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"Las sombras en la capilla", cuento de Cruz Emmanuel Franco Pérez


En una ciudad mediana del norte de México, donde el viento seco levantaba polvo al atardecer y el sol parecía quedarse suspendido demasiado tiempo en el cielo, se levantaba una parroquia sencilla, de fachada blanca y campanario pequeño. No tenía vitrales enormes ni puertas talladas con lujo; era humilde, discreta, pero para los jóvenes del barrio era un lugar seguro, casi un segundo hogar.

Cada viernes por la tarde, el salón parroquial se llenaba de ruido: mochilas cayendo sobre las bancas, botellas rodando por el suelo, risas que se mezclaban con música baja desde un celular. Ahí se reunía el grupo juvenil. Ese año todo parecía normal… hasta que dejó de serlo.

Una tarde, cuando el calor todavía se sentía en las paredes, el padre Ignacio pidió silencio.

—Necesitamos un nuevo coordinador.

El murmullo comenzó de inmediato. Algunos nombres se dijeron en voz baja; otros se miraron con curiosidad.

—Sebastián Torres.

El salón quedó en silencio. Sebastián sintió el golpe en el pecho antes de que los aplausos comenzaran. No estaba preparado. Sí era responsable, sí siempre llegaba temprano, sí ayudaba en misa y organizaba actividades, pero liderar era diferente. Liderar significaba cargar.

Daniel Ruiz Salgado, sentado casi al fondo, dejó de aplaudir unos segundos antes que los demás. Nadie lo notó, o eso creyó. Daniel era inteligente, seguro, directo; sabía organizar, sabía hablar fuerte cuando hacía falta. Él pensó que ese nombramiento sería suyo.

El padre Ignacio levantó entonces una pequeña caja de madera oscura. La abrió con lentitud. Dentro había una cruz de madera vieja. No estaba barnizada; tenía pequeñas marcas, como si hubiera sido usada antes. No brillaba, no decoraba; era sencilla.

—Esta cruz será entregada al final del retiro anual. No es un premio, no es un trofeo; es un símbolo. Será para quien entienda lo que significa cargarla.

Cuando Sebastián la sostuvo, sintió algo extraño. Estaba fría. No fría como madera normal, sino fría como piedra.

Las semanas siguientes fueron distintas. Al principio eran detalles pequeños: comentarios cruzados, miradas largas, silencios incómodos. Daniel comenzó a cuestionar decisiones frente a todos.

—Eso no va a funcionar.—Podemos hacerlo mejor.—Deberíamos cambiarlo —decía Daniel.

Sebastián intentaba responder con calma, pero cada corrección pública le pesaba. El grupo comenzó a dividirse sin decirlo: unos preferían la calma de Sebastián; otros, la firmeza de Daniel. La cruz seguía guardada en la oficina del padre. Algunos juraban que, cuando pasaban cerca, sentían una corriente fría recorrerles los brazos.

Llegó el retiro. La casa estaba a casi una hora de la ciudad, rodeada de terreno seco, árboles retorcidos y un silencio demasiado profundo por las noches.

El segundo día ocurrió lo inevitable. Una actividad salió mal. Daniel cambió instrucciones sin avisar. Sebastián lo confrontó delante del grupo. Las palabras subieron de tono; no gritaron, pero dolieron. El ambiente quedó pesado, espeso.

Esa noche el padre Ignacio los reunió.

—Vayan a la capilla. Reflexionen, hablen. No regresen hasta resolverlo.

Entraron en silencio. La capilla era pequeña: bancas viejas, un crucifijo al frente, luces amarillas en el techo que vibraban apenas.

Sebastián respiró hondo.

—No podemos seguir así…

Las luces se apagaron. No parpadearon ni fallaron poco a poco; se apagaron completamente.

Oscuridad total.

El silencio fue inmediato. No se escuchaba ni la respiración.

—¿Pa… pa… padre? —susurró alguien.

Nadie respondió.

Intentaron encender celulares. Pantallas negras. Intentaron abrir la puerta. No cedía. No estaba trabada; simplemente no se movía.

