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"Entre el amor y el silencio", cuento de Geraldine Ramírez.



Muchos creen que el amor es el final feliz de la historia. En realidad, a veces es el comienzo de una condena.

Londres, 1825.

Dos familias atadas por una deuda que llevaba años creciendo en silencio, la mansión Ravenshire, antigua y respetada, estaba al borde del embargo y lo que comenzó como una ayuda por parte de los Montclair terminó convirtiéndose en un contrato.

Era simple.

Si la deuda no se saldaba en el plazo acordado, los herederos sellarían la unión con matrimonio.

Un buen padre habría hecho lo imposible por evitarlo. Pero Lord Ravenshire no era ese tipo de hombre. Las apuestas se acumulaban, el dinero desaparecía con la misma facilidad con la que regresaba el olor a licor en su aliento. La familia iba en decadencia y no solo en económica.

Fue por eso que, una noche ambas familias se reunieron en la residencia Montclair, Dahlia creyó que se trataba de negocios, y si lo eran, pero no el tipo que ella pensaba.

La mesa estaba impecable, era un festín. Luces bajas, telas suaves y brillantes, copas con vino y una conversación que parecía medida, con sonrisas practicadas y ensayadas.

Y entonces, cuando el postre fue retirado y las copas quedaron casi vacías, el anuncio cayó directo, sin tantas explicaciones. El matrimonio se celebraría antes de que terminara la temporada.

Dahlia no preguntó,nunca lo hacía, pero no pudo evitar poner una expresión de sorpresa y confusión, no entendía cómo era que se casaría con alguien con quien ni siquiera había compartido una conversación.

Lucien Montclair observaba a su padre con una mezcla de incredulidad y furia contenida. El silencio fue casi nulo

—¿Perdón?,¿Están decidiendo mi vida como si no tuviera cerebro para poder decidir?

La tensión se hizo evidente. Su padre Lord Montclair volteo a verlo con una mirada fría y penetrante en modo de regaño, como si le estuviera dando la orden de que se callara, entonces dijo.

—Tu eres el heredero y si quieres seguir con el apellido vas a hacer lo que te diga y me obedecerás.

Lucien apretó la mandíbula, pero no respondió.

—Es un acuerdo necesario, ambas familias se favorecerán— habló Lord Ravenshire.


Dahlia al escuchar que era por beneficio se sintió como un objeto, sin palabra. Pensaba en  que pudo haber pasado entre su padre y  Lord Montclair; qué clase de deuda podía comprarse con una vida?.

Después de esa conversación no se volvió a mencionar el tema en esa mesa y  antes de salir de la gran morada, Dahlia y Lucien por primera vez se miraron y se despidieron cordialmente, se veían tensos y se mantenían serios sin mencionar ni una palabra.

Ambos tenían miedo internamente, de sus padres, de lo que podría pasar en el futuro, y de todos los sueños que perderán en el camino. Ninguno de los dos tenía elección.

La temporada comenzaba y según se había planeado a la visión de la demás sociedad se verían como dos jóvenes enamorándose poco a poco. Y al llegar al primer baile las dos familias se reunieron fuera de la pista y se saludaron amablemente, como si siempre fuera así.

Parecían raramente impecables y si alguien se tomara el tiempo de analizarlos un poco más de una mirada, podrían notar el rostro serio de Lucien, la sonrisa practicada de la señora  Ravenshire, las conversaciones forzadas entre entre los caballeros, y la mirada vacía y sin brillo de la  joven Dahlia. Para esta era todo una ilusión que había tenido desde pequeña, todo lo que había escuchado de los grandes bailes, los amores que parecían un sueños y las historias perfectas, ahora sentía como si todo eso se hubiera desmoronado, como si todo eso solo fueran mentiras.

El salón brillaba con los candelabros llenos de cristales, las damas giraban con sus vestidos finos, la música suave y delicada se hacía presente. Y cuando anunciaron el inicio del próximo vals, Lord Montclair le lanzó una mirada algo autoritaria a Lucien, dándole a entender lo que tenía que hacer.

