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- "La cena", cuento de Alfonso Reyes
Tuve que correr a través de calles desconocidas. El término de mi marcha parecía correr delante de mis pasos, y la hora de la cita palpitaba ya en los relojes públicos. Las calles estaban solas. Serpientes de focos eléctricos bailaban delante de mis ojos. A cada instante surgían glorietas circulares, sembrados arriates, cuya verdura, a la luz artificial de la noche, cobraba una elegancia irreal. Creo haber visto multitud de torres —no sé si en las casas, si en las glorietas— que ostentaban a los cuatro vientos, por una iluminación interior, cuatro redondas esferas de reloj. Yo corría, azuzado por un sentimiento supersticioso de la hora. Si las nueve campanadas, me dije, me sorprenden sin tener la mano sobre la aldaba de la puerta, algo funesto acontecerá. Y corría frenéticamente, mientras recordaba haber corrido a igual hora por aquel sitio y con un anhelo semejante. ¿Cuándo? Al fin los deleites de aquella falsa recordación me absorbieron de manera que volví a mi paso normal sin darme cuenta. De cuando en cuando, desde las intermitencias de mi meditación, veía que me hallaba en otro sitio, y que se desarrollaban ante mí nuevas perspectivas de focos, de placetas sembradas, de relojes iluminados… No sé cuánto tiempo transcurrió, en tanto que yo dormía en el mareo de mi respiración agitada. De pronto, nueve campanadas sonoras resbalaron con metálico frío sobre mi epidermis. Mis ojos, en la última esperanza, cayeron sobre la puerta más cercana: aquél era el término. Entonces, para disponer mi ánimo, retrocedí hacia los motivos de mi presencia en aquel lugar. Por la mañana, el correo me había llevado una esquela breve y sugestiva. En el ángulo del papel se leían, manuscritas, las señas de una casa. La fecha era del día anterior. La carta decía solamente: «Doña Magdalena y su hija Amalia esperan a usted a cenar mañana, a las nueve de la noche. ¡Ah, si no faltara!…». Ni una letra más. Yo siempre consiento en las experiencias de lo imprevisto. El caso, además, ofrecía singular atractivo: el tono, familiar y respetuoso a la vez, con que el anónimo designaba a aquellas señoras desconocidas; la ponderación: «¡Ah, si no faltara!…», tan vaga y tan sentimental, que parecía suspendida sobre un abismo de confesiones, todo contribuyó a decidirme. Y acudí, con el ansia de una emoción informulable. Cuando, a veces, en mis pesadillas, evoco aquella noche fantástica (cuya fantasía está hecha de cosas cotidianas y cuyo equívoco misterio crece sobre la humilde raíz de lo posible), paréceme jadear a través de avenidas de relojes y torreones, solemnes como esfinges en la calzada de algún templo egipcio. La puerta se abrió. Yo estaba vuelto a la calle y vi, de súbito, caer sobre el suelo un cuadro de luz que arrojaba, junto a mi sombra, la sombra de una mujer desconocida. Volvíme: con la luz por la espalda y sobre mis ojos deslumbrados, aquella mujer no era para mí más que una silueta, donde mi imaginación pudo pintar varios ensayos de fisonomía, sin que ninguno correspondiera al contorno, en tanto que balbuceaba yo algunos saludos y explicaciones. —Pase usted, Alfonso. Y pasé, asombrado de oírme llamar como en mi casa. Fue una decepción el vestíbulo. Sobre las palabras románticas de la esquela (a mí, al menos, me parecían románticas), había yo fundado la esperanza de encontrarme con una antigua casa, llena de tapices, de viejos retratos y de grandes sillones; una antigua casa sin estilo, pero llena de respetabilidad. A cambio de esto, me encontré con un vestíbulo diminuto y con una escalerilla frágil, sin elegancia; lo cual más bien prometía dimensiones modernas y estrechas en el resto de la casa. El piso era de madera encerada; los raros muebles tenían aquel lujo frío de las cosas de Nueva York, y en el muro, tapizado de verde claro, gesticulaban, como imperdonable signo de trivialidad, dos o tres máscaras japonesas. Hasta llegué a dudar… Pero alcé la vista y quedé tranquilo: ante mi, vestida de negro, esbelta, digna, la mujer que acudió a introducirme me señalaba la puerta del salón. Su silueta se había colorado ya de facciones; su cara me habría resultado insignificante, a no ser por una expresión marcada de piedad; sus cabellos castaños, algo flojos en el peinado, acabaron de precipitar una extraña convicción en mi mente: todo aquel ser me pareció plegarse y formarse a las sugestiones de un nombre. —¿Amalia? —pregunté. —Sí. —Y me pareció que yo mismo me contestaba. El salón, como lo había imaginado, era pequeño. Mas el decorado, respondiendo a mis anhelos, chocaba notoriamente con el del vestíbulo. Allí estaban los tapices y las grandes sillas respetables, la piel de oso al suelo, el espejo, la chimenea, los jarrones; el piano de candeleros lleno de fotografías y estatuillas —el piano en que nadie toca—, y, junto al estrado principal, el caballete con un retrato amplificado y manifiestamente alterado: el de un señor de barba partida y boca grosera. Doña Magdalena, que ya me esperaba instalada en un sillón rojo, vestía también de negro y llevaba al pecho una de aquellas joyas gruesísimas de nuestros padres: una bola de vidrio con un retrato interior, ceñida por un anillo de oro. El misterio del parecido familiar se apoderó de mí. Mis ojos iban, inconscientemente, de doña Magdalena a Amalia, y del retrato a Amalia. Doña Magdalena, que lo notó, ayudó mis investigaciones con alguna exégesis oportuna. Lo más adecuado hubiera sido sentirme incómodo, manifestarme sorprendido, provocar una explicación. Pero doña Magdalena y su hija Amalia me hipnotizaron, desde los primeros instantes, con sus miradas paralelas. Doña Magdalena era una mujer de sesenta años; así es que consintió en dejar a su hija los cuidados de la iniciación. Amalia charlaba; doña Magdalena me miraba; yo estaba entregado a mi ventura. A la madre tocó —es de rigor— recordarnos que era ya tiempo de cenar. En el comedor la charla se hizo más general y corriente. Yo acabé por convencerme de que aquellas señoras no habían querido más que convidarme a cenar, y a la segunda copa de Chablis me sentí sumido en un perfecto egoísmo del cuerpo lleno de generosidades espirituales. Charlé, reí y desarrollé todo mi ingenio, tratando interiormente de disimularme la irregularidad de mi situación. Hasta aquel instante las señoras habían procurado parecerme simpáticas; desde entonces sentí que había comenzado yo mismo a serles agradable. El aire piadoso de la cara de Amalia se propagaba, por momentos, a la cara de la madre. La satisfacción, enteramente fisiológica, del rostro de doña Magdalena descendía, a veces, al de su hija. Parecía que estos dos motivos flotasen en el ambiente, volando de una cara a la otra. Nunca sospeché los agrados de aquella conversación. Aunque ella sugería, vagamente, no sé qué evocaciones de Sudermann, con frecuentes rondas al difícil campo de las responsabilidades domésticas y —como era natural en mujeres de espíritu fuerte— súbitos relámpagos ibsenianos, yo me sentía tan a mi gusto como en casa de alguna tía viuda y junto a alguna prima, amiga de la infancia, que ha comenzado a ser solterona. Al principio, la conversación giró toda sobre cuestiones comerciales, económicas, en que las dos mujeres parecían complacerse. No hay asunto mejor que éste cuando se nos invita a la mesa en alguna casa donde no somos de confianza. Después, las cosas siguieron de otro modo. Todas las frases comenzaron a volar como en redor de alguna lejana petición. Todas tendían a un término que yo mismo no sospechaba. En el rostro de Amalia apareció, al fin, una sonrisa aguda, inquietante. Comenzó visiblemente a combatir contra alguna interna tentación. Su boca palpitaba, a veces, con el ansia de las palabras, y acababa siempre por suspirar. Sus ojos se dilataban de pronto, fijándose con tal expresión de espanto o abandono en la pared que quedaba a mis espaldas, que más de una vez, asombrado, volví el rostro yo mismo. Pero Amalia no parecía consciente del daño que me ocasionaba. Continuaba con sus sonrisas, sus asombros y sus suspiros, en tanto que yo me estremecía cada vez que sus ojos miraban por sobre mi cabeza. Al fin, se entabló, entre Amalia y doña Magdalena, un verdadero coloquio de suspiros. Yo estaba ya desazonado. Hacia el centro de la mesa, y, por cierto, tan baja que era una constante incomodidad, colgaba la lámpara de dos luces. Y sobre los muros se proyectaban las sombras desteñidas de las dos mujeres, en tal forma que no era posible fijar la correspondencia de las sombras con las personas. Me invadió una intensa depresión, y un principio de aburrimiento se fue apoderando de mí. De lo que vino a sacarme esta invitación insospechada: —Vamos al jardín. Esta nueva perspectiva me hizo recobrar mis espíritus. Condujéronme a través de un cuarto cuyo aseo y sobriedad hacía pensar en los hospitales. En la oscuridad de la noche pude adivinar un jardincillo breve y artificial, como el de un camposanto. Nos sentamos bajo el emparrado. Las señoras comenzaron a decirme los nombres de las flores que yo no veía, dándose el cruel deleite de interrogarme después sobre sus recientes enseñanzas. Mi imaginación, destemplada por una experiencia tan larga de excentricidades, no hallaba reposo. Apenas me dejaba escuchar y casi no me permitía contestar. Las señoras sonreían ya (yo lo adivinaba) con pleno conocimiento de mi estado. Comencé a confundir sus palabras con mi fantasía. Sus explicaciones botánicas, hoy que las recuerdo, me parecen monstruosas como un delirio: creo haberles oído hablar de flores que muerden y de flores que besan; de tallos que se arrancan a su raíz y os trepan, como serpientes, hasta el cuello. La oscuridad, el cansancio, la cena, el Chablis, la conversación misteriosa sobre flores que yo no veía (y aun creo que no las había en aquel raquítico jardín), todo me fue convidando al sueño; y me quedé dormido sobre el banco, bajo el emparrado. —¡Pobre capitán! —oí decir cuando abrí los ojos—. Lleno de ilusiones marchó a Europa. Para él se apagó la luz. En mi alrededor reinaba la misma oscuridad. Un vientecillo tibio hacía vibrar el emparrado. Doña Magdalena y Amalia conversaban junto a mí, resignadas a tolerar mi mutismo. Me pareció que habían trocado los asientos durante mi breve sueño; eso me pareció… —Era capitán de Artillería —me dijo Amalia—; joven y apuesto si los hay. Su voz temblaba. Y en aquel punto sucedió algo que en otras circunstancias me habría parecido natural, pero que entonces me sobresaltó y trajo a mis labios mi corazón. Las señoras, hasta entonces, sólo me habían sido perceptibles por el rumor de su charla y de su presencia. En aquel instante alguien abrió una ventana en la casa, y la luz vino a caer, inesperada, sobre los rostros de las mujeres. Y —¡oh cielos!— los vi iluminarse de pronto, autonómicos, suspensos en el aire —perdidas las ropas negras en la oscuridad del jardín— y con la expresión de piedad grabada hasta la dureza en los rasgos. Eran como las caras iluminadas en los cuadros de Echave el Viejo, astros enormes y fantásticos. Salté sobre mis pies sin poder dominarme ya. —Espere usted —gritó entonces doña Magdalena—; aún falta lo más terrible. Y luego, dirigiéndose a Amalia: —Hija mía, continúa; este caballero no puede dejarnos ahora y marcharse sin oírlo todo. —Y bien —dijo Amalia—: el capitán se fue a Europa. Pasó de noche por París, por la mucha urgencia de llegar a Berlín. Pero todo su anhelo era conocer París. En Alemania tenía que hacer no sé qué estudios en cierta fábrica de cañones… Al día siguiente de llegado, perdió la vista en la explosión de una caldera. Yo estaba loco. Quise preguntar; ¿qué preguntaría? Quise hablar; ¿qué diría? ¿Qué había sucedido junto a mí? ¿Para qué me habían convidado? La ventana volvió a cerrarse, y los rostros de las mujeres volvieron a desaparecer. La voz de la hija resonó: —¡Ay! Entonces, y sólo entonces, fue llevado a París. ¡A París, que había sido todo su anhelo! Figúrese usted que pasó bajo el Arco de la Estrella: pasó ciego bajo el Arco de la Estrella, adivinándolo todo a su alrededor… Pero usted le hablará de París, ¿verdad? Le hablará del París que él no pudo ver. ¡Le hará tanto bien! («¡Ah, si no faltara!»… «¡Le hará tanto bien!») Y entonces me arrastraron a la sala, llevándome por los brazos como a un inválido. A mis pies se habían enredado las guías vegetales del jardín; había hojas sobre mi cabeza. —Helo aquí —me dijeron mostrándome un retrato. Era un militar. Llevaba un casco guerrero, una capa blanca, y los galones plateados en las mangas y en las presillas como tres toques de clarín. Sus hermosos ojos, bajo las alas perfectas de las cejas, tenían un imperio singular. Miré a las señoras: las dos sonreían como en el desahogo de la misión cumplida. Contemplé de nuevo el retrato; me vi yo mismo en el espejo; verifiqué la semejanza: yo era como una caricatura de aquel retrato. El retrato tenía una dedicatoria y una firma. La letra era la misma de la esquela anónima recibida por la mañana. El retrato había caído de mis manos, y las dos señoras me miraban con una cómica piedad. Algo sonó en mis oídos como una araña de cristal que se estrellara contra el suelo. Y corrí, a través de calles desconocidas. Bailaban los focos delante de mis ojos. Los relojes de los torreones me espiaban, congestionados de luz… ¡Oh, cielos! Cuando alcancé, jadeante, la tabla familiar de mi puerta, nueve sonoras campanadas estremecían la noche. Sobre mi cabeza había hojas; en mi ojal, una florecilla modesta que yo no corté. FIN Título: La cena Autor: Alfonso Reyes Ochoa Año de publicación: 1912 Corriente literaria: Modernismo con rasgos del simbolismo y el fantástico psicológico Género literario: Narrativo Subgénero: Cuento fantástico / relato psicológico
- "Las moscas" (Réplica de El hombre muerto), cuento de Horacio Quiroga
Al rozar el monte, los hombres tumbaron el año anterior este árbol, cuyo tronco yace en toda su extensión aplastado contra el suelo. Mientras sus compañeros han perdido gran parte de la corteza en el incendio del rozado, aquél conserva la suya casi intacta. Apenas si a todo lo largo una franja carbonizada habla muy claro de la acción del fuego. Esto era el invierno pasado. Han transcurrido cuatro meses. En medio del rozado perdido por la sequía, el árbol tronchado yace siempre en un páramo de cenizas. Sentado contra el tronco, el dorso apoyado en él, me halló también inmóvil. En algún punto de la espalda tengo la columna vertebral rota. He caído allí mismo, después de tropezar sin suerte contra un raigón. Tal como he caído, permanezco sentado –quebrado, mejor dicho– contra el árbol. Desde hace un instante siento un zumbido fijo –el zumbido de la lesión medular– que lo inunda todo, y en el que mi aliento parece defluirse. No puedo ya mover las manos, y apenas si uno que otro dedo alcanza a remover la ceniza. Clarísima y capital, adquiero desde este instante mismo la certidumbre de que a ras del suelo mi vida está aguardando la instantaneidad de unos segundos para extinguirse de una vez. Ésta es la verdad. Como ella, jamás se ha presentado a mi mente una más rotunda. Todas las otras flotan, danzan en una como reverberación lejanísima de otro yo, en un pasado que tampoco me pertenece. La única percepción de mi existir, pero flagrante como un gran golpe asestado en silencio, es que de aquí a un instante voy a morir. ¿Pero cuándo? ¿Qué segundo y qué instantes son éstos en que esta exasperada conciencia de vivir todavía dejará paso a un sosegado cadáver? Nadie se acerca a este rozado: ningún pique de monte lleva hasta él desde propiedad alguna. Para el hombre allí sentado, como para el tronco que lo sostiene, las lluvias se sucederán mojando corteza y ropa, y los soles secarán líquenes y cabellos, hasta que el monte rebrote y unifique árboles y potasa, huesos y cuero de calzado. ¡Y nada, nada en la serenidad del ambiente que denuncie y grite tal acontecimiento! Antes bien, a través de los troncos y negros gajos del rozado, desde aquí o allá, sea cual fuere el punto de observación, cualquiera puede contemplar con perfecta nitidez al hombre cuya vida está a punto de detenerse sobre la ceniza, atraída como un péndulo por ingente gravedad: tan pequeño es el lugar que ocupa en el rozado y tan clara su situación: se muere. Esta es la verdad. Más para la obscura animalidad resistente, para el latir y el alentar amenazados de muerte, ¿qué vale ella ante la bárbara inquietud del instante preciso en que este resistir de la vida y esta tremenda tortura psicológica estallarán como un cohete, dejando por todo residuo un ex hombre con el rostro fijo para siempre adelante? El zumbido aumenta cada vez más. Ciérnese ahora sobre mis ojos un velo de densa tiniebla en que se destacan rombos verdes. Y en seguida veo la puerta amurallada de un zoco marroquí, por una de cuyas hojas sale a escape una tropilla de potros blancos, mientras por la otra entra corriendo una teoría de hombres decapitados. Quiero cerrar los ojos, y no lo consigo ya. Veo ahora un cuartito de hospital, donde cuatro médicos amigos se empeñan en convencerme de que no voy a morir. Yo los observo en silencio, y ellos se echan a reír, pues siguen mi pensamiento. –Entonces –dice uno de aquéllos– no le queda más prueba de convicción que la jaulita de moscas. Yo tengo una. –¿Moscas … ? –Sí –responde–, moscas verdes de rastreo. Usted no ignora que las moscas verdes olfatean la descomposición de la carne mucho antes de producirse la defunción del sujeto. Vivo aún el paciente, ellas acuden, seguras de su presa. Vuelan sobre ella sin prisa mas sin perderla de vista, pues ya han olido su muerte. Es el medio más eficaz de pronóstico que se conozca. Por eso yo tengo algunas de olfato afinadísimo por la selección, que alquilo a precio módico. Donde ellas entran, presa segura. Puedo colocarlas en el corredor cuando usted quede solo, y abrir la puerta de la jaulita que, dicho sea de paso, es un pequeño ataúd. A usted no le queda más tarea que atisbar el ojo de la cerradura. Si una mosca entra y la oye usted zumbar, esté seguro de que las otras hallarán también el camino hasta usted. Las alquilo a precio módico. ¿Hospital…? Súbitamente el cuartito blanqueado, el botiquín, los médicos y su risa se desvanecen en un zumbido… Y bruscamente, también, se hace en mí la revelación: ¡las moscas! Son ellas las que zumban. Desde que he caído han acudido sin demora. Amodorradas en el monte por el ámbito de fuego, las moscas han tenido, no sé cómo, conocimiento de una presa segura en la vecindad. Han olido ya la próxima descomposición del hombre sentado, por caracteres inapreciables para nosotros, tal vez en la exhalación a través de la carne de la médula espinal cortada. Han acudido sin demora y revolotean sin prisa, midiendo con los ojos las proporciones del nido que la suerte acaba de deparar a sus huevos. El médico tenía razón. No puede su oficio ser más lucrativo. Mas he aquí que esta ansia desesperada de resistir se aplaca y cede el paso a una beata imponderabilidad. No me siento ya un punto fijo en la tierra, arraigado a ella por gravísima tortura. Siento que fluye de mí como la vida misma, la ligereza del vaho ambiente, la luz del Sol, la fecundidad de la hora. Libre del espacio y el tiempo, puedo ir aquí, allá, a este árbol, a aquella liana. Puedo ver, lejanísimo ya, como un recuerdo de remoto existir, puedo todavía ver, al pie de un tronco, un muñeco de ojos sin parpadeo, un espantapájaros de mirar vidrioso y piernas rígidas. Del seno de esta expansión, que el Sol dilata desmenuzando mi conciencia en un billón de partículas, puedo alzarme y volar, volar… Y vuelo, y me poso con mis compañeras sobre el tronco caído, a los rayos del Sol que prestan su fuego a nuestra obra de renovación vital. FIN Autor: Horacio Quiroga Título: Las moscas (Réplica de El hombre muerto) Publicado en: El Hogar, 7 de julio de 1933 Aparece en: Más allá (1935)
- "Aire frío", cuento de H. P. Lovecraft
Me piden que explique por qué temo a las corrientes de aire frío; por qué tiemblo más que otros al entrar en una habitación fría, y por qué me estremezco cuando la fresca brisa nocturna se desliza a través del calor de un suave día de otoño. Algunos dicen que reacciono al frío como otros reaccionan a un olor desagradable, y yo soy el último en negar la impresión. Lo que quiero es relatar las más horribles circunstancias en que me encontré, para que ustedes puedan juzgar si constituyen o no una explicación de mi peculiaridad. Es un error imaginar que el horror está asociado inevitablemente con la oscuridad, el silencio y la soledad. Yo lo encontré en plena tarde, en medio de los ruidos de una gran ciudad, y en el bullicioso ambiente de una casa de huéspedes, con una prosaica patrona y dos fornidos hombres a mi lado. En la primavera de 1923 había obtenido un trabajo bastante mal pagado en una revista que se editaba en Nueva York; y viéndome imposibilitado de pagar un alquiler, por módico que fuera, empecé a arrastrarme de una casa de huéspedes barata a otra en busca de una habitación que pudiera combinar las cualidades de una relativa limpieza, unos muebles decentes y un precio razonable. No tardé en comprobar que en mi vagabundeo salía del fuego para meterme en las brasas, pero finalmente caí en una casa de la West Fourteenth Street que me desagradó mucho menos que las otras en que me había alojado hasta entonces. El lugar era una casa de cuatro pisos que había sido construida a mediados del siglo pasado, adornada con losas de mármol y piezas de marquetería, muestras del pésimo gusto que imperaba en aquella época. En las habitaciones, amplias y altas de techo, empapeladas de un modo horrible y ridículamente adornadas con cornisas de escayola, olía deprimentemente a moho y a dudosa cocina. Pero los suelos estaban limpios, la ropa podía pasar y el agua caliente no se enfriaba con demasiada frecuencia, de modo que llegué a considerarlo como un lugar soportable para hibernar. La patrona, una desaliñada española llamada Herrero, casi barbuda, no me importunaba con habladurías ni se quejaba porque gastaba demasiada luz; y mis compañeros de hospedaje eran españoles en su mayor parte, y tan tranquilos y poco expansivos como pudiera desearse. Únicamente el ruido de los automóviles que pasaban por la calle constituía una seria molestia. Llevaba allí unas tres semanas cuando ocurrió el primer incidente raro. Una noche, a eso de las ocho, oí una especie de goteo y repentinamente me di cuenta de que llevaba un rato oliendo a amoníaco. Mirando a mi alrededor vi que el techo estaba húmedo en el rincón más cercano a la calle, y que el goteo procedía de allí. Me dirigí inmediatamente a la planta baja —mi habitación estaba situada en el tercer piso— para ponerlo en conocimiento de la patrona; y ésta me aseguró que la cosa quedaría solucionada rápidamente. —El doctor Muñoz —dijo, mientras subía la escalera delante de mí— está siempre con sus asuntos de química. Está demasiado enfermo para cuidarse a sí mismo —cada vez más y más enfermo—, pero no quiere que venga otro médico a visitarle. Es un hombre muy raro en su enfermedad, y todo el día está tomando baños que huelen de un modo muy extraño, y no puede excitarse ni calentarse. Él mismo limpia y arregla su habitación, que está llena de botellas y de máquinas, y no trabaja como médico. Pero en otros tiempos fue un médico famoso —mi padre había oído hablar de él en Barcelona—, y hace poco le arregló al plomero un brazo que se había dislocado. No sale nunca de casa, y mi hijo Esteban le trae la comida y la ropa limpia, y las medicinas, y los productos químicos. ¡Dios mío! ¡Hay que ver la sal de amoníaco que gasta ese hombre para conservarse frío! Mistress Herrero desapareció por el hueco de la escalera en dirección al cuarto piso, y yo regresé a mi habitación. El amoníaco cesó de gotear, y mientras limpiaba el que había caído al suelo y abría la ventana para ventilar la habitación, oí los pesados pasos de la patrona encima de mi cabeza. Al doctor Muñoz no le había oído nunca, a excepción de ciertos sonidos que parecían proceder de un motor de gasolina; pero sus pasos eran blandos y suaves. Me pregunté por un momento qué extraña dolencia podía tener aquel hombre, y si su obstinada negativa a que le visitara otro médico no sería el resultado de algún desequilibrio mental. Desequilibrio muy frecuente en personas que han ocupado una elevada posición en el mundo y que por cualquier circunstancia la han perdido. Tal vez no hubiera conocido nunca al doctor Muñoz, a no ser por el ataque cardíaco que sufrí una mañana, mientras estaba escribiendo en mi habitación. Los médicos me habían advertido del peligro de aquellas sacudidas, y yo sabía que no podía perder tiempo; de modo que, recordando lo que la patrona me había dicho acerca de los cuidados que el doctor Muñoz le prestó al plomero, me arrastré como pude hasta el piso superior y llamé débilmente a la puerta situada encima de la de mi habitación. Mi llamada fue contestada en buen inglés por una voz que se encontraba a cierta distancia de la puerta y que preguntó mi nombre y el objeto de mi visita; y una vez puestas en claro las dos cosas, se abrió la puerta contigua a aquella a la que yo había llamado. Me acogió un soplo de aire frío; y a pesar de que el día era uno de los más calurosos de finales de junio, me estremecí mientras