Entonces comenzó el sonido. Un murmullo bajo, como muchas voces hablando al mismo tiempo, demasiado lejos para entenderlas… pero demasiado cerca para ignorarlas. El murmullo rodeaba la capilla, se movía, se acercaba.

Luego comenzó a decir nombres, uno por uno, en un susurro claro.

Gabriela sintió que algo le rozó el cuello. Sebastián sintió una mano fría en el hombro. Daniel escuchó su nombre justo detrás de su oído.

El frío aumentó. El aire se volvió pesado. El sueño llegó. No fue normal; fue como si el suelo los jalara hacia abajo.

Cayeron.

Sebastián despertó de golpe. Estaba en el patio de su secundaria, pero el cielo no era azul; era negro. Las nubes giraban lentamente, como un remolino invertido. Las ventanas del edificio estaban abiertas, pero dentro no había nada. Oscuridad.

Escuchó risas. Se giró. Sus antiguos compañeros estaban allí, pero sus rostros no estaban bien. Sus sonrisas eran demasiado amplias; sus ojos, completamente negros.

—No eres suficiente…

La frase se repetía desde todas partes. El suelo comenzó a hundirse bajo sus pies. Las sombras del edificio se desprendieron de las paredes. Se movían solas. Se arrastraban hacia él.

Cuando intentó correr, sus piernas se movían lento, como si algo lo sujetara desde abajo. La cruz apareció flotando frente a él. Cuando la tocó, una sombra le sujetó la muñeca y apretó.

Daniel despertó en la sala de su infancia. La televisión encendida mostraba estática. Las voces de sus padres discutían, pero no eran humanas; eran graves, distorsionadas. Las fotos familiares comenzaron a girar en las paredes. Las personas dentro de las fotos voltearon a verlo.

El piso crujió. Se agrietó. De las grietas salió oscuridad espesa. Su versión más joven estaba en el rincón.

—Hazlo solo. Nadie más importa.

La cruz apareció sobre la mesa. Daniel dio un paso. El suelo cedió. Algo lo sujetó por los tobillos y comenzó a arrastrarlo hacia abajo.

Gabriela despertó en un salón vacío. Las sillas formaban un círculo. En cada una había una figura oscura sentada, sin rostro, sin ojos; solo sombra.

—Pudiste hablar…

Las voces salían de todas las direcciones. Las paredes comenzaron a cerrarse lentamente. Las figuras se levantaron al mismo tiempo. No caminaban; se deslizaban.

La cruz apareció suspendida frente a ella.

La voz resonó en los tres sueños:

—No saldrán hasta entender.

—¿Qué se convierte en maldición cuando se busca solo, pero en salvación cuando se comparte?

Las sombras casi alcanzaban a Sebastián. La oscuridad arrastraba a Daniel. Las figuras rodeaban a Gabriela.

Entonces entendieron.

No era solo la cruz. Era el liderazgo. Era la carga. Era el orgullo. Era el miedo.

Sebastián gritó:

—¡No es para uno solo!

Daniel, mientras la oscuridad lo jalaba, gritó:

—¡No puedo hacerlo solo!

Gabriela dijo:

—¡La cruz es de todos!

La luz explotó. Las sombras se deshicieron. Las grietas se cerraron. El silencio regresó.

Despertaron al mismo tiempo en la capilla. Las luces encendidas. La puerta abierta. La cruz en el suelo.

Nadie habló durante varios segundos.

Daniel miró a Sebastián.

—No quiero ganarla solo.

Sebastián respondió:

—Entonces la cargamos juntos.

A la mañana siguiente, el padre Ignacio entregó la cruz al grupo entero.

Pero desde esa noche, cada vez que las luces de la capilla titilan apenas un segundo, más de uno recuerda el susurro que dijo su nombre en la oscuridad… y el frío invisible que casi los dejó atrapados para siempre.

FIN


  • Autor: Cruz Emmanuel Franco Pérez

  • Título: Las sombras en la capilla

  • Proyecto de la materia de Lengua y Comunicación II

  • Año:2026


 
 
 

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