El obedeció, dio un paso al frente y se inclinó ligeramente frente a Dahlia, extendiendo su mano, la chica, ella aceptó no era como si pudiera hacer otra cosa; colocó su mano sobre la de él y caminaron hacia la pista.

Sus primeros movimientos fueron mecánicos, perfectos. No se miraban, solo cumplían. Entonces los roces suaves y los giros se hicieron presentes mientras sincronizadamente sus pies se movían.

 —Y a ti te gusta bailar?—Comentó Dahlia tratando de que la conversación se hiciera presente y esa vibra tensa se desvaneciera un poco.

—No, pero si tengo que hacerlo, lo hago. — Dijo sin más la frase cayó seca directa, cortando la conversación de inmediato.

—No tiene que hablar si no quiere—Dijo en voz baja pero firme.

Y así fue, no hablo más. La pieza terminó, se separaron demasiado rápido, como si ambos quisieran escapar de ahí. 

Esto seria mas dificil de lo que esperaba, pensó Dahlia.

Los días pasaron y, con ellos, la boda se acercaba cada vez más. Ante la mirada de la sociedad parecían dos jóvenes enamorados; el plan estaba funcionando. Sonreían cuando era necesario, caminaban juntos, compartían bailes y visitas.

 Pero entre ellos las palabras eran casi nulas, tal vez se debía al carácter cortante y distante de Lucien y a pesar de que pasaban la mayor parte del tiempo juntos, todo se sentía vacío. Dahlia pensaba que si no podían elegir el matrimonio, al menos podrían intentar ser amigos, trataba de entablar conversación hablaba del clima, de la música, de libros, de cualquier cosa…Pero él no ayudaba.

Por parte de lucien, solo la veía como una marioneta de sus padres, los cuales eran unos interesados y pensaba que ella era igual. En realidad no estaba molesto con ella, estaba molesto con su padre el cual cada día le exigía más de si mismo.

Los bailes continuaban y este estaba en su punto más alto cuando Dahlia decidió tomar un poco de aire, el salón estaba sofocante. Se dirigió hacia el pasillo lateral que daba al jardín, buscando un instante de silencio…no lo encontró.

—Por Dios, te he estado buscando desde hace rato. —La voz de Lucien sonó detrás de ella, más brusca de lo habitual.

Dahlia se giró, sorprendida. Él parecía alterado, tenso, irritado.

—¿Sucede algo? —preguntó ella tranquila.

—Sí, tenemos que salir nuevamente. Mi padre quiere que abramos el próximo baile. Así que apresúrate, tenemos que terminar con esto de una vez.

La frase cayó pesada, no le dio tiempo a responder y él ya se había dado la vuelta, esperando que lo siguiera. Dahlia sintió un nudo en el pecho no por la orden,sino por el tono.

Y desde el extremo del pasillo, alguien observaba. La señorita Whitmore, siempre atenta, siempre curiosa, había escuchado lo suficiente. Vio la expresión herida de Dahlia, vio la impaciencia de Lucien y sonrió ligeramente.

A la mañana siguiente, mientras Dahlia paseaba, una joven se acercó con una sonrisa demasiado amable.

—Señorita Ravenshire… anoche usted y el señor Montclair parecían… interesantes.

Dahlia mantuvo la compostura.

—¿Interesantes?

—Sí, es curioso cómo ante todos parecen tan enamorados… y cuando nadie los observa, la máscara cae. —La frase fue dicha con suavidad, pero llevaba filo. Rio un poco, después se despidió. —Que tenga un lindo dia Dahlia 

Dahlia no respondió, solo la observó mientras se alejaba como sin nada.

Días después la familias organizaron un paseo, y Lucien la noto más seria de lo habitual a Dahlia.

—¿He hecho algo? —preguntó él, más serio que molesto.

Ella lo miró por primera vez sin suavidad.