cruzaba el umbral de una amplia habitación, cuya decoración elegante y suntuosa me sorprendió en aquel nido de desaliño y de mugre. Una cama plegable desempeñaba ahora su papel diurno de sofá, y los muebles de caoba, las lujosas cortinas, los cuadros antiguos y las estanterías llenas de libros, sugerían el estudio de un caballero más bien que el dormitorio de una casa de huéspedes: Vi ahora que el pequeño vestíbulo —la habitación que mistress Herrero había mencionado como llena de botellas y de máquinas— era simplemente el laboratorio del doctor; y que su vida debía transcurrir principalmente en la mayor de las habitaciones, que disponía también de un espacioso cuarto de baño. El doctor Muñoz, evidentemente, era un hombre culto y refinado. El hombre que tenía delante de mí era de baja estatura, aunque de proporciones perfectas, y llevaba un traje muy bien cortado. El rostro expresaba una seguridad sin arrogancia, y estaba adornado con una corta barba que empezaba a grisear. Unos lentes de modelo antiguo velaban ligeramente los negros ojos, los cuales, unidos a una nariz aquilina, conferían un toque moruno a una fisonomía por otra parte predominantemente celtíbera. El cabello, abundante y bien cortado, hablaba de las puntuales visitas del barbero; y el aspecto general de aquel hombre sugería una elevada inteligencia y una superior cultura. Sin embargo, al ver al doctor Muñoz en medio de aquella corriente de aire frío, sentí una repugnancia que nada en su aspecto podía justificar. Únicamente lo pálido de su tez y la frialdad de su tacto podrían haber proporcionado una base física para aquella sensación, e incluso ambos detalles quedaban justificados teniendo en cuenta que el doctor Muñoz era un enfermo. Lo que me impresionó desagradablemente pudo ser también aquel extraño frío, ya que aquella frialdad resultaba anormal en un día tan caluroso, y lo anormal siempre provoca aversión, desconfianza y temor. Pero la repugnancia se trocó prontamente en admiración, ya que la habilidad del médico se puso inmediatamente de manifiesto a pesar de lo frío del ambiente y de lo helado de sus manos. Diagnosticó mi dolencia con una sola mirada, y me recetó lo que necesitaba —y que él mismo me proporcionó— con la seguridad de un maestro, al tiempo que me tranquilizaba con una voz que carecía de expresión, diciéndome que era el más implacable de los enemigos de la muerte, y que había invertido su fortuna y perdido a todos sus amigos en unos experimentos destinados a combatir y a extirpar definitivamente aquella plaga. Al hablar de aquel modo su voz adquirió un tono de fanatismo, y fue animándose a medida que auscultaba mi pecho y mezclaba unas drogas en el pequeño laboratorio. Evidentemente, la compañía de un hombre educado resultaba una agradable novedad para él en aquel miserable ambiente, y le impulsó a hablar más de lo acostumbrado de los recuerdos que conservaba de mejores días. Su voz, aunque algo rara, resultaba al menos tranquilizadora; y ni siquiera pude percibir que respiraba, mientras las fluidas frases surgían cortésmente. Trataba de distraerme de mis preocupaciones hablándome de sus teorías y experimentos; y recuerdo que me tranquilizó hábilmente insistiendo en que la voluntad es más fuerte que la vida orgánica en sí, de modo que si una armazón corporal era conservada cuidadosamente, podía, a través de un tratamiento científico, manifestar una especie de vida nerviosa, a pesar de los más graves defectos, desperfectos o incluso ausencias de órganos específicos. Algún día, me dijo medio en broma, podría enseñarme a vivir —o por lo menos a poseer cierta existencia consciente— sin que necesitara para ello el corazón. Por su parte, sufría los efectos de varias enfermedades, las cuales le obligaban a seguir un régimen muy estricto, incluyendo un frío constante. Cualquier notable aumento de la temperatura, caso de prolongarse, podía afectarle fatalmente; y la frigidez de su habitación —de cincuenta y cinco a cincuenta y seis grados Fahrenheit— era mantenida por medio de un sistema absorbente de enfriamiento por amoníaco, cuyas bombas eran accionadas por el motor de gasolina que había oído con frecuencia desde mi habitación. Aliviado de mi opresión cardíaca en un tiempo extraordinariamente corto, regresé a mi cuarto convertido en un ferviente discípulo del recluso del cuarto piso. A partir de entonces, le hice frecuentes visitas; le escuchaba mientras me hablaba de investigaciones secretas y de resultados casi espantosos, y temblaba un poco mientras examinaba los volúmenes, sorprendentemente antiguos, alineados en los estantes de su biblioteca. Puedo añadir que por entonces estaba casi completamente curado de mi dolencia, gracias a sus acertados remedios. Al parecer, mi vecino no menospreciaba los conjuros de los medievalistas, ya que creía que aquellas laberínticas formulas contenían raros estímulos psicológicos que probablemente podían producir singulares efectos sobre la sustancia de un sistema nervioso del cual hubieran desaparecido las pulsaciones orgánicas. Quedé impresionado por lo que me contó acerca del anciano doctor Torres, de Valencia, el cual había participado en sus primeros experimentos y le había atendido en el curso de la grave enfermedad que padeció hacía dieciocho años, y de la cual procedían sus actuales trastornos. Después de haber salvado a su colega, el eminente médico había sido víctima del implacable enemigo contra el cual había luchado. Tal vez el esfuerzo desplegado había sido demasiado intenso; ya que el doctor Muñoz me dio a entender —aunque sin entrar en detalles— que los métodos de curación que le habían aplicado habían sido excepcionales, y habían incluido terapéuticas que hubieran hecho fruncir el ceño a los otros médicos, aferrados a procedimientos más tradicionales y conservadores. A medida que transcurrían las semanas, observé con pesar que mi nuevo amigo iba desmejorando físicamente, de un modo lento pero constante. El pálido aspecto de su semblante se intensificó, su voz se hacía más hueca y menos audible, sus movimientos musculares eran cada día menos coordinados, y su mente y su voluntad desplegaban menos elasticidad e iniciativa. El doctor Muñoz parecía darse cuenta también del lastimoso cambio, y poco a poco su expresión y su conversación fueron adquiriendo una horrible ironía que me hizo experimentar de nuevo la sutil repugnancia que había sentido el primer día. El doctor Muñoz adquirió también unos extravagantes caprichos, aficionándose a las especias exóticas y al incienso egipcio, hasta el extremo de que su habitación olía como la tumba de un faraón en el Valle de los Reyes. Al mismo tiempo, su necesidad de aire frío fue en aumento, y con mi ayuda amplió las bombas de enfriamiento hasta conseguir que la temperatura descendiera a treinta y cuatro o treinta y cinco grados Fahrenheit, y finalmente a veintiocho grados; el cuarto de baño y el laboratorio, desde luego, mantenían una temperatura algo más elevada, a fin de que el agua no se helara y de que los procesos químicos no quedaran interrumpidos. El inquilino de la habitación contigua se quejó del gélido aire que pasaba a través de la puerta de comunicación; de modo que tuve que ayudar al doctor a colocar unos tupidos cortinajes, para solucionar aquel problema. Una especie de creciente terror, desmedido y morboso, pareció apoderarse de él. Hablaba continuamente de la muerte, pero estallaba en una carcajada cuando surgían en la conversación palabras tales como entierro o disposiciones póstumas. Paulatinamente, fue convirtiéndose en una desconcertante e incluso espantosa compañía; pero, agradecido a los cuidados que había prestado a mi dolencia, no pude abandonarle en aquellos momentos difíciles y me encargué de limpiar su habitación todos los días y de atender a sus compras, aunque confieso que algunos de los productos químicos que incluía en sus listas de encargos me chocaban sobremanera. Una indefinible atmósfera de pánico parecía invadir progresivamente sus habitaciones. Toda la casa, como ya creo haber dicho, olía a moho; pero el olor de las habitaciones del doctor Muñoz era peor, y a pesar de las especias y del incienso, y del acre perfume de los productos químicos que introducía en el agua de los ahora incesantes baños —que insistía en tomar sin ayuda de nadie—, yo me daba cuenta de que aquel extraño olor estaba relacionado con su dolencia, y me estremecía al pensar en lo que podía ser aquella dolencia. Mistress Herrero hacía la señal de la cruz cuando veía al doctor, y lo dejó enteramente a mi cuidado; ni siquiera permitió que su hijo Esteban siguiera encargándose de hacer sus compras. Cuando sugerí que avisáramos a otro médico para que viniera a visitarle, el paciente se enfureció, en la medida en que sus débiles fuerzas le permitían enfurecerse. Evidentemente, temía el efecto físico de una violenta emoción, pero su voluntad aumentaba en vez de amenguar, y se negó a que le obligaran a meterse en cama. La laxitud de sus primeros días de enfermedad dio paso a un retorno de su vehemente propósito, de modo que parecía desafiar a gritos al demonio de la muerte, a pesar de que era un hecho cierto que aquel antiguo enemigo iba apoderándose de él. Paulatinamente, fue dejando de comer; y la energía mental sólo parecía brotar para mantenerle a salvo del colapso total. Adquirió la costumbre de escribir largos documentos, los cuales introducía en unos sobres que yo debería de remitir a sus destinatarios, después de su muerte. Los destinatarios eran en su mayor parte sabios y científicos de las Indias Orientales, pero uno de ellos era un famoso físico francés, al que todo el mundo consideraba muerto, y acerca del cual se habían murmurado las cosas más inconcebibles. Cuando llegó el momento, quemé todos aquellos documentos sin examinarlos siquiera. El aspecto y la voz del doctor Muñoz se hicieron espantosos, y su presencia casi insoportable. Un día del mes de septiembre, al verle inesperadamente provocó un ataque epiléptico en un hombre que había venido a reparar la instalación eléctrica del cuarto; un ataque para el cual el propio doctor prescribió como medida más eficaz el mantenerse fuera de la vista del paciente. Éste, a lo que parece, había vivido los horrores de la Gran Guerra sin sufrir nunca un ataque de aquella clase. Luego, a mediados de octubre, el horror de los horrores llegó de un modo pasmosamente repentino. Una noche, a eso de las once, la bomba de la máquina refrigeradora se estropeó, de modo que al cabo de tres horas, el proceso de enfriamiento por amoníaco se hizo imposible. El doctor Muñoz me avisó golpeando el suelo de su habitación, y trabajé desesperadamente para arreglar la avería, mientras mi huésped maldecía en un tono tan falto de vida que me resultaría imposible describirlo. Mis esfuerzos de aficionado demostraron ser inútiles; entonces fui en busca de un mecánico de un garaje nocturno, el cual nos informó que la cosa no tenía solución hasta la mañana siguiente, porque hacía falta un pistón nuevo, imposible de obtener a aquellas horas. La rabia y el miedo del moribundo anacoreta adquirieron grotescas proporciones, y amenazaron con destrozar lo que quedaba de su debilitado físico; y en un momento determinado, un espasmo le obligó a llevarse las manos a los ojos y a echar a correr hacia el cuarto de baño. Cuando regresó llevaba el rostro fuertemente vendado, y ya no volví a ver sus ojos. La frialdad de la habitación estaba disminuyendo ahora sensiblemente, y a eso de las cinco de la mañana el doctor se retiró al cuarto de baño, encargándome que le procurase todo el hielo que pudiera obtener en las tiendas y cafeterías abiertas toda la noche. Cada vez que regresaba de una de mis expediciones, algunas desalentadoras, en busca de hielo, y dejaba el que había conseguido delante de la cerrada puerta del cuarto de baño, podía oír un incesante chapoteo en el interior del cuarto y una voz ronca que me ordenaba: «¡Más! ¡Más!». Finalmente, clareó un caluroso día, y las tiendas abrieron sus puertas. Le pedí a Esteban que fuera en busca de hielo mientras yo me ocupaba de buscar el pistón de la bomba, o que se encargará de buscar el pistón mientras yo me ocupaba del hielo; pero, obedeciendo órdenes de su madre, se negó en redondo. Al final, me decidí a buscar algún desocupado, y lo encontré en una esquina de la Octava Avenida: un hombre que tenía aspecto de mendigo y que accedió a subirle hielo al doctor Muñoz, mientras yo me entregaba con ardor a la tarea de encontrar un pistón para la bomba y unos especialistas que lo instalaran. La tarea resultó más difícil de lo que había imaginado, y me enfurecí tanto como mi vecino al ver que iban transcurriendo las horas en un ir de acá para allá, telefoneando inútilmente, de Metro en Metro y de taxi en taxi. Alrededor de mediodía encontré una tienda donde pudieron facilitarme el pistón, y a eso de la una y media llegué a la casa de huéspedes con el material necesario y dos eficientes mecánicos. Había hecho todo lo que estaba en mi mano, y esperaba no llegar demasiado tarde. Sin embargo, un negro terror me había precedido. La casa estaba revuelta de arriba abajo, y por encima de las espantadas voces de los inquilinos oí a un hombre que rezaba con una profunda voz de bajo. De la cerrada puerta de la habitación del doctor surgía un espantoso hedor. Al parecer, el individuo al cual había encargado el suministro del hielo había salido corriendo, con aspecto enloquecido, después de su segundo viaje: tal vez como resultado de una excesiva curiosidad. No pudo, desde luego, haber cerrado la puerta detrás de él. Y no obstante estaba cerrada, probablemente desde el interior. Dentro de la habitación no se oía ningún ruido, a excepción de una especie de lento goteo. Después de consultar con mistress Herrero y con los dos mecánicos, y a pesar del temor que se había apoderado de mí, aconsejé que forzaran la puerta; pero la patrona encontró el modo de hacer girar la llave en la cerradura desde el exterior, con una especie de tenacillas. Habíamos abierto previamente las puertas de todas las otras habitaciones de aquel rellano, lo mismo que las ventanas que daban a la calle. A continuación, protegiéndonos la nariz con un pañuelo, penetramos temblando en la habitación del doctor, calentada por el cálido sol matinal. Un rastro oscuro y viscoso se extendía desde la abierta puerta del cuarto de baño hasta la puerta del rellano, y desde allí hasta la mesa escritorio, donde se había acumulado un horrible charco. Encima de la mesa había un papel con unas líneas garabateadas a lápiz. Luego, el rastro llegaba hasta el canapé, donde finalizaba inexplicablemente. Lo que había, o había estado, sobre el canapé es algo que no puedo ni me atrevo a decir aquí. Pero esto es lo que conseguí descifrar del mensaje que encontré encima del escritorio, antes de encender una cerilla y prenderle fuego; lo que conseguí descifrar, aterrorizado, mientras la patrona y los dos mecánicos salían corriendo de aquella horrible habitación para ir a tartamudear sus incoherentes relatos a la comisaría de policía más próxima. Las espantosas palabras parecían completamente increíbles a la cálida claridad del sol, con el ruido de coches y camiones que circulaban por la calle, pero debo confesar que en aquel momento las creí. Si las creo ahora es cosa que ignoro, sinceramente. Hay cosas acerca de las cuales es mejor no especular, y lo único que puedo decir es que aborrezco el olor del amoníaco, y que una simple corriente de aire fresco me pone enfermo. «Ha llegado el final —eran las palabras escritas en el papel—. No hay más hielo… el hombre miró y salió corriendo. Más calor cada momento, y los tejidos no pueden resistir. Creo que recordará… lo que dije acerca de la voluntad y de los nervios y del cuerpo conservado después de que los órganos cesan de funcionar. Era una buena teoría, pero no puede ser mantenida indefinidamente. Existe un gradual deterioro que no había previsto. El doctor Torres lo sabía, pero la impresión lo mató. No pudo soportar lo que había tenido que hacer; y no pudo acabar de cumplir las instrucciones de mi carta. He hecho todo lo que estaba en mi mano —conservación artificial—, y ha sido bastante, ya que fallecí hace dieciocho años ». FIN (1926) Autor: H. P. Lovecraft Título: Aire frío Título Original: Cool Air Publicado en: Tales of Magic and Mystery, marzo de 1928 Traducción: Alfredo Herrera · José María Aroca
- "El diablo bebito", leyenda popular mexicana
En la zona del bello estado de Guerrero, se cuenta una leyenda que se dice ocurrió en algún pueblo perdido atrás de la montaña, donde los campesinos acostumbran, después de un largo día de siembra o cosecha de los campos, reunirse con algunos amigos y refrescarse la garganta en alguna cantina con un buen mezcal o un buen pulque antes de llegar a descansar a casa; y en una de esas noches ocurrió lo que enseguida se va a relatar: Esta historia le sucedió a don José, un campesino como tantos otros quien un día después de haber trabajado varias horas en su cosecha de maíz, llegó el momento en que el sol comenzaba a ocultarse tras las hermosas montañas de la sierra; así que guardó toda la herramienta en su viejo, sucio y desgastado morral para tomar el camino hasta su pueblo ubicado kilómetros más abajo del lugar donde se encontraban sus sembradíos de maíz. Así tomó el camino hasta llegar al pueblo y, como es la costumbre, se animó entrar a la cantina de don Javier donde sabía que encontraría a todos los hombres del pueblo, y se dijo: —Un buen mezcalito antes de ir a casa no hace daño a nadie... Así que don José entró a la cantina; allí se encontró con don Genaro y don Isidro, viejos amigos campesinos, quienes en ese momento comentaban la leyenda que andaba en boca de todos los del pueblo. Se decía que después de las 12 de la noche el diablo andaba rondando el pueblo porque ya varios de los vecinos lo habían visto, todos con una forma diferente, pero todos aseguraban que no podía ser nada más que el mismo demonio. Una mujer lo había visto en forma de perro negro; otro vecino lo vio en forma de toro, y así sucesivamente dijeron muchos acontecimientos. Don José sólo se rió y, soltando una gran carcajada, dijo a sus ebrios amigos: —¡A mí el demonio me pela los dientes! —además, añadió—: ¿Qué no se dan cuenta?, esas son puras habladurías de nuestras esposas que no quieren que vengamos a tomarnos nuestros mezcalitos, nos quieren meter miedo para que lleguemos temprano a la casa, no hagan caso de esas tonterías. Después de echarse varios mezcales, don José salió de la cantina, atravesando parte del pueblo que, por cierto, tenía muy poco alumbrado público, así que sólo veía el empedrado de la calle por el reflejo de la luna llena, que aún se puede observar en todo su esplendor en el cielo despejado de varios pueblos del estado de Guerrero. Don José iba caminando cuando de pronto escuchó un sonido, como un chillido, pensó que se trataba de una gata en celo; por lo que no hizo mucho caso y siguió su camino; pero sólo había dado unos cuantos pasos, cuando volvió a escuchar el mismo ruido, pero ahora más nítidamente, y esta vez sí distinguió claramente que era el llanto de un bebé. Prestó atención para ubicar de dónde venía el sonido hasta que descubrió que en la entrada de una casa abandonada se encontraba un bulto que se movía. Se acercó sigilosamente, y con precaución retiró las mantas que cubrían “el bulto”; con asombro observó que en el interior de la cobija estaba un bebé llorando. —Maldita! ¡Mil veces maldita la mujer que te abandonó! ¿Tú qué culpa tienes? —dijo don José con una retahíla de adjetivos a la mujer o madre que él suponía había abandonado al inocente bebé. Lo tomó entre sus brazos y decidió llevarlo a su casa mientras se resolvía el misterio de los padres del bebé que no paraba de llorar; así, comenzó el camino rumbo a casa, poco a poco el bebé fue controlando su llanto, pero mientras don José avanzaba sentía más y más peso del bebé que cargaba entre sus brazos. Llegó un momento en que ya no pudo avanzar más, decidió detenerse, ya que el bulto estaba demasiado pesado. Con curiosidad, quitó la cobija del bebé para ver su cara, y de pronto el bebé exclamó: —¡Mira, papi, mis dientitos! Don José, horrorizado, vio que los ojos del bebé eran rojos como el fuego, y que de su boca sobresalían largos colmillos. Sin pensarlo, aventó al bebé y corrió despavorido y sin rumbo fijo. Muchos dicen que desde ese día don José se volvió loco; otros que llegó apanicado a su casa contándole a su esposa lo sucedido, y que después estuvo con fiebres altísimas durante varios días hasta que murió. Nadie sabe lo que pasó, sólo que se cumplió lo que don José le dijo a sus amigos en la cantina: “El diablo me pela los dientes”. FIN Título: El diablo bebito Origen: México Región asociada: Estado de Guerrero Género: Leyenda popular mexicana Tipo: Leyenda de terror o advertencia moralizante Transmisión: Tradición oral (recogida en relatos populares del sur de México)
- "Alta cocina", cuento de Amparo Dávila
Cuando oigo la lluvia golpear en las ventanas vuelvo a escuchar sus gritos. Aquellos gritos que se me pegaban a la piel como si fueran ventosas. Subían de tono a medida que la olla se calentaba y el agua empezaba a hervir. También veo sus ojos, unas pequeñas cuentas negras que se les salían de las órbitas cuando se estaban cociendo. Nacían en tiempo de lluvia, en las huertas. Escondidos entre las hojas, adheridos a los tallos, o entre la hierba húmeda. De allí los arrancaban para venderlos, y los vendían bien caros. A tres por cinco centavos regularmente y, cuando había muchos, a quince centavos la docena. En mi casa se compraban dos pesos cada semana, por ser el platillo obligado de los domingos, y con más frecuencia si había invitados a comer. Con este guiso mi familia agasajaba a las visitas distinguidas o a las muy apreciadas. «No se pueden comer mejor preparados en ningún otro sitio», solía decir mi madre, llena de orgullo, cuando elogiaban el platillo. Recuerdo la sombría cocina y la olla donde los cocinaban, preparada y curtida por un viejo cocinero francés; la cuchara de madera muy oscurecida por el uso y a la cocinera, gorda, despiadada, implacable ante el dolor. Aquellos gritos desgarradores no la conmovían, seguía atizando el fogón, soplando las brasas como si nada pasara. Desde mi cuarto del desván los oía chillar. Siempre llovía. Sus gritos llegaban mezclados con el ruido de la lluvia. No morían pronto. Su agonía se prolongaba interminablemente. Yo pasaba todo ese tiempo encerrado en mi cuarto con la almohada sobre la cabeza, pero aun así los oía. Cuando despertaba, a medianoche, volvía a escucharlos. Nunca supe si aún estaban vivos, o si sus gritos se habían quedado dentro de mí, en mi cabeza, en mis oídos, fuera y dentro, martillando, desgarrando todo mi ser. A veces veía cientos de pequeños ojos pegados al cristal goteante de las ventanas. Cientos de ojos redondos y negros. Ojos brillantes, húmedos de llanto, que imploraban misericordia. Pero no había misericordia en aquella casa. Nadie se conmovía ante aquella crueldad. Sus ojos y sus gritos me seguían, y me siguen aún, a todas partes. Algunas veces me mandaron a comprarlos; yo siempre regresaba sin ellos asegurando que no había encontrado nada. Un día sospecharon de mí y nunca más fui enviado. Iba entonces la cocinera. Ella volvía con la cubeta llena, yo la miraba con el desprecio con que se puede mirar al más cruel verdugo, ella fruncía la chata nariz y soplaba desdeñosa. Su preparación resultaba ser una cosa muy complicada y tomaba tiempo. Primero los colocaba en un cajón con pasto y les daba una hierba rara que ellos comían, al parecer con mucho agrado, y que les servía de purgante. Allí pasaban un día. Al siguiente los bañaban cuidadosamente para no lastimarlos, los secaban y los metían en la olla llena de agua fría, hierbas de olor y especias, vinagre y sal. Cuando el agua se iba calentando empezaban a chillar, a chillar, a chillar… Chillaban a veces como niños recién nacidos, como ratones aplastados, como murciélagos, como gatos estrangulados, como mujeres histéricas… Aquella vez, la última que estuve en mi casa, el banquete fue largo y paladeado. FIN Autor: Amparo Dávila Título: Alta cocina Publicado en: Tiempo destrozado (1959)
- "La leyenda de Sleepy Hollow", cuento de Washington Irving
