime. Fue a parar a la cárcel. Se olvidaron los remedios de la comadrería para ir en busca de las recetas del médico. Vinieron entonces pomadas, colirios y emplastos, a cambio de transformar el cúmulo en espeso nimbo. El manchón de la inquina había invadido sitios imprevistos: un día, al pasar por el billar de los portales, un vago probó la eficacia de la chirigota: “Adiós, ojo de tirador…” Y el resultado no se hizo esperar; una bofetada del ofendido determinó que el grandulón le hiciera pagar muy caros los arrestos… Y el tuerto volvió aquel día a casa sangrante y maltrecho. Buscó en el calor materno un poquito de paz y en el árnica alivio a los incontables chichones… La vieja acarició entre sus dedos la cabellera revuelta del hijo que sollozaba sobre sus piernas. Entonces se pensó en buscar por otro camino ya no remedio a los males, sino tan sólo disimulo de la gente para aquella tara que les resultaba tan fastidiosa. En falla los medios humanos, ocurrieron al conjuro de la divinidad: la madre prometió a la Virgen de San Juan de los Lagos llevar a su santuario al muchacho, quien sería portador de un ojo de plata, exvoto que dedicaban a cambio de templar la inclemencia del muchacherío. Se acordó que él no volviese a salir a la calle; la madre lo sustituiría en el deber diario de surtir las frutas, las verduras y las legumbres a los vecinos, actividad de la que dependía el sustento de ambos. Cuando todo estuvo listo para el viaje, confiaron las llaves de la puerta de su chiribitil a una vecina y, con el corazón lleno y el bolso vano, emprendieron la caminata, con el designio de llegar frente a los altares de la milagrería, precisamente por los días de la feria. Ya en el santuario, fueron una molécula de la muchedumbre. Él se sorprendió de que nadie señalara su tacha; gozaba de ver a la gente cara a cara, de transitar entre ella con desparpajo, confianzudo, amparado en su insignificancia. La madre lo animaba: “Es que el milagro ya empieza a obrar… ¡Alabada sea la Virgen de San Juan!” Sin embargo, él no llegó a estar muy seguro del prodigio y se conformaba tan sólo con disfrutar aquellos momentos de ventura, empañados de cuando en cuando por lo que, como un eco remotísimo, solía llegar a sus oídos: Uno, dos tres,tuerto es… Entonces había en su rostro pliegues de pesar, sombras de ira y resabios de suplicio. Fue la víspera del regreso; caía la tarde cuando las cofradías y las peregrinaciones asistían a las ceremonias de “despedida”. Los danzantes desempedraban el atrio con su zapateo contundente; la musiquilla y los sonajeros hermanaban ruido y melodía para elevarlos como el espíritu de una plegaria. El cielo era un incendio; millares de cohetes reventaban en escándalo de luz, al estallido de su vientre ahíto de salitre y de pólvora. En aquel instante, él seguía embobado la trayectoria de un cohetón que arrastraba como cauda una gruesa varilla… Simultáneamente al trueno, un florón de luces brotó en otro lugar del firmamento; la única pupila buscó recreo en las policromías efímeras… De pronto él sintió un golpe tremendo en su ojo sano… Siguieron la oscuridad, el dolor, los lamentos. La multitud lo rodeó. –La varilla de un cohetón ha dejado ciego a mi muchachito –gritó la madre, quien imploró después-: Busquen un doctor, en caridad de Dios. Retornaban. La madre hacía de lazarillo. Iban los dos trepando trabajosamente la pina falda de un cerro. Hubo de hacerse un descanso. Él gimió y maldijo su suerte… Mas ella, acariciándole la cara con sus dos manos le dijo: –Ya sabía yo, hijito, que la Virgen de San Juan no nos iba a negar un milagro… ¡Porque lo que ha hecho contigo es un milagro patente! Él puso una cara de estupefacción al escuchar aquellas palabras. –¿Milagro, madre? Pues no se lo agradezco, he perdido mi ojo bueno en las puertas de su templo. –Ése es el prodigio por el que debemos bendecirla: cuando te vean en el pueblo, todos quedarán chasqueados y no van a tener más remedio que buscarse otro tuerto de quien burlarse… Pero tú, hijo mío, ya no eres tuerto. Él permaneció silencioso algunos instantes, el gesto de amargura fue mudando lentamente hasta transformarse en una sonrisa dulce, de ciego, que le iluminó toda la cara. –¡Es verdad, madre, yo ya no soy tuerto…! –Volveremos el año que entra; sí, volveremos al santuario para agradecer las mercedes a Nuestra Señora. –Volveremos, hijo, con un par de ojos de plata. Y, lentamente, prosiguieron su camino. FIN Autor: Francisco Rojas González Título: La parábola del joven tuerto Publicado en: El diosero (Colección Letras Mexicanas) Año: 1952