—Si está molesto con su padre, no se desquite conmigo.

Él frunció el ceño.

—No me desquito.

—Sí lo hace, yo no soy responsable de este acuerdo. —La firmeza en su voz lo desarmó más que un grito. —He intentado que al menos podamos convivir con respeto —continuó ella— Pero no permitiré que me trate como si yo fuera parte de su castigo.

Una brisa de aire golpeaba sus rostros y entonces fue ahí cuando Dahlia siguió caminando dejando atrás a Lucien sin importar que la gente los mirara, ella ya no soportaría sus comportamientos inmaduros.

Y mientras ella se alejaba, esta vez fue él quien se quedó inmóvil.

Recordó cada intento de conversación de ella, cada sonrisa pequeña, cada saludo amable y cada esfuerzo.

Y por primera vez comprendió algo que no quería admitir. Ella no era su enemiga, era la única persona tan atrapada como él, y la había tratado como si fuera culpable.

La mesa estaba perfectamente puesta, candelabros encendidos, cristalería impecable.

El padre de Dahlia encabezaba la conversación, animado como pocas veces.

—Las exportaciones del norte han mejorado este trimestre —comentaba con  orgullo— Aunque claro, todo depende de las nuevas rutas comerciales.

El hermano mayor intervenía con entusiasmo.

—Si se consolidan las alianzas correctas, el crecimiento será inevitable.

Lord Montclair asentía, interesado, los tres hablaban como si estuvieran cerrando un trato en vez de compartiendo una cena, Lucien participaba cuando era necesario. Podía observar más de cerca está familia. La madre de Dahlia sonreía con cortesía constante y reía suavemente cuando correspondía, pero no aportaba.

Dahlia estaba sentada a dos puestos de él, silenciosa, no parecía incómoda, al contrario parecía acostumbrada.

—Dahlia —intervino su padre de pronto—, ¿qué opinas sobre lo que hemos discutido?—La pregunta no sonaba a invitación, sonaba a evaluación.

Ella levantó la mirada con serenidad.

—Confío en que las decisiones que tomen serán las más convenientes para ambas familias.

—Eso espero —respondió su padre, retomando la conversación.

Y ella volvió a bajar la mirada hacia el plato. Lucien sintió algo extraño en el pecho, podía ver qué hablaba cuando se lo ordenaban y cuando no, simplemente existía.

Después de seguir hablando de negocios en el salón y de algunos deleites de piano por parte de Dahlia la cual fue ordenada a hacerlo, la reunión acabó y al despedirse, Lucien estaba consciente de que le debía una disculpa a Dahlia entonces dijo…

—Sobre la otra noche… no debí hablarle de esa manera.

Ella no respondió solo lo observaba.

—Intentaré no repetirlo.

—No tenemos que ser enemigos —dice Dahlia — Eso haría todo más difícil de lo que ya es. 

—No —responde él— No tenemos que serlo.

Entonces ambos sonrieron un poco e hicieron una pequeña reverencia en forma de despedida.

Las visitas, paseos y salidas se volvieron más usuales. Estaban sentados en una banca,al principio con distancia prudente, y ahora la conversación fluía hablaban de cosas pequeñas.

—¿Siempre lee novelas?

—Es casi lo único que me permiten leer.

—Mi madre me leía poesía a escondidas de mi padre ya que el decía que no era apto para mí.— Confesó con confianza.

Las últimas semanas de la temporada estaban llegando.

La música llenaba el salón, más animada que de costumbre, risas, copas, comentarios. Lucien notó primero que ella estaba cansada, cuando la siguiente pieza terminó y se inclinó levemente hacia ella.

—¿Desea tomar un poco de aire?.

Ella asintió y salieron al balcón, el contraste con el salón fue inmediato, la noche era fresca. Por un momento ninguno habló y aún así no era un silencio incómodo.

—¿Por qué a veces eres tan callada?—Dijo él.