(HALLADO ENTRE LOS PAPELES DEL DIFUNTO DIEDRICH KNICKERBOCKER) Era una tierra amena de somnolencia, de ensueños trémulos ante el ojo entreabierto y de castillos alegres en las nubes que pasan, eternamente arreboladas en un cielo de verano. — El castillo de la indolencia En medio de una de esas amplias ensenadas que recortan la orilla este del Hudson, en ese gran ensanchamiento del río que los viejos navegantes holandeses denominaron el Tappan Zee, donde siempre reducían velas de manera prudente e imploraban la protección de san Nicolás al atravesarlo, se encuentra una pequeña villa comercial o puerto rural que algunos llaman Greensburg, pero a la cual se conoce de manera más general y apropiada con el nombre de Tarry Town. Se cuenta que fueron las buenas mujeres de los alrededores quienes la bautizaron así en los tiempos de antaño, debido a la inveterada propensión de sus maridos a entretenerse en la taberna del pueblo en los días de mercado. Sea como fuere, no aseguro que esto sea cierto, simplemente lo menciono, al objeto de ser riguroso. No lejos de esta población, quizás a unas dos millas de distancia, hay un pequeño valle, o más bien una hondonada del terreno entre altas colinas, que constituye uno de los lugares más tranquilos del mundo. Un pequeño arroyo discurre plácidamente a través de él, murmullando sólo lo justo como para inducirnos al sosiego con su arrullo, y el silbido ocasional de la codorniz o el golpeteo del pájaro carpintero son prácticamente los únicos sonidos que turban alguna vez la continua calma del lugar. Recuerdo que, cuando era un muchacho, mi primer logro en la caza de ardillas fue en un bosquecillo de altos nogales que dan sombra a uno de los lados del valle. Mis pasos me habían llevado hasta allí hacia el mediodía, cuando el campo se halla particularmente en silencio, y me vi sobresaltado por el rugido de mi propia escopeta cuando esta rompió la quietud dominical del entorno, prolongándose y reverberando en furiosos ecos. Si alguna vez deseara encontrar un retiro donde poder escabullirme del mundo y sus distracciones y pasar el resto de mi agitada vida soñando apaciblemente, no conozco un lugar más prometedor para ello que ese pequeño valle. Debido a la lánguida tranquilidad del sitio y al carácter peculiar de sus habitantes, descendientes de los primeros colonos holandeses, esta apartada cañada se ha conocido desde hace mucho tiempo con el nombre de Sleepy Hollow, y sus rústicos mozos son llamados «los muchachos de Sleepy Hollow» en toda la región. Una influencia adormecedora y onírica parece flotar sobre el lugar e impregnar el propio aire. Hay quien dice que el valle fue embrujado por un doctor alemán en los primeros tiempos del asentamiento; otros, que un antiguo jefe indio, el profeta o hechicero de su tribu, celebraba allí sus asambleas antes del descubrimiento de la zona por el Sr. Hendrick Hudson. Ciertamente, el lugar continúa aún bajo el influjo de algún poder nigromántico que mantiene hechizadas a sus buenas gentes, haciendo que vayan siempre de acá para allá como en un estado de ensoñación. Suelen albergar todo tipo de creencias maravillosas, son propensas a experimentar trances y visiones, y vislumbran cosas extrañas y oyen música y voces sin origen aparente con asiduidad. Toda la zona abunda en leyendas locales, rincones encantados y supersticiones asociadas al crepúsculo; las estrellas fugaces y los meteoros luminosos son más frecuentes en el valle que en cualquier otra parte de la región, y el demonio de las pesadillas, con sus nueve vástagos, parece haberlo tomado como su patio de recreo favorito. Sin embargo, el espíritu rondador que prepondera en esta región encantada, y da la impresión de ser el comandante en jefe de todas las fuerzas del más allá, es la aparición de una figura sin cabeza que viaja a caballo. Algunos dicen que se trata del fantasma de un soldado hessiano al que una bala de cañón le arrancó la cabeza en una batalla sin nombre de la Guerra de Independencia, y al que la gente de la región ve en ocasiones cabalgando en la oscuridad de la noche como a lomos del viento. Los sitios que suele frecuentar no se limitan únicamente al valle, sino que incluyen también a veces los caminos adyacentes, y especialmente las inmediaciones de una iglesia cercana. De hecho, algunos de los historiadores más fiables de aquellos pagos, que han recabado y cotejado de manera cuidadosa las informaciones que circulan sobre este espectro, afirman que, dado que el cuerpo del soldado fue enterrado en el cementerio de la iglesia, el fantasma cabalga cada noche hacia el escenario de la batalla en busca de su cabeza, y que la velocidad frenética con la que pasa en ocasiones por el valle, como un vendaval nocturno, se debe a la prisa con que ha de regresar al cementerio cuando el amanecer le pisa los talones. Esto es en líneas generales lo que cuenta la leyenda, la cual ha servido de base a un gran número historias delirantes en aquella región sombría; y al espectro se lo conoce en todos los hogares de la comarca con el nombre de «el jinete sin cabeza de Sleepy Hollow». Un hecho que sorprende es que la propensión a las visiones que he citado no se circunscribe únicamente a los habitantes nacidos en el valle, sino que también impregna inconscientemente a todo aquel que reside allí durante un tiempo. Por muy despierto que este hubiera sido antes de entrar en aquella región adormecedora, es cosa segura que al cabo de poco tiempo inhalará la hechizante influencia del aire y empezará a volverse imaginativo, a tener ensueños y ver apariciones. Menciono este tranquilo lugar con todo el elogio posible, ya que es en ese tipo de pequeños valles apartados de raíces holandesas, que uno encuentra recogidos aquí y allá en el gran estado de Nueva York, donde la población, las maneras y las costumbres se mantienen inalteradas en tanto el caudaloso torrente de la inmigración y el progreso, que tan incesantes cambios provoca en otras partes de este agitado país, pasa junto a ellos sin ser advertido. Son como esos pequeños rincones de aguas quietas que hay en los bordes de un rápido arroyo, donde es posible ver una brizna de paja o una burbuja tranquilamente ancladas, o dando vueltas con lentitud en su remedo de puerto, a salvo de la fuerza de la corriente. Aunque han transcurrido muchos años desde la última vez que pisé los soñolientos y umbríos parajes de Sleepy Hollow, me pregunto si no encontraría todavía allí los mismos árboles y las mismas familias vegetando en su abrigado seno. En este lugar perdido de la mano de Dios vivió, en un remoto periodo de la historia estadounidense —esto es, hace unos treinta años—, un respetable caballero llamado Ichabod Crane, que estuvo residiendo —o «morando», como él decía— en Sleepy Hollow con el propósito de instruir a los niños del vecindario. Era oriundo de Connecticut, un estado que suministra a la Unión pioneros tanto del conocimiento como de los bosques y envía cada año legiones enteras de leñadores fronterizos y maestros rurales. El apellido de Crane no resultaba nada inadecuado para su persona. Era alto, pero extremadamente delgado, con hombros estrechos, brazos y piernas largos, manos que colgaban a una milla de sus mangas y pies que podrían haber servido como palas, y todo su cuerpo daba siempre la impresión de estar a punto de desarmarse. Tenía la cabeza pequeña y chata por arriba, con orejas enormes, grandes ojos verdes y vidriosos y una nariz larga y fina, tal que parecía una veleta colocada sobre su alargado cuello para saber en qué dirección soplaba el viento. En caso de verlo caminando a grandes zancadas sobre el perfil de una colina, con sus ropas colgando y agitándose alrededor de él, uno podría haberlo confundido con el fantasma del hambre descendido a la tierra o con algún espantapájaros huido de un maizal. Su escuela era una construcción baja hecha de troncos, con una sola habitación de gran amplitud cuyas ventanas estaban en parte acristaladas y en parte parcheadas con hojas de viejos cuadernos de caligrafía. En las horas en que estaba vacía, se protegía de manera ingeniosa por medio de un mimbre enrollado en la manija de la puerta y estacas apoyadas en los postigos de las ventanas; de tal modo que, si bien un ladrón podía entrar con absoluta facilidad, pasaría cierta vergüenza cuando quisiera salir: una idea que el arquitecto, Yost Van Houten, había tomado prestada con toda probabilidad del misterioso sistema de las trampas para pescar anguilas. La escuela se hallaba en un emplazamiento bastante solitario pero agradable justo al pie de una colina boscosa, cerca de un riachuelo y con un abedul formidable creciendo en uno de sus extremos. En los soporíferos días de verano podía oírse salir de allí, como el zumbido de una colmena de abejas, el débil murmullo de las voces de sus pupilos mientras estudiaban sus lecciones, interrumpido de tanto en tanto por la autoritaria voz del maestro en tono amenazante o imperativo, o quizá por el terrible sonido de la vara cuando azuzaba a algún tardo holgazán a apretar el paso por el florido sendero del conocimiento. A decir verdad, Ichabod Crane era un hombre concienzudo, que tenía presente en todo momento esa valiosa máxima que dice «la letra con sangre entra». Y sus alumnos, ciertamente, tenían bien aprendida la letra. No obstante, no querría que se creyera que era uno de esos crueles potentados de la escuela que hallan regocijo al azotar a sus súbditos; por el contrario, administraba justicia con más criterio que severidad, aliviando las espaldas de los débiles del peso de la culpa para depositarlo sobre las de los fuertes. El típico mozalbete enclenque que se estremecía al menor movimiento de la vara era perdonado con indulgencia; pero la demanda de justicia se satisfacía infligiendo una ración doble sobre algún cerril golfillo holandés de piel dura y lomo ancho que se enfoscaba, se henchía de rabia y se volvía más terco y hosco bajo la vara. El maestro llamaba a todo esto «cumplir con su deber para con los padres de los muchachos», y nunca propinaba un castigo sin asegurar acto seguido al escocido bribonzuelo que recordaría y le agradecería aquello todos los días de su vida, lo cual suponía un gran consuelo para el muchacho. Al término de la jornada escolar, Ichabod hacía incluso de compañero de ocio y juegos de los chicos más mayores, y en las tardes de los días festivos solía acompañar a casa a algunos de los más pequeños que resultaban tener hermanas guapas o buenas esposas por madres, conocidas por las delicias de sus alacenas. Ciertamente, mantener buenas relaciones con sus alumnos constituía para él una necesidad. Los ingresos que le proporcionaba la escuela eran pequeños, y apenas habrían bastado para su sustento diario, pues era un gran comilón y, pese a su delgadez, tenía la capacidad de dilatación de una anaconda; pero para ayudar a su manutención comía y se alojaba en las casas de los granjeros a cuyos hijos enseñaba, según era costumbre en los pueblos de la región. Vivía sucesivamente con cada uno de ellos durante una semana, yendo de este modo de una casa a otra del vecindario con todos sus efectos materiales envueltos dentro de un pañuelo de algodón. A fin de que todo esto no resultara excesivamente oneroso para la bolsa de sus rústicos patrones, quienes tendían a ver los costes de la escolarización como una pesada carga y a los maestros como simples zánganos, empleaba diversos métodos para hacer su estancia útil y agradable. A veces echaba una mano a los granjeros en las labores más ligeras de sus granjas, les ayudaba a hacer heno, reparaba las vallas, llevaba los caballos a abrevar, traía las vacas de los pastos y cortaba leña para el invierno. También dejaba a un lado toda la dignidad autoritaria y el absolutismo con que gobernaba despóticamente su pequeño imperio —la escuela—, y se volvía maravillosamente afable y obsequioso. Se ganaba el favor de las madres mimando a los niños, especialmente a los más pequeños; y al igual que el audaz león, que otrora al corderito tan magnánimamente sujetó, solía sentarse con un infante encima de la rodilla y mecerlo moviendo el pie durante horas. Adicionalmente a sus otras vocaciones, era el maestro de canto de la zona, y se sacaba una buena cantidad de brillantes chelines enseñando a cantar salmos a los jóvenes. Para él era una cuestión de no poco orgullo ocupar cada domingo su puesto frente a la galería de la iglesia junto con un coro de cantantes seleccionados, momento en que, en su opinión, le arrebataba la palma al pastor. Es cierto que su voz resonaba mucho más alto que la de todos los demás fieles, y hay ciertos trinos peculiares que aún han de oírse en esa iglesia, y que incluso pueden sentirse a media milla de distancia, hasta en el lado opuesto de la represa del molino en una tranquila mañana dominical, que según se dice descienden legítimamente de la nariz de Ichabod Crane. De esta forma, realizando diversos trabajillos temporales de ese modo ingenioso comúnmente denominado «servir igual para un roto que para un descosido», al respetable pedagogo le iba medianamente bien, y todos aquellos que no entendían en absoluto el trabajo intelectual pensaban que llevaba una vida maravillosamente cómoda. El maestro es por lo general un hombre de cierta importancia en el círculo femenino de un vecindario rural, al estar considerado una especie de personaje ocioso y caballeroso muy superior en gusto y talentos a los toscos mozos de la región, y, de hecho, solamente inferior en erudición al pastor de la iglesia. Su aparición en una casa a la hora del té, por lo tanto, tiende a generar un pequeño revuelo y la adición de un plato extra de pasteles o confites, o, tal vez, la exhibición de una tetera de plata. Así pues, nuestro hombre de letras se sentía especialmente feliz en medio de las sonrisas de todas las damiselas campestres. ¡Cómo podía vérsele entre estas últimas los domingos en el jardín de la iglesia, entre oficio y oficio, recogiendo uvas para ellas de las parras silvestres que plagaban los árboles circundantes; recitando para su diversión todos los epitafios de las lápidas, o paseando, con un grupo entero de ellas, por las orillas de la vecina represa del molino, mientras los pueblerinos, que eran más tímidos, se mantenían atrás con vergüenza, envidiando su superior elegancia y modales! Debido a su vida parcialmente itinerante, era una especie de gaceta que circulaba de casa en casa llevando consigo todos los cotilleos locales, por lo que su aparición siempre era recibida con agrado. Las mujeres, además, lo consideraban un hombre de vasta cultura, pues había leído varios libros de principio a fin y era un completo experto en la Historia de la brujería en Nueva Inglaterra de Cotton Mather, arte en la cual, por cierto, creía con total fuerza y firmeza. El hombre, de hecho, combinaba de manera extraña una cierta sagacidad con una credulidad cándida. Su hambre de maravillas y su capacidad para digerirlas eran igual de extraordinarias, y ambas habían aumentado desde que vivía en aquella región encantada. Ninguna historia era demasiado vulgar o truculenta para su enorme apetito. Por las tardes, tras dejar irse a casa a sus alumnos, disfrutaba a menudo tumbándose en la tupida alfombra de tréboles que bordeaba el riachuelo que discurría quejumbroso junto a su escuela y leyendo allí con atención los horribles episodios del viejo Mather hasta que la creciente penumbra del atardecer convertía las letras impresas en la página frente a sus ojos en un simple borrón. Después, mientras se encaminaba a la casa en que resultaba estar alojado, pasando junto a pantanos, riachuelos y bosques espeluznantes, todos los sonidos de la naturaleza aguijoneaban su excitada imaginación en esa hora bruja: el gemido del chotacabras que llegaba desde la ladera de la colina; el ominoso croar de la rana arbórea, ese heraldo de la tormenta; el lúgubre ulular de la lechuza, o el súbito susurro del arbusto al abandonar su rama unos pájaros espantados. También las luciérnagas, que centelleaban de manera sumamente vívida en los lugares más oscuros, lo asustaban algunas veces cuando una inusualmente brillante se cruzaba en su camino dejando una estela luminosa; y si por casualidad un escarabajo idiota llegaba volando torpemente a toda velocidad y chocaba contra él, el pobre bribón se quedaba al borde de exhalar su último aliento, al pensar que una bruja lo había golpeado por medio de algún maleficio. Su único recurso en tales ocasiones, ya fuese para ahogar sus pensamientos o ahuyentar a los espíritus malignos, era ponerse a cantar melodías de salmos; y la buena gente de Sleepy Hollow que se encontraba sentada a la puerta de sus casas, como era su costumbre al caer el día, se sobrecogía al oír su tonada nasal flotando en el aire, «prolongándose dulcemente» desde la lejana colina o a lo largo del oscuro camino. Otro de sus aterradores placeres era pasar las largas tardes de invierno en compañía de las señoras holandesas mientras estas hilaban sentadas junto al fuego, con una ristra de manzanas asándose y crepitando en el hogar, y escuchar sus maravillosas historias de fantasmas y duendes; de campos, arroyos, puentes y casas embrujados, y especialmente del jinete sin cabeza, o de «el hessiano que galopa por el valle», como a veces lo llamaban. Él hacía igualmente las delicias de las matronas con sus anécdotas de brujería, y de los temibles augurios y las fantasmagorías premonitorias que tan comunes habían sido en Connecticut en otros tiempos; y las asustaba de un modo lamentable con especulaciones sobre cometas y estrellas fugaces, y con la inquietante realidad de que el mundo daba efectivamente vueltas sobre sí mismo y se pasaban la mitad del tiempo cabeza abajo. Pero si Ichabod Crane encontraba placer en todo esto, mientras se acurrucaba confortablemente en el rincón de la chimenea de una estancia completamente bañada por el rojizo resplandor de una lumbre chisporroteante, donde, por supuesto, ningún espectro se atrevía a aparecer, lo pagaba sobradamente con el miedo que pasaba durante su subsiguiente vuelta a casa. ¡Qué espantosas sombras y siluetas plagaban su ruta en medio del brillo tenue y fantasmal de una noche de nieve! ¡Con qué expresión anhelante miraba cada trémulo rayo de luz que se derramaba sobre los yermos campos desde alguna ventana lejana! ¡Cuán a menudo se horrorizaba al ver un arbusto cubierto de nieve que, como una aparición amortajada, lo acosaba en su camino! ¡En cuántas ocasiones se encogía sobrecogido al oír sus propias pisadas en la capa de hielo bajo sus pies y le daba pavor mirar a su espalda, por miedo a ver algún ser extraño caminando pesadamente justo detrás de él! ¡Y la de veces que se veía completamente acongojado por una fuerte ráfaga de viento que soplaba aullando entre los árboles, al creer que era el hessiano galopando por el valle en una de sus batidas nocturnas! Todo esto, sin embargo, eran simples terrores nocturnos, fantasmas de la imaginación que caminan en la oscuridad; y aunque Ichabod había visto muchos espectros a lo largo de sus días, y sido acosado más de una vez por Satán con diversas formas en sus solitarios paseos, la luz del alba ponía fin a todos estos males; y habría llevado con ello una vida placentera, a pesar del demonio y todas sus obras, si no se hubiera cruzado en su camino un ser que causa más desconcierto en el hombre que los fantasmas, los trasgos y la raza entera de las brujas juntos, el cual fue… una mujer. Entre los discípulos musicales que se reunían una tarde a la semana para recibir sus enseñanzas sobre salmodia estaba Katrina van Tassel, hija y única descendiente de un acaudalado granjero holandés. Era una muchacha radiante de dieciocho años recién cumplidos; llenita como una perdiz; tierna por dentro, y turgente y sonrosada por fuera, como uno de los melocotones de su padre, y conocida por doquier, no sólo por su belleza, sino también por sus grandes perspectivas de futuro. Era además un poco coqueta, tal como podía notarse incluso en su manera de vestir, que era una mezcla de estilos antiguos y modernos, de acuerdo con lo que mejor le venía para realzar sus encantos. Lucía los adornos de oro puro que su tatarabuela había traído desde Saardam; el sugerente peto típico de otros tiempos, y también una saya provocadoramente corta, para exhibir los pies y tobillos más bonitos de toda la región. Ichabod Crane sentía una candorosa debilidad por el bello sexo, y no es de extrañar que un miembro tan atractivo de él se ganara pronto su aceptación, más aún si cabe después de haber ido a verla a la mansión paterna. El viejo Baltus van Tassel era el retrato perfecto de un granjero próspero, satisfecho y generoso. Es cierto que raras veces dirigía su mirada o sus pensamientos más allá de los límites de su hacienda, pero dentro de ellos todo era comodidad, felicidad y bienestar material. Estaba contento con su riqueza, pero no se gloriaba de ella, y se sentía más orgulloso de la gran abundancia en que vivía que de la elegancia con la que lo hacía. Su fortaleza estaba situada a orillas del Hudson, en uno de esos verdes, abrigados y fecundos rincones en que a los granjeros holandeses les gusta establecerse. Sobre ella extendía sus amplias ramas un gran olmo, al pie del cual borboteaba un manantial de aguas muy blandas y dulces dentro de un pequeño pozo hecho con un tonel, que después desaguaba surcando de manera silenciosa y centelleante la hierba en un riachuelo cercano que discurría burbujeando entre alisos y sauces enanos. Cerca de la casa había un granero inmenso, que podría haber hecho las veces de iglesia, cuyas ventanas y resquicios parecían a punto de reventar con los tesoros de la granja; el mayal resonaba afanosamente en su interior de sol a sol; las golondrinas revoloteaban trinando en torno a sus aleros, e hileras de palomas, algunas con un ojo levantado, como si estuvieran pendientes del tiempo, otras con las cabezas bajo las alas o enterradas en sus pechos, y otras tantas ahuecando las plumas, gorjeando y haciendo reverencias a sus damas, disfrutaban del sol en el tejado. Unos cerdos hermosos y desgarbados gruñían en la placidez y abundancia de sus porquerizas, de donde salían, de tanto en tanto, tropeles de lechones como para olisquear el aire. Un majestuoso escuadrón de gansos blancos como la nieve se deslizaban sobre la superficie de una laguna adyacente, escoltando a flotillas enteras de patos; regimientos de pavos glugluteaban por los terrenos de la granja, y unas gallinas de Guinea los recorrían de manera inquieta, como amas de casa malhumoradas, emitiendo su llamada quejumbrosa y malcontenta. Frente a la puerta del granero se paseaba ufano el gallo gallardo, ese modelo de esposo, guerrero y caballero, batiendo sus bruñidas alas y cacareando el orgullo y gozo que sentía, a veces escarbando la tierra con las patas, y después llamando generosamente a su siempre hambrienta familia de esposas e hijos para que disfrutaran del delicioso bocado que había descubierto. Al pedagogo se le hacía la boca agua al contemplar esta suntuosa promesa de lujosos platos invernales. En su voraz imaginación veía a cada cochinillo que correteaba por la granja con un pudin en la tripa y una manzana en la boca; a los pichones acostados en un confortable pastel y arropados con un cobertor de corteza; a los gansos nadando en una salsa elaborada con su propia carne, y a los patos íntimamente emparejados en platos, como cónyuges bien avenidos, junto con una cantidad decente de salsa de cebolla. En los cerdos veía trinchadas futuras lonchas de lustrosa panceta ahumada y suculentos jamones; no había un pavo que no se imaginara delicadamente atado, con la molleja bajo el ala y, tal vez, un collar de sabrosas salchichas; y hasta el radiante Chantecler yacía despatarrado sobre un plato de acompañamiento, con las garras levantadas, como implorando la clemencia que su espíritu de caballero no se dignaba a pedir cuando se encontraba vivo. Al tiempo que el extasiado Ichabod se imaginaba todo esto, y recorría con sus grandes ojos verdes las fértiles praderas, los exuberantes campos de trigo, de centeno, de alforfón y de maíz criollo, y las huertas de árboles cargados de fruta rubicunda que rodeaban la acogedora morada de Van Tassel, su corazón suspiraba por la damisela que habría de heredar aquellos dominios, y su fantasía se desbocaba al pensar en cómo podría venderlos inmediatamente para invertir en vastas extensiones de tierra virgen y palacios de madera en plena naturaleza. Es más, su viva imaginación ya hacía realidad sus esperanzas, y le mostraba a la radiante Katrina, en compañía de una familia entera de niños, montada en un carromato cargado de enseres domésticos, con ollas y hervidores colgando por debajo, y él se veía montado a horcajadas de una yegua al paso, con un potrillo detrás, ¡rumbo a Kentucky, Tennessee o Dios sabe dónde! Cuando Ichabod entró en la mansión, quedó conquistado del todo. Era una de esas espaciosas casas de granja con tejados de cumbreras altas y faldones que descendían en una larga pendiente, construidos según el estilo transmitido de generación en generación desde los primeros colonos holandeses, cuyos bajos y prominentes aleros formaban una veranda en la parte frontal de la vivienda susceptible de cerrarse cuando hacía mal tiempo. Debajo de ella había colgados mayales, arreos, diversos utensilios de agricultura y redes para pescar en el cercano río. Se habían construido unos bancos en sus laterales para sentarse en verano, y una gran rueca en un extremo y una mantequera en el otro revelaban los variados usos a los que podía destinarse aquel importante porche. Desde aquella veranda, el asombrado Ichabod accedió al vestíbulo de la mansión, que constituía su centro y sala de estar habitual. Allí deslumbraron su mirada varias hileras de cacharros de peltre, alineados sobre un largo aparador. En un rincón había una gran saca de lana para hilar; en otro un paño de sarga de lino y lana recién salido del telar; espigas de maíz criollo y ristras de manzanas y melocotones desecados colgaban de las paredes en alegres festones, mezclados con llamativos pimientos rojos, y una puerta entreabierta le permitió echar un vistazo al salón, donde las sillas con pies de bola y garra y las mesas de caoba oscura relucían como espejos; los morillos, junto con la pala y las tenazas que suelen acompañarlos, brillaban desde su