- "La migala", cuento de Juan José Arreola
La migala es un relato inquietante que retrata el dolor emocional y la angustia existencial de un hombre abandonado por su amada. Para enfrentarse a su miedo más profundo, compra una migala —una araña venenosa— y la libera en su casa. Desde entonces, vive atrapado en la incertidumbre y el terror, esperando cada noche la picadura mortal. La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye. El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Peor que el desprecio y la conmiseración brillando de pronto en una clara mirada. Unos días más tarde volví para comprar la migala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes acerca de sus costumbres y su alimentación extraña. Entonces comprendí que tenía en las manos, de una vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar. Recuerdo mi paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a la casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la llevaba, como si fueran dos pesos totalmente diferentes: el de la madera inocente y el del impuro y ponzoñoso animal que tiraba de mí como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba el infierno personal que instalaría en mi casa para destruir, para anular al otro, el descomunal infierno de los hombres. La noche memorable en que solté a la migala en mi departamento y la vi correr como un cangrejo y ocultarse bajo un mueble, ha sido el principio de una vida indescriptible. Desde entonces, cada uno de los instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia invisible. Todas las noches tiemblo en espera de la picadura mortal. Muchas veces despierto con el cuerpo helado, tenso, inmóvil, porque el sueño ha creado para mí, con precisión, el paso cosquilleante de la araña sobre mi piel, su peso indefinible, su consistencia de entraña. Sin embargo, siempre amanece. Estoy vivo y mi alma inútilmente se apresta y se perfecciona. Hay días en que pienso que la migala ha desaparecido, que se ha extraviado o que ha muerto. Pero no hago nada para comprobarlo. Dejo siempre que el azar me vuelva a poner frente a ella, al salir del baño, o mientras me desvisto para echarme en la cama. A veces el silencio de la noche me trae el eco de sus pasos, que he aprendido a oír, aunque sé que son imperceptibles. Muchos días encuentro intacto el alimento que he dejado la víspera. Cuando desaparece, no sé si lo ha devorado la migala o algún otro inocente huésped de la casa. He llegado a pensar también que acaso estoy siendo víctima de una superchería y que me hallo a merced de una falsa migala. Tal vez el saltimbanqui me ha engañado, haciéndome pagar un alto precio por un inofensivo y repugnante escarabajo. Pero en realidad esto no tiene importancia, porque yo he consagrado a la migala con la certeza de mi muerte aplazada. En las horas más agudas del insomnio, cuando me pierdo en conjeturas y nada me tranquiliza, suele visitarme la migala. Se pasea embrolladamente por el cuarto y trata de subir con torpeza a las paredes. Se detiene, levanta su cabeza y mueve los palpos. Parece husmear, agitada, un invisible compañero. Entonces, estremecido en mi soledad, acorralado por el pequeño monstruo, recuerdo que en otro tiempo yo soñaba en Beatriz y en su compañía imposible. FIN Autor: Juan José Arreola Título: La migala Título Original: Cuentos breves latinoamericanos (1952)
- "El Charro Negro", leyenda minera mexicana
