"El truco que salió mal", cuento de Luis Eduardo Padilla Raygoza
- Irlanda Tena Lúa
- 1 mar
- 4 Min. de lectura

Un día, en la casa de mi abuela, encontré un libro viejo lleno de polvo. Tenía dibujos raros y decía algo sobre magia. Pensé que solo era un libro antiguo, pero me dio curiosidad y lo llevé a mi cuarto.
Había una página que explicaba cómo mover una moneda sin tocarla. Solo tenías que concentrarte y decir unas palabras en voz alta. Decidí intentarlo, aunque no creía que fuera a pasar nada.
Puse una moneda sobre el escritorio y leí las palabras. Al principio no ocurrió nada. Me quedé viendo la moneda unos segundos, sintiéndome un poco tonto.
Entonces la moneda se movió.
Fue algo pequeño, apenas un deslizamiento. Pensé que tal vez yo había movido el escritorio sin darme cuenta. Pero después la moneda volvió a moverse, esta vez más claro.
Se deslizó hasta el borde y cayó al suelo.
En ese momento, la puerta de mi cuarto se cerró sola. La luz empezó a parpadear y el ambiente se sentía raro, como más pesado. Mis hojas se movían aunque la ventana estaba cerrada.
Intenté cerrar el libro, pero las páginas comenzaron a pasar solas, rápido, hasta que se detuvieron en una frase que no había visto antes:
“No comiences lo que no sabes terminar.”
Sentí que alguien estaba detrás de mí. No escuché nada, pero se sentía como si alguien me estuviera observando. No quería voltear.
Cerré el libro con fuerza y todo se quedó en silencio.
Cuando recogí la moneda del piso, estaba caliente.
Guardé el libro en una caja y no lo he vuelto a abrir.
Pero algunas noches escucho algo rodando sobre mi escritorio, aunque no haya dejado nada ahí.
Ese día, Sofía y Marcos se quedaron un rato más en la escuela porque la maestra Julia les pidió que fueran por unos cuadernos al salón de artes. No era tan tarde, pero ya no se escuchaban casi voces en los pasillos.
Sofía no creía en cosas raras, pero sí sabía que ese salón siempre estaba cerrado y que casi nadie entraba. A veces, cuando pasaban por ahí en clase, la puerta tenía candado, aunque no hubiera nada importante adentro.
—Vamos rápido y ya —dijo Marcos, como si no le importara.
Sofía asintió, aunque por dentro sentía esa incomodidad que no sabía explicar.
Sofía abrió la puerta y entró despacio. Marcos se quedó afuera, recargado en la pared, usando su celular.
El salón estaba igual que siempre: mesas chuecas, pinceles secos, hojas tiradas en el piso y el olor a pintura vieja. Sofía fue directo al escritorio de la maestra para buscar los cuadernos.
Revisó una pila… nada.
Movió otra… tampoco.
El salón estaba demasiado callado.
Entonces escuchó algo muy bajito. No era un golpe ni un paso… era como si alguien respirara cerca.
—¿Marcos? —preguntó sin voltear.
No le contestaron.
Sofía pensó que a lo mejor estaba exagerando. Siguió buscando, aunque ya no tan tranquila. De pronto, sintió que el ambiente estaba raro, como pesado, como cuando va a empezar una tormenta.
Le dio una rápida mirada a la puerta.
Marcos seguía afuera.
Eso la calmó un poco.
Después, algo le llamó la atención. Una de las sillas, que estaba metida debajo de la mesa, ahora estaba un poco jalada hacia atrás.
Sofía estaba segura de que nadie la había movido.
—Marcos… ¿sí entraste hace rato? —preguntó desde dentro.
—No —respondió él—. No me he movido.
Sofía tragó saliva.
Volvió al escritorio y abrió un cajón que antes no había revisado.
Ahí estaban los cuadernos.
Justo cuando los tomó, escuchó un pequeño ruido detrás de ella.
Sofía levantó la cabeza y vio que la puerta ya no estaba abierta como antes. Estaba casi cerrada.
No recordó haber escuchado cuando se movió.
Y entonces lo vio.
En una de las mesas había un cuaderno que no estaba ahí hace un momento.
Era distinto a los demás. No tenía nombre, ni etiquetas ni dibujos.
Encima, con letra chueca, decía:
“No es para ustedes.”
Sofía sintió un nudo en el estómago.
Se acercó despacio, sin tocarlo.
—Marcos… —dijo bajito—. ¿Estás jugando conmigo?
—No… ¿por qué? —contestó desde afuera.
Sofía ya no se sentía nada tranquila.
De pronto, se escuchó el sonido de una hoja pasando, como si alguien hubiera abierto el cuaderno.
Sofía no vio a nadie.
Pero el cuaderno ahora estaba abierto.
No se animó a mirar lo que tenía escrito.
Sofía salió rápido del salón con los cuadernos en las manos y encontró a Marcos justo enfrente, guardando su celular.
—¿Entraste? —le preguntó, casi sin aire.
Marcos negó con la cabeza.
—Te juro que no.
Los dos se quedaron viendo la puerta del salón unos segundos. Desde afuera no se veía nada raro. Ni movimientos, ni sombras. Nada.
Sin decir nada más, caminaron rápido hasta donde estaba la maestra Julia y le entregaron los cuadernos.
Sofía no le contó lo del otro cuaderno.
No supo por qué, pero sintió que no debía hacerlo.
Al día siguiente, Sofía pasó por el pasillo del salón de artes antes de entrar a clases. La puerta estaba cerrada, como siempre.
Pero en el piso, justo frente a la puerta, había una hoja blanca. Solo una.
Sofía no se acercó.
Siguió caminando.
Y desde ese día, cada vez que alguien menciona el salón de artes, Sofía recuerda esa frase escrita con letra chueca… y la forma en que la puerta se fue cerrando sin que nadie la tocara.
FIN
Autor: Luis Eduardo Padilla Raygoza
Título: El reflejo en la ventana
Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II
Año:2026



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