matorral de puntas de espárragos; celindas y conchas decoraban la repisa de la chimenea; por encima de ella pendían ristras de huevos de diversos colores; un gran huevo de avestruz colgaba en el centro de la habitación, y un aparador esquinero, dejado abierto a sabiendas, exhibía enormes tesoros de plata vieja y porcelana cuidadosamente reparada. Desde el momento en que Ichabod posó su mirada sobre estas tierras del placer, la tranquilidad se acabó para él, y el hombre se centró por completo en averiguar cómo obtener el amor de la incomparable hija de Van Tassel. Sin embargo, encontró más dificultades en esta empresa de las que comúnmente caían en suerte a los caballeros andantes de antaño, quienes rara vez tenían que enfrentarse a otra cosa que no fuesen gigantes, hechiceros, dragones flamígeros y otros fáciles adversarios semejantes; y debían abrirse camino a través de simples puertas de hierro y latón y muros de roca adamantina hasta la torre principal del castillo, donde la dama de su corazón se hallaba confinada —todo lo cual lograba con la misma sencillez con que un hombre cortaría un pastel de Navidad hasta su centro—, y después, como era de esperar, la dama le concedía su mano. Ichabod, en cambio, tenía que ganarse el amor de una coqueta de pueblo, lidiando con una confusa miríada de antojos y caprichos que no paraban de plantearle nuevas dificultades y obstáculos, y hacer frente a una legión de temibles oponentes de carne y hueso: los numerosos admiradores rurales que trataban de conquistar a la joven por todos los medios, vigilándose unos a otros de manera atenta y airada, pero preparados para saltar con furia sobre cualquier nuevo rival en aras de su causa común. El más formidable de estos últimos era un joven apuesto, fornido, brioso y jaranero llamado Abraham —o Brom, según la abreviación holandesa— van Brunt, el héroe de los alrededores, donde sus proezas de fuerza y audacia se referían por doquier. Era ancho de espaldas y muy flexible, con el pelo negro, corto y rizado y un rostro chato pero no desagradable, y tenía un aire que combinaba diversión y arrogancia. Debido a su cuerpo hercúleo y a la gran fortaleza de sus miembros, le habían puesto el apodo de Brom el Huesos, por el que todo el mundo lo conocía. Tenía fama de poseer amplios conocimientos y habilidad en el arte de la monta, y era tan diestro a lomos de un caballo como un tártaro. Resultaba ganador en todas las carreras y duelos de gallos, y, con la superioridad que otorga la fuerza física en la vida rural, ejercía de árbitro en todas las disputas, ladeándose el sombrero y dando sus dictámenes con un aire y un tono que no admitían rechazo ni apelación posible. Siempre estaba dispuesto para la pelea o el jolgorio, pero había más pillería que mala voluntad en su manera de ser; y, pese a toda su rudeza autoritaria, en el fondo poseía un marcado toque bienhumorado y bromista. Tenía tres o cuatro amigos inseparables que lo consideraban su modelo a seguir, al frente de los cuales recorría la comarca asistiendo a todas las escenas de hostilidad o diversión en millas a la redonda. Cuando el tiempo era frío se le distinguía por un peludo gorro de piel con una ostentosa cola de zorro en lo alto, y cuando un grupo de gente congregada en el campo divisaba esta cimera a lo lejos, moviéndose rápidamente de un lado a otro en medio de una cuadrilla de impetuosos jinetes, siempre se esperaba algún alboroto. Algunas veces se oía a su grupo de amigos pasar velozmente a medianoche por delante de las granjas entre gritos de exultación y espoleamiento, como una tropa de cosacos del Don; y las señoras mayores, al ser arrancadas de su sueño con sobresalto, se quedaban escuchando durante un momento hasta que la ruidosa galopada pasaba de largo, y después exclamaban: «¡Allá van Brom el Huesos y su cuadrilla!». Los vecinos veían al joven con una mezcla de respeto, temor, admiración y benevolencia; y cada vez que ocurría alguna travesura alocada o pendencia rural en las inmediaciones, siempre meneaban la cabeza con resignación y aseguraban que Brom el Huesos estaba detrás de ella. Este héroe alborotador había elegido desde hacía algún tiempo a la radiante Katrina como objeto de sus toscas galanterías, y, si bien sus flirteos recordaban a las delicadas caricias y cariños de un oso, corría la voz de que ella no ponía freno a sus esperanzas. Ciertamente, las insinuaciones del joven eran una señal de retirada para aquellos candidatos rivales que no sentían deseos de entrometerse en sus asuntos amorosos; hasta tal punto que, cuando veían su caballo amarrado a la cerca de Van Tassel un domingo por la noche, un signo inequívoco de que su amo estaba dentro cortejando —o, como suele decirse, «arrullando»— a la hija, todos los demás pretendientes pasaban de largo con desespero y se iban a probar fortuna a otra parte. Así era el formidable adversario con el que Ichabod Crane tenía que competir, y, a la vista de todo lo anterior, un hombre más fornido que él se habría retirado acobardado de la contienda, y uno más sensato habría perdido cualquier esperanza de ganarla. Sin embargo, su carácter aunaba por suerte flexibilidad y perseverancia; era en forma y espíritu como una vara de mimbre: plegadizo, pero, con todo, aunque cedía, nunca se venía abajo, y si bien se doblaba bajo la más mínima presión, en el momento en que esta desaparecía, ¡boing!, volvía a estar tan erguido y a llevar la cabeza tan alta como siempre. Haberse lanzado abiertamente a la palestra contra su rival habría sido una locura, pues este no era un hombre que aceptara ser frustrado en sus amores, como tampoco lo era aquel amante tempestuoso, Aquiles. Ichabod, en consecuencia, efectuaba sus insinuaciones de una manera contenida y discreta. Bajo el pretexto de impartir sus clases de canto, realizaba frecuentes visitas a la casa de Van Tassel; y no es que hubiera de temer en modo alguno intromisiones por parte de los padres, cosa que constituye muy a menudo un escollo en el camino de los enamorados. Balt van Tassel era un tipo permisivo y complaciente; quería más a su hija que a su pipa, y, como un hombre razonable y un padre excelente, le dejaba hacer todo lo que le venía en gana. Su distinguida mujercita, asimismo, tenía ya suficientes cosas de las que ocuparse entre la casa y las aves del corral, pues tal como observaba sabiamente, los patos y las ocas son criaturas estúpidas y necesitan que alguien esté encima de ellas, pero las muchachas saben cuidarse solas. Así, mientras la atareada señora trajinaba por la casa o se afanaba en la rueca del extremo de la veranda, el buen Balt se sentaba a fumar su pipa de la tarde en el otro, observando los logros de un pequeño guerrero de madera que, armado con una espada en cada mano, luchaba valientemente contra el viento en lo alto del granero. Ichabod, entretanto, perseveraba en su cortejo a la hija junto al manantial bajo el gran olmo, o paseando a la media luz del atardecer, esa hora tan propicia para la elocuencia del enamorado. Confieso no saber cómo se corteja a las mujeres y se gana uno su corazón. Para mí siempre han sido objetos de misterio y admiración. Algunas parecen tener sólo un punto vulnerable, o vía de acceso, mientras otras poseen un sinfín de avenidas y pueden ser conquistadas de mil maneras diferentes. Ganarse a las primeras es una gran proeza, pero constituye una prueba aún mayor de habilidad táctica el conservar la posesión de las segundas, dado que el hombre ha de defender su fuerte en cada puerta y ventana. Aquel que conquista un millar de corazones corrientes tiene derecho por lo tanto a un cierto renombre, pero aquel que mantiene un dominio indiscutido sobre el corazón de una coqueta es desde luego un héroe. Mas, ciertamente, este no era el caso del imponente Brom el Huesos; y desde el momento en que Ichabod Crane comenzó su galanteo, el interés de aquel decayó de manera evidente; ya no se veía su caballo amarrado a la cerca los domingos por la noche, y poco a poco fue surgiendo una enemistad mortal entre él y el preceptor de Sleepy Hollow. Brom, en cuyo carácter había un cierto grado de caballerosidad violenta, habría llevado con gusto la situación a una guerra abierta y establecido sus pretensiones hacia la dama a la manera de esos razonadores sumamente simples y concisos, los caballeros andantes de los tiempos antiguos: por medio de un duelo; pero Ichabod era demasiado consciente de la superior fuerza de su adversario como para entrar en liza con él; había oído fanfarronear al Huesos de que «doblaría al maestro por la cintura y lo pondría en un estante de su propia escuela», y este último era demasiado precavido para darle una oportunidad de hacerlo. Había algo extremadamente provocador en este sistema obstinadamente pacífico, ya que no dejaba a Brom más alternativa que recurrir a su repertorio de gracietas pueblerinas y gastarle bromas groseras a su rival. Ichabod pasó a ser objeto de una caprichosa persecución por parte del Huesos y su cuadrilla de jinetes pendencieros, quienes comenzaron a causar problemas en los hasta entonces plácidos dominios del maestro: ahumaban sus clases de canto obstruyendo la chimenea, se colaban en la escuela por las noches a pesar de los magníficos sistemas de bloqueo de la puerta y las ventanas hechos con mimbre y estacas, y ponían todo patas arriba; de tal suerte que el pobre preceptor empezó a creer que todas las brujas de la zona celebraban allí sus aquelarres. Pero lo que resultaba aún más irritante es que Brom aprovechaba cualquier ocasión para ridiculizarlo en presencia de su amada, y tenía un perro sinvergüenza al que había enseñado a gimotear de una manera sumamente irrisoria, y presentado como un competidor a la altura de Ichabod en la enseñanza de la salmodia. Las cosas continuaron así durante algún tiempo sin producir ningún efecto sustancial en la situación de las fuerzas en liza. Una soleada y tranquila tarde de otoño, Ichabod se encontraba sentado con aire regio y pensativo en el taburete alto desde el que solía controlar todos los asuntos de su pequeño reino académico. En su mano blandía una férula, ese cetro del poder despótico; la vara de la justicia, terror constante de los malhechores, descansaba sobre tres clavos situados detrás del trono, mientras que encima del escritorio que el maestro tenía ante sí podían verse diversos artículos de contrabando y armas prohibidas halladas en posesión de golfillos gandules, como manzanas mordisqueadas, escopetillas de juguete, molinetes, jaulas para moscas y legiones enteras de gallos de pelea rampantes hechos de papel. Parecía haberse infligido de forma reciente algún terrible acto de justicia, pues todos sus alumnos estaban afanosamente concentrados en sus libros o susurrando a hurtadillas detrás de ellos con un ojo puesto en el maestro, y en el aula reinaba una especie de quietud envuelta en murmullos. Esta se vio súbitamente interrumpida por la aparición de un negro vestido con una chaqueta de estopa, pantalones y un sombrero de copa redondeada cortado de tal manera que parecía el gorro de Mercurio, y subido a lomos de un potro desgreñado y medio salvaje al que dirigía con una soga a modo de ronzal. El hombre llegó a la puerta de la escuela trapaleando sobre su montura y portando una invitación para que Ichabod asistiera a una fiesta campestre o «velada de costura» que se iba a celebrar esa noche en casa de mynheer Van Tassel; y, habiendo entregado su mensaje con los aires pretenciosos y el pulcro lenguaje que los negros tienden a emplear con esfuerzo en aquel tipo de embajadas intrascendentes, cruzó galopando el riachuelo y lo vieron alejarse ágilmente hacia la parte alta del valle, lleno de dignidad y premura por su misión. La agitación y el revuelo se apoderaron entonces del aula previamente en calma. Los alumnos recibieron órdenes de terminar sus lecciones a toda prisa sin entretenerse con nimiedades; los ágiles de mente se saltaron la mitad de ellas con impunidad, y los torpes sufrieron alguna que otra instancia enérgica en el trasero para acelerar el ritmo de estudio o ayudarles a salvar alguna palabra complicada. Luego los libros se apartaron de un manotazo sin colocarlos de vuelta en las estanterías, se volcaron los tinteros, se tiraron los bancos y se dejó salir una hora antes de lo normal a toda la clase, que se marchó de allí en tropel como una hueste de pequeños demonios, armando un gran griterío y escándalo en el jardín por la alegría de su temprana liberación. Después el galano Ichabod dedicó por lo menos media hora más de lo habitual a arreglarse, cepillando y limpiando su mejor —y en realidad único— traje, de color negro descolorido, y acicalándose frente a un trozo de espejo roto que había colgado en la escuela. A fin de presentarse ante su amada como un auténtico caballero, pidió prestado un caballo al granjero en cuya casa se hospedaba, un colérico anciano holandés llamado Hans van Ripper; y, montado de esta forma tan gallarda, partió como un caballero andante en busca de aventuras. Mas resulta apropiado, siendo fiel al espíritu de los romances, que describa un poco el aspecto y equipo de mi héroe y su corcel. Este último era un viejo caballo de tiro que había resistido prácticamente todo en la vida excepto su propia agresividad. Estaba demacrado y hecho polvo, tenía el cuello caído y la cabeza como un martillo; llevaba su herrumbrosa crin y cola enmarañadas y llenas de nudos causados por los abrojos; uno de sus ojos había perdido la pupila y tenía una mirada fiera y espectral, pero el otro poseía un brillo verdaderamente taimado. Con todo, debía de haberse tratado de un animal bravo y fogoso en su día, a juzgar por el nombre que ostentaba: Pólvora. De hecho, había sido uno de los caballos favoritos de su amo, el iracundo Van Ripper, que era un jinete impetuoso y, de manera muy probable, había transmitido parte de su propio espíritu al animal; dado que, por decrépita que fuera la apariencia de este, en el fondo era más pícaro e indócil que cualquier potra de la región. Ichabod era un jinete apropiado para una cabalgadura así. Montaba con estribos cortos que dejaban sus rótulas casi a la altura de la perilla de la silla; sus puntiagudos codos sobresalían como los de los saltamontes; llevaba la fusta erguida en la mano como si fuera un cetro, y, con el trote de su caballo, el movimiento de sus brazos recordaba al batir de un par de alas. Llevaba un pequeño sombrero de lana calado hasta la parte alta de la nariz —pues así podría uno referirse a su escasa frente— y los largos faldones de su casaca negra se agitaban en el aire hasta casi tocar la cola de su caballo. Tal era el aspecto de Ichabod y su corcel cuando salieron desgarbadamente por la puerta de la finca de Hans van Ripper: una aparición, desde luego, con la que uno rara vez se encuentra a plena luz del día. Era, como ya he dicho, un soleado y tranquilo día de otoño; el cielo estaba despejado y sereno, y la naturaleza vestía los dorados y suntuosos ropajes que siempre asociamos a la idea de abundancia. Los bosques se habían puesto sus sobrios atuendos de color pardo y amarillo, en tanto que algunos de los árboles más delicados se habían quemado por culpa de las heladas adoptando brillantes tonalidades de naranja, púrpura y escarlata. Líneas en movimiento de patos silvestres empezaban a aparecerse en las alturas; se oía el chillido de las ardillas en los bosques de hayas y nogales, y, a ratos, el silbido pensativo de la codorniz en las cercanas rastrojeras. Los pajarillos estaban dándose sus últimos banquetes antes de emigrar. Revoloteaban, piaban y brincaban de arbusto en arbusto y de árbol en árbol en actitud caprichosa debido a la abundancia y variedad que los rodeaba, completamente inmersos en su jolgorio. Allí estaban el honesto zorzal robín, blanco favorito de los pequeños cazadores, con su canto sonoro y quejumbroso; los gorjeantes tordos sargento, que volaban formando nubes de color azabache; el carpintero escapulario, con su cresta carmesí, su amplio collar negro y su esplendoroso plumaje; el ampelis americano, con sus alas de punta roja, su cola de punta amarilla y su pequeña montera de plumas, y la chara azul, ese petimetre ruidoso, con su alegre casaca celeste y su camisa blanca, chillando, chachareando, cabeceando, haciendo reverencias y fingiendo llevarse bien con todos los pájaros cantores de la floresta. Mientras Ichabod iba trotando tranquilamente, su mirada, siempre receptiva a cualquier señal de abundancia culinaria, se paseó con deleite por los tesoros del alegre otoño. Vio por todas partes vastas provisiones de manzanas, algunas colgando en opresiva opulencia de los árboles, otras reunidas en cestos y toneles para el mercado, y otras tantas apiladas en copiosos montones para el lagar. Más a lo lejos avistó extensos campos de maíz criollo, con sus espigas doradas asomando por entre su cobertura de hojas y ofreciendo una promesa de futuras tartas y gachas dulces de maíz, y en el suelo debajo de ellas las calabazas amarillas, con sus hermosas y redondas barrigas vueltas hacia el sol, brindando abundantes perspectivas de los más lujosos pasteles. Al poco rato pasó por los fragantes campos de alforfón, aspirando el aroma de las colmenas, y al contemplarlos le invadió la tierna ilusión de degustar unas exquisitas tortitas, bien untadas de mantequilla y aderezadas con miel o melaza por la delicada mano cubierta de hoyitos de Katrina van Tassel. Mientras alimentaba su imaginación de este modo con numerosas fantasías agradables y «dulces conjeturas», Ichabod siguió avanzando a lo largo de una de las vertientes de una cadena de colinas que ofrecían vistas a algunos de los paisajes más hermosos del poderoso Hudson. El sol hacía rodar poco a poco su amplio disco hacia el oeste. El ancho seno del Tappan Zee permanecía inmóvil como una lámina de cristal, excepto en algunos puntos dispersos donde se levantaban suaves ondulaciones que prolongaban la sombra azul de la lejana montaña. En el cielo flotaban unas pocas nubes ambarinas, sin ninguna brisa que las empujara. El horizonte tenía un esplendoroso tono dorado, que iba cambiando de forma gradual hasta convertirse en un puro color verde manzana y luego en el azul intenso del medio cielo. Un rayo de sol oblicuo se detenía en las crestas arboladas de los precipicios que se inclinaban sobre algunas partes del río, acentuando la profundidad del gris oscuro y el púrpura de sus rocosas paredes. Una balandra flotaba sin rumbo en la distancia, descendiendo lentamente con la marea, con su vela colgando inútil junto al mástil, y dado que el cielo se reflejaba con intensidad en las quietas aguas parecía como si la embarcación estuviese suspendida en el aire. Fue hacia la caída de la tarde cuando Ichabod arribó al castillo de heer Van Tassel, el cual encontró abarrotado con la flor y orgullo de los alrededores: viejos granjeros —gente enjuta y de tez curtida—, ataviados con casacas y calzones de confección casera, medias azules, zapatos enormes y magníficas hebillas de peltre; sus ajadas pero briosas mujercitas, vestidas con cofias fuertemente plisadas, caracos de faldones largos y sayas hechas a mano, de las que colgaban tijeras, alfileteros y alegres bolsitos de calicó; muchachas bien dotadas, casi tan anticuadas en el atuendo como sus madres, salvo en los casos en que un sombrero de paja, un bonito lazo o tal vez un vestido blanco ofrecían signos de innovación urbana. Los hijos lucían casacas cortas de faldones cuadrados con hileras de estupendos botones de latón, y llevaban el pelo generalmente recogido en una trenza conforme a la moda de la época, especialmente si podían conseguir una piel de anguila para tal objeto, ya que esta se consideraba en todo el país un potente reparador y tónico capilar. No obstante, el héroe de la escena fue Brom el Huesos, pues llegó a la reunión montado en su corcel favorito, de nombre Temerario: una criatura, al igual que él, de carácter fuerte y turbulento, y que nadie excepto su dueño era capaz de manejar. Este último, de hecho, era conocido por preferir las monturas bravas, dadas a hacer toda clase de jugarretas que mantenían a su jinete en peligro constante de romperse el cuello, pues sostenía que un caballo dócil y completamente amansado era indigno de llevar a un joven de espíritu arrojado. De buen grado me pararía a describir en detalle el mundo de encantos que asaltó la mirada extasiada de mi héroe cuando entró en el majestuoso salón de la mansión de Van Tassel. No los del grupo de muchachas voluptuosas con su exuberante despliegue de rojo y blanco, sino los abundantes atractivos de una mesa de té campestre al verdadero estilo holandés en la suntuosa estación otoñal. ¡Qué fuentes rebosantes de dulces de tipos diversos y casi indescriptibles, conocidos sólo por amas de casa holandesas con largos años de experiencia! Allí estaban la resuelta rosquilla, el tierno olykoek y el crujiente y quebradizo cruller ; bollitos azucarados y pastelillos de fruta, dulces de jengibre y miel, y todos sus demás parientes. Y luego había pasteles de manzana, melocotón y calabaza, además de lonchas de jamón y ternera ahumada; y también deliciosos platos de ciruelas, melocotones, peras y membrillos en conserva; por no hablar del sábalo a la parrilla o los pollos asados, junto con cuencos de leche y nata, todo mezclado sin orden ni concierto, más o menos como lo he enumerado, con la maternal tetera en el centro soltando nubecillas de vapor. ¡Válgame Dios! Me falta tiempo y aliento para hablar de este banquete como se merece, y estoy demasiado impaciente por continuar con mi historia. Por suerte, Ichabod Crane no tenía tanta prisa como su cronista, e hizo sobrada justicia a todas aquellas exquisiteces. Era una persona amable y agradecida, cuyo corazón se agrandaba tanto más cuanto más lleno tenía el estómago, y al que la comida le alegraba igual que a otros hombres la bebida. Asimismo, no podía evitar mirar con sus grandes ojos a su alrededor mientras comía y regocijarse quedamente ante la posibilidad de ser un día el dueño de todo aquel panorama de lujo y esplendor casi inimaginable. Entonces —pensaba—, ¡con que rapidez mandaría la vieja escuela a paseo, miraría por encima del hombro a Hans van Ripper y al resto de patrones agarrados, y echaría de su casa de una patada a cualquier pedagogo itinerante que osara llamarlo «compañero»! El viejo Baltus Van Tassel se paseaba entre sus invitados con una cara henchida de satisfacción y buen humor, redonda y alegre como la luna de la cosecha. Sus hospitalarias atenciones eran breves, pero expresivas, limitándose a un apretón de manos, una palmada en el hombro, una risotada o una insistente invitación a «atacar la mesa y servirse». Después la música que salía de la sala común o gran salón convocó a los invitados al baile de la velada. El músico era un viejo negro canoso que llevaba más de medio siglo haciendo el papel de orquesta ambulante del vecindario. Su instrumento tenía tantos años y signos de deterioro como él mismo. Se pasaba la mayor parte del tiempo rascando dos o tres cuerdas; acompañando cada movimiento del arco con otro de cabeza, inclinando el cuerpo casi hasta el suelo y dando un pisotón en él cada vez que una nueva pareja se disponía a echarse a la pista. Ichabod se sentía tan orgulloso de sus dotes de bailarín como lo estaba de sus aptitudes vocales. No había una sola extremidad ni una sola fibra de su ser que no pusiera en movimiento; y, al ver su cuerpo de miembros laxos completamente entregado a él y trapaleando por la sala, uno habría creído que el propio san Vito, ese bendito patrón del baile, estaba haciendo figuras delante de él. El maestro era la admiración de los negros de todas las edades y tamaños, quienes, tras acudir desde otras partes de la granja y del vecindario, se juntaban formando pirámides de brillantes caras tiznadas en cada puerta y ventana, observando encantados la escena, haciendo gestos de incredulidad y mostrando sonrientes hileras de dientes blancos como el marfil que se extendían de oreja a oreja. ¿Cómo no iba a estar el azote de los golfillos feliz y animado? La dueña de su corazón se había puesto a bailar con él, y sonreía elegantemente en respuesta a todas sus ávidas miradas amorosas, mientras Brom el Huesos, sufriendo terriblemente de amor y celos, permanecía sentado en un rincón dándole vueltas a la cabeza. Cuando el baile llegó a su fin, Ichabod se vio atraído hasta un grupo de sabios locales que, junto con el viejo Van Tassel, estaban sentados en uno de los extremos de la veranda fumando, chismeando sobre los días de antaño y contando largas historias de la guerra. Aquella comarca, en los tiempos de los que estoy hablando, era uno de esos sitios privilegiados que abundan en crónicas y hombres ilustres. El frente había pasado cerca de él durante la guerra de Independencia, y, debido a ello, había sido escenario de saqueos, y se había visto invadida por refugiados, vaqueros y todo tipo de personajes fronterizos idealizados. Había pasado suficiente tiempo desde entonces como para que cada narrador adornara su relato con alguna pequeña ficción favorecedora y, debido a la vaguedad de sus recuerdos, se colocara a sí mismo como héroe de todas las hazañas. Se escuchó la historia de Doffue Martling, un gigantesco holandés de poblada barba morena que había estado a punto de rendir una fragata británica con un