Cuando el sol comienza a esconderse y las gallinas trepan los árboles para dormirse, las madres meten a sus hijos, las puertas de las casas son atrancadas y los viajeros apresuran el paso mientras rezan. Nadie quiere encontrarse con el Charro Negro. Hace muchos años, en una ciudad minera de México, numerosas familias de jornaleros trabajaban en el campo o en las minas desde el amanecer hasta muy tarde en la noche por no más que unos pocos pesos. Uno de ellos, José Luis, como tantos, era un hombre trabajador e insatisfecho con la suerte que le había tocado. Cierta noche, al finalizar su jornada laboral, se dirigió a la cantina de costumbre para soltar unas monedas a cambio de aguardiente y para descargar sus penas en compañía de amigos y compañeros. José Luis ahogaba sus lamentos en el alcohol junto a un amigo. “Daría cualquier cosa por ser rico” se lamentó frente a su amigo. En ese instante entró en la cantina un hombre alto y escuálido, de pómulos sobresalientes y con los ojos hundidos. Iba vestido como un clásico charro, el criador de ganado: chaqueta bordada, pantalón ajustado, y un buen sombrero de ala ancha. En su cintura llevaba un lazo finamente trabajado. Lo llamativo era su atuendo, completamente negro con botones de brillante plata. Pidió un tequila, encendió un puro y luego, con su caminar relajado y su rostro inexpresivo, llegó hasta la mesa de José Luis como si fuera el dueño del sitio. “¡Buenas noches!, ¿José Luis era su nombre?”, expresó el forastero. “Así es”, dijo el jornalero. “No pude evitar escucharlo”, dijo el desconocido. “Si Ud. da lo que sea por ser rico lo espero en la mina de Jacal a la medianoche”. Y se marchó a paso lento. José Luis se quedó pensando en la propuesta del misterioso personaje. Después de meditarlo, se calzó su sombrero, tomó sus herramientas y partió rumbo al lugar convenido con el charro. Cuando llegó a la mina, nadie se encontraba allí, pero se topó con una serpiente enorme “El charro me habrá engañado... pero al menos puedo llevarme esta serpiente y venderla mañana o pasado. Se pueden sacar dos o tres buenos cinturones con su cuero” pensó, y se llevó el animal. Depositó la serpiente en un viejo pozo de agua que se encontraba seco, lo tapó con tablas y se fue a dormir. José Luis comenzó a soñar que la serpiente le hablaba “Gracias por hacerme un lugar en tu casa, entre las buenas y gentiles almas de tu familia... Mañana cuando despiertes dirígete a tu establo. Allí encontrarás tu pago y serás rico, solo tendrás que darme a tu hijo varón a cambio”. A la mañana siguiente, José Luis - aún aturdido por los efectos del alcohol - se dirigió al establo, donde encontró entre el acopio de grano unas bolsas llenas hasta el tope de monedas de oro. El jornalero no salía de su asombro cuando la voz de su mujer lo trajo de vuelta a la realidad: “¡Ay! ¡Ay! ¡José Luis! ¡José Luis! ¡Nuestro hijo varón ha desaparecido!”. Su mujer lloraba desconsolada y vio a su hija menor señalando el pozo. Al retirar las tablas se encontró con una horrible imagen. Al fondo yacía el cuerpo destrozado del hijo, pero de la serpiente no había rastros. La riqueza le abrió las puertas a una nueva vida: dejó de trabajar en la mina, compró las tierras alrededor de su casa y construyó una lujosa hacienda, adquirió más animales, un carruaje, nuevas y elegantes vestimentas. José Luis no estaba satisfecho y necesitó más. Entonces, la serpiente volvió a aparecerse en sus sueños: “Dame más hijos y serás rico como nadie que hayas conocido”, le dijo. La avaricia endureció el corazón de José Luis irremediablemente... Comenzó a viajar a pueblos cercanos, donde se hizo de muchas amantes, a quienes engañaba y dejaba encintas. Tras dar a luz, José Luis se aparecía exigiendo al niño para su crianza. Luego entregaba sus nuevos hijos adonde la serpiente le indicara, a cambio de más y más riquezas. Poco a poco, la familia de José Luis se hizo increíblemente rica. Nadie se atrevió a preguntar cómo es que llegaban a manos del exminero sus riquezas y lujos. Pero los años fueron pasando, y José Luis, ya viejo, enfermó y murió. El velorio estuvo a la altura del hombre más rico de la región: exuberantes coronas de flores, una enorme multitud presente, entre ellos las familias más reconocidas y poderosas, un ataúd lujoso y un elegante traje para el muerto. Por la puerta principal de la sala se hizo presente un charro alto y vestido de negro: “¡He llegado, José Luis, para cobrar el último pago!”