—No lo se desde niña era así, la que siempre estaba hablando era mi hermana.

—¿Tiene una hermana?

—Si, es mayor que yo, pero ya está casada, ella era la rebelde de la familia— Dijo y rió un poco. — Ella siempre discutía con mi padre, siempre decía que no, yo aprendí a decir que sí. —Continuo— Mi hermano a veces es un odioso, tal vez por eso se casó mi hermana la presionaban mucho… y el, cada vez se parece más a mi padre, habla como él, decide como él. A veces creo que ni siquiera se da cuenta.

Lucien apoya los codos en la barandal del balcón.

—Mi padre cree que el deber es la única forma correcta de vivir —dice con una media sonrisa amarga—. Desde que mi madre murió, todo se volvió más rígido.

Ella lo mira, esta vez sí lo mira.

—¿La extrañas?—La pregunta no es imprudente, es sincera.

—La verdad si, mucho; era mi luz y la de mi padre, y cuando murió mi padre se apagó con ella, se volvió más frío. Y no lo sé, mi padre cambió, ese hombre cariñoso y lleno de felicidad, se perdió en la tristeza.

Ella no intentó consolarlo con palabras vacías, solo se acercó un poco más a el barandal, quedando a su lado.

—Debe haber sido difícil —murmuró finalmente.

Lucien soltó una exhalación leve, casi una risa sin humor.

—Lo fue, pero lo peor también fue perderlo a él también y en todo lo que se convirtió.

Dahlia entendió. Aunque ella nunca había perdido a su padre, pero en si jamás lo había tenido realmente, él siempre había sido así. El silencio volvió, pero esta vez era distinto, más cercano, más frágil.

Lucien habló sin mirarla directamente.

—Cuando estoy con usted… no siento que tenga que demostrar nada.

Ella tragó saliva, y lo miro de nuevo a los ojos.

Una ráfaga de viento la hizo estremecerse apenas sin pensarlo, él se quitó la chaqueta y la colocó sobre sus hombros, sus dedos rozaron su piel, esta vez ninguno se apartó rápido.

El mundo dentro del salón seguía girando, pero en el balcón el tiempo parecía haberse reducido a esa distancia mínima entre ambos.

—Tal vez —dijo Lucien en voz baja— no estamos tan atrapados como creíamos.

Ella lo miró con una suavidad nueva.

—Tal vez no.

Y por primera vez, la idea de ese compromiso no se sintió como una jaula, se sintió como posibilidad.

En las últimas semanas, la presencia de Lucien dejó de sentirse como una carga.Dahlia notó que comenzaba a esperarlo, a veces incluso sonreía antes de verlo, como si su cuerpo lo reconociera antes que su razón y el ya no caminaba medio paso delante de ella, caminaba a su lado. Y cuando hablaban, no era por deber era porque realmente quería hacerlo.

—No parece tan terrible después de todo —dijo él una tarde.

—¿El matrimonio?

—No… usted.

—¿Y es un cumplido, o una ofensa?

—Como usted quiera verlo

El día había llegado. La casa estaba en movimiento por la boda. Flores blancas, trabajadores de un lado al otro. La gran casa era un caos.

Dahlia camina por el pasillo, buscando un poco de calma y entonces en el despacho de su padre escucha su nombre. Se detiene.

La puerta se encontraba entreabierta, y no entra, pero escucha claramente.

—Una semana es prudente. Si se hace de inmediato levantaría sospechas.

Dominic hermano de Dahlia responde con tranquilidad inquietante.

—Perfecto. Que se acostumbre a la felicidad antes de perderla.

—Después del funeral, todo pasará a manos de mi hija. 

—¿Y la joven…?

Hubo un silencio breve.

Dominic ríe bajo.

—Mi hermana no cuestiona, nunca lo ha hecho.

Su padre corrige con frialdad

—Y aunque lo hiciera, entiende el deber.

Ahí Dahlia empuja la puerta sin querer. Cruje y los tres miran. Su padre la observa como si la hubiera esperado.