viejo cañón de hierro disparado desde un parapeto de barro, y no fue así únicamente porque el arma explotó a la sexta descarga. Y había un señor anciano cuyo nombre no diré —pues era un mynheer demasiado rico como para hacerlo a la ligera— que, en la batalla de White Plains, al ser un maestro en el arte de la esgrima, desvió una bala de mosquete con una pequeña espada, hasta tal punto que notó perfectamente cómo el proyectil se deslizaba zumbando por la hoja y rebotaba en la guarda; en prueba de lo cual estaba dispuesto en cualquier momento a enseñar el acero, cuya guarnición estaba un poco doblada. Había varios más que habían sido igual de grandes en el campo de batalla, y todos ellos estaban convencidos de que habían contribuido de manera importante a llevar la guerra a su feliz término. Pero todo esto no fue nada en comparación con las historias de fantasmas y apariciones que vinieron después. La comarca es rica en valiosas leyendas de esa clase. Las historias y supersticiones locales se multiplican y arraigan mejor en estos lugares retirados y poblados desde hace largo tiempo, pero resultan pisoteadas por la cambiante multitud que habita en la mayoría de nuestros pueblos. Además, en la práctica totalidad de ellos no hay nada que incentive la existencia de fantasmas, pues estos apenas tienen tiempo de terminar su primera siesta y cambiar de costado dentro de sus tumbas antes de que las amistades que les han sobrevivido se vayan del vecindario, de tal suerte que, cuando salen a hacer su ronda nocturna, ya no les queda ningún conocido al que visitar. Esta es quizá la razón de que rara vez oigamos hablar de fantasmas salvo en nuestras comunidades holandesas más arraigadas. Sin embargo, la causa directa del gran número de leyendas sobrenaturales en estos lares era sin ningún género de duda la cercanía a Sleepy Hollow. Había algo contagioso en el aire mismo que llegaba desde esa zona embrujada, la cual exhalaba por toda la región una atmósfera infecciosa que provocaba ensoñaciones y fantasías. Varios de los habitantes de Sleepy Hollow estuvieron presentes en la fiesta de Van Tassel, y, como de costumbre, se dedicaron a compartir sus delirantes y asombrosas leyendas con el resto de invitados. Se contaron muchas historias lúgubres sobre cortejos fúnebres, y sobre voces de duelo y lamentos oídos y vistos en los alrededores del gran árbol donde se capturó al infortunado comandante André, el cual se halla en la zona. Se hizo mención asimismo de la mujer de blanco que rondaba la oscura cañada de Raven Rock, a la que a menudo se oía chillar en las noches de invierno cuando se iba a producir una tormenta, ya que había perecido allí durante una nevada. Con todo, la mayor parte de las historias giraban en torno al espectro favorito de Sleepy Hollow, el Jinete Sin Cabeza, que había sido oído últimamente dando vueltas por la zona, y que, según se decía, amarraba su caballo cada noche entre las tumbas del camposanto de la iglesia. La aislada ubicación de esta última parecía haber hecho siempre de ella un lugar de aparición predilecto para los espíritus sin reposo. El templo se alza sobre un cerro rodeado de falsas acacias y olmos de gran altura, entre los cuales relucen con modestia sus decorosas paredes enjalbegadas, tal como la pureza cristiana penetra en las sombras de la soledad. Una suave pendiente baja desde él hasta una plateada extensión acuosa bordeada por árboles altos, entre los cuales se pueden entrever las colinas azules del Hudson. Al mirar el herboso jardín del edificio, en el que los rayos del sol parecen dormir con tanta tranquilidad, uno pensaría cuando menos que los muertos podrían descansar en paz allí. A un lado de la iglesia se extiende una amplia hondonada boscosa por la que un gran arroyo pasa furiosamente entre rocas hendidas y troncos de árboles caídos. Sobre una parte oscura y profunda del torrente, no lejos de la iglesia, se había construido tiempo ha un puente de madera; el camino que conducía hasta él y el propio puente quedaban densamente ensombrecidos por la cubierta arbórea del lugar, que dejaba la zona en penumbra incluso durante el día, y que producía una oscuridad aterradora por la noche. Aquel era uno de los sitios que más gustaba de frecuentar el Jinete Sin Cabeza, y donde solía encontrársele más a menudo. Se contó la historia del viejo Brouwer, un paisano cuya nula creencia en los fantasmas resultaba de lo más herética; de cómo se tropezó con el Jinete volviendo de una visita a Sleepy Hollow y fue obligado a montarse detrás de él en su caballo; cómo galoparon a través de arbustos y zarzas, de colinas y pantanos, hasta que llegaron al puente, momento en que el Jinete se transformó de repente en un esqueleto, tiró al viejo Brouwer al arroyo y saltó por encima de las copas de los árboles mientras retumbaba un trueno. Esta historia fue igualada de inmediato por una aventura tres veces más portentosa de Brom el Huesos, quien restó méritos al hessiano como jinete. El joven afirmó que aquel soldado de las tinieblas se le había aparecido por sorpresa una noche cuando regresaba del pueblo cercano de Sing-Sing; que le había propuesto echarle una carrera por un tazón de ponche, y que además le habría ganado —pues Temerario había vencido con contundencia al caballo demoníaco— de no ser porque justo cuando ambos estaban llegando al puente de la iglesia el hessiano dio un salto y desapareció en medio de un fogonazo. Todas estas historias, que se contaron en esa adormecedora voz baja que los hombres ponen cuando hablan a oscuras, con los rostros de los oyentes iluminados sólo de vez en cuando por el brillo ocasional de una pipa, causaron una honda impresión en Ichabod. Este les correspondió del mismo modo recitando largos pasajes del para él inestimable escritor Cotton Mather, y añadió a su intervención muchos hechos maravillosos que habían tenido lugar en su estado natal de Connecticut y algunas apariciones espantosas que había visto en sus paseos nocturnos por los alrededores de Sleepy Hollow. La fiesta fue luego llegando gradualmente a su fin. Los viejos granjeros reunieron a sus familias en sus carros, y los ecos de estos se oyeron durante un tiempo mientras traqueteaban por los vacíos caminos y a través de las lejanas colinas. Algunas de las damiselas montaron detrás de sus galanteadores favoritos, y sus alegres risas, entremezcladas con el ruido de los cascos de los caballos, resonaron por los silenciosos bosques, hasta que poco a poco fueron extinguiéndose y la reciente escena de alboroto y jolgorio quedó completamente desierta y en calma. Sólo Ichabod alargó un poco la velada, conforme era costumbre en el campo entre los pretendientes, para tener una conversación íntima con la heredera, totalmente convencido de que estaba ya en el buen camino hacia el éxito. No pretendo decir qué pasó en dicho encuentro, pues lo cierto es que no lo sé. Sin embargo, me temo que algo debió de ir mal, pues Ichabod salió bruscamente de la casa, al cabo de no mucho rato, con un aire completamente desolado y abatido. ¡Cómo son las mujeres! ¿Podía haber estado poniendo quizás en práctica aquella coqueta uno de sus ardides? ¿Eran las esperanzas que daba al pobre pedagogo un mero teatro para asegurarse la conquista de su rival? Sólo Dios sabe, ¡yo desde luego no! Baste decir que Ichabod salió de allí en silencio como alguien que hubiera asaltado un gallinero, en vez del corazón de una bella dama. Sin desviar la mirada para contemplar el panorama de opulencia rural en el que se había regodeado tantas veces, se fue directo a la cuadra, y con varias cachetadas recias y patadas despertó a su caballo de forma sumamente descortés en el cómodo compartimento donde se encontraba profundamente dormido, soñando con montañas de maíz y avena y valles enteros de hierba y tréboles. A la mismísima hora de las brujas, Ichabod, apesadumbrado y decaído, seguía viajando hacia su casa a lo largo de una de las vertientes de las altas colinas que se elevan sobre Tarry Town, y que tan alegremente había atravesado esa tarde. La hora era tan sombría como el ánimo del hombre. Abajo en la distancia el Tappan Zee extendía su vacía y oscura masa acuosa, con algún que otro mástil elevándose aquí y allá, perteneciente a una balandra silenciosamente anclada en el fondo del valle. En el silencio sepulcral de la medianoche Ichabod podía incluso oír el ladrido de un perro guardián en la orilla contraria del Hudson; pero era tan vago y débil que sólo le permitía hacerse una idea de la gran distancia que lo separaba de aquel fiel compañero del hombre. Asimismo, de vez en cuando, se oía muy a lo lejos el prolongado cacareo de un gallo despierto por accidente en alguna granja entre las colinas; pero al maestro le parecía como si aquel sonido fuera producto de un sueño. No se daban signos de vida cerca de él, salvo de tanto en tanto el chirrido melancólico de un grillo, o quizás el canto gutural de una rana toro en una ciénaga próxima, como si estuviera durmiendo incómoda y se girase de repente en su lecho. En ese momento a Ichabod le vinieron de golpe a la memoria todas las historias de duendes y fantasmas que había oído aquella tarde. La noche se estaba volviendo cada vez más oscura; las estrellas parecían hundirse más y más en el cielo, y a veces las impetuosas nubes bloqueaban su visión. Ichabod nunca se había sentido tan solo y abatido. Estaba acercándose, además, al lugar preciso donde se habían situado muchas de aquellas historias de fantasmas. En el centro del camino se alzaba un enorme tulípero, que descollaba como un gigante sobre todos los demás árboles de los alrededores y constituía una especie de punto de referencia en el paisaje. Sus ramas eran extrañas y nudosas, y lo bastante grandes como para ser troncos de árboles normales, y bajaban hasta casi tocar el suelo para luego elevarse de nuevo en el aire. Estaba ligado a la trágica historia del infortunado André, al que habían cogido prisionero cerca de él, y todo el mundo lo conocía como «el árbol del comandante André». La gente común lo veía con una mezcla de respeto y superstición, en parte por lástima por el destino del desventurado que le había dado su nombre, y en parte por las historias de visiones extrañas y lúgubres lamentos que se contaban acerca de él. Cuando se aproximaba a este árbol espantoso, Ichabod se puso a silbar; le pareció entonces que alguien le devolvía el silbido, pero no era más que una ráfaga de viento pasando de repente por entre las ramas secas. Al acercarse un poco más, creyó ver algo blanco colgando en medio del árbol. Ichabod se detuvo y paró de silbar, pero al mirar más de cerca, advirtió que era una parte del árbol, dañada por un rayo, en la que la blanca madera había quedado expuesta. De pronto oyó un crujido —los dientes le castañetearon y sus rodillas dieron contra la silla—; pero sólo era una rama enorme rozando con otra al ser sacudidas ligeramente por la brisa. El hombre pasó junto al árbol sin percance alguno, pero nuevos peligros aguardaban frente a él. A unos doscientos metros del árbol, un pequeño arroyo cruzaba el camino para luego adentrarse en una cañada cenagosa y densamente arbolada conocida como el Pantano de Wiley. Unos cuantos troncos toscos, colocados uno al lado del otro, servían de puente sobre la corriente. En el lado del camino donde el arroyo se internaba en el bosque, un grupo de robles y castaños, cubiertos de manera profusa con vides silvestres, proyectaban sobre él una oscuridad cavernosa. Pasar aquel puente resultaba sumamente difícil. Había sido exactamente allí donde habían capturado al infortunado André, y los fuertes y robustos granjeros que lo sorprendieron se habían escondido en la espesura de aquellos castaños y vides. Desde entonces, se considera que el arroyo está embrujado, y el colegial que ha de cruzarlo solo después de anochecer lo hace con el corazón encogido. El de Ichabod comenzó a palpitar con fuerza al acercarse al agua; no obstante, el maestro hizo acopio de toda su determinación, dio a su caballo una decena de patadas en las costillas e intentó cruzar el puente con rapidez; pero en vez de avanzar, el viejo y tozudo animal hizo un movimiento lateral y se lanzó de costado contra una cerca. Ichabod, ahora más asustado aún debido al contratiempo, tiró de las riendas hacia el otro lado y pateó con energía al animal con el pie contrario, mas todo fue en balde; su corcel echó a andar, es cierto, pero sólo para lanzarse hacia un matorral de zarzas y arbustos de aliso en el lado opuesto del camino. El maestro aplicó entonces la fusta y el tacón a las flacas costillas del viejo Pólvora, que salió disparado hacia delante, resollando y resoplando, pero se frenó justo al llegar al puente con una brusquedad que a punto estuvo de hacer salir volando a su jinete por encima de su cabeza. Justamente en ese momento, el fino oído de Ichabod oyó un pesado chapoteo cerca de la pasarela. Bajo la oscura sombra de los árboles, al borde del arroyo, vio una enorme silueta tenebrosa y amorfa. No se movía, pero daba la impresión de estar encogida en la penumbra, como si fuera algún tipo de monstruo gigantesco preparado para abalanzarse sobre el viajero. Al aterrado pedagogo se le pusieron los cabellos de punta por el miedo. ¿Qué iba a hacer? Era ya demasiado tarde para darse la vuelta y huir; y, además, ¿qué posibilidades había de escapar de un fantasma o aparecido —si es que eso era— capaz de moverse tan rápido como el viento? De modo que, armándose de fingido coraje, preguntó en tono tartamudeante: «¿Quién eres?». No recibió contestación. Volvió a hacer la misma pregunta con voz aún más agitada. Siguió sin haber respuesta. Ichabod aporreó una vez más los costados del inflexible Pólvora y, cerrando los ojos, comenzó a entonar un salmo con involuntario fervor. Justo en ese momento, el sombrío objeto de alarma se puso en movimiento, y, con el remonte de una pequeña subida y un brinco, se plantó de inmediato en medio del camino. Aunque la noche era oscura y lóbrega, era posible distinguir hasta cierto punto la forma del desconocido. Parecía tratarse de un jinete corpulento montado en un caballo negro de físico poderoso. No manifestó ninguna intención de acoso o socialización, sino que se mantuvo alejado a un lado del camino, trotando por el flanco ciego del viejo Pólvora, que se había sobrepuesto ya a su miedo y terquedad. Ichabod, que no gustaba de la compañía de aquel extraño a medianoche, y se acordaba de la aventura de Brom el Huesos con el hessiano que galopa por el valle, hizo entonces apretar el paso a su montura con la esperanza de dejarlo atrás. No obstante, el desconocido hizo acelerar a su caballo al mismo ritmo. Entonces Ichabod se detuvo, y se puso a andar, con idea de que el otro lo adelantara; pero este hizo lo mismo que él. El maestro empezó a desasosegarse; trató de reanudar su salmo, pero tenía la lengua reseca y pegada al paladar, y no pudo articular una sola estrofa. Había algo misterioso y horrible en el obstinado silencio taciturno de su pertinaz acompañante, para el cual se halló pronto una terrorífica explicación. Al ascender una loma, hecho que hizo que la figura de su compañero de viaje se recortase sobre el cielo, gigantesco en altura y envuelto en una capa, Ichabod se quedó horrorizado al advertir que ¡no tenía cabeza!; pero su horror fue todavía mayor al observar que aquel ser llevaba la testa que debería haber descansado sobre sus hombros sujeta delante de él, sobre la perilla de su silla de montar. El terror de Ichabod creció hasta tornarse desesperación, y el hombre descargó una lluvia de coces y golpes sobre Pólvora, con la esperanza de zafarse de su acompañante con un movimiento inesperado; mas el espectro salió inmediatamente tras él a toda velocidad. Los dos, pues, se lanzaron al galope, salvando todos los obstáculos, haciendo saltar piedras y chispas con cada brinco. La liviana ropa de Ichabod se agitaba en el aire mientras este estiraba su cuerpo larguirucho sobre la cabeza de su caballo en su ansia por escapar de su perseguidor. Llegaron entonces al camino que se desviaba hacia Sleepy Hollow; pero Pólvora, que parecía poseído por un demonio, en vez de seguir cuesta arriba por él, torció hacia el lado contrario y se lanzó de cabeza hacia la izquierda colina abajo. Este último camino conduce a través de una hondonada arenosa y a la sombra de los árboles durante un cuarto de milla, y luego cruza el famoso puente de las historias de fantasmas, justo tras el cual se eleva el verde cerro en cuya cima se levanta la iglesia de paredes enjalbegadas. Hasta el momento el pánico del corcel había dado a su torpe jinete una aparente ventaja en la persecución; pero, justo cuando ya había atravesado la mitad de la hondonada, las cinchas de su silla de montar se rompieron, e Ichabod notó cómo esta empezaba a resbalarse debajo de él. La agarró entonces por la perilla e intentó sujetarla, mas fue en vano; tuvo el tiempo justo para salvarse agarrándose al cuello del viejo Pólvora, momento en que la silla cayó al suelo e Ichabod oyó cómo su perseguidor pasaba por encima de ella con su caballo. Por un instante lo asaltó el terror a sufrir la ira de Hans van Ripper, ya que se trataba de su silla de los domingos; pero aquel no era momento para miedos intrascendentes; el espectro le pisaba los talones, e Ichabod (siendo como era un mal jinete) tenía muchos problemas para mantenerse a lomos de su montura, resbalándose unas veces por uno de sus costados, otras por el otro y botando en ocasiones sobre la parte superior de la columna de su caballo con tal violencia que verdaderamente temía partirlo en dos. Un claro entre los árboles lo animó con la esperanza de que el puente de la iglesia estuviera ya cerca. El trémulo reflejo de una estrella plateada en el seno del arroyo le reveló que no se equivocaba. Ichabod vio las paredes de la iglesia brillando tenuemente bajo los árboles del otro lado, y recordó el lugar en el que había desaparecido el contrincante fantasmal de Brom el Huesos. «Si logro alcanzar el puente —pensó Ichabod—, estaré a salvo». Justo en ese momento oyó al corcel negro jadeando y resollando detrás de él, e incluso le pareció notar su aliento caliente. Otro taconazo convulsivo en las costillas y el viejo Pólvora saltó sobre el puente, cuyas tablas resonaron con estruendo a su paso. Ichabod alcanzó el otro lado, y entonces se giró para ver si su perseguidor desaparecía, de acuerdo a la norma, en un fogonazo de fuego y azufre. Justo entonces vio al espectro ponerse de pie sobre sus estribos, y en pleno acto de arrojarle su cabeza. Ichabod trató de esquivar el horrible misil, pero no tuvo tiempo. Este impactó contra su cráneo con un estrépito tremendo; el maestro cayó de cabeza al suelo, y Pólvora, el corcel negro y el jinete fantasma se alejaron pasando junto a él como una exhalación. A la mañana siguiente encontraron al viejo caballo mordisqueando sobriamente la hierba a la puerta de la finca de su dueño, sin su silla y con la brida bajo sus cascos. Ichabod no se presentó a desayunar como de costumbre. Más tarde llegó la hora del almuerzo, pero Ichabod siguió sin aparecer. Los muchachos se reunieron en la escuela y se pasearon ociosamente por las orillas del riachuelo, pero, del maestro, ni rastro. Hans van Ripper comenzó entonces a sentir cierta inquietud por la suerte del pobre Ichabod y su silla. Se formó un grupo de búsqueda, y, tras una diligente investigación a pie, dieron con su pista. En una parte del camino que llevaba a la iglesia se encontró la silla de montar pisoteada; las huellas de los cascos de los caballos, marcadas con fuerza en la tierra del camino y claramente a una velocidad vertiginosa, fueron seguidas hasta el puente, al otro lado del cual, a orillas de un tramo ancho del arroyo donde el agua corría oscura y profunda, se halló el sombrero del desventurado Ichabod, así como, a escasa distancia de él, una calabaza hecha pedazos. Se realizó una batida por las inmediaciones del arroyo, pero el cuerpo del maestro no llegó a encontrarse. Hans van Ripper, como albacea de su herencia, examinó el hato que contenía todos sus efectos materiales. Estos consistían en dos camisas y media, dos stocks para el cuello, un par o dos de medias de estambre, un viejo par de calzones de pana, una navaja de afeitar oxidada, un libro de salmos con las esquinas de muchas de sus páginas dobladas y un diapasón de boca roto. En cuanto a los libros y muebles de la escuela, pertenecían a la comunidad, exceptuando la Historia de la brujería de Cotton Mather, un almanaque de Nueva Inglaterra y un libro sobre sueños y adivinación, en el cual había una hoja de papel llena de frases poco legibles y borrones que constituían diversos intentos sin éxito de escribir versos en honor de la heredera de Van Tassel. Hans van Ripper lanzó al fuego inmediatamente aquellos libros de magia y garabatos poéticos, y a partir de ese mismo momento decidió dejar de mandar a sus hijos a la escuela, observando que jamás había visto que sirviese de nada la lectura ni escritura de aquella clase de cosas. Tuviera el dinero que tuviera el maestro —y este había recibido su salario del último trimestre sólo uno o dos días antes—, debía de haberlo llevado encima en el momento de su desaparición. El misterioso suceso dio pie a muchas especulaciones el domingo siguiente en la iglesia. Se formaron corrillos de curiosos y chismosos en el jardín de la iglesia, en el puente y en el lugar donde se habían encontrado el sombrero y la calabaza. Acudieron a su memoria las historias de Brouwer, del Huesos y de un montón de otras personas; y, cuando las hubieron considerado de forma cuidadosa y comparado con los indicios de aquel caso, sacudieron la cabeza resignados y llegaron a la conclusión de que a Ichabod se lo había llevado el hessiano que galopaba por el valle. Como el maestro era soltero y no debía dinero a ningún vecino, nadie se preocupó más por su suerte, la escuela se trasladó a otra parte del valle y otro pedagogo reinó en su lugar. Es cierto que un viejo granjero que estuvo de visita en Nueva York varios años después, y que fue quien me hizo este relato de la aventura fantasmal, llevó a su pueblo la noticia de que Ichabod Crane seguía vivo; de que se había marchado de la zona, en parte por miedo al espectro y a Hans van Ripper, y en parte por la vergüenza que le había producido el súbito rechazo de la heredera; de que se había trasladado a una región distante del país, había seguido dando clases y cursado estudios de derecho al mismo tiempo, había ingresado en la abogacía, se había convertido en político, había hecho campaña electoral, había escrito para los periódicos y, finalmente, lo habían hecho juez del Tribunal de Causas Menores. Se observó además que Brom el Huesos, quien había conducido al altar de manera triunfante a la radiante Katrina poco después de la desaparición de su rival, adoptaba una expresión taimada cada vez que alguien relataba la historia de Ichabod, y siempre se echaba a reír sonoramente cuando se mencionaba la calabaza; lo cual hacía sospechar a algunos que sabía más del asunto de lo que quería confesar. No obstante, las viejas matronas de la comarca, que son las que más entienden de estas cuestiones, mantienen hasta la fecha que hicieron desaparecer a Ichabod por medios sobrenaturales; y esta es una historia muy popular en la región, que se cuenta muy a menudo en torno al fuego en las noches de invierno. El puente pasó a ser objeto de más temores supersticiosos que nunca, y tal vez sea esa la razón de que el trazado del camino se haya modificado en los últimos años para que se aproxime a la iglesia por el borde de la represa del molino. El abandono de la escuela provocó que esta última acabara al poco tiempo en un estado ruinoso, y se decía que la rondaba el fantasma del desventurado pedagogo; y los chicos que trabajan en el campo, cuando regresan a casa sin prisa en las silenciosas tardes de verano, creen oír a menudo su voz en la distancia, entonando un salmo melancólico entre las tranquilas soledades de Sleepy Hollow. EPÍLOGO HALLADO, DEL PUÑO Y LETRA DEL SR. KNICKERBOCKER El relato anterior se ofrece casi con las mismas palabras exactas con que lo oí contar en una reunión de la corporación municipal de la antigua ciudad de Manhattoes, en la cual se hallaban presentes muchos de sus ciudadanos más sabios e ilustres. El narrador era un desastrado anciano agradable y caballeroso, con un semblante divertido pero teñido de tristeza, que vestía de color grisáceo, y cuyos grandes esfuerzos por resultar entretenido me hicieron sospechar fuertemente que era pobre. Cuando concluyó su historia, hubo muchas risas y palabras de aprobación, especialmente por parte de dos o tres viceconcejales que se habían pasado dormidos la mayoría del tiempo. No obstante, hubo un caballero alto y mayor, de aspecto serio y cejas prominentes, que mantuvo una expresión grave y bastante severa durante todo el relato, y que de vez en cuando cruzaba los brazos, inclinaba la cabeza y miraba al suelo como si estuviera dando vueltas en su cabeza a alguna duda. Era uno de esos hombres precavidos que sólo ríen si tienen buenos motivos para ello: es decir, si tienen la razón y la ley de su lado. Cuando las risas del resto de los presentes se apagaron y volvió a hacerse el silencio, el hombre apoyó un brazo en la parte homónima de su silla y, poniendo el otro en jarras, preguntó, con un movimiento de cabeza y una contracción del ceño leves pero sumamente solemnes, cuál era la moraleja de la historia y qué venía a demostrar. El narrador, quien estaba justo llevándose una copa de vino a los labios para refrescarse tras el duro trabajo, se quedó parado por un segundo, miró a su interrogador con un aire de infinita deferencia y, bajando lentamente la copa a la mesa, apuntó que la historia pretendía demostrar con toda la lógica del mundo: «que no hay situación en la vida por difícil que sea que no tenga sus cosas buenas y agradables, siempre y cuando nos la tomemos con sentido del humor;»que, en consecuencia, aquel que echa carreras con soldados fantasma tiene muchas probabilidades de pasarlas moradas en ellas;»ergo, que a un maestro rural le nieguen la mano de una rica heredera holandesa es indudablemente un escalón hacia un cargo elevado en el sector público.» El cauteloso caballero de edad avanzada frunció mil veces más el entrecejo tras esta explicación, pues el razonamiento de aquel silogismo lo había dejado terriblemente confundido; y, al mismo tiempo, me pareció ver al anciano vestido de gris lanzarle una especie de mirada ladina y triunfante. Al final el primero comentó que toda aquella historia estaba muy bien, pero que le seguía pareciendo un poco extravagante; había uno o dos puntos sobre los que tenía sus dudas. «A fe mía, señor —le contestó el narrador—, que a ese respecto yo mismo no me creo la mitad de ella.» D. K. FIN Autor: Washington Irving Título: La leyenda de Sleepy Hollow Título Original: The Legend of Sleepy Hollow Publicado en: The Sketch Book of Geoffrey Crayon, Gent (1820) Traducción: Axel Alonso Valle