. El charro avanzó hasta donde reposaba el cuerpo de José Luis, tocó la tapa del ataúd y luego salió de la sala entre carcajadas dejando un aroma nauseabundo, entre flores podridas y azufre. Los presentes se persignaron y rezaron con fuerza. Al abrir la tapa del ataúd con los restos de su amigo no encontraron más que un esqueleto seco vistiendo las elegantes ropas del muerto. Desde aquel día, se cuenta que cuando alguien reniega de su pobre situación corre el riesgo de encontrarse con un misterioso charro vestido de negro que carga consigo una bolsa rebosante de monedas de oro… FIN Título: El Charro Negro Origen: México Género: Leyenda popular mexicana Tipo: Leyenda de advertencia o moralizante (sobrenatural) Región asociada: Diversas regiones del centro y sur de México, especialmente zonas rurales y mineras Época de origen: Tradición oral del siglo XIX (aunque sus raíces podrían ser coloniales)
- "Caninos", cuento de Mónica Ojeda
Un Perro de Noche es borroso deforme lejos María Auxiliadora Álvarez Hija guardaba la dentadura de Papi como si fuera un cadáver, es decir, con amor sacro de ultratumba: seco en los colmillos, sonoro en las mordidas, desplazándose por los rincones de la casa igual que un fantasma de encías rojas. Un clac clac de castañuela molar la hacía sonreír al amanecer. Y, por las tardes, una percusión tribal, un choque de dientes la arrullaba hasta perder la conciencia sobre la almohada rosa donde caían agónicas las luciérnagas a morir. Todas las noches, mientras dormía, la dentadura de Papi era su amante, su compañera de cama, salivando en sus sueños y pesadillas menores sin lengua, sin músculo mojado oloroso a mal, sin filo oxidado en la conciencia. Y al despertar Hija barría las luciérnagas de la almohada rosa con su pelo, se sentaba en las escaleras del patio para ver cómo se moría el jardín, paseaba a Godzilla por el barrio y juntos le ladraban a otros perros con bozales, lazos o ropitas de niño de dos años. A los amos no les gustaba que ella ladrara más fuerte que Godzilla. La llamaban loca de mierda. Le miraban muy feo los pies. Luego, cuando regresaba a casa, Hija cepillaba la dentadura de Papi y la ponía en la repisa como un trofeo. La ponía en el sofá junto a ella antes de encender la televisión. Se la llevaba a la cama y la metía debajo de la sábana. Se la llevaba a la tina y se hundía con ella. La guardaba en la refrigeradora. La ocultaba en un zapato. Hija desplazaba la dentadura postiza por la casa, pero la escondía cuando Mami y Ñaña venían de visita. Ellas creían haberse llevado todo de Papi porque no sabían que su hogar era un sarcófago construyéndose poco a poco, con paciencia, con esmero. «¡Mira cómo tienes el jardín, lo estás matando!». «¡Qué asco! ¡Hay hasta mierda de perro!». Mami y Ñaña desconocían la arquitectura personal de su luto aunque la olfateaban con los ojos. «¿A ti te parece normal esta inmundicia?». Miraban el jardín como gemelas. Apretaban los labios a la vez frente a la enfermedad. Así lo habían hecho con Papi cuando se lo dejaron a ella —un padre dañado en el umbral de la casa: una silla de ruedas, un suero, una bombona de oxígeno—. Se lo dejaron a pesar de que sabían que ella era incapaz de cuidar a nadie. Se lo dejaron porque era la mayor: la Hija. Y en cambio Mami vestía como Ñaña y bebía demasiado. Y Ñaña apenas estaba terminando el cole y tenía un novio con el que desaparecía a menudo e iba a conciertos de rock . Ahora visitan a Hija todos los miércoles y los viernes, pero cuando Papi estaba vivo solo le tocaban el timbre el último sábado de cada mes. «Tienes todo lleno de polvo». «Te van a comer las arañas». «¡Córtate las uñas, por dios!». Durante sus visitas post mortem se cambiaban la ropa en el cuarto de Papi y se ponían a limpiar. Se echaban camisas largas y rotas con estampados de Nirvana. Con estampados de tigre y de tambores. Con estampados de las Powerpuff Girls . Hija las miraba con serenidad porque nunca se atrevían a meterse al jardín en donde ella enterraba la dentadura para que no se la quitaran. Tres veces enviaron a un jardinero que curara las plantas enfermas, pero Hija no lo dejó entrar. «Cómo te gusta vivir en medio de lo que se pudre». «Cómo te gusta darnos lástima». La idea de llevarse todo de Papi había sido de Mami. Mami que sentía que estaba en la flor de su edad. Mami que tenía doce años menos que Papi, pero que ahora que Papi estaba muerto tendría once años menos, diez años menos, nueve años menos, y así hasta