La seda del vestido rozaba el suelo,era blanco demasiado blanco,demasiado puro para lo que acababa de escuchar. Sus manos que sostenían un pequeño ramo de flores temblaba apenas.

—Adelante.

La puerta se abrió. Su padre la observó de arriba abajo.

—Ya estás lista.

Dominic dejó escapar una sonrisa breve.

—Impecable.

El hombre contratado evitó mirarla directamente y por un segundo, Dahlia tuvo la absurda sensación de que era un espectro en su propio hogar. Como si el vestido no fuera un símbolo de unión, sino de sacrificio.

—No es necesario que pongas esa cara —dijo su padre con suavidad calculada—Todo esto es por el bien de la familia.

Ella quiso hablar, pero la garganta le ardía.

—Ya es hora de que entiendas la magnitud de lo que estás haciendo por esta familia.— Dijo su padre.

Dahlia con un hilo de voz dice…

—¿Matarlo?

—No seas dramática. —Responde su hermano—Será un accidente.

—Una caída de caballo, un asalto en el camino o…un disparo perdido durante una cacería.

—Los Montclair no tienen más herederos, tú serás viuda, respetable, rica. 

Silencio pesado, el hombre contratado se aclara la garganta.

—Necesito confirmación final en unos días.

Su padre asiente. Y por parte de Dahlia siente que no puede respirar.

—Sabemos que no querías este matrimonio —continúa su padre con falsa suavidad— Esto te liberará.

Dominic añade, casi como si fuera bondadoso…

—No tendrás que fingir por mucho tiempo.

—¿Cuándo? —preguntó ella finalmente.

—Pronto —respondió Dominic— No seas impaciente.

Impaciente. La palabra fue casi cruel.

Entonces pasos en el pasillo se escucharon, y su madre apareció. Al verla, los tres hombres cambiaron de postura como si nada hubiera ocurrido.

—Ah, querida —dijo su madre con emoción genuina— Estás hermosa.

Su padre se acercó a besar su frente con un gesto que parecía afectuoso ante los ojos de cualquiera.

—Tu madre necesita que estés tranquila.

Y se retiraron. Su madre acomodó el velo con manos delicadas.

—Toda novia está nerviosa el día de su boda —dijo con una sonrisa suave—Yo también lo estaba.

Dahlia la miró

—Confía en tu padre —susurró su madre.

El corazón de Dahlia se contrajo. Quiso decirle la verdad, quiso sacudirla, quiso romper el silencio que llevaba años heredando. Pero solo tragó saliva.

—Sí, madre.

Sonrió perfecta. Como había practicado toda su vida.

Y mientras caminaba hacia la ceremonia, el vestido blanco dejó de sentirse como una promesa. Se sintió como una cuenta regresiva.

Por parte de Lucien todo estaba listo. Se encontraba sentado al borde de la cama pensando.

Entonces cerro los ojos y recordó una tarde de su infancia.

Su madre sentada junto a la ventana.

—¿Cómo sabes que amas a alguien? —le preguntó él una vez, pequeño.

Ella sonrió.

—Cuando estar cerca de esa persona se siente como descansar. Cuando no tienes que ser más grande, más fuerte, más perfecto, solo tú.

—¿Y si duele?

—Entonces es real.

Lucien abre los ojos de nuevo. Y por primera vez entiende lo que ella quiso decir.

Porque cuando está con Dahlia, no necesita ser alguien perfecto.

Solo él.

Y por primera vez no siente que camina hacia una obligación, siente que camina hacia algo que quiere intentar.

La iglesia estaba iluminada por cientos de velas,el aroma de flores blancas llenaba el aire, la música comenzó, suave, casi celestial.

Lucien levantó la mirada y entonces la vio.

Dahlia avanzaba por el pasillo. Ella caminaba con elegancia pero cada paso era una pregunta sin respuesta, cada nota musical, un recordatorio del secreto que llevaba en el pecho. Y cuando finalmente estuvieron frente a frente, sus miradas se encontraron. todo el ruido desapareció.