- "Aceite de perro", cuento de Ambrose Bierce
Me llamo Boffer Bings. Nací de padres honestos en uno de los más humildes caminos de la vida: mi padre era fabricante de aceite de perro y mi madre poseía un pequeño estudio, a la sombra de la iglesia del pueblo, donde se ocupaba de los no deseados. En la infancia me inculcaron hábitos industriosos; no solamente ayudaba a mi padre a procurar perros para sus cubas, sino que con frecuencia era empleado por mi madre para eliminar los restos de su trabajo en el estudio. Para cumplir este deber necesitaba a veces toda mi natural inteligencia, porque todos los agentes de ley de los alrededores se oponían al negocio de mi madre. No eran elegidos con el mandato de oposición, ni el asunto había sido debatido nunca políticamente: simplemente era así. La ocupación de mi padre —hacer aceite de perro— era naturalmente menos impopular, aunque los dueños de perros desaparecidos lo miraban a veces con sospechas que se reflejaban, hasta cierto punto, en mí. Mi padre tenía, como socios silenciosos, a dos de los médicos del pueblo, que rara vez escribían una receta sin agregar lo que les gustaba designar Oil Can. Es realmente la medicina más valiosa que se conoce; pero la mayoría de las personas es reacia a realizar sacrificios personales para los que sufren, y era evidente que muchos de los perros más gordos del pueblo tenían prohibido jugar conmigo, hecho que afligió mi joven sensibilidad y en una ocasión estuvo a punto de hacer de mí un pirata. A veces, al evocar aquellos días, no puedo sino lamentar que, al conducir indirectamente a mis queridos padres a su muerte, fui el autor de desgracias que afectaron profundamente mi futuro. Una noche, al pasar por la fábrica de aceite de mi padre con el cuerpo de un niño rumbo al estudio de mi madre, vi a un policía que parecía vigilar atentamente mis movimientos. Joven como era, yo había aprendido que los actos de un policía, cualquiera sea su carácter aparente, son provocados por los motivos más reprensibles, y lo eludí metiéndome en la aceitería por una puerta lateral casualmente entreabierta. Cerré en seguida y quedé a solas con mi muerto. Mi padre ya se había retirado. La única luz del lugar venía de la hornalla, que ardía con un rojo rico y profundo bajo uno de los calderos, arrojando rubicundos reflejos sobre las paredes. Dentro del caldero el aceite giraba todavía en indolente ebullición y empujaba ocasionalmente a la superficie un trozo de perro. Me senté a esperar que el policía se fuera, el cuerpo desnudo del niño en mis rodillas, y le acaricié tiernamente el pelo corto y sedoso. ¡Ah, qué guapo era! Ya a esa temprana edad me gustaban apasionadamente los niños, y mientras miraba al querubín, casi deseaba en mi corazón de que la pequeña herida roja de su pecho —la obra de mi querida madre— no hubiese sido mortal. Era mi costumbre arrojar los niños al río que la naturaleza había provisto sabiamente para ese fin, pero esa noche no me atreví a salir de la aceitería por temor al agente. «Después de todo», me dije, «no puede importar mucho que lo ponga en el caldero. Mi padre nunca distinguiría los huesos de los de un cachorro, y las pocas muertes que pudiera causar el reemplazo del incomparable Oil Can por otra especie de aceite no tendrán mayor incidencia en una población que crece tan rápidamente». En resumen, di el primer paso en el crimen y atraje sobre mí indecibles penurias arrojando el niño al caldero. Al día siguiente, un poco para mi sorpresa, mi padre, frotándose las manos con satisfacción, nos informó a mí y a mi madre que había obtenido un aceite de una calidad nunca vista por los médicos a quienes había llevado muestras. Agregó que no tenía conocimiento de cómo se había logrado ese resultado: los perros habían sido tratados en forma absolutamente usual, y eran de razas ordinarias. Consideré mi obligación explicarlo, y lo hice, aunque mi lengua se habría paralizado si hubiera previsto las consecuencias. Lamentando su antigua ignorancia sobre la ventaja de una fusión de sus industrias, mis padres tomaron de inmediato medidas para reparar el error. Mi madre trasladó su estudio a un ala del edificio de la fábrica y cesaron mis deberes en relación con sus negocios: ya no me necesitaban para eliminar los cuerpos de los pequeños superfluos, ni había por qué conducir perros a su destino: mi padre los desechó por completo, aunque conservaron un lugar destacado en el nombre del aceite. Tan bruscamente impulsado al ocio, se podría haber esperado naturalmente que me volviera ocioso y disoluto, pero no fue así. La sagrada influencia de mi querida madre siempre me protegió de las tentaciones que acechan a la juventud, y mi padre era diácono de la iglesia. ¡Ay, que personas tan estimables llegaran por mi culpa a tan desgraciado fin! Al encontrar un doble provecho para su negocio, mi madre se dedicó a él con renovada asiduidad. No se limitó a suprimir a pedido niños inoportunos: salía a las calles y a los caminos a recoger niños más crecidos y hasta aquellos adultos que podía atraer a la aceitería. Mi padre, enamorado también de la calidad superior del producto, llenaba sus cubas con celo y diligencia. En pocas palabras, la conversión de sus vecinos en aceite de perro llegó a convertirse en la única pasión de sus vidas. Una ambición absorbente y arrolladora se apoderó de sus almas y reemplazó en parte la esperanza en el Cielo que también los inspiraba. Tan emprendedores eran ahora, que se realizó una asamblea pública en la que se aprobaron resoluciones que los censuraban severamente. Su presidente manifestó que todo nuevo ataque contra la población sería enfrentado con espíritu hostil. Mis pobres padres salieron de la reunión desanimados, con el corazón destrozado y creo que no del todo cuerdos. De cualquier manera, consideré prudente no ir con ellos a la aceitería esa noche y me fui a dormir al establo. A eso de la medianoche, algún impulso misterioso me hizo levantar y atisbar por una ventana de la habitación del horno, donde sabía que mi padre pasaba la noche. El fuego ardía tan vivamente como si se esperara una abundante cosecha para mañana. Uno de los enormes calderos burbujeaba lentamente, con un misterioso aire contenido, como tomándose su tiempo para dejar suelta toda su energía. Mi padre no estaba acostado: se había levantado en ropas de dormir y estaba haciendo un nudo en una fuerte soga. Por las miradas que echaba a la puerta del dormitorio de mi madre, deduje con sobrado acierto sus propósitos. Inmóvil y sin habla por el terror, nada pude hacer para evitar o advertir. De pronto se abrió la puerta del cuarto de mi madre, silenciosamente, y los dos, aparentemente sorprendidos, se enfrentaron. También ella estaba en ropas de noche, y tenía en la mano derecha la herramienta de su oficio, una aguja de hoja alargada. Tampoco ella había sido capaz de negarse el último lucro que le permitieran la poca amistosa actitud de los vecinos y mi ausencia. Por un instante se miraron con furia a los ojos y luego saltaron juntos con ira indescriptible. Luchaban alrededor de la habitación, maldiciendo el hombre, la mujer chillando, ambos peleando como demonios, ella para herirlo con la aguja, él para estrangularla con sus grandes manos desnudas. No sé cuánto tiempo tuve la desgracia de observar ese desagradable ejemplo de infelicidad doméstica, pero por fin, después de un forcejeo particularmente vigoroso, los combatientes se separaron repentinamente. El pecho de mi padre y el arma de mi madre mostraban pruebas de contacto. Por un momento se contemplaron con hostilidad, luego, mi pobre padre, malherido, sintiendo la mano de la muerte, avanzó, tomó a mi querida madre en los brazos desdeñando su resistencia, la arrastró junto al caldero hirviente, reunió todas sus últimas energías ¡y saltó adentro con ella! En un instante ambos desaparecieron, sumando su aceite al de la comisión de ciudadanos que había traído el día anterior la invitación para la asamblea pública. Convencido de que estos infortunados acontecimientos me cerraban todas las vías hacia una carrera honorable en ese pueblo, me trasladé a la famosa ciudad de Otumwee, donde se han escrito estas memorias, con el corazón lleno de remordimiento por el acto de insensatez que provocó un desastre comercial tan terrible. Autor: Ambrose Bierce Título: Aceite de perro Título Original: Oil of Dog Publicado en: Oakland Daily Evening Tribune, 11 de octubre de 1890 Traducción: Javier Sánchez García-Gutiérrez
- "Un médico rural", cuento de Franz Kafka
Me encontraba en un serio dilema: debía emprender un viaje urgente; un enfermo de gravedad me esperaba en un pueblo a diez millas de distancia; un fuerte temporal de nieve barría el vasto espacio que nos separaba; yo tenía un coche, un cochecito liviano, de grandes ruedas, exactamente lo más apropiado para nuestros caminos de campo; envuelto en el abrigo de pieles, con mi maletín de instrumental en la mano, esperaba en el patio, listo para partir; pero faltaba el caballo, no había caballo. El mío se había muerto la noche anterior, agotado por las fatigas de ese invierno gélido; mi criada corría ahora por el pueblo, en busca de un caballo prestado; pero no había esperanzas, yo lo sabía, y cada vez más cubierto de nieve, cada vez más incapaz de movimiento, permanecía allí, sin saber qué hacer. En la puerta apareció la muchacha, sola, y agitó la lámpara; naturalmente, ¿quién iba a prestarme su caballo para semejante viaje, a semejante hora? Una vez más atravesé el patio; no descubría ninguna solución; desesperado, enloquecido, golpeé con el pie la ruinosa puerta de la pocilga, deshabitada desde hacía años. La puerta se abrió, y siguió oscilando sobre sus bisagras. Un vapor y un olor como de caballos salió de la pocilga. Una débil linterna colgaba de una cuerda. Un individuo, acurrucado junto al tabique bajo, mostró su rostro claro, de ojos azules. —¿Los engancho al coche? —preguntó, acercándose a cuatro patas. Yo no sabía qué decirle, y sólo me agaché para ver qué había dentro de la pocilga. La criada estaba a mi lado. —Uno no sabe nunca lo que puede encontrar en su propia casa —dijo ésta, y ambos nos reímos. —¡Eh, Hermano, eh, Hermana! —llamó el caballerizo, y dos caballos, dos poderosos animales de fuertes flancos, con las piernas dobladas y apretadas contra el cuerpo, las perfectas cabezas agachadas, como las de los camellos, mediante movimientos del cuarto trasero se abrieron paso reptando uno tras otro por el hueco de la puerta, que llenaban por completo. Pero inmediatamente se irguieron sobre sus largas patas, despidiendo un espeso vapor. —Ayúdale —dije, y la atenta muchacha se apresuró a ayudar al caballerizo ocupado en enganchar los caballos. Pero apenas llegó a su lado, el hombre la abrazó y acercó su cara a la cara de la joven. Ésta gritó, y huyó hacia mí; sobre sus mejillas se veían, rojas, las marcas de dos hileras de dientes. —¡Bestia! —grité furioso—. ¿Quieres que te azote? Pero luego pensé que era un desconocido; que yo no sabía de dónde venía, y que me ofrecía ayuda cuando todos me habían fallado. Como si hubiera adivinado mis pensamientos, no se ofendió por mi amenaza, y siempre atareado con los caballos, sólo se volvió una vez hacia mí. —Suba —me dijo; y, en efecto, todo estaba preparado. Observo entonces que nunca había tenido un par de caballos tan hermosos, y subo alegremente. —Pero yo conduciré; tú no conoces el camino —agrego. —Naturalmente —dice él—, yo no voy con usted, me quedo con Rosa. —¡No! —grita Rosa, y huye hacia la casa, presintiendo con toda razón la inevitabilidad de su destino; oigo el ruido de la cadena de la puerta, al correr en el cerrojo; oigo girar la llave en la cerradura; veo además que Rosa apaga todas las luces del vestíbulo, y siempre huyendo, las de las habitaciones restantes, para que no puedan encontrarla. —Tú te vienes conmigo —digo al mozo—, o desisto de mi viaje, por más urgente que sea. No pienso dejarte a la muchacha como pago del viaje. —¡Arre! —grita él; y da una palmada; el coche parte arrastrado como una madera en el torrente; todavía tengo tiempo de oír el ruido de la puerta de mi casa que cae hecha pedazos bajo los embates del mozo, luego mis ojos y mis oídos se hunden en el remolino de la tormenta que confunde uniformemente todos mis sentidos. Pero esto sólo dura un instante; en efecto, como si frente a mi puerta se encontrara la puerta de mi paciente, ya estoy allí; los caballos se detienen; la nevada ha cesado; claro de luna en torno; los padres de mi paciente salen ansiosos de la casa; su hermana los sigue; me ayuda a bajar inmediatamente del coche; no entiendo sus confusas palabras; en el cuarto del enfermo el aire es casi irrespirable; la estufa, desatendida, echa humo; quiero abrir la ventana; pero antes voy a ver al enfermo. Delgado, sin fiebre, ni caliente ni frío, con ojos inexpresivos, sin camisa, el joven se yergue bajo el edredón de plumas, se abraza a mi cuello y me susurra al oído: —Doctor, déjeme morir. Miro a mi alrededor; nadie le ha oído; los padres callan, inclinados hacia delante, esperando mi veredicto; la hermana me ha traído una silla para que coloque mi maletín. Abro el maletín y busco entre mis instrumentos; el joven sigue tironeándome desde su lecho, para recordarme su súplica; tomo un par de pincitas, las examino a la luz de la bujía, y las deposito nuevamente. «Sí —pienso como un blasfemo—, en estos casos los dioses nos ayudan, nos envían el caballo que necesitamos, y dada nuestra prisa nos agregan otro; para colmo nos conceden un caballerizo…». Sólo en ese momento me acuerdo de Rosa; ¿qué hacer, cómo rescatarla, cómo salvarla de las garras de aquel caballerizo, a diez millas de distancia, con un par de caballos imposibles de manejar? Esos caballos, que no sé cómo se han soltado de las riendas; desde afuera, tampoco sé cómo, han empujado la ventana; asoman la cabeza, cada uno por una ventana, y sin preocuparse por las exclamaciones de la familia, contemplan al enfermo. «Tengo que regresar inmediatamente», pienso, como si los caballos me invitaran al viaje, pero sin embargo permito que la hermana, que me cree mareado por el calor, me quite el abrigo de pieles. Me sirven una copa de ron, el anciano me palmea el hombro, porque el ofrecimiento de su tesoro le justifica esta familiaridad. Meneo la cabeza, en el estrecho ámbito de los pensamientos del anciano, debo de estar enfermo; ésa es la única razón de mi negativa. La madre permanece junto al lecho y me induce a acercarme; obedezco, y mientras un caballo relincha estridentemente hacia el cielo raso, apoyo la cabeza sobre el pecho del joven, que se estremece bajo mi barba mojada. Se confirma lo que ya sabía: el joven está sano, tiene algún trastorno circulatorio; está saturado de café que su solícita madre le sirve, pero sano; lo mejor sería sacarle de un tirón de la cama. No soy ningún reformador universal, y le dejo donde está. Soy el médico del distrito, y cumplo con mi obligación hasta donde puedo, hasta un punto que ya es una exageración. Mal pagado, soy sin embargo generoso con los pobres y trato de ayudarles. Todavía tengo que ocuparme de Rosa, luego puede el joven hacer lo que se le ocurra, y yo morirme, también. ¿Qué hago aquí, en este interminable invierno? Mi caballo ha muerto, y no hay nadie en el pueblo que me preste el suyo. Me veo obligado a buscar caballos en la pocilga; si por casualidad no hubiera encontrado esos caballos habría debido recurrir a los cerdos. Así es. Y saludo a la familia con un movimiento de cabeza. No saben nada de todo esto, y si lo supieran, no lo creerían. Es fácil escribir recetas, pero fuera de eso, entenderse con la gente es difícil. Ahora bien, ya he cumplido con mi visita, una vez más me han molestado inútilmente, estoy acostumbrado; con esa campanilla nocturna, todo el distrito me martiriza, pero que además tenga que sacrificar ahora a Rosa, esa hermosa muchacha, que durante tantos años ha vivido en mi casa casi sin que yo me diera cuenta de su presencia… ese holocausto es excesivo, y tengo que encontrarle alguna solución, cualquier cosa, para no dejarme arrastrar por esta familia, que con la mejor voluntad del mundo no podrían devolverme a mi Rosa. Pero mientras cierro el maletín y tiendo una mano hacia mi abrigo, la familia se reúne, el padre olfatea la copa de ron que tiene en la mano, la madre, evidentemente decepcionada conmigo —sí, ¿qué se imagina la gente?—, se muerde llorosa los labios, y la hermana agita un pañuelo lleno de sangre; me siento en cierto modo dispuesto a admitir, bajo ciertas condiciones, que tal vez el joven está enfermo. Me acerco a él, me sonríe como si le trajera la más mortificante de las sopas; ¡ah!, ahora los dos caballos relinchan juntos; ese estrépito ha sido seguramente dispuesto por los cielos para ayudarme en mi reconocimiento; y esta vez descubro que el joven está enfermo. En el costado derecho, cerca de la cadera, tiene una herida grande como la palma de mi mano. Rosada, con muchos matices, oscura en lo hondo, más clara en los bordes, ligeramente granulada, con coágulos irregulares de sangre, abierta como una mina al aire libre. Así es vista de lejos. De cerca, aparece sin embargo una complicación. ¿Quién la hubiera visto sin silbar? Gusanos, largos y gordos como mi dedo meñique, rosados y manchados de sangre, se retuercen, fijos en el interior de la herida, hacia la luz, con sus cabecitas blancas y sus numerosas patitas. Pobre muchacho, no tienes salvación. He descubierto tu gran herida; esta flor de tu costado te mata. La familia está radiante, me ven en plena actividad; la hermana se lo dice a la madre, la madre al padre, el padre a algunas visitas que entran por la puerta abierta a través del claro de luna, de puntillas, balanceando los brazos extendidos. —¿Me salvarás? —murmura sollozando el joven, deslumbrado por la vista de su herida. Así es la gente en mi distrito. Siempre esperan que el médico haga lo imposible. Han cambiado sus antiguas creencias; el cura se queda en su casa, y desgarra sus dalmáticas una tras otra; pero el médico todo lo puede, suponen ellos, con su diestra mano quirúrgica. Bueno, como quieran, yo no les pedí que me llamaran; si quieren usarme equivocadamente con fines religiosos, también eso les permitiré; ¿qué más puedo pedir yo, un viejo médico rural, despojado de su criada? Y acude la familia y los ancianos del pueblo, y me desvisten; un coro de colegiales, dirigido por el maestro, canta frente a la casa una melodía extraordinariamente simple con estas palabras: Desvístanlo, para que cure,Y si no cura, mátenlo.Sólo es un médico, sólo es un médico. Ya estoy desvestido, y con los dedos en la barba contemplo tranquilamente a la gente, cabizbajo. No pierdo mi compostura, y estoy preparado para todo, aunque no me sirve de nada, porque ahora me toman por la cabeza y los pies y me llevan a la cama. Me colocan junto a la pared, al lado de la herida. Luego salen todos de la habitación; cierran la puerta; el canto cesa; las nubes cubren la luna; las cálidas mantas me abrigan; como sombras, las cabezas de los caballos oscilan en el vano de las ventanas. —¿Sabes —me dice una voz al oído— que mi confianza en ti no es mucha? Ante todo, no has venido aquí por tus propios medios, sino a rastras. En vez de ayudarme, me incomodas en mi lecho de muerte. Lo que más me gustaría sería arrancarte los ojos. —Realmente —digo yo—, es una vergüenza. Y sin embargo soy médico. ¿Qué quieres que haga? Te aseguro que yo también me siento muy incómodo. —¿Y quieres que me conforme con esas disculpas? ¡Ah, supongo que sí! Siempre debo conformarme. Con una hermosa herida vine al mundo; ésa fue mi única dote. —Joven amigo —digo—, tu error es que no tienes bastante amplitud de miras. Yo, que he visitado todos los cuartos de los enfermos, aquí y allá, te lo aseguro: tu herida no es tan mala. Hecha con dos golpes de hacha, en ángulo agudo. Muchos ofrecen sus flancos, y no oyen el hacha en el bosque, y menos aún que el hacha se les acerca. —¿Es realmente verdad, o te aprovechas de mi fiebre para engañarme? —Es realmente así, palabra de honor de un médico oficial. Aceptó mi palabra, y guardó silencio. Pero ya era hora de pensar en mi liberación. Fielmente, los caballos permanecían aún en su lugar. Recogí rápidamente mis ropas, mi abrigo de piel y mi maletín; no quise perder tiempo en vestirme; si los caballos se daban tanta prisa como en el viaje de ida, era como saltar de esta cama a la mía. Obediente, uno de los caballos se retiró de la ventana; arrojé mis bártulos en el coche; la pelliza cayó fuera, y sólo quedó retenida por una manga en un gancho. Suficiente. Monté de un salto a un caballo; con las riendas caídas, un caballo mal atado al otro, el coche atrás, bamboleándose, y finalmente la pelliza que se arrastraba por la nieve. —¡Al galope! —grité, pero nada de galope; despacio, como viejos, nos arrastrábamos por los desiertos de nieve; largo tiempo se oyó tras de nosotros el nuevo y erróneo canto de los niños: Alegraos, oh pacientes,Ya os han puesto en cama al médico. A este paso no llegaré nunca a casa; mi floreciente reputación está perdida; un sucesor me roba la clientela, pero inútilmente, porque no puede reemplazarme; en mi casa cunde el furor del asqueroso caballerizo; Rosa es su víctima; no quiero ni pensarlo. Desnudo, expuesto a la helada de esta época desdichada, con un coche terreno y caballos ultraterrenos, vago por los campos, yo, un anciano. Mi pelliza cuelga detrás del coche, pero no puedo alcanzarla, y de la moviente chusma de mis clientes, ni uno mueve un dedo. ¡Traicionado! ¡Traicionado! Una sola vez que se conteste a una falsa llamada de la campanilla nocturna… y ya no hay esperanzas de arreglo. FIN Autor: Franz Kafka Título: Un médico rural Título Original: Ein Landarzt Publicado en: Die neue Dichtung. Ein Almanach (1918) Traducción: Juan Rodolfo Wilcock
- "Todas las lágrimas del mundo", cuento de Brian Aldiss