alcanzarlo y ser mayor que él, superarlo en edad, morir más vieja y más enferma. Más muda, más rota y con menos dientes. Hija se sorprendió de que se le cayeran tantos molares a Papi. «El doctor dice que es normal», le dijo Ñaña cuando Papi aún vivía con ella y con Mami. «¿Qué doctor? ¿No se supone que esto pasa cuando estás muy viejo?», le preguntó Hija. «Y él no está tan viejo». Los dientes del padre caían semana a semana como frutas maduras en su lengua de tierra. Él los escupía y rebotaban contra las paredes, las mesas, las sillas, los sofás de la casa de Mami y Ñaña. «¿Tú alguna vez te has sentado sobre un diente ensangrentado?», le preguntó Ñaña llorando para hacerla sentir culpable. «Si no te has sentado sobre un diente con sangre no sabes una mierda». La boca de su padre poco antes de morir era un árbol pálido con raíces de baba oscura, pero cuando tenía sus dientes bien puestos bebía alcohol y apestaba a rata muerta. Hija sabía cómo olían las ratas descomponiéndose porque tardaron días en encontrar a una atrapada entre los cables de la lavadora. Sus padres nunca se daban cuenta de todos los animales que morían junto a los electrodomésticos: bebían mucho y jugaban a ser otros en la sala de las cortinas azules, con un plato hondo al pie de la escalera, una correa, un bozal y un hueso amarillo. Papi sufría de temblores, sudaba, se encogía por el síndrome de abstinencia desde que Hija y Ñaña tenían ocho y siete años. Lloraba como un bebote acurrucado en una esquina mientras Mami bebía con los labios inflamados y de vez en cuando le silbaba. «¡Mis hijas, mis pobrecitas hijas!», gritaba él con la cara llena de mocos. «¡Perdonen a papi! ¡Perdonen la debilidad de papi!». Nunca podía aguantar más de un día sin beber. Mami tampoco. Hija y Ñaña los preferían borrachos porque no lloraban ni se peleaban durante su sexualidad roja. Borrachos reían, se carcajeaban y les permitían encerrarse en su habitación. Borrachos eran mejores padres. Les regalaban cosas. Se gastaban la herencia de los abuelos en juguetes. Las llevaban de viaje en bus y en avión. A veces la gente no se daba cuenta de que sus padres estaban borrachos cuando estaban borrachos. A veces ni siquiera ella ni Ñaña sabían la diferencia. Luego Hija cumplió los dieciocho y se fue a vivir sola a la casa que había sido de los abuelos. Abandonó a la hermana, a la madre y al padre. Abandonó a la hermana con la madre y con el padre. No se sintió mal porque hasta entonces había cuidado siempre de Ñaña. La había protegido del dengue de los mosquitos, de los platos quebrados, del pis en el suelo, de los gruñidos y de la sexualidad roja de Papi y Mami. A veces, cuando Papi quería dejar de beber y lloraba como un niño horrible y sucio que abrazaba a Ñaña gimiendo perdones no solicitados, Hija le acercaba la botella y le decía: «Toma, papito». Y conseguía que soltara a Ñaña, que en ese tiempo se asustaba con cualquier cosa. Mami era más coherente. Mami nunca lloraba ni intentaba dejar de beber. Mami les dio ron con Coca-Cola cuando Hija tenía nueve años y Ñaña ocho. «¿Ven? ¡Sabe malísimo! Nunca beban como papi y mami, corazones». Hija nota que su madre nunca está borracha cuando la visita con Ñaña y limpian toda la casa menos el jardín que es el terreno de Godzilla y de la dentadura de Papi. «¡Lobo hijueputa!», grita su madre cuando el perro le ladra y le muestra sus colmillos de león. Sus colmillos de tiburón. «Más feo y se muere el cojudo ese», dice Ñaña cuando sale a fumar y lo ve atado y babeando la tierra enferma. A Hija le gustaba Godzilla porque lo encontró el mismo día en que decidió mudarse, vivir sola, dejar al padre, a la hermana y a la madre. Lo encontró herido y sarnoso. Llovía y lo único que hizo fue seguir por la vereda e ignorar al perro, pero el perro le mordió la pierna. El dolor, entendió esa tarde, podía ser luminoso. Todo se le puso blanco. Ni siquiera sintió el instante en que cayó al suelo. Ni siquiera pateó al perro. Y por eso, porque se dejó morder, Godzilla le soltó la pantorrilla. Hija lo recordaba muy bien: ese instante de lucidez plena en los colmillos del perro, en la perforación de su propia carne. Y tuvo, de repente, una imagen vaga del pasado que le hizo entender que no era