Lucien vio algo en sus ojos. No era duda, era profundidad. Quiso preguntarle si estaba bien, pero el sacerdote comenzó a hablar.

Cuando sus manos se tocaron para intercambiar votos, un leve temblor los recorrió a ambos.

Y entonces cuando la ceremonia termino, mientras el murmullo de los invitados crecía y las campanas comenzaban a sonar, ambos sintieron lo mismo…

No era deber, no era estrategia, no era conveniencia, ya no lo era. Era algo que estaba creciendo, algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar todavía, pero que ya era imposible de ignorar.

Los invitados hablaban de lo hermosa que había sido la ceremonia, de lo bien que lucían juntos, de lo natural que parecía la unión.

Lucien no se apartaba demasiado de Dahlia, no por obligación, sino porque quería estar ahí.

—¿Estás cansada? —murmuró cerca de su oído.

—No, solo ha sido un día largo.

Lucien le sonrió levemente.

Hubo brindis, discursos largos. Risas de jóvenes que soñaban con su propia historia algún día, aplausos…

Pero entre todo eso hubo momentos pequeños, una mirada cómplice cuando alguien exageraba en un discurso, un roce de dedos bajo la mesa, una risa compartida.

Y por un instante, Dahlia casi logró olvidar. Casi.

No abandonaron la ciudad.

En lugar de partir a un viaje largo, se trasladaron a otra residencia de la familia. Una casa amplia rodeada de jardines, con balcones que daban al río y ventanales que dejaban entrar la luz de la mañana.

Los primeros días allí fueron extrañamente tranquilos.

Solo ellos.

Desayunaban sin prisas, caminaban por los jardines hablando de cosas pequeñas, se sentaban juntos por la tarde a leer, a veces en silencio y en esas pequeñas rutinas, la distancia inicial terminó de disolverse.

Lucien ya no medía tanto sus palabras y Dahlia ya no fingía tanta serenidad.

Había momentos en los que reían sin pensar en nada más, momentos en los que sus miradas se sostenían un segundo demasiado largo.

Y ahí estaba la magia.

Pero incluso en medio de esa paz, Dahlia cargaba algo invisible.

Cada vez que Lucien se alejaba, su corazón se tensaba. Él hablaba del futuro con una naturalidad que la desarmaba.

—Podríamos quedarnos aquí hasta el final del verano —comentó una tarde mientras caminaban junto al río— No tengo prisa por volver a las obligaciones.

Obligaciones…

Ella pensó en las verdaderas obligaciones, en la lealtad, en el plan que avanzaba silenciosamente en algún lugar…

Lo miraba, tan tranquilo, tan confiado.Y eso la hizo sentir algo nuevo; no solo miedo.

Culpa.

Porque en esos días entre risas suaves y tardes doradas ella ya no dudaba de lo que sentía. Dudaba de sí misma.

Habían sido invitados al último baile de la temporada.

Lucien había salido más temprano esa tarde para reunirse con algunos socios en un bar discreto. Conversaciones de negocios, planes, alianzas futuras.

Pero al salir, cuando cruzaba el pasillo hacia la calle, una voz lo detuvo. La reconoció.

El hermano de Dahlia.

Lucien permaneció en la sombra, sin intención de escuchar, hasta que escuchó su nombre.

—Sí, ella lo sabe —decía el hermano con una frialdad que helaba— Está de acuerdo. Podrás casarte con ella cuando todo esté resuelto, pero primero tenemos que terminar con él. Que parezca un accidente. Nadie debe sospechar.

Lucien sintió que algo dentro de él se quebraba.

¿Ella lo sabía?, ¿Estaba de acuerdo?

Las tardes en el jardín, las confesiones, las miradas que parecían sinceras…

¿Había sido todo una mentira?