Era el último día del último verano del siglo LXXXIII d. C. Tarareando en voz baja, a gran altura en la estratosfera, viajaba en su balsa J. Smithlao, de profesión psicodinamista, sobre el Sector 139 de Ing Land. Comenzó a descender. Bajaba oblicuamente, como zambulléndose, hasta que volvió a ponerse horizontal y quedó oscilando en el aire sobre la propiedad de Charles Gunpat, eligiendo su curso sin que Smithlao le prestara atención. Para Smithlao ése era un trabajo de rutina. Iba, como psicodinamista de Gunpat, a hacerle un tratamiento de estímulo del odio. Su rostro moreno revelaba aburrimiento al mirar la réplica de los exteriores en sus telepantallas. Curiosamente, al hacerlo vio a un hombre que se aproximaba a pie a la propiedad de Gunpat. —Debe de ser un loco —murmuró para sí. Bajo la balsa que disminuía su velocidad, el paisaje era tan nítido como una heliografía. Los campos empobrecidos formaban rectángulos impecables. Aquí y allá, algún robot mantenía a la naturaleza en su propia imagen funcional: no se desgranaba una sola arveja sin supervisión cibernética: no llegaba ninguna abeja a los estambres sin que un radar controlara su vuelo. Cada pájaro tenía un número y una señal de llamada, y en cada ejército de hormigas marchaban las hormigas metálicas para transmitir información, contando los secretos del hormiguero hasta volver a la base. Cuando caía la lluvia, caía sobre un lugar predeterminado. El viejo y amable mundo de los factores azarosos había desaparecido bajo la presión del hambre. Ningún ser vivo vivía sin control. Las enormes poblaciones de los siglos anteriores habían agotado la tierra. Sólo la más estricta parsimonia, unida a un régimen sin piedad, producía suficiente alimento para la pequeña población actual. Los miles de millones habían muerto de hambre; los centenares que seguían vivos estaban al borde del hambre. En la estéril prolijidad del paisaje, la propiedad de Gunpat parecía un insulto. Abarcaba dos hectáreas, era una pequeña isla de vida salvaje. Los álamos altos y desgreñados cercaban el perímetro, invadiendo el césped y la casa. La casa misma, la principal del Sector 139, estaba construida con grandes bloques de piedra. Tenía que ser fuerte para resistir el peso de los servimecanismos, que, aparte de Gunpat y su hija loca, Ployploy, eran sus únicos ocupantes. Smithlao vio la figura humana que avanzaba a pie hacia la propiedad al descender con su balsa más abajo del nivel de los árboles. Por una enorme cantidad de razones, lo que veía era muy poco común. Como la gran riqueza material del mundo era compartida por comparativamente muy pocas personas, nadie era tan pobre como para tener que ir caminando a alguna parte. El creciente odio del hombre hacia la naturaleza, acicateado por la idea de que ella lo había traicionado, convertiría esa caminata en un castigo… a menos que esa persona fuera loca, como Ployploy. Apartando la figura de sus pensamientos, Smithlao aterrizó con la balsa en una extensión de piedra frente a la casa. Se alegraba de bajar: era un día ventoso, y los altos cúmulos que había tenido que atravesar para descender estaban llenos de turbulencias. La casa de Gunpat, con las ventanas ciegas, las torres, las terrazas interminables, los adornos innecesarios y el enorme pórtico, le parecía una torta de bodas abandonada. Su llegada estimuló una actividad inmediata. Robots de tres ruedas se acercaron a la balsa desde diferentes direcciones, blandiendo armas atómicas livianas al acercarse. Nadie, pensó Smithlao, podía entrar en ese lugar sin ser invitado. Gunpat no era un hombre amable, ni siquiera considerando la poca amabilidad reinante en su época; la desgracia de tener una hija como Ployploy había servido para acentuar el lado más malhumorado de su temperamento melancólico. —Identifíquese —exigió la máquina jefe. Era fea y chata, y recordaba vagamente a un sapo. —Soy J. Smithlao, el psicodinamista de Charles Gunpat —replicó Smithlao; tenía que repetir ese procedimiento en cada visita. Mientras hablaba, mostraba su rostro a la máquina. La máquina hizo un ruido, al controlar la imagen y la información con la que tenía en su memoria. Finalmente dijo: —Usted es J. Smithlao, el psicodinamista de Charles Gunpat. ¿Qué desea? Maldiciendo su monstruosa lentitud, Smithlao respondió al robot: —Tengo una cita con Charles Gunpat para administrarle un estímulo del odio, a las diez —y esperó que la máquina digiriera esta información. —Usted tiene una cita con Charles Gunpat para administrarle un estímulo del odio, a las diez —confirmó el robot finalmente—. Sígame. Echó a rodar con sorprendente gracia, hablando con los otros dos robots, tranquilizándolos, y repitiéndoles mecánicamente: —Éste es J. Smithlao, el psicodinamista de Charles Gunpat. Tiene una cita con Charles Gunpat para administrarle un estímulo del odio, a las diez —… Por si no habían captado esos hechos. Entretanto, Smithlao habló a su balsa. La parte de la cabina que lo contenía se separó del resto y apoyó las ruedas en el suelo, convirtiéndose en un sedán. En ese vehículo, Smithlao siguió a los otros robots hacia la casa grande. Se levantaron las persianas automáticas que cubrían las ventanas y Smithlao se encontró en presencia de otros seres humanos. Sólo podía ver y ser visto por vía de las telepantallas. El odio (equivalente al miedo) que el hombre sentía por su prójimo no podía tolerar una mirada directa. Una detrás de la otra, las máquinas treparon por las terrazas, atravesaron el gran pórtico donde las cubrió una gran niebla de desinfectante, pasaron por un laberinto de corredores y llegaron a la presencia de Charles Gunpat. El rostro moreno de Gunpat en la pantalla de su sedán sólo mostraba un ligero desagrado al ver a su psicodinamista. Generalmente era así, muy controlado: eso resultaba negativo en sus reuniones de trabajo, donde la idea era intimidar a los opositores con espléndidos despliegues de furia. Por esa razón, Smithlao siempre era llamado a administrar un estímulo del odio cuando aparecía algo importante en la agenda del día. La máquina de Smithlao lo llevó a un metro de distancia de la imagen de su paciente, mucho más cerca de lo que indicaba la cortesía. —He llegado tarde —comenzó Smithlao, hablando con objetividad—, porque no toleraba la idea de estar en tu repugnante presencia un solo minuto antes de la hora. Esperaba que si dejaba pasar tiempo suficiente, algún feliz accidente podría haber eliminado esa estúpida nariz de tu —¿cómo llamarla?— cara . Lamentablemente allí está todavía, con esas dos fosas nasales que ascienden como cuevas de ratas hasta el cráneo. A menudo me pregunto, Gunpat, si a veces no te enganchas los pies en esos agujeros y caes hacia adelante. Observando cuidadosamente la cara de su paciente, Smithlao sólo advirtió una ligera sombra de irritación. Sin duda, Gunpat era difícil de alterar. Afortunadamente, Smithlao era un experto en su profesión: procedió a buscar un insulto más sutil. —Pero, por supuesto, tú nunca caerías hacia adelante —prosiguió—, porque eres tan lamentablemente ignorante que no distingues arriba de abajo. Ni siquiera sabes cuántos robots suman cinco. ¡Por favor!, cuando te llegó el turno de ir a la capital, al Centro de Apareamiento, ni siquiera te diste cuenta de que ésa era la única oportunidad que tiene un hombre de salir de detrás de su pantalla. ¡Pensabas que podías hacer el amor por tele! ¿Y cuál fue el resultado? Una hija chiflada… ¡una sola hija y chiflada, Gunpat! ¿No te dan ganas de llorar? Pienso cómo deben de morirse de risa tus rivales de Automoción, chiquito mío. «El lunático Gunpat y su hija chiflada. No se pueden controlar los genes», estarán diciendo. Los ataques comenzaban a hacer el efecto deseado. El rostro de Gunpat enrojeció. —Ployploy no tiene nada, excepto que es recesiva… ¡tú mismo lo dijiste! —saltó. Comenzaba a responder: buena señal. Su hija era un punto débil en su armadura. —¡Una recesiva! —se burló Smithlao—. ¿Hasta dónde es posible retroceder? Es tierna, ¿me oyes? A ti te hablo, el del pelo en las orejas… ¡quiere amar ! —soltó una carcajada irónica—. ¡Ah, es obsceno, Gunny-boy! Esa muchacha no podría odiar aunque fuese para salvar su vida. Es como un salvaje. ¡Peor que un salvaje, está loca! —No está loca —dijo Gunpat, aferrándose a los costados de su pantalla. Con ese ritmo, estaría listo para la conferencia en diez minutos. —¿No está loca? —preguntó el psicodinamista, con un dejo sarcástico en la voz—. No, Ployploy no está loca: el Centro de Apareamiento sólo le negó el derecho a reproducirse, eso es todo. El Gobierno Imperial sólo le negó el derecho a televotar, eso es todo. Los Comercios Unidos sólo le negaron una Tarjeta de Consumo, eso es todo. Educación Inc. sólo la restringió a recreaciones beta, eso es todo. Está prisionera aquí porque es un genio, ¿verdad? Estás loco, Gunpat, si no crees que esa muchacha es una absoluta y total demente. Ahora me dirás, con tu boca grotesca y colgante, que no tiene el rostro blanco. Gunpat tragó saliva. —¡Te atreves a mencionar eso! —respondió, jadeando—. Y si su cara es… de ese color… ¿qué? —Haces preguntas tan tontas, que casi no vale la pena molestarse contigo —respondió Smithlao con suavidad—. Tu problema, Gunpat, es que tu cabezota huesuda es totalmente incapaz de absorber un simple hecho histórico. Ployploy es blanca porque es un pobre ser con elementos atávicos. Nuestros antiguos enemigos eran blancos. Ocupaban esta parte del planeta, Ing Land y You-Rohp, hasta que nuestros antepasados se alzaron en Oriente y les arrebataron los antiguos privilegios que habían disfrutado durante tanto tiempo a nuestras expensas. Nuestros antepasados se mezclaron con los derrotados que sobrevivieron, ¿verdad? Y en algunas generaciones, la veta blanca quedó disminuida, diluida, se perdió. No se ha visto un rostro blanco en la Tierra desde antes de la terrible Era de la Superpoblación: hace unos mil quinientos años, digamos, para ser generosos. Y entonces :…el pequeño Lord Gunpat vomita una, un perfecto ejemplar. ¿Qué te dieron en el Centro de Apareamiento, una mujer de las cavernas ? Gunpat explotó de furia, sacudiendo el puño ante la pantalla. ¡Estás despedido, Smithlao! ¡Esta vez has ido demasiado lejos, incluso considerando que eres un podrido psicólogo! ¡Fuera! ¡Vamos, fuera! ¡Y no vuelvas nunca más! ¡Te has cerrado la puerta de esta casa para siempre! Bruscamente gritó a su auto-operador que apretara el botón para llevarlo a la conferencia. Estaba en condiciones ideales para tratar con Automoción y con los otros malhechores. Cuando la furiosa imagen de Gunpat desapareció de la pantalla, Smithlao suspiró y se aflojó. El estímulo del odio estaba cumplido. En su profesión, ser despedido por un paciente al final de una sesión era el supremo elogio: Gunpat tendría aun más interés en contratarlo la próxima vez. De todas maneras, Smithlao no tenía sensación de triunfo. Para su trabajo se requería una profunda exploración de la psicología humana; tenía que saber exactamente cuáles eran los puntos más dolorosos en la estructura de un hombre. Actuando sobre esos puntos con suficiente habilidad podía empujar al hombre a la acción. Si no se los estimulaba, los hombres eran presas desvalidas del letargo, trapos arrastrados por las máquinas. Los antiguos impulsos habían muerto y desaparecido. Smithlao permaneció donde estaba, contemplando el pasado y el futuro. Al agotar la Tierra, el hombre se había agotado a sí mismo. La psiquis y un suelo viciado no podían existir simultáneamente; era simple y lógico. Sólo las mareas declinantes del odio y la furia daban al hombre suficiente ímpetu como para seguir adelante. Fuera de eso, no era más que una mano muerta en su mundo mecanizado. «¡De manera que así es como se extingue una especie!», pensó Smithlao, y se preguntó si algún otro había pensado lo mismo. Tal vez el Gobierno Imperial sabía todo al respecto, pero no podía hacer nada; al fin y al cabo, ¿qué más se podía hacer que lo que se hacía? Smithlao era un hombre chato… hecho inevitable en una sociedad limitada por las castas, tan débil que no podía enfrentarse a sí mismo. Una vez descubierto el terrorífico problema, Smithlao se dispuso a olvidarlo, a evadir su impacto, a esquivar cualquier implicación personal que pudiera tener. Mascullando una orden a su sedán, dio vuelta y emprendió el regreso. Como los robots de Gunpat ya se habían retirado, Smithlao viajó solo desandando el camino que había hecho para llegar. Llegó afuera y volvió a la balsa que se encontraba silenciosa entre los álamos. Antes de que el sedán volviera a incorporarse a la balsa, Smithlao percibió un movimiento. Oculta a medias por la galería, estaba Ployploy en un ángulo de la casa. Por un repentino impulso de curiosidad, Smithlao bajó del sedán. Al aire libre, sintió una brisa y el perfume de las rosas, las nubes y todo lo verde que oscurecía al aproximarse el otoño. Smithlao sintió miedo, pero un impulso de aventura lo llevó a seguir adelante. La muchacha no miraba en dirección a él: miraba hacia la barricada de árboles que la separaban del mundo. Cuando Smithlao se aproximó, la joven retrocedió al fondo de la casa, sin dejar de mirar atentamente. Él la siguió con cautela, aprovechando la cobertura que le ofrecía una pequeña plantación. Cerca de él, un jardinero de metal seguía blandiendo la guadaña sobre un borde de pasto, sin percibir su existencia. Ployploy ya estaba en la parte trasera de la casa. El viento desordenaba su largo vestido y lo llenaba de hojas secas. Más tarde, el jardinero recogería los pétalos caídos de los senderos, el césped y el patio; en ese momento se arremolinaban a los pies de la joven. La extravagante arquitectura dejaba en sombras a Ployploy. Una fantasía rococó de la antigua Italia mezclada con el ingenio chino para los portales y los techos fantásticos. Balaustradas que subían y bajaban, escaleras que ascendían alrededor de arcadas circulares, aleros grises y azules que casi llegaban al suelo. Pero todo estaba tristemente abandonado: la enredadera, que ya comenzaba a tomar sus gloriosos colores de otoño, luchaba por derrumbar las estatuas de mármol; colchones de pétalos de rosas obstruían todas las escaleras. Y todo eso formaba un fondo ideal para la melancólica figura de Ployploy. Excepto sus delicados labios rosados, su rostro estaba totalmente pálido. Tenía el cabello muy negro y lacio, recogido en la nuca, y luego caía en cascada hasta su cintura. Realmente parecía loca, con sus ojos melancólicos clavados en los grandes álamos y su mirada que parecía quemar todo lo que tocaba. Smithlao se volvió para ver qué era lo que miraba con tanta fuerza. El hombre salvaje que había observado desde el aire se abría paso entre los matorrales rodeando los troncos de los árboles. Cayó una lluvia repentina, que tamborileó sobre las hojas secas de los arbustos. Como una lluvia de primavera, terminó en un instante; durante el momentáneo chaparrón, Ployploy no cambió de posición, y el hombre no levantó la mirada. Luego salió el sol, arrojando las sombras de los álamos en cascada sobre la casa, y en cada flor había una gota de lluvia. Smithlao recordó lo que había pensado en la habitación de Gunpat sobre el próximo fin del hombre. Y en ese momento hizo este agregado: Sería muy fácil para la naturaleza, cuando el hombre parásito se extinguiera, volver a empezar. Esperó, tenso, porque conocía un fragmento del drama que iba a desarrollarse ante sus ojos. Por el césped brillante, un objeto pequeño con ruedas se escurrió, saltó por los escalones y desapareció a través de una arcada. Era un guardia del perímetro, que salía a dar la alarma, a avisar que había un intruso cerca. Un minuto después volvió. Lo acompañaban cuatro grandes robots; Smithlao reconoció a uno de ellos como la máquina parecida a un sapo que lo había detenido al llegar. Avanzaron cuidadosamente entre los rosales, como cinco amenazas de diferentes formas. El jardinero de metal murmuró algo para sí mismo, dejó de cortar el césped y se unió a la procesión que iba hacia el hombre salvaje. «No tiene más posibilidades de sobrevivir que un perro», se dijo Smithlao. La frase tenía significado: todos los perros, declarados supernumerarios, habían sido exterminados mucho tiempo atrás. En esos momentos el hombre desesperado había roto la barrera del matorral y llegaba al borde del césped. Arrancó una ramita con hojas de un arbusto y la prendió a su camisa de manera que oscurecía parcialmente su rostro; prendió otra rama a sus pantalones. Al acercarse a los robots, levantó los brazos por encima de su cabeza, sosteniendo una tercera rama con las manos. Las seis máquinas lo rodearon, murmurando y resoplando suavemente. El robot-sapo hizo un click, como si pensara qué hacer a continuación. —Identifícate —ordenaron. —Soy un rosal —respondió el hombre salvaje. —Los rosales tienen rosas. Tú no tienes rosas. No eres un rosal —respondió el sapo de acero. Su arma más grande y más alta apuntó al pecho del hombre. —Mis rosas están muertas —respondió el hombre salvaje—, pero todavía tengo hojas. Pregúntale al jardinero si no sabes lo que son las hojas. —Este objeto es un objeto con hojas —dijo de inmediato el jardinero con voz profunda. —Sé lo que son las hojas. No tengo necesidad de preguntarle al jardinero. Las hojas son el follaje de los árboles y las plantas que les dan su apariencia verde —dijo el sapo. —Este objeto es un objeto con hojas —repitió el jardinero, y agregó para aclarar el asunto—: Las hojas le dan su apariencia verde. —Sé lo que son los objetos con hojas —respondió el sapo—. No tengo necesidad de preguntártelo, jardinero. Parecía que iba a estallar una discusión interesante, aunque limitada, entre los dos robots, pero en ese momento una de las máquinas dijo algo. —Este rosal sabe hablar —declaró. —Los rosales no saben hablar —dijo de inmediato el sapo. Después de haber expresado semejante genialidad, guardó silencio, rumiando probablemente que la vida era algo muy extraño. Luego agregó con lentitud—: Por lo tanto, este rosal no es un rosal, o este rosal no habló. —Este objeto es un objeto con hojas —comenzó tercamente el jardinero—. Pero no es un rosal. Los rosales tienen estípulas. Este objeto no tiene estípulas. Es un espino. El espino también se conoce como aliso. Ese conocimiento especializado iba más allá del vocabulario del sapo. Hubo un silencio incómodo. —Soy un espino —dijo el hombre salvaje, sin abandonar su pose—. No sé hablar. En ese momento todas las máquinas se pusieron a hablar al mismo tiempo, arrastrándose alrededor del hombre para verlo mejor chocando entre ellas al hacerlo. Finalmente la voz del sapo se elevó por encima de los murmullos metálicos. —No sé lo que es este objeto con hojas, pero debemos arrancarlo, debemos matarlo —declaró. —No puedes arrancarlo. Ésa es la tarea del jardinero —dijo el jardinero. Hizo rotar sus hojas afiladas, que salían de una poderosa guadaña, atacando al sapo. Sus simples herramientas no tuvieron efecto en la armadura del sapo. Sin embargo el sapo se dio cuenta de que habían llegado a un callejón sin salida en sus investigaciones. —Iremos a preguntarle a Charles Gunpat qué debemos hacer —dijo—. Vengan por aquí. —Charles Gunpat está en una asamblea —respondió el robot scout—. Charles Gunpat no debe ser interrumpido en la asamblea. Por lo tanto no debemos interrumpir a Charles Gunpat. —Por lo tanto debemos esperar a Charles Gunpat —dijo el sapo de metal, imperturbable. Echó a andar hacia adelante, en dirección a Smithlao; todos subieron los escalones y desaparecieron en la casa en medio de una nube de silogismos. Smithlao sólo pudo maravillarse ante la serenidad del hombre salvaje. Era un milagro que aún sobreviviera. Si hubiera intentado correr, lo habrían matado instantáneamente; los robots estaban entrenados para controlar una situación de ese tipo. Sus frases de doble sentido, por más inspiradas que estuvieran, no lo habrían salvado si hubiera tenido que enfrentarse con un solo robot, porque el robot es un ser de mentalidad concentrada en un solo propósito. Pero cuando está en compañía sufre de un mal que a veces aflige a las reuniones de seres humanos. Una tendencia a hacer alardes de lógica a expensas del objeto de la reunión. ¡La lógica! Ése era el problema. Era lo único en que podían apoyarse todos los robots. El hombre tenía lógica e inteligencia: se manejaba mejor que su robot. Sin embargo perdía la batalla contra la naturaleza. La naturaleza, como los robots, sólo acudía a la lógica. Era una paradoja que el hombre no podía vencer. Inmediatamente después de desaparecer la hilera de máquinas en el interior de la casa, el hombre salvaje cruzó corriendo el césped y subió el primer tramo de la escalera, avanzando hacia la muchacha inmóvil. Smithlao se deslizó detrás de un haya para estar más cerca de ellos. Se sentía como un delincuente observándolos sin que hubiera una pantalla interpuesta, pero no podía evitarlo; presentía que allí había una pequeña charada que marcaba el final de todo lo que había sido el hombre. El hombre salvaje se aproximaba a Ployploy, avanzando lentamente por la terraza como si estuviera hipnotizado. Ella habló primero. —Usaste buenos recursos —le dijo. Su rostro pálido tenía un tinte rosado en las mejillas. —He tenido que usar recursos durante un año entero para llegar a ti —respondió él. Ahora que sus recursos lo habían llevado frente a ella, fallaban, y lo dejaban inmóvil, desvalido. Era un joven delgado y fuerte, con la ropa gastada y la barba descuidada. Sus ojos no se apartaban en ningún momento de los de Ployploy. —¿Cómo me encontraste? —preguntó Ployploy. Su voz, a diferencia de la voz salvaje del hombre, apenas llegaba a Smithlao. En su rostro había una expresión cautivante. —Fue una especie de instinto… como si oyera tu llamado —contestó el hombre salvaje—. Todo lo que puede andar mal en el mundo anda mal… Tal vez tú eres la única mujer en el mundo que ama, tal vez yo soy el único hombre que puede responder a ese amor. Por eso vine. —Siempre soñé que alguien vendría —dijo ella—. Desde hace semanas que siento… que sé… que venías. Ah, querido mío… —Debemos apresurarnos, mi amor. Una vez trabajé con robots… tal vez te habrás dado cuenta de que los conocía. Cuando nos alejemos de aquí, tengo un avión robot que nos llevará… a cualquier parte: a una isla, quizá, donde la situación no sea tan desesperada. Pero debemos irnos antes de que vuelvan las máquinas de tu padre. Dio un paso hacia Ployploy. Ella levantó una mano. —¡Espera! —imploró—. No es tan simple. Debes saber algo… El… el Centro de Apareamiento me negó el derecho a procrear. No debes tocarme. —¡Odio al Centro de Apareamiento! —exclamó el hombre salvaje—. Odio todo lo que concierne al régimen de los reglamentos. Nada de lo que hayan hecho puede afectarnos ahora. Ployploy cerró los puños detrás de la espalda. El color había abandonado sus mejillas. El viento llevó una lluvia de pétalos de rosa contra su vestido, burlándose de ella. —Esto no tiene remedio —dijo—. No entiendes… El salvajismo del hombre decreció. —Lo dejé todo para venir a ti —repuso—. Sólo deseo tomarte entre mis brazos. —¿De veras eso es todo lo que quieres en la vida? —preguntó. —Lo juro —respondió simplemente él. —Entonces, ven, tócame —dijo Ployploy. En ese momento Smithlao vio una lágrima en los ojos de la muchacha, brillante y madura como una gota de lluvia. La mano del hombre salvaje se extendió hacia ella, hacia su mejilla. Ployploy seguía inmóvil en la terraza gris, con la cabeza alta. Y entonces los dedos amantes del hombre rozaron levemente el rostro de la muchacha. La explosión fue casi instantánea. Casi. Los nervios traidores de la epidermis de Ployploy sólo necesitaron una fracción de segundo para analizar el contacto como perteneciente a otro ser humano y transmitir su hallazgo al centro nervioso; allí, el bloque neurológico que, para prevenir esa contingencia, implantaba el Centro de Apareamiento en todos los individuos que tenían prohibido reproducirse, entró en acción de inmediato. Todas las células del cuerpo de Ployploy se rindieron a su energía en una sola explosión total. Con tanto éxito que la detonación mató también al hombre rebelde. Sólo por un segundo, sopló un nuevo viento, entre los vientos de la Tierra. Sí, pensó Smíthlao, apartándose, había que admitir que el proceso había sido perfecto. Y, nuevamente, había sido lógico, positivamente aristotélico. En un mundo al borde del hambre, ¿qué otra forma había de evitar que los indeseables se reprodujeran? Lógica contra lógica: el hombre entra en competencia con la naturaleza; eso era lo que provocaba todas las lágrimas del mundo. Se alejó por la plantación húmeda, dirigiéndose hacia la balsa, ansioso por desaparecer antes de que volvieran los robots de Gunpat. Las figuras destrozadas en la terraza todavía estaban cubiertas a medias de hojas y pétalos. El viento rugía como un gran mar triunfante entre las copas de los árboles. No era extraño que el hombre salvaje no supiera nada sobre el gatillo neurológico: pocas personas lo conocían, excepto los psicodinamistas y el Consejo de Apareamiento… y, por supuesto, los seres a quienes se había implantado el mecanismo. Sí, Ployploy sabía lo que sucedería. Había elegido deliberadamente morir así. «¡Siempre dije que estaba loca!», pensó Smithlao. Rió mientras subía a su máquina, sacudiendo la cabeza al pensar en la locura de la muchacha. Sería un excelente tema para irritar a Charles Gunpat, la próxima vez que necesitase un estímulo del odio. FIN Autor: Brian Aldiss Título: Todas las lágrimas del mundo Título Original: All the World’s Tears Publicado en: Nebula Science Fiction, No. 21, 1957 Traducción: Alicia Steimberg
- "Delincuente honrado", cuento de Emilia Pardo Bazán