la primera vez que la mordían. No sabía cómo había logrado levantarse y seguir su camino con tanta luz en la cabeza, pero el perro la siguió. Siguió el agua y la sangre. Siguió a Hija, que palpitaba entera. A Hija, que jamás había dudado de su memoria, pero que a cada paso nuevo que daba un recuerdo añejo, punzante y borroso como el paisaje de su casa en medio de la tormenta y de las ranas, se recomponía. Y lloró con el perro a su espalda lamiéndole la sangre: se dejó llorar por el miedo de saber que si había recordado eso podría recordar cosas aún peores, cosas que le habían pasado y que habitaban ocultas en su mente como cucarachas, como tarántulas que de repente salían del dormitorio para decirle quién era de verdad y ella no quería saber. Por eso Mami y Ñaña odiaban a Godzilla: por ser un perro lamesangre. Por eso limpiaban la casa entera menos el jardín. «Sabemos que necesitas tiempo y bla-bla-blá, pero esto no puede durar para siempre», le decía Ñaña. «Tendrás que comportarte como una persona normal algún día». Godzilla respetaba a Hija porque se había dejado morder, o quizás porque le probó la carne y la encontró salada y triste. Algunas veces, cuando lo sacaba a pasear, el perro le meaba en los pies. Luego Hija regresaba y no se los lavaba para dejar que el olor del padre floreciera en la casa de los abuelos. Había días que no tenía fuerza para ninguna otra cosa que no fuera la dentadura de Papi lamida por Godzilla con cariño. «Mira, yo entiendo que nos dejaras y no te culpo, no creas que te culpo, pero ahora tienes que hacerte cargo de él porque ni tu ñaña ni yo lo podemos tener más acá», le dijo Mami por teléfono, e Hija sugirió: «Llevémoslo a un hospicio». «Paguémosle a alguien para que lo cuide». Y Mami: «Serás idiota». «No podemos hacer eso». «Tú sabes que él tiene otras necesidades». Pero Hija no entendía por qué no podían olvidarse de sus necesidades si estaba enfermo y ni siquiera hablaba bien. «Ya tuviste tus vacaciones, ahora es tiempo de familia». Mami casi siempre estaba borracha, pero nunca cuando la visitaba antes, con Ñaña, para acariciarle la cabeza a Papi que apenas podía moverse. «Tu hermana no puede hacer lo que hay que hacer, no conoce los límites». «Es tosca». «Se excede». El diagnóstico de la enfermedad llegó tarde, por eso Papi se dedicó a beber más que nunca y Mami a esconderse con sus amigas alcohólicas-moderadas en la villa de los abuelos. «Si no me ayudas voy a explotar», le dijo Ñaña un día. «Tienes que llevártelo o no respondo de mí». Entonces Papi empezó a encorvarse y a ser incapaz de caminar un metro sin caer. Su enfermedad era igual a su borrachera, solo que sin Mami, sin correas, sin bozales, sin ladridos, sin huesos, sin golpes ni gemidos histéricos en la sala. Sin sexualidad roja. Después la silla de ruedas. Las pastillas. El suero. Las inyecciones. El tanque de oxígeno. «Lo que le duele más a Papi es que ya no puede beber», le dijo Ñaña. «Eso y que se le están cayendo los dientes». Papi siempre había sido un hombre orgulloso de su belleza. Un hombre que despreciaba la fealdad y que sabía bien cómo usar sus colmillos. «Por lo menos ya no tengo que aguantarlos juntos haciendo su show de mierda». Si las iba a dejar al colegio, Papi sonreía desde su descapotable y las otras niñas suspiraban. «¡Qué papi tan guapérrimo tienen!». «¡Qué suertudas!». E Hija les decía: «Pero si es un perro», y solo Ñaña se reía porque la entendía de verdad. A Papi le gustaba que otros admiraran sus caninos, por eso, mucho antes de que enfermara, cuando la erosión dental por el alcohol empezó a dañarle el ego, acudió a un dentista arrugado que tenía la dentadura de un joven de veinte. «¡Después de este tratamiento voy a quedar estupendo!», le dijo a Mami. Y quedó estupendo, al menos por unos años, hasta que la enfermedad lo postró y ya no pudo ir más al dentista de la boca joven y se le comenzaron a caer los dientes. «Es que no es normal que se le caigan así», dijo Hija cuando Papi todavía no vivía con ella, pero ya había perdido por completo el habla y la miraba con los ojos muy abiertos, como si estuviera viendo una película de terror. «Claro que es normal», le decía Ñaña. «Lo que no es normal es que los escupa por toda la casa igual