No esperó más. Salió de allí con el pecho ardiendo y la cabeza llena de ruido…

En la residencia, Dahlia lo esperaba.

Vestía un vestido claro que resaltaba con la luz. Su cabello recogido con delicadeza, el brillo suave en sus ojos.

Cuando la puerta se abrió, sonrió. Pero la sonrisa murió lentamente al ver su expresión.

Lucien no parecía furioso. Parecía devastado, decepcionado.

—¿Lucien…?

Él no respondió de inmediato y la miró analizándola como si intentara reconocerla.

—Lo sabía —dijo finalmente, con voz baja pero temblorosa— Lo sabía y aún así quise creer que no.

Ella frunció el ceño confundida.

—¿Qué sucede?

—Escuché a su hermano El silencio se volvió pesado.

—¿Qué escucho?....

— Que todo estaba planeado, que usted está de acuerdo, que primero debían terminar conmigo.

La palabra quedó suspendida entre ambos y Dahlia palideció.

—No es lo que usted cree

—¿No? —su voz se quebró por primera vez—¿Entonces qué es?

Ella dio un paso hacia él.

—Lucien, escúchame—

—Le di mi confianza. Le conté cosas que jamás había dicho en voz alta. 

Ella intentó acercarse, pero él retrocedió, entonces el comenzó a caminar hacia la salida.

—Lucien, por favor.

—No pensaba que fuera así —dijo sin mirarla— Tan interesada en cumplir con su familia.

La puerta se abrió con fuerza y ella lo siguió.

El jardín los recibió con aire frío y un cielo que comenzaba a oscurecerse. Las primeras gotas de lluvia cayeron, ligeras pero insistentes.

—¡No sabía cómo detenerlo! —gritó ella finalmente—. Lo escuché antes de la boda, no estaba de acuerdo, nunca lo estuve.

Él no se detuvo.

—¿Y decidió callar?

—¡Porque tenía miedo!

Eso lo hizo frenar. Pero no volteó.

La lluvia empezó a intensificarse.

—Tenía miedo de perderlo —continuó ella, la voz quebrándose—. Miedo de que si le decía, usted se alejara.

Lucien cerró los ojos.

— Y por eso me paralice, porque por primera vez tenía algo que perder.

Él empezó a girar lentamente.

Y entonces Dahlia lo vio.

Entre los árboles. El hombre…el que estaba en el despacho de su padre antes de su boda.

El miedo no fue un pensamiento, fue un instinto.

Lucien apenas había terminado de voltearse cuando ella se movió.

Un sonido seco rompió el aire.

Por un segundo, Lucien no entendió lo que había pasado. Solo sintió el impacto de su cuerpo contra el suyo.Dahlia lo abrazaba con fuerza.

Y en cuestión de segundos, esa fuerza comenzó a debilitarse.

—No… —susurró él, sosteniéndola mientras sus rodillas cedían lentamente.

—¡Guardias! —su voz salió desesperada— ¡AYUDA!

Pasos lejanos, voces, pero él no los escuchaba. El mundo parecía desvanecerse.

La lluvia seguía cayendo.

Y en medio del jardín, él la sostenía como si pudiera impedir que el tiempo avanzara.

—Dahlia… —su voz ya no era furia, era miedo.

Ella lo miró y Lucien no la soltó, no ahora.

—Mírame —sus manos temblaban mientras la acercaba a su pecho— Mírame, Dahlia. No me hagas esto. 

—Escúchame… ahora tienes que escucharme tú…

Él negó con la cabeza

—No hables. Solo quédate conmigo. … quédate conmigo,porfavor…

— Solo quiero que sepas que a pesar de todo…—  que vivimos y que senti, por mi parte si fue real, y te ame aun que no te lo dijera…

—Entonces quédate —dijo con la voz rota— quédate y repítelo mil veces más…

FIN


  • Autor: Geraldine Ramírez

  • Título: Entre el amor y el silencio

  • Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II

  • Año:2026

 
 
 

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