De todos los reos de muerte que he asistido en sus últimos instantes —nos dijo el padre Téllez, que aquel día estaba animado y verboso— el que me infundió mayor lástima fue un zapatero de viejo, asesino de su hija única. El crimen era horrible. El tal zapatero, después de haber tenido a la pobre muchacha rigurosamente encerrada entre cuatro paredes; después de reprenderla por asomarse a la ventana; después de maltratarla, pegándola por leves descuidos, acabó llegándose una noche a su cama, y clavándola en la garganta el cuchillo de cortar suela. La pobrecilla parece que no tuvo tiempo ni de dar un grito, porque el golpe segó la carótida. Esos cuchillos son un arma atroz, y al padre no le tembló la mano; de modo que la muchacha pasó, sin transición, del sueño a la eternidad. La indignación de las comadres del barrio y de cuantos vieron el cadáver de una criatura preciosa de diez y siete años, tan alevosamente sacrificada, pesó sobre el jurado; y como el asesino no se defendía y parecía medio estúpido, le condenaron a la última pena. Cuando tuve que ejercer con él mi sagrado ministerio, a la verdad, temí encontrar, detrás de un rostro de fiera, un corazón de corcho, o unos sentimientos monstruosos y salvajes. Lo que vi fue un anciano de blanquísimos cabellos, cara demacrada y ojos enrojecidos, merced al continuo fluir de las lágrimas, que poco a poco se deslizaban por las mejillas consumidas, y a veces paraban en los labios temblones, donde el criminal, sin querer, las bebía y saboreaba su amargor. Lejos de hallarle rebelde a la divina palabra, apenas entré en su celda se abrazó a mis rodillas y me pidió que le escuchase en confesión, rogándome también que, después de cumplir el fallo de la justicia, hiciese públicas sus revelaciones en los periódicos, para que rehabilitasen su memoria y quedase su decoro como correspondía. No juzgué procedente acceder en este particular a sus deseos; pero hoy los invoco, y me autorizan para contarles a ustedes la historia. Procuraré recordar el mismo lenguaje de que él se sirvió, y no omitiré las repeticiones, que prueban el trastorno de su mísera cabeza: —Padre confesor —empezó por decir—, ante todo sepa usted que yo soy un hombre decente, todo un caballero. Esa niña… que maté… nació… al año de haberme casado. Era bonita, y su madre también…, ¡ya lo creo!, preciosa, que daba gloria el mirarla. Yo tenía ya algunos añitos… y ella, una moza de rumbo, más fresca que las mismas rosas. Digo la madre, señor; digo su madre, porque por la madre tenemos que principiar. Los hijos, así como heredan los dineros del que los tiene…, heredan otras cosas… Usted, que sabrá mucho, me entenderá. Yo no sé nada, pero… ¡a caballero no me ha ganado nadie!” La madre…, yo me miraba en sus ojos, porque la quería de alma, según corresponde a un marido bueno. Le hacía regalos; trabajaba día y noche para que tuviese su ropa maja y su mantón y sus aretes, y sobre todo…, ¡porque eso es antes!, a diario su puchero sano, y cuando parió, su cuartillo de vino y su gallina… No me remuerde la conciencia de haberle escatimado un real. Ella era alegre y cantaba como una calandria, y a mí se me quitaban las penas de oírla. Lo malo fue que como la celebraron la voz y las coplas, y empezaron a remolinarse para escucharla, y el uno que llega y el otro que se pega, y este que encaja una pulla, y aquel que suelta un requiebro…, en fin, vi que se ponía aquello muy mal, y le dije lo que venía al caso. ¿Sabe usted lo que me contestó? Que no lo podía remediar, que le gustaba el gentío y oír cómo la jaleaban, que cada cual es según su natural y que no le rompiese la cabeza con sermones… De allí a un mes (no se me olvida la fecha, el día de la Candelaria) desapareció de casa, sin dar siquiera un beso a la niña…, que tenía sus cinco añitos y era como un sol. —Aquí —intercaló el padre Téllez— tuvo una crisis de sollozos, y por poco me enternezco yo también, a pesar de que la costumbre de asistir a los reos endurece y curte. Le consolé cuanto era posible, le di a beber un trago de anís, y el desdichado prosiguió: —Supe luego que andaba por los coros de los teatros, y sabe Dios cómo… Y lo que más me barajaba los sesos (¡porque la honra trabaja mucho!) era que me decían los amigos, al pasar delante de mi obrador: «No tienes vergüenza… Yo que tú, la mato.» De tanto oírlo, se me pegó el estribillo, y mientras batía suela, ¡tan, tan, catán!, repetía en alto: «No tengo vergüenza… ¡Había que matarla!». Solo que ni la encontré en jamás, ni tuve ánimos para echarme en su busca. Y así que pasaron tres años, nadie me venía con que la matase, porque ella rodaba por Andalucía, hasta que se la llevaron a América…, ¡qué sé yo adónde! ¡Si vive y lee los diarios y ve cómo murió su hija…! El reo tuvo un ataque de risa convulsiva, y le sosegué otra vez a fuerza de exhortaciones y consejos. —Así que se me quitó de la imaginación la madre, empecé a cuidar de la niña. No tenía otra cosa para qué mirar en el mundo. Me propuse que no había de perderse, ni arrimarme otro tiznón, y no la dejé salir ni al portal. Aunque me dijese, es un verbigracia: «Padre, tengo ganas de correr», o «Padre, me pide el cuerpo ir a la plazuela», nada, yo sujetándola, que se divirtiese con su canario, o con los pliegos de aleluyas, o con la maceta de albahaca, ¡pero sin sacar un dedo fuera! Y así que fue espigando, y me hice cargo de que era muy bonita, tan bonita como su madre, y parecida a ella como una gota a otra gota… y con una voz de ángel también, se me abrieron los ojos de a cuarta, y dije: «No, lo que es tú… no has de echarme el borrón». Y me convertí en espía, y la velé hasta el sueño, y no contento con guardarla dentro de casa, me paseaba por la callejuela debajo de su ventana, a ver si andaba por allí algún zángano; tanto que la castañera de la esquina me dijo así: «Abuelo, está usted chiflado. ¿A quién se le ocurre rondar a su propia hija? ¡Qué viejos más escamones!» Pero no lo podía remediar. Toda cuanta candidez y buena fe había tenido con la madre, ahora se me volvía desconfianza; se me había clavado aquí, entre las cejas, que mi hija se perdería, que era infalible que se perdiese, sobre todo si daba en cantar. Y me eché de rodillas delante de ella, y la obligué a que me jurase que no cantaría nunca, así se hundiese el mundo. Y me lo juró. Solo que, como ya no era yo aquel de antes, de allí a pocas mañanas, acechando desde la esquina, la veo que abre la ventana, que se pone a regar las macetas, y que al mismo tiempo, a competencia con el canario, rompe a cantar… Me dio la sangre una vuelta redonda y se me quedaron las manos frías. Volví a casa, entré en el cuarto de la muchacha, la cogí por el pelo y debí de pegarla bastante, porque gritó y estuvo más de una semana con una venda. ¿Creerá usted, padre, que se enmendó? A los quince días vuelvo a rondar y vuelve a asomarse, y otra vez el canticio, y enfrente un grupo de mozalbetes que se para y le dice muchos oles… Callé; no entré a castigarla. Y por la tarde, mientras batía mi suela, me parecía que una voz rara, como de algún chulo que se reía de mí, me decía igual que doce años antes: «No tienes vergüenza… Había que matarla». Cené muy triste, y después de que me acosté, la misma voz, erre que erre: «Matarla, matarla…» Entonces me levanté despacio, cogí la herramienta, fui en puntillas, me acerqué a la cama, y de un solo golpe… Ahora hagan de mí lo que quieran, que ya tengo mi honra desempeñada. —¿Creerán ustedes —añadió el padre Téllez— que no le pude quitar la tema de la honra? Se arrepentía… pero a los dos minutos volvía a porfiar que era un caballero, y su conducta, más que culpable, ejemplar… En este terreno casi murió impenitente… —Estaría loco —dijimos, a fin de consolar al sacerdote, que se había quedado muy abatido al terminar su relato. FIN Autor: Emilia Pardo Bazán Título: Delincuente honrado Publicado en: El Imparcial, 12 de Abril de 1897
- "El sótano", cuento de Silvina Ocampo
Este sótano que en invierno es excesivamente frío, en verano es un Edén. En la puerta cancel, arriba, algunas personas se asoman a tomar fresco durante los días más cruentos de enero y ensucian el piso. Ninguna ventana deja pasar la luz ni el horrible calor del día. Tengo un espejo grande y un sofá o cama turca que me regaló un cliente millonario y cuatro colchas que fui adquiriendo poco a poco, de otros sinvergüenzas. En baldes, que me presta el portero de la casa vecina, traigo por las mañanas agua para lavarme la cara y las manos. Soy aseada. Tengo una percha, para colgar mis vestidos detrás de un cortinaje, y una repisa para el candelero. No hay luz eléctrica ni agua. Mi mesa de luz es una silla, y mi silla un almohadón de terciopelo. Uno de mis clientes, el más jovencito, me trajo de la casa de su abuela retazos de cortinas antiguas, con las que adorno las paredes, con figuritas que recorto de las revistas. La señora de arriba, me da el almuerzo; con lo que guardo en mis bolsillos y algunos caramelos, me desayuno. Tener que convivir con ratones, me pareció en el primer momento el único defecto de este sótano, donde no pago alquiler. Ahora advierto que estos animales no son tan terribles: son discretos. En resumidas cuentas son preferibles a las moscas, que abundan tanto en las casas más lujosas de Buenos Aires, donde me regalaban restos de comida, cuando yo tenía once años. Mientras están los clientes, no aparecen: reconocen la diferencia que hay entre un silencio y otro; surgen en cuanto me quedo sola, en medio de cualquier bullicio; pasan corriendo, se detienen un instante y me miran de reojo, como si adivinaran lo que pienso de ellos. A veces comen un trozo de queso o de pan, que quedó en el suelo. No me tienen miedo, ni yo a ellos. Lo malo es que no puedo almacenar provisiones, porque las comen antes de que yo las pruebe. Hay personas malintencionadas que se alegran de esta circunstancia y que me llaman Fermina, la de los ratones. Yo no quiero darles el gusto y no les pediré prestadas las trampas para exterminarlos. Vivo con ellos. Los reconozco y los bauticé con nombres de actores de cinematógrafo. Uno, el más viejo, se llama Carlitos Chaplin, otro Gregory Peck, otro Marlon Brando, otro Duilio Marzio; otro que es juguetón, Daniel Gélin, otro Yul Brynner, y una hembrita, Gina Lollobrigida, y otra Sophia Loren. Es extraño cómo estos animalitos se han apoderado del sótano donde tal vez vivieron antes que yo. Hasta las manchas de humedad adquirieron formas de ratones; todas son oscuras y un poco alargadas, con dos orejitas y una cola larga, en punta. Cuando nadie me ve, guardo comida para ellos, en uno de los platitos que me regaló el señor de la casa de enfrente. No quiero que me abandonen y si viene a visitarme el vecino y quiere exterminarlos con trampas o con un gato, haré un escándalo del que se arrepentirá toda su vida. La demolición de esta casa está anunciada, pero yo no me iré de aquí hasta que me muera. Arriba preparan baúles y canastos y sin cesar hacen paquetes. Frente a la puerta de calle hay camiones de mudanza, pero yo paso junto a ellos, como si no los viera. Nunca pedí ni cinco centavos a esos señores. Me espían todo el día y creen que estoy con clientes, porque hablo conmigo misma, para disgustarlos; porque me tienen rabia, me encerraron con llave; porque les tengo rabia, no les pido que abran la puerta. Desde hace dos días suceden cosas muy raras con los ratones: uno me trajo un anillo, otro una pulsera, y otro, el más astuto, un collar. En el primer momento no podía creerlo y nadie me creerá. Soy feliz. ¡Qué importa que sea un sueño! Tengo sed: bebo mi sudor. Tengo hambre: muerdo mis dedos y mi pelo. No vendrá la policía a buscarme. No me exigirán el certificado de salud, ni de buena conducta. El techo se está desmoronando, caen hojitas de pasto: será la demolición que empieza. Oigo gritos y ninguno contiene mi nombre. Los ratones tienen miedo. ¡Pobrecitos! No saben, no comprenden lo que es el mundo. No conocen la felicidad de la venganza. Me miro en un espejito: desde que aprendí a mirarme en los espejos, nunca me vi tan linda. FIN Autor: Silvina Ocampo Título: El sótano Publicado en: La furia (1959)
- "El prodigioso miligramo" cuento de Juan José Arreola
… moverán prodigiosos miligramos .Carlos Pellicer Una hormiga censurada por la sutileza de sus cargas y por sus frecuentes distracciones, encontró una mañana, al desviarse nuevamente del camino, un prodigioso miligramo. Sin detenerse a meditar en las consecuencias del hallazgo, cogió el miligramo y se lo puso en la espalda. Comprobó con alegría una carga justa para ella. El peso ideal de aquel objeto daba a su cuerpo extraña energía: como el peso de las alas en el cuerpo de los pájaros. En realidad, una de las causas que anticipan la muerte de las hormigas es la ambiciosa desconsideración de sus propias fuerzas. Después de entregar en el depósito de cereales un grano de maíz, la hormiga que lo ha conducido a través de un kilómetro apenas tiene fuerzas para arrastrar al cementerio su propio cadáver. La hormiga del hallazgo ignoraba su fortuna, pero sus pasos demostraron la prisa ansiosa del que huye llevando un tesoro. Un vago y saludable sentimiento de reivindicación comenzaba a henchir su espíritu. Después de un larguísimo rodeo, hecho con alegre propósito, se unió al hilo de sus compañeras que regresaban todas, al caer la tarde, con la carga solicitada ese día: pequeños fragmentos de hoja de lechuga cuidadosamente recortados. El camino de las hormigas formaba una delgada y confusa crestería de diminuto verdor. Era imposible engañar a nadie: el miligramo desentonaba violentamente en aquella perfecta uniformidad. Ya en el hormiguero, las cosas empezaron a agravarse. Las guardianas de la puerta, y las inspectoras situadas en todas las galerías, fueron poniendo objeciones cada vez más serias al extraño cargamento. Las palabras «miligramo» y «prodigioso» sonaron aisladamente, aquí y allá, en labios de algunas entendidas. Hasta que la inspectora en jefe, sentada con gravedad ante una mesa imponente, se atrevió a unirlas diciendo con sorna a la hormiga confundida: «Probablemente nos ha traído usted un prodigioso miligramo. La felicito de todo corazón, pero mi deber es dar parte a la policía». Los funcionarios del orden público son las personas menos aptas para resolver cuestiones de prodigios y de miligramos. Ante aquel caso imprevisto por el código penal, procedieron con apego a las ordenanzas comunes y corrientes, confiscando el miligramo con hormiga y todo. Como los antecedentes de la acusada eran pésimos, se juzgó que era un proceso de trámite legal. Y las autoridades competentes se hicieron cargo del asunto. La lentitud habitual de los procedimientos judiciales iba en desacuerdo con la ansiedad de la hormiga, cuya extraña conducta la indispuso hasta con sus propios abogados. Obedeciendo al dictado de convicciones cada vez más profundas, respondía con altivez a todas las preguntas que se le hacían. Propagó el rumor de que se cometían en su caso gravísimas injusticias, y anunció que muy pronto sus enemigos tendrían que reconocer forzosamente la importancia del hallazgo. Tales despropósitos atrajeron sobre ella todas las sanciones existentes. En el colmo del orgullo, dijo que lamentaba formar parte de un hormiguero tan imbécil. Al oír semejantes palabras, el fiscal pidió con voz estentórea una sentencia de muerte. En esa circunstancia vino a salvarla el informe de un célebre alienista, que puso en claro su desequilibrio mental. Por las noches, en vez de dormir, la prisionera se ponía a darle vueltas a su miligramo, lo pulía cuidadosamente, y pasaba largas horas en una especie de éxtasis contemplativo. Durante el día lo llevaba a cuestas, de un lado, a otro, en el estrecho y oscuro calabozo. Se acercó al fin de su vida presa de terrible agitación. Tanto, que la enfermera de guardia pidió tres veces que se le cambiara de celda. La celda era cada vez más grande, pero la agitación de la hormiga aumentaba con el espacio disponible. No hizo el menor caso a las curiosas que iban a contemplar, en número creciente, el espectáculo de su desordenada agonía. Dejó de comer, se negó a recibir a los periodistas y guardó un mutismo absoluto. Las autoridades superiores decidieron finalmente trasladar a un sanatorio a la hormiga enloquecida. Pero las decisiones oficiales adolecen siempre de lentitud. Un día, al amanecer, la carcelera halló quieta la celda, y llena de un extraño resplandor. El prodigioso miligramo brillaba en el suelo, como un diamante inflamado de luz propia. Cerca de él yacía la hormiga heroica, patas arriba, consumida y transparente. La noticia de su muerte y la virtud prodigiosa del miligramo se derramaron como inundación por todas las galerías. Caravanas de visitantes recorrían la celda, improvisada en capilla ardiente. Las hormigas se daban contra el suelo en su desesperación. De sus ojos, deslumbrados por la visión del miligramo, corrían lágrimas en tal abundancia que la organización de los funerales se vio complicada con un problema de drenaje. A falta de ofrendas florales suficientes, las hormigas saqueaban los depósitos para cubrir el cadáver de la víctima con pirámides de alimentos. El hormiguero vivió días indescriptibles, mezcla de admiración, de orgullo y de dolor. Se organizaron exequias suntuosas, colmadas de bailes y banquetes. Rápidamente se inició la construcción de un santuario para el miligramo, y la hormiga incomprendida y asesinada obtuvo el honor de un mausoleo. Las autoridades fueron depuestas y acusadas de inepcia. A duras penas logró funcionar poco después un consejo de ancianas que puso término a la prolongada etapa de orgiásticos honores. La vida volvió a su curso normal gracias a innumerables fusilamientos. Las ancianas más sagaces derivaron entonces la corriente de admiración devota que despertó el miligramo a una forma cada vez más rígida de religión oficial. Se nombraron guardianas y oficiantes. En torno al santuario fue surgiendo un círculo de grandes edificios, y una extensa burocracia comenzó a ocuparlos en rigurosa jerarquía. La capacidad del floreciente hormiguero se vio seriamente comprometida. Lo peor de todo fue que el desorden, expulsado de la superficie, prosperaba con vida inquietante y subterránea. Aparentemente, el hormiguero vivía tranquilo y compacto, dedicado al trabajo y al culto, pese al gran número de funcionarías que se pasaban la vida desempeñando tareas cada vez menos estimables. Es imposible decir cuál hormiga albergó en su mente los primeros pensamientos funestos. Tal vez fueron muchas las que pensaron al mismo tiempo, cayendo en la tentación. En todo caso, se trataba de hormigas ambiciosas y ofuscadas que consideraron, blasfemas, la humilde condición de la hormiga descubridora. Entrevieron la posibilidad de que todos los homenajes tributados a la gloriosa difunta les fueran discernidos a ellas en vida. Empezaron a tomar actitudes sospechosas. Divagadas y melancólicas, se extraviaban adrede del camino y volvían al hormiguero con las manos vacías. Contestaban a las inspectoras sin disimular su arrogancia; frecuentemente se hacían pasar por enfermas y anunciaban para muy pronto un hallazgo sensacional. Y las propias autoridades no podían evitar que una de aquellas lunáticas llegara el día menos pensado con un prodigio sobre sus débiles espaldas. Las hormigas comprometidas obraban en secreto, y digámoslo así, por cuenta propia. De haber sido posible un interrogatorio general, las autoridades habrían llegado a la conclusión de que un cincuenta por ciento de las hormigas, en lugar de preocuparse por mezquinos cereales y frágiles hortalizas, tenía los ojos puestos en la incorruptible sustancia del miligramo. Un día ocurrió lo que debía ocurrir. Como si se hubieran puesto de acuerdo, seis hormigas comunes y corrientes, que parecían de las más normales, llegaron al hormiguero con sendos objetos extraños que hicieron pasar, ante la general expectación, por miligramos de prodigio. Naturalmente, no obtuvieron los honores que esperaban, pero fueron exoneradas ese mismo día de todo servicio. En una ceremonia casi privada, se les otorgó el derecho a disfrutar una renta vitalicia. Acerca de los seis miligramos, fue imposible decir nada en concreto. El recuerdo de la imprudencia anterior apartó a las autoridades de todo propósito judicial. Las ancianas se lavaron las manos en consejo, y dieron a la población una amplia libertad de juicio. Los supuestos miligramos se ofrecieron a la admiración pública en las vitrinas de un modesto recinto, y todas las hormigas opinaron según su leal saber y entender. Esta debilidad por parte de las autoridades, sumada al silencio culpable de la crítica, precipitó la ruina del hormiguero. De allí en adelante cualquier hormiga, agotada por el trabajo o tentada por la pereza, podía reducir sus ambiciones de gloria a los límites de una pensión vitalicia, libre de obligaciones serviles. Y el hormiguero comenzó a llenarse de falsos miligramos. En vano algunas hormigas viejas y sensatas recomendaron medidas precautorias, tales como el uso de balanzas y la confrontación minuciosa de cada nuevo miligramo con el modelo original. Nadie les hizo caso. Sus proposiciones, que ni siquiera fueron discutidas en asamblea, hallaron punto final en las palabras de una hormiga flaca y descolorida que proclamó abiertamente y en voz alta sus opiniones personales. Según la irreverente, el famoso miligramo original, por más prodigioso que fuera, no tenía por qué sentar un precedente de calidad. Lo prodigioso no debía ser impuesto en ningún caso como una condición forzosa a los nuevos miligramos encontrados. El poco de circunspección que les quedaba a las hormigas desapareció en un momento. En adelante las autoridades fueron incapaces de reducir o tasar la cuota de objetos que el hormiguero podía recibir diariamente bajo el título de miligramos. Se negó cualquier derecho de veto, y ni siquiera lograron que cada hormiga cumpliera con sus obligaciones. Todas quisieron eludir su condición de trabajadoras, mediante la búsqueda de miligramos. El depósito para esta clase de artículos llegó a ocupar las dos terceras partes del hormiguero, sin contar las colecciones particulares, algunas de ellas famosas por la valía de sus piezas. Respecto a los miligramos comunes y corrientes, descendió tanto su precio que en los días de mayor afluencia se podían obtener a cambio de una bicoca. No debe negarse que de cuando en cuando llegaban al hormiguero algunos ejemplares estimables. Pero corrían la suerte de las peores bagatelas. Legiones de aficionadas se dedicaron a exaltar el mérito de los miligramos de más baja calidad, fomentando así un general desconcierto. En su desesperación de no hallar miligramos auténticos, muchas hormigas acarreaban verdaderas obscenidades e inmundicias. Galerías enteras fueron clausuradas por razones de salubridad. El ejemplo de una hormiga extravagante hallaba al día siguiente millares de imitadoras. A costa de grandes esfuerzos, y empleando todas sus reservas de sentido común, las ancianas del consejo seguían llamándose autoridades y hacían vagos ademanes de gobierno. Las burócratas y las responsables del culto, no contentas con su holgada situación, abandonaron el templo y las oficinas para echarse a la busca de miligramos, tratando de aumentar gajes y honores. La policía dejó prácticamente de existir, y los motines y las revoluciones eran cotidianos. Bandas de asaltantes profesionales aguardaban en las cercanías del hormiguero para despojar a las afortunadas que volvían con un miligramo valioso. Coleccionistas resentidas denunciaban a sus rivales y promovían largos juicios, buscando la venganza del cateo y la expropiación. Las disputas dentro de las galerías degeneraban fácilmente en riñas, y éstas en asesinatos… El índice de mortalidad alcanzó una cifra pavorosa. Los nacimientos disminuyeron de manera alarmante, y las criaturas, faltas de atención adecuada, morían por centenares. El santuario que custodiaba el miligramo verdadero se convirtió en tumba olvidada. Las hormigas, ocupadas en la discusión de los hallazgos más escandalosos, ni siquiera acudían a visitarlo. De vez en cuando, las devotas rezagadas llamaban la atención de las autoridades sobre su estado de ruina y de abandono. Lo más que se conseguía era un poco de limpieza. Media docena de irrespetuosas barrenderas daban unos cuantos escobazos, mientras decrépitas ancianas pronunciaban largos discursos y cubrían la tumba de la hormiga con deplorables ofrendas, hechas casi de puros desperdicios. Sepultado entre nubarrones de desorden, el prodigioso miligramo brillaba en el olvido. Llegó incluso a circular la especie escandalosa de que había sido robado por manos sacrílegas. Una copia de mala calidad suplantaba al miligramo auténtico, que pertenecía ya a la colección de una hormiga criminal, enriquecida en el comercio de miligramos. Rumores sin fundamento, pero nadie se inquietaba ni se conmovía: nadie llevaba a cabo una investigación que les pusiera fin. Y las ancianas del consejo, cada día más débiles y achacosas, se cruzaban de brazos ante el desastre inminente. El invierno se acercaba, y la amenaza de muerte detuvo el delirio de las imprevisoras hormigas. Ante la crisis alimenticia, las autoridades decidieron ofrecer en venta un gran lote de miligramos a una comunidad vecina, compuesta de acaudaladas hormigas. Todo lo que consiguieron fue deshacerse de unas cuantas piezas de verdadero mérito, por un puñado de hortalizas y cereales. Pero se les hizo una oferta de alimentos suficientes para todo el invierno, a cambio del miligramo original. El hormiguero en bancarrota se aferró a su miligramo como a una tabla de salvación. Después de interminables conferencias y discusiones, cuando ya el hambre mermaba el número de supervivientes en beneficio de las hormigas ricas, éstas abrieron la puerta de su casa a las dueñas del prodigio. Contrajeron la obligación de alimentarlas hasta el fin de sus días, exentas de todo servicio. Al ocurrir la muerte de la última hormiga extranjera, el miligramo pasaría a ser propiedad de las compradoras. ¿Hay que decir lo que ocurrió poco después en el nuevo hormiguero? Las huéspedes difundieron allí el germen de su contagiosa idolatría. Actualmente las hormigas afrontan una crisis universal. Olvidando sus costumbres, tradicionalmente prácticas y utilitarias, se entregan en todas partes a una desenfrenada búsqueda de miligramos. Comen fuera del hormiguero, y sólo almacenan sutiles y deslumbrantes objetos. Tal vez muy pronto desaparezcan como especie zoológica y solamente nos quedará, encerrado en dos o tres fábulas ineficaces, el recuerdo de sus antiguas virtudes. FIN Autor: Juan José Arreola Título: El prodigioso miligramo Publicado en: Confabulario, 1952