que un niño asqueroso». Pero un niño solo escupía sus dientes de leche, los primeros y no los últimos, pensaba Hija mientras observaba los ojos del padre casi saltando de sus cuencas. «Mami no ayuda en nada». Le disgustaba tenerlo cerca desde que Godzilla le mordió la pierna. «Si esto sigue así, te juro que me escapo». El novio de Ñaña usaba una chaqueta rota de cuero negro incluso los días que hacía calor. Fumaba Lucky Strike y le había enseñado a su hermana a hacer círculos de humo en el aire. «No deberías dejar que fume», le dijo Hija a Mami cuando Papi todavía estaba vivo, pero ya no podía ni beber ni ir al baño sin ayuda. «¿Me vas a decir tú cómo criar a mi cría? ¡Ja! Mejor aprende a limpiarte el culo, pendeja». Hija se había sentido la madre de su hermana muchas veces, pero no tenía claro qué era ser una buena madre y ella quería ser buena, muy buena, como en aquellos tiempos en los que vivía con Ñaña y Mami y no había pensado jamás en mudarse a la casa abandonada de los abuelos. Solía preguntarse cuánto sabría el novio de su hermana sobre Papi: cuánto Ñaña habría sido capaz de recordar y de contar. Alguna vez le preguntó: «¿No te pasa que hay cosas de hace años que no recuerdas bien?». Y Ñaña la miró mal, como si tuviera un moco colgando o un pedazo de comida entre los dientes. «No, yo no sé hacerme la estúpida». Hija pensaba a menudo en lo que implicaba hacerse la estúpida en situaciones en las que ser inteligente era difícil: un sacrificio inconsciente, un dejarse afuera de la propia cabeza. Cuando Mami y Ñaña le entregaron al padre enfermo y ella lo bañó por primera vez, encontró una quemadura de cigarrillo reciente, mal curada, unos centímetros por arriba de la rodilla, pero Papi ya no podía hablar, solo aletearle los párpados con los ojos cada vez más húmedos y saltones. «Pregúntale a tu ñaña», le dijo Mami por teléfono. «Yo te dije que tenías que llevártelo». Hija notó, esa misma tarde, que su padre tenía las encías hinchadas y que le sangraban gotas sobre el mentón y la camisa. «Alguien le ha apagado un cigarrillo a Papi en la pierna», le explicó a Ñaña durante una sesión de pédicure . «Tú lo bañabas, tú tenías que saber». Entonces Hija, de pronto a cargo de la salud de Papi, de la buena muerte de Papi, lo llevó a un dentista que le curó las encías y le hizo una dentadura nueva. «Claro que sabía», le dijo Ñaña pintándose las uñas de color carne. «Claro que sé». Y cuando el dentista le preguntó con pose de detective que cómo se había caído su padre para haber perdido casi todos los dientes, Hija le respondió tan rápido que se sorprendió de su propia forma de pensar: «Se cayó por las escaleras», le dijo, mientras Papi pestañeaba como una mariposa a la que le acababan de echar insecticida. «Estás loca, ¿cómo pudiste?», le soltó Hija sintiendo que quería vomitar por el olor intenso del esmalte, y Ñaña cerró los párpados. «Ay, por favor. No te hagas la mosca muerta». A veces Hija se revolcaba en la luna de su memoria: blanca, oronda, rellena de cosas que quería olvidar y que olvidaba, aunque no para siempre. Cosas como que Papi y Mami bebían y Ñaña e Hija se encerraban para no verlos jugar en la sala. Para no ver la sexualidad roja del padre con correa. El padre con bozal, a cuatro patas. La madre con espuelas. Para no verlo morder el hueso que la madre lanzaba, que la madre pisaba. Para no ver a Mami paseando a Papi por los pasillos, poniéndole restos de comida en el suelo, castigándolo por mearse junto al sofá o por cagarse debajo de la mesa. Pero Ñaña se pintaba las uñas del color de la piel de Papi. «¿Qué te importa a ti que lo queme o que le saque todos los dientes si solo es un perro?». Hija no quiso pensar en cómo su hermana le decía quién realmente era. Por eso bañó a Papi, alimentó a Papi, sacó a pasear a Papi. Por eso, cuando le entregaron la dentadura postiza, Hija se la puso a Papi y Papi dejó de asustarse y le sonrió con esos incisivos nuevos que no eran los suyos pero que se le parecían. E Hija lo peinó, lo perfumó, lo sacó a pasear con Godzilla. Y mientras Godzilla le ladraba a otros perros, Papi movía lentamente la mandíbula y sacaba la lengua y jadeaba, contento. Y cuando Godzilla mostraba los dientes, Papi mostraba su dentadura, feliz, y a Hija le daba mucha rabia porque recordaba cosas que no quería. Recordaba una correa tensa, Papi ladrando como un loco, salivando, golpeando sus rótulas contra las baldosas, arañando el suelo, mirándola a ella y a Ñaña en el pasillo, asustadas, impactadas, y a Mami soltando la correa. «¡Mis hijas, mis pobrecitas hijas!». «¡Perdonen a papi!». «¡Perdonen la debilidad de papi!». ¿Había sido a ella o a Ñaña? A veces dudaba: a veces se veía cerrando la puerta de la habitación justo a tiempo, poniéndose a salvo de los caninos, dejando a la hermana afuera para la dentadura del padre. Otras, en el pasillo, rogándole a Ñaña que le abriera, que la dejara entrar y, luego, la mordida. «Yo no recuerdo eso para nada, y si pasó, habrá sido cosa de una vez, cosa del alcohol, porque cuando jugábamos tu padre era inofensivo», le dijo Mami. «Más bravo es el perro feo ese que tienes y no le andas reclamando lo que te hizo en la pierna». Pero Hija sabía que Godzilla no era el primer perro que la mordía. «¡Eres tú quien debe cuidarlo!», le reclamó a su madre cuando el padre empezó a aullar y a cagarse encima todas las noches. «No puedo», le dijo Mami como si estuviera hablando de alfombras. «Yo solo sé castigar a tu padre, en cambio tú sí sabes lo que es cuidar bien a un perro». Hija le secaba el pelaje con un secador. Le regalaba los huesos de pollo para que los royera con sus dientes falsos. Le ponía la correa y lo ataba junto a Godzilla en el jardín para que viera caer el sol. Dejaba que Mami le acariciara la cabeza cuando venía de visita. Vigilaba que Ñaña no le pellizcara las orejas. «Tienes que castigarlo un día sí y un día no porque eso es lo que le gusta», le decía su hermana antes de despedirse, pero ella cepillaba la dentadura de Papi y la veía hundirse en un vaso con agua limpia. Le cambiaba los pañales. Le limaba las uñas. Lo afeitaba. Le silbaba como a Godzilla. Le dejaba aullar y ladrar por la noche. «Esto es lo que mató pronto a Papi. Lo sabes, ¿verdad?», le dijo Ñaña apoyada en el trapeador. «Tus ganas de ser una chica buena cuando a él había que cuidarlo de otra forma». El novio de la hermana tenía las uñas pintadas de negro y los ojos del color de los mangles. A veces, si lo encontraba esperando a Ñaña frente al colegio con la lengua afuera, las orejas levantadas y las uñas en los bolsillos, Hija se imaginaba un alicate y se preguntaba cuánto sabría él de la quemadura de cigarrillo y de los dientes de Papi. Cuánto sabría de la forma transparente y violenta que tenía su hermana menor de amar. Un viernes, mientras Mami limpiaba las ventanas, Godzilla desenterró la dentadura y la lamió sobre la hierba. «No puedo creer que te la quedaras», dijo Mami restregándose los falsos dientes de Papi contra las mejillas. «¡Debimos enterrarlo con esto!», soltó llorándose el maquillaje. «¡Ay! ¿Qué es de un perro sin sus dientes?». Hija se quedó mucho tiempo pensando en ello: ¿qué es de un perro sin sus dientes? Papi se meaba encima. Se cagaba encima. Aullaba por las noches e Hija nunca le dio la oportunidad de usar bien su dentadura. Nunca le dio la oportunidad de defenderse. Antes de dormir le quitaba los colmillos con un placer que jamás admitiría en voz alta, mirando los ojos del padre que brotaban de horror por la desnudez de la boca y, en esos globos oculares que parecían huevos a punto de romperse, Hija veía con nitidez quién era ella de verdad aunque por las mañanas nunca lo quería saber. «Tú sí que entiendes lo que es cuidar bien a un perro», le decía Mami, pero Hija no estaba segura de que Godzilla domesticado recordara el enorme placer de morder. No sabía si, cuando lo sacaba a pasear y le quitaba la correa del cuello para decirle: «Tienes que irte, yo no sé cuidarte y tampoco sé si te quiero», el perro comprendía que ella hubiera preferido que se fuera y que no regresara nunca, que usara los dientes en otra parte, en otros huesos: que lamiera otra sangre de familia. Pero el perro solo le babeaba los talones y, si se alejaba un poco, si le daba por pasear y orinarse encima de otros pies, siempre regresaba con el hocico limpio a casa. FIN Autor: Mónica Ojeda Título: Caninos Publicado en: Caninos (2017) Aparece en: Las voladoras (2020)











